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Priv. || Lo que pasa, cuando te bajas de una nube ||

Ryan Goldstein el Miér Mar 14, 2018 9:12 am

Dolor, la tragedia del dolor es cuando impacta directo en el corazón, te atenaza y no te suelta, y tú estás perdido, por un instante que es para siempre, en la prolongación del eco que sangra, sangra de tu voz, tu grito, invadido de silencios que se trepan a las paredes de tu desespero. Y está esta mano, asquerosa, putrefacta, que se aprieta en torno al músculo de ese manojo de nervios que ahora te arrancarías sin dudar, pero la mano es firme, ¡es firme, oh que desdicha!, el peso en tu pecho no cederá, y entiendes que es una batalla perdida, que no hay “finales felices”, que no hay “atajos”, y es tu corazón el que ha sido cazado, roto en pedazos, quebrado, ignorado, tu corazón enamorado.

—¡Oh, no…! ¿Por qué…? ¡No!—musitó, tapándose la boca con una mano y negando ligeramente con la cabeza, decepcionado y herido. ¡No se lo esperaba, por favor! Que twist, que twist. Ryan tenía los ojos rojos y una lágrima, gruesa, transparente, brillante, caía por su mejilla—¿Por qué le haría a ella eso?

No lo entendía, no lo entendía, no se entendía. ¡Ah, pero el dolor!, ¡cuán real!

En el sofá, tirado muy cómodo y abrazado a su cojín, miraba una película. Era la última parte, ¡y era una escena tan dramática! ¿La trama? Un desengaño amoroso. ¿Por qué?, ¿por qué?, ¿acaso no se hace esas preguntas el corazón?, ¿todo el tiempo? ¡De un suspiro!, apagó la tele. Ya basta de películas. Esa noche, dormiría con un sueño pesado —era hombre de buen dormir—, y soñaría con un final feliz.

¡Ah, la mañanita, mira tú que bonita!

Ryan Goldstein salió al patio, bostezando, el pelo rubio revuelto y con los ojos cansados, sin abrir del todo, todavía desperezándose. Enseguida, las plantas lo recibieron alborozadas, como un perro que ladra y mueve la cola al ver a su dueño a punto de darle de comer, ¡y ah!, que fresco se sentía estar allí fuera, tocado por una tibia, entrometida, mano de sol, y entre el ir y venir del aleteo de un que otro pajarillo. Es que solían juntarse allí, en el jardín.

Detrás de él, podía verse un hogar, cargado de eclecticismo y libros apretados en la biblioteca, iluminado por la luz que entraba por la puertaventana, que develaba toda la sala: el sofá en el que había llorado, el escritorio en el que había llorado, la tele muggle frente la que lloraba siempre. Tenía pinta de ser un lugar mullidito y acogedor, y te daban ganas de entrar. De la cocina salía humo, pero él ni cuenta.

—Hola, preciosos—
saludó, con una media sonrisa. Un par de pajarillos se habían apurado a picar del alpiste que él sirviera en los comederos de una jaulita abierta, allí, sobre una mesa de trabajo que tenía en el patio. Se lo veía tan enternecido, complacido, relajado en esa mañana. Nadie diría que en un rato partiría en una misión, para evitar una supuesta movida de los radicales que podría poner en peligro la vida de civiles, sólo por asistir al evento de apertura de una librería en Callejón Diagón, que se venía publicitando hacía semanas: evento al cual asistirían muchas celebridades del momento para firmar autógrafos, como el caso del escritor de dos best sellers: “La escoria muggle” e “Historia revisada de la magia moderna”, o del historiador que redactó “Mi Lucha”, una bibliografía muy inspiradora sobre la vida de Lord Voldemort y su incansable lucha por restablecer la dignidad perdida de una comunidad mágica antes ingenua y hasta patética en sus políticas hacia dentro y hacia fuera del mundo mágico. Era, en definitiva, una mega tertulia del terrorismo de estado.  

Lo que él no sabía, es lo cerca de morir que estaría ese día.

Salió temprano, luego de correr a salvar lo poco que quedaba de la costra negra que era su emparedado —razón por la que solía desayunar fuera, en un barcito del barrio—, y se fue olvidándose de apagar la radio, esa sobre la mesita del patio. La había encendido para estar al día de la cotidianeidad, y así quedó, transmitiendo por RMI, las noticias del mundo mágica, toda la mañana, toda la tarde, hasta que interrumpieron la transmisión habitual para reportar la reciente tragedia ocurrida en callejón Diagón, ¡porque había sido fatal!, ¡los radicales habían atentado de nuevo!, ¡contra la vida, la paz, la inocencia! Un reportero había narrado el suceso en directo, entre los gritos de una multitud aterrada, explosiones y el revuelo general, pero al final, el hilo incesante de las voces de los comentaristas —y luego de oír incontables versiones de escandalizados entrevistados—, decantó en un reporte de bajas y heridos, y un llamado general de ALERTA, convocando a la sociedad a mágica a dar parte sobre cualquier raro indicio que pudiera ayudar a destapar a los culpables, porque la gran verdad era que…

—… ¡Puede ser cualquiera, Ernie!, esta es la realidad del problema, ¡por eso es que los radicales nos aterran! Puede ser cualquiera de nosotros, fingiendo que vive una vida normal. Tu vecino, tu pariente, ¿cuánto apostarías a que nos cruzamos con ellos cada mañana, en el trabajo, en la calle? Nuestras familias están en CONSTANTE PELIGRO. Pero no hay que dejarse engañar, esta situación no puede seguir. Si hay que denunciar, a ese vecino que siempre nos decía los buenos días, a esa dependienta que parecía amable, ¡NO DUDEN! Porque a ellos no les importa, si mañana les explotan un maleficio en la cara…


¡PAF!, Ryan se materializó de la nada, en el patio, tropezando con una maceta. No se había dado cuenta antes de la aparición, pero su visión comenzó a nublarse. Estaba aturdido. En la ropa, llevaba sangre, aunque no era la suya. Había maleficios que, aunque no los sintieras en el momento, actuaban con un efecto retardado. A veces era solo la consecuencia de un efecto que, pensabas, había remitido, pero no remitía. Por eso las enfermeras eran más inteligentes que los malos pacientes recomendándoles que se estuvieran quietos, pero no, estos saltaban con el culo inquieto tan pronto como se sentían un poco espabilados. Luego, sufrían el precio.

Ryan se tambaleó y momentáneamente perdió el conocimiento, cayendo hacia atrás como un peso pesado, cuan largo era, y se estrelló de espaldas contra el agua del estanque, salpicándolo todo, momento…

…¿eso era un estanque con cocodrilos entre la maleza del jardín?


AHGSDASFDHASJ:
PERDÓN; LO SIENTO, PERO ME MORÍA DE RISA CON LA IDEA, SIIÍ, LO ARROJÉ  A LOS COCODRILOS. Pero ey, no comen humanos :3 Y son súper cariñosos (???) Ah, y téngase en cuenta que el patiecito fue retocado con magia, se entiende. Oh, y Ryan sólo perdió el sentido, de momento. Está medio confundido, aturdido, etc.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Beatrice A. Bennington el Dom Mar 18, 2018 3:54 am

El tiempo solía avanzar extremadamente rápido. Tanto, que últimamente se negaba a pestañar más de lo necesario por miedo a que cuando se diera cuenta, ya hubieran pasado cinco meses. Exagerado, pero cierto. Sin embargo, no era este su problema actualmente. Lo que si lo era, tenía que ver con que aun era incapaz de reconocer a Steven. Había visto variados profesores, o lo que ella creía que lo eran, pasear por hogsmeade seguido, pero, o su hermano era muy buen actor y había logrado ocultar cada gesto que podría delatarlo, o bien se negaba a salir del castillo. ¡Porque vamos! La única pista que tenía era que se encontraba en el castillo y el rostro que usaba pertenecía a un hombre. ¿Qué podía hacer con eso? Nada. Poquísimo, considerando que, más encima, la única forma de poder visitar aquel lugar sin ser apresada, era utilizando su condición como animaga. En momentos como esos agradecía ser un ave y no un cerdito, por ejemplo.

Frustrada, comenzó su regreso al refugio. Además, le era imposible no sentirse hasta levemente triste al no poder ver a Steven, su hermano, su versión barata y defectuosa de alma gemela. Beatrice se sintió rara, no por el hecho de que estuviera en forma de ave en ese momento, si no porque no era común en ella tener tanta tristeza. Quizá por eso decidió olvidar su ruta inicial y tomar otra totalmente diferente, una que le llevaría directamente a uno de sus lugares favoritos: Un simple patio que parecía haber sido retocado con magia. Estaba lleno de hermosas plantas, otros pajarillos, aunque totalmente diferentes a ella, y hasta un estanque con cocodrilos. ¡Si, tenía cocodrilos! Era un lugar emocionante.

Primeramente, revoloteo por todos lados, disfrutando, antes de revisar si había alguien en casa, recibiendo solamente el sonido de la radio como respuesta cuando hizo pequeños ruidos. Al estar segura de que nadie la vería, volvió a tomar su forma humana, ingresando a aquel hogar sin evitar sentirse como una invasora. ¡Pero no pudo evitarlo! No cuando le dejaban a la vista una bella biblioteca, donde parecía que, si se atrevía a mover uno, todo el resto saldría disparado. ¿Sería una técnica? Quizá para que nadie se atreviera a robarle alguno o quizá, solo para saber si alguien había entrado en casa. Ambas razones le parecían coherentes, pero como ella no era una persona que pensará demasiado en las consecuencias, extendió su mano con la intención de sacar uno, cuando la transmisión de la radio la interrumpió.

Otra vez los radicales habían atacado un lugar lleno de gente inocente solo para demostrar su descontento, solo para demostrar que querían justicia. De forma demasiado errónea claro. Muchas veces había comparado a los cazarrecompensas con los radicales, ambos listos para atacar sea donde sea, enfocados en sus objetivos. ¿Qué los hacía diferentes?

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por la aparición del que parecía ser el dueño de aquel hogar en el patio, obligándola a ocultarse rápidamente tras el sofá, sacar su varita y observar. Bea, Bea, ¿cuándo vas a aprender?, pensó, al ver que nuevamente parecía estar envuelta en un problema.

Es que los problemas son divertidos.

¿Eres estúpida?

Steven dice que me dejaron caer un par de veces cuando era pequeña.

Su discusión interna consigo misma llego a su fin con el sonido de una cosa rompiéndose y algo chocando con otra cosa: El tipo había roto una maseta y para variar, parecía haber caído inconsciente… ¡EN EL ESTANQUE DE LOS COCODRILOS!

En ese momento se le olvido completamente que estaba oculta, se le olvido que él podría ser un mago purista y se le olvido completamente que ella no debería estar en ese lugar. Lo único que en ese momento rondaba su mente era ayudarlo, le era imposible dejarlo abandonado y para variar siendo comido por sus propias mascotas. Lo levanto con un tanto de dificultad, que por más delgado que fuera, seguía pesando su tanto, para llevarlo hasta el sofá… estaba tan preocupada que ni siquiera considero levantarlo usando magia, y su piel emblanqueció varios tonos cuando vio su ropa manchada de sangre, más volvió a su color pálido natural cuando descubrió que no parecía pertenecerle. ¡Le había dado un gran susto!

Con un simple movimiento de varita, apareció un pañuelo lleno de alcohol, acercándolo a la nariz del hombre, buscando despertarlo.

━ Buenos días dormilón. ━ Canturreo con voz suave, intentando que no se alterará cuando la viera. Aunque claro, teniendo una fugitiva en tu casa, imposible que te alteres. De seguro hasta la invitaría a tomar té y toda la cosa. ━ Despierta o robaré tu versión del libro “No toques mis albóndigas” ━ Vale, que no sabía si aquel libro existía, pero si era un amante de los libros, eso y el alcohol deberían devolverle la conciencia más que rápido. EL PROBLEMA REAL, ERA QUE DIABLOS HACÍA ELLA. Maldito el momento en que su instinto de medimaga funciono antes que su sentido común. Vale, que de esto ultimo ni tanto tenía, pero igual. ━ Debía dejar que te coman los cocodrilos… ━
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Ryan Goldstein el Dom Mar 18, 2018 1:36 pm





¿A ti se te ocurre darte un chapuzón en un deplorable estado de inconsciencia, tontera? No. Normalmente, a nadie se le ocurriría, y menos con cocodrilos cerca y tú bañado en sangre. Imagínate, lo que es arrojarse hacia lo profundo de aguas negras y peligrosas para ir a titularse de rescatista, y todo por un Ryan Goldstein que tenía un cuerpo que no se dejaba parar, enderezar, sujetar, mientras que las colas furtivas de esos BICHOS ESOS CON MUCHOS DIENTES emergían del agua aquí y allá, recordándote que, ¡ey!, o mejor te sales o te preparas para lo peor.

Joey y Mandy, porque esos eran los nombres de esas PÉRFIDAS CRIATURAS DE HAMBRE SANGUINARIA, se limitaron a rozar juguetonamente a los dos, hasta que Ryan ayudó un poco, luego de liarla parda, y sin comprender cómo realmente es que se movía, se apoyó en su ángel de la guarda, muy confundido como para hacerse preguntas. Hasta que lo arrojaron al sofá, y se golpeó la cabeza con la mesita de luz, ¡auu!, eso debió dolerle, porque recuperó algo de la consciencia en el sobresaltó. Eso estaba bien, eso era buena señal, ¿qué tal otro golpecito?

***


El estado de confusión en que se encontraba no le permitía asentar las ideas en su cabeza, pero. Había un murmullo femenino, y se obligó a concentrarse en seguirle el hilo de la conversación. ¿Qué decía sobre “albóndigas”? Insistió en ello, y al entornar la mirada, pasada la visión borrosa, se preguntó por qué esa chica estaba mojada y sintió el frío. De un suspiro, lo recordó todo: se desmayó. Punto aparte. Salía del estanque. Punto aparte. Rubia al pie del sofá. Bien, todo tenía sentido ahora.

—Buenos días—
saludó, arrastrando las palabras, la voz cansada. Sabía, tenía consciencia, de que los buenos días habían pasado hace rato, y aun así. Echaba la cabeza hacia atrás y con dos dedos como pinzas se sujetaba el puente de la nariz. Al cerrar los ojos, todavía podía ver las varitas de sus agresores apuntándole, el destrozo, la seguidilla de sucesos que había vivido esa tarde. No habían sido los radicales. A esa conclusión había llegado. Pero el gobierno había querido que pareciera así, y provocar el caos, desatar el miedo—. ¿Quién eres?—preguntó, yendo al grano. El dolor en el cuerpo no le estaba ayudando a ser precisamente simpático, y tampoco sabía qué esperar. Así que, se limitó a mirarla, calmado, en busca de una respuesta, pero la obtuvo antes de lo que pensó.

Su varita, le bastó cerrar su mano para sentirla donde debía estar. Si era así. Entonces. Sonrió. No era muy lista, para ser tan malvada.“Debía dejar que te comieran los cocodrilos”, había dicho. Y aunque lo dijera de esa manera, ella lo ayudó. Eso era todo un detalle viniendo de una completa extraña.  

—Mis cocodrilos. No me comerían—
dijo, incorporándose lentamente en el sofá. Agachó la cabeza y entrelazó las manos por debajo de su nuca, en una postura derrotada, agotada, exhalando un torrente de aire por los pulmones. Si no fuera por la sangre en la ropa, diríase que sólo amanecía adormilado—Gracias—dijo secamente, levantada la mirada, que era viva, amable, agradecida. Le tendió la palma abierta de su mano, para que la estrechara—¿Cómo es que me crucé contigo?, ¿te conozco?—Arqueó una ceja, intrigado. Tenía un rostro impávido, así que en general a la gente se le hacía difícil adivinar lo que pensaba, pero esa reposada calma, la profundidad de sus pausas, lo hacían parecer alguien, ante todo, reflexivo. En ese momento, intentaba reunir toda la información posible sobre esa chica, para hacerse una primera impresión. Estaba mojada, por su culpa. Lo había salvada de una “muerte segura”, y por sobre todo, estaba preocupada. Tú no estás preocupada si vas a matar a alguien a sangre fría en el sofá de su casa—Puedes confiar.

¿Qué?

—He visto esa mirada tantas veces—dijo, como si eso explicara algo. Vagó con los ojos por la sala, agitó su varita y se hizo la luz, luego regresó a ella—Quieres echarte a la fuga, pero yo. Estoy curioso, ¿cómo es que entraste a mi jardín?
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Beatrice A. Bennington el Vie Mar 30, 2018 12:51 am

Beatrice era lo suficientemente valiente como para ayudar a alguien, aun si eso significaba enfrentarse a cocodrilos. Pero también era lo suficientemente cobarde, o inteligente, como para apurarse lo más posible. Quizá en ese momento de apuro, quizá por gusto porque en el fondo es toda una mente malvada, termino lanzándolo demasiado fuerte al sofá, provocando un golpe en el hombre semi consciente. Vale, si le preguntaba, aquel golpe había sido totalmente planificado, para que despierte. Nunca fue un accidente. Nunca.

✦✦✦

Su voz. ¡Había dicho buenos días! ¡Había despertado! ¿Qué se supone que hacía ahora? ¿Correr y grita espantada? Que vamos, la podía atacar si sentía amenazado… Porque, para empezar, ella estaba en SU casa. ━ Teresa… Eh… Robert. Si, Teresa Robert. ━ Balbuceo. Estaba segura de que un “Soy Bea hermosura Bennington. Ya sabes, esa fugitiva con una bella foto.” No le hubiera hecho sentir seguro, así que bueno, no le quedaba de otra que tener una identidad falsa… por lo menos hasta que terminará reconociéndola. Seguramente, la única razón por la que no lo había hecho aún, era porque parecía debatirse entre la consciencia y la inconsciencia aún.

━ ¿Por qué no te atacarian? Tenías sangre... ━ Lo pensó unos segundos. ━ NO ME DIGAS, ¿Son vegetarianos? ¿SE PUEDE HACER VEGETARIANO A UN COCODRILO? Ni yo logro serlo, me encanta la carne. No cruda eso sí, si no que bien cocida. ━ Nunca había escuchado de alguien que tuviera cocodrilos de mascota, por lo que le parecía fascinante. Pero escuchar sobre COCODRILOS VEGETARIANOS, era toda una novedad. ¡Ella quería uno! ¡O dos!

━ Oh si, de nada. ━ Respondió sonriente, estrechando su mano con seguridad. ¿Sería muy ingenuo de su parte guardar su varita? Es que dudaba que alguien con mascotas vegetarianas, libros a montones y medio perdido en la vida, pudiera atacarla.

PERO BUENO, QUE ESTABA COMENZANDO A CONFIAR, ¿POR QUÉ DEBÍA METERLA EN TREMENDO APRIETO PREGUNTANDO COMO HABÍA LLEGADO?, pensó, totalmente calmada, porque ella nunca se altera. Obvio. Bien Bea, es hora de tu don de la palabra.

━ ¡Es verdad! ━ Tosió, mientras le rezaba a Merlín, Morgana, el papa y la santísima trinidad. ¡Que su excusa funcionara! ━ Así como me ve toda amable, toda preocupada por su salud y como una salvadora al enfrentar a sus hermosas, pero muy peligrosas mascotas, solo para ayudarles… SOY TAMBIÉN UNA VENDEDORAS DE NUBES. ━ Declaro, con las manos en las caderas y una mirada seria. Que descaro de mentira. Si se la creía, esperaba que al menos comprará una. ━ ¿Cansado de su cama dura y pesada, no apta para llevar a todas partes? ¿Cansado de tener que volar en escoba? Que son geniales, pero da la sensación de que van a violarte. ¿No te pasa? Realmente, para la otra venderé escobas con asientos… aunque bueno, si son geniales, así como son… ━ Se había ido del tema, maldición. ━ ¡Todos, absolutamente todos tus problemas, se resuelven comprando una nube! Son cómodas, blanditas, mantienen su blanco siempre, aun cuando dejes caer un poco de salsa sobre ellas. Así que si eres de los que no les gusta lavar, ¡No es necesario hacerlo! Solo la dejas flotar una vez al día y todo solucionado. Es una gran adorno para el patio hermoso que tienes, y todo. ¡TU VIDA ES MUCHO MEJOR CON UNA NUBE! Cómprala hoy, y llévate el libro “autobiografía de una fugitiva” totalmente firmado, junto con un mechón del cabello de la protagonista. Para sentir la realidad de la lectura. ━ Finalizo su discurso, luego de haber caminado por todo el lugar, haciendo divertidas expresiones, moviendo las manos para dar ciertos énfasis y… la había cagado. ¿autobiografía de una fugitiva? Joder. Otra vez había metido la pata.

Pero oye, al menos con todo su discurso se había ahorrado decirle como entro a su jardín. ¡Porque obviamente se había bajado de una nube!
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Ryan Goldstein el Vie Mar 30, 2018 3:18 am

SOY TAMBIÉN UNA VENDEDORA DE NUBES

Ahí, llamó toda su atención. Ryan levantó las cejas en su cara de nada, la boca ligeramente entreabierta. ¿Pero es que no entendía?, ¿es que estaba tonto? Oh, no, no, claro que era capaz de seguirle la corriente en esa seguidilla de ideas alucinantes (nube, vendedora, él violado, blanditas, adorno), y poner su semblante más serio, pero es que acababa de recibir un golpe en la cabeza —todo fríamente calculado, no por el azar, sino por obra de la Malevolencia— y eso lo dejaba fuera de juego, como mínimo un par de minutos.

…¡TU VIDA ES MUCHO MEJOR CON UNA NUBE! Cómprala hoy, y llévate el libro “autobiografía de una fugitiva” totalmente firmado, junto con un mechón del cabello de la protagonista. Para sentir la realidad de la lectura…

Ryan sonrió, amable.

—Eres simpática, Teresa. Yo soy Ryan, Ryan Goldstein—dijo, y se levantó, sintiendo la fatiga en el cuerpo. Iría por ropa limpia, una ducha, algún tonificante en su botiquín de hierbas. La miró por unos segundos con ojos serenos, guardando silencio, una pausa que rompió con una breve risa ahogada—Hay galletas en la lata.

Un “mi casa, es tu casa”, sin formalidades de por medio, fijo que era eso, sí. Como si fuera un perro perdido hallado en su puerta, mira. Normal. Porque recibir a un vendedor de nubes era cosa de todos los días, ¿y cómo los recibías? Con galletas, obviamente. Y al que no le pareciera, pues que se hiciera a la idea, porque de seguro que jamás había recibido a un vendedor de nubes en su casa. Esa gente, ni se entera.

Así, muy tranquilo, rodeó el sofá y ya enfilaba para el cuarto, como quien va desperezándose en el camino —sentía los miembros adormilados, además de doloridos—, cuando soltó en el aire: “Sólo un minuto, por favor”. Y es que, llevar sangre encima, nunca se veía bien, a menos que fueras Jack El Destripador. Llegado a la puerta, se volteó, interesado.

—Y hablaremos de las nubes.


Se lo veía tan tranquilo, aceptando su historia. Sonreía ligeramente, aunque no parecía feliz. ¿Tan mal, tan profundo, pueden afectarte los días malos? Y es que, los problemas del mundo, todavía hacían ruido en su cabeza. Recibirla en su casa (a su certificada, incuestionable vendedora de nubes) —aunque se tratara de un evento forzado—, casi había sido un alivio.

Reparando, de nuevo, en que ella estaba tan mojada como él, le ofreció pasar a su cuarto si quería ropa toallas, o lo que fuera. El caso es que, entre los magos, la varita siempre era una herramienta eficaz en esas circunstancias. Él, por su parte, necesitaba una ducha. Pero la invitó a quedarse. ¿Tan relajado podía ser?, ¿ni temía que se fuera a fugar?, ¿con algún refrigerio que le robara de la heladera?, ¿es que no había entendido nada cuando dijo “autobiografía de una fugitiva”?

—Haz lo que quieras—
Mientras él se quitaba la fatiga, que lo atontaba, mira. Que con lo de fugitiva seguía sin decir ni una palabra, ¿hay gente así de lenta en la vida?—. La sección de albóndigas…—Lanzó una mirada rápida a su biblioteca… que era prácticamente toda su casa, o cada rincón en el que cabía un libro, entre demás cachivaches. E hizo una leve indicación con la mano—: Debe estar por ahí.

Muy inteligente Ryan, invéntate una sección, como si el caos en tu hogar estuviera fríamente calculado. Más exacto hubiera sido decir: “Eres libre de hurgar en la biblioteca”. Aunque a ninguna persona cuerda o normal se le ocurriría ser tan descuidado: libros que se rebelan si no les dices cosas bonitas, libros que se te escapan volando de las manos, libros que estornudan, libros para todos los gustos y colores que tú te imagines. No estaban ahí realmente porque Ryan Goldstein los hubiera leído todos, o porque pensara hacerlo, no. Estaban ahí porque Ryan Goldstein era un curador de libros. Su librería era su taller. Poco a poco él iba trabajando sobre ellos, y luego devolvía el encargo (porque le mandaban el trabajo por encargo) vía lechuza. Él lo tomaba como un hobby —cuando en realidad, era parte oficial de su trabajo, pero no prioritario si eras agente secreto que trabajaba para la Orden del Fénix y te pasabas el tiempo fuera de El Archivo, metiéndote en conflictos internacionales y dejando de lado lo de ‘acomodar libros’ a otra persona. Alguna ventaja tenía que tener, lo de arriesgar el pellejo (?)—.

Al rato

—Ejem—carraspeó, con una sonrisa. Se lo veía mucho más “refrescado”—, ¿qué haces?—preguntó, curioso, habiéndola hallado de espaldas a él. Y agregó, yendo por café a la cocina—: Entonces, ¿cuál es tu precio?

El de la nube, se entiende.

—Es una curiosa propuesta, nunca me la habían hecho. ¿Te pones así de nerviosa siempre que mientes? Eso te habrá metido en muchos problemas—Regresó, y le sirvió una taza—Oh, lo siento. ¿La quieres con leche? Si quieres alguna otra cosa…—Rió—Me olvidaba, ¿quieres alguna otra cosa? Es que soy fanático del café. Asumo que si yo me sirvo uno, mi compañía querrá otro. Entonces—insistió—, ¿no quieres decirme cómo te llamas realmente?

Y soltó, atacado por un cómico tono de reproche:

—¡Yo he sido honesto contigo!

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Beatrice A. Bennington el Mar Abr 17, 2018 4:21 pm

Su historia totalmente improvisada, había sido lo menos creíble del mundo, pero al menos le había sacado una pequeña risa. ¡Y las risas siempre eran buenas señales! A menos que fueras de esos que primero ríen, y luego piden que les corten la cabeza. Como dato, Beatrice estaba encantada con su cabeza, pero si llegaban a cortársela, al menos esperaba que la cortaran totalmente. ¡Se negaba a vivir como Nick casi decapitado! ¡Ella si quería jugar bolos con su cabeza!

Casi se ríe cuando le llamo Teresa. Bien, al menos no le había reconocido por tantos bellos carteles y seguía creyendo que ese era su verdadero nombre. ¡Punto para Bea… o Teresa!

━ ¿Dijiste galletas? ━ Pregunto, encantada ante tanta amabilidad. Cualquier otra persona la hubiera sacado a patadas desde el momento en que menciono que era una vendedora de nubes, pero él, Ryan Goldstein, le había ofrecido galletas. Era un gran hombre, sin duda alguna. Ya se había ganado su agrado completamente.

Verlo caminar hasta, lo que parecía ser su cuarto, se le hizo totalmente extraño. No es como si ver a un hombre lleno de sangre, que parece debatir entre la consciencia y la inconsciencia, fuera su pan de cada día. Si así fuera, al menos estaría sin camiseta. Uh La La.

Rechazo brevemente su oferta, haciendo un movimiento de varita y quedando nuevamente seca. Totalmente como nueva. Ya luego se daría una ducha decente en el refugio, que nunca se podría acostumbrar a usar la varita para ese tipo de cosas. Prefería una y mil veces hacer todo de manera muggle.

Esperen, esperen. ¿Realmente tenía una sección dedicada a las albóndigas? Para empezar, ¿¡Existen libros sobre eso!? Por Merlín, que gran descubrimiento había hecho.

━ ¡Prometo comportarme! ━ Dijo con una sonrisa, antes de verlo desaparecer. Bien, bien, ¿Dónde dijo que estaban las galletas?

✦✦✦

Había quedado claro que el señorito Goldstein, en el fondo, era un ser malvado. Mira que dejar el tarro con galletas en el estante más alto, era toda una maldad, una enorme. Nunca se lo perdonaría… Aunque en el fondo sabía que seguramente solo estaba en ese lugar porque él era alto, mientras que ella lo sentía como toda una misión imposible por ser más o menos bajita. Fruta Bida.

Cualquiera diría que con un simple Wingardium Leviosa ya estaba todo solucionado, pero quedo claro que Beatrice no era del tipo de persona que solucionaba todo con magia, aunque bueno, había días que sí, pero no era ese día.

Con cuidado acerco una silla, la que más segura se veía y se subió, se estiro… Por fin el tarro de galletas estaba entre sus manos. Tentada a saltar para demostrar su felicidad, estuvo a punto de hacerlo, si no hubiera recordado que estaba sobre la silla aún. ¡Y menos mal lo recordó! No quería terminar tirada en el suelo, y menos con la espalda doliéndole horrores. No, no, no.

Con cuidado, volvió al suelo, dejando la silla en el mismo lugar para no dejar sospechas de sus acciones anteriores, y se sentó en el sofá, que ya estaba seco y totalmente limpio gracias a su varita, para comenzar a comer las galletas.

Más tardo en obtenerlas que en hacerlas desaparecer. ¡Es que estaban riquísimas! Y no podían pedirle justamente a ella que deje alguna. Dejo el frasco vacío sobre el sofá, mientras exploraba la biblioteca que… prácticamente ocupaba todo el lugar. O bien el tal Ryan era un adicto a los libros, o bien su trabajo trataba sobre ellos. Porque vamos, ni ella que era una ex Ravenclaw tenía tanta cantidad de libros en su antiguo departamento.

Por simple curiosidad, tomo uno que parecía interesante por el color azul de su cubierta, pero cuando fue abierto, Bea chillo. ¡Un montón de pajarillos habían salido del libro y la habían atacado! ¡A ella, otro pajarito! Con la misma velocidad que lo había abierto, lo cerro y dejo en su lugar. Así fue como Ryan la encontró. El cabello hecho un lio y una que otra marca de haber querido ser picoteada hasta la muerte.

━ Solo exploraba tu biblioteca. Sabes, no me hubiera molestado saber que tenías libros agresivos. ¡De pura suerte no me he encontrado con uno que muerde hasta quitarte una extremidad! ━ Le reclamo, haciendo un puchero. ━ ¿¡MI PRECIO!? ━ ¿Tan rápido había descubierto que era una fugitiva? ¿Ahora que hacía? ¿Le cambiaba los recuerdos, salía corriendo, le golpeaba?

Por suerte nada de eso fue necesario, pues luego capto que estaba hablando sobre la nube. Ay, el susto que le había dado el muy maldito.

━ ¡Oye! Que no se me ha notado que estaba nerviosa, solamente la he cagado diciendo que vendo nubes, porque vamos. ¿Quién vende nubes? ━ Lo miro, como diciendo “Una locura, ¿cierto?” ━ Si es amargo esta bien. ━ Sorprendentemente, le gustaban las cosas amargas. Quizá porque ella era lo suficientemente dulce ya. Si, si, por eso.

Lo observo unos segundos, de forma fija. ¿Sería seguro decirle su nombre? ¡Y luego le salió con lo de honestidad! ━ ¡No has sido honesto conmigo! ¡Porque en ningún momento me has dicho que se me haría sumamente difícil alcanzar las galletas! ━ Declaro, para luego señalar el frasco vacío. ━ Por eso me las he comido todas. Es mi venganza contra ti. ━ Mentira, se las comió todas por glotona.

Espero unos segundos, observando el lugar y al hombre antes de confesar. ━ Soy Beatrice, la más guapa, Bennington. ━ Sonrió dulcemente, antes de beber de su café, y volver a hablar. Que si él luego gritaba, al menos se iría con un rico sabor a café en la boca. ━ Un gusto conocerte, Ryan, hago un buen café, Goldstein. ━
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