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Do you want to see it? —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Mar 16, 2018 2:07 am


Casa de Gwendoline Edevane, 17.30 horas — Viernes 16 de marzo, 2018 — Londres, cerca del río Támesis — Atuendo

Se encontraba en casa, tirada en el sillón mientras abrazaba a Don Cerdito y veía sin muchos ánimos la última película de los vengadores, esa de la Era de Ultrón, ¿o era la penúltima? Ni idea. A Sam no le gustaban las películas de Superhéroes, pero era o eso, o una de miedo que echaban en un canal muy raro. Y todos sabemos que Jota era totalmente reacia a ese tipo de películas porque, literalmente, le daban miedo. Que sí, que ese era el propósito del cine de terror, dar miedo y esas cosas, pero a ella le daba miedo de verdad. No entendía cómo era posible que alguien viese esas películas y luego se quedase tan tranquilo sin imaginar que algún tipo de asesino en serie va a apuñalarle por la noche siendo poseído por el mismísimo demonio exorcista de Satán. Sam tenía que dormir con todo su arsenal de animales cada vez que veía el trailer de una película de miedo, porque le entraba miedo. ¡El trailer! Cien por cien real.  

Observó con detenimiento como el profesor de las gafas simpático se convertía en la bestia verde, frunciendo el ceño con disconformidad al ver tremenda irrealidad. Sujetó a su cerdito y lo alzó en alto. —¿Por qué Hulk se rompe toda la ropa menos los pantalones? ¿Eh? ¿Tú lo sabes, cerdito mío? —Dejó otra vez a su mascota sobre el sillón. —Yo no entiendo estas películas. Entre los pantalones elásticos supremos de Hulk y el retraso de Superman llevando los calzoncillos por fuera, nada tiene sentido. —El cerdito miró a Sam, girando la cabeza como si obviamente no entendiese nada. Y es que era un cerdo, no entendía nada. Sam suspiró, mirando al techo e ignorando la película, sintiendo que la vida le pasaba lentamente y ella no aportaba nada. —Debería buscarme un trabajo, ¿verdad, Cerdi? —Y su cerdo se bajó del sofá y se fue a la habitación, probablemente a intentar dormir sin que su dueña pesada le esté molestando, siendo ésa una señal de queja universal de que Sam le estaba rallando con tantas preguntas.

La película le estaba aburriendo un montón, por lo que miró la hora, dándose cuenta de que Gwen ya habría llegado a casa, comido y descansado de trabajar. Así que cogió su móvil que estaba sobre la mesa. Caroline no iba a estar toda la tarde porque había quedado, por lo que fue directamente a WhatsApp y picó sobre el nombre de Gwendoline, la cual estaba agregada simplemente como Güen. Quizás ella no tuviera nada que hacer en su vida normal non-fugitiva de persona adulta y responsable y quisiera quedar un rato con Sam.

Cada vez que Jota le mandaba un mensaje al WhatsApp a Gwen sonreía, ¿sabes por qué? Porque siempre se imaginaba que Gwen le habría hecho caso agregándola como 'Melocotón' y el hecho de ver 'Has recibido un mensaje de Melocotón' le hacía especialmente gracia.


Y le dijo que no, que estaba libre como un colibrí en un día de primavera, libre como el sol cuando amanece y como el mar. Y claro, Sam se puso feliz. Porque Sam en ese momento era más simple que el mecanismo del codo de un Playmobil y el simple hecho de pasar la tarde con Gwen, ya le parecía el mejor plan para ese viernes aburrido de fugitiva que no puede salir a ningún lado. Rápidamente se sentó en el sillón, apagó la televisión con esa caca de película que estaban echando y se puso en pie para irse a vestir decentemente. Había confianza como para ir en pijama, pero eso de ir en pijama a casa de su amiga a las cinco de la tarde un viernes como que era pasarse un poquito.


Quince minutos después, se desapareció de la casa de Caroline y apareció en el interior de la de Gwen, aunque justo en la puerta de entrada. En realidad era super arriesgado aparecerse por fuera, ya que vivía en un piso compartido con muggles y ya me diréis lo alucinado que se quedaría el pobre vecino de al lado si mientras saca al perrete ve como una rubia aparece delante de sus narices. Y no, mejor prevenir, que desmemorizar.

Pese a que Sam no se sentía especialmente cómoda invadiendo la intimidad de su amiga de esa manera, era cierto que tampoco iba a ir caminando ni en metro, por lo que solo le quedaba esa opción. Así que una vez se apareció en el interior de la casa, pero en la entrada, tocó la puerta desde dentro varias veces para alertar a su amiga. —¡Gwen, ya llegué! —avisó, no fuese a encontrarla... yo qué sé, haciendo caca. ¿Te imaginas? Eso sería muy anécdota muy graciosa para la posteridad. —¡Voy a la cocina! —añadió, dando unos pocos pasos hasta la cocina, para misteriosamente encontrársela ahí justo de frente, a punto de chocarse en la puerta nariz con nariz. —¡Ah, hola! —Saludó sonriente. —Te juro que cada vez que me aparezco en tu casa, tengo la sensación de que te voy a encontrar en mal momento y me da un apuro increíble dar un paso hacia adentro —confesó divertida, sin querer hacerse mucha imagen mental. ¿Os imagináis un día que se aparece en casa de Gwen y está con un hombre? Esa anécdota ya no le parecía tan graciosa, nada, pero era incómoda igual. Le dio un cariñoso beso en la mejilla a modo de saludo y sonrió. —¿Qué tal hoy en el trabajo? ¿Te quedan fuerzas para unas clases junto a tu profesora favorita? —Y se señaló a sí misma, guiñándole un ojo. Estaba feliz, ¿vale? Hacer el payaso era normal en ella cuando estaba alegre.
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Gwendoline Edevane el Vie Mar 16, 2018 4:07 pm

Viernes por la tarde. Había pasado una semana más en el Ministerio, una estresante semana llena de trabajo ingrato y exigente. Y allí estaba yo, Gwendoline Edevane, sobreviviendo a pesar de todo, con el único deseo de no volver a verle la cara a nadie de mi departamento hasta el lunes por la mañana.
Daba gracias por ser capaz de mantener la calma en situaciones de estrés cómo las que se vivían en aquella oficina. Mis compañeros no podían presumir de lo mismo, y algunos literalmente se tiraban de los pelos en un intento, creo yo, de pagar sus frustraciones con algo. Pero bien podían elegir algo que no fuese su cuero cabelludo, o acabarían más calvos que una bola de billar.
Yo no me iba a quedar calva, ni por estrés ni por arrancarme yo misma los pelos. Por suerte, tenía un gran autocontrol, y las infusiones relajantes ayudaban, tengo que reconocerlo. De hecho, al salir del Ministerio, estaba pensando en un buen té con tila y camomila, aunque eso sería después de saciar el apetito que tenía después de toda la mañana allí metida.
Y no tenía ganas de ponerme a cocinar, la verdad.

—Buenas tardes.—Dije en cuanto una voz femenina con acento chino me respondió al móvil, mientras caminaba por la calle en Londres.—Soy Gwen, sí. ¡Hola!—Saludé animadamente a la camarera que iba a tomar mi pedido, y que ya me conocía de tantas veces que había pedido comida a ese restaurante.—¡Exactamente, lo de siempre! Gracias, Lin.—Me interné en un callejón y, tras asegurarme de que nadie me miraba, me desaparecí, apareciéndome directamente en casa.—¿Qué? Perdona, Lin, te he perdido por un momento. ¿Cambio?—Revisé mi bolso, buscando algo de cambio, y me di cuenta de que no tenía.—Pagaré con tarjeta. Muchas gracias.—Y dicho esto, finalicé la llamada.

Cinco minutos después, me había aseado y estaba en pijama, con mis pantuflas de tortugas en los pies, pasando el aspirador por el piso. Era lo malo de trabajar por las mañanas: que tareas tan engorrosas cómo la limpieza quedaban relegadas a horas en las que apetecían menos. Pero era lo que había, así de dura era la vida de una mujer soltera. Y me negaba a gastarme parte de mi paga en pagar una asistenta.
No me había vuelto tan pija, ni pretendía volverme en ningún momento del futuro.
La comida china llegó rápida cómo siempre, y comí en la mesa de la cocina. No tenía televisor en la cocina—tener en un piso cómo este dos televisores me parecía redundante—, pero sí tenía un aparato de radio. Escuchaba algunas noticias mientras comía. ¿Y qué comía? Pues rollitos de primavera, tallarines con setas y bambú, y por supuesto y muy importante, sopa de verduras muy picante.
No me había vuelto vegetariana ni nada, pero Sam me había hecho replantearme cosas. Cosas cómo si era necesario comer siempre carne, cuando las verduras podían estar igual de buenas si se preparaban cómo era debido. ¿Qué daño podía hacer comer más verduras y menos carne?
Mientras comía, también aproveché para revisar algunas notificaciones de mi teléfono móvil. Sonreí al encontrarme con la fotografía que tenía de fondo de pantalla. En ella, Sam y yo posábamos sonriendo, y detrás de nosotras, Caroline nos hacía burla. Detrás de mi cabeza y la de Sam se veían asomar dos dedos de Caroline, de manera que ambas parecíamos tener cuernos.


***


A eso de las cinco, tras un buen rato de no hacer nada, de simplemente estar tumbada en el sofá viendo Netflix, me levanté para escuchar un poco de música en mi iPod. Últimamente me había aficionado a las canciones de amor, no sabía bien por qué. Mi mente era incapaz de coger esa idea, ese concepto, y asociarlo con la nube en que me sentía cada vez que estaba junto a Sam. O cuando pensaba en ella, sin más.
Wings, de Birdy, se había convertido en mi canción favorita. ¿No es esa canción la más romántica y hermosa que hayáis escuchado nunca? Fue la primera que escuché esa vez, seguida de Walking on sunshine, de Katrina and the Waves, para finalmente llegar a Love story, de Taylor Swift.
Sí, quizás estaba dando un poco asco de lo empalagosa que me había puesto, pero juro que canté—mejor que cuando estaba borracha—y bailé—un poco cómo un pato—con cada una de estas canciones.

And I say "Romeo take me somewhere we can be alone. I'll be waiting, all that's left to do is run...Cantaba cuando mi móvil vibró sobre la mesita del salón. No lo escuché, pues tenía los auriculares a todo volumen, pero lo vi iluminarse. El mensaje era de Melocotón. En otras palabras, de Sam. Así que corrí con ilusión a leerlo.—¿Esa pregunta me la haces en serio? ¡Por favor!—Dije para mí misma, sabiendo que nadie podía escucharme, mientras tecleaba a toda velocidad.




La respuesta de Sam no se hizo esperar, y yo reaccioné de la única manera que puede reaccionar una persona normal en esas circunstancias: empecé a pegar saltitos, feliz e ilusionada, y terminé dejándome caer en el sofá del salón cómo quién se deja caer sobre una nube, sonriendo feliz.
En serio... ¿cuándo me iba a ayudar alguien a entender la simple verdad de aquello? ¿Cuándo me iba a decir alguien de una maldita vez que estaba enamorada de Sam? Porque en mi pequeña cabecita era incapaz de relacionar todas y cada una de las señales que apoyaban esa teoría.
Sumergida en mi nube de felicidad, seguí canturreando y bailando esa romántica canción de Taylor Swift cómo si me hubiese poseído el ritmo. Tal fue mi alegría que ni me di cuenta de que, quince minutos después, Sam ya se encontraba en mi piso. Yo me encontraba en la cocina, preparando las bebidas prometidas—chocolate para Sam, por supuesto—y fue solo cuando me disponía a volver al salón que me encontré cara a cara con mi amiga.
¡Y me llevé un susto, maldita sea!

—¡Sam!—Exclamé a voz en grito, sorprendida y un poco avergonzada: me acababa de cazar infraganti, bailando y escuchando música a tope. Me quité los auriculares de las orejas dando un tirón al cable, un poco sonrojada.—No, no es un mal momento. Yo solo estaba...—Y cómo no sabía explicar qué narices estaba haciendo, me puse a señalar alternativamente a mis pies y al iPod, que había dejado sobre la mesa de la cocina.

Ella me saludó con un cariñoso beso en la mejilla, cómo era habitual en ella; yo, llena de felicidad por verla—¿En serio, Gwen? ¿De verdad sigues sin enterarte de lo que sientes?—, le di un abrazo de esos que se dan a quienes llevamos mucho tiempo sin ver. Y no hacía tanto tiempo que no veía a Sam, la verdad.
Pero así lo sentía, así lo hacía. En algún momento de los últimos meses, había abandonado gran parte de mi timidez con ella, y ya no me daba miedo demostrarle mi cariño. Ella lo hacía fácil.

—Pues claro que tengo fuerzas.—Le respondí, un poquito más sosegada, habiendo dejado un poco de lado mi momento "loca bailarina y cantante de piso solitario".—La verdad es que el trabajo ha sido igual que siempre, así que... todo perfecto. ¡Ven, ven! Te estaba preparando un chocolate.—Y pese a que la cocina estaba a un par de pasos, cogí a mi amiga de la mano, tironeando suavemente de ella para que me siguiese hasta su taza.—Tengo una sorpresa para ti, por cierto.

Y diciendo esto, le mostré la taza. En la taza se podía leer "Sam". Era una tontería, lo sabía, pero la había visto en una tienda de regalos, y no me había podido resistir. ¿Cómo resitirse? Encima, la taza tenía dibujos infantiles de animales, entre ellos un cerdito. Cómo los que tanto le gustaban a Sam.
Seguro que aquella taza se había hecho para un niño, o una niña, pero confiaba que a Sam le gustase.


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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Mar 19, 2018 2:54 am

Reír fue inevitable. La cara que se le quedó a su amiga cuando la vio repentinamente aparecer en su cocina fue una declaración universal de que esta bailando dándolo todo, como la rubia en carnavales con Beyoncé de fondo. Sí, tenía esa cara de haber sido descubierta en su máximo esplendor bailarín, el cual era secreto para ojos de cualquier forastero en la casa. Toda mujer bailando en casa con los auriculares puestos o la música a todo volumen desarrolla una técnica de baile íntima y totalmente prohibida a la que a nadie se le permite ver. Porque eso es así, las mujeres se sienten más seguras bailando de manera totalmente loca en casa que en cualquier otro lado y se desinhiben hasta puntos estratosféricos, ¡ahí es cuando realmente se disfruta de la bailarina interior que tiene cada una!

Cuando su amiga intentó poner una excusa para justificar su susto, la otra alzó una ceja. —Estabas... ¿estabas qué? ¿Dándolo todo en la pista de baile? —Echó una suspicaz mirada al iPod. —Me parece fatal, Edevane, que te pongas a bailar sin mí. Tú si me pones música en alto, te ayudo a limpiar toda la casa. Tienes que ver cómo tengo la de Caroline con Beyoncé todas las mañanas de fondo... La profesora Raminta estaría orgullosa de mis habilidades de limpieza con objetos muggles después de haberme castigado limpiando retretes con un cepillo de dientes una y otra vez. Jamás me olvidaré. —Apuntilló como punto a favor, aprovechando para recordar una memoria del pasado. Pero vamos, cada vez que esa profesora castigaba a Sam lo hacía con el mismo castigo, como si fuese consciente de lo mucho que odiaba Sam hacer eso, por lo que Gwen debía saber de su rencor a Raminta por ese tema en concreto.

Además, era sabido por todas las amistades de Samantha que ella no solo le gustaba bailar en casa, sino en todos lados. Sam era de esas personas que no tenía ritmo ninguno, eso era un triste hecho, pero tenía en su interior una vena que se ponía a vibrar cada vez que escuchaba música, haciendo que todo su cuerpo quisiera seguirle el ritmo.

Ella siempre le preguntaba por el trabajo, pero más que el propio trabajo en sí—pues, seamos sinceros, lo que se haga en el departamento de Seguridad Mágica actualmente seguro que no le interesaba mucho—, era más bien cómo se sentía ella en el trabajo, ya que la rubia seguía sin fiarse ni un poquito del Ministerio y, pese a que en realidad parecía el sitio más seguro ahora mismo para alguien como Gwen o Carol, ella no podía evitar preocuparse sólo por si acaso. El 'por si acaso', casi era tan horrible como el '¿y si...?', ya que se convertía en una premisa en donde o lo hacías, o terminabas comiéndote la cabeza por no hacerlo. Cabe añadir que Sam tenía mucho tiempo libre en el que comerse la cabeza innecesariamente con tonterías que en realidad no tenían tanta relevancia.

Se dejó sujetar y guiar hasta la encimera de la cocina, lugar en donde Gwendoline le cedió una taza de chocolate, pero no una taza cualquiera, sino una con su nombre, acompañada de varios animales caricaturizados de una manera super tierna, entre ellos un bonito cerdito. Ladeó una dulce sonrisa casi de manera instantánea, bajando ligeramente la taza para volver a centrar su mirada en ella. —No podría haber taza que me representase mejor —confesó divertida. —Dentro de poco coleccionaré todos los animales que hay aquí, con la bobería ya no me faltan tantos... —añadió a la broma, ya que era fácil meterse con Sam—hasta ella consigo misma—por ser ahora mismo la señora del zoológico, con cuatro animales a su cargo y, entre ellos, nada más ni nada menos que un cerdito. Cuando tenía trece años se dijo a sí misma: 'algún día tendré un cerdito', y mira, ahí está. —Muchas gracias, ¿será mi taza personal y propia en tu casa? Así tengo que venir más a menudo para darle uso y que no coja polvo. —Puso cara de no haber roto un plato, con una inocente mirada que, en realidad, tenía un brillo travieso, llevándose su taza a los labios para beber un poquito de su delicioso chocolate. Que a ver, por Sam quedaban todos los días si no fuese peligroso y de amiga pesada, pero hay de decir que ahora mismo solo las tenía a ellas dos y Caroline también tenía su vida y un trabajo que le quitaba mucho tiempo, aunque viviesen juntas. Recogió el resto de chocolate de su labio superior antes de volver a hablar: —Ya sé que soy la loca de los animales y a Carol no se le ocurre otra cosa que regalarme a Lenteja para mi cumpleaños. No sé en qué momento les cogí tanto cariño, en serio... —añadió, todavía con la sonrisa en los labios. En realidad sí que sabía: era fácil cogerle cariño a un animal cuando estás solito. Ahora mismo el nivel de confianza de Sam con sus animales era considerablemente mayor al que tenía con los humanos convencionales, entendiéndose como tal que ni Gwendoline ni Caroline eran humanos convencionales en su vida.

El gatito de Gwen apareció entonces entre las piernas de la rubia, estirándose para rozar con sus piernas, como si quisiera llamar la atención de la chica. Dejó entonces la taza sobre la encimera, agachándose para coger al gato que, sumiso, se dejó mimar. —¿Tú también quieres ser parte de la colección de la loca fugitiva de los animales de compañía? —le dijo con el típico tono ñoño con el que se le suele hablar a los animales o a los bebés. Al ver la cara de Chess, volvió a mirar a Gwen. —No le veo con muchas ganas, ¿eh? Creo que mi cerdi no le simpatiza —Y sonrió, risueña.
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Gwendoline Edevane el Lun Mar 19, 2018 3:37 pm

Fui sorprendida, pillada en un momento vergonzoso. Uno de esos momentos en los que piensas que estaría hasta gracioso que la Tierra decidiese tragarte y hacerte doscientos favores. Cierto es que podría haber muchas otras de situaciones peores para ser sorprendida: saliendo de la ducha, haciendo el idiota delante del espejo, incluso durante un momento "de relajación"—no pienso entrar en detalles, que cada uno entienda lo que quiera—... Pero da igual en el momento en que se te sorprenda: si era tu momento privado... te sientes avergonzada.
Así me sentía yo, allí de pie, sorprendida igual que un niño robando galletas de un tarro. Intenté explicarme a la desesperada, pero no hubo manera de hacerlo: Samantha Lehmann me tenía calada, me conocía tan bien cómo si me hubiese parido. Así que puse una expesión de fastidio en la cara, dejando caer los hombros cómo si hubiese sido derrotada en plena partida de algún videojuego.

—¡Vale, me has pillado! Estaba teniendo un momento "Fiebre del sábado noche".—Y eso que aún estábamos a viernes... viernes por la tarde, para más seña. Evité, por supuesto, decirle que el motivo de mis bailoteos no era otro que la felicidad que me producía verla.—La próxima vez te llamaré para que vengas, pero tienes que prometerme no grabarlo para luego subirlo a YouTube. Y no te preocupes, que no será necesario que hagas limpieza. ¿Has visto cómo vivo? ¿Has visto esto?—Abrí ambos brazos para abarcar todo el apartamento.—Sabiendo de mi vida social y viendo el tamaño de esto, ¿crees de verdad que necesito ayuda para limpiar? Si algún día me ves pidiéndote ayuda, por favor: pégame una bofetada. Querrá decir que me estoy volviendo una vaga... o una vieja. ¡De todas formas espabílame, tienes permiso!—Dije, riendo, en parte por los nervios de haber sido pillada, en parte por la propia alegría que me había llevado a la situación por la que Sam casi me pilla.

Pasamos a la cocina, y le desvelé a Sam el pequeño regalo que había comprado para ella. Era una tontería cómo una casa, una de esas cosas que ves y compras por un impulso. Pero, por algún motivo, me recordaba mucho a mi mejor amiga. Y ella... bueno, ella la recibió con una ilusión que parecía real. ¿Y por qué digo "parecía"? Porque existe una norma no escrita de convivencia humana que dicta que, aunque tus amigos más cercanos te regalen una tontería que no te gusta, tienes que poner tu mejor cara y decir que te encanta.
La sonrisa de Sam parecía auténtica, y yo misma sonreí y sentí que se me aceleraba el corazón en el pecho. De no haberme sentado, delante de mi taza de té humeante, posiblemente hubiese pegado un par de saltitos, ilusionada. Últimamente me sentía casi siempre así, y más estando junto a Sam. ¡Y qué sensación tan maravillosa era esa!

—¡No sabes lo mucho que me alegra que te guste!—Respondí con sinceridad.—La verdad es que pensé que quizás sería demasiado infantil o algo...—Intenté explicar el motivo de mis nervios, aunque estaba segura de que tantas explicaciones eran innecesarias. Entonces, ¿por qué necesitaba darlas? ¿Cual era el bicho que me había picado e insuflado tanta tontería en el torrente sanguíneo en los últimos tiempos?—¡Por supuesto, esa taza es tuya y personal, para cuando vengas aquí! Así me aseguro de que vengas mucho...—Y al decir esto, por algún motivo, me mordí ligeramente el labio inferior.

Lo cierto es que sabía del amor de Sam por todos y cada uno de los animales que convivían con ella. Y para mí una persona que profesaba tanto amor hacia los animales era una persona bellísima. No solo por tratarse de Sam, que también. Aquella taza me había recordado a ella no solamente por el nombre, si no por todos los animales que aparecían representados allí.
La observé con una sonrisa, en silencio, mientras soplaba a la taza de té que sostenía con mis manos a escasos centímetros de mis labios. Sam, como siempre, estaba preciosa. Por algún motivo, en los últimos tiempos, la veía todavía más preciosa. ¿Sería algo en concreto que estaba haciendo? ¿Algo que había cambiado en su rutina diaria? ¿Era su pelo? ¿Era su maquillaje? No lo sabía, pero había algo...
Y cuando Chess se aproximó a ella, y ella lo cogió en brazos sin dudar, no pude más que ensanchar la sonrisa que ya tenía en mi boca. La verdad es que resultaba sorprendente que un gato callejero fuese tan sumiso, tan agradable incluso en presencia de desconocidos. Se dejó acariciar con Sam, ronroneando, mientras ella le hablaba de su pequeña Arca de Noé privada.

—¡Oh, créeme! Chess es el mejor gato del mundo, sin desmerecer a Don Gato.—Me puse en pie y me incliné sobre la mesa, alargando la mano para acariciar la cabeza de Chess.—Estoy segura de que no tendría problema de unirse a tu alegre y pequeño circo, siempre y cuando haya cosas ricas para comer y caricias diarias.

Ahora, para comprender lo que sucedió en ese momento, sin que yo me percatase de ello, hay que tener en cuenta dos pequeños factores:
Pimero: mi atención estaba totalmente centrada en mi gato, que ronroneaba mientras le hacía cosquillas en la parte superior de su cabecita, cerrando los ojos y frotándose con mis dedos.
Segundo: el nivel de confianza con Sam era tan grande que, instintivamente, se dejaba de prestar atención a pequeños detalles cómo aquel.
Bien, pues lo que sucede es que, como toda soltera acostumbrada a estar sola en su piso y a ponerse cómoda, ocurrían dos cosas con mi indumentaria actual: no llevaba lo que se dice un sujetador puesto en aquel momento, y no me había abotonado la camisa del pijama, precisamente, hasta el cuello. Todo lo contrario, más bien.
De hecho, llevaba desabrochados tres botones. ¿Y qué sucedió cuando me incliné hacia delante sobre la mesa? Bueno, podéis imaginarlo. De haberme dado cuenta, no lo habría permitido, pero no me di cuenta... y todo ello sucedió en pleno campo de visión de Sam.

—Me parece que le gustas.—Dije, y pese a que me refería a mi gato, el comentario fue un poco desafortunado. Este es uno de esos ejemplos en que la confianza da asco.


El "sexy-pijama" (o algo parecido) medio abotonado de la picarona de Güendolín:
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Sam J. Lehmann el Mar Mar 20, 2018 7:25 pm

Chasqueó los dedos en un fingido gesto de fastidio cuando le dijo que no podía grabarlo para subirlo a YouTube, como si realmente hubiese sido su maléfico plan desde un principio cuando ni siquiera se le había pasado por la cabeza. —Jo tía, nos haríamos millonarias, seguro que tu bailoteo sexy en pijama se haría famoso en todo el mundo —bromeó, cruzándose de brazos y atendiendo con una sonrisa a todo lo que le decía. Bueno... ella tendría un apartamento pequeño, pero también trabajaba en el Ministerio, lugar en donde el estrés siempre va creciendo y creciendo, cosa que Sam no hacía. Ni trabajaba ni hacía nada y, por tanto, tenía mucho tiempo libre, pues también había dejado bastante de lado sus otros quehaceres en relación con su otra vida en donde es una fugitiva buscada por la ley y eso. A veces estaba tan cómoda con sus seres queridos que, sinceramente, se le olvidaba que su vida era una mierda. —No me importaría ayudarte aunque tu apartamento sea pequeño. ¿Te has dado cuenta de que no hago nada con mi vida, no? Aprovecha la mano amiga que te ofrezco. Menos para cocinar, claro, si no quieres morir intoxicada —exageró divertida.

En realidad ya llevaba tiempo pensando seriamente lo de buscarse un trabajo pequeño, algo que la mantuviese oculta entre los muggles y que le diese algo con lo que poder ayudar en casa de Caroline. Era verdad que le aterraba la idea de ir todos los días a la misma hora a un sitio en concreto, pues le daba la sensación de que era justo lo contrario que debía de hacer una fugitiva para esconderse pero... de verdad que necesitaba hacer algo con su vida o se iba a volver loca. Y... quería pensar que si había tenido tanta mala suerte escondiéndose como ella creía que debía hacerlo y había terminado como había terminado... si se saltaba un poco las normas, el karma se lo recompensará con un tiempo de sosiego, o eso quería pensar.

Le contagió de nuevo la sonrisa al ver a Gwen tan feliz por lo de la taza y es que Sam era como una niña pequeña con los regalos, ¿vale? Le encantaban las sorpresas, los regalos, tanto recibirlos como darlos. Le hacía muchísima ilusión que alguien se acordara de ella al ver hasta la más nimia tontería, tal cual solía hacer ella. Le gustó la emoción que tuvo con lo de ir más a menudo, pero Sam tampoco dijo nada al respecto porque no quería ser la pesada insistente en busca de cariño humano. Porque era eso: una pobre amiga en busca de cariño humano y pasárselo bien en su vida de decadencia. Sí, estaba siendo más dramática de lo normal. —Pues ya sabes, cuando te aburras... —Subió las manos, simulando con sus dedos que tecleaba en el teclado táctil de un smartphone. —Me escribes y vengo.

Con lo amante de los animales que era la rubia, coger a Chess fue casi un impulso inconsciente, ya que adoraba acariciar el suave pelaje de los gatos y darles todo el cariño posible. Y fue curioso, porque en ningún momento hubiera sido capaz de imaginarse lo que estaba a punto de pasar. En un inocente gesto de Gwen de acercarse a acariciar a su gato, algo apareció en el rango de visión de Sam de manera totalmente inesperada. Algo que su pijama desabrochado y su ausencia de ropa interior hizo que fuese más notable de lo normal. Y miró, claro que miró. Su primer impulso habría sido apartar la mirada por respeto a su amiga, pero ese impulso de ‘lo que era lo correcto’ tuvo una lucha muy ardua con la atracción que sintió repentinamente, por lo que terminó ganando eso último. Para cuando se dio cuenta—y Gwen no se había dado cuenta de nada—desvió la mirada casi instantáneamente hacia el gato, avergonzada y ruborizada.

Madre mía... ¿Gwen?

Muy, muy avergonzada. Cogió la taza de chocolate con su mano libre para beber un poco y expiar sus pecados con mucho azúcar.

¿Sabéis esa sensación de mirar de un lado hacia otro? En un término conceptual podría decirse que miras desde un punto hacia otro y, en medio, solo hay una línea en donde todo lo que ves se desenfoca porque no es importante. Pues ahora mismo Sam si miraba de un punto hacia otro, inevitablemente en medio se creaba otro punto destacado que hacía que la mirada se le desviase a ese punto, sintiéndose todavía más avergonzada. ¡Madre mía, deja de mirar! ¡Samantha Jóhanna Lehmann, deja de mirar! Decidió mantener la mirada en Chess con tal de no cagarla intentando mirar a Gwen a la cara. Eso sí, cuando Gwen habló diciendo que creía que le gustaba, la reacción de Sam fue casi inmediata: —¿Qué? —Por casi no se atraganta con el chocolate. ¿Qué estaba diciendo de... —¡Ah! —¡Hablaba del gato! De repente lo entendió, sintiéndose imbécil y muy mal pensada. ¡Gwen no sería capaz de decir algo así, ahí la única malpensada era Sam y solo Sam! Se obligó a sonreír un poco. —Es que tengo un don especial para los animales, ya lo sabes. Debí hacerme granjera. —Intentó seguir con el tema de conversación para que no se le notase la incomodidad repentina.

Que ojo, no malinterpretéis la reacción de Sam. No es que no le gustase, ni mucho menos, de hecho era todo lo contrario. Le hubiera dicho a Gwen con toda la confianza que se le veía hasta el alma, pero lo malo es que no sólo miró y todo se desarrolló con normalidad, sino que aquello le había atraído como realmente no se esperaba. Y no era la primera vez que se sentía así, ni tampoco la primera vez que se sentía así con respecto a una amiga. Y ya ella tenía una política individual con respecto a aquel tema que no le hacía ninguna gracia. Bastante había tenido ya.

Así que todavía mirando a la taza o a Chess, se agachó para dejar al gato en el suelo y se sentó en la silla frente a Gwen. Fue entonces cuando la miró, ya a una distancia prudencial en donde no veía nada prohibido. Suspiró, sintiéndose extraña. Y como sabía muy bien que ese cambio de actitud podría venir con preguntas por parte de Gwen, que obviamente no iba a contestar con sinceridad, decidió meter un nuevo tema de conversación que más o menos iba acorde con lo apática que parecía de repente, en plan confundida. Porque estaba muy confundida, eso estaba claro, pero no precisamente por el tema a abordar. —¿Sabes? He estado pensando en buscar trabajo, en plan en serio —comenzó a decir, tragando saliva. —He visto que se están haciendo famosas esas cafeterías medio bibliotecas en donde la gente va a pasar el rato a leer, evadirse, intercambiarse libros... Me encantaría trabajar en algún sitio como ese. ¿Leer y comida en el puesto de trabajo? Mi sueño. Además, me parece un sitio genial en donde intercambiar cultura y opiniones. ¿No te ibas a ir de mi cabeza, maldita imagen? ¡Fuera!Es que yo sé que a Caroline no le importa mantenerme, pero de verdad, no quiero. Me gustaría aportar mi granito de arena, aunque tenga que arriesgarme un poquito más, porque como siga quedándome en casa más tiempo me voy a terminar por volver loca. Y no sé, dudo mucho que un lugar como ese sea muy visitado por magos... —Hizo una pausa. —¿Es una mala idea?
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Gwendoline Edevane el Miér Mar 21, 2018 12:47 am

Para Sam tenía que ser difícil el día a día. Siendo fugitiva, estaba prácticamente obligada a pasarse el día entero en casa. Y es que no solamente tenía que preocuparse porque puristas empleados del Ministerio pudiesen verla paseando por la calle, si no que también estaban los cazarrecompensas. Estos eran casi peores, pues tenían una tendencia innata a despreciar la integridad y el bienestar de aquellas personas cuya cabeza en bandeja de plata suponía una cuantiosa suma de dinero.
Me imaginaba a la pobre en casa, sin gran cosa que hacer, mirando la tele hasta llegar a la conclusión de que todos los programas eran iguales, todas las emisoras eran iguales, y que hasta los libros tenían su límite. Yo no tenía demasiado tiempo que digamos a pensar en el aburrimiento últimamente. No solo porque la tal Savannah seguía en paradero desconocido con una maleta mágica y posiblemente mucha información sobre nosotras, si no también porque mi departamento, últimamente, estaba muy ocupado. Ya era un milagro contar con una tarde de viernes libre, cómo aquella.

—No me sentiría bien pidiéndote que limpiases esto, aunque te ofrezcas voluntaria.—Confesé, y era cierto: mi amiga, por mucho que fuese una fugitiva sin empleo, no iba a convertirse en una chacha para mí.—Pero si de verdad quieres hacer algo por ayudarme... ¿Qué te parecería echarle un ojo a Chess? A veces paso todo el día fuera de casa, y no me gusta dejarle solo. A Elroy tampoco, aunque la verdad es que no sé en qué invierte sus días esa lechuza. A veces está, otras veces no...—Me encogí de hombros, pues estaba segura de que Elroy era una lechuza defectuosa. Entre que no sabía la diferencia entre ventana abierta y ventana cerrada, y que pasaba olímpicamente de mí cuando no tenía que repartir correo.—Con que le abras la ventana para que no se estampe, me conformo. Temo el día que llegue a casa y me lo encuentre incrustado en la ventana...

No necesitaba excusas para ver a Sam, la verdad. Cualquiera me servía. La quería cerca de mí a todas horas, y de alguna manera sabía que no podía decir aquello en voz alta. Algo me hacía retenerlo, no sé bien el qué. Pero la necesitaba tanto cómo la comida... Bueno, exagero un poco, pero... si pasaba un par de días sin verla, para mí eran casi días vacíos. Y sobra decir que me encantaba escribirle mensajes de Whatsapp cuando estaba a punto de dormirme, para desearle buenas noches.
Sus emoticonos de cerditos me hacían dormirme con una sonrisa en los labios.
Y os preguntaréis todos: ¿De verdad, Gwendoline? ¿De verdad no te dabas cuenta de que lo que sentías por ella iba más allá de cualquier amistad? Pues no, señores, no. No sabía qué sentía. ¿Habéis estado alguna vez solos, solos de verdad? ¿Sin nadie con quién hablar? El año y medio anterior había sido así para mí: mi madre en Azkaban, mis mejores amigas huyendo del Ministerio, mi padre... bueno, a él le di yo con la puerta en las narices. Nada más que trabajo, nada más que estar sola... ¿Comprendéis por dónde voy? Para una persona que ha conocido la soledad, es muy sencillo confundir el amor con un gran apego hacia una amiga.

—No necesitas ni preguntarme.—Dije con una sonrisa, la mirada repentinamente clavada en el hermoso mantel de plástico estampado de flores que cubría la mesa.—Esta es tu casa. Cómo si quieres guardar algo de ropa tuya en el armario. Y si alguna vez no estoy y la... "necesitas"...—Hice el gesto de comillas con los dedos, intentando que lo que estaba diciendo fuese evidente: que si Sam alguna vez tenía "compañía femenina", podía utilizar la casa.

Aquel pensamiento fue cómo un aguijón en mi corazón. De alguna manera, lo había dicho porque se suponía que eso era lo normal, que debía alegrarme por mi amiga si encontraba a alguien especial para ella. Pero por algún motivo no me gustaba...
Sí, ya lo sé, ahí debí darme cuenta de algo... pero no lo hice.
Y de la misma manera que no me di cuenta de aquello, no me di cuenta de lo que sucedió, digamos, entre los ojos de Sam y lo que escondía la camisa de mi pijama. O bueno, lo que yo creía que escondía. No me percaté en ningún momento de lo que estaba pasando, y de haberlo hecho me habría sentido avergonzada. De hecho, de haber sabido lo que estaba pasando dentro de la cabeza de Sam, me habría sentido incluso cómo una golfa, muy culpable. Porque no estaba bien que aquello hubiese ocurrido.
Pero no me di cuenta, y pasé unos quince segundos así, delante de ella, enseñando más de lo que pretendía enseñar. Y cuando volví a sentarme en mi sitio, sí me percaté de que Sam estaba un tanto... ¿incómoda? No sabía qué le habría generado esa incomodidad, pero me preocupé. Incluso se había ruborizado.

—¿Estás bien, Sam? Te noto un poco roja...—Me llevé entonces las manos a la boca, recordando de repente algo que ya me había pasado una vez.—¡No me fastidies! ¡No me digas que otra vez le he puesto pimentón picante al chocolate!

Había ocurrido una vez, por accidente, y no me preguntéis cómo narices una persona puede confundir el rojo polvillo del pimentón picante con azúcar o cualquier otro ingrediente que pueda llevar un chocolate caliente. Pero dado el estado de euforia en que me encontraba al saber que Sam venía, aquello era perfectamente posible.
El chocolate picante a mí no me había desagradado, pero Sam no era tan amiga del picante cómo yo.
Entonces, Sam empezó a hablar de algo que me sorprendió: quería trabajar. La verdad, no me sorprendía que quisiese salir más del apartamento de Caroline, o del mío, pues últimamente parece que solamente la veía encerrada entre cuatro paredes. Y era una pena.
Me preocupé un poco, la verdad. ¿Cómo no preocuparme? Se expondría a muchos ojos si salía a la calle, ojos que podían no ser buenos. Y me daba miedo que le hiciesen daño.
No sabía lo que iba a ver yo aquella noche... mi concepto de "hacer daño a una persona" iba a cambiar drásticamente.

—Bueno... no es una idea exenta de peligro.—Empecé, exhalando un leve suspiro, mientras meditaba mis siguientes palabras.—Pero el mundo muggle es mejor lugar para buscar un trabajo que el mundo mágico, sin duda.—Podía entender su necesidad de dar algo a cambio a Caroline. Yo en lugar de mi otra hermana de distinta madre tampoco estaría dispuesta a aceptar dinero de Sam, sabiendo que no tenía demasiados medios para conseguirlo. Pero... había algo más que eso. Necesitaba sentirse útil.—Creo que si tienes mucho cuidado, y si encuentras una manera de conseguirte una identidad muggle falsa, podrías hacerlo. Además, si trabajas cerca de cualquiera de nuestras casas, la de Caroline o la mía, siempre tendrás un sitio dónde esconderte.—Me llevé la taza de infusión a la boca y bebí un pequeño sorbo.—Yo me sentiría mucho más tranquila sabiendo que cuando sales vas a pasar tu tiempo en una librería en lugar de perseguir, o ser perseguida, por Kant y sus amigos...

¿Me preocupaba? Sí. Pero decirle que no sería cómo cortarle las alas. Y la pobre... bueno, ya había tenido suficiente. Y eso que yo todavía no sabía ni la mitad de lo que "había tenido".
Lo averiguaría, al menos gran parte de ello, esa noche.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Mar 21, 2018 2:23 pm

¿Le estaba pidiendo, de verdad, que cuidase a sus animales cuando ella tuviese un día ocupado? Por favor, sólo imaginaros a Sam, en su casa, viendo una película de amor mientras llora a lágrima gruesa, rodeada de dos gatos peleándose—o más bien Don Gato molestando a Chess—, dos lechuzas intentando competir por ver quién es más idiota, una perrita intentando mordersee la cola para demostrar su retraso mental y un cerdito en el regazo de Sam, boca arriba, mientras duerme plácidamente y obliga a su dueña a rascarle la panza. ¿Qué le faltaba para convertirse oficialmente en la loca de los animales? —Cuenta con ello —aceptó sin pensárselo demasiado. —Intentaré enseñarle a tu lechuza la utilidad del cristal de una ventana, quizás si ve a la mía haciendo las cosas bien, coja un poco de ejemplo. Aunque ya te digo que la mía no destaca tampoco por su inteligencia.

Útil, era lo único que necesitaba, sentirse que no era un lastre para nadie y que al menos podía seguir dando algo teniendo nada. De verdad, se sentía muchas veces impotente por no poder tener una vida independiente. Hace dos años ella tenía su propio piso, su propia vida, podía tomar sus propias decisiones sin que nadie le dijera nada... y ahora, prácticamente tenía que deberse a sus amigas para tener un hogar en el que poder vivir y estar segura. Que podría ser igual de terca que siempre e irse por ahí a vivir en su tienda de campaña pero... no se fiaba de nada ya. Y podría ser terca, pero no idiota.

Lo siguiente fue muy raro, sobre todo lo que venía en forma de propuesta. Que sí que podía entender que Sam dejase en casa de su amiga un pijama o lo que fuera para alguna ocasión en especial, que era perfectamente normal, ¿pero lo siguiente que dijo? ¿Se creía que Sam era una casanova o algo así que va ligando con la gente y luego la lleva a su propia casa para tirárselas? Madre mía, esta Gwen tenía cada cosa... ¿Cómo se le ocurría pensar que Sam cometería la insensatez de llevar a un ligue a la casa de su amiga para hacer esas cosas? ¡Qué vergüenza! —¿Gwen? ¿Qué bicho te ha picado? —preguntó divertida, alzando una ceja algo incrédula. —Mi habilidad para ligar actualmente es negativa, por no hablar de que sería incapaz de traer nadie a tu casa en mi compañía, para nada aparentemente inocente ni mucho menos para lo que insinúas —respondió divertida. —Pero gracias por ofrecerme tu casa para hacer crucigramas con gente. Es un gran detalle, si tuviera alguien con quien hacerlos o intención de buscarlo. —Rió divertida, negando con la cabeza ante tremenda oferta.

No estaba absolutamente nada interesada en buscar nada ni a nadie por evidentes razones. Sam estaba en modo ovillo social, lo que quiere decir que su zona de confort era también un límite hacia el resto de personas. Entre más lejos, mejor. Entre menos confianza con Sam, mejor. Y ya está. Ahora mismo al rubia tenía bien claro en quién confiar y podía contarlas sólo con dos dedos.

Pasar del tema 'no voy a tener sexo con nadie en tu casa' al tema 'Gwen, se te ve hasta el alma', no fue para nada cómodo, sino que tuvo una relación muy directa que la hizo sentirse muy entre la espada y la pared, sin saber qué hacer o como reaccionar para no llamar la atención. Nunca había visto a Gwen de esa manera. Es decir, ya lo había dicho muchas veces: su amiga era preciosa y quién no quisiera verlo es que sencillamente es ciego, pero pese a esa obviedad, nunca la había visto... con esos ojos de: wow. Y no eran precisamente ojos de amiga en donde ves algo que realmente no te importa, sino ojos de... ¡Tenía que dejar de pensar ya en eso! ¡Estaba dándole demasiadas vueltas! ¡Eso no se hace! Lo único que sabía es que había apartado la mirada con las mejillas ardientes de vergüenza y que se había obligado a mirar hacia otro lado solo para que la mirada no sintiese la tentación de mirar otra vez. —No, no —le respondió divertida por lo que creía que había pasado en realidad del pimentón picante. ¡Ojalá hubiera sido eso, qué narices! —Es que está caliente y me he quemado la lengua. Nunca aprenderé. —Añadió fingiendo inocencia. Pero no. Nunca aprenderá a no mirar a sus amigas de esa manera. ¡Ya podría tener amigas feas! Pero no. Solo tenía amigas que... madre mía.

Fin. Fuera. Esto no ha pasado nunca jamás en la vida. Sam no había visto nada, Gwen no se había olvidado de abrocharse esos botones y ya está. Borrón y cuenta nueva. En su propia mente se imaginó a una Sam arrastrando esos pensamientos a un cubo de basura, pero todos somos bien conscientes de que eso no se va a ir a ninguna parte.

Así que para quitarse eso de encima y dejar de pensar en ello, cambió de tema. Era un tema que ya llevaba tiempo pensando, sobre  todo porque había una alta probabilidad de que el mundo mágico se quedase estancado años en la situación en la que se encuentra y la sola idea de pasarse años tal cual está ahora mismo... la deprimía. Ella podía volver a hacerse una vida, un tanto oculta y escondida, pero al menos una vida entre los muggles. Y le hacía especial ilusión trabajar en un sitio como el que le había dicho a Gwen, ya que le parecía de lo más cercano, cálido y atractivo para un local. Lectura acompañado con buen ambiente, relax, comida y bebida... Cada vez que lo pensaba, más ilusión le hacía. Pero vamos, no era ninguna necia y sabía que no era tarea fácil, además de que el riesgo siempre estaría ahí. —Sí, era mi intención, aunque tengo que buscar todavía a alguien que me ayude con eso de una nueva identidad. ¿Qué tal Paloma Suárez? ¿Me pega? En verdad no me pega nada. —Bromeó, haciendo especial hincapié en la noche del carnaval cuando, otra vez, adoptó su ficticia personalidad como prima sudamericana de Caroline. —Podría teñirme de pelirroja para cuando sea Paloma y pasar más desapercibida. —Entonces esbozó una sonrisa cómplice. —Bueno, te puedo asegurar que no me veo especialmente con ánimos de perseguir día sí y día también a los que intentan perseguirme a mí, así que puedes estar tranquila. Me portaré bien... o lo intentaré —dijo, traviesa, bebiendo de su chocolate que en realidad no estaba caliente para luego acordarse de un tema importante. Eso, eso, venid temas importantes y mantened su cabeza ocupada con cosas serias. —¡Por cierto! ¿Encontraste información? Sobre los puntos calientes, digo. Entre antes lo hagamos mejor. Yo conozco varios, pero no sé cuáles han cerrado ya o cuales están en el punto de mira, pero creo que deberíamos ir mirando eso ya antes de que encuentren todos los que conocemos o los mantengan vigilados. —Se cruzó de piernas. —Yo solía ir a dos normalmente cuando necesitaba algo. Al que está por el barrio chino, en una de las calles secundarias que prácticamente no tiene salida y la que es una almacén en la manzana industrial de Camden Town, ¿sabes cuáles te digo? —preguntó por curiosidad, ya que ahí más o menos se fiaba, muy poquito, de la gente que los llevaba. Nunca la habían traicionado, así que qué menos que darles un voto de confianza.
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Gwendoline Edevane el Miér Mar 21, 2018 8:30 pm

No sabía si pedirle a Sam que simplemente le echase un ojo a Chess y Elroy sería lo que mi amiga estaba esperando cuando me aseguró que se aburría. Pero simplemente me sentía incapaz de decirle: "¡Sí, Sam, por supuesto, límpiame el apartamento! ¡Y hazme la cama! ¡Y lávame la ropa!" No. Porque era mi amiga, no una criada, y no estaba desempleada porque le apeteciese, precisamente. Por cómo se estaba desarrollando nuestra conversación, estaba segura de que ella no tendría ningún problema para trabajar, que incluso sería un alivio para ella el poder hacer algo para sentirse útil.
Le dediqué una sonrisa cuando aseguró que lo haría, y ante el comentario sobre su lechuza. Parecía ser que, pese al intelecto Ravenclaw que nos caracterizaba, habíamos tenido la mala suerte de topar con las peores lechuzas del mundo, esas que no tenían ni un ápice, ya no solo de inteligencia, si no de respeto por su propia integridad física. ¿De verdad en ese cerebro que tenía Elroy no cabía el ensayo y error? ¿No recordaba las veces anteriores que se estampaba contra los cristales? Que no le pedía mucho, simplemente que golpease la ventana con el pico para que alguien le abriese...

—Sí, bueno. Conviene que te avise: es posible que alguna vez llegues y te encontres la ventana rota. Si pasa eso... bueno, a ver, si pasa eso sal de aquí lo más rápido que puedas, por si acaso.—Convenía avisar a Sam de esto, pues aunque hasta ahora la única responsable de tales roturas era mi lechuza, siempre podía ocurrir que alguien indeseable hubiese entrado.—Pero bueno, que si en algún momento te lo encuentras así, no es la primera vez que se la carga Elroy. Bendita magia...

Ofrecer mi casa a mis amigas no suponía ningún problema, y más cuando sabía que Sam podía necesitar esconderse temporalmente aquí, en este piso. Si eso sucedía, me parecía bien que tuviese cosas suyas aquí para pasar el rato, o simplemente para ponerse cómoda.
Pero una buena amiga hacía otro tipo de ofertas. Una buena amiga le ofrecía a sus amigas su casa para cualquier eventualidad. Aunque fuese, cómo hacía tiempo que se definían esas cosas en nuestro pequeño grupito familiar, para "hacer crucigramas". Esa oferta la haría cualquier amiga porque... Bueno, ¿no es cierto que todas tenemos nuestras necesidades? Y Sam tampoco es que tuviese un apartamento para ella sola al que llevarse a ninguna chica mona que hubiese conocido en algún sitio. Por improbable que fuese esto.
Bien, todo eso era muy bonito sobre la práctica. Pero ahora cabe preguntarse: ¿por qué a Gwendoline Edevane le molestaba la idea de que Sam estuviese con otra chica? Bueno, y hablando ya más claro, ¿por qué le molestaba que Sam estuviese románticamente con cualquier otra persona? Preguntas que se me escapaban. Otra pregunta que se me escapaba era: ¿Por qué haces una oferta cómo esa si no te gusta la idea? ¡Oh, sí, y había otra pregunta más! ¿Eres tonta, Gwendoline Edevane?
La respuesta de Sam me sorprendió. Sí, cierto, era difícil que Sam conociese a nadie sin salir de casa, pero podía suceder, ¿no? ¡Vamos, por favor! ¡No había más que mirarla para saber que Sam era una chica con la que cualquier chica soñaría despierta! ¿Nadie más, aparte de mí, era capaz de ver lo preciosa que era? Esto... ¿Gwendoline? Me está costando un poco seguir tu línea de pensamientos hoy, ¿eh?

—Bueno, no siempre estarás soltera...—No hace falta que te pongas tan triste al decir eso, ¿eh? Y ahora, por favor, atentos a las siguientes perlas que salieron de mi boca, porque en unos meses tendría que acordarme de estas cosas:—¿Soy mala persona por querer que encuentres a una buena chica que te quiera? ¿Por querer que seas feliz? Porque tenemos una relación especial, una confianza... y no me molestaría que tú y una chica especial vinieseis aquí a... "hacer crucigramas"...—Y me puse roja, por supuesto, y tuve que bajar la vista. No me sentía cómoda con aquellas conversaciones... y tampoco es que me entendiese a mí misma.

¿Por qué mientras decía todo esto me imaginaba una escena en la que éramos Sam y yo las que estábamos juntas? No "haciendo crucigramas", por supuesto. No había llegado todavía a semejante nivel de comprensión sobre mis sentimientos. Pero sí nos imaginaba viendo la tele, tomando chocolate, comiendo algo muy picante y riéndonos juntas... ¿Por qué tenía que aparecer una chica buena y perfecta a la que Sam quisiese a arruinar todo eso? Y lo peor de todo era saber que tarde o temprano llegaría.
¡Vamos! No vengáis a decirme que alguien cómo Sam va a pasarse soltera el resto de su vida. Sí, y después Elroy puede aprender a llamar a la ventana antes de estamparse...
Poco sabía yo de las ideas que se pasaban por la cabeza de Sam en aquellos momentos. Sabía que estaba un poco bastante roja, y la respuesta parecía ser el chocolate, que estaba muy caliente y le había quemado la boca. Si hubiese querido ser más observadora, en lugar de mirarla a la cara habría mirado la taza para darme cuenta de que la bebida que en su día fue caliente ya no lo era tanto, pero Gwendoline Edevane no pensaba con claridad en presencia de Samantha Lehmann. Solo pensaba... en Samantha Lehmann.

—¡Uff, ve con cuidado!—Compuse una mueca de dolor en mi rostro al recordar todas las veces que yo me había quemado la lengua. De hecho, habían sido tantas que me sorprendía seguir siendo capaz de quemarme.—He pasado muchas veces por eso, y no es agradable.—Otra desafortunada elección de palabras por mi parte.

Me ilusioné cuando Sam empezó a hablar de futuros planes de trabajar en el mundo muggle. De alguna manera, me alegraba tanto por ella cómo me preocupaba su seguridad. Después de todo, sí, iba a salir un poco más al mundo e iba a tener su propia vida alejada de las dos lapas que tenía por amigas: Caroline y yo. Y si yo era protectora con Sam, eso es que no habéis visto a Caroline. Bueno, es que Caroline era protectora ya no solo con Sam, si no conmigo, con los animales... con cualquier cosa que respirase y le importase.
Pero alejarse del mundo mágico con una identidad falsa me parecía una buena idea en la situación de Sam. Seguro que eran muchos los magos que habían elegido una vida lejos de la magia en los días que corrían, encontrándose mucho más a salvo allí fuera que en cualquier población mágica.

—Apoyo lo de teñirte el pelo de rojo. Ahora, lo del nombre...—Medité acerca del nombre falso, que ya conocía, pues así se había presentado ante mí en la fiesta de carnaval.—...yo creo que tienes más cara de Taylor.—Respondí, aunque estaba segura de que, de conseguir una identidad falsa, Sam no podría permitirse el lujo de elegir. Había visto suficientes películas y series, por no mencionar mi trabajo en el Ministerio, y sabía que por lo general, las identidades falsas son robadas o tomadas de gente que ha fallecido. Así que posiblemente tuviese que conformarse con cualquier nombre.—Yo tampoco me siento muy animada en lo que a enfrentarme a esa gente se refiere, la verdad...—Bueno, eso no era del todo cierto. Después de todo, haberme unido a la Orden del Fénix y pretender no luchar contra "esa gente" sería cómo meter un pie en un lago y esperar no mojarte.

Entonces, pasamos a un tema importante. Sí, el trabajo de mi amiga era muy importante, sin duda, pero más importante que todo eso era nuestro objetivo número uno: Savannah, la mujer misteriosa de la maleta. Y había prometido a mi amiga investigar los "puntos calientes", los refugios para fugitivos. Me levanté de un salto de la silla, dejando la taza de infusión casi vacía, y recorrí la cocina y el salón a zancadas.

—De hecho, sí. Tengo información para ti.—Levanté uno de los cojines de mi sofá, revelando la carpeta que escondía allí.—Conozco esos dos sitios que dices, y si bien el Ministerio sabe de su existencia, no los tienen bajo vigilancia. Al menos, todavía no.—Dejé la carpeta sobre la mesa, frente a mi amiga, y volví a sentarme al otro lado de la mesa. Me estiré un poco hacia delante—esta vez sin ponerme de pie y sin hacer un involuntario ejercicio de exhibicionismo—y alargué mi brazo derecha para abrir la carpeta.—Aquí tienes una lista de lugares conocidos, ya sea por rumores o por investigaciones oficiales, que suelen ofrecer refugio a fugitivos. Hay unos cuantos, la verdad. Los he marcado por colores: los que he marcado en rojo están totalmente vigilados por el Ministerio, a la espera de que cometan algún error para desmantelar el local, y los de color azul deberían ser relativamente seguros.—Hice una pausa. Esa información no venía del Ministerio, y seguía buscando la manera de decirle a mi amiga en qué estaba metida.—Pero estos lugares son peligrosos, Sam. Tengo entendido que el Departamento de Seguridad Mágica ha colocado en estos lugares objetos malditos, destinados a incapacitar a cualquier fugitivo que ponga las manos sobre ellos.

Por desgracia, ya había tenido ocasión de ver algo así en primera persona. Miembros de la Orden que habían caído en la trampa llegaban al refugio en pésimo estado de salud, y algunos ni siquiera sobrevivían. No había visto morir a ninguno de ellos, pero me lo habían contado. Aquellas cosas eran peligrosas, atroces, y no comprendía cómo cabía siquiera en una mente humana utilizar algo tan cruel para atrapar a una persona.
Los puristas no tenían respeto alguno por vida humana que no fuese la suya...
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Mar 22, 2018 3:38 am

Esta era una de esas situaciones en donde no entiendes ni papa. Pero nada de nada, ¿vale? De alguna manera que escapaba a la comprensión de la rubia, su amiga había decidido ofrecerle su casa como lugar para hacer crucigramas, sopas de letras y hasta sudokus. Entiéndase con el doble sentido, claro. Y... no lo entendía. O sea, no entendía el por qué de todo esa generosidad sexual. ¿Qué necesidad había? Para empezar, ella no tenía necesidad alguna de hacer esas cosas, ni siquiera lo había insinuado y es que era obvio: Sam no iba a buscarse novia ni ligue ni nada, mucho menos en la situación en la que se encontraba. Si al menos tuviera novia podía entender el ofrecimiento de Gwen... ¡pero así de manera gratuita no! Y era evidente que Sam no iba a aceptar esa oferta ni borracha. Ir a casa de una amiga con una chica para tirársela... madre mía, solo se le ocurriría a ella. Si Sam ya era reacia a llevar sus ligues a su propia casa cuando la tenía, bueno, más bien la residencia universitaria, pues cuando ya tuvo su piso jamás ligó con nadie, como para llevarlas a casa de un amiga.

Escuchó lo que dijo, enarcando una ceja. Pese a que lo que decía era... extremadamente extraño, no pudo evitar sonreír ante lo que dijo al final de hacer crucigramas. Inevitablemente se acordó de Bee. ¡Ay, Bee, te echaba muchísimo de menos! ¿En dónde narices estás? —Gwen, eres una persona excepcional e inmensamente buena queriendo que encuentre a una chica que me quiera, yo también lo quiero, no te voy a mentir. —Hizo una pausa, divertida. Gwen debía de saber la ilusión de Sam en encontrar un amor de verdad, sobre todo después de sus decepciones en ese ámbito. —. Pero no por ello me tienes que ofrecer tu casa para que venga con una cualquiera a hacer crucigramas. A ver, piénsalo. Piénsalo detenidamente. No sé tú, pero imagínate a la inversa, que eres tú la fugitiva y yo te ofrezco mi casa para que te traigas a un hombre para desfogarte y de repente aparezco yo y os pillo ahí u os corto el rollo. ¡Lo siento, eso es muy serio, yo no te ofrecería mi casa! —Confesó con un gesto de lo más divertido, poniendo su mano sobre la de ella para que no se lo tomase como algo personal. —Desfogarse, qué palabra más turbia me ha salido de repente —añadió sin poder evitar la sonrisa en el rostro.

"He pasado muchas veces por eso, y no es agradable", dice. Ya, sí, claro. Sabía perfectamente que hablaba sobre le chocolate caliente y la lengua sufriendo el poder del magma volcánico, pero Sam solo pudo imaginarse a Gwen sintiéndose incómoda por sentirse atraída por un amiga. Ja. ¡Algo no improbable, sino directamente imposible! Negó con la cabeza, dándole la razón. —No es nada agradable, no... —¡Díselo a ella!

Ay, qué ilusión. Tenía ganas de levantarse un día, salir a la calle e ir a todas las cafeterías-bibliotecas que hubiese en Londres centro a echar su currículo. Un currículo de mierda, claro, además de totalmente inventado. Está claro que siendo bruja tener un currículo muggle es un poco triste, por lo que había que adornarlo un poco con parafernalia que obviamente no era real. Pero seamos sinceros, estaba intentando aplicar para ser camarera, no abogada, así que no creía que un poco de adorno influyese demasiado. —¿Taylor? —Frunció la nariz, no muy de acuerdo con que le pegase ese nombre. La verdad es que no era nada objetiva: solo le pegaba su propio nombre. Ni su segundo nombre le pegaba, imagínate, pero es que su segundo nombre era, a su gusto, horrible no, lo siguiente. —Hablaré con un amigo que tengo... bueno, "amigo" —recalcó con los dedos las comillas—. Es un contacto. En realidad hace mucho que no sé de él, pero sé que puede conseguirme documentos falsos relativamente fácil y rápido... además, me debe un favor. —Y alzó las cejas, mirando a Gwen con intriga y esbozando una sonrisilla.

De manera totalmente repentina le vino a la mente un tema que ya habían hablado hacía bastante tiempo. No era nada prioritario en realidad, pues confiaba en que Sam estuviese a salvo en casa de Caroline y Grulla no fuese capaz de dar con ella de ninguna de las maneras, no obstante, tampoco podían dejarse estar porque sus enemigos iban a estar buscando información siempre, yendo un paso por delante. Así que con eso en mente, se acordó de los "puntos calientes" que habían por Londres, más conocidos como locales que favorecían en cierta medida a los fugitivos de manera totalmente ilegal. La persiguió con la mirada por su apartamento, para prestarle atención a cada una de sus palabras. Cuando se volvió a sentar otra vez frente a ella y se inclinó hacia Sam...

¡Pero bueno, Samantha! Miró. Se le fue el ojillo hacia allí, ¿vale? ¡Ya lo había dicho, era algo instantáneo y más ahora que sabía que eso estaba ahí! Menos mal que no se vio nada. ¡Vergüenza debería darte! Se puso los ojos en blanco a sí misma por tremenda pelea interior y continuó prestando atención a su amiga. Dos Padres Nuestros y cinco Ave Marías por tamaña insolencia.

Rápidamente su atención se vio acaparada por algo mucho más importante: los objetos malditos de los que comentaba su amiga. —¿Qué dices, en serio? —No podía ser real que fuesen tan cabrones. Porque vamos, si habían objetos malditos en esos lugares es porque los que llevaban esos lugares se habían terminado por vender al Ministerio y se la iban a jugar, en un futuro, a los fugitivos que confiasen en ellos. —Pues eso es... una gran... mierda —dijo, pensativa, casi ausente. —Podría ser cualquier cosa e ir con desconfianza hará que el primero que desconfíe sea el que va a atenderme. Además, si hay objetos malditos es que el muy idiota se ha vendido al Ministerio y... podría ser peligroso también por la parte de que el propio 'aliado' sea quién me traicione. Al menos, claro, que realmente esté de parte de los fugitivos y si no está siendo vigilado sea sincero conmigo. No lo sé... Es que ya no sé de quién puedo fiarme. —Divagaciones, divagaciones. No estaba nada segura. ¡Y como para estarlo! Temía más que nada volver a acabar en malas manos. Era bien consciente que si eso pasaba, no iba a correr dos veces la misma suerte de salir con vida. Miró el mapa con detenimiento. —Este. —Señaló al de una esquina, el más alejado del centro de Londres. Bueno, por decir, es que no estaba prácticamente ni el Londres, sino en Morden, un barrio del municipio de Merton. —Es azul y está lejos. La gran mayoría de fugitivos apenas podrán acceder a él. Podríamos empezar por ahí... no sé. Si tan vigilados están ir a los céntricos creo que es mala idea, por mucho que sean azules. Mejor ir de fuera para adentro, testar el terreno y ver qué vamos encontrando... ¿no?

Pero vamos, todos sabemos que Sam terminaría por ir a esos céntricos que tanto pavor le daban ahora mismo, porque si quería encontrar respuestas, iba a tener que ir en donde estaban las respuestas. Y en Morden segurísimo que no había nada útil con lo que trabajar, solo un pobre infeliz que ha recibido una advertencia del Ministerio de 'o cooperas, o cooperas'. Pero bueno, lo que necesitaba era eso: volver a empezar y que poco a poco le fuese desapareciendo el miedo que había entrado en su cuerpo a, literalmente, golpe de látigo.

Se terminó el chocolate, dejando la taza sobre la mesa y mirándola con una sonrisilla en los labios al ver la caricaturización del cerdito. —De todas maneras ya hablaremos más detenidamente de eso y hacemos un plan, ¿te parece? Ahora es un tema demasiado serio y no me apetece nada. Sobre todo con la noticia de los objetos malditos, que pueden estar en cualquier parte... —Confesó con jovialidad pero remarcada desmotivación. ¡La muy ilusa! ¡Intentando huir de temas serios y dramático! No te quedaba nada en lo que queda de día...
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Gwendoline Edevane el Jue Mar 22, 2018 2:43 pm

¿Sabéis esas situaciones en las que tienes algo dentro que te está diciendo que cierres la boca? ¿Que dejes de escupir tonterías por la boca y escojas la opción de mirar al suelo y meditar en su lugar? Pues esta era una de esas ocaciones para mí. Estaba hablando, y estaba diciendo cosas que algo dentro de mí odiaba que dijese. ¿Y por qué? ¡Vaya usted a saber! Era el deber de toda amiga querer que sus amigas fuesen felices, que encontrasen esa felicidad perfecta que las tuviese todo el día con una sonrisa en la cara, flotando en una nube.
Sí, vale, eso está bien... pero tampoco hay que estar presionando, ¿sabes? En un momento dado casi parecía que estuviese empujando a Sam a tener una pareja hermosa, mona, y que terminasen "haciendo crucigramas" en mi apartamento. Y mientras eso ocurría, algo dentro de mí se cabreaba profundamente. La misma parte que me decía que me callase de una maldita vez, de hecho.
¿Habéis sufrido alguna vez un cortocircuito mental? Pues... creo que este fue mi momento.
¡Gracias, Sam, por dios! ¡Si no, esta no se calla! La voz en mi interior parecía totalmente ofuscada conmigo en estos momentos, y Sam habló cómo la voz de la razón, por fortuna para... todos los presentes en la habitación. Incluso el gato, que debía estar pensando que su dueña estaba como una cabra.

—¿Desfogarme? ¿Yo?—Abrí los ojos cómo platos; simplemente, cuando eres virgen a los veintinueve años, sobrepasas una línea en la que te dices a ti misma que no hay un motivo por el cual esa situación vaya a cambiar. Es decir, ¿no he tenido suficientes años de "aptitud sexual", por llamarlo de alguna manera, cómo para haber conseguido sobrepasar esa barrera? ¿Y luego Sam se atrevía a decir que yo era todo lo que un hombre podría desear? Sí, claro... siempre y cuando no les dijese que no antes de que pudiese ocurrir cualquier tipo de actividad.—No te preocupes, no creo que vaya a darse semejante situación, dadas las probabilidades actuales. No porque no tengas una casa que ofrecer, no...—Fruncí el entrecejo mientras apretaba los labios en una expresión de aparente desagrado. Había más probabilidades de que Sam consiguiese un piso propio en las circunstancias actuales de que Gwendoline Edevane consiguiese un hombre que le pareciese apto. Y lo peor de todo es que me daba igual... mientras estuviese con Sam.

No sabía yo lo ciertas que eran esas sabias palabras.
Quedando en el olvido el pequeño incidente del chocolate abrasando la boca de Sam, nos concentramos en algo más agradable: Sam y sus proyectos de futuro. Porque sí, mi amiga tenía proyectos de futuro, ¿y os podéis imaginar la ilusión que me hizo saberlo? Cierto era, no estaba exento de riesgos, pero era bonito que Sam quisiese hacer algo con su vida aparte de esconderse. Y es que esconderse no podía ser una manera agradable de vivir, por mucho que Caroline y yo intentásemos amenizarle un poco las largas horas encerrada, no dejaba de ser una situación de estar encerrada en el punto A o encerrada en el punto B. Y todo el mundo necesita descansar alguna vez de las mismas caras, una y otra vez.
Por lo que mi amiga tenía todo mi apoyo. Y Sam no parecía haber estado pensándolo solo hoy, si no que tenía algunos planes al respecto. No pude evitar sonreír.

—¡Taylor, sí! A ver, no hay nombre tan bonito cómo Samantha, pero... Taylor es mono.—Claro estaba que se tendría que contentar con el nombre de cualquier muggle muerta o ficticia que hubiese disponible.—¿Te debe un favor?—Enarqué las cejas con cierta curiosidad cuando mencionó a su contacto y el favor que le debía. Seguramente sería uno de esos supuestos delincuentes perseguidos por el Ministerio de Magia.—Me encanta cuando utilizas el lenguaje de las pelis de espías.—Y no pude evitar reírme. Yo misma había utilizado ese lenguaje en muchas ocasiones, pues últimamente nuestras vidas parecían una película de suspense.—No, ya en serio... Me alegro mucho de que tengas esta idea. No diré que no me preocupa, pero... Se te ilumina la cara cuando hablas de ello. Te deseo muchísima suerte. Ya me invitarás a un café con un buen libro cuando seas toda una dependienta.—Sería bonito cruzar la puerta de una cafetería y encontrarse a Sam sonriendo, sirviendo cafés a los clientes, cómo si nada malo hubiese ocurrido nunca en su vida. Se lo merecía... y en ese momento yo no sabía hasta qué punto Sam se merecía una vida normal y tranquila... aunque no faltaba mucho para que lo averiguase.

La información acerca de los objetos malditos no procedía del Ministerio. De hecho, ese dato lo había conocido de boca del propio Albus Dumbledore, y más tarde Dorcas Meadowes me lo había recordado, durante nuestra misión para impedir el atentado en Hogsmeade, y que casi se nos va al traste por culpa de Cameron Becher. Sam no sabía nada de esto, por supuesto... pero quería decírselo. No sabía cómo, ¿vale? Pero ella se merecía saber lo que yo había estado haciendo últimamente, digamos, de manera extracurricular. Pero quería encontrar la forma de decírselo. Ambas nos guardábamos secretos... pero yo quería empezar a cambiar eso.
La noticia de estos objetos mágicos cayó cómo un jarro de agua fría sobre Sam, o esa impresión me dio. Me alegré de que así fuese, pues eso quería decir que nunca había tenido la mala fortuna de tocar uno de esos objetos. Y ante esta noticia, revisando el mapa, mi amiga tomó la opción más prudente: un local en Mordem.

—Puede ser la opción más prudente para empezar.—Suspiré, haciendo una pausa. Sentía que debía tranquilizar un poco a Sam.—Tampoco es que tengamos prisa, ¿de acuerdo? Esa mujer, la que me enseñaste en el Pensadero, no sé quién es. No he encontrado nada sobre ella, todavía. Pero si puedo imaginarme un poquito cómo piensan personas cómo ella y Kant, diría que de haber podido actuar contra nosotras, ya lo habría hecho.—Lo había estado pensando mucho, y había llegado a esa conclusión: no había forma humana de que la tal Savannah, Grulla o quién fuese, nos hubiese descubierto aquella noche. Estábamos enfrascadas en una lucha con Kant, estaba oscuro alrededor, y lo más que pudo llegar a escuchar fue el apellido Lehmann, lo único que Kant había dicho sobre nosotras. A mí no me conocían, y a Sam ya la estaban buscando antes. Así que no, no tenía por qué haber problemas con eso.—Por consiguiente no hace falta que vayas inmediatamente a ningún sitio. Dame tiempo, pues el archivo del Ministerio es... bueno, enorme no, lo siguiente a enorme. Puede que la encuentre antes de que tengas que meterte de cabeza en esos sitios. También podría investigar una forma de anular esas maldiciones. Algún objeto protector o algo así.—Dorcas Meadowes me había prestado, durante nuestra misión, un par de guantes encantados para protegernos en caso de tocar algún objeto maldito. Quizás pudiese pedírselos otra vez.

Asentí con la cabeza a lo que dijo Sam. Planear cincuentamil veces era mejor que actuar sin un plan, siempre lo diría. Estaba totalmente de acuerdo. Así que le sonreí. Me alegraba de haber dejado por fin ese momento en que se me empezaron a cruzar los cables en la cabeza y empecé a decir estupideces contradictorias de antes.
¿Por qué complicarse tanto la vida, cuando simplemente podíamos divertirnos?

—¡Estoy totalmente de acuerdo! Además, si no recuerdo mal... me hiciste una proposición muy jugosa por whatsapp...—Enarqué las cejas de manera juguetona, cómo si Sam en lugar de ofrecerse a enseñarme legremancia se hubiese ofrecido a "hacer crucigramas" conmigo. ¿Y sabéis lo mejor? Se me ocurría que quizás, de aquella manera, podría dejarle ver lo que había estado haciendo últimamente. Necesitaba compartir con ella esa parte de mi vida.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Mar 24, 2018 4:29 am

Era su momento. Gwen había saltado con que Samantha de repente iba a necesitar un lugar en donde 'hacer crucigramas' con a saber quién y ahora había sido ella quién le había dejado la oportunidad perfecta para buscar la venganza y hacer que fuese ella quién pasase por el mal trago de dar explicaciones. Era curioso: ambas animándose de alguna manera super extraña a hacer crucigramas con otras personas cuando está claro que ninguna quiere. Madre mía, esto dentro de un tiempo iba a ser una anécdota divertida que recordar. —Pues sí, Gwendoline, desfogarte. Que ya tienes una edad, ¿vale? Es hora de que empieces a pensar en desfogarte con la gente y uses tu maravilloso apartamento como lugar oficial para hacer crucigramas. Que me lo ofreces a mí y luego tú no lo usas, te parecerá bonito, ¿verdad? —Estaba totalmente de broma y, de hecho, cada palabra que salió de sus labios sonaba con tanta jovialidad y diversión que esperaba que Gwen no se las tomase en serio. Además, fue inevitable que el rostro de Sam adoptase un gesto totalmente risueño. —Es broma, pero deja de rallarte con eso, que me rallas a mí y me recuerdas que llevo más de cinco años sin hacer crucigramas con nadie.

Tío, ¿sabes qué? Ahora hablando en serio: Sam siempre había sido muy pudorosa con eso de hablar de sexo y temas de ese estilo, pero hablarlo con la facilidad del 'hacer crucigramas' hacía que todo fuese infinitamente más fácil a la hora de enfrentar una conversación así. Bendito sea el momento en el que Bee y Sam desarrollaron su lenguaje de espionaje de alto nivel con tal solo catorce años.

Tenía un contacto que podría ayudarle consiguiendo documentos falsos para poder trabajar en el mundo muggle sin su verdadera identidad—pues toda precaución es poca—, pero claro, nada en este mundo se conseguía de manera gratuita y mucho menos un pase que te otorgaría cierto margen de libertad en el mundo muggle. Menos mal que entre ambos no solo había buen rollo, sino también un favor de por medio. —Es un chico que trabajaba en el Ministerio, en el departamento de control mágico. Es hijo de muggles, como yo, así que trabaja desde las sombras ahora mismo y siempre nos llevamos genial en el Ministerio. De hecho, estaba en Hogwarts con nosotras pero era un año más pequeño. Y no sé, fue... ¿en verano? No lo recuerdo. Pero me buscó para que le ayudase con un asunto. —Se llevó uno de sus dedos a la sien, en relación a que tenía que ver con la legeremancia.

Se mostró complaciente por las palabras de Gwendoline, sobre todo cuando dijo que se le iluminaba la cara cuando hablaba de la idea de buscar trabajo. Y es que... sí. Hacía mucho tiempo que no estaba ilusionada por algo, o, en general, ilusionada con la vida. Suponía un cambio en su vida y cualquier cambio que tuviera una pequeñita probabilidad de que fuera a mejor... lo necesitaba urgentemente. Llevaba años sintiéndose atrapada entre las manos de una fuerza mayor y... vamos, por mucho que se hubiera desecho de un problema, todavía seguía siendo a ojos de su propio mundo una especie de carroña inferior que debe ser destruida. Así que sí, necesitaba luz e ilusión urgentemente.

Sabía que no había prisa pero... lo parecía. En ese tipo de circunstancias, todo lo que tuviera que ver con alguien que te persigue y quiere encerrarte en Azkaban es como 'o actúas, o actúan' y al final el primero que lo hiciera, solía tener absolutamente toda la ventaja. Pero suspiró, consciente de que su amiga tenía razón. —Ya, ya sé que no hay prisa, pero la sensación de que hay que actuar pronto o el tiempo se nos echa encima es inevitable —dijo, mostrando una delicada sonrisa. —De todas maneras, no sé quién es esa tal Savannah, quizás no es nadie y buscarla a ella es una pérdida de tiempo. No lo sé. —Hizo una pausa. —Tú mira ver si descubres algo más y yo me pondré a buscar alguna manera con la que tratar con objetos malditos. —Porque sin al menos una idea de cómo evitarlos, anularlos o enfrentarse a ellos, Sam no se iba a meter en esos sitios ni en broma. —Que yo soy un imán para las desgracias, basta que me meta en un lugar con un solo objeto maldito y éste de alguna manera terminaría entre mis manos desnudas. Pero vamos, no me cabe ninguna duda. —Parecía broma por cómo lo dijo, pero era más real que nada. Y por eso era tan precavida, cuando podía serlo.

Pero sí, aún faltaba información y las ganas de hacer un plan realmente competente con la que poder enfrentarse no solo a negocios ilegales, sino a negocios ilegales que han sido descubiertos por el Ministerio y ahora tienen apoyo del Ministerio. Que si te pones a pensarlo, suena terriblemente peor. —¡Sí! A eso he venido yo hoy, a enseñarte los secretos de la lectura mental más maravillosa del mundo. Aunque te sigo diciendo que tienes que buscarte a un oclumante competente para que te enseñe, que ahora mismo eso te viene muchísimo mejor y yo no puedo ayudarte mucho más con eso. —Que sabía cosas básicas, pero... nada en comparación con lo que debería saberse en estas circunstancias. Lo bueno de enseñar legeremancia a sus amigas y tener confianza con ellas, es que ella podía también practicar el 'cerrar la mente' mucho más e ir perfeccionando, poquito a poquito, su técnica. Total, en cierta medida, le daba igual lo que pudieran ver ellas. —Vamos al sofá, que aquí se me aplana el trasero.

Se levantó, se desperezó estirándose enérgicamente y fue al salón que, literalmente, estaba a tres pasos. Se dejó caer sobre el sofá, para entonces quitarse los zapatos y subir los pies, sentándose como los indios hacia el otro extremo del sillón. Dio unos efusivos golpecitos en el cojín que tenía en frente con una sonrisa, para que Gwen se sentase frente a ella. —Estuve pensando que mejor indagar un poco más en recuerdos más lejanos, así que vas a tener que abrirte paso a través de mis muros; no te lo pondré nada fácil, pero te daré algunos trucos que yo utilizo a menudo. —Sonrió, traviesa. Gwen lo tendría fácil: entre más complicidad hubiera entre las personas que se conectaban, más fácil era traspasar cualquier barrera que hubiera en su mente. —Eso sí, vamos a empezar por algo fácil, ¿te ves capaz de averiguar lo que hice ayer antes de almorzar? —Alzó varias veces las cejas, con ganas de empezar. —A ver si puedes buscar el recuerdo justo, sin que yo te ayude. —Porque era fácil ayudar al principio, relajando la mente y dejando fluir los recuerdos, pero ahora iba a tener que hacerlo ella sola. Iba a ser divertido cuando llegase a ver a Sam intentando bañar a su cerdito, con todo el baño mojado y ella empapada de arriba abajo tirada en el suelo, rendida ante la hiperactividad de su cerdo correteando por todo el baño y dejándolo todo perdido. Era un cerdito al que no le gustaba mucho bañarse con agua, eso sí, le encantaba restregarse cada vez que había barro en el patio. El desgraciado.

Estaba feliz. A fin de cuentas, le estaba enseñando una de sus pasiones a su amiga. Cualquier cosa relacionada con la legeremancia—a excepción de su experiencia con Sebastian Crowley—solía despertar interés y motivación en la rubia. Eso sí, ahora mismo no era consciente de que probablemente no fuesen a adelantar mucho ese día en cuanto a clase se refería.

OFF: Tira dado :pika:

Del 1 al 5:
Encuentras el recuerdo de Sam yendo a despertar a Caroline este mismo día y quedándose dormida a su lado en el intento mientras le babea la almohada. Se une Don Cerdito, Don Gato, Don Lechuzo y Lenteja. La siguiente parte del recuerdo es Caroline levantándose super rápido porque llega tarde.

Del 6 al 10:
Das con el recuerdo acertado que menciono en el post, que corresponde a ayer por la tarde.

Del 11 al 15:
Ves a Sam, levantándose hoy por la mañana muy dormida, saliendo de la cocina con una taza de cola-cao y dándose tremenda hostia en el dedo meñique que prácticamente toda la leche se le salió por fuera y, mientras ella agonizaba de dolor en el suelo, todos sus animales se peleaban por ver quién lamía más leche.

Del 16 al 20:
Ves a Sam llorando como una magdalena mientras ve, por milésima vez, la película de Gladiator el día anterior por la noche. Hecha un ovillo, con pañuelos para sonarse y la manga de su pijama llena de lágrimas, con la épica canción de fondo de "now we are free", pero Sam no era free y eso hace que llore más.

PD: Puedes tirar antes de postear y luego editas el post (para que seas consecuente) o tiras en el juego y pones el link con el resultado <3
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Gwendoline Edevane el Sáb Mar 24, 2018 1:33 pm

Experimenté entonces uno de esos momentos en los que quería hacerme un ovillo, encogerme cómo una pelota, y desaparecer de pura vergüenza. No podía culpar a nadie salvo a mí misma, o a la parte de mí misma que se había empeñado en decir todas aquellas cosas que hacían sentir mal al resto de mi ser. ¿Por qué no había podido cerrar la boca cuando tuve ocasión?
Aquello estaba destinado a convertirse en una anécdota divertida a la par que bochornosa de cara al futuro, sin duda, y posiblemente las dos nos riésemos mucho al recordarlo. También es cierto que en el futuro era muy posible que prestase atención al consejo de Sam... Pero ni Sam ni ella nos imaginábamos la clase de "crucigramas" que se harían en aquel piso.
Y allí estaba yo... encogiéndome sobre mi misma. Subiendo los pies a la silla y tratando de esconder la cara entre mis rodillas. ¿Que me lo merecía? Claro está que sí, pero de todas formas, empecé a sentirme terriblemente avergonzada. Si no hubiese abierto la boca en primer lugar...
Al menos, Sam parecía estar disfrutando de aquello. Sabía que bromeaba, pero... una parte de mí se estaba sintiendo horriblemente incómoda con todo aquello. Seguro que mi amiga habría parado de haberse dado cuenta de lo que estaba pasando en mi cabeza, pero sin su varita no podía hacer ningún tipo de hechizo legeremante. Así que no tenía forma de saberlo cuando lo único que esgrimía en su mano era una taza de chocolate casi vacía con su nombre y motivos infantiles dibujados.
Cuando llegué al punto de que mi cara estuvo tan roja cómo los tomates maduros, Sam confensó que todo aquello era broma. Lo sabía, lo sabía, pero aún así...

—Tomo... tomo nota.—Logré decir a duras penas, todavia con la cara medio hundida entre las rodillas. No podía decirse que me preocupase mucho el tema de mi virginidad, pero por algún motivo que no comprendía, aquel tema se me hacía incómodo estando con ella. ¿Por qué? Bueno, para los lectores avispados, evidentemente es porque mi anhelo secreto era "hacer crucigramas" con ella y con nadie más. Y tan secreto era ese anhelo que ni yo misma lo sabía en ese momento, fíjate. Aún tardaría en comprenderlo todo.—Perdón...—Dije en un hilillo de voz, respondiendo a lo último que dijo Sam.

Por suerte, aquella parte de la conversación parecía tan destinada al hundimiento cómo el barco cuando pones el DVD de Titanic, pues seguramente mi mente no podría soportar más de aquel tema de conversación. Sam me habló brevemente de un contacto suyo que podría conseguirle una identidad muggle. Curiosamente, se trataba de un chico que había trabajado en el Ministerio y que, en base a las nuevas "reformas legales", se había convertido en fugitivo por el mismo motivo que Sam: ser hijo de muggles.
Asentía con la cabeza mientras ella me lo explicaba, y finalmente pude tener un ligero entendimiento de por qué le debía a Sam un favor: algo relacionado con la lectura mental. Bien, ahí no quería meterme, en cosas relacionadas con mentes ajenas, no. Además, Sam seguramente no iba a decir mucho más, pues los instructores de legeremancia, igual que los médicos tienen sus juramentos hipocráticos y la obligación de respetar la privacidad de sus pacientes, tendrían su propio código acerca de no revelar nada de lo que viesen dentro de las cabezas de sus alumnos.
A algunos no les era suficiente eso, y tenían que recurrir a juramentos inquebrantables. Pero ya llegaremos a esa parte, paciencia.

—Las vueltas que da la vida...—Dije, esbozando una sonrisa.—Aunque me gusta el hecho de que ayude a otros en su misma situación, la verdad. Todos deberíamos colaborar un poco...—¡Venga, suelta la bomba! ¡Di "soy de la Orden del Fénix"! ¡No, todavía no!—Aunque lo haga por dinero, claro. Supongo que de algo tendrá que vivir el hombre.—Y me encogí de hombros, cómo si aquello fuese lo más evidente del mundo.

Con Sam totalmente convencida de que su futuro estaba en el mundo muggle, faltaba solucionar algunos problemas más del mundo mágico. Y estos problemas se llamaban "Grulla" y Savannah, y quizás fuesen la misma persona. Necesitábamos dar con nuestra maleta perdida, y para ello, teníamos que dar una serie de pasos peligrosos. Pasos que incluían el contacto con objetos malditos.
Sam se había puesto nerviosa, pero hice todo lo posible por calmarla. No fue demasiado efectivo, cómo utilizar un ataque de tipo Normal sobre un Pokémon de tipo Roca, pero mi amiga se esforzó por sonreír a pesar de todo. La comprendía: ya habíamos dejado claro que esa parte de la historia le tocaba a ella, que sería ella quién entraría en esos puntos calientes y se arriesgaría a ser envenenada o maldita simplemente por pisar la moqueta de la entrada, si es que tal cosa era posible.

—Tú solo dame tiempo, ¿vale?—Le pedí con una sonrisa conciliadora, pues en mi cabeza ya tenía un plan de acción trazado a medias.—He estado haciendo mis propias pesquisas al respecto, y quizás pueda hacerme con algo para que puedas manipular cualquier objeto maldito sin ningún tipo de peligro. Sé que esto es algo de lo que quieres deshacerte cuanto antes, y te comprendo.—Cuanto antes se terminase todo esto, antes Sam tendría su perfecta y tranquila vida en el mundo muggle.—Pero... confía en mí, por favor. Creo que ya sabes que nunca dejaría que te pasase nada.

Y es cierto. Porque si supiese que no había ninguna forma de manipular con seguridad esos objetos, ni de broma le iba a permitir que se arriesgase. Ya daríamos con Grulla, o Savannah, o cómo demonios se llamase, de otra manera. Costaba creer que una cría que debía tener unos veinte años, a lo sumo, nos estuviese poniendo en tantos problemas...
Y llegó el momento de la verdad, el auténtico motivo de aquella visita social: la legeremancia. El arte de mirar dentro de melón ajeno y ver qué clase de secretos, sucios o no, se esconden ahí. También practicábamos el noble arte de la oclumancia, pero hasta el momento había conseguido bloquear las intrusiones de Sam en mi cabeza de manera tan eficiente cómo la de un bloque de mantequilla enfrentándose a un cuchillo. Vamos, que habían tenido tan poca eficacia, de nuevo, cómo los movimientos de tipo Normal sobre los Pokémon de tipo Roca. O quizás fuese sobre los tipo Fantasma, pues nunca había habido un asomo de resistencia por mi parte.
Trasladamos la acción al sofá del salón. Me senté junto a Sam, manos sobre mi varita, y la miré mientras me explicaba en qué iba a consistir aquella sesión de legeremancia. Parece ser que mi misión consistía en encontrar un recuerdo concreto, uno bastante cercano: lo que Sam había hecho ayer antes de almorzar.

—Vale, está bien... A ver qué tal se me da.—Inspiré profundamente, y después expulsé el aire de mis pulmones muy lentamente, a modo de relajación. La relajación ayudaba. Me concentré un poco, y entonces alcé la varita en dirección a la frente de Sam.—Vamos allá. Legeremens.—Pronuncié; todavia no me sentía capaz de hacer aquel hechizo de manera no verbal. Me hubiese gustado poder cerrar los ojos, pues siempre era una sensación muy rara cuando el mundo a mi alrededor se convertía en un recuerdo de Sam. Pero el contacto visual era inevitable con aquella práctica.

Establecí la conexión mental con Sam y pronto las imágenes aparecieron ante mis ojos. Sabía que había sido tan fácil porque Sam no estaba haciendo esfuerzo alguno para bloquearme. Todo adquirió un tono semejante al de las películas antiguas, y dejé de ser Gwendoline Edevane para pasar a ser Samantha Lehmann.


***

Samantha caminaba por el pasillo del apartamento que compartía con Caroline, somnolienta. Caminaba con cierta torpeza y abría una puerta. Al hacerlo, en la penumbra, Samantha pudo ver a Caroline profundamente dormida en su cama, y sintió el apremio de despertar a su amiga.
Se sentó en el borde de la cama, pesadamente, todavía cansada, y empezó a sacudir suavemente a la pelirroja con su mano derecha.

Despierta... Vas a llegar tarde...—Decía Samantha.

Pero ni ella misma tenía fuerzas para mantenerse erguida. Todavía esforzándose por despertar a su amiga, poco a poco Samantha se fue recostando sobre la almohada de la pelirroja, quién parecía presa de un profundo sopor, cómo atacada por la enfermedad del sueño. La misma enfermedad que afectaba a la legeremante.
Entonces, viendo la puerta abierta y una ocasión clarísima para meterse en una cama calentita con sus humanas favoritas, los cuatro animales irrumpieron en estampida en el cuarto. Samantha, medio dormida ya en la cama de Caroline, solo se percató de esto cuando los animales saltaron sobre la cama.
Mientras se dormía profundamente, atisbó a ver a Caroline despertarse, seguramente a causa del peso añadido en la cama y la hiperactividad de perra, gato, cerdito y lechuza. Hiperactividad que no sacó a Sam de su estado de duermevela.
Caroline se levantó bruscamente, dándose cuenta de que llegaba tarde a trabajar...

***

...y fue suficiente. Fue suficiente para darme cuenta de que no había dado con el recuerdo correcto. Compuse una expresión de puro fastidio mientras cortaba la conexión entre nosotras y el mundo volvía a ser lo que era antes de empezar. Puse morritos, fastidiada de verdad.

—Supongo que no sueles tumbarte a dormir en cama antes de almorzar, ¿no? Ni Caroline suele levantarse para ir a trabajar antes de almorzar... Muy tarde tendría que llegar...—Suspiré, negando con la cabeza, resignada.—He fallado. ¿Quieres probar tú conmigo? A ver si consigo apartar algo concreto, dado que soy incapaz de bloquearte...

Sam también me ayudaba, como buenamente podía, con la oclumancia. De momento, me había enseñado a replegar a lo más profundo de mi mente las cosas más importantes. Aquello que no quería que gente indeseable viese. Intenté evocar un recuerdo sencillo, uno un poco lejano dada la habilidad que Sam tenía, y me decidí por uno de hacía años, en Hogwarts: el baile de fin de curso del año 2006, año de mi graduación, al que había acudido, tras muchísima presión de mi amiga Beatrice, con John.
Sí, con John, el mismo que según Beatrice me miraba cómo si fuese una Veela mientras sostenía un libro dado la vuelta. El recuerdo concreto era de nosotros dos sentados a la orilla del Lago Negro, mirando el cielo estrellado. John intentaba ser romántico mientras que yo, simplemente, me dedicaba a ignorarle.
Entonces John me robó el que fue mi primer beso... uno francamente decepcionante. Tras ese beso robado, yo me había indignado y me había alejado de allí.

—Vale. Quiero que averigües lo que ocurrió la noche del baile de fin de curso de 2006, cuando me gradué. Supongo que Beatrice te habrá contado detalles al respecto... pero hay una cosa que no sabes. A ver si consigues averiguarlo.—Sí, quería que Sam encontrase mi primer y decepcionante beso. Supongo que seguía influenciada por los acontecimientos ocurridos antes, sobre los "crucigramas" y sus consecuencias. O tal vez fuese algo tan humillante para mí que prefería que Sam lo viese directamente... Tener que contar eso sería un mal trago...


OFF: Mismo principio que en el post anterior, pero con ligeros cambios dado que Sam tiene más habilidad con la legeremancia ^^

Del 1 al 12:
Das con el recuerdo correcto, ese que te acabo de describir.

Del 13 al 19:
Das con cualquier otro recuerdo absurdo. Las opciones son:

  • Gwendoline bailando y haciendo la estúpida minutos antes de que Sam apareciese en su piso, esa misma tarde.
  • Algún spoiler de alguna serie que ambas estén viendo y que por algún motivo, Sam todavía no haya tenido ocasión de ver el último episodio. Te dejo elegir la serie <3
  • Una aburrida reunión de trabajo en el Ministerio de Magia en la que, mientras Gwen escucha hablar a algún compañero de trabajo, lo único que piense es en irse a dormir.

Si sacas un 20:
Por algún milagrito de la vida, y sin que sirva de precedentes, Gwen consigue bloquear la intrusión xD


Última edición por Gwendoline Edevane el Lun Mar 26, 2018 3:22 am, editado 4 veces
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Maestro de Dados el Sáb Mar 24, 2018 1:33 pm

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Sam J. Lehmann el Lun Mar 26, 2018 3:39 am

¿Sabéis que le sobraba a Samantha Jota Lehmann? Tiempo. Si algo le sobraba, era tiempo. Cuando Gwen le pidió precisamente eso, ella se limitó a encogerse de hombros, como si pudiera acaso negarse teniendo en cuenta que era lo único que podía conceder. Se sorprendió al escuchar que tenía entre manos un plan en contra de los objetos malditos, por lo que Sam asumió que desde que Gwen se enteró de todo lo de los puntos calientes, comenzó a buscar soluciones antes de decirle nada a Sam, lo cual era super dulce en cuanto al nivel de implicación por su parte. Sam sonrió, curvando una sonrisa. —Pero déjame hacer algo —bromeó, con una tierna mirada. —No hace falta que me lo recuerdes, confiaría en ti con los ojos cerrados, ¿pero en dónde te vas a hacer con algo en contra de los objetos malditos? —preguntó, un tanto preocupada. Su opción más fácil, al trabajar en el Ministerio, era ir al departamento de misterios, lugar en donde, en el cien por cien de los casos, podrías encontrar protecciones en contra de ese tipo de objetos, ya que solían manipularlos muchísimo. Y Sam lo sabía bien, que trabajaba en ese departamento aunque fuese en una oficina diferente a la de los inefables. Y claro, no le hacía especial ilusión que Gwen se metiese ahí con la cantidad de gente perturbada que hay en ese lugar. —¿Acudirás al departamento de misterios o algo? Es mejor que no vayas ahí... —Recomendó con un gesto preocupado, mirándola un poco para entender de dónde narices iba a sacar un método en contra de objetos malditos. No sabía, pero era de las cosas que más miedo le daban pues hacía que cualquier cosa inofensiva se volviese verdaderamente peligrosa y, en ocasiones, letal. —O sea es que... me encanta que me ayudes y lo resolutiva que eres, en serio, pero ten cuidado en el Ministerio, que si te ven hurgando más de la cuenta en asuntos que se supone que no te conciernen... ya sabes que no escatimarán en hacer preguntas y seguramente algo más, con tal de asegurarse de que eres de fiar. Y los del departamento de Misterio son todos unos asquerosos, no te acerques ahí. —Porque claro, a Sam ni se le pasaba por la cabeza otra opción que no fuese ir a ese departamento a preguntar sobre posibles defensas ante objetos malditos, ¿a qué otro sitio tendría acceso Gwen sobre eso, si no?

Pero después de unas risas, momento individual terriblemente incómodo, hablar un poco de todo y que se tomasen un buen tentempié de merienda, fueron directamente al 'meollo' de la cuestión o, lo que es lo mismo, a esas repentinas clases de legeremancia que Sam le había propuesto a Gwen esa tarde de manera totalmente improvisada. Que vamos, era una simple excusa para pasar el día con ella y, así de paso, ayudarle con las clases que llevaban ya unos meses dándole. Aunque seamos sinceros: era una excusa igual de válida que haberle dicho de quedar para rascarse el ombligo o ir al karaoke. Y todas las opciones hubieran sido igual de buenas.

Comenzaron con las clases, siendo Gwen la primera en entrar en la cabeza de Sam. Ésta, sin embargo, no opuso ningún tipo de resistencia. No era un ejercicio que llevase como objetivo traspasar una barrera, sino más bien dar con un recuerdo. La legeremancia podía parecer algo general, un todo. Y lo era, claro, pero para poder dominar el todo, primero debías de controlar las partes. Y habían muchísimas: ser capaz de no perderte en la mente ajena cuando ésta te queda grande, ser capaz de moverte encontrando un recuerdo en concreto, ser capaz de traspasar las barreras y los acertijos que te abren las puertas y, sobre todo, controlar tu propia mente. Tu propia mente al final era tu propio enemigo pues la mínima distracción podía jugar absolutamente en tu contra. Así pues... la misión de Gwen no era enfrentarse a otra persona, sino controlarse a sí misma en la mente ajena. Algo que... no pareció ir del todo bien. ¿Sabéis una de las muchas características de ser invadido por un legeremante? Todo lo que él ve, se repite casi de manera instantánea en tu mente. Y todo lo que tú recuerdas, él lo ve delante de sus propios ojos. Era un camino de dos sentidos y una sola dirección.

Así que Sam pudo ver claramente como Gwen se deslizaba entre sus pensamientos más recientes, equivocándose estrepitosamente por uno que era evidente que no era. Sonrió divertida al rememorar el recuerdo, ampliando la sonrisa ante las propias suposiciones de su amiga. —Bueno, normalmente me echo una cabezadita a cualquier hora del día, ¿te crees que tengo cosas mejores que hacer en mi vida? —exageró divertida, para entonces asentir, dándole la razón con que evidentemente ese no era el recuerdo. Le iba a enseñar el original al que se había referido pero… mejor dejarlo en el tintero, para una próxima práctica. No sería la primera vez que una persona tiene un recuerdo que se le atraviesa hasta límites insospechados. —Claro, venga.

Fue entonces cuando sacó su varita de su bolsillo encantado—toda una comodidad—, a la espera de que Gwendoline le dijera que tenía que buscar. Mientras la escuchaba admiró su varita, la cual llevaba perteneciéndole a la chica que tenía delante por más de quince años y ahora la tenía ella. La verdad es que… Caroline le había devuelto, en cierta manera, ‘su vida’ y Gwen le había devuelto la posibilidad de ser quién era, pudiendo volver a hacer magia. ¿Acaso no tenía a las mejores amigas que se podía desear en esta vida? —¿En el dos mil seis? Madre mía… qué lejos. Ni recuerdo yo qué estaba haciendo ese día, pero me parece fatal que no lo pasaras conmigo despidiéndote dramáticamente por estar un año separadas —dramatizó en broma, para entonces asentir con la cabeza, esperar que ella estuviese lista y prepararse.

Sam había tenido ‘duelos’ mentales que realmente la dejaban exhausta hasta el punto de sentir como incluso sudaba físicamente por todo el esfuerzo mental y es que cuando te enfrentas a un enemigo de tu nivel… eso se volvía una tarea ardua en la que podría ser verdaderamente peligroso perderte en la mente del contrincante. Y sí, tenía muchísima práctica con la legeremacia, pero llevaba años trabajando como instructora de ese arte, motivo por el cual sabía perfectamente empatizar con sus alumnos y saber en qué nivel de aprendizaje se encontraban. No iba a meterse en la mente de Gwen como Pedro por su casa porque la estaba enseñando y la manera de enseñarle era ponerle retos, no ofrecerle lo imposible. Así que con un ‘legeremens’ no verbal y mirando a sus bonitos ojos verdes, se introdujo en su mente, rebobinando al pasado.


***

¿Y qué hago yo aquí? Yo no quería venir. Bee siempre convenciéndome de que haga cosas que no quiero hacer. ¿Cómo puede tener tanto poder de persuasión? ¡No lo entiendo! Siempre, siempre me convence de todo. Y cuando digo ‘todo’ engloba cosas generalmente malas.

—Es que Gwendoline llevamos mucho tiempo siendo amigos, ¿verdad? Desde los once años… Me gustaría decirte que…

Me estaba mordiendo la uña del dedo gordo de mi mano izquierda, nerviosa y aburrida. Debería estar en el Gran Comedor con mis amigos, despidiéndome de todos a los que no voy a poder ver ni en el verano ni el año que viene. Y no aquí siendo devorada por los mosquitos y mojándome el trasero con la humedad de la noche.

—…¿no crees? Me encantaría quedar contigo este verano. Varias veces. Podemos ir a la playa, te puedo enseñar mi casa. Podrías presentarme a tus padres… Porque en serio te lo digo…

Todavía sólo podía pensar en cómo se las había ingeniado Bee para que yo estuviese aquí mientras todos ellos están allí. ¡Y no entendía qué obsesión tenía con John! ¡Si es que estaba claro que no había nada que hacer aquí!

—...porque Gwendoline, me gustas mucho.

¿Perdona, qué? Dejé de morderme la uña, lo miré sorprendida sin saber qué decir y fue entonces cuando me besó, sin preguntarme primero debidamente si yo quería ser besada. Y era evidente que no quería ser besada. Entre eso, mi inexperiencia y que él tampoco parecía muy experimentado en el tema por lo que estaba haciendo… aquello fue horrible. Me separé de él con la misma cara que se le queda a alguien cuando se encuentra un pelo en la ensaladilla.

Sólo me pasó una cosa por la cabeza al ver su cara después de eso que podría catalogarse de catastrófico.

Madre mía, madre mía, madre mía… Y, roja como un tomate, le empujé hacia atrás sin mucha fuerza, me puse de pie y le señalé con el dedo acusador.

—No vuelvas a hacer eso, John Amadeus Smith. —Y, con la poca dignidad que creía que me quedaba, me fui.

Él no tardó ni cinco segundos en ponerse de pie y perseguirme gritando mi nombre y pidiéndome perdón.


***

¿Y Sam? Madre mía, ahora mismo la rubia estaba roja, pero de todo lo que se estaba aguantando la risa. Así que desde que cortó la conexión mental, se dejó caer hacia atrás en el sillón, riéndose a carcajada limpia. No se estaba burlando, simplemente es que… ¡¿cómo había pasado eso hace tanto tiempo y ella no tenía esos detalles tan graciosos?! —¡Ay, por favor, Gwendoline! —dijo entonces, volviéndose a erguir y mirándola con diversión. —¿Y por qué me vengo a enterar trece años después de esto, me quieres dar una explicación razonable? —bromeó. —Al final Bee tenía razón, ¿eh? John te amaba y tú lo rechazaste vilmente, sin compasión. Ahí, soltándole su segundo y horrible nombre como advertencia de tu crueldad, ¿era venganza o qué? —añadió, para entonces sujetar su rostro y darle un besito en la mejilla como demostración de que todo lo que decía lo decía en broma. —Buah, qué mona eras por entonces. Bueno, ahora también. —Se corrigió antes de continuar, con una tierna sonrisa. —Pero como eras más grande que yo, siempre te vi como la chica a la que copiarle sus responsables pasos, más adulta, inteligente y en general por encima. Aún recuerdo tus preciosos apuntes que me donaste de los EXTASIS. —Apuntó nostálgicamente.

Y entonces se puso ‘más seria’, ya que con la confianza que se tenían pues había hecho que Sam llegase a un punto de empatía que hizo que no pudiese evitar reírse. Pero vamos, ella era una profesional seria, ¿vale? Solo que con Gwen todo se volvía más… normal, alegre y divertido. —Te pasó lo que le pasa a todo el mundo. Intentando esconder un recuerdo en concreto, lo pones demasiado en evidencia inconscientemente. Y a ver, es difícil esconder algo mentalmente, es como cuando te dicen: 'no pienses en melocotones' y obviamente lo primero que te viene a la cabeza es la imagen de un melocotón, aunque sea abstracta. La idea está ahí. —Narró, mirándola ya más sosegada. —Tienes que… relacionar un recuerdo con una idea, catalogarla, e intentar ocultarla haciendo que tu mente enfoque otra idea; idea que estará vinculada a una lista enorme de otros recuerdos que no tienen nada que ver. No sé si me explico. —La miró con los ojos entrecerrados. —Es de lo más difícil: saber organizar tu mente y, sobre todo, entender la organización de la mente ajena. Y esta opción que te digo es sólo una posibilidad de miles, por eso todo esto es tan difícil. —Y, tras una ilusionada pausa, volvió al ataque. —¿Lo volvemos a intentar?

Por un momento sopesó la idea de motivarle a buscar el primer beso de Sam, pero eso sí que nunca lo había sacado a la luz. A ojos de todos sus amigos, la rubia era una perfecta heterosexual en Hogwarts y le daba muchísima vergüenza, además de que casi fue más una especie de experimentación entre ambas chicas confusas que un signo de verdadero amor. Vamos, eso ni de lejos. Así que optó por volver a intentarlo con lo mismo: —¿Lo vuelves a intentar con lo que hice ayer antes de almorzar? Venga. —Y le animó con una sonrisa, guiñándole dulcemente un ojo.

OFFROL:
Del 1 al 5:
Ves el recuerdo correcto. Tienes libertad para poner como Don Cerdito gana cada batalla con Sam en el baño.

Del 6 al 10:
Ves a Sam llorando desconsolamente en el sillón, como si alguien hubiese muerto. De repente te das cuenta de que en la televisión están los créditos de Coco.

Del 11 al 15:
Ves como Sam va a comprar verduras al mercado vestida totalmente de incógnito y se pone a hablar con una señora mayor sobre la madurez de los pepinos y como la señora mayor dice todo con doble intención sexual y Sam no pilla una y le sigue la corriente, pensando que habla de verduras, en la conversación.

Del 16 al 20:
Ves como Sam, hace tres días por la mañana, recibe una llamada en la puerta y es la vecina de al lado, la cual viene a echarle la bronca porque su cerdito se coló hacia su patio y se comió todas las zanahorias que tenía plantadas.

AÑADIDO:
Si el número que sacas es PAR puedes ver de pasada entre los recuerdos de Sam como Sebastian Crowley la trata muy mal, como si estuviese echándole la bronca. Es un recuerdo efímero y que pasa muy rápido. Si el número que sacas es IMPAR puedes ver un recuerdo efímero de su primer beso en Hogwarts.


Última edición por Sam J. Lehmann el Lun Mar 26, 2018 4:33 am, editado 1 vez
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