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Do you want to see it? —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Mar 16, 2018 2:07 am

Recuerdo del primer mensaje :


Casa de Gwendoline Edevane, 17.30 horas — Viernes 16 de marzo, 2018 — Londres, cerca del río Támesis — Atuendo

Se encontraba en casa, tirada en el sillón mientras abrazaba a Don Cerdito y veía sin muchos ánimos la última película de los vengadores, esa de la Era de Ultrón, ¿o era la penúltima? Ni idea. A Sam no le gustaban las películas de Superhéroes, pero era o eso, o una de miedo que echaban en un canal muy raro. Y todos sabemos que Jota era totalmente reacia a ese tipo de películas porque, literalmente, le daban miedo. Que sí, que ese era el propósito del cine de terror, dar miedo y esas cosas, pero a ella le daba miedo de verdad. No entendía cómo era posible que alguien viese esas películas y luego se quedase tan tranquilo sin imaginar que algún tipo de asesino en serie va a apuñalarle por la noche siendo poseído por el mismísimo demonio exorcista de Satán. Sam tenía que dormir con todo su arsenal de animales cada vez que veía el trailer de una película de miedo, porque le entraba miedo. ¡El trailer! Cien por cien real.  

Observó con detenimiento como el profesor de las gafas simpático se convertía en la bestia verde, frunciendo el ceño con disconformidad al ver tremenda irrealidad. Sujetó a su cerdito y lo alzó en alto. —¿Por qué Hulk se rompe toda la ropa menos los pantalones? ¿Eh? ¿Tú lo sabes, cerdito mío? —Dejó otra vez a su mascota sobre el sillón. —Yo no entiendo estas películas. Entre los pantalones elásticos supremos de Hulk y el retraso de Superman llevando los calzoncillos por fuera, nada tiene sentido. —El cerdito miró a Sam, girando la cabeza como si obviamente no entendiese nada. Y es que era un cerdo, no entendía nada. Sam suspiró, mirando al techo e ignorando la película, sintiendo que la vida le pasaba lentamente y ella no aportaba nada. —Debería buscarme un trabajo, ¿verdad, Cerdi? —Y su cerdo se bajó del sofá y se fue a la habitación, probablemente a intentar dormir sin que su dueña pesada le esté molestando, siendo ésa una señal de queja universal de que Sam le estaba rallando con tantas preguntas.

La película le estaba aburriendo un montón, por lo que miró la hora, dándose cuenta de que Gwen ya habría llegado a casa, comido y descansado de trabajar. Así que cogió su móvil que estaba sobre la mesa. Caroline no iba a estar toda la tarde porque había quedado, por lo que fue directamente a WhatsApp y picó sobre el nombre de Gwendoline, la cual estaba agregada simplemente como Güen. Quizás ella no tuviera nada que hacer en su vida normal non-fugitiva de persona adulta y responsable y quisiera quedar un rato con Sam.

Cada vez que Jota le mandaba un mensaje al WhatsApp a Gwen sonreía, ¿sabes por qué? Porque siempre se imaginaba que Gwen le habría hecho caso agregándola como 'Melocotón' y el hecho de ver 'Has recibido un mensaje de Melocotón' le hacía especialmente gracia.


Y le dijo que no, que estaba libre como un colibrí en un día de primavera, libre como el sol cuando amanece y como el mar. Y claro, Sam se puso feliz. Porque Sam en ese momento era más simple que el mecanismo del codo de un Playmobil y el simple hecho de pasar la tarde con Gwen, ya le parecía el mejor plan para ese viernes aburrido de fugitiva que no puede salir a ningún lado. Rápidamente se sentó en el sillón, apagó la televisión con esa caca de película que estaban echando y se puso en pie para irse a vestir decentemente. Había confianza como para ir en pijama, pero eso de ir en pijama a casa de su amiga a las cinco de la tarde un viernes como que era pasarse un poquito.


Quince minutos después, se desapareció de la casa de Caroline y apareció en el interior de la de Gwen, aunque justo en la puerta de entrada. En realidad era super arriesgado aparecerse por fuera, ya que vivía en un piso compartido con muggles y ya me diréis lo alucinado que se quedaría el pobre vecino de al lado si mientras saca al perrete ve como una rubia aparece delante de sus narices. Y no, mejor prevenir, que desmemorizar.

Pese a que Sam no se sentía especialmente cómoda invadiendo la intimidad de su amiga de esa manera, era cierto que tampoco iba a ir caminando ni en metro, por lo que solo le quedaba esa opción. Así que una vez se apareció en el interior de la casa, pero en la entrada, tocó la puerta desde dentro varias veces para alertar a su amiga. —¡Gwen, ya llegué! —avisó, no fuese a encontrarla... yo qué sé, haciendo caca. ¿Te imaginas? Eso sería muy anécdota muy graciosa para la posteridad. —¡Voy a la cocina! —añadió, dando unos pocos pasos hasta la cocina, para misteriosamente encontrársela ahí justo de frente, a punto de chocarse en la puerta nariz con nariz. —¡Ah, hola! —Saludó sonriente. —Te juro que cada vez que me aparezco en tu casa, tengo la sensación de que te voy a encontrar en mal momento y me da un apuro increíble dar un paso hacia adentro —confesó divertida, sin querer hacerse mucha imagen mental. ¿Os imagináis un día que se aparece en casa de Gwen y está con un hombre? Esa anécdota ya no le parecía tan graciosa, nada, pero era incómoda igual. Le dio un cariñoso beso en la mejilla a modo de saludo y sonrió. —¿Qué tal hoy en el trabajo? ¿Te quedan fuerzas para unas clases junto a tu profesora favorita? —Y se señaló a sí misma, guiñándole un ojo. Estaba feliz, ¿vale? Hacer el payaso era normal en ella cuando estaba alegre.
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Gwendoline Edevane el Lun Mar 26, 2018 1:46 pm

¿Sabéis ese momento en el que quieres decir algo, en el que necesitas decir algo con todas tus fuerzas, pero hay algo que te lo impide? Algo poderoso, llámale miedo, llámale temor, llámale inseguridad... Ese algo fue lo que me retuvo en ese momento. Porque podría haber detenido a mi amiga en cualquier momento, decirle que no tenía que preocuparse por mí entrando en el Departamento de Misterios y metiendo las narices en asuntos que, oficialmente, no me incumbían. Desde luego que podría haberlo hecho...
...pero fui incapaz. Porque tenía miedo. ¿Habéis tenido alguna vez miedo a la reacción de alguien? ¿A cómo aceptará algo sobre vosotros que le habéis ocultado tanto tiempo? Tenía mucho miedo a lo que me diría, a cómo reaccionaría, si le decía que en realidad toda esa información que obtenía no venía del Ministerio, si no de la Orden. Que llevaba meses formando parte de la Orden del Fénix. ¿Quería que lo supiese? Desde luego, pues no me gustaba guardarle un secreto tan grande.
Pero... no, simplemente no pude. No en ese momento. Pero tampoco me sentí capaz de mentirle a la cara.

—No... no voy a acudir al Departamento de Misterios, ni al Ministerio de Magia.—Hice una pausa, tragando saliva. Me estaba costando mucho hablarle con franqueza, sabiendo que no estaba diciéndole la verdad.—Mi información respecto a los objetos malditos proviene de otra fuente... Una fuente segura...—Y me detuve ahí. ¿Por qué? Porque sabía que si seguía hablando, no solamente terminaría diciendo algo que me delatase. Si seguía hablando, acabaría confesándoselo todo. Así que en su lugar opté por guardar silencio... esperando que Sam lo dejase correr, al menos por ahora.

La sesión de legeremancia transcurrió de una manera poco satisfactoria para mí. En primer lugar, fui incapaz de localizar el recuerdo al que Sam hacía alusión, uno que precedía al almuerzo del día anterior. Di con uno que, evidentemente, sucedía por la mañana temprano. Sabía que era muy probable que no necesitase decirle que había visto, pues la legeremancia tenía esa virtud: al mismo tiempo que otra persona miraba dentro de tu cabeza, inevitablemente tú revivías el recuerdo de una manera vívida, cómo si estuvieses viviéndolo de nuevo.
Sonreí divertida ante la respuesta de Sam. Me alegraba mucho de estar teniendo una tarde tan agradable con ella. Era casi cómo estar viendo diapositivas... pero todavía mejor.

—Bueno, no te preocupes por eso: pronto serás cómo todas las demás, quejándote porque tu apasionante trabajo no te deja tiempo para dormir.—Respondí con diversión, haciendo referencia al trabajo que mi amiga tenía intención de buscar en el mundo muggle. Estaba deseando verla en esa tesitura, con una ocupación. Cómo hacía un poco más de dos años, cuando Sam era feliz. Antes de... bueno, de algo que todavía no sabía. Algo que desconocía y que estaba a punto de averiguar, sin tener ni idea de que ese momento se avecinaba, y que no sería bonito.

Me tocó el turno de "ofrecer resistencia" a un intento de intrusión en mi mente. Establecí contacto visual con Sam, mirándola a esos bonitos ojos azules que tenía y que resultaban casi hipnóticos, e intenté recordar la teoría: había leído en algún sitio que, para ser oclumante, había que visualizar la mente cómo algo tangible, y envolver ese algo tangible en una barrera protectora. Intenté conjurar esa barrera imaginaria mientras mi amiga me apuntaba con su varita...
...y no funcionó. No funcionó porque de repente me encontré revisitando ese viejo recuerdo, con claridad vívida. Ese en que John Smith, de la casa Ravenclaw, me besaba. Me encontré a mí misma odiando a Beatrice por casi obligarme a tener una cita con él, aunque no la odiase de verdad. Me encontré a mí misma preguntándome por qué estaba perdiendo el tiempo con una persona por la que no sentía ningún interés, cuando podía estar pasando mi última noche en Hogwarts con las personas que de verdad habían sido importantes para mí en aquel castillo: Samantha Lehmann y Beatrice Bennington.
También sentí otra vez la tristeza y el miedo abrumador de lo que se me venía encima: primero un largo verano, aunque saber que quizás vería a mis amigas me reconfortaba, y después la gran aventura universitaria. El primer año iba a ser muy duro, pues Beatrice y Sam estarían cursando su último curso mientras yo empezaba mi primer curso en la Academia de Desmemorizadores. Sería un año malo sin ellas...
Entonces llegó la incomodidad, borrando todos esos sentimientos. La incomodidad de sentir unos labios no deseados sobre los míos. Mi pequeño enfrentamiento con John, y mi fuga precipitada a través de los terrenos, de vuelta al castillo. Esa noche tomé la determinación de pasar las horas que me quedaban con ellas, y olvidarme de John Smith. Beatrice iba a oírme...
Sam encontró aquello terriblemente divertido, y yo poco a poco recuperé mi estado de ánimo normal, el de la Gwendoline del presente. ¿Me puse roja? Un poquito, pues aquel recuerdo era uno de los más humillantes de mi vida. Sin embargo, no pude evitar reírme un poco. Pensándolo bien, ¿no era gracioso? Y mirando hacia atrás, ¿no era una monada John? ¿O yo misma? John había tenido la mala fortuna de enamorarse de alguien inapropiado, alguien que no le iba a corresponder.

—¡Eh, oye! ¡Eso no es justo!—Protesté sonrojada, con un gallo de voz que casi me hizo parecer la Gwen de diecisiete años otra vez.—Era mi última noche en Hogwarts, y Beatrice se había empeñado en buscarme pareja. Pero yo lo único que quería era pasar esa noche con vosotras dos. Sabía que íbamos a tardar en volver a vernos y... ¡Bah! Ni siquiera mereció la pena.—Ciertamente, no: mi primer beso, y había sido robado.

Entonces, Sam hizo una cosa que consiguió que mi corazón se detuviese a medio latido durante un par de segundos. Cuando puso sus manos en mi rostro, no sé qué narices pensé, qué clase de ideas se agolparon en mi cerebro, pero dejé de pensar; cuando vi que acercaba su rostro al mío, mi corazón empezó a latir a toda potencia, martilleándome dentro del pecho. Mi mente pensó que iba a ocurrir algo...
...que no ocurrió, por supuesto, pues Sam simplemente me dio un beso en la mejilla. ¿Y qué esperaba yo que ocurriese? ¿Que me compensase por aquel desastroso beso con uno perfecto y dulce? Inevitablemente, mi mente recordó aquel momento, durante la fiesta de carnaval, cuando aquel muchacho vestido de Spiderman había besado a Sam sin ton ni son... y mi contraataque había sido, después de acertarle con una flecha de ventosa en la cabeza, acercarme a mi amiga y darle un beso en los labios.
¿Y no había sido ese mi mejor beso? De eso no cabe duda, Gwendoline... y ambas estábais borrachas... Hice un esfuerzo consciente por bloquear aquel pensamiento... pero no fue demasiado efectivo. Le daría vueltas a aquello más adelante.

—La verdad es que...—Carraspeé, intentando volver a la realidad.—La verdad es que entonces era una persona que difícilmente puedes llamar madura. E incluso ahora, os veo a ti y a Caroline, y me veo a mí, y me doy cuenta de que quizás soy un año mayor, pero no me siento ni la mitad de madura emocionalmente hablando que vosotras. Supongo que he tenido una vida... demasiado acomodada.—Dije, y conseguí componer una sonrisa al recordar aquel momento, aquel en que había dicho a mi amiga Samantha "Te lego todos mis conocimientos, Lehmann: haz buen uso de ellos" al entregarle los apuntes que había tomado a lo largo de todo mi séptimo curso en Hogwarts.—¡Qué época tan bonita, de verdad! A veces la echo de menos...

Volvía a tocarme turno de internarme en la mente de Sam. Sin embargo, antes de hacerlo, Sam me explicó en qué había fallado. Al parecer, había cometido un error garrafal: en lugar de enviar mi recuerdo atrás, esconderlo detrás de un montón de información inútil e irrelevante, había hecho lo contrario. Lo achaqué a mi intento de "crear una barrera" para impedir la intrusión. Tanto me había esforzado en intentar bloquear a Sam que me había olvidado de proteger mi recuerdo.
Tomé buena nota de todo lo que me dijo, recordándome a mí misma que debía tranquilizarme, evitar ponerme nerviosa. Mi mente era un elemento complicado de manejar, y todavía me quedaba mucho que aprender. Ojalá fuese tan fácil bloquear intrusiones cómo hacerlas. Que no decía que fuese fácil, ni mucho menos... pero la oclumancia simplemente se me hacía imposible.
Asentí con la cabeza. Estaba lista para volver a intentarlo.

—Bien, vamos a ver si esta vez averiguo qué estabas haciendo antes de almorzar. Me has picado la curiosidad, lo reconozco. Debe ser algo bueno...—Compuse una media sonrisa divertida, antes de establecer contacto visual con ella. ¡Qué ojos más bonitos, por favor! Apunté con mi varita a su frente y, una vez más y pronuncié.Legeremens.


***

El mundo de Gwendoline pasó de nuevo a ser el mundo de la legeremante, cómo una película antigua. Ante sus ojos transcurría una escena de la que la joven empleada del Ministerio era testigo en primera persona, pero no partícipe directa. Cómo si fuese sentada en el asiento del acompañante de un coche conducido por la rubia.
¿Qué estaba ocurriendo? Algo muy sencillo y a la vez muy divertido: una pelea, un enfrentamiento, un duelo de resistencia entre Samantha Jota Lehmann—¿Os podéis creer que Sam tenía tan interiorizado el "Jota", y tan bien escondido su segundo nombre de verdad, que ya ni pensaba en sí misma con ese nombre?—y su cerdito vietnamita, Don Cerdito. ¿Cual era el motivo de tan tremendo enfrenamiento?
Un baño, ni más ni menos.
El cerdito se revolvía una y otra vez mientras la humana que le había escogido cómo compañero y amigo intentaba infructuosamente bañarlo. El cerdito chillaba a modo de protesta, cómo si en lugar de en la bañera estuviese en el matadero.

¡Don Cerdito, por favor! ¡Que solo es un ba...!—Samantha no terminó la frase, pues Don Cerdito empezó a sacudirse, salpicando en todas direcciones; una de esas direcciones fue la boca de Sam, que se llenó del sabor del champú que estaba utilizando para lavar al animal.

Por aquel entonces, la legeremante ya estaba empapada. Su pelo goteaba, su ropa goteaba, y hasta de la punta de la nariz le caían gotitas de agua. Con las manos sobre el animal, que se había quedado mirándola a los ojos, negó con la cabeza.
En ese momento, la rubia tenía dos preguntas en su cabeza: ¿Por qué le odiaba tanto Don Cerdito? y ¿Cuánto faltaba para el almuerzo? Se moría de hambre... Pero no vas a comer hasta que bañes a Don Cerdito, Samantha... ni hasta que dejes limpio el cuarto de baño, ya de paso.

***

Estaba regresando a mi yo nuevamente, sintiéndome triunfante. De hecho, me estaba riendo porque aquel recuerdo era muy feliz. Sam en aquel recuerdo se mostraba fastidiada, pero realmente estaba feliz. Quería mucho a Don Cerdito, y eso se notaba.
Entonces, de camino de vuelta a mi mundo, sucedió algo que no me esperaba...


***

Fue una voz lo que llamó la atención de la joven Edevane, no una imagen ni un recuerdo nítido. Fue más una voz masculina y sin identificar. La voz de un hombre, claramente. ¿Y por qué llamó la atención de Gwendoline? Pues porque era una voz autoritaria, una voz que le causó un terrible desasosiego y le hizo detenerse.
¿Cómo no iba a hacerlo? De repente, se sintió impotente, cómo si aquella voz tuviese poder sobre ella. No, "cómo si", no; definitivamente, tenía poder sobre ella. Se sintió doblegada por completo, con un desagradable escalofrío recorriendo su columna vertebral.

No olvides que no eres nada para mí, ni para nadie.

Gwendoline lo creyó de la misma manera que Samantha lo creyó. No eran nada, no eran nadie, y esa voz tenía toda la razón... Esa voz hablaba con la verdad y...
...y Samantha se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Así que cortó la conexión...

***

Temblaba. No sabía en qué momento había ocurrido, pero había empezado a temblar. El temblor duró unos pocos segundos, a medida que mi mundo volvía ser mío, y no algo ajeno a mí cómo segundos antes.
¿Parte positiva? Había conseguido dar con el recuerdo correcto. ¿Parte negativa? Bueno... ¿por dónde empiezo? Eso había sido escalofriante hasta extremos impensables. ¿Quién era ese hombre que había hablado? Sus palabras rezumaban odio y desprecio, y evidentemente eran palabras dedicadas a mi amiga. ¿Qué clase de poder tenía sobre ella para que incluso yo, una mera visitante de su mente y sus recuerdos, me hubiese visto atrapada? Porque estoy segura de que no salí yo por mi propio pie, si no que Sam me expulsó.

—Sam... ¿quién era ese hombre? ¿Qué acaba de pasar?—Lo dije con un hilillo de voz. Había sido solo un momento, pero... había sido horrible. No había otra forma de describirlo. Horrible. ¿Qué demonios le había ocurrido a Samantha para que tuviese tanto miedo al propietario de dicha voz?


Última edición por Gwendoline Edevane el Lun Mar 26, 2018 3:39 pm, editado 3 veces
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Maestro de Dados el Lun Mar 26, 2018 1:46 pm

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Sam J. Lehmann el Miér Mar 28, 2018 1:44 am

No, no le gustó nada lo que escuchó, más que nada porque ‘una fuente segura’ tal y como estaban las cosas… podía ser muy preocupante. Además, el hecho de que dijese ‘fuente segura’ y no algo más conciso y en confianza, le hizo mal pensar en que seguramente se tratase de alguien como Sam del cual no quería dar muchos detalles. Y claro… no sabía qué pensar. ¿Lo decía para proteger a la supuesta ‘fuente segura’? ¿Para proteger a Sam? No entendió muy bien el secretismo, pero si ella quería mantenerlo en secreto, no iba a ser la legeremante quién le presionara para decir nada. No cuando ella guardaba tantos secretos. Sólo esperaba que no se estuviese poniendo en peligro ni sobre-exponiéndose a nada.

¿No dormir por ir a trabajar? ¡Madre mía, lo compraba! Cuando aún trabajaba en el Ministerio, Jota era de esas personas que adoraban su trabajo y daba siempre el cien por cien de todo lo que podía ofrecer. Y es que, cuando ella de verdad tenía ilusión por algo, se volcaba siempre al máximo. Y eso afectaba a todos los ámbitos de su vida, indudablemente. —Ojalá, de verdad te lo digo. Pediré doble turno sólo para mantenerme ocupada y suplir todo este tiempo de aquí para atrás.

¿Reírse de que John Amadeus Smith besase a Gwendoline? No, eso no era lo divertido. Bee había sido una clara visionaria en Hogwarts al ver que a ese señor le gustaba mucho su amiga, pero es que lo divertido de ese recuerdo había sido sentir la confusión y deseo de separación que le invadió a la chica desde que aquel chico ilusionado de diecisiete años unió sus labios. Y es que… en serio, solo le faltó soltarle en la cara un: ‘¿qué haces, tío?’ en perfecta sincronía con un ‘contigo no, bicho’. Y a Sam le pareció fascinante como, pese a tener esa emoción de desagrado, aún así su amiga guardó la compostura, se levantó muy digna y se fue como si nada. Y claro, recién entendía ese rechazo. Por suerte—y gracias a Merlín de ahorrar tal bochorno—Sam no había recibido ningún beso así nunca. El del Spiderman de Carnaval, el único, pero estaba muy borracha como para en el momento darle muchas vueltas al asunto, además de que acto seguido le besó Gwen como para calmar cualquier sentimiento de desagrado. —Eh, no metas a Bee en esto. Ella sólo quería asegurarse de que allá afuera, cuando te enfrentases a la solitaria universidad sin nosotras, tuvieras a un hombre que te cuidara y te complaciera con crucigramas —recitó Samantha con un tono de voz defensivo hacia su desaparecida amiga, obviamente en broma. En este momento meterse con cualquier cosa que defendiese al pobre John era como divertido sólo por ver la cara de su amiga. Eso sí, el tema pasó relativamente rápido cuando comenzó a criticar su actitud pasada. —Pero tía, es normal. Por aquel entonces creo yo que ninguna teníamos demasiada madurez. La madurez se adquiere con la experiencia y está claro que nosotras nos perdimos muchas experiencias con la nariz metida entre las hojas de los libros —le respondió con una sonrisa. —Y ahora… no sé. Tú y yo estamos a  la par. —Obvio no estaba contando todo lo que había tenido que soportar con los Crowley, pues en ese momento ni se acordaba. —¿Pero Caroline? Eso de haberse ido a Japón durante tanto tiempo, cambiar tanto de aires… la cambió, ¿eh? Yo a ella también la veo mucho más seria y madura que yo. Es como mi buena conciencia; la que siempre tiene razón. —Y es que, hasta la fecha, no había habido ningún momento desde el reencuentro con Caroline en la que ésta haya errado en algo de lo que le ha dicho a Sam. ¿Quizás en el tema ‘arreglar a Henry’? Bueno, quizás. Pero eso era solo por optimismo y no perder la ilusión.

Tras darle algunas recomendaciones sobre cómo buscar la mejor manera de cerrar la mente ante futuros intrusos, volvieron a ponerse manos a la obra con la legeremancia por parte de Gwen. Encontrar en la mente de Sam el recuerdo de Don Cerdito declarándose un rebelde a oler bien era relativamente fácil de encontrar: era reciente, era claramente remarcable entre el resto por su ridículo y, por contexto, quedaba bastante claro que era el que estaba justo antes del almuerzo al que se había referido Sam. Sin embargo, para un principiante siempre es complicado abrirse paso en la mente del otro, más que nada porque la composición que éste ha decidido crear como defensa primero ha de ser descifrada. Casi como… un puzzle. Un acertijo que te abre tantas puertas como te las cierra.

Pero, con un orgullo que no le cabía en el pecho, Gwen descubrió el recuerdo clave que ella quería que viese. Era una tontería de recuerdo, ¿vale? Pero aunque no lo pareciese, aunque todo pareciese un juego tonto en donde todo es suerte o casualidad, no lo era. Ese pequeño avance en poder elegir lo que ver y lo que no, es lo que hacía que poco a poco fuese mejorando sus desenvoltura en otra mente.

A punto estaba de cortar la conexión mental con ella para felicitarle, de hecho hasta estaba sonriente; tranquila. Despistada. Estaba en un momento de tanto zen, que su mente ahora mismo era un libro abierto para Gwen y una cosa estaba clara: por mucho que fuese el pasado, los recuerdos de los Crowley estaban grabados a fuego lento en la mente de Sam y ella era muy consciente de que eso no desaparecería nunca de ahí. Siempre estarían, de una manera o de otra, perturbando una cabecita que sólo quiere olvidar. Bueno, recordemos al mejor personaje de Disney del mundo: "Oh, sí, el pasado puede doler. Pero dependiendo de la forma en el que lo veamos, puedes huir de él o aprender de él." Ella no podría huir ni olvidar; quería aprender de sus errores, pero lo había pasado tan mal que recordar todo eso todavía dolía.

Fue por eso que, de repente, un recuerdo fugaz invadió ambas mentes. Supo perfectamente que su amiga lo estaba viendo pues su rostro cambió por completo. Y si el recuerdo que vio fue corto y sin mucha información no fue porque Sam ya no lo recordase, sino porque la echó de su mente antes de que viese más de la cuenta. Apartó la mirada de ella instantáneamente, llevándose una de sus manos al puente de su nariz para agachar la cabeza, incómoda. ¿Quería contárselo? No quería, más que nada porque no se veía capaz de narrar toda la historia. ¿Debía contárselo? Sí, debía y se lo merecía, que era lo más importante. Llevaba ya meses posponiendo este momento, pues era bien consciente que desde el momento ‘pérdida de varita’, Gwendoline se merecía una explicación sincera que ella dejase de evitar, sobre todo cuando le cedió nada más ni nada menos su varita de toda la vida. Y después de todo lo que había hecho por ella, entre ello perdonarla—aunque ella dijese que no había nada que perdonar—y hacerla todavía más feliz, se merecía una explicación del porqué de que Samantha la hubiese separado de su lado de una manera tan repentina hace años.

Escuchó las palabras de su amiga pero… continuó sin moverse, pensando en la cagada que había cometido dejando que eso se dejase ver como si nada. No solo no era el momento idóneo, sino que además había roto un momento maravilloso. Y ya se había puesto nerviosa. Los tres Crowley que habían intentando arruinarle la vida estaban muertos pero ella seguía poniéndose de los nervios. —Eeeh… —murmuró, medio ausente. Se quitó la mano delante de la cara, buscando en el estampado de sus propios pantalones qué narices decir. ¿¡Cómo se supone que abordas una situación así!? Tragó saliva, aún cabizbaja. —Pasó algo que pasa muy a menudo cuando bajas la guardia: que las cosas que más revuelan por tu mente, se escapan quedando a merced de quien te lee. Y es muy fácil que aparezca justo lo que no quieres enseñar a esa persona, pues inconscientemente lo estás pensando. —Y pese a que esa era la contestación de una parte de sus preguntas, era muy consciente de que Gwen le daría más importancia a la primera que hizo. ¿Quién narices era ese tipo? El protagonista de sus pesadillas, podría decirle. —Te eché porque no quería que lo vieras —murmuró, alzando lentamente la mirada hacia ella. Ya no tenía un rostro tranquilo y risueño, sino más bien preocupado. Se pasó el pelo por detrás de las orejas, inquieta, intentando organizar sus ideas. —Hay cosas que deberías saber de mí, Gwen. Y quiero que las sepas, de verdad. Pero... no sé contarlas con palabras. Y no te van a gustar nada. Me han pasado cosas que... —Se calló, sin saber muy bien qué decir. Y que justo pasa eso: cuando intenta hablar, el nudo que se le crea en la garganta es inexplicable. —El motivo de por qué desaparecí repentinamente de vuestra vida, el por qué de que os mantuviese lejos de mí, el por qué de que mi varita ya no esté conmigo… —La miró de nuevo, porque era evidente: Sam seguía siendo fugitiva, ¿por qué ahora si había contactado con Gwen y antes no? Había un motivo detrás, uno mucho más grande que simplemente estar siendo perseguida por la ley. —Estaba esperando a que llegase el momento perfecto para contártelo pero… no creo que ese momento exista... Así que si quieres saberlo... —dudó momentáneamente—, te lo mostraré.

¿Segura de enseñárselo? Lo más mínimo. Recordar dolía, pero peor era recordar y tener que intentar decir con palabras lo que sentía. Así que se armó de valentía y... dejó de evadir el tema. Tarde o temprano tendría que decírselo, porque tarde o temprano, se repetiría otra vez la pesadilla del cuervo.
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Gwendoline Edevane el Miér Mar 28, 2018 11:58 am

Por desgracia o por fortuna, mi amiga respetó mi privacidad. Temía y esperaba al mismo tiempo que quisiese indagar un poco más en esa "fuente segura" que mencioné, pero no lo hizo. Y supongo que, igual que yo quería saber qué había ocurrido con su primera varita, Sam querría saber quién era mi misterioso contacto. Quería decírselo, por supuesto que quería, pero tenía miedo... Tenía miedo a su reacción, a que se enfadase conmigo, a decepcionarla... ¿Habéis temido alguna vez, con toda vuestra alma, decepcionar a alguien? ¿Sabéis lo que se siente? Porque para mí, esa persona a la que no quería decepcionar bajo ningún concepto era ella... y lo peor es que sentía que, de alguna forma, ya lo había hecho. Que lo seguía haciendo día tras día.
Por suerte, hablar de su nuevo trabajo desvió un poco el tema, y no pude evitar sonreír con diversión ante la perspectiva de Sam doblando turno, mostrándose trabajadora y entusiasta, aún a pesar de que el dueño o la dueña de la librería en la que trabajase le asegurara que no podría pagarle el doble de horas. Y cómo, después de que el hipotético dueño o dueña de dicha librería le asegurara que no era necesario que doblase turno, Sam insistiría en que no había problema.

—¿Qué demonios nos pasa?—Reflexioné en voz alta, frunciendo el ceño divertida.—Cuando me pongo a trabajar en el Ministerio, me pasa exactamente lo mismo. Me da igual entrar a las nueve que a las siete, y salir a las ocho que a las doce. Si me hubieses dicho en Hogwarts que me encantaría vivir buceando en documentos oficiales...—Medité un poco mis siguientes palabras, y luego negué con la cabeza.—¡Nah, te habría respondido que te creo! Ya entonces era toda una ratilla de biblioteca.—Y rematé aquello con una breve risa divertida.—¡Y ahora tú, literalmente, vas a ser una! La ratilla de biblioteca más mona del mundo.—Culminé mi risa en una sonrisa, alegre de verdad, mirándola a los ojos.—De verdad, me alegro muchísimo por ti.

Haberle revelado por medio de la legeremancia lo horroroso que había sido mi primer beso supuso quitarme un pequeño peso de encima. Era una tontería sin importancia, o eso podía parecer, pero había sido el primer paso en mi ascendente carrera de "Gwendoline Edevane es una mujer rara y frígida". Esta había continuado en la Universidad, dónde había conocido a Jeremy Strand.
Un año mayor que yo, y siendo una novata recién llegada, Jeremy y yo nos habíamos conocido en una fiesta a la que acudí por presión de Rhada, mi compañera de habitación. Jeremy se había pasado la noche hablando conmigo, y al final, me había sugerido la locura de "irnos a su habitación juntos". ¿Y acepté? Sí, pero porque había bebido demasiado. Y una vez en su habitación... bueno, mientras nos besábamos—besos mucho mejores que los compartidos con John, cabe señalar, pero no tan buenos como el compartido con Sam—Jeremy pensó que sería buena idea meter las manos bajo mi blusa y... bueno, hacer una pequeña ruta de expedición por allí.
No lo fue, en realidad. Me causó un fuerte rechazo y salí disparada de allí, igual que con John. Y Jeremy resultó ser un imbécil que le contó a sus amigos que habían pasado "muchas cosas" entre nosotros. Los hombres podían llegar a dar mucho asco.
Pero bueno, de aquello no podía culpar a Beatrice, solo a mí misma. Nadie me había mandado meterme en semejante berenjenal, para empezar.

—Mejor que no te cuente todo mi historial de ligues.—Sentencié.—No creo que John y el consejo de Beatrice hayan marcado mi desastrosa trayectoria amorosa desde entonces, ni mucho menos, pero puedo decirte que no fue a mejor.—Me encogí de hombros, como queriendo darle a entender que ya sabía que dentro de mis pantalones no había ocurrido absolutamente nada digno de mención.

Aquella conversación, de alguna manera, dio paso una conversación sobre la madurez. Fue una reflexión repentina y muy sincera, pero para nada tensa. Simplemente, observaba a mis amigas, y de alguna manera parecía que habían tenido unas vivencias más enriquecedoras que las mías, lo cual las había llevado a madurar de una manera muy diferente a la mía.
Sam insistió en que ella estaba igual que yo—Lo dudo—y mencionó que Caroline había pasado algún tiempo en Japón. Sí, ella me lo había dicho, y de hecho había confesado sentirse un poco culpable por el tiempo que había pasado alejada de Sam—y la imbécil de Gwendoline todavía no sabía hasta qué punto podía llegar a sentirse culpable Caroline, pero esa tarde lo iba a saber... ¡Oh, sí!—cuando habíamos tenido que hacer frente a aquel asunto en Coniston Waters, el diciembre pasado.

—Quizás deberíamos viajar.—Propuse, un poco vagamente.—Tú, yo, Caroline, Beatrice cuándo demos con ella... Coger nuestras cosas, nuestras mascotas... ¡Y adiós a todo esto!—Comenté con una sonrisa. Las locuras no eran lo mío... pero esta en concreto se hacía de lo más apetecible.—Podríamos hacernos mochileras, ¿no te parece?

Me sentí exultante, increíblemente satisfecha de mí misma, ante mi pequeño triunfo con la legeremancia. Encontrar ese recuerdo tan bonito, ese en que Sam demostraba su amor hacia los animales en la personificación de Don Cerdito, me hizo sentir muy feliz. No solo por los sentimientos de amor verdadero que inundaban ese recuerdo, si no también por mi propio sentimiento de triunfo. Era una pequeñez, una tontería, pero era un progreso. Ya empezaba a saber localizar e identificar recuerdos dentro del mapeado interno, por llamarlo de alguna forma, de una mente ajena a la mía.
Me duró poco ese sentimiento. Pronto fue sustituido por otros muchos sentimientos, concentrados en una fracción de tiempo casi insignificante pero suficiente para causarme un tremendo desasosiego. Sentimientos horribles, despectivos, autodestructivos... Y todo por aquella voz... o por el propietario de aquella voz.
Me quedé patidifusa cuando Sam me expulsó de su mente. Creo que, en ese momento, yo no habría sido capaz de salir por mi propio pie. Aquella voz parecía haberme atado, cómo si tuviese una cuerda invisible alrededor de mi cuello y le bastase un tirón para privarme de oxígeno y obligarme a hacer lo que comandase.
¿Y sabéis qué es lo peor de todo? Que aquellos sentimientos eran de Sam... lo cual quería decir que, al menos en algún momento de su vida, alguien había logrado hacerla sentir así. ¿Pero quién?
Le pregunté. Por supuesto que le pregunté al respecto. Me encontraba totalmente anonadada, recuperándome de aquella sensación, sintiéndome brutalmente vulnerable en aquellos momentos.

—No es eso lo que...—Empecé a decir cuando Sam me explicó la naturaleza del fenómeno que acababa de suceder. Sin embargo, no terminé la frase, pues Sam empezó a responder a la pregunta que de verdad me interesaba que respondiese: ¿Quién era esa persona?

Viejos sentimientos afloraron en mí a medida que ella hablaba, y repentinamente ya no estaba cómoda en el sofá. Me puse en pie, abrazándome a mí misma mientras caminaba por el cuarto de estar. Recordaba cómo todo había acabado, de repente, hacía dos años. Cómo Sam y yo habíamos pasado de ser tan buenas amigas a que ella desapareciese de la noche a la mañana. Realmente no desapareció, pero se volvió esquiva. Me evitaba, cómo si no quisiese saber nada de mí.
Pasé largo tiempo preguntándome qué demonios habría hecho yo mal. Porque no cabía otra posibilidad, ¿no? Gwendoline Edevane siempre lo arruinaba todo. No es que los chicos no fuesen lo suficientemente buenos; soy yo la que no es lo suficientemente buena. Pasa algo conmigo, no con los demás. Y seguro que Sam se habría dado cuenta hacía dos años. Algo habría hecho yo y...
Me detuve, dándole la espalda, mientras escuchaba lo que decía. ¿Quería saberlo? Porque esa voz, esa voz que decía que mi amiga no era nada para nadie, no parecía concordar con mi versión de aquella historia. ¿Y sabéis qué hay peor en este mundo que saber que has hecho algo malo a un ser querido? El saber que no has sido tú, que han sido otros... Porque puedes soportar que alguien que quieres se enfade contigo, pero para ello necesitas saber que está bien. Que no está sufriendo.
Todas las alarmas en mi interior me estaban gritando que no lo hiciese, pero...

—Quiero verlo.—Dije, todavía dándole la espalda, y con una voz apenas audible. Se me había secado la garganta.

Hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para darme la vuelta y, con la mirada posada en el suelo, regresé al sofá. Me senté encarando a Sam, pero todavía sin mirarla. De hecho, miraba mis propias manos que, convertidas en puños, descansaban ahora sobre mi regazo. Una de ellas sostenía la varita de pluma de Augurey, mi segunda varita, la que había reemplazado a la que ahora llevaba Sam.
Tragué saliva con mucha dificultad. Tenía un nudo en el estómago y otro en la garganta. Porque aquello iba a ser muy difícil. Tenía mucho miedo...
...pero era lo que debía hacer.

—Quiero verlo.—Repetí mientras alzaba la vista y la miraba a los ojos. Mi mano temblorosa alzó poco a poco la varita, apuntando a la frente de Sam. Y por unos segundos permanecí así, sin moverme, totalmente incapaz de pronunciar el hechizo. Mis manos temblaban, y cómo en un esfuerzo por contener un poco ese temblor, alargué mi mano libre de varita hacia la de Sam y la sujeté con fuerza. Algo me decía que iba a necesitarlo.Legeremens...Pronuncié al fin.

El mundo volvió a desaparecer ante mis ojos. La imagen de los ojos azules de Sam dejó paso al interior de su cabeza, de su mente, a sus recuerdos. Me embarqué en un viaje que iba a ser del todo menos placentero, pero muy necesario. Para ambas.
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Sam J. Lehmann el Jue Mar 29, 2018 4:43 am

Contaba su experiencia con los hombres como si hubiera sido la más desastrosa sobre la faz de la Tierra y claro, ya Sam se imaginaba todo desgracias horribles y a saber qué cosas bochornosas. Aunque bueno, teniendo en cuenta que Gwen no era muy experta hacedora de crucigramas, no podía ser todo cosas tan terribles, ¿no? La gran mayoría de cosas vergonzosas que pasan en medio de una relación es en medio de un crucigrama, eso era una verdad universal. Y vamos, ya se lo había dicho en un principio por mucho que bromease con lo contrario: si no había tenido experiencias es porque ella no quería, no porque ella fuera el problema. —Oye, no es mala idea, ¿eh? Un día deberíamos contarnos nuestras desgracias en el amor. Seguro que no estamos mucho tiempo hablando, pero al menos tenemos una excusa para atiborrarse a helado de chocolate mientras escuchamos canciones tristes de Adele o Taylor Swift —dijo sonriente, risueña. La vida amorosa de Samantha se resumía a tres chicas: una con la que no funcionó por la distancia, otra con la que no funcionó porque no quería salir abiertamente del armario y la última porque... menuda zorra, hablando claro.

Ir de viaje sonaba como una idea maravillosa. No era la primera vez que lo pensaba teniendo en cuenta cómo vivía, pero le daba muchísimo coraje tener que hacerlo solo para huir y obviamente ella sola. No le molaba nada tener que ‘arrastrar’ a sus amistades cuando ellas tenían una vida de la que disfrutar ahí fuera. Sin embargo, hacerlo solo por placer... y encima en compañía de tus amigas... mejoraba considerablemente sus expectativas. —Deberíamos —le apoyó sin pensárselo demasiado. —La idea de ser mochileras me gusta, si no fuese porque  tenemos que cargar con dos gatos, un cerdito, una perra y probablemente cuatro lechuzas —respondió divertida. Aunque lo primero de todo, era dar con Beatrice. Una vez estuviesen las cuatro... ya podrían recorrer el mundo. —¿A dónde te gustaría ir? A mí me encantaría ir a Canadá. No me preguntes por qué, porque no sé, pero siempre he querido ir.

Ante la cagada de dejar ver a Gwen un recuerdo que no debería haber visto, solo vio una solución factible en ese momento: confesárselo todo de una vez por todas. Podría seguir evadiendo el tema mucho tiempo pero… ¿a quién quería engañar? Nunca sería un buen momento para contar algo así. Y lo único que tenía que hacer ahora era no temer a unos recuerdos dolorosos, simplemente volver a soportarlos. Y vamos, quería pensar que si en su momento los soportó, ahora no debían de suponerle para nada tanta presión. Y sí, quizás de esa manera Sam no podría edulcorar la realidad, hacerla menos fuerte de lo que fue con tal de hacer que Gwen no se escandalizara… pero es que directamente era incapaz de contar eso con palabras. Era un tema que le había destrozado y todavía sentía el ardor de las cicatrices que le había dejado. Así que pese a que su subconsciente estuviese deseando que ella se negase a ver nada, tragó saliva y se preparó cuando Gwen se volvió a sentar frente a ella. Sujetó su mano con fuerza y alzó la mirada. ¿Sabes lo único bueno? Que los recuerdos aparecerán por sí solos ahora que Sam no va a luchar por ocultarlos y no iba a tener que indagar entre tanta... mierda.

***

“—Quiero asegurarme de que mi instructora de legeremancia no dirá nada de lo que pueda descubrir en mi mente, ni de lo que pueda escuchar de mi boca. Resonó por la mente de Sam, la misma voz grave en un fondo oscuro.

Y delante de él no solo apareció el rostro de Sebastian Crowley en un impoluto y clásico salón, sino también el de Vladimir por detrás de él, con varita en mano y mirada perversa. Sebastian exigía la creación de un juramento inquebrantable, cosa que Sam no veía necesaria. Tuvieron una discusión entre ambos que terminó en amenaza por parte del cuervo. Ya la clase había sido finalizada: Sam había descubierto detalles sin importancia, pero Sebastian no había acudido a Sam por casualidad. Sabía de sus seres queridos y no tardó en amenazarlos si Sam no cumplía con las exigencias que él exponía. Entre la espada y la pared, con un fingido raciocinio por parte del mayor de los Crowley y una evidente amenaza mágica por parte del menor, Sam solo pudo tender su antebrazo. “Obediencia… servidumbre… discreción” Juró. Pero juró porque tenía la punta de una varita prácticamente pegada al cuello. Porque tenía miedo; porque estaba aterrada. Y porque, pese a todo, no era su vida la única que estaba en peligro


***

Frente a ella estaba Sebastian, con los ojos bien abiertos. Estaban en plena conexión mental, pero Samantha estaba agotada. No sólo físicamente, sino también mentalmente. Y era sencillamente imposible tener una conexión decente con la que poder enseñar cuando estás en ese estado. Hubo una desconexión muy brusca, momento en el que la cabeza de ambos sufrió un fuerte pinchazo de desorientación.

¿Otra vez, Lehmann? —preguntó Sebastian tras parpadear varias veces, poniéndose en pie con disconformidad. —¿No eras tú de las mejores legeremantes que había en el Ministerio de Magia? Debía asumir que tu estupidez estaba al mismo nivel que tu debilidad. Necio de mí, confiar en una sangre sucia —dijo, prácticamente escupiendo sus palabras, mientras se servía whisky en una copa, en el bar de su grandísimo despacho. —Llevas tres días sin ser útil, ¿sabes lo que pasa cuando me dejas de ser útil?

Sebastian… es que no pued…

Era una pregunta retórica, Lehmann. Asumo que lo sabes y no quiero escuchar tus excusas. —Bebió de su vaso prácticamente todo el contenido de golpe, dejándolo de nuevo en su sitio. Se acercó a la rubia, quedándose en frente. —Levántate.

Sam se levantó, obediente. Se vio claramente como Sebastian la miraba de arriba abajo con una expresión enfermiza.

Te voy a recordar lo que pasa cuando me dejas de ser útil y juegas con mi paciencia. —Y es que a Sam no le hizo falta leerle la mente en ese momento como para saber lo que le pasaba por ella. Alzó la mano rápidamente, haciendo que Sam cerrase los ojos por miedo a recibir un impacto, pero Sebastian se limitó a acariciar con falsa dulzura la mejilla con el dorso de su mano, acercándose a los labios de la rubia. —Hoy no te voy a dañar. Sería estúpido por mi parte dañar algo que quiero que sirva. Así que más te vale volver a hacer tu trabajo bien o dañaré a tu querida Beatrice y a tu querida Gwendoline en tu lugar, ¿ha quedado claro? —Hizo una pausa. —No me hagas perder el tiempo, Samantha. Te he preguntado que si ha quedado claro.


***

Empezó a distanciarse de todo el mundo. Por una parte lo hizo por miedo a que la cercanía pudiera ponerlos en verdadero peligro, pero por otra parte porque no se sentía cómoda. No era ella misma estando sola y lo único que podía pensar estando con sus amigas era en la posibilidad de que en cualquier momento Sebastian decidiese hacerles algo por un descontento. Las veía frente a ella, tomándose con tranquilidad una copa en un bar, riéndose a carcajadas y… no. No quería por nada del mundo que se les borrase esa sonrisa por su culpa.

Se alejó de sus amistades, bajó el ritmo en el trabajo y buscó la manera de encerrarse en sí misma, dedicándole todo su tiempo al hombre que lo demandaba. ¿Qué recibía a cambio? Humillaciones, golpes y enfados. Daba igual que Sam no fuese el motivo de su cabreo, lo que sí era la persona con la que desquitarse. Y nadie, fuera de esa mansión, podría saber jamás cómo era de verdad Sebastian Crowley a excepción de Samantha. En todos los sentidos. Tenía suerte—si es que se le podía llamar suerte—pues en más de una ocasión, el Crowley se sentía tan ávido de poder que sentía la necesidad de demostrarle a Samantha hasta el punto en el que podía enterrar no solo su orgullo, sino también su fuerza de voluntad e incluso su autoestima. Todo. Nunca la tocó de ese modo pero muchas veces estuvo cerca. El miedo que sintió, el asco y todo… todavía lo podía sentir en su piel.

Por si fuera poco la vida que llevaba, el gobierno cambió y si Sam no terminó en Azkaban o muerta—algo que quizás le hubiera solucionado bastante la vida. por irónico que sonase— fue porque recibió un aviso de Sebastian, alertándola del ataque al Ministerio y ordenándole que huyera y se escondiera bien de todo el mundo.

Y ahí empezó su exilio social, huyendo del hedor que dejaba atrás el nuevo gobierno y jurándose totalmente a Sebastian Crowley.

Meses más tarde en donde seguía con sus clases y sobreviviendo a duras penas como una nómada sin camino, apareció Caroline de nuevo en su vida. ¿Una buena noticia? A medias. ¿Verla y abrazarla? La mejor sensación del último año. ¿Escuchar las amenazas de Sebastian Crowley? No tanto. Amenazar a Bee y Gwendoline seguía siendo el pan de cada enfado, pero desde que apareció Caroline y ésta rehusó totalmente a separarse de Sam… fue el motivo perfecto para aprovecharse todavía de cada resquicio de bondad de la rubia. Sebastian le permitió irse a vivir con su amiga, consciente de que la protegería y ‘su juguetito’ estaría a salvo de cualquier cazador. Sin embargo, subestimó la inteligencia emocional de dos amigas desde los once años.


***

Pero claro, si Sam seguía viva es porque era útil para Sebastian. En una ocasión, una de las llamadas del Crowley no fue para dar una clase ni de legeremancia ni de oclumancia, sino para darle una misión a su sierva.

Me harás grandioso, Lehmann —decía con una sonrisa perversa en el rostro. —No tendrás problemas para colarte en los refugios de los fugitivos con tu historial. Me dirás todas sus ubicaciones y haré el trabajo que Lord Voldemort ansía desde hace meses. ¿Y con respecto a Landvick y Freeman? Los quiero muertos. Quiero que me traigas sus cabezas, ¿ha quedado claro?

¿Y qué más le daba a Crowley mandar a Sam a una misión suicida? Absolutamente nada. O mataba y cumplía con su deber, o moría por faltar a su promesa. ¿Y lo peor de todo? Si ella moría por desobediencia, sus seres queridos también. Y todo se resumía: ‘arrebatar vidas inocentes o arrebatar la vida de sus amigas’. Porque la propia muerte de Sam a ella ahora mismo no le importaba lo más mínimo. De hecho, llevaba deseándolo mucho tiempo. Jamás se había sentido tan miserable.


***

Se pasó dos semanas en un estado… deplorable emocionalmente. Buscaba información sobre lo que tenía que hacer pero… ¿de verdad sería capaz de cumplir con su cometido? Lloraba. Fingía normalidad y seguía llorando. Y es que no podía ni imaginar cómo es que había sido tan estúpida de haber llegado a este punto en su vida en donde el cúmulo de idioteces la habían llevado a ese punto de no retorno. Ni siquiera suicidándose arreglaría nada. Había que tener muy mala suerte y ser muy desgraciada en esta vida como para que ni suicidándote arreglases tus propios problemas.

El día antes de enfrentarse a los enemigos de Crowley—para donde tenía pensado atacar y dejarse matar—, se encontró con una carta de Caroline en donde se despedía, pues se iba a enfrentar a Sebastian. El miedo que sintió en ese momento, siendo consciente del monstruo al que se enfrentaría, fue totalmente comparable con el alivio que fue verla aparecer en la casa, malherida pero viva. Lloró por verla; pero lloró como nunca antes había llorado de alivio y felicidad cuando le dio la noticia de la muerte de Crowley.


***

Con Crowley fuera de su vida, Sam tuvo un tiempo muerto, momento en el que, pese a ser fugitiva, recuperó el contacto con quién pudo encontrar. Gwen se pudo ver a sí misma en la mente de Sam cuando le abrió la puerta aquel día de diciembre y pudo sentir como Sam, incómoda y extraña, sentía una tremenda felicidad por verla. Y es que, después de todo, esperaba rechazo, preguntas y quejas por su comportamiento. ¿Pero qué recibió? Abrazos, ayuda y comprensión. Podía decir que estaba agradecida por la ayuda que le prestó pero... no. Estaba agradecida por la aceptación y porque a su lado parecía que nada había cambiado.

Lo siguiente que apareció en su mente fue como Sam estaba en su tienda de campaña, recogiéndolo todo para irse, cuando dos tipos—uno de ellos el mismo que había aparecido en el primer recuerdo—se metieron en su tienda, le golpearon fuertemente en el rostro y en el costado, haciéndola caer al suelo y dejándola inconsciente.


***

Sam paró entonces la conexión mental, bajando la mirada y pasándose el dorso de la mano por las mejillas al sentirlas mojadas por las lágrimas que ni se había dado cuenta que habían salido de sus ojos, porque recordar todo eso no sólo había hecho que incluso volviese a temblar, sino que de verdad temía que volviera a pasar. Se sentía horrible al volver a sentir todo eso, reviviéndolo de nuevo todo como si hubiese pasado ayer. Y lo que venía ahora… de verdad que no estaba segura de si debía mostrárselo o no a su amiga y, lo peor de todo, como reaccionaría ella misma. Había sido con diferencia la peor experiencia de su vida. Entrelazó lentamente sus dedos con los de ella. —¿Estás… segura de que quieres seguir viéndolo? —dijo en un hilillo de voz, apretando su mano.
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Gwendoline Edevane el Jue Mar 29, 2018 2:56 pm

El plan sonaba bien: hablar de nuestras desastrosas parejas mientras comíamos helado podía ser de lo más ilustrativo. Quizás nos ayudase a entender qué estábamos haciendo mal. En mi caso personal, el problema era un pelín más complicado que todo eso, aunque yo no lo sabía entonces. Pero vamos, nadie que me viese desde fuera necesitaría saber ciencias aplicadas para comprender lo que sucedía dentro de mi cabeza, lo que en cierta medida siempre había sucedido. ¿O acaso os pensáis que mi forma de ver a Sam había cambiado a lo largo de los años? No, ni mucho menos.
Quizás en tiempos recientes hubiese perdido un poco la timidez, y me saliese más natural el abrazarla cuando me apetecía, pero en cierta medida siempre me había sentido así hacia ella. ¿Y cómo lo interpretaba? Cómo amistad. Cómo mi "persona especial", esa "persona especial" por la cual, en mi cabeza y según mi lógica, no necesitaba tener sentimientos románticos.
¡Ay, Gwendoline! ¡Qué estúpida que puedes llegar a ser!
Todo sonaba fantástico: ya fuese hablar de ex-novios y ex-novias, ya fuese echarnos a la espalda las mochilas y, juntas las cuatro amigas, marcharnos a ver mundo y dejar atrás esta locura.

—Nos compraremos una de esas mochilas encantadas en las que se puede meter hasta una casa, y así cuando tengamos que hacer noche, nos la pasamos ahí dentro. ¡Nos ahorramos pagar albergues y todo! Todo son ventajas.—Comenté risueña, verdaderamente ilusionada ante la perspectiva... pero sabiendo que era una idea demasiado bonita, demasiado lejana, para ser real en algún momento. ¡Pero por favor, sería algo idílico! ¡Firmaría sin dudarlo! No necesitaba a nadie más en mi vida que Sam, Beatrice y Caroline, y todos nuestros animales.


***


¿Recordáis eso que mencioné antes? ¿Eso de que es más duro saber que un ser querido está sufriendo que el hecho de que no quiera saber nada de ti? Bueno, pues en el momento en que me metí dentro de la mente de Sam... comprendí hasta qué punto era cierto todo esto.
Afronté los primeros segundos de aquel viaje con confusión. La voz que hablaba parecía una voz en off, de esas que escuchas de fondo cuando estás viendo un documental.

“—Quiero asegurarme de que mi instructora de legeremancia no dirá nada de lo que pueda descubrir en mi mente, ni de lo que pueda escuchar de mi boca.

Conocía esa voz.
No solo yo a través de los recuerdos de Sam. Es decir, no me resultaba familiar solamente porque Sam la conocía bien, si no porque a mí, Gwendoline, me resultaba familiar aquella voz. Al principio no la identifiqué con claridad, quizás demasiado abrumada por los sentimientos que empezaban a germinar dentro de Sam en aquel recuerdo.
Allá fuera, en el mundo exterior, dónde era Gwendoline, empecé a respirar de manera más agitada, y el corazón se agitaba dentro de mi pecho.
Cuando le vi, cuando vi su rostro, a escasos centímetros del mío—del de Sam, realmente—le reconocí por fin. Y no solo porque Sam le reconociese. Yo misma le reconocí, pues nunca olvidaría su cara: Sebastian Crowley, miembro del Wizengamot, quién había llevado el juicio al que fui sometida, en el que tuve que jurar lealtad a Voldemort.
Una gigantesca pieza de puzzle pareció descender desde el cielo y caer en su sitio, encajando perfectamente en el resto del rompecabezas, y ayudándome a comprender muchas cosas.
Ese hombre había sometido a Sam a su voluntad, convirtiéndola poco menos que en su esclava. Y su hermano, que lo observaba todo desde un segundo plano, había colaborado a la hora de coaccionar a mi amiga. Obligándola a unirse de por vida a él en un trato que solo lo beneficiaba a él.


*


Ahí fuera, en el mundo exterior, dónde era Gwendoline, seguía con los ojos fijos en los de Sam, aunque ninguna de las dos estaba viendo realmente a la otra. Mi garganta se secaba de pura inquietud, y en un gesto involuntario tragué saliva con intención de combatirlo.
Mis dedos se cerraron con más fuerza entorno a la mano de mi amiga. Mi inquietud iba aumentando... y eso que aún no había visto nada...


*


Estaba agotada ahora. Física, mental y emocionalmente. Empezaba incluso a sentirme enferma. En este recuerdo, Crowley había llevado a Sam casi al límite de su resistencia, extenuándola. Sus palabras, que fueron como un látigo, no ayudaron en absoluto a hacer sentir mejor a mi amiga... y mucho menos a mí.
Las súplicas no funcionaron. Crowley no la veía cómo a un ser humano. Ella lo sabía, y yo lo sabía. Le daba igual su bienestar mientras le diese lo que él quería. Y lo peor es que una parte de Sam estaba segura de que daba igual, de que aunque le diese todo lo que ella era y no quedase nada más, no podría evitar el castigo.
Y tenía miedo.

Te voy a recordar lo que pasa cuando me dejas de ser útil y juegas con mi paciencia.

Sentí miedo, y el miedo pasó a ser asco, cuando comprendí que aquel malnacido no iba a golpearme—a ella—y se limitó a acariciarme—a ella—. Sus caricias eran casi peores que sus golpes, porque las caricias... Las caricias las utilizaban los hombres para hacer daño a las mujeres.
Pero no era su intención. Su intención era amenazar, una vez más, a mis seres queridos—los seres queridos de Sam—, y esos seres queridos eran Beatrice y Gwendoline—yo—. Y me sentí—Sam se sintió—tan miserable por flaquear, por ponerlas en peligro—a nosotras—que de haber tenido un látigo en la mano, me habría—se habría—golpeado la espalda con él a modo de castigo. Porque sentía que me—se—lo merecía.


*


En el mundo real, dónde Gwendoline era Gwendoline y Samantha era Samantha, dónde estaban cogidas de la mano, las lágrimas habían empezado a correr por mis mejillas. Resbalaban por mi rostro y terminaban en mi barbilla, lugar desde el cual goteaban y mojaban la camisa de mi pijama.
Así y todo... la mano de la varita permanecía en alto, y la conexión mental entre ambas era fuerte.


*


Lo siguiente fue un resumen. Una explicación. Por miedo a las represalias de Sebastian Crowley contra Beatrice y contra Gwendoline—contra mí—había decidido que estarían mejor sin mí—sin ella—en su vida. ¿Y qué mal podría hacerles librarse de mí—de ella—si ya ni siquiera me—se—sentía como alguien a quién quisieses tener a tu lado? No solo era una bomba de relojería plegada a los deseos de Sebastian, sino que además las utilizaba contra mí—contra ella—, convirtiendo una hermosa amistad que duraba desde Hogwarts en una fuente más de peligro y miedo.
Así que me limité—se limitó—a aceptar mi papel—su papel—cómo el juguete de Sebastian. Su nuevo mundo era este, y o lo aceptaba, o moría. Y sabía lo que la muerte conllevaría: que Sebastian pagaría sus frustraciones con Beatrice y con Gwendoline—conmigo—, así que no quedaba más remedio que seguir viviendo, penosamente, día tras día. Aceptándolo todo mientras me moría—se moría—lentamente por dentro.
Y por supuesto, las cosas siempre pueden ir a peor. Tuve que convertirme—tuvo que convertirse—en fugitiva. Sebastian me avisó—la avisó—antes de que el ataque se produjese, salvándome—salvándole—la vida. Pero no fue un acto de caridad, ni mucho menos. Me quería—quería a Sam—libre cómo un pajarillo... salvo por su influencia. ¿Cómo iba a disfrutar torturándome—torturándola—si estaba encerrada en el Área-M? Lo mismo que cuando amenazó con enviar a Gwendoline—enviarme a mí—a Azkaban. ¿De qué iba a servirle ella—yo—allí?


*


Ahí fuera, en el mundo exterior... yo temblaba. Sujetando la mano de Sam con tanta fuerza que ambas manos se estaban poniendo blancas, la mano de la varita se agitaba cómo si tuviese parkinson. Mis ojos estaban enrojecidos, y ya no me limitaba a derramar lágrimas en silencio.
Estaba sollozando abiertamente, con la respiración entrecortada.
Y aún así... seguí observando.


*


Caroline regresó a mi vida—su vida—, y por fortuna o por desgracia, no iba a aceptar los intentos de alejarla. ¿Y lo mejor de todo? Que me conocía—la conocía—cómo nadie. Así que cuando Sebastian me ordenó—le ordenó—algo que iba totalmente contra mi—su—naturaleza, Caroline terminó enterándose.
¡Bendita Caroline! ¡Eres un maldito ángel sobre la faz de la Tierra! ¿Qué hemos hecho para merecer a una persona tan buena cómo tú en nuestras vidas? ¿Alguien capaz de arriesgar su vida de esta manera, a cambio de salvarle la vida a una amiga?
Con Crowley muerto, el juramento que me ataba—la ataba—a él se rompió... y sentí—Sam sintió—que por fin era libre. Que por fin había un motivo para seguir viviendo. Tenía miedo, por supuesto, de despertarme—despertarse—y que todo hubiese sido un sueño. De descubrir que en realidad Caroline había sido la que había muerto en el enfrentamiento con Sebastian, y que era cuestión de tiempo que yo—Samantha—fuese la siguiente.
Pero no... Todo era real. Volvía a tener control sobre mi—su—vida. Y había cabos sueltos de los que podía ocuparme—ocuparse—, como por ejemplo Gwendoline—yo—y cómo habían acabado las cosas entre las dos. ¿Lo habría hecho de no ser por la amenaza de Grulla y Kant? Quizás no... todavía no me—se—sentía segura cómo para ello. Quizás algo volviese para morderme—morderle—el culo.


***


La conexión mental se rompió entonces, y yo me encontraba en un estado deplorable. Libre de la necesidad de contacto visual con Sam, mi cabeza simplemente cayó hacia delante. No solté su mano, pero me permití a mí misma unos instantes para llorar a gusto, cerrando los ojos, dejando que las lágrimas fluyesen.
¿Lloraba por mí? Bueno... en parte sí. Lloraba de impotencia, por no haber estado a su lado cuando más me necesitaba. Hasta entonces no había sido consciente de hasta qué punto ella me necesitaba.
Sé lo que estaréis pensando, sí: que fue ella quién me alejó, que no hice nada malo, que todo fue culpa de Sebastian Crowley. Pero pude haber hecho más. Pude haberlo intentado, en lugar de limitarme a decirle a Beatrice que no lo comprendía, que no entendía por qué Sam nos había apartado. Podría haber hecho... más. Y no lo hice. Suerte que Caroline llegó justo a tiempo.

—Necesito un minuto...—Dije con la voz tomada, ronca, cuando Sam me preguntó si estaba segura de seguir queriendo verlo. Me esforcé por recuperar la compostura, por volver a mi ser. No sabía cómo manejar todo aquello, pero... quería saberlo todo. Quería entenderlo todo. Poco a poco, insegura, fui alzando la vista, hasta establecer de nuevo contacto visual con ella.—Quiero... verlo todo.—Dije por fin, mi voz más grave de lo normal.

Un pequeño apoyo visual:

Alcé poco a poco la varita, casi sin fuerzas. Quería irme a la cama, aunque fuese temprano. Quería que el mundo desapareciese. Quería incluso morirme allí mismo. Quería tantas cosas... que no entiendo ni por qué pronuncié de nuevo el hechizo Legeremens. Con lo fácil que habría sido dejar aquello correr...


***

Poco después de nuestra reunión, algo más de un par de semanas, Sam fue sorprendida por ellos: Vladimir y Zed Crowley. La pillaron desprevenida. No pretendía ser descuidada, pero fue inevitable.
De alguna manera, Samantha pensaba que habría sido mejor que la encontrasen unos cazarrecompensas comunes, o un grupo cualquiera de mortífagos. Cómo me había dicho a mí, y ahora comprendía mucho mejor el motivo de aquellas palabras, Sam estaba dispuesta a luchar hasta morir. A OBLIGARLES a matarla, si con ello evitaba acabar en el Área-M. Los dos años anteriores la habían preparado para la muerte, ya no la temía cómo antes, y si tenía que morir, lo aceptaba.
Pero no eran cazarrecompensas comunes, buscando dinero fácil, ni tampoco mortífagos buscando dar ejemplo con una sangre sucia. Eran los hermanos de Sebastian Crowley... y ellos no tenían intención de dejarla morir tan fácilmente. Aquello era personal.
Sam fue llevada a la fuerza a un hotel no sabía ni dónde. Buscó su varita, y cuando la vio, estaba en manos de Vladimir Crowley, quién la rompió sin miramientos, arrojando los dos pedazos a un lado cómo si aquello, aquel preciado objeto, no fuese más que basura para él.

La putita de Lehmann.—Dijo con desprecio el hermano Crowley vivo más viejo, sirviéndose una copa para sí mismo, y otra para su hermano Zed.—Nuestro hermano ha muerto y sabemos que ha sido por tu culpa. Eras lo único que podía ponerle en peligro. Y mira, lo has conseguido. Te has librado de una sentencia de muerte que te iba a llegar tarde o temprano...

El discurso de Vladimir se desdibujó un poco, cómo algo etéreo. El mensaje estaba claro: Sam iba a sufrir por la muerte de Sebastian. Sufriría hasta que ocurriesen una de estas dos cosas: o bien confesaba el nombre de su asesino, o bien moría a consecuencia de todo lo que esos malnacidos tenían en mente.
Y dio comienzo. Fueron horas de suplicio, horas de suplicio que no pude padecer físicamente por medio de los recuerdos de mi amiga, pero sí pude sentir todo lo que ella sintió: miedo, la certeza de que no saldría viva de allí, el anhelo de que se les fuese la mano y la matasen sin querer, el pánico a ser demasiado débil y terminar confesándolo todo... Mientras todo eso ocurría, ellos usaban hechizos, usaban artilugios muggles... todo lo que estaba en su mano y servía para causar dolor.
El mundo se volvió borroso. Encadenada y tan débil que apenas podía enfocar la vista, la voluntad de Samantha seguía fuerte. No iba a decir nada. Si había aguantado hasta ahora, seguiría aguantando. La imagen de su propia sangre y pedazos de su propia piel sobre la alfombra la ponía enferma.
Todo aquello estaba borroso. Apenas vivía, y si seguía viva, era más por costumbre que porque tuviese fuerzas para ello. Se desmayó en varias ocasiones, y recuperó la consciencia otras tantas...
¿Y sabéis lo que es un milagro? Porque ocurrió uno. Cuando Samantha ya se daba por muerta, cuando los hermanos amenazaron con ir a buscar el diario de Sebastian y utilizarlo para localizar a alguno de sus seres queridos—Beatrice estaba desaparecida y a salvo, pero Caroline, Henry y Gwendoline no lo estaban—y traerlo allí mismo.
Si hacían eso, ella cantaría. Lo sabía. No los delataría a ellos, ni mucho menos, pero temía que en un esfuerzo por salvarla, Caroline confesaría el asesinato. Henry posiblemente no, posiblemente escogiese salvar su propia vida. Y Gwendoline... ¿Qué pasaba con Gwendoline? ¡Ella no sabía absolutamente nada de nada!
Pero ocurrió ese milagro. Cuando Zed dejó la habitación, la chica que luego descubriría que se llamaba Charlie, actuó cómo otro de los ángeles de la guarda que Samantha parecía tener. Noqueó a Vladimir y le entregó su varita —una varita que yo todavía tenía en mi poder—a la legeremante. Una varita que, si bien le sirvió para liberarse... descubriría que era muy peligrosa.
Así lo descubrió Zed Crowley nada más entrar en la habitación, convirtiéndose en un vegetal, un muerto en vida que terminó pasando a ser un pollo zombie.
Todo lo demás... no era relevante. Charlie había ayudado a Sam a escapar de aquel hotel. Me sentí terriblemente agradecida con esa desconocida de cabello oscuro, esa vampiresa a la que me puse por objetivo encontrar algún día y agradecerle el salvar la vida de mi amiga.

***

Corté esta vez yo misma la conexión. No había que ver más. Sabía todo lo que necesitaba saber. Seguían cayéndome lágrimas por las mejillas, y de nuevo me encontré a mí misma con la mirada baja, mi varita descansando ahora sobre el sofá. Seguía sosteniendo la mano derecha de Sam con mi izquierda. En algún momento le había clavado las uñas en la palma de la mano y le había dejado marcas. Pero no me sentía capaz de soltarla.
Cuando me sentí con fuerzas suficientes, alcé la mirada hacia ella. Tenía la boca muy seca, y pese a que mi rostro seguía mojado por las lágrimas, mis ojos ya no lloraban.

—Creía que yo había hecho algo...—Empecé a decir, tragando saliva a continuación.—Que yo lo había fastidiado. Y hubiese preferido que fuese así.—Desvié la mirada y la fijé en algún punto a mi derecha, en el suelo del apartamento. Chess estaba allí, observándonos, y no parecía comprender lo que estaba ocurriendo.—Eres muy fuerte. Eres la persona más fuerte que conozco. Nunca me arrepentiré de ser tu amiga, por muchos peligros a los que me exponga. Lo único que lamento es que ese malnacido me haya utilizado para hacerte daño...

Volví la mirada hacia ella y entonces, con calma, me fui incorporando hasta quedar de rodillas sobre el sofá. Solté la mano de Sam y la atraje hacia mí, envolviéndola con mis brazos. Pegué su cabeza a mi pecho, acariciándole el pelo con mis dedos.

—No pienso dejar que nadie más vuelva a hacerte daño.—Dije con una voz ronca, pero decidida a pesar de que todavía me temblaba. Deposité un beso sobre la parte superior de su cabeza, en su pelo rubio, mientras repetía.—Te quiero, y no voy a dejar que nadie vuelva a hacerte daño.

Pensaba honrar mi promesa. Hacer lo que hiciese falta para garantizar la seguridad de ella. Porque si ya cuando no sabía era incapaz de odiarla por abandonarme, ahora que sabía... Ahora que lo sabía todo no pensaba abandonarla, nunca.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Abr 02, 2018 3:44 am

Los recuerdos fluyeron por la mente de Sam con tanta rapidez que casi parecía que buscaba apartarlos de nuevo con la misma facilidad, sin querer revivirlos por completo. Pero aún así, prácticamente se quedó atrapada en cada uno de ellos cuando se presentaba frente a sus ojos, reviviéndolos como si fuese ayer y soportándolos más por costumbre, que por fuerza. Cuando cortó por primera vez la conexión mental, se limitó a mantenerse callada, quitarse las lágrimas que tenía en los ojos y aparentar tranquilidad y fortaleza cuando, evidentemente, estaba destrozada por dentro. Sin embargo, ya se había obligado a asumir la realidad: aquello era el pasado. ¿Fue un pasado doloroso? Sí. ¿Fue casi como un trauma? Sí. ¿Dolía recordarlo? Sí. Pero era el pasado y se había quedado atrás. Ya no la perseguía y... tenía que mostrarse tal y como estaba: bien. Porque si comparábamos el estado de Sam en aquel momento con el de ahora, no tenían ni una pizca de comparación. Así que cuando vio que ella lloraba, ella hizo lo imposible por no llorar y demostrar que ya todo había pasado y estaba bien. No le había enseñado eso para hacerla sentir mal, sólo para que descubriese la verdad, pero claro, verla llorar no ayudaba lo más mínimo. Así que Sam tragó saliva, en un intento de que el nudo que tenía en la garganta bajase junto a ello. —El tiempo que necesites... —consiguió decir, en voz baja. No iba a ser ella quién le metiese prisa, ni mucho menos la que le obligase a ver nada. De hecho, hasta ella tenía que mentalizarse para volver a recordar lo que estaba a punto de enseñarle.

Podría ser que Sebastian Crowley se llevase el premio al torturador psicológico y emocional más horrible que jamás haya experimentado, pero el dolor físico y la derrota de tu propia autoestima... eso se lo llevaban totalmente sus hermanos menores.

Y es que... cuando volvió a meterse en su mente... Le invadió de nuevo el miedo. No era el miedo que te petrifica, ni el miedo que te hace ser precavida... era el miedo que te hace realmente temer por tu vida y luchar por ella, aunque sólo te hagas más daño. Era el miedo por poner en peligro la vida de tus seres querido sólo porque tú sigues con vida. Era miedo a morir, pero casi que lo preferías. Así dejarías de ser una carga para todos, un lastre que los pone en peligro y... sobre todo, dejabas de sufrir. Porque una de las cosas que más temía Sam era justo lo que le pasó esa noche: ser torturada. Cayó inconsciente varias veces porque su umbral de dolor era pequeñísimo, pero los hermanos Crowley se ponían de acuerdo en hacer lo imposible para que durase lo máximo posible y sufriese hasta puntos inimaginables. Y claro que tenía miedo. ¿Y si no era lo suficientemente fuerte como para aguantar y hablaba? ¿Y si no era lo suficientemente débil como para morir en el proceso? Y... esa incertidumbre. A cada golpe que recibía parecía que iba a ser el último, que iba a pedir clemencia, perdón y darles todo lo que querían. Y, si era sincera, todavía no era consciente de cómo había podido aguantar. Porque sí, uno de los mayores temores de Sam era ese: morir de esa manera, sufriendo por el camino. Pero había uno todavía mayor que superaba a ese, el cual se creó cuando todo el asunto de Crowley comenzó: que sus seres queridos sufrieran por su culpa. Desde ese momento ella tuvo bien claro que no iba a permitir que nadie sufriera daño por su estupidez y prefería morir mil veces antes que delatar a cualquiera.

Ni se percató de lo fuerte que su amiga apretaba su mano, ya que ahora mismo para Samantha eso era más un apoyo que un inconveniente. Y el dolor que estaba sintiendo, psicológicamente, al revivirlo todo era mucho mayor de lo que podía sentir en la realidad, ahí fuera.

Cuando Gwendoline salió de la cabeza de Sam, por última vez ese día, la rubia cerró los ojos fuertemente, llevándose allí su mano libre en un intento de mantenerse serena.  El silencio se hizo con el salón y, aunque en realidad todo este tiempo llevaba habiendo un silencio sepulcral y todo el ruido era mental, no fue hasta ese momento en el que se dio cuenta de lo intenso que era.

Rompió el silencio, a lo que Sam la miró sorprendida por sus palabras. ¿Ella haber hecho algo malo? ¿En qué mundo Gwendoline Edevane podría hacer algo malo para destruir una amistad? Ese mundo no existía, todos lo sabíamos. No entendía cómo podía pensar eso. Bueno, lo que ya no entendía es como Gwen siempre se ponía a ella como el error de las cosas que salían mal, tenía ya una especie de obsesión con que ella era lo malo, cuando ella no tiene la culpa de nada. La legeremante no pudo decir mucho y es que, por mucho que estuviese acostumbrada a enfrentarse a recuerdos dolorosos, no estaba acostumbrada a revivir los suyos propios; más concretamente aquellos que le amargaron la vida. Así que, todavía en un estado de recuperación en donde el nudo de la garganta se había extendido hasta el pecho, fue cuando Gwen la acercó a ella, abrazándola. Lo hubiera llevado bien, si no fuese porque ese beso protector, esas palabras y esos brazos alrededor de ella que ahora mismo parecían muros de absoluta protección ante cualquier mal, no hubiesen bajado totalmente sus defensas. Se aferró a ella y no lo evitó: el nudo que ya se le extendía por todo el cuerpo, se liberó y comenzó a llorar.

Y es que… en serio, ¿sois consciente de lo sola que ha estado? Recuperó a Caroline en su momento y, pese a que contactó de nuevo con Gwen, no se sentía del todo sincera con ella sin contarle toda la verdad, todo lo que había pasado, sin saber por qué narices le había apartado de su vida y desaparecido por completo, encerrándose en su propia burbuja. Era su amiga, la había echado tanto de menos… que ahora mismo y más que nunca, de verdad sentía que no le podía pasar nada tan horrible como lo que ha pasado; no mientras esté ahí, entre esos brazos.

Y eso era precioso: esa protección inconsciente y desmesurada que, en ocasiones, hasta parece ilógica. Pero de verdad, que a veces tenía la sensación de que todo valía con tal de asegurarse de que gente como Gwendoline, Caroline o Beatrice iban a estar bien.

Así que tras unos largos segundos en donde se permitió liberarse de toda la presión interior, se pasó la manga de su suéter por los ojos y se separó un poquito de su amiga. —Ufff… —Cogió aire, lentamente. —Yo también te quiero... —Y ya había quedado claro que daría hasta su vida con tal de que no le hicieran daño a ella. —Y siento habértelo enseñado todo tan… así... Si te digo la verdad soy incapaz de ver eso con el suficiente temple como para poder decidir qué enseñar y qué no… ni mucho menos el nivel de detalles. Y no venía precisamente con intención de enseñarte nada de esto hoy... —confesó, para entonces sonreír, aún con los ojos rojos. —Y ya te vale, ¿cómo pudiste pensar que fue tu culpa que te dejase de lado? O sea, ¿tú, haciendo algo malo como para que yo me pueda enfadar contigo? Tal y como fueron las cosas, yo también lo hubiera preferido, pero no, jamás hiciste nada malo. Y creo que serías incapaz de hacer algo como para que yo decidiera apartarme de ti —Y, con una pequeña sonrisa, se puso también de rodillas, abrazándola con cariño. Colocó su cabeza en el hombro de su amiga, con los ojos cerrados en uno de esos abrazos en donde podrías quedarte por horas. —Nunca sabré si hice bien en apartaros o no de mí, pero… lo mejor que hice fue volver y recuperarte. En serio… no sabes lo mucho que te eché de menos. —Y la aferró fuertemente. Y era frustrante, estar tan lejos y que Sebastian se encargase siempre, siempre, de recordar en realidad lo cerca que estaba.
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Gwendoline Edevane el Lun Abr 02, 2018 2:29 pm

Suele decirse, con bastante acierto, que la verdad duele. Este dicho generalmente se refiere a una verdad acerca de ti misma, una verdad que ignoras o te niegas a ti misma, y que generalmente supone un mazazo en el estómago descubrir.
Sin embargo, esa verdad que acababa de descubrir no era acerca de mí, si no acerca de ella. Y aún así, dolió. Dolió muchísimo. ¿Y cómo no va a doler? Teniendo en cuenta que había pasado de presenciar una tierna escena en que Sam bañaba a su cerdito, un recuerdo lleno de amor y que evidenciaba la naturaleza buena y amable de mi amiga, a recuerdos en los que era humillada y torturada, tanto física cómo psicológicamente, el golpe fue muchísimo peor para mí. Y para ella.
Cuando quieres a alguien de verdad, lo menos que quieres es que ese alguien sufra. Y ser testigo de su sufrimiento sin poder hacer nada por evitarlo... bueno, eso te destroza. Ahora lo sabía, ahora lo comprendía. Porque sí, Sam me lo había mostrado, me había mostrado el infierno en que se había convertido su vida durante los últimos dos años, pero de tal forma que había "estado presente" en ese infierno... sin poder mover siquiera un dedo para ayudarla. Y aquello me desgarraba por dentro de la misma forma que la zarpa de una bestia salvaje desgarraría la carne de una presa.
¿Y qué podía hacer yo? Había perdido mi oportunidad de ayudarla entonces. Quizás si hubiese sido más observadora, si hubiese entendido las señales que había delante de mis ojos, y que ahora habían adquirido una claridad cristalina, hubiese podido hacer algo. Quizás hubiese podido detener aquello antes de que fuese demasiado grave...
...o podrías haberte convertido en otra víctima de Sebastian Crowley. Podría haberte torturado y asesinado delante de ella, y posiblemente la cosa hubiese sido mucho peor. ¿Crees que hubiese aceptado la ayuda de Caroline después de ver a Sebastian asesinarte? Ni de broma...
Sabía que aquellos pensamientos eran ciertos. Que todo aquello era un final muy probable para mi historia alternativa, esa en la que la observadora Gwendoline Edevane decidía indagar en lo sucedido... y aún así, me seguía arrepintiendo de no haber hecho más por ella.
Necesitaba abrazarla. Necesitaba protegerla. Necesitaba prometerle que nunca iba a abandonarla. Que si habíamos de pasar por un infierno, pasaríamos por un infierno juntas. No quería que tuviese que estar sola nunca más. Y así se lo dije, mientras la abrazaba y le daba un suave beso en su pelo rubio. Y cuando ella empezó a llorar otra vez, cerré los ojos con fuerza y fruncí los labios, en un intento de contener un nuevo maremoto de lágrimas que amenazaban con brotar, que me quemaban en los ojos.

—Está bien.—Le dije. Me sentía agradecida a la par que impotente por haber podido contemplar todo eso: agradecida porque al fin conocía la verdad; impotente, por no haber estado ahí cuando ella claramente me necesitaba... nos necesitaba a todas.—No te preocupes. Es solo que me siento impotente. Y duele. Cómo supongo que dolería si los papeles estuviesen invertidos.—Ella tenía los ojos enrojecidos de llorar, igual que yo, y aún así, consigió sonreír. ¿Y alguna vez os he dicho qué, para mí, no existía sonrisa más hermosa que la suya? Incluso con los ojos rojos e hinchados por las lágrimas, y el pelo un poco despeinado, seguía teniendo la sonrisa más bonita del mundo. Creo que fue entonces cuando empecé a comprender lo que realmente sentía por ella.—Soy idiota.—Respondí, incapaz de contener una breve carcajada y una sonrisa, bajando la mirada un momento.—Pensé que había sido yo porque siempre pienso que soy yo. Y porque tú no habías hecho nada malo. Pero debí entenderlo. Hubo muchas señales que no supe entender... o que no quise porque todo parecía ir bien.—Volví a alzar la mirada para encontrarme con la de ella, y juro que en ese momento volvería a abrazarla. Porque no quería separarme de ella.

No tuve que hacerlo. Fue Sam quién me abrazó a mí, y yo recibí su abrazo encantada. La envolví con mis brazos y, por mí, no la habría soltado nunca más. Envuelta en mis brazos sabía que nada malo le iba a pasar... y ahora, temía por su seguridad a cada paso que diese. Cerré los ojos y disfruté aquel momento, notando su respiración y el latido de su corazón contra el mío.
Ojalá alguien me hubiese dicho entonces que eso que sentía era amor. El más puro amor del mundo.

—Te entiendo, porque me pasa exactamente lo mismo.—Respondí, todavía con la cabeza apoyada en su hombro, los ojos cerrados.—Comprendo por qué lo hiciste. Simplemente... me hubiese gustado que no hubieses tenido que sufrir. Me hubiera dado exactamente igual no estar a tu lado si hubiese seguido viéndote, con esa sonrisa tan bonita que tienes. Feliz.—Mientras decía estas palabras, abrí los ojos otra vez, y a medida que terminaba de decirlas, volví a cerrarlos. Dos lágrimas rodaron por mis mejillas, aunque esta vez no hubo más después.

Tras un tiempo que se me antojó insuficiente a todos los niveles, nos separamos por fin, y nos quedamos mirándonos en silencio, nuestros ojos enrojecidos. Entonces, puse una mano sobre su mejilla, componiendo una débil sonrisa en mi rostro. Todavía me sentía emocionalmente devastada por lo que había ocurrido.

—Sé que Crowley se aseguró de que no pudieses confiar en nadie. De que tuvieses que sufrir tu sola mientras él...—Hice una pausa, tragando saliva y bilis a partes iguales. Odiaba a ese hombre, por mucho que estuviese muerto.—Pero eso se acabó. Ya no estás sola. Sé que me falta mucho por aprender, que podría ser una bruja mucho más competente, pero me niego a dejarte luchar tus batallas sola. Estoy contigo, ¿vale?

Quizás no fuese la persona más capacitada a la hora de protegerla, pero no pensaba dejar de intentarlo. Entrenaría. Me haría fuerte. Leo me enseñaría a pelear cuerpo a cuerpo mientras aprendíamos juntos a luchar mágicamente. Tenía un motivo para hacerme fuerte... y estaba delante mí.


Una preciosa canción para un precioso momento (Me gusta poner música, ¿vale? xD):
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Sam J. Lehmann el Mar Abr 03, 2018 4:21 am

Se sentía liberada. No sólo por enseñárselo todo y que supiera la verdad, sino también llorar con la certeza de que la otra persona ya sabe por todo lo que has pasado. El hecho de no tener que fingir, ni ocultar nada, hacía que aquel abrazo y aquel llanto fuesen de lo más sincero. Ya Sam era consciente de que todo 'estaba bien', pero precisamente por eso se habían caído sus barreras como si se tratase de la demolición de un edificio. Si ella se sentía vulnerable frente a alguien, sin duda alguna eran sus amigas. Las personas que más quería, que más conocía y que indudablemente más la comprendían.

Y claro que entendía lo que podía doler. Solo de imaginarse a Gwen en su situación... se le encogía el corazón. No quería ni imaginarse la posibilidad de que sufriese un poquito y eso que ya había sido partícipe de cómo recibía una maldición Cruciatus. Así que sí, la comprendía como nunca. Sin embargo no dijo nada al respecto, sino que se limitó a sonreír cuando la escuchó hablar. —Eres idiota... —repitió a lo que dijo ella, con un tono de lo más cariñoso; risueña. Jamás llamaría 'idiota' a Gwen en serio. —Ya lo sé ya, que siempre piensas que es culpa tuya todo y yo todavía no consigo vislumbrar por qué, en serio. Siempre tendrás esa incógnita para mí. —Hizo una pausa, para entonces negar con la cabeza lentamente. —No debiste entenderlo, Gwen... No di pistas, no dije nada, simplemente me aparté de manera repentina precisamente para que no se entendiera nada. Y menos mal que no os dio por querer ver qué ocurría, porque hubiera sido un momento muy incómodo. Aunque bueno, creo que el hecho de no contestaros los mensajes, por mal que me sintiese, fue bastante revelador. —Frunció el ceño, sin estar muy orgullosa de sus acciones. —Lo siento, en realidad lo pienso y me porté fatal. Menos mal que estaba justificado... y aún así me sentía mal.

Lo cual era jodido, pero la cruda realidad. Sam era la primera que se sentía fatal por las decisiones que tomaba, pero bueno... era lo que debía de hacer, por el bien de todos, o eso se decía a sí misma para auto-convencerse de que era lo deacuado. Pero vamos, era horrible tomar una decisión que odiabas con toda tu alma hacer.

Era cierto que Sebastian Crowley se había encargado de hacer la vida de Sam bastante miserable, pero él jamás le dijo en ningún momento que se separase de sus seres queridos. ¿Por qué lo hizo? Bueno, cuando tú eres el motivo de que tus seres queridos estuviesen amenazados de muerte... lo primero que se te ocurre es alejarte de ellos. Al final Crowley consiguió aislarla de absolutamente todo. Cada vez que Sam conseguía a alguien relativamente cercano, él se encargaba de recordarle lo mucho que podía hacer contra él. Así que sí, le cortaba las alas en absolutamente todo. —Lo sé —le respondió, sonriente, cuando ella le aseguró que estaría a su lado y que lucharía sus batallas. Ay, Gwen, ¿acaso no ves que lo que ella quería era justamente eso? ¿Que no tuvieses que luchar sus batallas? Pero aún así, no pudo evitar sonreírle. De ser el caso inverso, Sam hubiera hecho exactamente lo mismo, así que no podía reprocharle nada. —No quiero luchar más batallas, estoy cansada de huir, esconderme y de que todo el mundo sólo piense en hacer daño, la violencia y en la guerra. Harta de... todo el odio. —Puso los ojos ligeramente en blanco, volviendo a sentarse en el sofá y apoyándose contra el respaldar. —Pero es inevitable. Y seguirá viniendo hasta que en algún momento todo vuelva a la normalidad. ¿Y sabes lo peor de todo? Que a mí no me queda otra que desear y luchar porque todo cambie, pero hay que empezar a aceptar de que quizás esto nunca cambie, que hay muchas probabilidades de que perdamos y la gente como yo tengamos que vivir toda la vida enterradas en una sociedad que quiere vernos muertos o experimentar a nuestra costa, en el peor de los casos. —Lo decía seria, enfadada con el mundo. Como para no estarlo, teniendo en cuenta en las condiciones en las que había tenido que vivir en pleno siglo XXI, en donde se supone que todo el mundo tiene un lugar en donde vivir y libertad. Ella hubo un momento en donde lo había perdido todo. —Tú sólo prométeme que no te convertirás en uno de ellos. Sé que no te puedo convencer de que no te metas en problemas en una sociedad que ya de por sí es un gran problema pero... no te conviertas en uno de ellos, de esos que cree que actuar como hacen ellos está justificado. —Y ya, desde antes de que todo el gobierno cambiase, Sam era consciente de todas las atrocidades de las que eran partícipes algunas personas. Leer la mente de las personas no era para nada tan 'guay' como podían creer algunos. Y se negaba a actuar así.

Suspiró, derrotada, encogiendo sus piernas y abrazándose a sí misma, para entonces dejar caer la cabeza a un lado y apoyarla en el hombro de Gwen, que se había sentado a su lado. —¿Sabes? La vida es muy complicada... —dijo entonces, divertida, como si hubiera dicho una verdad universal recién descubierta por el hombre. —Menos mal que hay personas que son ese soplo de aire fresco para no volverse loca —añadió finalmente, con una miradita desde abajo de lo más tierna. Obvio, se refería a ella.

Y obvio, era mucho más que un simple soplo de aire fresco. Muchísimo más. Pese al tema Kant, el tema Grulla, el tema de la misteriosa Savannah... y todo lo que ahora mismo las metía de nuevo en ese mundo que tanto odiaba Sam, cada día en el que fingían que nada había cambiado y todo era como antes, era como un recordatorio de todo podía volver a ser normal de verdad. Y no podía estarle más agradecida por ello.
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