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Can you play me a memory? // Ryan Goldstein & Gwendoline Edevane

Gwendoline Edevane el Vie Mar 16, 2018 6:55 pm


Sábado 17 de marzo, 2018 || Un pequeño piano bar perdido en la zona turística de Londres || 20:47 horas

No puede decirse de mí que sea una persona propensa a salir por la noche, ni a beber. Sé lo que el alcohol puede hacerme, cómo puede llevarme a tales puntos de deshinibición que acabo haciendo locuras. Esas locuras son incluso peores si voy disfrazada de Speedy y llevo en mis manos arco y flechas, cosa que pudieron comprobar de primera mano tanto el camarero de la discoteca Babylon, cómo el pobre Spiderman besucón y el hombre vestido de plátano.
Aquella noche de sábado sentía que necesitaba una copa. El día anterior habían sucedido cosas... bueno, cosas que no eran bonitas. No era bonito recordarlas, a pesar de que hubiesen sucedido en compañía de Sam. Simplemente, me sentía incapaz de comprender la maldad humana, cómo se podía llegar a tales extremos de hacer algo así a una persona... y más aún si esa persona era alguien tan buena e inocente cómo Sam.
Sabía que aquellas imágenes tardarían en irse, y que aún cuando se difuminasen un poco en mi memoria, no iba a olvidar del todo aquello. Había sido cómo si yo misma lo hubiese vivido. Y no exagero si digo que la noche anterior lloré hasta quedarme dormida.
Por supuesto, no le diría esto a Sam. El día anterior se habían puesto sobre la mesa muchas cosas que hacía falta poner, y no quería que mi amiga pensase que yo no podría soportar la verdad. Lo que más temía era que se cerrase en banda, que decidiese ahorrarme este tipo de cosas por miedo a que no pudiese soportarlas.
¿Resumen de todo esto? Tenía la cabeza hecha un lío, y necesitaba despejarme. ¿Planeaba terminar en un bar cuando salí de casa? No, ni mucho menos. Simplemente quería respirar un poco de aire fresco, despejar la mente, volver a ser un poco la yo que era antes de la tarde anterior. Sabía que eso no era posible, pues había cosas que te marcaban, pero sí podía intentarlo.
¿Qué me llamó la atención de aquel bar en concreto? El piano, desde luego.
Las notas fluían a través de la puerta abierta, una vieja canción que me había gustado mucho en mi niñez. Y cómo si fuese el flautista de Hamelín quién tocaba, fui atraída hacia el interior.
Al bajar los escalones me encontré que el lugar, un poco oscuro. La luz era cálida, y había pocos clientes, la mayoría de ellos sentados en la barra. El responsable de aquella música era un hombre de cabellos rubios que tocaba con toda su pasión un piano situado en un escenario al fondo del bar. Me quedé mirándole un segundo, mientras me quitaba la chaqueta y la colgaba del respaldo de la silla en que me sentaría.

—¿Qué le pongo, señorita?—Me preguntó el camarero, que estaba secando vasos detrás de la barra. ¿Por qué los camareros siempre secaban vasos en el momento de preguntar a los clientes qué querían beber? Parecía casi un cliché.

—Una cerveza negra, por favor.—Respondí, esforzándome por mostrar una sonrisa, cosa que me fue imposible: tan pronto asomó, la sonrisa se desdibujó. Tomé asiento, escuchando la canción, Piano man, de Billy Joel, y en cosa de un minuto, el camarero volvió con mi consumición. Mientras me la servía—primero colocó un posavasos, después el vaso, y por último vertió la cerveza de un botellín de cristal—no pude evitar preguntar por el pianista. Me sonaba de algo.—¿Cómo se llama el hombre del piano? Me gusta cómo toca...

—¿Ese?—El hombre señaló con la cabeza al único hombre del piano, y evidentemente me refería a él. ¿A quién si no?—Ni idea. Llegó, pidió algo de beber, y se sentó a tocar el piano. ¿Qué más da? No hay casi nadie, mucho daño no puede hacer.—El hombre se encogió de hombros y se alejó en dirección a la barra.

Por mi parte, yo bebí un sorbo de mi cerveza fría, sin perder de vista al hombre rubio qué, de espaldas a las mesas y el bar en sí, tocaba el piano. Aquella canción me traía bonitos recuerdos...


Canción interpretada por el pianista:
Mi atuendo (Lo cambio, pls. Muy provocativo el otro xD):


Última edición por Gwendoline Edevane el Sáb Mar 17, 2018 8:45 pm, editado 2 veces
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Ryan Goldstein el Sáb Mar 17, 2018 2:09 pm





Si es el piano el que llega a ti, a través de las puertas abiertas de la nostalgia, podrás preguntarte.

¿Qué esconde una melodía que nos quema desde el fondo de un pozo de emociones?, ¿y a qué viene ese susto del alma, a veces sobrecogedor, otras tan entrañable e inquieto como para robarnos una sonrisa? En una tecla grave, en una tecla aguda, se estrellan las pasiones de los hombres y se deshacen en reverberaciones, que se asientan hacia dentro del corazón.


¿Qué esconde…?

Puede que un poco al propio músico. Hecho reverberación, hecho poema, hecho melodía. Hay en esa metamorfosis, una suerte de conexión de éste con el mundo, con las personas, a través de notas que son imágenes, aromas, rostros familiares, lugares de otro tiempo, caricias que hubieras creído perdidas, que ahora vuelven a ti, con una premura turbia, asaltándote desde los rincones no inspeccionados del olvido.
 

Ryan lo pensaba de una forma mucho más simple.

O dicho sea, él ni siquiera pensaba. Él se había puesto a tocar, de forma lenta y prepotente, tal como lo recordaba. Y hacía mucho, mucho tiempo que no tocaba. Fue ver el piano, allí, sobre la tarima, solitario, tanto como él probablemente en esa noche de bar, y sentir que si se sentaba al piano, podría arrancarle una que otra seguidilla de notas que lo distrajera de su propia mente, llena de cavilaciones.

El primer tema que escogió para tocar, tuvo que descartarlo. Muy complicado. Luego, recordó “Piano Man”, una que le habían enseñado en una noche de risas y copas en otro bar en otro lugar del mundo, o creyó recordar cómo era, y probó a reproducirla mientras la tarareaba. Él nunca había leído partituras, él improvisaba, adaptaba su oído y su instinto musical al momento, se dejaba llevar. Él no era el pianista de la familia. Ese era su hermano, su hermano pequeño.

Le erró en varias notas, confundiéndose las escalas y trabándose sin ton ni son, sin que ello pareciera preocuparlo lo más mínimo —muy al contrario, lo mantenía concentrado y entretenido, que era el punto de todo ello: alejar los demonios de su cabeza—, hasta que algo empezó a salir, y sonaba bastante bien, aceptable. Sólo que, descubierto el truquillo de los dedos, cazó vuelo e improvisó con las manos correteando libremente sobre el teclado, dejando muy atrás a “Piano Man” y tomando un giro inesperado, y así estuvo, un rato, recreándose en melodías que recordaba y otras que inventaba, hasta que.

—¿Disculpa?—preguntó, solícito. Había hecho un alto, con la mirada al techo y un suspiro, cubriéndose la cara en un gesto, cansado. Y ahora se volteaba porque alguien, ¿le pedía una canción?—Tendrás que tarareármela, puede que ni me sepa el nombre—Se carcajeó.

Ryan Goldstein, sentado al piano, tenía un aspecto desaliñado y agotado, como quien ha tenido un largo, largo día de trajín. Iba descamisado y su única compañía era una copa medio llena de whiskey, junto a él, en la larga banqueta. Él cambiaría eso.

—Oh, no, no. Ven, toma asiento—dijo, palmeando la banqueta en una enérgica, cordial, invitación—. No soy el pianista, pero tengo un piano. Si le pides una canción al hombre del piano, éste tiene que dedicártela, eso es tradición; ¿no querrás que arruine la impecable reputación de buenos hombres y mujeres encorvados sobre el teclado en lugares como… estos? Donde una copa siempre te lleva mucho más al fondo de lo que debería, creo que es el ambiente. No, no. Me siento obligado, y encantado. Ryan Goldstein—Se presentó, tendiéndole una mano, muy efusivo—, ¿y tú eres? Bueno, lo que buscas vendrá a mí, eventualmente—Dicho lo cual, improvisó un par de notas rápidas en el piano, por presumir, y la miró de reojo. Había algo muy humano en su tristeza, y era el brillo de vida en sus ojos—¿Tratamos? Aunque, me he liado la cabeza de tanto tocar. Hablemos un poco—soltó, cual frase sacada de la galera. Mira que de lento no tenía nada, se le veía el interés en la sonrisa, muy atractiva sonrisa. Ryan relajó los hombros y apoyó las manos en el reborde de la parte trasera de la banqueta. Le dedicó su mirada—Háblame de ti, ¿a qué te dedicas?, ¿a qué quisieras dedicarte, o dedicarle más de tu tiempo?, ¿por qué esa canción?, ¿por qué sola y hermosa en un bar?—Sonreía—¿Muchas preguntas? Bueno, yo puedo hablarte sobre mí. ¿Escucharías a un extraño por una canción?

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Dom Mar 18, 2018 2:40 pm

Aquel lugar tenía su encanto. Mientras bebía un trago corto de mi cerveza, fría y agradable, me pregunté por qué no lo conocía. La respuesta no tardó en llegar: Porque eres una persona un poco antisocial y prefieres pasar los sábados noche en compañía de to gato antes que en un bar. Suspiré profundamente, pues aquellas palabras interiorizadas no dejaban de ser ciertas.
Pero el bar empezaba a llenarse de gente, y el hombre del piano seguía tocando aquella canción. Si bien no la estaba interpretando exactamente cómo lo había hecho Billy Joel en su día, el resultado era igual de bueno.
Una cosa importante acerca de mí es que me encanta la música. No tengo un gusto predefinido ni mucho menos, y suelo disfrutar con casi cualquier cosa. Puedes sorprenderme escuchando una canción pop actual, cómo Cool Kids, cómo disfrutando de la Aria de Bach. Ciertamente tengo mis preferencias, pues por ejemplo no me gusta el Hip hop, pero mi gusto musical recoge un amplio abanico de estilos.
Piano man es para mí una de esas canciones que me traen recuerdos. Mi madre solía cantarla mientras hacía labores diarias. Creo que no se daba cuenta de que la cantaba. A veces simplemente tarareaba; otras veces cantaba. Pero siempre, siempre, parecía que la música le salía de manera natural.
Igual que me pasaba a mí en ese momento, mientras escuchaba al pianista tocar, en aquel acogedor bar que cada vez se llenaba un poquito más. No sé en qué momento empecé a cantar, más para mí que para nadie.

Sing us a song, you're the piano man. Sing us a song tonight. Well, we're all in the mood for a melody, and you got us feeling alright.El camarero se movía entre las mesas, repartiendo consumiciones entre los clientes que iban entrando. Y el hombre del piano, ajeno a todo esto, seguía tocando.Now Paul is a real state novelist who never had time for a wife. And he's talking with David, who's still in the Navy and probably would be for life.Me terminé mi primera cerveza y le pedí otra al camarero cuando pasaba cerca de mí.

El hombre rubio del piano pronto abandonó las notas de Piano man para interpretar otras melodías, algunas reconocibles, otras no tanto. Pero la sensación que daba era cómo de surfear, de navegar de una melodía a otra de una manera muy natural. Su estilo no sería el mejor, pero el resultado era agradable.
No sé en qué momento me puse en pie y empecé a caminar en su dirección. Quizás fuese en algún momento entre la segunda y la tercera cerveza, cuando el alcohol empezaba a afectarme un poco. Asomos de la "Gwen sociable", esa que aparecía cuando había bebido un poco, pero no demasiado, empezaron a hacerse visibles en mí. De otra manera, no habría tomado la determinación de acercarme al hombre del piano.
Cuando quise darme cuenta, subía los peldaños que conducían a la tarima, y a nadie pareció importarle que lo hiciese. Todos prestaban atención a sus conversaciones, y el camarero se limitaba a hacer su trabajo. Aquella noche, el mundo mágico y sus malditos problemas parecían haber desaparecido.
Incluso, por un momento en las últimas horas, dejé a un lado lo que había visto al leer la mente de Sam.

—Se te da muy bien.—Dije, intentando sonreír; mi cara dijo que, pese a mi sociabilidad adquirida a base de dos cervezas y media, todavía no era el momento.—¿Aceptas peticiones? ¿Conoces la canción de Chandelier?—El joven reparó en mi presencia, y me pidió que la tararease. Aquello me pilló por sorpresa.—¡Oh! Bueno... Es algo así...—Y empecé a tararear la canción lo mejor que pude, dadas las circunstancias. No estaba tan "sociable" cómo para que no me diese vergüenza cantar o tararear en público.

Estando tan cerca del pianista me di cuenta de que mostraba un aspecto un poco desaliñado, cómo si llevase trabajando todo el día y lo primero que hubiese hecho al salir fuese entrar en el bar. No iba a juzgarle, pues entendía la necesidad de salir a tomar una copa.
No era una actividad que hiciese a menudo, pero entendía lo que era necesitarlo. Aquel día lo necesitaba, y aunque me había prometido a mí misma no hacerlo... había acabado haciéndolo de todas formas. Quería pensar que era por la música. La música era mejor medicina que el alcohol.
El hombre, entonces, me invitó a sentarme. En primer momento no lo hice, pero me acerqué un poco al piano, escuchando cómo hablaba mientras daba sorbos a mi cerveza. No pude evitar sonreír divertida, o sonreír a medias, cuando empezó a hablar de sí mismo y de los pianistas de verdad.
Y entonces se presentó. Ryan Goldstein, y entonces sentí un "click" en mi cabeza. Ya sabía de qué me sonaba.

—Gwendoline Edevane.—Respondí, estrechándole la mano.—Me parece que ya nos conocemos.—Lo dejé en el aire. Preferí que fuese él quién hiciese la asociación de que nos habíamos visto brevemente en la reunión de la Orden del Fénix. Sinceramente, no me hacía gracia ponerme a explicar todo eso allí. No era la noche más apropiada para ello.

Acepté sentarme finalmente junto a él, no sé por qué. Supongo que no desconfiaba de alguien que formaba parte de la Orden, cómo yo, o simplemente porque, aunque no quisiese reconocerlo, estar sola no me hacía demasiado bien. Sola empezaba a darle vueltas a la cabeza, y lo que menos necesitaba era pensar.
Entonces, Ryan, parlanchín cómo pocos, empezó a disparar preguntas en mi dirección. Me sentí abrumada, pero mi mente de Ravenclaw, todavía bastante sobria, logró atraparlas todas al vuelo.

—Haces un montón de preguntas, Ryan Goldstein.—Confirmé, aunque no con malas formas ni mucho menos. De hecho, respondí divertida.—Estoy dispuesta a escuchar a un extraño por una canción. Ya he podido comprobar que las canciones merecerán la pena.—Asentí, dejando en el aire las respuestas a sus preguntas anteriores.

¿La verdad? No me apetecía hablar ni del trabajo, ni de mis aspiraciones de futuro. ¿Qué aspiraciones de futuro? En un mundo tan deprimente cómo este, lo poco a lo que una mestiza hija de una hija de muggles cómo yo podía aspirar era a seguir respirando un día más fuera de Azkaban. Era deprimente.
Tampoco respondí al comentario sobre mi hermosura y mi soledad. No creía que lo primero fuese tan cierto, y mi soledad... Bueno, tampoco quería hablar de eso.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Ryan Goldstein el Lun Mar 19, 2018 5:22 pm



Me parece que ya nos conocemos
.

Él la miró, pero no dijo nada. Había tibieza en sus ojos, y podía tocarte. Había esta idea, flotando ligera en el aire, entre ellos y aislándolos del rumor circundante, de que ella estaba de ligue esa noche. Porque él no sabía nada de Gwendoline Edavane, militante de la Orden, ni de qué motivos subyacentes —o quién en su mente y su corazón— la habían arrastrado hasta la barra del bar, a ahogar sus pensamientos en una copa.

Lo que sí, de lo que sí era consciente, era que la compañía de ella: rasgos bonitos, una expresión franca muy curiosa, simpática; lo halagaba, por dentro y hacia fuera, sólo por ser, estar ahí, a su lado, incitando esa secreta vanidad avivada por el roce entre dos extraños, atraídos por una chispa de curiosidad, en esas ocasiones en las que de un encuentro, surgía algo más. Eventualmente —él pensaba— descubriría un beso escondido en la boca tierna de ella, y un poco más.

Si tan sólo pudiera desprenderse de lo que lo ataba esa noche a la profunda melancolía del alma, a veces, su única dama. Se sentía paralizado, a esa hora en la que el sol era un destronado, luego de haber salido del hospital, San Mungo. ¿Dónde estaban sus sentimientos?, ¿por qué no los hallaba donde debían estar? En días como esos, en los que lo que había visto, oído, tocado, le había dejado la impresión de no haber podido dar lo suficiente, en días como esos, él se perdía en sí mismo, tocaba fondo. No podía dejar de desplazar su preocupación a tantas cuestiones que bombardeaban su vida, pero el motivo que jaló el gatillo esa noche de copas, fue.

¿Escucharías a un extraño por una canción?

Ryan Goldstein, se llamaba. Le preguntó si conocería “este tema”, e hizo una curiosa mención a la primera vez que la había oído, por obra del azar más accidentado: un niño tocando la flauta en la camilla de “un hospital”. No podía explicarle a su compañía en qué mundo él vivía y qué terrores lo habitaban. Sí podía contar la historia de un niño que había sido maltratado por otros niños, discriminado, hasta que el asunto se salió de control y las bromas pesadas acabaron mal, tan mal como para tener que llamar a urgencias. Porque su madre era una “sangre sucia”, encerrada en Azkaban. Por nada en absoluto, sólo injusticia.

—Me dedico a ayudar—
explicó, de forma que podría tratarse de un enfermero, un trabajador social, cualquiera—, pero no te acostumbras a esas cosas. Me quedé con él, le hablé. Me contó cada cosa que ellos le hicieron—Hundió sus manos abiertas en las notas, ¡de una sola vez!, desquitándose sobre el teclado. Él, por otra parte, no se enfurecía. Lo notabas, sabía controlarse. Había algo reposado, firme pero suave, en sus maneras—Y cuando terminó, él—sonrió, entrañable sonrisa. Hizo una ligera pausa y continuó, riendo entre dientes—: Me preguntó si los Chudley Cannons habían ganado la liga.

Nunca, ¡eso no ocurriría nunca!, pero los fanáticos no perdían la esperanza. Más relajado, dejó correr sus dedos por el teclado.

—¡Resultó ser un gran, gran fan! Me lo contó todo sobre la liga—dijo, entusiasmado. La miró, curioso—Un chico hermoso, la verdad. Me sentí orgulloso de él. Yo estoy aquí, deprimiéndome; él espera ansioso el próximo partido. Estuve a punto de echarme a llorar, pero me hizo reír. De alivio—Y agregó, rápidamente—Me temo que lo hice enojar, porque pensó que me reía de su equipo y se enfurruñó un poco, pero hicimos las paces enseguida, apostando chocolates por el resultado del próximo partido.

Hizo un alto, y de un trago acabó su bebida. El gesto rápida, la cabeza hacia atrás, hasta el fondo. Lo apoyó sobre el piano, y motivado, estiró los brazos hacia adelante, entrelazados los dedos de las manos, sintiéndose preparado.

—Tararéala de vuelta, la canción—
No la había escuchado nunca, pero podía reproducirla—. No te prometo no reírme. Lo siento por la primera vez, pero es que tienes que verte. Es bonito cómo sonríes, nerviosa. Soy un hombre terrible, lo sé. Pero créeme, no tienes que preocuparte por hacer el ridículo conmigo, puedo soportarlo.

Desde la barra, el camarero los observó con interés —desconocidos metidos en una conversación, intercambiando sonrisas, ¿qué pensar?— por un momento, antes de ir a atender el pedido de una mesa; le preguntaron, “si le podía pedir al pianista el tema…”, y él torció la comisura de sus labios hacia un lado, respondiendo que el hombre del piano tenía libre esa noche, que no, no había show, eso era los viernes. En la mesa no entendieron nada.

Sin embargo, prestaron oído al intento de Ryan de interpretar el tema, y cazaron la tonada, por lo que llamaron su atención —al pianista y a la mujer bonita que lo acompañaba—, y lo ayudaron a improvisar el armado de la melodía, tarareando a la par desde las mesas, entre gañidos y mugidos, más parecido a un coro animal, pero muy entusiasmado. Ryan reía, y tocaba.

A lo último, conseguido el logro, el camarero se acercó.

—¿Les sirvo algo más?


—Para mí—pidió Ryan, regresando luego la mirada a Gwendoline—¿Has jugado al YO NUNCA?, ¿te atreves o me consideras un compañero poco fiable? Te diré qué. No hago trampas. No mientras me miran—aclaró, pecando de atractivo descaro. Y añadió, utilizando dos dedos en un gesto rápido—: Tendrás que mantener tus ojos puestos en mí, si quieres saber si miento.

—No, gracias—respondió, regresando luego la mirada a Gwendoline—¿Tú tocas? Vamos, puedo darte un par de lecciones. Se siente algo solitario tocar solo. Prueba esto—dijo, mostrándole cómo tocar las notas. Rió—Yo te acompañaré.




Eeeeey:

¡Hola! Jaja Te quería dar la opción de elegir qué sucedería a continuación. Incluso, si querés podrías tirar los dados, y si sale par ella juega y bebe, y se sale impar, tocan un dúo.

Pero, en la primera opción, si tu chica no quiere beber, Ryan saldría con otro reto: comer picante, algo bien picante que tengan por el bar, o algo por el estilo. Podrían cambiar el reto, a eso voy. Y si es picante, él no sabría que tu chica tendría la ventaja :pika:

Ryan no se entera de nada yaoming

¡Ah! Otra cosa: lo de los Chudley Cannons, se entiende que fue un desliz por su parte. Él de momento no reconoce Gwen, y se piensa que es muggle.




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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Mar Mar 20, 2018 3:24 pm

¿Sabéis cómo soy realmente? Posiblemente algunos me conozcáis ya y comprendáis que soy una persona poco dada a entablar conversaciones con extraños en bares. La fiesta de carnaval en la discoteca Babylon había sido una excepción gigantesca a la norma. ¿Y por qué? Pues... porque había habido mucha "agua de la risa" de por medio.
Un par de cervezas, por norma general, me hacían ponerme un poco más sociable, cómo a todo el mundo, y posiblemente fuesen ellas las que me llevaron a acercarme a aquel hombre, Ryan Goldstein, quién no parecía darse cuenta de quién era yo. Curioso, desde luego, pues había tenido ocasión de echarle un vistazo cuando Dumbledore les había asignado a él, a Juliette Howells y a Stella Thorne, una misión juntos. Me sorprendía que no me recordase. Quizás simplemente no se fijaba tanto en los detalles cómo yo.
Y allí estábamos... sentados delante de un piano. ¿Qué hacía yo sentada allí? Intentar quitarme de la cabeza aquello que me reconcomía. ¿Era normal sentirse así de abatida al conocer la desgracia de una amiga? ¿Era normal querer llorar hasta quedarse sin lágrimas? Me lo había preguntado muchas veces en las últimas horas. ¿Por qué me invadía el pánico cada vez que pensaba en la posibilidad de que algo así le ocurriese de nuevo a Sam? ¿Por qué tenía ganas de ponerme en pie, coger el pie del micrófono y arremeter a golpes contra el piano al recordar las caras de esos tres malnacidos?
Todos esos pensamientos se agolpaban en mi cabeza, y si algo en mí podia revelar que algo me perturbaba, ese algo serían mis ojos. Mi rostro era un témpano de hielo inexpresivo, gracias a los años de experiencia. Pero mis ojos... Bueno, quién supiese mirar en mis ojos, no vería calma, si no una tempestad en ciernes.
Ryan Goldstein empezó a hablarme, y si bien al principio me costó seguirle por su curiosa forma de expresarse, a mitad de relato comprendí que estaba dando comienzo a nuestro trato: una canción a cambio de escucharle.

—Vaya...—Premio a la respuesta más elocuente de la noche, ¿verdad? Había comprendido su historia, o al menos eso creía. Había ayudado a un niño.—Es una historia muy bonita. Pareces... una buena persona.—Seguía tan elocuente cómo al empezar a hablar. ¿Podéis culparme de ello? Estaba distraida, y empezaba a sentir que no era una compañía muy agradable para nadie en aquel momento.—Ryan, yo...

Iba a decirle que sería buena idea que me fuese, que yo no era buena compañía para nadie en aquel momento. Después de todo, me había contado una bonita historia... y allí estaba yo, perdida en mis propios pensamientos. Ya ni la música conseguía ahogarlos... Pero él me recordó el trato que habíamos hecho, me pidió que le repitiese la melodía.
Creo que ese hecho fue precisamente lo que me impidió marcharme. Me puse en pie lentamente, eso sí, y me aparté un poco del piano, llevándome mi bebida a medio terminar a los labios. Bebí un sorbo, antes de dejar el vaso sobre el piano, y suspiré profundamente.

—Prefiero cantarla. Acompáñame con el piano, ¿quieres? Tú... solo sígueme...—Cantar me ayudaría, o eso creía. La música amansa a las fieras y despierta sentimientos dentro de uno. ¿Funcionaría? ¿Saldrían a la luz sentimientos mejores que los que tenía ahora? Daba igual, ya estaba cantando.Party girls don't get hurt, can't feel anything. When will I learn? I'll push it down, I'll push it down.Ryan me acompañaba con sus notas de piano, mientras yo caminaba con la mirada puesta en el suelo. No estaba tan borracha cómo para hacer una interpretación magistrarl cómo la del carnaval.I'm the one "for a good time call". Phone's blowin' up, ringin' my doorbell. I feel the love, feel the love.

Mi interpretación no era la mejor. Me gustaba cantar, pero se me daba muy mal. Por suerte, no tuve que seguir mucho tiempo, pues el camarero se acercó a preguntarnos si queríamos algo más. Ryan declinó la propuesta con educación, y yo, observando lo que quedaba de cerveza en mi vaso, pensé que sería buena idea hacer lo mismo e ir un poquito más despacio.
¿Por qué? Pues porque luego pretendía volver a casa caminando, y porque durante la fiesta en Babylon había bebido demasiado y después no estaba en condiciones de nada. Pretendía mantener mi imagen de persona formal aquella noche.
Ryan se ofreció a enseñarme a tocar. Estuve a punto de rechazar su oferta... pero finalmente acepté. ¿Qué podía ser lo peor que ocurriese? Cómo mucho, podrían echarme por destrozar los tímpanos de los presentes. Me quedase o me echasen, sería lo mismo para mí.
Así que tomé asiento.

—A ver, ¿qué tengo que hacer?—Tocar las teclas, creo, me dijo mi simpática voz interior. ¡Qué chispa tenía! Presté atención mientras Ryan me enseñaba a colocar los dedos. De hecho, me cogió la mano con la suya para colocármela sobre el teclado del piano, y me enseñó el acorde que debía tocar. Lo hice, con cierta torpeza y con cierto miedo.—¿Sabes? De verdad, me parece fatal que no te acuerdes de mí...—Comenté de manera ausente, y realmente no me parecía tan mal. Pero quería mostrarme un poco más cálida, algo más cercana. No estaba haciéndolo muy bien esa noche.


Off rol for U:
Teniendo en cuenta lo mal que salió la cosa en el carnaval, y que Gwen es un poco sosainas así de inicio, me quedo con la segunda opción. No por nada, es que es lo lógico que haría ella. No es muy de ponerse a beber así, sin más.
Además, está en una situación delicada la muchacha xDDDDD Pido disculpas si no es el "material de ligue" más adecuado en este momento. Dale un poco de tiempo para abrirse, y tendrás a una amiga mejor :aw:
PD: ¡Solo amigos! >.<
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Ryan Goldstein el Vie Mar 23, 2018 10:06 am




Cantaba bonito, la voz suave y herida, pero bonito. Era precioso cuando las personas ponían sus sentimientos en algo: una letra de canción, las teclas de un piano. Pero en la mirada de ella, una vaga amargura asomaba para teñir el color de sus ojos en algo triste. Se la notaba cabizbaja. Él sonrió con ternura, y la acompañó en el piano.  

¿Qué hallarías en la mente de un extraño?, ¿qué problemas, qué añoranza apasionada, qué dilema existencial? Se preguntó si sería de las que hablaban de lo que les pasaba. No tenía ese aire, sino más bien que parecía reservada, discreta.

Se empezó a dar cuenta de ello, cuando su voz se perdió entre las notas del piano, como si en ellas ahogara una pena, o lo intentara. Sólo que no puedes ahogar las penas del corazón.

Estas te oprimen, supuran, sangran: en destellos que son un guiño al alma, como una sonrisa que no llega a ser sonrisa; una triste mirada; el ademán de un gesto que se consume antes de concluirse, con una languidez que él atribuía a lo que a ella le hubiera sucedido en ese día, o sobre lo que estaría cavilando en ese momento.


Estaban juntos, sentados al piano, pero distanciados por todo lo que desconocían uno del otro.


Él había estado ensimismado en su propia historia, y no se había apercibido de ella a no ser como una idea de ligue nocturno. Hasta que sus emociones afloraron bajo las luces del bar, entonando una canción.

Le hizo gracia, no haberse dado cuenta de la tristeza en ella, cuando él no tenía energía en el alma. Iba para el muere, porque sus musas sólo podían mirarlo y entristecerse, impotentes.

Por ese día, en su pecho, no sentía el rojo aventurero, apasionado, con que se proyectaba hacia la vida, sino el negro. Todo era negro, apático, tembloroso y abusivo. No había mundo feliz. Sólo, que esto no podía ser cierto. Aun había cosas maravillosas, como un niño esperando impaciente el próximo partido de los Chuddley Cannons.

Pero.

Por eso el piano. Porque necesitaba sacudirse la furia de su melancolía. La música puede curarte, si la dejas conmoverte. Una persona puede tocarte, si la oyes lo suficiente: con el alma, el cuerpo, el sentimiento.  Una melodía y una persona, pueden hacerte la noche. Incluso aunque sean completos extraños, ¿y lo eran?, ¿o compartían más de lo que pensaban?


—¿Sabes? De verdad, me parece fatal que no te acuerdes de mí...


Desconcertado, lo dejó. El comentario lo desconcertó, ¿de verdad que se habían visto antes? Su laguna mental en ese momento era un mundo de vagas impresiones, ligera percepción hacia la nada absoluta. No encontraba palabra para decirle, sólo podía mirarla por el rabillo del ojo, sin comprender. Si la conocía, ¿de dónde?

Sonrió.

—Gwen—
dijo—. No estoy muy despierto esta noche, lo siento. ¿Dónde nos conocimos?  



Dejo caer la trama, para los stalkers (?). :
—El hombre sentado al piano (?) Es un hombre descamisado, con pintas de haber tenido un largo día. Está tocando el piano, en un bar a punto de cerrar, sin clientes. Lo dejan tocar, como dejas al gato maullarle a la luna. Debe ser que anda de un humor melancólico y busca la compañía de un extraño, por no sentirse solo, que te invita a conversar con él. ¿Es un poco pesado?, puede (porque ha soltado toda una perorata sobre la historia de su vida, algo que ni has preguntado). Pero si le conversas un rato, te ha prometido recordar ese tema que te atrajo la atención en un principio y tocarlo para ti (acá, si te parece, podría colocarse algo así: como que la tonada le recordaba a su infancia, o la transportaba al recuerdo de un viejo amor o a algún recuerdo agradable, en fin).

Si te digo la verdad, ME DA TODA LA GRACIA que en un momento Ryan intente echarle los galgos y ella lo mande a freír espárragos y con algún lindo pensamiento dedicado para Sam, please. Y con algo así como: No me van los rubios, sorry yaoming Algo bien incómodo (???) -para él, se entiende- Ok, es que me parto sola xDDD O que lo sorprenda con algo como: “Oh, ya que estamos, yo venía a entregarte una misión de la Orden, y parecía que no tenías ni idea de quién era. Y eso que nos hemos cruzado antes, aunque no estabas bebido en esa oportunidad. Bien, te espero mañana a las nueve (???)”.  


Última edición por Ryan Goldstein el Jue Mar 29, 2018 12:05 am, editado 2 veces
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Sáb Mar 24, 2018 1:13 am

La legeremancia podía dar mucho asco, ¿vale? Tengamos esa premisa clara desde un primer momento. Da asco que alguien tenga tan fácilmente acceso a tus recuerdos y exista poco o nada que puedas hacer para impedirlo. Pero también da asco por lo que tú misma puedas llegar a ver dentro de cabeza ajena. Sé que es una magia muy útil, una magia muy necesaria en algunas ocasiones, pero una parte de mí no podía evitar pensar que era antinatural, que la cabeza de uno debería seguir siendo privada.
Pero eso no era lo que me enfurecía, lo que me tenía desde ayer en este estado. No, lo que odiaba era lo que la legeremancia me había permitido ver dentro de la mente de la que yo consideraba, y consideraría siempre, mi "persona especial". Todo el dolor, toda la enorme comprensión de una verdad que no sabía si realmente quería saber. No me arrepentía, a ver; siempre he sido de las que prefieren una verdad horrible antes que una mentira preciosa e idílica. Todo lo que había visto en la mente de Sam quería conocerlo, pero...
...pero duele, ¿sabéis? Incluso entonces sabía que todo este dolor se quedaría conmigo para siempre, que me marcaría de la misma manera que la había marcado a ella. Y una parte de mí lo creía justo. Una bofetada de realidad, cómo diciendo "Has vivido mucho tiempo con una venda en los ojos, guapa, y va siendo hora de que veas cómo es este 'bonito mundo' de verdad". La cara más fea del mundo representaba en la forma de tres rostros: Zed Crowley, Vladimir Crowley, y el peor de todos ellos, Sebastian Crowley.
Todos ellos muertos, por lo que sabía, y aún así... se las habían arreglado para dejar una marca imborrable en la vida de Sam. Y ahora, en mí.
¿Que estaba exagerando? Tal vez... no digo yo que no. Pero me sentía tan inútil... Más inútil de lo que me había sentido en toda mi vida, más aún que cuando me quedé totalmente sola. Sam fue la primera en irse, mucho antes del cambio de gobierno, y después fueron todos: Beatrice, mi madre, mi padre... Vale, a él le había cerrado yo la puerta en las narices, pero... el caso es que me habia quedado sola. Y había un montón de demonios a los que culpar por ello...


***

¿Cuánto tiempo llevaba perdida en mis propios pensamientos, sentada ante aquel piano, mientras deslizaba mis dedos sobre las teclas de forma torpe y ausente? No lo sé, la verdad. Por norma general, no era de las que se quedaban absortas en sus pensamientos. Pero podía suceder. Y mira, había ocurrido.
Alzcé la vista, repentinamente sorprendida por el hecho de que Ryan me estuviese hablando. ¿Cuánto tiempo llevaría hablándome mientras me regodeaba en dolores pasados?

—¿Mmm?—Fue mi forma de volver al mundo real, con un respingo. De repente, volvía a rodearme aquel pequeño piano bar con tanto encanto que me había atraido en principio. Mis dedos se detuvieron sobre el piano, que clamó una nota casi mortuoria que quedó reverberando unos segundos en el aire.—Discúlpame, estoy un poco distraida esta noche.—Caí entonces en la cuenta de lo que había dicho mi interlocutor. Parece ser que lo había escuchado, pero no le había dado importancia hasta entonces.—¡Oh! Eso... Bueno... Realmente no importa. Si no te acuerdas, no te acuerdas...—Me sentía un poco ridícula intentando recordarle a alguien que no me recordaba de dónde se suponía que debía recordarme.

Me puse en pie, suspirando, y mirando mi vaso tristemente vacío de cerveza. Me giré hacia el camarero y levanté dos dedos, indicando sin palabras que me pusiese una copa más a mí y otra a mi acompañante. El camarero asintió con la cabeza—Volvía a estar secando vasos, ¿estamos de broma o algo?—y yo volví mi atención en dirección a Ryan.

—Antes me preguntaste a qué me dedicaba. Y sé que esto no va a pillarte por sorpresa, porque creo que sé más de ti que lo que tú sabes de mí.—Hice una pausa, apurando el vaso de cerveza hasta que no quedó nada en él.—Soy Desmemorizadora.—Bueno, eso no era exacto, pues era una empleada del departamento, pero daba igual.—Lo cual es irónico teniendo en cuenta que yo misma quiero olvidar ciertas cosas... y al mismo tiempo no quiero olvidarlas. ¿Has tenido alguna vez esa sensación?

Aquella era mi forma de abrirme con él, mi forma de empezar con buen pie. Le había dejado claro que era bruja, y quizás su mente empezase a hacer una asociación de ideas, de términos, hasta llegar al punto en que me recordase de la reunión de la Orden del Fénix.
Y si no lo hacía... bueno, ¿a quién le importaba? Tampoco es que ninguno hubiese sido hasta ahora tan importante para la vida del otro...
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Ryan Goldstein el Miér Mar 28, 2018 2:22 am




Desmemorizadora, eso es lo que había dicho. Ahí es cuando Ryan mordió el cebo: se trataba de alguien que era parte de su mundo, ¿pero qué tanto lo conocía y cuáles eran sus intenciones? Se sintió en peligro, como cada vez que las ‘memorias’ eran el tema a tratar. Es que, antes de ser bibliotecario, había sido miembro del Departamento de Misterios. Era bien sabido qué hacían con sus agentes en ese departamento una vez que estos renunciaban o eran trasladados a las oficinas de otra área, o en fin, cuando por una razón u otra eran declarados ‘cesantes’: se les borraba la memoria sobre ciertos asuntos de carácter oficial con el rótulo de INFORMACIÓN CLASIFICADA.

Eso no terminaba ahí.

Como miembro de El Archivo, hacia puertas afuera era un simple bibliotecario (?) mientras que puertas adentro, actuaba encubierto en distintas misiones de diversa índole, y en este caso, en Londres, este simple bibliotecario había sido asignado como representante de El Archivo para asistir a la Orden del Fénix en contra del gobierno dictatorial de turno y culpable de las muertes y desapariciones y encarcelamientos de magos (considerados sólo ’muggles’ o ‘sangre sucia’ por sus captores, o en fin, inferiores). Se desprendía de esto que desde la biblioteca, y como organización secreta y extragubernamental, repudiaban las acciones segregacionistas de Voldemort y estaban dispuestos a actuar en consecuencia, en contra de las medidas anti-muggles y las visiones puristas de un mundo dividido y en conflicto.

Todo esto quería decir que un desmemorizador; un profesional de los terrenos oscuros de la mente, su control y manipulación; podía tener motivos para acercársele. ¿Podría ser una tentativa por robar los secretos de El Archivo, de la Orden?, ¿información es lo que quería? En cualquier momento, podría dejar caer una amenaza, fría y punzante como el hielo, tibia como el veneno en la boca. ¿Era aquel encuentro en verdad una casualidad o Ryan Goldstein había sido puesto bajo persecución por una hábil extorsionadora? En su profesión, estas cavilaciones al respecto de por qué se te acerca este o aquél, cuándo, dónde y cómo, y toda la paranoia que acarreaban estas preguntas, eran lo normal, usual, típico. ¿Que si estaba preocupado? No precisamente.

En primer lugar, había algo que le interesaba de ella y que bajaba su guardia. Era una lástima que no recordara de dónde la conocía, un punto sobre el que ella insistía, con una resignación ante su mala memoria que a él le apenaba y le hacía íntima gracia. ¿Cómo iría a olvidar un rostro tan peculiar? Con sus rasgos, sus muecas, sus mejillas. Y los ojos, que eran un poema del alma. Se le hacía una verdadera ofensa para con esa metáfora olvidarlos, así como así. Es que le agradaba, sólo por ese rostro, esa familiaridad que le provocaba, esa compañía.

Decidió que iba a compartirle algo de él, sólo por ese roce invisible que se produce en el silencio entre dos personas, que puede ser cómodo o incómodo, y que para él, en ese instante, y luego de que ella soltara su última pregunta, se hizo entrañable. Es que, lo retrotrajo en el tiempo, atrás en su historia, conmoviéndolo. Era así, cada vez que las ‘memorias’ eran el tema a tratar. Él había perdido memorias importantes, y lo sabía. Pero. No podía recordarlas. Y aunque así fuera, aunque la consciencia no pudiera evocar más que retazos de imágenes o voces o aromas, a él le quedaba un vacío sólo habitado por una añoranza sin nombre, una profunda nostalgia, que golpeaba contra su pecho, a veces, cuando una melodía o un perfume lo tomaban desprevenido, removiendo lo que no debe ser removido. Porque lo que no te dicen en el contrato con el Departamento de Misterios, es que olvidarás todo lo que ellos quieran que olvides, desde misiones clasificadas, hasta rostros, vínculos, sonrisas. Sólo que, ¿pueden borrarse los sentimientos?

Lo cual es irónico teniendo en cuenta que yo misma quiero olvidar ciertas cosas... y al mismo tiempo no quiero olvidarlas. ¿Has tenido alguna vez esa sensación?

Ryan la miró en silencio, la expresión poco clara, sólo retraído, y al segundo soltó un resoplido ligero, acompañado de una sonrisa abierta. Habría retenido las palabras de ella en su cabeza, despedazándolas hasta entrañar su significado, o más bien, qué podían significar para él. Y dijo, entrelazando sus manos y dejándolas caer, colgando, entre sus piernas abiertas, la espalda bien recta pero en conjunto, derrotado por un suspiro triste y brillante la mirada, tan despierta. Sonreía ligeramente. Dirías que se había propuesto pensárselo muy en serio, aunque su frente estuviera despejada de preocupaciones, por una cierta condición natural en su fisonomía, que había forjado con años de carácter tranquilo, tanto que hasta parecía un pasota de la vida.

—No, la verdad—Le sonrió—. He hecho cosas que alimentaron la culpa en mi corazón, pero nunca querría olvidarlas. Me enfurecería tanto la idea. Me aferro mucho, supongo. Ya sea culpa o dolor, lo quiero todo, lo acepto todo. Olvidar no es—Se detuvo por un momento, mirando un punto fijo en la distancia, y continuó—: Creo que sería más acertado decir, que no me permitiría tal cosa. No creo que me lo merezca tampoco, sólo olvidar. ¿Y qué hubiera podido cambiar de todo lo que me molestaba si sólo olvidaba? No, nunca tuve ese pensamiento, de querer arrancarme un recuerdo. Supongo porque, espero que me lleven a algún sitio mejor si los llevo conmigo. Pero duelen, algunos recuerdos duelen muchísimo—susurró por último. Y añadió, sonrisa de por medio—: ¿Sabes? En mi caso, la ironía es que me lo han practicado, el borrado de memoria. No es como te imaginarías que es. En mi caso, al menos, no me ha traído paz, sólo caos. Extraño a alguien, tanto como para llorar cuando estoy solo, pero no recuerdo su nombre o su rostro, nada. Tampoco creo que un borrado de memoria sirva para aliviar la culpa o el dolor, porque las emociones tienen su propia memoria, y nuestra magia no puede tocarlas. Pueden privarte de evocar un rostro, pero nunca lo que te hace sentir. Digo, aunque no recuerdes que amaste a alguien, de alguna manera tu mente te jugaría el truco de desenterrar esos sentimientos para ti. ¿Me sigues? Claro que sí, porque eres una desmemorizadora—Y con un ligero tono de humor, agregó—: ¿Debería estar preocupado?
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Vie Mar 30, 2018 6:56 pm

No sé muy bien qué me llevó a poner en palabras aquella preocupación. Llevaba triste y apática las últimas horas, sí, y el día anterior había llorado más de lo que había llorado en los últimos dos años. Pero de todas formas, ¿qué me había llevado a hablar de ello? Llevaba prácticamente dos años sola, por mi cuenta, tragándomelo todo, fingiendo una sonrisa—cuando sonreía, claro—y poniendo un pie tras el otro para caminar y seguir adelante. Había sido capaz de mantener esa compostura durante mucho tiempo... ¿por qué ahora ya no me sentía capaz de sobrellevarlo sola?
Era duro. Lo que había experimentado la noche anterior era doloroso. Los Crowley estaban muertos, Sam estaba libre de ellos... y aún así, habían sido capaces de dejar una marca permanente en su memoria. Se habían asentado en su corazón cómo fantasmas se asientan en viejos caserones. Y allí iban a seguir. Mi amiga me había dejado ver todo aquello, experimentarlo cómo una pasajera dentro del vehículo que era su memoria... Había sido esclarecedor, me había permitido atar cabos, cerrar unas cuantas puertas que habían permanecido abiertas durante mucho tiempo, pero...
Pero... ¿por qué? No hacía más que preguntármelo una y otra vez. ¿Por qué? ¿Por qué alguien es capaz de hacerle eso a otra persona? No había excusa, no había motivo, para convertir a alguien en lo que Sebastian Crowley había convertido a Sam. La llevó al borde del suicidio, y ni siquiera tenía pensado dejarla tomar esa salida. Había utilizado a sus seres queridos cómo armas contra ella, pervirtiendo relaciones hermosas y duraderas hasta convertirlas en otro motivo más para temerle...
¿Qué clase de ser humano inmundo hace algo así?
Bueno, Gwendoline... está clarísimo... Alguien que disfruta del dolor ajeno, dijo una voz interior, respondiendo a mi pregunta.
Escuché lo que Ryan decía, simple y llanamente porque le había preguntado. Me esforcé por levantar la mirada de las teclas del piano, que seguía toqueteando torpemente en un esfuerzo de que su sonido alejase de una maldita vez todos aquellos pensamientos.
Todo lo que decía tenía sentido. ¿De qué servía olvidar? Por eso estaba dividida.

—No es algo que me haya pasado a mí.—Confesé en referencia a mis recuerdos.—Sé lo que quieres decir. Sé que nuestras vivencias, buenas o malas, han hecho que terminemos...—Abarqué con mis brazos todo alrededor.—...justo en este momento. Qu de haber ocurrido de otra manera, no estaríamos aquí. Y soy la primera que valora la importancia de los recuerdos, tanto los propios cómo los ajenos...—De nuevo, resultaba irónico que fuese precisamente yo, alguien que desempeñaba el trabajo ingrato de destruir o alienar los recuerdos ajenos a fin de proteger el mundo mágico y mantenerlo en su anonimato, quién asegurase valorar la importancia de los recuerdos.—¿Pero qué pasa cuando esos recuerdos son tan dolorosos que no te permiten avanzar? ¿Cuando te limitan?—No creía que fuese el caso de Sam. Sam parecía haber hecho todo lo que estaba en su mano para dejar atrás aquella horrible etapa de su vida... Pero... ¿y yo? Ahora yo también los había experimentado... ¿Qué podía hacer yo para dejarlos atrás?—No sé, es que... tengo la cabeza hecha un lío, Ryan.

El camarero se acercó a nosotros con una bandeja, recogiendo de encima del piano el vaso vacío de cerveza. En su lugar colocó un posavasos, y sobre este, un nuevo vaso que llenó con cerveza. Hizo lo propio con el vaso anterior de la bebida de Ryan, que se encontraba sobre el banco del piano. En su lugar, dejó otro posavasos y una nueva bebida llena.
Ryan me contó entonces una historia que me hizo replantearme algunas cosas. A él también le habían practicado un borrado de memoria, pero eso no había eliminado los sentimientos anidados en su corazón. Sonaba triste y hermoso al mismo tiempo. Supuse que debía sentirme aliviada de poder recordarlo todo. De que mi amiga hubiese compartido su dolor conmigo... Le había tenido que costar muchísimo.

—Lamento oír eso...—Dije, bajando de nuevo la mirada, posándola sobre mi regazo, mientras le daba vueltas entre mis dedos al vaso de cerveza.—No tienes que preocuparte por nada.—Esbocé una leve sonrisa. Quizás había pensado que estaba allí para borrarle la memoria o algo po el estilo, pero no era mi intención.—No he venido a borrarle la memoria a nadie, a no ser que tengas intención de hacer un espectáculo de fuegos artificiales mágicos delante de todas estas personas o algo por el estilo.—Levanté de nuevo la mirada, clavándola al frente, al fondo de la tarima, y bebí un sorbo de mi cerveza.—¿Por qué te borraron tus recuerdos? ¿Lo sabes o no lo recuerdas? Vamos, cuéntame un poco más. Te lo debo por no hacerte caso antes.

Me giré hacia él, apoyando un codo sobre el piano y mi cabeza sobre el dorso de mi mano. Lo cierto es que me refería a la historia que me contó acerca de aquel niño, esa que no escuché demasiado por estar demasiado centrada en mí misma. Quizás lo mejor que podía hacer era simplemente... no pensar. Y escuchar.
Escuchar a otros me podía distraer del ruido dentro de mi cabeza. Y Ryan... bueno, parecía una buena persona. Si estaba en la Orden del Fénix, no podía ser mala persona.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Ryan Goldstein el Vie Abr 06, 2018 7:48 pm



—Trabajaba en Departamento de Misterios, y no sé si lo sabías, pero todo lo que rodea a ese departamento es “misterioso”—dijo, con una leve sonrisa—. Hay ciertas... pautas de contratación. Sucederá igual aquí en tu país, asumo. Si decides irte algún día, ellos retendrán la información que consideran clasificada y delicada, sobre misiones que habré tenido pero que nunca sabré que, de hecho, yo hice. No me lo han quitado todo, ¿pero qué tomaron? Según ellos, “información altamente calificada de riesgosa”. Pero eso es lo que ellos dicen.

No podía hablarle mucho a ese respecto, en realidad. No le iba a mencionar sobre el mercado clandestino de memorias, ni su posterior enfrentamiento con el MACUSA y aquel departamento en particular por ese mismo tema. Una odisea que lo llevaría a replantearse muchas cosas sobre por qué y para quién trabajaba, y si acaso valía la pena. Ryan Goldstein, de momento, tenía algo claro: él obedecería órdenes mientras estas satisficieran sus propias demandas de justicia, igualdad y formas de obrar. Por eso, es que apoyaba a la Orden del Fénix y estaba metido en ella, en contra del sistema vigente, represivo y violento. Él no tenía ninguna motivación personal (como muchos de sus compañeros), sus motivos eran puramente moralistas, pero de esa moral que tiene el apasionado, cuando tiene una causa que lo guía a través de las adversidades. Él estaba dispuesto a dar la cara por personas que no conocía, no sólo porque fuera su trabajo, sino porque hallaba la expresión de su propósito personal en la ruta de la vida en ello, y nada más. No era un héroe tampoco, o una persona altruista. Era alguien que se dejaba llevar por sus propias convicciones, y estas lo habían llevado hasta allí, en un bar, la copa llena, tocando el piano junto a una extraña, de ojos bonitos. Y lo que es más, una buena disposición a la bondad.

¿Sería así?, ¿o una tremenda fémina de armas a tomar, dispuesta a arrebatarle sus secretos a la mínima oportunidad?

—Son algo curioso, los límites—dijo, retomando lo que ella preguntara anteriormente. La había estado escuchando con atención y le dio un descanso al piano. Entre que hablaba, cambió de postura: se sentó a horcajadas sobre el banco, encarándola. Ese hombre, tenía una facilidad muy suya para hallarse cómodo, en cualquier sitio, y hasta dirías, con cualquier persona—. Los límites de la “naturaleza humana” son espantosamente dilatados, ¿no lo crees? ¿Tenemos límites?—La instó a reflexionar, animado el acento—Para la tristeza o la alegría, ¿los tenemos?—Tomó un sorbo de su copa, pensativo. Había un brillo de entusiasmo en esos ojos cansados con el que recorrió brevemente las mesas del bar, pensando los fuegos artificiales harían un destrozo cargado de colores y confusión.

La había visto hacer aquel gesto abierto con los brazos al mencionarle la importancia de las vivencias de cada uno y se había sonreído, ligeramente divertido. Mira tú que entretenido, irte a topar con una maga en un bar, con problemas muy similares a los tuyos. No, debían ser muy distintos. Y aun así. Ryan Goldstein, la mirada cansada por un breve segundo en que le falló su optimismo, se dijo a sí mismo que lo doloroso era saber que aunque uno quisiera detenerse, sólo a veces, sólo un momento, el terrible secreto estaba en que había que avanzar y tú podías hacerlo, y así era: un pie tras otro, todo el tiempo, ese, que no se detenía, no perdonaba. Él no creía que el tiempo curara las heridas, pero. Avanzaba, eso seguro que sí.

Te daba segundos que se hacían horas de buena música y en los que creías que podías abandonarte a la despreocupación; te daba silencios que duraban una eternidad, febril y desesperada. Él no perdía fácilmente los estribos por las emociones, sean estas tristes o coléricas, pero siempre que se enfrentaba a un momento de quiebre personal era como estar al pie del camino para frenar la ola y saber que del golpe surgiría un tañido, persistente y prolongado, que regresaría a ti como el eco de emociones encontradas para romperte hacia adentro. Sólo a veces, con este sonido del alma, tocabas a alguien en el camino, y éste volteaba la mirada hacia ti, con el presentimiento de que parecía apropiado tender una mano, allá, en esa dirección, en la que hay un hombre donde hay una ola y una ola donde hay un hombre, tender una mano hacia ese desastre turbio que es el de una persona contra su corazón, y esos problemas que le hacen un lío en su cabeza. Sólo que no se daba fácilmente entre dos desconocidos, pero cuando sucede.

— No sé, tú me preguntabas—
continuó, casual— ¿Sientes que te limitan? Quizá es sólo el precio que tengas que pagar ahora. Hasta que veas las cosas más claramente. Me lo cuentas, como si te hubiera ocurrido algo que te apena, y puede que te apene hoy y te apene mañana. Pero eres inteligente, sí, tienes la mirada de alguien inteligente, no es sólo el cumplido de un borracho en un bar. Y le das vueltas, y vueltas. No te ofendas, pero creo que eres algo testaruda. En el buen sentido. Es decir, tú le seguirás dando vueltas, porque te importa. Hasta que descubras qué hacer. Entonces lo harás. No sé, esa es mi impresión. Si resulta que te tengo en muy alta estima, tú me frenas, ¿ok?—dijo, a modo de broma—Sin embargo, la gente como tú—sonrió, breve, como si recordara algo o a alguien en su mente—, que tanto piensa, debería dejarse llevar un poquito, en ocasiones.

El camarero seguía limpiando vasos detrás de la barra.

—Y creo que te has soltado un poco conmigo, ¿no es así? Creo que eso es bueno. En cuanto a mí, no le doy demasiadas vueltas a lo que me preocupa. Si algo me molesta, ¡me desespero por cambiarlo!—exclamó, llevándose las manos a la altura del pecho, como si fuera a aferrar algo con mucha fuerza. Luego, deshizo el gesto—Puedo desesperarme, ¿sabes? Como todo el mundo, cuando le toca. No siempre es bueno, porque al mandarme puedo meter la pata. Pero tengo que estar haciendo algo, o me quemo el cerebro. Dime, sobre esto que te preocupa, ¿qué estás haciendo al respecto?

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Lun Abr 09, 2018 6:18 pm

Siempre que había visto, en una serie o en una película, una de esas escenas en que dos desconocidos en la barra de un bar empiezan a hablar, contándose sus penas cómo si se conociesen de toda la vida, lo había sentido cómo algo irreal. Algo estúpido. Es decir, ¿no es arriesgado contarle todas tus penas a una persona que no conoces? ¿Qué sabes tú si esa persona es de fiar o es un enemigo?
Allí estaba yo, haciendo exactamente eso: contando mis penas y escuchando sus penas. ¿La diferencia con esos dos hipotéticos extraños que empiezan a conversar sobre copas que se van vaciando a ritmo alarmante? Que yo había visto antes a aquel hombre. Él no me recordaba, pero yo... bueno, yo siempre he tenido buena memoria. Pero pensándolo fríamente, no éramos muy distintos de dichos extraños, pues en realidad no sabía de él más que su nombre, y solamente le conocía de vista antes de llegar a aquel bar.
Así que, felicidades, Gwendoline: te has convertido en un cliché de película y serie.

—No me digas.—Respondí con una sonrisa divertida ante la suya, cuando me comentó que trabajaba en el Departamento de Misterios, un lugar "misterioso". Sam me había advertido acerca de aquel departamento en concreto.—Deduzco por lo que me estás contando que no crees que se hayan limitado a borrarte solamente la información referente al departamento. ¿Por qué habrían de borrarte más cosa?

Por primera vez me mostré interesada en lo que me contaba. Conocía a varias personas que habían visto sus recuerdos borrados, modificados o alienados. Yo misma era la responsable de modificar y borrar recuerdos de decenas y decenas de cabezas. A veces me sentía terriblemente culpable por tener que borrar un evento mágico que transcurría durante una cita romántica, o un momento padre-hija... Todo ello borrado porque alguien ahí arriba creía que era mejor mantener un secreto absurdo, antes que integrarnos en el mundo muggle.
No sabía si seguía el planteamiento de Ryan, pero en el mundo en que vivíamos, rara vez se respetaban los límites. Cada día se violaban los límites de los derechos de otros, alegando que eran traidores al gobierno, o simplemente que eran inferiores por su sangre.

—No puedo decirte mucho sobre los límites de la naturaleza humana, Ryan.—Bebí un sorbo de mi cerveza, más por mojarme los labios que por beber.—Solo sé que cada día se violan más y más límites, y este mundo en el que vivimos se pudre un poquito más. Y me pone enferma...—Había sonado muy depresiva, la verdad. Me sentí un poco culpable.—Perdona... Pero creo que no tenemos límite. Cada día tenemos menos límite. Nos parece perfecto coger a alguien, revisar sus recuerdos cómo si fuesen las páginas de una guía telefónica, y coger lo que nos apetece. Borrar o modificar. Y otros son peores...—Los Crowley. Esa gente que cree que puede poner una correa metafórica alrededor del cuello de una persona y convertirla en su esclava. Esa gente que cree que pude moler a golpes a una persona para obtener lo que quiere, convirtiéndola en el proceso en menos que un objeto.

La pregunta que planteé fue buena. Cierto, muchos de nuestros recuerdos eran el equivalente a nuestras vivencias, pero en ocasiones se convertían en un lastre más que en un impulso. Gente que no podía seguir adelante porque había sufrido lo insufrible a manos de otro. Gente que para empezar no había pedido sufrir de la manera que había sufrido.
No creía que los nuevos recuerdos que tenía, y que no eran míos, me fuesen a limitar. Creía que ya había llorado el día anterior, y la noche también, todas las lágrimas que podía llorar a causa de estos recuerdos. ¿Pero y Sam? Parecía feliz, pero... la había visto venirse abajo ante el recuerdo de Sebastian y sus dos hermanos. ¿Estaba realmente bien? ¿Realmente feliz?

—No lo sé.—Respondí con franqueza, y es que no tenía ni la menor idea de si me limitaban o no. No sabía lo que tenía por delante. Entonces escuché sus palabras, y lo cierto es que supo calarme bastante bien. Quizás había bajado mis defensas con él, y me veía cómo quién era: la misma persona insegura que era en Hogwarts.—Sorprendentemente, has hecho una buena descripción de mí. Estudié en la casa Ravenclaw, y supongo que pensar va incluído en el paquete de los Ravenclaw. Le doy muchas vueltas a todo, e intento encontrarles siempre una solución. Es cierto, hay cosas irreparables, cosas que no pueden solucionarse, pero... Es algo innato en mí. Siempre intentaré arreglar las cosas.—Incluso aunque esas cosas escapen por completo a mi control. Solté una carcajada sarcástica, entonces.—¿Dejarme llevar? Créeme, actualmente, esa es la peor idea del mundo. Viendo quién manda ahí arriba... Mejor no dejarse llevar demasiado.

Esbocé una leve sonrisa, asintiendo con la cabeza. Sí, me había soltado un poco con él. El señor Guinness, aquí presente dentro de mi vaso, me estaba ayudando. Ciertamente, de no haberme tomado tres cervezas y parte de otra, estaba segura de que no habría empezado a hablar con un desconocido.
Hizo una descripción de sí mismo que se asemejó bastante a mí. Desesperarse por los problemas... ¡Oh, cómo podía entender eso! Y últimamente, había muchos problemas en mi plato, y me estaba costando mucho trabajo comérmelos. Su pregunta resultó curiosa, pues lo cierto es que no podía hacer absolutamente nada para solucionar lo que me preocupaba. Era parte del pasado.

—Nada.—Suspiré profundamente, bebiendo otro sorbo de cerveza, retirándome de encima del piano e irguiendo la espalda sobre mi asiento. Ryan se había girado en el banco y me miraba.—No puedo hacer nada porque hace ya mucho que ese tema se solucionó. Pero sus consecuencias son dolorosas.—Bebí otro sorbo, pensativa, clavando poco a poco la vista en el suelo por delante de mí.—Pero me estoy enfadando. Estoy pensando en la posibilidad de hacer cosas que antes no me hubiese siquiera planteado. Prometí que no dejaría que algo así volviese a suceder, pero... No sé si seré capaz de honrar esa promesa.

Y bebí otro sorbo de cerveza, esta vez más largo. El vaso quedó casi vacío, descansando en mis manos. ¡Felicidades, Gwen! ¡Te has convertido en una alcohólica que cuenta sus penas en un bar! ¿Algún cliché más que quieras meter en tu vida? Por ejemplo, podrías dejar el Ministerio y montarte tu propia oficina de detectives privados... Esbocé una sonrisa irónica, carente de humor alguno.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Ryan Goldstein el Mar Abr 10, 2018 12:02 pm




¿Por qué habrían de borrarte más cosas?

Eran vagas impresiones, las que lo alcanzaban desde lo hondo de los sentidos, sembrando en él las preguntas de por qué y quién: un aroma, el deja vú de una caricia, lugares que se le hacían más familiares de lo que debían. Había algo inquietante en sentir por momentos que una cosa importante se te escapa, o una persona. Ryan tenía el recuerdo de un rostro que se hacía humo cuando quería asirlo en el pensamiento, así como también incidía en actos fallidos que no se explicaba, o se conmovía en ocasiones de las formas o por los motivos más inesperados. Esos eran, él no lo dudaba, los vestigios de una historia perdida. Y es que la memoria, era mucho más complicada de lo que incluso los magos podían comprender.

—Eso es un misterio—
comentó, despreocupado el acento.

Conque “solo sé que cada día se violan más y más límites…”, conque era así. Ryan la escuchó muy atentamente, no sólo como un compañero de copas, sino como un mago con compromiso en la situación actual que atravesaba la comunidad mágica londinense. Después de todo, ¿cómo se hacía la resistencia? Aliándote con aquellos que tienen un motivo para expresarse indignados y descontentos. No estaba pensando invitarla a la Orden, desde ya. No de momento. No era así como se hacía.


No sé si seré capaz de honrar esa promesa.


Espera… ¡la Orden!

Ryan Goldstein se carcajeó solo, blanca la sonrisa, justo en ese instante, antes de decir cualquier cosa. Muy inoportunamente. Y es que, ahora la recordaba. De la reunión de la Orden del Fénix. Fue en ese momento, no otro, en que cayó en la cuenta de lo mal que había estado con Gwendoline Edavane, ¿y es que dónde había tenido la cabeza todo ese rato? Lo último que ella dijera lo tocó, calando hondo en el pecho. Él también había hecho promesas. Pero se le hacía intrigante que la recordara inmediatamente luego de ese comentario. Era curiosa e intrincada, la memoria. O la mala memoria, como parecía ser el caso del rubiales de ahí, tan risueño de pronto, quebrando el ambiente.

—¡Lo siento!—
Hizo el ademán de ir a tocarle el hombro (la espontaneidad del gesto cuando es inconsciente), pero en el acto retrocedió la mano, y en cambio, la cerró en un puño que se llevó a la boca, tapándose esa sonrisa que tenía por la brevedad de un instante, pensativo. Es que su mente volvía atrás en el tiempo a aquella reunión, y la estaba buscando de entre los asistentes—. Es que ahora vengo yo a acordarme de ti—La miró, sonriente. Era muy honesto a la hora de expresarse facialmente, al menos, en lo que era simpatía—. ¡No quise reírme! Habrás pensado… Y pensar que te estaba considerando para reclutarte, ¿sabes?—murmuró, en complicidad. Esas cosas, se decían siempre susurrando. Él sonreía, sonreía—. A lo nuestro—se interrumpió, recuperando la compostura—Pero qué me cuentas—dijo, amable—. Si has tenido el coraje de llegar hasta donde estamos—alegó, refiriéndose a la Orden del Fénix—No te autosabotees. Pero, hasta que dejes esa actitud; yo puedo creer en ti si tú no lo haces, no estás sola.

Y precedido de una ínfima pausa continuó, todavía afectado por lo que acababa de descubrir:

—Sólo mira, ¡hasta donde hemos llegado!—exclamó luego con ironía, al tiempo que abría los brazos en un gesto, señalando la situación: el piano, las copas de más, dos extraños confesándose en un bar. Aparentemente, todo se le hacía muy gracioso. Y soltó, casual—: Estaba loco por besarte—Rió—Es que, ¿sabes? Es una frase de ligue típica de un desconocido: “¿No me recuerdas?”. Y me sentí todo halagado—confesó gratuitamente, sin pena el hombre, realizándole de paso un cumplido—. Hubiera sido incómodo, ¿no crees?
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Jue Abr 12, 2018 3:35 pm

Un misterio. Por supuesto. Todo era un misterio cuando del Departamento de Misterios de trataba. No pude más que sonreír de manera irónica ante la respuesta de Ryan. Tampoco es que esperase que conociese la respuesta a mi pregunta, pues conocerla implicaría saber exactamente qué le habían quitado de la memoria.
El Departamento de Misterios. Ese departamento del Ministerio de Magia sobre el que Sam me había hablado en más de una ocasión. Sobre el cual me había advertido. Su "amigo", Matt Forman, ese en el cual solo podía pensar cómo en un capullo de primera categoría, trabajaba allí. Bueno, ¿qué trabajaba ni qué trabajaba? Era el jefe. También me había advertido sobre él, y pese a que tenía el dudoso placer de haberle conocido en persona, cuando Sam le había invitado alguna vez a quedar con nosotras... jamás comprendí por qué semejante individuo llamó la atención de Sam en un primer momento.
¿Sería él el "gracioso" encargado de borrar los recuerdos de Ryan?

—Brindemos por los misterios.—Dije, alzando mi vaso antes de llevármelo de nuevo a los labios para beber un poco más de cerveza negra.

No sé en qué momento tuvo lugar la revelación que llevó a Ryan a reconocerme. No sé qué hizo saltar el recuerdo de la parte tasera, del trastero de su memoria, a la parte frontal. Pero sucedió. Me pilló totalmente desprevenida esa disculpa, y abrí un poco más los ojos mientras Ryan se explicaba. La Orden. Por supuesto, reclutarme para la Orden... cuando yo misma ya estaba en la Orden. No pude más que sonreír divertida ante aquella ocurrencia. Habría sido de lo más gracioso. ¿Por qué no has seguido un poco más sin darte cuenta?

—¿Te soy sincera? Creo que en el estado que estoy ahora, te habría seguido la corriente. Hasta un límite, por supuesto: no soy tan mala, y en algún momento te habría contado la verdad.—Reí un poco, por primera vez desde... bueno, desde que había sido pasajera de la mente de Sam en aquel hermoso recuerdo en que bañaba a Don Cerdito. Por supuesto, no me ofendí de que Ryan se riese.—¿Qué hay de malo en reírse cuando este mundo ya es bastante triste?—Le dediqué una sonrisa sincera, quizás un poco alcohólica, pero sincera a fin de cuentas.

Me pidió que no me autosabotease, que no tirase piedras contra mi propio tejado. No podía negar que tenía razón, pues en aquel mundo siempre sobraría gente para tirar piedras a tejado ajeno. Bien cierto es eso que suele decirse, que nosotros mismos somos nuestros peores enemigos. Ryan me alentaba a creer en mí misma, y me dijo que hasta que fuese capaz de creer en mí misma, él podía creer en mí. Le miré con sorpresa, y entonces traté de camuflarla con una sonrisa.

—¿Cómo podrías creer en mí? Ni siquiera me conoces...—Bebí otro sorbo de aquel vaso que ya estaba más vacío que lleno, y entonces maticé.—Casi, quiero decir. Casi no me conoces. ¿Aún así crees en mí? Podría ser una completa decepción...

No estaba imprimiendo a mis palabras un tono negativo, ni mucho menos. Realmente, sentía genuina curiosidad. ¿Se puede creer en alguien a quién apenas conoces? Porque lo cierto es que mi historial tampoco me avalaba: un duelo lamentable con Ulises Kant que había terminado conmigo retorciéndome de dolor, víctima de la maldición Cruciatus, una misión con la Orden del Fénix en Hogsmeade... y poco más. No era la bruja más competente del mundo, y pese a que tenía intención de seguir esforzándome por mejorar, no las tenía todas conmigo.
Ryan siguió hablando, y lo que más me pilló por sorpresa fue su confesión: estaba loco por besarme. Devolví mi atención hacia él, en esta ocasión sin ser capaz de esconder mi sorpresa, y por un momento me desaparecieron de la mente todas mis preocupaciones.
¿Y qué ocupó su lugar? El desfile de "exes" de Gwendoline Edevane, si es que a algo de todo eso se le podía llamar "ex": un par de besos por aquí, una expedición por debajo de mi blusa por allá... No, definitivamente, no era la persona más indicada para atraer la atención masculina. Algo estaba claramente fastidiado dentro de mí.

—Creo que te habrías llevado una decepción conmigo si lo intentases.—Me encogí de hombros, casi disculpándome con él, cómo si hiciese falta que me disculpase por algo que ni siquiera había ocurrido.—¡Oh, sí! Te puedo asegurar que habría sido terriblemente incómodo, basándome en mi horrible historial. Tengo tendencia a salir corriendo cuando pasa algo así.—Comenté, medio en broma, medio en serio.—En mi defensa diré... que no sé ligar, Ryan. Y soy una persona muy difícil de querer. No le deseo a nadie caer en semejante desgracia.

Y mi cerveza se terminó con otro trago. Dejé el vaso vacío sobre el posavasos sobre el piano, y me quedé mirando el vidrio manchado de espuma blanquecina que resbalaba en dirección al fondo del recipiente. Pasé un par de segundos así, y entonces miré a Ryan de nuevo.

—Podemos ser amigos, si quieres. Siempre y cuando aceptes a una persona difícil cómo yo como amiga.—Dije de repente, en un arrebato de sinceridad.—Y más cuando tocas tan bien el piano. ¿Conoces The end of the world, de Skeeter Davies? Me encanta esa canción.

Estaba en un nivel óptimo de alcohol en sangre, suficiente para acercarme al micrófono y ponerme a cantar, si él me daba música con esa destreza que tenía para el piano.


Skeeter Davies - The end of the world:

La dejo por aquí por si Ryan la conocé ^^
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Ryan Goldstein el Dom Abr 15, 2018 9:12 pm

Creo que te habrías llevado una decepción conmigo si lo intentases.


Tenía una forma de expresarse sobre sus virtudes —negándolas todas—, que le sacaba a él sonrisas muy sutiles, pensando para sí que era curioso cómo la imagen distorsionada que una persona puede tener de sí misma cambia cuando otros participan de esa visión, cuando eres vista o visto por otros ojos, que tendrán siempre algo que agregar o quitar, incluso soñar, sobre ti.

Ryan podía no conocerla, pero ya sabía mucho de Gwendoline Edavane. Era una mujer con actitud, y amable. Había hecho lo que pocos, porque unirse a la Orden no era precisamente algo para cobardes. Y eso le bastaba. A él, que era un hombre de acción. Sobre todo, eso: que ella hacía algo con lo que le molestaba —un gobierno represivo, un problema que aquejaba a muchos que no podían defenderse a sí mismos—, y reaccionaba antes que mantenerse en una actitud pasiva. No es que la idealizara. Era sencillamente, que la miraba con otros ojos, y los suyos perdonaban, agradecían, y se dejaban seducir por las sombras misteriosas de sus gestos femeninos, que tenían un cierto encanto.

En el fondo, Ryan Goldstein se sentía enamorado de las personas reservadas, profundas y encantadoramente divertidas. Sólo desde que aprendió a conocerlas. Antes de eso, ni las tenía en cuenta. Después de todo, su carácter había pasado por varias facetas, y así también pasaron personas por su vida, que lo ayudaron a descubrir mundos —cuando otras, destruyeron el suyo, o al menos, así fue como se sintió—. Luego, sí, fue capaz de percibir la gracia coqueta de un silencio en buena compañía, una compañía que era distinta a otras por sus propias características, única.

No había forma de que él pudiera expresarle cuánto apreciaba lo que comenzaba a descubrir de Gwendolin en palabras, de forma que calaran en ella —o de forma que no pareciera que quería colarse debajo de su blusa—. No podía, tampoco, forzarla contra el piano a verse como él la veía en ese momento, ese lugar, junto a ese piano. Si quería infundirle la simpatía que él comenzaba a sentir por ella, de manera que ella se sintiera halagada y se atreviera un poco a verse a través de los ojos de él, sin reparos. Si eso quería. Sólo podía, ser. Hasta que se acostumbra a él, Ryan. Ser con ella, como dos personas que empiezan a conocerse, como amigos, como. ¿Sería verdad que tenía tendencia a salir corriendo?


En mi defensa diré... que no sé ligar, Ryan. Y soy una persona muy difícil de querer.
No le deseo a nadie caer en semejante desgracia.


—¡Estás siendo catastrófica!—Rió—. Pero—añadió, fingiendo seriedad e inclinándose hacia ella, en complicidad—, asumiré el riesgo. Sólo promete que lo llevarás despacito conmigo.


***

Why does the sun go on shining?
Why does the sea, rush to shore?


Gwendolin se había levantado para tomar el micrófono, y él accedió encantado a tocar para ella. Cantaba con esa vocecita preciosa, herida, de paloma aunque Evans Mitchell tendría una opinión muy diferente. Siguiera la letra o se olvidara de ella, o cayera en la inflexión de su voz desafinando un poquito, ese buen público, amable, que tenían entre las mesas, la alentó a tomar a la canción por los cuernos (VAMOS PRECIOSA, Don't they know it's the end of the world♫ , BRAVA) entre que Ryan alternaba la mirada entre el público (haciendo mudos gestos para que la animaran), las teclas y ella, y se sonreía. Hasta que llegaron las últimas notas, y se hicieron los aplausos.


Why does my heart go on beating?
Why do these eyes of mine cry?
Don't they know it's the end of the world.
It ended when you said goodbye.



***


Dejaron atrás la calidez acogedora del bar, saliendo por la puerta. Había poca gente o casi nadie andando por la acera, y sus pasos resonaban a través de la noche. Eco, eco, eco, una risa. Ryan hablaba —mucho que hablaba—, entre que acompañaba a Gwendoline. Hasta que se detuvieron en la esquina de un callejón, oscuro, muy oscuro.

—Mi camino a casa—indicó, con un gesto de cabeza hacia lo que era un estrecho callejón y había un gato sobre bolsas de basura que maulló y huyó corriendo, ¿de una rata pendenciera? Estaba claro que su idea era desaparecerse, teniendo la discreción de hacerlo fuera de la vista de los curiosos—. ¿Tú estarás bien?

Al instante siguiente de despedirse (todo muy encantador, él), hizo algo extraño. En vez de salir encaminado por la derecha, la forma más inmediata de pisar el callejón, salió por la izquierda y rodeó a Gwendoline en una vuelta de quien se hace el gracioso y va andando campante por la vida, ¿queriendo confundirla?, y todavía hablando (¿a su nuca?, ¿le hablaba a su nuca?, ¿por qué se iba caminando pasando por detrás de su espalda?): “Prometo recordarte la próxima vez”, “Te mandaré una lechuza”, rodeándola muy de cerca hasta detenerse junto al hombro izquierdo de ella, y besarla. Salido desde un costado, asaltándola inesperadamente, con esa tibia despreocupación que desprendía, hizo el ademán de besarla, con esa prontitud que tiene la espontaneidad para estamparse con la efusividad tierna y desinteresada de un beso, de buenas noches.  


Es que Ryan Goldstein era así, traicionero.

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Lun Abr 16, 2018 2:57 pm

¿Catastrófica? No, estaba siendo realista. Realista cómo no había sido en toda mi vida. ¿Qué es más probable en esta vida? ¿Que una persona que siempre está en el centro del conflicto, siempre con diferentes personas, sea siempre la perjudicada, o que sea la causante más probable de dichos conflictos? Cierto es que existe gente con muy mala suerte y muy buenas intenciones que termina metida en problemas sin buscarlos. Pero si hablamos de ligues y relaciones... ¿Qué es más probable? ¿Que una persona que siempre tiene pegas que sacar a los demás sea la rara, o que todo el mundo tenga una rareza?
No me iba a poner a discutir al respecto. Sencillamente, creía que me conocía bastante mejor de lo que Ryan Goldstein podía conocerme en apenas unas horas que llevábamos allí, con cerveza y lo que fuese que estuviese bebiendo él de por medio.

—¿Qué clase de riesgo quieres asumir?—Le pregunté, sinceramente patidifusa a su afirmación. ¿De qué estábamos hablando así de repente? ¿No había renunciado a sus intentos de ligar conmigo?—No creo que...—Empecé a decir, pero de repente no le vi el sentido a intentar explicar nada. Debía estar bromeando, y punto. No cabía mayor posibilidad.

Además, en aquel momento, ya le había dicho que podía intentar ser su amiga. No iba a intentar nada más que eso. ¿Qué sentido tendría volver a hablar de "ir despacio"? Vale, tenía asumido que yo era una persona rara, que la que tenía el problema era yo y no los demás, pero algunos hombres parecían tener un problema de oído bastante marcado. ¿Cómo si no podríamos explicar que a pesar de lo que le había dicho, Ryan siguiese intentando algo conmigo? De verdad, esa noche no tenía humor... para nada de eso.
En un intento por alejar todo aquello, le pedí a Ryan que interpretase otra canción: The End of the World, de Skeeter Davies. Para mi alegría y emoción, Ryan la conocía, y se puso a interpretarla. Envalentonada por el alcohol que había bebido, no dudé demasiado a la hora de ponerme delante del micrófono y cantar cómo buenamente podía. Y esa canción, esa letra, trajo viejos recuerdos a mi mente.
Hubo una época en que yo misma podría haberme sentido identificada con aquella letra. Fue precisamente la época que siguió al asesinato de Milkovich, el cambio de gobierno que nos había dejado en la situación que estábamos. Durante todo un año, el mundo se había terminado para mí. Mi madre encerrada en el Área-M. Mis amigas desaparecidas. Mi padre... a mi padre yo misma le cerré la puerta. No podía relacionarme con mi familia muggle simplemente porque les pondría en peligro, y poco o nada quería saber de los Edevane. Quizás a la que más echaba de menos de todos ellos era a mi abuela, Astreia. Pero no nos engañemos: todos eran puristas, y estarían felices de que Voldemort estuviese en el poder.
Durante aquella época, yo también podría haberme preguntado por qué todo seguía adelante si el mundo ya se había acabado para mí...
...y entonces. Entonces volvió ella. La primera en volver. La primera en irse, y la primera en volver. ¿No es eso acaso algo maravilloso? Y encima... ahora sabes por qué ocurrió. Mientras cantaba, desafinando y recordando la tarde anterior, no pude evitar que un par de lágrimas resbalasen por mis mejillas. Ahí tienes tu respuesta, Skeeter Davies: el sol sigue brillando porque a veces hay algo bonito que todavía está por venir.


***

Cerca de las once de la noche, Ryan y yo salíamos del piano bar. Mientras él intentaba mantener una animada conversación, mis respuestas no eran las más elocuentes. Y es que, por mucho que quisiese que mi cabeza se centrase... no lo estaba. Físicamente estaba junto a él; mentalmente estaba a kilómetros de distancia. Así que le acompañé de manera casi mecánica, dejándome llevar.
Finalmente, nos detuvimos junto a un callejón oscuro, y llegó la hora de la despedida. ¿Por qué junto a un callejón? Pues por lo de siempre: magos y su santa costumbre de aparecerse y desaparecerse. No iba a decir que yo fuese una excepción, pues era de las primeras en utilizar aquella maravilla que tanto tiempo y caminatas podía ahorrar, y más en una ciudad cómo Londres, dónde es una locura siquiera pensar en conducir un coche.

—Estaré bien. Ya sabes, luchando día tras día.—Respondí ante su pregunta, una pregunta llena de amabilidad... y ojalá la cosa se hubiese quedado ahí.

Ryan hizo algo extraño. Algo extraño de lo cual realmente no perdí detalle. Le miré con una ceja levantada mientras me rodeaba de manera extraña, y cuando en un momento dado me fui a dar la vuelta, vi claramente sus intenciones. Siempre igual... ¿Sabéis ese momento en que un chico, de repente, pierde todos los puntos positivos que había logrado ganar? Pues eso le pasó un poco a Ryan Goldstein. Y poniéndole una mano en el pecho, le detuve antes de que hiciese nada de lo que podía ser que se arrepintiese... pues no llevaría a nada, salvo a un rechazo por mi parte.
Ya me lo agradecería más adelante.

—Vale, voy a detenerte ahí, y en honor a nuestra posible amistad y compañerismo, hacer cómo si esto nunca hubiese ocurrido, ¿vale?—Hablé con franqueza y sinceridad, seguramente gracias a la magia de la cerveza negra.—No te ofendas. Simplemente, empiezo a pensar que no me gustan los hombres. De hecho, empiezo a pensar que no me gustan los humanos, a secas.—Bueno... quizás una humana en concreto sí que te guste...—Así que buenas noches, Ryan Goldstein. No te has ganado mi número de teléfono, así que... tendrás que arreglarte con el correo mágico ordinario.—Y dicho esto, le di un par de palmadas en la mejilla, suaves y sin intención de hacerle daño, mientras componía una sonrisa burlona en la cara.


***

Volví a casa caminando, intentando disfrutar del frío viento de la noche londinense y dejar que los restos de la tristeza del día anterior se marchasen. Aquello tardaría mucho en marcharse, si es que alguna vez se marchaba, pero ahora me sentía un poco mejor. Lo suficiente cómo para sacar mi teléfono móvil del bolsillo y abrir el whatsapp.
No habíamos hablado desde la tarde anterior. El mensaje de Sam, reconociendo que quería chocolate, con un cerdito al final, me recibió en su ventana de whatsapp. Esbocé una sonrisa... y entonces le escribí.




Pensé en cerrar aquello con algo más bonito, algo más profundo, pero... creo que después de lo ocurrido las dos necesitábamos, simplemente, normalidad. Así que, cuando ella me respondió, con una sonrisa en la cara empecé a hablarle del piano bar. También le hablé del pintoresco Ryan Goldstein, y creo que una vez hice eso, empezó a relajarse del todo el ambiente. Hubo risas y hubo bromas, hubo falsa indignación por mi parte...
...y sobre todo hubo normalidad. Bendita normalidad.
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