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Us against the world // {Juliette Howells & Max McDowell}

Maximillian McDowell el Lun Mar 19, 2018 7:29 pm


Lunes 19 de marzo de 2018 / Una pequeña cafetería perdida en medio de Londres / 17:27 horas

Marzo en Londres. Época de frío, época de lluvias, época de nieve. ¿Le sorprendía a alguien?
A Max McDowell, desde luego, no le sorprendía lo más mínimo. Llevaba toda su vida viviendo en el Reino Unido, y casi siempre, o siempre, en Londres o sus alrededores. Estaba acostumbrado al frío, estaba acostumbrado a la lluvia, y estaba acostumbrado a la nieve. De hecho, llevaba bastante bien el frío, pues era de todos sabido que no había mejor manera de ahuyentar el frío que el movimiento. Cómo practicaba tanto deporte, rara vez se encontraba teniendo frío.
Aunque las noches que fallaba la calefacción en la residencia universitaria... ¡Oh, sí! Esas noches sí que sentía el frío. Cabría esperar que una instalación mágica en una universidad mágica no fallase... pero fallaba. La magia era en muchos sentidos tan caprichosa, o incluso más, que la tecnología muggle.
Nevaba en el exterior. Max contemplaba la calle a través del cristal empañado de una pequeña cafetería dónde había quedado en reunirse con Juliette Howells. ¿Y quién era Juliette Howells? ¿Un nuevo ligue de Max? ¿Una chica en la que estaba interesado? No, ni mucho menos; simple y llanamente, Juliette Howells era la mejor amiga del mundo, la mejor amiga de Max.
Desde Hogwarts se conocían, y desde entonces habían sido prácticamente uña y carne. Max entendía a Juliette, y Juliette entendía a Max. A veces, el uno al otro se entendían mejor que a ellos mismos. Ambos inteligentes, ambos miembros de la Casa Ravenclaw, habían congeniado desde el primer momento. Y por eso Max no la veía de otra manera que cómo a su mejor amiga.
Max llevaba diez minutos sentado en aquella mesa, con una taza humeante de café delante. No es que Juliette llegase tarde, si no que él había llegado exageradamente temprano. Siempre le ocurría. Era un maniático de la puntualidad, y prefería llegar veinte minutos antes a llegar con el tiempo justo.
La camarera, una agradable señora de pelo negro envuelto en una redecilla, pasó cerca de su mesa con una jarra de café medio llena en la mano. Max apenas había bebido la mitad de su taza, pero aún así la mujer se ofreció a rellenársela. El joven McDowell aceptó.

—¿Te han dado plantón, muchacho?—Preguntó la mujer, y Max se dio cuenta de que no era británica. No solo por su acento, si no por comportamiento. Un comportamiento muy americano, muy yankee. Debió notarlo en cuanto la vio paseándose por las mesas con la jarra de café, de la misma manera que había visto muchas veces en películas y series, en bares de carretera ubicados en Estados Unidos.

—¡Qué va! He llegado muy pronto.—Max levantó un poco la taza de café en dirección a la mujer, antes de llevársela a la boca.—Gracias. A su salud.—Le dijo educadamente, antes de dar un cuidadoso sorbo al café caliente.

Dejó una vez más la taza de café sobre la mesa, sacando su teléfono móvil del bolsillo de su chaqueta. Comprobó la hora: las cinco y diecisiete de la tarde. ¡Pues si que había llegado temprano! Todavía faltaban tres minutos para la hora. Volvió a concentrar su mirada en el mundo más allá de la cristalera del local, un mundo que poco a poco se iba tiñendo del blanco de la nieve...
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Juliette Howells el Miér Mar 21, 2018 7:25 pm

Juliette iba con prisas, no porque llegase tarde a ningún sitio, si no porque sabía que Max llegaría antes que ella y la ganaría como siempre hacía. Mira que la chica era puntual pero su mejor amigo tenía casi que un don con eso, si es que se puede llamar don a eso, claro. El caso es que aunque Juliette nunca se había rendido en ganarle algún día, sabía que sus probabilidades eran remotas. Que si, que podría haber salido de la universidad quince minutos antes y llegar a y diez al local pero eso en cierta manera sería hacer trampas, la cosa no estaba en Juliette llegar antes, si no en Max que no llegase pronto. Y eso, a no ser que pasase alguna cosa muy fuerte, no ocurría nunca. Pero vamos, que la puntualidad de su amigo tampoco era mucho tema de debate ni interesante, así que vayamos a lo importante.

La chica salió de la estación de metro (menudo invento muggle, el metro)  que dejaba un par de calles del bar y se puso a caminar hasta llegar a su destinación. Llevaba puesto un abrigo enorme y encima una bufanda extra-size de esas que se habían puesto de moda hace un par de años. Desde que las vio no se las pudo quitar de la cabeza (literalmente, bueno, del cuello) y siempre que hacía frío la veías puesta con una de esas. Eran de esas que tanto era su tamaño que no apenas alcanzabas a ver la cabeza de la persona de atrás, obviamente exagerando, pero es que eran taaaaan suaves y calentitas que enamoraban a cualquiera, de verdad.

Llegó a la localización del sitio pero antes de entrar se dirigió a ver uno de los ventanales transparentes del bar para asegurarse que el chico se encontraba ahí, y si, pudo reconocer a Max entre la clientela. Hizo un par de señales para captar la atención del chico y le saludó con la mano desde fuera. Tenía muchas ganas de ver al chico, la verdad es que entre la universidad de los dos y los problemas donde estaban metidos ambos les impedía verse muy a menudo y en comparación a Hogwarts no se veían casi nada.

Entró con una sonrisa de oreja a oreja por la puerta del bar, hasta dirijirse a donde estaba Max —¡Maaxi!—Le saludó acercándose a él para darle un fuerte abrazo —Jolín, hacía mucho que no te veía, cuanto hace ¿un mes? ¿más? Esto no puede ser— Dijo toda indignada aún sabiendo que la mitad de la culpa era suya porque vivía estresada las veinticuatro horas del día. Se quitó la bufanda, dejó el bolso a un lado, la chaqueta.. en fin, toda la parafernalia que llevaba encima para luego conseguir sentarse—Hasta te ha crecido la barba, fíjate— Bromeó.

En esos momentos, la misma señora que había atendido a Max minutos atrás apareció para preguntarle a Juliette lo que quería tomar —Tomaré un café también, pero con mucha leche porfavor—Nunca le había gustado el café solo, le parecía demasiado amargo para soportarlo. —Bueno ¿y qué te cuentas? ¿Alguna cosa que haya cambiado tu vida por completo este último mes? —Preguntó, la verdad es que después de graduarse a Hogwarts habían tomado direcciones muy distintas, el chico se había ido por el campo de la medicina y Juliette por el de la política. Vamos, cosas totalmente diferentes pero igual de complicadas, la verdad ambos eran Ravenclaws e igual de listos, aunque Juliette siempre se picase y dijese que ella lo era un poquito más.
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Maximillian McDowell el Vie Mar 23, 2018 9:32 pm

Max consultó el reloj, no porque estuviese impaciente ni nada por el estilo, si no por mera curiosidad. Es cómo que el hecho de tener un reloj en la muñeca hacía que inevitablemente la vista se fuese allí. El ser humano consulta la hora de manera mecánica, automática, no porque tenga un motivo; simple y llanamente porque puede. Igual que muchas otras cosas parecidas en la vida.
La amiga del joven McDowell no se retrasó, ni mucho menos. Max lo sabía, pues nunca había ocurrido. La única posibilidad de que algo semejante sucediese es que Juliette Howells se encontrase con algún inconveniente en medio del camino: ya fuese una calle cortada, que el metro sufriese un retraso, que se encontrase con un accidente de tráfico en el camino... o cualquier vicisitud similar.
Pronto la vio a través de la empañada cristalera, y cuando la vio saludándole efusivamente, el joven le devolvió el saludo con la mano y con una sonrisa radiante y sincera en el rostro. Max era un joven muy dado a sonreír, muy alegre por norma general, pero no solía mostrar su auténtica sonrisa salvo a gente especial; para los demás reservaba la sonrisa de "chulito prepotente que todo lo sabe", incluso para amigos suyos. Cómo Ryan, su compañero de clase. McDowell vivía para hacer el payaso, y pretender demostrarle al mundo que nada le importaba.
Pero Juliette sí le importaba. Mucho. Cómo su mejor amiga, Max la quería más que a nada en el mundo.

—¡Llega usted tarde, señorita Howells!—Respondió Max, tan chinche cómo siempre, aún a pesar de que no era verdad, rodeando con los brazos a su amiga.—¿La barba? Te juro que cuando llegué estaba afeitado. ¡Debe ser de tanto esperar! ¿Tengo alguna cana?—Max empezó a revisarse cómicamente el pelo de la cabeza, cómo si de verdad buscase una cana inexistente.—Ahora voy a tener que comprarme más crema de afeitar, así que te toca pagar la primera ronda. ¡Tengo que ahorrar!—Y dicho esto, Max se rió. Entre ellos no existía esa falsa cortesía de que el chico pagase. Se consideraban iguales, y cuando a uno le tocaba pagar, el otro se aprovechaba... y viceversa, claro.

Se sentaron, y Juliette pidió un café con mucha leche, cómo era habitual en ella. Nunca sería un macho pecho peludo cómo Max, y el muchacho no dudaría en picarla un poco al respecto en algún momento. Entonces, en lo que la camarera volvía con la consumición de Juliette, decidieron ponerse un poco al día.
Sí, habían pasado algo más de un mes sin poder verse cara a cara, intercambiando algunos whatsapps, pero eso no era lo mismo.

—Ya sabes. Medimagia aquí, medimagia allá...—Max siempre tan específico con las cosas de la carrera. ¡Qué riqueza de detalles!—¡Oh, bueno! Vi a mi hermana el mes pasado. Se pasó por la universidad a invitarme a comer.—Max se encogió de hombros, asiendo la taza de café y concentrando la vista en el líquido oscuro de su interior.—Ha sido guay volver a verla, supongo. No la veía desde... días antes de que se cargase a Milkovich.—Max hablaba con franqueza, y si bien no lo dijo en voz alta, evitando que nadie a su alrededor salvo Juliette pudiese escucharlo, no tuvo tapujos a la hora de decirlo.—¿Y qué hay de ti? ¿Sigue tu hermano con esas ideas de bombero de siempre?—Era sabido por muchos que Ian no era precisamente el genio de la familia. De hecho, distaba mucho de serlo. Pero por algún motivo extraño, Juliette lo adoraba.

Max sabía el motivo. El mismo motivo por el cual él adoraba a Abigail a pesar de todo, a pesar de sentirse contrariado por todo lo malo que ella había hecho en nombre de Voldemort. Muchos de sus amigos se habían convertido en parias y fugitivos, amén de su madre, encerrada en Azkaban.
Y, aún así... el maldito conflicto. Recordarla por cómo era antes, por cómo había sido siempre con él. Eso hacía que estuviese hecho un lío. Además, no mentiría: lo había pasado muy bien cuando habían quedado para comer.
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Juliette Howells el Lun Mar 26, 2018 11:30 pm

Sabes que no, los ravenclaws nunca llegamos tarde— Contestó a la broma de su amigo. Juliette aún se llamaba a sí misma Ravenclaw y se lo llamaba a Max, era una cosa que llevaba muy interiorizada desde el minuto cero cuando el sombrero la puso en esa casa. Estaba orgullosa de haber sido Ravenclaw y siempre lo estaría, ella pensaba que la casa de las águilas era la mejor con diferencia. Cosas de haber pertenecido ahí, al fin y al cabo el nexo que unía a ambos chicos y desde donde empezó su amistad fue en la casa azul por lo que cierto aprecio le tenían que tener, almenos Juls le tenía. —Yo te veo unas cuantas eh ¡Y fíjate las arrugas! Eso no puede ser por mi tardanza, qué mal te sienta la universidad.. — Bromeó, Max podría tener la reputación que tuviese en Hogwarts pero en sacar buenas notas no se la quitaba nadie, siempre había sido un alumno ejemplar en cuanto a calificaciones, por eso Juliette lo admiraba tanto. Tenía la capacidad de parecer un autentico capullo y a la vez era la persona más buena de la tierra, algo así como su hermano. Tal vez Juliette y Max se llevasen tan bien porqué Max no dejaba de ser parecido a su hermano, pero mucho menos extremo que él, claro. Por eso mismo siempre se habían visto como muy buenos amigos y nada más, Juliette lo comprendía perfectamente porqué tenía una persona similar en casa y.. Max veía a Juliette como un apoyo cuando no tenía a su hermana mayor, por eso habían aguantado tantos años siendo amigos y visto lo visto lo seguirían siendo por mucho tiempo, almenos eso Juliette quería creer. —Pues mira, estás de suerte porqué el otro día fui a darle clases de transformaciones a una niña de nueve años ¿Te crees que aún no tiene ni signos de magia y ya le dan clases? Para que les salga squib— Se quejó, a veces Juliette no podía evitar marujear con su amigo, cosas de mujeres.. supongo, no lo sé, tampoco era de criticar mucho. —Bueno, el caso es que hoy invito yo seguro — Se había ganado unos dinerillos extra con las clases a la niña así que le apetecía invitar a su amigo. Total, ya la invitaría él otro día, siempre lo hacían.

Muchas gracias—Dijo cuando la camarera le trajo su café con mucha leche, Juliette no podía tomarse un café solo, le parecía demasiado fuerte y seco, mira que no era muy quejica en cuanto a comida se tratase, eso si, siempre intentaba comer lo mejor posible pero de tanto en cuando se podía dar un caprichito, que una buena hamburguesa siempre venía de gusto. —¿Nunca te he dicho lo explícito que eres a veces, verdad? —Dijo bromeando. Medimagia por allí, medimagia por allá ¿En serio Max? Podrían haberle pasado mil y una cosas que seguiría diciendo lo mismo, era igual que cuando un padre pregunta que tal le ha ido el colegio y el hijo le dice que “bien”pero por suerte luego se explayó un poco. —Ah ¿y cómo está? ¿mucho trabajo por el ministerio? — Qué pregunta más estúpida, Juliette, es la ministra de magia, como no va a tener trabajo.. La verdad era que hablar de la hermana de Max era un tema muy delicado y Juls no sabía a veces como reaccionar ante ello, sabía lo mucho que Max apreciaba a su hermana que hasta cuando hablaba de ella no parecía hablar de la ministra de magia, simplemente de Abigail, una hermana mayor como cualquiera podría tener e incluso de lo bien que siempre hablaba de ella Juliette le había cogido cariño. No la conocía en persona pero Max le hablaba mucho de ella, como Juliette hablaba de Ian. Pero la realidad era otra, esa mujer era la culpable de asesinatos prácticamente a diario y desde la entrada a la orden de Juliette, esa mujer era su objetivo principal. —Son tiempos complicados.. pero me alegro que la vieras—No le había dicho a Max ni a nadie que formaba parte de la orden porque su amistad podría peligrar, pero se moría ganas de compartirlo con él, al final él era quien más la entendía y con el que podía confiar. —Pues ahora que hablas de tu hermana, el otro día estuve en el ministerio y me concedieron una entrevista todo profesional—Le contó —Y mi hermano sigue igual de inmaduro, solo que con un bebé en brazos, en serio, qué idiota se tiaría a Ian sin condón ¿no hay más hombres en este mundo? De verdad, todo le ocurre a mi hermano— Adoraba a su sobrino, para qué mentir, pero Ian era incapaz ni de criar una planta.
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Maximillian McDowell el Miér Mar 28, 2018 2:33 pm

Juliette era una chica a la que le gustaba comparar a los Ravenclaw con Gandalf el Gris: nunca llegábamos tarde, si no exactamente cuando nos lo proponíamos. Bueno, a no ser que hubiese una especie de pique entre ambos, y lo que se proponían fuese llegar antes que el otro a un lugar concreto. En caso de Juliette, eso sería imposible, pues Max llegaba siempre con tanta antelación que le daría tiempo a escribir una crítica de la última película que había visto en el cine en lo que esperaba a Juliette. Y, de nuevo, no porque ella llegase tarde, si no por esa pequeña obsesión que Max tenía con llegar a tiempo a los sitios. Un día de estos voy a llegar ayer cuando he quedado hoy, pensó Max, imaginándose a sí mismo viajando en el tiempo para estar un día antes en el lugar acordado.
Ya sería lo que le faltaba.

—¡Cierto, Gandalf, me había olvidado de ese dato!—Bromeó Max, para acto seguido hacerse el ofendido cuando su amiga hizo un comentario respecto a sus arrugas.—¡¿También me han salido arrugas?! ¡Te parecerá bonito, Howells! Lo único atractivo que tengo es mi cuerpo serrano, y ya estoy entrando en la vejez por todo el tiempo que me tienes esperando.—El joven McDowell era un exagerado de campeonato, y de alguna forma, en compañía de su mejor amiga, aquellos rasgos suyos se acrecentaban.

Juliette no rechazó su responsabilidad a la hora de pagar, y Max asintió con una expresión de satisfacción en la cara que parecía decir "Por supuesto, faltaría más", y escuchó la explicación de su amiga acerca de su recién adquirido poderío económico. ¡Clases de transformaciones a un niño que ni siquiera podía hacer magia, todavía! Los magos estaban llevándolo todo al extremo del absurdo. Y lo raro es que no se hubiesen quejado a Juliette de que el niño no diese signos de progreso. Algún alcornoque habría que se quejase, que no quisiese pagarle por considerar sus clases una pérdida de tiempo.
Max no tenía en muy alta estima a los magos en tiempos recientes. ¿Se notaba mucho?

—¡A la salud de los magos que adiestran a un posible squib en transformaciones!—Exclamó Max cómicamente, alzando su taza y dándole un trago a su café... o un sorbo pequeño, más bien, porque en cuanto lo tocó con los labios se dio cuenta de que quemaba demasiado.—Yo también debería hacer algo con mi vida, aparte de estudiar y pasear...—Reflexionó Max, aunque no lo hizo con dramatismo; lo hizo cómo queriendo decir que ambas opciones le iban bien, pero que posiblemente la de hacer algo más con su vida quizás fuese un pelín más aceptable que seguir cómo estaba. Solo un pelín.

Max puso al día a su amiga. Bueno, "la puso al día" al estilo McDowell: dando tantos detalles que solo le faltó ponerse en plan Tolkien, invirtiendo cuatro o cinco minutos en describir el color verde de la hierba. Esto es sarcasmo, por supuesto, pues Max había tenido la misma riqueza de detalles que un lienzo en blanco. Su amiga respondió con un chascarrillo, al cual Max respondió riéndose, pero no perdió el tiempo a la hora de poner sobre la mesa algunas novedades. La más notoria: la visita de la Ministra de Magia, la hermanísima de Max, a la universidad mágica.
Juliette preguntó cómo estaba su hermana. Max sabía que la pregunta podría haber sido formulada de otra manera: "¿Qué tal está esa zorra inmunda del demonio?", o algo parecido. Si no fue articulada de esa manera fue por dos motivos: uno, que Juliette Howells no era precisamente una persona dada a utilizar esa clase de lenguaje, y dos, que respetaba lo suficiente a Max cómo para no señalar que su hermana era lo peor de lo peor y que todo el mundo mágico la quería muerta. Bueno, casi todo el mundo mágico.

—¡Oh, está bien! Ahora se viste cómo todos esos estirados del Ministerio, cosa que lleva haciendo años y años, pero ahora se viste estirada en plan Ministra. No sé si me explico.—Posiblemente no, Max, posiblemente no.—Pero nada, todo bien. Creo que sus planes para seguir causando penurias a los hijos de muggles marchan según lo previsto.—Max no era de edulcorar la verdad. Quizás utilizase mucho el sarcasmo cuando no quería decir lo que pensaba de verdad, pero estaba claro que su cara no engañaba a nadie.—En fin, olvídalo, prefiero que me hables de tu hermano. Para él aún queda una esperanza...—Si es que es lo bastante inteligente para hacerle caso a su hermana, claro... Y es cuestionable que lo sea.

Al parecer, Juliette había estado en el Ministerio de Magia para una entrevista. Max alzó las cejas, asintiendo con conformidad. Estaba claro que su amiga sería una empleada del Ministerio en un futuro no muy lejano, no le costaría ningún trabajo conseguir un empleo allí, dadas sus calificaciones.

—¿Y quién te atendió? ¿Algún capullo estirado que no sabía ni articular dos frases seguidas sin hablar de las grandezas del Señor Tenebroso?—Max casi podía imaginárselo: algún mago rechoncho, bigotudo, con sombrero, que antes del cambio de gobierno habría sido todo un pro-muggles, y ahora era todo un purista. Así eran la mayoría de los que trabajaban allí.—No me sorprende.—Respondió cuando su amiga mencionó a su hermano.—Seguro que quién se dejase embarazar por él es toda una dama de alta alcurnia, una mujer respetable y... toda esa mierda.—Dijo Max con sarcasmo, pero sonriendo.—¿Qué tal es el chaval? ¿Ha dado muestras de salir a su padre o tendremos a otro futuro Ravenclaw?—Preguntó Max, consciente de que muy posiblemente fuese demasiado pronto para saberlo.

Podría hasta ser un squib. ¿Os imagináis a Ian Howells cómo padre de un squib? Porque Max sí, y la situación le parecía desternillante.
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Juliette Howells el Jue Abr 12, 2018 7:07 pm

Juliette siempre se había criado en el mundo mágico y desde que nació había estado rodeada de costumbres mágicas. No obstante, desde bien pequeñita supo que había “otro mundo” igual de interesante que el suyo, que era donde trabajaba su madre. Así que aunque toda su vida estuviese relacionada con la magia, siempre había sabido de la otra parte y se había fascinado con esta. Sin querer conocía todos los costumbres muggles y la forma de vida de ellos, por lo que cuando uno hablaba de mobiles o ordenadores a Juliette no le sonaba a chino, si no a algo totalmente normal. Eso mismo era lo que acababa de ocurrir cuando Max llamó a Juliette “Gandalf”, cualquier otro mago se hubiese quedado extrañado pero Juliette sabía que se refería a un gran mago sabiondo del señor de los anillos. Ambos se rieron de lo último que había dicho el chico, como siempre exagerando.

Juliette pensó en lo último que dijo su amigo, si bien Max siempre había sido un chico guapo y si la mitad de chicas del curso iban a por Ian, la otra mitad a por él, para Juliette nunca había sido más que un amigo y ese era un sentimiento compartido también por el chico. Ambos eran parecidos en muchos aspectos pero muy diferentes en otros y en su amistad se habían contemplado de una manera idónea. “Lo que te hace más atractivo ahora mismo es tu apellido” Pensó, obviamente no se lo dijo. Y es que era verdad, ser el hermano de la ministra levantaba muchas pasiones, tanto positivas como negativas. Personas que querían algo con él se multiplicaban por mil y personas que quisieran matarlo por mil más. Aunque Juliette conocía bien a su amigo y no creía que caería en la trampa de nadie, tonto nunca lo había sido. Buena persona, si, a veces hasta demasiado.

A la salud — Contestó ella a su amigo. —¿Has empezado prácticas? —Preguntó cuando mencionó que debía hacer algo más que solo estudiar —Porqué según he oído las prácticas de medimagia son las más chungas que hay.. —Le explicó. La carrera de medimagia en si tenía un prestigio bastante importante, al igual que la que cursaba Juliette aunque la suya en esos momentos estaba desprestigiándose cada vez más dado a lo fácil que resultaba cambiar de gobierno y conseguir las cosas a la fuerza. ¿Quién iba a estudiar cuatro años de leyes y cosas aburridas cuando podía meterse en el ministerio siendo tan solo sangre pura? Pues Juliette, como no. Así era como pensaba que se tenían que hacer las cosas y así lo seguiría haciendo.

Se rió porque no se explicaba nada bien pero Juliette le había entendido — Como cuando a alguien le hacen prefecto, que siempre va con el uniforme pero entonces le ves con la chapita de prefecto y ya está a otro nivel— Si, era algo así —Si te soy sincera, siempre me he imaginado a tu hermana con otro estilo, ese pelo rojizo que tiene contrapone demasiado la formalidad de los trajes— Si, se la imaginaba más con chaquetas de cuero, pantalones ceñidos..—Que ella es la que gobierna Inglaterra ¿se puede cambiar de look? Total, nadie la puede echar fuera por no vestir como debe ¿no?—Bromeaba y es que era verdad, nadie podía decirle que no se vistiese como quisiese. Pero bueno, puede que a ella le gustase vestir así. No dijo nada más acerca del tema porque sabía que no era buen momento para hacerlo, también lo hizo entrever Max con lo último que dijo.

Cambiaron de tema al Ministerio pero esta vez a la experiencia de Juls dentro de él—¡Qué va! Me sorprendió el buen trato que recibí, creo que entre los planes del ministerio hay uno de ser maja con los futuros trabajadores, o eso, o la mujer que me atendió mentía muy bien. — Le explicó a su amigo, aún sorprendida.

¿Te suenan los Mascbeth? —Le dijo —Pues una de ellas, Circe no, Eris—Y aclaró que Circe no porque era la mejor amiga de Ian y Max la conocía del colegio. Juliette miró esta vez a su amigo con cara pícara —Oh, tu bien sabes que voy a hacer lo que pueda para llevar a Perseo al lado bueno de la fuerza—Le contestó a su pregunta—Aún es pronto para decir pero el niño es bastante espabilado, bueno, Ian también lo era a su edad, la modosita era yo— Le explicó.
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Maximillian McDowell el Lun Abr 16, 2018 2:15 am

Hablar con Juliette Howells era refrescante. Una persona que Max sabía a ciencia cierta que no estaba juzgándote por el apellido que llevas, que no se pregunta si una persona es mala o buena. Una chica que simplemente quería ser su amiga. Lástima que no pudiese verla más a menudo debido a los estudios y la vida en general. Era una chica ocupada—cosa de la que Max también podría aprender unas cuantas cosas, no lo negaba—y no siempre podía permitirse sacrificar un poco de tiempo para el bueno de Max. Cosa totalmente comprensible: ese era el auténtico mundo de los adultos, y no en el que vivía Max. No te haría daño, pero ninguno, trabajar un poquito, ¿sabes? Que vivir de la beca y de lo que te da tu padre no es una buena política... Sabias palabras...
Ojalá otras sabias palabras dentro de su cabeza le dijesen al joven McDowell que obedeciese a esas otras sabias palabras, y a su vez unas terceras sabias palabras le dijesen que dejase de ignorar los buenos consejos que su cerebro le daba de cuando en cuando.

—¡Qué va!—Respondió Max a la pregunta de su amiga.—Y soy consciente de que debería ir haciendo alguna que otra práctica, porque vamos... Cómo siga sin hacer nada, se me va a pegar el culo a la silla.—Aquello era evidentemente una exageración, pues Max no era de los que se tiraban a pasar las horas muertas en una silla, delante de la tele, con un libro o jugando a la videoconsola. Él prefería el deporte, ya fuese en el gimnasio, o jugando a algún deporte. También solía dar paseos... pero podría hacer algo más productivo con su vida, eso nadie podía dudarlo.—Sí, he oído que son chungas, sobre todo por el tema de las horas extras... Y bueno, por la sangre, vísceras y todo eso. Encima, si esas cosas ya son chungas en un hospital muggle, imagínate en San Mungo. Cuando metes magia de por medio... la cosa se pone muy peliaguda.—No quería ni imaginarse el momento en que le tocase atender a alguna víctima de mortífago loco con ínfulas de Mengele de la vida. Visto lo visto últimamente, aquello era altamente probable.

Con suerte, los casos no serían muy distintos a aquel que había llevado en una ocasión a Max a San Mungo por tomarse una poción multijugos con pelo de gato, aquella vez que había conocido a esa tal Sam—¿No había quedado en enviarle una carta o algo así? ¡Ay, la virgen...!—que de alguna manera había conseguido dejarse un brazo tan pequeñito cómo el de un Tiranosaurio Rex. Por aquel entonces, Max tenía una obsesión con la poción multijugos. No estaba especialmente orgulloso de aquella época.
Su hermana no se había vestido toda la vida de esa manera, si no más bien desde que había "madurado". Había tenido su época de vestirse hortera, cómo los demás. Pero claro, los tiempos cambian, y la mayor de los McDowell se había convertido primero en una respetable desmemorizadora, y después en una respetable asistenta de Ministra, para poco después convertirse en una Ministra asesina de Ministras. La Mata-Ministras, deberían llamarla.

—En sus tiempos jóvenes, llevaba otro estilo. Más parecido al mío, de esos de pantalones vaqueros por los que te cobran más por la tela que quitan que por la que ponen y cosas así. Vamos, un poco cómo yo...—Max no perdió el sentido del humor, ni siquiera sabiendo lo que implicaba aquella conversación. Teniendo en cuenta que estaban hablando de una asesina en parte responsable de poner a un monstruo al frente del gobierno mágico.—No creo que puedan, aunque al paso que van... cualquier día toca cambio forzoso de Ministra otra vez...—Max lo dijo con mucha ligereza, o aparente ligereza, pero era plenamente consciente de lo que aquello implicaba: un asesinato, el de su hermana. ¿Era altamente probable? Sí. ¿Le hacía gracia? No demasiada, pero tampoco le interesaba demostrarlo. Siempre se había hecho el fuerte en aquellas situaciones.

Al parecer, Juliette había recibido un buen trato en su última visita al Ministerio, lo cual dejó a Max bastante sorprendido. ¿De verdad seguían preocupados por mostrarse amigables con las visitas, cuando ya nada les obligaba a esconder su purismo? No, aquello no sonaba correcto. ¿Acaso había dado con la única empleada decente de todo el Ministerio? Max se sentía sinceramente sorprendido.

—¡Bueno, bueno, bueno! Que igual no todo está perdido ahí dentro. Supongo que entre esa tía de la que hablas, y tú cuando entres, ya habrá dos personas normales ahí. ¡Haz un buen trabajo, Howells! Y no te olvides de tu buen amigo Max cuando seas Ministra.—Bromeaba, por supuesto, pero Juliette Howells, en realidad, sí sería una muy buena Ministra de Magia. Cuanto menos, sería bastante más justa que su hermana. Y Max anhelaba secretamente que su hermana fuese derrocada por alguien... aunque no asesinándola, a poder ser. Que seguía siendo su hermana, y seguía queriéndola pese a todo.

Los Masbecth... Claro que le sonaban. La "hermosa y cariñosa" Circe, a la cual Max no llamaba por la palabra que empezaba por "p" porque no le gustaba ser desagradable, incluso aunque tuviese todos los motivos del mundo para serlo. Así que Ian había logrado dejar embarazada a una de ellas. Pues... cómo esa tal Eris fuese la mitad de z**** que su hermana, las cosas se iban a poner muy interesantes.

—Conozco a Circe, sí. Y bueno, cómo no me gusta juzgar a nadie por su apellido, vamos a darle a Eris un voto de confianza.—Entonces, Juliette mencionó el nombre del niño... y Max no pudo más que esforzarse por no soltar un comentario al respecto. ¿Perseo? ¿En serio? ¿Qué clase de odio era ese hacia el niño?—Vaya... veo que en esa familia son muy de nombres "mágicos"...—Comentó simplemente, aparcando rápido el tema para no ofender a Juliette.—Esperemos que salga inteligente. Un buen Ravenclaw. O un Hufflepuff, también me vale. Creo que su tía hará un buen trabajo educándolo.—Dicho eso, Max le guiñó un ojo a su amiga.—Yo creo que nunca seré tío, la verdad. Mi hermana tiene un problema con las relaciones. Además, en caso de que concibiese un hijo, nadie me garantiza que viviese lo suficiente cómo para dar a luz. Demasiados radicales hay por ahí detrás de su culo...

A veces Max soltaba las cosas de aquella manera, a lo bestia, cómo si no le preocupase tener una diana pintada en la parte de atrás de la cabeza, o de la de su hermana. Pero le preocupaba. Todavía recordaba la advertencia de su hermana respecto a las amenazas de los radicales. Y todavía tenía un poco de miedo, no lo negaría. Pero cómo desde entonces no había pasado nada, había empezado a pensar que todo eran exageraciones. Sin embargo, la sombra de la amenaza seguía planeando sobre él, y no podía evitar echar una mirada a toda la calle antes de salir de cualquier sitio. Sería una pena que le pillasen con la guardia baja.
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