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Priv. || La historia jamás contada || FB

Ryan Goldstein el Dom Abr 01, 2018 2:01 am

Hogar de los Smethwyck, despacho de Regis Smethwyck. Está él, con esa expresión de quien ha descubierto algo en el pensamiento, entre que analiza muy concentrado una muestra de alquimia, cuando de la nada, así, ¡cual tromba repentina!, un hombre es escupido de la chimenea. Literalmente, derrapa por el suelo, hasta el otro extremo de la habitación, como si en vez de utilizar la Red Flu hubiera decidido tirarse por un tobogán.  

—Oh, Ryan—saludó, sin voltearse y de espaldas a lo que en ese instante debía ser una torre de cachivaches desperdigados por el piso, luego del impacto de lo que bien podía considerarse una bala humana. Medía muy cuidadosamente las cantidades de su preparado, rodeado de complicados instrumentos, sin que la venida de su huésped pareciera perturbarlo lo más mínimo.

Un fogonazo de luz verde volvió a encenderse en la chimenea, y Ryan Goldstein se apuró a ponerse en guardia, varita en mano.

—Y compañía—Se corrigió, ensimismado en lo suyo, que parecía ser más importante que incluso el mostrarse ofendido por la reyerta de varitas que le siguió a la venida de un intruso que parecía tener toda la intención de eliminar a su huésped, ensañado con él por algún conflicto que habrían tenido en el camino: siempre era así con los bibliotecarios, se hacían muchos enemigos en el camino.

De un abrir y cerrar de ojos, lo que fuera hace un segundo silencio, tranquilidad y contemplación, pasó a convertirse en una escenario de vida o muerte, con maleficios cruzados, calderas saltando de su lugar, estallidos, en torno a un Regis que murmuraba para sí mismo volcado en su mesa de trabajo (moviendo la varita de vez en cuando para salvar una balanza o algún que otro bártulo que tenía pinta de FRÁGIL) mientras que los otros dos avanzaban y retrocedían por toda la habitación, en un baile que te ponía los pelos de punta.

—¡Hola!—
Regis tuvo que apartar del sitio su libro de apuntes antes de que Ryan fuera a tirársele encima, recargándose de espaldas contra al borde de la mesa y blandiendo incansablemente su varita—¡Lo siento por esto! ¡Carroñeros! ¡Dame un minuto y estoy contigo! ¡Sólo no quería llegar tarde! La última vez…

—Sí, ni lo menciones. Y estás justo a tiempo, diría—
dijo su anfitrión, elevando la voz por sobre el ruido. Su formalidad al hablar resultaba algo cómica dadas las circunstancias—Entiendo en carne propia lo escalofriante que puede ser decepcionar a la Sra. Smethwyck y su idea de la puntualidad. Por cierto, he notado a Denzel ansioso por tu carta. ¿Qué le has metido en la cabeza?

—¿Qué? ¡No sé de lo que hablas!

—Lo invitarás a pasar parte del verano contigo, asumo, durante el almuerzo, colando el comentario de uno de tus viajes como si fuera casual y sacándole a su madre su vena sobreprotectora al mismo tiempo que se atraganta con esos rabanitos, que tanto le gustan. Pero. ¿Qué misión tiene El Archivo para ti esta vez?


—¡Oh, eso! ¡Bueno…! ¿Misión? No sé. Es sólo… ¿una celebración por el centenario del pueblo de Hesse? ¡Pensé que a él le gustaría!

—Oh, ¿de verdad?


—¡Sí!, ¡un pueblo de magos!, ¡sirenas en la costa!, ¡La Caja de Pandora!...


Tanto Regis como el carroñero pausaron lo que estaban haciendo en ese instante y lo miraron, soltando al unísono:

—¿¡La Caja de Pandora!?

¡PLAF!, de un maleficio, Ryan derribó a su contrincante, momentáneamente distraído. Lo siguiente, sería borrarle la memoria, y se puso a ello, agachándose sobre el cuerpo desfallecido, mientras comentaba:

—Sí, es sólo un rumor, ¿sabes? Es algo así como…


—¡Por supuesto que sé qué es la Caja de Pandora!


—¿De verdad?—Ryan le dedicó una sonrisa con sus dientes blancos, despampanantes. Diríase que estaba a punto de preguntarle qué era, porque él no se enteraba. Por su parte, Regis había saltado a una escalera de una corrida, yendo a desempolvar los libros de su biblioteca y hacerse con un tomo que ojeó con renovado interés, entre que murmuraba para sí mismo, muy entusiasmado—Entonces, ¿puede venir?

—¡Por supuesto que puede!, ¡sería un tonto si no fuera! Pero, yo no he oído nada. No quiero problemas con la madre. ¡Pero escucha qué maravilla! ¡La Caja de…

—¿Qué caja? Ryan, es bueno…—Lena Smethwhyck apareció en la puerta y paseó la mirada por la habitación: destrozos aquí y allá, un moribundo tirado en el suelo, y su esposo con un libro abierto en la mano antes que con la pala y la escoba—verte—Hizo una mueca, y aunque dirías que ya estaba teniendo segundos pensamientos acerca de si estaba contenta o no, sonrió. No sin mirar a esos dos (tres, en realidad), acusadoramente con los ojos, sospechando.



***


Carta de Ryan Goldstein, una carta excesivamente larga, como le era usual.
Es entregada por un águila macho llamada Alpino, o sólo Pino, para abreviar.
El águila muerde, cuidado.


¡Mi amigo!,

¿Cómo te trata el verano? Estoy seguro que habrás tenido un excelente año académico en tu escuela, Hogwarts. Confío en que hayas salido entre las mejores notas, ¡una hazaña más rutilante que todas las mías juntas! —nunca fui especialmente buen alumno. ¡Es en verdad admirable todo tu empeño!—, y como imagino que tendrás algo de tiempo libre…. Dime Denzel, ¿has estado en el pueblo mágico de Hesse?

¡Celebran su centenario este año! Estará lleno de sorpresas, fiestas, nuevos amigos, ¡y adivina qué! Hay un antiguo castillo lleno de historia, ¡y construido por encima de una aldea acuática de sirenas! Hay muchas cosas que podrían interesarte aprender sobre este pueblo y su comunidad tan diversa, y no lo digo sólo porque quiera picarte —que también—, ¿pero no te gustaría acompañarme? Ya sabes, que odio viajar solo. Y tu compañía, la tuya en especial, me alegraría enormemente.

¿Qué te parece contarles a tus padres que iré de visita? ¡Quiero que me lo cuentes todo sobre Hogwarts!, ¡sobre cómo estás y qué experimentos fascinantes ocupan tu mente! (o persona fascinante). Y por supuesto, que he leído tus cartas (¿qué pasó con mi última?, ¿dejó tu madre que te quedaras con el regalo que te envié de mis andadas por Sudamérica? Admito, que era algo grande), pero sabes que no es lo mismo que oírlo de ti.

Sobre mí, te diré que he tenido unas semanas moviditas. He estado perfeccionando mi sirenio, ¿qué te parece? Ya no creo que en esta ocasión vaya a soltar “feo oloroso” en lugar de “hola” a la cara del embajador acuático en medio de ninguna reunión importante sobre los derechos de las criaturas mágicas en contra la discriminación. ¡Ah, tu padre se rió tanto con esa historia! Pero a mi departamento no le hizo ninguna gracia cuando tuvieron que lidiar con unas negociaciones frustradas que habían empezado con tan mal pie. Y yo sólo pasaba por allí pidiendo indicaciones. Lo bueno de todo el asunto, es que me convenció de que, definitivamente, mi pronunciación tenía una pega.

¿Querrías aprenderlo conmigo? Creo que soy más confiable ahora mismo, como profesor. Y te vendrá bien saber algunas formas de saludo, allá donde vamos. ¿Sabías que el pueblo de Hesse cohabita con montones de criaturas mágicas, en sus bosques y sus aguas? Existe también una comunidad de vampiros. Son gitanos, que se mueven en caravana, pero que suelen arribar en el pueblo cada cierto tiempo estableciéndose temporalmente, y son de alguna forma parte de su historia; caen allí como las gaviotas y luego se van, pero estarán para la celebración. Te apuesto a que traen consigo montones de relatos interesantes, ¡siempre tan misteriosos con su edad encima!

Luego, está el castillo. Pero creo que hay mucho allí que querrás descubrirlo por ti mismo, no te retengo más entre mis líneas. Por favor, dile a tu madre que me encantará una invitación a comer, y que le prometo que no llegaré tarde esta vez, ¡palabra de bibliotecario! Que no se enoje conmigo, dile. Y saludos afectuosos para todos allí (¿cómo andan las mascotas?). Espero verlos pronto.

Mucha suerte para ti y los tuyos.


Te desea,


Ryan Goldstein


Pd: Tengo una sorpresa para ti.



©️ HARDROCK



Si tenía que ser sincero, Denzel Smethwyck, era un muchacho encantador al que consideraba como un hermano pequeño. El suyo, Ludo Golgomatch no quería dirigirle la palabra —y esto le partía el corazón—, pero en cambio, Denzel era muy entusiasta con él, y no podía evitar sentirse encariñado con el chico, imaginándose que la relación que tenían hubiera sido algo que le hubiera gustado cultivar con su hermano de sangre, allá, en su infancia. Por eso, era tan egoísta, que siempre que tenía una oportunidad, arrastraba al chico a sus aventuras. La compañía de ese chico era una de sus debilidades, lo admitía, porque le llegaba al corazón.

Lo había conocido por medio de sus padres, y más especialmente Regis Smethwyck, inefable del Departamento de Misterios en Londres. Habían tenido más de un encuentro en sus días de inefable como representante del Departamento de Estados Unidos —era sabido que competían todo el tiempo, y a veces, cooperaban, en  asuntos extremadamente confidenciales (muchos de los cuales a él le habían borrado de la memoria)—, y del roce, surgió la camaradería. No tardó en hacerse amigo de la familia, especialmente luego de renunciar en el Departamento y hacerse bibliotecario en El Archivo.

Un día, le ofreció irse de expedición con él, y así es como empezó su aventura.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Denzel Smethwyck el Mar Abr 17, 2018 10:28 pm

Nada había cambiado. Ya fuera temporada de clases o vacaciones, Denzel siempre termina rodeado por un ejército de libros, dispuestos a su alrededor, y algunos abiertos de par en par cuando hacía una de sus manías de picar un poquito de aquí y un poquito de allí. Ese día su madre, Lena, le había advertido que le prohibiría volver a entrar a la biblioteca de casa si no devolvía los libros a su sitio. No era una gran mansión donde vivían, pero al menos sí que tenía la suerte de poder disfrutar de una enorme sala de estanterías llenas de libros. Y allí es donde se encontraba. Sentado en uno de los sillones de respaldar alto, en donde parecía haberse decantado por fin por uno de los tantos libros que, o bien había sacado de su sitio para buscar detalles de algún que otro concepto, o no acababa por convencerle aquello que buscaba.

A su lado, una pequeña mesita con unas galletas cuyo plato quedaba encima de una carta, la carta que había recibido días antes del tío Ryan. —Que no era su tío realmente, pero para él ya casi lo era— Estaba tan emocionado desde que la recibió que no podía parar de preguntarse a dónde le llevaría de aventuras ese verano, tan impaciente que se llevaba el papel de pergamino a todas partes, y no se contentaba con sólo leerla una vez. Su madre no paraba de quejarse cada vez que le veía tan inseparable de aquel trozo de papel, sin embargo, él sabía muy bien que en el fondo se alegraba de verle tan feliz.

Ryan era quién hacía que esas historias que leía en los libros se hicieran realidad, esas historias de las que sólo era capaz de vivir en la seguridad de un espectador, sin ser uno con las páginas. Por eso le encantaba ir con Ryan de viajes cada verano, cada aventura era única, cada una con sus misterios, peligros y sí, era cierto que en más de una ocasión estuvieron a punto de palmarla, y aunque a día de hoy no está muy seguro cómo es que consiguieron salir ilesos, todas ellas suponían una experiencia única.

Estaba inmerso en sus fantasías, imaginándose el protagonista de la novela, como si esa fuera la próxima aventura que le tenía preparado Ryan, y justo en el momento en que iba a pasar página un ruido escandaloso sonó sobre su cabeza, en el segundo piso. Denzel Despegó por fin la vista del libro para mirar al techo con lentitud, cerró el libro con las dos manos y se dirigió llevándoselo consigo instintivamente hasta donde juraría haber notado el escándalo.

Por algún motivo estaban allí su madre, su padre y...

¡RYAN! —Entonces lo entendió todo, ni siquiera preguntó por el tipo que estaba ahí tirado en el suelo, tan solo fue lanzarse cual autómata a abrazar al mayor, con tal efusividad que hizo sonreír a sus dos padres. Se quedó así, enganchado a la cintura del más alto hasta que su padre habló.

Faltabas por unirte a la fiesta hijo —Se tomó una pausa mirando a Denzel, y luego se volvió hasta el invitado con curiosidad —¿Y cuándo decías que partíais?

Denzel —Interrumpió Lena, quién parecía que no iba a permitir quedar en segundo plano, y fijándose en el libro que llevaba su hijo le hizo sospechar lo que ya se había vuelto una guerra entre ella y su él, y que en ocasiones creía que no iba a ganar nunca —¿Recogiste la biblioteca antes de venir aquí? —Denzel se dio la vuelta, mirándola con temor y sin dar una respuesta por su parte. Regis rompió el silencio, posando una mano en el hombro ajeno y trató de amansar a Lena.

Déjale mujer, ya lo recogerá luego, mientras tanto ¿Por qué no seguimos esta conversación en el almuerzo? —Lena entornó los ojos ante el consentimiento del padre, y es que siempre hacía igual. Denzel sospechaba, por las historias que le contaba de su vida de joven, que era como él, desordenado y rebelde en cierto modo, y que por eso le encubría en ese aspecto.

¡Ah! Pero antes... —Regis se había fijado en el tipo que había quedado inconsciente en el piso de su despacho, lo sujetó por el cuello de la camisa y al acercarse con éste a la chimenea, añadió —No lo necesitas para nada ¿Verdad? —Y sin dejarle si quiera responder, prendió de verde la chimenea y arrojó al hombre a través de ésta. Cuando se apagaron las flamas, se volvió al resto sacudiéndose las manos con una sonrisa de oreja a oreja. Luego, haciendo un gesto, quizás demasiado expresivo, con las manos, sentenció —A comer pues —Se dirigió a la puerta mientras el resto lo hacía y comentó:

Te encantará nuestro Shepherd's Pie, no hay otro relleno como el que hace Lena.


pasapalabra:
Te dejo el muerto del almuerzo a ti ajajajaja.

Y si quieres seguir manejando a los padres yo no tengo problema, que me encanta como los roleas. Al padre lo bordas ^^

PD. Estoy probando ahora una tablilla, que usaré en los roles a partir de ahora si me convence
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Denzel SmethwyckUniversitarios

Ryan Goldstein el Mar Oct 23, 2018 12:10 am





En el escenario del crimen, despacho de Regis Smetwyck

¡RYAN!

El viajero americano acogió la tromba repentina que era Den en un abrazo, desordenándole el pelo con una mano grande y tibia y besándolo en la coronilla, con ese cariño que se le desbordaba de las comisuras de la sonrisa, propio del carácter afectuoso que lo definía como un ‘hombre de corazón’ antes que de ‘hombre de mente’. No porque fuera tonto, pero siguiendo la línea de esa idea, era ‘sanguíneo’ antes que ‘frío’. Y americano, no había que olvidar que era americano. Se lo veía encantado con la bienvenida.

Lena, todavía sospechando sobre lo que había ocurrido realmente allí (falta hacía agitar la varita para poner en orden los trastos rotos), se concedió un momento para pensar en que Ryan Goldstein jamás le había parecido un hombre de familia —era joven, después de todo, un itinerante de la vida, tenía tiempo para asentar cabeza, porque hasta los casos más imposibles podían darte esa sorpresa—, pero sí que era de esas pocas personas que pueden arrancarte una sonrisa de afecto, el que tendrías por un hermano o alguien de la familia.

—No van a partir a ningún lado—corrigió de inmediato la mujer, amonestando disimuladamente a su marido—. Está la comida servida.

—¡No iría a ningún lado sin probar de nuevo el pie de Lena!—
resolvió Ryan, de inmediato—¿Cómo estás, querida? ¡Oh!, Den, tengo algo para ti.

Era sí, como de la familia, igualito a un tío divertido que siempre saca regalos de sus bolsillos, tal como hizo en ese momento. La última vez, Lena había confiscado un par de cosas, porque aunque supiera de buena mano que el Goldstein era un acumulador consumado —como otro que conocía bien—, esa no era razón para traer consigo cachivaches salidos de proporción. Esta vez, sin embargo, Lena admiró con aprobación cómo Ryan le entregaba a su hijo un cryptex de diseño metálico y elegante que, tal como pasó a explicarle, venía con una cantidad de acertijos que se aparecían mágicamente grabados en el borde y se renovaban cada vez que se resolvían. Lo que el artefacto guardaba dentro, era un misterio.

—Sé que a ustedes los ravenclaw les gustan los acertijos.


*

Lena Smetwyck no soltaba un tema fácilmente, y el asunto de qué se propondría Ryan para ese verano la tenía un poco encima de él. Sin embargo, durante la comida, le permitió a su huésped que se acomodara, que contara las nuevas, y que compartiera viejos y acostumbrados temas de camarada con su señor marido. Al parecer, por pertenecer a distintos departamentos, uno que respondía al MACUSA y el otro al ministerio de Londres, tenían infinidad de anécdotas sobre las carreras que se hacían por tomar la delantera en una expedición y variedad de asuntos clasificados en los que, a veces, sólo a veces, se veían “obligados” a colaborar.

A día de hoy, temas como “lo muy taimado que era tu padre” y “lo muy suicida que era ese rubio americano”, les causaba la mar de buenos recuerdos, aflorándoles al tiempo que hablaban la entrañable sonrisa con que acompañaban el movimiento de los cubiertos mientras que se pasaban la fuente del pie, que considerando cómo había sido atacado, estaba buenísimo pero requeté riquísimo.

A Lena le gustaban las visitas del “rubio americano” porque, por muy caótico que fuera Ryan Goldstein, era un buen hombre y siempre trataba bien a Denzel. Pero a veces, y frente a un hijo y un marido que les gustaba cubrirse las espaldas en actividades sospechosas, ella tenía que actuar como la “mala” de la película.

—Así que el pueblo de Hesse. Es muy amable de tu parte que invites a Denzel. Si me hubieras dicho con tiempo, tesoro, te hubiera ayudado con tu maleta—Esa que seguramente había hecho a sus espaldas. Luego inquirió, entrecerrando la mirada—. ¿Y qué traman hacer allí ustedes dos?

—¿Tramar? Es la fiesta del centenario. Aunque, por ser el lugar famoso por sus costas de sirenas, ¿qué dices, Den?, ¿me dejarás ser tu profesor de sirenio? Son diferentes a las que me cuentas que hay por los terrenos de Hogwarts, estas…

Mmm.

La comida siguió su curso, hasta que Lena, resignada, se vio a sí misma queriendo quitarle a Den una mancha de la cara, casi al mismo tiempo en que le acomodaba las ropas frente a la chimenea. Siempre hacía lo mismo, incluso en la estación de Kinkg Croos, por mucho que su hijo insistiera en escurrírsele de entre los dedos. Se daba cuenta que ella era la obstinada, pero daba pena verlo partir.

—¿Lo tienes todo?, ¿seguro?, ¿no te dejas nada? ¿Tanto como para apostarlo?—preguntó por último, enarcando una ceja que haría dudar a cualquiera. Lo estaba poniendo en un aprieto. Si decía que “no” y se equivocaba, Lena seguramente se sacaría de la manga un agregado de último momento, uno importantísimo para el viaje (que no le empacaba la nariz, porque la llevaba puesta), y  que lo pondría en evidencia.

Regis parecía más impaciente que su propio hijo.

—¿Qué otra cosa puede necesitar un mago que su varita—casi rezongó, reboleando los ojos. Al instante, se llevó un dedo a la sien, repentinamente muy serio al respecto, con una mirada cargada de secretos—, y una mente despabilada?

—Bueno, yo llevo mi varita—
intervino Ryan con una sonrisa desde la chimenea, y se volteó hacia Denzel—Y te llevo a ti.

Porque él era “su mente despabilada”.

*

El pueblo costero de Hesse era una comunidad de magos, aislados de la atención de los muggles. Hacía décadas que se mantenía en el mismo lugar, atravesado por distintas generaciones de magos que de una u otra forma habían sido parte de su mítica historia.

Era un sitio de casitas acogedoras y una sola calle principal, abierto al mar y cercado por un bosque donde habitaban criaturas que incluso no se encontraban en el Bosque Prohibido, si acaso alguien podía jurar qué secretos escondía el bosquecillo oscuro y tenebroso de Hogwarts.

Desde el poblado alcanzaba a verse, solitario en la distancia y sobre el nivel del mar, uno de los mayores atractivos turísticos: el  lejano Black Castle, con una historia de al menos cien años. Sí, exactamente 100 años, que eran los que cumplía el pueblo en la víspera y motivo por el que los vecinos se preparaban para una gran celebración.

Había sido el castillo de Lord Hesse, antiguo patrón fundador. Muchos secretos se habían encerrado por años entre esos muros, ahora abandonados. Mientras que el pueblo de preparaba para una celebración, desde el mar un raro viento se avecinaba.  

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

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