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Burn It Down [Priv.//Gwendoline Edevane]

Charlie L. Harrington el Dom Abr 01, 2018 2:30 pm


Cerca del Departamento de Misterios, Ministerio de Magia · 28 de marzo de 2018 · 12.45 horas · Ropa

Había visto todas las películas del Agente 007 antes de prepararse para ir al Ministerio de Magia aquella mañana. Había incluso comprado una agenda (que no robado) en una tienda cercana para apuntar sus horarios de aquel día y los pasos que debería seguir si quería que todo saliese a la perfección. Quería organizarlo de tal manera que ninguna pieza quedase descolocada haciendo que, como de costumbre, acabase metiéndose en un problema que podía haber no existido de haber prestado un poco de atención. Pero así era Charlie, la persona cuya atención brillaba por su ausencia.

04.55 h – Despertador (poner un buen tono, la última vez acabaste lanzando el teléfono móvil contra la pared y no fue efectivo el salir de la cama aun cuando no duermes)
04.50 h – Ducha rápida. No vale cantar en la ducha o acabas perdiendo dos horas de tu vida bajo el agua.
05.00 h – Desayunar. El desayuno es la comida más importante del día y aún hay restos del último Mortífago que se coló en el hotel en la despensa B.
05.15 h – Salir del hotel e ir en dirección al Ministerio de Magia. Recuerda tu buena amistad con Google Maps, él nunca te abandona.
50.20 h – Coger el autobús. Más te vale haberle metido dinero a la Oyster o vas a tener que ir andando.
05.50 h – Más te vale estar en el Ministerio de Magia a esta hora o es posible que acabes calcinada porque está amaneciendo y los vampiros lleváis mal eso del contacto con el sol.
06.00 h – Preguntar por el Departamento de Criaturas Mágicas y no enfadarte cuando te digan que los Vampiros están mal vistos por el nuevo gobierno. Evitar contacto visual con personas a las que quieras decapitar, importante.
06.01 h – Rezar para no perderte por el Ministerio de Magia.

Y hasta el momento había cumplido su agenda a la perfección. Salvo que no había metido dinero a la Oyster y había tenido que dejar su tarjeta en números negativos hasta la próxima vez que pudiese meter más dinero en esta.

Todo lo demás estaba en orden e incluso respiraba con calma cuando, pasadas las nueve de la mañana terminó de pedir todos los documentos que, desde el Hotel, necesitaban para seguir en Londres acogiendo tanto a magos como a muggles. Porque la licencia muggle era una cosa relativamente sencilla pero la de los brujos era mucho más complicada si tenía en cuenta que, además de odiar a los vampiros, tenían cierta constancia indirecta de la ayuda que estos estaban prestando a la comunidad muggle y a los fugitivos.

Charlie había tenido que rellenar trece formularios. Ni uno más, ni uno menos. Por suerte había contado con la ayuda de Heath Bostick, un anciano con el pelo largo y canoso que siempre ayudaba cuando Charlie tenía que encargarse de hacer el papelo del hotel. ¡Charlie! Ese desastre con patas al que le asignaban tareas que requerían de una inteligencia superior a la suya. Y no es que la castaña fuese tonta, ni mucho menos, más bien todo lo contrario. Pero eso no quitaba que dada su poca atención y lo poco que le importaba todo en su vida pareciese que le faltaba aún un hervor.

- ¿Todo en orden?

- Todo en orden. – Afirmó ante la pregunta de aquel desconocido con una sonrisa inocente en su rostro mientras tamborileaba los dedos sobre la carpeta llena de documentos del Hotel que debía entregar.

Sacó su agenda y miró el horario. Todavía quedaban horas hasta que anocheciese y no podía salir de ahí como si tal cosa. No tenía forma alguna de hacerlo. Suficiente que gracias a las películas del Agente 007 había conseguido que nadie sospechase de su condición de vampiro como para tener que encima preocuparse de ese detalle insignificante de salir a la calle cuando aún fuese de día. Al menos tenía un paraguas y contaba con que aquel día no era excesivamente soleado como para poder rehuir del lugar. Ventajas de vivir en una ciudad donde apenas había sol. Pero aún era arriesgado salir de allí, por lo que pensó – inocentemente – que sería una buena idea visitar el Ministerio de Magia.

Y al menos fue una buena idea durante las dos primeras horas en las que miraba con los ojos abiertos como si de un niño pequeño se tratase, todo aquello que se cruzaba en su campo de visión. El problema llegó cuando se perdió por el Ministerio de Magia y comenzó a sentirse observada.

Aceleró. Aceleró tanto que sentía que sus pies iban a entrelazarse entre ellos para acabar dándose de bruces contra el suelo. Y casi llegó a suceder incluso, haciendo que tuviese que frenar en seco y esconderse. Esconderse, como si de una maldita niña pequeña jugando al escondite se tratase. Y es que Charlie en más de una ocasión resultaba ser como una niña y en aquella situación no era menos.

Cerró la puerta tras de sí y apoyó la espalda contra el final del armario. Se asustó ante el contacto con algo y giró para no ver nada en absoluto. Por suerte sus ojos no tardaban tanto en adaptarse a la oscuridad como los de los seres humanos y no tardó en darse cuenta que estaba en un escobero. Armada con el palo de una escoba como si de un Jedi con su sable laser se tratase, esperó a que la puerta no se abriese.

Pero eso no sucedió y el palo de la escoba atravesó el cuerpo de aquel humano como si de simple mantequilla se tratase. La sangre brotó de entre sus labios mientras miraba la herida abierta en su pecho por la entraba el palo de la escoba. Charlie soltó el palo y dio un par de pasos hacia atrás, soltando un pequeño gritito.

No sabía quién demonios era aquel hombre, pero lo que sí sabía es que rara vez un ser humano sobrevivía si le atravesaban el pecho con un palo de escoba.

- Joder. – Murmuró antes de verlo caer hacia delante con el palo de escoba clavado y sobresaliendo de su espalda una vez se dio de bruces contra el suelo. – Jo. – Empezó. -Der. – Sentenció.

La había cagado pero bien. Debía añadir un nuevo suceso en su agenda: 12.45 h – Matar a un hombre atravesándole el pecho con una escoba. Fascinante.
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Gwendoline Edevane el Lun Abr 02, 2018 2:28 pm

A veces, me sorprendía la cantidad de locuras que podían llegar a ocurrir en el mundo muggle cuando ponías una varita en manos de lo que solo podía describir cómo un idiota integral sin ningún tipo de autocontrol. Y pese a mi capacidad de mantener las apariencias, generalmente de manera impecable, aquellas cosas me ponían de los nervios.
Salleens había entrado en la oficina poco después de las doce y cuarto de la mañana, y no traía precisamente buenas noticias. Fue una de esas contadísimas ocasiones en que pude simpatizar con mi compañero de departamento, un purista declarado que, si bien no ostentaba marca tenebrosa alguna, sí ostentaba una falta de profesionalidad bastante notable. Aunque, de la misma manera que un reloj parado da bien la hora dos veces al día, Salleens a veces se comportaba cómo lo que era: un empleado del Ministerio de magia. No uno especialmente competente, pero un empleado a fin de cuentas.
Ese fue uno de esos raros días en que Salleens entró en la oficina enfadado, arreándole una patada a la silla más cercana, que por suerte no era la mía. Le observé con curiosidad, olvidándome del informe que estaba rellenando hasta ese momento.

—¿Va todo bien, Salleens?—Le pregunté con un vago interés, curiosa ante su reacción al encontrarse en presencia de aquella silla. A mí, desde luego, me parecía una silla inocente.

—¡Cojonudo!—Respondió mi compañero con sarcasmo, y yo alcé las cejas, algo sorprendida. Él me miró de reojo y alzó una mano conciliadora en mi dirección.—Perdón por la palabra, Edevane. Es solo que creo que hay gilipollas a los que no se debería dar una maldita varita. Perdón por la palabra, otra vez.

—¿Qué ha pasado?—Pregunté con interés, y mi compañero pasó a relatarme lo sucedido.

Al parecer, un cazarrecompensas se encontraba persiguiendo a un fugitivo en Candem Town, y en algún momento le perdió la pista. Frustrado por su fracaso, el mago decidió ponerse a buscar un bar. En este punto, Salleens señaló que el cazarrecompensas tenía ciertos problemas con la bebida. Y parece ser que se emborrachó hasta el punto de que se puso a discutir con los clientes.
Total, que la cosa terminó mal: uno de los clientes, también borracho, cogió un taco de la mesa de billar y amenazó al cazarrecompensas con "partírselo en la espalda"—esas fueron las palabras de Salleens, literales—si no cerraba la boca. Parece ser que el cazarrecompensas estaba insultando a los clientes, llamándolos "sucios muggles", y tratándolos de forma despectiva.
¿Y qué pasó después? Bueno, varias cosas. El cazarrecompensas sacó su varita y convirtió al hombre del taco de billar en una copa de cristal, que posteriormente utilizó para beber más alcohol todavía. En este punto, varios clientes huyeron despavoridos del local. La dueña, que se quedó detrás de la barra, estaba aterrorizada y no podía mover un músculo, ni cuando el cazarrecompensas le pidió que le sirviese más alcohol. Así que empezó a hacer explotar botellas, saltó por encima de la barra, y se sirvió el mismo.
Y cómo no había tenido suficiente espectáculo, hizo saltar por los aires una máquina tragaperras. Y, claramente, se quedó solo en el local, con la única compañía del hombre-copa de cristal que tenía en su mano. Los demás huyeron despavoridos.
En este punto del relato, yo ya estaba frotándome las sienes sin poder creerme lo que estaba escuchando. Y entendí la frustración de Salleens, claro que la entendí. Cómo para no hacerlo...

—Y ahora tenemos que localizar a todos los muggles antes de que esto se airee. Los legeremantes están examinando los recuerdos del gilipollas este para identificar a todos los testigos, y mientras, el cuerpo de Aurores tiene la zona acordonada. Se han inventado no sé qué de un brote de una bacteria peligrosa y algo de una cuarentena. No entiendo esos rollos muggles.—Concluyó Salleens con un suspiro de pura resignación y frustración.

—Por Merlín...—Dije, negando con la cabeza, intentando asimilar cómo podía caber en cabeza humana alguna semejante irresponsabilidad.—Tómate un descanso, Salleens.—Recomendé.—Dame media hora para prepararme, y voy contigo a intentar tapar esto. Ahora necesito un café...

Salleens asintió con la cabeza, y aquel fue todo el agradecimiento que podía esperar por su parte. No es que fuésemos a hacernos amigos ni nada por el estilo, pero el respeto profesional lo teníamos. Ambos entendíamos lo que era tener que lidiar con cagadas ajenas.
Salí de la oficina y me encaminé a la cafetería. Necesitaba una buena dosis de cafeína si quería ser capaz de soportar este día. Marzo, te estás acabándote... ¡Acábate ya, por favor! Había sido un mes caótico, y lo que más quería en el mundo era que se terminase.
Enfilé uno de los pasillos del Ministerio, uno que en aquel momento estaba vacío... y dado lo que estaba a punto de ver, casi que mejor. O el revuelo que se habría montado habría sido tan grande que nadie saldría del edificio hasta aclarar lo sucedido.
Mientras caminaba, la vista al frente, noté algo extraño bajo la suela de mi bota. Algo húmedo y pegajoso. Y me detuve en seco, bajando la mirada. Me di cuenta de que estaba sobre un charco de líquido oscuro, o al menos, uno de mis pies lo estaba, y al principio no entendí qué era aquello. Lo seguí con la mirada y vi que salía por debajo de una puerta entreabierta que daba a un escobero.
Tardé un par de segundos en caer en la cuenta de que aquello era sangre. Y cuando lo hice, retiré el pie de encima. Al posarlo en el suelo, dejé una bonita mancha con la forma de la suela de mi bota. Saqué entonces mi varita de la manga izquierda de mi suéter, dónde la guardaba siempre.
¿Debí haber avisado al departamento de seguridad antes de hacer nada? Posiblemente. Pero en aquel momento, creo que se me nubló un poco el juicio. Evitando volver a pisar el creciente charco de sangre, empujé la puerta hasta que se abrió del todo, y conjuré un hechizo Lumos no verbal...
...y me quedé con la boca abierta ante lo que me encontré allí dentro.
Un hombre yacía en el suelo, atravesado de lado a lado, con... ¿una escoba? Y frente a él, de pie, una mujer de pelo oscuro

—¿Qué ha...?—Empecé a decir, con el corazón martilleándome en el pecho porque no entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo. Y entonces, sentí un click en mi mente al darme cuenta de que esa mujer me sonaba de algo. Ese pelo... ¡La había visto antes y ya sabía dónde!—¿Eres Charlie?—Pregunté, dándome cuenta al momento de que dejaría un poco patidifusa a la mujer, pues ella no me conocía. Y reuniendo los pocos datos que tenía sobre ella, me di cuenta de que posiblemente ella sería la causante de aquella muerte. Alcé las manos, demostrándole que no era una amenaza. Porque vale, aquella mujer, aquella vampiresa, había salvado a Sam, pero no tenía ganas de que me partiese el cuello por presenciar aquella escena.—Tranquila, tranquila. Soy Gwendoline Edevane. Conoces a mi amiga Sam. Tú le salvaste la vida.—Dije entre susurros, pues no quería que me escuchasen oídos indeseados.

¿Qué acababa de pasar ahí? ¿Cómo había llegado Charlie al Ministerio? ¿Y cómo había ocurrido semejante cosa, que un hombre acabase con una escoba atravesada en medio del pelo? Me preocupé un poco por su estado de salud... hasta que mi cerebro me dijo lo obvio: ya no había salvación posible para aquel pobre desgraciado. A saber quién era...


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Charlie L. Harrington el Lun Abr 02, 2018 6:31 pm

¡Pero qué estrés de lugar! Y no sólo por el hecho de estar en el subsuelo rodeada de humanos con palos de madera que zarandeaban la mano diciendo palabras aleatorias en latín como si aquello fuese lo más normal del mundo. ¡Perdiendo la dignidad incluso! No, no, aquello no era lo más estresante de la situación. Ni siquiera el olor a amoniaco que emanaba de la habitación donde por suerte o por desgracia se encontraba. No, lo más estresante de la situación era la cantidad de sangre que salía del pecho abierto de aquel hombre cuando Charlie ni siquiera había desayunado. Por lo que era de imaginar que ante tus ojos aparece un bollo de crema recién hecho y calentito y tú tienes el estómago vacío, te lo llevas a la boca sin pensarlo. Pues eso sucedió exactamente con Charlie, quien en cuestión de segundos había drenado la mayor parte de la sangre de aquel hombre que no tardó mucho en perder la vida. Lo natural cuando te atraviesan el pecho con un palo de escoba y, a su vez, te drenan gran cantidad de sangre. Es natural morirse cuando algo sucede de tal manera aunque dudaba que el forense pusiese en el informe de la autopsia “muerte por causas naturales”.

Cuando notó que la vida del hombre había desaparecido, se apartó de él. No por el hecho de alimentarse de un cadáver, ni mucho menos teniendo en cuenta que estaba fresco y no había mucha diferencia con la de un vivo. No, no. Charlie se apartó al darse cuenta de lo que acababa de suceder y todo lo que tenía que limpiar. ¡Que limpiar! ¿Qué era ahora ella? ¿Una clase de cenicienta vampira? Aquello sonaba como una película de serie B que pocos se atreverían a ver al cine.

Comenzó a pensar, incluso dando vueltas por el escobero a pesar de su pequeño tamaño.  Y si a aquello le sumabas el hecho de que la mayoría del espacio estaba ocupado por un cuerpo sin vida, el espacio por el que Charlie podía moverse para pensar era muy limitado. Posiblemente luego se excusaría en el poco espacio para pensar que tenía para justificar la posible horrible idea que tendría para salir de aquella situación.

¿Huir de ahí dejando un cadáver a su espalda? No sólo le había atacado, sino que le había mordido y aquello dejaba marcas. A eso debía sumarle que no todos los días un vampiro visitaba el Ministerio de Magia y no estaba entre sus planes que acabaran relacionando su visita al Ministerio de Magia con el tipo atravesado por una escoba y con un mordisco en el cuello. ¡No podía permitirse algo como aquello! Iban a matarla. Lenta y dolorosamente. Posiblemente en numerosas ocasiones hasta que dieran con el mejor modo de acabar verdaderamente con su vida. Resopló angustiada.

Y casi le da un maldito infarto.

Pegó su espalda contra la pared del escobero del susto que se dio cuando la puerta se abrió de par en par. A su lado, una fregona cayó al suelo empapándose en la sangre que dibujaba un sendero a sus pies. Un cubo y un bote de algún producto de limpieza que del golpe se abrió vertiendo su contenido por el suelo.

- ¡NO SOY CHARLIE! ¿QUIÉN ES CHARLIE? – Gritó aterrada al ver la cara de una mujer desconocida. De haber tenido algún objeto en la mano se lo hubiese tirado para luego intentar huir haciendo la croqueta si era necesario. Pero no lo fue. Porque le dijo que estuviese tranquila. Y obviamente cuando un desconocido te pilla con un cadáver en un escobero y te dice que estés tranquilo, tú te relajas.

Obviamente no pasó eso.

Charlie estaba alterada. Era un nudo de nervios. Un remolino de emociones y ninguna positiva. ¡Que iban a matarla por atravesar a ese señor con una escoba! Era joven y aún tenía toda la vida por delante. ¡No había vivido suficiente todavía! El drama comenzó a formarse en su cabeza mientras seguía pensando en lo que pasaría después de aquello. El fin de sus días en la tierra. Aterrada estaba. ATERRADA.

- Sam. – Repitió. Analizó el nombre y buscó en sus recuerdos a alguien con aquel nombre pero teniendo en cuenta el estado de ansiedad en el que se encontraba no sabía ni quién era Sam, ni a quién le había salvado la vida, ni porque demonios aquella mujer no huía teniendo en cuenta que estaba al lado de un maldito cadáver con una escoba saliéndole de la espalda. - ¿Eres la señora de la limpieza? Dime que eres la señora de la limpieza. Te pagaré. Tengo mucho dinero para pagarte si no dices nada. Te prometo que yo no he sido. Yo abrí la puerta en busca de… - Buscó algo con la mirada y dio con ello. Lo cogió y leyó el título de la etiqueta. – Sangre de dragón para el uso doméstico. – Analizó lo que acababa de leer. - ¿Le quitáis la sangre a los dragones para limpiar el suelo? ¿Pero qué tipo de personas sois vosotros, desalmados? – Cuando estaba nerviosa hablaba incluso más de lo normal y había que admitir que en aquel momento los nervios se iban a escapar por cualquier poro de su cuerpo.
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Gwendoline Edevane el Mar Abr 03, 2018 1:12 am

Definitivamente, si febrero había sido un mes de locura, marzo se llevaba la palma. Cómo testimonio de aquello, tenía la historia que Salleens acababa de contarle escasos minutos antes en la oficina del Departamento de Accidentes y Catástrofes. Por no mencionar el reencuentro fortuito con Beatrice Bennington en medio de las proximidades de un restaurante que un par de cazarrecompensas habían tenido el detalle de reducir a escombros con intención de darle caza. ¡Ah, sí! Y Charlie, la vampiresa que había ayudado a Sam a lidiar con Vladimir y Zed Crowley estaba en un escobero, con un cadáver reciente.
A veces me preguntaba cómo había conseguido mantenerme cuerda tanto tiempo. A veces me preguntaba si había alguien ahí arriba enviando una locura tras otra y poniéndomelas en medio del camino para verme tropezar con ellas y partirse de risa. De ser así, tenía un humor muy agradable, una chispa que no alcanzaba a comprender. Ya de paso que enviaba tantas locuras, podía enviarme un poquito de paciencia... porque un día de estos me iba a dar un ataque al corazón.
¿Qué sería lo siguiente? ¿Toparme cara a cara con Grulla al entrar en el cuarto de baño de mujeres del Ministerio? Porque ya casi me creía cualquier cosa...
Casi me da un infarto cuando Charlie alzó la voz. ¡Lo que nos hacía falta! ¡Atraer la atención de cualquiera en dirección a aquel pasillo! Miré a ambos lados para cerciorarme de que nadie venía en aquella dirección, y entonces me puse el dedo índice de la mano izquierda delante de la boca.

—¡No grites! Por favor. Te oirán, y este lío será incluso peor de lo que ya es.—Y es que me había prometido a mí misma una cosa con respecto a Charlie: agradecerle lo que había hecho por Sam. Quizás para la vampiresa no fuese gran cosa, pero para mí suponía el mundo.

Pero ella estaba nerviosa. No, no, nerviosa no; lo siguiente a nerviosa. Lo que más se aproxime a un colapso nervioso en el caso de un vampiro. Me sorprendí por la naturalidad con que me había tomado el hecho de que fuese una vampiresa. Si alguien se atrevía en algún momento a decirme que yo era purista... bueno, que revisase mis relaciones sociales, a ver qué se encontraba. Ni siquiera le estaba dando importancia al hecho de que la persona que tenía delante técnicamente estaba muerta y se alimentaba de sangre.
Hablaba muy rápido. Intentaba responderle, pero resultaba imposible. Y parecía estar pensando a una gran velocidad, intentando sobornarme al pensar que era la mujer de la limpieza. Tampoco reconoció el nombre de Sam. Estamos apañadas... ¿Qué iba a hacer yo si no reconocía el nombre de la única persona que nos vinculaba? Yo también empecé a pensar rápido...
...y se me encendió la bombilla. Empecé a rebuscar en los bolsillos de mi abrigo y de mis pantalones hasta que di con el teléfono móvil. Lo encontré en el bolsillo trasero izquierdo. ¿Por qué me lo ponía siempre ahí? Cuando intentaba sentarme, acababa teniendo que levantarme por miedo a romperlo.
Mientras desbloqueaba la pantalla—todo muy normal en aquella situación, madre mía—, Charlie se entretenía rebuscando algo. Y dio con sangre de dragón utilizada para limpiar el suelo. Su pregunta me pilló totalmente desprevenida. ¿Quién hacía ese tipo de preguntas en una situación? En mi cabeza apareció otra pregunta: ¿Y me lo preguntas tú, que bebes sangre humana para alimentarte? Sin embargo, mi bendito autocontrol me lo dijo claramente: la cosa no estaba para ese tipo de comentarios.

—La sangre de dragón tiene muchas propiedades, pero creo que no se les mata en el proceso. No sé, a mí tampoco me hace gracia, pero...—Y para rematarlo, allí estaba yo, empezando a hacer una disertación sobre la sangre de dragón. Porque claro, la situación estaba para eso, ¿no? Un cadáver en el suelo, una vampiresa nerviosa, cualquiera podía pasar en cualquier momento. Por suerte, ya había conseguido desbloquear la pantalla del móvil. Me temblaban las manos. Demos gracias a Merlín por un poco de cordura en este momento...—¡Mira, Charlie!—Le dije, volviendo la pantalla del teléfono en su dirección. En pantalla había una fotografía de Sam, Caroline y mía.—En diciembre, en un hotel, ayudaste a esta chica, a la rubia. Dos hombres la estaban torturando y tú la salvaste.—Busqué en mis recuerdos algo más significativo al respecto, y se me encendió la bombillita. Con tal efecto que abrí un poco más los ojos.—¡A uno lo convirtió en pollo! ¿Te acuerdas de eso?

Lo cierto es que me sentía muy incómoda con el hecho de tener que estar dándole tanta información en aquel momento. Volví a echar una mirada a un lado y a otro del pasillo, y di gracias a quién fuese porque aquel día aquel pasillo estuviese tan desierto. No me apetecía tener que empezar a aturdir a compañeros de trabajo. Tenía que acabar cuanto antes con aquel sin sentido y, por lo menos, limpiar el suelo. Aquella sangre me estaba poniendo de los nervios, pues era lo más evidente de todo aquello. No iba a poder explicar el motivo de que estuviese allí, y mucho menos de que saliese del armario.
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Charlie L. Harrington el Mar Abr 03, 2018 8:11 pm

¡PERO CÓMO NO IBA A GRITAR! Gwendoline de todos los Santos y Santas para fomentar el lenguaje inclusivo que está tan de moda ahora. ¿CÓMO NO IBA A GRITAR? Estaba con un cadáver en el lugar del crimen y con el arma usada para este. ¿CÓMO NO IBA A GRITAR? Si no era necesario tener una licenciatura, un master o un doctorado en El Cluedo como para darse cuenta que había sido Charlie en el escobero con la escoba. ¿CÓMO NO IBA A GRITAR? Si además la puerta se había abierto de par en par provocándole tal nivel de estrés que en caso de tener un corazón funcional (no como el de Alejandro Sanz, que ese está partido) habría acabado con un maldito infarto. ¿CÓMO NO IBA A GRITAR?

Pero no, dejó de gritar. Y no precisamente porque Gwendoline se lo pidiese. Aquello era como la gente que te pedía que estuvieses bien cuando estabas mal. O que te mejorases cuando estabas enfermo. Claro, porque tú eres un ser todopoderoso que eliges estar bien y mal como el que elige teñirse de rubio oxigenado que parece que acaba de ver a un fantasma.

Charlie estaba entre el infarto y el asesinato múltiple. Porque ahora esa señora que parecía ser la señora de la limpieza sin tener pintas de señora de la limpieza pero que estaba en el cuarto de la limpieza, había descubierto todo el pastel. Le faltaba la guinda y las velas para que aquello fuese una maldita fiesta de cumpleaños sorpresa donde todos olvidan gritar “sorpresa” cuando llega el del cumpleaños.

Por regla general hablaba más de lo que debía. Era el tipo de persona que tendía a hablar en el peor de los momentos con los comentarios más fuera de lugar que podían llegar a ocurrírsele a un ser humano. Quizá por el hecho de que su parte humana estaba apagada o fuera de cobertura en aquellos momentos. Pero cuando estaba en situaciones como aquellas, donde de verdad se ponía nerviosa (algo no muy complicado teniendo en cuenta su forma de ser) hablaba más de lo normal a una velocidad tal que a veces parecía que se iba a atragantar con sus propias palabras o que estas iban a convertirse en una bola en su boca y acabar impactando contra la frente de la persona con la que estaba interactuando.

Para suerte de Gwendoline, aquello no pasó.

Solo sucedió que no paraba de hablar, que no sabía quién demonios era Sam y que había pasado a olvidar que había un cadáver a su lado para centrarse en por qué los magos le quitan la sangre a un dragón para ponerse a limpiar. Pero vamos a ver, ¿Quién se dio cuenta del uso de la sangre de dragón como fregasuelos? ¿Una bruja ama de casa aburrida que mató a un dragón para limpiar los azulejos del baño? ¿O qué? Es que ya había que ser bicho raro como para descubrir aquello. ¡A saber para que más cosas serviría la sangre de dragón!

- ¿Entonces les quitan sangre para luego dejarles vivir? Que animalada. O salvajada. O dragonada. – Comenzó a divagar, olvidando los usos de la sangre de dragón para centrarse en el hecho de encontrar una palabra adecuada para continuar aquella frase.

Por suerte Gwendoline hizo que la cabeza de Charlie – que a veces parecía que estaba sobre sus hombros solo como mero adorno decorativo – se centrase en algo  que no fuesen tonterías.

Aaaaah, Sam… ¿Se llamaba Sam? – Preguntó sin saber muy bien de que estaba hablando hasta que nombró al pollo. El pollo se lo recordó todo. No podía olvidar un pollo que no sabía ni lo que hacía con su vida y al que además habían dejado previamente tonto tras intentar entrar en su cabeza. De eso no se había olvidado, no. - ¡Sam! – Ahora sí. De pronto su cerebro comenzó a funcionar a un ritmo normal como para hacer tal deducción que ni Sherlock Holmes. - Gwendoline Edevane, amiga de Samantha la del pollo cuyo apellido ni recuerdo ni me importa, tengo una misión para ti. – Le tendió el bote de sangre de dragón. – Tú limpia, que yo me encargo del cadáver.

Y ni corta ni perezosa se encargó de desmembrarlo ahí mismo con sutiles movimientos como si de un muñeco de plastilina se tratase. Colocó cada brazo y cada pierna en un cubo de fregona y lo mismo hizo con la cabeza. Seguidamente, buscó algo donde meter el torso humano que había quedado ahí en mitad de la nada como si se tratase de un tótem y lo metió en una bolsa de basura para productos orgánicos. Asesina, pero concienciada con el medio ambiente.

- Vale, todo listo. – Miró a Gwendoline para ver cómo llevaba su ardua tarea de limpiar el suelo de sangre humana que Charlie luego había vuelto a manchar con más sangre después de desmembrar en cuestión de dos minutos un cadáver con la única ayuda de sus manos. – Vale. – Repitió. - ¿Crees que disfrazarse de señoras de la limpieza es demasiado de película o podemos probarlo? Bueno, ¿Tú vives aquí? – Miró a la chica de arriba abajo. – Trabajas. ¿Trabajas aquí? ¿O hay viviendas aquí abajo? Bueno, te conoces el sitio. ¿Por dónde podemos salir con trozos humanos sin que nos pillen? ¿O tenéis una trituradora de carne donde tirarlo para deshacernos de las pruebas? – Hablaba completamente en serio.
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Gwendoline Edevane el Miér Abr 04, 2018 3:03 pm

No puedo asegurar a ciencia cierta qué era lo más surrealista de aquella situación, pues había tantas cosas a las que echar cuenta, que creo que mi propia mente llegó a entrar en shock. Es decir, es la única explicación plausible para mi aparente tranquilidad en aquel momento. Salvo el temblor de mis manos, todo parecía en orden conmigo.
Para empezar teníamos allí a Charlie, la vampiresa que había salvado la vida de Sam de los hermanos Crowley. Había escuchado cientos de veces la expresión "el mundo es un pañuelo", pero últimamente estaba cobrando tanto significado que empezaba a pensar que una mano invisible impulsaba nuestras vidas en determinada dirección. ¿Cómo había llegado ella allí?
Luego estaba el tipo muerto. Un empleado del Ministerio de Magia apuñalado con una escoba en medio y medio del pecho. ¡Con una maldita escoba! No sabía quién era, pues estaba de espaldas a la puerta y no podía verle la cara. Solo en ese momento me permití preguntarme a mí misma si sería un purista o un simple empleado desafortunado que había tenido suerte de salir airoso de los juicios del cambio de gobierno, pero que no había tenido la misma suerte de salir del armario de las escobas... La vida a veces puede ser muy irónica. Esperaba que fuese la primera opción, que fuese el peor ser humano del mundo. ¡Por favor! ¡Creo que no pido mucho!
Y luego estaba lo otro: que a Charlie le parecía un momento muy oportuno para hablar sobre la sangre de dragón y el trato dispensado por los magos hacia los dragones. Por algún motivo, a una criatura que se alimentaba de sangre humana le parecía inhumano que los magos extrajesen sangre a los dragones sin matarlos.
¿Me estaba perdiendo yo algo? ¿Era aquello una cámara oculta, como las de los programas de la tele?
Lo peor de todo no era eso: lo peor es que, por algún motivo, mi respuesta natural a todo aquello fue... responderle. Seguir profundizando en el tema de los dragones. ¿Por qué lo hacía? No es que la situación estuviese cómo para ponerse a charlar...

—¿Y qué debemos hacer con ellos? ¿Matarlos? No sé, no soy dragonolista, pero si lo fuese, creo que preferiría que mis dragones siguiesen con vida.—Me quedé pensando un segundo, y me di cuenta de que, realmente, no podía asegurar que lo que estaba diciendo fuese cierto. Es decir, los fabricantes de varitas utilizaban fibras de corazón de dragón cómo nucleos... y la lógica me decía que cualquier cosa a la que le quites el corazón no solía vivir demasiado. Entonces, un poco de raciocinio se abrió paso a través de mis pensamientos y me hizo decir algo coherente.—¡Me encantaría hablarte sobre estas cosas, Charlie! Pero no creo que sea el momento...

Mostrarle la fotografía de Sam tuvo el mismo efecto que enseñarle una pared de granito y presentársela cómo José Ramírez, el vendedor de tacos de la esquina: es decir, ningún efecto. Tenía su lógica, pues al parecer, la cara de Sam estaba muy magullada—esto no lo había podido ver yo en sus recuerdos, por suerte, aunque sí había visto sus brazos llenos de moretones y raguños, así cómo los restos de sangre y piel sobre la alfombra—por los golpes y hechizos que los Crowley habían propinado a Sam. La historia, el resumen de la historia, tampoco tuvo demasiado efecto.
Pero el pollo sí. ¿Cómo olvidarse de una persona que convierte a otra en un pollo después de convertirlo en un vegetal? Es un detalle que se te queda en la memoria. Esbocé una sonrisa, asintiendo con la cabeza. ¡Bien, quizás saliese viva de aquello! Empezaba a temer lo contrario, pues todo parecía apuntar en la dirección contraria, con Charlie decidiendo que yo era una testigo demasiado peligrosa cómo para seguir viva.

—Sí, se llama Sam. Y te está muy agradecida, cómo yo. Así que...—Pero no hubo manera de seguir hablando, pues Charlie acaparó la conversación. Abrí los ojos, sorprendida, cuando me dijo que tenía una misión para mí. Limpiar la sangre, asunto fácil. No me podía creer que estuviese encubriendo un asesinato, pero... ¿qué más daba ya todo? Tenía una deuda con esa mujer.—Puedo encogerlo con un hechizo y...

Y nada. Porque empezó un espectáculo sangriento para el que no estaba preparada, y no habría estado preparada ni aunque hubiese visto un centenar de películas gore, cosa imposible porque las odiaba con toda mi alma. Me ponían enferma, hacían que se me revolviese el estómago, que tuviese ganas de vomitar...
¿Vais viendo por dónde voy? ¿Adivináis lo que pasó a continuación? Por supuesto, estáis en lo correcto.
No sé si fue la imagen de Charlie desgarrando al cadáver en pedazos, si el sonido que hacía al ser desmembrado, o una combinación de ambas cosas. Solo sé que Gwendoline Edevane, más pálida que la cera, entró en el escobero aguantando una arcada, cogió un cubo vacío y... y bueno, creo que echó ahí hasta el primer desayuno de su vida. Sí, vomité, no me da vergüenza reconocerlo.

—Dame... un minuto...—Pedí a Charlie, todavía inclinada sobre el cubo, temiendo que otra arcada me sobreviniese. Entonces pude ver la cabeza separada del cuerpo mientras Charlie la manipulaba. Esbocé una sonrisa en mi rostro pálido.—¡Qué bien! Ese es Hyphen Spelling. Se dedicaba a perseguir a niños fugitivos. Nunca los traía vivos, el muy desgraci...—Y no pude continuar la frase, pues la imagen de la cabeza cortada me hizo vomitar de nuevo.

Recuperé la compostura tras medio minuto inclinada sobre el cubo. Me puse entonces en pie, empuñando la varita, y me dispuse a hacer mi parte del trabajo. Me sentía un poco mejor sabiendo que el muerto era un asesino de niños, un sádico que disfrutaba más con la caza de niños que con las recompensas que cobraba. Apunté a las manchas de sangre con mi varita, conjurando varios Evanesco no verbales, haciendo desaparecer la mayoría de la sangre. En el suelo todavía quedaban restos de sangre que se había secado, así que, para rematar el trabajo, utilicé, precisamente y por irónico que parezca, un producto de limpieza hecho con sangre de dragón y una fregona. El resultado no podía discutirse.
Terminé limpiando la suela de mi propia bota, pues había pisado la sangre de Spelling y no me apetecía ir por ahí dejando tras de mí un rastro de sangre. Charlie ya se había encargado de guardar el cuerpo en bolsas... y yo no pude evitar reparar de nuevo en lo surrealista de la situación.

—Bueno, estoy segura de que ya no te desagrada tanto la sangre de dragón, ¿eh?—Intenté que fuese una broma, y si bien la situación no estaba cómo para bromas, después de vomitar delante de Charlie, necesitaba quitarme de la cabeza lo que había visto dentro de aquel armario cómo fuese... porque si volvía a pensar en ello, era probable que vomitase de nuevo.

Ahora, solucionado el problema de cadáver y sangre, Charlie proponía un plan totalmente de película: disfrazarnos de señoras de la limpieza. Bueno, partamos de la base de que yo no necesitaba disfrazarme, pues estaba en mi puesto de trabajo. Y sigamos con que... ¿por qué iban a querer hacerle daño a Charlie si la veían en mi compañía? Me podía inventar cualquier pretexto para estar con ella. Era una visitante, habia acudido al Ministerio por algún motivo, y se había perdido. No veía que fuese cómo para querer comérsela con patatas... aunque todo era posible en el mundo mágico actual.

—Yo trabajo aquí, así que no hay problema. Pero espera un momento, deja que te vea.—Me giré hacia ella y revisé tanto su ropa como la piel que tenía al descubierto en busca de delatoras manchas de sangre. Había algunas en la periferia de su boca.—Tienes un poco de sangre aquí.—Señalé mi propia boca con mi dedo índice, esperando que entendiese que me refería a la suya y no a la mía.—Y lo que iba a decirte antes de que empezases a...—Señalé los pedazos de cuerpo y no quise ni decir nada al respecto.—...es que puedo hacerlo más pequeño con magia. Para que quepa en un bolsillo. No me diste tiempo a decírtelo. Mira.

Con mi varita apuntando a la bolsa de basura que contenía el torso de Spelling, conjuré un Reducio no verbal, convirtiendo esta en algo tan pequeño cómo una pelota que cabía en una mano. Y habría sido hasta mona, una mini bolsa de basura, si te olvidabas de que contenía restos humanos.
Repeti el proceso con el resto de pedazos de cuerpo metidos en los cubos, de tal manera que al final solo teníamos un montón de partes que parecían de una figurita de acción muy realista. Les iba a echar la mano... pero me volví atrás. ¡No pensaba tocar un muerto! No me había vuelto tan loca.
Me puse a pensar. Necesitábamos un plan. Era pleno día, y Charlie no podía salir de aquí. A no ser que quisiese morir, claro, pues la luz del sol era enemiga de los vampiros.

—Tenemos que esconderte en algún sitio. No puedes salir hasta la noche, y no sé qué te ocurriría si te meto en una de las chimeneas de la Red Flú. A los vampiros os hace daño el fuego, ¿verdad? ¿O eso se lo inventaron en las películas?—Me daba miedo que, en un intento de sacarla de allí, nos metiésemos en una chimenea y el fuego no la teletransportase... si no que directamente la achicharrase.—¡Argh, maldita sea! ¡No pienso bien bajo presión!

Lo único que se me ocurría era llevármela a algún lugar privado y desaparecerme de allí con ella. Escogería un lugar oscuro, un lugar dónde no pudiese arder cómo una antorcha... ¿Qué sitio podía haber así?
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