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RUNNING IN CIRCLES {~Gwendoline Edavane}

Andreas Weber el Lun Abr 02, 2018 11:16 am

Domingo 1 de abril de 2018
Camden Town, 16:00 horas

Normalmente era muy cauto durante mis excursiones fuera de las que llamaba mis “zonas seguras” (probablemente no lo fueran tanto, pero yo que sé, uno duerme más tranquilo en un sitio que considera seguro, que en uno que no), pero probablemente el domingo de Pascua fuera uno de los días más seguros para ir a ningún sitio, con toda la gente que había. Hacía varias semanas que no me perseguía nadie, y no olvidemos que había sido en un parque inmenso, lleno de espacios abiertos, todo muy a la vista. Ahora solo tenía que escaquearme entre la multitud y ¡puf! Visto y no visto. Y ¡puf! hice yo cuando me desaparecí del montón de escombros y paredes abiertas a los que llamaba zona segura aquellos días (lo sé, todo un lujo), y aparecí en el interior de un aseo público fuera de servicio a pocos pasos de la estación de metro de Camden Town. Hablan mucho del lío del metro de Bonn, pero seguro que no conocen el de Londres.

Me encontraba allí en busca de curry rojo para una de mis pociones, un ingrediente un tanto exótico que los indios no pueden dejar pasar; este, en cuestión, era para “dar esencia” (palabras textuales) a una poción pimentónica. Menos mal que en Camden Town venden de todo a todas horas del día (aunque, a no ser que quieras comprar un riñón, mejor ir de día con toda la multitud), y además hacen tatuajes… que no sé con qué dinero voy a pagar. Me dejé llevar por el mogollón, mirando de cuando en cuando a las tiendas de souvenirs de turno. Si la aventura termina bien, no descarto comprarle a mamá un recuerdo de Londres, algún autobús para la estantería o una cabina telefónica o algo así. Pero primero lo primero.

Mientras andaba, me iba fijando en las marquesinas publicitarias mientras escuchaba lo que comentaba la gente, por si acaso había algo destacable. La mayoría de gente hablaba de fútbol, comida, “cuánta gente por aquí, qué agobio, blablablá”, el tiempo. Lo típico. Sin embargo, justo a la entrada de una tienda de antigüedades, la multitud que me arrastraba se detuvo y yo me vi obligado a hacer lo mismo. La gente se quedó en un silencio sepulcral mientras empezaban a llegar fragmentos de conversación.

-…ni una más te paso. Como no me digas su nombre, te lanzo un maleficio. Y sabes que no bromeo… -Mientras la conversación/discusión seguía, encontré un hueco entre un par de cabezas y pude meter la mía. Una chica de unos 20 años estaba apuntando con su varita a otra chica de su edad que le miraba asustada mientras miraba también a la multitud, musitando frases como “te la vas a cargar” o “hay muggles cerca”. -¿Acaso te importaban los muggles cuando me pusiste los cuernos con esa? – y de repente, hubo un destello. La chica de la varita permaneció de pie delante de la otra, que había caído al suelo. Al levantarse, todos los presentes pudimos ver cómo se le empezaba a llenar la cara de forúnculos llenos de pus.

La gente y la chica-forúnculo empezaron a gritar a la vez mientras a mi alrededor los muggles intentaban dar la vuelta y marcharse en sentido contrario, pero había tanta gente en aquella callejuela que era imposible moverse en dirección contraria a la masa. Mientras, la chica-forúnculo y su ¿pareja? ¿expareja? volvían a gritarse, y esta vez fue el momento de la chica-forúnculo de sacar la varita y atacar a la otra chica. No estaba mirando cuando se lanzaron el hechizo, estaba más ocupado buscando una ruta de escape; no me convenía verme envuelto en un incidente mágico en pleno Camden Town, cuanto más discreto fuera, mejor. Creo que le voy a tener que subir el precio a la poción pimentónica del cliente indio por tanta molestia para conseguir el maldito curry rojo que aún no tenía.
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Andreas WeberFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Abr 03, 2018 1:43 pm

El incidente ocurrido el viernes en Candem Town todavía no estaba solucionado del todo. ¿Cómo iba a estarlo? Solo a un cazarrecompensas borracho se le ocurriría convertir en copa de cristal a un muggle durante una pelea de bar para luego arremeter contra las botellas de bebidas alcohólicas de detrás del mostrador. Bueno... ni siquiera a un cazarrecompensas borracho normal se le ocurriría semejante idiotez, pues quería creer que dentro de cualquier persona existía un mínimo de autocontrol a la hora de utilizar la magia. Estuvieses en el estado de embriaguez que estuvieses.
Total, que durante aquel fin de semana, Candem Town se había convertido un poco en mi segunda casa. El cazarrecompensas en cuestión había sido sancionado, privado de su varita y "obligado" a acudir al equivalente mágico de alcohólicos anónimos, a fin de controlar su evidente problema. También se le había privado de su licencia de cazarrecompensas, por lo que en caso de volver a ejercer cómo tal, el Ministerio no solo no le pagaría un solo knut, si no que podrían incluso multarle o meterlo en Azkaban por ello. Por mucho que llevase a cabo la obra del Señor Tenebroso.
Y mientras esto sucedía, mi departamento seguía investigando la zona en busca de posibles testigos. Creíamos que habíamos contenido el daño, pero cuando menos te lo esperas, aparece en YouTube un vídeo titulado "Borracho convierte a otro en copa de cristal y no te imaginas lo que ocurrió", o algo por el estilo. Suerte que en tiempos recientes, el Ministerio también abarcaba los campos telemáticos a la hora de combatir este tipo de cosas, o la llevaríamos clara.
El domingo 1 de abril me encontraba preguntando en los alrededores de Candem Town con pretextos falsos. Había escogido a tal efecto presentarme cómo Andrea Hilmore, periodista independiente que escribía un blog sobre "sucesos extraños" ocurridos en Londres en los últimos tiempos. Andrea Hilmore entrevistaba a vecinos respecto a cierta "actividad sospechosa". Y las respuestas que Andrea recibió me complacían: nadie parecía saber absolutamente nada sobre nada raro sucedido en tiempos recientes.
Así que el trabajo estaba casi terminado. Estaba deseando volver a casa para estar un ratito con Chess. Quizás llamase a Sam y a Caroline para preguntarles si les apetecía una tarde de películas románticas seguida de una cena a base de comida china. ¡Y lo mejor es que también podía invitar a Beatrice! Estaba muy contenta de saber que seguía viva, y de que estaba bien...
Pero bueno, ya lo dice el dicho: no vendas la piel del oso antes de cazarlo. Y es que, mientras recorría las abarrotadas calles del mercado de Candem Town, buscando un punto de acceso a la Red Flú o un lugar seguro desde el que desaparecerme, un revuelo llamó mi atención. Por favor... ¡Un día sin incidentes! ¡Solo pido un día! La gente chillaba asustada, y por un momento no entendí qué ocurría.
Mientras me internaba entre la multitud para averiguar qué ocurría, llamó mi atención un destello procedente del lugar del que todo el mundo huía. Podría haberlo confundido con el flash de una cámara fotográfica... de no ser porque acto seguido vi elevarse en el aire a una mujer, suspendida por el pie derecho.

—Magia... Por supuesto. Tenía que ser magia.—Murmuré para mí misma, negando con la cabeza de pura frustración. La gente cada vez tenía menos cuidado.

Seguí intentando abrirme paso entre la multitud cuando mi camino se cruzó con el de un hombre alto con el que me choqué. Posiblemente, al chocarnos, la peor parte del golpe me la llevé yo, pues el hombre era alto y cómo el doble de ancho que yo. Así y todo, abrí la boca con intención de pedirle disculpas.

—Disculpe...—Empecé a decir, y entonces, me fijé en su cara. No es que me hubiese fijado en él por ser enormemente atractivo—lo era, pero cómo todo el mundo a estas alturas de la historia sabe, Gwendoline Edevane solo tiene ojos para Samantha Lehmann—si no porque su rostro me sonaba un montón. Y no supe de qué hasta que vino a mi cabeza la fugaz imagen de un cartel de "Se busca" publicado en El Profeta. Abrí un momento los ojos por la sorpresa... y entonces me hice a un lado para dejarle pasar.—No iba mirando por dónde iba.—Concluí mi disculpa, dedicándole un leve asentimiento con la cabeza.

No recordaba el nombre de ese fugitivo en cuestión, pero sí que lo era. Y cómo lo era, no iba a ser yo quién le causase problemas. De hecho, con un suceso cómo este, en el cual había magia incluida, mi deber era avisar al Ministerio. Y viendo el tremendo revuelo que habría, el Ministerio debería acordonar la zona.
Si tal cosa ocurría, ese hombre se vería encerrado peligrosamente cerca de los puristas. Y si había entrado en la Orden era por un simple motivo: ayudar a los fugitivos. Ayudar a las personas.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Andreas Weber el Miér Abr 04, 2018 12:43 pm

Llevaba unos días tranquilos; al parecer, con la Pascua todo el mundo (todo el mundo) se había tomado unos días de descanso. Yo pasaba mis días deambulando por Londres, buscando pistas y más pistas (o mejor dicho, frustrándome más y más ante la falta de pistas) sobre mi padre y mi hermano; era como si se los hubiera tragado la tierra. Me decepcionaba tener que darle siempre la misma respuesta a mi madre, que me llamaba al móvil todos los días a la misma hora, con un tono de falsa esperanza que no conseguía disimular del todo al saludarme cuando cogía el teléfono. Y, entre búsqueda y búsqueda, también hacía alguna que otra poción para sacarme unos cuantos galeones.

Dos días antes, me había llegado una lechuza con un pergamino tan machacado que daba la impresión de que se fuera a deshacer al tocarlo. En él, un mago indio pedía una poción pimentónica con aroma de curry rojo para ayudar a sanar a su padre porque los remedios locales no habían podido y el hombre estaba mal y blablablá. “Ayúdame, Andy-Wan Kenobi, eres mi única esperanza”, en resumen. Y en fin, que no podía negarme y menos viendo la cantidad que se me iba a pagar por una simple poción.

El sábado, antes de dormirme, hice inventario de todos los ingredientes y me aseguré de mandar a Orión a la botica del Callejón Diagon un par de veces (por supuesto, bajo un nombre falso) para pedir los materiales de pociones que casi casi se me iban a terminar; solo faltaba el curry rojo, que era fácil de conseguir en Londres, pero en especial había un par de puestos en Camden Town que también lo vendían sin necesidad de tener que pagar con órganos humanos además de con dinero. Y mira, no me pagan mal, pero tampoco soy un millonetis.

Claro que si el sábado llego a saber que en vez de con curry rojo me topo con un numerito como aquel, me hubiera ido a las otras tiendas: menos económicas, pero más seguras. ¿A quién se le ocurría montar ese escándalo en pleno Londres muggle? ¿Es que estaban locas? Bueno, qué cosas digo, son adolescentes, claro que lo están. Y los muggles se estaban volviendo también, con tanto espectáculo; me hace gracia que les vendan que la magia es sacar un conejo blanquito y suave de una chistera, cuando en realidad también es llenar la cara de tu oponente de granos llenos de pus o, como pasó después, levantarlos por los aires y sacudirlos en volandas. Te fijas en las caras de los muggles en esos momentos y te preguntas por qué no sigue habiendo quemas de brujas. Pero luego piensas que el Ministerio se encarga de solucionar esas cosas.

El Ministerio… No tendrían que estar lejos. Y, dada mi situación actual, lo mejor que podía hacer era huir ahora que podía. Reconozco que me sorprendió ver mi cara en medio de El Profeta bajo un cartel de “Se busca”, pero después mi yo del periódico me miró y puso los ojos en blanco a lo “¿te lo puedes creer?” y me tuve que reír. A ver a qué régimen he traicionado yo, si para empezar soy más alemán que británico. Pero en fin, las risas. Claro que eso abrió más incógnitas: ¿pasaría lo mismo con Bruno? ¿Pasaría lo mismo con papá? ¿Acaso el Ministerio les echó las manos encima y les hizo desaparecer? ¿O peor?

Entonces algo chocó contra mí y me sobresalté, girándome como pude para enfrentarme a esa persona; ya está, han venido y me han echado las manos encima. Disimuladamente, deslicé mi mano derecha al bolsillo de mi cazadora donde guardaba mi varita. Total, qué más daba un poco más de magia con todo el numerito que habían montado las otras dos chicas…

Bajé la vista y me encontré con una mujer joven que me miraba con gesto de disculpa mientras me pedía perdón. – No se preocupe… - Entonces, vi que ella se me quedó mirando como si intentara ver mi puñetero esqueleto debajo de la carne. Un segundo después, abrió mucho los ojos y al rato volvió a su estado normal, pero aunque disimulara yo ya me había dado cuenta de que ella también debía leer El Profeta. Estupendo. Ya me imaginaba teniendo que usar mi varita cuando vi que ella se hacía a un lado para dejarme pasar. ¿Qué…? Ahora fue cuando mis ojos se abrieron como muestra de sorpresa. – Yo… - No sabía qué decir. ¿Supongo que gracias? – Gracias. – dije con una sonrisa torcida. Claro que no terminaba de fiarme, a lo mejor me dejaba pasar y luego me perseguía hasta un callejón oscuro oculto de la vista de todos y catapún; la chica no tenía cara de mala persona, pero están los tiempos como para fiarse.

Sin embargo, la gente seguía huyendo despavorida del lugar mientras, en el claro donde las examantes se peleaban (porque entre los forúnculos y las sacudidas por los aires, no creo que ya se consideren pareja), estas se seguían apuntando con las varitas, lanzándose maleficios. Observé durante un segundo cómo una de ellas tenía ahora unos dientes tan grandes que no le entraban en la boca, mientras a la otra le habían empezado a crecer rápidamente los pelos de las orejas. Me giré de nuevo hacia donde estaba la otra joven e iba a avanzar hacia el claro que me había dejado, pero en ese momento se me adelantó una mujer con una cría pequeña, de unos tres años, que no paraba de llorar; la madre llamaba a su hija por su nombre mientras tiraba de su mano, pero la pequeña no se movía. Me giré sobre mi mismo mientras buscaba una ruta de escape viable, pero solo veía gente y a esa chica, en apariencia buena, que había aparecido de la nada; por si acaso, mi mano derecha seguía en el bolsillo de mi chaqueta, apuntando entre la ropa a la recién llegada.

Estoy perdido.
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Gwendoline Edevane el Vie Abr 06, 2018 11:02 pm

Habiéndome olvidado momentáneamente del fugitivo con el que me había topado, y al cual no tenía intención de perseguir porque, simple y llanamente, yo no hacía eso, mi atención se concentraba en la escena que estaban montando, un poco más adelante, un par de brujas jóvenes enfrascadas en una disputa de algún tipo. No podía saber de qué iba todo aquello, pero daba la impresión de que se odiaban un poco. Demasiado, quizás.
Y lo peor de todo no era eso. Lo peor de todo eran los muggles que abarrotaban la calle. Algunos, obedeciendo a un instinto primario de pura autoconservación, se alejaban aterrorizados de la escena que habían montado esas dos chicas. Esos no suponían un problema demasiado grande, a decir verdad; símplemente me entorpecían el paso, y me impedían avanzar tan rápido cómo me gustaría. El problema eran los que, en lugar de huir, entre carcajadas, habían sacado sus teléfonos móviles. Incrédulos, quizás, pero grabando todo aquello cómo si se tratase del espectáculo más divertido del mundo.
Sobraba decir que nadie movía un dedo para evitar aquella extraña pelea. ¿Cómo hacerlo, si una de ellas estaba levitando mientras a la otra le crecían los dientes. Contraatacaban rapidamente, echándose la una a la otra maleficios, a más humillante cada uno de ellos. ¿Qué les pasaba? ¿En qué momento se iban a dar cuenta de toda la atención que estaban atrayendo en su dirección?
No sé ni cómo demonios conseguí acercarme a ellas. Bueno, sí lo sé: a fuerza de escurrirme y recibir codazos y golpes que me dejaron un tanto dolorida. Ya tendría tiempo de preocuparme por eso después. En ese momento, me interesaba más lo que tenía delante: la que levitaba suspendida por su pierna ya estaba en el suelo, y apuntaba a la otra con su varita, dispuesta a convertir a su "amiga" en algún tipo de animal, o quizás a convertir su cabeza en una calabaza.
Me fijé en ellas entonces. No aparentaban más de... ¿qué? ¿Quince, dieciséis años? ¿Qué hacían dos adolescentes fuera de Hogwarts en aquella época del año? No es que importase demasiado, pues el problema no era ese; si eran menores de edad, ya estaba, no había otra. El Ministerio de Magia tenía un detector para este tipo de cosas... y en estos momentos debía estar zumbando igual que una colmena de furiosas abejas africanas.

—Santa paciencia que hay que tener en este mundo...—Murmuré entre dientes, sacando mi varita de la manga izquierda de mi abrigo.

Apunté en dirección a la bruja que se preparaba para atacar en aquel momento, conjurando un Expelliarmus no verbal que tuvo el efecto deseado: la varita saltó de su mano y cayó al suelo repiqueteando. La bruja se quedó patidifusa, sin comprender cómo su "amiga" había logrado desarmarla, y la otra debió ver el cielo abierto para lanzar a su vez un maleficio. Esta era la "chica forúnculo", pero tampoco a ella le permití atacar: otro Expelliarmus no verbal y certero le arrebató la varita de las manos.
La magia había parado, por lo menos. Contener aquel incidente iba a ser complicado. ¿Desmemorizar a toda aquella gente? Prácticamente imposible. Tenía que pensar rápido, pensar una excusa para todo aquel revuelo. Y no solo eso: evitar que volviesen a coger sus varitas, cosa que al menos una de ellas, la que hacía un minuto levitaba suspendida de su pie derecho, ya estaba intentando.
Me adentré en el corrillo, intentando esconder la varita de la vista de los muggles.

—¡Vale, vale, creo que el espectáculo ya ha durado mucho, chicas!—Me adelanté hacia ellas, esbozando una enorme—y falsa—sonrisa con la boca abierta, cómo si formase parte de aquella locura. Daba gracias por haber escogido aquel día para ponerme una gorra que me ocultaba parcialmente el rostro.—¡Ha sido un número muy divertido, pero creo que la broma se os ha ido un poco de las manos! ¿No véis que estáis asustando a la gente? Buen trabajo de maquillaje, por cierto, ¿cómo lo has logrado?—Pregunté a la "chica forúnculo", a fin de conseguir su complicidad.

¿Qué número ni que...?—Empezó a protestar la chica.

—¡Silencio!—Le ordené en tono de voz bajo, mientras me volvía hacia ella.—¿Es que no has visto dónde estás? ¡Basta ya!

Aquello pareció devolver a ambas al mundo real, y por fin se dieron cuenta de una verdad innegable: la habían fastidiado. La habían fastidiado a base de bien. Los aurores estarían en camino, y teniendo en cuenta lo que habían hecho, el castigo que les caería encima no sería pequeño. No estábamos hablando de un caso de magia accidental, si no de un numerito en medio de una calle llena de muggles... y totalmente intencionado. Y había al menos una veintena de teléfonos móviles grabando la escenita.
Genial... Bonita la habían armado. Aquello solo había una manera de solucionarlo: tenía que freír esos teléfonos móviles. Lo sentía por los muggles, pero no quedaba otra. Discretamente, inicié la floritura con mi varita, conjurando un Electro pulsus, uno pequeño, que abarcase solamente dos o tres metros a la redonda. Me daba pánico utilizar aquel hechizo, pues si hubiese algún muggle con un marcapasos, supondría matarle. No usaba aquello a no ser que fuese indispensable.
Los teléfonos móviles empezaron a fallar, lo cual fue evidenciado por las expresiones de los muggles, que cambiaron de la diversión y la jocosidad al fastidio. Empezaron a maldecir mientras yo me guardaba la varita discretamente dentro de la manga de mi abrigo.
Advertí entonces un movimiento por el rabillo del ojo, y cuando volví la mirada en esa dirección, suspiré con expresión de fastidio: Salleens, mi compañero de departamento, venía en mi dirección. Teniendo en cuenta que le había relevado para que se fuese a casa con su familia a primera hora de la tarde, solo pude deducir que el Ministerio ya había llegado.

—Edevane, ¿qué ha pasado? El detector se activó...—Empezó a explicarme Salleens, pero no necesitó decir mucho más: él mismo podía ver la situación con sus propios ojos.—¡Joder, otra vez! A este paso no voy a poder tener un día tranquilo con mi familia...

—Solo son un par de crías, Salleens...—Dije, encogiéndome de hombros, y temiendo que mi compañero decidiese darles un escarmiento allí mismo, cómo muchos puristas hacían.

En su lugar, Salleens emitió un gruñido furioso y negó con la cabeza. Yo eché una mirada alrededor, y pude comprobar que, en efecto, empezaba a aparecer gente del Ministerio por allí. No era muy difícil identificar a los magos moviéndose entre los muggles: se creían que encajaban, pero no. Su conducta era sospechosa, cuanto menos. Bueno... pues ahora toca desmemorizar...
Dediqué un breve momento a pensar en el fugitivo con el que me había topado. ¿Qué habría sido de él? ¿Habría logrado escapar, o estaría atrapado en medio de la multitud? Si era así... estaría en problemas.


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Andreas Weber el Lun Abr 09, 2018 11:33 am

Sin comerlo ni beberlo, me había visto envuelto en una escenita en plena calle, una aparente discusión de pareja… salvo que era una pareja del mundo mágico. Y como era habitual en Camden Town, había tanta gente que era muy difícil salir de allí, y menos con rapidez, que era lo que yo necesitaba si no quería que me pillaran los del Ministerio. La mujer que se había chocado conmigo también me había reconocido (y era sencillamente estupendo, si ella podía reconocerme lo mismo podía decir de cualquier otro) y se había hecho a un lado para que pudiera pasar… pero justo se interpuso una madre con su hija pequeña, que no quería moverse y la madre venga a tirar y a tirar y a tirar. Me recordó a Bruno cuando era pequeño, su primera vez en el zoo de Berlín. Se quedó a cuadros viendo a dos monos peleándose… tanto que no se dio cuenta de que otro mono se acercaba a él y le robaba la bolsa de cacahuetes de sus manos por entre los barrotes de su recinto. Tengo que encontrar a mi hermano, aunque solo sea para recordarle ese momento.

Miré alrededor buscando otra ruta de escape, pero era la única disponible. La gente, mientras tanto, había decidido que aquello no era una situación peligrosa y había sacado los teléfonos móviles para empezar a grabar. A este paso me tendré que abrir paso a empujones, pero me sabe mal tener que derribar a una niña pequeña que encima está claramente incómoda y aterrorizada y está llorando y… COÑO, ESA PERSONA ACABA DE APARECERSE, A LA MIERDA.

Eché a correr como alma que lleva el demonio, pasando junto a la niña llorona y su madre, sin dedicarle más palabra a la mujer que me había reconocido. - ¡Eh, oiga! – me gritaron por detrás. No quise darme la vuelta, en su lugar imaginándome que era la madre por empujar hacia a un lado a su hija mientras huía como un loco. Y yo corrí y seguí corriendo, sin hacer caso a los demás y, por si acaso, cogiendo el mango de mi varita dentro del bolsillo de mi chaqueta.

Corrí y corrí, y al fin veía una pared de ladrillos y a su lado un estrecho y oscuro callejón donde ocultarme y poder desaparecerme, libre de miradas curiosas en medio de toda aquella confusión, pero entonces la gente que me bloqueaba, la mayoría pendiente de los móviles, se sobresaltaron bruscamente agitadas mientras maldecían en voz alta y se quejaban de no sé qué de que si los móviles les habían dejado de funcionar. Muy bien, Andreas, hay que salir cagando leches, no es casualidad que veas a alguien aparecerse y de repente fallen los móviles de los muggles. Y cuando llegara al callejón, yo también tendría que mirar el mío. Solo hacía falta que esta noche fuera a llamar mamá y no le diera señal. Me la cargo del susto que se mete.

Seguí metiendo empujones a diestro y siniestro para hacerme hueco y poder salir de allí y ya llegaba poco a poco al callejón mientras a mis espaldas escuchaba palabras de todo tipo, ninguna de ellas bonita. Y por fin, allí estaba, la pared de ladrillos oscuros y a su lado el callejón. Veía la luz al final del túnel. Ya quedaba menos. Cinco personas. Cuatro personas. Tres personas… Y justo vi a un mago aparecerse en el callejón oscuro al que me dirigía y, por instinto, me di media vuelta y me adentré entre el mogollón por si las moscas. Agaché más la cabeza mientras, disimulando, sacaba mi móvil (que efectivamente parecía como si hubiera tenido un ictus, porque no respondía a nada y se notaba muy caliente) y hacía como que grababa la escenita, como las personas a mi alrededor, mientras que por el rabillo del ojo lo que realmente hacía era vigilar al mago recién llegado, al que se le habían incorporado otros dos más y que se dirigía donde estaban las jóvenes… y la chica que me había dejado huir junto con otro hombre más. Sin dejar mi tapadera de “otro muggle más con su móvil”, observé a la chica mientras trataba de que mi exterior no me delatara.

Así que está con ellos… Porque era indudable que esos recién llegados eran del Ministerio. Vestían y actuaban como muggles, pero su presencia les delataba. Desde conjuntar corbatas de topos con pantalones de raya diplomática a vestir de morado y verde igual el mismísimo Joker. Y también su actitud. Siempre vigilando, siempre alerta, controlando todos los movimientos… Entonces vi que un mago de aquellos recién llegados miraba en mi dirección y me apresuré a fijarme en mi móvil mientras miraba a los lados para ver qué hacía la gente y hacer yo lo mismo.

- ¡Vaya mierda de móvil! - dijo un chaval joven con tatuajes, piercings y cresta rosa que estaba a mi derecha, pulsando la pantalla tan fuerte que en cualquier momento la partía por la mitad.

- Y que lo digas – contesté, esforzándome por camuflarme entre la multitud y no llamar la atención. Me habían visto, más me valía actuar normal – Cada vez duran menos, macho.

- ¡Ya ves, tío! – respondió el chaval, que seguía indignadísimo -  Mi viejo sigue funcionando con ese ladrillaco Nokia y no le pasan estas cosas, tronco… - resopló el chico.

- ¡Buah, tíiiiio! – dijo otro chaval de detrás, de la misma tribu de tatuajes-piercings-cresta que debía estar escuchando - ¡Ese Nokia era la hostia, colega!

- Sí, sí, la hostia – comenté poniendo su misma cara de frustración/fascinación mientras con la vista veía cómo el mago que me había visto se acercaba hacia el corro de gente, en un ángulo que bien podría plantarse en mi posición en unos 8 o 10 empujones – Bueno tíos, me abro.

- ¡Sí, eso será si te dejan, jaja!

Espera, cómo que “Eso será si te dejan”, ¿es que acaso este chaval…? Hostia, que el mago está más cerca, venga Andreas, sal por patas. De nuevo volví a abrirme paso a empujones entre la gente, mi segundo intento por dirigirme hacia la pared de ladrillos oscuros, al callejón estrecho de al lado. De verdad que no soy remilgado, me vale ese callejón o cualquier otro, solo pido que no me siga nadie y que no se aparezca nadie justo cuando vaya a llegar yo. No creo que sea mucho pedir.

Apreté el ritmo mientras a mis espaldas volvía a escuchar quejas y palabras “bonitas” (pero joder, si no os apartáis pues os aparto yo, qué pretende la gente). Y cuando escuché más a lo lejos gente que se quejaba y que no podía ser por mí, apreté el ritmo aún más; al doblar una curva, me giré y vi que uno de los chavales con cresta se encontraba a unos pocos pasos de mí. Él también me vio. - ¡Espera, colega! Se te ha caído algo… - Sí, claro. Estos del Ministerio se creen que me chupo el dedo. Apreté más el paso, sin perder tampoco de vista al primer mago del Ministerio que se fijó en mí y que ahora no se encontraba tan peligrosamente cerca como el de la cresta, que también se había delatado como otro más del Ministerio, y al fin, empujón tras empujón, salí del mogollón de gente a lo Jon Nieve en la batalla de los bastardos (sin respiración dramática) y me dirigí al primer callejón oscuro que vi, que la verdad, no me paré ni a pensar si era el mismo por el que estaba a punto de desaparecer antes.

Ya estaba en el callejón y solo me faltaban unos pocos pasos para adentrarme más en la oscuridad y estar lo suficientemente apartado de la vista muggle para desaparecerme cuando, de nuevo, una persona, esta vez una chica, apareció delante de mí. Llevaba un vestido rosa con medias moradas y zapatos blancos. Y así fue como me quedé ciego, qué hortera. ¿De verdad esta gente no se da cuenta de que…? - Buenas tardes, señor Weber. ¿Sería tan amable de acompañarnos? – tuve que reírme. Le miré a los ojos tras ponerlos en blanco y le mantuve la mirada mientras pensaba en tatuajes, motos, chicas y gatitos. – Ambos sabemos que pierdes tu tiempo. – Ella me sonrió y me miró durante un rato que se hizo eterno mientras yo seguía pensando en tatuajes, motos, chicas y gatitos. Me miraba fijamente como si quisiera comerme mientras me apuntaba no muy disimuladamente con la varita. Tampoco hay que ser muy listo para darse cuenta de lo que Doña Sutileza pretende hacer.  Y al cabo de un momento, su cara de perfecta dulzura inofensiva se transformó en una de pura frialdad – Ya veo que tiene sus trucos. Pero no importa, señor Weber. Yo también tengo los míos – su sonrisa de lagarta se extendió - No tiene escapatoria.

- Oh, yo creo que sí – dije con una sonrisa burlona. En un movimiento fugaz, saqué mi varita del bolsillo y le apunté al pecho - ¡Desmaius!

La mujer salió propulsada hacia atrás e impactó de espaldas contra una pared; cayó al suelo inconsciente. Me giré, sin darle la espalda del todo, y me encontré de frente con el chaval de la cresta, los piercings y los tatuajes que me había estado persiguiendo. El chico me sonrió con petulancia mientras sacaba una varita mágica del bolsillo de su chaleco con cadenas. Mira que lo sabía, ¿eh?

Antes de que tuviera tiempo de girarle del todo y apuntarle con mi varita, un destello salió de la varita del tipo de la cresta y me vi volando varios metros hacia atrás hasta impactar de espaldas contra la pared y caer de culo al suelo. Aunque no perdí la consciencia, me notaba con la cabeza embotada, como aturdido. Probablemente por el golpe. Por Merlín, necesito una aspirina.

El chico de la cresta se acercó con paso tranquilo se detuvo delante de mí, mirando hacia abajo para mirarme a la cara, con expresión tranquila. Como si fuera a tenderme la mano y a invitarme a una cerveza por las molestias. Miré a la derecha y vi que la bruja seguía consciente, y me giré hacia el chico mientras, por si acaso, volvía a pensar en tatuajes, motos, chicas y gatitos. Nunca está de más asegurarse.

- No se preocupe por Dorothy, señor Weber, le gusta mucho hablar. A mí, en cambio, me gusta actuar. - sonrió. Hizo una floritura con la varita y vi, para mi horror, que ahora tenía dos varitas en la mano: la suya y la mía. Hostia puta, a la mierda los tatuajes, las motos, las chicas y los gatitos. - Como ve, mi enfoque es más efectivo - no sonrías tanto cabronazo, y acércate un poquito más. No tendré varita pero sigo teniendo dientes y puños. - ¿Le importaría acompañarnos?

Lo preguntó con una dulzura que parecía que me estuviera invitando al baile de fin de curso, pero estaba claro que era una falsa pregunta. Ambos sabíamos que el Ministerio me había encontrado después de tanto cartel con mi cara en la prensa mágica. Si quería escapar de allí necesitaba una distracción y algo de tiempo, dos cosas que no tenía. Muy bien, Andreas, bonita forma de terminar la semana.



Off: Perdona por el testamento, me emociono yo solo. Hubiera seguido, pero me he plantado en las tres páginas de Word...
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Andreas WeberFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Abr 11, 2018 4:46 pm

No pasaba nada. La situación todavía podía controlarse. Los del Ministerio estaban llegando, y por lo que podía comprobar, el protocolo de seguridad se había ido a la porra inmediatamente. Estaba claro que algunos magos, con toda seguridad, habrían acordonado la zona, acercándose de una manera un poco más discreta que aquellos que se estaban apareciendo en medio del mercado. Quería pensar que no había llegado ya el apocalípsis al mundo mágico...
...pero, por supuesto, una cosa es lo que quieres pensar, y otra muy distinta, lo que al final acaba ocurriendo. Y es que, mientras yo pensaba que la situación estaba controlada, que había hecho un trabajo de contención de daños bastante decente, a pesar de los magos apareciéndose por todo el lugar, pronto me quedó claro que estaba siendo una ilusa. Y es que si el follón que montaron las dos crías había sido malo... el que se montó un poco más adelante fue incluso peor.
Estaba en plena conversación con Salleens, debatiendo lo que debíamos hacer a continuación, cuando por el rabillo del ojo atisbé a ver salir volando a alguien. Salleens y yo guardamos silencio mientras, lentamente, mirábamos en aquella dirección. Negué con la cabeza, llevándome una mano a la frente. Me iba a empezar a doler la cabeza. Yo sabía que sí, no podía ser de otra manera.

—¿Ese de ahí también es solo un crío?—Me preguntó Salleens con ironía, con una sonrisa carente de humor en el rostro. Cuando McDowell se enterase de esto... bueno, no tenía ganas de verla cabreada.

—Tenemos que parar esto ya.—Le respondí, consciente de que el problema se iba haciendo más y más grande a cada segundo que pasaba.—Voy a ver qué pasa ahí, a ver si puedo ayudar de alguna manera. ¿Te encargas de esta zona?—Salleens asintió con la cabeza, sacando su varita ya sin disimulo. Total, ¿para qué? Aquel incidente solo se iba a solucionar borrando las mememorias de TODOS los muggles de la zona.

Si después del Caso Piccadilly, McDowell había querido venir personalmente a hablar conmigo, y había sido un lío mucho más pequeño que este, ¿qué querría ahora? ¿Azotarnos a todos públicamente? Sinceramente, aún con lo poco que me gustaba esa mujer... no iba a culparla.
Con mi varita en la mano, me abrí paso entre los muggles y caminé en dirección al revuelo. Ya me estaba temiendo lo peor a medida que lograba escurrirme entre los muggles—quiénes lloraban sus teléfonos móviles perdidos, mis disculpas por eso—y cuando me aproximaba al callejón entorno al cual parecía concentrarse el revuelo, ya lo tuve bastante claro: alguien había localizado al fugitivo. ¿Cómo iba a salir de allí, teniendo en cuenta la cantidad de gente que había por allí?

—¡Permiso para pasar, por favor! ¡Ábranme paso, por favor!—Iba diciendo en voz alta. Algunos me hacían caso, otros seguían mirando sus teléfonos móviles con cara de pena, pensando en lo mucho que les costaría arreglarlos o comprarse uno nuevo.

Logré sortear a la última persona y pude por fin echar un vistazo a lo que ocurría dentro del callejón. Uno de los magos del Ministerio había logrado acorralar y desarmar al fugitivo. ¡Maldita sea! No es que tuviese demasiado margen de acción en aquel momento. Eché una mirada atrás, valorando mis opciones, y supe que tenía que interpretar el papel de mi vida si quería que aquello saliese bien: fugitivo huyendo y yo libre de sospechas. Vaya desbarajuste, amigo...
Di un paso dentro del callejón, lo cual sorprendió al mago que llevaba la voz cantante en ese momento. Me echó una breve mirada, y cuando se dio cuenta de que era yo y que no suponía una amenaza, en teoría, para él, devolvió su atención al fugitivo.

—¿Qué está pasando aquí?—Pregunté con un tono de voz neutro, y sin dejarle responder añadí lo siguiente:—¿Es usted consciente de que ha vulnerado la seguridad del Ministerio de Magia? ¡Usted y todos los que se han aparecido aquí de manera irresponsable han puesto el Estatuto Internacional del Secreto Mágico en peligro. ¡No, no quiero escucharlo, ¿de acuerdo?! Me da igual si ese es un fugitivo o si es su hermano mayor. ¡Existen una serie de protocolos que hay que seguir!—Estaba mostrando un enfado genuino, falso, pero lo suficientemente real cómo para hacer creer a cualquiera que mirase que, efectivamente, me preocupaba muchísimo el mundo mágico.—La Ministra sabrá de esto, se lo prometo.

—Pero ese es Andreas...—Empezó a decir el tipo, pero le interrumpí. Y no solo con palabras, si no con gestos. No tuve más que concentrarme en los Crowley, en lo que habían hecho con Sam, y fui capaz de levantar la varita y ponérsela en el cuello al tipo. Este dio un par de pasos atrás, asustado, y al topar con la pared con la parte de atrás de su cabeza, sucedió algo que fue música para mis oídos: soltó ambas varitas, la suya y la del fugitivo. Gracias a Merlín por estas pequeñas cositas...—¡Oiga, ¿pero qué hace?! Esto...

—¡Le he dicho que no quiero oírlo! Me siento tentada a darle un escarmiento yo misma, aquí y ahora. No me tiente...—Compuse una expresión amenazadora en mi rostro, una expresión para la cual nada más que necesité de toda mi rabia, que no era poca últimamente.

Vamos, compañero... Te acabo de dar una salida. Y si cuando cojas tu varita me atacas también a mí, sin matarme, te estaré eternamente agradecida... Me refería, claramente, al fugitivo. Abiertamente no podía hacer mucho más por él... pero mi pequeña pantomima quizás le permitiese huir. Me daba igual si pensaba que iba en serio o si notaba que le estaba ayudando.
Lo importante era que huyese, y que mi puesto en el Ministerio siguiese intacto.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Andreas Weber el Sáb Abr 14, 2018 7:17 pm

De verdad que llego a saber que conseguir un poco a de curry rojo me causa tantas molestias y le digo a mi cliente que se meta el curry y su pedido por donde le quepa. Pero claro, qué me iba a imaginar yo de que iba a tener la mala suerte de verme en medio de un numerito entre una pareja/expareja de dos brujas en pleno Londres muggle, y que iba a terminar tirado en un callejón, aturdido y desarmado sin mi varita. Y el causante de mi actual situación allí estaba tan tranquilo delante de mí, preguntándome que si le acompañaba como si fuera mi amante y me sugiriera que nos fuéramos a la cama. Pues mira, ni lo uno ni lo otro.

Me llevé una mano a la parte posterior de la cabeza y para mi alivio no vi que se manchara de sangre, porque tenía un dolor de cabeza de la hostia y ya solo me hubiera faltado esto. Miré al tipo de la cresta con una sonrisa torcida, de burla, mientras mentalmente barajaba qué maldición dedicarle (verbal, claro, porque con varita muy difícil si él tiene las dos). Básicamente de hijoputa para arriba. Pero antes de decir nada, el tipo se giró hacia atrás un momento y volvió a mirar, para cuando ya había aparecido otra mujer que bien podría haberse hecho pasar por una muggle, porque esta sí vestía como la gente de a pie.

Observé la escenita en la que ella le cantaba las cuarenta al otro y no pude hacer otra cosa que sonreír. Me apetecía un montón inflarme a hostias (a falta de varitas…) pero uno más uno son dos de toda la vida, y yo soy solo uno, así que no gracias. Ahora, si uno de los dos pierde su varita y yo gano una varita… Esas matemáticas ya son más difíciles. ¿Pero cómo conseguir una varita en mi situación actual? Entonces, la recién llegada dijo algo que congeló la sonrisa de mi cara:

“Me da igual si ese es un fugitivo o si es su hermano mayor”.

Moví los ojos de él hacia ella, que de repente había captado toda mi atención. Lejos quedó la sonrisa burlona, chulita, de hace un momento. Ahora solo había una sed insaciable de respuestas que a lo mejor ella tenía. ¿Por qué si no hubiera puesto el ejemplo del hermano mayor en vez de, qué se yo, sobrino, tío, vecino o yo que sé qué más? Claro que técnicamente yo era un fugitivo, según El Profeta y mi foto adornando todos los carteles de “se busca”, pero el ejemplo del hermano mayor parecía demasiado aleatorio… ¿Sabría esa mujer algo sobre Bruno o había sido puta casualidad?

Mientras yo le daba vueltas al asunto, el de la cresta y la otra chica seguían discutiendo, pero estaba claro que ella debía ser jefa de él o tener algún rango superior, porque en cuanto ella le puso la varita un poco cerca él soltó la suya y la mía y hubiera jurado que hasta se meó en los pantalones, porque vaya cara de miedo. Aunque también debo decir que la chica sabe ponerse seria, menudo genio. Pero ¿la verdad? Todo eso me importa tres pimientos. O dos. Vayamos a lo importante, a saber: no solo ha soltado mi varita, sino también la suya.

Lentamente, tratando de hacer el menor ruido posible, me moví en cuclillas por el suelo a lo Spider-man, acercándome hacia su posición sin que ellos me vieran, lo cual no fue difícil porque ella no parecía quitarle los ojos de encima al otro y el de la cresta bastante tendría con mirar a la chica y controlar su vejiga. Notaba el corazón rebotando contra mi pecho fruto de los nervios de la anticipación por conseguir esas varitas, pero me obligué a controlarme; hubiera sido muy ridículo que me delatara el sonido de mi corazón, como si fuera esto una historia de Poe. Aunque ahora que lo pienso, mi vida sí es un poco de libro…

Por fin, llegué a la par con las varitas y rápidamente me tiré encima de estas. Mi varita se sentía cálida al tacto, como si se alegrara de que su amo volviera a sujetarla firmemente. O a lo mejor me he golpeado la cabeza más fuerte de lo que pensaba. Con la misma rapidez con la que agarré las varitas, le apunté al tipo de la cresta con la mía mientras la otra descansaba a salvo, segura en uno de los bolsillos traseros de mi pantalón. Nunca estaba de más tener una varita de reserva, desde luego a su legítimo portador no se la iba a devolver.

- ¡Petrificus Totalus! – al momento, el tipo se quedó rígido, como se hubiera transformado en una estatua. Uno menos. Solo faltaba ella, que se interponía entre mi salida y yo; estando en plenas facultades no podía arriesgarme a desaparecerme por si ella trataba de interceptarme o por si intentaba seguirme. Claro que siempre puedo aparecerme en otro sitio lejos del refugio por si acaso ella intentara seguirme, pero… - ¡Desmaius! – exclamé rápidamente en cuanto vi que ella se movía. O al menos eso me pareció, pero no podía correr riesgos. No ahora que se ve la luz al final del túnel.

Con mis contrincantes derrotados, tenía vía libre para escapar. Y eso hice. Me di media vuelta para no estar frente a ellos y me tomé unos segundos para concentrarme en los alrededores de mi refugio de los últimos días; por si acaso nunca me aparecía dentro del mismo refugio en caso de que alguien me siguiera, y aun así ya había perdido guaridas muy buenas. No podía arriesgarme a perder esta por lo menos hasta que termine la poción pimentónica… a la que voy a pasar definitivamente de echarle curry, me va a tocar improvisar esa parte.

Ya tenía visualizados los jardines que había como a diez minutos de casa (bueno, “casa” con comillas)… y entonces un sonido agudo, estridente y muy molesto, se me metió en los oído y en el cerebro y me vi propulsado hacia delante hasta chocar con una verja de metal. Por suerte, un rato antes me había guardado mi varita recién recuperada en el bolsillo de mi chaqueta donde solía guardarla, así que no tuve que lamentar su pérdida esta vez. Di media vuelta y vi al recién llegado, un hombre alto, de pelo oscuro canoso y expresión seria, con ojos pequeños y fríos, que miraba en mi dirección.

- No se mueva – me dijo antes de sacudir su varita y al momento tenerme apresado con unas cadenas que, aunque no apretaban, tampoco me dejaban moverme ni mover la mano derecha hasta el bolsillo donde guardaba mi varita. Cojonudo. Entonces vi que el recién llegado se dirigía al tipo de la cresta y a la otra chica, y les liberaba de mis hechizos con sus correspondientes contrahechizos. Y por como les miraba, me daban ganas de preguntar si al menos me podían traer un bol de palomitas y unas gafas 3D.


Off: Gwen me dio su permiso para atacarla #sorrynotsorry
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Andreas WeberFugitivos

Gwendoline Edevane el Jue Abr 19, 2018 4:59 pm

Estaba claro que aquel día, algún tuerto había mirado mal a aquel fugitivo, o que pesaba sobre él una maldición gitana de algún tipo, pues pese a todos mis esfuerzos, las cosas parecían salirle cada vez peor. En una ocasión había leído una novela de Stephen King titulada 22/11/63 en que un profesor viajaba en el tiempo—no me gustó demasiado, pues los viajes en el tiempo siempre me han confundido muchísimo en la ficción, cuanto más en la realidad—para prevenir el asesinato del Presidente Kennedy. Dejando a un lado que jamás entenderé la obsesión de los americanos con Kennedy, la parte importante es que, cada vez que el protagonista de dicha novela intentaba cambiar algo, una especie de fuerza invisible trataba de impedírselo de las maneras más variopintas: un árbol caído en medio del camino que debía seguir, una oportuna avería en el coche, una terrible jaqueca... El pobre hombre hasta había sufrido de diarrea.
El fugitivo—del cual hasta ahora solo conocía su nombre, Andreas—estaba experimentando una suerte parecida. Vale, consiguió aprovechar la ocasión que le brindé... pero las cosas no mejoraron a partir de ahí.
Con las varitas de aquel mago del Ministerio en el suelo gracias a mi pequeña pantomima, el fugitivo aprovechó la ocasión para hacerse con ellas. Fingí no darme cuenta, aunque mi atención actualmente estaba dividida entre el tipo que tenía delante y al cual apuntaba con mi varita—y que estaba aterrorizado, me avergüenzo un poco de reconocer, por mi actitud agresiva—y lo que percibía por la periferia de mi visión: el hombre se hizo con las dos varitas, y yo me esperaba lo que venía.
El mago del Ministerio se quedó petrificado al momento, rígido cómo una tabla, lo cual es bastante normal teniendo en cuenta que el fugitivo conjuró un Petrificus Totalus a voz en grito. Después de eso supe que me tocaba a mí, y que quizás no fuese buena idea quedarme quieta; tenía que fingir una reacción al ataque, así que empecé a darme la vuelta y...


***

No puedo asegurar cuanto tiempo pasé inconsciente. Lo último que escuché antes de caer desmayada fue el correspondiente hechizo: Desmaius. Tras eso, todo fue negro... hasta que poco a poco volví a mí, encontrándome desmadejada en plena calle. No sabía qué había pasado, así que, después de recuperar mi varita del suelo, me levanté a duras penas y sin ayuda. Tampoco es que nadie me la brindase.
La situación no podía ser más irreal entonces: Archivald Salleens, la encarnación de la ineficacia en este mundo que llamamos mágico, de alguna manera misteriosa había logrado reducir al fugitivo. ¿En serio? ¿Salleens? Suspiré profundamente, dándome cuenta de que aquella situación, actualmente, era bastante complicada. ¿Cómo iba a hacer nada al respecto? Varios compañeros del Ministerio de Magia estaban allí, y si me atrevía a ayudarle directamente, mi tapadera se iría a la porra. Y aún así... allí estaba yo, intentando dar con una forma de sacar a aquel pobre hombre de la situación en que estaba metido.
Casi podía escuchar a Sam desde aquí desaprobando mi conducta irresponsable, y poniéndose de brazos en jarras: ¡Pero Gwendoline! ¿Tú quieres que me dé un infarto un día de estos?

—Buena la ha armado usted...—El mago que había retenido al fugitivo en primer lugar me dedicó una mirada despectiva.—Ese cabrón tiene mi varita.

—No se preocupe. Después de la que han armado usted y sus amigos aquí, no creo que recupere su varita.—Le respondí de forma gélida, casi cómo si pretendiese cortarle con cada una de mis palabras, cómo si fuesen cuchillos.

Debió dar resultado, pues el tipo no dijo nada más. No me molesté en mirarle a la cara, pues podía imaginármelo pálido, cómo si en lugar de piel en la cara tuviese cera de vela. Caminé entonces en dirección a Salleens, quién todavía mantenía la varita en alto. Parecía un tanto enfadado, así que tenía que manejar con cuidado aquella situación.

—Salleens, baja eso. Ya está inmovilizado.—Le dije, con voz suave.

—Este cabronazo...—Empezó a decir mi compañero, pero le corté antes de que terminase la frase.

—Es cosa de los aurores, no nuestra. ¿Has visto el caos que se ha armado? Tenemos que desmemorizar a toda esa gente porque a todos estos iluminados les ha parecido de maravilla llegar aquí usando la aparición solo porque dos crías han hecho magia en público.—Dije de forma razonable, sin prestar atención al hombre encadenado.

Salleens dudó un poco, pero finalmente me escuchó y bajó la varita. Asintió con la cabeza, y se volvió en dirección a los demás miembros del departamento, repartidos entre la gente común, los muggles.

—¡A ver, señores! ¡Tenemos trabajo! Que todo el que porte una varita se ponga a desmemorizar. Esta es una situación extraordinaria, y me da exactamente igual si ese es su trabajo o no lo es. Los aurores ya habrán acordonado la zona, y visto lo visto, habrán lanzado algún hechizo protector para que nadie más entre. Así que no quiero oír más quejas... ¡A trabajar inmediatamente!—Salleens habló con voz clara y concisa, y casi no pude reconocerle. Parecía otro hombre, igual que cuando se giró para hablarme a mí.—¿Lo vigilas hasta que lleguen los aurores, Edevane? Ten cuidado por si te ataca otra vez...

Vale, aquella no era la mejor decisión a tomar en dicha situación, pero la aceptaba. Me permitiría un momento a solas con el fugitivo, y un rato para pensar cómo librarme de él sin que diese con sus huesos en Azkaban. Así que asentí con la cabeza, y entonces, Salleens se puso a trabajar, junto con todos los demás.

—Buena la ha armado usted, señor...—No conocía su apellido, pero poco importaba, la verdad. Me agaché hasta quedar en cuclillas, y entonces adopté un tono de voz más suave, más bajo. No le miraba a él, si no que fingía revolver en sus bolsillos en busca de las varitas.—Está bien. Creo que tanto tú cómo yo estaremos de acuerdo en que esto ha llegado demasiado lejos. Estoy pensando un plan para sacarte de aquí, pero la cosa está complicada.—No quería darle falsas esperanzas: había altas probabilidades de no conseguirlo.—Te voy a poner la varita en la mano. Lo único que te pido es que no te precipites a la hora de usarla. ¿De acuerdo? Déjame pensar... y te haré una señal cuando se me ocurra algo.—Y diciendo esto, en su bolsillo encontré ambas varitas: la suya y la del tipo de la cresta. Con discreción, coloqué la varita del fugitivo en su mano, parcialmente oculta dentro de su manga, y me quedé con la otra. El tipo de la cresta estaba un poco más adelante, y mientras sus compañeros intentaban llevar a cabo el trabajo que Salleens les había encomendado, él parecía no saber qué hacer con su vida.—¡Eh, tome su varita!—Exclamé en su dirección, para acto seguido lanzársela sin cuidado alguno. El hombre intentó atraparla, sin éxito: se le resbaló entre los dedos, cayó al suelo, y tuvo que agacharse a recogerla. Me lanzó entonces una mirada cargada de odio, y sin decir nada se puso a trabajar.

Por mi parte, con mi varita con pluma de Augurey en la mano derecha, me crucé de brazos, de pie junto al fugitivo. No decía nada, pues estaba observando la zona circundante en busca de algo que pudiese servirme cómo distracción. Y entonces, algo llamó mi atención: un pesado rótulo luminoso que sobresalía de la fachada de uno de los edificios. Estaba sujeto a la fachada por medio de varios tornillos oxidados. De hecho, el óxido cubría la mayor parte de los tubos que unían el rótulo a la pared.
Apuntando discretamente con mi varita en esa dirección, empecé a girar los tornillos del enganche superior, aflojándolos, mientras apretaba los dientes dentro de mi boca.

—El rótulo luminoso.—Dije en voz baja, sin mirar al fugitivo ni mirar en dirección al rótulo.—En cuanto caiga... prepárate a correr. Corre y desaparécete, ni lo pienses.

Costó un poco sacar todos los tornillos de la parte superior, pero en cuanto lo hice, obré un milagro: el rótulo se inclinó hacia delante con un chirrido metálico agudo. Devolví mi atención al rótulo, fingiendo darme cuenta por primera vez de lo que ocurría. Muchos compañeros también se volvieron en esa dirección.

—¡Cuidado! ¡Apartaos de ahí!—Grité con urgencia, pues había varios muggles situados debajo del rótulo, amén de un par de empleados del Ministerio. El tubo inferior del rótulo, oxidado, empezó a quejarse mientras el metal se rompía. Eché a correr en esa dirección, fingiendo olvidarme del fugitivo que tenía que custodiar. Es tu ocasión: corre.

El rótulo se desprendió y empezó a caer sobre los muggles y empleados, que no habían tenido tiempo a apartarse. Por suerte, llegué a tiempo y me coloqué en medio de todos ellos, apuntando con la varita y con mi mano izquierda libre hacia el rótulo. Conjuré alrededor de nosotros un Aura no verbal, y pronto nos envolvió una barrera que absorbió el impacto del rótulo antes de desvanecerse. El pesado objeto seguía en el aire, aunque por suerte varios magos reaccionaron a tiempo y lograron detener su avance, dejándolo con cuidado a un lado, sobre la acera. Espero que hayas aprovechado la ocasión...
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Andreas Weber el Lun Abr 23, 2018 1:09 pm

Me cago en Dios, en su hijo y en todos sus puñeteros apóstoles. A ver qué le he hecho yo al mundo para tener tanta puta mala suerte, joder. Que yo solo he venido a buscar curry. ¡Curry! No a que me persigan. Pues al parecer a los otros magos y brujas no les entra en la cabeza. Al menos conseguí dar escape a la bruja hortera, al que después me quitó la varita (cabrón…) y a la bruja que llegó después. Pero al menos, el horizonte se había despejado y tenía vía libre para escapar de allí…

…o eso había pensado. Al darme la vuelta, vi que había alguien más en el callejón, ordenándome que no me moviera y apuntándome con su varita, de la que salieron unas cadenas que me inmovilizaron y me impedían alcanzar la mía con la recién apresada mano. Si llego a saber que mi dia va a resultar así, no me levanto en todo el día de mi colchón mugriento. Vaya puta mierda de suerte que tengo.

Observé en silencio como el tipo que me había inmovilizado se volvía hacia el de la cresta y le despetrificaba con una sacudida de varita y señalaba a la otra bruja, inconsciente en el suelo mientras le decía que la despertara. El cabrón de la cresta parecía desorientado al principio, pero después pareció ubicarse porque me dirigió una mirada cargada de odio que yo también le devolví. Agradece que esté inmovilizado, cabronazo.

- ¿Dónde se cree que va, señor Weber? – me preguntó el otro mago con voz gélida, que había regresado hacia mi posición y se había colocado delante de mí.

- De paseo, ya sabes – dije con tono de burla, intentando encogerme de hombros, como si en vez de estar en esa situación fueramos dos conocidos aleatorios que se encuentran por la calle un día cualquiera.

- Le está causando muchos problemas al Ministerio, ¿lo sabía? – me dijo el tío sin miramientos, con una cara que parecía estar a punto de tirarse a mi yugular.

- Eso es porque el Ministerio lo busca, señor… - esperé por si el otro tipo se dignaba a decirme su nombre, pero tras un rato sin progreso, durante el que nos mantuvimos la mirada con tanta intensidad que parecían saltar chispas, proseguí – Bueno, el caso es: déjeme a mi aire y yo les dejaré al suyo.

- No podemos hacer eso, señor Weber.

- Claro que no. – torcí una sonrisa burlona. No me hubiera esperado otra respuesta. - Pero entonces tampoco espere que les deje de… ¿cómo era? Causar problemas.

Entonces vi como la chica, que debía haber recuperado la consciencia mientras hablaba con Míster Encantador, se alejaba del tipo de la cresta y se acercaba a nosotros. Mi sonrisa torcida se agrandó aun más cuando escuché como ella le decía que bajara la varita y el otro se mostraba reticente. Por su cara tampoco me esperaba que la bajara a la primera, se notaba que le había cabreado. ¿Pero acaso pretendía que dijera “claro que sí guapi” a todo lo que me dijera él? ¿De verdad en el Ministerio británico son tan ilusos?

Aun así, ella le siguió insistiendo hasta que finalmente el otro tipo (¿Salleens?) le hizo caso; yo les observaba en silencio como quien ve un partido de tennis. La verdad es que mi situación en ese momento era una mierda, para qué negarlo, pero estaba pasando un rato entretenido. Ya que no podía escapar de allí en mi estado actual, al menos no me aburría. Míster Encantador se puso a dar órdenes como si se tratara de un robot japonés y dejó a la otra bruja a cargo de vigilarme antes de alejarse de allí.

- ¡Hasta pronto, señor Salleens! – exclamé con sorna mientras le veía alejarse de allí. Para qué negarlo, el tipo me había caído gordo, era un verdadero gilipollas de los pies a la cabeza. O sea, me pides que colabore cuando tú eres el primero que no me dejas respirar, ¿de verdad es una opción viable? Entonces, escuché a la otra chica hablar y mis pensamientos sobre el otro tipo se dispersaron. Rodé los ojos cuando dijo que la había armado buena – Pues no me persigan, joder - ¿De verdad que soy el único que lo ve tan claro? Entonces, ella se agachó y empezó a rebuscar en mis bolsillos.

Bueno, pues ya está. Esto es todo amigos. Ahora me quitarán la varita, me harán ir con ellos y me llevarán adonde sea que lleven a la gente que se rebela contra el régimen. Lo bueno es que a lo mejor me encuentro con papá y Bruno, y me hacen desaparecer del mapa pero con ellos. Lo malo es que a lo mejor no y me hacen desaparecer igualmente, y que el gilipollas de Salleens se llevará el mérito, y también la bruja que me está cacheando los bolsillos ahora mismo. Por eso no me esperé que ella empezara hablar… y menos eso.

Al principio no me fié de sus palabras porque pensé que quizá fuera una trampa para ver si demostraba actitud de huida y luego meterme un puro mayor; lo había visto en muchas series y películas de la televisión muggle. Pero después fue cuando me puso mi propia varita en la mano (aunque reparé que se quedó con la del tipo de la cresta y poco después se la lanzó, aunque sonreír cuando vi la torpeza del tipo, que se tuvo que casi tirar al suelo para recogerla). Después, ella se quedó cruzada de brazos, con su varita en la mano, como si de verdad me estuviera vigilando.

- ¿Qué cojones…? – susurré con cara de confusión. ¿De verdad me podía estar sonriendo la suerte? ¿No estaba soñando?

Miré a la bruja, pero sus ojos estaban fijos en algo a uno de los lados. Cuando giré la cabeza lo que las cadenas me dejaban, vi que observaba un viejo cartel de un local de la zona y después le apuntó con la varita y me dijo que lo iba a hacer caer y que me preparara a correr. Yo asentí, pero pasó un rato hasta que me di cuenta de que había estado con la boca abierta. No quería emocionarme, pero parecía que el día no iba a terminar tan mal después de todo. Ahora, el cliente indio se lleva un sobrecargo por el puñetero curry, palabrita de Merlín.

Al momento, el rótulo chirrió al empezar a descolgarse y la bruja que lo había provocado empezó a lanzar advertencias a la gente que estaba alrededor para que se apartaran. Con el caos de por allí, con todo el mundo corriendo para apartarse del lugar del impacto y no ser golpeados por el rótulo colgante, nadie parecía estar prestándome atención, todos estaban más interesados en salvar sus pellejos. Hasta mi captora-rescatadora echó a correr, dejándome solo. Era mi momento.

Dejé caer la varita de la manga de mi chaqueta y la sostuve por el mango mientras apuntaba a las cadenas que me imvolizaban y conjuraba el correspondiente contrahechizo. Al momento, estas desaparecieron. Miré alrededor y nadie pareció darse cuenta, pues el rotulo parecía haber golpeado a varias personas y se había formado un pequeño círculo lejos de mi posición. Sin pensármelo dos veces, cerré los ojos y me desaparecí.


***


Miércoles 11 de abril
Pub The World’s End, Londres, 23:15



Había sido un arduo día de búsquedas sin resultados (qué raro), y entre nombres de gente que podía ayudarme, nombres de gente que podía ayudarme pero que no quería, nombre de gente que quería ayudar pero no podía, y nombres de gente que no podía ayudar, más la conversación de turno con mamá para calmar sus nervios que más que eso parecía que aumentaba los míos, se me había puesto un dolor de cabeza de campeonato, y con el dolor de cabeza también aumentaba mi mal humor.

Estaba frustrado por la falta de respuesta, estaba desesperado por no haber averiguado ni una mínima pista más allá del aciago día de Max Powell, y me sentía completamente solo; no ayudaba que sobreviviera en mi vieja nave abandonada a la que por narices no me quedaba otra que llamar “hogar”. Así que, pensé, un poco de alcohol no va a empeorar las cosas porque ya están lo suficientemente jodidas.

Me aparecí en un callejón oscuro de Camden Town, distinto al que en el que casi me apresan, y fui caminando tranquilamente por la calle hasta un pub llamado The World’s End. No es la mejor zona para caminar por la noche, pero ese día ya me daba igual todo, solo quería un whisky y el resto me importaba una mierda. Entré en el pub y me puse en una esquina de la barra, justo al lado de una vieja gramola que o bien no funcionaba o estaba desenchufada; una columna en la esquina de la barra podía taparme parcialmente de miradas curiosas, lo que lo convertía en uno de los mejores sitios del pub. Cuando el camarero se acercó, le pedí un whisky doble y lo atesoré entre mis manos cuando este me lo trajo al cabo de un rato. Di un trago con ansiedad mientras paladeaba bien el frío líquido; no era tan fuerte como un whisky de fuego, pero no estaba mal.

Me retiré el vaso de los labios y moví la mano para dar vueltas a los hielos mientras perdía mi vista en ellos.
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Andreas WeberFugitivos

Gwendoline Edevane el Miér Abr 25, 2018 6:07 pm

Al final, solo al final de aquel endemoniado encuentro, pude vislumbrar aunque fuese un poquito de luz en el horizonte. Cierto es que mi pellejo no llegó a correr peligro en ningún momento, ni mi puesto de trabajo, pues me había asegurado de hacer las cosas con el cuidado suficiente cómo para que nadie, absolutamente nadie, pudiese descubrir que estaba ayudando al fugitivo. Sin embargo, me preocupaba también la libertad del fugitivo, ¿de acuerdo? Algunos se preguntarían por qué. Mi afiliación a la Orden del Fénix no venía con una cláusula que dijese "Haz todo lo que esté en tu mano para ayudar a fugitivos, incluso aunque suponga ponerte tú en riesgo". Perfectamente podría haber mirado hacia otro lado y seguir con mi vida, despreocupándome de lo que le ocurriese a aquel hombre después de aquello.
Pero no. Yo no era así. Nunca lo había sido, y no iba a empezar a serlo ahora. Puede ser muy tentador quedarse en la zona de comfort de una misma, no arriesgarse a dar un solo paso fuera de ésta, pero eso es lo que había mantenido a todo aquel que me importaba lejos de mí el año pasado. El miedo a salir de la zona de comfort... o a sacar a otros de su zona de comfort, ya de paso.
Sam estaría totalmente en desacuerdo con lo que hice aquel día, con lo lejos que llegué para intentar asegurar la libertad de aquel hombre, y entendía perfectamente su punto de vista, no os creáis que no. Cómo fugitivia, tenía una visión más amplia que yo misma del peligro al que me estaba sometiendo, y de lo que me esperaba si me descubrían haciendo aquelo... pero no iba a abandonar a su suerte a una persona cuando estaba en mi mano ayudarle.
Cuando el rótulo publicitario se desprendió de la fachada, dejé de prestar atención al fugitivo. Yo, y todo el mundo, pues nuestra atención se centró en evitar una catástrofe que yo misma había provocado. Quiero decir que tuve bajo control la situación en todo momento, pero... eso sería negar la evidencia de que en un momento dado temí no ser lo bastante rápida. El rótulo publicitario se desprendió más rápido de lo que esperaba, y por un fatídico momento lo vi aplastando a alguien... suerte que no sucedió así.
Y para cuando tuve ocasión de volver la mirada en la dirección que había dejado al fugitivo, comprobé con alivio que ya no estaba. Y no solo eso: no se escuchaba ningún otro revuelo en la zona, lo cual quería decir que había escapado, que nada se había interpuesto en su camino. Menos mal... Doy gracias a... quién sea que haya decidido dejar de ponérnoslo tan difícil.

—¡Me cago en la puta!—Exclamó, pillándome totalmente desprevenida, el mago de la cresta.—¡Ese cabronazo de Weber se ha escapado, joder! ¡Buena la ha armado usted!

—No deja de repetir eso, señor...—Respondí, cómo aludida de aquellos comentarios tan hermosos, fingiendo que dejaba al mago tiempo para darme su apellido, cuando no me interesaba lo más mínimo.—Déjelo, no quiero ni saberlo. El caso es que habla usted mucho, pero el entuerto lo han montado ustedes. Así que yo, en su lugar, mantendría la boca cerrada.—Rematé aquello clavándole una mirada gélida de mis ojos verdes, lo cual fue suficiente para que se callase; sin embargo, su rostro se puso rojo de ira.

—Bien hecho, Edevane. Buena reacción.—Dijo entonces Salleens, dándome una palmada en el hombro y sorprendiéndome por segunda vez: creo que fue una de las primeras veces que Salleens me habló con semejante respeto o me felicitó por algo.—El fugitivo es lo de menos. Vamos a ver si arreglamos esto...

Asentí con la cabeza en dirección a mi compañero de departamento, y dicho aquello, todos los magos nos pusimos manos a la obra. Los muggles a nuestro alrededor posiblemente estuviesen alucinando un poco con todo lo que acababan de presenciar, pero poco importaba ya: pronto este episodio no tendría la menor relevancia pues habría sido borrado de sus memorias. No pude evitar sentirme, una vez más, contrariada por aquella manera de proceder, de "traficar" con recuerdos ajenos en pos de beneficiar a un gobierno que poco o nada se preocupaba por la gente. Al menos con Milkovich se cuidaba un poco más lo que se hacía a los muggles...


Miércoles 11 de abril, diez días después del incidente.

Había sido un trabajo arduo, la verdad. Y no había sido precisamente fácil, pues el incidente del mercado casi se había solapado con el anterior incidente, ese del mago que no había tenido mejor idea que emborracharse y convertir en copa de cristal a un muggle, para luego seguir bebiendo en su nueva copa y lanzar hechizos a diestro y siniestro. Y si bien en ese primer caso me había preocupado por conocer las consecuencias del incidente para el causante, en este caso no. Estaba demasiado quemada de aquel asunto cómo para preocuparme.
Sabía que McDowell había sancionado a los magos que se aparecieron de manera irresponsable, pero no sabía cómo. Seguramente, se hubiese tratado de alguna multa o algún recorte en los sueldos, a fin de contribuír a solventar los gastos. A mí y a Salleens no nos dijo ni palabra, por lo que podía suponer que consideraba que habíamos manejado bien la situación. Del hecho de que se nos escapase un fugitivo tampoco supe gran cosa, por lo que entendí que no se le dio importancia.
Sin embargo, cómo medida de seguridad, de cuando en cuando alguien del departamento se pasaba por Candem Town en busca de algún tipo de actividad sospechosa. Dudaba que de repente fuesen a surgir más testigos, o vídeos en Youtube sobre el incidente, pero nunca estaba de más extremar las precauciones. Y así fue cómo me volví a encontrar con Andreas Weber.


***

Podéis decir de Weber que quizás fuese el hombre con peor suerte del mundo, pues no dejaba de resultar curioso que, en cuestión de diez días, se diese de bruces dos veces con gente del Ministerio de Magia. Al Ministerio le gustaba mostrarse en la prensa mágica cómo una entidad omnipotente capaz de encontrar a fugitivos estuviesen dónde estuviesen... pero eso no era más que una patraña. Era imposible pasarse las vienticuatro horas del día vigilando, por lo que la mayoría de los casos en que un fugitivo se veía perseguido por un empleado del Ministerio, se debía única y exclusivamente a la mala suerte del primero y la buena suerte del segundo. Solo los cazarrecompensas, del estilo de Ulises Kant y su compañera Grulla, realizaban aquella labor de una manera profesional y organizada.
Por lo que encontrarme a Andreas Weber fue fruto de la casualidad. Paseaba por la zona de Candem Town a eso de las once de la noche, preguntándome qué estaba haciendo con mi vida, con un gorro de lana en la cabeza y un abrigo largo para combatir el frío, cuando decidí que ya le había regalado al Ministerio suficientes horas extras de mi vida. Me iba a ir a casa, aunque primero saqué el móvil del bolsillo y abrí la aplicación de Whatsapp. Iba a escribirle a Sam alguna tontería tipo "Hola, señorita Melocotón. ¿Qué haces?", cuando, por algún motivo, alcé la vista y le vi pasar.
Andreas Weber caminaba apresuradamente por las calles, a la vista de cualquiera, y decidí seguirle. No porque fuese a apresarle ni mucho menos, si no porque... bueno, no sé por qué, ¿vale? De nuevo, podría haberme quedado muy tranquilita en mi zona de comfort, enviarle unos mensajes de Whatsapp a Sam mientras volvía a casa, reírme ante sus respuestas acompañadas por emoticonos de cerditos, contarnos alguna tontería mientras las dos veíamos alguna tontería, cada una en su respectivo sofá y su respectiva televisión. Podría haber hecho eso y haber evitado meterme en problemas.
En lugar de eso, guardé el móvil en el bolsillo antes incluso de haberle escrito a Sam, y me encaminé tras sus pasos, siguiéndole a una distancia prudencial... hasta que se metió en un pub. 'The World's End'... suena prometedor, desde luego.
Entré en el local. En el hilo musical sonaba algo de música a la que no presté demasiada atención, y pude comprobar que había unas cuantas personas ocupadas en sus asuntos. ¿Y cuales eran sus asuntos? Principalmente, beber. Un miércoles por la noche. Benditos sean los que pueden permitirse beber un miércoles por la noche... No localicé a Weber en mi primer golpe de vista, así que me acerqué a la barra.

—¿Qué le sirvo?—Preguntó el camarero sin siquiera saludar.

—Una Coca Cola. Gracias.—Respondí mientras apoyaba los codos en la barra, sin tomar asiento en ningún taburete. Mientras el camarero iba a por mi bebida, eché un vistazo hacia el extremo de la barra, el más alejado de la puerta... y allí le vi.

Había más gente sentada a la barra, por supuesto, así que tuve que hacer un esfuerzo para ver más allá de la fila de borrachos, o borrachos en construcción, que ahogaban sus penas con a saber qué. También Weber parecía tener penas que ahogar... o simplemente le gustaba disfrutar de una copa de cuando en cuando. No iba a culparle po ello, pero aquella noche no iba a ser yo quién ahogase mis penas.
El camarero me trajo mi bebida y la dejó sobre la mesa. En cuanto eso ocurrió, eché mano del vaso y me encaminé hacia dónde estaba Andreas Weber. Me detuve a escasos pasos de él. Sostenía el vaso con mi mano izquierda, mientras la derecha permanecía lista por si tenía que sacar la varita. No tenía intención de atacarle... pero tampoco quería bajar la guardia por si él se había olvidado de mi improvisado rescate.

—Buenas noches.—Dije en tono suave, sin alzar la voz.—Andreas Weber, ¿verdad? No tuvimos ocasión de presentarnos hace diez días...

Acompañé estas palabras con una leve sonrisa. Ya bastante sospechosa resultaba toda la situación, cómo para encima mostrarme seca y seria con él. Se me pasó por la cabeza que temiese que había más gente conmigo, gente del Ministerio con ganas de apresarle, pero contuve el impulso de hablar de más y explicárselo. En su lugar, esperé... Siempre era mejor reaccionar que sobre-reaccionar. Lo segundo podía traerte muchos problemas...
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Andreas Weber el Jue Abr 26, 2018 12:40 pm

No todas las noches terminaba calmando mis penas en alcohol. De hecho, no recordaba cuándo había sido la última vez que lo había hecho; creo que quizá el segundo o tercer día tras mi llegada al país, en mi por entonces pisito alquilado, donde había guardado una botella de J&B en el frigorífico para usar en “caso de emergencia”, alias momentos de desesperación muy desesperada. Creo que solo le había dado un par de tragos, por lo demás estaba prácticamente entera, así que me cabreaba pensar que además de varias prendas de ropa y mi ordenador, también se habían quedado con mi puta botella de whisky. Manda cojones…

Esa noche había sido distinta. Estaba agitado desde el día de mi encuentro con Nailah, aunque ya había superado la saturación de información… pero saber que Max también estaba atrapado me había puesto más al límite. Si le habían atrapado, era porque habían descubierto que se había acercado demasiado y alguien le había cortado las alas. ¿Pero quién es ese alguien? Ni puta idea. Y odiaba tener que estar dándole a mi madre la misma respuesta todas las noches: “No, mamá, no tengo nada nuevo”.

“No, mamá, estoy bien”. Sí, cojonudamente bien, claro. ¿Cómo iba a estarlo?

“No, mamá, no me han perseguido”. Todos los días lo decía, pero muy pocos de estos lo decía de verdad… aunque últimamente lleva todo muy tranquilo, no sé si es bueno o malo.

“Sí, mamá, tendré cuidado”. Obviamente en la medida de lo posible. Si me atacan no me voy a quedar de brazos cruzados, que aprendan lo que pasa cuando se meten conmigo.

En resumen: me merecía un puto trago, joder. Así que me dirigí a Camden Town; supuse que las cosas estarían más tranquilas diez días después del incidente… y si no, peor para aquellos que se vieran inmiscuidos. Yo no voy buscando problemas, pero es otro cantar si estos me encuentran a mí. No es que sea la mejor zona para andar a aquellas horas de la noche, pero tampoco creía que nadie fuera a reparar demasiado en mí dado mi aspecto; lo triste de esta sociedad es que otro gallo canta cuando llevas minifalda y tienes un par de tetas.

Entré en un pub llamado The World’s End que, la verdad, me pareció de lo más acertado. Si este es el fin del mundo, al menos vamos a despedirlo como se merece: con un vaso de whisky escocés. Fui hasta la barra, a un rincón discreto para no estar demasiado a la vista de ojos indiscretos. Le pedí un whisky doble al camarero y cuando me lo trajo, me quedé acurrucado sobre mí mismo en mi rincón de la barra, ocultando más mi cara de posibles miradas curiosas y fijando mi atención en aquel frío néctar alcohólico. Con un solo trago, había conseguido, al menos, mantener mis nervios a raya. Habría tenido un día sin nuevos descubrimientos, así que para mí había sido un día de mierda, pero al menos había vuelto a sentir el alcohol en mi organismo. De siempre habían dicho que en la época medieval se había usado como anestesiante y aquel día, francamente, me di cuenta de lo cierto que era. Mis males no parecían tan horribles con la copa de whisky entre mis manos.

Entonces, reparé que una figura se acercaba más a mí y permanecí en mi posición, aunque mis manos se aferraron tensas y con más firmeza sobre la copa de cristal con whisky. A lo mejor eran alucinaciones mías y esa persona solo buscaba un lugar en la barra, pero en caso de que viniera a por mí… al menos ganaría el suficiente tiempo lanzándole el whisky a la cara como para que me diera tiempo a echar a correr, o a sacar la varita. No sería prudente desaparecerme sin más rodeado de tanto muggle o volvería a tener al Ministerio tras mi espaldas en un mismo sitio en menos de quince días, y entonces adiós de por vida a mis visitas a Camden Town. Pero por otro lado, si la persona que se estaba acercando me atacaba… Obviamente no me iba a quedar de brazos cruzados, claro. A la mierda el Estatuto del Secreto, mi pellejo es más importante. Si me matan, adiós a las posibilidades de encontrar a papá y Bruno, porque mato a mamá de pena. Bien pensado, seríamos una tragedia digna de Shakespeare.

Entonces, la persona recién llegada me saludó. Torcí una sonrisa cuando reconocí el tono de voz. Sabía que mi instinto no me había fallado y que no se había tratado de una persona aleatoria que buscara un sitio en la barra.

- Buenas noches,… - intenté hacer memoria de como el tal Salleens había llamado a esta chica el día de mi desafortunada excursión a Camden Town, cuando la pelea de lesbianas, pero después de tanto trasnochar y tanto dolor de cabeza, mis neuronas no me daban para tanto. Ella siguió hablando y me llamó por mi nombre. – Para qué negarlo, todo el país debe saber  como me llamo a estas alturas. Y en especial todo el Ministerio – le dirigí una mirada de reojo, con gesto serio, antes de volver a concentrarme en mi copa y pegar un trago mientras me entregaba a mis pensamientos. Ella había aparecido con ellos, aunque tampoco se me olvidaba de que por algún extraño motivo me había ayudado. La mujer también mencionó ese mismo incidente de hacía diez días. -  Nunca tuve la ocasión de agradecérselo, así que… gracias. – dije sin mirar a la mujer, aunque alcé la copa hacia arriba como gesto de agradecimiento. – Aunque no negaré que me intriga mucho como alguien que está con ellos – ambos sabíamos a quienes nos referíamos – arriesgaría su posición por ayudar a alguien como yo.  

Y ahora es cuando entramos en la dinámica de película de espías y ella me desvela que es un agente secreto al servicio del MI6 al que le han encomendado mi protección o algo de eso… Creo que he visto demasiadas películas de James Bond.

- Por favor, acompáñeme. – le indiqué, aún sin mirarle, señalando con la cabeza levemente hacia un taburete libre que tenía junto a mí. – No es que confíe plenamente en usted, pero ambos sabemos que sería demasiado imprudente atacarnos el uno al otro en un lugar lleno de muggles. Disfrute de su… - entonces reparé en lo que bebía y alcé la cara, mirándole a los ojos con expresión escéptica - …Coca Cola.

¿Quién bebía Coca Cola a esas horas?
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Andreas WeberFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Mayo 01, 2018 4:23 pm

No sé exactamente qué me esperaba que ocurriese mientras me acercaba al taburete en que se había sentado Andreas Weber, ese fugitivo que había dado tantos problemas al Ministerio en nuestro primer encuentro. Mi mente Ravenclaw, de manera inevitable, barajó muchas opciones, y la más probable quedó patente enseguida: cualquier persona en su situación desconfiaría, por mucho que la persona que se le acercaba le hubiese ayudado. Había un motivo perfectamente válido para ello, pues yo estaba con el Ministerio. De cara al público, era una ciudadana respetable que había aceptado el cambio de gobierno, y que había conseguido mantener su empleo sirviendo al nuevo sobrerano, el Señor Tenebroso.
No le culparía si su reacción fuese la desconfianza, lo confieso. Yo tampoco las tendría todas conmigo en su lugar. ¿Qué sabía yo si esa amable desconocida que me había ayudado no estaba tramando alguna cosa retorcida? ¿Y si me hubiese puesto un hechizo localizador, dejándome escapar inicialmente para luego atraparme, y llevarse todo el mérito y la recompensa por mi cabeza? Sería un plan rebuscado y maquiavélico, que encima entrañaba un montón de riesgos... pero por lo que me habían contado Sam y Beatrice, la sana paraonia y la capacidad de imaginarte cualquier escenario posible va con la vida de fugitivo.
Pero no ocurrió nada, más allá de la evidente tensión que había entre los dos. Tampoco le culpaba por ello, pues yo misma no me sentía del todo segura de que aquello fuese una buena idea. Pero... por lo que sabía de él, quizás pudiese ayudarle un poco más.

—Me llamo Gwendoline Edevane. Puede llamarme Gwendoline, o Gwen, lo que usted prefiera, señor Weber.—Dejé el vaso de Coca Cola sobre la barra pues, para empezar, en ningún momento había tenido una intención real de bebérmela. Me la había pedido por pura educación, pues cuando alguien entra en un bar siempre debe consumir algo. O eso pensamos los ingleses, al menos.—El Profeta se encarga en estos días de publicar los trapos sucios de cualquiera. Reales o inventados.—Maticé ante su afirmación, revelando de dónde había sacado la información sobre él. No sabía si los crímenes de los que le acusaban—no recordaba exactamente cuales, igual que no había recordado su nombre en nuestro primer encuentro—eran reales o ficticios. Leonardo Lezzo me dijo que él jamás había matado a nadie, y de asesinato se le acusaba.—No hay de qué.—Respondí a su agradecimiento con una leve sonrisa, la sonrisa de la Gwendoline Edevane insegura en sus primeros encuentros con gente con la que no tiene confianza.—Era mi deber. Si puedes ayudar a alguien en aprietos, alguien que posiblemente no ha hecho nada de lo que dicen que ha hecho, debes hacerlo. Me alegra que consiguiese usted salir de allí.

Lo decía de verdad. Sam siempre insistía en decirme lo mismo: que yo veía el lado bueno de todo el mundo, o al menos intentaba verlo. No podría asegurar que aquello fuese exacto del todo, pues en cuanto a ver el lado bueno de la gente, ella me ganaba con creces, pero sí podía decir que no me gustaban las injusticias. ¿Una persona que no ha hecho daño a nadie siendo perseguida cómo un jabalí en plena temporada de caza por media docena de magos del Ministerio? Para mí era una clara injusticia.
Nada explotó. No empezamos a golpes. De hecho, yo no tenía ninguna intención de hacerle daño. Si me hubiese atacado, me hubiese protegido, pero no era mi intención utilizar magia ofensiva con él. Pero no lo hizo, y lo que sí hizo fue invitarme a sentarme con él. Así que ocupé el taburete contiguo al suyo, colocando una mano sobre el vaso de Coca Cola que había pedido, más por tener la mano en algún sitio que por una intención real de beber.

—No tengo ninguna intención de atacarle, señor Weber.—Aseguré, volviendo un segundo la mirada en su dirección, incapaz de mantenerla demasiado tiempo y volviendo a depositarla sobre montón de botellas ordenadas que había en la pared de enfrente.—Quizás esté pensando todavía que esto es algún tipo de juego, pero le aseguro que no lo es.—Finalmente, notando que la garganta quería secárseme un poco, bebí un sorbo de mi refresco frío, dejando el vaso de nuevo en su sitio.—Trabajo con un grupo que lucha en la clandestinidad contra el gobierno: la Orden del Fénix. ¿Le suena de algo?

No dije más hasta saber cómo respondería, pero con todo aquello había respondido a su pregunta, a su duda acerca de por qué alguien cómo yo se arriesgaba por alguien cómo él. Si usted supiera, Weber... Si supiera que casi todas mis amigas son fugitivas, que a mi madre la encerraron en el Área-M para que se pudriese solo por ser hija de muggles... Pero aquellas eran historias para otro momento. La identidad de mis amigas estaba bien escondida, por ahora. Aunque si Weber acababa trasladándose a la zona segura, posiblemente acabase coincidiendo con Beatrice.
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Andreas Weber el Jue Mayo 03, 2018 1:02 pm

Desde que había llegado al país no había pasado por ningún pub ninguna vez a tomarme nada. Y no soy de esas personas que se refugian en el alcohol cuando no pueden más, pero joder, ese día bien sabe Merlín que al menos necesitaba un trago, por lo menos para no sentirme tan miserable. Tras la esperanza de hace unos días, era duro volver a la dura realidad de estar sin respuesta día tras día tras día tras día. Y el pub llamado “The World’s End” era irónicamente realista para terminar el día allí. Porque mira, si me echan las manos encima y se me viene encima el fin, que no sea sin antes haberme tomado una copa.

Y allí estaba yo en la barra, tan tranquilo, cuando apareció una visita inesperada: la bruja que me había ayudado a escapar hacía varios días en Camden Town, la que hizo caer un cartel, pudiendo herir a varias personas, solo para que sus colegas del Ministerio no me echaran las manos encima. Ella se presentó como Gwendoline Edavane. El apellido sí me sonaba porque su compañero, Míster Simpático, le había llamado por él alguna vez, pero ni idea del nombre hasta entonces. Se lo agradecí con un gesto silencioso mientras me llevaba mi vaso a la boca y le daba otro trago. Su respuesta me sorprendió, no porque se mostrara dispuesta a ayudar al prójimo, sino porque reconoció que El Profeta se inventaba los cargos de la gente que salía en los carteles de Se busca. Sí, bueno,… era de esperar, teniendo en cuenta que había críos pequeños a los que se buscaba por haber sido “contrarios al régimen”. Aun así, era una sorpresa escucharlo de alguien que trabajaba en el mismo Ministerio.

- Bueno, me alegra de haber dado con alguien como usted – dije con sinceridad. – O como tú, porque mira, eres joven, paso de llamarte de usted, no te ofendas. Y tutéame tú también, por favor. Es lo justo. – dije sin miramientos. Era muy educado y todo lo demás, pero cuando esa chica tenía mi edad o menos pues… no me pegaba llamarle de usted. Reconozco que como alemán soy una persona rara, pero no sé, no me pega llamar a Frau Schmidt de usted si Frau Schmidt es una cría de veinte años que viste con vaqueros rotos y tops de encaje. – Aunque quizá no deberías hablar así de… ellos. Podían estar escuchando – no quería sonar conspiranoico, pero si algo me habían enseñado estos días de huida es que tenías que estar preparado para cualquier cosa, y toda precaución era poca.

Después seguimos con el tema de la prudencia y le comenté que se sentara conmigo, porque ninguno de los dos, aunque mantuviéramos una posición hostil (que por el momento no era el caso, no iba a olvidar fácilmente que ella me había ayudado de verdad el otro día), éramos tan imprudentes como para atacarnos en un sitio como ese, y ella accedió a sentarse con su Coca Cola. Algo que me pareció tierno y desconcertante a partes iguales, porque esas horas no son para beber Coca Cola, sino otra cosa, así que o bien aparentaba ser más joven de lo que era o bien no podía beber por trabajo… Pero en ese caso, no pegaba que hubiera querido ayudarme el otro día si ahora venía a arrestarme, podría haberlo hecho el otro día y haberse llevado el reconocimiento de Míster Simpático y del imbécil de la cresta. Y ella siguió hablando y, aunque me dio dolor de cabeza por tanta nueva información, empecé a entender un poco más por qué me había ayudado el otro día.

Ella confesó trabajar con un grupo que lucha en la clandestinidad contra el gobierno llamado Órden del Fénix. Por la solemnidad con que me lo dijo, me recordó a Nick Furia hablándole a Tony Stark sobre la iniciativa Vengadores, solo que ella era un chica de raza blanca, más joven y sin parche en el ojo, y yo no era un millonario fabricante de armas y tecnología futurista. Pero qué casualidad que en apenas unos días he oído de dos personas distintas sobre la misma organización. Nunca se me olvidaría la cara de Nailah cuando le dije que eso de la Órden tenía pinta de ser una división de inteligencia del gobierno…

- Algo me suena – confesé, pues no era exactamente consciente de cuando tiempo me había quedado pensativo entre Nick Furia y Nailah, era evidente que si me quedo pensativo es porque algo sé. – Aunque sigo sin entender cómo funciona esa Órden ni qué tiene eso que ver conmigo. – vale que yo también puedo considerarme opositor al nuevo régimen, sobre todo si se leen los carteles de El Profeta donde aparece mi cara y se anuncia a bombo y platillo que soy un hereje que se ha rebelado contra el nuevo régimen y está perseguido por la justicia, pero… Al margen de eso, poco más tenía que ver con esa Órden. ¿Aunque a lo mejor esa mujer sabía algo de mi padre y de mi hermano que yo no? ¿O a lo mejor era algún contacto del hermano de Nailah, el de la carta, ya que ambos trabajan en el Ministerio? Sea como sea, esa tal Gwendoline tenía pinta de poder ofrecerme unas cuantas respuestas.

Bajé la vista a mi copa y apuré lo que me quedaba de un trago. Llamé la atención del camarero y le pedí otra copa, y un plato de patatas fritas para picar. Con suerte, con eso ya iría cenado a casa.
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Andreas WeberFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Mayo 05, 2018 8:13 pm

Cómo inglesa que soy, y aunque suene a tópico, estoy acostumbrada a ser desmesuradamente educada. Hasta el punto de tratar de usted a cualquiera. De hecho, cualquiera que me vea de puertas adentro en el Ministerio me verá tratar con educación a cualquier persona, incluida Abigail McDowell, la mismísima Ministra de Magia y responsable casi directa de la situación en que nos encontrábamos. Y esa educación es extensible al exterior, por supuesto. Incluso con un fugitivo. No había más que verme tratando a Drake Ulrich de usted, tanto durante la reunión de la Orden del Fénix a la que había acudido en enero, cómo durante la misión en Hogsmeade ocurrida en febrero.
Pero podía comprender a aquellos que no se sentían del todo cómodos con el trato cordial, tanto para recibirlo cómo para dispensarlo, así que acepté de buena gana la sugerencia de Andreas Weber. Después de todo, el fugitivo y yo habíamos compartido ya una aventura lo suficientemente intensa cómo para dejar atrás los formalismos. ¡Por el amor de Merlín, me había visto en plena acción, tal cual era yo, en un intento de ayudarle! ¿Cómo no íbamos a poder dejar atrás el manido "usted"?

—De acuerdo.—Respondí con un leve asentimiento de cabeza.—No tienes que preocuparte por ellos. A día de hoy, que un mago sea visto en compañía de muggles también es delito. No encontrarás a ningún purista por aquí, pues quizás no sean los más leales del mundo a su Señor Tenebroso, ¿pero leales a su condición de seguir respirando? Sí, eso sí...—Dije con sarcasmo. Lo cierto es que yo misma cometía imprudencias cada vez que me dejaba ver en público con muggles. Y también era leal a mi condición de seguir respirando, ahora que tenía tantas cosas por las que vivir.—Pero bueno, me alegra haberte servido de ayuda. Y debo decir que es la primera vez que me arriesgo tanto.

Me había preguntado a mí misma, no una ni dos, si no cientos de veces, qué haría de encontrarme con una situación cómo la de Weber. Y hasta hacía diez días, habría jurado que me mantendría al margen, que no me arriesgaría más de lo necesario. Pues resulta que me equivocaba. Por algún motivo, prioricé la seguridad y la libertad de aquel hombre ante la mía propia. A Sam no le habría gustado—el sábado de esta misma semana comprobaría hasta qué punto no le gustaba—y seguramente tendría algo que decir al respecto.
Ofrecí algunas respuestas a Andreas Weber, y por primera vez le mencioné la Orden del Fénix. El fugitivo guardó silencio al estilo de las conversaciones en bares de las películas: la vista al frente, la mano sobre su copa, y expresión pensativa. Y la respuesta que dio... bueno, pues también encajaría en ese hipotético escenario de película. La típica pregunta: "¿Qué tiene que ver todo esto conmigo?" Esbocé una leve sonrisa.
Por un momento, Andreas Weber pasó a convertirse en mi cabeza en James "Sawyer" Ford, de la serie de televisión Perdidos que tanto me había gustado. En una escena de la primera temporada, Sawyer entraba en un bar y se encontraba con un borracho Christian Shepard, el padre de uno de los protagonistas que viajaban en el mismo avión que llevaba a Sawyer a bordo cuando se estrelló en la famosa isla, el eje central de la serie. El borracho Christian le contaba una perorata acerca de los errores cometidos en su vida, para finalmente aconsejar a Sawyer, de manera involuntaria, que asesinase a un hombre para cerrar un triste episodio de su pasado.
La cara de Sawyer al inicio, cuando el borracho Shepard le empezó a hablar, me recordó un poco a la confusión de Andreas respecto a lo que le estaba contando. Ninguno de los dos, Sawyer y Andreas, mostró una sorpresa excesiva, y por eso establecí un paralelismo entre ambos.

—La Orden del Fénix fue fundada para luchar contra Voldemort.—Empecé mi explicación. Aquello iba a parecer una lección de historia, pero bueno, no había otra forma de introducir el grupo a un recién llegado.—Con el cambio de gobierno, Albus Dumbledore, fundador y líder, se convirtió en fugitivo del nuevo régimen. La organización pasó a actuar en la clandestinidad, y desde entonces ayudan a todo aquel que lo necesita. Especialmente fugitivos y enemigos del gobierno.—Hice una pausa, dándole vueltas al vaso entre mis dedos mientras observaba las burbujas en la superficie del refresco sin tener una intención auténtica de echar un trago.—Actualmente se esconden en una zona segura para fugitivos que hay en Londres, un lugar secreto que ni siquiera el Ministerio conoce. Este lugar está protegido mágicamente, y alberga a cientos de fugitivos. Hay hogares, hay posibilidad de estudiar allí, de entrenarse...—Desde luego, aquello sonaba mucho más normal de lo que en principio podía sugerir un nombre tan rimbombante cómo "Orden del Fénix".—¿Tienes casa o algún lugar seguro dónde esconderte? Si no lo tienes, puedes refugiarte allí.

Había escuchado muchas bondades de aquel lugar. Al parecer, había apartamentos disponibles para todos los que llegasen, no importaba cuantos fuesen. Aquel lugar estaba lleno de hechizos, tanto protectores cómo para que el lugar se fuese adaptando y moldeando en función a las necesidades de sus residentes.
Sam habría estado muy bien allí durante todo aquel tiempo que pasó huyendo. Pero, claro... Sebastian Crowley y su juramento inquebrantable la condenaron a una vida de soledad, dolor, miedo... Una vez más me invadió la rabia al recordar lo que esos desgraciados hermanos Crowley le habían hecho a mi amiga.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Andreas Weber el Dom Mayo 06, 2018 7:25 pm

Había tenido un día de mierda, y parecía que se estaba reservando todo lo mejor para por la noche, aunque reconozco que irte de copas a un pub llamado El fin del mundo no resulta demasiado prometedor. Pero nada más lejos de la realidad, ya que pasara lo que pasara aquella noche antes de acostarme, había sido testigo de como alguien de dentro del mismísimo ministerio se quejaba sobre estos y sobre su amado nuevo régimen (de verdad que esto no tiene ni pies ni cabeza, no entiendo como alguien puede “amar” vivir en una sociedad asi).

Alcé las cejas con escepticismo cuando dijo que era delito tratar con muggles, y que por eso estábamos a salvo en ese pub.

- Pero… ¿y tener que usar un aseo público también es delito? – pregunté en tono sarcástico. Aunque en verdad podría haberlo preguntado en serio, porque hay algunos que te quitan las ganas de usarlos en cuanto los ves, menudo asco. Y eso que los ingleses dicen que son muy limpios y todo lo que tú quieras, pues tendrían que verlos. Gwendoline mencionó de pasada la posibilidad de que mucha gente siguiera a Voldemort por salvar sus propios pellejos. Rodé lo ojos. – Hay gente para todo. Pero en mi opinión, uno tiene que ser uno mismo. Con Voldemort y sin Voldemort. – Que por otro lado entiendo que quien tiene familia dude más en estas situaciones, pero seamos francos: ¿qué familia está a salvo siguiendo a un degenerado como él? Que será muy buen mago y todo lo que quieras, pero si está loco, lo está y punto. - Y también hay que llamarle por su nombre, que por algo lo tiene - Que yo sepa, no es ningún Dios que dé o quite vida por obra y gracia divina, aunque si es verdad que su nombre suena un poco a muerte.

Pero aquel no era el asunto más importante que nos ocupaba. Como otros psicópatas genocidas antes que él, Voldemort no se merecía ni un segundo más de nuestro tiempo, mientras que ella sí se merecía mi agradecimiento por haberme ayudado a escapar el otro día porque, la verdad, me veía en el zulo más que libre, había estado muy cerca. Y ella precisamente al ser del Ministerio pues… Digamos que no habría puesto la mano en el fuego por que me salvara, pero así resultó. Ella agradeció mi reconocimiento y confesó que era la primera vez que se arriesgaba tanto.

- Pues no lo parecía – respondí. – Demostraste mucha resolución y fuiste muy analítica. – me quedé un rato pensativo, dándole vueltas a cómo se habían desarrollado los acontecimientos de ese día, cuando Míster Simpático me inmovilizó y me quitó las varitas, y cuando él se fue a lidiar con la situación y ella se quedaba a mi guardia, y cómo ella me había dicho que corriera antes de crear la distracción del cartel que me había permitido escapar. – Aunque debo reconocer que me dio rabia que me quitaran la varita de tu… compañero – me merezco una medalla por no haberle llamado lo que le tendría que haber llamado, el muy gilipollas de la cresta… - Habérmela dejado a mí, o habértela quedado tú – aunque mejor la uno porque nunca se sabe cuando puede hacer falta una segunda varita, y la gané legítimamente, creo – pero él habría aprendido una lección. – que viene a ser no seas tan soberanamente capullo. De verdad, qué mal me cayó ese tipo. Y lo más inquietante es: ¿cuánto tiempo había estado detrás de mí en medio de todo el mogollón de la calle, cuando me habían hablado los otro chavales? Podría haberme quitado la varita, o el móvil con el que hablaba con mamá. Que por cierto, casi muere ese día, alguien del Ministerio debió lanzar un hechizo para inutilizarlos y eso también afectó al mío. Miré por el rabillo del ojo a Gwendoline - ¿Fuiste tú la de los móviles? – No había visto quien lo había lanzado, pues había estado más ocupado intentando salir del mogollón de getne para escapar de allí.

Sin embargo, había otro asunto más apremiante que quien lanzara un simple hechizo para inutilizar móviles: un poco después, Gwendoline mencionó a la Órden del fénix, y todo tema de conversación anterior desapareció de mi mente porque ¿no era demasiado casualidad que se me mencionara dos veces a esa tal Órden en dos conversaciones con dos personas distintas en menos de una semana? Es como… demasiado obvio, no sé si me explico. O bien esa Órden sabe que Nailah y yo hablamos sobre ella, o bien es un cebo muy bien montado, pero un cebo al fin y al cabo. Pero por otra parte, era evidente que quedarme un tiempo pensando en la Orden implicaba que algo sabía, así que no podía mentirle a la tal Gwen. En su lugar, di una respuesta menos clara y más esquiva, y ella comenzó a hablarme como si fuera profesora y me estuviera dando una lección de historia.

Más o menos, los detalles que conocía coincidían con lo que había contado Nailah hacía unos días, así que al menos sabía que la tal Gwendoline no me estaba mintiendo ni estaba tratando de engatusarme. Ambas me habían dicho que la Órden era una organización clandestina fundada y dirigida por Dumbledore que luchaba contra Voldemort y sus aliados.  Hasta ahí, vale. Y también que ayudan a gente que está huida, fugitivos como yo. Pero después, Gwendoline mencionó el “mítico refugio para fugitivos” del que me había hablado Nailah, quien me lo había descrito más como una leyenda que como algo real.

- ¿Así que de verdad existe? ¿El refugio? – le pregunté cuando terminó de contar en qué consistía ese refugio; la segunda pregunta la formulé en voz un poco más baja, por si acaso. La verdad es que lo que me había descrito pintaba la mar de bien. Quizá demasiado. Me eché a reír, con ganas, pero de forma amarga, cuando me preguntó si tenía casa – Sí, casa. – volví a reírme y para hacer tiempo, pegué un pequeño trago del whisky que acababa de traer el camarero hacía un momento, y lo dejé en la barra antes de contestar – Si por casa uno entiende nave abandonada que me he encargado de hacer medianamente habitable – cogí una patata frita y me la metí entera en la boca. La verdad es que habitable era mucho decir, pero no puedo quejarme, tengo un techo bajo el que refugiarme cuando llueve. – Pero no puedo quejarme, tengo un techo bajo el que refugiarme cuando llueve – repetí como un autómata.  – Aunque no es el primer… refugio en el que estoy  - no había elegido la palabra refugio aleatoriamente. – Antes estuve en otro, un viejo garaje abandonado, pero al tercer día tuve que huir porque me encontraron, y antes estuve en un piso alquilado normal como una persona normal, y mira qué bien me fue – comenté con gesto amargo. Cogí otra patata frita e hice que bajara con otro traguito de whisky; me retiré la copa de los labios y observé los hielos bailando al compas, uno junto al otro, pero sin chocarse, como una delicada danza - ¿Qué me garantiza que voy a estar más a salvo en ese refugio del que me habla? Y no me digas que la influencia de Albus Dumbledore. – Que por otro lado, precisamente mi propia seguridad me importa bien poquito ahora mismo. Pero a ver dónde estaba Dumbledore cuando tuve que dejar mi apartamento normal y digno, o donde estaba él cuando desapareció Bruno. Y eso me recordó algo. - ¿Si te digo un nombre, podrías decirme si está en ese refugio? – le pregunté con nerviosismo a Gwendoline, pensando en Bruno y pensando en papá. Y sin esperar a que me diera una respuesta, añadí - Bruno Weber. Charles Weber. ¿Te suenan de algo? - pregunté con ansiedad, casi con desesperación, mirándole a los ojos en busca de cualquier mínimo gesto de reconocimiento al decir sus nombre. A lo mejor yo tenía razón después de todo, a lo mejor habían conseguido llegar a un refugio y estar a salvo los dos, esperando noticias mías o esperando ponerse en contacto conmigo para poder volver a casa a ser una familia. Era como buscar una aguja en un pajar, pero siempre he sido demasiado obstinado como para darme por vencido tan pronto.

Nunca me daría por vencido estando mi familia por medio, nunca.
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