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RUNNING IN CIRCLES {~Gwendoline Edavane}

Andreas Weber el Lun Abr 02, 2018 10:16 am

Recuerdo del primer mensaje :

Domingo 1 de abril de 2018
Camden Town, 16:00 horas

Normalmente era muy cauto durante mis excursiones fuera de las que llamaba mis “zonas seguras” (probablemente no lo fueran tanto, pero yo que sé, uno duerme más tranquilo en un sitio que considera seguro, que en uno que no), pero probablemente el domingo de Pascua fuera uno de los días más seguros para ir a ningún sitio, con toda la gente que había. Hacía varias semanas que no me perseguía nadie, y no olvidemos que había sido en un parque inmenso, lleno de espacios abiertos, todo muy a la vista. Ahora solo tenía que escaquearme entre la multitud y ¡puf! Visto y no visto. Y ¡puf! hice yo cuando me desaparecí del montón de escombros y paredes abiertas a los que llamaba zona segura aquellos días (lo sé, todo un lujo), y aparecí en el interior de un aseo público fuera de servicio a pocos pasos de la estación de metro de Camden Town. Hablan mucho del lío del metro de Bonn, pero seguro que no conocen el de Londres.

Me encontraba allí en busca de curry rojo para una de mis pociones, un ingrediente un tanto exótico que los indios no pueden dejar pasar; este, en cuestión, era para “dar esencia” (palabras textuales) a una poción pimentónica. Menos mal que en Camden Town venden de todo a todas horas del día (aunque, a no ser que quieras comprar un riñón, mejor ir de día con toda la multitud), y además hacen tatuajes… que no sé con qué dinero voy a pagar. Me dejé llevar por el mogollón, mirando de cuando en cuando a las tiendas de souvenirs de turno. Si la aventura termina bien, no descarto comprarle a mamá un recuerdo de Londres, algún autobús para la estantería o una cabina telefónica o algo así. Pero primero lo primero.

Mientras andaba, me iba fijando en las marquesinas publicitarias mientras escuchaba lo que comentaba la gente, por si acaso había algo destacable. La mayoría de gente hablaba de fútbol, comida, “cuánta gente por aquí, qué agobio, blablablá”, el tiempo. Lo típico. Sin embargo, justo a la entrada de una tienda de antigüedades, la multitud que me arrastraba se detuvo y yo me vi obligado a hacer lo mismo. La gente se quedó en un silencio sepulcral mientras empezaban a llegar fragmentos de conversación.

-…ni una más te paso. Como no me digas su nombre, te lanzo un maleficio. Y sabes que no bromeo… -Mientras la conversación/discusión seguía, encontré un hueco entre un par de cabezas y pude meter la mía. Una chica de unos 20 años estaba apuntando con su varita a otra chica de su edad que le miraba asustada mientras miraba también a la multitud, musitando frases como “te la vas a cargar” o “hay muggles cerca”. -¿Acaso te importaban los muggles cuando me pusiste los cuernos con esa? – y de repente, hubo un destello. La chica de la varita permaneció de pie delante de la otra, que había caído al suelo. Al levantarse, todos los presentes pudimos ver cómo se le empezaba a llenar la cara de forúnculos llenos de pus.

La gente y la chica-forúnculo empezaron a gritar a la vez mientras a mi alrededor los muggles intentaban dar la vuelta y marcharse en sentido contrario, pero había tanta gente en aquella callejuela que era imposible moverse en dirección contraria a la masa. Mientras, la chica-forúnculo y su ¿pareja? ¿expareja? volvían a gritarse, y esta vez fue el momento de la chica-forúnculo de sacar la varita y atacar a la otra chica. No estaba mirando cuando se lanzaron el hechizo, estaba más ocupado buscando una ruta de escape; no me convenía verme envuelto en un incidente mágico en pleno Camden Town, cuanto más discreto fuera, mejor. Creo que le voy a tener que subir el precio a la poción pimentónica del cliente indio por tanta molestia para conseguir el maldito curry rojo que aún no tenía.
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Andreas WeberFugitivos

Gwendoline Edevane el Mar Mayo 08, 2018 2:47 pm

La vida estaba llena de opciones. Eso no podía negarlo nadie. Incluso con la situación actual del mundo mágico, existían varias opciones a las que podías acogerte: unirte a la causa de Voldemort era la primera; también podías no hacerlo, pero mantenerte al margen y obedecer las nuevas leyes; y luego estaba la opción de rebelarte abiertamente contra el régimen. Y dentro de esa última opción, también habia varias opciones: podías morir, podías ser apresado y acabar tus días en Azkaban, o tener peor suerte y terminar en el Área-M. Sí, claramente, el mundo actual estaba lleno de opciones, aunque nadie dijo que tuviesen que ser buenas opciones.
Interpreté la pregunta acerca de los aseos públicos cómo algo retórico, algo que no esperaba una respuesta por mi parte. Lo único que yo sabía, trabajando en el Ministerio, era que la ley había cambiado. Un mago tenebroso había dado un golpe de estado y de la noche a la mañana lo que antes estaba bien pasó a estar mal. Si eras hijo de muggles, tu vida cómo la conocías se había terminado, y más te valía salir corriendo si no querías que tus opciones se resumiesen a una sola: el Área-M, esa zona mal llamada "de experimentación" que bien podría haberse llamado Auschwitz y nadie notaría el cambio.
Ser uno mismo... ¡Qué gracioso! Me gusta que la gente tenga sentido del humor... Tuve que contener una risa sarcástica ante tan peligrosa sugerencia de Andreas. Sam fue ella misma y mira todo lo que le pasó. Lo mismo que a Beatrice... o tú mismo, Andreas. ¡Incluso Kyle Beckett! ¡Un niño de catorce años!

—Es una buena política, si tu objetivo es acabar en el cementerio. Y creo que el cementerio es el mejor lugar en que podrías terminar, en este caso.—Ser uno mismo... Ojalá. Solo por defender a los muggles mientras trabajas ya puedes meterte en un problema... Cierto era que resultaba absurdo el miedo que los puristas parecían tener a los muggles y a los nacidos de muggles, pues se les llenaba la boca al decir que se consideraban superiores. Pero... así estaban las cosas, y por mucho que intentases argumentar al respecto, dudo que tu opinión llegase a servir de algo.Bueno, de algo servirá, sí: servirá para que tu vida, tal cómo la conoces, se termine. Y eso cómo mínimo.—No eres de por aquí, ¿verdad?—Comenté con una sonrisa, a medio camino entre sarcástica y divertida. Mi pregunta era del todo innecesaria, pues saltaba a la vista que Andreas no era inglés. No es que me hubiese estudiado su biografía ni nada por el estilo, pero su acento no era precisamente inglés.—Si me aceptas un consejo: si por algún milagro estás en algún lugar, rodeado de magos, y no te reconocen... esas opiniones podrían traerte problemas.—Era mi deber informarle de aquello. El fugitivo haría después lo que considerase oportuno, pues esa era la magia del libre albedrío... pero mi consejo era del todo bienintencionado.

La actuación durante el incidente, cuando esas dos brujas jóvenes creyeron oportuno empezar a maldecirse la una a la otra, y no precisamente de manera verbal, si no con una varita, en gran medida se había dado gracias a mi reciente estado de ánimo. Desde que, en el mes de marzo, Sam había compartido conmigo los recuerdos de todo lo que había sufrido de manos de los hermanos Crowley, tenía en mi interior algo que solo podía identificar cómo rabia pura y dura. Una rabia que había hecho que no me temblase el pulso a la hora de abrasarle la cara con café hirviendo a una cazarrecompensas que quería encerrar a mi amiga Beatrice Bennington en el Área-M. Esa misma rabia me había permitido ponerle una varita al cuello a aquel mago de la cresta, o soltar un rótulo publicitario sobre una multitud de personas.
Todas esas cosas no las habría hecho la Gwendoline anterior al episodio de los hermanos Crowley. Pero aquella Gwendoline se había ido, y en su lugar había una Gwendoline herida y furiosa. Una Gwendoline que no toleraba las injusticias. Y todo porque unos salvajes se habían atrevido a hacerle daño a ella, a Sam, a esa que siempre había considerado mi "persona especial" y que se merecía sufrir menos que nadie en este mundo.

—Bueno... tenía que seguir menteniendo mi tapadera.—Respondí ante lo que Andreas dijo de la varita, pasando por alto la parte en que decía que había actuado de forma resolutiva y analítica. Aquellas cualidades habían sido las que me habían llevado a estudiar en la casa Ravenclaw.—No te preocupes por ese tipo. Si no me equivoco, él y todos los que ese día decidieron aparecerse en pleno mercado sin ningún tipo de cuidado, fueron sancionados. Resulta que al Ministerio le preocupa más mantener el Estatuto Internacional del Secreto Mágico que un fugitivo desaparecido.—Esbocé una leve sonrisa. No solía alegrarme por las desgracias ajenas, pero... había gente que se lo merecía.—Sí, fui yo. Si nunca habías visto ese hechizo, y tu móvil se vio afectado, un simple Reparo debería solucionar los desperfectos. Con todo esto de las nuevas tecnologías, Smartphones y eso, a veces hay que tomar medidas drásticas. Ese hechizo es un poco peligroso, por cierto. Si hay cerca algún señor con un marcapasos, el hechizo lo freirá también. Por suerte, no ocurrió...—Y es que, a diferencia de mis compañeros de trabajo, yo sí me preocupaba por la vida de un inocente muggle, un abuelo con un marcapasos que quizás solo había ido a pasear un domingo cualquiera con sus nietos.

Terminé explicándole al fugitivo todo lo que debía saber de la Orden del Fénix y, por supuesto, del refugio para fugitivos. Era deber de todo miembro de la Orden del Fénix no solo brindar ayuda, en la medida de lo posible, a los fugitivos, si no hablarles del refugio. También existía la posibilidad de reclutarlos, pero todavía no había llegado a ese punto con Andreas Weber. Sin embargo, si le hablé del refugio, un lugar dónde podría esconderse y pasar desapercibido. Un lugar que a Sam le habría venido muy bien durante el año que pasó huyendo del gobierno, pero al cual no se atrevió a acercarse debido al juramento inquebrantable que la ataba a Sebastian Crowley y la obligaba a obedecer todas sus órdenes.
Asentí con la cabeza a su pregunta, simplemente, y luego escuché cómo hablaba del lugar en que se había estado refugiando. Por lo que había visto del refugio, supondría una mejora con respecto a esa nave industrial. Me habló también de otros refugios en los que había estado, y al parecer, ninguno había durado lo suficiente. Una vida dura, la de fugitivo.

—La presencia de Albus Dumbledore puede ser muy imponente, pero no, no es eso lo que garantiza la seguridad del refugio.—Hice una pequeña pausa mientras buscaba en mi bolsillo un bolígrafo. Siempre llevaba uno encima. Alcancé una servilleta y empecé a escribir.—El lugar está protegido con diversos hechizos, tanto protectores cómo de ocultación. Las entradas son secretas, y nadie puede entrar allí cómo Pedro por su casa si no sabe cómo hacerlo. Incluso se ha conseguido que el detector del Ministerio no se active si los menores hacen magia allí dentro, así que los niños pueden seguir aprendiendo magia sin miedo a que el Ministerio les descubra.—Terminé de escribir y le entregué la servilleta a Andreas.—Aquí tienes un listado con las entradas secretas. De ser posible, te pediría que las memorizases y después quemases esa servilleta. Para mayor seguridad.

Lo siguiente que me preguntó me pilló por sorpresa y me hizo arrugar el ceño. Tenía claro que aquellos dos nombres no me sonaban de nada, pero tomé buena nota mental de ellos. Cuando estuviese en la sede de la Orden, o en el propio Ministerio, podría hacer algunas preguntas y averiguar algo al respecto.

—No, lo siento. No me suenan.—Dije con tono de disculpa en la voz. Nada me gustaría más que ayudarle con ello, pero en este caso no podía.—Puedo investigar un poco en los archivos del Ministerio, si quieres. Y preguntar en el refugio. Si me das un poco de tiempo, quizás te consiga algo.

Bruno y Charles Weber. Evidentemente eran familiares suyos. ¿Hermanos? ¿Padre y tío? ¿Abuelo y padre? Había muchas posibilidades, pero suponía que me enteraría de ello en cuanto empezase a investigar.



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Andreas Weber el Jue Mayo 10, 2018 11:49 am

La verdad es que siempre he sido una persona pasota. Pasota para ponerme a estudiar (aunque al final lo hacía como todo estudiante), pasota para invitar a la chica de turno al baile de turno (pero es que joder, odio bailar), pasota hasta para pasar la ITV a la moto del abuelo Gunter (pero él con sus achaques tampoco la puede pasar, y la moto es un viejo trasto destartalado, sin prisa). Incluso podía ser pasota hasta para “tener la precaución” (con infinitas comillas) de llamar a Lord Voldemort por su nombre. Pero aquí no solo se me juntaba el pasotismo, sino el orgullo. Básicamente lo que se dice echarle cojones a la vida, que por algo los tengo, aunque también es aplicable con los ovarios. Porque a ver, si un loco comete locuras ¿se le teme a su nombre y nos echamos a correr en círculos con las manos en la cabeza? Sí, suena a solución muy madura y efectiva, claro.

Pero Gwen no parecía estar de acuerdo conmigo, a juzgar por la cara que puso cuando dije que uno tenía que ser uno mismo con y sin Voldemort, y después descubrí que mi percepción no me había fallado cuando dijo que esa política era buena para acabar en el cementerio. Le observé con una ceja alzada mientras terminaba de hablar y bebía silenciosamente, y después me retiré la copa de los labios.

- No me da miedo la muerte. – respondí al fin, encogiéndome de hombros. No quiero parecer un engreído pero es que es verdad, no me da miedo morir, todos nacemos para terminar muriendo. Aunque me intrigó lo que dijo de que el cementerio era el mejor lugar en el que podía terminar. Hasta yo fui consciente de cómo se me ensombrecía el rostro. - ¿Te refieres a Azkaban? – Seguro que se refería a Azkaban. Hostia puta, otra vez con la misma cancioncita. Ya me puse de bastante mala hostia hace unos días cuando Nailah también planteó esa posibilidad, pero me parecía inaudito que a gente de a pie se le tratara como a vulgares criminales por pensar distinto. Luego pensaba en Auschwitz, Mauthausen, Hinzert, Ravensbrück y otros tantos campos de concentración y me ponía de peor mala hostia mientras que una sensación de (aunque nunca lo reconocería públicamente así por las buenas) miedo se formaba en la parte baja de mi estómago. Entonces, ella me devolvió a la realidad. – No. Mi padre es de aquí, pero yo soy alemán. – respondí con tono neutro. Y cuánto lo echaba de menos… Reino Unido es bonito, pero el verde de sus paisajes no es tan impresionante, los nuestros son aún más verdes y aún más salvajes.

Ella me respondió dándome un consejo al que no respondí, porque tampoco sabía como responder. Agradecía que alguien a quien apenas conocía no solo me hubiera salvado la vida (o al menos la vida tal y como la conocía) hace unos días, sino que también me diera consejos serios que seguro que pensaba que me podían resultar útiles, pero… Estaba claro que como “fugitivo” (que poco me gusta esa palabra, ni que fuera del Salvaje Oeste, vaquero) siempre vivía con un ojo delante y otro detrás y la varita siempre en guardia, pero… no porque un tío con capa negra me persiga voy a traicionar a mis principios. Mi boca siempre me había perdido desde que era pequeño, y mi impulsividad también, y si no que le pregunten a mis padres cuántas veces me han regañado o me han tenido que castigar por algo provocado por ellas. Con la edad me había vuelto más civilizado, más cauto y bueno, más adulto. Reconozco que mi personalidad no es la mejor del mundo, pero más importante que tener una buena personalidad (que quien la tiene al fin y al cabo, nadie es perfecto) es saber defenderte y pegar hostias cuando es necesario (y cuando no también por si acaso). Pero a fin de cuentas, soy como soy y seré Andreas Weber hasta el día de mi muerte.

Sin embargo, sí tuve que agradecerle lo que hizo por mí el otro día, sobre todo porque no pensba que lo fuera a hacer, pensaba que estaba del lado de los otro tipos del Ministerio. Aunque sí me dio rabia que me quitaran la varita del tipo de la cresta porque bueno, era un gilipollas bravucón que se merecía quedarse sin varita, me recordaba a Markus Sjöblad, otro gilipollas que se terminó dejando cresta y también se las daba de malote pero que no aprendió a sostener bien la varita hasta nuestro quinto curso (increíble pero cierto). Me alivió en parte que dijera que le cayó una buena sanción, pero eso no igualaba a tener que ver su cara al verle por la vida sin varita, porque seguro que era de esos a los que les da vergüenza eso y se sentirían indignos. Mis sospechas eran casi certeza porque la vez que le quité la varita a Markus su actitud también cambió radicalmente (bueno, quizá tiene un poco que ver -pero solo un poco- que le dejé en calzoncillos en pleno castillo lanzándole un maleficio con su propia varita). No sé qué tipo de sanción le habrán puesto, pero mejor sanción que quitarle la varita no habría ninguna, eso era evidente. Después Gwen reconoció que había sido ella la que inutilizó los móviles.

- Descubrí lo del Reparo en cuanto llegué a casa – respondí, aunque hice una mueca cuando mencioné la palabra “casa”. Eso era mucho decir. – Pero debo admitir que fue un hechizo de contención muy efectivo, medio YouTube se habría enterado a estas alturas – Aunque seguramente después lo hubieran hecho desaparecer “por arte de magia”, pero Internet es un mundo tan misterioso que no descartaría que hubiese quedado algún resto sin borrar por ahí. Aunque bueno, tampoco soy Mr Robot y no entiendo demasiado de estas cosas. Aunque flipé un poco cuando dijo lo del marcapasos – Pues esa hubiera sido una gorda. ¿No tenéis forma de saberlo antes? – pregunté con una curiosidad propia de un niño pequeño – Es decir… ¿Le freís un marcapasos a un anciano, os lo cargáis y no pasa nada? - ¿De verdad? Espero estar enterándome mal, porque diría mucho del funcionamiento del Ministerio alemán. No puedo imaginarme el mismo caso en nuestro Ministerio, porque como algo así llegara a oído de Merkel nos ponía fina a toda la comunidad mágica; por el trabajo de papá, sabía de sobra que los magos y los muggles interactuaban en asuntos políticos más de lo que parecía a simple vista, aunque ahora mismo la situación fuera distinta.

La conversación tiró por otros derroteros cuando me habló de la Órden del fénix y del “mítico refugio para fugitivos”. Me parecía curioso no haberlo oído hasta hacía un par de días, y ahora de repente volverlo a escuchar por segunda vez, en menos de una semana, o ni tan siquiera cinco días. Sin embargo Gwen sí tenía más información que Nailah, quien me había descrito el refugio como si fuera algo más propio de la mitología, en plan como la ciudad de Atlantis o algo así. Pero no, el refugio era real, y Gwen me podía llevar hasta él. Aunque antes lógicamente pregunté; no soy de esas personas que tienen una fe ciega en un anciano de barba blanca y gafas de media luna, por muy buen mago que sea. Soy más racional, no tengo fe en las leyendas, confío en los hechos. Y confío en todos los hechizos de seguridad que ella me dijo que protegían el refugio. Lógicamente ningún hechizo es infalible, pero me parecía más seguro que estar viviendo en naves abandonadas, por muy protegidas mágicamente que estuvieran. Siempre es más potente la magia conjunta entre varias personas que la que hace una sola. Y también mencionó que había menores, seguro que muchos de los que salían en El Profeta, otros tanto “fugitivos”.

- ¿Lo saben sus padres? ¿Os ponéis en contacto con las familias, verdad? – no me imaginaba a críos de trece años, o de seis como vi el otro día, correteando por allí sin un tutor legal al cargo. Ella me tendió una lista en una servilleta con todas las entradas secretas al tal refugio, y me aconsejó que la memorizara bien y la quemara por motivos de seguridad. Asentí mientras cogía la nota. – Descuida. No se me ocurriría ser descuidado con algo tan importante. – respondí con seriedad. Y joder, vaya que si lo era. Además, ¿y si Bruno y papá están en ese mismo refugio? No sería raro, ¿no? Igual que ella ha contactado conmigo, otros pueden haber contactado con ellos. Aunque seguía sin encajarme que eso explicara que no hubieran dado señales, porque no lo explicaba. Así que le pregunté a Gwendoline directamente por sus nombres, buscando en su rostro algún mínimo rastro de reconocimiento, algo que me dijera que los conocía… pero nada, aunque se ofreció a investigar. – Gracias. – respondí con sinceridad, esbozando media sonrisa torcida. – Bruno es mi hermano, Charles mi padre. Son el motivo por el que estoy aquí. Están desaparecidos.

Retiré la vista cuando se lo dije, no quería ver su reacción. La gente tiende a mostrar lástima, pena y conmiseración ante situaciones así. No sabía si ella era así, pero tampoco estaba dispuesto a ver más expresiones de lástima, de “ay pobrecito” y cosas así. Sinceramente, estaba hasta los cojones de la lástima, yo quería resultados y puta ayuda, joder. Así que me limité a mirar la lista de accesos al tal refugio. Se me escapó una sonrisa cuando vi que un acceso era por un retrete de un restaurante. No gracias. Ya he visto que los londinenses eso de la higiene en los aseos públicos no lo manejan muy bien. Aunque me llamó la atención la del metro de Camden Town porque era la que actualmente me pillaba más cerca y sí era cierto que siempre parpadeaban las luces cuando iba a venir el tren, pero verás, no es que uno en su sano juicio piense en tirarse a la vía, así que cómo iba a descubrirlo. Tan cerca y a la vez tan lejos. Y por último, me llamó la atención el acceso por el congelador de Hakkasan Hanway, porque varias noches había ido a cenar allí: comida buena, sana y a buen precio. ¿Qué cojones…? Así que había estado rodeado de accesos al “mítico refugio para fugitivos” y yo sin saberlo. Guay. Ahora entiendo cómo deben de sentirse los muggles y sus hijos cuando descubren que la magia existe…  

Levanté la vista del papel al cabo de un rato y miré a Gwen mientras aprovechaba y cogía una patata frita. Aunque ahora, tras descubrir mi vía de acceso (o vías) al tal refugio, de repente una cena a base de patatas fritas de bolsa llenas de aceite no se me hacían tan apetitosas.

- ¿Cuándo me puedo mudar? – le pregunté a Gwen. Siendo lo que es, no creo que haya que hacer mucho trámite, pero aun así, a lo mejor hacen alguna especie de registro de quien va a entrar, aunque solo sea por temas de seguridad. A fin de cuentas es un refugio para gente que está huida de la justicia.
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Gwendoline Edevane el Vie Mayo 11, 2018 5:28 pm

En estos días, resultaba curiosa la cantidad de gente que uno podía encontrarse que afirmaba no tener miedo a morir. Andreas Weber era una de esas personas, y si bien no dudaba de la veracidad de sus palabras, quizás no estuviese considerando todas las implicaciones de su afirmación. Y es que el problema no era tanto el hecho de morir cómo lo que viniese antes. La gente que ostentaba ahora el poder, los puristas más extremos, eran capaces de conseguir que el final de la vida, un hecho totalmente indeseado, se convirtiese en una alternativa válida, en un alivio. ¿Y por qué? Porque eran animales rabiosos que disfrutaban con el dolor ajeno, con el suplicio que eran capaces de infligir en sus víctimas.
En comparación con eso, la muerte no podía ser tan mala, desde nuevo.
De manera inconsciente, empecé a apretar los dedos alrededor del frío vaso que contenía la bebida que no tenía intención de beber. De nuevo recordaba lo que Sam me había enseñado, dentro de su mente y por medio de la legeremancia, lo que esos salvajes le habían hecho. Y de nuevo sentía rabia. Sabía que por mucho tiempo que pasase no iba a olvidar, ni perdonar, ni dejar de sentir aquella rabia, aún a pesar de que los responsables de aquello estuviesen muertos. Porque ellos la habían hecho desear morir, habían convertido la opción de la muerte en un alivio en comparación con lo que le habían hecho.

—A Azkaban... y al Área-M.—Respondí con un tono de voz sombrío, todavía con los recuerdos de Sam en mi cabeza, aunque poco a poco estaban dejando paso a otro recuerdo igual de desagradable: la certeza de que mi madre ocupaba una celda en aquella Área-M.—Dicen que es una zona destinada a la experimentación, y quién entra allí jamás sale. No quiero ni imaginarme lo que sucede allí dentro, pero todos los hijos de muggles que son apresados acaban allí.—Hijos de muggles cómo mamá, cómo Sam, y cómo Beatrice. Por fortuna ellas dos están libres. Intentaba no embarcarme en un viaje por aquellos derroteros, no meterme en terreno del Área-M, pues siempre me ocurría lo mismo: empezaba a pensar en mi madre, a la cual no podía hacer nada por ayudar. ¿Estaba viva, siquiera? Dudaba que el nuevo gobierno fuese a tener consideración suficiente cómo para informar a los familiares de los presos del Área-M del fallecimiento de estos durante algún "experimento". Tortura, querrán decir... Suspiré, negando con la cabeza, cómo si alguien me hubiese dicho algo, cuando realmente todo aquello ocurrió dentro de mi desbocada imaginación. No podía seguir pensando en eso.—Me lo imaginaba.—Esbocé una leve sonrisa, forzada y tensa, dedicando mi atención a la nueva respuesta de Andreas.—Mira, no estoy intentando decirte lo que tienes que hacer, ni mucho menos. Solo... te aconsejo tener cuidado. Estamos viviendo en un mundo de locos, y si el mayor loco de ellos, el que está por encima de todos nosotros, no tuviese tanto poder, quizás fuese posible ser uno mismo. Y aunque no te importe morir... supongo que habrá gente que te aprecie a la que sí le importe que mueras.

Las razonables preguntas que hizo a continuación Andreas me hicieron recordar a la buena Ministra Milkovich, asesinada por la actual Ministra McDowell. Y es que durante su gobierno, el uso del hechizo Electro Pulsus, el mismo que había utilizado yo durante el incidente en el mercado de Candem Town, estaba muy limitado. Entrañaba riesgos, y solo se utilizaba en caso de no haber otra manera de contener una fuga de información de este calibre. Con el gobierno actual, lo que importaba era el Secreto Mágico, y solo el Secreto Mágico. Los muggles no importaban lo más mínimo, y si un anciano con marcapasos caía fulminado a causa de un hechizo irresponsable... bueno, pues el Minsiterio se lavaba las manos.
Y de puertas adentro, quizás hubiese algún purista o mortífago que te felicitase por matar a un pobre señor delante de sus nietos. Porque esa era la filosofía de muchos puristas y mortífagos: el mejor muggle es un muggle muerto.

—Al gobierno actual le importan un bledo los muggles.—Dije, casi cómo si escupiese todas las palabras. Despreciaba ese estilo de pensar.—McDowell ha cortado el contacto con el gobierno muggle. El nuevo gobierno considera a los muggles inferiores, y supongo que no creen que sean merecedores de ningún tipo de atención o consideración por parte de los magos.—Hice una pausa para aclararme la garganta, carraspeando un poco, y bebí un nuevo sorbo de mi refresco simplemente por humedecerme un poco la garganta.—No suelo utilizar ese hechizo. De hecho, creo que lo he usado tres veces en toda mi carrera. Y cada vez que lo uso, cruzo los dedos porque no ocurra nada malo. Supongo que sí, podría haber alguna forma de averiguar si entre los presentes hay algún muggle con algún tipo de implante electrónico que le permita seguir vivo, cómo por ejemplo preguntando, pero...—Asentí con la cabeza, la mirada perdida al frente, y una expresión de resignación en la cara.—...los muggles dan igual, nadie se preocupa por ellos.

Hablar del refugio también suscitó preguntas, las cuales me fueron llegando a medida que anotaba en una servilleta las entradas al refugio y la manera de proceder para que estas entradas de activasen cómo era debido. De muchos de esos asuntos no me había informado demasiado, a decir verdad. Demasiada gente vivía allí, escondiéndose de la "ley", y si bien conocía la historia de alguno de ellos—Kyle Beckett, por ejemplo, un niño que no tenía problemas a la hora de pasearse de manera inconsciente por las calles de Londres, pero luego temía ir a su casa por si le descubrían y descubrían a sus padres—pero otros me eran desconocidos.

—Hay algunos chicos jóvenes que se han tenido que escapar de Hogwarts, cuando se produjo el cambio de gobierno.—Vino a mi mente Dorcas Meadowes, una joven valiente, pero una niña, a fin de cuentas. No me había informado demasiado acerca de su familia, la verdad.—Algunos tienen familias... especiales.—En este caso no me vino a la cabeza un niño, si no Henry Kerr. Henry Kerr, quién en Hogwarts había sido la bondad y amabilidad hecha persona, y que en la actualidad era un purista. Sam me había contado sus sospechas de que habían sido precisamente sus familiares quiénes le habían hecho aquello.—Es difícil saber en quién confiar en estos días.

Le prometí a Andreas que buscaría algo de información respecto a sus familiares. Resultaron ser su padre y su hermano, que estaban en paradero desconocido. Podía empatizar con eso. Yo sabía dónde estaba mi madre, pero eso no hacía que me sintiese tan tranquila; también sabía dónde estaba mi padre, aunque de él no quería saber nada. Asentí con la cabeza ante su agradecimiento, y memoricé los nombres: Charles y Bruno Weber. Quizás encontrase algo en los archivos del Ministerio.
Después de un breve momento de silencio, Andreas rompió el silencio de nuevo. ¿Que cuando podía mudarse? Seguro que no había ningún tipo de trámite.

—Supongo que esta misma noche, si quieres.—No le haría falta presentarse, pues todos le reconocerían por los "artísticos" carteles de "Se busca" que publicaban en El Profeta, o que pegaban en las calles de cada rincón del mundo mágico.—Di que vas de mi parte. Soy relativamente novata por allí, pero me conocen lo suficiente cómo para confiar en mi palabra.—Y esperaba no equivocarme, por supuesto. No todos los que en estos días eran fugitivos eran gente de confianza. Y es que no por ser un fugitivo, una persona pasaba a ser automáticamente buena, o acusada injustamente de cosas.

Pero Andreas no parecía ser de ese tipo de gente. Parecía una persona que lo único que quería era ir a lo suyo... eso, y encontrar a su familia, supongo.
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Andreas Weber el Jue Mayo 17, 2018 12:00 pm

No me pilló por sorpresa que mencionara Azkaban, me lo había estado esperando. Aun así, parte de mí se negaba a creer que en una prisión pudieran tener cabida otras personas que no fueran criminales, pero todo era fácilmente rebatible teniendo en cuenta de que el Gobierno británico me perseguía por a saber qué; no tenía duda de que si me pillaban con vida terminaría allí, pero la clave precisamente estaba en eso. Tenía claro de que si alguna vez me ponían las manos encima, no me iría sin liarles una buena.

Sin embargo, eso del Área M me pilló más desprevenido, porque no me sonaba haberlo escuchado nunca. Conforme ella me fue explicando el propósito del Área M, el estómago se me fue revolviendo más, hasta el punto de que las patatas fritas ya no me parecían tan apetitosas. Ella había dicho, literalmente “todos los hijos de muggles que son apresados acaban allí”, y no quería darle vueltas a lo que estaba pensando, pero al mismo tiempo no podía dejar de pensar en ello.

- Mi madre es muggle – dije con tono neutro, sin más. Espero que sea la película que me estoy haciendo, y el pesimismo ante la frustración y desesperación de no saber nada de nadie, porque como alguien le ponga la mano encima a mi hermano o le toque un solo pelo, es que les arranco la puta cabeza y juego al puto fútbol con ella, antes de usarla de punching ball y machacarla hasta hacerla picadillo. Gwendoline me sacó de mis sombríos pensamientos preguntándome por mi procedencia, y después me dijo que tuviera cuidado, a lo que respondí mirándole con una ceja alzada con expresión escéptica. ¿Gracias? Vivo huyendo como “fugitivo”, según ellos, así que claro que tengo cuidado. Solté una sonora carcajada llena de amargura cuando dijo que aunque a mí no me importe morir, tendría gente a la que no le gustaría verme muerto – Ahora mismo, mi madre. A ver si no desaparece también. – puse los ojos en blanco y pegué otro trago, por hacer algo y calmar los nervios, el miedo y la mala hostia que se me ponía.  

Después seguimos hablando de lo sucedido días atrás, cuando ella (así que fue ella) lanzó el hechizo fríe-móviles para que los muggles no pudieran grabar la escenita y subirla a YouTube, y de como la Ministra de magia actual pasaba de los muggles.

- Así que si había algún marcapasos cerca, kaputt – eso era lo que me había respondido en resumen, aunque con otras palabras. - ¿Pero a ti también te dan igual los muggles? – pregunté con sinceridad, mirándole con ojo inquisidor – Una cosa es lo que haga la Ministra, y entiendo que en cierto modo si estás bajo sus órdenes tienes que… seguirle el rollo. Pero en mi opinión hay líneas que no se deberían traspasar – Hola, soy Andreas Weber y hace cuatro días me he cargado a una persona que intentó atacarme. Pero es un caso distinto. El gilipollas ese de Chinatown se la había buscado, aunque soy el primero que reconoce que si le hago sufrir un poquito más hubiera terminado cantando, pero hubiera terminado muerto de todas formas; cuando hay mala hierba en el jardín, se arranca de raíz. Pero el caso de un marcapasos… a ver qué culpa tendría un muggle cualquiera de cruzarse en Camden Town con dos adolescentes hormonadas que casualmente también eran brujas.

El siguiente tema de conversación cautivó aún más mi atención, pues me confirmó la existencia del refugio del que me había hablado Nailah. No es que considerara mi guarida como un mal refugio, pero claramente por lo poco que sabía, era evidente que no tenía comparación con el otro. Además de la remota posibilidad que había de que mi padre y mi hermano estuvieran ahí esperándome, ocultos y a salvo. Antes de darme la nota de acceso al refugio, mencionó que había niños, de los que salían en El Profeta, que habían tenido que abandonar los estudios para que no se les atrapara; al margen de que cualquier que viera esos carteles se lo podía imaginar, me ponía de muy mala hostia, porque era como la confirmación de que la sociedad no había avanzado desde que los abuelos eran niños hasta la actualidad. Ellos también habían vivido eso en su infancia, aunque por suerte fueron lo suficientemente jóvenes como para poder labrarse una vida al terminar la Guerra.

En cuanto a las entradas del refugio, memoricé bien el papel, aunque algunos accesos me llamaron tanto la atención que tenía claro que no se me olvidarían en la vida. Y también le di los nombres de papá y de mi hermano cuando ella se ofreció a investigar por su cuenta por si averiguaba algo. En cuanto al refugio, ella dijo que podía mudarme esa misma noche, y que diera su nombre al llegar.

- Lo haré – asentí con gesto serio. Miré de nuevo a la nota que tenía en la mano y contemplé distintas opciones de deshacerme de ella. Lo ideal hubiera sido quemarla, pero el pub era tan moderno que no tenía una sola vela, eran todo luces eléctricas. Otra opción era romperla en cachitos, pero el mensaje podía llegar a rehacerse si se tenía la maña, la paciencia y la destreza suficientes. Así que, sin opciones, cogí una patata frita y disimuladamente deslicé el trozo de papel junto a esta, y me los metí en la boca como si nada. Mastiqué y mastiqué y mastiqué, tratando de no pensar en ese sabor tan extraño que no era ni patata frita ni aceite, y al cabo de un rato tragué, no teniéndonos que preocuparnos de la nota nunca más. – Listo. La celulosa es una fuente de fibra natural, buena suerte al que trate de recomponer el mensaje a partir de ahora – solté una risa al final. Se pringaría de mierda hasta las cejas, nunca mejor dicho. – Pero dime, - añadí antes de que ella pudiera contestar – me presento allí sin más y ya está. ¿“Hey, qué pasa, conozco a Gwendoline Edavane, donde puedo dormir”? – me sonaba a película de ciencia ficción, como esa en la que un tío se queda atrapado en una estación espacial y se pone a cultivar patatas - ¿Hay algún sistema de alquiler? – Eso me preocupaba. Tenía mis ahorros en el banco, pero no me había atrevido a pasarme por Gringotts a sacar dinero porque en cuanto que dijera “Cámara de Andreas Weber” podía tener a ojos indiscretos sacando sus varitas y apuntándome todos a la vez, gracias a los carteles de El Profeta. - ¿Cómo funciona exactamente?

Pensaba mudarme esa misma noche claramente, pero antes necesitaba enterarme de todos los pormenores, para no llegar allí y quedarme en admisiones estancado (o en lo que fuera que hubiese) como Tom Hanks en el aeropuerto en la película La terminal.
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Andreas WeberFugitivos

Gwendoline Edevane el Sáb Mayo 19, 2018 11:35 pm

Hablar del Área-M era difícil para mí. Era cómo acercarse demasiado a una fogata con una lata de gasolna en las manos: si lo hacías con cuidado, y la lata estaba bien sellada, en teoría podías dar una vuelta alrededor de la fogata sin que ocurriese nada malo, pero cómo se te ocurriese quedarte parada demasiado tiempo al borde y la lata empezase a calentarse, o cómo tuviese algún tipo de fuga, podías terminar muy mal. El Área-M era la fogata, y mi madre la lata de gasolina, y aunque generalmente era capaz de acercarme a la fogata sin que la gasolina empezase a arder, por lo general el mejor consejo era mantenerme alejada de ahí. Ese tema me hacía sentir vulnerable, cómo si debajo de mí se abriese un abismo que amenazase con tragarme.
Por suerte, o por desgracia, pensar en desgracias ajenas a veces conseguía alejar las propias. Y en este caso, la familia de Andreas me sirvió para alejar a la mía propia de mis pensamientos. En este caso, su madre y su padre se convirtieron en objeto de mis pensamientos.

—¿Y tu padre? Si es mago, tú no serías considerado hijo de muggles. Si te cogiesen, terminarías en Azkaban. Bueno, depende de tus crímenes, pero normalmente es así.—No tenía ni la más remota idea de cuales eran los crímenes cometidos por Andreas, si es que existía alguno y no eran todo invenciones. Si no los había, el Ministerio no tenía problema en inventárselos.

Me pareció curioso que Andreas fuese capaz de soltar una carcajada en un momento cómo aquel. Claramente, aquella fue una carcajada totalmente carente de humor, una carcajada de puro sarcasmo, pero me costaba mucho creer que en este mundo no existiese nadie que se preocupase por él. Estaba segura de que se sorprendería, encontrando más gente de la que pensaba que prefería verle vivo antes que muerto. Hacía año y medio, yo misma pensaba que a poca gente le importaría si yo estaba viva, muerta, libre o encarcelada.
Y me equivoqué. Por fortuna, me equivoqué.

—Pues aunque sea por ella.—Dije finalmente. Tenía a su madre, a una madre libre, que se preocupaba por él, y que seguramente prefería tener a un hijo vivo que a un hijo muerto.—No creo que a ella le hiciese gracia leer en "El Profeta" que su hijo ha sido atrapado.

O quizás sí, ¿qué sabía yo? Las familias son complicadas. La mía era un claro ejemplo de familia disfuncional, con una madre encerrada, un padre al que no le hablaba, y toda una rama purista por parte de padre en mi árbol genealógico. Claro que no todos los Edevane eran malos, si es que había alguno realmente malo. Mi abuela Astreia había sido siempre una buena mujer, a mis ojos, y que siempre me había querido. No sé si actualmente estaría frotándose las manos de satisfacción ante la presencia de Lord Voldemort en el poder, o si por el contrario seguiría su vida normalmente, sin involucrarse en el asunto. Hacía mucho que no sabía nada de mi familia mágica, ni de mi familia muggle por parte de madre. Y creía que era mejor así.
La pregunta de Andreas acerca de los muggles no me pilló por sorpresa en absoluto. Creía haber dejado clara mi opinión, pero de todas formas una explicación extra no vendría mal.

—La mitad de mi familia son muggles, y no mantengo contacto con ellos porque no quiero que les salpique todo esto. Me encantaría poder llamar a la puerta de mis abuelos hoy mismo y contarles lo que ha ocurrido con su hija, cómo unos salvajes la han encerrado en una prisión dónde experimentan con ella.—De nuevo, estaba acercándome peligrosamente a la fogata con una lata de gasolina muy mal cerrada, y aquello podía terminar fatal, así que me detuve justo ahí, en el borde, y me di la vuelta.—No me dan igual, ni mucho menos. Hago con ellos el mejor trabajo que puedo, si está en mi mano, a la hora de modificar sus recuerdos. Intento ser lo menos invasiva posible.—Lo siguiente que dije no eran palabras mías, si no las palabras de Sam, esas que me había dicho en más de una ocasión.—Actualmente, muchos puristas y mortífagos, por no complicarse la vida y sabiendo de la política actual, prefieren asesinar a testigos muggles antes que perder el tiempo desmemorizándolos. De la manera en que yo lo hago... al menos conservan su vida, aunque sea moralmente cuestionable eso de modificar sus recuerdos...—No era la primera vez que pensaba aquello, ni que me paseaba sobre el filo de la navaja de la moralidad. Y es que quién haya trabajado en el Departamento de Accidentes y Catástrofes Mágicas, y tenga un mínimo de conciencia, sentirá tarde o temprano el peso de lo que está haciendo sobre su conciencia. Siete años largos había tardado yo...

Y entonces, tras hablar un rato acerca del refugio, y de una posible vida futura de Andreas entre las paredes de aquel lugar, le vi hacer algo curioso y, quizás, exagerado: cogió la servilleta dónde le había anotado las entradas al refugio y directrices a seguir para ponerlas en funcionamiento, la envolvió en una patata frita, y se la comió. Le observé con una mueca en la cara, una mueca de desagrado bastante marcada. Tampoco hay que ser tan exagerado... Yo quería decir que lo quemase más tarde... Acompañó aquello con un comentario jocoso y una carcajada final, a lo que yo negué con la cabeza, esbozando sin poder evitarlo una sonrisa divertida en la cara.

—Tienes valor para comerte una servilleta de un pub cómo este. No quiero ni saber las bacterias que pueda tener eso. ¡Pero es una fuente de fibra, no lo negaremos!—Aunque seguramente no era demasiado buena para la salud, teniendo en cuenta los productos químicos que se emplean a la hora de elaborar el papel, las propias tintas que llevaba, más la tinta del bolígrafo que había utilizado para escribir las direcciones y directrices.—La verdad es que yo nunca he tenido que vivir allí, evidentemente, o no estaría trabajando para el Ministerio. Pero lo que sí puedo decirte es que este lugar se dedica a ayudar a aquellos que lo han perdido todo cuando Voldemort llegó al poder. Son conocedores de las mentiras que se inventan, y está bastante claro que, si tu cara está en estos días en un cartel de "Se busca", no eres un psicópata o un mortífago encubierto. A no ser que se hayan vuelto muy inteligentes y envíen agentes encubiertos.—No había valorado esa posibilidad hasta ahora, pero lo cierto es que hasta podía ser que en algún momento intentasen algo así.—No creo que necesites siquiera mi nombre para entrar. Conoces las entradas, lo cual quiere decir que un miembro de la Orden del Fénix—me puse una mano en el pecho en ese momento, para indicar mi persona—te las ha facilitado. Y no, no te cobrarán alquiler, teniendo en cuenta que es un lugar para aquellos que lo han perdido todo. Mayormente, funciona con la colaboración de todos, tanto de los que viven allí, cómo de los que ayudan desde fuera. Supongo que si puedes hacer algo para contribuir, será bien recibido. Pero no creo que nadie te acepte dinero allí dentro.

Alguien cómo Andreas seguramente podría contribuir al funcionamiento del refugio de alguna manera, pero hasta dónde yo sabía, aquel era un lugar autosuficiente. Las tiendas siempre tenían productos y no aceptaban dinero. Seguramente, si alguien podía ofrecer algo, ya fuese trabajo o productos de algún tipo, serían bienvenidos.
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Andreas Weber el Lun Jun 04, 2018 11:35 am

¿Quién me hubiera dicho a mí que le iba a terminar contando mi vida (en versión resumida) a la mujer del Ministerio que el otro día tiró aquel cartel de neón tan grande solo por permitirme escapar? ¿Y quién me hubiera dicho que esa misma mujer conocía la existencia, y mejor aún, el acceso al legendario refugio para fugitivos del que apenas acababa de descubrir su existencia un par de días antes? Pero supongo que en algunas cosas sí que tengo suerte. Gracias, Merlín. Supongo. Ya era hora de tener suerte en algo.

Así que ahí estaba yo, tomándome un trago en el bar junto a aquella chica, mientras le contaba que mi madre era muggle, que mis padre y mi hermano habían desaparecido y que ahí estaba yo, buscándoles en Reino Unido porque no tenía otra cosa mejor que hacer. Claramente no la tenía, porque cualquier trabajo y mantener cualquier casa es algo banal en comparación con la familia, que solo hay una.

Gwendoline se interesó por mi padre, y dijo que si papá fuera mago, yo no sería considerado hijo de muggles, y que si me apresaban terminaría en Azkaban. Y como acababa de explicarme a grandes rasgos que existía una tal Área M, donde experimentaban con los hijos de muggles, me cabreaba pensar que encima les tendría que estar agradecidos a esos hijos de puta.

- Mi padre es mago. Sangre limpia – puse los ojos en blanco, porque mira, la sangre es roja para todos, no limpia ni sucia. – Pero su familia renegó de él cuando se juntó con mi madre. – Y de nuevo los ojos en blanco. Vamos a ver, abuelos-a-los-que-no-conozco-de-nada, digo yo que qué más os importará a quien se tirara vuestro hijo, como padres tendríais que haberos alegrado de su felicidad. Al menos, me contentaba con pensar que, a juzgar por la edad que debían tener ahora, probablemente hubieran muerto hace tiempo sabiendo que su hijo había hecho su vida con una muggle y que no había tenido ni un solo remordimiento de haberles dejado a ellos atrás. – A mí que me lleven donde quieran, me la suda – dije claramente. – Aunque si quieren ver crímenes, ya les daré yo crímenes… - dije con gesto serio. Desde luego, iban a ver crímenes como descubriera que les habían tocado un solo pelo a Bruno y a papá. Esto no es La vida es bella, es la vida real.

Aun así, ella intentó hacerme ver que a mi madre no le haría gracia que su hijo, el que le quedaba en libertad, se expusiera y pusiera su vida en peligro por una temeridad así. Literalmente, dijo que tuviera cuidado aunque solo fuera por mi madre, que no le haría gracia leer un día en El Profeta que habían atrapado a su hijo.

- Lo que le da rabia es no poder hacer magia ella misma. – comenté con tono neutro. Muchas veces se me había puesto a llorar por teléfono, sobre todo al principio, diciéndome que qué clase de madre era que no podía ni defender a sus hijos cuando estaban en peligro, y que por su inutilidad también había desaparecido mi padre. En esos momentos, me daban ganas de aparecerme en mitad del salón de casa de mis padres, no sé si para mirarle con una ceja alzada, con gesto de incredulidad, o para darle un abrazo y decirle que eso eran gilipolleces. Probablemente las dos. Pero Gwendoline no necesitaba saber nada de eso. – Si por ella fuera, cogería una sartén y se pondría a dar sartenazos a diestro y siniestro. Pero una sartén no hace nada frente a una varita, así que aquí me tienes. – me encogí de hombros. Aunque Gwen sí tenía razón en algo: desde luego no le haría gracia saber que me habían atrapado, más bien me la cargaría de un susto. A veces pienso que mi madre es lo único que me impide mantener la cabeza sobre los hombros y pensar de manera fría, sin actuar en caliente y de forma temeraria.

Después, nos pusimos a hablar de nuestro anterior encuentro, cuando se habrían frito los móviles por un hechizo que había lanzado ella. También mencionó que ese hechizo freía hasta los marcapasos, y eso me dejó un poco pillado porque no esperaba que, habiéndome ayudado y manteniendo la conversación que estábamos manteniendo aquella noche, le dieran igual los muggles. Así que le pregunté sin rodeos, por pura curiosidad, y también un poco incrédulo, porque algo no me encajaba. Una cosa era mantener su tapadera, pero… joder. Su respuesta me dejó sin palabras.

Resulta que la mitad de su familia también en muggle, y que se ha distanciado de ellos para que no les salpique todo lo de ahora. La verdad es que hay que tener cojones (bueno, ovarios) para hacer algo así. Yo mismo lo había pensado con mamá, pero sé que cuando encuentre a papá y Bruno, si estos se enteraran, el que no volvería a casa sería yo porque me molerían a maleficios. Ella continuó diciendo que claro que los muggles no le daban igual, y que dentro de la situación actual, intenta ser lo más invasiva posible.

Supongo que ahora lo entiendo, pensaba mientras asentía levemente a lo que ella decía. A veces es imposible evitar daños colaterales. Pero eso no quería decir que me gustara la idea de que algún muggle hubiera podido morir la otra tarde, o llevarse un buen susto, cuando su marcapasos dejara de funcionar.

La conversación tiró por otro rumbo más optimista cuando me habló, por fin, del refugio para fugitivos, que de verdad existía. Incluso me pasó un trozo de papel con las entradas para acceder a él, y yo enseguida me lo memoricé y me deshice del papel por el medio que encontré más a mano en ese momento. Hay veces que las cosas no son agradables, pero hay que hacerlas igualmente. Como cargarte al mortífago que te ha encontrado, para que no pueda alertar a los demás. O como comerte un trozo de papel, para evitar que este caiga en manos indebidas. Reí con el comentario de ella y me encogí de hombros, sin decir palabra. La verdad es que el papel sabía a rayos, pero me lo había comido lo más rápido posible para evitar saborearlo de más. Aun así, era probable que acabara de restar cinco años de mi propia vida.

Aun así, me interesé por el acceso al refugio, por cómo acceder al interior, mejor dicho, una vez llegara allí por alguna de las recién memorizadas entradas. Ella me dijo que no era tan complicado como me lo estaba imaginando, que solo con que leyeran El Profeta sabrían que soy uno de los que encabeza los carteles de Se busca y que no me pondrían muchos impedimentos. Bien está saberlo. En cuanto al dinero, noté como se me iluminaba la cara cuando ella me dijo que tampoco cobraban alquiler. Claro que eso quiere decir que mi cama puede ser similar a la “cama” que tengo ahora, pero lo importante es lo de refugio seguro; si hubiera querido comodidad, me habría estado alojando todo este tiempo en la suite presidencial de cualquier hotel de cinco estrellas aunque hubiera estado expuesto, en vez de estar malviviendo en solares y naves abandonadas. Además, si vivía en una zona segura, no tendría que preocuparme de mi propia seguridad y emplearía ese valioso tiempo en seguir buscando a mi familia.

- ¿Sabes si necesitan gente que les haga pociones? – pregunté. – Has dicho que se puede contribuir con otros medios, y bueno, no se me dan mal – me encogí de hombros, sin mencionar que la elaboración de pociones por cuenta propia era mi actual modo de subsistencia. Y supuse que siendo un refugio para gente como yo, necesitarían pociones de todo tipo, desde pimentónicas hasta para calmar los gases de los niños, o incluso para el reúma. Incluso quizá hasta esa tal Órden del Fénix necesitara alguna poción más ofensiva para enfrentarse a los mortífagos, a la que claramente contribuiría, por supuesto. Y si no, pues me ofrezco como defensa, que supongo que también habrá una facción del refugio que se encargue de su defensa. Nunca que digo que no a usar los puños o la varita, o ambos.
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Gwendoline Edevane el Vie Jun 08, 2018 7:21 pm

En mi vida no me había encontrado con nadie que no temiese la muerte, o al menos eso creía yo. Es decir, había que alcanzar un grado de confianza muy grande con una persona antes de llegar a una conversación que dijese: "¡Oye, por curiosidad! ¿Tú temes a la muerte?" Generalmente, el miedo a la muerte solía ser tan grande que las personas evitaban hablar de ello, siquiera pensar en ello. La perspectiva de la mortalidad era horrible simple y llanamente porque lo que había al otro lado era desconocido. Podíamos hacernos una pequeña idea de lo que había, especialmente si hablábamos con alguno de los fantasmas que pululaban por Hogwarts u otras partes del mundo, y aquel hecho dejaba claro que existía una "vida" después de la muerte. Pero eso no la hacía menos terrorífica.
Y, cómo decía y que yo sepa, no conocía a nadie que no temiese a la muerte. Conocía, por desgracia, a una persona que la había llegado a desear en un momento dado, o varios, de su vida: Sam, mi mejor amiga. La deseó muchas noches mientras Sebastian Crowley la tenía bajo el juramento inquebrantable, pensando que sería una salida mucho mejor que el infierno en que vivía; volvió a desearla aquella horrible noche, mientras Vladimir y Zed Crowley la molían a golpes, hechizos de tortura y latigazos, sin ningún tipo de consideración por su condición de ser humano.
Con todo, estoy segura de que Sam sí temía la muerte. La situación en que ella se había visto era una sin retorno: iba a morir de todas maneras, y la única salida que había era morir. El tiempo de vida que le restaba iba a estar cargado de dolor, un dolor insufrible que en sí ya la llevó a desear morir. Así que cualquier cosa, incluso morir, era mejor que aquello. Pero estoy segura de que, aún entonces, temía lo desconocido de la muerte, y seguía temiéndolo a día de hoy. Porque sí, al final se había equivocado, y una aliada inesperada le salvó la vida. A veces ocurrían milagros.
Andreas parecía ser la primera persona que conocía a la que, o bien la perspectiva de morir le daba exactamente igual mientras su familia estuviese a salvo, o bien no le daba igual, pero prefería mostrar una dura fachada de indiferencia ante una situación que, si bien le aterraba, ya había valorado demasiadas veces. Podían ser ambas cosas, y cómo no conocía lo suficiente a aquel hombre, no podía aventurar cual de ellas era. Sin embargo, por cómo describía la situación con su madre, algo me decía que a esa buena mujer sí le preocupaba que al único de sus hijos que no estaba en paradero desconocido le ocurriese algo malo.

—A veces, las familias dan asco.—Respondí con toda sinceridad. Mi padre y yo ya no hablábamos, mi madre estaba en el Área-M, y una mitad de mi familia era mágica, de sangre limpia y purista, mientras que la otra era muggle. Actualmente no conservaba el contacto con nadie... y confieso que seguía echando de menos a mi abuela por parte de padre, Astreia Edevane, quién pese a sus ideales puristas, jamás había despreciado mi amistad con Beatrice y Sam, ambas brujas hijas de muggles.—Bueno, eso no deja de ser decisión tuya...—Terminé respondiendo, encogiéndome de hombros. No aprobaba los crímenes, el daño de ningún tipo hacia otro ser humano, pero una cosa había tenido que meterme en mi dura cabezota con el paso del tiempo: no podía hacerme responsable de las decisiones de otros. Mi plato de problemas estaba bastante lleno últimamente. Por no mencionar otro hecho del que últimamente me estaba dando cuenta: no todo el mundo es inocente.

Y ahí llegamos al tema de su madre. No pude evitar esbozar una sonrisa: aquella mujer parecía de armas tomar, una guerrera a la que le habría sentado muy bien el rol de bruja. Me gustaban las mujeres con una personalidad fuerte, de esas que no se dejan amilanar por nadie. Merlín sabía, con la cantidad de "Crowleys" que había en este mundo, gente que no dudaba a la hora de hacer daño a las mujeres, que hacían falta muchas mujeres así. Mujeres luchadoras, mujeres independientes. Cierto era que con una sartén poco podría hacer contra una varita, pero nunca hay que subestimar a una mujer.
Y mucho menos aún hay que subestimar a una madre preocupada por su familia. Y es que portar una varita no concedía a nadie el don de la inmortalidad.

—No la conozco, y ya creo que me cae bien tu madre.—Pude haberle dicho que la cuidase bien, que intentase no hacerse matar... pero hay que tener una cosa clara: aquello no era asunto mío. No habíamos llegado a tal nivel de confianza cómo para meterme en sus asuntos. Ya había dado bastantes consejos bienintencionados, pero había una cosa que nunca haría: decirle a alguien cómo tiene que cuidar de su familia. Aquellos temas solían ser muy sensibles.

Y tras un rato de conversación, llegamos a hablar del refugio, ese lugar que, por lo que se veía, estaba a punto de convertirse en lugar de residencia para Andreas. Tras explicarle todos los pormenores, el hombre seguía buscando formas de contribuir allí dentro. Y eso me gustó: no iba pensando en lo que podían ofrecerle a él, si no al contrario. Muchos eran los fugitivos que, si bien es cierto que lo habían perdido todo, se pasaban las veinticuatro horas del día deambulando por allí como fantasmas, lamentando lo que habían perdido, en lugar de contribuir. No iba a pretender ponerme en los zapatos de esa gente, pero consideraba que esa no era ni mucho menos la actitud apropiada.
Así que Andreas me confesó que se le daba bien la elaboración de pociones, algo que me resultó de lo más interesante. Y útil. Sin duda, la enfermería del refugio agradecería contar con un experto pocionista para elaborar remedios. Y a la Orden sin duda le vendría bien todo tipo de ayuda por su parte. El veritaserum era complejo de elaborar, y casi siempre hacía falta en interrogatorios.

—Esa habilidad tuya podría ser de lo más útil.—Asentí con la cabeza, con cierto entusiasmo, mientras volvía la mirada en su dirección.—Cuando llegues, puedes hablar con el sanador de la enfermería. Él podrá explicarte qué necesita. Incluso podrías impartir clases de Pociones a los niños del refugio, los que no pueden ir a aprender a Hogwarts. Y los miembros de la Orden podrían hacerte encargos. En especial, la poción multijugos es muy necesaria en estos tiempos.—Y sonreí, más entusiasmada ahora que había puesto en palabras las posibilidades de la estancia de Andreas en el refugio. Aquel hombre iba a encajar a las mil maravillas en aquel sitio.—Yo puedo ayudarte con los ingredientes. Más que nada para evitarte salir a las calles a comprarlos. Si te parece bien, claro.


Off rol:
Nota: la poción multijugos es evidentemente de pago, pero se podría interpretar perfectamente que la elaboras tú si alguien te la pidiese en un rol. Evidentemente, pagándola quién la vaya a usar, que es muy cara.
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Andreas Weber el Miér Jun 20, 2018 12:01 pm

La muerte no era un tema en el que pensara constantemente porque, a ver, no era agradable. ¿Quién va a querer “estirar la pata” pudiendo estar vivo? Pero otra cosa era tenerle miedo. Desde que nacemos, somos conscientes de que todo tiene un principio y un final. Nacemos para morir. Claro que también hay quien piensa que la muerte no es final y blablablá, todo ese rollo en el que yo sinceramente no me había parado a pensar porque tenía mejores cosas que hacer…

…como buscar a mi familia. Me desesperaba no encontrar ni una mínima pista, ni un mínimo rastro del paradero de mi padre y de Bruno. Pese a que días antes, conocer a Nailah y saber que tenía contactos que podían ayudar me había dado esperanza de recibir noticias pronto, no había vuelto a tener noticias de ella. Al principio, había pensado en mandarle una lechuza, pero ella había quedado en avisar cuando tuviera noticias, señal de que no las tenía. Así que ahí estaba yo, luchando contra viento y marea, como si fuera el héroe de cualquier película de superhéroes que se encuentra desafiando innumerables obstáculos y esquivando enemigos para lograr su objetivo y salvar el mundo. Solo que yo no quería salvar el mundo, eso me la sudaba enormemente. Mi familia, por otro lado,… Y volviendo al tema de la muerte, precisamente si mi vida se interponía entre mi padre y mi hermano y la garantía de su bienestar, pues que así fuera. Si mi madre se entera, me infla a palos, pero dos versus uno, son matemáticas básicas.

Y aun así, tenía que reconocer que si algo me frenaba mi impulsividad era precisamente mi madre. El qué diría si se entera de que hice tal o cual cosa, o cómo reaccionaría si se entera de que me he expuesto tontamente para conseguir esto u esto otro. No podía evitar recordar a mi madre, envuelta en su vieja bata verde de estar en casa, con sus zapatillas rosas que no hacían nada de juego pero que, de algún modo, se habían convertido en su conjunto favorito de estar por casa. Y tampoco podía quitarme de la cabeza los sollozos mal disimulados de mi madre cada vez que nos llamábamos por teléfono, esos y los que directamente no se esforzaba en disimular. Por ella, trataba de controlarme y de ser un poco más cauto, ser más analítico y racional, dentro de las posibilidades. Para que luego digas que no te quiero, Mama.

Pero Gwendoline no era mi madre, así que no podía culparla por su estupefacción cuando le dije que no temía a la muerte. No tenía por qué entenderme, y tampoco iba a explicárselo. Aunque supongo que, en cierto, no temerle a la muerte te hace más libre, porque lo asumes y sigues con tu vida, mientras que si le temes, tu conducta se ve condicionada por algo desconocido que no quieres que llegue, pero que inevitablemente lo hará en algún momento. Lo que sí le conté, a grandes rasgos, es un poco la historia de mi familia, de donde venía mi padre y lo que había dejado atrás por formar una familia con mi madre y criarnos a Bruno y a mí, y ella a cambio también me contó, muy a grandes rasgos, que ella también tenía sangre mestiza, pues parte de su familia también era muggle.

Después, nuestra conversación se desvió por temas bastante más interesantes, porque al fin me desveló que el mítico refugio existía, que era real y no ninguna leyenda, e incluso me extendió un trozo de papel con todos los accesos. La verdad es que los cambios de aires siempre vienen bien, pero más aún cuando vives solo en una nave abandonada donde el mínimo ruido ya te hace desperezarte y ponerte en posición de alerta, creyendo que en vez de el viento o un cuervo revoloteando, se trata de mortífagos que al fin te han encontrado y te van a dar caza. Estar en un refugio seguro implicaba poder dedicar todo ese tiempo que ahora pasaba saltando alerta al mínimo ruido a poder dormir unas horas y a dedicar más tiempo también en mi desesperada búsqueda de Bruno y papá, para la que muchas veces necesitaba una cabeza despejada y descansada que habitualmente no tenía.

Me interesé por el sistema de funcionamiento del tal refugio, pues no veía viable pagar un alquiler si me están vigilando; un alquiler, con un descuento de similar importe todos los meses, era algo muy fácilmente rastreable. Sin embargo, Gwendoline dijo que había otros modos de contribuir. Eso me gustó; no estaba bien vivir por la cara, pero la opción del alquiler y del pago con dinero real tampoco era muy prudente en nuestra situación. Además, como le dije a Gwen, las pociones se me daban bien. La verdad es que de siempre se me habían dado bien, aunque no me imaginaba rompiéndome la cabeza en la carrera (literal) para luego terminar siendo pocionista autonómo. Qué vueltas da la vida. Sin embargo, si podía contribuir con mis pociones y ayudar a personas que estuvieran en mi situación, que así fuera. Igualmente, seguiría haciendo pociones, para ellos y para otras personas, así que podía considerarlos como otro cliente más que se beneficiaba de mis pociones al tiempo que yo me beneficiaba de su cobijo. No me pareció prudente mencionar que también era un Oclumante porque al fin y cabo no nos conocíamos de hacía tanto, y eran habilidades difíciles de aprender y que en personas equivocadas podían resultar muy putas; no era algo que se pudiera ir enseñando como en el colegio, a una clase de treinta personas.

Sin embargo, ella también se mostró satisfecha con lo de las pociones, lo que me provocó una sonrisa… hasta que mencionó que incluso podía dar clases a los niños del refugio. Sacudí la cabeza con energía.

- Espera, espera, espera. Para el carro. – le interrumpí. Lo cierto es que estaba acostumbrado a ver carteles de niños en El Profeta, y por las calles, pero nunca me había parado a pensar qué pasaba con su educación mágica, por claramente no podía ir a Hogwarts. – Más despacio. – La verdad es que no me veía como profesor, para qué mentir. – Seguro que hay más pocionistas más capacitados que yo para darles clase. – Ella mencionó que la propia Orden del Fénix también podría hacerme encargos, como Pociones Multijugos. Abrí los ojos de par en par. – A eso no te digo que no. Por mí encantado. – Cuanto más complicada y enrevesada era la poción, suponía un mayor desafío y una preparación más cuidadosa, pero también me resultaba más gratificante cuando veías que tus esfuerzos habían dado buenos resultados. Y bueno, claro, también se pagan mucho mejor, para qué negarlo. El importe de una poción multijugos bien podría ascender a cuatro cifras, sin decimales. Aunque esas cuatro cifras probablemente no las viera en el refugio, pero mientras tenga comida y casa a mí ya me da igual, y además la tal Orden me puede ayudar a encontrar a mi familia, así que como para ser muy remilgado.

Mientras apuraba mi bebida de un trago, Gwendoline siguió diciendo que ella podría ayudar con los ingredientes para no tener que ir a buscarlos yo y exponerme tanto. Me retiré la copa y la apoyé en la barra, ya vacía, para soltar una risotada. No era consciente de lo acertada que había estado con eso.

- ¿Sabes lo gracioso? El otro día, cuando nos conocimos – dije sin dar más detalles, por si había oídos indiscretos (nunca se estaba demasiado seguro en esos tiempos) -, iba en busca de curry rojo para la poción de un cliente. – Así que obviamente aceptaba, claro, porque si riesgos así me hacían poner sobrecostes a todas mis pociones pues al final me iba a quedar sin clientes. – Pero espero que eso no signifique que tenga que estar 24/7 encerrado en ese refugio. – No dije más, porque ambos sabíamos que yo no iba a aguantar estar encerrado todo el tiempo; ella ya sabía bastante sobre mí como para entenderme, imagino.

Reparando en lo tarde que era, y extrañado de que mi madre no me hubiera llamado aún, me incorporé de mi asiento y dejé sobre la barra el dinero de nuestras bebidas y de las patatas.

- Un placer, Gwendoline – dije con sinceridad, esbozando una breve sonrisa. Señalando con la cabeza al dinero de la barra, le dije: - Es lo menos que puedo hacer, me has ayudado mucho. – Ambos lo entendíamos, no era necesario dar más explicaciones. Me giré hacia la salida y me despedí con la palma de la mano. – Ya nos veremos.

Salí a la fría calle, donde fui recibido por una bofetada de aire frío. No podía dejar de pensar en todo lo que me había dicho Gwendoline y lo que eso suponía para mi búsqueda, mientras que al mismo tiempo repasaba todos y cada uno de los accesos al refugio. Así seguí cuando llegué por última vez hasta el que aquel día había sido mi “casa” y me puse a recoger todas mis cosas y a meterlas en cajas a las que luego lanzaba encantamientos para convertirlas en un tamaño más pequeño y que me entrara todo en mi mochila. La verdad es que me daba hasta pena dejar aquel lugar; en sus buenos tiempos, habría sido una fábrica o un almacén, amplio, espacioso, bien distribuido y luminoso. Ahora, era un estercolero que yo había hecho medianamente habitable y que desde esa noche quedaría abandonado a su suerte. Y aun así, no dudaba. Tenía muy presente a mi padre y a mi hermano, pero también a mi madre. Por ellos, iría al fin del mundo y volvería, una y otra vez.

Con la mochila llena de todas mis cosas, tratando de ignorar el peso en mi espalda, eché un último vistazo a la nave y, antes de desaparecerme, di un par de palmaditas en una de las paredes, como un silencioso gesto de agradecimiento al que, a fin de cuentas, había sido el “refugio” que más me había durado, en el que había estado más seguro porque no había llegado nunca a encontrar.

Me aparecí en un oscuro callejón junto a una pequeña boutique de ropa femenina antigua que a esas horas ya llevaba tiempo cerrada. Andando con pasos apresurados y con la cabeza agachada, pero alerta, me dirigí hacia el restaurante Wetherspoon, que para mi alivio, no estaba demasiado lleno de gente, pero tampoco vacío; con suerte, cada comensal estaría a lo suyo y no repararía en mi presencia. Sin decir nada, accedí al interior y fui hasta el fondo del restaurante, como si supiera adonde iba cuando en realidad no tenía ni puñetera idea de lo que estaba haciendo; por suerte, vi que la puerta de los baños estaba al fondo del restaurante a la izquierda, así que pude girar a tiempo en esa dirección y escabullirme detrás de la puerta de los aseos masculinos, que en ese momento estaban vacíos.

Me metí en uno de ellos y cerré la puerta detrás de mí. Después, me quedé observando el inodoro durante varios minutos, sin poder quitar la vista del color amarillento que la suciedad le había dado a la porcelana, en origen blanca.

- Estoy como una puta cabra. – murmuré.

Tomé aire y conteniendo la respiración, metí un pie dentro del inodoro, notando como se me metía el agua en el zapato hasta calarme el pie (y así es como contraje SIDA). A continuación, sin espirar, metí el otro pie en el inodoro y bajé la vista, viendo como estaba de mierda hasta los tobillos, literalmente, que era hasta donde me llegaba el agua.

Cuando fui capaz de levantar la vista, alcé un brazo hacia la cadena y tiré… pero no pasó nada. Tiré otra vez. Nada.

- ¡Oh, no me jodas!– solté malhumorado mientras seguía tirando de la cadena.

Entonces, noté como los pies se me quedaban atrapados en el baño y como mi cuerpo se iba arrastrando para abajo, como si se tratara de una película de terror. Cerré los ojos, preparándome para notar como esa agua infernal se me metería por la nariz hasta llegar al cerebro y me mataría, pero nunca llegué a notarla. Cuando los abrí, me encontraba en un lugar completamente distinto y, para mi sorpresa, mis pies estaban secos.

Echando un vistazo alrededor, vi que me encontraba en una estancia amplia y luminosa, con aspecto de plaza, pero a medio camino también con un parque, a juzgar por la vegetación que lo rodeaba. Alrededor, vi que había distintos locales, desde tiendas a restaurantes, y también había bancos donde había algunas personas sentadas, como si estuviéramos en cualquier centro comercial. Por un momento, así lo parecía, hasta que vi llegar a más gente que antes no estaba allí, igual que yo. Sin embargo, ellos se movían y yo fui el único que se quedó allí observándolo todo como un pasmarote.

Colgándome mejor la mochila sobre los dos hombros, eché a andar sin saber muy bien hacia donde, sin dejar de mirarlo todo pero dejándome llevar por la masa. Enseguida, llegamos a un ascensor que había en el centro de aquella plaza; la gente a mi alrededor entró en él, y cuando yo me disponía a ello, una voz me llamó a mis espaldas.

- ¡Andreas Weber!

Me giré en su dirección, tentando a coger la varita y a apuntarla, mientras la gente que me rodeaba se abría paso hacia el ascensor, dándome algún que otro empujón. Me eché hacia un lado mientras buscaba con la mirada a quien me había llamado, deslizando lentamente la mano derecha hacia…

- Aquí no te hará falta – dijo la misma voz. Me quedé quieto en el sitio y miré alrededor, hasta encontrar a una chica con pelo de color azul que me miraba fijamente y se abría paso hacia mi dirección. - Hola, Andreas – dijo la chica del pelo azul con una sonrisa. – Soy Verity Dennings. Deja tu varita y sígueme, por favor, tengo mucho que enseñarte…

Obedeciendo a Verity, aunque sin fiarme del todo, decidí dejar caer el brazo derecho y seguirla entre la muchedumbre, mientras ella comenzaba a explicarme donde estábamos y a hablarme sobre el refugio y sus habitantes.
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