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Havana, ooh na-na. —Kyle.

Sam J. Lehmann el Mar Abr 03, 2018 4:12 am


6 de abril del 2018, 20:32 horas — Londres, barrio de Fitzrovia — Cafetería-Librería 'El juglar Irlandés'Ropa

Su segundo día en 'El Juglar Irlandés' y... no se quejaba lo más mínimo. Su jefe era un adorable anciano capaz de sacarte una sonrisa con sus ocurrencias, su jefa era pura dulzura y paciencia y... sus compañeros eran dos tipos que, en tan poco tiempo, ya habían hecho que Samantha se sintiese como en casa. Y como para no, cuando estaba claro que era imposible no sentirse a gusto en compañía de esas cuatro personas que, gracias a Merlín, la conseguían mantener alejada del mundo en el que, sinceramente, ya cada vez se sentía menos parte de él.

¿Sabéis lo único malo de ese lugar? Que, como toda cafetería, tiene en bajo volumen la radio. Y claro... la radio es famosa por repetir hasta la saciedad siempre las mismas canciones, ¿y sabéis cual se le había metido hasta lo más profundo de su cabeza por haberla escuchado una y otra vez? Sí, esa misma. Ya veías a Sam recogiendo las mesas mientras tarareaba la dichosa canción y se inventaba la letra, porque esa era otra: te aprendías el ritmo, se te metía la melodía hasta lo más profundo de tu alma pero... balbuceas como una imbécil en un intento de sonar como la cantante. Pero no.

Havana ooh na-na... a su ma hart is in Havana, ooh na-na. He took tararara, na-na-na... —Tarareaba mientras recogía una mesa cerca de la ventana. Pronunciar una mierda, pero al menos tenía una voz bonita.

Cuando volvió con la bandeja a la barra, el adorable de Alfred, su jefe, no tardó en llamarla. Cabe añadir que, para todo el mundo muggle, ahora Sam era Amelia Williams, una risueña alemana que ha venido a Inglaterra a buscar suerte en el mundo laboral y ahorrar para hacer el viaje de su vida. Sí, no se había currado mucho su coartada, ¿vale? Nadie iba a interesarse mucho por su vida, o eso esperaba. Bendito sea el contacto que tan eficazmente le consiguió los documentos de falsa identidad.

Mia, ven un momentín. —Y ella, obediente, se acercó a él con una sonrisa. Le parecía enternecedor que le hubiera llamado ya hasta por su supuesto diminutivo. —Te he hecho el contrato. Bueno en realidad te lo ha hecho Erika, pero se ha tenido que ir hoy pronto, que ha quedado con su novio. ¿Te he hablado ya de él? No me dejes hablarte de él, que seguro que te doy una mala imagen del tipo. No me cae muy bien, que digamos, pero si a Erika le gusta... —Se encogió de hombros, resignado. —Si a ella le gusta, yo finjo que me gusta, ¿sabes, querida? —Y sonrió, amablemente. —Mira, mira. Léelo con tranquilidad y me dices si te parece todo bien, ¿vale?

Seguro que sí, Alfred —respondió Samantha, sujetando el contrato.

No no, tú léetelo tranquilamente y mañana me dices si te parece todo bien. No firmes si hay algo que no te gusta. Lo que me faltaba, tener a una persona trabajando en mi tienda que esté descontenta. ¡Así no merece la pena! Me gustan los entusiastas, no los conformistas. ¡No te conformes, Mia! —Dio un golpecito en la mesa, amistosamente, antes de sonreír. —Encárgate de la zona de la biblioteca, ¿quieres? Los chiquillos que vinieron antes dejaron todo eso hecho una porquería con los libros todos desordenados. Y Adrian todavía no se entera mucho del inglés, así que mejor hazlo tú.

Por no hablar de Santiago, el otro empleado que estaba en la cocina porque en una frase decía más palabras en español que en el propio inglés.

Claro, sin problemas —le dijo, con una sonrisa risueña.

Alfred fue a atender una mesa con su labia y ternura natural, mientras que Sam ojeaba por encima el contrato, sentada en uno de los taburetes de la barra. No era mucho, pero era normal: a ellos les convenía contratar personas de fuera, aprovechándose de que podían pagar menos de lo habitual. Pero Sam no se iba a quejar. Siete libras la hora era más que suficiente para tener un sueldo decente al final de mes y, acostumbrada a no tener nada, le parecía de lo más justo.

Así que para no perder el tiempo leyendo eso—pues lo leería en casa más detenidamente a la noche—, guardó el contrato en su bolso que se encontraba en el interior de la barra y luego se dirigió a la planta superior de la cafetería, lugar en donde todo estaba más tranquilo pero también más tirado, ya que era el lugar en donde todo el mundo tenía la mala manía de dejar todo desordenado. Comenzó a recogerlo todo, leyendo los títulos de los libros y ubicándose con la distribución. Una distribución horrible, la verdad. Mientras lo ordenaba todo, ya se le estaba ocurriendo una mejor manera de organizarlo, aunque ya propondría el cambio más adelante, que tampoco quería quedar de sabelotodo pedante su segundo día.

Siguió trabajando, todavía con la dichosa canción tatareándola en sus labios.

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Kyle Beckett el Miér Abr 04, 2018 8:18 pm

Haber conocido a Gwen fueron una de las pocas bonitas que me pasaron, conocer a Bea igual, pero en cierto modo Gwen era como la madre que necesitaba en este momento, aquella que podía cuidarme y podría confiar en ella, la verdad es que era un gran apoyo en mi vida junto a Bea, eran las dos únicas personas que tenía a mi lado y podía confiar en ellas, era raro tener que avisar a alguien por Whatsapp de que estaba bien, quizá era un sistema un tanto “muggle” pero me hacía sentir querido por las personas que se preocupaban por mí. Era bonito.

Una de las veces que estuve con Gwen, casi de las últimas me dio el teléfono móvil de Sam, cuya cual era “su amiga especial”.

Tardé un par de días hablar a Sam, quizá por la timidez que aquello me provocaba, realmente era malo en las presentaciones, quizá por el que dirán o el que pueden pensar, en cierto modo era alguien bastante tímido e inocente, pero así era yo, no podía evitar no ser de otra forma, aunque a veces pareciese algo arisco no era mi intención serlo, a no ser que esa persona se lo mereciese, no es que fuese alguien malo, todo lo contrario, era demasiado bueno que hasta me tomaba el pelo una simple mosca, pero también tenía esa picardía que hacía que me defendiese.

Conocer a Sam fue divertido, en cierto modo podía sentir un poco la inseguridad de la contraria, pero a ser verdad yo también la tendría con alguien que no conoces de nada, por miedo a que pudiese pasarnos algo, pero al menos me eche unas risas con Sam comentando ciertas cosas sin sentido alguno, gracias a ella pude distraerme un poco con el tema de Nick y no pensar en la muerte o peor aún en Azkaban, en cierto modo siempre me saltaba las normas de no salir del refugio, a veces necesitaba salir a pensar, salir a despejarme un poco, era estúpido, pero lo necesitaba.

Anime a Sam con su nuevo trabajo en una cafetería librería que se encontraba en el barrio de  Fitzrovia, estaba cerca de Hyde Park, uno de los parques más importantes de todo Londres y muy conocido por el tener que subirse a una silla para hablar mal de la reina de Inglaterra, algo curiosos la verdad, nunca había entendido muy bien el porqué de todo aquel panorama, si en cierto modo es una estupidez y da poca discreción ver a alguien encima de una silla. Es algo peor que ser un metamorfomago.

Le prometí tanto a Gwen como a Bea que no saldría sin “su permiso” aunque a veces los jóvenes hacemos cosas que no están bien y van un poco contra las normas, tampoco es que fuese muy tarde, debían de ser las ocho y poco de la noche, así que tenía algo de hambre pero también quería beber un poco de chocolate caliente, un buen chocolate hecho a mano.

Dicho y hecho. Pensé. Me puse de pie de un salto y salí de aquel cuarto corriendo, llevaba mi Iphone 7 nuevo con la Oyster, la había recargado hacía poco así que por los viajes no iba a temer, aunque sí tendría que hacerlo si me cerraba el metro, aunque para ello aún tenía tiempo suficiente.
Tome el metro sin pensarlo dos veces y me baje en la parada correspondiente de esta misma, “Goodge Street”. La cual dejaba básicamente en el centro de aquel barrio.

Al bajar me puse el gorro de color negro y las gafa pasta de color negras para disimular un poco mi aspecto hacia Sam, de seguro que Gwen le habría enseñado alguna foto mía para que no se asustase si algún niño le abriese desprevenido.

En cierto modo llevaba puestas unas bambas medio altas de color rojo oscuro, unos tejanos negros rotos, una camiseta de color gris y una chaqueta de sudadera granate, más las gafas y el gorro.

No tarde mucho en encontrar la tienda de Sam, así que entre mirando el horario cuya cual quedaba una media hora más o menos al cierre, entre con disimulo pidiendo un batido de chocolate y una pasta, quizá una berlina, amaba esas pastas con toda mi alma.

Poco después de aquello me senté en una de las mesas tomando un libro empezando a leerlo mientras esperaba. Como no, parecía que el destino hubiera llamado a mi puerta, leí ni más ni menos que Alicia, en el país de las maravillas.

Sin embargo frente a eso iba mirando de vez en cuando a Sam como recogía un poco la zona e iba dando un leve paseo por el lugar, realmente ella era muy hermosa.


Última edición por Kyle Beckett el Sáb Abr 07, 2018 2:09 am, editado 2 veces
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Sam J. Lehmann el Jue Abr 05, 2018 4:18 am

Mientras tatareaba la canción, apareció Adrian para ayudarle a ordenar todo el estropicio que había allí encima. Era viernes y hace poco que la gran cantidad de personas que invadían la cafetería se habían ido, quedándose solo los más rezagados.

¿Cómo se dice 'niño' en alemán? —preguntó de manera muy aleatoria mientras reunía en una bandeja todo lo que había en la mesa contigua.

Kind —le contestó.

¿Y 'misterioso'?

Geheimnisvoll —respondió. El rostro de Adrian se tornó entre sorprendido y divertido.

¿Y los alemanes como sois capaces de hablar y no quedaros sin respiración en el intento? O de quitarle un ojo a alguien con los perdigones de saliva que deben de saliros cada vez que decís una frase —Rió, mostrando una templada sonrisa. El camarero no era mucho de sonreír, la verdad, por lo que esa sonrisa le hizo sonreír a ella también. —Bueno, pues hay un kind gehajkdfahsfd —Se inventó la palabra, escupiendo en el proceso—, en una mesa ahí debajo. ¿Qué clase de madre deja a un niño, un viernes a esta hora, por Londres comiéndose un donut? ¿Y luego no cena en casa? —Dijo, cual abuela protectora. —Cada vez salen más jóvenes. —Cogió con maestría la bandeja con todo encima y fue escaleras abajo para llevarlo a la cocina.

Al contrario que Sam, Adrian sí tenía experiencia como camarero, no como Sam, que todavía se peleaba bastante con la bandeja para hacer equilibrios y que nada se le cayese al suelo. Todavía no había roto nada, pero ya te adelanto yo que mañana iba a romper dos tazas y un platito.

Sam, curiosa por ver al niño misterioso del que hablaba Adrian, se asomó por la barandilla. Al principio no lo reconoció pero... se quedó durante unos segundos admirándolo. Creía que se encontraría con un niño moderno, de estos que visten como canis, se ponen ropa muy extravagante y van por ahí cazando pokemones, pero no. Se encontró con un niño adorable. Por un momento sopesó la idea, así, rápidamente, de que fuera Kyle, ya que se le pareció al niño que había conocido por fotos, pero rápidamente descartó la idea porque... ¿qué narices hacía Kyle allí? Así que volvió a darse la vuelta para continuar con lo suyo, pero como seguía pensando en que se parecía mucho al niño de las fotos que Gwen le había enseñado... volvió a mirar. Y sí, tenía que ser él. Y claro, ahora la pregunta fue real: ¿qué narices hacía Kyle allí?

Habían estado hablando todo este tiempo desde que Gwen les compartió los teléfonos móviles, pero nunca habían hablado de verse, mucho menos de quedar en el lugar de trabajo de Sam. Que a ver, si somos lógicos, no es muy bueno para la tienda que dos fugitivos decidan encontrarse ahí: lo menos que quería era atraer problemas a todos los de aquí dentro. No se perdonaría si, por su culpa, algo le pasa a esta gente tan adorable. Y bueno, si ya ella era un problema y se arriesgaba a intentar ocultarse lo máximo posible, añadir un segundo fugitivo a la ecuación era preocupante, sobre todo un niño que... Seamos sinceros: es un niño. Tenía un ochenta por ciento de posibilidades de cagarla por encima de un adulto solo por su falta de experiencia en este mundo.

Pero bueno, dejó de preocuparse porque todo estaba tranquilo y... bueno, preocuparse era una mierda y no quería estresarse en ese momento.

Diez minutos más tarde

Salió de detrás de la barra con el abrigo y el bolso puesto, dispuesta a irse en dirección a la puerta como si no se hubiera percatado de la existencia de Kyle, cuando ya estaba segura de que era él y, además, le había pagado lo que había pedido para que el niño no tuviese que pagar nada. Asumía que si era fugitivo, como ella, estaría tan pelada de dinero como ella, a menos que viviese en simbiosis con alguna otra persona que le abasteciese económicamente, como hacía Caroline con Sam. ¡Pero por poco tiempo! Ya estaba deseosa de cobrar su primera paga.

Sin embargo, no fue directamente a la puerta, sino que echó por detrás de él de manera despistada y se paró justo a su espalda, agachándose a la altura de su oído. —¡Bú! —Susurró, dulce y divertida, para entonces ponerse de cuclillas a su lado. —¿Me estás espiando, Kyle Beckett? Gwen me ha enseñado unas cuantas fotos tuyas, no me ibas a pasar desapercibido —le dijo, divertida. —Te ha roto el factor sorpresa.
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Kyle Beckett el Sáb Abr 07, 2018 2:13 am

Gracias al intercambio de móviles mediante la ayuda de Gwen, pude conocer a Sam, la mejor amiga de Gwen, la verdad es que recuerdo que ella me dijo que podía confiar en esta, ya que era de confianza y en cierto modo sabía que si me metía en líos y ella no pudiese acudir por motivos del trabajo y del ministerio, siempre podía buscar ayuda en Sam, en parte lo agradecía, al menos gracias a eso podría confiar en otra persona a parte de Gwen.

Hable durante unos días con Sam, quería al menos conocer un poco de ella, al menos no quería abrirle así de sopetón un día diciéndole “Oye, necesito ayuda” o algo parecido como “Me acaban de atacar tres dragones ¿Qué hago?” Claro, lo último era broma, pero tenía su gracia, al menos para mí me era gracioso, sin embargo tampoco quería ser muy descarado a la hora de presentarme en su trabajo, debía de buscar alguna buena excusa por si me pillaban.

Tras una pequeña charla con Sam posteriormente a saber bien como encontrar su trabajo y por las especificaciones de este mismo, intente hacer una pequeña anotación de las cafeterías que había del estilo del trabajo de Sam y poco a poco fui reduciendo hasta que me centré en una zona.

Tras tomar el tren hasta el barrio indicado me mire al mismo cristal del tren que no paraba de moverse por el temblor de la velocidad de este mismo cuyo cual hizo que dejase ir un leve suspiro “No te metas en líos tu solo, ya suficiente tienes con lo que te puede caer si te descubren” Pensé hacia el interior de mi persona mientras que me quedaba apoyado en la barandilla del metro mirándome.

Por suerte no tuve problema alguno al llegar al loca de Sam, al menos esta vez nadie me había seguido, no por ello no quisiera decir que podría hacerlo alguien cuando saliese de ese lugar, en cierto modo estaba algo preocupado por ir de noche solo hacia el refugio, pero estaba más que acostumbrado a ir solo por la calle, bueno, hace un año quizá no tenía miedo de eso.

Tras las nuevas leyes en el mundo mágico y en el gobierno, digamos que ahora mismo un asesino en serie en el mundo “muggle” y un fugitivo por ser hijo de muggle, sangre sucia o demás, tienen el mismo valor penal. Realmente era triste, a veces no entendía las leyes, se hacían para hacer un mundo mejor, para poder ir tranquilos y seguros por la calle, pero como aquel que dice, quizá solo los dignos pueden vivir tranquilos.

Una vez en el interior de la cafetería hice un pequeño pedido para poder descansar, al menos si veía Sam en el lugar me quedaría tranquilo, al menos si no tenía el valor de hablar con ella ese día, lo intentaría otro día, pero quería al menos asegurarme si estaba ella trabajando ahí, por lo que mientras esperaba mi batido y la berlina, tome el libro de Alicia, uno de mis favoritos, y aunque lo hubiese leído un millón de veces, lo leería un millón más.

Agradecí al chico que me trajo lo que había pedido, la educación siempre por delante, así me había enseñado mi madre desde pequeño. Ella siempre decía que cuando alguien le caía mal en el trabajo no lo ignoraba, más bien por respeto y profesionalidad, ella era una gran mujer emprendedora, aunque a día de hoy de seguro que sigue siéndolo, es fuerte y valiente con una autoestima muy alta, nada puede tumbarla, excepto mi desaparición.

Eso era un tema a parte, no quería pensar en ello, ya que en cierto modo avisarla le calmó, tanto a ella como a mi padre y mis hermanos, supongo que debió de avisarles, o eso esperaba que lo hiciese.

Inmerso en mis pensamientos escuche la voz de una chica, pise los pies en la tierra como aquel que dice y observé a Sam de cuclillas a mi lado — Wow! — Comenté dando un leve salto algo asustado por el acto de la contraria, realmente había sido pillado por ella, no había vuelta atrás, si quería pasar desapercibido como una sombra ahora ya era imposible — Bueno…no quiero usar el término de espiar, solo quería saber si…trabajabas aquí…la verdad es que tenía curiosidad de verte en persona — Dije riendo al escuchar el comentario de las foto — Sí, Gwen me enseñó alguna foto tuya para que te pusiera rostro — Comenté con un tono dulce.

Por suerte controlaba el miedo, los sustos y los nervios ya que tenía un gran problema con mi cabeza, no estaba loco, solo que si no controlaba mis emociones, podría acabar con el pelo vete saber tú de qué color — Siento haber venido sin avisar, de verdad, no era mi intención hacer…esto, creo — Dije riendo.
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Sam J. Lehmann el Lun Abr 09, 2018 4:13 am

Lo asustó, a lo que Sam sonrió entre traviesa y divertida por ver su cara y su reacción. Ella siempre había sido cero traviesa, por lo que hacer ese tipo de cosas y que salieran de manera exitosa solía ser motivo de que sonriese inconscientemente tras asumir que ha subido un poquito su habilidad en hacer bromas.

¡Tenía curiosidad de verla en persona! ¡Qué mono! Sam alzó las cejas, sorprendida. La verdad es que el hecho de que otro fugitivo fuese a su lugar de trabajo, en el lenguaje en el que estaba acostumbrada a hablar, solía significar que algo malo estaba pasando. Pero en el caso de Kyle... no. Claro que hacía tiempo que Sam había dejado atrás la mentalidad de ser una niña y, desgraciadamente, la situación que le ha tocado vivir estos últimos años le ha hecho eliminar de su mente cualquier ilusión como la de simple y llanamente, ir a conocer a una persona solo porque te apetece verla en persona. Sinceramente, el nivel de desconfianza de Sam ahora mismo estaba por las nubes, por lo que se limitaba a disfrutar con las personas que sabía que no le iban a traicionar jamás.

Se puso de pie delante de él. —Yo también tenía curiosidad por verte en persona, pero quizás no haya sido el mejor lugar para un encuentro —le hizo un movimiento con la cabeza para salir de allí, invitándole a ir con ella al exterior. —¿Crees? —preguntó, risueña. No se iba a enfadar con él por haber tenido un impulso que decidió tomar, en su situación o te dejabas guiar por los impulsos o terminabas pensándote las cosas treinta mil veces para luego decidir que lo mejor era no hacer nada, sólo por si acaso. Sólo por precaución.

Se acercó a la puerta del local, poniendo la mano sobre el largo pomo y tirando sobre ella para abrir, dejando que Kyle saliese primero. —Vamos, invita la casa —le dijo, guiñándole el ojo en relación con lo que había pedido. ¿Lo mejor de trabajar en una cafetería? Que sobraba mucha comida y hacer que 'corriese por tu cuenta' la comida de un conocido apenas importaba demasiado.

¿A dónde ir? Buena pregunta... ¿a dónde van dos fugitivos que se acaban de conocer y no comparten ningún lugar seguro en común? Parece el principio de un chiste malo, pero no, era la cruda realidad. Miró entonces al pequeño desde arriba, que teniendo en cuenta que Sam era super alta y él se notaba que estaba en proceso de desarrollo, era un buen trozo. —Te pediría, por favor, que no vuelvas por aquí. Al menos no sin avisarme antes. Ya bastante mal me siento yo aceptando un trabajo de unas personas que son maravillosas, por las posibilidades que hay de ponerlos en peligro en mi situación, como para encima duplicarlas con dos fugitivos aquí dentro —le pidió, mostrando una sonrisa. En realidad hablaba muy en serio, pero como bien había dicho, no iba a enfadarse. Eso sí, tampoco iba a quedarse callada, teniendo en cuenta su miedo principal con respecto a su trabajo. Ya ella estaba curada de espanto con eso de que de repente apareciese un ser maligno que quisiera atraparla y tener que rezar a la divinidad encargada de su seguridad de que le lanzase un poquito de suerte o a algún ángel guardián, ¿pero meter a unos muggles, adorables y buenos, en medio de su desgracia? No, por favor. Lo que le faltaba, muertes de inocentes a cargo de su consciencia. —Que sé que es altamente probable que no pase nada, ¿sabes? Pero no me fío de mi mala suerte —le confesó, dándole otro motivo con el que apoyar su petición. Esperaba que no se lo tomase mal. Hacía tanto tiempo que no trataba con niños que sentía que su sentido maternal estaba algo así como en lo más profundo del pozo.

Se paró entonces en medio de la acera, mirando a ambos lados y sacando su bolso un gorrito de lana que se puso en la cabeza. Una vez colocado, miró al peque. —¿Y entonces qué? ¿No tenías ningún plan para cuando nos conociésemos en persona? No suelo hacer quedadas con otros fugitivos normalmente, no sé cómo va el protocolo. —Bromeó, aunque era triste pero... la rubia no tenía relación con otros fugitivos, ¿por qué? Porque cuando Crowley estaba en su vida podría utilizar eso en contra de todos los fugitivos y... Sam se alejó, consciente de que eso solo le facilitaría la cosa al monstruo ese. Y lo que quería Sam era ponérselo lo más difícil posible, todo, aunque eso le costase la vida. —Te invitaría a tomarte un batido, pero creo que te has puesto bien gordi ahí dentro... ¿Sabes jugar al futbolín? —Le preguntó repentinamente. —Yo no, pero siempre me ha hecho ilusión —admitió al final, divertida.
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Kyle Beckett el Lun Abr 16, 2018 1:52 pm

La verdad es que la frase que suelen decir muchos, un dicho en específico era lo que me había ocurrido a mí en ese momento “La curiosidad mató al gato”. En cierto modo muchas veces ese refrán pegaba con mi persona, en muchas ocasiones la curiosidad me podía más que mi propia seguridad, y eso eran un gran problema para mí en los tiempos que corrían. No podía hacerme notar siempre que quisiera por la calle, era odioso y muy aburrido, nunca entendería a la sociedad de hoy en día, era extraña y perversa, casi en todos los rincones de Londres podría respirarse un ambiente cargado, no era puro, era raro, pero cuando estas en el punto de mira de cualquier cazador, hasta en el lugar menos esperado puedes ser cazado.

¿Contradecirme en lo que decía? Puede que a veces lo hiciera, sabía que por mi bien no podía estar cerca de otros fugitivos, y mucho menos en medio de la calle, pero estar solo en una habitación era muy aburrido, tanto que hasta me daban ganas a veces de tirarme de los pelos por no saber qué hacer, era tan el cansancio mental que aquello conllevaba que a veces tenía que hacer pequeñas locuras, pero no quería involucrar a nadie para que sufriera, o estuviese en peligro.

Ir a ver a Sam en el trabajo fue una de las pocas locuras que he hecho, al fin y al cabo sentía la necesidad de poder conocer en persona a la chica que había tras la pantalla del teléfono, quería saber cómo era, poder hablar cara a cara con aquella chica, la verdad es que Gwen me habló bien de Sam, así que quería poder ver cómo era, tan solo era lo único que quería, tampoco quería meter a Sam en problemas ni a la gente que estaba a su alrededor, a nadie.

Me encogí de hombros de forma tierna desviando la mirada hacia un lado frente a sus palabras aunque no hubiesen sonado de mala manera, sabía que lo que había hecho no era muy coherente — Lo siento, de verdad — Comenté con una leve risa nerviosa en mi rostro, en muchas ocasiones me ponía tan nervioso que me daba por sudar o sonreír de manera nerviosa intentando no pensar en la cagada que había podido meter en ese entonces, como siempre, solía meter a veces la pata intentando hacer algo bueno.

Frente a su invitación asentí con la cabeza mientras me levantaba de la silla y tomaba mis cosas las cuales había dejado encima de la mesa, pronto de guardar mis pertenencias me dirigí hacia la puerta de salida la cual Sam estaba sujetando para poder salir, así que di un par de pasos hasta poder encontrarme en el exterior de aquella cafetería irlandesa — Gracias — Comenté ante el gesto de sujetar la puerta para que pudiese pasar.

Observé a Sam desde abajo ya que ella era bastante más alta que yo, en verdad me la imaginaba un poco más bajita de lo que estaba viendo ante mis ojos, pero tampoco iba a asustarme por ello, al fin de cuentas, ella era una mujer adulta y yo aún seguía en mi fase de crecimiento, aunque quizá con un poco de abono y una regadera podría dar un gran estirón y ser alto ¿no? ¿Ah? Creo que las cosas no iban así, quizá unos pocos petitsuise podrían ayudarme a dar un estiro, pero tampoco es que me ayudasen mucho, tanto petitsuise comido para seguir siendo un pequeño tapón.

Ante la charla de precaución de Sam asentí con la cabeza entendiendo el riesgo que suponía tener a dos fugitivos en el mismo local, quizá un cazarecompensas podría pasarse por ahí y tener un lío muy gordo, realmente había sido muy inconsciente haciendo aquello, por lo que agache un poco la cabeza entrecerrando los ojos de forma leve mordiéndome el labio inferior un tanto nervioso — Lo siento! —Exclamé nuevamente — No quería ser tan imprudente al quererte ver…tenía pensado darte una pequeña sorpresa y no sabía…si iba a encontrarte o no, de verdad que solo quería verte simplemente…y…no quiero causarte problemas a ti ni mucho menos a la gente que se encuentra en el interior, de verdad, la próxima vez te avisaré de ante mano, lo juro — Dije sincero haciendo una pequeña reverencia a modo de disculpa, quizá la típica reverencia japonesa — Yo espero que tampoco ocurra nada malo —

¿Un lugar para poder ir a tomar algo o pasar el rato? La verdad no tenía nada pensado en hacer con ella, pero algo se me iba a ocurrir, siempre era el niño de los planes para todos los momentos, tenía cosas que hacer en la mente, siempre había algo que podría llegar a ocupar mi tiempo libre, todo y cuando no fuese fugitivo, pero ahora Londres estaba tranquilo, al menos podría irse a varios sitios a entretenerse — Pues, el futbolín es buena idea — Exclamé riendo de forma dulce a la par que las mejillas se me ponían un tanto rojas por el comentario de Sam frente a la comida que había tenido en el interior.

Llevé a Sam hacia la parada de metro más cercana y fuimos hacia Oxford Circus, la ciudad vida de Londres, o más bien el punto, una vez ahí fui hacia la zona de “recreativos” donde había un futbolín al cual invité yo — Nunca se me ha dado bien todo lo relacionado con futbol, y con ello conlleva….— Susurré — El Quiditch, no estaba hecho para eso — Comenté riendo.

Deje caer la bola en el centro y empecé a mover la pelota con los muñecos pasando de un lado a otro la bola intentando marcar en la portería de Sam —Gol! — Grité al marcar la pelota dentro de la portería sin darme cuenta de algo en ese momento, aquella portería era la mía, me había marcado gol en propia — Bueno — Tosí — Sigamos —
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Sam J. Lehmann el Vie Abr 20, 2018 9:02 pm

Que tampoco era para tomarse las cosas muy a pecho, pero quería dejarle claro al pequeño que no se encontraba del todo cómoda recibiendo visita de fugitivos en el que ahora se suponía que era su trabajo seguro. Su pequeño lugar privado en el que intentar tener una vida normal. Además, hasta le supo un poco mal decírselo teniendo en cuenta lo mono que era y que había venido con el pretexto de conocerla y darle una sorpresa. —Bueno, en eso tengo que darte la enhorabuena: una sorpresa me has dado. Tenías que verme mirando el WhatsApp por si me habías dicho algo, cuando te vi aquí sentado tan tranquilo —confesó, sonriente. —La próxima vez que quieras quedar, mejor lo organizamos entre los dos.

Que lo entendía. O eso creía. Él era un niño de... ¿trece años, catorce?—era fatal para adivinar edades de personas más pequeñas que ella—y era un fugitivo que, por lo que le había contado su amiga, vivía solo, alejado de su familia. Vale, podía llegar a entender esa fase. E incluso podía llegar a entender el terrible aburrimiento que tendría que estar pasando todos los días en a saber qué sitio en dónde se quedaba. Hasta a ella le parecería buena idea ir a conocer a otra fugitiva, con tal de hacer amigos, si tuviera la energía de un niño y la valentía del inconsciente. Porque el niño podría decirle misa, pero Sam estaba segurísima de que por mucho que dijera, no tenía esa mente crítica ante las peligrosidades a las que se enfrentaba en su condición. Y no había problema, ¿eh? No lo juzgaba; sólo era un hecho. Hasta ella, con casi treinta años y habiendo pasado por lo que ha pasado, mírala: trabajando en un negocio muggle con tal de intentar no hundirse en la miseria de su vida. Eso tampoco era demasiado inteligente. Si de verdad quisieran vivir en paz y libres, sólo tendrían que irse del país, pero eso conllevaría a alejarte de tus seres queridos, empezar de cero, asumir la derrota y dejar de buena manera que un gobierno decida lo que debes hacer con tu vida. Y, por mucho que la gente sea conformista, no había nadie; absolutamente nadie, tan poco orgulloso. Ya lo fugitivos se quedaban, sólo para dejarle claro al gobierno que podían soportarlo e ir más allá que ellos mismos. A nadie le gustaba que le dijeran cómo vivir.  

Frente a su preocupación, Sam decidió alejar esos pensamientos. Tampoco quería que se sintiera mal, ¿sabes?—No pasará nada malo, tranquilo. Bueno, toquemos madera por si acaso... pero quiero pensar que sería muy cruel tener tan mala suerte como para que pase algo malo la primera vez que nos vemos —añadió, desafiando al karma, al destino, a las jodidas casualidades, al supuesto alineamiento de los planetas y hasta a la suerte. Sólo esperaba que ese pequeño desafío inconsciente e inocente no se volviese en su contra.

En serio, no. Que estaba en compañía de un niño. Lo que le faltaba, meterse en líos en compañía de un niño. En realidad, sólo podía pensar en Gwen después de que algo malo pasase entre Kyle y ella. Quién las viera, prohibiéndoles volver a quedar porque juntos son una máquina que atrae a la mala suerte y la desgracia.

Quince minutos después

Ella propuso la idea del futbolín como la idea más aleatoria del universo, ya que no tenía ni pajolera idea de jugar. Bueno, teóricamente sí, pero lo que es la práctica... Eso ya no. ¿Nunca habíais tenido esa sensación de pasar siempre por delante de un recreativo, ver cierto juego, pensar que seguro que eres malísima, pero tener ganas de probarlo pese a que ya asumes que serás la peste? Bueno, eso le había pasado toda la vida a Sam. Nadie quería jugar al futbolín con ella.

Así que una vez frente a ese juego, Sam dejó su bolso a un lado y sujetó los palitos de los muñequitos. ¿Se llamaban palitos, no? Se hizo a ellos, moviéndolos así un poco y le hizo gracia la imagen de ver a Kyle, bajito, sujetándolos mientras que ella era toda alta al otro lado. —¿En serio, no te gustaba el Quidditch? Qué fuerte. Siempre pensé que yo era una incomprendida por odiar con toda mi alma ese deporte, por no decir que era evidente que se me daba horriblemente mal. Quizás tenía algo que ver. Por saber, no sé ni volar en escoba —le contó como anécdota, aprovechándose para empatizar un poco con él en algo que tenían en común. Recordaba que Sam no fue a ningún partido de quidditch de Henry en Hogwarts. Debía de ser la única alumna de Hogwarts que pasaba del quidditch y se quedaba en la sala común disfrutando del silencio y un buen libro. —Yo ni apoyaba a mi equipo en el colegio. Yo creo que mi boggart vendría en forma de bludger asesina —bromeó con una sonrisa risueña y divertida, sin andarse con muchos rodeos con esos términos mágicos, ya que... entre la música y que estaban solos en ese futbolín, era imposible que nadie pudiera prestar atención.

En realidad su boggart no era ni de lejos una bludger asesina, probablemente viniese protagonizado por los rostros de los Crowley, o lo que le hicieron. Pero siempre había dramatizado su temor por volar y por las bludger. ¿El trauma, vale? —¿Y por qué no te gustó el deporte por excelencia en nuestro mundo? ¿Volar no se te daba o ninguna posición se ajustaba a ti? —Ella no lo entendía, la verdad, pero había conocido a tanta gente con verdadera pasión por el quidditch que... a veces intentaba encontrarle el encanto.

Empezaron a jugar de la manera más torpe y divertida habida y por haber, hasta el punto de que Kyle se metió en propia puerta. Que oye, le entendía. Mover al portero era complicadísimo, que encima era con la mano izquierda, que era como la más inútil. Aunque teniendo en cuenta que se trataba de Sam, ambas manos eran igual de inútiles. —Venga, no me dejes ganar —bromeó, como si de verdad creyese que Kyle no podía ser tan malo, cuando era evidente que ambos eran la peste.

OFF: Voy a tirar dado para las risas.

Del 1 al 5, Sam golpea fuerte la pelota y sale disparada fuera de la mesa de tal manera que le cae en la cabeza a un señor que está sentado en un sillón.
Del 6 al 10, Sam celebra un gol que ha sido totalmente a suerte y, al retroceder, pasa una señorita por detrás con una bandeja con bebidas. La golpea y cae todo al suelo.
Del 11 al 15 lo mismo que el primero, pero en vez de Sam, que sea Kyle.
Del 16 al 20 lo mismo que el segundo, pero en vez de Sam, que sea Kyle.

Si no quieres que Kyle tenga nada que ver con el dado, en todos caso pon que la que la lía es Sam y ya está ^^  
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Maestro de Dados el Vie Abr 20, 2018 9:02 pm

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Kyle Beckett el Dom Abr 22, 2018 11:38 pm

Saber que Sam no se tomó tan mal aquella pequeña sorpresa que le había dado hacía que me relajase un poco, la verdad es que no quería dar una mala impresión de buenas a primeras, sabía que no era muy coherente haber ido a ver a Sam así porque si sin avisar, pero cuando el aburrimiento te mata hacemos las cosas sin pensar y quizá puede ser perjudicial para alguien sin que nos demos cuenta de las cosas, pero en cierto modo, ahora mismo lo que más necesitaba era tener la compañía de alguien, y como no había visto jamás a Sam había recurrido a ella.

Aunque cuando la mayor comentó que la próxima vez podríamos hablarlo por Whatsapp el quedar y poder hacer algo juntos los dos. Como pensaba y entendiendo la posición de la mayor era mejor guardar las distancias ante el trabajo donde ella estaba ya que si nos pillaban podríamos meter en líos a los trabajadores de aquella cafetería y no quería que aquello ocurriese, suficiente tenía con tener que aguantar estar solo, y suficiente daño había hecho en mi familia como para querer hacer más daño a gente inocente.

— Creo que será un poco más lógico quedar ambos previamente en un lugar donde no pueda pillarnos nadie y mucho menos hacer que la gente inocente se meta en líos, y supongo que idear algunos sitios que ver puede ser divertido — Comenté riendo de forma leve — Me gustaría ir a ver algún día el museo nacional de nuevo — Exclamé sonriente, la verdad es que si iba a ver a Sam de nuevo podría intentar quedar con ella en otra ocasión y poder ir a ver cosas entretenidas.

El alivio que sentí ante las palabras de Sam sobre la preocupación que tenía ante los trabajadores del interior de la cafetería fue relajante, al menos no iba a frecuentar ese sitio, supongo que no sería de buen gusto ir cada dos por tres a tomar algo, al menos no si Sam me daba el visto bueno para que pudiese ir — Entonces así será, quedaremos vía whatsapp así evitaremos meter a gente externa en líos si ocurriese algo, y toco madera también de que no ocurra nada malo, ni a ti, ni a mí —Exclamé con una sonrisa leve.

Tras unos quince minutos de buscar un lugar para poder tomar algo y pasar el rato encontramos un sitio perfecto, un bar con ambiente tranquilo un futbolín. Acepte la idea de Sam al jugar al futbolín mismo, no se me daba nada bien el juego, recuerdo cuando jugaba con mi hermano que me daba palizas a montones, tales que no podría llegar a digerir.

Aunque pensaba que mi torpeza en el juego no se notase tan rápido pero no fue así, cuando quise darme cuenta me encontré que marque gol a mí misma portería haciendo que me alegrase de ello hasta darme cuenta — Nunca dije que fuera bueno en esto, más bien soy más torpe que un pato con tacones — Exclamé riendo.

Al hablar sobre el Quidditch, reí de forma nerviosa mientras negaba con la cabeza ante el no saber volar — No es eso, volar se me daba muy bien, más bien me dijeron de entrar al equipo de Quidditch, pero digamos que no me interesa, no me gusta de por si el juego, lo encuentro aburrido como el fútbol, aunque son cosas diferentes, aunque…bueno, un amigo mío me obligaba a ir a verle — Exclamé riendo.

Así era, Nick jugaba a Quidditch, era su deporte favorito y bueno, como no muchos partidos donde él jugaba me los saltaba, aunque de otros iba porque sabía que le hacía ilusión que fuera, y como no, no me negaba a ello.

Tras unos pocos segundos hablando marque un gol en la portería de Sam di un gran salto e hice que una camarera se desestabilizase y tirase todos los vasos al suelo — Perdón! — Comenté asustado mientras esta decía que no pasaba nada, suspire algo avergonzado mientras seguía jugando al futbolín — Juro que hasta para celebrar en estas cosas soy malo — Exclamé avergonzado.
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Sam J. Lehmann el Jue Abr 26, 2018 1:06 am

El museo nacional estaba muy guay, pero Sam no es que fuese muy amante del arte. Sí, ibas al museo pero... ¿y qué? Era de esas personas que veía el arte con ojos aburridos. Era cierto que se pegaba tiempo admirando un cuadro, intentando buscar el significado o el por qué, pero... no, no lo apreciaba. Pero vamos, ya que iba aprovechaba para inventarse un poco la historia de los cuadros y mimar un poco a su creatividad que, sinceramente, la tenía un poco abandonada. —¿Y no prefieres el museo de historia natural? A mí siempre me ha gustado mucho. Desde que vivo aquí es mi favorito. Encima cada cierto tiempo ponen una nueva sección de algo nuevo y es genial ir a informarse. Se aprende un montón. —La Ravenclaw que llevaba dentro acababa de hacer presencia. Pero en serio, le encantaba. —Pero me parece un buen plan. Dudo mucho que hayan puristas o mortífagos, con la gala de idiota que tienen, precisamente en un museo. —Y, contra todo pronóstico, le gustaba la idea de ir a un museo. Le hacía parecer que todo era normal y podían hacer planes de personas normales.

Pero sí, lo mejor, definitivamente, iba a ser que este tipo de situación extraña no se repita demasiado. Ya bastante en alerta estaban los fugitivos de normal, como para encima incentivar la incomodidad rodeándote de otro fugitivo. Que no es por ser clasista, pero Sam llevaba ya muchísimos meses alejándose de los fugitivos precisamente por una razón y es que, tal y cómo era ella: eran un cúmulo de problemas. Así que aunque no le hiciese especialmente ilusión quedar con fugitivos, Kyle era Kyle. Es decir, era un niño. No creo que diese precisamente problemas.

Una vez llegaron al lugar en donde poder jugar un futbolín tranquilamente, salió la conversación del Quidditch. Lo cual le sorprendió: ¡le habían dicho que si quería meterse en el equipo de Quidditch! Sam, pese a odiarlo y no querer jugarlo jamás en la vida, recordaba como Caroline y Henry vivían estresados con las pruebas, los rechazos y las pocas oportunidades que habían para poder entrar en el equipo de su casa. Si a Kyle se lo pidieron, es que debía de ser bueno. —Sí, yo tampoco le cogí nunca el toque al quidditch, sinceramente. Admito que tiene emoción, pero a mi no me la da. —A ella le daba miedo. Su mejor amiga y su primera novia estaban en el equipo universitario de Quidditch y, ¿sabéis cuántas veces fue a verles? Exacto, ninguna.

Y en una de esta, mientras demostraban abiertamente su habilidad incuestionable con el futbolín, Kyle metió un gol—esta vez en la portería de Sam—, marcando tanto y celebrándolo por todo lo alto. Sam lo vio venir, pero con una anticipación de apenas un segundo. Aún así, no pudo evitar arrugar la nariz al ver y escuchar como la bandeja con los vasos caía al suelo y se rompía todo.

Kyle se estresó y se disculpó, mientras la pobre camarera decía que no pasaba nada, agachándose para recogerlo todo. A Sam le dio pena, sobre todo porque desde la barra se podía ver al jefe mirándola con desaprobación, como si la pobre mujer hubiera tenido la culpa. —Vamos a ayudarla —le dijo a Kyle.

La camarera la escuchó, a lo que insistió.

No, en serio, no hace falta. Que os podéis hacer daño con los cristales —insistió.

Ya bueno, no vamos a cogerlos con las manos —contestó la rubia, con una sonrisa divertida.

Sam caminó hasta la barra para pedirle a ese señor con cara enfurruñada el cepillo para barrer y la fregona, el cual se negó, diciendo que ya lo haría la camarera. Sam insistió. Tardó un minuto, antes de volver a donde estaba el pequeño y la chica, la cual, con un paño, estaba intentando reunir en un mismo lado todos los trocitos de cristal. La rubia le tendió el cepillo a Kyle. —Pónselo más fácil reuniéndolo todos por ahí. Yo voy a limpiar por aquí.

Gracias... —dijo, mirando de reojo al jefe, que ahora ya estaba con los brazos cruzados.

Pero la legeremante se acercó al pequeño mientras hacían sus diferentes labores.

¿Has visto al señor de la barra qué cara de estreñido tiene? —preguntó, susurrante y divertida.
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Kyle Beckett el Mar Mayo 01, 2018 7:58 pm

Tras escuchar el interés de Sam por el museo nacional deje ir una enorme risa asintiendo con la cabeza — Claro! Me encantaría ir al museo contigo, es más, siempre que era pequeño me encantaba ir por ahí, algunas veces Gwen nos llevó a mí y a mis hermanos a dar una vuelta, supongo que para salir de casa y desconectar un poco de estar siempre encerrados en el mismo lugar jugando a videojuegos — Comenté con una tierna sonrisa llena de nostalgia, y en cierto modo así era, sentía nostalgia por aquella edad de los diez años por los cuales no tenía que preocuparme si al girar la esquina me iban a partir la cara y mandarme a la cárcel por tener ideales diferentes — Pero dadas las horas que son…el museo cerraba a las 5:50 PM…si mal no recuerdo, así que la cosa sería ir por la mañana o medio día — Comenté con una leve sonrisa.

Compartir gustos parecidos a Sam era algo bueno, al menos sabría de qué tema hablar si la conversación se iba apagando o no tenía sentido alguno, pero supongo que actualmente tenía algunos temas con los que hablar con Sam, al menos supongo que habría la típica pregunta de “porque te escapaste de Hogwarts?” No era nada raro en mí que me preguntasen aquello, era algo normal, como preguntar qué tal estaba, al menos me lo tomaba con humor — La verdad es que sí, dudo mucho encontrar mirando cosas de “muggles” claro, sus ideales están por encima de la cultura — Comenté con tono gracioso.

Tras un rato de charla entre ambos, llegamos al tema de conversación de Quidditch, cosa que a mí se me daba como el culo jugar, más bien creo que ni era bueno en ninguna de las posiciones,  y con la mala suerte que tenía jugando y dando leves vueltas por ahí, de seguro que acaba siendo golpeado por una de esas bolas negras, ah, ya me había olvidado del nombre de aquellas cosas — Volar es divertido, más bien molaba, aunque ahora mismo la única escoba que toco es la de barrer mi cuarto — Dije con tono sarcástico y divertido mientras me encogía de hombros sonriente.

Por desgracia marcar un gol en el futbolín tiene que ser algo divertido, poder celebrarlo y sobretodo tiene que ser algo que no sea peligroso, en cambio, como no, yo todo lo que tenía que ser indefenso o sumamente poco probable que fuera peligroso, en mí se tornaba todo al contrario, como aquella vez que intente escalar una roca resbaladiza, a nadie le paso nada, fui yo y acabé comiéndome la roca con la cara y para colmo acabe con la mando enyesada por habérmela fracturado, y bueno, ahora había destrozado varios vasos de cristal con mi euforia.

Mire a Sam y asentí con la cabeza mientras me ponía de cuclillas ayudando a la camarera a recoger los cristales que había tirado por el suelo mientras que la mayor se dedicaba a “discutir” con el hombre de la barra, aunque más que “discutir” intentaba persuadir al hombre para que le cediera lo necesario para ayudar a la pobre camarera. Así que la vuelta de Sam tome la escoba y empecé a barrer — Lo haré, de verdad, no sé cómo tengo tan mala suerte — Exclamé al aire barriendo.

Una vez limpio el lugar del accidente dejamos todo recogido y los utensilios se los devolvimos a los mismos dueños para que los guardasen, pero al poco rato de volver a la partida escuche la voz de Sam y sus palabras haciendo que dejase ir una leve carcajada mirando al hombre cuyo cual estaba distraído con aquella cara de rancio — Tiene cara de besugo — Comenté riendo en voz baja — Me recuerda al efecto que te hace la cara cuando pegas esta misma en el cristal…es tan…tan…por favor debería de tomar una foto pero es muy descarado — Exclamé sonriente — Oye, conozco un restaurante de comida china que está muy bien de precio, ¿te apetece ir después? Yo invito — Comenté medio sacando pecho rollo súper héroe de la comida china.
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Sam J. Lehmann el Miér Mayo 02, 2018 3:31 pm

"Siempre que era pequeño", qué mono. Cómo si no fuese pequeño ya. No tenía claro cuántos años tenía, pero... ¿quince como mucho? Bueno, le podría dar el beneficio de la duda y otorgarle los dieciséis aludiendo a que todavía le falta pegar el estirón y que le salga la pelusilla en el bigote. —Me lo puedo imaginar, no veo a Gwen muy fanática de los videojuegos. Es una Ravenclaw de los pies a la cabeza, seguro que tu emoción por los videojuegos lo sentía ella en el museo, ¿a que sí? —Intentó adivinar con una amplia sonrisa. Y es que se lo imaginaba. Gwen y Sam eran muy parecidas en ese sentido, de las que más disfrutaban aprendiendo cosas nuevas, aunque fuesen cosas inútiles. El simple hecho de aprender, descubrir y estudiar, probablemente fuese lo que las unió tanto con tan poquita edad en Hogwarts. Las ratillas de biblioteca, al final, terminaban por encajar muy bien entre ellas. —Si claro, eso ya debe de estar cerrado... Me refería para otro día, en el que estemos libres y aburridos. Total, cómo si tuviésemos mucho que hacer más que escondernos, ¿no? —Mostró una irónica sonrisa. —Bueno, yo ahora tengo trabajo, pero no tiene el horario más estricto del mundo. Mi jefe es muy simpático.

Los mortífagos de verdad, esos que se sentía verdaderamente orgullosos del purismo y esa mierda sin sentido, eran lo suficientemente orgullosos como para no consumir nada muggle. O al menos, nada muggle a los ojos del resto.

Lo miró de reojo cuando dijo que volar era divertido. ¡Anda ya! ¡Quita, quita! Volar era horrible. De verdad, sentía auténtico pánico cada vez que entre sus piernas tenía que aparecer un palo de escoba volador. ¡No! ¡Jamás! Ella saltaba al abismo antes de tener que subirse en una de esas escobas terribles diseñadas por el mismísimo Belcebú en persona. De verdad, pánico. Era un miedo incomprensible, causado por un trauma infantil, sí. Trauma que todavía no había superado, motivo por el cual alejó todo lo relacionado con escobas y quidditch de su vida.

Una vez hubieron ayudado bastante a la camarera, Sam se acercó de nuevo al pequeño, para hablar del señor de la barra. No pudo evitar sonreír ante la comparación del chico. —Oye, pues me gusta tu comparación, creo que es muy acertada —le dio la razón, para entonces mirarle sorprendida por lo del restaurante. —¿En serio? ¿Tienes dinero como para pagar un restaurante chino? Mejor pago yo. —Que vamos, no quería que se gastase el dinero que podría haber sacado de su hucha de cerdito. Que quizás estaba tratándolo más pequeño de lo que era pero... ¿Es que lo habíais visto? Es una monada. No podía imaginarlo precisamente con cien libras en el bolsillo. Y si tenía menos, qué se las quedara por si le hacía falta para una emergencia, o algo. —Hace mil que no voy a un chino, así que acepto. Aunque voy a tener que preguntar qué cosas no llevan carne, o pescado, o pato. O lo que sea. —Y le tendió a la camarera la fregona cuando ésta ya había terminado con todo.

Muchas gracias.

Nada, lo sentimos mucho. —Y se fue. Sam, por su parte, se giró hacia Kyle. —Entonces chino. Mejor ir al chino que ocasionar otro accidente jugando a eso —señaló el futbolín—que ya ha quedado claro que se nos da mal. Y no quiero tentar a la suerte, que yo soy muy torpe. ¿O quieres arriesgarte y ver quién es el menos malo de los dos? —preguntó, mirando de reojo a aquel juego tan difícil que, desde fuera, no parecía tan difícil. Pero se necesitaba demasiada reacción y puntería, cosa que Sam no parecía tener.
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Kyle Beckett el Vie Mayo 04, 2018 11:09 pm

La verdad es que no iba a negarlo, echaba de menos aquellas tardes o noches con Gwen en casa jugando a la consola, horas y horas (no tantas, ya que tenía un horario) pero eran suficientes como para hacerme feliz, aunque Gwen no supiera manejar muy bien de todos algunos juegos (ni yo tampoco en ese entonces ya que si de cuatro horas que teníamos de tarde, mi hermano se pasaba 3 horas jugando al juego y Gwen y yo una media hora) aunque había de otros juegos que se nos daba bien jugar a ambos, por ejemplo, en el Mario ambos éramos buenos — Bueno, a Gwen medianamente…bueno…esto…ah…¿suicidarse por un barranco cuenta? — Comenté riendo de forma tierna — Y sí, la emoción que ella sentía por los museos yo lo siento con los videojuegos, aunque la verdad echo de menos una escapada a un museo…hace mucho que no voy — Le comenté a Sam riendo.

Frente a su comentario no pude evitar dejar ir una risa negando con la cabeza — La verdad creo que lo único bueno que tenemos los fugitivos es tiempo libre, y a veces hasta demasiado, es como que no puedes hacer nada, y es molesto — Comenté encogiéndome de hombros algo confuso con la situación — Es que…cuando tenemos mucho trabajo o cosas que hacer nos quejamos porque no tenemos tiempo, y cuando tenemos mucho tiempo, nos quejamos porque no tenemos nada que hacer, de verdad, a veces ni yo mismo me entiendo a mí ni al resto de personas — Dije riendo — Supongo que algún día que tengas libre y puedas quedar por la mañana, podríamos ir al museo — Dije con un dulce y leve tono animado por poder hacer algo.

Tras el comentario sobre el hombre y la aceptación de Sam por su parte, no pude evitar dejar ir una leve risa mientras asentía con la cabeza — De verdad, no sé cómo hay gente con esa cara por el mundo…y menos en un sitio donde la gente viene a distraerse…— Comenté antes de observar a Sam mirándola a la vez que ladeaba la cabeza de forma dulce asintiendo con la cabeza — Tengo dinero para ello…así que no me importaría invitarte a algo, suficiente me has invitado tu a día de hoy Sam…y no quiero que te quedes sin nada por mi culpa — Comenté desviando la mirada mientras me ponía las manos en los bolsillos mirando a un lado.

Cuando Sam soltó aquel comentario sobre la carne parapdee un par de veces ladeando de nuevo la cabeza hacia un lado —¿Eres vegetariana? Wow…supongo que…a ver, las ensaladas chinas simples o de algas están muy ricas, después el arroz tres delicias siempre puedes apartar el jamón, en cierto modo es bastante grande como para poder hacerlo, además que hay rollos de primavera que no llevan carne y solo llevan la verdura, por ende puedes pedirlo al gusto y sobre carne, pato o pescado…uhm, a ver…siempre se puede pedir algo con muchas verdura y algo de carne y partirlo para ambos, claro está que la carne me la como yo — Comenté riendo por lo que sabía de la comida china.

Una vez terminado de recoger el desastre formado por el futbolín reí mirando la maquina asintiendo — Creo que ni el Quidittch ni el futbolín, lo próximo que podemos probar son los bolos, pero con barreras, sino pierdo más bolas de lo que tiro bolos — Dije riendo mirando el juego — Creo que lo dejamos empatados, no vaya a ser que el hombre de la barra venga y nos ladre cual chiuaua — Comenté riendo a modo de gracia.

No fue más tarde que después de terminar la bebida acabamos saliendo de aquel sitio entrando en un restaurante chino que no quedaba a más de dos calles más abajo del bar de ambiente. Al entrar podía verse una enorme fuente de agua rodeado de cisnes de color rosa (de plástico claro) Porque si fueran de verdad, juro que dejo de comer pato pequín de por vida. El lugar era rojo, marrón y dorado, poco luminoso con luz tenue pero suficiente como para ver bien y con claridad. La camarera nos sentó en una mesa cerca de la ventana, aunque lo suficiente lejos para que no se nos viera con claridad desde el exterior, así que una vez sentados nos dieron la carta y empecé a mirar los menús — ¿Quieres menú o plato suelto….? — Pregunté medio vergonzoso.
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Sam J. Lehmann el Miér Mayo 09, 2018 10:45 pm

Sam y los videojuegos no se llevaban del todo bien. La única persona con la que tuvo un poco de cultura de videojuegos fue con su última pareja y, teniendo en cuenta cómo terminó todo, no es que le tenga demasiado cariño a las consolas ni nada por el estilo. Además, sentía que no había nacido para concentrarse precisamente en darle a unos botoncitos, haciendo combos, con los deditos. No, no servía para eso. —¿Y a qué te gusta jugar? Una vez tuve una pareja que era fanática de los juegos estos bélicos de la guerra y eso, ¿sabes cuáles te digo? —Y ella no les veía la gracia, de verdad. Pero qué pereza. Luego habían otros en donde habían unos muñequitos que caminaban por plataformas, consiguiendo cosas y eso... y eso sí le gustaban, le parecía entretenido y didáctico, ¿pero matar personas? Madre mía.

Entendía al niño, y eso que era niño y estaba acostumbrado a tener una vida mucho más tranquila, pero Sam se volvía loca después de haberse acostumbrado a una monotonía basada en trabajo y más trabajo. —El ser humano es inconformista por naturaleza, ¿no lo sabías? Basta que no podamos hacer algo, sólo para que lo anhelemos. Así es la vida. —Y asintió a lo del museo, ya que le apetecía hacer cosas de persona normal. Eso de cazar a quiénes te cazan, investigar personas horribles y ver Netflix por miedo a salir... como que ya le cansaba.

Tenía dinero para pagar ambos platos en el chino... pero no sabía, ¿de dónde narices lo había sacado? ¿En el refugio Dumbledore también le da paga a la gente o qué? —No es lo mismo invitarme a un helado que vale una libra y media que invitarme a comer a un chino, Kyle —respondió, divertida. —Cada uno se paga su plato y listo, ¿vale? Ya me invitarás el día del museo a un gofre con chocolate si quieres. —Porque encima los chinos no es que fuesen precisamente barato: en los chinos de objetos lo abarataban todo, ¿pero en los restaurantes? Ahí ganaban las pérdidas.

Cada vez que le decías a alguien que eras vegetariana, lo primero que se le venía al a cabeza era un bol de ensalada cargada de elementos verdes y un tomate. Pero bueno, como estábamos en ambientación china, Kyle no tardó en añadir las algas. Hacía mil que no comía nada de eso, por lo que en realidad le apeteció bastante. —Pues no es mala idea una ensalada de algas. Y luego ya veré que encuentro. Al menos sé que si me pido algo con carne, no irá a la basura. —Sonrió, imaginándose al chico como el triturador de carne que había alardeado ser. —¿Los bolos? ¡No, por favor! ¡Soy la peste jugando a eso! —A ver, aquí lo raro era ver que Sam era buena jugando a algo en lo que hiciese falta destreza o puntería, ¿vale? Sólo era nueva jugando a juegos de mesa en dónde había que pensar o crear estrategias. Fin. —Recuerdo una vez que fui con un grupo de amigos y fue un desastre. Se desmarcaron de otro chico y yo, que nos quedamos como la peste suprema en los últimos puestos. Imagínate si éramos malos, que apostábamos entre nosotros a ver quién no quedaba último. Obviamente perdí. —Le relaté divertida la historia. —Así que creo que podríamos tener un encuentro en los bolos muy intenso por ver quién es menos malo, ¿eh? —Era curioso porque aunque se le diese fatal, siempre era la típica que se veía divertida y con ganas de ir a jugar los bolos cuando alguien lo sugería.

Quince minutos después

Se encontraba en el restaurante, sentada en una mesa doble con un niño de quince años. Miró a ambos lados, observando lo surrealista de la situación. Madre mía, mira como ha acabado, ahora en vez de tener citas con chicas las tiene con niños que no llegan a la mayoría de edad. Sam, estás perdiendo facultades. Cuando le cuente eso a Gwen y Carol no se lo van a creer, además de descojonarse de ella. —Pueees... —Alargó la palabra, abriendo la carta para mirar con tranquilidad. —En realidad tengo hambre, así que pediré menú. De primero ese revoltijo de algas, el cual dudo que tenga nada de carne... y de segundo el ramen raro. ¿Es ramen? ¿O eso es japonés? Bueno, sopa. Tiene buena pinta. —Se acercó la carta bastante a los ojos para poder ver bien el dibujito y los ingredientes, ya que no tenía las gafas bien y estaba leyendo un poco a ver qué enfocaba. —¿Y tú qué? ¿Te has decidido?

¡Buenas noches, señoles! ¿Qué son, helmanito y helmanita? Tenel parecido —dijo el chino, con un gesto risueño. Bueno, sonreía, pero no sabía si estaba siendo risueño porque ellos siempre tenía los ojos como muy cerrados. —¿Ya sabéis qué pedil? ¿Primero de bebel? ¿Qué le pongo a la señolita?

Un zumo de melocotón —le respondió, sonriente.
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Kyle Beckett el Jue Mayo 24, 2018 7:57 pm

La verdad era agradable poderme llevar bien con gente mayor de mi edad, aunque en cierto modo supiera que muchas cosas de las que ellos podrían hacer yo no podría, pero tampoco es que me quejase por ello, es decir, era consciente de que con catorce años apenas podría hacer cosas, era menor, y bueno, mis padres no sabían del todo de mi existencia, bueno, más bien solía ver más a mi madre y a mis hermanos que no a mi padre, el siempre tenía cosas que hacer, aunque he de decir que con el tiempo cambió, él ya no era el mismo. A pesar de “tener libertad” para ello, sabía de todos modos que no podía saltarme ciertas normas, no era un chico normal, era un mago que a colmo de ser fugitivo mi cabello cuando menos lo esperaba parecía una explosión de fuegos artificiales.

Pero tampoco es que me importase mucho, al menos siempre solía llevare gorro, aunque ahora con el inicio del “buen tiempo” debería de llevar gorra, pero como en Londres apenas se veía salir el sol y en ciertas ocasiones hacía aquel tiempo “fresco” tampoco es que me importase mucho llevar un gorro más fino, pero tampoco debía abusar de él.

¿Juegos? ¿Cuál era mi tipo de juegos favorito? La verdad es que con los juegos no podía elegir un juego favorito, no podía decir que aquello era mi favorito, porque muchos de ellos tenían unos gráficos, una historia que te llevaba al mundo del juego, por ende que ahora mismo estaba contra la espada y la pared — The Last Of Us — Dije mientras mire a Sam a los ojos con una tierna sonrisa — El inicio de la cinemática es desgarrador, realmente es terrorífico, como Joel pierde a su hija por culpa del miedo, como aquello le cambia, como da un giro de 360 grados a la vida del contrario, como se siente al ver a una chica parecida a su hija, como el paso del tiempo y de la historia hace que el mismo la vea como a una hija más que una carga, realmente es un juego de la hostia — Comenté de forma sincera, si es que podía ser uno de mis mejores juegos, pero para mí, quizá era el que mejor historia tenia.

Frente a las palabras de Sam deje escapar una leve risa un tanto nerviosa dándome cuenta de toda la razón que tenía — Supongo que debo darte la razón, es decir, las personas somos como tú dices…inconformistas, aunque creo que somos ambiciosos…por el hecho de querer hacer algo que no podemos hacerlo…creo que todos algún momento en nuestra vida lo hemos hecho, y lo haremos, porque somos así — Comenté de forma tranquila mientras observaba detalladamente aquel sitio.

Al ver como Sam rechazaba mi invitación asentí con la cabeza escuchando sus motivos, en cierto modo tenía toda la razón del mundo, había mucha diferencia entre un helado a comer una buena ración de comida china, aunque de seguro que ir a un bufet con comida china y demás sería más económico que ir a un restaurante a la hora de invitar por los precios, aunque cuando mire a Sam sonreí y asentí con la cabeza — Tienes razón, pero prometo que un día te llevare a comer a un sitio que de seguro que es de tu agrado — Comenté sonriendo.

Poco después de comentar un poco la comida que podría llegar a comer Sam la verdad es que tampoco es que tenía tan mala pinta, si que a mí me encantaba la carne con locura, en cierto modo creo que comía más carne que pescado en la semana, pero también había de decir que a veces si comía fuera me era más cómodo comer una hamburguesa que no comer en un restaurante, aunque la hamburguesa de pescado del Mc Donald’s no estaba tan mal a fin de cuentas.

Cuando mencione los bolos deje escapar una risa nervioso mientras negué con la cabeza — Bueno, yo suelo juegas con esas barreras para intentar no matar a nadie o no perder la pelota. Recuerdo una vez cuando fui a los bolos con mis hermanos que tuve que ayudarme con una de esos aparatos metálicos para tirar la pelota, o mejor dicho, dejar que se deslizara porque tome una y acabe pelota y yo en el suelo — Exclamé riendo de forma divertida — Mi hermana se ríe aún…y mi hermano sigue llamándome flojo, aunque bueno, mi madre a día de hoy sigue llevándonos de vez en cuando a los bolos pensando que así podré hacer que mi hermano se deje de “burlar” de mí — Comenté dejando una pausa del silencio — Al menos ya no uso el aparato metálico — Comenté riendo — Y acepto con jugar a los bolos contigo, a muy malas podemos jugar a las máquinas de fuera también, podemos conseguir muchos puntos! — Dije riendo — Creo que es lo único que se me da bien — Exclamé.

Una vez llegamos al restaurante chino, nos sentaron en una mesa bastante bien situada, el hombre nos trajo la carta para ambos y me dispuse a mirar que podía llegar a comer. La verdad gracias a mi hermano me había vuelto fan de aquella comida, pero era cierto que cuando Sam me pregunto sobre el ramen me quede un segundo en silencio y asentí a su pregunta — Si, eos es japonés, pero hay muchos restaurantes de comida china que la mezclan con la comida japonesa, supongo que por eso algunos se llaman comida oriental, aunque…predomina más el chino y el frito — Comenté riendo.

Di una leve vuelta por el menú de forma rápida de nuevo para responder a Sam — Me pediré el menú especial de 8 libras, el que son tres platos, bebida y un postre, supongo que con todo eso me llenara, pediré un rollito, arroz tres delicias y pollo con salsa agridulce — Comenté riendo.

Tras la poca espera de decidir, llego nuestro camarero el cual sonreí al parecido que nos había echado a mí y a Sam por parecernos hermanos — Yo quiero una coca cola, y el menú de ocho libras con rollito, arroz tres delicias y pollo agridulce — Comenté sonriente y de forma tierna mientras cerraba la carta.
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