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Havana, ooh na-na. —Kyle.

Sam J. Lehmann el Mar Abr 03, 2018 4:12 am

Recuerdo del primer mensaje :


6 de abril del 2018, 20:32 horas — Londres, barrio de Fitzrovia — Cafetería-Librería 'El juglar Irlandés'Ropa

Su segundo día en 'El Juglar Irlandés' y... no se quejaba lo más mínimo. Su jefe era un adorable anciano capaz de sacarte una sonrisa con sus ocurrencias, su jefa era pura dulzura y paciencia y... sus compañeros eran dos tipos que, en tan poco tiempo, ya habían hecho que Samantha se sintiese como en casa. Y como para no, cuando estaba claro que era imposible no sentirse a gusto en compañía de esas cuatro personas que, gracias a Merlín, la conseguían mantener alejada del mundo en el que, sinceramente, ya cada vez se sentía menos parte de él.

¿Sabéis lo único malo de ese lugar? Que, como toda cafetería, tiene en bajo volumen la radio. Y claro... la radio es famosa por repetir hasta la saciedad siempre las mismas canciones, ¿y sabéis cual se le había metido hasta lo más profundo de su cabeza por haberla escuchado una y otra vez? Sí, esa misma. Ya veías a Sam recogiendo las mesas mientras tarareaba la dichosa canción y se inventaba la letra, porque esa era otra: te aprendías el ritmo, se te metía la melodía hasta lo más profundo de tu alma pero... balbuceas como una imbécil en un intento de sonar como la cantante. Pero no.

Havana ooh na-na... a su ma hart is in Havana, ooh na-na. He took tararara, na-na-na... —Tarareaba mientras recogía una mesa cerca de la ventana. Pronunciar una mierda, pero al menos tenía una voz bonita.

Cuando volvió con la bandeja a la barra, el adorable de Alfred, su jefe, no tardó en llamarla. Cabe añadir que, para todo el mundo muggle, ahora Sam era Amelia Williams, una risueña alemana que ha venido a Inglaterra a buscar suerte en el mundo laboral y ahorrar para hacer el viaje de su vida. Sí, no se había currado mucho su coartada, ¿vale? Nadie iba a interesarse mucho por su vida, o eso esperaba. Bendito sea el contacto que tan eficazmente le consiguió los documentos de falsa identidad.

Mia, ven un momentín. —Y ella, obediente, se acercó a él con una sonrisa. Le parecía enternecedor que le hubiera llamado ya hasta por su supuesto diminutivo. —Te he hecho el contrato. Bueno en realidad te lo ha hecho Erika, pero se ha tenido que ir hoy pronto, que ha quedado con su novio. ¿Te he hablado ya de él? No me dejes hablarte de él, que seguro que te doy una mala imagen del tipo. No me cae muy bien, que digamos, pero si a Erika le gusta... —Se encogió de hombros, resignado. —Si a ella le gusta, yo finjo que me gusta, ¿sabes, querida? —Y sonrió, amablemente. —Mira, mira. Léelo con tranquilidad y me dices si te parece todo bien, ¿vale?

Seguro que sí, Alfred —respondió Samantha, sujetando el contrato.

No no, tú léetelo tranquilamente y mañana me dices si te parece todo bien. No firmes si hay algo que no te gusta. Lo que me faltaba, tener a una persona trabajando en mi tienda que esté descontenta. ¡Así no merece la pena! Me gustan los entusiastas, no los conformistas. ¡No te conformes, Mia! —Dio un golpecito en la mesa, amistosamente, antes de sonreír. —Encárgate de la zona de la biblioteca, ¿quieres? Los chiquillos que vinieron antes dejaron todo eso hecho una porquería con los libros todos desordenados. Y Adrian todavía no se entera mucho del inglés, así que mejor hazlo tú.

Por no hablar de Santiago, el otro empleado que estaba en la cocina porque en una frase decía más palabras en español que en el propio inglés.

Claro, sin problemas —le dijo, con una sonrisa risueña.

Alfred fue a atender una mesa con su labia y ternura natural, mientras que Sam ojeaba por encima el contrato, sentada en uno de los taburetes de la barra. No era mucho, pero era normal: a ellos les convenía contratar personas de fuera, aprovechándose de que podían pagar menos de lo habitual. Pero Sam no se iba a quejar. Siete libras la hora era más que suficiente para tener un sueldo decente al final de mes y, acostumbrada a no tener nada, le parecía de lo más justo.

Así que para no perder el tiempo leyendo eso—pues lo leería en casa más detenidamente a la noche—, guardó el contrato en su bolso que se encontraba en el interior de la barra y luego se dirigió a la planta superior de la cafetería, lugar en donde todo estaba más tranquilo pero también más tirado, ya que era el lugar en donde todo el mundo tenía la mala manía de dejar todo desordenado. Comenzó a recogerlo todo, leyendo los títulos de los libros y ubicándose con la distribución. Una distribución horrible, la verdad. Mientras lo ordenaba todo, ya se le estaba ocurriendo una mejor manera de organizarlo, aunque ya propondría el cambio más adelante, que tampoco quería quedar de sabelotodo pedante su segundo día.

Siguió trabajando, todavía con la dichosa canción tatareándola en sus labios.

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Sam J. Lehmann el Sáb Jun 02, 2018 4:56 am

"Un juego de la hostia"

¡Pero y ese vocabulario! Esta juventud... Dijo la Sam de noventa años que vive en su cabeza. Por lo que decía el juego parecía bonito, sobre todo porque parecía tener una historia detrás bastante profunda. La verdad es que no os voy a engañar: Sam no valoraba esas cosas. Ella no veía a los juegos como películas en las que eres partícipe de la historia, de una historia igual de profunda que una película. Ella... simplemente los veía como cosas difíciles de entender y, en la mayoría de veces, había jugado a juegos de pelea o carreras en donde hay carencia de historia, por lo que... de ahí venía su ignorancia.

¿Ambiciosos? Esa manera de ver a las personas de Kyle no terminó de convencerla. —No te entiendo. —Muchos pensarían: "Sam, por las barbas de Merlín, no intentes entrar en un debate con un niño de trece años", pero peor era decirle que sí como a los idiotas, ¿no? —¿Dices que las personas somos ambiciosas porque queremos hacer cosas que no podemos hacer? Yo creo que eso no es ambición, es ser idiota. —Y sonrió, risueña. —Yo creo que la ambición es algo más... vocacional, algo que amas y deseas conseguir, pero no necesariamente algo que sea inalcanzable. Algo inalcanzable es casi más platónico que otra cosa, algo que sabes que nunca podrá ser tuyo. No sé si me explico.

Ay, lo siento, pero le parecía muy enternecedor que un niño de trece años le estuviese prometiendo que le llevaría a comer a un sitio que sería de su agrado. ¿Pero y este caballero de la armadura dorada de dónde ha salido? Si le había prometido una cita incluso más llamativa que sus dos últimas parejas. Como está la juventud, más Romeos que nunca. Así daba gusto.

Hablando de bolos, el niño le contó su experiencia con ellos, haciendo que Sam le escuchase divertida. —Bueno, poquito a poquito, ¿no? Dentro de poco conseguirás tirar más de tres bolos a la vez y ya habrás superado mi máxima proeza. ¡Una vez tiré dos! —Exageró, divertida. Esto de rodearse de un niño le sacaba su lado más infantil. —Es broma, mi máximo son cinco. —Y elevó el dedo, mirándole con una mirada que quería decir algo así cómo: "ten cuidado con Mami Sam de todos los Bolos, que ha conseguido la proeza de tirar cinco a la vez". Vamos, llegó a la mitad casi por pena. —¿Cuáles máquinas dices, esas de recreativas? Soy malísima también. Bueno, ¿qué cosas no? Mira, Kyle, spoiler del futuro: soy mala en todos los juegos menos en el ajedrez, las damas y los sudokus. Los crucigramas también se me dan bien. —Y no pudo evitar sonreír más de la cuenta al relacionar, de manera inmediata, el doble sentido de los crucigramas. Madre mía... deja de pensar en esas cosas en presencia de un niño. Debería darte vergüenza, Jóhanna.

Que a ver, tampoco tenía mucha idea de chinos y japoneses, en el sentido culinario, claro. Aunque en verdad si nos ponemos técnicos tampoco tenía ni idea de los chinos y los japoneses como seres vivos, pero bueno, eso es otro tema. El caso es que hoy estaban hablando de muchas cosas que Sam ignoraba y le parecía fascinante que se las tuviese que explicar un niño. Pero nada, que todos los días se aprende algo nuevo.

Él pidió un menú especial, pero Sam iba a ir por algo mucho más... liviano. Entre que no estaba especialmente hambrienta y que tampoco se fiaba mucho de los chinos (mucha mala fama diciendo que cocinaban gatitos y perritos, a saber qué cosas nazis le hacían a las algas), se decantó por poca cosa. —Un rollito de primavera y una ensalada de algas.

¿Cuál ensalada?

¿Hay varias?

Clalo hay valias, la más buena es la tles. A mi también gustal la cuatlo.

Eeee... ¿todas son vegetarianas?

Ajá.

Pues la tres.

¡Malchando!

Y el chino se fue, dejándoles de nuevo a solas en aquella mesa. Hubo unos segundos de silencio en el que Sam fue consciente, de nuevo, de que estaba en un chino con un niño y, sin poder evitarlo, volvió a esbozar una sonrisa. Madre mía, la de vueltas que da la vida. ¡Encima fugitivo, si es que...! Le iba a dejar las cosas claras, en realidad, porque tampoco quería negarle nada en futuras ocasiones sin haberle explicado el porqué. —Oye, no me gusta mucho relacionarme con otros fugitivos. —Le dijo, directamente. —Tengo malas experiencias. O sea, no lo malinterpretes, no es que odie al resto o algo. Yo llevo siendo fugitiva desde el minuto cero en el que atacaron el Ministerio y sé lo duro que es, pero unirnos entre nosotros, cuando nada más nos une de por medio, es peligroso. Mucho. Tú estás en ese refugio, ¿no? Rodeado de otros fugitivos que se ayudan entre sí y eso, pero yo... vivo en otro lado, aparte de organizaciones y grupos. Y unirnos podría hacer que tus problemas me caigan a mí y los míos, que créeme, me salen de debajo de las piedras y tengo muchos, te salpiquen a ti. Y no quiero eso. —Le explicó de manera directa y clara, porque ya con todo lo que habrá pasado creo que no querrá que se anden con rodeos. De todas maneras, estaba sonando de manera bastante tranquila, como si le estuviese contando una historia ficticia más que evidenciando la realidad. —No te digo que no quiera tener nada que ver contigo, no es eso. Si necesitas cualquier cosa, puedes contar conmigo y podemos seguir hablando. Sólo que... a menos que estemos a salvo y bien cubiertos, no me gusta salir a la calle en compañía de otra persona que está en busca y captura. No sé si has hecho cuenta, pero hay un doble de posibilidades de que nos reconozcan como fugitivos. Y... me gusta tomarme las cosas con calma y eso de arriesgarme de más me da miedito —confesó, sin pudor alguno. Le daba miedo, ¿y qué? Lo decía sin vergüenza con veintinueve años. ¡Le daba miedo salir a la calle por si la pillaban! Triste, pero cierto. —Que vamos, no sé si te has dado cuenta, pero mi rabillo del ojo está todo el rato mirando de reojo a los sitios porque es que vivo en paranoia de que puede haber alguien malo en algún sitio. Es horrible. No se lo deseo a nadie. —Y esbozó una sonrisa, tranquila y fugaz.

Que podría pensar: "vaya, esta mujer está loca" y... no. Simplemente ha vivido mucha mierda y tiene miedo. Y claro, sabe la mierda que hay ahí detrás, la de mierda que tiene todo el mundo en los hombros y... de verdad, le aterrorizaba que le cayese algo más encima. —O sea, lo digo para que no te imagines que suelo ir a comer al chino normalmente, ¿vale? Salgo, en ocasiones, cuando estoy positiva y me vuelvo irreconocible, pero hoy he aceptado porque... bueno, de perdidos al río y porque quiero pensar que hoy no es nuestro día —finalizó, esperando que el niño no se lo tomase a mal y entendiese su posición. Que esperaba que sí, vamos, era fugitivo y joven, ¿lo habría pasado mal, no? ¿Tendría miedo y esas cosas?
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Kyle Beckett el Jue Jun 14, 2018 2:33 am

Tras hablar sobre la ambición de las personas deje escapar una leve risa encogiéndome de hombros de manera un poco nerviosa, la verdad es que no sabía bien cómo explicarme en esos temas, es decir, quería explicar lo que mi mente pensaba pero a la vez tampoco sabía bien que decir a la hora de hablar, así que decía a veces cosas que no eran y realmente acababa más perdido que una ostra en mis propias palabras, muy bien Kyle, ni explicarte sabes. Pensé.

No obstante intente volver a abrir la boca para poder explicarme pero solo reí — Bueno, explicarme no es lo mío, pero…bueno, intente hacerlo lo mejor que pude, sin embargo si encuentro las palabras prometo intentar hacerlo — Comenté riendo de manera dulce y tierna mientras me rascaba detrás de la nuca desviando al mirada.

La verdad es que cuando dejamos el tema de lado sobre la ambición de las personas y nos centramos en hablar de los bolos, no pude dejar de reír de manera divertida negando con la cabeza misma al saber que Sam y yo éramos igual para los bolos, al menos ella pudo tirar dos sin ayuda de nada, yo con toda la ayuda he llegado a tirar hasta tres máximo — Bueno! Al menos tú no has necesitado una ayuda súper extra para tirar solo tres bolos — Comenté entre risas de manera tierna.

Supongo que no había nada más divertido que tener una conversación tranquila con alguien, si que Sam era más mayor que yo, pero la verdad se agradecía que a veces alguien expecutando Gwen y Bea pudiese hablar conmigo y reír un rato, supongo que era lo que siempre había buscado, gente con la que pudiese hablar y mantener una buena conversación, y entra otras cosas pasar el buen rato, aunque no en las circunstancias las cuales estábamos, ya que los dos éramos unos fugitivos de la ley mágica, sin embargo para los muggles éramos simples ¿personas cenando?. Sí, así nos deberíamos de ver ante ellos.

—Bueno, a ver, las máquinas recreativas son fáciles, solo tienes que pillarle un poco el truco, son como…las máquinas de feria para conseguir peluches, que simplemente juegas para divertirte aunque al final solo te acabes yendo a casa con un simple llavero — Exclamé con una tierna sonrisa escuchando las cosas que se le daban bien a Sam con atención. Ajedrez, damas y sudokus, y aparte de eso también se le daban bien los crucigramas, cosa que hizo que sonriese de manera dulce — Bueno, a mí se me daba bien jugar al ajedrez…ya sabes, no normal — Comenté con voz baja y una leve sonrisa.

Tras una pequeña pausa mirando el menú, decidimos pedir cuando el hombre asiático volvió de nuevo a nuestra mesa para poder atendernos y pedir la comida, encantado pedí mis platos para después poder escuchar lo que pedía Sam, al menos había encontrado comida que pudiera gustarle, o que fuese de su agrado. Ya que la cocina china y la japonesa es muy diferente. La china consistía en más fritos y con mucha carne a parte de algunas verduras, pero la japonesa se decantaba más por el uso de más verduras y menos fritos llevando eso a una comida más “sana y natural”.

Una vez el hombre tomo los pedidos, se llevó las cartas y de nuevo nos dejó a Sam a mí a solas en aquella mesa. Di un leve sorbo a mi bebida para empezar a escuchar lo que Sam me tenía que decir. Al parecer desde el momento en que cambiaron las normas del mundo mágico, asaltaron el Ministerio y Sam tuvo que huir de ahí convirtiéndose en una fugitiva en cero coma, la verdad eso debió de ser duro para ella, al fin y al cabo por así decirlo lo perdió todo en menos de un abrir y cerrar de ojos, y en parte entendía el peligro de reunirme con ella en ese mismo instante, lo que podría llegar a pasarnos si alguien nos descubría, era muy difícil vivir como fugitivo, era muy complicado y la verdad, aunque intentásemos parecer personas normales, siempre tendríamos el peligro de ser cazados en algún momento.

Aunque el comentario sobre el rabillo del ojo no pude evitar que me dejase escapar una leve risa de manera nerviosa — Bueno, entiendo tu postura. Es decir, entiendo cómo puedes llegar a sentirte por el miedo que tienes al ser pillados por alguien, es difícil la convivencia y sé que lo que he hecho está mal al venirte a ver sin avisar, y comprendo que no es de buen gusto hacerlo…sé que debemos de quedar en sitios seguros donde nadie pueda vernos, donde nadie pueda llegar a reconocernos y sé que aquí corremos un riesgo muy grande, que prometo que la próxima vez que nos veamos, será en un sitio seguro donde no tengamos que estar con mil ojos abiertos — Comenté riendo de manera dulce — Además, sé que puedo confiar y contar contigo Sam, eres muy buena — Acabé antes de dejar que empezaran a servirnos los platos.
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