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Let's forget about the world for a while // [Priv.] [Melocotón & Güendolín]

Gwendoline Edevane el Mar Abr 03, 2018 3:47 pm


Sábado 14 de abril, 2018 || Frente a la Cafetería-Librería 'El juglar Irlandés'  || 19:47 horas || Mi ropa || Maquillaje y peinado (Soy rubia)

Habia pasado ya un tiempo razonable desde que Sam me había enseñado sus recuerdos de los últimos dos años, y con ellos había sucedido lo mismo que con todo recuerdo: habían ido quedándose atrás, rezagados, en el lugar de la memoria reservado a los malos recuerdos. Nunca los olvidaría, por supuesto; nunca me permitiría olvidarlos. Pero tampoco quería que la rabia que me hacían sentir marcase mi camino, que me convirtiese precisamente en eso que odiaba.
Y ella me había pedido que no me convirtiese nunca en eso. No pensaba hacerlo.
Lo que sí quería era... estar con ella. Simple y llanamente. Sabía que estaba bien, y que era mucho más feliz desde que había empezado a trabajar, y saber eso me hacía feliz. Teníamos que cuadrar un poco mejor nuestros horarios para vernos, pero aún así me sentía feliz.
Y aquel sábado se me ocurrió prepararle una pequeña sorpresa. Para celebrarlo.
A las seis y media de la tarde, me encontré a mí misma delante del espejo del cuarto de baño, peinándome y maquillándome. "Poniéndome guapa". ¿Por qué? No lo sabía, pero quería estar guapa para ella. Me llevó mucho tiempo decidirme, y cuando finalmente estuve satisfecha con el resultado, añadí el último toque: con mi varita, cambié el color de mi pelo por un rubio ceniza. Sería muy útil, teniendo en cuenta lo que tenía en mente.
Elegir mi vestuario fue también bastante complicado. Por algún motivo, nada acababa de convencerme, lo cual era una estupidez: Sam me veía en pijama, despeinada y desaliñada a diario. ¿Por qué de repente me preocupaba tanto estar perfecta antes de quedar con ella? Bueno, Gwendoline... Ya sabes... ¡No, no sé nada, no sé de qué me estás hablando! ¡Cállate!
Cuando me decidí, ya faltaba poco para la hora de cierre de la 'El juglar irlandés', así que me puse la mochila—necesaria para lo que tenía en mente—y me aparecí en las cercanías, en un callejón poco visitado por muggles. Salí de allí sacando el móvil del bolsillo de mi abrigo. Al desbloquear la pantalla, caí en la inevitable tentación de revisar mi maquillaje utilizando la cámara frontal—¿Por qué tanto interés en estar bien?—y entonces hice la llamada.

—Hola, señorita Melocotón.—Comenté con una sonrisa y conteniendo las ganas de reírme.—Me han dicho que su turno termina pronto y quería invitarla a hablar sobre ese "asunto" que nos ocupa.—Cuando utilizaba la palabra "asunto", me refería a Grulla.—Sí, lo del ave migratoria de la que hablamos, efectivamente.—Y no, no había ninguna novedad respecto a Grulla, realmente. Ni respecto a Savannah.—Así que estaré esperándola frente a la librería. Florecilla del desierto corta la comunicación.

Finalizado el comunicado, corté la comunicación sin poder evitar reírme. ¿Qué clase de conversación telefónica había sido esa? ¡No me fastidies, parecía que hablaba cómo en esas estaciones de números que usaban los espías antes! Solo me había faltado empezar a decir dígitos aleatorios para que Sam pensase que me había vuelto totalmente loca.
Escogí un banco cercano, frente a la librería, y me senté allí. Hacía frío. Me iba a pelar de frío, en realidad, pero no tenía que esperar mucho. Poco menos de un cuarto de hora.
¿He mencionado que estaba nerviosa? Porque lo estaba.
Acaricié la abultada mochila que llevaba conmigo, y que ahora descansaba sobre el banco, a mi lado. Nos merecemos esto... Nos merecemos una noche normal..
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Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Miér Abr 04, 2018 1:14 am

19:45 horas
Ropita

¿Qué? —preguntó, aguantándose la risa.

¡Mia, deja de reír de mí! ¿Cómo decir esto? —Santi sujetó un cucharón y lo alzó, moviéndolo varias veces. Las gotitas de agua, de recién lavado, volaron por todos lados. —¿Cacharón? ¡No! ¡Camarón! —Lo peor de todo es que lo decía super serio, en un intento de aprenderse el vocabulario y poder expresarse mejor con todo el mundo, ya que era ese el motivo principal de que estuviese encerrado en cocina y no saliese a atender a los clientes. Ahora, sin embargo, como la cafetería estaba a punto de cerrar y no había nadie, todos estaban recogiendo.

Cucharón, Santi.

Cu-cha-rón. —Y asintió, cual niño pequeño, contento por aprender una nueva palabra. —Gracias, Mia. Algún día yo seré pro inglés.

Un placer, Santi —dijo, cogiendo un paño para ir escaleras arriba y limpiar todas las mesas, sonriendo divertida.

Llevaba casi dos semanas trabajando ya en El Juglar Irlandés y... qué diferencia de mundos. Y de personas. Había hecho muy buenas migas con todos sus compañeros, sin excepción alguna. Aunque inevitablemente, con el que más había sido Santi, el español de inglés pésimo y personalidad adorable. En serio, era imposible no cogerle cariño a ese tipo, cuando no sólo era divertido, casual y espontáneo, sino además una persona que se notaba que rebosaba bondad. Lo único que lamentaba es que no supiese hablar mejor inglés para poder tener una conversación larga y tendida con él, pero ahí estaba Sam para ayudarlo y hacerle de traductor. Y le hacía ilusión ayudarlo, la verdad. La vida es una mierda, ¿vale? Habían que buscar cosas que te hicieran ilusión.

Mientras limpiaba la parte superior de la cafetería, notó como su móvil, en el bolsillo de su delantal, comenzaba a vibrar. Era raro que su móvil vibrase, la verdad, por lo que lo atendió rápidamente, viendo que se trataba de Gwen, o, como decía su móvil: 'Florecilla del Desierto'. Sonrió, cogiéndole la llamada. —Mi florecilla —respondió al saludo, risueña. Aún no entendía cómo es que le hacía tanta ilusión que le llamase 'Melocotón'. Eso sí, cuando comenzó a hablar sobre un asunto de Grulla con esa jerga tan... extraña, Sam ya se puso un poquito más seria. En realidad no sabía cómo tomárselo, ya que eso de que le dijera 'ave migratoria' sonaba demasiado gracioso como para tomárselo en serio. Seguro que era algún dato... o algo que habría encontrado en el Ministerio. O eso esperaba. —Hasta ahora... —dijo divertida, colgando el móvil con una sonrisa y mirando la hora. De manera totalmente inconsciente se empezó a dar prisa para no quedarse más tiempo haciendo cosas allí dentro.

20:00 horas

Se puso el chaquetón encima del suéter y la falda que la vestían en el interior de la cafetería, además del sombrero que ese día había llevado simple y llanamente porque pensaba que quedaba mono. No le permaneció mucho tiempo puesto en la cabeza, ya que Santiago, abrigado hasta arriba—pues según él, al ser español tenía sangre cálida y en Londres hacía mucho frío para él—, le quitó el sombrero y se lo puso, fingiendo un rostro que quería ser seductor. O algo así.

¿Guapo? —preguntó a Sam.

Muy guapo —le respondió, sin poder evitar sonreír por las conversación estúpidas que tenían.

¿Tú qué hacer ahora? ¿Quieres ir a tomar... algo? Voy a salir con mi... emmm... —Hizo señales con las manos, intentando expresarse.

¿Compañero de piso? —Él asintió, sonriente. —Otro día, que ya quedé con una amiga, pero gracias.

Oh, ¿amiga de Mia? Yo querer conocer amiga de Mia. ¿Es tan adorable como tú? —preguntó.

Antes de que Samantha pudiera contestar, Alfred apareció por detrás de ellos, empujándolos en dirección a la puerta para que saliesen ya de la cafetería, con todo lo tierno por delante, porque Alfred por mucho que hiciera, sólo podía parecer dulce, tierno y similar a un terrón de azúcar.

Venga, venga, fuera, que he quedado para cenar con un amiga. ¡Y llego tarde, carajo! —Y Sam y Santi, partiéndose de risa, salieron por la puerta. Si hubieran tenido más confianza, Sam hasta le hubiera preguntado por esa misteriosa amiga. Llevaba solo dos semanas, pero este señor era un libro abierto cuya vida contaba en agradables anécdotas.

Una vez fuera, Sam vio a Gwen sentada en un banco cercano, por lo que se acercó a ella moviendo la mano con entusiasmo a modo de saludo lejano. ¿Era cosa de ella o tenía el pelo rubio? Esbozó una sonrisa de lo más complaciente al verla, mirándola de arriba abajo. Una vez quedó en frente, sujetó con dulzura uno de los mechones de pelo que le caía por el hombro. No, no era cosa sólo de Sam, estaba preciosa y no era solo cosa del color del pelo o su nuevo peinado. —Qué guapa tía, te queda genial el...

¡Hola! —Apareció Santi repentinamente al lado de Sam, mirando a Gwendoline con amor en los ojos. Madre mía, brillantes como el diamante. Pero normal, ¿la habéis visto? Si hasta Sam se había olvidado de que Santi seguía ahí, pululando a su alrededor. —Yo Santi, encantado. ¿Tú ser amiga de Mia? Eres preciosa. ¿Quieres ser mi novia? Yo ser buen novio. Cocino, limpio, buen trato con animales. Yo tener una cobeta.

Cobaya —le corrigió Sam, sonriente.

¡Cobaya! ¡Eso! —dijo, riéndose. —Tú deber venir más aquí, yo invitar a chocolate caliente, ¿sí? Y a bocho.

Bizcocho —le corrigió Sam de nuevo, llevándose la mano a la boca para disimular que se estaba riendo.

Bizcocho, no bocho. —Santi miró a Sam de reojo. —Mia siempre reír de mí porque mi inglés es terrible, es un ser malvado, pero ayudarme a expresarme mejor. —Entonces sacó el móvil al ver que le vibraba y, al ver la hora, se apuró en despedirse. —Yo irme. Un placer, mi futura novia. Mia, hasta mañana. —Sujetó la mano de Gwen y le dio un besito en el dorso de ésta, mientras que a Sam le daba un besito en la mejilla, se quitaba el sombrero y se lo ponía con cuidado de dejarla bien mona. Luego se fue brincando, zarandeando la mano y casi chocándose con una anciana que maldijo por lo bajo la energía de los jóvenes.

Samantha, aún riendo por el personaje que era Santiago, se volvió hacia Gwen. —Y ese era Santi, el loco del que te he hablado, el cual ahora se ha enamorado de ti y quiere conquistar tu bello corazón —le dijo, casi como quién recita un poema empalagoso, acercándose lentamente a ella para darle un besito en la mejilla como saludo. Y porque hacía ya unos días que no la veía y la echaba de menos. —Y normal, Edevane, hoy has venido muy guapa. Yo de castaña y tú de rubia, quién nos lo iba a decir —comentó con jovialidad y es que Amelia Williams tenía el pelo castaño un poco claro y ojos marrones, cosas fáciles de hacer con un sencillo hechizo o pociones igual de sencillas. Entonces miró al banco en donde estaba sentada y vio una mochila bien regordeta. —Menos mal que te conozco o después de la llamada tan extraña que me has hecho sobre nuestra querida ave migratoria pensaría que llevas ahí su cabeza o algo —exageró, divertida, mirando la mochila que traía con ella.
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Gwendoline Edevane el Miér Abr 04, 2018 3:32 pm

Dediqué los minutos que faltaban para que cerrase la librería... bueno, a intentar no morirme de frío allí fuera, realmente. Había sido muy optimista respecto al clima londinense y a mi capacidad para reistir apenas un cuarto de hora allí sentada. Frotaba mis manos la una contra la otra con intención de despertar mis fríos dedos, que parecían ya más muertos que dormidos, y echaba el aliento cálido sobre ellas a fin de recuperar un poco la sensibilidad. Una vez más le recordé mentalmente a la hermosa capital del Reino Unido que el invierno ya había pasado, que estábamos en primavera, que ya iba siendo hora de que saliese el sol, las florecillas abriesen sus pétalos, los pajarillos cantasen... y las alergias empezasen a cobrarse víctimas en forma de estornudos. Pero, sobre todo, de que subiesen un poquito las temperaturas. No mucho tampoco, solo un poquito.
Me recordé a mí misma que el que hiciese frío era bueno. Es decir, lo que tenía en mente era mucho más bonito con frío. El contenido de mi mochila estaba hecho para deslizarse sobre el hielo, no sobre al agua ni sobre el asfalto, y si bien Londres tenía pistas de hielo artificiales preciosas, prefería un entorno natural, bonito... y exterior. ¿Por qué exterior? Porque estaba cansada de tener que verme con Sam en un piso u otro. Por eso hoy era rubia. Por eso me había maquillado y... y no, eso último no era por ir de incógnito.
La librería cerró puntual, y no tardé en ver salir por la puerta a Sam... perdón, quiero decir, a Mia. Samantha Lehmann no existía en el mundo muggle, solo Amelia Williams. Me recordé a mí misma no llamarla por su nombre real... y supuse que si, estando borracha cómo una cuba, había sido capaz de llamarla Paloma todo el tiempo, no iba a ser muy difícil llamarla Mia estando sobria.
Salió de la librería acompañada por un joven de pelo negro, un compañero de trabajo, supuse. Sonreí cómo quién acaba de abrir el arcón del tesoro del Rey Midas, o algo parecido, al ver a mi amiga con ese pelo castaño. Aunque creo que hubiese sonreído de la misma manera si la viese emerger de ahí en pijama, despeinada y frotándose un ojo con el puño. Sonreía... por verla, a secas.
Se acercó a mí, y cuando estaba diciéndome que estaba guapa, empecé a ponerme roja... y por suerte, la escena fue interrumpida por el joven que salió con ella de la tienda. Se presentó cómo Santi, y su forma de hablar me resultó muy peculiar. Pero no solo eso, si no que me preguntó si quería ser su novia. Me quedé con la boca abierta en una sonrisa, sin saber bien qué decir.

—¡Oh, hola!—Atiné a decir, mientras Sam y Santi mantenían lo que parecía ser una dinámica habitual: él decía algo mal, ella le decía la palabra correcta, y se reía. Y me di cuenta de dos cosas: el acento del chico, español si no me equivocaba, y que no necesitaba que nadie le pusiese por las nubes, pues él mismo lo hacía bien. Enumeraba sus virtudes, y yo no dejaba de sonreír, divertida. Todavía me sentía un poco pez en ese tipo de situaciones, más pez fuera del agua que pez dentro de ella, pero creía que me desenvolvía mejor que hacía unos meses. Recordé las pocas nociones que tenía de español antes de hablar, y crucé los dedos para no equivocarme y decirle algo propio de Mexico o Argentina.Es un plaser de conoserte, Santi. Yo me llamo...Valoré la posibilidad de decirle un nombre falso, pero finalmente no vi la necesidad....Gwendoline. Y creo que ese es todo el español que sé.

Me encontraba en la tesitura de tener que decir algo al respecto de que el joven me quisiese cómo novia. Sí, y es una tesitura complicada, porque a estas alturas todos sabemos que la Florecilla del desierto anda medio enamorada de la señorita Melocotón... De nuevo esa voz que no dejaba de decirme esas cosas. ¿Serían ciertas? Bueno, cómo fuese, no tuve que decir mucha cosa. Santi parecía conforme con haberse presentado, y me encogí de hombros, aceptando la oferta que me había hecho de chocolate caliente y bizcocho. O "bocho", cómo él había dicho. No pude evitar sonreír divertida—vale, y sonrojarme un poquito—cuando me besó la mano antes de marcharse.

—Ya no quedan galanes cómo él, ¿eh?—Comenté divertida cuando Sam me explicó quién era aquel muchacho. No hacía falta mucha explicación, realmente, pues hasta sabía que tenía una cobaya.—Es muy simpático. ¿Es español? Tengo miedo de haberme equivocado...—Cosa muy probable. ¿Sabéis eso que dicen de que los americanos y los ingleses confunden a los españoles con los mexicanos? Pues pasa a menudo.

Me puse un poco roja cuando Sam, después de darme el habitual beso en la mejilla, dijo que hoy había venido muy guapa. ¡Ay, mírala, que mona! Se pone colorada porque se ha fijado en ella... ¿Pero quién era esa voz sarcástica que hablaba en mi cabeza? ¿Qué quería? ¿Se estaba burlando de mí o algo? Pero lo cierto es que había bastante de verdad en aquellas palabras. Me daba un poco igual cómo me viesen los demás... solo me preocupaba cómo me viese ella.

—No es para tanto...—Respondí con timidez, riendo ante el comentario de nuestro cambio de pelos.—Tú sí que estás guapa. Y te brillan los ojos.—Y dicho eso, hice lo que ya se había vuelto habitual en mí: ponerme en pie de un saltito y envolverla en un abrazo cariñoso qué, la verdad, quizás durase demasiado. Pero me encantaba abrazarla.—¡Ah, eso! La verdad es que te he mentido.—Comenté con una risita cuando mencionó la posibilidad de que llevase la cabeza de Grulla en mi mochila.—Pero tienes que comprenderme. ¿Cómo iba yo a saber si mi Melocotón estaría demasiado cansada para dar una vuelta? La vida en una Cafetería-Librería tiene pinta de ser muy cansada...

Me acerqué a la mochila, la cogí en brazos y abrí la cremallera, revelando su contenido: dos pares de patines de hielo. Los había comprado hacía poco con la intención... efectivamente, de llevar a Sam a patinar sobre hielo. Y tenía otro plan: tenía la intención de llevar a Sam con un pretexto falso a la pista de hielo, y una vez allí desvelar mis auténticas intenciones.
Pero soy malísima para las sorpresas. Me moría de ganas por ver su cara.

—¡Nada de aves migratorias hoy! Solo tú, yo, estos patines, una pista de hielo...—Me mordí suavemente el labio inferior.—¿Qué me dices? ¿Te suena bien?


Última edición por Gwendoline Edevane el Jue Abr 05, 2018 2:35 pm, editado 1 vez
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Sam J. Lehmann el Jue Abr 05, 2018 5:17 am

Santiago era un payaso nato, de esos que no paran de reír y buscan la manera de hacer reír, siempre, a todo el mundo que le rodea. Y mucha gente solía pecar de idiotas asumiendo que ese tipo de personas son débiles o demasiado inocentes, pero hasta sin entenderlo del todo bien, Sam se había dado cuenta de que era una persona adulta, seria y con las ideas bien claras, aunque pareciese que no. Y le gustaba encontrarse con personas así. De hecho, se le hacía hasta raro. Nadie de las personas que trabajaba con ella podía siquiera imaginar que hay otro mundo ahí, justo al lado de ellos, en donde existe la magia y en donde hay una guerra en donde se mata por un ideal. Que no es cuestión de dinero, ni petróleo, ni cosas materiales que desgastan el mundo material... sino un ideal. Un estúpido ideal. Quién fuera muggle, en serio lo decía.

Sonrió al ver como se iba, para escuchar a su amiga, dudosa por la nacionalidad de su compañero. —Sí, español. Me dijo más concretamente de dónde era pero... si te digo la verdad me he olvidado. Ese señor habla demasiado... y como te habrás dado cuenta, no se le entiende lo que es mucho, así que solo me quedo con la mitad de lo que dice —confesó divertida, encogiéndose de hombros como si ella no tuviese la culpa. Sam sabía absolutamente nada de español. —En mi defensa diré que poco a poco le voy entendiendo más. —Y lo mejor de todo es que era el típico chico que trataba bien a todo el mundo, a los hombres como señores y a las mujeres como reinas, sin orgullo, prepotencia o malos rollos. Eran de esas personas que decías: ojalá todo el mundo fuese así, pero luego lo pensabas y... no, personas como él están en peligro de extinción, por eso son tan especiales.

Le dijo que estaba guapa y... 'No era para tanto', dice... ¡Si Sam se había fijado es porque sí que era para tanto! O no, y tenía razón y el hecho de que Sam se fijase en ella era simple y llanamente porque ahora se fijaba más en esas cosas, cuando antes Gwen simplemente era Gwen y nada más. Claro que la rubia—ahora castaña—siempre se había fijado en esas cosas, muy observadora con prácticamente todos esos detalles, quizás por eso no se lo cuestionó demasiado. El problema es que ahora mismo la miraba de una manera bastante diferente a como la miraba antes. —Ya bueno, estoy feliz —respondió a lo del brillo de los ojos, devolviéndole el abrazo a su amiga. Y es que... ¿cómo no iba a estar feliz? Trabajo con el que distraerse, un jefe adorable, compañeros tan buenos que parecía impensable tanta perfección, amigas que te esperan a la salida del trabajo con una sonrisa y un abrazo... No sé, en realidad parecía una vida de lo más normal, pero hacía tiempo que ella deseaba con toda sus ganas una vida simplemente normal. De hecho llegó un momento en el que pensó que no la iba a conseguir jamás. Al separarse de ella, la miró con el ceño fruncido. —¿Me has mentido? Te parecerá bonito —dijo, fingiendo que se ofendía. —¿Cómo voy a estar cansada para mi Florecilla del Desierto? —preguntó con retórica; con dulzura, fijándose entonces, cruzada de brazos por el frío repentino de la noche, lo que hacía con la mochila.

Como si acabase de venir a hacer un maratón, si Gwen le decía de ir a dar un paseo, ella iba a decir que sí solo por hacer cosas. ¡Sam solo quería hacer cosas en buena compañía!

Y no, para nada, absolutamente nada, se esperaba que le enseñase que en el interior de la mochila habían dos pares de patines de hielo. ¿Hacía cuánto tiempo que no se ponía unos patines de hielo? Por un momento recordó los fines de semana de invierno en Hogwarts, en el lago helado, cayéndose todo el rato de culo al hielo mientras Henry hacía un esfuerzo sobrehumano por enseñarla a patinar decentemente, derrotado porque, según él: "ya que no me dejas quitarte el miedo a las escobas, déjame al menos enseñarte a patinar". Lo recordaba como si fuera ayer. La eterna pelea entre Henry y Sam: buscar que Sam dejase de temerle al Quidditch y a volar. —Pero qué planazo, ¿no? —dijo alegre, curvando una sonrisa ilusionada. —¿Y esto por qué? ¿Te cansaste de tener una compañera de piso ocasional de gratis o tenías ganas de vivir la vida al límite con una fugitiva por Londres? ¡No, no, tengo otra! Quieres ver como me caigo repetidamente de culo contra el hielo, ¿verdad? Espero que hayas traído la cámara —exageró con jovialidad. Echó de nuevo una mirada a su pelo, dándose cuenta del porqué de que lo tuviera así. Contra todo pronóstico, le quedaba de maravilla. Porque seamos sinceros: si le hubieras preguntado a Sam que cómo creía que se vería Gwen de rubia, probablemente no hubiese apostado mucho por ello. Y se hubiera equivocado estrepitosamente. —Ahora ya entiendo el cambio de look. —Sonrió risueña. —Hace mil que no patino, pero espero fervientemente que sea como ir en bicicleta, en algún momento creo que se me dio bien, por allá por Hogwarts... en aquellos años tan bonitos en donde la gente no quería matar a otra gente y esas cosas, ¿te acuerdas? —añadió divertida, zarandeando la mano como si fuese ya hace mucho tiempo y llevasen la vida viviendo con el nuevo gobierno. Parecerá broma, pero a Sam se le había hecho eterno. —¿Y a dónde vamos a patinar? Hace tanto tiempo que no salgo que me he olvidado de hasta en dónde están las pistas de hielo en Londres.

Por recordar, podría recordar, pero de verdad, hacía mucho mucho tiempo que no daba un paseo por Londres tranquilamente, simplemente por despejarse o dar una vuelta desinteresada. Siempre iba a los mismos sitios, bastante plana en cuanto a cambiar de ubicación, en un intento de asegurarse de que no iba a lugares demasiado concurridos o que sabía que estaban cerca de lugares mágicos. Sin embargo, ahora mismo no tenía ganas de estarse preocupando por la pequeñísima posibilidad de que un sábado por la noche hubieran aurores vigilando las calles de Londres en busca de fugitivos confiados. Había pasado ya mucho tiempo desde el cambio de gobierno y lo mejor para pasar desapercibido, era simplemente ser uno más. Y no quería estar más pendiente de eso que de disfrutar de la noche con ella, la verdad.

Entonces salió de la cafetería Alfred, con un gorrito con un pompón y una bufanda de cuadros, hablando por el móvil con una gran sonrisa, al grito de 'ya estoy en camino'. —Mira, ese es mi jefe. —Le señaló con el dedo. —Cuando vengas a comerte el bocho al que te invita Santi, te lo presentaré. Es un amor de persona. Bueno, míralo, ¿no te dan ganas de apachurrarlo? —Y sonrió, pasando una de sus manos por el brazo de Gwen, enganchándose a ella. —¿Para dónde vamos?
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Gwendoline Edevane el Jue Abr 05, 2018 3:46 pm

Resultaba refrescante echar un pequeño vistazo a la "nueva vida" de Sam. Es cierto que había tenido mis dudas al respecto al principio—sobre todo después de averiguar lo que le había ocurrido en diciembre, y sabiendo que Grulla seguía vigilándola—pero no podía negarse lo evidente: Sam era feliz, y después de todo lo que le había ocurrido en su vida, se merecía esa felicidad. Era curioso pensar que una persona pudiese ser feliz con tan poco: un empleo que le gustaba, unos compañeros que la trataban bien... El efecto en ella había sido casi milagroso, o eso parecía desde mi punto de vista. Cierto es que no había estado a su lado durante la peor época de su vida, pero sí había podido ver lo sumamente aburrida que estaba los últimos meses.
Y bueno, hablemos con sinceridad: cualquiera, habiendo sufrido lo que sufrió ella en diciembre, se habría enclaustrado en casa y no habría vuelto a salir. Tal y cómo, actualmente, se puede conseguir casi todo a través de Internet, lo veía plausible. Si me hubiese ocurrido a mí, posiblemente no me atrevería ni a salir al pasillo sin compañía. Una prueba más de lo fuerte que era: no había dejado que esos dos malnacidos le arrebatasen su vida, y se había levantado más fuerte todavía.
Quizás estuviese exagerando, pero así la veía: una persona fuerte que, si bien había deseado morir muchas veces en los últimos años, jamás se había rendido. No había tomado el camino fácil... y allí estaba, sonriendo, feliz.
Cuando Santi, el compañero de Sam que hacía grandes esfuerzos por hablar el idioma y ligar con toda chica viviente que se encontrase, nos dejó a solas, no pude evitar comentarle lo simpático que era, y compartir con ella mis inquietudes: temía haberle ofendido al confudirme con su nacionalidad y su acento. Había muchos estudiantes de intercambio por todo Londres actualmente, muchos españoles, pero a veces era realmente difícil distinguirles de los latinoamericanos.

—Estoy segura de que estás siendo una gran profesora de inglés.—Comenté con una sonrisa, y de hecho, lo pensaba de verdad: estaba demostrado que se aprendía mucho mejor un idioma participando en conversaciones con otras personas, y no leyendo libros ni haciendo ejercicios de repaso. Las series y películas también ayudaban mucho.—Y seguro que con él por ahí, no te aburres ni un momento.—Añadí, sonriendo hasta el punto de casi reír. Ya me podía imaginar la dinámica de esos dos: Santi intentaba hablar correctamente inglés con alguien, ya fuese cliente o compañero, y Sam, la única que entendía lo que quería decir, corrigiéndole con una sonrisa, incluso desde la otra punta de la librería.

Me hizo una ilusión muy tonta que me dijese que estaba guapa. Viniendo de Sam, sonaba a música celestial para mis oídos. Una vez más, me encontré preguntándome en qué momento había sucedido aquello, exactamente. Cuándo había pasado de ser capaz de pasearme cómo si nada en pijama delante de ella a querer que me viese guapa. A ponerme guapa para ella. Y a disfrutar tanto el mero hecho de abrazarla, claro. Cómo ese abrazo que compartimos durante algunos segundos. ¿Cuándo había pasado la vida a ser tan bonita solo por tenerla a ella a mi lado?

—Y a mí me hace feliz que tú seas feliz.—Dije, mirándola a unos ojos castaños que, si bien seguían siendo los suyos, resultaban curiosos de mirar. Con la punta de mi dedo, le di un toquecito suave en la punta de su nariz, sonriendo a continuación. Aquellos gestos nunca habían sido demasiado naturales para mí... hasta que ella había vuelto a mi vida. Y no es que fuese así con todo el mundo, precisamente.

Confesé que había mentido, que aquello no era realmente un tema "serio", si no un pretexto para verla después de trabajar. Temía que, tras una semana entera trabajando, de lunes a sábado, lo único que quisiese hacer fuese meterse en cama y dejar pasar el día siguiente, un hermoso domingo, en compañía de Don Cerdito, Don Gato, Don Lechuzo, Lenteja y Caroline. Sería perfectamente normal.
Pero no, Sam no estaba cansada, y no pude evitar sonreír con cierta timidez cuando me llamó, una vez más, "Florecilla del desierto". Le mostré el contenido de mi mochila: patines de hielo. Todavía quedaban pistas de hielo exteriores, y me apetecía aprovechar las "últimas nieves" con ella.

—Sé que dije que no mentiría, que no daría un mal uso a mis superpoderes. Pero esta era una situación de vida o muerte: el frío se va a acabar yendo. ¡Tenemos que aprovechar!—Comenté con fingida seriedad, cómo si realmente la situación fuese de vida o muerte.—Además, ¿quién sabe? Quizás logremos aplacar a las deidades del frío con nuestra danza sobre patines.—Y llegados a este punto, ya sonreía y casi me reía de mis propias palabras.

La pregunta de Sam era buena, muy buena, de hecho, y tenía parte de razón en lo que proponía: sí, me cansaba verla solamente entre cuatro paredes, aunque no por verla a ella en sí, si no por las cuatro paredes. Por mucho que intentase hacer divertidas las tardes—y noches, también había algunas noches—en mi apartamento, seguía sintiéndome cómo si tuviese a Sam encerrada. Y la cantidad de cosas que podían hacerse en un apartamento son limitadas, y la variedad acaba brillando por su ausencia.
Así que iba siendo hora de decirle "Que te den" al mundo exterior, y aprovechar la vida. Si el gobierno actual del mundo mágico había llegado para quedarse, esta era nuestra vida, y estaba harta de medir mis pasos o vivir mi vida asustada. Suponía que Sam estaría igual.

—Te equivocas con todas.—Le respondí, riendo divertida, y tratando de ponerme un poco más seria antes de seguir hablando.—Quería que tuviésemos una noche normal. Tú y yo. Cómo antes de... todo. Una noche sin preocuparnos de... aves migratorias o gente despreciable. Y no tener que escondernos cómo si hubiesemos cometido algún crimen...—Por supuesto, a medida que iba hablando, iba bajando un poco la mirada. Años de timidez no iban a desaparecer tan rápido. Y sí, también soy consciente de lo otro: parecía que le estaba proponiendo una cita romántica, no un encuentro entre amigas, y creo que así lo hice de manera inconsciente.—Una noche normal contigo.—Alcé de nuevo la mirada hasta establecer contacto visual con ella, sonriendo tímidamente.

Mi cambio de look era precisamente por eso: querer hacer algo diferente con ella no implicaba que me hubiese vuelto idiota. Ambas teníamos que pasar desapercibidas, parecer diferentes a nuestros "yoes" habituales. Dudaba que el Ministerio invirtiese los sábados noche en buscar a fugitivos en lugares cómo pistas de hielo, pero toda precaución era poca. Tampoco creo que, de haber algún empleado del Ministerio por allí, fuese a ser tan rebuscado de echar cuenta a dos chicas que se limitaban a patinar sin molestar a nadie, salvo quizás a sus propios traseros al caerse de culo en el hielo.

—No te preocupes. Yo también tengo abandonado el patinaje. ¿Y qué si nos caemos? Así se aprende otra vez, ¿no? Además, creo que mi trasero está adquiriendo una resistencia extra a las caídas últimamente. Demasiadas veces toca el suelo...—Comenté con resignación, y una expresión de tristeza fingida en mi rostro.—Hampton Court. Con lo frío que ha sido este invierno, la pista de hielo sigue perfecta para patinar.—Respondí a su pregunta, teniendo presentes otras alternativas en caso de que Hampton Court estuviese deshelándose ya. Cosa que dudaba, pues según Internet, seguía funcionando.

Mientras hablábamos de nuestro plan, un viejecito salió de "El juglar irlandés" hablando por su teléfono móvil, y echándole la llave al establecimiento. Esbocé una sonrisa divertida al escucharle decir a quién fuese su interlocutor al otro lado de la línea que ya iba en camino. Lo dijo con un tono que parecía querer decir "¡Que soy viejo, no me metas prisa!". Me pareció de lo más entrañable, por algún momento.
Sam me lo presentó cómo su jefe, prometiéndome que me lo presentaría formalmente cuando acudiese a hacer efectiva la invitación de Santi.

—¿Estás segura? No quiero invadir tu espacio ni nada de eso...—Dije dubidativa, pues tampoco quería auto-invitarme a formar parte de esta nueva vida de Sam. No quería atraer demasiados problemas en aquella dirección. Mi amiga, entonces, me cogió del brazo, y yo le sonreí.—¡Por ahí!—Señalé la dirección con mi mano libre, y empezamos a caminar.—¿Sabes? Soy muy mala con las sorpresas. Me hace tanta ilusión ver la cara de la persona a la que quiero sorprender, que a veces no puedo evitarlo y lo suelto antes de tiempo. Así que ahí va: cuando estemos cansadas de patinar, a eso de las diez, he reservado mesa en The Ledbury, ese restaurante medio finolis que hay en Ledbury Road, ¿sabes? Tendremos que usar la aparición para llegar a tiempo y disfrutar todo lo posible del patinaje... pero creo que merecerá la pena.

Bueno, ya veríamos cuando viésemos la factura. Me había costado la vida y el mundo conseguir una mesa en aquel sitio. Había tenido que rogar y suplicar tanto que no me sentía cómoda confesándolo. ¿Se escapaba un poco de mi presupuesto? Un poquito, sí, pero bueno... un día era un día. Quería una noche especial, digna de recordar. Y ese restaurante nos la recordaría.
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Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Vie Abr 06, 2018 4:47 am

Por mucho que Samantha hubiese nacido, crecido y vivido en países gélidos y cargados de frío... no, ella siempre preferiría el calor. ¡Estaba harta del frío seco, que se te secasen los labios y de tener que ponerse dos pares de calcetines para que no se le congelen los deditos de los pies! Lo único bueno que tenía el invierno y el frío era poder meterse bajo una manta bien calentita a ver una película. Bueno, que estaba quedando de hater suprema, en verdad tampoco lo odiaba demasiado, de hecho ahora mismo agradecía infinitamente el frío que hacía con tal de aprovechar para ir a patinar con Gwen. —Mi estilo de patinaje lo único que podría conseguir es que las deidades del frío huyan de Inglaterra para no dejarme hacer más el ridículo de esa manera, verás —continuó la broma de su amiga, sonriendo divertida. —Menos mal que es imposible que en Inglaterra deje de hacer frío, o lo vería muy plausible. —Y la miró, encogiéndose de hombros. —Es broma, creo que no se me da tan mal... creo. Henry puso mucho empeño en enseñarme en Hogwarts cuando yo me negaba a subirme a una escoba. —No era un secreto oculto que Sam odiaba el Quidditch y volar en escoba desde que se cayó de la escoba en primero de Hogwarts tras que una bludger le rompiese un mano. ¿Mala suerte? Toda su vida. La gente se cree que es reciente, pero no, a Sam le persigue desde temprana edad.

Al igual que Sam no necesita ningún motivo para darle una sorpresa a Gwen o invitarla—con dinero de Caroline—a ir a algún sitio, sabía que en realidad su amiga tampoco tendría por qué tener un motivo, sin embargo, como llevaban meses prácticamente sin salir de casa y encontrándose, casi de manera única, entre las cuatro paredes de los pisos de ambas... era inevitable preguntar el por qué. Y Sam no dio con el por qué, aunque bueno, tampoco es que hubiese dicho nada realmente lógico ni inteligente, sino que soltó lo primero que se le había pasado por la cabeza. Escuchó lo que decía Gwen y no pudo evitar mantener la sonrisa en el rostro, mirándola con ternura. Ella también echaba de menos esas noches en las que salían simplemente al cine, o a algún pub en donde hubiera música tranquila en directo, o simple y llanamente a dar un paseo a la luz de la luna mientras disfrutabas de la noche del viernes, parándose en algún lugar bonito para solo hablar, admirar la noche y disfrutar de la compañía de la otra. En ningún momento relacionó aquello con una cita. Hacía tanto tiempo que no tenía una que para ella ya era hasta normal hacer cosa de ese estilo sin ese trasfondo especial. —Pero Gwen... —Susurró, como quién va a contar un secreto. —¿No te has enterado? Yo si he cometido muchos crímenes. Al parecer nacer de una muggle es uno y tener una varita que me eligió también. Y al parecer también he matado gente, aunque yo de esto no sé nada, ¿eh? Tienes una amiga que es una malvada a ojos de la ley y a ti no se te ocurre otra cosa que juntarte con ella y cometer el crimen de traición al gobierno. Y luego dices que no hemos hecho nada... —Negó con la cabeza, para luego mirarla con una mirada sincera. —Sabes que es broma. Te agradezco mil que me saques de casa, en serio te lo digo... quizás las cosas no son normales, pero fingir que lo son es lo mejor que se puede hacer ahora mismo.

En realidad Sam tenía más miedo de caerse de boca, que de caerse de culo. Con lo torpe que era ya el culo lo tenía preparado para muchas caídas, ¿pero la parte delantera? Las rodillas, las manos... ¿no os ha pasado nunca que os caéis de boca y como que las manos van con retraso y no llegan a parar la caída? Sam temía tener los reflejos de una tortuga octogenaria y que le pasase eso, parando la caída con la nariz o algo por el estilo. Sin embargo, las palabras de Gwen inevitablemente la hicieron recordar lo poco que recordaba de carnavales, viendo a Gwen cada dos por tres en el suelo. Ahora entendía que no estaba haciendo breakdance, sino intentando no hacerse una con el suelo. Bueno, ahora no, se enteró al día siguiente, lo cual resultó en varias carcajadas. —¿Cómo en carnavales, no? Yo creo que ahí ya superaste tu cupo de caídas en una noche y conseguiste que tu trasero llegase a la máxima habilidad de protección, aunque yo pensase por un momento, super convencida, que intentabas hacer breakdance —dijo divertidísima, llevándose la mano a la boca, riéndose. —Buah... carnavales, tía. Menuda te cogiste, ¿no? —Sí, claro, ella. No fue Sam quién se reencontró con Bee y no se acuerda. No fue Sam quién bailó Beyoncé hasta darlo todo en la pista, incluida la vergüenza. No fue ella quién fue besada por tres personas esa noche. ¡Pero lo que si era cierto es que no fue ella quién atacaba a todo el mundo con flechas ni besaba a sus amigas a traición! Que de eso si se acordaba perfectamente. Como para no. No todos los días te besa Gwendoline Edevane y tú tienes la oportunidad de seguirle el beso. —Hay que repetir —dijo de manera inconsciente. —Lo de carnaval, digo. —Obvio, ¿no? ¿Qué iba a hacer si no? —Irnos de fiesta, aunque de ser posible sin que tenga que ponerme una máscara que me oculte todo el rostro y me haga morirme de calor. Y a ser posible que al día siguiente recordemos todo y no queramos pegarnos un tiro del dolor de cabeza por la resaca. —No dijo nada respecto al momento beso, porque sabiendo como eran ambas, las dos terminarían como un tomate mirando en distintas direcciones. —Pero me gustó verte borracha, ¿hacía cuánto que no estábamos así?

A ver, pongámonos en situación: era Sam quién no tenía casa, quién vivía con Caroline pero pasaba casi la misma cantidad de tiempo en la de Gwen y quién buscaba cualquier pretexto para quedar con sus amigas con tal de hacer algo con su vida y no querer morirse de aburrimiento. ¿Y de verdad era Gwendoline quién se preocupaba de invadir el espacio de Sam? —Venga ya, Gwen, si llevo meses invadiendo yo tu espacio personal, íntimo, privado y todos los habidos y por haber, ¿cómo me va a importar que vengas a comerte un bocho a mi trabajo? De hecho, me encantaría, así te los presento a todos y te enseño aquello. Es super genial. Es pequeñito pero... super acogedor. Te encantará, lo sé. —Eran ratas de biblioteca y amantes del chocolate y el té, ¿cómo no le iba a gustar? Le iba a enamorar igual o más de lo que le enamoraba a Sam un lugar así. Aún no entendía cómo podía pensar lo de invadir el espacio, si es que la idea de trabajar, mirar hacia el piso inferior y ver a Gwen tranquila, leyendo un libro mientras se toma un té... le parecía una imagen maravillosa.

Comenzaron a caminar en la dirección que marcaba Gwen, aunque Sam no tenía muy claro si iban a un lugar a donde desaparecerse, a coger el metro o caminando hasta Hampton Court. Si era sincera, ahora mismo no estaba muy segura de la distancia que habría, pero iba a dejarlo todo a manos de Gwen y simplemente prestar atención a la conversación que, de repente, venía con otra sorpresa. Sabía qué restaurante era The Ledbury y no precisamente porque hubiese ido a comer con anterioridad. Si tuviésemos que poner a la gente que va a The Ledbury en el número uno del TOP en cuanto a economía, Sam estaría por allá por el número siete u ocho. O nueve. —¿En serio? ¿Cómo que medio finolis? ¿Y el otro medio en dónde te lo has dejado? Si es de los restaurantes más pijos que he visto en mi vida. Por no hablar en la zona en la que está, que solo por eso... —Sonaba sorprendida; estaba sorprendida. Y sonrió con emoción, claro, sólo de imaginarse allí dentro. —Pero que ilusión, creo que nunca he ido a un lugar así. ¿Iremos bien vestidas así o habrá algún señor tiquismiquis y repipi que nos mire de arriba abajo por no estar adecuadas a su elegancia de cinco estrellas? No te pueden echar por eso, ¿verdad? —En realidad Sam iba bastante mona, pero ya se imaginaba que había que ir de gala o algo así. De repente, el sombrerito que llevaba ahora no pegaba para la ocasión. —¿Y tú crees que llevarme a patinar y a The Ledbury es una noche normal para mí, Gwen? Eso es otro nivel —dijo, sonriente.
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Gwendoline Edevane el Vie Abr 06, 2018 2:33 pm

El patinaje nunca había sido mi fuerte, de la misma manera que cualquier deporte que requisiese un mínimo de coordinación tampoco era mi fuerte. Además, por norma general, asociaba aquel deporte a la diversión en compañía de amigas, no a algo que pudieses hacer sola. Y teniendo en cuenta que aproximadamente desde noviembre de 2016 hasta diciembre de 2017 había estado sola, no es cómo que me hubiese apetecido practicar patinaje sobre hielo. Ni celebrar cumpleaños. Ni la Navidad, dicho sea ya de paso.
En Hogwarts, en cambio, sí lo practicábamos. Todavía recordaba aquellas tardes de invierno en el lago, los patines calzados, Henry Kerr mofándose—siempre desde el cariño más profundo que ese muchacho le profesaba—de Sam, mientras ella hacía esfuerzos por aprender de él; Beatrice haciendo un uso pérfido de su destreza natural para cualquier deporte, se hacía con bolas de nieve y nos bombardeaba a los demás; y mientras tanto yo, Gwendoline Edevane, deslizándome por el hielo más con el culo que con los patines.
Buenos tiempos. ¿Qué había hecho el tiempo con nosotros? La nostalgia se apoderó inevitablemente de mí.

—¡Pues con más motivo tenemos que aprovechar el momento!—Respondí dando un pequeño saltito, dejando la nostalgia atrás y sonriendo.—Si tu danza invernal alejará el frío, tenemos que aprovechar todo lo que podamos esa hermosa pista de hielo.—Cierto era lo que decía; Londres sin frío no existía, sería un sinsentido, pero eso tenía también sus cosas buenas: Inglaterra era de los pocos países que, en pleno abril, todavía tenía pistas de hielo naturales. Y dadas mis intenciones para esa noche, era todo un lujo.—Bueno, yo creo que hizo un buen trabajo.—Respondí, con una sonrisa un poquito más tensa. No me gustaba hablar del tema Henry Kerr.—Si sigues patinando tan bien cómo yo recuerdo, desde luego que hizo un gran trabajo.—Añadí, sonriendo más abiertamente, intentando quitarle hierro al asunto. No quería que nada arruinase aquella noche. Y lo único que quería era estar con ella y estar feliz con ella. Y que ella fuese feliz.

Explicar el motivo de toda aquella "cita" era... complicado. Es decir, no es que yo no supiese qué sentía por ella, la necesidad que tenía de hacerla feliz, y lo feliz que me hacía estar con ella. Evidentemente, no soy tan estúpida, no podía pasar desapercibida la sonrisa que se me ponía en la cara y cómo se me aceleraba el corazón cada vez que recibía un mensaje de whatsapp suyo; o cómo sentía la necesidad de abrazarla siempre que la tenía delante; o cómo se me aceleraba el corazón al mero contacto de su labios en mi mejilla, o su mano sobre la mía; o cómo sonreía de manera estúpida cada vez que me llamaba "Florecilla del desierto".
Evidentemente, tenía todos aquellos datos en mi mente, y sabía muy bien cómo ella me hacía sentir. ¿Pero lo identifiqué en algún momento cómo amor? En aquel momento, todavía, no. Sí, había en mi cabeza una voz sarcástica que zumbaba tonterías acerca del amor, pero no quería creerla; no quería creer que besar sus labios sería la cura para todos mis problemas. ¿Y por qué? Pues porque siempre, en mayor o menor medida, me había sentido así con ella. Y nunca lo identifiqué con nada que no fuese amistad. Una amistad muy especial, pero amistad a fin de cuentas.
Así que todos estos sentimientos me llevaban a querer hacerla feliz, a querer mantener esa sonrisa en su rostro, a que sus ojos no perdiesen ese brillo que tenían. Y si bien ella sonreía y era feliz cuando nos reuníamos en mi piso o en el de Caroline, nada podía compararse al brillo en sus ojos, a lo amplio de su sonrisa, y a la felicidad que desprendía en las últimas dos semanas, desde que había empezado a trabajar.
Poder volver a pasear a la luz del solo o de las estrellas junto a ella... bueno, eso era todo lo que quería.
Y una vez más, consiguió hacerme reír con su comentario. Ella conseguía sacarle el lado divertido a todo, incluso a su condición de fugitiva y a mi condición de traidora al nuevo gobierno. Era cierto, éramos criminales según el nuevo baremo, y lo peor de todo: Gwendoline Edevane, sin saberlo, estaba enamorada de una "sangre sucia". ¿A cuanto ascendería mi hipotética recompensa en caso de ser descubierta?

—Es verdad. Somos unas desgraciadas viviendo en pecado e iremos al infierno.—Comenté, divertida.—Pero, ¿sabes? Iría feliz al infierno si voy contigo, me daría exactamente igual.—Quizás aquella frase fuese un poco... excesiva, dadas las circunstancias, y reconozco que mi mecanismo de autocontrol no se activó todo lo rápido que me hubiese gustado; de haberlo hecho, habría bloqueado aquella frase, posiblemente. Pero últimamente tenía menos miedo a decir lo que sentía... aunque me pusiese roja y fuese incapaz de mantener la mirada alejada del suelo.—Bueno, sean normales o no, son las circunstancias que nos ha tocado vivir, ¿no?—Me encogí de hombros, resignada, pero sin dejar de sonreírle. Daba igual lo que pasase hoy en el mundo, que yo seguiría feliz a su lado.

La mención a mis caídas al suelo trajo de vuelta un recuerdo un tanto borroso, pero bonito: la fiesta de carnaval en la discoteca Babylon. ¡Cuanto había bebido aquella noche! Había bebido hasta el punto de ponerme a disparar flechas a diestro y siniestro—y diestro, o siniestro, uno de los dos, resultó ser un pobre camarero que tuvo que protegerse con una bandeja—; había hecho un dueto con un chico al que en mi borrachera máxima había confundio con Grant Gustin, protagonista de la serie Flash; había escuchado a un tipo cantando Despacito en francés; había pasado parte de la noche junto a Caroline y un plátano que resultó ser Henry Kerr—no le reconocí de lo borracha que estaba, y lo ridículo que iba él—; y también había besado a Sam.
Todo lo demás estaba relativamente borroso, salvo quizás las caídas al suelo, pero el beso a Sam... bueno, no puedo decir que lo recuerde al cien por cien, pero sí recuerdo la sensación que me produjo. Una sensación casi hipnótica, muy agradable, hasta el punto de darme cuenta de que había sido el mejor beso de mi vida.

—¡Tienes razón, hay que repetirlo!—Respondí con entusiasmo, y la verdad es que no sé en qué pensaba exactamente: si en la fiesta o en el beso. Y creo que repetiría ambas cosas, si pudiese.—Sí, claro, claro... lo del carnaval.—Me apresuré a añadir yo también. No es que pensase que Sam insinuaba que había que repetir el beso, ni nada... Aunque repetirlo sobrias quizás fuese ilustrativo e interesante... No sigas por ahí...—Hecho. La próxima vez que salgamos, nos vamos de fiesta. Tú y yo. Pero haz el favor de alejar cualquier tipo de arco o arma de mí. Y creo que te daré mi varita antes de empezar a beber, por si acaso.—Comenté, riéndome y recordando cómo había disparado todas aquellas flechas. Y bueno, cuando más tarde había perdido mi arco, no sabía ni donde, había empezado a regalarlas: le di una a una chica guapa vestida de época y a... ¿Ed Sheeran? No sé hasta qué punto esa parte de la historia es veraz...—¿Eh? Bueno, pues creo que ya hace bastante... Si no recuerdo mal...—Hice memoria, pues de aquello hacía, por lo menos, dos años, pues cuando Sebastian Crowley llegó a la vida de Sam, nuestras aventuras paulatinamente se fueron terminando.—Creo que fue cuando cumpliste los veinticinco. O cuando yo cumplí los veintiséis. Las dos fechas son cercanas, y hubo tanto alcohol que no recuerdo mucho... solo a ti bailando en lo alto de la barra del bar...—Hice una pausa, mirando hacia un lado, cómo intentando evitar mi parte de culpabilidad. Me puse entonces un poco colorada.—¡Bueno, vale! Las dos, no solo tú... Yo también.

Me gustó que a Sam le pareciese bien que "El juglar irlandés" pudiese, en un futuro, convertirse en uno de mis lugares habituales. Estaba tan harta del mundo mágico y de los puristas, que un lugar puramente muggle, con buena gente que lo único que quiere es vivir sus vidas con normalidad, se me antojaba como un paraíso. Y Sam se merecía un lugar así después de tanto sufrir.

—Tú nunca has invadido mi espacio. Por mí cómo si quieres quedarte a vivir conmigo. Me harías muy feliz.—Otra de esas frases involuntarias. ¿Acababa de invitarla a vivir conmigo? No creo que fuese mi intención, pero cómo tal sonó.—Está bien, pues me pasaré más a menudo. ¿Sabes? Quizás debería dejar mi trabajo en el Ministerio y buscarme un trabajo como el tuyo. El Ministerio no me da más que disgustos y noches en vela.—Comenté divertida, y sabía que lo que proponía era imposible para mí actualmente: la Orden del Fénix contaba conmigo, con la información que podía entregarles desde mi puesto. Pero, si algún día todo cambiaba... ¿por qué no? De todas formas, llevaba demasiado tiempo en el mismo puesto, y había visto la peor cara del mundo mágico desde que estaba allí.

Mientras caminábamos hacia un lugar con cierta privacidad para poder desaparecernos, arruiné la segunda parte de mi sorpresa al confesar a Sam que había conseguido mesa para cenar en The Ledbury. Decir que ese restaurante era "medio finolis" era un eufemismo: pocos sitios más finolis existían en Londres actualmente. Había tenido que llorar y suplicar para que me concediesen una mesa, y finalmente la tenía. Y así me arruinase, hoy cenábamos allí. Cómo que me llamaba Gwendoline de las Mercedes Edevane.
Sam lo definió bastante mejor que yo, de hecho. La propia zona en la que estaba era la zona rica de la ciudad, así que... bueno, esperaba que mereciese la pena. Seguro que mi cartera no opinaba lo mismo, pero yo estaba deseando probarlo.

—Hay que probar la comida de los ricos al menos una vez en la vida, ¿no? Y bueno, digamos que esto es "especial" dentro de la normalidad.—Respondí, haciendo el gesto de comillas con las manos.—Eso sí, me han recomendado que ignores totalmente la parte no vegetariana de la carta. Por lo visto, si pides que quiten algún ingrediente de un plato, pueden invitarte amablemente a salir por la puerta. No sería buena idea que pidas "Prosciutto con reducción de jerez sobre cama de trufas silvestres" sin jamón.—No tenía ni la menor idea de si allí servían un plato con un nombre tan rimbombante, pero seguramente alguno parecido sí habría.—Bueno, ya estamos llegando. Por ahí.

Señalé en dirección a un callejón cercano, en el cual nos adentramos. Era el mismo lugar en el que yo me había aparecido. Daba a la parte trasera de un restaurante, y a no ser que alguien saliese a sacar la basura, no había un alma rondando por allí.

—La última vez que nos desaparecimos y aparecimos juntas... creo que fue en casa de Kant. Hoy será para algo más bonito. ¿Me concede su mano, señorita Lehmann, para llevarla a un paraíso invernal?—Comenté con una expresión "seria" en mi rostro, una expresión de seriedad fingida, mientras le tendía mi mano a mi amiga. Y, por supuesto, mi corazón se aceleró ante la inminencia de contacto entre la piel de ella con la mía. Ya era habitual en mí.
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Sam J. Lehmann el Sáb Abr 07, 2018 6:37 am

¿Patinando tan bien como ella recordaba? Creía fervientemente que tenía un recuerdo mucho mejor de lo que realmente era. Algo así de que como el recuerdo, en sí, es bonito, todo lo que recuerdas era bonito. Pero no. No, no, no. ¿Ella no se acordaba de cómo Henry le hacía bullying a Sam por ser tan condenadamente mala en cualquier tipo de cosa que conllevase un poco de coordinación locomotriz? Así le iba a Sam ahora mismo, que no se le daba nada bien aprenderse un par de llaves o técnicas básicas de defensa personal. Menos mal que Caroline insistía, pero vamos... entre que Sam era torpe por excelencia en ese tipo de actividad física y que no le gustaba absolutamente nada tener que pegar un puñetazo... estaba destinada a no saber defenderse bien jamás. —Creo que recuerdas a otra Sam, ¿eh? ¿Con quién me pones los cuernos, Gwendoline? —Dijo, para entonces sonreír y dejarse de dramas. —Que a ver, no es que se me diese pésimo, pero tampoco se me daba bien bien. Me defendía y me gustaba, pero desde que me despistaba un poco siempre terminaba como tú en carnavales. —Y la miró de reojo. Le gustaba, ¿vale? Le gustaba meterse con ella con esos detalles de borracha torpe, le parecía adorable.

Ya Sam tenía asumido que de existir un cielo y un infierno, ella iba de cabeza al último. Ya no por ser hija de muggles o ir en contra de un gobierno que obviamente ese Dios todopoderoso no apoyaría sino porque... vamos a ver, es lesbiana. Si por cualquier razón sus vivencias son demasiado buenas como para llegar a las puertas del cielo, ahí estaría Jesucristo, Dios, la Paloma y hasta la Virgen María preparados para pegarle una patada en la frente que la mandaría de camino al infierno, por lesbiana. ¡Eso era una herejía! ¡Algo anti-natural! ¡Algo horrendo que la Santa Biblia no aceptaría jamás, por mucho que la persona sólo profese amor al prójimo, respete y no robe nunca, no importaba! Su abuela era muy cristiana, ¿vale? Ya le había dado muchas charlas—desde el respeto, según ella—por ser de la otra acera. Fue una noticia que creó mucha controversia en casa.

Le hizo gracia el comentario de su amiga, porque en realidad tenía toda la razón. Hasta ella iría feliz al infierno si fuera tan bien acompañada. Acostumbrada al riesgo de una vida de fugitiva, hasta la tranquilidad del cielo se le antojaba como aburrida. —¿Cómo te imaginas el infierno, Gwen? —preguntó de repente, misteriosamente filosófica. —Bueno, teniendo en cuenta de que existiera, claro... —Porque como era evidente, Samantha no era ni religiosa, ni agnóstica, era directamente atea. Después de conocer el mundo mágico, fue inevitable para ella lo de dejar de creer en esas boberías, pese a la familia tan católica que tenía.

Porque claro, Sam siempre se imaginó el cielo como una representación de una playa paradisíaca, tranquila, en donde pasar el resto de tu eternidad en una paz eterna. Y claro... luego lo pensaba y lo lógico es que lo contrario sea que el infierno sea algo horrible que te haga sufrir por el resto de tu no-vida, pero qué estúpido, ¿no? El infierno es para los rebeldes, para los malvados, para los que buscan saltarse las normas con tal de vivir la vida plenamente, los que van a contracorriente, a los que no les importa lo que diga la gente, los que siempre arden en ansias de conseguir sus sueños, los pasionales y aventureros... Así que lo lógico era pensar que el infierno era una fiesta eterna en la que el desfase y la locura eran permanentes, obviamente. No sé... Sam había tenido estos dos años mucho tiempo para pensar en cosas tan idiotas como esas, ¿vale? Por poco no termina loca, suerte que tenía un cerdo al que contarle sus paranoias. Menos mal que Gwen la devolvió a la conversación cuerda. —Sí, y nos toca adaptarnos, desgraciadamente. Yo solo he tardado un año y medio en adaptarme a mi vida de fugitiva, ¿casi nada, eh? —Ironizó con una sonrisa risueña. —Gracias a ustedes —dijo sin dudarlo ni un momento. Si no, a saber en qué lugar estaría y en qué situación en decadencia.

Pues claro que había que repetir lo del carnaval, hacía tanto tiempo que no se iba de fiesta de esa manera tan relajante que... en serio, hasta la resaca mereció la pena. La última vez que había ido a una fiesta había sido recién de haberse reencontrado con Caroline pero no la disfrutó lo más mínimo, por no contar que terminó de manera un poco fortuita con su Crowley más odiado de por medio. Soltó una divertida carcajada ante la advertencia de Gwen sobre las armas de juguete estando borracha. —Me aseguraré de que no haya ningún objeto puntiagudo o arrojadizo cerca de ti, aunque en teoría todo pueda ser arrojadizo... Pero bueno, me encargaré de que no crees enemigos. —Le aseguró con diversión. —¿Conoces algún lugar? Yo creo que todos los que conocía quedaron obsoletos. —Hizo una pausa, mirándola de reojo. —Qué vieja he sonado, madre mía, ni que tuviera cuarenta años ya... que aquí la vieja eres tú... —Dijo eso casi por lo bajo, tapándose la boca divertida y mirándola de reojo, sólo por picarla un poquito. Y ya cuando le recordó aquel momento en el que se subieron a la barra de aquel lugar... el rostro de Sam cambió por completo. No recordaba en absoluto si había sido por el cumpleaños de ella o el de Gwen, ¿pero eso qué mas daba? Lo realmente importante de aquello había sido ver a Gwendoline de las Mercedes Edevane y a Samantha Jota Lehmann sobre la barra del bar y utilizando uno de los poste como barra de bailarina. La risa sonora volvió a los labios de Sam. —¡Gwen, no me acordaba de semejante y bochornosa situación, madre mía! ¿En qué nivel de decadencia nos encontrábamos en ese momento? —Y siguió riendo, con los ojos tan achicados que casi parecían cerrados. —No sé que narices bebimos esa noche, pero se nos fue de las manos, ¿eh? —Seguro que había sido uno de esos días en donde sales con toda la valentía a emborracharte con algo que no has bebido nunca y... así terminas, así terminas... —¿Sabes si sigue abierto? Era un sitio genial, había super buen ambiente. Recuerdo que nadie nos tiró tomates, así que eso es señal de buen rollo, ¿no? —Bromeó, mordiéndose el labio inferior ante ese recuerdo que había aparecido en su mente como por arte de magia. En realidad si nadie les tiró tomates es porque en una discoteca era alto improbable conseguir tomates, pero bueno, la lógica de Sam no iba por tomarse su frase literal; era una manera de hablar.  

Habían dos puntos de vista, estaba claro. Pero era un hecho que Sam sí que había invadido el espacio de Gwen, no sé... iba mucho a su casa, se pasaba horas y horas allí, en su compañía... y sabía que si en cualquier momento Gwen quería tiempo para ella sola, se lo diría sin problemas y Sam se iría a casa de Caroline a acariciar la barriguita de su cerdito para entretenerse. Eso sí... que a Gwen no le pareciese que le estaba invadiendo el espacio era otra cosa, pero hacerlo lo hacía. Le pareció muy dulce que su amiga le ofreciese con tanta naturalidad el prácticamente vivir con ella, por lo que no pudo evitar sonreír. —Te cansarías de mí, ¿sabes la de tiempo que tardo en el baño duchándome? Te harías pipí encima esperando por mí —dijo, buscando el peor de sus defectos: el tiempo que se pegaba en el baño. ¡Por no hablar de cuando se tenía que preparar! Sam era muy coqueta, ahí en donde la veías, le encantaba pegarse su tiempo poniéndose mona.

Lo de buscar un trabajo fuera del Ministerio hizo que Sam la mirase sorprendida, ya que no se lo esperaba lo más mínimo. Como era evidente, Sam ahora mismo no concebía a Gwen trabajando en otro sitio que no fuera ese, en donde ha trabajado toda su vida. —Pues quizás deberías —dijo, contra todo pronóstico. —O sea, en realidad es lo que más desearía yo para ti porque si a ti te pone de los nervios que yo salga a la calle, a mi me pone de los nervios que Caroline y tú trabajéis en el sitio más peligroso actualmente de nuestro mundo —confesó. —Pero si dejas el trabajo con el pretexto de irte a un local muggle... quizás te pongan bajo vigilancia. Solo quizás, ¿eh? —bromeó. En realidad era muy lógico pensar que si alguien dejaba el trabajo en una situación como la actual, pudiera ser un poquito sospechoso y menos sin un motivo de fundamento detrás. Porque con la soberbia de los de arriba, ¿quién no piensa que es un honor trabajar para el Ministerio de Magia Británico? Si alguien quiere irse, es porque es un traidor o algo esconde. Sí, era un pensamiento un tanto retorcido, pero perfectamente plausible para esas personas en el poder.

Lo de ir al restaurante The Ledbury fue incluso más inesperado que el plan de ir a patinar sobre hielo y, por mucho que dijese Gwen, ¡era algo muy TOP para la vida de mediocridad que llevaba teniendo Sam toda su vida! Pero pese a eso, le devolvió una sonrisa, porque en realidad estaba super emocionada y reconocer en su vida mediocre que ir al The Ledbury era solo 'especial' dentro de su normalidad, le pareció válido y bonito. Gwen, haciendo que cosas que Sam creía impensables, fuesen solo 'especiales' en un día normal. Le devolvió la mirada, con cariño. —Bueno, vale —aceptó, con un leve asentimiento. —Debería pedirme algo de eso sólo para ver sus caras, tiene que merecer la pena —respondió divertida.

La persiguió al callejón que daba a la parte trasera de un restaurante, de hecho estaba casi segura de que era un callejón sin salida, aunque ahora mismo estuviese demasiado oscuro—pues la lucecita de la farola tintineaba suavemente pues estaba rota—y no se veía mucho más el fondo. Se paró junto a ella cuando todo estuvo bien oscuro y estaban alejadas de miradas ajenas. Posó su mano sobre la de ella suavemente. —Como no, señorita Edevane. —La imitó, risueña.

De repente un leve tirón en el estómago las hizo desaparecer de ahí. Era curiosa la aparición conjunta; todo a tu alrededor se movía a una velocidad tan irreal, psicodélica y extraña que sólo aquello a lo que estabas adherido permanecía inmóvil a tu lado. Que en realidad no es que estuviese perfectamente inmóvil a tu lado, pero era lo único que podías llegar a vislumbrar con detalle. Fueron apenas dos segundos, hasta que aparecieron cerca de la pista de patinaje de Hampton Court. Estaba justo en medio de un largo parque y un palacio que estaba allí, que sinceramente, Sam no tenía ni idea de quién era, aunque con la cantidad de cosas que tenía la Tita Isa—Isabell II de Reino Unido, para el resto de mortales—no le extrañaría lo más mínimo que fuese de ella, para variar. Ellas se aparecieron concretamente en la zona del parque, ocultas aprovechándose de las grandes sombras que creaban los grandes árboles en la noche caída. Sam estiró la cabeza cual suricato curioso para observar la pista, la cual estaba iluminada por unas luces violetas. Habían personas patinando, pero apenas unas cuantas—contaba, quizás, cuatro parejas—en comparación con lo lleno que está eso en plenas navidades. El frío seguía, pero el espíritu no, así como las vacaciones. La legeremante le soltó la mano a su amiga y se las guardó en el interior de los bolsillos de su abrigo, para entonces comenzar a caminar junto a ella hacia allí. —¿Y eso que se te ocurrió lo de venir a patinar? Entiendo lo del día normal pero... ¿por qué no cine? ¿O paseo por Trafalgar Square? ¿O ir a robar Gringotts? —Bromeó eso último, sonriente, mirándola  sin dejar de caminar.
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Gwendoline Edevane el Sáb Abr 07, 2018 3:45 pm

Recordar Hogwarts suponía inevitablemente recuperar tiempos mejores. Cuando Sam y yo éramos dos niñas que no habían conocido el sufrimiento; cuando Henry Kerr era aquel muchacho encantador que no tenía problemas a la hora de hacer frente a dos o tres abusones para ayudar a una amiga; cuando Beatrice Bennington estaba ahí para hacernos reír a todos, y Caroline Shepard estaba ahí para defender nuestro honor frente a lo que fuese. Cuando las cosas eran más sencillas, más inocentes... Antes de conocer el lado feo de la vida.
En aquellos tiempos, ambas éramos malas patinando. Malísimas. Sin embargo, mi forma de patinar era infinitamente peor que la de Sam. Creo que mis posaderas tocaban más el suelo de lo que lo hacían las cuchillas de los patines. Por suerte, a fuerza de intentarlo, había conseguido un cierto equilibrio, y reducir considerablemente mis "relaciones íntimas" con el suelo.
Mis ojos se abrieron por un momento ante la pregunta de Sam. Sosiégate, mujer, que solo ha sido una broma. Sí, si, una broma, pero por algún motivo, sentí la necesidad de responderle "¿Ponerte los cuernos? ¿Quién en su sano juicio estaría contigo y pensaría siquiera en ponerte los cuernos?" Por suerte, en esta ocasión mi filtro mental, ese que impedía que las tonterías llegasen a mis labios, funcionó a la perfección.
No funcionó tan bien, en cambio, el filtro que impedía que mis mejillas se encendiesen de color rojo.

—Se te daba mejor que a mí.—Logré decir, sobreponiéndome a ese pensamiento que me había provocado rubor en las mejillas.—¡Y si Bennington nos acertaba con sus bolas de nieve, cosa que hacía SIEMPRE, mucho más difícil resultaba manterme en pie! Y además, que yo recuerde, tú nunca acabaste en la enfermería por "repetidos traumatismos en los glúteos", cómo lo definió la enfermera...—Me ruboricé de nuevo, pero en este caso por el puro bochorno de recordar aquella experiencia tan desagradable. Me había pasado... ¿dos? ¿tres horas? Sí, unas tres horas tumbada boca abajo en una de las camillas de la enfermería, sin pantalones, mientras la enfermera dictaminaba un "tratamiento óptimo para mi tipo de lesión". ¡Para unos simples hematomas en el trasero!

La mención al infierno hizo que la conversación se volviese un poco más seria y un poco menos agradable. ¿Cómo me imaginaba el infierno? Bueno, no tenía más que cerrar los ojos y evocar aquellos recuerdos que Sam me había enseñado en su propia mente. Si el infierno era un lugar de tortura y sufrimiento, cómo decían los cristianos, el "fuego eterno", seguro que se parecía mucho a lo que los Crowley le habían hecho a ella. Tanto Sebastian cómo Vladimir y Zed. Después de todo lo que había visto, de lo que ella había padecido, no podía si no preguntarme si los demonios del infierno serían así de salvajes, si serían peores, o si en cambio se sentirían horrorizados, incapaces de comprender cómo un ser humano es capaz de hacer eso a otro.
Tenía claro que un infierno para mí sería verme obligada a presenciar aquella tortura una y otra vez durante el resto de la eternidad sin poder hacer nada por evitarla. ¿Padecerla yo? Seguro que sería doloroso, no me atrevía a negarlo en base a los sentimientos que se agolpaban dentro de la mente de Sam al recordar aquello. Pero tener que ver cómo lo padecía ella... Me mataba, directamente. Y tuve que hacer un esfuerzo para que no me corriesen un par de lágrimas de impotencia por la mejilla. Las sentí escociéndome en los ojos.
Aparté la mirada de Sam, buscando algún punto de referencia que me ayudase a mantener esas lágrimas dónde debían estar, y lo conseguí. Sin embargo, se me había secado un poco la garganta, así que carraspeé antes de responderle.

—Solitario.—Respondí, evidentemente dejando a un lado los episodios relacionados con los Crowley.—Un lugar solitario y frío, y sin sonidos. Negro. La nada.—Aquello sonaba horriblemente desolador, pero desde luego, sería todo un infierno: no hacía falta torturar físicamente a alguien para hacerlo sufrir.

De hecho, en una ocasión el Ministerio de Magia, en una operación coordinada contra un grupo de magos tenebrosos que había tenido lugar antes del cambio de gobierno, había hecho una redada en la mansión de una familia de sangre limpia que servía cómo sede para dicho grupo de magos tenebrosos. Tenían a varios prisioneros, cargos del Ministerio que habían sido secuestrados, que fueron rescatados de pequeños zulos de dos metros cuadrados, sin ventanas, de dónde no salían nunca. En San Mungo determinaron que todo el daño físico que habían sufrido habían sido problemas derivados de la malnutrición y problemas de espalda, huesos y músculos relacionados con la atrofia y lo reducido del espacio en que estaban confinados. Sin embargo, después de meses allí metidos, en la oscuridad más absoluta y sin ver jamás el exterior, la mayoría de ellos sufrían de demencia, de terrores nocturnos, y en algunos casos catatonia. Les habían hecho perder el juicio simplemente por aislarlos del mundo. Y muchos de ellos jamás se recuperarían.
Una vez más me sentí asqueada e incapaz de comprender la malevolencia humana. ¿Qué clase de persona era capaz de mantener a alguien encerrado durante meses, en condiciones infrahumanas, despreocupándose por completo de su salud?
Logré sonreír de nuevo cuando Sam dijo que había logrado adaptarse a su nueva vida gracias a sus amigas, a nosotras, a Caroline y a mí. Le devolví la mirada y, de manera impulsiva, le di un beso en la mejilla, para lo cual tuve que ponerme un poquito de puntillas. Y no dije nada. Creo que con ese beso fue suficiente para darle a entender cómo me sentía hacia ella.
Por suerte, también estábamos planeando cosas buenas, no solo hablando de drama. Irnos de fiesta y beber sonaba bien. Sonaba bien porque lo haría en su compañía. Y más cuando recordaba lo ocurrido durante el carnaval. Ese beso sobre el que no hablábamos demasiado, pero que yo recordaba en más de una ocasión. Ese beso que podía hacer que te replanteases cosas de tu vida, de ti misma, que creías que sabías a pies juntillas.

—¡Oye, pero bueno! ¡Que yo no soy vieja! Si me pudieses ver...—Hice un movimiento con las manos que abarcó mi cuerpo de arriba abajo.—...sin toda esta ropa encima, verías que estoy hecha una jovencita. ¡Que me cuido y hago deporte, Lehmann!—Fingí mi actitud ofendida, por supuesto; sabía que Sam estaba de broma. Tampoco reparé en el hecho de que había insinuado que "debería verme desnuda" para comprobar que de vieja no tenía nada. Por suerte, pues me habría puesto colorada ante mi propio comentario.—Y respondiendo a tu pregunta... Se me ocurren algunos sitios, pero no te mentiré: carnavales aparte, hace tanto tiempo como tú, o más, que no salgo a emborracharme. Salvo el piano bar del que te hablé hace un par de semanas, no se me ocurre mucha cosa. Pero podemos buscar alguno hoy si prometemos volver a casa sobrias. No tenemos que hacerlo todo en una sola "cita".—A esto último añadí una sonrisa levemente sugerente, que parecía querer decir "tenemos todo el tiempo del mundo". No era cierto del todo, pero... quería pensar que siempre tendríamos un día más para estar juntas.

El último cumpleaños de ella, o el último cumpleaños mío, no lo tenía claro, había sido una locura. El alcohol había corrido por nuestras gargantas a tal velocidad que habíamos terminado bailando sobre la barra del bar. No recuerdo la reacción de los presentes ante nuestro baile, pero creía recordar un pequeño detalle: el dueño del bar, sumamente preocupado por nuestra integridad física, pidiendo que nos bajásemos por nuestro propio pie antes de que nos cayésemos.
Creo recordar que se llamaba Ernie. Al saber que una de las dos estaba de cumpleaños, nos había invitado a dos rondas. Y al final el regalo le salió bien: esas dos primeras rondas supusieron el comienzo de una larga sesión de bebercio. La resaca al día siguiente fue épica, de esas en que escuchas a dos kilómetros a alguien arañando una pizarra y sientes cómo si un gancho candente estuviese extrayéndote el cerebro de la cabeza a través de una de tus orejas.

—Pues... cómo suele decir Angus, el chico de la librería de segunda mano del Callejón Diagón: "un nivel de decadencia tal que Gwendoline sería capaz de salir del bar con el maromo más atractivo, y que Sam sería capaz de volverse hetero".—Reí divertida al recordar aquellas noches de fiesta, un poco más tranquilas, en que Sam, Beatrice, Angus y yo íbamos a tomar algo después del trabajo.—Deberíamos llamar a Angus alguna vez, ¿no te parece?—Comenté, así de pasada. Por lo que sabía de él, seguía llevando su negocio con relativa tranquilidad, ajeno a los problemas del nuevo gobierno, y era demasiado buen chico cómo para haberse convertido en purista.—Pues no sé, si sigue abierto, la verdad. Lo miraré en Internet cuándo vuelva a casa.

Sam aseguraba que me cansaría de ella si viviese conmigo. No. No me podría cansar nunca de ella. Jamás. Me daba igual cuanto tardase en el cuarto de baño, o que dejase su ropa tirada por todas partes si quería. No me iba a cansar de ella. Nunca. Nunca, nunca.

—Me gustaría comprobarlo algún día.—Comenté de pasada, en una especie de gesto de osadía pura. No sabía si me refería a vivir con ella, o a lo mucho que decía tardar en el cuarto de baño. Le sonreí.—Eres bienvenida a utilizar mi baño cuando quieras.

Y entonces sugerí la posibilidad, remota en realidad, de dejar mi trabajo en el Ministerio. No era la primera vez que la valoraba, la verdad, desde el cambio de gobierno. Trabajar allí suponía trabajar en un nido de hipocresía, rodeada de odio e ideas negativas. De gente a la que despreciaba, en muchos casos. Había gente que no era despreciable, desde luego, cómo Caroline, por ejemplo. Pero era una situación, en general, que podía poner enferma a cualquiera.
Pero no lo decía en serio, ni mucho menos. Sabía que quizás debiese, pero... no. La Orden, y Sam, dependían mucho de la información que yo podía obtener del Ministerio. Y si para ayudar a los que no podían ayudarse a sí mismos tenía que seguir en ese nido de víboras... pues aguantaría.

—Quizás algún día lo veas cumplido.—Le comenté con una media sonrisa.—Es decir, yo creo que esta situación no puede durar eternamente, y si todo cambia al final y sigo viva para entonces... sí me gustaría explorar otros horizontes.—Y dejar la Orden... Eso también.—¡Bah, no te preocupes! Por ahora solo es una de esas ideas locas que se me pasan a veces por la mente. Me consuela pensar que ayudo a los muggles a los que tengo que desmemorizar, intentando ser lo menos invasiva posible con sus mentes.—Concluí, encogiéndome de hombros. Sí, también estaban las veces que ayudaba a familias en problemas, ya fuese limpiando varitas o "falseando" algunos informes para esconder pequeñas infracciones.

Reí ante el comentario de Sam sobre hacer exactamente lo contrario que yo había sugerido una vez estuviésemos en el restaurante: pedir algún plato con carne y solicitar amablemente que quitasen algún ingrediente. Estaba segura de que el cocinero saldría de la cocina, esgrimiendo el cuchillo jamonero más grande del mundo, y nos amenazaría con él... bueno, no, eso no podía suceder en un local tan refinado cómo ese. Pero el cocinero, por lo que sabía, podía acercarse a la mesa, preguntarnos qué tal estaba la comida, y en función a nuestras respuestas, llamarnos asilvestradas u ofrecernos otra ración.
Cualquiera de las dos opciones me parecía perfecta, la verdad. Tampoco es que fuésemos a salir de allí con un enorme atracón, viendo las fotografías de las raciones que había en Tripadvisor. Lo importante, esa noche, era la diversión, y si nos quedábamos con hambre, sabía un sitio o dos dónde podíamos pedirnos chocolates calientes de un litro para llevar. No sabía si Sam sabía esto, pero esa parte decidí guardármela en secreto hasta el momento en que se presentase la ocasión. ¡Me moría de ganas por ver su cara cuando viese el tamaño de esos vasos de chocolate!
Nos desaparecimos juntas, y la verdad es que la sensación de mirarla a los ojos mientras todo a nuestro alrededor cambiaba y se movía fue algo bonito. Cuando el mareo de la desaparición se acabó, estábamos prácticamente junto a la pista de hielo de Hampton Court. Mientras nos encaminábamos hacia allí, Sam me preguntó el motivo de esta idea.

—Pues muy fácil.—Comenté sonriente.—Sé que voy a acabar en el suelo, y que tú te reirás; sé que tú acabarás en el suelo, y que yo me reiré. Sé que es posible que acabemos en el suelo las dos juntas y riéndonos. ¿Y sabes lo mucho que me apetece reírme últimamente?—Le dediqué una mirada mientras nos sentábamos en un banco cercano, dónde nos quitaríamos los zapatos para ponernos los patines. Y luego empezaría la épica odisea de caminar los pocos pasos que separaban dicho banco de la pista de hielo sin acabar en el suelo.
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Sam J. Lehmann el Lun Abr 09, 2018 5:12 am

Es verdad, madre mía, la puntería de Bee era abrumadora. Jamás supe como era capaz de calcular la trayectoria perfecta para adivinar nuestro movimiento. Llegué a pensar hasta que las lanzaba con efecto. —Exageró eso último para darle más drama al asunto. —Y bueno, tienes razón. Jamás fui a la enfermería por caerme culo varias veces, eso sólo le puede pasar a una persona con ávido interés por intimar con el suelo. Pero yo no lo entiendo Gwen, ¿cómo es posible que no hayas desarrollado alguna especie de músculo protector en la zona del trasero que te haga rebotar o algo así? Con el tiempo que te pasas en el suelo, yo creo que el cuerpo debe de adaptarse a tu torpeza, ¿eh? —Dijo con toda la seriedad del mundo, o al menos intentándolo, ya que estaba totalmente de broma y estaba aguantándose la risa. Con el historial que tenía su amiga cayéndose al suelo, era muy divertido meterse con ella al respecto.

Su visión del infierno era... horrible. Sólo de imaginárselo, Sam tuvo uno de esos escalofríos que denotan claramente que algo no te gusta o te da repelús. Sí, sin duda eso era más parecido a lo que el mundo solía asumir que era el infierno: algo horrible; un castigo. Sin embargo Sam no lo veía así. No creía que al morir una persona fuese recompensada por lo que hizo en vida, ni mucho menos castigada. De primeras no pensaba que hubiese ninguna división, pero de haberla, sería simplemente en base a una actitud, o un deseo. No sé, eso era extraño, de esos temas que, borrachos o en una noche de intensa filosofía, podía llegar a pasarte horas y horas buscando una teoría que realmente convenciese. Lo cual era gracioso, porque al final era un tema totalmente subjetivo. Estaba cansada de las charlas por compromiso, de esas que no aportan nada. Ella quería hablar de todo; incluso de cosas de las que no tenía ni idea: de la muerte, de viajes, de la infancia, de los extraterrestres, del intelecto, del sentido del a vida, de la música que te hace sentir diferente, de las mentiras que has contado, de tu aroma favorito, de tus inseguridades, de tus miedos, de lo que te mantiene despierto por la noche... ¡De todo lo que profundice en una persona! ¡Todo! Y... le gustaba poder hablar de prácticamente cualquier tema en compañía de ella, hasta de cómo se imaginaba el maldito infierno. —Espero fervientemente que no tengas razón —respondió, curvando una sonrisa. —Siempre hemos creído que el infierno es algo malo, pero porque siempre nos han hecho asociar que lo diferente es malo, ¿cómo no se me ha ocurrido nunca preguntarle a algún fantasma de Hogwarts qué narices hay después de la muerte? —Apuntó divertida al final, poniendo una de sus manos en jarras, desilusionada con la Sam del pasado.

La legeremante solía tener una actitud bastante divertida ante esos comentarios desafortunados que salen del alma de manera totalmente repentina e inconsciente y que, en realidad, no tienen nada de malo hasta que les das más vueltas de lo normal. Por norma general, que Gwen dijese con esa inocencia y tranquilidad lo que dijo, para Sam no significaría absolutamente nada, sólo un 'reto' que no llegaría a ninguna parte y que evidenciaba que obviamente no era vieja. ¡Lo había dicho de broma, claro que sabía que no era vieja! Pero ya que tenía un año más—cuando en realidad solo se llevaban unos meses, pues Sam y Gwen eran del mismo año pese a ir a cursos diferentes en Hogwarts—, era divertido meterse con ese detallito. Pero claro... de repente Gwen le suelta que 'debería verla sin toda esa ropa encima' y... Sam no pudo evitar mostrar una sonrisa pequeñita casi de manera instantánea. Madre mía, Gwendoline, ten cuidado con lo que le dices a una bollera, tía. Que mira que hace poco Sam había tenido una visión bastante detallada y tampoco le hacía falta mucha imaginación para imaginarse a su amiga totalmente desnuda. Soltó aire por la nariz, hablando rápido para evitar que su mente decidiese gratuitamente ponerle una imagen de su amiga como vino al mundo. —Bueno bueno, esos diez meses más vieja que eres se te notan, ¿eh? Mira, mira ahí. —Le señaló con diversión el lugar en donde habrían arrugas en los ojos y donde, obviamente, ella apenas tenía. —Lo que te está saliendo ahí, ¿y esas patas de gallos qué? ¡Eso no se soluciona con deporte, Edevane! ¡Eso ya son estragos de la edad! —Le respondió divertida.

Con lo que dijo a continuación estaba la mar de conforme. Le parecía genial eso de ir a buscar un lugar propicio para salir una noche, tomarse unas copas y pasárselo bien como antaño. ¡Que vamos, solo hacía tres años de eso, tampoco había sido para tanto! Que si era cierto que habían sido unos años un poco intensos, pero por mucho que las bromas dijeran que eran viejas, en realidad seguían siendo jóvenes con ganas de aprovecharse de esos pequeños placeres de la vida. —Me vale —respondió con alegría, como quién se siente complacido porque consigue algún capricho. Tampoco quería emborracharse hoy, que mañana tenía que trabajar otra vez. Trabajaba en una cafetería-librería, un lugar perfecto para la mayoría de gente que quiere descansar en algún lugar tranquilo un domingo. —Hoy hacemos un recorrido buscando un lugar óptimo para nuestras necesidades, es decir, cuyos dueños sean tolerantes con la locura de la embriaguez de dos locas que no soportan bien el alcohol —añadió, mirándola de reojo. —Bueno, lo soportamos bien, sólo que nos venimos muy arriba. —Y, entonces, le llegó con retraso la información del ‘piano-bar’ del que le había hablado, cosa que en su momento le llamó especialmente la atención, pero no por el piano en sí, sino por la música en directo, ¿hacía cuánto tiempo que no iba a ver a un grupo tocar en directo? —Me gustaría ir a algún sitio con música en directo, de éstos grupos de… jazz, mientras te sientas en un sillón y te tomas una copa de vino. O dos. —La miró, sugerente. —O tres.

Y vamos, hoy no estaba mentalizada para irse de fiesta, que Sam era de esas personas que van diciendo ‘hoy vamos de tranquis’ y una mierda pinchada en un palo, que luego era la que pedía casi suplicante beberse el último chupito de tequila—cuando todos son conscientes de que no será el último, sino el penúltimo, o el primero de la última ronda—y buscaba la manera de que el alcohol siempre fuese el protagonista de la historia. Así que necesitaba ir de tranquis pero de verdad, en donde una mente responsable—tipo Gwen—le mostrase un nuevo camino en la senda de la fiesta que no tuviese como consecuencia una resaca incurable. —Tía, sé quién es Angus —contestó divertida cuando matizó que era el chico de la librería de segunda mano del Callejón Diagón. —Vale que hace tiempo que no le veo, pero tan mala memoria no tengo. Si todavía recuerdo toda la información irrelevante de Runas Antiguas, que jamás me ha servido en mi vida, no me voy a olvidar del pobre Angus, con lo mono que era. —Y asintió a su pregunta. —Bueno… deberías llamarle tú y quedar con él. Yo no quiero meterle en problemas. No creo que le haga mucha ilusión relacionarse con fugitivos, tal y como está la cosa.

‘Eres bienvenida a utilizar mi baño cuando quieras’ podía parecer una frase simplona. Sin sentido realmente profundo. Pero teniendo en cuenta que estuvo un año viviendo prácticamente como una mochilera sin casa, no veas lo mucho que apreciaba poder usar un baño, en una casa, civilizado, limpio, bonito, que huele bien. Le sonrió, consciente de que lo decía por amistad y porque no le importaría, pero tampoco se veía Sam yendo a casa de Gwen a tomarse un baño. Quién la viera. Ahí sí que se sentiría en medio de su burbuja de privacidad.

¿Sinceramente? Ojalá Gwen dejase el Ministerio. Cuando eran jóvenes y soñadoras, era hasta bonito pensar en trabajar en la gran organización, en el pilar que mantenía a toda la sociedad mágica de Inglaterra, ser una de esas patitas que sostienen bien la seguridad; el orden. Que aportan y que realmente pueden hacer un cambio. Pero… no. Sam amaba su trabajo, le encantaba ser profesora de algo tan complicado y profundo, pero trabajar en el Ministerio… fue un poco decepcionante. También era porque había vivido una época de corrupción, traición en donde cualquier persona podía tener, en realidad, otra cara desconocida en la que fuera un autentico monstruo. Y claro, trabajar en un lugar en donde eso estaba permitido y ver como ha cambiado todo… te hace pensar de que en realidad no es una organización tan sólida, ni tan honesta, como se esperaba. —Pues lo espero —le contestó, sonriente. —La verdad es que tu trabajo es de los más… amables que hay ahora mismo. Me sorprende que el Ministerio de Magia esté gastándose el dinero en los desmemorizadores en vez de matar a todos los muggles, ¿no es lo que se hace ahora? ¿Matar todo lo que molesta y no les gusta? —preguntó con retórica, enarcando levemente una ceja, cuestionando con evidencia su moralidad. Pero vamos, buscar moral lógica en personas como ellos es directamente imposible. —Ya yo no me sentía del todo cómoda trabajando en el Ministerio cuando todo se suponía que estaba bien con Milkovich, pese a que me encantaba mi trabajo… pero terminas por ver muchas cosas horribles siendo legeremante. Y lo peor de todo es que no puedes decir nada.

A ver, seamos sinceros: desde lo de Henry que Sam estaba hasta el moño de toda el hedor tóxico y contaminante que parecía estar esparciéndose a una velocidad terrible por toda la sociedad mágica.

Pero bueno, eso ya era un hecho que había superado, pese a que siguiese siendo la cruda realidad. ¿Lo bueno? Que cada vez se estaba alejando más de ese mundo—pese a que éste parecía que no paraba de perseguirle, irónicamente—y ahora estaba disfrutando de un día en el que nada de eso preocupaba. De hecho, todo lo estaba soltando como lo que era: la cruda realidad, pero sin nada de dramas o preocupación.

Llegar a Hampton Court fue fácil y rápido, lugar en donde empezaría el verdadero reto y la diversión. Por lo que predecía Gwen, así iba a ser y, no sabía por qué, Sam tenía la misma sensación. Eso iba a ser un despropósito cargado de carcajadas. —Me gusta tu forma de pensar, Florecilla —le dijo sonriente, con una mueca en los labios que declaraba que apoyaba su idea, sentándose en el banco. Se pusieron los patines que Gwen traía en la mochila, dejando los zapatos en el interior de la mochila. La rubia se pegó unos minutos observando el mecanismo de esos patines, para asegurarse de que se los abrochaba bien y no hubiera probabilidad de que salieran volando cuando se cayera de culo al suelo. Una vez ambas estaban aparentemente preparadas—físicamente, claro—, porque prepararse para caerse al suelo helado, una nunca estaba preparada, se puso de pie. —¿Lista? ¿Sabes lo único bueno? Que la cuchilla del patín se entierra y así no nos podemos resbalar… —Alzó ambas cejas a la vez, como si hubiese descubierto la pólvora. Dio unos pasos hacia atrás para demostrar su teoría y, pese a que sí era cierto que se enterraba y parecía ‘seguro’, casi pierde el equilibrio al pisar una piedra, por lo que zarandeó sus brazos para evitar ser ella la primera en caerse. —¡Por casi me como mis palabras contra el suelo! —Rió, para entonces motivar a su amiga. —Vamos, vamos.

Cuando llegó a la pista y pasó por la pequeña puerta, simplemente posó sus cuchillas y se impulsó con las manos, dejándose deslizar sin moverse demasiado unos metros. Cuando llegó a zona peligrosa, pero parecía estable, se dio la vuelta para mirar a Gwen y ver si su entrada era tan sosegada como la de ella. —Recuerda el consejo de Henry: ‘piensa que eres pro y serás una pro’. Sí, mi amigo era un experto consejero, sabio y competente. —Ironizó divertida, quedándose en su posición.
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Gwendoline Edevane el Lun Abr 09, 2018 3:37 pm

Beatrice Bennington tenía un montón de virtudes: era dulce, era lista cómo pocas, alegre y atenta, propensa a salir airosa de travesuras de las que cualquier otra persona saldría castigada, valiente en la misma medida... y una maldita máquina de lanzar bolas de nieve a diestro y siniestro. Beatrice tenía una puntería que yo, Gwendoline Edevane, solo podía igualar estando borracha... lo cual no dejaba de ser una contradicción en sí. ¿Cómo era posible que mi puntería mejorase estando borracha?
Ni lo intentes... Si intentas buscarle lógica a algo de lo que ocurrió durante la fiesta de carnaval, te vas a volver loca... Sabio consejo, mejor que empezase a escucharlo.
Aunque bueno, lo que estaba claro es que si Beatrice ostentaba el record de "lanzamiento de bolas de nieve sobre patines de hielo", yo ostentaba el de "aterrizajes sobre posaderas consecutivos", o algo por el estilo.

—Si te soy sincera, no creo que fuese necesario pasarme tres horas sin pantalones en la enfermería de Hogwarts. Creo que la enfermera estaba un poco perturbada por la presencia de Raminta...—Comenté con un bufido. Por lo menos, había tenido la decencia de echar las cortinas de la cama para que nadie me viese en ese estado tan bochornoso.—¡Debería, debería! ¿Pero dónde estaría la gracia, entonces? Lo gracioso es que me duela el culo cada vez que me caiga...—Comenté con sarcasmo y una fingida indignación, poniendo incluso los ojos en blanco antes de acabar sonriendo divertida.

Si bien la definición de "infierno" era un tema de conversación que podría traer, inevitablemente, recuerdos horribles a la mente, no dejaba de ser un tema de debate interesante. Estaba segura de que muchos de los prisioneros del Área-M, por lo que de ese lugar se contaba, no se preguntaban ni una vez qué habría más allá de la muerte. Seguramente, algunos esperaban con ansia ese momento.
Mi visión del infierno no era exactamente la que compartí con ella, pero podía ser un infierno perfectamente válida. El aislamiento sensorial del mundo se antojaba horrible. Ver oscuridad constantemente. Escuchar solamente el silencio. Soledad, nada a lo que aferrarse porque todo alrededor era negrura pura... Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

—Nick Casi Decapitado parecía bastante feliz, aunque la Dama Gris no tanto...—Comenté con aire pensativo.—No sé, es evidente que algo hay tras la muerte, pero si te soy sincera, siempre he pensado que la visión de cielo e infierno depende mucho de cada persona. Es decir, ¿te imaginas el hipotético paraíso de los cristianos? ¿Ese que custodia un tipo con barba llamado San Pedro, con una verja dorada que el susodicho decide si abre o no para ti? ¿No sería un poco injusto que fuese exactamente igual para todo el mundo? Eso no es un paraíso.—Hice una pausa, meditabunda, para proseguir a continuación.—Una persona que fue feliz con su vida, que fue feliz hasta el mismo minuto antes de morir, debería encontrarse con más de lo mismo una vez llegase al paraíso, ¿no? Si un hombre es feliz trabajando, su paraíso, su cielo, debería ser un lugar en que siguiese trabajando. Y si el mismo hombre es feliz con su familia, su cielo debería estar junto a ellos, ¿no?—Me percaté entonces de que había empezado una de esas disertaciones meditabundas habituales en mí, y al hacerlo, miré de reojo a Sam, para acto seguido reírme.—Perdón, es que este tema da para mucho. Y me emociono yo sola hablando de estas cuestiones tan metafísicas. Después de tanto debate sobre esto, sería una auténtica decepción que la respuesta a qué hay tras la muerte fuese un enorme montón de nada. Aunque los fantasmas descartan esta posibilidad, claro.

Doy gracias por no haberme dado cuenta de la clase de insinuación que había hecho involuntariamente. De hecho, de ser consciente de ello, posiblemente me habría puesto tan roja cómo un tomate maduro, y me habría sentido muy culpable. Entonces yo no sabía nada del episodio en que Sam me había visto "hasta el alma", ¿de acuerdo? Tampoco tenía ni idea de cómo esto la había hecho sentir, ni de las consecuencias que había tenido sugerir que me viese desnuda para comprobar el cuerpo de jovencita que tenía. ¿Que por qué me sentiría culpable? Bueno, porque independientemente de cómo me sintiese en aquel momento hacia ella, ese tipo de cosas incomodaban a Sam, y podía hacerme una idea de hasta qué punto teniendo en cuenta que sabía lo de Caroline y su sexualidad. De hecho, recuerdo que en Navidades pensé que finalmente Caroline y ella estarían juntas... y no, patiné y enterré la pierna hasta el fondo en un hoyo tremendamente profundo.
Habiendo estos precedentes, si hubiese sabido todas estas cosas, me habría sentido muy mal porque ella no estaba cómoda con los pensamientos que pasaban por su cabeza. Pero en aquel momento no me enteraba de nada, y había hablado sin pensar. Por suerte para mí, ella dejó elegantemente este tema a un lado para seguir con bromas acerca de mi "avanzada edad".

—¡Ay, quita!—Fingí ofenderme, sacudiendo la mano delante de mi cara cuando empezó a señalar los puntos de mi cara dónde había arrugas.—¡Hoy eres la tosca austriaca más que nunca! ¡Tamaña insolencia, llamarme vieja a mí, Lehmann!—Y dicho esto, me quedé mirándola a ella, mientras se reía, buscando algún lugar dónde señalar defectos... ¿pero habéis visto esa carita? ¡Ahí no puede haber ningún defecto!—¡Argh! ¡Te odio, es imposible sacarte defectos con lo preciosa que eres!—De esto sí me di cuenta. De hecho, una vez lo solté, abrí levemente los ojos con sorpresa, y sentí un ligero calor encendiendo mis mejillas. No te ruborices, Gwendoline... No tiene que ser raro si tú no lo haces raro...

Así que el plan de esa noche incluiría una búsqueda rápida de locales dónde poder beber y causar un pequeño desmadre sin ser expulsadas a patadas en el culo. Cómo en los viejos tiempos. Después de cenar en The Ledbury y posiblemente atiborrarnos con un poco de chocolate—Un poco, ¿sabes? A un litro le llamo un poco—nos daríamos un paseo. Había otro sitio al que quería ir después, pero tampoco quería pasarme. Sam trabajaba al día siguiente, y aunque yo no, ella necesitaba dormir un número razonable de horas y llegar sobria a su cama.

—El piano bar te gustará, te lo aseguro. No bebí demasiado esa noche, así que me acuerdo de dónde está. Ojalá me hubiese fijado en el nombre.—No me culpéis: estaba triste y cabreada ese día por culpa de S, V y Z, cuyo apellido empieza por C. Y luego me enredé con Ryan, que me contó historias muy interesantes.—Aunque en ese lugar no podremos desfasar mucho, ¿eh?—Advertí divertida. Aquel lugar es más bien para pasar un rato tranquilo y disfrutar de la música. De hecho, había oído decir al dueño que de cuando en cuando organizaban "la noche del espontáneo", y que a veces venían cazatalentos a escuchar cantar a la gente. ¡Cómo en Estados Unidos en los setenta!

Angus Flannagan había sido un buen amigo del grupo en Hogwarts, y si bien yo no había tenido ocasión entonces de intimar mucho con él... bueno, ocasión había tenido, pero era tan tímida cómo un gusano de seda encerrado en su capullo. El caso es que era un muchacho muy amable, siempre sonriente, con sus gafitas y sus rizos naranjas. Te despertaba toda la ternura. Y de adulto, casi no había cambiado.
Sam le recordaba, claro que sí, y sonreí con diversión ante su respuesta.

—Angus me ha preguntado si sé algo de ti más de una vez. Y de Beatrice. Especialmente de Beatrice, tú ya me entiendes.—Le comenté con media sonrisa divertida.—Es cierto que prefiere seguir teniendo su vida tranquila, con su tienda de libros, pero me ha dicho que le gustaría volver a veros a las dos. Y que espera que estéis bien. Evidentemente, no le he dicho nada de vosotras, por si acaso. Pero... creo que podemos quedar con él algún día. Es un buen chico.—Y leal. Jamás traicionaría a Sam o a Beatrice. Especialmente a Beatrice, vosotros ya me entendéis.

Sam definió mi trabajo en el Ministerio cómo uno de los más amables dentro del Ministerio, pero yo no estaba de acuerdo, la verdad. Intentar que fuese lo menos invasivo posible no dejaba de convertirlo en algo invasivo. Borrar la memoria o modificar los recuerdos de alguien no dejaba de ser algo terriblemente invasivo, una violación de su privacidad... pero al menos, cuando lo hacía yo, sabía que no dejaría secuelas a ningún muggle. Salleens, en los últimos tiempos, también había empezado a tener un poco más de cuidado, quizás influenciado un poco por mí. Sé que jamás lo reconocería dada la rivalidad existente entre nosotros, pero yo creía que Salleens no era tan malo cómo pretendía aparentar.

—Eso es muy bonito, pero no es cierto.—Dije con resignación.—Amable es el trabajo de Caroline. El mío desafía toda moral y toda ética...—Yo tampoco entendía bien por qué al gobierno actual le preocupaba tanto mantener el secreto, la verdad, aunque tenía una teoría.—Supongo que no subestiman al enemigo, a pesar de todo. No se sienten lo bastante fuertes todavía cómo para atacar el mundo muggle... Aunque ya me dirás tú para qué querrían hacer eso. ¿Les sirve de algo la dominación mundial? Esa idea es de malo de película al que dan ganas de preguntarle: "Oye, iluminado, y si lograses arrasar el planeta, ¿cual era tu plan a continuación? ¿Vivir en el espacio? ¿Ser el señor de un planeta destruido?"—Estaba claro que el trabajo de Sam tampoco había sido fácil, y ahora era consciente de hasta cuanto era difícil. ¿Porque sabéis qué? No le había vuelto a pedir una clase de legeremancia desde que descubrí lo de Sebastian Crowley. Me daba miedo volver a entrar en una mente ajena.—Bueno, no tienes por qué volver, ni aunque las cosas cambien. Y te aseguro que si las cosas cambian, yo no me voy a quedar ahí. Eso te lo prometo. De hecho, no es la primera vez que le doy vueltas a la idea de volver a estudiar...—Era cierto. Mi mente curiosa de Ravenclaw me había sugerido, de cuando en cuando, dedicarme a estudiar alguna otra carrera, quizás algo que me permitiese trabajar en el Callejón Diagón, o quizás algo más benevolente, cómo la medimagia. También seguía teniendo en mente la magizoología, que había sido mi sueño de infancia.

Y llegamos a la pista de hielo. Mientras nos cambiábamos de calzado, me imaginaba lo divertido que iba a ser rodar por el suelo helado, o deslizarme con mi desafortunado trasero sobre el suelo helado. Me daba igual con tal de seguir viendo a Sam reír. Cuando ella reía, el mundo se paraba, y lo doloroso dolía mucho menos. Así que todo fuese por haberla sonreír.

—¡Venga, vamos!—Dije, alzándome sobre las cuchillas de los patines y sintiéndome de repente muy insegura. El suelo parecía demasiado lejos y parecía demasiado probable que acabase más cerca de él en los momentos venideros. Venga, Edevane, son solo cuatro pasos... cuatro pasos...—¡Allá voy!—Y caminé hacia la pista de hielo cómo quién camina sobre zancos, insegura y manteniendo el equilibrio a duras penas. Logré rebasar la puerta sin caerme, primer milagro del día, y pronto las cuchillas de mis patines estuvieron en contacto con el hielo.—Ese consejo de Henry debería reescribirse cómo "Piensa que eres pro, y así aunque estés en el suelo, pensarás que eres pro".—Bufé, sotándome de la barandilla y dándome impulso hacia delante.

Bueno, al menos de primeras no me caí. Las cuchillas se deslizaron sobre el hielo de manera bastante limpia, y no me tambaleaba demasiado. Patiné en dirección a Sam, intentando cogerla de la mano, pero... pero llegó la primera caída. Un patín resbaló más que el otro, y mi culo aterrizó sobre el hielo.

—Pues empezamos bien, ¿eh?—Comenté, riéndome, y agradeciendo que el primer golpe no me hubiese dolido demasiado.—¿Sabes? Creo que voy a quedarme un par de minutos aquí, hasta que se me duerma el culo por el frío. Así me dolerá menos.—Comenté con una sonrisa, alargando las manos hacia ella para que me echase una mano a levantarme. Aquello tenía altas probabilidades de acabar mal, con Sam en el suelo también, pero seguro que si intentaba ponerme yo sola en pie, los resultados serían incluso más cómicos. Y no había venido a ser el único hazmerreír de las dos: aquí, el ridículo se comparte, cómo todo lo demás.
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Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Mar Abr 10, 2018 6:49 pm

Pero... —Escuchó su opinión, la cual era sencillamente perfecta. Lo óptimo. Eso que a todo el mundo le encantaría poder encontrarse una vez deja este mundo: la felicidad. Ser alegre era una característica, pero ser feliz... eso era más bien una actitud; un método de vida. Qué menos que cuando mueras, sólo te rodees de eso que algún día te hizo feliz de verdad, o te completaba la vida por completo. La miró de reojo cuando se disculpó. ¿En serio, Gwen? ¿Le pides perdón por hablar de algo que te sale del alma y con lo que te sientes a gusto? ¡Madre mía! Parecía mentira. Con lo bonito que es que una persona se explaye, hablando de lo que quiera, como quiera, con un brillo en los ojos, dando su opinión o simplemente relatando algo que le gusta. Y cuando de repente te pide perdón, te das cuenta de que algún subnormal, en algún momento, le cortó las alas y ahora teme enrollarse por molestar a nadie. —A mí como si me hablas durante una hora de caca con toda la emoción del universo, Gwendoline, no seas tontorrona —le contestó ante su disculpa. Y bien que atendería Sam a su explicación sobre la caca, con tal de ver la ilusión de Gwen con la que lo decía. ¿Nadie se daba cuenta de lo bonito que era cuando una persona iba con toda su ilusión a contarte algo? ¡Eso es porque quería compartirlo contigo! Quizás lo de la caca no sea precisamente el mejor ejemplo, pero estoy segura de que entendéis el punto. —Pues ojalá esa 'vida' después de la muerte sea como tú lo pintas. La vida es injusta, la mires por donde la mires... qué menos que buscar un poco de paz una vez terminas con el viaje —dijo, mostrando una pequeña sonrisa. Además, con esa percepción del cielo, hasta te costaría menos aferrarte a la muerte y aceptarla. No le hubiera venido mal hace meses cuando pasaba cada dos por tres por delante de sus narices, en forma de amenaza.

¡Oh, vamos! ¡Nadie se creía que Gwen de verdad se creyese que Sam se metía con ella de verdad! La rubia era la primera que resaltaba las cualidades de sus amigas y no sería la primera vez desde que se reencontraron en donde Sam le dice claramente lo que piensa de ella: que esos ojos y esa sonrisa enamorarían a cualquiera. Además, había que tener en cuenta  que en el código de amistad femenino, cláusula dos, apartado seis, pone claramente que es un deber de amigas decir que tu otra amiga es preciosa, divina y hermosa aunque sea ese día el mismísimo orco de Mordor más horrible sobre la faz de la Tierra Media. Eso es así. Se rió con diversión cuando Gwen zarandeó la mano frente a su rostro, a lo que Sam quitó la suya. Cuando la llamó 'tosca austriaca', no dudó ni un momento en picarla un poco. —¿Ah, sí? ¿La tosca austriaca? Te pasas. Yo pensé que ya había adquirido el nivel suficiente como para que me aceptases en tu gremio de británicos repipis. Ya veo que no, bien, bien... —Fingió ofenderse, para entonces sonreír ampliamente cuando le dijo que era preciosa. ¿Veis? El código de amistad femenino, cláusula dos, apartado seis. Aún así, Sam amplió la sonrisa, puso una mirada coqueta y dio una vuelta sobre sí misma. —Gracias, lo sé. —dijo, fingiendo un narcisismo que no tenía, aprovechando para guiñarle un ojo a su amiga.

La idea del piano bar le gustaba mucho, pero no por el hecho de tener un piano, sino porque eso quería decir que había música en directo, que era lo que a Sam le apetecía. No sabía por qué, repentinamente, se le había antojado ir a un concierto tranquilo de Jazz, en donde el saxofón, el bajo, el piano y la trompeta te hiciesen alucinar con una cantidad enorme de sensaciones que solo la música en directo, bien hecha, te puede conseguir transmitir. —No importa… —respondió a lo de que en ese lugar no podían desfasar en demasía, quién las viera, perreando con los tipos del Jazz mientras le suplican que le canten Safari de J. Balvin. No sería ético, pero las echarían de allí de un saxofonazo en el trasero. Y sin arrepentimientos. —Sabemos beber alcohol sin desfasar, ¿eh? Nos recuerdo, en alguna que otra ocasión… y en el caso de que se nos cambie el chip y Edevane quiera volverse loca y terminarse la botella de tequila ella sola, pues nos vamos a otro sitio en donde poder ejercer de locas borrachas con propiedad… —Apuntó, divertida, echándole la culpa a ella. —Es broma, si es que sólo quiero ir a dar una vuelta a escuchar música y tomarme algo contigo. Ya dejaremos el desfase para otro momento —añadió finalmente, sin bromas, sólo con una dulce sonrisa adornando su cara.

El pelirrojo de Hufflepuff siempre había sido un chico adorable, un buen amigo, un compañero excepcional y muy, muy leal a ellos. Nunca había sido parte esencial del grupo, pero siempre había estado ahí cada vez que era invitado, o cada vez que se le necesitaba. Obvio que no se había olvidado de él y, al parecer, también era recíproco. —Ya sé que es un buen chico, se le echa bastante de menos… —Era Hufflepuff, desconfiar de él era casi tan estúpido como retar a un Ravenclaw a que te averigue un acertijo, teniendo en cuenta que ha pasado siete años de su vida acertando adivinanzas con tal de poder dormir en una cama. —Pero no sé, no quiero meterle en líos. No se lo merece. Entre menos sepa de nosotras, va a ser mejor para él, sobre todo teniendo en cuenta que trabaja en pleno Callejón Diagón, tal y como están las cosas con los negocios y todo el tema del apoyo a los fugitivos —dijo, un poquito más seria. Ya Gwen sabía su filosofía con eso de quedar con gente conocida. Si salía a la calle con Gwen o Caroline era porque, literalmente, eran las dos únicas personas con las que mantenía una relación actualmente en su vida. Pero meter a más gente por voluntad propia le parecía egoísta. —Pero insisto, queda tú con él. Quizás él sepa cosas interesantes sobre algún que otro negocio que tenga información sobre los cazarrecompensas. O quizás él mismo. —Hizo una pausa, para entonces reír. —No, definitivamente no me veo al bueno de Angus haciendo planes maquiavélicos con los cazarrecompensas que están ahí fuera.

Discrepaba. El trabajo de Caroline era bonito en su justa medida, pero no amable. Había montones de magizoologos que no cuidaban a las criaturas mágicas, sino que se aprovechaban de ellas, las maltrataban con el fin de conseguir algo o incluso experimentaban con ellas. Caroline era la que era amable, como magizoologa, ¿pero su profesión? No sabía… Sin embargo, entendía el punto de vista de Gwendoline. —¿En serio? Les estás borrando a esos muggles los únicos recuerdos que pueden llegar a matarles sólo por una idea. Una idea, Gwen. Es muy fuerte que la gente mate por una maldita idea; algo que ni siquiera es tangible ni material. —Recalcó, sonriendo por la ironía. —¿Y tú dices que desafía la moral y la ética? Como bien dijiste antes, les estás dando una nueva oportunidad de vivir, arrebatándoles algo que en realidad ni deberían de haber visto. —Asintió, a sus preguntas retóricas sobre las intenciones del nuevo gobierno, las cuales, para Sam, iban en el claro camino que intentó seguir en su momento el famoso Adolf Hitler. —No sé qué tendrán en mente, ¿pero destruir el mundo? No creo… Yo creo que ellos van más por conseguir algo como los nazis, erradicar la raza inferior y que solo la raza superior domine el mundo. Todo el Planeta Tierra siendo del mundo mágico, ¿te lo imaginas? —Bufó, negando con la cabeza. —No duraríamos nada.

La miró con curiosidad cuando le dijo que si las cosas cambiasen, ella se iría del Ministerio de Magia. No entendía mucho esa lógica. —¿Si cambian a mejor, te vas? ¿Por qué no buscas la manera de irte ya? Si se busca un buen motivo, podrías hacerlo. Es ahora cuando estás en peligro —dijo, con el ceño ligeramente fruncido por no entender del todo lo que había dicho. Además, Sam no iba a dejar de motivar a sus amigas para que se fueran de esa mierda de sitio, ¿vale? —¿En serio? ¿Volver a estudiar? —preguntó sorprendida, medio sonriente. —¿Y el qué?

Se metió la primera en la pista de hielo, recordando a Henry con su famoso consejo. Gwen no tardó en repetir sus pasos, aunque el culo de la ahora rubia no tuvo tanta suerte como el de Sam, pues fue el primero en tocar el suelo después de que un patín se resbalase. Rió, claro que sí, ¿cómo no iba a hacerlo? Los amigos siempre se ayudan y luego se ríen, pero los mejores amigos primero se ríen de ti y luego van a ver cómo estás, por si acaso. Patinó hacia ella, frenando justo al lado de manera torpe. —No es mala idea —le contestó, divertida. —Pero a mi no me engañas, Gwen, tu trasero tiene una relación imantada con el suelo, ¡no has durado nada sin caerte! Si parecía que era realmente lo que querías hacer.

Le tendió la mano para que le ofreciera ayuda y Sam vio ahí peligro. Mucho peligro. Una bomba de relojería. ¿Que una torpe le de a otra torpe la mano cuando todavía se estaban adaptando a los patines? Gwendoline quería ver el mundo arder, tan pronto. Pese a que el peligro era inminente y algo malo iba a pasar—no hacía falta ser adivina para saberlo—Sam le tendió la mano, tirando suavemente de ella. Ella se puso de pie sin mayor problemas, a lo que Sam sonrió, contenta por el progreso y que no hubiera habido ningún tipo de momento ridículo en donde una ayuda a la otra y ambas terminan en el suelo. Que todavía hay gente patinando, ¿vale? Tenían que parecer personas normales y no dos patos aprendiendo a caminar. —Muy bien, te he ayudado y no me he caído sobre ti en el intento, vamos progresando —confío, divertida, para entonces soltarle la mano, aunque entonces se sintió muy sola a la deriva al ver toda la pista frente ella, vacía y sin ningún lugar en donde agarrarse. —Bueno... ¿quieres ir de la mano? Por una parte parece que es condenarnos a morir juntas, pero creo que me siento más segura, así si tenemos la sensación de caernos usamos a la otra de apoyo. ¡De apoyo, eh! ¡No de sacrificio! —Recalcó, divertida, ofreciéndole la mano otra vez.

Eso sí, mirando hacia adelante, lo que no vieron era como dos niños, jugando a las cogidas y con un maravilloso arte para patinar sobre hielo, patinaban hacia ellas, uno, en concreto, de espaldas, haciendo gala de su experta habilidad. Pero ellas nada, por el momento—sólo por el momento—seguían felices en la ignorancia de esa próxima estampida.
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Gwendoline Edevane el Miér Abr 11, 2018 3:22 pm

Iniciar disertaciones largas y extendidas sobre ciertos temas era algo que me sucedía a menudo, sobre todo en entornos de mucha confianza. Y cuando sucedía, cuando me abstraía de tal manera en mis propios pensamientos y palabras, siempre sentía la necesidad de pedir perdón. ¿Por qué? Pues porque se me había educado para pensar que eso era una falta de educación. Concretamente, esas cosas siempre me las decía mi padre. Duncan Edevane era un experto en las apariencias, en hacer siempre aquello que fuese socialmente aceptado. Era el mismo hombre que me sacudía en la mano si me veía mordiéndome las uñas, cosa que de niña hacía constantemente. ¿Habría tenido yo la actitud de hoy en día sin una presencia paterna cómo la suya en mi vida? En cierto modo me había ayudado a sobrevivir... pero en ocasiones lo había odiado de manera genuina por ser cómo era conmigo.

—Bueno, desde luego, una conversación cómo esa sería... apasionante.—Respondí, divertida, ante su comentario. Tan dulce cómo siempre, tan buena conmigo, aunque estuviese hablando de caca. ¿Qué había hecho yo para merecer a una persona tan buena en mi vida? Además, parecía agradarle mi idea del paraíso. ¿Cómo no iba a ser así? Después de todo, estaba proponiendo un paraíso idílico y personalizado al gusto de cada persona. Dudaba mucho que, de haber alguien "responsable" de todo aquello, se tomase tantas molestias. ¿Acaso los seres humanos nos tomábamos tantas molestias por los demás?—¿Cómo lo ves tú? ¿Cual sería tu paraíso idea? Yo sé cual sería el mío...—Dejé la frase en el aire, pero cualquiera que me conociese, lo habría intuido: con las personas y animales que más quería en este mundo a mi lado. ¿Me encontraría con Elroy, la tortuga de mi madre, cuando llegase allí?

Estábamos bromeando entonces, acerca de la edad y acerca de nuestros defectos... o bueno, Sam pudo bromear, yo siempre había sido un caso a la hora de intentar hacer bromas. Y cuando la miraba no veía otra cosa más que perfección. ¿Créeis que yo, Gwendoline Edevane, iba a ser capaz de sacarle defectos a Samantha Lehmann? Jamás, porque para mí era perfecta.
Así que en aquello derivó la conversación. ¡La tosca austriaca emergió de nuevo! Y por supuesto, en esa ecuación, yo era la lady inglesa de modales recatados y exquisitos. Asumí mi papel a la perfección, una vez más. Cada vez se me daba un poco mejor... ¿Habría sido yo una lady inglesa de alta alcurnia en una vida anterior?

—¡Tamaña insolencia!—Exclamé de manera afectada, llevándome una mano al pecho con gesto dramático, falsamente indignada.—¡Primero me llamáis vieja y ahora me llamáis repipi, lady Samantha! ¡Cualquier día conseguiréis que me de un infarto, francamente...!—Y cuando le dije que era preciosa, su respuesta fue una de esas de "baja, Modesto, que Samantha te va a tomar el relevo un ratito". Le dediqué una simple y burlona sonrisa, y en el fondo, le di las gracias infinitamente: Gracias por no hacerlo raro, Sam. Te quiero.

La perspectiva de repetir lo que estábamos haciendo, aunque a otras horas y con un poco más de alcohol por el medio, era muy interesante. ¿Se nos podía culpar, acaso? Yo llevaba casi todo el último año y medio sin salir de fiesta con nadie. Bueno, no podemos contar las incómodas cenas o eventos oficiales a los que me invitaban en el Ministerio, mayormente porque me apellidaba Edevane y tenía toda una rama de puristas no extremistas en mi árbol genealógico. Así que salir con gente que de verdad me conocía, que me quería por lo que era, y que además no eran en su mayoría víboras, resultaba atractivo y refrescante.
A Sam también le gustaba la idea. Desde luego, era normal, teniendo en cuenta que llevaba, hasta antes de empezar a trabajar en El juglar irlandés, prácticamente encerrada en casa de Caroline y, cuando quería cambiar un poco de entorno, en la mía. Una vida injusta, la miréis por dónde la miréis.

—¿Edevane sola? Porque me gustaría recordarle a la señorita Deadpool Lehmann que sus borracheras también son épicas. Que no te caigas tanto al suelo no quiere decir nada, solo habla de tus sorprendentes capacidades para mantener el equilibrio cuando tu sangre pasa a tener un porcentaje más elevado de alcohol que de glóbulos rojos.—Aquello era una evidente exageración. Ni Sam ni yo éramos borrachas. De hecho, yo bebía en muy contadas ocasiones, principalmente porque sabía que no necesitaba mucho para emborracharme, y la Gwen borracha era de mecha corta, y no necesitaba más que un desafío para liarla.—¿Sabes? A mí también me suena muy apetecible eso.—Le respondí ya un poco menos bromista, más sincera. La idea de estar las dos sentadas a una mesa, en un bar lleno de gente, todos sentados en sus respectivas mesas, mientras algún músico tocaba el piano y un cantante lo daba todo sobre la tarima, se hacía muy agradable. Y cómo interpretasen la banda sonora de alguna película de esas que llamaba "romedias", seguro que Sam rompía a llorar, tan mona ella, de la emoción.

Angus sin duda había logrado pasar desapercibido con el cambio de gobierno, regentando su pequeña tiendecita de libros de segunda mano en el Callejón Diagón, pero no por ello había perdido el interés por sus antiguos amigos de Hogwarts. Por lo visto, en los últimos tiempos, la única que le había visitado era yo. No era de extrañar: los únicos que quedábamos en libertad del antiguo grupo éramos Caroline, Henry y yo. Caroline prácticamente acababa de volver del extranjero, y Henry... Bueno, ¿de verdad el Henry actual iba a visitar una librería de segunda mano en el Callejón Diagón? No me apetecía ver a Angus en esa tesitura.

—Bueno...—Dije encogiéndome de hombros con resignación.—No voy a forzarte a ir a verle o a quedar con él si no te apetece, pero yo creo que teniendo cuidado, cómo hacemos nosotras...—En este momento, en el cual me percaté de lo que estábamos haciendo al mismo tiempo que me percataba de lo que acababa de decir, habría estado bien que pasase una de las siguientes cosas: que un grillo se pudiese a cantar, que se escuchase el sonido del viento, o que pasase una de esas plantas rodadoras de las películas western. Porque... claro, ahora mismo estábamos siendo extremadamente cuidadosas, ¿verdad?—Olvida que he dicho eso, por favor.—Comenté con una sonrisa divertida.—Y está bien, quedaré alguna vez con él, pero... ¿seguro que no te apetece hablar con él, aunque sea por videollamada? De todo el grupo, conmigo siempre fue con quién menos afinidad tuvo...

El trabajo cómo desmemorizadora era un trabajo que quemaba. Cualquier trabajo relacionado con la mente humana, especialmente la mente humana ajena a la propia, afectaba a una persona. Y estamos hablando de desmemorizar, ya no hablemos de mirar ahí dentro a ver que narices hay. Sam lo veía cómo una forma de salvarles la vida, y así lo era, pero... ¿sabíamos realmente hasta qué punto les estábamos dañando usando la magia de esa manera sobre ellos?

—No, si sé que tienes razón, pero...—Suspiré profundamente.—Ya he visto, durante el gobierno de Milkovich, a compañeros que se cogían bajas y años sabáticos precisamente por eso, por verse abrumados por... todo eso. Y puedo entenderles: llega un punto en que te cuestionas si estás haciendo lo correcto. Y, en mi caso, está el estrés añadido: ¿y si al cambiarles los recuerdos les hago algo irreparable? No creo que a los puristas les importe esto, pero a mí sí.—Apreté los labios, con la mirada perdida unos segundos en el pavimento, y luego suspiré.—¡Bah, es igua! Llevo siete años trabajando en el Ministerio y hasta ahora he aguantado. Puedo seguir.—Le comenté con una sonrisa, intentando quitarle hierro a todo lo que había dicho.

No era la primera vez que escuchaba a alguien establecer un paralelismo entre Lord Voldemort y Adolf Hitler. Desde luego, era imposible no hacerlo. Si bien Sam no mencionó a Hitler directamente, estaba implícito en sus palabras. Leonardo Lezzo había hecho esa misma comparación, y creo que yo misma lo había hecho también en algún momento. Y es que estaba claro que eran los nazis del mundo mágico.

—Espero no vivir para ver eso.—Respondí a Sam. Estaba claro que la Orden del Fénix intentaba derrocar este gobierno, pero sus fuerzas eran muy limitadas. La idea que Sam proponía era bastante plausible, pero esperaba que para entonces mis huesos se estuviesen carcomiendo bajo tierra. Mejor muerta que vivir en un mundo cómo ese.

Lo cual me llevó al siguiente punto: dejar el Ministerio cuando las cosas cambiasen. Sam no lo entendía, y es normal que no lo entendiese, porque había cosas que no le estaba contando. Le faltaba información. Díselo ahora... Es un buen momento. Solo que no era un buen momento. Quería disfrutar de aquella noche, y si se lo decía ahora, todo se iría al traste.

—Tú misma lo has dicho: no puedo dejar el Ministerio ahora sin despertar sospechas. ¿Qué clase de empleado rechazaría tal honor?—Respondí, satirizando aquella idea. Una oportunidad de oro, tirada a la basura...—Sabes que siempre quise ser magizoóloga, pero mi padre se empeñó en que estudiase en la academia de Desmemorizadores. O quizás me decantase por la medimagia. Debe ser gratificante ayudar a la gente de verdad, para variar... aunque, visto lo visto, seguro que terminaría teniendo que curar mortífagos y cazarrecompensas heridos.—Así que no, estaba claro que no quedaba ni un solo sector de la sociedad mágica que no estuviese podrido por el toque de la mano de Lord Voldemort.

Habiendo llegado a la pista de hielo, y con los patines puestos ya, mi trasero y el suelo no tardaron en reanudar su romántico idilio que últimamente con tanto descaro exhibían a todo aquel que estuviese mirando. Mi culo estaba enamorado del suelo, y no podría decirme que no.

—No los juzgues. Están enamorados.—Dije con una sonrisa, mientras mi amiga me ayudaba a ponerme en pie. Contra todo pronóstico, aquello salió bien. Ninguna cayó al suelo, ninguna murió en el proceso, y finalmente, volvimos a estar sobre las inestables cuchillas de los patines y sosteniéndonos sobre unas pienas que parecían poco familiarizadas con el término "equilibrio". Sam entonces me propuso ir de la mano, y yo se la cogí sin dudarlo.—¡Ven conmigo si quieres vivir, Sarah Connor!—Le respondí, haciendo una referencia a la película de Terminator, aunque ambas teníamos claros que las posibilidades de morir eran mucho más grandes que antes.

Y es que hay un problema: no puedes estar hablando con y mirando a una persona que tienes al lado mientras tus pies se deslizan sobre una pista de hielo. ¿Que por qué? Porque puede pasar que en tu dirección venga sin mirar, cómo tú, y suceda una catástrofe de proporciones épicas. Cosa que pasó, evidentemente.
¿Los responsables? Dos obuses humanos en forma de niños que jugaban a perseguirse y patinaban extraordinariamente bien. Uno de ellos huía, el otro perseguía, y ambos se reían. ¿Y qué ocurrió? Pues por el principio de Arquímedes, si cogemos la tangente del círculo y la sumamos a la equis del cuadrado... ¡Bueno, que chocaron con nosotras!
Chocaron con nosotras y salimos despedidas. De alguna manera, mientras nos deslizábamos sobre el hielo, Sam y yo logramos mantener nuestras manos unidas y nuestras cuchillas en contacto con el hielo. Pero giramos descontroladamente mientras un vértigo me iba subiendo desde el estómago hasta la mismísima boca. Giramos y giramos hasta que finalmente mi espalda topó contra la barandilla que delimitaba la pista de hielo con la calle. Fue un poquito doloroso, pero tolerable.
Entonces llegó Sam, todavía sujeta por mi mano, y chocó contra mí. ¿Y cómo? Pues se me vino de frente encima y quedamos la una abrazada a la otra. Y eso no fue todo.
Sam estaba con las piernas medio flexionadas, de tal manera que nuestras cabezas quedaron casi a la misma altura. Nuestras caras quedaron a escasos milímetros. Su nariz casi tocaba la mía, y sus ojos estaban sorprendentemente cerca. Eso por no hablar de nuestros labios, claro: hacía falta un movimiento hacia delante de cualquiera de las dos, solo un leve movimiento, para que se tocasen.

—Vaya...—Dije, tras unos segundos de silencio, esforzándome por componer una sonrisa que rompiese aquel momento potencialmente incómodo. Juro que el primer e involuntario pensamiento que se pasó por mi cabeza fue que la besaría de muy buena gana en ese momento.—Creo... creo que hemos tenido mucha suerte...—Hice una pausa, con las palabras atropellándoseme en la boca y un ligero rubor encendiendo mis mejillas.—...de no matarnos, quiero decir. ¿Has visto que choque?

Los niños que jugaban a perseguirse volvieron a pasar a toda velocidad por detrás de Sam, arrojando hielo en todas direcciones, y solo pude empezar a reírme divertida. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué había tenido aquel pensamiento? ¿Será que yo...?
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Gwendoline EdevaneTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Jue Abr 12, 2018 3:13 am

Ella tenía clarísimo cuál sería su paraíso ideal, tanto que ni se lo tuvo que pensar: —Fácil. Una isla, en donde siempre haga sol, en donde el mar siempre está calmado, en compañía de mis padres sin discutir, mi hermano pequeño que no conozco, un Henry que no esté roto y que me abrace como lo hacía antes, Caroline, Bee, mis animales y, por supuesto, tú. Y elijo una isla porque… en serio, cada vez que estoy cerca del mar, de verdad me siento libre. Es una sensación super extraña, supongo que debido a que una vez cada cinco años piso una playa. Y creo que estoy siendo muy generosa con el tiempo. —Sonrió ante la cruda realidad. Hacía nada que Caroline le había llevado y, madre mía, cómo lo disfrutó. Parecía que cualquier lugar en la costa le recargaba las energías al completo y la ponía de un humor increíble. —Creo que no necesitaría más nada para ser feliz después de morir. —Entonces dio un bote, como si se hubiera acordado de algo especialmente importante. —Bueno sí, espera. Y que toda fruta y alimento de la isla en realidad sea de chocolate. Eso es indispensable. Puestos a soñar con un paraíso idílico… —dijo con una sonrisa, esa sonrisilla que le salía cada vez que confesaba su mayor placer culposo: el chocolate. Negro, blanco, con leche, con almendras, con oreos, con… lo que fuera. Todo con chocolate quedaba mejor. —¿Y el tuyo? —preguntó al final, ya que lo había dejado en el aire.

Le encantaba ver a Gwendoline bromear con su ascendencia británica de la que parecía estar tan orgullosa, ya que le sacaba una sonrisa y una carcajada cada vez que fingía ser de alta alcurnia con ese vocabulario. Siempre había sido muy timidilla, la más de todo el grupo, motivo principal que esa confianza y cercanía la hubiera apreciado tanto la rubia durante toda su amistad. Seguramente por eso, acostumbrada a tratar con ella como siempre lo había hecho, no entendía su insistencia en que ella ante otras personas podía llegar a ser sosa o espantar a la gente. ¡Por favor! ¡Eso sí que era una insolencia! Eso sí, todo lo que tenía de tímida, lo perdía desde que se tomaba unas cuantas copas y se desinhibe por completo. Que eso era otro, la Gwen borracha era otro tema a parte. Aunque bueno, como todas. —No sé de qué hablas… —contestó divertida, haciéndose la loca, cuando la llamó Deadpool Lehmann. —Ni que lo hubiera dado todo, hasta el punto de avergonzarme a mí misma, bailando Beyoncé. Por favor, Gwen, no dejes jamás en la vida que vuelva a pedir una de Beyoncé en mi estado de borrachera tan deplorable. ¿Hice mucho el ridículo? ¡Bueno, no me lo digas! ¡Prefiero no saberlo! —Porque ella adoraba bailar, ella adoraba Beyoncé y de verdad que solía darle igual lo que dijera la gente cuando ella bailaba cual jirafa torpe. No obstante, tenía la sensación de que el momento Samanthayoncé Lehmann había sido demasiado catastrófico y humillante. ¡Menos mal que tenía una máscara puesta! —Entonces… ¿son cosas mías o ya hemos acordado nuestra próxima salida? —La miró de reojo, con una sonrisa traviesa. Ay, hasta echaba de menos ponerse guapa para salir de noche a dar una vuelta. ¡Echaba de menos todo de su antigua vida! —A mí también me suena muy apetecible.

El tema Angus era delicado, al igual que cualquier otro tema relacionado con conocidos que no estaban en la mira del Ministerio. La miró con una ceja alzada cuando dijo que ellas tenían cuidado, teniendo en cuenta que estaban en medio de una pista de hielo un sábado por la noche. Iba a comentar algo irónicamente, pero ella misma dijo que olvidase lo que había dicho, algo que hizo sonreír todavía más a Sam. —Sí, está claro que hoy no podemos alardear de lo precavidas que somos. —Y, aunque se estuviera arriesgando, tenía la sensación de que valía totalmente la pena. Echaba tanto de menos esa… ‘normalidad’ que le daba igual las posibilidades de que algo saliese mal. —Claro que me apetece hablar con él, pero si después de hacerlo… ¿van a vigilar su tienda o algo y le preguntan por los fugitivos o algo? ¿O… alguien se entera y le intentan hacer hablar? Ya sé que me viene la paranoia... lo siento. Me hago una bola de una tontería pero… he visto tanta mierda ahí fuera, que de verdad que me da miedo que por culpa mía pueda pasarle algo. —Angus era un amor, claro que tenía ganas de hablar con él, decirle que todo iba viento en popa y que se le echaba de menos pero… tenía miedo. Siempre tenía miedo, era una mierda. Así que en un arrebato de superarse a sí misma, tragó saliva. —Pero… sí, podríamos quedar con él. Ya sé que sueno bipolar, ¿vale? —Rió, mordiéndose el labio inferior. —Ya no sé si lo que quiero es porque quiero o porque lo necesito, o si lo que no quiero es porque no quiero o porque no puedo… Esta situación me va a terminar por volver loca. —Suspiró.

No era ninguna genialidad comparar los ideales de Lord Voldemort con el mismísimo Adolf Hitler y es que… por favor, era exactamente lo mismo. ¿Lo único que tranquilizaba un poco? Que al final, ese tipo de ideal, termina por ser vencido, al menos tal cual nos cuenta la historia. —Tía, llevas siendo desmemorizadora muchos años y haciéndolo todo bien, si en algún momento haces algo que conlleve a daños irreparables en la mente de un muggle… pues habrá sido un caso aislado, de mala suerte. Tampoco puedes preocuparte por eso, porque puede pasar, pero las probabilidades son mínimas —le intentó animar. Era realmente perturbador eso de querer meterte en la mente de alguien y de repente sentir que algo no ha salido como debió de haber salido. A Sam le había pasado, pero por suerte con un ser despreciable por el que apenas sintió pena. —Hombre, es relativo, Gwen. Puedes perfectamente dejar de trabajar en el Ministerio aludiendo a que quieres retomar los estudios, no sería tan descabellado. Lo sospechoso sería dejarlo sin más, sin motivos aparentes, pero  siempre se puede pensar la manera de que te vayas de ahí y suene todo perfectamente lógico. —Que tampoco la iba a convencer hasta la saciedad, ¿sabes? Sólo… le dejaba claro que habían opciones. Muchas. Y claro, si fuera por Sam, esa misma noche hacía una lista—le encantaban hacer listas para todo—sobre las múltiples posibilidades para dejar el Ministerio sin resultar sospechosa. —Te pega muchísimo la medimagia. —Ella, al menos, se imaginaba a su amiga con una bata de sanador, en San Mungo, con el deseo de buscar solución a todos los problemas de sus pacientes. La veía dulce, atenta y muy, muy dedicada y empática con la gente; sería una sanadora de diez. —Serías mi médico de confianza.

El amor imposible entre el trasero de Gwendoline y el suelo de cualquier lugar o estancia era más que evidente, sobre todo cuando algo iba en contra de su equilibrio, sea ésto alcohol o patines sobre hielo. Ahí su cuerpo se ponía en contra de Gwen para poder unir, de una vez por todas, al trasero con su amor imposible. —Jamás juzgaría nada en donde hay amor de por medio, faltaría más —contestó, con una sonrisilla. Era Samantha Jota Lehmann, la amante de las romedias y fan incondicional de cualquier historia de amor. Rió por la broma de Sarah Connor, sujetando con fuerza la mano de su amiga para continuar patinando.

Pero claro… podríamos decir que la atracción que tiene el trasero de Gwen con el suelo, era proporcional a la atracción que tenía Sam con la mala suerte. Y claro, la combinación de ambas cosas, habían hecho que las situación se desarollase de esa manera, haciendo que dos niños inconscientes se chocasen contra ellas de bruces. Ellos cayeron de culo—cosa que no les importó, pues se levantaron rápidamente como jóvenes que eran y siguieron de largo—, pero Sam y Gwen…

Lo primero que sintió fue el golpe, para entonces dejar que la inercia del mismo las moviese libremente por toda la pista, girando sin parar. Si hubieran tenido un poquito de confianza en sí misma con los patines, quizás alguna habría optado por intentar frenar, pero no... Ambas se quedaron quietas, dejando que la física hiciese su trabajo. Ya pararían en algún momento, cuando chocasen contra algo o la gravedad hiciera de las suyas, de nuevo. Y llegó el momento, en el que Sam, totalmente desubicada y por la tensión que ejerció la mano de Gwen sobre la de ella, terminó chocándose contra su amiga, hasta arrinconarla contra la barandilla, sin querer, obviamente. Abrió los ojos—pues por el choque instintivamente los había cerrado—y vio justo delante de ella, muy cerquita, el rostro de Gwendoline. Menos mal que no se habían dado uno de esos estúpidos golpes con la cabeza o ahora mismo estarían las dos sentadas en el hielo esperando que su cerebro dejase de moverse en su interior. Sin embargo, no fue eso lo que le pasó a Sam por la cabeza. Ojalá, de hecho, que fuese sólo eso lo que le hubiera pasado por la cabeza. Al estar tan cerca de ella, sus ojos verdes la cautivaron, así como su rostro ahora sorprendido por el choque. No obstante, la mirada de Sam, inconscientemente, perfiló su cara hasta llegar a sus labios que, de repente, parecían muy atrayentes. Unos segundos los miró. ¿Pero por qué? En serio, ¿por qué? Y ahí apareció el mensaje de alerta en su cerebro, como respuesta automática a sus sentimientos. Sentimientos que... ¿hola, y esto? ¡Fuera de aquí! ¡Largo! Madre mía...

Pero bueno, Sam... Se cuestionó a sí misma, irguiéndose nuevamente de manera repentina mientras se humedecía los labios y mantenía una distancia de seguridad, bajando la mirada, avergonzada. ¿Qué suerte había dicho? ¿Suerte de qué? ¡Será mala suerte! ¿Por qué no se cayeron al suelo, bien separadas una de la otra? No, más fácil: ¿Por qué no podía tener amigas feas y antipáticas? No, todas eran preciosas, con unas miradas que atrapaban y una sonrisa tan hermosa que daban ganas de acallar con un beso sólo para contagiarse de esa alegría. ¡Pero por qué! Bueno, ella generalizaba por su pasado, pero en realidad ahora mismo esa tesitura solo la sentía con la chica que tenía en frente y nada más. —Verlo no lo vi, la verdad, pero lo sentí —¡Vamos que si lo sintió! La legeremante estaba ruborizada e incómoda, tanto que hasta le soltó la mano. Eso sí, sonrió para no parecer tan... sosa repentinamente. —¿Estás bien? Perdón por el golpe, si es que no sabía ni por dónde iba. No quería escacharte contra la barandilla, ¿te hice daño? —Esbozó una débil sonrisa, retrocediendo un pasito hacia atrás, mirándola con una tierna mirada, antes de volver a bajarla a sus propios pies.

Se ponía triste cuando le pasaba eso, de verdad. No quería tener que lidiar con eso otra vez, ni tener que cambiar su trato con Gwen sólo por lo que le estaba pasando, de repente, sin ningún tipo de precedentes con ella. Se lo pasaba demasiado bien a su lado como para estarse preocupando de guardar las distancias con tal de no sentir eso. ¡Era algo que no tenía que pasar, nunca! Le daba muchísima rabia. Y claro, lo menos que quería era incomodarla con algún gesto, o alguna mirada, o algo que ella pudiese malinterpretar...

Si Sam fuera un elfo doméstico, ahora mismo estaría pegándose con una lámpara en su dura cabeza al grito de: "¡Sam mala, Sam mala!"

Curvó una de las comisuras de sus labios, en una especie de sonrisa. —Mejor sin manos —dijo con normalidad, al ver la desgracia que había ocasionado el ir con las manos unidas. —Que ya no me fío de esos dos niños. —Y se acercó de nuevo a la barandilla, al lado de Gwen, para comenzar a patinar cerca de ella por si había que agarrarse a algo, además de alejarse de la zona central, en donde estaban esos dos patinando a toda velocidad de manera, como se ha visto, un poco peligrosa en contra de la integridad física del resto de transeúntes torpes sobre cuchillas. Como siempre hacía, intentó no darle más importancia, cuando era consciente de que lo efímero de un momento, al final siempre se hace eterno en la memoria. Eso no iba a olvidarlo tan fácilmente.

¡Eh, chicas! —dijo un señor, joven, de unos treinta y tantos, pero ya con el pelo prácticamente todo canoso. Era el típico tipo sexy que a cualquier chica le volvería loca, con barba, una sonrisa risueña, ojos azules como el cielo y un cuerpo de diez. —Siento mucho lo que esos dos granujas han hecho, ¿estáis bien? No hay quien los mantenga quietos... No sé de dónde sacan tanta energía y tan poca educación. —Les dijo a ambas el hombre, patinando con maestría justo al lado de ellas, de espalda, mientras las observaba con ánimos e interés, aunque no sabía identificar si interés por lo preocupado que podía estar por el golpe u otro tipo de interés. Sam era fatal para ese tipo de cosas, no sabía ligar lo más mínimo ni identificar cuando alguien ligaba de manera tan sutil. —¡Juro que del padre no! —Bromeó entonces, sonriendo. —Espero que todo esté bien, ¿me voy tranquilo? —añadió, mirando especialmente a Gwen, ya que Sam se había limitado a sonreír para quitarle importancia al asunto, sin muchas ganas de hablar con ese señor.
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Gwendoline Edevane el Jue Abr 12, 2018 3:35 pm

¿Cual es mi paraíso ideal? Bueno, no necesito pensar mucho... Mientras ella esperaba mi respuesta, yo la miraba a la cara. Y estoy segura de que ella no podía ni imaginarse las cosas que pasaban por mi mente. ¿Qué pasa si te digo que para mí el paraíso sería precisamente esto, Sam? Estar así... contigo. No soy estúpida, ¿de acuerdo? Para entonces, ya empezaba a hacer números en mi cabeza, y a comprender que aquellos sentimientos no eran típicos entre dos amigas. Quizás si me preguntasen hace un par de años, antes de Sebastian Crowley, antes del cambio de gobierno, hubiese dicho que sí, que eran sentimientos normales entre dos amigas. ¿Pero ahora? No, ahora ya no.
Porque cuando cada día que pasa, lo que sientes es más y más fuerte... no, ahí tienes que entender que ya no estás viéndola con los mismos ojos. O quizás sí la estés viendo con los mismos ojos de siempre... pero solo ahora te estés dando cuenta de lo que eso significa.
¿Cuál es mi paraíso ideal? Pues... tú.

—La verdad es que esa idea tuya suena bien. ¿Hay sitio allí para Chess, Elroy Primero, Elroy Segundo, y mi madre?—Compuse una sonrisa, intentando alejar aquellos pensamientos. Porque sí, mi cabeza podía haber empezado a sumar dos más dos y a atar algunos cabos, pero... ¿Acaso era justo encontrarme pensando en aquellas cosas cuando ella lo había pasado tan mal? Le había costado mucho, pero mucho, contarme lo de Caroline y... Y es mejor que te calles hasta que lo comprendas todo, ¿vale? No había más que decir.

Por suerte, había en algún lugar una deidad misericordiosa y benevolente que me permitía arrojar a un lado esos pensamientos confusos para simplemente reir junto a mi amiga. Y si bien en tiempos venideros empezaría a darle muchas vueltas a aquel beso que habíamos compartido, al significado de este, a por qué había hecho aquello realmente, en aquel momento solo podía pensar en las partes más inocentes, más divertidas, de aquella fiesta de carnaval. Y una de ellas, precisamente, me la recordó Sam: aquel baile que no solo ella, si no Caroline y más tarde yo habíamos interpretado. Caroline bien; Sam no tan bien; Gwendoline con su habitual estilo "mis piernas se enredan y acabo en el suelo".

—Sería una muy muy mala amiga si te dijese que lo hiciste. Y voy a hacerlo.—Comenté con una carcajada plena, divertida. Entonces, le indiqué con un gesto de mi dedo índice que se acercase a mí, y cuando inclinó su cabeza hacia la mía, le dije en susurros.—Pero te cuento un secreto: yo lo hice todavía más. Y aunque tú no lo hubieses hecho en absoluto, nadie puede igualar a una Caroline parcialmente sobria bailando.—Y dicho eso—tras apartarme una distancia prudencial de su oído en un intento de no dejarla sorda—solté otra carcajada.—Por supuesto. ¿Y sabes la mejor parte de ese plan? Que la primera ronda la vas a pagar tú.—Y lo que podía parecer el acto de una amiga gorrona, estaba segura, supondría para ella una alegría: no era la primera vez que se quejaba de ser "una gorrona", aunque ni Caroline ni yo la habíamos visto jamás cómo tal.

Sucedió entonces una cosa curiosa que a veces le sucedía a Sam cuando la dejabas pensar un poco en voz alta: que ella misma empezó a debatir consigo misma. Un debate intenso del que fui testigo muda. ¿Por qué muda? Porque yo me limité a aportar mi pequeño granito de arena, mis ideas, sobre el tema de Angus. Y ella sola llegó a la conclusión que quería que llegase: que sí, todo entrañaba un riesgo, pero que era un error dejar atrás tus amistades por miedo al gobierno. Y más si esto iba para largo. Lo mismo que le había dicho a Kyle Beckett: "¿Estarías dispuesto a no ver nunca más a tu madre, tu padre y tus hermanos? Este mundo sin amor no vale nada." Así que curvé mis labios en una sonrisa sincera.

—No eres bipolar, y entiendo perfectamente lo que dices.—Le dije con sinceridad.—¿No te acuerdas de nuestro reencuentro en diciembre? Creo que... puedo confesarte ya que fue una de las cosas más incómodas de mi vida, y que cuando recibí tu correo electrónico valoré muy seriamente no responderlo. ¿Por qué? Pues por miedo.—Sí, por miedo a arriesgar mi libertad. Pero no estás siendo del todo sincera con ella, igual que no lo fuiste con Kyle: tenías miedo de volver a sufrir lo mismo, de volver a abrir tu corazón y que al final fuese todo una mentira, que ella volviese a desaparecer. No te lo niegues a ti misma. No iba a negármelo a mí misma.—¿Y si hubiese decidido no abrirte la puerta cuando llamaste? Mi vida habría sido de lo más sencilla... cómo hasta el momento. ¿Pero quieres saber otro secreto?—La miré a los ojos, esta vez con seriedad.—Eso no era una vida. Y creo que no eres consciente del bien que me ha hecho tenerte de nuevo conmigo.

Aquello resumía a la perfección lo que opinaba del tema de Angus, y mi situación durante el año posterior a la muerte de Milkovich. Una Gwendoline que seguía adelante simplemente porque no había aprendido nunca a rendirse, pero sin ningún motivo real para seguir luchando. Viviendo porque... bueno, porque eso es lo que había hecho hasta entonces. Y bueno, mirándolo en perspectiva, lo mío no había sido nada en comparación con lo que ella había tenido que sufrir.
Problemas del Primer Mundo, ya sabéis...
Angus lo había tenido más fácil. Tenía su pequeña tiendecita, y día tras día recibía la vista de gente. ¿Y qué clase de gente? Gente interesada en la lectura, en los volúmenes antiguos... Gente que amaba la lectura, los libros y, en ocasiones, una o dos palabras amables de un muchacho amable cómo él. Seguro que había tenido que lidiar con puristas, desde luego. Pero, por lo que sabía, su vida no había ido muy mal. Pero echaba de menos a sus amigas, Sam y Beatrice. Especialmente a Beatrice, ya me entendéis.
Y aunque pareciese mentira, aquel tema estaba íntimamente relacionado con mi idea de estudiar y dedicarme a algo más amable en mi vida. Algo que, quizás, implicase ayudar a la gente con problemas de verdad. Problemas de salud. Cuando era niña, me gustaba la magizoología... pero ahora, viendo cómo era el mundo... ¿Existe algo más interesante que intentar ser alguien que repara lo que otros destruyen?
Sin embargo... no podía explicarle aún los motivos reales de mi decisión. Sí que puedes... Puedes hacerlo. Y tienes que hacerlo, porque ella se merece saberlo. Era verdad.

—Me encantaría ser tu médico de confianza, la verdad.—No, por si os lo estáis preguntando, no vi en ese momento la "connotación sexual" de aquella afirmación; mi pensamiento era literal, y cuando decía que me encantaría ser su médico, lo decía de verdad. ¿Creéis que no me hubiese gustado estar con ella para atenderle todas aquellas heridas que le hicieron los Crowley? Por supuesto.—Pero cambiar de profesión en realidad es más complicado que todo eso.—Vale... Ya has empezado. Sigue. Puedes hacerlo... Solo que no podía. No en aquel momento. Tenía miedo de arruinarlo todo.—Vamos a hacer un trato. Por ahora, nos vamos a olvidar de este tema. Lo vamos a apartar hasta el final de la noche. Y cuando lleguemos allí... te contaré por qué no puedo dejarlo de verdad. ¿De acuerdo?—Y diciendo esto, le ofrecí mi meñique, a fin de hacer un juramento que pensaba cumplir.

Ya en la pista de hielo... sucedió algo que no me esperaba que sucediese. A ver, no me entendáis mal, que toda la situación era altamente probable: críos jugando en el hielo, dos chicas torpes cogidas de la mano... En algún momento esas dos cosas tenían que acabar colisionando la una con la otra... y nunca mejor dicho.
Lo imprevisible no fue eso, no. Lo imprevisible fueron las consecuencias del choque. ¿Cuánto tiempo estuvimos mirándonos, tan de cerca, en silencio, cómo si intentásemos memorizar el rostro de la otra? ¿Cuánto tiempo me pasé pensando que besarla sería la mejor idea del mundo?
No lo sé... pero el resultado me dejó un poco incómoda. Y creo que a Sam también. Intenté atajarlo todo riendo, a pesar de que estaba poniéndome roja... pero ella no rió. Y me preocupó, ¿de acuerdo?

—Estoy... estoy bien.—Dije, cortando la risa casi de inmediato, y quedándome pensativa, mientras Sam se separaba de mí. Mi mirada verde viajó hasta el suelo de hielo lleno de marcas de patines, y por un momento me quedé dónde estaba. Y lo curioso es que las dos estábamos, por primera vez en la vida, quizás, mirando al suelo al mismo tiempo, en lugar de mirarnos la una a la otra.

Eso que acaba de pasar es culpa tuya... Ese fue mi primer e instintivo pensamiento. ¿Qué te pasa? ¿No puedes seguir mirándola cómo siempre? ¿O al menos decirle algo para que sonría? ¿Algo que calme sus inquietudes? A estas alturas deberías saber hacerlo... Allí estaba, ese mecanismo automático mío que era autocrítico en exceso, que creía que era culpable hasta de que el sol no se asomase entre las nubes.
Mientras pensaba en estas cosas, vi por el rabillo del ojo que ella volvía a la barandilla junto a mí, y por un momento dirigí la mirada en su dirección. Pero me sentía genuinamente mal por lo ocurrido... pues había pasado lo que no quería que pasase: que aquel batiburrillo mental que tenía de alguna manera había logrado salpicarla a ella. Porque estoy segura que algo en mi cara me había delatado y...

—Sí. Mejor sin manos.—Dije, intentando sonreír también, aunque creo que me salió un poco peor que a ella. En ese momento tenía ganas de todo menos de sonreír.

Así que reanudamos el patinaje, esta vez con más calma, alejándonos de la zona central. Yo había adquirido una expresión un poco ausente, todavía con aquellos pensamientos revoloteándome en la cabeza. Tienes que arreglarlo. Con esa cara lo único que haces es hacerlo peor... Era verdad. ¿Se me notaría? Bueno, claro que sí, teniendo en cuenta que antes de aquel "casi beso" estaba riéndome, divertida. ¡Si hasta se notaba en mi forma de patinar! Seguía de pie, a pesar de llevar un minuto entero patinando desde el anterior accidente.

—Oye, Sam. Yo...—Empecé a decir, pero no pude terminar lo que fuese que iba a decir: una interrupción en forma de hombre atractivo, que parecía ser el padre de los dos niños causantes del accidente, llegó en nuestra dirección. ¿Y creéis que a Gwendoline Edevane le resultó atractivo ese hombre que evidentemente era muy atractivo? Pues... no. En lo más mínimo. El hombre patinó junto a nosotras dos, de espaldas, casi cómo si pretendiese hacer una exhibición de unas dotes para el patinaje de las que nosotras dos carecíamos. No sé si ligaba o intentaba disculparse verdad, pero su mirada principalmente se detuvo sobre mí, y yo compuse una sonrisa, un poco mejor que la de antes.—Son cosas de niños. Una sabe cuando viene a este sitio que está destinada a volverse a casa con algunos moretones. No se preocupe.

El hombre compuso una sonrisa radiante e hizo entonces un gesto con la mano cómo si se quitase un sombrero imaginario para saludarnos, y entonces se deslizó sobre la pista de hielo en dirección opuesta la que íbamos nosotras dos. Y se hizo un silencio de unos... ¿treinta segundos? Algo así. Y aquello no estaba bien, porque deberíamos estar riéndonos. Alguna debería hacer alguna estupidez y...
...y eso sonaba perfecto para mí. Venga, no le des importancia. Que ella tampoco se la dé. Tienes que intentarlo, está en tu mano.

—Así que ya no quieres vivir, Sarah Connor.—Conseguí decir, esbozando una sonrisa un poquito más amplia, y finalmente consiguiendo mirarla de nuevo.—Pues no me queda otra que demostrarte mis increíbles dotes para el patinaje. Te voy a enseñar cómo se hace, Lehmann: observa el triple tirabuzón de la gran Gwendoline Edevane.

Y dicho aquello, tomé impulso, acelerando en dirección al centro de la pista. Se produjo un milagro: recorrí varios metros de pista sin perder el equilibrio y caerme de manera ridícula. Sabía que ahora venía la parte en que no podría evitar una caída, ni hacer el ridículo... y la verdad es que contaba con ello. ¿Y qué hice? Pues desoír todos los consejos sobre seguridad y salud que me estaba gritando mi cerebro, y acallar el miedo al dolor en el culo y en el resto del cuerpo que iba a sentir en unos segundos.
Di un salto. Hasta ahí todo perfecto. Me elevé cómo medio metro por encima del suelo, y entonces aterricé sobre la punta de uno de mis patines. El derecho, concretamente. Tomé impulso y me puse a girar. Y creo que el tirabuzón no fue precisamente triple, pues creo que di cómo siete vueltas. El mundo empezó a convertirse en un borrón y pronto llegó el mareo... y la inevitable pérdida de equilibrio. ¡Venga, no hay dolor! Si me parto la crisma, ya me curarán con magia...
No sé ni cómo llegué a caer, pero cuando quise darme cuenta, rodaba cómo una croqueta sobre la pista de hielo hasta que terminé boca abajo sobre esta. Me dolía TODO, literalmente. TODO. Y sin embargo, me incorporé a duras penas, de tal manera que pasé de estar tumbada boca abajo a estar sentada con las piernas extendidas

—¡Y así es cómo se hace!—Exclamé, dándome cuenta de que me dolía un montón el mentón. Esperaba no haberme hecho ninguna herida, pues la idea era llegar a The Ledbury sin parecer que acabábamos de salir de una pelea de barrio. Seguro que no nos dejarían entrar todas llenas de moretones.—¿Lo has visto? ¡Ha salido a la perfección!—Y dicho aquello empecé a reírme.

Por favor... Solo pido una cosa: que ella también se ría. Que ese momento incómodo quede atrás y podamos seguir disfrutando de esto. Entonces fue que me di cuenta de que me daba exactamente igual cómo fuese: lo único que quería era verla sonreír, verla feliz. Cómo fuese.
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