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Let's forget about the world for a while // [Priv.] [Melocotón & Güendolín]

Gwendoline Edevane el Mar Abr 03, 2018 2:47 pm

Recuerdo del primer mensaje :


Sábado 14 de abril, 2018 || Frente a la Cafetería-Librería 'El juglar Irlandés'  || 19:47 horas || Mi ropa || Maquillaje y peinado (Soy rubia)

Habia pasado ya un tiempo razonable desde que Sam me había enseñado sus recuerdos de los últimos dos años, y con ellos había sucedido lo mismo que con todo recuerdo: habían ido quedándose atrás, rezagados, en el lugar de la memoria reservado a los malos recuerdos. Nunca los olvidaría, por supuesto; nunca me permitiría olvidarlos. Pero tampoco quería que la rabia que me hacían sentir marcase mi camino, que me convirtiese precisamente en eso que odiaba.
Y ella me había pedido que no me convirtiese nunca en eso. No pensaba hacerlo.
Lo que sí quería era... estar con ella. Simple y llanamente. Sabía que estaba bien, y que era mucho más feliz desde que había empezado a trabajar, y saber eso me hacía feliz. Teníamos que cuadrar un poco mejor nuestros horarios para vernos, pero aún así me sentía feliz.
Y aquel sábado se me ocurrió prepararle una pequeña sorpresa. Para celebrarlo.
A las seis y media de la tarde, me encontré a mí misma delante del espejo del cuarto de baño, peinándome y maquillándome. "Poniéndome guapa". ¿Por qué? No lo sabía, pero quería estar guapa para ella. Me llevó mucho tiempo decidirme, y cuando finalmente estuve satisfecha con el resultado, añadí el último toque: con mi varita, cambié el color de mi pelo por un rubio ceniza. Sería muy útil, teniendo en cuenta lo que tenía en mente.
Elegir mi vestuario fue también bastante complicado. Por algún motivo, nada acababa de convencerme, lo cual era una estupidez: Sam me veía en pijama, despeinada y desaliñada a diario. ¿Por qué de repente me preocupaba tanto estar perfecta antes de quedar con ella? Bueno, Gwendoline... Ya sabes... ¡No, no sé nada, no sé de qué me estás hablando! ¡Cállate!
Cuando me decidí, ya faltaba poco para la hora de cierre de la 'El juglar irlandés', así que me puse la mochila—necesaria para lo que tenía en mente—y me aparecí en las cercanías, en un callejón poco visitado por muggles. Salí de allí sacando el móvil del bolsillo de mi abrigo. Al desbloquear la pantalla, caí en la inevitable tentación de revisar mi maquillaje utilizando la cámara frontal—¿Por qué tanto interés en estar bien?—y entonces hice la llamada.

—Hola, señorita Melocotón.—Comenté con una sonrisa y conteniendo las ganas de reírme.—Me han dicho que su turno termina pronto y quería invitarla a hablar sobre ese "asunto" que nos ocupa.—Cuando utilizaba la palabra "asunto", me refería a Grulla.—Sí, lo del ave migratoria de la que hablamos, efectivamente.—Y no, no había ninguna novedad respecto a Grulla, realmente. Ni respecto a Savannah.—Así que estaré esperándola frente a la librería. Florecilla del desierto corta la comunicación.

Finalizado el comunicado, corté la comunicación sin poder evitar reírme. ¿Qué clase de conversación telefónica había sido esa? ¡No me fastidies, parecía que hablaba cómo en esas estaciones de números que usaban los espías antes! Solo me había faltado empezar a decir dígitos aleatorios para que Sam pensase que me había vuelto totalmente loca.
Escogí un banco cercano, frente a la librería, y me senté allí. Hacía frío. Me iba a pelar de frío, en realidad, pero no tenía que esperar mucho. Poco menos de un cuarto de hora.
¿He mencionado que estaba nerviosa? Porque lo estaba.
Acaricié la abultada mochila que llevaba conmigo, y que ahora descansaba sobre el banco, a mi lado. Nos merecemos esto... Nos merecemos una noche normal..
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Abr 13, 2018 2:24 am

Querría haber fingido un rostro triste cuando su amiga le dijo con total claridad que había hecho el ridículo en carnavales, pero no pudo. Simplemente no pudo. Rió divertida al escucharla, encogiéndose de hombros ante la cruda realidad de que borracha podía llegar a hacer cosas muy... muy ridículas. Pero mucho, ¿eh? ¿Pero sabes lo mejor? Que en el momento te da igual el nivel de humillación al que puedas degradarte tú misma, ¿qué más da, mientras te lo estés pasando bien? ¿Qué más da, mientras seas feliz? En serio, ¿qué más da?—Ya bueno, Caroline baila demasiado bien hasta borracha, con ella no se puede competir. Menos mal que estaba ella para captar la atención de todo el mundo y que nadie nos mirase a nosotras —respondió divertida. ¿Pero lo mejor? La noticia de quedar en un futuro cercano, más la noticia de que sería ella quién pagase la primera ronda. Quedaba menos para que recibiese su primera paga por trabajar en el Juglar Irlandés y ya estaba expectante por volver a ser una persona normal, que trabaja para poder tener una vida y mantenerse a sí misma. Que ellas dirían que les daba igual, pero Sam se sentía fatal siendo mantenida por sus amigas, ¿vale? No molaba nada; menos a ella, que siempre le había gustado trabajar. —¿Sólo a la primera ronda? Esa noche invitaré yo. Nuestra pequeña borrachera correrá de mi bolsillo. Yo creo que es una buena manera de administrar mi primera paga. —Pensó en voz alta, mirando a Gwen, mordiéndose el labio inferior, contenta.

Estaba ilusionada por cobrar dinero después de casi un año y medio sin tener un trabajo estable, ni ingresos con los que poder vivir cómodamente. Ahora todo parecía ir en una línea más normal dentro de su mediocre vida, lo cual le mantenía entretenida, la ilusionaba y, quieras o no, la mantenía alejada de toda la preocupación que su condición como fugitiva le hacía tener día sí y día también, como por ejemplo, el hecho de quedar con antiguos amigos que ahora mismo viven una vida tranquila y alejada de cualquier problema. La rubia no se sentía especialmente cómoda metiéndose de nuevo en su vida, complicándolas directa o indirectamente, motivo principal de que no se viese especialmente convencida con el tema de Angus. Porque olvídalo, Sam no iba a terminar nunca de rallarse con esos temas.

El tema Angus hizo que Gwen le confesase que a punto estuvo, en su momento, de no responderle el correo que le había enviado en diciembre. Y vamos, era perfectamente normal. Era una decisión que, literalmente, te podía cambiar la vida y había altas probabilidades de que eso fuera para mal. —Y hubiera sido perfectamente razonable, Gwen... Contestándolo y abriéndome la puerta decidiste meterte en el pozo conmigo y complicarte la vida. Es la cruda realidad. Y yo te estoy infinitamente agradecida por darme de nuevo la oportunidad de entrar en tu vida, aunque te la complique —confesó, con una sonrisa alegre y risueña. —Oh, vamos... —dijo ante su último secreto, un poquito ruborizada por las palabras tan bonitas de su amiga, aunque no se las creyese del todo. Como bien había dicho, Sam no era consciente de lo que decía; ella creía desde un principio que en esa relación que recuperaron, fue Sam la que salió ganando por completo. Caroline pudo haber sido esa 'muleta' que levantó a Sam cuando estaba en una situación de absoluta decadencia emocional, pero recuperar a Gwendoline era como conseguir esa otra muleta que la mantiene totalmente en pie y le anima a seguir hacia adelante. Ahora que las tenía de nuevo, no podía imaginar cómo había conseguido estar tanto tiempo sin ellas en su vida. Bueno precisamente por eso, supongo, porque prefería estar pasándolo mal con tal de que ellas estuvieran bien. —Yo creo que mi presencia en tu vida te da más cosas negativas que positivas, pero bueno... —Y volvió a lo mismo, la pesada. —Reconozco que... me da la vida que te arriesgues por mí. En tu otra vida podrías haber venido a patinar tranquilamente, ¿pero y la adrenalina de venir con una fugitiva? ¡Eso no te lo da cualquiera! —Bromeó, acercándose a ella estrechárla hacia ella con una mano, en un gesto cariñoso.

Hablar de dejar el Ministerio era complicado, ya que por lo que opinaba Sam, era fácilmente malinterpretable lo que pudiera decir, como si la estuviese animando de más a dejar lo que se supone que era su vida. Y claro… tampoco quería sonar así. Sólo estaba preocupada, ¿vale? Era muy desesperante saber que tus amigas trabajan en ese lugar lleno de asesinos, lugar potencialmente peligroso por ser el punto central de todo el odio del resto de fugitivos. Si tenían que atacar algo, estaba claro que atacarían el Ministerio de Magia. Sin embargo, el tema se cortó, pero no porque hubieran terminado de hablar, sino más bien porque Gwendoline no parecía con muchas ganas de tratar ese tema ahora mismo, no entendía muy bien por qué. De hecho, es que sonó super sospechosa, a lo que Sam le devolvió una mirada sospechosa; medio entrecerrada. O sea, ¿ya sabía por qué no podía dejarlo y le iba a dejar con la curiosidad hasta el final de la noche? —Ehh… vale. Pero no entiendo por qué no me lo puedes decir ahora... —Enarcó una ceja. —Pero vale. No te olvides o luego no voy a pegar ojo por la incertidumbre. Y te despertaré a WhatsApps. —Y unió sus meñiques, en la pinky promise por excelencia.

Gwen y Sam tenían una facilidad innata para hacerse feliz la una a la otra, desde siempre; desde el minuto uno en el que se conocieron. Desde Hogwarts, ambas siempre fueron muy buenas amigas, con gustos similares y personalidades parecidas que había hecho que encajasen a la perfección, fueran sinceras la una a la otra y siempre tuvieran una relación sana que… madre mía, ya le gustaría a muchos haber tenido esa relación tan bonita, cargada de ilusión y alegría. ¿Porque enfadarse? Podrían contar con los dedos de una mano las veces que se habían enfadado y, la gran mayoría, seguro por tonterías. Esas relaciones en donde el silencio es cómodo, en donde quedas con la otra cuando no estás haciendo nada simplemente para no hacer nada, pero en compañía. ¿Y lo impensable en una relación como la de ellas? ¡Era impensable que entre ellas existiese esa incomodidad! Bueno, espera, matizo. Era impensable que entre ellas existiese esa atracción, motivo principal de que de repente hubiese una incomodidad añadida que ninguna de las dos entendía. Bueno, Sam sí la entendía, pues por desgracia tenía ya cierta… experiencia en eso de sentirse atraída por personas por las que no debería y eso sólo hacía que se sintiese más mal de lo que debería. Lo peor de todo es que le había contado lo de Caroline y temía que cualquier tipo de situación, gesto, mirada… o lo que fuese, pudiese delatar cualquier tontería y hacer que Gwen se sintiese incómoda. ¡Y nada, es que directamente eso no debería pasar en la relación que mantenían! ¡Arg!

Si ahora mismo la mente de Sam estuviese siendo gobernada por los famosos Alegría, Tristeza, Miedo, Asco e Ira, sería el ‘miedo’ el encargado de llevar el control de los mandos, pese a que Alegría intentaba empujarle para intentar volver a tener el control de la situación.

Y bueno, funcionó, a medias. Las ganas que tenía ahora mismo Sam de pasarlo bien, reír hasta que le doliesen las mejillas y el vientre… hicieron que Alegría volviese a tener el mando. Ella, mejor que nadie, sabía que no podía estarse preocupando por eso o iba a darle más importancia de la que debería tener en su vida, haciendo que repercutiese en la de Gwen. Era normal que pudiera sentir eso por Gwen. Es Gwen. Y para colmo es preciosa, en todos los sentidos que pudiera tener esa palabra, pero no significaba nada. Nada de nada. Un momento que no se repetirá nunca más. Era solo eso. Un desliz emocional. Sí. Venga Sam, no te ralles...

Miró a su amiga cuando le llamó, intentando decir algo, hasta que un señor apareció para disculparse por la hiperactividad de sus hijos dejando ese ‘amago’ de conversación en nada. La legeremante pasó un poco de eso, limitándose a sonreír un poquito para quitarle hierro al asunto, mientras que Gwen se encargó de hablar con él. Cuando terminó, volvió a acercarse a Sam, normalizándolo  todo y cometiendo la osadía de decir que iba a hacer un triple tirabuzón. ¡Si no sabía ni correr sin caerse, qué narices! —¡Pero tía…! —Y sonrió, inevitablemente, cuando salió pitando de allí, cogiendo una velocidad que estaba muy por encima del nivel de maestría de cualquiera de las dos. Y claro, mira tú lo que pasó fue totalmente imprevisible… nótese la ironía. Eso de triple quedó en el olvido, pues Gwen tenía la capacidad de dar tantas vueltas como le permitiese la física, eso sí… caer de pie ya era otro tema muy diferente, ¿eh? Cuando cayó y empezó a rodar, Sam comenzó a patinar rápidamente hacia allí, negando con la cabeza mientras se mordía el labio inferior, intentando no reírse. Madre mía, con la que se acababa de pegar… más le valía preguntarle si estaba bien antes de reírse en su cara. Sin embargo, cuando llegó a ella, ésta se sentó con tranquilidad, estirando las piernas. Y claro, las estiró hacia donde venía Sam, por lo que ésta no tuvo tiempo de reacción suficiente—en verdad sí lo tenía, pero era muy torpe con patines, así que sus reflejos se veían disminuidos al diez por ciento—y sus patines iban directos a chocar contra los de ella. —¡Espera! ¡No! —Y cerró los ojos. Sam siempre cerraba los ojos ante los choques, por si acaso. Nunca se sabía. Si no veías, quizás fueran menos dolorosos. Sus patines chocaron contra los de ella, tal cual había previsto, haciendo que Sam cayese hacia adelante. Eso sí, puso las manos a tiempo de no comerse el hielo. Se deslizó un poco, antes de levantar la cabeza, desubicada por esa repentina caída que obviamente no se esperaba.

Movió la cabeza a ambos lados, dándose la vuelta para sentarse como Gwen, prácticamente a su lado. La miró, negando con la cabeza antes de partirse de risa por esa ridícula escena de la que ambas acababan de ser partícipes y protagonistas. De hecho, los niños, que estaban por la zona, se acercaron hacia ellas, riéndose también de esa escena tan graciosa mientras las señalaban. Bueno, bueno, ya iban ahí con la idea de que iban a hacer el hazmerreír de muchos, así que… Unos niños tampoco iban a aguarles el día. ¡Si no lo había hecho ese momento incómodo de hace unos minutos, no iba a hacerlo nada en esta vida!

Alegría, de nuevo en el mando de sus emociones, hasta consiguió que de la risa se le escapase una lagrimilla y es que… madre mía, qué surrealista. Ya no solo Gwen haciendo el tirabuzón, sino Sam cayendo detrás como una idiota por una mala sincronización de movimientos y una trampa mortal en el camino. Hasta tuvo que volverse a tirar boca arriba en el hielo, de la carcajada que le había entrado. —¿Primero intentas suicidarte y luego que yo me vaya contigo? ¡Edevane, por favor! ¡Tienes que tener en cuenta tus limitaciones! ¿Cómo que tirabuzón triple? ¿No has visto que eres capaz de hacer un tirabuzón milenario? Sólo te falta caer bien, eso es tontería. —Ironizó con diversión, todavía en el suelo. En realidad… no lo estaba pensando, pero agradecía infinitamente ese empujoncito a salir de la incomodidad que había ocasionado, porque sí, Gwen podría pensar que fue culpa de ella, pero Sam se echaba toda la culpa a la espalda, siempre. —Ya sé que mi paraíso es ideal, ¿eh? Pero no quiero irme todavía —añadió, rescatando la conversación de hacía un rato. Movió entonces el culito hacia ella, deslizándose por el suelo hasta quedar a su lado. —¿Nos levantamos? Yo creo que deberíamos quedarnos aquí debajo. Si estamos en el suelo es imposible que nos podamos volver a caer, piénsalo. Y haremos realidad el amor imposible de tu trasero —dijo por último, con un tono cargado de humor.

Pero los niños, que todavía reían, se acercaron a ellas, ofreciéndoles las manos para ayudarlas a levantar. Qué monos… Obviamente Sam aceptó, pues le parecía un poco feo rechazar tremenda muestra de alianza y comprensión. Eran niños, seguro que ellos alguna vez fueron torpes y también caían de cabeza contra el hielo. Una vez de pie, se sacudió y miró a Gwen a los ojos. —Siempre podemos crear una nueva modalidad en el patinaje artístico que combinen caídas y baile urbano sobre el hielo perfectamente sincronizado. ¡Bueno espera, acabo de caer! ¿Es por eso que practicabas breakdance en carnavales? ¡Ya se te había ocurrido la idea a ti! —Añadió a la broma, recordando perfectamente ese momento. Bueno, es que habían habido en carnavales mucho momentos tops que no se le iban a olvidar nunca, lo cual es irónico teniendo en cuenta todo lo que no recuerda. —Vamos a concentrarnos un poquito e intentar avanzar sin atentar contra nuestras vidas, otra vez.
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Gwendoline Edevane el Vie Abr 13, 2018 2:41 pm

Una vez más, por enésima vez en nuestras pequeñas vidas, nos encontramos debatiendo acerca de lo correcto o no correcto de nuestra amistad—¿Y nuestro "algo más"?—, de lo conveniente o inconveniente de ésta. Y os juro que, pese a lo mucho que quería a Sam y lo completa que hacía mi vida, si en ese momento estuviésemos viviendo en una comedia de situación, habría cogido un enorme martillo de esos y le habría pegado en la cabeza. ¿Cómo se podía ser tan tozuda? ¿Cómo era posible que no le entrase en la cabeza una idea tan sencilla? Sin ella, sin Beatrice, sin mi madre, incluso sin mi padre... Sin todos ellos, mi vida se convirtió en una basura. Aquello no era vida.
Me empecé a ofuscar. Entendía lo que quería decir... pero no aceptaba ya esa forma de pensamiento. Porque era más que evidente que las dos nos hacíamos mucho bien la una a la otra. Durante el año que siguió al cambio de gobierno, yo no era ni siquiera un ser humano. Hacía las cosas por rutina, porque estaba acostumbrada a ello, porque no había conocido otra cosa en mi vida. No porque desease hacer nada. Lo único que deseaba era sentarme en una esquina en mi apartmento a dejar pasar las horas. Necesitaba forzarme a salir, a correr, a hacer lo que fuese... pero igualmente me sentía vacía.
¿Hubo alguna chispa de esperanza durante ese año? Sí, por supuesto: el momento en que Chess hizo acto de presencia. Fue poco antes de reencontrarme con Sam, y reconozco que el gato me ayudó a salir un poquito de ese pozo vacío en que me encontraba. Y cuando me sorprendí a mí misma en el supermercado, echándole la mano a un saco de pienso para gatos, con intención de alimentar a ese gatito negro que maullaba desde los tejados aledaños, supe que algo quedaba en mí. Aunque fuese un pequeño resquicio.
¿Supuso Chess la diferencia entre el no que habría dicho ese yo mío tan vacío, y el sí que finalmente le di a Sam cuando me contactó? Creo que sí. Creo que entonces empecé a despertar. Pero no fue hasta que la tuve de nuevo en mi vida a ella que realmente volví a ser la mejor versión de mí misma.

—Tienes la cabeza más dura que una piedra, ¿sabes?—Dije, resumiendo todos esos pensamientos bonitos en una frase igualmente bonita... o no. Pero me salió del alma, tal cual la sentía.—¡De verdad, Sam! ¡Me ofuscas, tía! ¡Deja de decir esas cosas! ¡¿De verdad crees que Caroline o yo íbamos a estar mejor si siguieses perdida por ahí, sin saber nada de ti?!—Me había puesto seria, soltando una frustración que llevaba guardándome dentro ya un tiempo.—¡Eres una persona maravillosa! ¡Eres la mejor persona que conozco! Cada vez que dices que nuestras vidas serían mejores sin ti me dan ganas de pegarte, en serio. ¿En qué mejoraría mi vida exactamente? Seguiría trabajando en el mismo sitio, seguiría haciendo cosas que no me gustan para sobrevivir... pero estaría muerta por dentro. ¡Cómo lo estuve desde que desapareciste!—Y dicho eso... me quedé mirándola a los ojos, la boca entreabierta y los puños apretados. Me relajé un poco, habiendo soltado todo aquello, bajé la mirada y relajé la expresión de mi cara.—La verdad es que eso ha sido increíblemente liberador...—Volví a mirarla entonces a los ojos, y di un paso hacia ella.—Cuando tengas dudas de que lo que te digo es verdad en esa cabezota que tienes—Le di un par de golpecitos con el dedo índice en la frente, para remarcar que me refería a esa cabeza, no a otra—tendrás esto para recordártelo.—Y dicho aquello, me puse de puntillas y deposité otro beso en su mejilla, para acto seguido rodearla con mis brazos y apoyar mi cabeza en su hombro.—Me haces muy feliz, Samantha Lehmann, y nada en este mundo podría convencerme de lo contrario.

Aquella confesión había sido intensa, pero dudaba que llegase a ser tan intensa cómo lo sería la que reservaba para el final de la noche. Quise convencerme a mí misma de que Sam no iba a enfadarse conmigo, que solo estaba siendo paranoica... pero por si acaso, me pareció buena idea posponerlo. ¿Para qué estropear una noche tan bonita cómo aquella?

—No me olvidaré.—Aseguré, nuestros meñiques enlazados, mientras iba meditando la forma más adecuada de decírselo. Sam sabría que me había unido a la Orden del Fénix poco después de recuperarla, y sabría lo que había estado haciendo por ellos. Por qué era tan importante mantener mi empleo en el Ministerio de Magia, y con él mi tapadera y toda la información que le conseguía a la Orden.

Pero no temas, pequeña Gwendoline, porque si las cosas corren el riesgo de ponerse incómodas por un tema... posiblemente acaben poniéndose incómodas por cualquier otro tema. Y así es cómo de un momento a otro reíamos mientras girábamos sobre nosotras mismas, cogidas de la mano, y al siguiente nos estábamos sintiendo horriblemente incómodas por un momento que, de haberse movido alguna de las dos solo un centímetro hacia delante, habría terminado en un beso.
Suerte que no ocurrió. En base a una experiencia que todavía estaba por llegar en aquel momento, con mucho alcohol de por medio, puedo imaginarme que de haber existido un contacto directo entre mis labios y los de Sam, habría salido corriendo hasta el lugar cercano con más privacidad y se habría desaparecido llena de vergüenza. En aquel momento no lo sabía, y llegué incluso a pensar que habría sido mejor que nos besásemos y listo, pero... ahora agradezco que no fuese así.
Pero no nos libramos de la incomodidad. Me sentí genuinamente mal por cómo Sam reaccionó, y por fin empecé a cuestionarme lo que me estaba pasando. Y es que no es muy normal que por tu cabeza se te pase la idea de besar a tu amiga, ¿no? No si la relación entre ambas es solo de amistad, desde luego. Así que mi cabeza no pudo evitar hacer una asociación lógica: las parejas se besan, las amigas no. ¿Y qué es necesario para que haya una pareja? Amor. Amor romántico. ¡Elementa, mi querida Ravenclaw! Te gusta tu mejor amiga.
Ese pensamiento inequívocamente me llevó a pensar en Sam y Caroline, y lo mal que la rubia lo había pasado cuando había descubierto sus sentimientos hacia la pelirroja. Pelirroja que acabaría saliendo con Henry, dicho sea de paso. Yo no había conocido esta historia—la de Sam, claro, pues la de Henry y Caroline no era precisamente secreto de sumario—hasta hacía poco. ¿Y por qué la relacioné con lo que acababa de ocurrir? Pues porque había visto esa incomodidad repentina en Sam, y simplemente no podía soportar que se sintiese incómoda.
Así que desde ese momento me prometí a mí misma dedicar tiempo a la introspección, a comprender estos sentimientos antes de hacer nada al respecto. Mi cabeza y mi corazón me decían que sí, que aquello tenía que ser amor... pero cómo desafiaba a todo lo que creía saber de mí desde hacía años, no quería dar un paso en falso, hacer que mi amiga sufriese y que luego fuese para nada.
Todo este galimatías lo pensé en los pocos segundos que pasé apoyada en la barandilla, con la mirada puesta sobre el hielo lleno de cortes provocados por las cuchillas de los patines. ¿Mente hiperactiva? ¿Yo? ¡Qué va! Tú estás mal de la cabeza...
Dispuesta a dejar este pequeño episodio atrás, lo más oportuno me pareció hacer una locura potencialmente peligrosa y completamente dolorosa para mí: una acrobacia sobre patines que tenía todas las papeletas para terminar muy mal.
¿Y sabéis qué? No terminó mal, no: terminó peor. Porque cuando, dolorida cómo pocas veces antes, me daba la vuelta hasta quedar sentada con las piernas extendidas, Sam llegó deslizándose en mi dirección y... efectivamente, tropezó con mis patines. Los suyos se enredaron en los míos y terminó, igual que yo, en el suelo. Dejé de reírme inmediatamente, preocupada por la integridad física de mi amiga, quién acabó sentada casi a mi lado.

—¿Estás bien?—Pregunté preocupada. Sin embargo, si alguna vez os encontráis con una víctima de accidente y queréis saber si está bien, no os preocupéis tanto por si os responde un "Sí" a la pregunta de si está bien: es más importante saber si está de humor para hacer bromas, o si tiene energía para enfadarse con el mundo. Si sucede una de estas dos cosas, eso quiere decir que dicha persona accidentada está bien, casi con toda seguridad. ¿Y cual fue el caso de Sam? Que bromeó. Así que mi preocupación fue mudando poco a poco en una de esas sonrisas en que enseñas todos los dientes, y de ahí pasó a la risa.—Bueno, no te quejes. Quería que presenciases al menos una vez en tu vida, antes de llegar al paraíso ideal, una auténtica exhibición de patinaje artístico. ¿Y qué sabes ahora que no sabías antes? La manera incorrecta de hacerlo. ¡Ha sido totalmente intencionado!—Comenté con sarcasmo, y sin poder contener la risa. Estaba genuinamente contenta porque, al parecer, la incomodidad entre nosotras se había ido, esperaba que para no volver.—Esa es una buena pregunta. Puede que mi trasero parezca feliz, pero está empezando a quejarse de que el suelo es demasiado posesivo... ¡Vamos, que se me está congelando!

Los niños que antes nos habían derribado cómo una bola derriba los bolos en una bolera—juro que esto no es un trabalenguas tipo "Tres tristes tigres..."—y que hasta hacía menos de un minuto se estaban riendo de nuestra torpeza, para mi sorpresa se acercaron a nosotras. Nos ofrecieron sus manos enguantadas para ayudarnos a ponernos en pie, y tanto Sam cómo yo aceptamos, agradecidas. Los niños pronto dejarían de ser niños y serían más altos que nosotras, pues la cabeza del más alto de ellos quedaba a la altura de mis hombros.

—Gracias, chicos. Si nos esperáis después, os invito a una piruleta o lo que os apetezca.—Les agradecí, señalando en dirección a uno de los puestos dónde se vendían golosinas, hamburguesas, patatas fritas, perritos, y todo ese tipo de cosas. Los muchachos se marcharon encantados con la idea, y se deslizaron cómo expertos por la pista de hielo. De nuevo, estaba a solas con Sam, pero ya no había esa incomodidad en sus ojos ni en sus facciones.—¿Una nueva modalidad, dices? ¿Y cómo te apetece que le llamemos? ¿Scrub-skating? Porque creo que este hielo no había estado tan limpio desde hace siglos, y todo pueden agradecérselo a mi trasero.—Sí, desde luego, mi trasero era una buena escoba. Porque no hacía más que limpiar el suelo con él.—Breakdance... ojalá.—Comenté divertida.

Sam propuso reanudar nuestro pequeño espectáculo de una forma más moderada, más cuidadosa, y yo asentí. Pero esta vez, dejando totalmente a un lado la incomodidad, cogí su mano con la mía. No había nada de malo en ello y no me iba a poner ahora a preocuparme por esas cosas. Me sentía más segura cogida de su mano.

—Esta vez no pasará nada, te lo prometo.—Aseguré con una sonrisa, aunque no las tenía todas conmigo. Ocurrir... podía ocurrir algo perfectamente y en cualquier momento.

Pero ese día, el karma pareció decidir que ya había sido bastante cruel con nosotras, y decidió enviarnos un poco de buena suerte, para variar. ¿Y en qué forma llegó? En la forma de los dos niños anteriores, cómo no podía ser de otra manera. Debían haberse alejado un momento para discutir aquello que hicieron entre ellos, con cierta privacidad, y al ponerse de acuerdo, volvieron a acudir en nuestra ayuda.

—¡Esperen, señoritas!—Dijo uno de ellos, quién debía ser el más extrovertido de los dos.—Dejen que les echemos una mano.—Y sin esperar nuestra respuesta, el que hablaba me cogió de la mano libre a mí, y el otro niño cogió a su vez a Sam de la mano libre. Y evidentemente, Sam y yo nos soltamos. Yo estaba dubidativa, pero... ¿qué podíamos perder por intentarlo?—Mire, he visto cual es su problema. Su problema es que levanta los pies.—Empezó a explicar el niño.—¡No los levante, no está caminando! Simplemente deslícese.—El muchacho rió divertido, y no pude evitar reírme con él: era cierto, levantaba los pies en lugar de dejar la cuchilla siempre en contacto con el hielo.—También he visto que patina usted muy encorvada. Es mejor que estire un poco más las piernas, y la espalda. ¡Si no, se va a caer siempre de culo, cómo le está ocurriendo!

—¿Cómo te llamas?—Le pregunté a aquel experto niño, mientras Sam y el otro niño se alejaban en otra dirección, posiblemente para evitar una colisión en medio de la clase improvisada.

—Soy Corey, ¿y usted?—Respondió, y preguntó, con todo el entusiasmo del mundo.

—Gwendoline. Aunque todo el mundo me llama Gwen. Y trátame de tú, Corey.—Le dije sonriente. Por suerte, los niños se me daban mejor que los adultos.

—¡Tienes un nombre muy gracioso, Gwen! Me gusta.—Afirmó risueño, y yo sonreí divertida con él. Lo cierto es que sí: Gwendoline es un nombre muy gracioso.—Venga, vamos a intentarlo, Gwen. Tú haz lo que hago yo. Voy a hacerlo despacio para que puedas hacerlo cómo yo, ¿vale?

Y sin soltarme la mano ni un momento, Corey me enseñó la postura que tenía que adoptar para patinar deslizándome, sin levantar los pies salvo cuando fuese necesario. Me costó un poco al principio, pues al inclinarme hacia delante tenía la sensación de que mis pies perderían agarre y en vez de caerme de culo me caería de morros. Y eso era bastante peor.
Pero sorprendentemente no ocurrió, y siguiendo los consejos de mi nuevo amigo muggle, mi estilo de patinaje fue mejorando considerablemente. Me faltaba un poco de seguridad, pero... podía mantenerme al menos un rato de pie, sin caerme de culo o de boca o de lo que fuese.

—¡Y ahora vamos a girar! Solo tenemos que inclinarnos un poco hacia el lado que queramos girar, y deslizarnos. Los patines harán el resto.—El chico hablaba cómo un profesor experto, pero más entusiasmado todavía, y no pude evitar contagiarme de su entusiasmo. Giramos cómo él dijo, un poco temblorosa por mi parte.—¡Muy bien! ¡Eso es! Y ahora, voy a soltarte, Gwen.

Quise protestar, pero no pude. Me sentía segura de la mano del niño. El muchacho no me dio tiempo a reaccionar. Soltó mi mano, y cuando quise darme cuenta patinaba yo sola, mucho mejor que antes, y me dirigía hacia Sam y el otro niño, el que seguramente le estaba dando a mi amiga sus propios consejos.
Y temí el choque. Estábamos a una distancia prudencial, y yo no iba muy rápido. Así que no tenía por qué ocurrir. Así que, esbozando una sonrisa, y mientras seguía avanzando hacia ella, alargué la mano en su dirección, para que me la cogiese cuando fuese a pasar a su lado, y seguir patinando las dos juntas.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Abr 21, 2018 2:03 am

Abriendo los ojos como platos, miró a su amiga tras esa afirmación tan intensa. ¿Que sí sabía que tenía la cabeza más dura que una piedra? No sabías tú hasta qué punto Sam podía estar obcecada con un solo punto de vista… fuese sano o no. Pero vamos, contestar a eso fue imposible, pues de repente apareció en escena una Gwendoline bastante harta de que la propia Sam no valorara lo más mínimo el efecto que ella ocasiona en los demás, porque como bien había repetido muchas veces: sólo se veía como un lastre; un peligro más en la vida de sus seres queridos. Y ahora mismo no pudo decir nada de eso, pues Gwen estalló. Y con razón. A nadie le gustaba que le dijeran cómo debía sentirse al respecto, ni mucho menos ver como un ser querido se infravalora de esa manera cuando tú lo tienes—aunque no sea este caso—en un pedestal.

Y sí, se limitó a mirarla, ojiplática, parpadeando cada mucho, con la boca entreabierta porque se había quedado con la palabra en la boca. No se lo esperaba para nada. Eso sí… verla así no hizo más que pronunciar una pequeña sonrisa en sus labios, cada vez más grande a medida que ella se ofuscaba más y más. Era gracioso, ¿vale? Rara vez veías a la impoluta inglesa de alta alcurnia tan enfadada por algo, lo cual era todavía más gracioso porque se había enfadado por algo que Sam solía decir muchísimo, por lo que saber cuánto tiempo llevaba reteniendo todo eso en ese cuerpecito que nunca se enfada. Cuando le dio los golpecitos en la frente, Sam cerró los ojos a la par. Y al recibir el abrazo, suspiró. —Madre mía, Gwen… —Y, cuando parecía que iba a decir algo bonito con respecto a todo lo que había dicho su amiga y que, obviamente, le encantó... No lo hizo: —¿De verdad te dan ganas de pegarme? ¿Tan odiosa soy? Porque para querer pegarme he tenido que llegar al fondo de tu paciencia y yo pensé que no había ser capaz de llegar ahí... —dijo con diversión, realzando con evidencia que era terriblemente complicado acabar con la paciencia de Gwendoline. Se separó de ella, mirándola a los ojos desde esa posición. —En mi defensa diré que no me refería a lo que te aporto a ti como persona, sino lo que te aporto como fugitiva. Es un hecho que estando en tu vida, te expongo a más peligros de los que tendrías estando sin mí. —Y elevó el dedo índice de su mano, porque ya se veía que su amiga iba a volver a quejarse, para de esta manera hacer que no hablase y le dejase continuar. —Pero... aunque sea egoísta, porque digas lo que digas, es egoísta por mi parte... No me arrepiento lo más mínimo de haberos recuperado. ¿Además, no te das cuenta de que siempre digo esas cosas feas sobre mí para que tú me digas cosas bonitas? —Bromeó eso último. Sam no era ni de lejos vanidosa, mucho menos tenía ese nivel de ego; Gwendoline debía de saber de lejos que estaba bromeando en un intento de quitarle hierro al asunto. Sujetó entonces su rostro con sendas manos y la besó en la mejilla, de esos besos largos, amistosos y cariñosos. —Ahora en serio, lo siento. Llevo ya unos años asumiendo que soy lo malo en todo lo que me rodea y todavía no he cambiado el chip. Prometo no tener la cabeza más dura que una piedra a partir de ahora. —Hizo una pausa, hablando en serio, aunque esa seriedad duró porquito: —Sólo por no verte ofuscada otra vez. Das miedo.

En realidad no daba miedo. Gwendoline era adorable en todas sus facetas, incluyendo hasta el hipotético caso de que estuviese enfadada de verdad hasta el punto de que le hinchase la vena de la frente. Hasta en ese hipotético caso, sería adorable. Tenía la absoluta certeza de que sólo se enfadaría hasta tal punto si era algo de vital importancia. Y era imposible ver a alguien con malos ojos cuando se preocupa hasta el punto de enfadarse. O eso quería pensar.

Lo dejó pasar. Dejó pasar ese misterioso motivo, queriendo asumir por su propio sosiego mental que ese motivo no sería nada más que una curiosidad o sorpresa que ya le daría al final de la noche. En ningún momento se esperaba—ni quería esperarse—que solo retrasase la información porque pensase que era algo que iba a llegar a enfadarla. Si llega a sospecharlo, hubiera insistido, evidentemente.

Porque claro, ahora mismo también había que decir que 'algo malo' era relativo, pues Sam ya había relacionado ese momento incómodo como algo HORRIBLE. No horrible por lo que tenía delante—por favor, que Gwen era de lo más bonito que había—, sino por lo que sintió Sam al ver frente a ella las posibilidades tan claras. ¡Y eso era lo horrible! Porque en verdad todo era relativo; muy relativo. Y relativizar estaba bien, ¿no? ¿Qué hubiera pasado si, por el golpe y la confusión, sin querer se dan un besito porque esos centímetros se vieron acortados por un movimiento involuntario? Nada, risas. Rubor y risas. ¿Qué pasó en Carnavales, cuando Gwen besó a Sam para demostrarle a los machos alfas de la fiesta que eso no se hacía? Nada, risas. Pero cuando te piensas las cosas... cuando lo relativizas todo, te pones a pensar en las consecuencias, en los contras, en los pros... y te das cuenta de que en realidad te llama. Te está llamando. Te está haciendo que te lo pienses. Y ahí. Ahí estaba el problema. ¿Cómo no se iba a rallar? ¡Madre mía, claro que se rallaba! No, no, no. Eso era malo, malo.

Pero poco tenía que hacer, más que dejar que eso se perdiese en la inmensidad de su memoria—junto a sus otras miles preocupaciones—y patinar rápidamente hacia donde Gwen amenazaba con romper la pista de hielo con esa caída tan fuerte que había tenido, la cual fue respaldada con la de Sam. Que si bien la caída de su amiga había sido por su osadía en creerse capaz de hacer todo eso, la de Sam había sido simple y llanamente porque sus reflejos eran horribles y su torpeza aumentaba con creces en terreno deslizante. Bueno, y porque el patín de Gwen se entrometió en medio de su camino. Ese, en realidad, era el motivo principal. Una vez se recompuso en el suelo, sólo pudo reírse. ¿Que si estaba bien? Como ya le había dicho muchas veces, reír así lo echaba mucho de menos, así que ahora mismo no estaba siendo muy consciente de sus partes doloridas. Le daban muy igual. Sólo quería disfrutar de esa carcajada por lo ridículas que parecían. —La verdad es que podríamos quitarle el puesto de trabajos a los limpiadores de pistas de hielo con muchísima facilidad teniendo en cuenta nuestra habilidad. —Primero: ¿eso existía? ¿De verdad había gente que limpiaba las pistas de hielo? —¿No acabas de ver mi caída? Hago esto par de veces y con el deslizamiento adecuado yo creo que podría ayudarte a dejar esto como los chorros del oro si abro los brazos y las piernas lo suficiente como para abarcar más superficie —contestó, observando con detenimiento la pista, con un tono de voz serio, capaz de confundir a cualquier como si de verdad quisiera darse por entendida en superficies o limpieza de pistas de hielo.

Una vez en pie—y sacudirse el trasero muy dignamente, como si nada hubiera pasado ahí—, ella volvió a darle la mano, prometiéndole que nada pasaría. Ella sonrió, manteniendo la mano sujetada a la de ella. Todo iría bien si decidían no hacer nada fuera de sus posibilidades o nadie intentaba placarlas cual pokemon. Pero apenas avanzaron, pues los dos niños que patinaban por ahí, decidieron hacer su buena obra del día después de haber desencadenado un momento incómodo entre ellas, ofreciéndose a ayudarlas. El rubio, que parecía más tímido, fue quién sujetó la mano de Sam.

Yo te ayudaré a ti —dijo, sin manterle la mirada a los ojos, avergonzado. —Me llamo Henry.

Vaya por Dios, las casualidades de la vida.

Yo no me llamo, pero suelen llamarme Sam —contestó, en un intento de ser divertida. Henry elevó la mirada, confundido por las palabras de la rubia, pero cuando las pilló, no pudo evitar esbozar una amplia sonrisa.

Se le había pasado por completo su identidad muggle. Lo siento, pero no podía pasar tanto tiempo con Gwen y recordar que en realidad su vida es tan mierda que tiene que tener una identidad falsa para poder trabajar en un sitio sin que nadie corra demasiado peligro.

Yo tampoco me llamo —dijo entonces. —¡Quién me viese, llamándome a mí mismo! —Y mostró los dientes, divertido.

Bueno Henry, ¿y qué observaciones tienes para mí? ¿Crees que tengo solución o soy una persona que no debería de pisar una pista de hielo más nunca en la vida? —preguntó dramáticamente, poniendo los brazos en jarras.

Él volvió a reír.

¡No, no! Lo haces mal porque vas con miedo. ¿No te entran agujetas después de lo rígida que vas? —preguntó, para entonces moverse con agilidad y soltura, exagerando sus movimientos para recalcar que iba suavemente. —De esa manera estarás más en sincronía con tus movimientos y los apoyarás por inercia, evitando caídas torpes ¡. Y... —Hizo una pausa, mirándola con cierta vergüenza.

Venga, suéltalo. No me ofenderé.

Parece que tienes miedo de romper el hielo, ¿sabes? Tienes que pisar con fuerza y hacer que el patín se deslice lo máximo posible de un solo empujón, ¿ves? —Hizo él la representación gráfica. —Tú pareces que vas corriendo pero con patines, como si estuvieras pisando huevos. Pareces un patito aprendiendo a caminar. Es una sensación extraña. Tienes que aprovechar que con el mínimo esfuerzo, puedas recorrer lo máximo posible. —Se estiró entonces, para ver como su hermano Corey le había dado la mano a la mujer rubia. Él se armó de valor y sujetó la mano de Sam, ruborizándose por completo y volviendo a bajar la mirada. Pero qué lindo, madre mía. —Patinemos juntos y así le ayudo.

Lo mejor de todo era ver la cara del padre canoso, apoyado en una de las barandillas, con una sonrisa orgullosa por lo bien que se estaban portando sus hijos.

Y lo hizo con él—patinar, digo—durante un rato, hasta que vio como Gwen venía de frente hacia ellos. Ya no estaba sujetada al niño, por lo que estiró la mano hacia su amiga, sujetándola cuando pasó a su lado. Por inercia continuó patinando a su lado, sonriendo con alegría. Se confió, mirando hacia atrás mientras iba en dirección contraria, para con la mano libre despedirse del pequeño Henry, el cual le devolvió la despedida a la par que su amigo Corey se ponía a su lado. Volvió la mirada hacia adelante, dejando eso del pato torpe atrás y deslizándose como una persona normal sin ningún problema locomotor, aunque eso de la rigidez aún le costaba. —Apuesto a que no te esperabas que los mismos que casi nos matan, hayan sido los que han conseguido que recorramos más distancia sin ocasionar ningún accidente ni parecer idiotas sobre patines —comentó divertida. —¿Sabes cómo se llamaba el niño que me obsequió con su sabiduría? —Hizo una pausa. —Henry. Es irónico que las dos personas que me han dado consejos en esta vida de cómo patinar sobre hielo, se llamen igual. ¿Quieres ver lo que he aprendido? Te morirás de envidia por mi nueva habilidad —alardeó, para entonces pegar un saltito y caer perfectamente. Sí. Un truco sublime. Apoteósico. Revelador. Miró a su amiga. —¿Has visto? Hay que pisar fuerte y no mirar a los patines. Me lo ha dicho Henry muggle. Y también me ha enseñado a ir hacia atrás, pero no sé si me atrevo a hacerlo sin que me sujete. Da mucha seguridad ese niño, aunque solo mida un metro treinta ¿eh? —Entonces se mordió el labio inferior, mirando risueña a su amiga. —Bueno, más o menos como tú. —Y se rió, divertida. ¿He dicho ya lo mucho que le encantaba meterse con Gwen? Sam siempre había sido la mas alta del grupo, por lo que era una broma bastante recurrente a sus amigas las hobbits.
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Gwendoline Edevane el Dom Abr 22, 2018 9:19 pm

Sacarme todo aquello de dentro fue liberador. Y es que no es que me hubiese venido de repente, una de esas revelaciones que te golpea en la frente cómo una piedra que alguien ha tirado en vuestra dirección. No me había despertado ese día pensando que lo más maravilloso del año pasado había sido recuperar a Samantha Lehmann, mi "persona especial" perdida, ni mucho menos. Lo llevaba pensando desde diciembre, desde que había vuelto... y de haber vuelto incluso antes, desde antes lo habría tenido guardado dentro. Y supongo que al principio me parecía más o menos bien que Sam le quitase importancia a lo que suponía su presencia en mi vida. Todo el mundo tiene derecho a opinar. Pero siempre me había molestado que supusiese que nuestras vidas eran mejores sin ella. Porque no era verdad. Y aclarémonos.
Hay una diferencia importante entre "mejores" y "más seguras". ¿Más seguras? Posiblemente fuese cierto. ¿Mejores? Ni de broma. Samantha había supuesto un rayo de luz en mi vida en los últimos meses, me había permitido salir de aquel extraño pozo de indiferencia, de vida automática, en que me había sumido. No había consultado a ningún psicólogo para saber si estaba deprimida, pero algo me decía que cualquier profesional llegaría a la misma deducción que llegaba yo actualmente, cada vez que echaba la vista atrás: que la Gwendoline de 2017 pasaba por una depresión de la cual solo empezó a salir, un poquito, cuando empezó a cuidar de Chess, y de la que terminó saliendo del todo con el regreso de su mejor amiga.
Cuando terminé de decirlo todo, tomé aire y lo solté, cómo si intentase recuperar el aliento perdido y un ritmo normal de respiración. Y no pasó mucho tiempo antes de que inflase los carrillos con cierto enfado.

—No hablaba de forma literal. Yo...—Respondí a sus preguntas, y entonces tuve que callarme porque volví a inflar los carrillos. Volvíamos a lo mismo. Sam volvía a insistir con lo mismo, y me replanteé seriamente lo literal de mis deseos de pegarle. Pero entonces, levantó el dedo, por lo cual desinflé poco a poco mis carrillos y la escuché. La dejé terminar. Vale... esa explicación es pasable... Incluso la broma del final. Entonces me puso las manos a ambos lados de la cara y... ¡Allá vamos otra vez! ¡Corazón, relájate, que no ha sido más que un beso en la mejilla! Su afirmación final... fue suficiente.—A veces me gustaría, de verdad, que te vieses desde mis ojos.—O quizás no... No lo sé, no sé si quiero que te veas desde mis ojos, Sam...—A mí me has aportado vida. ¿Que tienes mala suerte? ¿Que te han pasado cosas malas? Bueno... así es la vida. Pero tu presencia en mi vida me da algo por lo que seguir adelante cada día. De verdad, no sabes cómo fue el año pasado para mí...

Y aquello era totalmente cierto. Vale, no iba a ponerme a comparar depresiones y traumas con ella, pues estaba segura de que los Crowley en un hipotético juego de Piedra, papel, tijera, lagarto, Spock no serían ninguno de estos, si no el dios destructor que gana la partida con su mera presencia. Pero había sido horrible. Sentirme tan vacía cómo para no querer hacer absolutamente nada, levantarme cada mañana y ver a una persona a la que me costaba identificar cómo yo misma en el espejo, seguir con la rutina simplemente por costumbre, pero no desear absolutamente nada de la vida. No mirar más allá del siguiente día, de la siguiente comida, de la siguiente vez que me metiese en la cama para dormir... Sebastian Crowley había sido algo horrible, algo que no le deseaba a nadie, y ni mucho menos podría compararse con mi estado, pero os puedo asegurar que sentirse vacío por dentro, cómo un cascarón sin alma, no es nada bonito.
Aquello no se lo había enseñado—ni jamás lo haría—durante ninguna sesión de legeremancia. Habíamos compartido suficientes recuerdos horribles... y tampoco es que me apeteciese volver a practicar la legeremancia nunca más.
La legeremancia podía desembocar en momentos horriblemente incómodos... igual que ese momento en que Sam y yo casi establecemos un contacto labial para nada planeado. Un momento que me hizo pensar, sobre todo por la reacción de ella. ¿Y por qué pensé tanto en ello? Bueno... porque por un momento la vi tan incómoda conmigo que me sentí mal. Y evidentemente, cuando algo así ocurre, ¿de quién es la culpa según mi retorcida psique? De Gwendoline Edevane, por supuesto. Porque Gwendoline Edevane tiene la autoestima tan baja cómo un pavo real, y ninguna pluma colorida con que compensar esa baja autoestima. Sí, sí, ya sé que los pavos reales no tienen ese plumaje para compensar su autoestima, era un ejemplo.
El caso es que... todo desembocó en aquella situación tan absurda. Porque una persona normal haría un chiste malo, o contaría una anécdota graciosa. ¿Pero yo? No, no. Demasiado fácil, ¿no? ¿Para qué hacer todo eso cuando puedo poner en peligro mi integridad física para hacer el ridículo? Y sin pretenderlo, la integridad física de Sam también estuvo en juego. Ambas terminamos deslizándonos por el hielo sobre partes que no estaban diseñadas para tal tarea, cómo pueden ser la cara, o el culo. Y, sin pretenderlo, terminamos barriendo el hielo.

—¿Tú crees de verdad que existe gente que limpia el hielo? Eso tiene que ser un trabajo muy lamentable.—Aquella pregunta fue casi cómo si leyese el pensamiento de Sam, pero evidentemente no lo hice. Simplemente, creo que es una pregunta bastante razonable. Es decir, pensadlo... ¿el hielo se limpia en las pistas de hielo? Podéis sentiros inclinados a pensar que no, pero... ¿y si está hecho un asco? La gente puede caerse de bruces, hacerse una herida, y acabar con una infección. Y entonces pensaréis: ¿y cómo se hace, en caso de hacerse? Ya me gustaría saberlo a mí...—No dudo de tus capacidades a la hora de limpiar el hielo, pues eres una mujer fuerte, negra e independiente... ¡y homosexual! ¡Eres toda una heroína y puedes hacer lo que te propongas!—Para la última parte levanté el dedo índice derecho, cómo si hubiese dado con un dato importantísimo. Y es que en este mundo actual en el que vivimos, lo mismo a una persona pueden crucificarla por su orientación sexual, cómo si estuviese cometiendo alguna clase de delito, cómo ponerla de heroína para arriba. Y vale, entiendo que lo de "salir del armario" no tiene que ser fácil precisamente por culpa de los primeros, los que te crucifican... ¿pero realmente se podía clasificar a alguien de héroe por eso? Yo no sé nada. Yo solo sé que todo depende de quién lo diga, cómo lo diga... y al final, nos creemos con el derecho de juzgar a otros por nuestro propio rasero, cuando cada uno debería dedicarse a sus malditos asuntos y dejar en paz a los demás con los suyos.

Luego tuvo lugar una pequeña e improvisada clase de patinaje por parte de un par de sabios y expertos... niños pequeños. Los mismos que casi nos matan cargando contra nosotras cómo si fuesen dos balas de cañón disparadas a escasos centímetros de nosotras, para luego ayudarnos a levantarnos tras mi bochornosa exhibición de patinaje artístico y la posterior caída de Sam. Aquellos niños llevaron el tema del amor-odio a un nuevo nivel, y su paso del odio al amor fue... demasiado rápido.
Tan rápido que uno de ellos, el mayor y más extrovertido, escogió ayudarme a mí, y el pequeño, y más tímido, a Sam. ¡Hasta se habían puesto de acuerdo para compensar nuestras respectivas personalidades! Porque Corey, el muchacho que me enseñó a corregir mis errores, podría haber suplido a la perfección la falta de conversación en caso de que yo me quedase muda, y Sam podía hacer lo propio con su pequeño hermano.
¿Resumen? Que tras aquella pequeña clase por parte de Corey, me convertí en una especie de Gwendoline Edevane 2.0 a la cual habían mejorado sensiblemente sus aptitudes para el patinaje... y cómo pude comprobar cuando cogí la mano de Sam otra vez, lo mismo había ocurrido con ella. La Samantha Lehmann 2.0 también venía con algunas mejoras en sus aptitudes para el patinaje.

—No, no me lo esperaba. Ahora tendré que invitarles a alguna chuchería antes de que nos vayamos.—Respondí con una sonrisa, patinando más sosegadamente, y con más estabilidad, de la mano de Sam. Y entonces llegó la gran revelación: el nombre del pequeño era... Henry. Cómo Henry Kerr. Mi sonrisa luchó por marcharse, pero mi fuerza de voluntad fue mayor. Cómo ya estaba patinando con la vista fija en el hielo por delante de mis pies, al menos esto no delató mi ligera bajada de ánimos.—¡Qué curioso! Parece cosa del destino.—Respondí, para acto seguido observar lo que Sam había aprendido del niño. Lo mío ya se veía a simple vista, pues a golpe de fuerza de voluntad, me había enseñado a mí misma a no levantar los pies del hielo con cada paso que daba.—¡Oye! ¡Que mido uno sesenta y ocho...!—Tampoco me consideraba tan baja. Vale, sí, aquello posiblemente fuese otra de las bromas de Sam, pero lo de defenderme de ella fue instintivo.—Bueno, venga. ¡Pongamos en práctica algunas de las lecciones, que luego nos espera la cena! Ahora, aprenderás a girar conmigo. Me lo ha enseñado el otro niño, cuyo nombre es Corey, por cierto.

Seguimos patinando durante un buen rato, algo más relajadas y sin mayores percances. Practicamos algunos de los pequeños truquitos aprendidos de los dos hermanos, y en general logramos mantenernos de pie sobre los patines. Hubo risas y comentarios en broma. Y, en general, no tuvimos que experimentar ningún otro momento incómodo cómo el que experimentamos tras el choque contra Corey y Henry. Aquel episodio quedó olvidado por esa noche, cosa de agradecer, pues volvíamos a ser las que éramos antes de que ocurriese.
Y cuando hubo suficiente patinaje—principalmente, cuando empezábamos a estar lo sucientemente cansadas cómo para seguir—decidimos dar por terminado el entretenimiento. Volvimos al banco dónde habíamos dejado nuestro calzado, y nos dispusimos a quitarnos los patines.

—No ha estado mal.—Comenté con una sonrisa, feliz por haber podido disfrutar de aquello junto a mi mejor amiga.—Eso sí, recomiendo que nos revisemos la ropa y nos limpiemos posibles manchas antes de entrar en The Ledbury, o saldremos de allí igual de rápido.

Corey y Henry se nos acercaron cuándo ya nos disponíamos a marcharnos, acompañados de su padre. Venían a cobrarse la recompensa prometida, y si bien su padre insistió que, de verdad, no hacía falta, igualmente les compré a los muchachos un par de hamburguesas con patatas en el puesto callejero, además de una piruleta para cada uno. Y antes de despedirnos del padre y sus dos hijos, Sam y yo les chocamos las cinco a nuestros profesores improvisados, que se marcharon corriendo con sus recién adquiridos premios. Respecto a nosotras dos, nos encaminamos hacia otro lugar con privacidad para poder desaparecernos.

—Siguiente parada: The Ledbury. ¿Haces los honores?—Le dije a Sam, una vez en el callejón en el cual aparecimos la primera vez. Le ofrecí mi mano para que la tomase, y esta vez fuese ella quién iniciase el mareante proceso de desaparición. Esperaba que no echásemos la pota después de la cena si volvíamos a utilizar la aparición...
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Sam J. Lehmann el Jue Abr 26, 2018 1:05 am

En realidad... con eso le valía. Qué menos, ya que tu vida es un poco—por no decir mucho—mierda, que iluminar un poquito la de tus seres queridos. La posición de Sam, en su opinión, era realmente complicada y ella, aunque siguiese estando en donde está, se sentía mal porque en cierta manera seguía poniéndolas en peligro y todo ese rollo que Gwen ya le había dejado bien claro que no debía de pensar. Porque claro... ellas habían aceptado, ellas estaban feliz y... Sam no quería volver a estar sola, por mucho que lo pensase sólo por hacer lo correcto. Bueno, no quería volver a estar sola y, sinceramente, no creía poder. No después de todo lo que le ha pasado, pues vivía con miedo. Vivir con miedo, de verdad, era muy, muy horrible y por mucho que estuviese saliendo de esa burbuja de sobre-protección que se había creado ella misma a su alrededor sin apenas salir de casa, con paso lento pero seguro, sentía mucho miedo.

Pero lo bueno es que daba igual como fuera el año pasado para nadie, sino cómo estaba siendo el nuevo y que todo había cambiado, afortunadamente, para bien. Y míralas, patinando tranquilamente. ¿Quién les iba a decir hace seis meses que iban a estar en esa situación, volviendo a sonreír y en una compañía tan grata? Probablemente se lo hubieran dicho y Sam, por lo menos, no se lo hubiera creído lo más mínimo. Hace seis meses, esta situación era inalcanzable e inconcebible con Crowley todavía vivo en su vida.

Las dos en el suelo solo produjo risas por parte de ambas y fue la ahora rubia la que formuló en voz alta la pregunta que a ambas les había invadido la mente al hablar de limpiar el hielo público en medio de un parque. —Pues yo diría que no, pero siempre hay algún pringado que hace las cosas por primera vez, ¿no? Podríamos ser nosotras y marcar tendencia —respondió con una sonrisa en el rostro, para entonces soltar otra carcajada. —Madre mía, Gwen, solo has acertado con lo último —dijo entre risas. ¿Fuerte? Por favor, tenía menos fuerza que el pedo de un gay. ¿Negra? Sólo había que ver cómo era capaz de camuflarse con la leche. ¿Independiente? Llevaba meses viviendo a costa de sus mejores amigas, así que... de independiente tenía poco. Pero aún así no se quejó, porque era bonito que aunque tu amiga te viese negra, también te viese fuerte e independiente.

Se reencontraron después de un ratito en el cual cada chica pasó un bonito—y bastante gracioso—momento en compañía de los niños, los cuales probablemente contribuyeron a que ninguna de las dos saliese de allí esa noche con una pierna rota o a saber qué desgracia de más. Al volver a reunirse, ambas orgullosas con lo aprendido, Sam no pudo evitar relacionar la altura de Henry niño con la de Gwen, a lo que ella se quejó. —A mis ojos eres un taponcito, florecilla, no intentes remediarlo. —Y le hizo 'tap tap' cariñosamente en la parte superior de su cabeza con la palma de su mano, sonriendo risueña. No era la primera vez que se lo hacía, ni sería la última. Era un gesto gracioso que hacía desde hacía años a todas sus amigas que misteriosamente se quedaron bajitas mientras ella seguía creciendo.

Y luego, simplemente, disfrutaron de la pista de hielo sin miedo a que ésta fuera la causante de que alguna de las dos terminase en algún hospital muggle. Se enseñaron lo que habían aprendido, pero apenas duró eso, ya que aprovecharon el tiempo en hablar, hablar y hablar mientras se deslizaban por el hielo de aquella gran pista, sin preocupaciones y sin miedos; simplemente como si, otra vez, hubieran retrocedido en el tiempo a hace tres años, cuando todo estaba en la normalidad; hablando de banalidades con la ilusión con la que se habla de una pasión y hablando de pasiones con el sosiego con el que hablas de cualquier tontería. Y, sobre todo, parecía que la sonrisa era sencillamente imborrable.

Sin embargo, la hora de The Ledbury llegaba, por lo que había que irse. Sam vio como aquellos dos niños, bastante atentos a las chicas, se acercaron a ellas antes de que se fueran para reclamar su premio por haberlas ayudado, a lo que Gwen cumplió su parte del trato, comprándoles comida. Ella sí que sabía: a todo el mundo se le conquista por el estómago. Es el viejo truco de la abuela. Así que tras despedirse de Henry y Corey, ambas volvieron a emprender rumbo al banco en donde habían dejado las cosas, para quitarse los patines y volver a caminar hacia el callejón en donde poder desaparecerse, ya que el restaurante en donde la morena había conseguido reserva no estaba precisamente cerca. —Será un honor —respondió, tomando su mano, mostrando una sonrisa y desapareciéndose con ella.

***

Llegaron unos minutos antes de la hora de reserva a The Ledbury y Sam se encargó de coger la mochila con los patines en su interior, hacerlo todo pequeños mediante un hechizo y guardarlo en su bolso. Por un lado para que Gwen no tuviese que cargar con eso y, por otro, porque entrar con esa mochila a ese restaurante como que desentonaba un poco. Le quitaba todo el glamour al poco que ya llevaban.  

Y en general... fue especialmente gracioso. En una mesa para dos, dos chicas un tanto nerviosas por no creerse demasiado a la altura de semejante lugar, viendo como un chico discutía con el gerente en la puerta por cómo iba vestido y por haberlo confundido con el tipo de la limpieza. Mira tú, si al final iban a tener razón con eso de la etiqueta. Menos mal que Gwendoline y Sam siempre iban preciosas y divinas por la vida. Sin contar eso y que el camarero las miró con cierto retintín cuando Sam cometió la osadía de pedir un plato no vegetariano quitándole la carne, cosa que sólo hizo por ver la cara del camarero y la de Gwen, la cena fue perfecta y normal. Bueno, Sam juraría que desde la cocina se asomó el cocinero para echarle un mal de ojo a la hereje que se había atrevido a profanar su arte culinario, pero no podía estar cien por cien segura de eso.

***

Y, después de que Gwendoline fuese bastante más pobre tras haber pagado una cena para dos en The Ledbury, salieron de allí en dirección al Támesis, para pasear en busca de su tercera sorpresa, esa que Gwen había conseguido callarse al principio de la noche y por la que Sam, evidentemente, estaba expectante. Sabía muy bien que si venía a mano de su amiga, debía de ser algo que le iba a encantar.

Al menos la rubia estaba llena—o gordi, como diría ella—por todo lo que se había comido y si bien ahora mismo pensaba que no le cabría mucho más en su delgado cuerpo, su cuerpo sí sabía que estaba más que preparado para lo que estaba por venir. Nunca se le dice que no al chocolate, ¿vale? Nunca. Jamás. El estómago de Sam ya tenía una especie de despensa preparada exclusivamente para el chocolate; una especie de hueco reservado. —¿Y a dónde vamos exactamente...? —preguntó, mirándola de reojo, sonriente. —Dame una pista, o algo.
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Gwendoline Edevane el Dom Abr 29, 2018 10:03 pm

La sesión de patinaje "artístico", desde el momento en que dos simpáticos niños con complejo de bolas de cañón decidieron dejar a un lado su habitual empleo de munición pesada para echar una mano a dos desvalidas mujeres apenas capaces de mantenerse en pie sobre sus patines de hielo, transcurrió sin mayores incidentes. Conseguimos disfrutar de aquello sin añadir más cardenales a los que posiblemente escondían nuestras vestimentas, e incluso adquirimos tal capacidad de concentración y de motricidad que pudimos intercambiar comentarios acerca de... bueno, de la vida.
Sam me contaba anécdotas de lo que iba de su primer mes de trabajo, y yo le contaba algunas anécdotas—las graciosas, por lo menos, que no eran muchas—ocurridas en el Ministerio, o fuera de él pero relacionadas con el trabajo en sí. Fue un alivio ser capaces de dejar atrás aquel momento incómodo, aquel momento en que ambas casi establecemos un contacto labial indeseado—no porque yo no lo quisiese, si no porque no había sido planeado—seguido de un largo momento en que casi parecía que pretendíamos grabarnos en la memoria cada detalle de la cara de la otra. Ese momento me haría replantearme muchas cosas, muchas de las cuales eran totalmente inapropiadas entre dos amigas cómo llevábamos siendo nosotras.
Y es que, pensémoslo... ¿Y qué si me gustaba Sam? ¿Y qué si conseguía aclararme lo suficiente cómo para decirle lo que sentía? Desde luego, aquello no garantizaba que mi amiga fuese a decir: ¡Oh, sí, Gwen! ¡Vamos a besarnos y hacer crucigramas, y dentro de unos años podemos casarnos, si quieres! No, porque lo más seguro es que me llevase un chasco al descubrir que, mientras yo me planteaba todas estas cosas, mientras me cuestionaba todo lo que había creído saber acerca de mí misma en los últimos años era una mentira, ella quizás estuviese enamorada de otra chica. O directamente no le interesase su amiga. Nos conocíamos desde Hogwarts, y hasta dónde yo sabia, Sam nunca me había mirado con esos ojos.
¿Y el momento incómodo de antes? Bueno... quizás estuviese incómoda por la forma en que yo la había mirado. Quizás hubiese malinterpretado todo, porque estoy segura de que no la había mirado precisamente cómo mirarías a tu mejor amiga. Recuerdo pensar en sus ojos, en sus labios, en su rostro... y en lo irresistible de la idea de darle un beso allí mismo. Pero... no. No lo hagas. No creo que merezca la pena.
Así que sí, iría despacio, me plantearía un montón de cosas, pero me hice una sugerencia a mí misma: Ponte las expectativas lo más bajas que puedas, e intenta olvidarte de todo esto, Gwen. Se me ocurren unos cuantos escenarios en que todo podría salir fatal... y son más probables que los escenarios en que todo podría salir bien.
Por lo que obedecí a esa voz. Decidí echar a un lado esos pensamientos y me concentré en seguir disfrutando la noche. Más adelante, cuando pensase en todo esto, posiblemente me sintiese increíblemente patética, estúpida, por creer que lo nuestro era algo más que una amistad. Pero esa noche no; esa noche... era nuestra. Y me daba igual cómo fuese.


***

Habiéndonos despedido de Corey y Henry—el Henry muggle, más pequeño y más simpático que nuestro actual Henry—con un montón de comida rápida del puesto cercano a la pista de hielo, Sam y yo volvimos con nuestras cosas y nos ataviamos con nuestro calzado normal. Y hecho aquello, nos dirigimos al callejón más cercano para desaparecernos y aparecernos cerca de The Ledbury, el lugar dónde íbamos a tener nuestra cena.
Una vez sentadas a la mesa, Sam no pudo resistirse y lo hizo: pidió un plato con carne... sin carne, alegando que era vegetariana. La cara del camarero adquirió un tono serio, casi despectivo, mientras miraba a Sam desde detrás de su nariz—la mantenía muy en alto, cómo si le confiriese más dignidad o algo así—e intentó negarse a la petición ofreciéndole a Sam un "amplio surtido de platos vegetarianos", a lo cual ella insistió con vehemencia en que no, que le apetecía probar una versión vegetariana de... no recuerdo el nombre del plato, lo siento.
Mientras esto sucedía, yo intentaba disimular un acceso de risa, inclinada hacia delante en la mesa, sujetando la carta con una mano mientras son la otra me tapaba la cara. El esfuerzo por contener la risa hacía que me picasen los ojos y que quisiesen lagrimear. Y me mantuve así hasta que el camarero, a regañadientes, se marchó medio indignado.

—Eres lo peor... Te dije que no lo hicieses.—Le dije en voz baja a Sam con falso reproche, pero era evidente por mi cara que estaba a punto de reírme.

La cena transcurrió con normalidad desde entonces, aunque juraría que, al echar una mirada de reojo hacia la cocina, pude ver a un cocinero asomándose y clavando una mirada furibunda en nuestra mesa. Me pregunté, sin poder evitarlo, si estaría picando con saña unas verduras en la cocina, pensando en ellas cómo si fuesen "la asilvestrada que había pedido un cambio en su plato de Haute Cuisine. Mientras se limitase a picar las verduras y no a nosotras, todo iría bien.
¿Qué decir de la cena en The Ledbury? Bueno, pues para mi gusto cómo en cualquier otro sitio, pero con unas raciones más bien escasas, y una sensación general de que no encajábamos allí. Todo el mundo hablaba en tono de voz muy bajo, y nosotras nos vimos obligadas a hacer lo mismo. Además, en un intento por seguir guardando las apariencias requeridas en aquel local, nos mantuvimos sentadas cada una a un lado de la mesa, frente a frente. Ni siquiera me atreví a mover mi silla para estar sentada más cerca de Sam y poder conversar mejor.
Y luego tocó pagar la cuenta... No quiero hablar de ello, pero básicamente tuve miedo de tener que quedarme a fregar platos.


***

Las cosas volvieron a la normalidad una vez dejamos The Ledbury atrás y volvimos a estar paseando por las frías calles de Londres. Sentaba bien volver a un mundo un poco menos estirado de lo que era The Ledbury. Eso sí, no me hacía mucha gracia haber tenido que pagar una propina incluida en el precio. ¡Incluida en el precio! ¿Qué clase de mundo es este que devalúa la palabra "propina" y la convierte en algo obligatorio? Qué indignación...

—La próxima vez vamos a uno de esos sitios en los que sirven hamburguesas vegetarianas.—Le dije a Sam con una cara que indicaba una verdad innegable: aquella comida no valía lo que había pagado por ella.—O al mercado a comprar verduras. Y ya nos haremos la hamburguesa vegetal en casita...—La economía estaba muy dura últimamente, ya fuese en el mundo muggle cómo en el mundo mágico.

Había prometido a Sam dos cosas: una sorpresa, y confiarle un secreto. Para la sorpresa, no estábamos muy lejos, y para confiarle el secreto... pues tampoco. Ya pronto nos despediríamos, y cada una se iría a casa, a meterse en su cama y a dormir. Así que no servía de mucho que siguiese retrasándolo. Pero primero...

—Vale.—Me detuve, poniéndome frente a Sam.—Quiero que esperes aquí, sin moverte, y que cierres los ojos. ¡No vale mirar!—Y, para asegurarme de que lo haría, cogí sus manos y se las puse delante de los ojos.—No tardo nada. ¡Espérame!

Dicho eso, recorrí casi a la carrera la calle hasta una pequeña chocolatería llamada Grandma's Home, la cual servía esos enormes chocolates de un litro, entre otras cosas. Tras esperar una ágil cola de dos personas, pedí dos chocolates de un litro—sabía que me arrepentiría de haber pedido uno para mí—y cuatro galletas de chocolate enormes. Dos las pedí con una servilleta, y las otras dos las pedí envueltas individualmente. Una para Caroline y la otra para Beatrice, que seguramente ya habría llegado a casa y estaría enredando un rato con Chess.
Volví con Sam, y la encontré en el mismo lugar, con los ojos tapados. ¿En serio me había esperado todo el tiempo así? ¿Seguro? No me lo creía, pero al menos, si no había sido así, había tenido la decencia de mantener las apariencias a mi regreso.

—Bueno, ya puedes abrir los ojos.—Dije, manteniendo uno de los vasos de chocolate delante de su cara, mientras sonreía cómo una niña feliz.—¡Sorpresa! ¿Crees que podrás con esto? Toma, también he traído una galleta de chocolate.—Le entregué su galleta, y también la que quería que le diese a Caroline. Acto seguido, empecé a mordisquear la mía, sabiendo que no llegaría a terminármela pues aquello era demasiado para el estómago... bueno, para el de cualquiera. Y más después de cenar.—Y bueno... creo que te prometí una explicación antes, ¿no?—Al momento sentí que me ponía nerviosa, y con un suspiro, mientras caminábamos, empecé a explicarme.—¿Has oído hablar de la Orden del Fénix? ¿Ese grupo de enemigos del gobierno actual liderado por Albus Dumbledore?

Esperé a que Sam me dijese si la conocía o no, pues en caso de no conocerla iba a tener que darle más explicaciones antes de contarle que me había unido. Con Beatrice no tenía ese miedo tan terrible a decepcionarla cuando se lo contase, pues sabía que Beatrice entendería la necesidad de algunas personas de hacer locuras de cuando en cuando. No en vano, Beatrice Bennington era la reina de las locuras.
¿Pero Sam? Sí, era comprensiva, pero... me había pedido específicamente que me mantuviese al margen de todo. Y tenía miedo de decepcionarla. Más que a ninguna otra persona en el mundo...
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Mayo 02, 2018 3:25 pm

Era horrible para hacer bromas, peor todavía para hacer gamberradas y terriblemente nefasta para seguirle la corriente a sus amigas cuando decidían meterse en problemas, pero, aún así, Samantha tenía mucho sentido del humor y, con la edad y la experiencia, había perdido mucho el miedo a ofender o avergonzarse por ese tipo de cosas. Podría darle la gracias por ello a Caroline y Beatrice, probablemente las dos amigas más alocadas que alguien como Sam desearía tener. Y es por eso que cuando Gwen le dijo que ni se le ocurriese pedir un plato normal pero variando los ingredientes para que fuese vegetariano, ella no dudó ni un momento en hacerlo. ¡Faltaría más, vaya! ¡Uno de los restaurantes más caros de todo Londres y se iban a venir a quejar por quitarle el jamón a uno de sus suculentos platos! Además, no podía simplemente ignorarlo. El hecho de que le dijera que no, había aumentado con creces todas sus ganas de joderle la paciencia, solo un poquito, al camarero y al cocinero. Y valió la pena, sólo por ver sus caras y la de Gwen, a punto de partirse de risa como si lo que estuviese haciendo Sam fuese sólo una broma. ¡Y no, no era ninguna broma!

Pero salieron de allí de una pieza, sin ningún tipo de problema más que el de la considerable descendencia que habría sufrido la tarjeta de crédito de Gwen. Algún día se lo devolvería, de eso no le cabía duda. Cuando ella pudiera reunir dinero suficiente para no sentirse dependiente de nadie, ellas serían las primeras en recibir todo de Sam en forma de agradecimiento infinito. Y es que, para ella, casi que todo lo que habían hecho por ella era demasiado como para dejar de agradecerles nunca. Nada, en realidad, se compararía con lo buena que habían sido ellas con la legeremante. —Compro la idea. Te las haré yo. —Prometió, orgullosa. Ella era fan incondicional de las hamburguesas, ¿vale? Así que cuando dejó de comer las de carne pues buscó la manera de que su nueva forma de alimentación vegetariana no hiciese que dejase de comer de aquello de lo que más le gustaba. Y debía decir que le quedaban muy ricas. Para algo, en la cocina, que le queda rico... —La próxima vez, te sorprenderé yo en tu casa con un manjar exquisito. Si ya... es feo eso de que vaya a tu casa a cocinarte, pero la mía lleva un año y medio abandonada. Miedo me da volver ahí. —La echaba muchísimo de menos. Su cama, su baño, su bañera, su sillón lleno de pelos de gato... Todo. Había sido su rinconcito durante años y ahora no se atrevía ni a ir. Imagínate lo duro que era no poder ir a tu propia casa porque ni ahí te sentías a salvo. En tu propia casa. Era muy triste.

Lo que menos se esperaba es que Gwen la dejase en medio de Londres, con los ojos tapados, mientras ella se iba corriendo por una calle. Claro que lo vio. Desde que le dijo que esperase y escuchó sus pasos apresurados alejándose de ella, Sam miró a través de sus deditos (haciendo trampas jiji) viendo como Gwen desaparecía después de una esquina. Se quitó las manos de los ojos y simplemente esperó, retrocediendo unos pasos para apoyarse en la valla que delimitaba el borde del río de espaldas. Dejó que su cabeza cayese hacia atrás, mirando hacia el cielo. Estaba cargado de nubes, lo normal en Londres, pero había un pequeño claro en dónde se podía ver las estrellas más allá. Inevitablemente recordó todo ese tiempo que se pegó ella sola, de lugar en lugar, con su tienda de campaña. Los únicos buenos recuerdos que tenía de eso era cuando se iba a sitios tan extraños y alejados, que se podía tirar sobre la tierra de la montaña, en compañía de sus animales, mientras se perdía en la inmensidad de las estrellas. Lo único bonito de todo ese tiempo.

Escuchó de nuevo pasos de dónde había desaparecido Gwen, por lo que volvió a llevarse las manos a la cara y mirad al frente, como si no se hubiese movido ni un ápice. Se quitó las manos de la cara con una sonrisa divertida en el rostro, para entonces ver el grandísimo vaso que traía en su mano y se lo estaba ofreciendo. Y cuando le dijo que era chocolate caliente... automáticamente en el interior de su cuerpo hubo una especie de mutación instantánea en donde el estómago se hizo más grande sólo para que eso cupiese entero. —Madre mía... —murmuró, mordiéndose el labio inferior. Era gula, definitivamente, pero de esa gula placentera a la que no puedes resistirte de ninguna manera. —¿Estás dudando de mi capacidad para comer chocolate? Gwen, yo creía que nos conocíamos mejor, ¿eh? —Exageró divertida, sujetando su vaso de chocolate y su galletita. Bueno, galletota, ya que era bastante grande. ¿Eso era un problema? Claro que no. Hoy llegaría Sam con barriga de embarazada a casa, pero eso no sería un problema para ella. —Tú sí que sabes darme directa en mi debilidad, Gwen. Y te adoro por ello. —Sonrió, risueña.

Bebió de su chocolate, calentito y delicioso, mientras Gwendoline introducía el tema de lo que había quedado en Stand By hacía un par de horas. La verdad es que a Sam se le había olvidado por completo después de todo lo que habían pasado juntas y agradeció infinitamente que Gwen lo recordase o esta noche la rubia se acordaría y estaría todo el rato dándole vueltas sin haber conseguido la respuesta.

Pero... no le gustó por dónde iban los tiros. La Orden del Fénix era una organización secreta, así que... ¿por qué narices sabía Gwen de su existencia? Relacionar cosas no fue tan difícil, pero Sam siempre pensaba bien de la gente y no quería dar por hecho la opción más evidente y que menos le gustaba. —Sí... sé lo que es. Llevo un año moviéndome en el mundillo de los fugitivos y muchos me ofrecieron cobijo en la zona que la Orden del Fénix preparó para los fugitivos como refugio —le respondió, para entonces pasarse la lengua por el labio superior pues, como de costumbre, se le había quedado un pequeño bigote de chocolate. —Obviamente lo rechacé. No voy a ser hipócrita... en realidad lo rechacé porque no quería abrirle tan fácilmente, de esa manera, a Crowley las puertas hacia mis aliados o a saber qué hubiera hecho... No sé qué decisión hubiera tomado si no llego a estar tan metida en la mierda con él pero... No sé, tal y como lo has definido, no es muy inteligente unirse a una causa en desventaja cuyo líder es el mayor enemigo del mago que tiene el poder actualmente en Inglaterra.

Mantuvo en su mano el chocolate, notando como se las calentaba y la miró directamente a los ojos. —Por favor, dime que me preguntas sólo por curiosidad. —Le pidió, con el ceño arrugado y preocupado; que no enfadado. Quizás había escuchado hablar de ello en el Ministerio y le había entrado una curiosidad tremenda al respecto y qué menos que preguntarle a la fugitiva que llevaba meses solas deambulando por ahí. O quizás era algo mucho peor, cosa que prefería no pensar.
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Gwendoline Edevane el Miér Mayo 02, 2018 5:50 pm

Evidentemente, no me enfadé con Sam por lo que hizo en The Ledbury. No es cómo que tuviese intención de volver a ese sitio, un sitio tan caro que ya ni se molestaban en que la propina la decidiese el cliente, si no que con todos sus santos... bemoles... decidían incluirla ya en el precio. Había leído sobre ello en Internet... pero era la primera vez que me lo encontraba. Pensaba escribir una crítica negativa en la página de TripAdvisor de The Ledbury en cuanto llegase a casa.
Pero bueno, había sido un rato divertido, y supongo que eso era lo que contaba. Me había reído mucho, o al menos había querido reírme mucho, de no ser porque tenía miedo de ofender al camarero, el cocinero, o quién fuese que nos observase desde las sombras de la cocina con un cuchillo jamonero en las manos. Pero había sido divertido, y habíamos comido bien a pesar de las circunstancias... aunque mi tarjeta de crédito opinaba que podíamos irnos al infierno con nuestros caprichos de niñas ricas.

—De acuerdo. Acepto tu oferta de cocinar un delicioso menú vegetariano que no nos arruine en el proceso.—Respondí con una sonrisa, a pesar de que sentía que mi cartera pesaba unos cuantos kilos menos. Lo cual era una estupidez, pues por mucho que vaciases una cuenta corriente, la tarjeta de crédito iba a seguir pesando lo mismo, pero... ya sabéis, mente sobre la materia. También me apunté, para un futuro, proponerle a Sam colarnos en su antigua casa para recuperar todas las cosas que pudiesemos. Seguramente seguirían allí. No es que al Ministerio le diesen igual las pertenencias de una fugitiva, si no más bien que dejaban todo ahí para que, quizás, algún fugitivo cometiese el error de meterse en su casa a recuperar todo lo que pudiese. Cómo el queso en una trampa de ratones, vamos. Pero algo podríamos hacer al respecto.

Sam recibió con entusiasmo y alegría propias de una adicta al chocolate el manjar que le ofrecía, algo que debería estar prohibido por ser potencialmente letal para quién se atreviese a a tomárselo... y esas éramos nosotras. No no creía ser capaz de acabar con aquello, galleta incluida, pero Sam... Sam era una profesional del chocolate. ¿Cómo iba una profesional del chocolate a amilanarse ante aquel reto?

—No dudo que te lo tomarás todo.—Le respondí con diversión.—La cosa es que no te siente mal. Seguro que Caroline se enfada conmigo si mañana tienes un empacho y no puedes moverte de cama.—Y es que, de alguna manera, habíamos convertido a Caroline Shepard, quién era un poco mayor que Sam pero también menor que yo, en nuestra figura materna en ausencia de nuestras madres. ¿Os lo podéis creer?—Que sepas que es mútuo... Yo también te adoro.—Respondí con una sonrisa un tanto bobalicona en mi cara. ¿Por qué me gustaba tanto que me dijese aquellas cosas? Pues porque tienes un montón de cosas en tu cabeza y en tu corazón en las que tienes que trabajar, Gwendy...

Así que llegó el momento de la confesión, de esa que había tendido tantos momentos buenos para hacer, pero que por miedo había ido posponiendo... Pero bueno, siempre es mejor ser sincera, decir las cosas, antes de que fuesen descubiertas de una mala manera. Las mentiras no llevan a ningún lado, nunca han llevado a nadie a ningún lado. Así que introduje el tema haciéndole una pregunta: ¿Conocía Sam a la Orden del Fénix?
Y la respuesta fue un rotundo sí. Asentí ligeramente con la cabeza. Aquello nos iba a ahorrar tiempo. Sin embargo, Sam no se limitó a decirme que la conocía, si no a explicarme de qué conocía al grupo, y a decirme algo que ya me imaginaba: que Sebastian Crowley había sido el principal motivo por el que había vivido ella sola, alejada de todo el mundo, en lugar de unirse a este grupo o, por lo menos, buscar su protección. Seguramente, su vida cómo fugitiva durante el último año y medio habría sido mucho más sencilla si hubiese contado con la protección del refugio. Pero bueno, no había sido así...
Su última petición me aceleró el corazón, y en lugar de responderle, le dediqué una significativa mirada. Le dije que no con los ojos. Y ella lo entendería... pero hacía falta una explicación más extensa.

—Me uní a la Orden del Fénix en enero.—Dije rotundamente, tomando impulso para sentarme sobre la barandilla junto a la que estábamos, mirando mi vaso de chocolate para evitar mirarla a ella.—¿Recuerdas que te dije que, antes de que volvieses, había empezado a ayudar discretamente a la gente? Falseando informes, limpiando varitas... cosas pequeñas.—Le di un pequeño mordisquito a la galleta, no sé ni para qué, si de repente se me había cerrado el estómago. Mastiqué el pedacito un par de segundos, antes de forzarlo garganta abajo, y seguí hablando.—En una de esas ocasiones, ayudé a una familia cuyo hijo pequeño había cometido una pequeña imprudencia. Nada grave, un pequeño incidente mágico que puso la vista del Ministerio sobre la familia.—No di demasiados detalles, pues tampoco era importante.—La familia estaba asustada, el niño también... y les ayudé. Limpié la varita y falseé el informe, asegurándome de que nadie supiese de la implicación del niño en el incidente. Días más tarde, el padre del niño me sorprendió en las proximidades del Ministerio, y tras una pequeña charla, me habló de este grupo. Ya lo conocía de antes, de oídas, pero era la primera vez que tenía a un miembro delante. Me aseguró que siempre hacían falta personas de confianza dentro del Ministerio. Y me dio una dirección.—Hice otra pausa, tomando aire y expulsándolo lentamente.—Acababas de volver a mi vida, ¿vale? Y supongo que por primera vez en mucho tiempo me sentí valiente, lo suficientemente valiente cómo para hacer una locura así. Quería ayudar a la gente que estaba cómo tú, cómo Beatrice... Quería intentar construir un mundo mejor para vosotras, o contribuir a ello cómo pudiese...

Hice una pausa, clavando de nuevo la vista en el suelo. Sabía que con aquello había tirado por tierra mi argumento anterior, ese que decía que Sam no había puesto en peligro a nadie, pues acababa de confesarle que era principalmente por ella por quién había decidido hacer aquello. Y no se te ocurra decirle que Beatrice piensa seguir tus pasos... No, aquel era el secreto de Beatrice, ella decidía.
Bajé de un salto de la barandilla, alejándome unos pasos de Sam, y girándome hacia ella para mirarla a la cara. Me sentía mal por haberle metido... y ahora me sentía mal también por haber desatendido su consejo.

—Siento habértelo ocultado.—No fui capaz de mantenerle la mirada, y acabé clavándola de nuevo en el suelo.—Siento no haberte hecho caso. Sé que nunca quisiste esto para mí, y te quiero mucho por ello, pero...—¿Pero qué? No sabía qué más decir. ¿"Pero también quiero protegerte"? ¿"Pero tengo que tomar mi parte de responsabilidad"? ¿"Pero ignorarlo solo me convierte en parte del problema"? Todas eran buenas opciones. Pero las palabras no quisieron salir de mi boca.

Sentía que la estaba decepcionando... y no podía dolerme más. Era la persona que tenía cómo ejemplo de lucha y superación, a la que más apreciaba en todo el mundo... y aún así la estaba decepcionando.
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Sam J. Lehmann el Sáb Mayo 05, 2018 12:01 am

Claro que la entendía. Eran muchos años como para no identificar que esa mirada le estaba negando la opción más fácil, menos peligrosa y la que Sam ahora mismo hubiera deseado con toda sus fuerzas. Y cuando le soltó así, sin más, que se había unido a la Orden del Fénix... no supo muy bien qué sintió. ¿Decepción, como Gwen temía que pasara? No, no era decepción en realidad. No le decepcionó que Gwen quisiera inmiscuirse en la guerra a la que estaba sometida el mundo mágico: eso era algo valiente, demostraba que había adquirido coraje, que quería luchar por el resto, ser útil y buscar la diferencia. ¿Molestia? Sí, sentía molestia. Y mucha, además. Le molestaba que hubiera hecho oídos sordos a que no se metiese en líos; y va y se mete en la organización que ahora mismo más peligro tiene de toda Inglaterra, ¿estaba de broma? Eso le molestaba, que pese a estar haciendo cosas por el resto desde una posición de relativa seguridad, hubiera tenido que dar un paso más allá para unirse a un grupo que estaba en el punto de mira de todo el Ministerio, un Ministerio cruel y violento que no dudaría en castigar a los traidores. ¿Preocupación? Vamos... ahora mismo tenía un desasosiego interior en el pecho que no era para nada normal.

Dejó de sonreír y su rostro adoptó un gesto serio, escuchando sus motivos; o más bien el por qué de haber tomado esa decisión. Y se sintió todavía más intranquila—y culpable, claramente—cuando le dijo que la vuelta de la propia Sam era lo que le había empujado a tener esa valentía que le llevó a tomar la decisión. Ay, qué le va a dar algo. Llega Sam, le dice que por favor no se meta en líos y... ¿ella decide meterse en la Orden del Fénix porque Sam volvió a su vida? ¿En serio pensó que metiéndose ahí podría protegerla más que quedándose a su lado? ¿Pasando desapercibida?

Y negó con la cabeza, varias veces, como si no se creyese lo que estaba saliendo por la boca de su amiga. Le daba muchísima rabia. Infinita. Ella deseando con toda su alma salir de ese pozo en el que le habían metido a la fuerza, escalando centímetro a centímetro, día tras día, intentando no salpicar a ninguna de las personas a las que quería y eran ellas mismas las que terminaban por tirarse de cabeza a lo más profundo. ¡Y es que no lo entendían! ¡No entendían que no hacía falta unirse a ninguna organización para hacer la diferencia! ¡Ni para proteger a nadie! ¡Ni tampoco para ayudar a otras personas! ¡Caroline llevaba meses ayudando a fugitivos sin ser parte de algo que, desde que estalle, te salpicará! Tragó saliva, pegándole una pequeña patada, suave, a una de las patas de la barandilla, en silencio. De hecho, desde que se disculpó, Sam se quedó callada unos segundos, sin tener muy claro qué decir. —¿Qué quieres que diga, Gwen? —Suspiró, mirando al suelo mientras seguía golpeteando con uno de sus zapatos el soporte de la barandilla. Alzó entonces la mirada, un tanto emocionada y triste, encogiéndose de hombros. —Gracias por contármelo, pero... —Soltó aire por la boca, sin saber qué decir. —Yo... ya sabes lo que pienso de eso. Uno de mis mayores miedos al volver a vuestra vida era precisamente eso: que os metiera en problemas. Claro… pensé que podrían ser por mi culpa, no que yo misma os alimentaría las ganas de buscarlos por vuestra propia cuenta. Y es que al final... te has metido en donde más problemas podías encontrar de todo Londres, porque por mucho que me digas, la Orden del Fénix te va a dar más problemas que soluciones, Gwen. Y claro, me dices que no soy yo quién te da problemas, si ya te metes tú sola de cabeza en ellos. Y desde enero, madre mía... —Murmuró eso último, negando con la cabeza.

Y por mucho que estuviese molesta—cosa que se notaba a la legua—, tampoco tenía el derecho para enfadarse con su amiga. Ella era adulta, tomaba sus propias decisiones y... Sam, que había tomado decisiones que habían dañado a Gwen en el pasado, no estaba precisamente en posición de criticar nada ni mucho menos enfadarse. Al final, cada uno toma las decisiones que cree correctas, aunque hagan daño o tus seres queridos no estén de acuerdo. ¿Que si tenía ganas de enfadarse? Mucho. Pero estaba más triste y preocupada que enfadada, por lo que se limitó a volver a encogerse de hombros, sin saber qué decir. —No sé tía... ¿y ahora qué? ¿Tendrás que enfrentarte al enemigo cuando te lo digan? ¿Hacer lo que te ordenen para ayudar al resto? ¿Poner tu vida en peligro por lo que Dumbledore crea que es correcto? —Que ojo, Sam tenía mucha admiración a Albus Dumbledore, sólo un necio no la tendría. Pero en esta ocasión no estaba de su parte. No podía pretender que gente que tenía la suerte de no tener que esconderse, luchase de esa manera junto a los que sí, poniendo todo en peligro. —¿No podías simplemente ayudar sin tener que implicarte tanto? ¿Sabes en el lío que te puedes meter ante la mínima sospecha? Que trabajas en el Ministerio, tía; en el foco del peligro. Y tienes información por la que ellos matan sin pestañear. —Y la miró, para entonces volver a negar con la cabeza. —No eres consciente, no… —Se contestó a sí misma. Hablaba con un tono de voz preocupado y, pese a lo seria que estaba, no parecía precisamente enfadada. Aunque por cómo arrugaba el ceño, su amiga de tantos años sí que debía de suponer que molesta sí que estaba.

Quizás estaba siendo egoísta, pero le daba igual. En un mundo así, los que mueren son los héroes; mueren los que se arriesgan por los demás, los que van por delante. Y Sam jamás había querido ser una heroína ni mucho menos rodearse de ellos. Sólo… sobrevivir. Llevaba ya más de un año sobreviviendo sin la Orden del Fénix, luchando sin ella, consiguiendo avances sin ella, ayudando a otros fugitivos sin ella. ¿Y sabéis qué? Había visto a mucha gente sufrir por ella. No sería la primera vez que se arriesgan de más y terminan con bajas, o la primera vez que una persona inocente, capaz de tener una vida normal, pierde toda su libertad por implicarse más de lo que podía ocultar. Y de verdad: la gente no valoraba la vida ahí fuera, normalizada y tranquila, hasta que la perdía y se daba cuenta de todo lo que perdía y tenía que dejar atrás. No quería ver a ninguna de sus amigas pasar por lo que había tenido que pasar ella. Y eso es lo de menos, pues la Orden del Fénix ponía a cualquiera en una situación muy delicada.
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Gwendoline Edevane el Sáb Mayo 05, 2018 1:53 pm

¿Qué quiero que digas? Nada... No se lo había contado para debatir ni para que intentase convencerme de que estaba equivocada. Conocía los riesgos, sabía en lo que me metía cuando lo hice. Y quizás desde fuera, para ella, fuese imposible de comprender qué me había llevado a dar ese paso. No esperaba que lo entendiese, ni que me diese la manita, ni que me dijese que estaba orgullosa de mí. No me había metido en eso para que nadie estuviese orgullosa de mí... si no para luchar por quienes quería.
Así que no dije absolutamente nada. Me limité a escuchar todo lo que Sam tuviese que decirme. Y tuve ganas de corregirla cuando dijo que había sido ella quién había alimentado mis intenciones de unirme, pero no lo hice. Dejé que me dijese todo lo que tenía que decirme. ¿Y por qué? Porque aquella había sido mi decisión, y la había tomado a sus espaldas porque sabía exactamente lo que pensaba ella al respecto. Nunca había querido que me inmiscuyese en asuntos de aquella índole. Ni siquiera quería que la acompañase cuando lo de Kant, a pesar de que aquello tenía todos los tintes de acabar mal gracias a la asquerosa varita de Vladimir Crowley.
Mientras Sam hablaba, yo la escuchaba, con la mirada puesta en el suelo de la misma manera que lo haría una niña que estaba recibiendo una regañina que sabía que merecía. Y sabía que me lo merecía por mentirle, no por el hecho de unirme a la Orden del Fénix. Por ocultarle la verdad, y decirle que estaba yendo con cuidado, todos estos meses.
Y entonces, llegaron las preguntas. Y en el mismo momento que nombró a Dumbledore, casi me hierve la sangre. Si mi interlocutora fuese otra persona, y no Sam, quizás habría reaccionado incluso peor. Le di una respuesta directa y tajante.

—Dumbledore no es un dictador.—Y para dar fuerza a mis palabras, levanté la vista y la clavé en su rostro... solo un segundo. Entonces volví a mirar al suelo, pues aquel arranque de furia duró unos segundos.—Soy plenamente consciente de lo que hago, por qué lo hago, y lo que puede ocurrirme algún día por hacerlo.—Pero no expuse mis motivos. Me parecía algo totalmente innecesario, redundante, y lo peor de todo: inútil. Porque a ojos de Sam aquello no era ayudar; a ojos de Sam era simplemente meterse en problemas. Y parece ser que no merecía la pena el esfuerzo. Cualquiera diría que ya te has resignado a vivir para siempre así... Intenté dejar todos estos pensamientos dentro de mi cabeza, antes de continuar hablando.—Sé que nunca vas a comprenderlo.—Empecé, más sosegada, hablando despacio y con voz más suave.—La Orden del Fénix me ha brindado mucha más ayuda de la que crees. Y no, Dumbledore no va a ordenarme nada. Puedo irme en el momento que quiera, pues aquello no es una prisión. Intentamos conseguir justamente lo contrario...

Me quedé sin palabras. Podría argumentar un montón de cosas, pero en este momento no podía quitarme de la cabeza una simple cuestión: Sam nunca lo iba a entender. Aquello estaba claro. Una escena sucedió dentro de mi cabeza, una escena en que yo me plantaba delante de ella y le preguntaba claramente "¿Quieres que lo deje? Solo necesito una palabra tuya y lo dejaré." Ella respondía que sí, que lo dejase, y yo simplemente no podía negarme.
Y es por eso que no dejé que aquella escena pasase al mundo real. En su lugar, dejé el vaso de chocolate en el suelo, coloqué la galleta cómo pude encima y di un par de pasos hacia Sam, quedándome más cerca de ella. Todavía no la miraba a los ojos; en su lugar, mi vista estaba posada sobre la pechera de su abrigo. Puse mi mano derecha sobre su hombro, buscando fuerzas para mirarla a los ojos, y cuando conseguí reunirlas mi verde mirada se encontró con la azul de ella. La mirada más hermosa que había visto jamás en el mundo.
Salvo porque esa hermosa mirada se mostraba triste en aquel momento, claro...

—Eres mi mejor amiga. Siempre lo has sido. Y no creo que nadie entienda lo mucho que te quiero.—Empecé, sintiendo la garganta seca de repente.—Lo que menos me ha gustado de todo esto, de toda esta situación, Sam... es mentirte. Te he ocultado algo que era asunto tuyo desde el momento en que me pediste que no lo hiciese. Quizás pienses que no lo era, pero yo creo que sí.—Tuve que pestañear un momento, pues mis ojos empezaron a picar. Amenazaban con derramar lágrimas, y no quería.—Siempre voy a luchar por ti. No puedes pedirme que no lo haga, porque... simplemente no puedo dejar de luchar por ti.—Volví a mirarla y negué con la cabeza repetidas veces, cómo enfatizando mis palabras.—La Orden del Fénix me pareció la herramienta más útil a la hora de hacerlo: información, gente de confianza... Y de no haber Orden del Fénix, de no haber decidido unirme, hubiese buscado otra manera para seguir luchando por ti. Y por Beatrice. Y por mi madre...—La voz quiso quebrárseme cuando hablé de mi madre, cuando la recordé y me la imaginé sufriendo lo indecible en el Área-M.—Me duele haberte mentido. Lo siento.

Y dicho eso, y esperando ser rechazada porque sentía que me lo merecía, rodeé a Sam con mis brazos y apoyé mi mejilla en su hombro. Una vez más, cuando cerré los ojos, me sorprendí pensando si de alguna forma, habiéndome unido antes a la Orden del Fénix, habría podido dar con Vladimir y Zed Crowley antes de que pudiesen hacerle a Sam lo que le hicieron. Y una vez más la voz sensata de mi cabeza me aseguró que nadie podría haber previsto aquello, que fue algo que sucedió sin previo aviso. Que daba igual la Orden del Fénix o quién fuese: aquellos animales viciosos la habían cogido porque lo tenían planeado, y nadie habría podido evitarlo. Debíamos dar gracias porque Sam hubiese salido con vida de todo ello.
Lo que sí puedo hacer ahora... es evitar que vuelva a ocurrir algo así... Me aferré a aquel pensamiento... y aún así, seguía teniendo dudas. Dudaba mucho de mí misma, y dudaba que incluso con la ayuda de la Orden del Fénix pudiese ser lo bastante fuerte cómo para proteger lo que más me importaba en la vida en aquellos momentos. Mi Sam... ¿Por qué la vida ha tenido que ser tan injusta contigo?
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Mayo 09, 2018 10:44 pm

Ya sé que Dumbledore no es un dictador —respondió a su aclaración, la cual parecía haber sido hecha sólo para asegurarse de que Sam lo sabía. Y claro que lo sabía. Hacía años que no hablaba con el mago, pero había sido su director y profesor hacía años, por no hablar de que, más o menos, conocía bien sus movimientos por todo el tiempo que había pasado entre fugitivos.  

Ella era plenamente consciente de lo que hacía y de lo que le podía pasar por hacerlo, pero Sam no lo tenía tan claro. Y es que... de verdad, le daba miedo. Ella había vivido mucha, muchísima mierda ahí fuera, enfrentándose a personas horribles que ahora ella tendría que tener como enemigos por naturaleza y no quería imaginarse, ni por un momento, ni un poquito, la posibilidad de que se viese en medio de algo tan atroz como lo que ellos pueden llegar a hacer. Y claro que podía llegar a entenderlo, no era tan idiota, pero sencillamente no quería ver a sus seres queridos luchar de esa manera en una organización tan grande y peligrosa. Gwen no era una luchadora; Sam tampoco. Nadie de su círculo lo era. Si hubieran estudiado para auror o algo parecido... bueno, tendría un pase, un pase muy pequeño. ¿Pero dos ratitas de biblioteca de pura cepa como lo que eran ellas? No. No pintaban nada. No estaban hechas para eso y ella debía de ser la primera en saberlo. Y odiaba subestimarla, de verdad que lo odiaba porque Gwen era fascinante y seguramente tuviese más fuerza que nadie, pero sentía que todo eso les quedaba muy grande y lo único que quería era... sobrevivir y no meterse en más problemas de los que ya vienen por sí solos.

No le llevó la contraria con lo de que la Orden del Fénix le había brindado ayuda... al fin y al cabo, estaba para eso. —¿Entonces si te mandan algo peligroso, te negarás a ir? —preguntó, enarcando un poco la ceja. Porque si estaba ahí suponía que es para recibir ayuda y darla en partes iguales. Quedaría un poco feo negarse a ir. Y dudaba mucho que, siendo como es Gwen, lo hiciera.

Entonces se bajó de la barandilla y se acercó a la rubia, mirándole directamente a los ojos. Ella no tuvo problema en mantenerle la mirada porque de verdad que quería saber qué narices le había movido a cometer semejante locura cuando, hacía unos meses, al reencontrarse, estaba con una vida tranquila; en una posición segura. Atendió a sus palabras; a su disculpa y a su motivo. Y, como hasta el momento, todo era perfectamente válido, siendo contrariado sólo por una opinión que no compartían. Ella se acercó para abrazarla y, pese a que estaba enfadada, no le iba a ser tremendo feo. Rompió el silencio después de unos segundos. —No es justo —le respondió entonces, tragando saliva y separándose de ella. —Sabes que no es justo. Yo no quiero que luches por mí, quiero que luches conmigo. Te lo negué una vez, te lo negué dos veces, pero al final te hice caso; al final asumí que no podía enfrentarme a mi propia vida yo sola y te dejé estar a mi lado. Y Bee haría lo mismo, te dejaría estar a su lado. —Claro que en este momento Sam desconocía que la otra loca de su amiga también pensaba ingresar en tremenda locura. —Pero ahí peleas por mucha más gente, no solo tus seres queridos. Peleas por toda una sociedad en primera línea, cuando fuera de ella podrías seguir ayudando y no estar al frente de nada. Y... —Se calló, arrepintiéndose de lo que iba a decir porque le sonaba tremendamente egoísta. Pero una tenía ya suficientes problemas como para encima meterse en los de otros. Y lo sentía mucho, pero bastante mierda les rodeaba y amenazaba con seguir haciéndolo. Sam tenía bien claro que enfocaría todo lo que podía ofrecer en asegurarse de que tanto ella, como sus seres queridos, estaban bien, que ninguno de ellos tenía que pasar por algo tan horrible como lo que este gobierno ofrecía a los suyos. Tenía mucho miedo como para arriesgarse siquiera un poquito.

En fin, que nada. No podía seguir con esa conversación porque al final iba a enfadarse de verdad. Y lo menos que quería era enfadarse con ella por la decisión que había tomado. Eso tampoco era justo. —En fin... ya da igual. —Porque por mucho que dijera, poco iba a cambiar. Sólo la estaba informando de lo que hizo, nada más. Ahora Sam viviría el doble de preocupada: ya no solo la metía en problemas ella y su amiga Beatrice, sino toda una organización que va en contra del gobierno. Yey. Sin embargo, dejando la ironía mental de lado y también la molestia, decidió comportarse como una adulta racional y respetar su decisión. Con un suave y cariñoso gesto con su mano libre en su mentón, hizo que elevase la mirada y se encontrase con la suya, ya que Gwen tenía la costumbre de apartar la mirada en estas conversaciones. A Sam le encantaba mirar a los ojos con quien hablaba, sobre todo si le tenía confianza y lo conocía. Sentía que podía saber incluso lo que estaban sintiendo sólo con la mirada y reconocer sus intenciones. No sé, sentía que te conectaba mucho más. Así que cuando se encontró con la de ella, le habló: —Ten cuidado, por favor. —Le pidió. —Y prométeme que si necesitas ayuda en algún momento, me avisarás.

Le daba igual la Orden del Fénix; sólo quería asegurarse de que ella estaba bien. Lo que más miedo le daba era que alguien la hiciera sufrir por información, más ahora que nunca que de verdad debía de tener información por la que la gente mataría. Y sólo de imaginarse a Gwen en la posición en la que Sam había estado… la ponía enferma.
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Gwendoline Edevane el Jue Mayo 10, 2018 3:43 pm

¿Qué pasaría si alguna vez me pedían que llevase a cabo una misión peligrosa? Bueno, realmente... nadie me obligaba a nada. Oficialmente, me había unido con el único objetivo de ayudar cómo pudiese, generalmente brindando información obtenida directamente de la que en aquellos tiempos era la fuente de todo mal: el Ministerio de Magia. Pero eso no me había impedido, en febrero, participar en una misión potencialmente peligrosa. Una misión que podría haber terminado muy mal y durante la cual me tuve que enfrentar a un joven radical llamado Cameron Becher. ¿Y por qué lo había hecho? Pues bueno... porque quería ayudar y porque me lo habían pedido.
Cuando Sam preguntó aquello, abrí la boca para decir algo, y la volví a cerrar en seguida. Era una pregunta difícil, después de todo. ¿Me iba a negar? Seguramente no, pero podía intentar evitar ese tipo de misiones en la medida de lo posible. Podía intentar dedicarme más a la labor que originalmente quería desempeñar dentro del grupo.

—Te prometo que iré con más cuidado de ahora en adelante.—Esa fue mi esquiva respuesta. La expresión de Sam me dio a entender que no le servía... pero lo dejó estar. No necesitaba que yo le dijese lo que estaba pensando de verdad, pues me conocía bastante bien cómo para saberlo. Era lo bonito de nuestra relación... aunque a veces también resultaba irritante, pues mentirnos la una a la otra era prácticamente imposible sin que nos diésemos cuenta.

Por suerte, y pese a que me merecía lo contrario, Sam no me rechazó cuando la abracé después de explicárselo todo, de la mejor manera que pude. La clave fue "Voy a luchar por ti y nadie puede impedírmelo", y eso no gustó a Sam. Cuando se separó de mí la escuché con atención, y por supuesto que entendí su punto de vista. No me gustaba que luchásemos solas, ni mucho menos, y quizás había escogido mal las palabras... Sin embargo, cuando mencionó el apelativo que ella tenía reservado a Beatrice Bennington, mi atención se fue directamente a la persona de Bea. Ella, que vivía ahora conmigo—cosa que Sam y Caroline sabían—no era el mejor ejemplo a la hora de hablar de sensatez. Y más si teníamos en cuenta que, durante nuestro reencuentro el mes pasado, había confesado sus intenciones de unirse a la Orden del Fénix.
Pero ese no era el caso. El caso era que comprendía lo que Sam decía. Y me gustaba. Me gustaba que por fin hubiésemos llegado a ese punto en que comprendíamos que la una no podía luchar sin la otra, que en la unión está la fuerza. Mis labios lograron curvarse en una sonrisa.
Sin embargo, no dije nada hasta que sentí el contacto de los dedos de ella en mi mentón, haciendo que levantase la mirada en dirección a los ojos de ella. No me apetecía meterla en asuntos de la Orden del Fénix, ni mucho menos, pues cómo ella bien decía, era muy peligroso. Pero... se lo debía.

—Te lo prometo.—Dije con una leve sonrisa.—Y me gusta mucho eso que has dicho... Luchar juntas.—Podía trabajar con eso. Me costaría mucho tiempo olvidarme de los Crowley de este mundo, por supuesto, pero podía aceptar la idea de que luchásemos juntas contra todo aquello que, sin llamarlo, decidiese ponerse en nuestro camino. Seguía manteniendo mi promesa, la promesa de que no iba a dejar que nadie le hiciese daño otra vez... pero podía mantenerla mientras luchábamos juntas.—¿Nos vamos a casa? Mañana tienes que trabajar. Pero tienes que prometerme que dormirás bien y no le darás vueltas a la cabeza.

Sam aceptó, aunque algo me decía que era probable que sí le diese vueltas a la cabeza. De todas formas, de ahora en adelante tenía pensado contar más con ella en mis decisiones. Si algo me parecía muy peligroso, lo consultaría con ella y escucharía sus consejos; si tenía que hacer algo para la Orden que no podía eludir, ella estaría enterada. Porque Sam y yo llevábamos juntas desde Hogwarts, y a todos los efectos era parte de mi familia. Y yo estaba dispuesta a aceptar que algo tendría que decir al respecto si tomaba decisiones peligrosas o equivocadas. Además, ella había vivido cosas que yo no, había conocido la miseria de la vida de fugitiva, y si alguien sabía cómo eran las cosas, esa era ella. Podría decir que también Beatrice, pero... ¿habéis conocido a Beatrice Bennington? ¡Escuchándola hablar cualquiera diría que llevaba un año de vacaciones, más que cómo fugitiva! ¿Existía algo capaz de acabar con los ánimos de la pequeña Bennington? Yo creía que no.
Recogí el vaso y la galleta y, con un poco más de ánimo, le di algunos mordisquitos más y bebí algunos sorbos de chocolate mientras caminábamos en dirección a un lugar en que desaparecernos. No fuimos muy lejos, una parada de metro cercana con unos baños de mujeres perfectos a tal efecto. Al parecer, Sam solía utilizar unos parecidos para desaparecerse al terminar su jornada en 'El juglar irlandés'.
Antes de despedirnos—pues cada una se iba directamente a su casa—le di otro abrazo a Sam y un beso en la mejilla. Y hecho aquello, ella se desapareció y yo hice lo propio.
Cinco minutos después de llegar a casa, cuando ya me había puesto el pijama, mi teléfono móvil vibró sobre la mesa. Me senté en una silla, con Chess en mi regazo, y comprobé a qué se debía: un mensaje de Sam.
"Que sepas que te odio por llevarme a un sitio dónde venden chocolates calientes de un litro", decía el mensaje, seguido de un emoticono de cerdito.
Aquello me hizo reír, y mientras negaba con la cabeza, le respondí: "El próximo lo pagas tú, pues ahora eres la mejor camarera/librera de Londres".
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