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Priv. || Los caminos, cuando se cruzan || FB

Ryan Goldstein el Jue Abr 05, 2018 7:41 am


El legado de los Golgomatch || FB

En lo alto de una colina, se alza el ancestral castillo de los Golgomatch. La leyenda dice que fue construido por gigantes. Data de hace generaciones atrás, tanto como es posible seguir en retrospectiva las ramificaciones del árbol genealógico de la familia, fiel testimonio de la pureza de su sangre.

Para llegar frente a las inmensas puertas de la entrada se atraviesa un puente colgante de solida piedra, suspendido en el abismo ciego del que se yergue, solitaria, la montaña que sirve de asidero a la inexpugnable fortaleza. Espacio de caída, de vértigo y desconcierto, es lo que la rodea. Más allá; donde la mirada se pierde en el horizonte; se extiende el mar.

Ningún nomaj podría dar casualmente con las atalayas del castillo, y algunos dicen que se ha visto a imprudentes senderistas huir despavoridos al creer reconocer la sombra terrible de un gigante recortada contra el cielo veteado de nubes.  

Se cuenta, y esta noble familia de magos no parece interesada en desmentir tal rumor, que el origen de este antiguo linaje de orgullosos sangre pura se remonta a los días en que los Dioses del Olimpo fueron desafiados por la brutalidad y la fuerza de aquellos abominables seres, bendecidos por la Tierra.

Si bien una presunta asociación de parentesco ni más ni menos que con la raza de los gigantes podría considerarse un insulto, esta apreciación se tuerce cuando se tiene en cuenta el porqué de la mala fama de los gigantes de las leyendas, ligada a sus cruentas hazañas, y también, a su intimidante reputación.

Sólo ellos rivalizaban con la divinidad de los dioses. Amos y señores del suelo que pisaban, por su tamaño y poder eran temidos tanto por simples mortales como por los inmortales del Olimpo. El temor que infundían, la barbarie de la que eran capaces, no dejaba a nadie indiferente, y era por esto, que el apellido Golgomatch se atribuía los vicios morales de estos gigantes de leyenda.

Sin ser hombres ni dioses, eran superiores y dignos de reverencia. No obedecían a ningún otro, ellos imponían. Destacaban por su grandeza, y su falta de escrúpulos. Eran, si se puede, una de las familias de sangre pura más arrogantes y orgullosas de los Estados Unidos, y no dudaban en hacer gala de ello por todo lo alto, y pisoteando a quienes consideraban inferiores, inmundos, o lo cual era lo mismo, indignos de ser llamados “magos” cuando su sangre estaba sucia, contaminada.


No era de extrañar que la encantadora familia de los Golgomatch fuera íntima amiga de los Ramsey, y por extensión, de toda su descendencia. Arrogantes, prepotentes, así eran los Golgomatch. Prepotentes, arrogantes, así eran los Ramsey. No había otra prueba más férrea de su amistad que su coincidencia en ideas y opiniones, y por supuesto, su pureza de sangre.

Se tenían en tan alta estima entre ambas familias, que durante los veranos solían reunirse en el castillo de los Golgomatch por una temporada, porque dicho sea, las amistades eran siempre bienvenidas entre las paredes de frío y roca que eran el hogar de, ni más ni menos, el insufrible heredero de la familia: Ryan Golgomatch.

El chico era tan alto como para hacerle frente a un adulto, y prepotencia no le faltaba. Estaba en un curso superior, allá, en Ilvermony. Era casi un retrato de Henrik Golgomatch, cuando joven: rubio, cabello rebelde, mentón cuadrado. Pero los ojos, los ojos eran de su madre. Sólo que, a este respecto, se trataba de un parecido que quedaba sólo en la apariencia.

Al ser el mayor de los Golgomatch, Henrik lo había criado como su heredero, su hijo adorado, había hecho de él su propio retrato en todos los sentidos. Apenas nacer, ya cargaba con el legado de la pesada herencia familiar. Y desprendía todo lo que los Golgomatch inspiraban: arrogancia, crueldad y antipatía.

Jugador estrella del equipo de Quodpott del colegio, rey de su circo de bufones y el buen partido de toda chica que se precie, de eso y más era de lo que se jactaba el heredero de la familia. Esto, por supuesto, había hecho que se granjeara la espontánea simpatía del mayor de los Haywood, a quien no le faltaba ni ego ni idolatría, y tal como él, era un heredero: tanto o más insufrible en carácter. Sólo que Ryan era peor en cuanto a mala conducta por sus constantes ataques de ira, que lo hacían, cuando menos, una amenaza sólo con verlo acercarse, especialmente si tenía el ceño peligrosamente fruncido.

Sin embargo, no era el mayor de los Haywood por quien el rubio mostraba su interés, no. ¿Qué tiene de interesante alguien que se regodea como tú? No, con quien verdaderamente Ryan tenía una relación era con el menor de ellos, Lyall Haywood. Alguien con el quien él se creía que podía meterse, una y otra vez, y reírse a su costa. Aunque solía hacerlo con una discrecionalidad evidente —comentarios solapados, chistes que él consideraba ingeniosos y que casualmente siempre rimaban con “gordito”, y demás piques por el estilo—, lo cierto es que no le escatimaba ninguna muestra de su especial atención para con él, de forma que Lyall tuviera plena cuenta que él era “el blanco” en todo momento, sin importar el lugar.

Como aquella vez, junto al árbol del patio interior del castillo: un árbol encantado, blanco y de ramas desnudas, que por alguna razón, estaba allí. Se le decía “el árbol encantado” porque el espacio alrededor había sido hechizado de tal forma para que en un radio acotado quien se acercara no pudiera ser visto desde el exterior. De esa forma, uno podía sentarse en el banco de piedra, sin que nadie supiera quién había allí o haciendo qué. Era un sitio muy curioso, y agradable, si uno quería un rato de soledad.


A menos, que Ryan Golgomatch te interrumpiera.


—¡Qué desconsiderado! Te he levantado esto del piso para ti. Se te ha caído a ti, ¿verdad? Por supuesto que sí. ¿Comiendo a escondidas? Oye, no irás a decir que eres bueno para otra cosa que atragantarte. ¿Qué?, ¿de verdad? No me digas. Y yo que estaba tan orgulloso de ti, sólo por lo que eres. No deberías avergonzarte, lechoncito. Pero cuéntame mejor, ¿qué es eso de lo que te jactas tanto?, ¿seguro que no es algo que se pueda comer?





AÑOS DESPUÉS, en un casual accidente.



—¡Oye!, ¡se te ha caído esto!—
Mira que buen samaritano, aparecido de la nada, con ese leve aire agitado del que ha recorrido toda una distancia fuera de su ruta para hacerte el favor. Esa gente de bien, que ya no se ve. Fíjate mejor. Es rubio, alto, lo que se dice “bien parecido”, y. Esos ojos azules, algo ha cambiado en ellos. No sólo que ha sido amable contigo, sino que su nombre es, ¡oh, tú lo sabes! Y se te quedó mirando, ¡se te quedó mirando!—Puede que… ¿nos conocemos de algo, tú y yo?

MALDITO HIJO DE…

—No, no lo creo, ¿verdad?


ERA DEFINITIVAMENTE UN HIJO DE…

—No. ¡Pero juraría que me suenas de algún lugar!—
Rió. Todo encantador—En fin… ¿pasa algo?, ¿puede que tú también piensas que te sueno de por ahí? Eso tendrá que significar algo, ¿verdad?

SÍ, QUE ERES UN…

Pero, ¿quién era ése y qué había hecho con Ryan Golgomatch?

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Lyall M. Haywood el Lun Abr 16, 2018 1:00 am

A diferencia de su hermano, Lyall odiaba pasar los veranos con los Golgomatch. Más de una vez recibió largas charlas sobre que no debía de permitir que le tratasen de esa forma y que debía de ser más, bueno, más un cabeza dura que arregla todo a golpes que sentarse a soportar malos tratos de quién fuese.

Pero no iba con él todo ese lío de inflarse el pecho y alzar la voz, no, él era un tipo más de palabras y evasiones. Prefería pasar metido en un rincón del maldito castillo todo el verano que ir por ahí conversando con las hermanas Golgomatch –cosa que su hermano por supuesto que prefería hacer- y evadir al odioso de Ryan Golgomatch.

Se le habían ido acabando los escondites. ¿La biblioteca? Ya era el primer sitio que visitaba el rubio; la habitación donde se quedaba era todo menos segura y más de una vez –para su desgracia- lo había pillado en las cocinas que asi ni se imaginaba a un chico de su calibre saber siquiera donde estaba la cocina en su propio castillo.

En todo caso, no le quedaba nada más que esconder en sitios obvios y disfrutar los minutos de paz que a veces lograba conseguir. A veces con un libro, a veces solo pensando en cuando le tocaba regresar a casa.

Lo veranos eran un infierno con los Golgomatch.

- Déjame en paz, Ryan – No como si fuera a hacerlo realmente y sabía que gastaba saliva nada más hablando mientras le echaba encima todo lo que iba diciendo. Lo ignoró por completo saliendo del terreno del árbol encantado, escuchando como su cerebro lo traducía todo a un sincero blah, blah, blah y se alejó de él caminando a la módica velocidad que le permitían sus rechonchitas piernas.

Y claro, era gordo, no había anda como un verano para recordárselo, pero mira que ventaja tenía ahora haberse guardado una manzana del desayuno entre su ropa justo para volverse y en un ligero, pequeñísimo, diminuto arrebato adolescente para lanzársela al rubio entre ceja y ceja.

Claro que había firmado su sentencia de muerte porque no había forma de que pudiera correr lejos de él.


Actualidad


No, no, debía de ser un imperius o una poción. O quizá estaba siendo presa de una ilusión en medio de una calle de manera aleatoria. Sí, todo en ese momento tenía más sentido que lo que veían sus ojos.

- No, no, no, yo no lo conozco, perdón – Intentó una vieja huida, ocultando el rostro, evadiendo la mirada muy a pesar de que aún seguía sin creer lo que veía. No daba crédito al tono amable y buen hombre que tenía en frente de sí y encima, él no daba ni para merecerse una mirada.

Debía sonar como quién es abordado por un loco y está intentando quitárselo de encima cómo podía, moviéndose hacía tras, retrocediendo temeroso. Pero que fijarse en que era casi un milagro que Ryan Golgomatch no lo reconociese ahorita cuando estaba en sus puntos más bajos de su vida. En esos momentos el apodo de lechoncito no le vendría anda mal comparada con los otros 15 que le podría sacar de solo verlo.

¿Por qué no reconocerlo cuando apenas había llegado a Estados Unidos? Todo graduado de Hogwarts y con un futuro por delante. No, no, ahora, ahora era cuando se lo topaba en la calle y encima, apenas le prestaba una mirada y bum, le sonaba de algún sitio. De ser otro momento, probablemente le habría recriminado no acordarse de a quién le hizo la vida imposible de pequeño, pero justo ahora estaba incluso más preocupado por el hechizo que probablemente cargaba encima el rubio. Porque ese no era Ryan Golgomatch claramente.

- De acuerdo – Tras la siguiente insistencia y sobre todo aquella última sonrisa que casi le da un escalofrío digno de quien se enfrenta a su boggart, sacó la varita y se la apuntó al pecho un poco más amenazante - ¿Quién eres y qué quieres? Porque claramente estás aparentando muy mal ser Ryan Golgomatch.
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Ryan Goldstein el Jue Abr 26, 2018 10:42 am

—Tú me explicas—El Golgomatch estuvo a punto de morder la manzana, pero la apartó, pensativo. Había acorralado al pobre muchacho, y se dirigía a él con el tono condescendiente, diplomático, de quien sólo busca una salida por el lado del diálogo en todo aquello. Esa era su fachada más cruel, la de psicópata bienintencionado, mira. Lo de tontear a la gente parecía aburrirle (eso se lo dejaba a sus amigotes en Ilvermony, o incluso al mayor de los Haywood), pero lo de estremecerlos del miedo bajo amenazas solapadas, pues. Los adolescentes aburridos de seguro que eran gente peligrosa—. ¿Por qué la agresión?, ¿te he atacado antes?

No, él no hacía eso. Que se metía con Lyall de todas las formas posibles, era un hecho, pero nunca de una forma que pudiera comprobarse. He ahí su treta de persona perversa. No había quién pudiera decirle nada, porque él no hacía nada. Aunque conociéndolo, ya cualquiera se hacía una idea de que, si el otro no estaba nada feliz a su alrededor, era claramente cosa del Golgomatch.

—Espera—Lo señaló con un dedo, tocándolo justo en el pecho. ¿Iba a perforarlo o qué?—No seas tan quisquilloso. Yo sólo vine a hablar—Jugó a atrapar la manzana con una mano, entre que lo estudiaba con la mirada, sádico como era. Cuando Lyall se la arrojó a la cara, a él le bastó servirse de sus reflejos de jugador estrella (decían, que era capitán. Estaban todos tan orgullosos de él), para atraparla—Vamos. Te daré la oportunidad de tomarme la delantera. ¿Lo adivinas? Estoy retándote a otro “atrápala si puedes”, tú, estúpido.

Y es que, al mayor de los Haywood ni le gustaba tanto la escoba, pero Lyall, en cambio. Era diferente. Era competitivo, de una forma un tanto explosiva, y entretenido a veces. El otro era demasiado aparatoso, sólo servía para pavonearse sobre una escoba. El “atrapame si puedes” era un juego en el que soltaban una pelota encantada al aire (como la snitch), y esta se rebelaba resistiéndose a ser atrapada por los jugadores, montados en escoba, y obligándolos a hacer los giros más desesperados en el aire. Jugar en los amplios terrenos de los Golgomatch era aterrador, había que decirlo, porque el castillo estaba rodeado por un precipicio, pero el volar hacía que te olvidaras de ello, si eras un fanático, como ese bruto. El problema era que a veces, dirías que te ponía las cosas complicadas a propósito, y por supuesto que sí.


***


¿Quién eres y qué quieres?


Se sonrió, breve y circunstancial. No parecía importunarle que lo apuntaran con una varita, sino que abría la boca —uno imaginaba, que por la sorpresa—, y había un brillo en su mirada, un molesto de brillo, de reflexión. Es decir, él estaba pensando muy duro sobre de dónde se habrían visto antes. Insistente que era. Dirías que hasta podías ver trabajar sus neuronas, en el esfuerzo por develar el misterio.

—¡Así que sí que nos conocíamos!—exclamó, campante. Parecía más que encantado en tener razón, en haberle acertado. Apenándose un poco con la mirada, sin embargo, agregó—: Así que Golgomatch. Bueno. Solía llamarme así. Complicado de explicar. Digamos que fui desheredado—dijo, con un tono de humor más que llamativo. No parecía que el detalle lo afectara para nada, no de forma negativa al menos—Bueno, así es como pasó. ¡Pero calma! No voy a morderte.

Sin siquiera mostrarse un poco aprensivo, le apartó o intentó apartarle la varita, yendo a posar su mano sobre la mano con que el otro sujetaba su arma de guerra como si estuviera  a punto de atacarlo, muy decidido a ello además. Ryan o no tomaba muy en cuenta tanta determinación, o sólo era muy despreocupado. Teniéndolo así, sujeto, le dedicó una ceja levantada por encima de la varita que lo apuntaba, indicándole a las claras su mensaje sin palabras: “¿Puedes bajarla, por favor?”.

Diríase que Ryan Golgomatch siempre había sido un buen tipo, pacifista por excelencia. Y sin embargo, todavía tenía ese aire, de sujeto que se sale con la suya y que es capaz de traicionarte por la espalda.  

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Lyall M. Haywood el Miér Mayo 09, 2018 1:33 am

- ¡No quiero! ¡No quiero, Mason! ¡No quiero!

- ¡Deja de llorar! Te subes y vuelas o nos quedamos hasta que amanezca si es necesario. Y le diré a mamá que eres un crio llorica y que te la pasaste llorando por ella.

- ¡No! ¡Mason, no es justo! ¡No es justo! ¡Todos dicen que cuando me suba a la escoba se va a romper! ¿Qué tal si es verdad?

*****

¡¿Otro?! Cómo el primero salió tan bien y encima se divirtió de lo lindo jugando sobre la escoba, a que sí, iba a jugar de nuevo bajo cero presiones. Y eso que hasta se le escapaba una pequeñísima mueca de dolor cuando tan solo lo tocaba con el dedo -porque estaba hecho de material suave y hasta le salió un moretón con eso-, cuando una parte de él agradecía que no le lanzaba un golpe. ¿Cómo podía ser tan inmensamente molesto a tan solo abrir la boca?

- Estúpido tú por querer darme la delantera – La cantidad de arrebatos adolescentes si que iban por buen camino. Pero es que, si le encantaba volar en escoba como cualquier chico, desde que se montó por primera vez en una bajo amenazas y engaños y casi a golpes, ya no había esperado nada más que jugar Quidditch y pasarse volando durante los veranos. Pero con el rubio idiota aquel, no, el tenía que quitarle cada gota de alegría a su pasatiempo favorito -y él por su parte era bien melodramático-.

Y eso que siempre le salía con que el Quodpot esto y aquello, pero era hasta menos interesante que el Quidditch. Al menos cuando estaba sobre la escoba todo eso de que se pusiera firme frente al rubio y nada de que le pasase encima que tanto le repetían tomaba más sentido. Sin embargo, no era cómo si sintiera que esta vez iba a ser diferente a la anterior o la anterior o la anterior.

- ¡Y no empieces con ninguno de tus juegos sucios que entonces pierdes! – Se fue ¿corriendo? al castillo para poder ir por las escobas y terminar con eso ya. ¿Y si decía no? ¿No se le había ocurrido? Probablemente. Pero con cada verano era más difícil no hacerle un tantito de frente al rubio aunque solo fuera jugar su propio juego.

*****

¿Desheredado?

La palabra aún le dada un escalofrío por la espalda, no para menos la expresión mejor muerto antes que desheredado se le había cruzado por la cabeza cientos de veces desde que había estado siendo un cero a la izquierda en América. ¡Pero era Ryan Golgomatch! El ídolo de oro y todo metal precioso al que cualquier otro primogénito de familia de renombre le hubiese rezado para tener éxito como mandamás, bully y cabeza hueca generador de más herederos.

Por conclusión, tenía que estarle tomando el pelo, ¿no?

Tan lento procesaba la información que bajó la varita sin poner oposición, incrédulo, con la boca abierta y todo. Y la voz si que le sonaba y esa calma tan suya de quien sabe controlar todo a su alrededor y hace que parezca que no pasa nada. Vaya, quizá después si era el jodido Ryan Golgomatch.

- Eres un puto hijo de mierda, si sabes eso, ¿verdad, Ryan Golgomatch? – La cabeza pensando -pensaba, si, si- en cada momento de su vida miserable por tanto cotorreo y cancioncita de que los Golgomatch y su porte y su irremediable vida que giraba en torno a su mismo ego y hacerle la vida imposible a los de abajo. El cuento eterno de su hermano sobre que quién es alto porque necesita a quien pisar y que quién no pisa se queda aplastado y bueno… Todo eso para un carajo.

Se dio la vuelta, bien digno y algo molesto todavía porque él que pensaba que ahora era un bueno para nada, mira nada más. Se guardó la varita y estuvo a nada de volver a tirar lo que traía encima de la rabia que se le iba remontando y porque mientras le daba la espalda le dedicó un dedo medio de lo lindo alejándose y sin pensarse dos veces en la gente que giraba la cabeza con la escena.

El ejemplo mismísimo de quién estudiaba para relaciones internacionales en persona.
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Ryan Goldstein el Sáb Mayo 19, 2018 1:18 am

¿Sucio?, ¿jugar sucio? Ryan Golgomatch no necesitaba jugar sucio. Él era un jugador estrella, un volador de puto vértigo. ¿Tuquitos de perdedor? No, de eso nada. Pero bueno, en el aire, sí que se jugaba sobre la escoba con cierta “picardía”, pero eso era parte de las reglas, no era algo que él se inventara.

—Tú mejor te preparas—
indicó, retador, con una sonrisa en punta hacia un lado, como si tuviera colmillos más que dientes.

Y lo hacía, ¿por qué? Porque mira qué fácil era provocarlo. Era como si siempre quisiera probarse. La gracia que le hacía. Al menos, no era un aburrido pedante. Eso le gustaba. ¿Qué tendría de entretenido jugar con alguien que no tiene “la chispa”? No es que Ryan se lo dijera de esa manera, él sólo lo picaba con su gordura, muy nada sutilmente, y su estúpido quidditch, y sus malas maniobras —que no eran para nada malas, aunque muy escurridizas para su gusto—.

Lo citó en la cima de una colina, que daba directo al precipicio: más allá, el mar, inhóspito y cargado de perlina belleza, y profundo, y duro si caías sobre él desde una gran distancia por encima del cielo.

—¿La ves?—preguntó, enseñándole una pequeña pelotita dorada que tenía encerrada en una mano, muy parecida a la snitch. Vamos, era la snitch. Los americanos ni podían inventarse su propia pelotita dorada. Se lo copiaban todo del Quidditch, estaba claro. Pero no te lo iban a admitir—Va a ser divertido verte intentar atraparla sin caerte de la escoba.

Sí, divertidísimo. ¿Para quién…?

Y la soltó.

—Hazlo—dijo, montándose en su escoba, ¡con una facilidad! Le gustaba lucirse. Lo notabas en todo ese derroche de arrogancia, tan confiado que era. ¿Hacerlo?, a qué se refería? A atraparla, naturalmente—.Y te saldrás con la tuya, por una vez. Sí, palabra. Haré algo por ti, lo que pidas. Palabra de hombre, ¿sabes?

Y voló.


***

Eres un puto hijo de mierda, si sabes eso, ¿verdad, Ryan Golgomatch?

¡Eso era fuerte! Se apenó un poco. Por él…, él, ¿Qué cómo se llamaba? No podía recordarlo, la verdad. Y se iba antes de darle ningún dato sobre su persona. Ah, pero sí que se volvió para…

Ryan rió, con el dedo del medio apuntándole a la cara, sí. Y es que, le arrancó una buena carcajada, por lo inesperado. Vaya, ¿tan malo había sido con él? Probablemente. Habría que reparar un poco del daño. Bueno, no es que se pudiera reparar daños de las vajillas rotas, pero, desde que se cambiara de apellido, queriendo dejarle claro al mundo que se separaba de quién había sido, incluso de su propia familia, también adoptado la actitud de querer resarcir de alguna manera… No, no “resarcir”, pero sí mostrarse frente a aquellos que lo habían conocido una vez como Golgomatch, quién era ahora. Era como una forma de afianzarse en este mundo, como esa nueva perspectiva de las personas y de las cosas en general. Sí, el hombre había conseguido su propósito. No porque pensara que tenía que “saldar deudas”, sino porque la gente cambiaba, y él era lo suficientemente egoísta como para quedar dejar en claro ese detalle, sin importar lo que requiriera de sí mismo, o de cómo gastara la paciencia de otros. No era un camino fácil, no. En el fondo, dirías que era el mismo Golgomatch egoísta de siempre, sólo que mucho más “sonrisitas” que antes, mucho más.

—¡Espera!, ¡al menos dime tú nombre!—
pidió, sonrisa de por medio. Y lo más conciliador que pudo, agregó, haciendo el ademán de seguirlo, de acercarse—¡Por favor! No te pongas así. ¿Qué tal si hablamos de ello?

Sí, porque hablándose entendía la gente.

***

Días después, en la puerta de tu casa.


Ryan estaba a punto de abrir la puerta de su departamento, cuando lo vio, justo en el mismo pasillo, y quedó boquiabierto, otra vez con esa leve impresión de que conocía a ese rostro, de algún lugar.

—¿Tú…?—Otra vez, la veías venir, ¡esa sonrisita!—¡Oh!, ¿tú vives aquí?

Genial, y eran vecinos.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Lyall M. Haywood el Miér Mayo 23, 2018 5:32 am

¿Qué sería de un mago que le tuviese pánico a las alturas y no pudiese volar en escoba? Su padre, venita purista y todo, le había mencionado que esos que se caen de la escoba más de una vez y nunca pueden dominar el vuelo eran esos sangre sucia con capacidades por debajo de las suyas. Y por mucho era un tema serio en los Haywood porque Mason le había dicho que casi desheredan de la familia a un tío segundo justo por no poder volar en escoba. Claro que esas eran puras invenciones para motivarlo.

Pero todo iba a la tremenda escena del precipicio y el mar más adelante; el agua que le parecía más sucia que la de cualquier caño pero si decían que era una vista hermosa, vale, lo era. Al menos el aire que daba ahí era agradable.

- Que si me caigo, tu no la atrapas - ¿Qué? Había tenido en su cabeza, ero al menos el mal humor cubrió el sonrojo de quién de verdad no tiene ni idea de que acaba de decir. Se montó en la escoba con menos elegancia –las piernitas rechonchas eran un buen obstáculo como para lucirse- y colocó su vista en la pequeña pelotita dorada que se iba moviendo rápido alrededor de ellos – Ah, sí, como que te calles la boca por un día entero sería fantástico.

A un verano. O que no le vuelva a hablar en toda la vida.

La pelotita no se movía como un snitch para su desgracia, la falta de alitas quizá daba más la ilusión de que podía seguirle el rastro pero era una muy buena maña. Se encontró más pronto casi volando contra un árbol solitario cerca de una colina que estando cerca de atraparla. Y eso que no se concentraba en seguirle el paso al rubiales, porque se le daba natural, conocía el terreno como la palma de su mano. Por suerte, aprendía moderadamente rápido.

*******

- Es que Mason, ¡debiste de verlo! Fue la primera vez que pude cambiar de dirección haciendo el giro invertido y gané tiempo. ¡Y me fui por todo encima del agua en una de esas igual! Incluso pude evitar un par de olas pero a veces el agua no se veía tan picada-

- Ah, si, si, muy lindo, Lyall, pero todo eso no importa si no le ganaste en el juego. ¿Lo hiciste o no?

*******

Escuchó su maldita voz una vez más y se iba a desaparecer, de verdad se iba a desaparecer porque no lo aguantaba y tenía una pizca de orgullo suficiente para no girarse y decirle quién era así de a gratis. ¿Y sus traumas infantiles? ¿Y su complejo de inferioridad que no lograba superar en los periodos escolares qué? ¡¿Qué?! Lo sentimental y dramático al menos veía igual con el paquete.

Claro que, según la experiencia con el verano pasado y un par ese mismo mes, desaparecerse iracundo no era la mejor forma de evitar desparticiones. Su problema de mal humor, le decían y encima, que necesitaba mucha concentración para evitar esos dramas, pero mira que todos estaban equivocados. Pero solo porque si se desaparecía y se despartía frente a Golgomatch, bueno, mejor se moría en ese caso.

- Ah, ¿mi nombre? Claro, Que-t E-den. ¿No te suena? Que lástima, me sorprende que no lo escuches más seguido. Y no me sigas, ¡no me sigas! No te conozco. – Y era la verdad, no lo conocía. Estuvo a nada de poder sacarse de nuevo la varita para amenazarlo, pero mira, no era del tipo violento –aún- ni siquiera con el trauma de la infancia. Mucha boca, pocas nueces como decían, pero el mal humor y el rostro casi rojo de tanta ira nadie se lo quitaba.

Si tan solo estuviera muerto, la verdad.

*******

Y estaba seguro de que se murió aquel día. Claro, se ahogó de la manera más estúpida mientras almorzaba. No, no, al fin esa enfermedad que tenía su compañero ese con las pústulas pequeñas en la lengua se le había pasado y lo había matado en horas. Y había ido al infierno, mira nada más.

Con Ryan Golgomatch como vecino.

¿Y por qué se quedó con la mano en la perilla de la puerta aun mirando por el pasillo con la cara toda pálida al descubrir su suerte? Es que no podía creer en las probabilidades que tenía de toparse al rubio más de una vez en su nueva vida. Y con esa sonrisa tonta que le daba escalofríos y le hacía quedar más pálido de lo que estaba antes.

- No, no, no vivo aquí. Ah, me equivoqué de edificio. Que idiota – Y de ciudad, y de vida. Estaba muy cansado y de no ser que el departamento tenía un hechizo de no aparición, hubiese tomado la salida más fácil. Pero se hizo el tonto –que bien que le quedaba ese papel- y se dirigió hacia la salida de aquel piso mascullando insultos en al menos tres idiomas y sin mirar atrás porque seguro veía esa sonrisa.

Y se cabreaba más.
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Ryan Goldstein el Dom Mayo 27, 2018 9:02 pm

Que si me caigo, tú no la atrapas.
Que no, ¿quién querría atrapar eso? El Golgomatch lo miró de arriba abajo soltando una carcajada. Entonces, le ofreció su trato. Sólo para picarlo. Desde ya, ni pensaba que fuera a perder. Lo que le gustaba era tomarle el pelo, ¿vale?

Cerrarle la boca. Menudo criajo. En el aire, el rictus de su sonrisa esbozaba peligro. Y antes de darse una zambullida, le pasó silbando por al lado, ¿pasarle?, lo empujó en el aire, iniciando las agresiones, como le era usual. No, quizá no jugaba tan limpio. Pero ey, no había “juego limpio” con la escoba.



***
Ah, si, si, muy lindo, Lyall, pero todo eso no importa si no le ganaste en el juego. ¿Lo hiciste o no?

—Oh, él la atrapó—
se oyó desde atrás la voz de un Golgomatch, resentido. Ya punto de morder a alguien. Era ese el momento en que tú no querías al rubio alrededor. Pero ahí estaba—. Cuéntale cómo la atrapaste—burló, aunque no estaba para burlas—. Se la tragó, ¿cómo si no? Casi nos mata cayendo por un barranco—Y lo increpó, con una cara… esa cara radiante que tenía, arrogante y violenta. Se lo quería comer, sí, no era una broma—¡Eso no fue un amago de Wronskicómosellame! Tú no sabes zambullirte—Y se dirigió a Mason—¡Me agarró de la pierna!

Rabioso, estaba rabioso, y sonreía. Era un hombre peligroso.

—Ey, Mason. ¿Qué haces con tu hermanito cuando se pone insoportable?


El Golgomatch estaba pensando que el castillo tenía unas torres muy altas de las que colgarlo, para que se estuviera un rato allí, reflexionando sobre lo que había hecho. Y quitarle esa emoción de idioto.

***

¿Equivocarse de edificio? Ryan hubiera reído, pero se contuvo. Que algo de tacto tenía el hombre, sí, especialmente viéndolo al otro allí, tan enfurruñado. ¿Tan mal se habían llevado en el pasado? Que hombre más esquivo. Las personas cambiaban.

—¡Que te den!—
llamó, sonrisa de por medio. JA JA, gracioso.

Abrió la puerta de su piso y se lo quedó mirando. Se iría mira, estaba dispuesto a desaparecerse sólo por verlo. Se nota que le había causado impresión. Y Ryan estaba acostumbrado, a causar impresión. Como todo rubio encantador, todo rubio que se precie.

—Bueno, qué coincidencia, en todo caso—dijo, muy tranquilo—. Mira, si me lo preguntas, me paso lo mismo el otro día. Es que todos los edificios se parecen—¿Qué? Oh, estaba siendo condescendiente con la estupidez ajena. Ese era otro hombre, sin dudas. Aunque dirías que te estaba mandando mensajes subliminales con esa sonrisita. Se estaba riendo interiormente de él, ¿verdad? ¿Verdad que sí?—. Bueno, no. Me pasó el otro día queriendo entrar a casa. Me confundí de puerta. La vecina de los gatos me lanzó la tremenda ese día, porque como la llave no entraba, usé la varita, ¿sabes? Y un extraño entró a su casa, así de la nada. Al día siguiente alguien había arrojado huevos podridos a mi puerta—Se carcajeó solo—. Simpática mujer.

Que pesada esa gente, que te metía conversación por cualquier cosa. Que pesado el Golgomatch.

—En todo caso. Espera. ¿Es a ti el que al otro se te perdió se te perdió…?—pareció recordar de pronto, y rebuscó en su bolsillo, que debía ser uno de esos bolsillos de mago en los que no encontrabas ni a tu tía porque empezó a sacar cosas que ni venían a cuento—Oh, no, bueno. Si no vives aquí, no hay forma de que sea tuyo—concluyó, muy inteligentemente. Mira que tenía las neuronas despiertas el hombre—. Que tonto—se dijo. Y le lanzó una última mirada—Adiós, Que te den.

Y entró a su piso.

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Lyall M. Haywood el Lun Jun 11, 2018 3:28 am

Segunda vez que le pasaba de cerca a propósito y puso era carita cachetona toda roja y frunciendo el ceño en una mueca que le quedaría de por vida. Si tan solo no estuviera más concentrado en mantener las piernas en el sitio y las manos también, le hubiera ya dicho un par de cosas, pero la energía la tenía que conservar, qué si el juego se prolongaba demasiado, se cansaba.

Sus ojos sobre la pelotita dorada y se creyó lo suficiente, es decir, apareció de su cuerpecito esa confianza que no tenía ni en sueños y, pensó que con semejante masa que se mandaba, si jugaba el mismo juego que Ryan y pasaba juntito a él, ups, a lo mejor y se caía. Qué pena.

Se acercó hasta donde pudo continuando con esa idea en la cabeza, perdiendo de vista dos segundos la pelotita dorada y solo pasando junto al rubio mordiéndose un labio como de quién de verdad no intenta tirarlo de la escoba o al menos solo fastidiarlo.

Qué alguien le dijera que no iba a funcionar así. Que mantuviera los ojos sobre la pelota.

********


Arrugó el puente de la nariz y se cruzó de brazos apenas escuchó tan agradable voz detrás de él. Mason pudo ver cómo le quedaban las puntas de las orejas rojas y sus ojos toaban ese delicado brillo de quién va a matar a alguien al menos en su cabeza. Era violento, pero solo en sueños y solo si te alcazaba.

- ¡Tú comenzaste con los empujones, tejón! – Tropicalización; con la edad que se mandaba y esa cabecita, tejón era todo un insulto. Estaba más molesto porque le hubiese delatado delante de Mason cómo había atrapado la pelotita que para notar el resentimiento en la voz. ¡Le había quitado el gusto de decirle a su hermano! Se puso de pie de donde estaba pero ah, él no era tonto y ahora que su hermano estaba respirando el mismo aire que Ryan no se alejaba de él ni dos pasos.

- ¡No te agarre nada! Estabas tan ocupado casi queriéndome patear la cara que no viste que se te atoró el zapato en mi ropa, ¡tú ibas a hacer que los dos nos cayéramos! – Aunque si se hubieran muertos los dos, probablemente sería más penoso para el rubio qué para él – Ey, qué yo no estoy insoportable.

Que la diferencia de altura seguro no ayudaba, pero se mantenía con la barbilla en alto dando gracias a su poco alivio de saber que al menos Ryan se había confiado lo suficiente para ‘ganarle’ en su jueguito. Que ni la sonrisita ni era mueca horrible le andaban haciendo efecto, aunque deberían.

Escuchó a su hermano ponerse de pie del sillón donde estaba sentado y dar un largo suspiro dando zancadas fuera de la habitación. Que para él era lo mismo, simples juegos de niñatos pero al final, lo mismo.

- ¿Vas a dejar que te hable así después de eso, Lyall?

Y su hermano desapareció llevándose con él la mitad de la seguridad que le había nacido. Tuvo que tragar saliva mientras se mantenía de espaldas al rubio pensando, ¿qué había hecho mal?

******


Por dentro se decía una y otra vez que Ryan era de lo más chistoso, que curioso, qué interesante. Qué pésima elección de nombre la última vez. Lyall debió de verlo venir, pero es que nunca pensó ver esa cara tan irritante de nuevo en su puta vida.

Evitó sus ojos, evitó su cara entera mientras iba a escuchado que sarta de tonterías le tiraba ahora. Es que el tonito, es que no podía verlo que le daba náuseas semejante forma de actuar del rubio. No podía aguantarlo, con ese aire igual al del otro día de quién entiende que pasa y se pone en la misma situación. Ah, no, no, él no iba a caer en ese jueguito amable.

¿La escalera para salir del piso siempre había estado a más de cinco pasos de distancia? Nunca lo había notado.

Claro que se detuvo justo en el umbral de las escaleras alzando oreja apenas procesando todas las palabras que salían de la boca del otro y dándose media vuelta justo cuando desaparecía de su vista. ¡No, no, no¡ ¿Por qué Golgomatch? ¿Por qué no apareció dentro de los intestinos de un colacuerno o algún ghoul? Prefería rebuscar entre desechos de hipogrifos antes de ir, de manera metafórica, con la cola entre las patas a tocar la puerta por donde había entrado Ryan.

Cabeza baja, ceño fruncido aún, molesto y con ese sentimiento familiar. Que se le hacia familiar, eso, de que el rubio parecía haber ganado y él tenía que bajar la cabeza y aceptar su destino. Casi no espera, casi se va y entra a su piso.

- Lo necesito – Fue lo primero que dijo apenas abrió la puerta, nada más – Dámelo.
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Ryan Goldstein el Sáb Jun 23, 2018 5:29 am


El Golgomatch se sonrió, mordiéndose el labio. El elfo doméstico de la familia se había aparecido anunciando que el señor del castillo buscaba por él (y es que, no se le permitía andarse con entretenimientos cuando había otros asuntos, asuntos de familia, que atender), y el jovencito tuvo que contentarse con dejar ese pequeño drama entre ellos inacabado, pero como siempre, andaba sobrado de amenaza.

—Bueno, yo te dejo. Alguien sí que es el orgullo de su familia. Pero no lo digo por ti, claramente—Pasó por su lado, hacia la salida. Tan tranquilo, tan altanero—. Debe ser duro ser tú. Si hubieras nacido como el primogénito, seguro que te desheredaban. Nos vemos.


*


Lo necesito. Dámelo.


¿Y le hablaba a quién? Tú veías que la puerta se abría, sí, pero justo en el momento en que tú esperabas encontrarte con esa cara de póker extremadamente perversa, ¡apareció esta cabellera!, sí increíblemente rubia, ¡pero que se alejaba! Sí, Ryan llegó a abrirle la puerta, pero enseguida retrocedió, apurado.

—¡Sí, enseguida estoy contigo!—
dijo, al tiempo que se marchaba.

Y dejó la puerta abierta. ¿Qué era?, ¿una trampa? Muy probablemente. Espera. Algo se quemaba. Lo olías. En la cocina, Ryan sacó del horno su intento de… lo que fuera que era ese COSO carbonizado, o también, su intento de pudín. No se le daba muy bien la cocina, que digamos.

—¡Lo siento!—Ryan se apuraba del horno a la mesa, dirías que saltando, por quemarse con lo caliente que estaba eso. Es que ni sabía agarrar una cazuela candente de forma segura. Al fin, se plantó un segundo a admirar apenado su triste obra (una aberración culinario), y prosiguió, curioso el tono—: ¿Qué decías?

Si lo había escuchado antes o no, era un misterio. Pero tenía ese aire, de quien se hace el desentendido. Si había gato encerrado ahí, era otra historia. De entender la situación, seguro que la entendía. Así que su cara de rubio ángel resultaba, cuanto mínimo, sospechosa.

Por lo demás, el hogar del desheredado Ryan Golgomatch era un… sitio curioso, por ponerle un calificativo respetable. Acumulaba cachivaches y su sentido del orden parecía alterado hasta lo patológico... sólo si eras muy quisquilloso al respecto. En el pasillo que daba a la entrada un espejo mágico te devolvía un reflejo distorsionado de ti mismo, que además, era un parlanchín.

Por el pasillo del edificio, la mentada señora sobre la que Ryan comentara, una anciana muy curiosa y con el ceño torcido de una cascarrabias, justo pasaba por delante de la puerta del Sr. Goldstein, y asomó la mirada, extrañada por lo que creyó, era, debía ser un error, porque los reflejos no te reprendían por tu aspecto, ¿o sí? En todo caso, debía comprobarlo, ¡y habráse visto!, siempre surgían cosas alrededor de ese señor… Sólo que no era la única vecina interesada, al parecer, en las rarezas del Sr. Goldstein. Eso sólo aviva su intriga, de por sí, metiche.
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