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Priv. || Los caminos, cuando se cruzan || FB

Ryan Goldstein el Jue Abr 05, 2018 7:41 am


El legado de los Golgomatch || FB

En lo alto de una colina, se alza el ancestral castillo de los Golgomatch. La leyenda dice que fue construido por gigantes. Data de hace generaciones atrás, tanto como es posible seguir en retrospectiva las ramificaciones del árbol genealógico de la familia, fiel testimonio de la pureza de su sangre.

Para llegar frente a las inmensas puertas de la entrada se atraviesa un puente colgante de solida piedra, suspendido en el abismo ciego del que se yergue, solitaria, la montaña que sirve de asidero a la inexpugnable fortaleza. Espacio de caída, de vértigo y desconcierto, es lo que la rodea. Más allá; donde la mirada se pierde en el horizonte; se extiende el mar.

Ningún nomaj podría dar casualmente con las atalayas del castillo, y algunos dicen que se ha visto a imprudentes senderistas huir despavoridos al creer reconocer la sombra terrible de un gigante recortada contra el cielo veteado de nubes.  

Se cuenta, y esta noble familia de magos no parece interesada en desmentir tal rumor, que el origen de este antiguo linaje de orgullosos sangre pura se remonta a los días en que los Dioses del Olimpo fueron desafiados por la brutalidad y la fuerza de aquellos abominables seres, bendecidos por la Tierra.

Si bien una presunta asociación de parentesco ni más ni menos que con la raza de los gigantes podría considerarse un insulto, esta apreciación se tuerce cuando se tiene en cuenta el porqué de la mala fama de los gigantes de las leyendas, ligada a sus cruentas hazañas, y también, a su intimidante reputación.

Sólo ellos rivalizaban con la divinidad de los dioses. Amos y señores del suelo que pisaban, por su tamaño y poder eran temidos tanto por simples mortales como por los inmortales del Olimpo. El temor que infundían, la barbarie de la que eran capaces, no dejaba a nadie indiferente, y era por esto, que el apellido Golgomatch se atribuía los vicios morales de estos gigantes de leyenda.

Sin ser hombres ni dioses, eran superiores y dignos de reverencia. No obedecían a ningún otro, ellos imponían. Destacaban por su grandeza, y su falta de escrúpulos. Eran, si se puede, una de las familias de sangre pura más arrogantes y orgullosas de los Estados Unidos, y no dudaban en hacer gala de ello por todo lo alto, y pisoteando a quienes consideraban inferiores, inmundos, o lo cual era lo mismo, indignos de ser llamados “magos” cuando su sangre estaba sucia, contaminada.


No era de extrañar que la encantadora familia de los Golgomatch fuera íntima amiga de los Ramsey, y por extensión, de toda su descendencia. Arrogantes, prepotentes, así eran los Golgomatch. Prepotentes, arrogantes, así eran los Ramsey. No había otra prueba más férrea de su amistad que su coincidencia en ideas y opiniones, y por supuesto, su pureza de sangre.

Se tenían en tan alta estima entre ambas familias, que durante los veranos solían reunirse en el castillo de los Golgomatch por una temporada, porque dicho sea, las amistades eran siempre bienvenidas entre las paredes de frío y roca que eran el hogar de, ni más ni menos, el insufrible heredero de la familia: Ryan Golgomatch.

El chico era tan alto como para hacerle frente a un adulto, y prepotencia no le faltaba. Estaba en un curso superior, allá, en Ilvermony. Era casi un retrato de Henrik Golgomatch, cuando joven: rubio, cabello rebelde, mentón cuadrado. Pero los ojos, los ojos eran de su madre. Sólo que, a este respecto, se trataba de un parecido que quedaba sólo en la apariencia.

Al ser el mayor de los Golgomatch, Henrik lo había criado como su heredero, su hijo adorado, había hecho de él su propio retrato en todos los sentidos. Apenas nacer, ya cargaba con el legado de la pesada herencia familiar. Y desprendía todo lo que los Golgomatch inspiraban: arrogancia, crueldad y antipatía.

Jugador estrella del equipo de Quodpott del colegio, rey de su circo de bufones y el buen partido de toda chica que se precie, de eso y más era de lo que se jactaba el heredero de la familia. Esto, por supuesto, había hecho que se granjeara la espontánea simpatía del mayor de los Haywood, a quien no le faltaba ni ego ni idolatría, y tal como él, era un heredero: tanto o más insufrible en carácter. Sólo que Ryan era peor en cuanto a mala conducta por sus constantes ataques de ira, que lo hacían, cuando menos, una amenaza sólo con verlo acercarse, especialmente si tenía el ceño peligrosamente fruncido.

Sin embargo, no era el mayor de los Haywood por quien el rubio mostraba su interés, no. ¿Qué tiene de interesante alguien que se regodea como tú? No, con quien verdaderamente Ryan tenía una relación era con el menor de ellos, Lyall Haywood. Alguien con el quien él se creía que podía meterse, una y otra vez, y reírse a su costa. Aunque solía hacerlo con una discrecionalidad evidente —comentarios solapados, chistes que él consideraba ingeniosos y que casualmente siempre rimaban con “gordito”, y demás piques por el estilo—, lo cierto es que no le escatimaba ninguna muestra de su especial atención para con él, de forma que Lyall tuviera plena cuenta que él era “el blanco” en todo momento, sin importar el lugar.

Como aquella vez, junto al árbol del patio interior del castillo: un árbol encantado, blanco y de ramas desnudas, que por alguna razón, estaba allí. Se le decía “el árbol encantado” porque el espacio alrededor había sido hechizado de tal forma para que en un radio acotado quien se acercara no pudiera ser visto desde el exterior. De esa forma, uno podía sentarse en el banco de piedra, sin que nadie supiera quién había allí o haciendo qué. Era un sitio muy curioso, y agradable, si uno quería un rato de soledad.


A menos, que Ryan Golgomatch te interrumpiera.


—¡Qué desconsiderado! Te he levantado esto del piso para ti. Se te ha caído a ti, ¿verdad? Por supuesto que sí. ¿Comiendo a escondidas? Oye, no irás a decir que eres bueno para otra cosa que atragantarte. ¿Qué?, ¿de verdad? No me digas. Y yo que estaba tan orgulloso de ti, sólo por lo que eres. No deberías avergonzarte, lechoncito. Pero cuéntame mejor, ¿qué es eso de lo que te jactas tanto?, ¿seguro que no es algo que se pueda comer?





AÑOS DESPUÉS, en un casual accidente.



—¡Oye!, ¡se te ha caído esto!—
Mira que buen samaritano, aparecido de la nada, con ese leve aire agitado del que ha recorrido toda una distancia fuera de su ruta para hacerte el favor. Esa gente de bien, que ya no se ve. Fíjate mejor. Es rubio, alto, lo que se dice “bien parecido”, y. Esos ojos azules, algo ha cambiado en ellos. No sólo que ha sido amable contigo, sino que su nombre es, ¡oh, tú lo sabes! Y se te quedó mirando, ¡se te quedó mirando!—Puede que… ¿nos conocemos de algo, tú y yo?

MALDITO HIJO DE…

—No, no lo creo, ¿verdad?


ERA DEFINITIVAMENTE UN HIJO DE…

—No. ¡Pero juraría que me suenas de algún lugar!—
Rió. Todo encantador—En fin… ¿pasa algo?, ¿puede que tú también piensas que te sueno de por ahí? Eso tendrá que significar algo, ¿verdad?

SÍ, QUE ERES UN…

Pero, ¿quién era ése y qué había hecho con Ryan Golgomatch?

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Lyall M. Haywood el Lun Abr 16, 2018 1:00 am

A diferencia de su hermano, Lyall odiaba pasar los veranos con los Golgomatch. Más de una vez recibió largas charlas sobre que no debía de permitir que le tratasen de esa forma y que debía de ser más, bueno, más un cabeza dura que arregla todo a golpes que sentarse a soportar malos tratos de quién fuese.

Pero no iba con él todo ese lío de inflarse el pecho y alzar la voz, no, él era un tipo más de palabras y evasiones. Prefería pasar metido en un rincón del maldito castillo todo el verano que ir por ahí conversando con las hermanas Golgomatch –cosa que su hermano por supuesto que prefería hacer- y evadir al odioso de Ryan Golgomatch.

Se le habían ido acabando los escondites. ¿La biblioteca? Ya era el primer sitio que visitaba el rubio; la habitación donde se quedaba era todo menos segura y más de una vez –para su desgracia- lo había pillado en las cocinas que asi ni se imaginaba a un chico de su calibre saber siquiera donde estaba la cocina en su propio castillo.

En todo caso, no le quedaba nada más que esconder en sitios obvios y disfrutar los minutos de paz que a veces lograba conseguir. A veces con un libro, a veces solo pensando en cuando le tocaba regresar a casa.

Lo veranos eran un infierno con los Golgomatch.

- Déjame en paz, Ryan – No como si fuera a hacerlo realmente y sabía que gastaba saliva nada más hablando mientras le echaba encima todo lo que iba diciendo. Lo ignoró por completo saliendo del terreno del árbol encantado, escuchando como su cerebro lo traducía todo a un sincero blah, blah, blah y se alejó de él caminando a la módica velocidad que le permitían sus rechonchitas piernas.

Y claro, era gordo, no había anda como un verano para recordárselo, pero mira que ventaja tenía ahora haberse guardado una manzana del desayuno entre su ropa justo para volverse y en un ligero, pequeñísimo, diminuto arrebato adolescente para lanzársela al rubio entre ceja y ceja.

Claro que había firmado su sentencia de muerte porque no había forma de que pudiera correr lejos de él.


Actualidad


No, no, debía de ser un imperius o una poción. O quizá estaba siendo presa de una ilusión en medio de una calle de manera aleatoria. Sí, todo en ese momento tenía más sentido que lo que veían sus ojos.

- No, no, no, yo no lo conozco, perdón – Intentó una vieja huida, ocultando el rostro, evadiendo la mirada muy a pesar de que aún seguía sin creer lo que veía. No daba crédito al tono amable y buen hombre que tenía en frente de sí y encima, él no daba ni para merecerse una mirada.

Debía sonar como quién es abordado por un loco y está intentando quitárselo de encima cómo podía, moviéndose hacía tras, retrocediendo temeroso. Pero que fijarse en que era casi un milagro que Ryan Golgomatch no lo reconociese ahorita cuando estaba en sus puntos más bajos de su vida. En esos momentos el apodo de lechoncito no le vendría anda mal comparada con los otros 15 que le podría sacar de solo verlo.

¿Por qué no reconocerlo cuando apenas había llegado a Estados Unidos? Todo graduado de Hogwarts y con un futuro por delante. No, no, ahora, ahora era cuando se lo topaba en la calle y encima, apenas le prestaba una mirada y bum, le sonaba de algún sitio. De ser otro momento, probablemente le habría recriminado no acordarse de a quién le hizo la vida imposible de pequeño, pero justo ahora estaba incluso más preocupado por el hechizo que probablemente cargaba encima el rubio. Porque ese no era Ryan Golgomatch claramente.

- De acuerdo – Tras la siguiente insistencia y sobre todo aquella última sonrisa que casi le da un escalofrío digno de quien se enfrenta a su boggart, sacó la varita y se la apuntó al pecho un poco más amenazante - ¿Quién eres y qué quieres? Porque claramente estás aparentando muy mal ser Ryan Golgomatch.
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