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Un expresso doblemente amargo - Sam L.

Natalie R. Dabney el Jue Abr 12, 2018 5:06 am




Un expresso doblemente amargo

Sam J. Lehmann, Café Vintage: cafetería y boutique.
16 de abril - 10 de la mañana.


Una cabellera rubia se asoma por la ventana del taxi observando el edificio frente al que se detienen. Por un momento sus piernas no responden y es que el solo respirar ese aire la lleva a recuerdos que por ahora quisiera enterrar - Aquí es... - avisa el chofer quien había estado un rato mirando impaciente a la mujer. Ella le mira y asiente levemente, le entrega el dinero y abre la puerta. Mentalmente agradece al hombre y es que no puede sacar voz. Está ensimismada en sus pensamientos y en las miles de sensaciones que comienzan a ahogarla. Siente que de pronto pierde la estabilidad, pero la verdad es que sus piernas al descubierto gracias a un sencillo y elegante vestido color perla, están firmemente plantadas en la vereda.

Mira de soslayo y luego por sobre su hombro levantando el cuello de su abrigo queriendo ocultar sus rasgos. No podía fiarse de nada ni de nadie, podían haber espías del ministerio por cualquier lugar. Katya se había encargado de generar nuevos papeles para Natalie eliminando y modificando cualquier información que la pusiera en peligro en cuanto pisara el Reino Unido, en especial la condición de su sangre. Le había costado dejar a su compañera lidiando con los refugiados en Alemania, pero ella insistió en que debía seguir su instinto y buscar venganza, de todos modos ella estuvo por mucho tiempo trabajando sola antes de encontrarse con Natalie. La misma había logrado conseguirle un departamento seguro ya que definitivamente no podía volver a la casa de sus padres ni de ningún conocido, era demasiado peligroso. Ya se había pasado a dejar sus cosas y ahora se encontraba en una cafetería que solía visitar a menudo.

Revisó atenta una carpeta en la que visualizó una foto de su ex mejor amigo, Henry. Era toda la información que pudieron recopilar antes del viaje. Ahora la duda era cómo comenzar. Debía encontrarlo, pero si trabajaba para los mortífagos tenía que estar muy bien oculto, o muy expuesto pero demasiado resguardado como para atacarle sin más.

Sam...

La chica vino a su cabeza como un rayo de luz. La legeremante era la mejor amiga del escocés así que no cabía ninguna duda de que debía de saber algo respecto a él. Mordisqueó sus labios unos segundos pensando detenidamente en cómo encontrarla pues había perdido el contacto con su ex novia en cuanto las cosas se pusieron aún más oscuras por allí, sin embargo, recordó cómo en antiguos tiempos solían aprovechar la tecnología muggle para comunicarse, tecnología que dudaba estuviera siendo intervenida por el ministerio. Fue así que tomó su celular esperando con todas sus fuerzas que Sam mantuviera el mismo número.

Hola Sam, soy Natalie
¿Natalie Dabney?
Sé que no hemos hablado hace varios años, pero estoy de vuelta en Londres y me gustaría ver algunas caras amigables...
Estaré en el café de siempre durante la mañana, avísame si decides hacerme compañía y así ponernos al día

Por un momento, el corazón se le paró. No le había tomado el peso a lo que estaba haciendo y es que casi había olvidado el lazo que las unía, o solía unirlas. Respiró profundamente y luego escribió a Katya quien ya le había escrito quince veces para saber como iba todo.

Allí sentada no pudo evitar centrarse en los pequeños detalles que habían cambiado en la cafetería. No eran muchos pero para la mujer eran bastante notorios considerando que hace muchos años que no pisaba el local. Sin embargo, el aroma a café era el mismo, lo que la remontó a tiempo lejanos de cuando visitaba la tienda junto a sus amigos o a solas con Sam disfrutando de una buena conversación y gestos típicos de una pareja. Incluso recordó el porqué amaban ese lugar, pues a Natalie le encantaba el café y la tienda siempre tenía colecciones de ropa que calzaban muy bien con las preferencias de Sam. Casi se dejó llevar por las imágenes que alborotaban su cabeza, hasta que recordó a Henry y cayó con un duro golpe a la realidad. Su mandíbula se tensó pero sonrió levemente a la camarera que traía su segundo expresso esperando que la chica apareciera, no sabía como reaccionaría, pero sí tenía muy claro lo que quería conseguir de su parte.
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Natalie R. DabneyMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Vie Abr 13, 2018 2:20 am


Ese día llegó al Juglar Irlandés—la cafetería-librería en la que trabajaba—bastante pronto, a eso de las ocho de la mañana. Sin embargo, no fue hasta las nueve y cuarto, que tuvo un respiro y le dio por mirar el móvil, que vio aquellos mensajes. Como era evidente: no se lo esperaba. Podía sonar exagerado, pero casi que se esperaba más que Henry tuviese una revelación divina de algún recuerdo pasado y contactase con ella emocionado diciéndole que recordaba cualquier tontería, a que Natalie Dabney volviese de Alemania y quisiera quedar con ella. ¡Hacía años que no hablaban! Y no sólo por eso le sorprendía: ¿acaso no se había enterado que Sam ahora mismo era una persona potencialmente peligrosa que va matando gente por ahí en contra de la ley y que debe de pudrirse en Azkaban por el delito más estúpido del universo, también conocido como ser hija de muggles? Bueno, eso decía el cartel en dónde aparecía su cara, claro. En el fondo todo el mundo sabía que Sam no tenía maldad ni para matar a una mosca, solo la mala suerte como para haber nacido de unos muggles en un mundo cargado de intolerantes.

Se pegó como tres minutos mirando el teléfono, sopesando la idea. Inevitablemente pensó lo que siempre pensaba, ya acostumbrada a esa mente precavida y temerosa a la que se había hecho después de todo lo que había pasado: ¿y si era una trampa? Era complicado que fuera una trampa, teniendo en cuenta que Natalie llevaba casi nueve años fuera de Londres, pero... ¿y si lo era? Y por otra parte: ¿y si no era una trampa pero la pongo en peligro por quedar con ella? Madre mía, ¿veis lo complicada que es la vida de Sam? Así no se podía vivir tranquila.

¡Mía, señora en la barra, señora en la barra! —dijo Santi, señalando a la señora con una espumadera desde la cocina. —Tú despistada, yo cocinero. Yo no poder atender a la gente. ¡Vamos, vamos, despierta! —Santi, con su acento horrible y su inglés en proceso de ser entendido por el resto de mortales, despertó a la legeremante de su inopia, haciendo que se girase para ver la cara de mala leche que traía un señora.

Lo siento... ¿qué desea? —Y la atendió, por supuesto, aunque todo lo que hizo a continuación lo hizo un poco torpe.

Y normal, ahora se había quedado con la incertidumbre. Por una parte era evidente que quería volver a ver a Natalie. No eran de esas personas con las que tienes una despedida seca, en donde todo acaba mal y no quieres saber nada de la otra. No, de hecho fue todo lo contrario. A pesar de haber cortado en su momento, por motivos de trabajo y por cumplir un sueño, Sam y ella mantuvieron siempre el contacto, aunque tuvieran bien claro que las cosas ya no iban a funcionar. Lo cual era curioso, porque durante bastante tiempo estuvieron como amigas, pese al dicho de que dos personas que estuvieron juntas, nunca podrían volver a tratarse como amigos. Supongo que la distancia ayudó, sin duda. Y vamos, le tenía un especial cariño, pese a que hubiesen perdido el contacto hace años simplemente por adaptarse cada una a su nueva vida. No era nada malo, de hecho era lo que siempre ocurría en la distancia. Pero claro, con la paranoia que se traía Sam estos años y la de golpes que había recibido de sus supuestos 'amigos', ya no sabía ni qué pensar.

Se encontraba limpiando una mesa, a eso de las diez y cuarto de la mañana. ¿Qué cuánto tiempo llevaba limpiando esa mesa? Bueno, solo Santi lo sabría, pues llevaba mirándola con espectación desde que había empezado.

¿Mía? —Cuestionó. Cabe añadir que la identidad falsa de Sam en el mundo muggle era Amelia Williams, por lo que la gente de su trabajo la llamaba Mia. —¿Tú querer desgastar la mesa para comprobar alguna teoría? Es madera, si tú querer desgastar, mejor usa lija. —Sonrió. —Estás rara, ¿tú bien? —Preguntó Santi, alardeando de su radar empático para comprender a la gente.

Estoy bien, sólo estoy pensando a ver si voy o no a un sitio —le respondió, dejando de limpiar la mesa que ya tenía hasta brillo.

Pues ve, ¿no? ¿Qué tienes que perder? Tú deber ir y dejar de pensar. Cuando piensas, tú muy rara y no concentrada en trabajo y dar a mí doble trabajo. Y a mí no gustar doble trabajo. Yo español, yo vago por naturaleza —dijo divertido, riéndose con orgullo por su patria.

Y Sam bufó, divertida. ¿Que qué tenía que perder? Madre mía, muggle ignorante y adorable, si tú supieras...

***

Y al final, entre pitos y flautas—no sabía de dónde narices había salido ese dicho popular, ¿entre pitos y flautas? ¿Qué narices quiere decir eso?—, Santi terminó echando a Sam, diciéndole que él podía encargarse de la tienda durante un rato para que ella pudiera ir al sitio que tan distraída la tenía y que se dejase de tonterías. Sí, Santi era un amor, el propulsor de que ahora mismo Sam estuviese frente al ventanal del 'café de siempre' con el que iba normalmente con Natalie, hace ya años. Era un sitio que solían frecuentar y era obvio, cada vez que lo veía, se acordaba de ella. De hecho, desde entonces creía fervientemente que no lo había vuelto a pisar. Observó con desconfianza el interior, hasta que dio con la rubia sentada en una de las mesas. Sola, tranquila... Volvió a mirar a todos lados y... finalmente, se decidió. Entró al interior, caminando en dirección a la mesa en donde la había visto.

Sonrió, risueña y más tranquila, mientras se acercaba a ella, saludándole con la mano. En verdad al verla en persona se le relajaron los nervios, pues en realidad no debería de haber ninguno. Lo único que mantenía a Sam tan alerta y emparanoiada era su vida, en general, no una antigua amistad que vuelve a Londres. Habló de manera animada:—¡Cuánto tiempo! —No, no se le ocurrió nada más ingenioso que decir que lo más evidente en esta vida. —¡Levántate y dame un abrazo! —Pidió, cariñosa como siempre, dejando su bolso sobre la silla antes de sentarse. —Siento no haberte avisado de que venía, me pillaste en el trabajo y... sinceramente, no sabía si venir. ¿No te has enterado de que soy una asesina, un peligro para la sociedad, un despojo en esta vida y... todas esas cosas? ¿Cómo te atreves a quedar con una fugitiva, Natalie Dabney? Qué osada has vuelto de Alemania... —bromeó con naturalidad, sentándose entonces en la silla que estaba a su lado. A ver, que suponía que Natalie sabía lo que había, tal y como estaba el gobierno, aunque no hubiera visto el cartel de Sam, era de suponer que su ex novia, alias Samantha Lehmann, hija de muggles, estaba o en Azkaban o en busca y captura por sus pecados, por lo que habría quedado con ella pese a ello.
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Natalie R. Dabney el Lun Abr 16, 2018 10:05 pm

La radio de los años setenta puesta a un lado del gran mesón principal, comenzó a sonar con una tonada simple, pero armoniosa que la incentivó a respirar profundo y relajarse en aquella silla de madera restaurada. Miró la pequeña taza blanca nuevamente vacía y luego sus manos que las sentía temblar sin control. Juraba que a cada segundo que pasaba se volvía un tanto más loca pues juraba que todo su cuerpo tiritaba, mas estaba igual de tensa que una estatua viendo inmóvil lo que fuera que tuviera en frente. Luego, la música cambió y no pudo evitar asombrarse por la coincidencia "Unsteady" de X Ambassadors, la última canción que escuchó junto con Katya mientras fumaban un cigarro la noche anterior a que Natalie partiera de regreso a Inglaterra. Una sonrisa se dibujó en su rostro sin percatarse y es que aunque su cabeza estuviera en mil lugares distintos, reconocía que extrañaba a la pelinegra.


Flashback - Noche del 14 de abril. Frankfurt, Alemania.

Katya se apoyó contra la barandilla del balcón y la observó fijamente mientras exhalaba el humo hacia la noche - No dejes que te nuble ¿eh? - advirtió ante la mirada confundida de Natalie quien la observaba desde el sillón a un costado - ¿De qué hablas? - preguntó acomodándose para mirarla mejor. Katya suspiró y apagó el cigarro para hincarse frente a la rubia mordisqueando su labio - Sabes perfectamente a lo que me refiero, lo veo en tus ojos.

Natalie se echa a reír dejando el humo escapar - ¿Así que ahora tu eres la bruja? Vale, ya veo a que va todo esto ¿Volviste a visitar a esa tarotista del callejón? Te dije que no confiaras en ella, estoy segura que le dice lo mismo a todo el mundo - terminó de carcajear observando el cielo a la vez que estiraba sus brazos con cansancio. La alemana la miró con desgano y se puso de pie con mirada inquisitiva - No juegues conmigo, Natalie. Sabes que me refiero a Sam. No dejes que el tenerla cerca te desvíe del objetivo principal.

La inglesa retiró cualquier rasgo divertido de su rostro mirando a su amiga como si de pronto le hubieran propinado un combo en la boca del estómago - Por favor, Katya ¿en serio? Mi objetivo es mi familia, a Sam le tengo mucho cariño, pero dentro de nuestro plan, es solo un medio - soltó la rubia con enfado, no se trataba de la primera vez que Katya dudaba de ella. Si bien Dabney no es una estratega como la chica a su lado, no comprendía el por qué de su excepticismo. ¿Acaso en serio creía que mandaría todo a la basura por volver a reencontrarse con Sam? Se trataba de la vida de su familia, y con eso ella no jugaría.

Se puso de pie y se encaminó dentro del departamento que compartían en pleno centro de Frankfurt, pero las siguientes palabras de Katya lograron entibiar la situación - Simplemente no quiero que te vayas y que allá, en donde yo no podré ayudarte, ni protegerte, tus emociones te jueguen una mala pasada y pueda perderte - el corazón se le encogió al escuchar a la mujer de aspecto frío volverse de pronto tan vulnerable en tan solo unas palabras. Nat se giró y la observó. Katya había adoptado una posición que la hacía ver casi como una niña asustada - Si bien asumimos que todo esto es riesgoso, siempre creí que ante cualquier situación de peligro estaríamos la una para la otra - Nat ve como la mujer se abraza a sí misma y camina lentamente a ella redescubriendo a su amiga - Y ahora esto es completamente distinto... - Katya mira hacia el suelo y ríe - Se me va la chica de la varita.

Natalie sonríe un tanto emocionada y la abraza con fuerza - No seas boba! - se aparta y la observa - Alles hat ein Ende, nur die Wurst hat zwei... (Todo tiene un final menos la salchicha, ¡Que tiene dos! )- Katya rueda los ojos y suspira sin contener la risa.

- Ya deja ese refrán es estúpido!  - le reclama - Desde que lo escuchaste no has dejado de compararlo con todo.
- Katya, es que es verdad, todo tiene su final, y este el principio del nuestro. Acabaremos con todo eso de una vez por todas - le explicó sonriente acariciando los hombros de la alemana que la miraba aún incrédula - Y si es la varita la que te preocupa, descuida, ya encontrarás otro hechicero que te ayude, hoy por hoy estamos saliendo de nuestros escondites como ratas asustadas - se acercó y dio un suave beso en los labios de su amiga, compañera y gran cómplice.



Las campanas de la puerta de entrada, hicieron que Nat levantara la mirada expectante. A penas plantó sus ojos en la rubia que ingresaba sintió como un gran peso la abandonó. Sonrió abiertamente a Sam quien la saludó con un sutil movimiento de su mano mientras se dirigía hacía ella. Estaba muy cambiada, cuando Natalie partió a Alemania Sam aún tenía su cabello largo, mas seguía viéndose igual de bella que siempre. Sin embargo, no pudo evitar notar algunos rasgos que la descolocaron, no sabía precisamente de qué se trataba pero había algo en ella que no calzaba con la chica universitaria de hace nueve años atrás; en especial su mirada, solo que esa sí la reconocía muy bien, se parecía a la propia, apagada por las atrocidades que les ha tocado presenciar.

- Por Merlín, con cada año solo me pongo más lenta - exclamó contenta a la vez que se ponía de pie y la abrazaba. Ante el calor que le transmitió su ex novia, Nat no pudo evitar sentir un nudo en la garganta, todo le parecía tan surreal y los tiempos que había compartido con la chica, realmente lejanos. Tragó con dificultad antes de apartarse de ella y volver a sonreírle. Retomó su asiento y dejó escapar una carcajada por las palabras de Sam - Tan osada que no estamos en posiciones tan distintas, pequeña, solo que yo aún no tengo el halago de tener mi foto dando vueltas por allí - le hizo saber entre líneas que ambas se encontraban en situaciones poco agradables dentro del alboroto que se había tornado el mundo mágico - Pero vamos, ¿acaso ser tan indeseable no le da un poco de sabor a la vida? - comentó y llamó con la mano a la mesera - Me traes un trozo de pastel de moca, por favor ¿Tu deseas algo? Dale, que yo invito - incentivó a Sam recordando muy bien aquellas citas en las que no sobrevivía nada que tuviera chocolate encima.

Dejó que Sam decidiera y tomó su teléfono celular enviando un mensaje a Katya avisando que ya estaba en compañía de la legeremante. La mujer no había dejado de escribirle por lo que debía dejarla tranquila para evitar que el constante vibrar del móvil levantara alguna sospecha. Levantó la vista y al instante, sintió una puntada en el pecho al percatarse de que la chica frente a ella, no tenía idea de lo que ha ocurrido con su familia, o eso parecía - Sam, la verdad de mi regreso es por un tema muy complejo - su rostro se tensó mas no quiso hacer un gran drama al respecto, simplemente necesitaba saber qué tipo de información poseía Sam - Mis padres y abuelos están en Azkaban - soltó sobre la mesa y con gran pesar por más que intentó decirlo de manera neutra. Pero aún así, ¿qué pretendía? Se trataba de sus abuelos, su padre y su madre, siendo esta última la que más le preocupaba, siendo muggle no tenía idea por lo que podría estar pasando.

 
KATYA BIERCHEK  (PNJ):



KATYA BIERCHEK
34 años // Alemana // PB: Antje Traue

Katya es una mujer muggle de 34 años, abogada y empleada en los tribunales de justicia muggles alemanes. La mujer siempre se ha destacado por su inteligencia, valentía y perseverancia. Se ha vuelto bastante fría con el tiempo, pero tiene un corazón cálido que muy pocos logran alcanzar. Viene de una familia muggle, pero sin figura paterna, lugar que pronto tomó un mago suizo completando así la felicidad de una muy pequeña Katya.

Su padrastro es quien le informa sobre los acontecimientos en la sociedad mágica por lo que Katya les obliga a salir de Alemania y resguardarse en el país natal de él aprovechando que Suiza aún se mantiene al margen del régimen. Sin embargo, ella se queda confiando fervientemente que es capaz de hacer lo mismo con muchas otras familias. Así es como conoce a Natalie Dabney. La rubia defiende a una pareja de mestizos empuñando su varita con total descaro en las calles alemanas, a lo que Katya la reconoce como la bruja que es y se le acerca para solicitarle ayuda. Así se convierten en compañeras y cómplices salvando vidas y familias prófugas de varios países.

Cuando Natalie se entera sobre su familia encerrada en Azkaban, es Katya quien la contiene y la incentiva a regresar a Londres. Le ayuda con el papeleo falso y arman el plan que Natalie ejecutará de vuelta en sus tierras.

La relación entre ambas tiene como base la ayuda que prestan a los prófugos, sin embargo, varias veces se han visto envueltas en deslices y sentimientos confundidos considerando el gran tiempo que compartían. A pesar de que saben que entre ellas no hay nada más allá de una buena complicidad, solo ellas comprenden sus sentimientos la una por la otra, pues no hay nada romántico dentro de su lazo, pero no cabe duda de que se aman y darían todo por la otra.

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