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From the beginning // {Natalie R. Dabney & Gwendoline Edevane}

Gwendoline Edevane el Jue Abr 12, 2018 10:31 pm


Lunes 23 de abril, 2018 || Departamento de Accidentes y Catástrofes, Ministerio de Magia || 11:00 horas || Mi ropa

El lunes día 23 de abril de 2018 arrancó de la misma y anodina manera que cualquier otro día. Cuando llegué al Ministerio, unos minutos antes de las nueve de la mañana, nada parecía indicar que aquel día fuese a ser muy diferente a los demás. Pero iba a serlo, y yo lo sabía.
Mientras me encaminaba al despacho que compartía con los demás empleados del Departamento de Accidentes y Catástrofes, no podía evitar que un pensamiento repetitivo ocupase mi mente: ¿Por qué, Sam? ¿Qué te he hecho yo para que me hagas esto? Una vez más me pregunté si aquello formaba parte de un mal sueño o una broma pesada, pero la respuesta siempre sería la misma: ni lo uno ni lo otro, si no pura y dura realidad.
Natalie Dabney estaba en la ciudad. Natalie Dabney, la primera y perfecta mujer en la vida de Samantha Lehmann. La mujer con la que había intercambiado su primer beso... y otras muchas cosas en las que no me apetecía pensar, o mejor dicho, que no me apetecía imaginarme. ¿Habéis tenido esa sensación de inquietud en el pecho? ¿Esa especie de latido tembloroso en el corazón que no para en ningún momento? ¿Y la sensación de que incluso os cuesta tragar saliva? Porque yo tenía tenía todas aquellas sensaciones, y un sinfín de pensamientos negativos recorriendo mis pobres neuronas.
No es agradable reencontrarse con la ex de alguien de quién estás enamorada. En aquel momento no lo tenía todavía claro, pero mi corazón sí parecia tenerlo claro: aquello que experimentaba eran celos y un complejo de inferioridad terrible. ¿Y por qué estaba así en el trabajo? Si allí no estaba Natalie...
...bueno, no estaba... todavía. Había quedado con ella a las once de la mañana. ¿Por qué y para qué? Pues eso habría que verlo cuando hablase con ella. Pero una cosa estaba clara: en ese momento, odiaba genuinamente a Sam por aquello. ¿Me había obligado a quedar con ella? No, pero cuando me piden un favor, suelo acceder. Y mientras en mi cabeza me imaginaba todo tipo de cosas que podrían haber sucedido durante ese reencuentro entre Sam y Natalie, no tuve tiempo de echar demasiada cuenta de lo que me decía. Sí se me quedaron los términos "Orden del Fénix" y "ayudar a Natalie". Y allí estábamos.


*

Y aquella no era la única cosa nueva que me esperaba en el trabajo. La segunda, la más improbable, me la encontré en el momento en que me senté en la silla que llevaba ocupando los siete últimos años de mi vida... y me encontré con que mi mesa estaba totalmente vacía. Me quedé mirándola incrédula, y de repente me olvidé de Sam, de Natalie, de la Orden del Fénix y de absolutamente todo: ¿qué estaba pasando?
¡Bueno, bueno, bueno! ¡Vamos a calmarnos! No creo que me hayan despedido sin siquiera mandarme una maldita carta, ¿no? Salvo que quizás, en cinco minutos, entrase alguien por la puerta y me diese la feliz noticia: "Señorita Edevane, ha sido usted despedida con efecto inmediato. Encontrará sus cosas en el incinerador de basuras. Alguien le dará una bolsa con las cenizas cuando abandone el edificio."
La puerta se abrió entonces, y volví la vista en esa dirección. Me encontré con Salleens, quién bebía de una taza de café, y me dedicó una mirada con el ceño fruncido.

—¿Qué haces ahí sentada, Edevane?—Me preguntó mi compañero con curiosidad.

—Sí, ya veo que me han despedido...—Respondí con indignación.—Ya me podrían haber mandado una carta o...

—¿Despedida? ¿Qué dices? ¡Si te han ascendido!—Respondió mi compañero, bebiendo otro sorbo de café mientras yo le miraba con cara de póker. ¿Cómo que me habían ascendido?

Resultó ser que sí, había sido ascendida a Desmemorizadora por mi labor ejemplar en el departamento, y no pude más que preguntarme si todo se debía a la gestión realizada durante el incidente en Candem Town el día 1 de ese mismo mes. Cierto es que el departamento había conseguido evitar un problema muy gordo al mundo mágico, pero... ¿así de repente? ¿Sin avisar?
Pues sí. Tenía un nuevo despacho, con mi nombre en la puerta, y no pude más que sentir un cierto orgullo hacia mí misma. No era la primera vez que me quejaba de aquel trabajo, de lo poco que me gustaba urgar en mentes ajenas después de siete años en el mismo departamento, pero... una parte de mí se sintió feliz. Una buena noticia.
Así que dediqué parte de la mañana a reorganizar el nuevo despacho. No era de los más grandes, pero tenía un amplio escritorio solo para mí, una ventana que daba al mundo exterior, varias estanterías repletas de libros, y una cómoda butaca cuyo respaldo era más alto que yo. Me sentía extrañamente pequeña en aquel lugar, acostumbrada cómo estaba a mi antiguo cubículo.


*

Después de ordenar el despacho, dediqué lo que quedaba de mañana hasta la llegada de Natalie a rellenar informes. Puse a trabajar la máquina de escribir mágica, cuyo tecleo me relajó mientras revisaba y corregía otro informe a mano. Y mientras desempeñaba aquel trabajo anodino, no pude volver a sumergirme en pensamientos acerca de lo que estaba por ocurrir.
¿Por qué me tiene que tocar a mí? Suspiré profundamente, negando con la cabeza mientras corregía algunas faltas de ortografía. No aparece desde la universidad, y de repente ahora... Justo ahora... Me costó identificar aquellos sentimientos, sentimientos nuevos, cómo celos. Y es que seguía trabajando en tener claras las cosas antes de hacer nada respecto a Sam. ¿Eran los celos normales?
No podía saberlo...
Alcé la vista del informe y miré con una especie de anhelo secreto el reloj de pared que colgaba sobre la puerta. ¿Y qué anhelaba exactamente? Pues que marcase una hora más cercana a las diez que a las once. Aquello no me apetecía, y quedaban aproximadamente quince minutos para las once...

—Bueno... es lo que hay...—Dije para mí, pero en voz alta, intentando volver a concentrarme en el informe. El trabajo siempre me ayudaba a alejar las cosas negativas de mi mente, y esa mañana había muchas...


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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Natalie R. Dabney el Vie Abr 13, 2018 5:16 am


Me había costado dormir esta noche, no podía dejar de repasar la conversación con Sam. Hace mucho tiempo no la veía y no podía ignorar que me hizo sentir cosquillas por todo el cuerpo apenas ingresó a la cafetería. Sin embargo, pronto fueron sustituidas por un ardor, un fuego que la quemaba por dentro, nada placentero a decir verdad, no como antes. Ahora era una sensación de desilusión y furia aunque no tenía idea del por qué, si de todos modos era lo más lógico a suceder. ¿Acaso qué pretendía? ¿Que Sam, la mejor amiga de infancia del escocés, lo entregara en bandeja? Claro que no, ella lo protegería a toda costa, mas nunca imaginó que sería capaz de inventar tales cuentos para justificar los actos de su "amigo". Me quedó dando vueltas por la cabeza si debí decirle sobre mi familia encerrada en Azkaban, pero ¿eso hubiera hecho la diferencia?  Cerca de las 6 de la mañana había llegado a la conclusión de que solo habría logrado espantarla con la idea de vengarme.

Di una última mirada al espejo junto a la salida del departamento y me centré en mi rostro. Nunca me había visto a mi misma de esta forma, tal vez porque nunca en la vida había pasado por algo como esto y eso se reflejaba en mis facciones, más duras y ojos más profundos escondiendo tanto. Carraspeé levemente volviendo en mí y dibujé una sonrisa, fingida, pero eso solo lo sabía yo. Tomé mis cosas y salí hacia la cabina telefónica más cercana.






Caminé a paso seguro entre la gente que a esta hora de la mañana se encontraba pululando por el ministerio. Bastante había cambiado allí y era de esperar, los puristas al poder buscarían expresarse de todas las formas posibles. Ingresó a los ascensores sin detenerse en las personas que la acompañaban. Al escuchar la voz que avisaba la llegada al Departamento de Accidentes y Catástrofes, salí y fui hacia donde Sam me había señalado que estaría Gwendoline Edevane. Juro que había escuchado ese nombre antes por lo que cuando Sam me aclaró que se trataba de una de sus amigas del colegio, todo calzó un poco más. Debo admitir que me pregunté varias veces qué tan amigas podían ser, sabía que ya no era de mi incumbencia, mas no podía ocultar la curiosidad. En todo caso, mientras fuera de ayuda, no tendría ningún problema. Por el momento, los asuntos sin definir con Sam no eran mi prioridad.

Llegué al cubículo que me había señalado, pero no vi más que un escritorio vacío. En una décima de segundo llegué a pensar que me habían tomado el pelo, mas una voz masculina me hizo olvidar cualquier rollo que mi cabecita se estuviera imaginando.

- Eh, ¿te puedo ayudar en algo? - me giré y vi a un hombre mayor que yo mirándome de pies a cabeza. Intenté no demostrar el nerviosismo que me producía y es que parecía estar analizandome.
- Busco a la Srta. Edevane, ¿no es este su cubículo? - pregunté controlando los nervios, podía verlo levantando su varita llevándome a reunirme con mi familia... en Azkaban.
Él levantó una ceja y negó con la cabeza algo más amable, o eso me pareció - Acaba de ser ascendida a Desmemorizadora , ahora tiene su propio despacho, un tanto más lujoso que estos apestosos cubículos - noté un dejo de enojo en su hablar mas solo me quedé mirándolo pensando en cómo encontrarla - Ey, disculpa, Archivald Salleens - se presentó - Te guío.

No tarde en sonreír, pero esta vez se trataba de una verdadera sonrisa y es que no hallaba el momento de llegar con la chica. Lo seguí a través de algunos pasillos por los que aproveché de curiosear un poco observando cada rincón y a cada trabajador. Sentía que era ridículo, nunca encontraría a Henry por aquí, pero tenía esa necesidad de estar pendiente de todo a mi alrededor por si las dudas.

- Hey, Edevane, te buscan - dijo el hombre al abrir la puerta del despacho. Me asomé y di un par de pasos ingresando.
- Buenos días, hasta que la encuentro, señorita Edevane, soy Natalie Dabney, le escribí hace poco para que me ayude con... mi situación - me presenté con seguridad dibujando una sensata sonrisa mientras observaba a la chica sin poder evitar profundizar en sus rasgos. Es muy linda, pero con una actitud muy tímida, lo podía ver en sus ojos, son grandes pero expresan inocencia. En cierta forma me causó envidia eso, pues en mis ojos hace mucho se había desvanecido ese brillo - Ah, por cierto, felicidades por su ascenso, este amable caballero me lo acaba de mencionar - expandí mi sonrisa viendo de reojo al hombre que seguía allí como si no tuviera nada mejor que hacer.


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Gwendoline Edevane el Lun Abr 16, 2018 1:08 pm

De repente, el tic tac del reloj se convirtió en algo totalmente insoportable, cómo una especie de repiqueteo dentro de mi cabeza. Sentí deseos de inhabilitar el trasto con algún hechizo, para después volver a concentrarme en los informes que tanto mi máquina de escribir mágica cómo yo rellenábamos al mismo tiempo. ¿Y por qué no lo hice? Pues porque era perfectamente consciente de que, en el momento en que deshabilitase el reloj, empezaría a molestarme el sonido de las teclas de la máquina de escribir. Y es que no me molestaba el reloj; me molestaba, literalmente, todo.
Estaba en un estado diametralmente opuesto al aburrimiento: en lugar de tener la sensación de que el tiempo se movía más y más despacio a cada segundo que pasaba, tenía la sensación de que las manecillas del reloj se movían a velocidad de vértigo. Cada vez que levantaba la vista, faltaba menos para las once de la mañana, y con ello, menos para una cita que no me apetecía tener y a la que había accedido porque... bueno, porque Gwendoline Edevane a veces es la definición misma de la estupidez, a pesar de haber cursado sus estudios en Hogwarts bajo el estandarte de la casa de las águilas.
Dieron las once de la mañana, y entonces mi pluma se detuvo en suspensión sobre la hoja de pergamino que hasta entonces estaba rellenando. Suspiré profundamente y, en vistas a la venidera visita, a que no podía evadirla de ninguna manera, invertí los siguientes minutos en adecentar el despacho para la visita de Natalie. ¿He mencionado ya que te odio muchísimo por hacerme pasar por esto, Sam?
No odiaba a Natalie, ni mucho menos. De hecho, recuerdo que en la época universitaria llegué a tenerla en alta estima, sobre todo por cómo hacía sentir a Sam. Por cómo se le iluminaban los ojos cuando hablaba de ella. Porque hacía feliz a Sam, y cuando la conocías, te dabas cuenta de que no había nada que odiar en su forma de ser. Por eso no dejaba de resultarme curioso que las mismas cosas que antes apreciaba en ella ahora me produjesen una cierta aversión. De repente no me gustaba el brillo en los ojos de Sam cuando hablaba de ella; de repente no me gustaba que la hubiese hecho tan feliz; de repente cualquier cosa buena de Natalie me hacía sentir inferior en todos los sentidos...
Mientras estos pensamientos me taladraban la cabeza de una forma parecida al sonido de las manecillas del reloj en movimiento unos minutos antes, escuché el chasquido metálico de la puerta de mi despacho al abrirse. Pese a mi estado actual, fui capaz de maravillarme, una vez más, porque ahora tuviese un despacho separado por una puerta de los demás despachos y cubículos del departamento. También me maravilla que en pleno siglo XXI no hayamos aprendido todavía el significado de "llamar a la puerta", pero ese es otro tema.
Observé atentamente, con los ojos ligeramente más abiertos de lo normal, temiéndome lo peor... y en lugar de lo peor me encontré simplemente a Salleens asomando desde el pasillo. Salleens, aprende a llamar a la maldita puerta, por favor... Le dejaría pasar aquella, teniendo en cuenta que hasta hacía poco no tenía puerta a la que llamar, y que llevábamos años siendo compañeros.
El mago me dijo lo que temía: que me buscaban. Claro que me buscaban. Asentí con la cabeza.

—Que pase.—Dije sencillamente mientras terminaba de adecentar aquello. Realmente, no quedaba mucho que adecentar, y me puse a trastear con mi nueva silla más por combatir mis nervios que por el hecho de que la silla necesitase algún tipo de arreglo. De hecho, era muy cómoda.

Natalie asomó al umbral, y sinceramente, casi no la reconocí. Habían pasado... ¿cuántos? ¿Nueve años? Entonces éramos crías, y quizás ni siquiera me recordase. ¿Cómo iba a recordarme, teniendo a Sam toda para ella? Yo tampoco sería capaz de recordar a nadie si pasase mis días perdida en esa mirada azul que tan encandilada me tenía en la actualidad.
Natalie era guapa. No, guapa no; atractiva, y mucho. Con su cabello rubio perfectamente peinado, sus ojos azules, su elegante forma de caminar... Incluso era más alta que yo. Tan alta cómo Sam. Al verla, compuse una sonrisa tan sincera cómo lo eran todas mis sonrisas en el Ministerio de Magia: una perfecta imitación de las sonrisas reales. No estaba contenta, pero tampoco pensaba mostrarme desagradable con Natalie. ¿Y por qué? Pues porque objetiva y lógicamente, no había motivo alguno para hacerlo. Así que sonreí.

—Buenos días, señorita Dabney.—Respondí de manera educada, consciente de que Salleens seguía observando la situación desde el pasillo.—Recibí su carta, en efecto. Soy Gwendoline Edevane.—Le ofrecí mi mano desde el otro lado de la mesa a modo de presentación. Resultaba extraño presentarme con una persona a la que ya conocía, pero los tiempos habían cambiado, y no siempre una persona puede mostrarse abierta en presencia de cualquiera.—Muchas gracias por las felicitaciones. La verdad es que el ascenso me ha cogido por sorpresa, cómo podrá comprobar. Todavía no he acabado de adecentar el despacho.—Entonces, miré más allá de Natalie, en dirección a Salleens.—Gracias, Salleens. ¿Nos puede dar un poco de privacidad? Y cierre la puerta al salir, por favor.

Eso último lo dije en el tono gélido que reservaba a mis compañeros de trabajo en el ministerio. Gélido... pero educado. No pasé inadvertida la mirada de Salleens, quién puso los ojos en blanco antes de cerrar la puerta y marcharse. ¡Vaya, vaya! Alguien no parece muy contento con mi ascenso. Empieza a hacerme un poquito más de gracia el haber sido ascendida... Lo aceptaba: jamás me llevaría del todo bien con Salleens, y teniendo en cuenta que había pasado de ser su compañera a su superior, seguramente nuestra relación no mejoraría.
Volví a dedicarle una mirada a Natalie, indicándole con la mano las sillas que había del otro lado de la mesa.

—Puedes sentarte, si quieres. ¿Puedo ofrecerte algo de beber?—Abandoné el trato formal, pensando que quizás Natalie hubiese fingido no conocerme precisamente porque Salleens estaba delante. Yo la recordaba muy bien, aunque había cambiado un poco desde la universidad.—Tengo que confesar que todavía no tengo muy claro lo que necesitas de mí, pero... cualquier amiga de Sam es amiga mía.—Le dije con una amable sonrisa en los labios. ¿Hice hincapié en la palabra amiga? No lo creía, pero... bueno, podía ser.

Estaba nerviosa, y cada vez que la miraba, lo único en lo que pensaba era en lo inferior que me sentía con respecto a ella. Y en las cosas que ella le había dado y que, creía, jamás podría darle yo. Porque dudo que Sam entienda lo que esto supone para mí... pues de lo contrario pensaría que todo esto es su pequeña venganza por haberme unido a la Orden del Fénix.
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Natalie R. Dabney el Lun Abr 16, 2018 11:14 pm

Mis ojos se desviaron barriendo con fingida inocencia el nuevo despacho de Gwendoline, si bien sabía que no tenía nada que temer de la mujer, mi instinto protector actuaba por si solo. Ya se me había hecho una costumbre el verificar cada rincón de cualquier lugar al que llegaba, manía que adopté en alemania pues mientras Katya trasladaba a los prófugos mi trabajo era mantenerlos a salvo. Sin embargo el despacho no podía ser menos peligroso, me fue casi imposible imaginar que alguien podría estar oculto en aquel espacio que apenas contaba con el escritorio, el sillón de la chica y la silla para las visitas. Así que dejando un poco de lado la histeria, mi ojo femenino pedía a gritos algo más de color en la decoración. Parecía que estuvieron viviendo duendecillos haciendo de las suyas por ahí.

Me mantuve de pie en la entrada y asentí agradecida ante las palabras de la nueva desmemorizadora, si bien prefería mantener una imagen pública en la que no nos relacionen directamente, era muy claro que podía reconocerla en recuerdos de hace muchos años atrás, remontados a mi época como universitaria y bastante alocada en compañía de Sam que en ese entonces era mi novia. Ella desde esos tiempos era una amiga muy cercana a Sam y claro que compartimos alguna que otra parranda, pero aquí estamos ahora, dentro de esas vueltas que da la vida, en su despacho, esperando que este tipo se vaya para solicitar desesperadamente su ayuda, aunque no lo exponga de esa forma tan delatadora.

- Bueno, más allá de unas buenas sacudidas no creo que necesites hacer mucho - dije siguiendo con la mirada como la puerta se cerraba tras de mi dejándonos por fin solas y con privacidad. Ante su gesto me acerqué a las sillas y acariciando delicadamente la silla para quitar cualquier suciedad, tomé asiento dejando mi carpeta sobre el escritorio.

- No gracias, estoy muy bien - me negué con cortesía para luego juntar mis labios nerviosa, por más que quisiera confiar me costaba, pero estaba obligada a contarle mis motivos por los que la visito - Mira, sé que Sam solo quiere ayudar, pero en su condición la verdad es que no me es de mucha utilidad - comencé a explicarme. Me acomodé en mi asiento más pronto me quité el abrigo ¿acaso el nuevo despacho venía con termostato? Suspiré arreglando mi cabello tras mi oreja y la miré fijamente - Lo que necesito es que ingreses a la oficina de registro del ministerio y cambies mis papeles, por estos - sin quitar la mirada de su rostro, abrí la carpeta y la arrastré hacia ella para que la viera.
Registro ministerial:


- Antes de que te niegues - me adelanté. No era cualquier cosa lo que estaba solicitando, la estaba haciendo cómplice de mis engaños al ministerio lo que podría costarle su empleo, incluyendo el nuevo despacho que se había ganado. Así que antes de que me gritara o llamara a seguridad dispuesta a reunirme con el resto de mi familia, decidí explicarle el por qué de mi petición. Obviamente no dejaba de ser igual de descabellada, mas no tenía otra opción - Mis padres han sido llevados a Azkaban, no puedo permanecer mucho tiempo en Londres cargando con su apellido, de alguna forma necesito cambiar mi identidad y así quedar libre para ingresar a trabajar aquí, al ministerio, si resulta te prometo que no te molestaré nunca más - siempre me habían dicho que era muy persuasiva, pero nunca había intentado convencer a alguien de hacerme un favor tan grande como lo era este. Simplemente, no podía comparar la adulteración con tragos gratis.

- Si puedes hacer esto por mi, te juro que Seraphine Bälward no tendrá ningún tipo de relación contigo, estando dentro del ministerio podré seguir sola - me sentía muy extraña implorando a Gwendoline algo como esto, pero la verdad es que no tenía otra salida, o me ayudaba o debía cambiar el plan y dar la vuelta larga. No sabía hasta qué punto estaría dispuesta la mujer a ayudarme, si bien era muy amiga de Sam no lo era mía, así que me era muy impredecible cual sería su respuesta.
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Gwendoline Edevane el Vie Abr 20, 2018 12:43 pm

Soy la primera en reconocer que mi cabeza no funcionaba con toda su claridad si pensaba en Sam. Y es que desde que me había reunido con ella el pasado Diciembre, muchas cosas habían cambiado dentro de mí. Cualquier idiota con dos dedos de frente sabría qué es lo que me pasaba, qué clase de sentimientos estaba experimentando... ¿Pero sabéis? No podía quitarme de la cabeza aquella sensación tan incómoda que se había adueñado de las dos después de aquel pequeño encontronazo en la pista de hielo, cuando nuestras caras habían quedado peligrosamente cerca de un beso no planeado por ninguna de las dos. La forma en que se apartó de mí, en que dio ese paso atrás, y lo mal que me sentí cuando lo dio.
Si eso es amor, si eso es capaz de generar semejante incomodidad entre las dos, ¿qué tiene de bonito? Desde aquel día intentaba hacer las cosas bien, ser más cautelosa, no hacer ninguna estupidez...
Sin embargo, allí estaba Natalie. Supongo que para cualquiera que haya estado en mi situación, no será muy difícil comprender el conflicto en que me encontraba en ese momento. Seguramente Sam y yo jamás llegaríamos a nada más allá de la amistad que ya teníamos, pero... aún así. Allí estaba Natalie. Su ex novia.
La mujer tomó asiento, y rechazó mi oferta de algo de beber. No me sorprendía, pues generalmente yo habría hecho lo mismo. Podría haberle insistido, pero por norma general sé que, cuando insistes a alguien con algo que no quiere, lo único que consigues es que se ponga a la defensiva y lo quiera todavía menos. Así que dejé la oferta sobre la mesa, y si más adelante quería aceptarla, seguiría en pie.

—Sí. Es cierto.—Respondí ante la mención de Sam. Sam siempre quería ayudar, a pesar de que el mero hecho de salir de su casa supusiese un riesgo para ella.

Y entonces Natalie pasó a explicarme lo que tenía que hacer... y por un momento me sentí un tanto contrariada al respecto. Me presentó un documento con su fotografía... y creo que hasta ahí llegaban todos los datos reales en este. Una falsificación muy bien hecha, eso sí. Lo cogí entre mis dedos y lo examiné con ojo clínico, revisando todos los datos, mientras escuchaba a Natalie hablar.
Un par de veces levanté la vista del documento para poner mis ojos sobre los de ella, arrugando el ceño con cierta preocupación. Quería que cambiase sus registros, su identidad mágica al completo, para que pudiese trabajar libremente en el Ministerio de Magia Británico. ¿Y sabías esto, Sam? ¿Y aún así me mandas a Natalie? Menos mal que eras tú la que me decía que no me arriesgase...
Natalie incluso se ofreció a no volver a molestarme jamás si le hacía aquel favor, y si bien fue persuasiva, de todas formas me quedé un buen rato pensando en ello. Volví a revisar el documento, sin decir nada, sopesando mis posibilidades, sopesando si debía hacerlo o no... y para mi fortuna o mi desgracia, no encontré un motivo de peso válido para no hacerlo. Así que suspiré profundamente.

—Lo que me pides es complicado.—Empecé con un tono de voz bajo por si acaso alguien decidía entrar sin llamar en el despachó.Me acomodé en la silla, inclinándome hacia delante, hacia mi interlocutora.—Puedo hacerlo. No es la primera vez que me meto en el archivo del Ministerio, pero dada la situación actual es un riesgo enorme.—En circunstancias distintas, cuando Milkovich todavía era Ministra de Magia, habría supuesto un delito que podría incurrir no solo en la pérdida de mi empleo, si no en pena de prisión en Azkaban; con McDowell podría suponer una pena de muerte, directamente. Pero, aún así...—Mi madre también está encerrada, simplemente por ser hija de muggles...—Dicho esto, me atreví a mirar a Natalie a los ojos, suspirando otra vez.—Ningún inocente debería estar encerrado en prisión. De acuerdo, te ayudaré.

¿Llegué a pensar en decirle que se buscase la vida? ¿Que no era mi problema? No. Eso no es propio de mí. Nunca lo ha sido, y no va a serlo ni siquiera cuando la persona que me pide ayuda es la ex novia de la persona de la que creo que estoy enamorada. Natalie no dejaba de ser una buena persona, una víctima de este maldito nuevo gobierno, que por suerte había logrado escapar al destino de su familia. Y si estaba en mi mano ayudarla... pues bueno, para eso me había unido a la Orden del Fénix. ¿Puede ser que me arrepintiese luego, si viejos sentimientos reavivaban entre las dos? Puede ser, pero... esto era más importante.

—Pero no necesitas "dejar de molestarme", Natalie.—Proseguí.—Supongo que Sam te habrá hablado de lo que hago fuera de estas paredes. De la Orden del Fénix.—Hice una pausa. Quizás no lo hubiese hecho, pues Sam guardaba mis secretos quizás incluso mejor que yo misma.—Ayudamos a la gente. Intentamos cambiar esto, devolverlo a un estado en que no tengamos que temer acabar muertos o en prisión solo por una idea.—Estaba parafraseando a Sam: Actualmente, la gente mata por una idea. Una vez más vinieron a mi mente los rostros de los tres Crowleys, y lo que le habían hecho a Sam. Y no solo matan... También hacen muchísimo daño a gente que no lo merece en base a un maldito ideal... No quería ni pensar en ello otra vez, pues me dolía en el alma volver a sentir aquel miedo que Sam experimentó mientras los dos Crowley menores la torturaban salvajemente.—Así que te ofrezco cualquier cosa con la que pueda ayudarte.

Me hubiese gustado preguntarle cuales eran sus intenciones en Londres. Y cuales eran sus intenciones con Sam, claro. Pero lo primero me parecía indiscreto; lo segundo no sé siquiera si me apetecía saberlo. Hay puertas que están mejor cerradas...
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