Situación Actual
8º-17º
23 noviembre -> luna llena
Entrevista
Administración
Moderadores
Últimos Mensajes
Awards
Lohran M.Mejor PJ ♂
Astlyr C.Mejor PJ ♀
Egon A.Mejor User
Denzel S.Mejor roler
Ayax & JoshuaMejor dúo
Ast A.Mejor novato
Abigail M.Especial I.
Ryan G.Premio Admin
Redes Sociales
2añosonline

Priv. || Hakuna Matata || FB

Niara Soyinka el Miér Abr 18, 2018 10:29 am


La caravana del Comité de Sanación y Catástrofes Terribles, había hecho una parada, pero no por vacaciones precisamente, sino cumpliendo con sus obligaciones de atención sanitaria, a modo de servicio ambulante, y así es como lo hacían: yendo allí donde se los necesitara y estableciéndose por una temporada, relacionándose con los nativos. Esa vez, habían parado en plena sabana africana.

No eran los únicos, sin embargo. Y diríase, que hasta siguiéndolos muy de cerca, podía encontrarse el campamento de los Soyinka. Es que, donde iba la caravana, estos se aparecían, ¿casualidad o causalidad? A Stephen ya no le sorprendía —aunque raramente se mostraba sorprendido por algo—, que donde fuera Gauthier, estuviera la chica Soyinka. Esa que era una metiche. Hasta entraba a la caravana, como pancho por su casa, viajaba con ellos, y muy cómoda.

Stephen la había aceptado, como esas catástrofes naturales que van a instalarse al salón de tu casa, y que aunque te resistas, no puedes cerrarle la puerta en la cara —que podías, pero no surtía efecto—, porque no hay forma de detener las fuerzas de la naturaleza, eso lo sabe toda persona sensata, y es algo que hay que saber sobrellevar, tarde o temprano.

En el trayecto, había recibido reclamos en los distintos puntos en que habían hecho una parada, teniendo a su sanador y a la negra como protagonistas. Y es que, al canadiense se le había pegado lo de entrometerse allí donde no lo llaman. Esto tampoco le sorprendió. Al menos, Gauthier estaba llevando bien lo de desenvolverse en el ambiente, entre las gentes. No era así con Grace, que vivía encerrada con alergias en la caravana, cuando lo que realmente experimentaba era esa enfermedad conocida como “nostalgia del hogar”. Eso no podía ser.

Sólo que esta vez, no era solo la chica Soyinka la que los seguía de cerca. Tal parece que habían hecho una reunión familiar —cuando él ya tenía bastante con una Soyinka—, yendo a acampar por la zona. Debía ser, porque era la época de apareamiento de los erumpents, sí, eso lo explicaba. En breve, o más bien, al día siguiente, la voluminosa e imponente silueta de los animales asomaría por el horizonte, y una manada de erumpents machos se enfrentarían unos a otros con sus cuernos explosivos, para impresionar a las hembras. Eran, por regla, animales solitarios, pero para esa época, volvían siempre al mismo punto de encuentro. Era un espectáculo, especialmente para los imprudentes que se arriesgaban queriendo montarlos, como si fueran capaces de domar a esas bestias. A tontas y locas. Esa clase de locuras que provocaban accidentes, que un sanador tendría que ir a atender. Le habría advertido a Gauthier sobre el día siguiente, de haberlo encontrado. Sólo que no fue el caso. Tampoco iría detrás de cada uno de sus sanadores por cada problema que tenían o a cacarearles por la posibilidad de que se metieran en un lío, que se suponía que eran adultos. Y lo decía por los dos, esa que se encerraba en la caravana y ese otro que, por el contrario, pasaba demasiado tiempo fuera. Vaya par que le había tocado.

***


En la sabana africana, el cielo era de color dorado y arrebol. Caía la tarde. Y Niara, cruzada de piernas sobre una roca, le mostraba a Laith cómo era que ella —tan sencillo lo hacía parecer— conseguía con un abrir y cerrar de sus palmas juntas hacer aparecer un pajarillo de energía mágica, que tomó vuelo y se deslizó como una estela de luz en torno al canadiense.

Se lució, sí, ¿pero y qué? Ella no se detuvo en lo desalentador que puede ser que te lancen un pájaro a la cara —así, en plena jeta—, y tomó una de las manos de Laith entre las suyas, así, sin permiso, y le tiró de un dedo, ¿qué? Le sonreía. O eso creerías. Había en sus labios el dejo de una sonrisa discreta. Si era un gesto de apoyo o cariño, allá ella, lo cierto es que no lo soltó mientras hablaba, jugueteando con ese dedo —que te iba a reclamar, si te apartabas, aunque tuviera que tironearte a la fuerza—.

Era un poco rara con los gestos. No te abrazaba, por ejemplo, y le molestaba que lo hicieras, o más bien, no se mostraba muy efusiva. Sólo se dejaba hacer, a veces un poco más contenta que tras, pero era muy difícil que te echara los brazos al cuello. Dirías que le rehuía a mostrarse caluroso y afectiva, hasta que. Tenía esos gestos —incómodos, en ocasiones, y algo muy intempestivos—. No lo esperabas, y te tironeaba la oreja, o te la mordía venida al caso. Así, de repente. Sólo si te tenía mucha confianza. Sino, ni te le acercaras. Eso de acercarse como si fueras el amigo de toda su vida, pues no, ¿sabes? Ah, pero si ella tenía que tomar algo de ti, o instalarse en tu sofá como si tal cosa —preguntarle a Stephen, sino—, ella se colaba en tu zona de confort, ¡pero ey!, ojo hasta donde llegabas con ella, la muy cómoda.

Sólo cuando llegaron los hermanos, se mostró distinta en la interacción con ellos, mucho más abierta. A Laith, por otra parte, quizá por todo lo ocurrido entre ellos, le obsequiaba una cálida familiaridad. Por eso, será, que también le reprochaba bastante, por cuestiones que ahora no venían a cuento. Sólo que siempre perdía con él, por vaya a saber que magia que tenían los colibríes.

Antes de que llegaran Ishmael y Jomo, desde antes que acamparan en la sabana, Niara había accedido a enseñarle cómo hacer magia con las manos: un pequeño truco, muy sencillo —según ella—, que era el de realizar formas con las manos. Era, como profesora, un poco exigente. En principio, había querido transmitirle toda la teoría. Pero como eso no pareció interesarlo de la forma que a ella le hubiera gustado, coincidió en empezar la práctica. Sólo que. Eso equivalió a pasar buen rato tomados de las manos, mientras que ella hacía algo que no terminaba de explicar: “El flujo de la magia de mí, para ti”, decía. Y en realidad, no hacía falta escucharla, porque podías sentirlo.

Era algo curioso, pero se experimentaba como una presión que ejercían sobre ti, y era entonces cuando hasta creías que podías, que sería fácil, liberar esa magia, y realizar un conjuro. Sólo que, por muchos intentos, durante las primeros intentos, lo que se conseguía, cuanto mucho, era una sensación, cuanto mucho una chispa de color. Lo que hacía Niara, era tan distinto. Pero a pesar de haber sido exigente en un principio, lo cierto es que era muy paciente, y tendía a alentarlo ya sólo por el hecho de confiar que el otro lo conseguiría tarde o temprano. Que toda esa magia informe, sin dirección, tarde o temprano se proyectaría en formas animadas. A veces, sí, se quejaba mucho él por su facilidad de distracción.

—No era fácil en mi primer año tampoco—dijo, curioseando sus ojos, como si en vez de estar mirando a una persona, estuviera intentando entrever qué había detrás de una vidriera especialmente interesante, pero que estaba a oscuras—. Tú práctica conmigo. Te saldrá, cuando menos te lo esperes, así, como respirar. Sí, sí—Lo soltó y se frotó las manos—. Mírame. Hazlo tú también. Empezaremos de vuelta. No hay una forma fácil de hacerlo.

Pero eso no era así, no precisamente.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Aya Jones
Edad del pj : 24
Ocupación : Fugitiva
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 4.500
Lealtad : La causa justa.
Patronus : Guepardo
RP Adicional : ---
Mensajes : 171
Puntos : 128
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t4126-niara-soyinka?highlight=niara http://www.expectopatronum-rpg.com/ http://www.expectopatronum-rpg.com/t4902-niara-soyinka-caminos#74253 http://www.expectopatronum-rpg.com/
Niara SoyinkaFugitivos

Laith Gauthier el Vie Abr 20, 2018 9:22 am

Aquel tiempo lejos de todo lo que conocía había, de hecho, sido bastante benéfico para el sanador. Desde su llegada a Francia había notado el cambio, su desesperación por desprenderse del pasado como si fuera una prenda de ropa que tiene que quitarse. Mejoraba sus capacidades en medicina, y sin embargo, como mandado a hacer, vino a él la propuesta de largarse más lejos todavía: África. Un servicio ambulante de medicina mágica con la posibilidad de relacionarse con los nativos de aquellas tierras que le resultaban tan extrañas. Laith hubo desnudado su alma para vestirla de cultura, para mezclarse entre la gente como si fuera parte de ellos.

Casi como si fuera destinado, se encontró con ella. Hay quien pasea aislado por calles en pleno día, quien siente frío en plena sabana africana. Fue como un torbellino que vino a desarreglarlo todo y, sin embargo, era cálido y relajaba el corazón. De esas mujeres que hay pocas, que te toman cuando más decaído estás para darte dos bofetadas y devolverte al ruedo, con la ternura de un pariente cercano que venía a sosegar el alma cuando la soledad comenzaba, ¿cómo pretendía que se mantuviese estoico frente a ella? Lo cierto era que eso no era en lo absoluto lo que ella había pretendido, como una especie de conexión nacida aquella noche tan extraña.

Lo sintió contra el rostro, la bofetada de un pajarillo, haciéndolo parpadear y sobresaltarse confundido. No importaba cuánto lo intentara, aquella energía mágica no parecía querer aparecer entre sus manos un ave. Laith era un muñeco cuando ella lo tocaba, se dejaba hacer, manosear a su gusto, ¿quería tomarle las manos? Que lo hiciera, ¿sujetarle el rostro? Adelante, ¿morderlo? No muy fuerte, por favor. Por ello se estuvo quieto mirando sus manos, apresando una de las de él mientras le traspasaba aquella magia de sus manos a la suya, aunque sin éxito al corto y mediano plazo, pues seguía sin aparecer un pajarito entre sus manos.

Aquellas pequeñas chispas, a pesar de la paciencia con la que ella le explicaba y animaba, no le acababan de convencer, aunque realmente le gustaría aprender aquel truco. ¿Cómo pretendía, sin embargo, aprender trucos nuevos si a cada rato se distraía? Algo decía ella acerca de practicar cuando menos se lo espere o algo así cuando entonces escuchó un sonido. Laith parecía un cachorro cuando intentaban enseñarle un truco, si pasaba una mosca volando cerca iba a distraerse y ponerse a perseguirla, aunque en ese momento no se trataba de moscas sino algo un poco más grande.

¡Mira, un erumpent! —Laith se puso de pie como si estuviese sentado en un resorte. — Sólo los había visto en libros, mira, ¡mira! —el joven parecía un crío, mirando a aquella bestia gris en apariencia semejante a un rinoceronte, pero que podían distinguir que no era uno por su tamaño y forma. — ¿No es peligroso acampar tan cerca de un erumpent? ¿Qué tan lejos está el campamento de aquí? —porque ellos tendían a alejarse del grupo en ocasiones, si bien mucho tiempo Laith lo pasaba haciendo su trabajo con los habitantes locales, otros se tomaba tiempo de aprender junto con Niara.

Estaba honestamente sorprendido y se le notaba en la mirada, los ojos verdes bien abiertos y una curvatura en sus labios de asombro. Y ese impulso de idiotez que tienen la gran parte de los hombres, ese motivo por el cual viven menos que la mujer promedio, le incitó a acercarse aunque sabía que no debía. No dio un paso, por el momento, mientras miraba, demasiado impresionado como para retomar su atención a la clase de magia que estaba teniendo con su amiga. Creyó ver otra criatura semejante más alejada. Magizoología nunca fue su materia favorita, pero no todos los días veía a un animal así tan cerca.

Del uno al diez, donde uno es “no, en lo absoluto” y diez “sí, con toda seguridad”, ¿qué tan probable es que nos ataquen si nos acercásemos? —le preguntó. Laith se sacudió la camiseta para ventilarse, llevaba ropa fresca y una capa protectora mágica en forma de poción que dosificaba frecuentemente para evitar cualquier tipo de quemadura solar, por la susceptibilidad a ello gracias a su blanca piel, pero incluso así el calor era imponente. — No suena como una mala idea —se contestó solo en voz baja.

Era una mala idea. Independientemente de la respuesta de su amiga, él se habría acercado y, cómo no, la arrastraría junto con él para poder acercarse cuanto más fuera posible. Sí, en su mente una vocecita decía “Laith, es una mala idea”, pero hacía tiempo que no escuchaba esa vocecita. Debería empezar de nuevo a hacerse amigo de ella, por cierto. El caso era aquel: un hombre y una mujer a apenas metros de una criatura gigantesca y altamente peligrosa, ¿qué podría salir mal? Sólo todo, casi nada.

Sabía, por ejemplo, que los erumpent no eran precisamente agresivos, pero siendo aquella temporada de hormonas y apareamiento, ¿cómo pensar que no iban a ponerse agresivos tan pronto notaran una amenaza? Laith era joven y estúpido, después de todo, y como todo joven y estúpido con mucha imaginación, miró a Niara. — Te reto a montarlo —porque así son casi todos los hombres de su edad de espíritu aventurero y muchas ganas de meterse en problemas, a sabiendas que Stephen iba a montarle una enorme si volvía con vida al campamento y lo descubría.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Jake Bass
Edad del pj : 26
Ocupación : Sanador
Pureza de sangre : Mestizo
Galeones : 25.505
Lealtad : Neutral (Promuggles)
Patronus : Colibrí
RP Adicional : +2F
Mensajes : 971
Puntos : 798
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t3957-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4024-relaciones-de-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4062-cronologia-de-laith-gauthier#65418 http://www.expectopatronum-rpg.com/t4025-correo-de-laith-gauthier

Niara Soyinka el Lun Abr 30, 2018 9:22 am

En el horizonte, por encima de la ladera, pastaban los erumpents, desperdigados en grupos solitarios, o sólo distantes unos de otros. De eso, hacía un segundo. Porque de un parpadeo, en ese instante en que Jomo detenía el juego del tablero para rellenar su pipa, el escenario cambió, y el cielo se espantó todo de repente, sorprendido por el ronco gemido de los erumpents mientras que el furioso retronar de sus cascos hacía temblar la tierra, prolongándose en un eco apagado y contundente que te trepaba por la sangre, desde las plantas de los pies, o sólo a través del viento, exactamente como el presentimiento de una estampida.

—JIJIJIJIJI, ¡pero si ese es mzungu!, ¡EA, EA!


Ishmael solía carcajearse como la hienas por lo bajo, ahogando el registro vocal de su risa, e inquietando todavía más por la forma en que su cuerpo se sacudía, de burla y socarronería. No podías adivinar de qué reía, por qué estiraba las negras comisuras de su boca ancha y enigmática. Pero siempre te daba la impresión, de que era sobre algo tenía que ver contigo.

En general, de un carácter alegre, cansino por momentos, y muy dado a meterse con todo el mundo, así era ese hombre esmirriado, alto y flaco, de piel negra como sus hermanos (aunque mucho más clara) y pelo cortado al ras, tal como Jomo, tal como Nan. Le gustaba mostrar las muchas posturas de las que era capaz al contorsionar su cuerpo larguirucho, y era un bufón que metía la pata para que tropezaras y tenderte la mano luego con una fuerte carcajada.

—Y la que va detrás es Niara—observó Jomo, envuelto en una nube de humo. Se mesó la barba de chivo y chasqueó la lengua.

—¡EA, EA!

Ishma, como lo llamaban, se balanceaba de atrás hacia delante cruzado de piernas como estaba (sobre un taburete), sacudiendo la cabeza en círculos, hasta que le daba la cara al cielo y se partía de la risa. Jomo, en cambio, era el mutismo personificado. Los dos prestaban mucha atención a la situación que se había desencadenado, metros allá, al fondo, contra el horizonte: mzungu había montado un erumpent, y el guepardo que lo corría había saltado como si fuera a atacarlo por la espalda, para convertirse en una mujer que conocían y que se aferró a su cintura (loca, loca de la vida). Quizá se preguntarían cómo es que el mzungu había llegado hasta allí en primer lugar, a lomos del erumpent (lejos estaban  de saber lo mañoso que podía ser); quizá se preguntaran qué iba a pasar con su carpa de un momento a otro con todos esos cascos enfurecidos que aplanaban la tierra; quizá, quisieran saber de quién era el grito femenino que se oyó a sus espaldas (sin que ninguno pareciera mínimamente sorprendido por esa presencia anunciada) y que de haber preguntado se hubieran enterado que era Gracy, sanadora y compañera de Laith, que hiperventilaba en el lugar como quien acaba de llegar a la cima de una montaña para encontrarse con que de una pendiente más alta se desprenden las rocas sobre ella; quizá, pero eran hombre extraños, Ishma y Jomo, y no decían mucho de lo que pensaban.

Fue cuando Gracy cayó de rodillas al suelo y muy cerca de esos dos, que Ishmael todavía sin mirarla, frotó su espalda con una mano amiga, y ella, mágicamente, o más bien, sintiendo un calor inesperado y hasta agradable en su pecho, fue calmándose, de a poco, hasta recuperar el aliento. Aunque estaba difícil, porque las rocas seguían desprendiéndose sobre ella y su perfecto peinado de corte carré. No había visto a esa mujer en su vida, pero se había aparecido allí para desplomarse a sus pies, y él, como si la conociera de toda la vida.

—Laith…guepardo… devorado… erumpents… ayuda…

—Sí, sí. Nuestra hermanita es un guepardo. El orgullo de tío Merkel. ¿Has visto que buen salto?

Ella se desmayó.

—¡Jomo!, ¿te vienes? ¡Se están quedando con toda la diversión!


—Alguien tiene que cuidar de la carpa—respondió, seco, mirando a la mujer como si pensara que también había que hacerse cargo de esa moribunda. Alguien tenía que.

En la lejanía, los erumpents se enzarzaban en una contienda, cuernos y estallidos de por medio. Ishma ladró como un loco, arrojándose a la corrida, no como un hombre, pero como una hiena.

***

No había forma de domar un erumpent, pero la diversión estaba en dejarse llevar en los lomos de uno, mientras que estos se atacaban entre ellos. Si por “diversión” entendías “locura” y por “locura”, “riesgo de muerte”. Resulta que, luego de la contienda, siempre quedaban erumpents heridos que ya no sobrevivirían en la explanada salvaje de la sabana, y a esos, los Soyinka les extirpaban sus cuernos y todo lo que pudiera ser útil luego de muertos. No hacían más que aprovecharse como carroñeros, de los frutos caídos de la naturaleza. No veían mal en eso tampoco. Pero en el trajín, tomaban su dosis de diversión. Porque era emocionante sentir a través de las venas que dominabas una fuerza bestial, más poderosa que un hombre, y porque. Cada vez que chocaban los cuernos, te sentías perforado por la adrenalina. Niara le advirtió a Laith, sin embargo, sobre ciertos hechizos, para no quedarse sordo, o peor.  

Era normal, que los erumpents se atacaran cuando se reunían, incluso antes de que empezara el coito. Fue cuando llegaron las hembras, que la situación se desbordó. Pero podían pasar las horas, y pasar, sin que te dieras cuenta. Hasta que acabaron en la carpa, en el frío de la noche, rodeados por gemidos enloquecidos de animales —los erumpents sabían pasársela bien—, pero ya sin el fragor de las luchas, sino tan solo. Sexo animal. Y de cuando, en cuando, un estallido. Sólo de cuando en cuando. Jomo les había dado frazadas a cada uno para que se envolvieran, y un brebaje para apalear los efectos secundarios: silbidos en los oídos, temblor crónico (podías sentir la vibración por debajo de la piel, como si el eco de las explosiones resonara en tu sangre), otros. Y había encendido una fogata, alrededor de la cual se sentaron mientras que él cocinaba, con caldera y cucharon.


***

¡Mira, un erumpent!

De eso era justamente de lo que Niara quería hablarle (y lo hacía, en cada oportunidad, si podía): su facilidad para la distracción. Después de todo, Niara Soyinka había recibido su instrucción mágica según un régimen disciplinario muy estricto, diferente de otras escuelas, en donde se tomaban en serio el hábito de la meditación y otras técnicas que requerían de tiempo, paciencia y mucho, mucho esmero. Era por esto, sin lugar a dudas, que no había ninguna escuela como Uagadou, con su fama y reconocimiento mundial, ninguna otra con su excelencia académica, en toda África.

Y esto no era cierto.

Había, a decir verdad, diferentes corrientes educativas sobre la manera de enseñar y los contenidos que debían ser priorizados, así como muchas opiniones sobre qué estudiantes debían ser aceptados o no como brujos y brujas que tuvieran el derecho de recibir una educación. Por tanto, Uagadou no era ni remotamente la única escuela de magia en África, y según bajo qué lupa se la mirara, podía ser tanto óptima en su calidad de enseñanza, como pésima. Algunos afirmaban que su fama se debía a que otras escuelas estaban mal vistas de cara a la opinión pública internacional. Muchas cosas decían por ahí. Niara creía en los valores que le habían enseñado y entendía la filosofía detrás de los métodos de enseñanza que le impartieran en su momento: responsabilidad, criterio, diversidad, comunión. Y perseverancia, mucha perseverancia. Pero, en la cara opuesta de la moneda, siempre estaría la Escuela de Magia Kaniaga. En esa ni pensar. A Niara siempre le daba mal sabor de boca pensar en la escuela de Nan Soyinka.

Puede que Laith no fuera un alumno “centrado”, pero eso a Niara no la sacaba de quicio, sino muy al contrario: suponía un desafío y eso le encantaba, además de que su lado explorador la movía a fascinarse con la fascinación de Laith, por esas cosas que, a pesar de tener que resultarle familiares, sabían diferente cuando las compartías con otra persona, tan interesada y tan arrojada como lo era Laith Gauthier. Ella misma tenía demasiada curiosidad en la sangre como para no comprender un alma curiosa. Y aventurada.

Había que decir, que el erumpent también le llamó la atención: se había acercado hasta donde ellos estaban, separándose un poco del resto de erumpents, más alejados hacia el horizonte. En general, se hallaban dispersos. Eso, hasta que llegaran las hembras y empezaran a embrollarse con sus cuernos causando destrozos. Ese tenía que ser un macho erumpent, y uno en muy buena forma: regio y potente, y con un cuerno letal al frente. En ese momento, pastaba muy tranquilamente, sin saber que causaba tanta sensación.

—Lejos—Se limitó a responder. Sonrió ligeramente, sin moverse del sitio: que la roca estaba muy cómoda. Lo cierto era que los únicos que acampaban cerca de allí, eran los Soyinka, justamente, porque esperaban la llegada de los erumpents. A la siguiente pregunta de Laith, ella reaccionó mostrando los dientes y sacudiendo la cabeza en un gesto, como si se quitara algo de la cabeza o lo rechazara con verdadera gracia, ¿quizá la hormigueante idea que se le colaba en la cabeza, muy subrepticiamente, de acercarse?—. Para ti, es de 10.

Para ti, que no para mí.

Lo soltó sólo porque intuía, que 1, 4 o incluso un 11, serían del todo irrelevantes para ese intrépido. Como Laith no parecía que fuera a escuchar ninguna advertencia, Niara sencillamente se acercó —tuvo que salir de su cómoda roca para eso—, y se colocó junto a él. Si le emocionaba la idea, no lo demostró con creces. Pero devolvió la mirada con suspicacia, y sonrió ampliamente. Un desafío. Una competencia. Ella no podía resistirse a ser desafiada. Incluso sus miedos se hacían a un lado, cuando tenía que demostrarse a sí misma, que ella PODÍA HACERLO. Así de terca era esa mujer. Y lo prefería, cuando las personas se arrojaban contra algo, expectorándose hacia la vida y lo que tenía para ofrecerte: como una muerte por cuerno explosivo, sí, ¿por qué no?

En realidad, los erumpents eran la razón para que sus hermanos hubieran acampado muy cerca. Aunque, no era algo que hacías “a tontas y locas”. Pero no sería ella la que diría a alguien tan entusiasta que NO PODÍA hacer algo, no porque no lo hiciera habitualmente, como: “No Laith, no puedes entrar a esta cueva peligrosa llena de secretos, en la que posiblemente muramos si vamos los dos. PERO YO SÍ QUE PUEDO. No tú, YO”. Sino, porque también tenía un lema que usaba con mucha frecuencia: “No hagas nada que yo no haría”, y si eso significaba saltar a lomos de un erumpent, pues sea. ¿Qué ganaban recostándose en las rocas?

De pronto, Niara olisqueó el aire, o más bien, olisqueó a Laith. Y antes de que este se enterara de qué pasaba, le acercó la nariz a la nuca, y olfateó. ¿Qué?

—Usas muchos productos para el cabello, ¿a que sí? Hueles a sudor y manzana, hueles bien. Mira—dijo, cambiando de tema—. Yo lo distraigo, tú lo montas; colibrí. Pero al menor, ¡pss! Aquí, mírame a mí. Al menor problema, ¡sales volando! Y no hagas nada que yo no haría.

Era un plan perfecto.





avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Aya Jones
Edad del pj : 24
Ocupación : Fugitiva
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 4.500
Lealtad : La causa justa.
Patronus : Guepardo
RP Adicional : ---
Mensajes : 171
Puntos : 128
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t4126-niara-soyinka?highlight=niara http://www.expectopatronum-rpg.com/ http://www.expectopatronum-rpg.com/t4902-niara-soyinka-caminos#74253 http://www.expectopatronum-rpg.com/
Niara SoyinkaFugitivos

Laith Gauthier el Jue Mayo 03, 2018 9:01 am

Para ti, es de 10.

Como si hubiera escuchado que no había riesgo ninguno, sin quitarle la vista al erumpent, Laith sonrió. — Entonces hay que hacerlo —decidió por su cuenta. La sangre le hervía, le vibraba cuando algo inusual ocurría y era, además, una serie de cosas inusuales que podían ocurrir en un continente diferente al suyo. Casi todas excitantes y emocionantes que él sentía la impetuosa necesidad de llevarlas a cabo, y por suerte tenía a su guía turística personal que tenía un nivel de curiosidad y entusiasmo casi igual de loco. Aún no decidía quién de los dos estaba peor de aquel par.

Él sabía cuáles eran las palabras mágicas, retarla era algo así como una invitación muy salvaje a hacerlo. Una sonrisa apareció en el blanco rostro del canadiense en cuanto la mujer se interesó en su tonto reto. En realidad, pensaba que de algún modo Niara se había resignado a que él no iba a detener algún intento presumiblemente suicida sólo porque alguien se lo decía, sólo se lanzaba al ruedo. Se jugaba el alma si era necesario, ¿no es esa la edad de los planes estúpidos e impertinentes que acaban mal en casi todas las oportunidades?

Gracias —le dijo, sin reparar mucho, al momento en que ella le dijo que olía bien, como si fuera lo más natural del mundo, sin haberse movido en sus olfateos. — Ya, vale —volvió su atención al erumpent, a tiempo para que Niara volviera a exigir su atención, mirándola a los ojos. — Sí, sí, entiendo, lo tengo controlado, volar si hay problemas, claro —se distrajo por enésima ocasión en aquel día. Era divertido, a decir verdad, el cómo el morocho podía distraerse con la facilidad de un cachorro, no parecía capaz de concentrarse más de unos minutos.

Sí que podía, concentrarse por mucho tiempo. Pero en África había tanto que ver, cientos de cosas que descubrir, ¿cómo esperaba Niara que sólo mirase una sola cosa? ¡Imposible! Después de aquellos hechizos de protección, ellos dos estaban listos para atacar a su erumpent. El colibrí sobrevoló al enorme animal antes de caerle en el lomo, usando su varita para invocar las cuerdas que servirían de rienda para la criatura. Laith tenía experiencia montando animales salvajes, como esa bonita visita al rodeo cuando era adolescente a lomos de un toro bronco cuando estaba de viaje en México con los colegas, y en otra experiencia en el mismo viaje sobre un caballo salvaje. El siguiente nivel era un erumpent con un cuerno explosivo, ¿qué podía salir mal?

El guepardo saltó sobre el erumpent y sintió las manos femeninas alrededor de su cintura, aferrándose a él y a la vida. — ¡Sujétate fuerte! —gritó, aunque no escuchó su propia voz ya que por encima le pasó el bramido del animal que, gracias al peso extra, había reparado sobre sus dos patas traseras lanzando patadas con las delanteras antes de seguir corriendo. El viento en la cara lo hacía sentir vivo cuando más cerca de la muerte se encontraba. El calor del sol y de la adrenalina en la sangre sólo le pedía, le exigía por más, nublando todo juicio razonable, muy para desgracia de Grace.

***

¿Cómo terminó el viaje de México? Con unos huesos rotos y un par de visitas al hospital mágico de la zona, por supuesto. Grace, entre regañando al sanador, realizó un hechizo para poner en su lugar el hombro del canadiense, quien se quejó con una risa, como si no doliera. Todavía estaba pálida y le temblaban las manos, pero Laith le sonrió con calidez, sujetando su mano en un tacto suave antes de ponerse de pie de un salto. Puso su mano sobre el hombro lesionado y lo giró en un círculo, haciendo crujir los huesos gracias al movimiento en una dolorosa sinfonía.

El resto de la tarde él, muy feliz, muy responsable, hizo todas sus actividades del día. Si en el exterior Laith no era capaz de concentrarse cinco minutos en una misma actividad, ¡no lo viesen dentro de la caravana ahí, con su caldero, sudando! Todos los ingredientes regados a su alrededor, pero con un orden dentro de su desorden. Había explosiones, chispas, magia, fuego, pero todo dentro de un calculado plan en el que el sanador tuvo listas todas las pociones que debía hacer según su lista de actividades por hacer. Incluso avanzó un poco la lista del día siguiente. Todavía seguía intentando investigar cómo mejorar una poción, pero eso lo vería más adelante, el tiempo lo tenía de su lado.

Tomó su guitarra y se alejó de la caravana, todo sin que Stephen lo viera. Seguramente se enteraría de lo que había ocurrido y ahí no sería bueno para nadie. Todavía era de tarde y, cómo no, de nuevo fue secuestrado por el grupo originario de la zona. Y por “el grupo”, en realidad se refería a “Niara” y “el resto debe aceptarlo porque no hay otra opción”. A lo lejos se escuchaban las peleas de los machos todavía, allá combatiendo por las hembras, y el frío se notaba cada vez más. Lo único que pensaba, era lo mucho que quería comer, con ese estómago pensante que siempre le pedía comida.

Un cigarro en la boca y los ojos cerrados mientras tocaba acordes, al principio acordes sueltos que sólo llenaban de notas el aire, hasta que empezó a tocar realmente una canción, calaba y el aire lo soltaba por la nariz, sin distraer sus manos mientras paseaban a través de las cuerdas, alejado del grupo para no molestar, por su acaso, a ninguno de ellos.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Jake Bass
Edad del pj : 26
Ocupación : Sanador
Pureza de sangre : Mestizo
Galeones : 25.505
Lealtad : Neutral (Promuggles)
Patronus : Colibrí
RP Adicional : +2F
Mensajes : 971
Puntos : 798
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t3957-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4024-relaciones-de-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4062-cronologia-de-laith-gauthier#65418 http://www.expectopatronum-rpg.com/t4025-correo-de-laith-gauthier

Niara Soyinka el Jue Mayo 03, 2018 4:22 pm



¿Para cenar? Guiso de erumpent. Ya se sabía lo que decían: todos somos parte del ciclo de la vida. Jomo se había tomado el trabajo de cocinar, luego de haber apartado un cadáver animal y afanarse en tajearlo, al tiempo que le extirpaba el cuerno con mucho, mucho cuidado, y cuanto le servía a un mago, para luego dejarle el resto a los cazadores nocturnos, que olían la carroña.

Un grupo de hienas reía a la luna, mientras que Jomo, cerca del fuego, afilaba su cuchillo y el rasgar del filo quebraba la noche, junto al crepitar de las llamas, el murmullo viciado y estridente de la sabana, y la guitarra del mzungu, allá, tan distante y tan cercano al mismo tiempo.

No había nada como cacofonía en África, sólo sonidos que anidaban una sensación: unas que avisaban del peligro, otras que invitaban a la contemplación, que embriagaban, que penetraban en la percepción de algo que se creía escondido, o perdido. Siempre estaban estos turistas que no podían pegar ojo y culpaban a la vida en África, pero acaso alguien debería decirles que si no pueden dormir, no es la hiena o el león o el susurrar de la serpiente deslizándose entre la hierba, sino los demonios dentro de su cabeza, que inquietan su espíritu, tanto durante la noche como durante el día.

Ellos traían estos demonios, desde remotos lugares: sus casas, su país, sus cuartos oscuros, y era en África que se sentían más cerca de estos, no porque fuera esa tierra salvaje donde se encarnaba “el mal” a través de una extraña magia —o no sólo por eso, quién sabe—, sino porque allí, en esas noches, el hombre estaba solo con sus demonios, tanto como para poder hablar con ellos, poder tocarlos, poder observar de reojo su sombra escurridiza.

Había tontos que se marchaban, aliviados, pensando que volverían a sus camas donde podían tener dulces sueños, finalmente. Pero el hombre que no entendía por qué este demonio vivía con él, volvería a su hogar tal como había llegado, nublada su visión interior por el trajín de una vida que lo condenaba, muchas veces sin ser consciente de ello, y feliz de no tener que enfrentarlo.

Esto podía pasarle a un africano en la misma África —así como otros tienen la capacidad de ver, sin ver realmente—, pero porque ella era uno de esos lugares en los que podía uno perderse en su belleza y ser conquistado por ella, atraído por ese soplo de naturaleza, es que era posible retirarse hacia sus rincones, y dormir, dormir bien, entre sueños reveladores, de espasmo y sudor, y demonios que susurran.    

*

Ishma no estaba. Sólo Jomo y Niara. El primero había levantado la mirada de lo que estaba haciendo para observar al mzungu en la distancia y soltar un par de comentarios en una de las lenguas bantúes, justo cuando hasta ellos llegó el rumor de un depredador, pero sin que esto alterara la naturalidad de la conversación.  

Era una hiena solitaria, que alumbrada por la luz anaranjada de las llamas, transfiguró en hombre, un hombre desnudo con los testículos al viento y un enrulado de vellos púbicos muy crecidos a plena vista —no había mucho que recorrer, tampoco, sólo una virilidad flácida y colgante—, de una complexión tan huesuda que parecía carcomida por el fuego y las sombras, y sucio de barro y sangre en piernas y brazos. Se había hecho una mordedura en el muslo, la marca de otra hiena.

A ninguno de los otros dos pareció importarle la intempestiva entrada de Ishma, y continuaron hablando —enfrascados en algún tema que tenía que ver con el trabajo que había hecho la mujer guepardo con el cuerno de erumpent, o similar—, mientras que el otro atravesaba el campamento, riendo para sí.

Fue hasta un taburete un poco más cerca de donde Laith tocaba y sobre el que había dejado caer sus ropas, y como si tal cosa se quitó la sangre y el barró de brazos y piernas, sin limpiarse realmente, sólo frotándose la piel con energía de arriba hacia abajo, de adentro hacia afuera, sin remilgos. Y así nada más, fue a colocarse una prenda holgada por encima de la cabeza, todavía desnudo de la cintura para abajo mientras decía, todo a lo alto, porque tenía ese tipo de voz que era estridente y ligeramente aflautada:

—¡Tocas bien, mzungu!—cumplimentó, casual y con sonrisa de por medio. O más bien “entonó”, porque tenía la costumbre de hablar como si siguiera un estribillo.

En eso, Niara se levantó abandonando su sitio en la fogata y fue hasta él, sin dejarle al hombre terminar de vestirse (ya iba por las babuchas, cuando…), sino que, ¡lo atacó!, a traición y encimada a él para aferrarlo del muslo, de tal forma que el otro sintió por un momento que perdía el equilibrio, y se removió en el sitio con el rabo al aire y su hermana abrazada a su pierna, queriendo mirarle esa mordida, y muy seria al respecto. Es que con Ishma siempre era así, nunca le prestaba atención a esas cosas, pero ella sí.

—¡Cúratela, Ishma!—dijo, habiendo confirmado lo que sólo había visto al pasar. Y seguidamente se apartó de él, no sin antes darle tres palmadas en el muslo, una tras otra y que sonaron a latigazos, a modo de reprimenda.  

Ishma se quejó entre risas —esa risa tan peculiar, tan suya—, y vaya que ni le hizo caso, porque se limitó a colocarse las babuchas para luego seguirla cuando, en una ida y vuelta, ella se acercó a Laith… con una pipa.

Niara se acercó, y sin mediar palabra, le quitó el cigarrillo, deshaciéndolo entre sus dedos, y el cigarrillo hizo, ¡puf!, se esfumó. Ella, pero que muy tranquila con eso de ir robándole cigarrillos a la gente. Y sonreía, sí, se la veía sonreír, con la expresión curiosa y sobre todo, la mirada.

—Prueba—
indicó, tendiéndole la pipa—. No es cualquier tabaco. A Jomo no le importa. Verás, es fuerte al principio, pero se te pasa.

Ishma apareció a su lado, y ella ladeó hacia él con una mala cara, acusadora.

—Tú. ¿Te la has curado, ya?


Ishma rió, y pasó de dar explicaciones.

—Presta tu guitarra, mzungu—pidió, interesado—Toda bella. Tu amigo toca bien—dijo, a Niara, para luego volver el rostro hacia Laith—: ¿Has oído el djembé? Eso toco yo. Toca conmigo—Y añadió, en un tono en el que no sabías si te burlaba o qué—: No se toca solo, mzungu.

A Niara el comentario le hizo reírse por lo bajo, por alguna misteriosa razón. E Ishma simplemente fue a sentarse junto al fuego, llevándose la guitarra y tocándola sin tener idea. En eso de tomar “prestadas” las cosas ajenas, la verdad es que los Soyinka se parecían demasiado.

Ishma ||#a34444   Niara || #4446a3  Jomo || #66b06e
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Aya Jones
Edad del pj : 24
Ocupación : Fugitiva
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 4.500
Lealtad : La causa justa.
Patronus : Guepardo
RP Adicional : ---
Mensajes : 171
Puntos : 128
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t4126-niara-soyinka?highlight=niara http://www.expectopatronum-rpg.com/ http://www.expectopatronum-rpg.com/t4902-niara-soyinka-caminos#74253 http://www.expectopatronum-rpg.com/
Niara SoyinkaFugitivos

Laith Gauthier el Sáb Mayo 05, 2018 12:56 pm

La mente de Laith se perdía entre sus laberínticos caminos, incapaz ni siquiera de ensimismarse. Por eso era, quizá, que odiaba el silencio, pues se obligaba a encontrarse consigo mismo. A través del silencio, el dolor se hacía más tangible hasta poder mirarlo como a una criatura oscura, tanto más ajena a él cuanto más cerca se encontraba. Quizá era por eso que podía encontrarse en paz en un sitio tan peligroso, con criaturas que podrían comérselo de un bocado. Nada estaba en silencio. Si no era él con su guitarra, era el crepitar del fuego, o la risa lejana de las hienas, o el rugido de una bestia. Sonidos en apariencia peligrosos que acompañaban al alma rompiendo el silencio.

Vivía con una conciencia tranquila, o al menos eso parecía. Probablemente nadie supiera que él mismo era probablemente una de las pocas personas a las que jamás podía perdonar. Había formas extrañas que los demonios adoptaban durante las noches, esperando como cazadores a que su presa baje la guardia y por una ocasión se sintiese a salvo, sólo para atacarle directo a la yugular. Su mente viajaba a través de los recuerdos, no más lejanos que un par de semanas, mientras los acordes eran accionados por sus dedos sin siquiera necesitar su mirada para ello.

Abrió sus ojos cuando sintió una presencia peligrosamente cercana. Ishmael aproximándose a él, lo sintió desde que venía a medio camino. Lo miró de reojo sin abandonar aquel sonido que sus dedos hacían, acorde a acorde, le dio una mirada de arriba abajo y volvió a ocuparse en sus propios asuntos, al menos hasta que oyó la voz de Ishmael hablándole. — Gracias, Ishmael —le dijo al escuchar que le gustaba cómo tocaba, sujetando el cigarrillo entre el índice y el medio durante un segundo en que soltó el aire por la boca y volvió a ponerlo para seguir con su guitarra.

Los dos hermanos peleaban allá por quién sabe qué cosa, y “mzungu”, como ellos le habían apodado, seguía muy en sus propios asuntos, al menos hasta que un acorde nació tembloroso como como un chillido doloroso, al sentir cómo arrebataba a media calada el cilindro de su boca, exhalando el aire por su nariz y boca al haber dejado el ciclo a medias. No se quejó, la miró, en cambio, con los ojos verdes curiosos, preguntándole sin hablar qué era lo que sucedía, reposando la guitarra en su muslo y encodando su brazo izquierdo encima de su caja de resonancia.

Tomó la pipa con la diestra. — ¿Qué es esto? ¿Tabaco también? —había mirado a Jomo fumándolo antes, aunque no se olvidaba la experiencia con la pipa de la otra vez. — Ahora me dices que voy a doparme y tener una experiencia psicodélica, ¿no es así? —se burló, pero a pesar de eso Laith se lo llevó a la boca y caló con fuerza. El humo le hizo estragos en el interior, ardiendo sus pulmones con un calor asfixiante que no alcanzó a salir antes de provocar tos. Un ataque que llenó de humedad sus ojos en su intento por respirar.

Su cabeza, sin embargo, de repente se sentía más ligera. Miró a Ishmael y apartó su guitarra de él. Se apretó el puente de la nariz unos segundos, acostumbrándose a la sensación, y sintió un ligero olor a sangre, volviendo su mirada hacia aquella pierna del otro, ignorándole sin querer mientras hablaba sobre el djembé, mirando a Niara de repente, como si se hubiera acordado de algo o una idea salida de la nada anidara en su cabeza.

Sujétalo —fueron sus palabras. Parecía que acababa de sacar un tema del que sólo él estaba al tanto, pero el resultado fue precisamente el que había aparecido en la cabeza de Laith. — Venga, quédate quieto, hiena —sonrió para un Ishmael retorciéndose en el piso bajo la sujeción de una hermana. — Quieto, quieto, para de reírte, ¿sabes que hay un hechizo que causa risa? Es como si tuvieras ese hechizo permanente en tu cuerpo —hablaba, pero más bien parecía monologar, maniobrando en el cuerpo de aquel hombre.

Sometiendo esa pierna al suelo con la rodilla, brusco en sus modos, Laith sacó la varita y curó aquella herida de mordida. No parecía infectada, a simple vista, y poco le importaba si Ishmael iba por ahí enseñando su cuerpo o no. Era profesional en su trato, sólo curó en contra de su voluntad aquella pierna antes de dejarlo huir. Y huyó con su guitarra. Laith se quedó arrodillado en el suelo, con una sonrisa resignada, negando con la cabeza. Eran imposibles. El canadiense ya había entendido que no había modo humano de decirles que “no” a esa familia, y desearía que aquello al menos le molestase. No lo hacía.

***

Estaba acostumbrándose a esas manazas encima de su cuerpo como si no importase. Ishmael era más bien como un niño, o una especie de animal, que le tocaba el cabello y las perforaciones. Podría decirse, incluso, que era un hombre que fácil se adaptaba a las situaciones y a los cambios, por lo que él no hacía caras generalmente cuando lo tocabas hasta el hartazgo o le invitabas a probar algún platillo que en su vida jamás lo había escuchado. Él, dándole el beneficio de la duda, lo probaba y sólo entonces juzgaba si era, o no, de su agrado.

¿Mi tatuaje? —preguntó, para confirmarlo. Ishmael era un poco… extravagante, y a veces no comprendía bien su acento. — Es una larga historia, para ser honesto —eso no era en ninguna medida un impedimento para el africano, quien insistía, tocándolo como si fuera una pared o una pintura especialmente para ciegos, con esos relieves que pueden tocar. — Para hacer corto el cuento largo, me lo hice por mi abuelo, él falleció hace algunos años ya, es una manera de recordarlo, me recuerda que tengo que ser fuerte y no dejar de avanzar —le comentó. — Mejor háblame de ti, ¿qué hay de esas cicatrices que tienes?

Jomo cocinaba mientras Ishmael traía su… ¿cómo dijo que se llamaba? Su djembé. Invitándolo a tocar. No había roto su guitarra, aunque sí la había desafinado, así que tocó que Laith primero la afinase a oído. Y después, pensó en qué tocar. Era, quizá, la nostalgia de aquel tema pasado, su tatuaje, y el rugido de un león que rompió la noche desgarrándola allá, a lo lejos, que sus dedos en automático empezaron a tocar. ¿Qué sino debería tocar uno en plena África sino el tema de El Rey León? Uno de ellos, por lo menos.

Ceux qui ne sont plus là marchent avec nous vers la voie —cantó en voz baja, llegado el momento, con un sentimiento particular. — Larmes de peine, larmes de joie, il n’y a qu’une seule chose qui mène: la fierté, car nous sommes une famille —a diferencia de su canción anterior, esta se veía llena de sentimiento, se le notaba, los acordes llenando el aire como una lágrima escondida, la nostalgia no dicha que anidaba un pecho cálido. — Comme le ciel et la terre nous somme tous de solidaire.

Sólo dos segundos más tarde de haber terminado aquella canción, Laith continuó. El silencio, el silencio era un enemigo mortal de un corazón declarado en canción. Su siguiente canción era de lejos más animada, aunque carecía de aquel dolor, de la tierna melancolía que se clavaba en lo más profundo del ser. Más bien parecía que esta nueva canción era una melodía bella tocada por el alma, palabras que nunca fueron dichas pero se convirtieron en música, con el ritmo que vibraba en su interior. Lo que le transmitía aquel continente, el país y su gente. Aventura y ardor, y deseos de salir adelante.

***

El guiso de erumpent no estaba mal, en realidad. Sentado alrededor de la fogata con los Soyinka, la guitarra y el djembé había sido dejados a un lado para ocupar sus manos en la comida. Laith escuchaba en silencio las anécdotas de la familia, como historias, más bien cuentos. Tanto así, que en cierto momento y sin tener claro el cómo o el por qué (pues estaba muy ocupado con su guiso de erumpent como para darse cuenta que ahora era su turno de contar algo), todos estaban mirándole, expectantes, como si esperasen algo de él.

No, no sé cuentos y no tengo historias interesantes que contar, ¿vale? Sólo continúen —les pidió, más bien un “déjenme comer y sigan hablando ustedes” que no convenció del todo a la familia. Ellos querían un relato suyo. — Vale, déjenme pensar… —al final había acabado cediendo, suspirando resignado, mientras pensaba en ello, ¿qué cuento podía decirles? Pensó en alguno que tuviera que ver, quizá con su tierra natal, ¿qué cuentos infantiles recordaba? Creyó que lo tenía, pero su boca no pronunció lo que quería.

El colibrí y el cuervo.

Es la historia de un colibrí y la historia de un cuervo. Todo comienza con el colibrí, era una criatura… obstinada. Era apenas un polluelo que estaba aprendiendo a valerse por sí mismo, con ese orgullo que tienen todos los jóvenes cuando creen que pueden hacerlo todo por su cuenta, era confiado e imprudente. Eran sus años de promesas y desengaños, habiendo estirado las alas muy lejos de su nido. Era ingenuo, sin embargo, pues había pensado que la mejor forma de madurar era alejarse de todo lo que conocía, pensó que era la forma más rápida para llegar a la felicidad.

Un buen día, ese colibrí conoció un cuervo, el animal más bello que ese pajarillo pudo ver en su vida. Se convirtió en la descripción gráfica de la perfección, era un cuervo hermoso, de bellas plumas negras que a la luz del sol reflejaban azul y rojo. Tenía una mirada atrapante que se clavaba en el alma con sólo mirar, era maduro y tal vez el cuervo más poderoso que el colibrí habría conocido en su vida. Sin embargo, no tenía buenas intenciones.

El cuervo sólo quería al colibrí como un trofeo. Quería ser dueño de esos colores y poner en una jaula su espíritu aventurero. Consiguió atraerlo con la dulzura amarga de la tentación y lo encerró, consiguió que un corazón renegado fuera sometido. El colibrí acabó tan ciego de amor que sólo veía lo que quería ver, y ningún tipo de ceguera es peor, él no veía que los sentimientos del cuervo no eran puros, que en realidad no lo quería, ni quería su bien. En cambio, se desvivió por ese cuervo, todo lo hizo por él, sólo por una mirada, sólo eso le bastaba para ser feliz.

Un cariño tan desinteresado, al colibrí nunca le importó perder con tal de que el cuervo ganara. El cuervo sintió quizá lástima por él, así que lo enseñó a buscar comida y a defenderse de depredadores más grandes... no lo enseñó a defenderse de cuervos... Sólo un poco de atención bastaba, el cuervo graznaba y el colibrí hacía, tan enamorado, hubiera dado su vida por ese cuervo si él se lo pedía. El cuervo… Bueno, el cuervo prefería compartir alpiste con palomas, graznar con ellas sabiendo que hería a su fiel enamorado.

Fueron años los que el colibrí pasó detrás del cuervo, sin pedir nunca nada a cambio, lo bañaba de su amor. El cuervo era cruel y nunca hizo nada por detenerlo, a pesar de que sabía que jamás iba a verlo de la misma forma en que el colibrí quería ser mirado. El colibrí perseveraba con toda su alma, y asumió todos los riesgos que pudo haber tomado: un corazón roto o una dignidad destrozada. Luchó aunque la lucha fuera inútil, persistió porque no sabía dejar ir. Él había sido enseñado a luchar por lo que quería y, joder, el colibrí amaba a ese cuervo, renunciar no era una opción.

En el fondo, el colibrí lo sabía. Sabía que lo suyo era una enfermedad llamada “obsesión”, una que envenena cada relación haciéndola enfermiza y tóxica, lo obligaba a darlo todo por el cuervo aunque doliera. Cada promesa bañada de dolor, cada perdón que sabía a resignación, siempre prefirió la herida antes que perderlo. Dolía, pero al mismo tiempo lo hacía sentir vivo.

Un día, el cuervo tuvo suficiente. Se aburrió, le dijo al colibrí que nunca le importó, que se había acabado todo y que se marcharía lejos para no volver nunca. Abrió sus alas y voló. Voló tan lejos, que el colibrí quedó devastado, no veía la luz del día sin su compañía. Abrió los ojos y vio tantos sueños destrozados, se encontró en un mundo extraño de caminos oscuros ahí donde se encuentra el ejército desarmado de los extraviados y los solitarios.

No fue sencillo sentirse olvidado en un mundo oscuro y mortal, sentía que sus colores se apagaban y el sepia lo cubría todo. Un corazón herido lo había vuelto una presa fácil. Se derrumbó, y sólo una mariposa se quedó cerca de él, fue el único animal que no se dio por vencido. Su vida se volvió… trágica, una trágica comedia barata. Una espiral en descenso, incluso pensó en morir. Los meses seguían su curso y el mundo no espera a nadie.

El colibrí despertó una noche y se dio cuenta de que esa no era la vida que quería. Que la felicidad tenía que ser otra cosa que esa fría sensación que le adormilaba los sentidos. Llovió, nadie más que esa mariposa vio crepitar un incendio como un canto amargo en reversa. Nadie más que ella vio a un ave suplicar por un par de alas. Es parte de la cura el deseo de ser curado, y el colibrí supo que quería ser curado.

Cuando todo hubo acabado, la pérdida más importante fue haber amado a cualquier costo. El colibrí supo entonces que existen las causas perdidas, que hay corazones que jamás se ablandan, y que hay batallas que uno pierde aunque crea que va ganando. También descubrió que hay tormentas de las que uno no sabe ni siquiera cómo ha salido con vida.

Las sombras de una vida destrozada sólo pueden regresar a la luz. Está bien tumbarse a sangrar un rato, pero después el colibrí retomó el vuelo con más fuerza.


Y voló.

avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Jake Bass
Edad del pj : 26
Ocupación : Sanador
Pureza de sangre : Mestizo
Galeones : 25.505
Lealtad : Neutral (Promuggles)
Patronus : Colibrí
RP Adicional : +2F
Mensajes : 971
Puntos : 798
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t3957-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4024-relaciones-de-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4062-cronologia-de-laith-gauthier#65418 http://www.expectopatronum-rpg.com/t4025-correo-de-laith-gauthier

Niara Soyinka el Vie Mayo 18, 2018 8:09 am

Sujétalo.


Jomo los observó por encima del fuego y se mesó la barbita de chivo en un gesto, afilada esa sonrisa, antes de volver a lo suyo, mientras que a tan sólo unos metros, Ishma enloquecía de risa sobre la hierba, firmemente sujeto por su hermana, quien se le enredaba como una serpiente, teniéndolo preso entre sus piernas, y él abandonado a su suerte a manos del sanador.

—¡Ah, Niara!, ¡ah, mzungu!—
exclamaba, sin oponer verdadera resistencia, pero atacado por la comicidad de la escena. Era como si, panza arriba, fuera vulnerable y se dejara hacer, justo como un perrito que descubre el placer de hacerse el muerto, pero igual se quejaba, desarmándose en quejas, quejas quisquillosas, porque era muy sensible cuando lo tocaban, especialmente si era con un solo dedo, y el mzungu era muy cuidadoso en lo que hacía, delicadeza a la que dirías que el otro no estaba acostumbrado. Les hacía muy difícil el trabajo, carcajeándose tanto que hasta le lloraban los ojos, hasta que al final lo soltaron, y el huyó saliéndose con la suya.

*

La fogata ardía con la cacerola sobre el fuego, e Ishma había ido a ponerse junto a mzungu, como esos niños que ven por primera vez a un extranjero y quieren saberlo todo sobre él o ella como si se tratara de descubrir la América, haciendo todo tipo de preguntas, y riéndose para sí mismo de cosas que sólo él sabría, mientras que mataban el tiempo, reclinados contra un tronco grueso tirado sobre la hierba, sobre el que Niara se sentaba cruzada de piernas y de costado a las llamas, observando a esos dos, e interactuando con Ishma cada vez que éste le soltaba, muy interesado, cómo iba su exploración del mzungu: “Huele a manzana, Niara”, le comentaba, con las manos sobre el pelo del mzungu como si fuera a mirarle las liendres y olisqueando con esa nariz que parecía más bien un hocico (¿cosa de familia, quizá?). Y Niara reía y le contestaba que se fijara bien en el tatuaje que tenía en el cuello, a lo que cómo no, Ishma accedía, e iba a meter el dedo, de curioso. No es que fuera un niño, en verdad, y eso es lo que lo hacía inquietante para algunos, pero sí era muy informal en sus maneras, como si lo hubieran adoptado directamente de la sabana y lo tuvieran sin domesticar. Y entre que él curioseaba al mzungu, Niara había abierto un paquete de FRITOS sabor costillas (porque ella hacía su mochila de acampada con “bocadillos muggles” que se traía de su casa, como paquetes de papas fritas de todos los sabores), del que les convidaba de tanto en tanto… sólo que se los terminaba comiendo siempre ella, y ya había hecho una pila de paquetes vacíos.

El tatuaje le gustó, y le preguntó por él. Después de todo, lo que Ishma sabía de los tatuajes es que tenían que venir con una buena historia, más que nada, porque así era con los Soyinka: un tatuaje tenía un sentido, no sólo decorativo, sino que hablaba del hombre debajo de la piel y de lo que había hecho, lo que había vivido, las personas que había conocido. Era, en suma, el relato de las experiencias que uno llevaba consigo, y en la familia llevar marcas en la piel era hasta tradición, no una cuestión de moda. Ishma mismo tenía sus propias marcas: escarificaciones que le surcaban trozos de piel, en espalda y pecho, y que causaban la impresión de relieve, como si se tratara de las escamas de un cocodrilo. Pero una vez que el mzungu dijo “historia”, no hubo forma de que Ishma se interesara por otra cosa, ni de comentarle sobre sus propias marcas, porque los Soyinka amaban las historias. Si eras un hombre y no tenías historia, era como no tener familia, no tener lazos, no tener nada que te atara a este mundo, y a ese “otro mundo”, de lo espiritual y profundo, y que los conectaba todos a través del ciclo de la vida.

¿Mi tatuaje?... Para hacer corto el cuento largo, me lo hice por mi abuelo, él falleció hace algunos años ya, es una manera de recordarlo, me recuerda que tengo que ser fuerte y no dejar de avanzar… Mejor háblame de ti, ¿qué hay de esas cicatrices que tienes?

Contrariamente a lo que Laith hubiera esperado, los Soyinka permanecieron en silencio. Hasta Jomo había dejado lo que estaba haciendo para observarlo muy fija, fijamente. Fue por un breve instante, en el que podías sentir la presión de los tres Soyinka con los ojos puestos sobre ti —Ishma incluso había dejado de reír o tocar con el dedito—, hasta que quebraron esa tensión intercambiando miradas entre ellos, con esa forma que tiene la gente de mirarse, cuando comparten algo, un sentimiento, algo que no se comunicaba con palabras, porque no hacía falta, sino que se sonrieron (y entrañables fueron esas sonrisas), un poco dejando al mzungu como ese espectador un poco lento que todavía no sabe de qué va la obra o por qué los actores hacen lo que hacen, hasta que uno de ellos se volvía al público y. Ishma, Ishma le sonrió abiertamente luego de pasar la mirada de Jomo a Niara y de Niara a Jomo, para finalmente encarar al mzungu, sacando los dientes, y brillosos esos ojos enrojecidos que tenía, y que eran tan risueños.

—¿Cómo se llamaba tu abuelo, mzungu?—
le preguntó, en un tono condescendiente que no le conocías—Clark—repitió, y de la nada, hizo aparecer un pajarillo de la palma de su mano levantada. Ah, conque él también podía—. Gracias Clark—añadió, hablándole a ÉL, y mirándolo a los ojos a Él, con toda la naturalidad—, por cuidar a mzungu.

Jomo y Niara lo siguieron al mismo tiempo, porque para ellos, era cosa muy importante detenerte un momento a pensar en tus muertos. Después de todo, no podía haber historia, si no hubo otros que la contaran primero. Para ellos, no se trataba de hacer un amargo minuto de silencio, sino de prender un fuego y bailar; de hacer ruido; conmemorar a través de una ceremonia en la que sudaran todos por esa vida que no estaba pero que no se iba sino que sólo pasaba a otro plano de existencia desde donde los observaba a ellos, su familia; se trataba de agradecer.

—Gracias Clark.

—Gracias Clark.

Dijo Niara, a un tiempo que se movía de lugar estirándose hacia adelante y sentándose junto a Laith, dándole un beso en la mejilla antes de aferrarse a su brazo y dirigirse a Ishma, quien había liberado al ave para que se elevara libremente hacia el cielo estrellado de África.

—¡Venga!, ¡muéstrale tus marcas, Ishma!—
instó, metiéndole prisa—¿Y dónde tienes el djembé?


*

Los Soyinka, como público, eran bastante buenos. No porque se quedaran callados, precisamente.

—¿Qué?—
saltaba Niara, a cada rato—, ¿pero por qué?, ¿por qué el colibrí iba a permitir eso?

Diríase que estaba a nada de expresarse respecto a unos cuantos puntos. Sorprendentemente, era Ishma el que mantenía el orden.

—¡Niara!, ¡shhh!


Hubo de esperarse a lo último, para debatir “la moraleja”, algo de lo que gustaban hacer. En realidad, Niara sólo quería aclarar —toda emocionada por dentro— que lo del colibrí estuvo muy mal. Sufrir así, ¡tú no dejabas que te trataran de esa manera! Ishma, en cambio, reía.

—Niara, Niara no sabe cómo duele el amor—
Rió entre dientes, y sus hombros temblaron en una ligera sacudida, ¿se burlaba?—Es pechito virgen, como Nan.

—¿Y a ti quién te ha dicho eso?—
replicó, ofendida. Le estaban diciendo que sus sentimientos no eran reales o demasiado apasionados, ¿y basándose en qué?— Vivir una relación tóxica no es estar enamorado. ¡No está bien si duele! Está claro: Nunca dejes que alguien te falte el respeto. Sin respeto, no hay amor.

—A ti te veo como una madre Niara, no como una amante—continuó Ishma, sin atender a lo que le decían, con esa ligereza desprendida en el tono de la voz, sin importarle cuan cabezota se fuera a poner Niara al respecto. Y se dirigió a Laith, sonriéndose, para contarle una historia de la sabana—: El chita tiene dos líneas negras que le caen por las mejillas—comentó, llevándose dos dedos señaladores a la cara, imitando el recorrido de una lágrima de uno de sus ojos—. Esas son las lágrimas de Maka. Nuestro ancestro. Al principio, sus mejillas eran limpias, sin mancha. Pero un día fue a cazar, y cuando volvió había perdido a sus crías. Las buscó, las buscó, y lloró sus nombres, llamándolos para que regresaran. No los encontró. Ni la primera noche. Ni la siguiente. Hasta que tuvo que darlos por perdidos, pero nunca dejó de llorarlos, nunca dejó de llamarlos, a través de la sabana, con un gañido que era un lamento, y su corazón de madre quebró en melancolía. Los lloraría a través de las generaciones que le vinieron después, porque el amor de una madre, es así de sufrido, así de sentido. Mi hermana tiene esas manchas, pero no sabe lo que significan. Sólo lo sabrá cuando sea madre. Ahí conocerás Niara el amor, pero no eres una amante—dijo, rechazando esa posibilidad con un gesto casi desganado de la mano. Estaba muy seguro de lo que decía, como un chamán cuando hablaba del significado de los sueños, y te daba tu sentencia—. Si el amor no te ha dolido, no juzgues al pájaro: él tuvo que caer para aprender a volar, y supo entonces lo que eran las alas. Tú eres afortunada Niara, a tu manera. Siempre con las patas en la tierra. Pero no eres lo que se dice, ¿el tipo de mujer apasionada?

—¿Disculpa?

Jomo se sonrió. Conocía a Niara siendo apasionada y más cuando discutía.

—¿Te sirvo más?—preguntó a Laith, por encima de lo que parecía una puja muy reñida, y llamando su atención—No te molestes por ellos. Que hablen. Me gustó tu historia, relatas con el corazón. Buen cuento.


***

De nuevo, en la roca de siempre. Niara le había pedido que cerrara los ojos y se concentrara, que dibujara en su mente los contornos de… No se entendía si se lo había pedido porque era un ejercicio como cualquier otro o porque Ishma los observaba muy de cerca y había estado queriendo meterle conversación al mzungu desde que lo viera. Pero quizá, si se sentía ignorado… No, no parecía que funcionara, y hasta comenzó a gritar, riendo como esa hiena que alborota avisándole al resto sobre la presencia de, ¿un predador más grande?

—¡Nan!, ¡pero qué bien vestido se viene, Nan!—
señaló, con un retintín muy evidente. Y es que había que verlo: un traje sobrio y negro, dirías que de corte moderno (a la moda entre los magos de Nairobi), que ondeaba al caminar él con ese paso estirado y a prisa, porque le llegaba hasta los tobillos. ¿Y no tenía calor? Porque aunque fuera con el pecho abierto, era para recalcar que estaba en medio de la sabana y lucía un poco desencajado con esa vestimenta, entre sus anillos y todo ese aire de opulencia y belleza—Ahí viene, ¡Niara!, ¡es Nan! Mira Niara, ¿quién dices que es el otro que viene con él?—Y de pronto, con un tono cargado de misterio, y detrás de una sonrisa, se dirigió a Laith—: A ti Nan te debe un favor,  ¿eh, mzungu?

Jomo también los vio llegar, mientras que él tajeaba con mucho cuidado el cuerpo de un erumpent recostado sobre la hierba, muerto. Eso no hizo que pensara en desatender lo que estaba haciendo, pero sí se detuvo a limpiar su cuchillo, preguntando en voz alta y sin mirar.

—¿Quién es, Niara?

—¿No es ese periodista que viajaba en tu caravana, Laith?—consultó Niara, lanzando una mirada desinteresada hacia los dos que venían, siendo una maestra en el arte de fingir que Nan no existía.

Por alguna razón, a los Soyinka debía llamarles mucho la atención ese intruso. Ishma, entonces, luego de escupir un barullo de palabras en alguna lengua africana casi como se santiguara, y risita de por medio, dijo:

—Nan está enojado—La observación parecía hacerle mucha gracia. Y no te explicabas cómo es que se daba cuenta del detalle, porque el negro allá tenía las marcas de la indolencia en la expresión, incluso en la distancia, como si ni atención prestara a su alrededor—¡Niara, mira! Nan está con un cabreo. ¡Ay, ay, ay!

—Allá él—murmuró ella, antes de enfocar a Laith con unos ojos (¿acusadores?, ¿lo estaba acusando de algo, a ese pobre joven extranjero?) que decían algo, algo querrían decirle, seguro y le llamó la atención, chasqueando los dedos—¡Ey! Yo estoy AQUÍ—Y entrecerró la mirada, suspicaz—Laith.

*


Moebius, así se llamaba. Según decía, había ido por los erumpents: escribiría un artículo al respecto, con fotos incluidas. Eso, según decía. Lo primero que hizo fue ir a tratar ciertos asuntos con Jomo, aunque no se acercó enseguida: lo observó con aprensión antes de acercarse, con la mirada clavada en el cuchillo. Claro que también había visto al sanador, y no hizo más que dedicarle un gesto rápido, de canalla. Tenía esa aura alrededor, de ser alguien que sólo se dirigía a la gente cuando pensaba que esta podía servirle de alguna manera, y si no era así, pues, o hasta entonces, lo mismo le daba si vivías o morías delante de sus narices.

Por alguna razón, Ishma le ladró —aunque él no necesitaba razones para hacer nada de lo que hacía—, como si quisiera espantarlo y con un JIJIJIJI, pero el hombre (luego de lanzarle una elocuente mirada, a él y a Nan), siguió camino hasta Jomo y el erumpent, sin prestar atención.

—¡Nan!


Cómo no, se le lanzó y toqueteó sus ropas, inspeccionándolo. Sorprendentemente, el otro se dejó, acostumbrado a ello. Hasta desoyó sus burlas, sobre tal o cual cosa, referidas a su persona, y obvió la risa sibilante que se escapaba de los labios de su hermano, otra vez, acostumbrado a ello. En cuanto a Niara, hacía como si no existiera, muy atenta en cambio a Jomo y Moebius, que hablaban en la distancia. Ni “hola” le dijo. Nan tampoco era muy caluroso con sus saludos. Sólo se dejaba olisquear por Ishma y le había hecho al sanador un gesto de reconocimiento con la cabeza, pero más atento en su hermano, que hacía barullo, dando vueltas a su alrededor.

—¿Qué quiere?—preguntó Niara, en voz alta, aparentemente sin dirigirse a nadie en particular.

Nan no respondió.  

—¿Todavía aquí?—inquirió, encaminándose hacia Laith mientras que se quitaba esa cosa larga que llevaba (Ishma estaba encantado con quedársela). Si por “aquí” quería decir “África”, pues sí. Si el “todavía” implicaba que le preguntaba “hasta cuándo”, pues, quizá, ¿quién sabe? La cuestión es que se acercó (sacudiéndose a Ishma de encima al pasar de él), y a diferencia de las veces anteriores, había un sincero interés en el brillo de sus ojos, casi amable. Casi, si no fuera porque, fíjate, al igual que Ishma que todo el tiempo parecía que se estaba burlando de ti, él parecía que todo el tiempo estaba evaluándote. Eso parecía. Aunque, lo de recorrerlo de arriba abajo, le daba otro cariz a la situación, porque Nan tenía, todo él era, sensualidad—. Muéstrame lo que acabas de hacer. Hazlo. Otra vez.

¿Qué si era una forma amable de pedir…? Sí, probablemente. La única forma en la que podía pedírtelo, al menos. Esto llamó la atención de Niara, quien se molestó con él, prefiriendo espantarlo como a las moscas. Antes siquiera de que fuera a decir algo, su hermano la golpeó con un codo y ella se defendió con el brazo levantado, en un acto reflejo. Se miraron. Él le sonreía sacando los dientes, ella lo desafiaba con la mirada. Ishma preguntaba qué era esta y esa cosa tan curiosa, mientras que hurgaba en los bolsillos de la prenda de su hermano.

—¿Qué quiere?—
insistió. Pero enseguida soltó—¡Y vete!

—¿Irme?


—Sí, vete. Con ese al que has traído.

—No lo he traído yo—
soltó, fastidiado. Y la encaró, con un gesto, violento gesto que era una provocación: dos dedos con los que fingió golpearse la sien. Que la estaba llamando mensa, con ganas— ¿¡Que no es obvio!?—exclamó. Y agregó, deshaciéndose sus labios en una sonrisa, sobrada sonrisa, quebrando su pequeña furia de hacía tan sólo un instante—Quiere dinero. Pero no puede arrancar un cuerno, no sabe cómo—comentó, haciendo bailar los dedos de sus manos, con marcada burla—Está mendingando, ¡porque le tiemblan las manos!

No sólo a Ishma, sino que incluso a Niara pareció hacerle este comentario toda la gracia del mundo, sólo que ella lo disimuló un poco. Y es que, a decir verdad, lo de extirpar un cuerno de erumpent para aprovecharse de este o hacer dinero no era tarea para cualquiera. Pero claro, ellos eran Soyinka. Y si un Soyinka no podía extirpar un cuerno… Bueno, no era Soyinka. A ellos les hacía gracia que otros pudieran matarse intentándolo, sí. “Humor de familia”, le decían.

—No, no, Nan, ¿¡qué haces!?—espetó Niara, interrumpiéndose en ese momento que compartieran, al ver cómo su hermano iba directo a Laith. Era como si tuviera una alarma incorporada o algo, que no le dejaba bajar la guardia.

Nan pasó de ella, y habiéndose arrimado a Laith, le tendió una mano para que la estrechara. Había un dejo invitador, bravo, en su mirada. Lo que fuera, no tendría tanto que ver con Laith como con Niara. Y antes siquiera de que el otro se decidiera a tomar su mano o la rechazara, de impaciente, fue cerrarle los dedos en torno a la muñeca. Porque él tomaba, antes que pedir. Y la sacudida, fue real. Si Niara podía hacerte sentir un leve cosquilleo en la punta de tus dedos cada vez que te tocaba, Nan te arrancaba un estremecimiento, de vértigo, de premura, de ansiosa exaltación.

—¡Hazlo de nuevo!—
desafió, estirando una de sus comisuras con un halo de soberbia que le era muy propio, y razón por la cual hacía rabiar a su hermana.

Por la seguridad en su mirada, él ya estaba dando por sentado el resultado. Y tú, tú podías sentirlo. Niara pareció furiosa.

—¡NO!, ¡Nan!—Y fue y lo apartó, empujándolo violentamente con todo su tamaño, mientras que el otro se apartaba, arrogante esa boca torcida—. ¡Puedes lastimarlo! Laith, no dejes que…

Se lo había explicado en una oportunidad, aunque puede que su estudiante estuviera contando mariposas en ese momento. Y es que, así como se tenían venas por donde fluía la sangre, el mago era en sí mismo un canalizador de la magia, con sus propios puntos de energía que, de ser sobreexigidos podían causar daños en el mago, a un nivel físico y magipsicosomático. En otras palabras, un mal control sobre la magia de las manos, podía afectar al mago en su vida cotidiana, incluso en los hechizos más simples, incluso aunque usara la varita, entre otros efectos secundarios sobre los que Niara le habría puntualizado una y otra vez. Porque así era como a ella se lo habían enseñado: con tiempo, prudencia y paciencia. Sin embargo, no era realmente el único camino del ninja a la hora de aprender, y había formas más intensas que otras, que te sometían a distintos grados de dolor y… Nada de lo que Niara quisiera escuchar, no con Laith. Así que lo de ir por “el camino fácil” de mano de un Nan que quería fastidiarla, estaba fuera de la cuestión, ¡del todo fuera de la cuestión!
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Aya Jones
Edad del pj : 24
Ocupación : Fugitiva
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 4.500
Lealtad : La causa justa.
Patronus : Guepardo
RP Adicional : ---
Mensajes : 171
Puntos : 128
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t4126-niara-soyinka?highlight=niara http://www.expectopatronum-rpg.com/ http://www.expectopatronum-rpg.com/t4902-niara-soyinka-caminos#74253 http://www.expectopatronum-rpg.com/
Niara SoyinkaFugitivos

Laith Gauthier el Mar Mayo 22, 2018 9:57 am

Ishmael lo tocaba demasiado, y casi era un alivio para Laith el no ser tan quisquilloso con las personas que lo tocaban. En general, era un hombre muy físico y no solía molestarse si alguien tocaba demasiado su cuerpo, fuera siempre a partir de un determinado respeto. No era su plan tampoco que alguien llegase a acosarle sexualmente. Pero la hiena tocaba, olisqueando, rebuscando entre su cabello y comentando a Niara lo que descubría sobre él y su cuerpo como si fuera una especie de mapa del tesoro que tenía que descifrar. Él simplemente se dejaba hacer, sin más complicaciones.

Permitiendo que hiciera lo que quisiera, Laith se distraía con su amiga, robándole de tanto en tanto un puñado de frituras sabor costillas de las que ella llevaba y abría paquete tras paquete. Y, como si el muy hipócrita no estuviese comiendo también, la regañaba sutilmente. — ¿Qué te hace pensar que eso es un alimento nutritivo? De saludable, nada, realmente sólo grasas y calorías innecesarias, come decentemente. ¿Otro paquete? ¿Cuántos llevas ya? Mejor dicho, ¿cuántos te caben en la mochila? —y, fuese cual fuese su queja, metía la manaza dentro de la bolsa y la empuñaba con frituras.

Estaba tranquilo, al menos, conforme el otro lo manoseaba. Ishmael estuvo especialmente interesado en su tatuaje, el que permitió que tocara cuanto quisiera, apartando la cabeza al lado contrario para facilitarle el acceso de ser necesario. Comentó brevemente su significado cuando fue preguntado, simplemente, ignorante de aquella costumbre que tenían los Soyinka. Por eso, cuando habló y notó que los tres pasaban a observarlo, por un momento se sintió incluso incómodo. Esos tres tenían una compenetración que Laith no compartía y por ello se le podía ver ahí, particularmente perdido entre el silencio.

El silencio, que lo molestaba a un nivel insospechado, fue roto por las palabras de Ishamel. — Se llamaba Clark, Clark Gauthier —respondió, confundido. Todo se había vuelto repentinamente extraño, demasiado para su gusto. — ¿Qué es lo que…? —tuvo intenciones de preguntar, pero fue acallado por la aparición de aquel pajarillo. Y miró, confundido, cómo agradecían a su abuelo por haber cuidado de él. Con ese apodo que le habían dado. De pronto, creyó que todo estaba claro dentro de su propia cabeza, comprendiendo el trasfondo de aquello que estaba sucediendo.

¿Estaban agradeciendo a sus muertos? Eso parecía. Y fue, de algún modo, conmovedor. No podía esconder lo mucho que lo echaba en falta, lo mucho que extrañaba a aquel hombre. Los recuerdos atacaron una mente encontrada con la guardia baja. Se había ido demasiado pronto, pero había luchado por convertir a su nieto en el hombre que era. Era todo un guerrero y también testarudo, sin embargo, cómo no, era también cariñoso y paternal. Le había enseñado a reaccionar al calor de su ser, pero nunca lo enseñó a ser sin él. No pudo evitar recordar aquellas veces en que de pequeño le había cantado esa canción que Clark aprendió de pequeño, en las que en su gran mayoría acababan en carcajadas. Era sumamente alegre.

Le sonrió a Niara cuando esta se sentó a su lado, recargados en el tronco. Permitió que se hiciera con su brazo, mirando a aquella ave que desplegó sus alas hacia el cielo perdiéndose entre las estrellas. La luz de su abuelo se había apagado como la llama de un candil que ardió con fuerza y su mirada dulce voló lejos, acabando así con su camino. Y agradeció, también, en el silencio, antes de volverse a Ishmael. — Anda, ¿qué hay de esa marca que tienes en el hombro? ¿Y la de la espalda? —empezó a preguntar, con su brazo libre estirándose hacia él para ser ahora quien lo tocaba, con un solo dedo, causando cosquillas.

Un calor extraño había hecho nido en su pecho y creyó, por un momento, que sería capaz de derretir una capa de hielo que producía frío ahí donde fuera. Una que parecía haberse plantado sobre su infantil alma que, hecha un ovillo, renegaba del pasado, inconforme con lo inevitable, en desacuerdo con el destino por quitar de su lado a la persona más importante de su vida. Y supo que las cosas sólo podían suceder de la forma en que se dieron. De lo contrario, no sería la misma persona que era actualmente, ¿para bien o para mal?

***

No contó la historia que quería. Contó no otra sino aquella anécdota, relatándola de una forma más cercana de la que pudiese cualquier persona entender. Sonreía ligeramente cuando Niara decidía interrumpirlo con preguntas, ya que ella no estaba nada de acuerdo con las decisiones del colibrí. Ahora que Laith miraba hacia atrás, también llegaba a pensar lo mismo. ¿Cómo pudo el colibrí permitir eso? Eran esas preguntas que estaban destinadas a quedarse sin respuesta hasta el fin de los tiempos.

¿Qué dices? —Laith sonrió, enternecido por dentro por la pasión con que Niara defendía que lo de su historia no era amor, siendo atacada de inmediato por Ishmael que, decía, no era una amante, sino una madre. — El amor no siempre es como lo pintan, hay corazones que sienten mucho y otros que no sienten apenas nada, pero en algún momento fue real, o al menos lo pareció —dio su opinión dirigido hacia la mujer del grupo antes de volverse hacia la hiena cuando éste pasó a desear contar una anécdota también, del chita.

Escuchó con atención con una sonrisa, la riña de los dos Soyinka le facilitaba la tarea de volver a meter todo dentro, ese dolor que no iba a sanar. De algún modo, le causó estragos en su interior aquella anécdota del guepardo, y un pensamiento se coló a través de su mente que salió tan pronto como vino. Laith era ese que nunca entendía cuando alguien le decía “cosas de padres”, por motivos bastante evidentes. Y “de madres”, mucho menos. Por ello no pudo evitar preguntarse si alguna vez una madre lo lloró así. Inhaló y suspiró.

Por favor —le pidió a Jomo cuando éste le ofreció por más comida. Sí, contemplando esa discusión como una telenovela, el quebequés estaba dispuesto a seguir comiendo. — Gracias, tú cocinas de maravilla, gracias por la cena —sonrió agradable. ¿Era extraño que se sintiese tan en sintonía con aquella familia? Casi sentía que ocasiones que se conocían de toda la vida, y que eso no era otra cosa más que una rutina, un encuentro como tantos.

***

Con los ojos cerrados, Laith se concentraba mucho, haciendo en su mente los contornos de… Él en realidad estaba haciendo círculos mentales imaginarios, ¿por qué? Porque no entendía bien lo que Niara le estaba pidiendo. Sólo podía escuchar la voz de Ishmael llamándole, y se resistía al impulso de idiotez de levantarse a conversar con él, ser estudiante era muy complicado. Así que, con la poca concentración que Laith Gauthier tenía en ese momento, hacía círculos mentales entre la oscuridad de su mente, círculos que se veían blancos como una luz, que se convertían en espirales poco a poco hasta no ser otra cosa que eso, una especie de caracol que giraba en su propio eje.

Su concentración frágil se salió por completo de su eje cuando escuchó a Ishmael de nuevo, abriendo los ojos y buscando a aquel hombre que llegaba con la mirada. Una belleza en monocromía, reluciendo hermoso hasta cuando su apariencia discordaba con el lugar, imponente cuanto presuntuoso: ese era Nankín Soyinka. Todo a su alrededor quedó en silencio mientras el negro, en su cerebro, iba en cámara lenta caminando tan magnífico como salido de una escena de película, tanto así que no escuchó a Ishmael decir nada hasta escuchar el apodo que le habían puesto, girando la cabeza hacia la hiena.

¿Disculpa? —obvió lo evidente: no estaba prestando atención. Debía de ser de las pocas oportunidades en que Laith realmente se concentraba en algo, ese hombre. Fue entonces cuando se secó el sudor con el dorso de la muñeca y miró al acompañante de quien hablaban. — Moebius —le contestó a su amiga, con un tono cansado. Puso los ojos en blanco y devolvió su mirada a su propia pierna, sacudiendo una pelusa imaginaria. Era un imbécil, más de una vez habían casi llegado a los golpes mientras el periodista viajaba con los sanadores. Una pérdida de tiempo con todas las de la ley.

Nankín, sin embargo. Ese hombre conseguía hacerle olvidarse de la estúpida cara del estúpido periodista. Le había hecho un hechizo, era claro, su magia y belleza parecían atraerlo como un mosquito a la luz asesina de un exterminador eléctrico, incluso por encima de las voces de Ishmael y de Niara hablando de sólo ellos sabrían qué cosas. Ignoraba incluso a una pobre Niara que lo miraba ella, tan adorable, acusadora, al verlo ensimismado observando a Nankín, por encima de sus chasquidos de dedos y reclamos. Cuando cayó en la realidad y puso los pies en la tierra sonrió, nervioso.

¿Sí, Niara? ¿Qué decías? ¿Enfocar las formas? ¿Imaginar el contorno del qué? —regresó al tema de conversación anterior, aunque su mirada se escapase, traviesa, a donde aquel hombre se encontraba. — Claro, la concentración, yo… —y de nuevo su mirada se iba, como atraída por un imán. — ¡Ya, ya entendí, concentración! —aunque esa sonrisilla de pillo no se iba de sus labios.

***

Cuando Moebius le hizo aquel gesto, Laith lo respondió enseñándole el dedo medio. No le daba la gana ni siquiera aparentar que le agradaba. Era un hombre sumamente paciente pero las personas indicadas conseguían hacerle salir de sus casillas. Incluso le dedicó a Ishmael un golpecito en la espalda en gesto de colegueo cuando le hubo ladrado a aquel cabrón. La hiena podía llegar a ser muy divertida de tanto en tanto, que compensaba aquel nulo conocimiento por el espacio físico y sus constantes preguntas y burlas. Era una familia dispar, eso sí, con Jomo haciendo su trabajo, Ishmael encargado de fastidiar, Niara ignorando a Nankín y éste último… siendo tan hermoso como sólo él era.

Devolvió el gesto a Nankín, concentrado en lo que su amiga decía, o eso parecía. De sus manos seguía saliendo no otra cosa que una chispa, y a veces olía a limón. Era un aroma que a Laith no le gustaba mucho. La muerte huele a limón. — Evidentemente, aún no termino los asuntos de la caravana —respondió, pues de lo contrario no estaría ahí, era lógica, aunque era gracioso que los asuntos pendientes de la caravana los hiciese, de hecho, muy lejos de la misma. Y de su mano salió sólo una pluma de color que estalló en sí misma en luces y un aroma a lavanda.

Laith miró su propia mano mientras pensaba, segundos antes de que el negro le dijera que volviese a hacerlo. Más bien, se lo había ordenado, y probablemente hubiese obedecido sin pensar si no hubiese habido un nuevo enfrentamiento entre los dos hermanos, entre golpes y palabras. El quebequés, bueno, él siguió concentrándose. Quería aprender ese truco antes de regresar a casa, aunque le estaba costando mucho. Niara siempre decía que era cosa de practicar, y aunque era muy paciente con él, no había nadie que le exigiera más a Laith que él mismo.

Por ello, el que el otro se le aproximase de esa forma, tomando su mano por la muñeca. Fue un latido en principio doloroso y se quedó sin aliento mientras sentía algo, la sangre borbotando con la magia que se extendía con el contacto, hasta el punto de dejarlo inquieto en un agridulce ardor entusiasta, y se sintió poderoso. Hubiese deseado pensar con la cabeza cuando el otro lo desafió a intentar otra vez aquella magia que pretendía dominar por lo menos en sus más básicos cimientos, pues haciendo oídos sordos a la advertencia, lo intentó.

De sus manos que temblaban excitadas se irradió la magia, y al abrirlas el ave salió de ellas, rojo con el fuego que ardía de ira, de la pasión contenida, porque una cosa era cierta: aquel que no controla su mente, tampoco controla su cuerpo, y menos controla su magia. Era una regla simple y básica a la que algunos hacían oídos sordos, pagándolo en el proceso, porque lo que sucedió. Lo que sucedió es que el ave creció doblando su tamaño y al extender las alas, con un graznido que sonó como el crepitar de la fogata, se consumió en sí misma hasta el punto de implosionar en las manos creadoras.

***

A pesar de lo que había sucedido, Laith sonreía. — Sé que Niara quiere matarme, en el fondo de ella, casi puedo notarlo por la forma en que me mira —le comentaba a Ishmael mientras se recargaba contra el tronco de un árbol. — Pensará que soy un insensato, y tiene razón —le importaba más bien poco si la hiena le prestaba atención o no. Él estaba ocupado hablando con él, o con el aire, quien le escuchase más. — Pero por un momento me sentí capaz, puede sonar extraño, pero realmente no hay mucho que uno pueda hacer sin que piensen que no está suficientemente preparado —era el principal obstáculo para cualquier recién egresado, como él.

Mientras hablaba, Laith atendía sus propias manos. Había convencido a Grace que lo ayudara a curarlas a espaldas del Stephen y las impresionantes quemaduras de segundo grado se redujeron a sólo necesitar unos días de atención. Su diestra fue la más herida, pero con suficiente atención no las dejaría más marcadas de lo que ya estaban. Un ungüento para las quemaduras y había empezado a vendarlas para dejarlas sanar. Había empezado a tararear una canción de OneRepublic: “Counting Stars”. Además, pensaba dejar descansar sus manos, pero no pretendía dejar de utilizarlas. Así de consciente era con su propia salud.

Fue divertido —dijo al final, en voz baja. Miró su perfecto vendaje, había vendado la palma y cada dedo por separado para tener mayor movilidad. Se puso de pie, estirándose, haciendo crujir cada hueso de su espalda. — Tú no digas nada de lo que te he dicho —aunque poco le importaba si lo decía, o no. Tenía que ver en qué ocuparse. Una mente ocupada no necesita preocuparse, es lo que Laith siempre decía.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Jake Bass
Edad del pj : 26
Ocupación : Sanador
Pureza de sangre : Mestizo
Galeones : 25.505
Lealtad : Neutral (Promuggles)
Patronus : Colibrí
RP Adicional : +2F
Mensajes : 971
Puntos : 798
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t3957-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4024-relaciones-de-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4062-cronologia-de-laith-gauthier#65418 http://www.expectopatronum-rpg.com/t4025-correo-de-laith-gauthier

Niara Soyinka el Lun Jun 25, 2018 6:03 am

Nan y Niara Soyinka no compartían la armonía, ellos destrozaban sinfonías, hacían un ruido alto y discordante siempre que no estaban de acuerdo en algo, que era casi siempre. Bastó que una avecilla de luz, magia y calor se elevara en el aire desde las manos mágicas de Laith, bastó esa pequeña chispa, para enemistar a los dos hermanos, ¿compitiendo ahora por un estudiante? Niara no se lo tomaba a broma, sabía de lo que hablaba al discutirle a Nan su intervención, para nada necesaria —aquí podría decirse que ella tenía una fe ciega en su estudiante, esa clase de confianza que hace sentirte ciertamente incómodo, por todo cuanto exige de ti—. No quería que ningún mal tocara a Laith. Un Laith que, honestamente, tenía muy mal gusto para los hombres, como empezaba a considerar. Porque a ella no se le escapaban esas sonrisillas, ese buen ánimo con el que se le cambiaba la cara, ese cosquilleo imperceptible en el fondo de sus ojos risueños, y coquetos.  

Antes, Niara lo había visto hacerse el coqueto con un grupo de negros africanos en mitad del viaje, yendo a una feria local. Como estos le hicieron caso, se espantó con la facilidad con que Laith atraía y se dejaba atraer hacia trampas que, de prevenida ella, pensaba que era mejor evitar. Es que, sólo con mirarles las caras, te dabas cuenta que no eran buena compañía, por mucho que se sonrieran. Y por supuesto, lo arrastró bien, bien lejos. Pero le gustaba eso de él, de ir de coqueto por la vida. Se le hacía hasta divertido. Si le preguntaban a ella, Laith era primero adorable y luego hermoso, sí, no por la perfección de sus facciones (de hecho, imperfectas), ni siquiera quitándole la camiseta. Era cómo torcía la boca en una sonrisa, cómo se mostraba en su vanidad, un poco elegante, un poco gracioso, dulcemente descarado. Y una vez que hallabas su sensualidad en lo profundo de sus hoyuelos, te encantaba. Eso le hacía pensar a Niara que Laith no era sólo un colibrí en el aire, sino que lo era entre los hombres y mujeres, paseándose entre ellos y atrayendo la atención sin siquiera pedirla, como una ráfaga de plumas centelleantes y coloridas, de esas que te roban una sonrisa breve y fugaz y se sienten con el corazón que fue conmovido, por el colibrí.


Niara no iba a dejar que nadie dañara algo tan bello.




*




—¡Nan!, ¡Niara!—Jomo los llamaba. Y los dos acabaron su pleito de mala gana para voltear esas caras malhumoradas en su dirección, allá, por donde el cadáver de un Erumpent yacía pesadamente sobre la hierba. Jomo los miraba muy tranquilo mientras que se limpiaba las manos ensangrentadas y con un Moebius de mal talante de pie a su lado, y requería de los dos, en ese instante.

—¡Tú no puedes seguir intentando por hoy!—advirtió Niara antes de irse a ver qué asuntos quería tratar Jomo con ellos, apuntando a Laith con un dedo, sobradamente acusador. Como si hiciera falta aclarárselo a alguien que acababa de hacerse daño, pero bueno, con Laith sí que deducía que era necesario. En otras palabras, quería verlo descansando y nada más. Que no se pensara que podía hacer otra cosa que remolonear por ahí, o habría consecuencias.




*


Ishma había ido a buscar a Grace cuando lo ocurrido en tanto que Niara se había ocupado de echarle sobre las palmas heridas de Laith una solución medicinal que consiguió de la carpa de los Soyinka, de esas que Jomo preparaba y dejaba en reserva. No fue hasta que Grace llegó, ciertamente cohibida por los modales tan sueltos de la hiena (y observando a Laith entre el horror de verlo herido y la crítica explícita de mandarla a buscar por un extraño que olía sospechoso, en todos los sentidos), no fue hasta entonces que casi enseguida Niara arremetió contra Nan en un dialecto incompresible para los extranjeros, pero del que se entendía que le decía de todo menos bonito.

Su discusión no era a grito pelado, sin embargo. Sí que era expresiva en cuanto a gestos y arrebatos de sus nervios trémulos, y aun así. Tenían una manera muy suya de acercarse, rozarse de frente y palabrearse con la voz tensa y amenazante. Era llamativo, porque más parecía que se medían entre ellos como animales marcando territorio, y no sólo que se maldecían hasta la madre, que también. Nan podía ser más alto, podía ser mayor, podía ser más fuerte, podía ser más. Niara no tenía nada que temerle, no a él entre todas las personas en la jungla. Y como todos bien entendieron luego del accidente y el grito de “¡Laith!” que prorrumpió de sus labios, no se dejaba amedrentar fácilmente cuando le ponían un caso imposible a su cuidado, y se ofendía cuando atacaban lo que era suyo para proteger.

Durante ese lapso, y antes de que Jomo los convocara hasta él, Ishma permaneció junto a Laith, haciéndole comentarios que hicieron que Grace le arrojara una mirada de “Por favor, cállate” mientras que de no ser porque tenía una herida que atender diríase que luchaba entre soltar un suspiro y poner los ojos en blanco. Y así y todo, Ishma continuaba siéndole… gracioso, a veces, pero raro, “raro” de “hay que andarse con cuidado con él alrededor”. En cambio, Laith, él, bueno, no parecía ser un chico muy prudente desde que iniciaran las presentaciones como compañeros de caravana, y pensabas que hasta iba con él, eso de ir amigándose con gente de la que normalmente, tú te andas con cuidado. Había intentado comentarlo con Stephen, pero él le hacía oídos sordos a con quién andaba el sanador o por qué, y le dejaba bien claro que mientras hiciera su trabajo —y entonces solía citar una larga lista de cosas por hacer—, no tenía nada que reprocharle a él ni a nadie, y que. No la escuchaba. Y por eso, Grace tenía que verse arrastrada a esas circunstancias, casi muriendo del susto cuando se le apareció la cara de Ishma de la nada, así, de pronto, cuando hasta entonces su única preocupación era su jaqueca, tal como si se hubiera convertido en una sanadora en la ilegalidad. Ella no se había dado cuenta, pero su jaqueca había desaparecido tan pronto como Ishma la arrastró hasta allí, con Laith. Luego se marchó, excusándose con que tenía cosas que atender, y era verdad: en la carrera, se había dejado un caldero en el fuego, ¡y a saber cómo terminaba esa historia!

—Tu amiga es un poco rara, mzungu—comentó Ishma, muy tranquilo, viendo a Grace exasperarse luego de soltar un grito ahogado al tiempo que se excusaba rápidamente y se desaparecía para volver a la caravana. Para él, fue como ver a una gallina saltando en una sola pata, cacareando y soltando plumas. Y no lo pensaba sólo porque tuviera el apetito de una hiena—. Me agrada. Siempre se asusta por algo, pero viene si la necesitas—Y agregó, con delicadeza, como cuando hablas de esos que están, tú sabes, “locos” y suenas preocupado— Pero, ¿tendrá un problema?

Desde ese momento, Ishma no se apartó de su lado. Y fue el único que, en medio de tal desastre, le comentó que preciosa magia esa que había conseguido realizar, qué fogonazo precioso el de su pájaro elevándose en el aire, y con qué gracia elegante que lo había hecho volar. Entre que él le hacía compañía, los otros tres Soyinka mantenían una conversación muy privada con Moebius, a quien se le veía a la milla la cara de truhan. Parecía que no llegaban a un acuerdo al respecto de algo, y el reciente pique entre Nan y Niara no ayudaba mucho a la cuestión.

Ishma no parecía sentir que tuviera que preocuparse por los negocios de su familia, y aunque no podía evitar distraerse fácilmente —había ido a trepar un árbol, por algo que había visto entre sus ramas—, sí que escuchaba, y eso se adivinó cuando, recostado Laith contra el tronco del mentado árbol, Ishma cayó de un salto frente a él removiendo la tierra bajo sus pies, y tan pronto estaba de pie como en cuclillas, atenta la curiosidad en su mirada, fija en Laith. Sonrió hacia un lado de las comisuras. Imposible tomárselo en serio con esa mueca. Pero al hablar, dijo algo curioso, en respuesta a Laith.

—No es sólo divertido, mzungu—puntualizó—Es más que sólo divertido. Aquí le llamamos “fiebre”, porque se te sube a la cabeza. Nan, él… se te ha subido a la cabeza. Pero, mzungu—llamó su atención y se apuntó a sí mismo con un dedo a la altura de la sien—Si estás mental. Ya no piensas bien. Si tienes fiebre, tu cuerpo cambia—Quería explicarle esas cosas y lo hacía a través de los gestos, el lenguaje corporal. Quería que Laith abrazara cuanto decía, en entendimiento y en sentimiento, quería trasmitirle el mensaje contenido en sus palabras. Con dos dedos apuntó esta vez hacia las cuencas de sus ojos, y continuó—: Ves cosas que no deberían estar ahí. Tú te sientes bien. Dentro de un sueño que es bueno. La sangre enloquece. Blanquitos como tú, ellos pagan por un poco de lo que los chamanes les dan. No son polvos o hierbas. Es esto—Estiró una mano y aferró el brazo de Laith. Si esperaba algo, nada pasó. Sólo una lánguida caricia que se deslizó por su brazo, hasta soltarse con extrema delicadeza. ¿Y el significado?—: Tocarte. Y ardes—Hizo una pausa, y sonrió—. Sí mzungu, no lo diré.

Niara ya lo sabía, ella lo olía. Pero eso Ishma no se lo dijo. En cambio, fue señalando las escarificaciones en su cuerpo, y contándole una historia de dolor y tradición, que era el porqué de que se las hiciera. Aprendías más cosas sobre él, y sobre la familia Soyinka. Mientras que Niara solía hablar en general, sobre la gente de África, su hogar, Ishma se extendió sobre cuestiones que ella solía pasar por encima, a veces, con una graciosa mueca o sólo rascándose una oreja y mirando para otro lado, o sólo cambiando el tema. Le salía tan bien, que había esquivado hasta entonces lo entretenidos que podían ser los relatos de dos hermanos cabezotas que se perseguían como el león a la hiena, y de por qué al tío Merkel, jefe de familia, le daba risa verlos juntos, y en eso andaba, resaltando lo graciosos que eran esos dos, hasta que los mismísimos protagonistas se le plantaron a menos de un metro, sin que les causara mucho humor toda la historia, ni con la risa de hiena de Ishma, que tuvo que interrumpir para preguntar qué había pasado entre el blanquito de antes y Jomo, en medio de la tensión reinante que esos dos cabezotas fueran a instalar allí, donde se estaba tan fresquito, a la sombra.

—¿Cómo estás?—preguntó Niara, sentándose al lado de Laith, y olvidado todo resentimiento. Excepto por, bueno… La mirada, ¡fugaz!, que le lanzó a Nankín, allí, de pie y cruzado de brazos, y que fue muy elocuente, por no decir fulminante. Pero al volverse a Laith sonrió, con una curva sutil y cariñosa—¿Has ido alguna vez a una excursión arqueológica?—inquirió luego, con un tono sugerente y reservado, como quien, casual, pregunta. Y se abrazó a sus piernas. Nan comentaba algo con Ishma, en otra lengua—. Iremos a una, si tú quieres.



cerezas con chocolate:

Te ofrezco una idea, te ofrezco un episodio (?), con UNO de los siguientes pj’s. La idea básicamente es obligarme a rolear con UN SOLO pj xD Y profundizar en la relación de Laith con ese pj, y en fin, explotar las posibilidades que puede ofrecer, etc., en una determinada situación, etc. QUIERO ESTO, porque me atrae la idea y pienso que podría darte un rol más dinámico (esto es básicamente es para limitarme a mí (!), y porque suena entretenido (?)), pero CUALQUIER OTRA OPCIÓN es bienvenida, ¡y por favor sé feliz roleando lo que quieras! Y de hecho, si quisieras un episodio con Stephen, podríamos planear con él también. La idea es que yo rolee desde la piel de ese ÚNICO PJ, y no me vaya por las ramas. Sólo por un “episodio”, que duraría lo que dure la pequeña subtrama entre esos dos. :3 ...Porque no me puedo controlar TODO el tiempo, ¿no? Eso sonaría a locura (!)

—Excavación arqueológica. Los muggles están realizando unas excavaciones, y no tienen idea de lo que encontraron. Los Soyinka intervienen, ¿infiltrándose y haciendo de las suyas? El objetivo es tomar algo de valor y llevárselo a Jomo//Niara. (Moebius puede aparecer como secundario y antagonista).

—En la caravana, Grace armó un desastre haciendo estallar su caldero. Es reprendida duramente por Stephen, y aunque éste ni se lo pregunta, ella suelta su preocupación sobre Laith y con quién anda (lo cual suena a acusación y traición (???)), además de relatar cómo fue la historia con el erumpent. Puede que a Stephen no le importe con quién ande su sanador, pero sí le echa la bronca por haberse lastimado. Los pone a los dos a trabajar en algo, trabajo de equipo, y surgen las asperezas entre los dos, no porque choquen, pero sí porque son diferentes  (y quizá descubran otras cosas). //Grace.

—Laith fue a por Niara, pero fue Nan el que salió a su encuentro. Como sabe que a Niara la atacaría la bronca, invita a Laith a ir de expedición con él, dejando a Niara plantada. Jomo le encomendó a Nan hallar a alguien hacia dentro del corazón de África, para buscar algo o transmitir un mensaje, etc. Ellos acaban descubriendo un sitio precioso, a mitad de camino. //Nan.

—Ishma está solo en la carpa de los Soyinka. Por el motivo que sea (un juego de cartas, etc.), Laith pierde y tiene que cumplir una prenda. Ishma se ríe y lo envía a secuestrar una jirafa/cebra/animal salvaje no asesino bebé. (BEBÉ GORILA, linda opción (?)). Claro que va con él y lo ayuda en el proceso, por diversión. //Ishma.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Aya Jones
Edad del pj : 24
Ocupación : Fugitiva
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 4.500
Lealtad : La causa justa.
Patronus : Guepardo
RP Adicional : ---
Mensajes : 171
Puntos : 128
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t4126-niara-soyinka?highlight=niara http://www.expectopatronum-rpg.com/ http://www.expectopatronum-rpg.com/t4902-niara-soyinka-caminos#74253 http://www.expectopatronum-rpg.com/
Niara SoyinkaFugitivos

Laith Gauthier el Lun Jul 02, 2018 3:25 pm

Laith había descubierto a Niara como una fuerza cálida que te atraía, a veces sin que tú quisieras ser atraído. Te cubría con un manto terso de cuidado y se preocupaba más de la cuenta por tanto, siempre evitando de alguna manera el riesgo que esto representara, que incluso parecía increíble que esa mujer fuera la misma mujer aventurera capaz de montarse a un erumpent si alguien la retaba a hacerlo. La mitad de ella era así, fuego ardiente, quemaba en su pecho y se extendía con sus lenguas hasta cubrirla por completo y ella no se quemaba. Otra mitad de ella era tierra sólida, firme sobre la que podías detenerte a respirar un segundo. Incluso era agua que curaba. Una hermosa contradicción, si a él se lo preguntaban.

Por ello, Laith no fue capaz ni siquiera de quejarse cuando lo advirtió con tal dureza que ni siquiera se le ocurriese intentar algo con esas manos. Pero se sonrió, con esa sonrisa de pillo, sólo por la comisura del labio cuando ésta le dio la espalda. Dolía, sí, ardían sus manos cuya carne podía verse en aquella quemadura. Lo que no mata nos hace más fuertes, era una de sus leyes de vida, y sus manos ahora inútiles tenían tendencia a sobrevivir a explosiones y quemaduras.

***

Siempre había pensado que lo mejor de los accidentes es que sólo los involucrados lo supieran, pero en esta ocasión no podía ser de esa manera. Eran sus dos manos las heridas y necesitaba a un sanador. Grace era buena en su trabajo pese a su constante nerviosismo que a veces le crispaba un poco por su diferencia de actitudes. No eran sino dos polos opuestos listos para chocar si la situación se presentaba. Pero en ocasiones, Laith debía dejar el orgullo a un lado y pedir ayuda.

Mientras sus manos eran curadas, sin más que gestos de dolor, los ojos verdes en muchas ocasiones terminaron perdidos allá, a lo lejos, donde aquellos dos se encontraban peleando, observando con detalle todo lo que estaba sucediendo en esa lucha de poderío que parecía más a dos animales discutiendo y peleando por su territorio que a dos seres humanos teniendo un intercambio de palabras para nada pacífica. Parecía investigarlos, inspeccionarlos con mirada inquisitiva hasta que estos fueron alejados de su rango de visión gracias a Jomo y él se encontró de vuelta en la realidad.

Ishmael no había parado de hablar, y Laith había escuchado y atendido sus palabras como lo hace una persona con un cuadro que está acostumbrado a ver, o una canción muy conocida. Sabes que está ahí, pero no le das mucha importancia. Incluso cuando Grace se hubo ido con la pregunta de la hiena que el sanador hubo negado, Laith se quedó pensativo antes de empezar a hablar tanto al aire como a Ishmael, el primero que le hiciese caso y le prestara un oído para escuchar. Inesperadamente recibió una respuesta, una que le costó entender y ni siquiera estuvo seguro de si realmente comprendió en esencia.

No tengo fiebre, Ishmael, Nankín no se me ha subido a la cabeza, así que no te preocupes por eso —insistió, muy seguro él, pero, ¿qué persona que tiene un problema lo admite de buenas a primeras? ¿Era eso, o que realmente sus palabras eran más bien sentidas y verdaderas? Difícil de decir. — Tú guarda el secreto y verás que todo saldrá bien —le guiñó un ojo y amagó a tocarle el hombro en un gesto, mas no lo hizo por seguridad de sus propias manos.

Laith siempre era receptivo. Por ello, las historias de Ishmael, fuesen sobre el tema que fuesen, siempre eran divertidas e interesantes, y las escuchaba como un niño que quería aprender más. Cuando se visita una nueva cultura, siempre es importante tener la mente y corazón abiertos para todo lo que se avecinase, de lo contrario, uno se encontraba con ese problema intenso de no poder adaptarse. “En Roma haz lo que hacen los romanos”, un dicho popular que él consideraba era totalmente adecuado para la situación en que se encontraba. Hasta que los otros volvieron interrumpiendo su interesantísima conversación.

Bien, mejor, no te preocupes, ¿está todo bien con el idiota aquel? —respondió y, sin pensar, una pregunta fue devuelta, esperando que fuera respondida. — ¿Una expedición…? No realmente, no una propiamente dicha, hasta donde recuerdo —reconoció. Casi sin darle opción a negación, ella decidió por él. — Sólo si ocurren trampas como las que hay en Indiana Jones, ¿alguna vez has visto esas películas? —un clásico, cómo no, y sonreía ampliamente. Ya se apuntaría mirar con ella películas de Indiana Jones si no las había mirado antes.

***

Una expedición. Laith no dejaba de pensar en que todo iba a ser como en Indiana Jones o quizá en esa película de egipcios… ¿La Momia? En fin, el caso era que se había robado de una de las casas de campaña de la caravana un sombrero de Indiana Jones que seguramente le pertenecía a Ashbel, uno de sus compañeros, y emprendió la aventura junto con Niara. El calor de África era inclemente y le perlaba la piel, cuyas gotas de sudor caían y se perdían en su ropa. A pesar del calor, él parecía encantado con la idea, ¿qué podía salir mal?

Si encuentro un tesoro, ¿puedo quedármelo? —le preguntó a Niara, encimoso como un gato, con su barbilla en su hombro desde su espalda, pidiendo atención a gritos. — Imagina si encuentro oro, ¡sería rico! —exclamó, irguiendo la espalda con un gesto victorioso. En realidad sólo exageraba, porque cuando llegaron a la zona de expedición, al menos a simple vista, sólo eran… rocas viejas. Pero el ojo engaña muchas veces, y la expedición no eran las rocas, no. A veces, la aventura está justo bajo tus pies.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Jake Bass
Edad del pj : 26
Ocupación : Sanador
Pureza de sangre : Mestizo
Galeones : 25.505
Lealtad : Neutral (Promuggles)
Patronus : Colibrí
RP Adicional : +2F
Mensajes : 971
Puntos : 798
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t3957-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4024-relaciones-de-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4062-cronologia-de-laith-gauthier#65418 http://www.expectopatronum-rpg.com/t4025-correo-de-laith-gauthier

Niara Soyinka el Mar Jul 03, 2018 12:36 pm

Moebius vendía noticias como periodista que era. Su reputación lo precedía. Pero le gustaba hacerse con dinero sucio por esas noticias. Y no era hombre de fiar. Había revelado saber algo sobre un campamento muggle, una excavación arqueológica. Habían dado con algo sobre lo que eran profanos.

—¡Hellen!, ¡Hellen, dile algo al guía! ¡Ha entrado a mi carpa como la otra vez…!—El revuelo de la puerta de la tienda cortó el aire. El Sr Castle asomó su nariz desde dentro como si tuviera la intención de ir a increpar a alguien, quien fuera que se lo topara delante, quien tuviera esa mala suerte— ¿O cómo explicas que me falte…?

Los hipopótamos arrasaron con las tiendas. En una estampida que no fuera anunciada. De pronto los gritos y el destrozo general se sintieron  en todo el campamento. El Sr Castle tuvo la mala idea de maldecir y volver a entrar en su tienda. No por cobardía, pero por sus planos y dibujos arqueólogicos.

Hellen atravesó el campamento sorteando a un hipopótamo salvaje que perseguía a uno de los arqueólogos de la expedición, llamando el Sr. Castle a los gritos, ¡que no podía quedarse donde estaba!, ¡había que correr a las camionetas! Que de paso, los abandonaban encendiendo los motores y largándose.


Dos horas después


El campamento había quedado destrozado, y un muy enfadado Sr. Castle reñía con su guía, o lo intentaba, porque no es como si pudiera sonsacarle siquiera la mínima mueca de pudor o arrepentimiento, ni siquiera se mostraba ofendido para nada. Esa calma tan profunda y pacífica del hombre negro no hacía más que ponerlo de los pelos. Para colmo de males, por empezar, ni se entendían en ningún idioma. Hellen era quien traducía para él, recatada en su actitud y ajena al nerviosismo de su compañero y jefe.

—¡¡Que me diga por qué no nos ha avisado que había hipopótamos!!, ¡todas nuestras cosas…!, ¡el campamento…!, ¡mira el campamento!

El Sr. Castle no podía estar quieto y caminaba en círculos realizando exagerados movimientos con brazos, a veces sujetándose la cabeza, otras rezándole al cielo. El guía, por su parte, recibió la traducción y le respondió a Hellen muy tranquilo. Ella lo meditó un instante y se volvió al jefe de expedición, que esperaba una explicación con los ojos desorbitados y los cachetes de un rojo tomate.

—Dice que nadie le preguntó.

El Sr. Castle bufó en toda respuesta y alzó los brazos sin poder creérselo. Derrotado en su exasperación, se obligó a calmarse, como media hora después. Esa expedición había sido muy dura desde el principio. Viajar a través de África tenía sus contratiempos, eso y guías que eran mandinga disfrazado, si tenías la suerte del Sr. Castle. Era tan maravillosa como peligrosa. Pero nada le impediría al licenciado llegar a destino. Había secretos por desenterrar, otras maravillas por descubrir. Faltaba poco. Muy poco. Sin importar qué contratiempos, ellos…



Tres días después, habiendo dejado muy atrás a los hipopótamos, en medio de una excavación.


Niara Soyinka tenía la mirada tranquila clavada en un mapa. A diferencia de otros mapas en papel, este reflejaba movimiento. A diferencia de muchos mapas muggles, este trazaba notoriamente el delineado de los llamados terrenos inmancables. Que no para los magos, pero sí para los muggles.

Y allí, justo enfrente de ellos, donde no debieran estar, un campamento de muggles excavando en el escarpado terreno boscoso al pie de una montaña de roca por encima de lo que debían ser cuevas subterráneas. Al menos, habían encontrado una grieta, una abertura en la roca, que daba esa idea. Así que, Niara miraba alternadamente al mapa y al campamento, como buscando una explicación. No confesó su sorpresa, pero se hallaba ensimismada en sus pensamientos, tan reservada ella, toqueteándose distraídamente la nariz mientras le hablaban, como si le cosquilleara, pero más como si su nariz fuera alguna especie de radar que detectaba las indirectas de su compañero, allí por algún lado, batiendo las alas por atención, una atención que siempre se ganaba naturalmente.

No era extraño tampoco, cruzarse con muggles. Que una zona fuera inmarcable no quería decir precisamente que no podía ser encontrada. No era lo usual, o se esperaba que no lo fuera. Pero allí estaban ellos. Más aquí estaba Niara. Más allí estaban “ellos”. Sobre el hombro tenía a Laith. Más allí estaban “ellos”. Más hacia adentro de la tierra, ¿qué había?

—Laith—repuso Niara con un acento grave y delicado, guardándose el mapa—. Si no evacuamos a esta gente…

La interrumpió una voz que le era profundamente desagradable. No, lo primero fue oír cómo alguien soltaba una risa despectiva, tan breve como una apuntalada. Luego, Moebius respondió sin que nadie le preguntara nada:

—Despierta, chico. Tú no vas pateando momias por riquezas. Así no es como se hace el dinero. Los americanos nunca superaron la fiebre del oro, ¿verdad? Negocios, chico. Así es como haces dinero—Le guiñó un ojo sin nada de encanto y se adelantó hacia el campamento.

Niara negó con la cabeza.

—Déjalo estar—Y lo llamó—: ¡Oi, tú para ahí!

Del campamento que tenían a tan sólo unos metros, les llegó el grito de un hombre, una voz fuerte y chillona, que parecía escandalizada.

—¡Hellen!, ¡Hellen, dile algo al guía! ¡Ha entrado a mi carpa como la otra vez…!—Un hombre canoso y con la cara roja apareció saliendo de una tienda, irrumpiendo con una queja— ¿O cómo explicas que me falte…?

—¡Sr. Castle!, ¡Hellen no está en el campamento!



Paracaídas:
—Es una caverna que en principio parecía una tumba subterránea. Los arqueólogos estaban desenterrando, descubriendo, excavando cosas muy curiosas, o en fin. Hellen descubre un pasadizo que la lleva directamente a un sitio de aguas subterráneas. Hay un una pequeña isla de roca en el centro, circundada por agua. No sé si te sonará de algo. Hay algo en el centro. Puede que haya un barco, un camino de roca. Lo que hay en el fondo de las aguas negras son inferis.  

—En las cavernas no hay nada digno de mención. Moebius los lleva allí a los chicos porque quiere saber qué paso y qué tesoros (porque resulta que sí cree en eso de hallar tesoros y hacerse ricos) encontraron en el laberinto. En todo caso, su idea es entrar dentro de sus mentes y después borrarles la memoria. Algo así a lo Lockhart. Imaginate que necesita una excusa frente a los demás como para decir que nuestros chicos quedaron idiotas o algo, o quería tenerlos bajo control para hacerles el interrogatorio. ¿Qué mejor que irse de excursión? (???) Ok, flipado. Pero divertido. Moebius está desesperado por saber qué pasó.

—Se presentan en el campamento y los reciben en medio de desoladoras noticias: Hellen ha desaparecido, nadie sabe cómo ni por qué. Los muggles no hallan nada raro en la caverna (simples tumbas, quizá de alguna tribu de hace tiempo, etc., vaya  a saber, nada que llame la atención) ni se explican la desaparición de su compañera.

—Miles de otras opciones que se me están ocurriendo ahora mismo, en mi desesperado y frustrado intento de hallar una idea bien sencillita. En plan: se sentaron frente a una carpa y tomaron el té para habar de la vida. Nada muy dramático. Dios…

—Sí, hay una explicación para todo. Moebius es algo así como el cronista de la expedición. En fin. Que ando en torbellino de ideas y todo fluye en mi cabeza. Todo con PERFECTA LÓGICA. Lalala.

—¿Ya dije que cualquier otra opción es válida? (?)

—¡YA SÉ! Una idea normalita, que me gusta: Ese día NO PASA NADA. O no sé. Y deceiden acampar cerca del grupo de arqueólogos para observar qué hacen.

avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Aya Jones
Edad del pj : 24
Ocupación : Fugitiva
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 4.500
Lealtad : La causa justa.
Patronus : Guepardo
RP Adicional : ---
Mensajes : 171
Puntos : 128
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t4126-niara-soyinka?highlight=niara http://www.expectopatronum-rpg.com/ http://www.expectopatronum-rpg.com/t4902-niara-soyinka-caminos#74253 http://www.expectopatronum-rpg.com/
Niara SoyinkaFugitivos

Laith Gauthier el Mar Jul 10, 2018 7:58 am

Niara le rompió un hilo de pensamientos llamándolo por su nombre, aproximándose a ella mientras iba y venía en comentarios que, dado el caso, sólo estaba escuchando él al parecer. Algo le estaba diciendo la chica sobre el campamento que tenían al frente cuando justo entonces escuchó esa risa cínica antes de oír esa desagradable voz. Su respuesta fue breve, el dedo medio alzado y un: — Háblame cuando te pregunte algo —contundente. Laith, generalmente agradable, tenía un límite bien marcado entre “todo está bien” y “me molesta respirar tu mismo aire”.

Volviendo a ese mundo feliz donde Moebius era un mueble sin voz ni voto, para él en ese maduro pensamiento, regresó a mirar el campamento e hizo el amago de acercarse justo antes de que oyese una voz chillona que provocó que se limpiase una oreja con el meñique. Observó en silencio la escena que pudo presenciar, llevándose una mano a la boca. Sujetándose el mentón con una expresión en reposo, el leve movimiento de sus ojos lo decía: estaba analizando la situación a toda velocidad.

Apretó los labios que hasta entonces permanecieron entreabiertos, acallados por un beso, antes de mirar a Niara. Se acarició la nuca, sintió un cosquilleo, como ese que precede los malos presentimientos. — Vamos —dijo más al aire que a cualquier humano que le pudiese escuchar. Sin pensárselo dos veces, atraído por alguna fuerza extraña, esa que siempre lo impulsaba a querer ayudar a los demás, Laith se acercó a la carpa como el forastero que era, secándose el sudor de la frente y con una sonrisa vivaz que contrastaba con la situación. Una compañera había desaparecido, ¿y este venía sonriendo?

¡¿Y tú quién eres?! —inquirió, con un gesto airado. — ¡Que ha desaparecido Hellen! ¿Ahora cómo nos comunicaremos con el guía? ¡Es una catástrofe! —se llevó una mano a la cabeza en dramático gesto, con su diestra al pecho. — ¡Y encima entran a mi tienda! ¡Es que este día no puede ser peor! —el canoso hombre hablaba para sí mismo, yendo y viniendo en pasos como un león enjaulado. — ¡Encima nos prometieron riquezas y oro en esta cueva de pacotilla!

Soy Laith —se presentó, — yo… —no, no se podía hablar con ese hombre que iba y venía, diciendo cosas que en ese momento sólo él se entendía. Laith suspiró, frustrado, el señor Castle no tenía intenciones de escucharlo. Y, como hace cualquier persona lógica, Laith se alejó a hablar con otro de los miembros del grupo. Era un grupo más bien reducido, pero eso no le impedía nada. — ¿Qué tal? Laith —se presentó, mano por delante. — He escuchado un poco, ¿qué sucedió?

Oh, soy Faline, lo siento por el señor Castle —dijo ella, estrechándole la mano al hombre. Era una mujer menuda, con enormes lentes de botella y una sonrisa que transmitía calidez, de cabellos negros y tez morena. — Al parecer, una de nuestras compañeras se marchó del campamento —explicó, brevemente. Faline era una mujer nerviosa y a veces el señor Castle le crispaba los nervios, y sin embargo ella permanecía risueña, a pesar de todo.

Mantuvieron una conversación breve en la que Laith, con ese encanto con el que se hacía estimar, preguntaba cosas respecto a su investigación. Curiosidad, más que nada. Faline se mostraba reservada con la información que poseía y, sin embargo, a veces se le escapaba hablar más de la cuenta. Se corregía con un “no debí decir eso” ocasional. Al parecer, aquella abertura que encontraron debería ser sinónimo de gloria, y sin embargo no era eso ni por asomo. Sólo una cueva que no llevaba a ningún sitio.

Laith, entonces, se animó a explorar porque, qué demonios, ¿por qué no? Sólo corroboró lo cierto, con una linterna que tomó prestada (y por tomar prestada nos referimos a que la cogió del bolso en el suelo que seguramente pertenecía al señor Castle). Parecía que iba a caerse en pedazos hasta los cimientos y, sin embargo, al entrar se sentía una opresión en el pecho que hacía difícil respirar. No era la falta de oxígeno evidente, era algo más, una cosa que apagaba la luz interna de las personas. Le dio la impresión de que ese sentimiento, ese de que algo le faltaba, se potenciaba en ese lugar.

Café con galletas:
Sí, si te lo estás preguntando, metí tus ideas a la licuadora, y quedó así:
>Moebius los llevaba a la cueva donde no hay nada raro, o al menos no lo hay a simple vista, para ver en sus memorias qué ocurrió.
>Por lo tanto, al entrar los nomaj, ellos tampoco vieron nada más que lo que parece ser en superficie: una cueva sin tesoros y sin salida. No se explican dónde se ha metido su compañera.
>Moebius continúa con la idea de “Están todos locos, no hay nada” hasta el último momento donde se encuentran con un pasadizo últrasecreto que sólo se activa con magia, así que está protegiendo secretos de los nomaj.
>Este pasadizo los lleva a una caverna con aguas subterráneas, aguas de un hermoso color turquesa que brilla en la oscuridad, pero OJO: son aguas sumamente peligrosas, que hechizan a la persona que la toca.
>Si una persona toca el agua, ésta querrá nadar al fondo del lago. La isla en el centro es una cueva por debajo del agua, donde reside una criatura mágica que devora personas. (Falta pulir)
>Una persona que no ha tocado el agua también cae hechizada, pero con un efecto mucho menor. Si pasa X tiempo bajo el hechizo, la persona en cuestión se volverá loca y se lanzará al lago.
>Hellen está en la isla donde está segura que hay algo, lo que lleva buscando sin darse cuenta toda su vida. Es una percepción a causa del hechizo.
>Para llegar a ella, hay que cruzar un camino de rocas. OJO: las rocas son traicioneras y algunas ceden bajo el peso.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Jake Bass
Edad del pj : 26
Ocupación : Sanador
Pureza de sangre : Mestizo
Galeones : 25.505
Lealtad : Neutral (Promuggles)
Patronus : Colibrí
RP Adicional : +2F
Mensajes : 971
Puntos : 798
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t3957-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4024-relaciones-de-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4062-cronologia-de-laith-gauthier#65418 http://www.expectopatronum-rpg.com/t4025-correo-de-laith-gauthier

Niara Soyinka el Mar Jul 10, 2018 8:58 pm




Es un túnel cual boca de lobo, angosta y misteriosa, letal en sus formas escarpadas de roca saliente y dura, que prometía desmoronarse hasta sofocarte en el peor de los escenarios. Habían colocado gruesas vigas de madera cerca de la entrada y a lo largo del camino explorado de manera que las improvisadas columnas sirvieran de apoyo frente al caso de un colapso repentino.

A medida que se avanzaba el sendero se ensanchaba, o por el contrario, se angostaba de tal manera que uno sólo podía imaginar seguir incursionando en lo misterioso si tuviera un cuerpo de complexión tan delgada como flexible, incluso muy distante del ideal de las proporciones humanas. Este  problema podían solucionarlo los muggles con sus palas y sus picas, pero haciendo alarde de mucho, mucho cuidado si no querían que la infraestructura de la cueva se viniera abajo.

Eran extensos, zigzagueantes los vericuetos por los que un explorador muy entusiasmado podía desaparecer dejando atrás la quietud y el silencio de su ausencia. Sólo los muy experimentados podían hacerlo sin quedar sepultados entre los escombros de un desprendimiento. El aire se hacía cada vez más opresivo, escaso, a medida que uno se adentraba en la nada oscura de lo desconocido. Los arqueólogos habían apostado lámparas que podían encenderse en el camino, pero hacía horas que la linterna de Hellen vagaba como un halo fantasma más allá del sendero trazado por sus compañeros en los planos de la excavación.  

No podía sobreesforzarse en esas condiciones de poco y nada de oxígeno, ella lo sabía. Las sienes habían comenzado a palpitarle, sofocada por el encierro. Si bien el cuerpo tenía un acondicionamiento magnífico cuando se trataba de adaptarse a nuevos ambientes, Hellen comenzaba a sentir la fatiga como un signo de que ya había sido suficiente de explorar cavernas por ese día. De no ser porque la imprudencia la dominaba, hubiera hecho caso. Pero haber descubierto aquellas marcas rupestres en el muro de roca sólo encendió su pasión.

Todo había comenzado el día anterior, cuando pararon la excavación a pedido del Sr. Castle, justo en la entrada de un disimulado desvío en la roca, alegando que poner a un equipo de excavación a trabajar en la zona para hacerla accesible sólo sería una pérdida de tiempo y recursos, además de que podría dar como resultado un derrumbamiento de la fachada. Hellen lo entendía. Así como también entendía que cualquier intento por convencer al Sr. Castle de que un cuerpo pequeño como el de ella podía deslizarse entre los entreverados rocosos sin problema era, también, una pérdida de tiempo. Por tanto, sin discusiones de por medio, tomó su mochila y se hizo con un equipo muy ligero, y zarpó hacia su destino.

Su convicción por tomar el desvío se debía a que la estrecha abertura estaba señalada con una cruz tallada en la roca. Eso, para el Sr.Castle podía no significar nada —hasta había dudado de que no fuera simplemente una grieta de la superficie por causas naturales—, o no lo suficiente, pero en Hellen despertó su curiosidad. Qué pasaría si alguien hubiera colocado una marca porque quería volver, a donde fuera que llevara ese camino. Y por si fuera poco, al adentrarse por allí, descubrió el rastro indudable del hombre en los muros de roca. Siempre le sorprendería en el corazón la persistencia del hombre o una cultura de hombres por contar una historia, porque el relato era una de esas cosas que nunca perdían su originalidad, fiel testimonio de lo único que distingue a toda una raza de animales pegados a las pantallas de sus smartphones del resto de bestias.  

Al principio de su exploración no se trató más que de representaciones de lo que debía ser una comunidad en alguna especie de culto. Las pinturas se hallaban muy espaciadas entre sí, como migajas de pan que guiaban el camino. Le llevó horas conducirse por un sitio tan angosto, dificultada su libertad de movimiento, a veces de pie, otras yendo a gatas, arrastrando con ella su mochila y su linterna. El sudor se le agolpó en la frente, su cara estaba sucia de polvo, pero en su mirada había el fuego intenso de la actitud cuando está motivada.

Hellen, empujada por la emoción de su hallazgo, llegó hasta una brusca pendiente. Un hundimiento en el suelo de roca. Como una garganta profunda que ningún ojo humano era capaz de ver a través, penetrar en su oscuridad. A menos, que tuviera un poco de ayuda. Hellen se quitó la mochila, que a pesar de haber sido planeada para no cargar con mucho peso ya comenzaba a hacerle doler los hombros, como si llevara ladrillos encima. Rebuscó dentro y para cuando se plantó de pie al borde del abismo, encendió una bengala y casi al mismo tiempo, la soltó.

Las chispas fluorescentes se hundieron en una caída ininterrumpida, sin final. La oscuridad fue inseminada por la transparencia que le confieren los límites de lo material a lo que sólo podemos imaginar. Era una abertura angosta y escarpada que crecía hacia abajo, recorriendo metros y metros de niveles subterráneos. Fue cuando la luz titilante de la bengala le guiñó desde la dura vastedad del subsuelo, que Hellen decidió que para llegar habría que trepar hacia abajo. Porque lo que había sentido justo cuando la bengala impactó en lo profundo, no fue vértigo o siquiera sorpresa, fue algo mejor, mucho mejor: una calada de brisa. Puede que fuera casi imperceptible o que se engañara, pero lo sentía, el aire. Desde lo profundo del abismo.  

Manos a la obra, pues. A ella se le daba bien escalar. Pero como todo profesional con la brújula apuntando enloquecidamente a su norte, uno increíblemente magnético, pecaba de aventurarse demasiado porque, después de todo, ella sabía lo que hacía. Puede que de contar con un equipo hubiera parado la expedición, acampado para tomar un descanso o vuelto al punto de partida a través de las señalizaciones que dejara en el camino. Porque a los demás, hay que darles el ejemplo. El caso es que ella iba a su albedrío y no tenía que rendirle cuentas a nadie. Y por supuesto, se reiría de su estupidez una vez que, habiendo dado un paso en falso con el pie durante el descenso, toda ella se viniera abajo, desprendiendo en la caída un cúmulo de polvo y escombros.

Sintió la punzada del miedo, tirada en el suelo, temiéndose lo peor. Rápidamente se incorporó y alzó la mirada con una nueva bengala en la mano. El polvo se dispersó acompañado por el gemido del desprendimiento, una pequeña lluvia de rocas que le habían dado tremendo susto. Pero no fue a peores. Suerte que el incidente le ocurrió al final del trecho. Finalmente dándose cuenta de que estaba tentando demasiado a la fortuna, se echó a reír. Sin darse plena cuenta todavía de dónde había ido a parar.

La cuerda por la que pensaba regresar en su feliz ascenso pendía serpenteando agitada en el aire. Pero en su fuero interno, contaba más con que el equipo hallara sus señales y la encontraran que de tener que emprender sola el regreso. Porque no sería la primera vez, y siempre podía contar con Faline.  

Porque si no puedes convencer al Sr. Castle de algo, tú tienes que arrastrarlo a mirar, sólo mirar, qué hay justo debajo de sus narices. Hellen lo sabía y actuaba en consecuencia. Hellen reía de la cara que pondría el Sr. Castle, de la de cosas que se dirían en ese momento sobre su ausencia en el campamento. Hellen se giró a explorar con la bengala en la mano y lo que descubrió le entró por los ojos, atacados por la impresión, dilatados pero no del placer. Hacia dentro de su pecho la implosión de sus latidos la estremeció de puro vértigo como nunca antes.  

Avanzó con cuidado admirando en un estado de terror las pinturas en las paredes de la caverna. Diferentes, muy diferentes de las que venía encontrándose por el camino. Estas eran gigantes, lo cubrían todo, lo saturaban todo a su alrededor, con trazos que coloreaban el alma de miedos que bien harían en quedar ocultos y no ser jamás liberados. Ella era arqueóloga y sabía que aquella era nada más que otra historia encerrada en la mente ficcional de hombres de la prehistoria, ¿pero lo era realmente?, ¿una ficción colectiva?

Había algo que Hellen no le había contado a nadie. Sobre qué buscaba secretamente entre los restos de culturas extintas, qué anhelaba sobre todo lo demás. Era una historia, una que se contaba desde que era niña. Su madre adoptiva había dicho que sólo era una muchachita con mucha imaginación, pero ella sabía que era real, aunque no pudiera probarlo y aunque el mundo le impusiera su noción sobre las cosas que pueden ser ciertas y sobre las que son mera fantasía.

Ella solía contarse una historia que iba de magos y brujas que vivían entre ellos, porque como siempre había dicho: “Me llevaron de mi hogar, y en mi hogar había magia”. Ahora, ella lo sabía sin tener que explicárselo, su imprudencia, su empeñada insistencia, su corazón acelerado, ella podía sentirlo. Era un sentimiento, de ese algo que te faltaba. Algo como magia en el aire.  




***




Moebius se fue por un lado, Laith por el otro, y Niara quedó en el medio, dejada atrás y con un mapa en la mano. Por alguna razón no le sorprendió que Laith eligiera ir a meter las narices donde se olían los problemas, y gritados todo a lo alto por alguien escandalizado. Dirías que se guiaba por el ruido. La hizo sonreírse por dentro, esa disposición a prestarse para con otros, sin tener idea ni de qué iba la cosa. Asumía, que iba a ofrecer ayuda. No por nada se lo cruzó en una caravana de sanadores surcando el corazón de África.

El que la intrigaba era Moebius. Él le había prometido dar conocimiento sobre el paradero de un artículo de colección en una nueva excavación casualmente atacada por muggles incautos, siempre que él pudiera llevarse una tajada de dinero. Después de todo, los Soyinka compraban y vendían, y además, iban a por su mercancía, algo que Moebius no podía hacer por cuenta propia. Era demasiado prudente como para ponerse en la línea de fuego. Su especialidad eran los negocios, no asaltar a momias en su sarcófago. Nan ya había hecho tratos con él. Pero Nan era Nan. Niara sospechaba que Moebius la subestimaba, más que nada por la profunda negativa de Nankín Soyinka a que ella realizara el encargo. Se imaginó que, a sabiendas de que Moebius era un canalla, su hermano se había convencido de que se aprovecharía de alguna manera, de ella, con la que nunca había hecho tratos antes. Era tonto hacer negocios con la familia Soyinka y hacerles una jugarreta. Tonto, pero no imposible. Tendría cuidado con él. Por eso llevó a alguien en quien confiaba, para que la respaldara. Puede que nunca se le hubiera ocurrido antes, arrastrar a Laith a sus aventuras, pero dado que de por sí el hombre sentía una inclinación natural por el peligro, como si este fuera a prometerle la gloria o el oro o sólo una buena diversión, Niara no podía discutirle que disfrutaba de lo estimulante de su compañía, y que esa excusa le bastaba.  

—El chico, ¿qué hace?—Moebius regresó, lanzándole a la cabellera de Laith una mirada de desconfianza—Tenemos que planear cómo entrar a la cueva sin que…

—Oh, él ya se ha puesto a ello—repuso Niara, guardándose el mapa e inspeccionando con ojos escrutadores a los muggles del campamento. Puede que Laith fuera atraído por los ruidos y los problemas, pero Niara pensaba que si quería indicaciones mejor ir con la persona más dispuesta a dártelas. Eso, si tenías la opción. Y la encontró, allí, con ojos inteligentes y curvas de mujer. Antes de dirigirse hacia allá, el campamento, dio media vuelta y encaró a un Moebius algo renuente a tanta atención, y tan repentina—. Me pregunto, ¿qué tenías planeado tú?

A Moebius no le gustaba Niara. Lo tenía escrito en toda su cara. La veía pequeña y taimada. En su experiencia, las mujeres así eran las más rápidas en cazarte desprevenido. Si no las veías venir, bien podían apuñalarte por la espalda, o por cualquier costado, penetrándote con la punzada de una avispa. Puede que el puñal tuviera el filo de un abrecartas, pero era perfectamente puntiagudo como para enterrarse en la carne sin ningún esfuerzo. Ni lo notarías, hasta que fuera demasiado tarde. En el estado de nerviosismo en que Moebius se encontraba actualmente, todas las personas a su alrededor eran capaces de clavarle un puñal.

A decir verdad, hacía días que no le gustaba nadie en particular. Había dejado de comer, estaba pálido como la muerte, de un momento a otro despertaron tics en él que ni sabía que tenía, su humor habitual, uno de completa relajación y cinismo perfecto, había sido reemplazado por una paranoia aguda, una profunda desconfianza por los rostros de las personas. A veces, dudaba de que tuvieran rostro. Su visión podía volverse borrosa de repente, al experimentar golpes de fatiga o estrés, y el mundo a su alrededor se volvía amenazante, extraño, sin que pudiera determinar si soñaba o no, sumido en un pequeño trance de duermevela. Hacía tremendos esfuerzos porque no se notara: el temblor en sus manos, la desorientación, sus momentáneas distracciones cuando lo que creía ver se salía de las proporciones de la realidad. Lo había puesto incómodo viajar con aquel chico, el sanador. Esa compañía consumía su entereza. Pensaba que en cada oportunidad que cruzaban miradas, ese chico podía leerlo de alguna manera, chequear que algo no estaba bien. Le molestaba que pudiera mirarlo como un enfermo, o que sólo lo mirara. Había visto que esa negra pequeña y taimada solía hablarle en susurros, acercando su boca al oído del sanador. Y esa  costumbre no había hecho más que ponerlo sobre alerta, porque, ¿qué le diría? En algún punto de su ser intentaba luchar con lo que le estaba sucediendo. ¿Fiebre, quizá? En un viaje por el extranjero, todo era posible. El estrés se devoraba vidas, eso también podía ser. Pero lo único que debía importarle era su cometido. Curiosamente, todo había comenzado en ese lugar. Oh, no, mucho antes, desde lo ocurrido con los Malinka. Pero no. Moebius no se había empezado a sentir así sino desde que incursionara dentro de esa cueva, en la que no había nada, nada en realidad. Pero lo que le faltaba, Moebius lo encontraría, de una manera u otra. Eso se lo prometía, a esos dos.

Niara enarcó una ceja interrogante.

—¿Y bien?

Moebius se distrajo. No pareció haberla escuchado o de recordar que estaba allí. Era porque era un tipo asqueroso, por eso. Hizo una mueca desagradable que Niara asumió que era su gesto de aprobación, su pulgarcito arriba en señal de que estaba de acuerdo con todo lo que hicieran —aunque de mala gana—, porque total, que él era un inútil sin verdaderas propuestas, y se alejó, tomando distancias. Niara lo observó con curiosidad por un momento y finalmente fue a presentarse a Faline. Si ya de lejos le pareció alguien con quien cruzar palabra, de cerca le pareció mucho más interesante. Aunque, por algún motivo, Niara mantuvo la reserva.

Se presentó como una simple casualidad errante por las tierras de su país, África, en una excursión de senderistas con un amigo y un “otro”. Y eso no sonó raro para nada. Faline la observó desde el principio con una cierta displicencia que sabía disimular muy bien. Su curiosidad hacia ella era genuina y bondadosa, pero más parecía interesada en el qué hacía allí que en el senderismo o en su cara de negra (excepto, quizá, por el hecho de que no la conocía de nada), y aunque había comenzado a responder a las preguntas de Niara, lo hizo con una superficialidad evidente, hasta que, encantada por la sorpresas que le guardaba el día, recibió a Laith, todo guapo, todo encantador, y Faline empezó a irse de la lengua, sumado a que se asió una frase cual muletilla, exactamente la frase de "Eres un encanto". Niara, quien al sentirlo llegar lo introdujo en la conversación con un “Oh, y él viene conmigo”, para luego lanzarle una mirada muy elocuente que decía a las claras: “A todo lo que te diga de nosotros, tú respondes que sí”, reparó en el giro de entusiasmo que dio la conversación y le hizo gracia. En un momento, justo cuando Faline los invitaba a sentarse a la mesa del campamento a conversar sobre la vida como si su jefe histérico no existiera, Niara tocó disimuladamente a Laith con el hombro, lo miró y le guiñó un ojo. Pero no un guiño cualquiera. Un guiño lento, calculado, muy ensayado, entreabriendo ligeramente la boca en una sonrisita como si soltara un silencioso “¡Ja!” Si te la quedabas mirando tenía todo el aire de una modelo de “pin up”, con toda esa actitud sugerente hecha sonrisa.

—Tú eres un encanto—dijo, por lo bajo, coqueta y simpática. Y se intuía que se partía de risa por dentro, por alguna razón que sólo ella adivinaría. Por último se estrechó contra su hombro, vibrante, en un gesto propio de los felinos, deshaciéndose por dentro de eso que la tenía tan prendida. Y es que, él no se daría cuenta o algunas veces más que otras, pero por donde volaba el colibrí, siempre iba dejando destellos. Le agradaba que fuera de esa manera.  

En la distancia, Moebius los observó con desconfianza.



***



—A ese amigo de ustedes, ¿le pasa algo?—inquirió Faline, sentada a la mesa y disponiendo una tarde merienda, mientras que a su alrededor el Sr. Castle entraba y salía de cada tienda que se le topaba en el camino, más como si fuera el alma errante de un fantasma vengativo que si buscara algo, algo que no fuera el alboroto.

Se refería a Moebius, quien había decidido que era muy disimulado lo de instalarse en soledad en una esquina del campamento, arrojándoles turbadas miradas de tanto en tanto.  La pregunta de Faline no era ingenua. Pero a su manera, muy educadamente, estaba rondando la verdadera cuestión que le atañía a su nariz entrometida: “¿Qué caranchos le pasa a ése, el de la mala cara?”.

—Están peleados—repuso Niara, inventándoselo sobre la marcha, aunque partiendo de bases reales, es decir, la mutua antipatía entre Laith y el periodista. Muy tranquilamente, sorbió de su taza de café. Justo cuando el Sr. Castle gritaba algo sobre lo locas que eran las mujeres o dónde estaba el repelente para mosquitos, sin decidirse por qué era más importante, mientras que espantaba a todo el que se le cruzara haciendo espamento como un pájaro en vena, agitando sus plumas y lo que fuera que llevara en las manos de un lado al otro.  Nadie le prestaba mucha atención, ni sus compañeros—El Sr. Castle, como le llaman, ¿a él le pasa algo?

Faline sonrió.

—La crisis de la edad—respondió sencillamente, sin quitarle a Laith los ojos de encima, allá, a la entrada de la cueva. Les había comentado ya que dos compañeros se habían internado rato antes en la cueva para seguir el rastro de su amiga, y esperaban su regreso, el de los tres —Tu amigo es un aventurero—agregó. No parecía importarle que llevara en la mano una linterna robada. Sólo se fijaba en que el ancho de su espalda le recordaba a alguien, alguien que le faltaba—. ¿Y por qué se pelearon?

Niara se encogió de hombros, mirándola a los ojos. No sonreía, pero dirías que podías intuir esa sonrisa.

—Un poco de todo.

—Ya veo—Faline le lanzó a un enfurruñado Moebius una última mirada, que tenía todo el sabor de la desaprobación. Y sólo entonces Niara pensó que Faline era una mujer muy femenina, voluptuosa en su belleza. Seguramente, Ishma diría de ella que era una “mujer amante”. Así, como si recién reparara en ella. Muy dada a soltar la lengua, especialmente cuando el asunto no iba con ella, Faline continuó—: Hace poco que se divorció—indicó al loco del repelente con un gesto perezoso de la cabeza—A su edad, imagínate. Cuarenta años de casados o algo por el estilo. Alice era una mujer amorosa. Conoció a un negro africano por Skype, parece. Se enamoraron y ella dejó a su marido. Quien, aparentemente, la había hecho llevar una vida muy desgraciada y no se había dado cuenta de ello hasta que se encontró con el hombre de su vida, al otro lado del mapa. Creo que el bueno de Jack soñó que encontraría aquí su Santo Grial, o una novedad que le darían a él y a su vida una nueva oportunidad. Pero tú no te imaginas el escándalo que se armó cuando nos cruzamos a la señora en uno de esos restos al aire libre. Ahí me enteré de toda la historia. Creo que él sabía, ¿sabes? Que Alice había venido a vivir a África. Y sospecho que la persiguió atravesando continentes. Me da un poco de pena—Sus labios de torcieron en una mueca, pero no de pena. El comentario parecía una mera formalidad—. Un hombre que no puede vivir por su cuenta, creo que es de pena—Niara se cruzó de brazos sobre la mesa, silenciosamente sorprendida por el comentario— Así que, vino hasta aquí a buscar lo que le faltaba. Y le devolvieron una chancleta en la cara. Sí—Faline rió, recordando—, es que hizo tanto alboroto que una de las mujeres negras de la mesa se levantó toda indignada con una chancleta en la mano y…—Faline alzó la mano, a punto de reaccionar con un ademán—: ¡PAM! ¡Fue espléndido, te lo digo! Él se calló al instante. Se puso duro, duro como una de esas estatuillas con los brazos bien rígidos pegados al cuerpo. Y luego de que se miraran como si se tratara de un duelo. Todo el mundo callado alrededor. Ni una risa. ¡Él se marchó!, aparentando dignidad. Así como así. ¿Quieres un poco de brandy?

Niara sonrió.



***




—¿Y tú quién eres?

La pregunta era demandante, inquisitiva. Apuntaban a  Laith a la cara con una linterna, cortándole el paso. Era el grupo que había ido a por Hellen, pero volvían sin Hellen.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Aya Jones
Edad del pj : 24
Ocupación : Fugitiva
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 4.500
Lealtad : La causa justa.
Patronus : Guepardo
RP Adicional : ---
Mensajes : 171
Puntos : 128
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t4126-niara-soyinka?highlight=niara http://www.expectopatronum-rpg.com/ http://www.expectopatronum-rpg.com/t4902-niara-soyinka-caminos#74253 http://www.expectopatronum-rpg.com/
Niara SoyinkaFugitivos

Laith Gauthier el Mar Jul 17, 2018 7:58 am

Laith era un colibrí curioso, cuando menos. En ocasiones, parecía que no podía refrenar el instinto de querer ir justamente a donde no le llaman, ¿a una aventura subterránea? Apúntenlo, él siempre estaba dispuesto. ¿Encontrar una mujer perdida? ¿Por qué no? Le gustaría decir que lo había analizado con todos sus pros y contras y estaba seguro de la misión que estaba emprendiendo, pero era un secreto a voces que aquello era mentira. No por nada había estado en la casa del corazón del mago, él se guiaba por las entrañas, siempre los sentimientos le mandaban a la razón. Si tenía una corazonada, que así fuera.

Fue ignorando casi de forma brutal por el señor Castle que entre pensamientos dispersos y una ida y vuelta de palabrería sólo se concentraba en su propia voz quejándose de todo lo que aconteciese. Laith llegó a pensar que ese hombre se quejaría hasta porque el sol es redondo y da calor, ¿por qué no podía ser rectangular y provocar frío? Puso los ojos en blanco, dando una breve mirada al resto del campamento.

Miró al paso una de las fogatas que había por ahí, como si jamás en su vida hubiese visto una fogata. Tenía una olla colgante donde algún tipo de sopa era preparada. Incluso husmeó un poco en las mochilas, una de ellas estaba llena de dulces que le costó no tomar, quería conocer al dueño de esa mochila y pedirle un dulce. En otras encontró cosas para escalar, linternas, lo tomó como una nota mental de la que haría uso en el futuro.

Entonces se acercó finalmente a la gente. Faline parecía ser una mujer muy agradable, un poco sobrecogedora, pero de gestos cálidos. Una extraña contradicción de la que acabó pronto encogiéndose de hombros y haciéndose partícipe, más por atracción que por así haberlo pensado. La conversación iba fluyendo, el sanador aceptaba generalmente bien los halagos y una sonrisa brillante era el canje por cada “eres un encanto” que recibía. Agradable, cuando menos.

Lo extraño fue cuando la guepardo se lo dijo, con un gesto en el hombro y un guiño de ojo. Laith la miró, ceja enarcada, y sonrió. — Lo sé —a diferencia de aquellas sonrisas cálidas, con Niara se permitió jactarse de ello, como una vestidura que engrandecía su ego. Permitió que ella se estrechara contra su hombro cuanto quisiera, tranquilo en realidad. Ni siquiera reparaba en esa mirada insistente con que Moebius les observaba.

***

Explorando miraba de aquí a allá, tomando todo como si le perteneciera. Se acerca a las cuevas y entonces vuelve al campamento. Además, miraba al señor Castle con un gesto de curiosidad, como si fuera no otra cosa que el objeto de estudio. A veces, incluso, volvía con las dos mujeres para robar del café de aquella, su amiga, quitándole la taza sin preguntar y dándole un sorbo, volviendo a dejarlo en sus manos para caminar de nuevo.

Entonces lo pensó, mirando a la cueva. Volvió a las mochilas de antes y de una de ellas robó una linterna, yendo a explorar el interior. Era estrecho, sí, pero cupo bien, observando las figuras que las estructuras rocosas iban formando. No parecía nada del otro mundo, Laith pensó, suspirando. Lo más destacable es que lo sintió, como una opresión en el pecho, donde el alma se encogía de frío.

Se olvidó del exterior. Esas ocasionales miradas hacia afuera, las que Laith hacía como el niño que busca a su madre para buscar su aprobación o todo lo contrario, fueron reduciendo su número hasta volverse nulas. Cada paso que daba, Laith dudaba, pero al mismo tiempo se sentía jalado con la fuerza que ejerce un imán sobre una moneda.

Una luz lo cegó, dañando sus ojos en la oscuridad de la caverna, como una voz salida de ultratumba que en realidad no sonaba así pero así lo pareció en la cabeza de Laith. Perdió el aliento, dio dos pasos atrás y se sujetó de una pared hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz. No era algún tipo de monstruo o espíritu, era sólo el grupo de expedición.

Soy Laith —se presentó, con los ojos entrecerrados y su mano cubriendo el paso de la luz a sus ojos. — Vengo con Faline —les dijo.

Debes salir de aquí, es peligroso ir ahí dentro —lo advirtió ese hombre, con desconfianza. — Nosotros nos encargaremos de buscar a Hellen, mantente al margen —orgulloso dijo ese explorador.

Sí, en un momento, sólo… Sólo miraré alrededor —explicó. El explorador lo miró, y entonces pasó con su grupo por el lado de Laith para dejarlo solo en el interior de aquella caverna. Se sentía algo extraño, no pudo evitarlo, hizo el gesto que precede al llanto mientras cruzaba a través de los pasadizos de piedra.

En su mente iba armando un mapa del interior de aquella caverna, por lo que él estaba completamente seguro por dónde y por dónde no había pasado. Empezó a notar ciertos dibujos en las paredes, ¿eran dibujos o sólo su imaginación fantaseando por la falta de oxígeno? Había grietas por las que intentaba ver, podría pasar en su forma animaga, pero no quiso arriesgarse.

Había perdido la noción del tiempo cuando se encontró a sí mismo en lo que parecía el fin del túnel, con los pulmones apretados gracias a la presión, recargó un momento las manos en la pared recuperando el aliento. Se dio cuenta, justo en ese momento, que algo cedió a su tacto, una roca que fue empujada. La piedra se movilizó, pudo notarlo, como una puerta corrediza. Su corazón dio un latido en falso y, casi corriendo, salió de la cueva. Por un momento creyó que se perdió.

Necesitaba a Niara ahí dentro y, al encontrarla, se acercó a ella. Al oído, misterioso, susurró. — Hay algo —aparentando tranquilidad, y observando a la morena con ojos inquisitivos, esperando de ella una respuesta.
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Jake Bass
Edad del pj : 26
Ocupación : Sanador
Pureza de sangre : Mestizo
Galeones : 25.505
Lealtad : Neutral (Promuggles)
Patronus : Colibrí
RP Adicional : +2F
Mensajes : 971
Puntos : 798
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t3957-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4024-relaciones-de-laith-gauthier http://www.expectopatronum-rpg.com/t4062-cronologia-de-laith-gauthier#65418 http://www.expectopatronum-rpg.com/t4025-correo-de-laith-gauthier

Niara Soyinka el Vie Ago 10, 2018 2:01 am

Hakuna Matata
Max, Maxwell era su nombre. Marchó hacia la salida, con una mirada desconfiada por encima de su hombro. El chico salido de la nada se alejaba. Primera vez que lo veía por ahí y no se explicaba quién era. Tenía un cierto aire a chico moderno, la cara redonda y aniñada, tattos. ¿Qué tenía que ver Faline con alguien así? De todos modos, tenía cosas más preocupantes que atender en ese momento.  

—No la encontramos.


—¿Qué?—
Faline se levantó de la mesa.

Niara escuchó lo que fue un intenso debate sobre lo que pudo o no haber sucedido con la compañera desaparecida. Lentamente se apartó del grupo y fue hasta Moebius. Sentado en una roca y mordiéndose las uñas, miraba ensimismado en dirección a la entrada de la cueva. Niara colocándose en medio y obstruyéndole la visión, lo contrarió notablemente.  

—Hay una muggle dentro—informó.

—¿Sí?—No se molestó en fingir interés. ¿Estaría bien?, ¿habría que velar por la suerte de un extraño? No eran temas que le interesaran. De mala gana, escupió—: Tu amigo es otro que se coló.

—Sí, lo sé—aseveró ella, cruzándose de brazos—No nos llevaremos bien si sigues con esa actitud.

—¿Qué actitud?


Se miraron, y Moebius se masticó los labios con el pensamiento de que esa conversación le molestaba. El dolor de cabeza no ayudaba.

—Ningún muggle podría acceder a este lugar—
soltó entonces, encogiéndose de hombros. No iba a ser más simpático, pero podía recordarle que él tenía información útil—.Más importante—De un pisotón sobre la hierba, aplastó a un escarabajo que caminaba cerca de su pie. Niara puso mala cara, pero no dijo nada—, ¿qué piensas hacer con…?—Moebius se interrumpió y alzó el cuello involuntariamente, descubriendo algo que ocurría detrás de ella.  

Laith susurró en su oído, antes de que Niara se volteara a mirar qué pasaba. Parpadeó. Hubiera querido decirle algo sobre adentrarse solo a cuevas misteriosas, pero la revelación hizo que los ojos le brillaran de pura intensidad, curiosa al respecto. ¿Algo?, ¿qué?

—¿Qué quieres decir?—preguntó, encarándolo con curiosidad. Más allá, el campamento vivía un revuelo y el murmullo llegaba hasta ellos. Niara bajaba la voz, aunque sin necesidad.

Por alguna razón, los ojos de Moebius expresaron un susto repentino. Una muggle perdida no lo sorprendía, pero lo que Laith pudiera saber lo inquietaba. Él, que supuestamente sabía cosas. Agudizó el oído, queriendo enterarse.
Emme's Codes
avatar
Imagen Personalizada :
RP : 10
PB : Aya Jones
Edad del pj : 24
Ocupación : Fugitiva
Pureza de sangre : Mestiza
Galeones : 4.500
Lealtad : La causa justa.
Patronus : Guepardo
RP Adicional : ---
Mensajes : 171
Puntos : 128
Ver perfil de usuario http://www.expectopatronum-rpg.com/t4126-niara-soyinka?highlight=niara http://www.expectopatronum-rpg.com/ http://www.expectopatronum-rpg.com/t4902-niara-soyinka-caminos#74253 http://www.expectopatronum-rpg.com/
Niara SoyinkaFugitivos

Contenido patrocinado

Contenido patrocinado

Página 1 de 3. 1, 2, 3  Siguiente

Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.