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Niara Soyinka el Miér Abr 18, 2018 10:29 am

Recuerdo del primer mensaje :


La caravana del Comité de Sanación y Catástrofes Terribles, había hecho una parada, pero no por vacaciones precisamente, sino cumpliendo con sus obligaciones de atención sanitaria, a modo de servicio ambulante, y así es como lo hacían: yendo allí donde se los necesitara y estableciéndose por una temporada, relacionándose con los nativos. Esa vez, habían parado en plena sabana africana.

No eran los únicos, sin embargo. Y diríase, que hasta siguiéndolos muy de cerca, podía encontrarse el campamento de los Soyinka. Es que, donde iba la caravana, estos se aparecían, ¿casualidad o causalidad? A Stephen ya no le sorprendía —aunque raramente se mostraba sorprendido por algo—, que donde fuera Gauthier, estuviera la chica Soyinka. Esa que era una metiche. Hasta entraba a la caravana, como pancho por su casa, viajaba con ellos, y muy cómoda.

Stephen la había aceptado, como esas catástrofes naturales que van a instalarse al salón de tu casa, y que aunque te resistas, no puedes cerrarle la puerta en la cara —que podías, pero no surtía efecto—, porque no hay forma de detener las fuerzas de la naturaleza, eso lo sabe toda persona sensata, y es algo que hay que saber sobrellevar, tarde o temprano.

En el trayecto, había recibido reclamos en los distintos puntos en que habían hecho una parada, teniendo a su sanador y a la negra como protagonistas. Y es que, al canadiense se le había pegado lo de entrometerse allí donde no lo llaman. Esto tampoco le sorprendió. Al menos, Gauthier estaba llevando bien lo de desenvolverse en el ambiente, entre las gentes. No era así con Grace, que vivía encerrada con alergias en la caravana, cuando lo que realmente experimentaba era esa enfermedad conocida como “nostalgia del hogar”. Eso no podía ser.

Sólo que esta vez, no era solo la chica Soyinka la que los seguía de cerca. Tal parece que habían hecho una reunión familiar —cuando él ya tenía bastante con una Soyinka—, yendo a acampar por la zona. Debía ser, porque era la época de apareamiento de los erumpents, sí, eso lo explicaba. En breve, o más bien, al día siguiente, la voluminosa e imponente silueta de los animales asomaría por el horizonte, y una manada de erumpents machos se enfrentarían unos a otros con sus cuernos explosivos, para impresionar a las hembras. Eran, por regla, animales solitarios, pero para esa época, volvían siempre al mismo punto de encuentro. Era un espectáculo, especialmente para los imprudentes que se arriesgaban queriendo montarlos, como si fueran capaces de domar a esas bestias. A tontas y locas. Esa clase de locuras que provocaban accidentes, que un sanador tendría que ir a atender. Le habría advertido a Gauthier sobre el día siguiente, de haberlo encontrado. Sólo que no fue el caso. Tampoco iría detrás de cada uno de sus sanadores por cada problema que tenían o a cacarearles por la posibilidad de que se metieran en un lío, que se suponía que eran adultos. Y lo decía por los dos, esa que se encerraba en la caravana y ese otro que, por el contrario, pasaba demasiado tiempo fuera. Vaya par que le había tocado.

***


En la sabana africana, el cielo era de color dorado y arrebol. Caía la tarde. Y Niara, cruzada de piernas sobre una roca, le mostraba a Laith cómo era que ella —tan sencillo lo hacía parecer— conseguía con un abrir y cerrar de sus palmas juntas hacer aparecer un pajarillo de energía mágica, que tomó vuelo y se deslizó como una estela de luz en torno al canadiense.

Se lució, sí, ¿pero y qué? Ella no se detuvo en lo desalentador que puede ser que te lancen un pájaro a la cara —así, en plena jeta—, y tomó una de las manos de Laith entre las suyas, así, sin permiso, y le tiró de un dedo, ¿qué? Le sonreía. O eso creerías. Había en sus labios el dejo de una sonrisa discreta. Si era un gesto de apoyo o cariño, allá ella, lo cierto es que no lo soltó mientras hablaba, jugueteando con ese dedo —que te iba a reclamar, si te apartabas, aunque tuviera que tironearte a la fuerza—.

Era un poco rara con los gestos. No te abrazaba, por ejemplo, y le molestaba que lo hicieras, o más bien, no se mostraba muy efusiva. Sólo se dejaba hacer, a veces un poco más contenta que tras, pero era muy difícil que te echara los brazos al cuello. Dirías que le rehuía a mostrarse caluroso y afectiva, hasta que. Tenía esos gestos —incómodos, en ocasiones, y algo muy intempestivos—. No lo esperabas, y te tironeaba la oreja, o te la mordía venida al caso. Así, de repente. Sólo si te tenía mucha confianza. Sino, ni te le acercaras. Eso de acercarse como si fueras el amigo de toda su vida, pues no, ¿sabes? Ah, pero si ella tenía que tomar algo de ti, o instalarse en tu sofá como si tal cosa —preguntarle a Stephen, sino—, ella se colaba en tu zona de confort, ¡pero ey!, ojo hasta donde llegabas con ella, la muy cómoda.

Sólo cuando llegaron los hermanos, se mostró distinta en la interacción con ellos, mucho más abierta. A Laith, por otra parte, quizá por todo lo ocurrido entre ellos, le obsequiaba una cálida familiaridad. Por eso, será, que también le reprochaba bastante, por cuestiones que ahora no venían a cuento. Sólo que siempre perdía con él, por vaya a saber que magia que tenían los colibríes.

Antes de que llegaran Ishmael y Jomo, desde antes que acamparan en la sabana, Niara había accedido a enseñarle cómo hacer magia con las manos: un pequeño truco, muy sencillo —según ella—, que era el de realizar formas con las manos. Era, como profesora, un poco exigente. En principio, había querido transmitirle toda la teoría. Pero como eso no pareció interesarlo de la forma que a ella le hubiera gustado, coincidió en empezar la práctica. Sólo que. Eso equivalió a pasar buen rato tomados de las manos, mientras que ella hacía algo que no terminaba de explicar: “El flujo de la magia de mí, para ti”, decía. Y en realidad, no hacía falta escucharla, porque podías sentirlo.

Era algo curioso, pero se experimentaba como una presión que ejercían sobre ti, y era entonces cuando hasta creías que podías, que sería fácil, liberar esa magia, y realizar un conjuro. Sólo que, por muchos intentos, durante las primeros intentos, lo que se conseguía, cuanto mucho, era una sensación, cuanto mucho una chispa de color. Lo que hacía Niara, era tan distinto. Pero a pesar de haber sido exigente en un principio, lo cierto es que era muy paciente, y tendía a alentarlo ya sólo por el hecho de confiar que el otro lo conseguiría tarde o temprano. Que toda esa magia informe, sin dirección, tarde o temprano se proyectaría en formas animadas. A veces, sí, se quejaba mucho él por su facilidad de distracción.

—No era fácil en mi primer año tampoco—dijo, curioseando sus ojos, como si en vez de estar mirando a una persona, estuviera intentando entrever qué había detrás de una vidriera especialmente interesante, pero que estaba a oscuras—. Tú práctica conmigo. Te saldrá, cuando menos te lo esperes, así, como respirar. Sí, sí—Lo soltó y se frotó las manos—. Mírame. Hazlo tú también. Empezaremos de vuelta. No hay una forma fácil de hacerlo.

Pero eso no era así, no precisamente.
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Laith Gauthier el Dom Ago 12, 2018 2:48 am

Aquella cueva parecía ser un misterio indescifrable. Al menos indescifrable para la capacidad que hasta entonces tenían los nomaj. Era, pues, diferente la capacidad que había entre la magia y el mundo sin ella, y por ello es que Laith sospechaba que había algo más de lo que a la vista aparentaba. Algo que podía tornarse peligroso y contra ellos, llegado el debido momento. Laith había visto suficientes películas de suspenso para saber que nada que secuestra humanos en cuevas, fuerza de la naturaleza que sea, podía ser bueno. Todo lo contrario: mientras más misterio le envolviese, peor podría ser el desenlace.

Creo que hay algo escondido, algo que el ojo normal no ve —mascullaba en voz baja, leve en su expresión facial. Podías decir con toda seguridad que se reservaba no de los nomaj sino de Moebius. — Que no hay nada en la cueva: nada que ellos no hayan visto, pero… Creo que puede ser visto por ojos más… particulares —le explicó, mirándola directamente a los ojos, en una intimidad que simple apartaba al tercero como un mosquito que molesta, como si él no hubiese sido invitado a la misión de exploración y de rescate. Esta última, aceptada en automático por el quebequés.

En África, Laith se estaba acostumbrando a ese peligro inminente que había a cada vuelta de la esquina. Desde aquellos rituales extraños que llevaban a una realidad distinta, hasta los animales más salvajes y peligrosos, cazadores y ruinas malditas. En esta ocasión, Laith no podía evitar imaginar que iba a suceder algo en cuanto hubiera la oportunidad. Pero se sentía atraído al peligro, jalado hacia el vacío que se formaba entre la cordura, las decisiones prudentes, y aquellas que a él le gustaba tomar.

Ven —le dijo, en aquel tono bajo, cerca del oído, en la intimidad del secreto cuando se guarda entre dos personas. Le dirigió una mirada a Moebius y comenzó a caminar de vuelta a la cueva, haciendo oídos sordos a las voces de los exploradores cuando intentaron detenerlo. — Al principio creí que no iba a haber nada —le dijo, cerrando los ojos un momento. — Hay recovecos por los cuales puede pasar una criatura muy pequeña, pero —la miró por sobre el hombro, — no es por donde pasaría un humano —le iba explicando. Si el hombre había ido con ellos o no, ni le iba ni le venía, seguía hablando única y exclusivamente con Niara.

El paso lo iba marcando el sanador mientras iba a través de la cueva, siguiendo el camino que se había marcado. El ojo artístico de Laith podía notarlo; por el rabillo del ojo, podían notar cómo las figuras se movían, mirándolos, antes de perderse en la oscuridad del camino. Si volvían a verles, estaban exactamente en la posición original. O las miradas desde los recovecos oscuros que se podían sentir aunque ahí no hubiese nada, al menos en apariencia. Laith había dejado de hablar, pues conforme más se introducían a la cueva más difícil era respirar. Cuando llegaron a la roca (o al sitio donde solía estar), ¿cuál fue su sorpresa al descubrir que, de hecho, no había roca alguna?
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Niara Soyinka el Dom Ago 12, 2018 8:33 am

Hakuna Matata
En mitad de un alarmado debate con sus compañeros, Max giró la cabeza en dirección al grupo que marchaba hacia la entrada de la cueva, casi como si se tratara de un detector humano. ¿Es que no era cuando menos curioso, cómo un sexto sentido nos pone sobre la pista de un algo que está ocurriendo, y que se siente estrecha e íntimamente ligado a un asunto que nos atañe? Era como si vibraciones desconocidas se tocaran a través de la distancia. O sería sólo que ese grupo no tenía la cualidad de pasar desapercibido.

—¡Ey!, ¡ustedes!, ¡no pueden entrar ahí!


Faline lo interrumpió, más preocupada por saber más sobre su amiga. No, aunque sea, ¡saber algo! Por si fuera poco, el Sr. Castle salió de su tienda, afiebrado y a los gritos, exigiendo explicaciones sobre la desaparición de Hellen. Sin decidirse qué le molestaba más, la ausencia de un miembro del equipo o el hecho de que nadie pareciera estar haciendo lo que tenía que hacer, acorde a sus deberes en la excavación. Max, contrariado y dedicándole al grupo un último resoplido, les perdió la vista por unos segundos. Luego, ya no estaban. La entrada, ¡la entrada tampoco estaba!

Dentro de la cueva, de cara al camino señalado por los miembros de la expedición, Moebius volvía a guardarse la varita en el cinto, de forma de tenerla a mano. Niara lo había mirado por sobre el hombro cuando erigió mágicamente una muralla de roca a sus espaldas, pero sin decirle nada. Sólo lo amedrentó con ojos acusadores mientras que él se encogía de hombros. Sí, de esa manera no serían interrumpidos por los muggles. Veía el punto. Pero la idea de quedar encerrados entre paredes de sólida roca era ligeramente perturbadora, sólo ligeramente.

—No es como si nadie fuera a creerles de todos modos—señaló Moebius, echando a andar—“¡Encontramos una entrada en la roca!, ¡luego esta desapareció!”—exclamó, fingiéndose despavorido; y al cabo añadió, grave—: Nadie les creerá una palabra. Ni ellos podrán explicárselo. Estarán allá fuera, pegando sus narices contra la roca, preguntándose cómo…—Se interrumpió y miró en derredor, atacado por la repentina impresión de una sombra que captó fugazmente por el rabillo del ojo. No era una, eran varias.    

Niara lo observó callar y sensible ante el porqué, tampoco dijo nada. En cambio, continuó al lado de Laith hasta lo que era, debía ser, un desvío. No estaba señalado, sin embargo. Hicieron un alto y Niara miró el rostro de su amigo, adivinando su sorpresa, así como miró al túnel, adivinando que ante ellos lo que se abría era la boca del lobo.

—¿No tienes la extraña sensación—
empezó a preguntar, lentamente—de que no estamos solos?—Niara le tendió a Laith una mirada, de muda fascinación—. Son “espíritus que caminan”. Habitan en las cuevas. Confunden a los viajeros. La luz los mantiene alejados.

Ahora sí, Niara se volteó hacia Moebius y habló.

—¿Tú sabías sobre esta entrada?

Moebius había sacado un pañuelo que se pasaba por la frente sudada. Lo distraían las sombras de alrededor y lo desbordaba una sensación de molestia. Debía, además, estar sufriendo de una fiebre. Ya se veía un poco raro desde el principio.

—No, esa no es… No lo sé…  —musitó, nervioso.

Niara desenfundó la varita.

—Si hay un muggle perdido—
cortó a Moebius de cuajo y avanzó—No se habrá perdido por el camino usual—razonó, dedicándole un guiño a Laith y una indicación de cabeza antes de adentrarse en el túnel. A medio camino, soltó un grito.

¡Oh!, ¡mira!

El entramado del vértigo se extiende como una enredadera por debajo de la piel trepando por el nervio, sugiriendo lo peor en cada esquina. Tu piel queda lábilmente expuesta en la oscuridad. Todo se quiebra. El suelo, lo que es seguro, eso a lo que te afirmas y te aporta confianza, todo eso desaparece. No hay raciocinio, puro vacío de adentro hacia fuera de las venas. Cuanto más te adentras: muros pintados, que contaban una historia. Niara se perdió en sí misma, y relató los primeros pasajes de lo que era un viejo culto a los malos espíritus. Un grupo de acólitos había sepultado bajo la roca a uno de sus líderes, un viejo monje oscuro o. Niara no estaba segura. Guió a Laith a medida que avanzaba hacia dentro, dentro de los muros… Y al final del trecho, hundido en la roca, asoma un resquicio en el que creías adivinar una figura retorcida apretujada allí, tan definida como la fuerte impresión de un mal presentimiento que se entierra en tu pecho. Se oyó el sonido de dagas, el chirrido de una sombra escurrirse como una ráfaga, ¿imaginaria o real?

—Era un culto a los demonios. Y nosotros hallamos el lugar de su descanso sagrado—Niara inspeccionaba los muros, descubriendo grabados en la roca con la luz de la varita, sin darse cuenta de que detrás de ellos, Moebius se sobresaltaba con su propia sombra. Ella seguía adelante, señalando los grabados como una prueba de cuanto decía—.Aquí solían traer a los miembros de la secta para su descanso eterno. Aunque…—Se detuvo para observar más de cerca el retrato cruel de una escena ritual, y habló más despacio—Parecía que los traían vivos, y los mataban aquí—comentó. Luego, reanudó con un tono más convencido—Es posible que haya criaturas sueltas, para atacar a los asaltatumbas. Si nos los cruzamos, sabremos que estamos cerca de una tumba. No los “espíritus que caminan”, ellos son como entidades residuales que habitan allí donde haya tumbas. No dejes que te molesten demasiado, Laith. La luz los aleja, recuerda.

—¡Oh, maldita mujer, cuando vas a acabar de hablar!—soltó, en un arrebato exasperado.

Niara se volteó y tocó el brazo de Laith, antes de responderle con paciencia a un espantado Moebius.

—Tú deberías tranquilizarte—
Le advirtió.

—Oh, no, yo estoy bien. Sólo me pregunto cuándo vas a parar de fascinarte con todos esos garabatos y empezar a preocuparte, ¡por esto!—Enfadado, lanzó una chispa de luz que nació de su varita y fue a caer a lo largo de un vericueto, iluminando lo que era un reguero de huesos esparcidos por el camino, otra gruta, sembrada de esqueletos. Al fondo de la gruta, había un pequeño altar tallado en la pared de roca con un ídolo con la cara de un demonio que parecía sonreír con una mueca siniestra.  
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Laith Gauthier el Miér Ago 15, 2018 5:17 am

Laith estaba haciendo un acopio de fuerza de voluntad increíble para no distraerse de lo importante: el camino. La voz de Moebius era para él un mosquito que volaba cerca de la oreja, que se imponía y no podías aplaudir para darle fin a su existencia. Tampoco estaba de acuerdo con sus modos, ¿qué clase de sutileza había sido la de ponerle una roca a la salida para no ser seguidos? Más importante aún, ¿qué tan inteligente era considerar encerrarse en un sitio como aquel donde una salida iba a ser más que necesaria en mayor o menor medida?

¿Qué quieres decir? —preguntó, volviéndose hacia ella, cuando le preguntó sobre aquella sensación de la que ahora más que nunca era consciente. — ¿Algo así como… una energía residual encerrada en las cuevas? ¿Magia, tal vez? —inquirió, mirando al interior de una fisura de la que juraría que por un segundo vio el brillo de una mirada.

Dejó de distraerse, sin embargo, cuando escuchó la pregunta hacia el tercero. Moebius era inútil en la mayoría de las situaciones. Quizá para lo único que Laith consideraba que servía era para sacarle de sus casillas. El caso no fue ese, sino que siguió el ejemplo de Niara de sacar su varita, aún con la linterna en la diestra. Tenían que mantener la mayor cantidad de luz posible considerando las circunstancias; Laith no se confiaba en aquellos “espíritus que caminan”, como su amiga lo había así mencionado.

Viajando entre medio de aquel lugar, Laith se sentía cada vez más vulnerable, expuesto a la oscuridad. A veces le parecía sentir que algo lo tocaba, unas manos que salían de la nada hasta el punto de poder rozarlo. El tacto frío, como el que tiene un fantasma de aquellos en los castillos antiguos, que en realidad no toca, más bien una sensación que no debería estar ahí. Escuchaba con atención lo que Niara iba contándole, sobre los cultos al descanso de los demonios y los miembros de una secta. Asesinatos, era lo que las paredes contaban, con peligros para proteger aquello que ahí residía. Movía la cabeza en asentimiento, escuchando con atención, hasta que la voz de Moebius quebró el ambiente.

Laith se giró en su dirección como un toro airado, leyéndose en él el furor del momento, de no haber sido por la mujer que tocó su brazo, calmándole el enfado. Sin embargo no era del todo aquel mal carácter del cazarrecompensas, si bien una parte. Laith sintió su estómago contraerse al presenciar aquellos huesos que se desparramaban a lo largo y ancho de aquella gruta. Habían encontrado una tumba, adivinó el sanador, sintiendo cómo el aliento se escapaba de sus pulmones.

Niara, ¿dijiste…? ¿Dijiste acaso que habría criaturas resguardando las tumbas…? —preguntó, mas su tono sugería que intentaba corroborar un simple dato que no tenía mayor relevancia, cuando era todo lo contrario. — ¿Crees que quizá deberíamos… —echar a correr? No pudo terminar la oración cuando escuchó el crepitar de los huesos al apartarse, abriéndole el espacio para desenterrarse de aquel lugar en donde había reposado. Eran ghouls, demonios no-muertos que se alimentaban de carne humana. Siete de ellos, apareciendo de la nada, emergiendo de entre los huesos de las personas de las que se habían alimentado durante años.

Laith alzó la varita, pero pensó primero. No podían usar hechizos destructivos ni que hiciesen mucho ruido, a riesgo de que la cueva se les viniera encima. Tampoco era un conocedor nato de los demonios, así que quedaba en desventaja, ¿quemarlos, serviría? ¿Congelarlos? ¿Cómo se mata algo que, en primer lugar, ni siquiera estaba vivo? Era una respuesta que tendrían que hacerse de inmediato o, de lo contrario, los ghouls responderían primero acabando con su aventura antes de que esta siquiera hubiese comenzado.
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Niara Soyinka el Lun Ago 20, 2018 6:12 am

Hakuna Matata


Moebius y su destello de luz alumbraron el accidente de huesos en el camino, revelando cuerpos en la oscuridad, Ghouls que se removían entre los restos y avanzaban hacia ellos con las bocas bien abiertas, hambrientas.  

—¡Tú!—Niara le gritó a Moebius, quien mantenía iluminado un pequeño radio alrededor de ellos, cuando era visible que todo su cuerpo quería echar a correr—, ¡danos luz!

Si lo que le siguió fue un asentimiento o un temblor, fue difícil decir. El hombre estaba nervioso por la situación y no era para menos. Se hallaban en la boca del lobo, con la posibilidad de escapar a sus espaldas y la amenaza de los Ghouls surgiendo de la oscuridad, uno a uno.

—Escucha Laith—habló rápidamente, sujetando a su amigo por el hombro, como si quisiera asegurarse de que no se iba a arrojar sobre los Ghouls. No, que no pensaba que fuera así de bestia, pero lo había visto arrojarse hacia problemas mucho peores—. Hay tumbas que han sido encantadas para que…

…ciertos hechizos no funcionen
, pero.

Demostró su punto cuando arrojó de improviso un “Stontue” a una pila de huesos que había saltado de repente y por la que asomó un Ghoul arrastrándose raudo, asesino, hacia la luz, queriendo atacar de atropello. El hechizo lo hubiera impactado, pero lo único que sucedió fue que la varita de Niara se resintió, provocando una delgada grieta en el palo. Sin embargo, eso no la detuvo.

—¡Mierda!—
exclamó Moebius, escapándosele una maldición al ver cómo el Ghoul arremetía hacia una sola dirección sin detenerse. El escalofrío le trepó por la piel, y ya podía sentirse atrapado por una pierna.

De un segundo a otro, Niara se adelantó y cortó el aire con la varita cuando uno la criatura se arrastró a cuatro patas lanzándose contra el grupo, tan vertiginosa como abruptamente. La cabeza le estalló desgarrada y se desintegró en el suelo, cuando ni siquiera los había abandonado del todo la fuerte impresión de su aparición.  

—¡Funciona!—gritó—. Laith, apunta a su cabeza—indicó, al tiempo que soltaba una advertencia— Quemarlos no sirve.

A medida que se dejaban visualizar por el campo de luz, por la que parecían guiarse como moscas hacia la lámpara, se hizo notorio que su hórrido aspecto ofrecía distintos grados  de descomposición, y aunque no todos parecían tener la misma movilidad o la misma resistencia, sí que mostraban por igual unos preocupantes colmillos, hechos para desgarrar la carne viva.

Moebius, milagrosamente se quedó en su sitio, sirviendo a manera de antorcha. Puede que tener a los otros dos entre él y los Ghouls ayudara un poco a que tomara el asunto con cierta perspectiva. Lo que ninguno llegaría a contar fue lo que sucedió cuando la luz se apagó con un grito, por el intervalo de un pálpito desesperado.

¿Se haría la luz de vuelta, o
permanecerían sepultados en la oscuridad?

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Laith Gauthier el Sáb Ago 25, 2018 12:13 am

Laith sentía la adrenalina subirle por los huesos, devorándolo como lenguas de fuego, intoxicando sus venas hasta el punto de sentir una leve vibración en los dedos, cosquilleando en su carne. Con la varita en la mano, miró a la morena cuando ésta llamó su atención, sujetándolo de los hombros con un mal presentimiento de que Laith no tenía mucha consideración por su propia vida como podría tenerla con la vida de cualquier otra persona. Capaz de meter las manos al fuego por cualquier causa que considerase suficientemente justa.

¿Encantadas para qué? —inquirió justo antes de ver cómo el hechizo a la pila de huesos no funcionaba. En cambio, pareció dañarla, y un sonido de ruptura se hizo presente que no supo identificar si eran los huesos, las criaturas o los ecos del interior de aquel lugar viciado. — La magia… —interpretó a buena hora, el muy listo. No estaba funcionando, no de la manera que se prevería, así que tenían que pensar en soluciones alternativas. Laith miró a un lado, al otro, recorrió todo el lugar con la mirada y con ojos tan inquietos como su corazón en ese momento, ¿de qué manera lo solucionarían?

Planificó varias soluciones, pero ninguna de ellas efectiva al largo plazo. Seguramente hubiese desencadenado el desastre de no haber sido porque Niara encontró que reventarles la cabeza funcionaba. Con una puntería ejemplar, Laith comenzó a hacer lo mismo con aquellos que se acercaban a ellos, interponiéndose entre el peligro y su antorcha humana. Juraba matarlo en caso de que llegase a abandonarles a su suerte entre el peligro de muerte, como el buen cobarde que siempre había demostrado ser, pensando todavía en la manera de escapar. Seguir, era lo que continuaba, pero, ¿cómo si no veían un camino?

Creyó tener una idea, pero, entonces. Nada. Nada en lo absoluto. Un grito, y la luz se apagó. Entonces, el sanador sintió miedo latiéndole sin descanso en el corazón. El miedo es un gatillo que dispara dos reacciones contrapuestas, puede hacer huir hasta al más raudo o convertir a una persona en la más valiente del mundo. Depende de muchas cosas, del buen juicio, por ejemplo, que cada uno tenía. Del ardor en el alma por querer vivir. La mirada no acostumbrada a la oscuridad buscó todo y buscó nada al mismo tiempo antes de ser cerrada.

Sentía el rumor de los huesos crepitando, chasqueándose aproximándose a ellos. Lo oyó, a sus espaldas, al cobarde de Moebius. Había pensado que escapó, pero no era así, sino que el chasquido insistente de una mandíbula repleta de colmillos filosos le hizo entender lo que sucedía: los estaban rodeando, pero la oscuridad también los había hecho perder el objetivo. A riesgo de reventarle la cabeza a Moebius (que no sería la intención original), lanzó un Flipendo en su dirección y escuchó algo seco chocar contra la pared. Arañó el suelo hasta sentir tela y lo puso de pie.

Van a creer que estoy loco —susurró, sólo para que las personas a su alrededor pudiesen escucharlo. — Pero tienen que confiar en mí —masculló. Tomó el brazo tembloroso de aquel saco de patatas humano, que era más peso que ayuda, y buscó también la mano de la negra, cálida. Acto seguido, comenzó a correr hacia donde presumiblemente estaba la tumba, ¿por qué? ¡Porque estaba loco! Sorteaba a duras penas enemigos, sintió cómo intentaban morderlo pero arrasados por la estampida de las tres personas, sólo podían acabar bajo sus pies. Del otro lado de la tumba se sentía una brisa.
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Niara Soyinka el Sáb Ago 25, 2018 10:07 am

Hakuna Matata


—¡La luz!, ¡Laith!, ¡lumus fulminate!—Eso no acabaría con los Ghouls, pero sí que los hizo retorcerse al tiempo que se echaban hacia atrás, atacados por el golpe de calor. A todas las criaturas de la oscuridad les incomodaba la luz y el calor, aunque no las destruyera. Se sintió el arrastrar de sus cuerpos agitados moverse alrededor de ellos y el silbido ahogado, quejumbroso, que exhalaban por sus bocas abiertas.

Moebius había sido abordado por los Ghouls, aunque por lo último que Niara había visto, más pareció que había sido traicionado por los fantasmas en su cabeza, o “los espíritus que caminan”, error que lo había llevado a sucumbir frente al ataque de las criaturas. Laith se adelantó a ella incluso en contra de su deseo de tenerlo cerca, y sin embargo.

…confiar en mí.

—¡Laith, no hay mucho tiempo!


Eso lo resumía todo, partiendo de lo acuciante de las circunstancias hasta en la confianza ciega que depositaba en sus acciones nacidas del impulso, exactamente las mismas por las que solía reprocharle. Sólo que había un tiempo para todo, y en ese preciso instante no cabían los reproches, lo único válido era moverse. Si Moebius tenía que algo que decir al respecto, y eso parecía, por el esfuerzo que ponía en gemir como un moribundo resentido, no estaba en posición o con el suficiente grado de conciencia encima como para realizar ninguna queja que fuera mínimamente coherente.

En lo que duró el fogonazo de luz que le siguió al repentino apagón, Laith se había cargado al hombre caído al hombro y echaron a correr. Sólo que. Ella le falló. Su magia le falló. La varita de Niara ya no le respondía de una forma predecible o deseable en situaciones de vida o muerte, a pesar de sus intentos. La luz se apagaba, entre ráfagas de incertidumbre, sombras y brazos abominables estirados en la oscuridad, queriendo atraparlos. La luz, que iluminaba su expresión de miedo, esa luz, moría y las sombras se abrían paso a través de una secuencia cortada de imágenes que se agolpaban en el flujo de su consciencia en forma de visiones, engañando sus sentidos, de tal manera que quedaba preguntarse qué no harían sobre su juicio, o si acaso no fue eso lo que había confundido la mente de Moebius.

Corría sujetada a la mano de Laith, y lo seguía a través de una vorágine de vértigo y por encima de un sendero de huesos. Por momentos, le pisaba los talones a Laith en su prisa por sacarlos de allí y dejar muy atrás a los ghouls. Pero si no, estaba en el bosque, respirando en la misma forma agitada que lo hiciera aquel muchacho africano mientras que los jóvenes de la aldea lo perseguían arrojándole piedras.

Si bebes de tu reflejo en el agua,
Un demonio poseerá tu alma
Lo llamamos Mokele-Mbembe,
El monstruo del lago
Sólo se deja ver en el reflejo del hombre,
Sólo anida en las tinieblas del corazón.

Quedaba ya poco del día. La aureola anaranjada del sol se escondía en un trasfondo borroso. Era púrpura el horizonte. La noche pronto lo envolvería todo de un manto negro, y las cosas, muertas y vivas, dejarían de tener una apariencia reconocible.

En la orilla del “lago blanco”, y al pie de un olmo enfermo, Kawali se encogía sobre sus rodillas hincadas en la tierra, frotándose los brazos ensangrentados. El agua lavaba la sangre, pero no se llevaba consigo la fuerte conmoción que se apretaba en su pecho como una mano que se cierra.

Soltaba el aire por la boca, entre espasmos que eran gemidos de desconsuelo. La palpitación de su angustia era debido a lo que “ellos” habían hecho. Sus ojos no tenían una sola lágrima, pero los mantenía tan abiertos que un espíritu podría colarse por ellos y anidar en su alma.

El “lago blanco” era un paraje escondido hacia dentro del bosque seco, en lo más alto de la cima de la colina. Los ancianos advertían que no debía uno merodear cerca y nunca jamás beber de su agua, de un color lechoso y opaco poco común. Decían que aquel lugar estaba maldito, y por eso era allí que Kawali podía hallar cobijo de los demás jóvenes de la aldea, de quienes se había alejado a la carrera.

En la medida en que sus manos enturbiaban la superficie del lago en un reflejo de su propia agitación, gotas de agua se resbalaban por su piel sin heridas visibles. La sangre no era suya. El sonido de ramas al quebrarse se sintió a sus espaldas. Sus ojos alertas se voltearon hacia la mata densa de hojarasca del bosque.

Un golpe sordo, y hasta a él llegó rodando una cabeza. Oyó las risas alejarse mientras que su cuerpo aterido se enfrentaba a la visión de una cabeza maltratada de animal, con la lengua afuera y los ojos vidriosos y sin vida. La habían arrancado del que fuera su perro, su compañero, luego de haberlo hecho chillar por horas colgado de un árbol mientras que lo azotaban con los palos.

Kawali los había encontrado cuando su compañero hubo muerto. Lo había bajado de la rama de donde colgara inerte y se había echado sobre su cuerpo, rodeado de las risas y las burlas de los perpetradores de aquel crimen. Para ellos era una broma. Pero en esos instantes Kawali decidió que les costaría todo lo que tenían, incluidas sus vidas. Se arrojó con rabia contra ellos, pero ellos eran más y más fuertes que él. Así que corrió, corrió. No por huir.

En su corazón lleno de ira había tomado la determinación de hacerlos pagar, sin importar el costo. Era su voluntad la que lo había hecho correr a través del bosque apartando las ramas de su camino y con la respiración desbocada. Hasta allí, donde estaba prohibido por los ancianos. De ellos había oído infinidad de historias sobre malos espíritus que lo habían asustado en torno a una fogata. Ahora le tocaba comprobar cuán espeluznantes eran en realidad.

Niara cazaba imágenes en la oscuridad inseminada por la luz que manaba de su varita resquebrajada, a punto de apagarse. Un niño africano que corría por el bosque. El naranja del fuego. Bajo el cielo nocturno, un reguero de cuerpos abiertos sobre la hierba.

Eso era malo.

—¡Espera!

Lo atajó a punto del peligro. Había sentido el rumor de una roca arrastrarse pesadamente a sus espaldas. Era una compuerta que se cerraba. Hizo a tiempo de llamar la atención de Laith antes de que. Arrojó una chispa de luz que se prolongó en una caída hacia el vacío. Ella casi resbalaba al borde de lo que era una larga escalera de roca que descendía en espiral, en un recorrido que parecía interminable. Alrededor de ellos, los muros se cerraban en forma circular, revelando centenares de hoyos profundos y angostos en sus paredes. No, eso eran tumbas, excavadas en los muros.

—Tíralo por ahí—
dijo Niara, refiriéndose al peso pesado de Moebius, y se le aproximó, atenta la mirada—¿Tú estás bien?—Le acercó la varita a la cara. Lo cierto es que iluminaba bien poco. Podía vérsele el núcleo a través de la fractura, y de hecho, la poca iluminación provenía del corazón de la varita, como si esta quisiera esforzarse hasta su último aliento—. Háblame.  


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Laith Gauthier el Jue Ago 30, 2018 11:19 pm

Siempre hay un momento en el latido de adrenalina en que uno no piensa, la mente desprovista de cualquier tipo de imagen y sólo hace lo que hay que hacer. Es parecido a actuar bajo presión, cuando uno da información que no está seguro de saber pero esta sale de los labios tan natural que parece más un acto ensayado que una improvisación. Es ese momento en donde uno llega al abismo y, si lo piensa, no salta. En cambio los pies se frenan y. No, eso no podía suceder, pues algunos eventos sólo ocurren cuando uno da ese salto de fe y espera lo mejor.

La magia era traidora en un lugar en donde estaba tan centralizada, enfocada, cada pared vibraba magia, se sentía en el pecho, en el movimiento suave del cabello y la ropa cuando no había movimiento ni viento alguno que lo provocase. Había lugares como esos que a los magos les hacía sentir en la piel su más antigua esencia, esa magia que habían heredado de antepasados hace tanto tiempo. El mismo tipo de lugares que eran cura y eran maldición, capaces de alzar el espíritu como lo eran de volver loco al hombre más sano. No sólo enloquecía a los no-mágicos, los magos y brujas no estaban exentos del daño a la exposición prolongada de magia como si fuese radiación.

Sólo era capaz de percibir los halos de luces en el rabillo del ojo, como eso que crees haber visto cuando en realidad no sabes si estuvo ahí alguna vez. Era como un efecto que no se olvidaba como el olor a rosas, pero que era efímero como un parpadeo. Entonces sintió cómo se quedaba sin aire, como si una mano invisible le oprimiera la garganta, y durante unos segundos no supo de sí mismo. Fue un pálpito arrítmico que lo llevó a ese estado, ¿corría, o se había detenido? ¿Dormía o se mantenía despierto? No lo sabía e incluso pensaba que era de esos estados en los que uno permanecía, que no tienen nombre, tiempo ni lugar, pero existen.

Lo vio, como se ve un sueño, distante e inalcanzable. Sintió por un momento cómo todo caía sobre su pecho, como si fuera él la única víctima de aquella anécdota, de lo que se veía en los ojos de un hombre cuando a su alrededor sólo era capaz de ver la nada más absoluta. Es un pesar que muerde el alma, que la araña y que humedece la mirada, al mismo tiempo que arde el pecho en la sed de venganza, que lo apretuja y clava en éste cientos de astillas que amenazan con hacerlo reventar. Se le congeló la sangre en las venas y se vio a sí mismo por un momento, al mismo tiempo que no vio nada, justo antes de respirar.

Fue dar una bocanada de aire cuando uno se encuentra hundido en el agua y tosió con fuerzas, casi yéndose de frente gracias al peso sobre el cuerpo. Jadeó mientras soltaba el cuerpo de Moebius al suelo, sin importarle el severo impacto, al tiempo que sus ojos bien abiertos buscaban algo que no estaba ahí, antes de fijar la mirada en sus ojos. Podía verlos entre la penumbra sólo rota por la breve luz que emanaba del núcleo de la varita de la africana. Por un momento se sintió como si se hubiese olvidado de cómo hablar, antes de caer sentado en el suelo.

Entrar aquí no fue mi mejor idea —confesó, flexionando las rodillas y encodándose en ellas, reposando sus ojos en las palmas de sus manos. — Dame un respiro —le pidió, permitiéndose un momento de debilidad, sólo uno. En ese lugar, ser débil no era sano ni seguro. Se puso de pie de nuevo, confundido todavía, mirando entre la oscuridad en dirección a la entrada ahora sellada con un gesto ausente. — No hay vuelta atrás —admitió, aunque más que decirlo se lo estaba reafirmando a sí mismo. Como un “Laith, no puedes retroceder”.

Laith a veces quería retroceder. No sólo en cuevas mortales, sino en tantos aspectos. Había aprendido a siempre tirar hacia adelante, a no quedarse estancado en el mismo sitio, pero a veces tenía miedo de continuar y sabía que volviendo a sus pasos encontraría seguridad. Siempre se lo negaba y se obligaba a seguir, como a un perro que atado del cuello se le obliga a andar. Dos Laith se superponían uno contra el otro, uno más débil y cobarde que el otro, autoritario y ardiente como el sol de verano. Dos lobos en su interior y sólo ganaría aquel que Laith alimentase.

Debemos continuar —dijo, mirando en dirección al hombre que peor se encontraba. Trató de encender la luz de su varita, pero esta no respondió, como temiendo que al encenderse les encontrase una criatura que no podía ver en la oscuridad. — Esta cueva y lo que habita en ella nos está jugando en contra, nuestra magia se revela contra otra más poderosa —asumió Laith observando su inútil varita, desprovista de daño alguno, a diferencia de la de Niara. Ambas varitas de espíritus diferentes y en ocasiones encontrados.
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Niara Soyinka el Sáb Sep 01, 2018 6:27 pm




—Si sabía que te ibas a desanimar por tan poco, no te traía—replicó, picándolo como un modo de atajar su abatimiento. Sin dejar de inspeccionarlo a la tenue luz de su varita por mordidas o arañazos, hincó una rodilla en el suelo de piedra, agachándose a su lado—. Sí, nos detendremos un momento—concedió, tocándole el brazo—. Estarás bien, Laith. Le dije a Jomo que estarías bien. No me hagas quedar mal.

No lo decía en serio, pero por la ligereza del tono nadie pensaría que acababan de salir corriendo de un nicho de ghouls hambrientos. Su nueva situación, aunque con evidentes signos de mejoría, los colocaba en el interrogante sobre por qué había puertas que se cerraban y otras que desaparecían. Niara, levantándose, fue a examinar la pared sellada de roca, sólo revelada por la serie de símbolos tallados en sus contornos. Dos antorchas apagadas colgaban una a cada lado de donde debía estar apostada la entrada a ese abismo y que ahora era parte del muro de la cueva.

Se encontraban al filo de una caída interminable, en el inicio de una escalera irregular que descendía adherida a la roca. La respuesta sobre qué dirección tomar estaba exactamente debajo de sus narices. Estaban siendo conducidos por la montaña hacia el secreto de sus profundidades, esa era la primera impresión que uno podría tener sobre el asunto. En cambio, Niara pensaba que aquel debía ser el camino de los seguidores del culto hacia lo que fuera que adoraran. Debía tratarse de un templo subterráneo donde llevaban a cabo sus sacrificios. Lo que la preocupaba, era que no podía encontrar en su cabeza —inundada de fechas, lugares, cultos prohibidos y secretos sobre la magia antigua— ninguna referencia sobre quiénes eran. En otras palabras, no se enfrentaban con nada conocido.


…debemos continuar.


—Sí, espérate un poco—
dijo, yendo a agacharse junto al cuerpo de Moebius, quien se agitaba en sueños de duermevela. Dejó la varita rota en el suelo y lo que hizo fue hurgar entre su ropa y saquear su mochila, sin pedir permiso. Se percató del comentario de Laith y le habló por encima del hombro—¿Tienes fuego Laith? Intenta encender las antorchas, yo tomaré una. Lo que dices es cierto. Pero no te preocupes porque, “…la hermosa Komala ahogará tus penas entre sus muslos”—citó, impostada la voz como en una publicidad subida de tono, leyendo una tarjetita de puticlub que había tomado de uno de los bolsillos delanteros del periodista. Abrió los ojos, sorprendida—. ¡Esto es tan caro! Es raro. No pienso que él—lo señaló, escéptica la mirada—, fuera de los que pagan sus deudas. Ni a la hermosa Komala.  

Moebius se removió y la cazó por la muñeca, pero ella se zafó. No le costó mucho porque el hombre parecía desfallecer en delirios. Los dos se miraron con mala cara. Sin embargo, eso no impidió que Niara le arrebatara sus pertenencias, a saber: una cantimplora medio llena, un cuchillo ritual, mentitas y un viejo rollo de pergamino. Al instante siguiente, sin previo aviso, le soltó una cachetada en plena cara. Una segunda le siguió inmediatamente, y no se sabía si Niara quería rematarlo a golpes o espabilarlo, porque no dejaba ver la diferencia.  

—No reacciona—informó, volteándose con suma tranquilidad. Cruzada de piernas en el suelo de roca, se descolgó una especie de monedero del cinto y hurgó en su interior metiendo la mano hasta el codo—Y el tabaco se le ha acabado—¿Eh?—. Laith, ¿recuerdas al jefe Tuka? Su pipa. Ese era un buen tacaco, a que sí—rememoró, al tiempo que le arrojaba un paquete, para que lo atrapara. Eran cigarrillos hechos a mano—. Jomo me dio esos para ti—hizo saber. Y seguidamente pidió, con uno de esos en la mano—: Ven, dame fuego. No es cualquier tabaco—explicó—Nosotros solemos prepararlos con hierbas que alejan a los malos espíritus. Te sentirás mejor después de una calada—dicho lo cual, le soltó a Moebius una bocanada de humo a la cara, aunque sin dar detalles sobre el por qué o de si era realmente necesario—Creí que la luz bastaría para alejarlos, pero como has dicho. Aquí hay magia antigua. Toda la cueva está maldita y rezuma magia negra. Los “espíritus que caminan” son fuertes aquí. El humo los espantará. Eso espero. No te puedo garantizar que no seguiremos viendo imágenes. En tu cabeza, ¿no las tienes? Son recuerdos. Recuerdos de los muertos.

Moebius arrancó a toser, pero Niara no le prestó atención y le arrojó otra ola de humo denso y blanco, esparciéndolo luego con un gesto perezoso de la mano. En el suelo, a un lado, tenía una daga que había sacado de su bolsa de pertenecías junto con los cigarrillos.

—No sería bueno que estando los “espíritus” cerca, nos distrajéramos y de un paso en falso fuéramos a caer al abismo—continuó—. Así que estate atento, y respira hierba. Fue aterrador, ¿verdad?—preguntó de pronto—. Solía haber muchos incidentes de posesiones demoníacas antaño. Ahora, los demonios están controlados por la Unión Africana—Y añadió, como meditando para sí misma—Debió haber sido hace mucho tiempo.

Alzando la daga del suelo, se la tendió a Laith de forma que pudiera tomarla por el mango. Moebius empezaba a recobrar el sentido, y lo vieron enterrar la cara entre las manos, como quien quiere lavarse el cansancio luego de una larga noche de pesadillas.

—Esto también te lo da—
Se refería a Jomo—. Dijo que mejor tú que yo, porque la última vez perdí el mío. Le cayó mal de veras. Este es el suyo. No se lo pierdas, o se enojará contigo. Es un objeto muy valioso—Sonrió de lado, mirándolo a los ojos con un brillo refulgente y vivo en ellos. Mira que relucir su sentido del humor hasta en las circunstancias más oscuras. Lo peor, es que tenía toda la pinta de ir en serio—Avisado quedas.

—¿¡Qué has hecho con mis cosas, negra!?

Moebius se palpaba por encima de la ropa como un torpe, y enseguida fue a comprobar en su mochila mientras que murmuraba, alterado, cosas como “¿Qué ha pasado?, ¿qué demonios…?”

—Tú mentiste—
acotó Niara, en todo respuesta, fumando de su cigarrillo. Sorprendentemente, Moebius se volteó hacia ella en silencio, resentida esa mueca—. Le dijiste a Jomo que habías encontrado un campamento de muggles en un área inmarcable, y que entraste por ti mismo en la cueva para comprobar que habían dado accidentalmente con un hallazgo que debíamos mirar por nuestra propia cuenta.

—¿A dónde quieres llegar?—
escupió, malhumorado.

—Tú dijiste que entraste y saliste, sin adentrarte demasiado. Después de todo, tú no te dedicas a estas cosas.


—¿Y? Suéltalo ya. Anda, que no te sigo.


Niara lo observaba sin exaltarse, a pesar de lo mucho que él pareciera impacientarse.

—Tú estado está que da pena—
dijo, muy calmada. Él chasqueó la lengua, desagradable—Muestras signos de haber pasado demasiado tiempo bajo el influjo de este lugar. Por eso es que ahora eres el que está “siendo un bulto”. ¿A qué se debe?

—Algunos somos más sensibles que otros—
contestó, molesto, evasivo—, a cierto tipo de magia. Esa no es novedad. Ahora, ¿vas a devolverme mis cosas o qué?

—Me voy a quedar con este cuchillo ritual—
dijo ella, mostrándolo. De un lado, del otro. Y explicó—: Mi varita se rompió.

—Me ha salido un ojo de la cara, como para andar regalándolo.

—Entonces, ¿me dejas tu varita?


Moebius farfulló un “quédatelo” y se puso en pie, quejándose con que al menos le diera un cigarrillo. Niara, imitándolo, accedió y le dio el suyo. Sólo se demoraron un momento antes de marchar hacia un descenso asegurado, cuidando dónde ponían el pie. Niara, como dijo, se hizo con una antorcha y Moebius pidió tomar la otra. Vistos desde arriba eran como dos manchas de luz que llameaban en la oscuridad. El humo de las hierbas parecía surtir efecto.

—Nunca había estado aquí, en este agujero—continuó Moebius, a modo de queja, como resentido con la vida. Tenía un estrés encima, que miraba en derredor como si retara a los fantasmas a sacudirle el cansancio con un verdadero susto, muy escéptico al respecto.

Niara no insistió, pero le tendió a Laith una elocuente mirada: no le creía nada, lo llevaba escrito en toda la cara. Pero, ¿por qué mentiría? Las sospechas de Niara no parecían tener ningún sustento. En todo caso, sería sólo que era un hombre muy nervioso. Y ahí estaba lo que a ella no le cerraba sobre él. Porque por alguna razón, aunque no pensara que el periodista fuera de un coraje altruista, como Laith, lo cierto es que tampoco le parecía un cobarde. No en el sentido de “el que sale corriendo” a la mínima de cambio, a no ser por salvarse el pellejo. Después de todo, según lo que había oído antes, en el campamento, él había sido un periodista de guerra. O puede que, precisamente por eso. Porque la magia oscura opera de muchas formas. Atacando, la oscuridad del corazón. ¿Podían los secretos ocultos, la violencia vivida, encarnarse en la palidez de su aspecto, el sudor en su frente? Sí, eso también podía ser.

— ¿Mi cantimplora también?—inquirió Moebius, siendo testigo de cómo la negra destapaba la cantimplora en su cara y se la acerca a la nariz para oler su contenido. No sólo eso, sino que la ofrecía con total libertad. Ni caso, además.

—¿Tienes sed?—preguntó Niara a Laith, pasando olímpicamente de la mala mueca del periodista, resignado, y alcanzándole un trago a su amigo. En eso, Moebius volvió a hablar, aunque prestándole atención a otro detalle. Un pilón de piedritas removidas cayó hacia el abismo al marchar ellos hacia abajo, interrumpiendo ligeramente el silencio con el sonido de la gravilla al correrse.

—Esa es una daga muy buena—
Ni corto ni perezoso, el hombre llevaba sus negocios hasta dormido—. Son difíciles de conseguir. La runa en su mango, tiene un complicado proceso mágico de elaboración. La vendería a un buen precio—comentó, por si a alguien le interesaba—. Me tranquiliza tener una—admitió, sólo para añadir (tanteándolo, segura que para proponer alguna oferta)—: ¿Cómo es que tú, chico, tienes una?

—Se la he dado yo. A él le va bien. Tiene mejor físico que tú—
Al decir esto, recordó a Faline y la tienda de campaña en el exterior y le regaló a Laith una sonrisa “fabricada” al tiempo que le guiñaba un ojo y decía—Él es un encanto—Y continuó, con absoluta franqueza—: Te ha cargado a cuestas. Tú sólo te has desmayado. No eres precisamente, lo que se dice, un brazo de confianza.

Moebius esbozó una media sonrisa en la oscuridad.

—Me parece bien dejarle a “musculitos” el trabajo—
Le arrojó una mirada, que de tan socarrona resultaba odiosa, y se encogió de hombros con burla, pero entonces. Se detuvo y blandió la antorcha en el aire. Pero al voltearse, no había nada. El corazón debía bombearle agitado, traicionando su aparente seguridad.

—Tú, tienes que empezar a tranquilizarte—advirtió Niara—¿Son los “espíritus” otra vez? No se trata sólo del cuerpo. Es también la mente, lo que pones a prueba entre estas paredes.

Dicho eso, prosiguió con el descenso, pero. Moebius se quedó donde estaba, duro en el lugar. Niara buscó intercambiar miradas con Laith, y cuando estuvo a punto de decir algo.

—Nunca estuve en este podrido lugar—
La interrumpió, soltando el humo del cigarrillo, impaciente—. Pero lo soñé—confesó—Hace semanas que tengo el mismo sueño. Pesadilla, la verdad. Ahora mismo. Si no fuera porque sé que ustedes son reales, no sabría si esto es la continuación de un sueño o no.

Eso no se lo esperaba.

—Mi madre—continuó, enjugándose el sudor del párpado derecho—. Era clarividente. Bueno, era una “loca” incluso en el mundo mágico. Se dedicaba a estafar a los que se creyeran sus teatros. Así se ganaba la vida. Usando la fama de mi tátara, tátara… A veces, sin embargo… decía cosas raras, ella veía o soñaba cosas… El caso es que, el don. El don, está en nuestra familia. Yo. Me sentía perseguido. Observado. No podía dormir. No comía. No—Cubrió sus ojos con el brazo. Se estaba rompiendo, como una cáscara de huevo. Entonces, se hizo del aplomo para frenar su lengua, hablar con más calma—. Odio a los jodidos clarividentes. Y, aun así, de verdad estoy convencido de que soñé esto. Por eso quería venir. Tenía que. Pero es. Como si hubiera estado antes. Perseguido en mis sueños. Así que. Ya lo sabes. Dame otro cigarrillo, ¿quieres?

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Laith Gauthier el Lun Sep 10, 2018 7:00 am

Oye —se quejó cuando le dijo aquello. No era poco para desanimarse, era cierto, pero Niara lo hacía ver como si así fuera. Ella era así, su oasis en medio del desierto, el lugar donde reposar el corazón cuando está abatido. — Cuando salgamos de aquí, hablaremos seriamente sobre prometer a Jomo cosas que no sabemos si cumpliremos —la riñó con suavidad y el indicio de una sonrisa en la comisura de su labio, sintiéndose un poco mejor.

Había algo que lo hacía sentir extraño, sin embargo, dentro de ese lugar. Laith miraba, intentando descubrir qué era lo que estaba ocurriendo. Nada bueno, era lo único que podía asumir. Parecía que la cueva los estaba guiando y no al contrario; ¿por qué sino respondería sólo a su paso? ¿Si intentaran ir por otro camino igualmente conseguirían llegar a…? ¿A dónde querían llegar, para comenzar? Se dio cuenta muy tarde que habían emprendido una búsqueda que, en realidad, no estaba guiada por la razón. Es decir, la mujer que buscaban pudo ir por otro sitio, ¿no era así? Se supone que era un campamento de nomaj, ¿no era correcto pensar que quizá había huido para no seguir oyendo a su compañero de trabajo?

Cuando se recompuso y quiso continuar, fue la morena quien lo detuvo, yendo con Moebius a hurgar entre sus cosas, saqueándolo. Asintió, sacando su encendedor y yendo hacia las antorchas, oyendo la voz de su amiga hasta que… ¿Eh? — No sé tú, pero no sé si estoy muy interesado en que ninguna chica, por hermosa que sea, ahogue mis penas entre sus muslos —le dijo con el tono socarrón cuando se detuvo a media oración para leer lo que parecía ser una tarjeta de publicidad. — No sé qué me extraña más, que Moebius pueda pagarlo o que tú sepas que es caro —la miró de reojo, travieso.

Probablemente lo mejor de todo su viaje habían sido esas bofetadas que Niara le había dado. Para el sanador, era mejor pensar que eran por rematarlo a golpes y no por espabilarlo, como debería ser la verdadera razón. A continuación le habló sobre cigarros, y estuvo a punto de decir que Laith tenía los suyos, porque así los tenía, aunque en ese momento más que tabaco le apetecía fumar otra cosa. Todo lo que escuchaba le parecía mentira, se preguntaba si, al regresar a Londres, alguien creería sobre las aventuras que había vivido en ese lugar.

Le dio fuego, haciendo con su diestra una forma cóncava para evitar que la llama se apagara, ambas antorchas ahora encendidas. — Entonces esas imágenes… ¿Son recuerdos de otra persona? ¿De los espíritus que caminan? —inquirió. Abrió el paquete y se colocó entre los labios un cigarro también, encendiéndolo. — No me imaginé que… Quiero decir… Tengo la ligera impresión de que este lugar está jugando con nosotros, ¿no te parece? Caminos que se abren y se cierran… Nos está llevando a un sitio, ¿pero a cuál? —dio un vistazo alrededor, le parecía que ciertas sombras se movían, se alejaban con el humo.

El humo era denso y ligero a un tiempo, ardía en los pulmones y liberaba el alma a la vez. Tomó la daga por el mango y se dio un momento para inspeccionarla, impresionante en el detallado, entendiendo que Jomo también lo había enviado. No pudo evitar sonreír cuando le dijo que había perdido su propio cuchillo.

Recuerda esa charla que tendremos —de hacer promesas que no sabrían si iban a cumplir, especialmente a Jomo. Jomo le caía bien, de una forma extraña. No tenía ese apego como tenía con Niara, ni esa camaradería que compartía con Ishmael. Era una especie de aprecio distante. Y nuevamente tuvo que ella detenerlo cuando Moebius habló, ¿es que era cosa de la cueva esa ansia por querer darle dos bofetadas?

Escuchó con atención el intercambio de palabras, mientras él exploraba, acercándose. Exploraba como lo haría un animal en un territorio que no conoce, un colibrí esquivo que miraba un sitio a otro. Observó dentro de una grieta en el muro de piedra y, por curiosidad, exhaló en éste un poco del humo, oyendo el crujir de las rocas, movimiento. Tuvo que cerrar los ojos para percibirlo con claridad, pero cuando los abrió, lo vio. Fuego. El fuego de una fogata y gritos, alaridos coléricos que marcaban una postura guerrera a la luz de una luna roja. Fue breve, sin embargo, antes de caer en la realidad.

Gracias —negó amablemente el ofrecimiento de lo que se presumía era agua, aunque sentía la boca reseca. Si podía, no respondía a Moebius y dejaba que Niara fuera su voz, aunque en ocasiones la lengua mordaz no podía callarse. — Limítate a ser una antorcha humana, es lo único que has hecho además de ser una carga —pronunció, hostil, ante el apodo que le había puesto. Calló a tiempo, antes de recibir una mirada de Niara.

Iban en descenso, con riesgo a caer, no era momento para escuchar esas historias de sueños y pesadillas que el otro quería contar, aunque en cierto momento, sus palabras parecieron tomar sentido. Un sentido abstracto que, si se lo preguntaban, Laith no sabría poner en palabras. Le dio la impresión de haberlo visto o leído en algún lugar, sin poder tampoco asegurarlo. Lo único que pudo comprender es que en esa situación estaban bañados en peligro. La cueva iba a traicionarlos si se mostraban confundidos, y Moebius no era precisamente la representación de la claridad en ese momento.

Buscó los ojos de Niara, y en ellos encontró una mirada perturbada, una expresión rota en una mueca atroz. Los ojos muy abiertos que casi salían de sus cuencas, los dientes apretados y visibles a través de la boca, la nariz arrugada, y nada de luz en su mirada. Las manos de Laith lo traicionaron y resbaló unos metros, dañando las uñas antes de clavar el cuchillo en la piedra, deteniendo su caída. Volvió la mirada hacia arriba para no encontrar rastro de lo que vio.

¿Qué tan frecuentemente pueden fumarse esos cigarrillos? —preguntó. No quería joderse los pulmones, cuando tampoco le apetecía tener aquellas alucinaciones. El camino en descenso continuaba, pero pudieron notar una entrada en la roca, suficientemente grande como para que cupiera un humano a gatas. ¿Deberían entrar?
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Niara Soyinka el Dom Sep 23, 2018 11:01 pm



Si Niara no había comentado nada sobre el muggle perdido del campamento era porque, no habiendo un modo de rastrear a alguien en esa cueva, lo único que quedaba era avanzar y confiar en que hallarían pistas de su paradero en el camino. Eso era tan probable como hallarse en el peor de los escenarios: darla por desaparecida, o encontrarla, pero de la forma más infortunada.

De los peores escenarios, era algo que se podía dar entre esos dos hombres de ahí, que aun estando en el mismo grupo, no se llevaban. Moebius no lo ponía fácil, y Niara no podía menos que conciliarse con la antipatía de su amigo hacia el periodista. No obstante, mientras descendían, estaba ocupada pensando sobre las cosas que el otro había dicho sobre sí mismo, y especialmente, esos sueños que decía haber tenido.

Laith no le creía, o le daba igual. Eso lo dejó bien claro. Recibiendo, por supuesto, una respuesta. De alguna manera, diríase que era Laith el que lo ayudaba a  mantener la lucidez. Porque de algún lugar desde el pozo de su consciencia tenía que sacar el suficiente resentimiento para contestarle.

—Yo que tú dejaría de creérmela tanto, chico. Después serás tú el que necesite una mano. No te prometo dónde pondré la mía.
 

Si bien fue un relato que los tomó desprevenidos y que sonaba descolocado en las circunstancias, mucha de esa verborragia debía deberse al estado de desorientación en el periodista. Pero, ¿y si había algo de cierto en lo que había dicho?, ¿debería prestarle atención? En estas cosas ella pensaba cuando se percató de que Laith estaba demasiado distraído, por fantasmas en la oscuridad. Lo llamó, queriendo sacarle cualquier idea perturbadora de la cabeza, despejar su imaginario lleno de terrores.

—¿Laith?


Buscó su mirada, pero en ellos halló sorpresa y espanto. Lo siguiente fue lanzarse hacia adelante al ver —y se siente, como un pálpito robado, aire atragantado que presiona el corazón— cómo Laith trastabillaba, resbalando unos buenos metros hacia abajo, de una forma tan abrupta. La antorcha se alejó rodando por las escaleras, hundiéndose en la profundidad del precipicio, la nada negra y absoluta, siniestra, consumiéndose en la caída.  

Lo que importaba, es que Niara se había abalanzado sobre el cuerpo de Laith, quien había tenido el atino de encastrar la navaja en una fisura de roca, que le sirvió para frenar la caída. Lo ayudó a incorporarse, con esa suavidad tan propia de sus maneras. Incluso en una cueva plagada de vértigo, ella era suave y atenta, y en algún punto de un alma presa por la confusión, esto sorprendía tanto más o tanto lo mismo. Su mano, firme.

—¿Estás bien? Levanta.

Habían sido los espíritus que caminan otra vez, no tenía ni que preguntarlo. La antorcha de Moebius los iluminaba, pero él no los miraba a ellos. Laith ubicó el resquicio en la roca, tal como él había hecho primero. Había creído ver. Tantas eran las cosas que creía ver en esa cueva del demonio. Y quizá, se tratara de eso, de que allá abajo, al final del descenso, los esperaba el demonio.

—Todos los que quieras—respondió Niara, mirándolo con atención—. Aunque suelen fumarse espaciados por una hora. Depende qué tan concentrada sea el aura de magia negra. Aquí apesta a magia negra—señaló, deteniéndose a observar la hendidura en la roca, pensativa. Luego, los miró alternadamente. Al lado de ella, cualquiera de los dos estaba “muy entrado en carnes”—. Siento una brisa. Me pasaré al otro lado, y les diré si es buena cosa seguirme.  

Dicho lo cual, su silueta alargada transfiguró en animal, y un guepardo hembra se restregó contra las piernas de Laith antes de iniciar ninguna peripecia hacia lo desconocido, mordiendo, además, jugando, uno de sus tobillos.

Del otro lado de lo que era un pasaje estrecho y angosto, se oyó un gañido arrastrándose en lo que era una caída en el eco, eco, hasta que finalmente Niara se desplomó sobre una pila de huesos.  


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Laith Gauthier el Miér Oct 03, 2018 12:13 am

Lo amenazaba, Moebius, como si hubiese hecho cualquier otra cosa durante el trayecto que no fuera quejarse y ser un peso en la espalda. Mirándolo con un gesto analítico, suspiró. — Quizá la caída no sea tan mala —muy firme. Básicamente, daba por entendido que no estaba esperando su ayuda en ningún modo. Porque lo había hecho imaginarse esa escena de El Rey León donde Scar toma las zarpas de Mufasa sólo para dejarlo caer a traición. Sí, eso era totalmente lo que imaginaba que Moebius le haría si llegaba a tenderle la mano.

El latido de Laith se volvió errático y después de eso todo lo que vino después fue extraño y lleno de saturada confusión. Entre la expresión de Niara y su caída, de la que apenas consiguió frenarse gracias al cuchillo prestado, la mano firme que se extendía a él le pareció antinatural, y la miró unos segundos antes de aceptarla. Encendió otro cigarro cuando ella le dio el permiso, tenía que empezar a controlarse si no quería que la cueva acabase con él antes de que él pudiese acabar con la cueva. Es el tipo de magia que abruma y a los magos más civilizados los vuelve no otra cosa que esclavos de su poder.

Estuvo a punto de quejarse, de decir que ella no debería pasar sola a través de la hendidura en la roca. No supo si era él hablando o si era el trozo de su cordura que sentía haber perdido. Asintió, en cambio, abrazándose a su naturaleza impulsiva. Vio al guepardo con la mirada suavizada, acariciándola con cariño y quejándose cuando ésta intentaba morderle el tobillo, sin causar daño. — Tú puedes hacerlo —le dio una palabra de aliento justo antes de verla entrar y perderse en la sombra. Laith se recargó con el antebrazo a un costado de la grieta, escuchando con los ojos cerrados, oyendo el sonido de los pasos que caían en seco.

Entonces lo escuchó, su sonido de alarma. Abrió los ojos y miró a Moebius, justo antes de tomar una decisión. Hasta donde él sabía, Moebius estaba sano y salvo, pero no podía decir lo mismo de Niara. Con un gesto le indicó quedarse quieto para entonces convertirse en un ave que desplegó sus alas, moviéndolas con la velocidad del latir del corazón cuando uno está inquieto. Entró por la hendidura, sólo capaz de escuchar y presentir, temiendo chocarse con algún tipo de roca filosa que dejara a un pajarito de su tamaño fuera del juego.

Los animales no hablaban, propiamente dicho. Ellos se entendían con miradas, con gestos y ruidos. El movimiento corporal era, en la mayor parte del tiempo, su comunicación más precisa. Por eso, en la oscuridad abrumadora, un ave no podía comunicarse con un guepardo. Bajó hasta el suelo para reposar, para saber si había tierra firme donde transformarse. Pero no fue eso lo que sintió. Se detuvo sobre algo que era, presumiblemente, un tronco pequeño, que se deslizó y lo hizo volar de nuevo.

Un gruñido, fue lo que escucharon, fuerte y fiero. No era el gañido de un guepardo, no. Era más como el rugido de una bestia. Laith continuó buscando a tientas al guepardo, a pesar de que el inminente peligro se sentía cerca, acechando, temiéndose cuando menos. Una criatura estaba acechando, y Laith sólo podía rogar que tuviese la misma visión nocturna que ellos, que, al menos, se entendieran en igualdad de condiciones. Tenía que encontrarla. Que asegurarse que estuviera él y volver a donde Moebius estaba. Su mente le jugaba bromas, haciéndolo pensar en las mil formas en que ese hombre podía traicionarlos.
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Niara Soyinka el Sáb Oct 06, 2018 9:31 am



El felino se reincorporó con esfuerzo, gruñendo levemente. Los huesos restallaron en el eco de la cueva, la negrura viciada de incertidumbre. Con los sentidos del animal, el corazón humano se sintió inquieto. Un leve aleteo pasó rozando su oreja. Siguió esa brizna familiar volteando el hocico en su dirección, o por donde pensó que se había ido, los ojos del predador puestos sobre la pista.

Los guepardos tenían una visión extraordinariamente aguda durante el día, pero durante las noches oscuras, otros animales le llevaban la delantera. Cazador diurno, lo que le deparaba después del ocaso era un sueño reparador, la mar de las veces alerta frente a otros predadores, pero no la cacería. La cacería acababa cuando el sol se perdía en el horizonte de la sabana. En esas circunstancias, le quedaba prevenirse de los enemigos que se agazapaban a la espera de los incautos o descobijados.

En esa cueva, era mejor que nada.

Avanzó sobre sus patas silenciosas, avisada por el deslizamiento de un ruido furtivo, revelador, de la posición de una pequeña presencia. Pronto, el rugido lo cubrió todo, rasgando las paredes y extendiéndose, vibrando hasta lo íntimo de sus propios latidos de mujer y de guepardo, pero no se dejó paralizar. Delante de sí, por encima de su mirada de animal, el aleteo vigoroso de su amigo parecía escaparle por arte de magia a la oscuridad y a todo peligro, porque había una suerte de magia que manaba de las cosas bellas, que siendo arrastradas al peor de los escenarios te hacían contemplar el contraste preciso del que nace la inspiración, la esperanza.

El guepardo le mostró los dientes, contrayendo la mandíbula y emitiendo un gañido, que en otras circunstancias podría confundirse por un intento de marcar territorio. Seguidamente, se deslizó en la oscuridad, esperando que su amigo la siguiera, esquivando columnas irregulares de roca. Se agazapó contra una pared de piedra e inspeccionó desde una distancia prudencial el trecho que habían dejado atrás, la pila de huesos. El rugido avanzaba desde el fondo. Un cuerpo pesado se arrastraba seguido de un tintineo de cadenas y finalmente una cabeza afilada emergió de lo que sería la antecámara de la cueva.

Su tamaño sería de unos dos metros y medio, pero se aproximaba renqueando y encorvada, atraída por el estruendo pero confundida. La cara de esa bestia era cadavérica, semejante a una máscara de hueso, con una mandíbula dentada y unas cuencas heridas donde debía haber tenido los ojos. La criatura estaba ciega.

En el cuello, por encima de una melena negra que le recorría toda la columna, llevaba un grueso collar de hierro que en un punto la obligó a detenerse, impedida por el largo de una cadena, que tensa, no le permitía avanzar más allá de su largo. No había podido alcanzar la pila de huesos, pero su cabeza, furibunda, se agitaba con las pocas fuerzas de un animal enfermo. Su aspecto era, espantoso, sí, imponente en la majestuosidad decadente de una fiereza temible, que de seguro podía atrapar a un hombre en sus pesadillas.

No obstante, Niara consideró que su aspecto general era demacrado y débil. El hambre la había llevado al extremo de la inanición, y los huesos le sobresalían a través de una piel gruesa, oscura y seca. Se apoyaba al avanzar sobre unos brazos largos que acababan en garras puntiagudas; una de ellas parecía haberle sido arrancada. Eso no era una criatura. Niara se escandalizó por dentro. No sería una bestia que encontrarías en un catálogo de criaturas porque aquello era obra del hombre no de la madre naturaleza, de un grupo retorcido de hombres. Un híbrido, nacido de la magia negra. Creado con la intención de provocar el miedo, y ¿custodiar aquel paso que parecía una entrada?, ¿hacia dónde? O puede que fuera sólo una de esas tantas bestias que utilizaban para sacrificar a almas condenadas. La pila de huesos le daba esa idea.

Al comprobar, que la criatura allí no parecía poder avanzar por mucho que quisiera, Niara se transformó en la mujer, deshaciéndose de la piel del guepardo. El corazón pesaroso, los nervios a flor de piel, incluso con las contradictorias ganas de reír apretándole en el pecho, pero muda para la risa en ese momento, su primer impulso fue encontrarse con el cuerpo de su amigo, y abrazarlo. Lo abrazó, por encima de los rugidos de la bestia.

Ya haría tiempo para explicarle qué era esa abominación.

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Laith Gauthier el Miér Oct 24, 2018 1:33 am

La escuchó como un ronroneo que provenía de la oscuridad, entre una penumbra de la que apenas era capaz de divisar. Tuvo que poner gran parte de su concentración en seguir a la africana a través de aquel camino que prometía pesadillas sin fin, asegurando que ahí dentro ocurrirían cosas que no iban a recordar con una sonrisa en el rostro. El peligro era fino y se sentía en las alas y los bigotes. Como una tétrica bienvenida a lo que estaba por venir.

Con el corazón agitado, a partes por su naturaleza vibrante y acelerada, Laith intuyó que aquello que se arrastraba más allá de sus ojos no podía ser nada bueno. Y es que no sólo pensar en las cadenas que le ataban, asegurándole y condenándole a una vida de abandono y soledad, sino que irradiaba un aura de magia negra que sólo podía intuir no auguraba nada bueno. Miraba insistentemente hacia la cámara de la cual provenía el ruido, en una expectación humana y animal a un tiempo. Saber que había un depredador más grande y peligroso le causaba aquella reacción, el mirar deseando no ver nada, hasta el momento que vio algo.

Una cabeza, fue lo que vio, una expresión cadavérica que le hizo pensar que lo que les acechaba había muerto hace muchísimo tiempo, y lo que veían ahora no era otra cosa que la sombra de lo que fue. Una mandíbula peligrosa y mirada de vértigo. Ahí donde debieran ir sus ojos, sólo había negrura que calaba en el pecho. Laith no entendía cómo semejante criatura había acabado así. Más bien, no quería ni siquiera pensar en los horrores que debió haber vivido, y se preguntó en un mórbido instante cómo habría lucido en sus mejores épocas. El tiempo no lo había perdonado y se mostraba en su fiereza temible cómo había repercutido la hambruna y el aislamiento.

Tuvo claras sólo dos cosas: no quería estar en su lugar ni tampoco en sus garras. Forcejeaba con la dureza de sus ataduras, que aunque pareciesen ser tan sólo un cabello ciñendo a la bestia, tenían una maldición que impedía su ruptura, por más que tirase de ellas. Niara fue la primera en volver a las carnes del humano y Laith la siguió pronto, pisando por accidente un hueso que por poco lo hace caer. Era el gaje de ser dotado con alas, que a veces se perdía la cabeza del suelo. Laith quiso hablar, preguntar qué era esa criatura, pero de sus labios no salió palabra alguna.

Sólo pudo corresponder un abrazo que le apretaba la piel, abrazando a la africana con fuerza, como queriendo volverse uno con la mujer del alma de guepardo. A un sentido mucho más íntimo y espiritual que la mera carne. Tenían que salir de ahí, probablemente, y no podía olvidar que ahí detrás habían dejado al tercero, a Moebius. Era un camino mortal y ya les había dejado ver que no iba a perdonarles un paso en falso. Se preguntó también cuánto podrían soportar unas cadenas malditas el forcejeo de una bestia voraz.

Moebius —le susurró en un tono tan bajo que creyó por un instante que de sus labios no había salido nada. Los dos debían tener en cuenta que habían dejado al pseudoaliado detrás y que eventualmente deberían ver cómo volver a encontrarse con él. Pero la inquietante tensión y la preocupación de que la abominación pudiese escuchar hasta sus respiraciones eran tangibles, le preocupaba y no podía hacer otra cosa sino sentir el miedo más humano.

La criatura escuchó, y de ella salió un rugido que hizo temblar la cámara, provocando que cada hueso de Laith se pusiese rígido. El deseo de querer correr le acalambraba las piernas, pero decidió quedarse en su sitio y pensar con mente racional y estratégica, antes que dejarse llevar por los instintos primitivos. Pese a ello, ¿no era, pues, lo más razonable pensar primitivamente en un lugar tan añejo que sólo les dejaba entrever lo que los antepasados habían sido? Porque el mago era magia rústica, por mucha evolución que sufrieran, la magia permanecía estable.
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Niara Soyinka el Miér Oct 24, 2018 7:34 am

Hakuna Matata
—No importa ahora—susurró en contestación.

Niara estaba lejos de ser alguien que abandonaba a otra persona, dejándola vagar a su suerte entre corredores de muerte, pero tenía un punto: a esa bestia y sus circunstancias las revestía un cariz más apremiante de momento, y tenían, los dos, que concentrarse en qué hacer y no hacer a continuación.

Se desprendió tiernamente del abrazo y. En general, Niara era esquiva con las expresiones de cariño de una forma un tanto divertida: te mordía en una demostración de afecto, cuando otros hubieran esperado un simple apretón de manos, o, se alejaba de ti si intentabas darle un abrazo, y en cambio, te tironeaba las orejas.

En circunstancias tales, sin embargo, entendía que el afecto derribaba barreras paralizantes como el miedo, que de poco o nada les iría a servir si se dejaban arrastrar por la fuerza inquieta de sus emociones. Ella tenía miedo. Pero era más grande su afecto.

Miró a Laith a los, buscó los ojos de Laith.

La luz que se encendía entre ellos nació tan pronto como Niara tocó la mano en que Laith llevaba la varita. La ciega criatura cabeceaba impedida por las cadenas en la distancia, confundida y brava. Si la aparente tranquilidad de Niara se debía a algo, ¿a qué?

—Es un wendigo—dijo.

De algún lugar, o de todas partes, se oyó la voz amplificada mágicamente de Moebius, presumiblemente intentado comunicarse con ellos a través de la grieta.

—¿QUÉ ES ESO?, ¿YA ESTÁN MUERTOS?


El wendigo reaccionó en contestación.

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Juguemos a las opciones:



—Le preguntas qué es un wendigo (esto da como resultado A).
—Te quejas de que Moebius es idiota (esto da como resultado B)
—Le preguntas a Niara por qué Moebius tendría ese sueño del que les había hablado (esto da como resultado C)
—Cualquier otra opción.


-A, B y C son sorpresa :3
 


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Laith Gauthier el Lun Oct 29, 2018 10:10 am

Cuando rompieron aquel abrazo, su pecho agitado como una manada aterrorizada por la caza del león dejó de latir erráticamente para relajarse tanto como podía. Eran sutiles los gestos de ambos, esa mirada íntima antes de encenderse la luz cuando ella lo requirió. Laith vio a la criatura, y esos cuernos enormes, recorrió toda su contextura y se dio cuenta de lo que era, y se sintió confundido a un tiempo. Un wendigo, criatura nativa de Norteamérica, una leyenda incluso entre los nomaj en su patria. La había estudiado durante el colegio, y fue motivo de historias de horror de lo más variopintas en las acampadas nomaj.

En primer lugar, le extrañó que hubiese un wendigo en plena África, y se preguntó si eran criaturas internacionales, o si en cambio había sido traída por magos oscuros de pueblos algonquinos. En segundo lugar, se estremeció en pensar en lo que aquello representaba. Demonios humanoides, eso eran, y en algún momento fueron humanos, según lo que él sabía de ellos. El wendigo nacía del canibalismo, una psicosis médica incluso llevaba su nombre: el deseo de comer la carne humana. Constantemente en hambre, el wendigo se alimentaba de humanos y los absorbía al instante, haciendo crecer su tamaño. Y el tamaño de esa criatura sólo dejaba entrever el horror de lo mucho que se había alimentado.

Ten cuidado —le susurró cuando confirmó sus sospechas. — Los wendigos han recibido la dicha del Gran Espíritu, una segunda vida, existen… diferentes tipos de wendigos. Cuando una fuerte energía negativa interfiere con el Manitu, el wendigo adquiere el hambre por la carne humana y se hace más fuerte conforme más coma, su hambre jamás se va a saciar —eso significaba dos cosas: no te acerques demasiado y por ningún motivo había que permitir que saliera de esa cueva.

El Manitu formaba parte de la cultura norteamericana, en especial los pueblos algonquinos. Era el Gran Espíritu, el dador de vida y creador de todas las cosas. La leyenda decía que un wendigo puede adquirir dos formas: la protectora y la destructora. La protectora se alimentaba de musgo y habitaba y protegía los bosques que a veces perseguía viajeros que recorrían sus tierras. Era mucho menos frecuente que la destructora, pues esta última tenía numerosas formas de crearse: podía nacer de la desesperación por el hambre en una persona a punto de morir de inanición, lo que la llevaba a comer carne humana; podían ser poseídos por el espíritu de un wendigo especialmente al dormir, siendo devorado desde dentro hasta ser sólo una bestia, o haber interferido con magia negra. Cada cual peor que la anterior.

Sin embargo, mientras Laith buscaba en sus recuerdos alguna forma de sobrellevar esa situación, la molesta voz de Moebius embraveció a la criatura. — ¡Maldita sea, Moebius idiota, cállate! —masculló y gruñó al mismo tiempo en dirección  a la grieta, esperando que lo escuchara. El wendigo luchaba con más fuerzas por liberarse de sus ataduras. Y como un latido en falso, pensó, aproximándose cautelosamente a Niara. — Cierto tipo de wendigos caza a su víctima, la persigue como un miedo persistente, a veces llama por el nombre y atrae a sus garras, ¿tú crees que… el sueño de Moebius podría estar relacionado? —preguntó en voz baja.

Había prestado atención aunque dijo que no. Que un sueño lo perseguía, esa cueva. No sonaba tan loco dentro de su cabeza que el espíritu del wendigo, atrapado en esa cámara, susurrase el nombre de Moebius y el viento llevase su plegaria hasta el hombre. Era bien sabido que la mayoría de las posesiones de wendigo se daban durante el sueño.
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