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Niara Soyinka el Miér Abr 18, 2018 10:29 am

Recuerdo del primer mensaje :


La caravana del Comité de Sanación y Catástrofes Terribles, había hecho una parada, pero no por vacaciones precisamente, sino cumpliendo con sus obligaciones de atención sanitaria, a modo de servicio ambulante, y así es como lo hacían: yendo allí donde se los necesitara y estableciéndose por una temporada, relacionándose con los nativos. Esa vez, habían parado en plena sabana africana.

No eran los únicos, sin embargo. Y diríase, que hasta siguiéndolos muy de cerca, podía encontrarse el campamento de los Soyinka. Es que, donde iba la caravana, estos se aparecían, ¿casualidad o causalidad? A Stephen ya no le sorprendía —aunque raramente se mostraba sorprendido por algo—, que donde fuera Gauthier, estuviera la chica Soyinka. Esa que era una metiche. Hasta entraba a la caravana, como pancho por su casa, viajaba con ellos, y muy cómoda.

Stephen la había aceptado, como esas catástrofes naturales que van a instalarse al salón de tu casa, y que aunque te resistas, no puedes cerrarle la puerta en la cara —que podías, pero no surtía efecto—, porque no hay forma de detener las fuerzas de la naturaleza, eso lo sabe toda persona sensata, y es algo que hay que saber sobrellevar, tarde o temprano.

En el trayecto, había recibido reclamos en los distintos puntos en que habían hecho una parada, teniendo a su sanador y a la negra como protagonistas. Y es que, al canadiense se le había pegado lo de entrometerse allí donde no lo llaman. Esto tampoco le sorprendió. Al menos, Gauthier estaba llevando bien lo de desenvolverse en el ambiente, entre las gentes. No era así con Grace, que vivía encerrada con alergias en la caravana, cuando lo que realmente experimentaba era esa enfermedad conocida como “nostalgia del hogar”. Eso no podía ser.

Sólo que esta vez, no era solo la chica Soyinka la que los seguía de cerca. Tal parece que habían hecho una reunión familiar —cuando él ya tenía bastante con una Soyinka—, yendo a acampar por la zona. Debía ser, porque era la época de apareamiento de los erumpents, sí, eso lo explicaba. En breve, o más bien, al día siguiente, la voluminosa e imponente silueta de los animales asomaría por el horizonte, y una manada de erumpents machos se enfrentarían unos a otros con sus cuernos explosivos, para impresionar a las hembras. Eran, por regla, animales solitarios, pero para esa época, volvían siempre al mismo punto de encuentro. Era un espectáculo, especialmente para los imprudentes que se arriesgaban queriendo montarlos, como si fueran capaces de domar a esas bestias. A tontas y locas. Esa clase de locuras que provocaban accidentes, que un sanador tendría que ir a atender. Le habría advertido a Gauthier sobre el día siguiente, de haberlo encontrado. Sólo que no fue el caso. Tampoco iría detrás de cada uno de sus sanadores por cada problema que tenían o a cacarearles por la posibilidad de que se metieran en un lío, que se suponía que eran adultos. Y lo decía por los dos, esa que se encerraba en la caravana y ese otro que, por el contrario, pasaba demasiado tiempo fuera. Vaya par que le había tocado.

***


En la sabana africana, el cielo era de color dorado y arrebol. Caía la tarde. Y Niara, cruzada de piernas sobre una roca, le mostraba a Laith cómo era que ella —tan sencillo lo hacía parecer— conseguía con un abrir y cerrar de sus palmas juntas hacer aparecer un pajarillo de energía mágica, que tomó vuelo y se deslizó como una estela de luz en torno al canadiense.

Se lució, sí, ¿pero y qué? Ella no se detuvo en lo desalentador que puede ser que te lancen un pájaro a la cara —así, en plena jeta—, y tomó una de las manos de Laith entre las suyas, así, sin permiso, y le tiró de un dedo, ¿qué? Le sonreía. O eso creerías. Había en sus labios el dejo de una sonrisa discreta. Si era un gesto de apoyo o cariño, allá ella, lo cierto es que no lo soltó mientras hablaba, jugueteando con ese dedo —que te iba a reclamar, si te apartabas, aunque tuviera que tironearte a la fuerza—.

Era un poco rara con los gestos. No te abrazaba, por ejemplo, y le molestaba que lo hicieras, o más bien, no se mostraba muy efusiva. Sólo se dejaba hacer, a veces un poco más contenta que tras, pero era muy difícil que te echara los brazos al cuello. Dirías que le rehuía a mostrarse caluroso y afectiva, hasta que. Tenía esos gestos —incómodos, en ocasiones, y algo muy intempestivos—. No lo esperabas, y te tironeaba la oreja, o te la mordía venida al caso. Así, de repente. Sólo si te tenía mucha confianza. Sino, ni te le acercaras. Eso de acercarse como si fueras el amigo de toda su vida, pues no, ¿sabes? Ah, pero si ella tenía que tomar algo de ti, o instalarse en tu sofá como si tal cosa —preguntarle a Stephen, sino—, ella se colaba en tu zona de confort, ¡pero ey!, ojo hasta donde llegabas con ella, la muy cómoda.

Sólo cuando llegaron los hermanos, se mostró distinta en la interacción con ellos, mucho más abierta. A Laith, por otra parte, quizá por todo lo ocurrido entre ellos, le obsequiaba una cálida familiaridad. Por eso, será, que también le reprochaba bastante, por cuestiones que ahora no venían a cuento. Sólo que siempre perdía con él, por vaya a saber que magia que tenían los colibríes.

Antes de que llegaran Ishmael y Jomo, desde antes que acamparan en la sabana, Niara había accedido a enseñarle cómo hacer magia con las manos: un pequeño truco, muy sencillo —según ella—, que era el de realizar formas con las manos. Era, como profesora, un poco exigente. En principio, había querido transmitirle toda la teoría. Pero como eso no pareció interesarlo de la forma que a ella le hubiera gustado, coincidió en empezar la práctica. Sólo que. Eso equivalió a pasar buen rato tomados de las manos, mientras que ella hacía algo que no terminaba de explicar: “El flujo de la magia de mí, para ti”, decía. Y en realidad, no hacía falta escucharla, porque podías sentirlo.

Era algo curioso, pero se experimentaba como una presión que ejercían sobre ti, y era entonces cuando hasta creías que podías, que sería fácil, liberar esa magia, y realizar un conjuro. Sólo que, por muchos intentos, durante las primeros intentos, lo que se conseguía, cuanto mucho, era una sensación, cuanto mucho una chispa de color. Lo que hacía Niara, era tan distinto. Pero a pesar de haber sido exigente en un principio, lo cierto es que era muy paciente, y tendía a alentarlo ya sólo por el hecho de confiar que el otro lo conseguiría tarde o temprano. Que toda esa magia informe, sin dirección, tarde o temprano se proyectaría en formas animadas. A veces, sí, se quejaba mucho él por su facilidad de distracción.

—No era fácil en mi primer año tampoco—dijo, curioseando sus ojos, como si en vez de estar mirando a una persona, estuviera intentando entrever qué había detrás de una vidriera especialmente interesante, pero que estaba a oscuras—. Tú práctica conmigo. Te saldrá, cuando menos te lo esperes, así, como respirar. Sí, sí—Lo soltó y se frotó las manos—. Mírame. Hazlo tú también. Empezaremos de vuelta. No hay una forma fácil de hacerlo.

Pero eso no era así, no precisamente.
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Niara Soyinka el Miér Oct 31, 2018 2:12 am


Niara asintió en silencio a sus palabras, estaba informado. Eso los colocaba a los dos en una posición de ventaja. El conocimiento siempre era una ventaja. Cómo acordaran proceder, eso estaba por verse. Niara sentía que no podía desentenderse de esa oscuridad, tenía que combatirla. Esa decisión la había tomado sola, como mujer de armas a tomar. Era una situación de la que un claro sentido de responsabilidad no le permitía escaquearse.

—Es por eso que hay matarlo.


Y al sentenciar al wendigo, pensaba en los dos cuchillos que tenían en su posesión. En ese instante, oyeron la voz de Moebius venir desde arriba, de todas partes. El rugido famélico del hombre-demonio le siguió, raspando el eco a su alrededor, pero no la iba a hacer temblar. Estaba segura, ahora que había tomado su decisión.

La pregunta de Laith le hizo levantar la cabeza, y en su fuero interno le buscó una explicación, movida por la necesidad de asirse a una, casi sintiéndola en la punta de la lengua. Si había una relación, ellos dos se habían enredado en los hilos del destino de otra persona. Ese era Elegua jugando con ellos, otra vez, como hacía con todos los mortales. Sí, debía recordar, que podían morir si daban un paso en falso.

Niara desenfundó el cuchillo de sacrificio que había tomado de entre las cosas del periodista y lo alzó entre ellos, dándolo vueltas a la luz, para que Laith lo viera, tendiéndole a un tiempo una mirada teñida de gravedad. Incluso en los momentos de tensión, había una amabilidad inusitada que dotaba a su dureza de un cierto encanto.

—Moebius traía esto entre sus cosas—
Ella parecía meditar—. Un cuchillo ritual como este puede hacer dos cosas: matar a un wendigo o convertirte en uno—Mediante un rito era posible. El oficiante que lo llevaba a cabo debía infligirse una puñalada asesina al final, que no le traería la muerte pero le arrebataría cualquier cosa similar a la vida. Niara podía afirmarlo por la runa en su empuñadura. Lo que quedaba preguntarse era, y Niara susurró la pregunta que flotó en el aire—: ¿Para qué quería usarlo Moebius?

No podía dar nada por cierto. Porque si la bestia había influenciado al hombre: ¿con quién habían hecho ese viaje? Y de empuñar el puñal, ¿serían los deseos de la bestia o del hombre los que vencerían al final? Esa clase de encrucijadas le gustaban a Elegua, el dios de los caminos y el destino.

Niara podía no creer en ninguna divinidad. Pero sí creía en poder explicar la vida de los hombres como el diseño de un laberinto, en el que cada decisión te aleja o te acerca al centro de la encrucijada, donde cada camino esconde un secreto distinto.

—Ayúdame—pidió—. Yo lo mataré.

De nuevo, se sintió la voz de Moebius, asustada. Lo habían dejado atrás con “los espíritus que caminan”, y había demostrado que su mente no podía combatirlos. No había forma de que pudiera pensar que allí abajo era menos peligroso, pero un estado de alarmante inquietud la mente ya no razona bien. Se deslizó a través de una aparición forzosa por la grieta por la que Laith y Niara habían descendido, y ambos lo supieron, cuando sintieron el estrépito de la caída sobre la pila de huesos.    

¿¡QUÉ DEMONIOS ES ESTO!?

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Laith Gauthier el Dom Nov 04, 2018 1:26 am

No —le dijo, de inmediato. — El wendigo es un alma besada por el Manitu, si lo matas no verá cielo ni infierno, se quedará vagando por el mundo hasta encontrar otro cuerpo —explicó. No sólo porque eran criaturas altamente resistentes, sino por el riesgo de contagio y posesión, por lo que eran criaturas muy peligrosas. Difícil lidiar con ellas, pero más lo era deshacerse de un wendigo. — ¿Cuál es tu plan? —le preguntó, queriendo saber cómo pretendía deshacerse de un alma errante y asesina sin el riesgo de posesión no sólo de alguno de ellos, sino de cualquiera si conseguía salir de la cueva.

Pensaba, y su mente maquinaba catástrofes. Así era la mente de Laith, una mente pesimista y catastrófica dentro de un hombre optimista. Era como si pudiese ver mil maneras de que las cosas fallaran, y aun esperaba esa única situación donde podían resultar bien. Su pregunta sobre Moebius y la posterior respuesta de Niara sólo le dejaba pensar las cosas, porque ella misma lo había dicho. Eran dos situaciones que no necesariamente estaban peleadas. Si un wendigo no se “mataba” correctamente, este saldría y convertiría a la persona a su alcance en uno.

Creo —le dijo en primer lugar, aclarando que sólo era una suposición, — que si estamos en lo correcto, el wendigo pudo haber atraído a Moebius hasta aquí, ¿con qué fin sino tendría esos sueños? ¿Has notado su comportamiento? Lo atrajo, porque es preso de sus propias ataduras, necesita un cuerpo nuevo para salir —la miraba a los ojos, esperando que ella comprendiese la seriedad de la situación. — Creo que podría planear dejar aquí su cuerpo original marchitándose y marcharse con uno nuevo y libre —era lo más lógico según su propio razonamiento, de otra manera no podía imaginar cómo el destino había obrado de esa manera.

Niara insistía en matarlo, e hizo pensar a Laith que ella sabía cómo hacerlo. Niara lo había sorprendido gratamente a lo largo de su estadía en África con sus conocimientos de la magia rústica de los antepasados. Con viajes psicodélicos de por medio, cómo no, pero a fin de cuentas podía darse cuenta de que ella era habilidosa. Tuvo que acceder y confiar en ella, porque él no tenía otra opción mejor ni idea de cómo salir de aquella cámara, preparándose para lo que tuviera que venir al momento de que ella intentase matarlo. Esperando no ser víctima de algo incontrolable.

Tan concentrado estaba, que tuvo un sobresalto cuando Moebius cayó sobre la pila de huesos a través de la grieta que había dejado entrar a colibrí y guepardo. Cayó sin gracia ni estilo, haciendo un estruendo que agitó a la bestia ciega que intentaban mantener a raya. La cueva entera se estremeció con el gruñido de la bestia que forcejeaba contra sus ataduras para liberarse y hacerse con la carne de los humanos que habían osado interrumpir su eterna condena a ser alimentado sólo de aire hasta que un incauto apareciera.

Laith no había olvidado que su propósito inicial para entrar ahí había sido una mujer aparentemente sin magia. Cada vez dudaba menos poder encontrarle, y, de hacerlo, tampoco pensaba que la fueran a encontrar con vida.
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Niara Soyinka el Lun Nov 05, 2018 1:58 pm



—Hay un ritual—Sacó a colación Niara, estando de acuerdo con Laith en que había riesgos. No los pasaría por alto—. Haremos un fetiche y sellaremos en este al wendigo y su maldición una vez lo hayamos apuñalado, de forma que no pueda volver a reencarnarse.  

Los fetiches africanos tenían muchos usos, uno de ellos era encarcelar malos espíritus dentro de una figurilla rústica tallada en hueso o madera. Muchos tamaños y formas de fetiches podían apreciarse expuestos en las estanterías de la tienda ‘Antigüedades Soyinka’: imitaciones humanas grotescas o diseños de animales, adornados con clavos o sin ellos, pintados con ojos ciegos o ennegrecidos por el tiempo.

Necesitaban, entonces, un fetiche, y un cuchillo ritual. Una vez hubo explicado cómo podía servirles el cuchillo de Moebius, Laith expresó en voz alta una de sus preocupaciones. La idea de un wendigo, que era una criatura milenaria, ansiando escapar de su reclusión para cazar en el mundo exterior era una idea tan terrible como increíble, que no dejaba de sorprenderla a pesar de las cosas que había visto dentro del negocio familiar; tan insólito y terrible.

Al pensar en la suerte de Moebius se apenó por el hombre. Nadie podía acceder a los deseos de un wendigo de forma consciente y se imaginó las horribles pesadillas que lo habrían asolado durante noches enteras, pesadillas que pudieron acabar por socavar su voluntad. El periodista podría ser un jugador tramposo en una mesa de póker  y en la vida, pero nadie se merecía tal castigo, nadie debía cargar con esas cadenas.  

—Sí—
confirmó, dándose cuenta hacia dentro de sí misma que oírlo de boca de Laith la obligaba a reconocer que estaban envueltos en una situación oscura y difícil, pero sin dudar ni por un momento sobre lo que había que hacerse. Sonrió de lado, cayendo en la cuenta de algo distinto, teñido de cierta comicidad incluso en esas circunstancias. Alzó los ojos, confiados y rientes, buscando la mirada de Laith—Pero no contaba con nosotros—añadió, con una actitud que, ahí, en el fondo del abismo, se sentía sobradamente descarada.

Niara cargaba sus enseres en un bolsito bombonera colgado al cinto, donde también se ajustaba el cuchillo cuando no lo llevaba en la mano, y ahí, a pesar de su pequeño tamaño, había guardado el mapa, los cigarrillos de Jomo y otras utilidades. Hurgó metiendo el brazo en la bolsa y extrajo tres estatuillas en miniatura, que le mostró a Laith como si se tratara de un llavero, y apartó uno que apretó en su mano, pensando para sí misma que sería una empresa que asustaba, pero que era posible.

—Es un fetiche y no tengas ninguna duda: el wendigo no escapará—Abrió la mano entre ellos y sobre la palma exhibió la figurilla—Hay que dibujar una patipemba en el suelo y colocar el fetiche en el centro. Una vez muerto, el fetiche lo tragará—explicó, dando por sentado que no habría problema porque el wendigo no iría a ningún lado. Habiendo guardado los otros y vuelto a cerrar su bolsita, tomó a Laith por la muñeca con su mano libre y condujo  la luz de su varita hacia la columna de piedra que tenía detrás de él, donde era posible verse el contorno apagado de una antorcha estaqueada a la piedra—. Debe haber más en toda la cueva. Necesitamos la luz—Era verdad. Estaban sumidos en la oscuridad sin poder moverse libremente, a no ser que quisieran tropezar con las garras del wendigo. Y era todo mucho más aterrador cuando los monstruos no tenían sombra.

En ese instante en que los huesos estallaron en un estrépito, Niara apretó el brazo de Laith al tiempo que sentían el grito de Moebius. Éste había caído sobre la pila de huesos, fuera del alcance del wendigo pero tan cerca como para sentirlo aproximarse y alertarse despavorido de la inminente amenaza, por lo que, en un acto reflejo, lanzó en la dirección de la criatura unas amarraduras que, si bien no eran algo de lo que no podía desprenderse, sí servían para demorarla y distraerla.

Fue posible ubicar su posición cuando encendió la luz de su varita. Lo vieron retroceder hacia la pared de la cueva arrastrando una pierna presumiblemente rota. Niara lo señaló: se había dejado caer en el suelo, dolorido, apoyado contra la pared de piedra y de cara al wendigo, que a tan sólo unos quince pasos se desquitaba en un forcejeo imposible intentando liberarse de sus cadenas. Encima de Moebius había una antorcha apagada.

—¿QUÉ DEMONIOS…?, ¿¡de dónde han sacado esta cosa!?—
gritó Moebius, ubicándolos a ellos a un mismo tiempo. Eran como manchas de luz en la oscuridad—¿¡Cómo lo matas!?

Moebius gimió de dolor, sujetándose la pierna.

—El wendigo no puede liberarse—razonó Niara, evaluando la situación—Vamos.

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Laith Gauthier el Dom Nov 11, 2018 11:24 pm

Un ritual, era lo que la africana le exponía, un ritual que conseguiría sellar a la bestia, sólo necesitaban para sellarlo un… ¿fetiche? — Eh… Niara, no sé si es momento de… —le dijo, mostrando sin pensar su primer idea de lo que un fetiche era. Sí, si Laith lo pensaba un poco mejor, podría saber que un fetiche era no sólo una práctica sexual, sino un objeto con propiedades mágicas o sobrenaturales. Pero de buenas a primeras, su primer pensamiento no había sido precisamente placentero en esa situación tan descabellada.

Laith consideró opciones, y barajando alternativas se dio cuenta del peligro que Moebius había corrido. Un peligro latente no sólo para sí mismo, pues le costaría todo lo que lo hacía humano, sino también para el resto del mundo. Era una aparente verdad que escandalizaba sólo considerarla por lo horrible del acto, la posesión de un wendigo es un evento atroz. Pensando en ello, el sanador tuvo un espacio sensible incluso para un hombre detestable como Moebius, porque ni siquiera la gente como él, embaucadores oportunistas, se merecían ser devorados desde el núcleo por una fuerza negra y poderosa hasta convertirse en nada de lo que habían sido hasta ahora. Sólo las cenizas de lo que fue.

Niara —le riñó suavemente, mirándola, cuando sobrada en altanería le decía que no había contado con que ellos iban a poder interferir para evitar la catástrofe. La miró hurgar dentro de su bolso hasta ver las estatuillas, que presumiblemente eran los fetiches de los que había hablado. Nada sexual de por medio. Los miró, figuras rústicas talladas en lo que podía decirse era madera, y había una que le provocó algo al verla. Como si le dijese que todo estaba bien, sólo con su presencia. La misma que Niara separó del resto, probablemente por haber tenido la misma sensación. — ¿Una qué…?

Laith conocía rituales y cultos mágicos norteamericanos, porque ahí se había criado, en una zona mágica en la que no era raro saberse magos, colindante con el mundo nomaj, lo que había causado esa mezcla cultural entre lo mágico y lo no mágico que lo caracterizaba. Pero más allá de eso, admitía que su conocimiento sobre magia antigua no era nada para jactarse, así que se encomendaba a Niara y a su gente para aprender, con mente y corazón abiertos. Asintió con la cabeza, comprendiendo la metodología del ritual de captura.

La encenderé —le dijo, mirando las antorchas apagadas y estirando su varita para encender la primera de ellas. No pudo hacer nada más cuando el estruendo se hizo presente, el cuerpo de Moebius siendo tragado por la oscuridad más allá de lo que podían ver. Su varita se encendió mostrando su ubicación. — No te muevas, deja de hacer ruido —masculló Laith, esperando que acatase su indicación. Acercarse no era inteligente y no quería hacerlo, pero los dos, Niara y él, sabían que era necesario. — Vamos —repitió sus palabras, aunque eran más para sí mismo.

Laith fue unido a la pared, encendiendo las antorchas que se cruzaban en su camino, hasta alcanzar a Moebius. Le colocó un brazo por la espalda y le sirvió de apoyo, mandándolo a callar cuando se quejó del tacto y del dolor. Miraba con recelo a la criatura, sintiendo el pecho encogido, ni siquiera podía respirar en paz con el peligro tan cerca, que podía sentirlo vibrando en su nuca. Alejó al hombre de la criatura y lo dejó en el suelo, para revisar su pierna. Era una fractura, no cabía dudas de ello. Miró a Niara.

Madera, ¿tienes? O un trapo —le pidió. La dejó rebuscar en su bolso hasta entregarle lo que había pedido, un trozo de tela que Laith replegó. — Voy a arreglar la fractura, pero va a ser doloroso y no puedes gritar —le explicó a grandes rasgos el procedimiento. — Es un hechizo simple, pero no tengo sedantes —le hizo saber, mirándolo a los ojos. Por un momento, Laith se olvidó de su desagrado y se concentró en ser el sanador que se necesitaba, y no un niño enfurruñado. — Muerde esto fuerte —le hizo entrega del trapo.

Moebius se quejaba, el dolor siempre da miedo, pero en medio de aquel lugar y con esa criatura rondándoles, tener la pierna en su lugar era lo menos que podía hacer. Además, no dejaba de meterse con el conocimiento médico de Laith, un aprendiz de los sanadores del grupo, pero un sanador a fin de cuentas a quien no le habían regalado el título universitario, que ampliaba sus horizontes con nuevas técnicas y estrategias. Laith contó sólo hasta dos y lanzó el hechizo, el hueso crujió al adoptar su lugar, un dolor indescriptible aunque breve que dejó un hormigueo desagradable. Otro hechizo e invocó una férula para mantenerlo todo en su lugar, al menos hasta que salieran.

Quédate aquí, no te muevas —le dijo, dirigiéndose hacia Niara. — Tenemos que actuar rápido, necesito revisar su pierna adecuadamente —porque si bien estaba todo en su lugar, Laith no descartaba que el hueso se hubiese astillado y entonces requeriría una intervención quirúrgica.
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Niara Soyinka el Miér Nov 21, 2018 10:02 pm

Hakuna Matata
No era momento decía Laith, ¿de qué? Niara lo tranquilizó diciéndole que traía los fetiches consigo, así que no había de qué preocuparse. Ni se le pasó por la cabeza que su amigo podía estar pensando en prácticas fetichistas en ese mismo instante, que en nada se parecían a un ritual de magia de sellado de demonios.

Al mostrárselos, los fetiches, separó uno de ellos y depositó su confianza en ese único fetiche. Estaban hechizados para contener algo terrible, pero una vez que la magia negra era sellada dentro, aquella figurilla mágica le brindaba al portador la seguridad de que se podía detener el mal. En algunos casos, luego del ritual de sellado, hasta se los consideraba como amuletos de buena suerte.

—Las petipembas son aquí el equivalente a runas mágicas—explicó, al ver a Laith confundido. Las runas mágicas tenían poder, tanto así las petipembas. Eran una escritura antigua que invocaba la magia.

Habiendo acordado entre ellos lo que iban a hacer, la caída de Moebius rompió un poco con los planes, pero no los arruinó. Lo que sí, les sumó a preocupación de una pierna rota y un periodista moribundo que, de una forma u otra, podía estar siendo manipulado por el wendigo.

La bestia tiraba de las cadenas queriendo devorarlos. Le hubiera sido sencillo. Los tenía allí, en un mismo punto. Pero estaba obligada a permanecer esclava de sus cadenas, condenada a un mismo sitio por toda la eternidad. El pavor que le nacía a uno y que se sentía serpentear por debajo de la piel era tan real como si no pudieran confiar demasiado en la suerte que tenían de momento, por eso hacía falta actuar rápido.

Niara avanzó a prisa junto a Laith, ambos pegándose a la pared y llegando finalmente hasta Moebius. Asistió a Laith entre que miraba alternadamente al sanador en su quehacer y a la bestia. Moebius dependía de él, y no era tan idiota como para quejarse. Sudoroso y en dolor, asintió a cuanto Laith le propuso y dejó que le rellenaran la boca con un trapo. Había estado antes en situaciones parecidas. Nunca tan asustado.

—Lo preparé todo—
accedió Niara, asintiendo.

Con una tiza blanca trazó unos extraños símbolos en el suelo de la cueva, habiendo apartado un manojo de huesos humanos para hacerse lugar. Por último, tal como había dicho, colocó el fetiche en el centro, pero al hacerle este aumentó de tamaño y la pequeña figurilla de bolsillo se levantó a la vista. Todo parecía estar preparado.

Excepto por una cosa.

Niara tomó de inmediato el cuchillo que llevaba colgado del cinto. Detrás de ella, Moebius se quejaba en gemidos por el dolor. Sabía que la intervención de Laith había sido una suerte para él, pero el dolor seguía ahí y le preocupaba qué ocurriría después. Niara no tenía tiempo de preocuparse. Había que actuar. Encaraba a la bestia que se revolvía furiosa queriendo lanzarse contra ellos, y se relamió los labios, humedeciéndolos. Cuchillo en mano, pegó un grito.

—¡Laith, ahora!


***

Ishma aulló al verlos llegar al campamento y su alboroto provocó que Jomo se despertara de su siesta. Salió de la carpa —cuya extensión por dentro se adivinaba de unas dimensiones extravagantes ni bien ver a través del orificio— para encontrarse con un fetiche colocado sobre un taburete. Lo primero que hizo antes de inspeccionarlo fue reparar en las caras de Laith y Niara.

Los observó por unos breves instantes y asintió en silencio, más para sí mismo, como si sus rostros le hubiera dicho todo lo que necesitaba saber sobre cómo les había ido el viaje. Tú sabes cuando alguien ha tenido un buen o un mal viaje con sólo ver sus caras, Jomo lo sabía.

El cielo se teñía de rojo, la tarde caía. Jomo tomó en sus manos el fetiche y lo inspeccionó de un lado, del otro, comprobando que todo estuviera en orden. Lo estaba. Un fetiche de los Soyinka no fallaba. Lo había hecho él mismo después de todo, a ese entre todos. Pero quedaban unos hechizos de protección que hacerle, y él se encargaría de eso. Si no les habló demasiado fue porque prefería encargarse de la tarea de inmediato.

Sin embargó, hizo un alto para acercarse a Laith y sujetarlo del hombro, en un gesto. Esa mano que le tendía era grande y cálida, y se sentía protectora.

—Bien hecho.

***
Stephen abrió la puerta de la caravana y se encontró con algo que no esperaba. Pero por qué, ¿por qué Moebius ocupaba una camilla?, ¿otra vez? No dijo mucho al entrar, su expresión era más bien seria y cansada, había estado todo el día fuera.

—¡Ey, Stu!

—¿Qué es… esto?—
preguntó mientras que se lavaba las manos y se refrescaba la cara. No parecía hallarse en tan buenos términos Moebius como él quería demostrar.

—Oh, tú sabes. Me caí en una bajada rocosa. Tu chico tuvo la amabilidad de dejarme descansar aquí.

—¿Una ba-ba…jada?

—Sí, soy así de idiota.


Stephen lo miró entornando la mirada.

—No estaba poniendo eso en duda.

Touché.

Stephen se cruzó de brazos y se recargó de lado en un punto de apoyo, observándolo con un rastro de perspicacia en esa severa mirada. Quizá se lo estaba pensando demasiado. Moebius no mentiría por nadie que no fuera sí mismo. A menos… que no quisiera que él supiera donde lo encontró en verdad, porque eso no le convenía.

—Eso es un poco rudo. Vamos, juégate una partida de cartas conmigo. Esa chica tuya no hace más que aburrirme cuando está cerca.


—No son mis-mis… ‘mis chicos’—replicó Stephen con una mueca.

Aunque no lo dijera, le sorprendió que Moebius no le pidiera que revisara el trabajo que Laith había hecho en su pierna. Después de todo, Moebius nunca confiaba en los chicos.

***

En el campamento de los Soyinka, Ishma había erigido una fogata alta que llameaba encendida en la noche. Era Jomo en esta ocasión el que tocaba los tambores. Había dicho que había algo sanador en la percusión de los tambores y había arrancado a tocar. Ishma tomaba de una cantimplora de calabaza y escupía el contenido al fuego, avivando las llamas que saltaban con fuerza en cada ocasión, haciendo estallar la madera. Niara hacía lo mismo, los dos aparentemente entretenidos.

—Vamos, bebe—ofreció Niara, tendiéndole a Laith su cantimplora—. Es tan fuerte como el de los Malinka.

Nankín, cosa rara, estaba con ellos, pero se mantenía en una esquina alejada, tallando un trozo de madera con una navaja, sin hablar con nadie. En la tarde, con la llegada de Laith y Niara y habiendo escuchado su relato, se enfureció. No se supo muy bien por qué porque arremetió contra Niara en su dialecto.

Aparentemente, había querido ir a buscar a Moebius para, como había dicho Niara ‘destriparlo vivo’, sintiéndose insultado por alguna razón. Ella se burló de él, asumiendo que sólo estaba celoso de que ella capturara al wendigo y no él. Al final, las cosas se calmaron. Parecía que era algo natural entre ellos esas peleas que tenían, o que era parte del carácter de Nankín pasar de la furia a la calma.

En principio se había largado y pensaron que no lo volverían a ver, pero entonces regresó, intercambió unas palabras en voz baja con Jomo bajo la atenta mirada de una Niara que se sonreía con cierto aire burlón, y luego allí se sentó, callado y solo. Ishma le hablaba, claro, y parecía estar muy apegado a él, pero su hermano apenas le prestaba atención. A ninguno de sus hermanos, que se reían bailando en torno a la fogata. A la mañana siguiente, Niara amanecería con un poco de resaca después de eso, probablemente.
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Laith Gauthier el Lun Nov 26, 2018 5:19 am

Laith se sorprendió de la cantidad de cosas que desconocía acerca de los rituales mágicos africanos. No se vio intimidado ni su valentía se vio mermada, sino que tomó toda la fuerza que le quedaba para poder comenzar con aquella misión. Era en momentos como ese donde la gente se daba cuenta que la valentía no era tal cosa. La valentía era no salir corriendo cuando deseabas hacerlo, el miedo era un gatillo que podía disparar la huida o la valentía. En raras ocasiones disparaba ambas cosas, mas hoy no era el caso.

Atrapar y sellar a la bestia, era eso lo que tenían que hacer, incluso si Moebius se aferraba a querer distraerlos. Con el coraje latiéndole en el corazón, ese que motivaba a seguir, Laith fue a su rescate de las garras de la bestia que intentaban sin éxito atraparle. Se dio cuenta de lo que sucedía, una pierna rota que iba a retrasarles su plan. Laith había trabajado con profesores difíciles y sanadores de lo más exigentes, pero nada se comparaba a un wendigo rugiéndole y chillándole al oído mientras intentaba curar una pierna rota sin anestesia y con mala iluminación. Seguramente acabase por necesitar vacaciones de ese viaje.

El sanador se encargó a lo que había estudiado por tantos años: curar gente. Niara, a su vez, también hizo lo que mejor le funcionaba: hacer rituales. Moebius quedaba relegado a obedecer al sanador que se esmeraba en curarle la pierna para salir de ahí con vida, algo que a esas alturas empezaba a complicarse un poco. Le hubiese gustado prestar atención a las patipembas, pero eso no fue lo que cautivó su atención, sino la figurita, ese fetiche como Niara lo llamaba, que lo atrajo desde el momento en que se desocupó de una pierna para concentrarse en un ritual.

Niara —la llamó, pero no dijo nada más, como si sus palabras hubiesen quedado en el aire. Un sinfín de posibilidades se abría ante el llamado de un nombre que no llevaba nada más detrás, pero en algún punto dentro de ellos Laith sintió que no tenía que decir nada. Que todo lo que no estaba dicho podía sentirse. Así, se preparó para una de las experiencias más peligrosas de su vida, como una caída en picada sin saber si conseguiría abrir las alas a tiempo para frenar la caída inminente.

***

Laith estaba cansado física, mental y emocionalmente. Cuando la bestia se selló, Laith había sentido como un choque frío en el pecho que lo había dejado de esa manera, pero aun así sonreía. Una parte de él sabía qué había sucedido, la otra se negaba en aceptarlo. La gente es energía. Los seres humanos están hechos de energía y esta se acumula y se transmite. No se crea ni se destruye, sólo se transforma. Le había drenado su energía la última súplica de paz de un alma que se había corrompido hasta el hueso, hasta el núcleo de la esencia misma del ser humano. Con una sonrisa, no se lo dijo a nadie.

Laith era sensible a la energía humana, no podía remediarlo. Habían llevado a Moebius a la caravana para que lo curasen, y ahí le había robado un puro. Saludando tan sólo a Ishmael y a Jomo con un gesto, se colocó el puro en la boca y lo encendió, cerrando los ojos para perderse un momento en el tabaco fermentado. Sólo abrió los ojos cuando el africano le colocó una mano en el hombro, asintiendo con una sonrisa. Iba a sanar, tarde o temprano. Los corazones grandes no necesitan mucho para llenarse.

***

A lo largo de aquella tarde, lo que quedaba de ella, Laith se había aislado. Así había sido porque, como bien había dicho, pensaba que podría contagiar a los Soyinka de aquel vacío interno que le había quedado. Estaba sentado bebiendo agua mientras miraba el fuego, distraído en quién sabe qué pensamientos, escuchando cómo el ritmo del tambor sincronizaba el latir del corazón. Tenía muchas cosas dentro de la cabeza, como la discusión entre Niara y Nankín que se había librado a lo largo de la tarde, o lo ocurrido con el wendigo, incluso el sueño de Moebius.

Su pecho que latía junto con el tambor empezó un incendio dentro, como un fuego que se había desatado firme y voraz. Sonrió con esa chispa tan suya, tomándole la botella a Niara y poniéndose de pie, dando un trago. ¿Debería? Quizá no. Y empezó a bailar, porque por qué demonios no. — Grand Esprit de l’Univers, maître de l’ordre et du temps, garde le feu millénaire, dans le cœur de tes enfants —empezó a cantar en su idioma materno, contagiado por un no sé qué. — C’est la voix de la raison, qui rythme chaque saison, en résonnant dans nos airs au son calme des tambours.

Laith había sido criado en la tradición algonquina, y en ese momento, más que nunca, se había sentido conectado en cuerpo y alma al Gran Espíritu. El pasado podía doler, y aquellas raíces suyas habían sido dejadas atrás, pero en ese momento más que nunca había sentido la necesidad de traerlo al presente, de desenterrarlo. Y se entregó al ritmo del tambor y a la llama que de la fogata se había transportado a su corazón, sin detenerse hasta el momento en que dejase de sentirse así de vacío.

***

Si Niara le había dicho (y vaya que lo había hecho) que lo quería lejos de Nankín, Laith en ese momento no podía recordarlo. Ni siquiera estaba del todo seguro del cómo habían acabado en esa situación, si tenía que ser honesto. Probablemente había comenzado todo como el intento de Laith por mostrarse a sí mismo que podía crear magia sin varita, y del africano por intentar ayudarlo a su manera. Y qué manera tenía de ayudarlo, en un piel contra piel como el pecado más hermoso.

Se habían alejado del campamento, más allá del africano calor del desierto hasta una densa selva africana que en su humedad acobijaba el calor abandonado de la fricción. Hay magia en ciertas cosas de la vida, y en esa la magia revoloteaba, yendo y viniendo, haciendo vibrar la piel por encima del sudor, una corriente eléctrica que endulzaba todo lo que tocaba. Era un jadeo y el tacto de un sólo dedo que causaba estragos, capaz de crear y destruir sensaciones sólo con su presencia, con su deliberada existencia.
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Niara Soyinka el Sáb Dic 01, 2018 6:51 am



*

El silbido argento del río deslizándose por una ruta empinada y angosta sembrada de cascotes de piedra entre un sinfín de verde, ese era el sonido más nítido, inundado por el rumor de la selva, el sonido que los cobijaba en esa mata densa de humedad y fragancia, que los escondía.

Era un valle rodeado de altura, hacia dentro de la sombra fresca a los pies de la selva, el lugar que Nan eligió para refrescarse. Los condujo hasta allí tan naturalmente como se respira con la excusa, y era sólo una excusa, de que el calor en esa tarde era pesado y aquel era un buen sitio para detenerse.

No había miradas indiscretas allí, y al mismo tiempo, eran foco de todas las miradas: la vida, que discurría por debajo de sus pies descalzos, por todo a su alrededor, vibrante, exótica y salvaje. Que Nan eligiera ese sitio no había sido al azar. Sentía una profunda conexión con las aguas y los terrenos agrestes, y era en lo profundo de sí mismo que callaba de cara al resto sobre un secreto en particular.

Había tenido su primer encuentro con un hombre en un sitio como ese, directamente sobre una plancha de hierba verde, por toda una tarde hasta que tuvo regresar a su casa deseando que la noche ocultara su vergüenza. Bajo el cielo de África pudo haber sido un acto primitivo tan vigoroso y hermoso como el de dos animales enfrentados con una actitud dominante, pero bajo el techo de su casa era una afrenta al apellido, a la familia.

Nan se sentía atraído y atraía tanto a hombres como a mujeres, pero se declaraba abiertamente sobre las segundas por mantener las apariencias. En ocasiones fingía un asco que no tenía o tomaba una prudente distancia de cualquier posible escándalo. Solía pensar, sin embargo, que el goce sexual entre dos hombres era, a decir verdad, más puro, en el sentido de que lo experimentaba de una forma más instintiva y apasionada.

Siempre que podía intentaba recrear aquel primer encuentro que para él significó la liberación de lo sensual. Había tenido para ese entonces cruces carnales con el cuerpo de sinuosidades voluptuosas de una mujer, pero al lado de aquella primera experiencia una mujer parecía algo insustancial, una banalidad. Si era un hombre, conseguía que el deseo le rasgara desde adentro, que le ardiera vívidamente como un dolor placentero.

El blanco había despertado en él una punzada de curiosidad porque no se veía en necesidad de ocultar nada, lo dejaba todo a la vista. A su juicio, era alguien demasiado evidente. En otras circunstancias lo habría rechazado por considerarlo poco discreto. Si no fuera por eso mismo que le llamaba la atención. Era persona de un atractivo natural que conquistaba a las personas a su alrededor y sobre la que acababas enterándote más tarde o más temprano.

Nan no habló mientras se desvestía. Hizo sus cosas a un lado sobre la roca con esa paciencia del que no se apresura y se acercó a la orilla del río manso. Su torso era regio, sus piernas torneadas y las nalgas duras. Se exhibía con una naturalidad arrogante y brusca como sus demandas. El negro de su piel era intenso como la noche más perfumada. Permaneció allí, de pie.

Podía distinguir el canto de los tucanes y el lejano e inquieto susurro de la alondra. Así, lo mismo con una disparidad armónica de sonidos que se sentían vibrantes por debajo de la piel. Era una tarde de mucho calor. Nan se acuclilló con los pies en el agua movediza y se salpicó la cabeza, cuello y brazos. El falo le sobresalía erecto entre las piernas dobladas. Al levantarse se le deslizó hacia un lado, firme como tenía que serlo urgido por la sangre tibia. La expresión en su rostro era, por lo demás, relajada.  

—¿Tú no nadas?—Nan era agua, esta era su elemento, él sí que nadaría un poco antes de recostarse al sol, disfrutando simplemente de estar, en medio de aquella selva, aquellos colores, luego de lo que fue un recorrido a pie por sus mismas entrañas rastreando hierbas autóctonas. Nan podía no ser pocionista pero era de los mejores conocedores de hierbas.  

El agua de la cuenca era poco profunda cerca de la orilla, pero yendo hacia la cascada la depresión del suelo se hundía varios metros hacia el fondo; era zona de aguas profundas, como a Nan le gustaba. Le presumible sombra de duda en el rostro de su acompañante lo habría hecho preguntar. Nan sonrió de lado y la esquina de su boca despuntó en un blanco descarado, que hacía un fuerte contraste con el color oscuro de su piel.


**********


En el campamento Soyinka.
Niara pregunta a Jomo si ha visto a Laith.
Ishma se ríe.


—¿Eh?


La reacción de Niara fue la que se tiene cuando escuchas algo muy claramente, pero que por alguna razón, te parece dicho en otro idioma, ininteligible y difuso en cuanto a su significado.

Jomo, muy tranquilo, movió la pieza de su tablero de Yote. Jugaba con Ishma, quien subía sus pies a al taburete en el que estaba sentado, y aunque no se atrevía a mirar a Niara, reía por lo bajo, con esa risilla incontenible tan natural en él, pero Niara ni caso. Insistía en mirar a Jomo sin comprender.

—Se ha ido con Nan—
repitió—Hará…—Jomo intentó calcular aproximadamente el tiempo—. Desde esta mañana.

La decepción que le siguió a la ira expresada en la mirada de Niara al oír el nombre de Nan se hizo evidente. Aquel era el día libre del sanador en la caravana. Y pensó, imaginó, que querría pasarlo con su amiga, como habían planeado. Se le habría olvidado.  

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Laith Gauthier el Mar Dic 04, 2018 6:02 am

Pasear a través de los caminos africanos era extraño para Laith. Diríase que se sentía como un déjà vu, algo que ya había vivido, quizá en otro tiempo lejano a ese, o en otra vida distante. Con un bolso lleno de objetos que el sanador había recogido, algunos de ellos eran plantas que sólo en libros había visto antes, que esperaba ayudasen en su desempeño dentro de aquella tierra. Un corazón vibrante y excitado de experiencias, queriendo conocerlo todo como el niño que ve el mundo por vez primera, Laith se empapaba de cultura y no le daba miedo tomar al toro por los cuernos y lanzarse a la aventura.

Aquel valle se encontraba en el corazón de la selva para refrescar al hombre de piel oscura. Laith se sentó en el suelo, con la espalda contra un árbol cerca del agua, y se dio cuenta que podía oír la voz muda del viento, sentir la vida de las cosas como un latido, mientras su corazón se sentía a salvo y en casa. Su mirada se clavó en el africano, que despertaba en él un calor parecido a la fiebre, que se sentía frio cuanto quemaba. Eran tan esencialmente distintos, mientras que él era un libro abierto para los ojos que supieran leerle, el otro era enigmático como un acertijo en un idioma perdido.

La mirada era, cuando menos, indiscreta. Lo acariciaba en el silencio sólo con unos ojos verdes que recorrían de arriba hacia abajo en un camino en descenso: sus ojos, por empezar, y sus labios carnosos. Más allá, un cuello delgado y unos hombros anchos hasta llegar a un torso tonificado, un vientre plano y tras una mata de rizos negros… unas piernas torneadas. Sin vergüenza alguna, se mostró honestamente impresionado con la enorme… belleza que tenía Nankín. Parecía perdido explorando su cuerpo a la distancia, que un sonido de curiosidad protagonizó en principio su respuesta.

No, estoy bien aquí —aunque estaba empezando a acalorarse más de la cuenta, no le apeteció probar suerte en el agua. — Nada tú —le dijo, brevemente, aunque Nankín no necesitara su sugerencia para hacerlo. En cambio, la mirada del sanador le dio un descanso al africano, concentrándose en una planta violeta a un lado de su árbol. — ¿Qué me puedes decir de esta planta, la conoces? —llamó su atención, mostrándole una plargonium sidoides.

Laith la conocía, pero le daba gracia que el negro estuviese tan lleno de sí mismo, que siempre le explicase todas las cosas. Le parecía un gesto amable, eso sí, cuando realmente no conocía la planta, y mientras Nankín hablaba, Laith recolectaba una muestra desde la raíz y la metía dentro de un frasco con cuidado. Una planta muy interesante y plagada de beneficios medicinales que iba a apreciar tener en su mochila cuando la hubiese preparado correctamente. Cerró la mochila y la dejó a su lado, evitando que llegase por accidente a caer dentro del agua.

Y hablando del agua, hacía falta sólo ver para entender que Laith estaba considerando muy seriamente abandonar el miedo y entrar con el africano. Todo su cuerpo, que era de por sí una delicia, tenía una masculinidad muy bien dotada como la cereza del pastel. Se resistió, sin embargo, quitándose la parte superior de su vestimenta, dejando al desnudo una piel tan blanca que en comparación con el africano parecía brillar con el sol. Gracias a mucho protector solar y pociones destinadas a aquel uso, no tenía quemaduras en su tersa piel, sólo manchada por un dibujo a color en su cuello.

Se puso de pie, estirándose al sol que se colaba por entre los árboles, mirando el cielo e inspirando tan profundamente que su pecho se hinchó a causa de ello, dejando salir un suspiro lento y pausado. Tenía la ligera impresión de que se estaba olvidando de algo importante que no era capaz de concebir dentro de su cabeza, atraído a sus recuerdos. Algo importante que quizá le pasaría factura, como algo que olvidó hacer y que no debió haber olvidado. Quiso pensar que no era nada importante, cuando sabía que estaba equivocado.
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Niara Soyinka el Miér Dic 05, 2018 10:37 am


De sus labios cuelga una mueca, pero no responde. Se marcha hacia el agua con un último gesto desganado de la mano. Puede que por ese día hubiera tenido suficiente. Las ondas de la superficie del agua se agitan a medida que él se abre paso hacia dentro de ese vientre tibio que es el fondo del río. Acaba por sumergirse de un solo impulso, y desaparece.  

Cuando abre los ojos es tocado por el sol y avanza hacia el blanco con renovado interés. La orilla está regada de rocas pulidas de diferentes tamaños, y por donde vinieron, el camino es una plancha de hierba sobre tierra húmeda, cubierta por árboles de formas enrevesadas. Nan arranca una flor de kabola y la hace girar entre sus dedos. En su desnudez, esbelto y elegante, sostiene una flor. Sus pétalos son de un violáceo hiriente, intenso.

De un solo gesto, llama al blanco. Lo encara de frente y le ofrece una mano con la palma arriba para que apoye su mano blanca encima. Coloca la flor entre ambos y, tras examinarlo fugazmente con sus ojos de un tibio color miel, se vuelve a sentir ese hormigueo de la primera vez, cuando Nan hizo que sus venas estallaran inquietas, recorridas por lo que es la esencia de Nan, su propia voluntad atravesando la piel blanca. Sólo sus manos se tocan, pero hacia dentro del cuerpo fluye un torrente de sensaciones cada vez que el corazón bombea la sangre.

La flor se abre y levita girando en el aire, crece, se expande y se multiplica. Es el impulso de la vida que se abre paso. Las flores de kaloba están a punto de derramarse, caer al suelo, pero siguen creciendo, sus pétalos se agitan y extienden las alas; echan a volar y se pierden con sus picos en el aire. Mantienen su color hiriente contra el cielo azul, contra el verde de la selva, el dorado que se derrama sobre ellos.

Nan no dice nada, sólo observa. Se da cuenta entonces del joven que tiene frente a sí, como si lo descubriera. No es algo que hubiera visto con anterioridad, antes sólo se sentía atraído por una leve curiosidad, una leve punzada de ardor. Es entonces cuando lo reconoce bello. Roza al blanco con sus dedos y lo hace levantar hacia él la mirada. En África hay un dicho que dice que los ojos son las puertas del alma, y que si miras lo suficiente a los ojos de alguien, puedes desnudarlo por entero.  

Lo toma con la intención de una mordida, pero su beso es húmedo y suave. Nan llega de nadar en el río y su aliento son gotas de agua dulce. Le aparta las manos para que no lo toque y lo tiene bien sujeto en una simulación que no tiene nada que ver con el acto del amor, pero con dominarlo. No por encontrarse con alguna resistencia. Están escondidos en la sombra de un árbol, Nan los esconde. Lo arrastra hacia atrás, prendida una mano a sus cabellos y tirando y avanzando.

Se expresa con una efusividad rápida, dominante, pero es increíblemente suave. Se detiene en pausas que se extienden hacia dentro de su mirada. Sus ojos parecen reír y tuerce la boca en un rictus. Tiene esa expresión cuando lo toma por los costados de la cara con ambas manos y se acerca hasta chocarse sus frentes y cierra los párpados. Hay un secreto de placer y tortura en el calor de sus manos, no, en el calor de su cuerpo desnudo.

Nan para. Manipula la cabeza entre sus manos inclinándola hacia un lado y luego hacia el otro. Está interesado en el alma de este blanco. En su color, su profundidad. Si algo le molesta, arruga su expresión en una mueca impaciente y se sacude la prisa. Él no tiene prisa. Sonríe al ver algo de su agrado pero no dice qué. No habla. Da a entender lo que quiere y lo toma.

Lentamente, se aparta sin soltarlo. Recorre el pecho con las palmas abiertas y baja la mirada, curioseando en silencio. Es como un comprador y sus ojos evalúan antes del regateo. Ha recorrido noches de lupanar y sabe que se le puede poner precio al deseo. Aunque este es una cosa estéril sin una mecha ardida. Repasa los brazos de una caricia que es delicada y rápida, y mantiene al otro a la distancia de un palmo. No habla y no mira más que lo que quiere ver.

Están juntos en la espesura secreta de ese encuentro, pero sus siluetas llamean en el contraste de sus pieles. Ni los tucanes ni el río se oyen tan profundamente como el pálpito de ese instante que se desgrana en un suspiro ahogado, gemido, provocación. El codo de Nan tiembla en una cadencia rota, que destroza suavemente allí donde su mano se esconde, por delante de su cintura.  
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Laith Gauthier el Jue Dic 06, 2018 6:05 am

A Laith le parecía extraño, como una conmovedora fuerza que ataba sus pensamientos y lo obligaba a actuar. Así, prestó su mano al negro, permitiendo que hiciese lo que él creyese conveniente mientras lo miraba. Era extraño cómo parecían ser dos personas totalmente opuestas, y no sólo por el color de su piel. Nankín era… magia. Podía decirlo por cómo hacía vibrar su piel, transmitiendo aquella energía a través de sus venas, cuando no mucha gente poseía control sobre la energía de la que estaba hecha: todas las personas están hechas de energía.

Era como una corriente eléctrica que lo llenaba de fuerza, pero que se quedaba dentro de su cuerpo. Era ver un volcán que estaba a punto de hacer erupción, con sus faldas temblando y el humo escapando a través de su boca para nunca escupir la lava que le quemaba por dentro. La flor cuyo color semejaba a la sangre creció levitando entre ellos, encontrando su propia voluntad para hacerse cada vez más grande hasta que abrió las alas y voló, perdiéndose en el horizonte con un aleteo suave cuanto firme, mostrándole al mundo aquella evolución. El mundo pareció detenerse un segundo a contemplar la maravilla de la vida antes de seguir su curso.

El color miel y el verde chocan y la fricción que generan causa chispas. Dos miradas que aunque claras mostraban cosas distintas. Los ojos miel eran un enigma indescifrable, el misterio de un hombre que se proclamaba invencible, que señalaban tanto orgullo como ego, indescriptible señal de fuerza y sabiduría. Los ojos verdes eran transparentes y de naturaleza curiosa, con un tímido amor propio que no se comparaba con el amor a la vida que mostraban, mirada que por dentro tenía sombras que no se dejaban ver.

Los ojos verdes caen a la tentación de unos labios carnosos y oscuros, hasta el grado de sentirlos contra los suyos, empapados y tersos a un tiempo. Laith se encuentra en posición de pedir, pero sus acciones no son escuchadas, en el rechazo de sus manos al ser apartadas e impedidas en su impaciencia por más. El pecho vibrándole a pesar de su ritmo calmado que arde como el cantar del tambor. Se limita a sentir a través del roce suave de sus labios cómo suelta escudo y espada para verse a sí mismo impedido de actuar.

Se dejó hacer por unas manos que sin pedir demandaban, que exigían mientras él lo permitía. Hay algo en el ambiente que lo embriagaba, sin saber decir qué era a ciencia cierta. Siente que le falta el aire cuando el beso es roto, mirándolo con una expresión serena aunque sus ojos contasen una historia distinta: la necesidad, la prisa que lo urgía a… ¿A qué, exactamente? Podía sentir que algo se quemaba por la forma en que chocaban, friccionándose, y no sólo físicamente. Las diferencias que los dividían también eran aquellas que los acercaban, dos polos opuestos destinados a encontrarse en la inercia del magnetismo.

Encontró en Nankín la belleza de las cosas más cotidianas: el aroma de un cuerpo que olía a hombre y agua, un pensamiento furtivo que quedaba en la cuerda floja, sin saber si expresarse o quedarse escondido. Más allá de la apariencia física, una pasión mágica, de esas que hacen a uno querer gritar al mundo que está vivo y que la tierra siga su curso. Se sorprendió a sí mismo esperando que aquel placer que estaban inventando, en la privacidad de un entorno íntimo sin la necesidad de hablar siquiera, fuera un signo de libertad. Y que en el futuro, al pensar en ello atacados por los recuerdos, sonriesen.

Laith, quien siempre había estado conforme con ser un visitante pasajero, se dio cuenta de lo mucho que quería perdurar, como atrapado en un hechizo del que no podía salir, sujeto por unas manos que sin ceñir, con el roce tan fugaz como el de una pluma, lo mantenían en su sitio. Y trató de acercarse, de nueva cuenta, lento, temiendo el rechazo, con el fantasma de una sonrisa deseando curvar sus labios y el tacto de tan sólo la yema de sus dedos queriendo romper una distancia efímera.
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Niara Soyinka el Sáb Dic 08, 2018 8:47 pm

Nan descubrió en el rostro contrario el esbozo tibio de una sonrisa e imaginó el delineado de su terminación en un acabado que en su mente le rendía justicia a la naturaleza confiada y atractiva del americano. Sintió una punzada de deseo. Dejó que el blanco lo tocara con las yemas de sus dedos y redirigió suavemente esas intenciones: tomó sus manos y se las colgó en torno al cuello con esa sensualidad pausada que imponía entre ellos. En ese plano de la intimidad entre uno y otro, ambos eran extranjeros reinventando las formas para conocerse, acercarse.

Había muchas opiniones encontradas entre los magos africanos sobre los extranjeros. Nan tenía las suyas, pero en lo único que pensaba sobre ese extranjero en particular y en ese momento en que nadie miraba, era en enrojecer su piel, abrirle las nalgas y golpearlo en su punto gozando de la humedad ceñida de su culo. No podía importarle menos, no que fuera americano porque eso en parte lo hacía quién era, sino los tabús y las habladurías. En el placer que busca satisfacerse no existía nada indigno, y ese blanco no era indigno. Iba a sodomizarlo contra un árbol a espaldas de toda una civilización de habladurías y aun así no podía dejar de pensar en algo más auténticamente puro que ese acto entre dos hombres.  

Mientras entre dos hombres existiera el deseo mutuo de corresponderse en el choque de los sexos, palpitantes por el ansia de tenerse, encontrarse en el roce y follarse repetidamente llegando cada vez más profundo, y más hasta que la tensión se liberara, mientras ese deseo los uniera, no podía haber nada antinatural con ello. Ese deseo era lo que el blanco le hacía sentir. El ardor del ansia a través de la punta de su virilidad.

No sólo como la respuesta de la sangre cuando se excita sino como la expresión de un capricho que le nacía del pecho, porque mientras su cuerpo experimentaba sensaciones en caliente, había un mundo de sentidos entrelazados que sólo podía ser aprehendido hacia dentro de sí mismo, y allí pertenecían, en el ahora y posiblemente en el mañana, aunque olvidara el rostro o el acento americano, era posible, sí, que recordara que lo que sucedió en aquel mismo lugar fue mutuo y placentero. Y que era en verdad calurosa esa tarde.

Habiendo acercado el rostro, frente con frente, gacha la mirada, Nan respiraba el espacio entre ellos con una creciente curiosidad por destrozar esa confianza que adivinaba en alguien naturalmente dado al placer y por hacer que su expresión se tiñera de ansia contenida.

Ni los tucanes ni el río se oyen tan profundamente como el pálpito de ese instante que Nan masturba en sus manos. Había decidido ir directo a la entrepierna. Se recreaba con el miembro en la mira de ligeras, persuasivas provocaciones con una paciencia rayana en la indiferencia —su insistencia no era, sin embargo, indiferente—.

Nan entremetió sus dedos por debajo de los testículos notando la transpiración caliente. Hizo un alto y se llevó esa misma mano a la altura de la nariz, arrugó la expresión y se lamió la punta del dedo con una cierta curiosidad. No dijo qué le parecía el sabor, pero torció la boca de lado con una blanca, afilada sonrisa. No dijo qué le parecía el sabor, no, pero tampoco le hizo asco.

De un gesto, atrajo al blanco contra su cintura.




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Laith Gauthier el Mar Dic 11, 2018 1:47 am

Entre caricias suaves y lentas, se encontró a sí mismo con aquello que muchos conocían como la manzana del placer que había condenado según determinadas religiones al ser humano a una vida más allá del Edén. Laith se preguntaba, a veces, si no era la misma fruta prohibida la que les llevaba al paraíso, porque así se sentía. Sus caricias lentas fueron interrumpidas por unas manos que lo guiaron hasta su cuello, firme y cálido, colgándose de él mientras las distancias se rompían, sus pechos chocando y compartiendo el latido intenso que encontraban rítmico.

En más de una nación Laith había desatado los carnales placeres del hambre desmedida, haciéndose de una reputación guiada a través de sus motivaciones más humanas. La belleza natural de los hombres, la ansiedad que le provocaba querer deshacerse de las prendas y ataduras y tan sólo vestirse de hombre, eran tan sólo muestras del porvenir. Se había abandonado a unas manos que al tocar no sólo describían su piel, sino que la hacían temblar y palpitar sólo con su tacto en la intensidad del acto, que era tortura a un tiempo. Era una tortura que al hambriento le enseñes el pan y lo hagas esperar.

Con sus frentes unidas, compartiendo un momento que no era sólo el deseo del placer, sino una comunicación silenciosa e íntima, sintió una mano deslizarse más allá del vientre y cruzando por la cintura hasta llegar a su intimidad, desgarrando un jadeo que se entremezcló con un gemido pausado. Su cadera se presentó de buena gana, empujándose hacia el frente inconscientemente, sintiéndose despertar por aquella mano que se encontraba con un miembro en constante exigencia de sangre. Sabiéndose frustrado por la paciencia que él no tenía, el quebequés se deshacía en jadeos y suspiros.

Dio un ligero respingo cuando los dedos de Nankín accedieron a las terminaciones nerviosas de la delicada piel detrás de sus testículos, reafirmando la sujeción de sus brazos alrededor de su cuello hasta que su mano abandonó sus zonas privadas para llegar hasta… ¿su nariz? Laith se encontró confundido a sí mismo por unos segundos, sin saber cómo reaccionar. Le podría parecer normal, sí, si aquella zona no hubiese estado expuesta al calor africano y por tanto habiéndose enfrentado al sudor. Incluso al probarla, el mismo Laith pensó en que su sabor debería ser amargo y salado a un tiempo, como sabría el sudor, incluso más intenso.

El negro no le dejó demasiado tiempo a darle muchas vueltas, no cuando sus cinturas chocaron y su mente recordó el lugar en donde se encontraban no geográficamente sino físicamente. Las manos blancas recorrieron desde su cuello a través de su espalda musculosa, recorriendo los hombros y deslizándose en un recorrido por su torso y costados hasta llegar a su cintura, donde volvió a la espalda, un roce leve como la caricia de una pluma. Entonces, con sus manos apretó sus firmes nalgas, sintiéndolas y disfrutándolas en una brusca caricia que dejaba entrever su ansiedad, su deseo.

Sabía que con toda seguridad el otro frenaría su aceleramiento, impactándose contra el muro inquebrantable de su paciencia mientras su vehículo pretendía coger cuanta velocidad fuese posible. Pero el choque resultaba tan exquisito que ni siquiera se preocupaba por ello, sabiendo que si era su destino colisionar no podía hacer más que dejarse hacer, con los pensamientos nublados gracias a las sensaciones despertadas en su cuerpo que recorrían su sangre y sus terminaciones nerviosas haciendo de aquel carnal acto una experiencia casi espiritual.
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Niara Soyinka el Miér Dic 12, 2018 2:33 am

No hubo un ápice de distancia entre ellos cuando Nan lo estrechó por la cintura y avanzó contra el blanco, haciéndolo retroceder despacio. Lo retenía en sus brazos y el cuerpo de éste se deshacía en distintas gradaciones de intensidad que Nan correspondía con maneras menos inquietas pero igual de ávido por dentro. Recorriéndolo con las manos sintió la elevación orgullosa de esa curva redondeada que eran las nalgas. Rió.

En la intimidad y el sexo expresaba tener un mejor y más abierto sentido del humor. Se mostraba soberbio pero débil frente a la sensualidad y le sacabas más sonrisas que de costumbre. El por qué sonreía era su secreto. Pero los hacía participar a ambos de una picante, absorbente complicidad.

Hasta entonces había sido distante, impaciente con situaciones y personas que —daba la impresión— no consideraba a la altura de entretenerlo; si lo encontrabas discutiendo, alejaba a la gente con brusquedad, cortante, rumiando violentamente como un alfa frente a sus omegas, acorraladas.

Había muchos aspectos sobre Nan que lo definían como Niara insistía en tacharlo: un purista arrogante que despreciaba a los que consideraba inferiores sólo por ser diferentes. En el placer era otro, paciente y amable, infinitamente amable, y entregado sin pudor.

A ojos de terceros y engalanado con el pedrerío que solía llevar encima y sus atuendos de un mago moderno de Nairobi, era difícil pensar qué tan impertinente y relajado podía ser en la intimidad. No conocía límites en el plano de lo íntimo, escondido y peligroso del sexo. Nan era sexo, una vez se descalzaba.   

Laith, ese amigo que su hermana se había hecho en esa carretera que llamaban ‘viaje’, era también sexo excitante. Lo había intuido con sólo mirarlo desde el otro lado de una fogata encendida. Tenía un cuerpo bajo y menudo, bien tonificado. Una vez que te encendía ensayando caricias por su piel resbaladiza, sentías que no podías esperar a la verdadera actuación.

Nan lo volteó y le dio una nalgada haciendo temblar las carnes. Esas eran nalgas gordas. Se apretaban generosamente contra su erección. Nan las prefería de esa manera, pero se sonrió de lado con una blanca, afilada sonrisa.

—Nalgas gordas.

La nota de ligero humor en su tono dio a entender que por alguna razón él consideraba a bien hacérselo saber. No le quitaba las manos de encima. Apretó la piel blanca y carnosa sintiéndola maleable entre sus dedos. El chasquido de otra nalgada reafirmó que le daba gusto. Su erección resbalaba entre las nalgas. Nan se hallaba empecinado en no apartar la mirada. Poco a poco se iría impacientando y querría arrastrar la boca del blanco contra la punta herida de su ansia.

—Tienes unas buenas nalgas gordas, blanquito.


Había frente a ellos el tronco de un árbol que les hacía sombra, que era hasta donde los había arrastrado, pero en ese preciso instante lo tenía sujeto por la cintura en una clara demanda de posesión. Su expresión había cobrado una cierta dureza, suavizada por el placer. De a ratos se sonreía sintiéndose con ganas de resbalarse más profundo en el roce. Estaba muy concentrado y parecía que admiraba arte cuando era su glande asfixiándose de a rápidas pasadas en un culo blanco.

Era él extendiéndose en pretensiones que eran como una mancha negra en la piel tan clara, tan obscena, mientras que expiraba el rumor de su ansia arrastrándola en roncos, sordos suspiros, que eran la señal de su temperamento que se avivaba como las chispas en una fogata contra el frío de la noche, chispas que saltaban altas, rojas y quemantes. Se movía deshaciéndose lentamente pero se sentía apurado por dentro.

Sonriéndose, se detuvo y se distrajo colando un dedo en. Era un ano rosado y dilatado. Una vez que Nan introdujo su dedo se sintió tironeado dócilmente hacia dentro. Era como colarse entre mantequilla. Había algo en lo que Nan no podía dejar de pensar desde que sintió esas nalgas, y era en tenerlo al blanco sentado en su cara. Podía pasar un largo minuto prendido de ese aroma tan particular y recreándose con la lengua de un lado al otro dentro de su hueco de mantequilla. Pero tenía una prioridad, tenía que atender a su miembro, al que se masturbaba como si al momento de detenerse sintiera frío y pensara que frotarse era una buena forma de entrar en calor. Cuando todo alrededor era calentura.



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Laith Gauthier Ayer a las 5:23 am

Laith tenía la impresión de que estaba conociendo una parte de Nankín que no todo el mundo tenía la posibilidad de conocer. Una que era tan diferente como parecida a la que mostraba al resto de la gente. En la intimidad, muchas personas mostraban colores diferentes, a veces más verdaderos que los que tenían para el resto. Casi siempre, sólo eran parte de un todo, sin que unos fueran mejores o peores, sino únicamente las distintas caras que tiene un cubo. Restregándose con él, había imaginarias explosiones de color semejantes a la magia.

Descubrió ante él su espalda, sintiendo el azote en sus glúteos. Laith poseía unos glúteos perfectamente redondos que despertaban deseo y envidias, dependiendo de quién lo mirase. Lo que no esperaba fue aquel comentario, impregnado de cierto humor, que lo hizo mirar por encima de su hombro. Para alguien como Laith, cuya vanidad era una realidad, no quedaba claro si aquello era una ofensa o si, muy por el contrario, se trataba de un cumplido. — ¿Gracias? —preguntó, todavía no muy seguro, cuando creyó interpretar que le gustaba, por la forma en que se restregaba contra sus carnes.

Aquellas caricias acabaron por seguir el aumento de temperatura, cuando se preveía lo que estaba por suceder. Podía sentir la humedad que dejaba la punta de aquella erección al restregarse contra sus nalgas, teniendo que apoyarse del tronco del árbol frente a él para mantener el equilibrio. Llevó su mano a su propia erección que se quejaba molesta de la falta de atención, acariciándose y pasando su mano a través de sus testículos, con pesados suspiros y jadeos de por medio, deseando descubrir lo que se avecinaba, la ansiedad necesitada de más cuando Nankín creía, y sabía, que disponían de todo el tiempo que fuera necesario.

Tomó una bocanada de aire entre la sorpresa de un dedo que se abría paso en su estrecho interior. Cerró los ojos y reafirmó su sujeción a la corteza del árbol, sintiendo cómo aquel dedo invasor se colaba en su interior, sintiendo esos espasmos ligeros mientras su cuerpo intentaba expulsarlo sin éxito alguno. Nankín podría pensar lo que quisiera, pero Laith estaba perdiendo la cabeza entre la impaciencia de querer sentir sus cuerpos, sus sexos chocándose, mezclando el sudor de sus cuerpos al ritmo de los corazones agitados. El sólo pensamiento lo hacía estremecer.

Cuando lo creyó conveniente, el sanador tomó su mano y la sacó de su ano, volviendo a encararlo y observando sus ojos con una mirada intensa, lo besó con pasión, con la ternura hervida de unos labios suaves, hasta liberarlo de su sujeción, deslizándose como una serpiente a través de su cuerpo. Primero se encontró con un cuello que besó y mordió en una dulce tortura, resbalándose hasta su pecho y su vientre hasta arrodillarse frente a su sexo. Lo acarició mientras besaba sus piernas, adorándole como si su cuerpo fuera un templo o una deidad, hasta encontrarse a sí mismo usando su lengua para estimular el glande.

Sus labios eran cálidos y besaban su masculinidad, todavía sin atreverse a introducir el falo en su boca, sólo con el juego externo de la saliva y el roce. Dirigió su mirada hacia los ojos de Nankín antes de cerrar los suyos, utilizando su mano para guiar su miembro a su boca, empujando su punta entre sus labios apretados. Se empezaba a acostumbrar a sentirlo dentro de su boca, masturbando la longitud que no había conseguido introducir en su momento calentando motores, pero utilizando su lengua para friccionar su pene y brindar la mayor cantidad de placer posible.
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