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Niara Soyinka el Miér Abr 18, 2018 10:29 am

Recuerdo del primer mensaje :


La caravana del Comité de Sanación y Catástrofes Terribles, había hecho una parada, pero no por vacaciones precisamente, sino cumpliendo con sus obligaciones de atención sanitaria, a modo de servicio ambulante, y así es como lo hacían: yendo allí donde se los necesitara y estableciéndose por una temporada, relacionándose con los nativos. Esa vez, habían parado en plena sabana africana.

No eran los únicos, sin embargo. Y diríase, que hasta siguiéndolos muy de cerca, podía encontrarse el campamento de los Soyinka. Es que, donde iba la caravana, estos se aparecían, ¿casualidad o causalidad? A Stephen ya no le sorprendía —aunque raramente se mostraba sorprendido por algo—, que donde fuera Gauthier, estuviera la chica Soyinka. Esa que era una metiche. Hasta entraba a la caravana, como pancho por su casa, viajaba con ellos, y muy cómoda.

Stephen la había aceptado, como esas catástrofes naturales que van a instalarse al salón de tu casa, y que aunque te resistas, no puedes cerrarle la puerta en la cara —que podías, pero no surtía efecto—, porque no hay forma de detener las fuerzas de la naturaleza, eso lo sabe toda persona sensata, y es algo que hay que saber sobrellevar, tarde o temprano.

En el trayecto, había recibido reclamos en los distintos puntos en que habían hecho una parada, teniendo a su sanador y a la negra como protagonistas. Y es que, al canadiense se le había pegado lo de entrometerse allí donde no lo llaman. Esto tampoco le sorprendió. Al menos, Gauthier estaba llevando bien lo de desenvolverse en el ambiente, entre las gentes. No era así con Grace, que vivía encerrada con alergias en la caravana, cuando lo que realmente experimentaba era esa enfermedad conocida como “nostalgia del hogar”. Eso no podía ser.

Sólo que esta vez, no era solo la chica Soyinka la que los seguía de cerca. Tal parece que habían hecho una reunión familiar —cuando él ya tenía bastante con una Soyinka—, yendo a acampar por la zona. Debía ser, porque era la época de apareamiento de los erumpents, sí, eso lo explicaba. En breve, o más bien, al día siguiente, la voluminosa e imponente silueta de los animales asomaría por el horizonte, y una manada de erumpents machos se enfrentarían unos a otros con sus cuernos explosivos, para impresionar a las hembras. Eran, por regla, animales solitarios, pero para esa época, volvían siempre al mismo punto de encuentro. Era un espectáculo, especialmente para los imprudentes que se arriesgaban queriendo montarlos, como si fueran capaces de domar a esas bestias. A tontas y locas. Esa clase de locuras que provocaban accidentes, que un sanador tendría que ir a atender. Le habría advertido a Gauthier sobre el día siguiente, de haberlo encontrado. Sólo que no fue el caso. Tampoco iría detrás de cada uno de sus sanadores por cada problema que tenían o a cacarearles por la posibilidad de que se metieran en un lío, que se suponía que eran adultos. Y lo decía por los dos, esa que se encerraba en la caravana y ese otro que, por el contrario, pasaba demasiado tiempo fuera. Vaya par que le había tocado.

***


En la sabana africana, el cielo era de color dorado y arrebol. Caía la tarde. Y Niara, cruzada de piernas sobre una roca, le mostraba a Laith cómo era que ella —tan sencillo lo hacía parecer— conseguía con un abrir y cerrar de sus palmas juntas hacer aparecer un pajarillo de energía mágica, que tomó vuelo y se deslizó como una estela de luz en torno al canadiense.

Se lució, sí, ¿pero y qué? Ella no se detuvo en lo desalentador que puede ser que te lancen un pájaro a la cara —así, en plena jeta—, y tomó una de las manos de Laith entre las suyas, así, sin permiso, y le tiró de un dedo, ¿qué? Le sonreía. O eso creerías. Había en sus labios el dejo de una sonrisa discreta. Si era un gesto de apoyo o cariño, allá ella, lo cierto es que no lo soltó mientras hablaba, jugueteando con ese dedo —que te iba a reclamar, si te apartabas, aunque tuviera que tironearte a la fuerza—.

Era un poco rara con los gestos. No te abrazaba, por ejemplo, y le molestaba que lo hicieras, o más bien, no se mostraba muy efusiva. Sólo se dejaba hacer, a veces un poco más contenta que tras, pero era muy difícil que te echara los brazos al cuello. Dirías que le rehuía a mostrarse caluroso y afectiva, hasta que. Tenía esos gestos —incómodos, en ocasiones, y algo muy intempestivos—. No lo esperabas, y te tironeaba la oreja, o te la mordía venida al caso. Así, de repente. Sólo si te tenía mucha confianza. Sino, ni te le acercaras. Eso de acercarse como si fueras el amigo de toda su vida, pues no, ¿sabes? Ah, pero si ella tenía que tomar algo de ti, o instalarse en tu sofá como si tal cosa —preguntarle a Stephen, sino—, ella se colaba en tu zona de confort, ¡pero ey!, ojo hasta donde llegabas con ella, la muy cómoda.

Sólo cuando llegaron los hermanos, se mostró distinta en la interacción con ellos, mucho más abierta. A Laith, por otra parte, quizá por todo lo ocurrido entre ellos, le obsequiaba una cálida familiaridad. Por eso, será, que también le reprochaba bastante, por cuestiones que ahora no venían a cuento. Sólo que siempre perdía con él, por vaya a saber que magia que tenían los colibríes.

Antes de que llegaran Ishmael y Jomo, desde antes que acamparan en la sabana, Niara había accedido a enseñarle cómo hacer magia con las manos: un pequeño truco, muy sencillo —según ella—, que era el de realizar formas con las manos. Era, como profesora, un poco exigente. En principio, había querido transmitirle toda la teoría. Pero como eso no pareció interesarlo de la forma que a ella le hubiera gustado, coincidió en empezar la práctica. Sólo que. Eso equivalió a pasar buen rato tomados de las manos, mientras que ella hacía algo que no terminaba de explicar: “El flujo de la magia de mí, para ti”, decía. Y en realidad, no hacía falta escucharla, porque podías sentirlo.

Era algo curioso, pero se experimentaba como una presión que ejercían sobre ti, y era entonces cuando hasta creías que podías, que sería fácil, liberar esa magia, y realizar un conjuro. Sólo que, por muchos intentos, durante las primeros intentos, lo que se conseguía, cuanto mucho, era una sensación, cuanto mucho una chispa de color. Lo que hacía Niara, era tan distinto. Pero a pesar de haber sido exigente en un principio, lo cierto es que era muy paciente, y tendía a alentarlo ya sólo por el hecho de confiar que el otro lo conseguiría tarde o temprano. Que toda esa magia informe, sin dirección, tarde o temprano se proyectaría en formas animadas. A veces, sí, se quejaba mucho él por su facilidad de distracción.

—No era fácil en mi primer año tampoco—dijo, curioseando sus ojos, como si en vez de estar mirando a una persona, estuviera intentando entrever qué había detrás de una vidriera especialmente interesante, pero que estaba a oscuras—. Tú práctica conmigo. Te saldrá, cuando menos te lo esperes, así, como respirar. Sí, sí—Lo soltó y se frotó las manos—. Mírame. Hazlo tú también. Empezaremos de vuelta. No hay una forma fácil de hacerlo.

Pero eso no era así, no precisamente.
Niara Soyinka
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Laith Gauthier el Jue Dic 20, 2018 7:19 pm

Era extraño explorarse los cuerpos que demandaban la caricia exigente, porque a pesar de que ambos se supieran semejantes, los dos bien sabían que eran esencialmente distintos. Cuando Laith había aprendido que en ocasiones la pasión y el ardor de la necesidad de contacto no estaban peleados con el dolor, con una piel lastimada o con sangre incluso, Nankín parecía reacio a la mordida, sujetándole del rostro como si fuera un cachorro a quien estaba reprendiendo. Sin embargo, con lo siguiente los dos parecían estar muy de acuerdo.

El sanador no había pensado al momento de arrodillarse frente a él, sintiéndolo reaccionar ansiosamente, concentrándose en su cometido de excitarlo hasta el máximo, y un poco más de ser posible. Su lengua era como arte en el movimiento, acariciando con ella habiéndole dado la espalda al asco y al pudor para entregarse ciegamente. Una mezcla precisa entre la humedad y la fricción al grado de ser el mismo Laith quien quisiese más de aquellas reacciones. No podía mentir diciendo que no estaba desesperándose a sí mismo queriendo llegar hasta el final. Estaba hecho de una masa maleable que se permitía adoptar formas que ciertas manos buscaban.

***

Sintiendo cómo se hacía espacio dentro de su cuerpo, Laith no tenía más que hacer que deshacerse entre las caricias, los jadeos y gemidos que hacían eco y se perdían en aquel lugar, pese a la definida discreción. Había algo diferente de todas las veces que lo había hecho antes, aunque no sabría decir a ciencia cierta qué era lo diferente de aquel calor que recorría su sistema nervioso, que parecía endulzar todo con un veneno que estaba lastimando y, al tiempo, anestesiaba. Laith no podía describir con palabras qué era lo que estaba envolviéndolo al grado de nublar su buen juicio.

Sin embargo, el buen juicio que hasta entonces había brillado por su ausencia se reactivó en cuanto observó al animal, una pantera que aparecía buscando el agua. Contuvo el aliento y su tensión se resintió hasta el anillo, que se apretó alrededor del miembro ajeno. Se irguió en cuanto Nankín liberó sus caderas y encaró al gran felino que cautelosamente se dedicaba a vivir su vida. Los animales, muchas veces, tenían esa especie de respeto, como un pacto de tener paz en ciertas zonas. Aquellas donde había agua eran una de ellas, por ejemplo.

Eso no significaba que Laith se sintiese tranquilo. — ¿Te das cuenta que hay una pantera ahí? —le preguntó, pero podía decir sin respuesta alguna que o no se daba por enterado, o simplemente no le interesaba en lo más mínimo. Probablemente lo segundo. — Espera un segundo —le pidió, pero era imposible. Ese algo que, aún sin nombre, gobernaba mucho de lo que hacía y sentía, y no pudo evitarlo. Tan pronto como llevó sus brazos a su cuello, se enredó en él y se colgó de su cuerpo, sin tener él mismo noción de lo que estaba sucediendo.

Decir que no le gustaba era mentira. Así también lo era decir que no le preocupaba la facilidad con que se envolvía por sus palabras, por el deseo de sentir algo, que lo llevaba al grado de ignorar la presencia de una potencial amenaza. El instinto se superponía uno contra el otro: la supervivencia contra los más carnales deseos, y los segundos acabaron ganando. La forma en que se acaloraba no era normal, y en su cabeza no siempre esa información era la que tenía prioridad, motivo por el que se había enfocado en besar los carnosos labios oscuros en lugar de interesarse en su propia seguridad.
Laith Gauthier
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Niara Soyinka el Jue Ene 03, 2019 12:22 am

Se daba cuenta, y por eso la sonrisa. Acercó a Laith contra su cuerpo tironeándolo del brazo para llamar su atención, sin importarle qué amenaza podría saltar sobre ellos. No pensaba que nada tuviera por qué alarmar los sentidos de Laith si él estaba tranquilo.

Entre los predadores había el respeto de tomar distancia, y eso era lo que estaba haciendo la pantera. Sacaba los dientes en una advertencia de la misma manera que Nan le mostraba a Laith una sonrisa torcida, pero se mantenía agazapada en la lejanía.

A Nan no le importaba que la fiera no apartara la mirada, así como los leones en celo no se disculpaban con las aves que elevaban revueltas el vuelo al temblar asustadas con sus rugidos.

Estaba confiado en lo mucho que él imponía.

Lo único que esperaba que saltara sobre él era la urgencia del blanco apretándose alrededor de su miembro, en una caída que lo hiciera concentrarse en el placer.

No contaba con que otra cosa además del ansia arañara su piel negra.


¿Te das cuenta….?


Chasqueó la lengua con humor y tomó el rostro blanco moteado de rubor entre sus manos, reclamándole un beso que se aventó contra la boca, deshaciéndose en un gruñido. De la única hambre que tenía que preocuparse era de la suya, porque era la que iba a devorarlo.

Rato después, la pantera seguía allí, moviéndose nerviosamente de un lado al otro, pegada a la orilla. Los gemidos tenían al felino confundido, molesto. Eran ruidosos animales que parados en dos patas se atacaban entre ellos sin despegarse.  

No sabía si tenían la intención de provocarlo, pero había tensión en el aire. Los gruñidos de ambos eran agitados y quejumbrosos. Con un último brillo desconfiado de su mirada la pantera volvió la cabeza, apartándose de la orilla.
 
Una cola negra se escabulló entre la mata verde de la selva, dejando tras de sí el rumor de los gemidos apenas tapado por el discurrir del río y el canto de los tucanes. Nan tenía sujeto al blanco de la grupa y el balanceo que se daba entre ellos lo seducía hacia violentos placeres.

El rictus que en ocasiones quebraba su boca lo delataba abiertamente a gusto. En algún momento empezó a susurrar en su lengua, como si pensara que Laith fuera a entenderlo, o sin importarle ese detalle nada en absoluto. Pero la intensidad de su mirada no era para nada indiferente. Entre ellos las palabras habían dejado de tener sentido.

Nan los llevó al suelo. En un principio dejó que Laith continuara moviéndose sobre él, arrodillado en la tierra y secretamente gozoso como una montura que se deja hacer.

No duró demasiado hasta que tomó al blanco en el suelo. Lo acorraló sobre la hierba como si hubieran caído allí después de revolcarse en una pelea y se apretó contra su cuerpo sometido, penetrando profundo, meciéndose forzosamente con la rítmica sensualidad de una serpiente que se desliza rápidamente antes de la mordedura.

Su lomo se encrespaba y pisaba fuerte en el descenso, en algunas embestidas casi hasta con una bronca ardida, reprimida. Diríase que buscaba algo con una firme obstinación que no aceptaba réplicas, que no conocía otro camino que aquel por el que se abría paso.

Tuvo sed y no le importó. Goteó sudor y exudó un olor rancio y familiar, pero se aferró al coito sin querer detenerse. Le quemaba ligeramente la punta del falo, y en lo único que hallaba satisfacción era en follar repetidamente la ranura del culo.

Se dilataba deliciosamente para él, pero Nan sentía que la cavidad sensual, caliente, también quería retenerlo. Lo mataría allí dentro arrastrándolo hasta que no se viera capaz de salir por sí mismo. Podía saberlo por cómo lo apretaba y lo seducía, y hasta podía desearlo un poco.

A Nan podían no gustarle las marcas de violencia en la piel, pero era alguien que no reparaba en su propia violencia una vez que se impacientaba. Jamás escuchaba si le pedían que parara. La trampa con Nan era que no les hacía desear a sus amantes otra cosa que un placer irrenunciable.

Niara Soyinka
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Laith Gauthier el Lun Ene 07, 2019 4:15 am

El negro desestimó su preocupación, devorándole los labios como la fiera que era, mostrándole que su ferocidad era más preocupante que el gran felino. No había podido evitarlo, se había abandonado a sus manos, a su magia, a la cálida ansiedad que provocaba las ganas de más. Era el choque de los cuerpos, de los labios, de la carne excitada que se esforzaba en aproximarse. Los dos se encontraban víctimas de los deseos, encontrando en el otro un alivio para el pálpito caliente de la sangre.

Se podría haber creído que Laith se encontraría frustrado de no entender su lengua, pero no lo necesitaba. A pesar de no comprender lo que decía, las acciones hablaban más fuertes, los gemidos silenciaban todo lo que pudieran decir unas palabras, como si nunca hubieran hecho falta para ellos. Besando se conocían nuevas lenguas, y mucho se podía comprender en las palabras silenciosas que lleva al viento, susurradas por la mirada.

Fueron hasta el suelo, donde Nankín se recostó, el norteamericano se arrodilló encima de él, olvidándose por completo del depredador que hace rato se había aburrido de ellos para alejarse y perderse entre la vegetación. Las rodillas a cada lado de sus costados, las manos recorriendo su torso lentamente, mientras sus caderas se movían arriba y abajo, cabalgándolo salvajemente como a un potro bronco, sintiendo chocar sus glúteos contra sus caderas en cada movimiento, gimiéndole al cielo en el éxtasis.

Se encontró sometido en el suelo antes de siquiera darse cuenta. Víctima de un cuerpo seductor que, más que pedir, exigía el placer, la entrada agresiva dentro de su cuerpo, apretado en el anillo de su culo, deslizándose hacia fuera y empujándose con fuerza, embistiéndolo y arrancándole sonoros sonidos de puro placer. No podía negarse, no podía detenerlo, sintiendo cómo su miembro latía en la opresión en su vientre bajo, signo inequívoco de un orgasmo anunciado. Lo apretó con las piernas, abrazándolo, negándole apartarse de él incluso aunque quisiera, cuando se notaba de lejos que no quería.

De su garganta escapaban una serie ininteligible de súplicas, rogándole ciego de placer que no se detuviera, excitado de saberse atrapado en su masculinidad, en su sensualidad, al grado de no encontrar fuerza para aclarar su mente ni siquiera. Apretó su cuerpo con fuerza, clavando las yemas de sus dedos en su espalda, resistiendo la tentación de usar sus uñas y arañar su espalda, embriagado con su sudor y sus hormonas como ceden los animales a un alfa. Emergiendo de su boca la amalgama de “Joder, no pares” y “Casi llego” cada vez más errática, sintió su cuerpo estremecerse y temblar con la sangre centralizándose en su miembro.

Fue un orgasmo intenso, su cuerpo tuvo un espasmo indeciso entre tensarse rígidamente y temblar entre sacudidas, una mezcla de ambas cosas mientras su semen escapaba de su miembro, arañando el cielo. No quería detenerse en aquella delicia que lo ahogaba, que se extendió unos largos segundos que formaron casi un minuto. Jadeó agotado cuando su eyaculación terminó, sin aflojar el abrazo con lo que se sujetaba a lo único que encontraba real en ese momento que era el cuerpo del hombre que lo había llevado a aquella cúspide del placer, como si su cabeza todavía no se acostumbrara a la idea de haber terminado.
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Niara Soyinka el Vie Ene 11, 2019 2:19 am

—Ustedes los americanos son pequeños diablillos peludos con el sexo parado, libertinos—señaló, con un asomo de burla en su sonrisa. Debía estar refiriéndose a un dicho popular. Se sentaba sobre la hierba cruzado de piernas, a un lado de Laith—Aquí, hay familias que todavía cortan a sus varones—explicó, extendiendo la mano y delineando impúdicamente la piel desnuda de su blanco, desde los genitales hasta el ombligo, con un solo dedo—. Eso, la excomunión o la pena de muerte. Está mal visto. De vuelta al campamento. Sólo recogíamos hierbas—añadió escuetamente, tocando esta vez los labios teñidos del color de la pulpa roja, e igual de frescos.

Nan se tendió boca abajo y probó de su fruta, cayendo lentamente sobre el cuerpo desnudo, tibio y húmedo, moviéndose, frotándose en la tibieza de ese abrazo, aferrando la nuca de Laith con una fuerza repentina. Algo había dicho sobre que iban a volver, algo había dicho. Besaba mejor de lo que hablaba.

—Estate quieto—
Se había incorporado a medias sobre las palmas de las manos. En un gesto que era suyo, se repasó el labio inferior con el pulgar. Esa mano desapareció cuando la deslizó hacia la entrepierna de Laith, debajo de él. Lo masturbó con gentileza, al tiempo que añadía—: Me gusta el sabor a hombre en mi boca.

No, también hablaba muy bien.

***

La tarde ya caía en el campamento. Ishma había encendido una fogata. De Jomo, no se sabía nada, quizá se había internado en la tienda de los Soyinka, ocupándose con alguna tarea. A Niara se la podía ver sentada sobre una roca, con una revista abierta sobre las piernas cruzadas. La ojeaba distraídamente con la cabeza inclinada hacia un lado y la mejilla apoyada en una mano. Ni siquiera mostró señales de interés cuando Ishma coreó el nombre de Nan a gritos, como siempre que lo veía acercarse.

—Jomo dijo que te preguntara si te gustaría acompañarlo esta noche a prender una fogata por sus ancestros—¿Una fogata por sus ancestros? Niara no aparataba la mirada de la revista, y pasaba las hijas, una a una, con una paciencia infinita—. Él te explicará. Te espera—Levantó el brazo apuntando a una dirección en la noche, hacia lo profundo de la sabana. Ella mantenía la cabeza gacha—. Por allí. Si quieres, claro—Y añadió, casi susurrando—A él no le importará si lo dejas esperando.

La risa de Ishma los interrumpió a ambos.

—¿Irás, mzungu?—Era estruendoso y jovial, y no reparaba en el aparente mal humor de su hermana. La noche era perfumada, hermosa, estrellada, y se oía a las hienas aullar en la distancia. Eso era lo único que importaba—Puedo hallar al viejo por ti—ofreció. Se giró y tanteó el cielo. A lo lejos, se distinguía el humo blanco y ascendente de una fogata, pero había que tener buen ojo para distinguirlo a lo lejos—Te acompañaré si quieres—Tembló hacia dentro en una risa ahogada, esa risa que era suya, y de las hienas—. Iba a ir de todas formas. Me reuniré con mis amigas esta noche.

Sus amigas habían hallado una presa dejada atrás por los leones, y la despellejaban en la oscuridad, mordisqueando sus huesos, hasta el último hueso.
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Laith Gauthier el Mar Ene 15, 2019 2:23 am

Su cerebro se sentía afectado de una manera que encontraba familiar. Como si los receptores de sus organismos hubiesen recibido el efecto de una droga que le era bien conocida, la mente nublada. Algo le decía Nankín que Laith no escuchaba. Más bien: lo escuchaba, pero se encontraba incapaz de comprenderlo del todo, como dicho en un dialecto que le parecía conocido, pero extraño al mismo tiempo. Le importó más bien poco, al final, cuando los carnosos labios chocaron contra los suyos, apretándose contra su cuerpo en la necesidad de la fricción.

Lo encontraba extraño, catártico, sin embargo. Hace tiempo no se abandonaba al placer, de forma consciente y deliberada. En aquella travesía que había emprendido para reencontrarse con el “yo”, había descubierto mucho más allá de éste. Se encontró a sí mismo, sí, y muchas cosas, algunas de las que nunca hablaría en altavoz, pero siempre recordaría. Arqueó su espalda cuando se encontró con esa mano fugitiva buscando su miembro, y sólo supo abandonarse. Abandonarse a él, en sus manos, hasta que fuera momento de regresar.

***

El tiempo se les había ido, el atardecer no los esperó para llegar. Lo primero que detectó fue el griterío de Ishmael al detectar la presencia de Nankín. Lo siguiente, fue ver a Niara, y encontrarse con el detalle que había pasado por alto. Uno muy importante: tenía que haberse encontrado con ella hace horas. Por dentro se sintió horriblemente mal, y su cabeza nublada se tentó de risa. Por suerte, la contuvo a tiempo, acercándose a ella. En su mente, las palabras iban y venían, hilándose inconexas, y no pudo pronunciar algo antes de que Ishmael interviniera.

¿Qué? —dijo, como si no hubiera escuchado. La verdad era que no lo había entendido bien. — ¿Qué viejo? —porque daba la casualidad que conocía a muchos viejos tan sólo en África. — Sí, supongo que… Que iré —volvió su mirada hacia Niara, acuclillándose a su lado. — Perdóname —le pidió perdón. — Fui un idiota, me olvidé —y por poco se ríe cuando se llamó a sí mismo idiota. Qué difícil era controlar la risa. — Es en serio, de verdad, lo siento —insistió. — Te lo compensaré —propuso.

No pensaba que Niara fuera a dar su brazo a torcer fácilmente. En el tiempo conviviendo con ella, había descubierto que, en general, tenía sentimientos intensos. Una llamarada que quemaba en el pecho y que calentaba al mismo tiempo. Era eso lo que ella tenía, y Laith lo había entendido y aceptado, le había incluso gustado. Por eso es que esperaba que ella consiguiese perdonarlo en un futuro próximo, cuando sus días en África se iban agotando sin que siquiera el sanador lo percibiera.

¿Irás con Jomo? —preguntó, esperando usar el tiempo que tenía antes de dirigirse con él para tratar de hacerla contentarse con él. Por dentro, sabía que eran esfuerzos inútiles, pero en realidad no parecía darse cuenta que la necedad no iba a ser de mucha ayuda.
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Niara Soyinka el Dom Feb 24, 2019 12:30 am

—Te perdono—concedió, prácticamente al instante. Pero su atención estaba volcada en las páginas que pasaban una a una entre sus dedos. La fogata chisporroteaba contra un trasfondo invadido de sonidos de nocturnos. Niara continuó hablando, a medida que Laith agregaba algo, finalizando sus oraciones al tuntún, pero sin mirarlo—. Eres un idiota. Te olvidaste. Lo sientes.

Era como hablarle a una pared y que las palabras rebotaran de vuelta. Sólo que Niara tenía vida, calor, y había dicho que lo perdonaba, por mucha frialdad que transmitiera en apariencia con tanta mecanicidad al expresarse. Lo cierto es que por dentro estaba preocupada, y aunque tuviera motivos para enojarse —no, que no el tremendo plantón, pero sí el revolcón que adivinaba—, no podía hacerlo con Laith en… ese estado. Porque atravesaba un “estado”, eso por seguro. En todo caso, los enojos con ella eran pasajeros, no le duraban demasiado.

Sintió a Laith a su lado y lo miró por el rabillo del ojo, cazándolo feliz y con una sonrisa idiota que a duras penas podía encubrir, aunque se esforzaba. Menuda risa. Laith Gauthier no estaba hecho para el dolor. En la mente de Niara, lo prefería mil veces idiota y feliz, antes que agazapado y triste en un rincón. Había aprendido de él que sacaba lo mejor en las peores situaciones, y había visto esa carota mudar según diferentes emociones. Pero siempre la heriría ver a un amigo entristecido, aunque fuera mínimamente triste. Así que no, Laith, de entre todas las personas, no estaba hecho para el dolor. Él era color, alegría, amor. Si lo sorprendía invadido por otras emociones, negras emociones, le entraría el fuerte impulso de espantarlas como moscas.  

El problema era que esa alegría que sentía en la sangre le traería más dolores de cabeza que otra cosa. No dijo nada en ese momento, y se lo dejaría pasar para luego ir a meterse con él cuando se despertara con una fuerte sensación de resaca. Entonces se dio cuenta de algo que ya sabía de antemano. Enojada, tenía que estar enojada con Nan, y sólo con él. Intentar que Laith entendiera el problema parecía que iba a ser difícil. El único culpable era Nan. Porque él sí sabía lo que hacía, y las consecuencias. Así que, y no sólo porque Laith le estuviera poniendo su mejor cara de puppy —se notaba a la milla que había sido el consentido del abuelo, a que sí—, se ablandó un poco con él cuando recordó a quién le debía todo su odio.

—Ve tú si quieres—dijo, poniéndole una mano en la cabeza y acariciándole los cabellos con fina delicadeza. Era un gesto de cariño—. Sólo si eres capaz de armar una oración con sentido—advirtió—. O se dará cuenta. Jomo se dará cuenta, sí—Juguetona, le tironeó suavemente de una hebra de cabello. Que le quedara claro que ella también se había dado cuenta—Y te dará una clase de educación sexual, te lo garantizo. Pueden ser algo incómodas, te lo digo por experiencia. Es que, ¿te has mirado Laith? Estás… resplandeciente. Si te echas a dormir, no se enojará. A la caravana sí que te acompaño.  
Niara Soyinka
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Laith Gauthier el Jue Feb 28, 2019 10:36 pm

A Laith le dio risa que, aunque lo perdonaba, Niara le estaba devolviendo sus palabras como un eco. Y sabía que no tenía que reírse porque era un momento serio y estaba la africana molesta con él, pero es que le parecía hilarante. Poco a poco, sentía que nada le importaba, y que todo podía y sería solucionado, ¿para qué preocuparse? Ya lo decían Timón y Pumba: Hakuna Matata, no te angusties.

Para el sanador, en ese preciso momento, parecía no existir ningún tipo de cosa que pudiese lastimarlo o acomplejarlo. Se sonreía, con una sonrisa que aguantaba una risa por algo que él pensaba divertido, pero que, en realidad, de divertido no tenía nada. Y la mirada, con ese brillo de pillo, el brillo de un niño que es travieso y que está planeando una cosa para divertirse, aunque su diversión fuese inocente. No se le veía bien del todo, pero mientras peor se encontraba, más normal encontraba él mismo su estado, cegándolo de la realidad.

Claro que puedo… Yo puedo… —y entonces se le escapó una risa, negando con la cabeza, mientras insistía en que él podía. — Cuenta, ¿cuenta de qué? Yo estoy, sí, estoy bien —seguía riéndose, sin que nada de lo que la negra dijera tuviese algo de lo que tuviese que reírse. Sólo ponía más en evidencia lo que ya era claro. — ¿A la caravana, ahora? —inquirió, serio de pronto, como si le pareciese inconcebible. — ¿Pero has visto la hora? ¿Qué eres, mi madre? —se quejó.

El que no sabía la hora era Laith, pero a pesar de eso, no pensaba que fuese suficientemente tarde para dormir. Se estaba sintiendo bien, eso era lo único que sí que tenía claro, y quizá dormir no era la mejor opción en ese momento. Le llamó la atención, sin embargo, que Niara dijera que lo acompañaría. Pensó, en la parte racional de su cabeza, que cada vez era más pequeña, que podría aprovechar el momento para conseguir realmente que lo perdonase. Así que asintió, no muy convencido todavía, sin querer ir a echarse.

Está bien… Sí, está bien —dijo, poniéndose de pie y sacudiéndose el pantalón para quitar la tierra que se hubiese adherido a este. — A la caravana —señaló el camino, pese a tener que modificar su dirección cuando se dio cuenta que no estaba apuntando a la caravana. Cosa que, sobra decir, le pareció muy divertida.

Tomó a Niara de la mano para jalarla un poco, invitándola a venir con él. Caminó dos pasos de espaldas con dirección a la caravana, y volvió a invitarla a venir con él. La noche era maravillosa, fresca, y el cielo estaba despejado. Casi podía ver las estrellas moviéndose con su propia fuerza, cuando en realidad estaban estáticas en el cielo. Estaba relajándose, y no se sentía nada mal, aunque algo dentro de él le decía que no estaba tan bien como pensaba.

Se acercó a ella, a su oído. — Te voy a… a decir un secreto, ¿está bien? —le dijo, en un tono bajo, y entre risitas ligeras. — Un secreto —alzó su índice, mostrándole que era uno solo. — ¿Estás lista? Bueno, bien… —y en cuanto iba a decirle su secreto, otra cosa llamó su atención, y su mirada fue tras una criatura voladora de importante tamaño que se perdía en la penumbra de la noche oscura. — ¿Qué es eso? —señaló al cielo.

¿Había sido real, o sólo producto de su imaginación? Se tropezó con una mata de vegetación por ir mirando al cielo, cayéndose al suelo y rodando sobre la tierra. Y procedió a soltar una sonora carcajada, acostado boca arriba con el antebrazo en la frente, cerrando los ojos.
Laith Gauthier
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