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Priv. || FUCK AWAY THE PAIN ||

Ryan Goldstein el Miér Abr 18, 2018 11:04 am

stalker:

tema +18



Derribó un qué importaba, forzado a retroceder o urgido a ello, dependiendo cómo se interpretara la ilusión, de amor o guerra.

El estrepito los tuvo sin cuidado, o más bien, ambos tenían su atención, no, sus manos puestas en el otro, entregados a un tira y afloje, besos de por medio.

Suele ocurrir, en medio de una disputa. Olvidarse del motivo que te ha llevado a la afrenta, el roce. Hasta que las cosas se tuercen, del todo.

Sólo que Ryan, no hacía la guerra. Jamás. No con Laith.

No atendió a una sola queja, y en cambio. Era su falta de resistencia, lo que acabó por desnudarlos, antes siquiera de que las ropas cayeran al suelo. Y es que, puede que el único punto de entendimiento entre ellos, fuera ese en el que hacía falta estar embriagado para dejarse llevar, sin pedir disculpas.


***


El día antes, en un café

—No vine a Londres por ti—dijo, el semblante ligeramente grave. Acodándose sobre la mesa, entrelazó las manos a la altura de esa sonrisilla que para otros podía resultar entrañable, misteriosa, esa que no moría, en su rostro de rubiales de ojos dulces.

Y se suponía que era entonces que le decía, que no, que lo del acoso era imaginación cuando lo curioseaba con esa mirada, insistente como era. Y contundente, especialmente contra todo rastro de orgullo que pudiera tener un hombre bello:

—No detrás de ti, no loco por ti.


*

Quebró en un suspiro, hundido en el cuello de Laith, sólo porque era su aroma—que se sentía en deseos de morder, porque sí, se podía morder el aroma, hasta obnubilar los sentidos—, y él estaba hambriento por debajo de toda esa máscara hecha a medida que llevaba encima, de efusiva calma, esa con la que a su vez quería engullir cada trocito de antojo, que era Laith Gauthier.

Sólo porque era su aroma—que quizá podía haber olvidado o que no fuera suyo como tal contaminado por la fuerte presencia de alcohol y colonia, pero que era Laith en esencia, y lo atraía volviéndolo imprudente y seguro de una sola cosa: quería tenerlo contra lo que sea, bien sujeto—, y lo volvía loco, por ese atropello ciego con que lo hacía rendirse a él, sin preguntas, o sin esperar realmente una respuesta, sin que esta última importara para nada.

No había manera de explicarle por qué. O de que se sintiera de la misma forma que él. Tampoco necesitaba más que ese momento. Vería las cosas diferentes por la mañana, quizá. O por la mañana que le seguiría a aquella. Y puede que volvieran a esas sábanas, a ese cuarto, al encuentro de algo que no estaba allí desde el principio. Pero en él, Ryan, siempre hallaría renuncia voluntaria, sólo con un beso.  


***

—Hoy no soy esa persona que solía ser. Ahora, hay cosas que yo no—Se interrumpió brevemente. Había una cierta inquietud en su mirada, como si recordara. Sonrió, por encima de su café—Las personas cambian, Laith—Se cruzó de brazos sobre la mesa, despreocupado—Tú cambiaste. ¿Por qué no puede ser igual para mí?

*

Momentos antes, en casa de Ryan Goldstein.

En pantuflas, abrió la puerta en pantuflas. Había abandonado el libro que estuviera leyendo (“Cómo cocinar, sin incendiar la cocina”) en medio del sueño, pero se había dejado los anteojos de montura gruesa y lentes redondas, que a todas luces, lo hacían ver como un hombre sensible y profundo, y casi intelectual. No esperaba visitas, y esta lo tomó desprevenido. Hubiera sonreído, sólo que adoptó una expresión de circunstancias al oír la primera queja, y o porque no supo qué contestar o porque no era esa su preocupación inmediata, la invitó a pasar, queriendo que se quedara. Mejor dentro, que fuera.



Momentos después, ya sin pantuflas.
En el ahora, cuando la respiración se hace pesada, y dulce..

Ryan se volvió hacia el interior del cuarto y arrimó a Laith contra la pared, de espaldas a la cama. Lo tomó por la cintura, lo atrajo y. Ah. Repasó la piel musculada subiendo con sus manos —que eran tibias, que eran yema, tacto y ansia quebrada— hacia el pecho, apartando lo que no hacía falta, porque lo que tapaba sobraba, incluso en la penumbra del cuarto, una oscuridad sugerente que invitaba a tumbarse con ella, o sobre ella, en complicidad, y enredarse en ese juego de los claroscuros.

Lo besó y, ay. Ryan retrocedió, con un ‘tsk' —que no ofendido, más bien encendido— y la mano en la cara, mordiéndose el labio, sonriéndose. Insistió, de nuevo. Esta vez, le apartó las manos y atropelló la lengua en su boca, dejándose caer, repentino, en el gemido tierno de esa boca.


Última edición por Ryan Goldstein el Miér Mayo 23, 2018 12:51 am, editado 1 vez
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Jue Abr 19, 2018 8:17 am

El alcohol y un corazón roto nunca son una buena combinación, menos cuando los tragos sobran y el amor falta. Sentado en la misma mesa del rincón de aquel bar donde tantas veces fue el hombre más dichoso, hoy no era otra cosa que un miserable atado gracias a los recuerdos. Había pasado tiempo desde la última vez que pensó en él, y a veces volvía como un recuerdo oscuro. Una mirada afilada y una sonrisa endemoniada le habían enseñado que el amor tiene dientes y muerde el corazón hasta hacerlo pedazos. Ordenaba bebida tras bebida antes de que pudiese siquiera darse cuenta, el Jack con refresco lo llevó de la mano hasta la ebriedad.

Dio un sorbo y supo exactamente como solía hacerlo, no dejaba de pensar en él. Jamás lo diría sobrio, pero los tragos hablaban con una voz potente: lo echaba de menos. En su mente cuerda ya se había terminado todo, Cormac sólo era el nombre de alguien del pasado, pero en realidad lo echaba de menos. No fue mejor cuando sonó su canción en la máquina tragamonedas, una vieja canción de Guns ‘N Roses. A veces quería convencerse de odiar a ese asesino que le hizo pedazos el corazón, pero lo perdonaba, siempre lo hacía. No sabía si le daba más miedo no volver a verlo nunca, o verlo de nuevo y recibirlo con los brazos abiertos.

Se levantó del asiento, tras haber pagado su consumo. El mundo tembló rudamente antes de dejarlo dar el primer paso en dirección a la salida, preguntándose por qué el corazón no olvidaba y se aferraba a querer a alguien que hacía daño. Cómo el corazón, tan masoquista, se aferraba al clavo ardiendo de los enamorados, al rojo vivo desangrándose por una miseria de amor. Fue un canalla, colándose en sus pensamientos con ese cabello rubio, la sonrisa falsa y la expresión de idiota, mirándolo con esa expresión de infinito cariño y se vio, por un segundo reflejado en él. Se sintió tremendamente miserable.

***
Un café, eso era. Ni siquiera estaba seguro del motivo, acariciando la boquilla de la taza, con el cuerpo gritando en lenguaje no verbal lo cerrado que estaba a la conversación. La espalda contra el respaldo, las piernas cruzadas, uno de sus brazos sujetando el codo contrario, esa expresión hablaba y decía: “No me interesa lo que tengas que decir: no te creo”.

Y si fuera así, si fuera así dime: ¿por qué? ¿Por qué seguirme? ¿Por qué insistir en verme? ¿En qué idioma te digo que no te quiero cerca? —Laith sonrió, en gesto abnegado. Solía hacerlo inconscientemente, ver a Ryan como un ser inferior, era algo intrínseco de su ser que no podía evitar, ¿era, acaso, el orgullo de quien se sabe deseado? ¿O tan sólo la soberbia de alguien que se cree superior, sin siquiera un verdadero motivo? — No te creo.

No le creía. Nunca lo hacía.
***
Su corazón latiendo agitado: sabía qué era lo que estaba persiguiendo. Sus pasos andaban solos y su mente hacía las más enrevesadas conjeturas, perdiéndose entre el laberíntico pensamiento humano hasta llegar a una conclusión. Tocó el timbre y se acomodó la chaqueta de cuero en un ademán, un mero movimiento prepotente. Tenía un aspecto varonil, la expresión seria rozando la molestia, sus cejas en un pequeño ceño fruncido. De algún modo llegó a esa deducción: Ryan Golgomatch era el culpable. Una especie de tardío karma que llegó para hacerlo trizas, para rebajarlo al nivel de aquel miserable.

¡Todo esto es culpa tuya! —espetó nada más abrir la puerta, ¿qué más daban las horas y la situación? ¡Tenía que poner un fin a aquello ya! — ¡Claro! Vienes aquí, siguiéndome, desde Norteamérica, ¿con qué fin? ¿Ver cómo tu venganza se lleva a cabo! ¡Pues llegas tarde! —¿de qué estaba hablando ahora? Ni siquiera él lo tenía claro. Sólo sabía que tenía ganas de llorar y, sabiendo el motivo, sólo se llenaba de rabia y tenía que desquitarla con alguien, con quien había concluido era el culpable de su desgracia. — Escucha: no voy a quedarme, ¡sólo quiero que me dejes en paz! —¿entonces por qué sus pasos lo llevaban al interior de aquella casa?

Quiso, de algún modo, vengarse. Vengarse porque era lo propio, porque había sido Ryan el culpable de su propia desgracia, quien puso a girar esa bola de nieve hasta estamparse contra él. Haberlo usado sólo era parte de aquello, y sin embargo Golgomatch había ganado la contienda, tan mezquino, que Laith ni siquiera se dio cuenta. Al vengarse, Laith se había rebajado a su nivel, y ahí fue cuando perdió. Se había convertido de alguna manera en aquello que odiaba. Un jovencito egoísta y cruel al que no le importaba sobre quién pasara para obtener lo que quería.

¡Todo esto, todo… Tú…! —la mente alcoholizada nunca es una buena amiga de las decisiones prudentes. El canadiense hizo esa mueca que precede al llanto, pero de sus ojos no cayó ninguna lágrima de las que se acumularon en sus ojos verdes. Lo suyo fue un acto de justicia, se tomó, como siempre tenía que hacerlo, la probidad por su propia mano. — Es tu culpa —fue lo que dijo, como última sentencia, antes de llevarle las manos a los costados del rostro, besándolo con intensidad.

***
No nos compares, Ryan —pronunció con el tono suave, pero contundente. — Si no eres la persona que solías ser, sólo tienes que comprobarlo con hechos —Laith, aquel que siempre profesaba que no era quién para juzgar, se veía juez y verdugo de sólo una persona, como si la severidad que no usaba con los demás la enfocara en sólo un hombre. En el único en quien se veía reflejado.
***
Se enredaba como una serpiente entre su cuerpo, dejándose llevar por esas manos que lo habían conocido en otro tiempo lejano a ese, rompiendo la promesa de jamás volver a fundirse contra ese cuerpo que significaba su propia decadencia como persona. Se embriagaba con aquella colonia masculina permitiendo que su mente saltara al vacío dentro de sus pensamientos. Su chaqueta cayó al suelo, dejándolo tan sólo en la camiseta de una banda del momento. Apenas segundos después clavó sus dientes en el terso cuello que lo llamaba a pecar, arañando sus hombros por encima de la ropa.

Su venganza estaba, de hecho, en un segundo plano, más allá de la realidad. La venganza, la justicia, se habían vuelto conceptos que no entraban en la belleza de la espontaneidad, de no ponerle barreras al instinto. Era un experto en el arte de complacer al cuerpo, de dejar que el calor mandase y guiarse sólo por lo que el pantalón quería. Dos hombres en una noche en la que el cielo era el límite, ansiosos por complacer las más primitivas necesidades. Su espalda chocó contra la pared, introduciendo una de sus rodillas entre las piernas de Ryan, arrancando su camiseta de su cuerpo.

La calidez de su piel, su respiración tibia contra su cuello, esas manos que hipnotizaban sus sensaciones y desnudaban todo a su paso. Laith apenas pensaba en el hombre que tenía en frente, y aquellos segundos que conseguía concentrarse en ello se encontraba con el frenético deseo de hacerlo suyo. Mordía su piel disponible, acariciando su vientre en ascenso hasta el pecho, tentándolo a imponerse esa noche y conquistarlo. Se arrepentiría, quizá, cuando el alcohol abandonase su sistema, pero entre la oscuridad y los suspiros eso no importaba.

Sus labios, tersos, en presión contra los propios, adueñándose por un segundo de todo lo que él era, la razón nublada por el juicio perdido entre las copas hace siete tragos. Como un resquicio de lucidez, con la misma duración que los ojos al cerrarse abandonados al gozo, recordó a quién pertenecían dichos labios y, ofendido por el atrevimiento, rompió el beso sin dar ni medio paso hacia atrás, de haber sido posible dadas las circunstancias en que su espalda se acariciaba contra la pared. Fue su palma al estamparse contra su mejilla en renovada ira que fugaz se esfumó llegado un segundo beso. Su mente, a veces, era su peor enemiga, acompañando el profundo beso con un gemido, entrelazando sólo su zurda con la mano que la sujetaba, enredando sus dedos como dos piezas hechas a la medida.

***
Estaba perdiendo la paciencia. Toda la paciencia que tenía con el resto del mundo, no la tenía con él. Dio un largo trago a su café, con el único propósito de calmarse y mantenerse con la cabeza fría. — Para mí te has convertido en una persona falsa, ¿qué escondes detrás de esa sonrisa de idiota? ¿En serio crees que a alguien le haces pensar que todo está bien, justo como en tu burbuja? Ni siquiera dejas hablar a las personas, no escuchas cuando alguien intenta… No me interrumpas —alzó la mano, como si quisiese calmar a un animal, como si quisiera callar a una persona que tiende a llevar una conversación por su propia cuenta.
***
Un detalle cargado de tanto. Un contacto que pareciese prosaico pero que, por momentos, era justo lo que una persona necesitaba. Saber que, de entre todas las personas, al menos una le comprendía. Imaginarlo, cuando menos. Introdujo su mano libre a través de su pantalón, apretando uno de sus glúteos sintiéndose apresado entre la tela del pantalón y la ropa interior, antes de deslizarse hasta el frente, buscando acariciarlo, provocarlo hasta el límite, tentarlo hasta tenerlo comiendo de su mano. Una parte egoísta de Laith que necesitaba sentirse deseada.

Inhalando su aroma, como una droga que lo dejaba fuera de sí, se sentía preso de Ryan. No de otro sino de Ryan Golgomatch. No le faltaban amantes con quienes pasar el rato, ¿entonces por qué volvía a aquel mal vicio que dejaba esa desazón cada vez que terminaba? ¿Cómo era que se atrevía a ponerse de rodillas sólo por un trozo de cielo? De rodillas, justo en frente de ese hombre, repartiendo besos a través de su estómago, en un lento descenso hasta bajar la ropa que en ese momento no era otra cosa que el añadido más absurdo.
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Ryan Goldstein el Sáb Abr 21, 2018 6:44 am


En Ilvermony, un día de sol.

X años atrás.


El campo de quodpott estaba vacío, y la verde explanada alrededor aislaba el área de juego de lo que era el castillo, una vista altiva y magnífica a lo lejos.

Debajo de las gradas, dos estudiantes se escondían entre las sombras de la tarde. Más exacto era decir que Ryan Golgomatch los había arrastrado hasta allí, acorralando a Laith contra una de las columnas que hacían de pie a los asientos de los espectadores, sin que a estas las ocupara una sola alma.

Cierto era que cumplía con sus promesas. Había dicho que entrenarían con la escoba —un par de trucos del mismísimo jugador estrella, lo que no era poco—, y eso hicieron. Sólo que, ahora, las escobas estaban tiradas en la hierba.

Era demandante cuando quería algo de él, Laith. Y tomaba sin permiso. No había forma educada de decirle “NO”. Ni siquiera escuchaba. El pukwudgie podía tener otros sentimientos sobre ese largo, insistente beso, y de eso el Golgomatch no se enteraba. Él tomaba, tanto como se entregaba.

Ryan lo necesitaba, con esa imposición voluminosa, calurosa, de los rayos del sol desparramados sobre la hierba. Aunque, desde tanta altura, que tenía que inclinarse especialmente, para bajar al cielo, ese paraíso terrenal encarnado en el cuerpo caliente, tierno, de su noviecito.

—Cállate, ya—El Golgomatch se interrumpió en su manoseo, sólo por un instante, aletargado instante, en que tocó el labio inferior del menor, encarándolo con una expresión suavizada, ardida, por el placer que le provocaban sus propias intenciones, desastrosas sin medida, allí, donde enloquecía la ternura.

Repasó el labio con su dedo pulgar, deformando los bordes de su boca, rozando apenas los dientes, tanteando con una curiosidad fanática, muy serio, sin apartarle la mirada, ¿y cuándo?, ¿cuándo..?, era de preguntarse cuándo había parado de tocarlo allá abajo, porque parecía que hacía mucho de eso, o como si nunca hubiera dejado de…, porque insistía, ¡oh, cómo insistía!

Te quebraba, con esa manía de encimarse, tanto que se apretaba, y sin una pizca de vergüenza. Todo ese descaro que le mostraba, ese abnegado descaro, lo envilecía. Pero había en ese gesto ya tan acostumbrado del dedo en la boca —abierta como un pequeño susto, como tentación ofrecida—, una ternura oscura, manchada de rendición, anhelo, que significaba a la vez la secreta confesión de la sumisión absoluta a ese encanto que era Laith Gauthier.


***


…acompañando el profundo beso con un gemido, entrelazando sólo su zurda con la mano que la sujetaba, enredando sus dedos como dos piezas hechas a la medida.


De un movimiento que pudo parecer brusco, Ryan alzó las manos entrelazadas por encima de sus cabezas, estampándolas contra la pared, y apretó esa unión, apretó a Laith a un tiempo, de un abrazo por la cintura —tenía esta mano libre, siempre aferrada, tocando—, y no hubo trozo de sí mismo —que era latido, que era corazón, y sexo pidiendo—, que no se cerrara sobre esa zurda, entrelazándose, aprisionando.

Fue, por un instante, que se interrumpió en el beso y, teniéndolo todavía sujeto —esa mano lo había golpeado directo en la cara, y podía ser ruda y podía ser amable y no quería dejarla ir—, tocó el labio ofrecido y lo repasó en un gesto familiar, sin perder de vista ese verde dulce, lascivo, atrayente, que era la mirada del pukwudgie. Ah, casi había olvidado. Casi había olvidado el flechazo del que eran capaces esos ojos, lo que provocaban en él, Ryan Golgomatch.

*

Dicen, del primer amor.

Dicen tantas cosas, pero lo que para él era real es que: Laith Gauthier había nacido para ser amado por él, que aunque no correspondido, que aunque rechazado, que aunque usado, aceptaba con una gratitud inmensa lo que significó él en su vida. Lo malo y lo bueno. Lo malo, dolería siempre. Pero no podía hacer nada sobre eso, sólo aceptar.  

Dicen, que hay que dejar ir.

Pero tú no borras rostros y episodios de tu vida. Soltarlos, no es una opción. Es cómo tu percepción de esos rostros, esos episodios, cambia o descubre nuevas formas de sentir, de hacer, que renacías de tus cenizas. Tú no perdías sentimientos por el camino, estos te cambiaban. Tú no dejabas de amar a Laith Gauthier.

¿Por qué negarlo en vez de aceptarlo?

No había forma aparente, tampoco, de que sus sentimientos le hicieran daño —difícil hablar de la “forma real”—. Esto era así, por cómo Ryan amaba. Y su amor era. Su amor desprendido no daba lugar a celos o posesividad, pero era leal, afectuoso, y extremadamente más violento cuando veía amenazado lo que amaba; capaz del riesgo, porque era temerario; capaz de dar antes de que exigir, porque era generoso. Pero, también, era carnal sin medida. Y súper egoísta, porque a tu hija no le das ni pelota :3

Y un poco, sólo un poco, traicionero.

Como cuando te trepas a tu ex, claramente fuera de juicio a la tercer o cuarta copa, ¿habiendo ido de juerga?, ¿bebiendo sólo en algún bar?, ¿qué importaba? Si era amor lo que Laith buscaba, incluso si no lo buscaba, Ryan le haría el amor, y agradecido de hacerlo, en todas las posiciones, sin queja. No era él, tampoco, quien tenía sus sentimientos hechos un lío, él, bueno, él no se ponía ebrio en bares, y sabía aceptar lo bueno y lo malo como venía. Eso que le ocurría en ese momento, era muy bueno. En Ryan, el amor podía ser también egoísta, tanto como para no dejar de desearlo, a Laith, y arremeter contra él y yacer con él, sin que nada más importara.


*


Lo tenía comiendo de su mano, tal como en su época en Ilvermony, lo. Ah, Lah. Ryan extendió los brazos abiertos, las palmas contra la pared, como si fuera a empujarla. Le susurró cosas al oído, en la oscuridad. Hasta que apartó la mano que lo masturbaba, y le abrió el cierre delantero, con esa calma áspera con que te armas de paciencia frente a las cosas que te fastidian.  

Lo siguiente fue restregarse por encima de la ropa estando ebrio —ciego y ebrio, tanteando entre tentaciones explícitas—, y resbalarse en el roce que provocaba el buscarse entre suspiros en esa fricción, e insistir, con los pantalones bajos y desarmándose cada vez más en ese encuentro, interrumpido encuentro, y ceder al impulso de los sentidos cuando estos están abiertos de adentro hacia fuera, expuesta la carne de las sensaciones al goce.  

Ryan se había dejado caer sobre el hombro de Laith, y se deshacía sobre él en caricias que los estrechaban en la intimidad del tacto, cuando raspa, se agita, con un ardor controlado y paciente, pero que se desataba, e iba subiendo con la temperatura. Había soltado su mano, pero se aferraba con los dedos enterrados en sus cabellos, hacía chocar sus frentes, y lo cosquilleaba con ese pelo rubio cuando se frotaba contra la curva de su cuello trepando en una profusa inhalación que era una caricia y que se sentía como el estremecimiento que presiente la mordida, como la coacción del ansia de alguien que oculta, tapa su verdadera violencia, sus intenciones más descontroladas.

Fue cuando, Laith lo apartó (haciéndolo sentir tan afortunado con cada beso) y se arrodilló, que Ryan —casi tropezándose—, se quitó esos pantalones bajos con los pies, arrojándolos hacia un costado, en un gesto algo desesperado. Y sujetó al moreno de los cabellos y parecía que lo atraía hacía sí, pero.

Lo tironeó de vuelta hacia arriba, lo besó, lo volteó en un forcejeo, imponiéndose mientras avanzaba, y lo arrojó sobre la cama, empujándolo, en lo que a las claras era una provocación deliberada. Dirías que era un juego, si Ryan hubiera sonreído en algún momento, pero no lo hacía. Al final sonrió, conmovida la mirada —extraña combinación para el momento, pero es que estaba enamorado—, luego de haberle sonsacado a Laith los pantalones como si tratara de arrancárselos. Lo que sí había hecho al detalle, fue descalzarlo despacio. Aunque tuviera la manía de mandar a volar lo que le estorbaba, sin reparos.

Sólo estuvo tranquilo cuando lo arrimó contra sus caderas y lo tuvo frente a sí abierto de piernas, ¿pero cuánto le duraría esa visión de cielo en medio de esa espontaneidad reñida que era el deseo de un cuerpo contra otro? Lo que hizo en el momento fue tomar uno de esos pies en el aire, y besarlo —ay, pero se le escapó—. Luego, se echó hacia adelante con las manos abiertas y se arrastró de vuelta hacia atrás robándole a Laith una caricia desde la naciente del cuello, midiendo la piel bajo sus yemas. De nuevo. Lo hizo de nuevo, pero esta vez, cayendo entre sus piernas, con una mano tibia en cada muslo —repasando la cara interna del muslo, ensañándose contra la suavidad de la carne con una adoración que él pensaba que retenía, muda la expresión, tan discreta, pero pálida—, y se detuvo, con una pierna encimada a su hombro. Sonreía, y lo besó. En el pie, porque mira que le gustaba salirse con la suya, al idiota.

*


—Laith.

Momento, para. Ese tonito.

Ryan se había dejado caer y apresó a Laith, teniéndolo sujeto, inmóvil bajo su peso, y jugando con su flequillo, peinándolo hacia atrás con los dedos. En algún punto había decidido montárselo, sí, ¿pero con qué intenciones?

—I'm a talker—Sonrió como idiota, buscando sus ojos con una insistencia corta onda, corta ambiente, corta todo—. ¿No recuerdas? Mmm—Fingió que reflexionaba esa respuesta—Bueno, quizá no tan conversador. Te estaba bromeando, tú tranquilo—Se removió sobre Laith, pesado como era—Sólo dime una cosa—Lo miraba, con una mano acariciando su mejilla. Y le soltó, con convicción—: Dime que sabes que eres precioso.


"Para mí"


Riéndose, se desparramó en besos yendo hacia abajo, siempre hacia abajo. Se había acurrucado de cara AL CACHO DE SALAME, OK NO, tendido sobre el abdomen de Laith, y lo sobaba, ahí, donde te ponías loco, oprimiendo al subir y dejándose caer para volver al ruedo, o sólo desquitándose. Hasta que se interrumpió, con la boca.


Última edición por Ryan Goldstein el Sáb Abr 21, 2018 4:49 pm, editado 1 vez
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Sáb Abr 21, 2018 11:40 am

Era ingenuo decir que había llegado a pensar que aquella petición no iba a quedar sin un pago, porque así era Ryan. Invasivo y exigente, más que un novio era un jefe. Un jefe que mantenía bien lejos a todos los chicos mayores y abusivos del colegio. Por eso, quizá, sólo por eso lo soportaba. Un entrenamiento de Quodpot donde aprendería algunos de los trucos de Ryan, así lo hicieron, pero luego, luego era momento de tener una ganancia.

Se veía encerrado, incómodo, contra una columna de las gradas. Trataba de negarse, de decirle que alguien podía verlos, lo intentaba, pero no había oídos para su voz que, ahogada, salía a duras penas entre unos labios sellados por un insistente beso, sin poder alejar ni un poco al dueño de aquellos labios abrasivos que quemaban todo a su paso. No respondía ni a los empujones ni a las quejas, su mano sujetándole de la muñeca aquella que se colaba por entre su cuerpo.

Ryan, detente, alguien nos va a ver, Ryan —se quejaba, inquieto. Era un chiquillo que sabía que se estaba portando mal. Fue mandado a callar, quieto observando a los ojos de su… ¿agresor? Un suspiro escapó de sus labios entreabiertos, esperando, quieto.

No tenía miedo, sin embargo. Poco a poco había entendido que si uno se está quieto y le da algo de cariño, eso funcionará, y se estará quieto. Con el cuerpo acalorado apenas y quería moverse, observando los ojos del rubio como si en estos buscara algo, alguna señal, cualquier cosa, invadido en su espacio personal, las mejillas sonrosadas. Los latidos agitados, parecidos a una avecilla que quiere escaparse de su pecho.

Soltó la muñeca invasora y con esa mano, su diestra, sostuvo el rostro de Ryan, un gesto cariñoso, al menos en apariencia, acariciando su mejilla con suave ternura, con los ojos condescendientes deslizando su pulgar a través de la cálida piel del otro. Entonces sonrió.
***

Sintió un déjà vu cuando aquella mano vino hasta acariciar su labio, sólo con uno de sus dedos, mirándolo justamente hacia sus ojos. Todo estuvo, durante un segundo, en completo silencio, antes de que su mano derecha se alzara a su mejilla, tocándola con un gesto indulgente, acariciando con su pulgar la piel disponible, sosteniéndolo en un afectuoso mimo. El pasado siempre esperaba el momento en que Laith bajara la guardia para entonces y sólo entonces bañarlo como una torrencial lluvia que empapa todo a su paso. Incluso así, sin embargo, en su rostro apareció una curvatura, el nacimiento de una sonrisa.

Su mano pronto bajó hasta hacer lo propio con el cuerpo ajeno, manosearlo, tocarlo como si fuera suyo y de nadie más, masturbarlo y buscar su placer, queriendo oír su boca entonar una cadena de gemidos. Algo le susurraba pero Laith no lo escuchaba, su mente estaba en otro lugar muy lejano a aquel. No fue mejor cuando sus cuerpos se pegaron y juntos friccionaron sus entrepiernas entre mordidas y besos, los jadeos ahogando la habitación mientras el calor volvía el ambiente asfixiante, juntos buscándose sin saber que andaban para encontrarse. Ryan se había convertido en esa noche en la fruta prohibida más dulce de todo el jardín del Edén.

Era un pecado que se estaba muriendo por cometer. Se encontró de rodillas frente a él, deslizando hacia abajo su ropa interior, besando su vientre y bajando despacio, entre beso y beso, suave y lentamente. Entonces, gimió ansioso al sentir el tiró en sus cabellos y el consecuente empujón a la cama, encendido en la llama de la violencia, acariciando su propio pecho en el desesperado intento por calmar un poco la piel que le ardía, mirando entre la luz tenue al rubio quitándole el pantalón, dejándose hacer porque esa noche, sólo esa, era suyo. Volaría al día siguiente, pero no podría borrar las marcas que no podían verse, el rastro de esas manos en su cuerpo.

Ryan metido entre sus piernas y, de algún modo, entre el alcohol se coló un recuerdo que se ahogó con la misma rapidez con que apareció fugitivo, dejando de recordar las noches donde lo hizo suyo. Sonrió, travieso, incómodo, haciendo huir a su pie de aquel agarre, ¿qué le pasaba, a ese idiota? Se dejaba tentar, sabiendo que iba a caer, su piel sensible reaccionando a cada caricia y cada beso que recibía, la sangre fluyendo hasta su entrepierna levantando una erección, hablando con el cuerpo por cada cosa que sus labios negaban, con ligeros espasmos de placer. Se quejó, sin embargo, cuando sintió ese beso en el pie, como una batalla perdida.

Se incorporó, brusco en sus formas, deslizando su pierna a través del hombro de Ryan para abrazarlo por la cadera, tirando de sus cabellos hacia atrás y clavando sus dientes en su cuello, un sello de pertenencia que no le correspondía, pero hacía, queriendo ser su dueño y su esclavo al mismo tiempo, pero sólo en esa cama, sólo en esa noche, nada más. Estaba ardiendo y se le notaba en la mirada de pasión agobiada, prisionero del deseo, del instinto más primitivo que tenía a su cuerpo hambriento, vibrando la piel de la ansiedad de querer ser acariciado y tocado de todas las formas existentes.

Ryan era un experto arruinando el ambiente. Se quejó cuando oyó su nombre en ese jodido tono, un tono demandante, ¿qué era lo que quería? Respiró pesado desde el momento en que lo apresó contra su cuerpo, pesado y obligándolo a dejarse acariciar. Lo miró, con el gesto aburrido cuando empezó a decir cosas que no entendía, no parecía recordar qué era lo que estaba diciendo, olvidando por completo aquellas noches donde le había pedido silencio, para “concentrarse”, era su excusa más común. Ahora necesitaba concentrarse y que se callara de una puta vez, no era el momento.

Soy jodidamente hermoso —gruñó, tratando de quitárselo de encima, convencido de sus propias palabras, ¿cómo si no tendría la vanidad tan elevada? Era altanero y orgulloso, pero precioso al mismo tiempo. — Ahora cierra la boca —le puso la mano encima de los labios, empujándolo con la fuerza que tiene un ebrio si no es follando. Cuando era hora del sexo, sin embargo, poseído por la adrenalina, cambiaban las cosas y ese débil empujón era más bien embestidas llenas de lujuria.

Mordió su labio ansioso al sentir cómo tocaba su miembro, desesperándolo con tanta dulzura que de sus labios escapaban pequeñas quejas necesitadas, gemidos leves y jadeos, enredando sus dedos entre los rubios cabellos deseando más, queriendo que avanzara. Entonces. Ah. Esa boca tan caliente, sentía que en ese momento podía decirle a todo que sí, si tan sólo lo atendía como se merecía, torturado por la desesperada ansia de placer.

***
Lo encontró, ahí, sentado. A veces, cuando quería, un estudiante bueno y aplicado. Había descubierto tantos nuevos matices de Ryan Golgomatch, versiones de él que jamás creyó que iba a ver. Mientras más le daba aquel Ave de Trueno, más podía exigir. Es el problema de darle demasiado a alguien que no está acostumbrado a recibir mucho, se volvía dependiente y cada vez más caprichoso hasta que pensaba que todo lo podía conseguir con sólo una sonrisa. Así era, al menos hasta que se demostrara lo contrario.

Se internó a aquella zona distante y abandonada de la biblioteca del colegio. Estaba aprendiendo de Ryan, era éste mismo quien le mostraba cómo obtener las cosas, no era otro que el mismo rubio quien le enseñaba cómo domesticarlo. Se encontró con su novio y sonrió, tímido cuanto dulce, sentándose a su lado, casi encima de él, con una de sus piernas cruzando encima de una de las de Ryan, un contacto leve pero significativo. Estiró su cuello pronto para darle un beso en la mejilla.

¿Cómo estás? ¿Estás estudiando? Te esfuerzas demasiado —le acarició el hombro con un gesto de cariño, pero si el Ave llegaba a intentar tocarlo, entonces habría un pequeño problema, porque el Pukwudgie, muy acomplejado, se lo impedía. — ¿Quieres saber una cosa que sucedió hoy? Tuve una mala nota, de nuevo, en Astronomía, pero, ¿sabes? La profesora me ha dicho que si redacto un ensayo larguísimo podría darme la nota para pasar la materia, estaba pensando que, ¿quizá podrías…? —lo miró, con una expresión semejante a la que tiene un cachorro. — No, no, cómo pedírtelo, estás muy ocupado, lo siento…

¿Qué era esa expresión tan triste? ¿La forma de intentar, de algún modo, comprarlo para hacerle el ensayo? Dolido parecía, incluso, recargando su cabeza en el hombro de Ryan con fingida resignación, pero pequeños suspiros de duda e inhibición. Aparentaba interés en el libro que el otro tenía en sus manos, como si sólo quisiera pasar un poco de tiempo con el chico que quería, como si no tuviese nada que ver que estuviese intentando chantajearlo emocionalmente para darle lo que quería.

Quizá no pueda ir mañana contigo al campo de Quodpot, estaré muy ocupado redactando el ensayo, lo lamento, ¿quizá en otra ocasión…? —golpeó lo más bajo que pudo, el muy comprador, privándolo de un momento juntos a solas en el campo entrenando, como si aquello le doliera muy profundamente en el alma.
***

Así, así, Ryan —le suplicaba, arañándole despacio los hombros, estremeciéndose. La sangre le estaba hirviendo en las venas con todo lo que el nombre que se le escapaba podía darle, dejándose llevar en las oleadas acaloradas de un huracán. Era tan lento, como una tortura que duraba, ya ni siquiera parecía resentido con el hombre que se friccionaba contra su cuerpo. — Ven, ven aquí, bésame, muérdeme los labios —lo manejaba a su antojo, satisfaciendo al menos un poco la ansiedad que sentía, abrazándolo por el cuello mientras devoraba sus labios con hambre.

Estaba abandonado al placer, restregando su cuerpo contra el del otro, en una lucha por ver quién conseguía calentar más al otro. Una de sus manos bajó hasta su miembro, acariciándolo, masturbándolo mientras lo apretaba con su mano, jugando con su piel, buscando la sensibilidad como si fuera un arte tentar aquellos puntos llenos de lujuria contenida. Para él no había amor, sólo otro encuentro de sexo casual, no podía ser ni parecer otra cosa. Eso no significaba ni por asomo que lo deseaba menos, quería todo en ese encuentro, que satisficiera sus más íntimos deseos.

Házmelo —susurró contra sus labios, seductor, mirándolo a los ojos, el alcohol y la excitación haciendo estragos dentro de su cabeza. — Házmelo duro y pégame —suplicaba cautivo de las hormonas y la lascivia, obsceno en sus gestos y lamiendo los labios de su ocasional amante. — Hazme gritar —no podía aguantar ni un poco más, sentía que su cuerpo ya no respondía de la forma adecuada mientras las ganas de hacerlo incrementaban, de restregarse contra él toda la noche si el sol se los permitía, ignorante por completo de la hora.

No quería que lo dejara pensar en nada más. Quería que los pensamientos del bar quedaran como un amargo recuerdo del que no se acordaría sino hasta su próximo día de bajón. Le había dado permiso a Ryan, casi inconscientemente, de borrar con sus labios todo lo que otros hubiesen besado, de llegar si podía conseguirlo a donde nadie más había llegado en su cuerpo. Se preguntaba, como un pequeño resquicio de lucidez, si el otro acataría todos sus deseos e indicaciones.
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Ryan Goldstein el Lun Abr 23, 2018 5:53 am

Lo tenía donde quería —ensalivado y caliente en su boca—, y sorbió el calor de su sexo, enredándose con la lengua “así”  y tropezando con la espesura tibia que era la cabeza, dando pequeños roces ligeros que se sucedían en húmedas caricias, bien sujeta la base mientras que él lo tentaba por arriba, volviéndose loco y empezando a perderse en ese gustito rancio pero familiar que era Laith Gauthier, y disfrutándolo demasiado.  

Ryan, Ryan, Ryan.

Era un pene, y se lo montó con la boca —suavidad perversa, la de un deseo tan íntimo—, apretujada el ansia en el pecho, sintiéndose él arder, tanto que el rededor —cargado de nausea y vértigos y jadeos— se hacía frío por momentos, cuando una brisa pasajera salida de ningún lugar —¿era su cuerpo o algo que flotaba en el aire?— era espantada por su pulso frenético, encendido, sin que él se dejara distraer, aunque aturdido entre toda esa temperatura, la justa temperatura entre los cielos y.

Así, así.

Dispensó de la otra mano que lo ayudaba en eso en lo que se veía tan entretenido, tan compenetrado —es que era la excitación la que lo ponía serio, tanto como lo ponía “ahí”, en lo que era la explícita desnudez de sus ganas— para extenderse gentilmente y aferrarse al músculo del lado izquierdo del pecho, oprimirlo como pulpa, hasta que.

Laith lo llamó, y lo supo.

De forma instintiva, que estaba recayendo en un viejo hábito. ¿Cómo era que cada vez que Laith pedía, él quería? Porque antes de ese chico, hombre ahora, Ryan nunca había tenido un gesto amable o profundamente enamorado con alguien, nunca había hecho nada por nadie. Y darle todo fue. Fue todo lo que quiso desde que empezara esa historia entre ellos. No importaba si adivinaba las mentiras. A veces sospechaba que hasta era capaz de leer cada una de las mentiras de ese pukwudgie, que era flecha y corazón. Como si se tratara de un castigo especial. Porque el destino quiso que alguien tan mezquino como lo fue Ryan Golgomatch, fuera herido por el amor. Y Laith lo salvó, a su modo. Era curioso, pero. Cegado por Laith Gauthier, había sido capaz de abrir los ojos dentro de un mundo que había creído conocer, pero que no era tal. Y se enriqueció notablemente de esa nueva forma de ver a las cosas y a las personas (con el tiempo, porque le llevó tiempo). Nada de ello hubiera sido posible sin ese orgulloso y tan testarudo e inconsciente colibrí. El otro lado del asunto era que a veces había sentido que su ceguera—cuando estaban cerca— podía traicionarlo hasta el punto. El punto de no retorno.

***

Henrik Golgomatch había educado a sus hijos con rigor y disciplina. Había tomado la costumbre de llamarlos a su despacho —aquel lugar impenetrable, su fortaleza personal, donde laboriosamente se aplicaba a los asuntos de la familia— y sentarlos con él en el escritorio, para tomar lecciones privadas. Porque ningún Golgomatch podía tomarse la licencia de ser un mediocre, se tomó la educación de sus hijos muy en serio, aunque por supuesto, no todos respondían de la misma manera. Ludo. Ese Ludo. Le interesaban más las estrellas que la economía, por empezar. Si no tenía cuidado, ese chico podía resultar un completo fracaso y una vergüenza para la familia. Ya era una gran decepción. Pero. Siempre había de esos en las familias, ovejas negras. Con Ryan, no tenía que preocuparse. Él era la garantía del legado de los Golgomatch.

Y era gay.

Fue por su padre, que Ryan adoptó los modos de un buen estudiante en materia académica. Pero no era realmente por estudio que se paseaba ese día por las galerías de la biblioteca. Lo cierto era que había empezado a rondar el lugar —asustando a un que otro estudiante desprevenido que pasaba por ahí y se topaba accidentalmente con el matón de los Golgomatch, casi soltando un gritito ahogado—, desde que recibiera la inesperada carta de Clark Gauthier.

Contradictorio, ese vejestorio. Ryan lo ofendía, eso estaba claro. Pero cuando se trataba de Brianna, su bondad siempre intercedía por ella con su hijo mayor, ese muchacho tan bravo y temperamental. Incluso escribió la carta sin saber, que esta vez sería diferente. Que esta vez, el corazón del heredero de los Golgomatch se sentiría inclinado a escucharlo.

Era sobre la condición de Brianna, por supuesto. Cada vez peor. Insalvable. No lo decía, pero en la omisión brillaba la verdad. Clark Gauthier era demasiado amable. Y, en virtud de la contradicción que era, parecía afrontar lo peor pero sin dejar de atenerse a un milagro, como si buenas cosas les pasaran a buenas personas todo el tiempo, y cuando más lo necesitaban. “Tienes que verla”, ese era su recado.

No le había comentado a Laith que conocía a su abuelo, ni nunca pensó que hiciera falta. Pero se sonreía a veces pensando, la de veces que había oído anécdotas sobre él, de pequeñín. Bueno, era todavía un pequeñín. Pensar que él jamás había consentido a nadie, había sido él siempre el consentido. Pero con Laith, bueno, él cambiaba eso.

Estaba sentado, leyendo un libro sobre enfermedades mágicas, cuando Laith fue a sentarse con él. Vaya, con la casualidad. Justo pensaba en él. Bueno, era algo que lo sorprendían haciendo bastante a menudo, a decir verdad. En cuanto a Laith. Él siempre llegaba hasta él cuando necesitaba algo. Adoraba al chico, pero eso no quería decir que no se diera cuenta de cómo se servía de la relación que tenían. Después de todo, Ryan Golgomatch estaba acostumbrado a ver ese mismo interés en el resto de las personas, había sido incluso parte de su formación leer sus intenciones. Sólo que. Con Laith, era diferente.

Ryan no podía más que rendirse a sus gestos de cariño, y se dejó hacer, recostándose en el respaldo de la silla y abandonando la lectura. Se le había dado por leer sobre la enfermedad de su madre, y en la página salía el nombre del mismísimo Clark Gauthier, por ser el único pocionista conocido que había conseguido elaborar una pócima que retrasara los efectos inevitables de “la enfermedad mortal de El Dorado” —con aparentes mejorías, incluso—, aunque claro, no había una cura definitiva, hasta el momento sólo un poco de tiempo prestado. Era una poción, que había hecho para Brianna. Es que había gente testaruda, que no se rendía con casos como ella. En ese momento, Ryan, por primera vez, empezó a sentirse agradecido.

De esto, nada dijo.

—Bien, ¿y tú?

Observó al pukwudgie, astuta la mirada. Le fascinaba cómo lo compraba. No tenía ni que molestarse. Podía decir lo que quería, y estaba hecho. Pero le tomó un poco el pelo, y dijo algo tan simple como: “Oh, estoy ocupado”, y seguir con lo suyo, como si tal cosa, como si en verdad estuviera más interesado en retomar el libro que en la ternura de Laith. Estalló a reír cuando mencionó el campo de quodpott, sin poder contenerse. Es que mira, que niño malo.

—¡No pongas esas caras!—
Lo recriminó, sonrisa de por medio, yendo a tomar su cara entre las manos… Bueno, lo intentó. Se sonrió, y retrocedió con un suspiro. Le hería cuando sólo se apartaba, pero hizo como si no ocurriera nada—Lo haré, ¿ok? Dame otro beso.


***


Ven, ven aquí.


Ryan no atendió enseguida, sino que cambió de postura, colocándose entre las piernas abiertas de, ¡ah, de verdad que adoraba esas piernas! Sólo entonces se tendió hacia adelante, y.

De un tirón, atrajo el labio inferior hacía sí con los dientes, jugueteando. Y la boca presta, boca ansiosa de Laith se atropelló en un beso ensalivado y desesperado. No era el juego lo que quería. Él realmente esperaba, la mordida.

Fue cuando le echó los brazos al cuello, que pensó que si no eran sus caprichos y su piel nada más le importaba, como si le hubiera echado un lazo para capturar y gobernar sus impulsos, sólo que estos eran traicioneros y escaldaban.

Rodaron en la cama, y el estímulo de abrazarse a la desnudez de Laith, su codiciosa premura, su calor, y ese punzante aroma que hacía que su propio pecho enloqueciera, hizo que se diera todos los gustos con ese trasero: lo abría, lo estrujaba; que lo poseyera en la desmesura tibia de su tacto: aprisionando, apretando en un puño, cada cachito de él, paseándose desde la espalda hasta los muslos; que lo despeinara desde la nuca y enterrara sus manos en los cabellos, tironeando; que se imprimiera a esa pálida temperatura hecha de seda con dedos como lumbre que marcaban hoyuelos al pasearse—que no las uñas, hasta que Laith lo pidió—.

Lo sometía, teniéndolo sujeto contra el colchón, y de un giro lo invitaba luego a caerle encima, atrayéndolo, estrechándolo contra él, besándolo. Hubiera querido retenerlo bajo él y desquitarse suave, insistentemente en todo lo que era el torso: lamer, succionar los pezones, que lo dejara inundarlo con sus manos, pero no.

Házmelo.
Házmelo duro y pégame.

Ojalá no hubiera dicho eso. Ryan se detuvo y lo encaró, mirándolo desde arriba. Era en verdad imposible de leer cuando no sonreía —al menos su sonrisa lo hacía lucir “encantador”, que era una sensación más placentera que ser señalado por esos ojos tibios y ausentes (sí, tibios de excitación)—. No dirías qué pensamiento pasaba por su mente, ni siquiera en una situación como esa. La suya era una máscara de silencio, y era entonces que pensabas que su semblante era naturalmente cuadrado y grave, a pesar del sudor.

No pareció que consintiera a ello cuando ladeó la cabeza, como si sintiera una repentina molestia en el cuello. Ni cuando lo caló hondo, indagando sin pedir permiso su rostro y esa perdición en sus ojos verdes, velados por el placer. Hasta que, presumiblemente, habiendo tomado una decisión, o sólo enfadándose, con una mano le amordazó la boca.

*

Lo tenía contra la pared, a un costado de la cama. Había aferrado ese brazo que le cruzaba detrás de la espalda, y Ryan le aplicaba una torsión, midiéndose. Sólo que. Los límites de Laith para el dolor eran espantosamente dilatados.

Sin mediar palabra, lo había levantado en el aire y ahora se apretaba de pie, encimándose por detrás, con el agarre entre ellos, y asegurándose de que tenía una mejilla pegada a la pared, empujando, y ejerciendo presión.

Hay una delgada línea entre el dolor y el placer cuando se trata de las articulaciones, y es en su flexibilidad que puede descubrirse el dulce sabor de un infierno tan arrebatador, que te invita a quedarte.

—Si quieres un trato especial—
Mordió, sin avisar, el lóbulo de su oreja. Agudo y punzante, ese cosquilleo. Había algo calculadamente brusco en todo lo que hacía. Y susurró—: tú tendrás que haber hecho algo para recibirlo—Lo liberó de la sujeción, y se apartó, sólo para lubricarse la mano. Y agregó, en un tono ligeramente agresivo debajo del acento condescendiente—: ¿Qué has hecho?—Se acomodó y pasó su brazo por delante, hacia la entrepierna, y masturbó. La firmeza con que se desquitaba de arriba abajo era diferente—Dime—Él se restregaba contra las nalgas, mientras que con el brazo libre atravesaba el pecho de Laith y lo mantenía sujeto, aferrándole el hombro derecho—¿Qué has hecho, para que te castigue?  

Fue entonces cuando volteó el rostro de Laith hacia él, obligándolo a mirarlo. Y arremetió contra su boca y devoró el labio con una mordida, esta vez, sentida, de esas que no se usan para besar.

Justo como su primer beso. Sólo que Laith no debía estar pensando en ello, o en “ellos” para el caso. En nada en absoluto. Estaba bien. Porque Ryan podía follar por los dos esa noche.



*

En los pasillos, acorralado contra la pared, así es como lo tenía. Ryan Golgomatch se había convertido en la pesadilla de Laith Gauthier. Y esta vez, parecía especialmente enojado por algo, y no iba con su pandilla de amigotes. Fatal accidente cruzárselo un día que iba de malas. Estaba solo, y deseoso por hacerle daño.

¿Por qué?, ¿por qué alguien querría causar tanto daño a una persona, por nada?

En ese momento, el Golgomatch estuvo a punto de escupirle un “puto maricón” a la cara. Era lo que hubiera hecho, pero se detuvo en su llanto, su ternura violentada, su rostro desecho, y.

Quería un poco más de él, se daba cuenta. Como cuando te aburres de perseguir a una víctima y te buscas otra. Sólo que. Él no se había aburrido de Laith Gauthier, lo que le provocaba, era distinto.

Así que, cuando el otro seguramente pensó que iba a golpearle, cuando menos, Ryan lo atacó, sí, pero mordiéndole la boca. Y se apartó un poco, confundido. Fue en ese momento, que el pukwudgie tuvo para sí, frente a él, a un Ryan confundido, perdido, trastornado, y sólo faltaba quien lo guiara en su momentánea ceguera.



*

A una almohada sobre la colcha, le habían quitado su funda. Ryan la había usado para enlazar las muñecas de Laith detrás de su espalda, y se asía a la cola de lazo sobrante, entrándole por atrás a empellones, cuando frenó.

Quiso palabrearle al oído y lo obligó a enderezarse, comprimiéndose el calor entre los dos: su pecho y la espalda curvada. Estaban en el borde de la cama, Ryan de pie.

Lo aprisionó del cuello con un puño cerrado, y volvió a desquitarse el ansia con su culo, que ofrecía.

—¿Así?, ¿así es como te dejabas? Tú querías estas cosas—acusó, en susurros, lacerantes susurros—Dime, qué más…

Dejó una mordida, hundiéndose en la línea curva del hombro, tan abrupto, sin anuncio, y le dio una nalgada antes de arrancarlo de su abrazo, esa intimidad que despertaba las ganas de más, y lo empujó, para luego volver a atraerlo hacia él, forzándolo a encararlo pero sin permitirle otra cosa que mantener una postura recogida frente a él, y por unos instantes, aletargados instantes, se dedicó a examinar su rostro, tomándolo entre sus manos y adorándolo en silencio, mientras que insistía: “¿Qué más?”.

*

Lo arrojó fuera de la cama, directo al suelo, con una actitud casi desganada. Sólo que su fuerza no era una mentira. Seguidamente, se sentó sobre el borde de la cama, con las piernas abiertas. Había en él, un dejo cansino, sensual y violento, que hacía que el instinto se estremeciera.

Le dedicó una mirada, antes de dirigirse a él:

—Ven, sé mi chico favorito.

Había una bondad perversa en esa mirada, dulce de espera y placer. Fue cuando Laith se acercó, que le cruzó la cara de una bofetada, sólo con los cuatro dedos de la diestra. Hecho aquello, se llevó la mano a la boca en un gesto impaciente, como si el corazón le palpitara, desaforado. Pero estaba calmado. No le esquivó la mirada, ni dijo nada, pero se miró la mano, como tú te contemplas las uñas. Hasta que se acomodó, apoyándose con los brazos hacia atrás, y por último, le guiñó un ojo canalla, descarado.  



Última edición por Ryan Goldstein el Miér Abr 25, 2018 8:40 am, editado 3 veces
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Lun Abr 23, 2018 8:07 am

La cabeza de Laith estaba en un plano muy distante a aquel en donde su cuerpo se encontraba. Aquella parte escondida de él, esa que no todo el mundo podía ver, la cara de oscuridad de la luna se quitó la máscara para salir. No estaba viendo a la persona que tenía en frente, bien podría ser Ryan como lo hubiese sido Frederick o Joseph. Era el egoísta deseo de ser complacido aquello que lo movía a llamar a quien acariciaba su piel para pedir más, como si tuviese derecho a exigirlo sólo por ser él. Al final, en el fondo no había dejado de ser aquel niñato engreído que pensaba que podía tomar todo lo que quería sólo porque nadie se lo negaba.

Permitía que aquellas manos lo hicieran y deshicieran como ellas más lo prefiriesen, apretando su cuerpo, aprisionándolo si quería, sin oponer ni la más mínima muestra de resistencia. Sus labios cruzando todo su torso, haciéndolo querer más, desear obtener algo más de aquel cuerpo que intruso pretendía venir a fundirse con el suyo. Ni siquiera pareció importarle aquella mirada que sabía a juicio, ¿era el alcohol el que le impedía razonar correctamente, o simplemente que no le interesaba lo que el otro opinara? Tenía una reputación dudosa acerca de las prácticas que llegaba a admitir en la cama.

El espectro del dolor que llegaba a hacerlo reconsiderar sus decisiones no era menospreciable. Aquella torsión en su brazo no pareció incomodarle sino hasta llegar a un límite muy cercano a la rotura. Su cuerpo se estremeció violentamente cuando sintió aquella mordida en la oreja, un gemido ansioso escapó de sus labios al verse tentado uno de los puntos donde encontraba el culmen del placer. Ya no hilaba pensamientos correctamente y aquellas preguntas quedaron sin su correspondiente respuesta, viéndose incapaz de pensar en alguna cosa medianamente lógica que pudiese decir. Una dulce queja fue lo único que salió de sus labios al sentir aquella mordida, dolorosa. Pensó incluso que la sangre brotaría.

***
Tenía esa mala costumbre de encontrarse en el sitio equivocado en un momento inoportuno, siempre. Cuando no tenía que estar, ahí se veía, siempre en las situaciones más enrevesadas y problemáticas. No fue diferente en aquel pasillo, el mal genio de Ryan Golgomatch se sentía a la distancia, peligroso, capaz de hacer daño y muy propenso a explotar, como una poción delicada que puede resultar mortal si no se maneja con cuidado. Ryan Golgomatch nunca se podía manejar con cuidado.

Esperó el “puto maricón” que siempre recibía cuando se encontraba con él o con cualquier miembro de su estúpida pandilla, pero este nunca llegó. El pánico humedecía sus ojos y de estos brotaban dolorosas, humillantes lágrimas que se perdían en el uniforme al caer de su barbilla, sabiendo que lo que estaba por acontecer estaba lejos de ser algo bueno, ¿pero a quien perjudicaba aquella decisión que imprudente Golgomatch realizaría? Estaba, de algún modo, poniendo a rodar una bola de nieve, el principio del fin.

Sintió sus labios y acto seguido sus dientes apresando su boca, tirando de ella, antes de que ambos se mirasen confundidos, perdidos en aquel evento que no fue de acuerdo al plan. El más rápido en actuar sería quien llevase la situación hasta donde la quisiera, y Laith era bueno haciendo estrategias y actuando bajo presión, por ello quiso ver si podía aprovecharse de aquello, ver si había modo de cambiar las tornas a su favor.

Con la suavidad que tiene un suspiro, dio un paso hacia el frente, apresando el rostro de Ryan entre sus manos. Su yo interno gritaba, rogaba detenerse, no quería, y muy en contra de su propia voluntad Laith chocó sus labios contra los ajenos, un beso que nació para convertirse en mordida. Una de las formas de derrotar al enemigo era unirse a él, sin embargo, ¿qué era lo que sucedía cuando no sólo te unías a él sino también lo llevabas a tu nivel? Ahí, ganarías por experiencia.
***

Parecía imposible que Laith, siempre tan suave y dulce, disfrutara de aquella pasión desenfrenada que sabía a odio. Con las manos a la espalda, se dejaba hacer, sintiendo las embestidas, gruñendo y jadeando, una orquesta de gemidos deshaciéndolo por completo. No había escape una vez que comenzaba, incluso si las alarmas sonaban, y para el sanador las alarmas precisaban de mucho para sólo en ese momento sonar. Notó que el aire le faltaba, encorvado hacia atrás, el cuello encerrado en un puño, tosió. Y deseaba, deseaba desesperadamente ser castigado.

Llévame a mi límite —le pidió, casi suplicante, en un jadeo doloroso. Incluso entonces, la agresión sabía a Cormac. Había sido su maestro, quien supo enseñarle, no fue el primero en su vida pero sí lo fue en su corazón. El primero en llevarlo a ese lugar donde la pasión se mezcla con el miedo, poniendo dos corazones en fuego encima de la cuerda floja. — Hazme suplicar por más —hay un cierto tipo de lujuria que sólo se encuentra en los gritos, en sueños extáticos. Sólo se encontraba aquellas noches sin luna, en la forma de un brillo negro en la mirada.

Chocó contra el suelo y, lejos de sentirse humillado, su cuerpo ardía en calor. Dejaba que Ryan dominase el juego, pues su aguante se lo permitía. Incapaz de usar sus brazos, se vio batallando para ponerse de pie, el alcohol pasándole factura, y de rodillas se acercó hasta él ahí, en la cama, como un tirano. Era un Laith Gauthier entregado y abandonando el apellido para volver a sus más primitivos instintos, deseosos de violencia, de necesidad contenida de obtener algo que, en muchas ocasiones, ni siquiera él mismo sabía qué era. Así, volvió como un perro entregado al amo luego de aquella bofetada.

***
No siempre había sido así, lleno de cruel egoísmo y codicia. Había momentos de vez en cuando en que las intenciones verdaderas se confundían y llegaban a ese punto extraño donde la manipulación se confunde con el cariño. No fueron pocas las ocasiones, sin embargo, a lo largo de aquel tiempo juntos, donde Laith se vio condescendiente, dispuesto a hacer lo que fuera por aliviar aunque fuera un poco el dolor de Ryan. Era cruel, también, darle una luz a alguien sabiendo que pretendes apagarla.

Luego de aquel partido donde Ave de Trueno había perdido humillantemente por goleada ante Serpiente Cornuda, un Pukwudgie esperaba pacientemente. Tan pronto lo vio, se aproximó, imaginándolo con el orgullo malherido por tan denigrante derrota. Lo tomó de la mano, sin opción a negación, apartándolo del resto de estudiantes para llevarlo a un aula vacía. Podía ser muy persuasivo a veces, cuando se lo proponía, por la forma en que le mandaba a callar si pretendía reprochar.

Cuando lo tuvo a solas, sin embargo. Cuando lo tuvo a solas lo sujetó del rostro, mirándolo directamente a los ojos con una expresión calmada. — Vi el partido —dijo, como si quisiera dar preámbulo de lo posterior. Dando a entender que conocía el motivo de su enfado. El corazón agitado y los jadeos del menor sólo significaban cuánto había corrido para alcanzarle desde las gradas y evitar que se perdiese entre la multitud.

Y lo besó, entregándolo todo en un solo beso, con cariño. Su mano en su hombro, acariciándolo, pidiéndole en silencio que estuviese tranquilo, consolándolo. Incluso en su extraña relación, Laith no daba la media vuelta y lo abandonaba cuando le hacía falta un poco de aliento. ¿Alimentando su posibilidad de pedir más? Quizá. O quizá no. Pero en ocasiones, Laith no pedía nada y sin embargo lo llenaba de esa ternura infantil, abrazándolo, con el único objetivo de hacerlo sonreír al menos.
***

Ryan recostado en la cama, apoyado con los brazos, mientras los labios de Laith lo recorrían, en su turno por entregar algo de sí mismo. Las manos apresadas detrás de su espalda, imposibilitándole hacer nada con ellas mientras besaba sus piernas, dando pequeñas mordidas, lamía toda la piel a su paso. Subía despacio hasta llegar a su cadera, lamiendo su miembro, no pensaba con la cabeza que estaba sobre sus hombros, chupando su virilidad, acariciándola con la lengua desde su base hasta la punta, sin el más mínimo inconveniente al introducirlo por completo a su boca.

Cuando lo abandonó, siguió subiendo, deslizándose de rodillas en la cama, mordiendo su abdomen y subiendo hasta su pecho, realizando círculos con su lengua alrededor de los pezones hasta morder uno de ellos con fuerza media, sin intención de arrancarlo, pero causar incomodidad y dolor. Se encontró en su cuello besándolo y mordiéndolo hasta llegar a su rostro, mirándolo directamente a los ojos. Fue sólo un segundo donde pudo sentirse una conexión breve y dañina, dolorosa en el corazón, en aquella mirada. Y lo acarició con la nariz en la suya, cerrando los ojos suavemente y deslizándose en aquella caricia suave a través de sus mejillas hasta llegar a chocar sus mejillas, su respiración cálida y pesada justo en su oreja.

¿Sabes una cosa? Eres hermoso, Ryan —susurró antes de darle dos besos debajo de la oreja. — Adoro… tu jardín… y esa flor que siempre cuelas en los ramos que haces… Nomeolvides… —¿qué estaba diciendo, hablándole de flores en ese momento tan íntimo donde las flores aparentemente no tenían cabida? Jodido alcohol que hacía estragos en su mente. Y acto seguido, lo besó, lo besó con intensidad, con deseo contenido antes de acomodarse para continuar, olvidándose de repente de todo lo que había dicho.

Las manos apresadas en su espalda pudieron acomodar su miembro para ser Laith mismo quien se penetrase, no parecía verse imposibilitado en lo absoluto por su carencia de brazos, moviéndose con rítmico y frenético vaivén, haciendo uso de toda la fuerza de sus piernas para hacerlo. Acomodó los hombros en un gemido largo y extendido, las ondas eléctricas recorriéndole todo el cuerpo hasta verse imposibilitado de pensar en otra cosa más que lo que se encontraba dentro de aquella habitación. Y eso, quizá, era bueno.
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Ryan Goldstein el Miér Abr 25, 2018 4:13 am

El viento fresco de la noche removía las cortinas, entrando por la ventana. Era un cuarto de hotel, en sudamérica El frío era ese frío de la lluvia que se arrastra desde fuera y te golpea como una mano helada, de muerto.

—… fustas, y hasta—Rió. Monique juntó las manos intentando comunicar en señas lo que no parecía poder verbalizar. ¿Tenazas?, ¿el movimiento de sus dedos imitaban tenazas, pinzas?—¡Oh!, ¡era esta “cosa” con todos estos penes colgándole!

Ryan se carcajeó ligeramente, más que nada por la mímica frustrada de su compañera de  ocasión. Era una mujer de buen ver, tendida sobre las sábanas blancas sólo con una blusa y desnuda por debajo. Él se había incorporado en un codo, con el cuerpo ladeado hacia ella, el pecho sin camiseta y tan sólo llevando un bombacho de algodón blanco.  La penumbra se desparramaba sobre ellos, acentuando los claroscuros.

—Hacíamos todas estas cosas, que a él le gustaban—
continuó—. A mí me daba igual, ¿entiendes? En el momento, supongo que lo disfrutaba. Porque él lo hacía. Sí, lo disfrutaba. Y se dio natural, ¿sabes? Jugábamos, él forzaba y yo fingía que me resistía. Sólo que a él le iba lo otro. Yo, siendo la que llevaba las riendas. Pero, tenía que adoptar todos estos roles y máscaras, la actitud dominante, y no me importaba dejarlo, la verdad.  

—¿Tú querías ser dominada?

Ella giró su cuello, dedicándole una mirada de sorpresa, como si no hubiera entendido nada, ¿estaba siquiera escuchándola? Luego sonrió, con unos hoyuelos preciosos, y lo reprochó dulcemente:

—¡Yo quiero que me mimen!

—Oh.

Ryan sonrió al tiempo que ella se incorporaba y se le encaramaba encima, obligándolo a apoyar la espalda contra la cabecera y recostándose sobre su cuerpo. Iba de juguetona.

—Tú me mimas.

—¿Eso hago?

—Y no—dijo, retomando la pregunta. Acurrucada contra su hombro, se dedicó a observar y toquetear esa marca roja detrás del cuello ajeno, que era el rastro de sus propias uñas—No podría, con hombres. Ser la sumisa. No sé, no me gusta. Pero sí estuve con una mujer dominante. Y fue lo más excitante.

Ryan se la quitó sacudiendo la cabeza. Ella apartó sus dedos curiosos con una sonrisa. Lo miró, tierna.

—Tiene que excitarte, imaginar dos mujeres desnudas en una cama.

Mantuvo un silencio pensativo por un segundo antes de responder, con un acento casi cómico:

—No, la verdad.


—¡Cómo que no!, ¡yo me excito!


Parecía indignada. Él rió.

—Digo, dos mujeres ¿besándose, tocándose, entre ellas? Eso no me excita, ¿por qué debería? Pero, si me invitaran a enrollarme con ellas, me lo pensaría.

—¿Y qué hay de… ¡las luchas en el barro!, ¡eso! ¡Eso pone a los hombres!

—¿De verdad?


—¡Sí! Es provocador. Yo me quedaría a mirar.

—Bueno. Yo pensaría que se ven sucias y que tienen problemas que deberían revolver entre ellas. Y seguiría viaje.

—¡Tú mientes!


—¿Por qué te mentiría?

—¿Y si fuera sólo una mujer? Ya sé, bailando el caño.


—Oh. Bueno, es artístico, el caño, ¿sabes? La danza siempre me ha fascinado. Pensaría, que tiene movimientos muy bellos.

—¡Tú me tomas el pelo!


—No lo hago. ¿Por qué te alteras? Eres graciosa.

—Porque…, ¡no lo sé!

Los dos se sonrieron, en esa química que tiene el momento cuando es compartido, cuando es sentido, y te conecta con ese otro en un cuarto de hotel, en cualquier parte: mientras se dé, esa magia en la mirada, chispeando entre las sombras.

—¿Y qué hay de… otros hombres?

—¿Qué hay con ellos?


—Puede que te gusten más que las mujeres.


—¿Sólo porque puedo enamorarme de una mujer sin que tenga que ensuciarse de barro y hacer acrobacias en un palo?


—A veces, es simplemente lo que es. Como con mis mujeres dominantes.

—¿Mujeres? Pensé que era solo una.

—Tú no eres el único que miente.

—No miento… Ok, sí, me gustan, pero no me importa si es un hombre o una mujer, no me fijo en esa diferencia. Así que no es un “me gustan más”. Sólo hay… personas, que me gustan más que otras.


Ella le dedicó una mirada profunda, hasta que rompió el silencio (para nada incómodo):

—¿Te has enamorado?

—Todo el tiempo.

—¡Y yo que empezaba a pensar que eras fiel! Yo, lo que quería decir…

—Lo sé. Sé lo que querías decir.

—¿Y…?

—Sólo una.


—¿Una mujer?

Arqueó las cejas, y la miró, con humor.

—Sólo una persona.


Ella hizo un mohín.


***




La luz anaranjada de la lámpara del velador iluminaba la silueta de Laith, arrodillado. Fue por unos instantes de oro y fuego, que su rostro desapareció entre las piernas abiertas de Ryan, quien lo aferraba de los cabellos con ambas manos, enterrando sus dedos en esa cabellera tanto como Laith enterraba su.

Y era vuelto hacia Ryan y con las muñecas atadas, que el moreno se movía lento, se hundía y volvía, causando un aparente desequilibro en la respiración calmada de ese hombre con el que jugaba a esconderse mientras que Ryan lo buscaba, lo buscaba, en el suave e interrumpido balanceó de sus caderas.

El impulso de quererlo era irrefrenable, todo él se deshacía casi silenciosamente, inquieto, y ansiando incluso cuando sabía que no debía meter prisa: encontrar. ese punto. de quiebre.

Ahí era donde, ahí sí, lo tenía rogando, ahí lo tenía deletreando todas las respuestas de su cuerpo, ahí era un poco demasiado, un poco ahí, ahsí.

*


Fue con un largo suspiro que arrastró desde el fondo de su placer, que Ryan lo apartó con delicadeza, aún tironeándole de los cabellos. Y lo dejó hacer, recibiéndolo en un estado de exquisita placidez, relajado. Por dentro, su pecho era pura violencia.

Hasta que, algo sucedió.

Hubo un momento de dolida ternura en esos ojos que podían arrebatarle el corazón, la razón, el orgullo, todo. Si habían podido demoler el imperio de los Golgomatch, ¿qué no podían esos ojos?

Se quedó contemplándolo a través de ese momento, y respondió a él con esa ansiosa espera que tienen los que saben guardar silencio, aunque sus corazones estallen, y se fundió en esa caricia, triste y anhelante.

—Eres hermoso Ryan…

Se sonrió muy ligeramente y recobró la respiración, soltando el aire. Tonto, chico tonto. Y que hermoso que él era. Ryan no necesitaba escuchar nada más, y lo rodeó en un abrazo por la cintura, acunándose contra el pecho del colibrí y ocultando el rostro, restregándole su cabeza como un hombre derrotado y solo, necesitándolo.

…y esa flor… Nomeolvides…

Nunca.

—Lo recordaste—
murmuró en un tono casi alegre, habiendo levantado la cabeza y dedicándole una sonrisa, que se convirtió en un beso, largo y profundo.


*


Había momentos que eran tuyos, sin que tuvieras que dar explicaciones a nadie por ello, sólo sabiéndolo es que gozabas de ese secreto que te guardabas. Laith, era ese secreto. No se trataba del sexo para Ryan, sino de esa única persona. Y de todos esos momentos que podía darle, cargados de suspiros o pequeñas riñas que la mayor parte del tiempo le hacían gracia y lo enamoraban todavía más.  

No quería perderse nada de él, porque así como el canadiense se dejaba arrastrar por ese turbio deseo que lo dominaba esa noche, Ryan tendía hacia él, queriendo abrasarse a ese capricho ardiente que él era, Laith, su eclipse del corazón. Y es que, había en el sexo que ellos transpiraban, en el que se fundían a través de jadeos entrecruzados y una ilusión de placer/muerte compartida, y hasta en los susurros impregnados de ternura, había el eco de un íntimo roce parecido a enamorarse, porque: hay en el sexo capas y capas de omisiones y malentendidos, pero cuando hallas algo distinto, algo que sabe a encuentro y cielo, tú te aferras a eso.

Para Laith, era sólo sexo.


***

Laith se movía encima de él, recostado contra la cabecera y teniéndolo sujeto, de forma que el otro tuviera la libertad de quitarse las ganas: lo aferraba con ambas manos de la nuca, atrayéndolo hacia sí; trababa las piernas dobladas entre sus brazos anclándolas en el sitio, y se dejaba hacer. Hasta que.

El lazo quedó a un costado, tirado sobre la cama. Ryan se lo había arrancado en un forcejeo que pareció infructuoso en un principio —ya fuera por la prisa o—, pero con el que finalmente consiguió liberarlo de la atadura.

Lo tenía entre sus piernas, habiéndose incorporado y estrechándolo con fuerza, estampándose contra él con una efusividad tierna y caliente, acariciándolo muy insistente, cargado de atenciones. Le susurró cosas al oído, y lo besó antes de que en el reloj dieran las.

*

*

Le había levantado las piernas, y lo tenía abajo, deshaciéndose sobre él en el vaivén del sexo, y un poco ansioso por debajo de la piel, abierta a las sensaciones y más sensible de lo normal.

No quería mirarlo a la cara, y buscaba cualquier excusa para ahogarse en esa asfixia tibia que tenía ese roce, ese encuentro, esa intimidad, sin tocarse con la mirada, o esquivándola al acto. No tenía nada raro. Atendía su goce personal. Pero. Hasta parecía casi tímido.

Había enrojecido, cuando su rostro parecía de muerto, como si no corriera la sangre por sus mejillas, pálidas casi por costumbre. Y esto lo sabía él, pero no podía aguantarse, y se desbocaba. No del orgasmo, pero sí de la caída a lo sensual, la agonía de sentirse tan entregado, y perdido en ese placer, con esa persona. Puede que fuera sólo un instante de debilidad, pero cómo duraba. Era esa sensación, terrible y hermosa.

*

Laith se acurrucaba, y Ryan lo observó recargado contra la cómoda con una vista frontal de la cama, café en mano.

Sorbió de la taza, y ay, quemaba. Él siempre se quemaba.

Había salido del cuarto de baño secándose o rascándose la cabeza de rubiales que tenía con una toalla y se había ido directo a la cocina. Ahora volvía, como un observador silencioso, sólo con una toalla colgada de la cintura.

No parecía alegre o triste, sólo disperso.

Fue a sentarse al borde de la cama, torciendo el cuello hacia Laith. Dejó la taza sobre el suelo, y lo sacudió. Le acarició las piernas bajando por las pantorrillas y le capturó un pie, queriendo acariciarlo.  

—Ey.


Pesado.

Ryan se arrimó al cuerpo tendido tan tranquilo, y se apoyó con el codo en la cabecera, que le hacía de soporte a esa cabeza de rubiales que tenía (y a esa sonrisa, que debía pesar quilates de radiante simpatía), sin que el sueño pareciera afectarlo en lo más mínimo.

Frotaba el cuerpo desnudo, en ese afán de llenarlo de caricias, que repartía subiendo desde los muslos hasta los omóplatos, pasando por los brazos, y… Estaba queriendo molestarlo con esa efusividad tan suya, eso estaba claro. Esa manía de tocar, tocar, y con esa mano, que no lo soltaba.

—Despierta.

Lo besó, trepando por debajo de su oreja, y besó su mejilla, y las comisuras de su boca, y hasta las cejas. No hacía falta ser tan ruidoso. Al final, pareció entretenerse con su oreja, toqueteándolo. Pero mira si sería bruto, que diríase que le estaba dando tirones de oreja, no caricias. Había que ser suave, hombre.

Acomodándose a su lado, empezó a hablar a la de tres. No sabías de qué. Él hablaba. Y no guardaba intenciones de callarse, he ahí la verdadera amenaza de ese hombre. Había gente a la que se le soltaba la lengua, y cualquier excusa les bastaba para hilar una conversación-monólogo sobre naderías.

—… y cuando este mago se enteró, él…—
Momento, sólo había una forma de callar esa verborrea. Ryan se relamió, perverso, encantador. Sonrió—¿Sabías que en África occidental…?—Rió—Ok, ok…

Sólo había una forma de callarle la boca, a ese idiota.




Última edición por Ryan Goldstein el Miér Abr 25, 2018 7:02 am, editado 1 vez
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Miér Abr 25, 2018 6:05 am

¿Quién fue?

¿Hmn?

El primero en hacerte daño.

Hubo un silencio que supo a tensión en aquella cocina. Era un departamento lujoso y bello, oscuro cuanto frío, incluso así Laith había encontrado en él una calma extraña, esa que se siente cuando uno llega a casa. Porque no era el espacio físico, sino que su hogar se encontraba en un hombre, y ahí donde lo tuviera estaría como en su propia vivienda.

Un suspiro escapó de los labios del canadiense, acariciando la taza de café en sus manos. Balanceaba una de sus piernas encima de su rodilla, pensativo, encontrándose sentado encima de una de las encimeras, vestido tan sólo con una camiseta que le sentaba enorme y ropa interior mirando en ocasiones la espalda bien formada de su amante.

Cormac aguardaba, sin siquiera mirarlo, por la respuesta a su inesperada pregunta. Mientras tanto, cocinaba, moviendo la sartén con la espátula de aquí para allá, huevos revueltos, sin intenciones de mencionar nada más hasta que su curiosidad se viese satisfecha, sólo sonrió cuando oyó el suspiro que indicaba que estaba por contestar.

Se llamaba Ryan.

¿Se llamaba?

Hace mucho no sé de él, así que… ¿Piensas seguirme interrumpiendo? Porque yo estoy muy bien mirándote el trasero desde aquí —sonrió con sorna, dando un sorbo a su café, cerrando los ojos cuando el líquido caliente le acarició la garganta.

Sigue.

Lo conocí en el colegio, cuando estudiaba en Norteamérica, era un sujeto… peculiar, supongo —volvió a sorber de su café. — Las cosas no salieron bien, después de todo, fue una trágica historia de dolor y venganza.

¿Así que tú también has buscado venganza, pajarillo? —su tono se contagió de gracia, mirando al joven sólo por encima de su hombro izquierdo. — ¿Hasta dónde llegarías por vengarte?

No me arrepiento, pero tampoco estoy orgulloso.

Cormac era un experto buscando aquellos temas sensibles que Laith no quería tocar, y los trataba como si no importasen. Sumergía a su pajarillo a un mar negro de recuerdos y pensamientos y lo dejaba ahí, ahogarse, durante un rato. Giró sobre su propio eje, apagada la estufa, y lo apresó con las manos a los dos costados de su cadera, observando directo a sus ojos, adoraba observarlos cuando la oscuridad los había atravesado.

Tenía esa expresión en el rostro, como si la vida no le tratase bien. Le daba curiosidad, realmente, ¿qué hacía ahora tan tranquilo, si debería de tener ese corazón herido? Le pedía que hablase sobre él, y parecía entender más de aquello que no decía, de lo que sus ojos transparentes podían expresar sin una sola palabra.

Ira, rencor, remordimiento, eran sólo cosas que podía leer. Casi como un reflejo, vio ese miedo infantil que tiene un niño. Veía crecer esa pena, el ardor en una mirada cautiva por el pasado, hasta el punto de quiebre. Su pajarillo siempre tenía ese punto de quiebre, como una expresión dolida, incómoda, antes de apartarle la mirada, sintiéndose vulnerable y diáfano.

¿Es esa mi camisa? —como si no hubiese ocurrido todo lo anterior, reparó en aquel pequeño, casi minúsculo detalle.

Era —repuso, — era tu camisa antes de que decidieras desgarrar la mía —sonrió, atrayéndolo por la nuca hasta besarlo.

Mordió su labio, tirando de este.

El amor llovía, justo como la mañana gris a través de la ventana.
***

Subía y bajaba a través de aquella virilidad erguida, enterrando su rostro entre sus piernas, perdiéndose, casi podía sentir sus abductores rozando sus mejillas. Lo sentía chocando contra su boca, moviéndose contra su rostro, dejándose atender entre la respiración más ansiosa. Escuchaba sus atrevidas peticiones entre la intensidad del silencio, pidiendo más, tanto como pedía el moreno lo entregaba, llenando de placer provocando sensaciones que tenían nombres que los humanos no pueden pronunciar normalmente.

Fue víctima pasional de aquel jalón de cabellos, apartándose de su miembro para continuar besando en su camino al todo. Su voz escapó tras aquella caricia agridulce sin preguntarlo a su cerebro, diciendo cosas que quizá jamás habría dicho en sus cinco sentidos. El alcohol hablaba fuerte, siempre lo hacía, y su voz podía quebrarlo en mil pedazos como podía liberar su ser de las cadenas. En ocasiones hacía las dos cosas, pues un corazón sangrante lo convertía en una presa fácil.

Lo sintió cálido en su pecho, donde su corazón latía presuroso, enviando sangre a cada vena de su cuerpo, entonces lo acarició con su boca en el cabello, pidiéndole subir hasta su rostro sonriendo hasta fundirse en aquel beso profundo e intenso, con el propósito de sólo esa noche fundirse en uno, en todas las formas habidas y por haber, urgidos en el deseo de tenerse, de bañarse entre la pasión que los dos desbordaban, intentando apagar sus pieles que se encontraban encendidas en fuego.

***

Se movía encima de él, desesperado y ansioso, besándole despacio y mordiéndole los labios entre los gemidos desesperados que escapaban a través de su garganta. Imposibilitado por aquellas manos que tenía atadas en su espalda, se desenvolvía como buenamente podía para esmerarse en recibir tanto otorgar placer, restregándose contra aquel cuerpo, deseando llegar al culmen de aquel calor que veía sus pieles quemarse. No parecía escuchar aquellas palabras que escuchaba a su oído, no las respondía, jadeando con la expresión ansiosa, de frustrado anhelo.

Nada más tuvo sus brazos liberados, se enredó en aquellos cabellos rubios, empujando a su cuello su cabeza. — Muérdeme, por favor, muérdeme —suplicaba, estremeciéndose del placer antes de ser él quien repartiese las mordidas a través de la piel blanquecina de aquel hombre, dejando ahí marcas que tardarían en borrarse, entregándose y disfrutando del sabor de su sudor, con los pensamientos nublados de aquel viciado aroma a hombre y a hormonas, sólo era lujuria, pero cómo se disfrutaba.

La espalda nuevamente contra la cama, abierto de piernas en su expresión más vulnerable, sintiéndolo empujar contra su cuerpo, el que ya ni siquiera respondía encontrándose en las manos de Ryan Golgomatch, casi pareciéndole que se encontraba bajo el efecto de algún tipo de droga que le ardía en las venas hasta el punto de colapsar, temblando contra el cuerpo de ese hombre. Entonces, lo sintió. Profundo, escapó un grito bañado de puro placer, arañándole la espalda sin el más mínimo reparo en ello.

No pares, ahí, sigue —la impaciencia lo había vuelto su víctima mientras se apretaba contra él, su cabeza perdiéndose por completo a través de aquella noche que se extendía, sin quererse hacer de día, enredándose entre caricias inconscientes en esa cama, desafiando entre besos aquel encuentro que en principio no estaba destinado a ser, sino que se habían encontrado escribiendo su propia historia.

***

Entre sueños aferraba sus brazos al cuerpo que tenía en frente, como si dormido buscase protección en aquel calor. Restregaba el rostro contra su piel, aspirando de su aroma ignorando todo el mundo que lo invitaba a despertar, negándose entre quejas, quería seguir durmiendo, lo necesitaba, el alcohol iba saliendo de su sistema y el piel contra piel lo había dejado agotado, pero satisfecho. Ni siquiera se dio cuenta del momento en que ese cuerpo se escapó de su lado, dejando vacío en su lugar, causando que la cama se quejase fría por su partida.

Hay un miedo que niños y adultos suelen compartir, y es esa impresión de que algo va a cogerles del pie si se encuentra fuera de las mantas. A veces ese algo no es un “algo”, sino un “alguien”, y fue justo con lo que se topó el sanador, sintiendo cómo capturaban su pie y este, escurridizo, rápidamente se fue a meter bajo la sábana que apenas alcanzaba a cubrir la desnudez del hombre durmiente, escapando de su captor para continuar durmiendo, o al menos era lo que esperaba.

Fue saliendo despacio del sueño, sintiendo las caricias que se extendían por todo su cuerpo, los muslos, la espalda, los brazos… Se quejó suavemente, sin querer abrir los ojos, tratando de hacer memoria de con quién se había metido la noche anterior. Recordaba unos bonitos ojos grises del otro lado del bar, ¿ese? ¿Había llamado a alguien? Unos labios recorrían su rostro besándolo hasta que se sobresaltó cuando sintió la mordida brusca en su oreja, arrebatándole un gemido que extendió un escalofrío a lo largo de todo su cuerpo.

De mala gana abrió los ojos pesados, y miró. No podía ser. De entre todas las personas, ¿por qué él? Tuvo el recuerdo vago de Cormac, que enterró tan pronto como lo hubo contemplado, y el deseo de ir a reclamar a ese idiota, ¿cómo había acabado en la cama entre sus sábanas? Y encima hablaba, y hablaba, y hablaba. La cabeza le dolía, signo de resaca, y lo que hizo fue, contra todo pronóstico, callarlo. Sí. Lo calló, chocando la planta de su pie contra su rostro, queriendo alejarlo, tumbarlo de la cama si era posible, con la debilidad cansada y adormilada de quien acaba de despertar.

¿Qué mérito tiene aprovecharse de un jodido borracho? —se quejó de pronto, casi en un grito de reproche, aunque pronto se arrepintió. — Cállate —se volvió a meter en la cama, abrazándose de la almohada entre quejas, como si culpara a Ryan de ese grito que hizo doler su cabeza. Sí, vale, Laith tenía mucha culpa de haber acabado en esa casa, ¿pero no es cortesía no meterte con alguien en claro estado inconveniente?

Su queja quedó en segundo plano cuando lo olió, ese aroma amargo de café. Se estiró hasta el borde de la cama, sacando su brazo hasta llegar al suelo y robándose la taza, dándole un sorbo. Caliente, casi quemaba, pero no, sólo pasó cálidamente a través de su garganta aliviando un poco aquel malestar. Trató de localizar su ropa en la habitación, suspirando con pesar. Ni siquiera tenía ganas de reclamarle a aquel idiota, si fuera por él volvería a quedarse dormido.

***

El agua caliente le deslizaba a través del cuerpo, de los pectorales. No había encontrado su ropa, pero sí una toalla y eso era todo lo que parecía hacerle falta. Su cuerpo no le acomplejaba en lo absoluto, lo tenía bien trabajo y era muy guapo, eso lo sabía con la vanidad hablando. Sólo sabía que quería quitarse el aroma a sexo y a alcohol de encima, encontrar su ropa y largarse a su casa, en ese orden. Todavía no entendía qué locura había hecho la noche anterior, sentía una incomodidad en la espalda baja que dejaba más que claro en qué había gastado su tiempo.

Sólo con las manos empezó a quitarse el sudor del cuerpo, lavándose rápidamente y localizando con la mirada un bote que esperaba fuese algo para lavarse el cabello. Cuando terminó de lavarse, permaneció con los ojos cerrados y las palmas contra la pared, todavía sintiendo el mareo de su cuerpo y el dolor de cabeza de la resaca mientras el agua chocaba contra su cabello y se escurría a través de toda su piel.
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Ryan Goldstein el Jue Abr 26, 2018 10:43 am

Al abrir Ryan los ojos, el sueño.


Sí que recordaba haberse acurrucado con Laith abrazándolo por la espalda, y dormirse. Lo asaltó una débil sonrisa al descubrir que, a pesar de haberse movido y acabar de cara al techo abriendo piernas y brazos de cualquier manera (porque vaya que se movía mientras dormía), Laith seguía allí al abrir los ojos, como un peso dulce apretándose contra su pecho, y arrimándose en busca de. De Ryan. Como cuando apareció frente a su puerta. Imposible que lo admitiera luego. La sola idea le hacía gracia, pero estaba bien así. Al bajar la mirada y removerle los cabellos con una mano tierna, le regaló una mirada condescendiente. Y fue a la ducha, a recordar algo más de esa noche.



Al abrir Laith los ojos, la pesadilla.


Ryan lo recibió con una sonrisa, a él y a su pie, que esquivó situando el antebrazo entre ellos, con esos buenos reflejos que siempre había tenido, desde sus días de capitán en Ilvermony. No pareció que el detalle del intento de asesinato por pata propia lo desalentara en absoluto.

Hubiera dicho algo, pero antes siquiera de que abriera la boca—sin haber siquiera hecho el menor ademán—, Laith lo interrumpió de un grito, tan enseguida como lo mandó a callar.

Ah, vaya, pero si era de los que despertaba de mal humor, todo enfurruñado. Ryan no lo relacionó para nada con que despertara en su cama, resentido con la vida y esas copas de más. Dirías que era un hombre inocente, sin culpa. O eso pareció, porque no se echó para atrás en su insistencia cuando Laith se dio la vuelta, sino que, efusivo, lo besó en la nuca y entre los omoplatos, y casi pensaba que Laith le prestaría un poco de atención, pero pasó de él. Fue directo al café.

—Voy a por el desayuno, gritón. ¿Quieres algo en especial?



Propuesta tentadora, si las hay.


—Buenos días, por cierto—dijo, fingiéndose ofendido. Se lo veía de muy buen humor, la verdad. Al menos, alguien estaba de buen humor. Se levantó, para irse presumiblemente, y agregó, ¿como quien tiene un problema con entender que los demás son libres pensantes o algo?—: Y entra a la tina un ratito, te vendrá bien.


Y sobre sus execrables acciones, ni palabra.



***


Ryan, en la ducha.


Olvídate por un momento, que estás en tal sitio y en tal momento. Porque es eso, olvidarse. Cuando quieres darte cuenta de que terminas, ya ha pasado lo bueno, ya has rebalsado y te queda esa sensación de placer consumado, que se extiende en la reverberación de la caída, al fuego.

Ryan hizo ese salto, y se deshizo en la caída sensual por ese rápido, habiendo estado tan apegado al segundo antes del precipitarse, que todo él se quebró del golpe contra la espuma de la cascada, en astillas de satisfacción. Y se sintió hundir, bajo la lluvia.

Y es que, el agua de la ducha lo salpicaba, derramándose sobre su cuerpo y arrastrando los restos de lo que fue, un buen momento con el nombre de Laith Gauthier. Sólo que su recuerdo no abandonaba su piel, tan caliente. Ni quería que se fuera, ese olvido que sabía a deliquio.

Ryan se deslizó una mano por la cara que le chorreaba, mientras que con la otra se sostenía de la pared a su costado, en la postura de alguien de pie, pero derrotado. No fue lo mismo, sin embargo cuando, sacudiéndose la cabeza como perro mojado, se salió de la ducha, tibia y juguetona esa sonrisa que le llenaba la cara. Estaba en vena, ese hombre.  


*


Laith, en la ducha.


Diríase que le había pasado un coche por encima. De esos coches muggles, se entiende. Y que lo había arrastrado por toda la calle. Pero Ryan, Ryan no se fijó en eso. Es que en lo primero que te detenías, era en las marcas sobre su piel. Si eras Ryan, sí. Había llegado de la confitería, y llevaba ropas de calle.  

Fue entrar al cuarto de baño y adelantarse al lavaba, como si tal cosa. Saludando, mira: “¿Estás bien allí?”. Y no más llegó, se hizo con el dentífrico y el cepillo de dientes. Porque tú sabes, si bebes mucho café, está bien lavarse los dientes después del café, o regularmente. Eso dicen, y ese sería el secreto de Ryan Goldstein y su sonrisa despampanante, seguro que sí.

—¿Seguro que estás bien?—preguntó, indiferente a cualquier otra respuesta, o cualquier tipo de apelativos. Y entonces, ladeó hacia. Mira ese cuerpo. Uh. La. Lá. Ryan se acercó, habiéndosele corrido el cepillo dentro de la boca, y escupió la pasta que se le caía hacia un lado, sin reparar dónde. Sonrió, sensual. Luego de cara tan estúpida. Tenía que admitir que, aunque bajo la luz del “día siguiente” parecían mucho más atroces que bajo la velada oscuridad, entre fotones de placer, lo cierto que, para él, eran igual de sugerentes, y excitantes. Pero decidió dejar ese tema de lado, como tópico de conversación parecía que no saldría ganando—. Deja eso—replicó, sonrisa de por medio—. Y, ¿por qué no…?—Ryan, invitándose solo, deslizó la sudadera que llevaba por encima de su cabeza, y la tiró por ahí, y así, con el pecho desnudo (¿es que tenía ganas de lucirse también?), se inclinó y le cerró el grifo de la ducha, para preparar, en cambio, la tina. El pesado chorro de agua, empezó a caer—Te dije, usa la tina—Él, como si fuera lo más normal, que le interrumpieran la ducha a uno. Acabó de desvestirse, y se sumó. Ya parecía que quería invitarse a algún sitio, sin pedir permiso. ¿O es que iba a forzarlo a ahogarse en la tina, como dos amantes suicidas?


*


—Sé que no quieres escucharlo—
susurró, ocupadas las manos con mucha espuma. Laith se acomodaba entre sus piernas, y él le “lavaba el cabello” hacía como, ¿media hora?, ¿media vida? Ok, quizá no tanto, pero eso era un masaje, una jugada muy perversa y confortable por su parte. Y lo peor, era que lo disfrutaba: lo dirías sólo por cómo te tocaba, enterrándose el cuero cabelludo y tentándolo con relajación y caricias que eran un cosquilleo, de esos que nacían en las yemas de dedos extraños y se extendían en el cuerpo que era víctima, y gustoso de tanto estímulo—Pero creo que te gusta. No me haría mal un pequeño cumplido—dijo, ¿a modo de queja? Se le notaba el aire socarrón, de esas personas que tienen un íntimo y sexual motivo para hallarse contentas. Que intentara camuflarlo con esa voz grave y susurrante que tenía, de hombre maduro que ha violado a un borracho que aparece a horas de madrugada en la puerta de su casa, era otra historia—. Digo, no me mataría.


Rió, y lo besó en el cuello, aprovechando que lo tenía expuesto.


—Y deja de recordarme que estabas borracho—
soltó, de la nada, con mucha calma, siguiendo con lo suyo, con toda esa arte que le confería a sus manos cuando quería tratarte con delicadeza—, no necesitas excusarte conmigo.


Uh.


—Sólo dilo—continuó—. Tú querías. No importa por qué. Pero no ibas a pedirlo. Y no veo por qué. No veo por qué no podrías pedírmelo o si es parte de...—Se interrumpió, sin darse a entender—: Pero si vas a beber cada vez… Sólo ahórrate ese paso. Para mí, es lo mismo—Hubo un extraño silencio, y entonces—: Deja de recaer en la bebida, eso es lo único que digo.


Idiota, eres un idiota.



—Oh, ¿te he dicho que tengo un hada, que me oculta las cosas? Porque, de verdad, que no encuentro tus cosas por ningún lado, y creo...


Claro, echale la culpa al hada, tú, humano.


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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Sáb Abr 28, 2018 12:29 am

Despertar en una cama extraña había sido un tema que creyó bien enterrado en el pasado. No le había sucedido desde hace años, antes de haberse retirado a Francia y posteriormente a África, un asunto delicado sin lugar a dudas. Ahora no sólo se encontraba en una cama extraña sino junto a un conocido, a ese que uno más detesta ver al abrir los ojos. Le dio la espalda, ignorándolo, o lo intentó por lo menos, pues ese beso fugitivo que fue a plantarse a su nuca y en el centro de su espalda lo hicieron sobresaltarse con notorio enfado.

¡¿Qué es lo que estás haciendo?! ¡Tú…! —¿alguien había dicho la “palabra mágica”? ¿”Desayuno”, había dicho? Su tripa respondió antes que su boca en un gruñido lastimero de hambre. Hubo un silencio que supo denso. — Panqueques, con mantequilla, miel y nutella —vaya que podía ser exigente cuando se lo proponía, y es que su estómago siempre estaba dispuesto a comer, sea lo que fuera, incluso proviniendo de aquel imbécil. No creía que fuera a envenenarlo, ¿verdad? Eso sólo pasa en las películas y las series, ¿verdad? Quería creer que sí, su hambre no lo dejaba considerar lo contrario.

Calentaba sus manos con la taza de café robada, gruñendo en su dirección cuando le dio los buenos días, como si tuviese que dárselos o algo. Es decir, vale que era cortesía si veías a alguien por la mañana darle los buenos días, ¿pero es que acaso se los merecía? Lo dejó marcharse, ignorándolo claramente, cerrando los ojos y abandonándose a la calma que le daba la amargura caliente del café recorriendo su garganta hasta llegar a su estómago, donde cómodamente se asentaba. Lo consolaba, sí, de aquella sensación a manos que tenía en su cuerpo, donde los besos se sentían a pesar de haberse detenido.

***

Empujaba la pared, o se empujaba a sí mismo para no dejarse caer contra ella, permitiéndose sentir el agua y calmarse, sintiendo cada latido de su corazón que latía agresivo y, cómo no, odiándose un poco. Se había defraudado a sí mismo. Dentro de sus pensamientos, esa voz interna lo reñía con dura severidad, con una voz tan potente que casi la escuchaba en las orejas, aislándolo de todo lo que sucedía a su alrededor. Como la puerta, al abrirse, o el cepillo contra unos dientes que la noche anterior le habían mordido hasta la sombra.

Se sobresaltó, casi resbalándose, cuando oyó una voz que lo sacó de sus pensamientos. — Oye, imbécil, ¿qué te crees que estás haciendo? Dame un poco de privacidad hombre —intentó apartar a aquel idiota, lanzándole agua en la cara incluso y sólo porque la tenía, para fortuna del rubio, más cerca que cualquiera de los sólidos dentro del baño. — ¿Qué estás…? Ryan, eres un asqueroso, aleja esa cosa de mí, Golgomatch —lo llamó por el apellido, evidentemente disgustado, dándole un manotazo a aquel cepillo de dientes con el que trataba de forzarlo, haciendo que cayese al suelo del otro lado del baño.

Ryan era un jodido desastre, eso Laith lo llevaba claro, aunque en ese momento fuera él quien se sentía como un desastre. El dolor de cabeza, las ganas de vomitad, el ardor en el pecho, todo era un cóctel hecho para destruirlo. Ni siquiera entendía qué hacía aquel intentando espiarlo mientras se bañaba, pese a sentir la situación extrañamente familiar, aunque Golgomatch bastante más grande y él mismo bastante más emplumado. ¿Qué problema tenía ese rubiales con espiar a la gente mientras se bañaba? No entendía, locos todos.

Joder, Ryan, ten un poco de vergüenza y sal de aquí, ¿qué estás haciendo? Fuera, no entres —retrocedió hasta chocar su espalda contra la pared, buscando la toalla para atársela a la cintura. — Y yo te dije que te vayas al infierno —no estaba de buenas, se notaba de lejos. — No me quiero dar un baño de tina, ¡escúchame cuando te hablo, idiota! —Laith tenía un problema cuando el alcohol le robaba la fuerza de voluntad y, muy por el contrario, el otro era un cabeza dura dispuesto a ignorarlo si hacía falta.

***

No te voy a escuchar, digas lo que digas, habla con la pared —se quejó en un gruñido suave, hipnotizado por aquellas manos que se deslizaban a través de su cabello, relajándolo y consolando su dolor de cabeza. Lo ignoraba, tal cual lo había dicho, con los codos en los bordes de la tina, reposando su mejilla contra el puño de su zurda pacíficamente, como una bestia domada. — No te mereces nada, no te escucho —repetía, aunque si contestaba algo estaba escuchando, por mucho que intentase después de todo negarlo. Preferiría ese baño con cualquier otro que no fuera Ryan, pero a falta de un hombre sexy para ello tocaba conformarse.

Debía regresar a casa, eso lo tenía claro, y pronto antes de que sucediese alguna otra cosa en esa casa del demonio, pero el alcohol no había salido del todo de su sistema, su cabeza un poco mareada lo decía, ¿le habrían metido algo en la bebida la noche anterior? Parecía broma, o una excusa barata que intentaba a toda costa creerse, pero sólo había un modo de saberlo y, evidentemente, no había ningún estudio toxicológico cerca, así que tocaba resignarse a ello. Al menos hasta que sintió ese beso que erizó sus cabellos en su cuello, tan inesperado que lo hizo respingar haciendo un pequeño chapoteo.

Escucha, subnormal, no te hagas ideas equivocadas: estaba borracho, no hay otro motivo por el que haya acabado como acabó todo, y en cualquier caso eres un jodido aprovechado, ¿lo entiendes? —bufó, ¿pero es que no estaba ni siquiera escuchándolo? Qué ganas de darle un golpe a esa cara de supuesta calma que le parecía tan hipócrita. Ryan era eso, un hipócrita. — Claro que no lo quería, deja de alzarte el cuello por esto, no deberías estar orgulloso —reclamó, girando su cabeza en su dirección, abandonando aquella pacífica calma que tenía.

Ryan no dijo eso. El aire se sintió repentinamente pesado con aquellas palabras: “Deja de recaer en la bebida”, fue lo que le dijo. Como si ese imbécil supiera algo de lo mucho que tenía que pelear consigo mismo para conseguir ponerse un alto razonable cuando bebía. Como si supiera de esas noches donde se sobrepasaba a pesar de lo que estaba en juego, su integridad física y mental. Como si supiera del apoyo que tuvo que buscar. Como si supiera una maldita cosa acerca de él o de su vida. Él no tenía ni idea de las veces que intentó bajar la botella sin un resquicio de su fuerza de voluntad, o todos los accidentes que tuvo por beber demasiado.

¡Escucha! ¡No, no me intentes cambiar el tema hablando de tonterías o mentiras! Tú no tienes derecho de decirme que estoy “recayendo en la bebida” o pensar que bebo para venir a tu puta cama porque no puedes estar más equivocado —explotó en un estallido de gritos y enfado. Él se esforzaba, y mucho. Había tenido una noche pésima y se excedió un poco, luego de tanto tiempo sin que ocurriese, ¿es que acaso Ryan pensaba que disfrutaba despertar sin poder recordar las cosas que hizo la noche anterior? — No tengas el maldito descaro de venir a decirme a mí qué estoy haciendo mal, no tienes el derecho ni eres quien para juzgar.

Lo dijo con un dedo alzado en su dirección, habiéndose apartado, formando entre ellos una brecha enorme más emocional y mental que física. No pareció ni siquiera reparar en un detalle pequeño aunque sumamente significativo: ¿cómo sabía Ryan Golgomatch que había estado teniendo problemas con el alcohol? Se puso de pie y sólo se enjuagó antes de salir, mascullando y gruñendo cosas en francés mientras se secaba agresivamente, ¿ahora dónde estaba su maldita ropa para irse de ese jodido sitio? Tampoco lo escuchó hablar sobre la desaparición misteriosa de su ropa.

Llegó a la habitación y el soplo frío, en contraste con el calor del agua donde se vio sumergido, lo golpeó. Trató de calmarse, sintiendo la angustia de la taquicardia, y la debilidad en su cuerpo que lo hizo desplomarse. No cayó al suelo, sin embargo, sino a unos brazos, los del rubio que lo había seguido desde la tina. — Joder, no tú otra vez, déjame en paz un rato —se quejó entre dientes, demasiado débil todavía para luchar u oponer resistencia. — Eres una jodida lapa, entiende que no te quiero ver, dame mi ropa —le exigió, sin imponer mucho respeto dadas las circunstancias.

Se encontró entonces en la cama con un delicioso aroma dulce. Ryan ofreció aquel plato con los panqueques justo con los ingredientes extra que había pedido y se le hizo agua la boca, el estómago traicionando a su mente. Algo de azúcar iba a venirle bien, fue lo que consideró. Alzó su mano con dificultad, sintiéndose veinte kilos más pesada que de costumbre, inútil casi, serían minutos los que necesitaba para reponerse, mismos que fueron aprovechados. Un tenedor en dirección a su boca que él aceptó, no sin mirar a aquel sujeto que sostenía dicho tenedor como si lo odiara, con rabia contenida.
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Ryan Goldstein el Sáb Abr 28, 2018 11:49 am

Un poco jugando, Ryan acosó la sonrisa de Laith, queriendo dejarla de un blanco impecable. Él se tomaba todo a risa. Ni caso a lo que le decían, y pasó por alto la firme negativa del otro, intentando acapararlo con sus insistencia, ¿y ensartarle el cepillo por la boca?  

—Sólo un poco. No es nada raro, es un cepillo. Hemos compartido algo más que un cepillo anoche…—Mala idea mencionarlo, porque el mentado cepillo acabo tirado en el suelo de un manotazo. Mira que tenía que ser un friki de la limpieza bucal, eh. Si hasta había decidido él solito que meterse en bocas ajenas estaba bien, todo por una blanca sonrisa, sin sarro.


Él nunca escuchaba.




*


Se había acorralado contra la pared, Ryan intentó tocarlo y él apartó sus manos. La lluvia caía sobre ambos. Él no se tomaba personal, el rechazo. No había forma de pararlo. Ryan se tomaba su tiempo con él, si quería que fuera de esa manera. Si estaba preparado o no —y renuente era como se expresaba a su tacto, tan insistente, tan premeditado—, era un detalle del que el rubio fingía no apercibirse. Había una extraña situación entre ellos, y Ryan sentía que nunca tenía suficiente, arriba o debajo de él, Laith.

No dijo más, y lo retuvo para sí con los brazos extendidos contra la pared teniéndolo presa de las circunstancias, sorbiendo con su boca furtiva de esa sensualidad curvada que era el cuello —buscaba la piel, el beso, la caricia, y escocía con esa manía ansiosa, hasta molesta, de restregarse con todo lo que él era: constancia, paciencia, hambre (deseo ardiente por algo)—cayendo sobre él como el agua que se arrastraba contra ellos, llevándose consigo todas las réplicas. Estaban a solas, y nadie tenía que saber. Sólo ellos, el placer al desnudo. Forcejeó, pero Ryan se impregnaba como el vapor, y hacía del conflicto un roce avasallante y suave, perseverante como era, terco. Fue a poner la mano donde ¿no debía?—esa parte de Laith que respondía de forma independiente a su negativa, y que encarnaba la renuncia tácita a ese encuentro, el eros al desnudo—, queriendo despertar en él el deseo de ser complacido, pero lo interrumpieron.

—¿Quieres tocarte para mí?—susurró, con esa sorna que se le había hecho típica, malinterpretando adrede las intenciones de Laith de sacárselo de encima. En esa ligera sonrisa de Ryan, se desprendió por un instante de su cara más amable. Ese era él, siendo arrogante, y sugestivo.

Acabaron abrazados, enredados y mojados, chapoteando uno contra el cuerpo del otro, y muy despacio. Ryan lo sostenía, recorría su cuerpo con las manos, repasando allí donde Laith había escatimado con la espuma, en todas partes, estrechándolo contra él, de repente tan minucioso, pero lejos estaba de querer quitarle la oscura suciedad de la noche anterior. Y era por debajo de lo explícitamente dicho que revelaba sus verdaderas intenciones, como en un lenguaje inasequible a la razón, que él comunicaba a través de su insistencia por seducirlo, tentarlo, cuando era Ryan el que caía siempre, irremisiblemente, a la tentación que era Laith Gauthier.

La lluvia seguía cayendo y cayendo, y una caricia se hizo larga y extrañamente dolorosa…


Me tomaré mi tiempo, contigo.


Ryan tanteaba bajo las yemas de sus dedos, las marcas de sus dientes en la piel blanca ahora corrompida, y se relamía de gozo narcisista. Él no creía en ataduras que no fueran las del alma, pero era penetrando el cuerpo, que se llegaba a alcanzar una mordida de lo que es casi inasible a los sentidos.


Nadie tiene que saber.


El rumor del agua los ahogaba en esa complicidad del momento, y Ryan insistió, insistió, hasta eyacular, envuelto en la sensación de una caricia, tan profunda que lo sofocaba.


Tócame, y nunca estarás solo.


*


En la tina, Laith pareció menos renuente a sus caricias. O era sólo que Ryan se había hecho a esa idea. La conversación, sin embargo, giró por una curva peligrosa. Esto no pareció sorprenderlo, pero lo lamentó.

—No te juzgo, yo…


No le dio tiempo a explicarse, ni querría escucharlo. El agua de la tina se enturbió con la súbita partida de Laith, y él lo siguió a continuación, fuera del cuarto de baño. Fue entonces cuando, antes de que hubiera terminado de decir: “Por favor, no te comportes de esta manera”, como si se tratara de alguna solapada reprimenda —tenía el mal hábito de ir a meter del dedo en la llaga, la verdad—, que se adelantó con los brazos abiertos y recibió a Laith contra su pecho, para no soltarlo más.

—Ok, lo siento—Sonriéndose, lo estrechó con cariño, mientras que el otro le mentaba a su madre (seguramente, entre tanta cosa inteligible que le soltaba en francés)—. ¿Comerías algo, al menos? Antes de irte. Panqueques, miel y nutella, ¿verdad? Y bueno, me parecía un desayuno un poco pobre, así que…

No hacía falta que agregara más, porque la bandeja que había preparado momentos antes hablaba por sí sola. No hacía falta el detalle del ramito de nomeolvides, hombre. La verdad. No te delates, emocionalmente expuesto. Oh, pero con Ryan, él no le veía ningún problema a mostrarse, así, idiota.



*

 
—… y la cocinera se reía porque—Ese era Golgomatch, comentando su viaje a la confitería, a la que parecía que iba rodos los días. Hasta que se interrumpió, degustando su porción—Está realmente bueno—Ryan comía, solo. O más bien, tentaba. Se hacía el gracioso, el muy miserable, mientras probaba bocado y el otro lo miraba, con signos de hallarse, parecía, exhausto. Estaban en la cama. Laith había sido arrastrado a la cama. Contra la cabecera, ellos dos, y la bandeja sobre Laith—. ¿Tú no pruebas? Oh, se te ha caído. Déjame—dijo, robándole el pedazo que se le había caído al intentar llevárselo a la boca. Ryan, literalmente, le estaba comiendo SU panqueque, al pobre goloso. No pareció simpatizar con su situación, hasta que—¡Oh! Ok, lo haré por ti. Vamos, abre la boca, ¿no? Ok, sólo… Sólo intenta no parecer tan miserable o como si yo te estuviera forzando a esto, ¿tenemos un trato?, ¿medio trato? Ok, sólo déjame—dijo por fin, “apiadándose” de él y… haciendo el avioncito para ayudarlo a comer. Como dos amantes enamorados, mira. Sólo que uno de ellos llevaba una mirada asesina en el rostro, como si el karma no le hubiera hecho suficiente en la vida.

Fue entonces, cuando oyeron un ladrido y el rumor de patas apresurándose, y una cola juguetona les saltó a la cama: Ludo, hambriento de amor, quien, habiendo reconocido a Laith —inconfundible, su aroma, tanto para el perro como para el dueño—, se arrojó contra él, todo contento. Sólo que también tenía hambre de panqueques, y se le notaba, por lo mucho que tanteaba el aire con el hocico, y con las intenciones claras. Ryan, sin embargo, no se alegró de verlo. Había dejado al perro fuera, pero este, de alguna manera —o quizá habría recibido alguna ayuda mágica—, había abierto la puerta corrediza y entrado al hogar. Intentó ahuyentarlo, pero el perro ni caso. Ya podía verse cuánto se parecía al dueño, que ni escuchaba.

Pero luego de entrada tan festiva, Ludo adoptó una pose más retraído, sentado sobre sus patitas y las orejas caídas, arrojándole a Laith una extrañada mirada —de esa forma en la que sólo pueden calarte los animales, ojos tan profundos que te llegan al alma—, que, mira tú, hasta parecía ACUSADORA, como si sospechara que Laith había hecho algo que no debía y estuviera reprendiendo silenciosamente por ello. Había que ver, ¡lo mucho que se parecían los dueños a sus perros!, ¿o era el revés?

—Gracias, por cierto, por tenerlo contigo este tiempo. Fue de gran ayuda—Ryan, cómo no, iniciando conversación sobre cualquier cosa, que porque el sol brilla que por los pájaros cantan—. Pero tengo que decir, ¡que lioso que es! Me muerde los zapatos, rompe mis cosas… Al final, se lo daré a mi hermano. Él no me habla, pero ama a los perros, y lo ha aceptado de buen agrado en el castillo—Espera, espera. Luego de todo lo que lo había importunado al sanador, ¿decía que simplemente se había hartado del perro y lo iba a regalar? Y sólo lo había tenido, ¿cuánto?, ¿una semana a lo sumo?—. De verdad, ha sido toda una pesadilla. ¿Tú como hacías para...?—Se interrumpió, al girarse hacia Laith, cazando en el instante que lo mejor sería cambiar de tema. O morir. Morirse allí mismo, porque diríase que fuerzas oscuras querían acabar con él, se palpaba en el aire. Y como todo galante con sonrisa despampanante, Ryan rió.


*


Ludo mordía un zapato ENORME, en la sala, muy entretenido clavándole sus dientecillos, hasta que, como quien se muere de vergüenza (vergüenza ajena), hundió la cara entre sus patitas tapándose con las orejitas, que luego sacudió en un gesto, diríase que molesto de que lo perturbaran en medio de su faena, y soltó un gruñido que equivaldría a un respingo, marchándose por donde había venido, de vuelta al patio. Es que le incomodaban, los gemidos provenientes del cuarto. Ni la puerta tenían cerrada, ni eso. Y mira, decían que los perros olían culos, pero. No era sólo cosa de perros, al parecer. Porque la última vez que Ludo se había acercado a comprobar qué hacían, eso era exactamente lo que parecía: socialización canina. Pero a él, lo dejaron fuera, haciéndolo a un lado, con su zapato.

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Lun Abr 30, 2018 2:26 am

Ryan era muy parecido, de hecho, como la naturaleza. Implacable y no importaba qué intentara hacer para defenderse, estaba ahí y era él, insistente, catastrófico, al grado de querer molerlo a golpes y sin embargo incapaz de hacer nada. Cualquier intento de defensa quedaba, al menos, como una punzada directo en la cabeza, producto de aquel estado en que se encontraba. En una balanza con su malestar a un lado y las atenciones de aquel idiota del otro, se daba cuenta que el prepotente imbécil no era de hecho la peor opción, aunque odiaba su tacto, lo repudiaba.

No tienes tanta suerte, Ryan Golgomatch —espetó desafiante, forcejeando con él de nueva cuenta. — Podría demandarte por acoso sexual —amenazó. Laith, sin embargo, tenía esa debilidad por el cuerpo masculino, por ese tipo de arrogantes miradas, mal gusto, Laith lo llamaba. Cuanto podía tener la fuerza de voluntad de hierro, a veces era más como algodón, moldeable a sus necesidades. El cuerpo hablaba y su voluntad se doblegaba, empujándolo al borde donde sólo podía saltar y dejarse caer.

Se rompía su paz, chocando sus cuerpos y abandonándose al roce, deslizándose a través del cuerpo del otro entre caricias y besos. El sanador lo sabía, las marcas en su cuerpo que en cuanto tuviese la oportunidad debía curar, sin embargo, en ocasiones se dejaba al olvido, se permitía ser un desastre. Pasaba mucho tiempo siendo imperturbablemente amable, perfectamente elegante, que aquellos momentos donde estaba en ruinas eran pocos. Era débil, ¿pero qué tenía de malo? Apretaba a Golgomatch contra su cuerpo, deslizándose a través de sus costados, de su espalda, un hermoso pecado del que seguramente acabaría arrepintiéndose.

Las manos allá abajo, donde el placer los condenaba a continuar pidiendo, a desear continuar con las caricias aunque el sentido común susurrase que no lo hicieran. En muchas ocasiones, el sentido común no tenía cabida en aquellas situaciones, plagadas de gozo. Normalmente cuando uno piensa mucho, no lo hace, no obstante, ¿no era la decisión correcta cuando el placer se mezclaba con el dolor de un pasado tormentoso? Que aunque el calor del cuerpo hacía gozar, también dolía en el pecho como una fría amargura, de esas que uno siempre piensa que se deshará con el paso del tiempo, pero que se mantiene ahí, amontonándose como la nieve en una noche de invierno.

***

No había palabras para describir lo mucho que deseaba borrarle la calma a Ryan, arrancarle esa sonrisa hipócrita que tenía. Todo el mundo tiene esos temas delicados que, por respeto, nunca se mencionan, y aquella explosión de insultos y ademanes de desprecio no era sino uno de los ejemplos de los que se podría presenciar en dicho caso. Algo que la media podría encontrar al menos hiriente, pero que la actitud del rubio sólo enardecía más aquel rencor que Laith estaba sintiendo. Y sí, estaba a rabiar, al punto de tener que aguantar mucho para resistir llorar de la cólera contenida, no estaba consiguiendo lidiar con ese imbécil.

Aquel mareo casi fulminante lo llevó a ser arrastrado a aquella maldita cama, sentía que podía desmayarse en cualquier momento. Por la forma que lo miraba, se podía decir sin opción a equivocarse que lo habría atacado más por comerse su panqueque que por lo dicho anteriormente, a juzgar por cómo lo miraba, y aquellos insultos que venían en grupo, uno tras otro, aunque era vilmente ignorado. Quizá debería dejarse abandonar por el mareo al menos unos minutos y perder la consciencia. No pensaba que fuera sano tanto enfado, iba a acabar con gastritis o algo peor.

Cuando consiguió suficiente fuerza, le arrebató el plato, a tiempo para apartarlo de Ludo que llegó saltando encima de la cama. — ¡Oye, oye, tú, no! ¡Ya un idiota se comió mi comida, no habrá un segundo! —lo riñó, aunque con evidente más amabilidad que con la que trataba a Ryan. Prácticamente devoró sus panqueques, nada de “compartir”, con Ryan no se compartía y tampoco le daba la gana darle al perro, bajo la justificación de que “eso le haría daño en el organismo”. Sólo se desocupó del plato cuando lo hubo terminado, cada pequeño trozo del mismo, y sólo entonces se fijó en la manera en que el perro lo miraba.

Laith en realidad no tenía ese espacio dedicado a los animales en el pecho. Era pequeño, realmente. Le gustaban, le agradaban, podía llegar a pensar que eran adorables, merecían respeto, amor y dignidad, pero era de esos que tenían muy claro que sólo eran animales. No es que estuviera mal, sólo era otro tipo de pensamiento. Y eso, al mismo tiempo, le volvía un poco inmune a esas miradas acusadoras, tanto como lo había ayudado a ignorar cuando el perro suplicaba de su comida, haciéndolo conformarse con comida para perros.

Mira, ya tengo a este imbécil —señaló a Ryan con el dedo, — para que crea que puede juzgar lo que hago, no necesito dos de esos, ¿entiendes? Anda a jugar o lo que sea —hizo un ademán con la mano para echarlo. Al menos hasta escuchar al imbécil de su dueño, ¡pero cómo podía ese hombre arruinar el ambiente siempre, y con esa cara de decirle que va a abandonarlo! — La próxima vez que se te ocurra obligarme a cuidar a uno de tus bichos, lo voy a regalar o lo voy a abandonar en un refugio, es mi única advertencia —por su expresión y su tono, se notaba que no estaba jugando en lo absoluto.

***

La mañana era tibia, pero dentro de esa cama parecía arder. Ni siquiera estaba seguro cómo habían acabado en aquella posición, de nuevo, abandonados al calor del momento. Laith aún sentía sus entrañas arder de ira, ¿era, de algún modo abstracto, su forma de follarse al enfado? Más literalmente que nunca, sin embargo. Después de una adecuada preparación, se encontró encima de Ryan, mirándolo con la mirada seria, un contraste de su frialdad y el fuego que ardía detrás de ellos, visible como a través de un par de ventanas. Le mordió los labios, violento, las dos rodillas a cada lado de su cintura, encimado a él.

Dime que soy hermoso —le dijo, más bien, exigió, con los brazos apoyados en sus hombros y abrazándole el cuello de forma elegante. — Dime que soy el hombre más sensual que has conocido —no le importaba si no era verdad, deseando que le acariciara el ego. Volvió a morderlo, por un segundo pareció capaz de arrancarle sangre de la piel, antes de descender a través de su longitud, penetrándose a sí mismo, clavándole las uñas en los hombros, cerrando los ojos.

El movimiento rítmico y pausado, de arriba abajo, dejándose disfrutar. Era egoísta, en ese momento era evidente, cómo el disfrute de Ryan era, en realidad, sólo el efecto secundario de su propio placer. No tenía aparentes intenciones de realmente hacerlo por el rubio, pero era el medio para llegar a un fin. Entonando una cadena de gemidos, mordiéndole los hombros dejando marcas severas, arañando su espalda, sí, se estaba vengando de aquel mal rato que lo había hecho pasar. Quería olvidarse de los pensamientos que había traído a su cabeza. Quería olvidarse un momento de todo.
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Ryan Goldstein el Vie Mayo 04, 2018 9:11 pm

Mira, ya tengo a este imbécil, para que crea que puede juzgar lo que hago…

Ryan se carcajeó, negando con la cabeza, como si pensara que Laith era un caso imposible. Sí, era a él al que lo estaban reprendiendo, por obvias razones, pero él acusaba a Laith de imposible.

—¡No te juzgo, te dije!—murmuró entre dientes, entre el humor y el “fastidio”, al tiempo que se recostaba con todo su peso contra el hombro de Laith, yendo a mordisquearle la oreja, en una caricia tibia de la boca. Igual de encima que el perro, dirías.

De un enérgico ademán, echó a Ludo, que corrió fuera de la habitación, arrastrando de paso uno de sus zapatos, ¿a modo de venganza? En el ínterin, la amenaza de Laith lo hizo sonreírse, sí, porque era tan lindo cuando se enfadaba.

—No lo harías—soltó, fingiéndose escandalizado, ¡atacado en su corazón! Le era indiferente si lo decía en serio o no, por otro lado, porque en ese instante él sólo era capaz de perderse en sus ojos, y ahogarse en ellos.

De un lance traicionero, Ryan le robó esos labios que insistían en la querella, en inglés, en francés, y en toda lengua sabida o por conocer, e insistió, no una, sino todas las veces de las que se sirvió como puente, hasta acabar enredados. Y la bandeja fue a parar al suelo, y las nomeolvides se estropearon en el golpe, desparramándose en la caída, junto a todo lo que podía hacerse añicos.

***

—Gruñón—susurró, en su oído. Y por suerte, porque mira que tenía que ser molesto cuando jugueteaba con tu humor, bajó rápidamente, deteniéndose sólo en cada uno de esos besos con los que se desparramaba por su espalda, hacia abajo, siempre abajo. Ryan era, ay, ruidoso como él solo a la hora de probar bocado, y dirías que él no sabría comportarse en una mesa servida.

Fue cuando fue a poner las manos en sus nalgas, que empezó por tantear sólo con la lengua, de a probaditas. Ryan Goldstein tenía esas manos tibias y firmes, que te tomaban por entero y no te soltaban, y ahora abrían esas nalgas y, ay. Habías pensado que eran amables, pero te apretaban, estrujaban y seducían, y lejos estaban de no tentar, más allá de la cordialidad.

Además que él entraba no sólo con su lengua y estaba lejos de ser, lo que llamarías, una intromisión decorosa, porque se te apretaba entre las nalgas y se atragantaba contigo, haciendo una gárgara de lo que tenía que ser un beso, beso negro, ¡y perdiendo el tiempo!, fingiendo que te penetraba, cuando tú realmente lo estabas esperando, y él sólo jugaba, y gustándole tanto, porque a él le gustaba, ese olor, esa suavidad gustosa, ese hoyo, de. De Gauthier. Y era su satisfacción egoísta lo que colmaba, su placer, su secreto húmedo, su capricho más caliente, y no experimentaba ni una pizca de vergüenza. Goldstein tenía que ser. No, Golgomatch.


***

Dime que soy hermoso… Dime…

Lo que vivía en ese momento, lo vivía dentro de sí mismo, como si fuera presa de una burbuja, que él empañaba con su aliento, mientras que el eco de los suspiros y las palabras, especialmente las palabras, le llegaran a través, desde un punto lejano, y se sentía también como si él se apretara contra esas paredes imaginarias, gozoso y agradecido, y un poco, sólo un poco, deseoso de probar el aire de fuera, “la libertad”, aunque sea por un resquicio diminuto, “soltarse” por un momento, pero sabía que si se iba, no había un “volver atrás”. Aunque a veces parecía que estaba dentro y afuera, como si fuera él quien estuviera en control, cuando estaba lejos de hallarse en control de nada. Pero Laith llamaba, y él siempre acudiría a ese llamado.

Susurros, le respondió en susurros.

Susurra, susurra, y cuélate en mi tibieza, hasta quebrar el hueso, hasta que el tiempo colapse, y muramos en el intento de algo que pudo ser, y que se nos perdió. Susurra, y susurra despacio, de forma que yo me crea tus mentiras, porque es eso: mentir tan suavemente, que mi corazón se confíe y se traicione a sí mismo pensando que tú no tienes la intención de ser honesto, porque la verdad, esa destructora, es un golpe tan fuerte, tan fulminante, que todos le tememos, y si me amas, que sea una mentira, de forma que yo, pueda creerte, sólo lo suficiente, para que no duela.

Eres hermoso.

Para mí.

Puedes ser lo que otros te llamen, pero para mí.

Tú eres lo más.

Hermoso.

Para mí, él decía. Y tú sabías que era verdad. Cuando dijera “te amo”, sólo lo tendrías a él para aferrarte, y él lo sabía, que nadie más te sostendría en ese momento y que arrebataría algo de ti. Olvídalo luego, pero te dolerá lo mismo. Ryan Goldstein tenía un amor egoísta pero generoso, y tendrías que aceptar primero la muerte en la ternura de su abrazo, antes de volver a negarlo.


*

Lo recostó en la cama, y lo volteó. Una vez y otra, se desquitó tiernamente, abrazándolo por la espalda, teniéndolo sujeto bajo su peso —el peso de su cuerpo, el peso de su emoción contenida—, y gimió en su oreja, y susurró, despedazándose por dentro, hasta que un golpe de calor lo quebró y lo arrastró a empeñarse con esa inquietud osada, violenta, que tiene el último minuto de algo bello, que se desmorona.

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Mar Mayo 08, 2018 11:09 pm

Laith era peligroso con un tenedor en la mano, por lo que sentir esos dientes en su oreja, causando un estremecimiento y un gemido ahogado, lo tuvieron a sólo centímetros de clavárselo en la frente a aquel rubiales idiota. Eran sus grandes puntos débiles, esas sensibles orejas que lo traicionaban, forzándolo aunque no quisiera a responder. Normalmente no era molesto, siempre y cuando aquel que las tentara no tuviese de nombre Ryan y de apellido Golgomatch, lo que lo volvía un asunto un tanto irritante, si tenía que sr honesto.

Claro que lo haría y lo haré —reafirmó aquella amenaza terminando con su delicioso desayuno, ya podía marcharse de esa casa de locos, ¿dónde estaba su ropa? Y empezó, de nuevo, una sarta de insultos y de quejas en cuanto sintió esos labios traidores en contra de los suyos, apuñalándolos en un cálido contacto que no abandonaba, quemando sus labios como fuego, hasta que la bandeja se hizo añicos contra el suelo. — No voy a limpiar eso —masculló, haciendo un gesto hacia el suelo.

Acto seguido, volvió a besarlo. Qué débil era el cuerpo cuando no quería pensar conscientemente y con la cabeza encima de sus hombros. Se sintió frustrado y, al mismo tiempo, como si quisiera vengarse de la manera menos óptima posible, mordió su labio hasta el dolor, tirando de éste, mirándolo directamente a los ojos mientras lo jalaba. Si apretaba tan sólo un poco más, habría sangre derramada, pero no ocurrió, ¿por fortuna o por desgracia? Laith sonrió, travieso, desafiante, con un brillo oscuro en la mirada.

***

Joder, Ryan, cállate un poco, no necesitas hacer tanto ruido —jadeó, estremeciéndose, arañando la cama. Esa boca era ruidosa y desagradable, que tentaba ahí donde depositaba besos, erizando los vellos de su piel. — Guarda silencio —le pidió en un gruñido de ansiedad, cerrando los ojos, sintiendo cómo se deslizaba a través de su piel reptando como una serpiente, sin dejar ninguna sombra de su cuerpo sin atención, incluso si tenía que servirse de sus manos para llegar a determinadas zonas.

Cómo podría él resistir a la tentación de esas manos que apretujaban, seduciendo y atrayéndolo, no dejándole ni siquiera el pensamiento de escaparse de aquella atracción molesta. Había algo, sin embargo, que creía que quedaba implícito en aquel encontronazo de caliente lujuria. No se trataba del romance. Al menos de su lado de aquella aventura, no había sentimientos tales, sino otros de nombres diferentes y muy distintos en esencia. Casi podía asegurar que así era, que el egoísmo formaba parte del intercambio de saliva e intimidad entre los dos.

Y gemía su nombre, como ligado a su mente con un hechizo imborrable, amargo como la hiel. Un nombre que decía mucho y que, al mismo tiempo, quería hacerse creer que significaba tan poco. Sólo esperaba que al salir de esa casa se encontrase entero, pues perder el control es, al mismo tiempo, una invitación a destrozar su estabilidad. No había que confundirse, ni desnudar el alma cuando se desviste el cuerpo, ¿quién necesita ropas cuando se está cubierto en hombre?

***

A lo largo de toda su vida, había sido llamado de cientos de maneras. Lo habían llamado, por ejemplo, lindo, bonito, sexy, guapo, tantos adjetivos que aludían, de una forma u otra, a su físico un poco más que a su personalidad. Porque eso era, una cara bonita, para muchos. Y otros tantos podían ver lo que se escondía detrás del envoltorio, un hombre con magia, un traficante de adrenalina que podía llegar a ser al mismo tiempo una droga. Alguien que podía hacer a otra persona especial, sólo a cambio de que no le mordiesen el corazón.

Entonces llega alguien que, muy por encima de todo, de todas aquellas ocasiones en que alguien pudo haberlo llamado “hermoso”, hacía que esas palabras calaran hondo en el pecho, como una especie de culpa dulce; sin embargo demasiado orgulloso para admitirlo. Vanidoso, en cambio, deseoso de tenerlo todo cuanto pidiera, ahí y en ese mismo momento. Meter los sentimientos, todos aquellos pensamientos medianamente racionales, debajo del felpudo y tan sólo restregar sus cuerpos uno contra el otro, como si no importase, como si no notaran el peligro que existe en unos labios asesinos.

Lo besaba con ansiedad, porque el homicida siempre vuelve a la escena del crimen, sus labios se rozaban mientras sus lenguas bailaban al son de los jadeos desesperados, del latir de los miembros con cada oleada de sangre que venía desde el corazón, irguiéndolos. No quería escucharlo, callaba su boca con besos, moviéndose encima de él, sintiendo con cada estocada el corazón hirviendo, la piel quemándole en contacto con la sangre en estado de ebullición, el alcohol saliendo de sus poros en la medida que lo hacía el sudor, ignorando el dolor de cabeza como si fuera tan sólo una molestia pasajera.

Mirando hacia dentro de esos ojos que poseían una nube, una tela que lo distanciaba de los sentimientos, como el humo denso que no permite ver más allá de lo que parece un cristal transparente, unió sus frentes, arañando su espalda en un escalofrío que nació desde su cuello hasta su sacro. — Llámame hermoso, dime… que soy más hermoso que cualquiera —insistía, sin estar del todo seguro de qué era lo que estaba buscando, volviendo a besarlo.

***
Era tarde por la noche, el sol se ocultaba ya para dar espacio a la luna y las estrellas para tomar el cielo como un rehén nocturno, donde las aves vuelan de vuelta a sus nidos y aquellas criaturas de la noche salen a comenzar con sus rutinas. Los colibríes vuelven, también, incluso si es el hogar del cuervo aquel único sitio donde se sienten seguros. O, al menos, es lo que parece, lo que cualquiera podría llegar a pensar si no se miran todos los prismas, la escena desde todos sus ángulos, hasta el punto de entender que estaba lejos de ser belleza. Que era, más bien, dolor y amargura.

Porque lo sabía, llevaba meses sospechándolo. Esas llamadas sin contestar, las promesas de verse que quedaban en nada, la cama sola tantas noches por la madrugada. Laith no era estúpido. El tiempo había pasado y él lo notaba, había observado cómo aquella relación se agotaba. Estaba ciego de amor, pero era capaz de verlo, de notar que Cormac no aguantaba la monotonía. No soportaba ser dueño de un único hombre. Y dolía en el corazón como duele una puñalada directa en el alma.

Ahí estaban, junto a la ventana. Unos cigarros que él no había olvidado, sabiendo que su amado no fumaba. Sólo había olvidado ocultarlos, de modo que Laith los pudiese encontrar. — Esta no es mi marca —dijo en voz alta, alzando la cajetilla al aire y mirando por encima de su hombro al caballero que venía detrás de él. Sintió sus brazos rodeándolo por la espalda, tomando la cajetilla y observándola con curiosidad.

Deben ser de algún amigo —fue la breve respuesta antes de besar el terso cuello del más joven, raspando con su barba que se sentía como una lija su piel. — No tienes que preocuparte tanto, pajarillo, tú eres el más hermoso de todos —aseguró, sin saber que no podía engañarlo, no podía burlarse de él intentando tomarlo como el niño ingenuo que veía.

¿Y de… “todas”? ¿También soy más hermoso que cualquier chica que conozcas? —lo miró por el rabillo del ojo, sin ser capaz de ver esos ojos traidores que se burlaban en silencio. Sintió un segundo beso en el cuello, alargándose el silencio, y alejando su mano de aquella que intentó quitarle el paquete de cigarrillos.

Cormac soltó una risa ronca. — De todos, y de todas. El más hermoso de entre todas las personas —le prometió, recorriendo su cuello entre besos hasta arrebatarle la cajetilla en un descuido. — Tú confía en mí, pajarillo hermoso —fueron sus palabras antes de dar la vuelta y caminar en dirección a la habitación. — No necesitas batir tus alas detrás de mí todo el tiempo. Tienes todo lo que tú esperabas.

Laith no pudo evitar preguntarse cuántas personas había metido ahí. Una era demasiado poco, pero pensar en dos le parecía mucho. ¿Tres? Exagerado. Cuatro ya eran demasiadas. Miró hacia la ventana en silencio, donde la luna le daba la espalda, escondiéndose tras las nubes, no quería saber nada. Cormac era un experto estropeando la magia, y la mente del colibrí era destructiva y dolía en el corazón. Sólo era cuestión de tiempo para que se derrumbara su castillo. No tenía ni idea que tan sólo era el comienzo.
***

Contra el colchón, sintiendo cómo se ahogaba entre el calor y el peso de un Ryan Golgomatch que como encontrado en celo arremetía contra él, sintiendo el estremecimiento de su propia espalda al sentir el calor vibrante de un gemido en la sensible piel de su oreja, encontrando por medio de aquellos frenéticos movimientos que estaba llegando el final, el telón corriéndose para dar lugar a la estrofa final de aquella melodía de quejas, gruñidos y gemidos que sonaban como un coro bello y ardiente.

Entrelazó sus dedos de ambas manos entre los dedos de aquellas manos que lo sujetaban en un abrazo, sintiéndose enloquecer, apretando la sujeción, apretando la frente contra el colchón, la desastrosa cama cuyas mantas enredadas sólo eran tangible evidencia de lo que había sucedido encima de esas sábanas. Todo empezó como un espasmo a la altura del vientre, una opresión dulce cuanto desesperante, la ansiedad contenida antes de llegar a la cúspide del placer, el clímax que lo ahogaba todo en su explosión de hormonas y sudor, de fluidos.

Laith tenía de aquellos orgasmos intensos que le arrebataban las palabras y la respiración a un tiempo, que sucedían temblores y que al final se quedaba unos segundos así, aclarando su mente, incapaz de siquiera comprender sus propios pensamientos, agotado por la potente adrenalina corriéndole a través de las venas hasta formar algo precioso y destructivo al mismo tiempo. Porque no poner barreras al instinto era una de las cosas más bellas que pueden ocurrir entre dos personas.

***

El café se había enfriado. Y Laith lo miraba, como si no entendiese que las cosas calientes tienden a igualar la temperatura ambiental siempre que les dejasen suficiente tiempo, como si culpara al propio café de haberse enfriado. Sólo quedaba aproximadamente un quinto de la taza, pero suficiente como para que Laith sintiera que le faltaba algo de cafeína en el cuerpo, y se negara, caprichoso, a sorber de aquella frialdad que seguramente no sabría igual que el café caliente, uno de los brebajes más perfectos que los nomaj habían conseguido hacer.

Golgomatch —llamó, quejumbroso, utilizando el apellido, — ¿me traes más café? —al final decidió probar suerte y no beber del café helado, sino esperar a ver si su anfitrión le traía más, caliente. — Con tres de azúcar y leche, pero amargo —qué mimado podía llegar a ser a veces, mirándolo con esos ojos de cachorro, esa expresión sufrida de quien no tiene café una mañana de resaca que quiere sólo beber café y tumbarse en la cama todo el día.

Fue dejado solo en la habitación, de nuevo. Aprovechó para, casi corriendo, volver a enjuagarse el cuerpo, yendo a contratiempo para no volver a ser presa de aquel hombre ahí en la intimidad de un baño, sólo arrancarse el sudor de encima. Y luego. Bueno, se encontró mirando un ropero, como si mirase el propio. Investigó en cajones hasta encontrar ropa limpia, de la que se sirvió, en la esperanza de que aquello, las prendas que estorbaban, pudiera ser un impedimento para seguir abandonándose a la tentación que instaba a pecar.
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Ryan Goldstein el Vie Mayo 18, 2018 8:11 am

Podías oír, cómo palpitaba. Si colocaba la oreja contra el pecho de Laith, sus sentidos se hundían en un mundo subterráneo, que respiraba, que latía, ese por debajo de la piel. Era como desprenderse de las ataduras con el rededor tangible, sumergir la cabeza en el agua, y dejarte amansar en esa tibieza, mientras que te adormecías.


Golgomatch…


Lo sintió llamarlo, a través de la vibración de la caja torácica, y se sonrió. No lo miró enseguida. Desde hacía un rato que descansaba sobre su pecho, vuelto contra su piel como si escondiera esa rubia cabeza que tenía, aferrándolo en un abrazo —obstinado, pegote como era— y adormilado.


…¿me traes más café?


¿Café? Le bajaba la luna si quería.

—Puedes ir tú a por él—dijo, habiéndose incorporado a medias, y obsequiándole una mirada condescendiente. Sonreía—La cocina está sólo pasando la puerta—indicó, reacomodándose sobre su cuerpo y yendo a acostar la cabeza a su lado, encarándolo. Tenía que darle una buena ojeada a esa expresión, tan comprador. En verdad. Era como cuando intentaba comprarlo en Ilvermony. Cuando no tenía ni que esforzarse, y lo tenía comiendo de su mano. Sonriéndose con estos pensamientos, Ryan le acarició un lado del rostro, curioseando con suavidad, con un dedo que se movía por su mejilla, su boca, la bolsa de sus ojos verdes. Distraído, se entretuvo con el arco de la oreja, y la frotó con calor, toqueteando despacio, interesado en cómo se doblaba, cómo se dejaba hacer (la oreja, que no el colibrí).

Pero Laith, Laith quería su café.

—Ok, ¿tres de azúcar?—cedió, pero a pesar de ello, cayó con un suspiro sobre su cuello, hundiéndose con cansancio—Sólo un rato más—pidió, o “ronroneó” contra su hombro. Había gente que no sabía cuándo parar de vagar, así de remolones. Locos todos—Ok, ok, lo entendí.


*


Encendió el fuego de la hornalla, al tiempo que se limpiaba un rastro de dentífrico que se había dejado en el labio sin darse cuenta. Repasó su labio inferior con un dedo, y recordó un beso, una mordida, una mirada, y se perdió un poco en rebobinar la película del sexo en su cabeza pero no sólo en su cabeza, sino en la memoria del tacto, la presión, el calor, los sentidos. Era como si su cuerpo se negara a dejar de pedirle más, y cuando era atrapado por un lapsus en caliente, sólo deseaba volver a ese cuarto, y hacérselo todo de nuevo, a Laith.

De un suspiro, se recargó en un punto de apoyo a la altura de su cintura y se cruzó de brazos, se rascó la barbilla inclinada la cabeza hacia un lado, se removió en el lugar con quebradiza suavidad, se concentró en un punto fijo en la nada, y de nuevo, repasó su labio. De la sala le llegó el rumor de, ¿Laith?

—Te queda—
dijo, desde el marco de la puerta a la cocina, apoyado de lado y el cuello levemente inclinado. Lo había recorrido de arriba abajo, y se detuvo en sus ojos, profundamente verdes—. Si te hubieras esperado…

«Te lo hubiera llevado a la cama, tu café»

Una lechuza fue a darse contra la puertaventana que iluminaba la sala, destrozando el silencio de un golpe repentino. Esto no lo sobresaltó, pero se interrumpió en lo que había estado diciendo.

—¿Qué?—inquirió, distraído. Y fue a atender a la lechuza que había caído derribada contra el suelo, del lado del patio, desviando la atención de su huésped, y pensando más en Joshua en ese momento siendo sinceros. Porque aquella era su remera, ahora que lo recordaba.

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