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Priv. || FUCK AWAY THE PAIN ||

Ryan Goldstein el Miér Abr 18, 2018 11:04 am

Recuerdo del primer mensaje :

stalker:

tema +18



Derribó un qué importaba, forzado a retroceder o urgido a ello, dependiendo cómo se interpretara la ilusión, de amor o guerra.

El estrepito los tuvo sin cuidado, o más bien, ambos tenían su atención, no, sus manos puestas en el otro, entregados a un tira y afloje, besos de por medio.

Suele ocurrir, en medio de una disputa. Olvidarse del motivo que te ha llevado a la afrenta, el roce. Hasta que las cosas se tuercen, del todo.

Sólo que Ryan, no hacía la guerra. Jamás. No con Laith.

No atendió a una sola queja, y en cambio. Era su falta de resistencia, lo que acabó por desnudarlos, antes siquiera de que las ropas cayeran al suelo. Y es que, puede que el único punto de entendimiento entre ellos, fuera ese en el que hacía falta estar embriagado para dejarse llevar, sin pedir disculpas.


***


El día antes, en un café

—No vine a Londres por ti—dijo, el semblante ligeramente grave. Acodándose sobre la mesa, entrelazó las manos a la altura de esa sonrisilla que para otros podía resultar entrañable, misteriosa, esa que no moría, en su rostro de rubiales de ojos dulces.

Y se suponía que era entonces que le decía, que no, que lo del acoso era imaginación cuando lo curioseaba con esa mirada, insistente como era. Y contundente, especialmente contra todo rastro de orgullo que pudiera tener un hombre bello:

—No detrás de ti, no loco por ti.


*

Quebró en un suspiro, hundido en el cuello de Laith, sólo porque era su aroma—que se sentía en deseos de morder, porque sí, se podía morder el aroma, hasta obnubilar los sentidos—, y él estaba hambriento por debajo de toda esa máscara hecha a medida que llevaba encima, de efusiva calma, esa con la que a su vez quería engullir cada trocito de antojo, que era Laith Gauthier.

Sólo porque era su aroma—que quizá podía haber olvidado o que no fuera suyo como tal contaminado por la fuerte presencia de alcohol y colonia, pero que era Laith en esencia, y lo atraía volviéndolo imprudente y seguro de una sola cosa: quería tenerlo contra lo que sea, bien sujeto—, y lo volvía loco, por ese atropello ciego con que lo hacía rendirse a él, sin preguntas, o sin esperar realmente una respuesta, sin que esta última importara para nada.

No había manera de explicarle por qué. O de que se sintiera de la misma forma que él. Tampoco necesitaba más que ese momento. Vería las cosas diferentes por la mañana, quizá. O por la mañana que le seguiría a aquella. Y puede que volvieran a esas sábanas, a ese cuarto, al encuentro de algo que no estaba allí desde el principio. Pero en él, Ryan, siempre hallaría renuncia voluntaria, sólo con un beso.  


***

—Hoy no soy esa persona que solía ser. Ahora, hay cosas que yo no—Se interrumpió brevemente. Había una cierta inquietud en su mirada, como si recordara. Sonrió, por encima de su café—Las personas cambian, Laith—Se cruzó de brazos sobre la mesa, despreocupado—Tú cambiaste. ¿Por qué no puede ser igual para mí?

*

Momentos antes, en casa de Ryan Goldstein.

En pantuflas, abrió la puerta en pantuflas. Había abandonado el libro que estuviera leyendo (“Cómo cocinar, sin incendiar la cocina”) en medio del sueño, pero se había dejado los anteojos de montura gruesa y lentes redondas, que a todas luces, lo hacían ver como un hombre sensible y profundo, y casi intelectual. No esperaba visitas, y esta lo tomó desprevenido. Hubiera sonreído, sólo que adoptó una expresión de circunstancias al oír la primera queja, y o porque no supo qué contestar o porque no era esa su preocupación inmediata, la invitó a pasar, queriendo que se quedara. Mejor dentro, que fuera.



Momentos después, ya sin pantuflas.
En el ahora, cuando la respiración se hace pesada, y dulce..

Ryan se volvió hacia el interior del cuarto y arrimó a Laith contra la pared, de espaldas a la cama. Lo tomó por la cintura, lo atrajo y. Ah. Repasó la piel musculada subiendo con sus manos —que eran tibias, que eran yema, tacto y ansia quebrada— hacia el pecho, apartando lo que no hacía falta, porque lo que tapaba sobraba, incluso en la penumbra del cuarto, una oscuridad sugerente que invitaba a tumbarse con ella, o sobre ella, en complicidad, y enredarse en ese juego de los claroscuros.

Lo besó y, ay. Ryan retrocedió, con un ‘tsk' —que no ofendido, más bien encendido— y la mano en la cara, mordiéndose el labio, sonriéndose. Insistió, de nuevo. Esta vez, le apartó las manos y atropelló la lengua en su boca, dejándose caer, repentino, en el gemido tierno de esa boca.


Última edición por Ryan Goldstein el Miér Mayo 23, 2018 12:51 am, editado 1 vez
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Mar Mayo 22, 2018 6:06 am

Ni siquiera Laith estaba seguro del motivo, quizá porque el sólo forcejear le hacía latir la cabeza, se dejaba. Sólo se dejaba. Si el rubio insistía suficiente, se quedaba recostado en la cama, cubierto sólo por las mantas a la altura de la entrepierna, y si insistía un poco más, dejaba que esa cabeza se recargara en su pecho, haciendo cosquillas con su rubia melena en su piel. Sin embargo, al mismo tiempo, el sanador era una criatura caprichosa, deseosa de atención, ¿café, era lo que quería? Mirando su taza, que no era suya realmente, a medio vaciar con líquido frío.

Y lo llamó, pidiendo. — No, tráemelo tú —insistió cuando se le dio permiso de ir a la cocina a por él. — Anda, ¿por mí? —y lo miraba con esa expresión que provocaba pena, que compraba con esos ojos verdes dolidos e ilusionados a la par. Se dejó tocar, acariciar, hasta que se alejó de él al sentir su mano en su oreja que sensible le arrancó un suspiro al contacto tibio de esa mano frotando. Y tuvo intención de morder, incluso, pero. — Sólo una taza de café —intervino. — No, la quiero ahora —no después de un rato más.

***

Se quedó en la soledad de la habitación, donde pudo investigar los cajones buscando ropas para vestir su desnudez. No parecía asimilar el todo en sí mismo, y aparecerse no era una opción, nunca lo era si podía hacer algo para evitarlo. Entonces salió de la habitación, yendo a la sala de estar, buscando al menos su pantalón y sus zapatos, ¿dónde estaba todo? Con tan mala suerte que se accidentó en el acto, tropezando con una de esas cajas que Ryan guardaba, como una especie de acumulador obsesivo.

Maldijo en francés, y lo miró al salir de la cocina. Volvió su mirada a la sala sólo para ver que ahí tampoco había ropa suya. Guardó silencio, como un niño enfurruñado, hasta ver la nueva distracción: una lechuza. Regresó a la habitación, asegurándose de cerrar la puerta y encontró su salida en una ventana semiabierta. Vio ese jardín que ya conocía de otras películas como “El secuestro del colibrí”. Volvió la mirada hacia adentro y siguió buscando, quería al menos unos zapatos de Ryan, ¿dónde guardaba Ryan sus zapatos? ¡Tenía dos pies, tenía que tener zapatos, era lógico! ¿Y pantalones? Nada.

No encontró zapatos, realmente, pero sí algo muy parecido. Quizá era bueno que Laith tuviera amigas cabronas, porque eso lo había enseñado a base de hostias a caminar encima de esos enormes tacones que, por azares del destino, le quedaban bien. Salió por la ventana a la libertad, como un recluso escapando de su prisión y vio a Mandy ahí, haciendo su huida infructuosa. Era un cocodrilo hembra enorme, al menos para alguien que no acostumbraba a convivir con ellos, y lo detuvo por completo ella tan fiera.

***

¿Quién es una buena chica? ¿Eh? ¿Quién es una buena chica? —le hablaba dulcemente, con la cocodrilo en los brazos mientras caminaba a través del camino de piedra del jardín, mirando las flores. Le rascaba debajo de la barbilla y las escamas de su espalda, era una cocodrilo adorable. A Laith le gustaban mucho, realmente, aunque el idiota de Ryan no lo hubiese dejado ver a sus cocodrilos cuando estuvo ahí secuestrado. — Eres tan linda, no como tu estúpido dueño, ¿te trata bien, nena? —conversaba con Mandy.

Era extraño que Ryan tuviese ese hobbie de la florería, pero él no era quién para juzgar. Sólo se arrepentía un poco no tener un cuaderno a la mano para dibujar. La paz del jardín le ayudaba un poco con su migraña, motivo por el cual era muy probable que se le hubiese olvidado que su objetivo principal no era otro que el de escaparse de ese sitio. Se preguntaba dónde estaba el otro cocodrilo, aunque no pensaba que estuviese muy lejos, por el momento se entretenía caminando por el camino de piedra, sintiéndose más alto de lo usual, lo que no era tampoco despreciable.

Es un insensato ese, tu dueño… —se quejaba con el tono dulce de voz, pensando, hundiéndose por un momento en los recuerdos vagos de la noche anterior. En el calor y los jadeos, las manos que hirviendo ardían contra su piel, las mordidas y el sudor que enloquecía, una vorágine llena de deseo y contenida ansiedad de más. Pero no, tenía que ser sensato y dejar de abandonarse a los impulsos, ¡qué débiles eran algunos hombres a la carne!
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Ryan Goldstein el Miér Mayo 23, 2018 12:43 am

Ryan desdobló su carta, de pie y de cara al exterior, el ceño distendido, la expresión desenfadada, inánime, reconociendo la letra del mensaje al instante de abrirla. Leyó, y mientras leía…

…¿Quién es una buena chica? ¿Eh?...

El patio tenía un frescor agradable y el sol de la tarde ponía alegres a las plantas de jardín, y Mandy jugaba, y una pareja de pajarillos cotorreaba de aquí para allá entre las flores, y.

…¿Quién es una buena chica?...

Y dirías que cavilaba, si acaso algo pudiera leerse en ese hombre, con una mirada casi ausente cuando abandonó la lectura y volvió a percatarse de ese pequeño detalle, ese pequeño detalle de los tacones, altos y puntiagudos.

…no como tu estúpido dueño, ¿te trata bien, nena?...

Estuvo allí, frente a la puertaventana, observándolo detenidamente, sin que pudieras decir si tenía curiosidad o sorpresa, porque su rostro, su rostro no te decía nada. Si no fuera por ese brillo hacia dentro de sus pupilas, pensarías que antes de ser un hombre apacible, era sólo apagado.

Mandy estaba encantada con tanta atención. Ryan alzó un codo y lo apoyó contra el borde de la salida al exterior, inclinando su peso hacia un lado, recostándose en esa postura, jugueteando con los dedos a la altura de la boca, boca muda, boca pensativa.

Es un insensato ese, tu dueño…

La lechuza, enfadada, le picoteó una pierna, un poco saltándole encima mientras batía sus grandes alas, y desarmó toda su postura. Ryan rió, se disculpó con la pobrecita, y le sirvió un platito con agua y otro con comida, que dejó en el suelo, allí, fuera, y entonces sintió cómo Mandy volvía a zambullirse en el agua con un SPLAH, un chapoteo, y él volteó el rostro, casi avisado de una eventualidad. De nuevo, sus ojos azules adquirieron un gris ausente, como si fuera un espectador lejano, y sintió frío.


*

El café había desbordado de la cafetera, pero sabía bien. La magia del buen café. Ryan se quemó al intentar parar la batahola de espuma, pero salvó el día. Salió al patio con una bandeja servida (otra, y mira los dulces) que apoyó sobre una mesita de jardín, y cuando levantó la mirada, esta vez eran los dos, Mandy y Joey, los que se enredaban juguetonamente con el invitado, vaya par.

—Tú—llamó, ligeramente seco y tomando asiento de cara a la escenita, abierto de piernas y recta la espalda—no pensarás irte así.

Dicho sea, era exactamente lo que pensaba. ¿Por qué si no, tomarse las molestias? Y a todo esto, qué rico el aroma a café.

—Tres de azúcar, leche pero amargo, ¿verdad?—
recordó, al tiempo que abría una cajetilla de cigarrillos, bien dispuesto a… ¿Ryan fumaba? Oh, él lo hacía. Nunca, en realidad. No, desde hacía mucho, sólo de vez en cuando. Ese que se llevaba a la boca sería su primer cigarrillo en, ¿uno, dos años? Y añadió, colocándole el acento a sus palabras, esta vez, ya no un simple comentario casual—: No lo digo por tu ropa, inadecuada (te daría algo, si me dieras tiempo). Los zapatos—puntualizó, y lo miró, por encima del fuego con el que estropeó la punta de su cigarrillo—. Por favor, no estaría bien que te los llevaras. Y un colibrí puede arreglarse en el aire sin zapatos de mujer, ¿verdad?

No parecía enfadado, dirías que se sonreía.

—¿Y no es un poco penoso?—
¿Qué?—Salir corriendo como una furcia despechada—JA JA, chistoso—No sé por qué tanta prisa. No sé qué te he hecho que te disgustara… ¿Y te disgustó?—murmuró, ¿para sí?, en lo que bien parecía un mensaje subliminal—No sé prácticamente nada de ti—dijo por último, con un extraño velo en la voz, antes de dar una calada que se perdió en la transparencia de la tarde. Y añadió—: Si quieres irte, vete. Pero me dejas los zapatos.

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Vie Mayo 25, 2018 5:12 am

Disfrutaba del tiempo con los dos cocodrilos, acariciándoles las escamas y el mentón, jugando con ellos mientras estos se enredaban con él. El viento fresco de la mañana era perfecto con el calor del sol que resplandecía ahí en el cielo, ignorante de todo lo que debajo de él estuviese ocurriendo. Por un instante, Ryan le pareció como el sol. Sólo parecía importarle, en ocasiones, su propia voluntad, sin importar qué tuviera que hacer para conseguirlo. Y con esos pensamientos en la cabeza, Laith procedió a ignorarlo descaradamente al escuchar su voz llamándolo.

Lo que sí lo llamó, por otro lado, fue el aroma al café, que lo atrajo hasta la mesa donde lo había colocado. Tomó la taza y también le robó un cigarrillo de la cajetilla, pues los suyos estaban perdidos, como el resto de sus pertenencias. Y más temprano que tarde, le robó el fuego mientras le reclamaba, ¿era un reclamo? Lo parecía. — Tú tienes la culpa, la solución es fácil, no tendría que cogerte cosas si madurases y me dieses mi maldita ropa —se quejó, calando profundo, el humo le ardió en los pulmones antes de salir suavemente por su nariz. — Además, ¿tú cómo sabes que…?

¿Qué? Laith se quedó mirando con esos intensos ojos verdes a Ryan hablando sobre lo penoso que era salir corriendo como una “furcia despechada”. No le hizo ni un pelo de gracia y así como Ryan estaba sentado, apoyo con brusquedad el pie en medio de sus piernas en un peligroso gesto que podía llegar a ser destructivo si el cálculo era equivocado, apoyándose con el codo sobre la rodilla, aproximándose atrevido a su rostro, amenazante incluso. ¿Pero qué se creía ese idiota, por qué siempre parecía creer que todos exageraban menos él? Su estúpida cara de nada no lo hacía mejor que nadie.

¿Sabes qué debiste haber hecho? Mandarme a mi puta casa y no hacer nada más, independientemente de si me disgustaba o no, ¿entiendes? —no, seguramente no, Ryan no parecía tener ni la más mínima noción de moral. — Te aseguro que la forma de saber cosas de mí no es metiéndome a la cama ebrio —se defendió, antes de sujetarle del mentón, brusco, y alzarle el rostro en su dirección. — Y si quieres los zapatos, dame mi ropa, es así de fácil y así de sencillo —dicho aquello, le soltó el rostro y se alejó.

Lo cierto era que era, de hecho, algo inconsciente pensar en realmente salir corriendo así hasta su casa. Por una serie de motivos, realmente, primero que nada porque no quería que lo multasen por estar haciendo escándalos públicos, eso iba a ser una verdadera tragedia en caso de suceder, así que no. Por otro lado, no estaba seguro de dónde estaba… nada, realmente, ¿llevaba teléfono? ¿Y varita? Cigarros definitivamente, ¿dónde estaban ahora? Todo debería estar en el pantalón que no tenía, se lo intuía. Se apretó el puente de la nariz, calando con fuerza y manteniendo el humo en los pulmones unos segundos antes de dejarlo huir.

Escucha, sé… sé que no soy la mejor compañía, así que sólo hazlo corto, dame mis cosas y me iré como si nada hubiese sucedido —Laith no tenía la culpa, sólo era un hombre con resaca y muchas ganas de meterse en su propia cama a descansar, Ryan era un insensato si pensaba detenerlo usando su ropa. Lo que era… de hecho, algo listo. Sí, digamos que hay cosas que se reducen a la capacidad del cuerpo en cuestión, y se veía como una mosca en el suelo incapaz de volar por el dolor de cabeza si pretendía transformarse. Le sujetó el hombro, en gesto amable. — Ryan…

***
Le sujetó el hombro, en gesto amable. — Ryan… —lo llamó suavemente, su cuerpo ahí encerrado entre la pared y el cuerpo del rubio al grado de sentir su respiración cálida en su piel, en el observatorio de astronomía. El gesto era suave, parecía invitarlo a detenerse, a pensar en lo que estaba haciendo aunque fuera unos segundos, sólo tomando ese hombro derecho, como si conectase su cuerpo con la longitud de un brazo que, flexionado, apretaba con nervios infantiles.

Era de noche, las estrellas en el cielo eran bellas y tranquilizaban con su destello celeste cubriendo el manto negro del cielo. Y en ese momento, aunque había un paisaje hermoso más allá de su mundo, de la Tierra, ninguno de los dos quería ver sino a esos ojos que tenían en frente. El verde chocaba con el azul, y el azul se impactaba en el verde, mezclándose entre la oscuridad. Le había pedido ayuda con Astronomía y, sin embargo, las cosas se habían torcido hasta ese punto sin retorno donde ahora se encontraban.

Polvo estelar, era lo que los unía en ese momento, fundiéndolos en una unidad. Un instinto primitivo, sin embargo, los invitaba como dos estrellas a acercarse, a violar las capas gravitatorias del otro. Carentes de miedo, no supo que decir. Por un momento, en ese instante, sintió un calor en el pecho que prometía querer a ese muchacho frente a él hasta que las estrellas se evaporaran, aunque el cerebro no estuviera de acuerdo. ¿Síndrome de Estocolmo, tal vez? Su belleza conquistó la oscuridad y lo besó, dejando caer todas las inseguridades, deslizando sus brazos a través de su cuello en un abrazo, apretando sus labios contra los ajenos en una supernova.
***

Lo miró a los ojos, como se miran los cielos distantes, esas noches en que las estrellas bajan del cielo y las galaxias se encienden en polvo estelar. Y el azul chocó con el verde, a la par que invertidos los colores se mezclaban y se perdían. El tiempo se congeló para los dos, o al menos fue así como se sintió. Lo que ocurrió a continuación, no tendría una explicación y, si la había, no sería pronunciada por unos labios que sellaban un secreto. Chocando contra los labios del rubio, se enredó en su cuerpo, un latido en falso, cerrando los ojos y abandonándose sólo por un segundo, abrazándolo por el cuello.
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Ryan Goldstein el Mar Jun 05, 2018 10:02 am

El estadio estaba repleto, la hinchaba no cesaba, pletórico de entusiasmo y por el otro lado… enloquecido de indignación. Dos casas, una sola copa. El partido estaba avanzado, y el tablero parecía anunciar al ganador. Era un día sin precedentes, que marcaría un hito: los Thunderbird y su jugador estrella, besaban el suelo. Pero de la forma más humillante, ¡y la tribuna estaba furiosa!, ¡las fans enloquecían! Ni el comentarista llegaba a entender ni la mitad de lo que estaba sucediendo en la cancha, y al principio hasta se le notó vacilar a la hora de relatar, como si se preguntara a sí mismo si aquello de lo que era testigo era posible: ¿Golgomatch CEDIÉNDOLE el paso a un contrincante?, ¿pero qué…?

—… sólo le faltó sacarse el sombrero!, ¡LO VIERON!, ¿¡para qué equipo juegas Golgomatch!?, ¡eso no es una señorita!, ¡es un jugador!, ¡y aunque lo fuera!, ¡TÚMBALO!, ¿desde cuándo…?


Desde la tribuna pedían que cancelaran el partido, porque CLARAMENTE Ryan Golgomatch estaba bajo algún tipo de encantamiento. Y entonces, los cotillas aflojaron la lengua, y el grupillo de fans del jugador estrella —que hasta ondeaban una bandera exclusivamente en su honor— soltó a voces que era culpa de LAITH GAUTHIER y su poción de amor*. De haber podido, lo hubieran llevado al patíbulo. Estaban hechas unas harpías desaforadas y hambrientas de venganza. Pero desde la otra hinchada, Gauthier era el héroe del partido, y lo vitoreaban a voces, ¡exaltada la multitud!

—¡Ustedes lo han visto! Cuando pensábamos que Golgomatch finalmente iba a bajar de su nube desde donde parecía un simple espectador mientras veía perder a su equipo sin mover un solo dedo, ¡cuando finalmente él hace algo!..., ¡lo hace para arrojarse contra su propio equipo y abrirle el paso a Gauthier!..., ¡Thunderbirds, hagan algo con su capitán!

Y es que nadie podía creerlo, había sido tal cual. Desde que iniciara el juego, el favorito del equipo de las aves de trueno había permanecido al margen, sin realizar ninguna jugada que se precie. Lo mismo que un nabo varado en una esquina, mientras que su equipo parecía no saber cómo afrontar las dificultades que suponía la nueva alineación de los Pukwudgie, y en especial, qué hacer con uno de los jugadores sobresalientes de la temporada, ese Gauthier.

Algunos, los más confiados, los más leales a la arrogancia y el talento de su jugador estrella, habían asegurado que esa era sólo la manera que tenía el Golgomatch de mostrar lo poco que valían los Pukwudgies en la cancha de juego. “Ya verás. Cuando crean que van ganando, él volteará la balanza de la victoria en un abrir y cerrar de ojos…”, y sin embargo, el tablero no mentía: los Thunderbirds iban perdiendo, y la casa de la que tanto se habían mofado en las aulas y corredores todo ese último tiempo tenía toda la pinta de ir a la cabeza.

Hubo casi un resoplido de alivio por parte de la multitud cuando vieron que Ryan Golgomatch se dignó a arrojarse en una perfecta zambullida en dirección a Gauthier antes de que este recibiera un pase que, de saber llevar hasta el final, significaría una distancia de aparente “no retorno” que se reflejaría en las cifras del tablero. Gauthier era marcado fieramente por una escolta de Thunderbirds que, avivados por la chispa del resentimiento, estaban dispuestos a todo el juego sucio del que eran capaces, y aprovecharon la oportunidad para cercarlo y se les adivinaba las intenciones, se veía, sí, que nada bueno saldría de eso: lo encerrarían, lo arrastrarían en el aire, y lo obligarían a romperse la nariz contra una torre del estadio, si no se caía de la escoba primero. Y ninguno de sus compañeros estaba cerca, para ayudarlo.

Ninguno, excepto. Y todos pensaron que Golgomatch sólo quería darle el remate final, cayendo desde arriba para derribarlo de la escoba. Pero no, él fue directo a estrellarse contra tres thundirbirds tomados por sorpresa, que se desarmaron en el aire, rompiendo filas, con caras de no comprender qué estaba pasando, ni qué mundo de locos era ese en el que su capitán estropeaba una maniobra de quipo en contra de su propia casa…, ¿estaría confundido o qué?

Fue como si lo dejara pasar, no, eso fue exactamente: le cedió el camino, se lo regaló con alfombra roja y todo, abrió para él una brecha por la que el otro se largó, sin mirar atrás siquiera, sin perder tiempo, a encestar la quod, arrebatándole un rugido a todo el estadio, que te entraba por los poros de la piel, que vibraba a través de las venas y hacía que las puntas de los dedos experimentaran una tibia sensación de hormigueo, con cada vítor, cada chillido, de una tribuna manifiesta en toda su gloria. Aunque no faltaron, claro, los abucheos.

Los ánimos estaban muy sensibles entre las butacas, y los thundirbirds demostraban lo susceptibles que podían ser cuando las cosas no les gustaban. Desde el aire, el referí tocó el silbato. El quipo de las aves de trueno había pedido tiempo muerto. Y es que, parecía que tenían cosas sobre las que ponerse de acuerdo. Sí, todos podrían coincidir en ese punto. Que había algo que no estaba bien, que no podía estar bien, que no era normal.

—¡Los Thundirbirds han parado el partido!, ¡se ve acalorada la discusión en el equipo!, ¿qué pasa, Thundirbirds?, ¡por favor, hagan entrar en razón a su capitán!...—Sin partido que relatar, el comentarista pasó a dar un informe sobre los últimos cotilleos—: ¿Será la amortentia definitiva?, ¿un confundus bastante fuerte?, ¿los rumores de ruptura? Que no es un secreto para nadie que él y el carilindo Gauthier… Aquí las fanáticas me gritan que todo es producto de la Amortentia, ¿será verdad? Estas mujeres se niegan a creer que su capitán tenga el corazoncito roto, ¡y vayan a decirles que se equivocan! Yo no me atrevería, si fuera ustedes… ¡Silbato del referí!—se interrumpió, recobrando el entusiasmo en la voz—¡Allá van nomás!, ¡los jugadores retoman posiciones!, ¡y Golgomatch entre al juego, señores y señoritas!, ¡Golgomatch entra al juego…!, ¿pero de qué lado…? ¡La quod entra en escena y…!, ¡sí, sí, sí, ese es Golgomatch!, ¡tal como lo conocemos!, ¿sería todo una tomada de pelo?, ¿le espera un twist inesperado a este partido…?... ¡McKensey!, ¡luego Hudson!, ¡gran amague de Nolan! ¡Y pase para…! SIIII, TANTO PARA THUNDIRBIRD, ¡¡¡BIEN AHÍ RUBIO, PENSABAMOS QUE TE PERDÍAMOS!!!

¡La ovación fue tremenda!, y el partido continuó, en un puja y apriete muy reñido. El tablero anunció el empate. Los nervios corrían como vértigo en la piel. El tiempo límite era un conteo hacia atrás. Hasta que sólo quedó una jugada por ganar, dos jugadores enfrentados, y una quod que lo definiría todo. TODO, en ese partido. Y en los días por venir.

Puede que las hinchadas estuvieran enfrentadas, por casas, pero había algo que hasta un nomaj tenía que saber —retóricamente hablando—, y es que Ryan Golgomatch era la estrella no sólo de Thunderbird, sino de la escuela en sí, era el símbolo del rayo y del sol, de la grandeza, la gloria, e incluso para algunos, la supremacía de los sangre pura, los verdaderos magos.

Podía gustarte más o menos, pero si eras un fanático del quodpot, tenías, tú mejor que lo tuvieras, un lugar en tu corazón para ese jugador estrella. Y durante temporadas, incluso años, la casa de Thunderbird se había jactado de su jugador, porque era el mejor, y porque cuando ganaban, de alguna manera algo en el aire te convencía de que no había podido ser de otra manera.

Tenía sentido después de todo, que fuera el águila de trueno la que se extendiera como una sombra de poder y dominio sobre todas las demás criaturas, porque era la más poderosa y la más colérica y la más radiante, y la que los unía a todos tanto como el sol que es luz de nadie y de todos a la vez, que está por encima de todos y cada uno. Y lo que quedaba en las sombras, allí permanecía, escondido, ¡tanto talento sin ver!, ¡tantos rostros vueltos hacia el anonimato! Para siempre, atados a la sombra del ave de trueno. A menos. A menos que eso cambiara.

—¡Y LO CAMBIÓ!—
El comentarista estaba arrebatado, no podía en sí de la emoción, ¡era una fanático llameando como un whisky de fuego!—¡Wyatt cambió el pase en el último momento!, ¡Gauthier tiene la…!, ¡GÜOOO!, ¡casi la tenía!, ¡pero McGraves se le cruzó de frente y…!—Fue inconsciente, ¡él contuvo el aliento!, ¡no podía creerlo!, ¡estaba pasando!—¡Y señores y… ¡Eso es…!, ¡UNA CAÍDA LIBRE!

¡Maniobra peligrosa si las hay!, los contrincantes se enredaban, sujetos, con el viento silbándoles en los oídos, y era imposible decidir quién era el atacante una vez que los dos se fundían en una serie de giros de vértigo cayendo en picada, queriendo desviar al otro de su meta, la cesta, y sin soltarse… hasta el último aliento. Ellos caían, hasta que uno de los dos se soltara o. Daba pavor sólo pensarlo. Desde la tribuna, hubo quienes se cubrieron los ojos, ahogando un gritito. Era una jugada de miedo y era la jugada favorita de Ryan Golgomatch, para sacarte de juego. Y él siempre se salía con la suya. Después de todo, era muy buen volador, el mejor, una águila en el aire. Ahora, un águila en caída libre.

—¡Golgomatch y Gauthier se precipitan en una caída libre!, ¡Gauthier está en posesión de la quod!, ¡y…! ¡ESTALLÓ!—No contaba con los segundos, para relatar esa jugada maestra. La hinchada bramó y la voz del comentarista, ¡excitada como nunca!, apenas se elevaba por encima de la ola de vítores y aplausos y gritos y llanto y chispas de varitas y…—¡muchacho divino!, ¡quiero besarlo!, ¡eso estuvo a un pelo!, ¡fue EXTRAORDINARIO!, ¡que buen juego!, ¡Golgomatch perdió con su propia jugada!, ¡PUKWUDGIE GANAAAAAAA! ¡Gauthier tiene la mano lesionada e igual lo arrastran sangrando hasta la copa! ¡Te la mereces, chico! ¡Meter la quod en el último segundo!, ¡y que le estalle en la mano! ¡Pero qué acrobacia de vértigo!, ¡ustedes lo vieron! ¡Los pukwudgies se van a jactar de ese chico por mucho tiempo!... ¿¡Y dónde está Golgomatch!? ¡Salió volando!, ¿dónde…? ¡OH, NO, NO, NO, EL CLUB DE FANS DE LA ESTRELLA CAÍDA ESTÁ COMO LOCO!, ¡CUIDADO CON SU CHICO DORADO PUKWUDGIES!, ¡CUIDENLO!, ¡QUE ESAS LOCAS LO MATAN! ¡PROFESORES, ALGUIEN!, ¡HAGAN ALGO AHÍ!, ¡ESTE PARTIDO SE HA IDO DE LAS MANOS!




¡TAC!

Ay, lo que provocó. Con un solo tacón de aguja. Ay. Ese calor, haciéndolo sentir bueno. Ryan tembló hacia dentro, tentado por. Habían amenazado su parte más privada con arrancársela de un pisotón, y al hombre se le ocurrió pensar que Laith era hermoso, y tentador. No era un pensamiento nuevo, pero se hacía más profundo y sentido y querido al convertirlo en un hábito, y él quería repetir, todas las veces.

Ryan dejó que el humo del cigarrillo se le deslizara de la boca, escapándosele, como el autocontrol —porque bastó el chasquido del tacón para despertarlo, ¿sabes?, desde lo blando del nervio—. Y aunque su cara era la de “párteme de un puño si quieres, pero seguirá así, igualita, y deseándote desde detrás de la máscara” (una cara así de larga), aunque no hizo ademán de sentirse atacado o alterado o…, ¡él se sentía tan bien en ese momento! Si experimentaba tensión, sería por las razones equivocadas, siempre las mejores razones.

Escucha, sé… sé que no soy la mejor compañía, así que sólo hazlo corto…

—No te vayas—Se sonrió, y en un gesto tan ladino, que te hacía preguntarte qué escondía. Además de las ropas de Laith, y toda moral.

Ryan…

Tú no te cuestionas, cuando una boca se acerca a tu boca, y estas se encuentran, instante en el que caen en la ternura de un beso. No deberías. No cuando el momento te ha conducido tan bien, tan dulcemente, y hasta olvidas qué es del alrededor, aunque sea sólo por un segundo. Déjate llevar, porque debe ser tal como dicen, que si el corazón pensara dejaría de latir.

En algún momento, su cigarrillo se le cayó de la mano, pero él ya no era parte de las cosas, sólo de Laith, y a él se abrazaba. Bastó verse en el reflejo de sus ojos a través del vacío en el tiempo—que él llenaba, llenaba completamente—, para sentirlo dentro y hacia dentro de sí mismo, y lo tomó, él lo recibió sabiendo que no venía para quedarse —pero vuelve, vuelve siempre, te lo pido—. No había manera de desear apartarse del verde de sus ojos. Laith era, siempre lo había sido, la luna que le sale al encuentro al sol durante; era su eclipse del corazón. Esa conjunción de instantes en el que la luz del sol es consumida por la luna, consumida hasta la total oscuridad, hasta que te cae una lechuza, ¿qué?

…Y les cayó una lechuza.

—¡Oh! Lo siento, es…—Ryan estiró una mano, espantando a un lechuza gruñona, que reclamaba un poco de atención. Se había arrojado contra ellos, agitando las alas, como quien te dice que tiene mejores cosas que hacer en el día, que observar a dos tortolitos—Olvidé de pagarle, es… Una lechuza de correos, de cobro revertido—explicó, con Laith encima y. ¿Cortando el momento? En su defensa, fue la lechuza, no él—Ya, lo entendí, quédate quieta—reprendió duramente, y la lechuza se alejó por el patio, no sin quitarles los ojos furibundos de encima. Ryan, quien parecía ido, y perdido, muy perdido, miró a Laith y dijo, dulce y tranquilo—. Voy por tus cosas.

¿Eh?

Pero no se movió, y en cambio, penetrándolo con una mirada de gravedad y silencio y espera y ternura, lo que hizo fue tomar disimuladamente la zurda de Laith. Repasó en una caricia con la yema del pulgar la cicatriz de la quod al estallar y apretó sus dedos en un gesto, cargado de tibieza. Sólo le bastaba un movimiento, que se adivinaba, para entrelazar sus manos.

—¿Voy a por tus cosas?—repitió, esta vez, a modo de pregunta, pero. Sugiriendo exactamente lo contrario.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Dom Jun 10, 2018 10:37 pm

“No te vayas”, le decía ese atrevido, descarado, como si fuera a acceder a quedarse solo porque él se atrevía a pedírselo. Y a pesar de eso, de que él mismo, el propio Laith, se dijo que aquello era una locura, un sinsentido, aterrizó suavemente en sus labios, un beso que lento se acariciaba entre la ternura de dos labios, sintiendo cómo el rubio pasaba a abrazarlo, a destruir aquella distancia entre los dos como haciéndose partícipe de la creación de un momento que parece perfecto, y aunque no es ideal, es. Y mientras sea, poco más hacía falta en un destello de estrellas y explosiones artificiales.

Y tal y como los momentos se crean, a veces se destruyen. Pudo haberse encimado hasta el punto de sentarse encima de sus piernas, arrodillado de no haber sido por una lechuza que cruel vino a romper un momento esperado, pidiendo su cobro. Laith, lejos de molestarse, se sonrió. — Anda a pagarle, ¿qué haces causando que la pobre pierda su tiempo como si le complaciera ver tu cara de idiota? —el sanador procedió a insultarlo gratuitamente, sólo porque podía hacerlo, estirándose y apartándose de él mientras hacía crujir su espalda y su cuello a la par.

Finalmente oyó como un canto divino esas palabras: “Voy por tus cosas”, y no pudo evitar sonreírse. Finalmente libre, libre de marcharse a donde le diera la condenada gana, ¿a su casa? ¿A casa de Lindsay? ¿De Roxanne? ¿A otro bar a seguir la fiesta? Él era libre de decidirlo en cuanto obtuviera su ropa. Pero el otro no se movía, mirándolo en silencio, como si esperase algo. Miró entonces el contacto entre sus manos como si fuera algo extraño, una práctica salida de otro planeta, la cicatriz de su mano, cuya creación se ahogaba en el pasado dentro de su memoria.

¿De qué estaba hablando? ¡Claro que quería su ropa, de inmediato! Y, sin embargo, ese tacto suave causó un estrago en su interior, lo subió y lo bajó a un tiempo. Su mano, como víctima de un hechizo, reaccionó y entrelazó esos dedos traidores con la mano del enemigo. — Quizá podría… Quiero decir, no tengo trabajo, quizá… Sólo un rato… —aclaró la garganta, incómodo por lo menos, ¿qué ocurría? ¿Bajo qué tipo de hechizo estaba que no era capaz de hacer su voluntad sino otra que no parecía pertenecerle?

***
La luz de la ciudad nocturna lo cegaba de un modo desagradable que no le gustaba, que odiaba, si podía usar esa palabra. No llevaba la cuenta de cuántas botellas había bebido, y menos de los vasos que había mezclado con la cerveza y el vino. Al final sentía la cabeza ligera y los pasos torpes parecían, bajo su percepción, ser perfectos y atinados. Debía volver a casa, una voz le hablaba en voz baja intentando llevarlo por un buen camino que no encontraba por ningún sitio. Se sentía… perdido, era la palabra que estaba buscando, perdido. Estaba perdido desde aquel día en que todo se volvió frío.

Un recuerdo traidor llegó a su mente, de ese día donde vio todos sus sueños y aspiraciones chocarse hasta hacerse trizas con el suelo. El mundo se había vuelto un lugar silencioso y callado, helado. El infierno es así, no es de lava hirviendo como muchos creen, no está lleno de demonios ni el diablo baila al son de los cánticos de las almas en pena con la cola de pincho al viento y de color rojo. El infierno hiela la sangre y hace temblar los cuerpos a los que no sostiene un abrazo, está en la tierra entre los hombres, justo en los ojos llenos de lágrimas de las personas que vagan sin rumbo.

Se detuvo y recargó su hombro en una farola a su derecha, limpiando inútilmente sus ojos que llenos de lágrimas no dejaban de llorar. Y se llamó idiota a sí mismo, sacando un cigarrillo, buscando entre su ropa un encendedor o un cerillo, lo primero que encontrase, con el cilindro en los labios. La luz de una flama bailaba al son de una mano inquieta que se acercó a él, quemando el extremo del tabaco y permitiéndole aspirar para encenderlo bien. Tomando el cigarro entre su índice y medio vio a ese hombre, apuesto, encantador.

Ese hombre… pudo verlo como un recuerdo que lo envolvía en perfume de hombre, como una canción que lo llevaba al pasado. Unos ojos azules que lo adoraban y lo hacían extrañar el sentir el amor, gozando de una felicidad que nunca pensó que iba a acabarse. Era mentira, sí que sabía que iba a terminar, pero las personas, esos seres ingenuos, siempre creen sólo lo que quieren creer. No hay peor ciego que quien no quiere ver.

¿Por quién lloras? —oyó su voz, como lejana, de aquel rubio de mirada entrañable, de esa que te quema hasta el alma y te hace sentir de algún modo… extraño. Extraño en el sentido más dulce y sentido de la palabra. Parecía recordarlo de algún lugar que lejos fue tiempo atrás y poco a poco el recuerdo se había perdido.

Por un tipo —confesó, escupiendo una risa y humo, secando su mejilla con la palma de la misma mano del cigarro. Volvió a calar, ignorando por deseo esa sensación familiar. — Un hombre que me debe una razón, un motivo, porque todavía no entiendo por qué me ha dejado solo y congelándome —fueron sus palabras, abriéndole el pecho a quien se presumía como un completo extraño.

El rubio lo consideró un momento, sopesando las posibilidades. No había sido mandado lejos tan pronto vino, ¿por qué? ¿Era, realmente, el alcohol puro hablando? ¿O más bien, sensible y frágil, Laith aceptaría una mano que amiga a veces pintada como villana, y quería creer, porque era un ciego, que sólo era una víctima de la situación? ¿Sería que se convencía de ello?

Cuenta con un servidor si lo que quieres es vengarte —se ofreció él, tan amable, tan sacrificado a la causa. Ni siquiera parecía importarle ofrecerle usarlo aunque más tarde lo dejara solo en la cama.

Laith sonrió, algo parecía darle mucha gracia, dolido. Había llegado a pensar que su vida había acabado, pues gran parte de lo que él era sintió que era llevado por un cuervo. Y a pesar de eso, lo que hizo no fue otra cosa que dar un paso hacia él, sellando ese trato silencioso en un beso. Uno que sabía a alcohol y tabaco.

***

En medio de aquel confesionario, como una tumba hecha para guardar su secreto, envueltos en el sudor y el éxtasis. Y el frío, antes calando en los huesos, ahora daba tregua y permitía que el calor los envolviera. El rubio lo aprovechó todo, bastaba con resumir que le había besado hasta la sombra, ayudándole a borrar a un hombre de una mente contradictoria. Fingiendo incluso el amor, las manos de Laith lo acariciaron entero.

Sin disculpas, su piel contra la de él, como un hermoso pecado que sustituía a una maldición encerrada en un pecho que dolía, rogando por más mientras se movían a la par, una sincronía que unificó incluso a dos corazones que latían al mismo tiempo, acompasados entre el calor y un ritmo frenético.

Cualquiera servía si eso apagaba durante un rato el frío, apretado en unos brazos fuertes de un hombre hermoso. Y lo sentía dentro, cómo le arrancaba durante un momento el dolor, con la sensación familiar de lo malo cuando se siente bien, del escondite donde el alma se desnuda y se mezcla entre el frenesí y el sudor.

Al borde del éxtasis, las uñas arañando la piel disponible en su espalda, estremeciéndose para derrumbarse hasta sus cimientos, llegando al punto sin retorno del orgasmo y gimiendo un solo nombre cuando su juicio más nublado se encontraba.

Ryan.

***

Se habían enredado en un beso ahí, en el suelo en el centro de la sala de estar. Lo había invitado a un café, una trampa de puerta abierta, y el colibrí entró a ella ingenuamente, o por deseo propio. Fue un beso que ninguno estaba seguro de quién comenzó, pero ocurrió, y en el arrebato de pasión lo más cercano fue no otra cosa más que el suelo inmediato, limpio al menos. Una camisa que no pertenecía a ninguno de los dos salió volando a otro lado, revelando los tatuajes del sanador que recorrían su cuello y su hombro hasta llegar traidores al pecho, acariciando con cautela.

Dame un… Déjame… Ryan… —jadeó, empujándolo por los hombros y tratando de impedirlo de seguir besando su cuello, queriendo finalmente deshacerse de los incómodos tacones. No se lo permitieron. — ¿De qué estás…? Ryan —reprochó, intentándolo de nuevo, ¡que eran sus pies, joder, él decidía qué hacer con ellos! Pero su voluntad no fue doblegada por un hombre demasiado insistente que caía adicto hacia él. — Ya te he dicho que no hagas eso —escapó su pie a través de su mano que pretendía besarlo, qué molesto podía ser a veces Ryan Golgomatch, tan arruinador de momentos.

No había forma de resistirse demasiado a un hombre demasiado atractivo, mucho para ser verdad, para ser tan imbécil como sólo él era. Pero Laith no oponía verdadera resistencia, él sabía que era dueño de mucha gente y, en la gran mayoría de las ocasiones, se entregaba a las tentaciones más oscuras para encontrar ese placer por necesidad. No quedaban razones suficientes para no pasarlo bien cuando dos querían y se deseaban, destinados a chocar en una colisión de besos, fluidos, sudor y éxtasis.
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