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Priv. || FUCK AWAY THE PAIN ||

Ryan Goldstein el Miér Abr 18, 2018 12:04 pm

Recuerdo del primer mensaje :

stalker:

tema +18



Derribó un qué importaba, forzado a retroceder o urgido a ello, dependiendo cómo se interpretara la ilusión, de amor o guerra.

El estrepito los tuvo sin cuidado, o más bien, ambos tenían su atención, no, sus manos puestas en el otro, entregados a un tira y afloje, besos de por medio.

Suele ocurrir, en medio de una disputa. Olvidarse del motivo que te ha llevado a la afrenta, el roce. Hasta que las cosas se tuercen, del todo.

Sólo que Ryan, no hacía la guerra. Jamás. No con Laith.

No atendió a una sola queja, y en cambio. Era su falta de resistencia, lo que acabó por desnudarlos, antes siquiera de que las ropas cayeran al suelo. Y es que, puede que el único punto de entendimiento entre ellos, fuera ese en el que hacía falta estar embriagado para dejarse llevar, sin pedir disculpas.


***


El día antes, en un café

—No vine a Londres por ti—dijo, el semblante ligeramente grave. Acodándose sobre la mesa, entrelazó las manos a la altura de esa sonrisilla que para otros podía resultar entrañable, misteriosa, esa que no moría, en su rostro de rubiales de ojos dulces.

Y se suponía que era entonces que le decía, que no, que lo del acoso era imaginación cuando lo curioseaba con esa mirada, insistente como era. Y contundente, especialmente contra todo rastro de orgullo que pudiera tener un hombre bello:

—No detrás de ti, no loco por ti.


*

Quebró en un suspiro, hundido en el cuello de Laith, sólo porque era su aroma—que se sentía en deseos de morder, porque sí, se podía morder el aroma, hasta obnubilar los sentidos—, y él estaba hambriento por debajo de toda esa máscara hecha a medida que llevaba encima, de efusiva calma, esa con la que a su vez quería engullir cada trocito de antojo, que era Laith Gauthier.

Sólo porque era su aroma—que quizá podía haber olvidado o que no fuera suyo como tal contaminado por la fuerte presencia de alcohol y colonia, pero que era Laith en esencia, y lo atraía volviéndolo imprudente y seguro de una sola cosa: quería tenerlo contra lo que sea, bien sujeto—, y lo volvía loco, por ese atropello ciego con que lo hacía rendirse a él, sin preguntas, o sin esperar realmente una respuesta, sin que esta última importara para nada.

No había manera de explicarle por qué. O de que se sintiera de la misma forma que él. Tampoco necesitaba más que ese momento. Vería las cosas diferentes por la mañana, quizá. O por la mañana que le seguiría a aquella. Y puede que volvieran a esas sábanas, a ese cuarto, al encuentro de algo que no estaba allí desde el principio. Pero en él, Ryan, siempre hallaría renuncia voluntaria, sólo con un beso.  


***

—Hoy no soy esa persona que solía ser. Ahora, hay cosas que yo no—Se interrumpió brevemente. Había una cierta inquietud en su mirada, como si recordara. Sonrió, por encima de su café—Las personas cambian, Laith—Se cruzó de brazos sobre la mesa, despreocupado—Tú cambiaste. ¿Por qué no puede ser igual para mí?

*

Momentos antes, en casa de Ryan Goldstein.

En pantuflas, abrió la puerta en pantuflas. Había abandonado el libro que estuviera leyendo (“Cómo cocinar, sin incendiar la cocina”) en medio del sueño, pero se había dejado los anteojos de montura gruesa y lentes redondas, que a todas luces, lo hacían ver como un hombre sensible y profundo, y casi intelectual. No esperaba visitas, y esta lo tomó desprevenido. Hubiera sonreído, sólo que adoptó una expresión de circunstancias al oír la primera queja, y o porque no supo qué contestar o porque no era esa su preocupación inmediata, la invitó a pasar, queriendo que se quedara. Mejor dentro, que fuera.



Momentos después, ya sin pantuflas.
En el ahora, cuando la respiración se hace pesada, y dulce..

Ryan se volvió hacia el interior del cuarto y arrimó a Laith contra la pared, de espaldas a la cama. Lo tomó por la cintura, lo atrajo y. Ah. Repasó la piel musculada subiendo con sus manos —que eran tibias, que eran yema, tacto y ansia quebrada— hacia el pecho, apartando lo que no hacía falta, porque lo que tapaba sobraba, incluso en la penumbra del cuarto, una oscuridad sugerente que invitaba a tumbarse con ella, o sobre ella, en complicidad, y enredarse en ese juego de los claroscuros.

Lo besó y, ay. Ryan retrocedió, con un ‘tsk' —que no ofendido, más bien encendido— y la mano en la cara, mordiéndose el labio, sonriéndose. Insistió, de nuevo. Esta vez, le apartó las manos y atropelló la lengua en su boca, dejándose caer, repentino, en el gemido tierno de esa boca.


Última edición por Ryan Goldstein el Miér Mayo 23, 2018 1:51 am, editado 1 vez
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Mar Mayo 22, 2018 7:06 am

Ni siquiera Laith estaba seguro del motivo, quizá porque el sólo forcejear le hacía latir la cabeza, se dejaba. Sólo se dejaba. Si el rubio insistía suficiente, se quedaba recostado en la cama, cubierto sólo por las mantas a la altura de la entrepierna, y si insistía un poco más, dejaba que esa cabeza se recargara en su pecho, haciendo cosquillas con su rubia melena en su piel. Sin embargo, al mismo tiempo, el sanador era una criatura caprichosa, deseosa de atención, ¿café, era lo que quería? Mirando su taza, que no era suya realmente, a medio vaciar con líquido frío.

Y lo llamó, pidiendo. — No, tráemelo tú —insistió cuando se le dio permiso de ir a la cocina a por él. — Anda, ¿por mí? —y lo miraba con esa expresión que provocaba pena, que compraba con esos ojos verdes dolidos e ilusionados a la par. Se dejó tocar, acariciar, hasta que se alejó de él al sentir su mano en su oreja que sensible le arrancó un suspiro al contacto tibio de esa mano frotando. Y tuvo intención de morder, incluso, pero. — Sólo una taza de café —intervino. — No, la quiero ahora —no después de un rato más.

***

Se quedó en la soledad de la habitación, donde pudo investigar los cajones buscando ropas para vestir su desnudez. No parecía asimilar el todo en sí mismo, y aparecerse no era una opción, nunca lo era si podía hacer algo para evitarlo. Entonces salió de la habitación, yendo a la sala de estar, buscando al menos su pantalón y sus zapatos, ¿dónde estaba todo? Con tan mala suerte que se accidentó en el acto, tropezando con una de esas cajas que Ryan guardaba, como una especie de acumulador obsesivo.

Maldijo en francés, y lo miró al salir de la cocina. Volvió su mirada a la sala sólo para ver que ahí tampoco había ropa suya. Guardó silencio, como un niño enfurruñado, hasta ver la nueva distracción: una lechuza. Regresó a la habitación, asegurándose de cerrar la puerta y encontró su salida en una ventana semiabierta. Vio ese jardín que ya conocía de otras películas como “El secuestro del colibrí”. Volvió la mirada hacia adentro y siguió buscando, quería al menos unos zapatos de Ryan, ¿dónde guardaba Ryan sus zapatos? ¡Tenía dos pies, tenía que tener zapatos, era lógico! ¿Y pantalones? Nada.

No encontró zapatos, realmente, pero sí algo muy parecido. Quizá era bueno que Laith tuviera amigas cabronas, porque eso lo había enseñado a base de hostias a caminar encima de esos enormes tacones que, por azares del destino, le quedaban bien. Salió por la ventana a la libertad, como un recluso escapando de su prisión y vio a Mandy ahí, haciendo su huida infructuosa. Era un cocodrilo hembra enorme, al menos para alguien que no acostumbraba a convivir con ellos, y lo detuvo por completo ella tan fiera.

***

¿Quién es una buena chica? ¿Eh? ¿Quién es una buena chica? —le hablaba dulcemente, con la cocodrilo en los brazos mientras caminaba a través del camino de piedra del jardín, mirando las flores. Le rascaba debajo de la barbilla y las escamas de su espalda, era una cocodrilo adorable. A Laith le gustaban mucho, realmente, aunque el idiota de Ryan no lo hubiese dejado ver a sus cocodrilos cuando estuvo ahí secuestrado. — Eres tan linda, no como tu estúpido dueño, ¿te trata bien, nena? —conversaba con Mandy.

Era extraño que Ryan tuviese ese hobbie de la florería, pero él no era quién para juzgar. Sólo se arrepentía un poco no tener un cuaderno a la mano para dibujar. La paz del jardín le ayudaba un poco con su migraña, motivo por el cual era muy probable que se le hubiese olvidado que su objetivo principal no era otro que el de escaparse de ese sitio. Se preguntaba dónde estaba el otro cocodrilo, aunque no pensaba que estuviese muy lejos, por el momento se entretenía caminando por el camino de piedra, sintiéndose más alto de lo usual, lo que no era tampoco despreciable.

Es un insensato ese, tu dueño… —se quejaba con el tono dulce de voz, pensando, hundiéndose por un momento en los recuerdos vagos de la noche anterior. En el calor y los jadeos, las manos que hirviendo ardían contra su piel, las mordidas y el sudor que enloquecía, una vorágine llena de deseo y contenida ansiedad de más. Pero no, tenía que ser sensato y dejar de abandonarse a los impulsos, ¡qué débiles eran algunos hombres a la carne!
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Ryan Goldstein el Miér Mayo 23, 2018 1:43 am

Ryan desdobló su carta, de pie y de cara al exterior, el ceño distendido, la expresión desenfadada, inánime, reconociendo la letra del mensaje al instante de abrirla. Leyó, y mientras leía…

…¿Quién es una buena chica? ¿Eh?...

El patio tenía un frescor agradable y el sol de la tarde ponía alegres a las plantas de jardín, y Mandy jugaba, y una pareja de pajarillos cotorreaba de aquí para allá entre las flores, y.

…¿Quién es una buena chica?...

Y dirías que cavilaba, si acaso algo pudiera leerse en ese hombre, con una mirada casi ausente cuando abandonó la lectura y volvió a percatarse de ese pequeño detalle, ese pequeño detalle de los tacones, altos y puntiagudos.

…no como tu estúpido dueño, ¿te trata bien, nena?...

Estuvo allí, frente a la puertaventana, observándolo detenidamente, sin que pudieras decir si tenía curiosidad o sorpresa, porque su rostro, su rostro no te decía nada. Si no fuera por ese brillo hacia dentro de sus pupilas, pensarías que antes de ser un hombre apacible, era sólo apagado.

Mandy estaba encantada con tanta atención. Ryan alzó un codo y lo apoyó contra el borde de la salida al exterior, inclinando su peso hacia un lado, recostándose en esa postura, jugueteando con los dedos a la altura de la boca, boca muda, boca pensativa.

Es un insensato ese, tu dueño…

La lechuza, enfadada, le picoteó una pierna, un poco saltándole encima mientras batía sus grandes alas, y desarmó toda su postura. Ryan rió, se disculpó con la pobrecita, y le sirvió un platito con agua y otro con comida, que dejó en el suelo, allí, fuera, y entonces sintió cómo Mandy volvía a zambullirse en el agua con un SPLAH, un chapoteo, y él volteó el rostro, casi avisado de una eventualidad. De nuevo, sus ojos azules adquirieron un gris ausente, como si fuera un espectador lejano, y sintió frío.


*

El café había desbordado de la cafetera, pero sabía bien. La magia del buen café. Ryan se quemó al intentar parar la batahola de espuma, pero salvó el día. Salió al patio con una bandeja servida (otra, y mira los dulces) que apoyó sobre una mesita de jardín, y cuando levantó la mirada, esta vez eran los dos, Mandy y Joey, los que se enredaban juguetonamente con el invitado, vaya par.

—Tú—llamó, ligeramente seco y tomando asiento de cara a la escenita, abierto de piernas y recta la espalda—no pensarás irte así.

Dicho sea, era exactamente lo que pensaba. ¿Por qué si no, tomarse las molestias? Y a todo esto, qué rico el aroma a café.

—Tres de azúcar, leche pero amargo, ¿verdad?—
recordó, al tiempo que abría una cajetilla de cigarrillos, bien dispuesto a… ¿Ryan fumaba? Oh, él lo hacía. Nunca, en realidad. No, desde hacía mucho, sólo de vez en cuando. Ese que se llevaba a la boca sería su primer cigarrillo en, ¿uno, dos años? Y añadió, colocándole el acento a sus palabras, esta vez, ya no un simple comentario casual—: No lo digo por tu ropa, inadecuada (te daría algo, si me dieras tiempo). Los zapatos—puntualizó, y lo miró, por encima del fuego con el que estropeó la punta de su cigarrillo—. Por favor, no estaría bien que te los llevaras. Y un colibrí puede arreglarse en el aire sin zapatos de mujer, ¿verdad?

No parecía enfadado, dirías que se sonreía.

—¿Y no es un poco penoso?—
¿Qué?—Salir corriendo como una furcia despechada—JA JA, chistoso—No sé por qué tanta prisa. No sé qué te he hecho que te disgustara… ¿Y te disgustó?—murmuró, ¿para sí?, en lo que bien parecía un mensaje subliminal—No sé prácticamente nada de ti—dijo por último, con un extraño velo en la voz, antes de dar una calada que se perdió en la transparencia de la tarde. Y añadió—: Si quieres irte, vete. Pero me dejas los zapatos.

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Vie Mayo 25, 2018 6:12 am

Disfrutaba del tiempo con los dos cocodrilos, acariciándoles las escamas y el mentón, jugando con ellos mientras estos se enredaban con él. El viento fresco de la mañana era perfecto con el calor del sol que resplandecía ahí en el cielo, ignorante de todo lo que debajo de él estuviese ocurriendo. Por un instante, Ryan le pareció como el sol. Sólo parecía importarle, en ocasiones, su propia voluntad, sin importar qué tuviera que hacer para conseguirlo. Y con esos pensamientos en la cabeza, Laith procedió a ignorarlo descaradamente al escuchar su voz llamándolo.

Lo que sí lo llamó, por otro lado, fue el aroma al café, que lo atrajo hasta la mesa donde lo había colocado. Tomó la taza y también le robó un cigarrillo de la cajetilla, pues los suyos estaban perdidos, como el resto de sus pertenencias. Y más temprano que tarde, le robó el fuego mientras le reclamaba, ¿era un reclamo? Lo parecía. — Tú tienes la culpa, la solución es fácil, no tendría que cogerte cosas si madurases y me dieses mi maldita ropa —se quejó, calando profundo, el humo le ardió en los pulmones antes de salir suavemente por su nariz. — Además, ¿tú cómo sabes que…?

¿Qué? Laith se quedó mirando con esos intensos ojos verdes a Ryan hablando sobre lo penoso que era salir corriendo como una “furcia despechada”. No le hizo ni un pelo de gracia y así como Ryan estaba sentado, apoyo con brusquedad el pie en medio de sus piernas en un peligroso gesto que podía llegar a ser destructivo si el cálculo era equivocado, apoyándose con el codo sobre la rodilla, aproximándose atrevido a su rostro, amenazante incluso. ¿Pero qué se creía ese idiota, por qué siempre parecía creer que todos exageraban menos él? Su estúpida cara de nada no lo hacía mejor que nadie.

¿Sabes qué debiste haber hecho? Mandarme a mi puta casa y no hacer nada más, independientemente de si me disgustaba o no, ¿entiendes? —no, seguramente no, Ryan no parecía tener ni la más mínima noción de moral. — Te aseguro que la forma de saber cosas de mí no es metiéndome a la cama ebrio —se defendió, antes de sujetarle del mentón, brusco, y alzarle el rostro en su dirección. — Y si quieres los zapatos, dame mi ropa, es así de fácil y así de sencillo —dicho aquello, le soltó el rostro y se alejó.

Lo cierto era que era, de hecho, algo inconsciente pensar en realmente salir corriendo así hasta su casa. Por una serie de motivos, realmente, primero que nada porque no quería que lo multasen por estar haciendo escándalos públicos, eso iba a ser una verdadera tragedia en caso de suceder, así que no. Por otro lado, no estaba seguro de dónde estaba… nada, realmente, ¿llevaba teléfono? ¿Y varita? Cigarros definitivamente, ¿dónde estaban ahora? Todo debería estar en el pantalón que no tenía, se lo intuía. Se apretó el puente de la nariz, calando con fuerza y manteniendo el humo en los pulmones unos segundos antes de dejarlo huir.

Escucha, sé… sé que no soy la mejor compañía, así que sólo hazlo corto, dame mis cosas y me iré como si nada hubiese sucedido —Laith no tenía la culpa, sólo era un hombre con resaca y muchas ganas de meterse en su propia cama a descansar, Ryan era un insensato si pensaba detenerlo usando su ropa. Lo que era… de hecho, algo listo. Sí, digamos que hay cosas que se reducen a la capacidad del cuerpo en cuestión, y se veía como una mosca en el suelo incapaz de volar por el dolor de cabeza si pretendía transformarse. Le sujetó el hombro, en gesto amable. — Ryan…

***
Le sujetó el hombro, en gesto amable. — Ryan… —lo llamó suavemente, su cuerpo ahí encerrado entre la pared y el cuerpo del rubio al grado de sentir su respiración cálida en su piel, en el observatorio de astronomía. El gesto era suave, parecía invitarlo a detenerse, a pensar en lo que estaba haciendo aunque fuera unos segundos, sólo tomando ese hombro derecho, como si conectase su cuerpo con la longitud de un brazo que, flexionado, apretaba con nervios infantiles.

Era de noche, las estrellas en el cielo eran bellas y tranquilizaban con su destello celeste cubriendo el manto negro del cielo. Y en ese momento, aunque había un paisaje hermoso más allá de su mundo, de la Tierra, ninguno de los dos quería ver sino a esos ojos que tenían en frente. El verde chocaba con el azul, y el azul se impactaba en el verde, mezclándose entre la oscuridad. Le había pedido ayuda con Astronomía y, sin embargo, las cosas se habían torcido hasta ese punto sin retorno donde ahora se encontraban.

Polvo estelar, era lo que los unía en ese momento, fundiéndolos en una unidad. Un instinto primitivo, sin embargo, los invitaba como dos estrellas a acercarse, a violar las capas gravitatorias del otro. Carentes de miedo, no supo que decir. Por un momento, en ese instante, sintió un calor en el pecho que prometía querer a ese muchacho frente a él hasta que las estrellas se evaporaran, aunque el cerebro no estuviera de acuerdo. ¿Síndrome de Estocolmo, tal vez? Su belleza conquistó la oscuridad y lo besó, dejando caer todas las inseguridades, deslizando sus brazos a través de su cuello en un abrazo, apretando sus labios contra los ajenos en una supernova.
***

Lo miró a los ojos, como se miran los cielos distantes, esas noches en que las estrellas bajan del cielo y las galaxias se encienden en polvo estelar. Y el azul chocó con el verde, a la par que invertidos los colores se mezclaban y se perdían. El tiempo se congeló para los dos, o al menos fue así como se sintió. Lo que ocurrió a continuación, no tendría una explicación y, si la había, no sería pronunciada por unos labios que sellaban un secreto. Chocando contra los labios del rubio, se enredó en su cuerpo, un latido en falso, cerrando los ojos y abandonándose sólo por un segundo, abrazándolo por el cuello.
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Ryan Goldstein el Mar Jun 05, 2018 11:02 am

El estadio estaba repleto, la hinchaba no cesaba, pletórico de entusiasmo y por el otro lado… enloquecido de indignación. Dos casas, una sola copa. El partido estaba avanzado, y el tablero parecía anunciar al ganador. Era un día sin precedentes, que marcaría un hito: los Thunderbird y su jugador estrella, besaban el suelo. Pero de la forma más humillante, ¡y la tribuna estaba furiosa!, ¡las fans enloquecían! Ni el comentarista llegaba a entender ni la mitad de lo que estaba sucediendo en la cancha, y al principio hasta se le notó vacilar a la hora de relatar, como si se preguntara a sí mismo si aquello de lo que era testigo era posible: ¿Golgomatch CEDIÉNDOLE el paso a un contrincante?, ¿pero qué…?

—… sólo le faltó sacarse el sombrero!, ¡LO VIERON!, ¿¡para qué equipo juegas Golgomatch!?, ¡eso no es una señorita!, ¡es un jugador!, ¡y aunque lo fuera!, ¡TÚMBALO!, ¿desde cuándo…?


Desde la tribuna pedían que cancelaran el partido, porque CLARAMENTE Ryan Golgomatch estaba bajo algún tipo de encantamiento. Y entonces, los cotillas aflojaron la lengua, y el grupillo de fans del jugador estrella —que hasta ondeaban una bandera exclusivamente en su honor— soltó a voces que era culpa de LAITH GAUTHIER y su poción de amor*. De haber podido, lo hubieran llevado al patíbulo. Estaban hechas unas harpías desaforadas y hambrientas de venganza. Pero desde la otra hinchada, Gauthier era el héroe del partido, y lo vitoreaban a voces, ¡exaltada la multitud!

—¡Ustedes lo han visto! Cuando pensábamos que Golgomatch finalmente iba a bajar de su nube desde donde parecía un simple espectador mientras veía perder a su equipo sin mover un solo dedo, ¡cuando finalmente él hace algo!..., ¡lo hace para arrojarse contra su propio equipo y abrirle el paso a Gauthier!..., ¡Thunderbirds, hagan algo con su capitán!

Y es que nadie podía creerlo, había sido tal cual. Desde que iniciara el juego, el favorito del equipo de las aves de trueno había permanecido al margen, sin realizar ninguna jugada que se precie. Lo mismo que un nabo varado en una esquina, mientras que su equipo parecía no saber cómo afrontar las dificultades que suponía la nueva alineación de los Pukwudgie, y en especial, qué hacer con uno de los jugadores sobresalientes de la temporada, ese Gauthier.

Algunos, los más confiados, los más leales a la arrogancia y el talento de su jugador estrella, habían asegurado que esa era sólo la manera que tenía el Golgomatch de mostrar lo poco que valían los Pukwudgies en la cancha de juego. “Ya verás. Cuando crean que van ganando, él volteará la balanza de la victoria en un abrir y cerrar de ojos…”, y sin embargo, el tablero no mentía: los Thunderbirds iban perdiendo, y la casa de la que tanto se habían mofado en las aulas y corredores todo ese último tiempo tenía toda la pinta de ir a la cabeza.

Hubo casi un resoplido de alivio por parte de la multitud cuando vieron que Ryan Golgomatch se dignó a arrojarse en una perfecta zambullida en dirección a Gauthier antes de que este recibiera un pase que, de saber llevar hasta el final, significaría una distancia de aparente “no retorno” que se reflejaría en las cifras del tablero. Gauthier era marcado fieramente por una escolta de Thunderbirds que, avivados por la chispa del resentimiento, estaban dispuestos a todo el juego sucio del que eran capaces, y aprovecharon la oportunidad para cercarlo y se les adivinaba las intenciones, se veía, sí, que nada bueno saldría de eso: lo encerrarían, lo arrastrarían en el aire, y lo obligarían a romperse la nariz contra una torre del estadio, si no se caía de la escoba primero. Y ninguno de sus compañeros estaba cerca, para ayudarlo.

Ninguno, excepto. Y todos pensaron que Golgomatch sólo quería darle el remate final, cayendo desde arriba para derribarlo de la escoba. Pero no, él fue directo a estrellarse contra tres thundirbirds tomados por sorpresa, que se desarmaron en el aire, rompiendo filas, con caras de no comprender qué estaba pasando, ni qué mundo de locos era ese en el que su capitán estropeaba una maniobra de quipo en contra de su propia casa…, ¿estaría confundido o qué?

Fue como si lo dejara pasar, no, eso fue exactamente: le cedió el camino, se lo regaló con alfombra roja y todo, abrió para él una brecha por la que el otro se largó, sin mirar atrás siquiera, sin perder tiempo, a encestar la quod, arrebatándole un rugido a todo el estadio, que te entraba por los poros de la piel, que vibraba a través de las venas y hacía que las puntas de los dedos experimentaran una tibia sensación de hormigueo, con cada vítor, cada chillido, de una tribuna manifiesta en toda su gloria. Aunque no faltaron, claro, los abucheos.

Los ánimos estaban muy sensibles entre las butacas, y los thundirbirds demostraban lo susceptibles que podían ser cuando las cosas no les gustaban. Desde el aire, el referí tocó el silbato. El quipo de las aves de trueno había pedido tiempo muerto. Y es que, parecía que tenían cosas sobre las que ponerse de acuerdo. Sí, todos podrían coincidir en ese punto. Que había algo que no estaba bien, que no podía estar bien, que no era normal.

—¡Los Thundirbirds han parado el partido!, ¡se ve acalorada la discusión en el equipo!, ¿qué pasa, Thundirbirds?, ¡por favor, hagan entrar en razón a su capitán!...—Sin partido que relatar, el comentarista pasó a dar un informe sobre los últimos cotilleos—: ¿Será la amortentia definitiva?, ¿un confundus bastante fuerte?, ¿los rumores de ruptura? Que no es un secreto para nadie que él y el carilindo Gauthier… Aquí las fanáticas me gritan que todo es producto de la Amortentia, ¿será verdad? Estas mujeres se niegan a creer que su capitán tenga el corazoncito roto, ¡y vayan a decirles que se equivocan! Yo no me atrevería, si fuera ustedes… ¡Silbato del referí!—se interrumpió, recobrando el entusiasmo en la voz—¡Allá van nomás!, ¡los jugadores retoman posiciones!, ¡y Golgomatch entre al juego, señores y señoritas!, ¡Golgomatch entra al juego…!, ¿pero de qué lado…? ¡La quod entra en escena y…!, ¡sí, sí, sí, ese es Golgomatch!, ¡tal como lo conocemos!, ¿sería todo una tomada de pelo?, ¿le espera un twist inesperado a este partido…?... ¡McKensey!, ¡luego Hudson!, ¡gran amague de Nolan! ¡Y pase para…! SIIII, TANTO PARA THUNDIRBIRD, ¡¡¡BIEN AHÍ RUBIO, PENSABAMOS QUE TE PERDÍAMOS!!!

¡La ovación fue tremenda!, y el partido continuó, en un puja y apriete muy reñido. El tablero anunció el empate. Los nervios corrían como vértigo en la piel. El tiempo límite era un conteo hacia atrás. Hasta que sólo quedó una jugada por ganar, dos jugadores enfrentados, y una quod que lo definiría todo. TODO, en ese partido. Y en los días por venir.

Puede que las hinchadas estuvieran enfrentadas, por casas, pero había algo que hasta un nomaj tenía que saber —retóricamente hablando—, y es que Ryan Golgomatch era la estrella no sólo de Thunderbird, sino de la escuela en sí, era el símbolo del rayo y del sol, de la grandeza, la gloria, e incluso para algunos, la supremacía de los sangre pura, los verdaderos magos.

Podía gustarte más o menos, pero si eras un fanático del quodpot, tenías, tú mejor que lo tuvieras, un lugar en tu corazón para ese jugador estrella. Y durante temporadas, incluso años, la casa de Thunderbird se había jactado de su jugador, porque era el mejor, y porque cuando ganaban, de alguna manera algo en el aire te convencía de que no había podido ser de otra manera.

Tenía sentido después de todo, que fuera el águila de trueno la que se extendiera como una sombra de poder y dominio sobre todas las demás criaturas, porque era la más poderosa y la más colérica y la más radiante, y la que los unía a todos tanto como el sol que es luz de nadie y de todos a la vez, que está por encima de todos y cada uno. Y lo que quedaba en las sombras, allí permanecía, escondido, ¡tanto talento sin ver!, ¡tantos rostros vueltos hacia el anonimato! Para siempre, atados a la sombra del ave de trueno. A menos. A menos que eso cambiara.

—¡Y LO CAMBIÓ!—
El comentarista estaba arrebatado, no podía en sí de la emoción, ¡era una fanático llameando como un whisky de fuego!—¡Wyatt cambió el pase en el último momento!, ¡Gauthier tiene la…!, ¡GÜOOO!, ¡casi la tenía!, ¡pero McGraves se le cruzó de frente y…!—Fue inconsciente, ¡él contuvo el aliento!, ¡no podía creerlo!, ¡estaba pasando!—¡Y señores y… ¡Eso es…!, ¡UNA CAÍDA LIBRE!

¡Maniobra peligrosa si las hay!, los contrincantes se enredaban, sujetos, con el viento silbándoles en los oídos, y era imposible decidir quién era el atacante una vez que los dos se fundían en una serie de giros de vértigo cayendo en picada, queriendo desviar al otro de su meta, la cesta, y sin soltarse… hasta el último aliento. Ellos caían, hasta que uno de los dos se soltara o. Daba pavor sólo pensarlo. Desde la tribuna, hubo quienes se cubrieron los ojos, ahogando un gritito. Era una jugada de miedo y era la jugada favorita de Ryan Golgomatch, para sacarte de juego. Y él siempre se salía con la suya. Después de todo, era muy buen volador, el mejor, una águila en el aire. Ahora, un águila en caída libre.

—¡Golgomatch y Gauthier se precipitan en una caída libre!, ¡Gauthier está en posesión de la quod!, ¡y…! ¡ESTALLÓ!—No contaba con los segundos, para relatar esa jugada maestra. La hinchada bramó y la voz del comentarista, ¡excitada como nunca!, apenas se elevaba por encima de la ola de vítores y aplausos y gritos y llanto y chispas de varitas y…—¡muchacho divino!, ¡quiero besarlo!, ¡eso estuvo a un pelo!, ¡fue EXTRAORDINARIO!, ¡que buen juego!, ¡Golgomatch perdió con su propia jugada!, ¡PUKWUDGIE GANAAAAAAA! ¡Gauthier tiene la mano lesionada e igual lo arrastran sangrando hasta la copa! ¡Te la mereces, chico! ¡Meter la quod en el último segundo!, ¡y que le estalle en la mano! ¡Pero qué acrobacia de vértigo!, ¡ustedes lo vieron! ¡Los pukwudgies se van a jactar de ese chico por mucho tiempo!... ¿¡Y dónde está Golgomatch!? ¡Salió volando!, ¿dónde…? ¡OH, NO, NO, NO, EL CLUB DE FANS DE LA ESTRELLA CAÍDA ESTÁ COMO LOCO!, ¡CUIDADO CON SU CHICO DORADO PUKWUDGIES!, ¡CUIDENLO!, ¡QUE ESAS LOCAS LO MATAN! ¡PROFESORES, ALGUIEN!, ¡HAGAN ALGO AHÍ!, ¡ESTE PARTIDO SE HA IDO DE LAS MANOS!




¡TAC!

Ay, lo que provocó. Con un solo tacón de aguja. Ay. Ese calor, haciéndolo sentir bueno. Ryan tembló hacia dentro, tentado por. Habían amenazado su parte más privada con arrancársela de un pisotón, y al hombre se le ocurrió pensar que Laith era hermoso, y tentador. No era un pensamiento nuevo, pero se hacía más profundo y sentido y querido al convertirlo en un hábito, y él quería repetir, todas las veces.

Ryan dejó que el humo del cigarrillo se le deslizara de la boca, escapándosele, como el autocontrol —porque bastó el chasquido del tacón para despertarlo, ¿sabes?, desde lo blando del nervio—. Y aunque su cara era la de “párteme de un puño si quieres, pero seguirá así, igualita, y deseándote desde detrás de la máscara” (una cara así de larga), aunque no hizo ademán de sentirse atacado o alterado o…, ¡él se sentía tan bien en ese momento! Si experimentaba tensión, sería por las razones equivocadas, siempre las mejores razones.

Escucha, sé… sé que no soy la mejor compañía, así que sólo hazlo corto…

—No te vayas—Se sonrió, y en un gesto tan ladino, que te hacía preguntarte qué escondía. Además de las ropas de Laith, y toda moral.

Ryan…

Tú no te cuestionas, cuando una boca se acerca a tu boca, y estas se encuentran, instante en el que caen en la ternura de un beso. No deberías. No cuando el momento te ha conducido tan bien, tan dulcemente, y hasta olvidas qué es del alrededor, aunque sea sólo por un segundo. Déjate llevar, porque debe ser tal como dicen, que si el corazón pensara dejaría de latir.

En algún momento, su cigarrillo se le cayó de la mano, pero él ya no era parte de las cosas, sólo de Laith, y a él se abrazaba. Bastó verse en el reflejo de sus ojos a través del vacío en el tiempo—que él llenaba, llenaba completamente—, para sentirlo dentro y hacia dentro de sí mismo, y lo tomó, él lo recibió sabiendo que no venía para quedarse —pero vuelve, vuelve siempre, te lo pido—. No había manera de desear apartarse del verde de sus ojos. Laith era, siempre lo había sido, la luna que le sale al encuentro al sol durante; era su eclipse del corazón. Esa conjunción de instantes en el que la luz del sol es consumida por la luna, consumida hasta la total oscuridad, hasta que te cae una lechuza, ¿qué?

…Y les cayó una lechuza.

—¡Oh! Lo siento, es…—Ryan estiró una mano, espantando a un lechuza gruñona, que reclamaba un poco de atención. Se había arrojado contra ellos, agitando las alas, como quien te dice que tiene mejores cosas que hacer en el día, que observar a dos tortolitos—Olvidé de pagarle, es… Una lechuza de correos, de cobro revertido—explicó, con Laith encima y. ¿Cortando el momento? En su defensa, fue la lechuza, no él—Ya, lo entendí, quédate quieta—reprendió duramente, y la lechuza se alejó por el patio, no sin quitarles los ojos furibundos de encima. Ryan, quien parecía ido, y perdido, muy perdido, miró a Laith y dijo, dulce y tranquilo—. Voy por tus cosas.

¿Eh?

Pero no se movió, y en cambio, penetrándolo con una mirada de gravedad y silencio y espera y ternura, lo que hizo fue tomar disimuladamente la zurda de Laith. Repasó en una caricia con la yema del pulgar la cicatriz de la quod al estallar y apretó sus dedos en un gesto, cargado de tibieza. Sólo le bastaba un movimiento, que se adivinaba, para entrelazar sus manos.

—¿Voy a por tus cosas?—repitió, esta vez, a modo de pregunta, pero. Sugiriendo exactamente lo contrario.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Dom Jun 10, 2018 11:37 pm

“No te vayas”, le decía ese atrevido, descarado, como si fuera a acceder a quedarse solo porque él se atrevía a pedírselo. Y a pesar de eso, de que él mismo, el propio Laith, se dijo que aquello era una locura, un sinsentido, aterrizó suavemente en sus labios, un beso que lento se acariciaba entre la ternura de dos labios, sintiendo cómo el rubio pasaba a abrazarlo, a destruir aquella distancia entre los dos como haciéndose partícipe de la creación de un momento que parece perfecto, y aunque no es ideal, es. Y mientras sea, poco más hacía falta en un destello de estrellas y explosiones artificiales.

Y tal y como los momentos se crean, a veces se destruyen. Pudo haberse encimado hasta el punto de sentarse encima de sus piernas, arrodillado de no haber sido por una lechuza que cruel vino a romper un momento esperado, pidiendo su cobro. Laith, lejos de molestarse, se sonrió. — Anda a pagarle, ¿qué haces causando que la pobre pierda su tiempo como si le complaciera ver tu cara de idiota? —el sanador procedió a insultarlo gratuitamente, sólo porque podía hacerlo, estirándose y apartándose de él mientras hacía crujir su espalda y su cuello a la par.

Finalmente oyó como un canto divino esas palabras: “Voy por tus cosas”, y no pudo evitar sonreírse. Finalmente libre, libre de marcharse a donde le diera la condenada gana, ¿a su casa? ¿A casa de Lindsay? ¿De Roxanne? ¿A otro bar a seguir la fiesta? Él era libre de decidirlo en cuanto obtuviera su ropa. Pero el otro no se movía, mirándolo en silencio, como si esperase algo. Miró entonces el contacto entre sus manos como si fuera algo extraño, una práctica salida de otro planeta, la cicatriz de su mano, cuya creación se ahogaba en el pasado dentro de su memoria.

¿De qué estaba hablando? ¡Claro que quería su ropa, de inmediato! Y, sin embargo, ese tacto suave causó un estrago en su interior, lo subió y lo bajó a un tiempo. Su mano, como víctima de un hechizo, reaccionó y entrelazó esos dedos traidores con la mano del enemigo. — Quizá podría… Quiero decir, no tengo trabajo, quizá… Sólo un rato… —aclaró la garganta, incómodo por lo menos, ¿qué ocurría? ¿Bajo qué tipo de hechizo estaba que no era capaz de hacer su voluntad sino otra que no parecía pertenecerle?

***
La luz de la ciudad nocturna lo cegaba de un modo desagradable que no le gustaba, que odiaba, si podía usar esa palabra. No llevaba la cuenta de cuántas botellas había bebido, y menos de los vasos que había mezclado con la cerveza y el vino. Al final sentía la cabeza ligera y los pasos torpes parecían, bajo su percepción, ser perfectos y atinados. Debía volver a casa, una voz le hablaba en voz baja intentando llevarlo por un buen camino que no encontraba por ningún sitio. Se sentía… perdido, era la palabra que estaba buscando, perdido. Estaba perdido desde aquel día en que todo se volvió frío.

Un recuerdo traidor llegó a su mente, de ese día donde vio todos sus sueños y aspiraciones chocarse hasta hacerse trizas con el suelo. El mundo se había vuelto un lugar silencioso y callado, helado. El infierno es así, no es de lava hirviendo como muchos creen, no está lleno de demonios ni el diablo baila al son de los cánticos de las almas en pena con la cola de pincho al viento y de color rojo. El infierno hiela la sangre y hace temblar los cuerpos a los que no sostiene un abrazo, está en la tierra entre los hombres, justo en los ojos llenos de lágrimas de las personas que vagan sin rumbo.

Se detuvo y recargó su hombro en una farola a su derecha, limpiando inútilmente sus ojos que llenos de lágrimas no dejaban de llorar. Y se llamó idiota a sí mismo, sacando un cigarrillo, buscando entre su ropa un encendedor o un cerillo, lo primero que encontrase, con el cilindro en los labios. La luz de una flama bailaba al son de una mano inquieta que se acercó a él, quemando el extremo del tabaco y permitiéndole aspirar para encenderlo bien. Tomando el cigarro entre su índice y medio vio a ese hombre, apuesto, encantador.

Ese hombre… pudo verlo como un recuerdo que lo envolvía en perfume de hombre, como una canción que lo llevaba al pasado. Unos ojos azules que lo adoraban y lo hacían extrañar el sentir el amor, gozando de una felicidad que nunca pensó que iba a acabarse. Era mentira, sí que sabía que iba a terminar, pero las personas, esos seres ingenuos, siempre creen sólo lo que quieren creer. No hay peor ciego que quien no quiere ver.

¿Por quién lloras? —oyó su voz, como lejana, de aquel rubio de mirada entrañable, de esa que te quema hasta el alma y te hace sentir de algún modo… extraño. Extraño en el sentido más dulce y sentido de la palabra. Parecía recordarlo de algún lugar que lejos fue tiempo atrás y poco a poco el recuerdo se había perdido.

Por un tipo —confesó, escupiendo una risa y humo, secando su mejilla con la palma de la misma mano del cigarro. Volvió a calar, ignorando por deseo esa sensación familiar. — Un hombre que me debe una razón, un motivo, porque todavía no entiendo por qué me ha dejado solo y congelándome —fueron sus palabras, abriéndole el pecho a quien se presumía como un completo extraño.

El rubio lo consideró un momento, sopesando las posibilidades. No había sido mandado lejos tan pronto vino, ¿por qué? ¿Era, realmente, el alcohol puro hablando? ¿O más bien, sensible y frágil, Laith aceptaría una mano que amiga a veces pintada como villana, y quería creer, porque era un ciego, que sólo era una víctima de la situación? ¿Sería que se convencía de ello?

Cuenta con un servidor si lo que quieres es vengarte —se ofreció él, tan amable, tan sacrificado a la causa. Ni siquiera parecía importarle ofrecerle usarlo aunque más tarde lo dejara solo en la cama.

Laith sonrió, algo parecía darle mucha gracia, dolido. Había llegado a pensar que su vida había acabado, pues gran parte de lo que él era sintió que era llevado por un cuervo. Y a pesar de eso, lo que hizo no fue otra cosa que dar un paso hacia él, sellando ese trato silencioso en un beso. Uno que sabía a alcohol y tabaco.

***

En medio de aquel confesionario, como una tumba hecha para guardar su secreto, envueltos en el sudor y el éxtasis. Y el frío, antes calando en los huesos, ahora daba tregua y permitía que el calor los envolviera. El rubio lo aprovechó todo, bastaba con resumir que le había besado hasta la sombra, ayudándole a borrar a un hombre de una mente contradictoria. Fingiendo incluso el amor, las manos de Laith lo acariciaron entero.

Sin disculpas, su piel contra la de él, como un hermoso pecado que sustituía a una maldición encerrada en un pecho que dolía, rogando por más mientras se movían a la par, una sincronía que unificó incluso a dos corazones que latían al mismo tiempo, acompasados entre el calor y un ritmo frenético.

Cualquiera servía si eso apagaba durante un rato el frío, apretado en unos brazos fuertes de un hombre hermoso. Y lo sentía dentro, cómo le arrancaba durante un momento el dolor, con la sensación familiar de lo malo cuando se siente bien, del escondite donde el alma se desnuda y se mezcla entre el frenesí y el sudor.

Al borde del éxtasis, las uñas arañando la piel disponible en su espalda, estremeciéndose para derrumbarse hasta sus cimientos, llegando al punto sin retorno del orgasmo y gimiendo un solo nombre cuando su juicio más nublado se encontraba.

Ryan.

***

Se habían enredado en un beso ahí, en el suelo en el centro de la sala de estar. Lo había invitado a un café, una trampa de puerta abierta, y el colibrí entró a ella ingenuamente, o por deseo propio. Fue un beso que ninguno estaba seguro de quién comenzó, pero ocurrió, y en el arrebato de pasión lo más cercano fue no otra cosa más que el suelo inmediato, limpio al menos. Una camisa que no pertenecía a ninguno de los dos salió volando a otro lado, revelando los tatuajes del sanador que recorrían su cuello y su hombro hasta llegar traidores al pecho, acariciando con cautela.

Dame un… Déjame… Ryan… —jadeó, empujándolo por los hombros y tratando de impedirlo de seguir besando su cuello, queriendo finalmente deshacerse de los incómodos tacones. No se lo permitieron. — ¿De qué estás…? Ryan —reprochó, intentándolo de nuevo, ¡que eran sus pies, joder, él decidía qué hacer con ellos! Pero su voluntad no fue doblegada por un hombre demasiado insistente que caía adicto hacia él. — Ya te he dicho que no hagas eso —escapó su pie a través de su mano que pretendía besarlo, qué molesto podía ser a veces Ryan Golgomatch, tan arruinador de momentos.

No había forma de resistirse demasiado a un hombre demasiado atractivo, mucho para ser verdad, para ser tan imbécil como sólo él era. Pero Laith no oponía verdadera resistencia, él sabía que era dueño de mucha gente y, en la gran mayoría de las ocasiones, se entregaba a las tentaciones más oscuras para encontrar ese placer por necesidad. No quedaban razones suficientes para no pasarlo bien cuando dos querían y se deseaban, destinados a chocar en una colisión de besos, fluidos, sudor y éxtasis.
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Ryan Goldstein el Lun Jul 02, 2018 4:06 pm

En un piso de alquiler, Londres.
08:00 am
Día de invierno.



Al salir de la ducha, lo primero, fue volver a la habitación. Aunque lo intuyera, de alguna manera, el qué iba a encontrar. Marchó paso a paso, a paso lento. La cama estaba vacía, las sábanas revueltas. El gris era sombrío en esa mañana, que a duras penas se abría paso por entre las cortinas. Ryan, de pie en la entrada, se recargó de lado, observando ese pequeño desastre, cruzado de brazos, tranquilo por dentro. Silencio. Internamente, se esforzó por distinguir el rumor de una segunda presencia, pero nada.

Laith se había ido.

Suspiró echada la cabeza hacia atrás, la mirada ensimismada y perdida. No estaba preocupado. Tampoco le había puesto llave a la puerta al entrar al piso. De un empujón, se obligó a sí mismo a echar a andar por el pasillo rumbo la salida. La puerta estaba entreabierta, mal cerrada. Aferró la manija y después de unos segundos de pausa contemplativa, cerró. Bien esta vez, pero de nuevo. No hacía falta la llave.

Hubiera querido decirle, sí, que lo extrañaba. No porque pensara que eso lo fuera a detener. Sólo porque era cierto. Y a pesar de que hay verdades que saben mal, esa se sentía particularmente bien.


Quizá podría… Quiero decir, no tengo trabajo, quizá… Sólo un rato…

—Sólo un rato está bien—
Y por él, toda la vida, si tú quieres. Ryan apresó la mano de Laith por el revés, la acercó a su boca y besó el nacimiento de la muñeca, y besó, y llegó a la palma de la cicatriz, e iba despacio porque sentía cada beso. Sus labios se presionaban con suavidad profunda contra la piel, besaba mientras lo miraba, tan calmado como para pegarle por tantas confianzas, tan entrañable como para preguntarle por qué ese brillo atrevido en la mirada, ¿por qué esa seguridad hacia dentro de sí mismo de que estaba prendido de ese hombre, Laith, con un amor que atravesaba el sarcasmo? Alguien debía decirle que mirar a una persona tan fijamente a los ojos era mala educación, un crimen contra el pudor, una villanía.

Si Ryan iba a por un beso, no era sólo eso lo que él tomaba. Lo buscaba a través de una lluvia intermitente de gestos y caricias, con esa intensidad caprichosa del que quiere más. En un momento lo alzó por la cintura. Irían derecho al sofá. Pero Laith no quería que lo alzaran. Ryan se sonrió y lo recostó sobre la alfombra. Había dicho que lo soltara, ¿no? Puede que también hubiera dicho otras cosas. Ryan asfixiaría todas sus réplicas.

Laith abierto de piernas era una de sus atracciones favoritas. Hería su pecho con un fulminante halo de sensualidad que te cortaba el aliento, el juicio. Tenías que ver cómo su piel tan blanca parecía iluminada. El verde enfurruñado de su mirada podía tornarse caprichosamente en sombras de placer, angustia y éxtasis. De él, Ryan adoraba la apasionada ternura con que se deshacía cuando lo tocaban aquí o un poco más, sólo un poco más, de esta forma, de esta otra.

Lo tenía excitado, ese cuerpo dócil a las sugerencias en la palma tibia de sus manos. Laith y siempre Laith, desde la raíz de su pelo hasta… la punta de aguja de ese tacón. De verdad, hay ciertos calores que sientes agolparse contra las paredes de tu ansiedad que no pueden apagarse ni puestos a ello. Laith era hermoso. Pero Laith en tacones era arrebatador. Lo sintió remover sus piernas y el sonido hueco de un peso ligero al caer captó su atención, lo sorprendió. ¿Por qué?, ¿por qué él haría eso…?

—No.

Ryan se había detenido intentado recolocarle uno de los zapatos de mujer, negándose a que se los quitara. Ni que fuera un niño travieso. Tenía la pierna de Laith apoyada en su hombro. Había hecho un alto para afanarse en ello, pero Laith le corría el pie.

—Sólo póntelo, vamos—rogó, dulce. Ryan sonreía, cariñoso y algo desesperado. El otro parecía sólo molesto. Por su parte, Ryan insistía, aprovechándose del momento para plantarle un beso en el pie, llenarlo de caricias, ¿con cierta podofilia?—Por favor—Era comprador, con esa mirada. Antes de darse cuenta, Laith le corrió la cara con el pie, habiéndose zafado de su agarre, cuando se adivinaba que volvería a besarlo.

Tan pronto como eso sucedió, Ryan lo enfrentó cayendo repentinamente sobre él. Se miraron. Ryan torcía sus labios en una sonrisa sutil. No agregó nada más y relegó el zapato al olvido. No fue así con esa antorcha llamada obsesión que guiaba sus intenciones. Siempre había sido de esas personas que quieren convencerte a la fuerza sobre las cosas que te gustan. Imponerse. Aún podías sentirlo. El calor, el pulso, la persistencia. Si le hablabas, no escuchaba. Si le hablabas otra vez, torcía la conversación a su conveniencia o en silencio él te devoraba. Si quería que usaras zapatos de mujer. Te hacía el amor como a una mujer.

Pero lo que lo enloquecía se apoderaba de él sin que opusiera la menor resistencia. Laith lo tenía justo debajo de la punta de su zapato. Le hacía sentir lo mejor de sí mismo: una entrega sin tregua, complaciente y tan impaciente. Laith era dueño de todo ese ímpetu, todo ese ruego bronco y anhelante que gemía en su pecho, de ese hombre imposible que era Ryan, enamorado y herido y eternamente apasionado.

*

Recostados en la alfombra, así era como estaban. Ryan miraba al techo con una sonrisa escondida en su rostro. Era un secreto cantado a voces, por qué se sonreía. Por supuesto, la buena compañía. Enredaba a Laith tendido a su costado en un abrazo. Distraído, jugueteaba con los negros cabellos del morocho. Tenía una forma de hacerlo.

—Tendré que pagarle—dijo.

Se reía por dentro, era evidente. Pero haberlo hecho antes, hombre. Desde el exterior, una feroz y muy ofendida lechuza les clavaba sus ojos saltones. En principio había querido derribar el vidrio aleteando furiosa por que le prestaran atención, pero desistió cuando comprobó que era inútil. ¿Había hecho tanto ruido? Probablemente. Sólo que no habían sido enteramente conscientes de ello, por momentos que supieron a éxtasis.

Habiendo comprobado que parecían tan interesados en ella como antes, la lechuza se apartó sacando plumas, toda henchida de orgullo, y les dio la espalda. No se iría sin su paga, que lo supieran. Pero tampoco ellos eran humanos tan interesantes como para preocuparse por ellos. Ryan, por su parte, tenía una idea muy distinta del humano Laith.

*

—¡Vete, vete!—exclamó sonriéndose, y espantó a una lechuza muy enojada con un gesto brusco de las manos luego de darle su cambio y ésta emprendió el vuelo ululando muy descontenta, incluso después de que le hubieran pagado.

Ryan se vistió con las babuchas que llevara encima antes y sin preocuparse mucho por andar de cómodo por la vida, el pecho al aire, se distrajo con el televisor. Sí, el televisor. De pie y con el control remoto en la mano, se entretuvo haciendo zapping. Tan tranquilo de la vida.

—¿Café?—preguntó. Tenía una taza en la mano. Tan tranquilo como estaba, tomó asiento en el sofá. Hasta aquí, todo parecía muy normal. O lo parecería. De no ser porque. Bueno, ¿de qué iba ese rubio? Sin voltearse, Ryan alzó la voz—: ¡Tus cosas!, las tengo aquí—dijo, levantando uno de los cojines del sofá. Conque allí las había escondido.

De todos los lugares a elegir, dirías que era muy evidente. Pero justamente, como había muchos lugares por elegir en una casa con tanto cachivache y con un desorden en el que hasta Ryan solía perderse a veces, pues, todo sitio resultaba inesperado.




En el castillo de los Golgomatch.
Años atrás.





—Deberías ser más amable con él—
Recortada por la luz que se colaba dentro de la penumbra que era la habitación del piano; que era como cualquier otro baúl de trastos, de recuerdos olvidados, cargado de polvo y estancado en el tiempo; así se apareció Brianna observándolo desde el resquicio de la puerta, apacible y frágil como un hada que puedes espantar con una sacudida de tu mano, sólo que Ryan no solía ni dedicarle su tiempo, ni un solo esfuerzo, sólo la ignoraba cuando no se burlaba de su enfermedad—. Él te ama.

Sólo una ventana, y a través de ella, el mar como una promesa lejana. Era una iluminación tan pálida, tan fría, la que se diseminaba en medio de una oscuridad tan arraigada como las culpas o los miedos, esos sentimientos que anidan para quedarse en los corazones de los hombres, o allí donde los hombres tienen una historia, manchada por pasiones y terrores.

Ryan le daba la espalda a su madre y tocaba con el día volcándose sobre él a través de esa misma ventana. Mentalmente, recordaba las notas. Así tocaba, pero sus dedos no se movían fluidamente sobre el piano, tal como lo consiguiera Ludo, su hermano, antes de que lo espantara y ocupara su sitio en el banquillo mientras que un pequeño rubio huía echando a correr a lágrima viva disparado hacia la salida. Sólo una tecla hizo vibrar el silencio, pero la música estaba muerta en ese cuarto, Ryan la había asesinado.

—A ti solía gustarte—Brianna irrumpió como una brisa húmeda y fresca, y Ryan la sintió cerca, justo en frente de la ventana, oscureciendo parte del día. El rostro de su hijo se hallaba carcomido por las sombras. No lo miraba, pero sabía que en ese momento él la despreciaba, con una pasión tan viva—. En Ludo, es talento natural. Es mejor pianista que tú. Pero de pequeño te sentabas a mi lado—Entreabrió sus labios dejando asomar una sonrisa, y le dio gusto recordarlo. Continuó—: y me pedías que no parara. Pasabas horas…

Enmudeció de repente, con un golpe del piano. Y resonó, resonó el rechazo en esa habitación. Ryan presionó las teclas a un tiempo en un desafinado compás que afiló las distancias entre ellos, madre e hijo, y el ruido atravesaba el tímpano y llegaba hasta el alma, un alma que se sorprendía estremecida. Brianna enmudeció de pena. No podía alcanzarlo, donde quiera que estuviera, muy dentro de sí. Pero su pasión era tan chispeante como los rayos que destellan de las alas de un ave de trueno, y si se abrazaba a esa pasión, volaría lejos, muy lejos. Si tan sólo hiciera del amor su pasión, qué grande e imparable sería cualquiera de los hombres.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Vie Jul 06, 2018 2:08 pm

Aquella forma en que Ryan besaba su mano, lenta, invasiva y con un contacto visual que no paraba. Era una especie de conexión, el momento en que sus pensamientos más oscuros se miraban frente a frente. Hay gente que dice que si pasas demasiado tiempo mirando al abismo, el abismo también mirará dentro de ti. Así, el verde y el azul chocaban, hundiéndose profundamente hasta que cosas que jamás fueron dichas y que nunca pronunciarían se transmitieron justo como lo que eran, en su sentido más puro, en el deseo inexplicable y una chispa que se encendía, en ocasiones, como lo hace la luz intermitente de un bombillo que pierde su vida, pero lucha por permanecer encendido.

Discutían, además, por los deseos encontrados. Eran agua y aceite, incluso al revolcarse en la pasión del momento. Si Ryan quería alzar a Laith, él insistía en que quería ser liberado. Si Ryan deseaba estar en el sofá, Laith prefería la alfombra. Si Laith quería quitarse los tacones, Ryan insistía en que se los dejase puestos. Sólo dos polos opuestos que no podían estar juntos, pero al mismo tiempo, como no otra cosa que imanes, se atraían, norte y sur, positivo y negativo, ¿quién era cual, sin embargo?

Que no quiero —dio su última decisión, y bastó. Laith se sentía incómodo con esa fijación, siempre atacando sus pies, entre besos y caricias. Ryan era raro, cuando menos. — ¿De qué te ríes, idiota? —masculló, cerca de su boca, mirando esos ojos intensos antes de devorarle en besos. Era una tempestad, un furioso ventarrón que venía del alma, ¿cómo era que podía pasar el tiempo y había una chispa perenne que no se apagaba? La vida, era eso, que a veces daba tantas vueltas que parecía mentira.

Parecía mentira que, a pesar del daño que mutuamente se habían hecho, hubiesen llegado a un punto de no retorno donde el otro les inspiraba. Una herida cosida que no sanaba y que, en cambio, en ocasiones rompía la costura y volvía a abrirse, y de ella escapaba sangre en la misma cantidad que escapaba magia. Y dolía, tanto o más que consolaba. Una contradicción con todas las letras de esa palabra. A veces hay sentimientos y emociones que no pueden comprenderse pero se sienten en lo hondo, calan en el pecho, se sienten con intensidad.

***

Hay un momento siempre, detrás de cada ocasión en que el pecho se acelera hasta que uno cree que va a escapársele del pecho, cuando la adrenalina corre por las venas como un veneno que corroe y al mismo tiempo endulza, en que uno para un par de segundos a respirar. En ese momento, los pensamientos son el agregado más absurdo, la mente en blanco completo, sobran los motivos y a la vez faltan las razones. Es el instante donde el mundo se detiene, o es lo que la gente dice. En realidad, el mundo no se detiene, pero la mente no es capaz de percibir los segundos al pasar.

De ese estado de ensimismamiento, un aleteo y una mirada filosa basta para traerle de vuelta a la realidad. — ¿Por qué no le pagaste antes de empezar…? —se quejó, perezoso, dejándose abrazar, permitiendo que jugara con sus cabellos, con el sudor perlándole la piel y la voz ronca por los gemidos. Talló su rostro con sus manos, un rato más tarde, y se sentó en el suelo, inhalando profundamente y soltando el aire poco a poco en un suspiro que se confundía con un bostezo. Ryan tenía que ir a pagarle a la lechuza, y él, a seguir con la búsqueda de sus prendas.

***

Tomó la taza de café de la mano de Ryan cuando éste se la ofreció, tan rápido como si temiera que pudiese retraer la oferta. Como había sido traído al mundo, vestido de hombre, Laith paseaba a través de la casa del otro, desnudo en su totalidad, sin complejo. Al menos, claro, hasta que el otro le presentó su ropa, debajo de un cojín. Su reacción fue rápida y no disponía de suficiente pensamiento, pues inmediatamente tomó el cojín y le dio con este en la cabeza al dueño de la casa, antes de tomar su ropa interior y su pantalón, vistiéndose.

Empezó a buscar sus zapatos. Búsqueda infructuosa, por cierto, ¿cómo encontrar cualquier cosa en ese desastre de sitio? ¡Si le sorprendía que Ryan no se hubiese perdido en su propio desastre! — En serio no puedo creer que vivas en un sitio así —le crispaba los nervios. — Mira nada más, ¿es que nadie te enseñó a ordenar? ¡Contrata a alguien, por lo menos! —y mientras se quejaba, iba de aquí para allá. — Nada está en su sitio, ¿tienen sitio, acaso? Lleno de cajas, y papeles, y mierdas… —diríase que se encontraba muy incómodo por el sitio.

Sin darse cuenta, ni siquiera, había empezado a tomar cosas. Esos papeles desperdigados por todo el escritorio, mirados por encima y hechos tres pilas distintas, de acuerdo a su naturaleza. Invasivo abrió cajas y empezó a mirar dentro, y daba vistazos eligiéndoles un lugar, con cuidado siempre, pues podría salirle una araña asesina, quizá. Organizaba cosas en un ligero trastorno obsesivo compulsivo muy leve por forma, color y tamaño, vaciaba cajas y sitios donde el suelo no había sido visto desde hace mucho tiempo empezaron a descubrir el color de la madera o la alfombrilla que estaba debajo de montones de cosas.
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Ryan Goldstein el Jue Jul 12, 2018 8:24 pm

Por acto reflejo, Ryan alzó el codo y paró el golpe de cojín con el antebrazo. Tenía el control en la otra mano. Miraba el televisor. Se sonrió. En la tele muggle pasaban un programa de cocina. Laith le había interrumpido un tip muy interesante sobre una receta, que te hacía agua la boca.

—Tengo hambre—soltó, en un comentario distraído. Además, quiso saber—: ¿y  tú?

Laith se quejaba, pero él no se hacía el aludido, pero ni por asomo. En un momento, sí, enarcó una ceja y le dedicó una mirada de sorpresa. Miró en rededor con un brazo apoyado todo a lo largo del respaldo del sofá, girando el cuello con sentida curiosidad sobre a qué se refería. No estaba tan mal. Él ponía orden, eh. Pero para Laith eso era un desastre.  

—¿Te parece?—preguntó. Se rascó la perilla, pensativo. Por la expresión de los ojos, un poco se apenaba. Si acaso no era sólo indiferencia lo que emblandecía el brillo de su mirada.

Rió.

—Oh, pero tú no tienes que…—Extrañado, contempló cómo Laith se afanaba en revolverle las cosas. Esa era su apreciación personal del asunto. No se le ocurrió pensar que el otro estaba ordenando. Abrió la boca, una, dos veces, como si estuviera a punto de decirle algo desde el sofá, pero prefirió desistir.

Sin una sola réplica, se puso en pie de un salto, tan relajado como cualquier hombre en pantuflas. Sólo que las suyas habían ido a parar a cualquier parte desde la noche anterior. Descalzo, con sólo unos pantaloncitos ligeros, fue desperezándose hasta la cocina y se internó allí, dejando al otro a su albedrío. Reapareció con una libretita que era un catálogo de lo que había por el barrio para pedir delivery.

Recargó perezosamente su hombro contra un punto de apoyo, cerca de donde merodeaba Laith, y mientras ojeaba los volantes publicitarios en su libretita, ensimismado, le preguntó si querría pedir algo o de qué tenía ganas, ajeno al revuelo a su alrededor. Hasta que alzó la mirada y prestó atención con el ceño fruncido a eso que tenía a Laith tan empeñado en ese momento, por vaya a saber qué ataque de compulsividad.

—Espera, ¿por qué estás reacomodando mis cosas?—
Lento, mira que era lento. O puede que no todo fuera un desorden en el desorden. A veces, un cajón lleno de mierdas podía tener un propósito—Sí, dijiste algo sobre cómo llevo mi casa, pero eso… eso no va ahí, ¿qué haces con eso?—preguntó con interés, señalando lo que el otro tenía en la mano. No es que le importara que la gente revolviera en sus cosas. Y si lo hacían, raramente se daba cuenta. Pero eran sus cosas después de todo, ¿sabes? Y dentro de su propio desastre el hombre se orientaba perfectamente. Presto como él sólo cuando quería, hizo el ademán de estirar el brazo y sonsacarle lo que Laith tenía en la mano. Es que después, ¿quién se supone que iba a encontrarle las cosas que el otro reacomodaba?

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Laith Gauthier el Mar Jul 17, 2018 10:09 am

Podría parecer que el mundo alrededor de Laith se hubiera apagado y, para el sanador, no hubiera otra cosa meritoria de atención que no fuera el desastre en que, según él, vivía el rubio. ¿Formaba parte de la naturaleza de su trabajo, ordenada y metódica, que no podía vivir con el desorden? No, iba mucho más atrás, antes de que Laith mismo pudiese decirlo, el momento en que, si bien podía tolerar un cierto grado de desorden, tan sólo rozar ese límite le provocaba la ansiedad implacable de comenzar a limpiarlo todo.

Diríase que discutía con Ryan, cuando había dejado de escucharlo hace tiempo. Desde un momento hacia el presente, Laith sólo formulaba con sus propios pensamientos quejas y demás reniegos que no entorpecían la tarea fundamental. A pies descalzos paseó por aquí y por allá, brindándole un sitio a cada cosa que se encontrara. Sitios que Laith encontró lógicos y fáciles de encontrar, sin considerar ni por un segundo que no era él quien tenía que encontrar en un futuro aquellas cosas, sino su legítimo dueño.

Tan sólo se quedó en silencio un único segundo cuando Ryan habló de algo que verdaderamente le importaba. Dejó de rebuscar en la caja mirándolo con ojos curiosos y compradores. — ¿Comida china? ¿Arroz con pollo y vegetales? ¿Y camarones? —le preguntó, dándole una sugerencia bastante específica, por no llamarlo una petición, de lo que se le antojaba comer. — O pizza, si no hay comida china cerca, de pepperoni con champiñones… O pollo frito… —no era exigente, eso había que concedérselo.

Después de arreglar ese asunto de la comida, un muy importante asunto que ameritaba toda su atención, regresó su mirada a la caja, observando aquí y allá, dónde iba cada cosa. Su orden parecía venir de una serie de procesos mentales que analizaban lo que miraban en órdenes de importancia. Es decir, si Laith consideraba que ese artefacto debería estar en un cajón, o a la vista. En general, parecía avanzar mucho más rápido que cualquier persona, y eso era porque le apetecía terminar pronto e irse.

Es decir. Se iría, en cuanto almorzara. — Ya te lo dije, tienes un desastre en esta casa —se le notaba una disminución de acidez desde un punto importante. Sí, Laith a veces era fácil de calmar. — Esto va aquí ahora —pronunció, girándose en su dirección en cuanto intentó quitarle el algo que llevaba en la mano. — No, no, tú no sabes, eso va aquí —le impidió robarle y le dio un lugar. Sí, acababa de decirle al dueño de la casa que no sabía dónde iban sus cosas. ¿A dónde irían a parar? — Mira, yo… Yo lo hago, tú pide la comida —le dio un pequeño empujón.

Sí, no quería explicarle a nadie su forma de acomodar las cosas. Más bien, no sabría hacerlo si lo intentaba. Es de ese tipo de análisis que uno tiene mental y que, al intentar convertirlo en palabras, se falla estrepitosamente. Porque a veces no tiene un fundamento lógico ni estable, a pesar de que uno tenga completamente seguro que, por alguna razón que superaba a sus pensamientos, eso tenía que ser de ese modo y no de otro.
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Ryan Goldstein el Lun Ago 06, 2018 3:28 am

Fuck Away The Pain
Si alguien estuviera de cansino todas las semanas recordándote muy casual, muy amablemente, que las cosas deben hacerse de una manera y no de otra, cuando su único argumento plausible es que ha llegado a esa conclusión porque le gusta que sea así y punto, no es ilógico que te pudras.

Convivir con un maniático compulsivo del orden debía sacar a la luz cuestiones como la paciencia, el respeto del espacio personal, la poca objetividad del asunto sobre qué poner o no poner en los cajones. Pero discutirle, sólo haría que Laith se pudriera. Ryan no pensaba hacer eso, más que nada porque no era parte de su carácter desalentar a una persona por las peculiaridades que la hacían quien era, cómo era, y lo que era para ti.

Prueba a que a ti te reiteren una y otra vez que eres un loco, un insensible, un pesado. Insufrible. En el fondo, la gente te gustaba o no te gustaba, y eso hacía toda la diferencia. Sólo por eso podías aprender a aceptar algunas cosas y ser flexible en otras, o no transigir para nada. A Ryan le gustaba mucho, ¡mucho!, terriblemente, Laith Gauthier. Así que a ver, ¿qué estaba pasando ahí? Sólo era cuestión de preguntar, por curiosidad. Y bueno, quizá tomarle un poco el pelo y arrojar toda su filosofía de buen tipo por la borda.


 
             

Ryan optó por pedir pollo frito y papas fritas y ensalada y una cazuela de pasta casera (tortellinis), ¿y por qué no?, de camarones, ya que estaban. Tuvo que llamar dos veces, porque a la segunda se arrepintió y le agregó al pedido otra ensalada, sumándole a la que ya tenía, lo que hacían dos ensaladas y extra ración de pollo frito y… Era increíble que lo pidiera con una cierta ansiedad, como si le preocupara que así y todo, no alcanzara cuando hasta había pedido a dos lugares distintos. De un lado para el otro se había paseado por la sala consultando con un tono excesivamente amable al dependiente del delivery. Si hasta se habían echado unas risas, como los mejores amigos. Así que era así como Ryan Goldstein engañaba a la gente, con su mejor sonrisa. Al acabar con la llamada, regresó donde Laith y se acomodó contra el borde del escritorio, observándolo.

—¿Cómo tú lo sabes?—¿Eh?—Oh, por favor, dime. ¿Es un tipo de…?—No le venía la palabra, no le venía. Forzó la mirada, escrutando más allá del pensamiento, buscando en su cabeza la respuesta—¿De sistema, quizá?—Se cruzó de brazos. Rió, de vaya a saber qué. Ah, es que era tan encantador, que se reía en tu cara—. ¿Tú haces esto…?, ¿seguido? Cuando tú… —¿Estás en un lugar que no es tu casa?—Digo, tú…—Se interrumpió con una sonrisa, y señaló una cuestión, muy curiosa—: ¿Tú te das cuenta que lo tendré difícil para encontrar mis cosas, verdad? Como…—Buscó con la mirada por encima del escritorio, o fingió que buscaba. El caso era que quería dar un ejemplo—¡Mi libreta! La tenía aquí, lo juro. La llevo conmigo todo el tiempo, voy a quererla de vuelta—Y añadió, a modo de propuesta—: ¿Por qué no me enseñas tu sistema?

Al pie del sofá, Ludo observaba sentado en su sitio y con la oreja cayéndole hacia un lado. Se impacientaba, sin comprender qué pasaba. Había asumido que los dos humanos de ahí, que debatían vaya a saber qué cosas supuestamente civilizadas, no le iban a prestar nada de atención, pero eso no le impedía seguirlos de cerca una vez que lo dejaron entrar. En realidad, no era como si lo hubieran invitado a pasar. Pero la puertaventana estaba abierta, y el cachorro aprovechó su oportunidad.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Miér Ago 08, 2018 9:02 am

Laith no parecía escuchar nada que no fueran sus propios pensamientos porque estos, ahí en el interior de su cabeza, gritaban en voz alta cosas que no podía olvidar. Cosas que reptaban desde el confín donde habían sido enviados al olvido de la más forzosa manera. Habría dado cualquier cosa por olvidar aquellos recuerdos que, en ocasiones, por las noches no lo dejaban dormir. En un acto de autodefensa, Laith actuaba, iba ahí y venía, con ojos que más que curiosos eran inquietos. Ignoraba el susurro cruel del pasado en el oído quien, con una sonrisa retorcida, se lo recordaba.

“Pudiste haberlo evitado si tan sólo hubiese estado todo en orden”.

Sólo salió de sus pensamientos cuando vio a Ryan, pues antes de escucharlo lo había mirado, quedándose a medias en un hilo de pensamientos. Su libreta. Dio un repaso rápido con su mirada, recordando, antes de abrir un cajón y de este sacar la libreta. Un escondite razonable, al menos para él. — No es… un sistema —masculló, mas no estuvo seguro de si había hablado o si sólo lo pensó, en cierto momento. — Quiero decir, sólo… Sólo piensas en el lugar más probable donde debería estar algo y… y ahí es donde pertenece… —no sabía si se estaba explicando.

Se notaba de lejos que a Laith jamás le habían preguntado aquello, a juzgar por la carencia de capacidad para poder explicarlo. Era, pues, sólo el resultado de jamás haber hecho un análisis consciente del por qué y el para qué de muchas consignas y ello, al pensarlo, le puso un freno a la marea violenta de pensamientos que azotaban, y reptó, de regresó, el pasado a aquel lugar de donde había salido para volver a encerrarse en la oscuridad, aguardando por el próximo momento en que Laith pudiese ver sus propias mentiras.

De pronto se dio cuenta de cuán agotado se sentía y, por ello, detuvo el huracán que sucedía ahí entre las cosas de Ryan para sentarse en el sofá. Vio sin mirar realmente la pantalla, con un codo en el brazo del sofá y la mano consecuente sirviéndole de apoyo a la cabeza conforme su mano acariciaba distraídamente la cabeza de Ludo, apoyado en sus rodillas con sus patitas delanteras para acercarse a él. Había ocasiones, como esa, que Laith notaba más claramente que nunca que las cosas que duelen en el presente, aquellas que en el presente le hacían actuar de tal o cual manera, no eran pasado.

¿Cuánto te dijo la comida que se tardaba? —inquirió, de pronto, muy tranquilo de repente, sosegado en sus modos. La mirada fija en una pantalla, en un punto imaginario que no estaba ahí. — Debo irme pronto, de todos modos —dijo más para sí mismo que para nadie. Parecía haberse rendido en una batalla que, en realidad, sólo él estaba peleando. Cuando sintió el peso a su lado del cuerpo del rubio al sentarse, casi en automático cambió de posición, de lado en que depositaba su propio peso.

Se dio cuenta que tenía frío. Siempre lo sentía, el frío, cuando no se sentía comprendido. Sin preguntar, tomó el brazo de Golgomatch y lo cruzó a través de sus hombros, necesitado del contacto, recargando su cabeza en su hombro. En completo silencio, como si tuviese miedo de que el mero hecho de pronunciar palabra alguna quebrase el momento, el momento íntimo en que se rozaba el piel con piel en el sentido más casto que tenía la palabra, el mero hecho de estar ahí y de ser no como una entidad sino como dos que, pese a ello, preferían, por un momento al menos, estar juntas.


Última edición por Laith Gauthier el Jue Ago 09, 2018 5:38 am, editado 1 vez
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Ryan Goldstein el Jue Ago 09, 2018 2:07 am

Fuck Away The Pain

—Bueno, de hecho, es bastante cierto—comentó Ryan, ligeramente impresionado. Su escritorio despejado era un episodio que no se veía todos los días, había que apreciarlo con los ojos abiertos. Aunque bien sabía que había alguien, una pequeña hada, que rezongaría un poco con los cambios. Los cambios no eran lo peor que podían pasarte, sin embargo. Sonrió—¡Gracias!

Fue un cumplido sencillo, que le sacaba chispa a esos ojos de cielo. Joder con los genes de los Golgomatch. Se lo tenían muy creído. Todos ellos. Ni siendo arrogantes, ni siendo humildemente sinceros, perdían el encanto de esos genes por los que estaban tan orgullosos. Lo que Ryan no perdía tampoco era oportunidad de meter conversación, así que siguió a Laith hasta el sofá, sumido en la plática e imantado a la inercia del momento, comentando sobre sus propias manías, ¿intentando naturalizar algo que le resultaba llamativo? Inoportuno o no, hablaba solo. Estaba hablando de sí mismo, abiertamente. Naderías, los ladrillos de su cotidianeidad, de un mundo que era suyo propio y en el que Laith había ido a caer casi por accidente.  

—Ahora, me siento avergonzado. Me doy cuenta, que yo no tengo idea de dónde colocar mis cosas. Hay lío en la casa, porque me gusta acumular, lo admito. Veo cualquier cachivache allá fuera, y lo traigo directo aquí.  ¡Ya no tengo lugar para nada! De hecho, tengo…—
La comida, ¿a qué hora…? Ryan se interrumpió en el acto con ese mismo interrogante impreso en el rostro y pasando por delante de la televisión—¿Media hora, cuarenta minutos, él dijo?—hizo saber, restándole importancia. Él no tenía apuro. Con “él dijo”, se refería a la voz joven que lo atendió por teléfono y con la que había mantenido una agradable conversación sobre qué ensalada preferían más. Sí, tan simpático él era, hasta con el telefonista. El sofá se hundió bajo su peso, junto a Laith.

Se había dejado caer, sin pena. Ludo movía la cola, colgado al regazo de un Laith distraído. Ryan se recostó con los brazos abiertos sobre el respaldo, sin segundas intenciones, sólo porque estaba acostumbrado a acaparar espacio. Y si estaba en su casa, lo hacía incluso sin siquiera notarlo. Él siguió hablando, casual, viendo cómo la tele cambiaba de canal, una vez, tres veces.

—Tengo un armario donde van a parar muchas cosas para las que me prometo que hallaré un lugar—
reveló—¡Pero nunca me hago del tiempo! ¿Te interesaría?—Mira tú al descarado. Pero volvió a interrumpirse—: Oh, espera—Ryan se distrajo con algo que pasaban en la tele. Estuvo a punto de decirle que parara—¡ahí!, ¿podrías…?

Estuvo, también, a punto de apartarse. Se sorprendió cuando Laith tocó su brazo y sólo entonces fue consciente de dónde lo tenía puesto. Pensando que quizá le molestara tanta invasión, su primer pensamiento fue el de cederle espacio. En cambio, se estuvo muy quieto en su lugar, mirándolo sin decir nada. Porque no se trataba de un intento de hacerlo a un lado, desentenderse de él, no. Ryan dejó la cháchara. Se olvidó del canal, de qué quería mirar en la pantalla.

Lo recibió entre caricias, al tiempo que fue a instalarse en su pecho el peso cálido de una sensación. Hubo delicadeza en la espontaneidad del momento, y Ryan no la cortó con ningún tipo de comentario. Respiraba tranquilo. De verle la cara, Laith lo hubiera visto repentinamente ensimismado, concentrado en un sentimiento que lo punzaba con ternura, y con una ligera sonrisa que no moría en su boca silenciosa.

Jugueteó con los cabellos del moreno y pensó: “Yo solía hacer esto”. ¿Y qué otras cosas él solía hacer? Ladeó el rostro y apoyó la perilla en la cabeza de Laith, recargado sobre su hombro. Mientras pensaba, imágenes de ellos dos le vinieron a la mente. Oh, sí. Despacio, con apenas las yemas de sus dedos, repasó firmemente un trazo imaginario que subía por el lado del cuello y bordeaba la curvatura que le nacía detrás de la oreja para volver a caer hacia abajo y alejarse por la línea del hombro.

Lo repetía, leve la presión, describiendo arabescos contra su piel, como si lo hiciera estando distraído, pero ambos sabían que no era así. La pantalla había dejado de importarle del todo. Sin perder la naturalidad, Ryan hizo el ademán de atraer las piernas de Laith, invitándolo con el sólo gesto de tomarlo a que las subiera al sofá, encima de su regazo. A Ludo esto lo desorientó, porque era feliz, y querían arrebatarle su cuota de atención. Es que nadie reparaba en el perro.  


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Laith Gauthier el Vie Ago 10, 2018 6:51 am

Tal y como Laith veía sin mirar realmente la televisión, también oía sin escuchar las palabras de Ryan que sonaban, en medio de una disociación emocional cuanto mental, como un sonido lejano que ocurría casi molesto. Escuchaba, vagamente, algo sobre cachivaches, y lugares para nada, mas otra pregunta resultó tener más relevancia al grado de querer interrumpir su soliloquio para obtener una respuesta: la comida. Qué tan ensimismado tenía que estar el sanador, si ni siquiera el hecho de mencionar alimento le había sacado del profundo interior de sus propios pensamientos.

Escuchó la pregunta sobre si podría hacer algo, y sin embargo creyó preguntar a qué se refería. Ese tipo de cosas que uno piensa que ha dicho cuando en realidad se ha reservado para sí mismo, desganado del mero hecho de hablar. Sólo dejó las caricias al perro y el control remoto a un lado para acomodarse en el hombro de Ryan, necesitado de la atención y el cariño físico. Era, pues, un hombre físico, dado al contacto, el cuerpo humano no es más que energía que se encuentra en constante movimiento y, en ocasiones, como lo hace la corriente eléctrica, pasa de un cuerpo a otro.

Fue bien recibido por un abrazo que acariciaba, unas manos cálidas que recorrían la piel disponible de su cuello y su torso, mientras él rodeaba con sus brazos el cuerpo de Golgomatch. Había cerrado los ojos y su respiración que complicada no parecía ser rítmica adoptó un vaivén tranquilo y relajado, como por arte de magia. Sintió, más temprano que tarde, la invitación de Ryan para subir los pies al sofá, su comisura estirándose en una sonrisa. Siempre tan exigente, así era Ryan Golgomatch, mientras más recibía más quería pedir.

Sin embargo, en ese momento no tenía ganas de discutir o iniciar una pelea, por ello decidió acomodarse por su propio placer, sintiendo leves estremecimientos cuando acariciaba la curvatura de su oreja y subiendo las piernas sobre el regazo de Ryan, sin haberse apartado de su hombro. Acariciaba su torso en completo silencio con uno solo de sus dedos y no pudo evitar pensar que aquella imagen le resultaba familiar. Él acomodado encima del otro, acurrucado en él y recibiendo atención, hasta las caricias que sentía a través de su cuerpo parecían familiares en ese momento, ¿se estaba volviendo loco?

A Laith no le gustaba el silencio porque cuando no se escuchaba nada era donde las voces internas más fuerte hablaban. Llenaba el silencio con música, hablando o haciendo ruido para no escucharse a sí mismo. En ese momento, no obstante, el silencio no dejaba de ser eso, un mero espacio en blanco carente de ruido más allá de los pequeños quejidos del perro que se lamentaba porque le habían robado las piernas de aquel humano de quien tanto pedía atención. Toda su atención en ese momento robada, casi secuestrada por el rubio que atendía una petición de cariño que no fue pedida en ningún momento.

Ludo, de repente, decidió que no quería seguir siendo el agregado absurdo de aquella escena, decidiendo lanzarse con las patitas por delante intentando subirse al sofá, esmerado en ello. Tan sólo imaginaba las caricias de Laith y eso era todo lo que necesitaba para motivarse con más ahínco, haciendo que, evidentemente, se rompiera esa atmósfera de suave misterio, de realidad olvidada.
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Ryan Goldstein el Sáb Ago 11, 2018 8:37 pm

Fuck Away The Pain

Charlotte Vaughan, ese era el nombre de la enfermera de Ilvermony, hacía ya unos años. Había sido, en realidad, asistente de enfermera, sin que los alumnos supieran nada sobre su verdadera historia. No había terminado sus estudios como sanadora, pero se había tomado un receso de la universidad luego de no poder pagarla, yendo a parar a la enfermería de la escuela como salida laboral. Lo consiguió al ser colocada en el puesto por el mismísimo Henrik Golgomatch, líder del consejo escolar y cabeza de la asociación de ex’alumnos. Todo una figura de autoridad. Había quien decía que manejaba muchas de las cosas que sucedían dentro de Ilvermony, y esa era una de las razones por las que los Golgomatch eran tratados hasta con cierta reverencia.

A todos les caía en gracia, la simpática, solidaria Lotte. Si te amigabas con ella, no perdía oportunidad de enlistarte en sus campañas humanitarias: solía organizar recaudaciones para los niños necesitados de todo el mundo, y diferentes organizaciones sin fin de lucro. Así es como mandaba a algunos a recorrer los pasillos con una latita para que afiliaran a sus compañeros a la causa solidaria, y pidiendo soporte con una o dos monedas. Ella luego recaudaba lo juntado y lo disponía todo para que llegara a los necesitados. Por cuestiones de normativa escolar, era algo que había que mantener oculto de los profesores. Lotte decía que por lo que salía una bruja frita, podías ayudar a alguien que de verdad lo necesitara. Si lo pensabas de esa manera, debía estar bien, saltarse un poco las normas. Un día, ella desapareció. No se supo sino hasta mucho más tarde qué era lo que había sucedido con Lotte: ¿escapaba de algo?, ¿se suicidó?, ¿la hallarían con vida? De todo fue lo que se rumoreó por los pasillos de Ilvermony por aquel tiempo. Fue también por esa época que los episodios de ira de Ryan Golgomatch se volvieron más frecuentes. Y a diferencia de otras veces, esta vez sus arrebatos solían tener  un único blanco, una sola víctima, Laith Gauthier.

Lo que en realidad experimentaba el mayor hacia el pukwudgie era una inquietud creciente, el temor de que pudiera abrir demasiado su boca sobre secretos que él prefería guardarse hacia dentro, que lo perseguían como fantasmas día y noche. Si era algo que él se imaginaba, cuánto de verdad habría en ello, era un misterio. No estaba seguro de lo que el muchacho podía llegar a adivinar, pero teniéndolo presa del miedo era como esperaba que mantuviera la boca cerrada. No hubiera insistido tanto en su abuso, sin embargo, de no ser porque había “algo”sobre Laith Gauthier que le hacía volver a él, una y otra vez. Y es que, aunque lo que quería era mantenerlo asustado, aislado, ridiculizado, el chico conseguía que se sintiera frustrado sólo con cruzárselo por los pasillos. No podía explicarlo, pero se ensañó con él al tiempo que se convirtió en su única distracción, de otros miedos que pujaban por salir desde el interior, y caídas en el suelo todas las máscaras.    

Eran las manos de Ryan Golgomatch, una maldición sobre el cuerpo, cada vez que caían sobre el pukwudgie. Lo hostigaba, a la vuelta de cada esquina. Si los veían juntos, los alumnos apuraban el paso sin mirar atrás y el taconeo apresurado de su escapada se alejaba al tiempo que se sentía un gemido ahogado o el coro malintencionado de las burlas. No era tampoco como si el rey de su circo de bufones quisiera que los encontraran. Lo que hacía era acorralar al pukwudgie donde no pudieran ser vistos, y siempre se hacía con su oportunidad. La fijación que tenía el Golgomatch con el pukwudgie llegó a oídos de todo el mundo. Porque el pukwudgie se metía con el hermano, decían. Se había metido demasiado con el menor de los Golgomatch, y así es como se había convertido en el blanco favorito de Ryan Golgomatch.

*

—Oh, tú abajo—
ordenó Ryan, alejando a Ludo con un gesto desinteresado. Ludo quiso olisquearle la mano, parado sobre sus dos patitas traseras, y Ryan soltó un suspiro cargado frente a lo que parecía ser un caso imposible. Es que no había nada más imposible que pelearse con tu propio reflejo. Internamente contrariado, repitió la orden, esta vez, en un tono ligeramente más severo—: Abajo.

Ludo, aparentemente prevenido de que el dueño iba en serio, bajó las patitas del sofá y los miró desde el suelo, teatralizando su victimización con ojitos lastimeros. Seguía moviendo la cola, pero más lentamente, como si prefiriera analizar cuál era su situación, sin estar muy seguro de qué era lo mejor para él en ese momento. Al final, decidió recostarse sobre la alfombra, y de tanto en tanto lanzarle a su dueño desde el suelo miraditas de aguafiestas total.  

—Es siempre tan caprichoso—
comentó Ryan, sonriendo al fin. Estaba atento sólo en Laith y de tener todas sus manos encima de él. Sus manos. Se habían vuelto un poco más amables. Incluso desde aquella vez en el observatorio, y todas las veces, en las que lo ganaba la impaciencia. Lo buscó con la mirada, como te volteas cada vez que esperas encontrarte con un rostro querido, familiar—. ¿Sabes una cosa?—empezó a decir, acariciando el flequillo del moreno peinándolo hacia arriba, de forma que le quedaran los pelos parados. Así era como se entretenía mientras hablaba—. Hay una vecina escaleras abajo que me ofrece un corte de cabello cada vez que tiene la oportunidad. Es peluquera o tiene una peluquería. Creo que le tiene manía a mi cabello. La otra vez me persiguió con unas tijeras nuevas que había comprado. Tuve que cerrarle la puerta en la cara. ¿Los muggles son usualmente así?—Tenía gracia que fuera él quien preguntara, cuando siempre hallaba una forma peculiar de resolver cualquier asunto, arrastrando a quien estuviera consigo, lo quisiera o no. En su defensa, la mentada vecina era una vendedora de cosméticos y demás artículos de belleza, y en fin, que estaba metida en la venta por catálogo, y estaba acostumbrada a abordar a la gente, desesperada por una compra. De lo que no sería capaz por alimentar a sus gatos. En el edificio vivían aterrados por ella. Ryan era el único que no corría al verla. Evidentemente, tampoco le prestaba mucha atención—.Pero no niego, que necesitaría un corte… La verdad es que, durante esta época, me crece anormalmente rápido—Ryan se llevó una mano a la cabeza y tiró de un mechón de pelo rubio—Es el cambio de estación—explicó. Sí, lógicamente. El cambio de estación. Y ser mago—. El otro día el peluquero no podía creerlo cuando terminó de cortarme el pelo y al segundo estaba igual que antes. Por suerte se rió, y cortó de nuevo, excusándose por estar distraído ese día. Pobre hombre. Simpático, sin embargo.

Patience is bitter, but its fruit is sweet
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Lun Ago 13, 2018 7:38 am

Laith nunca había tenido problemas por ser como era. Más bien, todo lo contrario. Demasiado sensible, algunos dirían, siempre intentando ayudar a los demás incluso cuando la ayuda no había sido solicitada. Por ello era aquel asunto, uno que le pesaba en el alma, demasiado duro como para que pudiera, o quisiera al menos, intentar soportarlo. Quizá sería más fácil si tan sólo lo comprendiera, y sin embargo no era así, pues no había hecho nada que lo ameritara. Sin embargo estaba así, siempre así, todos los días como un disco en reproducción. Estaba afectando todo a su alrededor, ¿las clases? Siempre tarde, sin saber cómo excusarse, escondiendo los golpes de los ojos de los profesores, deseando que desaparezcan.

No quería decir nada, se lo callaba todo con miedo a empeorar las cosas. No podía aguantar con la presión, sentía que tenía que acabar con todo cuanto antes y no veía todavía la luz de la esperanza que le dijera que estaba próximo a terminar. Había empezado, más bien, a enfrentar las cosas, a decidir que no quería ser un cobarde. Su esfuerzo no podía quedarse en vano, todo lo que había aguantado desde su inicio en el colegio. Aprendió a aguantar las cosas como viniesen, incluso cuando sentía el miedo en cada golpe de esas manos que eran violentas. Hacerse respetar era complicado, ¿la solución? Afrontar la situación.

Pero, ¿cómo afrontarla? Era complicado el mero hecho de pensarlo, de saber que ahí fuera estaba ese rubio de intensa mirada verde que, cerrada como una puerta blindada, no permitía el paso para servir de ventana al alma. Sus manos eran capaces de destruir no sólo objetos tangibles sino algo más, esas cosas que profundas en el núcleo del ser existían, sino también de crear sensaciones y experiencias, ambas positivas o negativas, según fuera requerido. Podía destruir un planeta o crear un universo, podía brillar como una estrella o congelar como un cometa. Era eso: un caos cósmico.

***

De aquel ensimismamiento lo había sacado Ludo al intentar subir al sofá, mirándolo y, para ello, apartando su cabeza del hombro de Ryan. Se encontraba, pues, contrariado, observando aquel intercambio de miradas y órdenes entre el perro y su dueño, al punto de que no sabía de qué lado estar o si, para empezar, había un lado del cual estar. Es que, a sus ojos, no era otra cosa sino más de lo mismo, amo y dueño, los dos no eran sino lo mismo: necesitados de atención con un objetivo en una persona que, de hecho, no estaba muy a favor de brindárselas.

Laith no era, por un lado, un hombre de mascotas. Si bien tenía ese afecto a una mascota (más particularmente cuando era suya), no era de esos que esperaban estar todo el día acariciando o mimando a una mascota. Con una persona no era del todo distinto pues, en realidad, Laith buscaba el esporádico cariño, esa atención fugaz que se acaba y que ya volverá cuando toque. No estar acurrucado todo el día mimándose con alguien, eran cosas que había dejado bien en el pasado, enterradas en el olvido. No tanto así con amigos cercanos de los cuales Ryan no formaba parte.

Es igual a ti —cortó de pronto, cuando el otro se atrevió a decir que el perro era caprichoso. Como si no notara que, en realidad, el caprichoso en ese momento era otro, que no lo dejaba huir de las manos que acariciaban a todo momento. Sacudió la cabeza, regresando su cabello a su posición original mientras el otro insistía en acariciarlo, en peinarlo como se le diera la gana sin importar que al dueño de esos cabellos no le gustara que lo hiciera de tal o cual manera.

A continuación vino una de esas conversaciones superficiales y vanas de las que Ryan siempre hacía uso. Parecía siempre querer llenar el silencio con alguna cosa, cualquier palabrería le bastaba, pues las personas acostumbraran a seguir esas conversaciones por mera cordialidad. Debía parecerle algún tipo de encanto que, ciertamente, no lo era. Cuando se ama a una persona es imposible verle los defectos, pero cuando se le odia, pasa a carecer de virtudes. Era un poco lo que estaba ocurriendo en ese momento, que Laith se limitaba a ya no escuchar sino simplemente oír por encima lo que le decía. Asentía y hacía ruidos de interés fingido, no interesado en la conversación.

Podemos jugar un juego —dijo sin previo aviso, terminado el monólogo sobre el cabello y los peluqueros. Si le había intentado dar un mensaje subliminal de “Córtate el cabello”, Laith no lo interpretó. — A ver quien logra quedarse en silencio hasta que llegue la comida —se sonrió el muy descarado, como si alguna sutileza agradable hubiese dicho, cuando bien era todo lo contrario.
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