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Evans Mitchell el Miér Mayo 02, 2018 7:35 am


Un día normal para Chris, en los pasillos.

Evans, Evans y su cháchara venían por el pasillo abordado de estudiantes, ¿y si tenía compañía? Sí, por supuesto que la tenía: Chris, su compañero de dormitorio. Sólo que éste no lo escuchaba, sino que lo dejaba hablar, hablar y hablar en un idílico monólogo narcisista —todo el mundo sabía lo mucho que amaba oír su propia voz— sobre vaya a saber qué cuento, mientras que él, bueno, él se perdía con la mirada como SIEMPRE que se cruzaba con ELLA.


Detente. ¿Sabes qué se siente? Tu corazón “se para”, y tienes esta leve sensación de ansiedad, que te da gusto, que ES BUENA, que te sobreviene con una oleada de calor en tus mejillas o en tu pecho, o ambos. Una parte de ti, ¡arde tanto de alegría! La otra, es puro nervio. Por un segundo, aunque sea sólo un segundo, el mundo es un lugar mejor, ¡puedes sentirlo! Pero, ey, es siempre distinto cómo lo experimentes: otros podrían creer que toparse con tu CRUSH es el fin del mundo, pero para Chris, bueno, era, GRRRRRR, pero había que decirlo: todavía era un “grrrrr” chiquitito, un poco tímido, un “grrrrrr” hacia adentro, que todavía no había hallado su propia voz, sino que se escondía, ¡pero cómo se sentía!, ¡de verdad que esa chica hacía que se diera vuelta para mirarla!, ¡ella tenía todo este poder de atracción sobre él!


Era una chica de hufflepuff, de un curso superior. Estaban a punto de cruzarse en el camino, y fue cuando pareció que sus miradas iban a encontrarse que Chris ensanchó las comisuras de sus labios en un intento de sonrisa (tenía que ser sexy y malota —porque a las chicas les encantaban los bad boys—, él lo conseguiría, lo había practicado frente al espejo, ¡tú puedes hombre!), y no va que el chorro de saliva se le escapó por la boca, boca tonta, boca abierta, ¡todo de repente!

Sí, literalmente, el chico estaba babeando: una cantidad desbordante de secreción salival (¡explotó!) le chorreó antes siquiera de que se diera cuenta de lo que le estaba pasando (¿y qué le estaba pasando?, ¡oh suelo, trágame!), de alguna manera que el pobre chico no podía explicarse en ese instante de presión y bochorno, ¡antes incluso de que supiera como pararlo! Fue como si EL GARZO quisiera salírsele por la boca, expectorarse hacia fuera hasta con voluntad propia, ¡su garzo tenía consciencia y se movía a voluntad, independientemente de lo que él, Chris, pudiera querer o no!

Tú sabes, ¿como los gatos?, ¿que tienen que escupir sus bolas de pelo o se atragantan? Eso fue lo que le sucedió al bueno de Chris, quien rápidamente se llevó la manga de la túnica a la altura de la boca, queriendo cubrirse también la vergüenza. Tarde, porque unas chicas de primero que lo habían estado mirando se dieron cuenta de esa extraña arcada y la baba y empezaron a cotorrear entre ellas CLARAMENTE DELATORAS con esas miraditas y esas risitas, y pasaron de largo no sin antes hacerlo sentir el hombre más señalado de la tierra. Y claro, Evans Mitchell podía no reparar en ti en toda una tarde aunque estuvieras pegado a su culo lamentándote sobre tu abuela muerta o tu mascota perdida, ¡pero cuando se trataba de hacerte sentir miserable…!

—Ey, ¿qué pasa contigo? Se te cae la baba, ¡eso es un asco!

—Oh, ¡cállate!

Un día normal para Evans, en el comedor.

—Te lo juro, si tengo que oír una palabra más sobre…—comentaba Evans, muy serio (porque era un tema, ¡muy serio!), sirviéndose patatas en el plato, cuando alzó la mirada com osi tuviera puesta una alarma o algo para detectar cuándo caer sobre ti (el peor momento, cuando normalmente se pasaba las 24/7 completamente desenterado de tu existencia)—¡Ey!, ¿tú estás escuchándome o qué?

—Sí—interrumpió Ed, a su lado, quien sí había estado siguiendo el tema de conversación—, es lo que yo decía…

—¡No, no tú!—exclamó Evans de malos modos, y pasando olímpicamente de Ed, chasqueó los dedos ante la cara perdida de Chris, sentado frente a él—¡Ey!, ¡aquí! Nosotros—enfatizó, haciendo espamento con sus brazos, expandiéndolos y queriendo indicar que el “nosotros” los involucraba a TODOS, y a él como el CENTRO, por supuesto—estamos ¡aquí!

—¿Qué?—reaccionó Chris de repente, sin enterarse de nada.

Ed soltó una risita, pero Evans resopló (como pensando que ese papanatas ahí era un caso perdido), y se volteó en el asiento, siguiendo la dirección en la que los ojos de su amigo se habían quedado clavados, ¡y cómo no!, ¡esa rubia sosa otra vez! Fue entonces que Evans se carcajeó hacia dentro, torciéndose su boca en una mueca perversa que, ¡y de qué manera!, inquietó a Chris.

—¡Ey, novia!—
llamó, dirigiéndose hacia la otra mesa, mandado como era. Medio comedor podría oír ese vozarrón. Detrás de él podía sentir el murmullo nervioso de Chris escupiéndole cosas como: “¡Evans, maldición!, ¡no la llames!, ¡y no le digas novia, ella no es…!”—. ¡Sí, sí! ¡Tú! ¡No, no tú, fea! ¡La otra! ¡Hola!, ¿está bueno eso que comes? Prueba las patatas, también. Sí, patatas. ¡Ey, dime! ¿Has pensado en el amigo del que te hablé? Bueno, sigue pensando. Nos hablamos luego, ¿ok?  

Después de tan elaborado tema de conversación (y sin importarle si lo entendían o no o lo mandaban a freír rabanitos), Evans le dio la espalda a las caras de atónito desconcierto que se lo quedaron mirando, y volvió a lo suyo como si tal cosa, sirviéndose más patatas, al tiempo que soltaba:

—No, ella sigue sin estar interesada, ¡qué pena!—informó Evans, sin poder fingir lo poco que le importaba—Ahora, ¿qué estaba diciendo?

Ed se partía de risa, echado sobre la mesa. Chris, por su parte, había escondido el rostro (y bien colorado que lo tenía) bajo una mano que le hacía de visera, como si se dijera TRÁGAME TIERRA, TRÁGAME.

Era imposible saber qué era lo que la chica interpretaba de esa escena: un orangután lanzándole un ¿intento de conversación? sin sentido, en la que mencionaba algo de un amigo (que podía ser una forma de referirse a sí mismo, con lo “chistoso” que parecía ser), con el que aparentemente tenían mucho en común: todo detalle absurdo que pudiera observarse, a saber: la ingesta de alimentos. Sí, así, tal cual.  

***

Un día cualquiera, Chris y Evans aparecieron en las cocinas, discutiendo sobre vaya a saber qué nadería. Entonces, la vio, sentada a la mesa. La chica sosa, otra vez. Evans aprovechó y, seguro de querer desquitarse, fue hasta ella, mientras que Chris se removía incómodo en el sitio, moviendo la boca sin emitir palabra, hasta que soltó una maldición por lo bajo, rosadas las mejillas, y se alejó por ahí, sólo para observarlos desde la distancia, con sentido rencor. Es que para Evans era tan fácil, acercársele y hablarle, ¡ese bastardo!

—¡Ey, novia!—
A ver, que la había apodado así porque; primero, si le había dicho su nombre no se lo acordaba; segundo, porque era la “novia” de Chris, y sabía que al otro lo mosqueaba que la llamara así. Lo que ella pudiera sentir o no al respecto, era del todo secundario—. ¿Qué tal?—Fue y se sentó junto a ella, o más bien “cayó” en el lugar, como si tal cosa, lo más cómodo. Acodándose sobre la mesa, apoyó el rostro en una mano, ladeado hacia ella con una sonrisa de mejores amigos, que por algún motivo, resultaba SOSPECHOSA—¿Qué es eso con lo que te atragantas? A ver...

“A ver”, decía, y enseguida coló una mano intrusa en dirección a su plato con la intención de sonsacarle el cubierto y mandarse un bocado a la boca…, ¿¡pero ése de qué iba!?

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Evans MitchellGryffindor

Danielle J. Maxwell el Miér Mayo 02, 2018 3:14 pm

Ni sabía quién era ese tal Evans, ni mucho menos ese tal Chris. ¿He dicho ya que soy una ameba? Bueno, si no lo he dicho, te lo digo ya. Yo no tenía ese don para identificar cuando alguien está interesado en ti, o cuando alguien te mira de más, o cuando alguien simplemente intenta llamar tu atención. Yo... estaba rota, ¿vale? Yo de esas cosas no me enteraba. A mí me tenían que venir con una pancarta de neones en donde pusiese en fluorescente un: "Danny Maxwell, me molas" y, entonces, yo ya empezaba a pillar un poco la cosa. Un poco nada más. Empezaba a sospechar de que algo... algo podía haber detrás.

Pero vamos, normalmente iba demasiado ocupada por los pasillos pensando en el por qué de la vida, en el razón del infinito o en por qué de que Rihanna fuese capaz de hacer tantos temazos, como para darme cuenta de que hay un idiota con el que me cruzo al que se le cae la baba por mi culpa. Que yo no lo entendía, ¿vale? Si siempre había sido super invisible en Hogwarts, de esas que van por ahí sin atarse bien la corbata y que termina por pasar la gran mayoría del tiempo en algún rincón, a solas, leyendo un libro a la espera de que algún Slytherin decida utilizarla como su muñequita de entretenimiento. Esa soy yo.

Así que nada, con mi amebismo crítico en las venas y mientras comía en el Gran Comedor junto a mis amigas, fue cuando empecé a escuchar como un tipo llamaba a su novia. No miré porque creyese que me llamaba a mí—hasta el momento no soy tan ameba como para aceptar ser novia de alguien sin darme cuenta de que estoy siendo novia de alguien—, sino porque estaba gritando y tenía curiosidad por saber quién salía con semejante gritón, vendedor de ropa interior de los mercadillos. Y claro, cuando de repente se me clavó la mirada de aquel tipo a mí, por casi no me atraganto con la patata. Entre eso y que me ruboricé al ver que muchos nos miraban, toda la sangre me subió a la cabeza.

Me limité a volver a mirar hacia adelante para recibir un aluvión de preguntas por parte de mis amigas. Os podéis imaginar a mis amigas...

"—Oh, la ameba de Danny tiene novio!"

"—Danny, no nos había dicho que tenías novio!"

"—¡Qué calladito te lo tenías, bandida, con lo mono que es!"

Hmmm... ¿alguien me explica qué está ocurriendo?

***

Era habitual en mi vida ir a la cocina a deshora a comer, ¿por qué? Bueno, la sala común de Hufflepuff no está al lado de las cocinas por nada, ¿vale? Es por algo, muy importante. Y es que todos los Hufflepuff, además de ser personas hermosas en esta vida, también éramos como los más gorditos de todos. Y por eso Helga Hufflepuff—que yo me la imagino así como gordi—fue la más inteligente de todas al colocar la sala común de sus retoños cerca del foco de alimentación. Ella no quería que nos quedásemos en los huesos y yo, como buena tejona, me aseguro de que la cocina siempre tenga uso por nosotros.

Había conseguido un plato con pudin de calabaza—mi favorito—de uno de los elfos doméstico. Se llamaba Drax, tenía un color como azulado y siempre te lo encontrabas en las esquinas de la cocina, super quieto. De hecho, pocas veces te dabas cuenta de que estaba ahí y cuando le preguntabas te saltaba con un: "Es que estoy desarrollando la habilidad de quedarme tan quieto que me vuelvo invisible, no me estás viendo" y claro, cuando le decías que en realidad sí lo veías, siempre terminaba por darte algo de comer.

Pero claro, estaba yo tan tranquila comiéndome mi pudin de calabaza, para cuando entró mi supuesto novio. Lo miré con desconfianza.

¿Quieres dejar de llamarme novia? ¡No soy tu novia! —Me quejé, con el ceño fruncido. —Si ni siquiera sé como te llamas. Y me incomodas —le dije, mirándole con reproche. Pero vamos, vamos... lo que llenó el vaso fue que intentase meter sus sucias manos en mi plato. ¿Perdona? ¿Tú no conoces a Joey, el de Friends? ¡Pues deberías conocerlo, mago! Yo soy Danny, la viva recreación de Joey y es intolerable el hecho de que una persona te vaya a meter mano en tu plato. Era peor eso, que incluso meter mano de verdad, ¿eh? La comida era sagrada. Sagradísima. Así que le pegué un manotazo en el dorso de su mano. —¡Pero bueno! ¿Qué haces? ¡Las confianzas, tío! ¡Aleja tus manos de mi comida! —Y aparté el plato, mirándole con los ojos entrecerrados cual animal que en vez de sospechar, acecha. —¿Me vas a decir por qué te ha dado por llamarme novia? ¿Es una clase de apuesta o algo con tus amigos a ver quién consigue mermar más mi paciencia o algo así? —Tampoco sería la primera vez que soy objeto de las apuestas de otras personas. Soy fácil: una rubia que normalmente va solitaria por la vida y con una carita que no parece poder enfadarse demasiado. El blanco perfecto. —Porque no tiene gracia. Ya tengo a todas mis amigas pensando que tengo novio y no me creen cuando les digo que no. ¿No había mejor momento para gritarlo, que en medio de todo el comedor? Gracias, eh.

Menos mal que, repito, era una ameba. ¿Pero os imagináis que me llega a gustar un chico a mí? ¡Me hubiera arruinado todos mis planes de amor!
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Evans Mitchell el Vie Mayo 04, 2018 11:44 am

¡Por supuesto que ella no era su novia!, ¡pero qué idea! (¿y de dónde la habría sacado?). Si de algo estaba seguro, es que tenía mejor gusto que eso. Es decir, porque toda esa aura de sosaina alrededor de esa chica le daba mal rollo, ¿ok? Sí, como que lo mismo le daba, pero él prefería a la gente (y hasta “confiaba” más en la gente) que iba por la vida haciendo ruido, no esos que si se hacían a un lado eran como una arruga en la pared, parte de la pared, de alguna manera invisibles pero que si te volteabas a mirar arrugabas la expresión, un poquito del asco, o peor, ¡te sobresaltabas! Con esos había que andarse con cuidado. Eran los que te la jugaban sucio, como Joshua Eckhart. Si era por fea, él no solía pensar diferente de nadie, pero SOBRE ESO, no darling, primero espabílate un poco, ¿quieres?

—¡Auch! ¡Tú me heriste!—acusó, ¿adolorido en el alma?

Había estrujado la mano contra su pecho, en un gesto muy sentido, atacada la mirada por una ola de emociones que despertarían la piedad en el corazón más ingenuo. Sonrió luego, tunante, pero era increíble cómo se desinteresaba de todas las réplicas que pudiera tener ella contra su persona. Y es que, ¿qué le importaban a él sus problemas? Lo que hacía era fingir que le interesaba mientras que miraba de tanto en tanto por sobre el hombro de ella, a esa manchita en la pared que era Chris, quien fingía que andaba en otra, de espaldas a ellos, cuando seguramente tenía una oreja puesta en la conversación. Es que sabía que el otro estaba preocupadísimo de lo que pudiera decir de él, y le encantaba verlo hecho una bolita de nervios, mientras que Evans estaba todo muy pancho, con “la novia”. ¿Por qué Chris se sentía celoso cuando era evidente hacia dónde podía ir a parar un encuentro que empezaba con tan mal pie? O mejor, una conversación con Evans Mitchell, haciéndose el idiota. Y es que, ¡no sabía con qué podía salirle! Quizá hasta le hablaba mal de él (no tenía claro si ya lo había hecho). Y lo peor, es que PODÍA hablarle. Con tantas confianzas, mira (sí, le envidiaba la confianza). Ella daba señas de que le desagradaba y todo, pero el pobre Chris no reparaba en eso.

¿Me vas a decir por qué te ha dado por llamarme novia? ¿Es una clase de apuesta o algo con tus amigos a ver quién consigue mermar más mi paciencia o algo así?

—Quizá. Quizá no—
respondió, ambiguo. Molesto con esa sonrisita de canalla que tenía, mira—. ¿De verdad que ellas piensan eso?, ¿que tienes novio? Bueno, que cotillas, ¿verdad?—Más allá, se oyó un ruido de cacerolas al caer estrepitosamente contra el suelo, y Chris seguía sin voltearse a mirarlos—¡Oh, de nada!—contestó en seguida (CARADURA, le decían), al terminar ella de soltar su perorata. Pensar que había gente que podía ser agradecida, como “la novia”. Y agregó, como quien intenta consolarte de un dolor en el pie—: ¡No es tan malo! ¿O es que no buscas uno?, ¿y por qué? ¿Acaso no les gusta a todas las chicas eso de acurrucarse y que te den regalos? Pero tú, mírate, aquí, sola, con tu tarta. Si tuvieras un novio—añadió, sugerente. No tan sugerente como fue a agarrar un cubierto a mano, listo para picar—, no serías tan amarreta. Porque tendrías alguien con quien compartir, ¿verdad?

Así que, mejor no tener novio.

—Evans—dijo, de pronto, conciliador, soltando el cubierto y tendiéndole la mano por sobre la mesa, todo amistoso—. ¿Y tú decías que te llamabas?

No, no lo había dicho, pero bueno. Él no se hubiera acordado de todos modos (ni lo recordaría). Lo de “novia” era mucho más fácil de recordar. Independientemente de si ella quería seguir con la conversación o no, y pasando olímpicamente de contestar por qué esto y por qué aquello (todo lo que a ella le preocupaba), él siguió en la suya, soltando cháchara. Es que era pesado, el hombre.

—Y dime, ¿cómo se llaman tus amigas, las cotillas?—
Así que, ese era Evans Mitchell metiendo conversación, casual. Pero enseguida continuó con una rara pregunta—: Son en verdad tus amigas, ¿o sólo las soportas?—Rara pregunta, eh. Para él era como la pregunta más normal del mundo. Y añadió—: Es que ya sabes, las mujeres son un poco falsas—¿Eh?—. ¡Es verdad!— se defendió, risa de por medio—. Yo veo que están dándose con un palo todo el tiempo. El otro día, estaba hablando con una tal Meg en la Sala Común, y aparece una amiga suya y le pregunta si se veía gorda en ese vestido que se había comprado (era para una cita, decía). Y por merlín, ella de verdad que se veía como una vaca. Pero, ¡groseramente como una vaca!—enfatizó (muy serio al respecto), acompañando la exclamación con el gesto abierto de sus manos, como si quisiera señalar lo increíble del parecido, especialmente en cuanto a proporciones, grandes proporciones—¿Y tú puedes creer que su amiga le dijo: “No, por supuesto que no, ¡te ves bellísima”! ¿Y sabes? Cuando la del vestido volvió a su dormitorio, toda contenta, no va que Meg se voltea y me suelta que SÍ, ELLA SE VEÍA COMO UNA VACA, pero que por ella, mejor, porque ese finde tenía una cita con un tal Mike o Marlon, que como que es el que siempre se liga a ustedes las chicas, ¿sabes? Y a las dos le gustaba, así que. ¿Ya ves? Todas falsas. Así que, ¿tus amigas son como Meg?

Y otra vez, un poco distraído, fue a picar de la tarta de la hufflepuff. A ver si la pescaba distraída como para mandarse un bocado, en su cara de rubia, mira. Ahí, delante de sus narices.
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Evans MitchellGryffindor

Danielle J. Maxwell el Sáb Mayo 12, 2018 4:21 am

¡Te herí! —Repetí, con cara de leona enfadada que protege a sus crías. En mi caso, mi cría era mi pastel de calabaza. —¡Y volveré a herirte si hace falta! —Y no pude evitar, sonreír y reír ante lo estúpido que sonaba todo. ¿Herirle? ¿Yo? ¿Por un golpecito? ¡Melodramático!

¿Cómo que quizá sí, quizá no? ¡Pero...! ¿Este señor por qué me habla con tantas confianzas? ¿Y por qué me sonríe con esa sonrisa de idiota? De verdad, parece que me quiere robar el pastel a traición y no hay nada que me de más desconfianza que una persona te intente robar la comida. ¡Nadie debería fiarse de alguien que intenta meterle mano a tu plato! Porque yo, Danny Maxwell, me preocupaba más de que un tipo quisiera meterle mano a mi plato que a mí misma, ¿vale?

Hombre, si vas por ahí diciendo que eres mi novio con tanta seguridad, la que parece que miente al negarse soy yo, ¿no crees? —Me quejé, mirándole de reojo. —Claro que no quiero novio, ¿para qué? Qué pereza...

Ahora mismo no veía ninguna ventaja en tener novio. ¿Acurrucarme? ¿Compartir la comida? ¿Dar besos? ¡Iugh! Si el único beso que había dado a aquel Gryffindor idiota había sido todo un despropósito. Ni ganas tenía de volver a intentarlo. Supongo que la decepción había hecho que eso de tener pareja fuese todavía más improbable con mi clara enfermedad de amebismo que obviamente tengo.

¿Amarrequé? ¿Qué me has llamado? ¿Qué es eso? —pregunté, con desconfianza. —No quiero tener a nadie con quien compartir mi pastel de calabaza. Si me sirvo esta porción es porque quiero comérmela entera, no compartirla con otro gordo. Hay más en la despensa, ¿sabes? —Nadie me entendía, solo Joei Triviani, capaz de pedir dos platos grandes de patatas fritas solo para no tener que compartir las suyas con nadie. Y de repente el chico se presentó como Evans, a lo que yo le tendí la mano como si tuviese miedo a que con la otra me atacase a los zorro para quitarme mi pastel. —¿En serio gritas por ahí que soy tu novia y no sabes siquiera como me llamo? En serio, tienes un problema muy gordo, ¿eh? —Y le solté la mano. —Me llamo Danny.

Y me hizo reír después, ¿cómo no hacerlo, teniendo en cuenta cómo me estaba contando lo de la falsa de Meg y la pobre gordita? En fin... sólo pude atenderle, fingir que no me hacía gracia y delatarme con una sonrisa en el rostro. Si es que... yo no sirvo para ser firme y seria, definitivamente.

No deberías generalizar a las chicas por cómo es una sola. Esa tal Meg es idiota y se ve que no le tiene mucho aprecio a su amiga, pero mis amigas no son así —le respondí, defendiendo a las mujeres como buena mujer negra, fuerte e independiente que soy. En realidad mis amigas ahora mismo estaban desaparecidas del mapa. No sabía en donde estaba Dorcas, ni Rhea, ni nada. Las únicas que quedaban en mi habitación y, por tanto, se habían convertido en "mis amigas" eran con las que siempre me había llevado menos bien, por lo que tampoco me conocían tan bien. Así que quizás Evans tuviese un poquito de razón y las soportaba sólo porque era lo único que tenía ahora mismo. Pero bueno... ¡no le iba a dar la razón! —Me preguntan y se lo creen porque siempre he sido muy reservada con todo este tema y se piensan que lo llevamos en secreto o algo. Pero mira que son tercas, ¿eh? Te hacen más caso a ti que no te conocen de nada, que a mí, que lo niego una y otra vez. Me han preguntado que cómo empezó todo, ¿también te has inventado nuestra historia o todavía no has llegado a tal nivel de imaginac...

¡Y ahí estaba!

¡Pero bueno, Evans! —Le volví a dar un golpe en la mano. —¡Que no se toca, oye! ¡Cógete tu porción de allí! —Le señalé la despensa que estaba a mi espalda. —Si quieres ser mi amigo o al menos agradarme, tienes que saber que la comida es sagrada. ¡Deja de meter tus sucias manos en la mía! —Y me aparté de él, bajándome de la mesa para apartar mi plato y ponerme más allá de la esquina de la mesa, mirándole de frente con mi plato también en frente mía. Ahí podría protegerlo mejor. Cogí un trocito con el tenedor y me lo llevé a la boca. —¿Me vas a decir ya por qué narices saltaste con lo de que eres mi novio? ¿Una apuesta, verdad?
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Evans Mitchell el Jue Mayo 17, 2018 5:14 am

—¡Eres dura de roer!—se quejó, un poco catastrófico, un poco riendo—¿Qué haces…?—masculló, entretenido, viéndola apartarse con tanto ahínco y sólo por imponer la distancia entre ellos (como si estuviera loca, vamos). Que estaba claro, que quería tenerlo lejos. Sonrió—Tienes tus prioridades bien claras, ¿verdad?—comentó, dejando traslucir una leve nota de humor.

Más allá, en un rincón, un grupo de elfos domésticos alzaban sus manitas y le ofrecían a Chris montones de bollos y emparedados para que éste se llevara consigo, no fuera a ser que fuera mal atendido por el servicio de las cocinas. El caso era que él fingía darles la espalda a “los novios” mientras que tenía una oreja colada en la conversación y ni se daba cuenta de que poco a poco sus ropas se iban rellenando, quedando él como una gran bola de comida humana, cual muñeco de trapo, bien relleno.

—¿Una apuesta? No sé nada de eso—negó, PERO QUÉ BUENA IDEA. ¿Qué podría conseguir de Chris en un juego de apuestas? Evans de verdad que quería ponerle las manos encima a esa última edición que tenía de… Je, un pensamiento lo asaltó de repente, divirtiéndolo por dentro—¿Y por qué no?, ¿es tan increíble?—¿Qué?—Mira, hagamos una cosa—propuso, al tiempo que cambiaba de postura sobre el banco y se sentaba a horcajadas para darle la cara, muy decidido a meterle conversación, aparentemente. Y añadió—: recuerda conmigo, cómo sucedió lo nuestro. ¿Qué? No quieres quedar como tonta frente a tus amigas, las cotillas, ¿no? Digo, tienes un novio, ¿y no sabes cómo sucedió?—Abrió las manos en un amplio gesto, como diciendo: “Pfff, mira que no saber…”—Tienes que estar enterada de esas cosas, ¿sabes? Vamos, sígueme el juego…

El chico era muy confiado, ¿verdad?

»… Un día nos cruzamos en el pasillo, como cualquier otro día. Yo te miré, tú me miraste y pensaste que era guapo. Espérate, espérate, ¡escucha! Y quisiste saber quién era yo (naturalmente), así que hiciste lo que las chicas hacen, que es acosar toda tu vida por cada pequeño y estúpido detalle y luego... ¿Qué?, ¿no fue así como pasó? Ok, nos chocamos. Nos chocamos, sí. Tú pensaste que yo era guapo, otra vez, y yo sentí el impulso de invitarte a salir porque… eso del amor a primera vista, ¿me sigues? Ey, ¿no es lo suficiente bueno para ti? Ok, intentémoslo de nuevo: estabas toda loquita conmigo, en secreto—¿por qué él era siempre “el guapo” de la historia?—, y un día te atragantaste con la tarta que estabas zampándote tu sola y yo corrí a salvarte con un perfecto gancho desatragantador… Sí, como si te ahogaras con un carozo, ¿te lo imaginas?... Entonces, me acerqué a ti, ¡y tú no pudiste contenerte de los nervios! Porque provoco eso en ti, ¿sabes? Y estabas que te morías de la vergüenza, pero, ¿qué hago yo? Te limpio los trocitos de tarta de la boca…guacala… y te beso. ¡Oh!—La cortó, de repente—Si tú lo recuerdas de otra manera, adelante, ¡ilumíname! Pero seriamente lo dudo. Y ey, ¿todavía piensas que es increíble? Tú eres realmente dura de roer—repitió, insistiendo en ello (como si el problema de toda esa historia inventada fuera sólo su incapacidad de imaginársela)—Pero vamos, ¿y qué dices de aquella vez? Mmm, ¿en dónde fue? Bueno, ahí. Y tú estabas… ¿Qué?, ¿vas a dejar que tus amigas se inventen sus propios rumores y tú no harás nada al respecto? Tomales el pelo, vive un poco, puede ser divertido. Digo, si ya están convencidas de “lo nuestro”, es obvio que les importa un comino lo que opines de ello, así que, sólo cuenta lo genial que es tu novio, sígueles el juego. De verdad. Te estoy haciendo un favor. Cuando vean que eres feliz, morirán de la envidia y querrán cambiar de tema, ¡así!—chasqueó los dedos—. Inténtalo. Verás que tengo razón. Son todas…—“Son todas iguales”, sí, eso es lo que hubiera dicho, pero se lo pensó mejor, y agregó rápidamente (intimidado por esa mujer feminista, negra e independiente, seguro)—:... Sólo digo. Quiero ayudarte, eso es todo (¡dudas de mí!, ¡eso es tan hiriente!). Y ni lo menciones, es lo que cualquier novio haría—Iba de broma, sólo hacía falta verle la cara. Que sí, fingía seriedad, pero todo el asunto le hacía gracia por dentro, ¿o si no por qué tan sonrisitas? O bueno, quizá, esa era su forma de ligar, vaya con lo comediantes que podían ser algunos—¡Oh, está bien! ¿Sólo me quieres como amigo? Es duro, pero viviré. Sobreviviré, ya verás. Pero, ‘eso no hará que tus amigas dejen de insistir, ¿verdad? Piénsatelo. Será una mentira inocente, y resolverá todos tus problemas. Y en cuanto a mí—La miró, con un aire MUY sospechoso, y de pronto adquirió una actitud toda reservada, y evasiva—… Te confundí. Sí, con alguien más. Sí, en serio. Mi novia. ¿No te hablé de mi novia? Ella es TAN HERMOSA. No te ofendas, pero…—Le dedicó una tajante negativa con un ligero movimiento de cabeza, apretando los labios a modo de “NOPE”—, no eres nada como ella. No, no lo eres. Es que, sólo te confundí muy de lejos, ¿sabes? No me sorprendería que tus amigas piensen que yo soy el guapo de la relación. Digo, nuestra supuesta relación. Pero en fin, lo siento, soy casado. ¿Qué?, ¿ahora te resulto interesante?—picó, de caradura que era. En verdad que parecía apiadarse de ella—Oh, lo siento, sólo seré tu amigo, ¿ok? Sin resentimientos... Ey, ¿qué tal si fingimos una pelea de novios? Frente a tus amigas, digo. ¿No haría que dieran el asunto por zanjado? Mira, hasta te regalarían chocolates. ¿No lo sabías?, ¿lo de la solidaridad entre chicas cuando las deja un tipo? Recibirías cantidad de paquetes de dulces de consuelo, todos de Honeydukes, te lo apuesto. Admítelo, te lo estás pensando. Y considéralo mi… forma de disculparme, por confundirte con una rubia que sí está buena, ¡que está que arde! Mi novia, ¿sabes?

Evans Mitchell tenía la habilidad de hablar, hablar y hablar, y lo hacía, porque sabía que detrás de ellos, Chris se comía el coco, pensando en mil formas de asesinarlo, por hacer lo que él no podía, ¡sólo hablarle a la chica! Poco se fijaba en qué efecto tenía su amigo en “esa rubia que NO está buena”, aunque por regla general, a Evans tampoco parecía interesarle la apreciación de terceros sobre lo agradable de su compañía, él sólo seguía al pie de la letra ese dicho que rezaba “SÉ TÚ MISMO”, sin arrepentimientos, o consideraciones.
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