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Priv. || Estoy aquí, ¡tú no te sueltes! ||

Ryan Goldstein el Miér Mayo 02, 2018 8:00 am

Era un nuevo modelo, el del escaparate: lo último en escobas de carrera, utilizada por profesionales. Un grupillo de niños muy entusiasmados pegaban las narices contra el vidrio comentando las posibilidades acrobáticas de las que serían capaces los jugadores de tal o cual equipo, montados en sus nuevas escobas.

Ryan no pudo evitarlo, y se detuvo a mirar al pasar. La sombra de su silueta se reflejó en el escaparate, pero esto no llamó la atención del grupillo de curiosos, demasiado ocupados en admirar lo último de lo último, ¡esa escoba tan fenomenal! No pudo evitarlo, no: tenía sangre de jugador, después de todo. Su época en Ilvermony como capitán de quodpott no lo abandonaba. Tú sabes, una vez que pruebas la emoción de volar, esta se asienta en tu corazón y no te suelta.

—¡GUAO, si pudiera montarla!


—¡Córrete…!

—¡No me metas el codo!

Ryan se sonrió y dobló la espalda hacia adelante con las manos apoyadas en las rodillas ligeramente dobladas, soltando de pronto:

—Palo ultrafino, ¡eso tiene que ir rápido!


El grupete se volteó a mirarlo, se miraron entre ellos, y rápidamente se ensimismaron en un barullo de palabras cruzadas, casi saltando en el lugar:

—¡Y tiene una velocidad de…

—¡Podría hacer un amago de Wrosnky si fuera mía!  


—¡Yo podría burlar a un Colacuerno Húngaro con esa escoba!

Al rato, el grupete se dispersó (un poco desalentados con el hecho de que ellos se iban con las manos vacías), y en cambio, Ryan permaneció, allí, de pie y cruzado de brazos, enfrascado en una conversación, casual.

—…Sí, no sé un Colacuerno, pero he estado en la carrera de escobas, en Suecia (sí, ha sido alucinante!), y he sobrevivido sobrevolar una reserva de dragones, así que con las escobas es siempre cuestión de maniobra y equilibro, como con una moto… pienso que la sensación de volar es única: una vez que pruebas la emoción de volar, esta se asienta en tu corazón y no te suelta (¿no te ha pasado?, ¿sentirlo así?); pero, por otro lado, una moto, tú no puedes compararla, y así y todo, me encanta esa emoción también…, ¿tú sabes de lo que hablo?

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Danielle J. Maxwell el Miér Mayo 02, 2018 3:15 pm

Me había enfrascado en un nuevo proyecto pese que el único que me apoyaba era mi padre. Pero bueno... por algo el genial Maxwell dice: "Cuando quieras emprender algo, habrá mucha gente que te dirá que no lo hagas. Cuando vean que no te pueden detener, te dirán cómo lo tienes que hacer y, cuando finalmente vean que lo has logrado, dirán que siempre creyeron en ti." Así que no me lo pensé demasiado y... me arriesgué. Cogí todo mi dinero ahorrado, que eran unas ochocientas libras y me compré una moto de segunda mano que estaba bastante bien. ¿Cómo sabía que estaba bastante bien si yo no sabía nada de motos? Bueno, me informé. Y pagué a un mecánico para que me acompañase a verla antes de tomar ninguna decisión. Era una moto de segunda mano, por lo que se notaba estropeada, ¿pero sabes qué? Me hacía ilusión arreglarla y que quedase totalmente a mi gusto, por lo que mientras funcionase para aprender a conducir me valía...

Espera, ¿qué?

Sí, no sabía conducirla todavía. ¡Pero no debía de ser muy difícil! Estaba en proceso de apuntarme a la autoescuela pero... no me quedaba dinero. Y el único que quería ayudarme a pagarlo era mi padre, pero mi madre no me dejaba. Y mi abuela... vamos. Ellos muy felices de que me suba a un palo de madera y vuele a cientos de metros del suelo pero luego subirme en un vehículo estable de dos ruedas en donde como máximo puedo caerme un metro, no. Eso es muy peligroso. ¡Venga, ya, batallas!

El caso es que tenía la moto ahí, en mi casa, cogiendo un poco de polvo. Había visto en Youtube varios vídeos de cómo aprender pero... me daba como miedito, ¿sabes? Ahí, yo sola.

Llevaba ya dos semanas la moto ahí, sin hacer nada. Y yo ahí, toda cobarde.

***

El caso es que ese día en particular había ido al Callejón Diagón en busca un caldero que necesitaba para la universidad, ya que el que tenía había sufrido un accidente y... literalmente, explotó. Y yo casi exploto con él. Tenía una venda alrededor de mi mano derecha, ¿sabéis por qué? Sí, porque la explosión me alcanzó. ¿Veis? Si es que no lo entendía: quería ser jugadora profesional de quidditch y mis padres me aplaudían aunque estuviese en peligro constante con bludgers y por caerme de la escoba, luego estudiaba una carrera mágica que podía afectar gravemente a mi integridad física, pero ellos me aplaudían. ¡Y luego quiero conducir una moto y se asustan, pero serán...! ¡Y eso que mis padres son muggles!

Por el camino a la tienda de calderos, vi que había bastante gente mirando por el escaparate de la tienda de quidditch y... ya me dio la taquicardia. Eso solo podía significar una cosa: un modelo nuevo de escoba. Y no sabía si ir a mirarlo porque... iba a querer comprármelo, ¿pero para qué, si soy malísima y ningún equipo profesional me quiere? Pero aún así, no lo evité y caminé hacia allí, pegando sendas palmas de las manos sobre el cristal, admirando a aquella hermosura. Seguí la conversación de los niños antes de que se fueran y, no sé en qué momento, un hombre continuó hablando, ensimismado, lo que parecía ser conmigo. Lo miré de reojo y... ¡Vaya por Dios, si yo a este señor lo conozco! ¿El nombre? Bueno, quizás el nombre ya me costaba un poquito más recordarlo, ¿eh? Pero era de la Orden del Fénix. Lo había visto por allí. Y sabía que no me equivocaba porque yo en las reuniones no hablo nunca porque Maverick no me deja, así que tengo mucho tiempo para observar lo que pasa en la vida. Podría ser que se llamase Ryan... o Bryan. O Tryan. Bueno eso no existe, creo, pero los nombres mágicos a veces son tan raros que todo es posible.

Sé de lo que hablas —le respondí, con una sonrisa en el rostro al ver lo bonito que relataba lo que era volar para él. Y es que... era así de bonito. —Bueno, sé de lo que hablas con respecto a volar, pero lo de la moto estoy en proceso de descubrirlo. No he tenido el placer todavía. —Me encogí de hombros, un tanto resignada. Bueno, MUY resignada. Estaba enfadada conmigo misma por no haberme atrevido todavía a montarme en esa dichosa moto. Bueno, montarme sí, y la encendía... ¿pero poner primera y acelerar? ¡Já! ¡Qué miedo! —¿Tienes moto? ¿Qué consejos le darías a una novata que lleva con su moto casi un mes y no se ha atrevido a montarla? —Y me reí, de lo triste que sonaba. —Sí, suena triste, lo sé...

Y, un tanto avergonzada por la pura realidad, me llevé un mechón de pelo hacia detrás de la oreja.
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Ryan Goldstein el Vie Mayo 04, 2018 1:41 pm

—Sí, yo…—Se quedó un poco confundido (eso parecía), con la boca ligeramente entreabierta, cuando ella continuó hablando, comentándole sobre una moto que tenía, ¡hacía un mes, ella decía!, ¿y sin usar? Sonrió cuando ella rió, pero no porque “sonara triste”. Es que, hay algo espontáneo que se da, una suerte de contagio emocional, cuando otro te inspira sonrisas, y eso fue lo que sucedió en ese momento, de tal forma que él se sintió inclinado a empatizar con ella, quien parecía agradable—. ¿Y no puedes acordar con alguien para que te dé una mano?, ¿un amigo?—preguntó, arrimándose junto a ella con los brazos cruzados sobre el pecho, casi en complicidad, y alentador el acento en sus palabras, queriendo tentarla a animarse. No sabía por qué ella lo retrasaría, lo de montarse en la moto, pero si era por el simple miedo a caer, a rasparse un poco las rodillas (que él no subestimaba el miedo que provocaba lo nuevo para las personas, pero sabía ese miedo desaparecía una vez que le hallabas el gustito a lo nuevo, que podías sacudírtelo, y más si hallabas la debida motivación), si era por eso, ¡había que motivarla!

Ryan Goldstein solía ir de cabeza, sin muchos preámbulos, tanto en las relaciones, como en la vida, como en todo en general. Así que, con una sonrisa condescendiente, y habiendo tomado una decisión antes siquiera de que lo sospecharas (como le era usual), le tendió una mano, presentándose:

—Ryan—dijo—. Si te decides a que no muerdo, ¿qué me dices de dar una vuelta en moto un día de estos? ¡Yo lo disfrutaría un montón! ¿Qué te parece? ¡De verdad! Si puedo ayudarte, estaré encantado. Seré sincero contigo, no pienso que sea “triste”. Sólo pienso que necesitas un pequeño empujoncito, ¡y me caes bien!—Así, sin más, sin conocerte siquiera. Sólo ponte a pensar, ¿cuántas palabras habían intercambiado? Unas pocas. Y le caías bien, ¿por qué? Sí, eso, ¿por qué? Decían que las primeras impresiones solían ser las más fuertes, pero había algo más, de seguro. Es decir, a veces, es algo que se percibe desde el corazón, en un gesto o la inflexión de la voz de otra persona. A veces, en sólo un segundo, ya te has anexado a alguien (un extraño, un transeúnte que pasaba por la calle, cualquiera), sin que eso parezca tener ningún sentido, pero el sentido, lo que se dice “el sentido” era algo que, a la larga, se construía. Nunca nada tenía sentido al principio. El “sentido” es algo artificial, pero la “esencia” de un solo instante de empatía, eso, eso era bien diferente—. Te propongo algo—añadió—,  ¿tienes algo que hacer ahora? Habla conmigo—pidió—Con un café en el medio. Y una tarta, ¿te gustan las tartas? Y te convenceré, antes del final de día. Porque tienes una moto, ¡y estoy seguro de que quieres montarla!, ¿a que sí? Aquí me tienes, sólo úsame—Y de inmediato agregó, con una cara pensativa que daba risa por lo repentinamente seria, mesándose el mentón y entrecerrando los ojos, escrutando la posibilidad—Y quizá, me gane una amiga, ¿qué dices tú?


El hombre sí que  lo tenía todo calculado, ¿verdad?

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Danielle J. Maxwell el Sáb Mayo 12, 2018 4:21 am

No tengo amigos que sepan conducir motocicletas —confesé, encogiéndome de hombros. —En realidad la he comprado un poco a lo loco, ¿sabes? Necesitaba... cambiar de aires. Esto de aparecerse todo el rato... sí, tiene sus ventajas y es pura comodidad, pero necesitaba algo que fuese rápido, que me diese esa chispita de entretenimiento y adrenalina. Y, quieras que no, aparecerse en lugares público es toda una desgracia. Estás más tiempo buscando posibles sitios que al final tardas lo mismo que yendo en moto. —Yo, intentando explicarle al mundo, cuando intento explicarme a mí misma por qué narices gasté mis ahorros en una vespa.

Había sido uno de esos arrebatos de "lo quiero, lo hago", sin pensar, sin pedir permiso. Ya tenía una edad y por mucho que mi familia no estuviese de acuerdo, a mí me daba un poco igual. No sería la primera vez que me decían algo al respecto, primero cuando me compré el skate y empecé a entrenar con mis amigos muggles y después cuando decidí enfocarme en el quidditch y comprarme la escoba más rápida del mercado para estudiantes. ¿Y se preocupaban por una moto?

¿En serio? —pregunté, divertida, ante la espontaneidad del hombre. —¿Sabes lo raro que es que invites a una chica tan joven a montar en moto? ¡Que yo sé que eres buena persona! —Claro que lo sabía, estaba en la Orden del Fénix y tenía la sensación de que todo el mundo allí dentro, era un sol de persona. Menos Maverick, él era la luna que se ponía en medio del sol y lo volvía todo gris. —Pero mi abuela me diría que no me fíe de ti por si eres un asesino violador o algo así, ¿sabes? Que... —Reí ante mis propios pensamientos. —¿Qué putada ser violador asesino en ese orden, no? Tendrías necrofilia. Qué perturbador. —Y zarandeé las manos, para quitarle importancia a los pensamientos que había dicho en voz alta. —Yo me llamo Danny y también creo que necesito un empujoncito y un par de clases maestras, sólo que todavía estoy en fase de asimilación, ¿sabes?

Y entonces, me invitó a tomar café y hablar con él, para asegurarme de que no era un asesino violador con necrofilia, ni tampoco un violador asesino, que era igual de malo pero menos perturbador. Me parecía fascinante no solo que fuese tan extrovertido, sino también que fuese tan espontáneo. Yo jamás me hubiera presentado voluntaria de esa manera a ser profe de un desconocido ni mucho menos invitarlo a un café.

Me lo vendes muy bien, ¿eh? Mi abuela no estaría orgullosa pero... —Sonreí, girándome hacia él, dispuesta a ir a un cafetería cercana. —Acepto. No el café, porque lo odio, pero sí me tomaría un zumo de piña. Y todo para asegurarme de que no quieres matarme ni robarme la moto —insistí, evidentemente divertida. Sólo estaba de broma, esperaba que se me notase. —Eso sí, necesito comprar un caldero en la tienda de calderos —dije, dándole una patada en el culo al uso redundante que el diccionario oficial de la vida castigaba con burlas. Qué cosas, ¿eh? Que en la tienda de calderos se vendan calderos. Wow, revelación. ¿A que no lo sabías? ¿Y sabes que se vendía en la tienda de animales? ¡TOMATES! —Si me acompañas primero, me ahorrarías el aburrimiento y de paso podrías contarme qué moto tienes o cómo aprendiste a montar, ¿trato? Luego vamos a por ese zumo. —Y le tendí la mano, como una auténtica y confiada señora de negocios.
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Ryan Goldstein el Jue Mayo 17, 2018 5:07 am


Pero mi abuela me diría que no me fíe de ti por si eres un asesino violador o algo así, ¿sabes? Que...


Ryan había abierto la boca para decir algo, sobre lo encantadora que debía ser esa señora preocupada por su nieta, cuando su nietecita la robó un parpadeo, ¡de auténtica sorpresa! Que lo dejó pasmado, vamos.



¿Qué putada ser violador asesino en ese orden, no? Tendrías necrofilia. Qué perturbador.


Lo era, perturbador. Ryan no supo qué decir a eso. Era un comentario que tú no te esperabas en una conversación casual, ¿sabes? Y no saliendo de la boca de la digna nieta de una bondadosa abuela, pero había que decirlo, que la muchacha era tan agradable que hacía que hasta los violadores asesinos necrofílicos colaran en una amena conversación a la luz de la tarde, en medio de una calle concurrida en la que se sentían las risas de niños alegres, sonara hasta natural, hasta simpático.


Y sí, mira que debía ser una putada, eh.


Ryan, por su parte, comenzó a pensar que quizá no estaba tan joven como él creía, y que la nueva juventud le había ganado la partida esta vez, abandonándolo en otra época, en donde los caballeros no hablaban tan casualmente con las señoritas sobre violadores y necrofilia, todo junto. Fue sólo una sensación, leve y pasajera, de esas que te asaltaban de cuando en cuando, especialmente cuando llegabas a los treinta, quizá porque era la tendencia de la crisis de la edad, verlo todo negro, todo desfasado.


De inmediato, se le quitó.


—Danny—
repitió, simpático. Lindo nombre, a decir verdad—¡Todo un gusto! Asimilación, entiendo—dijo, condescendiente.

Quedó complacido con que ella aceptara su invitación, y a la segunda o tercera mención de su abuela no pudo menos que sonreírse, enternecido por dentro. El hecho de que la mencionara con tanta naturalidad, y tan inconscientemente, significaba que la quería y que pasaban tiempo juntas. Es que, debían ser una familia unida, eso es lo que le pareció, en una primera impresión, una fugaz impresión, y ella te transmitía ese calor, el de alguien que venía del seno de una familia unida, calurosa. Él personalmente nunca había tenido una relación con sus abuelos, pero había aprendido a través una experiencia indirecta, o a través de terceros, cómo debían ser esas relaciones.

—Un zumo de piña a cambio de tu confianza, me parece un precio justo—
bromeó—¿Calderos? Un buen caldero es un asunto delicado, es lo que dicen. ¡Por supuesto que te acompaño! Tenemos un trato aquí—aseguró, estrechando su mano, sonrisa de por medio—Lamento que no sepa tanto sobre calderos como de motos, ¿eres buena en pociones?


*


En la tienda de calderos, Ryan se inclinó hacia adelante con las manos en los bolsillos para echarle una buena ojeada a una pila de calderos de segunda mano, que hasta parecían usados: uno hasta goteaba, tenían el fondo muy usado, marcas y rasguños.

—¿Cuál te llevarás?—preguntó en voz alta, todavía muy curioso sobre el deplorable estado de esa pila de calderas, cuando de la nada, se sintió un estallido desde el fondo del local y el rumor de lo que parecía una torre de cachivaches desplomarse contra el suelo.
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Danielle J. Maxwell el Jue Mayo 24, 2018 5:10 am

Madre mía, ¿un zumo de piña por mi confianza? Qué barata soy. Si es que esto de no tener amigos mira lo que me hace hacer, ¡vender mi confianza por un maldito zumo de piña! Que ojo, los zumos de piña y de maracuyá (parchita, para los de otros países) eran los mejores del universo, pero de eso a vender mi confianza... Menos mal que era consciente de que Ryan al menos tenía la confianza de Dumbledore. No es como venderle mi confianza a... un mortífago, ¿sabes? En verdad lo tengo todo controlado. No es que se me compre tan fácilmente con un mísero zumo. Yo no era tan triste, ¿vale?

¿Justo? Yo creo que me paso de barata, ¿y si añadimos una galletas? —Bromeé, con un guiño divertido, para entonces darle la mano y estrecharla como dos auténticos hombres de negocios, con la única excepción de que yo no era hombre, ni tampoco de negocios. Y seguro que él tampoco, pero no importa. —De hecho no, pero estudio la carrera de pocionista, así que espero serlo algún día si dejan de explotarme las cosas en la cara —confesé, encogiéndome ante la cruda realidad de mi vida. ¿Algo se me va a dar bien en esta vida, eh? Señor Creador, creo que se le ha olvidado darme alguna habilidad y se ha pasado con la dosis de INUTILIDAD en mi vida. —Pero bueno, no hace falta ser bueno en pociones para ser bueno en calderos, ¿sabes?

*

Ese no. ¿Ves? —Le señalé ese caldero asqueroso que ambos miraban con sorpresa. —No hace falta ser un experto pocionista para saber que estos calderos son... una caca suprema. —Susurré eso último para no ofender al Señor de los Calderos, alias 'El Dependiente'. Sin embargo, el karma del insulto hizo que me llevase un susto terrible cuando todo en la parte trasera de la tienda cayó una gran pila de calderos. —Allí atrás parece haber alguien tan torpe como yo...

¡Mecachis en la mar salada! —gritó una señora en lo que parecía un camisón, saliendo de una puerta, con el rostro todo negro, sin cejas y la punta de los pelos un poco quemado. —¡Anthony! ¡Has vuelto a poner las colas de Erumpent en donde deberían estar las orejas de Kappa! ¡Es hora de que vayas ya al oculista a por esas gafas, Anthony, así no podemos seguir...

Pero la voz se fue perdiendo escaleras arriba. Yo tuve que mirar a Ryan para asegurarme de que lo que estaba viendo era real, riéndome cuando la mujer desapareció.

En fin, aunque me cueste el doble, me voy a llevar uno nuevo. —Que total, lo iba a amortizar muchísimo.

*

Había disminuido el tamaño del caldero (ya que era de cuatro litros) y me lo había metido en la mochilita que llevaba, para no estar cargándolo pues era terriblemente aparatoso. Que diréis que no, pero el hechizo de reducir el tamaño de las cosas era de los que más usaba yo en esta vida. ¿Sabéis lo guay que va a ser guardarme la moto en el bolsillo cuando no encuentre aparcamiento? Que ya había que tener mala suerte para no encontrar aparcamiento teniendo una moto, pero yo ya me esperaba cualquier cosa en esta vida.

¿Desde cuándo conduces la moto? —pregunté, caminando junto a él todavía por las calles del Callejón Diagón, en dirección al Caldero Chorreante. —¿Te sacaste el carnet antes de conducir tu propia moto o algo? Yo aún no tengo carnet. He hecho unas cuántas prácticas pero es muy fácil cuando estás en un circuito y no hay coches asesinos revoloteando a tu alrededor.

Y eso que yo vivía en un sitio residencial, pero hasta los coche a cuarenta kilómetros por hora me daban miedo cuando yo intentaba subirme a la moto y meter primera. Lo que necesitaba era... soltura y confianza, sobre todo. Mi abuela insistía en que no cogiese la moto hasta tener el carnet pero... qué tontería. Al final, iba a ser lo mismo: me seguiría faltando soltura y confianza, así que lo mejor que era quitarme eso cuánto antes.
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Ryan Goldstein el Dom Mayo 27, 2018 11:33 pm


—Tenía una de estas motos voladoras—comentó, distrayéndose con un vendedor de baratijas mientras caminaban. La algarabía del gentío los atravesaba. Era un día de compra y movimiento en el Callejón Diagón—, pero los controles son otros, claro—Iba caminando, las manos en los bolsillos, ligero de a pie, como quien no tiene nada que lo ate a esta Tierra, ni miedos, ni sombras, ni nada. Tenía un aire, a soltura. Iba caminando contento—. Fue una amiga—soltó de pronto, arrojando el dato—, una compañera. La que me hizo darme cuenta de que, frente a una moto muggle, yo no era más que un niño grandote montado a un caballito de madera, sin saber cómo hacerlo despegar—¿es que los caballitos de madera “despegaban”?—. Ibamos detrás de alguien—¿Qué?—, y yo me monté a una moto sin pensarlo, confiando en qué arrancaría, ¿sabes? Fue cómico. Cómico ahora, si lo pienso. Nuestro ladronzuelo se escapaba, y yo no atinaba a comprender cómo funcionaba el aparato. Hasta que ella, Madeleine, me empujó y tomó el manubrio, y salimos disparados, ¡con una facilidad! Cuando arrancó, me caí. Es que no lo estaba esperando—Ryan rió—Ella despotricó conmigo (es que había prisa, ¿sabes? Y ella siempre fue… temperamental), pero me tendió la mano. Y a la segunda oportunidad, nos lanzamos a la persecución.

¿A la persecución?, ¿pero quién era ese hombre?, ¿un James Bond frustrado reemplazado en escena por una Tomb Raider en potencia?

—Después de ese incidente, me dijo que si no aprendía a usar una moto muggle, iba a ser un inútil toda la vida, y tuvo la amabilidad de instruirme en cómo se hacía—
La miró, risueño—. Lo de no ser una carga.

El recuerdo parecía tenerlo ataviado en sus memorias, agradables memorias. La mención de un “carnet” lo distrajo y pareció hacerle mucha gracia. Tenía esta mirada, tan viva. Y sin embargo, sus expresiones, cuando no ensanchaba sus labios en una emoción abierta y jovial, llevaban la marca de una cierta melancolía.

—Sí, los muggles tienen su propio carnet… Me pararon por eso. Me bastó un confundus. No te preocupes por eso todavía. Lo primero, es saber arrancar.


No, hacía muy bien ella en preocuparse por esas cosas. La despreocupación del hombre era el problema. De hecho, te hacía pensar si en las calles no sería él el motociclista asesino, obligando a los coches a cederle el paso entre curvas de vértigo. Pero eso sería una locura, obviamente.

—¿Sabes? Tu cara me suena de algún lugar. O será porque es una cara bonita—cumplimentó, de caballero—. ¿A ti no te pasa? ¿Pensar que conoces a alguien, porque te recuerda a un rostro o una sonrisa que has visto en alguna otra parte?

De improviso, una bruja con sombrero les salió al paso, con cara muy preocupada, preguntando por…

—Disculpen, ¿han visto a un gato atigrado? Es que mi hijo lo ha perdido… ¡y se lo he comprado hoy!, ¿no? Tiene un collar con cascabel.., ¿no? Ese gato, ¡y mi niño estaba tan emocionado…!

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