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Ryan Goldstein el Vie 4 Mayo 2018 - 17:37

stalker, stalker, stalker:


Tema +18

Abres los ojos, y tienes esa sensación de que ese día será como cualquier otro día, empezando con que despiertas en tu cama, entre tus cosas, en tu habitación. Hasta que una cierta incomodidad te asalta desde algún rincón de tu mente, y. No, esa no es tu cama. Así que, ese no es como “cualquier otro día”. Y, ¿qué hiciste la noche anterior?, ¿y con quién? Ahora lo recuerdas, eh. Y todo comienza a cobrar sentido, un nuevo sentido, y Ryan se sonrió —cerrados los ojos, dormida la expresión—, una vez incorporado, todavía perezoso, sentado al borde de la cama, ladeando el cuello hacia un lado, luego hacia el otro, girándolo con cuidado, preso del sueño matutino, aunque afuera, afuera parecía de noche, porque así de gris estaba el tiempo, mientras que la lluvia y el frio empañaban la ventana, pero él. Sólo tenía que estirarse entre las sábanas, por algo de calor.

Sintió que se removían a su lado y se giró a mirar, estirando un brazo hacia atrás. Fue a enterrar sus dedos en el cabello del morocho en la cama, subiendo por su nuca, cuando un trueno quebró el cielo de tormenta y lo tomó por sorpresa, inmiscuyéndose, penetrando su percepción, arrancándole un instante de lucidez, ese pasaje momentáneo de la consciencia en el que por un segundo, sólo un segundo, el corazón se emociona, como alcanzado por el rayo. Eso no detuvo su mano, sin embargo, y le aprisionó los cabellos en una caricia. Hacía rato que tronaba allá afuera, y la lluvia repiqueteaba desde el exterior, vertiéndose entrometida, entre ellos dos, en ese cuarto, en el que “sólo ellos dos”. Sí, sólo estaban ellos dos, y un perro. Uno que rompió en ladridos desde el exterior, detrás de la puerta. ¿Inquieto por el clima?, ¿o por Ryan Goldstein?  

El rubio rió por lo bajo y volvió a tenderse en la cama, todo a lo largo de ese morocho,  recogida una pierna e incorporado en un codo, ladeado hacia. Sonriéndose, Ryan tapó sus ojos —oscureciéndole la visión— con la derecha. Las suyas eran manos tibias, que te abarcaban por entero, manos que acariciaban, y que no dejaban nada a la imaginación.

—Tú no—dijo—. Es temprano para ti, Doc.

Se oyó un ahogado lamento canino del otro lado, insistente, demandante, pero que hizo su retirada, quizá con el rabo entre las piernas, ¿sabiéndose ignorado? Volvería al ataque, muy probablemente, pero mientras. Sólo la lluvia caía en el cuarto, como Ryan cayó sobre ese cuerpo remolón, contradiciéndose en lo que hacía y decía —dicho sea, le gustaba molestar a la gente en su sueño—, acorralándolo entre sus piernas, encimado a horcajadas. Y se acarició a sí mismo, casi distraídamente, repasando su piel por arriba de la cintura, al tiempo que se miraba el ombligo, parecía.

—Ya no tengo marcas—dijo. Lo miró y agregó, muy sencillamente (y con él, no hacían falta más palabras, que era sincero)—: Gracias.

Y descendió en un beso, directo a la boca, atropellando su lengua con esa delicadeza tibia que tiene el envolverse con el aliento, y probarlo. Fue breve. Ryan Goldstein era muy cortante con el tiempo, algunas veces.

—Me iré—Más que nada, por consideración. Ya bastantes horas de sueño le había quitado, cayendo a mitad de la noche. Y en verdad que apreciaba tanto como respetaba su trabajo, con sus horas extras, sus dobles turnos. No debía ser fácil—. Tú no querrás llegar tarde—susurró, ligeramente ronco, con una sonrisa que invitaba a lo contrario. Era traicionero, ese hombre—. Tomaré una ducha primero, ¿ok?






Había sido en un día de lluvia, también. Ocurrió un incendio en mitad de la calle, dentro de lo que parecía una casa abandonada. Los maleficios salieron por las ventanas, destrozando los cristales. Había sido en medio del estallido y la tormenta que Ryan Goldstein salió a su encuentro, apareciéndose en el lugar. No porque estuvieran destinados a ese encuentro, sino porque un mortífago lo seguía detrás y había interceptado su desaparición hacia fuera de la zona de las explosiones y el fuego. Sólo que. Al aparecerse, el mortífago cayó, muerto, atravesado por un pedazo de cristal, y Ryan, él, recargó su espalda contra una pared, boqueando e incapaz de otro esfuerzo. Y debajo de su camisa, todo su pecho se había vuelto negro, tocado por un maleficio. Sólo había alcanzado a decir “Por favor”, antes de dejarse caer, sintiendo cómo las fuerzas lo abandonaban.

Pero detrás de ese ruego había mucho en juego, porque todos lo sabían: eran tiempos oscuros, en los que las lealtades se hallaban divididas. En los que, de verse comprometido bajo los ojos del nuevo gobierno, cualquier cosa podía sucederte, y ninguna buena. O tenías las ideas claras sobre lo que estabas dispuesto a ignorar o. Era peligroso andar sobre la cuerda floja, era peligroso andar cerca de gente como Ryan Goldstein. No sólo porque podías ser deportado, o encarcelado, sino porque todo tu mundo de valores podía verse amenazado.


*


—¿Estás seguro sobre esto?—preguntó, mirándolo directo a los ojos, casi inexpresivo—Me has acogido, me has curado. ¿Y no me denunciarás?—Sonrió, sorbiendo de su taza de café. Hizo una ligera mueca, porque le quemaba—. Soy afortunado—concluyó, aunque no parecía muy contento. Ligeramente grave, añadió, a modo de proposición—: Sé mi doctor. Tú sabes, mi sanador. Te necesitaré.




Última edición por Ryan Goldstein el Lun 21 Mayo 2018 - 2:27, editado 1 vez
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Dante Fiore el Dom 6 Mayo 2018 - 4:04

El día había sido fatal, heridos por todas partes, en urgencias no habían llegado ni una ni dos personas, sino que eran en total más de cinco que se habían aparecido, víctimas de maleficios y demás hechizos dañinos. Dante había tenido un día extremadamente ocupado, encima que el clima no se prestaba para nada — Por fin se acabó la jornada — Soltó un pesado suspiro mientras iba caminando a través de una calle que no se encontraba demasiado transitada, sin embargo, toda la tranquilidad fue cortada por un quejido de dolor, además del fuerte sonido de un vidrio rompiéndose, y como su instinto de sanador y de buen ciudadano era incontrolable, salió corriendo hasta el lugar del cual provenían los ruidos, abriendo los ojos como platos al ver como un adulto de aproximadamente su edad y de cabelleras rubias se desvanecía, cayendo al suelo desmayado.

De inmediato se dedicó a ayudarlo, pero como no sabía con exactitud lo que había ocurrido ni nada por el estilo, intentó salir del lugar lo más pronto posible, que como estaba todo de peligroso hoy en día, todos los conflictos en el mundo mágico y los choques de los bandos, era mejor que no se hiciera presente nadie del Ministerio ni nada relacionado. Lo llevó hasta su casa lo más pronto que pudo, por suerte, disponía de los conocimientos necesarios como para ayudarlo, aunque estaba en un estado bastante crítico

...

No podría estar más seguro de lo que hago — Asintió tranquilamente, el contrario parecía estar incluso sorprendido porque no tomaría medidas mayores, ¿Pero qué podía hacer? Nunca le había gustado meterse de cabeza en ningún conflicto. Se encontraban sentados tomando café y conversando tranquilamente, hace varios minutos que ya el rubio había despertado y se encontraba mucho mejor — No tengo razón alguna para hacerlo — Sonrió de forma bastante amable ante el comentario de su acompañante, señalando que era bastante afortunado, y no estaba demasiado alejado de la realidad, es decir, no muy frecuentemente alguien en la calle te recogía, te curaba y te acogía en su hogar así como así. Sonrió aún más cuando él le propuso ser su sanador, ya había hecho este trabajo en más de una ocasión, y sí que le gustaba mucho, se sentía muy en conexión con el cliente la mayor parte de las veces, y eso le daba una sensación de comodidad bastante amplia — No tengo motivos para negarme... El pago lo resolvemos luego — Esta última frase se vino acompañada de una pícara sonrisa y un guiño hacia el rubio.

Se revolvió lentamente entre sus sábanas, apenas despierto, aferrándose a lo más cercano que tenía, una muy cómoda fuente de calor, acercó su cuerpo lentamente al contrario, mientras sentía las lentas caricias en su nuca, apenas ligeramente interrumpidas por los constantes relámpagos que se escuchaban afuera, durante los últimos días el clima había sido extremamente delicado. Apenas intentó abrir los ojos para apreciar más claramente el cálido cuerpo que tenía junto a él, pudo sentir como esas mismas manos taparon sus ojos casi de forma inmediata, a la vez que una dulce voz ronca parecía acariciar su sentido auditivo con extrema delicadeza, joder, muy pocas cosas en esta vida le fascinaban tanto como la voz ronca de un hombre justo al despertar — Es mucho mejor aprovechar el tiempo, ¿No te parece? — De inmediato, una sonrisa bastante lasciva se posó sobre su rostro, mientras que se mordía el labio inferior con lentitud.

Pudo escuchar con claridad el llanto de su perro por detrás de la puerta, pobre Abraham, que no se llevaba muy bien con los días lluviosos, en especial si habían relámpagos incluidos, aunque conociéndolo, ahora mismo debió de haberse ido a acurrucar junto a su pequeño peluche de tigre y su manta, lo cual lo reconfortaría. Apenas y sonrió al sentir el cuerpo ajeno posándose sobre el suyo propio, detallando muy bien todas sus facciones, desde lo guapo que era, hasta el hecho de que ya se encontraba mucho mejor, no se podía quejar, a Dante se le daba bastante bien esto de ser sanador — Te dejé como nuevo de paquete — Asintió lentamente, aún un tanto dormido, mientras que deslizó de forma ágil sus manos hasta entrar en contacto con sus rígidas piernas, tomándose el tiempo de explorar con sus dedos lentamente su piel — No es nada, no hay nada más reconfortante que salvar una vida

Unos cuantos segundos luego, observó atentamente como el rubio bajaba lentamente hasta chocar sus labios y fundirse en un lento beso, permitiendo que sus lenguas entraran en contacto y exploraran por unos pocos segundos para luego separarse, dejando al italiano con ansias de más. Esbozó una tierna sonrisa al escuchar como su acompañante intentaba ser considerado con él, diciendo que ya se iba, lo cual no era para nada necesario, le resultaba sumamente agradable tener una compañía tan buena — No es necesario que te vayas tan rápido, mejor que nos aseguremos que estés bien del todo primero, ¿No? — Una juguetona sonrisa le delató, sólo quería continuar disfrutando un poco más de su cálida piel, de su suave tacto y de los besos que uno tras otro lo dejaban ansioso de más.

¿Y en qué piensas si te digo que tengo el día libre? — Realmente no tenía el día libre aún, pero considerando que hacía ya un tiempo que igualmente trabajaba durante sus días libres, sabía perfectamente que podía faltar un día sin ninguna clase de complicación, ya conocía bastante bien el trabajo, de igual manera, en San Mungo había gran variedad de sanadores, no habría diferencia con que no estuviera allí un día. Aparte de que estaba ligeramente cansado y necesitaba escaparse de la rutina por un día, no tenía forma alguna de negarse a esa tentadora sonrisa, que demostraba algo distinto a lo que se escapaba por sus labios — Me merezco una ducha con esta belleza — Dante se incorporó, aún con él encima, quedando sentado y teniéndolo justo en frente, aún sobre la parte inferior de su cuerpo, estando a sólo milímetros de su cuerpo, deslizó sus dedos con delicadeza, subiendo por los muslos del rubio, finalmente presionándolo un poco hacia su cuerpo para acabar de juntarlos. Finalmente, respiró profundamente sobre su nuca, para luego deslizar una de sus manos hacia la espalda de su acompañante, bajando lentamente hasta llegar a su espalda baja, mientras que elevaba la otra, paseando sus dedos de forma ascendente a través del abdomen y el pecho, deteniéndose a acariciar este último — ¿Te sientes bien del todo ya?
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Dante FioreInactivo

Ryan Goldstein el Lun 7 Mayo 2018 - 0:31


El soplo del viento se sintió desde fuera y Ryan se removió ligeramente como deshaciéndose en un suspiro, con esa tibia presión en su cuello, que era aire, que raspaba, que lo aspiraba como en una caricia. Él no te lo diría, pero lo seducía especialmente, era tomarlo con la guardia baja. Dan se había incorporado buscando estrecharlo y él se apartó un poco, rodeándolo con sus piernas abiertas, semiextendidas, sin cerrarse del todo en torno a su cintura, echados los brazos hacia los costados, cuando no estaba tocando.


¿Y en qué piensas si te digo que tengo el día libre?


No había dicho nada sobre eso —debía estar pensándolo—, y fue imposible percibir la leve curva de una de sus comisuras en esa expresión tan suya, tan reservada, que te salía al encuentro cuando no sonreía, oculto su rostro en la complicidad del roce —dos besos en el hombro, el amague de buscarse por encima de la piel—, en esa molde delicada que eran los brazos de otra persona, hasta que lo encaró con una auténtica sonrisa, blanca sonrisa.


¿Te sientes bien del todo ya?


Lo besó, y tenías que aceptarlo como una respuesta, o era porque en esa sobrada insistencia no había lugar para más palabras, más preguntas. Y es que debía ser de esos que eran taciturnos por la mañana, mientras que poco a poco se iba despertando a través de los sentidos, abiertos a la invitación. Pero volvió a apartarse, sin apartarse realmente.

—Pienso que eres pesado, Doc—soltó de pronto, atendiendo a su pregunta anterior. Lo sujetó del mentón, rascando su barba con el pulgar, examinándolo con la mirada, fingidamente seria—Todos los sanadores lo son—agregó, cual queja solapada—Estoy bien. No tienes que preocuparte por tomarte el día para examinarme “minuciosamente”. ¿Qué dirían los otros pacientes?—E insistió con ese beso de lengua que interrumpiera, lanzado como era, robando más que dando—. Pero.

Jugaba, cuando te apartaba el rostro y te plantaba un beso en la barbilla, o se frotaba contra tu mejilla. Puede que Ryan Goldstein pudiera tener expresiones muy ensimismadas y hasta graves, pero era un sinvergüenza. Hasta que reía, y se le resquebrajaba la máscara inexpresiva que llevaba encima, y con la que le tomaba el pelo. Hasta que te sonreía con esa mirada de ojos dulces.  

—Sí, pienso que te mereces un día libre—dijo, deslizando una mano firme y suave por su cuello, masajeándolo levemente—. Tú estás duro aquí—hizo saber, al tiempo que se acomodaba entre sus piernas enderezándose en el lugar y ponía las dos manos a hacer el trabajo todo alrededor de los hombros y subiendo por la nuca, frotándolo muy despacio, con toda la intención de desentumecerlo, de acariciarlo. Era sorprendentemente suave, con esas manos—No podré quedarme todo el día—susurró—Pero puedo volver esta noche, para que “me examines”—Y añadió—: No le digo que no a uno de tus desayunos, tampoco.

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Dante Fiore el Lun 7 Mayo 2018 - 4:30

Fue inevitable que esbozara una juguetona sonrisa al percatarse como, de forma muy discreta, el rubio se removió justo instantáneamente, como un reflejo, al momento en que Dante tomó aire sobre su cuello, ¿Cómo esas veces en las que algo te gustaba tanto que era inevitable reaccionar? Exactamente así. Aún desconocía casi en su totalidad al hombre que tenía frente a él, se podía decir en realidad que lo único que sabía de él era su nombre, sólo conocía bien algunas partes de su cuerpo que se había dedicado a explorar bien, mientras que por las demás sólo había dado un breve paseo, sabía que era bastante agradable y divertido, pero sí que sabía jugar con él, aunque no sabía muy bien el por qué lo hacía, aparte de diversión.

Por un lado, se había separado unos cuantos centímetros, eludiendo la previa acción para acercarlo a él, y por el otro, podía sentir ocasionalmente su tacto, jugueteando con su piel, inclusive con dos besos en el hombro, que no hacían más que torturar esos deseos de él que cada vez lo invadían más y más, aunque en ocasiones intentaba no aparentarlo, su profunda respiración en ciertas ocasiones, al sentir la cercanía de su cuerpo lo delataba, no era muy bueno en esto de tener a alguien en la cama con él sin tomarlo y hacerlo suyo a su antojo. Le miró a los ojos fijamente, y pudo verlo poniendo una blanca y tierna sonrisa y mirándolo con esos dulces ojos, y le había quedado claro el por que se le hacía tan difícil contenerse.

No aguardó muchos segundos para responder a su interrogante sobre si ya se encontraba bien, pero en vez de utilizar palabras, consideró mejor utilizar un beso, al cual él correspondió, sin nada más qué hacer, Dante inmediatamente retiró sus manos del cuerpo ajeno, para apoyarse con ayuda de ellas en la cama, y observarlo a los ojos — Muy buena respuesta — Rió por lo bajo, mientras que giraba su mirada hacia la ventana, dándose cuenta de cómo la lluvia no se detenía, además de contemplar como un rayo iluminaba de forma breve la habitación, no había siquiera señas de que el clima tuviera intenciones de mejorar en las siguientes horas.

Fue a cambiar su semblante instantáneamente al escuchar como el rubio le había dicho 'pesado'. Sí, él se tomaba muy a pecho las cosas que le decían y se enojaba por niñeces, pero no le agradaban para nada ese tipo de comentarios. Sin embargo, disimuló únicamente con una risa ante aquel comentario, si había algo en lo que era experto, era en fingir que muchas cosas no le inquietaban en lo más mínimo, se le daba de maravilla, y esta vez no sería la excepción — El oficio nos vuelve así, mi culpa — Comentó con una sonrisa, sin retirar su mirada de la ajena, debido a que lo había sujetado del mentón, él puso también un semblante serio durante aquel corto y hasta incómodo cruce de miradas.

Correspondió al ver como pocos segundos luego y sin previo aviso, el rubio se acercaba más a él para darle un beso, abriendo paso para que su lengua entrara a sus aires, y que se tomara su tiempo para experimentar su boca, aún con sus manos sujetando la cama, intentaba resistirse a ponerle una mano encima al hombre, por lo menos por un rato. Podía ver con claridad cómo intentaba jugar con él, por suerte, no sólo se le hacía divertido a uno de los dos, puesto que a él también le causaba gracia ver los constantes cambios de semblante y el 'tira y afloja' que tenía, acercándose unos cuantos segundos para luego apartarse por unos segundos más, sin duda podía notar que era alguien a quien le encantaba jugar.

Estaba pensando igualmente en tomarme el día para descansar, con lo de anoche, ya quedó decidido — Hacía rato ya que no se tomaba un merecido descanso, por lo que amaría pasar el día de hoy únicamente comiendo y durmiendo, y de ser posible, acompañado. Soltó un suspiro que rebosaba alivio al sentir como sus cálidas manos masajearon con suavidad los alrededores de su cuello, sin duda que le hacía falta esto, hacía ya varios días que estaba bastante tenso, pero no había tenido siquiera tiempo para preocuparse en descansar y relajarse — Lo haces muy bien — Sonó aliviado, mucho más de lo usual, al sentir como dedicaba su tiempo a masajear sus hombros y las zonas cercanas, podía sentir como sus músculos se empezaban a relajar un poco más, y como él mismo descansaba un poco con aquel tacto.

Ya se lo esperaba, había visto venir que se iría, y que no pasarían el día juntos, aunque si había algo que definitivamente lo había tomado por sorpresa era que le hubiera dicho que volvería por la noche, generalmente, cualquiera solía esperar un poco más antes de aparecerse de nuevo, pero el rubio no, y debía admitir que lo esperaría ansioso — Ansío entonces que llegue la noche para examinarte de pies a cabeza, ya sabes... Para asegurarme que todo funcione bien — Dejó ver sus dientes en una traviesa sonrisa, mientras que se detenía por unos segundos para apreciar bien al hombre que tenía frente a él, guardando en su mente su figura y rasgos de su cuerpo, solía ser muy detallista, notar hasta lo más mínimo de las personas, y era una costumbre perderse admirando lo que en realidad capturaba su atención.

Con su dedo índice, empezó a trazar círculos sobre la cama, intentando no mantener quietas sus manos por mucho rato, se sentía incómodo sin tocar a Ryan — Dime qué quieres comer y lo preparo... — Le miró con una sonrisa auténtica, inevitable, y es que de sólo pensar en comida su rostro parecía iluminarse — No es por presumir, pero se me da bastante bien — Realizó una breve pausa para pensar, él solía variar mucho sus desayunos, en ocasiones eran sólo frutas, en otras, tostadas francesas, waffles, pancakes, sándwiches de todo tipo y demás, le fascinaba variar los alimentos, dado a que le aburría comer algo demasiadas veces seguidas — El chef recomienda unos pancakes, o quizás unos Croissants
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Dante FioreInactivo

Ryan Goldstein el Lun 21 Mayo 2018 - 2:26

—Que sean pancakes—Lo miró, y y y, ¿qué hacía? Cuando ya te lo preguntabas, se te fue encima, proyectándose hacia adelante e incorporado a medias, habiendo tomado el rostro barbado entre sus manos. Ahora lo miraba, desde arriba—Y croissants—añadió, antes de dejarse caer sobre él y empujarlo bajo su peso, y esos besos, insistentes besos.

Él lo quería todo.

Ay, ah, en la cama, Ryan lo enredó. Iba semidesnudo, sólo en interiores. Había ido directo a frotarse, debajo de las mantas, y si Eros hubiera estado allí, al pie de la cama de su dueño, hubiera visto un montículo informe como la columna de un gran jorobado, removiéndose, y que encima reía. ¿Pero qué podía saber el perro?

Ryan se puso intenso, y si sonreía, era de descaro, pero confeso de calor, y deshaciéndose entre las piernas de Dante a un ritmo interrumpido pero demandante, y sobre todo, aferrándose a él con las ganas en la piel, sobrado de ganas, frotándose por encima de la tela, y recordando para sí como había sido la noche anterior y lo que más le había gustado, pensando en repetir.

—Tienes que callar a ese perro—
dijo, o más bien “recomendó”, cuando el malcriado de la casa volvió a arremeter a ladridos contra la puerta. Sin embargo, eso no interrumpió lo que el rubio estaba haciendo, no. Y lo hacía con un solo dedo, como si no fuera su intención tocarlo realmente, a lo largo del tronco de su “parte más suave”, recostada sobre el abdomen y con Ryan encima, repasándola con las yemas de sus dedos con un cuidado que bordeaba la provocación, como si sólo curioseara. Había querido parar un momento, y acabó en eso, y así, encimado sobre Dan.

Entre que lo miraba, a la altura de los ojos, su mano se colaba hacia abajo, y se andaba con rodeos sobre la carne sensible, subiendo con el índice y luego volviendo a bajar, para repetir, arriba y abajo como si lo hiciera de forma inconsciente, distraída, mientras que le hablaba y alternaba uno, dos dedos. Decía algo, sí. Alguna tontera con la que querría hacerse el gracioso: “Tres, dos, uno… ¿chocolates o miel caliente? Responde rápido, responde rápido. Otra vez. Tres, dos, ¿azul o rojo? Ok, me parecía que responderías eso. ¿perros o gatos?, ¿cama o ducha?”, pero si iba a masturbarlo o a hablarle, podía concentrarse en UNA SOLA COSA, tú pensarías. Hasta que se dejó de rodeos y lo masturbó por encima de la puntita, pero en lo que era sólo una caricia de sus dedos cerrados, manipulando la película de piel delgada y dócil a través de la que sentía, toda esa necesidad insatisfecha.

—Voy a bañarme—
soltó, cuando pensabas que iba a llegar a algún lugar con tanto manoseo, y después de todo ese calentamiento bajo las mantas. Se fue casi saltando de la cama (quizá sabiendo que debía huir), en lo que casi se tropieza. Para salir, abrió la puerta del cuarto, dejando que el perro entrara corriendo y moviendo la cola, yendo a treparse a la cama de su dueño, todo contento (el perro, contento). Y él escapó, directo a mojarse. Y de camino, sin voltearse, gritó (por encima de los gemidos de un perro amoroso)—: ¿Te importa si uso tu cepillo de dientes?


*


—Tienes un libro mío en tu biblioteca—
hizo saber, escupiendo pasta dental en el lavabo. Lo miró, curioso, a través del espejo. Mira que le gustaba dedicarle un buen rato a esa dentadura, radiante que la tenía. Rió (todavía tenía la barbilla manchada de blanco)—¿No lo sabías? Soy Ryan Goldstein, el de “Viajando sin un knut”. O te gustan los libros de viajes, o sólo te lo regalaron en una incómoda Navidad y no supiste cómo deshacerte de él, pero me has dado una sorpresa. Nunca me acostumbraré a verme en la biblioteca de otra persona—comentó, habiendo terminado de enjuagarse la boca, fresco el aliento—Escribo por placer, ¿sabes? El libro es prácticamente un rejunte de mi bitácora de viaje, siempre llevo un diario encima, vaya donde vaya, cuando estoy fuera.

Ryan sonrió.

—¿No es curioso? Puedo firmártelo, si quieres.



*

El repiqueteo del agua y el vapor invadieron el cuarto de baño, y Ryan entró en la tina y recibió el impacto de la lluvia contra su pecho, llevándose las manos al pelo y sumergiendo su cabeza bajo la batahola que era esa cascada, sintiéndola caer con verdadero alivio, porque era un placer, tibio, húmedo.

Si en la ducha tenías a un hombre, tú ibas hacia él con una respuesta a flor de piel. Y tenías puestos tus ojos en su desnudez, pero tus sentidos… realmente “flotando” en otra parte, allí contigo, pero seducidos por el ambiente, entre el vapor y el deseo. Era sentir la lluvia y querer verte envuelto en esa caída, precipitada, insistente y mojada. Era como una llamada, que provocaba una respuesta. Si se trataba del aroma de la comida, se hacía agua tu boca. Si sentías el sonido del sexo, querías.



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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Dante Fiore el Lun 21 Mayo 2018 - 7:03

Como ordene, mi caliente rubio — Se dedicó a hacer un comentario en tono divertido y juguetón, pero para nada alejado de la realidad. Lo detalló completamente al tenerlo ahí, justo sobre él, sujetando su rostro y viendo el ajeno tan apacible, tomándose también unos momentos para analizar el definido cuerpo del rubio y deleitarse con él, que no se le podía negar, era toda una obra de arte. Sus manos no resistieron más al sentir el peso de aquel caluroso cuerpo sobre él, empujándolo, y sentir la presión y el calor de sus labios contra los suyos, que se abrían paso, pidiendo cada vez más. Deslizó las manos con agilidad a través de sus rígidos muslos, sin perder la oportunidad de grabarse bien sus dimensiones con los dedos, ascendiendo hasta alternar en caricias y también presionar con sus traviesas manos sus glúteos, incentivando el frote entre ambos, cuyo ritmo se incrementaba mientras los besos se hacían más intensos.

Sus manos cada vez jugueteaban más entre la retaguardia de su rubio amigo, sintiéndose libre de tocar sobre y debajo de la tela, acercándose lentamente con caricias, rozando y jugueteando levemente con las paredes de su ano, aunque sin tomarse mayor tiempo para explorarlo. Todo su cuerpo prácticamente clamaba por más contacto, por más calor, por sentir al rubio en su interior, removiéndose dentro de la oscuridad de aquellas sábanas, que lo tomara y lo reclamara como su propiedad, en especial al recordar el calor de la noche anterior, y el placer que su buen acompañante le había podido traer.

Lo fascinante del sexo era la completa experiencia sensorial que ofrecía, el roce entre las telas, el calor que emanaban los cuerpos rebosantes de placer, la humedad que acompañaba esos profundos e intensos besos, la libertad que sentían las manos del italiano sobre aquel cuerpo, que a pesar de ser totalmente reciente para él, momentáneamente podía tomarlo y hacerlo suyo, aunque fuera sólo por unos instantes, aunque sabiendo que luego de ese encuentro podría esfumarse, bajarse del tren en marcha, porque al igual que todo en la vida, podía ser increíblemente efímero, como un ave cualquiera, que sólo hacía el nido donde las condiciones le favorecieran, hasta que estas cambiaran o que consiguiera un sitio mejor, revoloteando lejos de su nido, hacia uno que le brinde mayor protección.

Una lasciva sonrisa era lo único que se podía percibir en su rostro, acompañada de ocasionales y casi inaudibles gemidos, totalmente cegado por el momento, a tal punto que el comentario referente a su perro se escuchó totalmente distorsionado, justo ahora, no le interesaba nada que no fuera gozar del momento, y callar al perro implicaba levantarse justo ahora, cuando la cosa se estaba poniendo mejor, en especial por esos traviesos dedos de Ryan, que no paraban de revolotear a lo largo de su falo, deslizándose juguetones, como torturando a esa tan sensible área, que pedía a gritos más contacto.

Se le hacía gracioso, porque incluso en un momento de estos, podía darse cuenta de que el rubio no dejaba de tener personalidad, de ser juguetón y todo un pesado, le agradaba eso. Empezó a hacer toda clase de preguntas estúpidas, o que por lo menos lo eran, considerando el contexto en que se encontraban. No pudo evitar reírse, perdiendo casi por completo el hilo de lo que estaba ocurriendo, dudando sobre si debía concentrarse en la ocasional 'masturbación' que estaba recibiendo, o en las corrientes preguntas del rubio — Chocolates. Azul. Perros. Ducha — Respondió entre ahogadas risas, mientras que movía sus dedos, juguetones, recorriendo de forma delicada la cobertura de su musculosa espalda — Eres todo un caso — Acto seguido, cogió su cara rápidamente entre sus manos, yendo directo al grano, y estampando sus labios contra los ajenos en un fugaz beso, para luego separarse.

En seguida, pudo ver como el hombre se levantaba de la cama, casi a saltos, diciendo que iría al baño, aunque él no trató siquiera de detener su rápida caminata, debido a que sabía que disfrutaría mucho más de una experiencia sexual en el baño, por razones que ya él tenía muy en claro. Pudo ver como, luego de abrir la puerta, el pobre Eros entraba directamente disparado hacia la cama, subiéndose y empezando a correr y a recostarse a él sobre las sábanas como un maniático, pero qué se le podía hacer, estos dos eran como marido y mujer — Hoooola, mi querido cucciolo — Le dedicó esa cálida sonrisa que tanto lo caracterizaba como persona, mientras que le hacía caricias y mimos en cu blanca cabellera — Luego de compartir fluidos no encuentro una razón para negarme — Este grito vino acompañado de una potente risa, sí, el era de esas personas que no se asqueaban por cualquier cosa, en especial sabiendo que ya habían compartido saliva e incluso otros fluidos, ¿Qué diferencia había entre que utilizara su cepillo y que no lo hiciera?

Siempre le había gustado llamarle cucciolo, y generalmente lo llamaba más así que por su nombre, era como ese apodo de cariño que le había dado desde muy pequeño. Aunque en realidad, era gracioso, porque ya no era para nada su perrito, sino que era un perro bastante grande y alto, un Alaskan Malamute bastante majo, a su parecer, se había enamorado de él desde el primer momento en que lo vio. Su nombre era Eros, al igual que la deidad de la mitología griega, Cupido en la romana, y representaba principalmente al amor y la belleza, y debido a que Dante siempre había sentido un cariño especial por la mitología griega, le había puesto ese nombre, que le parecía perfecto.

***

Ya había conseguido tranquilizar a su canino amigo, haciéndole saber que todo estaba bien, y como era de lo más consentido, sólo había requerido de unas cuantas caricias para ello, que siempre era fácil ganárselo. Mientras tanto el castaño se encontraba en la puerta del baño, observando cuidadosamente como su acompañante se lavaba los dientes, aunque aprovechando más que nada la oportunidad para ojear a ese cuerpo, que estaba ahora mismo de pie. Su rostro denotó bastante intriga al escuchar lo que había dicho acerca del libro en la biblioteca, porque desconocía totalmente si él era o no autor de un libro, y porque ni siquiera estaba consciente de en qué momento el hombre había tenido algo de tiempo para echarle una ojeada a su biblioteca, por más que intentaba hacer memoria.

Pues, oficialmente me acuesto por primera vez con un escritor — Y en seguida, lo tachó de su lista mental de clase de personas para tener sexo, ya había tenido relaciones con estudiantes, músicos, pintores, bailarines y esto sólo como pasatiempos, en lo referente a empleos del mundo mágico, se había follado casi a uno de cada profesión diferente, porque ya sabes, era importante probar todo. Sus ojos se iluminaron al escuchar el título del libro que le había mencionado, y era que por supuesto, era totalmente imposible que desconociera ese libro — ¿En serio lo escribiste? Soy totalmente fan — Aclaró, este libro lo había adquirido hace ya algunos meses, y tenía que admitir que lo había leído más de una vez, generalmente disfrutaba de toda clase de lecturas, aunque, los libros relacionados con viaje le resultaban casi tan fascinantes como los viajes mismos, una maravilla total.

Había pocas cosas que disfrutara tanto como explorar, y qué mejor que juntar dos de sus principales amores, la lectura y los viajes. Era especialmente feliz leyendo las experiencias de los viajes ajenos, todo lo que les ocurría, las peculiaridades de cada lugar y las culturas, las bromas relacionadas con los sitios y también las idioteces que casi todos cometían cuando estaban en un lugar totalmente desconocido — Lo compré hace ya unos cinco o seis meses, pero lo he leído varias veces, adoro la forma en la que escribes — Si había algo de lo que padecía, eran sus altas expectativas con respecto a todo, solía ser increíblemente crítico con casi cualquier tema, por lo que para él, leer un libro con un buen redactor era una experiencia increíblemente agradable, y que no se veía muy a menudo hoy en día — Adoro los viajes y la lectura, son dos de mis más grandes amores, he de admitir — Él, que tenía una debilidad especial por estas dos últimas cosas, era increíblemente sensible al momento de conocer a un escritor que en serio llamara su atención, su mente sólo pensaba 'tómame' lo cual era curioso, porque le había ocurrido con Ryan, incluso antes de saber de su obra.

No podía parar de mirar al rubio, en especial cuando le dedicó esa tan amable y blanca sonrisa, que no paraba de resultarle atractiva, aunque la viera cada tantos segundos, por lo que había visto, él no era precisamente la persona más seria en el mundo, y eso le agradaba. Como un impulso, al escuchar el comentario referente a la firma se volteó, dándole la espalda y sujetó el elástico de su ropa interior, bajándola hasta dejar al descubierto uno de sus glúteos, llevando una mano hacia el mismo y sujetándolo con total confianza, de igual manera, era suyo — Tu firma es bien recibida aquí — Bromeó, con una sonrisa pícara en el rostro, que podía interpretarse más como una invitación que como un chiste.

***

Cepillaba sus dientes tranquilamente, mientras que esperaba a que Ryan alistara la bañera, hacía movimientos rápidos con el cepillo sin prestarle mayor atención a su entorno, hasta que sintió esa sensación tan familiar y tan placentera, que le resultaba tan excitante como pocas cosas en el mundo... En seguida, sintió como su cuerpo se llenaba de energía, sabía lo que se venía y, estaba totalmente ansioso. Escupió la crema dental y se lavó la boca rápidamente, para finalmente acabar por quitarse la ropa interior, dejando ver una creciente erección que estaba seguro que aparecería desde que el vapor siquiera estuvo cerca de su cuerpo, porque si había algo que no podía controlar para nada, era su alveofilia y su albutofilia. Cerró la puerta de forma bastante ágil, no quería que por ninguna razón Eros se asomara por el baño, de hecho, era lo último que esperaba que ocurriera.

Caminó calmado hacia la bañera, y de sólo ver el agua caliente, pudo sentir sus pensamientos dispersos, y como rara vez solía ocurrir, sus instintos eran los que actuaban en esta ocasión. Entró en la bañera, simulando completa calma, disfrutando lentamente de la experiencia, podía sentir como se le erizaban los vellos, y podía estar casi seguro de que sus pupilas justo ahora se hallaban dilatadas, la erección no se detenía, al contrario, estaba mucho más rígido de lo usual. La bañera era bastante amplia, al igual que casi todo dentro de la casa de Dante así que ambos cabían perfectamente bien estando separados, aunque sabía que no estarían por mucho tiempo así.

Podía sentir el ligero escozor del agua caliente, aunque aún no era demasiado abundante, en especial en sus áreas más sensibles, aunque muchos detestaban esta sensación, para él habían pocas cosas tan placenteras. El vapor cubría casi todo el cuarto de baño justo ahora, la visión era un tanto limitada, aunque eso no le impedía ver al increíblemente guapo acompañante que tenía, el cual lucía incluso diez veces más excitante de lo usual debido al contexto. Sentía como su pulso se aceleraba, e inmediatamente se abalanzó sobre él, quedando ambos justo bajo la corriente de agua caliente, ubicándose justo sobre él, cortando toda posible distancia que hubiera entre ellos, sintiendo como debajo del agua caliente, el miembro del italiano hacía contacto directo con el abdomen del rubio, mientras que podía sentir roces entre nalgas con el duro y empapado falo de su acompañante.

Inmediatamente deslizó sus manos, escabullendo sus dedos de manera ágil, subiendo por el cuello del hombre hasta finalmente llegar a su rostro, tomándolo entre sus manos con firmeza, aunque sin llegar a ser rudo, y abalanzándose sobre él para fundirse en un profundo e intenso beso, no dejando cabida a ninguna abertura. Podía sentir todos sus sentidos al máximo, como todo parecía un poco más lento, y en ocasiones también más veloz, como si se tratara del efecto de una droga.

Realizaba movimientos ascendentes y descendentes con su cadera, alternando entre las velocidades, aunque sin dejar de ser intenso, masturbando de esta forma el pene ajeno, que húmedo y juguetón entraba en contacto con los glúteos de Dante, y que también estimulaba ocasionalmente su ano. La sensación de esta abrasadora agua hacía de lo que generalmente él consideraba una total experiencia sensorial, un viaje por las estrellas. Y es que, cual depredador, sólo quería tomar en estos momentos a su presa entre sus garras y demostrar su dominio, o mejor dicho, era esa curiosa presa que, por motivos desconocidos, quería que la sometieran a la presión del depredador, que la cazara, que se adueñara de ella.

Añadido a la increíble calentura que ya de por sí le generaba este tan atractivo rubio, se encontraban los pensamientos de la noche anterior, en conjunto con las ansias sexuales que le provocaban estas dos curiosas parafilias juntas, que todas juntas, le hacían sentir como si estuviera en el maldito Olimpo teniendo sexo con todos los dioses a la vez. Era inevitable que los gemidos salieran de su boca al sentir la presión entre sus cuerpos, al sentir como el duro miembro de aquel hombre estaba tan cerca de entrar a llenarlo de placer, pero que aún continuaba haciéndose esperar, acariciando su esfínter interior y todas las zonas cercanas — Tómame, estoy aquí para ti

Como si no aguantara más y sin darle tiempo a que siguiera las palabras anteriores, que habían salido de su boca por su propia cuenta, entre la cálida sensación del agua y ansiando sentir su rigidez y humedad en su interior, separó su rostro por unos cuantos segundos, observándolo a los ojos con una mirada repleta de lascivia, de ese deseo incontenible que tenía de él, una de sus manos se deslizó hacia la parte posterior de la cabeza de Ryan, jugueteando con su dorada cabellera, mientras que la mano libre fue directamente hacia el pene de su amigo, sintiéndose con derecho de tomarlo con total libertad e introducirlo en su interior, así, sin más, completo. Inmediatamente, dejó escapar un potente gemido, ahogado en placer y deseo, deseo de más, de sentir su tacto y más de su calor y humedad, la excitación lo llevaba a ese increíble conflicto bélico entre lo que para él era su decencia habitual y la lujuria, en donde esta última llevaba claramente las de ganar, dado a que su mente ahora mismo estaba completamente sumida en el placer, y no tenía cabida para ninguna otra clase de pensamientos.

Se aferró al cuerpo ajeno al ya tenerlo finalmente en su interior, sosteniendo la cabeza del rubio y poniendo la suya justo a un costado, succionando su cuello con autoridad, besándolo y lamiéndolo, aunque claramente, no podía mojarse más de lo que ya estaba. Comenzó a dar sentones sobre el duro pene de su acompañante, subiendo de forma veloz y casi brusca, y bajando de la misma manera, en un ritmo bastante acelerado, que se veía acompañado de sus ahogados gemidos, a la vez que se aferraba al cuerpo del rubio, sintiéndose libre de clavar sus manos en la parte superior de su espalda, sujetándose de él. La sensación era totalmente inefable, la humedad total, el calor, la vehemencia del momento lo hacían actuar por sí solo, todos sus sentidos estaban al máximo, y en estos momentos sólo ansiaba el tacto, la velocidad de la penetración no se le hacía suficiente, se encontraba tan sumido en el placer que apenas y sentía algún dolor, todo lo contrario, su mente se encontraba en blanco, revoloteando entre los distintos momentos del acto sexual, su vista tambaleaba, ayudado por la velocidad de los movimientos que hacía con la parte baja de su cuerpo, mientras su cuerpo pedía a gritos ser tomado, poseído, que dispusieran de él.
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Dante FioreInactivo

Ryan Goldstein el Mar 22 Mayo 2018 - 2:00

Tu firma es bien recibida aquí


Ryan fue seducido por esa invitación, y lo tomó por detrás, encarcelando con un solo brazo que pasó por delante de pecho y arrimándolo contra la pared en un empujón, sonrisa de por medio.

—Yo podría ser uno de tus grandes amores—
dijo, cerca de su oído, volviendo al comentario sobre sus pasiones, sugerente y encantador, apretándose contra su espalda—A ver, déjame…—solicitó, casual.

De improviso, le rasgó la prenda interior, bajándosela y forcejeando hasta que la rotura hizo que le prenda se soltara del todo, con la fuerza de sus manos, que eran bruscas, insolentes, como también podían ser amables y agradablemente cálidas. Con esas mismas manos acarició los lados de su cadera, entre que lo besaba en el cuello, bajando por el hombro, con tibias punzadas, que eran un beso, y dos, y más.

Y tomándolo para sí como una inspiración profunda, nuevamente lo estrechó contra él con un solo brazo, pero esta vez, alrededor del cuello, y él presionó hasta esa dulce asfixia que sentías que te adormecía, mientras que se desquitaba insistentemente con su mano libre, esta vez, sin juegos, bien sujeta la entrepierna, y tan insistente que era, maldita sea con ese rubio. Él no se daba cuenta, o sí, pero estaba comenzando a tomarle el gusto, a esa piel, tan dada al sexo.


*


Hazlo. No pienses que nada importa porque nada importa, ni el amor ni el dolor ni los días negros, sólo hazlo.


Los tiempos son oscuros, y los problemas aprisionan tu corazón. En el agua, en el agua todo corre. Que el agua se lleve tus pecados. Oh, babe. Sólo deja que te incite, que te hipnotice en el calor, y olvídate de tu nombre, o de todos los nombres que has tenido, hasta que sólo quede la carne, ungida en desespero y deseo, dos caras de la misma moneda, dos hermanas en la caída, hacia el intenso desquite de los placeres.


La lluvia caía, y los cuerpos se frotaban en espuma, tentándose en el vaivén del movimiento, que era atrayente, y urgía tocarse, sentirse, a través de capas y pacas de humedad.


Ryan había caído en esa casa que no era suya, moribundo, y cargado de los golpes del mundo exterior. Puertas adentro, no tenía que llevar máscaras, y nunca durante el sexo, o bajo la lluvia, que borraba en él el juicio, porque él no quería pensar, no quería las preocupaciones que lo tensionaban en el afuera, y en el choque de los cuerpos, encontraba un deleite que lo distraía de todos los rostros, todos los asuntos, que no quería ver, que quería mantener lejos, puertas afuera.


El repiqueteo de la ducha latía en sus oídos, y cada gota caía hacia dentro de sí mismo, y se sentía bien, y se sentía caliente. Y qué endemoniado enredo, estar con ese hombre en situación tan cálida, queriendo destrozarlo de a poco.


Dante no lo sabía, o podía suponerlo, pero él le daba eso, aunque sólo fuera por un instante de intensidad, calor y arrebato, en el que podía perderse y sentirse satisfecho. Bueno, sólo un poco satisfecho. Hasta que volvía a pedir, y más, como es la costumbre de la demanda, cuando es por gula.


Las tensiones en el mundo son tan fuertes, y puertas adentro quedaba el desahogarse, como un grito silencioso dentro del agua, que hace subir burbujas de oxígeno, que asfixian tus pulmones.


*


Tomame.


Pero no esperó, y eso hizo que Ryan perdiera el cuidado que conformaba la armonía de sus acciones siempre tan comedidas, tanto que incluso lo abrumaba. Le dolió a él, estar abajo, mientras que Dante se deshacía sobre él, con esa ansia que lo hacía encantador, y peligroso, peligrosamente sensual, tanto como para querer aferrarse a ese encuentro, sin pensamiento.

Él los sostenía a los dos tal como estaban, pero dejó de sostenerse a sí mismo cuando Dante se ensañó con su cuello, y ladeó ligeramente la rubia cabeza con un estremecimiento, e incluso después, cuando se sentía desvanecido, con las fuerzas caídas y él todavía encendido, cuando acabaron contra la pared, y él tanteó torpe y decidido entre sus nalgas, para volver a entrar, resbalándose sin dejarse arrastrar, y lo tomó por detrás, sujetándolo con una violencia inesperada —esa que te asfixia y te domina—, y sin dejar de, sin dejar de, sin dejar de empellarse hacia adentro, hacia ese otro calor, distinto y adictivo, y dichoso.

El agua de la lluvia fue a inundar el suelo del cuarto de baño, creando un charco, y ellos seguían, hasta que Ryan quebró en un gemido quebrado y profundo, y ahogado, envuelto en el vapor.

*


Ryan, apoyada la cadera contra el borde de la mesa de la cocina y bebiendo una taza de café, observaba lo que el otro hacía, teniendo la consideración de no tocar ni hacer nada, sólo metiendo conversación y mostrándose de un humor excelente. Afuera, el día tronaba.

—...y estábamos este tipo, Gideon se llamaba, no recuerdo el nombre ahora (aparecerá su nombre en el nombre en el libro, no recuerdo, pobre hombre buen hombre), y no sabíamos que la gente del agua en realidad estaban invitándonos a un banquete, no intentándonos pinchar con sus tridentes… Pero bueno, nos llevó todo una serie de malentendidos llegar a entendernos, y nos echaron terriblemente la bronca desde arriba. Eso fue en las costas de…—se interrumpió, pero para poner a prueba a su oyente de si había leído ese capítulo del libro o no. Es que mira, había dicho que le maravillaba Ryan Goldstein y su libro, ¿no?

Dejando el café sobre la mesa, se acercó por detrás, lo abrazó y jugueteó con la barbilla sobre su hombro, pero con la aprensión de quien no sabe si le van a dar con la sartén o qué. Él, todo campante y vago, metido en su albornoz, si otras preocupaciones más que su desayuno.

—¿A dónde has ido tú?—
preguntó, de pronto—¿Cuál es ese lugar al que te gustaría volver?

Ryan había encendido la radio, y esta sonaba como un rumor que acompañaba, por lo bajo, hasta que un par de noticias sobre la actualidad lo distrajeron un tanto, cazando disimuladamente su atención. Sólo charlatanería alarmista sobre los radicales y sus supuestas andadas, aconsejando qué hacer si un mago se cruzaba con ellos y cómo informar a las autoridades. Lo normal.  

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Dante Fiore el Miér 23 Mayo 2018 - 2:20

Su cuerpo se estremeció al sentir la presión del cuerpo del rubio detrás del suyo, al sentirse aprisionado por su brazo sobre su pecho, siendo encarado de frente por la pared, recibiendo abiertamente la previa invitación de firmarlo. Pudo sentir como su piel se erizaba el sentir el aliento ajeno sobre su piel, sobre la tan sensible área del cuello, esa que podía hacerlo derretir en cuestión de segundos, ansioso de calor, ansioso de tacto, ansioso de él — Mis puertas están abiertas, conviértete en uno

"A ver, déjame..."

En este punto no era necesario siquiera pedir permiso, allí, acorralado contra la pared, siendo presionado por su caliente cuerpo, pudiendo sentir como sus partes se amoldaban perfectamente a las suyas, tenía el permiso completamente ganado. Pudo sentir su traviesa mano deslizándose hasta llegar a su ropa interior, dándose cuenta de como se despojaba de ella sin ningún problema, aunque no de la forma convencional, sino más bien, rompiéndola, una traviesa risa se escapó de él, no sabía que le gustaba más de él, si su increíblemente apuesto físico o su candente personalidad, masturbándolo y haciéndole preguntas, rompiendo su ropa interior, jugueteando con él cuando le apetecía y como no, llegando gravemente herido a casa de Dante.

Le fue inevitable que se escapara un ahogado gemido al sentir la punzada tibia de sus labios en su cuello, con esos besos descendentes que cada vez lo torturaban más y más, que lo incitaban a pecar, este hombre poco a poco aprendía como torturarlo, como hacerse desear. El ritmo de su respiración se incrementaba cada vez más, al sentir el calor del cuerpo ajeno, al sentirse presionado por su piel, y esa presión cercana a la asfixia que lo hacía subir al cielo y volver a bajar en cuestión de segundos. Esas manos, que se deslizaban tan ágil a través de su cuerpo, acariciando cada centímetro de su cuerpo, clamando por más, esas manos que, aunque nuevas para su piel, sabían muy bien como tocarlo.

***

Por raro que pareciera, incluso en estos momentos, no podía dejar de pensar en la gracia del destino. Un destino escrito tocó a la puerta, con papel y lápiz plasma cada suceso, donde el protagonista soy yo y mis ideas revueltas. Y es que resultaba gracioso pensar que todo había sido una sencilla coincidencia, cruzarse a un gravemente herido rubio por la calle y llevarlo a tu casa a sanarlo no era algo que ocurriese todos los días, a muchos no les ocurría siquiera en una vida entera, pero sí estaba destinado, no le resultaba curioso que así fuera. Luego de una larga noche llena de plática, tratamiento y también de la llama de pasión, encendida por aquellas dos fogosas pieles que desde un principio ansiaban devorar a la otra, allí estaban, tomando una ducha de agua caliente, de esas que lava cada remordimiento, cada pena, agua caliente que al deslizarse a través de tu piel sientes que te purifica, que te reinicia, que te da un nuevo comienzo siempre.

"Mis manos jabonosas recorrerán ese cuerpo que inspira mis poesías. Relájate y déjate llevar. Voy a deslizarme por tu figura como agua caliente, y suavizar tu piel con esmero. No olvidaré ningún rincón..."


Sentir el vapor subir, todo empañado, la pasión haciendo hervir el agua... ¿O el agua haciendo hervir la pasión? Una pregunta curiosa, teniendo en cuenta la tan importante parafilia del italiano. Esa caliente agua que sacaba todas las preocupaciones del cuerpo, y que en conjunción con la perfección de hombre junto a él, liberaba la mente de cualquier pensamiento ajeno al morbo. ¿Y es que quién lo diría? Abriéndose del todo a alguien que hasta la noche anterior no era más que un total desconocido o algo por el estilo, ignorando su pequeño encuentro en una fiesta de días anteriores, que no había significado nada importante, y no había ido siquiera más allá de un saludo.

Son mariposas de fuego aleteando las que sobre su piel se deslizan, como manantiales de brisa, que sobre el mar de su cuerpo van jugando, en donde todo está permitido, menos interrumpir una demostración de amor, o más bien, de deseo. Y era que, sentir las ágiles manos del rubio, que se deslizaban sobre su cuerpo con rapidez, marcando territorio, explorando su piel con propiedad, en medio del deseo, anegados que estaban sus labios, empapados por las sales de los besos.

En medio de la lascivia y del vapor, era capaz de oler su caliente cuerpo y sentir sus manos recorrer sus muslos, y podía sentir como su espalda se erguía ante cada movimiento de caderas, ante cada contacto con su masculinidad. En medio del vapor y la tensión del momento, sus cuerpos ignoraban la inminente cascada de agua caliente que buscaba separar sus besos, sino que más bien los intensificaba, a la vez que sus lenguas, al igual que dos serpientes enroscadas, se mantenían unidas, bebiendo la una de la otra.

Influenciado por el calor y la pasión, su cuerpo actuaba más en base a sus propios deseos que a su razón, tomando el cuerpo ajeno a su voluntad, haciéndole saber que podía disponer de él a su gusto, que podía tocarlo, devorarlo, adueñarse de él de la forma que gustara, Dante no tenía tabúes en el sexo, por el contrario, en ciertas ocasiones igual de candentes que esta, podía ser incluso algo extremo, en especial en esta clase de situaciones, combinando sus dos mayores debilidades con un candente rubio que había conocido tan solo un día antes, y que ansiaba continuar explorando, y quería asegurarse de contar con el tiempo necesario para hacerlo, para dejarlo deseando más, para asegurar que luego de un pesado día, hallara refugio en sus brazos y en el resto de su cuerpo durante la noche.

***

Era de esas personas que podía ser tan pasivo como lo volvieras, o tan dominante como lo provocaras, no le importaba para nada balancearse entre la versatilidad siempre y cuando eso satisfaga sus ansias. Allí estaba, siendo tomado por Ryan, o más bien, haciendo que él lo tomara, en medio del placer siempre podía volverse un poco brusco y peligroso, aunque se encargaba de jamás resultar excesivo, por más lujuria que hubiese en el ambiente, no podía llegar a considerarse como una pareja sexual demasiado intensa, ni mucho menos insípida. Y es que, era peculiar como en un hombre literalmente desconocido para él podía hallar un tacto que incluso le resultaba familiar a su piel, que se adaptaba a la perfección, que lo hacía erguirse con solo sentir su tacto, como unas manos tan nuevas para él sabían tocarlo y manipularlo a su antojo.

Podía sentir como se deslizaba en su interior rápidamente, sin cabida a ningún pensamiento, siendo guiados esta vez solo por su deseo. Sus manos se paseaban con libertad a través de la espalda del rubio, aferrándose a su piel, jugueteando con sus dedos, ocasionalmente subían a darse un pequeño paseo a través de esos dorados hilos que tenía por cabellera, enredando sus dedos entre ellos y soltándolos luego, únicamente por mantener sus manos ocupadas. Sin embargo, esas traviesas manos jamás se conformaba, se sentían libres de explorar el cuerpo ajeno en su totalidad, sus hombros, bajar hasta su pecho y tomarse el tiempo de juguetear con sus pezones, todo en medio del incesante acto sexual.

Sus besos y manos eran como frías puntadas que recorrían su piel, en medio del calor del agua, que erizaban su piel y lo hacían erguirse, esas manos que se paseaban por su cuerpo con total libertad, con esa rudeza que tanto le encantaba, que lo hacía sentir sometido. Los gemidos salían de su boca de forma natural, algunas veces ahogados, mientras que en otros momentos, adquirían un tono bastante audible y potente, que apenas y controlaba en medio del placer, y del alto ritmo de los movimientos. Esbozó una agradable sonrisa al escuchar el profundo de Ryan, y finalmente detuvo sus movimientos, y dedicó unos segundos a tomar su rostro entre sus manos con fuerza, aunque sin resultar brusco, y darle un corto pero suficiente beso para aquel momento — Podría acostumbrarme a ese gemido— Y es que para él, esos sonidos, en especial si provenían del rubio eran una muy bien recibida música para sus oídos.

***

Los croissants estaban ya envueltos dentro de papel de horno, aguardando unos minutos hasta que adquirieran algo de volumen para luego ir al horno, tenía una barra de chocolate deshaciéndose en la estufa con algo de leche y azúcar para así obtener un chocolate caliente, y él, justo ahora, se encontraba haciendo la mezcla para los panqueques, batiendo y agregando todos los ingredientes que considerara necesarios. Tenía una excelente memoria, en especial para la comida, por lo que no le hacía falta mirar la receta para poder preparar una gran cantidad de comidas.

Sus oídos escucharon con claridad una parte de un libro que aún se encontraba fresco en su memoria, la última vez que lo leyó fue hace tan solo algunos días, y eso sin contar las veces que lo había leído con anterioridad, las bitácoras de viaje de Ryan en serio eran bastante buenas, y combinaban dos de sus grandes amores, o si ocurría lo que el rubio dijo hace algunos minutos atrás, acabaría por incluir a tres — Santorini, la joya de las Cycladas. con sus arenas negras volcánicas y su mar azul intenso, el perfecto reino para las criaturas del mar. — Sabía algunas líneas más de memoria, aunque no tenía la intención de extenderse. Conocía muy bien esa isla, incluso él mismo la había visitado más de una vez, tenía un encanto increíble, en conjunción con su arquitectura y su interesante historia, lo hacían un destino turístico ideal.

Una sonrisa sin dejar ver sus dientes se asomó por su rostro al sentir los brazos ajenos, que lo rodeaban juguetón en un abrazo por la espalda, y cuando sintió como su barbilla jugueteaba lentamente con el hombro de Dante, generándole esa sensación extraña pero agradable al sentir como unos cuantos vellos de barba que estaban en pleno crecimiento en el rostro del rubio hacían contacto con su piel. Giró su rostro y le observó con esa mirada tan agradable y hogareña que tenía él casi siempre, que te invitaba a quedarte, por unas horas, por una noche, incluso por días — ¿Tienes hambre? — De inmediato, acercó su rostro al contrario y le plantó un suave beso en la mejilla, sin dejar de mezclar la masa de los panqueques ni por un segundo.

He viajado bastante, aunque entre mis preferidos son algunas islas de Grecia, Barcelona y París — Y es que estos lugares le habían fascinado por su preciosa arquitectura, las incontables obras de arte de cada lugar, todas en distintas formas y con sus estilos únicos, además de los muy distintos ambientes que tenía cada uno. Se dio la vuelta, quedando frente a frente con el rubio, y observando sus azules orbes — En los viajes me cuesta decidir, aunque a estos brazos me encantaría volver por la noche — Sus brazos se pasearon por los costados del cuerpo ajeno, tanteándolo con rapidez hasta llegar a su espalda baja, presionándolo hacia él y abrazándolo, para luego acabar por darle un beso en los labios, yendo por todo, permitiendo que su lengua explorara una vez más ese lugar, al cual ansiaba volver más y más con cada beso.

Escuchaba la radio de fondo, hace un rato ya que se había encendido, aunque no le prestaba mayor atención, hasta que escuchó algo sobre contactar a las autoridades en caso de radicales. En ese preciso instante, se encontraba tomando la bandeja con los croissants y poniéndola en el horno caliente, ya había comenzado con la cocción del primer panqueque y el chocolate ya estaba casi completamente disuelto, por lo que sabía que estaban bastante cerca del desayuno — ¿Qué sería de ti ahora si hubiera llamado a las autoridades? — Sabía muy bien como iba todo ahora en el mundo mágico, con el fuerte régimen que imponía el lado oscuro, la mayor parte de los entes autoritarios se encontraba compuesto por mortífagos o gente leal a él, y no le gustaba siquiera imaginar lo que podrían hacer con los que desafiaban su mandato, así que sabía que debía andarse con cuidado por las calles, precavido con todo lo que hablaba, y ayudando a todo aquel que pudiera salvar de un lío, como estaba tan acostumbrado a hacer.
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Ryan Goldstein el Dom 27 Mayo 2018 - 21:45

Santorini, la joya de las Cycladas. Con sus arenas negras volcánicas y su mar azul intenso, el perfecto reino para las criaturas del mar.
Ryan se sonrió sobre el hombro del cocinero. Y es que, por dentro le seguía sorprendiendo la coincidencia de haberse topado con su libro. Y siempre se encariñaba con sus lectores. Solían mandarle lechuzas, comentándole sus propios viajes y temas varios. Era como tener una pequeña familia viajera, con magos de todas partes del mundo. Era agradable.

Se miraron, y de pronto no le importó si tenía hambre, se hubiera quedado de todas formas. Bueno, mentía. Estaba hambriento, y sí que lo sentía. Pero una persona tiene todo tipo de apetitos, y había uno que sólo lo llenaban esos pequeños momentos de familiaridad, era un hambre emocional, del alma, del corazón, que traspasaba al cuerpo, la carne.

—Mucha—
respondió, alzando las cejas de forma elocuente, y de dejó besar, se dejó rozar por esa intimidad, estrechándolo un poco más y escondiendo luego el rostro en la curva de su cuello, como si el cansancio le ganara. Mira que se ponía meloso. Seguro que no tenía nada que ver con que se sintiera íntimamente contento, seguro que nada que ver. Bueno, un poco sí. Levantó la mirada, y se sintió envuelto por ese hombre—Oh, he estado en…

Un beso, otro beso.

—París, me resultó un poco ruidosa. Barcelona, las playas de Barcelona… Es curioso—se interrumpió—Pero suelo recordar más a las personas que conocí allá o en cualquier parte. A las personas antes que los lugares…

Otro beso, más largo.

*

—Me estarían interrogando en este momento—dijo, ligeramente pensativo. Se había sentado a la mesa, con las piernas abiertas e acodado sobre la mesa. Se servía más café. Lo comentaba como algo casual, pero. Era un oscuro pensamiento para esa mañanita, pensar que podía estar atado a una silla lleno de maleficios sobre el cuerpo. El destino había decidido ser un poco más amable, incluso dulce, con él. Todo por la amabilidad de un extraño—. Eres un tipo duro, ¿sabes? No dudaste. ¿Lo hiciste?

Y es que, nadie apresado por los nervios o el miedo hubiera hecho algo como “acoger” a un extraño que tenía toda la pinta de haber volado un edificio en pedazos. Ryan reconocía la valentía en las personas. Y le agradaban así, nobles. Los sanadores por ejemplo, pecaba de predilección por los sanadores, esos que no podían decirle que no a un herido. Es que había algo, en ese altruismo, que te tocaba. A él, lo enamoraba. Las personas lo enamoraban, las personas y sus actos, cuando eran justos.

Distraído, ojeó El Profeta que tenía frente a él. Es que ni la radio le bastaba. Era como si quisiera estar enterado de todo a un tiempo. Cuando, a decir verdad, con esa expresión concentrada en el rostro usualmente risueño, se te hacía más un hombre que sólo podía prestar atención a una cosa a la vez. Quizá por eso se le quemara siempre, la cocina. Su cocina. Dirías que era esa clase de personas que tienen que cerrar la puerta y pedirle a todo el mundo alrededor que guardara silencio y lo molestaran en un buen rato sólo para hacerse un huevo frito, un simple y mero huevo frito.

De la nada, suspiró, apenado. No todas las noticias eran buenas. De hecho, no solían serlo últimamente. Steven Bennington. Apresado. En Azkaban. Lo disimuló. Ni una sola exclamación, de rabia o indignación. Se apenaba, pero era difícil de leer. Eran cosas que pasaban todos los días. Pero no era por eso que no se expresaba violento o especialmente desalentado. En ocasiones, le habían llegado a echar en cara su calma, tan serena. Pero él tenía otras formas de usar du ira. Prender en llamas un edificio, por ejemplo. No. Sólo sabiendo que tenía cosas por hacer, en favor de una causa en la que creía, era lo que lo mantenía en su lugar, sin exaltaciones profundas.

—Otros no tendrían la misma suerte—
comentó—. ¿Cómo te sientes?—preguntó de repente—En general, en tu día a día. En San Mungo. ¿Cómo son las cosas allá?

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Dante Fiore el Miér 30 Mayo 2018 - 6:30

Hace muchísimo tiempo que no se sentía tan familiar con una persona que conocía hace tan solo un día, y es que no con cualquiera se encajaba al punto de pasar algo más que una candente noche, no conectabas con cualquiera para compartir las experiencias de tus viajes, para hablarle sobre tus labores y tu día, y mucho menos para verlo moribundo en la calle y llevarlo a la casa a sanarlo, eso definitivamente era lo más inusual del caso, pero allí estaban, aguardando por el desayuno, recargándose sus energías con café y juntos, mirándose fijamente a los ojos, y sabía que cada momento de los anteriores había valido totalmente la pena.

Su mejilla se sentía tan cómoda y familiar al besarla, que sentía incluso que en esos momentos no deseaba ir más allá, y es que en ese momento se sentía completo, haciendo el desayuno y siendo envuelto por esos cariñosos brazos que lo aferraban a su cuerpo, soltó un pequeño suspiro de alivio, en muy pocos momentos se sentía tan en paz, y no paraba de resultarle curioso que se hubiera dado de una forma tan espontánea, aunque para él, los mejores momentos siempre llegaban de esa forma — Preparé bastante, y como no te comas todo me verás enojado — Y sí, podía sonar extraño, pero era como solían ponerse las abuelas, que con tanto esmero y amor te preparaban la comida, y esperaban junto a ti a que comieras todo, e incluso se ofendían si te negabas a comer, porque es que a una muestra tan pura de amor no se le rechaza.

En muy pocas ocasiones le permitía acabar la oración, y es que teniéndolo ahí, justo frente a él, observando sus preciosos ojos claros, esa piel morena y rostro tan adorable, era casi imposible resistirse a tomar sus labios entre los suyos cada tanto. Sus brazos se encontraban rodeando su cintura con delicadeza y apegando el cuerpo del rubio al suyo propio, sus cuerpos estaban completamente unido, y sus rostros se separaban únicamente por la distancia necesaria para no tocarse, a excepción de esos cortos segundos en los cuales sus labios arremetían contra los de Ryan, deseosos de algo de atención, de más contacto de su parte, y es que parecían no cansarse jamás. Usualmente, luego de una noche como la que había pasado, despertar junto a él y lo que ocurrió luego en el baño, tendría muy pocas ganas de algo más que afecto, aunque sentía que no le bastaba lo que tenía de él, que quería incluso más.

Casi todas las capitales son ruidosas, de eso estoy seguro — Aclaró, París claramente tenía un ambiente demasiado atractivo, además de estar minado de demostraciones artísticas y de amor por todas partes, era cierto eso de que el amor se sentía en el aire allí, pero no solo eso, sino también años y años de historia artística que tenía el país, y es que una gran cantidad de talentosos pensadores y artistas de toda clase provenían de aquel hermoso y vasto país — Las comunidades son lo más interesante de los viajes, eso seguro — Y es que, un viaje no podía estar completo sin antes dedicar un buen tiempo para conocer a los habitantes del lugar, aprender sobre ellos, de sus costumbres, lo que les gusta y lo que no, sus lugares favoritos y sus recomendaciones a la hora de hacer turismo, porque si había alguien que conocían a la perfección cualquier ciudad o poblado, eran los nativos de aquel lugar, y no había mejor guía turístico tampoco.

Su boca no se detenía, cada tanto iba por más, variando entre besos cortos y también entre unos más largos, y aunque no dedicaba demasiado tiempo en continuar explorando el cuerpo de su acompañante con el tacto, solo hacía pequeñas caricias en la espalda baja, deslizándose también suavemente por todo el recorrido de su espalda. Algo que amaba con su vida entera era poder deslizar sus manos y sentir completamente la definición en la espalda de alguien como Ryan, sentía que lo recargaba, se sentía completo haciéndolo, aunque nunca había entendido el porqué, a excepción de ser una sensación bastante agradable.

***

¿Alguna vez alguien te había acogido de esta manera luego de un conflicto? Es decir, incluyendo el sexo — ¿Qué? Él solo tenía el derecho a saber si se podía sentir único por salvar su vida y por tener sexo con él la misma noche, ¿Tan malo era? No, creo que no. El temporizador del horno sonó, y de inmediato se colocó un guante de cocina en la mano derecha, abrió el horno y sacó la bandeja con los croissants. Él no disfrutaba demasiado de cocinar con ayuda de la magia, le parecía que no había nada mejor que hacer esta clase de cosas tan relajantes con tus propias manos, sentir que pudiste conseguirlo por tu propio mérito y no por ningún hechizo ni nada por el estilo, la sensación era muy agradable, a su parecer, aunque muchos disfrutaban de un camino un tanto más fácil.

Volteó el último panqueque, para esperar que se dorara por completo, mientras que apagaba la hornilla en la cual se encontraba situada la jarra con el chocolate caliente, el cual ya se encontraba listo para beberse — La verdad, creo que no dudé ni un segundo — Admitió, y es que al verlo ahí, malherido como estaba, claramente no podía dejarlo, se sentía completamente incapaz, tampoco llamaría a los médicos porque bueno, se trataba de él, y mucho menos a seguridad mágica, porque el nuevo régimen no le caía del todo bien y no se fiaba nadita de ellos — No podía negarte mi ayuda, aunque no me la pidieras, claramente la necesitabas, no podía dudar en un momento así — Él no solía negar su ayuda a nadie, y sí, literalmente a nadie — En especial, luego de ver a un rubio de camisa floreada tan guapo en Babylon justo unos días antes — Y sí, solo en caso de que el no lo recordara, estuvo justo allí, comiéndoselo con la mirada durante casi toda la fiesta.

Estaba concentrado poniendo todo en los platos, por un lado, había puesto 4 croissant un tanto grandes en el plato de Ryan, mientras que en otro plato un poco más amplio, ubicó tres panqueques, bastante gruesos y espaciosos en un plato, poniéndoles encima dulce de leche, chocolate y crema, todo junto y abundante, porque estaba casi seguro de que a Ryan le iba a gustar, eran de sus rellenos favoritos para los panqueques, aunque él personalmente acostumbraba algo con más fruta, no estaba de más pasarse un poco con el dulce. Los croissants, al igual que como siempre los hacía, estaban mitad rellenos de mayonesa, la otra mitad de queso crema, jamón y también queso, todos estos ingredientes perfectamente derretidos y esparcidos dentro de la masa gracias a los quince minutos de horneado que había tomado.

Puso primero los cubiertos en la mesa, y luego, sirvió el chocolate caliente en dos tazas de color blanco con delicados toques en dorado, con su brazo izquierdo cogió los dos platillos de Ryan, mientras que con la derecha llevaba la taza de chocolate. Le observó con una sonrisa mientras se acercaba a la mesa, puso los platos justo frente a él, a la vez que dejaba el chocolate en la mesa, y ya con sus manos libres, se sentó justo sobre él, le había agarrado un gusto especial a estar en esta posición con él — Espero que lo disfrutes, cariño — De inmediato, sus manos se deslizaron de forma ágil hacia su rostro, sujetándolo con suavidad y acercando el suyo propio para fundirse en un beso, apasionado, pero que no duró más que unos diez segundos, no haría esperar el apetito del rubio mucho más.

En seguida se puso de pie, acabando por plantar un único y corto beso en la comisura de los labios de su acompañante, para proseguir a llevar sus propios platos y el chocolate caliente a la mesa, y tomar asiento. El relleno de sus panqueques era el mismo que el de él, hacía varios meses ya que no los comía de tal forma, su manera favorita de comerlos era con fresas y chocolate, y es que para él eran perfección total, aunque salirse de la rutina de vez en cuando no sentaba mal — Pues, justo ahora debo admitir que me siento bastante bien, a gusto... ¿Cómo te sientes tú? — Ese interés repentino podía sonar un poco curioso, aunque él no pudo evitar dedicarle una amable sonrisa, puesto que no hizo más que sentir ternura por él — En San Mungo, pues... — Soltó un suspiro bastante pesado, mientras que cogía los cubiertos entre sus manos y empezaba por picar un trozo del panqueque — Relativamente bien, últimamente hay bastantes heridos, ya sabes... En conflictos, uno que otro muere, y otros se salvan, aunque no se vuelve a saber de ellos, pero me preocupa, que les ocurra algo, que estén haciendo algo con ellos — No a demasiada gente le gustaba ir a San Mungo ahora, en especial luego de un conflicto con los seguidores del nuevo régimen, porque sabía que en caso de ser identificados, las autoridades llegarían de inmediato y podían ser apresados por contradecir al nuevo gobierno, era una situación increíblemente agobiante — ¿Y tú de qué vives? Digo, aparte de escribir diarios de viaje fascinantes — Este último comentario vino acompañado de una sonrisa, que fue rápidamente interrumpido por el tenedor ingresando a su boca, probando el primer bocado de comida.
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Dante FioreInactivo

Ryan Goldstein el Jue 14 Jun 2018 - 23:32


¿Alguna vez alguien te había acogido de esta manera luego de un conflicto? Es decir, incluyendo el sexo.

Ryan sorbió de su café, y si la pregunta lo sorprendió, no lo expresó con ningún tipo de énfasis. Esa de allí, era una cara de póker. Sin lugar a dudas. ¿Pero escondiendo qué?, ¿a quién podían ocurrirle tantos accidentes como para tener una historia para cada uno? En todo caso, incluso llegar a pensar que uno podía tomarse esa pregunta en serio no tenía sentido, porque por supuesto que entre ellos se había dado algo único, dado que las circunstancias que los hicieron encontrarse eran de por sí poco casuales, irrepetibles. Así y todo, ah, no, rectificando, por eso seguramente, es que Ryan Goldstein no sintió la necesidad de dar una respuesta. Era de suponer, que era por eso. Y no porque pensara que una respuesta que colara en el desayuno pasiones desenfrenados hace tiempo olvidadas, o más bien, sólo “guardadas en el baúl de las memorias”, era de poca delicadeza, incluso tratándose de alguien que no era tu pareja. Por suerte, no, es decir, casualmente, Ryan fue “salvado por la campana”, no, es decir, Dante distrajo su atención cuando la cocción pareció estar a punto. Y la conversación continuó normalmente, hasta que su anfitrión mencionó el nombre de Babylon.

—¡Oh, sabía que eras tú!—exclamó de pronto, casi triunfal—. Ahora lo recuerdo. Tú me nalgueaste en el escenario. Hace un tiempo que venía preguntándome de dónde es que me sonaba esa sonrisa tan alegre que tienes. ¡Por supuesto! Babylon. Fue una buena fiesta, aquella.

Laith Gauthier le vino a la mente, pero no lo nombró. Ryan se sonrió. Si lo pensaba, había visto que eran muy amigos en la fiesta. Le hizo gracia, porque. Se intuía que esos dos debían ser más que compañeros de trabajo, y mira tú que casualidad. Por azar del destino, habían formado una especie de trío imaginario entre ellos, al compartir la misma cama noche sí, noche no.

Dante era… apasionado, carnal, de buen ver, y lo que le gustaba especialmente: era un encanto de hombre. Le gustaba que fuera tan libre en sus arrebatos, de cariño, de deseo, y que pudieras tanto acostarte con él como algo tan instintivo y vivo y caliente, y luego tener una conversación, tan plácida. Por raro que pareciera, ni siquiera se preguntó qué cosas harían con Gauthier, y que se enredaran en las mismas sábanas, que mancharan las mismas sábanas, era del todo secundario, porque de hecho, no sentía ninguna curiosidad al respecto. En lo que a él respectaba, ese momento y esa compañía eran suyos y de nadie más. Porque Ryan era así, tan entregado, tan sincero, cuando se trataba de dar, y dar a través del sexo, el pulso, el calor de un instante compartido. Si estaba contigo, se dedicaba por entero a ti. Si pensaba en alguien más, tú nunca lo sabrías.

Espero que lo disfrutes, cariño.

Ryan recibió a ese dulce morocho sobre él, y lo atrajo hacia sí deslizando las manos en una caricia, apretada, mordiente caricia, hacia la parte baja de su espalda. E hizo más y lo abrazó por la cintura, dejándose besar, y las ganas de comerte ahora eran más fuertes (quiero tenerte, y no te voy a negar, estamos claro y ya). Se sonrió con su último beso (“¿tú vienes en el plato?”, susurró contra sus labios antes de que se apartara), y volvió a su plato, no sin dedicarle el brillo de su mirada, entrañable.

Si Ryan le preguntaba por él, era porque le interesaba. Siempre, cómo se sentían los demás a su alrededor. Y porque en tiempos negros, era bueno saber que contabas con un amigo.

—Hambriento—exclamó él, tomando el tenedor. Si Dante era una abuela en la cocina, él era un niño todo gordo y satisfecho. Gordito y feliz. Y ya se sabía qué se decía del buen apetito. El hambre, era para la gente que sabía ser despreocupada, y gozosa, e insaciable.

Relativamente bien, últimamente hay bastantes heridos, ya sabes... En conflictos, uno que otro muere, y otros se salvan, aunque no se vuelve a saber de ellos, pero me preocupa, que les ocurra algo, que estén haciendo algo con ellos.

Sí, “algo” hacían. El Área M, allí era donde los llevaban. Ryan no mencionó nada sobre esto, pero sí que dejó escapar unas palabras, con delicadeza. Los horrores de Azkaban no eran tema para el desayuno, no luego de que alguien se esforzara tanto en prepararlo, delicioso.

—Si llegas a preocuparte demasiado por uno de tus pacientes, siempre puedes confiármelo—Lo miró, antes de obsequiarle una sonrisa breve discreta—. Ellos los hacen desaparecer. Yo también puedo. Conmigo, tampoco sabrías a dónde los llevo, pero tendrías noticias de ellos. Cómo les va, cómo están—Ryan, casual, se llevó una croissant a la boca, ¡delicioso!—. Piénsalo—agregó, con naturalidad—Si me necesitas, allí estaré. —Era una forma de decirle: “Si tienes problemas, cuenta conmigo”. Y por último, le guiñó un ojo—Te luces en la cocina, ¿sabes?

¿Y tú de qué vives? Digo, aparte de escribir diarios de viaje fascinantes

Ryan rió, por el último comentario “fascinantes”. Su sonrisa era modesta, y agradecida. Siempre que el otro le mencionaba sus libros, a él lo atacaba una ola de blancura, alegría y encanto, profundamente conmovido por el detalle.

—Soy bibliotecario—respondió, así, de golpe. Era difícil pensar que era una respuesta que alguien esperara de él. Aunque, en su defensa, siempre salía con algo inesperado—. Tengo mis credenciales—añadió, divertido, como si pensara que era necesario justificarse—En EEUU, hay una biblioteca, muy grande, “El Archivo”. No es que acomode libros, no se me da muy bien el trabajo “de escritorio”, si me entiendes. Pero me mandan a hacer…”recados”. Busco libros para la biblioteca, en toras palabras. Por todo el globo. Te sorprendería la cantidad de ediciones antiguas de libros mágicos que hay por todas partes. Es apasionante, la verdad. Y es mi trabajo ideal. Viajo, y conozco gente. Ahora estoy… un poco apartado de eso. Decidí tomarme un tiempo para mí, y mis libros—mintió, todo descarado, sin que se le notara una pega—Pero eso es a lo que me dedico—Y agregó, a modo de pregunta, de esas que buscan picarte la curiosidad—¿Sabes lo que es la curación de libros?
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Dante Fiore el Sáb 16 Jun 2018 - 23:24

A pesar de su apariencia de hombre serio y silencioso, la verdad es que la mayor parte del tiempo no era así, medía mucho sus palabras, pero si había algo que amaba era platicar. Casi sobre cualquier cosa, pocas cosas adoraba tanto como un buen intercambio de ideas, de sentimientos y de conocimiento, y claramente no había mejor manera de conocer a alguien que entablando una conversación. Y esto era, claramente la mejor forma de interactuar con alguien, que una buena comida hecha en casa, privacidad y una plática bien nutrida era de las mejores cosas en toda la vida, en especial con tan buena compañía. Siempre había tenido un particular interés por las personas polifacéticas, porque él mismo lo era, podía varias con facilidad entre un ambiente y otro sin ninguna clase de problema, en realidad, se adaptaba fácilmente a casi cualquier grupo social, aunque prefería más a las personas como Ryan, que eran una especie de todo en uno. Lo había visto moribundo, agradecido por sanarlo, con su cuerpo completamente dominado por la lujuria, descansando, lo había visto ser cariñoso, y fuera de todo, siendo elocuente y conversador cada que se lo proponía, era un hombre con bastante para ofrecer, en definitiva.

Ay, la fiesta de primavera. Hacía tiempo que él no salía a una fiesta, hasta esa noche, y sin duda no se arrepentía de nada, la verdad la había pasado bastante bien. Vamos, se pasó de tragos, compartió un rato con su conejo favorito y un par de chicas rubias, acabó por bailar durante un buen rato con una de ellas, luego su amigo lo arrastró a un cruel juego de retos, en el cual tuvo que subirse a hacer twerk al DJ, sí, frente a toda esa gente observándolo, pero como estaba con toda la bebida en la cabeza, no le había importado ni un poco, nalgueó a ese sexy rubio que justo ahora estaba con él, en su casa, y acabó por acabar la fiesta en la casa de Lluna, una noche que sin duda alguna repetiría. Y aunque él no acostumbraba a ir por la vida dándole nalgadas a las personas, ese caliente rubio sí que se lo merecía, después de todo, le había echado el ojo desde que comenzó la fiesta, y era gracioso que hubiese acabado en su cama en un contexto completamente diferente. Asintió ante su comentario acerca de la fiesta, aunque buscando no dar mayores detalles tampoco — Fue una muy buena fiesta, la verdad — Él no era precisamente la clase de hombres que podías ver cada fin de semana de fiestas, en un bar o alguna discoteca, pero debía admitir lo mucho que le había gustado aquella fiesta, por lo que probablemente se le viera un poco más seguido por allí, porque salir un poco más seguido tampoco le haría mal, en especial si le iba igual de bien que esa vez — En mi defensa, esas nalgas se lo merecían — Sonrió, pícaro, mientras que le observaba al rostro, y recordaba con exactitud aquel momento en la fiesta cuando su mano impactó contra el glúteo del hombre, y aquel rubio le dedicó un guiño, un guiño que no pudo borrar de su mente en los siguientes días, pero el mundo parecía amarlo, porque tan solo unos cuantos días después, se lo había encontrado de casualidad, lo había salvado y también lo había llevado a la cama, el combo completo — ¿No se te hace divertido esto? Es decir, te eché el ojo desde la fiesta, pero luego nos acabamos conociendo de una forma totalmente distinta

Últimamente parecía hacer todo en tiempo récord, si se detenía a pensar en lo que le había ocurrido durante los últimos días, había acabado llevándose a Laith a la cama en la primera cita, con aquella rubia de la fiesta de primavera fue igual, en realidad no se conocían de nada, pero se cruzaron en el lugar, congeniaron y acabaron pasando la noche juntos, y ahora con Ryan, lo rescató de una posible muerte y la misma noche tuvo relaciones con él, ¿Es que de repente estaba renovando su círculo sexual? Por lo menos, podía estar un poco más seguro de mantener contacto con los dos hombres, sin embargo, no tenía nada seguro con Lluna, la verdad es que ni siquiera habían hablado desde lo que ocurrió.

Sintió nuevamente sus cálidas manos, las cuales acariciaban con suavidad su cuerpo, deslizándose por él con total naturalidad, ya un poco más acostumbradas al tacto, sin detener aún el beso. Y es que a esas manos podría acostumbrarse con toda facilidad, al deslizarse con tanta fluidez con su piel, al sentirlas tan familiares, pero a la vez morir porque lo exploraran una vez más. Acercó más su cuerpo, y pasó su brazo derecho por sobre uno de los hombros del rubio, y al momento de detener aquel largo beso, acabó por dar un suave beso en la comisura de sus labios — A mí me tienes antes, durante y después del plato — Sonrió con ternura, tan solo a unos cuantos centímetros de su rostro, para acabar por darle un suave beso en la frente, y finalmente dejarlo, para sentarse a comer él también.

Desde muy pequeño, siempre se le había dado especialmente bien la cocina, y amaba compartir su don por el mundo de manera gratuita, yendo por ahí, complaciendo los estómagos de las demás personas con total libertad, porque una buena comida no se le negaba a nadie, y tampoco había algo comparado con la felicidad que podía brindarle el ver el rostro de agradecimiento de alguien cuando le invitabas una buena comida, ocupabas una parte muy especial de su corazón, y eso le encantaba. Por ello, muy pocas veces solía entrar alguien a su casa y salir de allí con el estómago vacío, acostumbraba a consentirlos de más, hacerles cualquier clase de delicia, porque sabía lo poderosa que podía ser la comida, y como podía alegrar el día de alguien con tanta facilidad tan solo un buen plato de comida, y la hospitalidad que podía brindarte el sanador.

No solía hablar demasiado, en realidad, no acostumbraba a compartir nada de información sobre su vida laboral, pero curiosamente, con aquel rubio se sentía a gusto, se sentía protegido y seguro, a pesar de haber sido él quien lo rescatara de una muerte inminente, le daba una especie de confianza que generalmente no sentía con nadie, por lo menos no con tan poco de conocerlo. Le dijo que podía confiar en él cada que sintiera que uno de sus pacientes estaba en riesgo... Pero la verdad es que no estaba del todo seguro, aunque pensándolo bien, todo era mejor a esperar que desaparecieran sin razón aparente, si de igual forma ya estaba ocurriendo algo malo con ellos, ¿Qué peor podría pasar enviándolos con Ryan? Seguro que nada, sí, probablemente tomaría su oferta, por más que se sintiera poco profesional compartiendo información de alguno de sus pacientes.

Y es que esas acciones que ofrecía Ryan sonaban a una organización en contra del nuevo gobierno, la verdad, y eso le encantaba, que no estaba de acuerdo con la mayoría de las injusticias que hacían esas personas, todo era mucho mejor cuando el mundo mágico era un poco más neutral, y solo juzgaba a aquellos que en verdad lo merecían, y no eran capaces de acabar con alguien únicamente por no apoyar la forma en la que hacían las cosas — Eso suena... Prometedor, la verdad, te haré saber cuando algún paciente necesite ayuda — Dante nunca había acostumbrado a inmiscuirse demasiado en los asuntos internos del mundo mágico, a fin de cuentas, lo único que quería era meterse en un gran lío, pero estaba totalmente seguro de que prefería salvar algunas vidas que quedarse con la boca cerrada, por más que arriesgara su libertad, o incluso su vida. Sonrió bastante jovial, mientras que le observaba a los ojos, intentando no derretirse con ese tan atractivo guiño que le acababa de hacer el hombre, con lo que amaba que le guiñara un ojo, y él lo hacía bastante seguido, seguro que ya empezaba a notar que eso a él le hacía efecto — Lo mismo digo, cada que necesites un sanador, ya sabes donde encontrarme — Le devolvió el guiño, con toda la amabilidad que podía ofrecerle.

Muchas gracias, cocinar me llena el alma, pero complacer el estómago de alguien más, me hace aún más feliz — Confesó, sonriente igual que la mayor parte del tiempo. Comía todo con suficiente calma para disfrutarlo, variando entre los mordiscos que daba, asegurándose de no acabarse los croissants sin comer antes una buena parte de sus panqueques, porque le gustaba todo lo equilibrado. Delicioso, igual que casi todo lo que él cocinaba, y no era por vanagloriarse de sus habilidades en la cocina, pero siempre se le había dado excesivamente bien, al igual que a casi toda su familia, aunque su sazón solo era superado por el de su abuelo.

Le observó curioso al momento de escuchar lo que en realidad hacía, ¿Bibliotecario? Jamás se lo habría imaginado, ni de cerca. Sin embargo, sus dudas se despejaron un poco cuando le comenzó a explicar su labor con mayor detenimiento, y es que no era precisamente un bibliotecario, sino que más bien, se dedicaba a buscar libros por todo el mundo, y sonaba bastante fascinante, considerando lo mucho que a Dante le gustaba viajar, y se veía que a Ryan le gustaba incluso más. Se mostró desconcertado ante aquel término, y por primera vez desde hace mucho tiempo se sintió idiota, con lo mucho que él leía y se instruía de todo, solía conocer un montón de palabras y términos no muy comunes, pero a él la verdad le había tomado desprevenido, e incluso le daba vergüenza no saber de lo que le estaba hablando, pero sería incapaz de mentirle en una situación de esas — Disculpa la ignorancia, pero no tengo ni idea de lo que es, ¿Qué es, precisamente? — Desvió la mirada, simulando concentrarse nuevamente en la comida, sin darle mayor importancia a aquel tema, no le gustaba para nada sentirse inculto, ni un poco, por más que supiera que no podía saberlo todo en el mundo.

Bebió un largo sorbo del chocolate caliente, y lo saboreó con todo el gusto del mundo, sin duda este era uno de sus desayunos favoritos, y con una compañía tan buena, mejoraba incluso más — ¿Si debes irte ahora? — Le observó fijamente con ojos de perro, como suplicando que le dieras un poco de comida, y es que era lo más tierno que podía hacer para convencer a alguien de quedarse. En aquel preciso instante, su adorable y peludo perro, Eros, llegó a su lado y juntó su hocico a la pierna de su amo, él de inmediato soltó todo lo que tenía en sus manos para hacerle una suave caricia en el hocico, sin importarle que estuviera comiendo, porque acostumbraba a mantener impecable a su adorable can — En un segundo te doy algo de comer, precioso — Añadió, haciéndole suaves caricias en el pelaje.
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Ryan Goldstein el Sáb 23 Jun 2018 - 2:27

—¡Mi hobby!—confesó, partiendo un croissant con las manos, sonrisa de por medio—. Aprendí el oficio, de uno de los bibliotecarios de “Al Archivo” (y éste sí se dedica al “trabajo de escritorio”), y me encanta. Me gusta mucho todo lo que son manualidades—aclaró, con un ligero guiño en el brillo de su mirada, que le regaló. Y seguidamente, se propuso a explicar, no sin haberle dado una buena probada a su desayuno—: Es, básicamente, reparar un libro que ha sido dañado. Los muebles, por ejemplo, o un cuadro, puedes restaurarlos. Lo mismo con un libro. Te lleva tiempo, cuidado y los recursos y la técnica apropiados—mientras hablaba, estiró un dedo que asaltó la boca desprevenida de Dante, y con la punta cargada de una pizquita de dulce de leche (que había tomado de uno de los panqueques), le pintó un labio, juguetón. Sonreía—Hago lo mismo con los muebles, y por pasatiempo. Así que ya sabes.

Satisfecho con ir de molesto por la vida, invadiendo bocas ajenas, se sonrió y continuó con la conversación. Había picado antes, con un comentario que le atrajera la atención, y lo sacó a colación, haciendo mención a un viaje y un encuentro con los chamanes en Sudamérica. Era fascinante hasta lo cómico que de una nalgada en un escenario y una encamada con un morocho que cocina delicioso uno pudiera sacar reflexiones muy interesantes sobre la “mente” del cosmos y la posibilidad de que alguien tire de los hilos de la vida, jugando con ellos, simples mortales. A Ryan le valió como excusa para relatar cómo un chamán había querido estafarlo por una profecía en irrisorias circunstancias, pero sin embargo, no se quedó ahí.

—Este chamán decía que todo sucede por una razón, y también prometió que vería mi futuro (por un módico precio). Él en verdad no dijo nada que no fuera “general”, o abierto a las múltiples interpretaciones que suelen perseguirnos todo el tiempo luego de que salgas de la carpa de una adivina o por el estilo, pero somos magos, y no sólo creemos en las profecías, las creamos. Y aunque yo era muy joven por entonces, me dejó una fuerte impresión, y cuando pienso en ello, todavía siento cosquillas en mis dedos—comentó, abriendo las manos sobre la mesa. Lo miró—. No me hagas mucho caso. Cierto es que a veces es hasta reconfortante, ¡admítelo!, decirte a ti mismo, cuando es algo realmente bueno, como tú—intercaló, en un cumplido—, ¡eso estaba destinado a ser! Pero, entre tú y yo…

¿El plato? Limpio, todo limpio. No mentía cuando decía que era hombre de buen apetito. Ahora se había acercado a Dante, ladeado hacia él, encerrándolo en la complicidad de una plática de tú a tú, ensimismado con su oyente, sorprendiendo sus expresiones y descubriéndolo en el brillo de la mirada.

—No me importan las profecías o los dioses de la fortuna, o si todo al final es mera casualidad. En lo que yo creo, es que las personas mueven el mundo, Dante.

“Hacia fuera como hacia dentro de nosotros”, pensó, y ojeó de una mirada rápida el reloj de la pared en un gesto inconsciente. Y es que, el tiempo iba a su propio ritmo, y por muy bien que la pasaras, había cosas que debían ser hechas para al final del día. No le hubiera mentido sobre eso. De otra forma, por él, quedarse todo el día con un hombre que era un encanto, era de lejos la mejor opción de pasar una tarde de lluvia.

Dante lo debía haber notado, porque le preguntó por su partida. Y entonces cayó el perro, justo cuando alguien llamaba a la puerta, ¿un vecino, una visita? Eros debía estar contenta por cumplir su labor de lechuza mensajera, trasmitiendo las nuevas mientras provechaba para hacerse con el amor de su dueño, todos esos mimos que lo hacían un perro consentido.

—Me temo que sí—
contestó, carcajeándose por dentro ante caída tan sorpresiva—Iré a cambiarme.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Dante Fiore el Dom 24 Jun 2018 - 5:09

Le llenó el rostro de alegría el escuchar como Ryan le platicaba acerca de eso llamado 'curación de libros' término que jamás había escuchado, pero que debía admitir que sonaba bastante interesante. Su sonrisa parecía no poder crecer más, hasta que observó como el dedo juguetón del rubio se paseaba hasta su rostro, llenando su labio inferior de dulce de leche. Dejó de comer por unos cuantos segundos, observándolo con una adorable sonrisa en el rostro, ambos podían parecer unos niños pequeños, pero vamos, ¿era posible que disfrutaras tanto de estar con alguien que recién conocías? Porque con tan poco tiempo, ya sentía que adoraba a ese precioso rubio — Lo de que te gustan las manualidades ya lo comprobé — Vociferó aquel comentario pícaro, acompañado de un guiño hacia él. Le dio un nuevo mordisco a su croissant, y cuando acabó de masticar, volvió a hablar — ¡Que fascinante! Jamás había escuchado el término, pero mira que viajar para restaurar libros debe ser increíble, yo moriría de curiosidad a mitad del proceso — Admitió, era increíblemente curioso, especialmente cuando se trataba de libros.

Ya su desayuno lo había acabado casi por completo, y tenía un codo apoyado sobre la mesa, con el puño cerrado y la mano recostada a él, observándolo fijamente mientras platicaba cosas acerca de sus viajes y de sus experiencias. Él podría ser feliz únicamente escuchando las vivencias de los demás, en especial cuando se las contaban con tanto amor y sentimiento — ¡Eso suele pasar! En los viajes me han leído un montón de veces el futuro, pero mira, nadie me había dicho que iba a empezar una relación, de la índole que sea, con un apuesto hombre luego de darle una nalgada en una discoteca, el mundo está repleto de sorpresas — Rompió en una suave y hasta adorable carcajada después de ese comentario, la verdad es que, a veces ni él mismo podía creer lo que estaba haciendo justo en aquel preciso momento, pero, ¿saben qué? Ni siquiera necesitaba saberlo, se sentía feliz, se sentía lleno, y era todo lo que le importaba.

Había bajado la vista tan solo por un segundo para coger su taza de chocolate y llevársela hasta los labios, adquiriendo una expresión neutral, su plato se encontraba ya vacío, pero su taza aún estaba medio llena, y al dar un pequeño y bastante corto sorbo del líquido, devolvió la taza a donde pertenecía, sin poder evitar sonreír, encantado de lo que el hombre justo acababa de decirle, ¿es que se podía ser más dulce que eso? — Eso está claro, y lo de nosotros... Sea destino o cualquier cosa, quiero que sepas que se me hace encantador — El hombre le generaba muy buena espina, y eso ya era bastante decir.

Acostumbraba a ser una persona un tanto selectiva en lo que se refería a brindarle su confianza a alguien, a pesar de ser generalmente increíblemente amable y hospitalario con cualquiera que se cruzara por su camino, solía ser extremadamente cauteloso con las palabras que salían de su boca, sin embargo, con Ryan no era así, sino que más bien, las palabras fluían solas, sin ninguna clase de filtro, se sentía a gusto, y sentía que sus palabras no podían estar más seguras.

Al ver a Eros, anunciándose y con él también señalando que tenía visitas, cogió entre sus manos la taza de chocolate y le dio un profundo sorbo, acabando por vaciarla toda, y se puso de pie, aprisionando al rubio entre sus brazos, acariciando su espalda baja con suavidad, y juntando sus cuerpos lo más que podía — Si quieres comer ya sabes a donde venir, en cualquier sentido — Sonrió, pícaro, justo antes de llevar una de sus manos para apretar de forma leve uno de los glúteos de su acompañante, mientras que sus labios se abalanzaban contra los contrarios, ansiosos por recorrerlos profundamente, pero a la vez, apresurados, porque sabía que no les quedaba más tiempo juntos ya, por lo menos por ahora.
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Dante FioreInactivo

Ryan Goldstein el Dom 24 Jun 2018 - 23:21

Te prometen pasar por tu casa, pero no aparecen. Ni una llamada, ni una lechuza. ¡Seguro que nunca pensaste esperar por esta persona! A la madrugada, tú ya te decís que no va a aparecer, y que en todo caso, ya estás acompañado, así que, ¿por qué perturbar tu sueño o tu… placentera vida? Porque hay algo que se llama “sorpresas de último momento”, y un doctor tiene que saber sobre eso, sobre salir de tu cama, abandonar a tu compañero o compañero, si lo había, y acabar… ¿En el sótano de una casa, atendiendo a los quejidos de un hombre moribundo, que pensó que iba a morir? Un señor canoso, entrado en años, te agradece lo que has hecho, y te ofrece la cantidad arreglada y un poco más. Era su hijo, y estuvo a punto de morir, de no ser porque lo rescataron a tiempo, justo cuando su hogar había sido invadido por mortífagos, por “algo que había hecho”, en contra del régimen, presumiblemente.

—Lo siento, y gracias—
Ryan se sentó en un banquillo. Lo había invitado a una camina nocturna. Los había hecho aparecer en una plaza, algo iluminada y concurrida. De un puestito de dulces, se olía el aroma caliente a caramelo—Sé que fue todo muy repentino. No contaba con que aparecieras, pero quise probar. Casi se me muere.

Suspiró y cerró los ojos, recostándose en el asiento. Estaba derrotado de cansancio. Estuvo así, con los brazos caídos entre las piernas abiertas, sólo un momento. Hasta sentir la cercanía, entonces, se acurrucó contra el hombro ajeno. Ryan Goldstein no era hombre que se dejara derrotar, por el cansancio, la guerra mágica o las pérdidas, pero se quebraba con ternura cuando tocaba, con un otro, porque alguien ya lo había dicho antes: “Hay que ser duro, pero sin perder la ternura”.

—Así que, ¿aceptas algo de compañía esta noche?—susurró, reclinada la cabeza contra el hombro de Dante, pero buscando su mirada, con una tibia sonrisa en ese rostro, de rubio comprador—No me juzgues por mi apariencia—agregó, con un tono de jocosidad—Te juro. Estoy en vena esta noche.

Sí, cuando estás acostumbrado al ritmo vertiginoso del caos y los problemas, y los debates entre la vida y la muerte, tu sangre se vuelve violenta, demandante, exigente, y te pide el encuentro, el roce, el éxtasis, del momento.


listita de opciones para tú:

Que vayan al resto por comida (?)
Que vayan a la cama por placeres (+108)
Que vayan por ahí en una caminata nocturna
Que los sorprenda un viejo amigo de Dante y le pregunte por su mujer, la loca (?)
Que jueguen a un juego: ver a la gente que pasa e intentar adivinar sobre sus vidas, inventándose historias (???)
Que jueguen a otro juego (?)
Cualquier otra opción (?)
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