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ANOTHER NIGHT, ANOTHER WAR [~VICTORIA S. BLYTHE]

Andreas Weber el Miér Mayo 09, 2018 11:26 am


9 de mayo de 2018.
Afueras de Londres, 20:00 h.

Esto de estar por fin a salvo en un refugio al mismo tiempo en el que al fin sabes dónde llevan tu hermano y tu padre todo este tiempo no es nada bueno para la salud mental, como tampoco lo fue enterarme el día de aquella fiesta. No miento si digo que llevo desde entonces sin apenas poder dormir, pero es que a ver quién va a poder dormir sabiendo que tu hermano y tu padre están presos en Azkaban como… como… peor que vulgares criminales. Eso le quita el sueño a cualquiera. Y para colmo de males, fue peor cuando se lo tuve que decir a mamá: “sí, mamá, estoy bien. Oye, por cierto, que Bruno y papá están presos en una prisión mágica por ser traidores al régimen, jaja salu2”. Si ya me sentía como una mierda por tener que desvelárselo a mamá, peor me sentí cuando escuché sus llantos al otro lado del teléfono.

Por suerte, en el refugio la mayoría de gente iba a lo suyo. No es que fuera una persona introvertida, pero la verdad, no me estaba preocupando de hacer amigos con tantas cosas en la cabeza, y menos aún me iba a preocupar desde que me enteré de lo que me enteré. Allí cada uno tenía lo suyo, ¿no? Además, no podía ser el único que se mantenía al margen y no hacía amistades; al fin y al cabo, los carteles de los niños desaparecidos que salían en El Profeta hablaban por sí solos. Pero juro por Merlín y por todas sus puñeteras barbas que como algún día me encuentre frente a frente con quien ha mandado a mi familia a ese sitio… Matarle es poco para lo que les hago. Lo mismo para quienes estén “cuidando” de ellos en prisión (ni quería pensar en que eso de cuidar era demasiado pedir). Yo los mato aunque sea a puñetazos.

Pero si algo me venía bien para mi mente intranquila era andar, moverme, mantener el cuerpo y la mente ocupados. Desde que Nailah soltó el bombazo, había aceptado el doble de encargos, y me pasaba el día con el agua hasta el cuello, entre tratar de buscar nuevas pistas de papá y Bruno y realizar los pedidos de mis clientes. Elaborar pociones no era una actividad, era un arte, y todo arte requiere un tanto por ciento de concentración y otro tanto de talento y habilidad. Y por suerte, hasta ahora mis clientes no parecían haberse quejado de los resultados, lo que me garantizaba ingresos para comer y para seguir haciendo más pociones con las que poder comprar más materiales de pociones y más periódicos para, con suerte, encontrar en algún momento alguna forma de entrar a Azkaban. No era ninguna fortaleza inexpugnable, y ya había leído que, al menos a un ex preso, se lo buscaba por haberse fugado. Si él podía, mi familia también.

Aquel día, mi arte elaborando pociones me había llevado a un pequeño caserío a unos minutos de las afueras de Londres, una vieja casita de madera, con la pintura carcomida por el agua y el tiempo, en medio de una gran campiña de color verde intenso; era una imagen digna de las mejores postales. Su propietaria, una anciana que se hacía llamar Miss Weatherby, era una mujer muy amable, medio ciega, que se servía para moverse de un bonito labrador negro como perro lazarillo. Miss Weatherby me había encargado una poción Oculus para intentar mejorarle la vista para el fin de semana. Según me contó, se casaba su nieta favorita y quería poder volver a verla en el día más importante de su vida. Su historia me emocionó un poco (aunque no llegué a llorar, gracias), quizá más por mis propias circunstancias personales, así que no me enrollé más de lo necesario. Le dejé la poción a buen recaudo, recibí mi pago, le hice una caricia al chucho y me largué de allí.

Me alejé de la casa y eché a andar para alejarme lo suficiente de la casa para poder desaparecerme y seguir con mis asuntos pero, cuando iba andando por la carretera, se me cruzó el amor de mi vida y de toda mi puñetera existencia, si era verdad eso de la reencarnación en lo que creían los ¿budistas?: una preciosa y despampanante Harley Davidson, de color negro como la muerte y el pecado y la mismísima tentación personificada. De verdad que ni un par de tetas bien puestas podrían haberme conmocionado tanto, si no me controlaba tanto podría hasta tener una erección. Hostia puta, mataría por esa preciosidad.

Pero la moto se perdió de mi vista rompiéndome el corazón y yo seguí andando hacia delante, con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos, sin sujetar la varita, pero listo para ello en caso de que fuera necesario. Sin embargo, cuando llegué al primer semáforo de Londres, vi que el amor de mi vida estaba parado allí, y sobre ella iba una mujer sin casco, no demasiado corpulenta y con pelo oscuro y largo.

- Menuda preciosidad. – comenté con tono embelesado sin quitar los ojos de la moto. – Modelo Superlow, 833 cc de cilindrada, doble amortiguador trasero, unos… 250 kilos de peso. – recité de memoria sin quitar la vista de la moto. De verdad, qué preciosidad. ¿Me puedo casar con una moto? Que me caso aquí mismo. - ¿Es suya? – le pregunté a la mujer, levantando la cabeza de la moto por primera vez.
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Andreas WeberFugitivos

Victoria S. Blythe el Jue Mayo 10, 2018 9:20 am

Últimamente mis pocos días libres no los puedo dedicar a lo que me gustaría que fuese mi auténtico trabajo, es decir, ser la nueva Agatha Christie (de sueños también se vive). Mamá estaba empeñada en que pase más tiempo con el abuelo, por eso de que ya tiene una edad, blablablá, es posible que pronto nos deje, blabablablá, porque no es eterno, blablablablá, y luego lo echarás de menos, blabablablá. Que sí, que yo adoro a mi abuelo, pero creo que verlo una vez a la semana ya era suficiente. Ahora caen dos o tres. Y de verdad que no tendría ningún problema, incluso viviría con él, si no fuera porque desde dos años atrás el 90% del tiempo me está insistiendo para que me case. ¿Yo, casada? ¿Yo, en una relación estable? ¿Yo, teniendo hijos? Abu, si lo que quieres es que me suicide, oblígame a beber cicuta, joder. Pero no esto.

Habíamos pasado todo el día juntos. Hablando de política y del Ministerio, de mi trabajo, de “a ver cuándo te casas”, de “¿te he presentado a Roger, el nieto de no sé qué quién? Está soltero”, de “a ver cuándo te casas”, de unos buenos vinos… Ah, se me olvidaba, y de “a ver cuándo te casas”. Sé que no soy una santa, pero no me merezco esto, de verdad. Cuando me fui la tensión se podía cortar hasta con una cerilla. Luego soy la primera que lo defiende hasta en esto, pero joder… necesitaba un poco de tregua. Nunca he sabido (ni he querido saber) hacer lo que otros esperan de mí, pero estábamos de hablando de cosas muy fuertes, de atarte a una persona y de usar tu horno interior. Si con casi treinta años no quiero ninguna de las dos cosas dudo mucho que de repente me vaya a apetecer. Si ya bastante me duele echar todos los meses un puto óvulo, no te jode, imagínate para sacar un niño. Me horrorizo sólo de pensarlo.

Había ido en la moto, ya que suelo dejar la aparición para las situaciones donde no tengo más remedio. Hay magos que se aparecen hasta para ir a la panadería de la esquina, pero yo nunca he sido muy fan de esta actitud, que luego sufres desparticiones y todos son lloros. Después de una infinita despedida con tres o cuatro “a ver cuándo te casas” de propina, puse camino a la ciudad.

Justo estaba entrando cuando, mientras esperaba que un semáforo se pusiera un verde, un tío se paró a mi lado y me soltó, literalmente, “menuda preciosidad”. Pero qué cojones… mi primer pensamiento fue que era el típico baboso acosador, que de esos por desgracia hay más que pelos en mis sobacos. Pero empezó a soltar detalles técnicos de mi moto (como si yo fuera subnormal y no conociera las especificaciones de mi propia moto), y lo miré de reojo. El tío estaba cachondo perdido mirando a mi gran amor, no a mí. Bueno, es normal, recuerdo cuál fue mi reacción cuando me la encontré en la puerta de mi cutre apartamento, con mi abuelo sonriente al lado. Solo digo que tuve que cambiarme de bragas.

- No me digas. Wow, qué fuerte. - contesté con evidente sarcasmo. Gracias por la info, colega, pensaba que estaba conduciendo una Vespa. Y luego va y me pregunta si es mía. Aparte de perturbador es subnormal. - No, de mi vecino Eustaquio, no te jode. Pues claro que es mía, de quién va a ser, tócate el coño. - solté para mí misma, volviendo a mirar al frente. Justo en ese instante el semáforo se puso verde y aceleré, olvidándome del perturbador.

Unos diez minutos después, estaba aparcando la moto delante de un McDonalds. Tenía un hambre atroz y me apetecía una cena ligerita y sana. Cualquier otro se negaría a perder de vista semejante belleza por miedo a los robos, pero la cosa cambia cuando la moto tiene como diez maldiciones distintas encima.

Justo me bajé cuando vi que a apenas dos metros estaba otra vez el perturbado. Esto no podía ser casualidad.

- ¿Qué pasa, cariño? ¿Quieres refregarte con ella o cómo va la cosa? - pregunté. En realidad me estaba divirtiendo. Me sentía identificada con la cara de embelesamiento que dominaba al tío. - Venga, tócala, súbete, si quieres. Pero como intentes llevártela te rajaré el glande, la que avisa no es traidora. - amenacé con tranquilidad, pero hablando totalmente en serio. No sería el primer glande que rajo, tengo los dientes muy afilados y muy mala hostia. Claro que si lo intentaba… ocurriría una serie de catastróficas desdichas. ¿La primera? El ladrón tendría una alucinación muy realista de que sus brazos y sus piernas ardían en llamas. Una maravilla de la magia oscura. Claro que a un muggle le disuade más lo del glande.
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Victoria S. BlytheMagos y brujas

Andreas Weber el Lun Mayo 14, 2018 11:59 am

Es curioso seguir con tu vida “normal” cuando precisamente no tiene una vida “normal” y esta está lejos de volver a serlo. Levantarte, lavarte los dientes, desayunar, comer, cenar, afeitarte, cagar, mear, trabajar. Acciones normales de personas normales con vidas normales, y acciones normales de personas fugitivas que llevan casi un mes viviendo en un refugio para más personas fugitivas mientras se encargar de buscar a gente que ha sido encarcelada en una prisión mágica por el simple delito de existir. Pero sí, todo muy “normal”.

Me cago en Voldemort, en el puto Ministerio, en sus malditos fieles y en las madres que los parieron a todos.  

Y sin embargo la vida seguía, y con ella mis encargos normales. De verdad que le voy a coger puto asco a esa puñetera palabra. Pero la pobre Miss Weatherby no tenía la culpa de ser ciega, y bueno, al menos mi desgracia personal, la que me ha llevado a sobrevivir siendo elaborador autónomo de pociones, puede ayudar a otras personas. Pero no nos engañemos, no soy un buen samaritano. La “pobre Miss Weatherby” me importa un pimiento, o medio, y si tuviera otra forma de mantenerme, más fácil, que elaborar pociones, tendría que haber ido a otra persona a pedirle su poción (que además no es que fuera particularmente fácil, todo sea dicho).

El caso es que no estaba en mi mejor día de conversación, y menos si esta era sobre bodas y felices reuniones de familiares, que se sentía como echar sal en una herida particularmente dolorosa, así que no me enrollé demasiado y me escaqueé cuando tuve ocasión, lo típico de “me encantaría quedarme pero tengo cosas de hacer”. Y así fue como terminé conociendo a Harley, el amor de mi vida. Cuando llegué al semáforo, en el que también estaba ella parada, enumeré en voz alta las características de esa moto; soy un forofo de las motos, una pasión que de siempre había compartido con el abuelo Gunter, pero nunca en persona había visto una puñetera Harley Davidson, y menos tan cerca de mí. Estoy que me va a dar algo, seguro que esto es lo que se siente cuando te encuentras por la calle con algún famoso.

Sin embargo, la dueña de la moto se mostró encantadora. Lo cierto es que no me sorprendió tanto lo que dijo como el hecho de que dijera algo. Me la sudaba enormemente que se mostrara tan simpática porque no nos conocemos de nada, pero precisamente por eso mismo me sorprendió que hablara. Yo estoy en su situación y paso tanto de la persona en cuestión que no le digo nada. Pero bueno, hay gente para todo, no es que me quite el sueño eso precisamente.

Seguí andando por la calle; había decidido que antes de regresar al refugio, mejor hacerlo cenado, que además hacía poco había conseguido unos cupones de descuentos de McDonalds y me había sentido como si acabara de encontrar un billete de cien euros. Tampoco tenía pensado pararme más tiempo del necesario, mi intención era pedirme un menú para llevar y tomármelo en el refugio en mi apartamento (aún me sigue doliendo la mandíbula de lo boquiabierto que me quedé cuando lo vi, como si estuviera esperándome a que lo habitara. Me quito el sombrero, Dumbledore), mientras seguía leyendo periódicos y trazando posibles rutas por las que Bruno y mi padre se pudieron haber encontrado con sus captores; desde que me enteré de donde estaban, me había obsesionado por los mapas, y no había noche que me fuera a dormir sin estudiar a fondo dónde pudieron haberles capturado, buscando pistas en todas partes, de forma casi febril, que pudieran confirmar mi hipótesis. La verdad es que en el refugio también hay tiendas para conseguir comida y productos básicos sin tener que pagar dinero, pero ya desde el primer día había descubierto las colas que se forman y cómo cuando llega tu turno ya te han quitado casi de todo lo bueno. Menos lío de esta forma.

Estaba llegando a la puerta del McDonalds cuando reconocí a una figura familiar, y al momento me detuve. Joder, qué pedazo de moto y qué pedazo de todo, hostia puta. Y encima está muy bien cuidada, en un estado excelente, así que al menos la chica tiene que ser consciente por narices del tesoro que tiene entre las manos. O entre las piernas. Di un sobresalto cuando escuché la voz de la dueña de la moto, pero al momento di un resoplido y rodé los ojos cuando dijo que si quería refregarme con la moto.

- Pues si no te opones, por mí bien. – dije con sorna, aunque en el fondo me divertía. Joder, qué preciosidad de moto… La chica siguió, tan agradable, diciendo que me subiera si quería, pero que me rajaría el glande si se la quitaba. Y ahí me empecé a reír porque de verdad, qué chica. – Y muy poca cosa me parece. A mí me roban una preciosidad así y me lo cargo. – dije sin perder la sonrisa de la risa que me acababa de echar, pero totalmente en serio. – No estamos hablando de una Vespa, no sé como decirte. – me encogí de hombros. – Además parece nuevecita, razón de más.

No me paré a preguntarle si lo era porque, la verdad, seguro que me contestaba una bordería sin responderme a la pregunta, viendo como se había comportado antes, y la vida tampoco me iba a cambiar radicalmente me respondiera o no. Lo importante era que ella tenía moto y yo en ese momento no, y no quería pensar cuando podía ser la próxima vez que me pasara por el garaje del abuelo a desempolvar su vieja Honda. En cualquier caso, me di media vuelta sin decir nada más y me dirigí hacia la puerta del McDonalds, con la cabeza más centrada en si pedirme un menú Cuarto de libra o un menú Big Mac.
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Victoria S. Blythe el Miér Mayo 16, 2018 10:28 am

Una cosa que nunca entenderé es al sexo opuesto. No me gusta generalizar, nunca, pero si el 90% de los tíos son imbéciles yo no tengo la culpa. Bueno, imbéciles quizá no, pero difíciles de narices sí. Su mente funciona distinta, está claro. También me he encontrado con muchas tías cuyo cerebro tampoco entiendo, así que yo que sé, seré yo que soy más rara que un piojo verde. La cuestión es que estaba yo tan tranquila cuando me crucé con uno de esos tíos imposibles de entender. Alemán, creo, porque tenía un acento parecido, aunque leve. A lo mejor llevaba aquí viviendo toda la vida, a saber. Empezó a hablar de mi moto como si yo hubiera idiota y pensara que estaba conduciendo un submarino. Exactamente igual que si alguien me mira y dijera: “Wow! ¡Una mujer alta, delgada, de pelo negro y ojos verdes!”. ¿De verdad algunos no se cansan de hacer el ridículo?

El alemán Capitán Obvio ya estaba olvidado cuando aparqué delante del McDonalds, y de repente reapareció. Así es el Capitán Obvio, siempre dispuesto a contarte cosas que ya sabes, en cualquier momento, en cualquier lugar, adónde tú vayas. Él no descansa. Miraba a mi moto con auténtica devoción, sentimiento que entendía perfectamente. Joder, yo la sigo mirando así después de dos años de conducirla casi a diario. La diferencia está en que yo miro así a mi moto, no a la de un desconocido por la calle. Una cosa es admirarla en la lejanía y otra quedarte mirando como si te la quisieras follar. Es bastante incómodo, coño. Pero para que no se diga que no tengo buen corazón (bueno es, desde luego, bombea y late y esas cosas), estuve dispuesta a dejar que la tocara. Pero el tío no quiso, tócate el coño. El Capitán Obvio ya no estaba de servicio, o simplemente se había cansado de ser Obvio y ahora era Capitán Bipolar.

Una cosa tenía que reconocerle: estaba muy bueno. Los tíos con ese cuerpo y esos ojos pueden permitirse ser idiotas, aunque en la cama te digan tonterías tipo: “Wow! ¡Tienes dos tetas, y un ombligo, y un lunar en el pezón!”.

- Cariño, matar es ilegal. Rajar glandes, que yo sepa, todavía no está castigado por el Código Penal. - contesté con frialdad. El Capitán Obvio debía tener cuidado, a mí me gusta arrancar glandes, no necesito una razón para ello. Claro que si pudiera mataría a quien intentara robarla, pero existe la cárcel.

Si lo pensaba seriamente, era fascinante que un tío no recordara la obviedad de matar a alguien igual a cárcel pero sintiese la necesidad de soltar detalles técnicos de una moto ante la dueña de dicha moto. Capitán Obvio/Bipolar es simplemente Capitán Imbécil. El tío se dio media vuelta y se metió en el McDonalds, y yo pensé seriamente en irme a otro sitio a cenar porque no me apetecía encontrármelo. Pero mira, tenía un hambre terrible, y el antojo que tenía de un Big Mac, una CBO y una McRoyal Deluxe era tremendo. Yo sería la Capitana Imbécil si me quedara sin el antojo por eso.

Me sorprendió ver que el McDonalds estaba lleno de gente. Vale que el aparcamiento estaba relativamente lleno, pero no esperaba esa afluencia, más siendo entre semana. Aunque claro, al estar a las afueras y pegado a polígonos comerciales sería el típico McDonalds de emergencia, el de la gente que viene de viaje o se le ha hecho tarde con las compras. Yo que coño sé. La cuestión es que la cola era tan tremenda que tuve que hacer mi pedido en uno de esos kioscos digitales táctiles extraños. Odiaba hacer los pedidos ahí, me sentía como una vulgar muggle (además de que no me llevaba muy bien con esas tecnologías y más de una vez la había liado bastante). Pedí un Big Mac, una CBO, una McRoyal Deluxe, unas patatas normales en versión grande, esas nuevas patatas con queso cheddar y bacon en versión grande y una Coca Cola Zero (tengo que conservar la línea) grande. Renuncié al McFlurry de siempre porque creía que ya me estaba pasando de calorías vacías. El hipertiroidismo es una mierda, sobre todo en mujeres, porque provoca muchos desórdenes menstruales. Así que menos que poder aprovechar la única ventaja que tiene: un metabolismo de la hostia. Si no fuera por él estaría con obesidad mórbida, comer es lo que más me gusta después de beber y fumar. Soy de gustos sencillos, que no se diga.

Cogí el ticket y me puse en la cola de pagar. Tardaron unos diez minutos en atenderme, y luego a ponerme en la cola de esperar los pedidos. Era uno de esos momentos que casi me hubiese gustado tener móvil, porque los muggles de mi alrededor al menos estaban entretenidos mientras esperaban. Yo sólo suspiraba y miraba con odio y rencor a los lentísimos trabajadores del puñetero McDonalds.

Cuando quince minutos después llevaba una bandeja repleta de comida, empezó la odisea para buscar un sitio libre. Me pateé las dos plantas, de arriba a abajo, y sólo encontré dos sitios que no estuvieran ocupados o reservados: en la mesa del puñetero Capitán Imbécil y al lado de una niña mimada que no paraba de chillar y tirarle patatas a todos los que tenía cerca. Si hay que elegir…

Me senté enfrente del Capitán Imbécil sin pedirle permiso. Más faltaba.

- No hay otro sitio. Si no te gusta te jodes. - dejé claro, quitándome la chaqueta. Me remangué y miré con auténtico placer y éxtasis toda la bandeja. Con la izquierda sostuve mi preciosa y deliciosa CBO, mientras que con la derecha iba comiendo patatas con cheddar de manera compulsiva, y ensuciándome de cheddar hasta las pestañas. Me da igual, con la comida soy una cría, pero una cría feliz.
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