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Sam J. Lehmann el Sáb Mayo 12, 2018 4:04 am


Ministerio de Magia, departamento de catástrofes mágicas || 11 de mayo del 2018 || 12:32 horas

Savanahh McLaren:

Ella lo que menos se esperaba ese día, ni cualquier otro, era ser el objetivo de nadie. Se estaba formando de una manera cuestionable, en la que quisiera o no, iba a ganarse enemigos en algún momento de su vida, pero lo que ella no esperaba es que su rostro estuviese por encima del de Grulla. Siempre supuso que si Grulla estaba en peligro, ella podría peligrar. ¿Pero peligrar ella sola, en un ámbito separado al de su mentora? No. Tenía miedo, pero una de las pocas cosas que le brindaba su maestra era seguridad, aunque tuviese que hacer cosas horribles para conseguirla.

Ahora, sin embargo, podría decirse que estaba en ese lapsus de tiempo en su vida en donde era una persona normal. Estudiaba la Legislación Mágica y, con la edad que tenía, acababa de entrar como becaria en el Ministerio de Magia, a cargo de un fiscal de Wizengamot que, a decir verdad, no veía con ojos demasiado agradables el tener a una 'pupila' a su cargo en mitad de su trabajo, el cual se tomaba muy en serio. Savannah, sin embargo, se tomaba todo eso como un medio para un fin, un aprendizaje en donde la tratarían como lo que era—una Don Nadie—hasta convertirse en alguien. No tenía prisa y, tal y como le iba la vida, esperaba que todo su sufrimiento al final le diese su recompensa porque estaba trabajando como nunca para conseguir un lugar en el que estar a salvo.  

El fiscal a su cargo, en su segundo día de becaria, ya le había mandado a ir al departamento de catástrofes mágicas a buscarle la información pertinente sobre el caso Ridley, un caso que había hecho que muchos magos se viesen implicados y, en mucho de ellos, él era el encargado de estudiar el caso y decidir qué clase de castigo sería viable en el juicio, declarando su inocencia o culpabilidad. En realidad Savannah estaba bastante animada con todo lo que tenía que hacer, pero le hubiera gustado no estar tan perdida al principio y saber a dónde acudir.

Entró, perdida, a la sala principal del departamento, en donde estaba la gran mayoría de trabajadores ocupando sus puestos de trabajo mientras se rodeaban de pilas de informes. Lo miró con desagrado, sin muchas ganas de verse así en un futuro. Se acercó a uno de los primeros, en cuyo letrero se leía "Archivald Salleens". Se acercó a él.

Hola, buenos días —le dijo a Salleens. —Me llamo Savannah McLaren y estoy de prácticas en Wizengamot. Me han mandado a buscar los informes del caso Ridley, ¿sabe de cual le hablo? ¡Oh! —De repente vio en la mesa del tipo dos cuadros, de él mismo con su dos hijos. —¡Qué lindos! —Y lo señaló, con una sonrisa un poco falsa. —¿Me podría decir con quién debo hablar para conseguir todo lo referente a ello? Sé que es confidencial, pero me manda Harry Parker, supongo que sabrá quién es —dijo, con cierta altanería orgullosa. —Mire, tengo su pase. —Y le enseñó una tarjeta que tenía colgada al cuello en donde ponía que era la becaria del mismo Harry Parker.

Salleens la miró de arriba abajo, sin que le diese mucha confianza. Era una niñita y, por cómo iba vestida, con ese atuendo tan poco profesional y vaqueros rasgados, asumió que era una novata de los pies a la cabeza.

Sé que caso es, pero no estoy autorizado para darte nada. Tendrás que hablar con alguno de los jefes.

¿Y quién es el jefe?

Pues hay varios, están en los despachos y...

¿Podrías decirle a alguno que estoy aquí como mandada de Harry Parker para recibir toda información sobre el caso Ridley? A ti seguro que te hacen más caso y no quiero estar molestando... —Y puso un mohín mimado, mirándole con coquetería para que él hiciese el trabajo feo por ella.

Salleens no tenía muchas ganas de hacer nada, por lo que se levantó y, con tal de no soportar a esa niña durante mucho más tiempo, se dirigió en solitario al despacho de Gwendoline Edevane a echarle el muerto a ella.



----------------------------

Mientras tanto, Sam se encontraba en su trabajo, bastante ajetreada con toda la gente que en ese momento acudía al Juglar Irlandés. Sin embargo, ya llevaba bastante tiempo como para adaptarse al estrés de las horas puntas, por no hablar de que ya había mucho más feelings entre todos los que allí trabajaban y se entendían perfectamente. Además de que eso de conocerse le número de las mesas era CLAVE para un buen funcionamiento y Sam tardó un poco en aprendérselo. Sí, era Ravenclaw, para la predisposición de las mesas no tenía ningún sentido ni seguía un orden y eso le rompía absolutamente todo el cerebro. Así mismo, a esas horas solía ir Erika, la hija de Alfred, a ayudar con prácticamente todo. Sam había hecho muy buenas migas con ella y es que era una chica encantadora.

Oiga, Mia —dijo Santi, desde la cocina, mientras Sam preparaba unos cafés. Lo miró, atendiendo a lo que tenía que decir. —¿Luego quieres venir al cine conmigo? Nadie querer ver Infinity War conmigo. ¿A ti gustar Marvel?

Sam se limitó a buscar en su cabeza. Ella sabía de eso, una vez Emily le habló de eso cuando fueron a ver Deadpool. Eran todos esos superhéroes de los que no tenía ni pajolera idea. Batman y todos esos, ¿a que sí?


Archivald Salleens: #ffcc00 || Savannah McLaren: #ff99ff


Última edición por Sam J. Lehmann el Lun Jun 11, 2018 7:17 pm, editado 1 vez
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Gwendoline Edevane el Dom Mayo 13, 2018 12:16 am

Esa mañana, temprano, me encerré en mi despacho—mi nuevo despacho, al cual todavía no me acostumbraba pese a llevar más de medio mes trabajando allí—y pedí a mis compañeros que no se me molestase a no ser que fuese por un motivo de fuerza mayor. Algo que nadie más que yo pudiese solucionar. Soy consciente de que a Salleens le hizo poca o ninguna gracia, pues si en algún momento habíamos llegado a desarrollar un cierto compañerismo, ese compañerismo se había esfumado en el momento en que me habían concedido un ascenso. Supongo que Salleens siempre pensó que conseguiría un ascenso antes que yo, quizás porque creía merecerlo más, cuando todo el mundo sabía que la profesionalidad no era lo suyo.
Cómo fuese, pedí privacidad con la excusa de rellenar y revisar un montón de informes. Y si bien dediqué gran parte de mi tiempo a dicha tarea, también dediqué otra gran parte a pensar.
Se me había levantado un dolor de cabeza que prometía no hacer otra cosa que empeorar con el paso del tiempo. La primera media hora de mi jornada la pasé sentada ante mi escritorio, masajeándome las sienes con los dedos mientras mis ojos paseaban una y otra vez por la edición de "El Profeta" de aquel día. La noticia—y el rostro que acompañaba a dicha noticia—era de todo menos bonita. ¿Se habrá enterado ya? ¿Cómo voy a decírselo?
Trabajar me ayudó a despejarme un poco. Nada mejor para olvidar las miserias propias que pasear durante un rato por las miserias ajenas. Y sin embargo, la primera plana de "El Profeta" iba y venía una y otra vez, cómo una pesadilla recurrente. Aunque estaba despierta, y estaba segura al cien por cien de que aquello no era ni una pesadilla, ni una broma.
Era real. Y era horrible.
Cuando quise darme cuenta, a trompicones, mi jornada laboral había avanzado inexorable hasta que las manecillas del reloj señalaban las doce y media. Seguía trabajando, y seguía dándole vueltas a la cabeza... hasta que alguien llamó a la puerta. ¿Es que nadie sabe respetar una simple petición?, me pregunté exasperada a mí misma, para acto seguido escuchar una voz familiar al otro lado de la puerta.

—¡Edevane! ¡Hay alguien aquí que quiere hablar contigo!—Era Salleens, y su voz sonaba alta y clara, aunque parcialmente amortiguada por la madera que se interponía entre nosotros dos. Valoré la posibilidad de no responderle, de ignorarle por completo... pero aquello habría sido un error. Se suponía que debía mantener una cordialidad dentro del Ministerio, y así lo hice.

—¿De quién se trata?—Pregunté también con voz alta y clara, elevándome un poco por encima de la pila de documentos que tenía delante. Escuché a Salleens cuchichear con alguien desde el otro lado de la puerta, y entonces me respondió.

—Savannah McLaren, becaria del Wizengamot.—Aquel nombre me hizo olvidarme por un momento de todo, del dolor de cabeza, de la primera plana de "El Profeta"... Podía ser una coincidencia, desde luego, pero... ¿Pero cómo de común es en inglaterra el nombre "Savannah"?

—Que pase.—Respondí tras unos segundos de duda, agitando suavemente mi varita para desbloquear la cerradura de la puerta. Esta se abrió con un chasquido metálico, y pocos segundos después, Salleens la abrió.

En el umbral de la puerta aparecieron, en primer lugar Salleens, quién abrió por completo la puerta, y su acompañante, una joven rubia que yo conocía bien. Sin embargo, había algo muy diferente en ella a la primera vez que la había visto: en los recuerdos que Sam me había mostrado en el pensadero, esos recuerdos que formaban parte de la mente del fallecido Ulises Kant, Savannah McLaren se mostraba cómo una joven un poco asustada, mientras que la joven que tenía delante, la misma Savannah McLaren, enarbolaba una expresión de superioridad y casi de asco.
Tuve que esforzarme por disimular mi expresión de desagrado. Allí tenía a la compañera de Kant, la que seguramente había huido con la maleta, la noche de febrero en que Sam y yo habíamos ido a casa del cazarrecompensas. En lugar de mostrar desagrado, esbocé una leve sonrisa, amable y profesional.

—Buenos días, señorita McLaren. Por favor, tome asiento y cuénteme qué necesita de mí.—Le dije mientras me ponía en pie y bordeaba el escritorio en dirección a la puerta. Salleens seguía allí—tenía esa mala costumbre—y le despedí con un gesto de la mano, cerrando la puerta a continuación.

Y no solo eso: también eché un cierre mágico a la puerta, de tal manera que nadie podría entrar o salir a no ser que se rompiese dicho cierre. Tú y yo vamos a hablar, Savannah..., pensé mientras volvía a mi asiento al otro lado de la mesa.


Atuendo:

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Sam J. Lehmann el Mar Mayo 15, 2018 1:32 am

Caminó hasta la puerta en la que Salleens se había acercado, entrando a través de ella. Al principio fue un poco cohibida—pues era consciente de la cantidad de imbéciles altaneros que había en el Ministerio—, pero al ver que era una mujer lo que había al otro lado, desconocida en el mundillo en el que se movía, se sintió en bastante más confianza. De por sí Savannah tenía una actitud bastante pro-activa en situaciones en dónde no estuviese cagada de miedo y, más o menos, tuviese bajo control; tenía bien clara sus ambiciones, al menos en el ámbito laboral, por lo que aunque estuviese empezando, se encontraba bastante cómoda en el Ministerio de Magia haciendo recados con tal de ser, poquito a poquito, más reconocida.

Buenos días, señora Edevane. —Pero se fijó, expresamente, en que no llevaba alianza, por lo que luego volvió a sonreír. —Señorita, perdón. —Que había gente que se ofendía por esas cosas.

Tomó asiento, cruzándose de piernas y admirando todo el despacho con una mirada de lo más caprichosa. Parecía que nada de lo que veía le gustaba, pero a decir verdad tampoco se interesó demasiado, simplemente esperó a que Edevane se sentase de nuevo en su silla para tomar el turno de palabra.

Verá, soy becaria en Wizengamot y estoy bajo las prácticas de Harry Parker. Supongo que sabrá quién es; tiene su fama en Wizengamot. —Asumió, altanera, alardeando de mentor. Otra vez. Era curioso: de este mentor alardeaba abiertamente, pero no le menciones a su otra maestra o entonces su actitud sí iba a cambiar drásticamente. A decir verdad, intentaba huir todo lo posible de esa vida y enfocarse en la otra parte que, gracias a Merlín, le gustaba bastante y se tomaba en serio sin miedo a morirse por el camino. —Como supongo que sabrá está a cargo de la mayoría de juicios del caso Ridley y necesita el informe de vuestro departamento para poder ser totalmente objetivo con su veredicto. Sé que es información confidencial y se verá reticente en dármela a mí, una becaria que recientemente ha ingresado en la plantilla de Wizengamot... No obstante, estoy segura de que Parker se verá descontento si tiene que venir por sí solo a buscar eso, ¿sabe? Sobretodo dada las circunstancias, en donde ya me tiene a mí como lechuza mensajera, señora de los recados, la chica del café y la que le saca brillo al sillón de cuero su despacho cuando se queda sin ideas para usarme de chacha. —Y se encogió de hombros, poniendo los ojos en blanco ante la realidad pura y dura. —¿Podría acceder a ellos o voy a tener que volver con las manos vacías? —preguntó finalmente, yendo directa al grano. —Puedo volver con un documento que acredite que lo ha recibido Harry Parker si es necesario.

Que ojo, labia tenía; muchísima. Le gustaba salirse con la suya, siempre y cuando tuviese oportunidades y ella lo supiera. Y siendo respaldada por nada más ni nada menos que el nombre de Harry Parker, esperaba fervientemente tener lo necesario para conseguirlo. Además, sorprenderlo estaba entre sus prioridades: quería dejar de ser, al menos, la chica que le saca brillo al sillón de cuero de su despacho.



----------------------

¡No, Amelia, no! ¡Mal, mal, mal! ¡Muy mal! ¡Batman es de DC, Deadpool de Marvel! ¡Superman es de DC también! ¿No has visto Superman vs Batman? ¡En el cine no mezclan DC y Marvel, se supone que son enemigos! —Decía Santi desde la cocina mientras freía unos huevos y Sam miraba desde la puerta, esperando a que se hiciesen unos café.

Santi, no soy muy fan yo de todo eso, ¿eh? Si vi a Deadpool fue porque fui al cine con una amiga y no había nada mejor.

¡Yo no poder permitir que tú no saber! ¿Quieres hacer un maratón conmigo? Yo ponerte al día. Ya no tratar de si tu gustar o no. Es cultura, Mia. ¡Infinity War ha marcado un antes y un después! ¡Yo necesitar apoyo humano al verla!

¿Ya está otra vez con Infinity War? —preguntó Erika, que justo apareció detrás de la barra.

Lleva todo el día —respondió en voz baja Sam mientras Santi seguía soltando cosas de todo eso desde la cocina.

¡Pero Mia, no me estás escuchando! ¡Tienes que escucharme, es importante! —Insistió, acercándose a Sam y dándole un plato con un brunch de lo más mono. —¿Maratón conmigo? Tú poder unirte, Erika. Y tu novio también. Parece simpático. ¡Ah, invita también a mi novia, Sam!

Tranquilo, mi novio es un fanático de esas cosas y ya me ha obligado a verlas todas. —Miró entonces a Sam. —Deberías vértelas, son entretenidas. Y Capitán América está para comérselo...

¡Lo que ha dicho! ¡Que estás casada! —dijo Santi, dándole golpecitos a Sam en el hombro como si el hecho de que Capitán América estuviese bueno fuese a animarla a verla. Si se lo vendiese con Black Widow o Scarlet Witch... ¿Pero Capitán América, en serio? Si parecía que le habían metido un inflador por el culo y se había quedado así de gordi. Un poco más y explota.

¡Vale, vale! —Se resignó. —Haré maratón contigo, pesado. ¡En orden! Y con explicaciones antes, durante y después de cada película porque no entiendo una patata, ¿vale?

¡Vale! —Y mostró tremenda sonrisa que parecía que acababa de decirle que sí a una petición matrimonial la propia Beyoncé. —Pero invita también a mi novia.

Y, con los ojos en blanco y una sonrisa divertida, salió de detrás de la barra para llevar ese plato a una chica adolescente que parecía recién levantada. De hecho, juraría que esos pantalones son de pijama.
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Gwendoline Edevane el Mar Mayo 15, 2018 3:32 pm

La primera página de "El Profeta" se desvaneció de mis pensamientos en el mismo instante en que escuché aquel nombre tan peculiar, Savannah McLaren, y si quedaba algún resto de aquella terrible noticia en mi cabeza, se esfumó cuando vi aquella cara. Una cara familiar, aunque la sensación no dejaba de ser estraña, pues solamente la había visto una vez en mi vida, y había sido en los recuerdos vertidos por Sam en un pensadero. Y si tenemos en cuenta que los recuerdos del pensadero que Sam había extraído de su propia mente eran a su vez recuerdos extraídos de la mente de un Ulises Kant apresado por nosotras, la sensación era todavía más extraña, si cabía. Pero allí estaba, Savannah, cuyo apellido era McLaren, con una sonrisa prepotente, cómo si estuviese increíblemente satisfecha de sí misma simplemente por el hecho de existir.
Teniendo en cuenta la gran cantidad de rabia que había descubierto en mí misma en tiempos recientes, un sentimiento al que hasta entonces era totalmente ajena, lo primero que pensé es que borraría encantada aquella sonrisa petulante de su cara. Pero si había sido capaz de sobrevivir tanto tiempo dentro de aquellas paredes tras el cambio de gobierno no había sido por mi impulsividad, si no por mi capacidad para mantener las apariencias.
Y las mantuve. Invité cordialmente a mi visitante a sentarse, al tiempo que la encerraba conmigo en aquel despacho. Puedo decir que me sentí complacida de que no se percatase de lo que había hecho, pues eso quería decir que no prestaba atención a lo que la rodeaba. Claro que podría haberse percatado y simplemente, o bien le daba igual, o bien estaba manteniendo bien el temple. Vamos a averiguarlo.
La chica comenzó a hablar por los codos. Empezó llamándome "señora", y si bien aquello podía tener multitud de interpretaciones, me pregunté si lo hizo intentando provocar una reacción negativa en mí. De haber sido así, debió de ser horriblemente frustrante para ella verme sentada al otro lado de la mesa, con mi sonrisa impasible y mis ojos clavados en ella. Si normalmente tenía que forzarme a sonreír para aparentar, en este caso me ocurría lo contrario: todos los músculos de mi rostro querían sonreír, quizás por la satisfacción de tener delante a la fuente de información viviente que Sam y yo necesitábamos.
Me informó con detalle de lo que necesitaba, sin perder dudar un minuto a la hora de remarcar que aquello lo solicitaba Harry Parker, del Wizengamot. Harry Parker era alguien que tenía nombre de miembro de la realeza, y que por lo que sabía de él también se creía uno. No era de extrañar la clase de becaria que tenía. Merlín los cría y luego ellos se juntan atraídos por su propia estupidez... Necesitaba un informe—por supuesto, pues nadie venía a aquel departamento a no ser que fuese buscando un informe—, y no tendría problema en dárselo... pero primero, Savannah iba a responder a todas mis preguntas.

—No se preocupe, señorita McLaren.—Alcé la mano, un gesto que casi quería decir "Cállate ya, por favor", pero no dejé de mostrar aquella sonrisa que llevaba mostrando desde que Savannah había cruzado la puerta.—Es habitual que desde el Wizengamot nos pidan colaboración. Ya lo irá viendo cuando lleve más tiempo aquí.—Sentí un deje de satisfacción al remarcar la inexperiencia de Savannah. No lo haría con otra persona, pero ella... Culpa suya por mezclarse en los asuntos de Kant y Grulla.—Estaré encantada de echarle una mano. Caso Ridley, ¿verdad?

Me puse en pie y di la espalda a Savannah, dirigiéndome a las estanterías que había tras mi escritorio. Fui revisando los lomos de los archivos hasta que encontré el que buscaba. Extraje la carpeta del estante y la dejé sobre mi escritorio, antes de volver a sentarme. Todavía sostenía la varita en mi mano derecha, y estaba sopesando cómo abordar el tema. Porque estaba claro: no íbamos a hablar del caso Ridley, ni mucho menos. Íbamos a hablar del "caso Grulla".

—Pero antes de darte esto, me gustaría hacerte una pregunta muy simple.—Hice una pequeña pausa, mirando de nuevo a Savannah a los ojos... y entonces la apunté con mi varita, cómo si fuese un arma de fuego.—¿Desde cuándo estás trabajando para Grulla? Y antes de que lo pienses: si se te ocurre gritar te aseguro que te vas a arrepentir.—Mis ojos se habían vuelto fríos cómo el hielo, y esa fue una de las pocas ocasiones en mi vida en que fui capaz de mantenerle la mirada a alguien.

Savannah McLaren tenía mucho que contarme, y estaba claro que sería de lo más irresponsable tener aquella conversación dentro de las paredes de mi despacho. Así que mi mente ya estaba trabajando en un plan: Savannah y yo íbamos a salir de allí, e iríamos a un lugar dónde pudiésemos mantener una conversación. Una conversación de lo más esclarecedora que ya llevaba meses siendo pospuesta. Si todo va bien... hoy habremos solucionado el enigma de Grulla.
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Sam J. Lehmann el Miér Mayo 16, 2018 3:04 am

Oh. Savannah se vio altamente complacida por la manera en la que Edevane parecía querer colaborar con ella sin medias tintas y sin tener que meter a Harry Parker, en persona, en medio de todo el embrollo. No quería darle una mala impresión en su segundo día del trabajo por no poder conseguir un maldito informe.

Ajá, exacto —respondió Savannah ante su pregunta para confirmar el caso del que se trataba. —La verdad es que solo llevo dos días por aquí y todavía estoy un poco perdida, pero aprendo rápido. —Se ofendió un poquito, pero fue lo suficientemente rápida como para intentar auto-mimar su orgullo con una respuesta que la apoyaba.

Esperó pacientemente aún sentada, hasta que vio que la mujer se dio la vuelta con el informe. En ningún momento reparó en que todavía tuviese la varita en la mano. Entre que Edevane parecía una persona tranquila y que eran magos, era común tener la varita cerca para cualquier tipo de trámite o conjuro que facilite las cosas. No sería la primera vez que la invitan a salir del despacho abriendo la puerta desde el escritorio con la varita, sin siquiera dignarse a levantarse para despedir al invitado. El director de su universidad no era precisamente el hombre más educado.

Sin embargo, cuando le apuntó con la varita de manera totalmente inesperada y le soltó esa pregunta, dio un bote en el asiento y su rostro cambió por completo. Ni estaba tranquila, ni cómoda. Ya no tenía esa mirada certera, ni mucho menos certidumbre de estar en un lugar en donde sabía defenderse y estaba segura. Y lo peor de todo es que no podía hablar de Grulla. Si lo hacía, estaba acabada. Si lo hacía y ella se enteraba—que se enteraría—iba a enfadarse muchísimo, por lo que no le quedaba otra que intentar mantenerse serena y mirar a la desmemorizadora con toda la seguridad que podía fingir. Se le habían roto los esquemas y caído las defensas, ¿y ahora qué narices hacía? Mentir. O intentarlo. Porque evidentemente el shock iba a dejar en evidencia cualquier mentira.

No sé de qué me está hablando, Edevane, pero le sugiero que baje la varita ahora mismo. No me hace falta haber estado en el Ministerio más de dos días para saber qué esto se salta cualquier tipo de norma —dijo con sutileza; precaución. Ya no parecía, ni de lejos, la misma chica que había entrado de manera altiva y altanera en aquel despacho para hablar con la Gwendoline. Y es que hablar de Grulla a nadie le había salido bien nunca. Era una persona peligrosa, que quería salvaguardar muy bien su verdadera identidad. Y Savannah había sido partícipe tanto de lo horrible que era su propia mentora, como de lo horrible que podían llegar a ser sus enemigos. Y no quería imaginarse que aquella mujer que tenía delante era su enemiga. Se tensó y tragó saliva. —Yo no trabajo para Grulla. —dijo finalmente. En realidad, si nos poníamos tiquismiquis... no lo hacía; no había mentido. Savannah solo era su pupila dentro de las filas mortífagas y, como buena novata, se aprovechaba de ella en muchos ámbitos y la enseñaban en otros muchos, ¿pero trabajar para ella? Podría decirse que no... al fin y al cabo, dos socios podrían dejar de ser socios, ¿no? Savannah, por desgracia, no podía decir que no o podría considerarse traición...

Y, por miedo, llevó lentamente (e intentando ser disimulada) una de sus manos bien pegada a una de sus piernas, subiendo por ella para llegar a donde tenía guardada su varita.
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Gwendoline Edevane el Miér Mayo 16, 2018 2:51 pm

No me pasó inadvertida la respuesta de Savannah ante mi pequeña ofensa a su ego. Pude haber ido un poco más allá, y señalar que sí, si ella no sabía esas cosas, Harry Parker debería habérselas explicado, y quizás entonces la muchacha se hubiese visto en la necesidad de defender a su mentor también... pero decidí que lo mejor sería dejarlo ahí. En lugar de seguir picándola, asentí con la cabeza cuando la chica aseguró que aprendía rápido. A ver si es verdad...
Pero cuando de verdad conseguí una reacción en ella fue cuando mencioné el nombre de Grulla. Quizás si simplemente la hubiese señalado con mi varita, su reacción no habría sido tan exagerada. ¿Pero la mención de Grulla? ¡Oh, ahí sí que conseguí algo! Su incomodidad se hizo más que evidente, sobre todo por el bote que dio en el asiento, y no me enorgullece decir que disfruté de este momento. Desde que había presenciado las atrocidades de los Crowley en primera persona—literalmente, casi—había perdido gran parte de mi consideración hacia el bienestar de la gente que apoyaba la causa purista. Quizás Grulla y Kant no fuesen más que cazarrecompensas, gente que no buscaba otra cosa que beneficio económico, pero en aquel momento me importaba un bledo: solo sabía que amenazaban a mis amigas, y que no pensaba tener consideración con ellos.
Y mucho menos con esa cría altanera y tan segura de sí misma que tenía delante.

—Y yo te sugiero que no me hagas perder la paciencia. Es un consejo de amiga, te lo aseguro.—No tenía una intención real de hacer daño a Savannah, pero un poco de intimidación no le haría daño. La chica, inquieta en el asiento y sin atreverse a moverse de dónde estaba, acabó reconociendo la existencia de Grulla. Aseguró que no trabajaba para ella, lo cual no dejó de parecerme curioso.—Muy interesante, esa respuesta. Entonces, supongo que tendrás una explicación a por qué estabas con Ulises Kant la noche que fue atacado en su apartamento. Mira que marcharte y dejarle tirado...—Negué con la cabeza en una fingida y teatral expresión de "¡Qué vergüenza, Savannah! Y el pobre Ulises creyendo en ti..."—¿A dónde te llevaste la maleta, Savannah? Lo cierto es que me apetece echarle un buen vistazo a su contenido... Debía haber algo interesante ahí, si merecía la pena huir con ella...

La inquieta muchacha, a diferencia de lo que yo había pensado en principio, sí estaba moviéndose. Un movimiento de brazo bastante discreto, debo decir. Pero resulta difícil que cualquier movimiento que hagas sea discreto cuando tu interlocutor no te quita los ojos de encima. Y la joven que tenía delante claramente estaba moviendo el brazo muy lentamente, buscando algo, su varita, posiblemente. Fijé la mirada en su brazo por un momento, y luego la miré a los ojos, de nuevo, sin pestañear.

—¿Te parece buena idea hacer eso, después de lo que te he dicho?—Pregunté con suavidad, sin alzar la voz. Mi cabeza calculaba las probabilidades de que aquello le saliese bien, y lo cierto es que los números no estaban a su favor.—Sacar la varita, apuntarme, pensar un hechizo, conjurarlo... No te va a salir bien, así que, si fuese tú, no lo haría.—Otra persona en mi lugar quizás pensase en tomar un enfoque más calmado, en intentar tranquilizar a Savannah, pero empezaba a ver cómo eran las cosas. Y bajar la guardia ante un enemigo podía suponer la diferencia entre seguir respirando o no. Y no tenía intención de subestimar a Savannah, por muy joven e inexperta que aparentase ser.—¿Te vas a portar bien? Si es así, no tendrás problemas en poner las manos sobre la mesa, dónde pueda verlas, ¿verdad?

Sacarla de allí iba a ser complicado, pero lo cierto es que necesitaría a Sam. Si las cosas se ponían difíciles, necesitaría la ayuda de mi amiga legeremante para sacar todo lo que Savannah tenía en la cabeza. ¿Podría hacerlo yo? Mejor o peor... sí, por supuesto. Pero... no quería. No quería volver a meterme en una mente ajena, recordando lo que había ocurrido la última vez. Si ya una parte de los recuerdos de Sam se habían quedado impregnados en mi propia memoria, no quería pensar qué podía ocurrirme si entraba en la cabeza de Savannah y me "encontraba" allí dentro con Grulla. Sebastian había sido capaz de retenerme dentro de la mente de Sam, y no era más que el recuerdo de un muerto... No tenía ganas de comprobar si Grulla podía ejercer en mí el mismo control, incluso dentro de la mente de Savannah.
Así que... ¿cómo podía hacer aquello? ¿Cómo podía sacarla de allí sin que entrase en pánico y pidiese ayuda?
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Sam J. Lehmann el Jue Mayo 17, 2018 1:16 am

Abrió todavía más los ojos cuando le nombró a Ulises Kant, ¿y ella como sabía que...? A raíz de eso, Savannah se tensó todavía más. Ese momento había sido el desentonante principal de que Grulla comenzase a sospechar por el comportamiento de Kant, motivo principal de que hubiera terminado por asesinarlo simple y llanamente por no tener que cargar con un problema. Como su maestra decía, bastante problemas tenía ya el mundo como para encima tener uno al lado que no haga más que pesarte. Y no os confundáis, Savannah se llevó su parte también en toda la movida de Kant. No estaba bien visto huir y abandonar a un compañero, pero al menos había protegido lo que había en la maleta y su cobardía había servido para que Grulla pudiese mantener lo que había en su interior a salvo.

No... yo no... ¿cómo sabes eso? —preguntó, temerosa. ¿Había sido ella quién atacó a Kant y la que, básicamente, lo condenó? Se hizo hacia adelante, intentando evitar el tema a toda costa. Desde que soltase una palabra que pudiera poner a Grulla bajo algún tipo de peligro, se la iba a cargar. —A ver, Gwendoline, tú no sabes nada de lo que ha pasado, ni de lo que puede pasar como sigamos teniendo esta conversación. No sé cómo sabes todo... eso, pero olvídalo. Olvídate. —Insistió, con  mirada preocupada.

E intentó defenderse, o al menos en buscar la manera de que esa varita directa a su pecho no fuese tanta amenaza como la sentía ahora mismo. Pero no lo consiguió, ya que Edevane se percató de sus intenciones. Ella paró de repente en su intento para coger su varita, para entonces hacerse hacia adelante y poner las manos sobre la mesa, un poquito desesperada por la impasibilidad de la chica que tenía delante.

No sé qué intenciones tienes, o qué motivos, o lo que sea, pero te voy a hacer un favor e irme antes de que te metas más en la boca del lobo y la cagues. No sé cómo te has enterado de todo esto, pero yo te sugiero que no te metas más. —La miró, seriamente, con ojos brillantes. Aún no se notaba lo aterrada que estaba, pero porque estaba buscando la manera de salir de esas sin decir nada. —Y es un consejo de amiga, también te lo aseguro. —Imitó sus propias palabras, pero sin una pizca de prepotencia.

Y se levantó rápidamente, acercándose a la puerta para sujetar el pomo y girarlo. Huir, ese era su método para todo. Sin embargo, el pomo no giró y la puerta tampoco se abrió, por lo que la chica se dio la vuelta para mirar a Gwen.

Deja que me vaya —le pidió.

No quería hablar de Grulla, ni de Kant, ni de la maleta, ni del grupo que formaban, ni tampoco de todas las cosas horribles que había hecho, o de las cosas mil veces más horribles que Grulla hacía. No quería, bajo ningún concepto, tener que nombrar a su mentora delante de otra persona porque al final ésta se terminaría enterando. Siempre lo hacía. Siempre se aseguraba que todo lo que estaba a su alrededor fuera de fiar, fuese por el método que fuese. Ella no dejaba cabos sueltos y una de sus políticas era no confiar en absolutamente en nadie. ¿Y sabes lo que le pasa a las personas que hablan de ella? ¿O esas que ya no le sirven para nada? ¿Sabéis lo horrible que era esa mujer, cuando algo, simplemente, ya no le servía? No, no lo sabíais. Gwen tampoco lo sabía y por eso estaba ahí, intentando meter las narices en donde no le llamaban.


_________________________

Mientras tanto, Sam era partícipe del vómito de información con el que Santi había decidido obsequiarle sobre las películas del Capitán América y Thor, ya que según él eran una mierda y no hacía falta verlas. Eso sí, habían algunas importantes para la historia en común y, al parecer, debía de saberlas. Ah.

Supongo yo que os podéis imaginar la cara de Sam.

¡Y entonces Natalie Portman muere!

¿¡QUÉ!? —preguntó Sam, dándose la vuelta dramáticamente. ¡Natalie Portman no podía morir, era Natalie Portman!

Es broma, era para ver si me estabas prestando atención. Sigo...
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Gwendoline Edevane el Jue Mayo 17, 2018 1:57 pm

Poco quedaba ante mí de la chica prepotente que había cruzado mi puerta apenas unos minutos antes. De la misma manera que yo me envolvía en una capa de inexpresividad, que enmascaraba lo que realmente sentía y pensaba cada día que pasaba trabajando entre aquellas cuatro paredes, Savannah había hecho lo mismo con una falsa chulería. Quizás hubiese algo de verdad en su forma de comportarse—el orgullo que parecía tener por trabajar cómo becaria de Parker parecía genuino—pero la auténtica Savannah por fin estaba allí. Cómo una serpiente mudando de piel, Savannah poco a poco fue mostrando el pánico que sentía. Tanto con respecto a la situación actual, cómo con respecto a Grulla.
La observé con inexpresividad mientras hablaba, mientras aseguraba que no sabía en dónde me estaba metiendo. No, niña, te equivocas: metida ya estoy. Estuve metida desde el momento en que tu amiga Grulla decidió emprender una cruzada contra mi S... mi mejor amiga, Sam. Cierto es que me sentía responsable por lo ocurrido con Ulises Kant, pues posiblemente no habría ocurrido de no ser por Sam y por mí. Pero eso no quería decir que la seguridad de esta gente, que se aliaba con mortífagos y cazarrecompensas, fuese a convertirse en una prioridad para mí.
Primero estaba Sam, y ella siempre estaría primero.
La dejé hablar, sin siquiera hacer amago alguno de atacarla, y pude ver que su inquietud era genuina. Lo que no sé es a quién tenía más miedo, si a Grulla o a mí. Aventuré a pensar que sería a la primera, por cómo hablaba de ella, pero igualmente me obedeció y puso las manos sobre la mesa cuando la sorprendí intentando alcanzar la varita. ¿Me sentí mal en algún momento por aquella situación? Desde luego. ¿Y por qué? Pues porque así soy yo. No soy ni he sido nunca una matona, alguien que disfrute aterrorizando a los demás. Y por supuesto que estuve a punto de abandonar aquel papel para calmarla... pero tenía unas prioridades. Tenía que mostrarme impasible y seguir adelante, pues había mucho en juego. Lo más importante del mundo está en juego...

—No te voy a dejar ir.—Sentencié tras el intento de Savannah de salir corriendo de allí para encontrarse, para su propia frustración, con una puerta cerrada mágicamente. Por algún motivo no cayó en utilizar su propia varita para intentar desbloquear la cerradura. Mi tono de voz no sonaba tan amenazante ya, y no estaba sonriendo. Me mostraba seria.—Te voy a ser sincera: nunca he hecho algo así, y no me gusta, pero es la única opción. Agradezco todos tus consejos, de verdad, pero si no quieres darme las respuestas por iniciativa propia, te aseguro que te las sacaré de alguna forma.—Fui consciente de lo ambiguo de mis palabras poco después de pronunciarlas. Quizás las malinterpretase, creyendo que iba a torturarla. Pese a no tener ni la más mínima intención de hacerle daño a aquella chica, decidí que no estaría mal, si lo creía, que siguiese creyéndolo.—Tú, Kant y Grulla habéis cometido el error de ir a por mi mejor amiga. Y eso es algo que no voy a tolerar.—A medida que iba diciendo aquellas palabras, bordeé la mesa y caminé hacia Savannah, quién permanecía con la espalda pegada a la puerta. Casi parecía querer fundirse con ella, o atravesarla mágicamente. Me detuve a escasos centímetros de ella, algo que me incomodaba tanto cómo la estaría incomodando a ella, y le puse la varita al cuello. Curiosamente, tuve que bajar la mirada para mirarla a los ojos, pues la chica no era demasiado alta.—Te pido perdón de antemano por esto, pero no hay otra manera.

Dicho aquello, conjuré una maldición sencilla de forma no verbal: Mocus ad nauseam. La varita se iluminó y un rayo de luz impactó sobre Savannah. El efecto del hechizo se hizo visible casi al momento: la joven empezó a temblar mientras se esforzaba por mantenerse en pie. Antes de que las piernas le fallasen, la envolví con uno de mis brazos y la conduje de nuevo a la silla que ocupaba apenas unos minutos antes. Para entonces ya temblaba cómo si la acabase de sacar de un lago helado. De verdad que lo siento, pero... te necesito.

—Espera un minuto, ¿quieres?—Le dije mientras empezaba a cachearla, buscando su varita. Cuando la encontré, me la guardé en el bolsillo trasero de mis pantalones.—Tengo que hacer una llamada de teléfono.—De nuevo bordeé el escritorio y alcancé mi teléfono móvil, dentro de mi bolso. Desbloqueé la pantalla y luego abrí la agenda, buscando a "Melocotón". Pulsé con el dedo sobre él, y entonces me llevé el teléfono a la oreja. Tras algunos tonos, un alegre "¡Mi florecilla!" me respondió, y esbocé una leve sonrisa.—Hola, Sam.—Al decir su nombre, eché un vistazo fugaz hacia Savannah, a fin de observar su reacción, pero la muchacha estaba muy preocupaba temblando cómo para percatarse de lo que estaba ocurriendo.—Estoy con Savannah, y lo cierto es que a la chica le apetece charlar un rato con nosotras. ¿Se te ocurre algún sitio dónde podamos ponernos al día?—Hablé de esa forma por si acaso alguno de sus compañeros de trabajo estaba escuchando, pero podía imaginarme que Sam entendería bien lo que le estaba diciendo. El nombre "Savannah" le diría lo que necesitaba saber.

Me permití echarle una nueva ojeada a Savannah. No me sentía orgullosa de aquello. La muchacha estaba ya aterrorizada, en parte por efecto de la maldición que le había echado encima, en parte por toda aquella situación. Pensé que estaba bien que me sintiese mal, pues eso quería decir que no me había empezado a convertir en ellos. Sin embargo, no tenía pensado parar ahora. Savannah se iba a venir conmigo, e íbamos a tener una conversación que llevaba pendiente desde febrero...
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Sam J. Lehmann el Vie Mayo 18, 2018 4:21 am

"Te aseguro que te las sacaré de alguna forma" Esa frase le heló por completo, quedándose apoyada de espaldas contra la puerta sin mover ni un ápice de su cuerpo, sólo la mirada, que seguía a Gwendoline a cada paso que daba. Ni se había preocupado en sacar la varita, pues con los ojos de la morena sobre ella de esa manera tan inquisitiva, iba a ser directamente imposible. Pero esa frase... esa frase era horrible. No era la primera vez que la escuchaba, aunque por costumbre solía venir de boca de Grulla y a una tercera persona, la cual torturaba una y otra vez hasta que ésta hablase por sí sola. ¿Y si no hablaba? Lo dejaba lo suficientemente mal como para que no tuviese fuerza alguna como para resistirse a su intromisión mental. Y es que Grulla siempre conseguía lo que quería, y si podía hacer daño en el proceso: lo haría. Y claro... teniendo a esa despreciable y horrible mujer como punto de partida en ese tipo de experiencia, podéis imaginar lo que ahora mismo se esperaba de Gwendoline tras esa clara amenaza. Y no quería ser torturada. Y tampoco quería decir nada de Grulla porque si no quién la iba a torturar iba a ser Grulla... Así que de repente, en un intento de súplica cuando mencionó algo de su mejor amiga, fue cuando sus ojos demostraron que estaba aterrada y sólo pudo ser la víctima de aquel hechizo.

Ella no sabía con qué hechizo la había hechizado, por lo que cuando de repente sintió ese frío recorriendo hasta su espina dorsal, acompañado de esa angustia tan cargante, no pudo más que sentir que un pavor que la estaba reconcomiendo por dentro. Comenzó a temblar, sentada en la silla, lugar en donde subió sus piernas y se abrazó sus propias rodillas.

Por favor, no me hagas hablar... —Le tenía más miedo a lo que Grulla le haría, que a lo que podían hacerle por buscar información. —No me hagas daño... —Y escondió su rostro entre sus rodillas, temblando. No lloraba, estaba demasiado en shock como para poder hacer otra cosa que emparanoiarse con muerte.

Escuchaba hablar a Gwendoline con una tercera persona por teléfono pero no cayó en absolutamente nada, ya que ahora mismo la mente de Savannah era partícipe de todos los posibles finales en dónde ella terminaba o muerta, o torturada, o torturada y muerta por Grulla.

"Me voy a morir... Esta chica me va a matar por información y si no lo hace, me va a matar Grulla..." Y, solo con ese pensamiento en mente, se hundió.


________________________

Entonces Steve Rogers, alias el Capitán América... —Seguía relatando Santi la vida del Capitán América, que no era precisamente corta y cabe decir que tampoco era precisamente emocionante. Sam prefería a Thor.

¡Mia, te llaman! —Avisó Erika desde la barra, en donde se encontraba el bolso de Sam en uno de los percheros.

Caminó hasta allí, escuchando a Santi hablar más rápido para que le diese tiempo a acabar la historia antes de que Sam cogiese el móvil y perdiese el hilo. La rubia cogió el móvil y, al ver que era Gwen, miró a Santi.

Espera, que es Gwen.

¡Mi novia!

"Ya, sí, claro..." Lo miró de reojo y desbloqueó la pantalla para cogerle la llamada, con una sonrisa ilusionada.

¡Mi florecilla! ¿Todo bien? —preguntó, alejándose de Santi y de todos, metiéndose en el despacho trasero y pequeñito que tenían los Davis. La verdad es que era raro que la llamasen mientras estaba en el trabajo, teniendo en cuenta que Gwen también debería estar trabajando. Y claro, cuando mencionó lo de Savannah, ya entendió lo de esa llamada inesperada. —¿Qué? —preguntó ante tanta información repentina, intentando ubicarse. —¿Savannah? ¿La chica de lo de Kant? ¿Por qué estás hablando con Savannah en el trabajo? —Se apoyó en el escritorio de aquel despacho, dándose cuenta de que si preguntaba eso directamente es porque necesitaba un lugar al que ir, no sabía si tendría prisa o no, por lo que por si acaso, se apresuró. Se llevó una de sus manos al puente de la nariz, pensando. —¿Te acuerdas el punto caliente en Kensington? Casi vamos a ese el otro día, pero decidimos ir al de los malditos cangrejos de fuego... Bueno, pues ese al que no fuimos se encontraba cerca de la ciudad, pero si seguías de largo a la zona industrial, llegabas a la zona antigua en donde todo está abandonado pues casi todas las fábricas están en mal estado. —¿Que por qué sabía Sam eso? Bueno, esa zona abandonada e industrial fue, en muchas ocasiones, un buen escondite cuando se dedicaba a sobrevivir en compañía de La Sole. Samantha había re-bautizado así a La Soledad, con el fin de hacerse más amiga de ella. Ahora son inseparables; íntimas. —Hay un conjunto de edificios que forman un complejo, es de color naranja y por fuera pone "Cookie no sé qué..." medio borrado por el tiempo. Está abandonadísimo, nos servirá.

Recordaba haber sido justo ahí en donde se reencontró con Henry a manos de aquellos fugitivos y en donde tuvo que ponerse en contra de sus propios aliados para salvar a alguien que, en realidad, ahora mismo lucha por la causa contraria. ¿Pero qué iba a hacer? Dejó esos pensamientos de lado y volvió al tema de Gwen.

¿Está todo bien? ¿Estás en el Ministerio con Savannah? ¿En serio quiere charla con nosotras o me lo estás maquillando? —Le preguntó de manera perspicaz, pues por lo que había visto de Savannah en la mente de Kant, no le cuadraba que esa chica tuviese honestas intenciones de querer hablar con ellas tan tranquilamente. —¿Necesitas algo? ¿Puedo ayudarte...? —Eso último lo preguntó por dejar claras sus intenciones, pero algo le decía que la respuesta iba a ser no. ¿Qué pintaba Sam en el Ministerio? Nada. Cero. Ella no se acercaba a ese lugar por nada del mundo.
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Gwendoline Edevane el Vie Mayo 18, 2018 12:27 pm

Tuve que hacer un gran esfuerzo mental para ignorar a la muchacha temblorosa sentada en la silla ante mí. Parte de aquellos temblores, aquel pánico, se debían a la maldición que le había echado; la otra parte se debía al trabajo de intimidación que había hecho con ella. Estaba aterrorizada y era por mi culpa, y si bien no dejaba de repetirme en mi cabeza que aquello era necesario, no por ello me parecía bonito. Así que ignoré su petición, cerrando los ojos mientras, de manera inconsciente, me llevaba la mano en la que no sostenía el teléfono móvil a la boca. A punto estuve de empezar a morderme las uñas, pero finalmente logré contener el impulso y el brazo acabó volviendo a caer paralelo a mi cuerpo.
Sam tardó un poco en responderme al teléfono, seguramente extañada por una hora tan rara para llamarla. A estas horas, generalmente, nuestra vida laboral nos requería, y siendo cómo éramos unas consumadas y meticulosas profesionales salidas de la casa Ravenclaw, Sam y yo no solíamos tocar el teléfono en horario laboral. Pero aquellas eran circunstancias excepcionales.

—La misma.—Confirmé tras dar a Sam tiempo para asimilar la información que le había dado, cuando respondió al teléfono. Cuando mencionó a Kant, supe que debía estar en un lugar con suficiente privacidad cómo para hablar libremente. Así que, mientras empezaba a caminar de manera inconsciente por mi despacho, supe que podía hablar con libertad. Aunque, por supuesto, primero tuve que prestar atención a las indicaciones de Sam. Me costó un momento visualizar el sitio del que me hablaba, pero con una descripción tan buena, no tardé en ubicarlo. Sabía dónde se situaba, y con la descripción del edificio tendría suficiente para encontrarlo.—Lo conozco.—Asentí con la cabeza.—Y si no me aclaro, daré gracias a Merlín y a Dios por haber inventado Google Maps y Google Street View.—No pude evitar esbozar una leve sonrisa, divertida, a pesar de la situación en que nos encontrábamos.

Dediqué un breve vistazo a Savannah, quién en un intento de contener el frío y los temblores que mi hechizo le había causado, había subido los pies a la silla y se había hecho una especie de ovillo, abrazándose a sí misma. Me distraje un momento observándola, sintiendo cómo me remordía la conciencia, y recordando las palabras que más de una vez me había dicho mi madre. Las palabras que me había inculcado: Wendy, toda vida en este mundo es sagrada, y debemos tratarla cómo tal. Y, por supuesto, debemos luchar para proteger aquellos que amamos. Es nuestra responsabilidad...
La vida de Savannah, sin duda, era tan sagrada cómo todas las demás, pero desde luego, en mis manos estaba proteger aquello que amaba. Sam y Caroline estaban en peligro, y la muchacha rubia tenía las respuestas. Lo siento, Savannah. Pero te prometo que esta vez lo haremos mejor...

—¿Qué?—Respondí entonces, percatándome de que Sam me había dicho algo, y que me había perdido en mis pensamientos. No necesitó repetírmelo, pues fue una de esas ocasiones en que mi atención se había desviado un poco, pero que igualmente mi cerebro había recogido la información.—Resulta que Savannah es becaria en el Ministerio, ¿te lo puedes creer? Ha empezado a trabajar aquí hace un par de días, si no me equivoco. Y no, no quiere hablar...—Mi tono de voz fue bajando gradualmente mientras pronunciaba esa última frase, y de nuevo me encontré sintiéndome mal por la muchacha. Lo siguiente lo susurré, para que solamente Sam lo escuchase, mientras me daba la vuelta para dar la espalda a Savannah.—Vamos a tener que hacer un muy buen trabajo con ella para que no le ocurra nada. Ya... ya la verás cuando te reunas con nosotras.—Utilicé el plural, aún a pesar de que sería Sam quién inspeccionase sus recuerdos y encontrase la forma más óptima de modificarlos, a fin de que Grulla no descubriese nada de lo ocurrido durante el día de hoy. No necesitaba hablar con Sam para saber que se sentía igual que yo respecto a Ulises Kant, pues había visto su reacción a la noticia, no muy distinta a la mía. Era un asco que tuviese que ser ella quién hiciese aquello otra vez.—Lo primero que necesito es que no preocupes a tus compañeros ni abandones tu puesto de trabajo. Es muy importante para ti.—Dije con una leve sonrisa mientras volvía a girarme para encarar a la temblorosa Savannah.—Espera a la hora de comer para venir, cuando salgas, ¿vale? Y si puedes traer algo de comer para las tres, te lo agradeceré.—No sabía si Savannah estaría de humor para comer, pero tampoco tenía pensado matarla de hambre ni hacerla sufrir más de lo necesario.—Y avisa a Caroline de lo que estamos haciendo. No me apetece volver a verla cabreada.—Por lo que sabía, Caroline estaba trabajando, así que las posibilidades de que pudiese escaquearse para unirse a nosotras eran nulas. Su trabajo como magizoóloga de cuando en cuando la llevaba a trabajar fuera del edificio.—Ahora voy a sacarla de aquí, ¿de acuerdo? Y no te preocupes: tengo un plan, y no me van a descubrir. Te esperamos allí.

Tras despedirme de Sam, finalicé la llamada y me quedé un par de segundos mirando la pantalla del teléfono móvil. Esperaba que Sam me hiciese caso, que no decidiese salir precipitadamente de su trabajo cuando le quedaba aproximadamente una hora para terminar el turno de mañana. Podría manejar la situación durante una hora, sin duda. Pero primero...

—Bueno, Savannah. ¿Cómo sigues?—Dije mientras me ponía en cuclillas junto a su silla, poniéndole una mano en su pálida cara. Parecía enferma de verdad, y seguro que se sentía cómo tal.—Vamos a salir de aquí, ¿te parece? Y ya sabes: no hagas ninguna tontería.—En esta ocasión, no proferí ninguna amenaza contra su persona, pero mi tono de voz era duro y frío, nada representativo de lo mal que me sentía por ella. Y, solo para asegurarme, conjuré sobre ella un hechizo Palalingua no verbal. No quería que ninguna palabra saliese con claridad de sus labios.

Recogí mis cosas, incluida la edición de ese día de "El Profeta"—dediqué un breve vistazo a la fotografía animada de Steven Bennington que acompañaba al artículo en portada—y las guardé en el bolso. También guardé allí la varita de Savannah, antes de echármelo al hombro. Cogí mi abrigo y se lo eché a Savannah por encima de los hombros, para acto seguido cogerla por un brazo y hacer que se pusiese en pie. Me pasé su brazo por encima de los hombros y entonces la conduje hacia la puerta. Deshice el hechizo que la mantenía cerrada y la abrí bruscamente. Compuse en mi rostro una expresión de preocupación y urgencia... y grité.

—¡Ayuda! ¡Salleens! ¡Quién sea! ¡Necesito ayuda!—Exclamé mientras salía del despacho con Savannah.—¡Salleens! ¡¿Estás ahí?! ¡Ayúdame!

Archivald Salleens llegó a la carrera, alarmado por mis gritos, y se detuvo ante mí cuando vio la situación. Su preocupación me pareció genuina, una de las pocas expresiones de Salleens que no era o bien una expresión de soberbia pura, o bien una máscara imperfecta que ocultaba a su verdadero ser.

—¿Qué está pasando, Edevane? ¿Qué le pasa?—Preguntó, exaltado, mi compañero de departamento.

—¡No lo sé!—Mentí con una perfecta imitación de preocupación real en el rostro.—Empezó a encontrarse mal. Voy a llevármela a San Mungo. ¿Me ayudas a llegar hasta el ascensor?—Salleens, tras dudar un momento, y posiblemente pensando en sus propios hijos, asintió con la cabeza y, una vez más, dejó a un lado nuestras diferencias. Cogió a Savannah en brazos.

—Sígueme.—Dijo Salleens, y yo le obedecí. Me ajusté el bolso en el hombro, y me dispuse a seguirle. Sin embargo, antes de hacerlo, fingí recordar algo que no había olvidado en realidad: el informe que Savannah me había pedido.

—¡Un momento!—Pedí, volviendo rápidamente a mi despacho y recogiendo de la mesa la carpeta de archivos. Volví entonces con Salleens.—¡Vamos!

El trayecto hacia el ascensor fue sencillo, y pese a que todas las miradas repararon en nosotros—Eso es bueno. Savannah tiene una coartada, y aunque esto llegue a oídos de Grulla, no puede hacerle daño por ponerse enferma.—nadie nos cortó el paso. De hecho, nos abrían paso, pues Salleens iba gritando "¡Paso, tenemos una emergencia médica!" a medida que avanzaba casi a la carrera. Recorrí los pasillos detrás de mi compañero, pegada a sus talones, y no tardamos en llegar al ascensor.

—Gracias, Salleens. Ya puedo yo desde aquí.—Dije a mi compañero, quién volvió a poner con cuidado a Savannah en el suelo. Sus piernas seguían temblando, así que me apresuré a pasarme su brazo por encima de los hombros y sujetarla por la cintura.—Toma, llévale esto a Harry Parker, del Wizengamot.—Le entregué a Salleens el informe que había cogido antes de salir del despacho.—Y explícale lo que le ha ocurrido a Savannah. Me aseguraré de que esté bien.

Salleens asintió con la cabeza. En otras circunstancias quizás me hubiese discutido aquella orden, pero a veces, solo a veces, Archivald Salleens era capaz de demostrar un poco de profesionalidad y hacer las cosas bien. En cuanto tuvo el informe en su mano, presionó el botón correspondiente del ascensor, y volvió a marcharse, esta vez con paso más sosegado. Las puertas se cerraron, y la cabina comenzó a descender hasta la planta baja.
Una vez las puertas se abrieron de nuevo, no perdí ni un segundo. Clamando lo mismo que clamaba Salleens mientras nos guiaba al ascensor, conseguí que todas las miradas se volviesen en mi dirección y que la gente me abriese paso. Perfecto. Así todo el mundo recordará haberme visto salir con Savannah en dirección a San Mungo. Savannah y yo salimos del edificio a través de una de las chimeneas de la Red Flú.
Una vez fuera del edificio, en la chimenea de salida cercana a San Mungo, no conduje a Savannah al hospital mágico, si no que me desaparecí inmediatamente con ella y me aparecí en el complejo industrial abandonado del que Sam me había hablado, que estaba tan desierto cómo ella decía.

—Bueno, Savannah, un poco más y ya estaremos.—Aseguré a la muchacha, empezando a caminar con intención de encontrar la nave de la que mi amiga me había hablado.
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Sam J. Lehmann el Mar Mayo 22, 2018 12:26 am

Ya le resultaba raro que Savannah quisiese cooperar tan abiertamente. Preguntar sobre ello le había salido casi de manera inconsciente y ya cuando Gwen le respondió, tuvo claro que la situación no era precisamente pasiva y acordada por mutuo acuerdo. No quiso preguntar cómo había llegado a estar junto a Savannah en un mismo lugar y cómo había conseguido que se mantuviese tranquila mientras Gwen hace una llamada para preguntar a dónde la llevan para interrogarla. No, mejor no saberlo por el momento. —Normal que no quiera hablar después de lo de Kant... y porque asumo que todavía no es consciente de que lo que le pasó probablemente fuese por m... nuestra culpa. —Decidió no contarlo como si hubiese sido culpa suya, aunque lo pensase. Había sido ella quién había tomado la decisión de modificar dichos recuerdos por otros y seguramente había sido la consecuencia de eso lo que terminó con su vida. Suspiró, confiando entonces en su amiga para todo lo que estaba por venir. Prefería hacer las preguntas una vez estuviese con ella y, asumiendo que estaba 'tranquilamente' hablando con Sam desde el Ministerio de Magia con una Savannah a su lado, quiso dar por hecho que lo tenía todo bajo control. —Vale, está bien —aceptó. Miró el reloj de su muñeca mientra la escuchaba despedirse, para entonces asentir por inercia, pese a que ella no le veía. —Nos vemos en una hora. Ten cuidado. —Y es que, el "ten cuidado" se había convertido en palabra clave como despedida para todas aquellas personas a las que quería.

Colgó el móvil y se quedó ahí apoyada, pachucha y distraída, con los hombros caídos y la mirada perdida. ¿Y ahora cómo debía enfrentar los cincuenta y ocho minutos que le quedaban por delante? Iba a estar todo el tiempo pensando en cómo narices iba a sacar a Savannah del Ministerio con su plan. —Madre mía... —murmuró, llevándose la mano a la frente. Ella tenía pensado ir a comprar mucho chocolate después de trabajar e ir a casa a ver Netflix bajo la manta, ¿vale? ¡El tema de Savannah distaba mucho de sus planes!

¿Mía, estás bien? —preguntó Erika, quién se asomó por la puerta por mera casualidad y se preocupó al verla tan apática. Sam pegó un pequeño saltito y fingió una sonrisa.

Hacía ya dos años que había perfeccionado su técnica para fingir una sonrisa que pareciese real. Era una experta.

Estoy bien, estoy bien. —Se guardó el teléfono en el bolsillo del delantal y salió, volviendo al trabajo con la cabeza muchísimo más ajetreada que antes.

Santi iba a seguir con su verborrea friki, pero al ver que Sam es taba más distraída de lo normal y que, básicamente, le estaba ignorando y prestándole más atención a una taza, decidió dejarlo para otro momento, asumiendo que la llamada le habría dado alguna noticia escabrosa.

_____________

Por su parte, Savannah seguía en un estado de angustia que ahora mismo le estaba afectando bastante. Si bien su paranoia era real, el hechizo que le lanzó Gwen había multiplicado todos esos sentimientos y la había hecho entrar en una paranoia todavía peor, sin contar, claro está, los efectos físicos que seguían magnificando sus emociones.

Se puso en pie, murmurando cosas inaudibles que, en realidad, querían ser algo así como: "porfa, no me hagas daño", pero en realidad ninguna se entendía. Cuando salieron al exterior y Salleens la cogió en brazos, ya perdió totalmente la noción del tiempo, pues cerró los ojos, dispuesta a morir. Vale no, no era por estar dispuesta a morir, pero se sentía tan terriblemente mal que se sintió incluso un poquito arropada en esos brazos, por lo que no pudo evitar apoyar su cabecita en el pecho del hombre y cerrar los ojos. Eso sí, seguía balbuceando cosas que no se entendían lo más mínimo.

Lo siguiente que recordó fue poner los pies en el suelo, tener que caminar y... de repente estar en medio de un lugar con mucho viento. Eso la medio-despertó, haciéndola reaccionar. Sintió como, minutos después en donde su mirada seguía un camino que no reconocía, entraban en una nave en donde Edevane la fue soltando lentamente para dejarla sentada en el suelo. Ella, sin embargo, intentó quitarse la mano de Gwen de encima para entonces llevarla a su bolsillo y coger su varita que... no estaba. ¿¡Le había quitado la varita, la perra del infierno!? ¡No se había dado cuenta! Ante la sorpresa, dio un paso hacia atrás, chocando contra un ladrillo roto que hizo que cayese de culo hacia atrás. Se quedó en el suelo, mirando a la morena. —¡No me toques! ¿Qué vas a hacerme? ¿Vas a hacerme daño? ¿Por eso me has quitado la varita, para que no pueda defenderme? ¡Eso es jugar sucio! —Le dijo al verla moverse hacia ella, intentando ponerse de pie mientras se ayudaba de la pared para ello. —¿Me vas a torturar hasta que hable, verdad? Por eso me has traído a este sitio abandonado. Ella también hace eso...

Y se quedó sentada en el suelo, todavía sintiéndose horriblemente mal, confiando en que si se portaba bien, no la haría sufrir mucho. Grulla hacía eso: ser un poquito más benevolente con aquellos que ser portan bien. Pero sólo un poquito.


_____________

Quedaban cinco minutos para que se acabase su turno, pero ya había recogido todas sus cosas, se había hecho con tres bocadillos variados, uno con extra de picante, uno de jamón y queso y otro de tortilla. Te reto a adivinar para quién es cada uno. Estaba recogiendo su bolso cuando Erika, de nuevo, la observó desde la barra. Era una jefa espléndida y, por mucho que pareciese una stalker ese día, en realidad es que simplemente había coincidido y se había preocupado por su empleada.

¿Seguro que estás bien, Mia? Desde la llamada estás...

Rara, lo sé, lo siento. Intenté concentrarme y no le eché sal a ningún café, ¿vale? ¡Lo conseguí! —Intentó sonreír, un tanto nerviosa. —Perdona, de verdad. Pero estoy bien, en serio, no te preocupes, es solo que me surgió algo que no me esperaba y me ha puesto más nerviosa de lo normal.

Pues no te pongas nerviosa, todo saldrá bien.

Ay, si tú supieras...

Ya, eso espero. Mañana te cuento. —Algo inventado, evidentemente.

Hasta mañana. —Y, cuando Sam salió por la barra con su bolso y su bolsita con los bocadillos, le dio dos besitos de despedida a su jefa y salió.

No fue caminando hasta la boca de tren desde donde siempre se desaparecía, sino que se metió por el callejón de la derecha, entró por la puerta trasera de su propio local—la cual había dejado estratégicamente abierta hace cinco minutos—y se desapareció desde el despacho en donde había tenido la conversación con Gwen.

Apareció en el complejo industrial que le había dicho a su amiga, caminando rápidamente hacia la nave en particular que le había señalado. No obstante, nada más girar un esquina...

_____________

Se le habían pasado los efectos del Mocus ad Nauseam y se sentía un poquito más lúcida. Ahora era consciente de que iba a morir, pero al menos no se deprimía hasta el Inframundo por ello y se aterrorizaba por dentro. Seguía aterrorizada, pero ahora al menos podía pensar con claridad. Estaba en un lugar abierto,  Gwendoline estaba distraída mirando cada dos por tres la hora y... ella podía huir. No tenía su varita pero... confiaba en que Ollivanders tuviera otra que sirviese para ella. ¿Pero quedarse ahí? Ni en broma. No podía morir sin luchar, aunque todavía le temblasen las piernas del miedo y sintiese que iba a flaquear en el último segundo.  

Así que de repente se puso de pie y salió corriendo de allí como si le persiguiese el mismísimo Lord Voldemort en busca de su alma. Nada más girar la esquina más cercana, se chocó contra una mujer que era mucho más alta que ella, a lo que no dudó en implorar ayuda frente al otro ser humano con el que se encontró.

¡POR FAVOR, AYÚDAME, ME QUIEREN MATAR! —Gritó, agarrándose a ella como si fuese su única salida en terreno tan pantanoso. Sin embargo, luego elevó la mirada, encontrándose con el rostro de la chica. —Oh, mierda... —murmuró, derrotada, al ver el rostro de Lehmann. Sus piernas flaquearon y cayeron al suelo, justo delante de la rubia. —No es justo... el mal karma por todo lo que hacemos debería llevárselo Grulla, no yo... Yo solo hago lo que me dice que haga...—Vio como Gwendoline aparecía por la espalda, sintiéndose acorralada. —Por favor, en serio, yo no soy a quién buscáis. Lehmann, es ella la que está obsesionada con detenerte, ¿vale? ¡No yo! ¡En serio, no me hagáis daño! ¡He visto lo que hace y no quiero que me lo haga a mí! ¡Me lo va a hacer si digo algo, lo que sea, igual que hizo con Ullises!


_____________

Sólo pudo mirar a Gwen, con gesto interrogante, antes de agacharse a prácticamente sus propios pies. No soportaba ver a gente suplicar. Ya no por su vida, sino sencillamente para que nadie le hiciera nada malo. Sam había estado en esa situación y no había experimentado nada tan horrible y humillante en todo el tiempo que llevaba respirando como tener que suplicar por su propia vida y que al resto no le importase lo más mínimo. —Tienes la suerte de que nosotras no somos ella. Y no te va a pasar como a Ullises, te lo prometo. —Le tendió la mano para ayudarla a levantar. —Pero necesitamos información y eres la única persona que conocemos que puede dárnosla. Así que... no podemos dejarte ir. —Y elevó la mirada, hacia Gwen, sonriéndole.


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Gwendoline Edevane el Mar Mayo 22, 2018 1:54 am

Una vez en aquella nave industrial abandonada, esa con el letrero medio borrado en su fachada, me permití pensar que las cosas habían salido bastante bien, dadas las circunstancias. Y es que no planeaba, al levantarme de la cama esa mañana, cometer un secuestro en mi puesto de trabajo. Aquello tenía que llevarse la palma en cuanto a cosas extrañas ocurridas entre las paredes del Ministerio. Bueno, cálmate, que hace poco tuviste que ayudar a Charlie a salir del Ministerio de Magia con un cadáver desmembrado... Cierto, aquello había sido muchísimo peor, pero dentro de lo malo, había tenido la ayuda de Charlie para hacerlo. Hoy había estado sola y... milagrosamente, allí estábamos las dos.
Creo que hasta entonces, mi cuerpo se movía gracias a la adrenalina, y no había tenido tiempo de darme cuenta de las implicaciones reales de lo que estaba haciendo. Los nervios empezaron a manifestarse por fin, y si bien seguía teniendo claro qué había hecho y por qué lo había hecho, no pude evitar empezar a morderme las uñas. Me odiaba profundamente cuando me permitía a mí misma sucumbir a aquellos impulsos, arraigados profundamente en mí desde mi etapa estudiantil, pero que llevaba años suprimiendo a base de fuerza de voluntad. Me recordaba a mí misma que aquello era importante, que no lo hacía por placer, que todo fuese por proteger a mis seres queridos, a Sam... pero igualmente, allí estaba yo, en una nave abandonada y polvorienta, con una chica que me tenía miedo.

—Cálmate.—Dije en un tono de voz suave a Savannah. Libre ya de los hechizos que le había echado encima, parecía tener otra vez energías, y dichas energías se manifestaron por medio del pánico. Dicho pánico la llevó a tropezar con un ladrillo roto del suelo y caerse de culo. Eché la mano en su dirección, pero se puso aún más nerviosa.—Te he dicho que necesitaba información que tú tienes. Eso es lo que quiero, ¿de acuerdo? No te voy a hacer daño. Así que... tranquilízate.—Desistí de intentar ayudarla a levantarse. El incipiente dolor de cabeza que había empezado a manifestarse, fruto de la tensión al poco rato de leer la noticia del arresto de Steven Bennington, empezaba a convertirse en un dolor de cabeza de verdad.

Pensé en darle más explicaciones, pero mis propios nervios estaban jugando en mi contra. Así que simplemente dejé a Savannah estar. Me limité a vigilarla, varita en mano, y en ningún momento se me ocurrió la idea de atarla a ningún sitio. ¿Por qué? Pues sencilla y llanamente... porque no quería atar a esa chica a ningún sitio. Bastante asustada estaba, y bastante mal me sentía ya. Creía que si intentaba escapar podría manejarlo perfectamente, sin necesidad de hacerla sentir todavía más incómoda.
Así que empezaron a transcurrir los minutos, muy lentamente, y a medida que aquella eterna hora transcurría a paso de tortuga, mi atención hacia Savannah se iba volviendo más dispersa. Cada pocos minutos comprobaba la hora y maldecía al tiempo por transcurrir tan lentamente cuando debería transcurrir rápido. Muchas cosas podían salir mal en aquel rato, empecé a darme cuenta, y mientras más lo pensaba, más me destrozaba las uñas de la mano izquierda. Ya había desistido por completo de intentar evitarlo.
Y entonces, ocurrió algo que yo no me esperaba. Un sonido cerca de mí me hizo tomar constancia de lo que estaba pasando: Savannah McLaren se había puesto en pie y se daba a la fuga. ¡Lo que me faltaba, vamos! Olvidándome ya por completo de mis destrozadas uñas, eché a correr tras ella, empuñando firmemente la varita en la mano derecha.
Sin embargo, la carrera de Savannah por su vida no fue demasiado larga, y tampoco es que huyese para salvar su vida pues dicha vida jamás estuvo en peligro. Al doblar una esquina, me encontré casi cara a cara con Sam... y con Savannah en el suelo, suplicándole que no le hiciésemos daño, asegurando que no era ella a quién buscábamos. Cuando hizo mención a Ulises Kant, de nuevo pude olvidarme un poco de mis nervios. Solo un poco, pues estos fueron reemplazados por una profunda sensación de culpabilidad. Ulises Kant seguiría vivo de no haberse encontrado con nosotras, y si bien aquel hombre había hecho muchas cosas malas, dudaba que un hombre cuyo único objetivo era mantener a su familia a salvo mereciese morir. Y más cómo Savannah estaba describiendo. Por suerte, Sam, la siempre cálida y amable Sam, quién no había perdido esa bondad suya innata a pesar de lo mucho que había sufrido, dijo las palabras justas.
No pude evitar sonreírle mientras la escuchaba. Eres preciosa. Eres el mejor ser humano que existe en este mundo asqueroso... Avancé un par de pasos, poniendo con suavidad la mano sobre el hombro de Savannah. La mano izquierda, con todas las uñas destrozadas de mordérmelas.

—Savannah...—Empecé a decir, mientras la chica, ya en pie gracias a la ayuda de Sam, se volvía en mi dirección. Estaba muy asustada.—Siento haberte asustado, y haberte tratado cómo lo he hecho. Pero de verdad... necesitamos esa información.—Dediqué una breve mirada en dirección a Sam, para luego mirar a Savannah de nuevo.—Sam no ha hecho nada malo. La persiguen solo por lo que es... ¿te parece justo, acaso? Tú solo... habla con nosotras, ¿vale? Dinos lo que sabes y nos aseguraremos de que no te ocurra nada malo.

No sabía si podía cumplir aquella promesa, ni mucho menos, pero sí sabía que íbamos a hacer todo lo que estuviese en nuestras manos. Que Sam iba a hacerlo. Así que le mantuve la mirada a Savannah y conseguí esbozar una leve sonrisa. La chica seguía asustada, pero creo que en ese momento comprendió por fin que, aunque no fuésemos a dejar que se marchase, tampoco íbamos a hacerle ningún daño. Pasó de tenernos miedo a nosotras a tenérselo a Grulla. No podía culparla.
Más en paz, más calmadas, las tres volvimos a la nave industrial. Savannah iba cabizbaja, y creo que estaba haciendo un esfuerzo para no llorar. En aquel momento sentí deseos de consolarla, pero no dejaba de ser nuestra rehén. Así que Sam por un brazo, yo por el otro, la condujimos de vuelta al interior de la nave, cerrando la vieja puerta tras nosotras. Una vez allí, dejamos a Savannah sentada junto a una vieja cañería de plomo en la pared, y miramos por los alrededores hasta dar con un sitio algo más adecuado: una oficina, con una gran lámina de cristal sucio que permitía ver el interior de la nave. Allí dentro había un viejo escritorio y un par de sillas desvencijadas. La puerta todavía estaba en su sitio, por lo que sería un lugar perfecto.

—Ven.—Dije a Savannah, ofreciéndole mi mano a la chica para que se levantase, cuando volví junto a ella. No rechistó. Seguía cabizbaja, y pude ver cómo se limpiaba los ojos con la manga de su chaqueta, antes de aceptar mi mano.—¿Tienes hambre? Sam te ha traido algo de comer.

La conduje a la oficina, junto a cuya puerta esperaba Sam, y le dije que pasase. Savannah lo hizo y se dejó caer en una de las sillas. Yo me quedé un momento fuera con Sam. Necesitaba abrazarla, y necesitaba hablar con ella. Volvía a estar nerviosa y temblaba cómo un flan.

—No sabes cómo me alegro de verte.—Dije para, acto seguido, rodearla con mis brazos en un abrazo que, quizás, sería demasiado largo para dos amigas. Antes de separarme de ella, le di un beso en la mejilla.—¡He secuestrado a una maldita cría!—Exclamé, en voz baja, sin ser capaz todavía de creérmelo del todo. ¡¿Qué me estaba pasando últimamente?!—No quiero que le pase nada...—Confesé entonces, con un tono de voz algo más sombrío.

No dije lo que estaba pensando. Sabía que Sam se sentía responsable de la muerte de Ulises Kant porque yo me sentía igual. Sin embargo, para Sam tenía que ser aún peor. Ella había sido la responsable de modificar los recuerdos de Kant, y si bien no teníamos ninguna prueba de que aquel encuentro hubiese supuesto la muerte de Kant, no creía que mi amiga estuviese dispuesta a cometer el mismo error dos veces. Y yo pensaba estar a su lado, porque éramos un equipo, porque habíamos prometido luchar la una por la otra. Y nunca la iba a dejar tirada.
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Sam J. Lehmann el Mar Mayo 22, 2018 4:15 am

Entendía a Savannah probablemente mejor de lo que ella se esperaba, pero la chica todavía no era consciente de lo valiosa que era su información para personas como ellas, personas que simple y llanamente quieren vivir tranquilas. No hay más. Sam no quería inmiscuirse en organizaciones que buscaban el cambio mediante la guerra, ni mucho menos la guerra para ver si así, de casualidad, encontraban el cambio. Ella ya había sufrido bastante como para siquiera encontrarle lógica a eso: sólo quería vivir tranquila, rodeada de sus dichosos animales y sus seres queridos. Es que no quería nada más, ¿era tan difícil de entender?

Savannah se había quedado callada, atenta a las palabras de Sam y de Gwendoline. Aceptó la mano de la rubia para ponerse en pie, aunque en su mirada se seguía viendo desconfianza. Se notaba que se sentía totalmente vulnerable y que, por mucho que ambas chicas intentasen ir por las buenas, ella era bien consciente de que allí cavaría su propia tumba con Grulla. Era horrible tener la sensación de estar haciendo lo correcto y, a la vez, saber que por otra parte te la ibas a cargar de manera totalmente catastrófica con aquella persona que manda sobre ti.

__________

Las tres caminaron al interior de la nave de nuevo, pero Savannah no había dicho absolutamente nada desde la aparición de Lehmann. Se había quedado en absoluto silencio, incluso cuando la dejaron allí quieta y cerraron la puerta, evidenciando las nulas oportunidades que tenía de ir a ningún lado. Estaba muy nerviosa y no quería cooperar. Era bien consciente de que aquellas dos mujeres no parecían realmente una amenaza pero... había visto cosas horribles a manos de Grulla, había sido consciente de lo cruel y sádica que era, de lo inteligente que se mostraba y de todo lo que sabía y, en realidad, parecía no saber. Savannah estaba segura de que pasase lo que pasase hoy, ella se enteraría de lo que estaba pasando y... y... terminaría como Kant.

No pudo evitar las lágrimas mientras Lehmann y Edevane estaban buscando un lugar, haciéndose casi un ovillo en el suelo ahora que veía más claro que nunca que ni podía irse de ahí, ni mucho menos evitar soltar prenda.

Y sí, es tal cual lo estás pensando: Savannah prefería mil veces quedarse en el estado en el que se encontraba, haciendo cosas horribles junto a una persona monstruosa, con tal de estar a salvo de ese monstruo, que hacer lo correcto por miedo a ser devorada por su pesadilla. Y es que el miedo, al final, la había terminado por moldear.

Aceptó la mano de Gwen cuando apareció repentinamente delante de ella y la siguió, sentándose en una de aquellas sillas desmejoradas mientras las dos chicas hablaban fuera. Las observó con detenimiento, pese a que no escuchaba lo que decían sí podía verlas.


__________________________

Recibió su abrazo, quedándose unos segundos así hasta que Gwen se separó y le dijo eso que le pareció tan gracioso. A decir verdad, Samantha tampoco se imaginaba a Savannah suplicando por su vida antes de que siquiera le hicieran nada. —¡Tamaña insolencia, Lady Inglesa! ¡Secuestrando niñas! —bromeó en voz baja. —¿Qué será lo próximo? ¿Secuestrar a mi cerdito? La crueldad vive en lo más profundo de ti. —La miró con falso reproche, evidentemente sin hablar en serio y con una sonrisa de lo más risueña. —No va a pasarle nada, te lo prometo. Pase lo que pase hoy, no voy a modificarle sus recuerdos. No sé qué fue lo que falló con Kant: si fue su manera de actuar frente a la modificación que le hice, que Grulla se dio cuenta de que había algo modificado ahí dentro... no lo sé... No sé qué es lo que hace esa señora, si te digo la verdad. Pero no vamos a cometer dos veces el mismo error, ¿vale? —Y le guiñó un ojo, con confianza. O, al menos, con toda la confianza que podía tener después de su reciente historial dejando vegetal a unos y jodiéndole la vida a otros. —Me tienes que contar como sacaste a Savannah del Ministerio, ¿fue tan escabroso como lo de Charlie?

Ambas entraron al interior del despacho otra vez, viendo a Savannah sentada en la silla con sendas manos ocultas entre sus muslos, en una posición que denotaba bastante inseguridad, además de que tenía un pequeño tick en el pie izquierdo que no paraba de moverse. Sam se sentó a su lado, en otra silla que estaba echa un desastre y también llena de polvo, pero poco le importó en ese momento. Se estiró hacia la mesa para coger la bolsa con los bocadillos, que reposaba junto a su bolso y su abrigo. —A ver, Savannah, te voy a hablar claramente porque de estar yo en tu situación es lo que me gustaría que hicieran, así que...

Y explotó, llevándose las manos al rostro y llorando como si no hubiese mañana.

Es que... —Cogió aire. —Ella lo sabrá, ¿vale? Ella lo sabe todo, siempre. Siempre sabe quién le traiciona. Ella lo sabrá. Si yo hablo, lo sabrá. Y si sabe que he hablado me va a matar. Me va a matar porque es lo que siempre hace, mata a lo que le traiciona o lo que le molesta. —Seguía llorando, cogiendo aire cada cierto tiempo para poder hablar y decir todo eso de seguido. —Y no quiero morir, ¿vale? Tengo miedo... y más si es ella la que va a matarme. No lo hará rápido, ¿sabes? Ella nunca lo hace rápido. Me recordará cada uno de mis errores antes de matarme porque es lo que siempre hace. Yo he estado ahí. Yo he estado mirando cuando mata a otras personas para que me quede claro lo que me pasará si la traiciono. ¡Y no quiero morir así! ¡No quiero traicionarla! —Se pasó el dorso de su mano por la nariz y la otra por los ojos, en un intento de dejar de llorar pese a que seguían saliéndole lágrimas por un terror que todavía no estaba ni cerca.

Sam arrimó un poquito la silla a ella, cogiendo una servilleta del interior de la bolsita de los bocadillos—pues Sam era de esas personas precavidas que siempre cogen servilletas cuando comen piden bocadillos para llevar—, para entonces poner una mano sobre la pierna de la chica, que estaba tan nerviosa que ahora mismo iba a hacer un agujero en el suelo del tick tan fuerte que le había dado. —Savannah... si pudieses elegir, ¿seguirías con ella? ¿Crees que lo que hace está bien? —le preguntó. —Sé sincera. No sé si lo sabes, pero soy legeremante y sé cuando mientes —añadió, con un gesto pillo que no quería sonar ni amenazante ni nada, solo simpático. Estaba segura de que sabía ese pequeño detalle.

No... —respondió, mirando a Gwen también de soslayo. —Me metí en esta mierda porque es lo que había que hacer hace un año si querías asegurarte de estar en el bando correcto. Pero me asignaron a Grulla como mi maestra y... —Hizo una pausa. —La odio. La odio a ella y todo lo que hace.

Sam ojeó en el interior de la bolsa los bocadillos, sacando el primero que ponía CY que se lo puso a Savannah en el regazo, el segundo que ponía HS se lo tendió a Gwen para que lo cogiese, mientras que ella se quedó con el que no tenía etiqueta. También sacó dos botellas de agua que dejó sobre la mesa. —Es un bocadillo de jamón y queso, por si tienes hambre, Gwen me dijo que trajese comida y la verdad que fue una idea muy buena. —Miró entonces a su amiga, sonriente. Desenvolvió su bocadillo de tortilla francesa y, antes de pegar ningún mordisco, la miró. —Entiendo que tengas miedo a Grulla, yo también me he topado con gente así en mi vida... sólo que no tengo la oportunidad, como tú, de intentar ser su amiga. Así que puedes imaginarte que directamente vienen a hacerme daño. Y sé que también es la intención de Grulla y créeme, no tengo ganas de exponerme a esa señora abiertamente ni mucho menos que mis seres queridos resulten heridos por meterlos en medio, cosa que ya he hecho. —Echó una ojeada a su amiga, encogiéndose de hombros. —Así que tengo que proponerte un trato: tú nos cuentas todo lo que quiero saber de Grulla y, a cambio, te haremos olvidar todo lo que tenga que ver con nosotras este día para que no pueda averiguar nada, además de que nos encargaremos, en algún momento, de deshacernos de Grulla. —Hizo una pausa. —Tarde o temprano va a ser o ella o yo, porque todas aquí dentro sabemos que como no nos pongamos un paso por delante, al final terminará llegando.

Seguía sin verse convencida, echando ojeadas a ambas chicas de vez en cuando, así como al bocadillo. Una ya no sabía ya si es que desconfiaba de Sam, de Gwen, de la vida o del bocadillo. Se mojó los labios y soltó aire.

¿Y... están seguras de que no podrá sospechar nada? ¿Nada de nada...? ¿Estaré a salvo? ¿Mi familia también?

Con Kant cometí un error porque modificamos en vez de borr...

¿¡Fueron ustedes!? —Saltó Savannah.

Sam se echó automáticamente una bronca mental de gato cabreado. ¡Menudas formas tienes tú de convencer a la gente! Miró a Gwen, con una mirada que denotaba un "pensé que lo sabía..." muy arrepentido. Ella sabría interpretar la mirada de arrepentimiento de Sam. Claro que sabría. Ella sabría interpretar todas las miradas de Sam del mundo.

Sí, pero...

¡No podéis estar jugando con los recuerdos con Grulla de por medio! ¡Ella también es legeremante, sabe mejor que nadie cómo funcionan esas cosas! ¿Sentenciasteis a Ullises y ahora pretendéis que yo confíe en vosotras? ¿Para qué? ¿Para que me descubra y me mate a mí también? Claro, así os lo ahorráis vosotras, ¿no? ¡Que me mate ella y así todo parece un accidente y vosotras os laváis las manos! —Y sonaba cabreada, pero también preocupada. No les estaba gritando, ni mucho menos echándoles la bronca. Les estaba advirtiendo, con miedo, además de volverse a hundir ella sola en la inminente miseria que le esperaba al día siguiente cuando se encontrase con su maestra. Tenía tanto miedo ahora mismo que no veía salida posible. O moría ahí, o moría al día siguiente.
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Gwendoline Edevane el Mar Mayo 22, 2018 12:58 pm

No podía creerme lo que había hecho, cómo había logrado tener la sangre fría de levantar mi varita contra aquella muchacha que ahora, llorosa, no parecía una amenaza en absoluto, y para llevármela en contra de su voluntad del mismísimo Ministerio de Magia. Intentaba verlo en perspectiva, para entender cómo lo había hecho exactamente, y siempre llegaba a la misma conclusión: la Gwen que había hecho aquello parecía otra. Sí, la motivación por proteger a mis seres queridos, sin duda, era fuerte, y en el momento mo había pensado demasiado. Simplemente, había cogido mis preocupaciones y mi moralidad y las había escondido detrás del escudo de mi ferrea convicción de que hacía lo correcto. Ayudó pensar en Savannah cómo un ser despreciable, de la calaña de su maestra, a la hora de no pensar demasiado en su bienestar.
Pero la realidad ahora me golpeaba, y comprendía lo que había hecho. Así se lo manifesté a Sam, quién cómo siempre le quitó hierro al asunto con su característico humor. Y pese a mi estado de nervios no pude evitar soltar una carcajada cuando imitó mi palabra favorita al imitar lo que, como bien ella señalaba, yo denominaba una "Lady Inglesa de Alta Alcurnia".

—¡De eso nada! Don Cerdito está fuera de los límites. Hemos jurado que, por mal que vayan las cosas, solo nos tiraremos los trastos a la cabeza la una a la otra. Nada de secuestrar animales.—Respondí a su broma cómo si de una discusion de pareja en trámites de divorcio se tratase, con una expresión divertida en el rostro. Estaba algo más relajada, así que cabía la posibilidad de que no volviese a morderme las uñas aquel día.—De acuerdo.—Asentí con la cabeza algo más seria, mirando a Sam a los ojos cuando me aseguró que íbamos a hacerlo bien esta vez, que no repetiríamos el error de Ulises Kant. Insisto: utilizaba el plural porque daba igual quién fuese la mano ejecutora. Estábamos juntas en aquello, cómo un equipo. Para lo buen oy para lo malo.—En realidad, fue bastante más sencillo de lo que parece.—Comenté con aire pensativo, dándome cuenta de que en gran parte la sencillez del plan se debía que Savannah era... bueno, en pocas palabras, una miedica. Con otra persona, aquello podría haber salido terriblemente mal.—Le eché encima un hechizo que la hizo sentirse enferma, y hasta tuve ayuda para llevármela al ascensor. Salleens, ese compañero del que ya te he hablado más de una vez. Después de eso, usé la Red Flú para ir a San Mungo, y bueno, pues me aparecí aquí con ella.—Me quedé pensando, precisamente, en el incidente con Charlie en el Ministerio... y no, no había punto de comparación.—Creo que esto fue más sencillo, y no terminé echando la pota en el cubo de una fregona...

Puestos en claro aquellos pormenores, Sam y yo entramos en la oficina abandonada. Sam se adelantó para sentarse junto a Savannah, y yo cerré la puerta desde el otro lado de la mesa que ocupaba el centro de la estancia. Me crucé de brazos, mientras Sam empezaba a hablar con Savannah, y más por curiosidad que por otra cosa, empecé a pasear la mirada por el polvoriendo cuartucho abandonado. Había un viejo calendario colgado de la pared. La fecha que señalaba: febrero de 1997. Podemos hacernos una idea de cuanto tiempo lleva cerrado este sitio... Sobre el escritorio había un lapicero metálico medio oxidado que no contenía más que un triste lápiz amarillo. Desparramados por el suelo, algunos clips y grapas, y debajo del escritorio, una botella de plástico medio aplastada que todavía contenía algo de agua.
Mientras me fijaba en todos aquellos detalles, Sam sacaba los bocadillos que había traído para que comiésemos, además de unas botellas de agua. Alargué la mano para coger el mío, y al desenvolverlo, llegó a mi nariz el inconfundible aroma de la salsa picante. Esta mujer siempre sabe lo que quiero...
Me senté de medio lado en el escritorio, pues las dos sillas estaban ocupadas por Savannah y Sam, y di un mordisco al bocadillo, permitiéndome unos segundos de deleite para saborear aquella salsa picante tan deliciosa. Sam, mientras tanto, explicaba a nuestra "invitada" cómo estaban las cosas.
Cuando escuché a Savannah hablar, me di cuenta de una cosa: aquella muchacha no era mala, simplemente había actuado de manera equivocada casi toda su vida. Podía imaginármela en Hogwarts, orgullosa y altanera, solo para darse cuenta, al llegar a la vida adulta, de que al mundo le importaba un rábano lo chulita o prepotente que pudiese ser, pues siempre encontraría una manera de ponerla en su sitio. No sabía dónde se metía... hasta que fue tarde, por supuesto, y ya no había salida.
Sam fue llegando poco a poco a ella, y me sentí personalmente orgullosa. Quizás no había utilizado sus dotes para convertir a los chicos malos en chicos buenos, cómo ella solía decir, pero había logrado sacar la bondad, la conciencia, que Savannah tenía dentro. Y todo parecía ir muy bien...
...hasta que dejó de ir bien. Savannah se puso nerviosa en cuanto escuchó a Sam hablar de Ulises Kant, y todo el progreso que Sam había conseguido con ella se fue al mismísimo garete. Mi amiga me miró con una expresión de disculpa en el rostro, y me vi obligada a intervenir.

—No va a matarte.—Dije tajante, dejando el bocadillo en la mesa y alargando la mano en su dirección. Cogí una de las suyas, Savannah intentó zafarse con desconfianza, pero no sel o permití. Finalmente, se vio obligada a mirarme a los ojos.—¿Me estás escuchando? No vamos a permitir que te toque un solo pelo. Aunque tengamos que matarla a ella primero.—Suspiré profundamente, para luego hablar con un tono de voz un poco más suave.—Siempre llevaré la muerte de Ulises Kant en mi conciencia. Cometimos un error, y lo siento mucho. Si pudiesemos deshacerlo, lo haríamos. Pero no podemos, y lo que sí podemos hacer es... cuidar de ti.—Solté entonces su mano, dejando que la aterrorizada muchacha la escondiese por debajo de la mesa una vez más.—Te has puesto enferma y tuve que llevarte a San Mungo. Hay decenas de testigos que pueden respaldar esto, y pienso conseguirte un informe de alta que corrobore esto. No puede hacerte daño por ponerte enferma, ¿verdad? Porque eso no es culpa tuya. Y cuando nos lo hayas contado todo, borraremos esto. Te despertarás en una camilla en San Mungo y no te acordarás de nada. No puede hacerte daño por eso...

Dejé a la muchacha un poco de tiempo para meditar acerca de mis palabras, y me sorprendí de la sinceridad de todas y cada una de ellas. No me parecía justo que aquella chica hubiese caído también bajo la influencia de Grulla. También me pregunté si Ulises Kant se habría aliado con Grulla de no tener una familia de la que cuidar, y lo que habría sido de su familia ahora que Grulla había asesinado a Kant. ¿Los habría dejado tranquilos? Por lo que Savannah contaba, parecía el tipo de persona vengativa que no deja cabos sueltos, y una familia podía ser, precisamente, un cabo suelto muy importante.
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Sam J. Lehmann el Miér Mayo 23, 2018 1:56 am

Yo que quería tirarte a mi gato a la cabeza... —respondió, fingiendo tristeza con un rostro fatídico. Solo pudo durar unos segundos, ya que luego rió. En realidad una se sentía bien, ¿eh? En medio de un secuestro que no era el tuyo propio, ¡yeeey, al fin! Sam estaba que no se lo creía. Jamás pensó que llegaría un momento así en su vida. Sólo había que mirar la diferencia entre los secuestros que ella había tenido y el que le estaban haciendo a Savannah, que poco más y se la llevan de picnic al bosque. Alzó las cejas, sorprendida. —Orgullosa me hallo de usted. He de suponer entonces que al finalizar todo esto tiene que acabar en San Mungo, ¿no? Estaría bien tener algún conocido allí que pudiera falsear la hora de entrada y salida... ¿Crees que Bee podría conocer a alguien...? —preguntó, ya que Sam hacía ya varios días que apenas hablaba con su amiga y, teniendo en cuenta que vivía con Gwen, asumió que la morena tenía una relación muchísimo más cercana con la loquilla de la Bennington. Luego curvó una pequeña sonrisa. —Ya... no recuerdo mucho de Charlie, pero se me quedó grabado a fuego lento sus métodos para deshacerse de cuerpos, así que me lo puedo imaginar muy gráficamente. —Y no pudo evitar reír, ya que parecía mentira que estuviesen hablando de cómo una vampiresa descuartiza humanos muertos. Si es que... aish... lo que no les pasase a ellas no le pasaba a nadie...

Una vez dentro del despacho, Sam tomó un poquito las riendas de la situación para hablar con Savannah y dejarle las cosas claras. Y es que no había más: tú nos ayudas y nosotros te ayudamos. Quiera, o no. Si es que al final, Gwen y Sam no iban a hacerle daño de ningunas de las maneras, pero obviamente preferían que ella cooperase por sí misma que tener que meterse en su mente e indagar y seguir indagando hasta dar con lo necesario. Gracias, pero Sam no tenía ganas de volver a ver las atrocidades de la que es capaz de hacer una persona. Ya bastante había tenido con Crowley y con sus propias experiencias en esta vida. Era horrible, de verdad. Todavía no le cabía en la cabeza como es que podía haber gente así, capaz de hacer o de ver cómo se hace y no hacer nada. Pero bueno... no era momento para esas cuestiones morales que no tienen respuestas más que tachar a las personas de monstruos.

Sin embargo, la cagó. Un poquito. No fue para tanto, si no contamos que la consecuencia de la cagada principal de todas llevó a que un hombre muriese, probablemente, entre terribles sufrimientos. Y claro, eso lo sabía Savannah, seguramente con un nivel de detalle que era sencillamente asqueroso. No hizo falta leer la memoria para hacerse una idea de lo que le habrían hecho a Kant, ya que la cara de pánico que puso Savannah repentinamente al darse cuenta que habían sido ellas dos las causantes fue suficiente como para imaginárselo.

Fue Gwen quién consiguió tranquilizarla, pues de repente había vuelto a ver su futuro totalmente negro. Savannah miró a los ojos de la morena con suma fijación, queriendo con toda su alma creerla. ¡De verdad que quería creerla! ¡Deseaba creerla! Y lo hizo, un poquito, al ver en sus ojos tanta seguridad y protección. Era... bonito que quisiesen cuidar de ti, después de todo. Sintió como la chica le soltaba de la muñeca, bajando de nuevo la mirada al bocadillo que tenía todavía en el regazo.

¿Me borraréis todos estos recuerdos? ¿Todos los de este día? No las recordaré y... —Miró a Sam. —Si te veo por la calle, te atacaré. Seguirás siendo una de mis misiones. ¿Me vais a dejar igual que hace tres horas? —preguntó, sin tenerlo muy claro.

Sí... —respondió Sam. —Y no te preocupes, estoy acostumbrada a que la gente me ataque. Al parecer veinticinco mil galeones valen más que toda la moral del mundo.

Ya... —le dio la razón, haciendo una pausa, resignada. —Y si no coopero... ¿me leerás la mente, verdad?

La rubia se limitó a asentir, aprovechando que todavía tenía la mirada de la joven mortífaga sobre ella. Ésta se mojó los labios, suspiró... No quería que vieran las cosas horribles que había hecho; que Grulla le había obligado a hacer. No... no estaba orgullosa de lo que estaba haciendo, pese a que lo hacía porque tenía que hacerlo. Era bien consciente de que se había metido en un mundo en el que no puedes salir por las buenas, por lo que sólo le quedaba apechugar, acostumbrarse y... ¿qué menos que... intentar quitarse de encima a la única persona que amenaza su vida con cada error que comete?

Vale, os diré lo que queráis saber... Pero aseguráos de quitarme TODOS los recuerdos. Comprobadlo ambas. Varias veces. No dejéis nada de nada. Recuerdo haberte escuchado en tu despacho hablando por teléfono y, aunque no lo tenga muy lúcido ahora mismo supongo que estarías hablando con ella, ¿no? —Le habló a Gwendoline, refiriéndose a Sam. —Borrad eso también.

Ella es desmemorizadora y yo legeremante. Te prometemos que no quedará resquicio alguno de esta conversación ni de tu relación con nosotras, ¿vale? Sé que no lo hicimos bien la primera vez, pero no vamos a permitirnos cometer dos veces el mismo error —añadió finalmente.

Vale... —Se vio convencida, aunque... ¿acaso tenía opción? Ella sabía bien que no, por lo que en realidad, lo único que había hecho era hacer preguntas para auto-convencerse de que aquello iba a salir bien, no dando su beneplácito ni nada por el estilo. Sin embargo, Gwen y Sam habían actuado con cautela, sin presiones. Querían que se sintiese cómoda, sin miedo... Que las viera como dos aliadas, porque en realidad ahora mismo era lo que eran. No querían que las viera como un enemigo, ni mucho menos como alguien malvado que solo quiere conseguir información y deshacerse del informante. Ellas no eran así ni nunca lo serían. —¿Y qué queréis saber?

Todo —respondió Sam, esbozando una sonrisa, risueña. Se apoyó hacia atrás, en la silla. —Pero antes... ¿comemos? Yo tengo hambre. Vine corriendo de trabajar y no comí y ahora me desfallezco.

Savannah volvía a flipar. ¿En serio? ¿¡Comer!? ¡No era momento de comer! ¡Madre mía, estaba muy nerviosa! Espera. ¿Trabajo? ¿Sam trabajaba? La chica miró a ambas, ojiplática, sin entender tanta normalidad en una situación tan... tan... bueno, ya era hora de admitir, Savannah, que aquello no era algo a lo que tú estuvieras acostumbrada después de tener tanta influencia violenta y oscura de Grulla. Aquello que tenías delante se llamaba: BUENAS PERSONAS.

¿En serio vamos a comer? —No estaba acostumbrada a que en un secuestro los secuestradores diesen de comer al secuestrado, sinceramente. Todavía no tenía claro si era broma o si de verdad tenía que desenvolver el bocadillo.

Si quieres no comas y nos vas contando, lo que prefieras. Tampoco te vamos a obligar a comerte un delicioso bocadillo de jamón y queso, ¿sabes? ¡No somos tan malvadas! —Ironizó, sonriente y divertida, mirando a su amiga. —Ganaríamos el premio a las fugitivas más malvadas, dando de comer a nuestros enemigos. Mi precio subiría hasta estar a la par con Dumbledore y Gwendoline sería la trabajadora más peligrosa del Ministerio. Repartiendo comida, menuda locura...

Savannah esbozó una pequeña sonrisa ante la broma pues, pese a no conocer de nada a Lehmann, la pilló desde el principio. Comenzó a a desenvolver su bocadillo.

De todas maneras no sé por dónde empezar...

Sam ya había pegado un bocado a su bocadillo de tortilla y tenía sus mejillas infladas, por lo que miró a Gwen para que hablase ella. Era obvio lo que querían saber, ¿no? Identidad, empleo, influencias, contactos, las víctimas que tiene en su punto de mira, por qué narices la ha cogido con Sam...

Savannah McLaren || #ff99ff
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