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The closer we get to they. —Güendolín & Carolain.

Sam J. Lehmann el Sáb Mayo 12, 2018 4:04 am

Recuerdo del primer mensaje :


Ministerio de Magia, departamento de catástrofes mágicas || 11 de mayo del 2018 || 12:32 horas

Savanahh McLaren:

Ella lo que menos se esperaba ese día, ni cualquier otro, era ser el objetivo de nadie. Se estaba formando de una manera cuestionable, en la que quisiera o no, iba a ganarse enemigos en algún momento de su vida, pero lo que ella no esperaba es que su rostro estuviese por encima del de Grulla. Siempre supuso que si Grulla estaba en peligro, ella podría peligrar. ¿Pero peligrar ella sola, en un ámbito separado al de su mentora? No. Tenía miedo, pero una de las pocas cosas que le brindaba su maestra era seguridad, aunque tuviese que hacer cosas horribles para conseguirla.

Ahora, sin embargo, podría decirse que estaba en ese lapsus de tiempo en su vida en donde era una persona normal. Estudiaba la Legislación Mágica y, con la edad que tenía, acababa de entrar como becaria en el Ministerio de Magia, a cargo de un fiscal de Wizengamot que, a decir verdad, no veía con ojos demasiado agradables el tener a una 'pupila' a su cargo en mitad de su trabajo, el cual se tomaba muy en serio. Savannah, sin embargo, se tomaba todo eso como un medio para un fin, un aprendizaje en donde la tratarían como lo que era—una Don Nadie—hasta convertirse en alguien. No tenía prisa y, tal y como le iba la vida, esperaba que todo su sufrimiento al final le diese su recompensa porque estaba trabajando como nunca para conseguir un lugar en el que estar a salvo.  

El fiscal a su cargo, en su segundo día de becaria, ya le había mandado a ir al departamento de catástrofes mágicas a buscarle la información pertinente sobre el caso Ridley, un caso que había hecho que muchos magos se viesen implicados y, en mucho de ellos, él era el encargado de estudiar el caso y decidir qué clase de castigo sería viable en el juicio, declarando su inocencia o culpabilidad. En realidad Savannah estaba bastante animada con todo lo que tenía que hacer, pero le hubiera gustado no estar tan perdida al principio y saber a dónde acudir.

Entró, perdida, a la sala principal del departamento, en donde estaba la gran mayoría de trabajadores ocupando sus puestos de trabajo mientras se rodeaban de pilas de informes. Lo miró con desagrado, sin muchas ganas de verse así en un futuro. Se acercó a uno de los primeros, en cuyo letrero se leía "Archivald Salleens". Se acercó a él.

Hola, buenos días —le dijo a Salleens. —Me llamo Savannah McLaren y estoy de prácticas en Wizengamot. Me han mandado a buscar los informes del caso Ridley, ¿sabe de cual le hablo? ¡Oh! —De repente vio en la mesa del tipo dos cuadros, de él mismo con su dos hijos. —¡Qué lindos! —Y lo señaló, con una sonrisa un poco falsa. —¿Me podría decir con quién debo hablar para conseguir todo lo referente a ello? Sé que es confidencial, pero me manda Harry Parker, supongo que sabrá quién es —dijo, con cierta altanería orgullosa. —Mire, tengo su pase. —Y le enseñó una tarjeta que tenía colgada al cuello en donde ponía que era la becaria del mismo Harry Parker.

Salleens la miró de arriba abajo, sin que le diese mucha confianza. Era una niñita y, por cómo iba vestida, con ese atuendo tan poco profesional y vaqueros rasgados, asumió que era una novata de los pies a la cabeza.

Sé que caso es, pero no estoy autorizado para darte nada. Tendrás que hablar con alguno de los jefes.

¿Y quién es el jefe?

Pues hay varios, están en los despachos y...

¿Podrías decirle a alguno que estoy aquí como mandada de Harry Parker para recibir toda información sobre el caso Ridley? A ti seguro que te hacen más caso y no quiero estar molestando... —Y puso un mohín mimado, mirándole con coquetería para que él hiciese el trabajo feo por ella.

Salleens no tenía muchas ganas de hacer nada, por lo que se levantó y, con tal de no soportar a esa niña durante mucho más tiempo, se dirigió en solitario al despacho de Gwendoline Edevane a echarle el muerto a ella.



----------------------------

Mientras tanto, Sam se encontraba en su trabajo, bastante ajetreada con toda la gente que en ese momento acudía al Juglar Irlandés. Sin embargo, ya llevaba bastante tiempo como para adaptarse al estrés de las horas puntas, por no hablar de que ya había mucho más feelings entre todos los que allí trabajaban y se entendían perfectamente. Además de que eso de conocerse le número de las mesas era CLAVE para un buen funcionamiento y Sam tardó un poco en aprendérselo. Sí, era Ravenclaw, para la predisposición de las mesas no tenía ningún sentido ni seguía un orden y eso le rompía absolutamente todo el cerebro. Así mismo, a esas horas solía ir Erika, la hija de Alfred, a ayudar con prácticamente todo. Sam había hecho muy buenas migas con ella y es que era una chica encantadora.

Oiga, Mia —dijo Santi, desde la cocina, mientras Sam preparaba unos cafés. Lo miró, atendiendo a lo que tenía que decir. —¿Luego quieres venir al cine conmigo? Nadie querer ver Infinity War conmigo. ¿A ti gustar Marvel?

Sam se limitó a buscar en su cabeza. Ella sabía de eso, una vez Emily le habló de eso cuando fueron a ver Deadpool. Eran todos esos superhéroes de los que no tenía ni pajolera idea. Batman y todos esos, ¿a que sí?


Archivald Salleens: #ffcc00 || Savannah McLaren: #ff99ff


Última edición por Sam J. Lehmann el Lun Jun 11, 2018 7:17 pm, editado 1 vez
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Sam J. Lehmann el Vie Jun 08, 2018 3:48 am

Cada vez que Sam veía a Lenteja, tan feliz por ver a un ser querido, le daba envidia. Esa facilidad para demostrar, cual perro, la emoción, la alegría, la motivación y la plenitud sólo con un movimiento de cola y un placaje en busca de un abrazo. Y más te valía no acercarte mucho a su rostro o terminaba por lamerte toda la mejilla, con suerte. Porque como te cogiese la nariz o la boca de por medio... ella no se cortaba, ¿eh? —Ay, Lenteja, pero qué bruta eres. —La regañó con demasiada dulzura como para que la perra supiese que eso estaba mal. Pero en serio, Sam no podía echarle la bronca por ser feliz y placar a la gente con pura felicidad. ¡No podía! Vale, era la peor adiestradora de perros del universo, ¿vale? Bueno, y de gatitos y de cerditos también. Así estaban todos sus animales malcriados.

¿Qué podría interrumpir Gwen apareciendo directamente en la casa? ¿El desayuno de Sam? ¿Una lectura tranquila? ¿Un capítulo de Netflix? En esa casa, literalmente, sólo pasaban Caroline y Sam. La pelirroja no se arriesgaba, normalmente, a llevar a nadie, no fuesen a ver a Sam y armar ahí el Armagedón. Y Sam... bueno, no tenía amigas más que Bee y Gwen, y la que más tiempo pasaba allí era la última. Sin embargo, si se aceptaba 'pulpo' como animal de compañía, teníamos que aceptar que, objetivamente, no era cómodo aparecerse en casas ajenas sin tener permiso previo, por lo que la entendía, ergo asintió. —Me parece justo. Si no, siempre te puedes aparecer en esa habitación. —Señaló a la puerta que estaba al lado de la cocina, una puerta que daba a una habitación misteriosa que NUNCA se utilizaba. —Ahí nunca hay nadie. Y si hay alguien, preocúpate, es que algo raro está pasando en nuestras vidas —comentó, con falso drama. Aunque era verdad: esa habitación se utilizaba tan poco que hubo un momento, tiempo después de vivir ahí, en el que se dio cuenta de que existía.

Le contó cómo había ido todo, además de quién había sido el contacto que le había ayudado: un tal Laith Gauthier. No lo conocía en absoluto, pero si seguía manteniendo el contacto con Beatrice, además de haberles ayudado en esta ocasión, es que debía de ser de fiar, por no contar de que seguro que estaba en una situación delicada: trabajando para San Mungo pero ayudando a fugitivos. Al menos, Sam, viviría muy estresada con la vida en esa situación. Si ya vivía estresada con su vida, en donde solo tiene que esconderse, imagínate tener que ir a trabajar y encima fingir que no conoces a nadie que se esconde. Todavía no entendía como Gwen y Caroline tenían semejante temple como para ir todos los días al Ministerio de Magia después de pasar todo el tiempo rodeada de personas buscadas por la ley. Era admirable.

Se sintió muy aliviada cuando Gwen terminó de hablar, dejándole claro que todo había salido a pedir de boca. Últimamente era tan difícil que los planes saliesen bien que... madre mía, parecía que había que agradecer cada vez que todo salía decente y nada se torcía. —Yo bien —respondió, encogiéndose de hombros. —Sólo he visto los recuerdos de Chudley, Agathos y Artemis. Y... no te recomiendo ver por completo el de Chudley. Yo no lo hice. —Arrugó el ceño y la nariz, en un gesto de puro desgrado, sintiendo un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Qué mal trago le daba solo recordarlo. —Pero los otros dos están muy bien. No sé de cuándo será el recuerdo de Agathos, pero se ve a Artemis discutiendo con él y si es reciente, nos podría ayudar si lo observamos bien. Luego lo miramos en profundidad... —explicó ella. —Ven, vamos a la habitación. Carol está en medio de...

Pero de camino, a mitad de la explicación de por qué Caroline estaba ocupada, salió su compañera de piso de su habitación, saludando a Gwen con una amplia sonrisa y acercándose a ella para darle un abrazo. Le explicó que luego se uniría a ellas, que estaba acabando un asunto importante que tenía entre manos sobre algo relacionado con la explotación de kappas en el sur de Inglaterra, pero que desde que terminase, quería enterarse de todo, con detalle, de lo que habían en esos recuerdos. Desde que Caroline estaba metida en el asunto, se sentía mucho más seguro todo, como si la piña que conformaban las tres fuesen suficientemente sólida como para que nada se saliese por desestabilizarse. Era como asegurarse de colocar bien las tres patas del trípode para que no se balancee. Tres opiniones; el doble de apoyo.

Antes de volver a su habitación, Caroline sacó un paquete de galletas con pepitas de chocolate de su habitación, invitando a Gwen y Sam. La rubia la miró, de manera sospechosa y desconfiada. —Espera, espera, ¿y esas galletas? —Ella acababa de ir a la despensa a por chocolate y no habían galletas.

Las escondo de ti para que no te las comas todas —dijo ella, con crueldad y sin sentimientos. En realidad lo había dicho tan mona como siempre, pero escribir el drama que Sam se inventaba en su propio mundo era totalmente gratuito.

Y Sam se llevó la mano al pecho, indignada, creando con sus labios una perfecta "O" de sorpresa. Dolida. Fingiendo un drama espectacular digno de novela cutre del canal público. Sólo faltaba la música melodramática de fondo y un zoom exagerado a su cara de falsa indignación.

¿Has escondido galletas de chocolate de mí para que no me las coma? ¿¡De chocolate!? —Y, en un intento de 'enfadarse', se le escapó una sonrisa. Al final, se rindió. —Yo hubiera hecho lo mismo. Es que si me como una, no puedo parar, ¿sabes? Y luego de repente ya no hay ninguna. Y como esté viendo una película o una serie... de repente desaparecen, en un abrir y cerrar de ojos. Yo no lo entiendo. —Eso se lo dijo a Gwen, para entonces mirar a la pelirroja de nuevo y señalarla con el dedo. —Pero me sigue pareciendo una jugarreta muy fea, Shepard. El karma te castigará. —Y de nuevo, una sonrisa se le escapó, acompañada de un guiño. Sam se mostraba divertida y alegre, como siempre hacía, mostrando una sonrisa. Pero en verdad seguía bastante afligida por todo lo de Kant. Pero bueno, ¿qué podía hacer al respecto? Nada. Sólo esperar, que al parecer, como dicen, el tiempo lo cura todo. Mientras tanto, qué menos que sonreír para no preocupar a la gente que te rodea.

Caroline recibió una llamada en la habitación y no tardó en despedirse, dejando las galletas bajo la custodia de Gwen. Antes de entrar por la habitación, no se le olvidó lanzarle un beso volado a lo Beyoncé a Sam. Siempre lo hacía cuando le hacía alguna jugarreta. Sam le contestó enseñándole la  lengua, porque ser infantil también era gratis y, además, muy divertido.

Una vez en la habitación de la legeremante, Sam le robó una galleta a Gwendoline con una tierna sonrisa, para entonces señalarle su escritorio y cerrar la puerta tras ella, más que nada porque la ventana estaba abierta y había corriente si no. Sobre el escritorio estaba el pensadero, además de los tres recuerdos individuales de Hemsley, Keegan y Smith y el resto de los lugares. —¿Por cuál quieres empezar? Bueno, creo que lo mejor es que empieces con el de Artemis... quizás hayas coincidido más de una vez con ella y no caes. Yo, personalmente, no la reconocí. Aunque claro, yo cuando trabajaba en el Ministerio un poco más y me metían en un zulo, ¿sabes? —Exageró, ya que con el antiguo gobierno el departamento de oclumancia y legeremancia era más bien una oficina de instructores que se encontraba en lo más profundo del departamento de misterios. Ahora, según tenía entendido, pertenecía a otro departamento más integrado.
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Gwendoline Edevane el Vie Jun 08, 2018 4:15 pm

Cuando la puerta se cerró y de nuevo estuvimos en un entorno seguro, un entorno libre de posibles ojos ajenos y sin la inminencia de sufrir el ataque de algún cazarrecompensas oportunista, fui consciente de lo nerviosa que había estado todo el tiempo. Tuve esa sensación en las piernas, cómo si los músculos de repente aflojasen toda la tensión que habían estado acumulando, y tuve la sensación de caminar sobre dos flojas masas de gelatina sostenidas por palitos. Un poco lo mismo me pasaba en el resto del cuerpo, pero de todas maneras, logré disimular esa sensación. Esta tensión va a matarme un día de estos...
Cómo consuelo de tontos, me recordé a mí misma que había más posibilidad de que me matase alguno de los secuaces de Grulla que la tensión. ¡Ventajas de cuidarse y hacer deporte!

—Está bien, lo tendré en cuenta.—Respondí, sonriendo, mientras echaba un vistazo a la puerta de la que me hablaba, situada a mano izquierda nada más se cruzaba la puerta principal. No pude evitar preguntame qué clase de habitación habría tras aquella puerta, curiosidad innata en el ser humano, especialmente si es Ravenclaw, y tomé nota mental de meter esa habitación en mi lista de prioridades en caso de que estuviese en algún tipo de peligro de muerte y no supiese dónde meterme.—Dios... no puedes imaginarte lo largo que se me ha hecho este día. Cómo me alegro de estar en casa...—Dije aquello último de manera involuntaria, quizás por primera vez en todo el tiempo que llevaba frecuentando la vivienda que Caroline y Sam compartían. Y ni siquiera me di cuenta de que lo había dicho cómo para disculparme por tomarme semejante libertad.

Informé a mi amiga del estado en que había quedado Savannah, por la cual no podríamos evitar preocuparnos desde aquel día en adelante. Por estúpido que pareciese, por muy lleno que tuviésemos ya nuestro plato de preocupaciones, no podíamos evitarlo. Y por ahora, la muchacha estaba bien, lo suficientemente enérgica cómo para decirme que prefería esperar sola a que su hermano llegase, y sin mostrar signo alguno de recordar el encuentro que había tenido con Sam y conmigo fuera de las paredes del Ministerio. Y mi amiga se sintió tan aliviada que pareció desinflarse cómo un globo lleno de aire hasta tal punto que la goma empezaba a ponese blanca. Bueno, quizás exagero un poco, pero Sam sí se sintió visiblemente aliviada.
A mi pregunta, mi amiga respondió con un encogimiento de hombros, asegurando que estaba bien. Había revisado un poco los recuerdos de nuestras tres "personas de interés": Chudley Skeegan, Agathos Smith y, por supuesto, Artemis Hemsley. Me imaginaba que Savannah, antes de perder sus recuerdos, habría hecho un esfuerzo titánico para recordar momentos dolorosos vividos junto a esa mujer y en los que estuviesen implicados los otros dos, pero al parecer el recuerdo de Skeegan era especialmente gráfico.

—Has hecho bien. Con ver su cara me basta. Si veo lo demás...—Bueno, si veo lo demás, posiblemente voy a llenarme de semejante desprecio hacia ese hombre que querré romperle la cabeza en cuanto le vea... Asentí con la cabeza lo que dijo del recuerdo de Agathos, pues en los recuerdos extraidos directamente de una mente humana podían encontrarse muchos detalles que incluso al propietario se le pasaron desapercibidos.

Seguí a Sam en dirección a su habitación mientras me explicaba que Caroline estaba en medio de... y ese "de" se convirtió en una incógnita, pues la propia Caroline hizo acto de presencia. Casi cómo la mención de su nombre fuese una especie de invocación—Alguien debería anotarse esa idea. Puede ser muy útil.—y me saludó con una enorme sonrisa. Se acercó, abriendo los brazos y yo la recibí encantada, esbozando una leve sonrisa. Se nos uniría después para compartir la información que teníamos, lo cual me pareció una mejora muy significativa con respecto a la última vez. Sí, esa vez en que se había enfadado tanto con nosotras. Bueno... es lo que tiene la sinceridad. Eso une a la gente. Podía decir que me sentía mucho más segura ahora que éramos tres y no dos.
Entonces, nos ofreció galletas. Esto desembocó en una cómica discusión entre ambas de la que fui testigo, mientras reía divertida. En aquellos momentos, era fácil comprender por qué había dicho que estaba "en casa" nada más entrar. ¿Acaso no me hacían sentir esas dos cómo si estuviese en casa? Eso me hizo sentirme un poco culpable por aquella especie de ataque de celos que había desembocado en un enfado—que nunca manifesté en voz alta—hacia Caroline. Pensándolo más tarde, me había dado cuenta de que la cosa no trataba de comparar quién había hecho qué ni tratar de quedar por encima de la otra. Soy humana y cometo errores, ¿de acuerdo?
El conflicto se resolvió cuando Caroline dejó las galletas bajo mi custodia, y Sam aceptó su parte de responsabilidad en el asunto. Le dediqué una mirada con una ceja alzada y una leve e incrédula sonrisa en los labios, negando a continuación con la cabeza.

—Mi regalo de Navidad este año para ti será llevarte a curar la adicción al chocolate...—Dije, cómo quién no quiere la cosa, y antes de que Sam se pusiese brazos en jarra y dijese "¡Ay, mecachis! ¿De qué lado estás tú, Güendolín?" o algo parecido, añadí:—...o a una fábrica de chocolate en Suiza. Todavía no lo he decidido.—Y le dediqué una sonrisa. En realidad, seguramente alimentaría su adicción al chocolate antes que ayudarla a "curarse" de ella. Después de todo, lo peor que ocurría era que robaba galletas de la despensa.

¡Cómo me acaba de robar una en las narices, por ejemplo! La miré con los ojos encerrados y una seridad más falsa que un billete de libra hecho con lápices de colores, antes de proceder a entrar en la habitación. Me alegraba ver a Sam más alegre, más animada, pues había sufrido mucho al saber cómo habían sido los últimos días de Ulises Kant, y cómo posiblemente había muerto gritando de dolor... por algo que se atribuía a ella. Yo también lo hacía, no vamos a negarlo, pero no me gustaba que Sam se sintiese mal. Bienvenidas fuesen las risas y los gestos infantiles, cómo sacarle la lengua a Caroline o robar una galleta con cara de niña traviesa.
Pero tocaba ponerse serias otra vez. El pensadero estaba sobre el escritorio, y junto a él una serie de recuerdos metidos en pequeñas botellitas de cristal debidamente etiquetadas. Sam me recomendó empezar por Hemsley, el paso lógico, y me pareció tan bueno cómo cualquier otro para empezar.

—Pues empecemos por ella. A mí tampoco es que me suene demasiado alguien con esa descripción, si te digo la verdad. Pero viéndola, saldré de dudas.—Dejé las galletas sobre la mesa y alcancé el frasquito de Hemsley, mirándolo con cierta aprensión. Lo destapé y vertí el contenido dentro del pensadero, sentándome en la silla ante el escritorio. Suspiré de manera temblorosa.—No te mentiré: meterme dentro de recuerdos ajenos me da un poco de miedo.—Confesé, y supuse que Sam entendía a qué me refería. En un flash, a mi cabeza vino el momento en que Sam, manejada cómo un títere, fue obligada por Vladimir Crowley a ponerse de pie, de cara a la pared, para recibir tantos latigazos que la hicieron perder el sentido. Estiré una mano hacia mi amiga.—¿Vienes conmigo?

Sam cogió mi mano y se acercó, comprensiva, para sumergirse conmigo en el primer recuerdo. Cómo quien mete la cabeza dentro de un cántaro de agua, o un lavabo rebosante, la sensación fue muy parecida. Hasta que el mundo se desdibujó y unos encontramos en otro lugar distinto.
Se trataba de un sitio oscuro, apenas iluminado por la titilante luz de unas cuantas velas colocadas en candelabros en las paredes. Dichas paredes eran de roca o algo parecido, y conformaban una especie de pasillo. Por encima de nuestras cabezas el techo mostraba un entramado de vigas y arcos de madera entrecruzados, formando un tejado no demasiado alto. Y pocos detalles más podían apreciarse en el entorno.
Frente a Sam y frente a mí, había dos personas. De espaldas a nosotras estaba Savannah McLaren, y frente a ella, mirándola, una mujer de piel oscura iluminada por la luz de los candelabros a ambos lados. Mostraba una sonrisa en apariencia cálida, las manos cruzadas a la espalda. Vestía ropa negra, una blusa con volantes y unos pantalones, y en su cabeza llevaba un pañuelo anudado, también de color negro.
Mientras hablaba, presentándose a Savannah, negué con la cabeza.

—No me suena de nada.—Le dije, frustrada, mientras observaba el entorno a nuestro alredesor.—¿No podía Savannah haber escogido un entorno un poco más luminoso? Este sitio está demasiado oscuro... No veo nada que nos pueda ayudar.—Protesté, intentando de todas formas buscar algún punto de referencia. Recorrí el pasillo, pasando a través de las figuras de Savannah y de Hemsley, mientras tanteaba la pared a ambos lados. Intenté llegar al otro lado del pasillo, el que se extendía por detrás de Hemsley, pero no pude. Seguramente, en aquel recuerdo Savannah no tenía información acerca de lo que había en aquella zona negra del pasillo, posiblemente porque no había visto más allá debido a la oscuridad. Así que volví con Sam.—Aquí no hay nada. Y esa mujer no me suena, la verdad.

Así que volvimos al mundo real, el mundo del presente, sacando la cabeza del pensadero. Se me había pasado un poco el miedo inicial, viendo que Savannah nos había dejado unos recuerdos muy "ligeros". Al menos en aquel recuerdo, Hemsley no se parecía para nada al monstruo descrito por Savannah.
Fruncí el ceño, un tanto decepcionada.

—Ese sitio parecía una mazmorra, o la guarida de Drácula.—Comenté, soltando con suavidad la mano de Sam. Alcancé mi varita y recogí con ella el recuerdo del pensadero, colocándolo de nuevo en su botella.—Bueno, supongo que, quizás, tendré algo más de suerte con...—Suspiré, dejando el de Hemsley bien tapado y alcanzando el de Skeegan.—...este. De este ya me encargo yo. Espérame aquí... y por favor, ¡no robes demasiadas galletas!—La señalé con un dedo acusador, con tal intensidad que casi se lo meto en un ojo y la hice dar un respingo de sorpresa.—En fin, deséame suerte...—Y dicho esto, vertí el recuerdo en el pensadero, para acto seguido sumergirme en él.


***

En este caso, el recuerdo comenzó fuerte. De la misma forma que un espectador en un partido de Quiddtich, observaba y escuchaba desde la distancia. Sin embargo, lo que escuchaba no era el clamor del público, y lo que veía no eran las magistrales jugadas a lomos de las escobas, mientras el buscador perseguía la Snitch dorada.
No. Lo que llegó a mis oídos eran los gritos, procedentes de algún lugar por delante de mí, a través de una puerta abierta al fondo de un pasillo oscuro. Avancé, dubidativa, pues sabía lo que me esperaba dentro de la estancia iluminada que tenía frente a mis ojos.

Lawrence, Lawrence... ¿Por qué tienes que ponerme las cosas tan difíciles? Creía que tú y yo éramos buenos amigos... ¡Con todos los buenos ratos que hemos pasado tú y yo juntos!Era la voz de una mujer, y su tono para nada se correspondía con las palabras que decía. No sonaba nada amistosa, si no más bien sarcástica. Además, a aquel sonido acompañó un restallido, cómo el de un cable de alta tensión que asocié a algún tipo de hechizo eléctrico, seguido de un gruñido de puro dolor.

Me costó un par de segundos comprender que aquella voz era la misma voz suave que Hemsley había utilizado para presentarse antes Savannah. Crucé el umbral de la estancia, y en seguida pude ver una escena dantesca: un hombre tembloroso, sujeto con correas de cuero a una silla de madera de aspecto horriblemente incómodo, totalmente desnudo y cubierto de heridas, moretones y sangre; ante él, la misma mujer de antes, Artemis Hemsley, sujetando su varita en la mano izquierda—tomé nota mental de ese pequeño detalle—paseaba de un lado a otro con una sonrisa enorme en su cara, salpicada de sangre que no era suya. Seguía llevando ese característico pañuelo suyo en la cabeza.
Tras ella, a una distancia prudencial, había reunidas varias personas. Reconocí a Ulises Kant, medio escondido en las sombras de la estancia, con expresión de aburrimiento en su rostro. También estaba Savannah, visiblemente nerviosa, de pie y con la espalda muy rígida, seguramente forzada a contemplar semejante locura. Y luego había una tercera persona, un hombre desconocido de traje negro, gafas, y pelo negro peinado hacia atrás con mucha gomina. La expresión de su cara era de inexpresividad total, y tal parecía que allí la única preocupada de verdad era Savannah.
Me detuve en la estancia, cómo si yo misma fuese uno de los espectadores de aquel grotesco espectáculo. Había sangre por todo el suelo, en forma de salpicaduras, y tanto del hombre cómo de la silla goteaba lo que parecía ser agua. Mi cabeza hizo una asociación lógica: el agua conducía la electricidad, y había escuchado un sonido eléctrico poco antes de entrar en la habitación. No hacía falta saber más.
O sí, porque el hombre se había desmayado, cosa que no pasó inadvertida a Hemsley.

Skeegan...Dijo simplemente Grulla, haciendo un gesto con su mano libre en dirección al hombre de gafas. Le miré atentamente mientras recorría la estancia hasta detenerse junto al hombre torturado. Colocó sus dedos en su muñeca y acto seguido sacó un reloj de bolsillo, que consultó.

Parece que has dado con otro debilucho, Artemis. ¡Y parecía que tenía una salud de hierro! Estimaba que aguantaría mucho más antes de...Era Skeegan, hablando mientras examinaba al hombre inconsciente y apaleado. Grulla le interrumpió.

Evítanos la jerga, ¿quieres?Pidió la mujer con una sonrisa tan pronunciada que me produjo un escalofrío. Era una sonrisa lupina, y no hizo falta más para que Skeegan se callase y prestase atención a lo que estaba haciendo.

Pulso normal. Constantes normales. Yo diría que todavía no hay que preocuparse por su integridad física. Soportará un poco más.Dijo el hombre con frialdad.

Pues despiértalo.Hemsley mantenía la misma sonrisa, y Skeegan procedió a obedecer su orden.


***

No me quedé más tiempo, haciendo caso a Sam, y volví a emerger en el mundo real, un tanto mareada por lo que había visto allí. Me alegraba de que al menos, a diferencia de la legeremancia, aquello no estuviese empapado de los sentimientos de los presentes. No quería ni saber cómo Savannah y aquel hombre se estaban sintiendo en ese momento. Suspiré profundamente, mirando a Sam.

—No entiendo cómo alguien es capaz de hacer algo así...—Dije, negando con la cabeza, incapaz de metérmelo en la sesera.—Pero debo decir que ese recuerdo tampoco me ha aportado mucho, más allá de ver la cara de Skeegan. Me encantaría darle un puñetazo y romperle esas malditas gafas que lleva... ¿En qué momento se tuerce tanto una persona que pasa de curar a gente herida a utilizar sus conocimientos para decir hasta qué punto es seguro seguir torturando a alguien?

Así que solo quedaba un recuerdo. Supuse que a la tercera iría la vencida. Pero primero, necesitaba tomarme un momento de respiro. El último había sido muy malo, y me iba a costar quitarme de la cabeza aquellas imágenes. No pude evitar pensar en el tal Lawrence, y me imaginé que su destino no habría sido ser feliz y comer perdices después de aquello...
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Caroline Shepard el Sáb Jun 09, 2018 11:45 pm

Le lanzó un beso al más estilo Beyoncé y volvió a entrar en su habitación. Apenas cerró la puerta y observó el montón de papeles que se encontraba en su escritorio suspiró. Y no por desidia al trabajo, sino por su contenido.  Porque ella realmente quería estar ahora junto a sus amigas, escuchando todo y poniéndose al día. Pero hace ya un par de días su mente se había sumergido en una misión que ni siquiera el Ministerio sabía. O quizás sí sabía pero no había querido decir nada. Porque no le importaba o porque estaban metidos de lleno en todo aquello, donde esta última opción era la que más creía posible la pelirroja. Es que ya llevaba un buen tiempo trabajando en ese edificio y cada día se decepciona más. De su departamento y de sus mismos compañeros de trabajo. Que parecía que se encontraban allí meramente por una estabilidad económica y supuesta seguridad que por que realmente le importaran las Criaturas. Y le resultaba sumamente extraño, jamás le había pasado aquello porque durante los últimos diez años había tenido la fortuna de encontrarse rodeada de personas que se desvelaban por esos seres no humanos, cuidaban de ellos y luchando por su bienestar.

Se sentó en su escritorio y observó lo papeles, una vez más. Destacadores de todos los colores y un par de lápices se encontraban esparcidos sobre el mueble, los cuales había utilizado para ir marcando dependiendo de su color las datos que servían, los que no, y los posibles. Los lugares, los nombres, y la cantidad de víctimas. Tapó una imagen que le produjo un escalofrío feroz por toda su columna. Era un Kappa cubierto de sangre con cadenas en todas sus extremidades.

Durante su estadía fuera de Londres, Caroline se había unido a una brigada mágica "ilegal" que luchaba por los derechos y el mal trato de algunos humanos en contra de las criaturas. Viajó por muchas partes del mundo y , trabajó codo a codo con todas las personas que por x motivo, sentían la necesidad de velar por una vida mejor para aquellos seres que al encontrarse en un mundo dominado por el humano han tenido que subsistir, muchas veces solos y en su mayoría ver extinguirse frente a sus ojos a sus propias especies. Gracias a ello y a ese contacto es que le llegó esta información del Sur de Inglaterra. Y siendo ella una especialista en esas criaturas le pidieron de manera personalizada una mano en este caso.

¿Qué había sucedido? Los guardianes de las aguas de Inglaterra pusieron la alerta de que durante el último mes habían comenzado a desaparecer criaturas acuáticas, en su mayoría eran aquellas que se tildaban como demonios del agua. Una tontería, diría Caroline. Que tras pasar años estudiando a los Kappas había comprendido que de maldad tenían poco y nada.  Pero eso pensaba ella, y aún faltaba mucha educación entorno a todas las criaturas tanto mágicas como muggles por lo que su tráfico y matanza aún era algo del día a día.  A penas se había enterado comenzó a llamar a todos sus contactos, en especial a los que tenía del mercado negro. En cinco minutos recibiría una videollamada de uno de ellos, al parecer había obtenido una información de último momento y quería hablarlo con ella para ver cómo proseguir.

Se metió una mano en el bolsillo de su pantalón y sonrió traviesa. Una galletita con chips de chocolate se encontraba en el, una que  salvó de la boca comilona de Sam y ahora le iba a endulzar un poquito su espera.


***

Salió cabizbaja de su habitación, la noticia que le acababan de dar le había roto su corazón en mil pedazos y al mismo tiempo le generaba una rabia tremenda, profunda, e intensa. Sacudió su cabeza y dió unos pequeños saltitos para destensar su cuerpo antes de entrar en la habitación donde se encontraba Gwen y Sam. Tenía que cambiar de switch, tenía que tener ahora todas sus energías evocada en sus amigas. De los Kappas ya se ocuparía mañana. A primera hora, pero mañana.

Entró en la habitación y lo primero que hizo fue ir a por Gwen.- Hey...- le susurró cariñosamente y le rodeó sus hombros con su brazo. Dándole un pequeño besito en su mejilla de ánimos. - ¿Ha estado muy terrible?.- preguntó, sabiendo de antemano la respuesta pero haciéndola de todos modos, mientras daba mimos con sus mano derecha en la espalda de la castaña. - ¿Han obtenido nueva información?.- miró a Sam e hizo una mueca.

Mientras que por dentro, un fuego comenzaba a encenderse, uno que la llamaba a comenzar a introducirse aún más en la causa, y a trabajar sin descanso por todos aquellos que amaba, luchar aún más que ayer y siempre menos que mañana. No decaer, seguir, avanzar, y accionar.
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Sam J. Lehmann el Lun Jun 11, 2018 7:17 pm

Sonrió, complaciente al escuchar a su amiga. "Estar en casa..." Mucha gente decía que por muchas casas que pudieras tener, en realidad sólo tenías un hogar. Pero Sam no opinaba igual, no desde que es lo que es. Se había dado cuenta de que puedes llamar "hogar" a más de un sitio. Y últimamente, sentía que su hogar no estaba en un lugar estático, entre cuatro paredes, sino en dónde estuvieran sus seres queridos. Su hogar no era la casa de Caroline; era Caroline. Y su hogar tampoco estaba en casa de Gwen, sino que sencillamente lo era ella. Así que sonrió simplemente porque... bueno, le ponía feliz que ella pudiera sentirse tan a gusto al lado de Caroline y ella, como para sentirse como en casa. —¿Eh, perdona? —De repente cayó en lo que le estaba diciendo, saliendo de su pequeña inopia. —Aquí nos aceptamos con nuestros defectos y virtudes, así que mejor la fábrica de chocolate.

A ver, el hurto de galletas no estaba penalizado con la ley, ¿vale? ¡No era para tanto! ¡Además, si estaban ahí era para comérselas! Ahora ya podéis daros cuenta por qué a Sam le gusta tanto hacer galletas: para que así no se quejen cuando se las come todas. ¡Pero es que le encantaban! Y no cualquier galleta, sino las que tenían chocolate (¿qué raro, no?) en alguna de sus variantes: en pepitas, en el interior, con dibujitos. ¡Lo que fuera! Así que robó, porque robar era gratis y demasiado fácil teniendo en cuenta que Gwen no estaba acostumbrada a los reflejos de gato ninja de Sam, experta robadora de galletas.

Una vez en su habitación, fueron directamente a lo importante. Y no nos vamos a engañar: era la primera vez en meses que por fin tenían información real y muy valiosa de Grulla. No os hacéis a la idea de lo mucho que eso significaba para ellas después de ir meses a ciegas, en busca del mínimo resquicio de una huella con el que poder seguir un rastro. Y ahora, sin embargo, habían dado con ese diamante en bruto, casi de manera literal, que  fue capaz de cederles los recuerdos; recuerdos que contaban la historia de una chica rodeada de monstruos y que solo quiere escapar. Pero dentro de esa historia estaba la principal antagonista, la mujer que ahora mismo también era la enemiga real de Sam, Gwen y Caroline. Y no le resultó nada extraño que su amiga confesase su miedo a la hora de meterse en recuerdos ajenos. La misma Sam no había sido nada cuidadosa al enseñarle su pasado y la verdad es que al menos con Skeegan, los recuerdos incluso podían pecar de ser muy parecidos. Así que cuando estiró la mano hacia ella, preguntándole que si iba con ella, la rubia se limitó a mirarla, queriéndole decir con esa mirada y esa sonrisa que con ella iba a cualquier lugar por horrible que pudiese ser.

Una vez ambas sumergidas en el interior de ese recuerdo, Gwendoline no tardó en quejarse por una evidencia: no era el mejor recuerdo que podría haberles dado Savannah para presentar a Grulla. —Quizás lo eligió porque es el único en el que... —Pero se calló entonces, pues lo que iba a decir sonaba un poco feo. Muy feo. Así que re-ordenó sus palabras: —Digo, no creo que Savannah, tal y cómo nos describió a Grulla y la evidencia del miedo que le tenía, quisiese que la viésemos complaciendo a Grulla. Es lo único que se me ocurre para que eligiese precisamente este recuerdo... —Argumentó un poco su perspectiva, aún en el interior del recuerdo. —De todas maneras, Artemis sale en el resto con otras facetas.

Apenas tardaron un poco más en volver a salir, donde Gwen comentó el aspecto lúgubre del lugar. No sabía por qué, pero Sam siempre había relacionado a los Mortífagos con cuevas, tabernas de osos sangrientos y castillos oscuros en plan villano. —Son Mortífagos. No me los imagino precisamente teniendo reuniones en un rascacielos con ventanales enormes y bien iluminado, ¿sabes? —Y esbozó una sonrisa, para entonces soltarle la mano y retroceder un par de pasos, sentándose en su cama y subiendo los pies, cruzándolos como los indios. —Aquí te espero... —Y rió al ver el dedo acusador por el hurto de galletas, moviendo divertida una de sus manos, zarandeándola, como si ese dedo fuese una mosca molesta. —¡Vale, vale! ¡Qué sepas que estáis limitando mi alimentación! —Se quejó divertida.

Y cuando su amiga se sumergió en aquel desagradable recuerdo, se limitó en quedarse en su posición. No robó galletas, no se tiró en su cama por mucho que le apeteciese relajarse un poco, ni mucho menos se puso a hacer otra cosa. No, simplemente se quedó allí, mirándola, a la espera. Era un recuerdo muy horrible, cargado de imágenes impactantes y fuertes. Sam se había acostumbrado a las desgracias, además de ver ese tipo de cosas tanto en personas ajenas como en sí mismas. Podría decirse que... ¿estaba curada de espanto? Pero Gwen no. Y Merlín y Morgana no quieran que jamás tenga que pasar por algo así. Era curioso el instinto de protección: Gwen protegiéndole para que no le pasase lo mismo nunca más y Sam protegiéndola a ella sin querer, ni por asomo, que pasase por algo similar.

Cuando salió del recuerdo, Sam aún estaba en la misma posición, mirándola con curiosidad. Su reflexión era más que normal, cargada de preguntas sin respuestas. O más bien, cargadas de preguntas con demasiadas respuestas. Vio como Caroline entraba en la habitación, dirigiéndose directamente a la morena. Sam le dedicó una sonrisa, pero luego no dudó en contestar al comentario de su amiga. —Yo ya no intento buscarle lógica a la monstruosidades, ¿sabes? Siento que ellos tienen en esa cabeza una moralidad, una ética y... simplemente, una manera de ver y valorar la vida que es muy diferente a la nuestra. Para ello será lógico hacer eso: lógico y humano. Pensarán que es la manera de preservar la raza fuerte y dominante o alguna tontería como esa. ¡Que hay hasta personas que disfrutan haciendo eso, Gwendoline! —Exclamó, con los ojos bien abiertos. —Yo te juro que cada vez tengo más claro que la magia vuelve loca a la gente. Esas personas no pueden estar sanas mentalmente, es imposible.

Y se quedó tan a gusto. Jamás podría ver humano un comportamiento así. Muy enfermo debía de estar una persona como para que viese eso con normalidad. —Pues... recuerdo de Skeegan no lo hemos terminado de ver ninguna de las dos... —Miró a Gwen, para que le corroborase que efectivamente tampoco lo había terminado de ver,  ya que por el tiempo lo suponía pero no estaba segura. —Si tú tienes estómago para hacerlo... quizás encuentres algo que nosotras no —le respondió a Caroline, encogiéndose de hombros. Ella no sabía con exactitud cómo lo había pasado Sam en presencia de los Crowley aquel día, pero había visto a Sam después de eso, así que se haría una idea de por qué ninguna de las dos pudo terminar el recuerdo de Chudley. —Todavía queda Agathos. Ese recuerdo... es mucho más completo. Se ve a Artemis hablando con Agathos sobre un objeto en concreto que necesita, además de que tiene muchísimos detalles en los que no me he podido fijar. No es una mera presentación, ni una tortura desorbitadamente desagradable... —Murmuró. —¿Entramos las tres? Así, Carol, verás a Grulla y a Agathos.

____________

Minutos después, ya estaban dentro del recuerdo.

Una larga barra se extendía por toda una habitación estrecha y de altos techos. Cada pared estaba bañada de estanterías llenas de libros, antigüedades y objetos que, a simple vista, carecen de utilidad funcional. Sólo a simple vista. Los rayos de sol entraban por las ventanas, iluminando las motas de polvo en suspensión, así como dándole un aspecto francamente agradable para la carroña que había allí dentro. Agathos estaba detrás de la barra, a una distancia prudencial de la misma, ya que Grulla se estaba encarando a él, apoyada sobre la barra mientras le gritaba. A sus pies, entre ella y el muro de la barra, estaba esa misteriosa maleta. Savannah, por su parte, estaba varios pasos por detrás, fingiendo interesarse por unos objetos de extraña composición, simple y llanamente para no tener que ser partícipe de la discusión. Eso sí, no estaba perdiendo detalle.

Artemis, te he dicho varias veces que no puedo complacer todas tus demandas en el poco tiempo que me das para cumplirlas. Necesito más tiempo.

Grulla se desapareció, apareciendo justo al lado de Agathos, sujetándole por el cuello de su camisa. Sam pegó un respingo pese a que ya lo sabía, ya que casualmente se encontraba cerca de la figura de Agathos en el interior del recuerdo, admirando lo feo que era, ¿qué narices le pasaba a ese señor? Era feo no, lo siguiente. Sin embargo, eso quedó eclipsado por las palabras de Grulla, las cuales salían con rabia de sus labios mientras sus ojos parecían querer escrutar las emociones de Smith.

¿Crees que uso un pseudónimo para que un imbécil como tú vaya soltando mi identidad por ahí? —Y lo empujó hacia atrás. —Vuelve a nombrar mi nombre y te corto la lengua. Así vomitarías menos mierda por la boca. —Hizo una pausa, fingiendo una sonrisa. —Y si te pido algo es para que lo tengas. Es importante. Te voy a pagar bien y sabes que no soy muy agradable cuando no consigo lo que quiero. —Finalmente, le soltó.

Agathos no se vio asustado, más bien molesto. Se sacudió el cuello de su camisa.

No es fácil de hacer lo que me pides, y lo sabes.

¿Tú no eras el mejor mago especializado en objetos malditos? ¿Has dejado de serme útil? —Preguntó, mirándole de reojo mientras jugueteaba con un tiovivo de juguete que estaba sobre la barra. —Porque supongo que no querrás dejar de serme útil. Te caería mucha mierda encima.

Dame una semana...

Tienes tres días.

Sam no perdía, de nuevo, detalle de la conversación, pero como ya lo había escuchado con anterioridad, se permitió mirar todo lo que le rodeaba de manera mucho más meticulosa, moviéndose por los diferentes montículos de objetos.

Holi. Vamos a hacer un jueguito ideado por Gwendoncita.
Del 1 al 10, Sam no se da cuenta de nada especialmente revelador en el recuerdo.
Del 11 al 20, Sam se da cuenta de la posible localización del lugar por lo que ve pasar por las ventanas.

Si no se da cuenta, la siguiente puede tirar dos dados y ver si lo averiguar ella.


Última edición por Sam J. Lehmann el Lun Jun 18, 2018 2:13 am, editado 1 vez
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Maestro de Dados el Lun Jun 11, 2018 7:17 pm

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Gwendoline Edevane el Mar Jun 12, 2018 2:09 pm

Examinar recuerdos en el pensadero era cómo contemplar una suerte de representación teatral: con todo lujo de detalles, eras testigo de un fragmento de la historia de alguien, un fragmento de su pasado, y todo lo que te rodeaba parecía vivo; sin embargo, cuando te ponias a examinar todo más de cerca, te dabas cuenta de que, si bien el escenario no era de cartón piedra, no dejaba de ser un decorado finito, con unos márgenes delimitados de los que no podías pasar. Y, por supuesto, los actores te ignoraban, cómo si no estuvieses ahí, y seguían con su representación, porque... bueno, porque en realidad no estabas ahí, y aquello no era una representación cómo tal.
Si bien he ido poco al teatro a lo largo de mi vida, puedo decir que las pocas veces que he ido me ha gustado. Me da igual la obra que se represente, por lo general, pues lo que me fascina es la capacidad de unos actores en un escenario tan evidentemente falso para hacer sentir al espectador, hacerle creer que está inmerso en una suerte de realidad alternativa dónde lo que ocurre ante sus ojos es posible. Y, sin embargo, odio examinar recuerdos ajenos en el pensadero. Por útil que pueda ser, por mucha información que pueda brindar, a veces te encuentras con cosas cómo Artemis Hemsley y Chudley Skeegan. Y no sé a día de hoy cual de los dos hizo que se me revolviese más el estómago en aquel momento.
Mientras formulaba mis preguntas retóricas, preguntas que se remontaban a los orígenes de la especie humana, la puerta del cuarto se abrió y Caroline entró. Mi amiga se acercó a mí, rodeándome los hombros con un brazo, y esbocé una leve sonrisa cuando me dio aquel beso en la mejilla. Antes de poder responder a la pregunta de la pelirroja, Sam intervino, y la observé con los labios fruncidos.

—Pues bien podrían dejar de joder a las personas que quiero.—Dije, arreándole un golpe al escritorio con el puño cerrado, haciéndome daño en el proceso. Tal cual. "Joder", una palabra que pocas veces en mi vida había pronunciado, y que denotaba hasta qué punto me sentía frustrada, furiosa y asqueada. ¡Y es que era un maldito todo! Nosotras tres, y Beatrice, y Henry, éramos gente normal. Gente que buscaba vivir sus vidas sin molestar absolutamente a nadie. De la noche a la mañana, Henry aparecía en coma en San Mungo y al despertar era una persona distinta; Sebastian Crowley cogía a Sam y la ponía bajo un juramento inquebrantable, obligándola a hacer lo que quisiese y torturándola psicológicamente; ella y Beatrice perdían su libertad y su derecho a respirar simplemente porque eran milagros mágicos nacidos de muggles; mi madre acababa metida en el Área-M de la prisión de Azkaban por ese mismo motivo; Caroline se veía obligada a segar la vida de un hombre porque era la única manera de salvar a Sam; Sam sufría una brutal tortura hasta el punto de desear morir, solo por información; y por último, Steven Bennington, hermano de Beatrice, acababa también en el Área-M. Y todo eso sin mencionar a Hemsley... ¡¿Podía pasarnos algo más?! ¡Venga, karma, mándanos algo más! ¡Un meteorito o algo! ¡Acaba ya con nosotros!—Lo siento. No quería decir eso.—Me disculpé inmediatamente, intentando serenarme, pues demasiadas cosas se me habían agolpado dentro de la cabeza. ¿Acaso no podíamos simplemente vivir nuestras vidas como habíamos hecho hasta ahora? Nunca habíamos pedido nada de esto...—Es solo que me asquean estas personas. Nunca les hemos hecho nada que justifique...—Miré primero a Caroline, y después a Sam, para a continuación bajar la mirada. Ambas sabrían a qué me refería, sin duda: no era justo que la una hubiese tenido que manchar sus manos de sangre, ni que la otra hubiese padecido todo lo que había padecido.—Estoy bien. Se me pasará.

Y a pesar de eso, me quedé mirándome las manos, que tenía entrelazadas en mi regazo. Los padecimientos de mis amigas eran muy duros de sobrellevar—y mucho más cuando una parte de esas vivencias estaba ahora arraigada dentro de mí, cómo si yo las hubiese vivido—y me destrozaba por dentro el pensar que tenía que hablar con Beatrice para decirle que su hermano, que era a todas luces su otra mitad, había sido apresado ese mismo día. Maldita vida injusta...
Sam le explicó a Caroline lo que habíamos estado haciendo, y mientras lo hacía, yo seguía mirándome las manos sobre mi regazo. Alcé la mirada hacia Caroline en cuanto Sam mencionó que la pelirroja quizás tuviese estómago para mirarlo hasta el final.

—No te lo recomiendo.—Dije, negando repetidamente con la cabeza.—Cualquier cosa que haya ahí dentro... no merece la pena.—Se lo recomendaba por un momento principal: había sido Caroline quién había cuidado de Sam después del episodio de los Crowley, y la que había tenido el dudoso honor de destapar el "regalo" con que esos salvajes habían obsequiado a Sam. Exponerse a ese tipo de cosas voluntariamente no era recomendable.—Además, te pasará cómo a mí y querrás arrancarle esas malditas gafas de la cara de un puñetazo...

Nos quedaba un recuerdo, aparte de los recuerdos de los lugares frecuentados por Grulla. Sin embargo, algo me decía que los lugares no ofrecerían mucha cosa, salvo un mapeado del lugar mucho más efectivo que cualquier plano en papel que pudiésemos encontrar. Pero una conversación entre Artemis Hemsley y Agathos Smith, traficante de objetos malditos, sí podía brindarnos información. Así que cuando Sam preguntó si queríamos entrar las tres juntas, asentí con la cabeza sin dudarlo.


***

Y allí estábamos. De nuevo, en una de esas extrañas representaciones teatrales que el pensadero ofrecía. Desde mi posición, junto a Savannah, observé el lugar que nos rodeaba en busca de detalles. Al frente de mí, lo que parecía un mostrador o una barra de algún tipo, a medio camino entre el mostrador de una tienda y la barra de una taberna. Allí se desarrollaba la acción, y Savannah observaba de soslayo, con disimulo, mientras fingía prestar atención a una reliquia que sostenía en sus manos. ¿Y cual era la acción? Pues, por supuesto, Artemis Hemsley manteniendo una discusión con Agathos Smith, un hombre cuyo aspecto físico era, cuanto menos, curioso. ¿Y por qué ese tono verdoso en su piel? ¿Estaba enfermo o algo por el estilo?
Sam, por algún motivo y totalmente fuera de lugar, se encontraba al otro lado de la barra, al lado de Smith. ¿Y podéis creerlo? Seguía siendo la más alta de todas las personas, recuerdos o reales, que había en aquel lugar. Y no quiero ni mencionar lo curioso que resultaba verla con su pijama y sus gafas junto a un hombre con una vestimenta tan peculiar.

—¿Habías visto a Savannah?—Pregunté a Caroline, tocándola suavemente en el hombro para señalarle con la mano al recuerdo de la chica, que examinaba en ese momento una especie de tinaja pequeña, dándole demasiadas vueltas en sus temblorosas manos.—Es ella quién nos ha dado toda esta información.—Y era responsabilidad nuestra asegurarnos de que no le ocurría nada. Lo habíamos prometido, al fin y al cabo.

Smith y Hemsley mantenían una discusión. Hemsley respondió de manera agresiva a la mención de su nombre, y debo decir que su rostro agresivo me daba muchísimo menos miedo que esas sonrisas lupinas y ese tono de voz fingidamente agradable que utilizaba durante la tortura del pobre Lawrence, en paz descansase.
Tono de voz que adquirió segundos después para amenazar a Agathos Smith... quién en lo personal creo que se tomó más aquella amenaza cómo una ofensa que cómo una amenaza real. Fruncí el ceño, pues aquello desde luego era curioso. ¿Le amenazaban con una horrible tortura, y el hombre simplemente se sacudía el traje y miraba con reproche a la mujer? Apreté los labios mientras contemplaba aquella "representación teatral", preguntándome una vez más qué le pasaba a Agathos. ¿Por qué ese tono de piel?
Suspiré profundamente, y me puse a examinar el lugar con la vista, fijándome en todos los detalles que podía. Tenía que haber algo. Algo de interés, lo que fuese. Había reliquias, objetos extraños, cosas que no sabía exactamente qué función tendrían...


Gwen se da cuenta de la ventana.

Revisando y revisando, llegué a la ventana, fuente de la mayor parte de luz dentro del establecimiento. La imagen que esta mostraba era prácticamente estática, y a diferencia de lo que sucedía cuando una se acercaba a una ventana, la perspectiva no cambiaba. Casi cómo si me estuviese acercando a un cuadro, pude ver lo que parecía una postal. ¿Y qué mostraba esa postal?

—Es el Callejón Knockturn.—Dije en voz alta, mientras Hemsley y Smith seguían enfrascados en lo suyo.—Al frente puede verse el escaparate de Borgin y Burkes. Supongo que podríamos utilizar la perspectiva que tiene esta imagen desde la posición en que está Savannah en este recuerdo...—Dicho aquello caminé hasta Savannah, deteniéndome en la misma posición en que estaba ella—lo cual resultó extraño, casi cómo ser atravesada por un fantasma, pero sin sensación de frío—y miré la ventana desde allí.—...para determinar la posición de esta tienda, o lo que sea, en el callejón.

No creía que fuese demasiado complicado. De hecho, esa ventana parecía estar bastante de frente a Borgin y Burkes por lo bien que se veía la tienda desde la ventana.


Pues vamos con las dos tiradas, a ver qué sale.
En mi caso:
Si sale 1 a 10 - Gwen no se da cuenta de nada relevante.
De 11 a 20 - Gwen se da cuenta de que hay un astrolabio mágico que permite determinar la fecha del evento.
En caso de acertar las tiradas, editio mi post para avanzar ^^

PD: Pues solo he acertado la de Sam xD ¡La siguiente para Caroline también!


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Jun 12, 2018 2:22 pm, editado 3 veces
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Maestro de Dados el Mar Jun 12, 2018 2:09 pm

El miembro 'Gwendoline Edevane' ha efectuado la acción siguiente: Lanzada de dados


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Caroline Shepard el Jue Jun 14, 2018 4:20 am

Sacudió su cabeza en cuanto estuvo detrás de la puerta que daba a la habitación de Sam, lo hizo para alejar cualquier otro pensamiento que inundara su cabeza que no fuera de Grulla o asociados. Debía tener toda su atención puesta en sus amigas y la nueva información que habían adquirido. Al menos ahora, Grulla tenía nombre el de Artemis Hemsley, quien al parecer trabaja dentro del propio Ministerio. Quizás hasta se ha topado con ella un par de veces, y el mero de hecho de pensar que en esas ocasiones le haya dedicado una sonrisa le causaba náuseas. Su rostro aún no lo tenía en su cabeza, pero ya pronto, tan solo bastaba girar esa manilla.

Al entrar su primera acción fue ir directamente hacia Gwen.  Desde que se empezó a interiorizar en el mundo de las Criaturas más a nivel profesional, una de las cosas que más le enseñaron era el reconocer el sentir de los diversos seres de los cuales ella se podía encontrar. Reconocer cuales eran sus rasgos, posturas o respiración al tener miedo, rabia, o hasta incluso cariño. Claro está que la paleta expresiva de los seres humanos era mucho más compleja que por ejemplo la de un Hipogrifo. Pero tenían las similitudes suficientes como para entender las cosas básicas, y de lo que veía Gwen había salido de un recuerdo nada agradable. Y como siempre, su primer impulso era el de ir a confortar a sus seres queridos.  Transmitirle calma, por más que en el exterior hubiera un caos total. - Yo no culparia a la magia, que ella es tan linda. Sino más bien culparia más al poder, las ansias que genera en un humano de querer dominarlo todo. Haciéndolos sentir superiores, de pensar que su ideal vale más que mil vidas. - dió su punto de vista, para luego escuchar maldecir a Gwen, suspiró. Es que la pelirroja entendía muy bien ese sentir, el querer que todo se acabe de una vez y que esa preciada "libertad" volviese a tocar la puerta. Donde el simple hecho de salir a comprar el pan no signifique que te cueste la vida, o ser capturada por un cazarrecompensas.

Le tomó una de las manos a Gwen y la rodeó con la suya, clavando su mirada sobre la suya y ofreciéndole una cálida sonrisa.- Entremos al de Agathos, dependiendo de cómo nos vaya allí...pues, no tengo problema con volver a echarle un vistazo a la de Skeegan. - les dijo mirando alternadamente a las dos. Nadie les dijo que sería fácil, y bueno, si había que ver cosas desagradables en el camino, ella lo haría.  Siempre hará lo que esté a su alcance si es que con ello puede liberar de alguna atrocidad a sus seres queridos. Y en la actualidad, a las personas que estaba empeñada en ayudar y proteger con uñas y dientes eran las dos rubias que se encontraban frente suyo.

Por ellas... todo.

***

Ya dentro del recuerdo Caroline no se perdió detalle alguno, clavando su azul mirada en todo y todos, se encontraba literalmente devorando todo con sus ojos. Por las descripciones que Sam le había dado anteriormente de cada personaje allí presente, no tardó en reconocer a Grulla, ni mucho menos a la pequeña y delgada Savannah.- Jamás la he visto por el Ministerio..- resopló mirándola con el ceño fruncido. Aunque de cierta forma también le agradaba saber que no se la había topado antes, que el mero hecho de saber que la tuvo tan cerca y no hizo nada terminaría por carcomer sus cesos, de pura frustración.  Miró al protagonista principal de aquel recuerdo, lo que aún no tenía en cuenta era el extraño aspecto de Agathos Smith, entrecerró sus ojos y se acercó un poco a él para observar de más cerca su piel, intentado descubrir cuál era la causa de semejante, color y textura...- Me imagine que era ella.- le comentó a Gwen, quien había terminado de confirmar sus suposiciones previas.

Sintió el saltito de Sam y por acto reflejó su mirada se dirigió hacia ella, suspiró aliviada al ver que se encontraba bien. Era consciente que dentro de un recuerdo nada les podía pasar, pero estaba tan acostumbrada a velar por las dos magas que estaban con ella que al más mínimo movimiento  enseguida despertaba su estado alerta. Desvió a continuación su mirada hacía Smith y Hemsley, quién estaban teniendo una discusión semi acalorada. Pero nada fuera de lo común para personas, que como ellos se desenvuelven en   tráficos ilegales de objetos. Su "conversación" formaba parte de todo aquello que suelen llamar meramente "negocios".

Se acercó a Gwen y miró junto a ella aquel paisaje congelado que ofrecía la ventana. - ¿Quizás puede ser una oficina del bar "Muggle sucio"?.- dijo aquello más como una pregunta que como afirmación. Ya que la última información que le había dado Sam todavía no la tenía tan adherida, pero sí la pelirroja no se equivocaba, uno de los lugares que había indicado Savannah, era precisamente ese ¿no?. Quedando cerca de Borgin&burkes y todo.

Se giró en su propio eje, y  mientras seguía pendiente de la conversación que estaban llevando Agathos y Hemsley le dedicó nuevamente una mirada a todo el lugar. Fijándose en cada detalle, para ver si en algún rincón, en algun lugar podrían encontrar algo que les diera más detalles sobre el próximo accionar de Grulla.

[edit]
Sus ojos de águila volvieron al juego, buscando entre los miles de objetos que les ofrecía aquel recuerdo, o gestos de las personas presentes que aportaran algo, observó como Savannah de manera tímida, casi imperceptible se movilizaba del rincón en el que se encontraba  hacia el estante lleno de libros. Caroline se acercó a ella, pero antes de llegar a su altura, la delgada chica se tropieza y se apoya en el escritorio de Agathos para no caer de bruces al piso. - Pero fíjate por dónde caminas, niñita .- le reprendió el mago, mientras volvía a ordenar el aparente desorden que había ocasionado la joven maga por tan accidentado caminar. Pero lo que no se le pasó por alto, ni a Carol (quien ahora ya se encontraba en su espalda) ni a Savannah, fue  el papel que tenía en sus manos  Agathos y que arrugó tan rápidamente para volver a guardarlo en su chaqueta.

Dentro de ese papel había escrito un nombre, el de  Shinji Aoyama. Y por alguna razón, a la pelirroja le sonó sumamente familiar. - Shinji Aoyama...- repitió en un susurro mientras cerraba sus ojos en pos de recordar algo que está allí en la punta de la lengua, pero se escondía traviesamente, escapandose de ella. Abrió los ojos de sopetón.- Creo saber qué es lo que  anda buscando, Hemsley.- soltó de pronto y clavó su mirada en las dos magas.- Smith se acaba de guardar un papel con el nombre de Shinji Aoyama, uno de los fabricantes de espadas mágicas japonesas más letales de todo el continente. Si alguien nos puede dar más información ese es Ryosuke.- miró a Sam, ya que la rubia ya había tenido la oportunidad de conocerle en su última ida a Japón. - Él nos puede dar más información, y quizás comentar si Aoyama ha tenido algún contacto con Smith.- agregó.

Miau <3
Yo también me sumo al juego de dados (esos que tanto me aman).
El primer dado es para ver si Carol da con el astrolabio mágico.
Y el segundo sería así:
1-10 : No descubre nada nuevo.
11-20 : Descubre un nuevo nombre, uno japones. Que les puede ayudar para saber un poco más sobre el lugar o cuál es el arma que anda en busca Grulla :B

Depende del resultado, edito este post jiji
¡besitos en la nariz pa las dos!


Última edición por Caroline Shepard el Jue Jun 14, 2018 4:42 am, editado 2 veces
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Maestro de Dados el Jue Jun 14, 2018 4:20 am

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Sam J. Lehmann Ayer a las 2:33 am

Quizás las otras dos veces que entró en ese recuerdo prestó atención a otra cosa, pero esta vez su mirada sólo podía estar en un lugar: la piel de Agapito. Podían ver a Caroline y Gwendoline más observadoras que nunca, mientras que Sam yacía justo al lado del dueño de la tienda, con cara de asco, el labio ligeramente alzado, admirando con incredulidad esa piel. Aquello no era natural. ¿Alguna consecuencia secundaria de alguna poción o medicamento? ¿Quizás las secuelas de las artes oscuras? O... bueno, si trataba con objetos malditos algo le decía que lo más normal es que hubiese sido algún tipo de accidente en relación con ellos.

Pero consiguió salir de su inopia profunda cuando Gwen descubrió el lugar en donde se encontraban, en el Callejón Knockturn. ¿Por qué era que no se sorprendía? Ese callejón parece ser que solo alberga carroña y acumula basura. Y cada vez que Sam entraba en él, solía salir mal. Era un nombre que no le traía precisamente buenos recuerdos. Luego escuchó la aportación de Caroline, la cual tenía todo el sentido del mundo. En ese momento decidió salir de detrás de la barra, traspasándola sin más. —Pues... podría ser. Aunque me gustaría pensar que con todo lo que nos dijo Savannah, nos hubiese advertido que Agathos trabajaba en el 'muggle sucio'. —comentó ella entonces, acercándose a sus amigas. —De todas maneras, este tipo de negocios estará mucho más escondido de lo que estará el resto. Quien venga aquí es porque sabe lo que quiere y no entrará solo a ver si encuentra algo bonito. Quizás... —Se llevó un dedo al puente de la nariz, en donde se re-colocó las gafas, dándole un ligero empujoncito hacia atrás—...si tienes razón y el bar sirve de tapadera para este negocio. O sencillamente es una vidriera desmejorada, sucia, cuya puerta está rota y parece que no hay nada, pero que si una vez la traspasas, te encuentras con ésto. El Callejón Diagón son espejismos por todos lados. —Y se cruzó de brazos. —Luego cuando veamos el recuerdo del bar, vemos si podemos encontrar algún tipo de relación con esto. Si no... —Hizo una pausa, encogiéndose ligeramente de hombros. —Habrá que ir a mirar.

Y luego posó su mirada en Savannah, quién andaba de aquí para allá sin un rumbo fijo, mirándolo todo con curiosidad y fingiendo desinterés por la conversación. Se volvió a sorprender al escuchar a Caroline, aunque esta vez no era una pregunta, sino algo bien claro: un nombre japonés. Sam intentó retenerlo en su mente, pero si somos sinceros, ahora mismo su cabeza sólo recordaba: "ñuñuñú ñañá". ¿He dicho ya lo horrible que era Sam para los nombres japoneses? Caroline le hablaba de todos sus amigos y era incapaz de ponerles cara porque no se acordaba de sus nombres. Sin embargo, prestó atención a su averiguación, sintiéndose complacida por su memoria cuando supo perfectamente quién era Ryosuke. Pero como para no saberlo. Era su japonés favorito. No había hombre más mono sobre la faz de la Tierra, ¿vale? Si Sam no fuese extraordinariamente bollera, ese sería el único hombre que le llamaría la atención. Porque era monísimo no, lo siguiente.

Abrió los ojos lentamente al escucharla. Qué lista, madre mía. Qué capacidad de conectar cosas de manera tan efectivamente rápida. —¿Y qué estará buscando? ¿Una katana super poderosa capaz de matar personas si consigue acertar un solo golpe? —preguntó, un tanto incrédula. —Se parece al efecto de las dagas de los duendes. Supongo que resignada porque los duendes no suelten prenda de cómo fabrican sus armas, ha asumido que esta es la única opción de hacer algo parecido. —Y no pudo evitar imaginarse un corte producido por un arma afilada, que de manera inmediata comenzase a envenenarte por completo a raíz de ese punto. O que te indujera algún tipo de maleficio capaz de debilitarte hasta la muerte.

Entonces la conversación entre Artemis Hemsley y Agapito Smith se volvió bastante más interesante.

¿Qué? —respondió con incredulidad la mujer.

Que no es algo en lo que yo tenga poder. Sabes perfectamente que yo trabajo con muchísimos contactos y ellos también tienen mucho trabajo. No puedes exigirme tener algo para dentro de tres días cuando mi contacto tardará siete en hacer la primera parte —respondió, con un tono de lo más tranquilo.

Grulla chasqueó la lengua, apartándose un paso de Agathos para apoyarse de espaldas a la barra. Era consciente de que por mucho que presionase, no podía hacer presión en un contacto cuyo nombre desconocía y en el cual no tenía ningún poder.

Dile que si lo hace pronto, le doblaré el pago.

¿Y a mí?

A ti te lo reduciré a la mitad como sigas dándome éstos dolores de cabeza.

Entonces hubo un pequeño silencio.

¡EH, NIÑA! —Gritó entonces Agathos. No fue a Grulla, sino a Savannah, que estaba a punto de tocar una caja dorada. Obviamente, la exSlytherin pegó un bote, sin tocar nada, frente a ese grito. —Yo que tú no tocaría eso. Si lo haces, probablemente ocurra una desgracia y tengamos que buscar la manera de sacarte de su interior. ¡Y no un interior cualquiera! Te volverás una con la caja. Es realmente angustioso sentir que existes pero vives en un vacío. Como en el limbo. Y si te das cuenta, no es una caja que tenga tapa, ergo no se puede abrir. Así que estarías en un pequeño problemilla —le alertó, con el mismo tono tranquilo, aunque con un deje bastante divertido.

Agathos...

Ah, sí. —Volvió a prestar atención a Grulla. —No estoy de acuerdo con tus métodos, Artemis. —Se desapareció, apareciendo al otro lado de la barra al predecir de nuevo el movimiento de Grulla en una queja por llamarla por su nombre. Se apoyó sobre la barra, dando unos golpecitos con los dedos. —Pero como eres una terca y siempre me ha gustado tenerte de aliada, aceptaré tus condiciones, siempre y cuando no me amenazases sólo por intentar que sea más efectivo. Llevamos tiempo trabajando: debes saber que si quieres que sea más efectivo, lo que necesito es más amor y menos odio en mi vida, ¿has pensado en cómo te sentaría eso a ti? —Y curvó una sonrisa.

Agathos, no juegues conmigo. —Le cortó rápidamente, saltando por encima de la barra. Carraspeó. —Asegúrate de tener lo que necesito para la semana que viene.

Hablaré con mi contacto y te mantendré informada. Sabes que siempre cumplo con mi parte del trato.

Sí, por eso no te he matado todavía —sentenció, con un brillo de lo más perverso, justo a su lado.

Qué hostil.

Entonces Grulla cogió la maleta que estaba en el suelo, caminando hacia la puerta. Savannah se unió a ella por el camino. La maestra le tendió la maleta a su pupila para que la llevase ella, pero al cogerla por casi se abre, por lo que Savannah tuvo que hacer un movimiento rápido para evitarlo y volver a cerrarla, lo cual conllevó a que se le cayese su propio bolso al suelo y saliesen un par de cosas de su interior. Nada alarmante. Ya Sam lo sabía y no pasaba nada importante.

Sin embargo, en ese momento Sam estaba justo al lado y un botito de tinta rodó traspasándole sus pies infundados en calcetines, así como un paquete de pañuelos. Y entonces lo vio. Y no, no lo observó con detenimiento intentando descifrar lo que decía, sino que pegó un grito a voces. ¡Aquello era lo que creía que era! —¡Miren, miren! —Y se puso de cuclillas, aunque al final terminó de rodillas en el suelo, señalando el astrolabio, dándose prisa antes de que Savannah lo recogiese. Que sí, que podían ver el recuerdo más veces, pero ella lo quería ver ahora. —¡Es el seis de mayo! Y son las... son las... —¿Por qué de repente la hora le resultaba tan difícil? ¿Ese palito grande qué estaba marcando? ¿Ya he dicho que Sam bajo presión funcionaba solo a veces? —Y son las siete y once. —Y pudo ver como Savannah lo recogía rápidamente y le pedía perdón a Grulla por la torpeza, la cual se limitó a resoplar.

Nos vemos, chicas. —Se despidió Agathos, zarandeando la mano. Incluso le guiñó un ojo a Savannah.

Y entonces fue cuando Sam se levantó, mirando a sus amigas.

¿Me vas a decir que esto pasó hace cuatro días? —preguntó, de nuevo, sin creérselo demasiado. Hubiese asumido que iba a ser un recuerdo de hace mucho más tiempo.


Edit:
OFF: Si saco de 1-10 AVERIGUO LO DEL ASTROLABIO. Si es de 11-20 NO LO AVERIGUO PORQUE SOY RUBIA. :sexi:.


Última edición por Sam J. Lehmann el Lun Jun 18, 2018 2:56 am, editado 1 vez
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