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Wake me up when it's all over... // Bea&Gwen

Gwendoline Edevane el Dom Mayo 13, 2018 3:59 pm


Sábado 12 de mayo, 2018 || Vivienda de Gwendoline Edevane y Beatrice Bennington || 13:00 horas || Mi ropa

Llevaba dándole vueltas a la cabeza desde el día anterior, desde el momento en que había leído la noticia en la primera página de "El Profeta": el hermano de Beatrice, Steven Bennington, había sido atrapado y encarcelado en el Área-M. Con todo el asunto de Savannah, no había tenido tiempo de ver a Beatrice, ni siquiera cuando volví a casa a altas horas de la noche. No entré en su cuarto, pues no sabía si estaba dormida o si estaba siquiera, y me fui directamente a dormir. Si había conseguido conciliar el sueño durante apenas un par de horas seguidas, había sido un milagro.
Cuando me cansé de dar vueltas, a eso de las ocho, salí de la cama y, al no apreciar mayor movimiento en casa que el de Chess, mi gato negro, y el de alguna de las mascotas que Beatrice se había traido consigo del refugio, decidí salir a correr para despejarme un poco la cabeza. El ejercicio ayudó bastante, y me pasé cerca de una hora corriendo antes de pararme a descansar en un banco. Sin embargo, seguía sin saber cómo contárselo todo a Bea. ¿Se habría enterado ya? Era posible que no, pues nunca había sido una lectora asidua de "El Profeta".
Tras deambular por Londres durante al menos un par de horas más, dándole vueltas a la cabeza, terminé ante una pizzería italiana llamada "Giovanni's", y aquello me pareció una señal: Beatrice disfrutaba comiendo, y le encantaba la pizza. Así que encargué un par de pizzas familiares, y a eso de las doce y media volvía caminando al apartamento con dos cajas de cartón calientes y que olían de maravilla en mis brazos.
Al llegar me recibió Chess con maullidos lastimeros—tenía hambre, o bien había olido la pizza y le había entrado hambre—y le saludé con una leve sonrisa. Cuando dejé las pizzas sobre la mesa de la cocina, acaricié la coronilla de mi gato negro, y antes de hacer nada, le puse un bol con comida, una mezcla entre pienso y comida de lata, que el felino empezó a devorar con devoción.

—¿Has visto a Bea, Chess?—Pregunté, aún pese a ser consciente de dos evidencias: el gato no hablaba el idioma humano, y aunque lo hablase, estaba demasiado concentrado vaciando su comedero.—¿Está Bea en casa?—Pregunté, a pesar de todo.

Seguía sin saber cómo decírselo. Al menos, esperaba que la pizza fuese un alivio suficiente para su pena. No iba a serlo, pues Beatrice adoraba a su hermano desde siempre, pero esperaba que ayudase. Pizza, helado de chocolate... Remedios naturales, desde siempre, contra la depresión.
Antes de ponerme a servir la pizza, me dirigí a mi cuarto y me cambié de ropa a una que no estuviese sudada. Me daría una ducha más tarde, después de comer. De vuelta a la cocina, me detuve en el pasillo, ante la puerta del cuarto de Beatrice, y llamé suavemente con los nudillos.

—¿Bea? ¿Estás durmiendo? Hay pizza para comer...—Dije con suavidad. No sabía si mi amiga, mi hermana, estaba dentro de su cuarto, o si había salido a dar una vuelta. Esperaba que no se hubiese enterado del asunto por otra persona, pues el día anterior me había resultado imposible estar en casa. El tema de Savannah debía solucionarse, y para cuando volví a casa, ya era muy tarde. Por favor... ojalá esto fuese una maldita pesadilla...
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Beatrice A. Bennington el Dom Mayo 13, 2018 4:46 pm

Beatrice la noche anterior se había dormido sumamente tarde. Algo se lo impedía, una especie de presentimiento que ella no sabía si era bueno o malo, pero al que no le puso atención. No era la primera vez que tenía esa clase de malestares, pues lo había tenido el día en que Steven tuvo aquel accidente en Australia, pero también el día que le dijeron que se había graduado y podía comenzar a trabajar como sanadora. Tenía una especie de radar para identificar las situaciones futuras, sean buenas o malas.

Recién abrió los ojos aproximadamente a las diez de la mañana, por culpa de aquella lechuza, quien nuevamente le traía el correo. No entendía porque se había suscrito para recibirlo, si siempre terminaba acumulándolo en un rincón para luego leerlo días, semanas y hasta meses más tarde. Excepto corazón de bruja claro. Lo cotilla era parte de su naturaleza, no podía evitar leer cada edición.

A las diez y media ya se estaba duchando, a las once estaba lista para tener un buen día y a las once con quince ya estaba nuevamente en su cama, pero esta vez, leyendo algo que Agnes le había confiado hace mucho tiempo atrás, mientras comía una barrita de cereal. Era una especie de diario, uno que le había pertenecido a la misma mujer, antes de que llegará a manos de Beatrice. Era antiguo, pero se mantenía en buen estado. Quizá gracias a la magia.

Más que nada el diario estaba conformado por anécdotas de la mujer. Tenía sus experiencias, sus emociones. Todo lo que había vivido y como se sentía al respecto. ¿Por qué razón le había regalado algo tan importante? Eso era exactamente lo que deseaba saber.


… Y entonces, cuando aquel hombre me relato con tristeza, que el cuerpo de mi amado había sido encontrando sin vida en un bosque: Llore. Llore como nunca había llorado antes. Tenía una tristeza enorme, siendo mi rabia lo único que podría igualarlo. Pensé egoístamente porque tuvo que ser él y no otra persona. Pensé envuelta en furia que encontraría a los responsables y les haría pa-


Seco sus lagrimas con rapidez, al escuchar la voz de Gwen al otro lado de la puerta junto a un pequeño golpe. Las palabras de Agnes le estaban llegando tan directamente al corazón que inconscientemente había soltado un par de lágrimas, y no quería que su hermana le preguntará sobre eso. No podía hablarle sobre aquel diario. Era un secreto entre ella y aquella mujer que le había cuidado como si fuera una hija.

━ ¡Voy! ━ Exclamo de inmediato, poniéndose aquellas pantuflas en forma de conejo. Con rapidez, escondió el diario bajo su almohada, abriendo la puerta, sonriendo con emoción y los ojos brillantes. ━ ¿Has dicho pizza? ━ Fue lo que pregunto primero, abrazando a la mayor levemente, dándole las buenas tardes. Porque si, había estado tan envuelta en su lectura, que no se dio cuenta de que ya era tarde. ━ Llegaste tarde anoche. ━ Le reclamo, haciendo un puchero mientras ambas caminaban hasta la cocina, donde el olor a pizza inundaba cada rincón. Esperaba llevarán salami, champiñones, jamón y mucho, mucho queso. ━ Había planeado que miráramos películas, pero no importa, las vi con Chess. Nos volvimos buenos amigos anoche. ¿Cierto? ━ Sus palabras no eran demasiado creíbles cuando el gato ni siquiera se dignaba a mirarla. ━ Me ama. ━ No, que realmente parecía odiarla. El pequeño rasguño en su mano decía eso claramente. Beatrice tenía la ligera sospecha de que no le agradaba la idea de compartir hogar con un perro, con su pequeño Dick. Pero solo era una sospecha, que ella no sabía que pensaban los gatos, en realidad.

━ ¿Pasa algo? ━ Pregunto luego de unos segundos, dejando de molestar al lindo Chess para mirar y darle toda su atención a Gwen. ━ Me estas guardando un secreto. ━ Afirmo, entrecerrando los ojos, cruzándose de brazos. Era buena leyendo el lenguaje corporal de las personas en algunas ocasiones, pero cuando se trataba de sus cercanos, muchas veces era toda una experta. ━ ¡Por favor no me digas que has pedido las pizzas con piña y recién has recordado que soy alérgica! ━ Y desesperada, reviso a sus amadas, suspirando de alivio al verlas sanas y salvas sin ninguna malvada y asquerosa piña cerca.

Algún día haría desaparecer las piñas del mundo. Algún día.

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Gwendoline Edevane el Dom Mayo 13, 2018 10:24 pm

Nada más llamar a la puerta, escuché la voz de Beatrice. Al parecer, llevaba allí dentro todo el tiempo desde que había vuelto a casa. O quizás no, y simplemente hubiese optado por utilizar la aparición. Sam prefería ese método para desplazarse de una casa a la otra, cosa bastante conveniente si teníamos en cuenta que era una fugitiva, y el problema que supondría que la persona menos indicada—algún cazarrecompensas, o los aurores del Ministerio de Magia—pudiese verla. Cómo fuese, la mención de la pizza fue casi mágica, y Beatrice abrió la puerta al mismo tiempo que yo deseaba que la pizza fuese también la solución para un problema que, de buenas a primeras, no tenía solución. Ya lo dicen: quién entra en el Área-M jamás sale...
Esbocé una sonrisa, bastante forzada, al ver a Beatrice asomar cuando se abrió la puerta. Parecía animada, y sin embargo, sus ojos parecían un poco enrojecidos. Cómo si hubiese estado llorando. ¿Se habrá enterado ya? No, eso era imposible, pues de haberse enterado no estaría tan contenta, ni siquiera ante la mención de una comida de pizza. Sería por otra cosa... y en ese momento no tenía ganas de ponerme a averiguarlo.

—He paso por una pizzería de camino a casa.—Confirmé, asintiendo con la cabeza, mientras nos dirigíamos a la cocina. Beatrice hizo alusión a que había llegado tarde la noche anterior, y lo cierto es que no pensaba mentirle ni inventarme ninguna excusa. Sam y yo habíamos descubierto con Caroline que lo mejor era ser sinceras con nuestras amigas, nuestra familia.—Lo siento si te preocupé, pero estaba con Sam.—Y antes de que Beatrice pudiese hacerse alguna idea rara, me apresuré a añadir.—No es que quedásemos ni nada parecido, te habría avisado. ¿Te acuerdas de esos cazarrecompensas de los que te hablé? ¿Los que Sam y yo estábamos buscando? Pues ayer hicimos un pequeño... un gran avance. Te habría avisado, pero...—Me encogí de hombros, resignada.—Resulta que me encontré a la tal Savannah en el mismísimo Ministerio. Otro día te hablaré de esto en más detalle.—No era el momento, pues había algo más importante de lo que hablar.

Una vez en la cocina, parece ser que no pude evitar mucho más mi disgusto... si es que en algún momento lo había ocultado, claro. Generalmente, era capaz de mantenerme fría e inexpresiva, aún a pesar de estar debatiéndome con dilemas internos. Pero aquel tema me estaba afectando más de lo que esperaba. No tenía una relación con Steven, cómo mucho había tratado de cuando en cuando con él precisamente porque era el hermano de Beatrice, pero sentía su ausencia cómo la había sentido cuando mi madre fue llevada al Área-M. De hecho, aquel tema me había recordado a mi propia madre, y no podía evitar preguntarme si ambos se echarían una mano si se encontraban allí. Sed fuertes, por favor... Algún día os sacaremos de ahí.
Inocentemente, Beatrice pensó que mi descontento se debía a haberme equivocado y pedido las pizzas con piña, pero un vistazo rápido a la caja demostró a la joven de los hermanos Bennington que no, que los ingredientes eran los correctos, que era su pizza favorita. Mientras tanto, yo me mentalizaba, apoyada en el fregadero y con la mirada fija en el cristal de la ventana. Seguía sin saber cómo hablar de aquello... ¿Acaso alguien sabe?

—Tengo una mala noticia, Bea...—Empecé a decir, mientras me daba la vuelta y me quedaba con las manos apoyadas en el borde del fregadero. Me mordisqueé el labio inferior e, inevitablemente, clavé la mirada en los azulejos del suelo, allí abajo, entre mis dos pantuflas de tortugas. ¿Por qué tienen que ocurrir estas cosas?—Se... se trata de Steven.—¡Maldita sea! Los ojos empezaron a escocerme y sentí cómo se formaban las lágrimas. No iba a poder aguantarlo. Así y todo, me forcé a mirar a mi amiga.—Le... le han cogido, Bea. Le han llevado al Área-M.

Y ya está. Hasta ahí aguanté. Me llevé una mano a la cara, me tapé la boca con ella, cerré los ojos, y empezaron a caer lágrimas. No sé bien por qué lloraba exactamente, pues había muchos motivos: podía ser que llorase por mi madre, que llorase por Steven, que llorase por Beatrice... y podía ser que llorase por todo al mismo tiempo. Porque aquello no era justo, se mirase por dónde se mirase.
La edición de "El Profeta" que contenía esta noticia estaba allí mismo, sobre la encimera de la cocina. Pensé ocultarla, pensé tirarla a la basura, pero después pensé en Beatrice. No creía que fuese bueno para ella leer algo así, pero quizás quisiese conservarlo. Contenía una fotografía se su hermano, después de todo...
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Beatrice A. Bennington el Dom Mayo 13, 2018 11:39 pm

La pequeña sonrisa que se había formado al percatarse que no había piña en la pizza, se borro de inmediato y se quedo completamente quieta. Era imposible. No podía creérselo. No era verdad, todo eso debía ser un tipo de broma. ¡Una broma muy horrible y extremadamente cruel! Pero sabía que no era una broma. Porque Gwen nunca sería capaz de mentir con algo tan delicado… y sus lágrimas. Sus lagrimas se lo dijeron todo. Le contaron sobre la verdad de aquello.


Le han llevado al Área-M.


Esa frase no paraba de resonar en su mente, como si hubiera un eco en el interior, y la respiración se le hizo pesada. Llevo la mano izquierda hasta su pecho, el cual le dolía horrores. Eso debía ser una estúpida pesadilla. ¡Por favor, que sea una pesadilla! ¡Quería despertar! ¡Necesitaba despertar! Steven estaba bien, no había sido enviado a ninguna parte.

El periódico en la encimera de la cocina llamo su atención. Era la edición de ayer, y de portada nada más, ni nada menos que Steven. Parecía golpeado, y su mirada… las lagrimas no tardaron en salir junto a un sollozo. Leyó el contenido entre lágrimas, sujetando el periódico a penas pues había comenzado a temblar.


"...no dudaron lo más mínimo en apresarlo con presteza, castigarlo como ejemplo."


Apretó el profeta entre sus manos. Le habían castigado. ¡Lo habían torturado! A su mente llegaron recuerdos. Recuerdos de aquella ocasión en la que casi son capturados mientras escapaban juntos. ¿Sabes lo que es escuchar los gritos de tu hermano mayor, siendo torturado, mientras tu no puedes hacer nada por estar malditamente en shock? Aun de vez en cuando tenía pesadillas sobre ese día. Escuchar sus gritos, era mucho más doloroso que recibir aquella maldición.

Observo la fotografía una vez más, y ya no pudo soportarlo. Cayo al suelo de rodillas, pues sus piernas no podían soportar su peso por más tiempo, con un grito desgarrador. ━ ¡Diablos, diablos, diablos! ━ Golpeaba el suelo, como si tuviera la culpa de todo, mientras más lagrimas rodaban por sus mejillas. ¡Tenía que haberle dicho que vuelva con ella, en cuanto se enteró de su plan! ¡Tenía que haber insistido, haberle obligado a dejar aquella estupidez! Tenía que… tenía que haber hecho algo.

Steven era su vida. Su más grande complemento. Siempre habían estado juntos, aun cuando él se había casado. Podían contarse sus miedos, sus felicidades. Se llevaban cinco años, pero era como si fueran gemelos. Uno no podía vivir sin el otro. Entonces, ¿ahora que pasaba con ella? ¿Qué debía hacer? ¡Maldito sea el actual régimen! ¡Malditos sean todos aquellos puristas! ¡Malditos sean los Lestrange! Y pensó, egoístamente, al igual que Agnes pensó alguna vez: ¿Por qué no pudo ser otra persona? ¿POR QUÉ JUSTAMENTE TUVO QUE SER STEVEN? ━ Esto es una pesadilla… Gwendoline, ¿es una pesadilla?... ¿Es una mentira?... Por favor, necesito saber que Steven está bien, que esto ━  Apunto al periódico en el suelo, con la voz entrecortada por el llanto. ━ es una total mentira. Por favor… dime que en cualquier minuto atravesara aquella puerta con su sonrisa despreocupada… diciendo que… diciendo que todo es una broma... una cruel broma del gobierno… ━
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Gwendoline Edevane el Lun Mayo 14, 2018 12:45 am

De repente me sentí cómo una estúpida, cómo la más completa de las idiotas existentes en este asqueroso mundo mágico que cada día daba más asco. Porque el hermano de mi amiga, mi hermana, había sido encerrado en un lugar dónde le harían padecer lo indecible, ¿y qué hacía yo? Compraba pizza para comer. En ese momento, en el momento que observé su reacción, habría podido coger esa pizza e, igual que en la serie de televisión Breaking Bad, arrojarla al tejado del edificio. Porque claro, una maldita pizza iba a solucionar las cosas, iba a hacer que de repente todo estuviese bien... Sí, seguro.
Beatrice se acercó a la encimera e, inevitablemente, echó mano de la edición de "El Profeta" del día anterior. ¿Debería haberlo tirado a la basura? Aquel periódico solo decía mentiras acerca de Steven, quién al parecer había sido apresado por los Lestrange en Hogwarts, dónde trabajaba bajo una identidad falsa cómo profesor. ¿Qué pretendía con aquello? ¿Arriesgarse más de lo necesario? Cierto, yo estaba en peligro cada día en el Ministerio de Magia, pero... Hogwarts era muy distinto. Hogwarts se había convertido en la fuente de todo el mal. Jamás confiaría en nada que saliese de aquel lugar.
Beatrice se dejó caer de rodillas al suelo, y profiriendo un alarido desgarrador, una expresión de puro dolor, comenzó a golpear el suelo. Chess, que estaba comiendo hasta entonces, se asustó, se apartó de un salto de su comedero medio vacío y se quedó mirando a Beatrice con algo semejante al a desconfianza. El pelo de su lomo se erizó, cómo si hubiese visto algo que no le gustaba. Y quizás no le gustase aquello. Quizás pensase: ¿Qué le ocurre a esta humana? Normalmente solo ríe, ¿por qué hoy llora? Había leído en algún sitio que los gatos reconocen este tipo de sentimientos, que los sienten pero que no saben cómo reaccionar a ellos. Por eso algunos gatos atacan a los humanos cuando estos están tristes. Parece ser que es su torpe intento de alejar esos malos sentimientos de sus compañeros humanos.
Pero Chess no se nos acercó. Se limitó a bufar durante unos segundos, antes de volver a encogerse sobre sí mismo. Seguía mirándonos con una expresión semejante al miedo cuando yo también me dejé caer de rodillas en el suelo, junto a Beatrice.
¿Qué decir en un momento cómo aquel? Me encantaría que fuese una pesadilla, o que al día siguiente el mismo periódico anunciase una fuga masiva de Azkaban y del Área-M, y los nombres de Steven Bennington y Lamia Amery estuviesen entre los mencionados. O que este asqueroso gobierno hubiese caído. Pero aquello no eran más que mis deseos más profundos, una fantasía que no tenía pinta de hacerse realidad ni hoy, ni mañana...

—Lo siento...—Dije con un hilillo de voz, sabiendo que sentirlo no servía da nada: una disculpa de nada servía, y tampoco es que aquello fuese culpa mía. ¿Qué sentía exactamente? ¿Haberle dado aquella noticia? Porque se iba a enterar de todas formas, y tanto Sam cómo Caroline me habían enseñado una valiosa lección: no se llegaba a ningún sitio ocultando la verdad y mintiendo.—Lo siento mucho, Bea...—Repetí, y dicho aquello la atraje hacia mí, rodeándola con mis brazos. Si necesitaba llorar, porque era evidente que lo necesitaba, dejaría que llorase en mis brazos.

Me hubiese gustado poder responder a todo lo que dijo cómo ella hubiese querido: Sí, Beatrice, esto es una pesadilla; lleva siendo una pesadilla desde el mismo día en que Milkovich murió, simplemente está siendo una pesadilla muy larga. Steven está bien, claro que lo está; entrará por esa puerta en cualquier momento, diciendo que simplemente quería gastarte una broma. Y entrará con mi madre, y ambos se reirán de nosotras dos por creer que existe algo llamado "Área-M". Nos sentaremos los cuatro a la mesa y nos comeremos esa pizza. Incluso, quizás, se nos unirá mi padre, y Sam, y Caroline. ¡Incluso Henry, el Henry que conocíamos y amábamos cuando éramos niñas! Y todo será cómo debió haber sido.
Espero que nadie me culpe por haber visualizado con nitidez, con claridad, aquella escena. Por habernos visto a todos sentados a aquella mesa, compartiendo una comida escasa para tantos, haciendo bromas cómo en los viejos tiempos. No solía embarcarme en viajes por aquellos derroteros, pues dolía demasiado saber que mi madre ya no estaba, que a mi padre lo había apartado yo misma, que Henry se había convertido en un purista, que a Sam la habían torturado los salvajes de los Crowley, y que ahora a Steven lo habían encerrado en el Área-M. Dolía demasiado imaginar lo que podría ser y que ya nunca sería...

—Lucharemos.—Le prometí en un susurro a aquella chica que llevaba siendo mi hermana casi desde el momento en que había pisado Hogwarts.—Y algún día encontraremos la manera de liberar a todos los que están ahí encerrados...—Me hubiese gustado ser capaz de honrar esa promesa, pero era consciente de mis limitaciones, y de las circunstancias de este mundo: era poco probable que aquello ocurriese, al menos a corto plazo.
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Beatrice A. Bennington el Lun Mayo 14, 2018 1:46 am

Su corazón latía con gran rapidez, alterado. A penas podía respirar por el hipo que le había dado, y las lágrimas no se detenían. Era un dolor que nunca había experimentado, ni siquiera un crucio le había dolido tanto, y eso que ella sabía de eso. Quizá se debía a que uno era un simple daño físico, mientras que el dolor actual, era desde lo más profundo de su ser. Sentía como si algo se estuviera rompiendo en su interior y no pudiera hacer nada para evitarlo.

Realmente la vida era extraña. ¿Era por eso que le había devuelto a sus amistades? ¿Para que no estuviera sola cuando decidiera quitarle a Steven? Ahora estaba encerrado, sufriendo, mientras que ella se encontraba libre. No era justo. Ella le necesitaba, ¡Alexandra le necesitaba también! Oh Merlín, su sobrina, ¿cómo se estaría tomando la noticia? ¿Cómo se estaría tomando el hecho de que todo ese tiempo, estuvo junto a su padre, y que ahora, él estaba en el Área M? Necesitaba verla, necesitaba abrazarla y decirle que todo estaría bien. Aunque, para empezar, la misma Beatrice no estuviera bien.

━ Es injusto, Line… ━ Susurro, entre sus brazos, aferrándose a su amiga como si en cualquier momento, fuera a desaparecer. ━ Él solo quería cuidar de Alexandra… Solo quería estar más cerca de su hija… ¿Por qué tenía que suceder esto? ━  Su voz estaba cargada en dolor, en tristeza. La menor no lograba entender, porque el mundo les trataba de esa manera. Primero les robaba su libertad, les separaba de su gente, y ahora… ahora les separaba completamente a ellos. No sabía si iba a volver a verlo. No sabía si volvería a ver su mirada llena de amor y dulzura, aquella que solo guardaba para ella y Alexandra.

De seguro la ropa de su amiga estaba empapada con sus lágrimas, pero no era consciente de eso, ni siquiera era consciente de que seguía llorando. Gwen le había dicho que tenían que luchar, que algún día encontrarían la manera de liberar a todos, pero Beatrice no quería esperar, no podía. El solo hecho de pensar en todo lo que estaría sufriendo su hermano en ese momento, le nublaba la razón, le hacía hervir la sangre de rabia.

Se separo de Line, yendo hasta su cuarto por su varita, cambiando sus pantuflas por unas converse negras con un simple movimiento. Su cabello había sido tomado en una coleta alta, toda desordenada y se había quitado las lágrimas, aunque estas seguían cayendo. Sus ojos parecían no querer detenerse. ━ Iré a Hogwarts. ━  Declaro, mirando fijamente a Gwendoline, con los ojos ardientes en furia. ━ Necesito ver a Alexandra, necesito que sepa que sigo bien y que siempre estaré para ella… ━  Trago saliva, pero no vacilo. ━ Y luego iré al ministerio… Les daré verdaderas razones para considerarme altamente peligrosa. ━  No. No era ella la que hablaba. Era la pena, la rabia, todo revuelto. Quería hacer algo por su hermano, aunque fuera lo ultimo que hiciera en esa vida. Una parte de ella, la racional, le decía que estaba actuando de forma tonta e impulsiva, y que lo único que iba a conseguir con eso, sería ser apresada también y causar más dolor. Pero simplemente, no podía quedarse en ese lugar sin hacer nada. No podía.
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Gwendoline Edevane el Lun Mayo 14, 2018 3:37 am

Alexandra Bennington. Por supuesto, no había caído antes en acordarme de la sobrina de Beatrice, la hija de su hermano. La pobre muchacha que, inevitablemente, había descubierto a su padre en Hogwarts, camuflado bajo una apariencia falsa, solo para que se lo volviesen a arrebatar de la manera más despiadada y horrible posible. Ese debía ser el motivo de que Steven se arriesgase a meterse en la boca del lobo—no existía combinación de palabras más apropiada para definir a Hogwarts en 2018—poniendo en peligro su libertada e incluso su vida. Porque estaba claro que los Lestrange se encargarían de dar ejemplo con él. Ese castigo del que hablaban en el periódico... Bueno, todos sabemos cómo funcionan los mortífagos...
De nuevo, me sentía incapaz de responder a aquella pregunta. Me hubiese gustado tener una respuesta, tener algo que decirle... pero las cosas malas ocurrían porque sí. No parecía existir un motivo, una entidad cósmica que nos empujase, que guiase nuestros pasos en una determinada dirección. ¿Por qué ocurrían desgracias? ¿Por qué Steven estaba encerrado en el mismo agujero que mi madre? ¿Por qué no dejaban de sucedernos cosas malas? Da igual cuantas veces te lo preguntes: seguirán ocurriendo cosas malas...
Steven había actuado así por amor. Su amor había sido, irónicamente, lo que le había llevado a la perdición. Solo pretendía cuidar de su pequeña, asegurarse de que no le ocurría nada malo... y espero que ahora no caigan sobre ella las represalias de profesores y alumnos.

—No lo sé.—Confesé con la voz rota, finalmente. No sabía nada, y tenía la sensación de que cada vez sabía un poco menos. ¿Por qué pasaba todo lo que pasaba? ¿Qué estábamos haciendo mal en aquel mundo mágico, que tan precioso me pareció cuando mis padres me lo dieron a conocer?

Sostuve a Beatrice entre mis brazos, acariciando su pelo y dejando que llorase. Chess seguía mirándonos desde una posición alejada del salón que lindaba con la cocina, separado únicamente por la encimera. El gato estaba nervioso, y Beatrice parecía calmarse poco a poco... hasta que se puso en pie bruscamente, zafándose de mí y echando a caminar en dirección a su cuarto. Sorprendida por su reacción, con la boca entreabierta, al principio no reaccioné y me quedé allí. Pero cuando volví a ser dueña de mi propio cuerpo, me puse en pie, me enjugué las lágrimas con la muñeca desnuda de la mano derecha y caminé en dirección a su cuarto.
La encontré revolviendo entre sus cosas, haciéndose con la varita y cambiándose rápidamente de ropa. Iba a preguntarle qué estaba haciendo—una locura, ya lo sabes—pero no tuve tiempo de hacerlo, pues la propia Beatrice se volvió hacia mí y me confesó sus intenciones. Y no podían ser unas intenciones más catastróficas.

—¡No, no, no, no!—Mi voz mutó: en lugar de expresar tristeza, ahora expresaba pánico. Puse mis manos en los hombros de Beatrice, y establecí contacto visual con ella. En aquel momento, la Gwendoline Edevane tímida y huidiza, la que no era capaz de mirar a los ojos a alguien, se retiró y dejó paso a la misma Gwendoline Edevane que no temió en salir al encuentro de Cameron Becher el pasado febrero en Hogsmeade, o la que se enfrentó a Ulises Kant un par de semanas después, o la misma Gwendoline Edevane que no temió arrojarle una taza de café hirviendo a la cara a una cazarrecompensas que amenazaba la libertad de Beatrice.—Escúchame, Beatrice. Y escúchame con atención, por favor.—Puse una mano en su cara, y hablé con firmeza, pero suavemente.—Sé por lo que estás pasando. Mi madre está allí, lleva allí metida un año y medio, desde que ese desgraciado de Sebastian Crowley dio un golpe con su martillo e hizo efectiva la sentencia. Y estuve dónde estás tú ahora: queriendo hacer una locura, queriendo hacer lo que entonces me parecía lo más lógico. Pero no es lo más lógico, ni lo más correcto.—Hice una pausa para tragar dolorosamente saliva.—No puedes acercarte a Hogwarts. En cuanto te vean, te reconocerán y te atraparán. Son muy peligrosos, Beatrice, y son muchos. Demasiados. Ni aunque fuesemos las dos juntas tendríamos la más mínima oportunidad de salir de allí.—Hablé ahora con un tono de voz un poco más suave, más tranquila.—No vamos a abandonar a Steven, ni a Alexandra. Pero lo único que te pido es que me dejes pensar en una forma de hacerlo. La Orden del Fénix nos ayudará a hacer todo lo posible por Steven, y podemos encontrar la forma de contactar con Alexandra sin que te atrapen en el proceso. Solo te pido un poco de tiempo, para que me dejes pensar en cómo hacerlo, y yo misma te ayudaré. ¿De acuerdo?—La entendía, por supuesto que la entendía, y sabía que en estos momentos le ardía un fuego en el pecho, uno desagradable, cómo un hierro incandescente clavándose hasta el fondo de su corazón y abrasándolo todo a su paso. Pero no podía perder los estribos.—Piensa en Caroline. Piensa en Sam. Piensa en mí. Ninguna de nosotras quiere que te capturen. Y desde luego puedo asegurarte que Steven no querría que corrieses su misma suerte... no quiere que corras su misma suerte.—Tuve que corregirme, forzarme a no hablar de Steven cómo si ya hubiese muerto, pues seguía vivo. Esa era la esperanza que debíamos conservar.

Sacar a Alexandra de Hogwarts podía ser hasta cierto punto posible. Solo necesitábamos "secuestrarla" en Hogsmeade. Sin embargo, no sabía si la niña querría dejar el colegio para convertirse en una fugitiva, pues en eso se convertiría si decidía abandonar sus estudios. Pero sacar a Steven del Área-M era virtualmente imposible, y lo único que conseguiría Beatrice yendo allí sería perder su libertad.
Casi cómo si quisiese apoyarme, Dick, el perro de Beatrice, apareció en el pasillo meneando la cola y observando a su compañera humana con la lengua de fuera. La olisqueó un poco y acto seguido se sentó, ladeando la cabeza mientras nos miraba, cómo si preguntase "¿Qué os ocurre, humanas? ¿Me dais algo de comer?" Piensa en todos tus animales también, Beatrice... Te necesitan.
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Beatrice A. Bennington el Lun Mayo 14, 2018 4:05 pm

Breve Recuerdo:
Había llegado de su trabajo en la tienda de mascotas, y llevaba dos pizzas en una bolsa. Una con piña y otra sin. No sabía si a Steven le gustaba ese complemento porque así evitaba que ella lo comiera o simplemente, de verdad, la mezcla se le hacía deliciosa. ¿Cómo podía ser deliciosa algo tan malvado como lo era la piña? Quién sabe. Ella no lo entendía. ━ ¡Ya llegué! Ni te imaginas la cantidad de trabajo que tuve hoy. Elizabeth dice que la clientela ha aumentado desde que comencé a trabajar. ¿Puedes creerlo? Por cierto, aproveche que he salido más temprano hoy y compre unas pizzas. ━

Silencio.

El silencio fue lo que causo que se callara, para mirar alrededor. Claramente Steven no se encontraba, o le hubiera contestado de inmediato. Beatrice bufo. ¿A dónde había ido ahora? Más le valía no estar metiéndose en problemas.

Quien sabía a qué hora volvería su hermano, así que no tardo en comenzar a devorar de su pizza, sentándose en la cama. Desde ese lugar tenía la vista perfecta hacía su improvisada biblioteca, donde noto algo diferente, algo fuera de lugar. Su libro sobre animales mágicos no estaba a la vista y eso era extraño. Era su favorito, y siempre lo dejaba en el sector más visible para no perderlo o algo parecido, pero ahora, parecía haber desaparecido.

Escaneo la habitación hasta dar con él. Su hermano un poco más joven, le devolvió la mirada, con su sonrisa despreocupada y ojos llenos de travesura, mientras le jalaba las mejillas a una versión más pequeña de ella, que le observaba divertida. Había sido una de las pocas fotografías que pudo traer con ella, cuando se volvió fugitiva, y era su favorita. Era como la luz de la habitación.

De todas maneras, rodó los ojos ante el despiste de Steven, sujetando el libro entre sus manos. Fue en ese momento que noto algo aún más extraño: Algo sobresalía por los bordes. En poco tiempo descubrió que era una carta. Decía “Hermana molesta” en la parte de afuera, y pudo reconocer la letra del mayor. Rió ante eso, pues sabia que Steven nunca la había considerado molesta. De hecho, no podían vivir sin tenerse cerca o saber que el otro estaba bien. Siempre habían buscado cualquier excusa para verse. Que ya habían pasado dos días y se estaban muriendo. Que justamente estaban dando la película favorita de ambos en el cine, pero al llegar, por alguna razón nunca estaba.

¿Qué diría aquella carta? ¿Y por qué no se lo podía decir en persona? Decidida, y totalmente curiosa, la abrió.

Recordaba como si fuera ayer, el día en que Steven le contó, a través de una carta, la locura que iba a cometer. Se había quedado en shock, con la carta temblando entre sus manos. Su hermano se había ido. Se había envuelto con la piel de otra persona, por decirlo de alguna manera, y se había ido a meter a Hogwarts. Uno de los lugares más peligrosos, peor que el ministerio. Mentiría si decía que no se había espantado, y lo había intentado llamar miles de veces. Quería una explicación para eso, a pesar de que en la carta decía claramente sus razones. Había cometido tal estupidez por Alexandra. Porque deseaba estar más cerca de ella. En aquel momento Beatrice lo había aceptado finalmente, luego de enviarle miles de mensajes llamándolo idiota.

Sabía que, de ella haber estado en esa situación, hubiera hecho lo mismo. Se había decidido confiar en la decisión del mayor. Confiar en sus habilidades también. En ese momento estuvo bien, hasta se enorgulleció por eso. Pero ahora, sabiendo que lo habían apresado, se sentía estúpida. ¿Por qué no le siguió presionando? ¿Por qué simplemente no le dijo que regresará? Quizá de haberlo hecho, Steven seguiría libre, con ella. Se sentía culpable por haberle finalmente apoyado en esa decisión, pero sabía, en el fondo, que realmente no era así. Porque Steven era un cabezota como ella, y si se le había metido esa idea en la cabeza, ni ella sería capaz de quitársela.
Y ella estaba siendo igual de cabezota en este momento, frente a Gwen. Se le había metido en la cabeza una idea suicida, tonta y sumamente irracional, pero que, para la actual Beatrice, esa nublada por el dolor y la rabia, sonaba como el mejor plan del mundo. No le importaba nada más, solo quería… solo quería hacer algo.

Observo fijamente los ojos de Gwendoline, encontrando el mismo dolor, pero en esta ocasión, mezclado con seguridad. Eran contadas las ocasiones en que había visto una mirada así en su amiga. Sabía que sus palabras eran de verdad, eran las más correctas en esta ocasión, pero Beatrice tenía miedo. Miedo por su hermano, miedo por su sobrina, miedo por todos. Si le habían arrebatado a Steven tan rápido, ¿Qué le aseguraba que no le arrebatarían a Sam, por ejemplo, al día siguiente? ¿Qué le aseguraba que no tratarían de sacarle información a su sobrina? Quien a pesar de ser mestiza, seguía siendo hija y sobrina de un par de sangre sucias.

━ Gwendoline… la gente que entra en el Área M, no vuelve a salir… Experimentarán con él, le torturarán, no tendrán piedad… ¡Todo por ser un hijo de muggles! ━ Exclamo, espantada, dejando caer sus brazos a los lados, rendida. ━ No quiero eso. Me da miedo pensarlo. ¿Y si espero, pero luego ya es demasiado tarde? ¿Y si lo pierdo definitivamente? No… No puedo con esto Gwen, no sé cómo enfrentarlo… Por primera vez el miedo me supera. Por primera vez, no se que hacer con tanto dolor… ━ No entendía como su amiga podía tener a su madre en aquel lugar y mostrarse tan tranquila. Ella no podía, le era imposible.

Le menciono también a la Orden del Fénix, ese grupo del que ahora era aspirante. Se había unido para hacer algo, claro, pero estaban siendo liderados por Albus Dumbledore. ¡Eso podía significar que ni siquiera darían un paso al frente, cuando apareciera en el profeta que alguien había muerto! Sin embargo, no dijo nada. Se mantuvo en silencio, mientras seguía escuchando y suspiraba. No, no quería que sus amigas, su familia, sufrieran lo mismo que ella en ese momento si la llegaban a capturar, pero entonces… ━ Entonces, ¿qué se supone que debo hacer? ━ Le pregunto, con la mirada un tanto perdida y los labios en forma de puchero, por estar soportando las ganas de seguir llorando. ━ ¿Debo… Debo esperar? No quiero esperar… ━ Y entonces se tambaleo, por suerte hacía Gwendoline. No había comido nada además de una barra de cereal, sumando eso a todas las emociones que había sentido en menos de media hora, parecía que su cuerpo no estaba contento.
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Gwendoline Edevane el Mar Mayo 15, 2018 7:28 pm

No resultaba muy difícil, para cualquier persona con dos dedos de frente, un mínimo trato con Beatrice Bennington y una mínima capacidad de observación, que la pequeña de los dos hermanos, la más alegre y bromista, la que casi no podía tomarse nada en serio, sentía una devoción pura y auténtica por su hermano mayor. Y ya conociéndola un poco más, conociéndolos a ambos un poco más, se podía entrever que ambos eran prácticamente cómo gemelos, cómo fragmentos de la misma alma puestos en cuerpos diferentes al nacer. Así que podía imaginarme lo que sentía ahora que de repente le había sido arrebatado, lo mismo que sentí el día que supe que mi madre correría aquel mismo destino, que no había nada que pudiese hacer para evitarlo. Yo también sentí entonces deseos de hacer una locura, de atacar a los miembros del Wizengamot... pero al final no pude hacerlo.
Toda la ira que fui capaz de expresar, la expresé hacia la figura de mi padre, a quién culpaba de la situación en que mi madre se había visto envuelta. Y ni siquiera había demostrado demasiada ira, limitándome a cerrarle la puerta en las narices y dispensarle el tratamiento del silencio.
Era lógico que Beatrice pensase en actuar de una manera más impulsiva. Beatrice siempre había sido de meditar poco las cosas, y aquello estaba bien cuando de travesuras se trataba. Pero aquello no era una travesura, si no algo que tenía todas las papeletas de terminar mal. Y yo debía hacerle ver que los Bennington estarían bien siempre y cuando quedase un Bennington para luchar por el resto de su familia. Era triste, e injusto, que aquella responsabilidad recayese sobre los hombros de Beatrice, pero así debía ser.

—Lo sé.—Respondí, aliviada al ver que el arranque inicial de Beatrice había remitido, que estaba recuperando un poco el autoconrol, aunque siguiese sufriendo. Yo conocía de primera mano esa información, que quién entraba en el Área-M tenía pocas posibilidades, o ninguna, de salir con vida de allí. Y cada día convivía con la incertidumbre de si mi madre seguiría con vida o si, por el contrario, habría perecido ya fruto de los "experimentos" de los Extirpadores. Dudaba mucho que fuesen a notificarme si aquell hubiese ocurrido. La idea de que mi madre muriese allí dentro me producía pavor, pero mucho más pavor me producía la idea de ver a Sam y Beatrice siendo arrastradas allí. Porque, por cruel que pueda sonar, una parte de mí ya se había resignado a no volver a ver jamás a mi madre.—Lo sé.—Repetí, acariciándole la mejilla con delicadeza, secándole con el dorso de mi mano las lágrimas que le caían.—Pero todavía queda esperanza, aunque no lo creas. Que digan que no se puede salir de ahí es tan mentira cómo el decir que tú, tu hermano y Sam habéis robado magia. ¿Crees que si hubiese una forma de salir de ahí nos lo dirían?—Me lo había planteado muchas veces, desde que mi madre ingresó en aquel sitio, y siempre llegaba a la misma conclusión: si alguien podía entrar y salir libremente (empleados y Extirpadores), por fuerza tenía que poderse abandonar aquel lugar sin tener que morir.—Sé cómo te sientes, Bea. Y de verdad te lo digo, entiendo que ahora mismo necesites hacer algo. Pero precipitándote no conseguirás nada. No te pido que no hagas nada, solo... que pensemos primero. Y no estás sola, ¿de acuerdo? Me tienes a mí. Yo te voy a ayudar a llevar esto, haré todo lo que pueda para ayudarte. Estaré a tu lado.

Estaba respirando agitadamente, y ni siquiera me había dado cuenta de ello. Beatrice, con el alma casi literalmente en el suelo, me preguntó si se suponia que debía esperar, dejar que las cosas pasasen, y aquello podía sonar mal... pero era así. No éramos nadie, solo éramos dos brujas, y ni siquiera demasiado expertas. ¿Qué podíamos hacer nosotras? Por el momento... nada. Y tenía que hacer que lo entendiese.

—Ahora no podemos hacer nada. No sabemos nada del Área-M, solo lo que ellos cuentan.—Y lo que contaban no era para nada bueno. Más bien, era catastrófico, pero pensando podríamos conseguir algo mejor que lanzándonos al ataque.—No te pido que esperes... Te pido que confíes en mí. ¿Confías en mí, Bea?—Dije esto mirándola a los ojos, sin pestañear. Entonces, ella se tambaleó, cómo si repentinamente sufriese un mareo, lo cual me llevó a rodearla con mis brazos para evitar que se cayese. La conduje entonces en dirección a la cocina para que se sentase en una de las sillas, y una vez ahí le serví un vaso de agua.—¿Te encuentras bien, Bea? Deberías comer algo... Sé que será difícil, pero... tu cuerpo necesita nutrientes.

Ya hablaba un poco cómo una sanadora, pues mis estudios de medimagia autodidactas iban progresando a medida que pasaban las semanas. No me arrepentía nada de haberme interesado por aquel mundo, convirtiéndolo en una posible salida, en un futuro, del infierno que suponía ser Desmemorizadora. O, mejor dicho, ser Desmemorizadora y tener un mínimo de empatía hacia los demás... Otros encontrarían satisfactorio el trabajo, pero yo ya hacía tiempo que no...
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Beatrice A. Bennington el Vie Mayo 25, 2018 11:34 pm

Los hermanos, en algún momento de sus vidas y por diversas razones, suelen alejarse, distanciarse o a veces, suelen pelear y no volver a hablarse nunca. Los Bennington no eran así. Ellos aprecian a la familia y le mantienen cerca, unida. Beatrice y Steven, habían tenido que alejarse de su madre desde muy pequeños, en especial la menor. Tuvieron que soportar el gran cambio desde Australia hasta Londres, el hecho de que su padre muchas veces debía trabajar y no podía pasar demasiado tiempo con ellos. Quizá de haber estado solos, se habrían entristecido, pero siempre se habían tenían el uno para el otro.

La rubia había crecido con la idea de que su hermano mayor, era uno de los mejores hombres del mundo. Y no estaba equivocada. Steven se había dedicado muchos años a hacerla completamente feliz. Luego, cuando se caso y tuvo una hija, él no la dejo de lado. No, no. La incluía como si… como si ella fuera una pieza crucial para su felicidad. Ella sabía que así era, porque Steven era una parte importante de su vida. Podía estar rodeada de gente, tener grandes amigos, personas que consideraba hermanos, pero con el mayor era algo especial, algo único. Una conexión que no podría llegar a comprender pero que adoraba.

Se quedo en silencio, escuchando las palabras tan ciertas de su amiga. Claro, era obvio que no les dirían que también había una salida, pero no es como si justamente en ese momento ella fuera a pensar en eso. Su mente estaba en estado de confusión total, como si una nube oscura se hubiera instalado y no quisiera irse. Jamás.

Pero Gwendoline, su hermana, una de las personas más importante en su vida, estaba en ese preciso momento frente a ella, intentando darle una luz de esperanza. ¿Por qué le costaba tanto sentir aquella calma que la mayor quería transmitirle? ━ Siempre has estado a mi lado, Line, pero en esta ocasión, todo parece superarme. Sabes lo mucho que amo a Steven, no puedo simplemente relajarme de un segundo a otro… Antes estaba bien con él lejos, aun cuando vivía con cierta preocupación, porque de igual manera podía comunicarme con él, sabía que estaba bien. Pero ahora está lejos, está atrapado… ¿Y si no lo vuelvo a ver? ¿Y si le hacen un daño irreparable? ━ El miedo, la preocupación, y los malos pensamientos no la dejaban en paz.

Pero confiaba en su amiga, en su hermana. Le costaría, porque sentía la necesidad de actuar impulsivamente llevaba por la furia, pero le haría caso a Gwendoline. ¿Por qué? Porque veía la preocupación en sus ojos, porque sabía que, si algo le llegaba a suceder, dejaría a más de una persona sufriendo. Al igual que Steven la había dejado sufriendo a ella.

De un momento a otro, se había tambaleado como si se tratará del mismísimo Bambi, siendo guiada por Gwen hasta la cocina nuevamente. El profeta seguía en el mismo lugar donde lo había dejado, y el corazón se le volvió a romper en pedazos más pequeños. La mayor tenía razón, debía comer, pero el hambre había dejado su cuerpo. ━ No tengo hambre… ━ Pronuncio, para su propia sorpresa, antes de intentar una sonrisa que salió más como una mueca. ━ ¿Qué tal un té? ━ Sugirió, luego de unos segundos, antes de tomar agua con dificultad: Aun le temblaban las manos.

Quería fingir que se encontraba mejor, pero era gracioso, porque su mismo cuerpo la traicionaba. Sus ojos parecían un cielo tormentoso, donde la luz ya no parecía tener ingreso, no había sido capaz de sonreír y, por segundos, aun escapaba una que otra lágrima. Nunca había sido todo tan difícil.
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Gwendoline Edevane el Dom Mayo 27, 2018 4:19 pm

Hacía un par de meses, cuando de nuevo mi camino y el de Beatrice se habían cruzado, me había sentido muy positiva. Cómo si, tras un naufragio, el mar por fin empezase a devolver a la costa los restos. Y cómo si, con esos restos que el mar nos devolvia, pudiésemos ser capaces de reconstruir aquello que habíamos perdido. No fue muy difícil pensar así, cuando poco a poco las personas que había perdido iban volviendo a mi vida. La primera fue Sam, a finales del año pasado. Luego por algún milagro de la vida, Kyle Beckett volvió a dejarse ver, el mismo día de mi cumpleaños. Y un mes después, Beatrice, quién había esperado hasta el último momento para hacer su entrada triunfal. De alguna manera, incluso aquello pegaba con su personalidad. Y seguro que de haberle preguntado en aquel momento por qué había tardado tanto, habría salido con una respuesta semejante a la de Gandalf en El Señor de los Anillos: "Una Bennington nunca llega tarde, ni pronto; llega exactamente cuando se lo propone."
Pero estaba equivocada. Quizás convoqué a la mala suerte al pensar que las cosas empezaban a marchar bien. Quizás debí agarrarme a lo que había y no imaginarme un futuro prometedor, pues no parecía que el mundo fuese a darnos tregua. Quizás no la merecíamos. Quizás en una vida pasada habíamos sido horribles personas y nos tocaba pagar en esta.
A Sam le habían arrebatado su libertad, su alegría, y la confianza en si misma a golpes; a mí me habían arrebatado a mi madre; y ahora, a Beatrice, le habían arrebatado a su hermano.
La comprendía. Entendía lo que decía, y aún así, no le respondí hasta que estuvimos sentadas en la cocina. Ella no tenía hambre, y de repente yo tampoco. De nuevo sentí deseos de arrojar aquella pizza a un tejado cercano, al estilo de Walter White, pero en su lugar me aferré a los bordes del fregadero, de espaldas a mi amiga, la mirada fija y perdida en el mundo al otro lado de la ventana. Un mundo en que brillaba el sol y cantaban los pájaros, cómo una especie de mofa hacia la situación que se vivía dentro de nuestro hogar.
Me volví hacia Beatrice y asentí con la cabeza cuando dijo que prefería un té. Intentó sonreír, pero no le salió demasiado bien. Tampoco es que nadie le exigiese en una situación así que sonriese. Tenía todo el derecho del mundo de llorar, de sufrir por su hermano. Mientras meditaba mis siguientes palabras, llené un recipiente de microondas con agua y lo introduje en el aparato electrónico para calentarla, volviendo a apoyarme en la encimera de la cocina. A ver... di las cosas bien.

—Beatrice.—Dije con suavidad, para llamar su atención. Inspiré aire profundamente, y lo dejé ir con suavidad.—Es normal que todo te supere. Es una situación en la que nadie debería verse, y además, acabas de enterarte de lo que ha ocurrido. Claro que vas a encontrarte mal.—Hice una pausa, sintiéndome terriblemente torpe, cómo si ya estuviese diciendo cosas que no debía decirle. Era muy difícil hacer aquello.—Tienes derecho a encontrarte mal, nadie puede reprochártelo. Yo también me sentí así cuando se llevaron a mi madre al Área-M.—Separé una silla de la mesa de la cocina y me senté en ella, colocando mi mano sobre la de Beatrice.—No puedes pensar lo peor. Sé que es muy difícil no ponerse en lo peor, y te habla una experta en ponerse en lo peor—no pude evitar soltar una leve risa sarcástica y catente de humor, dedicada hacia mi propia persona—. Pero no puedes concentrarte en lo peor. Piensa en lo más importante de todo: no ha muerto. Todavía queda una pequeña esperanza de sacarle de ahí. Pero para conseguirlo, no puedes actuar impulsivamente. O terminarás también allí.

Seguía teniendo la sensación de que había hablado de más, o de menos, o de manera incorrecta. No se me daba bien decir aquellas cosas, consolar a alguien. Pero Beatrice tenía que comprender que ella sola no podía hacer nada. Aquello lo había comprendido yo, también, gracias a Sam. Sin darnos cuenta, mutuamente, las dos nos habíamos enseñado que no se podía hacer nada solas. Que teníamos que estar unidas.
Claro que Sam y yo nos parecíamos mucho, nos entendíamos. La personalidad de Beatrice, más impulsiva, más dada a reflexionar después de hacer las cosas—si es que llegaba siquiera a reflexionar después de hacer algo—podía ser incompatible con mi forma de ver las cosas. Solo pido que me haga caso... o la siguiente que acabará en el Área-M será ella...
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Beatrice A. Bennington el Miér Jun 27, 2018 9:51 pm

Cuando todo parece ir bien, cuando todo parece por fin estar en su lugar, suele suceder que nos confiamos demasiado. Beatrice estaba creída de que su vida por fin había comenzado a ser nuevamente brillante, estando junto a las personas que más amaba. Pero entonces, así de rápido como había visto la luz, la oscuridad la invadió de golpe. Lo peor del asunto era que Steven ni siquiera quedaría en Azkaban, si no que al ser “sangre sucia” iría directamente al área M. Un lugar horrible, según le habían descrito muchas veces.

Aunque nadie supiera, pues no era algo que ella diría en voz alta, aquel lugar le daba terror y al comienzo, había llegado a tener pesadillas respecto a ser atrapada. Si, le gustaba vivir la vida al máximo, y solía pasar sus días caminando por la calle como si no fuera una fugitiva, pero era por está misma razón que se moriría si la encerraban: Amaba su libertad. Estar en el interior de una celda, sería como cortarle sus alas. Por eso temía por Steven, quien al igual que ella, no podía vivir en el encierro.

Observaba el vaso, ahora vacío, como si estuviera lleno de secretos y ella quisiera descubrirlos, cuando realmente su mente estaba perdida en otro lugar. Por eso mismo se sorprendió un poco cuando Gwen dijo su nombre. La había sacado de aquella burbuja en la que poco a poco se había estado aislando. La observo, con los ojos aun hinchados y suaves marcas en las mejillas que habían dejado sus lagrimas al pasar, mientras escuchaba cada palabra con atención.

Apreciaba a su amiga, a su hermana, por intentar animarla. No, no era eso. Ella buscaba hacerle saber que no debía perder la esperanza y que, en esta ocasión, actuar impulsivamente solo la llevaría a ser atrapada también. Se estremeció con el simple pensamiento. ━ Steven… Steven es fuerte, ¿cierto? Él es tan inteligente que seguramente en poco tiempo estará libre nuevamente y vendrá riéndose, posiblemente con una hamburguesa en la mano. ━ Se intento convencer, agarrando la mano de Gwen con firmeza, como si tuviera miedo de que ella también fuera a desaparecer de su vida. Su hermano era valiente y muy inteligente, de seguro no alcanzaría a estar ni siquiera una semana en el interior. Quizá ya estaba planificando su forma de escapar. ¿O estaba siendo demasiado optimista?

Había vuelto a perderse en sus pensamientos, por eso el sonido que anunciaba que el agua estaba caliente la espanto, haciéndola saltar en su asiento. Suspiro, antes de levantarse en búsqueda de té y un par de tazas. ━ Está vez no vas a querer una taza de agua hirviendo extra, ¿verdad? ━ Pregunto, haciendo referencia a la vez que se habían reencontrado. Un día inolvidable. ━ ¿Crees que si tengo gente a mi lado y un buen plan pueda… ━ sacar a Steven de aquel lugar? Quiso agregar, pero se detuvo, pensando bien en sus palabras. ¿Estaba considerando sacrificar gente por Steven? Porque vamos, ingresar a ese lugar sería considerando una misión suicida. No, ella no quería eso. Era algo horrible hasta de pensar. Pero entonces, ¿eso significa esperar? ¿Esperar un milagro acaso?  ━ Olvídalo. Solo... estoy siendo idiota. ━
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Gwendoline Edevane el Lun Jul 02, 2018 1:16 pm

Hasta dónde llegaba mi conocimiento, el Área-M era una fortaleza inexpugnable.
Fugarse de Azkaban podía llegar a ser posible, y de hecho, ya había ocurrido alguna vez en el pasado. Después de todo, lo que albergaban sus muros no eran más que traidores al nuevo gobierno, magos mestizos o de sangre pura que habían decidido levantarse contra el actual gobierno. Y, en el pasado, se trataba de una prisión destinada a magos tenebrosos encerrados por sus crímenes. Si bien se trataba de una prisión de máxima seguridad, custodiada por los abominables dementores—algo que siempre me pareció moralmente cuestionable—no estaba pensada para que los que cayesen allí no volviesen a ver la luz del día.
El Área-M era un cuento totalmente diferente. Cierto es que si se podía entrar, evidentemente se podía salir, pero no estaba pensada para que ningún prisionero abandonase el lugar. Se comentaba, además, que las condiciones de vida de aquellos presos eran deleznables, que recibían un trato menos que humano. Destinada casi exclusivamente a magos hijos de muggles y squibs, y denominada por los puristas un "área de investigación", quienes tenían la mala suerte de acabar allí dentro sus días no lo pasaban precisamente bien.
Se me encombreció el rostro al recordar una conversación que Sam y yo habíamos tenido, no mucho después de que yo descubriese lo que los Crowley le habían hecho pasar. Sam confesando que no se sentía preparada para pasar otra vez por algo así, por una experiencia tan dolorosa, sintiéndose totalmente impotente y a merced de dos salvajes que solo querían causarle el mayor dolor posible, reduciéndola a algo menos que humano. Confesando que prefería la muerte antes que volver a pasar por algo así, y cogiendo mi mano de manera significativa. Cuando nos reencontramos en Navidad, Sam dijo que se había preparado para luchar hasta la muerte, para obligar a quién la persiguiese a matarla antes de acabar en la monstruosa Área-M, pero sonaba a algo vago. Algo que había cambiado apenas dos semanas después, y en aquel momento, después de que descubriese yo toda la verdad, sus palabras sonaban firmes, convencidas.
Si aquello ocurriese, si ella muriese, yo me rompería. Me sentía capaz de sobrevivir a muchas cosas... pero no sin ella a mi lado. ¿Pero era la alternativa mucho mejor? ¿Que la apresasen y la llevasen a un lugar dónde cada día sería cómo aquella fatídica noche en que Vladimir y Zed Crowley habían dado con ella, y que culminaría igualmente en su muerte?
Perdida en estos pensamientos, apenas me percaté del momento en que se escuchó el sonido del microondas. Beatrice se puso en pie para servir las infusiones, y tampoco presté demasiada atención a gran cosa de lo que dijo... hasta que la escuché plantear una pregunta que me hizo levantar poco a poco la vista hasta clavarla en ella. ¿Estaba sugiriendo lo que creía que estaba sugiriendo?

—Eso sería suicida.—Dije, tajante. No se me ocurrían peores ideas para una hija de muggles que intentar asaltar aquel agujero de mala muerte.—Supongamos que consiguieses entrar allí. ¿Entonces qué? Ese lugar está lleno de esos "extirpadores", que no dejan de ser el equivalente mágico de Josef Mengele. Y quizás sean incluso peores que él, pues ese nazi no tenía la magia de su lado.—Me puse en pie y di un paso hacia Beatrice, poniendo las manos en sus hombros.—Y si por algún milagro lo consigues, y consigues sobrevivir a los extirpadores y a toda la seguridad del Área-M, ¿entonces qué? ¿Qué garantías hay de que puedas salir? No sé qué tipo de seguridad hay en ese lugar, pero quizás haya algo que impida salir a gente no autorizada. Si eso pasa, te quedarías atrapada allí dentro, a merced de esos locos, e inevitablemente te superarían en número...—Hice una pausa, inspirando y soltando el aire lentamente.—Si accediese a algo así, y te pasase algo, tu hermano no me lo perdonaría. Tienes que tener paciencia. Sí, lo sé, es difícil, te habla la experiencia. Pero hazlo por mí... y por él.

Entonces, todavía no se había producido aquel incidente. El mes siguiente, tendría lugar un ataque coordinado al Ministerio de Magia y el Área-M, precedido por un ataque a las oficinas del diario El Profeta, perpetrado por ese grupo de fugitivos conocido cómo "Radicales". Durante dicho ataque, decenas de presos lograrían escaparse, tanto del Área-M cómo de Azkaban.
Sin embargo, entonces, en mayo, me parecía imposible que algo así ocurriese; después del ataque, teniendo en cuenta que seguramente aumentarían las medidas de seguridad, posiblemente fuese imposible de verdad...
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