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Priv. || In Fraganti ||

Jazmine el Jue Mayo 17, 2018 7:06 am

In Fraganti.
Tantas cosas interesantes había por ahí, muchas de ellas brillantes, otras no tanto. Aquel enorme rompecabezas de perro gigante no brillaba, pero Jaz ya se imaginaba desmontándolo y volviéndolo a armar, como la estratega que ella era, hasta podría armarlo como si estuviese tomando el té, si lo sabía ella.

Una mota brillante era todo lo que había en un museo no mágico. La gente podría preguntarse qué hacía esa mota de luz yendo y viniendo de aquí a allá, iluminada sino por el fulgor de sus alas por la luz tenue del lugar cerrado, mas eso no era algo que a la hada le molestase en lo más mínimo, ella se divertía mucho por su cuenta ahí dentro.

Con los brazos en jarras miraba cada una de las pinturas, imitando el gesto del rostro o, si era a cuerpo completo, también lo imitaba, antes de zumbar risitas y continuar volando. Parecía una turista, siendo la diminuta cabeza de un torso sin la misma, parándose sobre el mundo con pose de superhéroe antes de que éste rotara sobre su propio eje haciendo que se cayera y tuviese que remontar el vuelo.

¡Ahí está el humano!”, señaló para sí misma al guardia de seguridad.

Era un humano joven, un hombre de veintitantos, que a paso tímido iluminaba temeroso el camino que iba siguiendo, girando la lámpara de izquierda a derecha buscando el proceder de aquellos ruidos que había en el museo. Tim estaba totalmente convencido de que aquello no era otra cosa que fantasmas, había visto cosas caerse sin que nadie las tocara y un movimiento con luz espectral. Debían prohibir ver películas de suspenso en el trabajo como velador.

Jaz voló detrás de él, mirándolo con gracia. “¡Ya sé, ya sé!”, zumbó, volando con toda la fuerza que le daban sus alas hasta adelantarse y entrar a la siguiente habitación que Tim iba a revisar. “Si tan sólo…

Revoloteaba en el suelo buscando algo, una habitación de historia natural donde había gigantes gatos que había descubierto que si se enchufaban a la luz se movían, ahora encontrándose desenchufados para ahorrar energía. Encontró dos conexiones cerca de sus respectivos enchufes y esperó.

¿Hay… hay alguien ahí…? —la voz de Tim sonaba más débil que la de un ratón, ni siquiera quería una respuesta, ¿para qué demonios preguntaba entonces? ¿Acaso un ladrón o fantasma iba a decirle: “sí, Tim, aquí estoy”?

Eso no le importó a Jaz, quien esperó hasta que Tim se encontrase cerca para enchufar uno de los gatos. El de la melena, justo a un costado del guardia, agitó su cabeza y rugió, causando que Tim emitiese el grito más agudo que ella hubiese escuchado jamás en su vida. Jaz tuvo que limpiar su oído con uno de sus dedos, incómoda, antes de enchufar otro gato, esta vez uno anaranjado con rayas que arañó el aire, un poco detrás de ella pero al frente de Tim.

Hasta la pequeña se sobresaltó porque eso sí que no se lo había esperado, mientras que un segundo grito inundó la sala tan sólo segundos antes de que la lámpara cayese al suelo y Tim echase a correr de vuelta a su cubículo, del que no saldría toda la noche. Al menos no hasta que su corazón se regulara, su rostro volviese a tener color y las piernas le dejasen de temblar, ¡si él mismo había desactivado a los animales!

Jaz se echó al suelo, sujetándose la barriga, riéndose como hacía mucho tiempo no se reía, zumbidos llenos de burla. Hasta se secó una lagrimita del ojo antes de desenchufar a los gatos. Tomó la lámpara y fue iluminando con ella, sólo por diversión, más como una luz errática por el vuelo torpe al tener un gran peso extra con ella.
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Caroline Shepard el Miér Mayo 23, 2018 4:10 pm

- ¡Tercera vez en el mes, Blumer! No una, no dos, TRES veces.

Caroline elevó su celeste mirada por sobre su cúbiculo para observar una acalorada Miriam gritarle a Joseph, un joven de no más de veinte años delgado y espalda curva que miraba espantado a la mujer que no paraba de mover papeles frente suyo, y que ahora se había puesto a enumerar, sin cansancio una y otra vez, las veces en que este mes el chico había fallado a lo grande. Soltó una pequeña risa, es que la teoría de la pelirroja es que Joseph estaba enamorado, de Vania la chica del tercer piso. Por lo que antes de pasar al Departamento de Criaturas se quedaba un piso más abajo riendo como bobo y haciendo bromas como ¡Yo por ti Vania, dejaría que me borren todo lo que sé hasta ahora!, y no exageraba con esto último. Ella lo había visto con sus propios ojos cuando había ido a visitar a su amiga Gwen.

Llantitos, y pequeños "No", "¿Por qué justo ahora?" , "Pero si él la amaba" "¡Se amaban!". Hicieron que la mirada océano de la pelirroja tomara otro rumbo, hacia Claire su compañera del frente. Quien al igual que ella se había quedado hasta el último turno, pero con la diferencia de que en vez de realmente trabajar se la pasaba viendo series que la hacían llorar, reír, suspirar, y un sín fin de cosas que la pelirroja no pasaba por alto por el hecho de que tan sólo las separaba una diminuta pared de cartón.  Pese a aquello, la rubia le caía bien, siempre le regala chocolates o le daba informaciones que ella, como encargada solo de las criaturas acuáticas simplemente no debería tener.

Además, ¿escuchan ese horrible ruido nasal, como una cascada de mucosidad succionada por un agujero negro? Bueno, ese era su compañero de al lado: Jaime Wadlow. En resumidas cuentas era un idiota, y entre sus sonidos con los de su compañera del frente, Claire era un dulce.

- Toma.- se levantó de su asiento y le tendió una caja llena de pañuelos de papel a su compañera, quien no tardó en sacar uno y llevárselo a la nariz para expulsar todo lo que tenía adentro.- ¿Quién murió esta vez?.- le preguntó, que ella no veía la serie pero era como si lo hiciera ya que su compañera se empeña en contarle todo con lujo de detalle.- Lexie, que su avión se ha caído y Mark...Ay.- y ahí estaban de nuevo los llantos. Le hizo un gesto con sus manos modo: "De ahí me lo cuentas" y se volvió a sentar.

Suspiro, aún le quedaba un par de horas por cumplir y se iría a casa ¡por fin!. Añoraba dejarse caer en el sillón y recibir todos los mimos de todos los seres que habitaban su hogar. Eso quería esa noche, ser profundamente mimada. Y ver una película junto a Sam, pero no de esas que necesitas pañuelos, no, no, no. Sino de esas que te sacan sonrisas y te dejan con las mejillas doloridas de tanto reír.

- Jaime, me acaban de informar que el Clabbert del museo de Kensington aún sigue allí.- le escuchó decir a una voz, no tenía ni para qué mirar para saber qué se trataba de Isabel, también del tercero. Una castaña que a veces pensaba que le podía caer bien pero era amiga de su "adorable" compañero de al lado y eso, jamás terminaba de perturbarla.

- Isabel, es solo un sapo con una gema en la frente para esos idiota muggles. Además que no le han hecho daño alguno, sólo lo tienen ahí para su entretención y ya. No nos vamos a arriesgar a ir por esa cosa que apenas tiene quince centímetros...- Veinticinco, idiota. Pensó Caroline silenciosamente con el ceño fruncido y su oreja pegada en la pared de su cúbiculo.

- Jaime, ese Clabbert está sufriendo. No hay que ser erudito en el tema para saber que si su gema brilla con tanta intensidad es porque está aterrado. ¡Mira la fotografía! ¡Está en todos los periódicos brillando!

- Isabel,  nuestro jefe siempre dice "Si no hay daños, no intervenimos" ¡Los estúpidos muggles lo aman!

- Pero Jaime, el Clabb...

- Ya, ya Isabel. Basta. No pasara nada, ya verás. Esa cosa se acostumbrara y ya. Pasara de moda, los muggles se aburriran de él y paf, problema resuelto. Ahora, ¿Vamos después del turno al bar de enfrente?

Escucho suspiros, silencio y...

- Nos vemos allá.

Que decepción, Isabel. Pensó para sus adentros la pelirroja, mientras arrugaba una hoja entre sus manos de pura rabia contenida, pero con una idea clara en la cabeza.

[***]

" Esa cosa ya se acostumbra"
ASH, Idiota y mil veces idiota.


Maldecía la pelirroja a su compañero mientras se aparecía cerca del Museo de Historia Natural de Kensington. Es que ella podía soportar sus sonidos nasales, su no baño diario y hasta el saber de sus comidas a través de su dentadura pero lo que no podía soportar de él es que era un MAGIZOOLOGISTA DE MIERDA. Es que de verdad, no sabía de dónde es que se había graduado pero simplemente no entendía cómo una persona como él podía llegar a estar encargado de criaturas si es que estas le valían una mierda y no le importaban en lo más mínimo. Es que podían meterse con lo que quieran, pero con su profesión no. Eso sí que no.

- Idiota.- refunfuñó por enésima vez esa noche mientras observaba el Museo por fuera. Es que se hubiera aparecido  ya adentro pero había ido solo una vez en su vida allí cuando tenía nueve año y , por más que se vanagloriaba de su memoria tenía que refrescarla un poco, viéndolo allí en vivo y en directo. Y así fue, cerrando sus ojos recordó el dinosaurio gigante de su entrada, el color de las baldosas, la temperatura del cartel que indicaba su nombre, el olor a barniz...ya lo tenía.

Y en menos de un pestañar ya se encontraba adentro, sonrió cuando vio por segunda vez en su vida a ese dinosaurio gigante. Para la ocasión se había puesto la máscara de "M" que siempre trae consigo, y su cabello lo había tornado de un color negro para que así las cámaras muggles no lleguen a tener una imagen nítida de ella. "La chica enmascarada se roba la rana brillante", quizás dirán algunos titulares. Pero para Caroline al menos eso era lo último que le preocupaba, que hablen y hagan lo que quieran pero ese Clabbert queda libre esta noche, como sea.

Click. Fotito para Sam de ella junto al dinosaurio gigante. Más los emojis " " ¿Quién necesita palabras si existen los emojis? Ok no, pero es que ya le había mandado un mensaje explicándole todo a su amiga para que no se preocupara y que no la esperara despierta. Pero había quedado de avisarle cuando ya estuviera adentro, y voilá lo había logrado.

Ahora, .- ¿Dónde te encuentras pequeñín?.- preguntó en un susurro mientras generaba un "Lumus" con su varita que la ayudará a ver mejor. Comenzó a caminar por el pasillo más cercano cuando de pronto una luz a lo lejos, que iba de aquí para allá. ¿Es que acaso el guardia estaba borracho o qué? se preguntó con su nariz arrugada.  Apagó su propia luz y se escondió en uno de los rincones esperando que el guardia se acercará más a ella para poder adormecerlo con algún hechizo. Pero menudo sorpresa se llevó cuando vió la linterna flotar sola por el aire.

Esperen, no. No flotaba sola.

Caroline entrecerró sus ojos, a modo de enfoque , a modo de zoom. - ¿Es...es..un hada?.- y justo cuando se hizo esa pregunta, su móvil decidió caer del bolsillo de su chaqueta en caída libre al suelo. Haciendo un ruido estruendoso en la baldosa. Y esa luz revoltosa, ahora se encontraba sobre ella.
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Jazmine el Dom Mayo 27, 2018 3:35 am

In Fraganti.
Los paseos al museo siempre eran divertidos, aunque en esta ocasión fuese mucho mejor. No había niños intentando capturarla ni humanos golpeándola para que se apartase. Y jugar con el guardia de seguridad había resultado ser una de sus más grandes aficiones, ese que miraba películas de terror y se asustaba con todo. Tonto guardia.

¡Qué bonito!”, pensó Jaz mientras observaba una pintura, iluminando con su lámpara robada. “Qué vestidito tan más lindo, me pregunto si el humano tendrá ese color de tela…”, ella estaba ensimismada en su propio mundo.

Ni siquiera se dio cuenta de que debajo de ella había una escultura. Es decir, respiraba, pero fuera de eso era una escultura. Por ello cuando escuchó el estruendo justo debajo de ella, soltó su lámpara y se largó volando.

Su luz cayó al suelo, no sin antes golpear la cabeza de la estatua ahí debajo de ella e impactar contra el suelo, titilando un par de veces antes de apagarse por completo y dejarles en total oscuridad, exceptuando claro las luces tenues para facilitar la visión a los guardias.

¿Qué fue eso…?”, zumbó en un susurro Jaz, mirando por el ojo del dinosaurio. Emitía una luz suave, esa luz de hada, aunque no era tan notoria como la luz de una linterna. “¿Será que… ¡las esculturas cobran vida?!”, no eso era una locura.

Primero reptó por el hocico huesudo y la miró por en medio de los dientes y colmillos afilados, vigilando que no viniesen a comérsela. Tímidamente, la pequeña emprendió el vuelo, buscando llegarle a la estatua por la espalda.

¿Escultura…?”, preguntó en un zumbido suave, tocándole el cabello.

Eso no era una escultura.

¡Es un humano!”, cayó pronto en la evidencia, que aquellas especulaciones suyas no eran más que descabelladas ideas sin pies ni cabeza.

La pequeña hada empezó a volar alrededor, mirándola con curiosidad, qué humano tan extraño, ¡si además había acabado dándole un buen susto! ¡Que casi se le salía su corazoncito del miedo! Ella tocaba con sus manitas en el rostro y las ropas, como asegurándose que era carne y hueso.

Sólo falta la última prueba…”, zumbó para sí misma, y se paró en su hombro. Acto seguido, con sus filosos dientecitos, le dio una mordida justo en la oreja. “¡Sabe a humano!”, ¡eso era! Estaba feliz, muy feliz.

Jaz empezó a revolotear de nuevo, viendo las obras de arte, jugando con todo lo que se encontraba, ¿un bolígrafo? Suyo ahora, ¿un clip? Pues suyo también, ¿una moneda? ¡De ella! Aunque su moneda… Empezó a volar de un lado al otro hasta encontrarse de nuevo con la humana.

Sin preguntar se metió entre su ropa, reptando y teniendo cuidado con sus alas. Se metió en sus bolsillos y sacó de ellos varias pelusas hasta que el sitio fue cómodo para meter su moneda. Acababa de declararla su baúl personal.

Sólo en ese momento se acordó de una cosa. Volvió a pararse en su hombro, buscando algo en sus ropitas. “¿Dónde lo metí…?”, se preguntó, rebuscando. Lo encontró: un pequeño bolsillo de dónde sacó lo que parecía una placa para perro en forma de flor.

Le puso justo frente a sus ojos la plaquita: se leía “Jazmine”. “¡Soy yo!”, zumbaba en ese idioma incomprendido por los humanos, “¡Jazmine! ¡Puedes llamarme Jaz! ¡O Bonita! ¡O Linda!”, le dio varias opciones, como si no entendiese que sus palabras no serían comprendidas por el oído humano.

Acto seguido, guardó muy bien su plaquita, ¡no fuera a perdérsele! ¡La necesitaba para presentarse! ¡Como esos papeles que tienen los humanos para presentarse!

Entre su revoloteo, chocó con algo. Todos los objetos tienen un punto estratégico, como una especie de talón de Aquiles, donde es mil veces más débil que todo lo demás. Es algo que uno aprende por la mala, que hay cosas que con el rasguño de una mosca, o con el golpecito de un hada, se desmoronan hasta los cimientos.

No es otra cosa más que lo que sucedió con el conjunto de huesos, pues empezó a tambalearse como hecho de gelatina al chocar la pequeña hada en un punto de sus costillas amenazando con caerse y no sólo hacer un brutal estruendo sino también hacer de esa habitación un desastre con todas sus letras.
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Caroline Shepard el Lun Jun 04, 2018 3:38 am

- Ouch.- exclamó cuando la linterna cayó sobre su cabeza dándole un golpe que de seguro haría que el día de mañana le saliera un mega chillón. Se llevó su mano a la zona golpeada y le dió cariños en un intento de detener ese palpitar doloroso que había nacido en aquella parte de su cabeza. Descendió para tomar su móvil con su mano libre y se lo volvió a guardar en el bolsillo.

Por la manera en que esa lucecita había escapado, la pelirroja no tenía duda de que se trataba de una hada que se había asustado con la tan estruendosa caída de su móvil. Todo para ellas era el triple, hasta el más pequeño de los humanos era como Gulliver en el país de Liliput para las hadas. Se iba a girar pero sintió su zumbido en su cabello, sonrió. Es que le encantaba la inagotable curiosidad de esas criaturas, por lo que la dejó curiosear entre sus cabellos sin poner resistencia alguna. La observó volar de aquí para allá, alejarse y acercarse a ella como si se tratase de una  figura de estudio ante sus pequeños ojos. - Hey.- protestó cuando sintió un pequeña mordida en su oreja.- Eres una mordelona, eh.- le dijo sonriente, que no se iba a enojar que apenas le había dolido y porque se encontraba muy feliz de encontrarse con un hada en ese lugar. Jamás se lo habría imaginado, pero ahora que la tenía ahí volando a su alrededor simplemente se había entregado a los encantos de tan luminoso ser.

- ¿A dónde te vas?.- preguntó con un leve puchero en su rostro al verla irse volando lejos de ella, veía su luz yendo de un lugar a otro. Alcanzó a dar cuatro pasos cuando el hada volvió hacia ella, o bueno, más bien volvió a su bolsillo, en donde le dejó una moneda.

Caroline estaba fascinada observandola, parecía como si de pronto hubiera vuelto a tener seis años.

FLASHBACK:

Siempre tan traviesa se había escapado de las manos de su padre para introducirse corriendo a aquel frondoso lugar que ante sus ojos le ofrecía una aventura asegurada. Corrió lo más rápido que sus pequeños pies le permitían hasta que la voz de su padre dejó de escucharse, perdiéndose en la lejanía.

De ojos brillantes observaba todo, lo olía todo y en ocasiones hasta se lo llevaba a la boca, de pura curiosa que era.  Pero al pasar un tiempo, a la pequeña pelirroja le entró hambre. Y fue recién allí que recordó a sus padres. A sus padres y esas galletas que se encontraban en el mueble encima de la cocina y que solo sus largas piernas podían alcanzar.  Así que empezó a caminar de vuelta hacia donde los había dejado, pero camino, camino, y camino, pero nada. No había rastro de ellos. ¿ Es que acaso se enojaron por su huída y ahora se escondían de ella?, se preguntó.

Ya cansada de ir de un lugar a otro  se sentó en el tronco más cercano, y llevando su cabeza a sus piernas se abrazó a sí misma.- Quiero a mis papis.- susurró a portas de comenzar a llorar. Pero, esperen. ¿Qué era lo que revoloteaba en su cabello?, se preguntó para volver a incorporarse y vio ante sus ojos una pequeña criatura brillante.

¿Es que acaso era un hada lo que estaba viendo? se pasó un brazo por sus ojos que se encontraban algo aguados para ver mejor.- ¡Eres un hada!.- chilló de ojos brillantes, la pequeña retrocedió unos pasos por semejante gritó.- Uy, perdón.- se disculpó la pequeña para acercarse a ella.- No te haré daño, lo prometo.- le dijo.

Lo que la pequeña Caroline no sabía es que la hada sabía muy bien que esa humano no le haría daño, los había estado observando hace días, y hace días también había querido ir a jugar con esa humana más pequeña. Y ahora que la había encontrado tan cabizbaja, a diferencia de todas las veces que la había visto antes tan sonriente, no dudó en ir a por ella y ver si se encontraba bien. Voló hacia sus mejillas rosas y tomó entre sus manos la comisura de sus labios elevandolos hacia arriba con todas sus fuerzas.- ¿Qué haces? Me hace cosquillas.- preguntó divertida Caroline, soltando una risita.  El hada contenta de haber logrado su objetivo, hacerla sonreír nuevamente aplaudió con sus manos dichosa.

- Caroline que ahí estás

Ella giró.- ¡Papi! tengo una amiga hada.- sí para su aún pequeño corazón esa lucecita ya era su amiga. EL hombre haciendo caso omiso de sus palabras fue donde ella y la abrazo fuertemente.- ¿Sabes el susto que nos has dado? ¡Estas castigada, señorita?

- Papi, papi escuchame, hay un hada, mira, mira.- con sus manos le tomó el rostro al hombre y se lo movió hacia donde se encontraba su pequeña amiga. Pero ya nada había allí. - Que la has asustado con tu ceño fruncido.- dijo una apenada Caroline.

Después de eso, jamás la volvió a ver. Ya que al otro día partían de vuelta a casa, pero antes de irse Caroline fue al bosque y dejó un plato lleno de galletas con chips de chocolate lanzando un beso al aire a modo de despedida.

El hada se puso frente a sus ojos y la pelirroja le ofreció una amplia sonrisa. Entrecerró sus ojos para poder enfocar mejor su mirada, viendo como esta le mostraba una pequeña placa.- Jaz..,¡Jazmine!. ¿Así que así te llamas? pero que hermoso nombre.- le dijo sonriente.- Yo me llamo Caroline, un gusto.- se presentó de vuelta.

Ella sabía muy bien que las hadas no solían estar mucho tiempo quietas, sus alas eran igual o más juguetonas que sus dueñas y le hacían volar de un lugar a otro. Y fue en ese revolotear que la pequeña hada chocó contra la figura. Caroline abrió los ojos como plato cuando vió esa enorme conjunto de huesos moverse, dispuesto a caerse en lo que uno tarde en decir.- Petrificus Totalus.- pronunció elevando su varita en su dirección. Congelando todos los huesos en el aire.- Ufa, que nos salvamos por porquito.- le dijo para luego volver todos los huesos a su lugar. Es que lo que menos quería hacer, era llamar la atención.

Cuando ya dejó todo en su lugar busco a la pequeña hada.- Jazmine ¿dónde andas? Necesito tu ayuda para una misión.- señaló mirando a tu su alrededor. Quería ir a liberar al Clabbert, pero mucho mejor si conseguía una compañera de aventuras ¿no?.
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Jazmine el Vie Jun 08, 2018 11:04 am

In Fraganti.
Jaz tenía esa inagotable curiosidad propia de Campanilla. Más bien, copiada de ella y utilizada a su modo más propio. Le encantaba encontrar “cosas perdidas”, y si esas cosas perdidas brillaban mejor que mejor. Gracias a su poca capacidad de atención, la hada iba y venía revoloteando, acordándose fugazmente de la humana antes de volver a marcharse, como si sólo vigilara que no se fuera demasiado lejos.

Luego de proclamarla su baúl personal, se acordó más temprano que tarde de una cosa importante. Para los humanos, más que nada, ellos eran así, extraños. Ellos tenían esas cosas que llamaban nombres y, aunque algunos nombres se repetían, ellos parecían entender cuando los llamabas por su nombre. Menos ella, ellos nunca parecían atender cuando Jaz los llamaba. El humano tonto, por ejemplo, ¡se llamaba Ryan! ¡Y el otro humano, su amigo salvador, se llamaba Denzel! ¡Otro humano más tonto que el primero se llamaba Evans! Locos todos, sin embargo.

Mostrándole su plaquita, ella sonreía alegremente. “¡Esa soy yo! ¡Y soy hermosa, como mi nombre!”, vanidosa, la hadita dio una pirueta en el aire. Cada vez que intentaba comunicarse emitía un zumbido más fuerte que su vuelo usual, y muchas veces hacía ademanes con las manos que probablemente sólo ella supiera qué decían.

¿Caro…line?”, parpadeó, mirándola atentamente luego de guardar su plaquita, como si no lo creyese. Y acto seguido, procedió a partirse de risa, acostándose en el aire mientras aún volaba y sujetándose la pancita. “¡Caro-line! ¡Ella dijo Caro, y luego dijo line!”, y parecía que eso era hilarante.

Cuando se recompuso de su risa, se limpió una lagrimita del ojo con su dedo, con risa residual como pequeños espasmos de graciosos zumbidos que asemejaban una risa. Inhaló profundo y suspiró, y siguió volando ella, tan feliz, tan ignorante del peligro a su alrededor.

Al chocar contra aquel montón de huesos, Jaz descubrió un mundo ante sus ojos que se derrumbaba y amenazaba con caer hasta sus cimientos con ese tambaleo gelatinoso. Voló, voló rápidamente hacia ella, hacia Caro y line, escondiéndose en su ropa para protegerse del inminente riesgo de muerte por aplastamiento.

¡Que nos morimos!”, ella se había escondido en su bolsillo con tanta rapidez que no había sido siquiera percibida. “¡No he comido suficiente azúcar, no puedo morir todavía, no he conocido a Campanilla!”, estaba ella ahí, tan preocupada, que no parecía reparar en que ya había pasado el peligro.

Sólo sacó su cabecita del bolsillo cuando oyó la voz de Caro-line llamándola. “¡Una misión!”, exclamó con sorpresa, olvidándose de los huesos ahora quietos en su lugar. “¡Yo quiero! ¡Quiero una misión! ¡Sé hacer misiones! ¡Como Campanilla!”, ¿Campanilla hacía misiones?

Como sea, Jaz se entusiasmaba, haciendo gestos con sus manos, como si hablase en un lenguaje en signos que sólo ella entendía. Porque ella se inventaba cada seña, no se regía por ningún vocabulario a señas humano.

Sin que siquiera le hubiese tenido tiempo de explicar su misión, ella salió volando. “¿Cuál es la misión? ¿Encontrar el escribidor de cosas del mal?”, y tomó un bolígrafo, alzando en el aire. “No, no”, lo tiró al suelo, “debe ser algo más… interesante, ¡como un crimen!”, Jaz podía inventarse muchas películas de acción, el humano tonto se las ponía en la caja mágica y a veces le leía historias.

Una misión. ¿Qué tipo de misión sería? ¿Sería peligrosa? ¿Escribirían cuentos y cosas para la caja mágica de ella? ¡De sus grandes hazañas! ¡Toda una heroína!
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Caroline Shepard el Vie Jun 29, 2018 5:04 am

¿Había algo más hermoso en el mundo que los animales? pensó Caroline, respondiendo enseguida con una gran negativa mientras una enorme sonrisa se apoderaba de su rostro al ver a la pequeña hada queriendo expresarse por todos los medios con ella. Quién curiosa como buena águila no tardó en entrecerrar sus ojos para enfocar mejor su vista y saber por fin el nombre de tan mágica y brillante criatura. ¡Que hermosa que es! ¡Es hipnotizante! exclama para sus adentros, mientras recuerdos pasados se colaban por su mente haciendo que por un momentos retrocediera en el tiempo y se sintiera como una pequeña Caroline de seis años perdida en un inmenso bosque.

La vida a veces era tan curiosa, que miren que ponerle un hada en su camino cuando de todo lo que podía encontrar en un museo muggle, lo que menos hubiera pensado era toparse con dos hermosas criaturas en el. Que aún no veía al Clabbert, pero para ante los ojos de la pelirroja cualquier animal era maravillosamente único y bello. Es por esa razón que se encontraba allí en vez de estar regaloneando junto a Sam en el sofá viendo alguna serie, película o el último video de Beyoncé. Porque amaba a esos seres revoltosos y mientras ella puediera ayudarlos, lo haría sin pensarlo.

Si tuviera que hacer un símil de las hadas con algún animal muggle, lo haría con un ave específicamente con un colibrí, pequeños seres de brillantes colores y aleteos veloces que emitían pequeños zumbidos que no eran más que un cariñito para los oídos de la maga. Y Jazmine era como un revoltoso y coleccionista colibrí. Y como el mismísimo efecto mariposa que con su simple aleteo en Hong Kong puede desatar una tempestad en Madagascar, la revoltosa hada provocó que el gran dinosaurio de huesos con un solo roce se desplomara por completo. ¡Benditos sean sus reflejos adquiridos en Japón! que si no fuera por ellos su objetivo de pasar desapercibida quedaría literalmente esparcido por todo el piso del Museo. Pero nada de eso pasó, y ahora se encontraba con su varita volviendo todo a su lugar, para luego hacerle una invitación a Jazmine que había desaparecido de un momento a otro. Lo que Caroline no sabía es que la hada se encontraba escondida dentro de su bolsillo pero que al escuchar la palabra "misión" no tardó en volver a aparecer ante sus ojos.

Sonrió, de manera radiante y como sólo podía sonreírle a algo tan bello como la hada que tenía enfrente. La veía volar de un lugar a otro y mover sus brazos frenéticamente, y antes de que siquiera le dijera una palabra de lo que iban a hacer, Jaz ya se había marchado a volar lejos. Como si ya estuviera al tanto de la misión y ahora fuera con toda la convicción del mundo a lograr su objetivo.  Caroline no hizo más que seguir sus pasos divertida, le siguió más que nada porque no sabía a donde se encontraba el Clabbert y también porque hacer una exploración por el Museo junto a Jaz le parecía una idea maravillosa.

- ¿A cuántos humanos conoces, Jaz?.- le preguntó a la pequeña que no detenía jamás su movimiento.- Es que la misión que tengo que cumplir acá, hará enojar a algunos humanos que espero jamás te llegues a topar.- prosiguió la pelirroja, quién ya se había dado cuenta que lo que animaba a esa traviesa criatura eran las aventuras.- ¿Tú conoces a los Clabbert?.- preguntó mirándola, atenta a sus reacciones que por las claras diferencias entre las dos eran su única vía de comunicación, y de lograr entender algo de lo que la hada sentía o quería decirle.- Pues tienen a una amigo Clabbert encerrado, y con mucho miedo. Lo capturaron un día y lo han dejado aquí para divertir a las personas. Pero él no quiere eso. Y ¿sabes porque lo sé? porque los Clabberts brillan, igual que tú. Pero con la diferencia que lo hacen cuando tienen miedo, o tristeza, y el amigo que estoy buscando esta brillando mucho, Jaz. Tenemos que encontrarlo, ayudarlo y liberarlo. ¿Me ayudarás?.- le preguntó al hada que sin saber a dónde es que se encontraba ahora, algo le aseguraba que le había oído de todas formas. Y sino, ya ella se lo repetiría nuevamente.Y por más que tenía que ir a trabajar al día siguiente, si de vivir una aventura junto a criaturas mágicas se trataba, al menos para la pelirroja la noche recién comenzaba.
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Caroline ShepardTrabajador Ministerio

Jazmine el Miér Jul 04, 2018 10:02 am

In Fraganti.
"¿Humanos?", inquirió, deteniéndose sólo unos segundos a mirar a la humana. "¡Claro que conozco humanos! Conozco humanos tontos, humanos locos, humanos buenos, humanos que te atacan con matamoscas, humanos que te dan azúcar, muchos humanos".

Jaz tendía a hacer ademanes mientras zumbaba, como una especie de lenguaje en señas que ella misma había creado para su propio entendimiento, y casi ningún humano podía comprenderlo en su plenitud. Básicamente porque siempre cambiaba el significado de sus señas, y una misma seña podía ser “humano”, “azúcar”, “árbol” o “caja mágica”.

"¿Y tú? ¿Tú conoces muchos humanos? ¿Humanos que se enojan?", cuestionó. Siempre que hablaba, miraba unos segundos a Caroline, curiosa, y luego parecía olvidarse de lo que hablaban.

El revoloteo de sus alas iba ahí a donde el corazón la llamase. O esos curiosos ojos que miraban todo, como jarrones, en especial esos que brillaban con la tenue luz de la habitación.

Si brillaba, era interesante, venía escrito.

Un clabbert, ella decía. "Sí, claro, yo conozco muchos Clabbert. Una vez el humano tonto se encontró con un Clabbert, sí, y ese Clabbert, oh, ese Clabbert era rechoncho y refunfuñón y no compartía sus dulces, no, un mal Clabbert", si tan sólo Caroline entendiera, se daría cuenta que Jaz no parecía tener ni idea de qué hablaba, sino que más bien había confundido el nombre de la criatura con el nombre propio de una persona.

Pero, a pesar de sus cuchicheos y zumbidos, una cosa le llamó la atención: ¡los clabberts brillan! "¡Yo lo encontraré! Soy experta encontrando cosas brillantes", exclamó, moviendo orgullosamente sus manitas, haciendo ver lo grandiosa que era.

Se había aparecido de ahí dondequiera que estuviere para encarar a la humana. No se quejaba, ni parecía reparar mucho menos, en todos esos metros que marcaban la diferencia entre las dos. Ella parecía, en cambio, sentirse tan o más grande que cualquier humano.

"Para encontrar una cosa brillante", zumbó, analítica, "debes pensar como una cosa brillante".

Estuvo pensando unos segundos en dónde se metería ella si fuera una cosa brillante. Voló a la izquierda y luego voló a la derecha, hasta que hizo un pequeño ruidito, alzando su dedo índice.

"¡Ya sé!", zumbó alegremente, ¡cosas brillantes! Y se dispuso a volar a toda velocidad, sólo en ocasiones deteniéndose a asegurarse que la humana la estuviera siguiendo.

Sin embargo, ahí donde la llevó, si bien brillante, no tenía ningún clabbert dentro. Era la exhibición de joyería y diamantes, una exhibición muy brillante, cómo no. Jaz tenía ese nivel de comprensión y, más importante aún, de retención de información.

Las hadas son criaturas bastante simples, de hecho. Son demasiado pequeñas, tanto que sólo puede ocuparlas un pensamiento a la vez, incluso sólo un sentimiento puede ser procesado al mismo tiempo. Son ambivalentes en pensamientos y emociones, no conocen puntos intermedios. Para ellas todo es demasiado, o demasiado poco.

La verdad tenía que ser dicha, y el clabbert se encontraba más bien cerca de ahí, a un par de exhibiciones de distancia, pero en eso Jaz no reparaba, no. Ella estaba ocupada, con las dos manos contra el cristal, mirando la joya más grande, un diamante que medía al menos el tamaño de la pequeña hada.

chu *3*
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