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Just forget the world [Priv. S. Rox Jensen]

Laith Gauthier el Lun Mayo 21, 2018 1:33 am

Mayo 11, 2018.
Hospital San Mungo, 09:46am.
Parcialmente soleado, 13ºC.

Era un día de trabajo normal, o eso era lo que parecía. No debería haber el más mínimo inconveniente si no era dentro de las paredes del hospital, encima de las camillas, ahí donde los enfermos reposaban para esperar su chequeo. Había empezado su turno ya hace tiempo, pero no había tomado un descanso más que en ese momento. Se presentó a la sala de empleados listo para hacer un café y darse un pequeño descanso antes de regresar a continuar con su trabajo. Escuchó a un par de sanadoras hablar en la mesa, mientras él caminaba a la barra.

¿Cómo es posible que éste tipo haya estado tanto tiempo burlándose de los mortífagos? ¡Es una locura! —dijo Julia, muy segura de lo que estaba diciendo. El sanador miró por encima de su hombro observando el panorama, las dos estaban conversando sobre el tema de alguno de temas que venían en el periódico. — ¿Será por ser guapo? Aunque se supone que estaba usando la cara de otra persona, ¿no? —Julia no dejaba de mirar la noticia, muy sorprendida, antes de que Claudette le robase el papel.

Algo llegó como un mal presentimiento, un cosquilleo en la nuca de Laith que lo hizo acariciarla con suavidad, antes de seguir colocando las cucharadas de su café y el azúcar correspondiente. — ¿Tú crees? Esos de Hogwarts son todos unos imbéciles, ya te lo digo yo, que en Durmstrang no se estaban con juegos de estos, ¿cómo dejan que un fugitivo haga de profesor en frente de sus narices? —y dicho eso, Claudette dejó el periódico encima de la mesa y se puso de pie. — Será mejor que regresemos al trabajo —fueron sus palabras, así abandonando la sala.

Laith dudó. Dio un sorbo a su café y le supo más amargo de lo usual, aunque nada tenía que ver con la cantidad de azúcar que había utilizado. Entonces se acercó, paso a paso, y se vio con una cara familiar en la página de El Profeta: “Steven Bennington, preso en el área-M”, leía. El corazón le dio un vuelco y se le cayó hasta el suelo, por suerte no ocurrió lo mismo con el café, el que dejó sobre la mesa para tomar vacilante el periódico y continuar leyendo la noticia. No pudo sino sentirse mal de no leer su nombre en la noticia, con el corazón latiendo presuroso cuanto doloroso.

Y este, en el fondo, él era partícipe y culpable, juez y verdugo indirectamente, porque no era otro sino él quien había encontrado el rostro que iba a utilizar. Fue él quien lo preparó todo, fue él quien le dio la llave para la puerta que lo metería a esa habitación de crueldad y suicidio. No era otro sino Laith Gauthier quien puso en el cuello de Steven la soga que lo ahorcaría al saltar. Y eso era un dolor que pesaba en el corazón y que le llenó de angustia y tristeza. Tomó el café, o lo intentó, pues le temblaban las manos. Le temblaban tanto que temió que el líquido derramase en su mano.

Miró al techo y echó aire a sus ojos, y sintió frío. Era una peculiaridad suya: siempre sentía frío cuando estaba triste, por más que resistiera a éste en situaciones normales. El café no le consoló el alma, como siempre lo hacía. Y caminó, sin hablar, sin mirar, pareciese que Laith lo veía todo en cámara lenta, las voces las escuchaba lejanas y sólo una interna que lo culpaba y señalaba con ese imaginario dedo era la que se escuchaba potente, con resentimiento, provocando culpabilidad y desasosiego.

Era su amigo. Y él le había comprado la muerte a su amigo. No supo bien cómo, pero llegó a la parte trasera del hospital, sólo recordando con claridad el papel con la cara de Steven sobre la mesa. Las manos se sacudían violentamente, le costó sacar su cajetilla de cigarros y más le costó encenderlo cuando el fuego bailaba al son de unas manos que morían de frío cuando el sol intentaba calentarlas. En soledad se lamentó, calando erráticamente. Recargó su espalda y su cabeza contra la pared del hospital, tosiendo cuando el humo no salió por completo de su organismo.

Sólo esperaba calmarse, que todo se callara por un segundo incluidos sus pensamientos, que el mundo se detuviera. Quería volver a respirar, cuando ni siquiera el aire limpio le sentaba bien en esa ocasión. Su mente lo atacaba con los recuerdos de aquel punto inicial, cuando bromeó con él, intentó ligar con él, y se habían vuelto amigos. Y las conversaciones, y las risas, y las charlas serias. Y un poco de todo, de esa amistad que tenían. Fue consciente de sus latidos: el primero lo dejó sin aliento, el segundo le llenó los ojos de lágrimas. Con el tercero, sollozó.
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S. Rox Jensen el Lun Mayo 28, 2018 6:25 pm

Muy bien, Sr. Dixon. Me alegra decirle que hoy podrá irse a casa, enhorabuena —comunicó la sanadora al hombre que la miraba sonriente desde la camilla, aliviado por al fin poder regresar a su hogar. El pobre Sr. Dixon llevaba allí cinco días debido a un sarpullido provocado por una poción que no remitía, pero las últimas pruebas retrataban lo que ya de por sí evidente mejoría.

Menos mal, estaba harta de oírlo quejarse de la comida que le traían. ¡Es peor que nuestro nieto pequeño! —exclamó la Sra. Dixon que no se había separado de su marido en aquellos días. El comentario le hizo gracia a Roxanne que rió mostrándose de acuerdo.

Coincido en que no es la más sabrosa del mundo, pero es sana que al fin y al cabo es lo que cuenta aquí —contestó con una sonrisa mientras escuchaba como el Sr. Dixon regañaba a su mujer por dejarlo en evidencia delante de la joven doctora. Mientras tanto Rox repasaba unos últimos datos en el informe. — Bien, pues firmaré los papeles del alta.

Cuando Roxanne levantó la vista para fijarla por última vez en los Dixon y despedirse, su vista se fijo en el periódico que tenía en el regazo el Sr. Dixon, seguramente había estado leyéndolo antes de su llegada. Sus ojos se fijaron en el titular, pero sobre todo en la foto, alguien que si bien no había visto nunca en persona le era fácil de reconocer. Había visto muchas fotos, y escuchado muchas historias de Steven Bennington, tanto por parte de Beatrice, que era su hermana, como parte de Laith.

Rox se había teñido el pelo de un color rubio blanquecino hacía un par de semanas, pero al leer aquel contundente y rotundo titular pudo jurar que su cabello terminó por volverse blanco. Su mente fue rápidamente con aquellas dos personas por las que reconocía aquel nombre y rostro, Laith y Bea. No había leído el artículo pero aquellas palabras “Steven Bennington, preso en el Area-M” no dejaban lugar a dudas. La sanadora salió de la habitación sin llegar a pronunciar aquella última despedida, algo que extrañó a los Dixon pero que a Roxanne no le importó.

Dejó el informé en la recepción de enfermería y se olvidó de firmar los papales de alta, su mente estaba en otro punto; encontrar a Laith. No tenía forma de dar con Beatrice en aquellos momentos, pero sabía que su amigo estaba en algún lado del hospital, pues lo había visto al comenzar su turno. Sus pies la llevaron al primer sitio por el que cualquiera empezaría a buscar, la sala de personal, pero allí no encontró a nadie. Lo que sí que encontró fue otro ejemplar de El Profeta, siempre solía haber uno encima de la mesa, y pudo leer por rápidamente y muy de pasada lo que había ocurrido.

Los pies de la francesa iban de aquí para allá, buscando en cada planta al sanador, pero por más que buscaba no lo encontraba. Hasta subió a la quinta planta, donde estaba la tienda de regalos y el salón de té, pero nada. Ni rastro de Laith. Roxanne empezó a preocuparse, parecía que la tierra se había tragado a su amigo, había preguntado a enfermeras y sanadores pero la última vez que lo habían visto había sido en la sala de empleados, por lo que ya debía de haberse enterado de la noticia.

Fue allí, en la quinta planta, rodeada de flores, peluches y tarjetas de ponte bien pronto o enhorabuena por el bebé, donde Rox supo donde estaba su amigo. Bajó del mismo modo que había subido planta a planta, corriendo como si la persiguiera el mismísimo Lord Voldemort. La francesa, que no tenía demasiado tiempo en su día a día como para hacer deporte, ni siquiera sentía el cansancio o la falta de aire en sus pulmones. Solamente fue consciente cuando apenas le quedaban unos metros para llegar a la salida trasera del hospital, pues las piernas ya no le daban para más.

Cuando abrió la puerta trasera lo primero que percibió la sanadora fue el olor a humo, señal inequívoca de que alguien estaba fumando, y el ruido de unos sollozos. No tuvo que buscar mucho para dar con Laith. Ver así a su amigo, que siempre le alegraba los días con su sonrisa, la hizo sentir como si tuviera el corazón en un puño.

Ey —dijo con la voz suave, en parte por el momento y en parte por la carrera que se había pegado. Se acercó a su amigo hasta que lo tuvo justo en frente y lo abrazó fuerte. ¿Qué otra cosa podía hacer? No podía decirle que todo estaría bien, no cuando no sabía si sería verdad, y cuando sabía a ciencia cierta que aquellas palabras de nada servirían. Desde que se conocieron en la universidad Laith y Rox habían pasado por mucho juntos, muchísimos momentos buenos, otros muy malos, pero siempre habían estado juntos. — Lo siento muchísimo, corazón.
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Laith Gauthier el Dom Jun 03, 2018 2:09 am

No pudo evitar pensar en todas las cosas que había perdido y que había dañado por intentar ayudar, un error del que no se había dado cuenta hasta ese momento. No podía separar el dolor de un corazón roto, porque eso era lo que tenía. Como una tremenda opresión en el pecho, una presión que no parecía estar afectando ningún órgano físico, pero que era casi asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma hecha un ovillo. No lo dejaba ni siquiera respirar o articular palabra alguna, y las lágrimas caían de sus ojos como una llave abierta que no pensaba cerrarse.

Oyó la puerta abrirse, y trató de tranquilizarse, de secar las lágrimas que no paraban de caer, de recomponerse y no verse tan abatido, pero fue inútil, no importaba cuánto se esforzara, no había nada que pudiera hacer. Y tampoco es que lo intentara demasiado. Laith sabía que un hombre no era fuerte por no llorar nunca, sino por saber qué cosas merecían lágrimas. — Roxanne… —pronunció su nombre cuando la tuvo en frente de él. Se le cayó el vaso de café que se desperdigó por el suelo, salpicándoles los zapatos, al abrazarla con fuerza. — Se fue, se lo llevaron.

Todavía no asimilaba aquellas palabras que le estaba diciendo a su amiga. Parecía no entender que de un momento a otro las cosas se fueran a torcer tanto, a llegar a ese punto de quiebre donde todo parecía empeorar sin importar cuánto uno suplicara por un segundo de silencio. Su mano ahora libre se aferraba a la ropa en su espalda con fuerza, sentía que de soltarla podría perder el equilibrio y la caída libre iría más allá del suelo bajo sus pies. Así se sentía, un forastero de su propio mundo.

El frío sólo se calmaba con aquellos brazos femeninos que lo apretaban contra su pecho. — Yo tuve la culpa —le dijo, sollozando con fuerza, y prosiguió antes de que ella pudiese contradecirlo: — yo le conseguí la identidad, yo lo metí ahí —la voz le temblaba y ahogada se quedaba atrapada en su garganta incapaz de salir fluidamente, no sin hipo y jadeos. — Yo lo hice —insistía, a pesar de que Laith mismo sabía que, con o sin su ayuda, si Steven lo hubiera querido hubiese conseguido entrar al castillo.

No le estaba siendo fácil pensar que el hubiera no existe en ese momento. Era uno de los principios de Laith, él siempre lo pensaba, que nada podía ser de otra manera que de aquella que había ocurrido. Pero no dejaba de dar vueltas a esa razón, quería intentar convencerse de que no era su culpa. No podía sin embargo parar su cerebro y que dejara de pensar en qué hubiera pasado si no hubiese ayudado a Steven, si aquella locura la hubiese hecho por su propia cuenta, ¿se sentiría menos culpable en ese preciso momento? Ni siquiera podía concebir la idea de volver a estar feliz.

Quiero irme —masculló, escondiendo el rostro entre el cuello y el hombro de Roxanne. No tenía fuerzas de seguir haciendo su trabajo, no tenía energías para fingir que estaba bien. Quería irse lejos de todo y de todos, poder gritar alto y que nadie lo escuchase. Quería sacar de dentro suyo esas palabras para muchos vacías que hacían eco y se repetían en su corazón dolido. — No puedo, Roxanne —sollozó de nuevo, soltando finalmente el cilindro del que ya no podía calar para abrazarla con todas sus fuerzas que resultaban débiles, una sujeción torturada.
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S. Rox Jensen el Sáb Jun 09, 2018 12:08 am

Que el mundo no es justo es algo que se suele decir pero que no te das cuenta de lo cierto que es hasta momentos como aquel, cuando buenas personas como Laith, Bee o su hermano, tienen que sufrir de esa manera. ¿El crimen? No haber nacido en una familia de magos y aun así portar el don de la magia. Hacía tiempo que para los magos y brujas de Gran Bretaña la palabra injusticia se había quedado corta.

En cierta manera, cada vez que leía titulares como el de Steven Bennington, Roxanne se sentía culpable. No hacía demasiado tiempo ella también había pensado de aquel modo, educada por sus padres, y de no ser por su tío y Laith, entre otras personas, probablemente seguiría pensando de la misma manera. Pero sobre todo porque a pesar de todo, a pesar de ver el sufrimiento casi a diario, a pesar de conocer a gente afectada por el nuevo gobierno, a pesar incluso de que ella misma no sabía dónde y cómo se encontraba su tío, era incapaz de hacer nada que pudiera cambiar las cosas. Se mantenía neutral, como si su vida no hubiera sufrido el más mínimo cambio. Aunque no lo reconociese, Roxanne muchas veces sentía vergüenza de sí misma.

Lo sé, he visto el periódico —susurró mientras pasaba sus manos por la espalda del sanador, intentando insuflarle algo de consuelo. — Lo siento muchísimo, de verdad.

Lo que estaba sintiendo en aquellos momentos la sanadora era impotencia, impotencia por no poder ayudar a su amigo, por no poder aliviar su dolor. Rox no podía ni imaginar cómo se sentiría ella de estar en el lugar de su amigo, si ella hubiera perdido a Laith… No quiso ni pensarlo.

No lo soltó en ningún momento, lo apretó fuerte entre sus brazos sin siquiera darse cuenta del momento en que el café manchó los zapatos de ambos. Aquello no importaba en ese momento. Lo único en lo que la sanadora podía pensar era en la persona que tenía entre sus brazos, que siempre tenía una sonrisa para todo el mundo, que siempre era amable con cualquiera que lo necesitase, y ahora que él era quien lo necesitaba ella era incapaz de devolverle esa sonrisa. Habría hecho cualquier cosa para hacerlo sonreír.

Las palabras de réplica murieron en los labios de la rubia, pues Laith la cortó antes incluso de que pudiese pronunciar una sílaba.

Sé que el dolor te hace pensar así, pero no fue tu culpa Laith —dijo suavemente, creyendo firmemente cada palabra que acababa de decir. — Tú no lo obligaste a hacerlo, solo ayudaste a un amigo. Si a mí me regalan un cuchillo y dentro de un mes mato a alguien, ¿la culpa es de quien me regaló el cuchillo? —sabía que la herida estaba demasiado reciente como para que Laith se parase a pensar en aquellas palabras, era demasiado pronto como para comprenderlo, pero no podía dejar que Laith pensara que era su culpa. Imposible.

Pasó una de sus manos por el cabello de Laith cuando éste ocultó su rostro en el hombro de la sanadora, mientras la otra seguía en su espalda, manteniendo el abrazo. Era evidente que el sanador no estaba en condiciones de seguir con su trabajo, saltaba a la vista. Rox estuvo pensando unos segundos, buscando una solución.

Vale, no te preocupes. Marianne me debe un favor, le diré que te cubra el turno y yo le pediré a Jason que cubra el mío, ya se lo devolveré —comentó después de repasar a cuales de sus compañeros podía pedirles aquel favor. Jason era un capullo pero podía pedirle aquel favor, quizá luego solo tuviese que aguantar una tediosa cena con él.— No pienso dejarte solo —sentenció, sin posibilidad de réplica. No existía un mundo en el que Roxanne fuese a dejar solo a Laith en aquel momento.

Cuando sintió como Laith la abrazaba con más fuerza, acompañado de un sollozo que le partió el alma a la francesa, ésta dejó también escapar una lágrima. Una lágrima por su amigo, que no se merecía pasar por aquel dolor.

Vamos a irnos, pero antes tienes que tranquilizarte un poco, ¿vale? Suéltalo todo, no hay nadie más aquí, deja que salga. Llora, grita, haz lo que necesites.
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Laith Gauthier el Dom Jun 10, 2018 10:39 pm

No podía con su alma en ese momento, se sentía así, culpable y derrotado. Los corazones grandes se llenan con poco, es eso lo que dicen, pero también hacen un desastre mayor cuando estos se destrozan y cuesta un poco más repararlos. En especial cuando, tan heridos como el de Laith en ese momento, estaban plenamente convencidos de que eran los culpables de aquel mal. Ese hombre siempre había sido así, no juzgaba a nadie más severamente de lo que se juzgaba a sí mismo, y en muchas ocasiones no era otro más que él su propio verdugo.

Roxanne era una mujer lista, más que muchas que hubiese conocido, y sabía, una parte de él aún racional, que tenía razón. Los sentimientos y el corazón, sin embargo, gritaban más fuerte que cualquier lógica y no iban a permitir que en ese momento oyese otra cosa que no fuera el dolor y la culpabilidad. Él no había sido más que el medio, pero el fin, con o sin él, hubiese sido el mismo para alguien que estaba decidido a cumplir con su objetivo. Era una pena, sin embargo, que Laith se hubiese prestado a hacer algo tan peligroso cuando ahora también él podía estar en riesgo.

En cuanto se declaró incapaz de mantener su día con normalidad, su amiga pensó rápidamente una solución a su problema. Pedir que cubrieran sus turnos y luego resolver sobre ello. — No, no tienes que… —trató de pedirle que no perdiese su turno por él, pero Roxanne lo detuvo en seco, iba a ir quisiera o no. Probablemente porque sabía que Laith no lidiaba muy bien con el dolor, sus chapas de la doble A eran la prueba, antes de volver a controlar su consumo de alcohol. — Gracias —se limitó a decir, no le daba la gana seguir insistiendo en lo inevitable.

Sabía que tenía que calmarse, que debía tranquilizarse para finalmente salir y despedirse de la gente como personas normales. Pero no podía, cada vez que lo pensaba le entraba un dolor en el pecho y más fuerte lloraba, iba a quedarse sin lágrimas como siguiera llorando con tanta fuerza, con el sentimiento a flor de piel. Y lloró, lloró como un niño, sollozando y lamentándose, aullando de dolor que en el pecho le hacía sentir que había algo apretujándole el corazón. Sólo esperaba que ese dolor no causara un verdadero daño. Sabían que un corazón realmente podía romperse físicamente.

No fue fácil, pero lo consiguió minutos más tarde. Las lágrimas seguían cayendo silenciosas hasta que se detuvieron, amenazando con volver a deslizarse hasta la ropa de Roxanne. Tenía los ojos enrojecidos y también la nariz, lo que hacía ver pálida a su blanca tez. — ¿Me… me veo muy mal? —le preguntó, intuyendo la respuesta, secando su rostro con su bata. — Mejor no me contestes, tengo que… Tengo que ir a escribir algo en un informe, y… —un nudo traidor le ahogó la voz, y por poco consigue desestabilizarlo de nuevo. — Quizá necesitemos una… coartada —porque no podía decir que estaba así de mal por un fugitivo.

Qué difícil era la vida cuando uno era un traidor a la sangre. No podía ni siquiera llorar la partida de un amigo sin el riesgo de poder ir a Azkaban por ello, por ser humano y prestar la mano a las personas que lo necesitaban. Roxanne no lo comprendía y Lindsay tampoco, pero Laith jamás había podido quedarse de brazos cruzados como si no importase cuando una injusticia sucedía. Nadie merecía sufrir sólo por haber nacido en una familia diferente, sólo quería un mundo sin miedo, no quería que lo invadiese el mal. Y le dolía ver al país que le abrió los brazos en esa situación, quería ser parte del cambio, pues era demasiado fácil volver a casa.

Sin embargo, hoy era él quien no tenía motivos para reír. — Estoy listo —suspiró cuando sintió que no iba a soltarse a llorar a la mínima oportunidad, finalmente dando un paso para retroceder del abrazo en que Roxanne le protegía del mundo. — ¿Quieres que yo hable con Jason? Sé que… Sé que se aprovechará de la situación —no quería que ella se metiese en problemas por su causa, y ese Jason era un capullo que no iba a perder la oportunidad de pedirle una cita.
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S. Rox Jensen el Vie Jun 29, 2018 8:27 pm

Roxanne no soltó a Laith mientras este se desahogaba, al contrario, lo apretó fuerte entre sus brazos y pasó sus manos por la espalda y el cabello del sanador, en un vano intento de consolarlo. ¿Qué tipo de consuelo puede haber en un momento como ese? Lo único que podía ayudar a Laith era el tiempo, que dicen que lo cura todo, y con eso Rox no podía hacer nada.

Asintió con una ligera sonrisa cuando su amigo entendió que no pensaba dejarlo solo en un momento como aquel, la sola idea de volver al trabajo sabiéndolo en aquel estado era impensable para ella. Los verdaderos amigos son los que están a tu lado en cualquier momento, en los momentos buenos y en los malos también, y si había algo en su vida de lo que Roxanne no tenía ninguna duda era de que Laith era su mejor amigo.

Incluso ahora pareces un modelo de pasarela… te odio por eso —bromeó con un tono suave mientras pasaba su mano derecha por la mejilla del hombre, quitando el rastro de una lágrima. Sabía que le había dicho que no contestase, pero no había podido evitarlo quizá en un vano intento de aligerar la situación.— Sí, yo tengo que firmar un alta antes de irnos… —murmuró en voz alta con tono pensativo. Se había olvidado por completo del Sr. Dixon. — Es una buena idea lo de la coartada —asintió mostrándose de acuerdo, el motivo real de su marcha no se podía decir libremente.

Era horrible no poder llorar la pérdida de un amigo de manera libre, tener que mentir para no estar en problemas… La represión a la que se sometían a los hijos de muggles, y a todo aquel que se relacionase con ellos, carecía de piedad alguna. Por suerte o por desgracia, a Roxanne no le costó demasiado acostumbrarse a aquel régimen, pues se había criado en hogar extremadamente purista en el que el contacto con muggles estaba absolutamente prohibido. Aunque aquello no excluía el que la francesa supiese que toda esta situación estaba mal, quizá de tener más agallas, como las que tenía Laith, ella también dejaría a un lado el miedo y se involucraría más en producir un cambio.

¿Qué te parece una rotura de cañerías? Podemos decir que me han llamado por eso y que necesito que vengas a ayudarme —vale, quizá el tema de poner excusas no era su fuerte. — Es una mierda de excusa, lo sé —dijo en voz alta sus pensamientos. — ¿Se te ocurre alguna mejor? ¿Un escape de gas quizá?

Dios, ¿pero cómo podía dársele tan mal eso de buscar una coartada creíble? Al menos a ella le sonaba fatal todo lo que decía, aunque quizá alguna de sus ideas podía llegar a ser creíble.

Oh sí desde luego que lo hará, es una sabandija —comentó encogiéndose de hombros cuando salió el tema de Jason. — Pero no te preocupes, yo me encargo. Siempre puedo convertirlo en un pato, fingiré que ha sido un accidente... Todos ganaremos con el cambio.

Lo miró cuando se alejó de sus brazos y le dio una pequeña sonrisa que pretendía reconfortarlo un poco. Verlo de aquella manera, con los ojos rojos de llorar, y la nariz en un estado muy similar, de verdad que le rompía el alma. Ella solo quería que su amigo fuese feliz, ver esa sonrisa a la que ella estaba acostumbrada.

¿Estás listo entonces? —preguntó para asegurarse.— Ve a rellenar el informe y no te preocupes por nada más, yo firmo el alta, hablo con Marianne y Jason y nos vemos en la puerta, ¿si?
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Laith Gauthier el Mar Jul 03, 2018 5:50 am

Una sonrisa que fue breve se cruzó fugaz a través de su rostro cuando ella, pese a haberle dicho que no quería respuesta realmente, le contestaba que parecía un modelo así de lamentable como se encontraba, secándole las lágrimas que podía. Los dos tenían cosas que hacer, y sin embargo necesitaban contemplar una excusa creíble para que él estuviese tan abatido y encima los dos tuvieran que marcharse, porque incluso era ilegal lamentar la pérdida de un buen amigo si este no había nacido en la familia que el régimen purista contemplaba como la óptima.

Roxanne pensó en una rotura de cañerías para usar de excusa, y como si esta no fuese suficientemente mala, un escape de gas fue su siguiente idea. Casi inevitable que Laith riese debido a ello, una risa leve que no alcanzaba a cubrir la tristeza de la que su voz se impregnaba. — Eres un desastre inventando excusas —se metió un poco con ella. Él pensó también en algo, aunque su mente se volcaba en fatalidad. Tampoco quería una excusa tan elaborada. — Podemos decir que tengo que llevar a Erín al magizoólogo porque está muy delicada de salud, y claro, es como mi hija —Erín era la erizo que Roxanne le había regalado en su cumpleaños.

Había renegado mucho con el regalo, en principio. Era “el señor ocupado”, como Beatrice lo apodaba algunas veces, así que cuidar de otro ser vivo entonces le parecía una locura. Ahora, poco a poco iba acostumbrándose a la idea, y la erizo estaba teniendo una buena vida con él. Lamentaba un poco tener que usarla de excusa, pero era necesario. Además de eso, estaba el tema de Jason, una sabandija que necesitaba recurrir a trucos de dudoso honor para conseguir una cita con una mujer preciosa como lo era Roxanne.

Si lo conviertes en pato, quiero fotos —respondió en automático, prácticamente sin pensárselo. Siempre era divertido ver fotos de idiotas convertidos en patos. Asintió al oír su pregunta, tomando aire profundamente y dejándolo ir despacio. — Al mal paso, darle prisa —le dijo aquel buen dicho, decidiéndose a entrar al hospital. Necesitaba otro cigarro, y algo para quitarse ese amargo sabor de la boca. — Te veré ahí en… ¿quince minutos? —preguntó, para tomar algo de tiempo y poder hacer sus quehaceres dentro de un lapso, puesto que no le apetecía quedarse de pie mucho tiempo esperándola, ni tampoco hacerse esperar.

Después de acordar la hora, fue momento de hacer su informe. Por su cara, no era difícil adivinar que no se encontraba precisamente bien, aunque defendía la coartada que había hecho con Roxanne. Tenía los ojos cristalizados y enrojecidos, una lágrima al borde del párpado, y una sonrisa que sabía a falsedad. El pulso le temblaba, pero escribió con fina caligrafía cuanto pudo hacerlo sin que su mano jugase en contra de su trabajo, y guardó un par de informes que quería mirar en casa, por si le apetecía tener algo en que ocuparse. Le gustaba mantenerse ocupado, no lo dejaba pensar en nada más.

Cuando hubo acabado, se dirigió a la entrada. Algunas personas habían ofrecido cubrir su puesto, pero Laith se aferró al plan que tenían. Laith era ese compañero de trabajo que siempre está disponible cuando le pides cubrirte si hay una urgencia, por lo que se había ganado el cariño de más de uno de sus compañeros de trabajo. Y ahora miraba impaciente su reloj, contando minutos, describiendo su forma en su muñeca derecha. Esperaba que Erín estuviese bien y que no enfermase, para colmo de males, por haber mentido sobre ella.


Última edición por Laith Gauthier el Lun Ago 27, 2018 12:31 am, editado 1 vez
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S. Rox Jensen el Lun Ago 27, 2018 12:23 am

Qué me vas a contar, en Beauxbatons era incapaz de saltarme una clase, siempre me pillaban —contestó con una sonrisilla y encogiéndose de hombros. Al menos su patético intento de buscar una excusa había conseguido sacarle una leve risa a Laith, algo era algo.

Dicen que las mentiras deben ser simples, porque cuanto más elaboradas son más fácil es que te pillen, y para las excusas se aplicaba la misma regla. La idea de Laith era mucho más creíble, además de sencilla, que las que había tenido ella.

Roxanne no pudo evitar sonreír cuando el sanador mencionó a la erizo que ella le había regalado para su último cumpleaños, Laith había renegado un poco pero la sanadora seguía pensando que era un regalo genial para él y se alegraba de que su amigo le hubiese cogido tanto cariño a la pequeña erizo.

Vale, diremos eso entonces —mostró su acuerdo con la excusa de Laith, quizá deberían hacer una lista de excusas para situaciones de emergencia, así siempre tendrían una preparada. — De ahora en adelante te nombro el encargado de buscar excusas creíbles.

Sonrió de una manera un tanto maligna, como si estuviera tramando algo, cuando Laith le dijo que él quería fotos del pato Jason.

Si lo convierto en pato lo llevo a que lo castren —quizá había sonado un poco sádica, pero oye, al menos tenía la delicadeza de esperar a convertirlo en pato y no hacerlo cuando aún era humano.

Asintió conforme con los quince minutos de plazo, suponía que le daría tiempo a hacer todo lo que tenía que hacer, al fin de cuentas solo tenía que firmar un alta y hablar con Marianne y Jason. Suponía que lo que más tiempo le costaría sería esto último.

Lo primero, tal y como suponía, fue sencillo, se disculpó brevemente con el señor Dixon por la tardanza y firmó el alta para que el hombre y su mujer pudiesen marcharse a su casa. Lo segundo ya… fue otro cantar.

Su intención era hablar primero con Marianne para que cubriese el turno de Laith y luego con Jason para que cubriese el suyo. Pero el destino es caprichoso y, mientras la francesa buscaba a su compañera, se encontró con Jason en la sala de empleados a donde había ido a buscar a Marianne.

Hombre, Jason, justo quería hablar contigo —saludó Roxanne con una sonrisa muy falsa en su rostro. Había compañeros a los que todos querían, como Laith, y luego estaba la gente como Jason, a los que todos detestaban.

¿Conmigo? Que honor tan inesperado —le respondió con una sonrisa que hizo que a Roxanne le diese un escalofrío por la espalda.

Si, contigo. Verás, Laith tiene un problema y me gustaría irme para estar con él —explicó intentando darle pena. — El caso es que me gustaría que me cubrieses el turno, por favor.

Aquel por favor le quemó en la garganta a la sanadora, que detestaba pedir favores, y más a gente como Jason.

Vaya, vaya… ¿y qué gano yo con eso?

¿No sentirte como un ser humano despreciable? —soltó sin poder morderse la lengua, por suerte parece que se lo tomó a broma porque se echó a reír.

Eso está muy bien, pero yo quiero algo más. ¿Qué me dices de una cena? Ya sabes, te lo pedí hace algún tiempo y me dijiste que no… quizá ahora cambies de opinión.

¡CONTIGO NO, BICHO!

Menos mal que Jason no podía leer mentes, porque la mente de Roxanne en aquellos momentos era el escenario de un combate de lucha libre entre ella y Jason, y donde él iba perdiendo clarisamente.

Yo no lo llamaría cambiar de opinión exactamente —murmuró. Chantaje es como lo llamaría ella.— Pero está bien, ¿tenemos un trato?

Después de un innecesario apretón de manos Rox salió de la sala para empleados y buscó a Marianne, a la que encontró en la recepción del hospital. ¡Gracias a Merlín! La sanadora fue encantadora y muy empática, entendiendo la situación a la perfección y ofreciendo su ayuda si Laith necesitaba cualquier cosa. Lástima que no todos sus compañeros fuera como ella o Laith.

Salió por la entrada del hospital cinco minutos más tarde de lo acordado con Laith, a quien encontró allí, esperándola.

Necesito lejía para lavarme la mano —dijo poniendo una cara muy exagerada de asco, haciendo referencia a la mano con la que había tocado a Jason. — Lamento el retraso, me ha costado un poco encontrar a Marianne. ¿Cómo vas? —se disculpó nada más llegó al lado de su amigo. Entrelazó su mano con la de él y le dio un ligero apretón antes de echarse a andar.— ¿Vamos a tu casa? Nos podemos aparecer directamente así no tenemos que andar.
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Laith Gauthier el Jue Ago 30, 2018 11:20 pm

Roxanne lo había nombrado el encargado de las excusas creíbles. Sí, Laith era bueno mintiendo, y sabía que para hacer creíble una excusa había que mantenerla breve y apegada a la realidad, para minimizar variaciones en las versiones. Mucho más fácil que hacer una mentira muy rebuscada que no recordarían en un futuro, si fuesen preguntados al respecto. Su amiga había considerado castrar al pato Jason si este quería aprovecharse de ella o si se comportaba de mala manera durante su pseudocita, y Laith, que no era muy amigo de la violencia, se sintió extrañamente cómodo con la idea. — Eres malvada —le sonrió ligeramente.

Luego de separarse, el tiempo pasó lento para Laith. Desde que estuvo escribiendo aquello y las personas que se encontró hasta el momento de quedarse simplemente esperando a su amiga. Un nudo en la garganta y los ojos húmedos decían más de lo que las palabras dijeron a cualquiera que preguntase. No era normal verlo así de roto. Por su expresión cualquiera podría darse cuenta de cómo le dolía el alma. Por ello, que Roxanne llegase a él fue un soplo de aire en medio de su tormenta, pese a haber estado al borde del llanto cuando sintió su mano apretando la suya en gesto cálido.

Hizo una expresión de desagrado cuando le dijo que podrían aparecer. Laith no era bueno apareciendo, el dolor de su cuerpo era tangible cada vez que ocurría, pero en ese momento tampoco haría la gran diferencia, o eso pensó. — Sí, deberíamos —admitió segundos más tarde, tras haberlo considerado seriamente, hasta el punto de acceder. — Si muero en el proceso pon en mi epitafio que se deberían penar las apariciones —trató de jugar, aunque no le salió muy bien el intento.

La aparición fue retorcerle el cuerpo como si fuera un trapo mojado, huesos, músculos, incluso su cabeza se vio resentida por un mareo. No, no se estaba sintiendo bien, en lo absoluto. Sintió náuseas y ganas de vomitar, pero la falta de aliento era lo peor de todo. Porque, por un momento, sintió que no podría volver a respirar nunca. Habían aparecido en la puerta de Laith, justo antes de entrar a través de ella. Era descortés aparecer dentro de una casa, aunque fuera la propia, era lo que él pensaba. Pero por el momento tuvo que recargarse en Roxanne un momento para recuperar el aliento antes de entrar.

¿Era su impresión, o estaba innecesariamente frío? El departamento de Laith era espacioso, muy limpio para ser de un soltero de su edad. Al encender la luz, rápidamente los peces de su pecera, que se encontraba tras la mesa del comedor, se asomaron en busca de su dueño. Tenía una preciosa selección de peces: la estrella del lugar era Bob, pero no pasaba desapercibido Scar. Tenía al elenco de Buscando a Nemo: Marlín, Coral y Nemo, Dory, Gill, Bubbles, Deb, Gluglú, Globo, Peach y Jacques. Había sido una compra compulsiva, sí, ¿pero a que lucía preciosa con tanta vida?

La jaula de Erín estaba en la sala de estar, en una de sus esquinas, cubierta con una tela delgada para evitar que el exceso de luz la molestara. Estaba teniendo una buena vida, después de todo, con su dueño que se juraba un irresponsable para mantener criaturas vivas. Puso la cafetera en la cocina antes de tumbarse en el sofá, sintiendo la opresión en el pecho que le pedía seguirse desahogando, continuar con el llanto hasta quedarse vacío de lágrimas. Otra parte de él, la que miraba al techo intentando en este encontrar alguna respuesta, sólo se preguntaba cómo las cosas podían tonarse de una forma tan descarrilada de un día para otro.


Última edición por Laith Gauthier el Dom Oct 07, 2018 2:28 am, editado 1 vez
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S. Rox Jensen el Vie Oct 05, 2018 1:36 pm

De verdad que a Rox le dolía el alma de ver a su amigo en aquel estado, tan triste y alicaído. Sabía que en la vida no todo podía ser color de rosa y que, igual que hay momentos buenos, también debía haber malos, pero era imposible para ella no querer lo mejor para Laith. Sí lo único que podía hacer por él era brindarle su apoyo y quedarse a su lado mientras pasaba por aquel amargo momento, pues eso es lo que haría la francesa.

Aquí yace Laith Gauthier, gran amigo, mejor sanador y pésimo apareciéndose —le siguió la broma con lo del epitafio a pesar de que ninguno parecía tener el ánimo para muchas bromas.

Lo cierto era que Roxanne también detestaba aparecerse, quizá no tanto como Laith, pero desde luego no era su método preferido para llegar a los sitios. La sanadora era muy fan de ir caminando, o mejor todavía, ¡en metro! Rox adoraba el metro de Londres, era rápido, eficiente y se juntaba una amalgama de gente en sus vagones que raramente podrías ver en otras partes. Ah, y además, era calentito, lo cual era genial para los fríos días de Londres.

La aparición fue peor que una patada en el culo para Laith, que se tuvo que apoyar en ella antes de entrar en el apartamento. Roxanne, sabiendo que solo era cuestión de tiempo, se dedicó a frotarle la espalda con la palma de la mano en un intento de reconfortarlo.

¿Mejor? —preguntó cuando entraron en el piso, refiriéndose al problemilla con la aparición. Sabía que la herida de la captura de Steven tardaría en sanar, si es que llegaba a hacerlo.

Siempre que entraba en casa de Laith su atención era robada inmediatamente por la pecera, repleta de pececitos de vívidos colores nadando de aquí para allá. Su favorito era Gluglú, no solo porque su nombre fuera de lo mejor que había escuchado Roxanne en su vida, sino por la combinación de colores que tenía el pececillo, era encantador.

Le dio a Laith un momento a solas mientras ella estaba pendiente de la cafetera, cogiendo dos tazas y sirviéndolo cuando estuvo listo. Casi como si estuviera en su casa, así se sentía en el apartamento de Laith. Aderezó ambos cafés, uno al gusto del sanador y el otro al suyo propio, dejándolos encima de la pequeña mesa frente al sofá para después tumbarse al lado de Laith.

Muchas veces las palabras sobran, o simplemente no sabes que decir, es en esos casos donde hay que hacer ver que estás al lado de la persona que te necesita, aun cuando no lo manifiestes verbalmente. Eso era lo que hacía Roxanne, sabía que nada de lo que pudiera decir haría que Laith se sintiera mejor así que se tumbó a su lado, apoyándolo en silencio.

No supo cuanto tiempo estuvieron así, tumbados juntos y en silencio, quizá fueron solo unos minutos.

¿Crees que algún día se solucionara? —preguntó en voz tan baja que si Laith la escuchó fue solamente porque estaban uno al lado del otro. Se estaba refiriendo a la situación que les había tocado vivir, al nuevo gobierno y su política de represión. Quizá era egoísta querer que se produjera un cambio sin implicarse en él, pero de momento la sanadora no encontraba el valor como para posicionarse abiertamente. Tenía miedo, algo muy humano, pero que a la vez la avergonzaba. — Me gustaría poder ayudarte de algún otro modo, pero no sé qué hacer, no... no puedo quitarte el dolor y quedármelo yo aunque lo haría si pudiera, de verdad.
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Laith Gauthier el Jue Oct 11, 2018 12:50 am

Laith había llegado a pensar que hubo un tiempo donde las apariciones eran consideradas como cierto tipo de tortura. Y no, él estaba seguro que nada tenía que ver con su subjetiva percepción de las apariciones como lo peor que uno podía hacer con magia (que era, a su vez, una exageración también). Asintió con la cabeza cuando su amiga preguntó si se sentía mejor, después de aquella respuesta física que había nacido de la aparición, como un dolor intenso que no cedía. Entonces y sólo entonces se dispusieron a entrar al departamento.

Recostado en el sofá, en el más profundo silencio, su imaginación volaba. Al sanador no le gustaba el silencio, porque lo obligaba a estar a solas consigo mismo, y a veces no le gustaba lo que tenía para decir la voz que había en sus pensamientos. Roxanne había terminado con el café y había ido a tomar asiento junto a Laith, tumbándose a su lado, compartiendo la quietud de no decir nada por un momento. Su mente desatada pensaba en miles de “hubiera” que él sabía que no existían ni iban a hacerlo. Incluso agradeció sin decir nada que Roxanne lo sacara de sus pensamientos.

¿Quieres una respuesta pesimista, optimista, realista u honesta? —le preguntó en voz baja, como en un suspiro. Eran cuatro situaciones en esencia distintas. — Realistamente creo que es difícil y honestamente me parece que mientras haya una mayoría a los ojos del gobierno, no tiene pinta de cambiar pronto —le confesó. Muchos magos poderosos estaban posicionados a favor del régimen, y muchos magos por miedo también lo hacían. A Laith le gustaba pensar que lo suyo era estrategia: no servía de nada peleando, cuando hacía más brindando atención médica y pociones para la salud de los refugiados.

Él sabía que si hubiese modo de quitarle el dolor, su amiga lo haría sin pensarlo. Laith lo haría si la situación estuviese invertida. Le tocaba vivir con la pérdida, con el luto de alguien que no ha muerto pero del que no se pronostica nada bueno. No podía poner en palabras lo que sentía, sólo pudo incorporarse para tomar la taza de café de la mesita frente al sofá, su calor ardió en su garganta y se deslizó a través de su pecho, amargo. Buscó su teléfono y puso en éste algo de música, por romper el silencio.

Te agradezco que estés aquí, de todos modos —le dijo, con los ojos cerrados, sólo concentrado en la sensación cálida que había dejado el líquido en su paso a través de su cuerpo hasta asentarse en el estómago, que se quejó. La acidez del estrés no se llevaba bien con la amargura del café. — No sé cómo voy a hacer para reponerme —le confesó, recargándose en su hombro. Se encontraba en ese punto donde uno sentía que nada volvería a ser igual, el miedo a enfrentarse al mundo cuando todo ha cambiado. Y puede que no hubiese cambiado todo, sino sólo una parte importante.
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