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Just forget the world [Priv. S. Rox Jensen]

Laith Gauthier el Lun Mayo 21, 2018 1:33 am

Mayo 11, 2018.
Hospital San Mungo, 09:46am.
Parcialmente soleado, 13ºC.

Era un día de trabajo normal, o eso era lo que parecía. No debería haber el más mínimo inconveniente si no era dentro de las paredes del hospital, encima de las camillas, ahí donde los enfermos reposaban para esperar su chequeo. Había empezado su turno ya hace tiempo, pero no había tomado un descanso más que en ese momento. Se presentó a la sala de empleados listo para hacer un café y darse un pequeño descanso antes de regresar a continuar con su trabajo. Escuchó a un par de sanadoras hablar en la mesa, mientras él caminaba a la barra.

¿Cómo es posible que éste tipo haya estado tanto tiempo burlándose de los mortífagos? ¡Es una locura! —dijo Julia, muy segura de lo que estaba diciendo. El sanador miró por encima de su hombro observando el panorama, las dos estaban conversando sobre el tema de alguno de temas que venían en el periódico. — ¿Será por ser guapo? Aunque se supone que estaba usando la cara de otra persona, ¿no? —Julia no dejaba de mirar la noticia, muy sorprendida, antes de que Claudette le robase el papel.

Algo llegó como un mal presentimiento, un cosquilleo en la nuca de Laith que lo hizo acariciarla con suavidad, antes de seguir colocando las cucharadas de su café y el azúcar correspondiente. — ¿Tú crees? Esos de Hogwarts son todos unos imbéciles, ya te lo digo yo, que en Durmstrang no se estaban con juegos de estos, ¿cómo dejan que un fugitivo haga de profesor en frente de sus narices? —y dicho eso, Claudette dejó el periódico encima de la mesa y se puso de pie. — Será mejor que regresemos al trabajo —fueron sus palabras, así abandonando la sala.

Laith dudó. Dio un sorbo a su café y le supo más amargo de lo usual, aunque nada tenía que ver con la cantidad de azúcar que había utilizado. Entonces se acercó, paso a paso, y se vio con una cara familiar en la página de El Profeta: “Steven Bennington, preso en el área-M”, leía. El corazón le dio un vuelco y se le cayó hasta el suelo, por suerte no ocurrió lo mismo con el café, el que dejó sobre la mesa para tomar vacilante el periódico y continuar leyendo la noticia. No pudo sino sentirse mal de no leer su nombre en la noticia, con el corazón latiendo presuroso cuanto doloroso.

Y este, en el fondo, él era partícipe y culpable, juez y verdugo indirectamente, porque no era otro sino él quien había encontrado el rostro que iba a utilizar. Fue él quien lo preparó todo, fue él quien le dio la llave para la puerta que lo metería a esa habitación de crueldad y suicidio. No era otro sino Laith Gauthier quien puso en el cuello de Steven la soga que lo ahorcaría al saltar. Y eso era un dolor que pesaba en el corazón y que le llenó de angustia y tristeza. Tomó el café, o lo intentó, pues le temblaban las manos. Le temblaban tanto que temió que el líquido derramase en su mano.

Miró al techo y echó aire a sus ojos, y sintió frío. Era una peculiaridad suya: siempre sentía frío cuando estaba triste, por más que resistiera a éste en situaciones normales. El café no le consoló el alma, como siempre lo hacía. Y caminó, sin hablar, sin mirar, pareciese que Laith lo veía todo en cámara lenta, las voces las escuchaba lejanas y sólo una interna que lo culpaba y señalaba con ese imaginario dedo era la que se escuchaba potente, con resentimiento, provocando culpabilidad y desasosiego.

Era su amigo. Y él le había comprado la muerte a su amigo. No supo bien cómo, pero llegó a la parte trasera del hospital, sólo recordando con claridad el papel con la cara de Steven sobre la mesa. Las manos se sacudían violentamente, le costó sacar su cajetilla de cigarros y más le costó encenderlo cuando el fuego bailaba al son de unas manos que morían de frío cuando el sol intentaba calentarlas. En soledad se lamentó, calando erráticamente. Recargó su espalda y su cabeza contra la pared del hospital, tosiendo cuando el humo no salió por completo de su organismo.

Sólo esperaba calmarse, que todo se callara por un segundo incluidos sus pensamientos, que el mundo se detuviera. Quería volver a respirar, cuando ni siquiera el aire limpio le sentaba bien en esa ocasión. Su mente lo atacaba con los recuerdos de aquel punto inicial, cuando bromeó con él, intentó ligar con él, y se habían vuelto amigos. Y las conversaciones, y las risas, y las charlas serias. Y un poco de todo, de esa amistad que tenían. Fue consciente de sus latidos: el primero lo dejó sin aliento, el segundo le llenó los ojos de lágrimas. Con el tercero, sollozó.
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S. Rox Jensen el Lun Mayo 28, 2018 6:25 pm

Muy bien, Sr. Dixon. Me alegra decirle que hoy podrá irse a casa, enhorabuena —comunicó la sanadora al hombre que la miraba sonriente desde la camilla, aliviado por al fin poder regresar a su hogar. El pobre Sr. Dixon llevaba allí cinco días debido a un sarpullido provocado por una poción que no remitía, pero las últimas pruebas retrataban lo que ya de por sí evidente mejoría.

Menos mal, estaba harta de oírlo quejarse de la comida que le traían. ¡Es peor que nuestro nieto pequeño! —exclamó la Sra. Dixon que no se había separado de su marido en aquellos días. El comentario le hizo gracia a Roxanne que rió mostrándose de acuerdo.

Coincido en que no es la más sabrosa del mundo, pero es sana que al fin y al cabo es lo que cuenta aquí —contestó con una sonrisa mientras escuchaba como el Sr. Dixon regañaba a su mujer por dejarlo en evidencia delante de la joven doctora. Mientras tanto Rox repasaba unos últimos datos en el informe. — Bien, pues firmaré los papeles del alta.

Cuando Roxanne levantó la vista para fijarla por última vez en los Dixon y despedirse, su vista se fijo en el periódico que tenía en el regazo el Sr. Dixon, seguramente había estado leyéndolo antes de su llegada. Sus ojos se fijaron en el titular, pero sobre todo en la foto, alguien que si bien no había visto nunca en persona le era fácil de reconocer. Había visto muchas fotos, y escuchado muchas historias de Steven Bennington, tanto por parte de Beatrice, que era su hermana, como parte de Laith.

Rox se había teñido el pelo de un color rubio blanquecino hacía un par de semanas, pero al leer aquel contundente y rotundo titular pudo jurar que su cabello terminó por volverse blanco. Su mente fue rápidamente con aquellas dos personas por las que reconocía aquel nombre y rostro, Laith y Bea. No había leído el artículo pero aquellas palabras “Steven Bennington, preso en el Area-M” no dejaban lugar a dudas. La sanadora salió de la habitación sin llegar a pronunciar aquella última despedida, algo que extrañó a los Dixon pero que a Roxanne no le importó.

Dejó el informé en la recepción de enfermería y se olvidó de firmar los papales de alta, su mente estaba en otro punto; encontrar a Laith. No tenía forma de dar con Beatrice en aquellos momentos, pero sabía que su amigo estaba en algún lado del hospital, pues lo había visto al comenzar su turno. Sus pies la llevaron al primer sitio por el que cualquiera empezaría a buscar, la sala de personal, pero allí no encontró a nadie. Lo que sí que encontró fue otro ejemplar de El Profeta, siempre solía haber uno encima de la mesa, y pudo leer por rápidamente y muy de pasada lo que había ocurrido.

Los pies de la francesa iban de aquí para allá, buscando en cada planta al sanador, pero por más que buscaba no lo encontraba. Hasta subió a la quinta planta, donde estaba la tienda de regalos y el salón de té, pero nada. Ni rastro de Laith. Roxanne empezó a preocuparse, parecía que la tierra se había tragado a su amigo, había preguntado a enfermeras y sanadores pero la última vez que lo habían visto había sido en la sala de empleados, por lo que ya debía de haberse enterado de la noticia.

Fue allí, en la quinta planta, rodeada de flores, peluches y tarjetas de ponte bien pronto o enhorabuena por el bebé, donde Rox supo donde estaba su amigo. Bajó del mismo modo que había subido planta a planta, corriendo como si la persiguiera el mismísimo Lord Voldemort. La francesa, que no tenía demasiado tiempo en su día a día como para hacer deporte, ni siquiera sentía el cansancio o la falta de aire en sus pulmones. Solamente fue consciente cuando apenas le quedaban unos metros para llegar a la salida trasera del hospital, pues las piernas ya no le daban para más.

Cuando abrió la puerta trasera lo primero que percibió la sanadora fue el olor a humo, señal inequívoca de que alguien estaba fumando, y el ruido de unos sollozos. No tuvo que buscar mucho para dar con Laith. Ver así a su amigo, que siempre le alegraba los días con su sonrisa, la hizo sentir como si tuviera el corazón en un puño.

Ey —dijo con la voz suave, en parte por el momento y en parte por la carrera que se había pegado. Se acercó a su amigo hasta que lo tuvo justo en frente y lo abrazó fuerte. ¿Qué otra cosa podía hacer? No podía decirle que todo estaría bien, no cuando no sabía si sería verdad, y cuando sabía a ciencia cierta que aquellas palabras de nada servirían. Desde que se conocieron en la universidad Laith y Rox habían pasado por mucho juntos, muchísimos momentos buenos, otros muy malos, pero siempre habían estado juntos. — Lo siento muchísimo, corazón.
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S. Rox JensenSan Mungo

Laith Gauthier el Dom Jun 03, 2018 2:09 am

No pudo evitar pensar en todas las cosas que había perdido y que había dañado por intentar ayudar, un error del que no se había dado cuenta hasta ese momento. No podía separar el dolor de un corazón roto, porque eso era lo que tenía. Como una tremenda opresión en el pecho, una presión que no parecía estar afectando ningún órgano físico, pero que era casi asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma hecha un ovillo. No lo dejaba ni siquiera respirar o articular palabra alguna, y las lágrimas caían de sus ojos como una llave abierta que no pensaba cerrarse.

Oyó la puerta abrirse, y trató de tranquilizarse, de secar las lágrimas que no paraban de caer, de recomponerse y no verse tan abatido, pero fue inútil, no importaba cuánto se esforzara, no había nada que pudiera hacer. Y tampoco es que lo intentara demasiado. Laith sabía que un hombre no era fuerte por no llorar nunca, sino por saber qué cosas merecían lágrimas. — Roxanne… —pronunció su nombre cuando la tuvo en frente de él. Se le cayó el vaso de café que se desperdigó por el suelo, salpicándoles los zapatos, al abrazarla con fuerza. — Se fue, se lo llevaron.

Todavía no asimilaba aquellas palabras que le estaba diciendo a su amiga. Parecía no entender que de un momento a otro las cosas se fueran a torcer tanto, a llegar a ese punto de quiebre donde todo parecía empeorar sin importar cuánto uno suplicara por un segundo de silencio. Su mano ahora libre se aferraba a la ropa en su espalda con fuerza, sentía que de soltarla podría perder el equilibrio y la caída libre iría más allá del suelo bajo sus pies. Así se sentía, un forastero de su propio mundo.

El frío sólo se calmaba con aquellos brazos femeninos que lo apretaban contra su pecho. — Yo tuve la culpa —le dijo, sollozando con fuerza, y prosiguió antes de que ella pudiese contradecirlo: — yo le conseguí la identidad, yo lo metí ahí —la voz le temblaba y ahogada se quedaba atrapada en su garganta incapaz de salir fluidamente, no sin hipo y jadeos. — Yo lo hice —insistía, a pesar de que Laith mismo sabía que, con o sin su ayuda, si Steven lo hubiera querido hubiese conseguido entrar al castillo.

No le estaba siendo fácil pensar que el hubiera no existe en ese momento. Era uno de los principios de Laith, él siempre lo pensaba, que nada podía ser de otra manera que de aquella que había ocurrido. Pero no dejaba de dar vueltas a esa razón, quería intentar convencerse de que no era su culpa. No podía sin embargo parar su cerebro y que dejara de pensar en qué hubiera pasado si no hubiese ayudado a Steven, si aquella locura la hubiese hecho por su propia cuenta, ¿se sentiría menos culpable en ese preciso momento? Ni siquiera podía concebir la idea de volver a estar feliz.

Quiero irme —masculló, escondiendo el rostro entre el cuello y el hombro de Roxanne. No tenía fuerzas de seguir haciendo su trabajo, no tenía energías para fingir que estaba bien. Quería irse lejos de todo y de todos, poder gritar alto y que nadie lo escuchase. Quería sacar de dentro suyo esas palabras para muchos vacías que hacían eco y se repetían en su corazón dolido. — No puedo, Roxanne —sollozó de nuevo, soltando finalmente el cilindro del que ya no podía calar para abrazarla con todas sus fuerzas que resultaban débiles, una sujeción torturada.
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S. Rox Jensen el Sáb Jun 09, 2018 12:08 am

Que el mundo no es justo es algo que se suele decir pero que no te das cuenta de lo cierto que es hasta momentos como aquel, cuando buenas personas como Laith, Bee o su hermano, tienen que sufrir de esa manera. ¿El crimen? No haber nacido en una familia de magos y aun así portar el don de la magia. Hacía tiempo que para los magos y brujas de Gran Bretaña la palabra injusticia se había quedado corta.

En cierta manera, cada vez que leía titulares como el de Steven Bennington, Roxanne se sentía culpable. No hacía demasiado tiempo ella también había pensado de aquel modo, educada por sus padres, y de no ser por su tío y Laith, entre otras personas, probablemente seguiría pensando de la misma manera. Pero sobre todo porque a pesar de todo, a pesar de ver el sufrimiento casi a diario, a pesar de conocer a gente afectada por el nuevo gobierno, a pesar incluso de que ella misma no sabía dónde y cómo se encontraba su tío, era incapaz de hacer nada que pudiera cambiar las cosas. Se mantenía neutral, como si su vida no hubiera sufrido el más mínimo cambio. Aunque no lo reconociese, Roxanne muchas veces sentía vergüenza de sí misma.

Lo sé, he visto el periódico —susurró mientras pasaba sus manos por la espalda del sanador, intentando insuflarle algo de consuelo. — Lo siento muchísimo, de verdad.

Lo que estaba sintiendo en aquellos momentos la sanadora era impotencia, impotencia por no poder ayudar a su amigo, por no poder aliviar su dolor. Rox no podía ni imaginar cómo se sentiría ella de estar en el lugar de su amigo, si ella hubiera perdido a Laith… No quiso ni pensarlo.

No lo soltó en ningún momento, lo apretó fuerte entre sus brazos sin siquiera darse cuenta del momento en que el café manchó los zapatos de ambos. Aquello no importaba en ese momento. Lo único en lo que la sanadora podía pensar era en la persona que tenía entre sus brazos, que siempre tenía una sonrisa para todo el mundo, que siempre era amable con cualquiera que lo necesitase, y ahora que él era quien lo necesitaba ella era incapaz de devolverle esa sonrisa. Habría hecho cualquier cosa para hacerlo sonreír.

Las palabras de réplica murieron en los labios de la rubia, pues Laith la cortó antes incluso de que pudiese pronunciar una sílaba.

Sé que el dolor te hace pensar así, pero no fue tu culpa Laith —dijo suavemente, creyendo firmemente cada palabra que acababa de decir. — Tú no lo obligaste a hacerlo, solo ayudaste a un amigo. Si a mí me regalan un cuchillo y dentro de un mes mato a alguien, ¿la culpa es de quien me regaló el cuchillo? —sabía que la herida estaba demasiado reciente como para que Laith se parase a pensar en aquellas palabras, era demasiado pronto como para comprenderlo, pero no podía dejar que Laith pensara que era su culpa. Imposible.

Pasó una de sus manos por el cabello de Laith cuando éste ocultó su rostro en el hombro de la sanadora, mientras la otra seguía en su espalda, manteniendo el abrazo. Era evidente que el sanador no estaba en condiciones de seguir con su trabajo, saltaba a la vista. Rox estuvo pensando unos segundos, buscando una solución.

Vale, no te preocupes. Marianne me debe un favor, le diré que te cubra el turno y yo le pediré a Jason que cubra el mío, ya se lo devolveré —comentó después de repasar a cuales de sus compañeros podía pedirles aquel favor. Jason era un capullo pero podía pedirle aquel favor, quizá luego solo tuviese que aguantar una tediosa cena con él.— No pienso dejarte solo —sentenció, sin posibilidad de réplica. No existía un mundo en el que Roxanne fuese a dejar solo a Laith en aquel momento.

Cuando sintió como Laith la abrazaba con más fuerza, acompañado de un sollozo que le partió el alma a la francesa, ésta dejó también escapar una lágrima. Una lágrima por su amigo, que no se merecía pasar por aquel dolor.

Vamos a irnos, pero antes tienes que tranquilizarte un poco, ¿vale? Suéltalo todo, no hay nadie más aquí, deja que salga. Llora, grita, haz lo que necesites.
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Laith Gauthier el Dom Jun 10, 2018 10:39 pm

No podía con su alma en ese momento, se sentía así, culpable y derrotado. Los corazones grandes se llenan con poco, es eso lo que dicen, pero también hacen un desastre mayor cuando estos se destrozan y cuesta un poco más repararlos. En especial cuando, tan heridos como el de Laith en ese momento, estaban plenamente convencidos de que eran los culpables de aquel mal. Ese hombre siempre había sido así, no juzgaba a nadie más severamente de lo que se juzgaba a sí mismo, y en muchas ocasiones no era otro más que él su propio verdugo.

Roxanne era una mujer lista, más que muchas que hubiese conocido, y sabía, una parte de él aún racional, que tenía razón. Los sentimientos y el corazón, sin embargo, gritaban más fuerte que cualquier lógica y no iban a permitir que en ese momento oyese otra cosa que no fuera el dolor y la culpabilidad. Él no había sido más que el medio, pero el fin, con o sin él, hubiese sido el mismo para alguien que estaba decidido a cumplir con su objetivo. Era una pena, sin embargo, que Laith se hubiese prestado a hacer algo tan peligroso cuando ahora también él podía estar en riesgo.

En cuanto se declaró incapaz de mantener su día con normalidad, su amiga pensó rápidamente una solución a su problema. Pedir que cubrieran sus turnos y luego resolver sobre ello. — No, no tienes que… —trató de pedirle que no perdiese su turno por él, pero Roxanne lo detuvo en seco, iba a ir quisiera o no. Probablemente porque sabía que Laith no lidiaba muy bien con el dolor, sus chapas de la doble A eran la prueba, antes de volver a controlar su consumo de alcohol. — Gracias —se limitó a decir, no le daba la gana seguir insistiendo en lo inevitable.

Sabía que tenía que calmarse, que debía tranquilizarse para finalmente salir y despedirse de la gente como personas normales. Pero no podía, cada vez que lo pensaba le entraba un dolor en el pecho y más fuerte lloraba, iba a quedarse sin lágrimas como siguiera llorando con tanta fuerza, con el sentimiento a flor de piel. Y lloró, lloró como un niño, sollozando y lamentándose, aullando de dolor que en el pecho le hacía sentir que había algo apretujándole el corazón. Sólo esperaba que ese dolor no causara un verdadero daño. Sabían que un corazón realmente podía romperse físicamente.

No fue fácil, pero lo consiguió minutos más tarde. Las lágrimas seguían cayendo silenciosas hasta que se detuvieron, amenazando con volver a deslizarse hasta la ropa de Roxanne. Tenía los ojos enrojecidos y también la nariz, lo que hacía ver pálida a su blanca tez. — ¿Me… me veo muy mal? —le preguntó, intuyendo la respuesta, secando su rostro con su bata. — Mejor no me contestes, tengo que… Tengo que ir a escribir algo en un informe, y… —un nudo traidor le ahogó la voz, y por poco consigue desestabilizarlo de nuevo. — Quizá necesitemos una… coartada —porque no podía decir que estaba así de mal por un fugitivo.

Qué difícil era la vida cuando uno era un traidor a la sangre. No podía ni siquiera llorar la partida de un amigo sin el riesgo de poder ir a Azkaban por ello, por ser humano y prestar la mano a las personas que lo necesitaban. Roxanne no lo comprendía y Lindsay tampoco, pero Laith jamás había podido quedarse de brazos cruzados como si no importase cuando una injusticia sucedía. Nadie merecía sufrir sólo por haber nacido en una familia diferente, sólo quería un mundo sin miedo, no quería que lo invadiese el mal. Y le dolía ver al país que le abrió los brazos en esa situación, quería ser parte del cambio, pues era demasiado fácil volver a casa.

Sin embargo, hoy era él quien no tenía motivos para reír. — Estoy listo —suspiró cuando sintió que no iba a soltarse a llorar a la mínima oportunidad, finalmente dando un paso para retroceder del abrazo en que Roxanne le protegía del mundo. — ¿Quieres que yo hable con Jason? Sé que… Sé que se aprovechará de la situación —no quería que ella se metiese en problemas por su causa, y ese Jason era un capullo que no iba a perder la oportunidad de pedirle una cita.
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