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Potion after work

Porpentina Schweinsteiger el Sáb Mayo 26, 2018 5:53 pm

Eran aproximadamente las siete de la tarde/noche cuando Porpentina pudo terminar de clasificar la sección de profecías que le habían asignado en el ministerio de magia. Ella había imaginado que ser Inefable sería algo como trabajar para el servicio secreto, investigar los alcances de la magia, los problemas del mundo y avanzar como la civilización que eran por si mismos, pero no, estaba estancada en esa sección de pasillos con profecías que ya se habían cumplido hace décadas y algunas que ni siquiera habían resultado ciertas al cien por ciento, era frustrante.

La verdad es que su cambio de vida tampoco había ayudado mucho a esa situación, en norteamerica al menos tenía a sus familiares (que según ella eran sus únicos amigos), tenía su restaurante favorito, tenía seguridad. En Inglaterra lo único que tenía era esa sensación de que todo el mundo estaba viendo por sobre su hombro, esperando que mencionara lo terribles que eran los nomajs (no se acostumbraba a decirles muggles) o que se dejara tatuar en el brazo la marca tenebrosa para poder ser considerada una persona confiable. Detestaba eso y detestaba las razones por las cuales había llegado a esa situación.

Salió de la sección de profecías y le entregó sus reportes a su superior, un hombre de edad avanzada que la observaba con desdén, era un sangre pura que seguía fielmente a Lord Voldemort y no tenía reparos en hacerselo saber en cada momento. Ella solo sonreía (como en ese momento) y fingía ser impresionada por sus contactos y sus buenos criterios. Ese día no fue la excepción, le aceptó los papeles y le dio el pase de salida.

Suspiró cansada, tenía ganas de descansar, desestresarse de la vida mágica inglesa o las situaciones políticas que cada vez estaban peor, sin embargo aún tenía algo que hacer antes de llegar a su departamento y encerrarse a beber vino barato y mezclar hiervas para relajarse. Unos días atrás había pedido algunos ingredientes exóticos a una tienda del callejón knockturn, así que era momento de ir por ellos, utilizó una de las chimeneas del ministerio de magia y desapareció simplemente entre las llamas verdes de la misma.

Buenas noches - Dijo al aire sin ver realmente quién estaba en la tienda, aún tenía algo de ollín en los ojos y, sinceramente, detestaba que sus túnicas quedaran llenas de polvo al utilizar la red flú, alguien tenía que darle mantenimiento. Se limpió la cara y sacudió un poco antes de dar un paso al frente y salir de la misma. Sí, había gente en la tienda y al parecer tendría que esperar un poco para ser atendida.
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Aaron O'Neill el Mar Jun 05, 2018 4:15 am

Cuerno de unicornio, bilis de armadillo... Eh... polvo de roca lunar ━ Diablos, esto era lo que le pasaba por no anotar los malditos ingredientes. Él, como casi todos lo sabían, había completado la carrera de pociones en la universidad hace ya unos años, y aunque había trabajado de eso un tiempo, lo dejó casi por completo al incorporarse al Área-M hace ya aproximadamente un año, por lo que solo hacía pociones para su uso personal, y para uno que otro contacto importante a los cuales necesitaba tener en la palma de su mano a la hora de necesitar un favor, por lo cual, cada dos o tres semanas iba al callejón Knockturn a abastecerse ━ Huevos de Ashwinder, sí, granos de sopophorous... ━ Él mismo confiaba demasiado en su propia memoria, por lo que a veces, por ir caminando en medio de la vida con total tranquilidad, como si se las supiera todas, y de vez en cuando se le escapaba una que otra cosa, como una lección de la vida por andar pasándosela por los huevos.

Observó al techo de la tienda, pensativo, e intentó recordar el último ingrediente. En su mente visualizaba la pequeña habitación que utilizaba como almacén, todo lo que tenía y lo que no, aunque sentía que no daba con el ingrediente restante, y sabía que solo necesitaba uno más, porque lo único que recordaba con claridad, era que los ingredientes hacían un total de seis ━ ¡Esencia mágica de leprechaun! Claro ━ El encargado de la tienda lo miró raro, como si le extrañara esa clase de conducta en sus clientes, y es que él, a pesar de ser un hombre bastante serio, a veces consigo mismo o con sus seres más allegados era un poco infantil, se le escapaba una que otra vez ━ ¿Tengo algo pintado en la cara? Anda a buscar lo que te pedí, en vez de quedarte ahí parado viéndome con la verga erecta ━ Le dedicó una mirada de desprecio bastante rápida, mientras que él se iba hacia el cuarto trasero a buscar todo lo que le había pedido. Él mismo podía ser bastante odioso cada que se lo proponía.

Buenas noches ━ Respondió, casi por inercia, al escuchar una melodiosa voz femenina, y es que él era así, acostumbraba a ser un caballero, sumamente educado, e incluso le molestaba cuando alguien tenía malos modales o algo por el estilo, y como a él le importaba un pepino lo que los demás opinaran, no se cortaba a la hora de hacerle saber a los demás que eran unos completos capullos, y que debían ser más educados o él mismo les iba a enseñar modales. Dedicó unos cuantos segundos a observar a la señorita que acababa de pasar por la chimenea, y al verla, inmediatamente notó que no era de Londres. No sabía exactamente porqué, solo notaba por su apariencia y la forma en la que había enunciado sus palabras que no era de aquel lugar, o por lo menos, que era nueva allí, porque él, que había vivido toda su vida en el mismo lugar básicamente, conocía muy bien a los suyos, y sabía distinguir a todo aquel que no lo fuera.

Le dio un vistazo más a la tienda, el lugar estaba relativamente lleno, habían varias personas tras él esperando por ser atendidas, mientras que otros más estaban hablando con el otro vendedor en la tienda, pero pudo notar que a la chica le tomaría un buen rato conseguir llegar a ser atendida, por lo que esperó hasta hacer contacto visual con ella, con esos penetrantes orbes azules que eran básicamente infalibles en la mayoría de ocasiones ━ ¿Puedes venir un momento? ━ Le dijo, en voz suave, aunque suficientemente clara como para que la joven lo pudiera escuchar, y es que en medio de aquella tienda, entre tantos magos y brujas horripilantes, ver una cara atractiva le resultaba bastante agradable, y se sentía sociable, y generoso también, considerando que su plan era hacer que los atendieran juntos, para que ella pudiera salir de la tienda antes.
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Wolfgang Rawson el Miér Jun 27, 2018 1:15 pm

Las calles del Callejón Knockturn mostraban una actividad moderada, teniendo en cuenta la hora que era.
Wolfgang emergió del interior de Borgin & Burkes, cerrando con cuidado la puerta tras de sí, para luego meter las manos en los bolsillos de su guardapolvo. Echó a caminar de manera despreocupada, consciente de que poca cosa podría ser digna de su atención en el viejo callejón.
Pocos fugitivos—o más bien, ninguno—se atrevían a pisar siquiera aquella pequeña parcela del mundo mágico que comprendía el Callejón Diagón y el Callejón Knockturn. No es que Wolfgang los culpase: después de todo, había carteles de "Se busca" con jugosas recompensas en cada muro, cada escaparate, la puerta de cada tienda, detrás de cada esquina... El fugitivo que tuviese las agallas de presentarse allí sin duda podría ser catalogado de estúpido.
Así que Wolfgang caminaba con aire distraido, dispuesto simplemente a cumplir el encargo que el señor Burkes le había hecho: algunos ingredientes para sus pociones. Llevaba una lista completa apuntada en un trozo de pergamino que había doblado en cuatro y se había metido en el bolsillo derecho. Wolfgang podría haber acudido a las tiendas del Callejón Diagón, y seguramente habría obtenido la mayoría de los ingredientes; sin embargo, había algunos un tanto exóticos, utilizados casi exclusivamente para elaborar venenos y pociones con una pésima reputación. Y tal vez el Señor Tenebroso gobernase el mundo mágico en aquellos momentos, sí, pero nadie podía obligar a las buenas gentes del Callejón Diagón a cambiar su estilo de negocio y vender elementos de dudosa procedencia.

***

Cerró la puerta a sus espaldas y se encontró con un establecimiento que, si bien no estaba demasiado lleno, si atendía en aquellos momentos a un nutrido grupo de clientes. Oculpó su puesto en la cola y, más por curiosidad que por interés, recorrió con la mirada los rostros—o más bien, la parte posterior de la cabeza—de las personas que tenía por delante.
El que se encontraba al principio de la cola era un hombre joven de cabello oscuro. Conversaba con una mujer de cabellos rubios que, a todas luces, había llegado allí por medio de la chimenea de la Red Flú. Les dedicó un breve vistazo, sin demasiado interés, y sin prestar atención a la conversación que mantenían. No era asunto suyo, después de todo.
Pero sí parecía ser asunto de la señora que Wolfgang tenía justo delante, la cual refunfuñaba.

—¿Ha visto usted? ¿Se puede creer que tarden tanto para comprar unos simples ingredientes?—La señora dedicó una breve mirada a Wolfgang por encima de su hombro; quizás llevaba mucho tiempo deseando soltar aquello, y ninguno de los otros clientes le había prestado atención.

Wolfgang, educado cómo había sido siempre—cómo había aprendido a ser para camuflarse entre las ovejas—hizo gala de sus buenos modales. Compuso una amable sonrisa, medio divertida, y más falsa que un galeón verde, y respondió a la señora.

—Sí, ya veo, mi buena señora. No se preocupe: seguro que terminan pronto.—A Wolfgang no le preocupaba demasiado si tardaban mucho, si tardaban poco, o si el dependiente repentinamente decía que era hora de cerrar y marcharse a casa. Era experto en adaptarse a todo tipo de situaciones. Siempre podía volver por la mañana a por los ingredientes que necesitaba, pues en aquel momento simplemente estaba aprovechando un rato libre en su trabajo. Si le explicaba la situación al señor Burkes, este simplemente mostraría una cara de fastidio, pero lo dejaría correr. Después de todo, las pociones no eran más que una pequeña afición que tenía el copropietario de Borgin & Burkes.

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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Aaron O'Neill el Jue Jun 28, 2018 7:29 pm

Perdió el contacto visual con la chica de hace unos cuantos segundos, únicamente porque una voz masculina lo sacó de sus pensamientos — Señor O'Neill — Sacudió la cabeza ligeramente, y giró inmediatamente la vista hacia el mostrador, donde el hombre de hace unos momentos parecía llegar con algunas bolsas entre las manos, aunque según sus cálculos rápidos, no exactamente lo que necesitaba — ¿Está todo? — En aquellos precisos momentos, se había arrepentido de no hacer el encargo y únicamente pasar a recogerlo, siempre era mucho más sencillo, y así se aseguraba de que todo estuviese en su lugar, de que pudieran recopilar cada uno de los ingredientes sin tanta prisa, pero había tenido unos días un tanto ocupados, tampoco iba a ser demasiado exigente consigo mismo, encima luego de que su hermana hubiese vuelto a casa justo el día anterior, luego de tanto tiempo.

Emm... El polvo de roca lunar, parece que no lo tenemos — Dijo el encargado, con una voz titubeante e incluso curiosa, ¿cómo es posible que se viera tan poco seguro de lo que decía? Si justo se supone habían ido adentro a revisar — ¿Parece? ¿y por qué 'parece'? — Pero mira que gente más incompetente, con lo grosero que podía ser él cuando alguien no cumplía con sus altas expectativas, no hacían más que buscarle la lengua. Lo analizó descaradamente de pies a cabeza, un hombre probablemente de su misma edad, escuálido y de piel pálida, más de una vez lo había atendido en aquel lugar, pero no recordaba que fuese el único que allí trabajaba — No lo conseguimos, debe haberse acabado ya

Soltó un largo suspiro, esto no podía estar pasándole a él, precisamente en aquel día, lo único que quería era acabar rápido con todas sus compras e irse directo a casa, a pasar algo de tiempo con Claryssa y a prepararle algunas pociones, porque siempre le había gustado tenerla bien abastecida, únicamente por si acaso — El hombre que estaba delante de mí llevó un poco, revisen bien, yo puedo aguardar — Sin embargo, parecía haber una molesta señora hace algunos puestos atrás que no estaba dispuesta a esperar por mucho más tiempo — Envíe a alguien a buscar, yo me hago a un lado mientras atiende a los otros — Aunque su paciencia estuviese a punto de agotarse, necesitaba el polvo de roca lunar, era uno de los ingredientes más importantes de su lista.

Todos los demás ingredientes parecían estar en su lugar, y habían colocado a un lado las bolsas mientras que continuaban con la búsqueda del último ingrediente, porque él estaba totalmente seguro de que por allí podía haber algo, por lo menos un poco que pudiera serle útil. Se hizo a un lado, permitiendo que los demás pasaran a hacer sus compras, con todas las bolsas, medianamente transparentes y llenas de ingredientes a un lado suyo, justo en el mostrador. Se recostó en él, y aguardó por una nueva respuesta, porque no se iría de allí sin al menos intentar conseguirlo.

Observó cuidadosamente el local, que parecía haberse llenado un poco más, sin embargo, ignoró a la mujer de antes, y centró su mirada en la señora que parecía estarse quejando porque necesitaba comprar rápido, como si se le fuese la vida en ello, y al alto hombre que se hallaba junto a ella, dedicándole una profunda mirada, de pies a cabeza, como acostumbraba casi con todo el mundo, hasta devolver nuevamente su vista hacia el encargado, que llegaba del cuarto contiguo, probablemente acabando de ordenar a alguien que buscara con mayor calma el ingrediente que el extirpador había solicitado.
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Wolfgang Rawson el Dom Jul 01, 2018 2:30 pm

Algo sucedía algo más adelante, en la cola, concretamente en el primer puesto. El hombre de cabello oscuro que estaba siendo atendido volvió a prestar atención al mostrador, dónde volvía a estar el dependiente. Había vuelto del almacén cargando los artículos que el hombre le había pedido, y Wolfgang le dedicó una mirada cargada de un interés de lo más vago. Por lo que pudo escuchar de la conversación entre cliente y dependiente, el almacén parecía estar escaso de algún ingrediente. A Wolf no le sorprendió lo más mínimo, dada la hora que era. Y si se trataba de un ingrediente particularmente exótico, con más razón.
Sin embargo, el hombre no parecía estar satisfecho con la explicación del dependiente. Debía estar muy desesperado por aquel ingrediente si no podía esperar al día siguiente. O quizás simplemente fuese una persona que no toleraba conseguir lo que quería o necesitaba, acostumbrado a tener lo que quería cuando lo pedía. Wolfgang no hizo demasiadas cábalas, pues además de ser bastante negado para psicoanalizar a las personas, no tenía demasiada información cómo para hacerlo.
Y lo más importante: no era su problema. Aunque sí parecía ser problema de la señora que tenía delante.

—Francamente, esto me pone de los nervios. ¡Tengo mucha prisa!—Aseguró la señora, y cuando no obtuvo respuesta alguna por parte de Wolfgang, se giró hacia él en busca de su apoyo.—¿No tiene usted prisa, acaso?

De tener prisa, habría venido antes, ¿no cree? Pensó Wolfgang, mas no puso aquellos pensamientos en palabras y se limitó a componer una especie de sonrisa de disculpa, cómo si él realmente tuviese que disculparse de algo en aquellos momentos.
Aquello, por supuesto, a la señora no le sirvió. Esta continuó con su perorata, digna de un martillo golpeando un clavo que no quería clavarse en un listón de madera. En aquellos momentos, Wolfgang felizmente habría sacado su varita y le habría cerrado la boca con un simple Avada Kedavra. Sabía que podría hacerlo y que no tendría ningún tipo de consecuencias, más allá, quizás, de algunas miradas de asco por parte de alguno de los presentes. Pero, de todas formas, no lo hizo. Desmond le había enseñado no solo a pasar cómo un ciudadano normal y respetable del mundo mágico, si no también a reprimir sus ataques de ira.
Así que Wolfgang se limitó a apretar los puños dentro de los bolsillos del guardapolvo y a poner buena cara.

***

La cola pudo avanzar gracias a que el primer cliente, el hombre de cabello oscuro, se hizo a un lado para que las demás personas pudiesen ser atendidas. Sin embargo, no se marchó, Wolfgang no sabía por qué; la perorata repetitiva de quejas proferidas por la señora que tenía delante le había impedido ser testigo de aquella parte de la conversación.
La señora, finalmente fue atendida y, con sus productos ya en brazos, fulminó con la mirada al hombre que esperaba a un lado del mostrador y se encaminó hacia la puerta. Valiente mujer, había que reconocer, pues en los tiempos que corrían, cualquiera sabía cuales serían las consecuencias de una mirada así. Aquel hombre podía ser un purista o un mortífago—Wolfgang era ambas cosas—y además tener mal carácter. Nadie le reprocharía si cogía su varita y le lanzaba una maldición imperdonable. Ni siquiera si la mataba.
Wolfgang se limitó a intercambiar una mirada neutra con el hombre, para entonces prestar atención al dependiente, quién le preguntó amablemente qué deseaba.

—Tengo aquí una lista de lo que necesito.—Wolfgang desdobló el trozo de pergamino dónde llevaba apuntado todo y se lo mostró al dependiente. Este cogió la lista entre sus dedos y la examinó con atención durante unos segundos.—El señor Burkes le manda saludos, por cierto.—Añadió Wolfgang con una falsa sonrisa de cortesía en los labios.

—¡Ah, el pedido del señor Burkes! ¿Cómo se encuentra?—Wolfgang respondió con un sencillo "Bien", a lo que el dependiente respondió sonriendo.—¿Se ha recuperado ya de esa enfermedad de los muggles, esa "gripe"? Malditos muggles...

—Se encuentra bien.—Repitió Wolfgang, sintiendo cómo se le revolvían las tripas ante la mención de los muggles. El tejido cicatrizal de su antebrazo derecho, tiempo atrás quemaduras provocadas por alguna poción ácida de su padre, volvió a quemarle durante algunos segundos.—¿Le importa traerme los ingredientes? Voy con un poco de prisa.

No necesitó decir más. El hombre se retiró en dirección al almacén, justo en el momento en que otro empleado, poco más que un muchacho que apenas si llegaría a tener veinte años, empergía del interior. Este se acercó al hombre de pelo oscuro. Le traía malas noticias.

—Lo siento mucho, señor O'Neill. Ya no nos queda nada de polvo de roca lunar.—Se disculpó el empleado, y justo al momento volvió a abrirse la puerta del almacén: el otro empleado volvía, pero no traía nada consigo.—Señor... ¿Rawson, era? Verá, tengo una mala noticia: no nos queda bilis de armadillo. Lo que nos queda se lo lleva este caballero.—El hombre señaló con una mano en dirección al hombre de cabellos oscuros.

—Traiga el resto, por favor.—Respondió Wolfgan, a lo cual el primer dependiente asintió. El mortífago se giró hacia el hombre que respondía al apellido de O'Neill. No es que necesitase desesperadamente ningún ingrediente, pero podia ser que el hombre aceptase un trato.—Señor O'Neill, ¿verdad? Disculpe que le interrumpa: me llamo Wolfgang Rawson.—Wolfgang le ofreció su mano derecha a modo de presentación.—No he podido evitar que ha tenido usted un problema con uno de sus ingredientes. ¿Polvo de roca lunar? Trabajo en Borgin&Burkes, y creo recordar que nos queda algo de polvo de roca lunar en la despensa. Yo necesito algo de bilis de armadillo. ¿Le gustaría hacer un intercambio?

Wolfgang perfectamente podría volver al día siguiente. Las pociones no eran más que una diversión para el señor Burkes, cómo quién se compra carne, verduras y especias, y se dedica a experimentar y tratar de crear platos nuevos. Sin embargo, ¿había algo de malo en socializar un poco y, de paso, echarle una mano a alguien que lo necesitaba? Wolfgang no era ningún buen samaritano ni pretendía aspirar a eso, pero por otro lado, una persona normal posiblemente se ofreciese a ayudar.
Y a Wolfgang le gustaba hacerse pasar por una persona normal.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Aaron O'Neill el Dom Jul 08, 2018 10:50 pm

De repente, los minutos parecían transcurrir incluso más lento de lo normal. Aaron odiaba esperar prácticamente por cualquier cosa, y aquello no era la excepción, precisamente, era la razón por la cual había insistido en la búsqueda del polvo de roca lunar, porque quería dedicarse por la noche a llenar su colección de pociones, ya se le habían acabado casi la mayoría, y le gustaba aprovechar los ratos libres. Se hizo a un lado con total calma, aguardando a que alguien concretara su búsqueda, mientras que juntaba ambas manos y jugueteaba con sus dedos pulgares, completamente aburrido, y pensando que detestaría volver al día siguiente por aquel ingrediente, y que era poco probable que pudiese obtenerlo en algún otro sitio, especialmente a aquellas horas, tenía pocas opciones. Había decidido que era mejor hacerse a un lado mientras aguardaba, precisamente porque podía escuchar la voz de una mujer unos cuantos puestos detrás suyo, quejándose sin cesar acerca de lo que podía tardar alguien comprando unos sencillos ingredientes, y que deberían intentar ser más ágiles, que todos tenían derecho y bla bla, cosas de anciana, en fin, el castaño intentó mantener la compostura, más que nada porque había tenido un buen día, y porque no quería salirse de quicio y coser los labios de la mujer con un hechizo.

Su rostro se mostraba tan inexpresivo como era posible, mientras que sus dedos se movían con agilidad, chocando entre ellos varias veces. No dio mayor importancia a las personas que avanzaban en la tienda, sino hasta que pudo divisar a la señora de hace un rato, quien se retiraba del lugar dedicándole una nada amistosa mirada — Será... — Comentó en tono de voz casi inaudible. Él, como cualquier persona común, detestaba fervientemente que lo fulminaran con la mirada, y su mente comenzó a maquinar lo que podía hacer durante los siguientes segundos, porque nadie lo observaba así y se iba sin siquiera un moretón.

Sacó su varita lentamente del interior de su abrigo, de forma discreta y no más de lo que fuese necesario, precisamente para que nadie lo viera, o que si lo vieran, no le tomaran mayor importancia. Movió la varita con suavidad en dirección a la mujer, a la vez que efectuaba un Offensio no verbal, lo cual hacía que la señora, justo al atravesar la entrada de la puerta, se tropezara y diera de lleno contra el suelo, Aaron puso la varita en su lugar con rapidez, y se dio media vuelta, hacia el mostrador, con una sonrisa juguetona y de victoria. Y pobre de esa señora si se daba cuenta de que fue un hechizo y se devolvía, si valoraba su vida, claramente seguiría su camino.

Justamente así fue, no hubo más rastros de aquella tan indiscreta mujer en el interior de la tienda, y Aaron mantuvo su mente dispersa, hasta que, el escuchar como alguien enunciaba su nombre lo sacó de sus pensamientos. No había polvo de roca lunar, exactamente lo que temía — Deme los ingredientes que restan, entonces, y muchas gracias — Asintió levemente con la cabeza, mientras que el dependiente se retiraba por unos cuantos segundos. Ya le habían entregado algunos de los ingredientes excepto uno, luego de buscarlo, el extirpador sería totalmente libre de irse. Probablemente llenaría los campos de las pociones sin polvo de roca lunar, únicamente, y dejaría éstas para otro día, en el que si tuviera un poco a la mano, y no debiese insistir para conseguirlo. Le pediría a alguien, pero no sabía a quien contactar a aquellas horas, y su hermana Clary, quien había vuelto recién, no debía de tener muchos ingredientes de pociones encima, por no decir que ninguno.

Dejó ver algo de curiosidad en su rostro al ser nombrado nuevamente, ésta vez por el hombre que tenía junto a él, aquel que había visto hace ya unos minutos, justo detrás de la impaciente. Ofreció su mano derecha a modo de presentación, no sabía cómo conocía su nombre, probablemente lo había escuchado por parte del dependiente hace unos cuantos segundos, o probablemente lo supiera de otra parte, no lo sabía. Lo que sí sabía era que Aaron jamás olvidaba un rostro, y él no era una persona que haya conocido previamente — Aaron O'Neill — Vociferó, a la vez que esbozaba una sonrisa apenas visible, y estrechaba su mano con gentileza. Debía admitirlo, siempre le había gustado que lo llamaran 'Señor O'Neill' hacía que se escuchase importante, además de ello, técnicamente, hace ya varios años que se había convertido en el señor O'Neill.

Su sonrisa se acrecentó frente a aquellas tan gentiles palabras, y es que alguien parecía querer sacarlo de su apuro con el polvo de roca lunar, por el módico precio de un poco de bilis de armadillo. Al castaño le sobraba aquel ingrediente, lo compraba únicamente por rutina, pero aún tenía un poco en su casa, así que no sería molestia alguna hacer un trueque, por el contrario, era una idea magnífica — Hay que ver, me ha caído usted como anillo al dedo — Su mano ya se encontraba libre, y deslizó la izquierda con suavidad hacia la mano derecha, girando lentamente el pequeño anillo de su familia en uno de sus dedos, porque había sentido que se le desajustaba. Sí, su padre tenía los dedos un poco más gordos, probablemente luego debería considerar revisar eso, porque no muy seguido, pero si una que otra vez, debía estarse acomodando el anillo, y ya comenzaba a volverse algo molesto — Por supuesto que acepto, si no es molestia alguna, claro está, tengo bilis de armadillo sobrante, y no me interesa tanto justo ahora como el polvo de roca lunar — Afirmó lentamente con la cabeza, mientras que veía como uno de los dependientes llegaba nuevamente a entregarle sus compras, ahora tenía todo, y sólo debía ir a por el polvo de roca lunar que tenía que ofrecerle aquel hombre — Muchas gracias — Comentó en un gesto gentil al hombre que recién había entregado sus compras, porque lo había entretenido un buen rato con una búsqueda fallida, mayormente.

No sería molestia ir a Borgin&Burkes a estas horas de la noche, no tenía absolutamente nada ni nadie de qué preocuparse, así que sería incluso bueno para él de paso conseguir el ingrediente. Y quien sabe, hacer también un buen contacto, la tienda podía ser bastante influyente, y relacionarse con alguien que trabaje allí nunca podía sentar mal, eso seguro. Giró su mirada nuevamente hacia Wolfgang, viendo sus ánimos mejorados y ahora con una jovial sonrisa sobre su rostro — Cuando usted diga, señor Rawson
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Aaron O'NeillExtirpador

Wolfgang Rawson el Miér Jul 11, 2018 11:22 pm

A Wolfgang no le interesaba para nada la romántica idea del destino que muchas personas en el mundo tenían. Había leído sobre ello en ocasiones—no en vano, la lectura era su pasatiempo predilecto—pero jamás había alcanzado a comprender dicha visión: desde su punto de vista, el destino no era más que una especie de exoneración cósmica, una forma de ver los errores propios como algo que tenía que ocurrir independientemente de las decisiones del individuo en cuestión. De haber tenido una vinculación un poco más profunda con los sentimientos normales en todo humano, el mortífago incluso hubiese hallado insultante aquel concepto.
Por lo cual, no atribuyó aquel encuentro tan oportuno al destino en ningún momento. ¿Casualidad? Más bien sí. Dos individuos desconocidos comprando en la misma tienda por lógica buscaban lo mismo, y podía coincidir que uno tuviese un elemento que al otro le faltaba y viceversa.
Estrechó la mano de aquel hombre, el ‘Señor O’Neill’, que desde aquel momento en su cabeza pasó a ser ‘Aaron O’Neill’. El apellido le sonaba vagamente familiar a Wolfgang, pero no podría decirse que lo reconoció al momento ni ubicó de qué le sonaba. Posiblemente perteneciese a alguna de las grandes familias del mundo mágico, por las cuales Wolfgang jamás había mostrado demasiado interés.
Y en ese momento, poco o nada importaba: el señor Aaron O’Neill tenía bilis de armadillo de sobra. No es que a Wolfgang le urgiese, pero siempre iba a preferir llevarle al señor Burkes sus pedidos completos.

—Un placer conocerle, señor O’Neill. ¿O prefiere que le llame por su nombre de pila?—Wolfgang no se olvidó de sus buenos modales. Además, el hombre que acababa de conocer parecía entusiasmado con el trato. Él sí debía necesitar el ingrediente que el señor Burkes tenía abandonado en las estanterías de la trastienda, más como una reliquia que como un ingrediente de verdad.—Permítame que salde mis deudas, y enseguida le acompaño fuera. ¿Quiere?—El mortífago curvó los labios en una media sonrisa, y entonces se giró en dirección al dependiente.

El pago fue un poco menor que lo habitual debido a la falta de uno de los ingredientes. Wolfgang depositó las monedas en la mano del dependiente y este le entregó el cambio junto con la bolsa que contenía el pedido. Con ella en la mano derecha, Wolfgang metió la izquierda en el bolsillo de sus pantalones, y empezó a caminar en dirección a la calle, seguido por su nuevo ‘amigo’.
Aquello era un eufemismo, por supuesto; Wolfgang dudaba mucho que existiese una sola persona en el mundo que le considerase un ‘amigo’. Ni siquiera su propio discípulo, Ayax Edevane, se acercaba al concepto de los amigos.
¡Qué curioso habría sido mencionar el nombre de Ayax en aquel momento! Por supuesto, Wolfgang no tenía ni la más remota idea de la relación existente entre aquel hombre y su discípulo en las filas del Señor Tenebroso. ¿Cómo iba a saberlo? Eran completos desconocidos…

—¿Es usted pocionista, señor O’Neill?—Preguntó Wolfgang cuando ambos hombres cruzaron la puerta. No es que pretendiese entrometerse en sus asuntos, ni mucho menos. Aquella era una mera forma de romper el hielo y evitar que un silencio incómodo se cerniese sobre ellos.—Me dio la impresión ahí dentro de que usted sabía bien lo que buscaba. Y, según mi experiencia, los aficionados a la materia no suelen ser tan exigentes con el producto.

Nada más salir a la calle, Wolfgang reparó en una escena que tenía lugar a pocos pasos: una señora, a la cual reconoció como la que estaba delante de él en la fila, sentada en el suelo, cerca de la puerta del establecimiento, con la nariz sangrando. Varias personas intentaban ayudarla, mientras un hombre de mediana edad recogía uno por uno los productos que la señora llevaba consigo, devolviéndolos a la bolsa. Por desgracia para ella, algunos de los tarros de ingredientes se habían roto. Y lo gracioso de los ingredientes para pociones: algunos de ellos están vivos todavía, por lo que el contenido de varios tarros había, literalmente, huido despavorido.
La señora clavó la mirada en ellos cuando salieron. Wolfgang permaneció impasible, aún a pesar de que lo que anidaba en los ojos de la mujer era de todo menos afecto. De hecho, casi pareciese que quería matar a ambos con la mirada...
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Eurus N. Wagner el Sáb Jul 14, 2018 12:37 am

Outfit digno de la hija de Egon:

Adiós Tim, pasa buena noches —Digo al cocinero del Caldero Chorreante una vez me cuelgo la pequeña mochila de cuero a mis espaldas, donde dentro llevaba el uniforme de trabajo. Veo de reojo como alza la mano, como para decirme algo, pero al momento me adelanto.— Y sí, no te preocupes, no me olvido de lo de Borgin y Burkes ¿estás seguro que dijiste que lo recogería yo? —Asiente con la cabeza con determinación, con lo que la conversación termina ahí.

Me había cambiado de ropa a una camiseta y una falda que sí eran más de mi estilo, algo que agradezco al momento que ponérmelos dado a la comodidad de sentirse una misma. Después de saludar a dicho cocinero con una amable sonrisa, me giro para salir de aquél local borrando la sonrisa de inmediato y caminar por las calles en dirección al dichoso anticuario y luego, por fin a mi pequeño pero propio piso en el que residía. A esas horas la calle todavía se encuentra terriblemente abarrotada de gente y pensando que aquí la gente rara vez duerme, me abro paso ente la multitud, dispuesta a tomar el callejón Nockturn y seguir la ruta planeada. Siento algunos ojos mirarme a medida que giro en dirección a ese callejón, pero yo no les devuelvo la mirada, tampoco es que me importen los demás cuando son seres simples.

Y hablando de seres simples. En el momento en el que paso por delante de la tienda de ingredientes exóticos del mismo callejón soy testigo de como una señora, así de la nada, cae de cara al suelo, rompiéndose así parte de su compra y, sobretodo mi parte favorita de lo acontecido, ver como le sangraba la nariz. Mirando su cara con detenimiento, atisbo el dolor que le provoca la herida, y sonrío con diversión al mismo tiempo que ignoraba por completo la preocupación de los demás por la señora. Hay que ser torpe. Sigo caminando, llegando a una pequeña desviación donde la calle se hacía más estrecha y miro a ambos lados esperando una señalización, no es que hubiese ido mucho al callejón Knockturn, apenas he ido al callejón Diagón en mi vida.

Perdonad. —Digo frenando a dos caballeros que venían de mi dirección. No me molesto en intentar ser agradable, en mostrar un aspecto simpático y afable, puedo leer de sobras que en éste lugar no pega dicha personalidad. Así que muestro una un poco más formal, bien elaborada.— Borgin y Burkes es en esa dirección ¿verdad?
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