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Priv. || Una serie de eventos desafortunados ||

Evans Mitchell el Lun Jun 04, 2018 4:50 am

Era clase de…, ¿de qué? Evans estaba ahí, muy tranquilo, encorvado sobre el banco y garabateando sus, ¿apuntes? Se lo veía muy concentrado con ESO, es decir, garabateando una caricatura de lobo-animal con las medias puestas (sí, el lobo llevaba las medias puestas) persiguiendo a alguien alrededor de una mesa redonda, y ese alguien era. Quien fuera, usaba gorra. Era un dibujo animado, con magia. Esa pluma era lo que no era Chris: interesante, mira. Tú sólo hacías tu garabato, y la animación se reproducía sola. Evans estaba dándole los últimos detalles, muy ensimismado. Hasta parecía cosa seria.

Chris hablaba, hablaba y hablaba sobre alguna que otra nadería poco interesante. Seguro una chica. Que lo rechazó, y si no lo hizo hasta entonces, ya lo haría. Lo normal. Sólo hacía falta darse cuenta de lo molesto que era, dando la lata todo el día. Evans no se imaginaba que alguien pudiera aguantarlo… a su compañero de banco y amigo, por ¿siete años ya? Mira, ¿y por qué sería eso? Puede porque fueran igual de molest… Y en fin, estaban en clase de…, Evans levantó la mirada, ¡ah!, era esa bruja de transformaciones. Se suponía que estaban haciendo un trabajo, pero hasta las novias imaginarias de Chris parecían un tópico más ameno, en horas de clase.

—No, Chris, no creo que…—
Ese era Evans Mitchell, dignándose a comentar sobre la vida amorosa de su amigo (no para soltarle algo bonito precisamente), cuando…—¡Ay!

¿Ay?, sí, había sentido algo en el cuello y se llevó la mano a la nuca de forma instantánea, picado por. Chris dijo algo de “Aparta esa araña”, pero no le hizo caso. A ver, el “Ay”, no era el problema. Fue sólo un bicho, ¿no? No es que a Evans le inquietara especialmente, tanto si se trataba de un mosquito como de una araña, era sólo. Ese inquietante cruce de miradas. Sí, estaba seguro. Había sucedido. Justo cuando él fue sorprendido por ese picor, esa impresión de molestia, el tal gorras se había sonreído. Sí. Entre ellos había habido una fuerza de atracción en ese momento, como cuando un imán llama a otro. Sí, no se lo estaba imaginando, ¡que no, carajo!

—¡Era sólo una araña!—
exclamó Chris, ¿queriendo tranquilizarlo?, sabiendo que su amigo era, bueno, en cierto modo, un histérico cuando se lo proponía. Mira que hacer escándalo por una arañita—La vi, te digo. Era una araña. ¡No!, no sé por dónde se fue… La mataste y se habrá ido por ahí…—Rió—Evans, de verdad, era solo…

—¡Que no, joder!—Evans se puso nervioso. Empezaba a sentirlo, sí. Un hormigueo en caliente que recorría sus venas, todos los nervios por debajo de su piel (¿¡veneno!?, ¡qué, por Merlín!). ¿Qué si esta sensación era real? Bueno, sobre eso. Probablemente, no—¡Tú!—soltó de pronto, en dirección al ravenclaw de pacotilla (el único ravenclaw de pacotilla, please), allí, sentado delante, muy tranquilo de la vida. Como le estaba dando la espalda, y a decir verdad, no se entendía bien a quién se estaba dirigiendo (podía ser cualquiera), varios fueron los rostros que se giraron hacia él, incluido el de la profesora. Ah, y para rematar, se había levantado con tal ahínco, que hasta tiró la silla. A su alrededor, las caras eran de absoluto desconcierto—¿¡Qué…?

¿¡QUÉ!?

Esa fue la expresión general, sí, cuando ¡PLUMP!, ni fue capaz de ver, ni de oír, ni de nada. Vamos, que de los hombros para arriba sus sentidos… ¿habían desaparecido? Sí, es decir, sus ojos, sus boca, sus oídos, ya no estaban donde tenían que estar—y se llevó las manos a la altura de la cabeza para comprobarlo (o donde esta debería estar…)—, en su lugar había una GRAN CALABAZA que se sostenía de alguna manera de su cuello, reemplazando lo que hacía sólo momentos antes era la cara indignada y a punto de un improperio de Evans Mitchell, y para cuando de un ¡PLIMP! las cosas parecieron volver a la normalidad (ahora podía ver a la clase y la clase podía verlo a él —aunque ya ellos podían hacerlo desde hacía rato, sólo bastaba oírles las risas—), el ruidoso escenario en el que se vio envuelto hizo que la sangre se le subiera a la calabaza, ¡no!, digo, la cabeza, se le subiera a la cabeza. Si hasta la profesora reía, mira tú que bruja maldita. FALTA DE RESPETO.

Y para colmo de males, Evans había querido avanzar en modo calabaza, hacia donde se encontraba su enemigo, pero en vez de eso, se había caído. Y hubo un corrimiento de sillas para estirar los cuellos y poder ver mejor a esa criatura venida desde Halloween retorciéndose en el piso, como uno de esos escarabajos que son dados vuelta y no parecen tener idea de cómo volver a ponerse en pie. Y es que, es difícil orientarte con una calabaza por cabeza, ¿sabes? De nuevo, FALTA DE RESPETO. Así que, cuando Evans recuperó sus cinco sentidos, se puso en pie, ¡rabiando!, y mandando a freír tu tía a más de uno, sin que ello le borrara a ninguno la sonrisa del rostro, porque ey, que bien que se la pasaba la gente cuando el que se tragaba la burla era otro, mira tú, ¡bonita la cosa! (sí, en eso pensaba Evans cuando la broma era consigo, no cuando él hacía la broma) Y en eso, sonó el timbre. Terminaba el período. Y aunque Evans quiso buscar AL CULPABLE de todo ello, la tuvo difícil queriendo hacer todo a un tiempo: callar a los idiotas y perseguir a una espalda que se iba, ¡sí, como siempre había!, ¡escabulléndose! Y encima se le interponía Chris, que lo paraba, queriendo tranquilizar a su amigo reteniéndolo del brazo para que no armara una trifulca delante de la profesora (porque era capaz, mira), pero sin decidirse entre eso y la risa. Y desde el fondo de la clase, en tanto que una oleada de estudiantes salían apresuradamente, con mucha ansia de libertad, en medio de la marabunta que se largaba, se oyó…

—¡GORRAS!

…un quejido furioso, un reclamo violento, que auguraba venganza. Y tú sabes lo que dicen, LA VENGANZA SERÁ TERRIBLE.

¿Qué si tenía pruebas? ¡Claro que no! ¿Qué si le hacían falta? ¡Claro que no! Evans lo sabía, estaba seguro, se apostaba la vida en ello, sí. En cuanto al resto, sólo pensaban que estaba delirando, ¿habría que llevarlo a la enfermería?, ¿algún efecto secundario de la bromita?, ¿por qué veía gorras?
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Evans MitchellGryffindor

Joshua Eckhart el Dom Jun 10, 2018 6:31 pm

Clase de transformaciones. No parecía ser nada sino otro día como cualquier otro, una mera hora de explicaciones y tantas cosas. Tenía al lado a… ¿cómo se llamaba? Una chica de Hufflepuff que no dejaba de hablar sobre ella sabía qué cosas. Es decir, hablaba con él, o eso parecía, pero él la ignoraba y ella. La chica seguía hablando como si nada ocurriese, como si le hablase a la pared o Joshua pareciese tremendamente interesado en su tema de conversación, cosa que, de hecho, no era nada parecido a la realidad.

A pesar de que estaban trabajando, la mano de Joshua se movía por encima del pergamino cuando, de tanto en tanto, su mirada se desviaba unos bancos atrás. El motivo no era nada complicado, es decir. Cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta. Cuando alguien dice que no quiere que toques sus cosas, tú no tocas esas cosas si no quieres que haya repercusiones futuras. Y si te da igual, entonces sólo toca esperar lo dulce de lo inevitable. Su venganza era, de hecho, inocente, sutil incluso. Una araña con un veneno en su interior que no mortal serviría para darle una lección a ese idiota. Sólo una lección.

Entonces lo escuchó, como música, un “¡Ay!”. No pudo contenerse y miró por encima de su hombro, la mano izquierda sosteniéndole el mentón apoyado en la mesa. Fue tan sólo una fracción de segundos pero la comisura de su labio se estiró, se formó una sonrisa pequeña. Acto seguido, regresó su mirada hacia su trabajo donde él, muy concentrado, escribía sólo él sabía qué cosas. ¿Evans lo había mirado? Lo dudaba, y si era así, ¿cuál era el problema? Ese pelmazo tenía que aprender a respetar las cosas de los demás. El Ravenclaw, por su lado, sólo pretendía disfrutar de un poco de venganza bien merecida.

Se giró, como muchos otros, a mirar a un león que rugía ira y cólera, habiendo tirado una silla con el movimiento enfadado al ponerse de pie, montando un espectáculo. Y algo decía la chica a su lado sobre Evans Mitchell y lo… ¿atractivo que era? No, debía haber sido “y lo pesado que era”, seguro. Porque de atractivo no tuvo nada en cuanto, segundos más tarde, su cabeza fue cubierta con una gran calabaza. — Eso le hace un favor a los ojos de todos —comentó en voz alta, aunque en un susurro, y sintió a su lado una mirada disgustada de una jovencita Hufflepuff con muy mal gusto para los chicos.

Todo empezó justo como lo planeó, pero lo mejor fue precisamente lo que no planeó. Como ese intento de homicidio que resultó en una calabaza en el suelo mientras todo el salón se burlaba de él y de sus intentos por ponerse de pie. El fin de la clase llegó dulcemente, como siempre que llega en un buen día. Joshua juntó sus cosas dentro de su bandolera, se puso de pie, entregó su trabajo escrito y salió tan campante como si no hubiese hecho un intento de asesinato de una pobre calabaza que ahora sí que podía levantarse del suelo. Y con una sonrisa lo oyó llamarlo a sus espaldas, pero lo ignoró como el zumbido de un mosquito.

¿Quizá se había pasado un poco? Nunca, con Evans no había la posibilidad de medirse. Además, había sido una broma cualquiera, de esas que el león hacía cada vez que tenía la oportunidad. Era la justicia tomada por la propia mano. Aprovechó el momento de paz para ir a los alrededores del castillo, estaba esperando una carta de su padre así que decidió ver si Skus, la malhumorada lechuza de aquel hombre, decidía hacer acto de presencia y darle su papel. Y llegó de malos modos, como siempre llegaba, intentando picarlo conforme Joshua sólo quería tomar su carta.

¡Que me la des, para! —se quejó. — ¡Auch, Skus! —sacudió su mano dolorida ante un severo picotazo. Y al fin la consiguió, su carta. — ¡Anda, ya, vete! ¡No hay premios para ti! —pero eso es lo peor que le puedes decir a una lechuza de mal carácter. Uno siempre tiene premios, sin importar lo mucho que les picasen, ¿ven la crueldad de los humanos? — ¿Qué esperas? ¡Shu! —trataba inútilmente de espantarla con la mano, con tan mala suerte que no vio el verdadero peligro llegando contra él, y pronto sus intentos de alejar a su lechuza se convirtieron en un forcejeo entre un león y un águila. — ¡Mitchell!

Parecía, con toda seguridad, que Evans Mitchell quería reventarle y no en los mejores sentidos de la palabra. Skus, por su lado, como una lechuza tan resentida como un león (y no cualquier león, [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] león en particular), se lanzó contra ellos jalando al hijo de su amo por la espalda de la ropa hasta que ambos humanos cayeron a las profundidades del lago. Y sólo entonces se marchó, gloriosa, abriendo bien sus alas y con todo el orgullo de una ave preciosa.
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Evans Mitchell el Jue Jun 14, 2018 8:14 pm

A Evans se le había dado últimamente por pasarse por el dormitorio de los ravenclaw más de lo habitual, o incluso más de lo permitido, como le era usual. Y no sólo entraba y salía, sino que se iba llevándose cosas. Si eras descuidado, o mejor dicho, si escondías algo con mucho recelo, no porque realmente esperaras de que alguien tuviera la villanía de tomarlo, sino porque era algo tuyo, algo que cuidabas por sobre otros objetos de tu propiedad, pues, mala suerte. Porque Mitchell se las ingeniaba para hacerse con ello, como si lo hubiera estado buscando toda su vida, como si lo necesitara, cuando la verdad era que sólo era un pesado, y uno muy inoportuno. Y tenía esa manía, casi como una habilidad secreta se súper villano, de llevarse ESO, de entre todas las cosas que pudo haberte hurtado, eso que más te molestaba que otros tocaran, con sus viles, viles manos. Y tenía tal descaro, que si lo sorprendías se ofendía como si lo acusaras de tomar algo que era suyo por derecho, incluso antes de que la tierra fuera tierra y el mundo fuera mundo y el homo erectus descubriera la receta de la Coca-Cola. Sí, una bebida muy de moda en el mundo muggle, ¡esos sucios muggles!

¿Que por qué Evans Mitchell pasaba tanto tiempo en el cuarto de los ravenclaw? Eso era asunto suyo, tú no te metas. El caso era que siempre, siempre, siempre, tenía que aguantar cruzarse con la fea cara de Joshua yendo de amargado por la vida, esa mala vida. Todo con ese chico estaba mal. Y Evans intentaba animarlo, ¿sabes? Sí, de tanto en tanto, le soltaba un saludo, algo así como: “Ey Gorras, ¿qué hay de nuevo en tu triste vida?” Pero, ¿lo puedes creer? El avechucho insistía en ser un tipo cerrado. Ese era su problema, sí. Evans comentaba esto a menudo, con quien quisiera oírlo, incluso si tú no querías. Evans insistía. Joshua Eckhart se encerraba demasiado en esa cabeza suya (y esto lo hacía peligroso), que a su vez estaba siempre metida en esa gorra que no se quitaba JAMÁS (cosita rara, si lo preguntas), y a saber en qué cosas pensaba, ¿tú sabes? Daba repelús siquiera intentar adivinarlo, porque la gente rara suele tener pensamientos, tú sabes, negros pensamientos, de esos que te ponen incómodo. Sí, sí. Evans no se cansaba de describir el frío y la sensación de vértigo que te invade cuando sospechas, TÚ SOSPECHAS, que ese loco te está mirando perpetrando vaya a saber qué males en tu contra, cuando tú sólo eres un tipo común, ¿sabes? Tienes amigos, hablas con la gente, te ríes, tú haces cosas y no “pergeñas cosas”. Era simpático. Era conversador. Eres guapo. En fin, todas esas cosas que Joshua no era, ni tenía, y con las que ni podía soñar, ¿porque viste lo deprimido que era? Así que, ¿qué tenía Joshua contra la gente común?

El caso es que, por mucho que Chris insistiera en que no entendía la relación existente entre una calabaza y una gorra de lana,  Evans estaba muy seguro de a quién salir a buscar apenas consiguiera sacarse a los pesados de encima. ¿Que cómo estaba tan seguro? Adivinaría que había tomado algo que no le pertenecía y Joshua estaría resentido por ello, pero. No. Eso no fue lo primero que le vino a la mente, a decir verdad. Para él, el asunto estaba más que claro. Joshua vivía resentido con la vida, y volcaba ese desprecio consigo mismo en la gente común, gente como él. Bueno, nunca “como él”, pero cualquiera pensaría que era evidente (sí, cualquiera…) que Joshua se había ensañado con él, porque Evans era un tipo feliz. Sí, ¿te lo podías creer? ¡Había gente así de envidiosa! Por supuesto que los piques entre ellos no tenían nada que ver con que Evans se la hubiera pasado todos los años de su vida haciéndole la vida imposible a ese pobre avechucho, no. Bueno, quizá. Pero había que ser muy resentido para el caso, ¿verdad?

Así que, Evans Mitchell se sentía en su derecho de tener un cabreo de puta madre. ¿Acaso no había intentado ser amable esas últimas semanas? Denzel se lo repetía a menudo, que tenían que empezar a llevarse bien o algo por el estilo, ¿y qué hizo él? Dijo que ¡por supuesto!, ¡por supuesto que disculpaba a Joshua! Por ser un amargado y toda la cosa. ¿Y le ofreció el otro sus disculpas? No. Y bueno, ¿qué le iba a hacer? No todos eran perfectos. Y aun así, Evans ni se lo tomó en cuenta. Pero lo de la clase ese día. Lo tenía picando, de la bronca. Si alguien le hubiera puesto la mano encima, se daría cuenta que estaba hirviendo, de lo caliente. No se iba a escurrir tan fácil, ALTO AHÍ. Y es que todavía podía sentir la humillación trepándole como una desagradable sensación desde el estómago, y ya haría que Joshua se tragara el vómito.

—¡Mitchell!

No es que estuviera pensando en pegarle, en verdad. Lo que quería era sacudirle esa facha de mentiras y que el otro escupiera la verdad por la boca. Asustarlo un poquito. Y algo que no había cambiado en ese tiempo, es que lo suyo, cuando estaba caliente, no era usar la varita, lo suyo era arrojarse contra ti con un genio que te cagas, siempre poniendo el cuerpo primero, yendo al encuentro. Y fue a tomarlo del cuello, al tiempo que forcejeaba intentando arrancarle la bandolera, porque iba a tomar algo de él, algo más. Así era como Evans se vengaba. No le bastaba con romperte la cara. Tenía que tomar algo de ti. ¿Pero qué más le quitaría esta vez? Era evidente que él no entendía de lecciones, él no era ningún ravenclaw.

Pero ay, el pajarraco. No Joshua, el otro.  

—¡Sal!—
Evans abanicó su brazo en un intento por apartar al ave, teniendo al otro bien sujeto, pero tantas cosas la vez no se podía. ¡Joder, a la mierda  el pájaro ese! Total, que no la tenía con él, y volvió su cara enfadada a Joshua, avanzando contra él como esos toros que empujan y empujan, desquitándose con el rojo que guía su enojo—¡Sé que fuiste tú! ¡Sé que…!

¿Sabías que las lechuzas acostumbran a llevar cargas pesadas, también? Porque lo que Skus hizo fue tironear de los dos, ¡tan repentinamente!, como si nada, haciéndolos tropezar, y fue entonces que Evans cayó hacia adelante, sobre su enemigo. ¿Y lo soltó?, ¿se cayó y se levantó? No, para nada. Él, como si tal cosa se enzarzó en un cuerpo a cuerpo, y arrastraría a Joshua a las profundidades del lago de ser por él —porque tú sabes, “si yo me hundo, tú te hundes conmigo”—, y que no digan que no lo intentó —buen rato estuvo reteniéndolo bajo la superficie, en lo negro del lago, forcejeando y queriendo hundirlo más—. Porque en el agua, como diría la gente, “se desatan todas tus emociones”. Desde lo profundo de tu turbio, turbio, corazón.

Así que, allí estaban los dos, mojados y gritándose. Evans gritaba. Y agitaba las aguas, salpicándole la cara a Joshua e intentando llegar a él luego de haber emergido a la superficie del lago, boqueando y casi lamentando no hacer retenido al gorras por más tiempo. E iba hacia él, Evans iba hacia él, ¡y volvió a sujetarlo!, ¡cuando AUCH!, ¡demonios! ¡QUÉ JODER CON LAS PICADURAS ESE DÍA! Que le habían picado el pie, ¡joder! Entonces se arrastró a la orilla, casi saltando en un pie, para ver qué coño le había picado, por la santísima madre de la re mil que te re mil, ¡joder! ¿Tendría que ir a la enfermería o algo? ¡Con lo que odiaba a esa vaca vieja!
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