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Priv. || Una serie de eventos desafortunados ||

Evans Mitchell el Lun Jun 04, 2018 8:50 am

Era clase de…, ¿de qué? Evans estaba ahí, muy tranquilo, encorvado sobre el banco y garabateando sus, ¿apuntes? Se lo veía muy concentrado con ESO, es decir, garabateando una caricatura de lobo-animal con las medias puestas (sí, el lobo llevaba las medias puestas) persiguiendo a alguien alrededor de una mesa redonda, y ese alguien era. Quien fuera, usaba gorra. Era un dibujo animado, con magia. Esa pluma era lo que no era Chris: interesante, mira. Tú sólo hacías tu garabato, y la animación se reproducía sola. Evans estaba dándole los últimos detalles, muy ensimismado. Hasta parecía cosa seria.

Chris hablaba, hablaba y hablaba sobre alguna que otra nadería poco interesante. Seguro una chica. Que lo rechazó, y si no lo hizo hasta entonces, ya lo haría. Lo normal. Sólo hacía falta darse cuenta de lo molesto que era, dando la lata todo el día. Evans no se imaginaba que alguien pudiera aguantarlo… a su compañero de banco y amigo, por ¿siete años ya? Mira, ¿y por qué sería eso? Puede porque fueran igual de molest… Y en fin, estaban en clase de…, Evans levantó la mirada, ¡ah!, era esa bruja de transformaciones. Se suponía que estaban haciendo un trabajo, pero hasta las novias imaginarias de Chris parecían un tópico más ameno, en horas de clase.

—No, Chris, no creo que…—
Ese era Evans Mitchell, dignándose a comentar sobre la vida amorosa de su amigo (no para soltarle algo bonito precisamente), cuando…—¡Ay!

¿Ay?, sí, había sentido algo en el cuello y se llevó la mano a la nuca de forma instantánea, picado por. Chris dijo algo de “Aparta esa araña”, pero no le hizo caso. A ver, el “Ay”, no era el problema. Fue sólo un bicho, ¿no? No es que a Evans le inquietara especialmente, tanto si se trataba de un mosquito como de una araña, era sólo. Ese inquietante cruce de miradas. Sí, estaba seguro. Había sucedido. Justo cuando él fue sorprendido por ese picor, esa impresión de molestia, el tal gorras se había sonreído. Sí. Entre ellos había habido una fuerza de atracción en ese momento, como cuando un imán llama a otro. Sí, no se lo estaba imaginando, ¡que no, carajo!

—¡Era sólo una araña!—
exclamó Chris, ¿queriendo tranquilizarlo?, sabiendo que su amigo era, bueno, en cierto modo, un histérico cuando se lo proponía. Mira que hacer escándalo por una arañita—La vi, te digo. Era una araña. ¡No!, no sé por dónde se fue… La mataste y se habrá ido por ahí…—Rió—Evans, de verdad, era solo…

—¡Que no, joder!—Evans se puso nervioso. Empezaba a sentirlo, sí. Un hormigueo en caliente que recorría sus venas, todos los nervios por debajo de su piel (¿¡veneno!?, ¡qué, por Merlín!). ¿Qué si esta sensación era real? Bueno, sobre eso. Probablemente, no—¡Tú!—soltó de pronto, en dirección al ravenclaw de pacotilla (el único ravenclaw de pacotilla, please), allí, sentado delante, muy tranquilo de la vida. Como le estaba dando la espalda, y a decir verdad, no se entendía bien a quién se estaba dirigiendo (podía ser cualquiera), varios fueron los rostros que se giraron hacia él, incluido el de la profesora. Ah, y para rematar, se había levantado con tal ahínco, que hasta tiró la silla. A su alrededor, las caras eran de absoluto desconcierto—¿¡Qué…?

¿¡QUÉ!?

Esa fue la expresión general, sí, cuando ¡PLUMP!, ni fue capaz de ver, ni de oír, ni de nada. Vamos, que de los hombros para arriba sus sentidos… ¿habían desaparecido? Sí, es decir, sus ojos, sus boca, sus oídos, ya no estaban donde tenían que estar—y se llevó las manos a la altura de la cabeza para comprobarlo (o donde esta debería estar…)—, en su lugar había una GRAN CALABAZA que se sostenía de alguna manera de su cuello, reemplazando lo que hacía sólo momentos antes era la cara indignada y a punto de un improperio de Evans Mitchell, y para cuando de un ¡PLIMP! las cosas parecieron volver a la normalidad (ahora podía ver a la clase y la clase podía verlo a él —aunque ya ellos podían hacerlo desde hacía rato, sólo bastaba oírles las risas—), el ruidoso escenario en el que se vio envuelto hizo que la sangre se le subiera a la calabaza, ¡no!, digo, la cabeza, se le subiera a la cabeza. Si hasta la profesora reía, mira tú que bruja maldita. FALTA DE RESPETO.

Y para colmo de males, Evans había querido avanzar en modo calabaza, hacia donde se encontraba su enemigo, pero en vez de eso, se había caído. Y hubo un corrimiento de sillas para estirar los cuellos y poder ver mejor a esa criatura venida desde Halloween retorciéndose en el piso, como uno de esos escarabajos que son dados vuelta y no parecen tener idea de cómo volver a ponerse en pie. Y es que, es difícil orientarte con una calabaza por cabeza, ¿sabes? De nuevo, FALTA DE RESPETO. Así que, cuando Evans recuperó sus cinco sentidos, se puso en pie, ¡rabiando!, y mandando a freír tu tía a más de uno, sin que ello le borrara a ninguno la sonrisa del rostro, porque ey, que bien que se la pasaba la gente cuando el que se tragaba la burla era otro, mira tú, ¡bonita la cosa! (sí, en eso pensaba Evans cuando la broma era consigo, no cuando él hacía la broma) Y en eso, sonó el timbre. Terminaba el período. Y aunque Evans quiso buscar AL CULPABLE de todo ello, la tuvo difícil queriendo hacer todo a un tiempo: callar a los idiotas y perseguir a una espalda que se iba, ¡sí, como siempre había!, ¡escabulléndose! Y encima se le interponía Chris, que lo paraba, queriendo tranquilizar a su amigo reteniéndolo del brazo para que no armara una trifulca delante de la profesora (porque era capaz, mira), pero sin decidirse entre eso y la risa. Y desde el fondo de la clase, en tanto que una oleada de estudiantes salían apresuradamente, con mucha ansia de libertad, en medio de la marabunta que se largaba, se oyó…

—¡GORRAS!

…un quejido furioso, un reclamo violento, que auguraba venganza. Y tú sabes lo que dicen, LA VENGANZA SERÁ TERRIBLE.

¿Qué si tenía pruebas? ¡Claro que no! ¿Qué si le hacían falta? ¡Claro que no! Evans lo sabía, estaba seguro, se apostaba la vida en ello, sí. En cuanto al resto, sólo pensaban que estaba delirando, ¿habría que llevarlo a la enfermería?, ¿algún efecto secundario de la bromita?, ¿por qué veía gorras?
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Evans MitchellUniversitarios

Joshua Eckhart el Dom Jun 10, 2018 10:31 pm

Clase de transformaciones. No parecía ser nada sino otro día como cualquier otro, una mera hora de explicaciones y tantas cosas. Tenía al lado a… ¿cómo se llamaba? Una chica de Hufflepuff que no dejaba de hablar sobre ella sabía qué cosas. Es decir, hablaba con él, o eso parecía, pero él la ignoraba y ella. La chica seguía hablando como si nada ocurriese, como si le hablase a la pared o Joshua pareciese tremendamente interesado en su tema de conversación, cosa que, de hecho, no era nada parecido a la realidad.

A pesar de que estaban trabajando, la mano de Joshua se movía por encima del pergamino cuando, de tanto en tanto, su mirada se desviaba unos bancos atrás. El motivo no era nada complicado, es decir. Cualquiera con dos dedos de frente se daría cuenta. Cuando alguien dice que no quiere que toques sus cosas, tú no tocas esas cosas si no quieres que haya repercusiones futuras. Y si te da igual, entonces sólo toca esperar lo dulce de lo inevitable. Su venganza era, de hecho, inocente, sutil incluso. Una araña con un veneno en su interior que no mortal serviría para darle una lección a ese idiota. Sólo una lección.

Entonces lo escuchó, como música, un “¡Ay!”. No pudo contenerse y miró por encima de su hombro, la mano izquierda sosteniéndole el mentón apoyado en la mesa. Fue tan sólo una fracción de segundos pero la comisura de su labio se estiró, se formó una sonrisa pequeña. Acto seguido, regresó su mirada hacia su trabajo donde él, muy concentrado, escribía sólo él sabía qué cosas. ¿Evans lo había mirado? Lo dudaba, y si era así, ¿cuál era el problema? Ese pelmazo tenía que aprender a respetar las cosas de los demás. El Ravenclaw, por su lado, sólo pretendía disfrutar de un poco de venganza bien merecida.

Se giró, como muchos otros, a mirar a un león que rugía ira y cólera, habiendo tirado una silla con el movimiento enfadado al ponerse de pie, montando un espectáculo. Y algo decía la chica a su lado sobre Evans Mitchell y lo… ¿atractivo que era? No, debía haber sido “y lo pesado que era”, seguro. Porque de atractivo no tuvo nada en cuanto, segundos más tarde, su cabeza fue cubierta con una gran calabaza. — Eso le hace un favor a los ojos de todos —comentó en voz alta, aunque en un susurro, y sintió a su lado una mirada disgustada de una jovencita Hufflepuff con muy mal gusto para los chicos.

Todo empezó justo como lo planeó, pero lo mejor fue precisamente lo que no planeó. Como ese intento de homicidio que resultó en una calabaza en el suelo mientras todo el salón se burlaba de él y de sus intentos por ponerse de pie. El fin de la clase llegó dulcemente, como siempre que llega en un buen día. Joshua juntó sus cosas dentro de su bandolera, se puso de pie, entregó su trabajo escrito y salió tan campante como si no hubiese hecho un intento de asesinato de una pobre calabaza que ahora sí que podía levantarse del suelo. Y con una sonrisa lo oyó llamarlo a sus espaldas, pero lo ignoró como el zumbido de un mosquito.

¿Quizá se había pasado un poco? Nunca, con Evans no había la posibilidad de medirse. Además, había sido una broma cualquiera, de esas que el león hacía cada vez que tenía la oportunidad. Era la justicia tomada por la propia mano. Aprovechó el momento de paz para ir a los alrededores del castillo, estaba esperando una carta de su padre así que decidió ver si Skus, la malhumorada lechuza de aquel hombre, decidía hacer acto de presencia y darle su papel. Y llegó de malos modos, como siempre llegaba, intentando picarlo conforme Joshua sólo quería tomar su carta.

¡Que me la des, para! —se quejó. — ¡Auch, Skus! —sacudió su mano dolorida ante un severo picotazo. Y al fin la consiguió, su carta. — ¡Anda, ya, vete! ¡No hay premios para ti! —pero eso es lo peor que le puedes decir a una lechuza de mal carácter. Uno siempre tiene premios, sin importar lo mucho que les picasen, ¿ven la crueldad de los humanos? — ¿Qué esperas? ¡Shu! —trataba inútilmente de espantarla con la mano, con tan mala suerte que no vio el verdadero peligro llegando contra él, y pronto sus intentos de alejar a su lechuza se convirtieron en un forcejeo entre un león y un águila. — ¡Mitchell!

Parecía, con toda seguridad, que Evans Mitchell quería reventarle y no en los mejores sentidos de la palabra. Skus, por su lado, como una lechuza tan resentida como un león (y no cualquier león, [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] león en particular), se lanzó contra ellos jalando al hijo de su amo por la espalda de la ropa hasta que ambos humanos cayeron a las profundidades del lago. Y sólo entonces se marchó, gloriosa, abriendo bien sus alas y con todo el orgullo de una ave preciosa.
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Evans Mitchell el Vie Jun 15, 2018 12:14 am

A Evans se le había dado últimamente por pasarse por el dormitorio de los ravenclaw más de lo habitual, o incluso más de lo permitido, como le era usual. Y no sólo entraba y salía, sino que se iba llevándose cosas. Si eras descuidado, o mejor dicho, si escondías algo con mucho recelo, no porque realmente esperaras de que alguien tuviera la villanía de tomarlo, sino porque era algo tuyo, algo que cuidabas por sobre otros objetos de tu propiedad, pues, mala suerte. Porque Mitchell se las ingeniaba para hacerse con ello, como si lo hubiera estado buscando toda su vida, como si lo necesitara, cuando la verdad era que sólo era un pesado, y uno muy inoportuno. Y tenía esa manía, casi como una habilidad secreta se súper villano, de llevarse ESO, de entre todas las cosas que pudo haberte hurtado, eso que más te molestaba que otros tocaran, con sus viles, viles manos. Y tenía tal descaro, que si lo sorprendías se ofendía como si lo acusaras de tomar algo que era suyo por derecho, incluso antes de que la tierra fuera tierra y el mundo fuera mundo y el homo erectus descubriera la receta de la Coca-Cola. Sí, una bebida muy de moda en el mundo muggle, ¡esos sucios muggles!

¿Que por qué Evans Mitchell pasaba tanto tiempo en el cuarto de los ravenclaw? Eso era asunto suyo, tú no te metas. El caso era que siempre, siempre, siempre, tenía que aguantar cruzarse con la fea cara de Joshua yendo de amargado por la vida, esa mala vida. Todo con ese chico estaba mal. Y Evans intentaba animarlo, ¿sabes? Sí, de tanto en tanto, le soltaba un saludo, algo así como: “Ey Gorras, ¿qué hay de nuevo en tu triste vida?” Pero, ¿lo puedes creer? El avechucho insistía en ser un tipo cerrado. Ese era su problema, sí. Evans comentaba esto a menudo, con quien quisiera oírlo, incluso si tú no querías. Evans insistía. Joshua Eckhart se encerraba demasiado en esa cabeza suya (y esto lo hacía peligroso), que a su vez estaba siempre metida en esa gorra que no se quitaba JAMÁS (cosita rara, si lo preguntas), y a saber en qué cosas pensaba, ¿tú sabes? Daba repelús siquiera intentar adivinarlo, porque la gente rara suele tener pensamientos, tú sabes, negros pensamientos, de esos que te ponen incómodo. Sí, sí. Evans no se cansaba de describir el frío y la sensación de vértigo que te invade cuando sospechas, TÚ SOSPECHAS, que ese loco te está mirando perpetrando vaya a saber qué males en tu contra, cuando tú sólo eres un tipo común, ¿sabes? Tienes amigos, hablas con la gente, te ríes, tú haces cosas y no “pergeñas cosas”. Era simpático. Era conversador. Eres guapo. En fin, todas esas cosas que Joshua no era, ni tenía, y con las que ni podía soñar, ¿porque viste lo deprimido que era? Así que, ¿qué tenía Joshua contra la gente común?

El caso es que, por mucho que Chris insistiera en que no entendía la relación existente entre una calabaza y una gorra de lana,  Evans estaba muy seguro de a quién salir a buscar apenas consiguiera sacarse a los pesados de encima. ¿Que cómo estaba tan seguro? Adivinaría que había tomado algo que no le pertenecía y Joshua estaría resentido por ello, pero. No. Eso no fue lo primero que le vino a la mente, a decir verdad. Para él, el asunto estaba más que claro. Joshua vivía resentido con la vida, y volcaba ese desprecio consigo mismo en la gente común, gente como él. Bueno, nunca “como él”, pero cualquiera pensaría que era evidente (sí, cualquiera…) que Joshua se había ensañado con él, porque Evans era un tipo feliz. Sí, ¿te lo podías creer? ¡Había gente así de envidiosa! Por supuesto que los piques entre ellos no tenían nada que ver con que Evans se la hubiera pasado todos los años de su vida haciéndole la vida imposible a ese pobre avechucho, no. Bueno, quizá. Pero había que ser muy resentido para el caso, ¿verdad?

Así que, Evans Mitchell se sentía en su derecho de tener un cabreo de puta madre. ¿Acaso no había intentado ser amable esas últimas semanas? Denzel se lo repetía a menudo, que tenían que empezar a llevarse bien o algo por el estilo, ¿y qué hizo él? Dijo que ¡por supuesto!, ¡por supuesto que disculpaba a Joshua! Por ser un amargado y toda la cosa. ¿Y le ofreció el otro sus disculpas? No. Y bueno, ¿qué le iba a hacer? No todos eran perfectos. Y aun así, Evans ni se lo tomó en cuenta. Pero lo de la clase ese día. Lo tenía picando, de la bronca. Si alguien le hubiera puesto la mano encima, se daría cuenta que estaba hirviendo, de lo caliente. No se iba a escurrir tan fácil, ALTO AHÍ. Y es que todavía podía sentir la humillación trepándole como una desagradable sensación desde el estómago, y ya haría que Joshua se tragara el vómito.

—¡Mitchell!

No es que estuviera pensando en pegarle, en verdad. Lo que quería era sacudirle esa facha de mentiras y que el otro escupiera la verdad por la boca. Asustarlo un poquito. Y algo que no había cambiado en ese tiempo, es que lo suyo, cuando estaba caliente, no era usar la varita, lo suyo era arrojarse contra ti con un genio que te cagas, siempre poniendo el cuerpo primero, yendo al encuentro. Y fue a tomarlo del cuello, al tiempo que forcejeaba intentando arrancarle la bandolera, porque iba a tomar algo de él, algo más. Así era como Evans se vengaba. No le bastaba con romperte la cara. Tenía que tomar algo de ti. ¿Pero qué más le quitaría esta vez? Era evidente que él no entendía de lecciones, él no era ningún ravenclaw.

Pero ay, el pajarraco. No Joshua, el otro.  

—¡Sal!—
Evans abanicó su brazo en un intento por apartar al ave, teniendo al otro bien sujeto, pero tantas cosas la vez no se podía. ¡Joder, a la mierda  el pájaro ese! Total, que no la tenía con él, y volvió su cara enfadada a Joshua, avanzando contra él como esos toros que empujan y empujan, desquitándose con el rojo que guía su enojo—¡Sé que fuiste tú! ¡Sé que…!

¿Sabías que las lechuzas acostumbran a llevar cargas pesadas, también? Porque lo que Skus hizo fue tironear de los dos, ¡tan repentinamente!, como si nada, haciéndolos tropezar, y fue entonces que Evans cayó hacia adelante, sobre su enemigo. ¿Y lo soltó?, ¿se cayó y se levantó? No, para nada. Él, como si tal cosa se enzarzó en un cuerpo a cuerpo, y arrastraría a Joshua a las profundidades del lago de ser por él —porque tú sabes, “si yo me hundo, tú te hundes conmigo”—, y que no digan que no lo intentó —buen rato estuvo reteniéndolo bajo la superficie, en lo negro del lago, forcejeando y queriendo hundirlo más—. Porque en el agua, como diría la gente, “se desatan todas tus emociones”. Desde lo profundo de tu turbio, turbio, corazón.

Así que, allí estaban los dos, mojados y gritándose. Evans gritaba. Y agitaba las aguas, salpicándole la cara a Joshua e intentando llegar a él luego de haber emergido a la superficie del lago, boqueando y casi lamentando no hacer retenido al gorras por más tiempo. E iba hacia él, Evans iba hacia él, ¡y volvió a sujetarlo!, ¡cuando AUCH!, ¡demonios! ¡QUÉ JODER CON LAS PICADURAS ESE DÍA! Que le habían picado el pie, ¡joder! Entonces se arrastró a la orilla, casi saltando en un pie, para ver qué coño le había picado, por la santísima madre de la re mil que te re mil, ¡joder! ¿Tendría que ir a la enfermería o algo? ¡Con lo que odiaba a esa vaca vieja!
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Joshua Eckhart el Mar Jun 19, 2018 11:30 am

No entendía qué era lo que Denzel miraba en Evans. Es decir, tenía esa estúpida cara de idiota y siempre iba ahí por el mundo tocando lo que quisiera con esas sucias manazas, siendo tan molesto que ya nadie en el castillo le aguantaba, ¿y Denzel iba a querer ser su amigo? ¿Qué mosco le había picado a ese merrow tonto? A ver, no es que fuera su problema, ¿verdad? Pero se convertía en su problema cuando estaba en su habitación y tocaba sus cosas y era lo suyo lo que ese león bruto y arrogante lo que se llevaba. Lo peor era cuando lo pillabas, ¿se le ocurría detenerse a pedir disculpas? ¡No! ¡Se ofendía, el desconsiderado, el muy rufián!

Por ello, una cucharada de su propia medicina era todo lo que Evans Mitchell necesitaba para… ¿escarmentar? No, Joshua estaba consciente de que creer que Evans iba a escarmentar era como pedirle peras a un naranjo, así de imposible, así que fantasioso. Pero al menos se vengaba, porque eso sí que era totalmente posible, incluso con todo lo que fuese a ocurrir a continuación. Sin embargo, Joshua habría pensado que el contraataque de Mitchell iba a tardar más, pese a deber imaginar que con lo impulsivo y carente de mente previsora iba a acabar atacando tan pronto pudiese.

Eso los llevaba a ahí, a orillas del lago, forcejeando por una bandolera. Evans se le arrojaba al cuello agresivo en sus formas, mientras que Joshua no soltaba su mochila y le apartaba empujándole por el rostro con la mano bien abierta, hasta que un tercer integrante de aquella batalla decidió inmiscuirse. Skus estaba molesto y lo mostraba atacando a los dos humanos aunque uno de ellos ni siquiera tuviese algo que ver con la situación entre él y el hijo de su dueño. Como si por el mero hecho de ser humano ya le odiase y nada más.

¡No sé de qué hablas, idiota! —exclamó al tiempo que Evans lo instaba a confesar sus crímenes. — ¡Anda, déjame en paz, piérdete…! —pero Skus no tenía la misma idea, pues a ambos los hizo perderse pero directo en el agua del Lago Negro. Fue un jalón con sus fuertes patas lo que propició a un tropiezo que, eventualmente, se convirtió en un chapoteo. — ¡Subnormal! —lo llamaba, como si insultarlo fuera más fuerte que respirar, cada vez que conseguía una bocanada de aire, jadeando entre el forcejeo acuático, entre los tirones y empujones con que intentaban ahogar al otro y al tiempo buscaban el aire del que pensaban privar al otro.

No pensaba, sólo se defendía y en la misma medida lo agredía, gritándose e insultándose, como dos niñatos en lugar de los ya adultos que eran. Se salpicaban, chapoteaban en el agua, se empujaban y se alejaban, antes de volver a acercarse, una batalla intensa. Iban a volver a envolverse en aquella agresión cuando fue Evans el primero en darse a la retirada, alejándose, parecía haber sido picado por algo. No era otra de sus arañas, ¡eso podía asegurarlo! Quizá era lo único que podía asegurar de toda aquella situación.

Iba a burlarse, ¡claro que iba a hacerlo! Y seguramente lo hubiese hecho de no haber sido porque el karma es muy grande y pronto sintió que era a él a quien picaban, como un pellizco duro en la zona del tendón de Aquiles. — ¡Auch! —exclamó, hundiéndose brevemente al agua al agacharse a sujetar su pie. Sintió algo duro alejándose y por suerte no pellizcó también su dedo, nadando a la orilla. Estaba empapado completamente de la cabeza a los pies, podía sentir el chapoteo cada vez que pisaba en sus zapatos, alejándose del agua. — ¡Todo esto es tu culpa! —todavía tuvo ganas de quejarse.

Se sentó en el césped, mirándose el talón. Donde le había dolido tenía una marca roja, y se limpió el agua de la cara con un gesto de su mano, escurriéndola y sacudiendo para eliminar el exceso de agua. Se puso en pie, buscando su varita para secarse con ella, con aire caliente que escapase de la misma y manteniendo una prudencial distancia con Evans. Se sentía… extraño, ¿tendría que ir a la enfermería a que lo revisaran? Pensaba que estaba exagerando, debía haber sido algún cangrejo o algo parecido, ¿había cangrejos en el Lago Negro?

La hora de la cena iba acercándose, y lo mejor sería irse a cambiar de esas ropas húmedas y ponerse cómodo para esa hora. Ni siquiera sabía si le tocaba recorrido de prefecto durante la noche. — Vete al demonio —lo señaló, a metros de distancia, empezando a caminar. Con la varita en la mano. Evans era así de rastrero, que se lo imaginaba completamente capaz de atacar a alguien por la espalda, así que lo mejor era no bajar la guardia demasiado, sólo por si acaso.
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Evans Mitchell el Jue Jun 21, 2018 3:18 am

¡Todo esto es tu culpa!

¿Qué? Espérate, ¿QUÉ? No lo habría oído bien porque, ¡oh, y de hecho Evans hizo ese gesto! Ese gesto, de colocarse una mano en la oreja como si quisiera ampliar el sonar de su comprensión, ya no sólo auditiva sino conceptual, sobre los hechos que habían tenido lugar. ¡Primero!, tenía que estar sordo como una puta vieja, ¡porque claramente el gorras NO podía estar diciendo que ALGO DE ESO había sido SU CULPA! ¡Menudo caradura había que ser!

Así que, Evans estaba con una mano en la oreja y agachado con la otra mano en su tobillo, y dirías que, ¡sí, tremendamente indignado! No sólo “picado” por lo que fuera que le había agarrado el pie debajo del agua, sino que desbordada su paciencia (¡sí, tú oíste eso, su incomparable paciencia!) como la lava que es escupida por el cráter de la montaña, ¡hirviendo!, ¡quemando! ¿Y qué hizo al oír eso, esa aseveración tan caradura? Se sonrió, por supuesto. Evans podía agarrárselas a gritos contigo y luego estallar en carcajadas de lo ridícula que era tu cara, y a ÉSE le sobraba cara, ¿no?

—¿Mi…? ¿Mi culpa?—Se mordió los labios y se dejó caer al pastito, apoyando los codos en sus rodillas abiertas. No es que hubiera sufrido una herida de guerra, que ni le dolía, y hasta se olvidó de qué podría haber sido, nada importante. Pero se estuvo allí, sentadito y mirándolo, con una sonrisilla para nada amigable cruzándole el rostro, diciendo a las claras “tú eres un imposible hijo de ostra” —. ¡Tú empezaste esto!—expresó, extendiendo los brazos en un gesto abierto, como indicando que TODO, incluso de que estuvieran mojados fuera SU culpa—¡Yo vi cómo te sonreías!—acusó duramente, apuntándolo con un dedo mientras que el otro (el muy pérfido) le levantaba la varita. ¿Qué si le preocupaba? ¡Nah!, ¡se reía de él! Evans resopló, carcajeándose por dentro, ¡de la bronca!—¿Pero sabes qué? ¡No me da la gana ni de echártelo en cara!—No, no en la cara, pero cuando estuviera de espaldas…— ¡Me das hasta pena! Sólo date cuenta, ¡ni tu lechuza te quiere cerca!—exclamó, señalando al cielo a una mancha oscura que se alejaba, toda orgullosa—Sí, sí, tú vete, ¡no pidas disculpas! ¡Pero ey, Joshua!—llamó, cuando este se iba, y mira tú cómo lo había tratado la madurez, porque enseguida soltó un…—¡Auuuuuuuuuuu!

Sí, soltó un aullido por todo lo alto mientras que el otro se iba, ¡y mira cómo se sonreía! Claro, porque él no tenía ningún “pequeño problema peludo”, así que podía picar al otro sin remordimiento, incluso aunque todavía le helara la piel sólo pensar en aquella vez que… ¡brrr! ¡Joder!, cambiando de tema, ¡mira que ahora empezaba a escocerle la picadura!, ¿cuánta mala suerte había que tener para que un cangrejo o lo que fuera te agarrara el pie bajo el agua?

Oh, tú no te haces una idea.

***


Al día siguiente, una hermosa mañana invadió el dormitorio de los gryffindor comenzando lo que sería un perfecto nuevo día, para Chris. Uno que de tan bueno, no podría creérselo cuando se lo contara a sus nietecitos. En principio, pareció un día como cualquier otro. Sólo que el cabreo matinal de Evans era diferente al usual, y estaba vez, ¡se debía a que nada parecía salirle bien!, ¡fíjate en eso, ja! Era como adelantar las Navidades.

Sólo que algunos eran más rápidos que otros para captar ciertos detalles de la realidad que los rodeaba, y ni cuando Evans fue a morder la última pata de pollo y la escupió del asco por lo cruda y fría y asquerosa que sabía mientras que Chris encontraba un galeón en su sopa…

…ni cuando en encantamientos hizo explotar el sombrero del profesor mientras que a Chris lo aplaudía toda la clase, ni cuando un grupo de chicas pasó a su lado sin mirarlo mientras que a Chris le pedían autógrafos…

…ni cuando se resbaló en el suelo seco, ni entonces, ni-en-ton-ces, se percató de que quizá, quizá aquel no fuera su mejor día, y desde ya, su día de buena suerte. Pero. Algo empezó a sospechar, sí, cuando le tocó hacer equipo con Joshua Eckhart en dudosas circunstancias, y aquel, indudablemente, fue el principio de una serie de eventos desafortunados.

—Día 1—

Si algo puede salir mal, saldrá peor.


Encerrados, ellos estaban encerrados, y por “ellos”, Evans se refería a que tenía compañía y no resultaba particularmente agradable, en especial en un sitio tan apretado. ¿Por qué, de todas las personas en el mundo, tenía que acabar en aquella situación con…? ¡No tenía caso ni pensarlo! Lo importante era arreglárselas para salir de allí, ¡y quitarse a Joshua de encima! Por empezar, todo le había ido bien, hasta que se cruzó con él, ¿casualidad? No, señor. Tenerlo tan cerca era como tener un pedo apretado en el culo, uno de esos que te vienes aguantando todo el día. Uno de esos que mejor fuera que dentro.

—Joshua—Evans abrió la boca como si tuviera algo que decirle pero no encontrara las palabras, y desvió la mirada incómodo, o más bien fastidiado, como solía. Lo tenía de frente, a un palmo de su cara, y no era porque lo quisiera, sino porque habían entrado deprisa, apretujándose en un sitio que les impedía toda libertad de movimiento. Por supuesto, que se habían empujado, forcejeado, pero más por costumbre y rechazo que por lo que pudieran conseguir con ello. De momento, estaban de acuerdo, que “dentro” era mejor que “fuera”. O al menos, hasta que—Oi—insistió, y esta vez lo miró directo a los ojos, con esa pedantería tan típica, ¿pero por qué?—No tenemos que volver a mencionarlo, NUNCA, ¿ok?

¿Eh?

¿De qué carajo hablaba, Mitch…? Y fue largo, al principio sibilante y casi delicado, hasta irrumpir en un sonoro, oloroso, pedo… que se prolongó en el silencio entre ellos, expandiéndose a través de los átomos que conformaban el aire, subiendo por las tráqueas respiratorias para estallar en el cerebro como tibias oleadas de sensación, aroma, gustito a huevos podridos, o no tan podridos, dependiendo cómo te gustaran de cocidos los huevos, pero calentitos.

Si entre ellos ya eran enemigos, ahora eran íntimos.

Porque tú sabes lo que dicen sobre que la confianza DA ASCO entre dos buenos amigos, ahora imagínate cómo será entre dos buenos enemigos, y bien, ahora sabes por qué lo dicen (?). Y la confianza es algo que crece en la intimidad, ¿verdad?, y esto de tener intimidad con alguien es un proceso en el que es inevitable que ciertas cosas sobre nosotros mismos se nos escapen…, ¡salgan a la luz!, o se huelan, como en este caso, lo que Evans Mitchell se tragó en el desayuno o en la cena de la noche anterior, o vaya a saber, ¡pero qué rancio…! Y de todas formas, lo importante es conocernos entre nosotros, lo que aprendemos del otro. Definitivamente, Evans Mitchell no tenía que agregarle tocino a su desayuno.  

En otras palabras, un pedo es. Lo que un lunar o una marca de nacimiento. Nos dice algo sobre nuestra identidad, sobre quiénes somos. Nos hace únicos. ¿Por qué los perros meten el hocico en el “pupu” de otros perros?, porque ellos saben que un dálmata no se distingue de otro dálmata, no si pensamos en la cara, pero lo que los hace diferentes entre sí o de otros perros, es su culo. Ese olor. Tan particular, tan personal, ¿y necesariamente desagradable? Así que a veces hay algo en el aire… que se respira como a tu persona favorita, como familiar, como… a tu peor enemigo. Hay aromas que te gustarán más que otros, pero si llegas a encontrarte con ESE OLOR que te vuelve loco, ¡nunca lo dejes ir! Y en otras ocasiones, tú sólo…, ¡abre una ventana!, ¡abre una ventana!

Otros sólo dirían que es un asco.
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Evans MitchellUniversitarios

Joshua Eckhart el Dom Jun 24, 2018 3:06 am

Un imbécil, eso era Evans Mitchell, y Joshua no pudo sino corroborarlo con ese gesto de ponerse la mano en la oreja, como si no hubiese escuchado lo que claramente había sucedido. Si bien la lechuza era lo que les había lanzado al agua, ¿quién había hecho que estuvieran tan cerca del lago en primer lugar? Ese león idiota ahí parado, ¿y se atrevía a insinuar que aquello no era su culpa? ¡Tonterías! Si era el único culpable, además, ¿quién se había ganado a pulso la dichosa venganza que Joshua había erguido con su araña rellena de poción? ¡Evans!

Se volvió furibundo hacia Evans cuando éste cuestionó la veracidad de sus palabras. — ¡Claro que tu culpa, subnormal! —acusó, señalándolo. — ¡Si supieras respetar las cosas de otras personas, no tendríamos estos problemas, pero no lo haces porque eres un anormal! —puntualizó. — ¡Y además, ni siquiera es mi lechuza, metomentodo! —y dicho aquello, empezó a alejarse, porque no tenía asuntos pendientes con ese imbécil que quisiera arreglar en ese momento. Lo que sí que ocurrió, es que se quitó un zapato y lo lanzó a Evans cuando este aulló, siendo un proyectil que luego de pegarle salió volando en otra dirección y cayó directo en el lago. — ¡Argh!

Luego de gruñir frustrado, emprendió su camino a su dormitorio, ni siquiera hizo lo más mínimo por recuperar su estúpido zapato que se hundía hasta llegar al fondo y posiblemente siendo secuestrado por los habitantes del lago; así de orgulloso se había ido. Quizá al final sí tenía algo de parentesco con la lechuza que se marchaba volando igual que aquel joven se alejaba, refunfuñando y con todo su orgullo, que ni siquiera un zapato menos conseguía mermar. Y gruñó de rabia, pero trató de ignorarlo, no tenía por qué ser tan malo. Sólo había sido un mal rato, no significaba que fuera un mal día. O una mala semana.

***

Esa mañana se levantó evidentemente con el pie izquierdo. Literalmente hablando, al pisar con su pie izquierdo al bajar de la cama, pisó a la rata de uno de sus compañeros de habitación, esa que siempre le amenazaba que iba a permitir que su serpiente o su gato devorase, y ésta, en respuesta al enemigo, le había dado una mordida justo en el dedo gordo. Al dar un salto hacia atrás, casi se desnuca con el baúl al pie de la cama. Parecía que todo estaba haciendo un complot por darle un mal rato.

En el desayuno, más de lo mismo. ¿Cuántas posibilidades hay de que el único pan que tomas, el último de la bandeja, sea el que parece una roca? ¡Pues todas! Porque eso le ocurrió, incluso creyó que se partiría un diente si intentaba comérselo, así que se quedó sin su panecito matinal. ¿Y luego? En clase. Nadie parecía escucharlo cuando daba respuestas, no, ¡pero si Denzel decía exactamente las mismas palabras que él decía, le felicitaban! ¿Pero qué estaba sucediendo? ¿Era el día de ignorar a Joshua?

Te digo en serio, no exagero, siento que cada vez que hablo las personas no me escuchan, ¡me ha pasado todas las clases! Y luego tú eres quien se lleva mi mérito —se quejó con Denzel, sentado a su lado en un descanso, en el arco de uno de los ventanales del castillo que en el primer piso iban directamente a los patios y jardines. — Y eso que creo que Evans tiene algo que ver, ¿te has fijado que ese estúpido siempre está haciéndome la vida imposible? —se había permitido confesarle su pensamiento: ¡todo debía ser un complot de ese subnormal!

¿Eh? —¿qué? — ¿Decías algo? No estaba prestando atención, estaba pensando en otra cosa —confesó el merrow, mirando a su compañero cuya expresión valía oro. — ¿Ahora qué te picó? —cuestionó, confundido por el repentino arrebato en el que Joshua se puso de pie de un salto, siguiéndolo esta vez con la mirada mientras este iba y venía. Sí que podía ser raro a veces su compañero de habitación, ¡como si nunca le hubiese ignorado mientras pensaba en ese maravilloso nuevo invento que haría esa noche!

¡Seguro tú también estás en mi contra! ¡Eso pasa por dejarte juntarte con Evans, que no es una buena influencia! ¡Se supone que eres mi amigo! —dramatizó, señalándolo con un dedo acusador. Sí, la paranoia se lo estaba comiendo, era más que evidente. Y caminaba como un león encerrado de lado a lado, con una mano en el mentón y la otra en el codo, muy pensativo. — Seguro ha usado sus trucos sucios para hacer que todos me ignoren, claro, es como… muy propio de él —no es que se hiciera el interesante pensando que Evans siempre estaba detrás suyo para joderlo, ¡es que Evans siempre estaba detrás suyo para joderlo!

—Día 1—

Cuando uno piensa en una excursión del colegio, en lo último en lo que piensa es en quedarse atrapado con Evans Mitchell. Es decir, la historia era en realidad sencilla, una encomienda fácil: ir a encontrar unos ciertos ingredientes para pociones. ¿Lo malo? Era en parejas. ¿Lo peor? Lo habían emparejado con nadie más que Evans Mitchell. Porque así era su mala suerte, así lo odiaban los profesores, y ese traidor que era Denzel se había marchado con una Gryffindor de pocas luces. Al menos a ella podía decirle que se quedase lejos, ¿pero él? Tierra, trágale.

¡Pero no literalmente! Era un peligro, lo que había ahí fuera, que los cazaba e intentaba devorarlos. Evans había insistido, el muy idiota, en investigar en esa cueva, y lo que salió de ella los hizo correr como dos almas en desgracia, ¡aunque el jodido intentó hacer tropezar a Joshua para evitar su escape y dejarlo de carnada! Ah, maldita sea. Y se habían encerrado en el tronco de un árbol hueco, con tan mala suerte que empezaron a forcejear y el árbol cayó por su propio peso encima de su maldita salida. Y ahora estaban a centímetros, completamente pegados, encerrados en el aire viciado de la humedad del tronco.

Escucha, Evans Mitchell… —iba a amenazarlo, pero no tuvo tiempo cuando escuchó ese sonido. — ¡Voy a matarte, Evans! —empezó a forcejear con él y, de haber podido, seguramente le hubiera pegado. Era un aroma horrible, ¡es que ese imbécil se estaba pudriendo por dentro! — ¡Eres un idiota! ¡No puedo respirar! —sentía sólo unas ganas intensas de vomitar hasta la primera papilla, ¡es que había que ser un cerdo para hacer eso en un sitio tan cerrado!

Incluso el oso de ahí fuera, al oler el fétido aroma del tronco, echó a correr. El forcejeo hizo rodar el árbol colina abajo hasta ser atrapado por una formación rocosa que lo rompió, lanzando por los aires a los dos jóvenes en su interior, y cayeron justo en. Maldita sea, eso iba de mal en peor. Eran aguas pantanosas, más bien lodo húmedo del que algunas ranas saltaron al momento de ser asaltadas en su vivienda, y cayeron dándose un completo chapuzón. Joshua no pudo evitar pensar que era mejor que seguir oliendo el pedo de Evans.
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Joshua EckhartUniversitarios

Evans Mitchell el Dom Jun 24, 2018 10:30 pm

Tú sabes, eso de rodar colina abajo no había sido precisamente lo más relajante para los músculos, porque para el momento en que quedaron liberados, ¡y mojados!, especialmente mojados, Evans se sentía más apaleado que si lo hubieran metido en una licuadora, ¡y mareado!, ¡y aterrado! Tan confundido estaba que, a pesar de ser un pantano, ya creía que se estaba ahogando, y pataleó revolviendo las aguas pantanosas como si la vida se le fuera en ello, causando un disturbio totalmente desproporcionado a la realidad de la situación, ya que lo único que tenía que hacer para no ahogarse era ponerse de pie, así, tan sencillo.

No hizo a tiempo, sin embargo, a darse cuenta del detalle, ínfimo detalle, de su sobreactuación, y lo primero que hizo en cambio fue sujetarse de un leño que flotaba en la superficie pantanosa, y que para su mala suerte, no era un leño sino un Dugbog, porque fíjate tú que en ese día, ¡nada era lo que parecía! Y por mucho que Evans se abrazó a aquel pedazo suelto de tronco como si hubiera encontrado la salvación, ¡eso no resultó cierto de ninguna manera!, porque a esta criatura no le gustó tanta confianza, y le dio un susto de muerte rebelándose a su agarre y atacándolo con sus dientecillos, que mordían no sabes cuánto, por lo que tuvo que correr a cámara lenta, de puntillas y avanzando a la par que impedido, para que ese tronco del demonio y su tribu no lo comieran a mordisquitos, ¡bichos de la hostia! Y así, cual caído de la guerra, Evans se arrastró hasta la orilla, luego de comprender algo de la situación, no sin farfullar incoherencias, reacción a la que tuvo que darle un alto si no quería tragarse un pedazo de tierra, o peor, una rana.

De pies a cabeza, recubiertos de lodo, así estaban. Y como si no fuera suficiente, Evans se quejó a voz en grito, picado, ¡otra vez, picado! Pero ya con los pies en la orilla, se quitó lo que llevaba encima y que le colgaba como trapo húmedo y sucio y escurrió su túnica habiéndola hecho primero un ovillo, y en eso estaba, al tiempo que hacía un repaso mental de todo lo que les había pasado, empezando por el momento en que un pájaro grandote y feo se había llevado sus varitas, dejándolos allí, abandonados y a su suerte, en vaya a saber qué parte del Bosque Prohibido.  

Sólo una cosa hizo que se sonriera, en tremendas circunstancias.
Y fue cuando miró a Joshua a la cara.

—Dime—
pidió, en un tono conciliador que dirías que no tenía. Especialmente, luego de haberse quejado a la tremenda. Su mirada, sin embargo, te tocaba de una forma particular, con un brillo hasta pícaro—¿Y en qué momento perdiste tú tu gorra?

Como si lo hubieran oído, los Dugbog del pantano escupieron un trapo todo roto que describió un arco de vértigo hasta caer con un golpe sordo entre ellos. Enseguida, supieron que en un tiempo anterior, aquella tela rota había sido una gorra. En otra época, de alegría y cosa buena, se entiende.

*


Evans se rascó el cuello, pero no le dio mucha importancia, ¿que sentía una picazón?, sí, pero era obvio por qué, tenía barro hasta por debajo de las orejas, y bueno, cuando juntas mugre, como que empiezas a tener cosquillitas, uno se imagina, así que no había nada raro en sentirse molesto, un poco. El caso era que caminaban entre las hojas, entre las ramas, y mientras tanto Evans avanzaba utilizando una vara larga cual látigo, sólo por hacer algo, y la vara silbaba en el aire, acompañando su tarareo, porque claro, no podía andar con la boca cerrada, y metía conversación, porque bueno, no era de las personas que podían vivir en armonía con sus pensamientos, en silencio.

—Oh, vamos—
Insistente que era, Mitchell—, ¡es sólo un juego! Tú dices una palabra, e inventamos una rima. ¿No les gustan esos juegos de ingenio a los ranveclaw?, ¿o tú eres muy poco ravenclaw? Veamos… Yo empiezo. ¿Qué rima con…—¡Oh, él en verdad fingió que se lo pensaba! Y luego soltó, casual—:… “gorra”? Espera, espera. Te enseño cómo es: “Josh tenía una gorra, parabumparabumpampán, pero después de irse a la porra, parabumparabumpampán, volvió y la tenía rota, parabumparabum…”—Rió, porque era muy gracioso, claro—¡Ok, no es así como se juega! Pero no esperaras que camine contigo TODO EN SILENCIO, ¡vamos! No es tan difícil, es sólo rimar, ¿sabes? Mira, si quieres desquitarte con alguien, ¡hazlo conmigo! Palabréame, vamos, ¡dame tu mejor rima! ¡Vamos, me aburro!

Rasca, rasca, Evans empezó a molestarse de tanto rascarse, y le echó una mirada a su hombro, ¡joder!, tenía un sarpullido, todo rojo y, ¡aaah!, ¿cuándo había empezado a picarle así?

—¡Oi!—Se removió en el lugar, toqueteándose el cuerpo, deshaciéndose por a comezón que comenzaba a quemarle, a sentirse, como, ¡oh, por favor, rascarse se sentía a gloria, ahora lo sabía! Evans detuvo la marcha y se arrojó de espaldas contra un tronco, frotándose… ¿esa era una nueva forma de hacer el idiota? Y no había nada más feliz que estar rascándose en ese momento, cuando… Evans abrió tanto los ojos, que hubieras dicho que se le salían, y a la menor oportunidad, ¡saltó del lugar!, justo cuando un tronco cargado de pinches surcó el aire en su dirección y se estampó donde momentos debía estar su rostro, ¿una trampa?—¡Joshua!—gritó, ¿porque quería advertirlo? No, más bien, porque le interceptaba el camino y quería pasarlo por encima en medio de una carrera, y fue justo cuando se fueron a chocar que, ¡FLAP!, quedaron encerrados en una red trampa, colgados en el aire.


¿Pero quién ponía una red trampa en el Bosque Prohibido?
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Evans MitchellUniversitarios

Joshua Eckhart el Vie Jun 29, 2018 10:04 pm

Joshua había decidido no hacer un drama mundial como Evans lo había hecho. Estaba mareado y asustado también, pero tuvo que detenerse un momento para contemplar su propia situación. Se encontró sentado en algún sitio mojado, sí, lleno de lodo. Lo cubría el agua viscosa hasta los hombros y se puso de pie despacio, con temor a resbalarse y caerse de nuevo. Luego se limpió el rostro y todo iba bien, ¡todo si no mencionamos el lodo, al estúpido de Evans y su flatulencia y al oso! Empezó a caminar hacia el borde, con Evans removiéndose como idiota en el agua hasta que sintió un mordisco.

¡Evans, maldición! —con su movimiento, el león había asustado a los dugbog del pantano y habían comenzado a morderlo, haciendo caer de bruces de nuevo al agua. Fue un forcejeo de dientes y brazos hasta que Joshua pudo escapar, casi arrastrándose y mitad corriendo, hacia el exterior del lago con una cosa valiosa de menos. — ¡¿Por qué sonríes, imbécil?! —cuestionó, molesto, y sólo entonces se dio cuenta de algo… ¿dónde estaba su gorra? Se llevó las manos a la cabeza, tocándose el pelo lleno de lodo y al descubierto. — ¿Qué? ¿Dónde…? —y eso se respondió solo.

La tela cayó de la boca de un dugbog, escupiéndola con tal malicia que parecía burlarse de su cabello al desnudo que goteaba un líquido marrón verdoso. Ya no era una gorra ni parecía que lo hubiese sido jamás en su vida útil, sino sólo un trapo roído del que colgaban hilos, lleno de baba de dugbog. Y el imbécil de Evans se reía, y se reía. Así que lo que Joshua hizo fue levantarlo con una rama para entonces lanzarlo directo a su cara, ¿no tenía suficiente con el lodo y el agua estancada? ¡Pues un gorro lleno de baba de dugbog como la cereza del pastel! ¿Lo peor? Fue que ese lanzamiento espantó a un pájaro grandote y feo con sus varitas en el pico que se iba alejando a paso tranquilo y de pronto voló.

***

Llevaba la túnica al hombro apretujada y llena de arrugas al haber sido exprimida. Iba pensando en cómo encontrar su varita sin morir en el intento, cuando había visto a aquel pájaro llevarse las varitas a un nido escondido. Es decir, le vieron volar y bajar a la distancia, seguramente creería que eran ramas cualquieras para poner en su nido, fue la deducción del Ravenclaw. Pero el estúpido león no paraba de intentar meterle conversación, de insistir en jugar, incluso intentó picarlo en el orgullo de Ravenclaw para participar en su tonto jueguito de palabras.

Eres un idiota, clásico Gryffindor —espetó Joshua al oír su rima sobre su gorra, rascándose en el antebrazo, ahí en el derecho. — ¿Por qué no puedes quedarte en silencio una hora? ¡Apaga tu cerebro un rato y déjame tranquilo! Si tuviera mi varita, te haría un hechizo silenciador, pero, ¿sabes qué? No la tengo porque hiciste que se la llevara un pájaro —no había sido culpa de Evans, pero Joshua lo culpaba por haberlo obligado a lanzarle su gorra. Y mientras hablaba, se iba rascando la pierna con ese gustirrín que se siente cuando uno se rasca donde pica. — ¿Quieres una rima? Pues Evans eres un idiota, tururú, ¿por qué no cierras la puta boca? Tururú, porque sólo migrañas me provocas —al final sí que sabía rimar.

Mientras rimaba había empezado a rascarse el mentón y pasó su mano hasta su nuca y su espalda y… miró que su brazo era más rojo que brazo. Se había llenado de sarpullido, seguramente debido al agua sucia del pantano. Había sido Evans el primero en rascarse como un maniaco todo el cuerpo y no mucho tiempo después lo siguió Joshua, cualquier cosa rugosa bastaba para empezar a rascar su cuerpo, volviéndose loco del ardor y la irritación, ni siquiera vio que Evans casi se muere con una trampa con pinchos, pero de lo que sí se dio cuenta fue del momento en que éste imbécil lo empujó y cayeron juntos en una red trama.

¡Auch! ¡¿Por qué no te fijas?! ¡Cuidado con tu rodilla! ¡Ah, maldición, pica mucho! —seguía rascándose como condenado, ahora él bajo el peso parcialmente de Evans quien le había caído encima. — ¡Evans, ráscame la espalda! —no se alcanzaba en el estrecho espacio que tenían en la red. — ¡Tenemos que bajar de aquí! —no porque fuera malo que estuvieran en una jodida red trampa, no porque fuera una maldita red trampa en medio del bosque, sino porque ¡no se alcanzaba a rascar ahí donde le picaba!

***

Hay algo peor que no poderse rascar la espaldita porque uno está demasiado apretado como para hacerlo, y es no poderse rascar en lo absoluto porque un gigante los había atado a una rama de manos y pies como si fueran animales, presumiblemente para comérselos. Desde que el Señor Tenebroso se hizo con el control del mundo mágico, en el Bosque Prohibido se rumoraba que habitaban criaturas mucho más peligrosas de las que en tiempos pasados, pero jamás habrían llegado a imaginarse que tanto. Y, además, les habían hecho una mordaza improvisada con una manzana, así, justo como a los cerdos, porque uno de ellos no dejaba de berrear insultos varios.
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Joshua EckhartUniversitarios

Evans Mitchell el Dom Jul 01, 2018 6:51 am

Al gesto de ¡guacala!, Evans apartó la gorra de su trayectoria—directo a la cara—, e inesperadamente se sonrió. No vio cómo esta fue a parar de un manotazo hacia cualquier dirección, impactando contra un pajarraco.

—¡Espérate!—protestó.

Al darse cuenta por el rabillo del ojo que huida tan sigilosa significaba un robo, ¿premeditado?, fue tironeado de tal forma por la prisa que le exigían las circunstancias que se lanzó panza abajo contra el bicho.

Ya era tarde para cuando éste emprendió el vuelo y Evans, hecho una plancha en el suelo de barro, alzó la cabeza abierta la boca como si esperara tragarse una mosca. Fruncía el ceño. Estaba de malas. Maldijo hasta mentarle a la madre picuda que tenía, ¡ese pajarraco!

¡Mierda!
 
Se apuró a enderezar las piernas y correr, sin importarle si Joshua quería llorar por su gorra. Había insultado al aire, un poco a Joshua, a Joshua otra vez, y por último, la culpa la tenía Joshua.

Darse en la punta del pie cuando optó por descargar su frustración de una patada al tronco más cercano, eso también estaba relacionado de alguna manera con el tan mentado orígen de todos los males. Y luego, para colmo, fue ese mismo Joshua el que ubicó al pajarraco otra vez, sacándolos de un apuro.

Se calmó un poco cuando empezaron a caminar. Se hacía difícil avanzar en el terreno disparejo. La suciedad la sentía como una capa de piel de oso polar encima. Tenía calor, y una picazón de la que empezaba a ser consciente hacía que se comparara con un perro pulgoso. Su humor era excelente. ¿Es que acaso no decían que una buena caminata te reactivaba la energía? O era que había gente que no se agotaba jamás, más si les dabas una ramita con la que ir de Indiana Jones con su látigo por las entrañas del Bosque Prohibido.

Pues Evans eres un idiota, tururú

Oh, mira, no le había salido tan mal, ¿eh? Menudo imbécil. Sin embargo, sintió que era él, Evans, quien se salía con la suya. Y eso le gustó. Es que lo iba entendiendo, el flow de una rima. Era todo un reto, y claro que Evans sabía de eso (había sido un fanático de Eminem en sus tiempos, tanto como para seguir toda aquella movida del rap). Así que se sonrió como te sonríes frente a los aficionados, con arrogancia. ¡Jo!

Hubiera querido contestarle, porque él actuaba como si todo aquello fuera una conversación normal. En mayor o en menor grado, lo era. Con ese gorras. Sólo que, en lo personal, prefería mantener las distancias. Ya sabes, no hacer sobre lo bien que rimaban juntos toda una historia de eso. La fortuna, en cambio, pensaba distinto. Tanto como para atraparlos en una red.

—¡Deja de moverte, mierda!

De hablar y de respirar también, si era posible. Que no era precisamente cómodo sentirlo removerse como una cosa viva entre sus piernas. Si Evans había hecho todo un escándalo antes, en esta ocasión, se comportó como todo un señor en comparación al mequetrefe ese, como un ejemplo de probada dignidad y silencioso rechazo.

Pero estaba crispado, y seguro que nunca había odiado a Joshua como en esa oportunidad. Porque le picaba, ¿ok? Le picaba el cuerpo con una sensación de calor ansioso y picante, y estaba tan desesperado. Joshua, ¡el muy estúpido!, se removía con tantas ganas que hacía que le diera tanto gusto cuando lo hacía con violencia, ¡que quisiera encontrárselo!, en el forcejeo, el roce. Por el gustillo que daba rascarse, ¿sabes? Hasta las cuerdas se tensaban con tanto ajetreo, y eso era bueno.

—¡Que pa…!—“¡Que pares!” En cambio, el reclamo de RÁSCAME TE DIGO, hizo que se interrumpiera. Tenía una bronca. Mira que lanzarle un golpe así de bajo. No se lo perdonaría jamás. Indignado, así se sentía. Se mordió el labio, haciendo acopio de paciencia. Sus ojos los tenía humedecidos, rojos, ¿del llanto? Un poco sí, pero le brillaban de la tirria que le tenía a ese momento, con Joshua—¡Por supuesto que no voy a rascarte la puta espalda! ¡Vete al demonio!—exclamó con sentida calentura, aunque sin gritar—No seas estúpido—escupió por último, ¿no muy convencido?

Aunque Joshua hubiera gritado a pleno pulmón sus propios pensamientos más profundos y salvajes, a él se le ocurrió insistir en restregarse contra la cuerda, siempre colocando una pata o un codo entre él y el gorras, de forma que quedara explícito el estremecimiento de pavor que sentía al experimentar tanto gusto… no, ¡el rechazo que sentía en esa situación!

***

Evans veía su vida pasar, colgado boca abajo y pendiendo de una cuerda. No había maldecido en un buen rato. Hasta el punto que era alarmante. Sólo había abierto la boca para escupir la manzana, con tal asco, tal violencia, que por un momento diríase que iba a soltar una pataleta a lo Evans Mitchell.

Eso no pasó.

Sí, había maldecido, había intentado con las negociaciones, pero el gigante ni caso. Tan sólo pareció molestarse por el escándalo de su voz, como si fuera un gigante muy delicado. Mientras, a Evans la sangre le bajaba a la cabeza, y era incómodo. Se sentía mareado, pesado. Puede que se le hubieran dormido las piernas. Todo en general era inconfortable e incómodo.

De a ratos, pensó que vomitaría. Pero allí, colgado  y a punto de ser comida de gigante, se estaba muy tranquilo. Si hasta habían tenido la suerte de estar a la sombra, mira tú. ¿Qué más querías pedirle a la vida que una buena sombrita? La verdad. Estaban jodidos.

Evans suspiró, antes de ver, con horror, como el gigante —que había estado masticando algo que NO era ellos, de momento—, ese pelmazo de gigante, se levantó y se encaminó hacia ellos, machete en mano. Listo para ¡ZAS!

Evans gritó, apostó la vida en ello.
Y cayó contra el duro, duro, suelo.

—¿Qué…?—Escupió tierra, ayudándose a incorporarse con las manos contra el suelo—¡Maldición!—soltó. Estaba asustado. A él nunca le costaba admitir su cobardía. Usualmente, salía corriendo. No había hacia dónde sin que el gigante lo alcanzara de un par de zancadas. Y entonces, hizo lo que cualquier hombre en su situación haría—¡Esto es tu culpa!—escupió, rastrillando la rabia por lo bajo y lanzándole una mirada acusadora a Joshua antes de alzar la cabeza, y ver qué quería el gigante.

El gigante tenía un problema. No podía comunicarse sino a través de gestos, efusivos y perentorios. Él los necesitaba para que llevaran a cabo una tarea que su tamaño o su estupidez no le permitía realizar. Cuál no sería la sorpresa de Evans cuando descubrió para ellos un nido señalándolos con vigoroso entusiasmo y allí, mirándolos con cara de nabo, estuviera ese pajarraco de antes, tan feo.

Si hasta se sonrió, ¿por su buena suerte?
¿Dónde está el nido?:

No hay descripción porque lo dejé a tu criterio. Estaba pensando en lo alto de una cima escarpada, en la pared de un precipicio, en medio de un GUAO, en medio de un tronco caído que una dos colinas o algo así. También, lo que el gigante quiere puede ser CUALQUIER OTRA COSA :3
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Joshua Eckhart el Sáb Jul 07, 2018 11:57 am

Evans era un idiota, sí, con cada una de las letras de aquella fortísima declaración. Además, hay algo que tienen los idiotas muy en común de hecho con personas con mal aliento (y válgame que Evans tenía los dos, a juicio de Joshua) y es que son los únicos que no se dan cuenta de ello. Y los demás, por supuesto, los demás son quienes sufren víctimas de ello. Así son las cosas, para bien o para mal. Había sido Evans quien espantó a aquella ave que se fue con sus varitas. Es decir, sí, Joshua había lanzado la gorra, ¿pero él le dijo a Evans que la tirase justo hacia el ave? ¡No!

Más tarde, fue Evans y no otro quien empezó esa superficial charla que a ninguno de los dos les interesaba realmente. Joshua, porque Evans era la persona con un cerebro no precisamente amueblado. De nuevo, a su criterio. Y Evans, él. Él no podía quedarse en silencio con sus propios pensamientos, eso era. Una cabeza tan llena de ruido que hacía eco y, al final, tenía que estar haciendo constante ruido porque no quiere escuchar lo que hay dentro. Más bien, como una persona que se niega a siquiera pensar unos minutos. ¿Nadie le había dicho que esa cabecita suya no sólo servía para pensar planes para joder a los demás?

Para colmo de males, la trampa. También culpa de Evans. Sí, Joshua lo satanizaba, Evans siempre era el malo del cuento, ¿y qué? ¿No ocurría acaso lo mismo en reciprocidad? ¿No creía el otro que Eckhart siempre intentaba perjudicarlo? ¡Y esa picazón! ¡Seguro que aquel idiota le había pasado sus pulgas! Y a la mierda los chistes de licántropos con sus pulgas, ¡eso no era gracioso! Bueno, quizá si estuviese en tierra firme podría ser un poquitito gracioso. Pero no si la broma la hacía Evans.

Los gritos y los forcejeos sobre cuál de los dos era más idiota que el otro, o quién tenía que dejar de forcejear, o dónde estaban esas rodillas peligrosas que amenazaban con dejarles sin descendencia, en la fricción frenética de las cuerdas restregándose contra dos cuerpos que en llamas ardían. Pero ardían de picazón y no de ninguna otra cosa. No había gusto suficiente en ese constante tallarse contra las cuerdas, la fricción vuelta loca, con ganas de más y siempre quedándose deseosos de sólo un poco más. Un poco más de rascarse.

***

Joshua no dejaba de preguntarse, muy a sus adentros, si había una persona en la faz de la tierra que dijese que quería morir siendo comido por un gigante. Pensaría, por supuesto, que no había nadie que pensara así, de una forma tan pesimista de la vida, su existencia reducida a la cena de una criatura más grande, violenta y con sed de sangre. Y, en los pensamientos de Ravenclaw o, mejor dicho, los pensamientos de algo mucho más oscuro que crecía adentro de él, se preguntó qué tal sabría la carne humana, ¿serían deliciosos?

Sacudió su cabeza, literal y metafóricamente, para esparcir los pensamientos y aclarar su mente cuando vio que tomaba un machete y. Ay, si iba a decapitar a Evans. En otro mundo, habría pensado que era incluso… divertido. Pero ahora no lo era porque si Evans, tan flacucho y feo como era, era el plato principal, ¡al gigante le quedarían muchas ganas de un postrecito! ¡Y él tenía cara de postre, a los ojos de la criatura! Cerró los ojos, apretándolos fuerte al oír el golpe seco de Evans y de su cabeza cayendo al suelo. Y acto seguido, el golpe lo recibió él.

El golpe de su espalda contra el suelo. No los había asesinado, sino liberado. Joshua se puso de pie, muy confundido, de hecho, y tocándose todo el cuerpo, incrédulo de estar con vida. Sólo cayó de vuelta en la realidad cuando escuchó esa molesta voz. — ¿Mi culpa? —inquirió, muy ofendido. — ¡Esto es tu culpa! —se defendió, inútilmente, porque el gigante no los había llevado ahí a discutir, no. Ellos eran herramientas, medios para llegar a un fin, y era mejor no hacer enfadar demasiado a ese gigantón.

El gigante tenía un rústico lenguaje. Gestos, principalmente, gestos y gruñidos. Gruñó, señalando al nido donde aquella ave ladrona se encontraba, mirándoles con cara de nada. Segundo, señaló a su boca, haciendo sonidos guturales hasta masajearse la panza. Y eran los tres gestos más significativos de su pantomima. ¿Quería cenarse al ave? ¿Era eso? Joshua miró al nido y, la verdad, sintió hasta pena. No quería dejar que se comiera a un ave. Pero, a la vez, necesitaban jugar al juego, porque necesitaban recuperar sus varitas. Y por “necesitaban” se refería a sólo él y a Evans podían comérselo si querían.

Ya, ya, te lo traeré —dijo, haciendo un ademán con la mano. El nido era gigante y estaba justo en el centro de un árbol caído que conectaba a dos precipicios. Más debajo de ellos se veía la nada, sólo la densidad de una neblina que no permitía ver más allá que su blanco espesor. Puso el pie sobre el tronco, y este crujió. — Quédate ahí, Evans, no soportará el peso de ambos —dijo, pero sus intenciones eran, más bien, tomar su varita y asegurar su propia supervivencia. Por ello empezó a avanzar, paso a paso.

Podía ver las varitas al borde de aquel nido. Dentro del mismo había tres huevos enormes de un precioso color marrón claro a motas más oscuras. Ahora estaba confundido, ¿quería los huevos o quería al ave? No lo sabía, Joshua sólo estaba seguro que quería su varita. Pero en un día tan tormentoso como ese, lleno de mala suerte, sólo se podía obtener lo que uno deseaba si se pagaba un precio alto.
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Evans Mitchell el Sáb Jul 14, 2018 6:46 pm

—¿Tú de qué vas?—increpó Evans, atajando del brazo a un aventurado Joshua. Que le había visto las verdaderas intenciones, a él no lo engañaba. Si confiara en él, lo dejaría ir solito, mira. No es como si le tentara la idea de subir y matarse. Tampoco era que lo aterrorizaran las alturas, pero los suicidios eran otra historia. Y eso olía a doble suicidio.

Detrás de ellos, el gigante se agitaba entre gruñidos. No se sabía si del entusiasmo, del hambre, o de la impaciencia. Probablemente, todo junto. Evans le lanzó una mirada aprehensiva por sobre el hombro, pero insistió en detener a Joshua, a como diera lugar. Pareció meditar algo, muy difícil. Luego, miró alternadamente al precipicio y a Joshua. Lo soltó. Era momento del diálogo. Tener una charlita. Entre colegas, vamos.  

—Ok, mira—Se cruzó de brazos, resoplido de por medio—. Ha sido un día de mierda—Mira tú, que forma más razonable de iniciar un diálogo, empatizando entre socios en la desgracia. Estaba haciendo un esfuerzo horroroso por sonar conciliador—Para los dos de nosotros—A él también, se le olían las intenciones. Pero al grano hombre, al grano. Evans estiró una mano amiga para apretarle el hombro, a su coleguita. Hizo el ademán, pero desistiría si el deseo de Joshua era el de apartarse. Porque ahora, Evans Mitchell respetaba su zona de confort, que quedara claro que él se acercaba en son de paz. Así de considerado era el “amigo”. En cualquier caso, nada le impediría hablar, direccionando su estrategia con el gesto determinado de sus manos. Porque sí, tenía una estrategia. No, “ellos” tenían una. De pronto, entre ellos se había establecido la más pura y dura y fraternidad—. Tú tienes que ir derecho, ¿ok? Y no mires abajo, ¡nunca mires abajo!—Buscó su mirada, como para certificar, con toda la intensidad del gesto, que estaban de acuerdo en ese punto—Sí, no te creas que es sólo mencionar lo obvio, ¿sabes? Porque cuando estás ahí arriba, es como instintivo, ¿lo sabes? Tu primer impulso es buscar el suelo, aunque sepas que no hay nada ahí. Tu mente—se señaló la sien con un índice, como si estuviera a punto de descubrirle el mundo para él, Joshua—jugará contigo. Así que tienes que repetírtelo—Y seguidamente, enfatizó cada una de las palabras—: “No miraré abajo”. Vamos, no seas tímido. Dilo conmigo: “No miraré…” No, no. Joshua, lo digo en serio. Porque estamos juntos en esto, ¿verdad?—Lo encaró, y sus manos describieron un bucle muy elocuente y enredado a la altura de su pecho, como si revolverá el aire entre ellos, y señalándolos alternativamente a ambos, en la complicidad de las circunstancias. Es que tenía esa forma tan gesticular de comunicarse, demandando atención. Pero se mordió el labio como si él mismo dudara de lo que dijera y elevó la perilla, altivo. Y muy, muy pensativo, hasta que soltó su carta de debajo de la manga, yéndose de la lengua, por supuesto—: Porque nosotros tenemos… algo, ¿verdad?—¿Qué?—Digo, últimamente, me siento mucho más conectado contigo, ¿no lo sientes tú también? Digo, porque después de todo lo que pasó con nosotros en la luna llena—Hizo una pausa, muy calculada. Dirías que hasta se sonreía. Pero si no lo hacía era porque no quería iniciar una discusión—Oh, vamos, no me pongas esa cara. Yo guardo tu secreto, ¿verdad? Y no he vuelto a mencionar el tema por un tieeeempo…—Si por “mencionar” se refería a “molestar”, pues. En eso, llevaba verdad. Una semana y media, a lo sumo, que no lo rondaba con el hocico. Seguramente, porque estaría ocupado con otros asuntos, y sólo por eso. ¿O se refería a otra cosa?—Me refiero a que casi me matas.

Oh, eso.

—Digo, tú deberías tener en algún punto sensible de tu alma…—
Lo miró de arriba abajo, señalándolo con un gesto abierto de la mano, como si buscara algo, viéndolo a través, desde la cabeza a la punta de los pies. No pareció encontrarlo, pero continuó—: Bueno, alguna gente que tiene alma. Sienten algo que se llama “culpa”. Normalmente. Ok, ok—Alzó las manos en son de paz—Ve por las varitas, Joshua. Las DOS varitas—en ese momento, su tonito de buen camarada se traicionó y le soltó una amenaza—: Porque te juro que si dejas que la mía se rompa o…—Retrocedió, tomando aire. Tragó duro, y se armpo de paciencia, de nuevo—Vamos, tráeme mi varita. Será como jugar al frisbee. ¿Qué?, ¿no sabes lo que es?, ¿y el yo la tiro y tú la traes? Tú tiras algo, y tu puppy va a por ello. Ok, no como el frisbee. Por favor. Sólo tráeme mi varita. Y estaremos a mano. ¡Honraremos esta nueva conexión entre nosotros! Hónrala, vamos. ¡Pero, ey!, no piensas largarte así como así con un pájaro que piensa atacarte en cuanto te acerques demasiado a su nido, ¿no? Porque, ¿sabes? Normalmente, un pájaro, picotea—Evans se agachó, buscando piedritas. Eligió una roca grande y dura, y se arremangó, preparado para lanzar. Lo miró—Yo lo espanto. Cuando él se aparte, tú aprovechas. ¿Vemos que pasa?, ¿camarada? Juntos en esto, ¿verdad?

Arriba, en el cielo, las nubes negras anunciaban tormenta inminente.
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Joshua Eckhart el Vie Jul 20, 2018 10:11 am

Nada es fácil con Evans Mitchell, eso es más que claro. Seguramente si lo hubiera lanzado por delante, Evans se habría quejado del por qué quería enviarle a él a la muerte posible a manos, a alas mejor dicho, de ese pajarraco feo. Ahora que él, tan buena persona, se ofrecía a ir a hacer el trabajo sucio, era Evans quien se quejaba porque quería hacerlo. Se talló el rostro, mirándolo con una expresión cansada, pensando, muy seguramente, muchas cosas sobre Evans sin que ninguna de ellas fuese precisamente agradable.

Ya, ya lo sé, deja de decirme cómo ir a recuperar las varitas —trató, sin éxito, de callarlo. — Entiende que… No, Evans, cállate —se quejó, hasta que él mencionó algo que, si no hubiesen estado en esa situación tan incómoda, habría sido motivo de sobra para que Joshua riera. — Lo único que compartimos es un día de mierda, de eso no hay duda —espetó. Era ese un tema demasiado delicado como para desear que precisamente Evans Mitchell lo mencionara, definitivamente. — No estaba en mis cinco sentidos —bufó, — sin embargo y si mal no recuerdo, no fui yo el que disfrutó de ahorcar al otro, ¿no es así? —inquirió.

Si Evans iba a sacar los trapos sucios, entonces él también iba a hacerlo. Ah, realmente sólo quería volver a su dormitorio, era uno de esos días en los que no había que salir de la cama. ¡Y encima lo amenazaba! Idiota, era realmente un idiota. El resultado final no fue sino otro que aquel que ya estaba predestinado desde el comienzo: Joshua yendo por las varitas y Evans haciendo el idiota, porque sólo eso le salía bien, aparentemente.

No era tan complicado, Joshua pensaba, si conseguía evadir los picotazos. No era tan sencillo como ninguno de los dos lo pensaba porque cuando estaba en posición, listo para tomar las varitas en un acercamiento calculado y rápido, le cayó una roca justo en la cabeza. — ¡Evans! —se quejó entre dientes. No fue el único golpe que recibió, pues la puntería de Evans daba asco. ¿O era Mitchell realmente pegándole a propósito? No tenía sentido, pues también su varita estaba en juego. — ¡Deja de pegarme, voy a…! —guardó silencio en cuanto lo vio, al ave mirándole.

Al demonio. Dejó de esperar la inexistente ayuda de Evans y se lanzó sobre el nido, tomando las varitas justo en el momento en que el ave, aleteando y con el pico por delante, empezó a agredir a quien osó perturbar su nido. Trató de hacer magia con lo que fue un palito cualquiera, de aquellos que en el manotazo había cogido junto con las varitas. Tomó la suya y el resto, palitos de madera y una varita, lo lanzó a la orilla por ayuda de aquel idiota. Pero esa varita no era la varita de Evans, sino una de castaño cuyo núcleo de fénix era fiel a su dueño y no respondería según fuera acordado.

¡Petrificus totallus! —pronunció. El núcleo de pelo de unicornio tampoco respondió según sus deseos y el hechizo rebotó, dañino, contra su ejecutor, causando que Joshua cayese de la rama al vacío a una muerte morta. Bien, no fue una muerte mortal, había caído justo encima de un árbol y sus ramas amortiguaron el golpe, perdiéndose entre la neblina que le impedía ver siquiera la rama más arriba. Miró la varita, la varita muy traidora, cuyo dueño era igual de traidor que ella. — Maldito seas, Evans Mitchell —masculló. — ¡Lanza mi varita! —gritó al cielo, esperando que lo oyese ese idiota, pues así podría subir.

No había forma aparente de conseguir subir de nuevo sin su varita cuando menos. Tampoco se fiaba de esa que él tenía en el momento para hacer magia, debido a la expulsión que había recibido gracias a ella. Una parte de él, cruel, pensó que desearía que Evans tuviese el mismo destino que él por la misma causa: una varita demasiado leal a su dueño. Había que encontrar otra manera de subir. O de salir de ese bosque que, con la suerte que se cargaban, resultaba mortal.
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Evans Mitchell el Jue Ago 16, 2018 2:15 am

No fui yo el que disfrutó de ahorcar al otro, ¿no es así?


¡Pero mira…! Mira, no le había dicho nada porque no eran ni el momento ni el lugar adecuados, eh. Porque no era cuestión de perder de vista el objetivo, ¿verdad? ¡Ah, pero mira…! La que se tenía que aguantar él por mera cuestión de buen juicio. Hijo de. Mira que sacar de nuevo ese tema. Enterradito que lo tenían. Pero no. Puto gorras.

Mira que insistir con sus mentiras.

Sí, puras mentiras. Después de todo, los dos tenían versiones muy distintas de lo que había sucedido aquella vez que…¿quinto, era lo que estaban cursando?  Como siempre, el gorras se las había arreglado para tocarle los cojones y enseguida se puso a lloriquear cuando le puso las manos encima. No había pasado nada más. Nada. Por eso, lo ignoraba cuando hacía algún comentario de esos (cual puñalada), que eran pura basura saliendo de una boca resentida. Sí, Evans lo negaba todo. Porque si el secreto es entre dos, hace falta dos para recrear una realidad compartida. De otro modo, si uno de ellos opta por la negación o el olvido, es como si nunca hubiera sucedido. La verdad quedaría silenciada. Una, que le molestaba especialmente.

Fue por eso que, al filo del precipicio, con la roca en la mano, fue difícil, muy difícil concentrarse en el blanco. Porque mientras lo ideal hubiera sido que le apuntara al pajarraco, lo cierto era que toda su bronca se concentraba en un solo punto. Era como si Joshua Eckhart atrajera todas las malas vibraciones de su corazón indignado, violento, abochornado. Sí, abochornado por razones que se llevaría a la tumba. Dicho de otra manera, ¡no era su culpa que le diera al gorras! Era sólo que… que… Es que el maldito narigón se metía en el medio. Y que nadie le fuera a decir que su brazo era una porquería para lanzar, porque él no pensaba reconocerlo. Intentó gritárselo, ¡que se quitara del medio!, pero el otro ni caso. Y no, que no usara la excusa de que sería porque estaba muy ocupado asegurándose de no caer. Que no era tan difícil.

No podía serlo, porque el gorras lo estaba haciendo. Hasta que la pifió en lo que hacía. A Evans casi se le cae el corazón de la boca al ver su varita surcar el aire en una curva de vértigo, arrojada por el gorras, quien también caía, pero en quien no reparaba más de lo que lo haría por su propia varita que caía, caía. ¡Pero!, se adelantó con las manos abiertas justo a tiempo, ¡sí!, ¿sí? Lo supo apenas sentirla en la mano, pero no tuvo tiempo de pensarlo demasiado, porque detrás de él el gigante, impacientándose, corrió en su dirección con cara de verse poco contento. Evans le arrojó un maleficio de conjuntivitis. O lo hubiera hecho, de no ser porque ESE PALO DE MIERDA, no le respondía.

Lo sacudió una vez y otra, sabiendo que se hallaba en apuros. Pero nada, ¡nada, maldición! En el apuro en lo que lo colocaban las circunstancias, Evans se subió al tronco sin pensárselo demasiado. Sin recordar al pajarraco. ¡Oh, pero se acordó de él! Sí, cuando un fuerte impacto le dio de lleno en la espalda, desequilibrándolo en el acto. Justo entonces escuchó la voz de Joshua, quien aparentemente seguía vivo. Oh, jodido gorras, nunca se había aliviado tanto de oír su amargada voz. Porque si podía oírlo, eso quería decir, que a pesar de la caída, él seguiría vivo.  Y con esta idea en el pensamiento, Evans cayó, cayó, atravesando la neblina, cayó, pasando por lo que parecía Joshua colgado de un árbol, cayó… ¿¡Qué!?, ¡y él seguía cayendo! ¡Y PAF!, un río angosto engulló su caída, y el agua burbujeante y revuelta lo arrastró hasta una orilla de troncos sueltos. Empapado, emergió del agua chorreando como una mojarrita, boqueando y con el corazón todavía presa del miedo de la caída, que se negaba abandonarlo. Y el agua estaba fría, fría. Temblaba.

Muy enojado, al llegar a tierra firme arrojó la varita al suelo, maldiciendo por dentro. La muy bastarda. Era una inútil. Entonces, alzó la mirada, buscando al inútil del dueño. Y mira que sería miserable su corazón, porque al verlo allí, atrapado, y casi podía asegurar que doblemente más jodido que él, sólo por eso, se dobló con las manos en las rodillas y se empezó a carcajear de lo lindo. No, que no era de mucha ayuda. Pero tampoco intentaba serlo, una ayuda. Al menos, no parecía que se esforzara mucho, partiéndose de la risa.

—¡Oi!—
recuperando la compostura, de a poco, lo llamó a Joshua a gritos—¿Necesitas una mano?, ¿qué?—fingió sordera y se llevó una mano cerca del oído, de forma de ampliar su sensibilidad acústica, en apariencia—. ¿Tú estás diciendo las palabras mágicas?, ¿”Por favor”?


Última edición por Evans Mitchell el Mar Ago 21, 2018 3:57 am, editado 2 veces
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Joshua Eckhart el Lun Ago 20, 2018 10:22 am

Entonces vio a Evans caer y caer, atravesando la neblina, cruzar por en frente de él. No cayó en el árbol, como él había tenido la suerte de hacerlo, sino que continuó con su caída hasta un río. Joshua no pudo evitarlo, soltando una carcajada al verlo en el agua, saliendo empapado mientras él disfrutaba del espectáculo desde ahí arriba. Bien, no era una idea buena reírse cuando su situación no era precisamente la mejor, ¿pero acaso importaba? Cuando se trataba de burlarse de Evans Mitchell, no parecía ser importante nada más que lo evidente: lo ridículo que era en algunas ocasiones.

¡Oye, idiota! —se quejó debido a la forma en que arrojaba su varita en el suelo. — ¡Lánzame mi maldita varita! —le dijo cuando finalmente se le acabó el ataque de risa al otro. Entrecerró los ojos, molesto debido a su contestación. — ¡Vete al demonio! —no, no iba a pedírselo por favor, no importaba cómo tuviera que arreglárselas. Era culpa de Evans que estuvieran ahí, en primer lugar. No estaba seguro del momento en que empezó a ser su culpa, pero lo era, sólo con eso podía contar y estar verdaderamente seguro, porque la culpa siempre era del Gryffindor hasta cuando no lo era.

Empezó a moverse a través de las ramas de aquel árbol con mucho cuidado, sintiendo cómo crujían y temblaban bajo su peso, amenazando con ser demasiado frágiles como para soportarlo. El corazón se le agitaba cada vez que creía que iban a romperse, el sudor perlándole la frente, sólo faltaba un poco, un poco más para llegar al tronco más firme del árbol desde donde podría comenzar a descender poco a poco, pero el destino tenía otros planes bien diferentes. No parecía nada querer irles a salir bien ese día, ¿por qué?

Básicamente, lo que había sucedido era que luego de que Joshua reptara torpemente hacia el tronco, la varita de aquel petardo se activase sola. ¿Entonces? El hechizo le dio a un panal y no lo destruyó, sólo hizo enfadar a unas muy molestas abejas que empezaron a zumbar violentamente saliendo como una estampida de su panal con sed de sangre de aquel que osase molestar su trabajo. Joshua tuvo dos opciones y ninguna mejor que la otra: dejarse picar y bajar sanamente, con altas probabilidades de caer, o caer directamente rezando que cayese sobre algo suave.

La respuesta fue obvia, entre un mal y otro mal peor: se dejó caer, un salto de fe hasta donde llegase. Sabía que no debía caer sobre el agua o significaría una muerte segura, sólo tenía dos opciones: recuperar su varita o echar a correr como alma que lleva el demonio. La parte buena, por cierto, es que sí que cayó sobre algo mullido: el cuerpo de Evans Mitchell. Sí, en aquel salto, no le dio tiempo a Evans de apartarse del camino de su colisión contra el suelo, y los dos fueron a parar ahí, empezando un forcejeo de ambos queriendo recuperar su respectiva varita.

¡Tú la lanzaste, idiota! —reclamaba, cuando su varita no la tenía Evans sino que estaba en el suelo, y él por su parte, en su molestia, tampoco soltaba la del otro hasta que casi tuvieron a los bichos encima, que se apartó rápidamente del león para correr a por su varita, sabiendo que iban a devorarlos enteros. Algo peor que una abeja era una abeja que había estado demasiado tiempo en terreno mágico. La magia es energía y, a veces, esta se impregna en las cosas que tiene alrededor. Si las abejas se alimentan de polen mágico… Que Merlín les libre.
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Evans Mitchell el Mar Ago 21, 2018 5:30 am

Conque irse al demonio, eh. Je. Así era como Joshua respondía a sus gestos de buena fe. Bien, buena suerte con eso de intentar tocar suelo sin accidentes. Evans se quedaría allí, de pie, como un expectador, siendo testigo de cómo se rompía el cuello al bajar. Luego que no le dijeran que él no había ofrecido su ayuda.

—¡Ey!, intenta con el pie un poco más a la derecha—gritó, sólo por jorobarlo. No contento con eso, se empeñó en meterle conversación—: Tú sabes, si bajas de una sola pieza, no tendré que cargar contigo. Apreciaría el gesto. Porque, nada más insoportable que tú, quejándote de la vida.

No, no es que Joshua estuviera sordo. Evans había dejado implícito el mensaje de que cargaría con él. Hasta dónde cuando decidiera que era mejor tirarlo en el camino, eso no lo aclaraba.

—¿¡Qué!?—De un susto, Evans bajó la mirada sin saber con qué se encontraría esta vez. Y mira que ya le estaban hartado las sorpresitas en ese día. Se sacudió la pierna, porque resultó que un cangrejo había decidido aferrarse de la tela de la maga de su pantalón, ¡mierda!—Joder, con este bicho—masculló, sin tener idea de lo que pasaba arriba. Una y otra vez se sacudió la pierna sin suerte, porque mira que el bicho no lo soltaba. Resolvió que tendría que darle con una piedra o algo, pero entonces. Tuvo la genial idea de alzar la mirada, como presintiendo…

No, no había forma de que hubiera podido presentir ESO, Joshua arrojándosele encima, Joshua tan cerca como el espíritu de una pesadilla vengativa que te salta a la cara cuando menos te lo esperas. ¿Y qué hacer cuando las circunstancias te apuran? Largarse de ahí, claro, en el preciso instante en que se dio cuenta de que O SE MOVÍA O LO HACÍAN PAPILLA, porque si de algo estaba seguro, era de que Joshua no era precisamente “ligero como una pluma”. Rápido, rápido, había que moverse. Se volteó e intentó escapar del impacto a la desesperada, pero ¡PLAF!, sólo consiguió que le aplanaran la espalda, y caer de boca contra la gravilla del suelo. ¡JODER!

¿Y dijo siquiera, “lo siento”?

No, claro que no, sólo le recordó lo muy resentido que era, acusándolo de dejar tirada su varita, que por cierto, no servía para nada. Porque en lo que a Evans concernía era un palo inútil. Ni replicar pudo, porque se quedó sin aire. El golpe le dio tan duro que sólo llegó a agradecer en silencio cuando sintió que ese culo gordo se le salía de encima y boqueó con el alivio de los condenados cuando ven la luz del día. Sólo que. Detrás de él, venían las abejas.

—¡Mierda!, ¡dame mi…!—“¡Mi varita, condenado infeliz!”. ¿Lo había usado de colchón humano en una caída libre?, ¿de verdad? Hijo de puta. Tosió mientras se reincorporaba, con los brazos todavía en el suelo—. ¡Esta…!

¡Esta me la pagas!, o eso le hubiera dicho, de no ser porque puso todo su esfuerzo en levantarse del suelo y aventarse en una carrera contra Joshua, tan empeñado en ir a buscar su varita. Porque seguro que se daba cuenta que a nadie le ponía contento que se te arrojaran desde metros de altura. Si Joshua intentó apuntarle con la varita, pues mala suerte. Porque Evans se le arrojó primero y los dos fueron a parar al suelo. Fue entonces que Evans se percató, de que algo le picaba. Tsk. Se llevó una mano al cuello y aplastó de un solo golpe la, ¿eso era una abeja? Sí, pero de haber sido sólo una, no hubiera habido problema. Su primer impulso fue arrojarse al agua y ahogar la cabeza allí, ¡todo porque no encontraba su varita! Pero se lo pensó, a pesar de estar envueltos por el zumbido de la colmena, y forcejeó con Joshua por obtener su varita.

—¡Ventus!

La colmena fue absorbida por un torbellino de viento, sin que pudieran soltarse o volar a su albedrío, pero no estaban muertas o neutralizadas. Al ser lo primero que se le ocurrió en tan poco tiempo, Evans quedó momentáneamente satisfecho. Respiraba agotado, de pie y con la varita en alto, apuntando al cielo, allí donde las abejas se arremolinaban sin poder escaparse de la prisión de aire.

—¿Tú qué esperas?—gritó. ¿Qué? Por la bronca con que se dirigía al gorras, le estaba echando en cara lo lelo que era—. ¡Quémalas!, ¿o de dónde crees que me saldrá una segunda varita? ¡Las estoy reteniendo! ¡Quémalas, joder!
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