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│ │ What a lovely dog! — Danny.

Camille A. Leclair el Mar Jun 12, 2018 2:25 am


¡El móvil, carajo, el móvil! — ¿Cómo era posible que esto le ocurriera tan seguido? ¡Que había revuelto toda la casa y aún no lo conseguía! Y es que en serio, como ocurriera un poco más a menudo, se le iba a caer la cabellera dorada del estrés, no se podía ser más distraída, o bueno, no se podía vivir bien siendo más distraída, que no era lo mismo. Corría por todos lados, revolvió toda la cama, revisó cada una de las mesas, cada gaveta, miró en la cocina, pero nada, ¿Dónde demonios podía esconderse un pequeño teléfono móvil? No sabía si le ocurría a todos, pero el suyo particularmente parecía un maldito ninja, ¿A quién carajos se le pierda el móvil tres veces en una semana? Y sí, por si lo preguntaban, aún era lunes por la tarde, ¡Tres veces y apenas era lunes! A veces no sabía si pensar que la vida la odiaba, o es que ella misma la tomaba sin cuidado la mayor parte del tiempo. Cada tanto pensaba en que debía comprarse una recordadora, y sonaría increíblemente estúpido e increíble, ¡Pero siempre se le acababa olvidando! Únicamente en estos momentos de urgencia, recordaba lo estúpida que podía ser de vez en cuando, y que su memoria de pez necesitaba un empujón la mayor parte del tiempo. Lo peor, era que con lo solitaria que era su vida justo ahora, no podía darse el lujo de pedirle a alguien más que le llamara para así siquiera escuchar el repique de su teléfono, porque justo en estos momentos, ni siquiera tenía a alguien cerca para que la llamara, la voz de su abuela resonaba en su mente en cada uno de estos momentos, con su típico 'Un día de estos sales sin bragas' Y luego su estruendosa risa, porque si había algo que disfrutaba la señora era burlarse de ella, ay, como extrañaba a su adorable saco de lágrimas.

A veces le daba lástima la vida que llevaba hoy día, y es que cualquiera se sentiría deprimido al prácticamente no hablar con nadie, comer básicamente lo que pudieras robar de alguna tienda en tu forma de animago, además de las sobras que uno que otro buen samaritano le daba a un adorable perro Samoyedo que siempre deambulada por las calles de Londres, y era mejor que no preguntaran como había logrado hacerse con maquillaje, que fue algo así como misión imposible, pero la mujer no podía pasar más de un día de su vida sin maquillaje, aunque no saliera demasiado seguido en su forma humana al mundo exterior, solo por si ocurría algún inconveniente y debía transformarse en un lugar indebido, y luego coger rumbo hacia su refugio, se maquillaba de todas formas, porque primero muerta que sin una gota de maquillaje. Hombre, tampoco un maquillaje como para una fiesta de gala, pero si un poco de base, compacto, la sombra en las cejas y un poco de brillo labial, era lo más casual que tenía, ¿Pero qué podía hacer? Adoraba el maquillaje con toda su vida, aunque ella misma se consideraba hermosa sin él, a veces le gustaba que ella misma era una obra de arte, y que solo se estaba aplicando distintos colores y detalles que la hacían mucho, pero mucho más artística.

Y es que nadie creería que pasó más de media hora, a punto de volverse loca y paséandose por toda la casa, haciendo de todo un lío, cual huracán que arrasaba con todo a su paso, bueno, así mismo, tan solo para que luego se le encendiera el foco, que la muy imbécil tenía magia y que utilizara un Accio para atraer su teléfono. Así no podía saber con plenitud en donde lo había dejado, pero por lo menos ya Camille tenía el móvil entre sus manos, tan solo para darse cuenta que no tenía nada interesante, de hecho, estaba casi sin batería y no había recibido ningún mensaje, solo unas cuantas solicitudes de seguimiento en su cuenta falsa de Instagram, con la cual seguía a algunos de sus antiguos conocidos. Esa, precisamente era otra cosa que odiaba de ser una fugitiva, ¡Con lo que ella amaba las redes sociales y no se sentía segura utilizando una! Porque, para huir como Dios manda, había que borrar toda huella de tu existencia, eso incluyendo todas tus redes sociales, con esas fotos preciosas repletas de likes... Basta, nadie quiere lágrimas.

• • •

Ya daba un pequeño paseo por las calles de Londres, no demasiado lejana al lugar en el que se refugiaba, la casa que había comprado su abuela en el lugar hace tantos años, pero que no usaron demasiado, todos la miraban caminar en su forma de perro, haciendo comentarios sobre ella y algunos ofreciéndole comida, ¿Pero cómo no? ¡Si era un can todo adorable! Pero no aceptó ni un bocado de comida, luego de todo el lío con su móvil, se preparó una ensalada de frutas, porque había tenido la suerte de que, mientras caminaba por las abarrotadas calles de Londres, alguien dejó una bolsa con unas cuantas frutas por ahí tirada durante unos cuantos segundos, y entre tanta gente, ¿Quién se habría dado cuenta de que un bonito y esponjoso perro blanco se las había llevado? No, nada había pasado. El clima era bastante fresco, no hacían más de 18°C en el lugar, por suerte, ya que aunque no le había ocurrido hasta el momento, debido a los pocos meses que llevaba dominando 'correctamente' si se podía llamar así a su forma canina, aún no había tenido que vivir el invierno, pero probablemente sentiría un frío fatal con un clima tan helado, si ya en su forma humana, con un montón de ropa y cobijas encima era bastante friolenta, no quería imaginarse en su forma de animaga, donde su única protección ante el frío era su abundante pelaje blanquecino.

¡Que perro tan encantador! — Escuchó exclamar a un señor, mientras que ella se encontraba sentada junto a una banca, en medio de un colorido parque al que siempre le gustaba ir, tenía la mirada perdida en una tienda de música muggle a la cual amaba con toda su vida ir cuando tenía a su amiga Lucy con ella, ay... Pobre, lo último que supo de ella fue que la llevaban a Azkaban. De repente, sintió como aquel señor se le acercaba, buscando acariciarlo con su mano, aunque pensó que en realidad no lo haría, hasta que sintió su áspera mano acariciando su pelaje, ¡QUÍTESE, VIEJO VERDE! ¡POLICÍA, POLICÍA!

Que susto, con lo que detestaba que cualquier persona fuese a ponerle la mano encima en plena calle, ¿Es que la gente no entendía que era raro ver a cualquier señor por allí acercándose a tocarte? No sabía si era porque en realidad ella era una humana, y no se acostumbraba a que un desconocido la toque, pero ni siquiera en su forma canina se dejaba tocar de cualquier persona, ¡Con lo abusadora que es la gente en este mundo! No se podía confiar en cualquier caricia. Nuevamente, sus ágiles patas se movían por las calles de Londres, hasta encontrarse con un puesto de salchichas que se le hacía bastante familiar, si es que casi a diario pasaba por allí, y el encargado del puesto de comida le lanzaba una salchicha para que comiera, la ventaja de tener la forma de un perro tan adorable, era que conseguías comida donde quisieras con solo hacer ojitos. A pesar de que no tenía demasiada hambre, aceptó amablemente cuando el adulto lanzó la salchicha, y empezó a comerla sin siquiera pensarlo dos veces, porque ella no se negaba a esas delicias.

Luego de deleitar su paladar con esas tan sabrosas salchichas que, gracias a su dulzura, comía casi a diario, se dispuso a caminar nuevamente, pero no sin antes echar un vistazo hacia atrás, porque con lo paranoica que era cuando caminaba por las calles, no podía dar más de veinte pasos sin revisar quien tenía detrás de ella, y allí, en medio de la gente pudo ver un rostro bastante familiar, un rostro que había tenido que ver a diario por muchos años en el castillo, y es que esa cabellera rubia y cara de niña buena no se olvidaba muy fácilmente, y tanta fue su sorpresa al ver un rostro familiar luego de tanto tiempo, que en medio de su rumbo, chocó contra el carro de salchichas, ¡Siempre ella tan descuidada! No pasó nada, no pasó nada.
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Danielle J. Maxwell el Mar Jun 12, 2018 5:03 am

Girl me nuh stay like dem bwoy deh weh put yuh down —cantaba con voz grave, con los cascos puestos, mientras le daba y le seguía dando al skate por aquella acera peatonal.

Y os preguntaréis: ¿pero qué narices estás cantando, Danielle Jacinta de todas las Mercedes? Pues chico, yo qué sé. Se me había roto el iPod porque mi maldito mono rebelde y travieso me había trolleado de mala manera, tirándolo por la ventana aparentemente 'sin querer'. Pero de verdad te lo digo: ese mono tiene a Satán en su interior. Era la reencarnación del diablo en Tierra firme y me había tocado lidiar a mí—y a mi abuela—con él. Y claro, debido a que mi mono—de nombre Val—me había roto mi queridísimo iPod con música que yo amaba con todo mi corazón, me había visto en la obligación de coger ese MP3 cutre que tienes desde el año de la pera, cuyo interior es incierto y misterioso. Con la misma te puedes encontrar con los Backstreets Boys en plena época de oro, como con música muy turbia que no recordabas, como con TEMAZOS que flipas en colores psicodélicos porque no recordabas ni su existencia. Y, bueno... jeje...

¿Sean Paul tuvo también una época de oro, vale? Juro que no estoy cantando en arameo antiguo, sino que estoy cantando modo Sean Paul, así como si tuviera una patata en la boca lo suficientemente grande y gorda como para vocalizar lo mínimo posible y aún así sonar con flow.

I, I'll do anything I could for ya. Boy you're my only...

Música que está escuchando Danny con todo el flow de la vida:

Y todos somos conscientes de algo realmente importante en esta vida: la música era la banda sonora de la vida. Y cuando ibas sobre un skate, en un coche, en un taxi, o admirando con filosofía a través de la ventana del autobús mientras escuchabas música, tú eras consciente de que eras parte de un videoclip imaginario lo suficientemente épico como para vivirlo al cien por cien. No era cuestión de poses, ni tampoco era cuestión de la canción. Tú lo vivías. Tú sabías que si esa música estaba sonando en tu oído, daba igual que otra persona no pudiese escucharlo. Tú lo transmitías con tu flow, con tu movimiento, con tu vídeo, con tu todo. Y claro, yo estaba ahora tan motivada con esa canción del año de la pera (comprendiendo 'año de la pera' entre el 2008 - 2012) que me pasaban dos cosas: la primera, me sentía en un videoclip propio de Lady Gaga fingiendo ser Maria Magdalena y, segunda, me estaban entrando unas ganas tremendas de ir a la discoteca (hoy, lunes, sí) a bailar. Bueno, a perrear. ¿Cómo me iba a gustar, así, repentinamente, hacer esas cosas? ¡Maldito alcohol y maldito Edward Westenberg con su espectacular baile del ave fusil magnífica! ¡Me ha pegado su gusto por el baile!

Que me desvío.

El caso es que iba yo tan tranquila, creyéndome Lady Gaga e imaginándome en la discoteca, bailando este temazo de la vida, que no lo vi. No lo vi. No vi que aquel carrito de perritos calientes se estaba moviendo. A ver, en realidad si lo vi, ¿vale? Hasta el momento no soy ciega, ni gilipollas, pero sí que era un poco torpe y mis reflejos eran bastante cutres en comparación con el de la media del resto de humanos. Así que claro, mi capacidad retardada de reacción, acompañada de que mi mente ahora mismo estaba en Sidney saltando con los canguros, además de que iba rápido, había hecho que... colisionásemos. Aunque lo admito: el principal motivo de perder mi estupenda concentración fue haber visto como un perrito se chocó contra el carrito. O sea, ¿había cosa más mona que un perro chocándose? ¡Será adorablemente imbécil!

Y claro, yo fui detrás. De cabeza.

¡Lo siento! —dije en medio de la caída, dramáticamente, tal y como se vio, debió de parecer que le estaba pidiendo perdón al suelo por el inminente impacto de mi culo contra él. En realidad no pasó nada. No soy una bolita de cuatro cientos kilogramos, por lo que lo único que pasó es que al intentar desviarme, mi skate chocó contra la rueda del carrito, paró de golpe y yo salí despedida hacia adelante como una idiota, llevándome un par de salchichas por delante al intentar sujetarme. Pero no, caí al suelo de rodillas, para luego girar para que el mayor golpe se lo llevase el trasero. Ya tenía práctica cayéndome de boca con el skate, es el pan de cada día. —¿Están bien todos? —Me quité los auriculares y miré hacia arriba, lugar en donde todo el mundo me miraba pues la única que no estaba bien era yo.

¡Estos jóvenes con esos artilugios tan peligrosos algún día se van a matar! —Susurró una señora que seguía de largo.

¿Estás bien, hija? —Me preguntó el señor de los perritos calientes: El Señor de los Perritos. Me tendió la mano para ayudarme. —Ten más cuidado la próxima vez. Y recógeme las salchichas que has tirado, hazme el favor.

Yo asentí, cogiendo las salchichas del suelo, levantándome para ir a la papelera a tirarlas. Sin embargo, vi al perrito retrasado de cabeza dura por ahí, observándome con curiosidad. Qué lindo y qué cara de tontito. Yo a todos los perritos les veía cara de tontitos, ¿vale?

Hola. —Lo saludé.

Sí, lo saludé. Como lo lees.

Yo era de esas personas retrasadas que saludan a los animales aunque no te entiendan, ¿vale? Yo soy feliz, déjame vivir. Así que miré a ambos lados por si era de alguien, cogí una salchicha y... se la tiré, cebando al pobre animal. Luego dejé el resto de salchichas cerca de la papelera, pero no las tiré dentro. Quién soy yo para negarle comida rica a perros vagabundos. Luego, sin percatarme mucho más en el perro, cogí mi skate, di un par de pasos sin él y luego volví a subirme, deslizándome de nuevo por la acera mientras me volvía a poner los auriculares.

En realidad ya estaba prácticamente al lado de a dónde iba a ir: una tienda de música muggle en donde quería comprar un vinilo especial.
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Camille A. Leclair el Mar Jun 12, 2018 7:29 am

Será estúpida, esta mujer, en los poco más de dos años que tenía de no verla, no había cambiado ni un poquito. Y no, no se refería en nada al aspecto físico, porque sí que había cambiado un poco, incluso se atrevía a decir que estaba más guapa, o probablemente era que el uniforme no le sentaba, pero mira que una cosa es chocar contra un carrito de comida rápida en forma de perro y ya, ¿Pero chocar con el skate y salir volando? ¡Será idiota! Siempre lo había sido, y siempre lo sería, aunque ella misma no fuese quien para llamar a alguien así. Como hubiera estado en su forma humana, habría pasado horas tirada en el suelo, riéndose cual foca con epilepsia, pero no podía, porque estaba en su forma de animaga, y lo único que hizo fue acercarse un poco al lugar en el que había caído la rubia, y verla allí, sentada en el suelo justo luego de recibir el impacto.

¿Alguien sabía como se reía un perro? Porque ella necesitaba hacerlo ahora mismo, pero no le salía más que una risa de perro estúpido, ay, en estos momentos era que extrañaba la estruendosa carcajada de su forma habitual, que como hubiera estado junto a ella en esa caída, le habría hecho bullying de por vida. Ay, como extrañaba meterse con ella. En Hogwarts jamás habían sido muy cercanas, es decir, ¿Qué clase de persona prefería a Squirtle sobre Charmander? Pues, para ella eso era una total falta de respeto, y cuando ella se enteró de esa atrocidad en el castillo, nunca la vio con los mismos ojos, ¡Si el pequeño Charmander es una monada!


Once años de edad, su estadía en Hogwarts había sido corta, no más de unas cuantas semanas habían pasado desde llegó al castillo, pero si de algo estaba segura, era que lo amaba. Y es que luego de toda una infancia común y corriente, repleta de actividades 'muggles' como les llamaban allí, era fascinante comprar una varita, una lechuza mensajera, poder volar, hacer hechizos, preparar pociones con efectos mágicos y variados, y eso era tan solo lo que la pequeña había tenido oportunidad de ver hasta el momento, había leído también libros acerca de criaturas mágicas, donde se hablaba incluso de dragones, perros con tres cabezas, unicornios, y otra criatura llamada bicornio, ¿Se imaginan eso? Como un unicornio, pero con dos cuernos ¡Doblemente divino!

Incluso la gente que había conocido allí era increíblemente agradable, había entrado a Hufflepuff, ¡Sí, a Hufflepuff, la casa del tejón adorable! Y no podía quejarse, todos sus compañeros de casa eran amor puro, y la habían recibido con todo el cariño del mundo, que era lo que ella necesitaba en aquel momento, tan poco tiempo luego de haber perdido a sus padres. Los únicos que le desagradaban eran esos idiotas de Slytherin, ¡Se creían que podían ir por ahí metiéndose con los demás por tener una serpiente en su uniforme! Pues no, porque la vida no era así, y ya ella se lo había demostrado a uno de esos capullos, Nicholas se llamaba, y le había dejado el rostro morado por intentar meterse con ella, porque nadie se metía con Camille Leclair. Claro, que luego de eso le bajaron puntos a su casa, y ella moría de la pena por ser un peso para sus compañeros, a pesar de que ellos hubiesen aceptado su falla con todo el amor del mundo, e incluso le hubieran dicho que no estaba nada mal, con tal y no se repitiera.

Debes estar de broma — Sus oídos no podían creer lo que estaba escuchando, que con el cariño que le había cogido a la chica las últimas semanas, ¡Esto era traición, traición! ¿Qué acaso por esto no bajaban puntos aquí pero si por defenderse del bullying? — ¿¡Qué te pasa, me dices que prefieres a esa fea tortuga antes que a mi dulce Charmander!? — Sí, esos berrinches de niña pequeña que ella tanto armaba, y no porque no obtuviera lo que quería, no, sino porque siempre había sido demasiado necia y obstinada en lo que se refería a sus creencias, para aquel entonces, aún era un poco cabeza hueca con eso de que cada quien tiene gustos diferentes, ¡Pero que gustos tan raros tenían algunos! Danielle Maxwell no era la excepción. Una rubia bastante adorable, le agradó desde el momento en que la vio, aunque era un poquito introvertida para aquel entonces, sentía que eran bastante similares, ¿Pero esto? Esto era una diferencia abismal.

Bueno, tampoco es como si fueran tan similares, mientras que Camille era un poquito más extrovertida y no se dejaba molestar por nadie, Nie, como le gustaba llamarla, era un poco más cerrada en muchas cosas, y los de Slytherin habían intentado aprovecharse de ella desde su llegada al castillo, pero los últimos días, el acoso se había vuelto un poco más intenso, ¡Con la de cosas que había en el mundo mágico y no hay una política anti-bullying! Por suerte, la francesa tenía la más efectiva política contra el acoso de la vida, y se basaba en 'Si me tiras un insulto, te tiro un diente' 100% efectivo, recomendado por ella — ¿Es que no lo ves? ¡Míralo, si es un lagarto todo precioso, y su colita tiene fuego! ¿No ves el fuego en su colita? — Y aunque ella la mayoría del tiempo no fuese agresiva, o bueno, no sin una razón aparente, pero vamos, había que entenderla, que estaba pasando su primer periodo, sí, justo luego de entrar al castillo le había venido esa cosa del demonio, ¡Y ella pensando que se estaba desangrando porque su abuela nunca le dio la charla! Eso combinado con su amor incondicional por Pokémon, le hizo abalanzarse sobre la rubia, no a golpearla, pero si a pellizcarla con todo el odio del mundo y a halarle el cabello, ¡Y pum! Puntos menos para Hufflepuff otra vez.

No supo muy bien qué hacer, ¿En serio la había saludado? No, no, ella no la pudo haber reconocido en su forma animal, pero, ¿Y si lo había hecho? ¿Y si alguien la descubría? Por lo menos podía estar totalmente segura de que ella no apoyaba el nuevo régimen, por lo cual podría estar segura con ella... ¡Pero no! Que como eran de tontas, se juntaban y seguro las ponían presas a las dos, por torpes. Se apartó un poco al no saber que hacer, como se ponía ella de paranoica cuando estaba en las calles y esta venía a saludarla como si nada, y ya en su mente podía ver como se mostraba frente a ella en un lugar indebido, y la apresaban por confianzuda. Eso sí, no rechazó la salchicha que la muchacha le arrojó, porque como ya se sabía, ella nunca rechazaba una exquisitez de esas. Con la cantidad tan abrumadora de dudas que pasaban por su cabeza, vio como la chica sujetaba nuevamente su skate y se iba del lugar, ¿Quién dejaba a alguien con ese montón de preguntas y se iba como si nada? ¡Oye, si la ibas a saludar por lo menos tómate la molestia de aclararle la mente!

La siguió con la mirada, y para qué decir que no, también con las patas, porque ahora que la había visto, la iba a acosar bastante, no es como si tuviera algo más divertido por hacer que ir a su casa, a leer los mismos libros que ya habían pasado por su vista un montón de veces, o a deleitarse con esas ediciones de Pokémon que también había pasado por lo menos veinte veces cada uno. Se detuvo al observarla dirigirse justamente a la tienda de música frente a la cual ella había tomado asiento hace tan solo unos cuantos minutos, pero que había tenido que abandonar por culpa de ese señor tan abusador que quiso acariciarla así, de repente. Más que caminar detrás de ella, empezó a caminar prácticamente a su paso, tan solo unos cincuenta centímetros detrás de ella, siguiendo el rumbo que Danny llevaba con el skate. Se detuvo al estar cerca de la puerta de la tienda, y clavó su mirada fijamente en el rostro de la ex-Hufflepuff, sí, esa mirada de perro adorable tan cautivadora que ella tenía, cada vez amaba más su propia forma de animaga, si ella misma tuviese un perro de esos, se la pasaría todo el día dándole amor y abrazándolo, con lo tiernas que eran esas criaturas.
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Danielle J. Maxwell el Mar Jun 12, 2018 10:09 pm

Mi primer año en Hogwarts fue bastante horrible. Nunca había sido una niña que se dejase pisotear, pero sí que siempre había sido demasiado torpe. Era de esas niñas que tenían todas las papeletas para ser un objeto de burlas interesante: porque daba guerra, pero era demasiado débil e ignorante con la magia como para poder hacer algo como para defenderme. Así que podéis haceros una idea de los pesados que eran los Slytherin conmigo. La verdad es que entendía perfectamente que ninguna de mis amigas actuales hubiese querido ser mi BFF por aquella época teniendo en cuenta mi personalidad más bien introvertida y mi capacidad para meterme en problemas de cabeza y que se metiesen conmigo.

No las culpo.

Pero luego estaba ella: Camille. ¡Mira que en primera instancia me hizo ilusión que supiese de cosas de Pokemon! ¿Pero Charmander, en serio? ¿Ese lagarto deforme? ¡Encima no solo eso! ¡Había osado meterse con MI SQUIRTLE! Porque podía aceptar que alguien fuese imperfecto y prefiriese a Charmander—nadie es perfecto en esta vida—, pero lo que no podía soportar es que se metiesen con mi pequeña tortuga mona y adorable. Y no sabía ella, pero yo por mi Squirtle tiraba también de los pelos. ¡Pero bueno!

¡Charmander es una lagartija inútil que no hace caso a nada!

Todo desembocó en pérdida de puntos para Hufflepuff, además de una amistad rota. Ese fue el principio de lo que sería un camino mágico cargado de piques, celos y... ¡más piques! Sí, esa tontería. Lo que lees. Lo cual era tremendamente curioso, cómo dos personas que en realidad se parecían tantos, se podían distanciar por una tontería que al final desemboca en otra tontería y empiezan a crear una gran bola de diferencias que son puramente tonterías y... ¡PUFFFF, EXPLOTA!

Así eran Camille y Danny.

__________________

De verdad que no entendía esa obsesión por Sean Paul hace años, pero oye, ahora mismo estaba pletórica y muy motivada, queriendo buscar cuánto antes un compañero con el que irme de fiesta. Pero no, lo único que encontré fue un carrito que se metió a mitad de mi camino, así como un perrito tan tonto como yo.

Me apresuré en irme rápido de allí para que el señor de los perritos calientes no me mirase como quién mira decepcionado a un nieto que no sabe hacer una voltereta en el jardín, así porque había bastante ancianitos mirándome con una mezcla de preocupación e indignación por esta juventud tan descarriada. Así que huí, antes de que me lanzasen una maldición con esas miradas tan angustiosas. Fui con el skate hasta la tienda de música, dándome cuenta cuando llegué a la puerta de que el perro tonto me había seguido. Bueno, perra. Creo que era una perra. No sé, nunca sé sí es macho o hembra hasta que le veo los huevillos. Y luego hay perros que no tienen huevillos porque los han castrado así que... ¡bueno, el caso es que no había ido a mirarles los huevillos, así que no sabía si era perra o perro!

Me miró con la típica mirada. Esa mirada de perro mimoso que quiere más salchichas o lo que sea que tienes tú en la mano. Aunque yo ya no tenía nada en la mano. A riesgo de parecer una loca y porque me encantaban los animales, le hablé.

Vete, vete, que aquí no puedes entrar. Te dejé más salchichas allí. —Señalé hacia dónde las había dejado, para zarandear las manos en plan "fus fus" y decirle que se fuera. El perro se quedó allí, admirándome. ¿Qué narices quería? —¿Pero qué quieres? —Y con un pisotón en uno de los lados del skate, lo hice subir hacia arriba, cogiéndolo bajo el brazo para meterme en la tienda, sintiéndome mal por dejar a ese perro ahí fuera con esa mirada tan tierna.

***

Salí de la tienda quince minutos después, con una bolsita con un vinilo en la mochila. Lo había reducido un poco con magia sin que nadie se diese cuenta para poder guardarlo bien sin que se me estropease. Era para un regalo, y no quería que mi regalo estuviese pachucho y arrugado. Qué feo.

Al salir, volví a ver al perrito frente a la tienda, mirándome. Le había enamorado, definitivamente. ¡Y como siguiese mirándome así, me iba a enamorar yo de él! ¿Oleré a comida de mono y eso atrae su atención o algo? No lo entendía. Me limité a volver a dejar mi método de transporte en el suelo y comenzar a deslizarme por la acera. Iba a ir al Caldero Chorreante a visitar a Edward un rato, sólo y exclusivamente porque no quería volver a casa porque allí me esperaban muchos apuntes que pasar a limpio y un trabajo que no me apetecía en absoluto hacer.

__________________

¿Quieres dejar de llamarme Danielle? Sabes que no me gusta —le dije a Camille, que estaba al otro lado de Dorcas, en la mesa de Hufflepuff, en el Gran Comedor.

Principio de nuestro segundo año y quizás ese año podríamos haber empezado con mejor pie, pero no fue así. Claro que no. Si no éramos nosotras diciéndonos cosas solo por tonterías, ya se encargaban nuestros animales de incrementar nuestra enemistad. ¡Que ojo! No la odiaba. Es solo que... ¡Arg, ¿por qué tenía que ser así?! Y no, no podía llamarme Danny, como todo el mundo, tenía que añadir ese -nielle tan feo.

Pues no, ¿sabes? El otro día... —E iba a ponerme a argumentar, con una voz un tanto molesta, a la pregunta que me había hecho Camille con retintín. Estábamos conversando—en realidad estábamos conversando casi por separado con Dorcas y al final las conversaciones terminaron uniéndose solo en una—pero ahora mismo parecía que se iba a convertir en discusión de dos orgullosas idiotas.

Sólo imaginaros la cara de Dorcas, teniendo que soportarnos.

Sin embargo, mi gato también parecía odiar al gato de Camille. De repente se escuchó debajo de la mesa dos sonidos de gatos rabiosos, haciendo que me callase de repente y mirase, para ver a Chewbie salir de debajo de la mesa por mi lado y al gato de Camille por el suyo. Estaba noventa por ciento segura de que había sido mi gato el creador de semejante duelo gatuno, ya que mi gato era el ser más extraño sobre la faz sobre la Tierra, cascarrabias y pasota. Pero yo le defendí a muerte y obviamente no le iba a dar la razón al gato de Camille. ¡Nunca!

Chewbie se subió al banco, quedándose sobre mi regazo. El maldito gordo pesaba un montón, pero yo me mantuve fuerte, abrazándole como si fuese mi amado gato. En realidad él era un interesado y nunca me daba amor, pero si ahora había venido a mí era para que lo defendiese.

¿Quieres controlar a tu gato? ¡Ha atacado al mío!

Por las barbas de Merlín, que alguien le pegue un coscorrón a la Danny de doce años. Normalmente pediría perdón sin dudarlo, pero a Camille no. ¡A Camille le echaba la culpa a su gato!
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Camille A. Leclair el Jue Jun 14, 2018 6:11 am

A pesar de todas las diferencias y roces en Hogwarts, que habían sido bastantes, se sentía feliz de ver un rostro familiar para ella, un rostro amable, porque Nie era de esa gente que te tendía una mano sin pensarlo dos veces, y eso era exactamente lo que la fugitiva estaba necesitando en aquel momento, una mano amiga, alguien que le brindara su ayuda, ya habían pasado unos cuantos meses desde que adquirió este estilo de vida, solitaria e intentando ser prácticamente invisible, ¿Sería justo pedirle ayuda? Probablemente no. Ella siempre había sido bastante sumisa, seguro que se mantenía al margen de todo lo que ocurría en el mundo mágico, únicamente por miedo o por evitarse inconvenientes, y tan solo pasar tiempo con ella podía meterla de cabeza en todos esos líos, y definitivamente ella no era quien para hacerle eso a nadie, y menos a alguien tan amable y adorable como lo era aquella rubia, no lo merecía.

Sin embargo, se rehusaba a alejarse de ella, después de todo, ¿Quién la podría reconocer en su forma de animaga? Si tan solo la habían visto así unos cuantos radicales, y podía estar totalmente segura de que ninguno de ellos suponía un peligro para ella, después de todo, lo único que buscaban era hacer caer al nuevo gobierno, no les interesaba nada más, incluidas las vidas de cualquier persona, su único deseo era sabotear los planes de los mortífagos, eran sus metas y sus miras, nada más, y eso lo pudo ver de cerca en el escaso tiempo que estuvo de su lado. Pero no, ella no era lo suficientemente 'radical' para unirse a ellos, siempre había sido un poco más pacifista, siempre y cuando alguien no se meta con ella, ella tampoco metía sus manos allí, y cuando lo hacía era más bien para dar una lección, pero eso de ir por ahí arrebatando vidas a lo loco únicamente para cambiar de líder no se le daba, si iban por todos lados matando al primero que se le atraviese, ¿Qué diferencia tenían con los seguidores de Lord Voldemort? Esos ideales tan extremos jamás habían sido bien recibidos en su cabeza.

La siguió hasta alcanzar la entrada de la tienda, y una vez allí, le dedicó una tierna mirada cuando ella se detuvo por unos cuantos segundos a observar al can, poniendo esa mirada de perro abandonado que tanto le partía el corazón a cualquiera, si es que era una monada. Incluso se tomó el tiempo de emitir un pequeño chillido, para hacer que la rubia muriera de ternura, pero no, nada, ella simplemente entró a la tienda en lugar de quedarse a darle amor, con lo repelente que era la mayor parte del tiempo y la dejaba ahí tirada, abusadora. Su mente estaba hecha un revoltijo total justo ahora, por un lado, no quería involucrar a nadie en sus problemas, siempre había sido una persona demasiado autosuficiente, y pedir refuerzos no iba con ella, sin embargo, necesitaba algo de contacto con alguien, una amistad, alguien que la ayude, que la salve de volverse loca, porque como siguiera pasando los días sin hablar con nadie, se iba a volver demente.

¿Y por qué no te gusta, Danielle? — Y es que, a ella le encantaría que hubiese una materia que tuviera por nombre 'Molestar a Danielle' Porque ella misma tendría el mejor promedio sin siquiera estudiar, es más, ella sería quien diera las clases, porque si sabía como hacerla enojar, era porque se parecían demasiado, y también porque la conocía, a pesar de cada roce estúpido que pudieran tener.

Muy pocas veces se podía ver a ambas chicas hablando normalmente sin discutir, y cuando lo hacían, Camille siempre empezaba a llamarla por su nombre, sabiendo lo mucho que ella lo odiaba, o empezaba a hacer chistes respecto a ella, y acababan discutiendo, porque si no peleaban no eran ellas, incluso podrían imaginarse lo peor, de verlas por ahí tratándose de lo más cariñoso y amistoso. Sabía que una de las cosas por las cuales aquella rubia había amado a la francesa desde el primer día, era por inventarse aquel apodo único para ella, que nadie había usado, llamándola 'Nie' todo el tiempo, y justo en el momento en que sus fuertes disputas sobre Pokémon comenzaron, también sus demás roces lo hicieron. Luego, se volvió más un gusto, la francesa incluso disfrutaba de hacer enojar a su 'amiga', que no era tan amiga, porque era divertida verla por ahí toda cabreada, mientras que ella se tiraba a reírse.

Entre tantas cosas que ambas rubias tenían en común había más bien alguien, y era otra rubia, de lo más tierna y amistosa, Dorcas. Desde los primeros días siempre había sido muy amiga de ambas, y de hecho, las primeras semanas eran uña y mugre, las tres juntas para todas partes del castillo, haciendo cada cosa, por más simple que fuese juntas, hasta que Danny y Camille empezaron a separarse, y en aquel momento, ambas siguieron siendo amigas de Dorcas, pero bastante por separado. En cierta parte, la francesa disfrutaba de hablar con ella, podía darse cuenta de lo generosa y divertida que era la mayor parte del tiempo, pero por otra parte, una de las cosas que más amaba de pasar tiempo con ella era ver los celos de Danielle, al pensar que le estaba quitando a su mejor amiga, porque ese rostro de enojo valía oro.

El otro día nada, Danielle, que estoy hablando con Dorqui — Soltó una risita traviesa luego de aquel comentario, que podía ser fácilmente interpretado como una burla, pero no, sino que cada que llamaba a Dorcas por aquel apodo tan raro, no podía evitar reírse, así sea un poco, por más que le parecía de lo más adorable, siempre le hacía algo de gracia.

Giró a ver a Dorcas, concentrándose en su rostro, a tal punto que no se dio cuenta de que Colby, su pequeño y esponjoso gato blanco se bajaba de su regazo, y es que otra cosa que le hacía el día era ver como la más pacífica de las tres rubias siempre ponía una expresión de preocupación al escuchar sus disputas, algo así como 'Trágame tierra' Porque con todo lo que ella había intentado unirlas de nuevo y ellas se resistían, ya prefería mantenerse callada cuando las escuchaba discutir por sus tonterías. Sus discusiones eran tan triviales, que podían estar discutiendo fácilmente de Pokémon, luego alguna refutaba los comentarios de la otra, la llamaba mentirosa, o se peleaban por quien hacía los mejores hechizos, quien era más veloz en el vuelo, todo lo que se les pudiera ocurrir lo convertían en una disputa.

Sin embargo, se distrajo y su mirada se dirigió hacia debajo de la mesa, al escuchar una pelea de gatos. Esos dos felinos eran el vivo reflejo de sus dueñas, siempre estaban peleando y llevándose mal. Colby solía ser bastante pacífico, en realidad, siempre y cuando le dieras un poco de amor y toneladas de comida, era un ser inofensivo, aunque si por lo menos te acercabas a él sin tu consentimiento, un fuerte zarpazo era lo mínimo que te podía arrojar. A pesar de esto, incluso esas peleas felinas no eran tan frecuentes como los duelos de rubias, que eran casi a diario, por no afirmar que en realidad sí lo eran.

Tomó aire con fuerza y observó, indignada, como Danny se encargaba de acusar a su pobre y esponjoso gato por atacar a su fea bestia, ¡Si su bolita de pelos sería incapaz de hacerle daño a nadie! — ¡Mantén al tuyo alejado del mío! Que a Colby no le gustan los mugrosos — Sí, por si alguien creía que iba de broma, podían discutir hasta por sus gatos.

Ya habían pasado un par de minutos desde que la rubia había entrado a la tienda de música muggle, y ella esperaba pacientemente a su conocida afuera del lugar, sin obtener respuesta alguna. ¿Es que había gente que tardaba toda una vida comprando un disco? Bueno, eso parecía, al menos. Estaba allí, tumbada en su forma de animaga justo en frente de la tienda, pero se puso de pie, caminó unos cuantos centímetros hasta quedar bien ubicada frente a uno de los grandes vidrios en la pared de la tienda, por el cual se veía perfectamente desde afuera hacia adentro, y desde afuera hacia adentro por la parte delantera de la tienda, tomó asiento allí y, estiró su pata derecha, para arañar con suavidad el vidrio, y hacer esos tan adorables ojitos de perro en dirección a la rubia, la cual estaba un poco más profunda en la tienda, sosteniendo un vinilo.

Poco tiempo después, aquella rubia finalmente salió, por lo que corrió emocionada hacia su encuentro, observándola y caminando, dando vueltas a su alrededor, sin tener ni un poco de éxito, ¿Es que esta mujer no podía ser menos cariñosa con un precioso perrito callejero? Pues, parecía que no. Cogió rumbo justo al lado de ella, observándola fijamente mientras que se deslizaba en la patineta, únicamente observando hacia el frente para evitar chocarse como la idiota que era con cualquier cosa, o incluso con algún transeúnte.
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Danielle J. Maxwell el Lun Jul 02, 2018 3:38 pm

Pues no me gusta Danielle porque no me gusta, y ya está.

¿Sabéis esa colleja que te da tu abuela a los seis años cuando te empeñas en contestar las preguntas de "¿Por qué?" con un: porque sí o un porque no? Bien, yo no la había recibido. ¡No me gustaba que me llamasen Danielle! ¿Por qué? ¡Pues porque no, leñe! ¡No me gustaba! ¡Parece mentira que tuviese que estar defendiéndome de esta tontería!

¿A ti te gusta la palabra "almorrana"? ¿O la palabra "ojete"? Seguro que no, son horribles. Pues imagínate llamarte "almorrana" o llamarte "ojete". Seguro que no te gustaría que te llamasen así. Preferirías un mote, ¿a que sí? Almo. Rana. Oje. O Ete. ¡Pues yo igual! ¡No me gusta mi nombre completo! —No gritaba, pero hablaba bastante intensa. Camille me volvía intensa. ¡Que por qué no me gusta Danielle, dice!

"Il itri díi nidi, Diniilli, qui istiy hiblindi cin Dirqui" Repitió mi mente con retintín. No supe que me molestó más en ese momento, si el hecho de que me hubiese sacado de la conversación sin compasión o que llamase Dorquis a MI Dorquis.

Y fue después de un rato, cuando me quedé escuchando en modo pasivo la conversación de esas dos, cuando mi gato—muy acertadamente—atacó al suyo. ¡Se lo merecía, por tener semejante dueña! ¡Ataca, gordi! ¡Ataca!

Si no le gustasen los mugrosos, no estaría contigo. —Y los alumnos que estaban al otro lado de la mesa, empezaron a hacer un ruidito de "uhhhh" al escuchar aquello. Yo los miré con pereza. —A ver si lo enseñamos... —Y me fui a girar, con el gordi de mi gato en brazos, para irme con honor de aquella discusión. Sin embargo, no había honor cuando salías con un gato gordísimo entre tus brazos que tenía más culo que cabeza. Estaba claro que si Chewbie tenía alguna oportunidad de ganar a Colby, era porque le aplastaría con su gran cuerpo.

El perrete me perseguía, pero yo intentaba ignoradlo, ¿vale? ¿Qué iba a hacer si no? ¿Acariciarlo? ¿Mirarle a los ojos y enamorarme? Si estaba abandonado me iba a dar mucha pena y me iba a entrar ganas de llevarlo a casa para cebarle a comida de mi abuela, ¿y sabéis qué repercusiones conllevará eso? Que mi abuela me mate. ¡Con lo rabiosa que está por el maldito mono Val Larr, imaginaros si ahora le meto un perro callejero. Así que me contuve de mirarle, para no caer en el enamoramiento instantáneo que yo sé que sufriría, porque yo tengo un problema ¿sabes? Tendré ciertas dificultades para encontrar el cariño y el amor en otro ser humano, porque soy una amebita retrasada, ¿pero enamorarme de animales? La pasión de mi día a día. La Virgen, es que son todos muy monos. Menos mal que mi abuela era un filtro lo suficientemente serio con la chancleta en la mano como para evitar que me comprase un hipogrifo.

No entiendo qué me ha dado con los animales, pero quería pensar que era porque como tengo pocos amigos, intento suplir el cariño con animales. ¿Podía ser, no? Tenía su lógica.

Llegué tras unos diez minutitos al Caldero Chorreante y pude ver al perrete, más atrás, pero siguiendo mis mismos pasos. Entré rápidamente en el Caldero Chorreante, oliéndome. ¿Tendría algún tipo de olor que atraería a los perros? A lo mejor me cayó agua de salchicha cuando me choqué con aquel carrito y ahora para el perro soy una especie de salchicha gigante. Sería muy triste que me persiguiese porque me ve como una salchicha gigante, la verdad.

No me pegué mucho tiempo en el Caldero, más o menos unos quince minutos, tiempo en el que me tomé una cerveza de mantequilla y molestaba un poco a Edward contándole lo fantástica que es mi vida. Lo más interesante que me pasó esta semana fue lo de chocarme contra un puesto de salchichas y sentir que mi amabilidad con los perros sigue intacta. Eso sí, luego tuvo más trabajo y yo decidí dejarle un poco en paz, que tampoco era plan de molestar a mi amigo en el trabajo.

Al salir, ahí estaba todavía el perro, mirándome, moviéndome la colita como si, efectivamente, estuviese mirando a una salchicha gigante.

¿Qué quieres tú, bichito? Tienes que dejar de perseguirme. —Pero caí en la tentación y me agaché, haciéndole una señal con la mano para que se me acercase y así poder acariciarlo. —Ven.
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Camille A. Leclair el Dom Jul 08, 2018 10:52 pm

Camille parecía nunca detenerse, al igual que siempre. Seguía a Danny a donde quiera que iba, en cualquier paso que daba, aunque desconocía la razón, probablemente porque era una de las primeras personas conocidas que había visto desde que llevaba una vida de fugitiva, claro, también había visto a Zoe, pero la verdad es que aún no se fiaba demasiado de ella, la mujer había estado presente incluso en su traslado al ministerio para ser juzgada, ¿cómo podía confiar en alguien así? No no, eso sí que no, que la rubia podía ser bastante ingenua, pero sabía de sobra de quien debía fiarse y de quien no. Por más que sus acciones puedan haber sido impulsadas por el miedo, no era justificación alguna para quedarse de brazos cruzados mientras que alguien de tu familia estaba siendo prácticamente llevado a un futuro repleto de desgracia, encierro, sufrimientos y torturas.

Lo único que sabía en aquel momento era que no podía dejar de seguir a Danielle, y también que, justo en la bota de su pantalón tenía un vago olor a salchichas, probablemente por el choque, y su pequeña nariz de perro también parecía verse impulsada a seguir a la mujer, y probablemente mordisquearle la pierna por un rato, porque vamos, olía a salchicha.

Conocía la dirección hacia la que estaban caminando, el Caldero Chorreante, había estado allí un par de veces durante sus tiempos en Hogwarts, principalmente cuando no tenía nada de hacer en Londres un sábado, era el lugar al que iba a parar, que de vez en cuando estaba bastante bien alejarse del barullo del mundo muggle, y permanecer en un establecimiento mágico por unas cuantas horas, solía reiniciarte, porque aunque no fuese algo certero, la verdad es que los magos, por lo menos la mayoría, solían ser un poco menos ruidosos que los muggles. También, claro está, que solía entrar por allí al Callejón Diagon, así que había tenido que ir un montón de veces a aquel lugar únicamente para poder acceder al tan famoso callejón.

La observó cuidadosamente entrar al establecimiento, ¿en serio la iba a dejar allí abandonada? ¿es que no la estaba viendo? Era un jodido Samoyedo, nadie se puede resistir a esas preciosuras de animales, nada. Y se lo iba a pagar, apenas tuviera la oportunidad le iba a mear un zapato o algo parecido, porque no era posible que resistiera los impulsos naturales de acercarse a acariciar a un perro tan mono. A ella le fastidiaba increíblemente que cualquier persona se acercase a tocarla, bueno, en especial los hombres, pero no se molestaba de vez en cuando cuando alguna mujer venía a darle algo de cariño, a sobarle la pancita, porque era agradable, y porque generalmente eran de esas señoras cariñosas y que van por la vida pellizcando los cachetes de los críos, y esas mujeres, por más que pudiesen ser bastante pesadas, también eran increíblemente amorosas.

Se acostó justo a un lado de la entrada del Caldero Chorreante, y su mente se perdió en sus pensamientos, ¿los perros comunes podrían ver el Caldero Chorreante? Porque sabía que los muggles no podían. Habían quienes decían que sólo estaban distraídos por las coloridas tiendas a sus alrededores, y que jamás reparaban en el caldero, pero, ¿qué pasaría si un muggle si lo ve? Seguro se armaría un despelote si alguno de ellos entrase al local. Otros decían que tenía un hechizo para que ellos no fuesen capaz de verlo, lo cual era mucho más creíble, pero, ¿los perros podrían ver el lugar? Porque si es así, sería bastante obvio que un perro estuviese esperando a alguien justo fuera del local, ¿la descubrirían? ¿la meterían presa para darle azotes y experimentar con ella? Empezaba a alterarse, y justo cuando pensó en salir corriendo del lugar, inundada por el pánico, Nie salió de aquel lugar, a lo cual el perro respondió acercándose a ella, moviendo la cola con alegría, mientras que la observaba fijamente.

¿LE ACABABA DE DECIR BICHITO? Ahora sí, se había ganado la meada, y cuando estuvo justo por acercarse para mearle un zapato, recibió algo de cariño, y una palabra que le pedía que se acercara. Se recostó al cuerpo de la mujer, quien deslizó sus dedos por su pelaje suavemente, siempre había pensado que debía ser incluso adictivo hacerle caricias, a fin de cuentas, era un animal de lo más tierno y peludo, ¿quién no querría acariciarla?

Incluso no se sentía mal por ser una regalada que dejaba que alguien la acariciara en la calle, por el único hecho de que conocía a aquella mujer desde... Desde bueno, desde que tenía ideas claras acerca de lo que podía ser la vida, desde sus once u doce años, ahora no recordaba con exactitud la edad a la que había entrado a Hogwarts, con todo ese rollo de que no quiso estudiar en Beauxbatons, parecía recordar que había ingresado un año tarde. Pasó poco más de un minuto dejándose consentir por la mujer, hasta que sacudió la cabeza y se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. Ya había pasado un montón desde que se había transformado, y aunque sus habilidades mejoraban cada vez más, aún estaban lejos de ser perfectas, ¡y se iba a transformar en plena calle! Joder, esto debía ser en broma. Salió corriendo lo más rápido que pudo, estaba lejos de lo que conocía como hogar, y no tenía ningún lugar al cual acudir, así que se metió a un pequeño callejón que había tan solo unos metros delante. Era peligroso, estaba demasiado cerca de un establecimiento mágico, lo cual indicaba que un montón de magos estarían dando vueltas por ahí, y no podía dejarse capturar, ¡era muy joven para la fusta!
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Danielle J. Maxwell el Jue Jul 26, 2018 9:54 pm

El perrito—o la perrita—se acercó a mí para que pudiese acariciarlo detrás de las orejas, ahí con énfasis y cariño. Adoraba a los perros y más todavía adoraba acariciarlos cuando tenían un pelaje suave. Que oye, para parecer un perro callejero, tenía un pelaje bien suave. Yo, como siempre, hice gala de mi retraso habitual, hablando con el perro.

Ya te di salchichas, pero no tengo nada más. Deberías dejar de perseguirme. Cómo te lleve a casa… mi abuela me mata, ¿vale? Ya metí un mono hace unos meses y todavía me mira mal. Muy mal. —Le conté mi vida, como si aquel perro pudiese entender una mísera palabra de lo que le estaba diciendo. —Que prefiere a los perros. Está enamorada de los perros, pero desde que perdió a su antiguo perro, que se llamaba Fufo, pues la pobre no quiere tener otro. En realidad… —Eso último ya lo dije más para mí que para el perro, lo cual no quería decir que fuese más inteligente por dejar de hablar con el perro, solo menos retrasada. —...debería regalarle un perro, seguro que se pone feliz...

Pero justo en ese momento, el perro salió espantado, en dirección a un callejón. Mierda, ¿le habré echado tras decirle que quiero regalarle un perro a mi abuela? Bueno, vale, quizás no todos los perros quieran ser los perros de una ancianita, ¿pero acaso no saben que las abuelas son las que más ceban a los perros? ¡Tendría salchichas a todas horas!

Quizás era un perro libre, feliz, de más allá del muro. Un ciudadano del pueblo libre perruno. Y quién era yo, un Maxwell de pacotilla, para esclavizarlo en una casa en compañía de un mono hiperactivo, un gato maloliente y gordo y un halcón asesino. No, eso no podía ser. ¡Además, tenía que dejar de enamorarme de todos los animales amorosos y bonitos que me encontraba por la calle o mi abuela me iba a echar de casa!

Bueno, pues adiós. —Me despedí tristemente del perro cuando, de manera totalmente repentina, se alejó de mí.

Quiero pensar que lo que lo alejó así de mí fue algún olor repentino de comida, quizás del Caldero Chorreante. Era lo más lógico y menos dañino para mi vida.

¡¿Pues sabes que te digo?! —Medio grité desde la entrada de la sala común de Hufflepuff. —¡Que te den! —Añadí con tranquilidad, sin que me importase un pepino que un prefecto o un jefe de casa me escuchase y pudiese quitarme puntos por lenguaje soez.

Cerré la puerta de la sala común con rabia, para entonces entrar al interior. Tenía las rodillas llenas de raspones con un poquito de sangre por haberme caído—más bien me habían empujado, pero eso a ojos de cualquiera daba igual—, estaba empapada de arriba a abajo de lo que parecía leche y me habían roto el suéter de mi uniforme. ¿Quién? Pues evidentemente: los malditos Slytherin. Damon Harrelson, te odio con toda mi alma.

Nada más entrar, no pude encontrarme con Dorcas, no. Tuve que encontrarme con Camille, tirada en el sofá y, obviamente, mirándome después de haber soltado tremendo grito queriendo que alguien de a otro alguien.

Solté aire, enfadada.

No digas ni una palabra, Camille —le advertí, pues ahora mismo mi paciencia era cero y estaba muy, muy cabreada. Y ya se esperaba algún comentario burlesco por parte de su adorada compañera de cuarto.

Estaba harta de tanto bullying y estaba harta de Damon Harrelson.

Triste porque el perro me odiaba, decidí emprender de nuevo el camino a mi casa. Podría haber ido con aparición, pero cada vez le estaba cogiendo más tirria a ese método si no era estrictamente necesario. Además, algo me decía que no sabía aparecerme bien porque cada vez que lo hacía después de haber comido, sentía como se me revolvía todo el estómago y me daban ganas de vomitar.

Así que mejor evitarlo, por si acaso.

Además, todavía era pronto y adoraba la sensación de ir en skate por las calles de Londres, aunque más de un inglés me mirase con cara de querer meterme el skate por el culo cuando paso muy cerca de ellos y estoy a punto de chocarme.

Tardé como media hora en llegar a mi casa de nuevo, con la música a full en mis oídos.
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