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You're my wonderwall // {Sam Lehmann & Gwendoline Edevane}

Gwendoline Edevane el Miér Jun 13, 2018 11:19 pm


Viernes 22 de junio, 2018 || Apartamentos Windsor, Londres || 22:47 horas || Mi ropa

Arthur Payne y Douglas Dagon.


Arthur abrió la boca para lanzar un bostezo de puro aburrimiento, y acto seguido volvió a cruzarse de brazos, recostándose en la silla. Era el único asiento de todo el apartamento, por lo que cuando Dog llegase, tendría que conformarse con el suelo cubierto de una fea moqueta de un verde que el aspirante a mortífago solo podría describir cómo "verde mierda": ese verde oscuro, desvaído, y que siempre parecía estar lleno de polvo.
Bueno... Este no lo parece, precisamente, pensó, al tiempo que pateaba la moqueta con su bota izquierda, levantando una nubecilla de polvo. Todo en el ambiente era polvoriento, pero por algún motivo, a su jefa le parecía un buen escondrijo.
Mientras esperaba que Dog regresase con la cena, Arthur no pudo evitar preguntarse, una vez más, cómo había terminado allí, rebajado de aquella manera. Antes del cambio de gobierno, y durante algún tiempo después, había sido alguien importante dentro del Ministerio de Magia. Un Oclumante, nada menos, tan virtuoso que se dedicaba a la enseñanza. Leal servidor del Señor Tenebroso y descenciente de una familia de sangre limpia, era cuestión de tiempo que obtuviese su marca tenebrosa.
Y entonces, todo se había torcido. En algún momento, Arthur debía haber mirado mal a un tuerto o algo por el estilo, pues de la noche a la mañana se encontró con que se le acusaba de "irregularidades" en su puesto de trabajo, degradándole primero a un mero empleado y despidiéndole después. ¿Y cuales eran aquellas irregularidades? ¡Una puta zorra de mierda que aseguraba que Arthur la acosaba! Se trataba de Colleen Heatherton, la instructora de Legeremancia que había llegado para ocupar el puesto que había dejado Lehmann, esa asquerosa sangre sucia, cuando tuvo que huir para salvar su vida.
Arthur dudaba que la relación existente entre él y Heatherton se pudiese denominar cómo "acoso". No era más que una zorra que no sabía cual era su lugar. Y el deber de Arthur era demostrarle quién mandaba allí. Sí, lo reconocía, había volcado en ella parte de las frustraciones que le habían quedado tras el paso de Lehmann por su departamento. ¡Despreciaba a aquella sangre sucia!
Sin saber qué hacer con su vida desde aquel momento, se había convertido en cazarrecompensas. Creyó que la emoción de la caza le haría olvidar su trabajo. Pero no, no fue así. La pérdida de su empleo en el Ministerio lo había llevado a perder la concentración, a volverse mucho más violento, hasta el punto que había cometido varias cagadas gordas a ojos de los mortífagos. Fugitivos que huían—cómo la puta de Lehmann, por ejemplo—, fugitivos que se le morían durante los "interrogatorios" sin ofrecer información...
En resumen, Arthur estaba caminando sobre la cuerda floja. Un desliz más y acabaría cayendo al vacío, sin ningún tipo de red de seguridad. Y es por eso que estaba allí, vigilando aquella maldita maleta.

Lo siento, tío. Había una cola de mierda en el Subway's...Anunció una voz, justo después de que la puerta al apartamento se abriese. Era Dog.

¡Joder, ya era hora! ¡Tengo hambre!Arthur se levantó de la silla de golpe, caminó hacia su amigo, y sin darle siquiera tiempo a internarse en el apartamento, le arrancó de las manos la bolsa de bocadillos que traía en las manos.Eres un puto inútil, tío. ¡Están fríos!

Arthur volvió a dejarse caer en la silla, que rechinó bajo su peso, mientras abría sin ningún tipo de cuidado la bolsa de papel. Había cuatro bocadillos dentro, y sin molestarse en comprobar qué llevaba cada uno, agarró el primero que apareció. Arrojó el resto, dentro de la bolsa de papel, en el suelo, dónde comería Dog. Ahí es dónde comen los perros, ¿no? El aspirante a mortífago no pudo evitar reírse mientras desenvolvía su bocadillo.

¿Por qué es tan importante esa mierda?Dog señaló la maleta con la cabeza, pillando a Arthur con la boca abierta, apunto de dar el primer mordisco a su bocadillo. No lo hizo, y en su lugar, fulminó a Dog con la mirada. Cómo si el joven de cabello negro hubiese cometido alguna afrenta contra su persona.

¿Y a ti qué coño te importa eso? Te dije que podías venir si no hacías preguntas estúpidas.Esta vez, Arthur sí dio un mordisco al bocadillo. Dog guardó silencio, visiblemente molesto por su forma de hablarle, y Arthur no pudo evitar suavizar el tono cuando volvió a hablar. Con la boca llena.No tengo ni idea de qué tiene de importante esa mierda, tío. Pero Artemis nos paga por vigilar y cerrar la boca. ¡No te quejes! Es un trabajo fácil.

Fácil y humillante, pensó Arthur, meneando la cabeza de un lado a otro mientras miraba la maleta. ¡Que Merlín le asistiese si tenía idea de qué tenía de importante aquel trasto! Solo sabía que Chudley Skeegan, el sanador que trabajaba para Grulla, se la había entregado con órdenes de Grulla de no abrirla bajo ningún concepto, y no perderla de vista. Y Skeegan no había cedido ante la amenaza de Arthur de partirle la cara si no se lo decía. Le haría comer esas gafas de empollón al muy hijo de puta...

***

Consulté una vez más la hoja de papel que contenía las direcciones que Savannah nos había facilitado, a fin de cerciorarme de que estaba en la dirección correcta; cómo las aproximadas veintiocho veces anteriores, el papel me confirmó que así era, y dejé escapar un suspiro.
Estaba nerviosa. Llevaba nerviosa desde lo ocurrido en el Ministerio de Magia el cuatro de junio. Los radicales habían atacado mi puesto de trabajo, y no solo me habían arrebatado la tranquilidad en aquel lugar que hasta entonces creía seguro, si no que habían trastocado todo mi mundo. Fugitivos atacando de aquella manera tan indiscriminada a gente que podía ser inocente o no; empleados del Ministerio volviéndose contra sus compañeros; gente batiéndose en duelo en los pasillos... Me sentía cómo si hubiese participado en una guerra, y en cierto modo llevaba conmigo todavía algunas de aquellas heridas.
Podríamos irnos a casa, pensé en un momento de debilidad. Podría llamar a Sam y decirle que mejor simplemente quedásemos para ver una película. Olvidarnos de todo esto y... ¿Y qué? ¿Olvidarnos de aquello haría que Artemis Hemsley se olvidase de Sam? No. Y estábamos tan cerca de ella, tan cerca de acabar con aquello, que seguramente ya era demasiado tarde para dar un paso atrás.

—Solo espero que no nos encontremos con ninguna sorpresa...—Murmuré para mí misma, sentada en aquel banco a unos doscientos metros de imponente edificio que se alzaba allí, al final de aquella pequeña zona residencial. Para disimular mi sospechosa presencia en aquel lugar, tenía el teléfono móvil en las manos, y me dedicaba de manera aleatoria a abrir y cerrar aplicaciones, cómo si de verdad estuviese haciendo algo más que, simplemente, esperar.

Sam debía estar al caer. Tal vez estuviese haciendo alguna hora extra en el 'Juglar', o hubiese pasado por casa a cenar antes de aquello. No lo sabía, pero estaba segura de que aparecería. ¿Y eso por qué? Porque confiaba en ella. Confiaba que juntas haríamos aquello. Acabaremos esto... Sí, podemos hacerlo.


PNJ’s:
Arthur Payne:

#248c02
Douglas Dagon:

#7f6eff


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Jul 10, 2018 7:08 pm, editado 2 veces
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Jun 18, 2018 3:11 am


Había tenido un día bastante duro en la tienda, todo el rato de un lado para el otro, sin parar quieta ni un momento. Le dolían hasta los pies. Para colmo, debería de haber cerrado a las diez de la noche, pero los más rezagados—los cuales se ganaron el miniodio de Sam desde la barra, acompañado de una maldición de ojos de Santi y Erika—salieron a y diez, retrasándolo todo. Entre que lo dejaban todo perfecto para cerrar y demás, se hicieron las y media. ¿Y a qué hora había quedado con Gwen? A las menos cuarto. Madre mía... Con lo que ella odiaba llegar tarde.

Se apareció en su casa, se comió un donut de chocolate rápidamente para quitarse el gusanito que le había entrado, se cambió de ropa y le dio la medicina a Don Cerdito, el cual estaba malito y se pasaba todo el día tirado en la cama de Sam. Le daba mucha penita verlo ahí, tirado, sin apenas moverse ni un poquito, con la vitalidad que tenía ese animal aunque pareciese que le pesaba el culito. Le dio un besito en su cabecita, le acarició y entonces se dispuso a irse después de beber un grandísimo vaso de agua. Se le hacía raro que a esa hora no estuviese Caroline en casa, pero llevaba un par de días fuera por asuntos de trabajo, una emergencia importante con el tema de los kappas que la tenía en vela. Hoy había tenido en su descanso una videollamada con ella y le había dicho que todo iba mejorando, pero que todavía se quedaría por Japón, además de repetirle una y otra vez que tuviesen cuidado hoy. Sam ya le había dicho que sólo iban a echar una ojeada, que tampoco creía que ocurriese nada y Merlín no lo quisiera. No iban buscando lío, sólo información. Prometió llamarla cuando todo acabase, para decirle que todo había salido bien.

Volvió a usar la aparición, aunque esta vez hacia el sitio que ella conocía más cercano a los Apartamentos Windsor. No le gustaba en absoluto aparecerse en sitios que no conocía, así que siempre iba sobre seguro. Ya no solo por los muggles, sino porque no sería la primera vez que sucedía alguna desgracia. Como pisar una caca. Sí, eso para ella era una desgracia. Jamás olvidaría ese día tan triste. Fue aparecer, pisar una caca y que por su mente sólo pudiese pasar esa melodía triste de violín tan famosa de Youtube. Pero esta vez apareció en el baño averiado de un pub al que solía ir con Matt hacía años, baño que lleva roto algo así como cinco años. Salió de allí rápidamente y no tardó en sacar el móvil cuando estuvo caminando al aire libre, abriendo la conversación que tenía con Gwendoline. Sabiendo lo puntual que era ya estaría allí, y si era tan impaciente como Sam en estas ocasiones, ya se la imaginaba apoyada contra una farola admirando lo preciosas que son sus aplicaciones. Nunca una aplicación fue tan interesante, hasta que intentas fingir que haces algo con tu vida.

WhatsApp:

Florecilla del Desierto
Locked out of heaven
Llego tarde, lo sé. Lo siento mucho. Llego en un santiamén.

Estoy de camino, que como nunca había venido, he tenido que aparecerme un poco lejos.

He tardado porque he salido más tarde de lo planeado de la tienda y he tenido que pasar por casa para darle la medicina a Don Cerdito. Está mejorando.

También me comí un donut.

¡Que por cierto! ¿Te apetecería quedarte a dormir hoy en casa? Caroline ha tenido que quedarse un día más de viaje por el trabajo, ya que se le ha complicado. Y odio dormir sola. Anda, porfi.

Ahora mismo llego.

Ya te veo, ¿te he dicho ya que me encantan esas botas? Te las robaré algún día.


Tras el último mensaje llamó la atención de la mirada de su amiga, saludando desde la otra acera con la mano y esbozando una dulce sonrisa. Se guardó el móvil, miró a ambos lados de la carretera y cruzó rápidamente al ver que el coche que venía todavía estaba muy lejos. Aún así se ponía nerviosa cuando cruzaba por donde no había un paso de peatones, por lo que siempre corría un poquito.

Con el pelo castaño, ojos de color marrón y un atuendo de lo más casual, se plantó delante de su amiga, abrazándola cuando se levantó del banco. Unos segundos después, se apartó y le sujetó el rostro con ambas manos, admirando su mirada. —¿Estás mejor? —preguntó directamente, con preocupación, como preguntaba todos los días. Gwen debía saber por qué le preguntaba.

Desde el día del ataque en el Ministerio, en donde Gwen se vio obligada a participar y en donde salió bastante herida, Sam no había estado ni un día sin preguntarle como estaba desde que se había ido de su casa. Y es que... madre mía, de verdad, ya Sam no sabía qué era peor: el susto de no saber e imaginarte lo peor, cuya paranoia te puede terminar volviendo loca, o el momento en el que te enteras de que ha pasado algo malo, muy malo, y una persona a la que quieres ha estado en medio de ello. Cuando llamaron a Caroline para avisar de que Gwen estaba en San Mungo, malherida... se asustó muchísimo, esperándose lo peor. Y vamos, tampoco se alivió cuando vio a su amiga. Le pidió que se quedase en casa para poder ayudarla en todo lo posible y bueno, Sam no escatimó ni en mimos ni en ayuda; ella no daba la mano, ella daba el brazo entero. Hasta se pidió el día libre en el Juglar. Pero de verdad, no soportaba ver a sus seres queridos heridos. Y ahora, por si fuera poco, el hecho de trabajar en el Ministerio no tranquilizaba en absoluto cuando ha habido una brecha de seguridad tan catastrófica.

La miró entonces de arriba abajo, dando una vuelta alrededor de ella hasta abrazarla por detrás y darle un besito en la mejilla. Ya he dicho ya que Sam es muy cariñosa, ¿vale? Y con Gwen más. —Yo te veo bien —dijo entonces, sonriéndole mientras se apartaba. Tampoco quería ser un amiga obsesiva que no para de preguntarle cómo está una y otra vez. No quería ser cansina, aunque siguiera preocupada. Pero bueno, ya Sam se había acostumbrado a vivir preocupada por la vida. Así era la vida de una fugitiva. —Siento haberme retrasado, llevo un día de locos, ¿tú cómo estás?

Y echó una ojeada a los apartamentos Windsor desde allí, pues se veía perfectamente. No iba a engañar a nadie: no tenía nada de ganas de meterse allí, pero tarde o temprano tendrían que hacerlo.
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Gwendoline Edevane el Lun Jun 18, 2018 3:17 pm

Algo que sabe una persona que está esperando, que está intentando encontrar una forma de que el tiempo se pase un poco más rápido, es que todo tiene su límite. Facebook y otras redes sociales pueden ser interesantes durante los primeros minutos, pero por norma general, se acaban volviendo anodinos. Eso sin mencionar cómo, a medida que se desliza el dedo por la pantalla para bajar por las actualizaciones de tus contactos en Instagram, el proceso de pulsar el corazoncito de cada fotografía se vuelve automático, y no tanto una acción motivada por un gusto real de la imagen que ves. O que ni siquiera llegas a ver, pues cuando una persona entra en este "modo automático", apenas si ve colores y formas, ignorando todo lo demás.
Al menos, eso me ocurría a mí. Y otra cosa: no era demasiado buena intentando "perder el tiempo" a propósito. Cuando llegaba demasiado pronto a una cita—cosa altamente probable y habitual—era incapaz de dar una vuelta antes de dicha cita. Es decir, lo intentaba, pero cuando quería darme cuenta estaba volviendo al lugar dónde había quedado, cuando apenas habían pasado cinco minutos. Un pánico irracional a la posibilidad de llegar tarde me decía una y otra vez que iba a llegar tarde, que mejor me esperase sentada dónde estaba.
Lo mismo se extendía a las aplicaciones de mi móvil. A veces intentaba jugar a algún juego—estaba especialmente enganchada a un jueguecillo semejante al Tetris—pero tarde o temprano se imponían los nervios y simplemente me ponía a mirar en todas direcciones, esperando que llegase la persona con la que había quedado.
Esa noche, tras mucho abrir y cerrar aplicaciones, decidí intentarlo con dicho videojuego. Abrí la aplicación y, cómo ocurre siempre, en ese momento vibró mi móvil y apareció una ventana emergente de Whatsapp en la parte superior de la pantalla. El nombre "Melocotón" apareció sobre el primer mensaje. Y el resto de mensajes llegaron en una salva imparable.
¿Cómo podía ser Sam tan rápida? Bueno, quizás influya el hecho de que ella teclea con los dos pulgares a una velocidad increíble y tú solo utilizas el pulgar derecho. No sé cómo no te has hecho ya un esguince en el pulgar con esa manera de moverlo. Y aún así, nada podía rivalizar con la fuerza combinada de dos pulgares adiestrados en el noble arte de enviar mensajes de texto. Mientras recibía un mensaje tras otro, esbozando una leve sonrisa cuando mencionó a Don Cerdito, que estaba un poco pachucho y tomando una medicina, y esa sonrisa se desvaneció un poco cuando me pidió que durmiese con ella. No porque no me apeteciese, ni mucho menos. Había pasado varias noches en casa de Sam y Caroline—durmiendo con Sam, concretamente—y Caroline me había contado el problema de Sam: al parecer, dormía bastante mal cuando estaba sola, en especial después de lo ocurrido con los Crowley las navidades pasadas. Esos cerdos... Incluso muertos, siguen haciéndole daño. No necesitaba ni preguntarlo.
Me puse a responderle, pero no dejaban de llegar mensajes suyos. Logré enviar algo, por suerte...

WhatsApp:

Melocotón
Got me looking so crazy in love
Hola ^_^

...


Pero entonces, un mensaje de Sam me avisó de que ya me estaba viendo, y me detuve mientras tecleaba para levantar la vista y buscarla. La vi acercándose, tan guapa cómo siempre, con el pelo todavía castaño. No veía sus ojos a aquella distancia y con tan poca iluminación, pero estaba segura de que estarían del mismo color. Todavía no se le había pasado el efecto de los hechizos que utilizaba, de manera acertada, para ocultar su identidad.
Me puse en pie para recibirla mientras bloqueaba la pantalla del móvil y me lo guardaba en el bolsillo de mi chaqueta. Le dediqué una sonrisa y la esperé mientras cruzaba la calle a toda prisa. Nos dimos un abrazo, algo habitual en nosotras ya, y cuando me disponía a explicarle que a esa velocidad no me daba tiempo a responder sus mensajes de Whatsapp, ella me sujetó la cara y me miró de cerca.

—Sí, sí, estoy bien.—Le respondí. La batalla en el Ministerio se había saldado con heridas de distinta consideración, y una sensación de total inseguridad a la hora de poner un pie allí dentro, pero además de eso, me recuperaba bien. Bueno, casi todo: el brazo derecho, que había recibido una quemadura, contusiones y había sido atravesado por una flecha, todavía me daba punzadas de cuando en cuando. Las heridas internas tardaban más en sanar.

Me puse un poco roja cuando Sam me rodeó y, después de besarme en la mejilla, me abrazó desde atrás. Sentía su pelo en contacto con mi mejilla, y puedo dar gracias de que no me estuviese viendo la cara en ese momento, o me habría visto roja y sonriendo cómo una boba. Mi nivel de felicidad aumentaba exponencialmente cuando ella estaba conmigo, y si me abrazaba... Bueno, simplemente creo que empezaba a comprender bien lo que ocurría conmigo cuando ella me abrazaba. Literalmente, Sam tenía la capacidad de hacerme sentir cómo si fuese la única persona en el mundo aparte de ella, volcando todo su cariño y atención sobre mí.

—Lo estoy...—Le dije, colocando mis manos sobre sus antebrazos, en una forma de responder a su abrazo de alguna manera, pues me resultaba físicamente imposible hacerlo de otra manera. Entonces, libre de sus brazos—Por mí no hace falta. Me quedaría en sus brazos hasta el fin de los días...—me volví para hablar cara a cara con ella.—Tranquila.—Resté importancia a su disculpa, con un movimiento de la mano.—No es cómo que nos estén esperando, ¿no te parece?—Añadí, encogiéndome de hombros.—Estoy bien. Simplemente, es raro volver allí. Volver a trabajar cómo si nada hubiese pasado. Estoy a la que salta, cada pequeño ruido me hace ponerme tensa y echar mano de la varita. Y Salleens...

No continué, pero Sam sabía a qué me refería: durante el ataque, uno de los radicales había matado al que llevaba siendo mi compañero casi desde que había empezado a trabajar allí. Nunca creí que pudiese echarle de menos, a un hombre con el cual había tenido más diferencias que acuerdos. Pero al final, había apostado por mí. Me había protegido. Le habría entendido si no lo hubiese hecho, pues tenía una familia de la que preocuparse, dos niños que se quedaban sin su padre. Y aún así... había cuidado de mí. Y yo había tenido que verle morir.
Intenté no seguir por ahí. Su muerte todavía estaba clara cómo el agua en mi mente, y no quería pensar en ello. Si lo hacía, sabía que me echaría a llorar, y no era el momento.

—Por cierto, ya te vale.—Cambié totalmente de tema.—¡No me das tiempo a responderte con esos pulgares atletistas que tienes! ¡Recuerda que yo solo uso uno!—Y levanté mi lento y torpe pulgar derecho para mostrárselo a ella.—Quería decirte que sí, que dormiré contigo encantada. No sé si Beatrice estará en casa, ese es un misterio que jamás se resuelve hasta que cruzas la puerta... pero tiene suficiente compañía en caso de que esté.—Me refería a su zoológico, por supuesto.—Aunque tampoco creo que esté. Pasa mucho tiempo con Laith Gauthier. Si no fuese porque ese muchacho es, en palabras de Beatrice, "más gay que un hombre que lo es mucho", pensaría que son pareja de verdad.—Acompañé aquello con una leve carcajada divertida. Bea solía decir que Laith era "su novia".—Y así también puedo echarle un ojo a Don Cerdito. Una vez empiezas a estudiar medicina, te sorprendes al descubrir lo parecidos que son los seres humanos y los cerdos.—No pensaba contradecir las indicaciones del veterinario, por supuesto, pero podía dar con algún tipo de complejo vitamínico o poción que siviese para que recuperase las fuerzas.—Por cierto, ¿dónde está Caroline? En tu mensaje dijista que no estaba... ¿a dónde ha ido? ¿Va todo bien?

Había ocurrido lo que ocurría siempre: que, teniendo una misión entre manos, primero nos olvidábamos totalmente de ella para ponernos al día. No es que hubiese mucho con lo que ponerse al día, pues cuando no estábamos juntas, nos enviábamos Whatsapps cada quince minutos. No entraré en debates acerca de si somos demasiado dependientes la una de la otra, pero lo que está claro es que, cuando pasas tanto tiempo alejada de una persona que te completa de la manera que Sam me completa a mí, lo único que quieres es estar con ella, hablar con ella y disfrutar del tiempo que tienes con ella. No vaya a ser que te la arrebaten de nuevo...
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Sam J. Lehmann el Jue Jun 21, 2018 3:22 am

Y no tenía que continuar. Un ataque como ese no era sencillamente sobrevivir y ya está: todo quedaba relegado a un pasado del que has conseguido salir y nada importa. No, esas cosas al final... te persiguen. No era lo mismo trabajar allí, no era lo mismo prescindir de un compañero que te ha acompañado toda tu trayectoria en el Ministerio de Magia... un compañero que, pese a cualquier desacuerdo u opinión, al final te había demostrado que en realidad no le caías tan mal como podía parecer y que era mejor persona de la que en un momento pudiste cuestionar. Sam sujetó una de sus manos con suavidad, entrelazando sus dedos, transmitiéndole su apoyo y, sobretodo, su sentir. Ella no había perdido a ningún compañero, pero porque todos los que trabajaban con ella parecían haber sido creados para ser subnormales profundos con un valor negativo en el límite de la lealtad. Pero vamos, Sam podía entenderla y, además, no podía estar más agradecida a Salleens, aunque no lo dijese en voz alta. Se había arriesgado por Gwendoline en una situación muy peligrosa y... vamos, desde ese momento se había ganado absolutamente todo su respeto. No quería ni imaginarse por un momento cómo estaría ella si en ese momento hubiese sido Gwen la que hubiese caído y ahora sencillamente no la tuviese a su lado, ni puede sujetar su mano... No. Sencillamente no.

Pero lo que podía entender a la perfección era esa inseguridad al ir a trabajar al Ministerio. Si ya ella se sentía insegura por su amiga y eso que no había vivido nada de lo ocurrido, podía imaginarse por lo que estaría pasando ella. —Estamos en verano y... no sé, lo que ha pasado es reciente. ¿Por qué no te coges unas vacaciones? Ya volverás, cuando todo esté más asentado de nuevo y tú hayas descansado un poco —contempló como opción. Tanto Gwen como Caroline eran conscientes de lo poco que a Sam le gustaba el Ministerio, pero ya había asumido que era un lugar en dónde conseguir información y, al fin y al cabo, un lugar en donde ganarte esa reputación necesaria para que confíen en ti. Vale, lo entendía. Pero aún así... una cosa es que lo hicieran por amor al arte y otra muy diferente que lo estuviesen pasando mal en un lugar en donde no están a gusto. Eso sí, tampoco quería sonar insistente. Lo menos que quería es que pensase que seguía insistiendo con el tema de "el Ministerio es una porquería, deberíais dejarlo". No, eso hace muchísimo tiempo que ya quedó atrás. Había entendido las razones y ya. —No sé, piénsatelo, ¿hace cuánto que no te coges unas vacaciones? Y yo puedo hablar con los Davis a ver si me dejan algunos días libres y hacemos algo juntas —la animó. —Seguro que Caroline también se apunta.

Pero entonces sonrió ampliamente ante la queja de su amiga por teclear tan rápido con el WhatsApp. ¡No era justo, ella era normal, la lenta era Güendolín con su dedo lento y regordete! —Son muchos años de práctica, tía. Tengo un arte extraordinario en mis dedos. —Y se encogió de hombros. Menos mal que Sam era demasiado inocente como para encontrarle doble sentido a eso o se hubiera muerto de vergüenza ella sola, además de reírse misteriosamente por nada. —Genial... —Murmuró, contenta, cuando le dijo que se quedaría en casa esa noche. —¿Seguro que Bee no está en la Isla de Pascua ahora visitando a los moais? —Cuestionó con diversión. —A lo mejor no es tan gay como lo pinta y en realidad es su amante secreto, ¡y fueron a Mexico a hacer crucigramas! —Y fue ahora, con ese salseo evidentemente falso, que le soltó la mano a Gwen para llevársela a la boca. —¿Te lo imaginas? En realidad no me lo puedo imaginar. No por ella, sino más bien por él. Es demasiado gay. —Y es que los homosexuales tenían una especie de radar para identificar a otros homosexuales, ¿sabes? Y estaba segura de que las pocas veces que Laith y Sam se habían visto de vista—válgase la redundancia—ambos habían pensado lo mismo del otro. —Me puedo hacer una idea. La verdad es que ya está mucho mejor, pero se nota que todavía está débil. Supongo que las medicinas tampoco le estarán sentando del todo bien... Por suerte ya mañana es la última que le toca. —Sam no tenía ni idea de medicina; mucho menos de medicina animal. Lo poco que había aprendido había sido relacionado con curaciones y primeros auxilios, más que nada porque era con lo que había tenido que lidiar durante todo este tiempo si había querido sobrevivir. —Está en Japón. ¿Te acuerdas del problema que se traía entre manos con los kappas? Todo parecía ir bien... hasta que se torció. Y la llamaron hace dos días para que fuese allí, que la necesitaban. Pero claro, la cosa se complicó y tiene que quedarse mínimo un día más. Pero todo va bien. —Le explicó con tranquilidad. —Me ha dicho que te dijera que tiene un regalito para ti. —Y, muy sonriente, la dejó con la intriga, pues Sam ya sabía que era.

¡Dos días había dormido sola! ¡Dos! El primero fue un poco mejor porque cerrar el Juglar hacía que terminase cansadísima, pero aún así había dormido poco y mal, de esas madrugadas en las que te despiertas mirando al techo, con los ojos abiertos y sin ganas de volver a cerrarlos. ¿Y la noche siguiente? Madre mía... si es que su cabeza inconsciente sabía perfectamente cuando parecía estar sola en casa para atacarla con las peores pesadillas. Ella sabía que tenía que seguir intentándolo hasta que se le pasase pero... cada vez que lo intentaba y se despertaba, asustada y con ganas de golpear un cojín solo por desesperación, llegaba a la conclusión de que más que se le pasara, iba a terminar acostumbrándose. Y acostumbrarse a eso debía de ser horrible...

Entonces soltó lentamente aire y se giró hacia los apartamentos Windsor. —¿Qué pereza, no? —Arrugó la nariz ante la idea de entrar allí. Bueno, entrar no era el problema, más bien lo que hacer en el interior. Aquello era tan grande que había tantas cosas que podrían simplemente pasarse por alto... —Sinceramente... me encantaría entrar ahí dentro, que aparezca un señor simpático que sepa mucho sobre Artemis y nos empiece a contar todo lo que sabe de ella sin que le preguntemos. Sería tan fácil y fructífera la noche... —Deseó, mirando regañada hacia el cielo, a ver si casualmente veía pasar una estrella fugaz. Soltó aire, bajando los hombros. —Nada, no aparecido mi estrella del deseo. Creo que toda nuestra suerte en este tema la gastamos cuando estuvimos con Savannah... Así que manos a la obra.

Dio un pasito para atrás, para hacerle una señal a Gwen de empezar a caminar hacia los apartamentos que les había dicho Savannah. Entre antes entrasen, antes podrían volver a casa y descansar. Además, una vez dentro, cualquier tipo de información que les sirviese, por pequeñita que fuera, ya sería una victoria para ellas. No iban buscando la pólvora, sólo un pequeño rastro que las ayudase a seguir un camino más claro.
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Gwendoline Edevane el Vie Jun 22, 2018 12:07 pm

El ataque, perpetrado por un grupo de fugitivos que seguramente tenían todo su derecho a estar furiosos con el nuevo gobierno—y a los cuales la prensa mágica calificaba de radicales, no sin cierta razón viendo cómo habían actuado—se había saldado con muchas víctimas mortales, inocentes o no, y los que habíamos tenido la suerte de sobrevivir habíamos quedado marcados. Quizás de por vida. Tal vez hubiese otros empleados del Ministerio capaces de hacer cómo si nada, de levantarse cada mañana, llegar a su despacho, y hacer su trabajo cómo si nada hubiese ocurrido. Pero yo no.
Cada vez que cerraba la puerta de mi despacho y conseguía concentrarme lo suficiente en mi trabajo, escuchaba un golpe—cualquier cosa, incluso una carpeta que se le había caído a alguien—y volvía a revivir aquel momento en que Savannah se había estampado contra mi puerta. E, inevitablemente, todo lo demás venía después: el duelo con aquella mujer, el ascensor, la batalla con aquella mujer que casi me deja sin brazo... Y no, claramente no me concentraba lo suficiente en mi trabajo, ni lo hacía todo lo bien que podía.
Si otros eran capaces de seguir cómo si nada, mi más sincera enhorabuena: yo no podía, pues era humana, y me iba a costar tiempo y esfuerzo volver a sentirme segura en aquel lugar.

—Supongo que podría.—Respondí a lo que Sam me propuso, y que tan bien me sonaba. En circunstancias normales, mi manía con hacer mi trabajo a toda costa me habría hecho descartar aquello de inmediato, tachándolo de locura. Pero aquel año había sido el año de las locuras. El año de hacer locuras, el año de que ocurriesen locuras... ¿no podía, acaso, hacer aquella "locura" que no lo era tanto y que, de verdad, me apetecía? ¿Por qué no?—La verdad es que ni me acuerdo de cuando fue la última vez. Sé que el año pasado no, pues con todo lo que estaba pasando en mi vida, lo que menos necesitaba era tiempo libre para pensar y darle vueltas a todas las ideas horribles que tenía en la cabeza.—Y eso que todo lo horrible que pude imaginarme no se comparó con la realidad... Ciertamente, pues durante el verano de 2017, Sam no solo había estado viviendo por su cuenta, moviendo su tienda de campaña mágica de un lado a otro, si no que también había tenido que soportar la sombra de Sebastian Crowley, quién se había asegurado de no perderla de vista. Y no hablemos ya de mi madre... Mejor no hablemos de ella, no.—Bien es sabido que no me vendría nada mal alejarme de ese sitio...—Dejé aquella frase en suspensión, sin concretar si me refería a un alejamiento temporal, o si por el contrario estábamos hablando de un alejamiento permanente. Ni yo misma lo tenía claro todavía.

Ni Sam ni yo encontramos un doble sentido más que evidente en su afirmación acerca del extraordinario arte de sus dedos. No era el momento, en realidad. Quizás en un futuro me encontrase a mí misma recordando esa frase y diciéndole a Sam "Tenías razón: tienes un arte extraordinario en los dedos", aunque no pienso decir en qué contexto se daría dicha frase. O quizás no se diese. ¿Quién sabe? Yo no os he dicho nada...
Lo importante es que entonces ninguna de las dos vio aquello cómo un doble sentido. Lo sabía porque, de lo contrario, Sam no se habría quedado tan tranquila, y yo quizás me hubiese puesto algo roja. Pero el contexto... ¡El bendito contexto! Eso fue lo que me ayudó a no encontrarle un doble sentido. Me alegro de ser tan literal en la mayoría de ocasiones.

—Algún día tendrás que enseñarme.—Recordad: ninguna de las dos entonces estaba pillando el doble sentido de aquello. ¡No juzguéis!—Me gustaría adquirir esa destreza en mis dedos que tienes tú.—¡Dije que no juzgaseis!—Así quizás dejen de resitírseme los mensajes de texto. Es frustrante que cuando tú ya has enviado diez, yo todavía estoy enviando un simple "Hola".—¿Veis? Dije que no juzgaseis. Acompañé aquellas últimas palabras con una sonrisa. Por supuesto, había exagerado bastante: era capaz de enviar ese "Hola" antes de los diez mensajes de Sam... pero tampoco mucho antes, no os creais.

También tengo que agradecer a quién me crease mi capacidad para no ver el doble sentido a una petición de pasar la noche con mi mejor amiga, a quién le gustaba "dormir" con chicas. Podría habérselo encontrado, pero tenía clara una cosa: cuando Sam te dice dormir, Sam se refiere al proceso en que seres humanos y animales cierran los ojos para desconectarse y descansar, no a otras cosas. De hecho, incluso cuando Sam había tenido alguna pareja, eso no había impedido que durmiésemos juntas en alguna ocasión. Creo que a la segunda y a la tercera no les parecía del todo bien—que no se lo pareciese a la tercera tenía delito, teniendo en cuenta lo que hizo para acabar con la relación—pero aquella era una parte de Sam que más le valía aceptar a una hipotética pareja suya: a Sam le gustaba que le diesen cariño, amigas o parejas, y para ella dormir con alguien no tenía por qué significar nada más que eso, una muestra más de cariño y confianza.
Además, yo también dormía mejor con ella al lado. Sé que no me había pedido específicamente que durmiese con ella, pero Sam no me dejaba dormir en ese "cuarto misterioso" ni en el sofá, y evidentemente no iba a ocupar la cama de Caroline por si aparecía de imprevisto, muy cansada y con ganas de tirarse a dormir doce horas seguidas. Así que, cuando Sam me pedía que durmiese "en casa", era sinónimo de "en mi cama." Así había sido durante la breve convalecencia que había pasado tras el ataque al Ministerio.

—No tengo ni idea.—Respondí, encogiéndome de hombros, acerca del paradero de Beatrice. Sabía que en los últimos tiempos, por lo menos, había vistado Las Vegas y México. Así que todo era posible.—Pero siendo ella, todo es posible. De verdad, a veces me pone de los nervios que tenga tan poco cuidado. ¿Lo de irse a Las Vegas? ¿Por que misteriosamente ganó un concurso? Yo, en su situación, por lo menos, habría desconfiado un poco...—Y quizás fuese una ceniza paranoica por ello, pero mejor eso a descubrir después que se trataba de una trampa para atraparme.—Solo espero que Laith pueda meterle un poco de sentido común en esa cabezota...—Sam sugirió que Laith quizás no fuese homosexual, algo que ni siquiera ella se creía.—No lo creo... aunque harían buena pareja, eso sí.—Volví a encogerme de hombros. Allí estábamos, cotorreando cómo dos marujas, cuando lo que nos esperaba dentro del edificio Windsor era una misión relacionada con Artemis Hemsley.

Don Cerdito era una de las cosas más importantes para Sam en el mundo. No en vano el animalito llevaba mucho tiempo con ella y, junto a sus otras mascotas, había supuesto ese rayo de luz en una vida que pasaba por una etapa muy oscura. Al menos Sebastian Crowley había tenido un ápice de decencia y humanidad al dejar en paz a sus animales. Y no es broma esto que digo: conocía a Sam, se parecía mucho a mí en ese aspecto, y yo quería en aquellos momentos más a mi gato que a muchas personas, incluido mi propio padre. Si le pasaba algo, estaba segura de que pasaría por una etaba muy dura.

—Se pondrá bien.—Le dije con una sonrisa. Seguro que podía prepararle algo natural y que no interfiriese con su medicación actual para ayudarle a recuperar el ánimo. A veces, los tratamientos médicos podían dejar exhausto a cualquiera. Algunos tenían precisamente ese propósito: paciente adormilado, paciente que no corre el riesgo de hacerse daño.—¿Cuanto te apuestas a que mañana por la mañana viene a despertarnos? Eso si no está durmiendo ya acurrucadito con nosotras. En ese caso, será Lenteja quién venga y Don Cerdito se levantará de inmediato para jugar con ella.

Así que Caroline estaba en Japón, lidiando con el problema de los kappas. No pude evitar sentirme un tanto preocupada al respecto. Si aquello tenía el más leve parecido con el Magic Battles Club, la tarea no iba a ser sencilla. Esperaba que al menos no estuviese sola. Bueno, más le vale. Porque sé que la Orden del Fénix tiene muchos problemas a los que hacer frente aquí, pero seguro que no dudarían en echarle una mano. Tal vez Caroline no fuese un miembro activo de la Orden, pero desde entonces, se la consideraba aliada. Seguramente, Ryan habría difundido la palabra de sus heroicos actos en el refugio, y cómo también ayudaba a fugitivos. ¡Demonios, si había dejado su cómoda vida en Japón para meterse en Inglaterra por una fugitiva!

—El mejor regalo que puede hacerme es volver sana y salva.—Respondí, aunque no pude evitar ilusionarme cómo una niña ante la idea de recibir un regalo. ¿Qué sería? Esperaba que no se le ocurriese traerme una katana o algo parecido. Prefería no tener ese tipo de armas en mi domicilio, o sentiría la necesidad de aprender a utilizarlas. Sí, yo soy así.

Observamos la imponente figura del edificio Windsor, un bloque de apartamentos bautizado así en honor a nuestra Reina de Inglaterra, y Sam comentó que le inspiraba pereza. En mi caso, me inspiraba otra cosa: un inevitable miedo a lo que podía encontrarme allí dentro. Aquel era uno de los lugares señalados por Savannah cómo escondrijo de Grulla. Tal vez no hubiese nada, y fuese lo más insulso que nos podíamos echar a la cara, pero de todas formas allí estaba yo, insegura, mordiéndome el labio inferior mientras luchaba contra el irrefrenable impulso de morderme las uñas de la mano izquierda.
Cruzarme de brazos ayudó un poco. Al menos, me ayudó a aprisionar la mano izquierda entre el brazo derecho y mi caja torácica.

—Podría ser...—Respondí, con una leve sonrisa que indicaba que, pese a los nervios que sentía, iba a hacer una broma.—Y también nos traerá una bandeja de postres para que nos pongamos las botas. Después nos hará una visita guiada y...—Finalmente, acabé sonriendo mucho más, arrugando la nariz y enseñando los dientes.—¡Vale, vale! Ya paro.—Sam incluso esperaba que apareciese una estrella fugaz a la que pedir un deseo, pero no hubo suerte. La suerte no quería formar parte de aquella pequeña misión, pues.—Según lo que vimos en el recuerdo de Savannah, este sitio es un edificio de apartamentos normal y corriente. Y lo que estamos buscando es una puerta al final del pasillo del ala este, en el séptimo piso. No debería llevarnos mucho tiempo revisar ese apartamento. Seguro que acabamos en seguida y volvemos a casa decepcionadas.—Me encogí de hombros.—Casi mejor, ¿no? Así podemos volver a ver un par de episodios de la quinta temporada de Orange is the new black antes de dormir.

Aquello, más que para animar a Sam, pretendía que me animase a mí misma. Después de lo del Ministerio, me sentía un tanto insegura. Y tenía miedo de lo que podíamos encontrarnos allí dentro. Sabía que podía luchar, que los meses de entrenamiento me habían convertido en una duelista competente, pero de todas formas no estaba loca por volver a meterme en una pelea con nadie. Así que, por el bien de mi salud física y mental, esperaba que aquella fuese una misión tranquila y, si tenía que ser, decepcionante.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Jun 28, 2018 3:39 am

Sam podría cogerse unas vacaciones cuando quisiera, pese a que llevase poco tiempo trabajando en el Juglar Irlandés. Por suerte para ella, había dado con un trabajo cuyos jefes eran más que excepcionales. Ya era hora, ¿no? De que algo le saliese bien, digo. Y claro, ahora sabía que Gwendoline podía optar por cogerse unas vacaciones, Caroline más de lo mismo... ¿y sabéis lo genial que sería poder hacer algo juntas, sin tener que preocuparse por nada más que divertirse, distraerse y sonreír? Sin responsabilidades ni obligaciones. No sé, solo de pensarlo ya le ilusionaba la idea; le emocionaba poder hacer algo diferente, al lado de ellas. —No te vendría nada mal, no... —coincidió con ella. —De hecho, me gusta mucho la idea y creo fervientemente que deberías pensártela muy bien. ¿Hace cuánto que no hacemos nada de ese estilo? Creo que la última vez que nos cuadraron las vacaciones fue hace... ¿cinco años? ¿Cuando fuimos a aquella cabaña en la montaña y nos pasamos días haciendo senderismo? ¿Te acuerdas? El día que decidimos ir a la más larga de todas, fue el día en el que llovió hasta calarnos enteras. Aún recuerdo la de pañuelos que gastamos después con el resfriado y que sacamos todas las mantas del armario para tirarnos delante de la chimenea, sobre aquella alfombra tan gordita y calentita. —Recordó, con alegría. Eran buenos tiempos y aquello, sencillamente, una experiencia buenísima. Ay, qué tonta era, emocionarse por un recuerdo. ¡Ya le valía! Hacía mucho que no sentía algo así, tan desinteresado, tranquilo y bonito. —Me gustaría repetir algo así.

No necesariamente ir de senderismo, sino algo que las libere de toda la monotonía a la que están sometidas, a los nervios y a vivir siempre atentas, sólo por si alguien te señala con el dedo, poniéndote en peligro. Eso no era vivir. Eso era... una mierda. Y sabía que podía convencer a sus amigas para hacer algo las tres.

¿Sabes qué? Menos mal que eran personas normales. Bueno, más bien, menos mal que eran personas que no solían sacarle connotaciones sexuales a las cosas, una porque sencillamente eso lo ha dejado para otra vida y la otra porque ya debe de ser virgen de nuevo. Pero aquella situación, en otro caso, debía de haber sido desternillante. Sam, por su parte, simplemente se limitó a sonreír, inocente. —¿Has pensado en intentar teclear con la nariz? Seguro que eres más rápida. Más que nada porque no creo, en absoluto, que puedas ser más lenta de ninguna de las otras maneras que te ofrezca el cuerpo. —Rió, por la exageración, ya que evidentemente estaba de broma. —Yo a veces escribo con la nariz cuando tengo las manos ocupadas; respuestas cortas. Y te aseguro que soy más rápida que tú escribiendo con el dedo gordo —añadió, pues meterse con ese pequeño detalle de Gwen, tan insignificante pero divertido, pues le hacía especial gracia, sobre todo porque ella misma se enfadaba porque al parecer era Sam la rápida y no ella en pleno siglo XXI en dónde hasta una abuelita sabía escribir con los dos dedos pulgares más rápido.

Hablar de Bee era muy divertido y... también muy frustrante. Sam entendía completamente sus ansias de libertad, vamos que si la entendía... ¿pero sabéis qué? Sam no podía llegar a comprender su manera de actuar, ya que la consideraba totalmente temerosa y muy poco cuidadosa, pero claro, había una diferencia: Sam tenía miedo, Bee no. Sam, a la mínima ya desconfiaba o, sencillamente, sentía pavor. Le daba un poquito de envidia esa seguridad que tenía la rubia, además de ese coraje en el que todo le da tan igual. A Sam le habían repetido, a golpes, una y otra vez, que no todo te puede dar igual porque al final las cosas salen mal. Sin embargo, poco tenía que decir al comportamiento de su amiga, aunque comprendía perfectamente a Gwendoline y su preocupación, sobre todo cuando le ha dejado quedarse en su casa para que no tenga que dormir en un refugio y, por tanto, ha creado una especie de vinculo de responsabilidad con ella, al igual que el que tienen Caroline y Sam. —Ya, puedo entender tu frustración. —Si Sam se frustraba ella sola cuando sabía que, por algún motivo, preocupaba a Caroline, así que imaginaros. Pero Sam es que se preocupaba por todo en esta vida. Ni tanto ni tan poco, ¿sabes? —De todas maneras, entiendo que te moleste, hasta a mí me molesta y ni vive conmigo, pero no deberíamos preocuparnos por ella. Es decir... ha estado más de un año por ahí ella sola y... —Se encogió de hombros. —¿Has visto lo bien que está y que nada le ha pasado? Al final, ir de loca por la vida, es el mejor remedio contra las desgracias. O bueno, para evadir las desgracias... —Qué envidia le daba tanta normalidad en la anormalidad, en serio. Le parecía increíble lo diferente que había llegado a ser la vida de Sam, en comparación con la de su amiga, cuando ambas estaban viviendo lo mismo. Más o menos, claro. Por suerte Bee no tenía un Crowley amargándote la vida. —Además, Laith es un buen tipo, seguro que si se libra de tantas es gracias a él. La cuidará bien. —¿Que si Sam conocía a Laith y confiaba en él? Pues no, nada. Cero. En realidad era una especie de confianza ciega, sugestionada totalmente por el hecho de que era gay y... no sé, los gays se comprenden entre ellos, ¿sabes? Había algún tipo de feeling homosexual que no sabía explicar.

¿Sabes qué? Don Cerdito llevaba en la vida de Sam siete años. ¡Siete! El pobre ya estaba un poco viejete, pero parecía tener tanta vitalidad como cuando recién tenía uno. Recordaba perfectamente habérselo comprado cuando se independizó por completo en ese pisito que, desde un primer día, adoró como nunca. ¡Y la de discusiones que tuvo con su casero, por permitir un cerdito en el piso! Al final ganó Sam, evidentemente, regalándole galletas en no tan mal estado y con su característica sonrisa de persona razonable. Además de que le había llevado a Don Cerdito con apenas unos meses y... ¿quién no se enamora de semejante preciosidad? Pero en lo que decía tenía razón, ya el animal estaba bastante bien y esperaba que mañana ya demostrarse las ganas de volver estar al cien por cien.

Curvó una sonrisa. Si había un sitio en donde Sam sabía que Caroline estaría bien: ese era Japón. Tenía una cantidad de amigos, aliados, contactos y compañeros allí que... era increíble. Siempre que le hablaba de aquello, parecía que todos allí eran una enorme familia. —Volverá sana y salva. En Japón la tratan como nunca. Si la llaman a ella para esos problemas... ya te puedes imaginar lo bien que la tienen que tratar siempre. —dijo, asegurándole a Gwen que todo le saldría bien. Caroline era una profesional en su campo y encima estaba en terreno muy bueno: volvería con otra victoria, como siempre hacía.

Sonrió al ver sonreír a Gwen, casi contagiada por su mueca tan feliz. Ahora mismo no había nada que le apeteciese más que entrar en ese edificio de apartamentos sólo para no encontrar nada. Irónico, sí. ¿Sabes? Sería super feliz si no encuentran nada y tienen que irse, desilusionadas, a casita a meterse bajo una mantita, encender la televisión y quedarse dormidas viendo un capítulo. ¡Qué pena, vamos! ¡Por favor, era un plan excepcional! —No debería llevarnos mucho tiempo porque ambas sabemos que no va a haber nada, porque esa desgraciada de Artemis Hemsley, pese a todo, siempre parece estar dos zancadas por delante... —Suspiró, poniendo los ojos en blanco. —¿Pero sabes qué? Mejor, porque me apetece muchísimo tirarme en el sofá a ver un capítulo contigo. —Y le tendió la mano, para que se la sujetase. —¿Vamos?
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Gwendoline Edevane el Jue Jun 28, 2018 10:35 pm

A medida que Sam hablaba, evocando aquellos tiempos más sencillos en que podíamos disfrutar abiertamente del tiempo que teníamos para nosotras, sin miedo a que por ello pudiesen encerrarnos en una prisión, una sonrisa se iba dibujando en mi cara. Aquellos eran tiempos bonitos, y de alguna manera, por muy ocupadas que estuviésemos, siempre conseguíamos sacar tiempo la una para la otra. Aquellos tiempos, preludio de todo lo malo que vendría después, habían sido los más felices de mi vida.
Aquella cabaña se había convertido en un sitio especial para mí. Además de todo lo que Sam describía, de todas esas vivencias que habíamos pasado juntas allí, también había un momento que, para mí, había sido el más especial de todos: cuando habíamos "Edevane y Lehmann estuvieron aquí" en uno de los árboles que rodeaban la casa, valiéndonos de nuestra magia para ello.

—A mí también me gustaría.—Me sorprendí a mí misma bajando la mirada, con un leve rubor en las mejillas; no podría explicar el motivo exacto... aunque por aquel entonces ya empezaba a hacerme una vaga idea.—¡Pero oye, que ese día nos mantuvimos fieles a nuestra promesa de no utilizar la aparición! Nadie podrá decir que no cumplimos con nuestro propósito, aunque luego tuvieramos que quedarnos en la cabaña, con el fuego encendido.—Recordaba las sensaciones de aquello a la perfección: la frescura de la lluvia, el frío que sentí recorriendo el camino de vuelta con aquella ropa empapada que tanto pesaba, el roce de la alfombra bajo mis pies, el calor de las llamas y el olor de los troncos que ardían en la chimenea... Fue una experiencia maravillosa, junto a la mejor persona del mundo.

Una conversación que a ojos y oídos externos podía tener unas ciertas connotaciones sexuales de las que ni ella ni yo nos dimos cuenta derivó en bromas un tanto más inocentes. Nuestro tipo de bromas. Sam sugería que intentase teclear con la nariz, a lo cual empecér a fruncir el ceño; se estaba metiendo conmigo, cómo solía ser habitual en ella. Mi falsa cara de indignación fue bastante convincente, a pesar de todo. Fruncí tanto el ceño cómo los labios en mi mejor representación de la indignación.

—¡Lo estás llevando demasiado lejos, Samantha!—Me puse brazos en jarra, cómo si de verdad estuviese demasiado indignada.—¡No deberías burlarte de la gente con deficiencias en sus pulgares! ¿No recuerdas que tengo unos pulgares muy endebles?—Y, para demostrárselo, flexioné los pulgares, mostrando ese extraño defecto de nacimiento que, entre otras cosas, me convertía en un ser incapaz de abrir una botella de champagne. Y no pude evitar terminar riéndome.—Ya lo sé: da grima, pero tú te lo has buscado. ¡Tamaña insolencia!

Así que aquella noche la pasaría con ella, y la verdad, me alegraba. No es que no fuese capaz de dormir por mí misma, en mi casa, ni nada por el estilo. Simplemente, dormía mucho mejor a su lado. Supongo que a ella le ocurría lo mismo: nos sentíamos protegidas, acompañadas. La vida se había vuelto demasiado dura, demasiado complicada, y no hacíamos daño a nadie. ¿Estaba mal que durmiésemos juntas? En un futuro, posiblemente, dormiríamos mucho más juntas—y más cosas además de dormir—pero entonces solo éramos dos amigas. Dos buenas amigas... las mejores, en realidad. Pero lo suficientemente maduras cómo para profesarnos ese tipo de cariño sin que tuviese que significar nada más.
Al menos, hasta que significase algo más, por supuesto.
El caso es que aquello dio pie a hablar de Beatrice. Una muchacha impredecible cómo pocas. Alegre, sí, pero también una fuente de preocupaciones. No era la primera vez que me sorprendía llegando a casa, encontrándomela vacía, y tras enviarle algún mensaje de whatsapp muerta de preocupación, recibiendo una respuesta de lo más insulsa: "Estoy con Ryan", o "Estoy con Laith. Hoy no voy a dormir." A veces me preguntaba qué demonios le pasaba por la cabeza a esa mujer para comportarse cómo se comportaba. ¿Tan difícil era comprender que, a pesar de ser claramente dueña de su vida, había otras personas que podían opinar al respecto? ¡Y más siento una fugitiva!

—No, si lo entiendo. Y entiendo que ella es libre y...—Me interrumpí, frunciendo el entrecejo, al darme cuenta de lo que había dicho.—Bueno, tú ya me entiendes. ¿Pero irse a Las Vegas? ¡Me da igual que le tocase un premio! ¿Y si se llega a encontrar con algún cazarrecompensas en el aeropuerto? ¿Y si la MACUSA la reconoce por algún tipo de orden de búsqueda internacional? Cabe suponer que cooperen con el Ministerio Británico...—Solté un suspiro, dejando ir toda la frustración que me causaba a veces. Era lo duro de preocuparse por alguien tan irresponsable.—No es Laith quién me preocupa; es ella.—Maticé, y lo decía literalmente: en el caso de Sam, no me preocupaba lo que ella pudiese hacer para meterse en problemas, pues sabía que había aprendido de sus errores; lo que me preocupaba eran otras personas a su alrededor, cómo Matt Forman, quién por mucho que la hubiese ayudado a salir de una situación peliaguda, seguía siendo un cretino. ¿Y respecto a Bea? ¡Oh, no, Beatrice Aremi Bennington no necesita que nadie la meta en problemas! Ya se mete ella solita...—En fin... soy consciente de que en algún momento acabará yéndose. Pasa más tiempo fuera que dentro de casa, así que...—Concluí, encogiéndome de hombros. No había mucho más que añadir a ese tema.

En nuestro saco de preocupaciones actuales no solamente estaba Beatrice "Irresponsable" Bennignton, para quién el mundo parecía ser un patio de recreo en el cual los cazarrecompensas simplemente jugaban al "Pilla pilla". Don Cerdito también ocupaba una pequeña parcela, enfermo cómo estaba. Y, sobre todo, Caroline Shepard. Ella estaban en Japón, llevando a cabo una misión bastante complicada.
Sin embargo, Sam me tranquilizó. No conocía todavía a ninguno de los amigos japoneses de Caroline, pero estaba ansiosa por conocer a Ryosuke. Solo sabía de él de oídas, y había sido el sanador a cargo de ayudar a Caroline a tratar las heridas de Sam después del incidente con los Crowley. Si ese hombre había sido capaz de salvar a Sam cuando prácticamente estaba muerta, seguro que podía ayudarme con el pequeño proyecto que tenía entre manos.
Y, en un arranque de impulsividad, una idea vino a mi cabeza.

—¡Deberíamos visitar Japón!—Exclamé, por toda respuesta.—Tú, yo, Caroline... podríamos pasar el mes de julio allí, ¿qué te parece?—Japón se antojaba un lugar dónde podríamos estar tranquilas, pasar un tiempo alejadas de la locura en que se había convertido el mundo mágico inglés. Y conocería a Ryosuke, por supuesto. Aquello era lo que más me interesaba.

Así que allí estábamos, por fin, observando aquel edificio de apartamentos que, en teoría, albergaba una de las guaridas de Artemis Hemsley. Tras intercambiar algunas bromas, que arrancaron una sonrisa a ambas, le recordé a Sam lo que sabíamos: la localización exacta de nuestro objetivo, en la séptima planta. Y al parecer teníamos un consenso: queríamos que aquello acabase en nada, a fin de poder marcharnos a casa con las manos vacías lo antes posible. No nos apetecía lo más mínimo meternos en problemas, y eso parecía estar claro. Yo todavía no me sentía en forma después del ataque al Ministerio, y por lo general las dos preferíamos mantenernos alejadas de los problemas. Así que crucemos los dedos...

—¡Cruzo los dedos para que no nos decepcione!—Respondí con una sonrisa divertida, pues estaba claro que no éramos personas de acción. Lo nuestro era vivir nuestras vidas tranquilamente, ver series y meternos en nuestros propios asuntos.—¿Hacemos apuestas sobre el próximo lío en que se meterán Red y Blanca? Porque llevan una temporadita...—Le propuse a Sam mientras, sin casi darme cuenta, cogía la mano que me ofrecía mi amiga.



Arthur Payne y Douglas Dagon.


¡Eh, Dog!Dijo de repente Arthur, rompiendo el silencio que reinaba en la habitación sin amueblar. El ex-Hufflepuff alzó la mirada, buscando la de su amigo.Ve a por unos cigarrillos, ¿te parece? Hay una tienda veinticuatro horas cerca...

¿Seguro, tío? ¿No deberíamos quedarnos juntos por si...?

¿Por si qué? ¡Aquí no va a pasar nada, joder! ¡Ve a por tabaco, coño! No voy a aguantar toda la santa noche despierto si no fumo algo.Arthur, cruzado de brazos, moviendo de manera nerviosa el pie derecho, se quedó meditabundo. Cuando Dog se había puesto en pie y ya caminaba en dirección a la puerta, el ex-empleado del Ministerio volvió a hablar.Y trae unas cervezas frías. ¡Venga, mueve el culo!

Dog no respondió. Se limitó a resignarse y asentir con la cabeza, reanudando la marcha. Sabía que no cobraría esas cervezas, ni los bocadillos que ya había pagado y ambos se habían comido, pero le daba igual. Arthur era su amigo, y cómo antiguo estudiante de la casa de Helga Hufflepuff, su lealtad era férrea.
El joven sacó su varita y se dispuso a dibujar el patrón que hacía aparecer la puerta...


Gwendoline Edevane y Sam Lehmann.
Algunos minutos después.


—De acuerdo.—Susurré a Sam, cuando alcanzamos la puerta de la sala de calderas del edificio de apartamentos. Era una pequeña puerta metálica recién pintada con una señal de "¡Precaución!" que alternaba el negro y el amarillo chillón atornillada a la altura de la vista, al final de un pequeño tramo de cuatro escalones que descendían.—Después de echarle un ojo a este sitio en Google Street View, vi esta puerta, y me parece la mejor forma de entrar. No creo que haya nadie en la sala de calderas a estas horas...—De todas formas, teníamos formas de averiguarlo mágicamente. Así que sería difícil encontrarnos con alguien allí.—Ah, y Savannah decía la verdad: al intentar mirar este sitio con Google Maps, pasan cosas raras. ¡Parecen fenómenos paranormales!

Abrí la puerta, que tenía una cerradura común, con un sencillo Alohomora no verbal. Un leve chasquido metálico me indicó que la cerradura estaba destrabada, y no restó más que girar el tirador para abrir la puerta. Antes de entrar, conjuré un hechizo Echoes, y lo que este me devolvió no fue más que el sonido de la caldera. Ni pasos ni nada más. Así que asentí con la cabeza en dirección a Sam y ambas nos internamos en la penumbra de la sala de calderas.
Una vez dentro, volví a poner la cerradura cómo estaba. Así, el conserje no se llevaría un susto a la mañana siguiente, cuando se encontrase la puerta sin cerrar y creyese que alguien se había colado a robar. No hacía falta asustar a nadie de forma innecesaria, y de todas formas Sam y yo no nos marcharíamos de allí por aquella puerta. Seguramente ni nos marcharíamos andando.

—¿Qué crees que habrá en este apartamento?—Pregunté a Sam en voz baja, mientras caminábamos despacio por la sala de calderas, buscando la puerta de acceso al edificio.—Cómo al final lo único que haya sea una colección de Shurikens o algo parecido, mi decepción va a ser máxima...—Estaba preparada para la decepción, pero no quería tanta decepción: encontrarme con la colección personal de objetos frikis de Artemis Hemsley sería lo más innecesario del mundo.


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Jul 10, 2018 7:09 pm, editado 1 vez
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Sam J. Lehmann el Lun Jul 02, 2018 3:33 pm

Bueno, mereció la pena. —Y se encogió de hombros, nostálgica; sonriente. Ni se arrepentía de haber prometido no usar magia, ni mucho menos ponerse mala por ello. Fue una experiencia preciosa—y muy mocosa, todo cabe añadir—esos días que pasaron allí, inclusive el día en el que ambas tenían que sonarse cada dos por tres e implorar por su vida frente a la chimenea. —Bueno, pues podemos repetirlo. Justamente eso podemos hacerlo. Mi condición de fugitiva me limita muchas cosas, pero no para irme de vacaciones a una cabaña perdida en medio del bosque. Esas cosas son mi especialidad. —Exageró divertida, ya que ahora mismo Sam tenía un máster en terreno montañoso londinense. Pasando tanto tiempo allí, como para no.

¡Nunca lo había entendido, jamás! ¿Cómo era capaz de hacer eso con los dedos? ¡Iughhh! Siempre le había dado grimita ver a Gwen haciendo ese movimiento de dedo contorsionista super deforme y siempre le había repetido lo mismo: ¡delante de ella nada de hacer esos movimientos extraños antinaturales! Así que al verlo, Sam abrió la boca, divertida; en un intento inútil de intentar indignarse. —¡Pero tía! —Rió. —Mira que nunca podría decir nada malo de ti... ¡menos esos pulgares de otro planeta! Pero vale, has ganado. No tengo nada que hacer contra esa esa espectacular contra-argumentación. —Y ella misma movió sus dedos, como intentando evitar esa grimita extraña que te entra de solo pensar de nuevo cómo era capaz de mover de esa manera los dedos. —Ya está, ahora no puedo quitarme de la mente tus pulgares. Siempre me traumas. —Exageró, solo para molestarla un poquito. ¿He dicho ya lo mucho que a Sam le encantaba verla sonreír y "picarse" de esa manera tan dulce que siempre tenía? Era lo bueno de ser un libro abierto la una para la otra, que sabían perfectamente cuando estaban de broma. Y bueno, es que el tema de los pulgares de Gwen ya viene de muy atrás...

El tema de Beatrice era tan relativo... Al final, todo dependía del punto de referencia y de las vivencias de cada uno. Sam entendía a Bee, pero indudablemente apoyaba más la exasperación de Gwendoline. Había estado en ambas posiciones y no había nada más preocupante que tener a gente querida ahí fuera en peligro, ni nada más egoísta que actuar sin tener en cuenta los sentimientos de la gente que te quiere. Sam había sido partícipe de ambas partes y... se arrepentía de haberlo sido de la segunda. ¿Lo bueno? Que al menos aprendió de sus errores. Y bueno, de Bee... lo único que podía hacer era desearle mucha suerte para que pudiese seguir viviendo así. No quería para Bee nada de lo que le había pasado a ella. —Ya, lo sé... —Tampoco se iba a mojar mucho más, ya que tampoco era una conversación que pudiese cambiar nada. —No sé, ¿has pensado en hablar con ella para que sea menos inconsciente y se piense un poquito más las cosas? —Porque luego estaba la parte de: "hasta que no vea la realidad de ahí fuera, no va a cambiar", pero Merlín no quisiera que le pasase nada malo.

Estaba hablando de Caroline cuando de repente Gwendoline estalló en un arranque de inspiración divina, haciendo que Sam pegase un pequeñísimo bote, de la sorpresa. La miró con una sonrisa inconsciente por la impresión inesperada, para entonces cambiar ese sonreír. Ya no era una sonrisa de sorpresa, sino de ilusión. Admítelo: Sam tiene una capacidad de persuasión increíble. ¿Cuánto había tardado? ¡Nada! Tenía que hacérselo mirar, porque luego a Caroline le costaba horrores convencerla de comprar un paquete de más de chocolate. —¿Pues cómo me va a parecer? La mejor idea del universo y más —respondió con diversión. —Y que no me lo pierdo por nada. —Y no dijo nada de Caroline porque... vamos a ver, ¿de verdad veis a Caroline poniendo alguna pega a una plan de vacaciones en dónde van a Japón? Pues claro que no. Pondrá pega por el tiempo, si eso, pues dirá que es muy poco.

Un ratito después, en la sala de calderas...

Había un montón de ruido allí abajo, pero había sido la mejor manera de entrar. No querían ser descaradas pudiendo evitarlo y quizás Grulla fuese lo suficientemente paranoica como para revisar las entradas o las cámaras de la entrada. ¿Pero la sala de calderas a quién narices le importaba? Lo mejor era entrar por ahí—que como brujas lo tenían realmente fácil—y así minimizar lo máximo posible cualquier tipo de descuido. Mientras caminaban por allí dentro en busca de la puerta interior, Gwen le preguntó algo que Sam llevaba tiempo preguntándose. —¿Te digo la verdad? No tengo ni idea. Y la verdad es que eso me asusta un poquito —confesó con sinceridad. No era la primera vez que estaba en un lugar público de buen ver y luego, tras traspasar una puerta, se encontraba un infierno. La magia escondía tantas cosas que... de verdad, ya se esperaba cualquier cosa y esa incertidumbre, a veces da pavor. Por lo menos ya había empezado a tomarse las cosas con cierta filosofía más tranquila. —Solo espero que no sea nada malo. Me encantaría pensar que encontraremos información. No sé, ¿quizás sea algún tipo de lugar de reunión entre ella y sus contactos? A lo mejor tiene ahí información sobre fugitivos a los que persigue, lugares que frecuenta en su búsqueda, quizás nombres de gente que la ayuda... —Habló con tranquilidad e indecisión, ya que no tenía ni idea y le preocupaba bastante encontrarse algo que no le gustase o las pusiese en peligro, como los malditos cangrejos de fuego pero en versión más poderosa. Pero bueno, dicen que lo primero necesario para que pasen cosas buenas es desearlo. —¿Tú? ¿Has pensado que puede tener ahí dentro?

Llegaron a la puerta interior y Sam, como era una persona muy optimista en esta vida, pese a todo lo que le había pasado, llevó la mano al pomo para girarlo y comprobar que, efectivamente, estaba cerrada con llave. —Una no pierde nada por intentarlo, ¿no? —dijo, para entonces encantar la puerta con un sencillo hechizo alohomora y que se abriese. Se asomó la primera, mirando para ambos lados sólo con la cabeza. A la izquierda quedaba el fondo de un pasillo, en frente lo que parecía la habitación en dónde se recogían todos los enseres de la limpieza, mientras que para la derecha sólo quedaba el resto del pasillo, el cual, suponía, daría en la intersección hacia dos sitios: entrada y escaleras. O eso esperaba. —Todo despejado.

Salieron de allí en dirección a la intersección, para entonces dar lugar a un pasillo que, como bien había deducido, daba hacia la entrada, pero no hacia las escaleras. Fueron en dirección contraria a la entrada y, al final de la siguiente intersección encontraron el ascensor. En realidad eran siete pisos, por lo que no era tan descabellada la idea de ir en ascensor. Se acercaron a él, pero justo se escuchó el característico sonido que marcaba que justo había llegado a esa planta. Las puertas se abrieron y, por puro instinto, antes de que nadie saliese, se dio la vuelta, colocándose delante de Gwendoline como si estuviesen hablando en medio del pasillo dos vecinas totalmente ajenas a todo. Un hombre salió de allí, cogiendo la primera salida mucho antes de llegar a ellas, sin apenas mirarlas, pues estaba demasiado atento a su móvil. Cuando se fue, Sam suspiró. Vale, una cosa había quedado clara: estaba nerviosa, pese a fingir tanta normalidad. —Vivo creyendo que todos son enemigos, madre mía... —murmuró, poniendo los ojos en blanco, asumiendo que aquel señor era simplemente un pobre hombre que salía a buscar el correo. Lo cual es curioso, pues en realidad salía a comprar cervezas y bocadillos y sí que era su enemigo, ¿pero eso cómo lo va a saber ella? —Vamos...

Se subieron al ascensor y Sam tocó el botón número siete. Las puertas se cerraron y comenzó a sonar la típica música de ascensor, esa que no sabes si es sexy o siniestra. Miró a Gwen de reojo, apoyándose a una de las paredes. —Me llegas a decir que actualmente siguen poniendo música en los ascensores y te juro que yo te apostaba que no. Suena a película mala de los ochenta. —Observó con tranquilidad, cruzándose de brazos y moviendo inconscientemente un pie, impaciente.
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Gwendoline Edevane el Miér Jul 04, 2018 2:17 pm

Cuando mostré a Sam la "peculiaridad" de mis pulgares, un problema de nacimiento que no se debía a ninguna lesión ni nada por el estilo, sabía que la espantaría. Le ocurría a todo el mundo. Para ellos debía ser cómo observar un dedo fracturado, y no podían evitar empezar a frotarse sus propios pulgares. Para mí ya era algo natural, no me producía ninguna reacción negativa, pero para los demás... ¡Oh, y cuantas veces había usado esta arma secreta contra Sam durante nuestros pequeños piques!
Así que allí estaba yo, sonriendo de manera triunfante, cómo quién ha ganado una partida en un juego especialmente complicado. De hecho, no solía ser nunca la "ganadora" en estas "discusiones", que realmente no pasaban de ser bromas. Sin embargo, Sam era de esas personas que, de alguna manera, siempre tenía un as con el que matar al tres. ¿Podía considerarse trampa? Posiblemente, pero me sentí muy orgullosa de haber conseguido ganar por una vez.

—Ahora ya lo sabes, Samantha:—Y, presten atención, porque aquí viene otro de esos comentarios totalmente inocentes al que se puede extraer una connotación sexual.—Tú quizás tengas dedos llenos de arte, pero no pueden competir con las cosas de que son capaces mis pulgares alienígenas.—Esta no había sido la peor de la noche, desde luego, pero por suerte, ninguna de las dos la entendió de manera incorrecta. Reímos, y dicho aquello, me acerqué a ella para darle un beso en la mejilla y susurrarle al oído:—Por fin consigo ganar una...

Hablar con Beatrice... Solté un bufido medio divertido, medio frustrado, ante la sugerencia de Sam. Podía ponerme a contar las veces que lo había intentado utilizando los dedos de mis manos, los de mis pies, los pelos de mi cabeza, los de mis cejas... y seguramente me quedaría corta. Beatrice era el tipo de perona a la que le decías que hiciese algo, te decía "Sí, Bwana", y a los dos minutos estaba haciendo lo contrario. ¿Le decías que se tiñese el pelo para salir a la calle? "No, ¿cómo osas? Nadie tiñe mi pelo." ¿Le sugerías que evitase los lugares mágicos? Ella se metía en Hogsmeade porque le apetecía llenar una mochila de dulces de Honeydukes.
Entendía su ansia de libertad. Siempre había sido así y era parte de su encanto. Pero todas habíamos tenido que renunciar a algo desde que todo aquello había empezado. También Sam disfrutaba de la libertad, y había vivido muchos meses confinada en casa con Caroline, ya no solo por miedo a salir si no por su propia seguridad. Y cuando salía, lo hacía con precaución, por mucho que los Forman trajeados del mundo dijesen "que tenía mucho que aprender".

—Sería redundante.—Dije finalmente, encogiéndome de hombros.—¿Crees que no lo he intentado? A veces pienso que lo mejor es pasar. Cada vez que no la encuentre en casa, debería tomarme una tila, poner una peli y... pasar.—Debería, y quizás fuese una opción muy buena de cara a mi salud mental... pero sabía que no iba a hacer tal cosa. Si algo—bueno o malo, eso lo dejo a juicio del observador—tenía yo, ese algo era mi incapacidad para mirar hacia otro lado mientras mis seres queridos hacían algo potencialmente peligroso para sí mismos.

Y hablando tanto de Caroline cómo de unas hipotéticas vacaciones fuera de Inglaterra, a fin de olvidarnos un poco de todo aquello en que llevábamos metidas desde el cambio de gobierno, se me ocurrió una idea revolucionaria: Japón. Las tres deberíamos marcharnos a Japón un mes o algo por el estilo. Podíamos aprovechar el tiempo para descansar y para averiguar algunas cosas sobre Hemsley—siempre y cuando aquella noche no fuese fructífera, por supuesto—. A Sam, la idea le gustó. Sí, le pegué un pequeño susto con lo repentino de mi sugerencia, pero mi amiga sonreía ilusionada ante la propuesta. Y su sonrisa se me contagió.

—Genial.—Asentí con la cabeza. Había sido un plan loco, improvisado quizás, pero estaba segura de que no nos volveríamos atrás. No necesitábamos gran cosa para marcharnos, más que utilizar la aparición.—Una vez allí, deberíamos buscarnos otra cabaña.—Sugerí, evocando aquella otra cabaña, en la que habíamos compartido vivencias inolvidables. Un lugar especial para las dos...


***

Ya en la sala de calderas, Sam y yo hacíamos nuestras cábalas acerca del contenido del apartamento. La idea de que contuviese simplemente una colección de objetos mágicos y "frikis" relacionados con la obsesión que Artemis Hemsley tenía por la cultura japonesa se me pasó por la cabeza, pero me resultaba del todo improbable. Dicha colección estaría posiblemente en su casa, expuesta en las paredes y en vitrinas, cómo si de trofeos se tratase. Y no me costaba imaginarme a Hemsley yendo por ahí con un cuchillo japonés envainado al cinturón, y quizás algunos shurikens guardados bajo la chaqueta. La imagen que tenía de ella tras hablar con Savannah y ver todos aquellos recuerdos era la de una mujer, si bien inteligente, un tanto perturbada. Así que nada de aquello me extrañaría.
Sam confesó que le daba un poco de miedo lo que nos encontraríamos allí dentro, esperando que en el mejor de los casos fuese un montón de información o tal vez uno de los lugares de reunión de Artemis. Aquella era la opción más probable, aunque seguía pensando que lo gordo de verdad tenía que estar en esa condenada maleta que tan bien cuidaba.

—Pues me inclino por la información también.—Respondí, frunciendo el ceño, mientras nos aproximábamos a la puerta que daba al edificio en sí.—Quizás guarde copias de informes del Ministerio sobre fugitivos. Digo copias, porque me imagino que tendrá más de estas en sus otros escondites. No es complicado para ella, si trabaja en el cuerpo de aurores.—La palabra "aurores" me supo cómo ceniza en la boca. En algún punto de nuestra historia, los aurores habían pasado de ser protectores de los indefensos a convertirse en sus perseguidores y verdugos. Por suerte, aún quedaba gente cómo Fiona Shadows en sus filas.—En fin, supongo que tampoco nos queda mucho para averiguarlo.—Me encogí de hombros con resignación. Entonces, imaginando las implicaciones de lo que Sam decía, los motivos de su miedo, le puse una mano en el hombro.—En cuanto sepamos que no hay ningún peligro, me dejas entrar primero, ¿vale? Si hay algo... horrible, te lo diré.

Caroline y yo nos cuidábamos de no exponerla a cosas que pudiesen llevarla a revivir el episodio vivido con Vladimir y Zed Crowley. Quizás estuviésemos siendo sobreprotectoras, pero... ¿qué daño hacíamos por evitarle cosas que le pudiesen refrescar sus traumas? Quizás algún día se siniese capaz de entrar en una sala dónde alguien había sido torturado brutalmente, pero... seamos sinceros, ¿quién está preparado para algo así? Aún si nunca has vivido algo cómo lo que ella vivió, nunca es agradable la visión de la sangre de un pobre desgraciado que ha sido torturado posiblemente hasta su muerte.
La puerta estaba cerrada con llave, cosa que era de esperar. Aquel era un edificio muggle y seguramente hubiese niños. Los adultos eran lo bastante inteligentes cómo para no meterse en una sala de calderas, pero los niños no. Así que de nuevo tuvimos que hacer uso de la magia, en este caso Sam. Mi amiga se asomó y, cuando hubo comprobado que no había nadie, me indicó que podía pasar.
En este punto ya había guardado la varita. Dos chicas caminando por el piso bajo de un edificio de apartamentos no era muy sospechoso; si empuñaban palos en sus manos, eso ya cambiaba. Para un muggle podía ser una mera curiosidad, pero los muggles no eran lo que me preocupaba.
Seguí a Sam, mirando a mi alrededor en cada momento a fin de cerciorarme de que no nos observaban... pues las paredes, porque allí no había absolutamente nadie. Con aquella precaución nos dirigimos al ascensor... y entonces ocurrió algo que no me esperaba.
Primero se escuchó un sonoro "¡Ding!" procedente del ascensor. La puerta empezó a abrirse... y Sam se echó encima de mí. No literalmente, si no de tal manera que quedé atrapada entre ella y la pared de las escaleras que subían al primer piso, a distancia suficiente cómo para darnos un beso. De esta manera, ella daba la espalda a quién saliese del ascensor y yo quedaba parcialmente oculta tras ella.
Mi reacción ante aquello fue apoyar ambas manos en sus hombros, ponerme totalmente roja y hacer lo posible por evitar la mirada de Sam. Alguien pasó tras ella en dirección a la calle, consultando su teléfono móvil con despreocupación, y cuando abandonó el edificio, mi amiga se separó de mí.

—Buena... buena velocidad de reacción.—Conseguí decir, y no dije nada más. Me concentré en alejar el rubor de mi rostro y los pensamientos que tenía solo segundos antes. ¿Qué me pasaba con Sam? Solo ella conseguía que me pusiese de esa manera...

Entramos en el ascensor y este ascendió suavemente hacia el séptimo piso cuando Sam pulsó el botón correspondiente. Para entonces, mi rubor casi había desaparecido, pero yo seguía perdida en mis pensamientos acerca del momento inmediatamente anterior a aquel trayecto en el elevador. Una pequeña parte de mí había pensado "Si vas a ponerte tan cerca de mí, lo mínimo que puedes hacer es darme un beso". Le daba vueltas a aquel pensamiento, cómo si estuviese removiendo un caldo en ebullición, y es por eso que las palabras de Sam me pasaron desapercibidas.

—¿Qué...?—Fue uno de esos momentos en que la información llegó con retraso a mi cerebro: la había escuchado pero no la había procesado, distraida cómo estaba. Al momento respondí.—No se me ocurre gasto más inútil de electricidad. Aún si pudiesen algo bueno...—Reparé también entonces en el hilo musical que sonaba. ¿Qué podía haber peor que aquella música? ¿El condenado Despacito?

Un nuevo "¡Ding!" nos indicó que el ascensor se había detenido; en la pantalla digital sobre el panel de botones numéricos, se podía leer "7" en rojo. La puerta se abrió lentamente, y Sam y yo salimos al exterior con cuidado. Estábamos en la planta correcta, por lo cual podíamos encontrarnos con algún enemigo. Deslicé suavemente la varita fuera de la manga, solamente la empuñadura, para poder acceder a ella lo más rápido posible.

—Ala este. Al final del pasillo.—Recordé a Sam con un asentimiento de cabeza. Por fortuna, ya había dejado atrás aquel momento que me había dejado en estado de shock, y dentro de mí solo quedaban el nerviosismo y la concentración. Nos encaminamos en esa dirección con relativa facilidad. No había nadie fuera de su casa en aquella planta tampoco. Y podríamos decir que la misión de llegar al ala este fue un completo éxito... hasta que nos percatamos de algo muy importante y que, por lo menos yo, no me esperaba.
No había ninguna puerta al fondo del pasillo.—No hay puerta...—Dije, dándome cuenta entonces del posible motivo: la puerta debía estar oculta por medio de magia. Me mordisqueé el labio inferior, pensando, y luego miré a Sam.—Vigila que no venga nadie.

Me aproximé al fondo del pasillo, sacando la varita. Apunté a la pared y conjuré un hechizo Aparecium de manera no verbal. Por un momento, ante mis ojos, parpadeó la imagen difusa de una puerta, cómo si estuviese viéndola a través de una cascada o algo por el estilo. Entonces, sonó una especie de chasquido eléctrico, y mi hechizo fue repelido. En el lugar dónde había visto apareció una serie de nueve puntos en tres filas. Cada uno de los puntos tenía un número en su interior. Debe tratarse de algún tipo de contraseña, pensé mientras observaba aquello, incrédula.


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Sam J. Lehmann el Sáb Jul 07, 2018 3:31 am

No te acostumbres… —le respondió, juguetona y con una mirada traviesa; de reojo. Mira que sus discusiones solían ser así de estúpidas, pero siempre te daba ese gustirrinín interior ganarlas, por idiotas que parecieran. ¿Lo gracioso? Que quizás dentro de un tiempo Gwendoline ya no pensase lo mismo con respecto al arte de Sam con los dedos y se tendría que comer sus palabras, pero por el momento… Por el momento es verdad: no tenía tampoco material con el que pensar lo contrario. —Ni ganas que tengo de competir con semejante anti-naturalidad. Yo nací bien, ¿sabes? Bueno, bollera y sangre sucia, pero sin deformidad en mis dedos. —Y rió, sacándole la lengua de manera infantil. Le encantaba meterse con aquello con lo que la gente se metía con ella.

El tema de Bea era… complicado, sin más. El problema en realidad no estaba en viajar, estaba en no tomar las medidas necesarias para estar a salvo y segura. Ser fugitiva venía con muchísimas limitaciones, pero tampoco podías quedarte encerrada las veinticuatro horas del día en un refugio o en la casa de tu amiga. Al final te volvías loca con una vida así. Había que tomar riesgos con tal de sentir que estás viva, que podías tener una vida normal… Y vamos, ella tampoco podía quejarse mucho, pues ahí estaba Sam, recomendándole a Gwen que se cogiese unas vacaciones a las que poder unirse, yéndose de viaje con ella. ¿Y por eso estaba mal? Claro que no… Pero las circunstancias eran diferente. Y bueno, no se podía terminar de juzgar a alguien a quién le limitan su libertad: hasta Sam había hecho cosas de las que se arrepentía con tal de sentirse libre. —Te haces una tila, a mí un chocolate y me llamas. —Le guiñó un ojo, dejando ya el tema en el pasado pues era una tema al que si quería buscarle solución, debía de hablar con Bee y nada más.

La idea de buscarse otra cabaña sonaba de lo más tentadora. ¡Awwww! ¡Si es que sólo de pensarlo ya se ilusionaba! Pero es que ella era feliz así, con pequeños detalles, con pequeñas muestras de cariño que te recordasen a un pasado cargado de alegrías. Y bueno… porque Sam era más simple que el mecanismo de un chupete y podía encontrar la más absoluta plenitud tirada en la alfombra de una acogedora cabaña en compañía de su Gwen. Aunque en realidad lo único que necesitaba era esa compañía, ya que cualquier sitio valía.

***

Aunque no lo dijese en voz alta, Sam entendía esos momentos en donde sus amigas la protegían ya no de un “peligro”, sino más bien de una mala experiencia. La legeremante lo había pasado mal, sí, pero ya no era el recuerdo del mal, generalizado, lo que a ella le hacía quedarse en shock, sino precisamente eso de lo que sus amigas solían alejarlas. No era difícil pensar que después de la tortura que sufrió a manos de salvajes, a lo que más miedo tenga es a enfrentarse a una situación similar. —Si hay algo horrible, das un pasito hacia atrás y nos vamos por donde hemos venido —añadió a su advertencia. —Nada de entrar tú sola. Asomas la cabeza y si todo está bien, entro contigo. —Le daba igual con lo que encontrarse ahí dentro. Ya la rubia tenía asumido que persiguiendo a alguien como Artemis Hemsley podía encontrarse cualquier monstruosidad con la que estaba preparada para lidiar. ¿Que quizás le costase más de lo normal lidiar con la situación? Sin duda, pero mejor eso a que su amiga entrase sola a una habitación desconocida sólo para asegurarse de que no había sangre esparcida por el suelo. Por poner un ejemplo.

Caminaron por los pasillos en dirección al ascensor, no sin antes ser partícipes del momento de paranoia total de Samantha Lehmann, la cual le tiene miedo hasta a su propia sombra. Soltó aire cuando se giró hacia Gwen, tanto como para proteger su propia identidad como la de su amiga. Posó una de sus manos en el brazo ajeno, con la mirada clavada a un lateral por si escuchaba a alguien acercarse a ellas. Y madre mía, las pulsaciones se le subieron a mil. Ojalá hubiese sido por esa cercanía inesperada, por ver a Gwendoline sonrojarse o por haber leído los pensamientos que pasaban por la cabecita de su amiga... pero no, fue sencillamente porque estaba asustada. Siempre estaba asustada; se habían encargado de convertirla en una pequeña cría asustadiza que salta desde que algo no está dentro de sus planes. Cuando escuchó que el hombre se había ido por un pasillo alejado de ellas, miró a su amiga, la cual estaba ruborizada. “¿Y esto?” Pensó, pasándole suavemente el pulgar por la mejilla. —Buena velocidad de reacción dice… yo lo llamo instinto de supervivencia de perrito asustado. No has visto los saltos que pega Lenteja cuando abro la puerta o me levanto de la cama y está durmiendo. Es perfectamente comparable a lo que acabo de hacer yo. —Le contestó, asumiendo que ese rubor era de nervios, al igual que ella. Y asumiendo, también, que le estaba escuchando, cuando en realidad Gwen estaba pensando en a saber qué cosas feas que no se piensan de una amiga. ¡Qué dices de un beso! ¡Gwen mala!

Subieron por el ascensor siendo partícipes de la música más patética sobre la faz de la Tierra y Sam no pudo evitar acordarse—por la situación, que no por la música—de aquellos momentos en donde había cortado toda relación con Gwendoline y, pese a eso y la gran incomodidad, se la encontraba en los ascensores del Ministerio de Magia. Más de una vez al verla en el ascensor Sam decidía ir por las escaleras; más de una vez evitó ese tipo de situaciones pero… también, más de una vez, tuvo que compartir ese pequeño cubículo con ella, sin mirarse, sin intercambiar ni una palabra, sencillamente haciendo que la incomodidad al final la devorase por dentro, haciéndola recordar lo horrible que había sido y lo mucho que le había costado alejarse de ella. Y quizás Gwen por aquel entonces se pensase que Sam estaba bien así, alejándola de su lado. Pero nada más alejado de la realidad… Sam en aquellos momentos sólo tenía ganas de abrazarla, decirle lo mucho que lo sentía y romper a llorar. ¿Y qué hacía? Sólo llorar, en los baños. La verdad es que había sido una de las cosas más difíciles que ha tenido que hacer. Siempre se decía que era para "ponerla a salvo", pero aún así no podía evitar pensar que estaba haciéndolo todo mal.

Con un aciago sentimiento al recordar aquello, subieron los cuatro pisos restantes. No había parado de mirar a su amiga, quién tenía la mirada perdida en algún punto del ascensor. Y mientras lo recordaba todo, en realidad no podía dejar de pensar en una cosa: gracias a Merlín que Gwen tiene un corazón enorme como para perdonarla después de lo que le había hecho, sin motivos aparentes. Recuperarla había sido como volver a sentir esa luz interior que te recompone y te ayuda a volver a levantarte. Lo necesitaba, aunque tantas veces se hubiese convencido de que no.

Sonó el aviso del ascensor, haciendo que Sam dejase de pensar en lo mucho que quería a su amiga, para entonces sacar lentamente la varita con la que le había obsequiado Gwen y seguir los pasos de la morena. Al llegar la zona, se dieron cuenta de que no había puerta en donde debería de haber una puerta. Y no una cualquiera, sino LA puerta. Asintió a lo de vigilar, dando unos pasos hacia la intersección en donde se veía de nuevo el ascensor, así como la puerta de acceso de las escaleras. Desvió la mirada varias veces: primero a Gwen, luego hacia las escaleras, luego otra vez hacia Gwen… Hasta que asumió que no iba a venir nadie, por lo que caminó hacia ella. —¿Te ayudo? ¿Qué es…? —Le explicó lo que era, repitiendo el hechizo que fue repelido lo suficiente como para que Sam viese el patrón. —No intentes poner nada, seguro que avisa si alguien traspasa la barrera para intentar acceder al patrón. Y si no, seguro que si fallamos sí que lo hará. Y obviamente vamos a fallar. —Y claro, ahora se presentaba un dilema, un dilema que Sam solucionó rápidamente con una idea que podría funcionar, aunque era un tanto arriesgada. Sinceramente: había sido la idea más fugaz y repentina que le había llegado a la cabeza. Si no puedes entrar por la puerta, entonces... —¿Y si entramos por la ventana? —Y sonrió, en un intento fallido de sonar seria. —No te rías, Gwendoline. —Le advirtió, aunque ella ya se estaba riendo por su plan suicida. —Somos brujas, seguro que podemos llegar a la ventana rápidamente aunque esté en un séptimo. Podemos colarnos en una de estas habitaciones e intentar acceder a ella. Dudo mucho que Artemis haya puesto protecciones en las ventanas. —Vamos a ver, ¿qué clase de persona pone protecciones en unas ventanas de un séptimo? Muy paranoica tendría que estar para hacer eso. —Prefiero arriesgarme con la ventana, antes que arriesgarme con esta barrera. Esta gente es experta en Artes Oscuras y no quiero saber qué pasará como no la traspasemos exitosamente... —Confesó, ya más seria. Y ella no iba a arriesgarse ni iba a dejar que se arriesgase Gwen. —Podemos tocar a una de estas puertas… —Empezó a retroceder puerta a puerta, pegando la oreja a la madera de la misma, para ver si escuchaba cosas en el interior—...y con un sencillo confundus podríamos acceder a la ventana.

Sin embargo, Sam llegó al otro lado del pasillo, ahí en donde veía el ascensor y el acceso de las escaleras. ¡Y volvió a escuchar el dichoso ‘¡ding!”! Y como es obvio, volvió a pegar un salto, aunque esta vez no tenía a Gwendoline cerca de ella para incomodarla con la cercanía de su cuerpo, sino que se escondió detrás de la esquina, impidiendo el contacto visual directo con la persona que había salido del ascensor. Escuchó que se acercaba, por lo que dio varios brincos hacia Gwen. No entendió ni ella misma esos brincos, pero había sido su mecanismo de traslación rápida silenciosa hacia donde estaba su amiga. Parecía que estaba yendo a hurtadillas a la cocina por la noche a robar helado de chocolate. —¡Viene alguien! —Informó, susurrante. Vamos, como si Gwendoline, la mujer que la leía como un libro abierto, no hubiese interpretado ese movimiento extraño y esa cara de susto con que obviamente venía alguien. ¡Por favor, Sam! ¡Desde el brinco que pegaste para esconderte ya Gwen sabía que venía alguien! —Puede ser un enemigo o un señor que ha ido a sacar al perro, ¡no lo sé! —Continuó susurrando. —¿Nos escondemos? ¿Fingimos normalidad? Gwen, no sé fingir normalidad en mi vida de mierda, vas a tener que ayudarme si quieres fingir normalidad. —¡Pero si ya le estaba sudando hasta las manos y tenía las orejas rojas! Sí, cuando Sam se ponía nerviosa le pasaban esas dos cosas: le sudaban las manos y, misteriosamente, las orejas se le ponían rojas y se le calentaban.

Pero Sam iba a optar por la opción más fácil si Gwen no le contestaba. Usaría su varita, se acercaría a la puerta más cercana no oculta con magia, la abriría y haría un claro caso de allanamiento de morada. Pero todo sea por una buena razón.

¿Y queréis un spoiler? En realidad la persona que acababa de llegar en el ascensor era, efectivamente, una pobre señora cargada con bolsas de la compra, motivo de que todavía no hubiese doblado la esquina, pues la pobre iba cargada y lenta.
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Gwendoline Edevane el Sáb Jul 07, 2018 2:09 pm

Mi emoción por haber ganado una de aquellas discusiones—que muchos considerarían terriblemente estúpidas e intrascendentes—me duró poco. Esperaba una réplica por parte de Sam, sin duda. Una cargada de picardía y mordacidad, su especialidad. Para eso estaba preparada… pero no para que se llamase a sí misma “bollera” y “sangre sucia”. Me hacía hervir la sangre cada vez que alguien la llamaba así, especialmente lo segundo. Muchas veces en Hogwarts habían utilizado aquella palabra en su contra—especialmente alumnos de la casa Slytherin y descendientes de familias de sangre limpia—y si bien entonces yo no tenía lo que se dice una personalidad fuerte, impulsiva y dada a defender el honor de mis amigas, sí sentía una gran impotencia. Porque me parecía injusto que la tratasen así. Porque nadie debería ser insultado por su pureza de sangre. Porque Sam era la persona más maravillosa del mundo y no se merecía que nadie le dijese cosas tan horribles.
Generalmente, quién saltaba en defensa de Sam cuando estas cosas ocurrían era Caroline. Adoraba a Caroline, eso no podía negarlo, pero nunca olvidaría que ella siempre iba un paso por delante en lo que a proteger a Sam se refería. Ya entonces me hacía sentir inútil, pero eran cosas de crías y generalmente era capaz de dejarlo correr; ahora era mucho más difícil, sobre todo porque los problemas a los que tenía que hacer frente Sam no se limitaban a una zancadilla en los pasillos, o a tirar sus libros al suelo para reírse viendo cómo se agachaba a recogerlos.
No. Los problemas a los que mi amiga hacía frente eran mucho peores ahora.

—¡No digas eso!—Le dije, levantando la voz, quizás, un poco más de lo que pretendía.—Lo siento, es que… Sabes que no me gusta que ni tú ni nadie se refiera a ti de esa manera.—Sam simplemente era Sam. Ni era “la sangre sucia”, ni era “la bollera”, ni era “la putita de Lehmann”—dos de los seres más despreciables de este mundo, y que ahora estaban muertos, le habían llamado eso—ni ninguna cosa que quisiesen decir para hacerle daño.


***

Una vez dentro del edificio, fue inevitable preguntarse qué albergaría aquel misterioso apartamento que Hemsley utilizaba como piso franco. Muchas eran las opciones, algunas interesantes, otras muy aburridas. Pero, por supuesto, también estaban las horribles, aquellas a las que no quería exponer a Sam. Mi amiga había pasado por cosas horribles desde poco antes de convertirse en una fugitiva. Primero tuvo que convertirse en títere de un cerdo que parecía haberse puesto por meta eliminar todo ápice de humanidad de ella antes de conducirla a la muerte. Y cuando ese cerdo murió, aparecieron sus hermanos. Y aquella era la cuestión.
¿Exponer a mi amiga a una posible sala de torturas de Grulla? Con grilletes en las paredes, sangre en el suelo, herramientas destinadas únicamente a causar dolor a otros… No quería que tuviese que ver algo así nunca más en la vida. Porque si bien yo no había padecido todo el dolor que ella padeció, había estado allí con ella, gracias al poder de la legeremancia. Mi débil mente había hecho que esos recuerdos se quedasen impregnados en mí, de alguna manera. Había sentido su miedo, su tristeza, sus deseos de que todo acabase de una forma o de otra, su pánico ante la idea de no ser lo suficientemente fuerte y terminar diciéndolo todo… No sabía entonces qué lugar ocupaban esos recuerdos en su memoria, y quizás estuviese exagerando, pero… Sam parecía estar bien, y así quería que siguiese.

—No quiero que tengas que ver esas cosas.—Le dije, débilmente, en respuesta a lo que ella dijo. Por supuesto, al final, la decisión recaía en ella misma. Yo no podía obligarla a quedarse atrás, pues era adulta y ella sabría a qué se exponía. Pero… me daba miedo que volviese a revivir aquello tan horrible, aquello que si bien la había hecho mucho más fuerte… también había marcado un antes y después en su vida. Porque si Sebastian no lo había conseguido antes, sus hermanos sí: habían roto su inocencia, y alguien cómo Sam jamás debería haber perdido eso.

Lo que siguió a todo aquello fue un despropósito tras otro: primero, sonó el timbre del ascensor y la puerta se abrió; en segundo lugar, Sam me empujó contra una pared y se puso incómodamente cerca de mí, hasta el punto de que podríamos habernos besado; tras eso, mi cabeza empezó a pensar cosas que no debía, a manifestar deseos que no deberían tenerse hacia una amiga; a lo cual siguió un trayecto en ascensor inusualmente incómodo.
Ojalá hubiese podido saber lo que pensaba Sam entonces, el tipo de pensamientos en que se había sumergido, pero no podía saberlo de ninguna manera. Había sido una época triste en nuestras vidas, aquella en que sin explicación alguna, Sam empezó a evitarme. Todo había sido por mi bien, ahora lo sabía, pero igualmente había sido doloroso. ¿Y qué hacía yo entonces? Pensar. Pensar que algo malo me pasaba a mí y que todo aquello era mi culpa. Porque la veía pasar con Forman, la veía evitarme, la veía coger las escaleras cuando yo estaba en el ascensor, y veía cómo apartaba la mirada de mí cada vez que nos cruzábamos en los pasillos. ¿Y qué hacía yo cada vez que se producía un encuentro de aquellos? Llorar. Aunque primero destrozaba algo, generalmente algún informe que luego tenía que rehacer. Algunos me notaban distinta y me preguntaban… y yo jamás respondía.
¿Y cómo no iba a aceptarla cuando volvió? Por aquel entonces, aquello era culpa mía. Y cuando supe la verdad, que nunca había sido culpa mía, igualmente tomé mi parte de responsabilidad en el asunto. Nunca es agradable que te utilicen como peón, como elemento con el que torturar a la persona que más quieres en el mundo. Incluso mi juicio tras el cambio de gobierno había sido utilizado para torturarla.
Por suerte, aquellos pensamientos no estaban en mi cabeza en esos momentos. Entonces, lo único que germinaba en mi cabeza era una idea que ya se había estado gestando en mi cabeza durante todo aquel año: que lo que yo sentía por Sam era algo mucho más profundo que el cariño propio de la amistad.
Por fortuna, cuando las puertas del ascensor se abrieron, todo rastro de aquello se desvaneció y mi mente me lo dijo clarito: No estamos de excursión por el campo, Gwendoline; estamos infiltrándonos en una de las guaridas de nuestra enemiga, así que concéntrate, por favor. Así que mi cabeza volvió a meterse de lleno en la situación.
Examinamos el lugar y fue toda una sorpresa encontrarnos con que la puerta que teníamos que cruzar para entrar al piso franco no estaba. Bueno, sí estaba, pero oculta con magia y protegida bajo un hechizo que recordaba a un patrón de esos que se utilizan para desbloquear las pantallas de los smartphone.

—Y yo pensando que esto iba a ser fácil...—Negué con la cabeza, en respuesta a lo que Sam me aconsejó: por supuesto, no tenía pensado jugar con aquello sin saber qué podía llegar a hacer. ¿Y si tenía un sistema anti-intrusos que nos hacía caer fulminadas antes de hacer sonar una alarma? Quién hubiese en el interior se encontraría con un jugoso premio: la recompensa por Sam, más lo que pagasen por una traidora que ayudaba a fugitivos. Y entonces, Sam sugirió que entrásemos por una ventana. Lentamente fui girando la cara en su dirección, y si bien no me reí—no me apetecía mucho reírme en aquella situación—sí que la miré con incredulidad. Antes de hablar tuve la consideración de escucharla hablar hasta el final. Y ahí sí respondí.—¿Tú nos has visto cara de pájaros? ¡Son siete pisos, Sam!—Exclamé, hablando en todo momento en voz baja para no alertar… bueno, a nadie, pues había muchos apartamentos en aquella planta.—Te mareas simplemente al ver a una persona montada en una escoba. ¡Por eso no íbamos a los partidos de Quidditch! Y no será que Henry y Caroline no lo intentaron, vamos...—Quizás estuviese exagerando un poco con aquello, pero era cierto: Sam y yo siempre encontrábamos la manera de escaquearnos cuando había partido de Quidditch. ¡Cuántos exámenes sorpresa me había inventado para que Sam pudiese quedarse conmigo sin tener que aguantar los “Venga, porfa, ven” de Caroline y Henry!—Tiene que haber otra opción menos peligrosa...

Pero Sam ya parecía dispuesta a poner en práctica su plan de imitar a las águilas de la casa en que habíamos estudiado en Hogwarts, pues se dirigía hacia una de las puertas. ¡Genial, allanamiento de morada! Ya no solo teníamos que preocuparnos por Hemsley y los suyos, si no que quizás también tuviésemos que preocuparnos por la policía muggle cuando recibiesen un aviso de que dos mujeres locas se habían colado en el domicilio de una pobre familia que solo quería ver la tele tranquilamente.
Pero el timbre del ascensor la interrumpió. Sam pegó un bote allá dónde estaba, y volvió a dónde estaba yo… solo puedo describir su forma de volver hacia mí diciendo que me recordó a los dibujos animados de La Pantera Rosa. Solo le faltaba una música de suspense de fondo para ser una imitación perfecta de ella.
Venía alguien. Estábamos en medio de la planta, y no podíamos hacer gran cosa. Sam estaba nerviosa perdida, y quién fuese que venía hacia nosotras llegaría en cualquier momento. Podía ser uno de los secuaces de Grulla, de la misma manera que podía ser una persona cualquiera que volvía a su casa. ¿Escondernos? No era una opción viable, porque lo único que había allí eran apartamentos. ¿Desaparecernos? Quizás saltase algún tipo de alarma si hacíamos eso… Empecé a pensar, a toda velocidad, mientras en mi cabeza sonaba un tic tac imaginario… y entonces miré a Sam.
Me abalancé hacia ella de la misma manera que había hecho ella cuando estábamos en el primer piso, cuando alguien desconocido salió del ascensor. Solo que en esta ocasión no me limité a quedarme así. En esta ocasión, me puse de puntillas, puse mis manos en las mejillas de Sam y uní mis labios con los suyos. Oh, dios mío, lo que he hecho…
Cerré los ojos en cuanto mis labios tocaron los suyos, y me abandoné a la sensación que me produjo estar con ella en esa situación. Sé que en un momento dado me dejé llevar, que aquelló pasó de ser un simple contacto labial a incluir bocas entreabiertas y lenguas enredándose. Mi corazón se aceleró dentro de mi pecho, y mi respiración se volvió agitada. Sentía calor no solo en la cara—que posiblemente se puso más roja que un tomate maduro—si no en todo mi cuerpo. De repente, por unos segundos, ya me dio igual la situación en la que estábamos, pues aquello era maravilloso. Nunca había sentido algo así al besar a alguien… solo a ella, y la última vez había sido en febrero, borracha, durante una fiesta de carnaval en la discoteca Babylon.
Mi mano izquierda descendió hasta reposar sobre su hombro, mientras la derecha acariciaba su pelo rubio. Estaba disfrutando demasiado de aquello…

—¡Chicas, por favor!—Dijo una voz femenina, una voz que me hizo abrir los ojos, separarme de Sam y volver al mundo real.—El rellano no es sitio para eso. Id a vuestra casa, por favor...

No vi a la señora que pasó por detrás de nosotras, cargada con las bolsas de la compra, en dirección a su apartamento. ¿Qué clase de señora volvía de la compra a esas horas? Cómo fuese, aquella señora no obtuvo mi atención, pues todavía estaba mirando a Sam con los ojos abiertos cómo platos, la cara colorada, y sin creerme del todo que hubiese sido capaz de hacer aquello.
Y no queráis saber los pensamientos que circulaban por mi cerebro en esos momentos…

—Lo siento...—Dije, casi en un jadeo, mientras me apartaba de ella rápidamente y bajaba la mirada.—No se me ocurrió otra forma de...—¿De qué, Gwendoline? ¡Lo que has hecho no se hace! Aquello era cierto. No podías besar a tu mejor amiga lesbiana, por mucho que la situación lo pueda requerir. Hacerlo estando borracha y después de que un fresco decida robarle un beso es una cosa, e incluso puedes convencerte a ti misma de que lo has hecho simplemente para espantar a los hombres de ella. ¿Pero hacerlo sobria? ¿Hacerlo sobria, tras haber deseado minutos antes que te bese? Eso no se hace. ¡Gwen mala!

Y, sin embargo… allí estaba. Allí estaba lo que necesitaba saber: no era casualidad que aquel beso me hubiese dejado en ese estado. No, Gwen, no es casualidad. Tienes que empezar a admitir ya lo que sientes: estás enamorada de Sam. Me hubiese gustado discutir aquella lógica, pero… no podía.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Jul 09, 2018 1:12 am

Hasta la fecha nadie se había burlado de Sam por ser lesbiana, pero era sabido por todos que la palabra “bollera” tenía todas las de utilizarse como un insulto. Sin embargo, también es sabido que las lesbianas son las primeras en llamarse bolleras entre sí y es que… ¡por favor, es la mejor manera de referirse a una desviada! Y ya con el término “sangre sucia” es que ya había decidido asumirlo como algo propio. Tuvo bastantes años en Hogwarts—y fuera de—recibiendo ese término como insulto como para que dejase de darle importancia en su vida. Pero bueno, esas palabras tenían connotaciones muy horribles y entendía que nadie quisiera escuchar cosas horribles de una persona querida, ni siquiera viniendo de esa misma persona.

No nos equivoquemos: Sam tampoco quería tener que volver a soportar una situación como la que vivió en el Hotel Gran Necrópolis, ni ella como víctima, ni mucho menos como espectadora. Pero como es evidente, tampoco iba a dejar que, llegado el momento—todo esto en un caso totalmente hipotético—entrase solamente Gwendoline sólo porque ella estaba cagada de miedo. Ni en broma. —¿Y te crees que yo sí quiero verlo? —cuestionó con suavidad, esbozándole una leve sonrisa. —Pero prefiero entrar contigo a cualquier sitio, haya lo que haya dentro. —Añadió al final, con las ideas claras. Podía perfectamente entender y aceptar el no ir a un sitio porque había altas probabilidades de encontrarse con cosas que sencillamente alimentasen su trauma, siempre y cuando ellas fuesen juntas, pero en este caso no había argumento que valiese.

Una vez en el séptimo edificio del bloque de apartamentos se dieron cuenta de que la puerta que debía de estar al final del pasillo, en realidad estaba oculta con magia. Y eso era, dicho en palabras feas, una grandísima putada. Habían pocas opciones: buscar la manera de descubrir cómo traspasar aquello o buscar otra entrada. Otra entrada… una ventana. La legeremante no dudó ni un momento en ofrecer aquella alternativa, recibiendo como respuesta una clara negativa. —A ver, no íbamos a los partidos de Quidditch porque me dan miedo las escobas y las bludger, ¿vale? ¡Nada más subirme en una escoba me caí y nada más ver la primera bludger de mi vida, me partió el antebrazo! ¡Y todo eso con once años! —Susurrantes, discutían sobre eso. Es curioso porque, aunque estaban nerviosas, la carencia de peligro real hacía que las situaciones pudiesen ser naturales. —¿Que tengo vértigo? Pues sí, un poco. —Miró a su amiga. —Vale, tengo bastante vértigo, pero el truco está no mirar hacia abajo. Además, con un ascendio podríamos llegar sin problemas desde un piso inferior. —Defendió su plan, ¿por qué? Sencillamente porque era un plan tan plausible como cualquier otro y porque, en realidad, tampoco era una idea tan peligrosa teniendo la magia de su parte. ¿Qué podían caer? Sí, pero habían hechizos para evitar caídas. ¿Qué podían ser vistas? Sí, pero menudo problema: a esta hora pocas personas hay por la calle. —No sé, se puede barajar como opción… —agregó al final. A Sam no le parecía una idea tan descabellada, lo único que tenía que hacer para no entrar en pánico era no mirar hacia abajo.

Solo por si acaso, comenzó a caminar de vuelta a la intersección, dando un rápido repaso a las puertas por si escuchaba ruido interior. Sin embargo, nada más llegar al final, escuchó el sonido del ascensor. Y claro, se asustó, ¿cómo no? Sam veía sin querer su propia sombra y se asustaba. Y se volvía a asustar porque al saltar del susto su sombra también se había movido repentinamente. Así era ella después del 28 de diciembre del 2017.

Volvió hacia donde estaba Gwen, envuelta en su propia paranoia que cada vez tenía más sentido: ahora estaban en el piso siete, ergo había más posibilidades de que cualquier persona que llegase aquí viniese a esa habitación mágica. Sam manifestó tranquilamente—no tan tranquilamente en realidad—su nerviosismo al respecto. No quería confiarse y cagarla, básicamente porque como un mago viese en ese pasillo a Samantha Lehmann en compañía de Gwendoline Edevane… su amiga iba a terminar rápidamente compartiendo miseria con ella y no quería. Y dadas las circunstancias, en aquel momento era harto probable encontrarse a un mago en aquel lugar. No es que fuese un bloque de apartamentos cualquiera. Así que un tanto histérica intentando buscar una solución y dejándole en claro a su amiga que ella no servía para sencillamente aparentar normalidad, fingiendo una divertidísima conversación entre dos amigas, fue cuando recibió la solución de su amiga.

La cogió totalmente desprevenida ese beso.

No cerró los ojos al sentir los labios de su amiga, sino al sentir sus cálidas manos en sus mejillas. Llevó una de sus manos a la cintura y la otra subió a acompañar una de las propias manos de Gwen, devolviéndole aquel beso sin siquiera darle tiempo a su mente a procesar qué estaba pasando. Sólo sabía que quería devolverlo; un beso tan cargado de dulzura como pocos. “Es solo una manera de pasar desapercibidas, es sólo una manera de aparentar normalidad…” Se obligaba a pensar. Todo el mundo sabe que dos chicas besándose en medio de un rellano ni es normal ni pasan desapercibidas, pero sí es cierto que por respeto no se suele mirar a dos personas que se están dando el lote con tanta emoción. “Es solo una manera de pasar desapercibidas, es sólo una manera de aparentar normalidad…” Se seguía repitiendo, pero… ¿no lo era, verdad? Claro que no. ¿Desde cuándo Gwendoline besaba tan bien? ¿Y desde cuándo…? Gracias a Merlín que una señora tenía el horario desajustado con la vida y había vuelto ahora de la compra—que quizás venía de la casa de la MariPino con las bolsas que compró hace cinco horas—, pero gracias a esa señora Sam paró al escuchar su queja, evitando así que llegase a ejercer una suave presión sobre Gwen, suficiente como para apoyarla en la pared que tenía detrás. Le recorrió una sensación agradable por todo el cuerpo, pero aún así se limitó a bajar la mirada al separarse.

La virgen bendita. Pero bueno, Gwendoline... Madre mía…

Ahora parecía hasta mejor idea sacar los móviles y fingir que se estaban enseñando alguna conversación ajena de WhatsApp con la que cotillear.

¿Que lo sentía? ¡Me cago en la leche, Gwendoline, no puedes ir por ahí besando a la gente y disculpándote después! ¡Y no a cualquier persona, no, a tu amiga lesbiana, es que ya te vale, tía! ¡Los besos traen su consecuencia, mecachis en la mar! Pero Sam se limitó a mojarse los labios y fingir una sonrisa de lo más condescendiente. —No pasa nada. —¿Seguro? ¿Seguro que no pasa nada? ¡¿Estás totalmente segura, Samantha Johánna Lehmann?! ¡Háztelo mirar! ¡Claro que pasaba! ¿Pero qué le iba a decir a ella? No le hacía falta un cursillo en psicología como para ver que Gwendoline estaba muerta de vergüenza por ese arranque pasional de distracción propio de las películas americanas. —Ha estado bien. La distracción, digo. —Matizó, haciendo un añadido inmediato e involuntario. —Y el beso. Lo que no sé si dos chicas besándose en medio de un pasillo pasa demasiado desapercibido… —Esbozó una pequeña y divertida sonrisa.

No te pongas incómoda, no te pongas incómoda… Sam, tómatelo como una anécdota; una situación graciosa. ¡Ni se te ocurra darle importancia y, por tanto, ponerte incómoda! ¡No lo hagas! Y de verdad que lo intentó, lo intentó tanto que consiguió fingir esa normalidad que hace un momento afirmaba con tanto ahínco que era incapaz de conseguir. Y con tal de no pensar en ello, decidió bromear. —¿Me vas a decir en dónde has aprendido a besar tan bien si llevas desde los veinte años sin besar a nadie? ¿No tienes nada que contarme, Edevane? —preguntó, dando un pasito hacia atrás justo a tiempo de escuchar como la mujer mayor entraba en su apartamento. —Ven.

Pero Sam le estaba dando importancia, aunque ahora mismo quisiese fingir que no, que seguía totalmente concentrada en su plan inicial. Más quisiera ella estar un poquito concentrada ahora mismo. —Este apartamento es el más cercano al apartamento de Hemsley así que… —Con un movimiento de su varita, abrió la puerta suavemente. Asomó la cabecita lo primero tras empujar un poco, viendo que todo el apartamento estaba totalmente a oscuras y no se escuchaba nada en el interior, sin embargo, por las cosas que habían encima de la cómoda de la entrada, se asumía fácilmente que residía gente allí dentro, aunque ahora mismo no estuviesen. Le hizo una señal a Gwen para entrar, sin poder pensar al mirarla de nuevo un claro: “acabo de besar a Gwen” que volvió a invadir su mente con el recuerdo del beso. Ay… Gwendoline, ¡qué has hecho! Que mucho echarle la culpa a ella, pero ahí estaba Sam devolviéndole el beso con gusto, ¿sabes? Ya te vale, Samantha. Que si no llega a cortaros el rollo la señora, a saber por dónde iría ese beso. —Vamos a ver si es plausible lo de entrar por la ventana.

Se adelantó con la varita por delante, sólo por si acaso, en dirección a la ventana. Se asomó y... vaya por Dios, el vértigo era real. Sin embargo, teniendo en cuenta las sensaciones de hace un momento, ese miedo quedó incluso en un segundo plano. Se alongó hacia adelante un poco para poder mirar la ventaja que correspondía al apartamento de Artemis y... bueno, no estaba muy lejos. —Mira ver tú qué opinas... —Que difícil era asumir algo que sabías que estaba mal, pero no se siente como algo malo.

Douglas Dagon

Justo estaba entrando por la entrada principal del bloque de apartamentos, con una bolsa en donde tenía dos cajetillas de cigarrillos y un pack de seis latas de cerveza, además de unas gominolas a las que no se pudo resistir al verlas justo delante de sus narices en el mostrador. El recepcionista le saludó, a lo que él se limitó a sonreír con incomodidad. Con la otra mano, seguía atento a la conversación que estaba teniendo por WhatsApp con lo que podría considerarse su amiga con derecho a roce, la cual le contaba su vida y sus desgracias con la nota de su último examen de la universidad. Él comenzó a mandar un audio, ya que tenía una de sus manos ocupadas como para escribir.
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Gwendoline Edevane el Lun Jul 09, 2018 12:24 pm

Ese beso.
Ese beso que en principio hasta yo misma creía que era una maniobra de distracción, una forma de aparentar normalidad—dos personas que se cuelan en un edificio con dudosas intenciones no se ponen a besarse, esa era mi lógica en todo aquello—en algún momento se convirtió en algo más. En algún momento, el mundo se desvaneció a mi alrededor y solo quedó Sam, pegada a mí, mi boca besando la suya y la suya besando la mía. Me abandoné al calor, a la sensación agradable que me producía aquello, y disfruté aquel beso cómo lo que era: el mejor beso que jamás me habían dado.
¿Fue un error abandonarme de aquella manera a esas sensaciones? Posiblemente, pero creo que en ningún momento la decisión estuvo en mi mano. Las manos de Sam acariciándome mientras las mías la acariciaban a ella, su respiración, sus labios… ¿Cómo no abandonarme a todo aquello?
Por fortuna apareció aquella buena señora, interrumpiéndonos y sugiriéndonos que fuésemos a hacer aquello a nuestra casa. Señora, por favor, no dé usted ideas, pensé mientras me separaba de Sam. Me quedé mirándola con los ojos muy abiertos durante un largo segundo, antes de disculparme sinceramente. ¡Aquello no se hacía! Ya no solo por Sam, si no por mí misma. ¿En qué estaba pensando?
Con la mirada clavada en el hermoso suelo de la planta siete, me llegó la respuesta de Sam. Yo no sabía donde meterme, si cavar un agujero en aquel suelo y caer al piso inferior, o si saltar por la ventana más próxima, como había sugerido Sam que hiciésemos… Bueno, quizás no había sugerido eso, pero a mí de repente me parecía una buena idea con tal de huir de aquella situación. Pero…


’Ha estado bien.’

Todavía roja como un tomate, levanté la mirada, sorprendida, para mirar a la cara a Sam, quien matizó rápidamente lo que quería decir: no se refería al beso, si no a la distracción. Y sonreía. Por favor… ¿Cómo puede ser tan guapa? Empezaba a sentirme un poco más tranquila… y ella tuvo que añadir que el beso había estado bien también, lo cual me hizo volver a mirarla con los ojos muy abiertos. El rubor de mis mejillas, por el calor que sentí, debió hacerse incluso más intenso. Ya, más que un tomate, debía parecer la nariz brillante y luminosa del reno Rudolph que solía verse adornando las casas y jardines en Navidad.

—Bueno...—Logré decir, con la garganta repentinamente muy seca, mientras me frotaba las manos la una con la otra.—...en mi lógica, dos personas que se cuelan en un edificio con malas intenciones no se paran a...—Tragué saliva, casi incapaz de decir lo que seguía… y no lo hice.—...hacer eso.—Eres de lo que no hay, Gwendoline: no tienes problemas para lanzarte a besarla, y ahora no eres capaz de decir ‘darse un beso’...

Seguía muerta de vergüenza. Seguía dándole muchas vueltas a la cabeza. Tenía que concentrarme en lo que habíamos venido a hacer: el escondite de Artemis Hemsley. Teníamos que pensar un plan. Sam había sugerido que utilizásemos una de las ventanas de uno de los apartamentos para pasar al apartamento y… ¡Venga ya, Sam! ¡Por favor! Cuando mi mente empezaba a alejarse del momento ‘beso’, Sam me hacía aquella pregunta y, lejos de hacerme sentir más cómoda con todo el asunto, mi vergüenza no hizo más que aumentar. Pero no puedo seguir así… No puedo seguir en este estado.

—¡¿Y qué me dices de ti?!—Respondí, casi a la defensiva; tuve que hacer un esfuerzo por bajar un poco el tono de voz en mis siguientes palabras.—Porque no recuerdo que nadie me haya devuelto un beso de esa manera en mi vida...—¿Pero qué dices, Gwendoline? ¿Por qué no te callas de una maldita vez? Además, para ser sinceras… Sí: la fiesta de carnaval. Claro que recordaba a alguien capaz de devolverme un beso de esa manera: Samantha Lehmann, por aquel entonces disfrazada de Deadpool. ¡Dios…! ¡Ojalá entonces no hubiese estado tan borracha y lo hubiese disfrutado un poco más!

La sugerencia de Sam de seguir adelante con la misión fue muy bien recibida, y asentí con la cabeza cuando me dijo que la siguiese. Nuestro destino: el apartamento más próximo al escondite que utilizaba Hemsley allí dentro, cuya puerta estaba escondida en la mismísima pared con magia. Céntrate: misión. Ya le darás vueltas a la cabeza después. Solo que ya le estaba dando muchas vueltas. Porque había tenido ese momento en que la realidad me había golpeado con la contundencia de una pedrada en plena frente: todos esos sentimientos, todo eso que había redescubierto al volver a ver a Sam en Navidad, aquello que había estado relacionando con una amistad y un apego muy profundo, no tenía otro nombre: amor. Y no, no el amor de una amiga por su mejor amiga, si no el amor que siente una mujer a la que le gustan las mujeres por otra mujer. ¿Desde cuándo? Yo creía que… Solo que no. Muy en el fondo, nunca lo había creído. ¿Cómo podía creer que era una persona heterosexual normal si cada vez que un chico en mi vida había intentado rebasar ciertas barreras, yo lo había rechazado casi con asco?
Y a ella nunca la rechazaría, lo sabía…
Me permití preguntarme a mí misma qué habría sucedido si la señora que salió del ascensor, repentinamente, se hubiese dado cuenta de que se había olvidado algo y se hubiese dado la vuelta. Porque no sé qué pasaba en la cabeza de Sam entonces, pero sí sé que yo no me habría detenido. ¿Habríamos hecho caso de la sugerencia de la señora, una que en ese hipotético universo paralelo nunca habría llegado, de irnos a casa a continuar con aquello? Una parte de mí quería que así fuese… No, una parte no… ¡Toda tú, idiota! Cierto… toda yo.
Dentro del apartamento, aquella ebullición de pensamientos seguía y seguía… Por fortuna, creo, ya no estaba roja como la luminosa nariz de Rudolph, pero sí distraída. Sam se asomó a la ventana para echar un vistazo. Yo la observaba como quien observa la octava maravilla del mundo… y salí de mi estado de hipnosis cuando me sugirió que echase un vistazo. Asentí con la cabeza, asomándome a la ventana cuando ella se hizo a un lado. Bonita calle… Menos mal que ya se me ha quitado de la cabeza la idea de saltar al vacío. Demasiado tentadora sería la idea.

—Pues...—Me concentré sobre todo en mirar las cornisas, que a fin de cuentas serían lo que nos sostuviese si decidíamos pasar de una ventana a otra del edificio. Parecían lo suficientemente amplias como para pasar, pero...—¿Estás segura de esto? Puede ser factible pasar, no te digo que no, pero...—Me separé de la ventana y la miré a los ojos. ¡Por favor! ¿Podrías dejar de ser tan guapa durante cinco minutos, Sam?—¿Has hecho algo así alguna vez? No me sorprendería, a estas alturas, teniendo en cuenta que eres una intrépida fugitiva, pero te aseguro una cosa: lo que menos me apetece en este mundo es verte estampada en el suelo, siete pisos por debajo, como un bichito en el parabrisas de un coche.—Dicho de aquella manera, hasta sonaba gracioso. Pero no tenía absolutamente nada de gracioso.

Poco antes del momento ‘beso’ estábamos hablando del miedo que Sam tenía tanto a las escobas como al Quidditch, pero la interrupción de la señora no nos había dejado terminar aquella parte de la conversación. En medio de la bruma del beso, de esa extraña fiebre que se había adueñado de mí momentos antes, empezó a asomar esa parte de la conversación. Y no pude evitar pensar que ya desde entonces, la vida de Sam había estado marcada por la mala suerte. ¿Cómo puede ser que con solo once años te caigas de tu primera escoba y te rompas el antebrazo con una bludger? Creo que Sam gastó todos sus cartuchos de suerte con el hecho de ser un ser mágico nacido de dos seres no mágicos. Y algunos, incluso, se atreverían a decir que aquella fue la primera jugarreta, la jugarreta original, que le gastó un destino que claramente estaba en su contra.
¿Qué podía pasar si intentábamos pasar por allí? No había demasiado espacio, pero… ¿y si alguien nos veía desde el interior, nos lanzaba una maldición, y nos matábamos en la caída?

—Nos vendría bien saber cuantas personas hay ahí dentro antes de intentar pasar por las cornisas. ¿Te imaginas que nos ven pasando por delante de la ventana y nos atacan?—Apreté los labios. Entonces, ¿qué podíamos hacer?

Sin darme cuenta, di un par de pasos en dirección al descansillo, deteniéndome justo en el umbral de la puerta para observar la falsa pared que escondía la puerta que nos interesaba cruzar. ¿Seríamos capaces de desbloquear la magia que escondía la puerta? No creo que funcionase a golpe de improvisación, pero…
Di un paso atrás, escondiéndome de nuevo dentro del apartamento y cerrando la puerta. Alguien venía. Observé a través de la mirilla al desconocido que se acercaba, rezando porque su destino no fuese el apartamento en que Sam y yo nos escondíamos. No había muchas opciones más. Llamé a mi amiga… ¿Amiga o algo más? ...con apremiantes gestos de mi mano derecha. Mientras esto ocurría, el desconocido de pelo negro se detenía justo delante de la pared que nos interesaba.

—¿Será posible que...?—Pregunté, sin terminar la frase. Creo que no hizo ninguna falta. Sam me entendería. Me hice a un lado para que mirase a través de la mirilla y pudiese ver a qué me refería.


Douglas Dagon

Si existiese en el mundo un premio a la persona más despistada, al peor vigilante del mundo, sin duda ese premio le sería otorgado a Dog. El joven aspirante a mortífago, cargando con una bolsa de plástico en una mano y con el teléfono móvil en la otra, era la definición perfecta de alguien distraído: pendiente de la pantalla del smartphone, sin dar importancia a nadie más que a su “amiga con derecho a roce”, no se enteró de nada de lo que ocurría a su alrededor.
Quizás la pareja de chicas conversando muy juntas cerca de la puerta del ascensor del primer piso tuviese excusa; que no viese a la chica que se metió rápidamente dentro de uno de los apartamentos ya tenía más delito. Si Arthur se enteraba de aquello, posiblemente le diese una paliza para que aprendiese.
Distraído estaba, con expresión aburrida en la cara, leyendo los interminables mensajes que le enviaba su “amiga”, cuando se detuvo delante de la pared aparentemente blanca y limpia del fondo del pasillo. Cruzó algunos mensajes más con ella, allí de pie, antes de despedirse asegurando que tenía que trabajar. Con un suspiro de resignación, el muchacho—esperando más tarde, quizás, alguna foto sexy por parte de su “amiga”—se guardó el teléfono móvil en el bolsillo y sacó su varita.
Allá vamos con este rollo otra vez, pensó Dog, un segundo antes de ponerse a dibujar el patrón de las narices. Ni siquiera se había preocupado de si alguien le estaba mirando o no...
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Jul 12, 2018 3:22 am

Cerebro de Sam

A ver Sam, tienes que empezar a asumir un par de cosas en esta vida, pero la primera y más importante de todas es la siguiente: no puedes rayarte de esta manera con tus amigas. Sí, Gwen te besó. Sí, ha sido un beso increíble. Sí, todavía sigues notando como te cosquillea la barriga, e incluso cómo algunas mariposas todavía están por ahí flipando en colores psicodélicos pero... no. Ya tienes antecedentes con estas situaciones y sabes que no son propicias en ninguno de los sentidos, que tiendes a confundirte y que al final solo te trae dificultades. La quieres mucho y eres la típica que confunde ese cariño y ese amor con algo más que en realidad no hay. Vale que sueñes con tu amor perfecto, con una mujer que llegue a entenderte mejor que tu propia madre—algo muy fácil teniendo en cuenta el poco trato que tienes con tu madre—, con una chica que sea capaz de hacerte reír con el chiste más malo y hacerte sonreír solo por verla sonreír, alguien con quién arriesgarse sea fácil y con quién sea difícil salir de debajo de las sábanas. Y no necesariamente tiene que ser tu amiga aunque cumpla todos los requisitos, ¿vale? Sí, la quieres con locura, sí, es una de las personas más importantes en tu vida pero... tía, ubícate de una vez. ¡No debes confundirte! ¡Tus sentimientos son claros con respecto a ella! ¡Deja de cuestionártelo todo! ¡Es tu amiga! ¡A-M-I-G-A! Si te ha besado no es porque le gustes, ha sido para desviar la atención al beso y no a las identidades. ¡Tú no la ves de esa manera tampoco! ¡Y punto!

¿Y qué narices iba a cuestionar Sam a esa Sam interior capaz de mirarlo todo con lógica y raciocinio? Además, Sam, la Sam terrenal, esa que todavía estaba sintiendo las consecuencias de ese beso, la que se dejaba llevar por el momento, era mucho de dejarse llevar por las pasiones, por el cariño, por las sensaciones y... claro, era consciente de que eso muchas veces iba en contra de lo correcto, de lo lógico, incluso de lo razonable. Incluso, a veces, por lo moralmente correcto. Y no veas, no era fácil lidiar con ello.

Miró a Gwen ante la defensa de su lógica. —Si lógica tiene, indiscutiblemente —le dio la razón, sonriendo un poquito, con diversión, ante lo cómico de la situación. Sin embargo, había una cosa que no podía dejar de pasarle por la mente a cada momento que miraba a su amiga. Un claro y conciso: "Madre mía..." que tenía muchos tipos de connotaciones: "Madre mía, Gwendoline, que me la estás liando..." o un "Madre mía Gwendoline, lo que has hecho..." o un "Madre mía, Gwendoline, ¿pero por qué me dejaste de besar por la vieja?" o un "Madre mía, Gwendoline, pero qué bien besas..." o un "Madre mía en qué punto estaríamos si la vieja hubiese sido más silenciosa". Pero claro, todo eso mental, mientras intentaba esbozar su mejor cara de póquer frente a situaciones que claramente le sobrepasaban. Ante la pregunta de que en dónde había aprendido a besar tan bien, ella no respondió, sino que le devolvió la pregunta a Sam. —Oye, que yo tengo mi excusa, ¿vale? Llevo años en la sequía absoluta pero besar es como montar en bici y yo monté mucho en bici en mi época universitaria. —Ahora "montar en bici" era besar en su diccionario en dónde está aceptado "hacer crucigramas" como acostarse con otra persona. —Y si mi memoria no me falla, ¿con quién te has besado tú: con John y con Tim? ¡No, Jeremy, se llamaba Jeremy! ¿Y te sorprende de que mi beso haya sido mejor? Yo te lo devuelvo con amor puro, sabes? Esa gente a saber qué intenciones tenía con sus manazas... —Sonó, misteriosamente, rencorosa. Pero... ¿Y tú, Sam? Porque no te dio tiempo a mover mucho tus manazas, que si no... a saber en dónde hubiesen terminado, ¿no? Sam intentó sonar divertida y alejarse lo máximo posible de las incomodidades creadas pero... pero... sus propias palabras le jugaron una mala pasada. Y lo peor de todo es que no las pudo pasar por alto, lo cual la hizo pensar... ¿dónde hubiesen acabado sus manos? Shame on me.

Se llevó el dedo pulgar e índice al puente de su nariz, apretando ahí. La vida era muy complicada, de verdad. Intentó seguir con el plan, intentando, de verdad, dejar todo eso atrás. De repente demasiadas cosas habían agolpado su cabeza y se había estresado, sin saber lidiar con ninguna de ellas. Así que se enfocó, de nuevo, en lo que tenía delante: la maldita ventana abierta por la que estaba viendo la del apartamento de Artemis. Bendito sea el viento que entró por allí para darle, literalmente, ese soplo de aire fresco que necesitaba.

Mostró una ligera sonrisa ante el "intrépida fugitiva" de Gwendoline, para al final negar con la cabeza. —La verdad es que pese a mi increíble y trepidante experiencia como fugitiva... no, jamás he caminado por la cornisa de un apartamento de siete plantas, lo confieso. Pero he hecho cosas peores. —Alzó el dedo índice, para que no subestimase sus habilidades como fugitiva de rango veinte en cuanto a peligrosidad. Al final, sencillamente sonrió. —Es broma, lo peor que hice fue meterme en el almacén de una asociación de vampiresas para robar. —Y, pese a que lo dijo con naturalidad, falsamente distraída, no le quitó ojo de encima a Gwen sólo por ver su reacción. Una cosa estaba clara: hacer bromas era la manera que tenía Sam de enfrentar los repentinos nervios por la situación post-beso. Evitó decir que se había metido en ese almacén en compañía de un alumno de Hogwarts, más que nada para que no criticase sus facilidades para confiar en gente inútil. Ser fugitiva en solitario viene con el riesgo de tomar medidas desesperadas. —A lo mejor no hay nadie en la habitación, ¿no? Es decir... si es un lugar de almacenamiento o de reunión y no su residencia, es altamente improbable que hoy haya alguien ahí. —Hizo una pausa. —Pero vamos, hay que mirar igualmente, entremos por la puerta o entremos por la ventana. Será un canteo entrar por cualquiera de las vías y que haya una señora morena afilando una katana mientras nos mira fijamente.

Y mientras pensaba en alguna solución para eso, Gwendoline llamó a Sam desde la puerta con un repetitivo movimiento de manos. Se acercó rápidamente a ella, para asomarse por la mirilla y ver a un tipo haciendo el patrón de la puerta del apartamento de Artemis. Sam abrió los ojos de par en par, sorprendida. No perdió detalle del movimiento que hizo en el patrón, arrastrando la varita por el número cinco, luego al tres, luego al siete y, finalmente, al número uno. El chico entró en la habitación como si nada pasase, ignorante de los ojos que lo estaban observando. Cuando desapareció, Sam se giró para mirar a su amiga, ojiplática. —¿En serio nos acaba de sonreír la suerte? —preguntó, incrédula. ¿La suerte, sonriéndole a Sam? Una ya no sabía si es que el mundo le sonreía o se estaba riendo de ella. Retrocedió de nuevo al interior de la habitación en la que estaban, la cual todavía estaba totalmente a oscuras, por lo que veía a su amiga entre las sombras. —Descartamos la idea de la ventana, pero igualmente necesitamos un plan para entrar en la habitación por la puerta sin parecer dos idiotas. ¿Creamos una distracción para que salgan y podamos colarnos? Necesitaríamos...

Comenzó a dar rienda suelta a su imaginación, ya más en serio. Quedó atrás—de momento—esa situación incómoda y, al ver una nueva luz en el camino, ambas se concentraron en ello. Sam puso sobre la mesa el hechizo—metafóricamente hablando pues los hechizos no se pueden poner sobre la mesa—que creaba una realidad alternativa, un hechizo que le había servido en muchas ocasiones para librarse de más de un cazarrecompensas que la había pillado desprevenida en su época de fugitiva; un hechizo al que le tenía mucho aprecio. A Gwen le pareció una idea genial, pero tenía razón en insistir en que lo primero era intentar sacar al tipo—o tipos—del interior para poder tener vía libre una vez dentro. El problema era, ¿cómo narices hacían que saliesen de allí?

Arthur Payne y Douglas Dagon

Menos mal, tío.

Dog le tiró el paquete de cigarrillos a Arthur, para dirigirse al frigorífico y meter las cervezas en el interior. Se quedó con las gominolas en la mano, para ir a dónde estaba su amigo y sentarse en el sillón de en frente, mirando todavía la pantalla de su móvil.

¿Todavía sigues hablando con la tía o qué? —preguntó Arthur tras encender uno de sus cigarrillos y poner los pies encima de la mesa de la sala de estar.

Sí...

Es una manipuladora, colega, mándala a la mierda ya. Te puedes tirar a la tía que te de la gana, además, esa es fea, ¿qué narices te hace en la cama como para que la soportes? —Fue bruto, sin ningún tipo de consideración ni por los problemas de la chica y mucho más cabrón tratándola como un mero objeto sexual por el que no habría que preocuparse de ninguna de las otras maneras. —Bueno en fin, si te gusta ser mangoneado por una mujer, tú sabrás... Anda, trae ese ajedrez mágico para que te pegue una paliza.

Dog se levantó en busca del ajedrez, sin rechistar por ello, aunque sí por lo otro.

Tío, es mi amiga y la apoyo con sus problemas. ¿Sabes lo que es eso? ¿Tener un amigo? Yo te cuento mis putos problemas y no me mandas a la mierda, la única diferencia es que ella no tiene pene.

¡Oh vamos, pues más razón para pasar de ella, tío! ¡Sólo sirve para cascártela! —Y rió, sin ningún tipo de consideración. Dog le tiró un peón a la cabeza. Le estaba cabreando esa actitud por parte de su amigo y como siguiese así, iba a enfadarse.
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Gwendoline Edevane el Jue Jul 12, 2018 2:11 pm

De todos los escenarios en los que alguna vez me había imaginado alguna vez teniendo una “discusión” con Sam—bueno, el tipo de discusiones que nosotras llegábamos a tener, al menos—ninguno de ellos trataba sobre la capacidad de besar de la otra. Y, más concretamente, sobre la capacidad de besarnos la una a la otra. ¿Cómo puedes siquiera imaginarte que tendrás una discusión así con tu mejor amiga?
Pues allí estábamos, devolviendo la pelota y poniéndola la una sobre el tejado de la otra. Quizás Sam hubiese empezado aquello como una forma de volver a la normalidad, con un chiste… o como un halago sincero a mi capacidad, hasta entonces desconocida, de besar. Sin embargo, me sentí tan avergonzada que fui incapaz de quedarme callada, “discutiendo” aquella afirmación, desviando la pelota en dirección a su tejado para remarcar lo bien que me había besado ella a mí.
Y salió el tema de los/las ex.
En otras circunstancias, el chiste sobre “montar en bicicleta” de Sam habría sido gracioso. Pero entonces yo estaba demasiado ocupada intentando mantener mi integridad molecular y no estallar de la vergüenza que sentía. ¿Pero la mención de todos los besos que había dado durante su etapa universitaria? Oh, eso me hizo sentir un odio irracional hacia Natalie, hacia Rhianne, y hacia… ¿Cómo se llamaba la tercera? ¿La que le puso los cuernos? Bueno, ¿a quién le importa? Las odié porque, de repente, ellas habían tenido algo que ahora yo sabía que quería tener, y aún así habían terminado tirando a la basura. Si yo estuviese en vuestra situación… Ya os digo que no se me ocurriría abandonarla para perseguir un sueño tan cutre como el Quidditch, ni me daría miedo que me viesen cogiéndole la mano en público… ¡¿Y ponerle los cuernos?! ¡¿Estamos todas locas o qué?! ¡¿Es que nadie ha visto semejante belleza, semejante dulzura, semejante perfección hecha persona…?!
Abrí ligeramente los ojos, visiblemente sorprendida por la dirección que había tomado el tren de mi pensamiento, y el rubor de mis mejillas pareció encenderse un poquito más. ¿Cómo podía estar pensando esas cosas? Ya lo sabes: porque estás más enamorada de lo que jamás has estado en toda tu vida.
Perdida en estos pensamientos, no pude siquiera percatarme del leve rencor que imprimió Sam a sus últimas palabras.

—Bueno, pues quizás es que…—Empecé a decir, pero me detuve. ¿Quizás es que qué? ¿’Quizás es que tú mereces la pena y ellos no’? ¿’Quizás es que llevo toda mi vida más o menos colgada de ti y solo ahora empiezo a darme cuenta’? ¿’Quizás es que consigues que me derrita por dentro sin que yo llegue a entenderlo del todo’? Una parte de mí pensó que debería decir en voz alta lo que sentía, pero… ¿seguro? ¿Y luego, qué? No llegué a decirlo, por supuesto.—...quizás es que ellos no eran los adecuados.—Porque, claramente, la adecuada eres tú.

Obviamente, por cómo se desarrollaron los acontecimientos, aquella conversación previa no desembocó en una confesión sincera de sentimientos. ¿Que por qué es tan obvio? Bueno, pues porque si le hubiese dicho todo lo que sentía en aquellos momentos, y hubiese sabido lo que ella tenía dentro de su cabeza, posiblemente no estaríamos allí, buscando pistas sobre Hemsley. Más bien, estaríamos en el sofá, en mi casa o en la suya, decidiendo cual de las dos besa mejor con experimentos prácticos. Solo imagínate esa situación: nosotras dos, en el sofá, besándonos como antes, nuestras manos recorriendo el cuerpo de la otra y… ¡Basta ya!
Por fortuna, todos aquellos pensamientos pasaron a un segundo plano cuando empezamos a valorar nuestras opciones para asaltar el piso franco de Artemis Hemsley. Y pese a que valoré brevemente, víctima de la vergüenza, arrojarme al vacío desde aquella ventana, no lo puse en práctica. En su lugar, me limité a fingir normalidad, a poner mi cerebro anestesiado por la vergüenza y lo que empezaba a estar claro que era amor a trabajar. A ganarse el suministro de oxígeno, por así decirlo. Y concluí que la idea de pasar por aquella ventana era peligroso. Cualquiera desde el interior del piso, si es que había alguien, podría vernos. Y no me apetecía comprobar lo que se sentía al recibir un hechizo expulsor mientras mantienes el equilibrio sobre una cornisa con una caída de siete pisos separándote del suelo.
Y entonces Sam mencionó a las vampiresas y… ¡¿VAMPIRESAS?! Me volví hacia ella con los ojos abiertos como platos de la sorpresa. Por fin algo capaz de quitarme de la cabeza todos aquellos pensamientos.

—Voy a necesitar más datos acerca de eso de las vampiresas, Samantha. ¿Me tengo que imaginar algo turbio?—Bueno, espero que no. Si una vampiresa ha sido capaz de llegar a ese punto con Sam… ¡No, no sigas por ahí! ¡Te lo pido por favor!—¿Cómo puedes acabar mezclándote con vampiresas siendo fugitiva? ¿En qué clase de submundos mágicos te has metido?—Mi amiga sugirió que quizás no hubiese nadie en el apartamento, y para mí, eso era demasiado suponer. Cabría esperar, con todas las cosas malas que había tenido que sufrir, que Sam se esperase encontrarse siempre con el peor escenario posible. Pero ella no perdía ese optimismo suyo.—Eso es mucho suponer, Sam. Demasiado suponer como para ponerte en peligro de esa manera. Tenemos que averiguar qué pasa ahí dentro antes de hacer algo tan arriesgado.—Tampoco cuestionaría el hecho innegable de que entrar por la puerta sería el equivalente a enarbolar un cartel de ‘Somos idiotas, mátanos’, pues probablemente seríamos atacadas de igual manera.—Sigue siendo menos peligroso que la ventana, pero entiendo lo que quieres decir. Pensaremos algo...

Solo que no hizo falta pensar nada. Mientras pensábamos y valorábamos nuestras opciones, Sam y yo tuvimos un golpe de suerte. No contaba con que fuésemos a tener muchos así, pero aquel sin duda lo fue: mientras observaba la pared que ocultaba la puerta del apartamento que nos interesaba desde el umbral del otro, apareció uno de los inquilinos de dicho apartamento. Y a través de la mirilla comprobé que así era, que el joven de cabellos negros se detenía delante de esa pared.
Sam observó a través de la mirilla después de mí, y por su expresión facial, supe que había visto lo que necesitábamos: el patrón, el dichoso patrón que hacía que la puerta permaneciese oculta.
Sí, la fortuna parecía habernos sonreído, para variar. A ver lo que tardaba en pegarnos una buena colleja.

—Creo que sé cómo podemos hacerlo.—Respondí ante la propuesta de Sam. Crear una burbuja de realidad alternativa se me antojó algo creativo e interesante, y la mera mención de ello por parte de Sam me hizo orquestar un plan bastante rápido, bastante sencillo, pero efectivo. Se lo conté a mi amiga… antes de pasar a ponerlo en práctica.


Arthur Payne y Douglas Dagon

Visiblemente cabreado, Arthur arrojó una lata medio vacía de cerveza contra la pared. Ésta se abolló y arrojó el contenido en todas direcciones. Dog tuvo que agachar la cabeza, pues su amigo la había arrojado en su dirección. Parte de la cerveza salpicó en su dirección, mojando la chaqueta del más joven.

¡Me cago en Dios!Exclamó Arthur, poniéndose en pie. No tuvo suficiente con aquel arranque de ira, así que volcó sus frustraciones sobre la mesa en que se encontraba el ajedrez mágico. Le arreó una patada y la volcó, desparramando todas las piezas que quedaban enteras en el tablero.

¡¿Se te va la puta olla o qué?!Exclamó Dog, y pese a que era una pregunta, sonó más bien como una afirmación rotunda: “Se te va la puta olla, Arthur.”

Dog había ganado, por supuesto. Dog casi siempre ganaba a Arthur en aquel juego. Y es que Douglas Dagon era considerablemente más inteligente que Arthur Payne; su único problema era su don para dejarse manipular por el mayor.

¡Este juego es una puta mierda!Respondió Arthur, caminando nervioso por el cuarto de estar, los puños apretados. Dog supuso que se disponía a asestar un puñetazo a una pared o algo por el estilo. No sería la primera vez que su amigo hacía algo así. El joven no respondió.

El teléfono móvil vibró y Dog se llevó la mano al bolsillo dónde lo guardaba. Su amiga volvía a necesitarlo, a pesar de que el chico le había dicho que tenía que trabajar. Mientras respondía al mensaje, Arthur reparó en este detalle… y no le gustó nada.

¡Joder! ¡¿Otra vez esa zorra?!Exclamó mientras daba dos zancadas hacia Dog, los puños todavía apretados.

¡Tío, ya te estás pasando, joder!Dog no se amilanó: se puso en pie con semejante fuerza que desplazó un par de centímetros hacia atrás el asiento que ocupaba. Ahora también él apretaba los puños.

¡Vaya, vaya! ¡Qué sorpresa! ¡El perrito sabe gruñir y ponerse bravucón!Dijo Arthur, antes de romper en carcajadas despectivas hacia el que supuestamente era su mejor amigo. Ojalá Arthur valorase a la que literalmente era la única persona que no estaba a su lado por obligación. Pero Arthur Payne era un experto a la hora de colocarse la venda en los ojos e ignorar lo que le rodeaba.

Quizás por eso no advirtió que Dog sacaba su varita, dispuesto a hacer frente a su amigo en un ataque de rabia. Y es que Douglas Dagon podía ser leal, hasta el punto de parecer idiota, pero incluso el perro más fiel tiene un límite.
Por suerte para Arthur, Dog no llegó a rebasar ese límite. Un sonido, un chasquido eléctrico, como de una valla de alta tensión contra la que chocaba un pobre e incauto pájaro, llegó a sus oídos desde el otro lado de la puerta. Ambos se volvieron en esa dirección, sorprendidos y conscientes de lo que aquello significaba: alguien estaba jugueteando con la barrera que mantenía oculta la puerta del apartamento. Y eso solo podía significar una cosa…

Magos. No me jodas.Arthur también sacó su varita. Temía que aquello pudiese ocurrir. No sentía miedo ante la idea de un desafío… pero prefería enviar primero a Dog.Echa un vistazo a ver qué ocurre. ¡Haz algo de provecho con tu puta vida, joder!Y para acentuar su orden, Arthur le dio un empujón a Dog, apoyando su mano derecha en medio de la espalda de este.

Dog no rechistó. Se limitó a clavar en Arthur una mirada asesina, antes de obedecer su orden. Al final, el chico era tan leal como cualquier otro Hufflepuff.

***

Los encantamientos protectores y ocultadores cayeron momentáneamente cuando Dog abrió la puerta. El aspirante a mortífago echó un vistazo al pasillo. Fue entonces cuando su mandíbula inferior estuvo a punto de golpear el suelo por la sorpresa. Y es que allí en medio, en el pasillo, no había un mago cualquiera.

¡Es Lehmann!Atinó a decir, observando la figura femenina, alta y rubia que se encontraba, inmóvil, en medio del pasillo.
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