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You're my wonderwall // {Sam Lehmann & Gwendoline Edevane}

Gwendoline Edevane el Miér Jun 13, 2018 11:19 pm

Recuerdo del primer mensaje :


Viernes 22 de junio, 2018 || Apartamentos Windsor, Londres || 22:47 horas || Mi ropa

Arthur Payne y Douglas Dagon.


Arthur abrió la boca para lanzar un bostezo de puro aburrimiento, y acto seguido volvió a cruzarse de brazos, recostándose en la silla. Era el único asiento de todo el apartamento, por lo que cuando Dog llegase, tendría que conformarse con el suelo cubierto de una fea moqueta de un verde que el aspirante a mortífago solo podría describir cómo "verde mierda": ese verde oscuro, desvaído, y que siempre parecía estar lleno de polvo.
Bueno... Este no lo parece, precisamente, pensó, al tiempo que pateaba la moqueta con su bota izquierda, levantando una nubecilla de polvo. Todo en el ambiente era polvoriento, pero por algún motivo, a su jefa le parecía un buen escondrijo.
Mientras esperaba que Dog regresase con la cena, Arthur no pudo evitar preguntarse, una vez más, cómo había terminado allí, rebajado de aquella manera. Antes del cambio de gobierno, y durante algún tiempo después, había sido alguien importante dentro del Ministerio de Magia. Un Oclumante, nada menos, tan virtuoso que se dedicaba a la enseñanza. Leal servidor del Señor Tenebroso y descenciente de una familia de sangre limpia, era cuestión de tiempo que obtuviese su marca tenebrosa.
Y entonces, todo se había torcido. En algún momento, Arthur debía haber mirado mal a un tuerto o algo por el estilo, pues de la noche a la mañana se encontró con que se le acusaba de "irregularidades" en su puesto de trabajo, degradándole primero a un mero empleado y despidiéndole después. ¿Y cuales eran aquellas irregularidades? ¡Una puta zorra de mierda que aseguraba que Arthur la acosaba! Se trataba de Colleen Heatherton, la instructora de Legeremancia que había llegado para ocupar el puesto que había dejado Lehmann, esa asquerosa sangre sucia, cuando tuvo que huir para salvar su vida.
Arthur dudaba que la relación existente entre él y Heatherton se pudiese denominar cómo "acoso". No era más que una zorra que no sabía cual era su lugar. Y el deber de Arthur era demostrarle quién mandaba allí. Sí, lo reconocía, había volcado en ella parte de las frustraciones que le habían quedado tras el paso de Lehmann por su departamento. ¡Despreciaba a aquella sangre sucia!
Sin saber qué hacer con su vida desde aquel momento, se había convertido en cazarrecompensas. Creyó que la emoción de la caza le haría olvidar su trabajo. Pero no, no fue así. La pérdida de su empleo en el Ministerio lo había llevado a perder la concentración, a volverse mucho más violento, hasta el punto que había cometido varias cagadas gordas a ojos de los mortífagos. Fugitivos que huían—cómo la puta de Lehmann, por ejemplo—, fugitivos que se le morían durante los "interrogatorios" sin ofrecer información...
En resumen, Arthur estaba caminando sobre la cuerda floja. Un desliz más y acabaría cayendo al vacío, sin ningún tipo de red de seguridad. Y es por eso que estaba allí, vigilando aquella maldita maleta.

Lo siento, tío. Había una cola de mierda en el Subway's...Anunció una voz, justo después de que la puerta al apartamento se abriese. Era Dog.

¡Joder, ya era hora! ¡Tengo hambre!Arthur se levantó de la silla de golpe, caminó hacia su amigo, y sin darle siquiera tiempo a internarse en el apartamento, le arrancó de las manos la bolsa de bocadillos que traía en las manos.Eres un puto inútil, tío. ¡Están fríos!

Arthur volvió a dejarse caer en la silla, que rechinó bajo su peso, mientras abría sin ningún tipo de cuidado la bolsa de papel. Había cuatro bocadillos dentro, y sin molestarse en comprobar qué llevaba cada uno, agarró el primero que apareció. Arrojó el resto, dentro de la bolsa de papel, en el suelo, dónde comería Dog. Ahí es dónde comen los perros, ¿no? El aspirante a mortífago no pudo evitar reírse mientras desenvolvía su bocadillo.

¿Por qué es tan importante esa mierda?Dog señaló la maleta con la cabeza, pillando a Arthur con la boca abierta, apunto de dar el primer mordisco a su bocadillo. No lo hizo, y en su lugar, fulminó a Dog con la mirada. Cómo si el joven de cabello negro hubiese cometido alguna afrenta contra su persona.

¿Y a ti qué coño te importa eso? Te dije que podías venir si no hacías preguntas estúpidas.Esta vez, Arthur sí dio un mordisco al bocadillo. Dog guardó silencio, visiblemente molesto por su forma de hablarle, y Arthur no pudo evitar suavizar el tono cuando volvió a hablar. Con la boca llena.No tengo ni idea de qué tiene de importante esa mierda, tío. Pero Artemis nos paga por vigilar y cerrar la boca. ¡No te quejes! Es un trabajo fácil.

Fácil y humillante, pensó Arthur, meneando la cabeza de un lado a otro mientras miraba la maleta. ¡Que Merlín le asistiese si tenía idea de qué tenía de importante aquel trasto! Solo sabía que Chudley Skeegan, el sanador que trabajaba para Grulla, se la había entregado con órdenes de Grulla de no abrirla bajo ningún concepto, y no perderla de vista. Y Skeegan no había cedido ante la amenaza de Arthur de partirle la cara si no se lo decía. Le haría comer esas gafas de empollón al muy hijo de puta...

***

Consulté una vez más la hoja de papel que contenía las direcciones que Savannah nos había facilitado, a fin de cerciorarme de que estaba en la dirección correcta; cómo las aproximadas veintiocho veces anteriores, el papel me confirmó que así era, y dejé escapar un suspiro.
Estaba nerviosa. Llevaba nerviosa desde lo ocurrido en el Ministerio de Magia el cuatro de junio. Los radicales habían atacado mi puesto de trabajo, y no solo me habían arrebatado la tranquilidad en aquel lugar que hasta entonces creía seguro, si no que habían trastocado todo mi mundo. Fugitivos atacando de aquella manera tan indiscriminada a gente que podía ser inocente o no; empleados del Ministerio volviéndose contra sus compañeros; gente batiéndose en duelo en los pasillos... Me sentía cómo si hubiese participado en una guerra, y en cierto modo llevaba conmigo todavía algunas de aquellas heridas.
Podríamos irnos a casa, pensé en un momento de debilidad. Podría llamar a Sam y decirle que mejor simplemente quedásemos para ver una película. Olvidarnos de todo esto y... ¿Y qué? ¿Olvidarnos de aquello haría que Artemis Hemsley se olvidase de Sam? No. Y estábamos tan cerca de ella, tan cerca de acabar con aquello, que seguramente ya era demasiado tarde para dar un paso atrás.

—Solo espero que no nos encontremos con ninguna sorpresa...—Murmuré para mí misma, sentada en aquel banco a unos doscientos metros de imponente edificio que se alzaba allí, al final de aquella pequeña zona residencial. Para disimular mi sospechosa presencia en aquel lugar, tenía el teléfono móvil en las manos, y me dedicaba de manera aleatoria a abrir y cerrar aplicaciones, cómo si de verdad estuviese haciendo algo más que, simplemente, esperar.

Sam debía estar al caer. Tal vez estuviese haciendo alguna hora extra en el 'Juglar', o hubiese pasado por casa a cenar antes de aquello. No lo sabía, pero estaba segura de que aparecería. ¿Y eso por qué? Porque confiaba en ella. Confiaba que juntas haríamos aquello. Acabaremos esto... Sí, podemos hacerlo.


PNJ’s:
Arthur Payne:

#248c02
Douglas Dagon:

#7f6eff


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Jul 10, 2018 7:08 pm, editado 2 veces
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Jul 25, 2018 3:13 am

Sosiégate... Sólo había que mirar a Gwendoline para saber una cosa: estaba roja como un tomate, ergo tiene que estar pasando más vergüenza que nunca después de ese arrebato que a saber de dónde salió. Cómo Sam se rayase con todo ésto... al final iba a terminar por ocurrir uno de esos "famosos" momentos incómodos y aquello iba a ir por una línea que Sam prefería evitar por dos razones: no quería sentirse así con respecto a Gwen y no quería que Gwen se hiciese una idea errónea de cómo podía afectarle a Sam un beso por su parte. Lo mejor era normalizarlo: hacer como si nada hubiese pasado, como si en vez de un beso, hubiese sido uno de esos tantos abrazos de los que siempre se dan...

Ojalá pudiese tratarlo como uno de esos tantos abrazos delos que siempre se dan.

Y bueno, aunque a priori pareciese que Sam lo hubiese conseguido... ella era bien consciente de que no se le iba a olvidar algo así a corto plazo, así que ahora mismo lo único que le quedaba era pegarle una patada mental a esos recuerdos y sensaciones cada vez que amenazaran con volver a su cabeza. Al menos hasta que salieran de ese lugar. Luego… ya podría rayarse todo lo que quisiera.

El tema de las vampiresas era un poco complicado, además de que debía de ir con una explicación previa de todo lo que rodeaba a la situación para que se entendiese por qué Sam terminó en los almacenes de unas vampiresas, robándoles mercancía en compañía de un adolescente con propensión a meterse en líos. No se enorgullecía de ello, ¿vale? Se acarició uno de sus brazos con la otra mano, encogiéndose de hombros. —Es una historia complicada, ya te la contaré... ¿A qué te refieres con turbio? Que yo sepa no me alimento de sangre, ni tampoco he sido comida de vampiro, así que en principio creo que no fue nada turbio. Creo.—Intentó sonar lo más tranquila posible, pues tampoco quería que Gwendoline se imaginase ahí a saber qué cosas turbias en compañía de vampiresas. —Gwen, amiga mía, los submundos mágicos chungos eran mi segunda casa. Estás en compañía de una fugitiva muy peligrosa, ¿sabes? —Alzó ambas cejas varias veces.

Pero fueron segundos después cuando escucharon un ruido y pudieron ver perfectamente cómo una persona se acercaba a la zona sellada mágicamente e introducía la clave de acceso al interior, la cual quedó grabada en la memoria de Sam. Tantos años siendo Ravenclaw habían conseguido que tuviese una memoria fotográfica de lo más efectiva.

Retrocedió unos pasos hacia atrás, para entonces empezar a pensar en serio cómo meterse en el interior ahora que había compañía. Quizás hubiera sido prudente decir: "Hay gente, mejor venir en otro momento en dónde esté desocupado para poder ver con tranquilidad", pero seamos sinceros: ahora mismo ninguna de las dos quería estar ahí y no iban a conseguir más información útil que aprovechándose de que hubiesen personas. Eso sólo quería decir una cosa: estaban vigilando algo y ese algo debía de ser importante. Así que se tomaron unos segundos para pensar, hasta que dieron con la forma no de entrar con ellos dentro, sino de sacarlos antes de entrar.

***

Samantha creó una burbuja de realidad alternativa que acogió prácticamente todo el pasillo, incluida la puerta en donde se encontraban Dog y Arthur tranquilamente jugando. Las amigas llamaron la atención de los dos chicos, creando contacto mágico con la barrera que protegía todo el apartamento de Hemsley. Esto fue fácil: no era lo mismo que un muggle tuviese contacto con dicha barrera, pues poco pasaría al respecto pues no podría ver lo que hay en el interior, a que un mago atacase la barrera en pos de romperla para poder traspasarla. El sonido era distinto y las intenciones también. No tardaron en abrir la puerta con la varita por delante para ver de qué se trataba. Artemis no les pagaba para que sus culos perezosos yaciesen sobre los sofás, sino para enfrentar cualquier amenaza, por lo que Dog fue el primero en abrir la puerta y asomarse, viendo a Samantha Lehmann mirando sorprendida hacia ellos para salir corriendo en dirección contraria. Ambos chicos la vieron y ambos salieron detrás de ella.

No era la Sam real; esa seguía en el apartamento adyacente al de ellos en compañía de Gwendoline. Era una Sam creada por la misma Sam, basándose en todos esos recuerdos que tenía tan impregnados que eran tan compatibles con esa situación: ni sería la primera vez que Sam se veía sorprendida por enemigos, ni tampoco la primera vez que se metía en la boca del lobo sin querer. Ya estaba curtiéndose en este tipo de situaciones. —Qué alivio me da escuchar mi apellido y que en realidad no haya nadie persiguiéndome… —confesó, con una pequeña sonrisilla en el rostro. Con lo orgullosa que ella estaba de su apellido muggle y la manía que le estaba cogiendo al escucharlo siempre de esa manera tan agresiva y cargada de asco. —Vamos, rápido, antes de que lleguen. No sé cuánto tiempo les mantendrá ocupados la idea de haberme visto.

Y es que la burbuja de realidad alternativa tenía límite, ya no sólo de tiempo—que también, aunque en este caso era irrelevante—sino de distancia. No podías abarcar una burbuja muy grande y si bien habían conseguido tener suficiente espacio como para engañar a ambos tipos y crear a una Sam lo suficientemente real, en algún punto de su persecusión dejarán de verla. Y ahí entra la componente estratégica: si Dog y Arthur eran inteligentes, nada más ver a Sam crearían un hechizo anti-aparición, ese maldito hechizo que Sam odiaba con toda su alma, por lo que comenzarían a buscarla por todo el edificio con ahínco, conscientes de que estaría ahí. Si Dog y Arthur no eran tan inteligentes, la buscarían hasta darse cuenta de que no habían actuado bien y que posiblemente Lehmann ya no estuviese por allí. Fuera como fuese, Sam y Gwen tenían poco tiempo para ver lo que había en ese apartamento y tenían que aprovecharlo.

Salieron del apartamento en donde se encontraban y traspasaron la barrera mágica que se volvió a crear al cerrar la puerta, poniendo el código de acceso correctamente. La puerta se abrió y la barrera no actuó en contra de ellas.

El interior fue… decepcionante.

No había katanas. Sam quería ver katanas.

No, en serio, aquello era decepcionante porque directamente parecía un apartamento normal, como otro cualquiera, sin nada especial en su interior a simple vista. Estaba provisto del mobiliario típico de un apartamento que se alquila, sin nada realmente personalizado. A decir verdad, por el aspecto que tenía, soso y tan normal, Sam asumía que no había tenido ningún tipo de intención Grulla de decorarlo a su gusto y se había conformado con lo que venía de fábrica. Siendo sinceros, tampoco veía a Artemis Hemsley, tal y como tenía la visión de ella, ejerciendo de decoradora de interiores. —Vale. —Hizo una pausa, mirando a Gwen. —Vamos a ver en las habitaciones. No te separes y... intenta no tocar nada, por si acaso. Dudo que Grulla tenga objetos malditos en su propio apartamento pero… yo qué sé… —El exceso de cuidado era algo con lo que Sam vivía desde hace tiempo, además de una paranoia muy real. En muchas ocasiones le había ayudado mientras que en otras la había hecho parecer un auténtica loca, pero… ¿qué más da parecer una loca en mitad de un mundo lleno de locos?

Caminaron por el pasillo, asomando las cabezas en las habitaciones sin tocar nada. No se separó de ella, ya que aunque el apartamento fuese pequeñito, tenía muy malas experiencias separándose de la gente en situaciones así. Bastaba que se separasen un momento, para que pasase alguna desgracia. Y si tenía que ocurrir algo, fuese lo que fuese, mejor que estuviesen juntas. Siempre, pasase o lo que pasase. Con la varita en la mano, llegaron a la última habitación de todas, la cual estaba justo al final del pasillo. Estaba cerrada, por lo que Sam se limitó a utilizar la varita para abrirla, aún con la paranoia de no tocar absolutamente nada. Sonó un característico “click” justo a la vez que la puerta se abría lentamente hacia atrás, dando paso a una habitación oscura, con las persianas bajadas y sin un ápice de luz. La rubia creó luz de su varita, dejando ver el interior.

Y ahí estaba, en medio de aquella vacía habitación, una maleta. No cualquiera: esa maleta que tantos quebraderos de cabeza le habían dado a Gwen y Sam, desde que la vieron aquel día junto a Ulises Kant y Savannah, hasta haberla visto en múltiples ocasiones en los recuerdos de la chica. De repente Sam se rompió momentáneamente, sin saber qué hacer, pues a decir verdad no se esperaba encontrar aquello allí. —¿Y ahora qué…? —¿Se la llevaban? ¿Miraban lo que habían en su interior a riesgos de que llegasen aquellos dos? ¿Se introducían en ella sin saber lo que se iban a encontrar dentro? Llevársela podía ser peligroso por si tenía alguna especie de rastreador y meterse era peligroso sin antes tener claro lo que iba a haber dentro, por lo que... todo, en realidad, era peligroso. —
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Gwendoline Edevane el Miér Jul 25, 2018 1:38 pm

La definición de ‘turbio’ que tenía en mente, en referencia al asunto de las vampiresas que Sam había mencionado, no era precisamente algo relacionado con un cambio en la dieta de mi amiga. No uno que incluyese más glóbulos rojos, al menos. No. Mi definición de ‘turbio’ se refería más bien a otros asuntos. No es que creyese que Sam se habría visto envuelta en dichos asuntos ‘turbios’, pero había escuchado historias… historias fascinantes acerca de los no-muertos que se alimentaban de sangre. Las palabras ‘asociación de vampiresas’ inevitablemente traían a mi cabeza esas ideas, que quizás fuesen mitos propagados por los ultraconservadores que consideraban que los no-muertos no deberían existir. Pero en el Ministerio se escuchaban tantas lindezas acerca de los vampiros que una no podía evitar que algunas de ellas se le quedasen arraigadas en la memoria.
Pero Sam no. Sam jamás se vería envuelta en ese tipo de asuntos ‘turbios’. No, no, no, ella no… ¿verdad? Por muy desesperada que fuese su situación, y por muy desesperada que estuviese por contacto humano, jamás se rebajaría a… ¡¿verdad que no?! Algo en aquel pensamiento me hacía ponerme…
Celosa. Celosa es la palabra que buscas, me recordó amablemente mi cerebro. Sentí deseos de responder con un ‘No es verdad’ más propio de una niña de cinco años, pero… ¿a quién iba a responderle ¿A mi cerebro? Mi cerebro era parte de mí misma, así que...

—Bueno… ya hablaremos luego de eso.—Atajé, con un ligero rubor en las mejillas. No me apetecía contarle a Sam la cantidad de burradas que se escuchaban acerca de los vampiros… especialmente por parte de los hombres. Solo conocía a una vampiresa, me había caído bien, y prefería que mi arquetipo de vampiresa se pareciese a Charlie. No necesitaba más ideas raras en mi cabeza, la cual actualmente pensaba con todo menos con claridad.


***

Puestos a un lado todos aquellos asuntos, y con nuestras mentes Ravenclaw perfectamente centradas en la misión, Sam y yo tramamos un plan para hacer salir a los inquilinos del apartamento al final del pasillo. Uno bastante ingenioso, a decir verdad, y que seguramente les mantendría ocupados durante un buen rato. Tuve mis dudas respecto a si se dejarían engañar… pero mis dudas quedaron despejadas enseguida.
Tras atacar la barrera que hacía invisible la puerta con varios hechizos, a fin de llamar la atención del interior, Sam y yo volvimos a escondernos dentro del apartamento y observamos. La falsa pared desapareció, la puerta del apartamento que nos interesaba se abrió, y escuchamos a alguien pronunciar las palabras “¡Es Lehmann!”. Aquello fue la confirmación de el plan había funcionado: Sam había creado una burbuja de realidad alternativa con una imagen falsa de ella misma, lo cual atrajo a los dos inquilinos—eran dos, al parecer—al exterior. Lo hicieron varitas en mano, aparentemente tan sedientos de la sangre de Sam como imaginaba que en algún punto podrían haberlo estado las vampiresas antes mencionadas. Intenta evitar imaginarte a una vampiresa poniendo su boca en el cuello de Sam hasta que hayamos acabado con esto, ¿te parece bien? Me parecía. Sería lo mejor que podía hacer, de hecho.

—Seguro que no tardan en darse cuenta de que persiguen un espejismo.—Respondí de manera inevitable ante el comentario de Sam sobre su apellido y las persecuciones, y me limité a asentir cuando sugirió que nos moviésemos antes de que se precatasen de la realidad de aquel espejismo. Cabía la posibilidad de que fuesen unos completos idiotas, desde luego, y por la forma en que habían salido corriendo los dos en tropel detrás de aquella copia de Sam, tal parecía. Pero si algo me estaba enseñando la experiencia es que no debía contar la estupidez ajena como factor determinante para que un plan funcionase.

Sam hizo los honores de abrir la puerta al apartamento que nos interesaba, y mientras ella dibujaba el patrón con su varita—ya no pensaba en aquella varita como mía, sino como suya—yo vigilaba el pasillo. Ante mis ojos estaba la burbuja de realidad alternativa donde se habían metido aquellos dos. A simple vista no había nada fuera de lo común, solo el mismo pasillo vacío—esperaba que no apareciese ninguna señora cargada con bolsas de la compra a deshoras y se metiese en la burbuja, o se encontraría con algo muy extraño—pero aquellos dos estaban en algún punto de dicha burbuja, persiguiendo a una Sam que no existía y en algún momento desaparecería ante sus narices.
Una vez al otro lado de la puerta, creo que Sam y yo pensamos exactamente lo mismo: ¿Ya está? ¿Esto es todo? Tuve una especie de déjà vu: mi mente se retrajo al momento en que Sam y yo habíamos allanado la supuesta morada de Ulises Kant. Si bien ambos apartamentos eran sustancialmente distintos, la sensación era la misma: aquel lugar parecía demasiado insulso como para molestarse siquiera en vigilarlo e incluso ocultarlo con magia. Algo debe haber aquí que merezca la pena, pensé sin demasiada esperanza. Tal vez fuese otro callejón sin salida.

—Esto me trae recuerdos.—No pude evitar esbozar una sonrisa, a pesar de que en el apartamento de Ulises Kant habían ocurrido cosas que no quería rememorar. Por ejemplo: yo, tirada en el suelo y retorciéndome de dolor bajo la maldición Cruciatus. Por no mencionar que aquel encuentro había derivado en la muerte de Kant.—Parece que fue ayer… y al mismo tiempo parece que haya pasado toda una vida.—Me imaginaba que Sam no necesitaría que le aclarase de qué estaba hablando.

Sam sugirió que revisásemos las demás habitaciones, pues nos encontrábamos en el salón del apartamento. Apartamento que, por no tener, no tenía ni televisor. Vigilar aquel sitio tenía que ser un completo aburrimiento. Aunque no del todo: en la mesita central había un ajedrez mágico, posiblemente propiedad de alguno de los dos centinelas que habíamos logrado engañar con el truco de la burbuja de realidad alternativa. La partida estaba acabada, y sobre el tablero había restos de algunas de las piezas capturadas y destrozadas.
Varita en mano, seguí a Sam por el pasillo, no pegada a su espalda, pero tampoco demasiado alejada. En un momento dado me detuve a abrir una de las puertas a mi derecha, mientras Sam seguía hasta el fondo del pasillo, pero lo que me encontré tras dicha puerta no fue nada del otro mundo: un simple cuarto de baño. Impoluto, eso sí. Una esperaría encontrarse aquello hecho un asco cuando los dos inquilinos del apartamento eran hombres que, seguramente, ni se molestarían en levantar la tapa antes de orinar. Pero no, estaba limpio, como si no lo hubiese usado nadie.
Fui a reunirme con Sam… y entonces fue cuando hicimos aquel hallazgo. Lo que tanto tiempo llevábamos buscando estaba ante nosotras: la dichosa maleta de la que Kant había salido aquella noche de febrero, y que en incontables recuerdos de Savannah habíamos visto. Un objeto importante, a juzgar por lo mucho que la cuidaban tanto Hemsley como sus secuaces.

Homenum Revelio.Pronuncié con suavidad, deslizando mi varita de un lado a otro mientras la punta se iluminaba. La magia reveladora no desveló la presencia de ningún ser humano escondido bajo ninguna forma de magia allí dentro, lo cual me hizo sentir más tranquila.Aparecium.Repetí el proceso, y lo mismo sucedió: no había absolutamente ningún tipo de magia oculta en aquella estancia. Sólo quedaba comprobar la maleta en sí. Me llevé la mano al bolsillo interior de la chaqueta y saqué un par de mitones encantados para poder manipular objetos malditos. Le ofrecí uno a Sam.—Si algún día conoces a Dorcas Meadowes, dale las gracias por esto. Si tocas algo, que sea con la mano en la que llevas el mitón.—Me quedé con el que correspondía a la mano derecha. Me lo puse y cambié la varita de mano. Hacía tiempo que se me daba igual de bien hacer magia con ambas manos.

Entré con cautela en la habitación, poniendo la mano enguantada sobre la pared con mucho cuidado. No sucedió nada. No salí despedida ni exploté en pedazos. Buena señal. Sin embargo, la pared no era el problema; el problema era la maleta y pensar qué hacer con ella. En principio, yo me arrodillé junto a ella y volví a recurrir a la vieja confiable: la magia. Conjuré un Specialis Revelio y deslicé la varita sobre la superficie. Nada. Si aquella maleta estaba maldita, mi magia no detectaba nada.
De todas formas, cuando eché la mano al asa, lo hice utilizando la que llevaba el guante, la derecha.

—Pues nos la llevamos y...—Y no terminé la frase, pues sucedió algo muy curioso. Mientras tiraba del asa de la maleta, me puse en pie. El problema es que no llegué a hacerlo, pues de repente me vi cayendo de bruces sobre la moqueta. ¿Por qué? Pues porque la maleta ofreció una resistencia inusitada a mi tirón, casi como si...—Creo que está anclada al suelo de alguna forma… No va a ser una opción eso de llevárnosla.

Claro que tenía que haber un truco. No todo podía ser tan sencillo, ¿verdad? Ahora Sam y yo teníamos que decidir: o bien abríamos la maleta para ver qué secretos escondía, o bien esperábamos a que aquellos dos entrasen para deshacernos de ellos de una forma un poco más definitiva. También cabía la opción de marcharse.
Aquella última opción no me gustaba. Sí, cierto, estaba en tensión, pues no sabía cuanto duraría el engaño de la burbuja, pero tampoco quería marcharme cuando era claro que teníamos las respuestas tan cerca. A veces hay que correr pequeños riesgos, pensé, mientras hacía números: ¿Podríamos Sam y yo hacer frente a los dos guardianes de la maleta que Hemsley había dejado allí?
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Jul 27, 2018 2:25 pm

Le echó una leve mirada a su amiga cuando nombró aquel momento, ese momento que llegó a la mente de ambas al introducirse en aquel lugar desconocido y ajeno, en busca de información. Lo cierto es que el momento contra Ulises Kant había marcado un antes y un después y, por mucho que la rubia lo intentase evitar, le había resultado bastante duro enterarse de lo que ocurrió a raíz de eso. La verdad es que en momentos como este no sabía si evitar ese tipo de recuerdos o mantenerlos candentes en la memoria, ya que no quería repetir ni en broma un error así. Cierto era que sentía culpa, pero tampoco podía cargar siempre con eso. Qué menos que aprender para no repetirlo...

Caminando por la casa bastante rápido en comparación a como le hubiese gustado—debido a la presión de sus secuaces—llegaron a la última habitación, en donde encontraron el premio gordo. Al ver la maleta delante de ellas se le planteó una duda: ¿es una buena noticia que esté eso ahí, o una putada muy grande? Porque algo le decía que su presencia en ese lugar podía complicar muchísimo las cosas, pero que si conseguían sacarlo de allí o ver lo que había en su interior… podían conseguir dar la zancada necesaria como para posicionarse al nivel de Artemis.

Una vez las dos estuvieron dentro de la habitación, cerró la puerta tras de sí con suavidad. La legeremante se quedó a un lado, observando la maleta sólo y exclusivamente por si se movía o realmente era un objeto inerte. No sabía exactamente qué le hacía sentir, pero tener esa maleta en frente de ella, después de toda la importancia que le habían dado, le imponía respeto y cierto pavor. ¡Y era una maldita maleta! ¡Un objeto inerte! ¡Imaginaros la vida de Sam que una maleta le da miedo! Gwendoline se aseguró de que no había ningún tipo de encantamiento protector en aquella habitación, además de darle un guante protector hacia los objetos malditos, por si acaso. —Entendido. —Bastante le había hablado de Dorcas, una chica que para la edad que tenía, prometía. Posiblemente era de la persona que más le había hablado de la Orden del Fénix, aparte de nombrar al resto por encima. Ya Sam le había dicho a Gwen que si no era algo estrictamente necesario o importante, prefería no saber detalles de más de la Orden del Fénix. Ya bastante sabía por el poco tiempo que había estado entre sus muros recibiendo ayuda. Lo que le faltaba, ¿te imaginas que la pillan y descubren todo lo que sabe de la Orden, cuando ella ni siquiera es parte de ella? No quería tener nada que ofrecer. Nada de nada. Era cierto que Sam no apoyaba activamente la organización, que no le gustaba y que prefería mantenerse al margen, pero inevitablemente estaban en el mismo bando y no quería poner en peligro a su amiga, que ahora pertenecía a ellos.

La idea de llevarse la maleta era la que menos convencía a Sam, más que nada porque todas esas complicaciones que podían tener en ese lugar, podrían ser muchísimo peor si decidían llevársela. Sólo se le podía pasar por la cabeza la idea de que fuese fácilmente rastreable, las persiguiesen y… Merlín no quiera que pase. Cuando su amiga corroboró que llevársela no era opción plausible, Sam puso de cuclillas su lado. —Pues entonces… entramos.

Lo había dicho con una seguridad rebosante, cargada de determinación. ¿Sam, seguridad y determinación para meterse en la maleta encantada de una despiadada cazarrecompensas? Créeme, no la tenía; sin embargo, fingía tenerla. Otra cosa que la empujaba a tener esa iniciativa es que: si no podían llevársela, la única opción era entrar ahí dentro.

Puff… en verdad parecía una idea nefasta.

Miró a la maleta con desconfianza, para finalmente tocarla con la mano protegida. Tocó las hebillas, antes de mirar a Gwen y hablar en voz baja. —La abro, ¿vale? —preguntó, para cerciorarse de que era una buena idea. Sam en esas situaciones vivía sin tener ni idea de cuáles eran buenas o malas decisiones pese a toda la experiencia que ya acarreaba a sus espaldas, pero ella seguía sin estar segura nunca. —Si pasa algo raro, abortamos misión. Si no pasa nada… deberíamos entrar. Puede que haya alguien dentro o que no haya nadie, en ambos casos, será mejor sorprenderlo a él a que los dos que estaban aquí dentro nos sorprendan a nosotras… —Hizo una pausa, sin apartar ni un momento la mirada de los ojos de Gwen. Le proporcionaba seguridad su mirada y su compañía, aunque estuviese a punto de abrir una maleta que pudiese acarrear muchos problemas y de la que no se fiaba en absoluto. Siempre "se quejaba" de que su amiga insistiese en acompañarle a "sus locuras" de fugitiva pero siendo sinceros... Sam se sentía terriblemente mejor en su compañía. Ya la soledad volvía a ser algo que no quería en su vida, no después de haber recuperado eso.—...¿te parece bien? —Hablaba con voz tan suave que parecía que estaba susurrando.

Lentamente los dedos de su mano enguantada llegaron a una de las hebillas. Un característico “click” sonó cuando la parte metálica subió repentinamente, sin que nada ocurriese. Volvió a mirar a Gwen antes de dirigir la misma mano hacia la otra hebilla y…

Nada pasó.

Soltó aire por la nariz. —Vale, voy a abrirla… —Continuó susurrando, notando la mano de su varita mojada del sudor de los nervios. Elevó suavemente la tapa de la maleta y no. No salió del interior una mantícora, ni tampoco comenzó a derretirse por una maldición agonizante. Ni siquiera salió luz del interior. Lo único que vio fue el principio de una escalera de metal apoyada a un lateral y, al asomarse un poco, pudo ver como la escalera no era tan alta y como daba a una especie de piso de madera. Desde ahí encima no se veía nada más.

Las dos amigas se quedaron en silencio cuando la maleta fue abierta, intentando concentrarse en la mínima referencia auditiva que pudiesen recibir del interior. Sin embargo: nada. De nuevo, los ojos azules de Sam se encontraron con las dos esmeraldas que tenía Gwen. —No sé si tanta normalidad me da buenas vibraciones o todo lo contrario… —Bueno, sí que lo tenía claro: le daba muy mala espina. —Entro yo primero. —Sonrió levemente, como si hubiese hecho una travesura, pues y pese a que ya había desviado la mirada hacia el interior de la maleta, ya se imaginaba el chasquido de lenguas de Gwen por la cabezonería de Sam de entrar ella primero. Lo más gracioso de todo es que Sam prefería entrar primero por si había algo peligroso, recibirlo ella en vez de Gwen, cuando Gwen tenía las mismas intenciones. Al final era cuestión de ver quién era más rápida. —Bueno… si me pasa algo, cuida de Don Cerdito. —Sabía perfectamente que ese tipo de bromas no le hacían ni un pizco de gracia a su amiga, mucho menos en esa situación, pero Sam cuando estaba nerviosa bromeaba para las buenas y para las malas. —Es broma, no me pasará nada. Nos vemos abajo.

Se puso en pie para introducirse, primero un pie y luego otro, eso sí, la escalera solo la tocó con una mano, la protegida por los famosos guantes de Meadowes. La bajada ocurrió con normalidad hasta posar ambos pies en el suelo de madera. ¿Lo que tenía a su alrededor? Nada especial. Una habitación con un escritorio, algunos armarios de documentos y una puerta. No se movió ni un poco, sólo miró hacia arriba, hacia la abertura de la maleta, para darle el visto bueno a Gwen.
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Gwendoline Edevane el Vie Jul 27, 2018 3:56 pm

La maleta—o, más concretamente, el hechizo que le hubiesen puesto para que fuese un objeto inamovible—tomó la decisión por nosotras: nada de llevárnosla. Lo que quisiésemos hacer con ella, tendríamos que hacerlo allí mismo, en aquel apartamento que parecía a punto para una visita guiada con posibles compradores. Y es que aquella era la única opción real que teníamos: mirar dentro de la maleta. Porque, por mucho que entrañase riesgos, por mucho aquel lugar no fuese el más indicado, por mucho que yo prefiriese coger aquel trasto y llevarlo a algún lugar apartado que pudiésemos preparar un poco con magia antes de abrirla, no podíamos hacerlo. Y no íbamos a marcharnos sin ver qué había allí dentro, pues podía suponer la diferencia entre atrapar a Hemsley o que nos atrapase ella.
Por no mencionar el ridículo: ¡Oh, sí! ¡Hemos venido a este edificio en busca de información, son casi las doce de la noche, acabamos de torerar a un par de tipos y engañarlos para meterse en una realidad alternativa, y al final hemos encontrado la maleta! Qué bonita. Ahora, vámonos a casa. No, por supuesto, aquello sería absurdo.
Así que allí estábamos. Sam dijo en voz alta lo que yo ya estaba pensando, y asentí con la cabeza. Por supuesto, entramos, pensé mientras recordaba, inevitablemente, nuestra primera incursión en un apartamento ajeno. Entonces Sam no me quería allí, y supuse que una parte de ella jamás me querría cerca de aquella vida suya tan peligrosa. Pero las cosas habían cambiado. Sam comprendía que sola no podía hacerlo todo, que no podía cargar con el peso del mundo sobre su cabeza y esperar que Caroline y yo nos mantuviésemos al margen. Y no solo eso.
No sabía si Sam era consciente o no de aquello. Quizás sí, y no lo aceptase del todo, pero era innegable: aquella ya no era solo su vida… era nuestra vida. Cuando alguien la perseguía a ella, nos perseguía a las tres. Porque ella era tan importante para nosotras como nosotras lo éramos para ella. Cómo decía el árbol ese de esa película de superhéroes… Nosotros somos Groot, pensé, y un atisbo de sonrisa asomó a mis labios.

—Por supuesto que me parece bien.—Asentí con la cabeza cuando Sam puso sobre la mesa el plan de acción. Entrar era la única opción, pero claramente no entraríamos si nuestras vidas estaban en riesgo. Cierto es que podía haber peligros ahí dentro, igualmente, aún a pesar de no verlos desde fuera. Pero tendríamos que arriesgarnos. Y daba igual, pues de todas formas tenía intención de ir yo primero y tantear el terreno, para saber si era seguro, o si Sam podía ver lo que había en el interior sin tener que revivir recuerdos ingratos.

Pero… ¡Oh, Samantha! Samantha Lehmann siempre conseguía escabullirse por algún resquicio y mandar mis intenciones al traste.
Tras abrir los dos cierres de la maleta utilizando la mano enguantada, y tras un momento de cautelosa espera, mi amiga abrió la tapa de la maleta… y la verdad es que me sentí un tanto decepcionada. Al hacer aquello, casi esperaba que poco a poco una luz procedente del interior nos iluminase la cara, como los cofres del tesoro de las películas infantiles de piratas. Pero no, no hubo un chorro de luz procedente del interior, ni nada que se le pareciese. También me había echado un poco hacia atrás, por si acaso al abrir la tapa salía algún tipo de niebla venenosa o algo por el estilo, y ambas caíamos fulminadas allí mismo.
Nada de eso. Simple y llanamente la parte superior de una escalera de mano, adosada al lateral de la maleta como si éste fuese una pared.
Estaba acostumbrada a la magia, a observar prodigios y cosas que a un muggle le freirían el cerebro por lo incoherente de su naturaleza, como podía ser aquella maleta, sin ir más lejos. Sin embargo, nunca dejaría de sorprenderme al ser testigo de cómo la magia es capaz de obrar un milagro como ese: una estancia, un habitáculo, contenido dentro del espacio de una simple maleta.
Sorprendida en estos pensamientos me encontró la declaración de intenciones de Sam. Muy bien, va a entrar ella primero y… ¡Espera un momento! Tan concentrada estaba en mis propios pensamientos que, para cuando reaccioné a todo lo que Sam había dicho, la rubia ya estaba introduciéndose en la maleta.

—¡Eh, oye!—Protesté, alargando mi mano derecha hacia ella.—Ni ‘cuida de Don Cerdito’ ni nada. Dijimos que yo entraría primero y comprobaría lo que hay antes de...—Pero Sam ya estaba descendiendo la escalera, y poco podía hacer yo para impedírselo. Mis palabras cayeron en saco roto. Debiste haber sido más rápida… Esperemos que no le pase nada, pensé mientras la veía desaparecer dentro de aquella maleta de una forma que era físicamente imposible desde el punto de vista muggle.

Me puse en pie y me acerqué a la maleta. Odiaba las escaleras de mano, y más cuando su inicio se encontraba tan por debajo de mi estatura. Siempre tenía la sensación de que me iba a caer, que iba a poner un pie mal y que me acabaría precipitando varios metros hasta hacerme puré en el suelo. Aquello era una evidente exageración en aquel caso, pues no había suficiente distancia ni siquiera para romperse una pierna, pero igualmente no me gustaba aquella forma de entrar en lo que a todas luces debía ser la auténtica guarida de Artemis Hemsley.
Pero Sam está ahí abajo, y si Sam va, tú vas, pensé. Aquello parecía una orden que mi mente me estuviese dando… y la obedecí.
Sin embargo, no bajé por aquella maldita escalera del infierno. En lugar de eso, di un pequeño salto—tras unos quince segundos de meditar, debo reconocerlo—y me precipité al interior. Debía haber como mucho tres metros de caída. Los descendí a gran velocidad, a excepción de los últimos diez o quince centímetros. Un Aresto momentum no verbal me permitió detener la caída justo en este punto. Y una vez estuve segura, me liberé del hechizo y mis pies tocaron el suelo de madera.
Miré a Sam, medio de reojo, y le expliqué el motivo de aquella entrada tan espectacular.

—No me gustan esas escaleras infernales.—Como si aquello lo explicase todo. Como si aquello determinase que era muy normal entrar en un lugar pegando un salto desde una escotilla. Hablando de lo cual.—¿Crees que deberíamos cerrar la maleta? Al menos echarle la tapa por encima, por si acaso esos dos vuelven y, al verla abierta, deciden darse un paseo por aquí...—Aunque, claro estaba, aquellos dos podrían también percatarse de que había alguien allí dentro aún con la tapa echada. No teníamos ninguna manera de asegurar los cierres de la maleta desde el interior… ni de abrirlos, dicho sea de paso.

La estancia era de una sencillez insultante. ¿Eso era todo? ¿Escritorio, armario y una puerta? Evidentemente, algo más habría tras la puerta, pero empezaba a imaginarme algo tan sencillo como un cuarto de baño o un dormitorio. Así que posiblemente lo bueno estaría por allí, en aquel armario y en aquel escritorio.

—Me pido el armario.—Dije, y teniendo en cuenta los pensamientos y sentimientos que se arremolinaban en mi interior, aquello me pareció de lo más apropiado. Claro, porque estás saliendo del armario, señaló de manera incisiva—y totalmente innecesaria—mi mente. Di un par de pasos hacia el armario, varita en alto y guante mágico por delante, por lo que pudiese ocurrir.

Cómo la precaución no estaba reñida con la urgencia, no toqué el armario hasta conjurar sobre él algunos hechizos reveladores de magia. De nuevo, no sucedió nada. Así que eché la mano al asa del cajón superior, di un leve tirón y…

—Cerrado.—Informé a Sam, mientras conjuraba un Alohomora no verbal sobre la cerradura que tuvo el mismo efecto que encender un mechero bajo el agua.—Con magia, además.—Añadí. No iba a ser tan sencillo como parecía, por supuesto. ¡Nada lo estaba siendo desde que habíamos llegado!—¿Y ahora qué? ¿Tenemos que encontrar una llave o algo por el estilo?

Aquello empezaba a recordarme a alguno de los videojuegos que Kyle jugaba cuando cuidaba de él. Videojuegos que te obligaban a ir de un lado a otro buscando llaves para abrir puertas, cuando el personaje tenía un arma con la cual podía hacer saltar por los aires la puerta. Ojalá las cosas fuesen tan sencillas en el mundo mágico.
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Sam J. Lehmann el Sáb Jul 28, 2018 1:44 am

Se apartó un pasito hacia un lado para dejar espacio suficiente para que su amiga bajase y menos mal, ya que de repente cayó a su lado después de pegar un salto. La miró, claro que la miró, con una mirada que desbordaba un claro: “¿qué narices…?” de lo más divertido. Su contestación no se hizo esperar. Ah, que no le gustaban esas escaleras infernales. Ya le iba a gustar ver cómo se la ingeniaba para subir cuando se fuera, porque sí, ya Sam estaba asumiendo que todo iba a salir a pedir de boca, que nada malo ocurriría y que ambas subirían esas escaleras tan bien cómo las habían bajado hace unos segundos. —Sí, mejor cierra—respondió. —Siempre será mejor que si la ven, la vean cerrada, quizás ni se fijen en que los cierres están abiertos.

Una parte de ella pensaba que en realidad aquellos dos tipos, cuando volviesen al apartamento, no tendrían motivos para ir a vigilar la maleta. Es decir… quizás por paranoia podría ser, pero con verla en el interior podrían quedarse tranquilos, ya que en realidad lo único que habrían visto sería a una Samantha Lehmann fuera del apartamento, escapándose a través de una esquina y no viéndola nunca más. A priori, para ellos, el apartamento cerrado mágicamente seguía siendo seguro ante cualquier tipo de entrada no permitida. Tampoco quería pecar de soberbia ni tratar a sus enemigos como más tontos de lo que en realidad podrían ser. No sería la primera, ni tampoco la última vez, que Sam se enfrenta a personas que están muy por encima de su inteligencia. Habría pertenecido a la casa de Rowena Ravenclaw, pero la legeremante ahora mismo no se sentía por encima de absolutamente nadie. Sería una necia si, después de todo lo que ha pasado, siquiera lo pretendiese.

Se acercó al escritorio cuando Gwendoline se pidió el armario, rodeándolo hasta quedar de cuclillas por la parte trasera, en donde habían varios cajones. Imitó la precaución de asegurarse de que no había ningún tipo de magia protectora que la mandase a volar lejos al mínimo contacto y, cuando se aseguró de que allí abajo parecía estar todo limpio, tiró de los pomos con la mano que estaba protegida. Todos estaban cerrados. Lo intentó con magia pero… tampoco. Miró a la nada, en silencio, hasta que Gwen también le dijo que el armario estaba cerrado con magia. En un principio no cayó en lo más evidente, hasta que su amiga preguntó con cierto retintín que qué hacían ahora. Sí, lo que les faltaba: ponerse a buscar una llave en un intento de formar el rompecabezas. Eso no era una opción, pues solo sería una pérdida de tiempo: si había llave, indudablemente la tendría Artemis Hemsley en su bolsillo. Fue en ese momento de pensamiento sarcástico, que le vino a la mente una situación del pasado.

12 de febrero del 2017

Emerick, ¿eres consciente de que estamos encerrados en este armario? —preguntó Sam, en un susurro prácticamente inaudible. —Es un escondite de mierda, Eme. Nos van a pillar y...

Y diréis: “Madre mía, Samantha, ¿qué hacías en tu época de fugitiva como para meterte en un armario y encerrarte con un hombre?” No, no había sido idea de Sebastian el convertir a Samantha en una heterosexual obligada. Ni tampoco estaba volviéndose a meter en el armario. Por favor, qué tontería. ¡Sam en el armario, já!

Shhh, shhh… —Insistió Eme.

Entonces escucharon como tres voces entraron en la habitación en la que estaban ellos, vociferando sus intenciones; desesperados. Sam no sabía si eran Mortífagos, cazarrecompensas, sólo trabajadores del Ministerio o todas ellas, pues no eran excluyentes unas de otras. Lo importante es que estaban buscando a Eme y, en ese momento como diesen con él, se iban a llevar a una Lehmann de regalo.

Cerradlo todo. Tiene que estar aquí.

Todo aquí está cerrado, es mi habitación y la tengo protegida con magia. Aquí no puede estar. Vamos al sótano.

En ese momento Sam miró a Emerick, con una ceja enarcada. ¿Cómo narices habían entrado si estaba...? Las voces enemigas retrocedieron mientras Eme abría su mano, mostrándole una navaja abre cerraduras. Le guiñó un ojo a Sam, llevándose el dedo índice a los labios para que siguiese manteniendo el silencio.

Ese día Eme y Sam se pegaron dentro de ese armario dos horas, hasta que dejaron de escuchar revuelo en aquella casa. Al salir, cogieron desprevenido al dueño de la casa, lo dejaron inconsciente y se limitaron a coger lo que habían ido a buscar. Sam realmente sólo había acompañado a Emerick porque éste había hecho un trato con ella: ella hacía de legeremante para conseguir información para Eme y él se lo recompensaba económicamente. Y créeme, en aquella época valía la pena arriesgarse sólo por tener dinero con el que subsistir en una maldita tienda de campaña mágica. Además, Emerick le había prometido que sería seguro, aunque hubiesen sido sorprendidos.

Al finalizar con aquello, Eme no solo cumplió con su parte del trato, sino que además le regaló esa famosa navaja abre cerraduras que había conseguido engañar al propio dueño de la casa. Desde entonces, no había sabido nada de Emerick, un fugitivo que prácticamente compartía con Sam las mismas políticas con respecto a estar solo y alejarse de organizaciones. Quizás por eso se llevaban bien.

Se quitó la mochila pequeñita que tenía colgando en la espalda, poniéndosela por delante. La abrió, metiendo su mano en el interior. Si el bolso de una mujer ya de por sí es misterioso porque a saber qué cosas extrañas tiene en el interior, imaginaros el de una mujer bruja. Lo que había ahí dentro era inimaginable, sobretodo teniendo en cuenta que muchos de ellos eran extensibles y podías encontrar hasta, literalmente, una katana en su interior. —¿No te he dicho ya que estás con una fugitiva chunga, mi querida florecilla? —Hizo una pausa, sacando levemente la lengua por fuera en un intento de concentrarse en buscar lo que había allí dentro. —Y como fugitiva chunga que soy, tengo mis métodos chungos de violación de la privacidad ajena, ¿sabes? El nuevo gobierno no sólo me persigue por la pureza de mi sangre. Ellos saben que soy una mujer terriblemente peligrosa. —Y finalmente los dedos de Sam dieron con lo que estaba buscando, lo sujetó y lo sacó hacia afuera, enseñándole a Gwen su navaja abre cerraduras. Había fruncido el ceño, en un intento de sonreír malvadamente cual fugitiva maliciosa, pero no. Sam no tenía ningún tipo de malicia y las dos personas que estaban allí dentro lo sabían.

Abrió con la navaja los tres cajones del escritorio, para entonces ponerla sobre el escritorio y empujarla hacia el otro extremo, en donde estaba la morena para que ella también abriese las puertas del armario.

Por su parte, Sam comenzó a abrir las puertas de los cajones, pensando en una evidencia que hubiera sido muy triste. “Menos mal que la puerta del apartamento tenía un código de acceso o hubiese sido muy triste entrar por la ventana habiendo tenido una maldita navaja abre cerraduras en el bolso…” Pero bueno, no la culpéis. Hacía meses que no usaba eso.

En el primer cajón no había nada especialmente relevante, sólo algunos papeles sueltos en donde habían cosas apuntadas y un cuaderno que, por lo que vio por encima, era una agenda de correspondencia, con nombres de personas acompañadas de su domicilio. En el siguiente cajón habían varios informes divididos por carpetas de cartulina. No eran informes de personas en concreto, sino más bien de casos amplios en los que había estado trabajando bastante tiempo. Por lo que pudo ojear Sam por encima en el primero de ellos—pues por alguna razón sentía que iba a perder mucho tiempo ojeándolo todo y allí abajo estaba bastante inquieta—se trataba del estudio de un asentamiento en el distrito de Brent, en donde habían visto de manera recurrente varios fugitivos. Estaban estudiándolos, persiguiéndolos, hasta dar con sus refugio para finalmente capturarlos. Por lo que parecía, todavía no habían dado con ellos, pero había un mapa con muchos lugares marcados, algunos descartados. Sam, al leerlo, se sintió terriblemente mal. Ella sabía lo que era sentirse observada, creerse a salvo en vano. En más de una ocasión hubiese deseado que alguien le avisase de lo que le estaba por caer encima. Un pinchazo de culpabilidad le estaba diciendo que si sabía lo cerca que estaba Grulla de ellos, ella debía de avisarlos para que pudiesen cambiar de refugio cuanto antes. Se remojó los labios, suspiró y finalmente abrió el último cajón. Sólo había una cosa: un espejo; un precioso espejo de plata resplandeciente con bordados. Sam lo cogió, rompiendo el silencio que se había creado en medio de sus incursiones en sus diferentes muebles. —Gwen, mira. —Llamó su atención. —O Grulla es demasiado narcisista o esto es un espejo comunicador. Ahora lo importante es… —Obviamente descartó lo del narcisismo porque ese pañuelo que solía ponerse en la cabeza era de todo menos bonito. —¿Con quién se comunica Artemis? Dudo que sea con Savannah y bueno, teniendo en cuenta que su más cercano socio ya no está… ¿habrá encontrado otro?

Puso el espejo sobre la mesa pues… sólo quizás, estaría bien llevárselo. Aún estaba evaluando los pros y los contra de ello. Sin embargo, le parecía un buen paso el saber quién podría estar colaborando con Grulla. Quizás se trataba de Agathos, pero teniendo en cuenta cómo lo trató en su tienda, dudaba mucho que tuviese con él un espejo comunicador con el que mantenerse al día. Algo le decía que iba a ser otra persona, una persona que ellas no estaban teniendo en cuenta en la ecuación de Artemis Hemsley. —Hay una agenda con domicilios, supongo que serán sus conocidos y sus contactos. Y también hay unos cuatro informes sobre casos en donde está metida. Por lo que vi del primero, no parecen estar cerrados todavía… —Carraspeó suavemente para aclararse la garganta. —¿Tú qué has encontrado?

Sam siguió ojeando los informes, alegrándose levemente de no ver ningún “Samantha Jóhanna Lehmann” en medio de ellos. Le daba un atisbo de esperanza el hecho de que Grulla tuviese tantos puntos de mira, como la oportunidad de adelantarse a sus pasos aprovechándose de sus otros asuntos.
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Gwendoline Edevane el Sáb Jul 28, 2018 2:56 pm

Con un simple movimiento de varita, la tapa de la maleta que cerró. Aquello me hizo sentir un escalofrío recorriéndome la columna vertebral. No pude evitar sentirme atrapada allí dentro, y hacerme una pregunta que, quizás, debería haberme hecho antes de cerrar la maleta: ¿Volverá a abrirse igual que se cerró? Decidí guardarme esta pequeña preocupación para mí misma. No creía que nos viniese bien empezar a debatir acerca de aquello, dada la situación.
Una buena forma de olvidarme de mis preocupaciones fue ponerme a revisar el armario que había allí… pero no pude hacerlo. Estaba totalmente cerrado, a cal y canto, con magia. Aparentemente, las cerraduras solamente se iban a abrir mediante el uso de algún tipo de llave encantada que, seguramente, estaría en manos de Artemis Hemsley, propietaria de aquel zulo convertido en maleta… o de aquella maleta convertida en zulo. Nunca había tenido claro cómo funcionaban estas cosas. ¿Se metía la estancia dentro de la maleta? ¿Se convertía la maleta en una entrada a dicha estancia? ¿Esa estancia en sí se encontraba en algún lugar, en algún otro plano de la realidad, y la maleta era un simple portal que permitía acceder? No lo sabía, solo me imaginaba que se trataba del mismo principio empleado para las tiendas de campaña mágicas.
Hacerse aquellas preguntas solo generaba dolores de cabeza. Una mente lógica, con profundas raíces muggles, como lo era la mía, podía encontrar un poco ilógico todo aquello.
Pero por lo visto, no íbamos a tener que peinar la zona, resolviendo el acertijo de la llave desaparecida. O esa impresión me dio la seguridad que Sam mostraba en ese momento. La observé con curiosidad mientras revolvía dentro de su mochila, calificándose a sí misma de ‘fugitiva chunga’ en el proceso. A ver qué va a sacar de ahí, pensé mientras mis ojos seguían los movimientos de sus manos con gran interés.

—Creo que nunca te había escuchado usar la palabra ‘chungo’ o ‘chunga’ tantas veces seguidas en tan pocas frases.—Comenté con una sonrisa, mientras Sam desvelaba finalmente el objeto que estaba buscando: una navaja. Mi mente con profundas raíces muggles estuvo a punto de forzarme a decir ‘Claro, claro, un Alohomora no funciona, pero una navaja seguro que sí’; por suerte, mi mente mágica, que por suerte era la mente dominante, la hizo callar enseguida.—Muy inteligente, Melocotón.—Respondí con una sonrisa satisfecha. Había oído hablar de esas navajas, pero nunca había necesitado una.

Sam abrió las cerraduras que correspondían a su lado del armario, y una vez terminado el trabajo, me entregó la navaja a mí. La observé un par de segundos con curiosidad. No parecía nada del otro mundo, un simple cuchillo como los que usan los muggles, pero en cambio tenía un poder sorprendente. Poder que comprobé por mí misma cuando introduje la hoja en la primera de las cerraduras. Giró de la misma manera que una llave, y escuché cómo el cierre se destrababa. Repetí el proceso con las demás cerraduras y entonces, por mera comodidad, plegué la hoja de la navaja y me la guardé en el bolsillo.
Abrí las puertas del armario. Lo que me recibió allí dentro fue una bolsa de cuero semejante a las que utilizaban los médicos en los años sesenta. Una pasada con un hechizo revelador me desveló que no escondía nada raro, así que la tomé por las asas con la mano enguantada. Pesaba mucho, así que tuve que dejarla en el suelo para poder revisar su contenido.
Me arrodillé al estilo de los japoneses—irónico, teniendo en cuenta la afición por la cultura japonesa que tenía nuestra enemiga—y me dispuse a abrir el cierre de aquella bolsa misteriosa. Sin embargo, antes de que pudiese hacerlo, Sam llamó mi atención y yo me asomé desde mi lado del armario para observar lo que me mostraba: un espejo comunicador.

—Podría ser...—Asentí con la cabeza, cuando Sam sugirió que quizás Artemis Hemsley hubiese encontrado otro socio con el que se comunicaba por medio de aquel espejo, por otro lado, de aspecto lujoso. Era de plata. A Hemsley le van las cosas bonitas, parece…—No creo que lo utilice para comunicarse con Skeegan, ¿no? Desde que Savannah nos habló de él, sólo puedo imaginármelo como un perrito faldero de Artemis...—Aunque claro, de alguna forma debían comunicarse, ¿no? Dudaba mucho que Hemsley encendiese una batseñal que iluminase su símbolo en el cielo nocturno.

Otro de los hallazgos fue un montón de documentación: una agenda, informes de casos… Aquello último me pareció curioso, me hizo fruncir el ceño.

—¿Por qué traerse informes de casos aquí? Es decir, ¿no tendrá su propia oficina en el Minis…?—Me quedé un momento pensativa, sin terminar la frase, y entonces abrí mucho los ojos, mirando a Sam.—Espera, espera, espera… ¿No será esta su oficina, verdad? Porque si esta es su oficina, querría decir que estamos en el Ministerio de Magia ahora mismo.—No sabía si era posible hacer algo así, pero creía que sí. Aquello explicaría por qué a Artemis no había podido encontrármela nunca en el edificio. Si no entraba por una puerta, sino por aquella maleta, tenía sentido que no la hubiese visto nunca. Y lo había intentado.—Si es así… más nos valdría salir de aquí corriendo.—Especialmente a Sam, pues que la viesen en el Ministerio sería todo un problema.

¿Y qué había encontrado yo? Bueno, la idea de encontrarnos en el Ministerio de Magia me había distraído un poco de mi hallazgo, y repentinamente recordé la bolsa de cuero que tenía delante de mí en esos momentos. Se la mostré a Sam con un gesto y, ahora sí, procedí a abrir el cierre. La abrí y ésta reveló el contenido: galeones. Muchos galeones.
Pero no solo había galeones. También había un sobre encima, uno pequeño, del tamaño de una carta. Lo cogí con dos dedos de mi mano enguantada y lo miré, primero por delante, después por detrás. Lo único que tenía escrito era una letra: K.

—¿Para qué tendrá tanto dinero aquí?—Pregunté, más una pregunta en voz alta para mí misma que para Sam. Cabría suponer que Hemsley tendría una cámara en Gringotts, así que no necesitaría tanto dinero en efectivo. Debía haber unos cuantos miles ahí dentro.—Supongo que la carta nos dará más información...—Añadí, encogiéndome de hombros, mientras abría el sobre que contenía la misiva.


Para K.

¡Querido mío! Te agradezco mucho que hayas conseguido cerrar nuestro pequeño trato. ¡Me has hecho de lo más feliz!
Cómo te prometí, aquí tienes el pago. No creo poder dártelo en persona, pero si has llegado hasta aquí y tienes esta carta en tus manos, permíteme ofrecerte mis más sinceras disculpas. Confío en que ninguno de mis niños te haya causado problemas.
Espero que nuestra colaboración no se limite a ésta única vez. Tanto por tu bien como por el mío.


Sinceramente tuya, Grulla.


P.D: Sabes lo que pasará si me traicionas y te quedas con mi dinero, ¿verdad? ¡Querido mío, espero que no se te ocurra! No quiero tener que enfadarme contigo.

—Uff...—Suspiré, justo al terminar de leer.—Esa mujer logra ponerme los pelos de punta hasta escribiendo.—Y dicho aquello, le ofrecí la carta a Sam para que la leyese si quería. ¿Quién sería el tal K? ¿Y de qué clase de trato estaría hablando Artemis.
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Sam J. Lehmann el Lun Jul 30, 2018 1:39 am

Su amiga sugirió que podría usar el espejo para comunicarse con Skeegan, pero Sam consideraba que Skeegan era tan irrevelante para Grulla en situaciones que no fuesen de tortura mortal, que ni siquiera se le pasó por la cabeza como para ser el  otro poseedor del espejo comunicador. —Yo igual, dudo mucho que sea él. No sé nada, pero me sugiere más a un contacto más íntimo, quizás con el que tenga una relación mucho más estrecha. No sé si es real o solo la impresión que nos quiso dar Savannah, pero toda relación que nos enseñó de Grulla con otra persona era… meramente profesional. Y no me veo llevando una relación profesional, con lo zorra que es y lo que le gusta demostrar su poder, mediante un espejo comunicador. —Además de que siendo lógicos: ¿cuánto tardaba una persona en moverse en el mundo mágico de un lugar a otro para mantener una conversación de ámbito profesional? Cero. Así que suponía que quién estuviese detrás de ese espejo tenía más relación que de simple negocios con Grulla. —Quizás es su pareja. —Mencionó, como opción, sin poder evitar que sonase descabellada de repente. —Lo retiro, no creo que esa señora tenga pareja. Aunque si tiene, tendría sentido que la mantuviese oculta…

Porque tal y como están las cosas: seas atacante o seas víctima, tener seres queridos era, dicho mal y pronto, una putada. Adoptes un lugar en el bando que seas, automáticamente vas a tener enemigos y esos enemigos verán muy fácil hacerte salir y hablar si van a por tus seres queridos. Si ya Sam se había alejado de esos dramas amorosos después de la universidad, desde que apareció Sebastian y el nuevo gobierno en su vida, era como una opción imposible. No había nada que le pareciese más estúpido ahora mismo que andarse con una relación. Tenía todas las papeletas de que sería más un inconveniente que algo bueno. Y ya bastante tenía asegurándose de que las hermosas personas que le rodeaban no sufriesen ningún daño por su culpa.

La verdad es que en ningún momento Sam relacionó aquellos informes y aquella mesa con estar en el Miniterio de Magia. De hecho, cuando Gwen saltó con esa idea, se le dispararon todas las alarmas. Literalmente: había pocas cosas que se le apeteciera menos que estar en el Ministerio de Magia. —No creo, ¿no? —Negó la realidad de manera automática, intentando que eso ayudase a que no se emparanoiara de más. —De todas maneras… a esta hora no habrá nadie en el Ministerio. En principio, como mucho podríamos encontrarnos con Grulla… que dicho así parece poca cosa si lo comparamos con lo que nos encontraríamos en el Ministerio. —Miró a Gwen con el ceño ligeramente fruncido. —Sólo parece poca cosa. —Hizo entonces una pausa. —Vamos a ver qué hay aquí y vemos si esa puerta da al Ministerio o no.

Sam ojeó con curiosidad la bolsa que había sacado Gwen, la cual parecía pesar un mogollón. Su sensación fue cierta, pues nada más abrirla en el interior habían un montón de galeones. Por un momento sintió curiosidad, ¿cuánto dinero sería eso? ¿Llegaría a los veinticinco mil galeones? ¿Ella equivaldría a esa bolsita de dinero? Mientras Gwen leía la carta, Sam sacó el resto de informes solo para ojearlos por encima y ver si habían más fugitivos o grupo de personas en el punto de vista de Grulla. Repetía: si era tan fácil poner en sobre aviso a esos grupos, lo haría. Ojeó uno a tiempo de que Gwen volviese a hablar, pasándole la carta. La leyó con detenimiento y… por favor, ¿“sinceramente tuya”? ¿Quién en su sano juicio querría tener a esa señora en su vida? —K… —Miró hacia el techo, intentando buscar ahí una respuesta. Pero no, solo pudo pensar lo evidente: ¿más ecuaciones sin respuestas? —¿Sabes? Siento que nos hemos metido en un lugar en donde solo hay incógnitas, las variables están inconclusas y no hay soluciones. Vamos a terminar con un rompecabezas de Artemis Hemsley en donde no vamos a tener las piezas claves para completar nada. —Se desahogó momentáneamente, para entonces volver a pasarle la carta a Gwen. Lo único que había sacado en claro de esa carta es que la palabra “niño” se refería a sus aprendices o secuaces: algo totalmente irrelevante, a su parecer, en ese momento. —Nos vamos a ir a casa con más cosas incompletas, ¿y luego qué? —Puso los ojos en blanco, ligeramente pesimista. Vale que a los Ravenclaw se les daban bien los acertijos y los rompecabezas, pero Sam estaba un poco harta de tener que sobrevivir así.

Sacó entonces su teléfono móvil, puso la cámara y… vaya por Merlín. ¿En serio? ¿Y esa cara de patata con problemas motrices? ¿Acaso siempre estaba activada la cámara delantera? ¡Serás egocéntrica con los selfie, Samantha! ¡Parecía retrasada cuando eso ocurría! Rápidamente cambió a cámara trasera y comenzó a fotografiar las páginas claves de los informes. Se los leería detenidamente en casa, por si decían algo realmente importante. La verdad es que era un peligro una Samantha Lehmann, fugitiva a tiempo completo—camarera asustada a veces—, con esas cosas en su poder, ya que con la empatía que sentía por todos los que vivían como ella, solía estar bastante dispuesta a ayudar si creía que las cosas saldrían bien. Y con esa información… ¿cómo no creerlo?

Guardó las cosas en el cajón de nuevo, en el mismo orden en el que lo había sacado. Sin embargo, el espejo lo volvió a sujetar con su mano, con curiosidad. —Estoy pensando en llevarme esto, ¿qué es lo peor que puede pasar, que intenten contactar con Grulla y no aparezca nadie al otro lado? ¿O, en su defecto, yo? Creo que… creo que en cualquier caso, la persona anónima saldrá perdiendo y yo ya me tengo ganado el odio de Hemsley y de medio mundo mágico —contempló, poniéndose en pie. Si Gwen tenía algún contra, obviamente se lo volvería a pensar. —Creo que vale la pena, por saber quién está detrás. Me aseguraré de que esté en un sitio seguro, para que no salga nada importante que pueda ponernos en peligro. —Y después de tanta seriedad… Por un momento se le pasó por la cabeza la opción de que de verdad fuese su pareja quién estuviese al otro lado y de repente apareciese un pene en mitad del espejo, situación que le hizo sonreír ella sola en mitad de aquella habitación. “¡Qué turbio, Sam, por favor!” Se echó la bronca a sí misma mentalmente, sin poder evitar reírse no por ver un pene, sino por imaginarse a Artemis Hemsley, temida cazarrecompensas, teniendo sexo a través de un espejo. ¡Por favor, era desternillante! Volvió a sonreír como una idiota, ella sola.

¡Que alguien le quite esos pensamientos de la cabeza!

Guardó el espejo en el bolso y, con ello, esa ridícula y humillante perspectiva de Grulla que de manera totalmente aleatoria le había venido a la cabeza. ¿Sabéis lo bueno de eso? Que humanizar y ridiculizar a tus enemigos hacía que disminuyese considerablemente el miedo hacia ellos. Al menos momentáneamente. Observó de manera rápida el resto de aquella estancia pero... poco más había de relevancia: un sofá bastante cutre, unos cuadros—en los cual miró por detrás, por si acaso se creía muggle como para guardar ahí una caja fuerte—y poco más. En realidad era lógico pensar que si aquello no era el Ministerio, era sumamente estúpido guardar una caja fuerte dentro de lo que ya era una caja fuerte con forma de maleta, pero como ya ha dicho: ella no iba a tratar ni extra estúpido a nadie, ni tampoco como un vivo ejemplar de Rowena Ravenclaw. —¿Nos asomamos a la puerta? Seguramente esté cerrada porque todo aquí tiene protección mágica, así que usa la navaja. —La hubiera usado ella misma, pero por una parte no quería meter prisa por si ella aún tenía cosas que ver ahí dentro del armario y, por otra parte pues porque la navaja la tenía ella. —Nos asomamos y si no nos gusta lo que vemos... nos vamos. Tengo la sensación que entre más tiempo pasemos aquí, más cosas inacabadas nos vamos a llevar.
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Gwendoline Edevane el Lun Jul 30, 2018 1:54 pm

Estaba de acuerdo con Sam. El perfil que poco a poco íbamos elaborando sobre la persona de Artemis Hemsley sugería que no emplearía algo como un espejo comunicador para intercambiar información con los que consideraba inferiores a ella. Y en todos los recuerdos que habíamos visto, no pude evitar notar que Hemsley, claramente, se sentía superior prácticamente a cualquiera con quien trataba. El único que parecía no tenerle miedo era Ulises Kant, y quizás sí debió haberla temido al menos un poco, pensé con cierto desazón, intentando no imaginarme cómo habría sido la muerte de aquel hombre.
Seguro que no había sido una plácida muerte, en una cama, rodeado por su familia.
Sam sugirió que quizás se tratase de su pareja, para acto seguido retirarlo por lo improbable de aquella situación. Sin embargo, a mí no me parecía tan descabellado, después de todo. Tal vez en la cabeza de Hemsley—no pensaba en su corazón porque dudaba que aquella mujer tuviese algo parecido—no cupiese el concepto del amor, pero el concepto del sexo...

—Quizás no sea su pareja, si no su...—Hice una pausa, buscando la manera de decir aquello sin sonrojarme en el proceso. Y debo decir que tampoco me gustaba indagar demasiado en aquellas cosas cuando de una enemiga se trataba: en el momento en que empezaban a aparecer aquellos detalles sobre una persona horrible, inevitablemente comenzabas a humanizarla.—...compañero de cama. Ya sabes a lo que me refiero.—Acabé diciendo, sin sonrojarme… pero no pude evitar el apartar la mirada de la cara Sam y clavarla en el suelo. Algo me decía que jamás sería buena manteniendo conversaciones de aquella índole.

Sin embargo, aquello tampoco parecía probable. ¿Qué necesidad tendría de mantener una comunicación tan constante como aquella con alguien con quien simplemente practicaba el sexo? Si no existía ningún tipo de vínculo emocional con la otra persona, mantener una vía de comunicación tan directa no tenía mucho sentido.

—No sé, no creo que sea eso tampoco.—Concluí, volviendo a mirar a Sam a los ojos, repuesta de la vergüenza inicial.—Es decir, yo creo que este tipo de comunicación implica una conexión más profunda que… ‘eso’. No sé, ¿quizás algún familiar? ¿Su padre? ¿Su madre? Esa mujer tiene que haber salido de algún sitio, y no creo que ese sitio sea el infierno precisamente.—Y al decir esto no pude evitar esbozar una sonrisa divertida.—Por mucho que a ti te guste llamarla “perra del infierno”.—Añadí. No pude evitarlo. Aquel debía ser el insulto más fuerte de que era capaz Sam Lehmann, o al menos así lo había demostrado en mi presencia. Cierto que yo, creía, jamás la había visto enfadada de verdad. Pero Sam no era muy dada al vocabulario soez, y no podía imaginármela insultando a alguien.

Y fue entonces que la colección de documentos que Sam encontró entre las posesiones de Hemsley me llevó a una conclusión que me heló un poquito la sangre: que aquel lugar en que nos encontrábamos se hallaba dentro del Ministerio. Me puse un poco nerviosa, la verdad, pero lo peor es que puse nerviosa a Sam. Estaba segura de que mi amiga no estaba precisamente ansiosa por hacer una visita a su antiguo lugar de trabajo, teniendo en cuenta la manera en que la habían ‘despedido’.
En un intento de calmarla, me estiré por encima de la bolsa de cuero que había encontrado y alargué mi mano para coger la suya, sin dejar de mirarla a los ojos.

—Tranquila. Puede ser que me equivoque, es solo una suposición. Y en caso de que no me equivoque, tan sencillo como salir pitando por esa escalera.—Le dediqué una sonrisa que esperaba fuese tranquilizadora, y entonces añadí.—Además, ¿tú crees que alguien se atrevería a meterse en el despacho de esa mujer sin permiso? Como mínimo, se arriesgaría a recibir una maldición Cruciatus. Seguro que en el Departamento de Seguridad Mágica la conocen bien y no se andan con jueguecitos con ella...—Aquello debería haberme hecho sentir bien por el hecho de que una mujer hubiese logrado labrarse tal reputación y tal respeto en un mundo en que los poderosos solían ser hombres. Lo mismo que McDowell siendo Ministra. Sin embargo… no, no me hacía sentir bien, dadas las implicaciones.

Así que teníamos delante de nosotras una bolsa llena de dinero, monedas de oro relucientes posiblemente salidas de la cámara en Gringotts de Artemis Hemsley y que estaban destinadas al pago de algún servicio o bien que un tal ‘K’ le había conseguido. Resultaba impresionante ver tal cantidad de oro junto en una sola bolsa, y gracias di por no ser una ladronzuela codiciosa. De haberlo sido, no habría podido resistir la tentación de llevarme algo de aquel dinero. ¡Es que no había un solo sickle ni un solo knut! Todo eran galeones… ¿Cuánto dinero habría en aquella bolsa?
La carta que acompañaba a la bolsa dejó a Sam con la misma sensación que a mí: que siempre había más preguntas que respuestas. Daba la sensación de que en algún punto, nuestras vidas se habían convertido en la serie Perdidos, en la cual a cada episodio que transcurría, más y más interrogantes se acumulaban y ninguna respuesta en el horizonte.

—No sé...—Dije con aire pensativo, mientras me rascaba el mentón con el dedo índice de mi mano izquierda.—Estoy pensando que esto—alcé la carta para que Sam supiese que me refería al misterioso ‘K’—tal vez ni siquiera nos interese. Es decir, comprendo que es frustrante no tener respuestas a todas estas preguntas, porque una vez metidas en esto quizás podríamos intentar hacer algo más que simplemente librarnos de su persecución. Pero si lo piensas, nada de lo que hemos encontrado aquí señala en tu dirección. Quizás alguna de estas cosas sea clave para averiguar cuáles son sus planes para con nosotras, pero podrían perfectamente no tener relación.—Dejé caer la carta dentro de la bolsa con el dinero, casi con desprecio, y añadí:—A esa mujer le gustan las cosas japonesas. A lo mejor el tal ‘K’ es un Kenshi, o un Kitano, o algo por el estilo. Quizás solo le está consiguiendo objetos mágicos directamente de Japón. O alguna antigualla que quiera poner en su casa. No lo sé.—Solté un largo suspiro, tras hablar tanto y tan rápido, y cuando recuperé el aliento, concluí:—Pero entiendo lo que quieres decir. Me frustra que con cada paso que damos en su dirección, más lejos parece estar ella.

Viviría el resto de mi vida para lamentar esa estúpida frase que acababa de decir.
Decidido que aquel montón de dinero no iba a servirnos de nada, decidí devolverlo al lugar al que pertenecía dentro del armario. Mientras Sam tomaba fotografías con su teléfono móvil al montón de documentos que había encontrado, yo echaba el cierre al bolso de cuero y, con un esfuerzo bastante grande, lo levantaba en vilo y lo metía nuevamente dentro del armario. Terminada aquella labor, Sam me informó de que pensaba llevarse el espejo comunicador, a lo cual asentí. Estaba bien cortarle a Artemis una vía de comunicación con alguien importante para ella.

—Está bien, pero te recomiendo que lo tengas en todo momento tapado. Con una tela o algo por el estilo. No sé quién estará al otro lado de eso, pero...—Pero no me apetece que alguien te ve a través de ese espejo, pensé con una punzada de algo que no supe identificar, pero algo desagradable a fin de cuentas. No quería que un desconocido potencialmente maligno observase a Sam en la intimidad de su casa.—Prométeme que vas a tener mucho cuidado con eso, ¿vale? No… no quiero que te pase nada malo.

Así que, tras la breve revisión hecha de aquella pequeña estancia, ya no quedaba más que hacer que probar la única puerta que había allí. Me mordisqueé levemente el labio inferior, volviendo a mi mente mi suposición inicial de que podíamos estar dentro del Ministerio de Magia. Si estábamos en el Ministerio, abortábamos la misión. No había más. Podíamos darnos por satisfechas con todo lo que Sam había recopilado en su teléfono móvil.

—De acuerdo. Pero, esta vez, por favor, hazme caso: si es el Ministerio de Magia, quiero que la única persona que se asome a esa puerta sea yo. Puedo explicar mi presencia aquí.—Eché un vistazo a la habitación a nuestro alrededor, al mobiliario que había en la habitación, y finalmente señalé el sofá.—Escóndete ahí detrás, y si veo que es seguro, sales. Tranquila, no voy a entrar yo sola, te lo prometo.—Le sonreí de manera tranquilizadora y, encerradme si queréis, no pude evitar acariciarle la mejilla con mi mano izquierda, la que no llevaba guante. Y una vez más me maravillé de lo preciosa que podía llegar a ser Samantha Lehmann… No, de lo preciosa que siempre era Samantha Lehmann. Lo que yo daría por otro beso de sus labios, pensé, y tuve que frenarme enseguida. No podía seguir con esa línea de pensamientos.—¡Venga, no perdamos más tiempo!

Dicho aquello, metí la mano en mi bolsillo y saqué la navaja, acercándome a la puerta. Fue entonces cuando me detuve en seco, percatándome de lo curiosa que era aquella puerta: madera, aspecto artesanal, con una talla de una… Grulla.


La puerta:

Muy apropiado, pensé mientras me arrodillaba delante de la puerta, de tal manera que mi cabeza quedó a la altura de la cerradura. Era de esas antiguas, con un ojo que permitía ver lo que había al otro lado. Sin embargo, lo único que pude ver al mirar a través fue penumbra. Demasiado oscuro para obtener información alguna. Así que no quedaría más remedio que asomarse.
Desplegué la hoja de la navaja y la introduje en la cerradura. Giró de nuevo de la misma manera que una llave, destrabando la cerradura con un chasquido metálico. Hecho aquello, con sumo cuidado y sin hacer ruido, saqué la hoja de la cerradura, la plegué, y devolví la navaja al bolsillo trasero de mis pantalones. Varita en mano, la mano derecha enguantada sobre el tirador de la puerta, tiré poco a poco de ésta, dando gracias a Merlín porque las bisagras no estuviesen oxidadas y chirriantes. Abrí la puerta solo un poco, y me asomé. Lo que me encontré al otro lado fue un pasillo en penumbra… pero no era el Ministerio de Magia. A no ser que con las últimas obras de reconstrucción hubiesen decidido cambiar la decoración también, claro.


El pasillo:

El pasillo se perdía en la oscuridad un par de metros más allá de la puerta. Lo poco que vi me hizo darle la razón a Savannah: Hemsley era una friki de lo japonés, en todos los sentidos. Que su guarida secreta estuviese decorada de aquella manera era casi risible. Me habría reído de no estar tan tensa como estaba.
Volví la mirada en dirección a Sam, escondida tras el sofá, y negué con la cabeza: no estábamos en el Ministerio de Magia. Le indiqué con un gesto de mi mano que se uniese a mí, que no había peligro.
Al menos, eso creía yo.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Ago 01, 2018 5:12 am

Por un momento dudó. ¿Debía de poner en duda lo de no saber a lo que se refería con "compañero de cama"? Obvio que sabía. Amigos con derecho a roce, más vulgarmente conocido como folla-amigos... Pero claro, lo había dicho con tanta timidez que a Sam le entraron ganas de verla decir "folla-amigos" sólo por encontrar en algún momento esa palabra en sus labios. Sin embargo, fue buena, sin querer meterla en ese aprieto ahora mismo. —Sí, sé a lo que te refieres. —Y no porque hubiese estado en una relación así en algún momento. De hecho, Sam era plenamente consciente de que no podría tener una relación solamente basada en sexo, si no había conexión más allá de ello. Ella nunca había probado eso de conocer a una persona en la discoteca e irse a la cama con ella la primera noche. Cabe añadir que una vez casi pasa, pero estaba tan borracha que terminó vomitando en la alfombra de la otra chica. ¡Y en su defensa diré que ella no tenía intención de acostarse con nadie! Era joven e inconsciente, ¿vale? —Y... bueno, podría ser. Peor me lo pones, me parece muy triste imaginarme a Artemis, con el respeto que le tengo, teniendo sexo a través de un espejo comunicador. —Y alzó sendas cejas a la vez, poniendo un mohin de lo más disconforme. Sin embargo, poco le duró, pues Gwen le hizo esbozar una sonrisa. —Quizás sea un familiar, sí... la verdad es que no tengo ni idea de ningún Hemsley aparte de ella. Los reconocía como familia purista, pero no me suena ninguna figura importante con ese apellido o conocido.  Aunque en realidad, teniendo en cuenta lo que soy, creo que es una buena noticia.

La verdad es que cuando sopesó la posibilidad de estar en el Ministerio... Sam intentó auto-convencerse de que nada pasaría, pero la alarma saltó en su interior de manera casi frenética. Habían muchos sitios vetados para Samantha Lehmann teniendo en cuenta su condición, pero dos en especial: el Ministerio de Magia y San Mungo. Eran dos lugares que se había prometido, por su bien, no pisar jamás a menos que no hubiese otra opción. A punto estuvo de incumplir su propia promesa cuando Gwendoline ingresó en San Mungo después del ataque en el Ministerio, pero gracias a Merlín que Caroline insistió en que no y que Sam confía como en nadie en ella. Era bien consciente de que si ella no estaba presente, la mejor compañía para Gwen era Carol y viceversa. Sin embargo, su amiga consiguió apartar la paranoia de estar en el interior del Ministerio de Magia, asegurándose de recalcar lo buena que era Artemis como para que nadie entrase en su supuesto despacho si ella no estaba. Sam se limitó a asentir, aceptando sus suposiciones.

Leer aquella carta de "K" no hizo más que hacer que Sam pusiese los ojos en blanco, derrotada por tantas incógnitas. ¿No podían encontrar una carta del japonés ese que dijo Caroline diciendo explícitamente todo lo que había estado tramando con Artemis? No sé, por ejemplo. ¡Pero no, teníamos que encontrarnos con cartas escritas de manera que había que hacer un máster en clarividencia para saber qué narices querían decir! —No, nada apunta en mi dirección pero... —Hizo una pausa, soltando aire por la nariz. —Apunta en muchas direcciones. Me molesta muchísimo que tenga a tantos inocentes en el punto de mira y pueda vivir tan tranquila pensando que un día cualquiera les arrebatará la vida, como quién tira la basura o se quita con molestia la piedra de un zapato —confesó, dándole un golpecito al lugar en dónde estaban todos los informes que recientemente había ojeado. —No sé, me pone enferma ver que hay gente protegiendo su vida, creyendo que están a salvo y que luego... —Bajó la mirada, soltó aire por la boca y se remojó los labios. —Y que luego su lucha no sea suficiente; que en realidad nada sea suficiente... —Chasqueó la lengua, molesta.

Se sentía contrariada: bien por no haber encontrado nada que la señalase a ella, mal por el resto de fugitivos. Ya se lo habían dicho mucho cuando todavía estaba sola sobreviviendo: "si de verdad quieres sobrevivir, no seas tan buena persona", ¿pero qué iba a hacer? ¿Ver que alguien estaba en peligro y negarle la mano que puede darle otra oportunidad? En este momento "otra oportunidad" significaba poder seguir viviendo.

Se metió el espejo en la mochila cuando Gwendoline le dio su visto bueno, asintiendo con la cabeza. —Sí, por supuesto —respondió, para entonces ladear una sonrisa. Buscó su meñique con el suyo libre, enlazándolo, para luego alzarlo momentáneamente, mirándolo como una niña pequeña. —Promesa. Lo guardaré en un sitio en donde no se pueda ver nada. Sólo quiero ver quién está al otro lado si algún día alguien contacta con él. Quién sabe. Además... —Miró a Gwen con una mirada divertida, pese a que sus labios parecían revelar seriedad. —A lo mejor Artemis al ver que le falta el espejo, contacta con la persona de la otra réplica y crean contacto con el que me llevo, ¿te imaginas que Grulla me llama y nos ponemos a hablar cada una en su cama? Quizás si es una mujer razonable pueda llegarle a convencer de que no sé nada de Allistar y me deje en paz por unas galletas. —Entonces le soltó el dedo meñique y sonrió. —Dicen que soñar es gratis, ¿no?

Tras un rápido pero intensivo vistazo en el interior, tocaba enfrentarse a la única puerta de aquella habitación. A Sam le parecía bien que ella se asomase primero: teniendo en cuenta cómo eran ambas de cabezotas con ese tema, qué menos que turnarse ese tipo de cosas, sobretodo porque a Gwen no le faltaba ni una pizca de razón si había acertado y efectivamente aquello era el Ministerio de Magia. No le pasó inadvertida aquella caricia en la mejilla, ni tampoco esa mirada. Sintió una cálida sensación en su interior, propiciada por aquel gesto tan cariñoso de su amiga que consiguió dejarla sonriendo mientras se acercaba al sofá.

Observó con detenimiento, en absoluto silencio, hasta que su amiga abrió la puerta y corroboró que no había nada Ministerial al otro lado. Con varita en mano, Sam se acercó, observando el lúgubre pasillo que se presentaba justo delante de ellas. Daba un mal rollo terrible... sin embargo, tragó saliva y se apuntó con la varita, conjurando un hechizo para la visión nocturna y otro para evitar hacer ruido con sus pasos. Miró a Gwen, llevándose el dedo índice a los labios en señal de que no dijese nada, para también hechizarla a ella con los mismos encantamientos que ella había utilizado. En aquella situación en dónde no tenían ni pajolera del tamaño que podía abarcar aquella maleta encantada—porque recordemos que estaban en una maleta—y teniendo en cuenta que no sabían si había alguien o no, lo más inteligente que podían hacer era no llamar la atención en absoluto: y crear un lumos era justamente lo contrario a no llamar la atención. De esa manera, se mimetizarían con la oscuridad, podrían caminar tranquilamente y, sobretodo, podrían ser uno con el silencio.

Sin ser muy consciente, salió la primera con la varita en alto, sujetando con la otra mano ligeramente la de Gwen, en señal de que la persiguiese. Luego se la soltó, sin querer ser un estorbo. Estaba caminando muy despacio, ya que veía pero con dificultad. No era un hechizo que te diese una visión absoluta y perfecta en la oscuridad, sino una visión nocturna bastante limitada.

Al llegar al final del pasillo, giró hacia la derecha, sin ver el fondo de nada. Que mal rollo, qué mal rollo, ¿en qué momento pensé que adentrarse en un pasillo a oscuras en lugar desconocido cuya propietaria es Artemis Hemsley era una buena idea? Miró hacia atrás para asegurarse de que todo iba bien y volvió a girar otra vez. Caminaron durante un ratito girando en las distintas esquinas, hasta que de repente, justo delante, se chocó contra una puerta que casi parecía de papel. La palpó con suma suavidad, hasta que dio con el pomo y la deslizó lentamente hacia un lado, dando a lo que parecía—por lo poco que podía ver—a una amplia habitación de entrenamiento. Sam sabía poco de entrenamientos japoneses y de cultura japonesa, pero estaba segura de que era en donde Neo entrenaba en Matrix después de asegurar de que ya sabía Kung fu. No eran de las películas que le gustaban a Sam, he de decir, pero se había visto toda la triología un día de esos en donde no salía de casa por miedo. ¿Qué menos que alimentarse cinematográficamente? Dio un paso al interior, con precaución y justo cuando su cuerpo traspasó todo el umbral de la puerta, las luces de aquel lugar se encendiendo automáticamente. Del susto que se llevó el corazón le llegó a la boca, por no contar que la mano que no aferraba con fuerza la varita hacia adelante se había afianzado a la de Gwen.

Yo sé Kung Fu:

No dijo nada, pues entre que el silencio era su amigo y que ahora mismo el palpito del corazón en su garganta le impedía hablar, poco tenía que decir. Se fijó que a un lado había un mástil horizontal en donde reposaba una katana, por lo que rápidamente asumió algo: dudaba mucho que Artemis Hemsley hiciese Kung Fu como Neo, sino más bien lo que sea que se llame el arte marcial que domina las katanas.
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Gwendoline Edevane el Miér Ago 01, 2018 1:53 pm

Para comprender el proceso de pensamiento que tuvo lugar dentro de mi cabeza, hay que comprender una cosa acerca de mí: nunca he tenido una experiencia sexual real, más allá de aquella vez, en primer curso de universidad, en que un baboso estudiante de la academia de inefables, se atrevió a romper la barrera existente entre mis pechos y sus manos. ¡No quiero ni pensar en cómo fue capaz de llegar bajo el sujetador en tan poco tiempo! Lejos de todo eso, mis experiencias sexuales se limitaban… bueno, hablando claro, al onanismo.
Así que cuando Sam mencionó que Artemis Hemsley podría estar utilizando aquel espejo de la misma manera que un par de adolescentes en plena efervescencia sexual utilizarían un ordenador con una webcam, no pude evitar abrir los ojos como platos. Sentí un calor indicativo del rubor creciendo en mis mejillas. No era eso, para nada, a lo que me refería, pensé mientras concluía que hasta el hecho de imaginarme a Artemis Hemsley manteniendo relaciones sexuales convencionales se me antojaba incómodo.
Y las preguntas no se hicieron esperar, a pesar de mi incomodidad: ¿Cómo encuentra una forma cómoda de utilizar ese espejo para ‘eso’? ¿Y qué hace exactamente? ¿Se desnuda y se pone ahí delante? ¿Se...? Algo me decía que lo mejor sería cambiar de tema, al menos mentalmente.
Y el tema de la familia de Hemsley me parecía de lo más apropiado. Bueno, después de imaginármela teniendo sexo, quizás no es lo más apropiado imaginarme a su santo padre o a su santa madre, pero mejor eso que seguir con esa línea, pensé mientras, por fortuna, iban reduciéndose los calores en mis mejillas.

—Creo que cuando vuelva al Ministerio debería investigar un poco acerca del apellido Hemsley. No he querido hacerlo hasta ahora por si disparo sus alarmas, ya sabes. No sé, con esta mujer me parece que toda precaución es poca, y no me sorprendería que hubiese lanzado algún tipo de protección sobre todo aquello que se relacione con ella en el archivo.—Hice una pausa, y tras un par de segundos de meditación, llegué a otra conclusión más probable.—Eso siempre y cuando no lo haya borrado directamente. Sé que sería absurdo, siendo los mortífagos quienes controlan la sociedad mágica, pero… yo creo que esta actitud cauta y cuidadosa de Artemis ya viene de lejos. No creo que haya aprendido a ser así únicamente en el último año y medio, ¿no?—No necesitaba una respuesta a aquella pregunta. No realmente, pues ambas lo sabíamos: alguien tan cuidadoso estaba acostumbrado a ser cuidadoso prácticamente desde la cuna.

No pude evitar enternecerme, sonreír casi de manera soñadora, cuando Sam empezó a explicarme el motivo de su interés por desvelar aquellas incógnitas. Y es que Sam Lehmann seguía siendo esa persona buena, preocupada por los demás, conocidos o desconocidos, que le ofrecería un vaso de agua incluso a la persona que peor la hubiese tratado en el mundo si ésta se estuviese muriendo de sed. Algunos la tacharían de estúpida, y dirían que no había aprendido absolutamente nada, pero esa gente eran unos completos ignorantes. Sam había conseguido mantenerse fiel a sí misma. Ni el maltrato psicológico constante de Sebastian Crowley ni la salvaje tortura a la que la habían sometido sus hermanos pudo acabar con aquella parte tan hermosa de su naturaleza.
Una vez leí en algún sitio, no recuerdo dónde exactamente, una frase que podría aplicarse perfectamente a Sam: ‘Convertirse en algo diferente es también una forma de derrota’. Aquella frase podía no tener sentido desde el punto de vista lógico, pues a veces había que convertirse en alguien diferente para sobrevivir. ¿Pero de qué sirve sobrevivir si en el proceso dejas atrás lo que eres?
Sam había sobrevivido a todo lo que le había llovido encima, como lluvia radiactiva, y lo había hecho manteniéndose fiel a sí misma. Y seguía queriendo ayudar a la gente, igual que había ayudado a Thaddeus Allistar a esconderse. Quizás se escudase en que le buscaba para solucionar el problema de Henry Kerr, y quizás en parte fuese cierto, pero si Allistar le hubiese dicho desde el principio ‘No, no puedo curar a tu amigo’, Sam le habría ayudado igualmente. Yo lo sabía.

—Sé que no te gusta que forme parte de la Orden del Fénix o que visite el refugio.—Empecé, casi con un tono de disculpa, mi mirada posada en el suelo; hice un esfuerzo para alzarla y mirarla a los ojos.—Pero gracias a eso, podemos hacer llegar toda esa información que acabas de encontrar a manos de los fugitivos. Puedo entregársela al profesor Dumbledore, o a Dorcas Meadowes, y que ella misma se la entregue a Dumbledore. Y la Orden buscará la manera de ayudar a todos los fugitivos que se encuentren bajo la mirada de Hemsley o sus asociados. Y mientras tanto, tú y yo encontraremos la manera de lidiar con ella.—Todavía no había pensado exactamente qué haríamos con Hemsley si la encontrábamos, pero por lo menos nos encargaríamos de hacer remodelaciones en su cabeza. Aunque debo reconocer que, desde nuestra conversación con Savannah McLaren, había estado valorando la posibilidad de asesinar a Grulla, y también preguntándome si llegado el caso sería capaz de tal cosa. Mi madre me había educado para valorar toda vida por igual, toda vida como sagrada. Sin embargo, ¿era eso cierto? ¿Era sagrada una vida dedicada a la persecución, tortura y matanza de inocentes? ¿Igual de sagrada que la de una persona buena, como Sam, o que la de cientos de personas que cada día subsistían escondidas como ratas en el submundo mágico y muggle? ¿Igual de sagrada que la de todas las personas que habían terminado sus días en el Área-M? Me pregunto si sigues pensando lo mismo a día de hoy, mamá, pensé con cierta tristeza, imaginándome las penurias que estaría viviendo mi madre día tras día en aquel infierno.

Así que el espejo, herramienta sexual o no de Artemis Hemsley, pasaba a estar en nuestras manos. O, más concretamente, en manos de Sam. No pude evitar pedirle que tuviese cuidado, que no tuviese cubierto o lo que fuese. Sin embargo, ella tenía intención de averiguar quién había al otro lado. Por algún motivo no pude evitar sentir un cierto repelús al recordar escenas de películas de terror en que una presencia sale del espejo y ataca al protagonista. Menos mal que Sam no ve estas películas, pensé con cierto alivio. Conociéndola, seguramente no podría evitar temer que el propietario de la pareja de ese espejo emergiese el día menos pensado en su cuarto.
Entrelazó su meñique con el mío, y no pude evitar sonreírle una vez más. ¿Cuántas habían sido ya las veces que le había sonreído aquella noche? Con ella a mi lado… no podía ni siquiera contarlas. Ella me hacía olvidarme absolutamente de todo.

—Así me gusta, Lehmann: conserva siempre tu optimismo.—Respondí con diversión ante la situación que proponía: Artemis Hemsley y ella debatiendo acerca de los pros y los contras de entregar a Allistar, Sam admitiendo que no sabía dónde se había metido—cosa posiblemente cierta, teniendo en cuenta cómo Sam se cuidaba de conocer más información de la necesaria—y Hemsley, con fastidio, acabando por aceptar que Sam no sabía nada. En mi mente, aquella conversación hipotética terminó con Hemsley pidiéndole amablemente a Sam que se entregase, que quería cobrar su recompensa, Sam negándose y asegurando que le haría llegar el espejo vía mensajero.—Ya me gustaría a mí que la cosa pudiese acabar así.—Me encogí de hombros con una expresión de ‘Lo siento, pero lo dudo’ en el rostro.


***

Juntas de nuevo, con el pasillo oscuro por delante de nosotras, no pude evitar sentirme un poco nerviosa. La oscuridad era profunda, aún a pesar del hechizo que Sam me había puesto y que me permitía ver de una manera similar al ‘night shot’ de las cámaras de vídeo.
La seguí en silencio, al principio cogida de su mano, después simplemente unos pasos por detrás de ella. A medida que avanzábamos, varita en mano, yo palpaba las paredes con mi mano derecha enguantada. Buscaba cualquier cosa que fuese llamativa al tacto: un relieve, un pomo, una lámpara… cualquier cosa. Pero lo único que encontré a mi paso fue una lisa pared de estilo japonés.
Nuestro avance se detuvo unos metros más allá de la puerta de la grulla. Por fortuna, el pasillo era recto, por lo que al mirar atrás todavía podía vislumbrar, entre las sombras, la silueta del umbral de la puerta. En caso de tener que correr, ésta no nos quedaba demasiado lejos. ¿Y qué nos obligó a detenernos? Que topamos con otra pared.
No… una puerta, pensé mientras Sam deslizaba esta puerta de estilo japonés, una puerta de corredera. Ante nosotras se abrió una oscura estancia, de aspecto amplio, en la cual no nos quedaba más remedio que entrar. Y así lo hicimos…
...y entonces, se hizo la luz.
De repente, el hechizo de visión nocturna se hizo insoportable, pues la luz resultaba demasiado brillante, así que lo finalicé con un movimiento de varita. Hecho esto, pude contemplar lo que a todas luces era una sala de entrenamiento de estilo japonés. El suelo estaba cubierto por un tatami, y al fondo había un expositor de madera que sostenía una espada japonesa. No pude evitar preguntarme si sería una de esas armas mágicas tras las que Hemsley andaba.
Sam se había cogido de mi mano cuando las luces se encendieron, y yo no la solté. La miré para intentar calmarla, y esperé. Me quedé paralizada dónde estaba, preguntándome qué pasaba ahora. Seguía reinando el silencio, pero…

¡Vaya, vaya! No esperaba visita a estas horas.Dijo una voz cantarina y aparentemente jovial a nuestra espalda, y yo sentí un escalofrío, a medida que Sam y yo nos dábamos la vuelta para encontrarnos, por fin cara a cara, con ella.


Artemis Hemsley

La mortífaga de piel oscura se llevó ambas manos, enguantadas en sendos mitones, al rostro, uniéndolas en un gesto que recordaba a una plegaria. Casi dio un saltito de alegría al ver a sus visitantes no tan inesperadas. Sonreía de una manera que alguien poco entendido podría interpretar como una expresión de alegría. Como si estuviese sinceramente feliz de ver a aquellas dos mujeres.
Y lo estaba, en realidad. ¡No podría hacerla más feliz haber conseguido atrapar por fin a Lehmann!

¡Sammy, querida, podrías haberme avisado de que venías! ¡Te habría preparado un buen té! Yo sé cómo recibir a mis invitados, ¿sabes?Hasta entonces, Hemsley había estado mirando a Samantha Lehmann con unos ojos que, si bien dentro de un rostro sonriente y afable, eran los ojos de un depredador; entonces reparó en la acompañante de Lehmann, señalándola con cierta indignación.¿Se puede saber quién es ésta?Artemis la observó con cierta curiosidad. Esperaba que Lehmann terminase apareciendo allí, en su pequeño mundo, pero no esperaba que trajese refuerzos.

Sin embargo, Artemis Hemsley no podría estar menos preocupada: quizás tuviesen la ventaja numérica de su parte, pero ella tenía el poder. Se sentía capaz de vencerlas a ambas si se terciaba.
Por supuesto, no tenía intención de empezar una lucha. No todavía, al menos: primero, Lehmann y ella tenían que hablar de negocios. Y dependiendo de cómo fuese la cosa, quizás ni siquiera hiciese falta desenvainar las espadas.


Artemis Hemsley: #a139c4
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Ago 02, 2018 7:48 pm

Recordaba que Savannah les había insistido en no buscar en el Ministerio de Magia información sobre Artemis Hemsley, más que nada porque era muy protectora con su información y probablemente fuese más peligroso que fructífero. —No, no hagas eso —le respondió—, ¿no recuerdas que Savannah nos insistió en no hacer eso? No quiero que te metas en problemas en el Ministerio ni que Grulla sepa de ti solo por eso. No creo que tal y cómo están las cosas nos salga rentable descubrir quién es su familia si ella puede descubrir quién es la mía... —La miraba con preocupación, sin querer imaginarse las posibilidades de que alguien así, que trabaja en el Ministerio, supiese que Gwendoline está con Samantha. Pondría en peligro toda la tapadera de su amiga y no quería bajo ningún concepto que Gwen pudiese terminar viviendo la vida que vivía Sam. —Quizás podamos buscar en algún otro lado...

No sabía en dónde, pero siempre sería mejor opción buscar en otro lado que en el Ministerio de Magia. Quizás había gente que había lidiado con Artemis Hemsley que pudiese darles información, o quizás aliados que todavía no estaban en la mira del gobierno y tenían más relación con familias puristas. Sam, por su parte, como era una "asquerosa sangre sucia" la verdad es que tenía muy pocos contactos puristas, para qué mentir. Sólo se le ocurría preguntarle a Henry y ver si sabía algo. No sé, quizás con ese lavado mental también le añadieron una perfecta distribución de todas las familias puristas para que fuera conocedor de su legado real. Ya se esperaba cualquier cosa de la familia Kerr.

Se mostró evidentemente vulnerable frente al tema de los fugitivos que estaban en el punto de mira de Artemis; un punto de mira que en cualquier momento serviría como tiro certero. Escuchó con atención la idea de su amiga con respecto a la Orden del Fénix, sin tener que pensarla demasiado. La Orden se encarga precisamente de ayudar a fugitivos; Sam no. Ellos tendría mucha más organización y probabilidades de no cagarla de si Sam va sola a avisar a desconocidos sin luego poder ofrecerles nada ni ningún sitio a dónde ir. —Lo dices como si odiara a la Orden del Fénix... —dijo Sam, mostrando una sonrisa, consciente de que Gwen no pensaría eso. —Creo que es muy noble lo que hace la Orden del Fénix y que es necesario para ganar esta guerra y salvar vidas, lo que no me gusta es que tú formes parte de ello porque es peligroso y no quiero que te pase nada. —Y aunque no quisiese formar parte de algo tan peligroso, Sam ya había insistido varias veces en ayudar a Gwen en cualquier cosa que le ofreciese la Orden del Fénix. —Pero... me parece bien. Ellos sin duda sabrán hacer las cosas mejor de lo que podría hacerlo yo. —Cooperar con la Orden del Fénix era una opción para Sam, al fin y al cabo eran aliados, mirase por dónde lo mirase. ¡A no ser que Gwen saliese herida por culpa de esa organización, entonces ya no serían aliados!

***

Estaba con los nervios a flor de piel, los cuales estallaron repentinamente cuando al entrar en aquella habitación las luces se encendieron repentinamente. Miró a todos lados con presteza, esperando no encontrar nada que fuese peligroso: lo único que vio fue una katana que en sí no era peligrosa a menos que alguien la desenvainase contra ellas y, teniendo en cuenta que no había nadie... Sin embargo, si bien sus nervios estaban volviendo a bajar lentamente después del susto que se había llevado, volvieron a encresparse al escuchar esa voz; esa voz que solo había escuchado anteriormente en varios recuerdos que ni eran suyos, jamás en la realidad. Se le erizó el vello de la piel, sintiendo una corriente eléctrica muy incómoda surcar toda su espina dorsal.

Rápidamente se giró y, aunque ahora mismo tenía miedo y demasiada impresión como para actuar con lo que sería todo el raciocinio que le hubiera gustado, dio un paso hacia adelante, poniéndose por delante de Gwendoline, protegiéndola con la varita en alto.

"Mierda, mierda, mierda, ¿y ahora qué?"

Le ponía muy, muy inquieta que Artemis le hablase con tanta confianza, como si fuesen amigas que estaban destinadas a encontrarse en algún punto, como si Hemsley ya hubiera tenido claro que eso iba a pasar tarde o temprano, como si fuese solo una parte más de su plan y, como de costumbre, estuviese a años luz de las chicas. ¿Tan predecible era? ¿Habían sido tan idiotas como caer en una trampa de Grulla, entrando directamente en su casa? Es más... ¿les habría dejado entrar con tanta tranquilidad, sólo para tenerlas allí, en ese lugar, a su merced? Sam, acostumbrada a desgracias cuando los planes se torcían, estaba preocupada de que aquello de torciese de más. No por ella; sino por Gwen. Tragó saliva.

Ignoró totalmente la pregunta de quién era Gwen. Si no la reconocía mejor, aunque ya la había visto y eso solo acarrearía problemas.

Artemis, no he venido a...

Artemis. —Interrumpió, con una sonrisa ladeada. —Pensé que me reconocerías como Grulla, ¿cómo sabes mi nombre? Tengo tantos contactos... —Suspiró, como quién fuerza la decepción—, una piensa que son aliados, pero mira, a la mínima cara bonita son capaces de vender tu identidad.

No he venido a pelearme contigo...

Chica lista, no tendrías muchas posibilidades. —Se desapareció, apareciendo en el interior de la habitación iluminada, justo detrás de ellas en el centro de la estancia. Tenía la varita en la mano, pese a que no las apuntaba directamente, no obstante parecía bastante segura con ella entre sus dedos, como si a la mínima pudiese reaccionar a cualquier ofensiva o defensa. —Te he preguntado que quién es tu amiga. No recuerdo su cara de los carteles de Se Busca, ¿estamos frente a una traidora? ¿Es mi día de suerte?

Pero Sam volvió a encararse, por delante de su amiga. ¡Arg, le ponía de los nervios tanta tranquilidad por parte de Grulla, como si lo tuviese todo perfectamente calculado! Y encima el hecho de que Grulla viese a Gwen no es que tranquilizase en absoluto a la rubia.

Ya está bien —concluyó, con el ceño fruncido. —El problema es entre tú y yo.

Lehmann, una traidora es mi problema y más si ha irrumpido en mi casa, no seas tan egocéntrica. —¿Eso había sido una broma? Sam echó una ojeada de su amiga, sin saber pillar el humor a Grulla. —Sin embargo, es cierto que te he buscado: al igual que mis aliados me venden, quiero que tú vendas a Thaddeus Allistar a cambio de la vida de tu amiga. Te iba a proponer un encierro en Azkaban pacífico, pero me has traído una motivación mucho mejor con la que sacarte la información que necesito.

No tengo ni idea de en dónde está Thaddeus Allistar.

Se hizo el silencio durante unos segundos, hasta que se escuchó un chasquido de la lengua de Grulla, disconforme con la respuesta de la Sam. Sin embargo, parecía todo fingido: ¿por qué le iba a molestar a Grulla que Sam no cooperase a la primera? Era más divertido así.

¿Sabes, Lehmann? Me importas bien poco. Para mí solo eres veinticinco mil galeones más lo que me den por tu amiga traidora —dijo con claridad, jugando con su varita entre sus dedos. —El único motivo para no atraparte que tenía era que pudieses serme útil en mi búsqueda de Allistar. Y como comprenderás, amiga legeremante, una debe de cerciorarse siempre de todo. Hay mucho mentiroso en el mundo, ¿no crees?

En ese preciso momento, Sam sintió un segundo; un mísero segundo en dónde todo parecía pararse. Eso había sido una amenaza. Una clara amenaza que quería decir, en otras palabras: "voy a dejarte seca de recuerdos después de matar a tu amiga y que no hayas colaborado ni un poquito." Era lo que hacían los legeremantes que tenían como hobbie cazar fugitivos: jugar con ellos, forzarlos a hablar... hasta que llega un punto de no retorno en dónde sólo tienen una manera de saber lo que hay ahí dentro, sin resistencia, cuando tu víctima no tiene fuerza para nada más que para llorar e implorar benevolencia o sencillamente la muerte. Por lo que el hecho de que Artemis alzase la varita no le cogió en absoluto desprevenida.


Última edición por Sam J. Lehmann el Vie Ago 03, 2018 2:20 am, editado 1 vez
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Gwendoline Edevane el Jue Ago 02, 2018 11:54 pm

Yo misma tenía mis dudas respecto a si era una buena idea hurgar en el pasado y la vida personal de Artemis Hemsley, una mujer que con tal de conservar su privacidad había llegado a inventarse un seudónimo por el que obligaba a prácticamente cualquiera con quien tuviese tratos a llamarla. Savannah nos había advertido: Hemsley era peligrosa, y si nos metíamos más de la cuenta en su vida privada quizás acabaríamos quemándonos.
Sam, en cambio, tenía las cosas claras respecto a aquello: no debía hacerlo. No había hablado con demasiada convicción antes, cuando había sugerido la posibilidad, y en seguida la idea se me quitó por completo de la cabeza. Porque Sam tenía razón. Porque Savannah nos lo había advertido, y si bien la información que nos había brindado la muchacha estaba incompleta en muchos sentidos, yo no dudaba de sus buenas intenciones para con nosotras.

—Está bien.—Asentí con la cabeza, mirando a Sam a los ojos. Sin embargo, era más fácil decirlo que hacerlo. ¿Dónde íbamos a encontrar a alguien dispuesto a hablarnos de Hemsley? Porque parecía ser que el mundo mágico se dividía en dos vertientes: los que no sabían absolutamente nada de Hemsley, y los que tenían demasiado miedo a Hemsley. Unos no nos dirían nada por obvias razones; los otros no nos dirían nada por miedo a que la bruja llegase, los torturase hasta la muerte, y después clavase sus cabezas en picas.—Encontraremos otro modo.—Volví a asentir con la cabeza, intentando calmar a Sam. No iba a hacer ninguna estupidez como meterme en los archivos de Hemsley.

Ese otro modo podía pasar por la Orden del Fénix. El refugio para fugitivos era un lugar en que se reunían aquellos que lo habían perdido todo, tanto su libertad como sus vidas pasadas. Muchos no tenían nada que perder y mucho que ganar si ayudaban en la lucha contra el gobierno actual. Así que quizás alguno supiese algo sobre Artemis Hemsley, o sobre el apellido Hemsley.
Sugerí, además, entregarle la información que Sam había obtenido a Albus Dumbledore. El antiguo director de Hogwarts, quien para mí siempre sería el profesor Dumbledore, podría trazar junto a los demás miembros de la Orden del Fénix un plan para proteger a aquellos que lo necesitasen. Cierto, en aquellos documentos quizás figurasen los nombres de algunos fugitivos clasificados como ‘radicales’ por el gobierno, pero también ellos merecían saber que estaban siendo perseguidos. A pesar de sus métodos.
Aquello podía servir de rama de olivo, de oferta de paz por parte de la Orden, y podía llevarles a abandonar un poco sus métodos violentos.
No creo que esa gente piense abandonar sus métodos violentos, pensé sombríamente, recordando mi enfrentamiento con varios integrantes de aquel grupo fugitivo cuyo objetivo, más que cambiar las cosas, parecía ser el de ver el mundo arder.

—Y yo siempre te agradeceré que te preocupes por mí.—Sonreí casi alegremente, sin apartar la mirada de ella, y omití la segunda parte de aquella afirmación. Una que iba tras un ‘pero’: Pero si todo el mundo pensase así, no existiría la Orden del Fénix. Me hacía cargo de la preocupación de Sam, de que quisiese mantenerme a salvo, pero yo también quería mantenerla a ella a salvo. Y no solo eso: quería que recuperase su vida.—Saludaré al profesor Dumbledore de tu parte cuando le entregue todo eso. Seguro que sabe algo de Raminta, incluso.—Evoqué a nuestra antigua profesora de adivinación con una sonrisa traviesa y divertida en mi rostro. Quizás en su día no nos gustase aquella mujer, pero nos habíamos convertido en sus fans número uno.


***

Costaba creer que apenas unos minutos después de aquello estuviésemos allí, de pie en aquella sala de entrenamiento de aspecto japonés, mirando a los ojos a la causante de la mayoría de nuestros problemas actuales: Artemis Hemsley, una mujer despreciable que se lucraba a base de traficar con vidas inocentes. Una mortífaga con un sentido del humor que resultaba muy difícil de comprender.
Sam, en actitud protectora, se puso delante de mí en el momento en que Hemsley apareció a nuestras espaldas, literalmente, como un fantasma salido de la nada. Llevaba vigilándonos todo el tiempo, pues si no otra explicación no cabía a su presencia allí. Su falso tono afable me ponía la carne de gallina. Inconscientemente, mis dedos se cerraron con firmeza entorno a la empuñadura de mi varita.
Permanecí en silencio mientras Sam hablaba con ella, todavía sorprendida por su presencia en aquel lugar. Sí, estaba claro que existía la posibilidad de que Hemsley estuviese en su guarida secreta, esa maleta misteriosa que con tanto celo cuidaba, pero de alguna forma esperaba que el peor de los escenarios no llegase a desarrollarse.
Hemsley buscaba a Allistar. En aquel momento, esa parecía ser su única preocupación, además de enviarnos a Sam y a mí a Azkaban para añadir algo más de calderilla a su cuenta bancaria en Gringotts, la cual ya debía rebosar hace tiempo.
Las últimas palabras de Hemsley sonaron amenazantes, una insinuación de que lo que pretendía hacer con nosotras. En su nueva posición, empuñando su varita, Hemsley se mostraba más decidida que nunca a conseguir aquello que quería. Apreté los labios, mirándola con una mezcla de desprecio y temor en los ojos. Todavía no me había recuperado lo suficiente de la batalla de principios de mes en el Ministerio como para sentirme segura en una situación así.
Y, sin embargo, no iba a dejar a Sam sola en aquella situación. Jamás.

—No somos tu problema.—Afirmé. Pese al miedo que sentía en aquel momento, mi voz sonó seria, firme, grave. Había perfeccionado aquella técnica para controlar mis nervios a base de años trabajando en el Ministerio.

¿Ah, no?Hemsley giró lentamente la cabeza hasta que sus ojos se encontraron con los míos, y después inclinó levemente la cabeza hacia un lado en un gesto que me recordó a un perro prestando atención a las palabras de su amo, que no entiende ni jamás entenderá. También se llevó el dedo índice de su mano izquierda a la barbilla en un gesto pensativo.Es curioso...Hemsley empezó a chasquear los dedos de la mano varias veces, con gesto pensativo, como si intentase recordar algo. Finalmente, me señaló con su índice.Te voy a llamar Alice, ¿vale? Después de todo, te has metido tú solita en la madriguera de conejos.Remató aquella frase con una risita sarcástica, prosiguiendo.Verás, Alice. Sois mi problema porque tenéis algo que quiero. Dadmelo y las cosas no tendrán que ponerse feas… no demasiado, quiero decir.Y compuso una sonrisa de niña buena que poco o nada tenía que ver con la expresión en sus ojos de loba.

—No tenemos a Allistar.—Insistí, dando un paso al frente como muestra de seguridad. Hemsley alzó las cejas con cierta curiosidad ante mi actitud.—¿De verdad crees que ese hombre le diría a alguien dónde pensaba esconderse? Quizás se haya marchado del país, quizás no. No tenemos la más mínima idea de dónde se ha metido.—Pese a que por dentro no había una sola fibra de mí que no temblase, mi voz sonaba lo bastante calmada y rotunda como para que cualquiera creyese que decía la verdad.

¡Vale, vale, vale, Alice!Dijo Hemsley, gesticulando con sus brazos. Se llevó la mano en que no empuñaba la varita al pecho, como para señalar su ilustre persona.Digamos que te creo. Digamos que lo que me estáis contando es cierto. ¿Qué quieres que haga, Alice? ¿Que os deje marchar? ¡Me dedico a capturar gente como vosotras!Y dicho aquello, Artemis empezó a reírse. Lo hizo de una forma bastante contenida para lo que me esperaba de ella, casi recatada; incluso se cubrió la boca con la mano al hacerlo.

—No te servimos de nada.—Aseguré, dando otro paso hacia ella, la varita firmemente empuñada en mi mano izquierda.—Y no tenemos intención de hacer nada contra ti. Nunca la hemos tenido.—Aquello sí era una mentira. Nuestra intención era detenerla, desde luego.—Lo único que nosotras dos queremos es vivir tranquilas, sin tener que vigilar nuestras espaldas. Y a ti te da igual una traidora más o menos. Estoy segura de que tienes dinero de sobra...

Artemis se quedó pensativa, o al menos lo fingió de una manera muy teatral, encogiéndose de hombros al final.

Bueno, en eso tienes razón, desde luego...Dejó caer Artemis, y continuó con su actitud pensativa. Empezó a caminar de un lado a otro, cruzándose de brazos. Una parte de mí quiso creer que mi diálogo estaba teniendo un efecto en ella… pero me equivocaba. Lo supe en cuanto levantó de nuevo la vista hacia mí, sonriendo como un chacal.Pero, por otro lado...

Todo sucedió muy rápido entonces. Artemis se desapareció delante de mis ojos, a una velocidad increíble, y cuando quise darme cuenta, la mujer sostenía mi brazo izquierdo, el que empuñaba la varita, contra mi espalda. Su varita, por otro lado, estaba apuntando a mi cuello. Podía sentir la madera punzante en contacto con mi garganta.

¡Venga, Sammy! Tienes que decidir, a la de tres: ¿Thaddeus o Alice? No tienes mucho tiempo...Hemsley acompañó aquellas palabras con una risita divertida. No podía verla, pero seguramente había establecido contacto visual con Sam. Yo también miré a mi amiga, componiendo una expresión de disculpa en mi rostro.Uno...Empezó a contar Artemis. No sabía lo que ocurriría al llegar a tres, pero seguro que nada bueno.

Mi mano derecha estaba libre. Quizás Hemsley había creído suficiente inmovilizar mi mano izquierda, la que empuñaba la varita, y por un momento creí que tenía razón. Sin embargo, recordé una cosa que llevaba en el bolsillo trasero de mis vaqueros.
La navaja mágica para abrir cerraduras. Quizás fuese una navaja mágica, pero seguía siendo una navaja.
Deslicé poco a poco mi mano derecha en dirección al bolsillo trasero de mis pantalones, mientras rezaba a Merlín porque Sam fuese capaz de mantener a Hemsley ocupada el tiempo suficiente.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Ago 03, 2018 4:21 am

“No somos tu problema…” resonó detrás de ella, tomando la iniciativa en aquella confrontación verbal que tenía cómo único objetivo dejarle claro a Grulla que no sabían nada.

La legeremante no estaba precisamente en su mejor momento. Una cosa era cierta: yendo con Gwen a ese tipo de lugares, tarde o temprano iban a encontrarse con enemigos que podrían llegar a ser una auténtica amenaza para ellas, incluyendo la posibilidad de que Gwen pudiese perder la libertad que tenía actualmente, su máscara en el Ministerio de Magia que le permitía, en cierta manera, tener una vida normal. Sin embargo, Sam no quería creer que Hemsley estaba tan cerca de ellas, que habían caído justamente en donde su enemiga quería que cayesen. Pero ahí estaban, una vez más, demostrando que Artemis iba años luz por delante de ellas. Por no contar, por supuesto, con lo que había dicho: quería una cosa que sabía Sam y Sam, la muy idiota, le había llevado a sus narices una parte indispensable de su vida por la que obviamente podría darlo literalmente todo. Si supiera algo de Allistar y Gwen estuviese mínimamente en peligro por esa información, no tendría ningún tipo de titubeos a la hora de vender a Thaddeus y, desgraciadamente, lo tenía demasiado claro.

Nerviosa, continuó escuchando. Su amiga tenía una voz potente y precisa, sin titubeos, no como ella que parecía que todo lo que decía era mentira por el temblor de su voz. A Sam se le notaba que no estaba cómoda en aquel lugar, ni mucho menos con la compañía. No había nada que le desagradase más que tener a Grulla y Gwen en el mismo lugar con ella de por medio: eso solo significaban cosas malas. Y lo peor de todo es que lo que más le estaba carcomiendo por dentro no era lo que estaba pasando, sino lo que podía pasar. Una cosa estaba clara: no iban a salir de ahí sin pelear, por mucho que el diálogo de Gwendoline intentase buscar lo contrario.

A punto estuvo de alargar la mano libre hacia su amiga al ver a Grulla tan pensativa, pero para cuando se quiso dar cuenta, Artemis ya no estaba frente a ellas, sino que había apartado a Gwen de su lado los pasos suficientes para tener totalmente el control de aquella situación. Sus pulsaciones se volvieron desorbitadas cuando vio la punta de la varita de Grulla sobre la piel de Gwen. —¡No, espera, espera! —Saltó desesperadamente al ver aquello, dejando de apuntarlas por si acaso lo tomase como una amenaza. Sólo de pensar que estaba de dos palabras mentales de poder hacer desaparecer a Gwen en ese preciso instante... se le helaba por completo la sangre. —¡Te juro que no sé en donde está! ¡Te lo diría! Allistar y yo tenemos la misma política, nada de relaciones entre fugitivos si…

Dos…

¡No, espera! ¡Te lo diría, te lo diría! —Dio un paso hacia adelante, intentando imponerse, con los ojos cargados de preocupación, sintiendo un nudo en su garganta que la estaba dejando sin voz. —No le hagas daño, por favor. No sé nada de Allistar pero... pero puedo ayudarte a encontrarlo. Suéltala y hablemos… —Hizo una pausa, acompañando al silencio. —Por favor, no le hagas daño… —Repitió en un hilillo de voz. —Te puedo contar todo lo que sé de él, pero no te puedo decir donde está porque no lo sé.

Y parecía que le iba a hacer caso. Grulla miraba a Sam sin apartar ni un solo momento la mirada, penetrante, como si tras esa mirada hubiese una pelea mucho más intensa que aquel silencio tan cargante no podía ni siquiera atisbar. Parecía que la estaba escrutando, intentando adivinar si lo que decía era real o no; buscando la trampa, intentando adivinar sus intenciones. La rubia le mantenía la mirada, pero era débil. En muchas ocasiones se desviaba hacia Gwen, asegurándose de que estaba bien, perdiendo ese contacto visual con Artemis que mantenía en cierta manera el poder; que la hacía dudar y no parecer segura.

Sam quería pensar que Grulla no le haría nada a Gwen. ¿De qué le serviría? Si le hacía daño, Sam no cooperaría de ninguna de las maneras, pero aún así no quería arriesgarse a poner a prueba la enferma mente de una persona como Artemis Hemsley. No quería usar a Gwen como experimento. Fue en ese momento en el que se dio cuenta de que su amiga estaba intentando acceder a su bolsillo trasero con delicadeza, intentando pasar desapercibida. Recordó la navaja y supo que necesitaba tiempo para no ser descarada y alertar a Grulla. Eso sí, no tuvo tiempo de inventarse nada que no fuese real.

Allistar y yo teníamos un trato —dijo de repente, sonando precavida, con suavidad y un ritmo de voz que intentaba mantener la calma y el sosiego. Lo que había dicho era totalmente real y dudaba mucho que incluso Gwen lo supiese. —Está buscándome algo. Y contactará conmigo cuando lo tenga…

¿Ah, sí? ¿Y qué te está buscando? —preguntó, seria.

Me prometió buscar respuestas sobre un asunto de memorias perdidas.

¿Qué asunto? —Quiso sonar impasible y lo consiguió, pese a que le había interesado muchísimo lo que había dicho.

Suéltala primero —pidió más seria al ver que Gwen parecía haber conseguido su propósito.

Sin embargo, Grulla no estaba por la labor de obedecer órdenes de ninguna fugitiva, ni mucho menos llegar a un trato con ella. Tenía las de ganar: podía conseguir lo que quisiera en ese momento si jugaba bien las cartas con aquellas dos muchachas. Lo mejor de  todo y, aunque Sam todavía no fuese consciente, es que le había dado la pieza clave para hacer que Grulla se mostrase interesada de más en lo que había dicho de las memorias perdidas, haciendo que cualquier tipo de atención a Gwendoline desapareciese momentáneamente.

¿Acaso te ves en posición de darme órdenes, Sammy? ¿Te tengo que demostrar quién tiene el poder aquí?—Hizo una pausa, para entonces sonreír con perversidad. —Has perdido tus tres segundos. Qué pena, Alice, parece que tu amiguita ha elegido a Allistar, ¡arriesgar tanto por tan poco! —Le susurró a Gwen.

La varita de Artemis giró, sencillamente, en el eje que marcaba su muñeca. Lo siguiente que Sam pudo ver es que el rostro de su amiga se contraía de dolor. En ese momento tuvo claro que quería ver esas zarpas alejadas del cuerpo de su amiga y esa varita apuntando a cualquier otro lado que no fuese su cabeza. No tardó ni un segundo en volver a alzar su varita, sin que le importase en absoluto las consecuencias: pensaba sacar a Gwen de allí de una pieza y sin que volviese a sufrir como ya había sufrido anteriormente por su culpa.
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Gwendoline Edevane el Vie Ago 03, 2018 1:12 pm

Creer que Artemis Hemsley sería una persona razonable fue un tremendo error, aunque fuese por un mísero segundo. Un mísero segundo bastó para cambiar las tornas, para encontrarnos indefensas ante aquella mujer que tantos quebraderos de cabeza nos llevaba dando desde el pasado noviembre. La varita apoyada en mi garganta era punzante como un cuchillo, y bastaba una palabra o un pensamiento de Artemis Hemsley para acabar con mi vida.
Y, a pesar del miedo que atenazaba mi corazón, la perspectiva de una muerte a manos de aquella mujer no era lo peor: lo peor fue esa expresión aterrorizada, suplicante, que vi en el rostro de Sam.
Los recuerdos implantados artificialmente en mi memoria, aquellos de la noche en que los Crowley la habían capturado y la habían hecho pasar un infierno, volvieron a ocupar un primer plano en mi memoria. Sam tendida, Sam suplicando para sus adentros que la ayudasen, y resistiendo estoicamente a pesar de todo el dolor, el miedo y la tristeza que la embargaba. Hasta que mencionaron el diario de Sebastian Crowley y la posibilidad de obligarla a mirar mientras le hacían aquello mismo a uno de sus seres queridos.
Lo siento. Pensé aquellas palabras, para mi amiga, pero no las articulé. Y es que si bien aquella información no era nueva para mí, resultaba mucho más desgarrador observarlo: aquello estaba destrozando a Sam. Aquello le daba más miedo que cualquier cosa que pudiesen hacerle a ella. Lo siento. No debí confiarme.
La única esperanza, yo lo sabía, era que Sam mantuviese a Artemis Hemsley entretenida el tiempo suficiente como para permitirme alcanzar la navaja en el bolsillo. Y mi amiga lo hizo: habló con Hemsley, empezó a brindarle lo poco que podía acerca de Allistar. Yo sabía que no mentía, pues su estado de pánico actual era real. Estando mi vida, o la de Caroline, o la de Henry en peligro, Sam no se arriesgaría con una mentira. Y quizás aquello fuese suficiente como para contentar a Artemis. Quizás nos dejase ir bajo la amenaza de seguir vigilándonos, y con la promesa de que entregaríamos a Allistar en cuanto contactase con Sam.
O peor: quizás me mantuviese retenida para asegurarse la cooperación de Sam.
Mis dedos alcanzaron la navaja, y logré extraerla del bolsillo con dos de ellos. Fue difícil, estuvo a punto de caérseme, pero finalmente estuvo en mi puño cerrado. Esto sucedió en el momento en que Sam empezó a hablar del trabajo que Allistar estaba haciendo para ella. No, no le digas lo de Henry, pensé, desesperada, mientras recordaba al bondadoso y alegre muchacho que Henry Kerr había sido, ese que siempre cuidaba de nosotras.
Sam no se lo dijo, por supuesto, y me pareció bien; a Artemis no le pareció tan bien, y susurró unas palabras en mi oído. En ese momento, mis dedos habían logrado liberar la hoja de la navaja, no sin dificultad.

—Tú no tienes ni...—Empecé a decir, con una voz cargada de rabia, pero no llegué a terminar la frase. Y es que una bomba estalló dentro de mi cabeza, y por un momento el mundo se volvió totalmente blanco. Lo siguiente que supe es que estaba gritando de dolor, pues sentía como si mil agujas candentes estuviesen perforándome lentamente el cráneo, internándose más y más en mi cerebro.

¿Sientes eso, Alice?Preguntó Artemis con sarcasmo; era evidente que lo sentía. Su voz sonaba muy lejos, como en otro mundo.Cuando eres legeremante tanto tiempo como yo, aprendes ciertos trucos...Por cómo la voz de Hemsley pareció alejarse un poco más de mí, deduje que había vuelto la cara en dirección a Sam para hablarle a ella; sus palabras siguientes me confirmaron que efectivamente estaba hablándole a Sam.Si no quieres que el cerebro de tu amiguita se convierta en papilla, más te vale responder a mi pregunta: ¿Qué trabajo está haciendo Allistar para ti?Con estas palabras, sentí cómo el dolor en mi cabeza incrementaba, y con ello mis gritos.

Por algún extraño motivo, seguía en pie. Mis piernas no flaqueaban. Quizás fuese cosa del hechizo de Hemsley. Quizás estuviese haciendo algo a mi cerebro para que mis piernas se mantuviesen firmes. Fuese lo que fuese, allí estaba yo, retorciéndome de dolor. No sabía qué estaba haciendo, qué era aquello exactamente, pero no había sentido nunca algo así. Mi cabeza empezaba a parecer un hervidero de lava incandescente, y por momentos sentía que el sonido de mis gritos se alejase, quizás porque estaba a punto de perder la consciencia. El no perderla quizás se debiese también al hechizo de Hemsley.
Mi mano derecha seguía firmemente aferrada a la empuñadura de la navaja. En un pequeño momento de lucidez, uno en que un pensamiento logró formarse en aquella masa incandescente de dolor que era mi cerebro, mi brazo derecho tomó impulso levantándose… y bajó con fuerza de nuevo, la hoja de la navaja por delante. No sentí dolor, por lo que supuse que no me había acertado a mí misma, pero sí sentí la hoja hundiéndose en algo blando y una calidez pegajosa en mis dedos.
Hemsley profirió un chillido, mezcla de sorpresa y dolor, y mi propio dolor se desvaneció. Mis gritos cesaron, y cuando abrí los ojos, todavía anonadada por los momentos de dolor que había padecido, lo primero que vi fue a Sam con su varita alzada. Hemsley había aflojado la presa sobre mi brazo izquierdo, así que aproveché el momento.
Me incliné hacia delante, doblándome por la cintura, mientras arrancaba la navaja sin delicadeza alguna de la pierna derecha de Artemis Hemsley. Al hacerlo, un chorro de sangre manó de la herida, y la mortífaga terminó por soltar mi brazo izquierdo.
En ese momento me hice a un lado, dejando vía libre a Sam para atacarla. Al mismo tiempo, me preparé para luchar, pues dudaba mucho que un simple navajazo fuese a detener a la infame Grulla.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Ago 04, 2018 3:58 am

Sintió pánico cuando escuchó gritar a su amiga, sin saber qué era lo que le estaba haciendo. Pero le daba da igual el método que usase Grulla para hacerla sufrir. El simple hecho de que aquel grito saliera de sus labios y aquel rostro cargado de dolor se hubiese apoderado de ella, para Sam era suficiente como para declararle la guerra a Artemis en todos los idiomas. Después de haber sufrido lo que había sufrido, no soportaba ver a un ser querido en esas circunstancias; no quería bajo ningún concepto permitir que eso pudiese pasarle a alguien a quién quiere más que nadie. Ya no era cuestión de simplemente proteger a un ser querido, es que encima vivía en un constante miedo de que alguien como Gwen pudiese llegar a sufrir lo que sufrió ella, cuando no se lo merece lo más mínimo. Y si ya le sumábamos esa presión de sentir que nada de eso pasaría si Sam no fuese una maldita fugitiva que hace arder todo lo que le rodea… Por desgracia, pensar eso último en estas situaciones no le ayudaba en absoluto.

Con la varita en alto quiso atacar a Artemis, pero no pudo. Gwen estaba delante y no quería arriesgarse. —¡Ya está bien, para! —Volvió a gritar de manera desesperada sin poder hacer nada. ¡No podía defenderla y tampoco podía atacar a su agresora! ¡No podía hacer absolutamente nada! Se le estaba enervando la sangre al escuchar a su amiga gritar y ella sintiéndose tan inútil. —¡Me está ayudando a averiguar si es posible recuperar memorias perdidas! ¡Quiero ser capaz de revertir un proceso de modificación de memoria! ¡Suéltala ya, maldita sea!

Grulla no parecía tener intenciones y Sam lo sabía: conocía esa mirada de poder y de satisfacción. No era solo gusto por hacer sufrir a una persona, sino hacer sufrir a dos personas con un solo acto. A Sam podía derrotarla sólo de esa manera. Por suerte, su amiga consiguió hacerse con la navaja y sacar fuerzas no sabía muy bien de donde para clavársela a Grulla en la pierna. Fue un golpe certero y muy útil, ya que terminó soltándola y haciendo que cesasen los efectos de ese dolor. Artemis se quedó desorientada por aquel cambio de tornas repentino, mientras que Sam recuperó todas sus fuerzas. Muchos dirían: “¿vas a atacar por venganza, Samantha?” Pero no, no sólo la iba a atacar por venganza, la iba a atacar porque quería salir de allí de una pieza con su amiga y, tal y como estaban las cosas, o era Grulla o eran ellas.

Pero sí, no lo iba a negar: nadie toca a su Gwendoline y pretenderá que Sam la deje K.O. de un golpe inocente e indoloro, ¿no? Lo había pasado demasiado mal para esa mierda, sinceramente. Estaba harta de que nadie valorase su vida, pero más todavía cuando jugaban con vidas que Sam valoraba más que la suya propia.

Unas cadenas mágicas salieron de su varita desde que su amiga se apartó y no, esas cadenas no tenían intención de sujetarla por completo, sólo de distraerla. Se enroscaron rápidamente alrededor del antebrazo de su varita, presionándolo con muchísima fuerza. Grulla se lo quitó rápidamente antes de que aquello pudiese torcer o romper algo, pero para cuando eso pasó, ya Sam había vuelto a hacer lo mismo, haciendo que esta vez las cadenas se enroscaran alrededor de su muslo, ahí en donde estaba la profusa herida recién hecha por Gwen. Artemis intentó ahogar un grito al sentir de nuevo ese dolor en su pierna herida, pero en vez de quitarse aquello de allí, cogió aire y apuntó a Sam. Una maldición blanquecina—la cual desconocía—salió disparada hacia ella y automáticamente se apartó hacia un lado, dejándola pasar y perdiendo esa ventaja.

Cuando viró de nuevo la mirada hacia Artemis, una nueva maldición recorría el espacio hacia ella, la cual se defendió con un sencillo hechizo. Ahora mismo le encantaría tener la valentía, o más bien el sadismo necesario, para poder lanzarle un cruciatus a aquella mujer y demostrarle lo que era el dolor. Sin embargo, Sam podía tener muchas cosas en su interior, desde desazón hasta rencor; desde impotencia hasta desesperación. ¿Pero odio? Miedo le daba intentar una imperdonable y que el otro en vez de sufrir dolor, sufriese cosquillas. Intercambiaron más de una maldición, cambiándose el rol de atacante y defensor, hasta que a Sam se le coló un hechizo: un sectum dispersa que no controló y varios proyectiles rasgaron su ropa, así como algunos cortes en sus brazos, pues fue lo que usó para protegerse la cara.

Grulla aprovechó ese momento para tomar la ventaja. En un segundo de silencio, ella lo rompió.

Y luego todo hizo boom.

Fue lo que se escuchó, antes de sentir como delante de ellas se creaba una fuerte explosión fruto de un bombarda máxima. O eso creía Sam. Por suerte, tuvo los suficientes reflejos y el templo, al tener la varita justo delante, para crear un campo de energía que retuvo durante unos segundos aquella explosión. Sin embargo, le había cogido tan desprevenida que no iba a ser capaz de evitarlo ella sola. —Gwen… —dijo, extremadamente suave, pidiendo ayuda. Ella la imitó, conteniendo a tiempo aquella explosión antes de que, literalmente, aquello les explotase en la cara.

Justo después, para cuando volvieron a mirar a Grulla, había desaparecido y en el lugar en donde estaba comenzó a emanar humo. Antes de que toda la estancia se llenase, miró para todos lados, pero no la pudo ver. Lo que sí pudo ver antes de que sus ojos perdiesen visión fue que la katana ya no estaba en el lugar en donde debería. Sam retrocedió un paso, sujetándose a Gwen. Conjuró sobre sí misma un crasso armorum, esperándose lo peor. Hizo lo mismo con su amiga. —Ha cogido la katana… —susurró muy suavemente, para que lo escuchase solo ella. —Si estás en apuro, usa tu antebrazo para desviar el golpe.
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