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You're my wonderwall // {Sam Lehmann & Gwendoline Edevane}

Gwendoline Edevane el Miér Jun 13, 2018 11:19 pm

Recuerdo del primer mensaje :


Viernes 22 de junio, 2018 || Apartamentos Windsor, Londres || 22:47 horas || Mi ropa

Arthur Payne y Douglas Dagon.


Arthur abrió la boca para lanzar un bostezo de puro aburrimiento, y acto seguido volvió a cruzarse de brazos, recostándose en la silla. Era el único asiento de todo el apartamento, por lo que cuando Dog llegase, tendría que conformarse con el suelo cubierto de una fea moqueta de un verde que el aspirante a mortífago solo podría describir cómo "verde mierda": ese verde oscuro, desvaído, y que siempre parecía estar lleno de polvo.
Bueno... Este no lo parece, precisamente, pensó, al tiempo que pateaba la moqueta con su bota izquierda, levantando una nubecilla de polvo. Todo en el ambiente era polvoriento, pero por algún motivo, a su jefa le parecía un buen escondrijo.
Mientras esperaba que Dog regresase con la cena, Arthur no pudo evitar preguntarse, una vez más, cómo había terminado allí, rebajado de aquella manera. Antes del cambio de gobierno, y durante algún tiempo después, había sido alguien importante dentro del Ministerio de Magia. Un Oclumante, nada menos, tan virtuoso que se dedicaba a la enseñanza. Leal servidor del Señor Tenebroso y descenciente de una familia de sangre limpia, era cuestión de tiempo que obtuviese su marca tenebrosa.
Y entonces, todo se había torcido. En algún momento, Arthur debía haber mirado mal a un tuerto o algo por el estilo, pues de la noche a la mañana se encontró con que se le acusaba de "irregularidades" en su puesto de trabajo, degradándole primero a un mero empleado y despidiéndole después. ¿Y cuales eran aquellas irregularidades? ¡Una puta zorra de mierda que aseguraba que Arthur la acosaba! Se trataba de Colleen Heatherton, la instructora de Legeremancia que había llegado para ocupar el puesto que había dejado Lehmann, esa asquerosa sangre sucia, cuando tuvo que huir para salvar su vida.
Arthur dudaba que la relación existente entre él y Heatherton se pudiese denominar cómo "acoso". No era más que una zorra que no sabía cual era su lugar. Y el deber de Arthur era demostrarle quién mandaba allí. Sí, lo reconocía, había volcado en ella parte de las frustraciones que le habían quedado tras el paso de Lehmann por su departamento. ¡Despreciaba a aquella sangre sucia!
Sin saber qué hacer con su vida desde aquel momento, se había convertido en cazarrecompensas. Creyó que la emoción de la caza le haría olvidar su trabajo. Pero no, no fue así. La pérdida de su empleo en el Ministerio lo había llevado a perder la concentración, a volverse mucho más violento, hasta el punto que había cometido varias cagadas gordas a ojos de los mortífagos. Fugitivos que huían—cómo la puta de Lehmann, por ejemplo—, fugitivos que se le morían durante los "interrogatorios" sin ofrecer información...
En resumen, Arthur estaba caminando sobre la cuerda floja. Un desliz más y acabaría cayendo al vacío, sin ningún tipo de red de seguridad. Y es por eso que estaba allí, vigilando aquella maldita maleta.

Lo siento, tío. Había una cola de mierda en el Subway's...Anunció una voz, justo después de que la puerta al apartamento se abriese. Era Dog.

¡Joder, ya era hora! ¡Tengo hambre!Arthur se levantó de la silla de golpe, caminó hacia su amigo, y sin darle siquiera tiempo a internarse en el apartamento, le arrancó de las manos la bolsa de bocadillos que traía en las manos.Eres un puto inútil, tío. ¡Están fríos!

Arthur volvió a dejarse caer en la silla, que rechinó bajo su peso, mientras abría sin ningún tipo de cuidado la bolsa de papel. Había cuatro bocadillos dentro, y sin molestarse en comprobar qué llevaba cada uno, agarró el primero que apareció. Arrojó el resto, dentro de la bolsa de papel, en el suelo, dónde comería Dog. Ahí es dónde comen los perros, ¿no? El aspirante a mortífago no pudo evitar reírse mientras desenvolvía su bocadillo.

¿Por qué es tan importante esa mierda?Dog señaló la maleta con la cabeza, pillando a Arthur con la boca abierta, apunto de dar el primer mordisco a su bocadillo. No lo hizo, y en su lugar, fulminó a Dog con la mirada. Cómo si el joven de cabello negro hubiese cometido alguna afrenta contra su persona.

¿Y a ti qué coño te importa eso? Te dije que podías venir si no hacías preguntas estúpidas.Esta vez, Arthur sí dio un mordisco al bocadillo. Dog guardó silencio, visiblemente molesto por su forma de hablarle, y Arthur no pudo evitar suavizar el tono cuando volvió a hablar. Con la boca llena.No tengo ni idea de qué tiene de importante esa mierda, tío. Pero Artemis nos paga por vigilar y cerrar la boca. ¡No te quejes! Es un trabajo fácil.

Fácil y humillante, pensó Arthur, meneando la cabeza de un lado a otro mientras miraba la maleta. ¡Que Merlín le asistiese si tenía idea de qué tenía de importante aquel trasto! Solo sabía que Chudley Skeegan, el sanador que trabajaba para Grulla, se la había entregado con órdenes de Grulla de no abrirla bajo ningún concepto, y no perderla de vista. Y Skeegan no había cedido ante la amenaza de Arthur de partirle la cara si no se lo decía. Le haría comer esas gafas de empollón al muy hijo de puta...

***

Consulté una vez más la hoja de papel que contenía las direcciones que Savannah nos había facilitado, a fin de cerciorarme de que estaba en la dirección correcta; cómo las aproximadas veintiocho veces anteriores, el papel me confirmó que así era, y dejé escapar un suspiro.
Estaba nerviosa. Llevaba nerviosa desde lo ocurrido en el Ministerio de Magia el cuatro de junio. Los radicales habían atacado mi puesto de trabajo, y no solo me habían arrebatado la tranquilidad en aquel lugar que hasta entonces creía seguro, si no que habían trastocado todo mi mundo. Fugitivos atacando de aquella manera tan indiscriminada a gente que podía ser inocente o no; empleados del Ministerio volviéndose contra sus compañeros; gente batiéndose en duelo en los pasillos... Me sentía cómo si hubiese participado en una guerra, y en cierto modo llevaba conmigo todavía algunas de aquellas heridas.
Podríamos irnos a casa, pensé en un momento de debilidad. Podría llamar a Sam y decirle que mejor simplemente quedásemos para ver una película. Olvidarnos de todo esto y... ¿Y qué? ¿Olvidarnos de aquello haría que Artemis Hemsley se olvidase de Sam? No. Y estábamos tan cerca de ella, tan cerca de acabar con aquello, que seguramente ya era demasiado tarde para dar un paso atrás.

—Solo espero que no nos encontremos con ninguna sorpresa...—Murmuré para mí misma, sentada en aquel banco a unos doscientos metros de imponente edificio que se alzaba allí, al final de aquella pequeña zona residencial. Para disimular mi sospechosa presencia en aquel lugar, tenía el teléfono móvil en las manos, y me dedicaba de manera aleatoria a abrir y cerrar aplicaciones, cómo si de verdad estuviese haciendo algo más que, simplemente, esperar.

Sam debía estar al caer. Tal vez estuviese haciendo alguna hora extra en el 'Juglar', o hubiese pasado por casa a cenar antes de aquello. No lo sabía, pero estaba segura de que aparecería. ¿Y eso por qué? Porque confiaba en ella. Confiaba que juntas haríamos aquello. Acabaremos esto... Sí, podemos hacerlo.


PNJ’s:
Arthur Payne:

#248c02
Douglas Dagon:

#7f6eff


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Jul 10, 2018 7:08 pm, editado 2 veces
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Gwendoline Edevane el Sáb Ago 04, 2018 1:22 pm

En el momento en que me vi libre del agarre y el hechizo torturador de Artemis Hemsley, comenzó un duelo entre Sam y ella en el cual no participé. No porque no quisiese, sino porque segundos antes mi cráneo ardía en sentido metafórico—aunque la sensación no había tenido nada de metafórica—y todavía estaba un poco desorientada. A mi alrededor, todo se reducía al sonido de los hechizos que Sam y Artemis intercambiaban, y a dos borrones en movimiento en mi campo de visión.
La vista se me fue aclarando poco a poco, pero no volví a ver correctamente hasta el momento en que un hechizo, algo punzante, rebotó en mi dirección. Uno de aquellos proyectiles me alcanzó en la frente, sobre la ceja izquierda, y un segundo me acertó en la barbilla, a la izquierda del rostro. De manera involuntaria, tanto por el repentino dolor como por la sorpresa, aparté la cara en dirección opuesta al hechizo y alcé los brazos para protegerme de más restos de aquel hechizo.
Para entonces, el mundo volvía a ser algo real para mí, y el dolor de momentos antes un fantasma que poco a poco se desvanecía. Entonces Hemsley habló y pude observar, con los ojos abiertos como platos, que la mujer estaba conjurando un hechizo explosivo de gran potencia entre nosotras y ella—más cerca de nosotras que de ella, a decir verdad—con muy malas intenciones.
Sin embargo, la explosión no se produjo. Una masa mágica envolvió la explosión casi en el momento en que comenzaba, y por un momento ésta pareció congelada en el tiempo, como si fuese un fotograma de una película puesta en pausa. Sam había conjurado un hechizo que contenía la explosión, pero más pronto que tarde ambas nos dimos cuenta de que la magia de Grulla era demasiado poderosa para ella sola.
Ante la mención de mi nombre, Sam no necesitó decirme más. Apunté mi varita en dirección a la explosión y añadí mi poder mágico a la barrera que Sam había creado, haciéndola más poderosa, más resistente. Fue gracias a esto, a nuestro esfuerzo combinado, que salimos ilesas de aquel hechizo que, a todas luces, podría habernos matado o dejado gravemente heridas y a merced de la mortífaga.
Contenida la explosión, el esfuerzo de aquel hechizo me hizo doblar una rodilla en el suelo. Mis procesos de pensamiento volvían a funcionar, y no pude más que preguntarme una vez más qué me había hecho Hemsley. Aquello no solo había causado dolor, si no que de alguna manera había afectado a todo mi cerebro. Si aquel era un aspecto de la legeremancia, Sam jamás me había hablado de él. Podía imaginarme que, o bien no lo conocía, o bien jamás se había interesado por ello debido a lo atroz de su uso.
Hablando de Hemsley… Volví la vista en dirección a ella, y lo único que me encontré fue un espacio vacío que antes ocupaba la mujer… y humo. La estancia se estaba llenando de humo.
Sam se acercó a mí, informándome de que Hemsley se había hecho con la katana que antes estaba en el expositor al fondo de la sala. También hechizó mis ropas, recomendándome que utilizase el antebrazo para desviar posibles ataques de nuestra enemiga. Yo asentí con la cabeza.

—Me está poniendo nerviosa con tanto salto de aparición.—Comenté, la vista atenta por si decidía emerger de entre el humo y atacarnos.—Hay que evitar que siga haciéndolo.—Le dediqué una mirada de soslayo a mi amiga, componiendo una leve sonrisa de complicidad.—¿Recuerdas ese hechizo que tanto odias? ¿Ese que impide que puedas aparecerte y desaparecerte? ¿Qué te parece si por una vez lo usamos en nuestro beneficio?

La katana de Artemis emergió cortando el humo y el aire, en nuestra dirección, y yo actué de manera automática. Recordando las enseñanzas de Leon Denson, antiguo auror y actual fugitivo, compañero en la Orden del Fénix, alcé mi varita y mi mano derecha—en la cual aún sostenía la navaja manchada con la sangre de Artemis—y bloqueé el movimiento ofensivo que, de otra forma, nos habría golpeado.
Artemis emergió entre la densa humareda, lanzando un tajo horizontal en mi dirección. Retrocedí un par de pasos, conjurando una vez más el Impetus praesidio, ese hechizo que generalmente solo los aurores conocían y dominaban. Es una suerte tener amigos aurores que no quieren cazar a tus amigas, pensé mientras observaba la hoja de la katana detenerse antes de golpearme.
Una frustrada Artemis, sus movimientos reducidos por la herida que le había causado con la navaja en la pierna, giró sobre sí misma y lanzó un nuevo tajo diagonal descendente. Para evitar este me incliné levemente hacia el lado opuesto al que se dirigía la hoja, y con un tercer Impetus praesidio la desvié un poco, solo por si acaso. La espada japonesa de reluciente hoja produjo un corte en el tatami bajo nuestros pies.

¡Vaya, vaya, mi querida Alice!Artemis, a medio camino entre el deleite y la sorpresa, sonrió casi alegremente.¡No me habías dicho que eras una auror!Parecía tan feliz como una niña la mañana de Navidad, abriendo un regalo que no se esperaba que estuviese ahí.

No le respondí. En su lugar, ejecuté una floritura de mi varita, con intención de conjurar un Expulso en su dirección. Todavía no me sentía lo bastante cómoda con aquel hechizo ni con mis dotes para la confrontación cuerpo a cuerpo como para mantener un enfrentaiento tan cercano. La prefería lejos.
Sin embargo, ella no recibió mi hechizo. Dio un breve salto utilizando la aparición, desplazándose apenas unos centímetros a su izquierda, y no pude más que maravillarme una vez más por su habilidad para usar la aparición. Era casi algo natural para ella, tanto como caminar o respirar. No parecía suponerle esfuerzo alguno, y suplía en parte la movilidad reducida por la herida de su pierna.
Para cuando se apareció, sostenía la varita entre sus labios, y la mano izquierda sostenía lo que parecían ser tres shurikens. Los desplegó como si de una mano de naipes se tratasen, y con un suave movimiento de brazo los arrojó en mi dirección. Las estrellas ninja surcaron el aire a gran velocidad, pero por suerte fui capaz de de protegerme moviendo con magia uno de los panales de tatami del suelo y colocándolo por delante de mí. Las tres estrellas se clavaron en el escudo improvisado con tres sonidos secos: ¡Tac, tac, tac!
Entonces, la katana de Hemsley describió un círculo horizontal, partiendo el tatami en dos como si estuviese hecho de mantequilla, y alcanzándome de refilón en el vientre. Escuché el sonido, casi un silbido, cuando el filo de la katana rozó la tela. Por fortuna, el hechizo que Sam había lanzado antes sobre mis ropas impidió que la espada fuese más allá.

Auror o no, voy a acabar contigo.Prometió Artemis, la varita otra vez en su mano, todavía sonriente. Sin embargo, no podía disimular la expresión de dolor cada vez que apoyaba peso sobre la pierna herida, así como el sudor que perlaba su frente.¿Dónde está tu querida Sammy, por cierto? ¡Cualquiera diría que ha huido, dejándote atrás!Se mofó Grulla, pero no dejé que sus burlas me provocasen.

—No tienes ni idea sobre quién estás hablando.—Respondí, alzando la varita para lanzar un maleficio en dirección a su rostro.

Grulla esquivó el maleficio con una sorprendente facilidad, simplemente inclinándose a un lado. Hecho esto, me lanzó un hechizo a mí, del cual pude protegerme con una barrera, pero que permitió a la mortífaga una vez más recortar la distancia entre nosotras. Y entonces empezó a lanzar tajos con su katana. Valiéndome de mis movimientos y esquives, y del hechizo Impetus praesidio, comencé a defenderme nuevamente de ella.
Aguanta, Gwendoline. ¡Solo un poco más! ¡Sam ya casi debe haber terminado!
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Ago 06, 2018 2:22 am

No era la única a la que le estaba poniendo de los nervios que Grulla más que un ave pareciese un maldito saltamones, desapareciéndose todo el rato. Era muy evidente la maestría que poseía con la aparición—ya que Sam era incapaz de utilizarla en situaciones de estrés como ese—, además de que parecía conocerse aquel recinto como anillo al dedo. Como para no: seguramente entrenase allí todos los días y fuese el lugar en el que más tiempo pasase. Parecía su casa por la facilidad con la que se desenvolvía o lo cómoda que parecía. O al menos quería pensar eso, porque miedo le daba que tuviese esa destreza en todos los ámbitos; en todos los lugares del mundo. Cada vez que Sam se enfrentaba a un nuevo oponente y veía de lo que eran capaces, se daba cuenta de que era una duelista pésima y que lo mejor que podía hacer era quedarse enclaustrada en su casa sin salir.

Pilló a la primera la indirecta de Gwen: podría tener mucho odio al encantamiento Terreo Aparecium, pero en ese momento era terriblemente necesario si no querían seguir en desventaja. Se apartó ligeramente de su amiga después de ponerle esa protección en su ropa, conjurando la protección contra la aparición. No era un encantamiento protector que Sam utilizase demasiado, he de decir, por lo que no tenía esa experta habilidad en conjurarlo con rapidez. El odio que le profesaba era justamente por lo contrario: siempre que existía en su vida, era para limitar su huida en situaciones de peligro constante. Y claro, uno empieza a cogerle rencor a esa mierda. Tardó más de lo que le hubiera gustado, pero no le quitó el ojo de encima a Gwendoline en ningún momento por si tenía que dejar aquello a medias y ayudarla. Sin embargo… madre mía, ¿dónde narices había aprendido a defenderse así? Podría decirse que fue un milagro que no se desconcentrase al crear aquella barrera, pues al ver a Gwen desviar de esa manera los ataques tan precisos y expertos de Grulla con la katana fue impresionante. Parecía algún tipo de variante del encantamiento mobilicorpus, mezclado con técnicas de defensa personal que hacían una combinación increíble. La observó, con una mezcla de orgullo y admiración por plantarle cara de esa manera a una experta espadachina.

El humo se había disipado bastante, lo suficiente como para ver perfectamente las siluetas en aquel mar de calima. La varita de Sam había cesado de crear aquella barrera, justo a tiempo de ver como Grulla fallaba un tajo con la katana pero sorprendía a Gwen con una patada en el pecho que la hizo caer hacia atrás sobre el tatami. En su rango de visión vio perfectamente como hacía un movimiento vertical hacia abajo, con la hoja en dirección al cuerpo de Gwen.

“Eso sí que no, ¡por encima de mi cadáver!”

Apuntó hacia ella con presteza, conjurando un poderoso hechizo derribador que impactó en su costado, lanzándola bien lejos de su amiga. Chocó directamente contra una de las columnas de madera de aquella sala, haciéndole soltar un quejido.

Sam se acercó rápidamente hacia Gwen, dándole la mano para ayudarla a levantar de un salto rápido, para ambas volver a apuntar a Grulla. Pudo ver en el rostro de Artemis Hemsley como algo no salía como esperaba: ¿había sido que aquellas dos chicas estuviesen dejándola entre la varita y la pared en ese mismo momento? ¿O que había intentado volver a acudir a su técnica de saltamones y se había dado cuenta de que era imposible? Sam no pudo sentirse más satisfecha de ver aquella preocupación en su rostro; no le estaban saliendo las cosas como quisiera y, encima, estaba herida. Tampoco le pasaba inadvertida las miradas que se echaba a su pierna, prácticamente cojeante.

Con la varita en alto, un hechizo recorrió la estancia hacia Grulla, el cual fue protegido por la misma hoja de la katana haciendo que se desviase hacia un lado. Sam alucinó al ver aquello, preguntándose qué quiénes narices serían sus contactos como para crearle katanas tan increíblemente épicas. Sin embargo, Grulla supo que no podía ir con ese método—mucho menos sin la aparición y con la pierna así de dañada—a por ellas, ya que ambas se cubrirían las espaldas y estaría en absoluta desventaja. Soltó el arma blanca y cogió su varita de nuevo, mirándolas con rencor y con una paciencia que no parecía propia de la mirada de depredadora que les echaba. Hemsley no iba a permitir que se salieran con la suya. Todavía tenía mucho que averiguar y sabía que conseguiría respuestas en la cabeza de Lehmann que ella, voluntariamente, no le había dado. Era su oportunidad de conseguirlo.

Aprovechándose de la ventaja, Samantha fue la primera en lanzar un hechizo ofensivo, sin dar tiempo siquiera a ver si se lo defendía para lanzar otro. Hemsley, no obstante, no sólo los desviaba con maestría, sino que incluso más de uno lo devolvió de vuelta. Si fuese por Sam, aquel hecho le hubiese cogido totalmente desprevenida, pero Gwen estaba ahí, atenta para defender el hechizo más inesperado que llegase hacia ellas. Fue entonces cuando, al sentir ese apoyo a su lado en el que confiaba más que en su propia defensa, cuando se vino arriba. Entre ambas consiguieron sofocar lo suficiente a Grulla como para que tuviese que usar la cobertura que le proporcionaba una de esas columnas como protección, pero la mujer tenía demasiado controlado no solo la defensa, sino también la rapidez con la que podía conjurar los hechizos y la movilidad con la que desenvolverse.

De una onda expansiva, ambas amigas fueron empujadas hacia atrás y, para cuando Sam se recompuso de aquello, lo primero que vio fue una lengua de fuego acercarse hacia ella con una ferocidad terrible.

“Otra vez no...” pensó, asustada, reviviendo sus peores recuerdos en compañía de los monstruos más despreciables que jamás había conocido.

Inconscientemente puso el antebrazo por delante para evitar que impactase contra su rostro y, sin acordarse del hechizo protector que ella misma conjuró, no sintió ni calor ni daño al ver cómo aquel látigo se enroscaba alrededor de su suéter, tan duro como una armadura. Soltó aire, aliviada.

No tardó siquiera un segundo en usar su mano libre, en donde portaba la varita, para contra-atacar aprovechando aquel inesperado giro de los acontecimientos. Sin embargo, a la vez que ella lanzaba un hechizo, recibía otro de vuelta que vio demasiado tarde, cuando aquella llameante cuerda desapareció de su rango de visión. Un hechizo de color dorado le impactó de lleno, haciéndola retroceder un paso, pero no tuvo ningún efecto inmediato que le provocase daño. Tuvo miedo: ¿y si llega a ser de color verde? Se quedó extraña, sintiendo como todos sus sentidos se intensificaban inmediatamente de una manera exponencial. Un simple paso por parte de su amiga sentía que lo estaba escuchando con unos cascos a tope de volumen, haciendo que inevitablemente se marease por su visión a la que no acostumbraba y los sonidos por encima de los niveles que debería, desorientándola por completo. Pudo ver perfectamente como el hechizo que ella había lanzado, un sencillo expelliarmus, daba de lleno en Grulla. Perdió la varita, además de ser derribada hacia atrás. Hizo un movimiento ágil que la posicionó con una de las rodillas en el suelo, pero ambas amigas vieron como una mueca de dolor aparecía en su rostro y como aquella herida en el muslo sangraba profusamente, manchando el tatami que estaba bajo ella. Casi cayó hacia ese lado, al flaquear el apoyo en ese pie.

De nuevo la atacaron sin perder un solo segundo ahora que estaba indefensa y era el momento de dejarla fuera de combate, pero Grulla se levantó y abrió la palma de la mano frente a ellas y los hechizos explotaron a un palmo de su cara, desapareciendo. Sam abrió la boca, sorprendida, para entonces ver como Artemis cogía fuerza desde atrás con esa misma mano y, con un grito, parecía empujar una fuerza invisible hacia ellas. Una onda expansiva las empujó fuertemente hacia atrás, acompañada de un estridente sonido que a Sam, debido al reciente hechizo que impactó en ella hace dos segundos, le volvió totalmente loca, haciéndola gritar de dolor. Rompió con su cuerpo una de las puertas de papel que estaba detrás de ella y no se levantó del suelo al caer. Sólo pudo soltar su varita, ponerse de rodillas y llevarse las manos a los oídos, gritando como si le fuese a explotar la cabeza con ese intenso sonido. Le dolía tanto que no quería abrir los ojos por miedo a ver sus manos manchadas de sangre; de verdad que creía que le sangraban los oídos de todo lo que le dolía. El miedo de quedarse sorda tampoco ayudaba en absoluto. Palpó el suelo en busca de su varita, para intentar des-hechizarse de aquel suprasensus que la estaba volviendo loca.

Últimos hechizos utilizados por Grulla:
(Sobre Sam, con varita) ► Suprasensus: También conocido como encantamiento supersensorial. Aumenta los sentidos de oído, gusto, tacto, olfato y vista del hechizado. El conjurador puede reconocer un sitio en donde hubo uso de magia.

(Magia sin varita defensiva) ► Fianto Duri: Provoca la desintegración instantánea de quién cruce la barrera mágica. Los hechizos que chocan, si no rompen la barrera, explotan en ella.

(Magia sin varita final) ► Armorum Sonitum : Crea un estridente sonido y una onda sónica capaz de empujar a un enemigo. Causa un intenso dolor en los oídos de quiénes se encuentran presentes.
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Gwendoline Edevane el Lun Ago 06, 2018 3:43 am

Esperar otro resultado habría sido tremendamente iluso por mi parte. Y es que yo no era ningún miembro entrenado del cuerpo de aurores. Simplemente, había aprendido algunos trucos básicos de ellos. Quien tenía delante, empuñando una katana en una mano y una varita en la otra era una aurora de verdad, con años de experiencia y muy poca consideración por sus rivales.
Logré bloquear o desviar su espada unas cuantas veces más… y entonces logró derribarme. Su patada impactó contra mi pecho con gran fuerza, y cuando mi espalda impactó contra el suelo cubierto de tatami, por un momento me quedé sin respiración.
Hemsley no se quedó sin respiración, ni se detuvo a recuperarse de un dolor que por momentos no parecía sentir: alzó la katana y la bajó de nuevo en mi dirección, con unas intenciones terriblemente claras.
Alcé la varita con intención de detener el golpe, pero no hizo ninguna falta. La katana no es que se detuviese a media distancia ni nada parecido… es que Hemsley salió despedida, empujada por una fuerza invisible. Y yo supe quién había sido la responsable al momento. Siempre puedo contar contigo, pensé mientras seguía intentando recuperar el aire que Hemsley me había arrancado de una patada momentos antes. Sonreía, a pesar de lo cerca que había estado de la muerte.
El humo casi se había disipado, y pude ver cómo Sam se acercaba a mí. Estaba ya incorporándome cuando ella me ofreció su mano. La cogí sin dudarlo, poniéndome en pie con algo de dificultad. Ya no tenía en mi mano la navaja mágica, la cual posiblemente había acabado en el suelo tras la patada de Hemsley, pero no había tiempo de ponerse a buscarla: Grulla no iba a darse por vencida tan rápido.
Ambas apuntamos nuestras varitas en su dirección, y pude ver como la expresión de Hemsley cambiaba: de sonreír pasó a mostrarse incrédula, con un gigantesco “¡¿Qué está ocurriendo?!” dibujado en el rostro. Supuse que fue ese el momento en que se percató de que ya no podía utilizar la aparición para esquivarnos.
Sam fue la primera en atacar, pero Hemsley lo desvió con su katana como si fuese la cosa más sencilla del mundo. No quiero ni imaginarme cómo estaría yendo esto si no tuviese esa herida en la pierna, pensé mientras observaba cómo Hemsley arrojaba a un lado la katana para empuñar su varita y convertir aquello en un duelo mágico.
Sam reanudó el ataque, lanzando varios hechizos en dirección a Hemsley. La mortífaga logró protegerse absolutamente de todo con precisos movimientos de su varita, y en alguna ocasión logró devolvérselos a Sam. Sin embargo, allí estaba yo para asegurar la defensa de mi amiga. La magia defensiva se me daba muchísimo mejor que la magia ofensiva, y por un momento que duró algunos segundos, Sam y yo nos compenetramos tan bien que casi pareció que habíamos vencido. Casi.
Hemsley se vio obligada, gruñendo de frustración, a replegarse tras una de las columnas de la estancia. Sam y yo seguíamos preparadas para hacerle frente a cualquier cosa que quisiese echarnos encima… salvo a aquello. Y es que, con un hechizo que no reconocí, la mujer nos arrojó a ambas por los aires, haciéndonos rodar por el suelo de tatami.
Me perdí gran parte de lo que sucedía entonces a mi alrededor, luchando por ponerme en pie. Aquel duelo estaba resultando demasiado duro. Para cuando conseguí volver al combate, un hechizo impactaba contra Sam, y mi amiga se quedaba en un extraño estado de aturdimiento. Pese a todo, la legeremante siguió luchando, y en un momento en que me dio la impresión de ver la luz al final del túnel, logró arrebatarle la varita. Fue nuestro momento.
Lanzamos sendos hechizos… y entonces sentí una terrible desazón. Sin varita ni nada, Hemsley conjuró una barrera contra la que nuestros hechizos impactaron. ¡¿Hay algo que no sepa hacer esa mujer?! No tuve mucho más tiempo a pensar y consternarme, pues con la misma mano que se había protegido, Hemsley lanzó un nuevo ataque.
El hechizo sónico taladró mis tímpanos sin piedad, y cuando impactó sobre nosotras nos arrojó por los aires. Sin embargo, a mí pareció pillarme de refilón, y Sam se llevó la peor parte. Rodé una vez más por el suelo, llenándome de contusiones, mientras Sam se quedaba atrapada en la trayectoria de aquel hechizo, recibiendo las vibraciones sónicas mientras gritaba, desesperada y padeciendo un terrible dolor.
Apreté los dientes, sintiendo una gran furia creciendo en mi interior. Me puse en pie lo más rápido que pude y no me lo pensé dos veces.

—¡Déjala en paz!—Grité mientras conjuraba un potente hechizo repulsor en dirección a Hemsley. La mujer cesó el hechizo que lanzaba sobre Sam para intentar protegerse del mío, pero no llegó a tiempo. El duelo y la herida estaban pasándole factura al fin. Así que recibió mi hechizo en pleno pecho y fue lanzada por los aires. Fue un vuelo corto, pues estaba muy cerca de la columna tras la cual se había escondido. Se golpeó contra esta y cayó de bruces hacia delante.

Sin embargo, para mí aquello no había acabado. Mi amiga seguía en el suelo, luchando por recuperarse de lo que la mortífaga le había hecho, y yo estaba furiosa. Hemsley, por su parte, no se daba por vencida, y luchaba por ponerse en pie. Avancé hacia ella con grandes zancadas, mientras de la punta de mi varita brotaban chispas eléctricas. Hemsley alzó la mirada en mi dirección, y fue justo en ese momento en que le lancé aquel poderoso hechizo Fulmen Cruciatus. La magia eléctrica la golpeó con un chasquido semejante al de un cable de alta tensión partido. Hemsley se contorsionó, soltando un largo grito, y finalmente se quedó inmóvil. Inconsciente, quizás.
Jadeando, sin creerme que acabase de hacer aquello, me di la vuelta y fui a ver cómo se encontraba Sam. Apoyé una rodilla en el suelo, junto a ella, poniendo mis manos en sus hombros. Ella ya se encontraba sentada para cuando llegué. Aparté el pelo de su rostro, mirándola a los ojos con preocupación.

—¿Te encuentras bien?—Le pregunté con voz suave, intentando parecer tranquila a pesar de que momentos antes me había enfurecido por el daño que Hemsley le estaba causando. Y a pesar del miedo que había sentido ante la posibilidad de perderla, o que le hiciesen daño.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Ago 07, 2018 12:58 am

Aquel hechizo de por sí podría dañarte severamente la audición si era utilizado en ciertas condiciones, pero Grulla no lo había usado de manera totalmente aleatoria, sino que fue perfectamente elegido y utilizado bajo unas exigencias previas. Era una manera excelente de dejar a una de las dos fuera de combate sin tener que acudir a hechizos más lentos y típicos a los que todo el mundo ya tenía fácilmente interiorizada la defensa, los cuales suponían la inconsciencia directa o la imposibilidad de que el otro pudiera seguir con el duelo, por desarme o retenimiento. Había sido un movimiento perfectamente calculado por parte de Artemis, cuyo fin fue totalmente acertado. Sam seguía en el suelo, gritando por la presión que sentía en la cabeza y en prácticamente todo su cuerpo: todos sus sentidos estaban a flor de piel, sintiendo multiplicado por mil todas esas sensaciones negativas que ahora mismo estaba sufriendo en su interior.

Si no fuese porque su umbral de dolor ha sido entrenado a base de golpes, en aquel momento hubiera querido morirse.

Dirías que el sonido no tiene ningún tipo de característica tangible, pero ahora mismo Sam te refutaría eso hasta la saciedad, pues sentía en su propia cabeza como aquel intenso ruido martilleaba hasta el mínimo atisbo de su mente. Tenía la sensación real de que la cabeza le iba a explotar. Se sintió terriblemente liberada cuando aquel hechizo finalizó, escuchando a continuación un grito ensordecedor que, menos mal, no era de Gwen. “Bien, eso es que todo va bien...” Ese grito también entró por sus oídos como cristales que lo rasgan todo a su paso, sintiendo una especie de liberación en el interior, como si debido al cambio de presión sus oídos hubiesen estallado. Ya con los dientes tan apretados que chirriaban entre ellos y todavía con los ojos cerrados, dio con su varita en el suelo, esa varita por la que tenía un cariño realmente especial. Se apuntó a sí misma, quitándose ese hechizo que la había destrozado, dándose cuenta de que por mucho que desapareciese, el daño ya estaba hecho.

Se sentó en el suelo, de rodillas, caída y sin fuerzas. La cabeza le palpitaba y podía sentir sus propias pulsaciones en ella como si el corazón estuviese descansando al lado de su cerebro y no le dejase sentir absolutamente nada. Estaba mareada, su visión desenfocada y su audición se había visto limitada: parecía que escuchaba desde lo más profundo de una cueva incomunicada. Alzó la mirada empapada hacia Gwen, desorientada, cuando sintió sus manos en sus hombros. La escuchó, muy levemente. Tan levemente que estaba muy segura de que sólo escuchaba en ese momento por uno de sus oídos. El otro estaba totalmente taponado. Si es que se le podía llamar a eso “taponamiento” y no sordera para toda la vida. —Sí… —Susurró, con un rostro serio y preocupado. En realidad no estaba nada bien, pero estaba viva. Si nos poníamos a comparar posibles finales para esa situación, estaban en el más álgido de todos: Gwen estaba bien. Y si nos lo poníamos a comparar con otras situaciones en donde las cosas han salido realmente mal, pues ser sorda tampoco parecía ser tan malo como que te azotasen hasta la muerte con un látigo de fuego. No sé, piénsalo así.

Fue entonces cuando notó humedad en una de sus manos y sintió caer una gotita de “algo” sobre ella, la misma mano que había cogido la varita. Se la miró, con unos reflejos muy lentos y cargados de una pasividad impropia de Sam. Tenía parte de sus dedos con sangre, la cual había manchado la varita que antes pertenecía a Gwen. No era mucha sangre, pero se llevó su mano libre a la oreja y volvió a mancharse, arrastrando con sus dedos líquido rojo. Unos hilillos de sangre caían de ambos oídos por su cuello, producido por daños en el tímpano. Intentó no entrar en pánico: no era momento de entrar en pánico: el tímpano se puede arreglar. “No voy a quedarme sorda, no voy a quedarme sorda… no puedo tener tan mala suerte de quedarme sorda para toda la vida…” Tragó saliva, sintiendo que hasta ese nimio sonido le martilleaba los oídos sensibles e intentó ponerse en pie, ayudándose de Gwen. Sin embargo, una visión negra eclipsó su mirada y un terrible desequilibrio debido al daño auditivo hizo que sus fuerzas flaquearan hacia un lado. Si no perdió por completo el equilibrio y cayó al suelo fue porque su amiga lo impidió.

Cuando la visión le volvió a través de todas esas partículas negras que la habían empañado, pudo ver como Grulla, con varita en mano, cojeando como nunca antes y con un rastro de sangre a sus pies, salía de la habitación por la misma puerta por la que ellas habían entrado. —Gwen... —La avisó de lo que veía, apoyándose en una de las columnas de madera.

No le estaba diciendo que fuera, ni mucho menos que le impidiese a Grulla la huida. Sam ahora mismo se sentía inútil, sin tener muy claro cuántas decisiones podría tomar con su cuerpo sin que éste decidiese no hacerle mucho caso hasta que se adaptase a lo que le acababa de pasar. Lo menos que quería era volver a empezar una contienda contra alguien que estaba muy por encima de su nivel, por muy herida que estuviese. Sólo la informaba, creyendo que ella tampoco tendría intenciones de irse a ningún lado.  


Artemis Hemsley

Grulla salió por la puerta prácticamente arrastrando su pierna herida, sin tener ni fuerzas ni ganas de apoyar aquella extremidad. Sentía la herida ardiente y era bien consciente que tanto movimiento imprudente le había hecho mucho mal. Quizás, en un primer momento, la herida pudo haber sido sanada con pocas atenciones, pero ahora mismo… Ahora mismo se había hecho un destrozo por sobre-esforzarse.

Estaba exhausta, pero lo que más abundaba ahora mismo en su interior era rabia. Muchísima rabia por Alice y Samantha Lehmann. No sólo le habían ganado, sino que le habían humillado por un golpe de suerte que en ningún otro momento iban a volver a tener. Grulla tenía muchos defectos, entre ellos un orgullo inquebrantable. No permitiría que esa victoria quebrantara su voluntad: ahora tenía más motivos no sólo para ir a por ellas, sino para meterlas entre rejas sin misericordias de por medio. No las había atacado por la espalda antes de irse sólo por precaución: sería muy sádica y no tendría escrúpulos, pero era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que aquello había sido una derrota y tentar a la suerte no era buena maniobra si podías optar por una segunda oportunidad.

Huyó por un camino alternativo al que habían cogido las chicas, escondiéndose en un lugar en medio del pasillo; un lugar secreto y oculto. Creó en su pierna unos hechizos muy básicos que evitarían que aquella herida siguiese sangrando de aquella manera. Tenía que salir de allí, pero tal y cómo estaban las cosas, sólo podía esperar en aquel lugar en donde no sería encontrada hasta que Alice y Sam se fuesen o el hechizo anti-aparición cesase. Mientras tanto esperó, con la cabeza apoyada a la pared, soltando aire por la boca de manera casada y dolorida. Lo único que le pasaba por la cabeza era volver a su despacho: necesitaba contactar con la persona a través del espejo, aquella a la que podía confiarle todo.
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Gwendoline Edevane el Mar Ago 07, 2018 1:33 pm

Un consejo que podría ofrecer a quien se encuentre leyendo estas líneas en estos momentos es que no piense que el sonido no puede matar; puede, y de hecho, existen armas creadas por los muggles a tal efecto. Y una muerte provocada por este tipo de armas no es precisamente rápida e indolora.
Aquel hechizo lo había utilizado yo en una ocasión, en el pueblo de Hogsmeade, para dispersar una multitud ante un posible ataque de los radicales. Habían sido pocos segundos y aún así me había quedado un leve pitido en los oídos durante horas. Y todo esto habiendo sido yo la conjuradora, quien empuñaba la misma varita que Sam tenía en sus manos.
No quería ni imaginarme lo que habría sido para Sam, quien no solo había recibido el hechizo de pleno, si no que había permanecido varios segundos atrapada bajo su influencia, recibiendo el choque de una onda de sonido tras otra. Los gritos de hacía unos segundos me daban una idea de lo horrible que había tenido que ser para ella. Solo de pensar que había pasado aunque fuese un segundo padeciendo un dolor tan horrible me hacía sentir culpable, recordando lo que los Crowley le habían hecho padecer.
Mis oídos pitaban también, pero ignoré esta molestia para centrarme en ella. Respondió afirmativamente a mi pregunta, pero segundos después me quedó claro que era mentira: Sam se miró la mano de la varita, cuya palma estaba manchada de sangre. Preocupada, le aparté el pelo—que también se había manchado de sangre—para ver el motivo del sangrado. La sangre había brotado de su oído derecho, y como comprobé un poco más tarde, también del izquierdo. Y cuando salía sangre de un oído no era buena cosa.

—Tranquila. No es nada.—Intenté mantener la calma, y a consecuencia, mi voz sonó baja y suave; pero no estaba tranquila. Cuando volviésemos a casa, querría examinar sus oídos y prepararle algún tónico sencillo que la ayudase a reparar aquellas lesiones. Sin embargo, si se escapaba a mis habilidades, tendría que hacer una visita a San Mungo y contar alguna mentira. O darle un telefonazo a Bea para que avisase a Laith. Lo que tenía claro era que no pensaba permitir que mi amiga se quedase sorda ni que tuviese que pasar por las secuelas de un posible daño cerebral sin la pertinente ayuda médica. Podríamos avisar a Caroline, para que nos mande a ese hombre, Ryosuke, pensé. Como es evidente, me había empezado a olvidar un poco de la situación en que nos encontrábamos.

Sam intentó ponerse en pie, y como todas las Lehmann que había conocido en mi vida eran unas tozudas redomadas—solo la conocía a ella, de hecho—dio igual que yo intentase lo contrario: Sam se puso en pie, y finalmente me resigné a ayudarla. No fue la mejor idea del mundo, pues cuando su cuerpo recuperó la verticalidad, sufrió un leve mareo. Me aferré a ella para que no cayese, mirándola a los ojos con preocupación. Esto podría ser peor de lo que esperaba…
Sam pronunció mi nombre unos segundos después, mirando algo por encima de mi hombro, y yo me giré para ver a qué se refería. Hemsley se había puesto en pie—o más bien, se había incorporado lo suficiente como para no arrastrarse por el suelo—e iniciaba una renqueante huida, varita en mano. En aquel momento llegó a darme un poco igual el hecho de que Hemsley me hubiese visto la cara. Que le aprovechase, pues quién de verdad me preocupaba era Sam. Sin embargo, precisamente el pensar en Sam fue lo que me impulsó a ir tras ella: Hemsley le había hecho aquello, y solo de pensarlo me invadía la rabia. Apreté los dientes, mirando con odio la puerta a través de la cual había desaparecido, y tomé una decisión.

—Espérame aquí.—Dije sin mirar a Sam. Posiblemente no me hubiese escuchado, tal y cómo debían zumbarle los oídos; si a mí me pitaban, ella seguro que estaba peor. El caso es que no esperé respuesta suya y salí corriendo tras Hemsley.


***



No invertí demasiado tiempo en buscar a Hemsley, teniendo en cuenta que Sam no se encontraba bien. ¿Desmemorizar a la mortífaga? Sin duda era algo importante para mi libertad, no iba a negarlo. Sin embargo, era mucho más importante para mí el asegurarme de que Sam recibía atención médica inmediatamente. O lo que en nuestro caso pasaría por atención médica: mis cuidados de sanadora primeriza. Si tenía que recurrir a ayuda externa, lo haría, pero sabía que Sam sería reticente a ello.
Recorrí de vuelta los metros de pasillo que me separaban de la estancia donde había tenido lugar el enfrentamiento con Hemsley, y no me sorprendió lo más mínimo encontrarme a Sam apoyada en el umbral de la puerta. Fui hacia ella de inmediato, recorriendo los últimos pasos al trote. Tomé uno de sus brazos para evitar que cayese a causa de otro mareo provocado por el daño del hechizo, en el cual intentaba no pensar demasiado para no entrar en pánico. Le dediqué una pequeña sonrisa.

—Te dije que me esperases. Nunca me haces caso.—Protesté, aunque no lo hice en serio. Era una ley cósmica del universo entre nosotras: una pedía algo, y la otra desobedecía, todo ello en un intento de salvaguardar la seguridad de la otra.—No he encontrado a Hemsley. Supongo que ha debido escapar. Esa mujer es escurridiza como una sabandija.—Ni siquiera entonces me preocupé demasiado por el paradero de Hemsley. Tenía unas prioridades, y mi prioridad número uno estaba delante de mí. Le puse una mano en la mejilla, centrando mi atención en sus ojos, buscando alguna anomalía en sus pupilas. Parecía no haber ninguna.—¿Nos vamos a casa? Quiero asegurarme de que todo anda bien dentro de esa cabecita tuya.—Volví a sonreírle, esta vez con un poco más de convicción, para comprendiese que estaba bromeando.


***

Arthur Payne y Douglas Dagon

¡Dog, eres un puto imbécil, joder!Exclamó Arthur Payne mientras arreaba una patada a uno de los maceteros de la entrada del edificio, visiblemente furioso y frustrado por cómo las cosas habían terminado.

La patada tuvo consecuencias muy negativas para el aspirante a mortífago: se hizo daño en el dedo gordo del pie. El golpe envió un latigazo de dolor pierna arriba que hizo a Payne ver las estrellas. Sin embargo, a pesar del dolor inicial tan intenso, apretó los dientes y cerró los ojos a fin de no demostrar lo mucho que le había dolido; después, apoyó el pie en el suelo y disimuló. Ya bastante humillado se sentía.

¡¿Yo?! ¡¿Por qué?!Preguntó Douglas Dagon con indignación, dándose la vuelta para enfrentar a su amigo… o supuesto amigo, más bien.

¡¿Que por qué?! ¡Joder, ves a Lehmann y lo único que se te ocurre hacer es decir: ‘Es Lehmann’!A pesar del dolor en su pie, Arthur hizo su mejor imitación de la voz de un imbécil al pronunciar la última frase, pretendiendo dar a entender que su amigo hablaba como un imbécil.¡Joder, tenía ganas de echarle el guante a esa zorra!Payne todavía recordaba el tiempo que Lehmann y él habían sido compañeros de trabajo en el Ministerio… y tenía muchas ganas de ponerle las manos encima.

¡Se nos ha escapado a los dos, pedazo de gilipollas!Se defendió Douglas Dagon. Ni él ni su compañero habían caído en la cuenta de que jamás habían visto a Samantha Lehmann, solamente un espejismo creado mediante la magia por la fugitiva.Además, ¿qué carajo ibas a hacer con ella? ¡Esa tía para la que trabajas la quiere viva!Douglas Dagon tuvo mucha suerte de que Artemis Hemsley no estuviese allí para oírle hablar de ella de esa manera. Habría pagado las consecuencias, sin duda.

Exacto: viva. En ningún momento Grulla me prohibió que me divirtiese un poco con ella. ¡Joder, Dog! No tienes nada de imaginación, salvo para tus putas novelas de hombres lobo.Las palabras de Arthur Payne tenían unas implicaciones demasiado siniestras, y que helarían la sangre a cualquier mujer o persona normal.

Y no, no es que Douglas Dagon no tuviese imaginación; simplemente, le asqueaba ese tipo de conducta. Podía ser influenciable, podía ser leal a Payne hasta la médula—por mucho que este se empeñase, en pocas palabras, en tocarle los cojones. Pero había algo en su amigo que le asqueaba: su machismo. Su pensamiento de que las mujeres eran inferiores.
Douglas Dagon era una persona que creía que, fugitiva o no, una mujer tenía derecho a una cierta dignidad, y no le gustaba nada lo que estaba insinuando su amigo.

Mira, tío… Se ha escapado y ya está, ¿vale? Volvamos al apartamento y acabemos la puta noche en paz...Sugirió finalmente Douglas Dagon.

Sin esperar respuesta de su amigo, se encaminó al ascensor y pulsó el botón; Payne, por su parte, lo miró de la misma manera que miraría a un hijo retrasado. Sin embargo, a él tampoco le apetecía seguir buscando a una persona que claramente no estaba allí. Así que se encaminó al ascensor también, negando con la cabeza...
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Ago 08, 2018 3:39 am

Eh, pero... —Susurró, sin saber por qué se estaba yendo Gwen, de repente, de su lado. Teniendo en cuenta que Sam estaba mirando hacia el fondo y que no escuchaba nada, mucho menos si lo decían en bajito, lo único que vio fue a Gwen alejarse de ella hacia la puerta de manera repentina. —¡Gwen, no vayas tú sol...! —Alzó un poquito la voz para que su amiga pudiera escucharla antes de rebasar la puerta, pero ni siquiera terminó la frase. ¡¿Cómo era posible aquel dolor tan horrible?! ¡Todo era demasiado intenso! ¡Hasta hablar le dolía! Se llevó ambas manos a la cara, presionando su cabeza como si estuviese evitando que explotase. Miró la puerta por la que había salido su amiga y se decidió ir hasta allí, pese a que la columna en donde se encontraba parecía ahora mismo su base estable. Estaba segura de que si se soltaba, posiblemente volviese a terminar en el suelo, pero bueno, con la de veces que había caído, poco le importaba. Justo cuando se había auto-convencido de saltar a la cuerda floja, vio en el suelo su navaja mágica, un utensilio que si bien había usado poco durante toda su etapa como fugitiva, las pocas veces que lo había hecho habían sido decisivas.

Atrajo la navaja hacia ella con la varita, metiéndola en el bolsillo de su pantalón. Luego se soltó tras fijar como objetivo la pared más cercana, llegando allí y sintiendo que de nuevo un punto de apoyo era su alivio. No se cayó, pero se paró durante unos largos segundos, con la mente en otro mundo y la frente apoyada a la pared, con los ojos cerrados. “Venga, si no me he muerto ya, es que de esta salgo… La vida está poniéndome a prueba. Otra vez.”

Caminó hacia la puerta de salida pegada a la pared, asomándose justo para ver como Gwendoline volvía hacia ella por el pasillo. Con alivio, al dar un paso hacia la morena, volvieron a flaquear sus fuerzas, siendo sujetada de vuelta por ella. Suspiró de desesperación por no controlarse a sí misma, mirando a Gwen a los labios cuando ésta empezó a hablar. Cualquiera diría que los estaba mirando con deseo, recordando lo que pasó fuera de la maleta, pero por desgracia no. Ahora mismo su mente no podía ir más allá de ese intensa presión que sólo le recordaba lo jodida que tenía que estar como para que le ardieran los oídos. Sólo estaba mirando sus labios con curiosidad, apoyándose de esa lectura para escuchar bien lo que decía. Asintió a la pregunta, dándose cuenta de que era una mala idea asentir. —Vámonos... —Aceptó sin dudar con voz suave.

Ambas caminaron por el pasillo hasta el despacho en el que todo comenzó. Sam se había ayudado tanto de la pared como de su amiga para no volver a trastabillar con su propia desorientación, la cual le estaba sacando de quicio. Llevaba mucho tiempo como fugitiva y no era la primera vez que se sentía inútil cuando no debía de sentirse inútil y eso la cabreaba muchísimo. Quizás Gwen dijo algo por el camino, pero Sam estaba tan concentrada en no morirse—ella, tan dramática como siempre—que inconscientemente la ignoró. Llegar al despacho tampoco fue tranquilo, ya que estaba esa escalera que Gwen tanto odiaba y Sam ya miraba con desconfianza y no solo eso: fuera de aquella maleta estarían los dos tipos con los que habían tenido que lidiar antes de introducirse en ella. Y la verdad es que ahora mismo se encontraba incapaz de todo. Subió aquellas escaleras con lentitud y parsimonia y, una vez arriba, fue Gwendoline quién la sujetó para aparecerse con ella en casa. Gracias a Merlín el encantamiento anti-aparición no estuvo en ese momento en su vida.

Lo único bueno de esa aparición había sido llegar a casa, literalmente.

Aparecieron en medio del salón de la casa de Caroline y si ya de por sí la aparición podía llegar a ser un método bastante inestable para un ser humano en un estado normal, pues era una traslación mágica muy fuerte, en aquella ocasión y en el estado de Sam, fue una bomba instantánea. Primero un mareo inhumano que la desestabilizó, para entonces comenzar a sentir náuseas… Sintió como Gwen intentó ayudarla, pero Sam de manera totalmente inconsciente se apartó de ella de un poco brusca para correr hacia el baño. Se chocó con el hombro en el marco de la puerta, para finalmente arrodillarse frente al retrete y…

Bueno, todos hemos vomitado alguna vez en nuestra vida por beber exceso de alcohol, ¿no? Pues esto era peor, pues parecía que se le estaba saliendo el cerebro y el estómago, todo a la vez. Jamás en su vida se había puesto a vomitar por náuseas provenientes de un vértigo irracional y acababa de comprobar que no era nada bueno. Al terminar escupió, débil y asqueada, para entonces tirar de la cadena y beber agua del grifo del bidet, sin ganas de ponerse de pie para beber del lavamanos. Lo mismo era. Luego se quedó allí apoyada al bidet, haciendo que su mochilita cayese por su espalda hacia abajo y sin darse cuenta de que tanto su amiga como su cerdito y su perra—Don Gato no, ese señor gatuno debía de estar en su séptimo sueño bajo las mantas de la cama de Sam—estaban en la puerta, mirándola. Había cerrado los ojos, evadiéndose en ese pitido infinito y, por primera vez, soltó la varita conscientemente en el suelo del baño ahora que estaba “más relajada”.

Hubo un momento, sin embargo, que escuchó una voz de fondo y, teniendo en cuenta de que allí solo estaba Gwen y, hasta el momento no hablaba con los animales, se sintió aludida pese a no tener ni idea de qué había dicho. Miró hacia donde creyó que provenía el ruido. Allí estaba ella. —¿Qué? —preguntó, por si acaso había dicho algo. Ella no había escuchado nada, ¡pero es que literalmente, escuchaba de puta pena! Finalmente, se decantó por decir la verdad, ahora que estaban en un lugar seguro. —Gwen… —Se quejó, con una voz bastante suave que denotaba vulnerabilidad, sin esperar a que repitiese nada. —Me encuentro muy mal… —Retrocedió en el suelo sentada, hasta apoyar su espalda contra la pared justo enfrente del bidet, llevándose las manos a la cara. —No quiero estar de pie, sólo siento que me voy a caer. La cabeza… me duele mucho. Y los oídos… —Y apoyó los codos en sus piernas, manteniendo las manos sobre su rostro fruncido, con los ojos cerrados.

Y ahí se quedó, intentando meterse en su propia burbuja en la que hacer pasar el tiempo más rápido, concentrándose en todos y cada uno de los picos de dolor que tenía en su cuerpo. Lenteja olió el zapato de Sam y, tras lamerlo sin mucho sentido, se fue del baño de nuevo a dormir, pues seguramente ya sería de madrugada. Don Cerdito, sin embargo, se metió bajo las rodillas flexionadas de la rubia, quién no hizo nada para recibirlo. Y cuando Samantha Lehmann ignoraba a su amado cerdito es que realmente estaba mal.
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Gwendoline Edevane el Miér Ago 08, 2018 2:05 pm

Salir del escondite de Artemis Hemsley en lo profundo de aquella maleta—a saber lo profundo que podríamos llegar de seguir avanzando a través de aquel lugar—no fue una tarea sencilla. Sam se encontraba bastante mal, apenas capaz de mantenerse en pie, por lo que tuvo que apoyarse en mí durante todo el trayecto hasta el pie de la escalera; por mi parte, si bien no tenía ninguna lesión de consideración grave, sí empezaba a notar los efectos de la bajada de adrenalina, y el dolor en diversos puntos de mi cuerpo. Especialmente la espalda.
No protesté. Me limité a ayudar a Sam a caminar, susurrándole palabras de ánimo aún a pesar de que probablemente no podría escucharme. Me preocupaban sus oídos, y esperaba que aquel daño tuviese remedio; lo demás, estaba segura, se arreglaría. Pero los oídos… No pienses en eso, me sugerí a mí misma, y acepté la sugerencia.
La escalera fue otra gran prueba. Teniendo en cuenta que solo podía subir una de las dos a la vez, temía lo peor. Consideré que la mejor manera de hacerlo sería que Sam fuese primero, y yo me quedase atrás, varita en mano, dispuesta a frenar su caída con un Aresto momentum. Por fortuna, no hizo ninguna falta echar mano del hechizo: Sam logró llegar arriba, aunque con gran dificultad.
Una vez me encontré arriba, por mera precaución cerré la maleta. Sí, probablemente los dos tipos que la estaban vigilando ya habrían sido alertados por Hemsley de lo ocurrido, pero de alguna forma me pareció oportuno hacer aquello. Y una vez hecho, volví a sujetar a Sam. Era el momento de desaparecernos.
Mientras iniciaba el proceso de la desaparición, escuché como alguien giraba el pomo de la puerta. Sam no se percató por obvias razones, pero yo volví la mirada en aquella dirección. Sin embargo, no me quedé a ver de quien se trataba. Podía imaginarme que serían esos dos.


Casa de Caroline Shepard y Samantha J. Lehmann.
Cerca de la 1:00 AM.

La aparición fue demasiado para el cuerpo de Sam. Fue como si su estómago pronunciase un sonoro ‘¡Yo por ahí no paso!’ y su método de protesta fuese expulsar todo su contenido. ¿Que por qué lo supe? Bueno, la carrera de Sam en dirección al cuarto de baño, tan atropellada que casi se lleva por delante el marco de la puerta con un hombro, fue la primera pista; la segunda fueron los sonidos que procedían del cuarto de baño cuando me acerqué a comprobar si Sam se encontraba bien.
Ante aquellos sonidos, decidí brindarle privacidad. A nadie le gusta que le miren mientras vomita, y generalmente ver a alguien vomitar tampoco es muy agradable. Así que esperé, apoyada al marco de la puerta, con la mirada puesta sobre el salón recibidor. Y por allí fue por donde aparecieron Lenteja y Don Cerdito. Los dos animales me dedicaron una mirada interrogante, Lenteja ladeando su cabeza, casi como si estuviesen preguntando si todo iba bien. A pesar de mi preocupación, logré componer una sonrisa.

—Hola, chicos. ¿Qué tal os va la noche?—En otras circunstancias me habría reído ante mi propio comentario, pero todavía no estaba lo suficientemente tranquila. Necesitaba ver el alcance de los daños de aquel hechizo sobre Sam. Estaba casi segura de que yo sola no podría hacer gran cosa, pero podía intentarlo.

Cuando por fin dejé de escuchar sonidos desagradables procedentes del interior del baño, me aventuré a asomarme. Sam estaba todavía inclinada sobre la taza del retrete, pero seguía consciente. Lenteja y Don Cerdito también se asomaron, pero de manera casi respetuosa, ninguno de los tres traspasó el umbral.

—¿Te encuentras mejor?—Pregunté, consciente de que Sam todavía no estaba mirando en mi dirección, y de que posiblemente no me escuchase.

No me equivocaba. Cuando se dio la vuelta, fue más bien, creo yo, porque intuyó nuestra presencia tras ella, tal vez por un cambio en la iluminación o algo por el estilo. Sus palabras me dejaron claras dos cosas: que no me escuchaba todavía, y que se encontraba muy mal. Intenté disimular mi preocupación, pero no lo conseguí. Estaba demasiado preocupada por ella. Abrí la boca para responderle, dándome cuenta de que sería inútil hablar, y en su lugar alcé el dedo índice de mi mano derecha, seguido de otro con la palma abierta. Un ‘Espérame un segundo’ en un lenguaje de signos muy tosco.
Fui a rebuscar en los cajones de la cocina. Todo el mundo guardaba ahí lo que yo necesitaba en ese momento, y me alegré de comprobar que Sam y Caroline tenían la misma costumbre. Regresé entonces al baño, con mi amiga, que seguía allí sentada, en compañía de su cerdito. Me senté en el suelo junto a ella—sintiendo un punzante dolor en la espalda al hacerlo—y comencé a escribir en el pequeño cuaderno que había cogido de la cocina.


Texto del cuaderno:

Transcripción: Vamos a limpiarte un poco. Después de ayudaré a llegar a la cama.

Le mostré a Sam lo que había escrito, con una mirada en los ojos que buscaba su aprobación. Ella estuvo a punto de asentir con la cabeza tras leer el pequeño texto, pero pareció pensárselo mejor, y finalmente levantó el pulgar de la mano derecha a modo de confirmación. Yo asentí, sonriendo de una manera que, esperaba, fuese tranquilizadora.
Así que los siguientes minutos los pasé limpiando la sangre seca del cuello y las orejas de Sam, así como la que había manchado su pelo. Para ello, me serví tanto de una toalla humedecida con agua tibia como de pequeños hechizos de limpieza. No me llevó demasiado tiempo, aunque hice todo lo posible por hacerlo con delicadeza, sin moverle mucho la cabeza en el proceso. Hecho aquello, la sequé con mucho cuidado, con una toalla seca. Entonces me puse en pie, ofreciéndole mis manos para que se levantase.
Al ponerse en pie, Sam sufrió un nuevo mareo, por lo que involuntariamente nos abrazamos para evitar que cayese al suelo. Entonces me pasé su brazo alrededor de los hombros y la ayudé a caminar en dirección a su cuarto. Aquello fue más sencillo de lo que esperaba, y finalmente, cuando Sam estuvo sentada en su cama, me sentí un poco más tranquila.
Siendo imposible para Sam en su estado hacerlo, le desaté los cordones de los zapatos y se los quité, dejándolos a un lado; hecho aquello, la ayudé a subir las piernas a la cama, y a tumbarse con delicadeza sobre la almohada.
Tomé de nuevo el pequeño cuaderno y pasé página, poniéndome a escribir en la siguiente.


Texto del cuaderno:

Transcripción: Voy a llamar a Caroline. Me gustaría que Ryosuke te echase un vistazo. Él sabrá mejor que yo qué hacer. Seguro que te preparará uno de sus remedios japoneses milagrosos y en seguida estarás dando saltos y cabriolas.

Me disponía a mostrarle a Sam lo que había escrito, y entonces me lo pensé mejor, añadiendo un par de líneas más.

Texto del cuaderno:


Transcripción: No te preocupes. Le diré a Caroline que no se ponga nerviosa, que te vas a poner bien.

Era consciente de que, si le decía a Caroline que Sam se encontraba tan mal, sería capaz de presentarse allí. Pero con ayuda de Ryosuke creía estar lo suficientemente capacitada como para ayudar a Sam. Simplemente, necesitaba que ese hombre le echase un vistazo e hiciese que mi amiga volviese a oír. Le mostré la página escrita, de nuevo apoyando aquellas palabras con elocuentes miradas interrogantes. Sobre todo, quería saber si le parecía bien… aunque tampoco es que fuese a darle otra opción, teniendo en cuenta que su salud para mí era lo primero.
Sam volvió a levantar el pulgar, y yo le respondí un una sonrisa, acariciando a continuación su mejilla con el dorso de mi mano.
Así que me senté en el suelo, junto a la cama, y saqué mi teléfono móvil. ¿Y queréis saber lo más gracioso de todo? ¡Por supuesto, que la pantalla se había roto! Menos mal que éramos brujas y podíamos reparar aquellas cosas con simples toques de varita. De lo contrario, nos dejaríamos el sueldo en pantallas para teléfonos móviles.
Marqué el número de Caroline y me lo llevé a la oreja. Me concentré en sonar tranquila cuando la pelirroja descolgó al otro lado.

—Hola, Carol.—Dije con calma, y antes de darle opción a preguntarme cómo estábamos—y por qué no era Sam quien llamaba, pues eso seguramente le extrañaría—se lo expliqué yo misma.—Estamos bien, no te preocupes. De cosas peores hemos salido.—Aquello no era mentira. Sam había sobrevivido a los Crowley, yo a los radicales, así que podría decirse que empezábamos a estar curtidas. Como guerreras.—Escucha, Carol, y por favor, no entres en pánico porque de verdad, ella está bien: necesito que venga Ryosuke a echarle un vistazo, ¿podrías decírselo? Su vida no corre peligro, pero le han lanzado un hechizo y sus efectos superan mis pocos conocimientos.—Caroline se puso un poco nerviosa, a pesar de todo, y tras escucharla preguntar si Sam estaba consciente, y si podía ponerse, respondí.—No podrá escucharte, pero… Espera, ¿tienes tu espejo comunicador a mano?—Caroline respondió afirmativamente.—Vale, ahora nos vemos.—Y corté la llamada.

Me levanté y volví al cuarto de baño, recogiendo la mochila de Sam para volver con ella a la habitación. Una vez allí, rebusqué dentro hasta dar con el espejo comunicador de Sam, entregándoselo. Así ambas podrían, al menos, verse un rato.

—Carol, por favor, avisa a Ryosuke.—Le pedí de nuevo, esta vez por medio del espejo comunicador.—Os dejo un poco de privacidad mientras le preparo a Sam algo para cenar. Y para el dolor de cabeza.

Y dicho aquello me encaminé a la cocina. Sopesé cerrar la puerta del cuarto de Sam, pero preferí finalmente dejarla abierta. Si Sam necesitaba algo, me llamaría, y yo quería escucharla para poder atender a cualquiera de sus necesidades.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Ago 09, 2018 3:27 pm

Notó como su amiga se sentaba a su lado, escribiendo en el cuaderno de la cocina un mensaje. La observó con curiosidad, agradeciéndolo en el alma: SILENCIO. Bueno, mentira. En su cabeza había de todo menos silencio pues, aunque no pudiese escuchar bien lo que venía del exterior, allí dentro parecía que había una banda orquestada por el maestro de la pandereta y los pitos.

Haciendo el mínimo esfuerzo posible, elevó el pulgar para darle el visto bueno. Gwen fue un amor—como siempre era, en realidad—mientras que Sam sólo quería meterse bajo las mantas de su cama y dormir. Dormir largo y tendido hasta que desapareciese el dolor y el ruido; hasta que todo se arreglase por arte de magia. Tenía ganas de darle las gracias a su amiga porque siempre era dulce, atenta y amable con ella, siempre estaba ahí y porque, sin duda alguna, sino llega a quitarle a Grulla de encima, a lo mejor su cabeza terminaba explotando en mil pedazos como en una de esas series gore de anime hardcore. Sin embargo, se limitó a fijar su mirada en ella, con paciencia y lentitud, en cada uno de los rasgos de su cara y siguiendo sus movimientos mientras le ayudaba. No le pasó desapercibido los cortes que tenía en el rostro y que, hasta ese momento, en realidad ni se había percatado. A decir verdad, desde que Grulla huyó, en lo único que pensaba Sam era en irse de aquel sitio, pues después de haber sufrido aquello sólo lo encontraba de lo más agobiante. Desvió la mirada hacia sus brazos, fijándose en que los cortes que tenía eran parecidos, con la diferencia de que Sam debió de verlo venir y ella no pudo protegerse a tiempo. Con aquel silencio y tranquilidad, algo más relajada con todo, subió una de sus manos hasta el antebrazo de Gwen, sujetándolo con dulzura. —¿Tú estás bien? —Le preguntó en voz baja, echando una fugaz mirada a su ceja, en donde tenía un corte que si bien no era enorme, tenía mala pinta.

Con ayuda de Gwen se puso en pie y se fueron hasta su habitación, donde se sentó en la cama con ganas de no levantarse más. Todavía estaba muy mareada, pero le hubiera encantado no sentirse así de inútil y poder devolverle a su amiga todos esos cuidados que siempre tenía con ella, tan delicada como siempre era con Sam. —Gracias. —Susurró, acostándose boca arriba mientras la observaba volver a escribir. Al leer, Sam no pudo evitar señalar la palabra “cabriolas” con el dedo índice, sonriendo divertida al imaginarse saltar como una cabra en medio del campo y fingiendo balar como una cabra. Sin embargo, baló fatal y sólo pudo ampliar la sonrisa, haciendo que le doliese hasta la cabeza. Se llevó la mano a la frente, intentando parar de reír, pero el hecho de que le doliese la vida al reírse le hacía gracia, así que aquello era un maldito círculo vicioso. Al final, suspiró. —Caroline se va preocupar mucho y quiero pensar que durmiendo se me va a pasar todo… ¿de verdad crees que hace falta llamar a Ryosuke? —añadió con su mismo tono de voz, tan suave como un susurro.

Sabía que Caroline se preocuparía mucho y no quería llamar a Ryosuke porque a su lado siempre se sentía la paciente. Y estaba un poco… harta de tener que sentirse siempre la paciente; la débil. Que si lo piensas: mejor que sea ella, a que sea otro, ¿pero acaso no podía ser ninguno? Siempre tenía que haber alguien y tenía la sensación de que sólo se rodeaba de gente que tenían que terminar socorriéndola en algún momento. Que uno piensa: "no te quejes, que tienes a gente que se preocupa por ti", pero madre mía, sólo quería volver a ser independiente.

Vio como Gwen llamaba a Carol, a lo que se acercó a ella, poniendo su cabeza justo en el borde de la cama en donde estaba la de su amiga, para poder escuchar aunque fuese un poquito la conversación que tenía con Carol. Lo del espejo comunicador le pareció una idea excepcional, a lo que Sam intentó colocarse mejor para intentar no tener cara de muerta para Caroline.

Acostada en la cama de costado, sujetó el espejo comunicador, viendo a su pelirroja al otro lado con rostro preocupado. Cuántas veces habría visto esa mirada por su culpa. Sólo esperaba que no viniese a casa pensando que era más grave de lo que en realidad era. No quería que dejase el trabajo y todo lo que estuviese haciendo por su culpa. Fue ella la primera en hablar, cómo no. Con los reflejos y la parsimonia de Sam en aquellos momento, hasta una tortuga parecería hiperactiva a su lado.

¡SAAAAAAM! ¿ESTÁS BIEN? ¿Qué pasó? ¿Por donde andaban? ¿Quién te hizo eso? ¡Arg! ¡Que le partiré la cabeza a quien haya sido el causante, ¿sabes?! ¿¡Por qué no hay espejos enteros? ¡No te veo bien! —Gritaba, con un puchero, pegadísima al espejo como si quisiera atravesarlo. Sam veía claramente como la nariz se le aplastaba contra el espejo. Escucharla la escuchaba, sin duda.

Tuvo que sonreír al ver aquello, llevándose la mano libre a la frente y cerrando los ojos. Por norma general la voz de Caroline es un regalo: PERO HOY NO ERA ESE DÍA. —Te iba a decir que no te escucharía, pero con esos gritos te habrá escuchado hasta el vecino... —avisó a Caroline con voz suave a través del espejo. Sam susurraba prácticamente, a contrario que su amiga. Lo cual era normal por parte de la pelirroja, ya que si no Sam no escucharía nada.

¿Del 1 a Crowley, cómo estás? No me mientas. —Volvió a decir en voz alta. No gritó tanto como antes, pero lo suficiente como para que algo llegase, por no contar que Sam había abierto los ojos para poder leer sus labios.

Le hacía gracia esa pregunta; una pregunta que había salido de lo evidente: lo peor que había estado Sam nunca había sido después de lo de los Crowley y después de tanto tiempo lamentándose por eso, una ya empezaba a tomárselo con cierta filosofía. Además, era un buen método para hacer que Caroline despejase cualquier duda de que estaba grave a ese nivel.

Pues podríamos crear una nueva escala Hemsley. —Opinó, sin ser muy objetiva. Ahora mismo se sentía fatal y lo valoraría como un veinte, pero no podía comparar en absoluto el daño recibido por los Crowley a lo que le había hecho Hemsley esa noche. Nada que ver. Los Crowley querían hacerla sufrir para que hablase, mientras que Hemsley solo quería dejarla fuera de combate lo más rápidamente posible. Cosa que consiguió.

¿FUE HEMSLEY? ¡MALDITA PERRA! LA HARÉ TROCITOS, ¿SABES? PAPILLA, POLVO, ARENA, CUALQUIER COSA CHICA QUE SEA APLASTABLE. —Gruñía con el puño apretado y el ceño fruncido y marcado. Sam había optado por alejarse lo máximo posible del espejo. Le valía con escucharla como si estuviera al fondo de la cueva si no quería que le estallase la cabeza.

Es diferente, Carol, pero estoy bien. Sólo necesito descansar… y tus gritos me están martilleando la cabeza —añadió, en voz baja. —Tu manda al japonés guapo, que él me arreglará... otra vez.

Llamaré al japonés guapo para que vaya de inmediato. —Aclaró, echándole una mirada traviesa a Sam. Cogió su móvil con la otra mano que no tenía el espejo y comenzó a llamar a Ryosuke, sin parar de mirar a Sam mientras sonaban los pitidos del móvil. —MUÉSTRAME TU OREJA.

Sam se apartó el pelo.

¿ESO QUE VEO AHÍ ES SANGRE? AY, SAM, ¿NO QUIERES QUE VAYA?

Sam se asustó, pues ella no había notado que le volviese a salir sangre en ningún momento después de que Gwen le ayudase, por lo que cogió el espejo de Caroline y le dio la vuelta, para poder verse la oreja con el otro, el cual pertenecía al espejo comunicador que tenía con Gwen y ahora no estaba activo: obviamente no había sangre. Sam se fue a quejar por el susto inesperado, pero justo Caroline ya hablaba con Ryosuke en un perfecto japonés que para Sam era el idioma del Ñu. “Ñuñuñú ñañá, ñiñiñi”. No entendía ni patata.

Ya está, debe de estar por llegar… —Dijo Carol, para entonces darse cuenta de un detalle. —¿Me tienes al revés? ¡Dame la vuelta, Samantha!

Mierda. Sam le dio la vuelta al espejo, justo a tiempo de ver a Ryosuke aparecer en mitad de la casa de Caroline y Sam. Él tenía permiso, claro. Después de lo que había hecho por ellas, como si quería venir a casa de Caroline y Sam exclusivamente a hacer caca o a ver enterrar un cadáver. Lo primero que hizo Ryosuke fue saludar a Gwen con la mano y una sonrisa achinada, pues estaba en la cocina. No la conocía personalmente, pero Caroline le había hablado de ella y reconocerla fue fácil. Luego se limitó a señalar a la habitación de Sam, como pidiendo permiso a la morena al escuchar la voz de Carol tan frenética como siempre..

¡Ahí está! ¡Ryo! ¡Ven! —Gritó Caroline desde la habitación de Sam al ver a Ryo aparecer por la puerta. —¿Le trajiste los chocolates que te pedí? Abrazala por mí. Un abrazo fuerte. Que te estoy viendo, japonesín —advirtió al japonés, acercando el espejo a sus ojos.

Ryosuke rió ante la “amenaza” de Caroline, para entonces dejar su maletín al lado de la cama de Sam y sentarse justo al lado de la rubia. Miró directamente el espejo, llevándose el dedo índice a los labios para hacer que Caroline bajase la voz al ver la cara de la rubia.

Ahora vete a cuidar kappas, que yo me encargo de tu amiga. Nos vemos. —Y fue el mismo Ryosuke quién le quitó el espejo a Sam y lo cerró. —Caroline es muy intensa. Y encima me he olvidado del chocolate. No quería enfrentarme al diablo que lleva dentro por olvidarme los chocolates —confesó con una sonrisa encantadora, dejando el espejo a un lado. Se dio cuenta de que Sam estaba en modo acosadora de labios y que no rió a su chiste, motivo por el cual asumió que no debía de haberle escuchado nada debido al tono tan suave que usó. Y no quería alzar la voz, porque sería peor para ella. Así que Ryosuke se acercó el maletín, viendo por el camino el cuaderno que había usado Gwendoline y leyendo lo que había escrito. Pensó que era muy buena idea, por lo que abrió su maletín sobre su regazo y sacó un bloc, además de una vuela-pluma. Dejó ambas cosas flotando en el aire, justo delante de Sam. —Voy a hablar muy bajito. No intentes leerme los labios porque mi inglés es pésimo, así que lee. —Decía, mientras la vuela-pluma lo escribía al mismo tiempo.

Es muy frustrarte verte hablar y no escuchar nada —confesó, intentando sentarse en la cama.

Pues la próxima vez invítame a tomar un té cuando no estés convaleciente, ¿sólo me quieres para que te cure? —Y, como buen médico despistador, se acercó y le apartó el pelo de la oreja para ver si había sangre.

Y Sam lo miró, con una tímida sonrisa, tras leer.

Fue idea de Gwen —dijo Sam, mirando hacia la puerta, en donde estaba la morena apoyada.

Ryosuke se giró, para volver a mirar a Sam.

Ella me quiere más que tú y eso que no me conoce. —Y el japonés se levantó para saludar con propiedad a la chica, con dos besos y una presentación.

"¿Qué qué dijeron, me preguntas a mí? ¿A la sorda?" Lo que sea que se dijeron, la vuela-pluma parece que tampoco lo escuchó. Sam simplemente miró, como quien ve una película en mute cuyos subtítulos no funcionan. Lo que sí pudo ver es como Ryosuke se hacía un lado para hacer pasar a Gwen y, a medida que se acercaron unos pasos, la vuela-pluma comenzó a hacer su trabajo, transcribiendo tanto lo que decía uno como el otro. ¡Así sí!

Ahora la voy a revisar, pero antes de sacar conclusiones precipitadas... ¿me podrías decir qué le pasó? —Miró a Sam. —Te preguntaría a ti, Samantha, pero cada vez que hablas frunces el ceño. No quiero hacerte sentir dolor hasta saber qué tienes. —La legeremante se limitó a alzar de nuevo el dedo pulgar, a lo que Ryo sonrió. Ella bajó la mirada, para descansarla. —¿Fue víctima de algún hechizo o producto de algún objeto maldito? ¿Hubo sangrado? Por el nivel que parece tener apostaría a que sí pero... ¿Algún otro síntoma? Tiene la mirada perdida, pero no sé si por mareos, cansancio o porque también pueda tener problemas de visión o, bueno... en la cabeza. —Carraspeó. —Cuéntame todo mientras empiezo.

Se sentó al lado de Sam, apartó su pelo con suavidad hasta posarlo por detrás de la oreja, para entonces con un hechizo hacer medio transparente la zona de la oreja izquierda, para poder ver con bastante más claridad el interior e identificar los daños.

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Gwendoline Edevane el Jue Ago 09, 2018 8:56 pm

Un par de cortes en la cara, recibidos además de rebote, y unas cuantas contusiones, no podían compararse con lo que a Sam le había ocurrido. Y sin embargo, allí estaba Sam, no en su peor momento pero sí en uno malo, pálida tras acabar de enviar el contenido de su estómago a lo más profundo del infierno, y evidentemente mareada y desorientada, preocupándose por mi estado. ¿Y estaba yo bien? Sí, sin duda. Quizás me doliese todo, quizás Sam estuviese en malas condiciones, pero estábamos vivas. Habíamos salido de aquello caminando, habiendo derrotado a una mujer que nos superaba en poder. Sin sentirnos indefensas. Así que no pude evitar sonreír ante su pregunta, asintiendo con la cabeza y levantando mi pulgar derecho como hacía ella cada vez que quería decir que sí.
Artemis Hemsley, sin duda, era una persona horrible. Una de las peores personas que había conocido en mi vida, a juzgar por los recuerdos que Savannah nos había prestado, y quizás hubiese costado y hubiésemos salido heridas, pero habíamos ganado. La sensación general era de triunfo. Cierto, ahí estaba ese miedo a que lo de Sam fuese permanente, que tras todo lo malo que había superado, un maldito hechizo la fuese a dejar sorda, pero me sentía positiva. Creía que todo saldría bien desde ese momento.
Ya en su cuarto, volví a sonreír a mi amiga, depositando una mano sobre su hombro, antes de llamar a Caroline Shepard, la otra persona en este mundo en la que más confiaba. Sam protestó, como yo esperaba, pero mi única respuesta, sin recurrir al papel y al bolígrafo, fue encogerme de hombros, casi como si quisiese decirle que no quedaba otra: quizás estuviese exagerando, y quizás el malestar que sufría Sam se pasase con el tiempo, pero prefería que alguien con conocimientos médicos de verdad echase un vistazo a Sam, y no una aficionada como yo.
Así que llamé. Y cuando Caroline Shepard estuvo al tanto de lo ocurrido, puse en contacto a ambas amigas, legeremante y magizoóloga, por medio de los espejos comunicadores, dándoles un poco de privacidad mientras me iba a la cocina.
¿Creéis que no escuché nada? Bueno, os equivocáis. No escuché a Sam, quien a pesar de apenas no escuchar nada, fue capaz de susurrar casi; a Caroline la escuché a la perfección, mientras dedicaba mis esfuerzos a cortar pan para prepararle a Sam un sandwich con el que recuperar fuerzas.
Cuando escuché a Caroline asegurar que le partiría la cabeza a la responsable de lo ocurrido, no pude evitar echarme a reír, y a consecuencia, casi me llevo por delante un dedo con el cuchillo para cortar pan. Por suerte, tuve suficiente agilidad como para llevarme la mano a la boca y evitar el corte mortal. La pelirroja también consiguió que su siguiente pregunta me hiciese gracia, a pesar de haber mencionado el apellido ‘Crowley’.
Aquello me llevó a pensar, precisamente, en lo distinto que debía ser aquello para Sam con respecto a los Crowley. Es cierto, le dolía todo el cuerpo y posiblemente estuviese deseando dormir hasta que se le pasase del todo, pero había algo que diferenciaba ambos casos: Sam no se había sentido indefensa. Y ese que, dentro de todas sus carencias como ser humano, Artemis Hemsley no buscaba hacernos daño de manera viciosa, a diferencia de Vladimir y Zed Crowley. La mortífaga tenía un objetivo, y para conseguir lo que quería, si no se lo dábamos, no le quedaba más remedio que vencernos. Pero no creía que esa mujer realmente quisiese hacernos daño sin más.
O al menos no antes de que la derrotásemos, claro; quizás a raíz de aquella noche sus prioridades cambiaran.
De nuevo, Caroline amenazó con hacer pedacitos a Hemsley, y yo tuve que reírme una vez más. Me podía imaginar a Sam mirando el espejo, con cara de ‘¡Por favor, no grites, que me duele!’, mientras Caroline se remangaba y levantaba los puños, dispuesta a pegarle un par de puñetazos bien dados a la mortífaga.
La conversación entre ambas no fue demasiado larga, pero me permitió prepararle a Sam un emparedado con algunos elementos vegetales que había en su nevera: lechuga, unas rodajas de tomate, zanahoria rallada, un poco de hummus casero y pedazos de aguacate. Una vez terminado aquello, preparé también la debilidad de Sam: chocolate caliente, que por suerte estuvo listo en seguida gracias a la magia. Cuando estuvo terminado, coloqué unas hojas de menta flotando sobre el chocolate, un pequeño detalle que daría un buen aroma a la bebida caliente.
Estaba colocándolo todo en la bandeja justo cuando Ryosuke, aquel maravilloso ser humano que había salvado la vida a Sam cuando los Crowley la habían torturado, hizo acto de aparición en el salón. Él saludó al estilo occidental, de manera amable, y yo le devolví el saludo a la manera oriental: inclinándome hacia delante en una breve reverencia, con las manos a ambos lados de mi cuerpo.
Asentí al japonés cuando indicó la habitación de Sam con su mano, como si estuviese dándole permiso para entrar cuando realmente aquella no era mi casa; el hombre entró sin dudarlo, su maletín a mano y listo para atender a Sam. Esperaba que se sintiese aliviado por ver que, en esta ocasión, su paciente no tenía tan mal aspecto como la anterior ocasión en que, literalmente, había tenido que traerla de entre los muertos.
Con un movimiento de varita, la bandeja con la taza y el plato del sandwich se elevó y me siguió, mientras yo caminaba tras Ryosuke dentro de la habitación. Resultaba curioso conocerle por fin, habiendo escuchado hablar tan bien sobre él. Mientras recorría el pequeño trecho de salón que me separaba de la habitación de Sam, escuché a Caroline hablando con Ryosuke a través del espejo, y casi empiezo a reírme de nuevo. Tras esa breve conversación, Ryosuke cerró el espejo comunicador y se dispuso a atender a Sam.

—No te preocupes.—Respondí cuando el japonés terminó de explicarle todo a Sam, a la mención del chocolate. Dejé reposar la bandeja sobre el escritorio de Sam.—Por fortuna, en esta casa nunca faltará el chocolate. Literalmente: puede acabarse cualquier cosa, ¿pero el chocolate?—Negué con la cabeza, sonriendo de manera divertida al japonés, mientras Sam nos observaba con la misma expresión del que ve una película en coreano con subtítulos en ucraniano.Konnichiwa. ¿Lo he dicho bien?—Añadí, buscando el saludo correcto entre mi escaso repertorio de japonés.

Konbanwa.Corrigió el japonés con una amable sonrisa en el rostro, quizás divertido ante mi intento de hablar japonés.Konnichiwa significa ‘Buenas tardes’, y creo que aquí la tarde hace tiempo que terminó.—El japonés me saludó con dos besos; me costó un poco corresponderle de igual manera, pues no le conocía y no tenía gran confianza, pero igualmente lo hice.—Tú debes ser… ¿Gwendoline? ¿Así te llamabas?—Ante mi asentimiento, el japonés sonrió de manera amplia, con gran amabilidad; transmitía una gran confianza el solo verle sonreír.—Me han hablado bien de ti.

Arigatō. Gracias por venir, y lamento mucho molestar. No sé si Caroline te ha contado, pero estoy intentando aprender medimagia por mi cuenta. Lo que pasa es que no creo estar capacitada para tratarla en este estado..—Le expliqué, a lo que el hombre negó con la cabeza.

—Has hecho bien en avisarme, y no hay nada que agradecer. Pero la próxima vez, como le he dicho a ella, invitadme a un té.—Dijo Ryosuke, a lo cual le respondí con un asentimiento de cabeza. El japonés entonces pareció reparar en las heridas de mi cara, examinándolas un momento antes de descartarlas por el momento. Lo importante de verdad era atender a Sam.

El sanador japonés había cogido mi sistema de escribirle a Sam para que me entendiese y lo había mejorado: en lugar de tener que hacerlo manualmente, una vuelapluma se encargaba de esta labor. Cuando volvimos a acercarnos a Sam, dispuestos a empezar con su tratamiento, la vuelapluma recogió también mis palabras. El japonés quería saber qué había sucedido antes de sacar conclusiones precipitadas.

—El daño que ha sufrido ha sido causado por dos hechizos. El primero no lo reconocí.—Miré a Sam, mientras continuaba explicando.—Sé que se quedó aturdida un momento, pero no sé qué hechizo era. ¿Tú lo reconociste, Sam? ¿Qué te pasó al recibirlo?—Pregunté a mi amiga; la vuelapluma escribió la pregunta para que ella pudiese leerla. Ella respondió, y yo continué.—El segundo sí lo reconocí: Armorum sonitum, un hechizo basado en el sonido. A mí me dio de refilón, pero ella lo recibió directamente, durante varios segundos.—Asentí con la cabeza ante las otras preguntas.—Ha habido sangrado, sí, en ambos oídos. También ha tenido vómitos y mareos, pero ella podrá describirte mejor las sensaciones que experimentó.—Me mordí el labio inferior, antes de añadir:—Apenas podía caminar. Le costó mucho salir de aquel lugar, y llegar a su cuarto.—Omití mencionar las lesiones más leves y más evidentes, como eran los cortes en sus antebrazos o los moretones que, seguramente, tendría por todo el cuerpo. Aquello podría tratárselo yo.—¡Ah, sí! También me dijo que le duele mucho la cabeza. Creo que es evidente.—Sonreí, casi como si me disculpase, y me crucé de brazos.

Observé al sanador trabajando, fascinada ante el hechizo que empleó para revisar el oído interno de Sam. Yo habría utilizado la luz de mi varita, o algún artilugio muggle. Viéndole trabajar me di cuenta de que tenía mucho que aprender todavía...
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Sam J. Lehmann el Sáb Ago 11, 2018 4:01 am

Le preguntaron que qué sintió con el primer hechizo de todos y ella abrió la mirada, intentando recordarlo con detalle. —Todo se distorsionó en mi visión, como si de repente cada haz de luz me encandilara muchísimo. Cada paso, respiración y movimiento lo escuchaba como si estuviese en calidad suprema en unos auriculares incrustados en mis oídos y... hasta el mínimo roce me dolía... —explicó, tomándose su tiempo para elegir las palabras adecuadas para definir lo que sintió.

Qué... —Soltó un improperio y la vuela-pluma lo tradujo al inglés, sin embargo, antes de terminar de escribirlo, la vuela-pluma tachó ese insultó y, con la parte de atrás, golpeó la cabeza de Ryosuke. Éste se llevó la mano ahí, frotándose. —Lo siento. —Carraspeó entonces, para ponerse serio. —Por lo que cuenta, es altamente probable que haya magnificado tus sentidos antes de lanzarte el hechizo sónico. Así conseguiría dejarte fuera del combate y enfrentarse solamente a una persona. Además, son dos hechizos que no son muy comunes. La gente no está acostumbrada a luchar contra ellos... —explicó, acercándose a Sam sin dejar de escuchar todo lo que decía Gwen.

La verdad es que la rubia prefirió quedarse callada en todo momento en el que no se necesitase su intervención, pues no se encontraba bien. Ya de por sí no se encontraba bien después del hechizo, pues ahora se encontraba peor después de haber echado todo por la boca. Lo único que hizo para intervenir, fue mover la boca mientras articulaba la palabra "mucho" cuando Gwen dijo que le dolía la cabeza. Ahora mismo nadie era consciente de lo mucho que le estaba palpitando el maldito cerebro. ¡Sí, ella sentía que era el cerebro lo que se había hecho papilla ahí dentro!

Ryosuke se puso a trabajar: lo primero que hizo fue crear mágicamente un capa transparente en la piel de Samantha, mirando a través de ella. Pudo ver el interior de su oreja, desde el conducto hasta la zona dañada. Resquicios de sangre había todavía en el conducto, pero con un sencillo hechizo lo limpió. Se fijó detenidamente en el tímpano y pudo apreciar que estaba claramente dañado: eso no solo explicaba la pérdida de audición, sino también los mareos e incluso las náuseas. Repitió el proceso con la otra oreja, con suavidad. Los daños eran parecidos, pero en el oído izquierdo tenía bastante peor pinta que el derecho. Hizo el mismo hechizo para poder valorar que todo dentro de la cabeza estuviese bien, sin ver nada fuera de lo normal. Sam se había limitado a mirar a Gwen, que a su vez miraba a Ryosuke. Aunque en realidad pronto la mirada de Sam se desvió al chocolate caliente del que todavía salía un poco de humo.

Esto pinta feo, pero teniendo en cuenta tu historial será pan comido. —Y esa sonrisa derrite corazones tan mona apareció en su rostro. —Podría intentar un hechizo para ese tipo de roturas, pero hacerlo a través de la piel es complicado y no tengo aquí las herramientas que tengo en el hospital y el tímpano es tejido muy delicado, así que optaremos por un método más lento pero igual de efectivo, ¿entendido? —La mirada de Sam se había desviado hacia el bloc volador, para finalmente elevar el dedo gordo de la mano. —Pero antes de seguir… vamos a valorar el resto de cosas.

Todos los síntomas de Sam podrían haber sido causados por el suprasensus, pero también cabía la opción de que no, por lo que Ryosuke apuntó con su varita a los ojos de Sam, haciendo que la punta se encendiera como una linterna, haciendo que la mirada de Sam siguiese su dedo índice. Después se puso en pie, tendiéndole la mano a Sam para invitarla a que le imitase. Ella se arrastró por la cama, para posar sus pies sobre el suelo y sentir el suave impulso de Ryosuke, hasta quedar justo en frente de él. Sin zapatos, Sam y él eran prácticamente del mismo tamaño y el japonés pudo ver en la mirada ajena ese mareo; ese desequilibrio. La sujetó y también notó cómo el ceño se fruncía y cerraba los ojos. Estuvo un ratito haciéndole pruebas de equilibrio en donde falló TODAS, por lo que Ryosuke finalmente la hizo sentarse, pero no en la cama, sino en la silla del escritorio.

Ryo por su parte se sentó en la cama, cogiendo el maletín y buscando en su interior.

Bueno… es evidente que la lesión auditiva es más grande de lo que parece. El hechizo que te magnificó los sentidos hizo que que no solo el auditivo te perjudicase en el cuerpo. —Sacó un botecito de cristal del tamaño de una pelota de golf y le dio un golpecito, haciendo que en la tapa apareciese un aplicador para gotas del oído. Se lo tendió a Gwendoline para que lo mantuviese, mientras seguía buscando. Esta vez sacó dos soluciones en botellas más grandes, una azul y una amarilla, así como una botella de cristal más pequeña. Vertió—lo que parecía a ojo, pero ambas chicas sabían que ahí “a ojo” no había nada—ambas soluciones en el interior, además de agregarle algunos ingredientes más que estaban triturados, sacando de manera concentrada la lengua por fuera para no equivocarse en las medidas. Al final, la poción final quedó de un rosita super mono, brillante. También se la tendió a Gwen, para que la sujetase con la otra mano. Continuó buscando en el maletín, hasta que sacó un botito, lo abrió y lo olió, para sonreír y asentir contento, dejando el botito otra vez cerrado al lado. Finalmente se puso de pie y, con permiso, recogió de nuevo el primer bote que le había dado a Gwen. —Bien, esta solución restablece tejidos, ¿vale? Es lenta, pero como tienes el tímpano bastante dañado, notarás cambio relativamente pronto. Aún así, no dejes de usarla hasta que se acabe. Tres veces al día, durante tres días. Notarás que es horriblemente espesa y sentirás que parece que se expande en el interior de tu oído hasta darte la sensación de taponamiento completo durante un rato. Es muy desagradable… Venga, que te echo las primeras. —Sam obedeció, girando la cabeza para facilitarle la tarea.

Y Ryosuke tenía razón, cerró los ojos con desagrado. ¡Parecía que aquella gota se había convertido en un alien depredador y que iba a implosionar hacia adentro por la oreja! Miró a Ryosuke cuando vertió las segundas, con reproche.

Yo te avisé. —Y se encogió de hombros, señalándole al bloc del aire, ya que ahora sí que no escuchaba absolutamente nada. Luego señaló a la solución que había “improvisado” y que tenía Gwen también en las manos. —Esa tómatela dos veces al día, por la mañana y por la noche. En principio asumo que los mareos vienen dados por el daño auditivo, que ha sido muy fuerte, pero mejor tratarlos por separado. Eso te hará sentirte de nuevo en un único punto de gravedad y que al mínimo esfuerzo no se te ponga la visión negra. —Y por último se agachó para coger el bote, de un tamaño parecido a un puño. —Y esta es una de mis últimas obras maestras. Empezó siendo un relajante muscular pero… —Abrió el bote, cogió un poquito con sus dos dedos y se acercó a Sam, le apartó el pelo y masajeó esa crema en su sien, repitiendo el proceso con su otra mano. —He hecho una mezcla con la típica poción que usa todo el mundo para el dolor de cabeza, la cual no me gusta porque suele dar síntomas secundarios que a mí al menos me sientan muy mal. También he conseguido que sirva como calmante y que huela bien. Supongo que las dos recordaréis lo horrible que olía la poción para el dolor de cabezas…

Y poco más. Ryosuke esperó hasta que Sam volviese a recuperar el oído, aunque siguiese escuchando mal y también esperó a que su obra de arte hiciese efecto, haciendo que Sam no tuviese que fruncir el ceño cada vez que escuchaba algo un poco alto o se moviese un poco de más. Seguía mal y, sobre todo, cansadísima, pero al menos ya no quería clavarse una espada en la cabeza. El japonés recogió todo, hasta que vio al lado del escritorio el lugar en donde Carol y Samantha guardaban todas sus cosas médicas. Recordaba el día en el que decidieron usar esa caja como botiquín. Fue entonces cuando cayó en algo. Sam ya estaba tomándose su taza de chocolate y deseando probar aquel sandwich, cuando Ryo la miró de nuevo.

Oye, Sam, por cierto. —Hizo una pausa, captando la mirada de Sam, aunque tuvo que mirar igualmente el bloc. —¿Al final… te desaparecieron las cicatrices?

Inevitablemente, Sam miró de reojo a Gwen, antes de volver a mirar a Ryosuke y negar con la cabeza. ¡Lo único bueno de aquella conversación: comprobar que podía negar sin morirse! Ryosuke hizo un amago, pidiéndole permiso para mirar, a lo que Sam se puso de pie, levantándose por debajo la camiseta y el suéter, para dejar ver unas marcas horribles, ya cicatrizadas, que habían sido su regalo después de lo de los Crowley. Ryo se tomó las confianzas de tocar lo que veía, con suavidad. La verdad es que incomodó bastante a Sam.

Ya le dije a Caroline que sin el equipo médico necesario no puedo hacer milagros… Lo siento mucho. —Ryosuke intentó mirar más arriba, en donde estaba todo un poco más feo, pero Sam bajó la camiseta.

Está todo igual —respondió tajante.

No era la primera vez que Ryosuke veía un gesto así, ni tampoco esa mirada. Mucha gente solía tener esa respuesta a un trauma así. Y era normal: no podías juzgar hasta que te ponías en su piel y te dabas cuenta de que personas que no tienen derecho sobre ti, han marcado tu vida.

Cuando se rompe un jarrón en Japón se repara llenando de oros las grietas, creando un revestimiento hermoso, ¿lo sabías? Esto es para enfatizar la belleza de lo que alguna vez estuvo roto. Creemos que cuando algo ha sufrido daño y tiene una historia, lo hace más bello. Y lo mismo ocurre con los humanos, todo lo que has pasado y todo lo que estás pasando ahora, no hace tu vida más fea, aunque lo pueda parecer. Depende de nosotros elegir pintar nuestras cicatrices de oro, hacerlas hermosas y convertirnos en una mejor persona después de lo que hemos atravesado. —Hizo una pausa, para finalmente darle un beso en la mejilla, de despedida y mirarla a los ojos. —No te avergüences de lo que te hizo fuerte, ¿vale?

Ryosuke cogió el bloc de notas, arrancando esa última hoja y cediéndosela a Sam. Luego miró la hora, dándose cuenta de que ya llegaba más tarde de lo previsto a su turno en el hospital. Se acercó a Gwendoline tras coger su maletín. Sam, mientras tanto, leía aquel papel que le había dado.

Cuídala y, sobre todo, cuídate. —Le dijo, señalando las heridas de su cara. —Deben tener en su botiquín esencia de díctamo, que yo ahora mismo no tengo encima. —Y con una sonrisa encantadora, también besó su mejilla de manera amistosa. —Un placer conocerte. Espero que la próxima vez no haya ninguna herida de por medio.

Y con una sonrisa tan risueña que parecía más japonés de lo que ya era, se desapareció. Sam se quedó allí sentada, mirando a Gwen con ojos cansados y sonrisa tranquila durante un rato. Ay, paz. Se sentía en absoluta paz, pese al dolor y lo que fuera, estando en su habitación en la sola compañía de Gwen. Se encontraba un poquito mejor, pero quería irse a dormir. Hacía mucho tiempo que no tenía tantas ganas de irse a la cama, pese a que era consciente de que por muy cansada que estuviese, eso no garantizaría una buena noche. —Me parece muy mal que me hayas hecho la cena y tú no te hayas hecho nada. Eres muy buena conmigo y me enfado. —Y fingió enfadarse, con un puchero de lo más dulce. —Debería ir a la cocina como buena anfitriona y traerte un super elaborado yogur, pero me duele el alma. Tráete algo de cenar y cenamos aquí. Y luego nos ponemos el pijama y dormimos hasta la hora de comer. —Curvó una sonrisa, contenta, por el plan que le parecía fascinante. Miró entonces a la cesta que estaba al lado de Gwen en ese momento, en el suelo. —Buscaré la crema de díctamo que tenemos mientras tanto, para los cortes.
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Gwendoline Edevane el Sáb Ago 11, 2018 2:11 pm

A medida que Sam ofrecía una explicación del efecto que el primer hechizo había tenido sobre ella, más y más escalofríos me recorrían la espalda. Armorum sonitum era un hechizo de por sí bastante atroz, teniendo en cuenta que era capaz de dañar incluso los oídos de quien lo conjuraba. ¿Recibirlo directamente? Bueno, si tenías suerte y tu enemigo tenía una cierta consideración por tu integridad física, quizás no sufrieses demasiados daños. Simplemente te verías empujada y arrojada por los aires.
Pero Hemsley no tenía demasiada consideración por nuestra integridad física. La mortífaga nos quería vivas, y ya está. Poco le importaba el estado en que terminásemos mientras nuestra vida no corriese peligro. Y por ese motivo no dudó en utilizar aquel hechizo primero, magnificando todas las sensaciones. Sam debía haberse sentido, mientras estaba bajo aquella onda de sonido, como si la estuviesen aplastando contra el suelo mientras su cerebro vibraba dentro de su cabeza. Menos mal que reaccioné rápido, pensé, arrepintiéndome de no haber atacado a Hemsley con más contundencia cuando tuve la ocasión.
Ryosuke, por su parte, debió pensar algo parecido, pues no tuvo ningún problema en soltar un improperio. Aquello me sorprendió, llevándome a abrir los ojos y mirar en su dirección. Incluso su vuelapluma, bien educada, lo reprendió por tan blasfema palabra con un golpe en la cabeza, a lo que el japonés se disculpó. Yo negué con la cabeza, como queriendo darle a entender que no pasaba nada.
El sanador oriental continuó con su labor, y yo le observé en silencio. Me limité a prestar atención a su forma de trabajar, dejándole espacio para ello, mientras sostenía todo lo que me ofrecía. El japonés elaboró una solución que aplicó a los oídos de Sam, y puedo dar fe de lo desagradable que tenía que ser aquello. En alguna ocasión había tenido que recibir tratamiento para infecciones de oído, y si bien la mayoría de pociones antibióticas se pueden consumir de manera oral, las más fuertes y efectivas a veces no queda más remedio que aplicarlas directamente en la zona afectada. Y tener líquido en los oídos es una de las sensaciones más incómodas sobre la faz de la Tierra. Es preferible recibir un pequeño pinchazo y olvidarse del asunto.
Tomé nota mental de la frecuencia de tomas de los medicamentos mágicos de Ryosuke. No me olvidaría, y no me importaba lo más mínimo ser yo quien acudiese a aplicárselas. No dudaba de que Caroline se acordaría de hacerlo, o incluso la propia Sam, pero de alguna manera prefería hacerlo yo, y de esa manera ir evaluando la evolución de mi amiga.
Todo el proceso duró algunos minutos, y para cuando terminó, yo ya estaba empezando a sonreír. Sin embargo, enseguida se me borró la sonrisa de la cara, cuando Ryosuke abordó un tema delicado: le observé con curiosidad cuando mencionó algo acerca de unas cicatrices.
A ver, hay que dejar claro que yo tenía una cierta idea de que Sam conservaba cicatrices del incidente de fin de año, tanto físicas como psicológicas, pero no había tenido ocasión de verlas con mis propios ojos. Hasta esa noche. Sam se levantó un poco la camiseta, dejando a la luz una espalda que para nada se correspondía con la de mi amiga: marcas de quemaduras, líneas provocadas por los latigazos, tejido cicatrizal… Me llevé la mano a la boca, mientras en mi mente se agolpaban esos recuerdos traumáticos que ni siquiera eran míos.
En ese momento la volví a escuchar gritar en mi cabeza, mientras Vladimir Crowley la azotaba con un látigo hasta dejarla inconsciente, no por primera ni por última vez en aquella noche. Sentí que me sobrevenía un ataque de pánico, así que cerré los ojos y respiré muy lentamente, mientras Ryosuke y Sam seguían hablando.
Recuperé mi calma justo cuando Ryosuke empezaba a hablar acerca del jarrón. Y debo decir que, pese al respeto como profesional de la sanación que le debía ahora que había empezado mi propio camino en dicha dirección, y pese al hecho de que lo único que intentaba hacer era ayudar en todo momento, su filosofía oriental no me gustó demasiado.
Es muy bonito eso de no avergonzarte de lo que te hizo fuerte, y de rellenar las grietas del jarrón roto con oro, sin duda. Pero esto no ha sido un accidente. Esto no es una señal de fuerza. Esto es una señal de que un día dos salvajes decidieron que su vida no importaba nada, que para ellos no era más que un juguete del que podían disponer a su gusto. No me parece justo que tenga que vivir el resto de su vida con esas cicatrices, como un recordatorio constante de que un día su vida no importó nada.
No dije nada. No puse aquello en palabras. Lo confiné dentro de mi mente y me limité a esbozar una sonrisa cuando Ryosuke se acercó a mí para despedirse.

—Lo haré.—Respondí al japonés ante la recomendación de cuidar a Sam, y cuidar de mí misma. Entonces, antes de que se fuese, lo abracé durante algunos segundos, una forma de agradecerle no solo lo que había hecho esa noche, si no también lo que había hecho meses atrás por ella. Gracias a Ryosuke, Sam seguía en mi vida, y eso era algo que jamás podría pagarle.Arigatō. Muchas gracias por todo.—Le dije, separándome de él para dejarle marchar.

El japonés se desapareció, regresando a su vida en el país del sol naciente, y yo me quedé un momento allí, pensando en la última parte de la conversación entre mi amiga y el japonés. Aquellas cicatrices… Me embarqué en uno de esos procesos mentales que prometían alejarme del mundo real, o lo habría hecho de no ser porque Sam me trajo de vuelta con sus palabras. Levanté la mirada, que hasta entonces estaba clavada en el suelo, y la dirigí a mi amiga con una sonrisa de ‘Me has pillado en plena pesca mental’.

—En mi defensa diré que ya venía cenada de casa, y que no he echado la pota.—Y, tras quedarme pensativa un momento, añadí:—Aunque me parece que he quemado más calorías en la última hora que en todo el día...—Luchar a muerte contra una mortífaga ultra-poderosa, sin duda, podía considerarse una muy buena forma de ejercicio.—Si se te ocurre levantar el culo de esa silla te voy a lanzar un Petrificus Totallus, y entonces no te quedará más remedio que quedarte quieta.—Advertí, aunque lo hice con una sonrisa divertida en la cara. La propia Sam era consciente de sus limitaciones actuales.—Está bien. No me vendrá mal recuperar fuerzas.—Asentí ante su última sugerencia.

La cena que me serví—o mejor dicho, la post-cena-post-batalla-contra-mortífaga—consistió básicamente en una ensalada de esas tan coloridas—Sam tenía variedad de vegetales en su nevera—con lechuga de varios tipos, col morada, zanahoria, aceitunas negras, queso y mi toque especial: aliño picante. En realidad era un aliño común y corriente, pero le había añadido un poco de pimienta cayena. Bueno, lo que para Gwendoline Edevane es un poco: tres o cuatro cucharadas, hasta el punto de que el aliño pasó de tener un color blanquecino a ser casi por completo rosa.
Regresé con ella a la habitación, cargando el bol de ensalada y algunas servilletas, y dejé todo sobre el escritorio mientras decidíamos qué lugar del cuarto serviría de ‘mesa’ para nuestra cena.

—De verdad, si alguna vez quieres hacerme un regalo y no se te ocurre nada, cómprame alguna salsa picante rara. Me harás la mujer más feliz del mundo.—Le dije a Sam nada más entrar, acercándome a ella con una sonrisa que, sobre todo, era de alivio. Me puse en cuclillas delante de su silla, y alargué la mano derecha para apartar el pelo de su cara. La miraba a los ojos.—¿Entonces estás mejor? ¿Hay alguna cosa que pueda hacer por ti?—De nuevo volví a sentirme increíblemente enamorada de ella—era un alivio poder ponerle por fin nombre a aquel sentimiento, a pesar de las implicaciones—por ser la persona más fuerte de este mundo. Porque a pesar de todo lo que había pasado, todo lo que había sufrido, las cicatrices que portaba, al mirarla a los ojos seguía viendo a aquella niña rubia de la casa Ravenclaw de once años que se había acercado en la biblioteca a otra niña morena, muy tímida, de su misma casa y solo un año mayor que ella, para preguntarle si iba a tardar mucho con el libro que estaba leyendo. Libro que ambas niñas habían terminado leyendo la una sentada junto a la otra.

Diecisiete años habían pasado desde aquel momento, y allí estaban aquellas dos niñas, ahora adultas. Más fuertes que nunca porque se tenían la una a la otra. Y pienso seguir a tu lado. Nunca dejaré de luchar por ti, pensé mientras le acariciaba la mejilla y le sonreía, igual que le había sonreído entonces en la biblioteca de Hogwarts, hacía casi una vida.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Ago 12, 2018 4:56 am

“Touché”, pensó Sam al escucharla decir que había ido cenada y que además no había vomitado. Tenía su punto, sin duda. Aún así, Sam insistió porque… ¿cuánto tiempo había pasado desde que habían quedado? Y, no sé, ¿qué menos que un vasito de leche antes de irse a dormir? También intentó hacerse la auto-suficiente dando por hecho que sería ella quien buscase el remedio necesario para sus cortes en su tan preciado botiquín, pero recibió una amenaza divertida por parte de su amiga, lo cual hizo que Sam alzase una de sus cejas. —Vale, Gwen del Bronx. ¿Sabes que tengo una varita preciosa, obsequio de una amiga que te caería estupendamente, con la que puedo abrir un botiquín sin moverme y así no parezco inútil? —Preguntó con retórica, divertida. —Insisto, vete a coger lo que quieras —le pidió. Que ojo, si no tenía hambre vale, pero tampoco le había dado a Sam esa información y, con el hambre que tenía la rubia—de lo cual no se había dado cuenta hasta ver aquel apetitoso sandwich delante de ella—creía que cualquiera estaría en sus mismas condiciones.

Cuando Gwen se iba a ir a la cocina y Sam iba a buscar en el botiquín lo necesario, se dio cuenta de que su varita no estaba ni de lejos cerca de ella. Se puso de pie lentamente, en un acto de valentía y auto-suficiencia, para ir a buscar su varita al baño, pues debía de estar al lado del bidet, allí tirada. Sin embargo, cuando intentó dar un paso, tuvo que apoyar una de sus manos al escritorio, notando como su visión amenazaba con ponerse negra de nuevo en cualquier momento. Se sentó rápidamente otra vez en la silla, suspirando con suavidad.

“Maldita Artemis Hemsley…”

En lo que Gwen se hacía la cena, Sam se limitó a quitarse los calcetines y tirarlos a la cestita de la ropa sucia, para repetir el proceso con el suéter, el cual tendría que arreglar en algún momento. Esperaba no olvidarse. No quería terminar un día en el Juglar Irlandés con el suéter roto como si hubiese sido atacada por un licántropo enfurecido. Santi hacía muchas preguntas y os sorprendería saber cómo de cerca estaba a veces en su mundo de fantasía.

Cuando su amiga volvió a la habitación, Sam estaba bebiéndose un poco de chocolate, todavía caliente, para esperar. No había empezado a cenar pese a que estaba hambrienta, para así comer a la vez que ella. Cuando entró, Sam miró de nuevo los labios de Gwen, pese a que se sentía ligeramente más liberada con respecto al taponamiento y ya escuchaba como si se estuviese acercando a la salida de la cueva. —Alguna salsa picante rara —repitió, pues le hizo gracia. —Lo tendré en cuenta. Qué fácil es hacerte la mujer más feliz del mundo, ¿no? —Y entonces Gwen se puso de cuclillas frente a Sam.

Al principio sólo una cosa se le pasó por la cabeza a Sam: "qué suerte poder acuclillarse así de rápido y no tener la sensación de caerte hacia un lado o de repente dejar de ver absolutamente nada." No obstante, fue muy rápido el cambio de sensación cuando su amiga le apartó el pelo de la cara y la miraba a los ojos. Sam bajó la mirada a los labios para captar bien lo que le decía y en ese momento de paz sí que se acordó de lo que pasó antes de entrar en el apartamento de Grulla, sintiendo un pinchazo de alerta en su interior en el que apareció una diminuta Sam correteando por su mente dolorida hasta patear ese recuerdo. No, no era momento para ponerse a pensar en eso si no quería que su cabeza terminase de explotar definitivamente, pero no por dolor, sino ya por confusión suprema. Esos gestos cariñosos de Gwen eran tan monos que ya se perdía. —Estoy mejor —le corroboró con una dulce sonrisa. —Al menos ahora puedo escucharte y hablar sin querer morirme en el intento —añadió, para entonces asentir con un mohin adorable cuando le dijo que si había alguna otra cosa que podía hacer por ella. —Como podrás ver, el botiquín sigue en su sitio, ¿podrías traerme la varita del baño? Creo que la dejé tirada en el suelo. Mi amiga me va a matar cuando vea cómo trato a su varita… —Y rodó los ojos, fingiendo no mirar a Gwen de manera avergonzada, en broma.

***

Al final optaron por trasladarse a la cama y comer en ella. Sam tenía una cama doble—porque la habitación venía con cama doble—por lo que tenían hueco de sobra. Además, la rubia siempre había tenido la mala costumbre de hacerlo todo en la cama: leía en la cama, comía en la cama, chateaba en la cama, estudiaba en la cama, escribía su diario en la cama… A veces una se preguntaba que porqué narices tenía escritorio. Esta costumbre la había cogido después de vivir años y años en un colegio en donde las habitaciones no tenían escritorio como tal, así como años después en una residencia universitaria en donde el mueble principal era una cama. Después de convivir junto a Gwen tres años en la residencia, ella misma debía saber el gusto por Sam por pasar tiempo en la cama. Es decir, en el sentido bonito de la palabra, ¿sabes? ¡Gwen y Sam todavía no habían compartido ese tipo de cosas en la cama!

Con la barriguita llena de aquel estupendo sandwich, se terminó el chocolate y miró de lado a su amiga y sonrió, con la vista cansada. No dijo nada, sólo se limitó a sonreír. No fue hasta que su mirada se encontró con la contraria, hasta que se decidió a hablar, con la voz tan suavecita como hasta ahora, casi acariciando el silencio. —Llevamos ya mucho tiempo siendo amigas y a veces siento que las cosas están ya dichas y no hace falta hacer hincapié en ellas después de tanto tiempo juntas, ¿sabes? —Apoyó su cabeza en la pared, ya que le dolía el cuello y en palabras vagas: “le pesaba la cabeza.” —Pero en serio, gracias. Por protegerme, por ayudarme, por cuidarme y... por hacerme un sandwich que, por cierto, estaba buenísimo. —Rebajó “sentimentalismos” con ese último comentario. Era sabido que Sam era la más cariñosa de las dos, así como la más bromista. Era muy fácil que combinase ambas cosas. —Así que por muy pesada que sea, que sepas que siempre te voy a estar agradecida hasta por la mínima cosa que hagas por mí... —¿cómo no iba a estarlo, cuando cada segundo que pasaba con ella se arriesgaba a que el gobierno pudiera usar eso en su contra? No había nada más bonito que arriesgarse por una persona. Entrelazó su mano libre con la de ella. —...y que te quiero mucho. —¿Cómo no iba a hacerlo? Una se daba cuenta de lo que era una amiga de verdad cuando se portaba así contigo, incluso en las situaciones más adversas. Tal y como estaba la situación de Sam actualmente y pese a todo, se sentía muy afortunada al menos en compañía. Sabía que podía confiar su vida en sólo dos personas y una de ellas la tenía delante. Alzó la mano de Gwen con la suya, besando su dorso con dulzura.

Luego se limitó a poner el plato del sandwich sobre la mesita de noche, poniendo sobre él la tacita vacía del chocolate y el bol de la ensalada de Gwen. Antes de cenar Sam se había hechizado para ponerse el pijama, sin ganas de moverse más de la cuenta en cambiarse de ropa, por lo que sin molestarse en llevar la vajilla a la cocina, se metió bajo las sábanas, en donde ya se encontraba Don Cerdito y Lenteja—que habían estado toda la cena esperando que les cayese algo que comer—durmiendo a los pies.

Sí, se le había olvidado lavarse los dientes y tomarse la poción de Ryosuke, la cual había insistido en que fuese después de comer, pero estaba tan cansada que solo quería meterse bajo las mantas, abrazar algo muy cálido—preferiblemente Gwen—y dormir.
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Gwendoline Edevane el Dom Ago 12, 2018 1:31 pm

Durante los próximos dos días había planeado ser la cuidadora personal de Samantha Lehmann: me aseguraría de que guardaba reposo, de que tomaba sus medicinas, de que no le faltaba absolutamente nada. Para el lunes, mi intención era que Sam estuviese como nueva, dispuesta a acudir como siempre a ese trabajo que tanto le gustaba—a excepción del turno de tarde, claro—con las pilas cargadas y lista para dejar atrás el incidente de hacía un rato con Artemis Hemsley. Por consiguiente, uno de mis objetivos eran que Sam descansase mucho y se moviese poco. Y os pregunto una cosa: ¿Sabéis el reto que supone conseguir que Samantha Lehmann, Jota para algunos, Sam para mí, se esté quieta cinco minutos en el mismo sitio?
No es que Sam sufra de hiperactividad, ese mal que aqueja a la rama de la familia Bennington más cercana a mí, sino más bien que es incapaz de dejar que los demás hagan cosas por ella. Siempre había sido así. Sin embargo, una parte de mí siempre atribuiría esa necesidad de Sam de hacerlo todo por ella misma a un reflejo de su relación con Sebastian Crowley, en la cual otra persona controlaba su vida. Por consiguiente, era comprensible que no llevase bien que le diesen órdenes o que intentasen hacerlo todo por ella. Sin duda le gustaba disfrutar de su libertad, y yo lo entendía.
Pero si estaba enferma, estaba enferma. Y si tenía que ponerme en plan ‘Gwen del Bronx’, me pondría en plan ‘Gwen del Bronx’.

—Está bien.—Concedí, asintiendo con la cabeza y sonriendo casi hasta ponerme roja por lo que dijo de mí, y de la varita que le había entregado hacía unos meses.—Pero no hagas ningún tipo de cabriola. Quizás exageré un poco con eso de que pronto estarías dándolas, y ya te lo has creído demasiado...—Adopté una cómica expresión pensativa, como si realmente estuviese valorando la posibilidad de que Sam se hubiese creído lo que decía. Entonces le sonreí, demostrando que estaba de broma.

Y pese a todo, hice caso a mi amiga. Fui a la cocina y me preparé una ensalada con un aliño altamente inflamable no apto para todas las bocas, y regresé con ella. Para mi alivio, seguía sentada en la silla, sin moverse, lo cual me dio a entender que hasta ella era consciente de que necesitaba reposo.

—Soy una mujer de gustos sencillos.—Respondí ante la pregunta de Sam, encogiéndome de hombros como si tal cosa. Y no dejaba de ser cierto: no era muy difícil hacerme feliz.

¿Para muestra? Aquel momento en que ambas nos quedamos mirando, unos segundos de silencio que, al menos para mí, no fueron incómodos. ¿Cómo iban a serlo si estaba mirando los ojos más bonitos del mundo? Y aquí viene un dato curioso: sus ojos me parecían los más hermosos del mundo incluso cuando un hechizo y una poción cosmética los tornaban castaños. De alguna manera, la magia no afectaba a la luz de esos ojos. Cada vez que pensaba en esos ojos, me entristecía pensar que alguna vez un hombre horrible estuvo a punto de apagar esa luz, esa que cada día que pasaba brillaba con más fuerza ahora que ella era libre.
Le sonreí cuando dijo que estaba mejor. Mientras hablaba, mi mano seguía descansando sobre su mejilla. Aquel momento estaba siendo muy tierno, muy bonito… y entonces Sam tuvo que mencionar la varita olvidada en el baño. Y yo no pude evitar reírme.

—Creo que esa amiga tuya diría algo así como: ¡Vaya, ya no somos una bruja tan negra, tan fuerte ni tan independiente como hace unos minutos!—Y dicho esto me puse en pie, todavía riendo y negando con la cabeza.—En seguida vuelvo.


***

Algo más de veinte minutos después, tras haber dado buena cuenta de nuestras cenas tardías, Sam y yo nos encontrábamos en la cama. Ambas llevábamos puestos nuestros pijamas, y mis heridas mostraban ya el aspecto que tendrían tras varios días de cicatrización gracias al díctamo. Un ingrediente maravilloso, el díctamo, el cual tendría muy en cuenta en futuras elaboraciones de pociones.
Ya tumbadas, vueltas la una hacia la otra, fue imposible para mí no pensar en cómo la había besado en aquel edificio de apartamentos en que nos habíamos colado esa noche. Sam estaba tan cerca de mí, sus ojos tan hermosos como siempre—aunque cansados, sin duda—que no pude evitar preguntarme qué habría de malo en que fuésemos algo más que amigas. Después de todo, ella había estado conmigo desde siempre, y siempre había sido mi ‘persona especial’. Ni siquiera Jeremy, lo más parecido que había tenido yo a una pareja en toda mi vida, había despertado en mí sentimientos como los que Sam me producía.
¿Y si ella era el motivo? ¿Y si ella siempre había sido el motivo?
La escuché hablar, la cabeza apoyada en la almohada, una sonrisa dibujada en mi rostro que cada vez se hacía más grande. Incluso un ligero rubor se apoderó de mi rostro al escucharla decir todas aquellas cosas bonitas. Me gustaría poder decirte lo que siento, pero… es muy difícil ponerlo en palabras, pensé mientras Sam entrelazaba su mano con la mía, se la acercaba a los labios y la besaba.

—Yo también te quiero mucho.—Más de lo que soy capaz de expresar con palabras.—Sé que podría haber hecho las cosas mejor en el pasado. Que no estuve ahí cuando de verdad necesitabas a alguien...—Habría matado una y mil veces a Sebastian Crowley por ti.—...pero eso se acabó. Ya no volveré a bajar la guardia.—Y lucharé por ti hasta que se me acaben las fuerzas.—¿Y sabes por qué? Porque ni en mil años podría soñar con tener una persona tan buena, tan dulce, a mi lado. Y yo...—Te quiero. Estoy enamorada de ti.—...también tengo mucho que agradecerte. Nadie me ha cuidado nunca como lo has hecho tú. Así que supongo que estamos iguales, ¿no?—Sonreí nuevamente, esta vez de manera más amplia.

Sam dejó los restos de nuestra cena sobre la mesilla de noche, y entonces volvió a recostarse a mi lado. La miré unos segundos, apreciando su belleza. Bésala, me dijo una voz dentro de mi cabeza, y estuve a punto de obedecerla. De hecho, adelanté mi rostro hacia el suyo hasta quedarme tan cerca de sus labios que pude sentir su respiración en contacto con los míos. Pero una vez ahí, de alguna manera no encontré las fuerzas para hacerlo. Y en lugar de besar sus labios, besé su frente, cerrando los ojos. Volví a separarme de ella, mirándola todavía. Ya no me sentía incómoda con mis sentimientos hacia ella. Mi única preocupación era que ella no sintiese lo mismo.

—Bueno, solo queda una pregunta por hacer.—Dije, lanzando un largo bostezo. Yo también estaba cansada. De hecho, la pregunta la hice mientras bostezaba, así que tuve que repetirla porque dudaba mucho que Sam hubiese entenido una sola palabra.—Perdón. Lo que quería decir era: ¿Me cuentas lo de las vampiresas?

Era altamente probable que las dos nos quedásemos dormidas antes de que Sam terminase de contar aquella historia. Sin embargo, seguía teniendo curiosidad por todas las historias que Sam tendría de su vida como intrépida fugitiva. Y esa era una de las que quería conocer. Por favor, que no haya nada turbio, pensé, no queriendo imaginarme a una fría vampiresa poniendo sus lascivas manos sobre Sam.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Ago 12, 2018 10:47 pm

Continuó mirándole los labios para no perderse detalle de lo que le estaba diciendo. Ya habían hablado de ese tema. Si Sam se había separado de Gwendoline cuando le ocurrió todo lo de Sebastian fue porque no quería que se viese envuelta en absolutamente nada con respecto a ese monstruo. Tampoco hubiera dejado que Caroline se inmiscuyese tanto, sino fuese porque se le sumó el cargo de fugitiva y estaba harta de su vida de mierda. Llegó un momento en el que sencillamente pensó: "Voy a morir a manos de Sebastian, qué menos que tener a un ser querido cerca que me haga el final menos miserable." Pero bueno, lo dejó estar porque de girar las tornas, Sam estaría en exactamente las mismas que su amiga y sabía perfectamente que Gwen hubiera hecho algo parecido a lo de Sam, sólo para intentar alejarla de semejante horror de la naturaleza humana. Pero... nada. No podía juzgar: llevaban desde los once años juntas y ya había quedado claro que aquella amistad había perdurado a través del tiempo como pocas, incluso con un parón de lo más desafortunado de casi dos años que pocas amistades consiguen reponer. Ellas, sin embargo, habían comenzado de nuevo, más fuertes que nunca. No cabía en la cabeza de ninguna de las dos que la otra pasase por una vida tan horrible, mucho menos sola.

Recibió entonces el beso en la frente, cerrando los ojos con paz. —Sí, iguales, es que a veces la confianza da asco y no quiero que pienses que se dan las cosas por hecho. No des nunca las cosas por hecho, Gwen... —dijo medio dormida, aprovechándose para quedarse con los ojos cerrados. Sin embargo, cuando llegó a sus oídos esa especie de comunicación de ballena moribunda, abrió los ojos divertida, viendo a su amiga bostezar como nunca. Le preguntó por las vampiresas, por lo que Sam esbozó una ladeada sonrisa. ¡Qué ganas tendría de inventarse una historia super turbia! Pero con el sueño y el tambor que tenía en la cabeza ahora mismo no le daba para tanto. —Pues... —Cerró los ojos, apoyándose mejor en la almohada. —Una vez estaba en medio de la fabricación de una poción multijugos, ya que quería colarme dentro de un evento para... —Hizo una pausa. —Bueno, eso es otro tema. El caso es que asistía a una de las tiendas ilegales de Londres, que daba soporte a fugitivos, en busca de los ingredientes. Tenía muy poco dinero por aquel entonces y lo perdí todo para nada, porque el tipo no me había conseguido lo que me prometió. Recuerdo que había otro chico, mi contacto de Hogwarts, ¿te acuerdas que te hablé de él? —Bostezó ahora Sam, sintiendo hasta como una lagrimita le caía por el lagrimal. —Pues él estaba también... y recuerdo que el tipo nos dijo que la mercancía la tenía retenida un grupo de vampiresas, un grupo que se llamaba 'Vlad e hijas' y... nada, cuando salimos de ahí le pregunto al chico: "¿es mala idea ir a buscar lo que nos pertenece y robarle a unas vampiresas?" y yo sabía que era mala idea, pero tal y como estaban las cosas, ¿qué iba a hacer? ¿Irme resignada para mi cutre caseta, sin dinero y sin ingredientes? —Suspiró, para entonces comenzar a hablar más bajito. —Y el chico no me quitó esa idea de la cabeza, sino que me apoyó. La verdad es que no sé qué tiene ese chico que siempre me convence para hacer cosas estúpidas, quiero pensar que en situaciones desesperadas se necesita acudir a medidas desesperadas. —Y una sonrisilla le asomó en los labios. —Al final fuimos, encontramos nuestras cosas y muchas más y... cómo no, no nos libramos de encontrarnos con vampiros. Buah, Gwen, es que aquello era...

...y luego...

...y ya...


Cada vez hablaba con más espacio entre sus palabras, con voz más suavecita y es que... madre mía, ya no sabía ni qué estaba contando. Se había ido por las ramas contando como era todo aquel lugar, cómo consiguieron entrar, lo que encontraron y llegó un momento en el que se había perdido en su propia historia. ¡Se le había olvidado contarle cómo derrotó a la última vampiresa! Quizás, otro día, se acordase. De hecho, hasta juraría que dentro de tanta distorsión mental, a Gwen le daría igual que no terminase la historia pues no se había quejado. Asumiendo que ella ya había caído rendida ante la seducción de Morfeo, ella también se dejó llevar. En un momento se quedó callada y se quedó profundamente dormida.

***

Se encontraba en mitad de un lugar oscuro. Mirase hacia donde mirase, no veía nada más allá de sus propias manos. Caminó hasta que sus manos tocaron un cristal frío, en donde poco a poco empezó a verse reflejada. Tenía una mirada triste, un ojo morado y... una mano, en su hombro derecho, la hizo mirar hacia allí a través del espejo. Por uno de sus hombros, a través de las sombras, apareció Sebastian. Ella, sin embargo, estaba sola. No sentía mano en su hombro, ni dolor en su ojo. Pero ahí estaba, aquella mirada perversa mirándola a través del reflejo.

Escuchó fuertemente un golpe a su espalda y se giró, viendo como por una puerta al fondo entraba luz que era opacada por una figura: era Gwen. Sam alzó la mano en su dirección, alertándole de que no entrase. Sin embargo, lo único que vio fue como alguien la cogía por la espalda, le tapaba la boca y la arrastraba hacia atrás.

Sam, en la cama, en la vida real, había comenzado a fruncir el ceño, a moverse con suavidad. No estaba teniendo un buen sueño, como de costumbre...

Volvió a mirar hacia adelante, hacia ese reflejo y allí estaba Gwen, exactamente en la misma posición en la que había estado Sam en compañía de los dos Crowley, sobre la misma alfombra que ella había manchado con su sangre. Sam se apoyó sobre el reflejo con sendas manos, golpeándolo y gritando que no, intentando romper aquella barrera que las separaba. De repente, justo delante de ella apareció el rostro siniestro de Vladimir Crowley a través del cristal que la separaba de su amiga.

¿Me vas a decir ahora quién mató a mi hermano, Lehmann? ¿O voy a tener que pedírtelo mientras le arranco la piel a tu amiga?

Junto a Vladimir, apareció la cara de Zed.

Puedes gritar todo lo que quieras, pero solo un nombre nos va a hacer parar.

Y, por último, se separaron, dejando ver a Artemis justo al lado de su amiga, apuntándola con la varita a la sien como había hecho esa misma noche.

¿Dónde está, Sammy? ¿Dónde está? ¿Vas a elegir a Thaddeus otra vez sobre tu amiga?

Y, antes de que nada pudiese salir de la varita de Artemis, Sam gritó fuertemente.

Se despertó de golpe, sentándose en la cama de manera inmediata y sintiendo un tirón doloroso en la cabeza. Estaba sudando, con las pulsaciones a mil. Temblaba un poco y tenía un rostro pintado por el propio miedo y el pánico. No os podríais imaginar lo harta que estaba Samantha de tener que vivir así: ya no solo tenía miedo por el día, sino también por la noche. ¿Esa mierda no iba a acabar nunca? ¡Miedo, miedo, miedo, siempre miedo! ¡Estaba cansada de tener que vivir así, siempre aterrada por sus pesadillas, sus fobias y sus miedos! Se llevó las manos a la cabeza.
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Gwendoline Edevane el Lun Ago 13, 2018 12:04 am

Nunca dar las cosas por hecho. Aquel era un gran consejo, al cual quizás debí obedecer más en 2015, cuando Sam y yo nos separamos y, en mi ingenuidad más profunda y creyendo que cosas como la que ocurría solo podían tener lugar en películas y libros, creí que la culpa la había tenido yo y aquella estúpida discusión acerca de Henry Kerr. Aquellas palabras tan fácilmente malinterpretables: “No merece la pena”. ¿Cuantas noches pasé entonces en vela, deseando tener en mi poder un giratiempo con el cual volver atrás y retirar aquello?
Sin pronunciar palabra alguna, moví mis labios de manera que formar un ‘Lo prometo’, para acto seguido sonreír a mi amiga.
A lo cual puse sobre la mesa el que quizás fuese el tema más importante de toda la noche. ¿Artemis Hemsley? No. ¿La maleta y la información que habíamos encontrado dentro? No. ¿La bolsa llena de dinero que también se encontraba allí? No. ¿El espejo comunicador que Sam tenía en su mochila? Tampoco.
Todas esas cosas palidecían en comparación con lo que de verdad importaba: las vampiresas. Una Sam medio dormida empezó a narrarme tan épica epopeya. La escuché con los ojos cerrados, sumiéndome en el sueño poco a poco; sin embargo, la información seguía llegándome, y de cuando en cuando algún detalle me hacía resurgir de los mundos oníricos sobre los que tanto había escrito H. P. Lovecraft en sus novelas. Cada vez que escuchaba algo a lo que podía dar una respuesta, o que despertaba mi interés, le brindaba yo misma un comentario a Sam.

—¡Ese maldito besamáscaras…!—Respondí a lo primero que me llamó la atención, casi volviendo a sumirme en un estado de duermevela al momento; a pesar de eso, sentí deseos de volver a la fiesta de carnaval, con mi arco y mis flechas de ventosa, y meterle a ese maldito besamáscaras el flechazo que no le metí en su momento por haber perdido mi arco.—Le odio.—Sentencié con toda la rotundidad y la verdad de que es capaz una persona medio dormida. Sabiendo que ese muchacho encima tenía un imán que llevaba a Sam a meterse en problemas, peor me caía. Aunque no creo que ‘odio’ fuese la palabra correcta, pero tengo excusa porque estaba dormida.

Lo siguiente que me llamó la atención fue el nombre de la asociación de vampiresas. ‘Vlad e hijas’. ¿Y por qué me llamó la atención? Porque era otro detalle que me sonaba, algo de lo que ya había oído hablar. ¿Dónde? En mi primera reunión como miembro oficial de la Orden del Fénix. Recordaba claramente a Albus Dumbledore enviando a Maverick O’Connor y una chica llamada Danielle a buscar a unos fugitivos desaparecidos, contando para ello con la colaboración de la asociación ‘Vlad e hijas’, quienes al parecer tenían información al respecto.

—Las conozco.—Dije simplemente. Aquella frase podía ser fácilmente malinterpretable, pero en mi estado actual no me apetecía ponerme a matizar nada. Tampoco recordaba con claridad si al final O’Connor y Danielle habían sacado algo en claro de todo aquello. Ya intentaría recordarlo cuando estuviese despierta.

La historia prosiguió, pero en un momento dado, creo que Sam empezó a hablar en sueños; yo, por mi parte, empecé a escuchar en sueños. No sé si a partir de este punto la historia tenía coherencia o no, pero en mi cabeza todo sonaba muy épico y coherente. Especialmente me gustó la parte en que Sam, demostrando ser digna de la espada llameante, la empuñó para hacer frente a incontables enemigos, salvando en el proceso la vida del besamáscaras.
Sí, vale, quizás esta parte no la dijo ella, y fue fruto de mi propia mente adormilada. Y es que en un momento dado me dormí, pero el cerebro tiene una sorprendente capacidad para mantenerse hiperactivo incluso en esos momentos.
Que se lo preguntasen a Sam, si no.


***

Me encontraba soñando con ‘Lady Sam de la espada llameante’, una atractiva heroína de una épica historia que iba de ciudad en ciudad luchando contra monstruos y demonios, siempre acompañada de su fiel compañero ‘Lord Besamáscaras’, cuando algo perturbó mi letargo: una serie de movimientos junto a mí, en la cama.
Poco a poco, fui desprendiéndome de los dedos vaporosos del sueño y abrí los ojos, regresando a la realidad. En la oscuridad del dormitorio de Sam, busqué aquello que me había despertado. Un bulto se movía justo frente a mis ojos, de una forma que denotaba inquietud, y ese bulto no podía ser otra persona que Sam.
Me incorporé un poco, solo un poco, para mirarla. Me imaginé que estaba teniendo un mal sueño, una de esas pesadillas que la acosaban cada noche. Valoré la posibilidad de despertarla, agitándola suavemente, pero no hizo falta: ella misma se despertó. Y lo hizo de golpe, incorporándose hasta la posición de sentada tan rápido que me dio un susto.
No perdí tiempo: encendí la lámpara de la mesilla de noche y me incorporé, rodeando a mi amiga con los brazos, pegando mi pecho a su espalda.

—Shhh… No pasa nada.—Le susurré en el oído, dándole un suave beso en la mejilla a continuación.—Estoy aquí. Estás en tu casa, en tu cama. No tengas miedo, ¿vale?—No pude evitar notar lo visiblemente nerviosa e inquieta que estaba, e intenté ser su consuelo en aquellos momentos.

Permanecimos así unos minutos, mi cabeza apoyada en su hombro y mis brazos alrededor de ella. No necesitaba preguntarle qué había soñado: con toda seguridad, habría vuelto a los peores momentos, a los momentos más terroríficos de su vida. La memoria y el subconsciente eran crueles la mayoría de las veces, y nos hacían sentir en peligro cuando no había necesidad.
Cuando Sam estuvo un poco más tranquila, me coloqué de rodillas en la cama de tal manera que ambas nos mirábamos a los ojos. Apoyé mis manos en sus hombros y la miré, sonriéndole. Hablé con suavidad, pero con rotundidad.

—Escúchame: están muertos. Ya nunca van a hacerte daño. Y aunque siguiesen vivos, ¿recuerdas lo que te prometí?—Deslicé mi mano derecha hasta apoyarla sobre su mejilla izquierda.—Te prometí que no iba a dejar que nadie te hiciese daño.—No tenía ni la más remota idea de que aquella noche, en el sueño Sam no temía por ella misma, si no por mí. Sin embargo, ella no me lo dijo, prefiriendo quizás guardarse algo tan horrible para ella sola.

Nos abrazamos durante algunos minutos más, esta vez frente a frente, y yo acaricié su pelo con mis dedos. No iba a soltarla mientras ella no quisiese soltarse, ni iba a irme a ningún sitio. Aquel había sido el error que cometimos hacía dos años… y por fortuna habíamos aprendido de nuestro error.

—¿Te acuerdas de aquella vez, aquel invierno de 2005, en que intentamos animar unos muñecos de nieve con magia?—Le pregunté con suavidad.—A Beatrice le gustaba pintarrajearles la cara cada vez que nos dábamos la vuelta, y Caroline se enfadaba con ella. Siempre terminaban enfrascadas en una batalla de bolas de nieve, y Henry tenía que ser el mediador.—Se me dibujó una sonrisa en el rostro al pensar en esto.—Ese invierno decidimos darle un susto a Bea. Queríamos animar los muñecos para que, cuando se acercase a pintarles la cara, estos empezasen a moverse. Y acabaron persiguiéndonos a nosotras.—Solté una breve carcajada, muy suave, y Sam también rió un poquito.—¿Qué te parece si volvemos allí? Allí nadie puede hacernos daño.—Solté otra risita, añadiendo a continuación:—Bueno, quizás los muñecos de nieve sí.

Volvimos a tumbarnos, esta vez todavía más cerca la una de la otra. No solté a Sam, mi mano derecha entrelazada con la suya, la izquierda descansando sobre su cadera. Ella cerró los ojos, y cuando me aseguré de que volvía a dormir, también yo cerré los míos.
Tras aquello, la noche transcurrió sin más incidentes. Por fortuna.
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