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No roots anymore. —Zoe.

Sam J. Lehmann el Jue Jun 21, 2018 9:59 am

No roots anymore. —Zoe.  MFV1CJr
Zoe A. Levinson & Sam J. Lehmann || Casa de Beatrice, 17 de junio del 2010 || Atuendo || Flashback.

¡Ya, ya sé que llego tarde, lo siento! —Se disculpó, sonriente, nada más entrar por la puerta de la casa de Bee y ver a su amiga allí, con cara de patata mustia, mirándola con reproche. —Felicidades atrasadas, guapa. —Y besó su mejilla, con uno de esos besos sonoros. En realidad le había felicitado el mismo día de su cumpleaños pero... ¡hoy era el día de la celebración y los regalos! Y, sobretodo, el día de la tarta. Que eso sí que es importante.

En realidad el cumpleaños de Beatrice había sido hace un par de días, pero siempre era mejor hacer una fiesta de ese estilo un viernes, un día en el que pudiera ir la gran mayoría de tus invitados. Por parte de Sam, sin embargo, le coincidía ese mismo día con el último examen del último curso de su carrera, por lo que había sido la última en llegar al cumpleaños. ¡Y como para no! Necesitó horas para hacer el examen, por no contar el tiempo post-examen en el que todavía estaba aceptando el hecho de que acababa de terminar su carrera. ¿Pero sabes qué? Bee era una persona extraordinariamente paciente y había esperado para partir la tarta hasta que llegase Sam. Bueno, Sam había visto la tarta y veía que le faltaba un trozo, pero... bueno, aún no se habían soplado las velas y, oficialmente, no se había partido la tarta.

Dejó el bolso en la entrada, para luego seguir hacia adentro y saludar a todos los presentes: primero a los que estaban sentados en el salón,: Gwen, que estaba sentada en uno de esos sofás unitarios hablando con Steven, que estaba justo en frente en un sofá doble con su hija.

¡Hola! —Saludó a todos, para acercarse primero a Steven a darle dos besos cordiales, luego zarandeó la mano de manera infantil hacia Alexandra y, por último, se acercó a su amiga para besar su mejilla con cariño. —¡Al fin llegué! Sé que todos queréis tarta. Bee es un encanto por esperar por mí. ¿O la habéis convencido vosotros? Con lo glotona que es... —Y rió.

¿Qué tal el examen? —Le preguntó Gwen antes de que se girase para continuar con su ronda de saludos. Sam sonrió, unió el dedo índice y el pulgar y se los llevó a la boca, besándolos.

Estás frente a una futura y competente legeremante. Más te vale guardar tus recuerdos en buen recaudo o te los leeré... —Y movió los dedos de manera "malvada y oscura" hacia ella, como si se los estuviese succionando. Todo el mundo sabe que Sam era incapaz de hacer ningún gesto ni malvado ni oscuro, mucho menos cuando sonríe y se le achinan los ojos, por lo que las comillas eran muy acertadas. —Luego te cuento con más detalle.

Continuó con su ronda de saludos, hasta que llegó a la cocina, en donde dejó una bolsita con bollitos de chocolate y crema—porque si eran todos de chocolate se los iba a comer Sam—y fue a coger una vasito de agua. Cuanto terminó de bebérselo, vio entrar a Zoe, la ex-mujer de Steven. Había oído hablar de ella por Beatrice y Steven, pero hasta ese momento no había tenido el placer de conocerla en persona. Quizás en algunas ocasiones de vista, lejana, ¿pero presentarse? Hasta la fecha no. Aunque bueno, quería pensar que aunque no había habido presentación formal, ambas deberían saber quién es la otra. O no. Al menos Sam si tenía claro quién era ella. —¡Hola! —Sonrió, acercándose a ella. —Soy Sam, una de las amigas de Bee. Sí, esa por la que aún no se ha partido la tarta. Dejad todos de mirarme así. —Fingió drama, con una encantadora y risueña sonrisa en el rostro. Claro que estaba de broma. Era probable que a ella le pareciese más fuerte que hubiesen esperado por ella, que probablemente la importancia que le diese los que están allí dentro a esa nimia espera.

Había algún que otro amigo más, pero Sam se limitó a saludarlos cordialmente sin darles mucha más importancia.

***

Después de partir la tarta y hartarse a chocolate, cantar al Sing Star hasta quedarse roncas, bailar al Just Dance hasta que alguien rompa un jarrón y reír hasta que te doliese la barriga y la mejilla, todo comenzó a relajarse. Abrieron los regalos y, al final, ya caída la noche, todos estaban jugando al Tabú en el salón por equipos, ese famoso juego en donde tienes que describir una palabra concreta sin poder utilizar en su definición ciertas palabras que eran tabú.

Sam había ido al baño, pero al salir vio como Zoe estaba recogiendo la mesa principal, así como todo el destrozo que había en la cocina. La rubia no tardó en dirigirse a ella para ayudarla, dejando de lado el Tabú. ¡Y eso que ella adoraba el tabú!

Cogió las sobras de la tarta, llevándolas a la cocina. —No entiendo cómo ha podido sobrar... con lo buena que está. —Sonrió, dejándola en un huequito libre sobre la mesa. Ella iba a ser de esas personas que racanearán un trozo en un tupper antes de irse, que no te quepa duda. —Por cierto... qué hija más preciosa tienes. Siempre se lo digo a Steven, pero creo que eso es mérito de los dos. —Amplió la sonrisa. —Es una maravilla de niña.

Y es que Sam tenía un instinto maternal nato. Bueno, nato no, pero hacía tiempo que se había dado cuenta de lo mucho que adoraba a los niños, sobre todo cuando eran tan adorables como Alexandra. Ella tenía claro que en algún momento le encantaría tener a uno de esos pequeñajos a su alrededor. Eso sí, dentro de muchísimo tiempo. Ahora mismo estaba demasiado harta con las relaciones como para siquiera pensar en ello.

Tengo permiso de Bee y Gwen para poder usar sus PNJs
Sam J. Lehmann
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Zoe A. Levinson el Mar Jul 17, 2018 7:09 am

17/6/2010
Sam J. Lehmann
Zoe A. Levinson
Casa de Beatrice Bennington
Vestimenta

Desde que tenía memoria, Zoe adoraba asistir a las fiestas de cumpleaños. Siempre habían sido la excusa perfecta para dejar a un lado las responsabilidades y divertirse, al menos, por las horas que duraban dichos eventos. Y en esa ocasión, se festejaba el cumpleaños de una de sus personas favoritas en todo el mundo: Beatrice Bennington. Pues, ¿cómo no adorarla? A pesar del divorcio y el tiempo que habían pasado incomunicadas, la joven había sabido ganarse un lugar en el corazón de Zoe.

No había sido para nada difícil, la cumpleañera tenía un encanto particular y había sido el nexo que le permitió retomar la relación con Steven. Por esa razón, Zoe se sentía realmente agradecida y se había dispuesto a prepararle una sorpresa. ¿De qué forma? Fácil, repitiendo la misma receta que había preparado el año anterior cuando Beatrice le había visitado, solo que en esta ocasión no hubo ningún incendio y las galletas salieron tal y como ella esperaba.

Tras colocarlas en un recipiente y envolverlo con cuidado, Zoe fue en búsqueda de Alexandra. La pequeña apenas alcanzaba los cinco años y no paraba de hablar acerca de lo emocionante que sería el cumpleaños de la tía Beatrice, además, tenía los ánimos por los cielos y la única manera en que Zoe consiguió que lidiar con su ímpetu fue negociando mediante una galleta. Pero no cualquier galleta. Las galletas que ella había hecho para la fiesta.

Por el momento será la única que comerás. Debes vestirte o llegaremos tarde y no podrás disfrutar de todo lo que la tía Beatrice tiene preparado para ti —advirtió con seriedad, poniéndose a su misma altura e incitándole a que le obedeciera. Sin embargo, ante la mirada inocente de la niña, Zoe no tardó en soltar una pequeña carcajada—. Vamos, Alex. A tu padre le encantará el vestido nuevo, ¿por qué no lo traes aquí para que te lo ponga? —añadió, retomando su postura normal.

La niña asintió y corrió animadamente en dirección a su armario. Al regresar con la prenda, Zoe la vistió y le arregló el cabello, formando una pequeña trenza en su larga cabellera. Satisfecha con el resultado y la apariencia de la pequeña, Zoe tomó los abrigos necesarios en caso de que anocheciera y tomó rumbo hacia la casa de Beatrice.

✦ ✦ ✦

El ambiente dentro de la pequeña reunión era de lo más ameno. Las personas conversaban animadamente y una buena vibra podía percibirse fácilmente en el ambiente. Zoe, por su parte, se encontraba acompañando a una hiperactiva Alexandra -aún más hiperactiva de lo normal gracias al azúcar que había consumido en la última hora- mientras hablaba de cosas vánales con Steven, intentando dar lo mejor de sí para no convertir la conversación en una verdadera tortura. Porque aunque ella intentara actuar como si nada hubiese ocurrido, no podía evitar pensar en lo incómodo que podría volverse todo si no elegía las palabras adecuadas. En verdad, era más difícil de lo que parecía pues cada una de las palabras que salían de sus labios antes debían pasar por un largo proceso de aprobación.

Mamá —pronunció Alexandra, captando la atención de una ensimismada y anonadada Zoe—. Quiero...

Galletas, lo sé. Ven, vamos a ver si quedaron algunas —animó con una sonrisa, poniéndose de pie y tomando la mano de su hija para ir en dirección a la cocina.

Para fortuna de Alexandra, una bandeja repleta de golosinas y galletas se encontraba apoyada sobre la encimera. Al percatarse de ello, la niña esbozó una sonrisa victoriosa y se puso de puntillas para alcanzar el recipiente, deteniéndose al percibir la mirada de su madre sobre ella.

Solo serán algunas, mamaaaaa —murmuró, haciendo un leve puchero que logró derretir el corazón de Zoe con tal muestra de ternura—. Papá se asegurará que no coma de más.

¿Lo hará? —inquirió Zoe, enarcando una ceja con evidente suspicacia. Guardó silencio ante la mirada expectante de Alexandra y, segundos después, volvió a hablar—. Está bien, ve con él. Yo ayudaré a ordenar la casa.

Alexandra pegó un saltito de la emoción y regresó con Steven llevando la bandeja con chucherías. Zoe soltó un suspiro y comenzó a juntar todo lo que se encontraba a su paso, volviendo a introducirse en el mundo en que se hallaba metida hasta antes del pedido de su pequeña... Permaneció así por varios minutos, ajena al juego que se realizaba en la sala contigua, hasta que una voz hizo que regresara a la realidad. Desconcertada, Zoe tuvo que pestañear varias veces para darse cuenta de dónde estaba. Ya no se encontraba sola y una joven, tal vez menor que ella por un par de años, hablaba de una de las cosas más importantes para ella: la comida.

Coincido en eso. Es una verdadera lástima, ¡estaba tan deliciosa! De todas formas, agradezco que Alex no la haya visto o le dará un subidón de azúcar —respondió con una sonrisa, centrando su atención en la rubia que se había unido a escena, para luego llevar la mirada hacia la niña que comía animadamente las últimas galletas de avena. Posteriormente, al oír el cumplido por parte de la mujer, Zoe soltó una risa y una sola palabra salió de sus labios—. Oh.

Casi instantáneamente, Zoe bajó la cabeza y alejó la mirada para disimular el sonrojo que se había formado en sus mejillas. A decir verdad, nunca había sabido qué responder en situaciones como esas. Y especialmente en ese día, la suerte no estaba de su lado. Su cabeza estaba hecha un mar de preguntas y el comentario de su acompañante no había hecho más que tomarla desprevenida.

Muchas gracias. De verdad que lo es, siempre trato de hacer lo que creo mejor para ella pero siempre termina obteniendo lo que quiere por su propia cuenta. ¿Acaso no has visto sus ojos de cachorrito? Es imposible resistirse a ellos —dijo con diversión, intentando romper con el silencio que se había generado a partir de su monosílabo. Torpemente, Zoe chasqueó la lengua y centró toda su atención en la rubia—. Disculpa mis modales, tú eres... ¡Espera, no me lo digas! ¿Gwendo... ¡NO! Sam. Sam, ¿cierto? —inquirió con inseguridad.

Lo único que Zoe podía recordar al observarla era su imprevista llegada y su breve presentación antes de proceder a cortar la tarta. ¿De verdad había estado desorientada al punto de no recordar el nombre de una de las amigas de Beatrice? Increíble.

Me temo que no nos pudimos presentar adecuadamente, soy Zoe. Y como ya sabrás, Alexandra es mi hija y Steven... Bueno, él es Steven —rio levemente extendiendo su mano para continuar con la presentación que había sido interrumpida hace tan solo horas atrás.


Alex me ha dado permiso para usar su personaje como PNJ I love you
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Sam J. Lehmann el Miér Jul 25, 2018 3:14 am

No pudo evitar sonreír al escuchar la preocupación de la mujer en que su hija no viese ese manjar o iba a terminar con sobredosis de azúcar e hiperactiva toda la noche. Si ya le pasaba a Sam cuando se pasaba comiendo cosas dulces, que terminaba como un búho con parkinson en la cama sin pegar ojo, no quería imaginarse tanto azúcar en un cuerpecito tan pequeño como era el de Alexandra.

Y tampoco pudo evitar otra cosa: soltar con tanta naturalidad lo preciosa que estaba la pequeña Alex. Bee le había hablado de su sobrina muchísimas veces, contándole solo cosas buenas de ella. Y claro, una piensa: “eso es que la ve con buenos ojos, no puede ser tan perfecta esa niña”, pero claro, luego la ves y… te das cuenta de que sencillamente sí que lo es. También cabía añadir que Samantha siempre había tenido bastante desarrollado ese instinto maternal, además de tener un cariño especial por los niños. Los adoraba, de todas las edades. Desde los más bebés que te vomitaban encima, hasta los de tres años que no paraban de volverte loca correteando por todos lados. Se dio cuenta de la reacción de Zoe, sonrojada. —Los he visto, los he visto, como para no verlos —afirmó con una sonrisa en los labios. —La verdad es que cada vez que veo a alguien así, con esos ojitos y esa carita… me empiezo a plantear que seré una madre horrible que no sabrá decir que no a nada—admitió, encogiéndose de hombros, para entonces reír ante el lío mental que tendría Zoe en la cabeza con los nombres de las amigas de Bee. —Efectivamente. Gwen es la morena. Puedes recordarme como Sam la tardona, no pasa nada. En mi defensa diré que era por un buen motivo: tenía hoy el último examen de la carrera y… —Resopló, con alivio y libertad, con una sonrisa de oreja a oreja.

“Steven, bueno… él es Steven”

No sabía por qué, pero esa manera de referirse a Steven, le pareció de lo más adorable. Le parecía muy bonito que, pese a que estuviesen separados, tuviesen tan buena relación entre ellos. Además de ser super bonito a la hora de criar a Alexandra por separado, también era super bonito que ese tipo de cosas no rompiesen una amistad. Sam era hija de una matrimonio divorciado y… sabía lo que hablaba. Ojalá sus padres, cuando ella solo tenía once años, hubiesen decidido guardarse sus diferencias para poder cenar en navidades todos juntos. —A Steven lo conozco bastante más. Muchos años llevo siendo amiga de Bee. —Entonces le tendió la mano, aunque como Sam era muy sociable, muy cariñosa y ese día estaba especialmente feliz con la vida, se acercó a ella para darle dos besos cordiales.

Al separarse, vio lo tirada que estaba la cocina. Sabiendo como era Bee, si no recogían antes de irse de allí, se iba a quedar las cosas tiradas mínimo tres días, cuando ya se diese cuenta de que no tenía tenedores limpios con lo que comerse los spaguettis. —Yo te vi en la cocina y pensé que estabas recogiendo. Ya venía a echarte la bronca de que lo estuvieses haciendo tú sola —bromeó, con un guiño. —Aunque en verdad… creo que le voy a echar una mano o ya me veo a Bee posponiendo el recoger hasta la eternidad... —añadió, divertida y en broma, mirando hacia la mesa, llena de cosas y hacia la encimera y el fregadero, que también estaba llena de cosas.
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Zoe A. Levinson el Lun Ago 06, 2018 6:38 am

Para sorpresa de Zoe, las apariencias no habían engañado durante esa oportunidad. Ella solía ser el tipo de persona que se dejaba llevar por las primeras impresiones, y en el caso de Sam, estas no habían sido más que encantadoras. Al verla había conciliado con facilidad la idea de una persona incapaz de romper un plato, y al percibir la dulzura presente en su voz, no tardó en caer cautivada por ella. Esa siempre había sido la característica particular que le fascinaba de las personas: la libertad que empleaban a la hora de interactuar a pesar de tratarse de completos desconocidos.

Oh, no es tan difícil como parece —se apresuró a responder, ladeando la cabeza de lado a lado para difumar el rubor vigente en sus mejillas. Debía aprender a tratar con situaciones de ese estilo o todas las situaciones similares se convertirían en un verdadero bochorno—. Al principio es todo una experiencia pero con el tiempo aprendes a tratar con los ojitos y los pucheros. Lo peor son los pucheros. Y sobre todo, definir los roles lo es. Con alguien como Steven a veces es complicado establecer ciertos extremos sin parecer la mala de la película —añadió, soltando una carcajada para aislar cualquier malentendido.

Siempre había sido así. Zoe era la voz de la conciencia dentro del desecho matrimonio y en extrañas ocasiones cedía a menos que las miradas enternecedoras provinieran de Alexandra y su incomparable padre. Era por eso que trataba de hacer, dentro de lo que cabía, lo que creía mejor para ella. Sabía que la complicidad padre-hija podía volverlo todo un poco más complicado pero sin sus negaciones y recurrentes advertencias, Alexandra tomaría actitudes que ella no podría tolerar.

Sí, lamento la confusión. Suelo recordar hasta los más mínimos detalles pero parece que hoy no es mi día —murmuró con algo de vergüenza, estrechando su mano y sintiendo cierto interés por saber más acerca de su examen. A pesar de que ella había pisado Hogwarts por última vez hace mucho tiempo, su corazón aún permanecía a Ravenclaw y cualquier atisbo a hablar acerca de los estudios, llamaba por completo su atención. No podía evitarlo, era algo casi innato en ella—. Oh, ¿qué estás estudiando? Los últimos exámenes conllevan mucho estrés, que suerte que Bea haya decidido hacer la fiesta justo hoy, así podrás distender luego de tanto esfuerzo —dijo, tras recibir aquellos dos inesperados besos por parte de la rubia.

Una sonrisa sincera se formó en sus labios y a continuación, dio dos pasos y comenzó a poner en orden el lugar. Podía hacerlo de la forma rápida empleando el uso de su varita, pero ella siempre había sido más mundana en ese aspecto y prefería hacer las cosas por su propia cuenta. Además, contaba con la ayuda de Sam y sabía que, en menos de lo esperado, ambas no tardarían en terminar el trabajo.

Oh, no... Solo estaba viendo cuantas de estas cosas podrían caber en mi bolso antes de que ellos se percaten de que aún queda comida —bromeó, soltando una risa con complicidad mientras tomaba con sus manos una de las bandejas que se hallaban sobre la encimera.

Con pasos bien medidos, dado que no tenía intención de tropezar y esparcir la comida por el suelo, Zoe se desplazó por el interior de la cocina y no se detuvo hasta estar frente al fregadero. Allí abrió el grifo y dejó la bandeja a un lado para comenzar a fregar cada uno de los trastos.

Tras un instante de silencio, su mirada regresó en dirección a Sam y, aun portando aquella sonrisa que tanto la caracterizaba, pronunció:

¿Qué te parece si después de hacer todo esto vamos a jugar? No conozco el juego del todo pero podemos hacer equipo y tal vez puedas ayudarme —afirmó, moviendo sus manos en un vaivén para quitar los restos de comida que se hallaban en el recipiente. Después de todo, un poco de diversión no les vendría mal—. Prometo que aprenderé rápido —añadió, solo por si acaso.
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Sam J. Lehmann el Miér Ago 08, 2018 3:40 am

Mira que no había tenido hijos nunca, ni hermanos pequeños—al menos que ella conociese—con los que pudiese quedar de “poli mala” por ciertas decisiones, ¿pero sabes qué? Zoe podía tener toda la cara de ángel que pudiese, porque de hecho la tenía. ¡Pero mirad a Steven! ¡Es que es demasiado mono! Es la típica persona que miras y se te derrite el corazón: no porque esté bueno—¡qué iba a saber Sam, la super lesbiana, de hombres atractivos!—sino porque era como una especie de osito de peluche sonriente que daban ganas de apachurrar. Lo único de lo que se arrepentía con respecto a Steven es que no hubiese sido más amiga de él. ¡Una quería achuchar libremente a cosas tan monas por la vida! Así que sí, podía entender perfectamente, pese a no vivir nada similar, ese conflicto emocional que comentaba Zoe. La legeremante no pudo evitar reír junto a ella, ya que aquello tenía que ser frustrante. —Me puedo imaginar por lo poco que conozco a Steven, hasta el osito más adorable haría de poli malo a su lado. Me gustaría verlo enfadado, así a bote pronto mi mente no lo llega a concebir —exageró, con evidente diversión.

No pasaba absolutamente nada por haberse equivocado de nombre, mucho menos si se trataba entre Gwen y ella. Pasaban juntas muchísimo tiempo y el hecho de que la confundieran con ella era algo positivo, más que algo malo. Además, Bee tenía muchísimos amigos y no tenía por qué saberlos todos. Zarandeó la mano, quitándole importancia a la confusión.

La saludó formalmente a la par que ella se mostraba interesada por sus estudios. ¿Sabes una de las cosas que Sam más amaba en esos momentos de su vida? Su carrera. Quizás dentro de unos años, cuando el gobierno cambiase y ella estuviese harta de tener que utilizar la legeremancia con fines desleales… no le tuviese tanto cariño. Pero ahora, que lo vivía como su auténtica vocación, sin fines ocultos, lo consideraba una rama sencillamente excepcional. —Me metí en la facultad de disciplinas mentales, más concretamente la oclumancia y la legeremancia. Los últimos años directamente me especialicé en ésa última y hoy, por fin… —Alzó sendas cejas momentáneamente, apoyando ese gesto tan alegre con una sonrisa y dejando la frase en el aire, pues su rostro hablaba por sí solo. —En eso tienes razón. Al principio, con tanto estrés, sólo pude quejarme de la fecha del cumpleaños, ¿pero a quién quiero engañar? Lo mejor después de salir de un examen es poder venir a un cumpleaños a cantar en el karaoke para liberar estrés. —Hizo una ligera pausa, encogiéndose de hombros. —No me juzgues por mis gallos; me encanta cantar. —Que no tenía ni qué decirlo, ¿sabes? Era obvio, por los saltos que pegaba con micro en mano, que su segunda vocación sin duda sería la de cantante profesional.

Rió ante el plan maligno de Zoe de robar los dulces, a lo que Sam, fingiendo que nadie se daba cuenta de lo que hacía, cogía un trocito pequeño y sobrante de chocolate que yacía en un platito que prácticamente estaba vacío. Spoiler: el noventa por ciento de ese platito se lo había comido Sam.

La rubia comenzó a tirar las cosas en distintas bolsas, separando entre comida y plásticos porque reciclar era importante para la vida. Que la gente no lo tenía en cuenta, pero nadie pensaba en esas pobres tortuguitas que se veían asfixiadas por los plásticos, o esos pececitos que comían residuos pensando que eran comida. Que los pececitos son retrasados, ¿vale? ¡No podías ponerle basura delante, que son como los perros, se lo comen todo!

Se giró al escuchar de nuevo la voz de Zoe, animándose para jugar al famoso Tabú con el que más de una persona se estaba echando unas buenas carcajadas ahí fuera. —¿Nunca has jugado? Es divertidísimo. Consiste en hacer que una persona adivine una palabra en concreto sin poder pronunciar una serie de palabras prohibidas. —Dejó en una esquina las bolsas de basura, perfectamente colocadas para que ninguna se virase por error y lo dejase todo perdido. Se acercó a Zoe, apoyándose en la encima justo a su lado. —Si yo te digo: se trata de un evento visual que aparece en la caja tonta de los muggles en donde todo lo que sale son cosas de la actualidad del mundo. —Recitó, de manera totalmente aleatoria en relación a los telediarios de la televisión. —U otra, otra: se trata de un utensilio de cocina con el que es imposible tomar líquido y tiene muchos agujeros. —La espumadera, de toda la vida. La estaba viendo en el fregadero, en la zona de cubiertos limpios.  

Sam podía ser muchas cosas, ¿pero competitiva? Los juegos de ese estilo le sacaban más carcajadas que piques. En el único juego en donde era competitiva de verdad era en el karaoke, pero porque eso ya se lo tomaba muy en serio. Cantar era algo serio, ¿vale? No podías simplemente cantar por cantar. No. Se hacen las cosas bien o no se hacen. —Si se nos da mal, siempre podemos irnos a cantar, que el karaoke está libre. —La miró como de soslayo, con una sonrisa de lo más cómplice.
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Zoe A. Levinson el Jue Ago 09, 2018 11:47 pm

La pintoresca comparación entre Steven y un peludo y rechoncho oso de peluche sonó de lo más divertida dentro de la curiosa mente de Zoe. Sí, tal vez esa era la forma que más se asemejaba a su ex-pareja. Incluso, podría también serlo para su hija. Ambos eran muy parecidos y compartían un tipo de relación que, pese a que ella anhelara, sabía que no podría conseguir en ningún momento de su vida. Y no los envidiaba, claro que no. Ella había sido igual que Alexandra de pequeña, siempre había sentido cierta inclinación y preferencia por su padre. Y eso no tenía nada de malo. No cuando le fascinaba ver la forma en que la niña lo miraba y lo divertida que lucía comiendo las galletas a su lado, compartiendo así un momento padre-hija de lo más tierno.  

¿Steven enojado? ¿Eso realmente podría ocurrir? —respondió, ladeando la cabeza hacia un lado para despejar los cabellos que cubrían parte de su rostro. Zoe conocía a Steven desde hace años y lo había visto y conocido en todas sus formas. Por esa razón, ella podía decir sin siquiera dudar que él no era una persona capaz de sentir tal sentimiento en su interior. Él era demasiado bueno como para sumir ante ello—. Lo conozco como a la palma de mi mano y puedo asegurarte que, en todo el tiempo que estuvimos juntos, nunca lo vi molesto por absolutamente nada. O bueno, no cuando yo haya estado presente —comentó con sinceridad, encogiéndose de hombros para restarle importancia a sus palabras.

Al oír la respuesta de Sam acerca de sus estudios, Zoe permaneció en silencio, expectante. Pero antes de que pudiera saber más, la rubia se detuvo y esbozó una sonrisa que logró dejarla un tanto aturdida. Ella sabía más que nadie que las sonrisas podían tener muchos significados, pero su acompañante lucía tan contenta... Que no pudo pensar en otra cosa más que había rendido de forma correcta.

Pero qué emoción. ¡Muchas felicidades, Sam! —exclamó con amabilidad, saltando sobre su lugar y utilizando un característico -y para nada llamativo- tono chillón producto de la sorpresa que le había generado la situación—. Entonces, ¿qué haces aquí? Deberías estar deleitándonos con tus dotes musicales, futura legeremente. Yo soy la menos indicada para juzgarte, más bien, sería la persona que se sentaría a ver tu show en primera fila y te alentaría a pesar de que tu voz no fuera... La más agraciada —comentó con diversión, a la par que fregaba varios platos y tuppers para terminar rápidamente el trabajo. De verdad ansiaba que lo hiciera, porque si a primeras su voz le había parecido de lo más dulce, escucharla cantar sería, tal vez, la cereza que le faltaba al pastel.

Sumiéndose de nuevo en sus pensamientos, Zoe se dedicó a fregar los recipientes restantes. De vez en cuando, su mirada regresaba curiosamente en dirección a la rubia. Pero ninguna palabra salía de sus labios. Tan solo se dedicaba a observarle, hallando ciertas similitudes entre ella y su hija. Resultándole de lo más tierna la forma en que, con puro empeño, separaba cada uno de los residuos en diferentes bolsas.

No fue hasta cuando ella comentó abiertamente su interés por el juego que Sam, con una emoción visible en su rostro, comenzó a explicarle brevemente de qué se trataba. Y le permitió que lo hiciera, intentando comprenderlo y relacionarlo con algún otro juego que ella hubiera jugando con anterioridad.

¿Algo así como el Pictionary pero sin hacer dibujos? —preguntó, frunciendo ligeramente el ceño con evidente confusión. Una pequeña sonrisa se asomaba por sus labios, tal vez, por temor a que la chica se pusiera como loca por no conocer uno de sus juegos favoritos. ¿Pero qué más podía hacer? Durante sus pasatiempos no jugaba más juegos que el UNO! y el Pictionary, aunque en este último tan solo fuera capaz de hacer pequeños dibujitos con palitos y monigotes que nadie comprendía y convertían al simple juego en una batalla campal donde «¿Qué demonios es eso, Zoe?» se convertía en la única pregunta que sus contrincantes podían formular—. Oh, espera. Ya entiendo. Parece divertido, intentaré repasar algunas palabras en mi cabeza para no hacerte pasar vergüenza. Solo espero que no me ganen los nervios y comience a decir muchas palabras al azar. Créeme, sé de lo que hablo. No será la primera ni la última vez que ocurra—advirtió, conociendo a la perfección el rejunte de emociones que se generaba en su interior cada vez que notaba que faltaban escasos segundos para perder su turno.

Aún con la misma expresión en el rostro, Zoe repasó las diferentes situaciones en que podrían derivar el karaoke. Ella siempre había cantado en la ducha, tal y como lo hacía el 99.9% de la población en la tierra, pero nunca había sentido interés por expandir horizontes. Y mucho menos, estaba entre sus planeas cantar frente a cada uno de los invitados de Beatrice. Pero... ¿Qué podría salir mal? Ya sabía con antelación que haría un desastre jugando al tabú, así que cantar y romperle el tímpano a los presentes no tendría nada de malo. ¿Cierto?

¿Qué tipo de música te gusta? Tal vez... Podríamos hacer un dueto —respondió, compartiendo la complicidad a través de una sonrisa similar a la de la rubia. Ni ella se creía capaz de hacer lo que iba a hacer, pero había perdido sus últimas pizcas de dignidad hace mucho tiempo y un par de ojos curiosos no harían que se acobardara—. Solo tienes que saber que nunca canté frente a un público que pueda confundir mi voz con el canto de una banshee. ¿Me ayudarás a que no huyan despavoridos? —inquirió, cambiando su sonrisa por un mohín de lo más adorable.
Zoe A. Levinson
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Sam J. Lehmann el Sáb Ago 11, 2018 4:02 am

No, la verdad es que con lo encantador que era Steven, ella tampoco se lo imaginaba precisamente enfadado. Era demasiado mono. Él parecía que, como mucho, podría enfadarse un poquito pero ya. Una simple mirada de su hija, o de su mujer—en este caso exmujer—ya le harían volver a ser ese dulce de caramelo que derretía a tantas mujeres. La verdad es que... no quería ser indiscreta y, de hecho, no lo sería jamás de los jamases, pero tenía muchísima curiosidad por saber como tremendo hombre como Steven y tremenda mujer como Zoe—no hacía falta más que verla para darse cuenta de que lo que tenía de guapa, también lo tenía de agradable—habían cortado, pese a luego llevarse tan bien. —¡Gracias! —dijo de repente, con una risueña sonrisa. —La verdad es que estoy entusiasmada con comenzar con mi vida adulta. Usar todos mis ahorros para un piso, comenzar a trabajar de verdad... No sé, es realmente emocionante, al fin —confesó, visiblemente alegre.

La miró de reojo ante su aceptación a quedarse sorda. —Me gustas, Zoe. Yo también soy de esas que apoya a las voces más desfavorecidas —admitió, divertidísima. No sería la primera vez que Sam iba a un karaoke y era la más motivada cuando algún gallo pidiendo la eutanasia decidía subir al escenario a mostrar cómo no se debe cantar si no querías dañar oídos ajenos. —Oye, que yo no me quejo, ¿eh? Normalmente si paramos de cantar en el karaoke es por otra persona, no por mí. Yo hasta no quedarme afónica… lo doy todo. Con un micro en la mano, todo cambia. —Y sonrió, casi de manera traviesa. —Aunque algo me dice que antes de quedarme afónica, viene el vecino de Bee a echarnos la bronca por estar sacrificando gallos en época de patos —bromeó con una amplia sonrisa.

La verdad es que no iba a juzgar a nadie por no saber qué era el Tabú, sobre todo teniendo en cuenta la cultura mágica, en la cual escasea todo este tipo de juegos de mesa de orígenes muggles. O bueno, quizás algún juego había empezado siendo mágico—cosa que dudaba enormemente—, pero tampoco iba a escupir al cielo. Movió la cabeza de un lugar a otro, sin estar muy conforme con la comparación que había hecho la morena. —Más o menos. La verdad es que nunca juego al pictionary porque siempre pierdo: dibujo de pena, en serio te lo digo. Jamás me elijas en  tu equipo si algún día está en juego tu vida por una partida de pictionary. Un día intenté dibujar una nave espacial y todos insistían en que lo que estaba dibujando era un pene, ¿vale? ¡Y no es tan difícil dibujar un platillo volante! —Rechistó, negando con la cabeza. —Mis amigos no ven el reflejo de mis intenciones en mi hermoso arte abstracto. No puedo jugar con ellos —divagó divertida, con un guiño de lo más jovial. Rió entonces al previo aviso de Zoe de que podía cagarla con el juego. —¡No pasa nada! ¿Te crees que eres a la única a la que le pasa eso? He visto hasta gente golpear la mesa del estrés de quedarse en blanco. Lo importante es la concentración.

A ver, prioridades: cantar siempre estaba en el top de cosas por hacer en una fiesta en casa y, cualquier cosa que se pudiese también, iría inmediatamente por detrás. O sea, es una regla universal de… Sam. No eran tan universal en realidad, pero la legeremante no entendía como es que a la gente no le podía gustar cantar, aunque lo hiciese de pena. ¡Si es que era liberador! ¿Y ya cuando bailabas a la vez? Eso ya era el culmen de la vida, aunque no te diese el cardio para poder terminar la frase de Lady Gaga en medio de su baile tan épico. —Se nota que no me conoces, Zoe, la pregunta correcta sería preguntarme qué tipo de música no me gusta. —Y esbozó una sonrisa de lo más dulce, acercándose a ella para dejar sobre la encimera algunos enseres ya ordenados que había recogido de la mesa. —¡Claro! —Aceptó su dueto, para entonces fijarse en el rostro tan adorable que había puesto al decir que cantaba mal y que no quería que huyesen despavoridos. ¡Ay! ¡Pero si aquí dentro todo el mundo canta mal! —Los ataré al sillón si hace falta —dijo Sam, con fingida seriedad, a punto de estallar de risa. —Venga ven. Luego seguimos con esto.

Y con un insistente movimiento de mano, le instó a que le persiguiese. Salió de nuevo al salón, pasando por donde estaba el grupito jugando al famoso tabú, pero ellas siguieron un poquito de largo, hasta llegar al ordenador portátil, en donde estaban enchufados dos micrófonos. Era el Sing Star versión pobres, ¿vale? Ese de ordenador en donde puedes bajarte música hasta africana y ponerte a cantar inventándote la letra. Aunque seamos sinceros, en el ochenta y dos por ciento de los casos de cantos en el Sing Star, alguno de los dos jugadores se inventaba la letra siempre. El portátil estaba en una mesa bajita, por lo que Sam se sentó en el suelo, medio de rodillas, mientras cogía un mando, tendiéndole otro a Zoe. —Ven, siéntate aquí conmigo para elegir nuestra víctima —le dijo, golpeando con suavidad la alfombra a su lado. Comenzó a pasar canciones con la flechita del teclado, para finalmente mirar a su nueva amiga. Cualquier persona que tuviera la valentía suficiente como para cantar delante de desconocidos con Sam, se ganaba un puesto en el corazón amistoso de Samantha Lehmann, ¿vale? Eso era así. —¿A ti que tipo de música te gusta? Elige, que yo me adapto a todo. Bueno, menos heavy, si no quieres que venga la policía pensando que estamos torturando a alguien. O rap, que créeme… parezco muy idiota. No puedo seguir el flow de Eminem, es mi némesis. —Y, por favor, que no lo pusiese porque Sam se lo tomaba muy en serio y, aunque sonase idiota y pareciese retrasada… ¡ella lo intentaría, otra vez!
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Zoe A. Levinson el Sáb Ago 25, 2018 8:13 am

Sin pensarlo dos veces, Zoe soltó lo que estaba lavando y fue detrás de Sam. A decir verdad, le avergonzaba dejar la limpieza para otro momento. Ella siempre prefería anteponer las responsabilidades sobre cualquier otro tipo de distracción, pero, en ese momento, no quería comportarse como una completa agua fiestas. No cuando era evidente que su propuesta había despertado el interés de la rubia, lo cual se había convertido en el motivo por el que ella no había retrocedido ni tampoco se había arrepentido. Porque, a pesar de que se sintiera un tanto nerviosa, estaba convencida de que quería cantar y divertirse tanto como fuera posible a su lado.

Mmmm... No lo sé. Siempre pongo youtube en modo aleatorio y dejo que reproduzca lo que el destino quiera, o bueno, uno de sus algoritmos. No soy cerrada en cuanto a mis gustos y creo que la música puede ser la perfecta forma de abrirnos a nuevas culturas —comentó brevemente, tomando el mando y haciendo su cabello hacia un lado para recogerlo con una de las cintas que se hallaban en sus muñecas. Su mirada buscó a Alexandra entre los jugadores del tabú, distinguiéndola por su notable emoción, y no tardó en destinar su atención a Sam, imitando sus pasos y tomando asiento frente a la pequeña mesita que sostenía la laptop destinada al karaoke. — ¿Qué hay de ti? Dicen que la música habla mucho las personas, ¿cuáles son tus bandas preferidas? —inquirió con curiosidad, enarcando una ceja mientras jugaba inocentemente con el mando que se hallaba en su mano izquierda.

Una media sonrisa podía vislumbrarse en su rostro a medida que pensaba en el tipo de música que podrían elegir. Habían varias bandas y cantantes que lograban volverla loca con gran facilidad, ella podía pasar rápidamente de escuchar los hits de las Spice Girls a escuchar lo último de los Black Eyed Peas, pero nada le impulsaba a sacar a la luz a su juglar interno. No porque no quisiera cantar junto con Sam, es más, la idea le encantaba, sino porque nada lograba convencerla del todo. Nada le decía "esta es la canción definitiva" así que, muy a su pesar, dejó la decisión final a manos de la suerte.

Para hacerlo más divertido, juntas apretaremos la flechita y cantaremos la primera canción que aparezca cuando dejemos de presionarla. No importa si es una de tu archienemigo Eminem, prometiste que lo haríamos juntas y eso significa que también compartiremos la vergüenza. Y sí, sé que será completamente imposible conjugar una sola palabra dicha por él ¡pero también será divertido! —exclamó, entrecerrando los ojos y chasqueando la lengua con dulzura. Sus ojos comenzaron a inspeccionar detenidamente cada uno de los nombres de las canciones que se hallaban en la lista, deteniéndose al apreciar un curioso nombre en frances—. Bien, solo espero que no nos toque esa. No sé cuál es pero puedo predecir que Eminem será el menos de nuestros problemas si la flecha de detiene JUSTO en esa —añadió con conmoción, conteniendo el aliento por un instante y soltando un pesado suspiro.

Su dedo índice se posicionó sobre la tecla que señalizaba la flechita, dejando un espacio libre para el dedo de su nueva amiga, y sus ojos no tardaron en buscar urgentemente los de la rubia. Estaba nerviosa pero feliz aunque su rostro consternado no pudiera demostrarlo. Solo esperaba que no tocara alguna canción de Eminem, solo eso...

¿Lista? —murmuró con una media sonrisa y en ese preciso instante supo que no había vuelta atrás.


Canciones Aleatorias.:

Se me ocurrió que podríamos hacer esto para agregarle el factor sorpresa al post. Tiraré un dado del 1 al 20 y la canción se elegirá según el número que salga. Y SÍ, ESTÁ EMINEM. Pero Freya puso una de operación triunfo para compensarlo(?) :A *sale eminem* *mueren por falta de aire*
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Sam J. Lehmann el Mar Ago 28, 2018 1:44 am

Lo que dijo Zoe tenía toda la razón del mundo, pues la música abría mundos. No solo te servía para conocer nuevas culturas, sino también a modo de terapia. A Sam la música clásica, por ejemplo, como la relacionaba demasiado con su padre, tenía en ella un efecto de paz y tranquilidad que muy pocas cosas conseguían en ella. Era como si la música le abrazase y le arropase, tal y cómo hacía su padre cuando solo tenía siete años. Ahora, sin embargo, sus gustos musicales habían cambiado bastante en su etapa adulta y la pregunta de Zoe la tenía muy clara. —Beyoncé —respondió como si fuera la respuesta más clara que jamás ha tenido en la vida. —Got me looking so crazy right now, your love's got me looking so crazy right now... —cantó su canción predilecta mientras movía sus manos con emoción.

Definición gráfica de Sam cantando Crazy in Love:
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No sé que me ha dado con Beyoncé últimamente, pero la adoro. —Y lo mucho que la adoraría a partir de ahí. Esa Sam todavía no lo sabía, pero el amor por esa mulata de voz poderosa solo iría in crescendo.

Le pareció de lo más acertada el método aleatorio que proponía Zoe, ya que Sam estaba tan verde en todo éste mundo del karaokismo que le daba igual atragantarse con Eminem—que Merlín no lo quiera—como romperse la garganta cantando Bonnie Tyler con Total Eclipse of the Heart.

Sin embargo, salió Katy Perry. Katy Perry señores, la enemiga acérrima de Taylor Swift. ¿No lo sabíais? Sam consumía mucho Youtube basura con noticias salseantes sobre famosos. Pero Sam en esa época—que no en el futuro actual en donde es una fugitiva—prefería a Katy Perry y consideraba a Taylor Swift una victimista. ¿Lo gracioso? Dentro de unos años cuando la Ley la buscase para encerrarla en una mierda de lugar en donde experimentar con ella y hubiese pasado por los momentos más horribles de su vida, le encontraría cierto feeling a las canciones deprimentes de Taylor Swift y se haría su fiel amiga.

Teenage dream, me gusta Teenage dream —confesó. —Estoy lista.

Le dieron al play y...

Gallo por aquí.
Gallina moribunda por allá.
Carraspeo disimulador girando la esquina.
Falsete para llegar a la nota.
Falsete más alto...
¡Gallo otra vez! ¡Las dos!

Luego vinieron las miradas cómplices por el gallo en sincronía y un intento de evitar la sonrisa que les salía a ambas en los labios para no perder la nota que muy hábilmente han cogido por fin, después de tres estribillos...

Cuando terminaron de cantar y miraron hacia atrás, absolutamente todos les estaban mirando, con un rostro cargado de diversión. Bee era la que peor disimulaba esa cara de querer descojonarse delante de sus propias amigas, a lo que Sam la miró con reproche. —¿Estamos calentando la voz, vale? ¡No seáis malos! ¡Bee, no te rías! —Y volvieron a mirar hacia adelante, al ordenador. —Ignórales, no saben apreciar dos voces preciosas de sirena. En realidad no puedo juzgar la tuya con objetividad, mis gritos de gallina en el borde del sacrificio me impedían escucharte —exageró con diversión.

¡En realidad no habían cantando tan mal! Era la primera y la gente era una exagerada. Ni siquiera había habido tanto gallos como había contado Sam. Ambas tenían unas voces muy bonitas, pero necesitaban una canción en dónde poder dejar claro su talento. Y Katy Perry no era esa canción. —Vamos a volver a intentarlo —carraspeó, apretando la flechita junto a ella para volver a elegir aleatoriamente una canción.


OFFROL: Tiro yo también para la siguiente canción :A ¡POR FAVOR QUE TOQUE EMINEM!
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Zoe A. Levinson el Lun Ene 28, 2019 6:06 am

Al comenzar a oír la canción interpretada por Sam, Zoe cubrió su boca con ambas manos y dejó salir una gran risotada. Le resultaba de lo más divertida la manera en que la rubia se desenvolvía, moviéndose de lado a lado con tal nivel de pasión y seguridad nunca antes visto en un ambiente donde lo único que los presentes habían ingerido había sido jugos de distintos sabores y espesores.

Wow, si yo fuera Beyonce estaría preocupada por mi carrera. Y no lo digo porque intente agradarte, no soy el tipo de persona que dice estas cosas con tal de ganar la confianza del otro. Solo digo que tal vez unas clases de canto ayuden a afianzar tu voz ¡y quien sabe, puede que seas la próxima Taylor Swift! —exclamó, dando un pequeño aplauso para celebrar el espectáculo hecho por la rubia. A decir verdad, compartir un momento como ese le emocionaba a Zoe de Manera inmensurable. Le hacía rememorar su adolescencia (pese a que no hubieran pasado muchos años desde esa instancia de su vida) y ella no podía sentirse más a gusto con ello—. Yo podría deleitarte con alguna de sus canciones pero creo que podrás divertirte lo suficiente con mis dotes musicales en cuanto comience el juego –añadió, ladeando la cabeza hacia un lado y cambiando el tono de su voz para imitar al tan temido Jigsaw.

Entonces dirigió la mirada hacia el inicio del SingStar, cerró los ojos y permitió que el modo aleatorio se encargara de elegir el destino de ambas. Un segundo después, un tanto -muy- nerviosa por lo que podría ocurrir, Zoe reabrió los ojos y no pudo contener una mueca al ver que el nombre de Katy Perry resplandecía en medio de la pantalla. Ella hubiera preferido mil veces que el aleatorio cayera en alguna canción de rap, lo cual le permitiría decir palabras al azar a medida que intentaba que sus incoherencias encajaran con el ritmo de la música, o en "Big Girls Don't Cry" de Fergie, canción que sabía de adelante hacia atrás gracias a las infinitas tardes donde, luego de su ruptura con Steven, había hallado consuelo en la letra. Pero no perdía nada con darse una oportunidad de hacer algo nuevo, además no quería quedar como una terrible aguafiestas.

Así que cuando las primeras notas se abrieron paso por el lugar, Zoe se aferró al micrófono y procedió a hacer lo que nunca antes había pensado que haría: humillarse de la forma más torpemente posible. En un principio se movió al ritmo de la música e intentó cantar tan bien como sus pulmones se lo permitieron, pero apenas podía acertarle a la letra y eso podía notarse perfectamente al observar la puntuación en la pantalla (y también lo podían notar los pobres invitados que estaban siendo sometidos a esa tortura). Sin embargo, al notar que Sam tampoco era la mejor cantante del universo, dejó de prestarle atención a los numeritos que indicaban cuan mal estaba pegándole a la nota y se dedicó a disfrutar el momento.

No le importó que Katy Perry no fuera uno de sus cantantes predilectos. No le importó estar dejando en escena sus últimos vestigios de dignidad. No le importó nada en lo absoluto y solo se detuvo en el momento en que la música lo hizo, imitando el movimiento de Sam para encontrarse con el rostro divertido de más de un espectador.

¡Pero qué vergüenza!

Ni la propia Alexandra, quien había crecido escuchando la no tan melodiosa voz de su madre durante las nanas que le cantaba durante la noche, podía creerse lo que había visto. Y es que para qué engañarse, ¡ni la propia Zoe podía creérselo!

Gracias, gracias... Ha sido un placer deleitarlos con nuestras maravillosas sonatas. Y por favor, dejen de observarnos como si fuéramos bichos de circo porque les comenzaremos a cobrar por el show. Ya saben, necesitamos un buen dineral para reparar nuestras gargantas luego de tal nivel de esfuerzo —murmuró Zoe al borde de una carcajada, apartando la mirada para que nadie más que Sam pudiera notar el rubor de sus mejillas. Desinteresada en oír una respuesta, regresó la mirada al ordenador y frente al comentario de la rubia le fue imposible contener aquella risa que tanto estaba conteniendo—. ¡Pero qué cosas dices! Las dos hemos cantado cual sirenas, solo que ellos no saben apreciar lo que es bueno. Ambas somos... Mmmmm, por así decirlo... Arte contemporáneo, de esos que parecen ser difíciles de comprender pero que, al fin y al cabo, terminan en alguna galería de arte —respondió, intentando hallarle alguna lógica a sus palabras si es que eso era posible.

Y sin más pretexto, regresaron al ruedo y dejaron que el azar volviera a elegir por ellas. En esa oportunidad ya no trataban con un artista posterior al 2000, se habían ido mucho más atrás, 1965 para ser exactos: la época de los Beatles y su reconocido hit "Help!"

Bueno, no seré tan buena como ellos lo fueron. ¿Pero sabes qué? Tengo el mismo flequillo que Ringo, tal vez eso nos dé un poco de suerte —Zoe sonrió guiñando un ojo y procedió a darle play al juego.

En esa oportunidad podría decirse que la suerte estuvo de su lado porque, si bien su voz no era la más armoniosa, sabía la letra y podía complementarla con un pequeño baile que consistía en dar vueltas alrededor de Sam y fingir que se quedaba sin aire y estaba a punto de desmayarse cuando debían cantar «Help me if you can, I'm feeling down», complementando la situación con un pequeño salto cada vez que llegaban al nombre de la canción.

En algún momento los ojos de Zoe conectaron con los de su pequeña hija y no dudó en ir a por ella, extendiéndole la mano a Sam para que pudiera unirse en una danza más que improvisada.

Y cuando menos lo esperaron, varios de los presentes fueron dejando atrás las risas para ayudarles a terminar la canción. Ya nadie parecía fijarse en lo desentonadas de sus voces. Ya nada de eso podía parar la ola de emoción que se había generado en el lugar.

Finalmente, la música se detuvo y los aplausos no tardaron en inundar cada rincón de la habitación.

Te dije que mi flequillo nos traería suerte —murmuró por lo bajo, observando a Sam con complicidad y acercándose a ella para abrazarla.

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Sam J. Lehmann el Jue Ene 31, 2019 2:53 am

Cantar Katy Perry fue todo un reto, divertido al fin y al cabo, ¿pero ver las caras de todos giradas hacia donde se encontraban, tras ese claro ejemplo de cómo no debe cantarse Teenage Dream? Eso no tenía precio. A Sam no le daba vergüenza cantar, aunque lo hiciese mal, de hecho se divertía muchísimo y era uno de sus hobbies favoritos cuando estaba con amigos. Era de esas personas a las que le hubiera gustado nacer con una voz prodigiosa con tal de poder cantarlo todo  y disfrutar en el camino: pero qué se le va a hacer, canta mal y ella feliz. Quizás Zoe tenía razón y con clases de canto podía llegar a no destrozarse la garganta con los agudos, ¿pero para qué? En realidad Sam no quería ser cantante. Sólo le gustaba cantar.

Rió frente a los comentarios del resto, así como el de Zoe, quién les invitaba a todos a volver a lo suyo mientras ellas seguían fingiendo ser gallinas en el matadero. Su respuesta a su comentario desalentador hizo que Sam la mirase con sorpresa, convencida por su argumento. —Me gusta como suena eso. Me gusta ser Arte contemporáneo, suena bien; exquisito. No todo el mundo es capaz de apreciarnos. —Y llevó una de sus manos al pelo que por aquel entonces lo tenía largo, aireándoselo por un lado como si  fuese. Miró entonces a sus amigos, señalándolos con el dedo. —¡No sois capaces de apreciarnos! —Y volvió a fijarse en el ordenador.

Cuando salió los Beatles, Sam soltó aire por la boca, ya que ella no era muy amante de los Beatles. No la matéis, ¿vale? Nadie es perfecto en esta vida. Ella era más de Queen y había dejado un poco desatendidos a los pobres del flequillo. Culpad a sus padres y a su influencia en Hogwarts: ¿qué iba a hacer con una Caroline que no cagaba con Queen? ¿Pero sabéis qué? ¿Quién no conoce ‘Help!’ de The Beatles? Ni Sam es tan hereje. Será lesbiana y bruja, pero la Iglesia no le impediría la entrada por no conocer The Beatles.

Así que sin perder ojo a la letra—pues no se la sabía—la cantó como si fuese su canción favorita. Y es que Sam no hacía ascos. Ponías ahí canciones en español y hasta ella daba todo lo suyo para cantarla bien, con ánimo y diversión. Lo dieron todo, aunque debía de admitir que esta vez la reina del karaoke era Zoe y nadie más: ¿la habéis visto? ¡Lo tiene todo y, lo que más, se sabe la canción!

Hasta Sam aplaudió a Zoe cuando todos empezaron a hacerlo, divertidísima. Recibió su abrazo con sorpresa, para entonces separarse y mirarla. —¿Nos traería suerte? ¿NOS? ¿Seguro que estás usando la persona correcta? Yo creo que ese flequillo te ha dado la vida en esta canción a ti solita. Yo te hacía los coros. —Sonrió, con esa sonrisa tan característica: aniñada y risueña. —¿Pero sabes cuál es la canción que no puede faltar, verdad?

Y se acercó de nuevo al ordenador, picando en la de A Thousand Miles de Vanessa Carlton. Esa sí que la conocía todo el mundo y se cantaba como si no hubiera un mañana, acariciando las teclas de un piano invisible que volaba frente a ti. Así que dejando de lado a todos los demás, ellas siguieron cantando, aunque esta vez acompañada de la pequeña Alexandra, que se había dado cuenta de que el Arte Contemporáneo de su mami y Sam era mucho mejor que el juego al que estaban jugando el resto. Alexandra sí que sabía apreciar arte.


***

Mañana voy a despertar ronca —le dijo a Zoe, sentada en los sillones del salón mientras bebía agua para hidratarse la garganta.

Había pasado ya bastante tiempo desde que habían empezado a cantar, una canción tras otras, compartiendo anécdotas con relación a ellas y, sobre todo, pasándoselo muy bien. La gran mayoría de la gente se había ido ya a su casa, a excepción de Steven que ayudaba a Beatrice a recogerlo todo en la cocina. Se escuchaban los platos chocarse entre sí, así como ellos hablando y riéndose. Al ver la relación de Bee con su hermano, debía de admitir que a Sam le entraba un poco de envidia sana, pero se le pasaba un poco al saber que tenía a Henry a su lado.

Deberíamos quedar más para hacer esto —dijo, sintiendo que era una frase estúpida. —Hoy he salido de un examen y creo que cantar así, como una loca, me ha desestresado hasta límites insospechados. Ahora sólo quiero irme de fiesta y disfrutar el verano. —Y vamos que si lo iba a hacer. Intentaría convencer a su amiga e irse de fiesta. Era viernes, era 'su cumpleaños' y Sam había terminado los exámenes: eso merecía fiesta.

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Zoe A. Levinson el Lun Abr 01, 2019 1:53 am

18 de Enero de 2019
17:45hs
Cafetería Donna's
Atuendo
Cualquiera que conociese a Zoe Levinson podía saber dos cosas acerca de ella: el invierno no era una de sus estaciones favoritas y los días en que el cielo se nublaba, la temperatura bajaba y copos de nieve helada caían desde el cielo, para prevenir un futuro resfrío que la tendría varios días en casa, se convertía en una consumidora de café por excelencia.

En un principio solía concurrir al tan ajetreado Starbucks, pero con el paso del tiempo y el ambiente propio del lugar, decidió apostar por algo nuevo. No pedía mucho, solo una taza de cualquier bebida caliente y un ambiente relajado donde poder pensar sin tener que estar escuchando repetidamente el exasperante sonido de la caja registradora. De esta forma, tras una ardua búsqueda donde estuvo implicada la visita a diferentes cafeterías, Zoe encontró el lugar perfecto. Se llamaba “Donna’s” y se encontraba a tan solo unas cuadras del rio Támesis en una calle poco concurrida dado que cerca de allí se encontraba uno de los puntos turísticos más destacados de todo Londres.

Ese día, una vez finalizado su horario laboral, Zoe se cubrió de todos los abrigos posibles y tomó rumbo hacia el lugar. Toda su vida había sido una persona friolenta en exceso, cualquiera que la viera podría deducirlo en un minuto, pero ese día estaba más cubierta de lo normal. Londres había amanecido cubierto de una capa blanquecida propia de aquellas épocas invernales y la temperatura no iba más allá de los cinco grados centígrados, por lo que, en el momento en que la el cielo se tornó oscuro y la nieve comenzó a caer de nuevo, Zoe no tuvo otra alternativa más que tomar un taxi hacia destino.

Debido a que se encontraba en plena zona céntrica, dicha decisión no fue una de las más acertadas. El tráfico resultaba ser un completo dolor de cabeza y los taxis que pasaban por la avenida ya contaban con pasajeros, por lo que, tras más de media hora intentado llamar la atención de alguno de los conductores para que se detuviera, Zoe terminó por resignarse y caminó el tramo restante.

Con paso apresurado, Zoe se aferró a las telas de su abrigo y no tardó en llegar a la entrada de la cafetería. Estaba cansada por el largo día en la oficina y se encontraba deseosa del menú del día, pero en el momento en que abrió la puerta e ingresó al lugar, supo que no era la única que había tenido esa idea. Dentro de la cafetería los empleados iban y venían en diferentes direcciones llevando los pedidos de los clientes. Zoe soltó un suspiro y evaluó sus opciones, pensó en regresar por donde había venido e ir a su casa –la cual se encontraba a hora y media del lugar-, pero su cuerpo se encontraba entumecido por el frio y no tardó en desechar la idea.

Finalmente, haciendo honor a uno de sus mayores atributos, la paciencia, Zoe se posicionó detrás de otro cliente que se encontraba haciendo la fila y esperó a ser atendida.

Zoe, hace tiempo que no te veo. ¿Cómo estás? ¿Qué puedo ofrecerte? —inquirió apresuradamente Skye, manteniendo un ritmo acelerado y una fatigada sonrisa.

Comprendiendo su cansancio, Zoe le sonrió moderadamente y no pensó mucho su pedido ya que con el tiempo se había vuelto predilecta a una bebida en específica.

¡Hola, Skye! Muy bien, ¿qué hay de ti? Pediré lo mismo de siempre. Un café macchiato y cupcake de vainilla con chispas de chocolate, por favor —pidió amablemente, moviendo a un lado la espesa bufanda que cubría gran parte de su rostro.

La empleada asintió, anotó el pedido y tras recibir su pago instó a Zoe a que esperara un momento. Si bien el lugar no estaba abarrotado de gente, las personas en el interior parecían mantener un ritmo igual de acelerado que el de la empleada. No le sorprendía en lo absoluto, al parecer, desde la última vez que había estado allí, la cafetería había cobrado cierta popularidad.

Muy bien, aquí tienes. Disfruta tu pedido y ante cualquier inconveniente sabes que estaré aquí para ti —murmuró, extendiéndole una taza y una pequeña caja con el cupcake dentro.

Zoe le agradeció con una gran sonrisa y se dirigió a la parte trasera, tomando asiento en una de las mesas cercanas al patio del local. Desde ya hace un tiempo, Donna's se había convertido en su cafetería favorita de todo Londres. Era espaciosa, el ambiente era relajado y podía permanecer allí todo el tiempo que quisiera sin tener que estar al pendiente del trabajo, la vida y los problemas en los que ella misma se había metido. Era todo lo que necesitaba. Era su lugar ideal.

Tras dejar su pedido sobre la mesa, Zoe se deshizo de la bufanda que rodeaba su cuello y colocó su abrigo sobre el respaldar de la silla. Estaba ansiosa por degustar su bebida para poder calmar aquella extraña sensación que había quedado en su cuerpo debido al frío, pero, en el momento en que tomó la taza entre sus manos y dio un largo trago al contenido, supo que algo estaba mal. Para comenzar, no tenía el mismo gusto que siempre. Sí, ella era consciente de que el café no tenía otro gusto que no fuera a café, pero esa bebida no se asemejaba ni por un poco a su café machiatto.

Asumiendo que se trataba de una equivocación, Zoe dejó atrás su lugar y regresó en búsqueda de Skye. No tardó mucho en llegar a donde estaba ella, pero tampoco estaba sola y por la sonrisa que decoraba su rostro, supo que había cometido un error.

Zoe, no me digas que también me equivoqué en tu bebida. Se habrán mezclado los pedidos y... Lo siento tanto, no sé como pude haber sido tan despistada. Pediré que les preparen sus bebidas de nuevo y ambas podrán irse a casa con cualquier postre que gusten, invita la casa —comentó Skye, jugando con sus manos con evidente nerviosismo.

Zoe sonrió y negó con la cabeza, rechazando la oferta.

Tranquila, Skye. Solo venía a avisarte porque tal vez algún cliente gruñon no se lo tome tan bien como yo —murmuró, observandole con amabilidad. No tenía intenciones de regañarla, todos solían cometer errores y no por ello debía desquitarse con ella por un simple cambio de bebidas—. De todas formas, tu bebida no estaba tan mala. Tienes buen gusto —añadió, dirigiendose a la mujer que se encontraba de espaldas a ella.
Zoe A. Levinson
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Zoe A. LevinsonTrabajador Ministerio

Sam J. Lehmann el Mar Abr 02, 2019 10:34 pm

Teniendo en cuenta que trabajaba mucho en una cafetería y que por norma general prefería no estar en la calle más tiempo del necesario, en realidad era complicado ver a Samantha en una cafetería como esa. El único motivo, literal, era porque hubiese quedado con alguien o estuviese haciendo tiempo para hacer alguna otra cosa. Ese día era el segundo caso: había salido apenas hace un rato del trabajo y dentro de una hora tenía clase en el gimnasio con su entrenadora personal, por lo que como había llevado la ropa en la mochila, volver a casa era una tontería, sobre todo porque ni Caroline ni Gwendoline estaban en casa. ¿Pero sabéis qué? Le gustaba mucho invierno—desde que era fugitiva—porque los accesorios como los gorros y las bufandas hacían que fuese más cómodo y ‘seguro’ salir a la calle sin que te reconociesen. Entre eso y el cambio de color de pelo a castaño, ella se creía la maestra del disfraz.

Así que como buena gordita que era, no dudó en irse a una cafetería muy familiar y ‘poco conocida’ que hacía tiempo le había recomendado Adrian, su compañero de trabajo y que estaba cerca del gimnasio. Y diréis: ‘Ya le vale, yendo a comerse una porción de tarta antes de ir al gimnasio…’ Pero ojo, que iba al gimnasio para aprender a golpear cosas, no para adelgazar. ¡Así que era totalmente lícito!

Había pedido un café expresso, así como una porción de tarta tres chocolates. Mira que Samantha era de esas personas que odiaban tomarse el café después de tomarse algo tan dulce como una tarta de tres chocolates pero… ¡aún así siempre se lo pedía! Era como una de esas cosas que aunque no queden del todo bien, siempre tienen que estar juntas. Y el café era harto necesario o iba a terminar recibiendo más golpes que otra cosa en la clase de dentro de una hora por estar media dormida. Y aunque no lo pareciese, se había prometido sorprender a su entrenadora personal este día. Siempre le decía que era muy predecible… pues hoy iba con las pilas puestas para ser todo lo contrario y cagarla en el proceso.

Lo bueno de tener con quien practicar y que nada fuese ‘real’ es que una de daba cuenta de las cagadas que no debía de hacer nunca si no quería morir en el proceso. Ahí donde le veías, con esa cara de niña buena y ese cuerpo tan delgado, ya Sam tenía más de un truco para defenderse muy, muy bien.

Cuando se sentó con su café y su tarta, sin embargo, supo que algo no cuadraba. Supo identificar ese machiatto porque no le gustaban mucho y sabía muy bien que probablemente la dependienta se hubiese equivocado. Así que se levantó y fue allí, diciéndole lo más cordial y amablemente posible. Sam era camarera de un sitio parecido, por lo que empatizaba con ese tipo de errores tan estúpidos que ciertos clientes se lo tomaban con tanta mala leche.

La tal Skye repitió su pedido y entonces escuchó a la otra víctima del despiste. No reconoció su voz porque hacía mucho que no la escuchaba, pero cuando se giró al ver que le hablabla su cara habló por sí sola. Espera, espera, ¡a esta chica sí que la conocía!

¿Zoe? —Abrió los ojos ampliamente.

Por un momento se sintió en plan: ‘La madre que me trajo, mira que Londres es grande y ¿tienen que equivocarse con mi pedido con otra bruja?’ Porque ahora había sido Zoe, una persona que por lógica no debía de ser ningún problema si su ex-marido estaba en el Área-M y su ex-cuñada como fugitiva, pero… ¿y si sí? Que no es que Zoe y ella tuviesen una confianza in extremis ni nada. Así que claro, hasta que no viese una pizca de veracidad en su reacción, a la espera de que hacía al ver una fugitiva del gobierno que compartían, se sentía un poco perdida. Y no solo por lo que pudiera hacer en contra de ella, sino sencillamente porque quizás personas como ella, con una niña a la que cuidar, no le gustaba nada encontrarse con una fugitiva con la que pudieran relacionarla.

No sé, era tan complicado todo que Sam no quería dar nada por sentado...


Atuendo:
En vez de ese bolso una mochila en la espalda pequeñita de cuero toda mona <3 Y con una bufanda blanca que le tapa media cara.
No roots anymore. —Zoe.  0rsvpy-l-610x610-coat-taylor+swift-classy-streetstyle-light+blue-black+heels-winter+outfits
Sam J. Lehmann
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