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The First Step | Gwen & Nessa | Priv.

Vanessa Crowley el Sáb Jun 23, 2018 8:23 pm


Viernes 25 de mayo, 2018 || Ministerio de Magia || 10:00 horas || Atuendo

No era la primera vez que Vanessa Crowley visitaba el Ministerio de Magia británico. Ya en la universidad, se había acostumbrado a escaquearse de sus tareas para ir a visitar a Sebastian, y es que desde que su querido hermano se había casado y había tenido a las niñas con su esposa, apenas se pasaba por el hogar familiar; a excepción de los primeros días del luto por la muerte del mayor de la fratría de los Crowley.

Pero lo cierto es que no había entrado en el Ministerio desde la muerte del fiscal y, aunque había pasado algunas semanas observando todo lo que ocurría a su alrededor, en cuanto entró se sorprendió al ver que sus pies empezaron a llevarla hasta el Wizengamot sin que ella se lo ordenara.
Especialmente porque aquel día, la zarca no tenía intención de visitar esa parte del Ministerio. No si podía evitarlo. Tenía demasiados recuerdos ligados a ese lugar y lo último que le apetecía era empezar un nuevo período de luto. Y además, era posible que allí la recordaran, y tampoco no quería ser reconocida.

Disculpe, ¿podría indicarme dónde puedo encontrar las listas públicas con los nombres de los fugitivos en busca y captura? —preguntó con voz amable pero temblorosa a la bruja que estaba sentada tras un escritorio con el rótulo de Información encima. No la miró a la cara, porque no quería ser reconocida.

Aquella bruja que en un primer momento le había parecido agradable ni siquiera despegó la vista de los documentos que estaba leyendo, pero le indicó el camino hacia la oficina de aurores. A Vanessa no le gustaba que no la miraran a la cara cuando le hablaban, le parecía una actitud detestable, pero no dijo nada; en esos momentos le convenía. Se limitó a seguir el camino indicado, con sus tacones resonando por el hall cada vez que daba un paso. No esperaba encontrarse con nadie conocido de camino a la oficina, aunque sabía que podía ocurrirle. Además, si no recordaba mal la oficina de desmemorizadores estaba sólo un piso más arriba, y éstos solían colaborar con los aurores, por lo que eso significaba que era fácil que se encontrara con Gwendoline Edevane. Por ello, previamente había guardado el anillo con el blasón de su familia en el bolso de mano que llevaba, dentro de una cajita.

¡Vanessa! —exclamó una voz masculina tras ella—. ¡El ascensor! —Y entonces la rubia reaccionó y pulsó el botón de abrir las puertas para que aquella persona pudiera entrar.

Perdona, Mike —dijo con una diminuta sonrisa—. Ni siquiera te había oído, estaba demasiado centrada en el camino a seguir, no suelo coger los ascensores cuando vengo, ¿sabes?

Michael Loddington era un viejo conocido de la familia Crowley, que había sido muy amigo de Vladimir y con quien sus padres habían intentado casarla. Desgraciadamente para sus padres, Mike había resultado ser homosexual, por lo que no tenía ningún tipo de interés sexual o amoroso en Nessa, y además en más de una ocasión había mostrado cierto interés en Zed. La conversación fue breve, y la mujer se cuidó de no utilizar según qué palabras, pues el ascensor fue llenándose poco a poco y seguía sin querer ser reconocida. No le convenía, y no sólo por visitar el Ministerio con el pretexto de conseguir la lista de fugitivos. Esa excusa era más que una excusa, pues realmente la chica quería saber qué había sido de su hermano pequeño, el impresentable que no se había dignado a presentarse al entierro de Sebastian, pero cuando quisiera realmente localizar a la señorita Edevane, necesitaría excusas tan falsas como realistas. Vale, Samuel siempre había sido un poco diferente, ni siquiera había pertenecido a Slytherin, pero la familia siempre era lo primero, ¿no? Los cinco se habían pasado la vida diciéndose eso los unos a los otros, incluso aunque el pequeño de la fratría acostumbrara a decirlo con la boca pequeña. Traidor...

Lamento tus pérdidas, Vanessa. Quizás podamos ponernos al día pronto, te enviaré una lechuza —dijo el hombre para despedirse, pero Nessa sabía que aquella lechuza no llegaría nunca, y que si lo hacía era para preguntar por la desaparición de Zed; no se le había pasado por alto que había utilizado el plural.

Una vez en la oficina de aurores, cogió una de las muchas de las copias que existían de la lista para que los cazarecompensas pudieran rastrear a los magos y muggles que allí se encontraban y la ojeó por encima antes de salir.

Vaya, es más larga de lo que creía... —susurró sin fijarse hacia dónde iba, y es que la lista ocupaba varias hojas.

Y de repente, antes de que la rubia pudiera llegar a la C de Crowley, chocó contra la espalda de alguien, haciendo caer todos los papeles que llevaba al suelo.

¡Disculpe! —exclamó rápidamente—. No se preocupe... Ya los recojo yo —respondió enseguida.

En esta ocasión tenía la cara pegada a los documentos, sin mirar a la cara a su interlocutora. Sí, Nessa odiaba ese tipo de comportamiento, pero odiaba aún más la posibilidad de que alguien la reconociera. Sobretodo si el nombre de su hermano pequeño aparecía en esa lista.
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Vanessa CrowleyProfesores

Gwendoline Edevane el Lun Jun 25, 2018 12:27 pm

El ascensor se detuvo con una leve sacudida. El sonido del timbre me sacó de un estado de ausencia en que me había sumido, recordando los últimos acontecimientos relevantes ocurridos dentro de aquellas paredes: el fortuito encuentro con Savannah McLaren, que había derivado en un fructífero interrogatorio a la joven aliada—más bien forzosa—de Grulla. Grulla, esa mujer misteriosa que, durante meses, había sido alguien anónimo y a quién desde hacía dos semanas podíamos llamar por su nombre real: Artemis Hemsley.
Las puertas de reja del ascensor se abrieron, y ante mis ojos apareció el pasillo de recepción del Departamento de Seguridad Mágica, en el segundo piso del Ministerio. Artemis Hemsley trabajaba allí, en aquel mismo departamento. Me permití un segundo a mí misma para darme cuenta, una vez más, de hasta qué punto estaba podrido el mundo mágico aquellos días: una mortífaga, cuya pasión era obtener inflormación a base de golpes de sus enemigos, ejerciendo un cargo supuestamente orientado a velar por la seguridad del mundo mágico. Y, una vez más, me sentí profundamente asqueada por cómo funcionaban las cosas.
Mientras me internaba en el Departamento de Seguridad Mágica—con un propósito diferente al de dar con Artemis Hemsley, pero aún así fijándome en los rostros de todos aquellos con los que me cruzaba, por si acaso—me asaltaron una vez más los recuerdos de los dos Crowley menores, Vladimir y Zed, y las atrocidades que le habían hecho a ella. Estaba segura de que, aunque hubiesen arrastrado el cuerpo maltrecho de Sam, cubiertos de su sangre, y la hubiesen tirado allí, en medio del mismísimo Departamento de Seguridad Mágica, exigiendo cobrar la recompensa por su captura, no habrían recibido más que unas cuantas miradas curiosas y una salva de aplausos. Si acaso, habría habido algunas miradas de asco disimuladas, pero a la hora de la verdad, nadie movería un dedo por ella. Porque ella no importaba, no era más que una "sangre sucia", o una "ladrona de magia", cómo los puristas definían a los que, cómo ella, nacían fruto de un milagro de la unión entre dos seres no mágicos.
Estoy harta de los Crowley y de los Hemsley de este mundo, pensé una vez más, dándome cuenta de que había cerrado con fuerza los dedos sobre la carpeta que llevaba en mis manos en un involuntario gesto de rabia, arrugando el cartón.


***

Cómo ya he mencionado, no estaba allí única y exclusivamente para dar con Hemsley. Otro propósito guiaba mis pasos: un caso de magia en presencia de muggles en que había estado involucrado uno de los miembros más nuevos del departamento, Stabbros Voulgaris. Poco sabía yo del señor Voulgaris, salvo que había sido transferido hacía menos de un mes del Ministerio de Magia Griego, y que al parecer desempeñaría las labores de "asistente de aurores". No tenía ni la más remota idea de lo que hacía un "asistente de aurores" sobre el papel, pero me podía imaginar cómo funcionaba eso en la práctica: limpiar los estropicios del resto de aurores, en su mayoría mortífagos, y en esencia hacer todo lo que a ellos no le apeteciese hacer.
Tenía que reunirme con el señor Voulgaris para aclarar algunas inconsistencias en su informe del caso, pues su firma constaba en él, por muy asistente que fuese. Y fue una reunión mucho más breve de lo que esperaba: el señor Voulgaris, un hombre alto cómo una torre y ancho cómo un armario, de cabeza pelada y frondosas cejas, bigote y barba, se mostró colaborador en todo momento. Con su marcado acento griego—y escapándosele de cuando en cuando alguna palabra en su idioma natal—me dio todos los pormenores y se disculpó por causarme molestia alguna, alegando que todavía le costaba expresarse en inglés. No pude dejar de sorprenderme ante la amabilidad que podía mostrar un hombre de su tamaño, que a primera vista daba bastante miedo.
Con mi labor cumplida y el informe aclarado entre manos, abandoné el pequeño despacho que le habían adjudicado al señor Voulgaris y me encaminé hacia el ascensor. De nuevo, no pude evitar peinar con la vista a cada persona con que me topaba. Y entonces, sucedió.
A unos cuatro o cinco metros de mí, al fondo del pasillo y a punto de meterse en el ascensor, una mujer de cabello negro. Podría ser cualquiera, pero había algo muy característico que me hizo identificarla cómo Hemsley: el pañuelo. Ese maldito pañuelo que llevaba anudado en la cabeza, cómo si fuese una pirata o algo por el estilo. Era ella, tenía que serlo.
Sin darme cuenta, empecé a acelerar el paso. No sé qué tenía pensado hacer cuando la alcanzase, si soy totalmente honesta. Llevaba la varita todavía guardada dentro de la manga izquierda, y no es cómo si pudiese utilizarla allí, en medio de tanta gente, para atacar a esa mujer. Lo único que sabía es que tenía que atraparla...
...cosa que no llegó a ocurrir pues, en mi camino, arrollé a alguien que se encontraba en medio del pasillo y a quién, cegada en mi obsesión por detener a Hemsley, no había visto.
La colisión me sobresaltó y, en el proceso, solté la carpeta que contenía el informe del caso a medio redactar, y que acabó desparramado en medio de un montón de hojas de pergamino que llevaba consigo la persona con la que había tropezado. Una mujer, para más seña.

—¡Lo siento mucho! No iba mirando por dónde iba.—Me apresuré a decir, poniendo de manera instintiva las manos en los hombros de aquella mujer, a la cual aún no estaba mirando a la cara. Seguía con el ojo puesto en el ascensor... que ya se había marchado, por desgracia. Así que me agaché.—Deje que le ayude.

No solía ser buena idea chocarse con alguien aquellos días. En días en que la mitad de la plantilla del Ministerio estaba compuesta por mortífagos y un nutrido cuarenta por ciento más se componía de puristas, era fácil chocar con alguien que reaccionase muy mal a incidente cómo aquel. No tardé mucho en recriminarme mi actitud, mientras echaba la mano a las distintas hojas de pergamino, mías o suyas, desperdigadas por el suelo.

—Lo siento mucho. Iba con prisas y el ascensor...—Compuse una sonrisa, muy leve, cómo todas las falsas sonrisas que empleaba dentro de aquellas cuatro paredes, pero igualmente convincente, y la miré a la cara. Por un breve momento me sentí contrariada, la sonrisa bailó en mi rostro amenazando con desaparecer, y tuve que hacer un gran esfuerzo para que no se me notase que aquella mujer me sonaba de algo.—¿Se encuentra bien? Espero no haberle hecho daño.

Me sonaba de algo, de algún sitio. Podría ser cualquier persona, una desconocida con la que me había topado a menudo en el Ministerio, quizás una empleada más. Alguien sin importancia. Lo normal habría sido olvidarse del asunto, pero mi cabeza insistía: Te suena de algo.


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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Vanessa Crowley el Lun Jul 02, 2018 6:26 pm

Lo siento —respondió, disculpándose de nuevo—. Ha sido culpa...

Pero la frase se quedó bailando en sus labios, sin finalizar. Había levantado la vista, y había visto parte del rostro de la mujer que tenía frente a ella. Gwendoline Edevane. Le habría gustado decir que había olvidado su rostro, o al menos el nombre que la acompañaba. Gwendoline Edevane. Sabía perfectamente quien era. Gwendoline Edevane. El diario de Sebastian había sido muy claro respecto a quién era en relación a Samantha J. Lehmann. Y estaba bastante segura de que si hablaba más de la cuenta, aquella cara amable con la que había coincidido en el Ministerio en más de una ocasión, la reconocería. Nunca habían hablado, no había existido ningún tipo de contacto entre ellas; simplemente Sebastian la había señalado un par de veces, tanto como la mestiza que mancillaba el apellido Edevane, como la prima de aquel chico que había sido discípulo de Vladimir entre los mortífagos.

Creo que ninguna de las dos iba mirando por dónde iba —dijo con una pequeña sonrisa, intentando disimular que había dejado la frase a medias, como si lo hubiera hecho expresamente, y la miró a los ojos por primera vez—. No trabajo aquí, sólo he venido a por unos documentos que necesito y no sabía por dónde tenía que ir —No era exactamente una mentira, pues era cierto que la rubia había tenido que preguntar donde estaba la lista, pero sí que sabía perfectamente como salir del departamento de aurores—. Estoy bien, gracias. ¿Y usted? Menos mal que ninguna de las dos llevaba café, eh. —comentó riéndose un poco, como si intentara quitarle hierro al asunto, hacer una pequeña broma como creía que harían dos perfectas desconocidas, aunque si todo iba bien, Nessa sí era una desconocida para la otra mujer.

A su alrededor, la gente seguía andando, como si lo más normal del mundo fuera encontrarse a dos mujeres recogiendo papeles. Algunos las ignoraban pero esquivaban los documentos, mientras que otros las ignoraban hasta tal punto que pisaban los papeles.

¡Cuidado! —exclamó Nessa, visiblemente enfadada, la cuarta vez que una persona estuvo a punto de pisarle la mano.

Daba igual cuánto intentara disimularlo, era una Crowley, y a veces la dominaba la rabia y el mal genio. Así que ahora recogía los papeles de mala leche, con gestos que demostraban claramente que no estaba contenta y que la situación la disgustaba enormemente. Suerte que no llevaba puesto el anillo, porque la señorita Edevane lo reconocería, estaba segura. Después de todo, Sebastian la había juzgado personalmente, ¿no? Aunque sólo fuera para torturar a esa asquerosa legeremante de sangre inmunda que de algún modo se las había arreglado para matar a sus hermanos (porque Nessa ya empezaba a dudar de que lo de Vladimir y Zed fuera sólo una desaparición, y el tiempo había hecho que empezara a pensar en recuperar cadáveres), lo había hecho. Y Sebastian había determinado que aquella mujer era fiel al nuevo gobierno y por eso la ministra había permitido que se quedara allí, aunque él sabía perfectamente que eso era mentira.

Cerró los ojos un momento, intentando relajarse. No tenía sentido que se comportara de esa manera. Tenía que mantener la calma y actuar con la astucia propia de los Crowley y del resto de personas que habían pasado por Slytherin, y no podía hacerlo si se dejaba llevar por ese tipo de sentimientos.

Quizás deberíamos buscar otro sitio... —propuso después. No sabía dónde podían meterse, y lo cierto es que no le apetecía meterse en ningún sitio a solas con esa traidora, pero tampoco le apetecía quedarse en medio del pasillo recogiendo papeles con la posibilidad de que apareciera otra persona que la reconociera, y que en aquella ocasión la llamaran por su apellido.

Si jugaba bien sus cartas, quizás podría sacar algo de información de ese encuentro. Sólo tenía que rezar para que la empleada del Ministerio no asociara su rostro con el de Sebastian.
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Vanessa CrowleyProfesores

Gwendoline Edevane el Dom Jul 08, 2018 3:11 pm

De haber sabido a quién tenía delante, y las intenciones que esta persona tenía para con Sam, mi reacción hubiese sido totalmente diferente. El apellido Crowley infundía en mí un respeto cercano al miedo, hacía que todas las alarmas de mi mente se disparasen, y que volviesen a mi mente recuerdos que, si bien no eran míos, sí habían anidado profundamente en mi interior. Recuerdos en los que aquellos salvajes hacían lo indecible a la persona que más quería en el mundo.
Mucho se pudo haber ahorrado si entonces hubiese reconocido a la mujer. Posiblemente, de la misma forma que había hecho con Savannah, habría logrado engañar a la mujer para llevarla a mi despacho, y una vez allí, encargarme de todo de la mejor manera posible.
Pero no tenía forma de saberlo, no tenía forma de adivinar quién era ella; solo podía preguntarme una y otra vez de qué me sonaba su cara. Como el zumbido de un molesto insecto junto a la oreja, aquella pregunta revoloteaba en mi cerebro.

—Lo siento.—Me disculpé de nuevo mientras, agachada en el suelo, recogía una tras otra las hojas de pergamino que se nos habían caído a ambas al suelo. No hice distinción entre unas u otras; simplemente me puse a recoger hoja tras hoja, poniéndolas dentro de la carpeta en que llevaba el informe del caso que me había traído al Departamento de Seguridad Mágica.

La mujer compuso una leve sonrisa, y de alguna manera me hizo sentir un poco más tranquila. Quizás aquella mujer me sonaba simplemente de haberla visto en el Ministerio alguna que otra vez. Todo el mundo mágico acudía al menos una vez al Ministerio para hacer alguna gestión. Seguramente de eso me sonaba, y mi cabeza había reaccionado en exceso. No parece una mala persona ni alguien de quien debas preocuparte, Gwendoline, me sugirió una parte más racional de mi mente, a la que decidí escuchar.
Sonreí también, dejando escapar un poco de aire en algo que no llegaba a ser un “Ja”, pero que se le parecía un poco. En cierto modo, me sentía aliviada de haber topado con alguien que había reaccionado bien a aquel pequeño incidente; no me apetecía comprobar lo que ocurriría si me pasase lo mismo con un purista. No sería la primera vez que veía a alguien sufrir una maldición Cruciatus simplemente por tropezarse con un mortífago que no tenía ningún tipo de escrúpulos.

—Menos mal, sí. Lleva usted una blusa muy bonita como para macharla de café.—Asentí con la cabeza, al tiempo que echaba un breve vistazo a una de las páginas que la mujer llevaba consigo: una lista de nombres. En concreto, se trataba de apellidos que empezaban por la letra B. No tardé mucho en localizar entre ellos “Bennington, Beatrice Aremi”. Una lista de fugitivos. Sentí una punzada de dolor al comprender que bajo el nombre de Beatrice había desaparecido “Bennington, Steven Dean”. Ya no era fugitivo, pues desde hacía medio mes, Steven ocupaba una celda en el Área-M.—Estoy bien. No ha sido nada. Estos pasillos están...

Iba a decir “abarrotados”, pero no hizo ninguna falta. La mujer que tenía enfrente pudo comprobar por sí misma a qué me refería: empleados del departamento iban y venían sin ningún tipo de cuidado, aparentemente ajenos al hecho de que había dos mujeres agachadas en medio del pasillo, recogiendo papeles desperdigados.
En un momento dado, incluso, un auror que llevaba unas gruesas y pesadas botas de cuero, estuvo a punto de aplastar la mano de la mujer rubia. Visiblemente enfadada, ella pidió un poco más de cuidado por parte de la gente que pasaba, pero estaba claro que su petición cayó en saco roto, pues el auror continuó su camino sin siquiera molestarse en echar un vistazo atrás. Negué con la cabeza, soltando un leve suspiro, antes de proseguir recogiendo las pocas hojas que quedaban desperdigadas por el suelo.

—Podemos ir a mi despacho.—Sugerí mientras volvía a ponerme en pie, ordenando un poco las hojas para que no sobresaliesen de la carpeta.—Trabajo en el Departamento de Accidentes y Catástrofes Mágicas, en el tercer piso. Me llamo Gwendoline Edevane.—Sonreí y le tendí una mano a modo de presentación. Por primera vez, tuve ocasión de mirarla directamente a la cara durante algo más que unos breves segundos, y lo tuve claro: defintiviamente, esa mujer me sonaba de algo.—¿Tiene prisa? No creo que nos lleve demasiado tiempo organizar todo esto...

Es curioso pensar cómo empezaban las cosas. Observando desde fuera aquel momento, y en retrospectiva, nada parecía señalarlo cómo un punto de inflexión, el momento en que algo dio comienzo. Éramos dos extrañas… o eso creía yo entonces.
A veces me abruma la sencillez con que una rueda se pone a girar.


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Jul 17, 2018 12:15 pm, editado 1 vez
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Vanessa Crowley el Mar Jul 17, 2018 12:48 am

Cuando la vio recoger las hojas y meterlas en su carpeta, se asustó un poco. No importaba que descubriera que había ido a por la lista de fugitivos. Eran públicas, y tanto fieles como traidores al nuevo gobierno las consultaban. Habitualmente, los primeros buscaban a quién cazar, o a los familiares de gente que les rodeaba para poderles amenazar en denunciarlos a la Oficina de Aurores. Los segundos, en cambio, solían consultarlas en busca de sus familiares con el objetivo de averiguar si seguían vivos y libres. Una vez un nombre desaparecía de la lista, no había forma de saber si la persona había fallecido o si había sido capturada y disfrutaba de una inolvidable y permanente estancia en el área M. Pero Nessa no se encontraba en ninguna de esas dos situaciones. No tenía ningún interés en hacerle daño a Samuel, pero el saber que estaba vivo tampoco la tranquilizaba. ¿Qué prefería realmente? ¿Ver allí escrito el nombre de su hermano o no verlo? La rubia no tenía ninguna duda: su hermano era un traidor. Por lo tanto, si no estaba en la lista, significaba que estaba muerto o en el área M, que era un destino peor que estar muerto pero que a efectos prácticos para Nessa era lo mismo.

Con todo, resultaba que Nessa no era una mala persona. No desde su punto de vista, al menos. Para ella, Samantha J. Lehmann era una mala persona, había asesinado a su hermano (o había convencido a alguien de que lo hiciera en su lugar) y se había convertido así en su enemiga. Como Gwendoline Edevane era una de las personas más cercanas a la sangre sucia, no era difícil llegar a la conclusión de que era una posible candidata a ser convencida por la legeremante de asesinar a alguien. Especialmente si se tenía en cuenta que Sebastian había muerto en el mismísimo Ministerio, en su propio despacho. Así, sin saberlo, la mujer que en ese momento tenía enfrente se había convertido también en enemiga de Nessa y en uno de los objetivos de su venganza personal. El problema de las personas como ella es que no se daban cuenta de que hacían cosas malas, sino que las hacía pensando que hacía cosas buenas. No consideraba a los Crowley ni a los mortífagos los malos de la película.

Por suerte, la mujer había ensayado muchos tipos de sonrisa antes de acercarse al Ministerio, por si acaso. Siempre le habían dicho que su cara era un libro abierto, por lo que se había esforzado mucho en no esbozar la sonrisa ladina que caracterizaba a los Crowley. También evitó visualizar las imágenes macabras que se había imaginado en su mente en más de una ocasión, porque sabía que existía la posibilidad de que la desmemorizadora notara algo extraño; a fin de cuentas trabajaba codo con codo con aurores, seguro que había aprendido algo.

Tiene usterd razón —dijo mirándose la blusa, aún con una sonrisa. Parecía que su pequeña broma había relajado la situación—. Abarrotados de empleados —completó, sin saber que esa era exactamente la palabra que Gwendoline quería pronunciar.

Era consciente de que si su hermano siguiera siendo el fiscal del Wizengamot, el auror que había estado a punto de aplastarle la mano se habría disculpado enseguida. Ella no habría dudado en utilizar su apellido. Quizás se hubiera disculpado ahora, incluso con su hermano muerto. Los Crowley seguían siendo poderosos, a fin de cuentas. Pero en ese momento se seguía alegrando de no haber sido reconocida. Frente a Gwendoline Edevane, eso era lo mejor. Las cosas estaban bien así, sin que Lehmann conociera su existencia.

¿A su despacho? —preguntó. Sintió como sus hombros se tensaban ligeramente, con suerte no lo suficientemente como para que el gesto fuera perceptible para el ojo humano, pero enseguida se relajó. Era un buen lugar, lejos de cualquier persona que pudiera reconocerla—. Me llamo Vanessa —Quizás era sospecho que no inventara un apellido, pero en aquel momento le pareció que era lo mejor, que era lo que haría cualquier persona que tuviera un fugitivo en la familia—. Me alegro de conocerla, señorita Edevane —le tendió la mano izquierda, pues la derecha (la dominante) la tenía llena de papeles)—. La verdad es que no tengo prisa, sólo he venido a buscar estos documentos aprovechando que no tenía que trabajar.

Y con un ágil movimiento recogió todos los papeles que quedaban en el suelo sin pararse a fijar si estaban bien colocados y se levantó para seguirla por los pasillos del Ministerio.
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Vanessa CrowleyProfesores

Gwendoline Edevane el Vie Jul 20, 2018 1:47 pm

Ajena a los pensamientos que circulaban por la mente de mi interlocutora—en lo personal, todavía no había desarrollado ninguna habilidad mágica que me permitiese ver los pensamientos de nadie sin el uso de una varita y contacto visual, y dudaba sinceramente que algún día llegase a desarrollarla—me apresuré a recoger las hojas de pergamino caídas, indistintamente las suyas y las mías. A medida que las apilaba hacía lo posible por alinear los cantos y las depositaba temporalmente, a falta de un lugar mejor, dentro de mi propia carpeta.
Sabía que la mujer, por fuerza, también habría tenido que recoger alguna de las páginas que me pertenecían. Siempre que ocurría algo así, parecía ser una ley que los papeles u hojas de pergamino se entremezclasen. Lo mismo que sucedía con unos auriculares que una se guardaba en un bolsillo: parecía existir una ley cósmica que dictaba que esos auriculares entrarían de una manera, y saldrían con el cable totalmente enredado.
El hecho no me preocupó demasiado. El informe no contenía ningún dato confidencial, excepto quizás algún nombre. Sin embargo, los documentos oficiales del Ministerio de Magia contaban con una protección que impedía a cualquier persona ajena al edificio leer cualquier dato sensible: nombres, apellidos, direcciones… cualquier cosa que pudiese ser considerada confidencial, resultaba ilegible para cualquiera que no trabajase allí dentro. Siempre me había parecido una buena medida.
Que la mujer terminase la frase por mí me cogió desprevenida. No tanto por el hecho de que la terminase, si no por el hecho de que usase exactamente la misma palabra que yo tenía en mente y que no había llegado a pronunciar por lo fortuito de la interrupción. Fue solo un instante en que alcé la mirada hacia ella y mi máscara de perfecta indiferencia desapareció para dejar paso a una leve sorpresa, pero allí estuvo. Disimulé enseguida con una sonrisa, recordándome a mí misma que era una simple palabra. No te ha leído el pensamiento, Gwendoline. Simplemente, había pocas palabras que encajasen como conclusión de esa frase, me dije a mí misma. Achaqué aquella ligera paranoia momentánea con el hecho de que aquella mujer me sonaba de algo, y de alguna manera mi cerebro seguía intentando atar cabos. ¿Quizás sea una compañera de clase o algo por el estilo? A lo mejor coincidimos en la universidad, me sugerí a mí misma, pero no cuajó del todo.

—Y algunos parece que calzan botas de plomo, por cómo pisan. ¿Está usted bien?—No pude evitar preocuparme por ella. Supuse que la respuesta sería afirmativa, pues si alguien la hubiese pisado seguramente no estaría tan tranquila.

Una vez terminado el atropellado trabajo de recoger todas aquellas páginas desperdigadas, la mujer sugirió que quizás deberíamos ir a otro lugar. Estuve de acuerdo, pues de seguir en medio de aquel pasillo, alguien acabaría chocando con nosotras y acabaríamos desperdigando una vez más los documentos que tanto nos había costado recoger. ¿Mi sugerencia? Mi propio despacho, en la tercera planta.
Ante la mención de mi despacho, me pareció percibir algo, muy breve, una especie de tensión en mi interlocutora. Supuse que la idea no le haría demasiada gracia, quizás porque no le apetecía meterse a solas en el despacho de una desconocida. O quizás simplemente fuese una persona nerviosa. No le di mayor importancia.
Hicimos las presentaciones pertinentes, estrechándonos las manos, y le dediqué una sonrisa educada.

—El gusto es mío, Vanessa.—El nombre no me dijo absolutamente nada, un nombre más que no me ayudó en absoluto a ubicar a aquella mujer en mi pasado. Sin embargo, sí reparé en el hecho de que no mencionase su apellido. Fue especialmente notorio al escucharla tratarme de “señorita Edevane”. Estoy segura de que el apellido hubiese sido clava, hubiese sido el dato que necesitaba para ubicarla, y la conversación se habría vuelto algo muy incómodo. Pero entonces le resté importancia.—Vamos a mi despacho. Estaremos más tranquilas y podremos ordenar todo esto.—Alcé la carpeta con un gesto significativo. Ya entonces me estaba preguntando por qué alguien como ella, que no parecía para nada una cazarrecompensas, necesitaba una lista de fugitivos.

Tras una breve caminata, apenas unos cuatro o cinco metros, nos detuvimos ante la puerta de reja del ascensor. Pulsé el botón de llamada. A esto le siguió uno de esos momentos incómodos en que no sabes qué decir a la persona que tienes al lado. Durante esos momentos, yo le daba vueltas a la cabeza mientras evitaba mirar a la mujer de pie junto a mí. Seguía preguntándome de qué me sonaba ella, y ahora se me planteaban otros interrogantes: ¿Cómo se apellidaba? ¿De qué trabajaba exactamente?
El primero no era asunto mío, y dudaba mucho que cualquier superior mío viese con buenos ojos que hiciese aquel tipo de preguntas a una visitante; sin embargo, quizás si pudiese despejar alguna de mis dudas mientras esperaba.

—Perdone la indiscreción—empecé, con tono de voz más bajo y confidencial—, y si estoy preguntando demasiado, no dude en decírmelo. Pero me preguntaba: ¿de qué trabaja usted? Usted me suena de algo y no consigo ubicarla.—Añadí una sonrisa de disculpa, casi como si me sintiese mal por no reconocerla cuando debía hacerlo. Era una sonrisa tan ensayada como todas las demás que solía exhibir en aquel edificio. Una práctica que había empezado para combatir mis nervios, el enmascarar mis sentimientos, había terminado siendo vital para mi supervivencia dentro del Ministerio de Magia.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Vanessa Crowley el Jue Ago 02, 2018 5:23 pm

Frunció ligeramente el cejo cuando vio su sorpresa. ¿Había dicho algo fuera de lugar? A ella no se lo parecía. El pasillo estaba abarrotado de gente, y no había demasiadas formas de describir la situación del pasillo en esos momentos sin usar esa palabra o cualquiera de sus sinónimos. Aquella expresión sorprendida pronto desapareció del rostro de la desmemorizadora para dar lugar a una sonrisa, pero dejó a Nessa preocupada.

Sí, sí... Estoy bien —le confirmó con una sonrisa—, pero está claro que no es el mejor momento para tener las manos en el suelo —Rió un poco, aunque fue una risa seca, sin ganas; aquel tipo de risa que emitía una persona que hacía una broma únicamente para llenar el silencio.

Tras echar un vistazo a la carpeta que Gwendoline le mostraba, caminó tras ella, en silencio. Mientras esperaban frente a la puerta de reja del ascensor, un silencio incómodo llenó el vacío. Fue a abrir la boca un par de veces para llenarlo, pero enseguida desestimó la idea. Cuanto menos hablaran mejor, más difícil sería que dijera algo fuera de lugar o que rebelara sus intenciones y menos sospechas tendría la mujer.

Se dedicó entonces a mirar los papeles por encima, sin leer gran cosa de lo que ponía, en parte porque la hoja en la que debía aparecer Samuel Crowley no estaba entre las suyas, y en parte porque los hechizos que protegían la información confidencial de los documentos del Ministerio ante ojos ajenos al personal le impedían leer nada relevante; así que se dedicó a ponerlos del derecho, tal y como la señorita Edevane había hecho anteriormente para que luego fueran más fáciles de ordenar.

Pero entonces la mujer le hizo una pregunta que la pilló por sorpresa. Así que al final aunque no terminaba de ubicarla, había reconocido su rostro como uno conocido... No era algo extraño. Vanessa había estado en muchas ocasiones en el Ministerio. A veces había ido para hacer sus propias gestiones, otras veces había ido a visitar a Sebastian y estaba segura de que muchos la habían visto en su compañía, aunque no hubieran sabido ubicarla como un pariente cercano.

Oh, no se preocupe —respondió también en voz baja. No sabía porque había empezado a hablarle en voz baja, pero si eso era lo que quería, no iba a negárselo—. Supongo que trabajando en el Ministerio de Magia debe encontrarse con muchísimos rostros al día, e imagino que en su trabajo es importante recordar algunos —dijo. No era un comentario fortuito, imaginaba que aunque no fuera auror, un desmemorizador necesitaba recordar las caras con las que se encontraba para saber qué magos y brujas eran problemáticos. El comentario había sido totalmente inocente. Además, la rubia no vio ningún motivo para esconderle a qué se dedicaba. No creía que enviara lechuzas preguntando por la plantilla de profesores del Colegio, y si decía la verdad des del principio, seguramente le preguntaría menos cosas—. No creo que nos conozcamos, la verdad... He estado en varias ocasiones en el edificio para hacer gestiones, especialmente de documentación —Nessa había tenido que hacer bastante papeleo para poder mudarse a Noruega y trabajar en Durmstrang, aun teniendo la doble nacionalidad—, pero soy profesora.

No le dijo donde trabajaba. Una cosa era darle información verídica y otra darle todos los datos necesarios para saber quién era servidos en una bandeja de plata. No era una mentirosa, pero omitir detalles se le daba bastante bien.

Y entonces, llegó el ascensor. En cuanto subió, su mano fue directa hacia el panel de botones, pero consiguió resistir el impulso de pulsar el que las llevaría al sótano, directas al Wizengamot y al despacho que su hermnao mayor había ocupado durante más de una década.

¿A qué piso vamos? —preguntó para disimular.
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Gwendoline Edevane el Mar Ago 07, 2018 4:07 pm

De pie frente al ascensor, esperando a que llegase, no pude más que preguntarme otra vez por qué mi mente se empeñaba en recordarme que aquella mujer me sonaba de algo. Sí, me había ocurrido otras veces. Había coincidido con personas que se me hacían familiares, pero generalmente no me preocupaba tanto. De hecho, generalmente solía darme cuenta bastante rápido del por qué de ese interés de mi mente consciente en que recordase a una persona concreta.
Con aquella mujer no, no sucedía. Seguía preguntándome quién era, por mucho que me empeñaba en buscarle motivos lógicos a todo aquello. Así que fue inevitable que, mientras observaba la aguja encima de la puerta del ascensor moviéndose de un número a otro, finalmente tuve que preguntar. Le dediqué mi atención a la mujer, con curiosidad, buscando el motivo por el cual la reconocía en su rostro, mientras ella respondía a mi pregunta.

—Comprendo.—Respondí con una leve sonrisa a modo de disculpa por mi indiscreción. Si aquella mujer era profesora, su edad la delataba: no parecía ser mucho mayor que yo, si es que acaso lo era, por lo que muy difícilmente podría haberme impartido clases alguna vez.

Cuando el ascensor llegó, ambas nos metimos dentro, y por fortuna y milagro de Merlín, no nos siguió nadie al interior, ni había nadie ya dentro. Estábamos solas, y cuando las puertas se cerraron, de nuevo reinó aquel incómodo silencio que se había adueñado de nosotras momentos antes de entrar en el ascensor.
Debería dejar de darle importancia, me sugerí a mí misma en un intento de alejar aquella duda, que era como un picor. Era una sensación parecida a tener una palabra en la punta de la lengua y ser totalmente incapaz de recordarla.

—-Tercer piso.—Respondí a la mujer, que seguramente tenía razón: tenía que conocerla de haberla visto en otras ocasiones en el Ministerio. Todo el mundo iba al Ministerio para hacer todo tipo de gestiones. No debería sorprenderme reconocer caras. Y sin embargo...—¿Y qué materia imparte usted?—Pregunté con curiosidad, componiendo una amable sonrisa muy cercana a la realidad.—¿Trabaja en el colegio Hogwarts, quizás? Señorita… disculpe, creo que no recuerdo su apellido.

Era bien consciente de que no recordaba su apellido principalmente porque la desconocida no me lo había dicho. Me había dicho su nombre, y un nombre no decía mucho en aquellos días. En cambio un apellido… eso sí, eso podría despejar mis dudas de un plumazo. Quizás de repente recordase a una tal “señorita Langford” con la cual había tenido que tratar para algún asunto oficial, y la cara de esta mujer encajase en ese recuerdo, igual que una pieza de puzzle que ocupa su sitio en el rompecabezas al que pertenece.
Mientras tanto, el ascensor se dirigía al piso correspondiente. Una vez en mi despacho, aquella mujer y yo nos repartiríamos los documentos, cada cual los suyos, y en cuanto se marchase posiblemente me olvidaría de todo aquello.
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Vanessa Crowley el Mar Ago 07, 2018 4:47 pm

A pesar del silencio incómodo que se apoderó del ascensor, la rubia se alegraba de que estuvieran a solas. Así nadie podía llamarla por su apellido y delatarla.

En cuanto recibió la respuesta, pulsó el botón que las llevaría hasta el tercer piso. Sólo era un piso, así que durante el breve trayecto estarían tranquilas. Como estaban hablando, no hacía falta que la observara de reojo.

¿En Hogwarts? No, no... De momento no. He estado muchos años trabajando en Durmstrang, enseñando transformaciones, pero la verdad es que estaría encantada de poder trabajar en una institución tan importante en nuestro país como es Hogwarts —mintió de una forma tan natural que daba miedo, seguramente porque la mentira había sido verdad sólo unos meses atrás. Además, para trabajar el extranjero se hacía muchísimo papeleo y podía confiar en que la señorita Edevane pensara que la había visto durante esa temporada—. Aunque debo reconocer que mi especialización, la invocación, es útil en tantos campos que si quisiera probablemente podría trabajar en el Ministerio —Lo cierto es que nunca se lo había planteado seriamente, pero no era una mentira.

Pero luego le preguntó por su apellido, y tuvo que sospesar sus opciones rápidamente, tensándose por el proceso. Lo más fácil era que usara un apellido real, aunque obviamente no podía usar el suyo. Podía hacerse pasar por la hermana del profesor Baker, pero eso podía desencadenar una situación bastante peculiar y no confiaba tanto en él, emparentarse con Nailah Stuart quedaba descartado por ser de la nobleza... Rápidamente fue descartando los apellidos del resto de profesores de Hogwarts. Pensó en usar Aleksandersøn, el del último tío al que había conocido, pero eso le dificultaba el hacerse pasar por una británica que se había visto obligada a emigrar.

Pero la verdad era que sólo tenía una opción. Debía utilizar un apellido tan común que pudiera aparecer varias veces en la lista de fugitivos. Sólo así podría justificar el haberse puesto tensa. ¿Quién no iba a tensarse cuando tenía un pariente en esa lista? Cualquiera podía dudar de su lealtad al nuevo gobierno.

La verdad es que no lo he dicho... —confesó—. Me llamo Vanessa Brown.

Cuando por fin llegaron al tercer piso, las puertas del ascensor se abrieron y a ella sólo le quedó rezar. Por favor, que no me encuentre ningún conocido, que no me encuentre ningún conocido...

Salió del ascensor y esperó que la morena la guiara. Ahora sí que no tenía ni idea de hacia dónde iban.
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Gwendoline Edevane el Vie Ago 10, 2018 1:49 pm

En el silencio de la cabina del ascensor, a pesar de que solamente debíamos desplazarnos una distancia de un piso, el silencio podía volverse increíblemente incómodo. Yo misma había experimentado ese tipo de incomodidad más veces de las que podía recordar. Aunque aquella incomodidad no era lo peor que me había ocurrido desplazándome en los ascensores del Ministerio. A aquella incomodidad una se acostumbraba en cierta medida, muy a pesar de tener que fijar la vista en el suelo o en el techo, y tener que fingir estar enfrascada en el más apasionante proceso mental del mundo.
Los peores recuerdos en un ascensor se remontaban a la época en que Sebastian Crowley, ese ser nacido del mismísimo inframundo, había puesto sus garras encima a Sam sin que yo pudiese hacer nada para evitarlo. Aquella época en que no comprendía por qué mi amiga me había apartado de ella, negándose incluso a saludarme en los pasillos de nuestro lugar de trabajo común, era una de las peores que podía recordar. Coincidir en un ascensor con ella, aunque generalmente Sam lo evitaba, se convirtió en algo horrible. Ella no me miraba, como si intentase por todos los medios mantener una conversación conmigo, y con el tiempo yo también acabé haciendo lo mismo.
Y sin embargo, aquello había logrado destrozarme por dentro. Porque cualquiera podría ver lo especial que Sam había sido siempre para mí. Especial hasta el punto de que cuando volvió a aparecer, casi dos años después, no hizo falta decir nada, porque todo estaba perdonado; especial hasta el punto en que no había dudado ni un segundo a renunciar a la varita que había llevado conmigo desde los once años para entregársela a ella; especial hasta el punto en que, de saber quien era la mujer que viajaba a mi lado en aquel ascensor y las intenciones que tenía, no habría dudado en conjurar una maldición asesina contra ella allí mismo.
No pude evitar que mi mente evocara brevemente aquellos recuerdos tan horribles de una época pasada; como agua pasada, no me afectaron demasiado, y lo poco que me afectaron no inmutó mi expresión facial lo más mínimo.
Como un modo de romper aquella incomodidad, aquel silencio, y despejar mis propias dudas al respecto, formulé algunas preguntas a la desconocida que tanto me sonaba. Me gustaría decir que las respuestas fueron esclarecedoras, pero mentiría: la información que me brindó no me despejó la mente lo más mínimo.
Hubo algo en su expresión, en su comportamiento, cuando me dijo por fin su apellido, que me llevó a pensar que escondía algo. Mientras la observaba, la mujer pareció tensarse durante un breve momento, casi como si la pregunta le hubiese producido un escalofrío en la columna vertebral o algo por el estilo. Y me pregunté el motivo de aquello: ¿Por qué? En los tiempos que corrían, un apellido podía decirse con orgullo. El único motivo lógico que se me ocurría para aquella tensión era que se tratase de un apellido falso… hasta que mi mente reparó en la lista de fugitivos que llevaba con ella y concretó un poco más aquella información: Un apellido falso que busca enmascarar otro apellido bastante conocido, pero que figura en esta lista, pensé, aunque no me pareció suficiente motivo como para ponerse nerviosa. En mi caso, mi madre era lo que el gobierno actual llamaba una ‘muggle ladrona de magia’. Otros la conocían como ‘sangre sucia’. Y allí estaba yo, libre, desempeñando mi trabajo, y lo mismo podría decirse de mi padre. Podíamos ser la vergüenza de la antigua familia Edevane, sí, pero no dejábamos de ser respetables ciudadanos libres del mundo mágico.
O eso aparentaba ser yo, claro.
Por lo que la reacción de la mujer, si bien podía deberse a lo que sospechaba, no me pasó desapercibida. Tomé nota mental de aquello, además del hecho de que aseguraba ser profesora de Transformaciones en Durmstrang, y su supuesto nombre completo: Vanessa Brown. En caso de que la curiosidad fuese muy grande, incluso después de que ella se marchase, podría investigar un poco al respecto.

—Transformaciones...—Respondí cuando terminó de hablar, componiendo una sonrisa que pretendía ser agradable.—Es una materia apasionante, sin duda. Si por algún casual está buscando usted empleo en Hogwarts, el actual profesor, Benjamin Stuart Miller, ya tiene una avanzada edad y es probable que pronto se jubile. Quizás podría usted presentarse para el puesto.—Aquello, hasta donde yo sabía, era cierto. Intentaba mantener mis atenciones alejadas del colegio Hogwarts en los últimos tiempos, pues nada bueno salía de allí. Otros miembros de la Orden del Fénix sí estaban enterados de lo que ocurría dentro de aquel lugar, pero yo no. Lo poco que sabía de aquel hombre era que había ocupado el puesto en 2016, tras el cambio de gobierno. Tampoco sabía si tenía intención de jubilarse, por mucho que tuviese noventa y cinco años.

Respecto al apellido no dije nada, ni siquiera un “Encantada, señorita Brown”. Guardé un silencio elocuente, que duró hasta que las puertas del ascensor volvieron a abrirse. Una vez sucedió esto, fui la primera en salir, dispuesta a guiar a la mujer a mi despacho, que no se encontraba muy lejos.


***

Una vez en mi despacho, invité a Vanessa Brown a entrar y tomar asiento, indicándole con la mano la silla libre que había al otro lado de mi escritorio. Bordeé la mesa y tomé asiento en mi propio sillón de respaldo alto, depositando la carpeta en la superficie del escritorio. No tenía gran cosa allí encima: unas cuantas carpetas apiladas en orden a la izquierda de mi silla, que contenían informes pendientes de rellenar o corregir; un tintero y una pluma, dispuestos en caso de que tuviese que escribir algo a mano; y una máquina de escribir, a mano izquierda de mi silla, y que estaba encantada para que teclease automáticamente respondiendo a mi voz.

—Bien.—Dije con una sonrisa amable, al tiempo que abría la carpeta con los documentos desperdigados y la lista de fugitivos.—Vamos a repartirnos estos documentos, y así cada una podrá volver a sus quehaceres.—Dicho aquello, empecé a revisar las hojas que contenía mi carpeta.

La primera página pertenecía a la mujer, y se correspondía a la letra C. Sin poder evitarlo, repasé por encima la lista de apellidos, seguidos de sus correspondientes nombres, y me llevé una gran sorpresa al encontrarme un apellido que conocía: Crowley. Fue visible la sorpresa en mi rostro, especialmente cuando levanté la hoja de pergamino para acercármela a la cara. Como si creyese que me engañaban mis ojos.
Crowley, Samuel. ¿Podía tratarse de una tremenda coincidencia? ¿Un Crowley que no estuviese relacionado con Sebastian, Vladimir y Zed Crowley?
Levanté la mirada para establecer contacto visual con mi interlocutora, y compuse una sonrisa a modo de disculpa. Le alcancé la hoja de pergamino.

—Discúlpeme. He leído un apellido que me resulta familiar. Tenga, esta es suya.—No le di más detalles. En su lugar, proseguí separando una página tras otra, en un intento por alejar el apellido Crowley de mi mente. ¿Qué pintaba un Crowley en aquella lista?
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Vanessa Crowley el Sáb Ago 11, 2018 11:21 pm

Creame —empezó a decir con una sonrisa confiada. Aquella que se le plantaba en el rostro cada vez que hablaba sobre su materia—, lo es. Nunca he entendido a las personas que no disfrutan de ella. Es una de las ramas más complicadas de la magia, y es de gran utilidad si se sabe utilizar. No quiero menospreciar las demás asignaturas que se imparten en los colegios... Pero no podemos comparar asignaturas como encantamientos, pociones y transformaciones con adivinación o cuidado de criaturas mágicas.

Pero Nessa sabía que aquella información estaba algo desfasada. Sobretodo porque el señor Miller había tenido que cogerse la jubilación anticipada, y ella había podido aprovechar las circunstancias para enviar su currículum. Con casi 10 años de experiencie en Durmstrang y con las dificultades que había para encontrar profesores competentes tras el cambio de gobierno y en la dirección del gobierno, no había costado que se decantaran por su candidatura.

Vaya, la verdad es que aunque he estado pendiente del colegio, desconocía esa información. Aunque si le soy sincera, no he estado muy atenta a la edad de los profesores. Ahora estaré mucho más pendiente —respondió con una sonrisa.

No le pasó por alto que la desmemorizadora no había utilizado su apellido falso, pero no dijo nada. Mejor.

***

Entró en el despacho detrás de Gwendoline y se sentó en la silla que le señalaba, frente a ella. La mesa estaba limpia y bastante vacía, se notaba que la mujer no pasaba allí más horas de las necesarias. Lo normal en todos los empleados del Ministerio.

Antes de ponerse a separar las hojas, la rubia alineó los bordes de las páginas, colocándolos bien. Sabía que más de una página estaría al revés, pero por lo menos así no estarían tan desperdigadas.

¿Qué ocurre? —preguntó sobresaltándose.

No sabía qué había visto la mujer, pero fuera lo que fuera la reacción había sido muy visible. Cogió la hoja que le tendía y lo entendió todo antes de que hablara. Era la C. Una máscara infranqueable recubrió su rostro, intentando no mostrar sus emociones. Sabía a qué había reaccionado Gwendoline. Si empezaba a leer la lista se encontraría con Crowley, Samuel. Otra opción no tenía sentido.

Así que tal y como ella llevaba meses sospechando, su hermano estaba en busca y captura... Al menos estaba vivo. Y se alegraba. Porque Nessa le odiaba por haber abandonado a su familia y no responderle a todas las cartas que le envió tras la muerte de Sebastian, pero seguía siendo su hermano pequeño y le tenía cariño. Incluso cuando decía que era un bueno para nada y que era la oveja negra de la familia.

Creo que todos conocemos a alguien que está en esa lista —dijo, y por un momento su máscara se resquebrajó y la pena le tiñó la voz.
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Gwendoline Edevane el Dom Ago 12, 2018 12:42 am

La materia de Transformaciones no era mi predilecta. Y no por despreciarla, ni mucho menos. Era una materia muy importante, muy necesaria para todo mago o bruja que desease alcanzar la grandeza. Sin embargo, a mí me traía recuerdos de Hogwarts. Concretamente, recuerdos de aquella época en que los Slytherin utilizaban aquella clase para abusar de los estudiantes de otras casas. Gwen tenía un muy mal recuerdo acerca de un hechizo mal realizado sobre su joven persona que le había dejado la cabeza convertida en la de una ardilla, y el tiempo que pasó recuperándose en la enfermería a posteriori. Porque ahí estaba la gracia de los hechizos de transfiguración mal realizados: a veces un Finite Incantatem no era suficiente como para deshacerlos.
Sin embargo, ante las virtudes de la magia de Transformación que ensalzó la mujer, Vanessa Brown, asentí con la cabeza, mostrándome de acuerdo con ella. No había mucho más que decir al respecto, pues era la pura verdad. Podría haber añadido y matizado que el Cuidado de Criaturas Mágicas era mucho más importante de lo que se creía, pues en muchos caso estaba relacionado con la medimagia y la elaboración de pociones, teniendo en cuenta que los magizoólogos se encargaban de obtener muchos de los ingredientes necesarios para la elaboración de remedios. Y también venenos.
Pero aquel no era un tema para discutir con una mujer desconocida en un ascensor, por mucho que me sonase de algo. Por consiguiente, guardé silencio hasta que llegamos a mi despacho, y una vez allí, la conversación cambió de tono en general.
Atisbar el apellido Crowley en la lista me contrarió, la verdad. Aquel apellido pertenecía a tres de las peores personas que habían existido en la vida de mi mejor amiga. Uno de los tres había controlado su vida durante dos años, y había muerto por ello; los otros dos la habían torturado hasta que deseó morir solamente para que acabase aquel dolor. Que uno de ellos fuese fugitivo parecía una mala broma. Una sin gracia, de esas de las que no te ríes ni aún con varias copas encima.
No pude evitar sorprenderme, teniendo en cuenta la historia de mi amiga con esos salvajes y asquerosos puristas, pero creí haber salvado bien el pequeño obstáculo al afirmar que reconocía uno de los nombres. Sin embargo, me sorprendió un poco la reacción de aquella mujer. Con cierta tristeza en la voz, apenas un deje, aseguró que todos conocíamos a alguien en aquella lista. Yo la observé con mi habitual máscara de inexpresividad, sintiendo un poco de compasión por ella e imaginándome una historia acerca de algún conocido o amigo suyo convirtiéndose en fugitivo.
Pero los años, especialmente los últimos, me habían hecho alguien inteligente. Y si bien no sabía de qué me sonaba aquella mujer, sí recordaba la máxima: Nunca te muestres como eres realmente dentro del Ministerio de Magia. Obedecí a aquella máxima de inmediato.

—Sin duda.—Imprimí un deje seco a mi voz. Un deje carente de toda calidez. Dediqué entonces mi atención a los documentos sobre la mesa, separando página tras página. Con la misma inexpresividad anterior, continué hablando.—Pero ellos fueron los que eligieron la traición, no nosotras. Y si estamos hablando de sangre sucias—Pronunciar aquellas dos palabras me dio asco, como si estuviese saboreando una bolsa de basura, pero no lo mostré.—tienen un lugar reservado en este mundo: el Área-M. Ahí por lo menos podrán servir para algo.

No era la primera vez que me veía obligada a fingir ser purista, y sabía que no sería la última. Lo que tenía muy claro era que no pensaba abrirme ante una desconocida, y mucho menos alguien que me sonaba de algo. Si por un casual aquella tristeza en su voz era un intento de apelar a mis auténticos sentimientos, tendría que hacerlo mejor. Mostrar mis auténticos ideales allí dentro no solo era peligroso, si no también irresponsable.
Tenía mucho que proteger, y para ello… no me quedaba más remedio que fingir ser lo que no era. Como llevaba haciendo desde noviembre de 2017.

—¿Es algún familiar suyo quien figura en esa lista?—Pregunté, adoptando entonces un tono más cordial, como si pretendiese dejar claro que el motivo de ponerme antes a la defensiva era, precisamente, mi asco hacia los hijos de muggles. Mientras formulaba aquella pregunta, seguía separando las páginas de mi informe de las páginas de la lista de fugitivos. Entonces, alcé la vista, poniéndola sobre ella.—¿Es por eso que me ha dado usted un apellido falso?—Disparé, sin temor ya. Estaba casi segura de que ese era el motivo. Posiblemente, en la lista figurase algún familiar suyo y tuviese miedo de verse envuelta en el asunto.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Vanessa Crowley el Sáb Ago 25, 2018 11:05 pm

Había que reconocer que la desmemorizadora tenía bien ensayado su papel, era evidente que estaba muy acostumbrada a interpretarlo constantemente. Sólo así podía permitirse jurar lealtad al Señor Tenebroso y seguir con su vida como si nada hubiera sucedido. Salvo que ella era una de las personas cuyas vidas habían dependido del resultado del juramento inquebrantable que cierta legeremante de origen muggle había hecho con el más mayor de sus hermanos. Y una persona así no podía ser fiel al gobierno actual, por mucho que siguiera el guión establecido a la perfección.

El área-M... Un destino peor que la muerte, muy adecuado para los traidores.

Vanessa tenía serias dudas sobre la utilidad científica del área-M, más allá del castigo. Para ella, muggles, squibs, sangre sucia y traidores merecían un destino peor que la muerte; el área-M era muy útil para ello, pero los sangre sucia... Ni siquiera así conseguían ser más que basura que cualquier mago de sangre limpia apartaría con el zapato. Sus palabras acerca de esa zona de Azkaban habían sido más que sinceras, al igual que el tono que había utilizado al pensar en su hermano pequeño.

Sus labios se fruncieron en cuanto formuló la pregunta, sus hombros se tensaron mucho más de lo que habían estado en ningún momento, e incluso alzó la vista repentinamente, apartándola de los documentos que estaba separando, quedándose con una hoja en la mano. Finalmente, una vez superada la sorpresa inicial, consiguió dejar la página en el montón correspondiente, que pertenecía a Gwendoline.

La había calado. Nunca se le había dado bien disimular, y sabía que sus gestos, uno a uno, le habían ido dando pistas que le habían hecho notar que no se llamaba Vanessa Brown. Estaba entre la espada y la pared, y se sentía como un ratoncito asustado que iba a ser capturado y que sabía que no podía escapar.

No valía la pena mentir. A esas alturas, lo mejor era que la empleada del ministerio creyera que se ocultaba por vergüenza o por conseguir información. Lo más importante era que no le rebelara su apellido.

Sí, es un familiar.

Por suerte para Nessa, no hizo falta decir nada más, pues alguien llamó a la puerta del despacho y la entreabrió antes de que Gwendoline tuviera tiempo a dar su permiso.

Señorita Edevane, se requiere su presencia en el despacho de aurores.

Y la rubia no pudo evitar preguntarse qué hubiera pasado si el desconocido hubiera sido un conocido.



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PB : Natalie Dormer
Edad del pj : 31
Ocupación : Profesora
Pureza de sangre : Limpia
Galeones : 9.050
Lealtad : Neutral/Pro-mortífag
Patronus : Patronus
RP Adicional : 000
Mensajes : 232
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Vanessa CrowleyProfesores

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