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Late night delivery // {Ryan Goldstein & Gwendoline Edevane}

Gwendoline Edevane el Sáb Jun 30, 2018 11:49 pm


Viernes 6 de julio, 2018 || Zona residencial de Londres || 20:37 horas || Mi ropa

Por tercera vez desde que había salido de casa, tuve que detenerme en plena carrera a tomar un respiro. Volvía a dolerme la cabeza. Sentía cómo si tuviese ahí dentro un martillo pilón, haciendo pedazos mi cerebro. Sentía el latido del corazón acelerado en las sienes y en la garganta, y por un momento pensé que me iba a desmayar. Me llevé los dedos a las sienes, buscando de alguna manera aliviar aquel dolor tan horrible, y cuando me di cuenta de que no pararía, opté por sentarme en un banco cercano. Aquello ayudó... un poco.
¿Cuanto tiempo llevaba ya experimentando aquellos dolores de cabeza? Mi mente los ubicaba en a principios de la semana anterior. Justo cuando habían empezado los problemas para conciliar el sueño. El lunes, aquellos dolores eran una molestia insignificante, que achaqué a un exceso de trabajo; el miércoles, eran un poquito peores; cuando llegó el viernes, se tornaron casi incapacitantes, y así se habían quedado.
Eché mano de lo que se había convertido para mí en algo indispensable: un frasco de analgésicos sin receta que había comprado el jueves en la farmacia. Desenrosqué la tapa, extraje uno y me lo metí en la boca, masticándolo a fin de que hiciese efecto más rápido. Su amargo sabor llenó mi boca, y entonces apoyé los codos en las rodillas, bajé la cabeza y me masajeé las sienes, mientras esperaba a que el dolor remitiese un poco.
Intenté recordar cuando me había tomado la pastilla anterior, y no pude. Mala señal. No era conveniente abusar de ningún tipo de medicamento, pero últimamente se habían vuelto un mal necesario. Pude comprobar cómo aquel dolor de cabeza remitía poco a poco, hasta el punto en que dejé de escuchar los latidos de mi corazón en los oídos, y por fin pude respirar tranquila.



Algunos minutos después...


Desandaba el camino de vuelta a casa a pie. Cómo siempre que salía a correr, no llevaba conmigo mi varita, y en esos momentos lo estaba lamentando: el dolor de cabeza no era ni siquiera el fantasma de lo que había sido durante el último tramo de carrera, pero igualmente cada paso suponía un suplicio. Había pocas cosas que desease más en aquellos momentos que poder utilizar el don de la aparición. Ya me daba igual el cardio, perder calorías, mantenerme en forma... Quería llegar a casa, tumbarme en la cama con las luces apagadas y, quizás, dormir algo más de tres horas seguidas.
Perdida en mis pensamientos me sorprendieron los primeros compases de Treasure, de Bruno Mars procedentes del bolsillo trasero derecho de mis mallas, dónde llevaba guardado mi smartphone. Le eché mano y desvié toda mi atención hacia la pantalla del móvil. Se trataba de un mensaje de Whatsapp de Beatrice, seguramente enviándome algún vídeo gracioso, alguna imagen graciosa, o alguna fotografía de comida. Tan concentrada estaba mirando la pantalla del móvil, sin dejar de caminar, que no me percaté de que alguien venía hacia mí.
No fue un choque aparatoso; de hecho, ni siquiera fue un choque, pues quién fuese que se encontraba frente a mí tuvo más cuidado que yo y se percató de que iba hacia él cómo un zombie, poniendo sus manos en mis hombros a fin de minimizar los daños. Ese alguien, además, me llamó por el diminutivo más habitual de mi nombre: Gwen. Alcé la vista, sorprendida, y me encontré a...

—¡Ryan Goldstein!—Exclamé, quizás un poco alto, sorprendida por el encontronazo.—Ya es coincidencia encontrarnos justo cuando recibo un mensaje de la señora Goldstein.—Imprimí un poco de ironía en aquellas palabras, aunque no ironía de la mala; desde lo del Magic Battles Club, mi estima por Ryan había subido bastante. El valor que había demostrado me demostraba que no era un simle ligón.—Supongo que ahora debería llamarte cuñado, ¿no?—Proseguí con la broma, pero ya entonces empezaba asomar una sonrisa divertida en mis labios.

La respuesta de Ryan fue reír divertido, también. Tras intercambiar conmigo algunos comentarios sobre ser un buen esposo y un mejor cuñado, acabamos llegando al punto clave del encuentro: ¿qué hacíamos por allí los dos a esas horas?

—En mi caso estaba haciendo un poco de ejercicio. Cómo me he dejado la varita en casa, me toca volverme andando. ¿Y tú?—Ryan me explicó que estaba un poco perdido, que tenía que encontrar una dirección para entregar algo que le habían pedido en el refugio. Me preguntó si por casualidad sabría dónde era, a lo cual asentí.—Sí, sí. Está bastante cerca de aquí. Es una mansión enorme. Vamos, te acompaño hasta allí, que me queda de camino.



Apenas tres minutos después...

La mansión:


—Esa es la casa.—Informé a mi improvisado acompañante, señalando la imponente mansión que se alzaba al final de un pequeño tramo de escalones. Nos habíamos detenido junto al destartalado buzón. Aquella casa llevaba abandonada mucho tiempo.—Lleva abandonada unos años. Corre el rumor de que está encantada...—Me encogí de hombros al decir aquello último, pues yo no daba demasiado crédito a aquellos rumores.

Que el lugar estuviese abandonado no es que me sorprendiese demasiado. Teniendo en cuenta que los fugitivos escogían aquel tipo de lugares para esconderse, no sería descabellado que alguien viviese allí. Sin embargo, en otros momentos, cuando no me atormentase un terrible dolor de cabeza y la falta de sueño, quizás hubiese caído en la cuenta de un detalle importante: ¿por qué iba alguien a vivir allí cuando podía vivir perfectamente en el refugio, junto a sus seres queridos?
Pero entonces no caí en la cuenta. Lo único en lo que pensaba era en volver a casa, dormir, y olvidarme de aquel dolor de cabeza hasta el día siguiente, por lo menos.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Ryan Goldstein el Mar Jul 03, 2018 7:58 am

Dos conocidos que se cruzan en el camino no es indicio del comienzo de una terrible serie de eventos. A Ryan le llamó la atención, sin embargo, tropezarse con dos coincidencias en ese día. Una, era Gwen. Pero la verdaderamente curiosa era aquella en la que, no va que la dirección que le habían dado estaba en realidad, ¿errada? En todo caso, uno se preguntaba ¿por qué una casa tan vieja y destartalada?

—Esto es curioso—
dejó escapar en un hilo de voz que era un pensamiento. Por la inocencia en el brillo azul de su mirada, confusa, no dirías que esperara nada sospechoso—¿Me habré equivocado?

Le hallaría una explicación, estaba seguro de eso. Hubiera sido muy sensato encogerse de hombros y probar otro día, luego de cerciorarse que había anotado bien las indicaciones de la persona a la que le hacía el favor de transmitir un mensaje a uno de sus familiares (quienes por lo general intentaban llevar la tapadera de una vida normal). ¿Pero y el mensaje….?

De estar de pie frente a una mansión misteriosa, curioseando y expresando desconcierto en el intercambio de miradas, Ryan estalló en una risa blanca, de esas que traicionaban toda reserva. Estaría a punto de soltar un detalle que había omitido en complicidad consigo mismo, o era sólo que se le hacía muy gracioso eso de perder el tiempo con casas embrujadas.


—Miento. Me esperaba algo así. Es alguien que se esconde y espera una invitación. Pero no podemos dársela así como así, ¿verdad? Sin saber quién es.  

Una invitación para unirse al refugio. Al ser un asunto que hacía falta tratar en persona porque era necesario comprobar que la persona en cuestión fuera de fiar, entre otras cosas, Ryan se apersonó en el lugar de la cita. Resolvió que, tratándose de alguien que esperaba unirse a los fugitivos, aquel era un sitio resultaba adecuado para alguien que se había hecho su propio escondite.

Inmediatamente luego de declarar que era un hombre muy chistoso, o que intentaba serlo, irrumpió ilegalmente dentro de los límites de la propiedad forzando la verja de la entrada con esa naturalidad del turista perdido que en un día de paseo se carga a sí mismo con dieciséis infracciones y tres allanamientos, y contando. Por supuesto, esto es exagerando. Pero podía decirse que allí donde el turista estaba perdido, Ryan sólo estaba disimulando.

—Lo siento, por traerte hasta aquí. Soy como esa pila de documentos que te tu jefe te tira a último momento cuando pensabas que librabas. Por supuesto, es tu opción, si quieres acompañarme o no—Ryan se detuvo con una mano en la verja, ya traspasada la frontera. La enfrentaba con esa buena predisposición del caballero atento, que te cede el paso—¿Quieres ir a comer después de esto?—propuso, barajando la oferta de un “Yo invito” a cambio de su compañía. Pero se lo pensó y entornó la mirada—¿Tienes tu varita? Si no la tienes, olvídalo. Se supone que es seguro, pero no nos arriesgamos. Un fugitivo siempre pone trampas, ¿no?
¿Qué elegirías?:

—Ryan entra solo por la parte trasera del hogar o por una ventana (la puerta delantera no abre ni nadie sale a la puerta). Pasan las agujas del reloj y nada. No vuelve. Al ingresar a la vivienda, no hay señal de forcejeo. Sólo un libro abierto en el suelo, lo único o de las pocas cosas que parecen fuera de lugar.

—Gwen lo sigue. Oyen un grito de ayuda provenir desde adentro. Ryan es impulsivo y después de gritar un “Quédate a aquí” se lanza a la carrera a ver qué ocurre. Gwen lo sigue o decide a esperar a ver qué pasa. Todo se vuelve negro. Cuando vuelven las luces, no hay rastro de ninguno de los dos. Sólo una sala vacía y un libro abierto en el suelo.

—Otra opción :3
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Dom Jul 08, 2018 12:33 am

Observé la mansión con el mismo interés que cualquier turista contemplaría una reliquia del pasado: un gigante inmóvil, de otra época, abandonado a su suerte. La fachada exterior estaba cubierta de hiedra que había crecido sin control, provocando finas grietas en el ladrillo visto. Con el tiempo, esas grietas se irían haciendo más y más profundas, dañando la integridad de la pared, y posiblemente la casa se viniese abajo. Las ventanas eran como ojos ciegos, y algunas de ellas ya no tenían ni cristales. Las cortinas aparecían hechas jirones de tela polvorienta tras los marcos.
Un árbol seco, partido por la base, se había venido abajo sobre el lado izquierdo de la casa y había hecho pedazos los cristales de una de las ventanas, por donde también se colaba la hiedra trepadora que cubría la fachada. Más árboles secos y pelados rodeaban la casa, y la hierba donde estos árboles se mantenían erguidos se mostraba seca y cubierta de hojas. Teniendo en cuenta que estábamos en pleno mes de julio, aquello resultaba cuanto menos curioso. Quizás se debiese a algún fenómeno mágico.
Dediqué una vaga mirada en dirección a Ryan cuando escuché que hablaba. Lo que dijo me pareció más un pensamiento en voz alta que otra cosa, por lo que mis labios no se despegaron para romper. El hombre seguramente tenía mucha más información que yo acerca de la naturaleza de su misión, por lo que poco o nada podía decirle al respecto. Así que me limité a alzar nuevamente la mirada hacia la casa.
No tardé en volver a mirarle: un chirrido agudo, casi un quejido, me taladró los oídos y se abrió paso hasta mi cerebro. El dolor fantasma se hizo un poco más intenso y me llevé los dedos índices a la sien, contrayendo el rostro en una expresión de dolor. Por suerte, no duró mucho, pero yo ya estaba preguntándome qué había causado tan monstruoso sonido.
La respuesta me llegó al mirar en dirección a Ryan: había abierto la verja que separaba la propiedad, posiblemente abandonada, de la calle.

—Bueno, la verdad es que no me has traído a ningún sitio.—Respondí con simpleza, pues era verdad: nos habíamos encontrado en plena calle, él buscaba una dirección, y yo le había mostrado el camino.—¿No puedes simplemente acercarte a la puerta principal, pasar la carta por debajo de la puerta, y volver por dónde has venido? Esa casa no tiene buena pinta.—Hice un gesto, señalando con la mano en dirección a la casa, antes de volver a bajar la mano.—Y no, no es por ser supersticiosa: dudo mucho tener miedo a un fantasma a mi edad, cuando en Hogwarts teníamos varios. Lo que me preocupa es que se nos caiga encima algo. Esa casa es tan vieja como la misma calle, si me apuras.—¿Comer? ¿Qué clase de oferta era esa? Lo cierto es que no estoy para ir a cenar a ningún sitio. Me duele demasiado la cabeza, y no es ninguna excusa.—No sé… no me encuentro demasiado bien hoy. Dame unos minutos, a ver si me encuentro mejor, y te digo.—Esbocé una leve sonrisa para suavizar un poco mi negativa. No sonaba tan mal de aquella manera; el no, más o menos, ya lo tenía claro, pero tampoco tenía por qué ser borde.

Ryan había pasado por alto el hecho de que le había dicho que no llevaba mi varita, apenas unos minutos antes. Bueno, era algo natural, uno a veces simplemente no presta atención a pequeños detalles en una conversación, y menos si va con prisa o está distraído buscando una dirección. Estaría más preocupado por acabar la tarea que le había traído aquí que por si Gwendoline Edevane había traído su varita o se la había dejado en casa.
Así que negué con la cabeza, encogiéndome de hombros.

—Hoy soy una muggle normal y corriente. O “nomaj”, cómo los llamáis los americanos.—Fruncí el ceño, llevándome de nuevo un par de dedos a la sien y frotándomela un poco, mientras avanzaba hacia la verja un par de pasos.—¿Por qué “nomaj”, por cierto? ¿No sería más lógico llamarles “nomag”? Ya sabes, por “no-mágicos”. Nunca lo he entendido...—Crucé al otro lado de la verja, metiendo la mano en mi bolsillo trasero para sacar mi móvil. Dentro de la propiedad, parcialmente cubiertos por una vegetación que en partes crecía sin control, en partes estaba seca como la paja, las sombras eran intensas. Encendí la linterna de mi teléfono móvil para iluminar un poco.—¿A quién buscas exactamente, Ryan? ¿Puedes contarme algo, o es un gran y enorme misterio de esos a los que te dedicabas antes?—Por supuesto, me refería a su antiguo trabajo, ese del que me había hablado la primera vez que habíamos tenido ocasión de conversar, en aquel piano bar. Parecía que había pasado demasiado tiempo, más del que había pasado en realidad.

Paseé el haz de la linterna de mi smartphone de un lado a otro, examinando la propiedad cuyos propietarios actuales parecían ser abandono, inmundicia y malas hierbas. Todos ellos debían haber adquirido legalmente una parte de la propiedad, pues nadie venía a decirles que ahuecasen el ala. Seguí caminando hasta que mi pie derecho chocó con algo. Instintivamente, vista y haz de la linterna fueron hacia allí, y me encontré con un viejo cartel de madera medio escondido entre la hierba.
Me puse en cuclillas para examinarlo—con el consiguiente latigazo de dolor que pareció cortarme el cerebro de lado a lado—y vi que se trataba de un viejo anuncio de “SE VENDE”. La tinta estaba desvaída, y el pie estaba roto y astillado. Se podía ver el logotipo, seguramente de la inmobiliaria—un sol con un par de gaviotas y una palmera—pero no se leía el nombre. Tampoco se leía el número de teléfono. A saber siquiera si esa inmobiliaria existe ya…
Volví a ponerme en pie e, instintivamente, eché un vistazo a la casa. Entonces fue cuando lo capté: fue breve, por el rabillo del ojo, pero allí estaba. Algo se había movido en una de las ventanas del piso superior. Hacia allí dirigí vista y haz de la linterna del móvil, y pude observar que las cortinas de dicha ventana todavía se mecían al paso de quién fuese que nos había estado observando desde allí arriba.

—He visto a alguien en el piso de arriba.—Informé a Ryan, con más calma de la que en principio esperaba.—¿Por qué no llamas a la puerta? Tiene una de esas cosas de metal, de esas que se usan para golpear la puerta y que dan un poquito de mal rollo en las películas de miedo...—Señalé aquel detalle porque me pareció curioso… y denotaba lo antiguo de la casa.


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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Ryan Goldstein el Sáb Jul 14, 2018 4:34 pm


—No, no puedo hacer eso. La carta es de un familiar—
empezó a explicar—. Pero esta persona quería que trajera a su familiar al refugio. No podemos hacer eso tan a la ligera. Tengo que saber quién es. Por eso no me asombra que se oculte en…—Le lanzó una rápida a la fachada de la casa embrujada, antes de soltar, no muy convencido—Este sitio.

Gwen no se sentía bien. Esto lo hizo voltear hacia ella una mirada de consideración. Era eso, o le estaba dando calabazas. En cualquier caso.

—Oh, sí, tú dime.


No quería insistir tampoco. Si la atosigaba mucho a preguntas sobre cómo se sentía, imaginó que la incomodaría. Quizá, porque a él nunca le había ido muy bien dando muestras de debilidad. Ryan la aguardó, con una mano sosteniendo la puerta de la verja.

—Oh, cierto. Tu varita—
Que no la traía, se lo había dicho. Ryan la observó llevarse las manos a la cabeza, pero no dijo nada. Sólo pensó que se la imaginaba como esas mujeres que viven con jaquecas. Y es que había visto más de una vez a alguien masajeándose las sienes por dolores de cabeza—. ¿Por qué qué?—retrucó, como si no le viera la diferencia, o siquiera la relación—Somos americanos—Sacó esa inteligente conclusión a modo de respuesta, sin darle mucha importancia. Los magos ingleses jamás dejaban de preguntarse por qué eran tan distintos y por qué hacían las cosas “de esta manera” y no “de esta otra”. Esto le hizo rememorar fugazmente una historia de los indios americanos sobre la creación del hombre.

Según ellos, Dios había moldeado a los hombres del barro y por último los horneó al fuego, tal como se hace con las vasijas o demás utensilios para que se endurezcan. Pero, a los pieles blancas los sacó del fuego demasiado temprano, por eso su color. A los pieles negras, los dejó quemarse en el fuego. A los pieles rojas, en cambio, los sacó en el tiempo justo, el tiempo perfecto. Ni demasiado pronto ni demasiado tarde. No había una sola cultura que no se hiciera a la medida de Dios, o que se declarara sobre lo que debía ser idóneo. Así de grande era el ego del hombre. Y el mundo se explicaba dentro de los límites de su propia lógica, su propio ego. Gwen, sin embargo, había hecho una pregunta curiosa muy sencilla.

Ryan era, en fin, un hombre de mente dispersa.

—Oh, nunca lo pensé—resolvió, tendiéndole una sonrisa breve y condescendiente, de esas que te sacas del bolsillo antes de pasar a otra cosa.

A la mención que hizo Gwen de su trabajo en el MACUSA, rió.

—No, nada de eso. Te lo dije. Sólo a un posible nuevo miembro del refugio—
Y mientras se internaban en la propiedad, se dispuso a contar—: Mi contacto me dijo que podía ser un hombre un poco paranoico. Pero con los tiempos que corren, difícil no serlo, ¿verdad? Mencionó algo de que eran primos y que había trabajado para el Departamento de Inefables, aquí, en Inglaterra. Pero que ahora estaba teniendo problemas para mantenerse escondido.

La hora del día había avanzado desde que ellos se encontraran casualmente. Pronto anocheció, o era que entonces, en aquel terreno estropeado por todas las marcas del abandono, esa tétrica soledad de las viejas casonas hizo que se apercibieran del rededor y de la oscuridad que empolvaba sus misterios.

Ryan, por su parte, iba derecho a la puerta de entrada, pero el desvío que tomó su compañera al apartarse de su lado, lo distrajo. No supo en principio por qué, pero le hacía gracia. Debía sentirse atraída por las cosas que no se explicaba, todo el tiempo. Él estaba bien con eso de entrar en una propiedad privada, por muy rara que fuera la fachada. Ya hallaría la explicación cuando esta apareciera frente a él. En su caso, Ryan siempre reaccionaba a los sucesos. Preguntarse desde cuándo estaría en venta esa propiedad no tenía ningún sentido, no uno que él pudiera apreciar en ese momento. Pero quién había dentro, o qué habría sido aquel parpadeo en la ventana, eso lo inclinaba a actuar, a moverse directo hacia su destino, su respuesta.

—Oh, ¿tú viste a alguien? Yo vi sólo un parpadeo—Ryan alzó la cabeza. En efecto, la ventana estaba ahora iluminada. Una sola ventana abierta como un ojo ciego en la oscuridad, arriba donde debía estar el piso superior. Las cortinas estaban echadas—. Bueno. Es buena noticia. Sí que hay alguien en casa—comentó. Y a la propuesta de Gwen de llamar a la puerta, agregó—: Sí, a eso iba. El chico en el refugio me dio un par de instrucciones—informó, de camino a la entrada.

Subió por unas escaleras que crujieron a su paso. Pisó mal el segundo escalón y casi se cae, además de que se llevó en ese traspié un trozo de madera. Justo entonces un quejumbroso maullido arrancó el silencio y un gato arisco saltó del pórtico de la casa para ir a esconderse entre los arbustos. Ryan hubo de barrer con el pie un cúmulo de basura y hojarasca que se amontonaba en la entrada.

—Porque el hombre—continuó—tiene un código para reconocer a los amigos de los que no lo son. Mientras lo usemos, estaremos bien. Ya sabes, una clave.

Dicho lo cual, se dispuso a llamar con la aldaba de la puerta. Tres golpes rápidos, una pausa. Dos golpes rápidos, una pausa. Un último golpe. El llamado de la puerta resonó en toda la propiedad. En la distancia, se oyeron bufidos entre los arbustos en lo que parecía ser una pelea de gatos, demasiado territoriales. Nada más sucedió. Ryan retrocedió y esperó.

—¿Estás bien?—
susurró, acercándose a Gwen—Como decías que no estabas sintiéndote bien. ¿Es jaqueca?

Entonces, la puerta se abrió con un largo, penetrante, crujido. Sin nadie que estuviera allí para atenderlos. O eso pareció. Y ante ellos, se abrió el vestíbulo de la casa embrujada.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Lun Jul 16, 2018 2:11 pm

Ryan me ofreció una respuesta y una breve explicación al motivo por el cual no podía simplemente pasar la carta por debajo de la puerta y desentenderse del asunto: al parecer, pretendía tantear un poco a quien fuese que se escondía en aquel lugar, pues podía tratarse de una nueva incorporación al refugio. Pude comprender bastante bien su preocupación, pues en el refugio residían cientos y cientos de personas que no solo lo habían perdido todo en sus vidas, si no que tenían caras reconocibles, acusados de delitos que tal vez hubiesen cometido o tal vez no, pero en su mayoría invenciones originadas en el Ministerio y propagadas por el diario El Profeta. La persona equivocada, allí dentro, supondría un terrible riesgo para esas personas.
Una pena que ni yo ni Ryan supiésemos lo que realmente ocurría dentro de mi cabeza.

—Entiendo.—Respondí simplemente, frotándome otra vez las sienes ante un nuevo brote aquel dolor de cabeza tan persistente. Sentía que pronto tendría que tomarme otra de aquellas pastillas.

Tras declinar lo más amablemente que pude la oferta de Ryan—pues en mi futuro inmediato lo único que veía era una cama, una habitación a oscuras, y una poción para el dolor de cabeza—recordé a mi improvisado compañero de exploración urbana que no había traído conmigo mi varita. Cosa de la que me arrepentía, pues la aparición me solucionaría muchísimos problemas en aquellos momentos. Aquello me llevó a compararme a mí misma con los muggles, y a mencionar el término que los americanos utilizaban, ‘nomaj’, y que para mí jamás había tenido sentido.
Seguro que los americanos pensaban lo mismo del término ‘muggle’, pero bueno.
El caso es que mi mente era curiosa y capaz de plantearse aquellas cosas. Y más si conmigo estaba un antiguo empleado de la MACUSA, que quizás pudiese ofrecerme una respuesta a mi duda. Para mi desgracia, no fue así. Con dolor y con todo, no pude evitar sentirme un poco decepcionada.

—Contaba contigo para que despejases mi duda, Ryan. ¿Con quién voy a contar para estas cosas si no es con mi amigo americano?—Sí, al parecer, ahora Ryan y yo éramos amigos. Aquello me salió de manera involuntaria, y no creí que hiciese falta corregirlo. Después de todo, Ryan me había echado un cable cuando se lo había pedido, así que denominarlo ‘amigo’ era lo menos que podía hacer.—Supongo que tendrá que ver con algún dialecto antiguo o pronunciación. Cabe suponer que sea un término bastante antiguo, pues ‘nomajs’ ha habido desde siempre, al igual que magos...—Aquello fue una especie de pensamiento en voz alta, algo que no esperaba que Ryan respondiese pues ni siquiera fui consciente de que lo decía en voz alta. De cuando en cuando, aquellas cosas me ocurrían, sobre todo si un tema me fascinaba especialmente.

Ryan no debía estar familiarizado con mi sentido del humor todavía, y no podía culparle: no era la mejor persona a la hora de hacer bromas, y por norma general me mantenía demasiado seria. Para sacar ese lado mío tenía que existir una cierta confianza. Mis bromas, con o sin gracia, solía reservarlas para mis personas más cercanas. Como Sam, Beatrice y Caroline, por ejemplo. Henry nunca había logrado sacarme ese lado bromista… Demasiadas bromas de carácter sexual para mi gusto, las que hacía mi ex compañero de la casa Ravenclaw y, actualmente, ex amigo.
Pero Ryan tenía excusa. No me conocía lo suficiente todavía, y a veces, mi cara de “estoy de broma” era sospechosamente parecida a mi cada de “estoy más inexpresiva que Chuck Norris”. Así que esbocé una leve sonrisa.

—Era broma, Ryan.—Y sin embargo, la parte en que quería saber algo más sobre la persona que allí vivía no era una broma: era curiosidad genuina. Si iba a internarme en aquella propiedad abandonada junto a él, necesitaba saber a qué me enfrentaba exactamente. Y por mucho que Ryan dijese que ya me lo había dicho, virtualmente no me había dicho nada. Por suerte, Ryan me ofreció algo más de información: al parecer, se trataba de un hombre paranoico, primo de su contacto, y antiguo Inefable del Ministerio Británico.—Genial. Eso no suena nada peligroso...—Evidentemente, estaba siendo sarcástica, y ya empezaba a visualizar un escenario en que la casa estaba plagada de trampas para atrapar o matar mortífagos, y a nosotros cayendo en alguna de ellas.

El asunto empezó a gustarme cada vez menos desde el momento en que percibí algo, un movimiento en una de las ventanas del piso superior, y al mirar en aquella dirección simplemente pude ver unas cortinas moviéndose y una estancia iluminada. ¿Por qué encender la luz si vas a esconderte? Y es más, ¿cómo es posible que se enciendan las luces en este caserón abandonado?
Mi creciente inquietud llevó a sugerirle a Ryan que llamase a la puerta y acabase con aquel asunto cuanto antes. Por mi parte, me quedé allí mismo, al pie de los escalones del porche, mientras mantenía la mirada fija en la ventana iluminada del piso superior. Al mismo tiempo, me abrazaba a mí misma, como si repentinamente tuviese frío. Mi dolor de cabeza se había convertido en algo sordo, algo secundario que la inquietud que sentía decidió ignorar.
Ryan subió los escalones—y a punto estuvo de perder un pie cuando uno de ellos cedió bajo su peso—y se posicionó delante de la puerta. Permanecí ajena a todo esto, mis ojos clavados en la ventana del piso superior… y entonces los golpes de la aldaba me devolvieron al mundo real. Con varias punzadas de dolor que me hicieron llevarme ambos dedos índices a las sienes y contraer el rostro en una expresión de dolor.
Esto no pasó desapercibido a Ryan, quien se interesó por mi estado de salud. Lo cierto es que ni yo misma sabía si estaba bien. Empezaba a estar bastante preocupada al respecto, pero todavía no había empezado a ir a médicos. Me daba la impresión de que, si seguía así, no me quedaría más remedio.

—Sí, sí, estoy bien.—Mentí, por supuesto.—Es solo que llevo desde el mes pasado durmiendo mal. Supongo que la culpa la tiene el ataque de los radicales al Ministerio… No te preocupes, se me pasará.—Le resté importancia a aquello con un gesto de negación de la mano.

Sin embargo, no tuvimos mucho más tiempo para hablar: repentinamente, la puerta principal se abrió, rechinando sobre las oxidadas bisagras. Me quedé mirándola, el ceño fruncido, dándome cuenta de que no había absolutamente nadie al otro lado de esta.
Di un paso adelante, todavía sin subir los escalones del porche, a fin de evitar que Ryan cruzase esa puerta sin tomar precauciones. De haber tenido mi varita, lo habría hecho yo misma, pero no la tenía. Así que lo único útil que podía ofrecer era mi cerebro, mis ideas… ideas marinadas en dolor de cabeza, claro.

—No te recomiendo cruzar esa fuerza sin utilizar algún encantamiento revelador.—Sugerí, la mirada clavada en la estancia que se atisbaba a través del umbral de la puerta.—Podría haber trampas ahí dentro. Y si ese hombre es tan paranoico...

Podríamos saltar por los aires sin saber qué nos ha golpeado, pensé dando un paso más al frente. Sabía que era peligroso, pero igualmente sentía curiosidad. ¿Quién no siente curiosidad ante una casa abandonada con un aspecto tan tétrico? Sin embargo, algo me decía que sería mejor marcharse de inmediato.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Ryan Goldstein el Lun Jul 16, 2018 11:09 pm

El ataque de los radicales al Ministerio de Magia. Todo ese último tiempo no se había hablado de otra cosa. ¿Conque esa mujer que tenía con él ahora había estado allí? Ryan le clavó una mirada muy despierta, como si recién entonces reparar en ella, o mejor, como si aterrizara en tierra luego de haber vivido metido en las nubes de su pensamiento. Es que, mira, eso de salir bien parado de un ataque terrorista no era cosa de todos los días, ni le pasaba a todo el mundo.

Estuvo a punto de decir algo, preocupado, pero entonces la puerta se abrió. Había, ante ellos, otras circunstancias que necesitaban ser atendidas y él pasó por alto toda suerte de diálogo insustancial, cuando lo que apremiaba era estar atento al momento. Porque sí, un paranoico dentro de una casa embrujada podía ser muy mala cosa y no era cuestión de hacer el vago en la entrada, que no iban allí a vender galletas.

—¡Revelio!

Ryan le hizo caso a su consejo, y no pasó nada. Que nada, no pasó nada, la puerta se había abierto ante ellos y así era la cosa. Ningún plan malvado pergeñaba contra ellos, todo era maravilloso, de momento. Más allá de si Ryan Goldstein pensaba que el hechizo podía ser, en efecto, útil, primeramente lo usó para tenerla a Gwen tranquila. Pero ni él se convencía de estarlo, y un “mmm” pensativo se sintió desde lo hondo de su garganta, como si reflexionara al respecto. Había que entrar, ¿eso era? El anfitrión los estaba invitando a entrar. De mala educación, sería dejarlo esperando.

Pensó en decirle a Gwen que esperara allí, y en él, hubiera sido lo más natural, lo primero. No quería exponerla a una serie de problemas y molestias innecesarias, pero entonces pareció meditar algo por un segundo. Habiendo dado un paso hacia la boca de lobo como todo hombre de acción, se frenó de golpe y le tendió a Gwen una mirada muy elocuente. Si, podía decirle que se quedara allí, ¿pero y si le pasaba algo? No tenía varita. No tenía con qué defenderse. Ey, pero a la mujer le bastaría simplemente…

—Puedes marcharte, ¿sabes? Me sería útil que dieras parte de dónde estoy y qué hago cuando llegues a tu casa. Me sería de gran ayuda, en verdad.

Y no es como si te estuviera dando calabazas en esa pequeña aventurita, mujer, no. A la casa de un paranoico con vaya a saber qué sorpresas esperándote, ¿quién querría entrar? Entonces, algo sucedió. Sí, el silencio.

¿Sabes lo que es percatarte que lo que eran antes alaridos de gatos callejeros en  pugna, revolviendo la basura, de un momento a otro, de un golpe imprevisto, acabara convirtiéndose en puro y duro silencio? De pronto, te sentías inseguro en el exterior. Te habías acostumbrado al ruido. Y ahora este se había ido, dejándote el presentimiento, de que algo lo había provocado, algo siniestro, en la oscuridad que rondaba la casa.



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