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Planeando venganzas parte 1 | Borgin y Burkes | Wolfgang

Vanessa Crowley el Lun Jul 02, 2018 5:58 pm

Borgin y Burkes
2/6/2018
11:00

Vanessa no había estado nunca en el Callejón Knocturn. Siempre había sido un lugar de mala fama, conocido por todos los magos y brujas como un sitio dónde abundaba la magia negra. Allí se encontraban las tiendas que no podían estar en el Callejón Diagón, y aquellos magos con malas intenciones. Siempre se había dicho que cualquier persona que andara por ahí cerca no era de fiar.

Aquel día, la chica Crowley no tenía exactamente malas intenciones, pero tampoco eran muy buenas. Buscaba algo que le fuera a ser útil en un futuro que esperaba próximo, ahora que ya conocía tanto el rostro de Gwendoline Edevane como el de Beatrice Bennington. Sólo le faltaban dos. Ya sólo faltaba descubrir quien eran exactamente Henry Kerr y Caroline Shepard y podría vengarse de aquella sangre sucia legeremante como era debido. De hecho, aunque jamás lo reconocería en público llevaba el cartel de búsqueda y captura de Samantha J. Lehmann en el bolso para no olvidarse de ella.

Cuando llegó a la altura de Borgin y Burkes, se encontró con varios carteles empapelando el cristal del aparador, apenas dejando ver los objetos que allí se vendían. Entró sin muchas esperanzas de encontrar nada útil para su propósito, pero tenía que empezar por algún sitio.

Sonrió ligeramente, ladina, cuando vio la Mano de la Gloria. ¿A quién le interesaban esos trastos? Y luego decían que los Crowley eran siniestros... Tonterías. No eran peores que el resto de familias puristas, o eso les gustaba creer. Miró un momento el anillo que había pertenecido a Sebastian hasta el momento de su muerte y que ahora ella portaba en el dedo corazón de la mano derecha. La familia es lo primero, y era algo que, Samuel a parte, los Crowley no olvidaban nunca.

Había un hombre tras el mostrador de la tienda, pero Nessa le ignoró, mirando los distintos objetos que allí se vendían y planteándose si valía la pena gastarse el oro que valían en dichos objetos. No parecían muy útiles, sino más bien meramente decorativos.

Disculpe —dijo al final, acercándose al dependiente—. ¿Tienen algún objeto que sirva para hacer daño a los sangre sucia? —preguntó con una sonrisa afable, que para nada haría pensar que la mujer llevara meses planeando una venganza.

Había sido directa, sí, pero, ¿para qué engañarse? Estaba en el Callejón Knocturn, estaba a favor de los ideales de Lord Voldemort y en ese momento el gobierno también lo estaba. ¿Para qué mentir e intentar ocultar sus intenciones? ¿Qué importaba que fuera a plena luz del día? Nadie iba a decirle nada por querer eliminar a un sangre sucia. Nessa estaba segura, si aquel hombre trabajaba allí, no le importaba lo que les ocurriera a los nacidos de muggles.
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Vanessa CrowleyProfesores

Wolfgang Rawson el Mar Jul 03, 2018 7:33 pm

Las once de la mañana solían ser una hora bastante tranquila en Borgin y Burkes. Los magos, productivos ciudadanos útiles para la nueva sociedad mágica impuesta por Lord Voldemort a finales de 2016, se encontraban en su mayoría en sus puestos de trabajo. A veces entraba algún cliente, quizás algún desempleado, o simplemente alguien disfrutando de su periodo de descanso estipulado, pero por norma general la tienda estaba desierta a aquellas horas. ¿Y qué hacía Wolfgang en esos casos? Leer.
Sentado en un taburete tras el mostrador, Wolfgang leía una novela de Misterio. No era nada muy complejo, una serie de asesinatos en el mundo mágico y un auror tras la pista del asesino. Solo iba por la mitad del libro y Wolfgang ya podía imaginarse quién era el asesino, pero de todas formas resultaba un pasatiempo entretenido.
Leyendo seguía cuando la mujer entró en la tienda. Wolfgang levantó un segundo la vista de su libro para posarla sobre ella.

—Buenos días.—Saludó Wolfgang con naturalidad, devolviendo la mirada al texto en que segundos antes estaba enfrascado. Era sorprendente su capacidad para concentrarse, incluso en momentos cómo aquellos, en que una desconocida se encuentra examinando el género en la tienda. Aquello no le preocupaba, pues Wolfgang tenía métodos de sobra para lidiar con posibles ladrones.

Sin embargo, la mujer no era una ladrona; de hecho, no tenía siquiera aspecto de ladrona. Había una cierta elegancia en su forma de moverse, y Wolfgang se dio cuenta de una cosa tras echarle otra breve mirada: estaba totalmente fuera de lugar en un sitio cómo aquel. Gente cómo ella no solía dejarse ver en lugares de tan mala reputación cómo el Callejón Knockturn, aún a pesar de que en los tiempos que corrían ya no estuviese tan mal visto. Lord Voldemort había hecho cosas gradiosas con el mundo mágico.
Pero su visita no se debía a una equivocación, aquello estaba claro. Wolfgang lo descubrió cuando la mujer se acercó al mostrador. Para entonces, el mortífago ya había colocado el marcapáginas en su libro y lo había dejado bajo el mostrador, prestando toda su atención a una posible clienta.
Una posible clienta con un interés muy específico.

—Tenemos una amplia variedad, a decir verdad.—Respondió Wolfgang con una media sonrisa que pretendía enmascarar el verdadero gesto que se moría de ganas por mostrar: diversión. En tiempos pasados, mantener una conversación semejante habría sido considerado una monstruosidad. Y allí estaban, hablando libremente de ello.—¿Qué buscaba usted en concreto? ¿En qué clase de daño estaba pensando?

Wolfgang suponía que la mujer buscaba algún objeto encantado que afectase única y exclusivamente a los sangre sucia. Él, en lo personal, prefería ser más personal, utilizar sus propias manos o su varita, si se terciaba. Pero se imaginaba que cada uno tenía que jugar sus cartas de la mejor manera posible. Dependiendo de lo fuerte que fuese su rival, hacerle frente cara a cara, con o sin varita, podría suponerle un problema.
Nadie decía que la lucha contra los sangre sucia y los traidores al Señor Tenebroso tuviese que ser limpia.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Vanessa Crowley el Lun Jul 09, 2018 5:22 pm

La mujer echó un rápido vistazo hacia el libro, más por inercia que por querer cotillear lo que el dependiente de la tienda estaba haciendo antes de atenderla, pero enseguida volvió a centrar su atención en el hombre.

Vanessa asintió, satisfecha. Esas preguntas le hacían ver que lo que decía era cierto: allí había una gran variedad de objetos que podían hacer daño a alguien. Simplemente ella no los había visto, todavía. La siguiente pregunta era si serían útiles para su propósito concreto. Ella no quería matar a Sam (o al menos, no todavía), quería que sufriera, y así se lo hizo saber al empleado. Aquella era la mejor de las venganzas.

Obviamente, no percibió los sentimientos que el desconocido intentaba ocultar, sencillamente vio una típica sonrisa de empleado que quiere vender un producto a una clienta. Lo normal en cualquier establecimiento, vaya.

Busco algo que infunda gran dolor, físico o emocional —respondió—. Pero que no llegue a matar —De eso ya se encargaría ella personalmente—. Preferiría que fuera algo relativamente pequeño, que se pudiera empaquetar y, a poder ser, que sólo dañe a las personas con sangre muggle.

Su nariz se arrugó en cuanto mencionó a los sangre sucia, como si de algún modo desprendieran un olor nauseabundo y ella lo estuviera sintiendo allí mismo, dentro de la tienda, en ese preciso instante. Nada más alejado de la realidad, por supuesto, pues estaba sola con aquel hombre, y dudaba que Borgin y Burkes no hubieran hecho una pequeña investigación antes de contratar al dependiente. Y es que Nessa no podía ni imaginarse la vergüenza que sería para los dueños tener contratado a alguien contrario a las ideas del gobierno o a favor de los sangre sucia.

¿Podría enseñarme los objetos que cumplen con esas características? —preguntó con una sonrisa afable, una que estaba completamente fuera de lugar en ese ambiente, como si no estuvieran hablando seriamente sobre hacer daño a otro ser humano.

También quería hacer sufrir a los seres queridos de Samantha, para que así ella sufriera mucho más de rebote. Irle quitando todo cuánto amaba, igual que la sangre sucia había hecho con ella misma. Pero debía ser paciente, no quería desenmascararse tan pronto. Hasta dónde ella sabía, ningún fugitivo ni amigo de la legeremante sabía de su existencia, y mientras que a Lehmann podía odiarla cualquiera por ser sangre sucia, no era tan común que los empleados del Ministerio recibieran objetos malditos. O eso le parecía a la rubia, claro. Además, necesitaba que sólo afectara a Samantha, a ella y a nadie más. De lo contrario, podrían ser heridas personas que nada tenían que ver con su venganza, y enviar todo su plan al traste.
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Wolfgang Rawson el Miér Jul 11, 2018 2:11 pm

Borgin y Burkes, por norma general, había sido siempre un lugar de mala reputación: los ciudadanos respetables no osaban poner un pie en la tienda, fuesen o no partidarios del movimiento purista. Sobraba decir que las buenas personas de a pie, esas que aceptaban tanto a los muggles como a los magos, los que no despreciaban a otros magos por la pureza o impureza de su sangre, nada querían tener que ver con aquel establecimiento de tan mala reputación. ¿Y los puristas? ¿Los que portaban los más nobles y antiguos apellidos del mundo mágico? Ellos enviaban a sus sirvientes de más bajo nivel, que por norma general tenían un aspecto harapiento y sucio.
¡Cómo habían cambiado las cosas! A nadie le preocupaba ya entrar en Borgin y Burkes enarbolando su apellido familiar, con el pecho hinchado y una sonrisa de superioridad en los labios, generalmente vistiendo ropa elegante. Lord Voldemort había hecho aquello posible, y Wolfgan estaba agradecido: no solo era bueno para el negocio y, por tanto, para sus finanzas, si no que también le había permitido ser más libre de lo que era entonces.
De todas formas, Wolfgang no abandonó el tono neutro de empleado servicial, de dependiente dispuesto a satisfacer las necesidades de su clienta. Prestó atención a sus especificaciones, mirándola en todo momento a los ojos, con las manos apoyadas sobre el mostrador. Asentía suavemente con la cabeza después de cada frase, para demostrar que la seguía perfectamente, para culminar con un asentimiento de cabeza más pronunciado ante su pregunta.

—¿Me espera un segundo? Le traeré algo que le interesará.—Señaló con su pulgar izquierdo la puerta del almacén, detrás del mostrador, antes de dirigirse allí.

No le llevó demasiado tiempo encontrar en el almacén aquello que estaba buscando: una vieja caja de madera con distintas runas talladas alrededor, runas protectoras que impedían que lo que se encontraba en el interior pudiese afectar a quien tocase la caja. También hizo acopio de un par de guantes de cuero basto, semejantes a guantes de trabajo, que habían sido encantado para manipular con seguridad objetos sobre los que se hubiese aplicado algún tipo de magia.
Regresó a la tienda con la caja en brazos y los guantes colocados sobre la tapa de ésta. La dejó en el mostrador, ante la mujer, y entonces tomó los guantes. Se los puso, asegurándose de que le quedasen bien ajustados a las manos, y entonces sacó de su bolsillo derecho una pequeña llave dorada, de aspecto antiguo.

—Le recomiendo que dé un paso atrás.—Aconsejó Wolfgang a la mujer, alzando la mirada para encontrarse brevemente con la suya.—Los objetos que voy a mostrarle son muy peligrosos. Las runas talladas en la madera son hechizos de protección, y el propio cierre de la caja es un sello que impide a las maldiciones salir al exterior.—Wolfgang, pese a sus palabras, introdujo la llave en la cerradura de la caja y la hizo girar. Nada más escuchar el chasquido metálico, Wolfgang pudo sentir el poder vibrando en contacto con sus guantes mágicos.

Con extrema precaución, el mortífago abrió poco a poco la caja. Cuando estuvo abierta de todo, la giró en dirección a la mujer. En su interior había una máscara de porcelana, una pulsera de azabache y un guardapelo. Todas ellas tenían un aspecto hermoso, pero eran a la vez armas letales.

—Estos tres no son más que pequeños ejemplos de lo que tenemos aquí. Permítame que le explique un poco.—Wolfgang, con mucho cuidado, casi como si se tratase de un bebé, tomó la máscara de porcelana con sus manos enguantadas y la dejó con la misma delicadeza sobre el mostrador.—Sobre esta máscara pesa una terrible maldición. Quien la sujete en sus manos y ose mirar fijamente a sus ojos, sentirá el deseo irrefrenable de ponérsela. Y una vez se la ponga, ya no podrá quitársela. A no ser que el propietario de la máscara quiera, por supuesto.—Aquello era verdad a medias: la magia podía deshacerse, aunque no todo el mundo sabía cómo hacerlo. Wolfgang pasó al siguiente objeto, la pulsera, que también cogió con delicadeza para mostrársela a la mujer.—Las cuentas de esta pulsera en realidad contienen veneno. La persona que se la ponga sentirá cómo la pulsera se cierra sobre su muñeca, y pronto empezará a sentir debilidad y una parálisis progresiva. El veneno es de acción lenta, y una vez dentro del organismo, es muy difícil eliminarlo.—En realidad, no tanto: un simple bezoar serviría como antídoto.—El portador de la pulsera no podrá quitársela por sí mismo. Y mientras la lleve, seguirá sintiendo sus efectos paulatinamente, hasta caer en estado de coma y, finalmente, morir. Esto puede tardar varios días.—Por último, Wolfgang tomó el guardapelo, sujetando la cadena con una mano y el guardapelo en sí con la otra.—Este es el más interesante de todos. Requiere una gota de sangre de la persona a la que se quiere maldecir. Con solo verterla sobre el guardapelo, la maldición quedará activada. ¿Y qué hace? Bueno.. deje que se lo demuestre.

Wolfgang dejó el guardapelo sobre la caja y se dirigió a un armario que había tras el mostrador de la tienda. Abrió las puertas de un tirón y apareció ante sus ojos un muchacho. Un muchacho escuálido, vestido con harapos, con el pelo negro grasiento y sucio, y expresión aterrorizada en sus ojos. Alrededor de muñecas y tobillos, el muchacho llevaba grilletes unidos a gruesas cadenas. Dichas cadenas permanecían ancladas al fondo del armario, encantado para que su interior fuese más grande de lo que parecía desde fuera.
Wolfgan asió al muchacho por el cuello de lo que en otro tiempo había sido una camiseta y tiró de él hacia el exterior. El muchacho se resistió un poco, aterrorizado, pero en su estado físico no era ni de lejos rival para la fuerza de Wolfgang.

—Señor Rawson, por favor...—El muchacho empezó a hablar, suplicante, mientras alzaba ambas manos, como si estuviese rezando una oración.

—Silencio.—Dijo Wolfgang en tono neutro. Casi no parecía una orden, si no más bien una sugerencia. Entonces asió una de las manos del muchacho, el cual intentó resistirse en vano. El mortífago asió un cuchillo de debajo del mostrador y, sin ningún tipo de contemplación, asestó un corte en medio de la palma de la mano al muchacho. Este aulló de dolor mientras la sangre goteaba desde la herida abierta y formaba un pequeño charquito en el suelo.

Wolfgang, todavía sujetando la mano del muchacho, dejó el cuchillo a un lado y tomó el guardapelo. Colocó el cuerpo del colgante justo debajo del goteo de sangre. Una gota cayó sobre el metal y el objeto mágico pareció bebérsela, o absorverla: la sangre desapareció dentro del objeto, sin dejar ni rastro. Solo entonces Wolfgang dejó ir la mano del muchacho.

—Dijo usted que le gustaría causar daño físico y emocional a una persona sin llegar a matarla. Bien: este es su objeto.—Explicó el mortífago, tomando la mano ilesa del muchacho, de nuevo contra su voluntad, y colocando el guardapelo sobre su palma. El chico suplicó y suplicó, pero nada pudo hacer para impedirlo: ya estaba hecho.

Casi como una víctima de hipnosis, el chico se quedó en silencio, los ojos clavados sobre el metal del guardapelo. Este comenzó a abrirse por sí solo, y fuese lo que fuese lo que el muchacho vio en el espejo de su interior, el muchacho empezó a temblar de miedo. Su expresión mutó en el pánico y empezaron a castañearle los dientes. Sus piernas parecían dos palillos a punto de partirse a causa de un peso excesivo.
Pronto, el chico empezó a gritar y a contorsionarse. Estaba empezando a sentir el dolor físico, mientras lo atormentaban a saber qué recuerdos traumáticos y dolorosos. Aquella era la magia del objeto: te atacaba físicamente y psicológicamente al mismo tiempo.
Cuando le pareció suficiente demostración—dejó que el muchacho padeciese aquello durante casi un minuto entero—el mortífago se quitó ambos guantes, los dejó sobre el mostrador, y arrebató de las manos del chico el guardapelo. Este estuvo a punto de caerse al suelo, pero Wolfgang lo agarró por del bíceps izquierdo con su mano derecha. Sin muchas contemplaciones, arrojó al chico de vuelta al interior del armario, cerrando las puertas de nuevo tras él.

—Puede echarle un vistazo si quiere. Este no será peligroso.—Dijo Wolfgang, tendiendo el objeto mágico a la mujer. Debía notar que lo estaba sosteniendo en sus manos desnudas, un signo de confianza tras haber visto el cuidado con que el mortífago manipulaba el resto de objetos malditos.

Off: Quiero dejar claro que todos estos objetos que te muestro aquí tienen un uso interpretativo y no pueden usarse contra nadie sin consentimiento. Para más dudas, consulta con la administración.
PD: Perdón por la extensión del post. ¡Igual ha quedado un poco largo! ^^u
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Vanessa Crowley el Jue Jul 19, 2018 11:47 pm

La señorita Crowley no respondió con palabras, sino que se limitó a asentir y a sonreír amablemente, como si estuviera haciendo cola en la tienda de una modista. No tuvo que esperar demasiado, se notaba que el empleado llevaba tiempo trabajando allí, pues era obvio que conocía bien tanto el almacén del establecimiento como los diferentes productos que allí se vendían.

Miró con curiosidad la caja. Había abandonado la asignatura de Runas Antiguas tras los TIMO, pero eso no significaba que no tuviera unos mínimos. No entendía a la perfección todas las runas, pero sí entendía lo suficiente como para saber que aquello eran runas protectoras que impedían que el propietario de la caja sufriera algún daño. Lo que había guardado ahí dentro tenía que ser lo suficientemente peligroso como para que su propietario necesitara protección, y así se lo demostraron los guantes que había sobre la caja. Se preguntó por un momento si éstos también estarían encantados, porque aparentemente no eran muy diferentes de unos guantes normales y corrientes. Pero ella no era una experta en Artes Oscuras, así que no hizo ningún comentario. No quería pecar de ir de demasiado lista.

La zarca retrocedió, tal y como le indicó el empleado, aunque no se le ocurría como los objetos ahí guardados podían afectarla. Había pedido expresamente que dañaran a los sangre sucia, y ella tenía la sangre tan pura como lo había sido la magia en sus orígenes.

No había caído en que el cierre también sería mágico, aunque realmente era lógico, ¿no? Las runas de protección estaban muy bien para proteger a quien tocara la caja, pero de algún modo había que garantizarse que una magia tan poderosa como para invadir la caja no podría escapar de ella.

A simple vista, no parece nada peligroso —reconoció con una pequeña sonrisa, una vez se hubo acercado de nuevo al mostrador—. Mejor. Así serán subestimados —Su mirada azulada se encontró un momento con la de Wolfgang, pero enseguida volvió a los objetos—. Continué, por favor —pidió, dejando que el hombre hiciera su trabajo.

Si era sincera, a simple vista la idea de la máscara no le había gustado demasiado. ¿Quién sabía cuanto su víctima tardaría en probarse la máscara o si realmente llegaría a usarla? Porque evidentemente, Nessa no se imaginaba a si misma enviando una postal a Samantha J. Lehmann, a Caroline Shepard, a Beatrice A. Bennington, a Henry Kerr o a Gwendoline Edevane. Esa idea le parecía tan absurda que si la pensaba durante más de 3 segundos le daba risa. Pero la explicación del mortífago la convenció: si abrían el paquete, la tocarían, y entonces desearían ponérsela.

Tenía algunas dudas, como por ejemplo si la máscara se adheriría lo suficiente a la cara de su víctima lo suficiente como para no dejarla respirar. En ese caso no le interesaba, moriría muy rápido. Si por el contrario la persona podía respirar y el motivo de la muerte era la inanición... En ese caso la cosa cambiaba y se le hacía mucho más interesante. Una dulce venganza que sin duda podía. Su siguiente duda era si, al igual que con la máscara, la persona sentiría un irrefrenable deseo de ponerse la pulsera. Abrió la boca para preguntar, pero entonces Wolfgang siguió hablando, y pronunció la palabra sangre.

Y sí, eso llamó su atención, ¿para qué engañarse? Y más teniendo en cuenta que iba a hacerle una especie de demostración práctica... Se revolvió incómoda en el sitio cuando vio a ese muchacho tan escualido, vestido de esa manera y tan sucio... Sin duda, eso era totalmente antihigiénico, no le pareció muy correcto que estuviera en una tienda. Además... ¿Era mayor de edad? No le parecía demasiado ético, aunque el sentido de la ética de Vanessa, igual que el de toda su familia, dejaba bastante que desear. No utilizaban las mismas normas morales si hablaban de sangre limpia que de mestizos o sangre sucia, por ejemplo. De todo aquello, lo que menos le molestó fue el trato que el muchacho recibía por parte de Wolfgang y lo que iba a pasarle a continuación, a pesar de que para cualquier otra persona, a pesar de que para cualquier otra persona, aquello, sumado al hecho de que estuviera unido al armario mediante cadenas, habría atentado contra la moral y los derechos humanos.

Así que Rawson, eh... Podía parecer una tontería, pero a la mujer le gustaba saber exactamente con quién estaba hablando. Ignorando las súplicas del chico, la rubia se acercó el índice a los labios y se acercó ligeramente al guardapelo, mirando con cierta curiosidad y respeto. Definitivamente, su magia se sentía desde allí, y le infundía el suficiente respeto como para no atreverse ni siquiera a hacer el ademán de tocarlo.

Ugh —se le escapó cuando vio la sangre cayendo al suelo, y desvió la mirada.

Quizás su reacción había sido desmesurada, sólo era un corte. Uno necesario para poderle mostrar los efectos del guardapelo. No tenía dudas de que el muchacho sufriría, pero lo que a ella le preocupaba era que la sangre empezara deslizarse por el suelo y le manchara los zapatos de tacón. Pero más la impresionó ver como el colgante parecía beberse la sangre, como si nunca se hubiera manchado, guardándola para si. Y entonces el señor Rawson soltó al muchacho, y ella supo que ya estaba hecho. ¿Qué ocurriría a continuación?

Tras ver el espectáculo que había montado el muchacho, una sonrisa sombría le cruzó la cara. Sí, el guardapelo le gustaba. Ahora sólo le quedaba resolver sus dudas. Y el precio no era una de ellas.

Acercó las manos para coger el guardapelo y lo observó. Era increíble el daño que podía llegar a hacer algo tan bonito; pero como había pensado anteriormente, quizás el hecho de que fuera bonito y pareciera inofensivo era precisamente lo que lo hacía más peligroso.

Es evidente que para utilizarlo necesito la sangre de la víctima. ¿Sirve la sangre seca? —preguntó. Estaba pensando en las herramientas que sus hermanos habían utilizado para torturar a Sam, y que ella ni siquiera se había atrevido a limpiar—. ¿Cuánto tiempo tarda en desaparecer el efecto? ¿Puede contener la sangre de más de una persona a la vez? —Aquello era importante. No sabía cómo podía conseguir sangre de las personas importantes para la asquerosa sangre sucia (al pensar en ella, una mueca apareció en su rostro), pero sin duda así se aseguraba de dañar también a sus seres queridos, aunque existía la posibilidad de que se lo quitara una persona menos importante y que se deshiciera de él. Tendría que pensar en ello, valorar los pros y los contras—. ¿Y cuanto tiempo una persona puede sufrir sus efectos? Me refiero, si la persona tiene aguante, ¿su efecto perdura tanto como aguante la víctima?
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Wolfgang Rawson el Lun Jul 23, 2018 1:40 pm

Nada peligroso, en apariencia. Ese era precisamente el interés de aquellos objetos: una persona común y corriente, incauta, podía observarlos y, quizás, maravillarse por su belleza, sintiendo la necesidad de tocarlos con sus propias manos. Entonces, la presa caía en la trampa: tocaba la máscara e, inevitablemente, echaba un vistazo a esos ojos vacíos, sintiendo el urgente deseo de ponérsela en la cara, o se probaba la pulsera para ver qué tal le sentaba, y cuando quería darse cuenta, la cadena se cerraba sobre su muñeca y empezaba a sentirse cada vez más y más débil.
Y eso sin mencionar el relicario, por supuesto. Su caso era diferente, pues era un objeto especial, vampiro de la sangre de su víctima y causante de terribles dolores tanto físicos como emocionales. Wolfgang no entendía la necesidad que sentían algunas personas de causar daño sin un objetivo, solo por el mero hecho de causar daños, pero había aprendido a no darle demasiadas vueltas: de todos era sabido que muchos integrantes de las filas de Lord Voldemort—la mayoría, en realidad—disfrutaban con el dolor ajeno. Parecía ser algo inherente al mago tenebroso medio, y si bien el dependiente no compartía esta afición, no juzgaba a nadie.
Así que Wolfgang hizo una pequeña demostración del poder del objeto en cuestión, y para ello hizo uso de un joven y escuálido squib, uno que llevaba prisionero en Borgin y Burkes durante meses—el propio Wolfgang lo había traído, creyendo que sería útil precisamente para lo que era, la demostración del poder de distintos objetos mágicos—y que, hasta donde sabía Wolfgang, a nadie le importaba. Un rápido corte en una mano, y una gota de sangre sobre el objeto, fueron suficientes para activar el poder del objeto maldito. En cuanto estuvo en manos del muchacho, su sorprendente efecto no se hizo esperar: terror, angustia, pena, dolor físico… aquel objeto era una pequeña maravilla para aquellos que pretendían causar un gran dolor en un enemigo.
Tras la demostración, el dependiente cogió el objeto con las manos desnudas y así se lo entregó a la mujer, a fin de que lo observase un poco más de cerca, si quería. Ella lo tomó y lo observó, mientras Wolfgang volvía a su puesto tras el mostrador. Echó mano a los guantes y procedió a ponérselos de nuevo.

—Quizás requiera algún proceso mágico para revertir el estado de la sangre a algo más líquido, pero estoy seguro de que existe alguna poción que pueda hacerle ese pequeño trabajo.—Respondió Wolfgang, ajustándose los guantes a las manos de tal manera que no le quedasen flojos. Fue entonces tomando, con mucho cuidado, los otros dos objetos, a fin de devolverlos a su lugar dentro de la caja.—Por lo que se sabe de ese objeto, seguirá ligado a la persona cuya sangre ha bebido hasta que se le dé de beber la sangre de otra persona. Por lo que no, no serviría con más de una persona a la vez. Y sus efectos duran mientras la persona en cuestión lo tenga en sus manos… o hasta que acabe desmayándose.—O muriendo, añadió Wolfgang mentalmente. El dolor que causaba aquel objeto era tan intenso que podía afectar al corazón de la víctima. Cuando ésta llevaba demasiado tiempo padeciendo un dolor tan atroz, corría el riesgo de sufrir una parada cardiaca. Aunque aquello no era nuevo: cualquier persona sometida a una tortura demasiado intensa, tarde o temprano acababa pereciendo, con o sin la necesidad de heridas abiertas y pérdida de sangre.—La tolerancia al dolor depende de la víctima, por supuesto. Por sí sola, una persona cuya sangre ha sido bebida por el relicario no puede soltarlo una vez entra en contacto con él. Requeriría de ayuda externa, como usted misma acaba de comprobar.—Wolfgang depositó la pulsera dentro de la caja, y a continuación señaló en dirección al armario en que guardaba al squib.—Respecto a los otros dos objetos: la máscara se ciñe al rostro por los bordes, pero deja suficiente espacio como para que la víctima pueda respirar muy a duras penas. La situación de estrés en que indudablemente se encontrará la llevará a entrar en pánico, por lo que su respiración se hará más rápida y agitada. Por este motivo, no obtendrá suficiente oxígeno para respirar y es probable que sufra un desmayo. Sin embargo, por falta de oxígeno no morirá, al menos a corto plazo; en lo que respecta a la pulsera, no contiene ningún embrujo más allá del que impide que quien se la ponga pueda quitársela. Sirve más que nada como trampa, especialmente si usted sospecha que tiene ladronzuelos en casa.—Wolfgang esbozó una media sonrisa divertida, como para restar importancia a lo que acababa de decir, y no pudo evitar imaginarse a una criada incauta metiendo las manos en el joyero de la mujer para la que trabaja, encontrándose con la pulsera en cuestión y sintiendo la tentación de probársela… para darse cuenta al momento del grave error que había cometido.

Sin embargo, algo le decía que lo que verdaderamente le interesaba a la mujer era el relicario. No pudo evitar recordar la mención de la sangre seca. Mientras colocaba la tapa a la caja, aislando los objetos mágicos del mundo exterior, echó una breve mirada al relicario. En su cabeza formuló una hipótesis: la mujer había tenido entre sus manos al objeto de sus deseos oscuros, en un punto en que había logrado herirlo—probablemente durante una lucha—y como buena mujer precavida había tomado su sangre.
Sin embargo, no manifestó sus pensamientos. Se limitó a observar con curiosidad a la mujer. Tal vez acabase de hacer una venta.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Vanessa Crowley el Dom Ago 05, 2018 2:43 am

La primera respuesta que escuchó no le gustó. Podía imaginarse perfectamente qué tipo de proceso mágico podía necesitar para licuar la sangre, y enseguida Wolfgang se lo confirmó. Sabía de sobras que ella no tenía el nivel necesario en la materia de pociones como para elaborar una de ese tipo, y... ¿De dónde iba a sacarla? Pasearse por el Callejón Knockturn sin pudor alguno ahora que el Ministerio de Magia era fiel al Señor Oscuro era una cosa, e ir por ahí comprando pociones para descoagular la sangre era una historia totalmente diferente. Vanessa no tenía miedo de las consecuencias de sus actos, estaba demasiado convencida de que obtendría resultados positivos como para preocuparse por esas nimiedades, pero no era estúpida. Sabía perfectamente que algo así llamaría demasiado la atención.

Pedirla a alguien tampoco era una opción. Por un lado estaba el profesor de pociones de Hogwarts, del que no se fiaba ni un pelo, y por otra parte... Se negaba a pedírsela a Isaac. Estaba convencida de que le preguntaría para qué la quería (algo totalmente lógico, desde su punto de vista, pues no era una poción habitual en una persona de su edad y sin receta de un medimago), y no estaba dispuesta a compartir sus planes para vengarse de Samantha J. Lehmann con nadie que fuera capaz de contestarle, excepto quizás su sobrina Astlyr. Eran algo suyo, nadie podía ayudarla, y no estaba dispuesta a dejar que nadie ajeno a su familia metiera las narices.

Que sólo pudiera beber la sangre de una persona cada vez era una pega porque significaba que en el caso de conseguir sangre de Gwendoline Edevane, Caroline Shepard, Beatrice A. Bennington y Henry Kerr, sólo podría utilizar el relicario con uno de ellos. A esas alturas estaba bastante segura de que Vladimir y Zed habían subestimado a la asquerosa sangre sucia, y ella no pensaba cometer los mismos errores que ellos (o los que imaginaba que habían podido cometer), por lo que era fácil deducir que una vez rebelado el poder del relicario, ninguno estaría dispuesto a tocarlo. Pero también tenía algo positivo, y es que no importaría si alguien cogía el relicario para sacarlo del paquete de envío: no le afectaría, y eso hacía más fácil que se lo entregara a su víctima sin dudar.

Es decir, que lo ideal es que la víctima esté sola... —murmuró para si misma.

Cualquiera de las cuatro personas importantes para la legeremante la obligarían a soltar el relicario si se encontraban a su lado. Eso le planteaba otra incógnita. Ahora no sólo debía descubrir dónde esa rata se escondía, sino que además debía averiguar cuáles eran sus horarios y los de sus conocidos. Necesitaba dominar la animagia ya.

Apenas le escuchó hablar de los otros objetos, con la mente ocupada en los interrogantes que debía resolver por si misma, sin la ayuda del dependiente que intentaba venderle los productos.

Necesito pensarlo —dijo entonces—. Si no le importa, daré un par de vueltas por la tienda.

Era una decisión importante y no iba a tomarla así como así. No le preguntó el precio, pues sabía de sobras que podía pagarlo, pero sí que se preguntaba si merecía la pena.
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Vanessa CrowleyProfesores

Wolfgang Rawson el Lun Ago 06, 2018 3:19 pm

Wolfgang Rawson estaba acostumbrado a aquel tipo de clientes: los que ‘necesitan pensarlo’. En algunos casos, si aquello fuese una tienda normal del callejón Diagón, el cliente en cuestión podía sentirse un poco más inclinado a comprar si el vendedor le adornaba las virtudes del producto en cuestión. Sin embargo, Wolfgang Rawson no era un dependiente normal, ni Borgin y Burkes una tienda normal; quien acudía allí traía, por lo general, unas ideas bastante claras en mente.
Que alguien necesitase pensárselo mejor indicaba solo una cosa: que no tenía claro lo que quería, y esperaba que una vez dentro de la tienda sus dudas se viesen mágicamente resueltas. Pero no, la magia no resolvía ese tipo de dudas. Era una de las pocas cosas que no podía hacer.
Así que Wolf no se molestó lo más mínimo por aquella vicisitud. Asintió con la cabeza, una sonrisa neutra en el rostro, y tomó el relicario una vez más de manos de la mujer. Sin demasiada ceremonia, volvió a abrir la caja y lo depositó en el interior, cerrándola a continuación.

—No se corte.—Respondió Wolfgang.—Voy a dejar esto en el almacén, si no le importa. Usted eche un vistazo a todo libremente.—Wolfgang cargó la caja con ambas manos y se dirigió una vez más a la puerta del almacén. La abrió y se dispuso a cruzarla… pero antes de hacerlo, dio un paso atrás y llamó de nuevo la atención de la mujer.—¡Ah, sí! Y le aconsejo que tenga usted cuidado con lo que toca: incluso el objeto con aspecto más inofensivo podría darle un mordisco.

Wolfgang no pretendía asustar a la mujer. No exactamente. Sí, ciertamente, quizás hubiese exagerado un poco la naturaleza ‘viviente’ de los objetos expuestos en los estantes de la tienda, pero era verdad que, de tocarlos de manera imprudente, podría encontrarse con algunas sorpresas un tanto desagradables. En Borgin y Burkes, por norma general, lo mejor era mirar sin tocar. Y no precisamente por el bien de la mercancía.
Depositó la caja en el estante correspondiente en el almacén, quitándose los guantes de protección y dejándolos sobre la tapa de esta. Entonces, regresó a la tienda, tomando asiento detrás del mostrador de manera despreocupada. Alcanzó el libro bajo el mostrador y lo abrió por la página en que lo había dejado.

—¿Tenía alguna idea concreta en mente?—Preguntó finalmente, tras leer un par de párrafos sin poder quitarse a la mujer y su curiosa petición de la cabeza.—Quizás con una descripción un poco más detallada pueda encontrarle algo que se ajuste más a sus necesidades.—Wolfgang hizo una pausa, y tras pensarlo un poco, añadió:—O decirle dónde puede encontrarlo.

Cierto era que Borgin y Burkes contaba con una amplia gama de objetos mágicos otrora prohibidos. Pero si alguien, de verdad, quería conseguir algo bueno, tenía que acudir al mercado negro. Gente como Agathos Smith se hacían de oro consiguiendo todo tipo de cosas, cosas que Wolfgang ni siquiera imaginaba que existiesen. Pero existían, y costaban dinero. Y si la mujer podía pagarlo...
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Vanessa Crowley el Lun Ago 06, 2018 4:18 pm

Se cruzó de brazos inmediatamente. Su advertencia no la había asustado, pero no había caído en saco roto. Más valía prevenir, que curar. Y eso era especialmente cierto e importante cuando se hablaba de magia negra; todas las personas que se habían relacionado con magos que se sumían en las tinieblas de las artes oscuras lo habían descubierto, por las buenas o por las malas. Nessa no era una excepción, aunque en su caso el accidente no lo había sufrido ella, sino un muggle cotilla que se había acercado demasiado a los hechizos que protegían la Mansión Crowley de muggles, maleantes y curiosos.

Estuvo observando los objetos de la tienda durante un rato, mientras el señor Rawson estaba en el almacén guardando lo que le había mostrado. Se sentía fuera de lugar, observando aquellos artilugios y piezas decorativas que no le interesaban lo más mínimo. Además, su mente estaba muy lejos de allí, planeando su venganza. ¿Le sería útil el relicario? ¿Se imaginarían de dónde y de quién procedía? ¿Era dejarse ver demasiado pronto? ¿Vengarse la haría sentir feliz? Sólo tenía clara la respuesta a la última pregunta: no, vengarse no la haría feliz, pero de todos modos sentía esa necesidad bien viva en su interior, aumentando día tras día. Vengarse no la haría feliz, pero no vengarse le provocaba un malestar que en ocasiones había conseguido traspasar el terreno psicológico a uno mucho más físico. A veces tenía náuseas o incluso sentía que le faltaba el aire.

Y ahora mismo estaba teniendo uno de esos momentos.

Se llevó la mano a la garganta, consciente de que la sensación de asfixia no era real e intentando convencerse a si misma de ello. Respiró profundamente un par de veces, hasta que la voz de Wolfgang a su espalda la devolvió a la realidad.

O decirle dónde encontrarlo. Aquella última afirmación la desconcertó. No era algo que un dependiente cualquiera soliera decir. Normalmente, no estaban dispuestos a perder clientes, pues eso podía hacer que perdieran su empleo, y eso hizo aparecer nuevas dudas en su mente, cada cual más importante: ¿a qué más se dedicaba ese hombre? ¿podía ayudarla? ¿podía fiarse de él?

Antes de girarse, se quitó el anillo del dedo, pensando que era mejor que no la identificara como Crowley (si es que no lo había hecho ya).

Mi familia ha tenido ciertos... —hizo una breve pausa y sonrió de forma forzada, buscando la palabra más adecuada para describir la situación con Samantha J. Lehmann— problemas, con una persona de origen muggle —Ya no sonreía, él que aquella chica fuera una sangre sucia la indignaba todavía más—. Teniendo en cuenta la de problemas que ha dado, creo que no debo subestimarla, y necesito medir fuerzas antes de acercarme a ella directamente.

¿Era un resumen horrible? Sí, lo era. Pero no estaba dispuesta a admitir que alguien de un origen tan sucio como el de aquella fugitiva legeremante había sido la causa de la muerte de su hermano mayor, quizás de los tres. Probablemente de los tres. Quizás ella había conseguido acabar con Vladimir y Zed, pues no había juramento alguno que la ligara a ellos dos, pero había algo que no encajaba... ¿Cómo lo había hecho? Era obvio que Samantha tenía que ser poderosa, de lo contrario no habría podido con ellos, pero sus hermanos también lo eran, y ellos eran dos.

Pero aún no había hablado de ello con nadie, y sintió que le venía un vómito de palabras. No importaba que no quisiera admitirlo, no podía dejar de hablar.

Voy a quitarle todo aquello cuanto ama, sin importar qué o quién sea, tal y como ella hizo conmigo —dijo con la rabia tiñiéndole la voz.

La expresión de su rostro acompañaba. Prácticamente sacaba fuego por los ojos. Estaba muy cabreada. Tenía que calmarse. Inspirar. 1, 2, 3. Y expirar. 1, 2, 3. Inspirar. 1, 2, 3. Y expirar.

Quiero que sufra.

Sonrió. Pero no era una sonrisa normal. Tenía cierto aire macabra, y se notaba que había imaginado ciertas escenas en su mente en más de una ocasión. Cuando terminara con ella, le haría un regalo a Samantha J. Lehmann: un billete de ida al área M, sin posibilidad de retorno. Cuando terminara con ella y aquellas personas que tanto quería, aquella zona de la prisión de Azkaban le parecería un hotel de cinco estrellas, una estancia cargada de lujos que podría aceptar como premio por haber aguantado todo lo que Nessa habría hecho con ella durante el tiempo que le llevara satisfacer su sed de venganza.
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Wolfgang Rawson el Lun Ago 06, 2018 5:26 pm

Los motivos que podían llevar a una persona a cruzar las puertas de Borgin y Burkes podían ser de lo más diversas. Desde la curiosidad innata por aquello que estaba prohibido, incluso que podría hacerles daño, pasando por una necesidad personal de eliminar a un objetivo concreto, hasta llegar a motivos más personales. Porque sí, Wolfgang estaba familiarizado con los deseos de venganza, aún a pesar de que no haber sentido nunca nada parecido en sus propias carnes. El asesinato de su padre ni siquiera había sido fruto de la venganza, sino más bien producto de un ataque de ira, de algo que llevaba guardándose dentro durante demasiado tiempo.
Sospechaba que aquella mujer sentía esos deseos tras la pregunta acerca de la sangre. Hacer daño a los sangre sucia… en aquellos tiempos, aquello era de lo más genérico. Todos odiaban a los nacidos de los sucios muggles, y el que más y el que menos quería ver cómo esos falsos magos sufrían. La pregunta de la sangre había dejado a claro a Wolfgang que aquello era un asunto personal.
Sus siguientes palabras confirmaron al mortífago lo que sospechaba: su motivo para entrar en Borgin y Burkes era la venganza. La escuchó con atención, no porque sus problemas le importasen, sino porque tal vez sería capaz de venderle algo más concreto. Siempre era mejor conseguir una venta a dejarla marchar.

—Por lo que me está contando...—Wolfgang colocó el marcapáginas al libro y lo cerró, devolviéndolo a su lugar debajo del mostrador. Entonces se puso en pie de nuevo.—...lo que usted necesita es un ejército.—Si aquella mujer planeaba quitarle todo y a todos los que le importaban a la sangre sucia con la que su familia había tenido problemas, lo tendría difícil para hacerlo ella sola.—¿Y qué plan tiene exactamente? ¿Hacerle llegar un objeto maldito a la sangre sucia?—Sonaba simple, extremadamente simple… salvo por el hecho de que aquello no le arrebataba nada a nadie. Aquello la haría sufrir a ella, no a sus seres queridos.

Wolfgang no iba a ponerse a juzgar las intenciones de la mujer, pero la sensación general que empezaba a tener con respecto a ella era que estaba perdida. Que no sabía exactamente por dónde empezar. El punto de partida era importante, pues unos buenos cimientos eran lo primero a la hora de hacer un plan. Sin embargo, Wolfgang era de la opinión de que lo mejor sería dejarse de venganzas, de intentar causar el mayor sufrimiento posible a la víctima, y limitarse a cortarle el cuello.
Desde su experiencia, jugar con tu presa generalmente solo traía problemas.

—¿Sabe usted dónde encontrarla? ¿Sabe algo de ella aparte de su nombre?—Si es que lo sabía, claro. Wolfgang suponía que sí, que no estaría suponiendo que se trataba de una sangre sucia por gracia divina. Podía ser, pues mucha gente los odiaba en aquellos tiempos.—Lo que encontrará aquí son… meras herramientas. Las herramientas por sí solas no forman un plan sólido.—Wolfgang se llevó la mano izquierda al antebrazo derecho, donde se encontraba su marca tenebrosa oculta bajo la manga de su camisa. Se rascó de manera disimulada, sopesando mostrársela a aquella mujer. No sucedería nada malo, por supuesto, pues no pocos mortífagos iban por el mundo en aquellos tiempos ostentando la marca con orgullo. Pero Wolfgang seguía recordando las lecciones impartidas por Desmond.—La información es mucho más poderosa que cualquier baratija que pueda encontrar en estos estantes.—Añadió finalmente, alegrándose de que ni el señor Borgin ni el señor Burkes estuviesen allí. No les haría demasiada gracia que hablase así de la mercancía.

No es que Wolfgang simpatizase demasiado con otros seres humanos. Por norma general, se limitaba a coexistir con ellos. O mejor dicho entre ellos. Sin embargo, sí simpatizaba con la causa. Sí simpatizaba con la necesidad ajena de hacer comprender a los sangre sucia que su lugar estaba, con suerte, bajo tierra. O en el Área-M, sirviendo a un propósito mejor. Estaba sopesando pros y contras de sugerir a la mujer buscar ayuda entre las filas del Señor Tenebroso. No es que fuese su problema, pero podía ser, si no lo era ya, un miembro valioso.
Sin duda, el odio hacia los sangre sucia lo tenía.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Vanessa Crowley el Mar Ago 07, 2018 7:56 pm

Que en una tienda el dependiente se pusiera a leer podía denotar dejadez, especialmente si empezaba a hablar con sus clientes antes de guardarlo, pero de alguna forma aquel hombre conseguía que a Vanessa le diera igual lo que estuviera haciendo. Quizás se debiera a que hasta momentos antes la estaba atendiendo muy bien. De cualquier modo, sus siguientes preguntas y afirmaciones la desconcertaron y la incomodaron.

La había calado después de que ella no dijera mas de tres frases. No le había dicho gran cosa, y aun así había podido adivinar que no tenía ni idea de por dónde empezar. ¿Tan evidente era? ¿Tan fácil era de leer? A la mujer siempre le había costado disimular sus sentimientos y enmascararse tras una coraza de frialdad propia del hielo, algo que siempre la había diferenciado de sus dos hermanos más mayores.

Tengo más información de la que cree, pero sólo tengo la sangre de una persona —Para usar el guardapelo, eso era un problema—. Y no creo que pueda acceder fácilmente a la de los demás. Como usted dice... —Le dolía reconocerlo, pero era verdad—. Lo que necesito es un ejército.

Pero ella no tenía ninguno. Y no podía conseguirlo. Había pocas cosas que la fortuna de los Crowley pudiera comprar, y una de ellas era la lealtad, porque tenían el dinero suficiente como para pagar a unos cuantos mercenarios, pero la rubia sabía de sobras que ese tipo de gente siempre obedecía al mejor postor. ¿Cuánto tardaría en aparecer alguien dispuesto a pagar más? Que el mejor postor nunca sería una sangre sucia era evidente, pero no sabía qué amigos podía hacer aquella mujer mientras Nessa no la encontraba, ni tampoco si alguien querría comprar a sus mercenarios, por eso no le parecían una buena opción. Necesitaba lealtad.

Sé los lugares que solía frecuentar hace poco más de 6 meses, pero no sé si sigue escondiéndose en esos lugares —reconoció.

No le pasó por alto el gesto que el hombre hizo hacia su antebrazo derecho. Era un gesto que había visto hacer a sus hermanos en muchas ocasiones. Sabía de sobras a qué se debía ese gesto, y más de una vez había considerado la posibilidad de llevar la misma marca que ellos. La portaría con orgullo, de eso no tenía dudas, y su padre la miraría igual que a sus hermanos mayores. Realmente haría un buen conjunto con el anillo de Sebastian.

Quizás sólo eran elucubraciones suyas. Aunque los tiempos habían cambiado, no iba a preguntarle. A quién deberia su lealtad Wolfgang Rawson era cosa suya y era su decisión si decidía compartir con ella ese fragmento de su vida, a pesar de que tenía que reconocer que ya que ella había decidido compartir parte de sus problemas con Samantha, no le molestaría que él compartiera algo con ella.
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Wolfgang Rawson el Vie Ago 10, 2018 1:38 am

La información era un pilar básico, o más bien fundamental, en cualquier plan. A pesar de que Wolfgang Rawson se consideraba a sí mismo un hombre de acción, alguien más dado a ejecutar los planes que a realizarlos, gustaba de disponer de toda la información posible. Con la mayor cantidad posible de piezas del rompecabezas en sus manos era mucho más fácil armar la imágen completa, y dejar poco margen a los imprevistos.
La mujer aseguraba tener más información de la que Rawson creía. Wolfgang no tenía la más remota idea acerca de la cantidad de información que disponía, pues si bien había podido deducir que se encontraba un tanto perdida respecto a lo que quería—años de experiencia como vendedor de objetos prohibidos le habían conferido ese don—sus dotes deductivas no llegaban a tanto.
Sin embargo, a medida que hablaba, Wolfgang calificó mentalmente aquella información de desactualizada: seis meses eran mucho tiempo, y más si había ocurrido un incidente de tipo sangriento la última vez que había estado en compañía de su víctima. Hipotéticamente, si hablaban de una sangre sucia fugitiva que había sido localizada por una purista, cabía suponer que dicho encuentro había tenido lugar en alguno de sus paraderos habituales. Y si había logrado escapar con vida, como toda aquella conversación parecía indicar, cabía suponer que hubiese abandonado aquellos escondrijos de rata inmunda y buscado otros.
Quizás fuesen ladrones de magia y traidores, pero muchos de ellos eran lo bastante inteligentes como para no cometer los mismos errores dos veces.

—Descarte esa información.—Sugirió Wolfgang de inmediato, con toda la calma del mundo.—Seis meses son demasiado tiempo.—Prosiguió el mortífago, cambiando el peso de su cuerpo de un pie al otro.—Como alguien experimentado en la caza de fugitivos, puedo asegurarle que un fugitivo no frecuentará lugares que han sido comprometidos, o en los que ya hayan sido localizados alguna vez.—Hizo una pausa, quedándose pensativo y fijando la mirada en una veta en la madera del mostrador; volvió a alzar la mirada unos momentos después, clavando sus ojos en los de la mujer.—¿Cuando tuvo lugar su encuentro con su presa? Ya sabe, ese en que obtuvo las muestras de sangre seca de las que dispone. ¿Fue hace tanto tiempo como seis meses? Porque lamento decirle que en los últimos seis meses, los fugitivos han ido quedándose poco a poco sin lugares en los que esconderse. Si tiene una lista de lugares consigo, podemos cotejarla con la mía.—Dicho eso, Wolfgang Rawson metió la mano bajo el mostrador, sacando de nuevo su libro. Lo abrió por la primera página, lugar donde guardaba algunos documentos importantes para sus misiones: carteles de ‘Se busca’, información sobre avistamientos de fugitivos, y una lista de ubicaciones. Por supuesto, no estaba completa, pero sí incluía direcciones que habían sido comprometidas, o lugares directamente comprados por el Ministerio en un intento de atrapar más fácilmente a los fugitivos. Wolfgang le mostró esto último a la mujer.—Échele un vistazo, sin miedo.

Respecto a lo del ejército, Wolfgang se lo pensó bastante antes de hablar. Sí, cierto, las filas de Lord Voldemort agradecerían la colaboración de todo aquel que quisiese aportar algo a la causa. Aquellos que deseasen portar la Marca Tenebrosa serían bien recibidos, pues muchos eran los enemigos del actual gobierno.
Aquella mujer odiaba a la sangre sucia que tantos quebraderos de cabeza le había dado… quizás fuese suficiente motivación para formar parte de los mortífagos.

—Respecto al ejército...—Wolfgang comenzó a desabotonarse la manga derecha de la camisa, remangándosela a continuación y mostrando la Marca a la mujer.—...bien podría usted conseguirlo si estuviese dispuesta a hacer un pequeño sacrificio.—Aquel sacrificio, por supuesto, sería poner su vida a disposición del Señor Tenebroso. ¿Estaría aquella mujer dispuesta a hacerlo?
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Vanessa Crowley el Vie Ago 10, 2018 2:51 am

Lo cierto era que Nessa lo sabía prácticamente todo. Sabía incluso dónde vivía el objetivo de su venganza, sólo que no era a ella a quién quería atrapar, no en primera instancia. Sabía dónde vivía Caroline Shepard, pero no tenía ni idea de dónde se escondía Beatrice Bennington ni de dónde vivían Gwendoline Edevane o Henry Kerr. Con sólo la dirección de uno de los seres queridos de la sangre sucia no tenía ni para empezar, y lo sabía.

La respuesta del dependiente no le gustó. Demasiado rápida, demasiado calmada, demasiado fría. A pesar de que el tono que había empleado no había sido desagradable, ella sí calificó su respuesta como tal.

Es verdad que es mucho tiempo... —reconoció, consiguiendo dominar por completo los nervios que empezaba a sentir—, pero no creo que muchos hayan sido encontrados por el Ministerio. Hasta septiembre de 2017, más o menos, esta... —empezó a decir con una mueca de asco en el rostro, sin saber muy bien cómo calificarla. Para ella no era exactamente una persona, sino más bien una abominación, pues no sólo tenía poderes mágicos a pesar de ser de origen muggle, sino que había conseguido, de algún modo, vencer a Vladimir y Zed— cosa, no se relacionaba demasiado con otros fugitivos. Solía utilizar una tienda de campaña y dormir en lugares abandonados, como el bosque o fábricas usadas antiguamente por muggles —explicó.

Pero las palabras de Wolfgang tenían sentido. Un fugitivo no frecuentará lugares en los que hayan sido localizados alguna vez. La zarca era consciente de que su mejor baza era el lugar dónde vivía Caroline Shepard, pues sabía que era el lugar dónde Samantha J. Lehmann se había asentado de forma más o menos permanente bajo las órdenes de su hermano. Sí, el mayor de los Crowley había sido lo bastante bondadoso como para aceptar un hogar seguro para la sangre sucia. Sabía como lo percibían los demás, que probablemente aquella mujer sentía que aquello había sido una forma de manipulación, de demostrarle que lo sabía todo sobre ella y que sabía a quién dañar para hacerla sufrir a ella; quizás también sentía que sólo la protegía porque la necesitaba. ¿Pero no era eso una forma de demostrarle que le importaba? En la mente de Nessa no importaba que Sebastian sólo protegiera a esa rata inmunda porque la necesitaba para llevar a cabo sus planes malignos (cosa que sabía perfectamente), pues para ella si la necesitaba significaba que le importaba, al menos hasta cierto punto.

El 28 de diciembre de 2017 —contestó rápidamente. Esa era la fecha en la que sus hermanos habían desaparecido—. Ciertos artilugios manchados llegaron a casa, provenientes de un lugar que no fue escogido por esa rata infecta. Aunque... Bueno, estoy bastante segura de que ella no volvería a pisar ese lugar por voluntad propia nunca más —Le resultaba comprensible. No sabía exactamente qué habían hecho o intentado hacer con la legeremante sus hermanos, pero se podía hacer una idea a partir de los útiles de tortura que habían llegado des del Hotel Gran Necrópolis—. No llevo una lista escrita —confesó, y después añadió:—, pero me la sé de memoria...

Quizás aquello la hacía quedar como una enferma, porque a esas alturas quedaba bastante claro que todos los Crowley tenían algún tipo de problema de salud mental, excepto quizás el menor de los cinco hermanos. No le importaba. Para ella sólo demostraba lo mucho que se tomaba en serio ese asunto.

La mujer prácticamente le arrebató la lista de las manos, y enseguida la hubo devorado. Así, pudo descubrir que ninguna de las fábricas en las que Sam se había escondido habían sido compradas por el Ministerio, por lo que aquella cosa podría volver a pasearse por ahí si quería, aunque Nessa dudaba que lo hiciera. Observó, pero, que su última residencia no figuraba en la lista. Ya se lo esperaba, a ojos de la sociedad mágica, Caroline seguía fiel al Ministerio, por lo que seguía trabajando en el departamento de siempre. Era lógico pensar que seguía viviendo en el mismo sitio. La pregunta era si la sangre sucia aún vivía con ella y manchaba la alfombra con su presencia cada vez que entraba en la casa.

La dirección del último lugar dónde fue localizada no figura en su lista, señor Rawson —dijo devolviéndole la lista. Era la primera vez que la rubia se refería a él por su apellido, pero él ya debía saber que lo conocía, pues el muchacho que había utilizado para mostrarle los efectos de los objetos que había estado a punto de mostrarle lo había llamado por su apellido—. No sé si la sangre sucia seguirá viviendo allí, pero no creo que la persona que habitualmente vive allí haya cambiado de residencia.

No necesitaba verle el brazo para confirmar sus sospechas. En cuanto empezó a desabrocharse la manga, Nessa supo que vería la Marca Tenebrosa. Le echó un rápido vistazo. No necesitaba más. Había convivido gran parte de su vida con tres mortífagos, dos de los cuales no habían puesto nunca ningún interés en esconderla, al menos no en privado, por lo que tenía muy vista esa calavera de la que salía una serpiente. Incluso dentro de las personas de sangre limpia y de las familias puristas, esa Marca infundía respeto y temor, por lo que la reacción más habitual era que un estremecimiento recorriera la columna de la persona que la veía. Pero aquel no era el caso de los Crowley.

No crea que nunca lo he pensado —le dijo mirándole directamente a los ojos, y después sonrió con la sombra de la nostalgia bailando en sus orbes azules—. No sería la primera de la familia en llevar esa Marca, y seguramente tampoco la última —O eso esperaba. No se imaginaba a Samuel o a Audhild como mortífagos, pero sí a Astlyr. Y esperaba que su propia descendencia no fuera como su hermano menor.

En lugar de decirle su apellido directamente, se volvió a poner el anillo con el blasón familiar en el dedo corazón izquierdo, sin intentar ocultar el cuervo sobre dos espadas cruzadas.

Aunque comparto los ideales del Señor Tenebroso, no veo porqué desearía ayudarme... Dudo que esa sangre sucia tenga más importancia que cualquier otra dentro de sus planes —dijo—. Supongo que entre sus filas podría encontrar a alguien dispuesto a ayudarme...
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Vanessa CrowleyProfesores

Wolfgang Rawson el Sáb Ago 11, 2018 10:22 pm

La sangre sucia, el objeto de sus deseos más oscuros, era astuta. Evitaba relacionarse con aquellos que eran como ella, prófugos del nuevo gobierno que serían arrestados en cuanto los viese la persona indicada. Aquello denotaba inteligencia. Un fugitivo solo era más difícil de reconocer, mientras que a mayor número de ellos se juntasen, mayores probabilidades de que alguno fuese reconocido por la persona indicada.
También parecía ser lo bastante inteligente como para evitar núcleos de población, optando por lugares abandonados y zonas boscosas. Muy inteligente. Con la de cosas que veía Wolfgang Rawson cada vez que perseguía fugitivos, no podía pensar en ellos como personas inteligentes. Nada más debía mencionar al último fugitivo que había avistado, Kyle Beckett, al cual se había encontrado… paseando por Londres con su hermano mayor. El muchacho había logrado escabullirse, pero su hermano se lo estaba pasando la mar de bien en compañía de Ayax, en el Área-M.
Wolfgang no comprendió muy bien la necesidad de la mujer de definir a la ladrona de magia como ‘cosa’. No es que le agradasen los muggles—su padre le había metido el purismo y el odio hacia estos en la cabeza a base de golpes—pero Wolfgang Rawson jamás se atrevería a subestimar a un ladrón de magia o sangre sucia. Y es que por muy purista que uno fuese, por mucho que se pudiese creer superior a ellos en todos los sentidos, había que saber ver la realidad: eran tan peligrosos y tan capaces como los magos de sangre limpia.

—¿Y piensa usted que podrá encontrarla en un bosque o en una fábrica abandonada?—Preguntó Wolfgang con tranquilidad, sin alterar la expresión neutra de su rostro. No pretendía ofenderla ni ser sarcástico. Quizás tuviese noticias recientes del avistamiento de la sangre sucia en aquel lugar, aunque si su información se remontaba a seis meses atrás era poco probable.—Si lo que usted dice es cierto, y tiene sospechas de que su persona de interés volverá a pisar esos lugares, en su lugar no perdería mi tiempo visitándolos demasiado tiempo. Tome algunos objetos malditos, camúflelos allí, y espere a que su presa muerda el anzuelo.—Un buen objeto maldito podía paralizar durante días a quien lo tocase, dejándolo a merced de su perseguidor. Wolfgang había hecho uso de aquel método en alguna ocasión, aunque no era un plato muy de su gusto.

Prosiguió la mujer con una explicación acerca de ciertos artilugios que llegaron a sus manos en diciembre del año pasado, manchados de sangre. Wolfgang se imaginó que aquella sangre sería la que pretendía licuar para usarla en el relicario, por lo cual se correspondería con con la de su sangre sucia. Wolfgang no dijo nada, asintiendo con la cabeza con aire pensativo ante aquella cuestión.
Y entonces le mostró la lista, que la mujer agarró como si fuese una botella de agua en medio del desierto y ella estuviese muriéndose de sed. La repasó durante algunos instantes, para a continuación devolvérsela a Wolfgang Rawson, asegurando que el lugar que buscaba no estaba en aquella lista.
Cosa evidente, tratándose, como dedujo por sus palabras, de un domicilio privado.

—En esta lista se encuentran puntos de interés frecuentados por fugitivos, actualmente o en el pasado.—Aclaró Wolfgang.—Por lo general se trata de locales que operan como tiendas, bares, almacenes, y en realidad sirven de tapadera para refugios de fugitivos. Aquí no figuran domicilios personales.—Wolfgang, con calma, dobló la lista y la devolvió a su lugar dentro del libro, y el libro a su lugar bajo el mostrador.—Los domicilios privados son cosa del Departamento de Seguridad Mágica del Ministerio de Magia. Ante la más mínima sospecha de una traición, lo primero que se hace es poner bajo vigilancia el domicilio en cuestión, pero sin pruebas concluyentes la información no se hace pública. De hacerlo, se pondría en peligro la investigación, provocando una posible huida del objetivo.—Explicó Wolfgang con tono neutro, sin ningún tipo de condescendencia. Simplemente pretendía informar a la mujer del procedimiento habitual.

Sin embargo, el mortífago no pudo evitar hacerse una pregunta sencilla: si tenía aquella dirección, un lugar que creía probable como ubicación actual, ¿por qué perdía el tiempo pensando en otros lugares donde pudiese esconderse? Además, Wolfgang era de la filosofía de ‘Más vale pájaro en mano que ciento volando’: si tenía ubicada a la sangre sucia en un domicilio, la tenía a ella y a otra persona, al menos. Quizás más. Podía simplemente atrapar a todos los que viviesen allí, y luego encargarse del resto.
Aunque, personalmente, Wolfgang no se andaría con ceremonias: la asesinaría a ella y a todo aquel que encontrase con ella.
Wolfgang decidió entonces mostrar su Marca Tenebrosa, apenas unos diez segundos, antes de volver a esconderla bajo la manga de su camisa. Al parecer, en su familia había también mortífagos, y Wolfgang pudo imaginarse que procedería de alguna familia de sangre limpia. Quizás fuese una de esos infames Malfoy, o tal vez una Kerr. Muchas posibilidades había.

—Habiendo sangre sucia derramada y la posibilidad de cobrar una recompensa por los cadáveres de varios traidores, créame que le sobrarán voluntarios. Aunque debería usted elegir bien con quien se junta.—Wolfgang hizo una pausa, encogiéndose de hombros.—No todos los mortífagos son brillantes, y algunos quizás sean más un peligro que una ayuda.—Wolfgang en ningún momento se sintió aludido como uno de esos ‘álguienes’ dispuestos a ayudarla en su plan, y dudaba que la intención de la mujer fuese referirse a él. Pero no tenía la más mínima intención de meterse en aquel asunto. Si algo había aprendido Wolfgang a fuerza de su experiencia personal ese algo era que meterse en los planes personales, en las vendettas personales de los demás, solía traer consecuencias negativas. Estaba dispuesto a capturar a una sangre sucia para tener algo con lo que obsequiar a su pupilo, pero no estaba dispuesto a poner en peligro todo aquello que había logrado por los problemas de otra persona.
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