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Do you wanna be my lover? ❤ || Wolfgang.

Ayax Edevane el Mar Jul 03, 2018 3:02 am

Recuerdo del primer mensaje :


Wolfgang Rawson & Ayax Edevane || Caldero Chorreante, día 8 de febrero del 2018. 20:42 horas. || Atuendo.

Hacía un mes que Ayax había dejado de tener noticias de Vladimir Crowley, su mentor en las filas Mortífagas. Teniendo en cuenta lo que le pasó y su repentina desaparición, quizás el pelirrojo se hubiera dado cuenta mucho antes si hubiesen mantenido una relación decente como maestro/ahijado, pero como la relación que mantenían era una mierda, no se vino a enterar de que estaba desaparecido—literalmente—de combate, hasta varias semanas después. Y claro, ahí se encontraba él, en mitad de la nada, sin saber qué narices hacer.

Le comentó a su padre su problema, ya que era mortífago y podía ayudarle a buscar una solución. En realidad sus dos progenitores pertenecían a la fila de los Mortífagos, pero Ayax siempre había preferido hablar de esos temas con su padre. Lo veía mucho más metido en el tema, siempre lo vio como la figura más poderosa de toda su familia y... bueno, su madre siempre lo veía y lo trataba como un niño pequeño, por lo que prefería tratar esos temas de hombre a hombre. Llevaba ya años teniendo muy claro su inclinación hacia las Artes Oscuras, su fascinación por Lord Voldemort y lo mucho que suplía esa organización ciertas necesidades que él creía que no tenía. Además, aunque de bien pequeñito todo este tema del "purismo" le diese igual—algo normal en un niño que sólo quería preocuparse por jugar y lidiar con un amiga imaginaria sanguinaria—, en Hogwarts y fuera del castillo, cultivó una mentalidad mucho más extremista. Y gracias a eso, está ahora en donde está, preguntándole a su padre por ese tal Wolfgang Rawson, el tipo que le habían asignado.

Bruno era un hombre sociable, no de los mortífagos más cercanos a Voldemort pero sí de los que importan. Le dio su opinión sobre el hombre, además de unos contactos que le podrían decir en donde encontrarlo. Bruno y Wolfgang no tenían demasiado en común ni tampoco mucha relación, pero al menos uno sabía del otro y Ayax podía saber por dónde empezar. Era evidente que tanto padre como hijo tenían mejores vibraciones con un maestro de apellido Crowley, pero resultó ser una decepción.

Los contactos con los que habló le dijeron bastante poco del hombre: que era callado, leía mucho... Ajá. Nada realmente relevante. Uno de ellos, sin embargo, le contó que solía frecuentar el Caldero Chorreante, algo que al menos le servía para dar un pasito más.

Aprovechó, al salir de las clases de la universidad, todos los días de esa semana para ir al Caldero Chorreante a tomarse algo. Tenía clase por la tarde, por lo que solía frecuentar el lugar a partir de las ocho de la noche. Por norma general no había mucha gente entre semana, pero siempre había algún que otro mago extraviado. El jueves, sin embargo, otra suerte corrió. Entró al Caldero ese día, ojeó con rapidez todas las mesas y nada, no había ningún hombre que cumpliese con las características de Wolfgang Rawson. Al menos las características que le habían dicho. No obstante, mientras se dirigía a una mesa para sentarse y hacer su ritual diario, vio como un señor salía del baño, directo a la barra, para recuperar su libro y su bebida; bebida que no alcanzaba a distinguir. Fue sentarse, abrir el libro y ponerse a leer como si fuese una máquina con unas tareas predefinidas.

Ayax no se sentó en la mesa que tenía pensada, sino que caminó hacia la barra, sentándose al lado del señor, justo en el taburete de al lado. Dejó la mochila justo abajo de él, para poder sentarse con comodidad.

—Un zumo de calabaza y un pudin de zanahoria, gracias. —Le pidió al barman de manera totalmente innecesaria, ya que todas las noches se pedía exactamente lo mismo. Cuando el camarero se fue, Ayax giró la cabeza hacia el lector que tenía a su lado. —Usted es el señor Rawson —afirmó sin miedo a equivocarse, llamando así su atención. —Yo soy Ayax Ayrton Edevane, encantado. —Y le tendió la mano, con confianza y una sonrisa orgullosa. —No sé si se habrá enterado, pero soy su nuevo problema. Puede rechazarme, por supuesto, pero seguro que pocas personas mejor que yo le caerán. —Hizo una pausa. —¿Tiene tiempo para hablar?

No sabía nada de él, pero al menos la primera impresión era buena. Parecía una persona normal y no un sádico loco, lo que parecía Vladimir Crowley cada vez que sacaba a Ayax de paseo. Intentó cotillear el libro que leía, sólo por juzgar un poco sus gustos y ver de qué palo estaba hecho.
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Ayax EdevaneBecario Área-M

Wolfgang Rawson el Vie Ago 03, 2018 1:45 pm

Los mortífagos solían trabajar solos. Era un hecho. Wolfgang lo había visto una y otra vez en todo el tiempo que llevaba formando parte de las filas de los más fieles a Lord Voldemort. Estaba seguro de que se trataba, sobre todo, de un asunto de ego. Los mortífagos tenían una tendencia innata a creerse superiores a todo y a todos, aliados o enemigos. Había algunos lo suficientemente inteligentes como para comprender que a veces la ventaja estaba en los números, pero generalmente los mortífagos se creían por encima de cualquier vicisitud o problema.
Wolfgang solía trabajar solo, sí, pero no porque se sintiese superior a nadie dentro de las filas de Lord Voldemort. Desmond le había enseñado a aceptar ayuda cuando se la ofrecían, y a buscarla cuando creía no estar a la altura del desafío que tenía por delante. También le había dicho por activa y por pasiva que no subestimase nunca a un enemigo. Quizás en eso último estuviese pecando un poco de confiado con aquella misión, pero para eso estaba la estrategia.

—Suelo trabajar solo, pero no es un requisito indispensable para mí.—Respondió Wolfgang. Y no le extrañó lo más mínimo lo que el joven Edevane le dijo de su antiguo mentor. Los Crowley habían estado mucho tiempo en una posición ventajosa, antes y después del cambio de gobierno, siendo una de las familias más influyentes del mundo mágico, y con ello, eran especialmente arrogantes. Su suerte tenía que terminarse algún día.—La estrategia es importante, sin lugar a dudas. Puede convertir una situación de aparente desventaja en una de ventaja. Sin embargo...—Wolfgang se detuvo entonces un momento, poniendo una mano en el hombro de Ayax para que también se parase. Le miró a los ojos, con seriedad.—...siempre y cuando puedas confiar en alguien, no rechaces la ayuda que te ofrezca ese alguien. Y evita a los inútiles, pues pueden comprometer una misión. Son los consejos que puedo ofrecerte.—Wolfgang había tenido que lidiar con inútiles de esos, y en el mejor de los casos, habían servido como cebos o escudos humanos frente a los hechizos enemigos.

Tras poner sobre una metafórica mesa los detalles del plan, y resolver las dudas del joven Edevane al respecto, ambos, aspirante y mortífago, llegaron al lugar señalado. Wolfgang le dedicó una breve mirada de reojo al muchacho cuando señaló el callejón. Su suposición era correcta, cosa no muy complicada teniendo en cuenta que no había más callejones por allí. Wolfgang asintió con la cabeza, fijando la mirada en la entrada de la pequeña callejuela.

—Recuerda: con calma, no te pongas nervioso. Quizás no sea un paseo por el parque, pero tampoco será una maratón.—Le dijo al muchacho antes de que se separasen. Esperaba hacer honor a sus palabras.

Mientras el joven se internaba en la callejuela que llevaba a la parte trasera de Jorvi’s Cave, Wolfgang se encargó de crear las pertinentes barreras y hechizos de ocultación que necesitaban para aquella misión. La idea era que la única salida de los fugitivos fuese correr, y si corrían, se encontrarían con Wolfgang. Si alguno de ellos lograba burlar a Wolfgang—podía suceder, especialmente en el caso de los niños, que solían ser escurridizos, pequeños y capaces de meterse por recovecos imposibles para los adultos—Ayax se encargaría de acabar con ellos. Lo único que Wolfgang creía que podía suponer un problema eran esos tres fugitivos armados con varitas.
Terminado el trabajo en su lado, Wolfgang consideró que Ayax había tenido suficiente tiempo como para hacer su parte, así que pasó a la siguiente fase de su plan: el humo. De su varita empezó a brotar una densa humareda que el mortífago manipuló a su antojo. La hizo ascender por encima del pequeño edificio de dos plantas, que contaba con una chimenea, y una vez allí la dejó en suspensión. Desde el otro lado, Edevane podría verla perfectamente, y aquella sería su señal.
Un par de segundos se mantuvo la forma de humo en el aire, y entonces empezó a penetrar a través de la chimenea. Una vez dentro del edificio, el humo se expandiría en todas direcciones y los fugitivos se encontrarían con la pequeña sorpresa de que Ayax había cerrado todas sus vías de escape.
Excepto una. Ante la cual se posicionó Wolfgang Rawson, varita en mano, dispuesto a asesinar a cualquiera que se atreviese a cruzarla.

—Bien… Id saliendo en orden.—Comentó Wolfgang entre dientes, expectante, mientras empezaba a escuchar el bullicio procedente del interior del edificio. Supo entonces que el espectáculo había comenzado. Y él estaba en primera fila.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Ayax Edevane el Mar Ago 07, 2018 12:55 am

La estrategia es un punto primordial en el desarrollo de una misión y no te juntes con inútiles. Eran dos buenos consejos, sin duda. Ayax los resumió, apuntándoselos mentalmente en su lista de prioridades cuando tuviese que enfrentarse en solitario, o con desconocidos, a misiones de esa índole.

Ahora, sin embargo, venía otro asunto más importante. Mentiría si dijese que no se esperaba algún tipo de prueba al acercarse al Rawson y pedirle su tutela. Ya sus padres se lo habían advertido: nadie en las filas de los Mortífagos que se precie como tal y tenga un puesto decente aceptaría a un pupilo sin haberlo testado primero, a menos que el mentor sólo sea un mandado más que cumple órdenes de arriba. Esos, no obstante, no interesaban en absoluto al pelirrojo. Quería aprender de alguien interesado, no de alguien a quién se lo habían ordenado y no tenía ni una pizca de interés. Vladimir había sido el vivo ejemplo de eso.

El Edevane se colocó en posición y vio desde ahí como Wolfgang también lo hacía, simplemente esperando que todo saliese cómo él mismo había planeado.

Pronto, se empezó escuchar ruido en el interior. Lo primero se podría definir como incertidumbre y miedo, pero no hubieron gritos. Se escuchaban golpes, cosas cayendo al suelo, hasta que todos los que estaban en el interior se dieron cuenta de que aquello tenía pinta de ser una trampa de la que no tenían escapatoria y sí que comenzaron a haber chillidos, algunos de estrés, otros de susto… cuando en realidad no pasaba nada. Todavía.

Los primeros en salir fueron, lógicamente, los que daban a la puerta de Wolfgang. Ayax, sin embargo, no se movió ni un ápice, con los ojos bien puesto en la zona que a él le concernía.

Finalmente sucedió.

Los que cayeron en la trampa dieron la voz hacia atrás y muchos no se atrevían a salir por la puerta principal, por lo que tal y como había predicho, una bombarda hizo explotar la puerta que estaba vigilando Ayax. El pelirrojo se puso un antebrazo delante del rostro al sentir la onda expansiva de tremenda explosión. Justo vio salir a una mujer adulta, en compañía de tres adolescentes bastante jovenzuelos que no paraban de toser.

—Puerta equivocada, chicos —advirtió Ayax.

Con dos rápidos movimientos de varita desarmó a dos de los más jovenzuelos: no tenían varita, pero uno tenía un bate de béisbol y otro una sartén. ¡Y uno no quiera arriesgarse a saber lo mucho que duele un sartenazo en la cabeza, créeme! Luego Ayax se puso en posición de duelista profesional. ¿Él lo era? En absoluto, pero tenía muy bien impregnado los movimientos de los que sí lo eran, para aprender de los mejores. Y claro, verlo con esa pose, desorientó a la mujer que tenía en frente. Ayax comenzó a dar un saltito para cada lado y, cuando aquella mujer que no sabía si se enfrentaba con un aficionado o un loco de la chaveta, le tiró un hechizo, Ayax se limitó a esquivarlo físicamente—porque por el amor de Merlín, esa señora tenía que tener como segundo nombre OBVIEDAD—y apuntarla con la varita. La mujer se asustó y dio un paso atrás junto al resto, pero ningún hechizo ofensivo salió de la varita de Ayax hacia ella, sino que con el uso de las sombras elevó por detrás de ella aquella sartén, dejándola caer desde un metro por encima sobre la cabeza de la mujer.

Evidentemente, cayó al suelo, inconsciente. Si tuviese una barra de vida imaginaria, ese golpe la había reducido a la mitad como mínimo. Una carcajada ensordecedora que en realidad no existía, apareció justo a su lado. Sí, ella también se lo pasaba muy bien con las payasadas de Ayax.

Sin embargo, luego se lo tomó más en serio: al ver que dos de los adolescentes huían, Ayax los apuntó, los rodeó con unas cuerdas mágicas y los colgó a una farola. De ahí no se moverían. El adolescente que se había quedado, lealmente, al lado de aquella mujer tan inútil, sin embargo, terminó igual que la mujer. Los dos durmiendo sobre las piedras de aquel callejón. Por si caso, también los colgó a otra farola. Así se aseguraba que no se moverían.

Justo después salió, aprovechándose de aquel gran agujero, el tipo del que Wolfgang le había enseñado la foto. Sinceramente, se había olvidado del nombre. En un intento de recordarlo—y porque evidentemente Ayax carecía de maestría comparable con un radical experimentado—, el pelirrojo se vio desplazado, como quién mueve un muñeco de trapo con desprecio, siendo derribado en dirección a Wolf. Se deslizó por el suelo con el culo como protagonista. Ayax se levantó rápidamente de allí y miró al Rawson.

¡Fiuuu! Llamó la atención del Rawson con un conciso silbido; poderoso y sonoro. —¡Tengo a tu tipo, huye hacia allí! —Señaló visualmente.

“No necesitas su ayuda, ¡corre a por él!”

—¡Voy a por él!

Sí, por una parte descuidar su lugar era un fallo en la misión, pero la prioridad era ese señor de nombre desconocido, por lo que no dudó ni un momento en comenzar a correr hacia él. Eso sí, antes de nada, se paró en el hueco que creó Doña Obviedad, creando justo en la entrada de aquella puerta una maldición Gubraith que hizo que toda la entrada estuviese cerrada por un fuego eterno. Luego, con un sencillo hechizo, reconstruyó aquella puerta mientras se iba, viendo como los ladrillos se colocaban en su sitio mágicamente. El fuego, el humo… más les valía a los de dentro pensar opciones o dentro de un rato, cuando volvieran, sólo encontrarían los restos de lo que una vez fueran.

Después de eso, salió corriendo detrás del tipo, asegurándose de que no llegase al límite en donde pudiera llegar a desaparecerse o Wolfgang seguro que se enfadaba.
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Wolfgang Rawson el Mar Ago 07, 2018 3:09 pm

El barullo en el interior del edificio fue haciéndose cada vez más y más intenso. Los murmullos se convirtieron en gritos de impaciencia, los gritos de impaciencia en gritos de pánico, y finalmente, a los gritos de pánico se sumó el sonido de cosas al caer y romperse al paso de los fugitivos que buscaban una salida. Era cuestión de momentos que comprendiesen que la puerta principal estaba abierta. Correrían hacia lo que creían era la libertad y que realmente era la guadaña de la Muerte.
La puerta no tardó mucho en abrirse, y Wolfgang esperó pacientemente a ver qué rostro se mostraba ante él. Cuando se encontró con el de una niña de cabellos negros y ojos castaños, contrariada ante la presencia del hombre ante la puerta, Wolfgang pasó a la acción: segó la vida de la niña con un sencillo Avada Kedavra no verbal. Su cuerpo cayó desmadejado, sin vida, delante de la mujer que se encontraba tras ella. Su parecido con la niña dio a Rawson la idea de que eran madre e hija.
La mujer le miró con rabia, su rostro convirtiéndose en una máscara deformada por el odio, y arremetió contra él. En su mano derecha empuñaba un cuchillo de cocina con el cual intentó apuñalar a Wolfgang; fue entonces cuando le quedó claro que debía ser la madre de la niña.
No se anduvo con ceremonias: Wolfgang la mató en plena carrera con otra maldición asesina, esperando al siguiente fugitivo de la cola.
No salieron tantos como él esperaba. Por el estruendo que escuchó procedente de otras partes del edificio, el mortífago dedujo que los fugitivos no se habían resignado a quedarse en el interior del edificio y habían buscado formas alternativas de salir. Para cuando los fugitivos dejaron de salir, en el suelo se contaban cuatro cadáveres: la niña del principio, su madre, un niño de cabellos rubios y un anciano que había intentado agredir a Wolfgang con un martillo. También se había ocupado de encadenar a una farola a una adolescente de unos dieciséis años que había intentado huir. Wolfgang la había enviado con un hechizo expulsor contra la farola, y aprovechando el momento, la había encadenado. Le serviría para motivar a Jorgensen a hablar.
Wolfgang se encontraba revisando el interior a través de la puerta abierta, buscando más fugitivos—las cuentas no le cuadraban, parecían muy pocos—cuando escuchó un silbido procedente del callejón en que se había internado Edevane. Al mirar en aquella dirección, vio al chico sentado en el suelo, avisándole de que ‘su tipo’ estaba huyendo.

—De acuerdo. Iremos...—Empezó a responder Wolfgang con calma, pero estaba claro que juntos no iban a ningún sitio. Edevane se puso en pie, sin dejarle terminar, y fue tras Jorgensen. ¡Mierda, pensó Wolfgang, negando con la cabeza y temiendo que aquello mandase el plan al traste.

Wolfgang siguió a Edevane a través del callejón, atento a cualquier fugitivo que pudiese aparecer en su camino. No sucedió, y pronto averiguó el motivo: muchos de ellos pendían de las farolas, como si fuesen crisálidas de mariposa colgando de las ramas de los árboles. El mortífago se detuvo unos instantes a contemplar la labor de Edevane, y entonces siguió al que posiblemente se convertiría en su pupilo. Sí, le gustaba lo que había hecho allí.
Reanudó la carrera tras Ayax. Quizás aún pudiese alcanzarle y ayudarle en un hipotético duelo con Jorgensen.

***

Cadmus Jorgensen no era el tipo de hombre acostumbrado a las confrontaciones; tampoco era ningún cobarde, y podía decir con orgullo que había hecho todo lo que estaba en su mano para asegurar la seguridad de aquel grupo de fugitivos. En cierto modo, se había convertido en su líder, en la persona a la que acudían en busca de consejo y ayuda, a quien le consultaban todo.

Sin embargo, cuando las cosas empezaron a ponerse serias, cuando el humo empezó a llenar el refugio, Cadmus Jorgensen no pudo evitar correr por su vida. Para ser justos, no empezó a correr hasta que vio los destellos verdes procedentes de la entrada principal. Por un momento creyó que moriría también, pero no: el muchacho pelirrojo que se encontró en su camino de huida no estaba interesado en matar. Se limitaba a apresar a todo aquel que se ponía en su camino.

Con un hechizo, Cadmus se lo quitó de en medio y echó a correr. No pensaba dejarse atrapar. Por el camino, intentó repetidas veces desaparecerse, pero no lo consiguió. Algo le bloqueaba. El pelirrojo le perseguía, pisándole los talones, pero por un breve momento creyó que lograría escapar.

Craso error.

Cuando ya veía la calle principal a través de la boca de una de las callejuelas y se creía a salvo, una figura emergió en su camino. La figura llevaba una varita, que apuntó en dirección a Cadmus. El fugitivo se detuvo en seco, recibiendo el hechizo desarmador y perdiendo la varita. La figura, un hombre alto, avanzó en su dirección con la varita aún en alto. Jorgensen no tenía escapatoria, pues al otro lado se encontraba el pelirrojo.

—Hasta aquí ha llegado, señor Jorgensen. No hay escapatoria.—Informó el hombre que tenía delante.

—¿Qué quieren ustedes de mí?—Preguntó el ex-inefable, asustado. Como ya he mencionado, nunca fue un hombre acostumbrado a las confrontaciones.

Cadmus Jorgensen: #9bab60
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Ayax Edevane el Dom Ago 12, 2018 4:44 am

Persiguió aquel tipo, sin dudarlo ni un momento. Era la prioridad de la misión, por lo que en cualquiera de los casos lo que debía de hacer era evitar que pudiera desaparecer. No era muy consciente de las dificultades que podría suponerle, pero poco le importaban. Estaba ahí para impresionar y en algo Olivia tenía razón: no podía esperar a Wolfgang para perseguir a nadie, como bien había ridiculizado antes: no iba a llevarle cogido de la mano. La iniciativa era algo importante. ¿Idiotez? Bueno, muchos podrían considerar que correr así podría ser un poco inconsciente, pero también denotaba determinación. En fin, todo dependía de lo bien que le saliera la jugada, así como la perspectiva de su futuro mentor. Si salía mal, probablemente le recordase toda la vida ese movimiento suicida; si salía bien... quizás dos palmaditas en la espalda era suficiente.

"¿Qué quieren ustedes de mí?" preguntó.

—Dos magdalenas, no te jode —respondió Olivia sarcásticamente, profiriendo una carcajada que solo escuchó Ayax, justo a su lado. La miró y se limitó a sonreír. El pelirrojo solía temer la influencia de Olivia sobre su persona, pero también debía admitir que en ocasiones esa compañía que siempre estaba a su lado sabía perfectamente cómo hacerle sonreír. Era quién mejor le conocía. Tétrico, sin duda, pero real.

Apuntó a Cadmus cuando éste miraba a Wolfgang con terror, conjurando unas cadenas que apresaron sendas manos enemigas en la parte baja de la espalda. Con la presión de la varita, lo hizo arrodillarse en el suelo, minimizando así las probabilidades de cualquier movimiento sorpresa que pudiera quitarles la ventaja que tenía. Ayax llegó a su lado.

—Creo que mi amigo quiere hacerte unas preguntas. Te recomiendo que colabores y seguramente mi amigo no te haga mucho daño. Es la primera vez que trabajo con él pero, ¿le has visto la cara? Yo no querría que semejante Titan me torturase. Tú verás. —Le recomendó, con ironía. Acto seguido Ayax miró hacia atrás, por dónde había venido corriendo por si acaso vinieran refuerzos. Recordó a aquellos chicos zarandeándose en la farola y pronunció su sonrisa. —Aquí todo despejado, Rawson.

Con un nuevo movimiento de varita atrajo la varita de Jorgersen a sus manos, guardándosela en el bolsillo. Podría haberla roto, pero nadie era consciente del trabajo que llevaba una varita detrás, ¿por qué guardarla cuando puedes probar su potencial? Ayax, como buen investigador, le gustaban más que para hacer trucos de magia.

—¿Nos lo llevamos a zona segura? Hay que encargarse de los que hemos dejado allí inconscientes y atados antes de que puedan venir refuerzos o algún muggle traspase la barrera —informó al Rawson, volviendo a girarse. —¿Deberíamos coger a otra persona para el interrogatorio, cierto? Así podemos torturar a esa persona delante de éste... —puso su mano sobre la cabeza de Cadmus, como quien acaricia a un adorable caniche—...y así hacerle ver lo que le viene encima. El miedo le hará hablar. Eso o el honor. Cualquier opción es válida, en realidad.

La super técnica sorpresa. En realidad no era sorpresa: ¿quién en su sano juicio, tal y cómo está la vida últimamente, no se sabía la jugada maestra de los Mortífagos? Era lo que se llevaba: dos por uno. Tortura uno, consigue información doble: del que sufre y del que se siente mal por ver al otro sufrir sabiendo cosas. Entre los fugitivos también se aprovechaban de ello: te haces un amigo, vas con él siempre y te aseguras de que tienes información útil, dejando al otro de inútil: así torturan al otro y tú solo hablas. Si tienes suerte te mandan al Área-M de una pieza y no en trocitos. Aquí todo depende del mercado y de ser el más listo.
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Wolfgang Rawson el Dom Ago 12, 2018 2:20 pm

Wolfgang Rawson tenía otra cosa en mente cuando vislumbró el plan para atrapar a Cadmus Jorgensen en su mente. Quizás, el mortífago se imaginó que la ejecución sería un poco mejor, más limpia, sin tener que perseguir al tipo en cuestión. Sin embargo, Rawson sabía que aquellas cosas podían pasar, que los fugitivos no solían salir consideradamente con las manos en alto de sus escondites, sin oponer resistencia. Tampoco es que fuesen a recibir un mejor trato si se rendían, pues de todas formas acabarían dando con sus huesos en Azkaban o en el Área-M.
Sin embargo, todo el espíritu de lucha de Jorgensen pareció desvanecerse con aquel hechizo con el que quitó a Edevane del medio. O quizás fuese durante la huida desenfrenada a través del callejón. Como fuese, el hombre no alzó la varita contra ninguno de los dos, lo cual permitió a Wolfgang desarmarlo con facilidad.
El mortífago calificó aquella misión de éxito: tenían a Jorgensen y tenían a varios prisioneros con los que le harían más propenso a hablar. Quizás hubiese escapado alguna ratilla que otra, pero poco importaba: Jorgensen era el importante, y los demás caerían tarde o temprano. Ya casi podían celebrarlo con whisky de fuego, o lo que bebiese Edevane para celebrar triunfos como aquel… y entonces Ayax empezó a hablar.
Wolfgang le observó con incredulidad, frunciendo el ceño. No es que aquello pusiese en peligro toda la operación ni nada por el estilo, pero al mortífago le resultó curioso que Ayax hablase tan libremente de sus planes delante de su prisionero.
Sin embargo, no le interrumpió. Le dejó proseguir hasta que el muchacho se dirigió a él. Iba a hablarle, pero Cadmus Jorgensen decidió interrumpirles.

—Pierden el tiempo: no sé nada. Y no voy a decir absolutamente nada.—Dijo Cadmus Jorgensen en un patético intento de que su voz sonase firme. No lo consiguió, por supuesto. Tampoco es que Wolfgang fuese a sentirse impresionado por un hombre desarmado, encadenado y arrodillado. ¿Qué clase de resistencia podía ofrecer?

—Es usted muy considerado.—Dijo Wolfgang, dando algunas palmadas en el hombro a Cadmus Jorgensen, como si se tratase de un buen amigo suyo y hubiese confianza.—Pero no necesitamos su ayuda para decidir qué es una pérdida de tiempo y qué no lo es.—Y con aquellas palabras, Wolfgang alzó el puño derecho y lo descargó con contundencia contra la sien izquierda de Cadmus Jorgensen. Se produjo un leve crujido húmedo cuando el puño del mortífago impactó contra el cráneo del fugitivo; a consecuencia, Jorgensen cayó de lado en el suelo, y quedó allí tendido, inconsciente.

Wolfgang recuperó la compostura al momento. No había atacado a aquel hombre fruto de un ataque de rabia ni mucho menos, pero sí había imprimido a su golpe un poco de aquella rabia que de cuando en cuando se adueñaba de él. Para cuando habló con Edevane, todo asomo de aquella rabia era un recuerdo pasajero.

—Lo has hecho bien. Una hazaña digna de un mortífago.—Por supuesto, a aquella felicitación seguía un ‘pero’, aunque no un ‘pero’ demasiado grande.—Pero a veces es recomendable no contarle todo tu plan a tu enemigo. Ya sabes, en caso de que las cosas se tuerzan y consiga escapar. Hay que valorar esa posibilidad.—Rawson se acercó a Ayax, sorteando el cuerpo inconsciente de Jorgensen en el proceso, como si no fuese más que basura apilada en medio del callejón. Puso una mano en el hombro al aspirante.—Buen trabajo. Tienes lo que hay que tener, chico. Supongo que si logramos pulir un poco tus métodos, algún día llegarás a ser alguien grande.

Rawson volvió la mirada hacia Jorgensen, que parecía dormir como un angelito. No es que Wolfgang creyese que no se lo merecía, pues de hecho opinaba lo opuesto, pero las próximas horas no serían precisamente de descanso para él y la desdichada persona que escogiesen para acompañarlo.

—Respondiendo a lo que me decías antes de que nos interrumpiesen, sí. Vamos a llevarnos a Jorgensen a uno de los pisos francos más cercanos. Será sencillo, utilizaremos la aparición, así que no habrá que cargar mucho tiempo con éste.—Wolfgang volvió la mirada en dirección al refugio de fugitivos que ya jamás albergaría a ningún fugitivo.—Tenemos varias opciones a elegir para su acompañante: los que has apresado tú, y una adolescente que he apresado yo en la entrada principal. ¿Te gustaría hacer los honores y elegir? A los demás podemos matarlos o dejarlos como regalo para el Ministerio, lo que prefieras.—A Wolfgang le resultaba indiferente. Con todo, sabía que en el Ministerio preferían a un fugitivo vivo y entero que a uno muerto o mutilado. Después de todo, por mucho que el gobierno actual creyese en la política del miedo, siempre preferirían hacer ver que eran lo bastante misericordiosos como para dejar vivir, en cautiverio y sirviendo como conejillos de indias en experimentos en el Área-M, a aquellos que se rebelaban contra el gobierno.—A los que dejes con vida quizás te los encuentres más tarde en el Área-M, cuando empieces a trabajar.—Añadió Wolfgang, mientras pensaba: Siempre y cuando no los mate algún extirpador primero, claro.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Ayax Edevane el Sáb Ago 18, 2018 2:54 am

—No te creas lo que dice —sentenció Olivia, al lado de Ayax. El pelirrojo, mientras tanto, miraba a Wolfgang y Cadmus. —Claro que sabe. Tú lo puedes hacer hablar.

El pelirrojo admiró de reojo a su compañera. Quizás era un poco de loco, pero se sentía halagado de que aquella mujer que poseía sus pensamientos fuese tan conscientes de sus posibilidades y lo animase a seguir siempre hacia adelante. Finalmente sonrió por el gesto pasivo de Rawson, golpeándole el hombro a Cadmus como si fuese su amigo de toda la vida. Lo dejó inconsciente después de un puñetazo bastante agresivo, para entonces acercarse al pelirrojo. ¿Pero? ¿En serio un pero? Lo contempló... y lo aceptó con resignación.

—Puede ser mentira —concluyó a su 'pero' tan directo. —Fíjese usted señor Rawson, con lo en serio que me tomo la vida, cualquiera creería lo que sale por mi boca. Es un arma de doble filo ahí en dónde usted ve un 'pero' —dijo sin ánimos de llevarle la contraria, sólo viéndole un punto a favor.

Como decía su profesor, todo dependía de la perspectiva con la que mirases las cosas.

El plan era llevar a Cadmus Jorgensen a un piso franco para poder interrogarle con propiedad y paciencia, no sin antes pensar en qué hacer con la gente que habían capturado en las puertas de aquel refugio. El resto, sin embargo, probablemente estuviesen muertas en el interior por culpa de las llamas y el humo. Tuvo bien claro desde el principio que cualquier persona viva no necesaria para el interrogatorio él votaría por llevarlo al Ministerio, consciente de que con un poco de suerte terminaría en el Área-M. Todavía no trabajaba allí, pero se había informado lo suficiente como para saber que nunca había sobras de presos.

—Compro su idea, Rawson: con una tenemos suficiente. Podemos optar por el más joven. Siempre tira mucho la edad en éstos casos y Cadmus parece un hombre honorable que no dejaría que un benjamín pierda su vida a tan temprana edad. Usted tenía información sobre él, ¿es padre? —preguntó, jugueteando con la varita entre sus dedos, haciéndola rodar entre unos y otros. —Porque si es padre, con más razón todavía verá que su voluntad se resquebrajará si ve que un niño va a morir por su culpa. —Y, para darle drama al asunto, sin querer—obviamente—se le escapó la varita entre los dedos, cayendo al suelo. Ayax, sin embargo, no dejó de mirar a Wolfgang, como si nada hubiera pasado. Por favor, qué idiota había quedado. Da un plan maestro y se le cae la varita. Tendría que practicar más ese maldito movimiento. —Recomendaría no perder más el tiempo con caídas inútiles de varitas y verborrea innecesaria. —Lo normalizó, con un ligero carraspeo. —¿Lleva usted a Cadmus al lugar mientras yo elijo a nuestra víctima? Me aseguraré de que el asentamiento está limpio de gente con vida en lo que llega de nuevo.

Se agachó, tranquilamente, a recoger de nuevo la varita, como quien se ata los zapatos, esperando la confirmación de Wolfgang. El novato podría dar muchas ideas y opciones, pero al final era consciente de que quién marcabas las pautas era él.

Ella estaba expectante, pero él no iba a necesitar ayuda. Sabía perfectamente quién era el sujeto adecuado para hacer hablar a Cadmus. Le encantaba la idea de hacer sufrir a una persona a través de otra. Ya dejaba de importarte el dolor como tal o la posibilidad de que tu rehén muera, sino que entraba en juego una perspicacia moral que muy poca gente manejaba.
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Ayax EdevaneBecario Área-M

Wolfgang Rawson el Sáb Ago 18, 2018 4:06 pm

Wolfgang ofreció a Ayax Edevane un consejo que, sinceramente, Desmond nunca había tenido que ofrecerle a él. Y es que Rawson jamás se había caracterizado por ser alguien especialmente hablador. Se había caracterizado, eso sí, por ser alguien bastante violento, y en sus inicios había descubierto lo difícil que le resultaba detenerse una vez que dejaba que ese algo, esa furia que a veces sentía, se adueñase de él. Enemigos del Señor Tenebroso habían tenido la osadía de ofender a un joven Wolfgang, recibiendo a continuación su merecido. Pero, merecido o no, aquello podía ser todo un inconveniente cuando de interrogar a un indeseable se trataba.
Por suerte, había crecido. Wolfgang había madurado y había aprendido, y parecía que llegaba su turno de enseñar a otro. No lo había planeado, pero Edevane podía convertirse en un valioso aliado para él.

—No te diré que no.—Respondió Wolfgang ante la curiosa manera de defender su postura del joven aspirante pelirrojo, incapaz de contener una media sonrisa divertida. El chaval tiene agallas, ahí donde lo ves, pensó el mortífago.—Sin embargo, a veces conviene ser cuidadoso con este tipo de trabajos. Quizás queremos que crea que tiene posibilidad de vivir si habla...—Dejó caer Wolfgang, pensando que ya le explicaría el tema más tarde al joven aspirante.

Lo que se presentaba por delante, entonces, era la tarea más complicada de todas: conseguir que Jorgensen hablase. El hombre, inconsciente en el suelo con las manos atadas a la espalda, quizás fuese fácil de doblegar. A Wolfgang, su actitud no le recordaba a la de alguien valiente. Se podía sentir el miedo en las palabras que había dicho justo antes de caer inconsciente.
Con un pequeño estímulo, en la forma de un compañero o amigo siendo torturado ante sus ojos, casi cualquier persona terminaba hablando. Y es que, por sorprendente que pareciese, la mayoría de seres humanos toleraban mejor la tortura propia que la padecida por aquellos que le importaban. Cierto, existía un amplio sector de la población que temía más por su pellejo que por el pellejo ajeno, pero no solía ser lo más habitual.
Wolfgang no les culpaba, aunque no compartiese aquel punto de vista. Después de todo, podía imaginarse lo difícil que tendría que ser ver a alguien de tu propia sangre padeciendo un atroz dolor y suplicando al hombre que se lo dispensa que pare, mientras te pide ayuda.

—De dos niños.—Respondió Wolfgang con un asentimiento de cabeza ante la pregunta de Ayax. El joven Edevane sugería llevarse al más joven de los fugitivos, en un intento de que ese alguien tan joven evocase la imagen de los hijos de Cadmus Jorgensen.—Es de hecho un padre de familia. Su mujer y sus dos hijos están en...—Wolfgang se detuvo a media frase, observando cómo a Ayax se le deslizaba la varita entre los dedos para acabar en el suelo con un suave repiqueteo de madera. El mortífago se quedó con la boca entreabierta unos segundos… pero ante la actitud aparentemente impasible del joven, decidió no darle importancia al asunto y proseguir con lo que estaba diciendo.—...en paradero desconocido. Supongo que los habrá escondido, o habrá conseguido sacarlos de Inglaterra.—Wolfgang no era muy amigo de hacer conjeturas, pero aquel era el escenario más probable.

El comentario sobre las ‘caídas de varita’ hizo a Wolfgang Rawson enarcar una ceja. El muchacho tenía agallas, había que decirlo claramente. Curvó los labios en una media sonrisa muy leve, la muestra de diversión más grande de la que el mortífago era capaz. Negó entonces con la cabeza, para acentuar su diversión.

—Me parece bien.—Concluyó Wolfgang ante la propuesta del muchacho. Le gustaba que presentase iniciativa. Mientras hablaba, se agachó para recoger el pesado fardo en que se había convertido Cadmus Jorgensen, ahora que había perdido el conocimiento.—No bajes la guardia, de todas formas: podría haber alguno más escondido por ahí. Y será mejor que conserves tu varita en la mano para entonces.—Señaló Wolfgang. Aquello era lo más parecido al humor de lo que era capaz el mortífago.

***

Para poder usar la aparición, Wolfgang tuvo que abandonar el callejón en que se encontraban y alejarse de los aledaños, cargando con el fardo pesado que era Cadmus Jorgensen sobre sus hombros. La tarea no le costó demasiado: Rawson era pura musculatura, sin llegar a ser un culturista ni nada parecido. Sin embargo, el ejercicio había demostrado ser una forma muy buena de controlar su ira, y lo había practicado desde bien joven.
Una vez fuera de la zona que habían vetado, el mortífago utilizó la aparición para materializarse directamente en el salón del piso franco en cuestión. Una vez allí, dejó caer a Jorgensen sobre la alfombra. Hizo a un lado la mesita de café que ocupaba el centro y los sofás, dejando hueco para un par de sillas que se trajo de la cocina del mismo apartamento. Una vez las posicionó la una frente a la otra, alzó a Jorgensen del suelo y lo sentó en una de ellas. Soltó sus brazos de las cadenas que Ayax había conjurado, los pasó por detrás del respaldo, y volvió a encadenar las muñecas del ex-inefable.
Hizo lo mismo con sus tobillos, encadenándolos a las patas de la silla, y después, solo para asegurarse, envolvió los hombros y la parte superior de los brazos de Jorgensen con cuerdas mágicas bien prietas. No habría problema, no podría escapar aunque despertase.

—No se mueva, ¿de acuerdo?—Pidió Wolfgang con una sonrisa sarcástica, dando un par de golpes en el hombro a Jorgensen.

***

Por medio de la aparición, una vez más se apareció en las proximidades de la zona del ataque. Hizo el resto del camino andando de manera despreocupada, con las manos en los bolsillos. Se reunió con Ayax en el callejón, y nada más verlo compuso otra media sonrisa divertida.

—¿Y bien? ¿Ya tenemos al voluntario para soltarle la lengua al señor Jorgensen?—Preguntó Rawson. Se sentía curioso y en cierto modo emocionado por ver cuál había sido la elección de Ayax. A Rawson le daba igual torturar a uno que otro, pues no obtenía placer de ello. Pero aquel hecho podía decirle cosas interesantes sobre Edevane.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Ayax Edevane el Miér Ago 22, 2018 1:07 pm

Tras correr ese estúpido velo en donde la varita de Ayax había decidido creerse pajarito y salir volando entre sus manos, las cosas volvieron a ponerse serias. Aunque en verdad nunca dejaron de estar serias porque ni Ayax ni Wolfgang mostraron una simple sonrisa tras aquel evento desafortunado de varita voladora. Y menos mal. Si Wolfgang se llega a reír, seguro que Ayax hubiera ido detrás tras asumir que lo que había hecho había sido una auténtica gilipollez.

Así que cada uno fue por su lado: Wolfgang a llevar a Cadmus a un lugar seguro, mientras Ayax volvía sobre sus propios pasos—con varita bien sujeta, esta vez—para volver a la escena del crimen y asegurarse de que todo seguía en orden, además de llevarse consigo a los perfiles adecuados.

Una vez allí, se encontró con un cuadro en el que él sólo recordaba haber pintado una parte. Se sorprendió bastante, sobre todo al ver como una persona intentaba bajar de aquella farola a los dos chicos que Ayax tan amablemente había colgado de allí para que no se le perdieran. Una maldición asesina iluminó la calle en dirección a aquella mujer de avanzada edad que no entraba dentro del perfil útil que él estaba buscando. Era totalmente prescindible. Un grito sonó en mitad del callejón después de que aquella mujer cayese muerta en el suelo: se trataba de una niña, la cual había sido ligeramente aplastada por aquella cadáver. Ayax se acercó allí lentamente, pasando por delante de los que seguían colgados de la farola. Debía de ser terriblemente estresante que te sujeten a una farola y no poder hacer nada por bajarte. La definición gráfica de sentirte inútil.

¿Que de donde habían salido aquellos dos nuevos sujetos: mujer de avanzada edad y niña gritona? Del interior, por supuesto. Había un agujero en la pared, además de que el fuego que Ayax había creado se había disipado casi por completo. Tanto la mujer como la niña tenían ligeras quemaduras que a ojo del medimago que tenían delante parecían de primer grado. Ayax le tendió la mano su mano libre, abierta, para ayudarla a ponerse en pie. Cualquiera desde una tercera perspectiva pensaría que es un galán protector. La niña, sin embargo, desconfió de él y retrocedió en el suelo, quitándose a la muerta de encima.

—No te voy a matar.

Eso era verdad.

—Pero si te portas mal, probablemente tendré que hacerlo. —E hizo un ademán con la mano, insistiendo. —Vamos.

La niña, con las mejillas sucias y mojadas, le cogió la mano a Ayax. Parecía tener aproximadamente siete años. Le parecía fascinante la obediencia de la chica ante la autoridad de Aya… pero entonces la niña se soltó rápidamente del pelirrojo y salió corriendo en dirección contraria. Resopló. ¿Será por su cara de buena persona? ¿Por sus pecas y su pelo pelirrojo, que la gente lo confunde con el buenazo de Ed Sheeran? ¿Por sus intentos de ir por las buenas? Tenía que mejorar eso de ir de malo autoritario por la vida. Con la varita alzada, una cadena rodeó el tobillo de la chica, haciendo que cayese de bruces hacia adelante por pararle de repente la carrera. Se hizo una herida en la barbilla y, entonces, fue arrastrada hacia Ayax mientras gritaba e intentaba agarrarse a cosas.

Por su parte, Ayax le dio la espalda y caminó en la misma dirección, sin preocuparse de esa niña pues prontamente llegaría hasta él.

—Necesito a otro.

Habló, de repente, él solo a la nada.

—¿Dos? ¿Para qué? —preguntó ella. —Con uno tienes suficiente.

—Por si uno se rompe.

Olivia correteó hasta posicionarse delante de él. Ayax se paró, pues para él era tan real como la niña que recién había chocado contra la parte trasera de sus piernas después de que se hubiese recogido toda la cadena.

—Deberías llevarte a uno de los dos de la farola. Al otro mátalo delante de él… harás que el que te lleves insista a Jorgensen a hablar por miedo a morir. Además, mira como gritan…

Olivia se giró y Ayax persiguió su mirada.

—Están aterrorizados. Aprovéchate.

El pelirrojo alzó la varita hacia ellos, haciéndolos caer al suelo.

—Haz que el moreno no se mueva y mire en todo momento.

Ayax obedeció, aprovechando las cadenas de la niña para atar a los dos a la farola, esta vez a la parte vertical y mirando hacia el frente. El chico adolescente de pelos dorados, sin embargo, se quedó en pie, dudoso. No sabía si atacar a Ayax, ayudar a su amigo, hacerse el muerto o salir corriendo. Y esa duda temblorosa fue lo que hizo que de un movimiento de varita Ayax, el chico sintiese una presión en el cuerpo que lo hizo arrodillarse frente a él. No era en absoluto una muestra de poder, solo un seguro para que no saliera corriendo.

—Haz que sufra.

—Cállate —le dijo Ayax, alzando la mano en dirección a Olivia.

Olivia lo miró con resignación, mientras que los tres niños lo miraban aterrorizados. ¡¿Con quién narices estaba hablando?! Le ponía nervioso que Olivia consiguiera siempre lo que quería con él.

Ayax miró a los chicos encadenados.

—Voy a matar a vuestro amigo y va a sufrir. En vosotros queda la opción de morir de igual manera. Os voy a utilizar para hacer hablar a un tercero, por lo que es vuestro trabajo hacer que me diga lo que quiero saber o terminaréis muertos. —Hizo una pausa. —Si cooperáis, os prometo que no os mataré. Soy un hombre de palabra. —Y el Área-M era una opción más jugosa.

—Espera, espera, espera, espera… —Balbuceó la niña en un intento de proteger al chico.

Pero entonces se pudo escuchar un perfecto “crack” acompañado de un movimiento anti-natural del codo de aquel chico. Le había partido el hueso. Repitió el proceso con todas sus articulaciones, con los dedos y… menos mal que cayó al suelo, queriendo morirse y sin fuerzas de seguir gritando. Le estaban molestando tantos gritos, madre mía.

No lo mates, por favor.


***

—Mira, por ahí viene Wolfgang Sexy Rawson.

—Tienes que estar de broma.

—No, ¿por qué? —A Olivia le encantaba poner celosa a Ayax. Bueno, le encantaba tener la atención real de Ayax.

Pero no respondió, ya que Wolfgang llegó a donde se encontraba el pelirrojo, en compañía de un pobre chico rubio en el suelo, sin vida y dos niños traumatizados y obedientes encadenados en la farola.  

—Los voluntarios —corrigió con una ladeada sonrisa, señalándolos todavía encadenados a la farola. La niña tenía la mirada baja, sumisa, sobre sus propios zapatos, mientras se murmuraba a sí misma palabras de apoyo. El niño solo podía mirar a su amigo muerto con lágrimas en los ojos, sintiendo que su vida pendía de un hilo. —Les he mostrado lo que les ocurrirá si no son lo suficientemente persuasivos frente a Cadmus. No creo que ese señor tenga estómago ni consciencia como para hacer que dos niños que le piden que no los dejen morir, mueran por su no cooperación. —Luego Ayax se giró, señalando todo lo que había a su espalda, en su mayoría cadáveres. —Todos están muertos, me he asegurado. Deberías llamar a alguien a que venga a pasar la escoba en lo que nos encargamos de Cadmus. Seguro que algún carroñero está encantado de recoger la basura. —Ladeó una sonrisa soberbia.


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Wolfgang Rawson el Jue Ago 23, 2018 1:42 pm

Cuando Wolfgang regresó al pequeño entramado de callejuelas, donde había tenido lugar la breve contienda contra los fugitivos hacinados en aquel refugio de mala muerte que ya nunca volverían a pisar, el mortífago apenas prestó atención al entorno. No creía que hubiese gran cosa que ver por allí, por lo que su campo de visión obvió toda aquella información que consideraba inútil. ¿Su principal interés? Edevane, y el fugitivo que había escogido para hacer hablar a Jorgensen.
Descubrió entonces que el muchacho pelirrojo había estado bastante ocupado desde que Rawson se había marchado: todo lo que hasta su marcha estaba vivo yacía ahora cadáver en el suelo, a excepción de un par de niños aterrorizados y encadenados a una farola.
Una persona normal quizás se hubiese horrorizado ante aquel espectáculo, pero Rawson no. Rawson lo observó todo con el más vago de los intereses. Después de todo, ¿qué importaban los fugitivos? No eran más que ratas infectas, partidarios de los muggles que tanto le habían enseñado a odiar. Cualquiera que colaborase con muggles o se atreviese a levantar la varita en favor de ellos no era más que una rata infecta.
Las dos pequeñas ratas infectas que conservaban la vida, al parecer, eran los ‘voluntarios’: aquellos niños iban a vivir un infierno. ¡Vaya desgracia para ellos! Pero con su suplicio, miedo y dolor servirían a la causa del Señor Tenebroso.

—No has perdido el tiempo en mi ausencia.—Comentó Wolfgang mientras Ayax le dejaba ver los resultados de su trabajo: más cadáveres, uno de ellos especialmente maltratado. Se trataba de un niño, y Wolfgang lo observó de la misma manera que observaría un pedazo de carne expuesto en una charcutería. Edevane se había tomado su tiempo con aquel niño en concreto, y supuso el mortífago que las lágrimas y el miedo de los dos únicos supervivientes de la carnicería se debían al estado en que había quedado el muchacho tras pasar unos minutos en compañía de Ayax.—De acuerdo, has hecho una buena elección. Antes de que nos marchemos, daré el aviso para que alguien recoja este estropicio.

Entonces, Wolfgang se giró hacia los dos niños. Estaban indudablemente aterrorizados, y lloraban como… bueno, como niños asustados. Como lo que eran. El mortífago se puso en cuclillas delante del niño, mostrándole su varita. Este se puso tenso de inmediato, las lágrimas rodando por sus mejillas sucias y arrastrando la mugre con ellas.
El mortífago desvaneció las cadenas que envolvían al niño, sin dejar de apuntar la varita en su dirección. El niño temió lo peor, temió que quizás su vida estuviese a punto de terminarse en ese momento, muy a pesar de las palabras del pelirrojo. Sin embargo, nada más lejos de las intenciones de Wolfgang Rawson, quien necesitaba a ambos niños vivos. Se puso en pie, apuntando todavía al niño.

—En pie.—Ordenó Rawson, dispuesto a obligarle mágicamente a hacerlo si se negaba. Pero el niño no se negó: tembloroso, se levantó del suelo, sus piernas agitándose como si fuesen de gelatina.—-Enséñame el brazo.—El niño, dubitativo, accedió a hacerlo. También le temblaba la mano, posiblemente por temor a sufrir algún tipo de tortura. Wolfgang apoyó la punta de su varita en el antebrazo expuesto del chico, y al cabo de unos segundos apareció una cuenta numérica, que empezaba con treinta minutos, y poco a poco iba bajando.—¿Conoces este hechizo? Quizás hayas visto a alguno de tus amigos con una de estas.—El niño, tras observar incrédulo la cuenta atrás en su brazo, negó con la cabeza.—Se llama Tempus fugit. Solo quien realiza el hechizo puede deshacerlo, por lo que más te vale quedarte cerca de mí, y portarte muy bien. De lo contrario, cuando esa cuenta atrás llegue a cero, morirás. ¿Te ha quedado claro?

—Sí… Sí, está claro.—Asintió el aterrorizado niño, a punto de desmayarse de puros nervios. Wolfgang se volvió entonces hacia la niña.

—¿Te importa este muchacho?—Preguntó a la niña, señalando con su varita al chico al que acababa de poner la ‘cuenta atrás de la muerte’.—Si te importa lo más mínimo, harás bien en comportarte. Si intentas escapar, morirá; si haces alguna estupidez, morirá. Si sabes lo que os conviene a ambos, te comportarás bien. ¿Te parece bien?

—Sí...—Respondió la niña, al tiempo que Wolfgang liberaba las cadenas que la ataban. El mortífago entonces miró a Ayax, serio, mientras asentía con la cabeza.

—Vamos a llevárnoslos, ¿te parece? Tú la llevas a ella, yo lo llevo a él.—Dijo Wolfgang, recitando a continuación la dirección del piso donde el aspirante debería aparecerse para la parte que seguía de su prueba.

Un par de minutos más tarde, en el piso franco…

Wolfgang y Ayax se encontraban en el salón, frente a un Cadmus Jorgensen que todavía seguía inconsciente. Frente a él, en la silla que Wolfgang había colocado frente a la de Cadmus, se encontraba el niño en cuyo brazo Wolfgang había puesto el hechizo Tempus fugit. La cuenta atrás mostraba que faltaban aproximadamente veintiocho minutos para el fallecimiento del muchacho. El chaval no estaba encadenado, a diferencia de Jorgensen.
Rawson planeaba esperar a que Jorgensen se despertase por su propio pie, pero aquello se les iba de las manos. Jorgensen estaba demostrando ser una bella durmiente en toda regla, y si seguían esperando, el mortífago temía que el tiempo del niño se acabase. Soltó un suspiro, negando con la cabeza. Dio un paso al frente y conjuró un Ennervate no verbal sobre él, haciendo que el ex-inefable se despertase sobresaltado.


—¡Señor Jorgensen! Por fin nos honra usted con su presencia.—Exclamó Wolfgang con fingida sorpresa, observando la confusión del fugitivo mientras paseaba la mirada de un lado a otro. Se le había formado un cardenal del tamaño de una moneda allí donde el puño de Rawson le había golpeado.

—¿Dónde estoy? ¿Qué…?—Jorgensen pareció reparar entonces en Ayax, el muchacho pelirrojo que le había perseguido por aquellas callejuelas, y en quién era el hombre que le hablaba. Entonces reparó en el niño en la silla frente a él, y su rostro mudó de la confusión al horror.—No pueden hacer ustedes esto a un niño. No pueden ser tan desalmados.

—Verá. Vamos a jugar a un pequeño juego.—Wolfgang, sin delicadeza, cogió la muñeca que correspondía al brazo del niño, en la cual había colocado la cuenta atrás que ya se encontraba en los veintisiete minutos.—Mi socio y yo vamos a hacerle una serie de preguntas. Este juego es un poco injusto, porque las respuestas correctas no tienen un premio… pero las respuestas incorrectas sí tienen una penalización.—Y para demostrárselo, Wolfgang dio un toque con su varita sobre la cuenta atrás. Esta, para horror de niño y adulto, bajó drásticamente hasta los veinticinco minutos.—Cada respuesta incorrecta acorta el tiempo de vida del muchacho. Si para cuando terminemos todavía queda algo de tiempo en el reloj, desharé el hechizo; si no… bueno, eso querrá decir que usted no nos ha dado lo que queríamos, y tendremos que ponernos un poco más serios...

Wolfgang compuso una sonrisa lupina, dispuesto a llegar hasta el final para conseguir la información que deseaba. Si el hombre hablaba, las cosas irían bien para los tres, o todo lo bien que podrían ir dadas las circunstancias. Acabarían en el Área-M, que siempre era mejor que morir. La muerte era definitiva, pero en el Área-M podrían servir para algo.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Ayax Edevane el Mar Ago 28, 2018 1:49 am

Una vez en el piso franco, Ayax se limitó a dejar a un lado a la niña, sentadita en uno de los sillones apartados. No le dijo nada a oídos del resto, pero sí que le susurró en el oído que fuera consciente de que si el niño moría, ella iba a morir, por lo que estaba en su mano hacer que Jorgensen hablase cuánto antes, para así poder salvar a su compañero de vida.

Luego el pelirrojo se limitó a quedarse de brazos cruzados frente a su mentor, a la espera de que tomase la decisión de despertar al objetivo. Olivia había desaparecido, algo que aliviaba bastante a Ayax, pues podía actuar tal cual como él lo consideraba, sin presiones, sin que nadie alentase sus más oscuras perversidades. Era difícil poder actuar con temple y concentración cuando aquella mujer burlaba todos sus sentidos.

Ayax sonrió ante el juego injusto de Wolfgang al explicárselo a la víctima.

—Señor Rawson, yo creo que él es el primero que sabe que nosotros no jugamos limpio —dijo, curvando una sonrisa entre divertida y orgullosa. —Pero le puedo asegurar que somos de los pocos de los nuestros que cumplimos nuestra palabra. Así que aprovéchese si no quiere ser el causante de la muerte de dos jóvenes promesas.

Quién sabe, quizá gracias a alguno de ellos se descubre la cura inmediata contra la enfermedad generada por el aliento del Nundu y el sujeto de experimentación pasa a hacer historia por sus características fisiológicas tan fascinantes.

Fue Ayax quién, cuando Jorgensen pareció entender cómo iba el juego, quién dio un paso adelante y apoyó sendas manos en el hombro del niño, por detrás. El joven pegó un salto, del susto, mirando con horror al hombre que tenía delante, la única llave que podría brindarle acceso a seguir viviendo dentro de veinte minutos. Aprovechándose de eso, el pelirrojo no dudó en empezar con el interrogatorio. Menos mal que su mente retenía información pese a que en el momento pareciese despistado, o ahora mismo no tendría ni pajolera idea de qué tenía que preguntarle. Y eso hubiera hecho que quedase fatal frente a su futuro maestro. Sería desternillante currarte un secuestro para luego llegar al interrogatorio y no tener ni idea de qué tenías que preguntarle.

—Vamos a ir directos al grano, que literalmente no tenemos tiempo. Queremos saber tres cosas principalmente: la primera en dónde se encuentran los grupos de fugitivos que usted lidera...

—Yo no lidero ningún grupo de fugit...

¡Paf!

Ayax le pegó un bofetón. Sí, un bofetón. No era un bofetón débil con la mano abierta, sino un bofetón del revés, un guantazo que dejó a Jorgensen y probablemente también a más de uno en la sala con la boca abierta. Y te preguntarás: ¿por qué narices Ayax Edevane le acaba de pegar un guantazo? Verás, todo se remonta a cuanto tenía tan solo siete años y su padre le pilló espiándole en su despacho cuando discutía con los empresarios de su negocio. Bruno Edevane jamás había pegado a su hijo, pero no podía decir lo mismo con los inútiles de sus empleados...

Definición gráfica:
A partir del 1:20 verás la escena parecida.

—No he terminado de hablar —le dijo, con voz molesta. —Déjame terminar de hablar, ¿o vas a hacer que este pobre niño pierda tiempo en vano?

—Déjale terminar de hablar... —susurró el niño, mirando a Jorgensen con insistencia y ojos empañados.

Ayax esta vez se cruzó de brazos ahí, en medio de ambos.

—Lo que iba diciendo: queremos que nos diga la ubicación de todo grupo fugitivo que conozca, lo lidere o no. Si frecuentaban Jorvi's Cave, supongo que sabréis más negocios mágicos e ilícitos que están dando amparo a enemigos de la ley, por lo que también queremos saberlo. Y, sobre todo, queremos saber qué ha hecho con la información que ha conseguido filtrar del Ministerio de Magia. —Se puso de cuclillas. —Los dos sabemos que los fugitivos interesados en ver el Ministerio arder no huyen como ratas cuando dos espléndidos magos como somos Rawson y yo vamos a por ellos, sino que nos hubieran hecho frente: asumo de antemano que un cobarde como usted no pertenece al grupo que ha hecho destrozos en el mundo mágico por buscar un cambio. Así que dígame, señor Jorgensen, ¿le ha proporcionado información a los conocidos fugitivos radicales? Porque si es así, algo me dice que le va a faltar tiempo para hablar antes de que esa cuenta... —Movió la cabeza hacia el niño. —...llegue a cero. Así que dese prisa.

La niña, con las manos mojadas en sudor y temblando del miedo, solo podía mirar de un lado para otro, cargada de nervios. Era curioso como en un momento, aquellos niños no tenían claro quién era su enemigo: quiénes le amenazaban de muerte pero le daban una opción de vivir, o quién tenía la posibilidad de salvarlos y aún así no tenía clara su decisión de hacerlo. Ahora mismo, contra todo pronóstico, aquellos dos jóvenes de mentes débiles estaba de parte de los mortífagos. Y éstos, ahí dónde los veían, no tenían ninguna intención de hacerles nada malo si no era estrictamente necesario. Pero eso ellos no lo sabían.
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Ayax EdevaneBecario Área-M

Wolfgang Rawson el Mar Ago 28, 2018 2:45 pm

Cuando el joven Ayax tomó la iniciativa a la hora de interrogar a Cadmus Jorgensen, Wolfgang permaneció en un discreto segundo plano y se limitó a desempeñar la labor de observador. Las habilidades a la hora de capturar fugitivos de Edevane, si bien podrían pulirse un poco, no eran malas; ahora, tocaba ver lo bien que se le daban los interrogatorios. No es que le hubiese dado unas directrices claras acerca de qué debía hacer, por lo que en cierto modo tenía toda la libertad de actuación que quisiese, siempre y cuando Cadmus Jorgensen siguiese con vida para hablar.
Wolfgang tenía un buen presentimiento al respecto. Después de todo, dudaba que Jorgensen fuese tan cobarde como para dejar sufrir o morir a dos niños por información. Y si se daba el caso de que era tan cobarde, eso querría decir que se preocupaba por su propio pellejo más que por el de otros. Y sin niños a los que hacer sufrir, su pellejo sería el siguiente. Ahí cantaría.
En resumidas cuentas, Wolfgang y Ayax tenían todas las de ganar. Sin embargo, el mortífago quería observar el desempeño del joven pelirrojo.
Cruzado de brazos, medio apoyado en el respaldo de uno de los sillones, Wolfgang observó con un interés clínico. No sentía ningún tipo de emoción respecto al sufrimiento de Jorgensen o los niños: ni le gustaba, ni le disgustaba. Simplemente, era lo que tenía que ocurrir. Sin embargo, no pudo evitar sorprenderse cuando Ayax Edevane propinó una bofetada a un Jorgensen que interrumpió su pequeño discurso.
Incluso el mismo Jorgensen, más que dolorido, se mostró sorprendido ante la reacción del joven. Desde fuera, parecía algo muy cómico: un muchacho pegándole una bofetada a un adulto, como si el adulto hubiese asumido el papel de niño que se había comportado mal.
Pero estaba bien que se impusiese. Que Jorgensen tuviese claro quién mandaba allí. La cosa podía ir muy bien si se comportaba como debía, o muy mal si se negaba a cooperar. Y si se negaba a cooperar tanto tiempo como para que los dos niños se convirtiesen en dos cadáveres, llegaría el momento de que hablasen las maldiciones Cruciatus y la lenta tortura destinada a durar horas.
Wolfgang volvió una mirada carente de interés en dirección a la niña, la tercera invitada a aquella fiesta, que en aquellos momentos estaba tan aterrorizada como confusa por la situación. Y es que las palabras de Ayax casi dejaban a Jorgensen de culpable y a ellos los mostraba como gente en una situación en la que no habían pedido estar. Aquello le gustó mucho al mortífago. El síndrome de Estocolmo, como lo llamaban los muggles, era un elemento con el que podían trabajar.
Cuando Ayax terminó de hablar, Wolfgang le dedicó un asentimiento de cabeza. Le había gustado su desempeño.

—¿Lo ve usted claro ahora, señor Jorgensen?—Preguntó Wolfgang, separándose del sillón y descruzando los brazos para unir sus manos detrás de la espalda. Dio un paso hacia la silla del fugitivo, mirándolo a los ojos.—Si usted colabora, los tres seguirán con vida. Y no irán a pudrirse a ese agujero que es Azkaban. Con todos esos dementores...—Wolfgang compuso una fingida expresión de asco, para luego poner una mano sobre el hombro de Ayax.—En unos meses, mi socio ostentará un puesto de trabajo en el Área-M, y si está lo bastante agradecido con usted, vivirá a cuerpo de rey. Y lo mismo va para los niños. ¿No es así?—Esta pregunta iba dirigida a Ayax.—Así que piénselo. El reloj corre. Tiene...—Wolfgang consultó el antebrazo del niño. La cuenta atrás acababa de bajar del veinticuatro al veintitrés con cincuenta y nueve.—...unos veinticuatro minutos antes de que uno de los tres no pueda optar a nuestra jugosa oferta.

Hacer creer al interrogado que lo que su interrogador le ofrecía era un trato justo era una técnica habitual y muy efectiva. Algunos mortífagos preferían ser brutales, no utilizar la cabeza, hacer cada vez más y más daño al interrogado, hasta rebasar un punto de no retorno. Y es que todo tenía un límite. El cuerpo humano se adaptaba a todo, incluso al dolor, y si tu interrogador no te ofrecía absolutamente nada a cambio de la información, solo dolor y más dolor, finalmente no le dabas nada. Porque sabías que no tenía intención de parar, y que de todas formas, acabarías muriendo igualmente.
Wolfgang no sabía lo que pasaba por la mente de aquellos que sufrían torturas, pero podía imaginarse que el hecho de saber que, al final de un camino lleno de dolor, lo único que esperaba era la muerte, podía llevar a quien sufría la tortura a resistir. Porque al final morirían, porque si morían durante la tortura lo harían sin confesar. Sí, dolería, y mucho, pero Wolfgang sabía por experiencia que cuando una tortura o abuso se convierte en algo habitual, el cuerpo también acaba acostumbrándose. Y el dolor propio a veces es más fácil de sobrellevar que la posibilidad de vender a otros.
¿Existe en este mundo alguien que crea que es una buena opción decirle a alguien a quien vas a torturar que lo vas a matar de todas formas? Seguramente, sí: entre las filas de Lord Voldemort podían encontrarse mentes muy obtusas.

—¿Y bien?—Preguntó Wolfgang con calma, de manera casi razonable.—No quiero meterle prisa, pero… ya sabe, el tiempo corre.

—Por favor, señor Jorgensen.—Intervino el niño, quejumbroso.—Dígales lo que quieren saber...

Cualquier ser humano normal, con sentimientos normales, se habría ablandado ante aquella vocecilla infantil que parecía no pedirle nada más a la vida. Wolfgang no, desde luego, pero Wolfgang distaba mucho de ser normal.
Sin embargo, Jorgensen sí era un ser humano normal. Y podía ser un cobarde, sí, pero no tanto como para dejar sufrir a dos niños. Se lamió los labios y tragó saliva, en un intento de aclararse la garganta. Su boca temblaba, entreabierta.

—Yo no lidero grupos de fugitivos.—Empezó Jorgensen. A Wolfgang le pareció sincero.—Y desde luego, mi grupo no tenía nada que ver con esos radicales.—En esta ocasión, Jorgensen miró en dirección a Ayax, quien había mentado a los radicales en primer lugar.—Éramos gente pacífica. No queríamos hacer daño a nadie, solo seguir con nuestra vida lo mejor que podíamos. ¡Por favor, si solo tres o cuatro teníamos varitas!

—Le creo.—Wolfgang asintió con la cabeza, apoyando su afirmación.—Prosiga.

—Teníamos contacto con otros grupos, desde luego.—Empezó a decir, pero de repente, algo le hizo detenerse. Miró a Wolfgang, miró a Ayax, y luego volvió a mirar a Wolfgang.—Pero no voy a decirles nada de esos grupos. No puedo permitir que les pongan sus garras encima… No lo haré.—Su voz sonaba temblorosa, pero se notaba que intentaba imprimirle rotundidad, valor, a sus palabras. Wolfgang chasqueó la lengua en respuesta.

—¿Ve? Esa no es una opción si quiere que los niños y usted estén bien.—Wolfgang sacó de nuevo su varita, mostrándosela a un tembloroso Cadmus que se creyó a punto de padecer una tortura en sus propias carnes. Sin embargo, Wolfgang apuntó con ella al muchacho… y la cuenta atrás empezó a acelerarse. Los números se desgranaban a toda velocidad.—Ya hemos hablado de esto: hay unas reglas muy sencillas. Si usted no las cumple, este niño lo paga. ¿Seguro que no quiere replantearse su respuesta?

Jorgensen miraba con horror al niño, que se sujetaba el antebrazo en un intento burdo e inútil de borrar aquellos números cambiantes de su muñeca. La cuenta atrás avanzaba: veintitrés primero, veintidós a continuación, veintiuno, veinte...

—¡Señor Jorgensen, por favor! ¡Haga que pare! ¡No quiero morir!—Suplicó el niño mientras gruesos lagrimones caían por sus mejillas. La cuenta atrás seguía bajando: diecinueve, dieciocho, diecisiete…

En ese momento, Wolfgang temió que quizás se hubiese equivocado con Jorgensen. ¿Y si estaba dispuesto a pagar con su vida y la de los niños para proteger a otro grupo de fugitivos? ¿Y si tenía más agallas de las que parecía? Por un momento, temió no sacar nada de aquel interrogatorio...
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Ayax Edevane el Jue Ago 30, 2018 1:13 am

Ayax solo pudo pensar una cosa: "¿este señor es tonto o qué le pasa?"

Si sabe perfectamente que no les va a decir nada sobre los otros grupos, ¿por qué dejó claro que sí sabía cosas de otros grupos? ¿Es bobo? O sea... a juicio de Ayax, les estaba dando motivos para que siguiesen insistiendo, pues les había afirmado que sabía cosas que ellos querían saber. Les había dicho: "sé tal cosa pero no te la voy a decir" cuando era bien consciente de que si no decía nada, aquellos niños iban a morir. Así que... ¿les estaba diciendo que les daba igual que los niños muriesen? Porque si así era... ¿no era más fácil haberlo dicho desde el principio?

Quizás lo que estaba pasando era normal en esta vida y Ayax, como novato que era, no lo sabía. Quizás era lógico que el señor que estaba siendo interrogado admitiese cosas a medias, como para darle motivos al mortífago de torturarlo hasta la muerte porque no ha hablado. Porque claro, de otra manera... podrías torturar sin estar seguro de que el sujeto sabe lo que le estás preguntando, ¿pero así? Así como que era muy lógico todo.

Ayax se quedó un poco en pesca, lo admito. Miró a Jorgensen sin entender nada, luego miró a Wolfgang quitándole tiempo sin tino al niño y se acercó a él, poniéndole la mano en el hombro.

Sin embargo, antes de poder hacer o decir nada con respecto a como el plan se había torcido, la niña se levantó del sofá.

—¡Señor Jorgensen no deje que muera! ¡No deje que muera! —Repitió varias veces.

La presión de dos niños llorándole por la vida, cuando todo estaba en su mano, hizo que el hombre, movido por el cariño, la bondad y la razón, consiguiera balbucear.

—Está bien...

¡Esa niña sí que sabía posicionarse por su supervivencia!

En realidad Jorgensen pensaba que quizás matar a los niños rápidamente iba a ser mucho mejor final que el hecho de pasar el resto de su vidas en el Área-M. ¿Pero acaso era él quién para elegir el destino de un niño? ¿Decidir sobre su vida o su muerte? ¿Y si su decisión era errónea y los mortífagos mataban a los niños con torturas? ¿Realmente debería arriesgarse?

—Hagamos un trato —dijo Jorgensen cuando Wolfgang paró la cuenta atrás del niño.

—No creo que esté en posición de exigir ningún tipo de trato. Teniendo en cuenta la fama de los Mortífagos con sus destartalados planes sangrientos, creo que estamos siendo excesivamente benevolentes.

—Dejen que alguno de ellos se vaya. No metáis a los dos en el Área-M, denle otra oportunidad. Yo les contaré todo lo que sé... pero deje que luche por su vida.

Era un trato de mierda. Ayax ya había decidido rechazarlo sin tener que hablarlo con Wolfgang, sin embargo, no mostró sus intenciones.

—¿Y cómo sabemos que dice la verdad?

—Uno de los grupos se esconde en las vías del metro de Londres. Una de las habitaciones de las vía, esas que se utilizan para el mantenimiento, la han convertido en un refugio. Está oculta con magia, además de que solo algunas personas tienen permiso para aparecerse y desaparecerse desde el interior. Es la línea del metro Northem, por Mill Hill East.

Hubo una pausa, en donde Ayax y Wolfgang se miraron.

—Dejen que la niña se vaya y corten el tiempo del niño y seguiré cooperando.

¿Y yo...? El niño miró hacia todos lados, sin saber por qué él tenía que quedarse.
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Ayax EdevaneBecario Área-M

Wolfgang Rawson el Jue Ago 30, 2018 3:55 pm

La cuenta atrás bajaba a toda velocidad, y la desesperación de ambos infantes no se hizo esperar; para Jorgensen tampoco estaba siendo un paseo por el campo, precisamente. Si en aquellos momentos hubiese existido una manera de medir el nivel de estrés en aquella habitación, posiblemente el resultado se hubiese salido de la escala. Y es que los números no dejaban de bajar, y por un momento, el mortífago temió que Jorgensen no tuviese intención de decir nada antes de que el tiempo llegase a cero.
Intercambió una mirada incrédula con el fugitivo, esforzándose porque lo único que delatase dicha incredulidad fuesen, precisamente, sus ojos; el resto de su rostro se mostraba imperturbable. No quiero perder una oportunidad por haber juzgado erróneamente a este hombre, pensó Wolfgang mientras desgranaba segundo tras segundo del tiempo de vida del muchacho.
Entonces, Jorgensen dijo dos palabras: ‘Está bien.’ Wolfgang detuvo el vertiginoso avance de la cuenta atrás, y cuando volvió la mirada en dirección al antebrazo del chico, pudo comprobar que le quedaban cuatro minutos y treinta y siete segundos. Y bajando, ahora mucho más lentamente.
Pero entonces, Jorgensen dijo algo que a Wolfgang no le hizo demasiada gracia: sugirió hacer un trato. Los términos del único trato posible para Jorgensen estaban sobre la mesa, y eran inamovibles. Si le gustaban, bien, pues bien generosos que eran; si no le gustaban, la cosa se iba a poner muy fea para ellos tres.
Sintió deseos de interrumpir aquella conversación sin sentido, pero en su lugar escuchó, dejando que Ayax lo manejase por el momento. Y tuvo éxito: el muchacho consiguió que Cadmus ofreciese algo de información. Rawson escuchó con atención, intentando sosegarse. Empezaba a sentir aquello, aquello mismo que había estado a punto de costarle sus estudios en Hogwarts en más de una ocasión: la furia, esa que a veces le había dominado y le había convertido en un monstruo sin control. La furia en sí era un monstruo, y Wolfgang debía valerse de todo su esfuerzo para controlarla.
Cuando el fugitivo terminó de hablar, Wolfgang intercambió una mirada con Edevane, pero enseguida volvió a mirar a Cadmus Jorgensen. El hombre se atrevió a imponer un nuevo término en el trato… y Wolfgang no iba a tolerarlo.

—¿Que la dejemos ir y cortemos el tiempo, no?—Dijo Rawson, y a su voz asomó por fin una emoción verdadera: sarcasmo. Había convertido en pregunta las palabras del fugitivo, pero en realidad daba la impresión de que le había preguntado si sabía con quién estaba tratando.—¿Se siente lo bastante seguro como para dar órdenes? ¿De verdad? Pues permítame ilustrarle lo jodida que es su situación, señor Jorgensen.

Wolfgang dio una zancada en dirección a la silla de Jorgensen, y de una patada hizo que esta volcase y cayese sobre el respaldo, al suelo. El fugitivo gimió por el golpe que recibió, tanto en sus brazos encadenados como en la parte trasera de la cabeza. Rawson entonces volvió sobre sus pasos, en dirección a la niña, y sin ningún tipo de ceremonia le lanzó una mano que parecía una garra al brazo izquierdo. La obligó a ponerse en pie de un tirón. Los dos niños chillaron de pánico, mientras un Jorgensen medio aturdido suplicaba clemencia para la muchacha.
Wolfgang la llevó con él. Puso un pie sobre el pecho del fugitivo y obligó a la niña a inclinarse hasta que su rostro quedó casi pegado al de Jorgensen. Entonces, puso la varita al cuello de la niña, ejerciendo presión con la punta, igual que si fuese un cuchillo.

—Creo que quizás con tanta jerga, usted y yo no nos entendemos. Pero, descuide, se lo voy a decir clarito:—Wolfgang compuso una media sonrisa lupina, sus ojos muy abiertos, casi desorbitados.—si en cinco segundos no abre usted la boca para responder a las preguntas que le hemos hecho, con algo que sea verdad, va a bañarse usted con la sangre de esta cría. ¿Le gusta más este trato?

Wolfgang estaba dispuesto a hacerlo, mucho más ahora que había ‘perdido el control’. En realidad, se había permitido perderlo un poco, actuando casi como un loco, y había generado una situación de pánico entre los fugitivos. La niña cerraba los ojos, lloraba y moqueaba, mientras su cuerpo se sacudía en medio de temblores; el niño gimoteaba en la silla, más preocupado ahora por el destino de la pequeña que por la cuenta atrás en su brazo; y Jorgensen temblaba con la boca entreabierta, consciente ahora de que Rawson iba en serio.

—¿Qué quiere saber…?—Preguntó con voz temblorosa el fugitivo.

—No me joda, Cadmus...—Wolfgang no estaba dispuesto a repetir la pregunta, pues sabía que Jorgensen solo quería ganar tiempo. Para incentivarle a hablar, Wolfgang inició un corte sobre la garganta de la niña, uno pequeño, y la sangre empezó a gotear sobre la frente de Jorgensen.

—¡La entrada tiene trampas!—Respondió inmediatamente el hombre, cerrando los ojos para no ver lo que Rawson estaba a punto de hacerle a la niña.—Si intentan entrar… morirán. Han colocado una serie de trampas. El último mortífago que lo intentó quedó reducido a un montón de polvo.—Jorgensen aventuró entonces a abrir los ojos.—Solamente Melina puede darles acceso. Es muy cuidadosa, y jamás mantiene la misma contraseña dos días seguidos.

—Continúe. La historia se pone interesante.—Instó Wolfgang, afilando su sonrisa, sin dejar de ejercer presión con la varita sobre el cuello de la niña.

—Melina Whitmore. Actúa como líder de este grupo. Ella diseñó el sistema de seguridad del refugio.—Jorgensen se detuvo a humedecerse los labios, los cuales debían estar tan secos como su garganta, y prosiguió con aquella voz a medio camino entre lo quejumbroso y lo tembloroso.—Ella tiene una pluma especial. Si la utiliza sobre un pergamino en concreto que lleva siempre con ella, lo que escriba allí aparecerá grabado durante unos segundos en el dorso de la mano de los miembros de su grupo. Es de esa manera que todos se enteran de la contraseña.

Wolfgang asintió con la cabeza, mirando a Jorgensen a los ojos. Por un momento, mantuvo a la niña allí, dónde estaba, en suspensión sobre él. Siguió hablándole.

—Así que intentaba usted que Ayax y yo fuésemos allí, que intentásemos entrar en el refugio, para que el sistema de seguridad que esta señorita Whitmore ha instalado nos matase. ¿Es eso?—A Wolfgang, francamente, le daba lo mismo que hubiese intentado un truco tan burdo; sin embargo, se mostró casi ofendido, y negó con la cabeza a continuación.—Debería darle un escarmiento por pretender insultar nuestra inteligencia, señor Jorgensen...

Cadmus cerró una vez más los ojos, temblando igual que un flan… y entonces ocurrió algo que Wolfgang ya se esperaba: una mancha oscura empezó a aparecer en la entrepierna de los pantalones del fugitivo. Finalmente, se meaba de miedo. Lo cierto es que había tardado bastante, pero aquello era una buena señal: estaba en el estado en que lo querían.

—No nos hagan nada más, por favor. Les contaré todo, se lo juro.—Dijo el hombre, suplicante.

La respuesta de Wolfgang fue, por fin, retirar a la niña de allí. Con un despectivo empujón, la envió a un lado de la estancia. Los pies se le enredaron y la muchacha cayó de bruces sobre la alfombra. El mortífago la obvió, como si ya no estuviese allí, y volvió la vista en dirección al antebrazo del niño.

—Un minuto y medio. Hable.—Ordenó Rawson, cruzándose de brazos. La furia ya volvía a estar bajo control, y volvía a parecer un hombre razonable. Sin embargo, ya había dejado claro su punto. Esperaba que Jorgensen lo hubiese entendido en esta ocasión, y el mortífago no tuviese que cumplir sus amenazas contra la niña.
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