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Do you wanna be my lover? ❤ || Wolfgang.

Ayax Edevane el Mar Jul 03, 2018 3:02 am

Recuerdo del primer mensaje :


Wolfgang Rawson & Ayax Edevane || Caldero Chorreante, día 8 de febrero del 2018. 20:42 horas. || Atuendo.

Hacía un mes que Ayax había dejado de tener noticias de Vladimir Crowley, su mentor en las filas Mortífagas. Teniendo en cuenta lo que le pasó y su repentina desaparición, quizás el pelirrojo se hubiera dado cuenta mucho antes si hubiesen mantenido una relación decente como maestro/ahijado, pero como la relación que mantenían era una mierda, no se vino a enterar de que estaba desaparecido—literalmente—de combate, hasta varias semanas después. Y claro, ahí se encontraba él, en mitad de la nada, sin saber qué narices hacer.

Le comentó a su padre su problema, ya que era mortífago y podía ayudarle a buscar una solución. En realidad sus dos progenitores pertenecían a la fila de los Mortífagos, pero Ayax siempre había preferido hablar de esos temas con su padre. Lo veía mucho más metido en el tema, siempre lo vio como la figura más poderosa de toda su familia y... bueno, su madre siempre lo veía y lo trataba como un niño pequeño, por lo que prefería tratar esos temas de hombre a hombre. Llevaba ya años teniendo muy claro su inclinación hacia las Artes Oscuras, su fascinación por Lord Voldemort y lo mucho que suplía esa organización ciertas necesidades que él creía que no tenía. Además, aunque de bien pequeñito todo este tema del "purismo" le diese igual—algo normal en un niño que sólo quería preocuparse por jugar y lidiar con un amiga imaginaria sanguinaria—, en Hogwarts y fuera del castillo, cultivó una mentalidad mucho más extremista. Y gracias a eso, está ahora en donde está, preguntándole a su padre por ese tal Wolfgang Rawson, el tipo que le habían asignado.

Bruno era un hombre sociable, no de los mortífagos más cercanos a Voldemort pero sí de los que importan. Le dio su opinión sobre el hombre, además de unos contactos que le podrían decir en donde encontrarlo. Bruno y Wolfgang no tenían demasiado en común ni tampoco mucha relación, pero al menos uno sabía del otro y Ayax podía saber por dónde empezar. Era evidente que tanto padre como hijo tenían mejores vibraciones con un maestro de apellido Crowley, pero resultó ser una decepción.

Los contactos con los que habló le dijeron bastante poco del hombre: que era callado, leía mucho... Ajá. Nada realmente relevante. Uno de ellos, sin embargo, le contó que solía frecuentar el Caldero Chorreante, algo que al menos le servía para dar un pasito más.

Aprovechó, al salir de las clases de la universidad, todos los días de esa semana para ir al Caldero Chorreante a tomarse algo. Tenía clase por la tarde, por lo que solía frecuentar el lugar a partir de las ocho de la noche. Por norma general no había mucha gente entre semana, pero siempre había algún que otro mago extraviado. El jueves, sin embargo, otra suerte corrió. Entró al Caldero ese día, ojeó con rapidez todas las mesas y nada, no había ningún hombre que cumpliese con las características de Wolfgang Rawson. Al menos las características que le habían dicho. No obstante, mientras se dirigía a una mesa para sentarse y hacer su ritual diario, vio como un señor salía del baño, directo a la barra, para recuperar su libro y su bebida; bebida que no alcanzaba a distinguir. Fue sentarse, abrir el libro y ponerse a leer como si fuese una máquina con unas tareas predefinidas.

Ayax no se sentó en la mesa que tenía pensada, sino que caminó hacia la barra, sentándose al lado del señor, justo en el taburete de al lado. Dejó la mochila justo abajo de él, para poder sentarse con comodidad.

—Un zumo de calabaza y un pudin de zanahoria, gracias. —Le pidió al barman de manera totalmente innecesaria, ya que todas las noches se pedía exactamente lo mismo. Cuando el camarero se fue, Ayax giró la cabeza hacia el lector que tenía a su lado. —Usted es el señor Rawson —afirmó sin miedo a equivocarse, llamando así su atención. —Yo soy Ayax Ayrton Edevane, encantado. —Y le tendió la mano, con confianza y una sonrisa orgullosa. —No sé si se habrá enterado, pero soy su nuevo problema. Puede rechazarme, por supuesto, pero seguro que pocas personas mejor que yo le caerán. —Hizo una pausa. —¿Tiene tiempo para hablar?

No sabía nada de él, pero al menos la primera impresión era buena. Parecía una persona normal y no un sádico loco, lo que parecía Vladimir Crowley cada vez que sacaba a Ayax de paseo. Intentó cotillear el libro que leía, sólo por juzgar un poco sus gustos y ver de qué palo estaba hecho.
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Ayax Edevane el Vie Oct 12, 2018 1:17 am

Ese era SU momento. La mirada de Wolfgang revelaba al cien por cien lo que Ayax necesitaba saber. Era lógico cohibirse al principio teniendo en cuenta que tú eres un novato y él es una persona experimentada. No sabes cuándo tomar la iniciativa y hasta cuánto llegar, sin embargo, aquella mirada por parte de su mentor le dejó bien claro que ahora era el momento en el que podía actuar. No era cuestión de demostrar cómo eres capaz de hacer daño a una persona, todo el mundo es capaz de hacer eso con tal de no tener escrúpulos, sino de saber lo que debes hacer y cómo para que la otra persona sepa que vas en serio y no te importa en absoluto arrebatar una vida con tal de conseguir lo que quieres. Esa es la determinación que debías de mostrar, no al niño, ni a Wolfgang, sino a Jorgensen.

Ahora que el tipo estaba 'tranquilo' por no tener a su cargo ninguna cuenta atrás que conllevase la muerte de un niño, se lo tomó con más calma. Sus gestos denotaban cierto sosiego, con un ritmo respiratorio que, poco a poco, volvía a su ritmo normal.

—Están en mi antigua casa, oculta con magia en un sobre techo que es imposible de ver ni de intuir que está ahí si no lo sabes. Era el único sitio en dónde pude guardarlo a buen recaudo, pues cuando mi traición se hizo pública fue en donde me vinieron a buscar —respondió con una calma inusual. Por cómo había hablado, con esa naturalidad tan poco usual en ese momento, sabía que ocultaba algo. Intentaba mentir diciendo una verdad a medias, pero no lo iba a conseguir.

Ayax sabía que...

—Los dos sabemos que hay algo más que simplemente eso —dijo Olivia, que apareció repentinamente en el rango de visión de Ayax, acercándose a Jorgensen. —Cualquier ser humano inteligente y que tenga dos dedos de frente haría una copia de esos documentos. No sé de qué se tratan porque el sexy de tu amigo no lo ha dicho, pero si los robó fue porque eran importantes y si los quieren de vuelta es porque, evidentemente, son importantes.

El pelirrojo, visiblemente distraído mirando a la nada—cuando miraba a Olivia—volvió a enfocar su mirada en Jorgensen.

—Vale, ahí están los documentos reales, ¿y las copias?

Por un momento vio en los ojos de Jorgensen la tentación de mentir, pero él mismo debía de ser muy consciente de que lo iba a hacer fatal y que no merecía la pena, por lo que tras agachar la cabeza...

—Una de las copias se la vendí a Femés y Kadiha Rhodes, supongo que sabéis quiénes son. —Hizo una pausa. —Y la otra copia la tiene Whitmore.

—No se lo cree nadie. ¿Lo has visto?

Ayax asintió. Claro que lo había visto: era fácil quitarse el muerto de encima echándoselo de nuevo a la persona a la que básicamente ya había delatado. Se ahorraba decir toda la verdad, encubría a alguien importante para él y para cuando Wolfgang y Ayax fueran a por Melina a recuperar esas copias, se darían cuenta de que allí no habría nada y Jorgensen se habría salido con la suya, dejando una copia de los documentos en el poder de sus aliados. Lo de Femés y Kadiha sí se lo creía, básicamente porque eran dos fugitivos que habían dado mucho por culo, precisamente por la información que tenían. Dejó a esos de lado, al menos por el momento.

Retrocedió unos pasos y con un movimiento de su varita, el niño fue elevado por el cuello de su camisa y posicionado, a cuatro patas, justo frente a Jorgensen. Por parte del pequeño se podían escuchar leves balbuceos que repetían, sin cesar, un continuo: 'por favor, otra vez yo no'.

—¿Ahora nos dice la verdad o se la vamos a tener que sacar haciendo sufrir a este chico? Quizás podamos recrearle aquí, en primicia, lo que le vamos a hacer a sus hijos cuando terminemos con usted si no nos dice la verdad. Porque espero que tenga claro que cuando terminemos con usted y demos con Melina y veamos que no tiene lo que nos ha dicho que tiene... Nuestro siguiente paso será buscar a su familia, porque algo me dice que ellos sabrán dónde está la otra copia, si es que no la tienen, ¿me equivoco?

—No sé de qué me habla, hace meses que no veo a mi familia...

El niño se dio la vuelta y una cadena enroscó toda su pierna, desde el tobillo hasta el muslo. Ayax giró la varita y la cadena comenzó a torcer lentamente la pierna del chico, el cual gritó.

—Estoy terminando mi carrera de medimagia, ¿sabe? —Apuntó como curiosidad. —Llegará un momento en el que los daños sean irreversibles. Repetiré el proceso con todos sus miembros hasta que muera, literalmente, de dolor. Y usted va a tener que vivir con los gritos del chico pidiendo clemencia en su oído, durante el resto de su vida, imaginándose esos mismos gritos de labios de sus hijos. Porque créame, ocurrirá.

Se hizo un silencio y, como de repente aquello se volvió raro, la varita de Ayax volvió a hacer que aquello se torciera. Volvió a gritar.

—¡Para! A ver... —Había vuelto a sudar y las gotitas le caían por la frente. —La segunda copia no la tiene mi familia, además... llevo meses sin saber de ellos. Ni siquiera sé en dónde están. Dudo mucho que ni estén en Inglaterra, les obligué a irse y yo me quedé porque sentía que tenía una obligación y...

—Tampoco le hemos pedido que nos cuente su vida, Jorgensen. No se nos ponga dramático.

—Vendí la segunda copia a los radicales: a Merary Murray. Desde entonces no sé nada de ella ni de nadie de su equipo. El grupo radical solo se dejan ver cuándo quieren dejarse ver. Y yo no tengo ni idea de nada de ellos. —Y estos habían dejado muy claro en un principio que cualquier trato con ellos debía de ser totalmente confidencial. Y sí, a Jorgensen le daban miedo los mortífagos, pero los radicales eran personas tan imprevisibles que también le hacían sudar frío.
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Wolfgang Rawson el Vie Oct 12, 2018 2:31 pm

Durante los siguientes minutos, Wolfgang, todavía de espaldas a la ventana junto a la que se había posicionado, asumió un rol pasivo, de mero observador, dejando obrar a Edevane. Era el momento del muchacho de demostrar qué tal se le daban los interrogatorios.
Por supuesto, el mortífago no perdió detalle de las palabras que Jorgensen a medida que transcurría su pequeña confesión. Wolfgang esperaba que mintiese, por supuesto: había gente lo suficientemente estúpida como para creerse a salvo en los peores momentos, incluso cuando sus captores le habían dicho repetidas veces que no lo estaba. La pregunta importante era: ¿creía que aquello iba a servirle de algo? Sus mentiras costarían caro a los dos niños allí presentes.
Ayax no se dio por satisfecho con su respuesta, lo cual gustó a Wolfgang. Aunque uno tuviese la certeza de que alguien decía la verdad, siempre estaba bien asegurarse de que decía toda la verdad. Más nombres fueron saliendo a la luz, y Wolfgang tomó nota mental de ellos. Parece que vamos a tener mucho trabajo en el futuro, pensó, como quien piensa en la pila de documentos que le espera al día siguiente encima de su escritorio.
Algo en las respuestas de Jorgensen no convenció a Ayax, y este fue el momento en que Wolfgang, de verdad, se dio cuenta del potencial del chico: quizás fuese un poco extraño—para ejemplo, esos momentos en que parecía quedarse con la mirada perdida, como si estuviese prestando atención a algo—pero tenía madera, especialmente para ver las mentiras de la gente. ¿Quizás era un buen mentiroso? Los mentirosos saben reconocerse entre ellos.
El niño fue el que pagó por las mentiras de Jorgensen, y en este momento, Wolfgang desconectó un poco. De haber sido fumador, éste habría sido el momento en que se encendería un cigarrillo. No porque fuese incapaz de soportar la tortura, sino más bien por todo lo contrario: la tortura acababa haciéndose aburrida, una forma de alargar los trabajos, una complicación muy necesaria a veces. Wolfgang volvió a girarse en dirección a la ventana y contempló las calles de Londres, por debajo. Los viandantes paseaban, ajenos a lo que estaba ocurriendo dentro de aquel apartamento.
Finalmente, salió a la luz la última parte de la información: Merary Murray, M&M, a la cual muchos conocían como la abeja reina de los radicales, erróneamente. Así que los documentos que tenemos que recuperar están en manos de Femés y Kadiha, en manos de Murray, y por último, los originales en la casa de Jorgensen, pensó Rawson, bastante satisfecho con el resultado de aquel interrogatorio.

—Buen trabajo, señor Jorgensen.—Dijo Wolfgang mientras se daba la vuelta, mirando a Ayax. Le dedicó un asentimiento de cabeza, con una media sonrisa dibujada en el rostro. Lo había hecho bien.—Agradecemos su cooperación, y la de estos dos niños, en este asunto tan importante.—Rawson bordeó la silla para ponerse frente a Jorgensen, todavía sonriendo y con las manos a la espalda.

—¿Hemos… hemos terminado?—Aventuró a preguntar el fugitivo con su voz temblorosa. Su pelo estaba pegado a su cráneo por el sudor, el cual también empapaba su cara. Francamente, era patético observarle.

—Hemos terminado.—Confirmó Wolfgang, y el alivio de Jorgensen pareció genuino, muy real.—Sin embargo, procure usted no sentirse demasiado aliviado: si descubrimos que nos ha mentido, aunque sea en un detalle mínimo, nos aseguraremos de que reciba usted en su celda la visita de un legeremante del Ministerio de Magia, alguien con muy poca delicadeza que le sacará toda la información de su cabeza, sin importarle los límites de su resistencia. Acabará usted convertido en un vegetal babeante que no podrá ni comer solo.—Amenazó Wolfgang, con toda la calma del mundo, para acto seguido añadir:—Así que… ¿hay algo que quiera usted confesar antes de que demos por concluida esta pequeña reunión? Ahora es el momento.

—Yo… yo les he...—Empezó a decir Jorgensen, nuevamente nervioso. Debió pensarse mejor sus palabras, pues se corrigió inmediatamente.—Whitmore instaló el mismo sistema de seguridad de su refugio en mi casa. Si… si entran ustedes sin conocer la contraseña, morirán.—Jorgensen volvía a temblar.

—¿Otra vez el mismo truquito? ¿De verdad creía que iba a funcionarle?—El mortífago negó con la cabeza, casi como si se sintiese profundamente decepcionado con Jorgensen.—A ver si lo adivino: Solo Whitmore conoce la contraseña, ¿verdad?—Jorgensen asintió con la cabeza.—Bien… Espero que esa sea su última mentira.—Wolfgang alzó la varita hacia el fugitivo.

—Lo es, lo es. Se lo ju...—Eso fue todo lo que Jorgensen pudo decir antes de que de la varita de Wolfgang brotase un hechizo que le dejó inconsciente. El mortífago bajó la varita lentamente y se giró hacia Ayax.

—Ya tenemos lo que necesitamos.—Informó Wolfgang.—Lo has hecho bien. Creo que tú y yo tendremos muchas cosas en las que trabajar juntos en el futuro.—Puso una mano en el hombro del chico, con una media sonrisa apareciendo nuevamente en sus labios. Lo aceptaba como discípulo.—Te has ganado el derecho a decidir qué hacer con estos críos. A Jorgensen quizás lo necesitemos más adelante. ¿A ellos? No.

Sí, Wolfgang sabía lo que había prometido. Pero el mortífago también sabía mentir, especialmente a aquellos que desafiaban sus ideales. Poco le importó que ambos niños se pusiesen nerviosos, temiendo por sus vidas. Si vivían o morían, a Rawson le daba exactamente igual.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Ayax Edevane el Sáb Oct 13, 2018 1:13 am

El interrogatorio se había acabado. Wolfgang estaba frente a Jorgensen dejándole claro lo que ocurriría en un futuro si las cosas no salían como él había dicho, mientras que Olivia se había puesto a caminar alrededor de ambos niños, quienes se encontraban juntos en uno de los sillones, prácticamente abrazados de miedo. Ayax había dejado ir al chico después de haber recibido cooperación por parte de Jorgensen, por lo que cojeando se había ido junto a la única persona que estaba en su misma desgracia. Poco había quedado para que se quedase sin movilidad en su pierna.

Tras dejar a Jorgensen inconsciente, Wolfgang dejó claro que los niños no servían para nada e incluso le ofreció a Ayax matarlos si le apetecía. ¿Acaso tenía cara de asesino sanguinario que disfruta con el exterminio de niños? ¡Por Merlín!

—¡Oh, sí, sí! —Prácticamente gimió Olivia detrás de Ayax, donde estaban los niños. —¡Ayax, dí que sí! ¡Demuéstrale de lo que eres capaz!

—No hace falta matarlos... —dijo Ayax, guardando la compostura.

Olivia entonces apareció a su lado, bien cerca.

—¡Ayax, no seas imbécil! ¡Es tú oportunidad! ¡Imagínate la de cosas que podríamos hacerle a esa niña! —añadió, intentando seducirle con su perversidad, acariciando su hombro.

Sin embargo, él tenía bien clara sus prioridades y ahora mismo prefería ser un buen ‘hombre de negocios’ y utilizar a aquellos niños como ofrenda al Área-M. Por lo que había escuchado hacían falta presos, sobre todo niños jóvenes, por lo que era una oportunidad de oro que no iba a desaprovechar. Así que tragó saliva y continuó mirando a Wolf.

—Prefiero llevarlos al Área-M. Tengo intención de trabajar allí cuando finalice la carrera, por lo que qué menos que ir haciendo amigos tanto dentro como fuera de las celdas, ¿no es así? —Y se giró con una curva perversa surcando sus labios.

¿Área-M?preguntó la niña al chico, en un ligero susurro.

Pero Ayax se volvió hacia adelante, en dirección a su futuro compañero de aventuras.

—Cuente conmigo para lo que haga falta, sigo insistiendo en que quiero aprender de alguien con experiencia y me alegra haber seguido el consejo de presentarme a usted, creo que hemos hecho un buen trabajo. A ese pobre desgraciado le ha hecho mearse en los pantalones —dijo, divertido, ladeando una sonrisa. Y lo mejor de todo es que en realidad solo había habido pánico y miedo, pues todos estaban en perfecto estado aunque a más de uno casi le hubiera dado un infarto de miocardio. El poder del miedo era increíble. —Yo me encargo de los niños, pero… ya sabe en donde encontrarme. No vaya a por Whitmore sin mí.

Retrocedió unos pasos, en dirección a ellos. Por el camino, Olivia le persiguió.

—Te equivocas y lo sabes. Con lo bien que nos lo pasaríamos… ¡Ayax!

Pero el pelirrojo ató a los niños con simpleza, con una cuerda mágica que retenía ambas manos por detrás de su espalda, además de estar ambos unidos. Cuando terminó y se despidió de Wolfgang, se apareció en una de las entradas del Ministerio. A esa hora estaba prácticamente vacío, a excepción de la recepción de emergencia de seguridad mágica. Ayax apareció, cobrando no sólo una recompensa que no necesitaba, sino metiendo en el Área-M a dos futuras promesas con las que ya trastearía en un futuro.
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