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Poor Unfortunate Soul || Priv.

Zoe A. Levinson el Mar Jul 17, 2018 7:08 am

Flashback || Camille A. Leclair:


You put on a faith facade
Think you're holy when you're not
I hate to break it to you, baby
But you're simply lost
You can right all the wrongs just to feel you belong
But simply calling out sins don't bring you closer to God


Desde que todo había cambiado, la vida de Zoe se había convertido en una verdadera pesadilla. Había hecho cosas de las que no se creía capaz yendo en contra de cualquier ética y moral conocida, resguardándose bajo un oscuro y egoísta pensamiento donde cada una de sus acciones eran para bien... ¿Pero para bien de quién? Para ella sola, tal vez. Porque en el último tiempo no había hecho más que jugar con la vida de los otros, los fugitivos, guiándolos a un destino de lo más incierto. No se había opuesto como lo habría hecho su viejo yo, tan solo, había permanecido como una espectadora más en medio de todo aquel espectáculo. Una obradora más del dolor de familias enteras.

Para algunos, capturar fugitivos parecía ser igual de divertido que el juego del gato y el ratón. Sin embargo, ese no era el caso de Zoe. Para ella todo formaba parte de un día más en la oficina, una pequeña piedra en el camino que no hacía más que poner en peligro la seguridad de su hija, pues, en cada una de esas situaciones, sus impulsos más racionales le exigían ayudar al otro... al indefenso, al fugitivo. Pero no podía, por más que la culpa se encargara de carcomerla por dentro, no podía. Tenía a Alexandra a su cargo y debía hacer todo lo que estuviera a su alcance para mantenerla a salvo, y si eso significaba que debía perderse a sí misma, Zoe estaría dispuesta a hacerlo a sabiendas de que, tarde o temprano, todo se volvería en su contra.

Y así ocurrió. Aquel día en que los pilares de su mundo se derrumbaron, Zoe se encontraba en medio de una de sus tantas incursiones. Debía tratar con la aparición de una camada de Jarveys que no habían hecho más que generarle un dolor de cabeza a la propietaria del terreno muggle donde se encontraban, una tarea que había sido ignorada por sus compañeros -la mayoría de ellos, negados a ayudar a una pobre anciana muggle- y que no llevaría más de una hora en realizarse.

En un primer momento, toda la situación pareció ser pan comido. Zoe se presentó ante la anciana como una trabajadora más del distrito, garantizándole que debía dar un vistazo al terreno y que tras su visita todo estaría resuelto. Sin embargo, cuando se encontraba husmeando el jardín, su trabajo fue interrumpido tras el arribo de un hombre del Ministerio.

Deja lo que estás haciendo y sígueme, Levinson ━dijo sin más, reposando su cuerpo sobre la pared de la residencia.

Zoe asintió ante la mirada curiosa de la anciana y avanzó hacia el interior de la casa, atravesando las habitaciones hasta llegar a la puerta de entrada.

Me temo que debo irme, señora Spiegelmann ━murmuró, observando a la mujer de cabello canoso. Una sonrisa era apenas notable en su rostro━. Volveré mañana, si le parece bien. Hasta luego ━añadió, yendo tras el hombre de apariencia robusta.

Una vez fuera, el desconocido extendió su brazo y Zoe se aferró con fuerza. No sabía qué estaba ocurriendo y el silencio del hombre no hacía más que preocuparle, pero nada de eso pareció importar una vez su cuerpo comenzó a sufrir los espasmos habituales que generaba el uso de la aparición.

Tras un instante que para Zoe pareció ser eterno, ambos se hallaron rodeados por un nuevo panorama. Bruscamente, la magizoóloga se deshizo del agarre y echó una mirada rápida a su alrededor. Conocía el lugar pero no comprendía por qué habían ido a parar allí. Y mucho menos, comprendía por qué usaron la aparición para desplazarse un par de manzanas.

Borre esa expresión de su rostro y comience a caminar, Levinson ━pronunció con brusquedad, avanzando rápidamente hacia quien sabe donde━.Tenemos a un fugitivo acorralado y recurrimos a su ayuda porque era la más cercana en el área. Sé que esto no es su especialidad pero aun así espero que no nos decepcione, ¿entendido? ━añadió, alzando ligeramente una de sus despobladas cejas.

Zoe se estremeció bajo la mirada severa del hombre. Quería regresar con la anciana y seguir tratando con los groseros Jarveys, pero no tenía otra opción. Debía hacerlo.

Entendido ━respondió Zoe, sintiendo como su estómago se encogía y las ganas de escapar iban en aumento━. Creí que las personas como ustedes se movían en grupos para evitar cualquier tipo de altercado, así que dígame la verdad, ¿por qué necesita mi ayuda? ━inquirió, tratando de adaptarse a la velocidad de su acompañante.

El silencio se hizo entre ambos.

Se trata de una niña, Levinson. Tengo una hija y...

Ya, entiendo, con eso me basta ━interrumpió, observando al hombre con pena y comprensión. Sabía que la situación no era fácil para él, tampoco lo era para ella, pero no podían hacer nada al respecto. Era la vida que les había tocado vivir y debían adaptarse o sufrirían las consecuencias.

Al ir tras los pasos del hombre, Zoe no tardó en arribar a lo que parecía ser una casa en ruinas. Allí los esperaba una mujer de aspecto despreocupado con ciertos rastros de polvo y heridas por todo el rostro. El desconocido, ahora identificado como Yannick gracias a las protestas de su compañera, se adentró al lugar y Zoe fue tras él.

Guarde su varita, señor, no creo que quiera morir aplastado por un pedazo de mampostería ━advirtió, observándolo brevemente con una expresión de desdén. Sus pasos eran minuciosos por miedo a un derrumbe━. ¿Dónde se encuentra?

Escaleras arriba ━pronunció la mujer, atravesando el umbral de la puerta y uniéndose a ellos. El odio y la rabia eran perceptibles a través de sus ojos━. ¿Puedes creer lo que le ha pasado a mi rostro? Esa maldita... Cuando la tenga en mis manos yo...

Calla. Si quieres quejarte de algo puedes hacerlo en otro momento, no aquí. Lo que menos necesito ahora es que me pongas de los nervios con tus quejas, Elena.

La susodicha permaneció boquiabierta y gruñó por lo bajo, rodando los ojos y saliendo de escena. Zoe soltó un suspiro y le agradeció a Yannick con la mirada, disponiéndose a subir los escalones que la separaban de la fugitiva.

Mantente atrás, tengo todo bajo control ━murmuró, tragando con dificultad y avanzando con cuidado. Ante el primer crujido de la madera, Zoe alzó la voz y sus palabras salieron torpemente━. No tengas miedo, por favor. Sé que no quieres que nada de esto ocurra, yo tampoco lo quiero, pero no te dejes llevar por tus emociones y hagas algo de lo que te arrepentirás.

Un escalón.

No tengo intenciones de herirte y prometo que me aseguraré que ninguno de mis compañeros lo haga ━pronunció, aferrándose al mango de su varita solo por si acaso━. Soy buena con las promesas, ¿sabes? Le prometí a un amigo que me encargaría de mantener seguro a alguien de importancia y hasta ahora no he roto mi promesa. No importó cuan difícil fueron las circunstancias, no lo hice... Y ahora estoy prometiendo que estarás segura... Conmigo ━otro escalón y faltan dos━. De verdad lamento todo esto, ¿tienes un nombre?

Sus pies pisaron el último escalón y finalmente se desplazaron hacia la primera planta, generando una sensación de alivio en el cuerpo de Zoe. Yannick observaba la escena con una sonrisa serena en su rostro y Zoe, antes de avanzar en dirección a la única habitación con la puerta cerrada, le pidió que esperara.

Yo soy Zoe ━comentó, continuando con la conversación que la había mantenido, literalmente, con vida━. Dejaré mi varita a un lado y abriré la puerta. No intentes nada raro, yo confío en ti ━añadió, juntando fuerzas para sentirse segura de lo que hacía.

Su mano acarició la manija y un suspiro escapó de sus labios, para luego, en un movimiento rápido, abrir la puerta de par en par. Rápidamente, Zoe recorrió el lugar con la mirada y se detuvo cuando sus ojos chocaron con una mata de cabello rubio, reconociendo por completo a la persona en cuestión.

Ca... ¿Camille? ━pronunció con dificultad, sintiendo como su mundo se venía abajo.


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Zoe A. LevinsonTrabajador Ministerio

Camille A. Leclair el Sáb Ago 18, 2018 5:55 am

Los días se habían convertido para ella en una pesadilla total. Por jugar a ser valiente, Camille terminó encerrada en las mazmorras, porque eso de ser una hija de muggles que se hallaba en contra del nuevo régimen, además de servir para ser denominada como escoria, se veía también como una amenaza. Había dado lo mejor de sí durante la batalla de Hogwarts, lo intentó todo, y aunque obtuvo bastante apoyo, al final, su lucha no había tenido sentido alguno.

Si había algo que aprendió durante su estadía en el castillo, era a no quedarse de brazos cruzados frente a las injusticias, a siempre luchar por su bienestar, y también por el bienestar de los suyos. Nadie salía del todo victorioso con el régimen que intentaban imponer, era racista, excluyente y demasiado radical, y Camille no podía quedarse de brazos cruzados, y en ningún momento lo hizo.

Durante toda su estadía en Hogwarts, había tenido que lidiar con la carga de ser nacida de muggles, sin embargo, no había comparación alguna con todo lo que había tenido que soportar luego. Porque no era nada agradable ser un hijo de muggles en un mundo en el que los sangre puras eran los únicos dignos, y mucho menos bajo un régimen tan cruel, en el cual no importaba quien fueses si no tenías sangre pura.

Probablemente, lo que más la había herido de la situación fue la deslealtad. Más de uno, al verse tan presionado, había decidido traicionar a los suyos para su propio bienestar, sin embargo abandonar a sus compañeros, a sus amigos, a su familia... En definitiva, era algo que Camille no podía tolerar.

Ya había perdido la cuenta de los días que había permanecido reclusa en el castillo, sin nada de compasión por parte de los nuevos directivos de la institución. No había perdón alguno para una chica que había luchado por sus derechos hasta el último minuto, y que aún en las peores condiciones, no cedía ni se rendía, por más que se viese como la opción más razonable. Porque Camille era tosca, no le importaba lo que fuese mejor para ella, le importaba lo que fuese justo.

Una mañana, finalmente, cuando sus esperanzas comenzaban a apagarse debido a que iba a ser trasladada a algún otro lugar fuera del castillo, consiguió escapar, se cargó a la mujer que la escoltaba, y curiosamente, el hombre que también debía asegurarse de que llegase a su destino la ayudó a huir. Un hombre justo más que se encontraba de manos atadas frente a la rudeza del nuevo régimen, gente que tenía miedo de oponerse y acabar como Camille.

No podía aparecerse, apenas y tenía la varita que consiguió arrebatarle a la mujer, en medio del forcejeo, había resultado herida en un costado de su cuerpo, pero solo sabía una cosa, debía huir, y debía hacerlo ya. Corrió, sin importar a donde fuese. No sabía en donde estaba, ni le interesaba demasiado, su vista estaba nublada, estaba débil —víctima de la mala alimentación— y herida, y encima, lo más probable es que ya hubiesen enviado a alguien a ir por ella. Solo sabía que debía huir, y si alguien aparecía debía luchar, eso era, una luchadora, y no iba a dejar que nadie le arrebatara su libertad una segunda vez, porque prefería mil veces morir luchando, que vivir presa.

Corrió a refugiarse en el primer lugar que le pareció relativamente seguro, una casa aparentemente abandonada, debía descansar, sanar su herida y buscar algo de agua, o acabaría por deshidratarse dentro de un rato. Sin embargo, supo que no tendría la oportunidad al sentir un Bombarda justo a un lado de ella, al cual apenas pudo responder con un rápido Protego, que de haber llegado un segundo luego, probablemente no habría servido de nada.

Una mujer corría en dirección a la rubia, quien analizó su entorno con rapidez — Como esto no sirva... — Murmuró para sí misma, elevando su varita y apuntando justo hacia la mujer, quien se hallaba a unos treinta metros aún, y quién justamente pasaba a un lado de un enorme autobús aparentemente muggle — ¡Devasto! — Exclamó, apuntando con su varita hacia aquel vehículo, que explotaba en mil pedazos, mientras que Camille corrió lo más rápido posible a resguardarse dentro de la casa. Las paredes, el suelo y techo se estremeció con la explosión, lo cual la hizo tropezarse y caer al suelo apenas entrar.

Algunas partes en la casa se vieron en peligro de derrumbarse con la explosión, eso sin añadir que algunos escombros habían chocado contra la casa, atravesando y abriendo orificios en las paredes. Corrió hacia el piso superior, sin embargo, las escaleras se estremecieron al pisarlas, por lo que tuvo que reducir el ritmo, para así subir con mayor cuidado, lo último que necesitaba era resultar más herida — Bombarda — Vociferó luego de estar en la segunda planta, lanzando el hechizo hacia las escaleras, lo cual provocó que se estremecieran con fuerza, estando a punto de colapsar, e incluso adquiriendo bastantes agujeros, y uno más grande en medio debido a la explosión. En cualquier momento podían ir por ella, y debía retrasarlos mientras pensaba que hacer.

Se encerró en la primera habitación que consiguió, y comenzó a pensar. La casa estaba inestable, la habitación no tenía ventanas para huir, afuera probablemente habrían mortífagos esperándola, no tenía ningún buen hechizo para cerrar una herida, ni ruta de escape alguna, lo único que podía hacer, era confrontar a todo aquel que quisiera atentar contra su libertad. Caminó de espaldas cuidadosamente hacia la pared final de la habitación, quedando justo de frente a la puerta, sosteniendo la varita fuertemente entre sus manos, analizando su primer movimiento en caso de que alguien fuese a por ella.

Un montón de hechizos pasaban por su cabeza, sus piernas se tambaleaban, y apenas conseguía mantener la compostura en aquella situación. Escuchó una voz abajo, una voz de una mujer que resultaba curiosamente familiar, que intentaba ser gentil con ella, hacerle creer que todo estaba bien, pero no. Nada estaba bien, ¿qué parte estaba bien de vivir con miedo? ¿de temer cada día el ser asesinado? ¿el ser tratado con inferioridad por no ser de sangre pura? Estaba lejos de estar bien, eso seguro. Sostuvo la varita aún con más fuerza y decisión, no podía ser manipulada, no iba a ser manipulada.

Zoe. El nombre cayó en ella como un balde de agua fría. Por ello su voz era tan familiar, claro. No pudo evitarlo, aunque estuviese en una situación de vida o muerte, no podía más. Se quebró, cayó al suelo, sentada, aún con la varita entre las manos, sollozando en silencio y con el rostro hacia abajo. Se esperaba esto de prácticamente cualquier persona, pero, ¿de Zoe? Una de las pocas mujeres que podía llegar a considerar su familia, que la habían apoyado cuando no tenía a nadie, cuando había perdido a su madre, que siempre había estado con ella.

Levantó el rostro al escuchar los pasos detrás de la puerta, enseñando la expresión más frágil que jamás había tenido frente a alguien, con el rostro lleno de lágrimas. Observó el rostro de la mujer frente a ella, bajando la varita por algunos segundos, sin saber que hacer o decir. ¿Atacarla? Era lo más razonable, pero simplemente no podía, no era capaz de hacerlo, no tenía a donde huir, y probablemente ella tampoco la ayudaría a escapar, a fin de cuentas, parecía haberse convertido en un títere más del régimen del Señor Tenebroso — No te atrevas... — Murmuró suavemente, con voz apenas audible, agachando el rostro. Tenía demasiadas cosas por decir, pero no era la situación adecuada para hacerlo.

— ¿Por qué? —
Vociferó en voz mucho más clara y audible, levantando su rostro y cambiando la expresión. Estaba decepcionada, se sentía herida, traicionada, no podía contar ni con su propia familia. Sería encerrada, no volvería a ver a su abuela, quién sabe que habría sido de su pobre gato desde que la encerraron en Hogwarts, se había quedado sin sus pertenencias más preciadas. No tenía nada, solo una pizca de esperanzas, que se esfumó por completo al ver aquella figura tan familiar aparecer en contra suya — ¡Aléjate! — Exclamó, colérica, sosteniendo esta vez la varita con mayor fuerza y decisión. Si Zoe no tenía compasión de ella, que se preparara para recibir lo mismo.
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