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Do you like citrus candies? ○ || Amalthea.

Ayax Edevane el Miér Jul 25, 2018 12:58 pm


25 de julio del 2018 a las 14:03 horas || San Mungo, planta de Ingresos Permanentes || Vestimenta

Cada día la presión era mayor, tanto por parte de padres como por parte de su hermana. Su hermana mayor, Angelica, había sido prometida y estaba casada con un hombre que no quería, con el que cual había tenido que casarse apenas sin conocer a la persona que la acompañaría por el resto de su vida. Ella, no queriendo que Ayax pasase por lo mismo, insistía una y otra vez en que conociese a Amalthea antes de que la boda se llevase a cabo, mientras que los padres sólo mencionaban posibles fechas para oficiar la boda entre ambos chicos, sin importarles demasiado si éstos tenían una buena o una mala relación.

Y él lo sabía también: no quería casarse con una desconocida. Si tenía que casarse con ella, lo haría, pero no quería llevarse desagradables sorpresas una vez tuviesen las alianzas en sus dedos. Quería casarse a sabiendas de con lo que tendría que lidiar.

Es por eso que ese día, aprovechándose de sus contactos en San Mungo de cuando hacía prácticas allí, preguntó por el horario de la chica. Había llegado a oídos del pelirrojo que su futura mujer había conseguido plaza en San Mungo, por lo que se le había ocurrido sorprenderla con su presencia e invitarla a almorzar. No era el plan más exquisito, pero sí el más fácil para conocer a otra persona.

En realidad él tenía muchas expectativas con respecto a esa unión. No iba allí por presión familiar, sino porque realmente quería conocer a la que sería la futura mujer de Edevane. La había visto en numerosas ocasiones en la facultad de medimagia, estudiando lo mismo que él, por lo que en cierta manera tenía la sensación de que podían llegar a comprenderse. No buscaba que ese encuentro fuese una especie de examen en ninguna de las direcciones, simplemente una quedada que simulase más un primer encuentro en donde saber sólo un poquito más de la otra persona. Teniendo en cuenta de que en realidad no se conocían en absoluto, era fácil salir de allí aprendiendo algo nuevo.

—La señorita Davies todavía no ha terminado su turno.

—No importa, iré a buscarla. Lo terminará en diez minutos, si mal no recuerdo.

Y, sin aceptar un no por respuesta, Ayax se dio la vuelta para caminar por el hospital como si fuese su segunda casa. Muchas prácticas había tenido allí como para conocérselo mejor que muchos otros sitios.  

Subió a la planta de ingresos permanentes, caminando por el pasillo tranquilamente con sendas manos sujetas en la parte trasera de su espalda, observando a cada uno de los pacientes que había en sus respectivas habitaciones. Ayax reconoció a uno de ellos: un niño, pecoso y rubio. Llevaba ahí desde que él cursó sus últimas prácticas hará unos seis meses, la única diferencia es que para aquel entonces el niño no podía moverse de la cama y ahora mismo estaba jugando sobre la alfombra con unos juguetes que parecían de construcción, para así desarrollar sus habilidades motrices, la intuición y la agilidad mental.

Ayax se apoyó al marco de la puerta, mirando su reloj para asegurarse de que no se le hacía tarde.

—¿Ayax? —preguntó el niño, esbozando una sonrisa y poniéndose en pie, dándole sin querer un rodillazo a la torre que estaba construyendo y haciendo que se cayese al suelo.

—¿Cómo estás, campeón? —El niño era el hijo menor de una prestigiosa familia purista, de ahí la habitación tan preparada que tenía. Sin embargo, Ayax se había interesado en él por su enfermedad, no por su apellido. Ahora, sencillamente, tenía curiosidad por saber cómo había avanzado.

—Bien. —Se encogió de hombros. —Ya puedo caminar e ir al baño solo. ¿Vuelves a trabajar aquí? ¿Serás mi médico?

—Me da que no —le respondió, observando el historial del paciente que estaba en la puerta antes de ponerse de cuclillas. —Pero… ven. —Sacó del bolsillo de su pantalón tres caramelos: uno de naranja, uno de limón y otro de manzana. —¿Quieres uno? Ya sabes que detesto los de manzana…

El niño, con una sonrisa, caminó hacia él. No había hecho eso simplemente para obsequiarlo con un caramelo gratuito por sus recueros de antaño, sino para observar cómo respondía el joven al caminar y los estímulos. Además, Ayax no cometería la imprudencia de darle un caramelo a un paciente sin saber con qué estaba siendo tratado o si no podía comerlos, de ahí que hubiese leído su historial previamente.

—Gracias. —Ayax desenvolvió un caramelo de limón, llevándoselo a la boca para matar un poco el hambre que tenía, viendo como el niño volvía con sus juguetes.

Y, con otra mirada de lo más curiosa, se levantó para dirigirse a la sala en donde los sanadores descansaban. Había una por planta y asumía que Amalthea estaría ahí en sus últimos minutos de su turno. Al llegar, la puerta estaba abierta, pero el pelirrojo por mucho que se conociese eso no pecó de exceso de confianza. Se limitó a asomarse desde fuera y tocar con los nudillos suavemente para llamar la atención de los del interior.

—Hola. —Hizo una rápida pausa, fingiendo una sonrisa cordial a todos aquellos sanadores permanentes que lo reconocieron. —¿La señorita Davies ya se ha ido?
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Amalthea Davies el Jue Ago 02, 2018 12:12 am

La educación de Amalthea había sido tan recta que la puntualidad había hecho mella en ella desde bien pequeña. Odiaba los retrasos, le parecían de una falta de educación impresionante, pero también odiaba la holgazanería. Por eso, ella no se encontraba en la sala de descanso disfrutando de la tranquilidad de los últimos minutos como hacían el resto de sanadores, sino que seguía trabajando hasta el último minuto.

Además, a ella la mañana se le había complicado en la última hora, y no le quedaba demasiado tiempo antes de que terminara su turno, tal y como indicaba el reloj que llevaba en la muñeca derecha. Ya le habían dicho muchas veces que no se preocupara tanto, que siempre había un sanador de guardia y que si no llegaba para todo no pasaba nada, porque total el medimago de guardia tampoco era que se matara a trabajar. Eso era cierto, tal y como ella misma había podido en sus escasas guardias en la planta de ingresos permanentes, pero eso no significaba que estuviera dispuesta a dejar el trabajo a medias.

Así que ahora iba por el pasillo con cara de estresada, con la varita en la mano derecha y un estetoscopio mágico en la izquierda. Acababa de llegar un nuevo ingreso y se suponía que Amalthea tenía que visitarlo antes de terminar el turno, para poder hacer la pauta médica para las enfermeras y que el resto del día funcionara con normalidad. Pero entonces escuchó una voz que pedía por  la señorita Davies en la sala de descanso, y tuvo que acercarse a mirar quién era.

¿Señor Edevane? —preguntó sorprendida, no esperaba que fuera a verla.

Y puesto que su prometido estaba allí, decidió olvidarse del ingreso y dejarlo para el médico de guardia. Tenía que reconocer que aunque su aparición había sido totalmente inesperada, se alegraba de que hubiera ido. Era consciente de que tenía suerte, parecía que su prometido tenía interés en conocerla delante de la boda, algo que no todas las mujeres que vivían con matrimonios concertados podían decir.

No creo que a mis compañeros les importe que entre, teniendo en cuenta que hizo sus prácticas aquí —Sonrió afablemente y terminó de abrir la puerta, entrando ella primero.

Una vez dentro, se quitó la bata y la dejó en un perchero, dejando ver una blusa blanca y unos pantalones largos ligeramente acampanados de color negro que se había puesto para trabajar.
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Ayax Edevane el Jue Ago 02, 2018 5:48 pm

No, no se había ido, de hecho le sorprendió por la espalda y no en donde él suponía que la encontraría. Se giró, mostrando una agradable sonrisa en el rostro meramente cordial. Se alegraba de verla, por supuesto, al fin y al cabo había ido allí en pos de encontrarla y qué feo sería perder el tiempo, sin embargo todavía no la conocía lo suficiente como para saber que su presencia era de su agrado o por el contrario iba a tener que lidiar con una persona que no encajaba en absoluto con él. Era una de sus muchas incógnitas ese día. Le daba un poco igual, pero prefería tener una mujer que compaginase con él o todo iba a ser muy incómodo.

—Davies —respondió a su pregunta, visiblemente sorprendida al ver al pelirrojo con el que iba a casarse en su puesto de trabajo. No supo identificar si era sorpresa agradable o desagradable. Quizás no era de su agrado que su prometido desconocido se presentase en su trabajo sin avisar. Ayax no era muy amante de las sorpresas, por lo que podía entender que el resto de personas tampoco le gustasen. —He venido a invitarla a almorzar.

Entró detrás de Amalthea a la sala de los sanadores, saludando con un leve asentimiento a la mujer que estaba sentada en un sillón, leyendo El Profeta. Sin embargo, dicha mujer fue bastante descarada en levantar la mirada por encima del periódico y bajar sus gafas para poder observar a Ayax con curiosidad. No se conocían, mas debía de ser nueva en la planta y no haber coincidido con el pelirrojo en sus prácticas.

—Un placer...

—Ayax Ayrton Edevane. —Se presentó con tranquilidad con su nombre completo—como siempre hacía—, acercándose a la mujer para darle la mano.

Era normal que entre personas de distinto sexo fuesen los besos los "saludos cordiales", pero Ayax prefería evitar contacto tan cercano con personas que no conocía. Mucho menos con una sanadora. A saber con qué tipo de enfermos había estado ese día. La mujer le tendió la mano, sorprendida.

—Clarence. —Se presentó la mujer que le importaba nada.

Pero no mantuvieron más conversación, ya que el pelirrojo posó su mirada en Amalthea cuando se quitó la bata, observándola con curiosidad. Ni se percató de que Clarence lo miraba de arriba abajo. Él no lo sabía, pero su presencia allí daría para salseo en las plantas: todavía no se había formalizado ni hecho público el casamiento entre las familias Edevane y Davies. Por su parte, Ayax se acercó a su prometida, sintiéndose como Pedro por su casa en aquella sala de descanso de los medimagos. En más de una ocasión él había estado allí merendando y leyendo informes con una tranquilidad impropia de un sanador, teniendo en cuenta lo estresados que vivían normalmente.

—Espero que no le haya molestado que haya venido sin avisar. —Sujetó sendas manos en la parte baja de su espalda, en una pose bastante sosegada. —No sé si sus padres están tan pesados como los míos con que hay que ir planeando la boda pero... creí conveniente que sería mucho mejor que nos conociésemos antes de darnos el famoso "sí quiero". Qué menos que poder decirnos con confianza que las decisiones del otro con respecto a la boda son una mierda. —Sonó a broma, pero en realidad hablaba totalmente en serio.
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Amalthea Davies el Jue Ago 02, 2018 10:35 pm

Lo primero que pensó cuando la invitó a almorzar, fue que cuanto más pronto le conociera, más pronto podría aprender a quererle. Porque sus padres lo sabían, sus futuros suegros lo sabían, su prometido lo sabía y ella lo sabía: no le quería. No era nada extraño, ya que a pesar de haberse visto en Hogwarts y en la universidad, la joven podía contar con los dedos de una mano las veces que había hablado con él, incluyendo el día en que sus padres les habían comunicado que iban a casarse.

Estaré encantada de ir a almorzar con usted —Lo miró con una sonrisa, contenta—. Si no le importa, me lavaré las manos y me cambiaré de ropa por una más adecuada para salir. Esta es la ropa que suelo utilizar para trabajar.

Lo primero que hizo una vez se hubo quitado la bata, fue acercarse al pequeño lavabo que había instalado en la sala para lavarse las manos con agua y jabón, hasta los codos. En realidad, había dos motivos por los que lo estaba haciendo.

El primero y más importante era que como sanadora, valoraba muchísimo la higiene personal. En principio no había estado tratando con ningún paciente infeccioso, pero nunca se sabía qué microorganismos podían llevar las personas encima, además de que ya era un gesto que hacía prácticamente de forma mecánica y automática, por costumbre. Además, estaba segura de que Ayax,  teniendo sus mismos estudios, también tenía esa costumbre, por lo que le pareció que no le importaría demasiado que dejara de hacerle caso para lavarse las manos.

En segundo lugar, Clarence no le caía nada bien. No había tratado con ella lo suficiente como para decidir si se trataba de una mala persona, simplemente no congeniaban. No pasaba nada. No se le podía caer bien a todo el mundo. Ella intentaba mantener una actitud neutral que les permitiera trabajar juntos, porque sabía que lo primero eran los pacientes y que no tenía porqué irse de copas con ella los viernes por la noche.

Pero mientras se ponía la poción hidratante en las manos se giró y miró a la otra medimaga. No era celosa, pero aun así no le gustó nada la mirada que la otra acababa de dirigir a su prometido. Le daba igual que el compromiso aún no fuera oficial, Ayax ya era suyo, y ella era de él. Pero no dijo nada, sabía que tenía que esperar. Además, ella sí sabía que a partir de ese momento serían el tema principal de los cotilleos de la planta.

No me molesta —respondió mientras dejaba el estetoscopio junto a la bata y guardaba la varita—. Es que no me lo esperaba —Sonrió de nuevo—. La verdad es que mi madre quiere que empiece a mirar vestidos... —confesó. Amalthea se tomaba la vida muy en serio, de modo que le costaba entender las bromas—, pero yo también prefiero conocerle un poco antes de casarnos.

Sabía de sobras que el que se conocieran o no no era tan importante. Al fin y al cabo, no tenía opción. Iba a casarse con Ayax Edevane porque sus padres lo habían dispuesto de ese modo. La habían educado para ser una buena esposa y realmente deseaba cumplir con las expectativas de sus padres y de su prometido.

Puede llamarme Amalthea si lo prefiere —le dijo. Por muy poco que se conocieran, se le hacía tremendamente incómodo que su prometido la llamara por su apellido, a fin de cuentas, tarde o temprano ella iba a ser una Edevane. Aun así, no se lo exigió, prefirió dejarlo a su preferencia—. ¿Le importa esperarme aquí mientras voy al vestuario a cambiarme?
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Ayax Edevane el Vie Ago 03, 2018 4:26 am

Era normal: ¿quién en su sano juicio—no es que Ayax estuviese precisamente alardeando de estar en su sano juicio—querría casarse con una persona a la que no conoce? No era sólo cuestión de compartir toda tu vida con esa persona, que ya era mucho decir, sino también traer descendencia con esa persona. Uno debía de asegurarse de que esa persona era lo suficientemente cuerda como para crear un Edevane tal cual tenía puestas las expectativas Ayax. Él quería descendencia cuerda, como él. ¡Já!

—Está bien, y me voy a tomar la libertad de tutearte, con tu permiso. Puedes llamarme Ayax. —Y mostró una cordial sonrisa, achinando sus ojos de manera inconsciente. Primera norma: tutear a tu futura mujer o eso iba a ser muy raro. —Por supuesto.

Le dio espacio para que se fuese a cambiar al vestuario y Ayax se giró, caminando de nuevo hacia donde se encontraba Clarence. No había sido especialmente caballeroso con la mujer, pero tampoco pensaba cambiar mucho esa actitud. Se puso a toquetear las cosas de la zona, sobretodo las partes de cachivaches mágicos, los cuales estaban todos perfectamente colocados en una estantería, etiquetados por medimago. No fuese a coger Murray el estetoscopio de Ramirez, que se enfada. Ayax se enfadaría si algún subnormal coge sus cosas, la verdad.

Aún la mirada de Clarence estaba puesta en el pelirrojo curioso, hasta que éste se giró.

—¿Algo nuevo en el Profeta? Hoy no lo he leído. —Sacó conversación aleatoria, como quién comenta, sin siquiera mirar a la persona a la que se está dirigiendo, sobre el tiempo de ese día.

—Antes leí algo de que el Área-M había recibido subvención económica de Alemania. —Ayax ladeó una sonrisa. —La verdad es que me sorprende...

—¿Sí? —Esa pregunta retórica sonó a: "¿y a mí que me importa?" y era cierto, no le importaba lo que pensase Clarence, sin embargo, le pareció curioso que le sorprendiese. —Los alemanes, los mismos que tuvieron durante años a un dictador como Hitler al frente de su política, experimentando con personas en pos de la ciencia y matando judíos en cámaras de gas sólo porque los consideraban una raza inferior. —La sonrisa que le salió fue bastante altiva. —¿No te suena a algo, Clarence? Deben de estar pletóricos de descubrir que Inglaterra por fin ha adoptado las mismas condiciones que ellos, antaño, poseían. Nos apoyan porque quieren imitarnos. Hemos hecho que se vea con ojos naturales la misma monstruosidad que ahora se juzga de los nazis.

Se sacó otro caramelo, para matar un poco el hambre y porque era su hobbie favorito, del pantalón. Esta vez era de limón. Lo empezó a desenroscar, aunque antes de abrirlo se lo ofreció a la mujer.

—¿Un caramelo?

Ella negó con la cabeza. Él continuó desenroscándolo, sin olvidarse la conversación que prácticamente estaba teniendo él solo. No era difícil ver a Ayax hablando con otra persona pero en realidad hablando él solo.

—Como iba diciendo... —Se metió el caramelo en la boca, guardándolo en el hueco de una mejilla para poder seguir hablando sin que se le saliese volando. —¿Sabías que los alemanes, durante el periodo en el que gobernó Hitler, fue la etapa en dónde más avances hubieron tanto científicos como tecnológicos? Si seguimos las mismas formas que los alemanes, pronto descubriremos cosas que ni creíamos posibles. El Área-M es mucho más que una prisión y un área de experimentación, ¿sabe? Es... el futuro.

—No, pero...


Y estuvieron así los diez minutos que Amalthea tardó en cambiarse de ropa, discutiendo. Clarence carecía de argumentos sólidos que rebatiesen la postura de Ayax, pero salía con que era cuestión de opiniones. Y no, Ayax era bien consciente de que aquello no era una opinión, era un hecho. Sin embargo, se resignó. Odiaba discutir con gente ignorante que no atiende a razones, era frustrante. Había gente que no sabía distinguir entre opinión y hechos y eso le sacaba de quicio.
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Amalthea Davies el Dom Ago 05, 2018 7:25 pm

Antes de salir de la sala de descanso, metió la mano en el bolsillo de su bata para coger la llave de su taquilla. Pensó en darle dos besos a su prometido, pero al final cambió de opinión. Iban a verse en pocos minutos, y además le daba un poco de miedo que Ayax pudiera rechazarla frente a su compañera de trabajo, por mucho que su compromiso aún no se hubiera anunciado de forma oficial.

No tardaré —le dijo con una sonrisa.

Una vez estuvo en el vestidor, decidió cambiar de atuendo con un simple indure vestem no verbal sólo para que el chico no tuviera que esperarla. Todo era mucho más fácil con magia.

Volvió a la sala justo para oírles hablando sobre nazismo y el área M, y aunque no quería contradecir a su prometido, tuvo que intervenir.

Señor Edevane... Ayax. El juramente hipocrático nos impide hacer según qué tipo de prácticas en seres humanos —intervino—. Creo que es importante que nos mantengamos fieles a lo que significa ser sanador.

Habló con un hilillo de voz, en un tono apenas inaudible, aunque estaba segura de que Ayax la había oído. Se habían graduado juntos, por lo que Amalthea recordaba perfectamente que ambos habían recitado el juramento hipocrático.

No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase —repitió en el mismo tono de voz.

Se lo había aprendido de memoria. Sabía perfectamente el vacío del juramento en el que se basaban los extirpadores. En el área M no había enfermos, y muchos de los presos ni siquiera eran considerados seres humanos. El juramento hipocrático no tenía ningún sentido allí, dónde los últimos atisbos de humanidad se habían perdido hacía ya mucho tiempo. Lo tenía muy claro. Así se lo había demostrado un antiguo compañero de clase al romperle su primera varita: los nacidos de muggle no eran personas, y cualquier persona que los ayudara era merecedora del mismo trato hostil.

¿Vamos? —preguntó ahora en voz alta, en un tono mucho más apremiante—. La verdad es que tengo algo de hambre... —mintió.

Ella nunca tomaba la iniciativa, pero se sentía incómoda con el giro que había tomado la conversación y deseaba irse de allí. Incluso acercó la mano izquierda a la derecha de Ayax con intención de cogerla y tirar de él para marcharse, pero cambió de opinión en el último momento y se limitó a girarse para marcharse sin mirar a Clarence. Sólo esperaba que su prometido la siguiera, aunque no tenía ni idea de dónde iban a ir a comer.

¿Has pensado dónde iremos? —preguntó con una sonrisa una vez hubo pasado el primer momento incómodo.
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Ayax Edevane el Mar Ago 07, 2018 12:54 am

Y no tardó mucho Amalthea, a decir verdad. De hecho, llegó tan pronto que pilló la conversación de Ayax y cía a medio tener. La verdad es que prefería tener esa conversación en privado con su mujer, ya que el Edevane podía llegar a ser muy intenso con ese tipo de conversaciones con ignorantes en el tema—véase Clarence—y no quería ponerse así con su prometida. No al menos el primer día que se ven. Ayax no era muy dado a guardar las apariencias, pero era bien consciente de lo que era comenzar con mal pie y con su futura mujer no era buena idea.

La miró cuando apareció, comentando al respecto.

—Yo estudié medimagia, pero no ejerzo como tal. Podría decirse que fue un medio para conseguir un fin. —respondió a Amalthea, sin apartar la mirada de sus ojos. Le gustaba hablar manteniendo la mirada, intentando buscar así las sensaciones ajenas. —Yo tampoco lo haría de estar en tu posición. —Le dio la razón Ayax a la opinión de Amalthea. —Pero por suerte, no trato con enfermos. Allí las cosas son muy diferentes.

Sonó bastante tajante, pero ladeó una sonrisa simplemente cordial. Ese tipo de comentarios por parte de Amalthea no convenían en absoluto y no era de extrañar que la gente pudiese dudar de su lealtad o sus ideales, algo que Ayax no iba a permitir. Ella iba a ser una Edevane y nadie podía cuestionar nunca a un Edevane, en ningún ámbito. Cualquier persona purista que apoyase al nuevo gobierno vería con buenos ojos el Área-M, un lugar de progreso en donde se utiliza a la escoria que no es necesaria y que está defectuosa. Ya se encargaría, en otro momento, de volver a sacar el tema. Ahora no era el momento y mucho menos con la tal Clarence allí.

—Vamos —contempló con rapidez desde que dio la opción. No dudó ni un momento en meter la mano en su bolsillo al escuchar que estaba hambrienta. —¿Quieres un caramelo para matar un poco el hambre? —Le ofreció a su prometida, sacando del bolsillo un pequeño envoltorio de un caramelo de limón. —También tengo de naranja. —Dato importante.

Siguió a Amalthea, para colocarse a su lado a la hora de caminar, para salir de San Mungo. Él no era un experto hacedor de citas, he de decir, motivo principal de que en realidad no hubiese ido allí con nada improvisado. Había tomado consejos, para no llevar a Amalthea a un sitio cualquiera de dudosa categoría o de comida mala.

—Pues sí —respondió. —Estaba entre tres opciones, en realidad. He preguntado a mi familia que qué lugar me recomendaban, ya que no salgo a comer muy a menudo. Salió mi madre con una opción y mis hermanas con otra cada una, así que estoy un poco indeciso. Pensaba proponerte que eligieras tú. —Hizo una pausa, para así mirarla con complicidad. —Estaríamos entre un grill, un italiano o una hamburguesería. Ésta última cortesía de mi hermana pequeña, que dice que es la mejor hamburguesería del mundo. Creo que exagera teniendo en cuenta que no ha salido de Europa en su vida.
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Amalthea Davies el Miér Ago 08, 2018 12:49 am

La muchacha sonrió afablemente. No pensaba discutir con su prometido por nada del mundo, aunque sí quería saberlo todo sobre él, incluida su moral y su forma de ver los dilemas éticos, sólo así podría aprender a quererle.

La respuesta del chico no se hizo esperar. Y era, efectivamente, la que Amalthea esperaba: que en el área M no hay enfermos. Era a lo que se aferraban los extirpadores, aunque en ese momento la afirmación le resultó maquiavélica, pero fue tan tajante que no tuvo ánimos para replicarle, por mucho que le sonriera. Era perfectamente consciente de que su comentario le había molestado, aunque por el momento no sabía si por el comentario en sí o si porque lo había dicho delante de Clerance.

No, gracias —rechazó educadamente, con una sonrisa cordial—. Tengo que vigilar la cantidad de azúcar que como, por el vestido.

Se refería al vestido de novia, por supuesto. Su madre ya la había llevado a algunas tiendas del Callejón Diagon y a tiendas de otras zonas comerciales de distintas ciudades, como la de Cardiff. En dichas tiendas le habían tomado medidas, y le habían recalcado la importancia de no engordar, pues por mucha magia que tuvieran, aquellos vestidos no eran fáciles de retocar, y el suyo iba a ser hecho a medida. Uno podría pensar que podía seguir comiendo tranquilamente y volverse a medir una vez hubiera escogido el vestido que iba a llevar, pero es que su madre le había advertido de las terribles consecuencias que podía tener que perdiera la figura, como que a Ayax no le gustara su cuerpo y rechazara casarse con ella o tener descendencia después. Además, su madre le había asegurado de que seguramente la señora Edevane no querría tener nietos feos.

Perdona, Ayax, no quería que te enfadaras conmigo... —le dijo apenada una vez hubieron salido de San Mungo—. Quizás ahora no lo pienses, pero puedo prometerte que seré una buena esposa y que seré digna del apellido Edevane.

A su modo de ver las cosas, Amalthea era tan digna de llevar un apellido purista como cualquier otra bruja. Había conseguido buenas puntuaciones en los TIMO y los EXTASIS, se había graduado como sanadora y poco tiempo después ya había conseguido una plaza en San Mungo. Muchas familias la querrían como nuera.

Pero la medimaga sabía perfectamente porqué dudaban de ella: por valorar todas las vidas por igual. Aquello era algo que no se llevaba mucho desde que Lord Voldemort había llegado el poder, y aunque la chica no estaba tan en contra de la supremacía de la sangre pura (se había criado con esa educación), se tomaba su juramento muy en serio.

Creo que prefiero un italiano —dijo tras pensar un poco. Seguro que allí habría ensaladas. Sonrió otra vez, pero esta vez la sonrisa no le duró demasiado en el rostro, pues empezaba a temer que su prometido la encontrara boba—.¿Tú has salido muchas veces de Europa? —preguntó entonces, con la curiosidad impregnándole la voz—. Yo sólo he estado en Nueva York, Los Ángeles, Montréal, Vancouver y en Sydney. Aún me quedan muchísimos sitios por ver —comentó alegremente.

Empezaron a caminar, Amalthea con pasos alegres a su lado, contenta de que pudieran hablar un poco, pero algo triste porque él no tenía ningún gesto romántico hacia ella. ¿Quizás eso se debía a que aún no habían comunicado su compromiso de forma oficial?
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Ayax Edevane el Dom Ago 12, 2018 4:44 am

¡Por favor, cómo le iba a rechazar un caramelo por la azúcar! ¿Cuánto de azúcar tendría un mísero caramelito? ¡Nada que pudiese importar en los milímetros de cadera para que te quepa un vestido! Por un momento Ayax la miró, sorprendido. Le había rechazado su caramelo. A saber qué clase de madre tenía como para que su hija de verdad estuviese pensándose el comerse o no un caramelo para caber en un vestido que todavía no tenía. O esperaba que todavía no lo tuviese: Ayax no había ido a mirar atuendos para casarse.

—Bueno, la próxima vez traeré sin azúcar. Pero éstos están más buenos —comentó, atento, para guardarse de nuevos los caramelos en el bolsillo. Durante el camino, Ayax continuó hablando: —¿Has ido a mirar ya vestidos para la boda? A excepción de tu vestido, evidentemente, me gustaría tomar partido del resto. Al menos en mi familia se le suele dejar a la mujer todas éstas decisiones. Somos bastantes retrógrados al respecto con ese tema, pero a mí me gusta.

Tras recorrer todas las escaleras y bajar hasta la puerta de San Mungo, Amalthea dijo algo que confundió a Ayax. ¿Enfadarse? Hacía falta mucho para que Ayax llegase a enfadarse por un tema de opiniones. Además, él ya había asumido que habían muchos ignorantes en el mundo desinformados sobre los principios del Área-M.

—En realidad no pienso nada, Amalthea. No te conozco. —Respondió un tanto tajante, pero sin resultar en ningún momento hostil, más bien perdido. —Es decir, por eso he venido hoy a invitarte a comer, porque ya va siendo hora de que sepamos con quién vamos a compartir el resto de nuestras vidas. Nuestros padres... —Se corrigió. —No sé si tus padres, pero al menos los míos también tuvieron que lidiar con un matrimonio concertado desde cero, con muchas más prisas. A nosotros nos han dado margen y ya que hemos dejado pasar un año, aún cuando incluso estudiábamos lo mismo, qué menos que apresurarnos antes de que nos presionen más con adelantar la boda. —Hizo una pausa, para entonces mirarla, con una sonrisa ladeada. —Estoy seguro de que serás una buena Edevane.

Ayax estaba muy orgulloso de su apellido y no iba a mancharlo, ni mucho menos dejar que su esposa lo arrastrase por el suelo. Aún había tiempo y Ayax pretendía hacer de ella la mujer que esperaba.

Una vez fuera de San Mungo, el pelirrojo se paró, aún con sendas manos unidas en la parte baja de su espalda. Su prometida había elegido el italiano, pero esperó a que terminase de hablar antes de dirigirse al local.

—Has estado en más sitios que yo —confió, con un guiño. —Yo he ido a Corea, Tailandia y Brasil. Solemos ir a lugares en dónde mis padres tienen contactos o en donde tienen que ir a estudiar ciertos fenómenos. No sé si lo sabes, pero ambos son magizoologos y de bastante prestigio. Pocas veces hemos hecho viajes en familia como vacaciones en sí —dijo con tranquilidad, para finalmente ofrecerle una de sus manos. —El italiano al que vamos es en donde el marido de mi hermana le confirmó la petición: es en Italia. Yo prometo currármelo mucho más. —Y ladeó de nuevo una sonrisa, esta vez algo más divertida. Le pareció bastante cutre que aquel hombre le pidiese casarse en medio de una cena con toda la familia.

Si aceptaba, aparecerían en Grotta Palazzese, un restaurante italiano que fue construido en el interior de una cueva, que daba hacia un acantilado. Las políticas de Italia eran bastante permisivas, por lo que aquel restaurante tenía una parte habilitada para muggles y otra para magos. De hecho, había un lugar habilitado exclusivamente para la aparición de magos.

Grotta Palazzese:

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Amalthea Davies el Mar Ago 14, 2018 3:54 am

Seguro que Ayax tenía razón y los caramelos con edulcorantes y azúcares añadidos estaban mucho más ricos. Por algo los caramelos eran básicamente azúcar fundido... El caso era que a esas alturas Amalthea tenía la cabeza tan comida por su madre que se estaba obsesionando con llevar una dieta saludable. No era sólo por el vestido. Su madre le había dicho tantas veces que tenía que ser deseable toda su vida, que la pobre chica prácticamente tenía planeadas todas las comidas de su vida.

He estado mirando vestidos y varias modistas me han tomado las medidas para poder hacerlo a medida, pero aún no he encontrado ninguno que termine de convencerme. Quiero que sea perfecto —confesó—. Creo que el resto de decisiones tendríamos que tomarlas juntos —respondió. Y obviamente esa primera persona del plural no incluía a los padres de ninguno de los dos. Por muy comida que la sanadora pudiera tener la cabeza, era muy consciente que se casaban ellos y que sólo iban a tener una ceremonia—. Pienso que es importante que ambos disfrutemos del banquete y del viaje de bodas.

Porque iban a tener un viaje de bodas. Estaba dispuesta a ceder en todo menos en eso. Después de la ceremonia en la iglesia, celebrarían el banquete con todos los invitados, todos de familias de sangre tan limpia como la suya, y después ellos dos se marcharían para disfrutar de, como mínimo, 10 días de vacaciones. Si no eran capaces de superar ese viaje, significaría que no valían para estar casados el uno con el otro, aunque ya sería demasiado tarde para pensar en dejarlo.

Ayax, mis padres se llevan 15 años —le recordó. Muy pocas mujeres se casarían con un hombre 15 años mayor que ellas si les daban a elegir. Que el matrimonio de los Davies había sido concertado y que sus padres habían partido desde cero el día de la boda le parecía una obviedad. Y no le sorprendía que con los padres de su prometido hubiera pasado algo similar. Así eran los puristas—. Creo que nosotros tendremos más suerte que mis padres. Para empezar, sólo nos llevamos un año de diferencia, y el que hayamos decidido estudiar lo mismo, aunque hayamos tomado caminos totalmente opuestos, demuestra que tenemos algo en común —Así de optimista era Amalthea, que se negaba a ver la maldad que había en Ayax (porque desde su punto de vista, hacía falta ser realmente malo para trabajar en el área M).

Por eso ni se le pasó por la cabeza la posibilidad de que el pelirrojo estuviera pensando en moldearla, y creyó que el comentario era totalmente genuino. Al final, sin que ella se diera cuenta ni pudiera hacer nada para remediarlo, un ligero rubor ascendió por sus mejillas, que aumentó cuando él mencionó el tema de pedirle matrimonio. No esperaba que fuera algo privado. Ella esperaba una fiesta de pedida propia de las élites puristas, en las que muchos invitados contemplaban como el chico pedía la mano de la chica y ella le daba el famoso sí, quiero.

Siempre he detestado la aparición en paralelo, me marea —dijo.

Pero eso no significaba que no fuera a aceptar. Al contrario, en lugar de coger la mano que le tendía, se abrazó contra su cuerpo, aferrándose a él, y cerró los ojos con fuerza, consciente de que segundos después aparecerían en un fantástico restaurante italiano.

Y aun así, aun sabiendo qué debía esperar, se sorprendió. El restaurante no sólo estaba dentro de una cueva, sino que parecía esculpido en ella. Se separó de él, no queriendo incordiarlo más de la cuenta.

Es precioso...
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Ayax Edevane el Jue Ago 16, 2018 4:55 am

¿Y cómo sería tu vestido perfecto? —preguntó, por curiosidad. —No quiero que me desveles como será, simplemente como te gustaría que fuera. Supongo que de color blanco, ¿o eres una de esas mujeres excéntricas a las que le gustaría casarse de negro, o de rosa? Por lo mona que vas hoy dudo que seas de esas, pero nunca se sabe. —añadió, sin sonar en ningún momento tajante al decir "de esas". Él no tenía ningún problema con las personas excéntricas, de hecho él lo era bastante en ocasiones. A Ayax le daba exactamente igual de qué color se casara su prometida, si somos sinceros. Consideraba que uno debía de ir vestido como más cómodo se sintiese pues a fin de cuentas iba a estar mucho tiempo así vestido. —Yo no iré de negro, ni tampoco de blanco. Pero no te diré más nada sólo para que te tires de los pelos imaginando que apareceré el día de nuestra boda de color amarillo. —Y sonrió, imaginándose tremenda horterada. —Mi madre me mataría si voy de amarillo, así que despreocúpate.

Tranquilo, lector, Ayax no iba a ir de amarillo a la boda, pero tenía bien claro cómo sí quería ir.

En eso coincidían: el día de su boda, al igual que la ropa, debía de tener todo lo necesario para que ellos estuviesen cómodos. Hay que decir que casándote con un desconocido es altamente probable que el día de tu boda no estés cien por cien completo, feliz y tranquilo, por lo que qué menos que todo lo demás esté a pedir de boca. Su hermana se lo había recomendado encarecidamente, que la boda fuese perfecta para ellos, no para el resto. Aún recordaba la cara de asco que tenía su hermana el día de su boda.

Pienso igual —contestó, ya más serio. —¿Te gustaría un viaje de aventuras en dónde ir de turismo o un viaje tranquilo en donde descansar? —Y giró levemente la cabeza, para admirar su reacción y así escuchar su respuesta.

Vaya por Merlín, quince años. ¿Nadie piensa en lo raro que es eso? Cuando el padre de Amalthea ya se hacía pajas, estaba naciendo su madre. Olivia apareció en ese momento en la mente de Ayax, descojonándose por tremendo pensamiento tan turbo y pedófilo. Agradecía profundamente que sus padres no le hubiesen prometido con una niña de siete años. Teniendo en cuenta la cantidad de necesidades que parecen tener las familias purista, casi que había tenido suerte.

Algo, sí. La verdad es que estudié medimagia porque es lo que me llevaba por el camino de la psicología y la psiquiatría, por no hablar de la neurociencia. Me especialicé en eso. —Le explicó más detalladamente. —Tengo los conocimientos necesarios para ejercer como medimago, pero creo que por mis capacidades cualquier otro medimago lo haría mejor que yo, por lo que respeto mucho lo que haces. No me gusta, en realidad, estar en el hospital durante tantas horas preocupándome de la salud de los enfermos. Me gusta más... estudiarlos y ver cuáles son sus posibles soluciones. Eso de tocar y soportar enfermedades... —Puso un mohin con la nariz, de desagrado.

Como le decía a su familia: la medimagia solo fue el camino necesario para llegar a su fin. Ahora que estaba en el Área-M estaba contento de tener esos conocimientos que poseía, pero no era a lo que se quería ejercer a tiempo completo. Ayax creía que había sido diseñado para estudiar, contemplar e investigar.

***

El pelirrojo tampoco era muy fan de la aparición conjunta, pero era la única manera, pues no había pedido ningún traslador para la ocasión. Ayax había ido anteriormente con su madre a aquel italiano, por lo que sabía de sobra su ubicación y las facilidades para llegar.

Sí, lo es.

No es que Ayax fuese demasiado observador de la belleza de la naturaleza, pero debía de admitir que aquel lugar poseía un descaro de lo más natural y bello.

Ven.

Salieron del lugar en donde se aparecieron, el cual estaba recubierto de ventanales que daban lugar al interior del acantilado. Caminaron por un pasillo en donde sintieron una brisa de lo más agradable y llegaron a dónde un señor frente a un atril. Ayax pidió mesa para dos y él, muy amablemente, los llevó a una que estaba justo al lado de la barandilla que daba a la caída del acantilado. Al principio podía dar un poco de impresión, pero rápidamente se pasaba. Además, aquel lugar estaba encantado mágicamente, por lo que no había demasiado viento ni corriente, sólo la brisa necesaria para crear un ambiente perfecto.

El pelirrojo se sentó en la silla más alejada y apoyó sendas manos sobre la mesa, cogiendo aire. Miró al horizonte y parecía que estaba pensando en algo super profundo, en una anécdota familiar en aquel lugar de lo más curiosa, quizás en algo muy importante que le rondaba la cabeza, pero... en realidad no.

La verdad es que me muero de hambre, ¿qué te apetece? Debes saber que no soy una persona que coma demasiado, así que me gusta compartir. Siempre suelo pedir cosas a medias con mi hermana pequeña —confesó con sinceridad. —¿Qué te gusta a ti? —Le pasó la carta, dispuesto a no pensar en su comanda hasta que ella decidiera. Solía ver primero qué se pedía el resto, por si no lo había probado o le llamaba la atención, pedírselo él también.
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Amalthea Davies Ayer a las 1:29 pm

La expresión horrorizada desapareció del rostro de Amalthea en cuanto su prometido confesó que su madre lo mataría si asistía de amarillo. Menos mal.

El negro es para las viudas —respondió—, y me gustan más los vestidos tradicionales en color blanco. Seguramente es un cliché, pero me gustaría una boda por todo lo alto —Sonrió. Teniendo en cuenta sus apellidos, podía contar con que esa parte de su deseo se cumpliría—. Y un vestido como los de las princesas de los cuentos de hadas —Sólo de pensarlo, un ligero rubor apareció en las mejillas de la chica. Realmente estaba ilusionada, por raro que pudiera sonar.

Pero la medimaga era consciente de que su vestido estaría bastante alejado de esa imagen. Su madre no lo permitiría. Por otro lado, no perdía la esperanza. Había tenido que renunciar a casarse por amor y resignarse a casarse con la persona que sus padres habían escogido para ella, ¿no podían darle al menos eso?

Por otra parte, no pudo evitar sentirse emocionada frente al halago de su prometido. Con lo mona que vas hoy dudo que seas de esas. Ni siquiera le molestó que hablara "de esas", aunque probablemente el hecho de que el tono que Ayax acababa de usar no fuera despectivo había colaborado bastante.

Creo que me gustaría hacer un poco de todo. Me parece importante descansar, pero tampoco me gustaría tener un viaje de aquellos que consisten en ir de la habitación del hotel al spa y del spa a la habitación... Ya que viajamos, creo que es mejor aprovechar el tiempo —expuso con una sonrisa—. Sólo haremos ese viaje una vez en nuestra vida, y me gustaría pasar tiempo fuera del complejo turístico.

Amalthea sabía de sobras que pasarían tiempo en el hotel, pues sabía perfectamente qué esperaban sus familias de ese viaje. La sanadora ya tenía en mente algunos planes para la primera noche, pero no era algo que fuera a desvelar tan pronto. De todos modos, esperaba que esa parte del viaje no fuera lo más importante. Le apetecía divertirse como una pareja de recién casados normales y corrientes y no sólo como dos personas que habían contraído matrimonio con el único objetivo de traer un nuevo heredero Edevane al mundo y perpetuar así el linaje de la sangre pura británica.

Por suerte, la mentre de la joven era totalmente ajena a los pensamientos del becario, pues seguramente se habría horrorizado y habría acabado formando una imagen terriblemente desagradable que se habría quedado incrustada en sus retinas durante mucho tiempo. Pero ese no era el día en el que Amalthea sentiría la imperiosa necesidad de arrancarse los ojos.

***

En silencio (pues Amalthea debía esforzarse para mantener a ralla las náuseas que la aparición paralela le había provocado), siguió a su futuro marido a través del pasillo acompañados únicamente del suave y agradable sonido de la brisa marina, superando rápidamente esa desagradable sensación inicial.

Cuando se sentaron en la mesa que les habían indicado, la sensación se había desvanecido por completo. Y menos mal, porque se encontraban justo al lado del precipicio, y la caída impresionaba.

¿En qué piensas? —se atrevió a preguntar con curiosidad, creyendo que el pelirrojo estaría pensando en algo profundo. Pero no, estaba pensando en la comida—. Yo tampoco como demasiado —respondió—, me parece bien compartir —sonrió amablemente y tomó la carta entre sus manos, rozando sin querer los dedos de su prometido en el proceso.

Lejos de querer mostrarse tímida, abrió la carta y fue pasando las páginas una a una, deteniéndose en los risotto. Quería algo ligero pero que a la vez llenara, algo que le permitiera conservar la línea y que no la hiciera parecer demasiado golosa frente a Ayax. Que le daba vergüenza pedir una pizza, vaya, además de que estaba escuchando la voz en off de su madre diciéndole: debes mantenerte delgada o no cabrás en el vestido, y al señor Edevane no le gustarás y no te querrá jamás. Y se negaba a comer una ensalada.

¿Qué te parece este risotto? —Le mostró entonces la carta, señalando con el dedo índice el risotto a la carbonara, un fantástico arroz aliñado con salsa carbonara, con su queso parmesano, su bacon y demás ingredientes... Sin duda el tipo de comida que Amalthea estaba buscando.
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