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Make Believe [Drake Ulrich]

Fiona T. Shadows el Sáb Jun 07, 2014 11:58 pm

Recuerdo del primer mensaje :


Viernes, 22.00 horas.
Hotel Park Plaza Westminster Bridge London.
Drake Ulrich.



Sus pasos nerviosos recorrían la habitación de un lado a otro. ¿Por qué? No quería darle más vueltas al asunto, tenía que hacerlo sí o sí. No tenía otra opción, ¿O acaso quería volver de nuevo a casa? Claro que no, esa no era su casa. Su hogar siempre había estado en Inglaterra y no tenía intención alguna en volver a Noruega, por lo que su única opción era la de encontrar a alguien que se hiciera pasar por su prometido. Negó con la cabeza, estaba sola en Londres, no conocía a nadie, no después de tantos años lejos de allí. Una pequeña bombilla se iluminó sobre su cabeza: Drake.
No habían pasado ni dos días desde que se habían encontrado en el Ministerio de Magia, pero aquella misma tarde habían avisado a la joven que si su prometido, y el que estaba pagando su alojamiento, no se presentaba dentro de dos noches en una fiesta benéfica que tendría lugar en el Hotel, tendría que abandonar su estancia en el lugar. Se negaba a ello, así que recurrió a un método algo extraño pero efectivo, poción multijugos. Le mandó una carta a su amigo con un pequeño frasco con poción, la suficiente para una transformación y varias dosis durante las horas siguientes, para que así no volviese a adquirir su rostro. La iba a matar, definitivamente, Drake la mataba después de aquello.

***  


Cerró la puerta de la habitación en la que se alojaba con un portazo. El ascensor no tardó demasiado en aparecer y en pocos minutos se encontraba en el recibidor de Hotel, esperando a su supuesto prometido, con el cual había se había citado en aquel lugar media hora antes de la cena que el hotel había organizado. El supuesto futuro marido de Fiona era un hombre de negocios, el cual no dudaba en acudir a celebraciones como aquella. Pero esta vez, Fly no tenía intención alguna en que ese hombre apareciese por el Hotel, sino que ella quería seguir viviendo del morro un poco más. Al menos hasta que él lo descubriera, pues su tiempo en el Hotel a cargo del Ministerio de Magia ya había terminado, y ella había optado por recurrir al dinero del hombre. Sí, con dos cojones, nunca mejor dicho.

Rotó sus ojos mientras se dejaba caer sobre uno de los sillones de cuero rojo que había en el recibidor. Las luces estaban encendidas, llegando a eclipsar el brillo de la luna que entraba por las cristaleras. Alzó la vista, en busca de Drake, pero no se topó con él, en absoluto. Casi había olvidado que aquella noche no lo vería. Había cogido una chaqueta por si acaso hacía frío, pero parecía que aquella noche cargaría con ella, pues en el recibidor la temperatura no pedía taparse. Sus ojos quedaron fijos en la puerta de entrada, por donde no tardó en aparecer un individuo trajeado tremendamente familiar. Si en realidad hubiera sido la persona que aparentaba ser, hubiera salido corriendo, o mejor, se hubiera desaparecido allí mismo para no tener que darle ninguna explicación. Pero no, no era él, sino Drake usando la poción multijugos que le había mandado el día antes. – Te debo una bien gorda. – Dijo dándole un beso en la mejilla, cerca de la comisura de los labios. Sí, tenía que aparentar que eran pareja, al menos delante de la gente, algo que en parte tampoco le desagradaba. Bueno, un poco sí. – Gracias por venir. – Susurró cogiendo su mano e indicándole el camino para entrar en el salón principal.

La estancia estaba a rebosar, un montón de gente que ninguno de ellos conocía, pero que al parecer, el prometido de Fly si conocía, pues muchos lo saludaban al pasar. Ambos pasaron entre la gente hasta buscar la mesa con sus nombres. Se trataba de una mesa circular para ocho personas, ocho personas que por suerte parecían no conocerlos. Fly suspiró y miró a Drake con un intento de sonrisa en los labios. – Después de esta, te dejo que me mates.

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Drake Ulrich el Mar Jun 24, 2014 3:03 am

Los comentarios irónicos y antipáticos de Fly, si no salían a la luz, es que Fly no estaba en su máximo esplendor. Yo ya me había acostumbrado a ellos, supongo que también por eso me los decía tanto. Pero sólo de pensar que podría hacer una pajarita con mis huevos me resultaba hasta doloroso y es que no lo dudaba, Fly tenía tanta fuerza que incluso hasta una corbata conseguía hacerme. No sabía exactamente por qué ese odio repentino, si lo que le dije lo había dicho de un buen rollo amistoso, pero por si las moscas, decidí dejarle algo que no me había molestado, ya que después de escucharme quizás quedé como una antipático. Dos antipáticos estúpidos hablando.

No digo que haya sido malo. ¿Cuándo no me molestas tú? Aun sabiendo que tendría que pasar todo eso, lo hubiera hecho para ayudarte, antipática —puso un mohín desdeñoso. Y era verdad, era un hecho que había estado incómodo, molesto por no saber muchas cosas y mucho más… pero ni de lejos hubiera preferido no hacerlo o se quejaba de las cosas. Ahora le resultaba incluso  divertido recordarlo y eso era suficiente.

Otro hecho bastante notable era que no sabía bailar muy bien. Por lo menos en Hogwarts, ya que eso había cambiado. Uno tuvo que aprender tanto para las fiestas del Ministerio como para las citas, ya que hay muchas mujeres que se derriten ante un buen baile. Además, un día vi por Youtube a un tío que bailaba súper bien y me gustó hasta a mí, así que asistí a clases de baile junto a Willow hace par de años. Eso sí, en Hogwarts un pato mareado era poco… ¿Pingüino retrasado con aceite en los pies? Sí, ese sería un adjetivo mucho más adecuado para mi imbecilidad en la pista de baile. Sonreí con cierta timidez al recordar aquello, me acuerdo hasta que McGonagall me preguntó si es que me pasaba algo y me sacó a bailar para enseñarme. Fue horrible.

Ya lo sé, no me lo recuerdes. Tía, es que era difícil, ¿vale? Pero me llena de orgullo y satisfacción decirte que ya no soy ese pingüino retrasado. Pillé clases hará par de años. Ahora me defiendo bastante bien y no te pisaría los pies. O te pegaría un codazo en la cabeza cuando intentaba darte la vuelta… Sí, fui un jodido desastre. ¿Por qué salías con un chico que ni sabía llevarte en un mísero baile? —pregunté retóricamente con diversión, negando con la cabeza. Escuchó las palabras de la chica y daba gracias a Dios de que la conocía desde hacía ya tiempo como para saber que en realidad todo era broma. En serio, sus comentarios a veces eran tan crueles, ¿os imagináis a Fly hablando con alguien que acaba de conocer? Aun no entiendo como no me espantó cuando la conocí. Me llevé una mano al corazón y la miré con un gesto cómplice y falsamente agradecido—. Gracias tía, en serio, me subes la autoestima. —le revolví el pelo, aprovechando que lo tenía mojado para ponérselo en medio de la cara—. Anda vamos.

Comenzamos caminar para salir del parque y llevarla a ese sitio tan guay de perritos. A mi me había salvado más de una vez de madrugada cuando has bebido mucho y no has comido nada y te mueres de hambre. Sí, ese momento crucial en dónde un gremling alcohólico te come por dentro. Podíamos decir que ese era el famoso “perrito post-fiesta”. La miró de reojo alzando una ceja cuando se negó a recibir la chaqueta. Él tenía manga larga debajo, por lo que sobreviviría. Igualmente no se la puso, porque al final iba a ser peor cuánto más cosas mojadas llevaras encima.

Tú nunca podrías salir del blanco nuclear. Mira que te he visto siete años en Hogwarts Fly y ambos sabemos que no puedes. Deja de intentarlo. ¡Es imposible! Tu piel es tan blanca que encandilas a los demás cuando vas a la playa. —exageré divertido, metiéndome con ella.

Llegamos al puesto de perritos y tras pedirme lo mío, ella acertó pidiéndose lo mismo que yo pero solamente uno. Yo con un perrito en cada mano y ella sólo con uno nos apresuramos a entrar en un SOPORTAL. ¿Curiosa palabra, eh? De un día para otro es como si me viniera a la mente inspirándome totalmente un nuevo vocabulario. Estábamos bajo techo y justo delante nuestro caía la lluvia que mojaba nuestros zapatos, algo que no nos importaba, ya que era casi imposible que nos mojáramos todavía más. Me contó que se encontró con Willow para hacer las pruebas de traslado y me alegró saber que ya más pronto que tarde le tendría que ver el careto todos los días en el trabajo. En realidad, eso era algo bueno.

¿En serio? Me alegro, tía. Sólo te advierto que no tardarás ni una semana en odiar al jefe. Creo que sólo su secretaria le soporta y por evidentes razones. ¿Y qué tal, se pusieron al día? —me tragué el último trozo de mi último perrito. Tío, aquello era demasiado poco para mí—. Pero bueno, seguro que se alegró de verte. —comenté tranquilamente. Willow era un cacho de pan y siempre se alegraba un montón cuando veía a gente de Hogwarts nuevamente después de tanto tiempo.

Me preguntó que si me había quedado con hambre y SÍ. Me faltaba el postre, un pastelito (o dos), o quizás un buen tazón de leche (o dos también), para poder entrar en calor después del frescor que ya me estaba empezando a dar por quedarme sentado. Antes por lo menos estábamos en movimiento. Estaba claro que tenía razón y debería irme para mi casa, puesto que una hipotermia era poco. Pero por ahora estaba bien y primero quería saber qué iba a hacer ella con su vida, ya que no sabía si pensaba volver al hotel o hacer qué. Cogí los envoltorios de los perritos calientes y los hice una bola conjunta, tirándola conjuntamente hacia una pequeña papelera que estaba apoyada en la farola que teníamos justo en frente. Le di justo a la esquina y el envoltorio salió por fuera, fruncí el ceño y miré a Fly. Antes de hablar, le pedí con la mirada si me dejaba su  envoltorio para hacer lo mismo que hice con el mío.

¿Y tú qué vas a hacer? ¿Vas a volver al hotel? Posiblemente no tengas tu habitación vacía —dije, ya que probablemente el tal Nathan aun estaría ahí esperando. Bueno, de ser yo ese tal Nathan estaría esperando ahí para intentar arreglar las cosas. Supongo que querrá arreglar las cosas, es Fly al fin y al cabo, yo porque tenía diesiciete años y era cuádruple I, pero de no haberlo sido lo más sensato hubiera sido luchar un poco más y haber evitado que se fuera. Suponía que ese Nathan era mucho más maduro como para no querer perderla. Negué con la cabeza por darle tantas vueltas—. Si te vas a quedar en la calle, sé un puente en dónde tendrías buenos vecinos… Hay uno que compartiría contigo sus cartones... —dejé caer, con un tono divertido.[/color]
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Drake UlrichFugitivos

Fiona T. Shadows el Mar Jun 24, 2014 10:35 pm

Los pasos de ambos resonaban por el asfalto mojado. La gente pasaba con sus paraguas de un lugar a otro de la calle, como si aquellos artilugios fueran armas. Las mujeres bajitas armadas con un paraguas eran como Anakin Skywalker con su sable laser, sólo que muchas peligrosas. Aquellas mujeres eran capaz de cualquier cosa para no mojarse, es más, salían de su casa ya con el paraguas abierto, quizá porque creían que podría haber goteras en el ascensor o, peor aún, salir una cascada de su propio buzón. Sólo les faltaba salir a la calle con su traje de buzo y sus aletas, todo listo para un pequeño chaparrón. Parecía que el único fin en la vida de aquellos seres era el de conquistar el mundo a baso de paraguazos y de sacar los ojos a todo aquel que osara cruzarse en su camino. Las señoras no iban por mitad de la calle, no. Las señoras con paraguas eran mucho más listas y abordaban las zonas cubiertas, donde la gente sin paraguas se resguardaba de la lluvia. ¡Y aprovechaban ese momento para sacarles los ojos con las puntas de sus paraguas. – Sólo lo hacías por la comida gratis. – En realidad aquello no era una broma. Estaba completamente segura que si no llega a haber comida gratuita de por medio, Drake se hubiera quedado tranquilamente en el sofá de su casa. Plácidamente tumbado con los pies sobre la mesa y poniéndose hasta el culo a palomitas, patatas fritas y demás guarrerías que llenaran el agujero negro que tenía por estómago. – Pero sabes que le pongo diversión a tu aburrida vida. Desde que te cruzaste conmigo en aquel pub tu vida ha sido más entretenida que en los últimos ocho años. – En parte pensaba que era así. Soltó una pequeña risa al decir aquello y le dio un tímido golpe en el brazo, a modo de demostrar que aquello no era más que una inocente broma. O eso intentaba que fuese.

A decir verdad, aquello del baile era totalmente cierto. Drake parecía tener una enfermedad en los pies que no le permitía moverse sin llevarse por delante al noventa por ciento de las personas que se encontraban a su paso. Aquella noche no había estado tan mal, a fin de cuentas. Se había reído con él y de él, y eso ya hacía que la noche fuera divertida. El problema principal de bailar con Drake era su tamaño. O al menos comparado con el de Fly. Obviamente, con tacones no era difícil llegar a su altura, lo difícil era bailar con tacones y con un personaje cuyo mono a su lado parece un bailarín profesional. Ese era el problema principal. – Porque me gusta reírme de ti, y si hubieras sabido bailar, no me hubieras gustado en su momento. – Contestó aunque él no esperara respuesta alguna. Era cierto. Algo que siempre le había gustado de Drake era su sentido del humor y su falta del sentido del ridículo. En muchas ocasiones le había dado vergüenza ajena y le habían entrado ganas de tirarle el libro de El Monstruoso Libro de los Monstruos a la cabeza, pero en el fondo era algo característico suyo y le encantaba. Como todo. En pasado. – De nada, sabes que soy un encanto. – Añadió antes de notar como la mano del chico desordenaba un poco más, INCLUSO MÁS, su pelo. – Y ahora tengo el pelo mucho mejor que antes. Podrías ser peluquero y todo. – Ironizó. Pasó su mano por el pelo intentando colocarlo, aunque con aquella lluvia tampoco es que sirviera de mucho.

A pesar de la lluvia que caía, la temperatura no era precisamente fría. Es más, hacía calor. No calor como para ponerse a tomar el sol allí mismo, básicamente porque no había sol, pero sí como para no necesitar una chaqueta. Si no más bien para necesitar un paraguas para no terminar con un divertido constipado durante los próximos días. – Pues bien bonita que es mi piel. Además, ni que tú fueras moreno o algo por el estilo. – Añadió acercando su brazo a la cara del chico. – Mira, mira, sí somos casi del mismo color. – Aquello había resultado ser más ridículo de lo que imaginaba en su mente, pero era cierto. Drake no podía meterse con ella por su tono de piel, pues ambos podían presumir de tener un bonito color folio. Pero folio blanco, no folio de esos reciclados que te dan en las universidades porque son unos tacaños y no quieren gastar dinero de más en sus alumnos.

El puesto de perritos no estaba demasiado lejos y, por suerte, apenas había gente. ¿Por qué? Pues porque era tarde. Demasiado tarde como para que los más jóvenes compraran la cena y demasiado pronto como para que el resto del mundo volviese de fiesta y necesitara llevarse algo rico al estómago para matar al gusanillo. Aunque aquella frase no es que tenga mucho sentido, ¿Matar el gusanillo? ¿Qué pasa, que tenemos un gusano en el estómago y hasta que comemos no lo matamos? ¿Se le mata con comida? Lo mires por donde lo mires, esa frase no tiene ningún sentido. – Creo que ya le odio y sólo le he visto una vez. Pero bueno, a mí la gente me cae como el culo rápidamente. No sé cómo tú no estás en mi lista negra. – Alzó ambas cejas. En parte era verdad, la gente no le solía caer bien por regla general. La gente era pesada, estúpida y metomentodo. Era raro que alguien le cayese bien, la mitad del mundo le era tan indiferente que ni recordaba sus nombres pasados diez minutos. – Aunque creo que su secretaria me cae peor. Es una pesada, ¿Sabes? Bueno, claro que lo sabes, trabajas allí, digo yo que aunque seas un vago la conocerás. – Se encogió de hombros. – Es simpática, pero está estresada. Vive al límite, demasiado para mí. – Ella era más calmada. Totalmente. O más vaga, según como se mire. – Pues… No hablamos mucho de nuestra vida, la verdad. Pero me contó que volvió a Inglaterra hace poco. No fui la única en irme por lo que parece… - No, no lo era, pues en el tiempo que había pasado desde su vuelta sólo se había cruzado a dos o tres antiguos compañeros. Y obviamente, se tendría que haber cruzado a más, porque yo lo digo, básicamente. – Está igual que siempre. Es bueno ver que no soy la única que no crece. – Añadió bromeando. Algo que le encantaba de su amiga era no tener que mirar hacia arriba para hablar con ella. – Es que tú eres un puto gigante, diré en nuestra defensa.

Drake obvió la pregunta que Fly había hecho y la castaña resopló y le tendió el envoltorio de su perrito para que siguiera comportándose como un niño chico. – No, yo ahí no vuelvo en un par de días. Tampoco tenía tantas cosas importantes… - Ropa, básicamente. El resto tampoco era muy importante. Y la ropa no es que fuera demasiado importante para ella. – Creo que aprovecharé para aparecer por Noruega ahora que no está y recoger mis cosas. No tengo intención que volver a verle, ¿Vale? – Rió y dejó caer su peso en la pared. – Sé que suena infantil comportarse de este modo, pero si le conocieras me comprenderías. Creía que las cosas cambiarían con el tiempo. Que él cambiaría… Pero estaba equivocada. – Nathan no era tipo limpio, y no por falta de higiene, y Fly había llegado a su propio límite en cuanto al hombre. – No me gusta que me estén controlando todo el día… Agh, es que me alegro de que haya acabado así, al menos no me tendré que sentir mal por dejar a alguien que quiero como cuando tú y yo… Bueno, eso. – Se encogió de hombros. – En serio, es que Nathan es gilipollas. Pero profundo. Así que iré a por mis cosas y no volveré a saber nada de él. Y luego me meto en un convento, que además ahí te dan comida y cama gratis. – Bromeó. En realidad no era mala opción, las monjas vivían por la caridad de los demás y la gente marcaba la x en la casilla de la Iglesia y las daba dinero para montarse chalets, que todos sabemos para que usa el dinero la Iglesia. Aunque claro, las monjas le dan su vida a Dios y una vida sin sexo, no es vida. – Que simpáticos son los vagabundos, ¿No? Supongo que iré a ver a mis padres, que ya sé que mi habitación sigue disponible, aunque con muchas cajas y polvo. Y luego me regañaban a mí por no limpiar la habitación… ¡Y ellos ni si quiera entraban! Y ahora la tienen ahí, muerta del asco y que parece una cueva de las telarañas que tiene.

Se echó hacia delante dejando la postura apoyada en la pared y le dio un pequeño abrazo a Drake. Se quedó allí durante un breve instante, con los ojos cerrados y volvió a separarse. – Creo que iré a casa. Bueno, a la de mis padres. – Volvió a reír. – Mándame un día una lechuza y nos vemos, ¿Quieres? – Dicho esto, dobló la esquina más cercana y se desapareció  en dirección a casa de sus padres.
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