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This is how we do | Abigail T. McDowell | Priv.

Vanessa Crowley el Mar Ago 07, 2018 7:39 pm

7/7/2018
20:00

Aquel día, Vanessa había escogido un atuendo sencillo e informal, bastante más tapado que los vestidos que solía ponerse. Llevaba un bolso marrón tan enorme que no necesitaba de hechizos extensivos para que la mujer pudiera embutir todas sus cosas dentro, unos zapatos de tacón negros y gafas de sol.

Abigail y ella habían escogido un pub bastante exclusivo, al que sólo se podía acceder con reserva previa y mostrando la varita. En ese sitio se tomaban la seguridad tan en serio que ni siquiera la Ministra de Magia podía presentarse allí y esperar que la dejaran entrar sin reserva previa. Y a Nessa eso le gustaba, le hacía saber que era exclusivo de verdad.

Así que se apareció en la entrada, frente a la puerta que había sido protegida con hechizos que repelían a los muggles y con decoraciones que evitaban la vista de los curiosos. ¿De qué servía que el pub se tomara la seguridad y la intimidad de sus visitantes tan en serio si cualquiera podía ver quién entraba? Mostró su varita, y tras examinarla durante unos segundos, el portero dijo:

Buenos días, señorita Crowley. Podrá reunirse con su acompañante en el corner reservado para ustedes en el tercer piso.

Envuelta en un silencio sepulcral, subió al ascensor y el encargado (minipunto para el pub) marcó el tercer piso.

Era una sala bonita, con unas buenas vistas y que acompañaba a reunirse. Por el momento estaba sola, pero es que Nessa siempre llegaba pronto a los sitios. Y sabía que su amiga no llegaría tarde.


Última edición por Vanessa Crowley el Sáb Oct 13, 2018 2:56 pm, editado 1 vez
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Vanessa CrowleyProfesores

Abigail T. McDowell el Sáb Ago 11, 2018 6:06 am

Aquel día, de manera totalmente imprevista, el Ministerio Británico recibió visita extranjera, por lo que hasta casi las siete de la tarde Abigail no se liberó de los quehaceres políticos: reuniones improvisadas, sonrisas fingidas y algún que otro contrato firmado que favorecía enormemente la política inglesa. No podía quejarse, después de todo.

Fue a las siete y media cuando, en el despacho del Ministerio, su secretario le avisó de que tenía una cita a las ocho. En la agenda no ponía lugar, ni tampoco con quién tenía la cita. Después de todo, Abigail intentaba ser lo más celosa posible con su vida privada teniendo en cuenta que la prensa ya se encargaba de hacer lo imposible por evitarlo. Sin embargo, la pelirroja sabía perfectamente en dónde y con quién había quedado. Suspiró, cansada, mirando el reloj de su muñeca para estimar su llegada. No le daba tiempo de pasar por casa, por lo que decidió ir directamente, ataviada con su usual traje de pantalón y americana de color negro, acompañado de unos tacones negros y una camisa holgada y translúcida.

Había quedado con Vanessa Crowley, la única Crowley viva que quedaba de la familia que Abigail conocía. En realidad la Ministra conocía mucho más a sus hermanos, debido a la influencia Mortífaga y algún que otro motivo más personal, pero inevitablemente conocer a Vanessa fue cuestión de tiempo, sobre todo con lo dado que eran a fiestas puristas y ese tipo de eventos familias como los Crowley. Abigail, pese a no pertenecer a ninguna familia purista renombrada por sus ideales pro-Voldemort, se había labrado con el apellido McDowell un lugar muy bueno entre ellas.

Una vez en el lugar acordado, enseñó su varita y caminó directamente hasta el ascensor, en donde el encargado marcó el tercer piso. Había ido en varias ocasiones a aquel lugar, por lo que no le costó encontrar a Vanessa sentada en una de las mesas, en una esquina, que daban a la estrellada noche de Londres, una milagrosa noche sin nubes en Inglaterra. Caminó hacia allí, guardándose de nuevo la varita en el interior de su manga izquierda, para finalmente quedar frente a ella.

Vanessa. —Saludó, haciendo gala del típico gesto que hoy había repetido tanto, dándole dos besos totalmente cordiales. Acto seguido, se desabrochó el botón de su americana y se sentó en la silla frente a la Crowley, cruzándose de piernas y alzando una de sus manos para llamar al camarero. —No sé tú, pero me muero de hambre. Aprovechemos para cenar en lo que me cuentas por qué sabes que soy animaga. Si tu hermano no estuviese muerto, le tiraba yo misma de la escoba a la que tanto le gustaba montarse para ver como se hace uno contra el suelo. —Fingió una sonrisa irónica. Abigail tenía cero pudor con ese tipo de comentarios, además de que adoraba sonar hiriente. Quizás en otra ocasión y frente a otra persona tampoco, pero con la familia Crowley ya tenía confianza, incluida la única hermana viva. Además, le hacía bastante gracia que los tres hermanos Crowley hubiesen muerto/desaparecido en un intervalo de tiempo inferior a tres meses, ¿qué narices les había pasado?

¿Qué les traigo, señoritas?

Tráigame un plato de bacalao en salsa holandesa con patatas fritas. Y una copa de vino blanco. —Pidió, para entonces mirar a la rubia, a la espera de que ella pidiese lo que quería.

No le hacía falta un master en clarividencia para saber por qué le había citado Vanessa, ¿qué otro motivo podría haber para que una profesional en transformaciones citase a alguien como Abigail por dudas en ese mismo ámbito? Ninguno.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Vanessa Crowley el Sáb Ago 25, 2018 10:32 pm

Y como era de esperar, Abigail no llegó tarde. La rubia había quedado de espaldas a la puerta, pero aun así su llegada no la sorprendió. Ahí, en la soledad del espacio que les había sido reservado, el taconeo resonando contra las baldosas del suelo llenaba la sala con su sonido inconfundible, alertando de la entrada de cualquier persona. Preparó una de sus sonrisas más sinceras.

Abigail —la saludó a su vez, levantándose de la silla para darle dos besos sin perder la sonrisa. A continuación, volvió a sentarse—. Me parece bien.

Pero cuando mencionó la muerte de sus hermanos, la sonrisa le desapareció del rostro. Era algo normal. Tras la muerte de Sebastian, la única mujer de la fratría había sido muy reacia a aceptar la muerte de sus hermanos mayores, algo comprensible en un inicio, teniendo en cuenta que no se habían encontrado los cuerpos. Pero ya habían pasado más de 6 meses, y sólo un necio creería que habían sido capturados. Nadie en su sano juicio secuestraría a dos Crowley con intención de mantenerlos con vida y no pediría un rescate por ellos. Y un así, Nessa estaba muy lejos de asumir su muerte. La esperanza es lo único que se pierde, dicen, y la mujer no andaba corta de esperanza.

Bueno, ya sabes como es Zed —pronunció recuperando la sonrisa. El mero hecho de recordar la metedura de pata de su hermano le devolvía la alegría—. No creas que lo hizo expresamente. Se le escapó.

Y luego sufrieron la interrupción del camarero, y si no fuera porque su acompañante había manifestado interés en cenar (interés que ella también tenía) lo habría fulminado con la mirada, sin necesidad de magia, por haber interrumpido lo que probablemente habría sido una anécdota muy divertida y que tendría que dejar para dentro de unos minutos.

Patatas asadas. Rellenas de atún, sin coliflor —pidió—. Y tomaré una copa de vino blanco también. Bueno, como estaba diciendo —dijo en un tono de voz más alto de lo habitual, indicándole así al camarero que esperaba que se marchara, para después seguir hablando en voz baja—, ya sabes como es Zed. Siempre ha seguido los pasos de Vladimir. Estaban muy unidos, es lógico que los dos conocieran el secreto, y de entre los dos... —Sonrió—. Bueno, no es muy difícil adivinar cuál de los dos habló de más, ¿verdad? —A continuación, su rostro se tornó más serio de nuevo, sólo para rebelar una especie de confidencia—. No te preocupes, estoy segura de que no se lo dijo a nadie más, y tu secreto está a salvo conmigo. Sé que sería un problema que la propia ministra se saltara las leyes... Pero, a no ser que lo hayas hablado con alguien más, sólo lo sabemos tú y yo, y yo no soy una bocazas ni una chivata.

No era mentira. Aunque era purista, la zarca no era de ese tipo de persona capaz de vender a amigos o familiares. Además, sabía perfectamente que la Ministra de Magia compartía sus mismos ideales. No en vano era mortífaga. Se recostó ligeramente en la silla y se preguntó entonces si aquella información era de dominio público. Desconocía si el resto de la sociedad mágica sabía que Abigail llevaba la Marca Tenebrosa en el brazo, pero lo que estaba claro, por la forma en la que había accedido al puesto y por las políticas que se estaban llevando a cabo durante su mandato, es que era afín a Lord Voldemort.

Lo cierto es que la historia completa es para partirse de risa... Aunque no sé si a ti, como afectada, te hará la misma gracia. Estoy segura de que si sustituyes el secreto por cualquier otra cosa, te parecerá divertidísimo.

A pesar de que su amiga había mencionado que era una animaga directamente, ella no pensaba hacer lo mismo. No después de tener el camarero rondando por ahí cerca. Cuando les sirviese la comida y se alejara para dedicarse a sus quehaceres, otro gallo cantaría.
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Abigail T. McDowell el Mar Ago 28, 2018 2:55 am

No quiso remarcar el "era" de su afirmación, pues tampoco estaba tan enfadada como para remarcar la evidente muerte de su hermano menor. Pero vamos, estaba claro que Zed ahora mismo debía de ser un amasijo de masa en descomposición que olería francamente mal. Si es que existía masa que descomponerse, claro. Además, tal y como era el pequeño de los Crowley podía asumir que perfectamente se le pudo haber escapado en un intento de alardear de su sabiduría. Hablaba demasiado y muchas veces sin pensar.

Tras pedir la comida al camarero, continuó hablando, excusando a su hermano pequeño. Abigail no era excesivamente afín a la familia Crowley, pero tenía sus relaciones con los respectivos hermanos, la suficiente como para darse cuenta de que Vladimir y Zed eran como uña y carne y que también eran los más propensos a soltar mierda. Pese a eso, no era un motivo válido para la pelirroja el soltar información tan valiosa. Claro que Abigail, por mucho que quisiera a su hermano menor, había perdido con él toda la complicidad que seguramente los hermanos Crowley tenían entre ellos, así como la confianza que se profesaban. La Ministra, sin embargo, no sabía lo que era eso y por eso ella no entendía esa piña de confidente que podrían llegar a ser ellos.

Me puedo imaginar que la verborrea de Zed, como siempre, llegó a límites insospechados —comentó con respecto a su declaración a medias. Su promesa de silencio a Abigail le valía poco—como todo lo que era simplemente hablado—, pero como tampoco tenía más opciones, decidió darle un voto de confianza. —Está bien.

De su condición de animaga solo sabían Caleb Dankworth, Circe Masbecth y, ahora, Vanessa Crowley. Lo cierto es que de los dos primeros no tenía ningún tipo de duda de su silencio pues ambos también eran animagos no registrados y a la segunda le había entrenado ella misma. No quería ni recordar los dolores de cabeza que tenía después de pasar una tarde completa en compañía de Circe Masbecth. Tenía suerte de que al menos se tomaba en serio las clases y dejaba su hostilidad insoportable de niña mimada a un lado. Y hablando de Vanessa... pues nunca le había dado motivos para desconfiar, por lo que simplemente lo dejó estar. Eso sí, Zed tenía suerte de estar muerto.

No era por parecer antipática, pero el sentido del humor de Abigail McDowell solía destacar por su ausencia. Pocas personas habían visto a Abigail soltar una carcajada real, de puro humor y es que pocas cosas le hacían gracia y muy pocas personas podían llegar a encontrar ese punto. El problema, en realidad, es que la pelirroja había hecho su vida muy profesional y seria y, actualmente, acarreaba muchas responsabilidades en su espalda. Y vamos, sencillamente le hacían gracia pocas cosas que en opinión popular podrían ser graciosas.

No sé qué decirte, hace tiempo que nadie me cuenta una historia que me parezca divertida. —La retó, con una ladeada sonrisa, para luego echar una ojeada fugaz al camarero que preparaba la comida a través del cristal que daba al comida. Benditos sean los restaurantes mágicos que tardan apenas minutos en traerte el pedido. —Cuéntamelo hasta que nos traigan la comida y podamos tener una conversación tranquila y sin interrupciones.

En verdad le daba un poco igual el momento en el que Zed se había ido de la lengua, pues nada iba a justificar su deslealtad hacia Abigail, sin embargo, sentía curiosidad por saber cómo era esa familia unida. Había conocido a Zed el primero, un hombre chulo y prepotente que no tenía nada que ver con sus hermanos mayores. Sobre todo con Sebastian, ese hombre serio y misterioso que tanto y siempre le había atraído a Abigail. Era una de esas espinas clavadas, una de esas relaciones basadas en el interés mutuo, pero con una profesionalidad de por medio que siempre los dejaba con una tensión sexual no resuelta. El hecho de que estuviese casado tampoco ayudaba. Era toda una pena que el mayor de los Crowley estuviese muerto.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Vanessa Crowley el Dom Sep 09, 2018 7:09 pm

Sonrió. Sí, a veces parecía que Zed estuviera borracho todo el tiempo, pero no era así. Bebía, sí, pero no tan a menudo como parecía; era consciente de que su carrera deportiva estaba en juego, y que los deportistas no estaban tantos años en activo como la mayoría de los profesionales mágicos. Sí, tenía un contrato prometedor con su equipo, una buena nómina por parte de éste y unos cuantos contratos publicitarios que sólo Dios sabía cuánto dinero le aportaban... Pero al menos era consciente de que la fama no le iba a durar para siempre. Era un grandísimo jugador y Nessa siempre había creído que lo suyo era talento natural, pero su hermano nunca había conseguido uno de esos récords que te hacen ser recordado para siempre.

Teniendo en cuenta la velocidad a la que el camarero estaba preparando la comida, estaba claro que contar la historia a la velocidad suficiente sería todo un reto. Más teniendo en cuenta que si lo que pretendía era que su acompañante se riera, tendría que contarla con todo lujo de detalles.

Verás, estoy segura de que has notado como es Zed —empezó a decir, utilizando el presente casi sin darse cuenta—. No es una mala persona ni mucho menos, pero siempre ha sido muy influenciable, especialmente por Vladimir. Ya sabes, con Sebastian nos llevábamos muchos años, pero los demás coincidimos todos en el colegio y estábamos muy unidos.

Que el menor de sus hermanos mayores fuera una mala o una buena persona dependía mucho de a quién le preguntaras, eso estaba claro, pero la moral de la rubia estaba lo suficientemente alterada como para considerar a todos sus hermanos unas bellísimas personas. De todos modos, era imposible negar que, de entre los tres, Zed era el que tenía menos malas pulgas y, sin duda, era el que tenía menos malignidad en el corazón. También era el único con un trabajo normal por el cuál no era necesario realizar malas acciones.

Bueno, pues en una de nuestras muchas reuniones familiares, decidimos ir a dar un paseo por los jardines. La mujer y las niñas de Sebastian, nuestros padres y Samuel se quedaron en la Mansión, así que obviamente se perdieron toda la diversión, y mucho más importante... Tu secreto —Automáticamente, su mente viajó hacia las hectáreas de terreno que conformaban los jardines de la Maisón Crowley, más propias de un noble que de una familia adinerada... Pero es que las fortunas de las familias puristas tan antiguas como la suya, poco tenían a envidiar con las de la nobleza—. Era una tarde tranquila, el Sol brillaba y se notaba que acababa de llegar el verano. Hasta los grillos cantaban.

El recuerdo de los grillos la llevó directa a su infancia, cuando las travesuras infantiles de Vladimir lo habían llevado a matar todos los grillos del jardín. Había sido algo extraño, había estado pisoteándolos hasta que se puso nervioso, perdió el control y los mató a todos con magia accidental. Conociendo un detalle como ese, no era raro que se hubiera convertido en extirpador.

Se estaba yendo por las ramas, pronto llegaría la comida y no tendría tiempo de terminar de contarle la historia... Más le valía ir directa al grano.

Bueno, resulta que como Sebastian y yo nos llevábamos 11 años, desde que cumplió la mayoría de edad, él siempre había hecho magia para distraerme. También la hacía para los demás, claro, pero teniendo en cuenta que cuando Sebastian cumplió los 17, yo tenía 6, Samuel y yo éramos los más fáciles de impresionar —dijo mientras una sonrisa cargada de nostalgia se plantificaba en su rostro, evocando muchos más recuerdos que no mencionó—. Solía hacer aparecer flores, transfigurar animales... A veces también se transfiguraba a si mismo para hacernos reír —Que Sebastian siempre había sido muy serio no era un secreto, pero en ocasiones, especialmente a tan temprana edad, era capaz de ser una persona divertida frente a su familia—. El caso es que estábamos en el jardín, los cuatro paseando, cuando vimos un pequeño zorro rojo husmeando por ahí. No sé qué buscaba, si esperaba encontrar comida o qué... —A decir verdad, la zarca no tenía ni idea de qué comían los zorros—, pero el caso es que Vladimir no pudo evitar ponerse a jugar con él...

Su frase quedó suspendida en el aire cuando regresó el camarero, ganándose una mirada de Nessa que habría podido asesinar a cualquiera sin necesidad de un avada kadabra, que lo paralizó en el sitio durante unos breves instantes. Cuando fue capaz de reaccionar, dejó la comida frente a ambas mujeres y se dedicó a servir el vino. Como era costumbre en lugares tan exclusivos como aquel, el pobre hombre tapó la etiqueta de la botella con una servilleta de tela.

Gracias —murmuró Vanessa, aunque un deje de fastidio aún le teñía la voz cuando tomó su copa para dar un trago.
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Abigail T. McDowell el Miér Oct 10, 2018 1:25 am

Le hacía especial gracia que Vanessa continuase hablando en presente de sus difuntos hermanos. No llegaba a comprender en los gestos de su cara si era porque se le había olvidado que estaban muertos, aún no lo había asimilado o era su manera de enfrentar el dolor. Fuera como fuese, le parecía un poco triste. Sin embargo, no dijo nada al respecto porque tenía más interés en saber por qué Zed se había ido de la lengua con su secreto. Ya le había quedado claro que la unión fraternal de muchas familias rompía las lealtades de las personas.

¿Sabéis esas historias que te cuenta una persona, más bien anécdotas, en las cuales se van por las ramas y tú desesperas porque sólo quiere que llegue al punto principal de la historia, que es realmente lo único que te importa? Abigail se alegraba—en realidad se la sudaba—por sus vivencias familiares, felices y alegres, las cuales ahora le hacían gracia porque más de la mitad de sus hermanos estaban muertos, pero bien poco le interesaban sus historias bonitas de la adolescencia.

Para colmo la historia fue interrumpida por el camarero, el cual por suerte se dio prisa al ver en las miradas de ambas mujeres que su interrupción no era bien recibida. Abigail sujetó su copa larga con delicadeza, llevándosela a los labios para tomar un sorbo de vino blanco.

Vale, me puedo imaginar cómo surgió el resto... —asumió Abigail, corriendo con consciencia el riesgo de equivocarse, aunque tal y como estaba la cosa, poco le importaba. Solo quería divagar con libertad cómo se había imaginado al cretino y chivato de Zed Crowley. —Zed vio el momento para sentirse importante e inteligente y mostrar al mundo un dato que, milagrosamente, sus hermanos mayores no sabían. Debió de ser un momento glorioso, saborear la ignorancia de sus hermanos mayores que siempre le hicieron sombra. —Ladeó una sonrisa, con cierta sorna. —Venga, cuéntame, ¿cómo lo contó? ¿Primero se jactó de haberse acostado con una zorra que, curiosamente, luego se convirtió en zorra de verdad? —Por cómo era el humor de Zed, se imaginaba algún chiste de ese estilo. Y debía de admitir que tenía su gracia, aunque Abigail sólo curvó una débil sonrisa. —¿O fingió ser un caballero? La verdad es que no le pega. Eso era más natural de Sebastian.

Y volvió a beber de la copa.

El camarero, que miraba desde lejos con una mirada permisiva, se encontró con la de Abigail, la cual le dio 'permiso' para que se acercase con los platos de comida. Los restaurantes mágicos eran asquerosamente eficientes, pues la magia hacía maravillas en todos los campos de la vida. Dejó los platos frente a cada una de las mujeres y se fue rápidamente, sin decir nada.

Bueno, ahora termina tu versión de la historia. Aunque he de admitir que no me imagino a Vladimir jugando con un zorro rojo perdido en vuestro jardín, pero te otorgaré el beneficio de la duda. —Por favor, ¿Vladimir jugando con un zorro? ¿Qué sería lo próximo: Sebastian cantándole a los animales como Blancanieves?
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Vanessa Crowley el Sáb Oct 20, 2018 2:27 pm

Si los comentarios de Abigail la habían molestado, no lo demostró, aunque debía reconocer que aquella última pregunta la había sorprendido. Por suerte, la copa de vino descansaba en la mano de la zarca, porque sino podían tener por seguro que se habría atragantado con el vino. Zed siempre había presumido de sus aventuras amorosas, tanto que el resto de hermanos había terminado asumiendo que la mayor parte de la historia ocurría sólo en su imaginación. Aun así, no esperaba que la Ministra de Magia confirmara una aventura que ella misma había dado por falsa desde que su hermano la contó por primera vez (porque aprovechaba cualquier ocasión para contarla). ¿O quizás la mujer sólo bromeaba porque conocía ese lado de Zed? Sí, aquella era la explicación más fáctible. Que sí, que Zed era guapo, ¿pero con Abigail? ¡Imposible!

Al final, decidió ignorar su pregunta y pasar directamente a la parte en la que la pelirroja la pedía que terminara de contar su propia versión de la historia.

Bueno, Vladimir estaba jugando con un zorro —Sonrió—. Pero no era el tipo de juegos inocentes que tienes en mente.

Su hermano mayor había estado jugando con el pobre animal de una forma bastante similar a la forma que tenía de entretenerse durante las horas muertas en el área-M, pero como no estaba segura de si las torturas llevadas a cabo en el área-M eran un secreto o no, prefirió no decir nada. La rubia no era como Zed, era muy raro que se le escapara un secreto, no era una chivata ni una bocazas.

Bebió de nuevo, rememorando la historia antes de seguir. En realidad ahora no le parecía tan graciosa, quizás por la interrupción del camarero, quizás por los comentarios soeces de su acompañante o quizás porque simplemente la historia no tenía nada de divertido y sólo había conseguido hacerla reír por la felicidad del momento.

El caso es que a Zed le parecieron unos juegos inadecuados por si la apariencia del zorro escondía realmente la de una persona. A Vladimir no le importó, por supuesto, dijo que en ese caso se lo merecía por allanamiento de morada —Se encogió de hombros—. No le faltaba razón, si me preguntas la opinión, y Sebastian también estuvo de acuerdo, siempre se tomó muy en serio la familiaExcepto cuando se trataba de la zorra de su mujer, pensó— Y entonces Zed hizo la pregunta que desveló la verdad: ¿y si fuera la Ministra?

Bebió una vez más de su copa, haciendo una breve pausa antes de seguir. Si es que tenía sentido continuar con la historia, pues el final era más que evidente.

A partir de ahí llegó el interrogatorio y no le quedó más remedio que confesar.
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Abigail T. McDowell Ayer a las 3:03 am

Había que tener un cerebro de guisante como para asumir que si una persona es animaga de zorro rojo, al ver un zorro rojo tuviera que ser ‘esa persona’ de la que sabes la animagia, sobre todo porque en Gran Bretaña el animal prácticamente emblemático del país era el dichoso zorro rojo. Y más todavía como para asumir que Abigail McDowell, en su forma animaga, iba a estar en los jardines de los Crowley paseando como Pedro por su casa. Pero bueno, estaba claro que la inteligencia de esa familia no la había sacado Zed Crowley. El físico sí, pero la inteligencia se quedó en valores negativos.

¿La Ministra? —Enarcó una ceja.

Se sorprendió, en realidad. Zed sabía lo de Abigail desde hacía tiempo, desde antes de que fuera Ministra de Magia, por lo que sí hablaron de Abigail como la Ministra de Magia es que no hacía más de año y medio de la confesión.

O sea, fue hace relativamente poco, el año pasado, pensé que lo sabríais de mucho antes. Recuerdo que Zed se enteró cuando ambos compartimos misión en los Mortífagos, hace casi… no sé, ¿cuatro años? No estoy segura. —Y tampoco era un dato relevante. De hecho le tranquilizó que los Crowley supiesen su secreto desde hace tan poco tiempo, ya que después todos habían muerto, por lo que dudaba mucho que nadie pudiesen haberse ido de la lengua con terceros. —Y evidentemente por aquel entonces no era Ministra de Magia. —Abi se hartaba a decir con orgullo que era Ministra de Magia, ¿pero cómo no? Sus ambiciones habían sido satisfechas.

Se llevó un trozo de su pescado a la boca y, tras tomarse su tiempo es masticarlo y tragar, decidió continuar con la conversación. Decidió dejar el tema de Zed y su verborrea desmedida atrás, pues tampoco había mucho más que decir. Ya estaba muerto, pocos castigos peor que ese habían.

Teniendo en cuenta tu carrera en transformaciones, he asumido libremente que me has llamado porque estás interesada en preguntarme por mi animagia, que es el único logro que tengo relacionado con transformaciones humanas. —Carraspeó, hablando con naturalidad y yendo directa al grano. La verdad es que pocas veces Abigail se iba por las ramas. —Así que quieres aprender a convertirte.

A ver, no era nada del otro mundo, básicamente sumar dos más dos teniendo un mínimo de lógica e inteligencia. Si no, no tenía sentido ninguno que Vanessa Crowley, experta en transformaciones, fuese a preguntarle a Abigail McDowell, conocida por ser Ministra de Magia y tener la carrera de Administración y Finanzas Mágicas y la Carrera de Desmemorizadora, sobre transformaciones humanas. No tenía ningún sentido.

Me parece curioso que una persona como tú, tan afianzada a las transformaciones, haya tardado tanto en interesarse por la animagia teniendo en cuenta la dificultad. Es algo así como un logro que no cualquiera es capaz de conseguir. Es decir, a mí las transformaciones en general me parecen un tostón inútil que nunca llamó mi atención —dijo, dando su más sincera opinión—, pero desde que supe la existencia de la animagia me pareció que era la mejor utilidad que se le podía dar a esa rama de la magia. Prioricé casi tanto eso como mis carreras universitarias.

Cuatro años tardó en dominar por completo la transformación, hasta el punto de poder estar horas y horas convertida. No había sido fácil compaginar un estudio tan exhaustivo—cuando eres mala en transformaciones—con dos carreras universitarias y un entrenamiento duro por parte de tu mentor de los Mortífagos. Había gente que la dominación de la animagia era de menos años, o había  gente que de más, pero eso era totalmente subjetivo y dependía de la habilidad y del tiempo del mago.

Puedes preguntarme lo que quieras, ¿pero por qué te interesas ahora? —preguntó, con interés. Siempre le había resultado curioso saber el porqué de las decisiones de la gente, te decían más de ellos que cualquier otro gesto.
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Pureza de sangre : Sangre limpia
Galeones : 27.252
Lealtad : Lord Voldemort
Patronus : No tiene
RP Adicional : +1H /+2F
Mensajes : 758
Puntos : 538
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

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