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This is how we do | Abigail T. McDowell | Priv.

Vanessa Crowley el Mar Ago 07, 2018 6:39 pm

7/7/2018
20:00

Aquel día, Vanessa había escogido un atuendo sencillo e informal, bastante más tapado que los vestidos que solía ponerse. Llevaba un bolso marrón tan enorme que no necesitaba de hechizos extensivos para que la mujer pudiera embutir todas sus cosas dentro, unos zapatos de tacón negros y gafas de sol.

Abigail y ella habían escogido un pub bastante exclusivo, al que sólo se podía acceder con reserva previa y mostrando la varita. En ese sitio se tomaban la seguridad tan en serio que ni siquiera la Ministra de Magia podía presentarse allí y esperar que la dejaran entrar sin reserva previa. Y a Nessa eso le gustaba, le hacía saber que era exclusivo de verdad.

Así que se apareció en la entrada, frente a la puerta que había sido protegida con hechizos que repelían a los muggles y con decoraciones que evitaban la vista de los curiosos. ¿De qué servía que el pub se tomara la seguridad y la intimidad de sus visitantes tan en serio si cualquiera podía ver quién entraba? Mostró su varita, y tras examinarla durante unos segundos, el portero dijo:

Buenos días, señorita Crowley. Podrá reunirse con su acompañante en el corner reservado para ustedes en el tercer piso.

Envuelta en un silencio sepulcral, subió al ascensor y el encargado (minipunto para el pub) marcó el tercer piso.

Era una sala bonita, con unas buenas vistas y que acompañaba a reunirse. Por el momento estaba sola, pero es que Nessa siempre llegaba pronto a los sitios. Y sabía que su amiga no llegaría tarde.


Última edición por Vanessa Crowley el Sáb Oct 13, 2018 1:56 pm, editado 1 vez
Vanessa Crowley
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Abigail T. McDowell el Sáb Ago 11, 2018 5:06 am

Aquel día, de manera totalmente imprevista, el Ministerio Británico recibió visita extranjera, por lo que hasta casi las siete de la tarde Abigail no se liberó de los quehaceres políticos: reuniones improvisadas, sonrisas fingidas y algún que otro contrato firmado que favorecía enormemente la política inglesa. No podía quejarse, después de todo.

Fue a las siete y media cuando, en el despacho del Ministerio, su secretario le avisó de que tenía una cita a las ocho. En la agenda no ponía lugar, ni tampoco con quién tenía la cita. Después de todo, Abigail intentaba ser lo más celosa posible con su vida privada teniendo en cuenta que la prensa ya se encargaba de hacer lo imposible por evitarlo. Sin embargo, la pelirroja sabía perfectamente en dónde y con quién había quedado. Suspiró, cansada, mirando el reloj de su muñeca para estimar su llegada. No le daba tiempo de pasar por casa, por lo que decidió ir directamente, ataviada con su usual traje de pantalón y americana de color negro, acompañado de unos tacones negros y una camisa holgada y translúcida.

Había quedado con Vanessa Crowley, la única Crowley viva que quedaba de la familia que Abigail conocía. En realidad la Ministra conocía mucho más a sus hermanos, debido a la influencia Mortífaga y algún que otro motivo más personal, pero inevitablemente conocer a Vanessa fue cuestión de tiempo, sobre todo con lo dado que eran a fiestas puristas y ese tipo de eventos familias como los Crowley. Abigail, pese a no pertenecer a ninguna familia purista renombrada por sus ideales pro-Voldemort, se había labrado con el apellido McDowell un lugar muy bueno entre ellas.

Una vez en el lugar acordado, enseñó su varita y caminó directamente hasta el ascensor, en donde el encargado marcó el tercer piso. Había ido en varias ocasiones a aquel lugar, por lo que no le costó encontrar a Vanessa sentada en una de las mesas, en una esquina, que daban a la estrellada noche de Londres, una milagrosa noche sin nubes en Inglaterra. Caminó hacia allí, guardándose de nuevo la varita en el interior de su manga izquierda, para finalmente quedar frente a ella.

Vanessa. —Saludó, haciendo gala del típico gesto que hoy había repetido tanto, dándole dos besos totalmente cordiales. Acto seguido, se desabrochó el botón de su americana y se sentó en la silla frente a la Crowley, cruzándose de piernas y alzando una de sus manos para llamar al camarero. —No sé tú, pero me muero de hambre. Aprovechemos para cenar en lo que me cuentas por qué sabes que soy animaga. Si tu hermano no estuviese muerto, le tiraba yo misma de la escoba a la que tanto le gustaba montarse para ver como se hace uno contra el suelo. —Fingió una sonrisa irónica. Abigail tenía cero pudor con ese tipo de comentarios, además de que adoraba sonar hiriente. Quizás en otra ocasión y frente a otra persona tampoco, pero con la familia Crowley ya tenía confianza, incluida la única hermana viva. Además, le hacía bastante gracia que los tres hermanos Crowley hubiesen muerto/desaparecido en un intervalo de tiempo inferior a tres meses, ¿qué narices les había pasado?

¿Qué les traigo, señoritas?

Tráigame un plato de bacalao en salsa holandesa con patatas fritas. Y una copa de vino blanco. —Pidió, para entonces mirar a la rubia, a la espera de que ella pidiese lo que quería.

No le hacía falta un master en clarividencia para saber por qué le había citado Vanessa, ¿qué otro motivo podría haber para que una profesional en transformaciones citase a alguien como Abigail por dudas en ese mismo ámbito? Ninguno.
Abigail T. McDowell
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Vanessa Crowley el Sáb Ago 25, 2018 9:32 pm

Y como era de esperar, Abigail no llegó tarde. La rubia había quedado de espaldas a la puerta, pero aun así su llegada no la sorprendió. Ahí, en la soledad del espacio que les había sido reservado, el taconeo resonando contra las baldosas del suelo llenaba la sala con su sonido inconfundible, alertando de la entrada de cualquier persona. Preparó una de sus sonrisas más sinceras.

Abigail —la saludó a su vez, levantándose de la silla para darle dos besos sin perder la sonrisa. A continuación, volvió a sentarse—. Me parece bien.

Pero cuando mencionó la muerte de sus hermanos, la sonrisa le desapareció del rostro. Era algo normal. Tras la muerte de Sebastian, la única mujer de la fratría había sido muy reacia a aceptar la muerte de sus hermanos mayores, algo comprensible en un inicio, teniendo en cuenta que no se habían encontrado los cuerpos. Pero ya habían pasado más de 6 meses, y sólo un necio creería que habían sido capturados. Nadie en su sano juicio secuestraría a dos Crowley con intención de mantenerlos con vida y no pediría un rescate por ellos. Y un así, Nessa estaba muy lejos de asumir su muerte. La esperanza es lo único que se pierde, dicen, y la mujer no andaba corta de esperanza.

Bueno, ya sabes como es Zed —pronunció recuperando la sonrisa. El mero hecho de recordar la metedura de pata de su hermano le devolvía la alegría—. No creas que lo hizo expresamente. Se le escapó.

Y luego sufrieron la interrupción del camarero, y si no fuera porque su acompañante había manifestado interés en cenar (interés que ella también tenía) lo habría fulminado con la mirada, sin necesidad de magia, por haber interrumpido lo que probablemente habría sido una anécdota muy divertida y que tendría que dejar para dentro de unos minutos.

Patatas asadas. Rellenas de atún, sin coliflor —pidió—. Y tomaré una copa de vino blanco también. Bueno, como estaba diciendo —dijo en un tono de voz más alto de lo habitual, indicándole así al camarero que esperaba que se marchara, para después seguir hablando en voz baja—, ya sabes como es Zed. Siempre ha seguido los pasos de Vladimir. Estaban muy unidos, es lógico que los dos conocieran el secreto, y de entre los dos... —Sonrió—. Bueno, no es muy difícil adivinar cuál de los dos habló de más, ¿verdad? —A continuación, su rostro se tornó más serio de nuevo, sólo para rebelar una especie de confidencia—. No te preocupes, estoy segura de que no se lo dijo a nadie más, y tu secreto está a salvo conmigo. Sé que sería un problema que la propia ministra se saltara las leyes... Pero, a no ser que lo hayas hablado con alguien más, sólo lo sabemos tú y yo, y yo no soy una bocazas ni una chivata.

No era mentira. Aunque era purista, la zarca no era de ese tipo de persona capaz de vender a amigos o familiares. Además, sabía perfectamente que la Ministra de Magia compartía sus mismos ideales. No en vano era mortífaga. Se recostó ligeramente en la silla y se preguntó entonces si aquella información era de dominio público. Desconocía si el resto de la sociedad mágica sabía que Abigail llevaba la Marca Tenebrosa en el brazo, pero lo que estaba claro, por la forma en la que había accedido al puesto y por las políticas que se estaban llevando a cabo durante su mandato, es que era afín a Lord Voldemort.

Lo cierto es que la historia completa es para partirse de risa... Aunque no sé si a ti, como afectada, te hará la misma gracia. Estoy segura de que si sustituyes el secreto por cualquier otra cosa, te parecerá divertidísimo.

A pesar de que su amiga había mencionado que era una animaga directamente, ella no pensaba hacer lo mismo. No después de tener el camarero rondando por ahí cerca. Cuando les sirviese la comida y se alejara para dedicarse a sus quehaceres, otro gallo cantaría.
Vanessa Crowley
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Abigail T. McDowell el Mar Ago 28, 2018 1:55 am

No quiso remarcar el "era" de su afirmación, pues tampoco estaba tan enfadada como para remarcar la evidente muerte de su hermano menor. Pero vamos, estaba claro que Zed ahora mismo debía de ser un amasijo de masa en descomposición que olería francamente mal. Si es que existía masa que descomponerse, claro. Además, tal y como era el pequeño de los Crowley podía asumir que perfectamente se le pudo haber escapado en un intento de alardear de su sabiduría. Hablaba demasiado y muchas veces sin pensar.

Tras pedir la comida al camarero, continuó hablando, excusando a su hermano pequeño. Abigail no era excesivamente afín a la familia Crowley, pero tenía sus relaciones con los respectivos hermanos, la suficiente como para darse cuenta de que Vladimir y Zed eran como uña y carne y que también eran los más propensos a soltar mierda. Pese a eso, no era un motivo válido para la pelirroja el soltar información tan valiosa. Claro que Abigail, por mucho que quisiera a su hermano menor, había perdido con él toda la complicidad que seguramente los hermanos Crowley tenían entre ellos, así como la confianza que se profesaban. La Ministra, sin embargo, no sabía lo que era eso y por eso ella no entendía esa piña de confidente que podrían llegar a ser ellos.

Me puedo imaginar que la verborrea de Zed, como siempre, llegó a límites insospechados —comentó con respecto a su declaración a medias. Su promesa de silencio a Abigail le valía poco—como todo lo que era simplemente hablado—, pero como tampoco tenía más opciones, decidió darle un voto de confianza. —Está bien.

De su condición de animaga solo sabían Caleb Dankworth, Circe Masbecth y, ahora, Vanessa Crowley. Lo cierto es que de los dos primeros no tenía ningún tipo de duda de su silencio pues ambos también eran animagos no registrados y a la segunda le había entrenado ella misma. No quería ni recordar los dolores de cabeza que tenía después de pasar una tarde completa en compañía de Circe Masbecth. Tenía suerte de que al menos se tomaba en serio las clases y dejaba su hostilidad insoportable de niña mimada a un lado. Y hablando de Vanessa... pues nunca le había dado motivos para desconfiar, por lo que simplemente lo dejó estar. Eso sí, Zed tenía suerte de estar muerto.

No era por parecer antipática, pero el sentido del humor de Abigail McDowell solía destacar por su ausencia. Pocas personas habían visto a Abigail soltar una carcajada real, de puro humor y es que pocas cosas le hacían gracia y muy pocas personas podían llegar a encontrar ese punto. El problema, en realidad, es que la pelirroja había hecho su vida muy profesional y seria y, actualmente, acarreaba muchas responsabilidades en su espalda. Y vamos, sencillamente le hacían gracia pocas cosas que en opinión popular podrían ser graciosas.

No sé qué decirte, hace tiempo que nadie me cuenta una historia que me parezca divertida. —La retó, con una ladeada sonrisa, para luego echar una ojeada fugaz al camarero que preparaba la comida a través del cristal que daba al comida. Benditos sean los restaurantes mágicos que tardan apenas minutos en traerte el pedido. —Cuéntamelo hasta que nos traigan la comida y podamos tener una conversación tranquila y sin interrupciones.

En verdad le daba un poco igual el momento en el que Zed se había ido de la lengua, pues nada iba a justificar su deslealtad hacia Abigail, sin embargo, sentía curiosidad por saber cómo era esa familia unida. Había conocido a Zed el primero, un hombre chulo y prepotente que no tenía nada que ver con sus hermanos mayores. Sobre todo con Sebastian, ese hombre serio y misterioso que tanto y siempre le había atraído a Abigail. Era una de esas espinas clavadas, una de esas relaciones basadas en el interés mutuo, pero con una profesionalidad de por medio que siempre los dejaba con una tensión sexual no resuelta. El hecho de que estuviese casado tampoco ayudaba. Era toda una pena que el mayor de los Crowley estuviese muerto.
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Vanessa Crowley el Dom Sep 09, 2018 6:09 pm

Sonrió. Sí, a veces parecía que Zed estuviera borracho todo el tiempo, pero no era así. Bebía, sí, pero no tan a menudo como parecía; era consciente de que su carrera deportiva estaba en juego, y que los deportistas no estaban tantos años en activo como la mayoría de los profesionales mágicos. Sí, tenía un contrato prometedor con su equipo, una buena nómina por parte de éste y unos cuantos contratos publicitarios que sólo Dios sabía cuánto dinero le aportaban... Pero al menos era consciente de que la fama no le iba a durar para siempre. Era un grandísimo jugador y Nessa siempre había creído que lo suyo era talento natural, pero su hermano nunca había conseguido uno de esos récords que te hacen ser recordado para siempre.

Teniendo en cuenta la velocidad a la que el camarero estaba preparando la comida, estaba claro que contar la historia a la velocidad suficiente sería todo un reto. Más teniendo en cuenta que si lo que pretendía era que su acompañante se riera, tendría que contarla con todo lujo de detalles.

Verás, estoy segura de que has notado como es Zed —empezó a decir, utilizando el presente casi sin darse cuenta—. No es una mala persona ni mucho menos, pero siempre ha sido muy influenciable, especialmente por Vladimir. Ya sabes, con Sebastian nos llevábamos muchos años, pero los demás coincidimos todos en el colegio y estábamos muy unidos.

Que el menor de sus hermanos mayores fuera una mala o una buena persona dependía mucho de a quién le preguntaras, eso estaba claro, pero la moral de la rubia estaba lo suficientemente alterada como para considerar a todos sus hermanos unas bellísimas personas. De todos modos, era imposible negar que, de entre los tres, Zed era el que tenía menos malas pulgas y, sin duda, era el que tenía menos malignidad en el corazón. También era el único con un trabajo normal por el cuál no era necesario realizar malas acciones.

Bueno, pues en una de nuestras muchas reuniones familiares, decidimos ir a dar un paseo por los jardines. La mujer y las niñas de Sebastian, nuestros padres y Samuel se quedaron en la Mansión, así que obviamente se perdieron toda la diversión, y mucho más importante... Tu secreto —Automáticamente, su mente viajó hacia las hectáreas de terreno que conformaban los jardines de la Maisón Crowley, más propias de un noble que de una familia adinerada... Pero es que las fortunas de las familias puristas tan antiguas como la suya, poco tenían a envidiar con las de la nobleza—. Era una tarde tranquila, el Sol brillaba y se notaba que acababa de llegar el verano. Hasta los grillos cantaban.

El recuerdo de los grillos la llevó directa a su infancia, cuando las travesuras infantiles de Vladimir lo habían llevado a matar todos los grillos del jardín. Había sido algo extraño, había estado pisoteándolos hasta que se puso nervioso, perdió el control y los mató a todos con magia accidental. Conociendo un detalle como ese, no era raro que se hubiera convertido en extirpador.

Se estaba yendo por las ramas, pronto llegaría la comida y no tendría tiempo de terminar de contarle la historia... Más le valía ir directa al grano.

Bueno, resulta que como Sebastian y yo nos llevábamos 11 años, desde que cumplió la mayoría de edad, él siempre había hecho magia para distraerme. También la hacía para los demás, claro, pero teniendo en cuenta que cuando Sebastian cumplió los 17, yo tenía 6, Samuel y yo éramos los más fáciles de impresionar —dijo mientras una sonrisa cargada de nostalgia se plantificaba en su rostro, evocando muchos más recuerdos que no mencionó—. Solía hacer aparecer flores, transfigurar animales... A veces también se transfiguraba a si mismo para hacernos reír —Que Sebastian siempre había sido muy serio no era un secreto, pero en ocasiones, especialmente a tan temprana edad, era capaz de ser una persona divertida frente a su familia—. El caso es que estábamos en el jardín, los cuatro paseando, cuando vimos un pequeño zorro rojo husmeando por ahí. No sé qué buscaba, si esperaba encontrar comida o qué... —A decir verdad, la zarca no tenía ni idea de qué comían los zorros—, pero el caso es que Vladimir no pudo evitar ponerse a jugar con él...

Su frase quedó suspendida en el aire cuando regresó el camarero, ganándose una mirada de Nessa que habría podido asesinar a cualquiera sin necesidad de un avada kadabra, que lo paralizó en el sitio durante unos breves instantes. Cuando fue capaz de reaccionar, dejó la comida frente a ambas mujeres y se dedicó a servir el vino. Como era costumbre en lugares tan exclusivos como aquel, el pobre hombre tapó la etiqueta de la botella con una servilleta de tela.

Gracias —murmuró Vanessa, aunque un deje de fastidio aún le teñía la voz cuando tomó su copa para dar un trago.
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Abigail T. McDowell el Miér Oct 10, 2018 12:25 am

Le hacía especial gracia que Vanessa continuase hablando en presente de sus difuntos hermanos. No llegaba a comprender en los gestos de su cara si era porque se le había olvidado que estaban muertos, aún no lo había asimilado o era su manera de enfrentar el dolor. Fuera como fuese, le parecía un poco triste. Sin embargo, no dijo nada al respecto porque tenía más interés en saber por qué Zed se había ido de la lengua con su secreto. Ya le había quedado claro que la unión fraternal de muchas familias rompía las lealtades de las personas.

¿Sabéis esas historias que te cuenta una persona, más bien anécdotas, en las cuales se van por las ramas y tú desesperas porque sólo quiere que llegue al punto principal de la historia, que es realmente lo único que te importa? Abigail se alegraba—en realidad se la sudaba—por sus vivencias familiares, felices y alegres, las cuales ahora le hacían gracia porque más de la mitad de sus hermanos estaban muertos, pero bien poco le interesaban sus historias bonitas de la adolescencia.

Para colmo la historia fue interrumpida por el camarero, el cual por suerte se dio prisa al ver en las miradas de ambas mujeres que su interrupción no era bien recibida. Abigail sujetó su copa larga con delicadeza, llevándosela a los labios para tomar un sorbo de vino blanco.

Vale, me puedo imaginar cómo surgió el resto... —asumió Abigail, corriendo con consciencia el riesgo de equivocarse, aunque tal y como estaba la cosa, poco le importaba. Solo quería divagar con libertad cómo se había imaginado al cretino y chivato de Zed Crowley. —Zed vio el momento para sentirse importante e inteligente y mostrar al mundo un dato que, milagrosamente, sus hermanos mayores no sabían. Debió de ser un momento glorioso, saborear la ignorancia de sus hermanos mayores que siempre le hicieron sombra. —Ladeó una sonrisa, con cierta sorna. —Venga, cuéntame, ¿cómo lo contó? ¿Primero se jactó de haberse acostado con una zorra que, curiosamente, luego se convirtió en zorra de verdad? —Por cómo era el humor de Zed, se imaginaba algún chiste de ese estilo. Y debía de admitir que tenía su gracia, aunque Abigail sólo curvó una débil sonrisa. —¿O fingió ser un caballero? La verdad es que no le pega. Eso era más natural de Sebastian.

Y volvió a beber de la copa.

El camarero, que miraba desde lejos con una mirada permisiva, se encontró con la de Abigail, la cual le dio 'permiso' para que se acercase con los platos de comida. Los restaurantes mágicos eran asquerosamente eficientes, pues la magia hacía maravillas en todos los campos de la vida. Dejó los platos frente a cada una de las mujeres y se fue rápidamente, sin decir nada.

Bueno, ahora termina tu versión de la historia. Aunque he de admitir que no me imagino a Vladimir jugando con un zorro rojo perdido en vuestro jardín, pero te otorgaré el beneficio de la duda. —Por favor, ¿Vladimir jugando con un zorro? ¿Qué sería lo próximo: Sebastian cantándole a los animales como Blancanieves?
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Vanessa Crowley el Sáb Oct 20, 2018 1:27 pm

Si los comentarios de Abigail la habían molestado, no lo demostró, aunque debía reconocer que aquella última pregunta la había sorprendido. Por suerte, la copa de vino descansaba en la mano de la zarca, porque sino podían tener por seguro que se habría atragantado con el vino. Zed siempre había presumido de sus aventuras amorosas, tanto que el resto de hermanos había terminado asumiendo que la mayor parte de la historia ocurría sólo en su imaginación. Aun así, no esperaba que la Ministra de Magia confirmara una aventura que ella misma había dado por falsa desde que su hermano la contó por primera vez (porque aprovechaba cualquier ocasión para contarla). ¿O quizás la mujer sólo bromeaba porque conocía ese lado de Zed? Sí, aquella era la explicación más fáctible. Que sí, que Zed era guapo, ¿pero con Abigail? ¡Imposible!

Al final, decidió ignorar su pregunta y pasar directamente a la parte en la que la pelirroja la pedía que terminara de contar su propia versión de la historia.

Bueno, Vladimir estaba jugando con un zorro —Sonrió—. Pero no era el tipo de juegos inocentes que tienes en mente.

Su hermano mayor había estado jugando con el pobre animal de una forma bastante similar a la forma que tenía de entretenerse durante las horas muertas en el área-M, pero como no estaba segura de si las torturas llevadas a cabo en el área-M eran un secreto o no, prefirió no decir nada. La rubia no era como Zed, era muy raro que se le escapara un secreto, no era una chivata ni una bocazas.

Bebió de nuevo, rememorando la historia antes de seguir. En realidad ahora no le parecía tan graciosa, quizás por la interrupción del camarero, quizás por los comentarios soeces de su acompañante o quizás porque simplemente la historia no tenía nada de divertido y sólo había conseguido hacerla reír por la felicidad del momento.

El caso es que a Zed le parecieron unos juegos inadecuados por si la apariencia del zorro escondía realmente la de una persona. A Vladimir no le importó, por supuesto, dijo que en ese caso se lo merecía por allanamiento de morada —Se encogió de hombros—. No le faltaba razón, si me preguntas la opinión, y Sebastian también estuvo de acuerdo, siempre se tomó muy en serio la familiaExcepto cuando se trataba de la zorra de su mujer, pensó— Y entonces Zed hizo la pregunta que desveló la verdad: ¿y si fuera la Ministra?

Bebió una vez más de su copa, haciendo una breve pausa antes de seguir. Si es que tenía sentido continuar con la historia, pues el final era más que evidente.

A partir de ahí llegó el interrogatorio y no le quedó más remedio que confesar.
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Abigail T. McDowell el Lun Oct 22, 2018 2:03 am

Había que tener un cerebro de guisante como para asumir que si una persona es animaga de zorro rojo, al ver un zorro rojo tuviera que ser ‘esa persona’ de la que sabes la animagia, sobre todo porque en Gran Bretaña el animal prácticamente emblemático del país era el dichoso zorro rojo. Y más todavía como para asumir que Abigail McDowell, en su forma animaga, iba a estar en los jardines de los Crowley paseando como Pedro por su casa. Pero bueno, estaba claro que la inteligencia de esa familia no la había sacado Zed Crowley. El físico sí, pero la inteligencia se quedó en valores negativos.

¿La Ministra? —Enarcó una ceja.

Se sorprendió, en realidad. Zed sabía lo de Abigail desde hacía tiempo, desde antes de que fuera Ministra de Magia, por lo que sí hablaron de Abigail como la Ministra de Magia es que no hacía más de año y medio de la confesión.

O sea, fue hace relativamente poco, el año pasado, pensé que lo sabríais de mucho antes. Recuerdo que Zed se enteró cuando ambos compartimos misión en los Mortífagos, hace casi… no sé, ¿cuatro años? No estoy segura. —Y tampoco era un dato relevante. De hecho le tranquilizó que los Crowley supiesen su secreto desde hace tan poco tiempo, ya que después todos habían muerto, por lo que dudaba mucho que nadie pudiesen haberse ido de la lengua con terceros. —Y evidentemente por aquel entonces no era Ministra de Magia. —Abi se hartaba a decir con orgullo que era Ministra de Magia, ¿pero cómo no? Sus ambiciones habían sido satisfechas.

Se llevó un trozo de su pescado a la boca y, tras tomarse su tiempo es masticarlo y tragar, decidió continuar con la conversación. Decidió dejar el tema de Zed y su verborrea desmedida atrás, pues tampoco había mucho más que decir. Ya estaba muerto, pocos castigos peor que ese habían.

Teniendo en cuenta tu carrera en transformaciones, he asumido libremente que me has llamado porque estás interesada en preguntarme por mi animagia, que es el único logro que tengo relacionado con transformaciones humanas. —Carraspeó, hablando con naturalidad y yendo directa al grano. La verdad es que pocas veces Abigail se iba por las ramas. —Así que quieres aprender a convertirte.

A ver, no era nada del otro mundo, básicamente sumar dos más dos teniendo un mínimo de lógica e inteligencia. Si no, no tenía sentido ninguno que Vanessa Crowley, experta en transformaciones, fuese a preguntarle a Abigail McDowell, conocida por ser Ministra de Magia y tener la carrera de Administración y Finanzas Mágicas y la Carrera de Desmemorizadora, sobre transformaciones humanas. No tenía ningún sentido.

Me parece curioso que una persona como tú, tan afianzada a las transformaciones, haya tardado tanto en interesarse por la animagia teniendo en cuenta la dificultad. Es algo así como un logro que no cualquiera es capaz de conseguir. Es decir, a mí las transformaciones en general me parecen un tostón inútil que nunca llamó mi atención —dijo, dando su más sincera opinión—, pero desde que supe la existencia de la animagia me pareció que era la mejor utilidad que se le podía dar a esa rama de la magia. Prioricé casi tanto eso como mis carreras universitarias.

Cuatro años tardó en dominar por completo la transformación, hasta el punto de poder estar horas y horas convertida. No había sido fácil compaginar un estudio tan exhaustivo—cuando eres mala en transformaciones—con dos carreras universitarias y un entrenamiento duro por parte de tu mentor de los Mortífagos. Había gente que la dominación de la animagia era de menos años, o había  gente que de más, pero eso era totalmente subjetivo y dependía de la habilidad y del tiempo del mago.

Puedes preguntarme lo que quieras, ¿pero por qué te interesas ahora? —preguntó, con interés. Siempre le había resultado curioso saber el porqué de las decisiones de la gente, te decían más de ellos que cualquier otro gesto.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Vanessa Crowley el Sáb Oct 27, 2018 7:19 pm

Por suerte para Vanessa, no podía saber qué estaba pensando la pelirroja, pues de haberlo sabido no habría estado precisamente contenta, y no se encontraba en condiciones de pelear con ella. En primer lugar porque necesitaba su ayuda, en segundo lugar porque era mortífaga, y en tercer lugar, que era el más importante, porque no era un zoquete, y era consciente de lo poco que convenía enfrentarse a la Ministra de Magia sólo por el mero hecho de ostentar dicho cargo. Especialmente teniendo en cuenta la forma en la que había conseguido el título; era obvio que Abigail sabía cómo conseguir lo que quería.

No le pasó por alto lo mucho que repetía que era la Ministra, como si alguien en aquella sala no lo supiera, pero no la culpaba. Había formado parte de Slytherin, como ella. Y, ¿no haría ella lo mismo si se encontrara en su situación? Probablemente sí. Todos lo harían, y más aquellos que habían pertenecido a la casa de las serpientes.

Hace poco más de un año —respondió—. Y eso si llega...

La pena le tiñó por un momento la voz, pero el momento se desvaneció enseguida. Hacía menos de un año que Sebastian había fallecido y que Zed y Vladimir habían desaparecido, pero no era momento de pensar en ello ahora. Había ido allí por un motivo concreto, y no se iría sin las respuestas que necesitaba.

Comió mientras la escuchaba, en silencio, e incluso se tomó un momento antes de responder. Sus suposiciones eran ciertas.

Sí. No tengo claro en qué animal me convertiré... —explicó. Ya hacía tiempo que la rubia había deducido que la mayoría de animagos se transformaban en el animal que representaba su Patronus, pero desgraciadamente, ella era incapaz de conjurar uno. Misterios de la vida, pues ella había sido bastante feliz durante toda su vida—. Bueno, muchas personas no ven la importancia y utilidad que tienen las transformaciones —dijo. El tono fue tajante, pero aun así lo adornó con una sonrisa. Era un tema que siempre le había causado bastante resquemor, porque aunque le parecía que las transfiguraciones estaban infravaloradas, era consciente de que no se utilizaban tanto como otras ramas de la magia como, por ejemplo, las pociones—. Claramente la animagia no es algo que cualquiera pueda dominar, muchos son los que la estudian durante años y no consiguen más que alguna que otra transformación parcial y fallida.

¿Que por qué se interesaba ahora? La respuesta era tan simple que daba miedo:

Porque lo necesito.

Dio un par de tragos al vino antes de seguir hablando, dudando de si debía extenderse o no. Puesto a que estaba tratando con una ministra de magia fiel a Lord Voldemort, le pareció oportuno comentar qué era su objetivo.

Digamos que... Tengo una pequeña cruzada contra una sangre sucia muy concreta.

Su cruzada no era precisamente pequeña, y sus razones no eran tan nobles y fieles a la causa como las que la pelirroja podía tener contra esas alimañas, pero cualquier acción en contra de aquellos que no tenían la sangre pura era bienvenida. Y su sed de venganza era infinita.
Vanessa Crowley
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Abigail T. McDowell el Lun Oct 29, 2018 3:13 am

A menos que tuvieras la capacidad de conjurar un patronus, el animal de la transformación era totalmente desconocido hasta el momento del ritual de la animagia. Que había casos, incluso, en donde el patronus al estar condicionado por el recuerdo específico de una persona muy importante para ti, no coincide con el animal de la transformación de la animagia, ya que este sólo tiene en cuenta la manera de ser de la persona y su ser interior, independientemente de su relación con el resto.

Es normal que no tengas claro qué serás, es muy difícil saber leerte con objetividad como para relacionarte con un animal que cumpla las mismas características —le respondió con claridad. —Yo no supe que sería un zorro hasta el momento en el que me transformé. No te lo negaré, como todos en esta vida siempre quise ser algún bicharraco volador o un increíble felino capaz de devorar la cabeza de alguien de un mordisco pero… no, solo soy un zorro que en ocasiones hasta parece adorable, ¿quién lo iba a decir, teniendo en cuenta cómo soy?

Pues mucha gente, porque con lo zorra que era Abigail daba mucho que decir. Pero no solo eso, que era un motivo totalmente vulgar. Los zorros eran criaturas nocturnas, activas cuando desaparecía el sol y capaces de adaptarse a cualquier lugar y condición. Abigail había sido capaz de pasar como una más en el Ministerio mientras su señor se preparaba para dar el golpe, asegurándose que estaría en una posición muy buena junto a los del bando contrario. Además, los zorros eran muy inteligentes, astutos y, como su nombre indicaba en muchas ocasiones, solían luchar sólo por lo que a ellos le importaban, comportándose de una manera a veces cuestionable y egoísta, ¿acaso había un mejor animal que la identificara?

¿Y tú te ves capaz de dominarla? —Hizo una pausa, sorprendiéndose por su comentario. —En realidad eso es un bulo, un falso mito. Deberías saberlo. —Cuestionó, para luego beber de su vino blanco. —No existen transformaciones parciales ni fallidas en la animagia. Sólo existe o el éxito o el fallo en la transformación final. Tienes que tener muy clara la teoría sobre la transformación y la vuelta a la forma humana, además de tener muy claro, paso a paso y con sumo detalle, lo necesario para hacer el ritual de la primera transformación. Si fallas es altamente probable que te quedes como mitad Nessa, mitad animal desconocido para el resto de tu vida. O quién sabe, quizás te conviertas en un animal terrorífico pero pierdas la capacidad racional que tienes como humana, no pudiendo volver nunca a tu cuerpo original —le contó con su usual labia, tranquila y continua en donde sólo hablaba de lo que sabía. De paso aprovechó para meterle el miedo que todo mago con predisposición a ser animago debería tener.

¿Quién en su sano juicio ‘necesitaba’ ser animago? Podía entenderlo de un fugitivo que necesita esconderse. O, en el caso de Abigail hace años, sólo por si era descubierta como Mortífaga poder esconderse en su no-registrada animagia. Le pareció todavía más curioso que su motivación para convertirse en animaga fuese porque tuviese una cruzada contra una sangre sucia. Una simple sangre sucia se había convertido en su motivación.

¿En serio? —cuestionó, sorprendida. —Pensé que lo harías por vocación teniendo en cuenta tu ámbito de estudio. Pero que me digas que es por una sangre sucia… ¿qué esperas conseguir convirtiéndote en animaga? ¿No es más fácil meterla en el Área-M y regodearte en la vida de mierda que le espera? —preguntó con genuina curiosidad, sin saber los motivos exactos de Vanessa.
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Vanessa Crowley el Dom Nov 18, 2018 12:43 pm

¿Quién no querría transformarse en un animal volador o uno lo bastante grande como para defenderse de cualquier ataque? —preguntó con una sonrisa. O ser el mismísimo atacante, pensó—. Pero sí, es difícil saber en qué animal te convertirás, especialmente si no puedes conjurar un patronus.

Curiosamente, Vanessa tenía muchos recuerdos felices junto a su familia, pero el que no pudiera conjurar un patronus no era algo nuevo. Nunca había podido, ni siquiera antes de la muerte de sus hermanos mayores. Por las palabras de la Ministra, supuso que ella tampoco podía. Claro que, en ese momento, la rubia no sabía que ningún mago tenebroso podía realizar ese hechizo con éxito.

Por otra parte, se abstuvo de contestar a su última pregunta. Si se encontraba en el grupo de las muchas personas a las que les parecía adecuado que la Ministra de Magia se convirtiera o no en zorro, o a las que les parecía previsible, quedaría como un misterio sin resolver. Era cierto que al ocupar su cargo y mostrarse fiel al Señor Tenebroso había demostrado tener muchas de las características del animal, pero hasta ese momento no demasiadas personas habían visto a Abigail como una zorra implacable que no había dudado en hacer todo lo necesario para convencer al bando contrario de que no defendía los ideales puristas de Lord Voldemort, o al menos no con tanto ahinco como para unirse a sus filas.

Ya que el cuervo es el animal que figura en el escudo de los Crowley, sería bonito transformarme en ese animal... —fantaseó, aunque después sonrió en un gesto mucho más realista—. Pero no creo que tenga tanta suerte. Los magos de estirpes tan antiguas solemos tomar un animal como representación, aunque muchas veces lo que representaba a la persona que ideó el escudo nada tiene que ver con sus descendientes.

Dio un pequeño bocado antes de seguir hablando, tomándose su tiempo para saborear la comida. No estaba mal, nada mal. Se notaba que no le habían puesto coliflor tal y como ella había pedido expresamente.

Pues claro que me veo capaz de dominarla —dijo con orgullo. La ambición de los Crowley era tal, que rarament eno conseguían lo que se proponían, pues ponían todo su empeño en ello. Eso, sumado a que las transformaciones eran, precisamente, el área en el que la mujer era experta, le daban una confianza en si misma gracias a las que pronto tendrían que agrandarle toda la ropa de lo hinchado que tenía el ego. El que su acompañante dudara de ello le resultaba casi una ofensa personal—. Pero si sale bien la primera vez, siempre saldrá bien, ¿verdad?

A simple vista, con esa confianza en si misma, podía parecer que la rubia no tenía miedo. Pero lo tenía. No era estúpida, y uno de sus mayores temores era, precisamente, quedarse para siempre convertida en medio animal o no ser capaz de volver a ser ella misma.

Creo que ese es el motivo por el que no lo he intentado antes —reconoció—. ¿Te imaginas que me quedo con la cabeza de un animal? —preguntó a modo de broma, intentando quitarle hierro al asunto—. ¡Sin duda estaría muy fea!

Dio un trago a su vino, en silencio, antes de plantearse cómo responder a su siguiente pregunta. Las patatas estaban ricas, pero notaba que empezaban a quedarse atascadas en su garganta, incapaz de tragarlas. Ahora venía la parte en la que se veía obligada a confesar qué planes tenía para Samantha J. Lehmann, aunque no fueran muy elaborados. Aún.

La verdad es que no, no es sólo vocación... Aunque es extraño ver a un profesor de transformaciones sin dominar esa rama de la materia —Se encogió de hombros e incluso se rio—. Quizás si me transformara en animal en clase sería un grandísimo ejemplo. Pero no, la verdad es que tengo ciertos planes para esa rata asquerosa —Y tuvo que dejar la copa a un lado y el tenedor en el plato, pues el mero hecho de mencionarla le daba mal sabor de boca. Vanessa siempre había odiado a los sangre sucia, en general, pero el odio hacia aquella mujer era especial, y no sin motivos—. Es cierto que me encantaría que su destino final fuera el Área-M, no nos engañemos, es un destino peor que la muerte y me parece más que adecuado para cualquier sangre sucia. Su vida se convertiría en un infierno, con los extirpadores aplastando su instinto de supervivencia y sus esperanzas de huir todos los días. Pero... No me basta con eso. Tiene que sufrir. Sus seres queridos deben sufrir.

Volvió a beber entonces, dándose cuenta de que al saborear el vino, estaba saboreando también el dulce sabor de la venganza.

Además... Bueno, eres la primera persona a la que se lo digo, pero estoy estudiando otra carrera a distancia. Me queda una sola asignatura para terminar Legislación y Regulación Mágica Internacional en Noruega. Tuve que coger menos asignaturas al conseguir la plaza en Hogwarts, de modo que terminaré en febrero, más o menos.

Un punto de felicidad le tiñó la voz por un momento. Era algo alegre, a fin de cuentas.

Si finalmente decido abandonar Hogwarts, podríamos incluso vernos todos los días en el Ministerio —dijo, sin pararse a pensar que seguramente era la única que estaba contenta con la idea, pues aquella era el tipo de cosas que a Abigail le importaban un bledo.
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Abigail T. McDowell el Mar Nov 20, 2018 3:32 am

Para ser sinceros: cuando Abigail comenzó con toda la movida de la animagia, ella esperaba fervientemente convertirse en un águila o un halcón. Eran sus animales favoritos por aquella época y el hecho de poder volar en su forma animaga y ser una figura tan majestuosa hacía que el hecho de esforzarse ganase muchísimo puntos. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que era un zorro el animal que le acompañaría, no sintió decepción, sino más bien se sintió descubierta y se entendió más a sí misma. Además, en vez de buscar ‘contras’ a su transformación, sólo encontró ventajas.

No es cuestión de suerte, al final sólo es una representación de lo que tú eres. No es al azar y ya está escrito. Si hablas con las personas adecuadas, estoy segura de que incluso podrían averiguar cuál es el animal que te representa y que puedas valorar si merece la pena el esfuerzo —le respondió, con un tono neutro y bastante tranquilo. —Hay veces que el animal no merece el esfuerzo.

Y era real: ¿y si una persona tenía como animal el pingüino? ¿O un pato? Habían animales que no te servían, en realidad, para nada. Sí, te demostrabas a ti mismo que eras un gran mago, pero las utilidades que le podías dar a la animagia eran prácticamente nulas en un lugar como Londres.

No siempre saldrá bien. Podría decirse que después del ritual y de la primera transformación, tienes la capacidad de transformarte, pero es después de eso cuando llega el trabajo duro de verdad: conseguir hacerlo bajo cualquier circunstancia y, sobre todo, ser capaz de adaptarte a las características del animal y poder tener una transformación prolongada en el tiempo —explicó, haciendo una pausa para beber vino. —Es tediosa la primera parte de la transformación, pero la realmente dura es la siguiente. Lo normal es que un animago pueda estar hasta dos minutos sin problemas transformado, pero al final las capacidades del animal terminan por agotarte y desconcentrarte. La idea es poder ser uno con él y durar horas, siendo tú quien decida cuándo empieza y cuando termina la transformación y no el cansancio físico y mental al que estarás todo el rato expuesta.

Como bien decía ella, normalmente los especializados en la materia de transformaciones solían ser o metamorfomagos, o animagos, o bien frikis que muestran un interés desconocido por cambiar las formas de las cosas. Sin embargo, aquella no era el centro de la conversación, sino más bien el interés de Abigail por saber qué le añadía la animagia a su enfrentamiento con una fugitiva.

¿Pretendes hacerla salir de su escondite de rata yendo a por sus seres queridos? No es mala idea. De paso descubrirás a un par de traidores que también podrían alimentar a los dementores. —Como es evidente, la Ministra desconocía que Vanessa era consciente de donde vivía ‘su sangre sucia’ y sus seres queridos, porque de ser así probablemente le disgustaría el hecho de que la dejase estar libre por ahí teniendo en cuenta sus crímenes y la política de cero vehemencia con fugitivos que ahora mismo seguía el Ministerio de Magia Británico. —¿Se puede saber el por qué del odio hacia esa fugitiva? Me sorprende, Vanessa, siempre pensé que eras la hermana que no albergaba rencor ni odio en su interior.

Porque teniendo en cuenta las capacidades de Sebastian, Vladimir y Zed, era lógico pensar que Vanessa iba por otra línea, algo que normalmente había hecho pensar a Abigail que era ‘una aburrida’ solo por no compartir sus mismos asuntos. Sin embargo, ahora le había sorprendido gratamente.  

Le contó que estaba en mitad de unos estudios complementarios sobre Legistlación y Regulación Mágica Internacional, algo que obviamente le cogió por sorpresa. La verdad es que lo que más le sorprendía era que se lo estuviese contando todo de esa manera tan natural, como si fuesen amigas. Y no era por parecer una amargada sin amistades, pero lo cierto es que Abigail no tenía muchas, mucho menos femeninas. Por norma general la pelirroja no solía encajar muy bien con su mismo género.

Tragó la comida que tenía en la boca y luego habló:

Con esa carrera podrías tener mucho futuro en el Ministerio de Magia. Desde el ataque de los radicales de junio tuvimos que rellenar la plantilla con magos del extranjero que otros países ofrecieron para poder salir adelante. Precisamente en el departamento de de relaciones internacionales es en donde más extranjeros hay por motivos lógicos, por lo que tendrías muchísimas facilidades a la hora de entrar, teniendo la doble nacionalidad que tienes como Noruega y Británica —le respondió a su idea, dejando de lado el hecho de que podrían verse todos los días en el Ministerio de Magia. —Y bueno, hablando de opiniones personales, creo que lo mejor que haces es dejar Hogwarts. Estar al mando del matrimonio Lestrange debe de ser horrible.

Estaba diciendo dos cosas obvias y conocidas por todo el mundo que tuviese un poco de trato con los Mortífagos—cosa que quizás Vanessa supiera por lo que le hubieran dicho sus hermanos, pues ella no había tenido mucho—, pero Abigail McDowell y Bellatrix Lestrange siempre habían tenido una marcada enemistad, fruto de la envidia y el poder. Como es evidente, a Bellatrix le hubiera gustado ser Ministra de Magia, pero pese a ser la mano derecha de Lord Voldemort, éste supo poner en el puesto a la persona correcta y no a quién le lamía el culo. Y desde hacía mucho tiempo que las dos brujas se mostraban competitivas. No era la primera vez, ni la última, que vería a Bellatrix desprestigiar o menospreciar el trabajo que hacía Abigail.

Se había terminado un sesenta por ciento de su plato, a lo que se acomodó un poco en la silla, cruzándose de piernas y volviendo a beber. La pelirroja era de esas que comían más bien lento.

Avísame cuando te saques las últimas asignaturas: te podré encontrar un lugar en el Ministerio como becaria. Si lo haces bien no tendrás nada difícil quitarle el puesto a uno de los extranjeros. —Concluyó, dejando claro que Abigail no iba a regalarle el puesto a nadie sin que este demostrase su valía. No obstante, quería que magos británicos volviesen a ser la mayoría de la plantilla del Ministerio. —En cuanto a la animagia: ¿qué planes tienes? La primera fase dura entre uno y dos meses, por lo que si tienes prisa, deberías empezar cuánto antes. No sé qué planes tienes con respecto a la sangre sucia, pero igualmente dudo mucho que la animagia sea algo que necesites al cien por cien. Ya te digo que para llegar a controlarla con consciencia y seguridad vas a necesitar casi un año. Te recomendaría no tenerla como una opción indispensable en tu plan.
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Vanessa Crowley el Sáb Dic 29, 2018 6:52 pm

Hay veces que el animal no merece el esfuerzo. Abigail tenía razón. No creía que fuera su caso, pero el hecho de imaginarse a si misma como una criatura tan patética e insignificante como podía ser un gusano o una pulga la hacía estremecerse. Por suerte para ella, los Crowley no eran patéticos, así que creía poder estar tranquila en ese sentido.

Supongo que tienes razón —respondió. Pero, ¿quería ella saber en qué animal se convertiría? Sí, sí que quería, pero saberlo de antemano le quitaba la gracia—. Muchos libros indican que, habitualmente, la forma animaga de una persona coincide con la de su patronus... Pero yo no puedo conjurar uno —confesó.

Escuchó atentamente. Rememoró las clases teóricas de la universidad y lo que había leído en los últimos libros que había comprado o sacado de la biblioteca de Hogwarts. Su profesor de la universidad no era un animago, así que tanto ella como sus compañeros se perdieron las ventajas de una demostración práctica y de toda la experiencia que un experto en animagia de verdad podía darles.

Claro, en situaciones de estrés... —empezó a decir más para si misma que para Abigail— En cuestión de segundos...

Incluso asintió un par de veces mientras hablaba, mirando su plato fijamente, como si este fuera a darle las respuestas que buscaba. Pinchó la penúltima patata, deseando terminárselas ya, sin querer beber mucho más vino por si se le subía un poco. Terminar bajo los efectos del alcohol frente a la Ministra de Magia no entraba entre sus planes, aunque por suerte nadie se emborrachaba con una copa de vino.

Supongo que una transformación hecha demasiado rápido, si no se está acostumbrado y no se controla lo suficiente puede provocarle un viaje a San Mungo a cualquiera... —dijo, esta vez ya en un tono más audible—. ¿Sabes? Curiosamente, ningún profesor habla del esfuerzo mental y físico que supone mantener una transformación, especialmente si se trata de un animal grande, sino que siempre hablan de la dificultad que supone transformarse por primera vez. Nunca he tenido un profesor que fuera realmente animago, así que me imagino que eso tiene bastante que ver...

Se recostó un poco en la silla ella también, dándose una pausa antes de ir a por la última patata.

Sospecho que son más de un par de traidores... —En realidad acababa de mentir, porque sabía de sobras que había al menos cuatro personas implicadas y sus nombres, y sabía que dos de ellas trabajaban en el Ministerio, a una incluso la había visto personalmente hacía unos meses—. Y cuento con que la habilidad de la animagia me servirá para espiarla. O eso espero, porque sería bastante problemático si me transformara en un animal enorme como... Una jirafa o un hipopótamo.

No, sería horrible si se convirtiera en un animal que no pinta nada cerca de la casa que Sam compartía con Gwendoline Edevane. No quería ni imaginarse qué pasaría si repentinamente un canguro se paseara por Londres, porque sin duda todo el mundo notaría que algo va mal.

Nunca he sido rencorosa ni vengativa, eso es cierto —confesó—. Pero en casa siempre se ha dicho que la familia es lo primero, y es algo que los Crowley nos tomamos muy en serio. No sé cómo lo hizo para asesinar a Sebastian, ni tampoco sé como consiguió hacer desaparecer a Vladimir y Zed, porque de ellos dos ni siquiera hay cuerpos. Durante mucho tiempo me aferré a la idea de que no habían fallecido, que habían sido capturados o algo así por los fugitivos. Pero no vale la pena engañarse.

Decirlo en voz alta resultaba incluso peor, pensarlo era una cosa, pero decirlo representaba aceptarlo como una verdad absoluta.

Está claro que contra esta cucaracha en concreto no sirven los métodos convencionales... Tengo que seguir otro camino. Por mucho que yo no sea vengativa... ¿Cómo no podría odiar a la persona que me ha arrebatado a mis familiares más cercanos?

Muchas personas lo verían de otra forma. A muchas personas les importaba bien poco su familia. Tenía un alumno, Mitchell, que había vendido a su propia familia a los Mortífagos. Que no le parecía mal, pero era obvio que no les tenía la estima que ella tenía a la suya.

¿Hubo muchas bajas? —preguntó con curiosidad. No quería ser cotilla, pero el Profeta había informado más bien poco (algo que le parecía normal) y no podía evitar preguntar. Además, era una ocasión perfecta para desviarse un poco del tema de la sangre sucia—. Creo que juego con una ventaja importante al tener la doble nacionalidad desde... Bueno, desde siempre. Además los Crowley somos perfectamente bilingües, así que en temas internacionales solemos jugar con ventaja. ¿Quién más habla noruego?

Sus hermanos le habían comentado más de una vez que Abigail y Bellatrix se llevaban bastante mal, pero la rubia no iba a ser quien criticara al matrimonio Lestrange. Ella, como Crowley y como Slytherin, conocía las ventajas de ir hacia dónde soplaba el viento, de no criticar a nadie de forma demasiado específica. No quería problemas. Y sí, estar bajo las órdenes del matrimonio Lestrange, y especialmente de la esposa era horrible, pero no iba a reconocerlo en voz alta en medio de un restaurante, por mucho que estuvieran solas.

Al parecer, la pelirroja comía más despacio que ella, pues a Nessa sólo le quedaba el vino y esa dichosa patatufa que no hacía más que dar vueltas por su plato.

Gracias —le dijo, y realmente estaba agradecida, aunque tenía dudas de si le estaba hablando en serio o no era más que una forma de quedar bien—. No me molesta ser becaria durante un tiempo, creo que es bueno aprender de tus superiores, aunque si te soy sincera espero que sea una situación temporal bastante breve.

No iba a mentir, ser becaria era una buena forma de entrar, pero era un asco. Se cobraba menos, normalmente no te enseñaban nada porque no hacías más que servir café, y todo lo que aprendías lo tenías que aprender por ti mismo.

Ya tengo unos cuantos libros en Hogwarts, algunos los he comprado y otros son de la Sección Prohibida de la biblioteca. Ya sabes... Allí siempre hay más información. No sé si la necesito al cien por cien... Pero es así como me lo he planteado. No es por echarme flores, pero con mi conocimiento sobre transformaciones, esperaba tardar bastante menos de un año.

Quizás estaba aplazando la decisión de enfrentarse al problema. Las palabras que le había dedicado Wolfgang hacía un tiempo aún le rondaban por la cabeza. Necesitaba un ejército para llevar a cabo lo que quería, y las venganzas personales siempre acababan mal.
Vanessa Crowley
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Abigail T. McDowell el Vie Ene 04, 2019 3:18 am

Claro que tengo razón —le corroboró, entre divertida y pedante. —Yo siempre fui incapaz de conjurar un patronus y descubrí mi animal la misma noche de la transformación. Sin embargo, estoy bastante segura de que si quieres saber qué animal te representará, perderás menos el tiempo acudiendo a especialistas o clarividentes, antes que intentar conjurar un patronus.

El encantamiento patronus siempre había sido uno de los némesis de Abigail y es que por mucho que lo intentase, nunca pudo conjurarlo. Siempre intentó desprestigiarlo, como si no tuviese suficiente valor, pero la verdad es que con su necesidad para ser perfecta en todo, el hecho de no conseguirlo no era más que una espinita clavada en mitad de sus perfectos estudios y futuros logros. A día de hoy no le encontraba uso útil, por lo que lo había degradado a un nivel de cero interés, sobre todo porque el único uso que le encontraba antaño era saber cuál sería su animal, cosa que ya no importa.

Seguramente sea eso —corroboró su teoría de que la opinión de sus profesores sería porque ninguno era animago. —Transformarse por primera vez requiere de tiempo y concentración, pero el esfuerzo viene después cuando tienes que ser capaz de adaptarte a un cuerpo nuevo.

No iba a cuestionar la eficiencia del plan de Vanessa, pero Abigail no comprendía por qué, si sabía exactamente en donde encontrar a la sangre sucia, por qué iba a perder el tiempo espiándola. De hecho se imaginó espiándola como una jirafa o un hipopótamo y la verdad es que la imagen no mejoró en absoluto. Aunque siendo sinceros: no se imaginaba ninguno de esos animales. No conocía mucho a Vanessa Crowley, así que no podía siquiera ni estimar un poco la posibilidad de su animal.

Le confió el hecho de que esa sangre sucia había conseguido matar a Sebastian Crowley, así como a sus otros dos hermanos. Inevitablemente Abigail abrió los ojos, sorprendida. No sabía qué le sorprendía más: bien el hecho de que una sangre sucia hubiese podido con esos tres Crowley; quizás el hecho de que después de matar a sus tres hermanos todavía tuviese ganas de ir por la vía lenta de espiar en vez de ir a torturarla hasta el punto de que suplique por su muerte; o quizás el hecho de que después de eso dijera que todavía no era rencorosa ni vengativa. Como alguien tocase a Max McDowell, la emoción que encabezaría a Abigail sería sin duda la venganza.

Pues teniendo en cuenta la información que me cuentas, no entiendo cómo eres capaz de actuar con tanta pasividad—respondió, con sinceridad y una seriedad muy palpable.

El tema del ataque de los radicales resonó no solo en Inglaterra, sino más allá, sobre todo porque había sido tan imprevisto que el Ministerio de Magia necesitó de ayuda exterior para poder defenderse. No era un secreto que magos alemanes y búlgaros habían acudido a la ayuda del ataque terrorista.

Bastantes, aproximadamente el cuarenta por ciento de la plantilla actual del Ministerio Británico es extranjera, así que hay mucho puesto libre para ingleses. —Evidentemente Vanessa jugaba con ventaja, sobre todo por su apellido y sus contactos. Sin embargo, como cualquier persona que va a empezar a trabajar por primera vez en un trabajo en donde no tiene experiencia previa, ha de empezar como becaria, desde lo más bajo. Era una mierda, indudablemente, sobre todo cuando ya tenías una edad. —Tienes muchas facilidades para dejar de ser becaria rápido, siempre y cuando sepas aprovechar las oportunidades. —Y ser útil, en otras palabras. —Sinceramente, no creo que tengas problemas.

McDowell no regalaba puestos a nadie, de hecho había quedado claro que no se guiaba por amiguismos después de haber degradado a Caleb Dankworth, su conocida ex-pareja, de su puesto como jefe de departamento.

Su motivación con la animagia era muy buena, pero Abigail no creía que por mucho que tuviese conocimientos sobre transformaciones, el hecho de adaptarse a su animal—algo totalmente diferente, teniendo en cuenta que no se había convertido nunca antes en un animal—fuese a tener algún tipo de ventaja. Sin embargo, ese tema en concreto lo desconocía pues no conocía a ningún animago que hubiese tenido conocimientos previos de transformaciones, ergo no sabía si lo facilitaba o no.

Personalmente, no creo que tenga nada que ver, pero esto te lo digo desde la ignorancia, ya te mencioné al principio que nunca he sido muy virtuosa en el tema de transformaciones, a excepción de la animagia —le respondió, pues Abigail había tenido una curva de aprendizaje muy normal para un animago que se implica mucho en su control. —Sin embargo, si lo tienes tan claro, debes empezar ya. Si sabes lo que tienes que hacer para la ceremonia de la primera transformación, ponte manos a la obra. Yo en eso poco te puedo ayudar. En lo que viene después sí.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Vanessa Crowley el Vie Ene 18, 2019 9:37 pm

No le molestó que Abigail fuera pedante, quizás porque la pedancia era habitual en los círculos en los que ella se movía. Por raro que pudiera parecer, Vanessa se sintió ligeramenta aliviada cuando alguien como la Ministra de Magia le aseguró que ella tampoco podía conjurar un patronus. No era algo que a la rubia le hubiera preocupado nunca demasiado, pero el ver que otra persona brillante era incapaz, le hacía ver que los que no podían conjurar un patronus no eran pocos.

En parte pienso que si voy a ver a un vidente, perderé la sorpresa —Sonrió—. Pero tienes razón, creo que iré porque... Bueno, no querría esforzarme para ser una hormiga indefensa.

Su sonrisa se desvaneció cuando el tema se volvió más serio. Era cierto que estaba actuando con pasividad, lo cuál no era excesivamente necesario teniendo en cuenta las políticas del gobierno. No era como si estuviera cometiendo ningún crimen, pero aun así había un motivo para ello.

Sé que es raro y que el Ministerio no pondría ninguna pega si de repente una sangre sucia y algunos traidores acabaran muerto o en el Área-M —A fin de cuentas, de eso se trataba ahora, ¿no?—. Pero en este caso concreto, creo que es mejor que vaya con muchísimo cuidado. Con o sin ayuda, de alguna manera, esa rata se las arregló para asesinar a tres Crowley. No es una tarea fácil, especialmente teniendo en cuenta que uno era Sebastian.

No era que Nessa despreciara a sus otros dos hermanos mayores. Al contrario, les adoraba, e incluso su favorito era Vladimir. Pero Sebastian era el mayor, el que tenía más experiencia y, probablemente, el más astuto. Desde su punto de vista, no era una persona fácil de matar, y desde luego, de entre toda la fratría que eran los Crowley, era el más difícil de eliminar del mapa.

Además... —añadió después—, de Vladimir y Zed ni siquiera hay cuerpo.

Aunque no le gustara admitirlo, consideraba a Samantha J. Lehmann una persona potencialmente peligrosa.

No le parecía que Abigail fuera una persona demasiado transparente, sobretodo teniendo en cuenta como había tenido que acercarse a la ministra anterior y ganarse su confianza antes de asesinarla para ofrecerle el Ministerio a Lord Voldemort. Pero en ese caso, el desagrado de la mujer por el tema era palpable. Seguía muy seria, y lo entendía. A nadie le gustaba reconocer que el 40% de la plantilla actual de un Ministerio de Magia era extranjera. Estaba claro que los radicales habían conseguido penetrar las defensas británicas y, aunque no habían logrado hacerse con el Ministerio, habían causado bastantes estragos en él.

Así que si quería un buen puesto en el Ministerio y dejar de ser una simple becaria, debería demostrar que era útil. Eso era lo que se podía leer entre líneas a partir de las palabras de su acompañante, al menos. De todos modos, había sido Slytherin en su etapa estudiantil, y su ambición propias de los alumnos de su casa se haría palpable a la hora de trabajar.

Creo que sabré aprovecharlas —comentó con una sonrisa, visiblemente relajada.

Se dio cuenta entonces de que había habido una cierta tensión en el ambiente, probablemente fruto de su conversación sobre la legeremante sangre sucia. Si algún día Abigail se enteraba que sabía eprfectamente quien eran las traidoras que trabajaban en el Ministerio, sería un desastre. Para ella y para toda su familia.

Se percató también de que había terminado de comer, así que se dedicó a dar pequeños tragos al vino de vez en cuando. Aún les quedaban los postres, si les apetecía, y la sobremesa. Aunque si no se equivocaba, a Abigail la aburrían las charlas triviales y probablemente no habría mucho de lo último.
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