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We were born to be brave. —Laith Gauthier.

Sam J. Lehmann el Jue Ago 09, 2018 3:06 pm



Universidad mágica
2010, 20:30 horas

Sam tenía veintidós años y ahora mismo era un día cualquiera de un fin de semana cualquiera de su tercer curso en la universidad. Claro que Sam no estaba en la universidad ese día, sino en una fiesta universitaria. ¿No te lo esperabas, verdad? ¡Pues muy mal, deberías esperártelo porque Sam en la universidad iba más a fiestas que a casa de sus padres! Lo cual es bastante fácil teniendo en cuenta lo separada que estaba de sus padres, pero ese es otro tema.

No era una fiesta nocturna, ni privada, de hecho era una fiesta universitaria en donde se unían todas las facultades para crear un macro evento en los jardines. Toda clase por la tarde quedaba suspendida y aquello se convertía en un mercado de puestos de música y alcohol. Era una fiesta que consistía en comprarte con galeones algunas chapas y luego ibas por ahí, intercambiando chapas por bebidas alcohólicas, comida, pintadas en el rostro con pintura mágica que brillaba en la oscuridad o juguetes encantados mágicamente para que brillasen por la noche. Aquella fiesta, en realidad, era famosa por lo bonita que era de noche, pero todo el mundo iba desde por la tarde para poder prepararse con propiedad y tener ya la chispa necesaria en el cuerpo.

Sam había convencido a Gwendoline de ir, junto a Henry, sin embargo, Henry estaba desaparecido en saber dónde y con qué dama. Ya aparecería más adelante, alardeando de haber conseguido el contacto de alguna chica. Sam, por su parte, había unido a Gwen con sus compañeros de la facultad: Bryan, Verónica y Amelia. Y era gracioso porque, así en plan rápido: a Bryan le gustaba la lesbiana de Sam, a Verónica le gustaba Bryan y a Amelia le gustaban mucho las hamburguesas. En realidad Amelia no es interesante, pero era interesante y muy curioso el pique inconsciente que tenía Verónica con Sam sólo porque Bryan era idiota.

En ese momento, sin embargo, ya con varias cervezas en el cuerpo, Sam hablaba con Gwendoline de su capacidad como bollera profesional de ser capaz de identificar a largas distancias—en un radio de diez metros, más o menos—a un homosexual con un margen de error del diez por ciento. ¡Y eso era mucho! Gwen se lo discutía, también borracha. ¡Y ya le vale, a una hetero cuestionar semejante habilidad propia de los homosexuales de la profundidad de la acera! —Güendolín, no estás siendo consciente de mi super poder… —Le dijo, para entonces empezar a mirar grupos de personas.

Pasó un grupo, pero nada interesante. Sam zarandeó la mano, en señal de que ahí eran todos heteros. Pasó otro grupo y lo mismo. Sin embargo, Sam mantuvo contacto visual con una chica que estaba bastante lejos. Sin bien pudo parecer que estaba intentando mantener la mirada para algún tipo de técnica de ligoteo: no. Sólo estaba intentando averiguar si era gay. ¿Lo gracioso? ¡El amigo de esa chica, cien por cien lo era! Zarandeó con ahínco el brazo de su amiga. —¡Mira, mira! ¡Aquel tío es gay! —Dijo, señalando sin pudor a aquel chico. —Y tendría que pensármelo un poquito, pero la tía que me mira como si desease tener visión de rayos X, también. ¡Y si no me crees, vamos a preguntarles!

Sam, que se volvía muy valiente estando borracha. Y también muy competitiva. Menos mal que ese “pique” terminó sanamente, con ambas riéndose.


Actualidad, en el Juglar Irlandés.
09 de agosto del 2018.
20:15 horas
Atuendo

Ese día trabajaba de tarde y no había nada que le molestase más que trabajar de tarde. Jo, es que era una soberana mierda. Con lo que le gustaba pasar la tarde viendo series, yendo a lo más profundo del bosque a sacar a sus animales para no encontrarse con indeseados o sencillamente pasando tiempo inútil con sus amigas… Pero no, hoy le tocaba trabajar y encima iba a terminar cansadísima. Era una jornada más larga de lo normal, por no contar de que su rendimiento por la tarde solía ir en decadencia mucho más rápido y que había tenido una noche—y una mañana—pésima.

Bostezó tan enérgicamente, apoyada a la barra, que sintió hasta un mareo.

Mia, ¿estás ensayando para quitarle el puesto al león de Metro Goldwyn Mayer? Te falta un poderoso gruñido para eso —bromeó Erika, la jefa del local con la que Sam se llevaba tan bien.

La rubia rió, dándose cuenta que ni la mano se puso delante de la boca.

Perdón —dijo un poco avergonzada. —Es que estoy cansadísima, ayer dormí horrible.

¿Y eso?

No sé, el calor y eso… —Ya, claro, el calor. Sam era bien consciente de las cosas que le quitaban el sueño, pero decirle a tu jefa muggle que te aterrorizan pesadillas sobre la tortura a muerte que tuviste en fin de año no era muy bonito. —Hoy dormiré mejor.

Sam tenía su propia identidad en el mundo muggle: se llamaba Amelia Williams, un nombre típico pero fácil. Había conseguido documentos falsos para poder tener una identidad con la que fingir normalidad. Así mismo, oficialmente ella no era rubia de ojos azules, sino castaña de ojos marrones. Entre menos resaltase, mejor.

¡MIA! —Gritó Santi desde la cocina, haciéndole pegar un salto a Sam.

¡SANTI! —Contestó con la misma efusividad.

¿Puedes llevar este pedido a la mesa trece?

Por supuesto. La próxima vez ahórrate el intento de hacerme explotar el miocardio. —Sonrió divertida, cogiendo la bandeja ya con bastante maestría. Cualquiera diría que Samantha Jota Lehmann antes era camarera y no legeremante en un Ministerio Mágico.

Subió las escaleras del local, que llevaban a una zona superior en dónde habían varios estantes simulando una biblioteca con varios libros, en donde habían mesas bajas e incluso puffs en donde la gente podía tirarse a descansar un poco y gozar del silencio. A esa hora era raro que hubiera gente ahí encima, pero siempre había alguien.

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Laith Gauthier el Vie Ago 10, 2018 12:18 am

Universidad mágica
2010.
20:30pm.
Ese mismo año había entrado a la universidad a sus tiernos dieciocho años y, hasta el momento, todo iba caminando de la mejor manera que podía. Vecinos y compañeros de clase lo habían notado, una sombra que cruzaba la mirada de Laith de vez en cuando, o la mueca que precede al llanto cuando se distanciaba de la multitud, pero siempre esgrimía, al final del todo, una sonrisa brillante que ocultaba cada resquicio visible de tristeza. Ningún dolor necesita audiencia y mucho menos uno suyo, era una especie de ley de vida que le funcionaba bien.

Ese día había sido prácticamente arrastrado por Stephanie a una fiesta universitaria, cuando él habría insistido en quedarse para estudiar. Bueno, que tampoco insistió mucho, Laith era un alma fiestera por naturaleza, ¿cómo podría negarse él a una fiesta con comida y alcohol? Como en una cadena, un efecto dominó, al Stephanie convencer a Laith, éste obligó a Lindsay Lyons para que fuera con ellos. A pesar de su difícil personalidad, la joven estudiante había guardado un espacio suave para Laith y por ello fue que no pudo evitar sino ceder a su insistencia.

Ahí estaban ellos, Laith se había distraído mirándole el trasero a uno de sus compañeros de clase que tenía seguro que era hetero pero, ¿qué demonios? Eso no le impedía mirar aunque no pudiese tocar la mercancía. Sólo salió de su red de pensamientos cuando oyó a Stephanie seguir con su monólogo respecto a una chica de tercer año. — Es que es imposible, siempre está con ese idiota de Bryan, ¿será que tienen algo? La verdad es que… ¡Está mirando hacia acá! ¡Creo que me está apuntando! —chilló de tal modo que casi le tiró la bebida a Lindsay del sobresalto y esta, en respuesta, le dio una colleja.

¡A ver si vamos calmando esas hormonas! ¡Deja de mojar las bragas por ella y ve a hablarle o algo! —espetó Lyons. Una chica explosiva y no muy amable, pero era tremendamente inteligente y muy eficiente en todo lo que se proponía. Parecía que se habían juntado él y ella, Lindsay y Laith, como un choque de meteoritos, dos entidades igual de eficientes y vanidosas que eran no otra cosa que polos opuestos respecto al trato con los demás. — Que si te rechaza ya puedes ir callándote sobre ella.

Laith miró a la rubia esa de la que Stephanie tanto hablaba. — Esa es lesbiana fijo, ¿tienes averiado el radar gay? —inquirió con una sonrisa socarrona. — Yo me preocuparía por la chica que tiene al lado, esa amiga suya, pero no estoy seguro de que ella lo sea, así que nada, yo me animaría a hablarle —se encogió de hombros, llevándose a la boca una fritura que se robó de un chico que iba caminando cerca de ellos. — En todo caso, si te rechaza, propongo ver Alien en el departamento de Lindsay con pizza y helado —animó la apuesta: o se llevaba el número de una rubia o se iba a engordar con sus amigos.

No consiguieron convencer a Stephanie de que fuese a hablarle, así como ella no dejó de dar la lata respecto a la rubia toda la noche. Pero, al fin y al cabo, no era algo que les quitara el sueño al menos a más de la mitad de aquel reducido grupo, por lo que la fiesta iba a continuar.

Actualidad, en el Juglar Irlandés
Agosto 09, 2018.
20:15pm.
Apariencia.
Había salido temprano ese día del trabajo, por lo que la tarde la tenía para él. Un jueves que, en su opinión, parecía más bien un domingo. Había decidido ir a una cafetería para despejar la mente y concentrarse para resolver algunas cuestiones que todavía no tenían respuesta para él, mientras vacilaba y pensaba, haciendo pequeños garabatos en un cuaderno, mordiendo ocasionalmente el bolígrafo. Escribía números, unos más grandes que otros, en matemáticas simples y algunas palabras clave que puestas en conjunto no parecían decir nada.

Había pedido un café irlandés mientras se entretenía con sus cosas, de vez en cuando enviando mensajes a Lindsay en respuesta de los suyos hasta el momento en que sintió movimiento cerca de él, el de la camarera. — Gracias —dijo, en automático, sonriéndole y viéndole el rostro sin mirarle realmente. Estuvo a punto de volver a lo suyo cuando reparó en un detalle. — Eh, disculpa, ¿nos…? ¿Nos conocemos? —le preguntó.

Laith a veces sentía cierto déjà vu cuando miraba gente que en algún momento de su vida había visto. Usualmente era bueno recordando nombres y rostros y, a juzgar por la falta de nombre para ese rostro, podía intuir que no era precisamente una persona que hubiese sido cercana. Empezó a revisar en los registros mentales que tenía hasta que se acordó de cierta fecha en cierta fiesta y de ahí fue avanzando hasta un recuerdo, el más reciente que tenía, que le hizo sonreír.

¡Claro, la lesbiana! —exclamó en voz baja, para sí mismo, antes de darse cuenta de lo que había dicho, soltando una carcajada. — Joder, lo siento, estuvimos en la misma universidad, era amigo de Stephanie, ¿la recuerdas? Hizo el ridículo intentando invitarte a un baile —sonrió avergonzado por la forma de llamarla. Se le había quedado el mote tras la infinidad de discusiones con la amiga antes mencionada sobre la sexualidad de la mujer, uno defendiendo su lesbianismo a capa y espada, la otra con dudas al respecto.
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Sam J. Lehmann el Sáb Ago 11, 2018 4:03 am

No iba a mentir: claro que le sonó la cara de aquel tipo, pero tuvo como primer impulso dejarle aquel café irlandés e irse por donde había venido. Ya Sam, tal y como estaban las cosas, si le sonaba la cara es que habían altas probabilidades de que se conociesen. Y eso era malo: cualquier cosa que la vinculara al mundo mágico en su trabajo muggle era muy malo. Ella huía de esos momentos en dónde creía reconocer a alguien, sólo por miedo a que la suerte volviese a jugar en su contra.

Sí, era cierto que Laith era amigo de Bee y que Bee era amigo de Sam… pero llegó un momento en el que esas relaciones no coincidieron entre Laith y Sam: lógico teniendo en cuenta que Laith y Bee comenzaron con su amistad cuando Bee y Sam eran fugitivas y se escondieron como ratillas en las alcantarillas. La legeremante era consciente de que su rubia loca tenía un amigo por ahí, homosexual, pero no lo relacionó nunca con aquel chico, en aquella fiesta de la universidad, por el cual hubiera ganado una apuesta con Gwendoline por la que nunca apostaron nada realmente. En aquel momento, sin embargo, lo relacionó todo: relacionó al tipo de la universidad, al amigo gay de Bee y al sanador amigo gay de Bee que les había ayudado a Gwen y ella hace relativamente poco. Se giró entonces, para sonreír, negando con la cabeza. —¡Oye! —Se quejó para salvaguardar su dignidad cuando la llamó así, riendo, colocando una de sus manos en jarra. Qué menos, ya que le va a llamar eso, que lo haga con una palabra más graciosa. Tortillera, bollera... ¡cómo si no hubiera! Al menos llámame bollera, que lesbiana suena muy serio. Y claro que me acuerdo de Stephanie. No creo que hiciera el ridículo invitándome a un baile, sino cuando se le cayó el vodka de la boca cuando le dije que sí. —Rió, negando con la cabeza. Cada día le hacía más gracia esa palabra, sobre todo porque Gwen siempre pensaba que era ofensiva. ¿Qué va a ser ofensiva, si es super mona? —¡Sin embargo! La recuerdo porque hice una apuesta con mi amiga de que eras gay, pues había cuestionado mi radar homosexual, y obviamente gané. Un poco más y te pones un neón en la frente... —le contestó Sam, con confianza.

En realidad no se conocían una mierda, ¿sabes? ¿Pero qué más da? El mundo gay es así. Es broma, en realidad sí se conocían, o Sam sabía quién era. No solo era amigo de Beatrice, sino que hace poco les había hecho un gran favor a Sam y Gwen falsificando unos informes de San Mungo, motivo principal de que ahora mismo Sam estuviera mirándolo con confianza. Si era amigo de sus amigas…

Se acercó un paso a él. —En realidad te reconozco más porque eres Laith, el amigo de Bee. Apenas nos hemos visto si tenemos en cuenta lo cercano que somos a ella, pero tal y como están las cosas… yo vivo escondida o repartiendo cafés y Bee tres cuarto de lo mismo. Bueno, ella no reparte cafés. Creo. —Alzó una ceja, divertida, para mirar a través de la barandilla y fijarse en que Erika estaba recogiendo par de cosas y que ya el Juglar estaba bastante vacío. Sam aprovechó para quedarse ahí, más que nada porque tenía delante a un mago y no solía quedarse muy tranquila después de que un mago la viese en su trabajo que se suponía que era secreto. Se apoyó entonces en la mesa que estaba al lado de él. —Odio que los magos, por arte de magia, lleguen al Juglar Irlandés en donde una fugitiva trabaja fingiendo que su vida es normal. Un día puedes ser tú y otro día el hijo del fiscal de Wizengamot, ¿sabes? —Suspiró. —Y aunque no lo parezca, tu saludo cargado de normalidad me ha hecho creer que todavía soy una persona con derechos y libertad. —Y sonrió de medio lado.

Y la verdad es que... la gran mayoría de magos que la veían solían tener dos reacciones posibles: o sorprenderse por tener en frente carne fresca de la que aprovecharse, por lo que directamente buscaban la manera de neutralizarla para poder llevarla viva al Ministerio de Magia, pues una sangre sucia siempre tenía mayor recompensa si llegaba viva—por su posterior uso en el Área-M—, o bien solían sorprenderse por tener en frente a una persona que las puede meter en problemas y, haciendo gala de sus auténticos ideales, huían en dirección contraria. Ojos que no ven... La vida era una mierda. Echaba de menos esos días en donde podías ir caminando por el Callejón Diagón con tranquilidad y sacar conversación hasta de la mínima nimiedad con cualquiera, sin que importase absolutamente nada más que la propia persona.
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Laith Gauthier el Mar Ago 14, 2018 2:23 am

No había podido evitar llamarla así en cuanto la recordó, de dónde venía su cara. La bollera no se había ofendido sino que incluso soltó una risa cuando la llamó de aquella manera, pues lo cierto era que no estaba siendo despectivo de ninguna manera. ¿Cómo iba a hacer despectivo con una homosexual, como él? ¿Porque le el otro sistema reproductor que a él? Tonterías. Stephanie era un caso perdido, enamoradiza cuando menos, al menos hasta pillarse por completo de la mujer que tenía en frente. Y como el amor nos vuelve estúpidos, Stephanie hizo varias cosas dignas de mención, como el vodka derramado o el vestido que se le había rasgado en los arbustos intentando huir de la escena del crimen donde murió su dignidad.

¿De verdad? ¿Y qué ganaste? Quiero la mitad —se aventuró, confianzudo en el trato, pero siempre respetuoso. — Aunque tampoco puedo sentirme tan especial, también discutimos mucho tiempo sobre tu sexualidad, ¿por qué todo el mundo quiere cuestionar el radar homosexual? —cuestionó, melodramático. No parecía estar notando la situación, ni leer el ambiente. En su mente no todo el tiempo circulaban asuntos de fugitivos y cazadores, no era esa una manera de vivir.

Muy para su sorpresa, se conocían de más que simplemente de haberse mirando cuando estuvieron en la universidad. Ella lo reconocía por su nombre y sus palabras le hicieron saber que era también amiga de Beatrice. Hizo un recuento mental y llegó a la conclusión de que seguramente fuera una de esas amigas a las que su amiga le había pedido ayudar aquella vez en San Mungo. Dudaba que Beatrice fuese dando su nombre a cualquiera, considerando cómo estaban actualmente las cosas en el mundo mágico, por razonamiento lógico y seguridad.

Lo siento por venir a partirme la cabeza precisamente a tu Juglar Irlandés —se disculpó de buen modo, casi irónico sin embargo, ¿cómo iba él a saberlo? — Aunque me alegro de saber que puedo hacerte sentir como una persona con derechos y libertad, es lo menos que puedo hacer —eso iba completamente en serio. Era de esos que, a pesar de que le molestaba aquella inhumana discriminación, era inteligente y sabía que ayudaba más fuera del problema que dentro de la línea de fuego. No se jactaba de ser un buen duelista, pero era listo y bueno sanando a las personas. — ¿Estás muy ocupada? Siéntate en mi mesa.

La invitó con un gesto a que se sentara frente a él, haciendo un poco de orden entre las cosas que tenía dispersas por la mesa. El sanador parecía tener un nulo interés en su estatus como fugitiva, a pesar de que ella misma lo había dicho. No estaba hablando por hablar, realmente le encantaría poder hacerla sentir aunque sea un poco normal entre aquel mundo que desde hace tiempo había cambiado tanto para ella. Se sentía más bien realizado cuando conseguía darle un buen día a un fugitivo si éste había sido juzgado por una mano tan dura como la cara de las personas que imponían las leyes.

Sabes mi nombre, pero me presento de nuevo, Laith Gauthier —le sonrió, extendiéndole la mano para darle un apretón formal y agradable. — Sanador, suicida a tiempo parcial —hacía gala de aquel último puesto que se había adjudicado. — Siento mucho si te causo inconvenientes, la verdad es que no tenía ni la menor idea —se refería a su trabajo. No le gustaría pensar que realmente había causado un daño a un fugitivo que sólo intentaba ganarse la vida, pero mantenía la confianza puesta en que nadie que no debiese estar ahí entraría.

Así eran los mortífagos, la mayor parte de ellos al menos. Laith siempre pensaba que un mago no podía mezclarse entre la comunidad nomaj, no al menos si representaba un problema. Aquellos que eran capaces de difuminarse con el ambiente tenían tanto que ocultar como aquellos a quienes pretendían perseguir, o al menos era lo que a él le gustaba pensar. Quizá era demasiado optimista.
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Sam J. Lehmann el Jue Ago 16, 2018 4:17 am

Fue una apuesta hablada y estaba muy borracha como para recordarla, pero creo que todavía cuestiona mis habilidades ocultas entregadas por Satán. Porque todos sabemos que a los homosexuales Dios nos odia y sólo quiere quemarnos con agua bendita. —Bromeó con diversión, ladeando una sonrisa de lo más divertida. Ella era totalmente agnóstica con respecto a temas religiosos y adoraba muchísimo ridiculizar la visión que tenían éstas personas en cuanto a los homosexuales, ¡oh criaturas antinaturales de Satán que van en contra de la unión del pene y la vagina! ¡La madre que os parió, desgraciados, con lo bonito que es naturalizar las cosas!Yo tampoco lo entiendo. No entienden que vemos a todas las personas del planeta con un rombo verde en la cabeza si son heterosexuales, violeta si son bisexuales y arco iris cuando son homosexuales —dijo con toda la naturalidad del mundo, como si su mirada tuviera un poder especial que sólo Laith y ella podían llegar a comprender.

Puso un mohín condescendiente cuando se disculpó por haber ido al Juglar Irlandés. A su Juglar Irlandés. Ojalá fuese de ella, sería super épico regentar un lugar así. Luego se acordaba que en realidad Amelia Williams no existía y que Samantha Lehmann estaba siendo buscada por un gobierno violento que quiere usarla como rata de laboratorio y ya se le pasaba la idea. Nada como esconderse y vivir escondida. Hm, la vida que todo el mundo desearía, nótese la ironía. —Yo también me alegro —respondió con una sonrisa, justo antes de mirar la hora.

¿Ocupada? Estaban a quince minutos de cerrar, por lo que suponía que por la poca gente que había en el Juglar, podrían prescindir de la ayuda de Samantha durante todo este tiempo. De hecho Erika estiró un poco la cabeza para buscar a Sam y ésta le hizo una señal de que se quedaría ahí. Recibió, por parte de su jefa, la elevación de su pulgar derecho y una sonrisa. Se acercó entonces a la silla de en frente de sanador, sentándose. Aprovechó para quitarse el delantal, pues dudaba mucho que volviese a hacer nada. —Siempre hay tiempo para hablar con un mago bueno —dijo, esbozando una sonrisa, para entonces tenderla la mano. —Samantha Lehmann, fugitiva a tiempo completo —susurró. —Aunque aquí todo el mundo me conoce como Amelia Williams, una muggle extranjera con ganas conseguir dinero en Londres. Fascinante, ¿verdad? Yo quería ser de algún lugar exótico, llamarme Margarita Soledad de todas las Mercedes y tener una vaca, pero me recomendó mi contacto ilegal de documentos que no me pasase de excéntrica. —Rió, poniendo ligeramente los ojos en blanco. —No te preocupes, no me causas ningún inconveniente. Tú, precisamente, no. Aún temo el día de ver a algún Mortífago entrar por esa puerta y que mi manera de tirarme al suelo para esconderme sea demasiado descarada, pero quiero pensar que este sitio es demasiado muggle e intelectual para los conocidos Mortífagos. Hay libros, que denotan inteligencia, y muggles, a los que tienen repulsión. Yo creo que me he encontrado una buena coraza. —Exageró, llamando de manera muy evidente "idiotas" a la nueva ley que asolaba la comunidad mágica e inglesa.

La verdad es que pese a todo, aquel lugar le transmitía bastante paz. Las primeras semanas parecía una yonki con mono de droga de lo nerviosa que estaba, pero rápidamente se adaptó y se sintió como en casa. No solo era un lugar con buen ambiente, sino que era poco concurrido y sus compañeros, además de sus jefes, eran todos personas demasiado adorables que se habían abierto hueco rápidamente en la vida de Sam. Y la verdad es que no sabía hasta qué punto eso era bueno: ¿y si, haciendo gala de su mala suerte, le podía llegar a pasar algo a ellos? No se lo perdonaría.

Pero dejó esas malas vibraciones de lado, ya que siempre que pensaba en cosas triste se ponía triste—porque así es la vida, como cuando piensas en cosas feliz sonríes y esas cosas redundantes—, mirando al tipo que tenía delante. —¿Te puedes creer que nos hubiésemos visto en la universidad, luego fueses amigo de mi amiga, luego llegaste a ayudarme sin conocerme y, finalmente, nos conozcamos cara a cara tiempo después de casualidad en el lugar en donde se supone que me escondo? —Sonrió. —Yo creo que el destino intenta decirnos algo. Ha unido a dos superhéroes con una radar exquisito para algún tipo de misión secreta. —Bromeó, con un guiño, apoyando su cabeza en una de sus manos sobre la mesa.
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Laith Gauthier el Lun Ago 20, 2018 10:13 am

Este don otorgado por el satanismo para que no nos echen a la hoguera si intentamos coquetear con alguien de rombo azul, claramente, es la selección natural homosexual, mueren colgados de los meñiques los de peor radar —hacía un ademán con la mano, como si se estuviese creyendo lo que estaba diciendo, que era hilarante por lo ridículo del concepto. — Al final seremos la raza superior y nos extinguiremos porque no procrearemos más hijos —consideró repentinamente en su ideal mundo lleno de homosexuales donde nadie tenía sexo heterosexual y, por lo tanto, no había bebés. — O los bisexuales, los bisexuales que se encarguen de repoblar —se sonrió.

Decidió robarle un momento de su tiempo a la mujer antes de que le echaran del lugar por su cierre, que se aproximaba por la poca cantidad de clientes que había y ese gesto que ella compartió con quien Laith asumía era una superior o una compañera de trabajo cuando menos. Aceptó su invitación de sentarse con él, presentándose formalmente. Samantha Lehmann fue un nombre que apuntó dentro de esos nombres dentro de su cabeza, ahora nombre y rostro concordaban a la perfección, así como el seudónimo de Samantha, el que debería usar para referirse a ella en público por su seguridad.

¿No te dejó llamarte Margarita Soledad de todas las Mercedes con tu vaca Lola? —cuestionó, con una mano dramática al pecho. — Pero, ¿qué limitación es esa? Pésimo servicio de tu contacto, pésimo servicio —la defendió graciosamente, exagerando en sus gestos. — Es como una fortaleza anti Mortífagos, ¿no? Una casa de cultura llena de nomajs —se burló junto con ella. — Aunque, en mi experiencia como suicida, creo que nadie que pueda pasar desapercibido en el mundo nomaj es realmente una amenaza —le confesó, poniendo el antebrazo en la mesa para acercarse a ella y decirle ese secreto. — Muchos magos, los puristas particularmente, tienen estos… modos tan arcaicos, anticuados de ver a los nomaj, se quedaron estancados en una época pasada, en mi opinión —se encogió de hombros, dando un sorbo a su café.

Laith solía pensar que la vida era demasiado corta para esconderse y esconder su verdadera lealtad. Sin embargo, si bien es dicho que es mejor morir de pie que vivir de rodillas, el sanador también era inteligente: de fugitivo no servía nada. Como miembro en cubierto de la sociedad mágica podía hacer muchas cosas para ayudar a aquellos que más lo necesitaran, como había ocurrido con la mujer que tenía en frente no hace mucho.

Soltó una risa cuando la escuchó. — Claro, quería que nos uniéramos para localizar el escondite secreto de un grupo de mortífagos que se montan orgias homosexuales y todo eso, así los pillamos con los pantalones abajo y los atacamos, ¿no? —se inventó una misión de la manga que, aunque sonaba descabellada, no pensaba que fuera imposible, aunque bien no era el motivo para conocerse. — Quizá la vida sólo quería que conocieras a un tipo tan agradable y simpático como yo, podemos ir por unas cervezas, yo ligo con los chicos que quieren ligar contigo, tú me quitas de encima a las chicas, todos felices —se sonrió por lo “humilde” que había sonado su comentario sobre lo bueno que era.

Le gustaba más ese tema; su homosexualidad la tenía bien asumida y la usaba como un orgullo. Ya lo decía Tyrion Lannister: no olvides quién eres porque, desde luego, el mundo no lo va a olvidar. Será mejor convertirlo en un arma, así nunca será un punto débil. Si se usa como armadura, nadie podrá utilizarlo para herirle. Qué buenas enseñanzas tenía Juego de Tronos, ¿para cuándo la siguiente temporada? En fin, que empezó a guardar sus cosas dentro de una mochila al ver que empezaban a recoger, no porque fuese a irse ya, sino para no perder el tiempo para cuando fuera el momento.

Entonces, Amelia, cuéntame sobre ti, ¿tienes algún hobbie? ¿Mascotas? ¿Tocas algún instrumento? Tienes pinta de que te gusta tocar la batería —se sonrió, aunque estaba hablando por hablar. Le gustaba hacerlo pues eso podía abrir todo tipo de conversaciones divertidas para conocerse mejor. Cuando hay tiempo y ganas, ¿por qué no conocerse más?
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Sam J. Lehmann el Mar Ago 28, 2018 1:46 am

Lo escuchó con una sonrisa en el rostro, ya que le parecía fascinante su capacidad para hablar con tanta seriedad de un tema tan absurdo. Lo peor de todo es que como siguiera así, Sam iba a apoyarle con la misma seriedad, con una argumentación digna de un master de homosexualidad y sus métodos de distinciones. Porque estaba claro que los homosexuales no podían relacionarse con la plebe heterosexual, por eso habían sido bendecidos con semejante poder.

Vale ya, que me lío.

Por supuesto y si están muy llenos de hijos porque son los únicos que procrean, que no se preocupen. Nos dan uno y nosotros lo cuidamos, con tranquilidad, sin tener que soportar un parto doloroso e innecesario —añadió a lo que dijo, sonriendo junto a él. —La verdad es que siempre he querido ser madre, pero no sé como llevaré eso del parto... —Bueno, mentira, si había soportado latigazos hasta la inconsciencia, crucios hacia el desmayo y las peores de las torturas de su vida, estaba bastante segura de que un parto iba a ser como jugar al ajedrez.

Le encantaba exagerar con la realidad e inventarse historias. Después de estar tanto tiempo viviendo la vida por ahí, perdida de contacto humano, se había vuelto más creativa. —Pues no sé, me dijo que no era creíble mi nombre. Debería hacer una búsqueda exhaustiva de nombres en países hispano hablantes, estoy segura de que existen más de diez Margaritas de la Soledad de todas las Mercedes. Quizás no todas tengan vaca, pero tú me entiendes —respondió divertida. Y la verdad es que en lo siguiente que dijo tenía toda la razón: los magos se habían quedado anclados en una época retrógrada en dónde la relación con muggles quedaba relevada a un acto casi desleal, lo cual era lo más estúpido que había escuchado en mucho tiempo. Los muggles dominaban el mundo, ¿qué narices pretendían? —Reconforta oír eso de vez en cuando en boca de alguien a quién acabas de conocer. —Sonrió. —Yo la verdad es que opino igual.

Soltó una divertidísima carcajada cuando Laith reaccionó a esa manera, siguiéndole el juego con su comentario absurdo. Ay, sinceramente, le encantaba que la gente le siguiese el juego cada vez que decía alguna subnormalidad que ella creía divertida. Además de asegurar que era divertida, le parecía de lo más tierno que un subnormal siguiese las tonterías de otro subnormal. Era como el apoyo de los subnormales, ¿sabes? Déjala, hacía tiempo que no tenía un nuevo amigo. —No podría tomarme en serio esa misión. —Y luego sencillamente sonrió, con nostalgia, al escuchar su comentario. Le había recordado tantísimo a Matt que se quedó ligeramente con la mirada perdida. —Ojalá pudiera irme de cervezas con tanta tranquilidad, con la única preocupación de ver si estoy lo suficientemente guapa como para poder ligarme a las chicas que te intenten acosar —confesó, encogiéndose de hombros. —Aunque algo me dice que si se acercan a ti es porque en mí no van a estar muy interesadas en mí, quizás deberíamos re-enfocar esa estrategia de ligue.

Sam se había acomodado por completo e incluso llegó a sentir como que ya no estaba en su turno de trabajo. Había tan poquita gente a esa hora en el Juglar Irlandés que sencillamente se sentía una consumidora más, aunque no tenía nada que consumir delante de ella. Sonrió ante sus ametralladora de preguntas, cruzando una de sus piernas en la silla. —¿Cómo lo has descubierto? —fingió sorpresa. —Creo que si yo intentase coger dos baquetas e intentar crear un ritmo con una batería, lo menos que saldría de ahí sería mi ojo ensartado en la punta de una de ellas —exageró divertida, con una sonrisa risueña. —Pues tengo un gatito, una perrita y un cerdito vietnamita. Toco un poquito el piano, pero no porque sepa solfeo, sino porque cuando era pequeña mi padre me enseñó de memoria unas piezas muy básicas. Creo que si me pones un piano delante te puedo tocar el Cumpleaños Feliz con una maestría envidiable. —Su sonrisa se ensanchó y sus ojos disminuyeron, como una china. —Y mi hobbie favorito es esconderme en casa mientras veo películas y series abrazando a mi cerdito. Lo sé, mi vida es increíblemente apasionante. He de decir que antes salía a la calle y hacía cosas. —Le señaló divertida, advirtiéndole de que su vida no era tan triste como sonaba. —¿Y tú qué? ¿Qué narices haces un juernes a esta hora tomándote un café? ¿Tu hobbie es parecer interesante para así captar la mirada de los hombres?

Y, si justo en ese momento, abajo apareció Adrian Tavalas, uno de los camareros del Juglar. Miró hacia arriba, curioso por saber con quién hablaba Sam. Le echó una mirada curiosa y, a los tres segundos de haber desviado la mirada, volvió a mirar, pues al parecer la curiosidad había llamado al gato. ¿Lo gracioso? Que probablemente Laith y Sam, al mirar a Adrian, solo viesen un rombo inconcluso. ¡Ese no era gay, seguro, Sam se habría dado cuenta! Quizás estaba re-afirmando su sexualidad o quizás simplemente estaba juzgando al acompañante de su amiga Amelia.
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Laith Gauthier el Jue Ago 30, 2018 11:20 pm

Era divertido hablar de tonterías sin más, aunque de pronto el tema tomó un inesperado giro un poco más serio de lo esperado. — Honestamente creo que también me gustaría ser padre algún día, y… Sí, me alegro de ser hombre en momentos así, lo siento —se burló ligeramente de ella, porque para él no había embarazado ni parto ni cosas de ese estilo. No, él sólo se preocupaba por el vientre que llevase a su hijo, o iba a un orfanato felizmente a adoptar a un niño que lo necesitase que ya estuviera nacido y todo. Así de fácil era la vida de un futuro padre homosexual.

El sanador había apoyado fervientemente el nombre que ella había pretendido utilizar, Soledad de todas las Mercedes, con su vaca y todo. Más que nada porque… ¿por qué no? Sí, a él le encantaba hablar con seriedad de locuras y tonterías, sus amigos eran testigos del cómo Laith podía hacer un tema de conversación hasta el sitio al que van los calcetines cuando los metes a la secadora y estos desaparecen misteriosamente. En especial si estaba hablando con fugitivos, de los cuales su conversación podía ser lo único que los hiciera reír durante el día. El mundo era un escenario donde no había sitio para vergüenzas.

¿No podrías tomártela en serio o no querrías cumplirla, tú, pilla? —insinuó que quizá querría formar parte del lado equivocado de la misión, divertido. — No estás resultando ser una verdadera compañera de misiones, ¿no puedes tomarte en serio una misión súper importante sobre mortífagos y encima no puedes cumplir la misión de quitarme ligues indeseados de encima? ¿Qué clase de súperpoderes gay tienes? —la molestó, travieso. Sí, a él le costaba bien poco conseguir sentirse en confianza con otras personas, y con ello se atrevía a meterse agradablemente con ellas.

Lanzó varias preguntas de las que podría elegir alguna, responderlas todas, o ninguna. ¿Complicarse la existencia? ¿Con qué se comía eso? Samantha había empezado por el final, haciéndolo reír con su pronóstico del intento de tocar la batería, antes de hablar sobre sus mascotas. Le llamó la atención que tuviese un cerdito, dejándola explicar todo lo que ella quisiera compartirle con un oído atento y una sonrisa cálida. Siempre era encantador conocer personas nuevas, las personas eran mundos y a él le gustaba eso del turismo espacial.

¿Un cerdito? ¿Y cómo es cuidar de uno? —estuvo a punto de preguntar si nunca había pensado en hacerlo tocino, pero eso sería ofensivo, así que se lo guardó para sí mismo. — Yo también toco el piano, aunque a decir verdad prefiero la guitarra —apuntó sonriente, pensando en qué contestarle cuando le preguntó qué hacía él. Eso habría hecho, de no haber sido por una mirada indiscreta dirigida hacia ellos. — ¿Y quién es el amigo? —preguntó, haciendo un sutil gesto hacia el camarero que había decidido volver su mirada hacia ellos. — ¿Se nota mucho que me intento hacer el intelectual aquí sentado? —se llevó la mano al pecho, divertido.

Tenía que admitir que le encantaba recibir cierto tipo de atención de determinada clase de hombres, consideraba que no había nada más bello que la espontaneidad y la atracción humana. No poner barreras al instinto. Eso no significaba, sin embargo, que siempre estuviese buscando a alguien que lo mirase para interesarse en él. Por ello, no hacía más que bromear con ella. Pronto hubo regresado hacia Samantha su atención, recapitulando en dónde se habían quedado mientras cruzaba una pierna sobre la otra y sujetaba su rodilla con las manos entrelazadas.

No hago mucho, trabajar, o algo así —se encogió de hombros. — Me está volviendo loco un proyecto que tengo, una investigación, pensé que un lugar bonito y un buen café me despejaría la mente —le confesó, como si fuera un secreto impronunciable. No era así, pero le gustaba ser discreto con sus asuntos más importantes. — Probablemente esperando el momento para encontrar un plan, que no hacerlo —se sonrió. — Como invitar a una camarera a ver Juego de Tronos con palomitas de maíz o algo, ¿te gusta Juego de Tronos? —se había sacado un plan de la manga, aguantando la risa de lo improvisado que había resultado.


Última edición por Laith Gauthier el Miér Sep 05, 2018 9:16 am, editado 1 vez
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Sam J. Lehmann el Mar Sep 04, 2018 4:07 am

Respetaba perfectamente a las personas que no querían tener hijos en ningún momento de su vida y, de hecho, Sam tuvo una época en la que se preguntaba: "¿realmente quiero ser madre algún día?". Quizás por entonces, en la época universitaria, no lo tuviese tan claro. Y ahora menos, claro está, que tener a un hijo en su situación sería prácticamente suicida. Sin embargo, le encantaría si la cosa llegase a cambiar en algún momento, poder criar a una mini-Sam. Aunque no sabía por qué, pero desde que se le despertó ese instinto maternal siempre quiso tener un niño. Le pareció enternecedor que él también quisiera ser padre y es que... bueno, no era plan de juzgar, pero le parecía muy mono con todos los tatuajes y esa imagen de chico malo que ocultaba un alma potencialmente paternal. —Ten varios hijos, uno por mí. —Que Sam se quejaba de tener hijos, pero tampoco había pensado en la opción de tener pareja para poder tener un niño. Y está claro que tal y cómo vivía, tener pareja tampoco era una opción muy viable.

Una divertida carcajada afloró de sus labios al escucharle rechistar por la misión super lógica de Mortífagos, así como su estrategia fallida de ligues. —A ver, sería terriblemente incómodo ver a una panda de asesinos sanguinarios en medio de una orgía. No sabría qué hacer. Me quedaría congelada ante lo turbio de la situación. ¿Cómo deberías de proceder? ¿Fuego, hielo? ¿Avadas Kedavra para que ese tipo de gente no se reproduzca? Porque claro, ¿en dónde vamos a encerrarlos si ellos controlan las cárceles? —Preguntó de manera continuada, sin tomar pausa. —Laith, está claro que no has pensado en la misión. —Y entonces negó con la cabeza. —Dije que tenía super poderes para identificar a las personas gays, no para convertir a las personas en gay. ¡Cualquier chica que esté interesada en ti es altamente probable que no lo esté en mí! No sólo somos de distintos sexos sino que... ¿nos has visto? Tú pareces el quarterback chico malo pero sensible de la película americana y yo la rubia antipática y capitana de las animadoras del equipo —continuó hablando, apoyando totalmente su visión del asunto de una manera muy divertida, ya que no se podía tomar en serio la conversación después de imaginarse a  todos los cazarrecompensas que conocía haciendo cosas turbias entre ellos.

La verdad es que cambiar de tema sentó bien, sobre todo para sus mejillas forzadas a reír, que ya dolían. Le encantaba reír, ¿ya lo había dicho? La gente que le hacía reír a base de tonterías se ganaba rápido un sitio en Sam, sobre todo en estas circunstancias de la vida. —Pues más o menos como cuidar de un perro, con la única diferencia de que cuando comes hamburguesas delante de él... te llegas a sentir un poquito mal. —Se encogió de hombros. La verdad es que decir que Sam sabía tocar el piano era como decir que los patos vuelan. Había parte de verdad, pero en realidad... era una puta mierda. Fue a apuntar un detalle sobre la guitarra, pero entonces Adrian hizo acto de aparición, mirando entre curioso e interesado hacia arriba. Un amigo normal diría: "sólo está interesado en ver qué hace Samantha", pero la verdad es que no parecía eso. —Es mi compañero, se llama Adrian, es griego. —Apuntó como curiosidad totalmente innecesaria, pues dudaba mucho que a Laith le importase algo si era griego, musulmán o canadiense. Bueno quizás eso último si le hiciera ilusión saberlo, pero obviamente Sam no tenía ni idea. —Se nota mucho. Aquí con estas carpetas mientras te tomas un café... totalmente intelectual. No es para nada el perfil propio de los que visitan una cafetería-librería —ironizó divertida.

Se mostró altamente curiosa con lo de la investigación, cómo no hacerlo después de cómo lo había dicho, sin embargo, apenas le dio tiempo a preguntar o interesarse al respecto, ya que rápidamente movió la manga de su camiseta—metafóricamente hablando—y de ahí salió el plan que le había propuesto. Sam lo miró, con los ojos abiertos y una sonrisa en el rostro. Le parecía un plan fantástico: Sam era amante de tirarse en el sofá y ver series acompañada de comida basura y es que... ¿a quién no le gustaba ese plan? Pero no fue eso lo que le hizo quedarse callada unos segundos, sino volver a recordar a Matt. Aún recordaba aquel día en el que Matt borracho había accedido a tener "una noche al estilo de Sam" en dónde se quedasen en casa, comiendo chucherías y, curiosamente, viendo Juego de Tronos. Matt no había visto nada y aún recordaba lo mucho que le gustó la serie. Por obvias razones no habían podido ver las últimas temporadas juntos. Entonces Sam reaccionó, unos segundos después. —Perdón. —Se disculpó por la parálisis inesperada. —Me recordaste a un amigo. De todas maneras por que sé que eres un buen chico por todo lo que sé que has hecho, si no esa proposición sonaría a que quieres mis veinticinco mil galeones para irte a Punta Cana y adoptar a tu hijo sin preocuparte por tu vida nunca más. —Bromeó. —Y menos mal que sé que eres gay, sino también sonaría un poco turbio: a propuesta indecente de universitarios. —Y, con una sonrisa en la boca, escuchó la voz de su jefa.

¿Amelia? —preguntó desde las escaleras.

No supo muy bien por qué, pero se levantó de golpe de la silla. En el progreso no sólo se dio un rodillazo contra la esquina de la mesa—porque Sam tenía esa suerte en el mundo—sino que le tiró las cosas al suelo al pobre Laith. Y con cosas me refiero a las carpetas que tenía. —¡Lo siento! —Le dijo a Laith, agachándose para recogerlo, pero mientras hacía todo eso, giraba la cabeza hacia Erika. —¿Qué pasa, vamos a cerrar ya?

Todavía quedan diez minutos, pero está todo recogido y solo quedáis vosotros, ¿os quedáis hasta que se termine lo que se ha pedido y cierras tú hoy? Adrian tenía un cumpleaños, Santi ha dicho que se hacía caca y no puede hacerla fuera de casa y yo he quedado con Anthony.

Sam sonrió por lo de Santi y asintió a lo de Anthony, su prometido.

Claro sin problemas, yo cierro. Gracias, Erika.

Pondré el cartel de cerrado para que nadie se emocione llegando en los últimos cinco minutos.

Erika comenzó a bajar las escaleras y Sam volvió a los papeles que había tirado de Laith. Empezó a recogerlos uno a uno, uniéndolos en un montoncito. Estaba segura de que los estaba poniendo de manera desordenada y le estaba atacando el TOC al imaginarse que ella lo hubiera tenido todo bien ordenado y una patosa hubiera venido a destrozárselo. Ella y sus manías de Ravenclaw con unos apuntes perfectos. De manera totalmente inconsciente, su mirada captó una palabra en los apuntes de Laith: "el hechizo de la memoria permite..."

Pero dejó de leer porque ser metomentodo nunca estuvo en sus genes. No con gente que no conocía tanto, al menos.

Al volver a sentarse y sentir un dolor en la rodilla—no olvidemos como la esquina de la mesa atentó contra su hueso—, le tendió los apuntes. —¿Es tu investigación? Siento habértela desordenado, en serio. Te puedo ayudar a ordenarla, o lo que quieras. ¿Otro café gratis? —preguntó, en broma. —¿Puedo preguntar de qué es? ¿Es de la memoria? —Al final preguntó directamente, sin poder ocultar su curiosidad. ¡No podía y mucho menos si se trataba de eso!
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Laith Gauthier el Vie Sep 07, 2018 11:02 pm

Laith le sonrió en cuanto ella le pidió que tuviera un hijo por ella. No era un tema recurrente en sus pensamientos, el qué ocurriría en el futuro; más bien, el sanador parecía del tipo de personas que dan un paso a la vez, que no se adelantan a los hechos y que, en cambio, son cautelosos con el futuro, como algo que está ahí, ese algo que se mira de reojo sin verse directamente. Por suerte, los temas serios en esa mesa parecían venir con fecha de caducidad, ya que de pronto hablaban de mortífagos con orgias y misiones homosexuales.

No estás pensando en grande, tienes que abrir tu panorama —pronunció como lo haría más un viejo sabio que un adulto joven. Porque básicamente no tenía ni puta idea de la respuesta, ¿qué harían con ellos? Pero tenía que hacerse el interesante. — ¿Ves? ¡No piensas en grande! ¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? ¡Eso es! —Laith preguntaba y se respondía solo. — Que en esas películas, la animadora rubia antipática acaba con el quarterback, pero yo probablemente acabaría con el linebacker principal y tú acabarías con la capitana del equipo de vóleibol, ¡desafiamos las leyes de las películas cliché! —y esa parecía la respuesta a todos los males del mundo.

Se mordió la lengua por no reírse. No tenía ni la menor idea de cómo había surgido esa lógica aplastante que, en realidad, no estaba aplastando nada, pero parecía ser el principal motivo por el que deberían tener súperpoderes. Cambiaron de tema, nuevamente, esta vez a las mascotas que tenía Samantha, entre ellos un cerdito. Los dos habían pensado, para bien o para mal, lo mal que a uno le sentaba comer carne de cerdo cuando tiene a un cerdo de mascota, era casi como comer perros y tener un perro, algo así como muchos asiáticos. Se sacudió el pensamiento de la cabeza, en especial al ver al compañero de la camarera.

Silbó. — Un griego, ¿es cierto que ellos saben cómo vivir? —preguntó, citando a Nietzsche. — ¿Y qué figura ves en él? —se sonrió, descarado, distrayéndose del foco de interacción con la mujer durante apenas segundos. — Ya me lo parecía, mira, si quizá me veo tan intelectual que hasta le he gustado a tu compañero —se jactó antes de reírse, negando ligeramente con la cabeza. — Joder, ¿quién te dijo mi plan de robarte todo tu dinero? —se quejó repentinamente, siguiendo lo que ella había dicho para bromear, antes de reír. — Recuerda al linebacker y a la capitana.

Otra voz había interrumpido su conversación causándole un respingo a la mujer, quien, para colmo de males, se había golpeado con la mesa tumbándole algunas de sus cosas. Por suerte no se había derramado el café o iba a tener un serio aprieto. Comenzó a levantar sus cosas mientras ella compartía palabras con quien aparentemente era su jefa, o la encargada cuando menos, pidiéndole cerrar cuando decidieran abandonar el establecimiento. Entonces, Samantha comenzó a ayudarlo a levantar sus cosas, amontonándolo todo. Sonrió y ahogó un leve suspiro con buen ánimo.

Tranquila, está bien, ¿te lastimaste? —se preocupó por su rodilla lastimada, con un interés honesto. — Probablemente se te salga el cerebro por la rodilla —eso no iba a suceder, era más bien el tipo de cosas con que jugaba cuando atendía pacientes más pequeños, comentario que le había nacido entonces.Había dispersado los papeles en el escritorio para empezar a meter las cosas en sus respectivas carpetas, alzando la mirada al escucharla. Dio un vistazo a las escaleras, no habría más nomaj, ¿verdad? Volvió a mirarla. — Estoy… Intentando descubrir el modo de lidiar con amnesias y lagunas mentales pasajeras y permanentes, creo que estoy cerca, pero… Siempre que me acerco se vuelve a escapar —le confesó. — Básicamente se trata de un “gnóthi sautón” moderno, para hacer que el propio afectado encuentre las… respuestas.

No le encontró inconveniente a compartirlo con ella por una serie de motivos. El primero era que ella era una fugitiva, ¿qué haría? ¿Publicarlo y ser atrapada? La paranoia no era sana, y él no tenía motivos para temer. Aquella frase, irónicamente griega justo como el compañero de Samantha, era no otra que “conócete a ti mismo”. Estaba ordenando todo por carpetas y posteriormente en orden, básicamente porque conocía de memoria el orden de su investigación. La había devorado por noches enteras hasta que se quedó grabada en su mente, un poco de desorden no iban a echar al suelo meses de investigación.

Aunque si todavía me quieres compensar este enorme desastre, siempre puedes aceptar mi invitación, o darme helado —exageró con la magnitud del desorden creado para dar drama y asentar su propuesta, aunque la sonrisa de su rostro hablaba por sí misma. No apartó la mirada de lo que hacía hasta que hubo terminado, volviendo la mirada hacia la mujer y sorbiendo del café como si nada hubiese sucedido.
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Sam J. Lehmann el Miér Oct 10, 2018 1:37 am

Y no borró en ningún momento la sonrisa de la cara cuando Laith comenzó a decir cómo terminaría la película americana en la que ambos se verían como participantes. Ella no se veía en absoluto como la pareja de la capitana del equipo de voleibol. Uh, por favor, odiaba el voleibol, cada vez que lo había jugado terminaba con los antebrazos rojos como tomates. Por mucho que actualmente tuviera aspecto de capitana de las animadores, sabiendo como era se veía más siendo una nerd más de la banda musical, siendo ella el trombón principal o llevando algún instrumento que pesase del doble que ella y para el que necesitase el aire del mundo entero para poder tocar una nota. Y todos sabemos que esas chicas no consiguen pareja en el instituto.

Lo miró con travesura cuando hablaron de Adrian, quién salía del Juglar al haber terminado su turno, no sin antes, por supuesto, mirar hacia arriba para ver qué narices hacía Samantha ahí sin irse y en compañía de quién. —Dudo mucho que sepan como vivir si ha tenido que venir a buscarse la vida a Londres... Y no sé ni lo que veo, sólo sé que es un chico muy... profundo, ¿sabes? La típica persona que ves, hablas con él y es totalmente opaco. Llevo meses trabajando aquí y me sigue pareciendo un misterio —confesó con tranquilidad una vez se hubo ido, ya que tampoco quería hablar abiertamente del pobre Adrian con él todavía pululando por la zona. Después Sam no se mantuvo callada, siendo totalmente sincera con cómo había sonado la intención de Laith con irse de la cafetería. Para variar—nótese la ironía—no borró la sonrisa todavía. —Ya os conozco, magos privilegiados, que venís a tantear el terreno de los pobres fugitivos para apuñalarnos por la espalda y pagaros desde ya la jubilación. —Y, con un gesto travieso y ligeramente infantil, Sam le hizo la mirada del tigre, esa que consistía en llevar el dedo índice y corazón a los ojos y luego apuntarle a él.

Con el corazón en la rodilla, pues así lo sentía después de la soberana hostia que se había dado de manera totalmente innecesaria, se volvió a sentar tras ayudar a Laith. —Estoy bien. Mañana me saldrá un moratón del tamaño del Támesis, pero estoy bien —repitió, masajeándose la rodilla con ahínco e interés para que se le quitase el dolor que sentía. Mientras se masajeaba la rodilla con una pasión indescriptible, Laith le confesó de lo que trataba su investigación, por la cual, de manera totalmente inmediata, sintió una tremenda atracción. Tanta fue la sorpresa de lo que trataba ahora mismo que hasta dejó de frotarse la rodilla. —¿En serio? —preguntó, sorprendida, como si no se creyese que ahora mismo aquella persona le hubiera caído del cielo de una manera totalmente casual. Bueno, como decía V de Vendetta, las casualidades no existían. Tras unos segundos, despertó de su soñar con los ojos abiertos. —O sea, es que... no te imaginas como de cerca me pillas con ese tema...

Y entonces, antes de poder inmiscuirse mucho más en ello, Laith volvió a sacar el tema de aceptar su oferta o darle helado. Sam entonces volvió a esbozar una sonrisa, pues la sorpresa del golpe en la rodilla—que todavía palpitaba—y lo de su estudio la sacaron de su momento zen y divertido. Sin embargo, su sobre-protección como fugitiva le dictaba dos cosas: no vayas y quédate en terreno conocido. Que si Laith quería hacerle algo malo, cosa que dudaba, daba igual que fuera en su casa o en el Juglar, pero... Sam lo había pasado muy mal y lo cierto es que estaba harta de cagarla. Prefería ir por lo seguro, siempre por lo seguro. —Creo que me quedo con el helado. Tú y tu capacidad de sensibilidad dental, ¿primero café y ahora un helado? ¿Quiere que tus dientes exploten? —dijo divertida, levantándose de la silla y quitándose el delantal que usaba como uniforme. —Ahora vengo, voy a cerrar y traerte tu helado. Por cierto, ¿sabes quién es Dakarai El-Sadat? —preguntó a medida que bajaba las escaleras, mirándole de soslayo. La cafetería no era grande y teniendo en cuenta que solo estaban ellos, era fácil poder hablar un poquito alto y que se escuchasen bien aunque estuviesen en distintos niveles. —Es un mago egipcio, más concretamente de El Cairo. Es uno de los mejores legeremantes del mundo y creo que tiene ya ciento diez años, así que algo sabe. Fui a estudiar con él durante un mes hace dos años... y aprendí mucho. —Cerró con pestillo la puerta de la entrada, pasando una pequeña cortinilla. Luego se dirigió hacia la barra. —¿Y sabes qué me decía? Que él creía que era imposible recuperar la memoria perdida si ésta había sido manipulada con magia. Yo, sin embargo, nunca le creí porque por muy sabio que fuera, no tenía pruebas. Y bueno, tengo motivos para no perder la esperanza con ese tema. —Se acercó al congelador, por detrás de la barra, desde un punto en donde no veía a Laith. —¿De qué quieres el helado?

Cogió dos y volvió sobre sus pasos, subiendo de nuevo las escaleras y apagando las luces de la planta baja. Al llegar hasta él, le dio su helado y ella se volvió a sentar en la silla libre. Empezó a desenvolver su cucurucho de vainilla y turrón. —No sé si lo sabías, pero soy legeremante. Siempre me ha molado mucho todo lo que tiene que ver con la mente, aunque he de admitir que últimamente le he cogido un poco de asco. —Como obviamente no iba a dar detalles al respecto de su asquerosidad, continuó hablando: —La manipulación de la memoria está más vigente que nunca actualmente con lo corrupta que está la sociedad, sólo con tal de sacar beneficios y... no lo voy a negar: yo soy la primera que recurre a esos métodos para sobrevivir. Es por eso que lo que estás estudiando me interesa tanto.

Bueno, en realidad el motivo principal era Henry, pero bastante drama tenía su vida como para tener que contarle al Laith todo lo que había pasado con Henry. Lo haría si era necesario, pero en realidad tenía muchísima curiosidad por saber cómo había enfocado todo. —¿Es un estudio secreto o lo puedes compartir con una fanática del tema? Quizás te podría echar una mano... con todo lo que pueda ofrecerte. He tenido motivos para informarme de éste tema y algo sé. —Y mordisqueó el cucurucho, con un rostro cargado de inocencia, curiosidad e implicación.
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Laith Gauthier el Lun Oct 15, 2018 2:16 am

Nietzsche lo había dicho y no él, aunque le daba cierta gracia que, en materia filosófica, se contradijese. Mientras defendía que los griegos vivían mejor por haberse desprendido de las pseudonecesidades, los dejaba como personas vanidosas y superficiales. Pero el tema no iba a ser la filosofía, por ello sólo se sonrió con la explicación, pensando que quizá podría pasarse a tomar un café en otro momento, a probar suerte. Por ahora, la conversación con Sam era lo que más atrapaba su atención, fingiendo que iba a ir a su casa a robarle todo lo que tenía.

Por supuesto, ¿por qué más si no nos acercaríamos a los fugitivos? Si es que hay que tener dos dedos de frente para saber que quiero quedarme con tus ahorros de la vida —ironizó, haciendo un intelectual ademán con su mano para hacer énfasis en lo lógico del asunto. Pese a todo, era una locura pensar que realmente esa era la intención, pero eso se lo guardó para sí mismo, porque era más que evidente.

Samantha fue a dejarse la rodilla contra la mesa, por el golpe, su reacción y el cómo se masajeaba la rodilla podía decir que el golpe le había dolido mucho, pero iba a estar bien, era su diagnóstico médico. Se preocupó más en reorganizar su investigación que se había desperdigado por todos lados, contándole sobre su materia de estudio a ella cuando se mostró interesada. Estaba distraído, metido en sus propios asuntos mientas movía papeles de aquí para allá, que no se dio por enterado del interés inusual que tenía en su investigación, que regresó al tema de hacer algo más.

Café y helado es como medicamento para el alma, créeme, soy médico —la mejor parte de ser médico era que todo podía terminarlo con “soy médico”. “Sí, está bien que me tome quince chupitos de tequila y una botella y media de whisky, soy médico”, por ejemplo. Le llamó la atención que hablase sobre un mago egipcio, encodándose en la mesa y mirando el camino que ella seguía. — Me suena, ¿por? —preguntó, dejando que le explicase sobre el legeremante del que había oído hablar en su viaje por África. — De nuez.

Dio algunas vueltas a sus palabras dentro de su mente, como si intentara desmenuzarlas y encontrar un significado implícito en ellas. Era el supuesto mágico más reconocido: no se podían recuperar las memorias que habían sido borradas permanentemente, manipuladas con magia. Laith no pensaba lo mismo, porque era alquimia básica: la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma. Las memorias eran más pequeñas que la cabeza de un alfiler, pero eran materia a fin de cuentas: no podían eliminarse así como así. Fue el supuesto sobre el que había asentado su investigación preliminar.

Gracias —le sonrió cuando le tendió el cono de helado, escuchando su historia. Así que era una legeremante. Creyó asumir que el asco que le había tomado debía ser por usarlo con tanta frecuencia siendo fugitiva, así que no quiso indagar más en el tema. Incluso él había tenido que hacer uso de esas habilidades por su bienestar. Laith bajó la mirada a una de sus carpetas, mirando la foto de Daniel en ella, encogiéndose de hombros. — No estoy teniendo mucho éxito, por lo visto… Digamos que… No vas a dejarme mentir, tú eres mejor leyendo mentes que yo, pero al acceder a las memorias de alguien… Es como verlo con tus propios ojos —le explicó, haciendo ademanes con las manos. — Bien, ¿y si yo te dijera… que antes de ver esas memorias, hay algo más? De lo que ningún humano es capaz de ver, a nivel neuronal… Como un mundo celular —iba a tomarlo por loco, lo veía. — Es tan pequeño que para efectos reales, una persona es incapaz de verlo, ni siquiera dentro de su propia cabeza, pero está ahí, y cada neurona encargada de transportar recuerdos lleva un recuerdo a un lugar de este… “minimundo”.

Laith podía hablar de encéfalos, de somas neuronales, de cortezas cerebrales, hipotálamos e hipocampos, tantos detalles técnicos que traducirlo a un idioma casual podía dejar mucho que desear. En especial para alguien que no estaba relacionado con la materia.

Entonces, usando un método especial y experimental, se puede acceder a este “minimundo”, pasearse por él mientras los anticuerpos lo permitan, porque somos invasores a fin de cuentas e intentarán echarnos, y se puede acceder al lugar donde se guardan las memorias… ¿Viste la película de Inside Out? Pues es algo así, pero real —benditas películas nomaj. — No es fácil acceder a la información almacenada, pero, de conseguirse… De conseguirse, creo que podrían encontrarse los recuerdos “borrados”, porque soy fiel creyente de que es imposible borrar un recuerdo del todo, tiene… Tiene que ir a algún lugar, incluso si acceder a ellos no es fácil —y esas palabras, las pronunció con el deseo de un corazón ansioso.
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Sam J. Lehmann el Miér Oct 17, 2018 4:32 am

La verdad es que poco a poco entendió como la cabeza loca que tenía como amiga podía haberse llevado tan bien con alguien como Laith, pues era encantador y muy divertido. Sobre todo lo segundo. Quizás no fuese el hombre con más sentido del humor del mundo, pero sí el necesario para hacer que Sam conservase la sonrisa en todo momento con cada frase que decía.

Sin embargo, pese a que tenía clarísimo que podían llegar a hablar de cualquier tema y sacar una razón filosóficamente lógica a cualquier bobería, llegó un tema serio que hizo que ambos supieran cambiar rápidamente de actitud. Fue la legeremante quién tiró sin querer ‘ese estudio’ que tenía sobre la mesa y claro, dado lo observado no pudo evitar preguntar y comentar lo que sabía al respecto. Atendió sus palabras, lamiendo su helado con concentración. Y cuando digo ‘concentración’ es concentración absoluta. Sam era muy inteligente, pero su inocencia, su parte infantil y el hecho de que le encantaba bromear a todas horas muchas veces hacían parecer que no era. Además de que seamos sinceros: tenía carita de pan redondito, era rubia de ojos azules y su carita de tontita a veces podía con ella. Sin embargo, sólo era una fachada de la que muchas veces se aprovechaba. Se concentró porque Laith contándole una teoría y si bien no estaba utilizando jerga complicada, era una teoría que había que ser entendida.

Las cosas mentales siempre habían sido una de las pasiones de Sam, motivo principal de que se decantara por la legeremancia—la cual estudió, sencillamente, por vocación—, por lo que no le costó entender a lo que se refería.

Dejó de lamer el helado para poder hablar. —Entiendo —dijo para empezar. —Te has ido a la parte más profunda de todos nosotros y has trasladado la lógica incomprensible que nos sugiere la magia a la realidad de nosotros mismos, como personas humanas y físicas conformadas por células y átomos. Se nota que eres médico, me gusta —resumió, para ubicarse. —Vi la película de Inside Out y he de decirte que me pareció magnífico como mostraron esa parte de nuestra mente que nadie es capaz de entender. Sería sencillamente perfecto que en ese mundo existiese y hubiese un apartado de ‘recuerdos borrados’ así como lo había en la sección de ‘recuerdos a largo plazo’. O incluso que fueran recuerdos rotos, perdidos y olvidados en aquel foso en donde se murió el pobre elefante. —Suspiró, afectada. —De verdad, qué mal lo pasé con esa muerte. —Zarandeó la mano, dando a entender que la pobre era una llorona con las películas de ese estilo y muertes tan monas. Ese elefante no se merecía ser olvidado, todos los sabemos. —Bueno, que me desvío…  En mi experiencia te puedo decir que cuando me meto en la mente de una persona, pongamos como suposición a una persona que no tiene resistencia ninguna, tengo total libertad a la hora de trasladarme por sus recuerdos, pero es muy difícil buscar algo que ni él sabe que existe. Y ya ni te digo abrirme a un abanico completamente a mi disposición de toda su vida. Buscar en la mente de alguien es seguir un camino, buscar un patrón… pero no es que se te presente un menú y tú solo tengas que ir eligiendo lo que más te apetezca ver. Quizás exista lo que dices, pero llegar a ese ‘minimundo’ debe de ser tan invasivo como peligroso. Y te lo digo yo, que llevo más de siete años metiéndome en la mente de la gente con miedo a dejarlos retrasados —le confesó, volviendo a concentrarse un poco en su helado pues se le estaba derritiendo por la galleta del cucurucho. Y no había cosa que le disgustara más que el hecho de que la galleta del cucurucho se pusiese pocha. Le gustaba crujiente.  

Cuando mordió la galleta y se cercioró de que seguía crujiente, continuó hablando sin decepciones en su vida. —Además, en el hipotético caso de que lo que dices es factible, ¿cómo tratarías el supuesto caso de los recuerdos olvidados naturalmente? ¿También podrías acceder a ellos y restaurarlos si pudieras acceder a ese nivel en la mente del objetivo? Curarías el alzheimer, ¿no? —visionó, sorprendida, tratándolo todo como un teoría a estudiar, que se suponía que era lo que era. —Yo es que pocas veces me he atrevido a utilizar el ‘obliviate’ precisamente porque borrar un recuerdo me sugiere dejar una de esas esferas totalmente vacías, huecas de información, quitarle un pedazo de vida a la otra persona. Es demasiada presión. Siempre que me he visto en la necesidad he preferido modificar los recuerdos. 'Y aún así la he cagado', se ahorró añadir. —Y creo que a la hora de clasificar los recuerdos ‘borrados’ de los ‘manipulados’ no irían ni de lejos al mismo lugar, aunque tengan su parecido.
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Laith Gauthier el Lun Oct 22, 2018 5:48 am

Cuando Samantha pareció terminar de analizar el contenido de sus palabras y comenzó a hablar, fue el momento de Laith para comer su helado, escuchando su análisis de lo que había comprendido. Pensó que sería mucho más complicado decirle a una persona promedio cómo funcionaba su hipótesis, pero Samantha la entendió casi por completo en la primera explicación, por lo que él era grandioso explicando o ella era muy inteligente. Se inclinaba más hacia la segunda opción. Hasta que ella mencionó la triste muerte del amigo imaginario de la protagonista, olvidado, que le sacó una risa, no porque fuera gracioso, sino porque le enterneció el drama.

Samantha era muy lista, para su sorpresa. — Si mi hipótesis fuera correcta, se podría acceder a este mundo celular y restaurar, en principio, cualquier tipo de recuerdo olvidado, así que podría trabajarse para tratar enfermedades de ese tipo —asintió, como si no se diera cuenta de la magnitud de su ambición. — Por supuesto que el precio es muy alto, más de lo que querría admitir, los efectos secundarios son incalculables y en el peor de los casos, podría inducir a una persona a… la nada. A un estado vacío, vegetativo, la mente nunca ha sido un juego, es el control de mando del cuerpo humano —eso le afectaba, se notó por cómo se oscureció su usualmente brillante mirada verde. — Es un proyecto muy ambicioso, y como tal el precio no será bajo —¿el fin justificaba los medios?

Los médicos necesitaban ser personas en teoría frías, porque los errores costaban muy caro. Ya no jugar con la mente de una persona, algo tan básico como un medicamento erróneo podría llevar a una persona a la muerte. Era el riesgo con que día con día vivían, y no sólo el error humano podía tener consecuencias catastróficas. Un médico tenía que entender que la vida en sí misma es frágil y fácilmente puede cortarse el hilo con que se une al mundo. Personas como Laith, de corazón cálido, lo sufrían todos los días. El choque entre el objetivo pensamiento médico contra el subjetivo sentimiento humano.

Es… complicado, también. A nivel celular, somos diferentes, magos de nomaj —murmuró. — Se cree que el mago posee un sistema más complejo, aunque es uno de los prismas de mi estudio, demostrar lo contrario, es como… Como tener un mando universal, hay televisiones que requerirán botones que otras no necesitan, pero igualmente están ahí, ¿me explico? —era lo que él quería pensar. — Y también, es… Quiero que me des mérito por intentar explicarte algo que ni yo entiendo bien, pero mi hipótesis sugiere que la mente humana divide los recuerdos y almacena distinto aquellos que ha “olvidado”, puedes olvidarte por ejemplo de comprar leche y está guardado en un sitio superficial y de relativo fácil acceso, pero hay datos mucho más rebuscados que se almacenan en sitios más complejos… —se detuvo cuando se dio cuenta que podría estar confundiéndola, dándole tiempo a procesar todo lo que le había dicho.

Si quería resultados extraordinarios, no podía tener un pensamiento ordinario. Alguna vez alguien pensó que podría reabastecerse la sangre con una poción, sin fundamentos teóricos, y nació dicha poción y fue un éxito, herramienta indudable para la medimagia contemporánea. Él quería pensar que había modo de recordar algo que se cree ha sido olvidado, y esperaba que en el futuro su investigación fuera el punto base de donde surgían tantas investigaciones que revolucionarían la medicina tal como la conocían hasta entonces. Alguien importante se lo había dicho: no importaba qué fuera, mientras fuera el mejor. Y ya no mejor que el resto, sino mejor que el Laith del día anterior.

Y con esa filosofía puesta en la cabeza y grabada en el alma, le dio un bocado a su cono de galleta, por poco derramando el helado restante que se desestabilizó por el repentino desprendimiento de lo que resultaba ser un suelo inestable. Atajó la bola de helado con la lengua, evitando que se cayese sobre la mesa, los papeles o peor: su ropa.
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Sam J. Lehmann el Mar Oct 23, 2018 2:02 am

Pero bueno, Laithuius Gauthier. ¡Menos mal que Samantha no te ha leído la mente en ese preciso momento! “Samantha era muy lista, para su sorpresa”, ¿y eso por qué? ¿Porque era rubia? ¿Tenía carita de tontita? ¡Ya te vale! Pero como ella no escuchó eso, sino que solo prestó atención a lo que decías, su rostro mantuvo una seriedad y concentración bastante grande mientras seguía comiéndose su helado.

Desde que Laith le había comentado por encima su idea, lo primero que a Sam le vino a la cabeza fue todo lo que podría ocurrir mal, ya que cualquier intromisión a la mente ajena suele ser muy invasiva, ya si hablas de intentar meterte en zonas más complicadas que el rango general que te brinda el cerebro… es meterse en terreno pantanoso. ¿Que podría funcionar y ser una absoluta revolución en el campo médico y mental? Por supuesto. ¿Que era peligrosísimo y no había certeza de que fuese a funcionar? También. A decir verdad, Sam siempre había sido bastante optimista con este tema, hasta que Henry volvió a su vida y empezó a sentir que buscar una manera de recuperar su pasado era una pérdida de tiempo, además, Sam sería incapaz de participar en algo así por miedo a cagarla y ser ella quién sumase víctimas fallidas.

Y claro, te planteabas una gran tesitura: ¿me arriesgo aunque pueda haber fallos por el camino, o no me arriesgo porque no hay nada seguro y así nadie sufre? La verdad es que teniendo en cuenta el estado mental tan deplorable en el que Sam dejó a Vladimir Crowley aquel día por estar incapacitada para hacer magia y no tener una varita decente, le abría mucho los ojos de cómo podía quedarse una persona y la verdad es que si ese era el riesgo, ella ponía en duda muchas cosas.

Sin embargo, dejó de lado eso por el momento y se centró en lo que pasaría si todo saliera bien. Mordisqueando la galleta del cucurucho, atendió a esa explicación que ni él mismo entendía, pero Sam creyó entenderla a la primera. —Es decir, que las ideas más superficiales se quedan en un resquicio de la mente más accesible que memorias olvidadas que tengan más peso. Te lo ejemplifico a ver si lo he entendido bien: el mismo ejemplo de ir a la nevera y olvidarte de que querías leche estaría en un lugar super accesible en comparación con lo que le pasó hace tres semanas cuando salió a tomarse unas copas y fue al baño. Ese hecho, en concreto, que pasó hace mucho tiempo, estaría en un lugar mucho menos accesible. —Intentó explicarse bien a ver si se había enterado. —Y claro, luego estarían las memorias manipuladas o borradas, que ya estarían en un nivel super complicado de acceder. Te refieres a eso, ¿no?

Y entonces se llevó la puntita del cucurucho a la boca, pues había terminado. Masticó durante unos segundos—la muy gorda que se había comido eso super rápido—y luego continuó hablando tras sacudirse las manos y coger una servilleta para limpiarse la boca. —En realidad eso último que dices tendría todo el sentido. Como legeremante me ha pasado, solo que yo no separo ni identifico en la mente ajena los distintos subniveles porque no todas las mentes son iguales, ni se distribuyen igual. Cada una es un mundo. Sin embargo, noto el esfuerzo que tengo que hacer y la invasión que hago en la otra mente cada vez que quiero buscar algo más difícil. Y hay veces que me da miedo seguir, no sé si por la poca resistencia que pueda tener el otro, porque no confío del todo en mis capacidades… —Lo cual era curioso. No era por alardear, pero Samantha era MUY buena como legeremante. Básicamente había dedicado toda su vida a esa tarea, por lo que tenía mucha experiencia. No obstante, también era muy buena y no quería hacer daño nunca a nadie por lo que era muy precavida y, desgraciadamente, le daba miedo arriesgarse. —Pero creo que tu hipótesis podría tener fundamento, aunque seguiría ocurriendo lo dicho antes: el problema no es comprobar si es plausible o no, sino las personas que queden por el camino. ¿Cuándo tengas todo esto un poco más claro, con quién piensas probar todo esto? —preguntó, sin ningún tipo de tono acusador o por el estilo.

Teniendo en cuenta lo que se hacía en el Área-M, lo de Laith parecía hasta bueno, pero aún así habían riesgos y al menos Sam no se arriesgaría nunca al menos que hubiera algún tipo de dato que demostrase que podía haber muchas posibilidades de éxito. —Yo te puedo ayudar con todo lo que sé de legeremancia —le dijo, con evidente interés en un tema como ese—, pero te recomendaría hablar con un oclumante también. Ellos saben mejor que nadie como funciona la mente humana y cómo se oculta la información. Si bien yo tengo la capacidad de burlar sus defensas, ellos mejor que nadie saben en dónde se esconden sus recuerdos. Quizás pueda servirte. Bueno, no sé si ya has hablado con uno, o si tú lo eres, pero creo que podría venirte muy bien.
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