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We were born to be brave. —Laith Gauthier.

Sam J. Lehmann el Jue Ago 09, 2018 3:06 pm

Recuerdo del primer mensaje :

We were born to be brave. —Laith Gauthier. - Página 2 Bk4b8m5

Universidad mágica
2010, 20:30 horas

Sam tenía veintidós años y ahora mismo era un día cualquiera de un fin de semana cualquiera de su tercer curso en la universidad. Claro que Sam no estaba en la universidad ese día, sino en una fiesta universitaria. ¿No te lo esperabas, verdad? ¡Pues muy mal, deberías esperártelo porque Sam en la universidad iba más a fiestas que a casa de sus padres! Lo cual es bastante fácil teniendo en cuenta lo separada que estaba de sus padres, pero ese es otro tema.

No era una fiesta nocturna, ni privada, de hecho era una fiesta universitaria en donde se unían todas las facultades para crear un macro evento en los jardines. Toda clase por la tarde quedaba suspendida y aquello se convertía en un mercado de puestos de música y alcohol. Era una fiesta que consistía en comprarte con galeones algunas chapas y luego ibas por ahí, intercambiando chapas por bebidas alcohólicas, comida, pintadas en el rostro con pintura mágica que brillaba en la oscuridad o juguetes encantados mágicamente para que brillasen por la noche. Aquella fiesta, en realidad, era famosa por lo bonita que era de noche, pero todo el mundo iba desde por la tarde para poder prepararse con propiedad y tener ya la chispa necesaria en el cuerpo.

Sam había convencido a Gwendoline de ir, junto a Henry, sin embargo, Henry estaba desaparecido en saber dónde y con qué dama. Ya aparecería más adelante, alardeando de haber conseguido el contacto de alguna chica. Sam, por su parte, había unido a Gwen con sus compañeros de la facultad: Bryan, Verónica y Amelia. Y era gracioso porque, así en plan rápido: a Bryan le gustaba la lesbiana de Sam, a Verónica le gustaba Bryan y a Amelia le gustaban mucho las hamburguesas. En realidad Amelia no es interesante, pero era interesante y muy curioso el pique inconsciente que tenía Verónica con Sam sólo porque Bryan era idiota.

En ese momento, sin embargo, ya con varias cervezas en el cuerpo, Sam hablaba con Gwendoline de su capacidad como bollera profesional de ser capaz de identificar a largas distancias—en un radio de diez metros, más o menos—a un homosexual con un margen de error del diez por ciento. ¡Y eso era mucho! Gwen se lo discutía, también borracha. ¡Y ya le vale, a una hetero cuestionar semejante habilidad propia de los homosexuales de la profundidad de la acera! —Güendolín, no estás siendo consciente de mi super poder… —Le dijo, para entonces empezar a mirar grupos de personas.

Pasó un grupo, pero nada interesante. Sam zarandeó la mano, en señal de que ahí eran todos heteros. Pasó otro grupo y lo mismo. Sin embargo, Sam mantuvo contacto visual con una chica que estaba bastante lejos. Sin bien pudo parecer que estaba intentando mantener la mirada para algún tipo de técnica de ligoteo: no. Sólo estaba intentando averiguar si era gay. ¿Lo gracioso? ¡El amigo de esa chica, cien por cien lo era! Zarandeó con ahínco el brazo de su amiga. —¡Mira, mira! ¡Aquel tío es gay! —Dijo, señalando sin pudor a aquel chico. —Y tendría que pensármelo un poquito, pero la tía que me mira como si desease tener visión de rayos X, también. ¡Y si no me crees, vamos a preguntarles!

Sam, que se volvía muy valiente estando borracha. Y también muy competitiva. Menos mal que ese “pique” terminó sanamente, con ambas riéndose.


Actualidad, en el Juglar Irlandés.
09 de agosto del 2018.
20:15 horas
Atuendo

Ese día trabajaba de tarde y no había nada que le molestase más que trabajar de tarde. Jo, es que era una soberana mierda. Con lo que le gustaba pasar la tarde viendo series, yendo a lo más profundo del bosque a sacar a sus animales para no encontrarse con indeseados o sencillamente pasando tiempo inútil con sus amigas… Pero no, hoy le tocaba trabajar y encima iba a terminar cansadísima. Era una jornada más larga de lo normal, por no contar de que su rendimiento por la tarde solía ir en decadencia mucho más rápido y que había tenido una noche—y una mañana—pésima.

Bostezó tan enérgicamente, apoyada a la barra, que sintió hasta un mareo.

Mia, ¿estás ensayando para quitarle el puesto al león de Metro Goldwyn Mayer? Te falta un poderoso gruñido para eso —bromeó Erika, la jefa del local con la que Sam se llevaba tan bien.

La rubia rió, dándose cuenta que ni la mano se puso delante de la boca.

Perdón —dijo un poco avergonzada. —Es que estoy cansadísima, ayer dormí horrible.

¿Y eso?

No sé, el calor y eso… —Ya, claro, el calor. Sam era bien consciente de las cosas que le quitaban el sueño, pero decirle a tu jefa muggle que te aterrorizan pesadillas sobre la tortura a muerte que tuviste en fin de año no era muy bonito. —Hoy dormiré mejor.

Sam tenía su propia identidad en el mundo muggle: se llamaba Amelia Williams, un nombre típico pero fácil. Había conseguido documentos falsos para poder tener una identidad con la que fingir normalidad. Así mismo, oficialmente ella no era rubia de ojos azules, sino castaña de ojos marrones. Entre menos resaltase, mejor.

¡MIA! —Gritó Santi desde la cocina, haciéndole pegar un salto a Sam.

¡SANTI! —Contestó con la misma efusividad.

¿Puedes llevar este pedido a la mesa trece?

Por supuesto. La próxima vez ahórrate el intento de hacerme explotar el miocardio. —Sonrió divertida, cogiendo la bandeja ya con bastante maestría. Cualquiera diría que Samantha Jota Lehmann antes era camarera y no legeremante en un Ministerio Mágico.

Subió las escaleras del local, que llevaban a una zona superior en dónde habían varios estantes simulando una biblioteca con varios libros, en donde habían mesas bajas e incluso puffs en donde la gente podía tirarse a descansar un poco y gozar del silencio. A esa hora era raro que hubiera gente ahí encima, pero siempre había alguien.

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Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Dom Oct 28, 2018 7:39 am

Samantha había entendido muy bien el concepto, lo que significaba que ella era demasiado lista o Laith era muy bueno explicando. O un poco de las dos cosas, también. Asentía con la cabeza mientras ella le ponía su explicación en sus propias palabras para ver si lo estaba entendiendo de manera correcta, al menos en esencia. — Influyen otro tipo de variables, pero básicamente es así. Lo que recuerdas fácilmente se encuentra más fácilmente que lo que has olvidado, y mientras más rebuscado sea lo que has olvidado, o hayan influido otros al momento de olvidarlo, va aumentando la dificultad poco a poco —le sonrió, mostrándole con ademanes de sus manos una representación gráfica de algo cada vez más difícil de alcanzar.

Se sintió más seguro con sus propios conocimientos y el rumbo que llevaba su investigación al escuchar que aquello le parecía del todo lógico, una hipótesis con un fundamento. La parte más complicada era la comprobación, porque involucraba a una persona probablemente inocente que no tenía razón para querer colaborar con el experimento. Aún si estaban de acuerdo, Laith pensaba que si aceptaban no se daban cuenta del grave aprieto en que se estaban metiendo. Si fuera así, ¿no estaría actuando con negligencia al acceder a usarles como sujetos de pruebas?

San Mungo posee pacientes que… consideran que su vida tendría sentido si ayudaran a buscar curas, para ellos mismos o para los demás —le comentó, con mucho cuidado. Hablaba en gran medida de pacientes terminales que no tenían mucho más tiempo, o de personas que ya estaban demasiado afectadas. — Es un… asunto polémico e involucra mucho la ética personal y laboral, pero… Entro en conflicto al intentar explicarlo, ¿me entiendes? No me gustaría poner en peligro a nadie, pero al mismo tiempo hay cientos… No, miles de personas a las que ayudaría un procedimiento así de conseguirse —¿uno debía arder para iluminar al resto? Era una frase que se le venía frecuentemente a la cabeza.

Una vez que terminó con su helado, Laith se estiró perezosamente, guardando sus archivos dentro de una mochila. Tenía cientos de cosas que pensar, aunque tenía dos cosas claras: había conseguido una compañera de peso que sabía mucho más de la mente humana de lo que él sería capaz de imaginar, y una nueva misión: encontrar a un oclumante de confianza que pudiese ayudarle. Al final, esa cita consigo mismo a por un café había salido mejor de lo que esperaba, acababa de hacer una posible aliada y su investigación volvía a tomar algo de fuerza.

Te tomaré la palabra, muchas gracias —le sonrió con amabilidad. — Tienes razón, el apoyo de un oclumante podría venirme bien para esto, me aseguraré de contactar con uno y espero no te moleste si te escribo de vez en cuando con alguna duda, a cambio te ofrezco servicio médico gratuito —le guiñó un ojo divertido. — ¿Te molesta si te pido el número? ¿O es que también te hace creer que es un muy mal intento de robarte o, peor aún, de ligarte? —se sacó el teléfono del bolsillo para mostrárselo, indicándole de esa manera si deseaba escribir por su cuenta su propio número. Como salvapantallas tenía una foto del segundo Daario Naharis, de juego de tronos, y su fondo de pantalla era un adorable pajarito rosa con negro.

Laith consideró que podría ir siendo hora de marcharse, a menos que Samantha considerase conveniente que siguiesen la conversación en otro lado. Ya había cerrado, de todos modos, y no le apetecía atarla a su lugar de trabajo si a ella ya no le apetecía. Además, tenía la sospecha de que no confiaba suficiente en él como para llevarlo a algún lugar más personal ni tampoco para ir a algún lugar de Laith, que encima estaría fuertemente vinculado con el mundo mágico. No la culpaba, sin embargo, de ser cautelosa. La cautela era lo más importante a la hora de sobrevivir.
Laith Gauthier
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Sam J. Lehmann el Lun Oct 29, 2018 1:50 am

Uff… terreno pantanoso. Muy pantanoso. Sam seguía escéptica en cuanto a lo de prueba en humanos, pero también porque sabía las consecuencias negativas que podría haber y porque el Área-M le había intoxicado su mentalidad en cuanto a experimentos y estudios, realmente. Era consciente de que Laith no iba a hacer las cosas mal, ni tampoco aprovecharse de nadie que no quisiera ser estudiado para la tesis, meramente teórica, que había desarrollado. Y la verdad es que podría llegar muy lejos si conseguía gente que quisiera involucrarse, pero igualmente…

No sé mojó demasiado y se encogió de hombros. —Yo creo que si pones las cartas sobre la mesa, tal y como dices… podrían prestarse como voluntarios. Pero tienes que decirles muy claro lo que puede pasarles si las cosas salen mal. —Hizo una pausa. —Y claro que es un asunto polémico e involucra mucho la ética personal, ¿pero crees que alguien te va a decir algo si lo sometes a una decisión propia del paciente? Sería hipócrita para cualquiera que apoye al nuevo gobierno tirarte piedras encima teniendo el Área-M ahí, en donde han invertido más dinero que en muchas áreas más necesarias en el mundo mágico —dijo eso último visiblemente enfadada con el tema del Área-M. —Así que tienes todas para que eso salga adelante si haces las cosas bien.

Le recomendó que contactase con un oclumante para hablar de ese tema. Sam podía perfectamente adaptarse al rol del oclumante pues la carrera había sido muy parecida y, teóricamente, podría cubrir todo ese espectro misterioso del que se necesitaba información, pero no quería pecar de soberbia en un tema tan delicado, por lo que lo mejor era que intentase contactar con alguien. Ella, sin embargo, podía ayudarle para lo que hiciera falta en cuanto a legeremancia. Al fin y al cabo, ella había estudiado esa carrera por y para este tipo de cosas. Enseñar legeremancia, sí… era un método decente para tener una paga al mes, ¿pero de verdad crees que es bonito entrar y que entren en tu mente? Era una mierda. Sam había estudiado legeremancia porque creía que era una disciplina de la que se podía sacar todavía mucho y, en estudios como este, se demostraba.

Insistió en el tema, solo para dejarlo claro. —Yo te podría ayudar. Puedo acceder a todos los libros y apuntes que tuve en la universidad y encima está Gwen, que es desmemorizadora, pero por miedo a cagarla mejor si consigues dar con un experto en la materia. —Vamos, que si no había experto en la materia, Sam se hacía teóricamente oclumante para ayudar a Laith, ¡faltaría más! Las ganas las tenía, sin duda. —Te tomo la palabra, que entre fugitivos eso del servicio médico es muy necesario. Te daría miedo la de gente que hay por ahí creyéndose médicos entre nosotros, la calaña de la sociedad —exageró divertida, usando jerga propia del nuevo gobierno.

Sam sujetó el móvil de Laith, riendo por lo de ‘ligar’ con ella por pedirle el móvil. —Me molesta muchísimo que me pidas el teléfono, seguro que lo vas a rastrear para venir a capturarme, ¿verdad? —bromeó, con una sonrisa que declaraba justamente una intención contradictoria. —Oh, Daario Naharis. Yo soy más de Missandei. —Y le guiñó un ojo, antes de escribir su número en el móvil del medimago. Al agregarse evidentemente no se puso como Samantha Lehmann porque a Laith podrían caerle más de diez años por traición si alguien le ve el móvil, por lo que aprovechando el comentario de hacía unos segundos, se agregó a sí misma como Daario Naharis. —Aquí tienes. —Le devolvió el móvil, mirando con curiosidad el pajarito rosa que tenía de fondo de pantalla. —Dame un toque y te agregaré. Eso sí, no te confundas. Me he agregado como tu amor platónico, no vayas a mandarle una foto de tu tableta de chocolate frente al espejo o me divorcio, ¿eh? —Bromeó, para finalmente ponerse en pie y estirarse. Llevaba una jornada de ocho horas de pie, de un lado para otro y estaba francamente reventada. —Me he agregado con un nombre falso por si tienes algún problema. No quiero que te pase nada por tener relación conmigo.

Y luego dieron paso a la despedida. Sam estaba deseosa de llegar a casa, ponerse sus pantuflas y tirarse en el sillón a ver algo de Netflix, pero debía de admitir que no le hubiera pesado en absoluto quedarse allí sentada conversando con Laith. O llevarse a Laith a su sillón a ver algo de Netflix con ella. Inevitablemente le había recordado a Matt, por lo que el sentimiento fue imposible de evitar. —Me avisas para lo que quieras, ¿vale?

Decidieron irse después de hablar un poquito más de todo y de nada. Sam le abrió la puerta principal a Laith para que saliese, pero ella se quedó en el interior. Se encargó de que todo estuviese apagado y se desapareció directamente hacia su casa desde la trastienda, en donde no había ninguna cámara de seguridad. Una vez allí, al mirar el móvil se fijó en que un número desconocido le mandaba por WhatsApp una foto de Missandei con el texto de: ‘Hola, ¿con este aspecto si puedo ligarte?’. Sam rió, agregando a Laith en su lista de contacto como Missandei.
Sam J. Lehmann
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