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Out with the old, in with the new [Freya Howll & Gwendoline Edevane]

Gwendoline Edevane el Miér Ago 15, 2018 2:12 am


Lunes 2 de julio, 2018 || Departamento de Accidentes, Ministerio || 09:54 horas || Mi ropa

Un fuerte sonido me hizo levantar la vista del documento que estaba examinando. El corazón se me aceleró, y cuando quise darme cuenta, estaba buscando la empuñadura de mi varita, que descansaba sobre el escritorio de mi nuevo despacho.
A través de la lámina de vidrio corrugado de la puerta—en la cual desde aquel día aparecía un rótulo que anunciaba ‘Gwendoline Edevane. Directora de la oficina de Desmemorizadores.’—pude observar la silueta de alguien que se agachaba a recoger algo. Cuando ese alguien se levantó, portaba una voluminosa caja en ambas manos, la cual deduje que se habría caído al suelo y habría provocado el sonido que me había puesto en alerta.
Merlín mío… Esto no puede continuar así, pensé mientras dejaba la varita en su sitio sobre el escritorio y me llevaba ambas manos a la cabeza, frotándome las sienes.
No había mentido a Sam cuando le había contado mi estado de nervios debido al ataque. Cierto, había pasado casi un mes desde entonces, y mucha gente había retomado sus actividades laborales normales y sus vidas. Enhorabuena por ellos: yo seguía de los nervios, pensando que en cualquier momento tendría lugar un nuevo ataque, y que esta vez no iba a tener tanta suerte como la primera. Porque sí, en estos días había que considerar suerte al hecho no acabar muerta, solo malherida, de un ataque terrorista.
Bueno, concéntrate… Céntrate en el trabajo, me sugerí mientras revisaba una vez más el documento que tenía delante. Se trataba de uno de los muchos currículums que había estado repasando en los últimos días. Desde mi ascenso, había recaído sobre mí la responsabilidad no solo de dirigir las operaciones de la oficina de desmemorizadores, sino también la de contratar nuevo personal. De todos era sabido que el Ministerio de Magia trabajaba bajo mínimos desde el ataque, y si bien las bajas se debían principalmente a la muerte de distintos empleados, y a la rebelión y posterior encierro de muchos otros en Azkaban, el Ministerio necesitaba seguir adelante. Ya lo decía el dicho: ‘Fuera lo viejo, dentro lo nuevo.’
Todavía sentía una profunda desazón cada vez que pasaba por mi antiguo puesto de trabajo, en las oficinas comunes de los empleados, y no veía a Salleens ocupando su silla. Salleens había muerto durante el ataque, haciendo frente a los fugitivos. Me costaría mucho encontrar a alguien para que ocupase su puesto, por mucho que no fuese el empleado del mes. Y sin embargo, allí estaba yo, dispuesta a entrevistarme con una joven universitaria que todavía estaba cursando sus estudios en la Academia de Desmemorizadores.

—Freya Howll.—Pronuncié en voz baja, en la privacidad de mi despacho. La muchacha debía estar al caer, y si bien no me apetecía demasiado hacer aquello, sí me interesaba conocer a una joven prometedora. Era muy joven, más que yo cuando había empezado a trabajar en el Ministerio, pero había descubierto que los jóvenes pueden ser muy entusiastas, supliendo su falta de experiencia con ganas de trabajar.

Me dolía un poco la cabeza, pero nada que no pudiese soportar. Lo cierto es que verme en el puesto de directora me abrumaba un poco, y quizás a eso se debiese mi dolor de cabeza. Pero no había mal que por bien no viniese: en aquel puesto tenía cierto poder de decisión sobre los empleados que se contratarían. Aquello, en cierto modo, me permitía limpiar un poco mi departamento. Demasiados puristas en el Ministerio, para mi gusto. Sí, y cualquier persona que no sea un mortífago, purista o radical, será bienvenido, pensé, negando con la cabeza al recordar lo ocurrido el pasado cuatro de junio. ¿Cómo alguien podía pensar que aquel ataque sería una buena idea o cambiaría las cosas?


Despacho de Gwen:


Nota aclaratoria: Las ventanas son mágicas. El Ministerio de Magia está ubicado bajo tierra, por lo que no es posible ver el exterior a través de estas ventanas. Lo que se ve a través de ellas es al gusto de Gwen, creado mediante un hechizo que, a su vez, también permite iluminar la estancia.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Freya Howll el Lun Ago 20, 2018 12:09 am

Engullo una galleta con chips de chocolate junto a un vaso de leche. Gimo del placer que me da comer sin tener una descompostura, sonrió. Muerdo con fuerza cada trocito que tengo dentro de mi boca. Con el embarazo descubrí que soy una bestialidad comiendo, solo cuando quiero y cuando no estoy arrodillada frente al retrete  devolviendo hasta la última cena. Aprovecho mi oportunidad de por fin desayunar, especialmente en un día importante. No es poco tener una entrevista en el Ministerio para ser parte del Departamento de accidentes. Cuando me contactaron por ser una estudiante avanzada en la Academia de Desmemorizadores acepté sin pensarlo demasiado, es un trabajo y eso otorga experiencia. ¿A qué debía darle vueltas para aceptar? Más allá de todo el ajetreo que hay en el Ministerio, como el último ataque por parte de los radicales que nadie negaba que pudiera haber una segunda vez, nada me lo impedía.

Aprieto mis labios temblorosos, siento como lo poco que digerí quiere salir por el mismo lugar por el que entró. El vecino se está preparando un festín con la cantidad de olores que se cuelan en el departamento contiguo, el mío. Corro a cerrar las ventanas, mi cabeza cae contra el cristal y frunzo el ceño. Me mentalizo que no debo vomitar, que en unos minutos debo llegar al Ministerio para presentarme y que mi vestimenta fue elegida ayer para causar una buena impresión, no mostrar esta realidad de recién embarazada que se encarga de vomitar cada minuto. Giro mi cuerpo y mi mirada cae en un cubo de basura, parece llamar a mi estómago para que deje todo ahí de una manera poco grácil.

No puedo detenerlo, el sudor en mi frente me alerta, pero continuo mentalizándome como si fuese un mantra que no está ahí, ni me llama, ni el frijol intenta hacer estragos en mi vida. Quiero que mis pensamientos estén dirigidos a la entrevista, a mostrar que soy apta para el trabajo y que poco falta para terminar mis estudios.

Los nudos en mi estómago son intensos, fuertes e incómodos. Sigo negándome a vomitar, no quiero esa sensación de malestar ni mucho menos el sabor asqueroso que deja el devolver en un retrete lo poco que he ingerido. Se remueve por décima vez, sino son más, entonces con rapidez me dirijo a la papelera que grita mi nombre, me arrodillo, cerrando los ojos las arcadas llegan. Con unas cuantas arcadas, expulso todo. Siento que me ahogaré ente tanto vómito y llanto. Las lágrimas bajan por mis mejillas, desde que descubrí mi estado me pueden ver como esta mujer que no puede detenerse cuando una lágrima desciende.

Mientras transcurre la fiesta del llanto me voy con prisas hacia el baño, el gusto en mi boca me repugna y siento que volveré a expulsar todo, no sé qué estrictamente hablando porque no llevo nada en mi estómago. Adiós galletas con chips.

El espejo representa una mujer que ha vomitado hace cinco segundos, que su camisa se manchó en el camino y las ojeras que lleva no son para nada mínimas. Un chillido escapa de mis labios ante esa imagen, imagen nada que ver con la mujer de hace unos veinte minutos. Consigo conseguir otro atuendo, maquillo mi desgracia.

Di dos golpes contra la puerta del despacho de quién se encargaría en ver si me encontraba apta para el trabajo, rogaba que no hayan mal olores ni se le dé por comer en plena mañana porque me veía vomitando en su bonito, o no, despacho. Mi mano, en un acto reflejo, reposó en mi vientre esperando la aprobación de entrar en tal lugar. Luego de unos segundos, afirmando que podría entrar y romper su privacidad, pasé el umbral entreviendo un par de cuestiones. Era bastante grande y unos sillones me incitaban a descansar e ignorar el dolor que unos tacones estaban provocando. Mala decisión.

-Buenos días, soy Freya Howll.- comenté quedándome de pie, no sabía con quién trataría. Lo menos que quería es tomarme unas confianzas que no me correspondían. ¿Una dictadora? ¿Una ovejita que muestre aprecio por medio mundo? ¿Una mujer que le daba igual su trabajo? ¿Quién era realmente a mujer que se encontraba al frente de mis orbes.
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Gwendoline Edevane el Vie Ago 24, 2018 1:57 am

Una serie de golpes en la puerta del despacho llamaron mi atención. Por fortuna, en esta ocasión mis nervios no se pusieron de punta, como si en lugar de alguien llamando a la puerta al otro lado esperase un radical armado con una varita.
No pude desprenderme, en cambio, del miedo ante la posibilidad de que al otro lado de la puerta estuviese la mismísima Artemis Hemsley. Aquella mujer, cazarrecompensas y mortífaga con un especial cariño por las katanas, los shurikens y pegar saltos valiéndose de la aparición, había visto mi cara durante mi última incursión junto a Sam a las profundidades de la maleta/guarida de la susodicha. ¿Era descabellado pensar que cualquier día llamaría a mi puerta, y al abrirla me la encontraría acompañada de un par de aurores, anunciando que venían a arrestarme para ser interrogada?
No demasiado, a decir verdad. Aunque me esperaba más bien encontrármela a ella sola.
Cálmate, me sugerí a mí misma, intentando calmar mis nervios y mi corazón acelerado. Seguramente se trate de Howll. ¿No sería mucha coincidencia que justo cuando esperas a esa joven aparezca Hemsley? Coincidencia sería, sin duda, pero a veces las coincidencias ocurrían.
Me puse en pie, alisándome la camisa y asegurándome de que mi ropa estuviese presentable. Cuando estuve segura, bordeé la mesa en dirección a la puerta, mientras anunciaba en voz alta a la persona que allí se encontraba que podía pasar.
Me sentí aliviada: era la joven Howll, a quien estaba esperando. Ningún radical, ninguna mortífaga aficionada a las katanas. Solo Freya Howll, que sería mi entrevistada. Me adelanté hacia ella, tendiéndole mi mano.

—Buenos días, señorita Howll. Gracias por venir.—Hice una breve pausa, observando a la joven y percatándome de que tenía mal aspecto. Parecía un poco pálida, pero igualmente le sonreí. Yo no tenía pensado juzgarla por su aspecto físico.—Me llamo Gwendoline Edevane, y como ya habrá leído en la puerta, soy la directora de la oficina de desmemorizadores.—Dicho aquello, indiqué con mi mano la pequeña mesita de café central, la cual rodeaban algunos sillones.—Pase por aquí y tome asiento. ¿Puedo ofrecerle algo? ¿Agua? ¿Café? ¿Una infusión?

No podía imaginarme ni saber de ninguna manera que mi invitada había tenido problemas de náuseas, ni de que quizás mencionar elementos que inevitablemente acabarían en su estómago, por líquidos que fuesen, tal vez no tuviesen un buen efecto en ella.
Pero era inglesa, y como buena inglesa, la cortesía iba primero. Y no, aquello no era una pregunta trampa. No iba a juzgar a Freya Howll en base a sí decía sí o no a tomarse algo. Algunos entrevistadores hacían aquello, pero no era mi estilo.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Freya Howll el Vie Ago 24, 2018 4:44 pm

Hace unos años, en Hogwarts, escuché mi nombre acompañado del apodo de “perra” e “insensible”, los mismos si me vieran ahora no entenderían nada si no aclarase que estoy embarazada mientras las hormonas se hacen un festín con mi cuerpo provocando sentimientos desbocados. Apreciando como una gran tormenta me atrapa y toma el control de la persona que creía ser, revolviendo todo a su alrededor dejándome exhausta de tanto sentir.

Se desliza entre mis dedos el poder que tengo de mi misma, solo ruego no hacer una escena haciéndome llamar la Sra. Vómito por parte de la entrevistadora. No necesito –en el sentido estricto de la palabra-  el empleo pero es una buena oportunidad que no quiero desaprovechar, la experiencia hace a uno. Si debo pelear por el puesto lo haré pero si veo que no es algo merecedor de mi esfuerzo, me iré de tal tan rápido como llegué a la puerta del despacho. Aliso mi camisa con mis manos inquietas, sobre todo la imagen es lo importante. No siento nervios al hablar de mis capacidades como mis defectos, en muchas entrevistas en revistas o blogg lo he hecho. A pesar de ello, no sirve aquí que soy modelo de lencería.

Una rubia me recibe con su mano extendida, la acepto regalando una sonrisa. La curvatura de mis labios se alza mientras agradezco la bienvenida. Gwendoline Edevane. Repito, mentalmente, su nombre. Con suerte será mi jefa los próximos meses. Bastante agradable, no se ve como la tirana que guarda consigo un látigo para castigar a los holgazanes. Tampoco quito que esa faceta la pueda mostrar más tarde.

-Un placer conocerla.- dirijo mi vista hacia el despacho, permitiendo pispiar un poco el lugar.- Con su permiso.- educadamente mis piernas se movilizan entre los sillones hasta caer en uno de forma elegante. Mi estómago se revolvió con solo escuchar la mención del café matutino.- Muchas gracias por la amabilidad, le aceptaré un vaso de agua.- sonreí mientras mis dedos jugaban entre ellos. ¿Qué tomaría ella? Por todo el infinito infierno que no fuese un café. Todo menos café. Una arcada pasó fugazmente por mi sistema, la ignoré adrede mientras sonreía. –Le agradezco que me haya solicitado para entrevistarme, nunca vislumbré que pudiese llegar a tener una en el Ministerio más temprano que tarde.- confesé, no quería pasarme y sonar como una engreída aunque muchas veces osaba de tal característica.

No.

No.

No.

Eso era café. De un momento al otro, un joven valiente se hizo paso hacia el despacho para entregarle un café a Gwendoline, deseándole suerte en el nuevo puesto. ¿Un enamorado de ella tal vez? No importaba aquello, los granos de café emanaban un aroma delicado y adictivo pero cuando este estaba en estado puro allí en fonda de líquido. Solo permitió que viniesen dos arcadas más, antes de buscar con desesperación una papelera. Maldita sea, justo ahora debían venir los enamorados. Caí de rodillas, sosteniendo mi cabello, vomité lo último que me quedaba de la galleta. Conclusión, ver qué mierda comer como desayuno porque la idea de no hacerlo no era una opción. Debía alimentarme. Con una última arcada, terminé el show del vómito.

-Disculpa por todo esta escena, no mentiré. Seré meramente sincera al  decir que...- cerré mis ojos y tras unas cuantos suspiros tranquilizadores retomé el habla.- Estoy embarazada. El doctor me dijo que solo estos meses me encontraré de esta manera, por ello hoy me presenté igualmente a la entrevista. Mis estudios tampoco serán interrumpidos.- aclaro retomando el lugar en el sillón. Esta era la mejor entrevista.
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Gwendoline Edevane el Sáb Ago 25, 2018 2:44 pm

La señorita Howll, tras intercambiar un breve apretón de manos conmigo a modo de presentación y una sonrisa amplia, aceptó mi oferta de tomar asiento. Esperé con paciencia a que escogiese uno de los asientos y entonces escogí el que estaba directamente enfrente de ella, al otro lado de una de las mesitas.
Mientras lo hacía, me paré a pensar un segundo en lo inmenso de aquel despacho. Ni en un millón de años habría podido imaginar que alguna vez trabajaría en un lugar así. De hecho, tras años de trabajar en un pequeño cubículo en una oficina llena de empleados del departamento de accidentes, hasta dudaba de la existencia de despachos así. Sin embargo, existían, aunque hasta entonces yo había pensado que estarían reservados a gente como Dankworth o Forman, jefes de sus respectivos departamentos.
Lo primero que hice fue ofrecer algo para beber a mi entrevistada. La muchacha—pues no era más que una muchacha de dieciocho años, según el informe que tenía sobre ella—optó por un vaso de agua. Me disponía, con un movimiento de varita, a hacer aparecer lo que había pedido, cuando la chica dijo algo que llamó mi atención.

—Son tiempos complicados.—Respondí con una sonrisa que pretendía quitar hierro a un asunto al que era muy complicado quitarle hierro: lo mirases desde el punto de vista que lo mirases, Howll tenía aquella oportunidad precisamente porque el Ministerio de Magia había sufrido un ataque por parte de los radicales, y a consecuencia muchos empleados habían muerto, y muchos otros estaban encerrados en Azkaban.—Los recientes acontecimientos han llevado a la necesidad de contratar nuevo personal. En lo personal, creo que la formación es importante, y más si se recibe lo antes posible.

Aquello era cierto. Durante mi carrera universitaria no había recibido apenas horas prácticas, a pesar de que llevaba a la espalda bastante experiencia con desmemorizadores profesionales que, de cuando en cuando, ofrecían charlas y demostraciones en la universidad. Sin embargo, mi primera experiencia real como tal la había tenido al entrar en el Ministerio de Magia. ¡Mucho habría agradecido entonces llevar a mi espalda algunas prácticas!
Me disponía a comenzar la entrevista cuando, de repente, la puerta de mi despacho se abrió. Sin llamar ni nada parecido, un joven de traje hizo acto de presencia llevando consigo una bandeja con café. Le observé con la boca medio abierta, el ceño fruncido, mientras me deseaba buena suerte en mi nuevo puesto. Y me pregunté: ¿quién era ese joven? No me sonaba de nada.

—Gracias. Pero yo no he...—No terminé la frase, pues lo que ocurrió a continuación me sorprendió todavía más: Freya Howll se puso en pie apresuradamente, buscando algo. Lo que buscaba era una papelera, la cual sirvió… bueno, como receptora de una buena vomitona. Me puse en pie, dejando sobre la mesita central el informe que hasta entonces tenía en las manos, y me acerqué a la señorita Howll. Le puse una mano en la espalda, con delicadeza.—¿Se encuentra usted bien?

Me sorprendió la respuesta que obtuve. De nuevo mostrando su educación y amabilidad, Freya Howll primero se disculpó, y a continuación me explicó el motivo de sus náuseas: estaba embarazada. ¿Tan joven? ¿En qué piensa esta juventud? Aquel pensamiento venía de alguien que, a sus veintinueve años de edad, todavía no había tenido sexo… con otra persona, claro.

—No se preocupe. Venga conmigo.—Le tendí mi mano para que la cogiese y me acompañase de vuelta a uno de los sillones. El hombre trajeado lo observaba todo con una expresión de asco mezclado con sorpresa.—¿Le importaría llevarse eso, por favor?—Le dije al joven, refiriéndome al café que me había traído.—Pida en la enfermería una poción contra las náuseas, y tráigale también un vaso de agua a la señorita Howll, ¿quiere?

El joven asintió con la cabeza, tomó la bandeja con el café, y salió corriendo del despacho. Con un movimiento de varita, acerqué uno de los sillones al que ocupaba Howll. Tomé asiento y masajeé con suavidad su espalda. Había escuchado que aquello servía para calmar las náuseas.

—No se preocupe ahora por la entrevista.—Como mujer, podía entender que estas cosas ocurrían. No tenía pensado negarle a nadie un puesto de trabajo en mi departamento solo por estar embarazada. Quizás fuese demasiado joven, pero se trataba de algo totalmente natural.—¿De cuánto tiempo está?—Pregunté, con curiosidad y sincero interés. Había abandonado momentáneamente el rol de entrevistadora para asumir uno un poco más cálido.

Pero, de verdad… ¿en estos tiempos todavía ocurren estos accidentes? No creo que sea tan difícil usar un método anticonceptivo, pensé. Quizás estaba haciendo demasiadas conjeturas. Quizás aquello había sido planeado. Pero si había sido planeado, ¿quién en su sano juicio tendría un bebé en plena carrera universitaria?
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Freya Howll el Lun Oct 22, 2018 6:09 am

¿Por qué me negué con tanto énfasis a ser llamada la Sra. Vómito? Mi suerte no era tan buena como para que Merlín me escuchase y concediera ese mísero regalo. No, claro que no. Ahora mi boca estaba abierta en una extraña, y para nada grata, mueca mientras expulsaba todo el desayuno. Mi pobre desayuno que había podido digerir con un poco de paz en casa pero que, ahora, estaba yéndose todo al cesto de basura. Las galletas como la entrevista –que era una gran oportunidad a pesar de todo-, todo eso y más alejándose de mi control. Aún peor, culpa del aroma del café que era una de las delicias que amaba tomar pero en este estado solo me daba náuseas y arcadas.

Si me lo pensaba como tercera persona, Gwendoline había sido amable preguntándome qué quería beber sin imponerme un café o whisky, lo que sea. Es más, que aquellas respuestas sean entre sonrisas para quitar el ambiente tenso había sumado un punto a la imagen de buena jefa que me estaba planteando con lo poco que le conocía. Debía admitir que mi comentario le pegó de lleno a ella y fui un tanto, tal vez, imprudente. Ella era una empleada del Ministerio de Magia y el ataque seguro había herido a algún compañero cercano –o la posicionó en un peor lugar - pero no indagaría demasiado. Con un asentimiento de mi cabeza esperaba pasar de ese tema antes de comprometernos a cualquiera de las dos.

Todo se cumplió pero a la vez dio un giro inesperado, un tanto escabroso diría.  La puerta de la oficina se abrió y dejó que visualizáramos las intenciones de un joven que, evidentemente, estaba enamorado de Gwendoline –o era de esos que son súper amables que te puede llegar a dar diabetes con su sola presencia. Y si estas en un mal día, se ganan un despido si eres el jefe.- porque ese chico era un total desconocido para mí. No transcurrieron más de dos minutos para encontrarme arrodillada expulsando mi escaso desayuno por el aroma que desprendía la taza de café. Y esto nos vuelve a traer al presente.

Esto no estaba planeado, mucho menos el frijol que llevaba dentro que amenazaba con dar giros bruscos en mi vida, como mi estómago. Admito estar en una crisis sensible, las lágrimas las sentía venir para escandalizar aún más la escena, si eso era posible. ¿Encontrarme bien? Estaba muy lejos de usar la palabra “bien” para describirme. Era una gran putada este día, me sentía estafada por la maldita suerte que me tocaba vivir día a día.

La verdad salió de mis labios, no tuvo cuidado siquiera a tantear la reacción que tendría.

Cogí su mano por el simple hecho de que me guiaba a los sillones, entre tantas emociones solo atiné a buscar consuelo en una mano ajena sin perder de cuenta que si tiraba algún comentario de “¿No supiste cuidarte?” sería detonante para una épica salida. O esperaba que lo fuera porque ya me veía venir que terminaría vomitando a la vuelta del pasillo –si tenía suerte de llegar allí y no en pleno despacho, de nuevo-. Vaya mierda.

Mi mirada se dirigió inmediatamente hasta el hombre que había entrado sin siquiera tocar la puerta, quien gracias a su café me desestabilizó por completo. Estaba cansada y débil, en esta semana, entre tantos vómitos e inestabilidad emocional. Ignoré las palabras de Gwendoline hacia el muchacho después de que le dijese que se lleve a mi enemigo público.

No sería idiota, sabía que la entrevista estaba más que pérdida. Si estuviese en su lugar, no aceptaría a una universitaria embarazada en sus primeros meses. ¿Cuántas horas estaría cumpliendo realmente? ¿Mitad de su horario en el baño y la otra media hora trabajando? Negué, inconscientemente, la cabeza descontentamente ante mis pensamientos.

Las caricias en mi espalda me relajaron considerablemente. Inhalé hondo, buscando mi propia serenidad. Estresada, cansada y enojada intenté volver a las preguntas que habían sido dirigidas hacia mi persona. ¿De cuánto tiempo estaba? Calculé las semanas extras desde la última consulta con Dante, ese sanador que nos acompañó en Las Vegas y ayudó a que no enloqueciera con lo que implicaba llevar a cabo el embarazo. -14 semanas aproximadamente llevo, dos meses. Un poco más, un poco menos.- expliqué mientras apretaba el puente de mi nariz. Por un momento deseé que mágicamente los vómitos desparecieran y todo volviese a lo que yo llamaba “normalidad”.- Debería de irse todo este malestar en el segundo trimestre del embarazo y no me falta mucho para ello pero es algo de lo que no tengo control.- recalqué suspirando con impaciencia. ¿Dónde estaba el discursito de que no me había cuidado? Permitan que juzgue, pocos –contados con los dedos de una mano- quedaron callados al saber de mi estado.

Trato de decirme constantemente que no es tan malo como parece, pero me intento visualizar con un pequeño entre mis brazos y no puedo. Pero tampoco quiero verme negándolo. ¿Skadi que pensaría de mí acaso? No podía dar marcha atrás tampoco, tenía 14 semanas de embarazo, tantos días en los cuales pude practicarme un aborto pero, al fin y al cabo, no lo había hecho por una razón. Era un completo desastre de pensamientos contradictorios, de inseguridades, de inquietud hasta de ira hacia mí misma. Me encontraba descolocada completamente. Sin embargo, debía responsabilizarme de la consecuencia de tener sexo sin protección. Culpa mía y del que ayudó a procrear en mi vientre. 14 semanas que me permitieron darle a “esto” un apodo. Bufé. –Realmente pido disculpas por todo el circo que monté aquí con mis náuseas, eso de que la mujer pase por todo esto cuando un hijo involucra a dos personas me parece una mie...- me arrepentí rápidamente, intentando remediar.- injusticia.

El joven que había corrido minutos atrás buscando en la enfermería una poción contra las náuseas llegó con ella y un vaso de agua apenado pero con cierta preocupación, seguramente temiendo que volviese a expulsar todo. Dejó el recipiente de vidrio frente a mi sillón por lo que instintivamente acepte como mío. – Gracias…- murmuré tomando un sorbo del vaso de agua siendo observada por las dos personas que ocupaban el despacho. Desconocía que el contenido del frasquito era para mí. Miré de reojo al hombre, por su culpa había dado un espectáculo digno de un premio. ¿No podía haber sido amoroso mucho antes de que me presentara? No iba a ventilar mi vida frente a él por lo que me quedé callada.
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Gwendoline Edevane el Jue Oct 25, 2018 1:32 am

Siendo totalmente sincera, no me gustan las entrevistas de índole profesional: ni hacerlas, ni que me las hagan. No solo por el hecho de que me guste poco tratar con personas desconocidas, sino por el hecho de que el entrevistador siempre tiene que estar juzgando cada, gesto, cada respuesta, a fin de formarse una opinión respecto a la persona que tiene delante. Una opinión que muchas veces influye en la decisión final con un peso mayor que el que podría tener todo el currículum de la persona. Muchas personas perfectamente capaces han caído en entrevistas de trabajo simplemente por ofrecer una mala contestación, hacer un gesto fuera de lugar, o simplemente porque al entrevistador no le han caído bien.
Freya Howll, dadas las circunstancias actuales en que se encontraba, estaría totalmente fuera, no habría conseguido el trabajo, en caso de que la entrevistadora fuese otra. Pero, siendo sinceros, ¿qué clase de entrevista había sido aquella? Ni siquiera habíamos tenido tiempo para empezar. ¿Unas náuseas y un embarazo iban a ser todo lo que contase a la hora de tomar una decisión? Lo cierto… es que no.
Aparté de mi mente el asunto de si aquello había sido un accidente, si había sido algo que la muchacha y su pareja habían buscado, y traté de concentrarme en lo evidente: Howll tenía un currículum que la convertía en alguien perfectamente capaz para desempeñar el puesto que tenía en mente. Sería una becaria, y ganaría puntos para la carrera, amén de experiencia profesional. Eso sin olvidar el hecho de que solamente se le requeriría un cierto número de horas. No era como si estuviese buscando una empleada a tiempo completo.

—No te preocupes.—Abandoné de manera involuntaria el tratamiento de usted, en busca quizás de una mayor cercanía. No me convenía que Howll se pusiese más nerviosa de lo que ya estaba, o podría terminar en urgencias en San Mungo.—Tómate esto.—Le indiqué con un dedo la poción que acababa de traer el hombre cuyo objetivo en la vida parecía ser el de traer café a gente que no se lo había pedido.—Sorbos pequeños, y recuéstate sobre el respaldo durante unos minutos. Deberías empezar a sentirte un poco mejor.—Añadí, recordando mis pocos conocimientos de medimagia, los cuales había ido adquiriendo por mi propia cuenta, y que cursaría a nivel universitario durante el curso siguiente.

Volví entonces la mirada hacia aquel asistente con iniciativa propia, que seguía de pie allí, observando la situación como si aquello fuese una obra de teatro. Me puse en pie, caminando hacia él, y lo cogí del brazo. Le conduje hacia la puerta con toda la educación que me fue posible, y entonces le pedí con la misma educación que nos diese privacidad. Además de añadir:

—La próxima vez que tenga usted intención de entrar en mi despacho le sugeriría que llamase a la puerta primero, y esperase permiso para entrar. Gracias.—Mi rostro era serio, casi inexpresivo, y acompañé el momento en que cerré la puerta con una leve sonrisa, casi robótica. Entonces, volví con Freya Howll, tomando asiento una vez más enfrente de ella.—¿Te sientes mejor? Porque si es así, me gustaría explicarte un poco en qué consiste el puesto.—Compuse una leve sonrisa, más cálida que la que le había dispensado a aquel asistente.

Había una cosa curiosa en toda aquella situación: yo no sabía que aquella joven, Freya, era precisamente una de las amigas de Beatrice, y que el padre de la criatura que estaba esperando era, ni más ni menos, Ryan Goldstein. Tenía a ese hombre en muy poca estima, a decir verdad, así que era toda una suerte que yo no supiese nada de su vinculación con Howll. Un hecho como aquel no haría más que empeorar el concepto que tenía de él.
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